Archivos de la categoría ‘Sociedad’

Los malvivientes

Publicado: diciembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Por Elisa Padilla

Llegó ese momento del culto dominical en que acostumbramos compartir con la comunidad nuestros motivos de agradecimiento y petición. Una vez más, el momento se convirtió en un espacio para hacer teología – es decir, para relacionar la enseñanza bíblica con la vida cotidiana. “Pido oración por nuestro país, para que se termine la violencia que nos tiene tan mal a todos”, dijo una señora, haciendo referencia a los episodios vividos durante la semana en Villa Soldati, Buenos Aires, donde cuatro personas murieron en el desalojo por parte de la policía de familias que se habían establecido en el parque Indoamericano. “Pero tengamos cuidado con la xenofobia; no nos comamos irreflexivamente lo que nos alimentan los medios de comunicación”, respondió otro hermano. Los tonos empezaron a elevarse: “¡Pero están matando a nuestros padres, hijos y hermanos! ¡Es imperante eliminar las ‘villas’ porque allí se esconden los criminales y malvivientes!”

Terminado el culto y la hora de charla informal en las puertas del templo, mi familia y demás agregados nos amontonamos en el viejo Peugeot. Nuestro destino era el Centro Kairós, donde una docena de “malvivientes” nos esperaba con el almuerzo listo. Al llegar, estaban ahí sentados en el quincho, no animándose aún a explorar el hermoso parque (tan distinto a sus habitáculos de pasillo de villa), con sus gorras tapándoles medio rostro, escuchando cumbia y reggaeton. Saludé a uno por uno con un beso, entremezclando algún chiste para recordar su nombre o porque por fin le ponía cara a un nombre escuchado repetidamente de labios de nuestro amigo Aníbal (principal artífice de la invitación para tal ocasión). Eran muchachos que tenían apenas unos años más que mis hijos. Uno, portador de VIH, con ambos padres fallecidos de SIDA. Otro, sin una pierna porque de chico se había caído del tren volviendo de jugar al fútbol. Otro, con un tiro en la pierna. Otro, con pedido de captura.

Los “malvivientes” cortaron tomates, pan y carne. Mezclaron jugos y sirvieron a las demás familias que habían sido invitadas al encuentro. Después de almorzar, Aníbal nos pidió a todos que nos sentáramos en una gran ronda de sillas bajo la sombra del palo borracho a escuchar las palabras del pastor René Padilla. En el relato elegido del evangelio de Lucas, Jesús les respondía a los religiosos que lo criticaban por comer con cobradores de impuestos y prostitutas (los “malvivientes” de su época). Y lo hizo mediante tres parábolas: la de la moneda perdida, la de la oveja perdida y la de los dos hermanos. En la tercera parábola, el menor de los hermanos tuvo que tocar fondo para darse cuenta de que su vida no podía seguir así y que necesitaba un cambio drástico. Cuando decidió volver a casa, su padre lo vio de lejos y salió a su encuentro. Lo besó, escuchó su confesión (“He pecado contra el cielo y contra ti…”) pero no le dio tiempo a terminar con su propuesta de trabajar para él como obrero: tomó enseguida la túnica, el calzado, el anillo y el becerro más gordo (el mejor asado estilo argentino). “Así Dios quiere recibirnos a nosotros:” -concluyó don René- “con un asado abundante y con la mejor carne de la hacienda”.

La semana pasada volví a mi viejo barrio de Villa Hidalgo (productora importante de “malvivientes”). Me impactó el mejoramiento de la zona en los últimos meses: la calle del jardín de infantes Colmenita estaba asfaltada; se habían construido veredas hasta el fondo del asentamiento para que, en días de lluvia, la gente no tuviera que chapotear tanto en el barro; estaba entubado el zanjón de podredumbre donde va a parar toda el agua desechada de los barrios altos y de las zanjas abiertas que atraviesan la villa; el barrio se está preparando para recibir cloacas; y los más desposeídos que viven del otro lado del zanjón, pronto tendrán luz eléctrica con tensión suficiente para todos.

En el momento del culto dominical donde los tonos habían subido a decibeles peligrosos que amenazaban con un estallido discordante, compartí esta realidad de Villa Hidalgo. El plan de mejoramiento del barrio, promovido por personas comprometidas con su prójimo y apoyado por planes del gobierno, eran pequeñas luces del reino de Dios y semillas de esperanza. Un hermano confirmó: “Lo que los cristianos debemos apoyar no es la eliminación de villas, sino su urbanización, es decir, la provisión de todos los servicios básicos de los cuales gozamos los incluidos. Eso es lo que significa ‘inclusión’”. Este comentario logró cerrar la discusión y aunar a la congregación en sus oraciones de intercesión.

En esta época en que celebramos el nacimiento de Dios como ser humano y repasamos el año 2010, sería bueno preguntarnos: ¿nuestra mesa navideña incluirá sólo a “bienvivientes”? ¿De qué maneras nuestra familia, comunidad de fe, ministerio u organización se relacionó durante este año con los sectores más débiles y excluidos de la sociedad? La opción de Jesús fue clara. Como dice el tango de Pagura (entonado por la delegación latinoamericana en el congreso mundial de Lausana III en Ciudad del Cabo este pasado octubre), Jesús “exaltó a los niños, las mujeres (otros “débiles” del momento), y resistió a los que de orgullo ardían.” Si nos hacemos amigos de “débiles y malvivientes” y nos atrevemos a violar la brecha que marca nuestra sociedad, guardando el dedo acusatorio, quizás logremos ver a las personas con los ojos de Dios, entender su realidad, descubrir su profunda belleza y empezar a invertir nuestra energía y recursos en la transformación de estas realidades de exclusión. Sin duda entre la basura, las armas, la droga, las aguas malolientes, el abandono y los pasillos embarrados, encontraremos las huellas de nuestro maestro.

Compartelo

Publicado: http://www.kairos.org.ar

El sueño de Lennon

Publicado: diciembre 27, 2010 en Música, Sociedad

José de Segovia
(Nota: Este artículo fue escrito el 12/13/05. Un escrito magistral de J. de Segovia, acerca de la vida del ex –Beatles John Lennon)

Hace veinticinco años que John Lennon moría asesinado en la puerta de su casa de Nueva York. Millones de personas lloraron su pérdida en todo el mundo. Ahora su figura se ha convertido en un mito, que simboliza la revolución cultural de los años sesenta. Por esta beatificación, el ex-Beatle se ha convertido en un santo laico, abogado del pacifismo, en cuya angelical pureza cuesta hoy reconocer el lado oscuro de su vida. Pero ¿quién fue realmente Lennon? Y ¿qué queda de su sueño?
En 1964, cuando los Beatles estaban en la cima de la histeria adolescente, nadie imaginaba que dos años después estarían haciendo textos religiosos y siguiendo instrucción espiritual, para acabar haciendo pronunciamientos sobre la paz mundial. Su generación había tenido poca relación con la Iglesia. El padre de McCartney era agnóstico y la madre de Harrison católica, pero no creían que la religión debía imponerse a los hijos. “Ninguno de nosotros cree en Dios”, dijo McCartney a un entrevistador aquel año. “Pero somos más agnósticos que ateos”, añadió Lennon.

Lennon era tal vez el beatle que había tenido más influencia religiosa. Su tía Mimi le había mandado a la escuela dominical a una iglesia anglicana, donde acabó cantando en el coro. Lennon era sin embargo conocido por sus blasfemias. Odiaba quizás, aquel Dios que había permitido que su madre muriera en un accidente cuando era adolescente, atropellada por un conductor borracho. O era incapaz de concebir un Padre en los cielos, cuando su propio padre le había abandonado poco después de nacer.

Lo cierto es que en sus días salvajes de Hamburgo, Lennon escribía cartas como si fuera Juan el Bautista, colgaba condones de imágenes religiosas o ridiculizaba a las monjas que pasaban. Sus escritos de aquella épocas tienen vicarios, leprosos, tullidos y a Cristo mismo, sujetos al más cruel humor negro. Ese lenguaje despiadado hacía difícil de imaginar en 1964, que dos años después Lennon estaría en un estudio cantando versos del Libro Tibetano de los Muertos, diciendo al productor George Martin: “Quiero que suene como un santón oriental, rezando en la cumbre de una montaña”…

EL CIELO ESTÁ EN TU CABEZA
El verano de 1967, McCartney decía a la revista People que sus ojos se habían abierto a la existencia de Dios . “Una experiencia similar”, recomendaba, “haría mucho bien a algunos de nuestros clérigos”. La experiencia de Lennon y McCartney sería desde luego imitada por muchos músicos y jóvenes de aquella década . Agnósticos apáticos se convertían así en apasionados buscadores de una verdad espiritual, que tenía al rock´n´roll como ritual tribal, abriendo las puertas a toda religión, secta o gurú. No tardarían a partir de entonces las iglesias en llenarse de guitarras acústicas y vicarios sin alzacuellos, que bendiciendo motos como bebés, murmuraban textos esotéricos, mientras condenaban los males de la sociedad de consumo.
A lo largo de la segunda mitad de los sesenta, el fenómeno de la religión marginal se convirtió en una industria millonaria, cuyo mercado abarca desde la magia pagana hasta el budismo zen. Los jóvenes lamentan el materialismo de sus padres, y canciones como el Nowhere Man de Lennon, hablan en 1965 de ese hombre que “no tiene visión, ni sabe a dónde va”. El LSD se convierte así en la pastilla del Camino de Damasco, por el que muchos aseguran ver a Dios, o incluso ser el mismo Dios, atesorando esos instantes y colores intensos, ante los que la vida pasada no resulta más que un juego. Ahora llenos de benevolencia, desean “el amor” a todos…

“Yo soy él, como tú eres yo, y todos estamos juntos”, canta Lennon en I Am The Walrus (1967), uno de los temas que compuso bajo su influencia. Esa ilusión temporal de unidad, que ellos llamaban Dios, es la que McCartney describe como “una fuerza de la que todos somos parte”. Lennon y Harrison cuentan que conocieron el LSD por un café que les dio una noche un amigo dentista en 1965. Los efectos iniciales fueron de desorientación. Tanto que Lennon pensó que se había vuelto loco y le perseguía el diablo, pero luego se vio lleno de ideas, humor y creatividad. A partir de ese momento, Lennon quedó tan “enganchado”, que hizo más de mil “viajes”. Por ellos dice que se convenció de “la existencia del alma humana y la vida después de la muerte”.

Aquella religión del LSD hizo de Timothy Leary su sumo sacerdote. Este profesor de psicoterapia de Harvard había tenido una experiencia psicodélica en 1960, cuando tenía cuarenta años. Y el año 63 hizo un experimento con estudiantes de teología, que afirmaron tener una “experiencia mística” por medio de esta droga, sobre la que escribió dos libros que leyeron los Beatles. Uno de ellos introdujo a Lennon al Libro Tibetano de los Muertos, que usó para escribir Tomorrow Never Knows, para el disco Revolver de los Beatles el año 66. Entonces se hizo amigo suyo y Lennon dice que escribió para él Come Together y Give Peace A Change, aunque luego le acusó de “recibir un mensaje del ácido, por el que tenía que destruir su ego”. “Y lo hice”, dice Lennon: “Leí el estúpido libro de Leary y me destruí a mí mismo”…

Lo he descubierto.
¡No creas la palabra de nadie!
Es lo que puedes hacer…
No dejes que te engañen
Con droga y cocaína…
¡Siente tu propio dolor

EL SUEÑO SE ACABÓ
Los Beatles pasaron dos meses con el gurú Maharishi el verano de 1967, pero se desilusionaron. En su decepción, Lennon escribe una canción llamada Sexy Sadie, llena de odio y resentimiento. Su primera esposa, Cynthia, dice que “la naturaleza humana y la búsqueda última de algo nuevo, que no pudieran conseguir, les llevó a experimentar todo”, pero “la increíble velocidad y locura de su fama creó un gran vacío en su vida”. Lennon descubre que “Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor”…

No creo en la magia.
No creo en el I Ching.
No creo en la Biblia.
No creo en el Tarot.
No creo en Hitler.
No creo en Jesús.
No creo en Kennedy.
No creo en Buda.
No creo en el Mantra.
No creo en el Gita.
No creo en Reyes.
No creo en Elvis
No creo en Zimmerman.
No creo en los Beatles.
Sólo creo en mí,
Yoko y yo.
Esa es la realidad.
El sueño ha acabado.
Desde que se emancipó de los Beatles, Lennon se enfrenta de tal forma al mundo, que parece que ha perdido todo sentido del ridículo. Dejando atrás todo pudor, John aparece desnudo con Yoko en la portada de la revista Rolling Stone o en su disco Dos Vírgenes. Como el personaje favorito de sus años infantiles, Guillermo el Proscrito, se ve una y otra vez abocado al desastre, pero continúa sin embargo convencido de que sus acciones son correctas. Aguanta mal la bebida y monta broncas penosas en locales de Los Ángeles, hasta que dirigido por Yoko, ella maneja los negocios y le manda hacer extraños viajes rituales, dictados por la numerología, a Hong Kong o Ciudad del Cabo

Mientras imagina que “no hay ningún paraíso, ni infierno bajo nosotros”, sólo siente la realidad de su propio dolor. Pero al descubrir que “no hay ningún Jesús, que vaya caer del cielo”, se da cuenta que “podría llorar”. Muchos lloramos desde entonces por él, porque sabemos que un día vendrá ese Jesús, en que no creía, cuando era su única esperanza. Por eso ahora que hay tiempo decimos: ¡Imagina!, ¡imagina que hay un cielo y un infierno! Y no vivas de espaldas a él… ¡Vive a la luz de esas realidades eternas! Y descubrirás que lo mejor está todavía por venir…

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid
© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España).

El rico y Lázaro

Publicado: diciembre 27, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (II)

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas…” (texto completo: Lucas 16:19-31).

Jesús criticó a los religiosos de la época, insolidarios e inmersos en sus círculos infernales de “pureza” en donde no había cabida para los empobrecidos del mundo. Veía al mundo dividido en dos: el del rico derrochador, vestido de ropa fina y cara, haciendo espléndidos banquetes diarios, símbolo e icono del pequeño mundo rico y acumulador, mientras tirado a su puerta, en la cercanía, a su lado, estaba el pobre Lázaro, símbolo e icono de la pobreza en el mundo, también junto a su puerta, como en nuestros días, innumerables como la arena del mar… pero el corazón del rico no se despertó a la solidaridad. Fue condenado por ello. La parábola sigue, de manera estricta, las líneas del Evangelio a los pobres.

Jesús hablaba de la riqueza y de la pobreza como algo que, necesariamente, debería estar integrado dentro de las preocupaciones del Evangelio. Hablaba de este grave y escandaloso problema con naturalidad, denunciaba con naturalidad, narraba parábolas como ésta, nos dejaba los valores del reino, valores que eran liberadores y rehabilitadores sacando al primer plano de la realidad a todos los que estaban en el no-ser de la marginación, la pobreza, la opresión y el sufrimiento. El desequilibrio del mundo, representado por este rico y por Lázaro, estaba en contra del proyecto del Reino y sus valores que irrumpen con la venida de Jesús al mundo.

Hoy, a los pastores, sacerdotes o líderes del mundo cristiano, en un mundo en donde el poder económico es prácticamente el primer poder y todo se mueve alrededor del dinero, como si el mundo estuviera adorando al becerro de oro, no les es fácil hablar de forma clara y a los cuatro vientos, de esta parábola, de la realidad de un mundo vergonzosamente dividido en dos: el pequeño mundo de los acumuladores, que representa este rico Epulón, y el gigantesco infierno en el que se mueven en la infravida los pobres del mundo, representado en la parábola por Lázaro. La Iglesia no ha sabido acoger en su profundidad el reto del Evangelio a los pobres, el evangelio liberador y dignificador de los sufrientes del mundo. Hemos perdido o dejado en lo light, en lo secundario y casi en el olvido, una de las esencias del Evangelio.

Parece que hoy, debido a la violencia social que crea la acumulación y el miedo a criticar a los poderosos del sistema económico -menos aún a condenarlos desde el punto de vista de la salvación eterna-, nuestros líderes religiosos no tratan el tema de la riqueza y de la pobreza con la naturalidad con que lo trataba Jesús. Mucho menos nos atrevemos a lanzar mensajes condenatorios a los ricos acumuladores que, teniendo al lado de sus puertas a los lázaros del mundo, hambrientos y llenos de llagas, no levantan un dedo para dignificarlos… les dan la espalda como a un sobrante humano. El pueblo de Dios no puede ni debe hacer lo mismo, sino que debe entrar en las líneas de denuncia y búsqueda de justicia que demanda el Evangelio a los pobres.

El rico Epulón: icono de un pequeño grupo que ejerce violencia gastando energías sin límites, saqueando para mantener el derroche de bienes y servicios, el consumo desmedido, los banquetes, el lujo, el placer… para ello tiene que explotar y expoliar al mundo poniendo sobre su mesa la escasez de los pobres. Es un número reducido de personas que extienden su influencia al 20% de la humanidad.

El mendigo Lázaro: los hambrientos del mundo, los niños que mueren por hambre o por falta de medicinas, por enfermedades vencibles, tantos lázaros que no se desarrollan, que viven en la infravida, que no se educan ni capacitan, que no tienen buena sanidad ni agua potable. Los lázaros hambrientos del mundo son más de mil millones de personas. Dentro del círculo infernal creado para que se mueva el mundo de los lázaros ulcerosos y llenos de llagas vitales, está el 80% de la humanidad.

Como va a haber un artículo más sobre este tema, os voy a dejar con algunas preguntas:

¿Hasta dónde debe asumir responsabilidades los que tienen riquezas de este mundo? ¿Hasta dónde los cristianos debemos asumir responsabilidades con aquellos lázaros que están empobrecidos, con los sufrientes del mundo, muchos de los cuales están realmente al lado de nuestra puerta y, a otros, los medios de comunicación los meten dentro de nuestras casas? ¿Nos da miedo el Evangelio a los pobres? ¿Cuándo está en nuestras manos el dignificar una persona o sanar las llagas de los lázaros de nuestros días y no lo hacemos estamos pecando? ¿Nos debería preocupar más el no caer en el pecado de omisión de la ayuda como cayó el rico de la parábola? ¿Los que, insolidariamente, desequilibran el mundo con la acumulación van a ser condenados por Dios y excluidos de la salvación eterna? ¿Es parte esencial de la espiritualidad cristiana el compartir, tener compasión, denunciar a los acumuladores, ponerse al lado de los lázaros del mundo y luchar por la justicia? ¿Nos interpela esta parábola del rico y Lázaro? ¿Nos inquieta la radicalidad del Evangelio a los pobres? ¿Nos gustaría que estos textos tan claros de la Biblia no existieran?

¡Señor, no des quietud a nuestras mentes hasta que no lleguemos a comprender qué es lo que tú quieres decirnos con esta parábola y con tantos otros textos bíblicos en donde se condena la omisión de la ayuda a los lázaros del mundo! Queremos entender y hacer realidad en el mundo tu Evangelio a los pobres. Aunque nos incomode, porque, para los que te quieren seguir, tu yugo es fácil y ligera tu carga. Que lo hagamos con alegría, Señor.

Artículos anteriores de esta serie:
1 El evangelio a los pobres: retazos

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).


La pobreza: escándalo y vergüenza humana

Varias veces he citado el texto bíblico, que podría ser una frase navideña, que dice: “la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”. Navidad. Noche de paz. Contemplamos el mundo. No es posible que haya paz sin justicia. Se debería afirmar que las desiguales redistribuciones de los bienes del planeta tierra, los desequilibrios económicos que dejan todo en las manos de los acumuladores de la tierra, las injusticias y las opresiones, son el caldo de cultivo de muchas de las violencias que hay hoy en el mundo incluidos algunos tipos injustificables de pirateos y terrorismos que azotan al mundo hoy… aunque sea Navidad. 

  Sin embargo, en estos días navideños, los cristianos y las iglesias dirán sin duda que son buscadores de paz, que quieren crear una cultura de paz…, pero no trabajamos de una forma activa y comprometida para que el aserto bíblico se cumpla: que la justicia y la paz se besen. No nos atrae, al contrario de lo que ocurrió con los profetas, ni la denuncia contra la injusticia, ni la acción contra la pobreza, ni la lucha contra la opresión de los pueblos o de las personas oprimidas en su ámbito individual. No se cumple el deseo bíblico de que la justicia y la paz se besen. Dios quiera que se consiga… al menos en Navidad.

Navidad. Paz entre los pobres. ¿Hay paz entre los pobres? Quizás tampoco, pero curiosamente, tampoco se cumple de forma tajante, el que los pueblos empobrecidos sean violentos, que defiendan su liberación acudiendo a la violencia. Nadie duda que hay muchos pueblos sometidos, oprimidos, despojados, bajo la bota de unos cuantos poderosos, desesperados y en la infravida de la pobreza y, sin embargo, no protestan, no alzan ni su espada ni su voz contra sus opresores… y, quizás, no existe eso de “la voz de los sin voz”.

Navidad. Paz entre los pobres. No existe la revolución de los pobres. Su pobreza severa no se convierte en algo intolerable contra lo que hay que levantarse… y muchos a esto le llaman vivir en un mundo en paz, aunque no hemos de anhelar nunca la paz de los cementerios. Los pueblos, así, se pueden plegar a su mentalidad de pobreza, de analfabetismo, de dependencia y de resignación, sin que funcione lo que pareciera que, humanamente, debería ser: que la injusticia crea las bases y las condiciones de la violencia.

Navidad. Paz entre los pobres. También este deseo para el mundo rico. Paz entre los cristianos del mundo. Aquí, en estos casos tan conocidos en el mundo, los cristianos nunca se deben decantar por animar a estos pueblos a la violencia. No hay ninguna espada o arma especial para usar por parte de los cristianos en defensa de los pueblos oprimidos. Sólo nos queda el ejemplo profético, sólo nos queda la voz, la palabra. Palabras de denuncia tendentes al acercamiento del Reino de Dios, que irrumpe con el nacimiento que celebramos en Navidad, a estos pueblos.

Navidad. La irrupción del Reino con sus valores. Un Reino cuyas normas están en contra de las grandes desigualdades, Reino buscador de justicia y de paz, Reino que pone en los primeros lugares de dignidad a aquellos que están postergados, hundidos, marginados y excluidos. Leed las Parábolas del Reino. Las normas del Reino, con su acogida a los pobres, proscritos y quebrantados del mundo, con la llamada al banquete del Reino de todos estos despojados y oprimidos, está condenando todo aquello que paraliza el desarrollo de los pueblos, su inmersión y condena a la pobreza, el subdesarrollo que nutre las arcas de un puñado de acumuladores.

Navidad. Que no haya injusticias para que no se generen violencias. Noche de paz. La injusticia, de alguna manera, siempre genera violencias. Por tanto, si algunos afirman que no siempre la injusticia genera violencia, se equivocan. Lo que pasa es que la violencia que genera la injusticia se enroca recayendo sobre las propias víctimas de la pobreza y las paraliza. La injusticia y la violencia siempre la generan los mismos. Si las víctimas de la injusticia no recurren a la violencia es porque en la mayoría de los casos no pueden. No tienen ni siquiera la posibilidad de usar la violencia de la voz. Eso no significa que con la injusticia generalizada haya paz en el mundo. Eso no es paz. Eso es violencia institucionalizada contra la que los pobres no pueden hacer nada. Violencia legalizada y establecida a la que el mundo llama paz.

Navidad. Que no haya invitaciones por parte de nadie a la violencia. Las prácticas de los injustos, las injusticias y las acumulaciones desmedidas de bienes, son una invitación a la violencia. La intolerable riqueza de algunas minorías es, de hecho, una llamada a la violencia de los pueblos, pero la violencia, el miedo, la subyugación violenta de los injustos es superior. Domina y calla a los pobres sumergiéndoles en una mentalidad de fatum o destino del cual creen no poder salir. No tienen ninguna posibilidad de éxito contra los que injustamente controlan su destino.

Navidad. El niño sin lugar en el mesón. El niño que nació en exclusión. Es una denuncia del mundo injusto. Así, la denuncia profética que hemos de retomar hoy, con el uso de la voz como única arma, con el uso de la palabra como única herramienta, la denuncia profética dentro de los métodos de la no violencia, es el medio más adecuado para plantar cara a la violencia de los injustos. Esta violencia tampoco la pueden ejercer los pueblos empobrecidos y despojados. Muchos pobres de este mundo no se plantean siquiera el hecho de tomar la vía de las reivindicaciones a través del uso de la palabra. Para muchos, si vencieran su alienación en la que han sido sumergidos dentro de la violencia establecida que es la paz de los injustos y hablaran defendiendo sus derechos más elementales, serían perseguidos y acallados de forma brusca.

Navidad. Cantemos villancicos, hablemos, miremos al niño naciendo ne medio de la infección de los animales… denunciemos. La violencia de la voz de los creyentes del mundo podría tener un efecto enorme y devastador de la violencia establecida como paz. La búsqueda activa y comprometida de la justicia por parte de los creyentes, podría reconducir al mundo a la auténtica paz, al hecho final y definitivo de que habla la Biblia. El hecho de que la justicia y la paz se besen. Será entonces cuando habremos acercado al mundo el Reino de Dios y algo de su justicia. Será la celebración de la auténtica Navidad. Será entonces cuando nuestro llamado a la misericordia y a la búsqueda de justicia, nos pondrá en movimiento hacia un mundo mejor y más justo. Estaremos llevando al mundo a una situación en la que se dé, realmente, la auténtica paz que hace añicos y pedazos todas esas paces muertas e inactivas de los cementerios. ¡Danos días de paz, Señor, en esta Navidad!

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2009).

Déjame dormir, Mamá

Publicado: diciembre 11, 2010 en Sociedad

Publicado por: juanstam

DÉJAME DORMIR, MAMÁ

Hijo mío, por favor,
de tu blando lecho salta.
Déjame dormir, mamá,
que no hace ninguna falta..

Hijo mío, por favor,
levántate y desayuna.
Déjame dormir, mamá,
que no hace falta ninguna.

Hijo mío, por favor,
que traigo el café con leche.
Mamá, deja que en las sábanas
un rato más aproveche..

Hijo mío, por favor,
que España entera se afana.
¡Que no! ¡Que no me levanto
porque no me da la gana!

Hijo mío, por favor,
que el sol está ya en lo alto.
Déjame dormir, mamá,
no pasa nada si falto.

Hijo mío, por favor,
que es la hora del almuerzo.
Déjame, que levantarme
me supone mucho esfuerzo.

Hijo mío, por favor,
van a llamarte haragán.
Déjame, mamá, que nunca
me ha importado el qué dirán.

Hijo mío, por favor,
¿y si tu jefe se enfada?
Que no, mamá, déjame,
que no me va pasar nada.

Hijo mío, por favor,
que ya has dormido en exceso..
Déjame, mamá, que soy
diputado del Congreso
y si falto a las sesiones
ni se advierte ni se nota.
Solamente necesito
acudir cuando se vota,
que los diputados somos
ovejitas de un rebaño
para votar lo que digan
y dormir en el escaño.
En serio, mamita mía,
yo no sé por qué te inquietas
si por ser culiparlante
cobro mi sueldo y mis dietas.
Lo único que preciso,
de verdad, mamá, no insistas,
es conseguir otra vez
que me pongan en las listas.
Hacer la pelota al líder,
ser sumiso, ser amable
Y aplaudirle, por supuesto,
cuando en la tribuna hable.
Y es que ser parlamentario
fatiga mucho y amuerma.
Por eso estoy tan molido.
¡Déjame, mamá, que duerma!

Bueno, te dejo, hijo mío.
Perdóname, lo lamento.
¡Yo no sabía el estrés
que produce el Parlamento!

Fray Junípero (1713 – 1784) Religioso franciscano español .


Una entrevista escálofriante de la cadena de tv O Globo (Brasil) al capo de la mafia «Marcola» en Rio de Janeiro.

Marcos Camacho, más conocido por el sobrenombre de «Marcola», es el máximo dirigente de una organización criminal de Sao Paulo (Brasil) denominada Primer Comando de la Capital (PCC).Las respuestas de Marcola a la cadena televisiva O Globo de su País nos aproximan a lo que puede ser el futuro de la delincuencia común en toda América Latina.

marcola

O Globo: ¿Usted es del PRIMER COMANDO DE LA CAPITAL (PCC)?

Marcola: Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e
invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnóstico era obvio: migración
rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la
solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna
vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre la belleza de esas montañas al amanecer», esas cosas…

Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están
muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia
social.

O Globo: Pero la solución sería…

Marcola: ¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de «solución» ya es un error.

¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en
helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la
habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un
gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento
económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría
que ser bajo la batuta casi de una «tiranía esclarecida» que saltase por
sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del
Legislativo cómplice. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que
haber una reforma radical del proceso penal de país, tendría que haber
comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y
federales (nosotros hacemos hasta «conference calls» entre presidiarios…)

Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.

O Globo: ¿Usted no tiene miedo de morir?

Marcola: Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva «especie», ya somos otros bichos, diferentes a ustedes.

La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común.

¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser
héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…! Yo leo mucho; leí 3.000
libros y leo a Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del
desarrollo torcido de este país.

No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa
creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto
analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien
escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. Es eso.
Es otra lengua.

Está delante de una especie de post miseria.

La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes.

O Globo: ¿Qué cambió en las periferias?

Marcola: Mangos. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio… Cuál es la policía que va a quemar esa
mina de oro, ¿entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el
funcionario vacila, es despedido y «colocado en el microondas».

Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes.

Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles sin piedad. Ustedes nos transformaron en «super stars» del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos «globales». Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros «clientes». Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.

O Globo: ¿Pero, qué debemos hacer?

Marcola: Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a «los barones del polvo» (cocaína)! Hay diputados, senadores, empresarios, hay ex presidentes en el medio de la cocaína y de las armas. ¿Pero, quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata?

No tienen dinero ni para comida de los reclutas. Estoy leyendo «Sobre laguerra», de Klausewitz. No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stinger. Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó? ¿Ipanema radiactiva?

O Globo: Pero… ¿No habrá una solución?

Marcola: Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la «normalidad». No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: «Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno».



El reverendo Paull Spring, obispo de la Iglesia Luterana de América del Norte, es uno de los líderes de las comunidades religiosas en los Estados Unidos que publicó una carta abierta Lunes, 06 de diciembre, defender el matrimonio tradicional. 

«La Protección del Matrimonio: Un compromiso compartido» es una carta abierta firmada por líderes religiosos de diferentes comunidades religiosas en los Estados Unidos que expresa un compromiso compartido para proteger el matrimonio en nuestra sociedad como la unión entre un hombre y una mujer.

Mons. Timothy M. Dolan, arzobispo de Nueva York, firmó como presidente de la Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos, el organizador de los esfuerzos inter-religioso. Dijo que las parroquias católicas romanas se les pide que compartan la carta a los católicos de América mediante su inclusión en los boletines de la parroquia para compartir con los fieles.

El reverendo Matthew C. Harrison, Presidente de la Iglesia Luterana-Sínodo de Missouri, y la mayoría de el reverendo Robert Duncan, el arzobispo de la Iglesia Anglicana en América del Norte, fueron algunos de los otros líderes religiosos que firmaron la carta. Los firmantes incluyen a los líderes católicos romanos, ortodoxos, anglicanos, protestantes y evangélicas grupos cristianos, judíos ortodoxos, y otras tradiciones religiosas.

«El matrimonio es la unión permanente y fiel de un hombre y una mujer. Como tal, el matrimonio es la base natural de la familia. El matrimonio es una institución fundamental para el bienestar de toda la sociedad, no sólo las comunidades religiosas «, dice la carta.

«Como líderes religiosos a través de comunidades de diferentes credos, nos unamos y afirmamos nuestro compromiso común de promover y proteger el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Honramos el único amor entre esposos y esposas; el lugar indispensable de los padres y madres, y los correspondientes derechos y la dignidad de todos los niños.

«El matrimonio lo define es un gran bien en sí mismo, y también sirve al bien de los demás y la sociedad en innumerables maneras. La preservación del significado único del matrimonio no es un interés especial o limitada, pero sirve al bien de todos. Por lo tanto, invitar y alentar a todas las personas, tanto dentro como fuera de nuestras comunidades de fe, que nos apoyen en la promoción y la protección del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, «el estado de los líderes religiosos.

La carta es el resultado de los debates entre los líderes de una gran variedad de religiones representadas en nuestra nación. En el contexto de los intentos legales y legislativas para redefinir el matrimonio en formas que son contrarias a la razón y la convicción religiosa, los dirigentes decidieron que sería importante y útil para dar a conocer su compromiso común de defensa del matrimonio como una institución que es fundamental para la salud de nuestra sociedad.

«Es significativo que los líderes religiosos de diversas comunidades cristianas y de otras tradiciones de fe han sido capaces de trabajar juntos para afirmar y defender la intención de Dios para el matrimonio y su importancia para nuestra sociedad», dijo el obispo de primavera.

«» Nosotros creemos y confesamos que el matrimonio de hombre y mujer es una institución creada y bendecida por Dios. Desde el matrimonio, Dios forma a las familias para servir como los cimientos de toda la civilización humana y la comunidad, «dijo el Obispo de primavera, citando la confesión común confirmada por la Iglesia Luterana de América del Norte. «Junto a todos los fieles cristianos, luteranos han afirmado esta concepción tradicional del matrimonio de casi 500 años.»

«El amplio consenso reflejado en esta carta – a través de grandes divisiones religiosas – es claro: La ley del matrimonio no se trata de imponer la religión de nadie, sino de proteger el bien común de todos», dijo el Arzobispo Dolan. «La gente de cualquier fe o la fe no puede reconocer a todos los que cuando la ley define el matrimonio como entre un hombre y una mujer, que obliga jurídicamente a una madre y un padre a sus hijos entre sí y, lo que refuerza la célula fundamental de la sociedad humana.»



Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14 RV95)

En este período en el que nos acercamos al final del Decenio para Superar la Violencia (DSV) y nos proyectamos con entusiasmo hacia la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz (CEIP), que tendrá lugar en Kingston (Jamaica), del 17 al 25 de mayo de 2011, es bueno detenerse a reflexionar sobre los momentos de paz y violencia que ha vivido nuestro mundo en estos diez años pasados.

Lamentablemente, a pesar de los esfuerzos constantes de la humanidad, hemos sido testigos de la continuación de la violencia, las hostilidades, la injusticia, el odio y la opresión en todo el mundo, e incluso en muchos casos de su intensificación. Las esperanzas y las proclamaciones de las últimas décadas que suscitó el tercer milenio como era de paz, reconciliación, solidaridad, justicia y hermandad entre los seres humanos parecen actualmente un sueño pueril. Y, sobre todo ahora, cuando estamos en medio de una crisis financiera sin precedentes, cuando millones de personas en todo el mundo se ven afectadas en su vida diaria por la economía globalizada, toda esperanza de un futuro mejor parece carecer de sentido.

Como muchos dirigentes religiosos han observado, la presente crisis no es sólo una crisis del sistema financiero de los países desarrollados, que se pensaba habría de promover de forma duradera un buen nivel de vida, ni una crisis sistémica del propio capitalismo.  En realidad, la crisis tiene profundas raíces morales, espirituales y éticas.  Es la misma crisis de valores que condujo al mundo a enfrentarse en nuestros días con los peores problemas de su historia, y que constituye una gran amenaza para cada ser viviente en la Tierra.

La paz no está en peligro actualmente a causa de las guerras entre países o de la opresión de los pobres y de los vulnerables.  Desde hace muchos años, se está librando otra “guerra”: la profanación de la Creación de Dios, inducida por nuestra avidez de más recursos naturales y energía, por los beneficios excesivos de las empresas multinacionales, el aumento de la producción industrial del mundo, y el excesivo consumo de bienes sin tomar las debidas previsiones.

Desde hace años, muchos científicos nos han estado alertando acerca de los resultados de esa “guerra” que se está librando.  Día a día, año tras año, sufrimos el cambio climático, que ya afecta a la forma de vida de muchas personas en todo el mundo e incluso amenaza su supervivencia. El calentamiento global está a la vuelta de la esquina, dado que el promedio de las temperaturas de las dos últimas décadas ha sido el más elevado que se haya registrado hasta ahora; más y más especies de la fauna y la flora están en peligro de extinción debido a la incidencia de la actividad humana; la búsqueda de agua limpia y fresca ha pasado a ser en muchos lugares una cuestión de vida o muerte; bellísimos paisajes están en peligro de destrucción; los refugios ecológicos están en aumento, y algunos piensan que deberían llegar a unos 200 millones en 2050.

Como parte del programa del DSV, pequeños equipos ecuménicos, las “Cartas Vivas” han viajado por varios países durante los últimos años, expresando su solidaridad con las comunidades que se debaten con la violencia en sus diversas formas. En mayo pasado una delegación de “Cartas Vivas” visitó a las iglesias, las organizaciones ecuménicas y autoridades de la sociedad civil de Fiji, con objeto de expresar su solidaridad con las comunidades que luchan contra los efectos del cambio climático, y señaló a la atención de todo el mundo sus catastróficas consecuencias.

Vale la pena mencionar que la población del Pacífico, que ha sido la que menos ha contribuido a esa amenaza mundial, ya está sufriendo sus efectos. La subida del nivel del mar como resultado del derretimiento de los glaciares de las regiones polares, la erosión de las costas, y los cada vez más frecuentes y devastadores tifones y huracanas en esa región están poniendo en peligro su futuro.  En Viwa, una isla muy pequeña del Sudeste de Fiji, ¡los 110 habitantes han sido testigos de la pérdida de cuatro hectáreas de tierra cultivable desde 2002!

Las autoridades gubernamentales se han visto obligadas a trazar planes para futuros reasentamientos forzosos de todas las comunidades en otros países, a pesar de la comprensible oposición de sus ciudadanos a abandonar el lugar de sus antepasados y a pasar a ser refugiados en tierras extranjeras.

La población del Pacífico está tratando de dar a conocer mejor su situación al mundo, pero lamentablemente el mundo parece no querer conocer esa realidad. Los participantes de Fiji en la Conferencia de las Partes (COP) 15 expresaron a los delegados y delegadas de “Cartas Vivas” su frustración ante los escasos logros alcanzados por la Conferencia, en contradicción con las grandes expectativas del mundo, así como la falta de una firme voluntad de los principales contaminadores de tomar todas las medidas que se necesitan.

¿Durante cuánto tiempo hemos de negarnos a ver los resultados de nuestras acciones? ¿Nos hemos preguntado acaso a nosotros mismos si aún tenemos tiempo para seguir haciendo la vista gorda a las señales de alerta de la naturaleza? o ¿pensamos realmente que nuestras acciones sólo afectarán a otras personas lejos de nosotros? En tanto joven cristiano que está preocupado por la difícil encrucijada en que se encuentra nuestro planeta, deseo unir mi voz a la de la población de Viwa y pedir a la comunidad cristiana mundial, y, en particular a aquellos que se reunirán en Jamaica, que eleven la conciencia del mundo sobre la amenaza del cambio climático.

La destrucción de la Creación es el último pecado cometido por la humanidad contra Dios Él que creó el mundo ex amore y nos hizo señores y ministros.  “Tomó, pues, Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara” (VRV95 Génesis 2:15). Sin embargo, en lugar de ser señores y ministros nos transformamos en violadores y maltratadores, destruyendo así nuestra paz con Dios y con su Creación, nuestro único hogar. Así pues, es un imperativo que las iglesias hagan ahora un llamamiento al arrepentimiento. Es importante entender que nuestras opciones políticas, nuestro crecimiento económico, nuestra prosperidad y nuestro desarrollo afectan en proporciones alarmantes a otras partes del mundo y a su población.

No es momento de mostrarnos pesimistas, no podemos hacerlo. En cambio, es un tiempo en el que estamos llamados a ser la voz profética del mundo. AHORA es el momento de que la comunidad mundial tome y ponga en práctica decisiones políticas serias, cuya prioridad no sea el crecimiento incontrolable de los mercados internacionales que se opone a la calidad de la vida humana y la preservación del medio ambiente, sino el equilibrio entre el crecimiento financiero y la continuación sostenible de nuestra existencia y de las futuras generaciones, en armonía con la naturaleza. AHORA es el momento de adoptar una nueva forma consciente de vida, con una nueva moralidad en todos los aspectos de la vida y la actividad humanas. AHORA es el momento de promover una forma de vida que respete y proteja el carácter sagrado de la Creación, promueva la dignidad y la equidad entre los seres humanos, y fomente la ecojusticia para todos los seres humanos y todas las criaturas vivas.

Nikos Kosmidis
Echos – Comisión de la Juventud del Movimiento Ecuménico
Miembro de la delegación de “Cartas Vivas” que visitó el Pacífico

 


JOSÉ DE SEGOVIA

Se cumplen ahora cien años de la muerte del profeta visionario y atormentado escritor ruso León Tolstói. Todo lo que había deseado en su juventud, lo consiguió al llegar a los cincuenta, pero no era feliz. Había anhelado la gloria literaria y en este momento era, con Dostoievski, uno de los más célebres escritores del mundo, cuando se pregunta: “Bueno, ¿y qué?” Su apatía pronto se convierte en angustia: “Uno no puede cerrar los ojos para evitar ver que, por delante de la mentira de la vida y de la felicidad, no hay más que el sufrimiento y la muerte”.

Si las rentas de las que vivía Tolstói cubrían ampliamente los gastos de la familia, los derechos de autor de Anna Karenina o Guerra y paz le permitieron llenar su casa de lacayos, doncellas, costureras, ayas o preceptores franceses y alemanes. Su esposa, Sonia, se ocupaba de la administración de sus propiedades y él no tenía más que preocuparse de escribir. Su casa estaba llena de amigos y vecinos, pero eso no le molestaba. A pesar de sus dolores de cabeza, podía trabajar ocho horas seguidas. Su situación financiera le permitía no plegar su arte a ningún interés económico, pero no era feliz. O mejor dicho, se preguntaba si existía otra felicidad.

Todo empezó una noche en Arzamas. Había leído en el periódico un anuncio de la venta de una propiedad y de improviso decidió trasladarse al lugar para hacer el negocio a finales del verano de 1869. “Había estado muy ocupado –escribirá– por el deseo de acrecentar nuestros bienes del modo más astuto, es decir, mejor que los otros”. Se propuso que el producto de la tierra o la venta de la madera cubrieran el precio de compra, de tal modo que el dominio no le costase nada. “Busqué un imbécil que no estuviese al corriente de los negocios, y me pareció haber encontrado a uno” –dice en sus Confesiones –. Cuando de repente, le asaltó la angustia…

Fue la primera de muchas noches en que se empezó a despertar, preguntándose para qué. Las interrogantes se abatían sobre su cabeza como una nube de cuervos: “¿Dónde estoy?, ¿a dónde voy?, ¿de qué estoy huyendo?” Salía de su cuarto al corredor, pensando que así se libraría de lo que le atormentaba, pero aquella cosa salía detrás de él y lo ensombrecía todo. Sentía cada vez más miedo. Todo lo que probó para serenarse, aumentaba su temor. “Es estúpido –me dije–. ¿Por qué estoy triste? ¿De qué tengo miedo?”. Cuando en ese instante le respondió la Muerte: “De mí”.

LA SOMBRA DE LA MUERTE
Un escalofrío helado recorrió la piel de Tolstói. Todo su ser experimentaba el deseo de vivir, pero la sombra de la muerte le desgarró interiormente. Trataba de sacudir su espanto, intentando pensar en sus negocios, el dinero, su casa de Yásnaia Poliana, su mujer y sus cuatro hijos, en Guerra y paz y lo que escribiría después, pero todo le parecía vano. Se decía a sí mismo: “¡No hay nada en la vida, nada más que la muerte, y la muerte no debería ser!” El horror se apoderó de él.

Se acostó preguntándose: “Pero ¿quién me había hecho? Se dice que Dios… Recordé mis plegarias… Comencé a rezar… Inventé oraciones… Me persigné, me puse de rodillas, lanzando miradas de soslayo por temor a ser visto”. Mientras murmuraba el Padre nuestro, imaginaba sin embargo a la muerte penetrándole por los poros de la piel, debilitando y pudriendo su cuerpo, atando su lengua y oscureciendo su cerebro.

Al comienzo de su matrimonio, el escritor se creía protegido contra la tristeza y el miedo, pero el amor era un débil escudo contra la angustia de la muerte. Leía la Biblia y a los filósofos, oscilando entre la duda y la oración, pero su confusión aumentaba al tratar de explicarla. En tanto que para todos era un hombre fuerte y un padre de familia feliz, apartaba los ojos cuando veía una cuerda y no volvía a tomar su fusil, por miedo a caer en la tentación del suicidio. Con la misma intensidad que había sentido el afán de vivir, León siente ahora el afán de morir. Ni el pensamiento de su mujer o sus hijos le turbaba. Por la noche, sobre todo, se adueñaba de él el deseo de acabar con su vida.

“IGLESIA DE UN SOLO HOMBRE”
Para evitar estas abrumadoras reflexiones, a Tolstói le queda un solo remedio: el trabajo físico, al que se entrega con frenesí. Espera que el cansancio le impida así pensar. Vive como un campesino, levantándose a las cuatro de la mañana para trabajar de sol a sol con ellos, intentando impregnarse de su sabiduría. Uno de ellos cree que lleva su alma extraviada a Dios. Confía en “el bien inherente al corazón de todos los hombres”, que cree descubrir “personalmente su revelación a través del cristianismo”. No hay duda que Tolstói entiende la religión a su manera…

Porque ¿en qué consiste la fe de Tolstói? El escritor cree en “una iglesia de un solo hombre” –como dice Juan Gabriel Vásquez en un reportaje de Babelia–. “Como toda iglesia, había llegado a detestar el sexo, que le parecía un obstáculo para el amor; como toda iglesia, había llegado a la conclusión de que no hay vida posible fuera de la fe (sin la conciencia de Dios –escribe en su diario– no puede haber una concepción razonable del mundo); como toda iglesia, había llegado a considerar la desgracia personal como una bendición (las páginas que siguen a la muerte de su hijo son espeluznantes: Enterramos a Vaniéchka. Terrible. No, terrible no, un gran acontecimiento espiritual. Te doy las gracias, Padre. Te doy las gracias)”.

Su Confesión es un verdadero ajuste de cuentas con las Iglesia rusa ortodoxa, que lo excomulgó después y no lo ha rehabilitado hasta el día de hoy. Su última obra Resurrección (1899) se vuelve así un acta de acusación contra el cristianismo. El libro rebosa de citas del Evangelio según Mateo, sobre todo del Sermón de Monte, pero presenta un ascetismo que no es nada evangélico. El protagonista, Dimitri Ivanovich Nejliudov, es un noble agobiado por sentimientos de culpa. Se esfuerza hasta las lágrimas en hacer suyos los mandamientos del Evangelio, pero cae en una religión de preceptos, que prefiere sus mandatos a Cristo mismo.

¿MORALISMO O REDENCIÓN?
Como el personaje de Joseph Conrad –contemporáneo del escritor ruso–, Lord Jim, el escritor está ansioso de expiar sus culpas pasadas al precio de su vida, pero en realidad no busca ser perdonado. En el cristianismo de Tolstói no cabe la redención. “Le resulta incomprensible y escandalosa –como dice Antonio Rubio Plo–, al igual que la noción de que Dios nos da la gracia, con independencia de los méritos que creamos haber adquirido con buenas obras”. Ya que en la mente del escritor, “Cristo se reduce a un sabio que proporciona acertados consejos para nuestra vida”.

Aunque se despojó de todas sus posesiones, dejando los derechos de su obra a los campesinos, León no encontró la paz. Su matrimonio se convierte en un infierno. Si es difícil ser escritor, mucho más difícil es ser santo. Su obra se desintegra ante una vocación moral, que le sume en una tormentosa contradicción. A sus 82 años se escapa de casa en mitad de la noche, acompañado de su hija pequeña y su médico. A los dos días de aquella fuga, fallecía en la estación de Astapovo, hace ahora cien años.

Pocos viven como Tolstói, con un temor consciente a la muerte. Están esclavizados por la negación de la muerte (“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, 1 Corintios 15:32). La gente dedica casi toda su energía a hacer segura esta vida, cuando no hay realidad más cierta y segura que tenemos que morir.

LA MUERTE NO ES EL FIN
Al principio Tolstói quería morir, porque pensaba que eso era la aniquilación total. Ya que después de la muerte no había nada. Hasta que se dio cuenta que no sabemos lo que sucede cuando morimos. Podemos decir que no hay nada después de la muerte, porque los muertos no hablan. Pero ¿qué ocurriría si uno hubiera venido de la muerte? El nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

Unidos a Él, podemos decir con el apóstol Pablo que “morir es ganancia”, cuando encontramos nuestra vida en Cristo (Filipenses 1:21). Al morir, hizo morir a la muerte, para que nosotros podamos vivir en su resurrección. La esperanza final del creyente no es morir y ser librados de nuestros cuerpos, sino ser resucitados con un cuerpo nuevo y glorioso, como el de Cristo resucitado (3:21).

Tras la resurrección, vendrá el Juicio, pero no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Mateo 22:32). Si Él es tu Dios, lo será para siempre. La fe que crece sobre el cimiento de esas promesas de Dios, quita el temor que atormentó a Tolstói, y nos llena de esperanza y confianza, para vivir de una manera diferente.

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

El precio del hambre

Publicado: diciembre 3, 2010 en Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

El hambre tiene un precio. Es un precio tan alto y con tantas variantes, que incluso se podría hablar del costo económico del hambre. A veces son costos directos por atajar algunas de las secuelas del hambre. Muchas veces se emplean medicinas para atajar consecuencias del hambre como las diarreas, la neumonía, el paludismo y otras, así como las complicaciones de los partos en madres anémicas y otras consecuencias del hambre que repercute en la debilidad de los sistemas inmunológicos de los afectados por esta tragedia. O sea, hay gastos médicos debido a las consecuencias de la subalimentación de los niños, de los adolescentes y de los adultos. Otras veces son costes que ya derivan de la imposibilidad de llegar a ser hombres productivos debido a las secuelas del hambre. Serían gastos indirectos por la imposibilidad de llegar a ser personas productivas, pues son personas debilitadas y que fallecen antes de tiempo. Personas con pérdida de productividad, anulados por el hambre.

Pasar de largo permitiendo que el hambre siga siendo un mal sin erradicar, puede tener unos costos superiores a lo que se invierte en programas para la eliminación del hambre. Por tanto, las ayudas directas contra el hambre deberían tener una prioridad superior a otros tipos de ayuda que ya se dan a los afectados por el hambre. Pero, ¿debería ser este tema una prioridad en la reflexión de los cristianos? Yo creo que sí. Debería ser una prioridad tan fuerte o más que la propia alabanza, ya que Dios se ve molesto en medio de las alabanzas insolidarias. Esto se ve claramente en los profetas del Antiguo Testamento. Pero, además, tenemos una frase tremendamente fuerte de Jesús que se identifica con los hambrientos: “Tuve hambre y no me disteis de comer”. Esta frase por sí sola, que además se convierte en un juicio condenatorio, debería ser un acicate para la reflexión de los cristianos en torno a los problemas del hambre en el mundo. Y si los cristianos estuvieran realmente concienciados, serían una fuerza imparable que tendería a transformar el mundo. Eso sería una forma de acercar el Reino de Dios a los pobres.

Los cristianos deberían invertir en la eliminación del hambre. Invertir dinero. Porque es una inversión rentable. Rentable en el sentido que lo invertido directamente en la eliminación del hambre, puede tener una rentabilidad de hasta veinte veces por encima del dinero invertido, ya que estaremos contribuyendo a que haya hombres y mujeres con capacidad de producción, sin las minusvalías típicas de los que han padecido las consecuencias del hambre, con menos necesidad de medicinas y con capacidad de ser productivos tanto para sus familias como para sus países. Porque el hambre tiene un precio muy alto, tanto en el ámbito de los hogares y familias, como en el ámbito de las naciones generalmente hablando.

Los evangélicos en España se pueden concienciar por la verbalización de la palabra, por temas como el aborto, hasta haber llegado a montar marchas por la vida, por la figura de Jesús como las “Marchas para Jesús”, muchos son combativos contra el tema de la homosexualidad, se preocupan por la alabanza, ayudan solidariamente en las catástrofes internacionales de todo tipo. Pero sin embargo, no se ve inquietud por el tema del hambre en el mundo. Quizás porque vivimos en un país de hartos en donde la obesidad va siendo cada vez un problema mayor. Pero la frase condenatoria de Jesús “Tuve hambre y no me disteis de comer”, que conlleva la maldición de “malditos de mi Padre”, debería ser suficientemente relevante y llamativa para que hubiera más preocupación por estas temáticas tan importantes y tan inhumanas como es las temáticas del hambre en el mundo.

Preocuparse por el hambre es preocuparse también por la vida. Es, en cierta manera, un tema bioético. Porque el hambre tiene también un precio humano, un costo que repercute en la propia vida. Si hay en el mundo más de veinte millones de lactantes que nacen con un peso insuficiente debido a la mala alimentación de las madres, uno de cada cinco niños nacidos en estas situaciones morirá antes de los cinco años, pero otros tendrán diferentes minusvalías que les harán niños incapacitados, con capacidades reducidas para trabajar y vivir vidas plenas. Podrán ser ciegos por falta de vitamina A, o padecer diarreas, sarampión o paludismo… esto en un mundo en el que hay alimentos suficientes para todos, pero con un problema de una injusta redistribución de los alimentos.

Es un problema de justicia social, por la cual también clama la Biblia y que muchas veces los cristianos somos sordos a estos llamamientos. La lucha contra el hambre no es una cuestión solamente de políticos. La voz y la ayuda práctica de los cristianos deben estar dando ejemplo en la vanguardia de esta lucha… porque lo hacemos por el Señor.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, (España).