Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor.
Publicado: diciembre 19, 2010 en Fotografía 1 Por aquellos días Augusto *César decretó que se levantara un censo en todo el imperio romano.2 (Este primer censo se efectuó cuando Cirenio gobernaba en Siria.)3 Así que iban todos a inscribirse, cada cual a su propio pueblo.
4 También José, que era descendiente del rey David, subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a Judea. Fue a Belén, la ciudad de David,5 para inscribirse junto con María su esposa. Ella se encontraba encinta6 y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo.7 Así que dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.
Los pastores y los ángeles
8 En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños.9 Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor.10 Pero el ángel les dijo: «No tengan miedo. Miren que les traigo buenas *noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo.11 Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es *Cristo el Señor.12 Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
13 De repente apareció una multitud de ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían:
14 «Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra paz a los que gozan de su buena voluntad.»
15 Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: «Vamos a Belén, a ver esto que ha pasado y que el Señor nos ha dado a conocer.»
16 Así que fueron de prisa y encontraron a María y a José, y al niño que estaba acostado en el pesebre.17 Cuando vieron al niño, contaron lo que les habían dicho acerca de él,18 y cuantos lo oyeron se asombraron de lo que los pastores decían.19 María, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba acerca de ellas.20 Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por lo que habían visto y oído, pues todo sucedió tal como se les había dicho.
Casita de cartón y madera prensada debajo de Freeway 91 Los Angeles, CA.
Fotografía: Samuel Nieva Camara: Nikon d90 Lente: Vivirtar Serie 1 19-35mm.
Wenceslao Calvo
Estamos en época de Adviento que es la preparatoria para Navidad. A algunos la palabra tal vez no les diga nada o simplemente les suene a algo religioso y por tanto lejano, aunque mezclado con la tradición o la costumbre. En algunos hogares e iglesias en cada uno de los cuatro domingos de Adviento se enciende una vela o luz y se efectúa una lectura bíblica acorde con la venida de aquel que es la Luz verdadera a este mundo de oscuridad.
El término, que viene del latín adventus, significa advenimiento, es decir venida, y por lo tanto es muy apropiado para referirlo a esta época del año.
El concepto de Adviento tiene una doble perspectiva: en primer lugar retrospectiva y en segundo lugar prospectiva. La retrospectiva es obvia porque mira al pasado, a hace dos mil años, cuando se produjo la primera venida de Jesús. En ese sentido la época de Adviento es preparatoria para recordar y celebrar lo que entonces ocurrió: el acontecimiento histórico más grande nunca sucedido, esto es, el nacimiento del Hijo de Dios.
Allí la eternidad y el tiempo confluyeron, la supra-historia y la historia se encontraron, en la más feliz coincidencia que mereció que toda una multitud de las huestes celestiales proclamaran el suceso en las inmediaciones de Belén.
A pesar de los vanos intentos actuales de algunos, que en realidad son tan viejos que nada nuevo tienen, de burlarse de la Navidad como mito cristiano, tanto el hecho como los datos históricos están bien fundamentados y el doctor Lucas, exacto historiador donde los haya, junto con el publicano Mateo nos han dejado un relato pormenorizado de los mismos, para que, generación tras generación, los cristianos celebremos la fiesta regocijándonos en lo que entonces ocurrió.
Este es el sentido retrospectivo del Adviento. La mirada al pasado. Un aspecto vital, porque sin pasado el presente no tiene soporte y el futuro carece de impulso.
Pero Adviento tiene también un sentido prospectivo, que mira hacia delante, hacia una venida futura. Es interesante que en Apocalipsis aparece cuatro veces la frase ´el que ha de venir´(1) referida a Dios.
Esa expresión está en los cuatro casos al lado de otras dos expresiones que se refieren a su existencia en el presente y el pasado (el que es y que era), pero al hablar del futuro en lugar de decir el que será, que sería lo lógico, dice ´el que ha de venir´.
Si hubiera dicho el que es y que era y que será seguramente hubiera expresado una verdad absoluta e incontestable, referente a la eternidad de Dios y su trascendencia. Pero al hacerlo así también hubiera implícitamente resaltado el abismo que hay entre su existencia y la nuestra, que es temporal y perecedera, subrayando la diferencia entre su dimensión y la nuestra, lo que indicaría que son dimensiones separadas que nunca se tocan, lo cual nos dejaría para siempre separados de Dios.
Pero al sustituir el que será por ´el que ha de venir´ introduce un cambio de la mayor significación, porque quiere decir que ese Dios eterno y que habita en la eternidad entrará en el tiempo, que es nuestra esfera, fundiéndose de esta manera lo temporal y lo eterno, lo trascendente y lo pasajero, produciéndose un encuentro definitivo entre él y nosotros. Por eso él es Dios del Adviento futuro, de la venida futura. Y ese Dios no es otro que Jesucristo, el mismo Dios que el de la primera venida.
Así pues en Jesucristo se producirá ese encuentro entre lo divino y lo humano que ya está prefigurado en su persona, donde la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana, en el momento de la concepción, en el seno de la virgen. Por eso Jesucristo no es simplemente un maestro o un profeta, sino realmente el único en quien lo divino y lo humano se ha unido y por quien cualquier ser humano que busque la unión con Dios puede encontrarla.
Si el Adviento retrospectivo nos mueve a mirar hacia atrás y celebrar lo que ya ocurrió, el Adviento prospectivo nos impulsa a mirar hacia adelante y alimentar la esperanza de lo que sucederá inexorablemente. A pesar de los intentos de las fuerzas de tinieblas para negarlo, para retrasarlo o para impedirlo, ese Adviento se producirá en el día y la hora fijados en el reloj de Dios. Nada ni nadie podrá frustrarlo.
Si el primer Adviento fue en su momento profetizado y se cumplió, es lógico esperar que el segundo Adviento, que también está profetizado, se cumpla. Si el Adviento retrospectivo es el soporte del Adviento prospectivo, éste a su vez es lo que da proyección al primero, ya que sin él se quedaría simplemente en un suceso relegado al pasado y de interés solamente para nostálgicos e historiadores.
Pero el Adviento prospectivo demanda un estado de vigilia permanente, al que Jesús mismo nos exhorta una y otra vez, en vista de las fuerzas disolventes que actúan desde dentro (carne) y fuera (mundo) de nosotros y que procuran desarraigar del corazón cualquier anhelo que clame por esa segunda venida. Estar despiertos, ceñidos de lomos, con lámparas encendidas, etc. son algunos de los símiles que nos propone para que no caigamos en el abandono, la negligencia o la desobediencia.
Gocémonos, pues, en estas fechas con el Adviento ya cumplido y preparémonos debidamente para el Adviento que ha de cumplirse. Y la forma de empezar a hacerlo es abriendo ahora el corazón por el arrepentimiento y la fe para que Jesucristo entre en él.
——————————————————————————–
1) Apocalipsis 1:4,8; 4:8; 11:17
Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid
© W. Calvo, ProtestanteDigital.com (España, 2010).
César Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VIII): muchas “iglesias” frente a `la´ Iglesia
Suele ser un argumento muy difundido entre católicos, incluso aquellos que tienen cierta instrucción teológica, el de contraponer la existencia de la Iglesia – única y con mayúsculas, en referencia a la católica – con la de otras “iglesias” que, por supuesto, son inferiores.
Semejante contraposición es lógica en la medida en que, por definición, la iglesia católica se considera la única verdadera y niega la condición de Iglesia a las otras llegando a establecer una curiosa jerarquía entre ellas que en sus peldaños más bajos se convierten en meras “comunidades eclesiales” según sea mayor o menor el parecido con la católica.
De esa circunstancia, derivan los católicos la idea de que el protestantismo no es sino una pléyade de iglesias divididas que contrastan con la Iglesia una y única y que además esa fragmentación y su reciente aparición histórica lo deslegitima comparativamente. No voy a abordar en este artículo el tema de la sucesión apostólica de la sede romana, pero sí voy a detenerme en ese mito de la fragmentación eclesial protestante frente, supuestamente, a la única iglesia verdadera.
Lejos de constituir una suma de iglesias enfrentadas, el protestantismo cree en el concepto de iglesia tal y como aparece en el Nuevo Testamento que, dicho sea de paso, es radicalmente distinto del católico.
El término iglesia (ekklesia) originalmente tenía un significado meramente secular. Como su misma etimología indica, ekkesia era el grupo de los llamados o convocados y la traducción que suele encontrarse del término en los clásicos es la de asamblea o congregación. Nunca se utiliza, como en nuestro lenguaje habitual, para referirse a un edificio destinado al culto.
En los evangelios, el término aparece sólo tres veces lo que lleva a pensar que, como en el caso de María, Jesús le daba mucho menos importancia a la cuestión de la que le ha ido otorgando el catolicismo con el paso de los siglos. El uso es no menos revelador. En Mateo 16:18, iglesia es el conjunto universal de aquellos que creen en Jesús como mesías e Hijo de Dios – la piedra sobre la que se levantaría la iglesia – o bien la iglesia o congregación local (Mateo 18:17).
Esos dos usos del término – nunca una institución, nunca una jerarquía, nunca una organización – son los mismos que encontramos en los escritos apostólicos donde la iglesia (ekklesia) es la congregación local o la iglesia universal. Vez tras vez, Pablo habla de la iglesia en Cencreas (Romanos 16:1), de las iglesias de los gentiles (Romanos 16:4), de “todas las iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) – curiosa pluralidad que rechina con el concepto católico de iglesia – de “todas las iglesias” (I Corintios 7:17; II Corintios 8:18), de “las iglesias de Dios” (I Corintios 11:16), de “las iglesias de los santos” (I Corintios 14:33), de “las iglesias de Galacia” (I Corintios 16:1), de “las iglesias de Asia” (I Corintios 16:19), de las “iglesias en Corinto” (II Corintios 1:1) o de “las iglesias de Macedonia” (II Corintios 8:1), por citar sólo algunos ejemplos.
Ese uso además no es exclusivamente paulino sino que lo hallamos también en escritos joánicos como el Apocalipsis donde se hace referencia a “las siete iglesias en Asia” (Apocalipsis 1:4 y 11) o a cómo el Espíritu comunica mensajes “a las iglesias” (Apoc 2:7). En todos y cada uno de los ejemplos citados, la iglesia no es otra cosa que la congregación local y, precisamente por eso, existen muchas que están en comunión las unas con las otras. Dicho sea de paso, Pedro no utiliza ni una sola vez el término en sus escritos, circunstancia esta curiosa para alguien que según la teología católica fue el primer papa.
En la mayoría de los casos citados en el Nuevo Testamento, pues, iglesia no es sino la reunión de creyentes y, por eso, existen de manera plural en distintas partes del mundo. Aún más, la pluralidad y la existencia de muchas es una característica netamente apostólica.
El segundo sentido se refiere, como en el caso de Jesús, a una realidad espiritual formada por los verdaderos creyentes y cuya cabeza es no un hombre sucedido por otros hombres a lo largo del tiempo sino el propio Cristo (Efesios 5:23). De manera bien significativa, la abundancia y pluralidad de iglesias no colisiona con la única que no se identifica con ninguna de ellas sino con un ente espiritual cuyos miembros sólo Dios conoce (II Timoteo 2:19).
Sólo cuando se tiene presente la idea que aparece en la Biblia de lo que es la iglesia se puede comprender el concepto protestante de la misma porque es exactamente el mismo. Las denominaciones protestantes creen que las distintas congregaciones son iglesias – y no rivales de la Iglesia única y verdadera – y que la verdadera Iglesia no es una organización o jerarquía sino que está formada por lo que han nacido realmente de nuevo y tiene como única cabeza a Cristo.
En ese sentido, ningún protestante tiene la sensación de estar desprovisto de la Iglesia por no formar parte de la católica ni tampoco piensa que su organización eclesial es la única iglesia en contraposición a las demás. No cae en tan grave error porque conoce lo que afirma el Nuevo Testamento.
Por el contrario, siente que pertenece a la iglesia verdadera – la realidad espiritual cuya única cabeza es Cristo y no un hombre que supuestamente es su vicario – y que es gozosamente libre al no formar parte de una entidad que pretende ser exclusivamente la única Iglesia cuando, en realidad, su realidad es diametralmente opuesta a la que aparece en las Escrituras.
Por lo tanto, lo que muchos católicos contemplan como una desgracia, los protestantes lo viven como un privilegio y lo que, a su vez, muchos católicos ven como un privilegio, los protestantes lo contemplan como una servidumbre humana, contraria a lo enseñado por Jesús y los apóstoles y, por tanto, intolerable.
Esa perspectiva debe ser entendida siquiera para evitar malentendidos como los de creer que se habla de lo mismo cuando, a decir verdad, se utilizan las mismas palabras, pero con contenidos muy diferentes.
Continuará: ¿Vicario de Cristo y Sumo pontífice?
Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
César Vidal es escritor, historiador y teólogo©
C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).
Retazos del evangelio a los pobres (XIII)
“Él levanta del polvo al pobre, y del muladar al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor”. 1ª Sam. 2:8. Cántico de Ana completo en 1ª Sam. 2:1-10.
Aunque el tema es el Nuevo Testamento, los Evangelios, he querido citar el precedente del Cántico de María que es el Cántico de Ana. Con Ana ocurre exactamente igual que con María: Dios mira y actúa ante la humildad y bajeza de sus siervos, los no poderosos y sabios según el mundo. La potencia o el poder de Dios se perfecciona en la debilidad de éstos. Desde la prepotencia es imposible captar al Dios poderoso y santo que mira la bajeza de sus siervos. Desde el orgullo prepotente es imposible comprender el Evangelio a los pobres.
En el Evangelio es impactante el hecho de que Dios pase de largo de los poderosos y los ricos de este mundo, el que les dé la espalda para fijarse en los pobres y en los humildes. Si queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que entrar, necesariamente, por estas líneas de humildad, bajeza, sencillez y solidaridad con los pobres de la tierra. El Cántico de Ana dice: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder”.
María, en su Cántico, queda impactada por estos hechos, por conocer a un Dios que se fija en la bajeza de sus siervos. Es a los pobres y marginados -y tanto María como Ana se encontraban en este grupo-, los marginados como eran las mujeres de aquellas épocas, a quienes el Poderoso escoge para revelar los más grandes hechos, los acontecimientos más asombrosos que Dios va a hacer en el mundo… hechos tan asombrosos como su concepción virginal. Así de asombroso para el mundo sonaría después el Evangelio a los pobres del que Jesús hablará después en consonancia con estos precedentes. Hecho tan asombroso como lamisca concepción virginal.
Tanto el Cántico de María como el de Ana, nos transmiten todo un trastoque de valores, una inversión de prioridades, un vuelco de lo que muchos hombres consideran como válido: La riqueza como prestigio o, en su caso, como bendición de Dios. Es un golpe a los pies de barro que tiene el ídolo del poder humano como elemento dignificador, a los pies de arcilla de la acumulación de riquezas como triunfo.
Los dos Cánticos son como contravalores anunciando la línea de lo que serían los auténticos valores que nos traería Jesús, los valores del Reino y el Evangelio a los pobres. Esto no lo pueden comprender los soberbios. Esto no lo comprenden aún muchos de los llamados cristianos hoy a lo largo del mundo. Los soberbios y los poderosos, montados en el poder económico o en el poder terrenal, los que coquetean con el Dios Mamón, serán esparcidos y aniquilados: “Dios esparció a los soberbios, quitó de los tronos a los poderosos”, dice el Cántico de María.
En el Cántico de María se da la contraposición de cuatro conceptos: poderosos y humildes; ricos y hambrientos. Es la situación del mundo hoy. Tanto el Cántico de María, como el de Ana, tienen plena actualidad. Cuatro conceptos contrapuestos. ¿Al lado de quién o de quiénes nos debemos situar los cristianos? La respuesta viene si sabemos contestar otras preguntas: ¿Por cuáles se decantará el Señor? ¿Al lado de quién se pondrá el Poderoso? ¿A quién querrá favorecer? ¿Quién ocupa el lugar central de su sentir?
La respuesta bíblica es clara: Dios se pone, en todo el contexto bíblico, al lado de los pobres y sufrientes del mundo. Esta es la base, este es el fundamento del Evangelio a los pobres.
El par de conceptos antagónicos del Cántico de María, se resuelve de forma clara: “Quitó de los tronos s los poderosos y exaltó a los humildes”. Cambio de valores que asusta al mundo. Nos suele gustar más el trono que el servicio, la alta consideración propia, la prepotencia o la altivez, a la humildad y al ubicarnos al lado de aquellos que ostentan, de cara al mundo, cierta bajeza. Dios quiere que los que le siguen se aparten de la prepotencia, para situarse al lado de los pobres y de los humildes. María, con su Cántico, se anticipa a los valores del Reino y al concepto del Evangelio a los pobres.
En cuanto al par de conceptos antagónicos “hambrientos y ricos”, conceptos que debieran hacer temblar a un mundo que hoy cuenta con más de mil millones de hambrientos y con más de medio mundo en pobreza, el Cántico de María los resuelve así: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos”. ¿Por qué, Señor, aún no se ha cumplido el deseo o las afirmaciones del Cántico de María? No nos pongamos nerviosos. Esperemos en el Señor, Él tiene su momento, la Palabra ha de cumplirse.
Mientras tanto, en esa utopía del Reino con sus valores, en este mundo en donde aún suena extraño ese concepto del Evangelio a los pobres, Dios quiere que sigamos trabajando, acercando al mundo los valores del Reino que “ya” está entre nosotros. Acercándoselos a los hambrientos, a los pobres, a los humildes. Si el Evangelio que predicamos y que queremos realizar, pierde esa visión, las iglesias dejarán se ser iglesias del Reino y el concepto tan importante y necesario del Evangelio a los pobres, tendrán que gritarlo las piedras.
A los ricos los deja en la vaciedad, en el sinsentido de sus riquezas, en el vacío existencial… les anuncia la muerte: “Necio, esta noche van a pedirte tu alma, y lo que has almacenado, ¿para quién será?”
Cántico de María, preludio del Evangelio a los pobres… Dios cumple. Confiemos en su promesa. El Cántico de Ana dice: “Los saciados se alquilaron por pan, y los hambriento dejaron de tener hambre”. ¡Queremos verlo Señor! Mientras tanto, mantengámonos activos en la utopía del Reino, en la línea del Evangelio a los pobres, en la línea del servicio. Acordémonos de la misericordia del Todopoderoso. Así fundamenta María todo su Cántico: “Acordándose de la misericordia, de los cuales habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre”. Imploramos tu misericordia, Señor. Ayúdanos a seguirte en esas líneas del Evangelio a los pobres. Si no, Señor, no nos des paz.
Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).
Sobre la encarnación (San Juan Crisóstomo)
Publicado: diciembre 17, 2010 en Historia, Iglesia, TeologíaLuis y Graciela Pérez
(Nuestro agradecimiento a Luis y Graciela Pérez, por facilitarnos este material).
Cuando oigan hablar del nacimiento de Jesús, no piensen que es algo pequeño y sin valor. Al contrario, levanten sus almas; estremézcanse y llénense de esperanza cuando oigan decir que Dios ha venido a la tierra.
Este hecho es tan sorprendente y maravilloso que hasta los mismos ángeles formaron coros e hicieron resonar un himno de gloria. Y los profetas de la antigüedad se admiraron de que Dios pudiese ser visto sobre la tierra y conversara con los hombres.
Y la verdad es que, desde todo punto de vista, no hay nada más maravilloso que un Dios inefable, que no se puede explicar con nuestras palabras humanas, ni terminar de comprender con la lógica de nuestra mente; un Dios que, siendo igual al Padre, el creador de todas las cosas, se haya dignado pasar por el vientre de una mujer, nacer como un bebé, tener una familia y una historia, teniendo como antepasados a David y Abraham. ¿Y por qué digo a David y Abraham? Porque éstas eran personas famosas y respetables. Pero lo más asombroso es que entre sus antepasados se encontraban también mujeres y hombres indignos y de mala reputación.
Por eso cuando oigan que Jesús nació: ¡Levántense! No tengan humildes pensamientos, sino maravíllense de que Él, siendo hijo de Dios, del eterno y todopoderoso Dios, se dignó también ser llamado Hijo del Hombre, para hacernos a nosotros los hombres, Hijos de Dios.
Él, siendo hijo del Dios eterno, se dignó tener un padre humano, para darnos a nosotros, los que éramos verdaderamente esclavos de esta vida humana, al Señor como Padre.
Pensándolo humanamente, es más fácil que Dios se haga un ser humano, como nosotros, que no que el hombre sea llamado hijo de Dios.
Entonces cuando escuches que el Hijo de Dios se metió en la historia, se hizo hombre y se le llamó hijo de David y de Abraham, sus antepasados.
¡No dudes! Porque tú eres humano, también puedes ser llamado hijo de Dios. Él no se humilló sin motivos. Se humilló de esa forma y hasta tal extremo, porque sencillamente quería exaltarnos a nosotros.
Él nació según la carne para que nosotros pudiéramos nacer según el Espíritu. Él nació de una mujer, de un ser humano, para que nosotros dejemos de ser simplemente hijos de mujer. Lo que hizo Cristo es grandioso y maravilloso, enlazó la naturaleza divina con la humana; lo suyo con lo nuestro.
Jesús, en efecto, es un nombre hebreo que significa salvador. Y Jesús es salvador porque vino a salvar a la humanidad.
San Juan Crisóstomo o de Antioquia (347–407) fue patriarca de Constantinopla. Fue un excelso predicador que por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero recibió el sobrenombre de “Crisóstomo” que proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, ‘oro’, stomos, ‘boca’) (Fuente: Wikipedia)
Compartelo
Por Enric Capó
Meditaciones
Me lo dijo un pastor francés haciendo referencia al control de la velocidad de los coches: “Superar los límites de velocidad en la carretera o en las calles de la ciudad, sólo es pecado si te cogen”. Evidentemente, era una broma. Primero, porque la frase no se aviene con nuestro talante protestante y, segundo, porque hablar de pecado en este contexto –y también en otros muchos en que los hacemos- no tiene apenas sentido. Eso del pecado es un concepto a revisar y una palabra quizás a evitar. Va tan cargada de ideas falsas y tiene un contenido tan marcadamente religioso, que prácticamente ya no nos sirve. Tipifica conductas y actos que no se avienen con la forma de hacer de nuestra sociedad y que se desprecian como escrúpulos de sacristía.
Sin embargo, la desobediencia civil al Código de Circulación, o a la normativa municipal, o a cualquier otra de las disposiciones que regulan la convivencia, forma parte de un planteamiento erróneo de la vida. Y esto sí que el “pecado”. En nuestra tradición protestante, enraizada en la Biblia, el pecado no es un acto aislado que podamos cuantificar y definir en grados de mayor o menor gravedad. Hablado teológicamente, el pecado no es tanto un acto como una actitud. Se refiere no tanto a los errores o acciones malas que podamos cometer, como a una actitud global de la vida delante de Dios y de los hombres. Se trata especialmente de direcciones, tendencia, objetivos.
Si alguien me dice que ir a 120 km/h en lugar del límite establecido de 90 Km/h es pecado, esto me hace sonreír. Introduce en la vida de la fe un elemento que no le es propio. Reduce mi religiosidad a cuestiones puntuales y, entonces, a partir de este postulado, se puede discutir, como se hace a menudo en la Iglesia Católica, si es un pecado venial o mortal. Mi relación con Dios, aquella que rompió el pecado, no puede quedar afectada por actos de esta naturaleza, porque sólo tiene que ver con el planteamiento fundamental que yo he dado a mi vida en relación a la exigencia de Dios y sus repercusiones en el marco de la vida humana.
Y esto sí que tiene que ver con mis actitudes delante del Código de Circulación. En un momento dado, puedo desobedecer una señal de circulación, pero esto no lo pondré en el apartado “pecado”. Será un acto negativo que habré realizado en el marco de mis obligaciones ciudadanas y basta. Pero, de todas formas, no dejara de tener connotaciones humanas y, por tanto, religiosas. Porque toda nuestra vida está determinada por nuestras decisiones fundamentales. Y esto es el que, en el contexto de la circulación, exige nuestra fe.
Nuestra fe no nos obliga a la obediencia de normas que nos vienen de fuera. Lo que es permitido o prohibido en el ámbito, por ejemplo, de la ciudad, no tiene por qué tener nada que ver con mis obligaciones religiosas, si las tuviera. Pero el que sí importa es la actitud fundamental de mi vida: qué es lo que me motiva, hacia donde voy, cual es la relación que sigo con respecto a los demás y cuales son mis obligaciones hacia ellos. El pecado no serán las acciones individuales y concretas cometidas, sino la orientación de la vida.
La dirección correcta es orientar la vida hacia el servicio, la solidaridad y el amor. Esto nos marcará pautas de conducta, sin tener que recorrer a una contabilidad de pecados.
Enric Capó
© iglesia evangélica española



