•»No creo que Jesús aprobaría el aborto, excepto en el caso de incesto, violación o la vida de la madre en peligro», Jimmy Carter.

Estados Unidos | Por Nínro Ruíz Peña |

  “Jesús no aprobaría el aborto, dice el ex presidente de EE. UU. Jimmy CarterEl ex presidente Jimmy Carter, dijo a The Christian Post que él cree que Jesús no aprobaría el aborto con la excepción de unos pocos casos. Carter, criticó al Partido Demócrata porque ha tomado una postura firme en apoyar el aborto para todas las mujeres, así que les animó a suavizar su lenguaje en la plataforma del partido.

“Nunca he encontrado ninguna incompatibilidad, aunque entre mi fe religiosa y mis deberes como un político, salvo en este caso sobre el aborto”, dijo Carter en una entrevista a CP.

“No creo que Jesús aprobaría el aborto, excepto en el caso de incesto, violación o la vida de la madre en peligro”.

“Yo tenía que cumplir la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Roe vs Wade, así que traté de hacer todo lo posible para reducir al mínimo la necesidad de abortos, lo que facilita la adopción de niños, el cuidado de las mujeres y los niños lactantes en el Programa WIC”.

“Por lo tanto, era una incompatibilidad que tenía, mantener la paz y poner mis valores morales básicos cristianos en la práctica, esas eran las cosas más difíciles para mí”, dice Carter.

“He firmado una carta pública pidiendo al Partido Demócrata en la convención que acepte mi posición sobre el aborto, que es reducir al mínimo la necesidad, la necesidad de limitar sobre el aborto y que sólo se les permita a las mujeres cuya vida está en peligro o que están embarazadas como resultado de una violación o incesto”, dijo Carter el jueves en el programa de radio Laura Ingraham”.

“Creo que el Partido Demócrata podría adoptar esa política como aceptable para una gran cantidad de personas que ahora están alejados de nuestro partido por el tema del aborto”.

Traducido y adaptado por NoticiaCristiana.com de Christian Post.

Foto: Jimmy Carter – AP Images / Tara Todras-Whitehill

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Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XXIX)

La cruz no es símbolo de un sufrimiento que me ahoga en lágrimas, sino de sufrimiento que me permite enjugar las lágrimas de los sufrientes de la tierra, de los pobres del mundo.
 Semana Santa.
Recuerdo de la cruz de Jesús. La frase de Jesús  “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”  (Mateo 16:24), se dice en un contexto de sufrimiento. Jesús estaba declarando a sus discípulos algo de su pasión, el sufrimiento que tendría que soportar en su cruz, la cruz de Jesús. Tendría que padecer mucho de parte de los religiosos, de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas… hasta la muerte. Lo matarían. Matarían al autor de la vida . Jesús tomaba su cruz a favor de los demás , por conseguir nuestra salvación, por dejar afianzados los valores del Reino, valores de justicia y de liberación de los débiles del mundo, valores que mostraban que uno debería vivir para los otros, para los demás… para el prójimo. Jesús no acepta su cruz de forma pasiva y victimista como si el sufrimiento fuera algo bueno en sí mismo. Sufre con un propósito. La cruz no es símbolo de sufrimiento que me ahoga en lágrimas, sino de sufrimiento que me permite limpiar las lágrimas de los demás, de los otros… de redimir, de salvar, de liberar. Ese era el sentido del sufrimiento en Jesús, de su cruz.

¿Qué sentido debe tener, pues, el sufrimiento de sus seguidores, nuestras cruces? ¿Qué puede significar que si queremos seguir a Jesús debemos también tomar nuestra cruz? Lógicamente no se refiere a tener que pasar por sufrimientos masoquistas, dolores o angustias que nos suman en la depresión, la inseguridad o el miedo. El sufrimiento de nuestra cruz también debe ser, de alguna manera, redentor. Nuestra cruz debe tener el sentido de ser también las manos y los pies del Señor en la línea de la projimidad, del servicio al otro, de la liberación del prójimo robado de su dignidad, empobrecido, sufriente.

 Jesús carga con su cruz compadeciéndose de nosotros . Así, nuestra cruz también debe ser compasiva, cruz que nos convierte en agentes de liberación de todos aquellos que son víctimas del egoísmo humano, del robo, de la opresión, de la falta de misericordia. Sólo el que toma su cruz puede ser un buen prójimo.

Cuando queremos ver siempre a los creyentes despojados de la cruz, siempre con un gozo insolidario, con una sonrisa porque Dios les ama, pero que este amor de Dios no les lanza a tomar su cruz de ayuda a los otros, a los sufrientes del mundo, cuando los vemos triunfantes en medio de los poderes y valores de este mundo y de espaldas a los crucificados de la tierra, es que estamos rechazando nuestra cruz. Es entonces cuando nos apartamos de los valores del Reino, ya no pensamos como Dios, sino como los hombres que, en su egoísmo, sólo piensan en su propio bienestar.

Nos ocurrirá lo que a Pedro. Ni siquiera vamos a querer que se de el sufrimiento redentor de Jesús, no queremos ni siquiera que Jesús cargue con la cruz… y nos convertimos, como en aquél momento Pedro, en emisarios del mismo Satanás. Es cuando Jesús nos tiene que separar de Él y nos tiene que decir:  “¡Quítate de delante de mí, Satanás!” . Queremos eliminar el sufrimiento redentor, queremos eliminar de nuestras vidas nuestra cruz, el sufrimiento que debo tener mirando a mi prójimo en dificultad.

 Jesús llevó su cruz a favor de los hombres . Igualmente, mi cruz, me debe llevar a sufrir con las injusticias que se dan en el mundo, el desigual reparto de los bienes del planeta, el hambre, las torturas, los robos de dignidad, las exclusiones, el empobrecimiento de los pueblos, la infravida en la que viven tantos prójimos nuestros.

¿Debemos limitarnos ante esto a los goces espirituales sin tomar también nuestra cruz a favor de los demás? No podremos seguir al Maestro si no vamos cargados también de nuestra cruz a favor de los otros, de nuestro prójimo sufriente. No podrás ser un discípulo de Jesús si no cargas con una cruz que te mueve a misericordia y te hace pararte y compartir con tu hermano tirado al lado del camino, apaleado y en manos de ladrones… ¿No está acaso gran parte del mundo en manos de ladrones?… No nos queda otro remedio que tomar la cruz.

Tomar la cruz no significa hacer un seguimiento de Jesús preocupándote solamente de tu propio sufrimiento y viendo las formas de uso de la religión o de la espiritualidad cristiana para liberarte tú de tus propios miedos, sino que tomar la cruz es pasar a ser un buen prójimo preocupándote de las situaciones de los otros, del sufrimiento del mundo, de los empobrecidos de la historia, de los desheredados, de los puestos en los últimos lugares allí donde se da la infravida y el no ser de la marginación y de la exclusión social, allí donde el hombre sufre apaleado y robado por sus propios semejantes.

 Jesús en la cruz no sólo se compromete con el hombre para el más allá, sino que se compromete también con su sufrimiento en su aquí y su ahora . Con su muerte en la cruz quiere sellar también su legado, los valores del Reino que son dignificadores y liberadores de la injusticia y de la opresión. Nuestra cruz también nos debe comprometer con el hombre sufriente. Si no, nuestra cruz no tiene ningún valor, no es una carga, ni ligera, ni fácil, ni nada. Vivimos para nosotros mismos.

Mi cruz, tu cruz en el seguimiento del Señor, te debe comprometer con el hambre en el mundo, con la injusticia, con la muerte temprana de tantos niños, las torturas, los abusos, la opresión y el despojo que se hace de tantos prójimos nuestros. Si no, ¿Qué cruz es la nuestra? ¿Qué cruz es la tuya? ¿Qué cruz es la que te permite el seguimiento del Maestro de espaldas al dolor de tu prójimo? Nadie puede llevar su cruz de espaldas al grito de los marginados y pobres de la tierra. Sería un insulto al concepto de projimidad que nos dejó Jesús.

 No te escandalices ante una cruz que te pide compartir sufrimiento, a la cruz que te pide amor y misericordia para con el prójimo sufriente, una cruz que tiene que ser a favor de los otros… como la de Jesús . Mientras la iglesia y los creyentes tengan miedo al sufrimiento que comporta tomar y llevar la cruz del seguimiento de Jesús, el cristianismo no será auténtico, no se dará eso que es contrario al egoísmo humano: el negarse a sí mismo… quizás para vivir pendiente del prójimo que nos necesita.

Eso implica seguir a Jesús llevando nuestra cruz. Hazlo y no tengas miedo. Te sentirás unido al proyecto de Jesús, tomado de su mano… camino de la eternidad que sólo se alcanza en compromiso con el presente, con el ahora… portando la cruz. Si no quieres ver ni compartir sufrimiento, serás apartado y considerado como un agente de Satanás. Como le ocurrió a Pedro en aquel momento.

Autores: Juan Simarro Fernández

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Chagall, Jesús y la cruz

Publicado: abril 3, 2012 en Arte, Cultura, Espiritualidad

José de Segovia Barrón

Chagall, Jesús y la cruz
En su casa no había imagen alguna, pero pintó cien veces la cruz como símbolo universal del sufrimiento.
 Sorprende que un judío como Marc Chagall (1887-1985), tenga tal obsesión por la cruz, que llene muchos de sus cuadros con la figura misma del crucificado. Algunos se pueden ver en la exposición que ahora le dedica el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. El artista creció en la comunidad judía de Vitebsk –la actual Bielorrusía–, donde predominaba un jasidismo que prohíbe representar nada de lo creado. En su casa no había imagen alguna, pero pintó cien veces la cruz como símbolo universal del sufrimiento. No era fácil la vida para un judío en medio de las dos guerras mundiales y la revolución soviética. El mayor de nueve hermanos de una familia de origen levítico –su nombre es Shagal o Segal–, que vive del comercio del arenque –por eso pinta con frecuencia tantos pescados–, mientras su madre lleva una tienda de ultramarinos en casa. Cada mañana su padre va a la sinagoga, antes de trabajar, cargando pesados barriles –cuenta Chagall en  Mi vida,  su autobiografía–.

En aquella época, los judíos no tenían acceso a la educación rusa. Su formación era por lo tanto en una escuela religiosa judía, donde aprende hebreo con la Biblia. “Desde mi más temprana infancia, he sido cautivado por la Biblia” –le cuenta a su biógrafo Franz Meyer–. “Siempre me ha parecido la mayor fuente de poesía de todos los tiempos”. Tal fascinación le produce, que dice: “Yo no veía la Biblia, la soñaba”.

Logra entrar con un pasaporte falso en una academia de arte de San Petersburgo, pero en 1910 se establece en París, donde mantiene el folklore ruso y la espiritualidad jasidica. Vuelve a su pueblo, se casa y llega la revolución. Al regresar a Francia, tiene a Ambroise Vollard como marchante –que se encarga de la obra de Cézanne, Renoir, Picasso, Gauguin y Van Gogh–. Es él quien le pide que ilustre el Antiguo Testamento, viajando a Palestina en 1931.

 EL SUFRIMIENTO DEL CALVARIO 
 Chagall veía la Biblia como “historia humana”. Para él, “Cristo era un gran poeta, cuya enseñanza se ha olvidado en el mundo moderno” –dijo a la  Revista Partisana  en 1944–. Lo imagina como “un Jesús pre-cristiano”. Le dice a su hijo David después, que, para él, está en la línea de los grandes profetas judíos. En 1912 hace una obra Dedicada a Cristo,  que hoy conocemos como Calvario.  En el centro de la pintura coloca a Jesús crucificado, junto a Juan y María. José de Arimatea lleva una escalera y el cuerpo desnudo de Cristo está tapado por un chal de oración judío.

En sus representaciones del Antiguo Testamento incluye ya cruces, pero  a partir de la persecución nazi, ve en la crucifixión el sufrimiento del mundo.  Lo refleja como en un espejo. No es que esté concentrado en él, ni le sea transferido, para hacer un sacrificio, sino que forma parte de lo que considera “el destino permanente del hombre”.

 En  La crucifixión blanca  (1938), los judíos huyen de los nazis, mientras Jesús cuelga sobre ellos en la cruz. Está tapado con lo que parece un  tallith  por sus rayas negras, mientras sus píes se queman sobre un candelabro de siete brazos . Debajo una sinagoga arde, los rollos de la  Torah  se convierten en antorchas y los ancianos se lamentan. Y ¿qué hace Cristo para protegerles?

Chagall dice que “el hombre en el aire, que hay en mis pinturas, soy yo” –afirma en una entrevista de 1950–. En la vida y en el arte, el artista flota sobre la adversidad. Y parece que también sobre las distinciones humanas. En su experiencia y su obra, quiere ser nos sólo ruso para los rusos, o francés para los franceses, sino también judío para los judíos, y cristiano para los cristianos. ¿Se identifica entonces Chagall con Jesús?

 EL MESÍAS DE LOS JUDÍOS
 En  La crucifixión amarilla  (1943), Jesús lleva las filacterias de un devoto judío y sostiene el rollo de la  Torah  en su mano derecha, rodeado de un grupo de judíos que huyen en su sufrimiento. Durante la guerra empieza a pintar su famoso tríptico de  Resistencia, Resurrección y Liberación .  En el primero un judío con la  Torah  está de píe a la izquierda de la cruz, una mujer con un bebé extiende sus brazos al crucificado y Chagall cae boca abajo, junto al cuerpo de Jesús, como si él mismo fuera crucificado.

Después de la guerra, los judíos tienden a ver estas crucifixiones como un símbolo del sufrimiento judío, que no tiene carácter mesiánico alguno, hasta que el artista pinta la cruz detrás de la escalera de Jacob. En el catálogo de la exposición, Chagall le añade una cita de su amiga Raissa Maritain, convertida al catolicismo, que dice: “El Antiguo Testamento es precursor del Nuevo, y el Nuevo cumplimiento del Antiguo”.

Esto se hace aún más evidente en su representación del  Éxodo  de 1955. En este oscuro cuadro, se levanta la cruz en la esquina superior izquierda. En su famoso  Sacrificio de Isaac , Jesús está llevando la cruz, superpuesto en el fondo. El rojo que se derrama desde la cruz sobre la figura de Abraham, sugiere la idea de un sacrificio de sangre. Esa imagen de Isaac prefigurando a Cristo, aparece incluso en los tapices que hace para el Parlamento de la Knesset en Jerusalén.

 VARÓN DE DOLORES
 El registro de la Pasión no sólo ocupa gran parte de los evangelios. Está ya anunciada en el Antiguo Testamento. Jesús es presentado como el Varón de Dolores anunciado por  Isaías  53:3. Cristo conoció el sufrimiento antes, pero a partir de Getsemaní “se entristece y angustia en gran manera” ( Mateo  26:37), diciendo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (v. 38) . En contraste con la dulce calma y paz del aposento alto, Jesús está alarmado ante la horrible perspectiva de un tormento sin igual, que le sobrecoge.

La muerte de Jesús no tiene nada que ver con la forma en que Sócrates bebe la copa envenenada. Su actitud no es serena y calmada. Los héroes, además, que los judíos admiraban, como los macabeos, se enfrentan a la muerte con gesto desafiante, presentando sus miembros para ser amputados. Cristo sin embargo aparece agitado y en completa agonía ( Lucas  22:44), pidiendo al Padre si no hay forma de evitar su muerte (v. 42). ¿Por qué tantos “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” ( Hebreos  5:7)?

 La muerte de Cristo es diferente a cualquier otra, porque no sólo experimentó un dolor terrible –tres horas sofocado y desangrado–, sino que esa muerte física supuso una muerte espiritual . Lo que la Biblia llama la muerte eterna, la maldición de ser separado de Dios. Cuando clama a Él, gritando “¿por qué me has desamparado?” ( Mateo 27:46), muestra la agonía de la ruptura que se produjo en el propio corazón de Dios. Verdaderamente –como el Credo Apostólico dice–, sufrió los tormentos del infierno.

 REDENCIÓN Y SUFRIMIENTO
 Jesús entró en la oscuridad, para que nosotros no tengamos que pasar por ella. El dolor físico que todavía sentimos, no se puede comparar con la experiencia espiritual de abandono cósmico que Cristo sufrió. En la cruz padeció un dolor que excede el que nosotros podamos conocer y soportar. Es por eso que el cristianismo es la única fe sobre la faz de la tierra que proclama que Dios se hizo verdaderamente hombre, para experimentar de primera mano nuestra desesperación, soledad, rechazo, angustia y muerte .

¿Por qué Dios permite el sufrimiento? No tenemos la respuesta a esa pregunta, pero  miramos la cruz de Jesús y sabemos que por lo menos no es indiferente a nuestro dolor . Dios lleva así nuestra miseria. Es verdaderamente Emmanuel –Dios con nosotros–, incluso en la hora más oscura, pero por su resurrección sabemos que nuestro sufrimiento no es en vano. Su victoria frente a la muerte, no sólo nos trae consolación, sino el anuncio de la restauración de la vida.

 Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde ya no habrá muerte, llanto, clamor, ni dolor ( Apocalipsis  21:4) . Porque Dios mismo estará con nosotros, limpiando cada lágrima. Será la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del Hombre esté sentado en su trono de gloria ( Mateo  19:28). La Creación danzará entonces, como en los cuadros de Chagall.

Autores: José de Segovia Barrón

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Teología Evangélica:

Las buenas nuevas de la muerte y resurrección de Jesús

(Breve reflexión para Semana Santa)

En Corinto había un grupo de creyentes que negaban que Pablo fuera apóstol, porque no había sido discípulo de Jesús. También hubo un grupo que negaba la resurrección. Para defender su apostolado y afirmar el hecho de la resurrección, Pablo parte de la esencia misma del evangelio:

Ahora, hermanos, les declaro el evangelio que les prediqué,

el mismo que recibieron…

Mediante este evangelio son salvos,

si se aferran a la palabra que les prediqué.

De otro modo, habrán creído en vano.

(1 Corintios 15:1-2)

A continuación Pablo resume el evangelio con tres afirmaciones: Cristo murió, fue sepultado y resucitó (15:3-4). A la primera agrega dos aclaraciones: murió «por nuestros pecados» y «según las escrituras».  La segunda queda sin más comentario: la sepultura de Jesús es prueba de que realmente murió, y por ende que realmente resucitó. Pablo amplía la tercera con tres frases: «resucitó al tercer día, según las escrituras, y que se apareció (ôfthê) a Cefas» y a otras personas mencionadas (15:4-8). Pablo mismo es el último a quien el Resucitado se presentó igual que en los casos anteriores (con el mismo verbo, ôfthê). Eso le califica a Pablo a ser testigo también de la resurrección, aunque como el último y como un abortivo fuera del tiempo normal.[1]

En resumen, aquí el evangelio se define por esos tres hechos históricos: la muerte redentora de Jesús (viernes santo). su sepultura (sábado santo) y su resurrección (domingo de gloria), confirmada por muchos testigos oculares. Por eso, negar la resurrección de Jesús es negar el evangelio y anular su poder para salvación (15:2,14-17; Rom 1:16).

Esta concentración decisiva, aunque no excluyente, en la cruz y la resurrección es propia del evangelio. Lutero la llamaba theologia crucis. Por algo la Semana Santa se llama «la Semana Mayor». Nunca antes ni después en sólo siete días se transformó tan radicalmente la historia humana.

Este énfasis en los eventos de lo que llamamos «la Semana Santa» no niega ni disminuye la importancia de la encarnación del Hijo, de su vida plenamente humana o de «el evangelio del reino». Son enfoques distintos de un mismo evangelio. La encarnación de Jesús, como identificación solidaria con nuestra condición humana, es una clave muy esclarecedora al significado de su muerte y resurrección.[2] La cruz y la resurrección serían imposibles sin la encarnación; la vida humana de Jesús sin la cruz y la resurrección no nos podría salvar. No somos redimidos aparte de la encarnación y el anuncia del reino, pero es por la cruz y la resurrección que ellos realizan su eficacia salvífica.

Al principio de esta misma epístola Pablo enuncia el mismo enfoque evangélico:

El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden,

en cambio, para los que se salvan, es decir, nosotros, este mensaje es el poder de Dios…

Ya que Dios… tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.

Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría,

mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado…

Cristo es el poder de Dios y la salvación de Dios.

Pues la locura de Dios es más sabía que la sabiduría humana,

y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana…

Me propuse, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna,

excepto de Jesucristo, y este crucificado…

(1 Cor 1:18-25; 2:2)

Este mismo enfoque cristológico y evangélico aparece en diferentes pasajes del Apocalipsis. Al puro comienzo, en el saludo/bendición inicial, Pablo desea a sus lectores «Gracias y paz» de Dios Padre (el gran «Yo soy»), del Espíritu y de Jesucristo «el testigo fiel, el primogénito de la resurrección, el soberano de los reyes de la tierra» (Ap 1:5). En el Apocalipsis el término «testigo» (martus) suele referirse más a la praxis de la fe, y hasta el martirio, que al testimonio (marturia) como discurso (cf. 2:13; 6:9). Es casi seguro que este primer título de Jesús se refiere a su crucifixión (cf. 1Tm 6:13), junto con la resurrección que sigue en el segundo título («primogénito de la resurrección»). Con esos dos tenemos la Semana Santa, y con el siguiente, «el soberano de los reyes de la tierra», llegamos hasta el domingo de la Ascensión.[3] El v.11 completa el esquema cristológico con una referencia a la Segunda Venida de Cristo. Ese enfoque enfáticamente histórico es muy propio de la teología evangélica.[4]

Todo lo mismo puede decirse de la cristología del Cordero en el Apocalipsis. El capítulo 4 tiene una teología de la creación muy inspiradora, y cierta teología de la soberanía de Dios (4:2-3,10), pero no tiene cristología ni soteriología. Al inicio del cap. 5, cuando nadie pudo abrir los sellos del libro, Juan, dentro de la visión, no ha visto al Cordero ni ha conocido el euaggelion de la salvación y sólo puede llorar desconsoladamente. Entonces uno de los veinticuatro ancianos «evangeliza» a Juan con las buenas nuevas de salvación:     el León de Judá, el retoño de David, ha vencido. En seguida Juan cambia su mirada hacia el gran trono, y ahí ve un Cordero con las cicatrices del cuchillo sacrificial (su muerte, 5:6) pero ahora alzado en pie, lleno de gloria y poder (su resurrección 5:6). En seguida ese Cordero se acerca al trono y toma el libro de la mano derecha de Dios.

Cuando aparece el Cordero, todo cambia. El llanto se convierte en canto, la mala noticia en evangelio. Primero el «coro unido» de los vivientes y los ancianos, de rodillas, con arpas y perfume, adora al Cordero que murió y resucitó (5:8-10); después millones y millones de ángeles adoran también al Cordero (5:11-12), y al fin la creación entera adora al Padre y al Cordero (5:13). En un libro que insiste en adorar sólo a Dios y a nadie más (19:10; 22:8-9), esta adoración al Cordero es una clara afirmación de otra convicción fundamental de la teología evangélica, la plena deidad de Jesucristo.

Que Dios nos conceda una Semana Santa profundamente evangélica, repleto del inmenso gozo de as buenas nuevas y  de nuestra gratitud a Dios por su gracia hacia nosotros/as.

¡A todos, una bendecida semana santa, evangélica y eucarística!


[1] Bien observa Irene Foulkes que Pablo aquí toma por premisa el hecho de que Cristo resucitó (15:1,11,13-16). Los corintios mencionados en 15:12 no negaban la resurrección de Jesús sino «una resurrección futura de los creyentes» y las creyentes.

[2] Ver «Hacia una cristología de la santidad» juanstam.com 19 enero 2007; 30 marzo 2012.

[3] Es importante que las comunidades celebran no sólo viernes santo y domingo de resurrección sino también Ascensión y Pentecostés como fechas de la historia de la salvación.

[4] El valioso libro de J. Gresham Machen, Christianity and Liberalism, identifica a esta orientación histórica como la esencia de la teología evangélica.  Hay mucho que criticar en los escritos de Machen, pero me parece que la tesis de este libro suyo es acertada.

http://juanstam.com/


Por:Tereixa Constenla

Ilustración Little Big HornEn 1882 los sioux se dieron de bruces con la técnica de las participaciones preferentes. Un abogado, el hermano de un ministro de Estados Unidos, un  reverendo y un experto en despojos formaban la comisión que acudió ese año a la gran reserva de Dakota (9 millones de hectáreas) para negociar con los indios un reordenamiento de sus emplazamientos. La propuesta consistía en que cada tribu sioux tuviese un asentamiento específico. A cambio, prometía el religioso Hinman, “el gran padre os concederá 25.000 vacas y 1.000 toros”. Ahora bien, los sioux debían firmar previamente una serie de documentos. Dado que ninguno sabía leer, ninguno advirtió que con sus rúbricas renunciaba a más de la tercera parte de la reserva (3,5 millones de hectáreas). O sea, una cesión perpetua de sus ahorros de toda la vida por unas migajas. Ciertas operaciones tienen tal recorrido histórico que merecerían una rama propia en la historiografía. Y las participaciones preferentes, productos financieros cimentados sobre las cesiones perpetuas a entidades bancarias de miles de clientes que confiaron ciegamente sus ahorros a su sucursal de toda la vida a cambio de un interés anual, tienen raíces en la conquista del “salvaje” Oeste. Porque ¿quién en su sano juicio cedería a perpetuidad 3,5 millones de hectáreas a cambio de unas vacas o los ahorros de toda la vida a cambio de una renta anual?

Este episodio de los sioux, uno más entre la vasta lista de agresiones, humillaciones y expolios, que sufrieron tras la llegada masiva de colonos europeos, se recoge en un libro que es ya un clásico: Enterrad mi corazón en Wounded Knee, escrito por Dee Brown. La editorial Turner acaba de reeditar la obra, publicada por vez primera en 1971 y convertida en un best-seller internacional, favorecida por una circunstancia imbatible: por vez primera un historiador daba voz a los nativos. Ellos no solo habían perdido vidas, tierras y cultura, también habían perdido el relato y la historia. Demasiado a menudo las víctimas solo logran imponer su testimonio pasado el fragor de la actualidad.

Turner está mostrando una sensibilidad especial hacia estos episodios históricos del nacimiento de Estados Unidos, tan adulterados por el cine con simplificaciones maniqueas, donde pocas dudas había sobre malos y buenos.El imperio de la luna de agosto, finalista del Pulitzer en 2011, de  S. C. Gwynne, narra la historia de los comanches, la última tribu que resistió al hombre blanco y que accedió a vender sus tierras y cambiar la vida que habían mantenido durante generaciones.

La obra de Dee Brown, fallecido en 2002, reconstruye lo ocurrido en tres décadas esenciales del avance de los colonos y el retroceso de los nativos, entre 1860 (la Larga Marcha de los navajos) y 1890 (la masacre de los sioux en Wounded Knee). “Durante esta época fueron destruidas la cultura y la civilización del indio americano, y en ella nacieron virtualmente los grandes mitos del Oeste: las narraciones de cazadores de pieles, montañeros, pilotos de barcos fluviales, buscadores de oro, jugadores, pistoleros, soldados de caballería, vaqueros, cortesanas, misioneros, maestros de escuela y colonos. Solo en ocasiones llegó a oírse la voz de un indio y entonces, casi sin excepción, tal como fue registrada por la pluma de un blanco”, escribe el autor en el prólogo.

Toro SentadoNo es un libro alegre, avisa Brown. Se queda corto: es desolador. Y no por la sucesión de horrores que narra, si no por su desesperanza. Porque la lucha, sangrienta como todas las conquistas, es descompensada al estilo de David y Goliat, con final realista. Porque además leemos el libro cuando conocemos de sobra el desenlace. Porque leer los alegatos de un gran jefe sioux, Toro Sentado, cuando conservaba la autoridad moral pero había perdido el poder, induce a la tristeza. Es, en el fondo, el discurso de alguien que después de luchar, huir y refugiarse en Canadá, al otro lado de la frontera, ha decidido tirar la toalla.

 “Si a un hombre se le pierde algo, vuelve sobre sus pasos y lo busca cuidadosamente, pues con seguridad dará con ello; así hacen ahora los indios al pediros que les concedáis las cosas que prometisteis en tiempos pasados. No creo que ello pueda ser razón para que los tratéis como bestias, hecho que ha sido causa de los amargos sentimientos que me embargan (…), el gran padre me dijo que con su perdón se borraban mis deudas pasadas y que su bondad cuidaría de guiar mis pasos futuros; acepté sus palabras y regresé sin temor. Me dijo también que no me apartara de la senda del hombre blanco y yo le aseguré que todos mis esfuerzos se dedicarían a cumplir sus deseos. Me doy cuenta de que mi país ha adquirido mal nombre, y yo quiero que recupere el propio, intachable; así ha sido siempre. A veces, cavilante, me pregunto quién ha sido el que lo ha manchado”.

 

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En Cuba, el proyecto de nación del catolicismo se presenta como extensión o complemento del proyecto oficial. Es un camino que no contribuye a la democratización ni a garantizar el pluralismo ideológico de la isla

 

EVA VÁZQUEZ

En la resaca de las tantas visiones promisorias sobre la visita del Papa a Cuba que circulaban desde fines del año pasado, hoy advertimos que los mayores beneficios del paso de Ratzinger por la isla tal vez no haya que buscarlos en Santiago o La Habana sino en Washington y Bruselas. La presencia en Cuba del líder de una iglesia que congrega a más de mil millones de fieles en el mundo tal vez ayude a consolidar el criterio de que la democratización cubana no se abrirá paso por medio de políticas basadas en el aislamiento diplomático de ese país o en sanciones comerciales contra su gobierno.

Al igual que en la visita de Juan Pablo II en 1998, la ciudadanía de la isla pudo escuchar a un jefe de Estado que habla de paz y libertad, de sociedad abierta y verdad cristiana. Todos, conceptos ajenos al discurso excluyente y confrontacional que ha caracterizado al gobierno cubano en más de medio siglo de poder. La forma manipuladora con que los medios oficiales enfocaron la visita y los mensajes del Papa y el modo abiertamente represivo con que las autoridades manejaron la seguridad nacional, antes y durante la estancia de Benedicto XVI en Cuba, fue una perfecta negación de esos mismos conceptos, serenamente formulados en las homilías del Papa.

De cara a la nueva sociedad que se viene construyendo en la isla, en las dos últimas décadas, la visita papal abre interrogaciones que no pueden silenciarse ¿Qué tipo de ciudadanía acabará constituyéndose en ese país caribeño, si se normaliza la hegemonía doble del Partido Comunista sobre la sociedad política y de la Iglesia Católica sobre la sociedad civil? ¿Qué sujetos políticos moldeará un sistema en el que la institución alternativa al Estado socialista, que cuenta con mayores derechos civiles para la trasmisión de sus valores a la sociedad, es la Iglesia Católica?

Hoy se puede hablar de una fe sostenida por dos instituciones autoritarias que saben entenderse

Existe la equivocada percepción de que Cuba ha sido y es una nación católica, como España o México, Irlanda o Polonia. El proyecto católico de nación nunca predominó en Cuba por muchas razones que podrían resumirse con la idea del antropólogo cubano, Fernando Ortiz, de que allí la nacionalidad se formó tardíamente, entre mediados del siglo XIX y principios del XX, por medio de un proceso de transculturación que incluyó, por supuesto, diversos cultos religiosos. La religión católica fue la más practicada por los cubanos hasta 1958, pero la Iglesia no era la institución hegemónica de la sociedad civil de la isla antes del triunfo de la Revolución.

Hoy los católicos no son mayoría demográfica en Cuba y, sin embargo, la Iglesia es tratada por el gobierno de Raúl Castro como si su feligresía acumulara las bases no representadas por el Partido Comunista. Este último ha concedido al clero católico derechos de asociación y expresión que, por ser negados a la ciudadanía, se convierten en privilegios, que le permiten crecer en condiciones excepcionales. Es cierto que los católicos cubanos han luchado por esos derechos en el último medio siglo, pero no menos que otras minorías de la sociedad, como las que conforman la oposición pacífica.

En su loable esfuerzo por abrir la esfera pública de la isla, la Iglesia y sus intelectuales insisten en que el crecimiento de esta institución se debe a que la misma no pertenece a la sociedad política sino a la sociedad civil y que, por tanto, su labor es estrictamente “pastoral”. Sin embargo, no dejan perder oportunidad alguna para presentar la manera en que la Iglesia se relaciona con el gobierno de Raúl Castro como el tipo de oposición leal que deberían practicar todas las asociaciones independientes para ser reconocidas. Nada más político que asumir un tipo de relación con un gobierno como paradigma de toda la sociabilidad de un país.

El Papa se vio obligado a declarar que “la ideología marxista ya no responde a la realidad”

Habría entonces que empezar por admitir que el crecimiento del catolicismo cubano en las dos últimas décadas no ha sido meramente “natural” o “espontáneo”, sino que ha respondido a la coyuntura histórica del colapso ideológico del marxismo-leninismo en los 90 y a los privilegios concedidos a la Iglesia a partir de esa década. Todavía en los años previos y posteriores a la visita de Juan Pablo II a la isla podía hablarse de la recuperación de una fe reprimida o amordazada. Hoy habría que hablar ya de una fe ideológicamente sostenida por dos instituciones autoritarias, que encuentran un punto de entendimiento en el discurso y la práctica del nacionalismo excluyente.

El sentido excluyente de ambos nacionalismos comienza con la representación de toda la comunidad cubana como comunista o católica. Un editorial de Granma de mediados de marzo hablaba de la “Nación cubana”, no de la Revolución o el Socialismo, y presentaba a esta al Papa Benedicto XVI, casi, como un pueblo católico. El embajador de la isla ante la Santa Sede fue más allá y declaró que la “Revolución Cubana y la Iglesia Católica hablaban el mismo idioma porque perseguían lo mismo”. La homologación de discursos entre ambas instituciones fue tan clara en los medios oficiales que el Papa se vio obligado a declarar, antes de su viaje a México, que la “ideología marxista ya no responde a la realidad”.

Si lo que el Papa quiso decir era que la ideología oficial cubana no responde a la realidad de la isla, tal vez debió referirse a la ideología “marxista-leninista” o “estalinista” o, incluso, “comunista”. La teoría social e histórica del capitalismo moderno de Marx es, por el contrario, una de las ideologías que más contactos establece con la realidad global del siglo XXI. Lo curioso es que el gobierno tolere el anticomunismo de la Iglesia Católica, mientras subvalora, margina o silencia los marxismos críticos que se posicionan frente a la ausencia de democracia o al avance del capitalismo en Cuba.

La elección oficial del catolicismo como alternativa leal posee, además, el inconveniente de facilitar el arraigo de ideas conservadoras sobre la nueva comunidad multicultural que intenta articularse en la isla a principios del siglo XXI. La visión de la Iglesia sobre las alteridades sexuales, raciales y genéricas, sobre los cultos afrocubanos, el aborto y el matrimonio gay, es tradicionalista, por no decir reaccionaria. El gobierno cubano, que históricamente ha demostrado ser también conservador en esas materias, hace acompañar su cautelosa apertura económica de una reevangelización católica que se propone crear una mayoría moral, “obediente en la fe” y “buscadora de la verdad”.

El Papa, el cardenal Jaime Ortega, el arzobispo Thomas Wenski y casi todos los líderes católicos, dentro y fuera de Cuba, hablan de un “largo camino de reconciliación nacional” y de una transición gradual, que evite el capitalismo salvaje en Cuba. La pregunta que queda en pie es por qué para evitar ese tipo de capitalismo y avanzar en esa reconciliación nacional es necesario privar a la ciudadanía de derechos civiles y políticos elementales como la libertad de asociación y expresión. No estaría mal que, aprovechando los medios con que ya cuenta, la Iglesia fuera más transparente en la exposición del tipo de capitalismo y el tipo de democracia que desea para Cuba.

El catolicismo, como sostuviera el malogrado profesor de la Universidad de Cambridge, Emile Perreau-Saussine, en su póstumo estudioCatholicism and Democracy (2012), no es incompatible con la democracia. Pero sus mayores contribuciones a esta se han verificado cuando ha sabido renunciar a sus linajes antiliberales y anticomunistas y se ha secularizado por la vía del diálogo ecuménico y la convivencia con otras religiones, cultos e ideologías. Los católicos cubanos deberían ganar conciencia en que el crecimiento de su fe en Cuba sólo podrá consolidarse plenamente bajo un clima de tolerancia religiosa, diversidad ideológica y libertades públicas para todos.

La visita del Papa Benedicto XVI a Cuba ha sido beneficiosa para la democratización, toda vez que el pueblo de la isla entró en contacto con un líder mundial que trasmite ideas y valores diferentes a los del Estado cubano. Lo que no favorece la democratización de Cuba es que el proyecto de nación del catolicismo se presente como extensión o complemento del proyecto oficial. Lo que, definitivamente, no contribuye al creciente pluralismo ideológico de la isla es que la Iglesia Católica comparta con el Partido Comunista la hegemonía sobre la esfera pública cubana, aceptando la limitación de derechos de las demás asociaciones civiles y políticas del país.

Rafael Rojas es historiador.

 

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Los miembros del grupo asesinaban para conseguir, de acuerdo a sus creencias, dinero, salud y protección. Muchos de sus miembros están vinculados al narcotráfico.

Viernes 30 de marzo de 2012| por EFE – foto: EFE

Detienen a secta que sacrificó 2 niños y una mujer a “La Santa Muerte”Las autoridades mexicanas presentaron este viernes a siete de los miembros de una secta satánica acusados de sacrificar a dos niños de 10 años y a una mujer de 44 como ofrenda a “La Santa Muerte”para recibir dinero, salud y protección.

El portavoz de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Sonora (noroeste), José Larrinaga, presentó ante a los medios a siete de los ocho miembros arrestados de esa secta, que presuntamente asesinó a las tres personas en la ciudad de Nacozari.

Al parecer, según las autoridades, el grupo de asesinos estaba liderado por Silvia Meraz, de 44 años.

Según las investigaciones, Meraz “convenció al resto del grupo de ofrecer sacrificios humanos a ‘La Santa Muerte’, ya que estos les traerían beneficios tanto en lo económico como en la salud y les daría protección”, precisó Larrinaga, según un comunicado de la fiscalía estatal.

El funcionario indicó que las autoridades investigaron estos hechos después de recibir una denuncia sobre la desaparición del niño Jesús Octavio Martínez, de diez años, que fue hecha por algunos familiares.

Larrinaga explicó que un grupo especial de la Policía Estatal Investigadora (PEI) logró establecer que “los detenidos privaron de la vida al menor, a quien sacrificaron en marzo de este año, como culto a La Santa Muerte”.

El portavoz dijo que los detenidos confesaron que la líder del grupo persuadió a los otros seis miembros de una familia “para dar muerte a tres personas en distintas ocasiones, siendo así que asesinaron a una mujer adulta y a dos infantes”.

Larrinaga afirmó que las investigaciones señalan a Silvia Meraz como la inductora de los tres homicidios, además de participar de manera directa en dos de ellos junto con su pareja.

“Su predilección era degollar a las víctimas, argumentando que ‘La Santa Muerte’ así lo prefería y de esta manera les indicaría dónde había dinero para robar, lo que sería parte de la recompensa”, indicó el portavoz.

Las víctimas son Cleotilde Romero Pacheco, de 44 años, amiga de Silvia Meraz, quien fue asesinada en diciembre de 2009; Martín Ríos Chaparro, de 10 años, muerto en julio de 2010, y Jesús Octavio Martínez Yáñez, de 10 años, en marzo pasado.

Los agentes policiales localizaron los cadáveres en un radio de cien metros en la periferia de la población de Nacozari, indicó Larrinaga.

Además de Silvia Meraz, los restantes detenidos son tres hombres y tres mujeres con edades comprendidas entre los 20 y los 83 años.

Las autoridades continúan las investigaciones para determinar si hay otros participantes en los homicidios o si hubo más víctimas.

La Santa Muerte es una figura mexicana de veneración que combina elementos del catolicismo con el culto prehispánico a los muertos. En algunas ocasiones se ha vinculado este culto con distintos tipos de delincuencia, principalmente el narcotráfico.

 

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El arzobispo de Santiago dijo que envió al vicario de la Esperanza Joven a visitar a la madre del joven asesinado.

por La Tercera – 30/03/2012 – 12:55

© AGENCIA UNO
 El arzobispo de SantiagoRicardo Ezzati, explicó esta mañana que la Iglesia sí acompañó a la familia deDaniel Zamudio, que falleció tras recibir una brutal golpiza. Ante las críticas realizadas por el Movilh, el religioso indicó que envió al vicario de la Esperanza Joven a apoyar a los cercanos del joven.

Ezzati afirmó que el vicario le entregó a la madre de Zamudio una sagrada escritura. «Lo que quiero destacar es la sabiduría de los papás, frente al apropiarse de un dolor, aprovecharse de la imagen de una cosa que es demasiado seria como el dolor humano», dijo el monseñor.

Además agregó que «hay que acompañar con una actitud callada, el aprovechamiento del dolor humano es inhumano».

Por otro lado, indicó que hay que considerar siempre que hay bajo «la no discriminación».