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Juan Francisco Martínez

Creciente espíritu anti-inmigrante (y anti-latino) en EEUU

Se crea una mano de obra fluctuante y “desechable” que se utiliza cuando se quiere y se persigue cuando ya no se necesita.

 La nueva ley anti-inmigrante en el estado de Alabama le está creando problemas económicos al estado . Los dueños de las granjas no pueden conseguir quienes recojan las cosechas. Los latinos que están en el país legalmente, incluyendo a personas que nacieron en los Estados Unidos, está saliendo del estado porque siente una actitud anti-latina entre mucha de la población. Esto está dejando a varias empresas sin empleados dispuestos a hacer los trabajos arduos y mal pagados que normalmente hacen los inmigrantes . Y aunque las cortes han declarado ilegal partes de la nueva ley, todavía está causando zozobra entre los latinos que viven en el estado. El espíritu anti-inmigrante, que muchas veces también es un espíritu anti-latino, está creciendo en algunos segmentos de la sociedad dominante . Aunque claramente le está haciendo daño al estado y las cortes han declarado inconstitucional las partes más controversiales de estas leyes, sigue creciendo esa actitud y  hay otros estados que están contemplando hacer algo similar .Casi todos los candidatos republicanos a la presidencia se están peleando por demostrar que son las personas más posicionados a favor de esta corriente anti-inmigrante. Aún la administración Obama, que ha dicho estar a favor de una reforma migratoria justa, ha deportado a más indocumentados que ninguna administración anterior de los Estados Unidos.

 El país necesita la mano de obra inmigrante, algo que se ha comprobado vez tras vez en todos los estudios hechos sobre el tema. Pero los políticos rehúsan crear un marco legal para permitir que los inmigrantes estén en el país legalmente y hagan esos trabajos que nadie en el país está dispuesto a hacer.

Claramente está roto el sistema migratorio del país. Favorece una situación en que hay una clara oferta de trabajo que atrae al inmigrante, pero sin que tenga derechos legales. Los empleadores pueden mal pagar y maltratar a estas personas porque no tienen ningún derecho legal. También  crea una mano de obra fluctuante y “desechable” que se utiliza cuando se quiere y se persigue cuando ya no se necesita .

 Tristemente este patrón se repite en varios países del primer mundo . La globalización estimula el movimiento libre de productos y capital, pero trata de limitar el movimiento de la mano de obra. El resultado es que la gente se mueve y llena las necesidades de los países ricos, pero sin derechos legales.

 Muchos cristianos en este país le echan la culpa al inmigrante siendo ellos fueron los que “infringieron” la ley . Pero rehúsan lidiar con el hecho de que ellos mismos se benefician directamente o indirectamente de la mano de obra inmigrante. Por ejemplo, en este país queremos comida barata y por eso los salarios de los trabajos agrícolas son tan bajos. Estamos comiendo a costas de la injusticia al inmigrante.

 Es tiempo que los cristianos tengamos el valor de denunciar el pecado estructural que está detrás de estas actitudes anti-inmigrantes. El pecado del inmigrante es el de entrar sin permiso. Pero luego le hace bien al país con su trabajo. El pecado del país es que se aprovecha de ese trabajo, pero rehúsa permitir que el inmigrante tenga protecciones legales. Eso se llama injusticia, simple y sencillamente. Y muchas veces va ligado al pecado del racismo , que busca proteger los derechos de unos por medio de negarle los derechos a otros.

 Nuestra tarea en este asunto está clara. Tenemos que trabajar a favor de la justicia. Eso implica trabajar para la legalización de los que ya están en el país contribuyendo a su bienestar. También debemos buscar que se desarrolle un marco legal para permitir que puedan ingresar legalmente los que vienen a hacer los trabajos que los que vivimos aquí no queremos hacer.

 Los cristianos latinos tenemos una responsabilidad particular en este asunto. Necesitamos ayudar a los miembros de nuestras iglesias y de nuestras familias que necesitan legalizar su estado migratorio.

También tenemos que luchar contra ese racismo que nos afectará a todos, si sigue creciendo. Que Dios nos de el valor de ser como los profetas de antaño denunciando la injusticia y obrando a favor de los más pequeños y vulnerables.

Autores: Juan Francisco Martínez
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Nicolás Panotto
Por Nicolás Panotto
El fenómeno de “los indignados” se expande cada vez más por diversas partes del mundo. Denominado como tal, comenzó en España a través de multitudinarias movilizaciones y asambleas populares convocadas para reclamar una respuesta frente a la profunda crisis socio-económica que dicho país atraviesa, al igual que buena parte de las naciones que componen la Unión Europea. Inspirados por la breve pero contundente obra “¡Indignaos!” del francés Stéphane Hessel, estos heterogéneos conglomerados demandan que los modelos políticos vigentes (sean del lado que fuese) ya no funcionan. “Son todos iguales”, exclaman.
Primero en España, luego en Israel y en diversos países de Europa, y ahora en EEUU con las crecientes manifestaciones frente a Wall Street y en distintas ciudades. Las revueltas populares también se expanden hacia diversos lugares, muchas veces sin el nombre propio de “indignados”: las multitudinarias marchas estudiantiles en Chile y la cadena de protestas en diversos países de Medio Oriente cuestionando los regímenes políticos en el poder, son otros ejemplos de este polvorín que caracteriza los tiempos que corren.
Todos estos movimientos reflejan la indignación frente a aquellos modelos, sistemas e ideologías que se han presentado por décadas como respuestas absolutas a los males que nos asedian: el libre mercado, la neutralidad del ejercicio electoral, ciertas formas institucionales del Estado moderno, las bipolaridades ideológicas entre derecha e izquierda, etc. No por nada el pequeño manifiesto de Stéphane Hessel hace un recordatorio de la Resistencia en Francia contra la política nazi, solicitando especialmente a los jóvenes que se indignen y resistan los tipos de totalitarismos que rigen nuestro tiempo, como los recién mencionados.
Podríamos extraer muchas conclusiones de este panorama. Pero me gustaría resaltar algunos elementos, especialmente en lo que refiere a aquellas enseñanzas con respecto a cómo definimos lo político hoy día en esta coyuntura particular. En primer lugar, todo esto nos muestra que el poder no es un objeto perteneciente a un grupo social determinado sino, como ya lo dijo Michael Foucault, es un ejercicio circulante y en constante movimiento. En este sentido, es necesario deconstruir aquellos imaginarios socio-políticos maniqueos que determinan a una mayoría al dominio de una minoría, que dividen todo espectro social entre dos supuestos polos (derecha/izquierda, opresores/oprimidos), que reflejan la geopolítica del mundo entre países centrales y periféricos. Con esto no queremos negar la existencia de tales instancias, sino más bien cuestionar la comprensión del ejercicio del poder sólo desde estas lecturas deterministas. Los estallidos sociales que hemos mencionado reflejan esto mismo: no existe un poder omnímodo que clausura las conciencias y los cuerpos; la resistencia siempre es posible, desde los espacios, gestos y movimientos más inesperados.
En segundo lugar, hay que recuperar la constitución heterogénea de lo político. Este desencanto por parte de “los indignados” con respecto a las instituciones tradicionales de la política, nos mueve a reforzar el hecho de que lo político se juega en la interacción de un sinnúmero de sujetos, grupos, movimientos, organizaciones, etc. El ejercicio de lo político no está determinado exclusivamente bajo el marco del “Estado nacional” o los partidos. Más bien es ese proceso constante de construcción de lo identitario por parte de todo grupo social, que proyecta su intrínseca heterogeneidad en un movimiento que cuestiona toda instancia de poder que intenta mostrarse homogénea y portadora de la Verdad absoluta. Esto es lo que la modernidad nos ha dibujado con sus leyes de progreso, que llevarían a todas las naciones del mundo al paraíso de Occidente. Todo eso falló. No ahora, sino hace ya mucho tiempo.
Con este mismo cuidado debemos leer la obra mencionada de Stéphane Hessel. Más allá de su riqueza, la insistencia en volver a los “valores universales” de la Justicia, la Democracia, la Igualdad, conllevan el peligro de la ingenuidad con respecto a su definición concreta, cuyas consecuencias ya hemos sufrido. Occidente, desde su parcialidad y tal vez con “buenas intenciones”, ha sido el marco desde donde se ha dado sentido a tales instancias, dejando de lado otras cosmovisiones y prácticas. No podemos escapar del hecho de que nociones tales como lo democrático, la justicia y la igualdad siempre se comprenden desde un lugar concreto. El problema comienza cuando éste se absolutiza. Dicho error lo han cometido todos los espectros políticos, desde la derecha hasta la izquierda.
De aquí que tales principios deben permanecer abiertos, como marcos que ciertamente son “universales” para la “humanidad”, aunque sabiendo que estos últimos son instancias que se encuentran en constante construcción debido a que son representaciones de una heterogeneidad de sujetos, discursos e instituciones que distan de darle un único sentido. Por el contrario, redefinen constantemente su significado según los movimientos, las circunstancias, las demandas y los contextos.
Heterogeneidad de lo político y circulación del poder son dos elementos que forman parte de nuestra existencia como sociedad. Ahora, requerimos darle un giro ontológico a su comprensión: ellas no deben ser simples muestras de una realidad que suscita por sí sola sino hay que asumirlas como instancias constitutivas de nuestro ser como humanidad y como sociedades. En otros términos, el fin de los totalitarismos no llegará con la creación de “un modelo” alternativo sino con la creación de un espacio que permita la circulación del poder y donde las voces que imprimen lo heterogéneo de nuestras sociedades sean escuchadas, para que así se cuestione todo poder que pretenda una centralidad absoluta y también se deconstruyan aquellos imaginarios socio-políticos herméticos que frenan el necesario proceso de constante redefinición social.
Lo que está sucediendo en estos días es una nueva oportunidad que la historia nos da para cambiar el rumbo de las dinámicas políticas. “Los indignados” son la plasmación de que los modelos políticos y las comprensiones ideológicas vigentes continúan en crisis y no responden a las demandas del global, heterogéneo y posmoderno contexto en que vivimos. Debemos cuidarnos de no blanquear superficialmente aquello que nos ha llevado a la crisis actual. Asumir la heterogeneidad de lo político implica un cambio en nuestros discursos absolutistas y deterministas, a ver la complejidad de los procesos sociales, a comprender que nuestros posicionamientos requieren ser relativos y pasajeros, para así facilitar la inclusión y permitir el flujo constante del poder y el necesario cuestionamiento de todo aquello que se presenta como respuesta. Que la indignación se proyecte de una coyuntura histórica determinada a una actitud de revisión constante de nuestros ejercicios políticos.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.

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Juan Stam
Por Juan Stam
Muchos evangélicos — probablemente la mayoría, por lo menos en los EUA — defienden desde la Biblia al actual estado israelí. Por los mismos argumentos, rechazan los reclamos palestinos de una parte del territorio que antes ocupaban. Estos evangélicos ven la formación del estado israelí como un evidente cumplimiento profético, maravilloso e impactante, y hasta una prueba de la veracidad de la Biblia. Es, para ellos, también una señal de la pronta venida de Cristo. En esa teología sionista-evangélica, «Israel es el reloj de Dios».
En cuanto a este tema, hay algo que me sorprende mucho: ningún pasaje del Nuevo Testamento enseña tal cosa. Jesús profetizó la destrucción de la ciudad de Jerusalén por los romanos (Mr 13; Lc 21; Mt 24), pero no procedió a anunciar la reconstrucción de esa ciudad, mucho menos el establecimiento de un futuro estado israelí. Según la versión en San Lucas, después de su destrucción «los gentiles pisotearán a Jerusalén, hasta que se cumplan los tiempos señalados para ellos» (Lc 21:24), A eso sigue, en los tres evangelios sinópticos, no un estado israelí sino el retorno de Cristo. Eso me parece muy significativo.

¿Cómo es posible que las escrituras hebreas (Antiguo Testamento) digan una cosa, y las escrituras cristianas (Nuevo Testamento) digan otra cosa? Quiero hacer unos comentarios al respecto, sin pretender agotar el tema y las evidencias al respecto.
Son numerosos los pasajes del AT que prometen tierra a Israel. A inicios de la historia de la salvación, Dios llama a Abraham a «la tierra que te mostraré» (Gén 12:1,7) para formar ahí un pueblo como una nación grande (12:2; 18:18).3 Los defensores evangélicos del sionismo citan una larga cadena de textos muy explícitos:

Yo te daré a ti [Abram] y a tu descendencia, para siempre, toda la tierra que abarca tu mirada… Ve y recorre el país a lo largo y lo ancho, porque a ti lo daré. (Gén 13:15,17; cf. 17:8; 48:3-4)
Tú les prometiste [a Abraham, Isaac y Jacob] que a sus descendientes les darías toda esta tierra como su herencia eterna. (Ex 32:13)
Tal como le prometí a Moisés. yo les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies. Su territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, y desde el gran río Éufrates, territorio de los hititas, hasta el mar Mediterráneo, que se encuentra al oeste. (Jos 1:3-4; cf. Deut 11:24-25; cf. 34:4)
¿No fuiste tú quien les dio para siempre esta tierra a los descendientes de tu amigo Abraham? (2Cron 20:7; cf. Esd 9:12)
Cf. entre muchos otros textos Isa 34:17; Jer 7:7; 25:5; Ezq 37:25; Joel 3:20

Siendo tan enfática y tan repetitiva esta enseñanza de las escrituras hebreas. ¿cómo podemos explicar su ausencia en las escrituras cristianas, aun cuando Jesús profetiza la destrucción de Jerusalén? En los tiempos del NT, toda la tierra de Israel estaba ocupada por el imperio romano. Después de la caída de Roma, pasaron largos siglos, hasta el XX, sin existir ningún estado israelí sobre la faz de la tierra. Si la promesa fue «para siempre». ¿cómo pueden caber tales paréntesis de muchos siglos en una promesa supuestamente perpetua?
El requisito primero e indispensable para entender el AT es el de siempre interpretarlo en primer lugar dentro de su propio contexto y sólo después en el contexto del NT o del Siglo XXI. Eso debe aplicarse a la semántica de su lenguaje, la problemática a que responden sus afirmaciones, y el contexto de cada pasaje. Comencemos con un detalle importante en cuanto al idioma hebreo.
Aunque parezca extraño, el idioma hebreo no contiene la palabra «siempre» en su vocabulario, ni mucho menos la palabra «eterno».4 Para esa idea empleaba mayormente la frase «por los siglos» o «por los siglos de los siglos» o frases similares. La idea básica de «siglo» (yoLaM en hebreo) es «un tiempo largo», a menudo «pasado remoto» o «futuro remoto». Puede ser un período largo sin principio ni fin («el Dios sempiterno», Deut 33.27), pero también largo con principio (desde pasado remoto) o con fin (hasta un futuro remoto).5 La ocupación por Israel de Palestina tuvo un principio y puede tener un fin, en lo que al adjetivo «siempre» se refiere. Por eso, la palabra «siempre» o términos similares en las promesas de tierra no significan necesariamente que dicha promesa constituye un «título de propiedad» para el actual gobierno israelí.
Un pasaje revelador para este tema está en Jeremías 31:

Vienen días — afirma el Señor —
en que haré un nuevo pacto con el pueblo de Israel y con la tribu de Judá.
No será un pacto como el que hice con sus antepasados…
ya que ellos lo quebrantaron a pesar de que yo era su esposo…
Así dice el Señor,
cuyo nombre es el Señor Todopoderoso,
quien estableció el sol para alumbrar el día,
y la luna y las estrellas para alumbrar la noche,
y agita el mar para que rujan sus olas:
Si alguna vez fallaran estas leyes
— dice el Señor —
entonces la descendencia de Israel
ya nunca más sería mi nación especial.
— Así dice el Señor —
Si se pudieran medir los cielos en lo alto
y en lo bajo explorar los cimientos de la tierra,
entonces yo rechazaría a la descendencia de Israel
por todo lo que ha hecho
— afirma el Señor –.
(Jer 31:31-32, 35-37)

Este pasaje interpreta proféticamente dos pactos divinos. La primera promesa, en prosa, anuncia un nuevo pacto de Dios con Israel, y específicamente con Judá. Éste nuevo pacto, de carácter ético-espiritual, reemplazará al viejo pacto, anulado por la desobediencia del pueblo (31:32). La segunda promesa, en verso, asegura, en los términos más enfáticos, la existencia «eterna» de la nación judía, co-extensiva con la duración del pacto de Dios con la creación (Gén 1:16; 9:8-13).1
La primera promesa, del nuevo pacto, se cumple muy explícitamente en la última cena del Señor, cuando declara, «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre… que es derramada por muchos para perdón de pecados» (1 Cor 11:25; Mat 26:28; Luc 22:20; Mat 26:28). Pero, ¡qué sorpresa!, Jeremías no hubiera reconocido este cumplimiento de su profecía. Aquí no hay nada del pueblo de Israel ni de la tribu de Judá, ni de escribir la ley en los corazones. Ahora el nuevo pacto tiene un contenido totalmente diferente. Es un pacto en la sangre derramada del Mesías, de lo que Jeremías no parece haber sabido nada. Es un pacto para la remisión de pecados, algo medular al sentido de la muerte de Jesús pero ausente en la promesa original de un nuevo pacto.
Es indispensable — ¡estrictamente obligatorio!, ¡urgentemente imperativo! — interpretar a cada pasaje del Antiguo Testamento en su contexto histórico, como mensaje profético a sus contemporáneos y no primeramente a nosotros. Jeremías, como los demás profetas en general, quiso comunicar a sus oyentes un mensaje de amonestación y esperanza, de denuncia y anuncio. Si Jeremías hubiera dicho, por revelación divina, «Dios hará un nuevo pacto a un nuevo pueblo, redimido por la sangre del Mesías, y ese pacto se celebrará en algo nuevo que va a llamarse ‘iglesia'», no hubiera comunicado a sus contemporáneos el mensaje que ardía como fuego en sus huesos.
Ni Jeremías ni ningún otro profeta hebreo tenían la menor idea de una «segunda venida» del Mesías, largo tiempo después de su primera venida, ni de una nueva comunidad que iba a llamarse «iglesia» que existiría entre la primera y la segunda venida. Si entendemos que la esencia de la profecía no era la predicción futurista sino la exhortación y exigencia, entenderemos también que anuncios de la futura existencia de la iglesia o de una segunda venida del Mesías más bien hubiera bloqueado seriamente la comunicación del mensaje. Eran verdades que en ese momento no hacían falta.
Básicamente lo mismo puede decirse de Jer 31:35-37. En primer lugar, debemos tomar en cuenta que estos versículos son una expresión poética, con alguna dosis de hipérbole, de la fidelidad de Yahvéh para con su pueblo.2 E igual que el nuevo pacto, Dios lo ha cumplido pero no como Jeremías lo entendía o lo esperaba. El NT describe la iglesia como nación santa, tesoro especial, pueblo de reyes y sacerdotes, y otras atribuciones del pueblo de Dios. San Pablo afirma que los verdaderos hijos de Abraham son los hijos de su fe, sean judíos o gentiles, y que los creyentes incircuncisos tienen la circuncisión del corazón. Con este nuevo «Israel de Dios» (Gál 6:16) el «Israel» se ha expandido y internacionalizado.
A San Pablo, como fiel judío hasta su muerte, le dolía profundamente la condición de su pueblo (Rom 9:2-5; 10:1). Apelando al concepto profético del «remanente», Pablo afirma que «Dios no rechazó a su pueblo, al que de antemano conoció» (Rom 11:1-2) y que «luego todo Israel será salvo» (11:26). Así queda claro que Dios no ha abandonado a Israel, y que la nación judía sigue presente ante él. Pero una cosa es la nación y otra cosa es el estado. Durante la mayor parte del tiempo después de Jesús, Israel ha sido una nación pero no ha tenido un estado ni ha ocupado territorio. La promesa de Dios sigue fiel, pero en ningún pasaje del NT esa fidelidad de Dios incluye un estado político y un territorio geográfico, ni mucho menos un ejército armado hasta los dientes. Eso es impresionante porque en la época del NT Israel era colonia de Roma, y otros movimientos sí anunciaban la restitución de un gobierno judío independiente.
La actitud hacia el judaísmo en el NT parece ser ambivalente. Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, era también judío de nacimiento, palestinense de origen, pero tenía otra actitud. Describe a los judíos de Esmirna y los de Filadelfia como «sinagoga de Satanás», aparentemente por su colaboración con el satánico imperio romano y por haber delatado a los cristianos ante las autoridades romanos. El mismo Jesús, en su polémica contra los poderosos líderes judíos, exclamó, «Por eso les digo que el reino de Dios se les quitará a ustedes y se le entregará a un pueblo que produzca los frutos del reino» (Mat 21:43).
Conclusión:
Los cristianos/as debemos interpretar los textos del AT dentro de su propio contexto original y la semántica de su lenguaje (como p.ej. el término «siempre»), y después buscar su reinterpretación en el NT, a la luz de la venida del Mesías, su segunda venida y el nacimiento de la iglesia.`Bien analizado, ni el AT da base para un derecho divino de Israel a determinado territorio hoy, ni mucho menos la da el NT. Ese error sólo entorpece el análisis del problema entre los israelíes y los palestinos. Ese conflicto debe analizarse, como cualquier otro conflicto político, por los mismos factores históricos, sociales, económicos y éticos, en términos de justicia y promoción de la vida.

Notas:
1. De hecho, Dios quiere que todos tengan suficiente tierra para una vida digna. Apenas crea a Adán y le prepara una finquita.
2. Obviamente, cuando las palabras «siempre» o «eterno» aparecen en las traducciones, es interpretación del traductor. Tampoco se refiere el término al «siglo» como período de cien años.
3. Sólo en Éxodo se describe como «eterno» («siempre», perpetuo, Y oLaM) la vida de un esclavo (21:6; cf. Dt 15:17), las instrucciones para el aceite de la lámpara (27:21), la ofrenda elevada con el pecho para los sacerdotes (29:28) y la unción para el sacerdocio perpetuo (40:15), la tela para los calzoncillos del Sumo Sacerdote (28:42) y su deber de lavar sus manos y sus pies (30:21; para más ejemplos de Éxodo y de otros libros, búsquese bajo «estatuto perpetuo» en la Concordancia). Las doce piedras en el Jordán eran «un recuerdo permanente» para Israel (Jos 4:7) y el sacerdocio de los hijos de Elí, que Dios declaró «eterno», poco después fue invalidado por Dios mismo y la familia de Elí «condenada para siempre» (1 Sam 2:20; 3:13-14).
4. Básicamente, lo que hoy llamamos «leyes naturales» la Biblia considera «pactos de Dios con la creación»/ La diferencia es que un pacto tiene carácter personal y es condicional. El pacto con la creación también nos exige obediencia.
5. Según Rom 4:13, Dios le prometíó a Abraham que sería heredero del mundo (ho kosmos). La promesa similar en Sal 2:8 se interpretaba cristológicamente en el NT.

Sobre el autor: 
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

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Juan García Biedma
Iglesia católica y protestantes españolesMuy de acuerdo en que se de a conocer el problema (del protestantismo español) y se desarrollen actos de protesta por toda España para el próximo 31 de octubre.

 

Creo conocer como pocos la trayectoria de las iglesias cristianas evangélicas en España.

 Apuntar de manera muy general que para la Iglesia católica española siempre ha conformado una minoría tan exigua numéricamente e imprecisa confesionalmente, que no le ha prestado más atención que la que se debe con los “vecinos molestos”.

En efecto, la Iglesia católica en España, a través de su Comisión de Relaciones Interconfesionales (CERI), de la Conferencia Episcopal Española (CEE), ha mantenido diversas «relaciones» no siempre de hermandad, pues ha imperado en no pocas de ellas la prepotencia y arrogancia que ofrecen los números, que no la calidad, de fieles y su pretendido tono de superioridad ecuménica, frente a «comunidades eclesiales» alejadas de Roma, a las que ha considerado, salvo excepciones como la Iglesia Evangélica Española (IEE), la Iglesia Luterana en España o la Comunión Anglicana o IERE, como de escasa vocación ecuménica, y en la mayoría de los casos de antiecuménicas.

La CERI (Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española), bien a través de su director o algún asesor técnico, bien a través de sus obispos, miembros o presidente, se han dejado notar bien poco en los acontecimientos más importantes del protestantismo español, así como han limitado también la ayuda del “hermano mayor” a lo estrictamente protocolario.

 Que un servidor sepa, la Iglesia católica siempre ha mantenido relaciones “amistosas” y respetuosas con el resto de iglesias cristianas, pero sin ir más lejos de lo que unas relaciones interconfesionales sanas puedan demandar. En el caso español ha demandado acciones pastorales conjuntas; peticiones expresas de “perdón” por actos históricos lesivos por parte de la Iglesia católica dominante… Por ejemplo, la Iglesia católica en España ha desechado al resto de iglesias cristianas en la presencia de éstas en ámbitos como el ejército alegando su escasísimo personal militar confesional no católico (años atrás se utilizó los mismos argumentos para negar su presencia pastoral en cárceles y hospitales), ámbito en el que sigue manteniendo en exclusiva tanto la formación moral como la oferta religiosa y espiritual la Iglesia católica, con una presencia de categoría arzobispal, con suficiente dotación de personal militar y civil, medios, edificios y cuerpo sacerdotal, equiparado éste económica y militarmente a los Mandos de carrera militar.

 Pero no es mejor la visión que las diócesis españolas, sean éstas personales como territoriales, o instituciones y toda clase de organizaciones católicas españolas, tienen del amplio espectro de confesiones cristianas en España, considerando desde una supuesta supremacía a algunas de éstas como “sectas”, con todas las connotaciones peyorativas y negativas que el término adquiere en una sociedad abierta como la nuestra. Pongo por ejemplo a los Adventistas del Séptimo Día, o bien algunas comunidades pentecostales, que reciben el estigma del sectarismo por personas y/o entidades que se presentan como católicas romanas desde la arrogancia que nace de la creencia de ser árbitro o juez de las creencias y prácticas religiosas de grupos humanos, sin el menor atisbo de rubor ecuménico, sin la consideración cristiana y respeto humano debido a la aceptación de la pluralidad en la organización y creencias dentro del cristianismo, y a la negación teológica cristiana de la exclusividad o superioridad de una Iglesia histórica (como es el caso de la Iglesia católica de Roma), sobre el resto de iglesias cristianas.

 Calificaciones como la de “sectas” al “distinto” ofrece a los cristianos y a la sociedad en general una visión de intolerancia y prepotencia por parte de la Iglesia católica , que vela así su empeño ecuménico, contradice su ideal de servicio y coloca en tela de juicio su misma presencia pública.

 Entiendo bien las reclamaciones (ya históricas) de estas iglesias en España. Y no solamente comprendo su descontento ante lo inicuo de la situación actual, sino que comparto con todos los cristianos evangélicos españoles su deseo, por otra parte muy ejemplar y cristiano, de ser respetados , de ser debidamente atendidos en todos los ámbitos de la sociedad española, con independencia de su número, de ser tratados en igualdad y paridad con el resto confesional español,  pues les ampara primero la justicia histórica (unas iglesias que han vivido un largo período en la sombra, bajo el peso de un estado confesional católico, que les negaba e incluso perseguía), segundo el nuevo orden que los españoles consagramos en la Constitución de 1978 , en donde queda establecido la separación entre confesiones religiosas y Estado.

Este es el espíritu constitucional del artículo 16.3 de nuestra Constitución, al declarar que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. El hecho de ser citada, en dicho artículo, la Iglesia católica por su nombre y las demás confesiones de manera general, no indica en absoluto que la Católica tenga primacía, prebendas, prerrogativas o espacios pastorales en exclusiva en nuestro país, siendo así que si la Iglesia católica detentara alguno como propio, o bien disfrutara de mayores consideraciones por parte del Estado, la Constitución, su letra y espíritu, serían gravemente lesionados, por lo que se hace necesaria la revisión del citado artículo, como una nueva Ley de Libertad Religiosa que ponga fin a una situación de facto, camuflada de poder y favoritismo de una Iglesia frente al resto confesional español.

 De acuerdo entonces en que el próximo gobierno “aplique de una vez por todas las directrices de la Constitución” y las leyes que regulan el derecho a la libertad religiosa, que remuevan los obstáculos existentes y se garantice una libertad de culto real y efectiva”.

Y para este empeño, muy de acuerdo en que se de a conocer el problema y se desarrollen actos de protesta y manifestaciones por toda España para el próximo día 31 de octubre.

Autores: Juan García Biedma

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Por Eryn Sun|Corresponsal de Christian Post
Traducción de Emilia Fuentes

El escándalo financiero del fundador Robert Schuller que ahora opaca los problemas de la quiebra de la Catedral de Cristal está dando al cristianismo una mala reputación, dice Craig Huey, un político cristiano y activista.

  • catedral de cristal
    (Foto: Reuters / Alex Gallardo)
    Interior de la Catedral de Cristal.

Las recientes acusaciones de apropiación indebida de fondos de la iglesia de la familia fundadora han empeorado la situación en la mega-iglesia de Garden Grove, que ya estaba luchando para cumplir con una deuda de $ 50 millones para finales de octubre o enfrentar el cierre.

Los acreedores que supervisan el caso de quiebra de la Catedral de Cristal presentaron una demanda contra los Schuller y otros administradores de la iglesia el 30 de septiembre por sacar dinero del fondo de dotación del ministerio para cubrir sus propios salarios.

Documentos judiciales dados a conocer por el diario Los Angeles Times a principios de esta semana revelan que Schuller y sus familiares se prestaron cerca de $10 millones del fondo entre 2002 y 2009, durante el apogeo de los problemas financieros de la mega-iglesia.

La demanda fue impulsada por la petición de la familia para ser pagados al mismo tiempo que los demás acreedores después de la venta de la catedral – a pesar de que la familia debe ser la último en recibir el dinero basado en el caso de bancarrota.

Alrededor de 400 acreedores presentaron la demanda contra los administradores por esa razón, informó el Times.

Negando todas las acusaciones, sin embargo, los Schuller sostienen que la demanda carece de fundamento y siguen declarando su inocencia.

Schuller dijo al Times, «Esta demanda hace acusaciones graves y falsas sobre mí y mi familia. Es lamentable que voy a tener que defender esta demanda sólo para demostrar lo que es verdadero.»

A pesar de las afirmaciones de Schuller, algunos están empezando a poner en duda la conducta supuestamente intachable de la familia fundadora.

Huey, del Foro de las elecciones, dijo a OneNewsNow, «Lo que es evidente es que el liderazgo puede haber ignorado lo que había que hacer en la reducción de los gastos y se fue a vivir con el estilo de vida que había tenido cuando había un montón de dinero en todo.»

El llamó el escándalo una distracción del mensaje del Evangelio.

«Esta es una iglesia que el mundo mira, y realmente muestra una mala imagen de la iglesia, y pinta un cuadro malo para algunos del cristianismo», agregó.

Negando todas las acusaciones y siguiendo avanzando, los Schuller están esperando hacer todo lo posible para salvar a la iglesia.

Una esfuerzo de Ofrenda Milagrosa de Fe, tiene el objetivo de recaudar los $50 millones adeudados, con sólo 4.737 dólares recolectados, The Orange County Register informó.

El representante de la Catedral de Cristal Marc Winthrop dijo a The Register que más fondos acumulados y otro informe de situación sería liberado pronto.

Si los fondos no pueden ser recogidos hasta el 24 de octubre la junta de acreedores encargados de facilitar el pago de las deudas supuestamente llevará a cabo una votación para decidir sobre la venta de la propiedad.

Pocos compradores están interesados en la tierra, incluyendo la diócesis católica de Orange, la Universidad de Chapman, Hobby Lobby y My Father’s House International Church en Norco, California

Por el momento, la diócesis está ofreciendo la oferta más alta en $53,6 millones.

 

 

http://spanish.christianpost.com

El reino de Dios y las tribus urbanas

Publicado: octubre 3, 2011 en Sociedad

Félix Ortiz
 El reino de Dios y las tribus urbanas EL REINO, LA TRIBU DE LAS TRIBUS Las tribus urbanas son una muestra de la variedad que caracteriza al mundo postmoderno. La postmodernidad valora la diversidad y, en este punto, coincide con Dios, el diseñador y autor de toda la variedad que nos rodea en la creación y en el mundo espiritual. El Reino de Dios no anula y uniformiza las tribus o subculturas, antes bien, las redime y santifica con el evangelio, ya que el Reino se convierte en la tribu que acoge a todas las tribus, la tribu de tribus. 

 UN MUNDO DIVERSO

Vivimos en un mundo increíblemente diverso. La variedad y la pluralidad están a nuestro alrededor miremos donde miremos. La explosión de formas diferentes se da en la flora, la fauna, los innumerables paisajes de nuestro planeta y, en nosotros mismos los seres humanos.

La humanidad está compuesta por diferentes razas. Todos los seres humanos tenemos diversos aspectos y somos diferentes, no únicamente en lo físico, sino también en lo emocional. Lo normal es la diversidad y la diferencia, lo sorprendente es la similitud. Ante tanta variedad nos sentimos verdaderamente sorprendidos cuando encontramos dos personas parecidas en lo físico y en el carácter. Incluso afirmamos con cierta frecuencia ¡Qué diferentes pueden llegar a ser personas que pertenecen a la misma familia! ¡Nadie diría que son hermanos!.

De hecho, la creación de Dios es un auténtico canto a la diversidad. No debemos perder de vista que tanta diferencia forma parte del diseño original de Dios. Existe diversidad porque así, premeditadamente, el Señor lo quiso. De hecho, afirmaríamos que la uniformidad es antinatural, que es evidente que no forma parte del diseño primitivo de Dios y, que no sería osado afirmar que es el pecado la causa de esta tendencia tan humana y tan poco divina hacia la uniformidad, todos iguales, todos pensando lo mismo, sintiendo lo mismo.

No únicamente en el ámbito de la creación se manifiesta la diversidad, también se da en el ámbito de lo espiritual. De nuevo vemos que la variedad forma parte del diseño original de Dios. Afirma la Escritura que el Señor nos ha hecho un solo cuerpo ¡Cierto! Pero también indica que ha establecido diversidad de dones, diversidad de ministerios y diversidad de funciones. La unidad de Dios nunca mata la diversidad, antes al contrario, la remarca, la pone de manifiesto, la potencia. Romanos 12, 1 Corintios 12 y Efesios 4 son buenos ejemplos.

Pablo, escribiendo a las comunidades cristianas que se reunían en la ciudad de Corinto afirma que esta diversidad, de la que hablábamos anteriormente, es así porque el propio Espíritu Santo lo ha querido de esta manera. Es Él quien ha llamado a la gente y, según las palabras del apóstol, ha distribuido los dones según a Él le ha placido, le ha dado la gana.

 FAMILIA, SACERDOCIO, NACIÓN Y PUEBLO

Otro apóstol, en este caso Pedro, escribiendo a las comunidades cristianas afirma, Pero vosotros sois una familia escogida, un sacerdocio al servicio del Rey, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios, destinado a anunciar las obras maravillosas de Dios, que os llamó a salir de la oscuridad y entrar en su luz maravillosa (1 Pedro 2:9)

La primera parte de este versículo describe lo que somos. Déjame que llame tu atención sobre la palabra nación. En el original griego el vocablo que se utiliza es etné, que nosotros traducimos en castellano como etnia. Una etnia es una comunidad humana que es definida por afinidades de diverso tipo, pueden ser raciales, culturales, lingüísticas, religiosas y un largo etcétera.

Pedro está afirmando que nos hemos convertido en una nueva etnia o tribu. Una etnia muy especial, formada, tal y como dice la Biblia por gentes de todo tipo de etnias. El Reino de Dios se convierte en la etnia de las etnias. La tribu en la que todas las tribus tienen cabida. Eso si, se trata de una tribu muy, pero que muy singular.

Esta nueva etnia no nos uniforma, recordemos que la uniformidad es ajena a la creación de Dios, antes bien potencia nuestra diversidad y la celebra como parte del diseño de Dios. En el Reino somos diversos en uno. Del mismo modo que una familia es diversa, todos nosotros somos hermanos diferentes de la gran familia de la cual Jesús es el hermano mayor.

La segunda parte del versículo describe a lo que somos llamados. Destinados a cantar, proclamar, anunciar, dar a conocer las grandezas del Dios que nos llamó. Ahora bien, ¿Qué significa esto en la práctica?

En Mateo 28:18-20 encontramos el pasaje que es bien conocido como la Gran Comisión. La palabra que aparece en el original griego es, nuevamente, etné. Somos llamados a hacer discípulos en todas las etnias. Nuestras Biblias lo han traducido como naciones y, al así hacerlo, han hecho confuso el sentido del versículo ya que parece que la Gran Comisión tenga un enfoque geográfico –naciones- en vez de tenerlo cultural o sociológico –etnias-.

Si leemos la Gran Comisión con su sentido original, etnias, y recordamos como habíamos definido las etnias, el mandamiento de Jesús cobra una nueva dimensión. Somos llamados a hacer discípulos, no necesariamente en un grupo racial o nacional, sino en las etnias o tribus que pueblan nuestros países. Somos llamados a llevar a cabo la misión, no únicamente a países, sino también a todas las subculturas dentro de nuestra cultura, es decir, a todas las etnias, a todas las tribus. La Gran Comisión adquiere en el mundo postmoderno una dimensión social y cultural, mientras que en el mundo moderno tenía una dimensión geográfica.

No estamos diciendo nada que no estuviera ya presente en la Biblia. El apóstol Pablo lo indica con total claridad cuando escribiendo a los Corintios manifiesta que se hace gentil para ganar a los gentiles y judío para ganar a los judíos. Me hago, afirma, como uno de ellos para ganarlos para la causa de Cristo (1 Corintios 9:20).

La lectura contemporánea de este pasaje sería, para ganar a los raperos, surferos, rastafaris, emos, okupas, maquineros, rockeros, internautas, montañeros, etc., etc. Me hago uno de ellos. Siempre, eso si, sin comprometer los principios y valores del evangelio que, hemos de afirmar de forma tajante, no es lo mismo que los principios y valores de la cultura evangélica. No confundamos el evangelio con los evangélicos.

Dios no quiere destruir las culturas de las tribus o etnias para imponer una cultura evangélica, tradicional y uniforme. Él desea transformar, redimir y santificar esas culturas. El evangelio debe encontrar la manera de hacerlo y de expresarse en medio de ellas. Piénsalo, eres llamado a ser un misionero enviado a tu etnia particular, a tu tribu, a tu entorno, a tu ambiente.

 JESÚS SE HIZO UNO DE NUESTRA TRIBU

Juan 20:21 reflejan unas palabras importantes de Jesús, Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Jesús es nuestro ejemplo de cómo debe ser nuestro comportamiento hacia las etnias y su deseo de redimirlas con el evangelio.

El mismo evangelio de Juan, en el capítulo 1 versículo 14 nos indica, que Jesús se hizo ser humano y vivió en medio nuestro. Literalmente el griego afirma que plantó su tienda de campaña en medio de nuestro campamento. La encarnación es el modelo a seguir para poder plantar el evangelio y hacer discípulos en todas las etnias. Recordemos de nuevo las palabras de Pablo, él entendió perfectamente el concepto, hacerse como uno de ellos.

De la encarnación de Jesús podemos sacar tres principios –no métodos- de trabajo.

El primer principio es  la presencia . Vivió en medio nuestro y como uno de nosotros. Era conocido como Jesús, el de Nazaret, el hijo de José y de María. Antes de comenzar su ministerio público se empapó y vivió a fondo la cultura de su etnia durante 30 años. Fue un judío hasta la médula, amante de su nación, respetuoso con sus costumbres, participante de la vida cultural, religiosa y festiva de su propia gente.

El segundo principio es  la identificación . Jesús se hizo como tú y como yo. Su humanidad fue real, no fue un mero disfraz, no fue una pretensión de ser humano. A excepción del pecado, vivió y experimentó todo aquello que un ser humano puede vivir y experimentar, incluyendo la más humana de todas las experiencias, la muerte. Se despojó totalmente de su divinidad, tal y como indica Filipenses capítulo 2, y en su condición de total y absoluta humanidad se humilló hasta identificarse con los más bajos y más miserables de todos, los cobradores de impuestos y los pecadores.

El tercer principio es  dar a conocer a Dios . Juan, en su evangelio, en el capítulo primero, nos indica que nunca nadie ha visto a Dios, sin embargo, Jesús, su hijo, nos lo ha dado a conocer. Jesús nos habló y nos dio a conocer a Dios de una manera que era relevante para nosotros, de una forma que pudiéramos entenderlo. Jesús nos muestra cómo es Dios y con su vida hace creíble el compromiso de amor que Dios tiene hacia nosotros.

¿Cómo somos enviados nosotros? Nosotros, que formamos parte de la etnia que acoge a todas las etnias, somos enviados como Jesús lo fue, a hacer discípulos en todas las otras etnias. No para uniformarlas, antes bien, para redimirlas con el evangelio. No para hacerlas evangélicas, sino para que el evangelio se exprese a través de ellas.

Como Cristo plantó su tienda en medio de su etnia, del mismo modo debemos plantar nuestras tiendas en medio de las etnias de nuestra sociedad.

La encarnación, ser como uno de ellos, es nuestro modelo de misión a las etnias de nuestras sociedades. Identificándonos con ellas, teniendo presencia en medio de ellas y dando a conocer a Dios de manera que sea relevante para esa etnia, es decir, usando sus símbolos y códigos de comunicación

Autores: Félix Ortiz Fernández

©Protestante Digital 2011

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Manfred Svensson
¿Qué dirían C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer sobre la actual crisis educacional
chilena? La respuesta esmuy simple: no sé. No tengo la menor idea de lo que dirían, y especular siempre puede tornarse en una peligrosa manipulación de los autores. Ambos fueron hombres preocupados por la educación, desde luego, pero estaban en un contexto distinto al nuestro. Piénsese en el siguiente ejemplo: Lewis escribió en una ocasión que la expresión “educación democrática” es riesgosa por ambivalente: tal frase podía implicar “educación que le gusta a los demócratas”, o “educación que contribuye a fortalecer la democracia”. Estas dos cosas pueden no ser idénticas, ya que puede haber cierto sentimiento democrático que promueva un tipo de educación en realidad nociva para la democracia. La pérdida de autoridad de los maestros, por ejemplo, puede ser acorde a un gusto democrático, pero puede debilitar a la democracia. Este tipo de reflexiones pueden tener elementos sumamente actuales, y creo que vale la pena tenerlas presentes en medio de nuestra discusión. Pero en el mismo artículo que Lewis escribe esto, escribe de modo sumamente restrictivo sobre el acceso a la educación superior. La Universidad no es para todos, declara a los cuatro vientos. ¿Cómo pudo escribir algo así? Muy sencillo: para la gente que no tiene vocación universitaria, escribe Lewis, hay decenas de trabajos donde van a ser más felices, y son trabajos mejor pagados. ¿Mejor pagados? En esto por supuesto hay una gran diferencia entre Inglaterra en 1944 y Chile en 2011, y es esa diferencia la que nos debe llevar a buscar orientación en estos autores, pero sin esperar de ellos soluciones directamente aplicables a nuestra situación.

Cambio entonces la pregunta. No “¿qué dirían C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer sobre la actual crisis educacional?”, sino “¿en qué medida nos pueden servir como modelos de vida universitaria?” Partamos por mencionar que ambos tienen en esto una trayectoria opuesta. Lewis no venía de un hogar académico. Su padre era un abogado, y nada podía estar más lejos de él que el tipo de intereses que desde temprano cultivó su hijo. Sin embargo, era un hombre capaz de reconocer lo que había en este hijo: tras conocer a C. S. Lewis, uno de sus tutores le dijo al padre que su hijo “o llegará a ser un académico, o no llegará a ser nada” –y el padre dispuso todo para que llegara a ser un académico, como en efecto ocurrió. De hecho, se puede decir que por toda su vida Lewis virtualmente no se movió de la universidad. Resulta casi cómico que el mayor traslado geográfico de su vida haya sido el cambio, tarde en su vida, de Oxford a Cambridge. Menciono esto porque conocemos a Lewis como un autor de libros populares, en parte como autor de literatura infantil; pero si queremos entenderlo debemos partir por recordar que era un hombre de universidad, un académico dedicado principalmente a la literatura inglesa medieval y renacentista, un campo de estudio tan poco popular que Cambridge tuvo que crear la cátedra respectiva para él, pues simplemente no existía.
Algo similar en cuanto a su condición de hombre universitario se podría decir de Bonhoeffer, pero de un modo inverso. Él venía, al revés de Lewis, de una familia 100% académica. Su bisabuelo Karl August von Hase había sido uno de los grandes teólogos alemanes del siglo XIX, y su padre tenía la principal cátedra de psiquiatría de Alemania al empezar el siglo XX. Y la vida universitaria fue también un camino de vida que también él estuvo muy cerca de seguir. Se doctoró, se habilitó, y comenzó su docencia en la facultad de teología de Berlín…..en 1932, un año antes de que el ascenso de Hitler al poder diera un rumbo muy distinto a su vida. En marcado contraste con Lewis, en efecto, su vida como académico duró menos de dos años. Desde 1934 hasta su muerte en 1945 Bonhoeffer no volvió a poner un pie en la universidad.
De modo que, en lo que se refiere a los acontecimientos externos, parece que Bonhoeffer y Lewis siguen una trayectoria opuesta: uno viene desde el mundo a la universidad, otro va de la universidad al mundo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ambos tienen un muy decisivo elemento en común, y es el hecho de que llegaron a la universidad sin ser creyentes, y la experiencia académica desempeñó un papel decisivo en su camino hacia la fe. El caso de Lewis es mucho más conocido en este sentido, ya que no sólo llegó a la universidad de un modo indiferente, sino decididamente ateo. Su camino desde ahí hacia el cristianismo lo describe en Sorprendido por la alegría, y es un camino sumamente ligado a su vida universitaria. Como lo pone en una parte de dicha obra: “si alguien quiere seguir siendo ateo, tendrá que ser muy cuidadoso con qué libros decide leer”. La lectura de libros “inapropiados” puede dar inicio a una búsqueda cuyo término nadie conoce de antemano.
La historia de Bonhoeffer es en este punto menos conocida porque es menos dramática. No era ateo al empezar sus estudios, pero tampoco se habría entendido a sí mismo como creyente. Era de una tradición del protestantismo liberal con fuertes acentos éticos, pero no mucha preocupación doctrinal. Lo llamativo es que sin ser creyente, optara por el estudio de la teología. A nosotros esto nos suena desde luego inconcebible: la teología es algo que ni siquiera los creyentes hoy en día estudian; que alguien, sin ser creyente, llegue a estudiarla, es algo que nos sorprende. Son cosas que ocurren en lugares exóticos como Alemania. Aunque los motivos que lo llevaron a ello no están del todo claros, sí se puede afirmar que él es alguien que no llegó del cristianismo a la teología, sino a través de la teología al cristianismo. Por lo mismo, su primer interés por la teología, incluyendo los primeros años de estudio, no es primordialmente el interés de un creyente, sino de un carácter más general, de formación cultural, filosófica, el interés de alguien que anda tras una “visión de mundo”. Busca una cosmovisión, algo que diera unidad a su pensamiento en lugar de un montón de juicios oportunistas sobre lo que nos agrada o desagrada. Quince años más tarde escribiría desde la cárcel que “para la mayoría de las personas la situación actual sería un conjunto de cuestiones que existen una al lado de la otra, sin estar relacionadas; para el cristiano y para el esto es imposible: él no se deja escindir ni destrozar”. Pero esa posición desde la que uno aprende a ver la relación entre los problemas es algo que él todavía no tenía al entrar a la universidad. No era todavía cabalmente educado, y no era cristiano. Al describir retrospectivamente sus primeros pasos en este mundo, Bonhoeffer dice que “aún no me había hecho cristiano, sino que era, de modo salvaje, indómito, mi propio señor”. Los testimonios de sus posteriores alumnos dan cuenta de lo que alcanzó a significar para ellos en su breve periodo como profesor, tras dejar de ser su propio señor. No sólo ofrecía a sus alumnos lo que académicamente esperaban, sino que estaba activamente dedicado a discipularlos. Esto incluye el hecho de que cambiara su residencia al barrio en el que la mayoría de ellos estaba, y que en dicha residencia no hubiera “horario de oficina”, sino que se transformara en un lugar de constante atención de sus discípulos-alumnos. Además, estaba dedicado a integrar a sus alumnos en una vida cultural más amplia. Provenía de una familia sumamente musical, y con frecuencia llevaba a sus alumnos a cada de sus propios padres para que participaran ahí de las veladas musicales de los Bonhoeffer. Ahora bien, no hay que imaginar nada de patetismo sentimental en esto. Desde su cátedra Bonhoeffer podía hacer llamados a la conversión más claros que los que se escuchaba desde los púlpitos, y sin embargo su estilo era descrito por sus alumnos como “concentrado, poco sentimental, casi carente de pasión, sumamente claro, con frialdad racional, casi de reportero”. Tal vez no sea de extrañar que aunque él veía en la predicación el centro de su llamado, sus prédicas siempre fueron muy poco atendidas, en contraste con las lecciones que daba en la universidad. Estamos, pues, ante una mezcla de cercanía y distancia, una distancia conscientemente buscada por Bonhoeffer para que nadie corriera el riesgo de seguir su propio liderazgo carismático, sino que se preocuparan de la verdad misma de las cuestiones tratadas.
Pero como hemos visto, no pudo permanecer en la universidad. Y aquí puede ser conveniente recordar que la educación fue uno de los grandes puntos de lucha entre las iglesias y el régimen nacionalsocialista. “La juventud nos pertenece, y no se la entregaremos a nadie” diría ya en 1935 Goebbels, el ministro de propaganda del régimen. En efecto, uno de los campos en los que se llevaría a cabo más abiertamente el enfrentamiento con el cristianismo es en la batalla por el control de la educación. Tal lucha se desarrolló de distintas formas: en algunos casos se eliminaría las escasas escuelas confesionales existentes, en otros casos se eliminaría la asignatura de religión en los colegios públicos, en otros se mantendría, pero cambiando su contenido por “cristianismo positivo”, en otros, finalmente, la asignatura sería cambiada por una asignatura de “educación para la vida”. Al reparar en esto conviene notar la prudencia con que Bonhoeffer se detiene a evaluar la situación. La universidad de Berlín, como las restantes, se encontró rápidamente en manos de los nazis. Uno podría imaginar a Bonhoeffer dejándola con rapidez, pero lo que ocurre es lo contrario. La deja en un momento, porque deja Alemania para retrotraerse a Londres. Pero su correspondencia con las autoridades eclesiásticas y universitarias desde Londres revela que buscó todos los mecanismos para no cortar su relación con la universidad y mantener eventualmente abierta la puerta. Su primera actitud es, pues, la de no dar campos por perdidos con demasiada rapidez, ni siquiera bajo el gobierno nazi. Sin embargo, es igualmente llamativa la disposición a sí dejarlos de lado cuando la circunstancia lo requiere, aunque se tratara del campo en que su familia había desempeñado por más de cien años una importantísima labor. En efecto, en 1934 Bonhoeffer escribe a un amigo suizo que “ya no creo en la universidad”. Con eso quedó abierta la puerta a su posterior participación en la formación clandestina de pastores.
Pero volvamos entonces a Lewis. Él se encontraba desde luego en una situación muy distinta. No que le faltara contacto con lo que llaman la “vida real”. Había peleado en la Primera Guerra Mundial y salido herido. A la segunda no fue llamado, y así es como permaneció en la universidad. Pero su país estaba en guerra, y eso ha dejado huella en numerosos escritos de Lewis. Lo más interesante para nuestro tema, es un escrito de octubre de 1939, es decir, un mes después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Significativamente, se trata de un sermón. Uno de los pastores de Oxford consideró apropiado invitar a Lewis a predicar, dado que un académico que a la vez hubiera estado en la guerra, y que estuviera nutrido de milenaria sabiduría, podría ayudar a los jóvenes a poner las cosas en perspectiva adecuada en un momento tan crítico como el comienzo del conflicto. El texto fue publicado con el título “El estudio en tiempos de guerra”, y el punto de partida de Lewis en este texto es la inquietud que por entonces podía tener cualquier universitario inglés: la pregunta es cómo puede resultar justificable que alguien esté estudiando, incluso que esté estudiando humanidades clásicas, cuando sus compañeros de generación se dirigen al continente a dar la vida en la lucha contra el nacionalsocialismo.
¿Cómo se puede dedicar la vida a cosas como la ciencia, el arte, las lenguas, la filosofía, cuando el mundo está al borde de la guerra o derechamente en ella? Lewis parte su discurso afirmando que la pregunta es correcta, que no es exagerada. En rigor, lo que afirma es que hay una pregunta más grave aún, que podría amenazar de modo más decisivo y constante la legitimidad de la actividad académica: ¿cómo dedicarse a estas cosas si la humanidad está no sólo a las puertas de tal o cual guerra, sino a las puertas del infierno? Si es posible el cultivo de la cultura bajo las condiciones de algo eternamente decisivo, ciertamente lo será también bajo condiciones de guerra o de cualquier otra desgracia o escasez. Por tanto, hay que sacarse de la mente la idea de que el cultivo de las ciencias sea algo propio de situaciones normales, seguras. Tales situaciones simplemente no existen, pero los seres humanos, escribe Lewis, proponen “teoremas matemáticos en ciudades sitiadas, desarrollan argumentos metafísicos en celdas de condenados”. Simplemente está en la naturaleza humana el buscar tal tipo de conocimiento. Lewis reconoce, por supuesto, que tales actividades tienen que pasar por un test, que es el de realizarse para gloria de Dios. Pero es importante notar cómo concibe eso Lewis. Pues si bien escribe que todo tiene que ser puesto al servicio de Dios, no se trata necesariamente de que el servidor –nosotros- siempre tenga claro cómo es que esto sirve a Dios. El buscar el hacer todo para gloria de Dios pasa a veces por reconocer que no sabemos cómo es que tal o cual cosa sirve a Dios. En el caso de la actividad académica, nuestro servicio se da por tanto buscando la verdad propia de cada disciplina, aunque muchas veces no veamos de modo inmediato cómo es que esa verdad se conecta con el origen de toda verdad. Tal vez sea a otros, escribe Lewis, que esté reservado el ver cómo tal o cual punto que hemos descubierto sirve a la gloria de Dios.
Así, podríamos decir que Lewis está afirmando que, como las restantes actividades humanas, la vida universitaria es algo lícito, y que incluso más que lícito puede ser algo bueno, muy bueno, aunque no siempre veamos cómo es que lo es. Pero notemos al mismo tiempo que ha llegado a eso por una vía muy cautelosa respecto de eventuales sobrevaloraciones de la vida académica. La razón es que él mismo había padecido ese tipo de sobrevaloración. En una edad temprana, hasta antes de su conversión, siempre imaginó que el mundo de la alta cultura era equivalente a la perfección espiritual del hombre. “Rechazo de plano –escribe tras la conversión- una idea que habita en la mente de algunas personas modernas, esto es, que las actividades culturales sean por sí mismas algo espiritual y meritorio –como si los académicos y los poetas fuesen intrínsecamente más agradables a Dios que un lustrabotas”. Su defensa de la vida universitaria, es una defensa sumamente consciente de ese riesgo.
Ahora bien, puede ocurrir que entonces pensemos en la vida académica como algo ni tan bueno ni tan malo, como algo aceptable pero relativamente indiferente. Pero también eso sería una manera inexacta de plantear la cuestión. Pues puede llegar a tratarse de algo no sólo lícito, no sólo grato, sino de un deber. Porque, al menos fuera del cristianismo, la vida intelectual seguirá existiendo. Seguirán circulando concepciones rivales sobre el hombre y el mundo. Y bajo tales condiciones, si alguien tiene la capacidad y el llamado a la vida universitaria, será un traidor –literalmente- si opta por conformarse con ser “ignorante y simple”: habrá dejado caer las armas y habrá traicionado a sus hermanos más débiles. En este contexto Lewis escribe que “una filosofía buena debe existir, al menos, para dar respuesta a las filosofías malas”. Esto, sin embargo, no debe ser entendido como una restricción del saber a tareas puramente combativas o apologéticas. Por el contrario, la respuesta a las malas filosofías consiste precisamente en abrir la mente a un interés por la realidad completa. Así, Lewis escribe ahí mismo que tal vez lo que más necesitamos es un profundo conocimiento del pasado. No porque el pasado sea mejor o mágico, sino para tener algo con lo cual contrastar el presente. “Un hombre que ha viajado mucho, está menos expuesto a los errores de su pequeña aldea. Asimismo, un buen académico ha vivido en muchas épocas y en ese sentido puede ser más inmune a las cataratas de tonterías que corren por la prensa de su propia época”. Es por ese tipo de viaje que como profesor de literatura medieval y renacentista busca guiar a sus alumnos.
Pero volvamos para cerrar a Bonhoeffer. Lo dejamos diciendo que ya no creía en la universidad. Pero eso no es idéntico con dejar de pensar en la universidad. En sus últimos años, cuando ya tenía prohibido predicar, vuelve en su Ética sobre estos aspectos de la vida humana, y la mayor intensidad del conflicto con el nazismo hace que Bonhoeffer vuelva ahora sobre la universidad no para pensar como al comienzo de su carrera en aspectos puntuales de política universitaria, sino de un modo más hondo sobre la relación entre las disciplinas, sobre la pretensión de autonomía de las mismas, y sobre el modo en que las ciencias deban o no servir al hombre. En particular respecto de este último punto, vale la pena notar que Bonhoeffer da la respuesta opuesta a la que muchos imaginarían. En efecto, cuando pensamos en regímenes totalitarios, tendemos a pensar que una de sus características sería el tratar el mundo del saber de un modo que no sirve al hombre; tendemos a describirlos de modo tal que resalta el modo en que tratan la ciencia en servicio propio, degradándola en ideología, y pensamos así que lo contrario sería ponerla al servicio de todos los hombres. Pero Bonhoeffer es más bien escéptico respecto de este llamado a poner la ciencia al servicio del hombre. Con eso, cree, no se ha roto de modo suficiente con los que la están poniendo al servicio sólo de unos pocos hombres. “Cuando por motivos demagógicos, pedagógicos o moralistas se comete la falsedad de volver una ciencia directamente útil para el hombre –escribe en la Ética-, ahí se corrompe tanto al hombre como a la ciencia”. Nótese que aquí el utilitarismo “demagógico” no es el único en ser rechazado, sino que el mismo trato recibe un “utilitarismo pedagógico”. Es toda la idea de buscar la ciencia primordialmente por su utilidad la que está cuestionando. ¿Significa eso que la ciencia no debe ser de modo alguno útil al hombre? Creo que la clave en la frase anterior está en la palabra “directamente”. La ciencia puede sernos útil, pero Bonhoeffer está diciendo que eso debe ser buscado por otra vía, indirecta. Y lo indirecto consiste aquí en no partir por poner algo al servicio nuestro, sino partir por ponernos nosotros al servicio de la ciencia. Si ocurre eso, escribe, si servimos a la “búsqueda de la verdad, ahí, en la renuncia a los propios deseos, nos volveremos a encontrar a nosotros mismos, y aquello a lo que servimos de modo desinteresado acabará también sirviéndonos”.
Éstas son palabras notoriamente concordantes con el modo en que Lewis ha abordado el lugar del saber en tiempos de crisis. Creo que podemos resumir esa posición que tienen en común diciendo, en primer lugar, que ambos tienen mucho cuidado de no idolatrar la vida universitaria. Son hombres que aman la educación, pero por cuyas bocas y mentes no cruza la idea de que la educación lo es todo. Bonhoeffer da testimonio de esto con el sencillo hecho de renunciar de por vida a lo que en un comienzo parecía una promisoria carrera académica; Lewis, en cambio, da testimonio de lo mismo permaneciendo dentro de la universidad, enseñando desde ahí cuál es el lugar del saber en la vida humana. Pero en segundo lugar, creo que el principal complemento de este rechazo a la idolatría por la educación, es que ambos autores están igualmente en guardia contra una valorización puramente instrumental del saber. La alternativa que ofrecen a los que idolatran la educación, como hemos visto, no es la afirmación de “que la ciencia debe servir al hombre”. Bajar a la ciencia del pedestal que la convierte en signo de superioridad o camino de salvación es compatible con seguir viendo la búsqueda de la verdad como algo que vale la pena perseguir como un fin en sí mismo, aunque no sepamos cómo y cuándo esto servirá a los hombres, aunque no sepamos exactamente cómo es que precisamente esto que estudio ahora da gloria a Dios.

Sobre el autor:

Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de los Andes. Se dedica sobre todo a los «límites» de la filosofía medieval, su comienzo en Agustín, su fin en el siglo XVI o XVII, donde le interesan autores como Melanchthon, y Locke en el siglo siguiente -en pocas palabras: todo el problema de continuidad y descontinuidad entre mundo medieval-Reforma-modernidad. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas.
Sitio web de Manfred: Manfred Svensson

Perú: Conferencia ¡Libres de la Gente!

Publicado: septiembre 28, 2011 en Sociedad

Por un mundo sin violencia

Publicado: septiembre 27, 2011 en Sociedad, Teología

Por C. René Padilla

La paz es un bien deseable tanto para los individuos como para las naciones. El corazón humano anhela la paz, y ésta, por lo tanto, se impone como un objetivo político prioritario que ningún gobierno responsable puede descuidar. Sea en el Este o en el Oeste, en el Norte o en el Sur, la visión profética de un mundo en el cual las espadas sean convertidas en arados y las lanzas en hoces suscita una respuesta positiva.
Sin embargo, la paz tiene sus condiciones. A menos que se cumplan, el ideal de la paz no pasa de ser un mero deseo sin posibilidades de realización. ¿Cuáles son las condiciones de la paz?

Isaías 32.7 señala la más importante de ellas: la justicia. «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre». La paz se relaciona con la justicia como el fruto con el árbol que lo produce. Donde no hay justicia, no puede haber paz. La injusticia y la paz no pueden coexistir.
Recordemos que el profeta Isaías habla desde una situaci6n de injusticia y opresión. Las clases dirigentes se han corrompido y están usando su poder para explotar a los pobres. Son «rebeldes y amigos de bandidos. Todos se dejan comprar con dinero y buscan que les hagan regalos» (Is 1.23). Su tarea, dada por Dios, es hacer el bien, esforzarse en hacer lo que es justo, ayudar al oprimido, hacer justicia al huérfano, defender los derechos de la viuda (cf. 1.17). En lugar de ello, están ocupados comprando casas y acumulando tierras «hasta no dejar a nadie más… como si fueran los únicos en el país» (Is 5.8). Han reemplazado el respeto a la ley de Dios por asesinatos, y la justicia por gritos de dolor (cf. Is 5.7). Han dictado leyes injustas y decretos intolerables, y «no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres… explotan a las viudas y roban a los huérfanos» (cf. Is 10.1). Y no se puede esperar justicia del sistema judicial, ya que «acusan de crímenes a otros, y ponen trampas al juez, y con engaños niegan justicia al inocente» (Is 29.21).
La injusticia es pan de cada día. Sin embargo, la injusticia no viene sola. Donde hay olvido de la justicia, reina la anarquía. «La situación será tal en el pueblo, que unos a otros, aun entre amigos se atacarán. Los jóvenes la emprenderán contra los viejos, los despreciados contra la gente importante» (Is 3.5). La ley y el orden son esenciales para el bienestar de cualquier sociedad. Pero cuando se los invoca para defender intereses creados, la ilegalidad y el desorden se institucionalizan y, como resultado, se destruyen los fundamentos morales de la sociedad. Como racionalizaciones para justificar a los opresores, la ley y el orden inevitablemente pierden el respecto de parte de los oprimidos, las víctimas del sistema que los invoca. Los valores éticos pierden entonces vigencia y se crea una situación como aquella que el profeta describe cuando dice: «¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad, y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!» (Is 5.20). Se pierde toda noción del bien y el mal, y el caos social toma control de la situación.
Para complicar el problema todavía más, en el tiempo de Isaías el pueblo de Israel está satisfecho, inconsciente de su pecado. El mensaje del profeta, por lo tanto, encuentra oídos sordos. A causa de su rebelión —dice el profeta—, Asiria, una nación pagana, será usada como vara de la ira de Dios; por no querer entender, irán al exilio, «todo el pueblo, con sus jefes, morirá de hambre y de sed» (Is 5.13). Su advertencia, sin embargo, es recibida con burla e indiferencia. El sonido de la destrucción está en el aire, pero en lugar de arrepentimiento y lamentación, «lo que hay es diversión y alegría, matar vacas y ovejas, comer carne y beber vino. ‘Comamos y bebamos, que mañana moriremos’, dicen» (Is 22.13). El hedonismo va de la mano con la falsa seguridad.
La falsa seguridad de los líderes de Israel en tiempos de Isaías es una expresión de confianza en el poder militar de Egipto. En vez de arrepentirse y confiar en el Dios de justicia, han hecho alianza con el Faraón, olvidándose que «los egipcios son hombres, no dioses; sus caballos son de carne, no espíritus» (Is 31.3). ¡Qué advertencia para quienes inclusive hoy día buscan la paz y la seguridad por medio de la fuerza bruta, pero no muestran preocupación por la justicia!
El capítulo 32, en que aparece nuestro texto, comienza con la promesa de un reino en el cual «habrá un rey que reinará con rectitud y gobernantes que gobernarán con justicia» (v. 1). En contraste con la situación de violencia institucionalizada que actualmente existe en Jerusalén, en ese reino venidero «la gente no llamará noble al canalla ni tratará al pícaro como persona de importancia»; el hambriento no volverá con las manos vacías o el sediento sin agua, ni los pobres serán perjudicados con mentiras (vv. 5-8). Jerusalén, «la ciudad amiga de las diversiones», va a ser destruida. Las mujeres despreocupadas que la habitan, por lo tanto, son exhortadas a dejar de lado su falsa seguridad y reconocer el juicio que se avecina (vv. 9-13).
Después de esta exhortación, el profeta vuelve sus ojos a los cambios que se van a llevar a cabo cuando el juicio de Dios se cumpla. El Espíritu de Dios —dice— será derramado y surgirá una nueva sociedad y una nueva creación. «La rectitud y la justicia reinarán en todos los lugares del país. El efecto de la justicia será la paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Mi pueblo vivirá en un lugar pacífico, en habitaciones seguras, en residencias tranquilas, aunque el bosque sea talado y humillada la ciudad. Ustedes vivirán felices, con riego abundante para sus sembrados y pastos seguros para el burro y el buey» (vv. 16-20).
Para entender mejor esta visión profética de un mundo de paz hay que verla en contraste con la situación caótica descrita anteriormente. La paz a la cual se hace referencia aquí no es una mera ausencia de guerra, sino shalom, es decir, armonía, bienestar, integridad, abundancia, prosperidad, salud, felicidad, plenitud tanto para los individuos como para la sociedad. Nuestro texto la relaciona con tranquilidad, quietud o reposo (sheket) y con confianza o seguridad (batah). En medio de una situación de injusticia a la vez que de tensión social e inseguridad, el profeta vislumbra una nueva era en la historia de su nación, y la describe en términos que nos recuerdan el Año del Jubileo según Levítico 25: «En este año de liberación todos ustedes volverán a tomar posesión de sus tierras… No abuse nadie de nadie. Muestren reverencia por su Dios, pues yo soy el Señor su Dios. Cumplan mis leyes, pongan en práctica mis decretos. Cúmplanlos y vivirán tranquilos en el país; la tierra dará frutos, y ustedes vivirán tranquilamente en ella y comerán de sus frutos hasta quedar satisfechos» (vv. 13, 17-19). La relación que Isaías ve entre la justicia y la paz, entre la obediencia a la ley de Dios y la seguridad, aparece ya en la antigua revelación dada a Moisés en el Monte Sinaí, según la tradición.
El anhelo de un mundo en que la gente disfrute de la vida en todas sus dimensiones, sin verse amenazados por la violencia o el infortunio, es una característica común de la humanidad. No es de sorprenderse, por lo tanto, que la promesa de paz y seguridad sea frecuentemente un importante elemento de la retórica política en todos los países. Sin embargo, nuestro texto, en línea con la revelaci6n mosaica, coloca la justicia y la paz en una relación de causa y efecto: «el efecto —o resultado— de la justicia será la paz».
La justicia (tzedaká) a que se refiere el profeta no es ni más ni menos que la justicia de Dios: la justicia que Él ama y Él demanda; no meramente una convención social o un valor humano, sino un mandato divino. «No es sólo una relación entre el hombre y su prójimo, es un acto que implica a Dios, una necesidad divina»(1). Y está íntimamente vinculada a la compasión por los oprimidos, los débiles, los marginados. Es una «opción por los pobres». Tiene que ver con la preocupación especial de Dios por los necesitados y desheredados. Porque Él es un Dios de justicia, es pecaminoso permanecer indiferentes hacia quienes sufren por causas ajenas a su propio control.
Tzedaká es una condición esencial para la existencia de shalom. Sin justicia, no hay paz. La justicia y la paz son inseparables; están indisolublemente unidas. En palabras del salmista: «El amor y la verdad se darán cita; la paz y la justicia se besarán» (Sal 85.10).
En ausencia de la justicia sólo es posible una paz espuria. La falsa seguridad de los opresores, basada en la coerción, o la modorra de los oprimidos, resultante del temor, pero no una paz real. La paz de un cementerio, o de un campo de concentración, o de un país bajo ocupación militar, pero no una paz genuina y duradera.
Shalom nunca puede ser la experiencia de una sociedad corrompida, de una sociedad materialista obsesionada por la riqueza e indiferente a la situación de los pobres, de una sociedad hedonista orientada hacia la satisfacción de necesidades creadas artificialmente y ciega al sufrimiento de las masas empobrecidas, de una sociedad de consumo entregada a la idolatría de las modas y dura frente a la miseria de los marginados, de una sociedad de desperdicio puesta al servicio de la ideología del crecimiento económico ilimitado y sin compasión por las multitudes hambrientas.
Tampoco shalom puede ser una realidad en un mundo caracterizado por la injusticia a nivel internacional, un mundo dominado por la ambición de poder político y olvidadizo de los derechos humanos, un mundo en que se arrebata el pan de la boca de los menesterosos a fin de engordar a una elite con problemas de obesidad, un mundo en que las futuras generaciones de las naciones pobres nacen ya hipotecadas por los países ricos.
La única «paz» posible en esta clase de sociedad y esta clase de mundo es la paz impuesta por los gobiernos de seguridad nacional, una paz que depende totalmente de la persecución y el exilio, el arresto arbitrario y la tortura, las desapariciones forzadas, las mutilaciones y los asesinatos, una falsa paz desafiada para una elite privilegiada, comprada con la sangre de los oprimidos, una falsa paz que los pobres aborrecen y los ricos no pueden disfrutar totalmente, una paz que amenaza destruir totalmente la civilización moderna.
Si el fruto de la justicia es la paz, el fruto de la injusticia es la violencia y el caos social, la enemistad y la inseguridad, el odio y el temor. Cada injusticia que se comete contra los pobres lleva en sí la semilla de la subversión. La justicia conduce a la vida, la injusticia desemboca en la muerte. La injusticia no es meramente una violación de los derechos humanos sino también un pecado contra el Dios vivo. Por lo tanto, quienes persisten en la injusticia se colocan bajo el juicio de Dios. «El que se burla del pobre ofende a su Creador; el que se alegra de su desgracia no quedará sin castigo» (Pr 17.5).
La manera más eficiente de trabajar contra la paz es trabajar por la injusticia. Siembra injusticia y cosecharás violencia. En palabras de Robert Kennedy, «quienes imposibilitan la revolución pacífica, hacen inevitable la revolución violenta».
Dondequiera, cuando explota la violencia, la explicación común de parte de quienes son beneficiados por el sistema es que los causantes de los problemas son agitadores ajenos a la situación. La pregunta que debe plantearse a los defensores del statu quo es: ¿Qué lograrían tales agitadores si no fuese porque el terreno está ya abonado por el resentimiento y el odio causados por la injusticia?
América Latina es una buena ilustración del problema. Parecería que, a lo largo de su historia, nuestros países estuvieran atados a un círculo vicioso de empobrecimiento de las masas, seguido por explosión social, seguida por represión, seguida por un mayor empobrecimiento de las masas, seguido por una mayor explosión social, seguida por una mayor represión, y así sucesivamente. Cada vez que se repite el ciclo, aumenta el costo social. ¿Hay salida, especialmente si se toma en cuenta que cada intento de cambio es de inmediato convertido en el blanco de las sospechas de quienes mantienen el control de las estructuras de poder?
La situación se complica todavía más en vista del juego de intereses económicos a nivel internacional. La política externa de los Estados Unidos funciona en base al presupuesto que la democracia y la libertad son valores que deben preservarse a toda costa en todo el mundo. El hecho innegable es, sin embargo, que en tiempos de la Guerra Fría, el gobierno de los Estados Unidos fue siempre compañero de cama de los gobiernos más represivos en la historia de la humanidad.
¿Qué explicación tenia esta espantosa contradicción? Por lo menos parte de la respuesta era que los dictadores latinoamericanos habían aprendido bien cómo funcionaban los mecanismos del poder. Su fórmula era sencilla:
1. Convencer al gobierno de Estados Unidos que ellos también valoraban la democracia y la libertad; que ellos también estaban involucrados en la batalla cósmica contra el marxismo, y que todas las violaciones de los derechos humanos eran sólo una medida temporaria para impedir el avance de los comunistas y evitar que desterraran para siempre a la democracia y la libertad, no sólo de sus respectivos países sino de todo el continente y de todo el mundo.
2. Proteger los intereses económicos de Estados Unidos y, ¡por supuesto!, los intereses privados de los gobernantes locales. ¡De este modo se mantenía feliz al elefante! Por cierto, el elefante quedaba feliz, pero no nos engañemos: ese camino conducía a la destrucción porque dejaba sin resolver el problema de la injusticia, y donde hay injusticia no puede haber paz.
Hoy la situación es otra. Quedó atrás la era de la Guerra Fría. Por lo menos en América Latina, ya no tenemos dictaduras militares. Pero no nos engañemos: hoy más que nunca, el poder económico está concentrado en grandes corporaciones transnacionales al servicio del nefasto sistema neoliberal, un sistema de injusticia que beneficia a una elite —la «clase transnacional»— a costilla de las grandes mayorías. De la era de la Guerra Fría hemos pasado a la era de la Guerra contra el Terrorismo. Cualquiera que esté en desacuerdo con el sistema, ya no es un subversivo o un «cómplice de la subversión» sino que corre el riesgo de ser tildado de terrorista. Y, por supuesto, si queremos que haya paz, ¡tenemos que acabar con los terroristas!
En contraste, la manera más eficiente de trabajar por la paz es luchar contra la injusticia. ¿Anhelas la paz? Entonces, «que fluya como agua la justicia, y la honradez como un manantial inagotable» (Am 5.24). ¿Anhelas «reposo y seguridad para siempre»? Entonces, «¡no más violencia y explotación! ¡Actúen con justicia y rectitud!» (Ez 45.9). ¿Deseas vivir «en un lugar pacífico, en habitaciones seguras, en residencias tranquila» Entonces, «el Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que seas fiel y leal y que obedezcas humildemente a tu Dios» (Mi 6.8).
Emil Brunner ha observado correctamente que si las naciones no están dispuestas a poner de lado sus intereses egoístas por causa de la justicia, por lo menos podría esperarse que cumplan los requisitos mínimos de la justicia internacional por causa de la paz:
Sería fantástico y utópico contar con la posibilidad de que naciones y estados, que por miles de años en sus relaciones internacionales han sido guiados por el egoísta principio del poder, de pronto se conviertan en convencidos adherentes del principio de la justicia. Pero no es fantástico creer en la posibilidad de que, en vista de los horrores de una guerra total, las naciones y los estados estén dispuestos a hacer sacrificios a fin de preservar la paz, que no den por sentado el egoísta punto de vista del poder sino que, en la distribución de la tierra, de los intereses y beneficios económicos, de la influencia política, dejen espacio para las necesidades y los derechos de otros. Quien condene esta posibilidad como utópica debe darse cuenta que está declarando que la siguiente guerra mundial es inevitable. (2)

Tales palabras mantienen ciertamente su vigencia. El dilema frente al cual se encuentra América Latina no es o el capitalismo y la libertad por un lado, o el socialismo y el totalitarismo por otro lado, como si el capitalismo y el socialismo fuesen realidades últimas. El dilema es, más bien, o la justicia y la paz por un lado, o la injusticia y la violencia por otro lado. Por causa de la paz, rechacemos el mito de que puede haber paz sin justicia, y sigamos a Jesús de Nazaret, que fue ungido para proclamar buenas nuevas a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y liberación a los oprimidos (cf. Lc 4.16-21). «Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre».

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(1). Abraham J. Heschel, Los profetas: II. Concepciones históricas y teológicas, Editorial Paidós, Buenos Aires 1973, p. 75.
(2). Justice and the Social Order, Harper and Brothers, New York and London, 1945, p. 238.

Artículo de la Revista Kairós Nro. 22, año 2008.

http://www.kairos.org.ar


Leonardo de Chirico

Leonardo de Chirico

¿Está terminada la Reforma? es una pregunta que estará en la agenda del Vaticano en los próximos años

La actual visita de Benedicto XVI a su Alemania natal (los días 22 al 25 de setiembre) es una oportunidad para elevar las expectativas acerca de los eventos de los 500 años de la Reforma protestante que se conmemoran en 2017 y una posible declaración conjunta protestante y de la ICR. En esta línea, el Papa ha visitado la ciudad de Erfurt donde Lutero estudió filosofía entre 1501 y 1505 y allí se reunió con los representantes de la Iglesia Evangélica Alemana. Is the Reformation over? (¿Está terminada la Reforma?) es el título de un libro muy discutido de Mark Noll y Carolyn Nystrom que se publicó en 2005. La respuesta del libro no es ni “sí” ni “no”, sino una especie de “bueno sí, pero”.  Según los autores, los evangélicos y los católico-romanos puede que estén de acuerdo en el contenido de dos tercios del Catecismo de la Iglesia Católica; y su creciente cooperación es un signo de que sus relaciones no son tan polémicas ni tan malas como antes. Por consiguiente, su larga separación ya no es sostenible. La respuesta, por lo tanto, está abierta y el libro es el testimonio de una situación de cambio continuo por lo que al contexto de Norteamérica se refiere.

¿Está terminada la Reforma? es también una pregunta que estará en la agenda del Vaticano, especialmente en la del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en los próximos años.

 2017, DECLARACIÓN CONJUNTA SOBRE LA REFORMA
 El año 2017 marcará el 500 aniversario de la publicación de las 95 tesis sobre las indulgencias de Lutero. Convencionalmente, el año 1517 se considera como el comienzo oficial y público de la Reforma. Aquel evento dio lugar a la controversia con Roma y fue la causa de que, finalmente, Lutero fuera excomulgado por el papa León X.

Como parte de las celebraciones que tendrán lugar, el Vaticano y la Federación Luterana Mundial proyectan emitir una declaración conjunta sobre la Reforma con  tres objetivos principales:

1.  La consecución de una “memoria compartida”  sobre lo sucedido antes y después de la Reforma, apreciando de este modo el patrimonio común de los primeros quince siglos de “unidad” cristiana (al menos en Occidente) y la conciliación de los relatos en pugna de 1517 y más adelante.

2.  Llegar a una “admisión de culpabilidad” por ambas partes por los respectivos errores y pecados.  El Vaticano acentúa el hecho de que Juan Pablo II ya pidió perdón por las responsabilidades católicas en la división de la Iglesia.

3.  El relanzamiento de la iniciativa ecuménica que, después de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación de 1999, ha ido perdiendo impulso . En realidad, esta Declaración no tuvo ningún impacto significativo en el proceso ecuménico y el Vaticano busca otro acontecimiento simbólico para promover su agenda ecuménica.

 RECORDAR Y PROMOVER LA REFORMA: INTERROGANTES
 Los tres objetivos de la declaración conjunta son positivos en sí mismos. Sin embargo, deben hacerse algunas preguntas puesto que estos propósitos necesitan ponerse en perspectiva  y no se debería correr el riesgo de que se conviertan en definitivos.

1.  Hay mucho sentimentalismo acerca de la unidad íntegra de la Iglesia anterior a la Reforma. Antes de la Reforma, la unidad estaba tan fracturada como lo estuvo después.  La sobria realidad es que la aparente unidad institucional no es ninguna garantía de unidad según el Evangelio. La “memoria compartida” y el “pasado indiviso” necesitan ser menos místicos y más realistas, no únicamente en lo que a la historia se refiere sino también en lo que concierne al presente y al futuro de la Iglesia.

2.  La sinceridad a la hora de confesar la propia culpabilidad es una actitud cristiana que debe fomentarse siempre . Los protestantes tienen muchos pecados que confesar. A pesar de todo, ¿significa que cuestionar a las autoridades de la iglesia establecida, siempre es pecado? ¿Romper los lazos con un sistema pagano, es pecado? ¿Utilizar un lenguaje “abierto” para denunciar la idolatría, es siempre pecado? ¿Proclamar “aquí estoy” para anunciar el Evangelio sea cual sea el precio, es pecado? El peligro está en difuminar las líneas hasta ser incapaces de distinguir entre el Evangelio y los falsos evangelios y llegar al punto de decir: ¡todos culpables, todos perdonados!

3.  La Declaración Conjunta sobre la Justificación ha sido un fracaso en muchos aspectos . Por una parte, la Iglesia Católico Romana no dio a este documento ninguna importancia eclesiológica. Se quedó en una declaración “dogmática” sin consecuencias prácticas. Por otra parte, según algunos luteranos liberales el Evangelio se define más por la inclusión que por la justificación por la fe. Para ellos el documento no reflejaba realmente el corazón del Evangelio. Más pronto o más tarde, las palabras infladas se desinflan si no son verdaderas; éstas, por sí mismas, no hacían que el documento fomentara ni dificultara el proceso ecuménico. ¿Será también éste el caso de la propuesta declaración conjunta sobre la Reforma?

 Por tanto, el proyecto del 2017 es ambicioso y debe otorgársele una esmerada consideración. Pero, la cuestión de fondo es: considerando todos los matices y con el menor partidismo posible, ¿estaba Lutero fundamentalmente en lo cierto o estaba equivocado conforme al Evangelio?

La Reforma estará terminada solamente si se dan dos circunstancias:

a) en el caso y cuando se juzgue que Lutero estaba equivocado;

b) en el caso y cuando el testimonio fundamental de Lutero del Evangelio sea el testimonio de la Iglesia a lo largo y ancho del mundo.

Hasta entonces, la Reforma no está terminada, pero continúa siendo un importante ítem en la agenda de la Iglesia.

Autores: Leonardo de Chirico
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