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Imagen de archivo de una de las niñas guerrilleras

Salud Hernández Mora | Cartagena del Chairá


Cuando asesinaron a su hijo recién nacido, tuvo que simular que no le afectaba. De haber llorado, habría terminado ante un Consejo de guerra. Porque en las FARC, «la desmoralización insuperable», consecuencia de atrocidades como la que sufrió ‘María’, 21 años, es un delito que puede castigarse hasta con la muerte. Por eso optó por tragarse su tragedia.

Pero desde aquél tercer «aborto», practicados todos a la fuerza porque en las FARC para la tropa está prohibido tener hijos, la joven subversiva, reclutada cuando sólo tenía 12 años, tenía muy claro que debía entregarse al Ejército para iniciar una vida alejada de la guerra. Le costó un tiempo lograrlo puesto que las FARC, en cuanto sienten que uno de sus miembros puede acariciar la idea de fugarse, le mantienen alejado de las poblaciones y vigilado. Hace un año logró su sueño y desde entonces está reiniciando la vida junto a su compañero, también guerrillero, que se escapó con ella.

Para evitar que otras chicas caigan en las redes de las FARC y padezcan el mismo infierno, ‘María’ –nombre que utiliza por razones de seguridad- se incorporó a la campaña que se lanza esta semana, ‘Vuelve a ser mujer’, promovida por el Ministerio de Defensa colombiano en las zonas de influencia de dicha banda terrorista.

Mediante mensajes y entrevistas de radio, en emisoras que llegan a los más recónditos rincones de la selva, ex guerrilleras muy jóvenes cuentan su experiencia con la esperanza de que sus antiguas compañeras den el paso a la civilidad. Asímismo, Defensa, junto a distintas entidades estatales, promueve programas sociales encaminados a potenciar el espíritu emprendedor de las mujeres en áreas rurales donde las FARC mantienen un cierto control territorial. El fin no es sólo atraer a las combatientes -ya son 4.666 mujeres, desde el 2002, que se han desmovilizado- sino evitar que otras niñas se incorporen a las filas terroristas.

Varias niñas guerrilleras.

«Duré ocho años en las FARC y me practicaron tres abortos, aunque en el último el bebé, que tenía ocho meses y medio, nació vivo y yo lo tuve dos días conmigo», rememora esta chica guapa, coqueta, de pelo castaño y rojizo, que ya no podrá ser madre por todos los abusos que padeció. «Le inyectaron algo y se murió; a mí también me dieron unas drogas para que abortara pero no funcionaron». A otra guerrillera, reseña, le asesinaron al recién nacido, de ocho meses, clavándole un bisturí en el corazón. Las dos se consolaban a escondidas, entre susurros y lloraban en silencio.

No sólo segaron la vida de las criaturas, también impusieron otros castigos a los padres. A ‘María’ le tocó cavar 80 metros de trinchera de 70 centímetros por 1,20; cargar leña y preparar la comida para todo el grupo, por varios días, pese a su deplorable estado de salud. Entre las muchas pesadillas que le tocó vivir, no olvida cómo ‘John 40’, máximo cabecilla del Frente al que perteneció, pedía que le llevaran niñas guerrilleras de 12 y 13 años para acostarse con ellas, porque eran vírgenes. Le tenía pavor a contraer una enfermedad venérea. «El único recuerdo que me traje de las Farc es sufrimiento durante ocho años», dice.

Para ‘Andrea’, 20 años, otra ex guerrillera que se fugó hace sólo dos meses, su peor experiencia fueron los consejos de guerra. Ver cómo a jóvenes al igual que ella, sus propios compañeros, les condenaban a muerte por el mero hecho de «ser toma tragos» (beber mucho), le parecía aberrante. El jurado lo componen 25 guerrilleros rasos que emiten su veredicto. Cuando el reo suma 15 votos en contra, ya sabe que «se muere. Es una agonía terrible».

Aunque la vida en la guerra es un espanto diario, hay chicas que se enlistan porque las maltratan en sus casas o por falta de oportunidades. De ahí que el gobierno colombiano combine la ofensiva militar con un agresivo programa de desmovilización dirigido a las guerrilleras porque según los estudios, son ellas las que empujan a sus compañeros a dejar las armas.

«No se aguanten más humillaciones. Pueden ser mujeres de verdad, seres humanos completos», les dice ‘María’ por medio de las ondas en la emisora del Ejército, la única que se escucha en Cartagena del Chairá, una población apartada del Caquetá, al sur del país, que sufre desde hace décadas la violencia guerrillera. «Nunca van a poder ser madres allá».

 

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EEUU: Deportadas sin sus hijos

Publicado: febrero 25, 2012 en Reportaje

El drama de miles de padres y madres centroamericanos expulsados de EE UU tras ser obligados a separarse de sus niños nacidos en este país y, por tanto, con ciudadanía norteamericana

Encarnación María Bail, en una ceremonia en una iglesia de Carthage (Misuri), en 2009 / MARK SCHIEFELBEIN (THE NEW YORK TIMES)

Miles de mujeres acorraladas por la miseria y abandonadas por sus parejas han cruzado México y Centroamérica durante el último decenio en busca de una vida mejor en Estados Unidos. Han arriesgado sus vidas, se han sometido o enfrentado a todo tipo de depredadores (los mareros y sus pandillas, los coyotes que las pasaban de un país al otro por dinero o sexo, los oficiales de inmigración que sacaban su tajada). Después, muchas de ellas han acabado siendo detenidas y repatriadas a la fuerza, tras ser obligadas a dejar en Estados Unidos a sus hijos nacidos en este país porque así lo han decidido los jueces.

Estos miles de mujeres han soportado cuanto había que soportar o escaparon de lo que pudieron escapar para atravesar la frontera y el desierto hasta llenar fábricas y talleres de ciudades del interior de Estados Unidos. Se han convertido así en miembros de una sacrificada legión que alimentaba a sus familias con remesas de dólares extraídos de sus magros salarios.

Pese a que se hicieron invisibles, muchas de estas mujeres cayeron en las redadas de la policía inmigratoria y fueron encarceladas. Algunas, condenadas por delitos federales, cumplieron penas de prisión; otras fueron llevadas a la frontera y terminaron de vuelta en el país del que habían partido, más desposeídas que al comienzo de la travesía.

Pese a que se hicieron ‘invisibles’, muchas cayeron en manos de la policía inmigratoria y fueron encarceladas

Al final solo cargaban los traumas y las deudas con los coyotes. Pero eso no era lo peor. La deportación les había sustraído algo más valioso: a sus hijos, nacidos en Estados Unidos y ciudadanos legítimos de ese país. Jueces norteamericanos de varios Estados habían concluido que esas madres latinoamericanas eran malas madres y que los niños estarían mejor con una buena familia norteamericana, se los habían quitado y los habían entregado en adopción.

No eran pocas y, se temía, serían muchas más. Una estimación — “conservadora”, según sus autores— del Applied Research Center (ARC), un centro que abogaba por la justicia racial, afirmaba que al menos 5.100 niños vivían en 2011 en hogares sustitutos porque sus padres estaban detenidos o han sido deportados. De acuerdo con sus proyecciones, podría haber otros 15.000 niños en la misma situación en los próximos cinco años. Un estudio nacional conjunto del Urban Institute y el Consejo Nacional de la Raza de 2009 reveló que “por cada dos inmigrantes detenidos, un niño es dejado atrás”. Alrededor de cinco millones de niños residentes en Estados Unidos tenían al menos un padre indocumentado, según detalló el Urban Institute.

El poder norteamericano, republicano o demócrata, parecía indiferente a su suerte. Aunque el Gobierno de Barak Obama puso fin a las redadas masivas que se hicieron costumbre durante el mandato de George W. Bush (2000-2008), el número de deportaciones continuaba en aumento. En 2011 hubo un récord de 397.000 inmigrantes deportados y una cifra similar de detenidos. En los primeros seis meses, el Gobierno federal echó a más de 46.000 madres y padres de niños con ciudadanía norteamericana, según el ARC.

María Luis dio a luz a Angélica en el desierto de Arizona. La niña llegó enferma a Grand Island, tres semanas más tarde

Pero no estaban completamente solas. Dos mujeres guatemaltecas, María Luis y Encarnación Bail Romero, se convirtieron en casos emblemáticos, por cuyos derechos peleaba una alianza de activistas y abogados, muy consciente de que estaba en juego la suerte de decenas de miles.

María Luis y Encarnación provenían de distintas regiones del país más peligroso del mundo para las mujeres —695 fueron asesinadas en Guatemala en 2010; otras 646 entre enero y noviembre de 2011— y se asentaron a mil kilómetros de distancia una de otra, en dos Estados igualmente distintos de Estados Unidos. Sus peripecias, sin embargo, resultaron parecidas. Sus historias de penuria, traición, pérdida, lucha y esperanza han sido reconstruidas aquí basándose en los expedientes judiciales de sus casos (que incluyen sus relatos) y a entrevistas con sus abogados, activistas por los derechos de los inmigrantes, académicos, diplomáticos guatemaltecos y otros expertos.

María Luis partió en 1997, embarazada, de Joyabaj, en la región de Quiché, la más devastada por el genocidio contra los indígenas durante la guerra civil guatemalteca (1969-1996). Dejó otros dos hijos al cuidado de su familia y, tras los rigores del viaje clandestino, llegó a Grand Island, en Nebraska, un destino común para otros inmigrantes (en 2010, de 48.520 habitantes, un 26% era de origen latino). Consiguió trabajo en una empresa frigorífica.

En 1998 alumbró a Daniel. Cinco años pasaron. Llegó la noticia de que la madre de María estaba al borde de la muerte en Joyabaj. María dejó a Daniel con un pariente en Nebraska y viajó a Guatemala a ver por última vez a su madre. Regresar a Estados Unidos le llevó un año entero: pagó a un coyote y enfrentó por segunda vez la horrenda travesía por México. Cuando llegó a la frontera con Arizona, estaba embarazada otra vez.

5.100 niños vivían en 2011 en hogares sustitutos en hogares porque sus padres habían sido repatriados o detenidos

Angélica nació prematura en el desierto de Arizona. Llegó enferma a Grand Island, tres semanas más tarde, en febrero de 2004. Pasó un año entrando y saliendo de hospitales, sin que los médicos dieran con un diagnóstico; luego se sabría que tenía asma. María no entendió ni el diagnóstico ni las instrucciones sobre cómo tratar a Angélica: no sabía leer ni escribir, no hablaba inglés y el español era su segundo idioma después del quiché, un dialecto maya.

En 2005, un vecino la denunció por abuso infantil. Un policía en la puerta es la pesadilla de todo inmigrante irregular. María mintió: dio otro nombre. Pero el policía descubrió la mentira y la arrestó por obstrucción a la justicia. María terminó en prisión. Sus hijos, ciudadanos norteamericanos, quedaron en poder del Departamento de Servicios Humanos y de Salud de Nebraska.

El sistema de justicia familiar de Nebraska le era tan ajeno como el espacio exterior. La corte le asignó un defensor de pobres y ausentes que no hizo mucho. María siguió presa hasta ser deportada a Guatemala en junio de ese mismo año (2005). Como fue deportada, no estuvo presente en las audiencias en las que se trató la situación de sus hijos; y como no estuvo presente, el juez resolvió quitárselos.

María fue deportada y volvió a Joyabaj. El juez la dejaba hablar con sus hijos por teléfono solo una vez al mes

“La situación de inmigrante indocumentada es, sin duda, muy riesgosa, y este caso parecería ser un ejemplo”, evaluó el juez. Los niños, agregó, nunca habían vivido fuera de Estados Unidos, la cultura guatemalteca les resultaba ajena porque nunca habían estado en Guatemala… Y María no podía darles una buena educación porque ella misma no había pasado de primer grado; además, ya habíaabandonado a otros dos hijos en Guatemala al emigrar. El juez envió a los niños con una familia que pedía adoptarlos.

María fue deportada y volvió a Joyabaj. De vuelta al comienzo. El juez la dejó hablar con sus hijos por teléfono una vez al mes, pero le negó permiso para conocer el número al que llamarlos. María tenía que esperar que le telefoneara a ella la familia que los tenía en custodia.

«Su estilo de vida, entrando ilegalmente y delinquiendo en este país, no puede proveer estabilidad para un niño»

En abril de 2009, The New York Timesdenunció que el Estado estaba quitando sus hijos a María y a otras inmigrantes centroamericanas. Entonces, la suerte de María comenzó a cambiar. Un poderoso bufete de abogados, DLA Piper, se hizo cargo de su caso. El 26 de junio, la Corte Suprema del Estado de Nebraska permitió a María apelar. Era un triunfo inédito, porque hasta entonces el Estado federal impedía a los deportados volver a ser oídos en un tribunal norteamericano aun cuando en sus casos se apreciaran injusticias flagrantes. En julio de 2009, la corte dictaminó que María debía conservar a sus hijos. Poco más de un año pasó hasta que, en agosto pasado, Daniel y Angélica —para entonces, de 12 y 5 años— volvieron con María. Pero en Joyabaj. El Gobierno estadounidense le negó permiso para quedarse y María volvió adonde había empezado, con dos pequeños ciudadanos norteamericanos a su cargo.

Encarnación Bail Romero emigró en 2006 de Guatemala a Carthage (Misuri), donde ya vivían un hermano y una hermana y de donde ella misma había sido deportada un año antes. Consiguió trabajo en una empresa de pollos congelados. Enviaba a su familia en Guatemala, con los que dejó dos hijos pequeños, el dinero que podía. En octubre de 2006 nació en Carthage su tercer hijo, Carlos.

El 22 de mayo de 2007, agentes del servicio migratorio entraron en la empresa y detuvieron a más de cien indocumentados. Encarnación estaba entre ellos, bajo el nombre y el número de Seguridad Social de otra persona. Fue detenida por suplantación de identidad (según un estatuto federal luego derogado por la Corte Suprema) y enviada a un centro de detención en Nuevo México, a 1.300 kilómetros de distancia.

Una funcionaria aconsejó a la madre que entregase a su hijo en adopción al considerar que ella no era una madre «conveniente»

El defensor que le fue asignado no hablaba español y Encarnación no hablaba inglés. Mediante intérprete, le dio un mal consejo que ella aceptó: declararse culpable y pasar dos años en prisión. Luego se quedó sin representación legal, porque su abogado fue condenado por violencia doméstica.

Carlos, de siete meses, había quedado en casa del hermano de Encarnación. Durante semanas, ella no pudo comunicarse con él o con su hermana. Primero debió averiguar adónde había sido llevada; luego no la dejaban hablar por teléfono; cuando se lo permitieron, la llamada era costosa (tres dólares el minuto) que no podía pagarla, y sus hermanos se negaban a aceptar la conferencia a cobro revertido. Entretanto, Carlos pasaba de una casa a otra. El hermano de Encarnación dijo que no podía cuidarlo y lo entregó a su hermana. Esta, que tenía sus propios hijos y trabajaba largas jornadas, lo dejó con los Velazco, pastores de una iglesia evangelista local, que se ofrecieron a hacer de canguros gratis. El pequeño Carlos comenzó a pasar más tiempo con los Velazco, primero de lunes a jueves y luego también los fines de semana.

Encarnación llevaba cuatro meses presa cuando su hermano fue a buscar a Carlos, pero los Velazco le dijeron que el Estado se lo había quitado. No era cierto: habían resuelto que el bebé estaría mejor con Seth y Melinda Moser, un matrimonio joven que no podía tener hijos. Los Moser iniciaron los trámites para adoptar al chiquillo.

Encarnación, en la cárcel, lo ignoraba todo. Cuando pudo finalmente hablar con su hermana, esta le dijo que Carlos estaba bajo custodia del Estado.

En medio de este trance la visitó Laura Davenport, especialista en desarrollo infantil para el distrito escolar de Carthage. Davenport hablaba español y en el pasado le había ayudado a conseguir una cuna para Carlos —antes dormía con Encarnación en el suelo— y leche, que el Estado daba gratis, pero que Encarnación no podía conseguir porque no se atrevía a registrar formalmente el nacimiento de Carlos. Encarnación pidió a Davenport que la ayudara a recuperar a su hijo. Davenport replicó que debía entregarlo en adopción porque no era una madre conveniente: era pobre y sería enviada a Guatemala, ese país miserable en el que no había futuro para el niño. Con una familia de clase media norteamericana, Carlos tendría todo lo que ella no podía darle. Encarnación insistió en que no podía separarse de su hijo, pero Davenport se negó a ayudarla.

David Dally, el juez que debía decidir sobre Carlos, pensaba como Davenport. En octubre de 2008, durante una audiencia de 106 minutos a la que Encarnación no pudo asistir porque seguía presa y donde nadie habló en su nombre, Dally resolvió que ella no tenía derecho a ser madre porque había “abandonado” a su bebé. “Su estilo de vida, entrando ilegalmente y delinquiendo en este país, no puede proveer estabilidad alguna para un niño”, sentenció. “Un niño no puede ser educado de este modo: siempre en escondites o en fuga”, agregaba. El juez resolvió que Encarnación no tenía nada para ofrecer: “En el futuro, no podrá proveerle comida, ropa ni un refugio adecuado”. En cambio, los Moser, dueños de una pequeña empresa, con más ingresos que gastos, con tiempo para pasar con el niño, recursos para pagarle unababysitter y darle cobertura médica, eran padres ideales.

Al recibir la noticia, Encarnación logró que las autoridades del penal alertaran a la Embajada de Guatemala, donde ya estaban al tanto de la explosión de casos similares. Con la ayuda de la Embajada, de activistas y del reportaje de The New York Times, Encarnación consiguió los mismos abogados que María: Omar Riojas y Christopher Huck, de DLA Piper. En enero de 2011, la Corte Suprema de Misuri dictaminó que el trámite había sido tan flagrantemente injusto que debía concederse a Encarnación un nuevo juicio. Este comenzará el próximo martes, 28 de febrero, y está previsto que las audiencias duren cuatro días. Al final, el tribunal decidirá si Carlos debe o no volver con su madre. Los argumentos de la Corte Suprema hacen pensar que así será, pero el desenlace está aún pendiente.

Encarnación recibió permiso para quedarse en la ciudad de su hijo mientras espera el fallo. Davenport, la asistente que la traicionó, fue despedida por haber mentido —había dicho que iba a ver a la madre presa para ayudarla— y por haber hecho lobby en favor de los Moser. Estos llevan adelante una campaña para conservar al niño, que ya tiene cinco años, se llama a sí mismo Jamison y no tiene recuerdo de otra familia.

Estas historias personales forman parte de una historia colectiva que las excede. Su efecto, afirma Deborah Anker, directora del Programa de Inmigración y Refugiados de la Universidad de Harvard, será “similar al que tuvo la época de la esclavitud en Estados Unidos”. “La comunidad afroamericana”, añade, “fue dañada gravemente por la ruptura de la unidad familiar cuando los esclavos eran vendidos sin que se tuviera en cuenta su situación familiar. Los efectos reverberaron en el futuro; aún lo hacen en el presente. Las familias están siendo destruidas, y las comunidades, despedazadas”.

 

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Las jóvenes inmigrantes dan por hecho que pueden sufrir una agresión sexual en La Bestia

Antes de subirse al tren, muchas mujeres se inyectan un anticonceptivo

México
Amanece en La Bestia. Dos ilegales duermen en el vagón de carga mientras otro vigila que no se caigan. / MARIO LASTRA

Sigo de pie, agarrado a una pequeña barandilla metálica roñosa que es mi único asidero entre estos dos vagones cargados de cemento. No quiero sentarme para que no me venza el cansancio y el sueño. No me fio de La Bestia. Son poco mas de las cinco de la mañana. Miro hacia abajo y alumbro con una pequeña linterna las ruedas de La Bestia. Tengo la impresión de estar subido en una especie de cuchilla gigantesca, que chirría constantemente. Un tropezón, un empujón, un descuido y se acabó. Acabamos de pasar por el apeadero de Matías Romero, una pequeña localidad de Oaxaca, México. Mis compañeros de viaje, los ilegales que cuelgan conmigo en este tren de mercancías, me dicen que ahora empieza lo bueno. «Entramos en territorio de los Zetas», me suelta un guatemalteco. ¡Los Zetas! Probablemente el cártel mas sanguinario de los narcos de este país. Los que se dedican a subir a Internet vídeos decapitando a sus víctimas. Los autores de la masacre de San Fernando, donde asesinaron a 72 migrantes ilegales como estos, como nosotros, después de secuestrarlos. «Si el tren se para de repente, como sin justificación, salte varón, porque van a subirse las Maras o los Zetas. Salte y corra hacia el bosque si quiere seguir vivo», me dice otro de los migrantes.

Aquellos 72 migrantes fusilados a bocajarro tomaron una decisión muy valiente que les costó la vida, me había dicho el Padre Alejandro Solalinde en su albergue de Ixtepec: «Al no poder pagar su rescate debían trabajar para los Zetas como sicarios, asesinando a otros migrantes. Y al negarse masacraron a los 72». Solalinde es uno de los activistas pro derechos humanos más conocido de México. Lleva años denunciando los abusos de las autoridades y de los narcos contra los migrantes, y ofreciéndoles cama, comida y consejos para seguir el camino. Cuando le dije que me iba a subir al tren, a La Bestia, me dijo que era muy necesario que se mostrarán las condiciones del viaje de todos estos desheredados, pero que tuviera mucho cuidado. Que su propio albergue había documentado el año pasado 362 secuestros de migrantes. «Y no sabemos cuantas personas han sido asesinadas o desaparecidas, y yacen por ahí, en fosas clandestinas», me contaba con pesar.

Solalinde es de esas personas que destilan bondad. Casi todos los migrantes con los que viajo en este convoy de mercancías han pasado por su casa, pegada a la vía del tren. Vestido de un blanco inmaculado le he visto recibir a todos los ilegales que llegan a lomos de La Bestia, sabiendo que muchos de ellos viajan con un guía, un pollero, un traficante que les esconderá en casas de seguridad y que les cobrará 2.000 dólares por llevarles a los Estados Unidos. Muchos de esos serán secuestrados por los propios traficantes de personas. «Hay que investigar y rastrear las trasferencias de dinero de Western Union, porque muchas de ellas no son remesas de dinero de los emigrantes que trabajan, sino pagos del rescate por un familiar secuestrado en La Bestia», me cuenta muy serio.

Siete de cada diez mujeres son violadas

Pero si algo le enerva de verdad es hablar de las mujer migrantes, las mas vulnerables, las mas desprotegidas: «Es rara la que se salva de ser violada», dice circunspecto. Le pregunto que datos tiene. Me mira y reflexiona. Cuenta que es difícil tener estadísticas fiables porque las mujeres tienden a ocultar la violación. Que los estigmas sociales, el peligro de expulsión si lo denuncian, o el deseo de llegar como sea al norte, a Estados Unidos, les lleva a ocultar y callar los asaltos, pero que son muchas: «Siete de cada diez mujeres migrantes que pasan por México son violadas en algún punto del recorrido.»

¡La violación como parte del precio del pasaje!. Antes de subirme a La Bestia había preguntado a algunas mujeres migrantes por el peligro de ser abusadas sexualmente. Todas encogían los hombros y bajaban la mirada, como dando por hecho que suele pasar y que les puede pasar. Una suerte de derrotismo vital. Muchas de estas jóvenes, guatemaltecas, salvadoreñas, hondureñas, se inyectan antes de subirse al tren un anticonceptivo conocido como Depo-Provera. Le llaman «la inyección anti-México». Impide la ovulación durante tres meses y de esa manera, si son violadas, evitan al menos quedarse embarazadas.

«Aquí, en La Bestia, se pierde la vida y la dignidad. Aquí si un puñado de hombres dicen ‘te vamos a agarrar y te vamos a violar’, lo hacen… Enfrente de todos… Y nadie dice nada…». Me lo contó Morena Alfaro, una salvadoreña de 32 años de mirada vivaracha. Ella se libró por los pelos. O según ella, por la intercesión de la Virgen de Guadalupe, de la imagen que lleva colgando del cuello. Ocurrió en una de las paradas del tren. Eran varios. A ella se la llevaron lejos de las vías y le pusieron una pistola en la cabeza. Lloró, suplicó y le pidió al asaltante que se acordara de su propia madre. «Le dije que el también era hijo de mujer, como yo..». Finalmente le dió una fuerte patada y le robó todo lo que llevaba. Su prima tuvo menos suerte y fue violada por varios tipos.

Es tan escandalosa la certeza de esas mujeres de que serán abusadas sexualmente que algunas de ellas optan por vestirse de manera sexy y aprovecharse de su cuerpo para seguir avanzando en los controles de migración. Otras, como Morena, deciden buscarse maridos de conveniencia. El trato es ofrecer a ese hombre favores sexuales a cambio de protección. Que se haga pasar por su marido y la defienda. «Yo no lo considero prostitución -me dice Morena-, sino supervivencia. Lo hago para sobrevivir. La prostitución se hace por dinero y esto es por necesidad. O lo hago o no avanzo en la ruta».

Morena no cogió el tren ésta noche. Se quedó en la estación esperando al siguiente porque estaba, decía, justita de fuerzas. Hay que tener muchas agallas para subirse a un vagón como éste en el que estoy. Para pasarse toda la noche a oscuras, rodeada de tipos que no conoces, expuesta al asalto de los bandas organizadas que buscan mujeres como ella para violarlas u obligarlas a prostituirse en garitos de mala muerte en Tapachula o Ixtepec. Son las seis de la mañana. Empieza a amanecer. Ahora por fin puedo ver algo del paisaje que atravesamos. Sigo en territorio de los Zetas, los de la última letra, como les dicen. El tren ha frenado un momento, casi se ha parado, y me subido al techo del vagón para ver qué pasa. Veo las caras de miedo de otros migrantes. Todos pensamos lo mismo: «Nos van a asaltar»…

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Los viajeros indocumentados del tren La Bestia temen no poder ser identificados

Hay miles de cadáveres sin identificar

Jon Sistiaga México

Arturo Moreno, enterrador de Tapachula, Chiapas, señalando una de las fosas comunes, convertida en basurero, donde se entierra a los migrantes sin identificar. / MARIO LASTRA

Soy un polizón. Un ilegal subido en este tren de mercancías que cruza México en dirección a Estados Unidos. Llevo mi pasaporte, pero viajo como un indocumentado. Me lo he colocado en un bolsillo bien cerrado, por si acaso. Por si me caigo. Para que al menos me identifiquen y sepan quien soy. Son las cuatro de la mañana y hace frío. Y está oscuro. De vez en cuando el maquinista frena para bajar la velocidad y la Bestia chirría, como si chillara, trepanandote los oídos. El carbón depositado en las vías y aventado por la velocidad del tren irrita los ojos y las mucosas. Tengo el pelo apelmazado y la piel acartonada. Respirar esto no debe de ser bueno. El cemento que transporta el vagón al que me he subido suelta un polvo blancuzco que se mete por todos los lados. Los vagones de delante llevan productos químicos, por eso no se ha subido en ellos ningún ilegal.

El rugido de la Bestia es constante y atronador. Cuando pasamos por gargantas angostas, el traqueteo del tren se convierte en una tortura sónica que amenaza con volverte loco. De noche no te puedes asomar para intentar distinguir por donde va el tren, porque cualquier rama de un árbol pegado a la vía te puede golpear y tirarte abajo. Los migrantes con los que viajo en este vagón de cemento me han dado sus nombres y me han contado sus historias. Empiezo a confiar en ellos. No creo que sean «halcones» de los narcos, pero por si acaso no bajo la guardia.

Dos de ellos se han quedado dormidos. Es una imprudencia. Cualquier frenazo, acelerón o curva cerrada los puede mandar a la vía. Y lo que es peor, a las ruedas de este tren que todos los días devora a algún ilegal o mutila alguno de sus miembros. Lo he visto en el Albergue de Tapachula, en Chiapas, donde acogen a los migrantes a los que la Bestia dio un zarpazo, pero que sobrevivieron.

«Me quedé en shock. Mi mente seguía funcionando, dándose cuenta de lo que me había pasado. Sentía coraje por todo el cuerpo. Un calor enorme. Me dio por pensar que igual me salvaban la pierna, pero ya ve, ahora llevo una prótesis..». Maritza Guzmán, hondureña de 25años, borda la iniciales del albergue Jesús el Buen Pastor en un mantel mientras me cuenta su drama. Intentó subirse a la Bestia en marcha cuando ya había cogido velocidad. Se agarró a la escalerilla pero en el ultimo momento vaciló. Y con la Bestia no se vacila, porque no tiene piedad. Maritza saltó pero se dio cuenta de que su pierna derecha no hacia pie en el escalón, sino que era succionada por la rueda del tren. Succionada y seccionada. Ese día acabo su viaje como ilegal a Estados unidos. Era el primer día y ahora espera su deportación en esta posada para migrantes.

La historia de Maritza se repite muy a menudo. Todas las semanas los diferentes hospitales de las ciudades por las que pasa el tren registran el caso de un amputado, cuando no de un fallecido por el tren. Le pregunto como contempla su tragedia, como una cuestión de mera mala suerte, como un fracaso, quizás como un castigo. «Para ser un castigo debería ser mala persona, y no lo soy, pero si es un fracaso. Nunca tuve un buen trabajo en mi país, pero al menos tenia dos piernas», se lamenta.

El albergue de Tapachula se ha especializado en el cuidado, cura y mimo de todas estas personas que iniciaron un viaje para una vida mejor y que fueron brutalmente golpeados por la realidad del fracaso. Miguel Antonio Távora, de 28 años y también hondureño, maneja la silla de ruedas con soltura. Me cuenta que perdió la pierna dos semanas antes. Tiene, como dice el, los muñones todavía frescos. Llegó a jugar al fútbol en ligas mayores en su San Pedro Sula natal, y ahora, pena por haber tomado una decisión que lamentará toda su vida. «A mi me mató la confianza, porque no le mostré miedo a La Bestia», cuenta. Como a Maritza, su cuerpo fue succionado al resbalar por la escalerilla mientras abordaba el tren. Como Freddy, que resbaló del techo del vagón por la lluvia y acabo bajo las ruedas. Como tantos y tantos otros que, al menos, tienen la suerte de contarlo.

8.818 cadáveres sin identificar

Los otros polizones que van conmigo, los que están despiertos, me cuentan historias similares, y me dicen que me acuerde de sus nombres por si se caen del tren o los despeñan los narcos durante un asalto: «No llevamos documentos y no queremos acabar en una fosa común». Apunto: Edgar Vázquez, salvadoreño, Marvin López, hondureño, Miguel Guerra, guatemalteco… Yo les cuento que he estado en la morgue de Tapachula y en su cementerio, donde entierran los cadáveres de los ilegales no identificados.

Callan y escuchan. Supongo que queriendo no escuchar. Imaginándose ellos mismos en esa situación. Les doy datos. Hay en México 8.818 muertos sin nombre, según estadísticas del Servicio Medico Forense (SEMEFO). Bien es cierto que muchos de ellos son producto de las guerras internas entre los narcos, pero los cadáveres encontrados en las ciudades que hacen frontera con Estados Unidos o Guatemala, o por las que pasa La Bestia, son de migrantes. Son enterrados en fosas comunes y el único documento oficial que consta es un Acta de Defunción donde, en una linea, se hace una descripción de las causas del fallecimiento.

«El año pasado enterramos a unos 70 u 80», me cuenta Arturo Moreno, el enterrador del cementario de Tapachula. Tiene un sentido del humor especialmente negro, como supongo que se le pide a un enterrador, y el sentido práctico de un Caronte que te dice «muchos vienen ya con olor, con arrocito y gusanos, ya no se les reconoce ni la cara. Si, es una tragedia pero pues no es para ponerse a llorar, ¿No?». Cuando le pregunto que me enseñe la fosa común mi sorpresa se convierte casi en indignación. No hay fosa común. La quitaron para hacer sitio. Desde hace semanas entierran los cadáveres de los ilegales en los caminos de tierra del cementerio, o entre las tumbas mas antiguas, o simplemente en cualquier esquinazo. Solo él y el responsable del camposanto saben donde están. Podemos estar pisando un cuerpo no identificado y no saberlo. Me enseña un basurero, lleno de ceniza, desperdicios de comida y restos de flores secas: «Aquí enterramos a un padre y su hija, juntos, como los encontraron».

– ¿Quienes eran?, -pregunto.

– Ni idea, yo solo enterré sus cuerpos.

– ¿Y lo hizo debajo del basurero o la basura la echaron después?.

– Eso es culpa de la gente, que echa sus desperdicios aquí. ¡Que falta de vergüenza¡, -me dice como compungido.

– Bueno, y porqué no señalizan el lugar. Ponen una cruz, o un cartel que diga N.N., o algo que indique que aquí yacen dos cuerpos…

– Porque no me pagan por ello. A mi me pagan lo familiares de los muertos y como estos no sabemos quienes eran, y como pues no hay familia, pues ahí están..

Mis compañeros de viaje en La Bestia me miran sin despegar los labios. Les enseño la foto del basurero y ladean la cabeza sin decir nada. Cerrando lo ojos. Enseguida despiertan al que se había quedado dormido. «Cuidado hermano, que si te caes ya nunca mas se sabe de ti». Y se arrepienten de no llevar su documentación encima. Y se aprietan entre ellos como dándose calor, o esperanza, o ánimo. El tren sigue su marcha. Yo me palpo el pasaporte y me froto las manos para calentármelas un poco. Y me pregunto a mi mismo porque les cuento estas cosas. Por que soy a veces tan bocazas. Que necesidad tengo de amargarles un viaje ya de por si complicado. Son las cinco de la mañana y el tren no deja de rugir. Sigo despierto…

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El periodista Jon Sistiaga relata en un reportaje para Canal + su viaje a bordo del tren que lleva inmigrantes ilegales desde México con destino a EEUU
Jon Sistiaga-México

¿Por qué los inmigrantes suben a La Bestia y se juegan la vida? / Mario Lastra

«Usted no parece un indocumentado», me dice altivo el jefe de la estación de tren de Ixtepex, en Oaxaca, México. «No lo soy», le respondo. «¿Entonces por qué se va a subir a la Bestia y jugarse la vida?», me pregunta. Cuando le digo que estoy haciendo un documental sobre los emigrantes ilegales que se suben a ese tren de carga para llegar a Estados Unidos me vuelve a mirar con recelo. «La Bestia», «El tren de la muerte», «El devoramigrantes», son muchos los nombres que le han puesto a ese tren que cruza México de sur a norte y en el que los migrantes son robados, violados, secuestrados o asesinados. Y son muchos los que creen que maquinistas y encargados de los cambios de vías están compinchados con las Maras y los narcos que los asaltan. Que ellos son los que bajan la velocidad del tren en determinados tramos o avisan de los horarios de salida de los convoyes.
Llevo varios días esperando a que salga la Bestia y visitando albergues católicos que hospedan gratuitamente a esos hombres y mujeres que no tienen ni para pagarse un billete de autobús con el que atravesar México. Son vulnerables, débiles, y tienen miedo. Para los narcos y las mafias son un objetivo fácil. Ilegales en un tren de carga, es decir, mercancía a la que robar o secuestrar para extorsionar a las familias. ¿Quién los va a reclamar si los matan y los tiran del tren en marcha? ¡Si la mayoría de ellos no lleva ni documentación para evitar ser deportados si los detienen!. Serían un cadáver más en una fosa común más, como las muchas que hay en México. Sin embargo le caigo bien al jefe de estación: «Súbete en los remolques de cemento, que tienen un pequeño espacio entre vagón y vagón que te protege del viento» —me sugiere—, «¡ah!, y toma esto por si acaso…», y me da dos garrotes de madera. «Para que tengas algo para defenderte por si las Maras suben esta noche a la Bestia».
Suenan dos silbidos largos y agónicos. Son las tres de la mañana. El tren de carga que hace la ruta hasta Medias Aguas inicia su camino. Corremos con nuestras cámaras y nuestros garrotes porque hay que subirse en marcha. Correr un poco hasta ponerte a la misma velocidad que el tren y entonces saltar a la escalerilla del vagón procurando que la inercia que provocan las ruedas de acero no te succione. Decenas de migrantes han fallecido o han sido amputados de esa manera. He visto a algunos de ellos. Me han contado como se cayeron, o se resbalaron, o fueron empujados durante un asalto. Es el tributo que se cobra la Bestia. Para que pasen muchos de ellos, se tiene que quedar con alguno. Y lo que mas me sorprende es que, efectivamente, a pesar del peligro no dejan de subirse a ese tren que les lleva hacia el sueño americano. El corredor México – EE UU es el más importante del mundo según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Elijo un vagón de la compañía cementera Cemex. Mala suerte. El hueco está lleno. Hay tres hombres jóvenes cubiertos con gorras de béisbol y vestidos con sudaderas. No hay demasiado sitio. El espacio del centro es el mas codiciado porque es el mas protegido del viento y el frío. Les saludo y encendemos el foco de la cámara. Se sorprenden. Si son emigrantes seremos compañeros de un viaje incierto, si son halcones, emigrantes que trabajan para los narcos localizando a las víctimas mas débiles, se sentirán cohibidos. «Somos de Guatemala», me dicen los jóvenes.
Los tres han cruzado a México ilegalmente a través del río Suchiate. Estuve allí hace un par de días. Es una de las fronteras mas porosas del mundo. Frente al puente internacional que delimita las aduanas de ambos países, decenas de pequeñas balsas hechas con neumáticos de camión pasan todos los días, a todas horas, todo tipo de mercancía. Refrescos, tabaco, azúcar, tuercas, ordenadores, droga, armas, personas… Es un río de apenas doscientos metros de ancho que no tiene profundidad. Un cartel gigante en en lado mexicano dice que esa ruta ilegal de contrabandistas se llama «Paso del coyote». Un nombre muy apropiado, porque así es como se les llama aquí a los traficantes de personas.
«Este es un mal necesario porque los impuestos de las aduanas son muy caros y así hacemos un favor a la gente», me explica Milton Aguilar, uno de los balseros. Tiene una extraña filosofía existencial construida durante toda una vida viviendo en los márgenes de la ley. Cuando le pregunto si le puedo llamar traficante o contrabandista me responde que no, que él es «una persona legal que se gana la vida honradamente haciendo un contrabando ilegal». Una curiosa distorsión de su trabajo, le digo, y le pregunto si me pasaría ilegalmente a Guatemala y después me devolvería a México. «Son 20 pesos» (poco más de un euro), me dice… Y me monto en su balsa.
Cada año 140.000 ilegales cruzan los casi 600 kilómetros de frontera con Guatemala para entrar en el país azteca y se estima que unos 50.000 de ellos pasan por aquí. Miro a mi alrededor. Se les distingue perfectamente. Llevan una mochila con algo de ropa y comida, una mochila pequeña, por si tienen que salir huyendo de los controles de migración. Pero sobre todo llevan en el rostro la incertidumbre de un viaje largo, peligroso e incierto. Van cabizbajos, como queriendo pasar desapercibidos. O quizás están perdidos en sus propias dudas. Muchos de ellos no llegarán a su destino. Se los tragará la Bestia, o acabarán trabajando a las órdenes de los narcos, o serán explotadas por las redes de tratas de blancas que las moverán de prostíbulo en prostíbulo. Ninguno sonríe. Están serios. Más bien tristes. Es lo que los psicólogos llaman el «Síndrome de Ulises», el estrés crónico y múltiple que sufren casi todos los emigrantes.
Cuando estoy a mitad de río, mirándoles, me doy cuenta de que me he olvidado el pasaporte en el coche. Que realmente estoy cruzando como un ilegal. En la playa que hay en el lado guatemalteco, junto a la ciudad de Tecun Umán, en un improvisado mercado, los mayoristas alquilan las barcas para pasar su mercancía sin pagar impuestos. «Si me cogen los federales mexicanos me quedo sin nada, pero si no paso la aduana me ahorro mucha plata en tasas», se justifica uno de los dueños de la carga. Un coche de Policía se pasea por la zona saludando a todo el mundo. Milton me dice que no me inquiete, que son amigos, pero por si acaso le pido que volvamos a la balsa y regresemos a México.
Cuando vuelvo a pisar Chiapas alguien me dice: «Bienvenido a México, ahorita le toca subirse a la Bestia». Y aquí estoy. En la Bestia. En ese tren que es una picadora de migrantes. Con estos compañeros de vagón que me han ofrecido un plátano y que yo he comido cortándolo en rodajas con mi navaja para que vean que, si no son lo que parecen e intentan asaltarnos, lo van a tener difícil. Todavía no me fío. Las sacudidas de los vagones nos mueven de un lado a otro. Hay que agarrarse a cualquier manivela, tuerca o saliente que encuentres. El tren aúlla y coge velocidad. Saltar o caerte es morir. Muchos migrantes han fallecido al quedarse dormidos. Son las cuatro de la mañana. Nos quedan cinco horas de viaje hasta la siguiente estación y anoto en mi cuaderno «No te duermas, Jon, sobre todo no te duermas…».

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La era de la interconexión

Publicado: diciembre 25, 2011 en Reportaje, Sociedad

Gumercindo Lafuente

Este año ha confirmado la explosión de las redes sociales y las nuevas tecnologías, claves en el éxito de la ‘primavera árabe’ o del 15-M. Ordenadores y móviles han cambiado la forma de trabajar, organizarse, relacionarse a gran escala y entender el mundo. Una revolución a la que contribuyó decisivamente Steve Jobs, que falleció en otoño.

Cualquier inútil, cualquier mentiroso, cualquier borracho, cualquier drogado, puede decir lo que quiera en Internet, y vosotros lo leéis y os lo creéis. Son palabras que salen gratis. ¿Vamos a convertirnos en víctimas de Facebook, el Kleenex y YouTube?». Muamar el Gadafi, que llamaba «el kleenex» a los papeles de Wikileaks, arengaba así a través de la televisión a su pueblo tras la caída en Túnez del todopoderoso Ben Ali. Eran los primeros días de un trepidante 2011 en el que el dictador libio perdió el poder, y unos meses más tarde, la vida.

En Túnez había prendido la mecha de la llamada primavera árabe. Egipto, Libia, Siria, Yemen, Marruecos, Irán, Argelia, Bahrein… En mayor o menor medida, un buen puñado de países se vieron involucrados de inmediato en las protestas. Durante meses, especialistas de todo el mundo han analizado el papel de la Red en su estallido. Es probable que se haya exagerado, pero es indudable que, como el propio Gadafi advertía, haya sido decisivo. La pobreza, la falta de libertad y la violencia eran el material inflamable. Las revelaciones de Wikileaks aumentaron la temperatura. Cuando el vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi se inmoló en las calles de Sidi Bouzid, las redes sociales estaban preparadas para amplificar la chispa que encendió una hoguera que arrasó el norte de África.

Ese fuego pronto saltó a Europa y se propagó por las calles de España. El 15 de mayo, la #spanishrevolution voló desde la Puerta del Sol al mundo y aún anda dando guerra hasta en los aledaños de Wall Street, donde se alojan los cerebros financieros que parieron la crisis económica que nos devora.

La mayoría de edad de Twitter

2011 ha sido, sin duda, el año de los indignados y las revoluciones, pero también el de la mayoría de edad de Twitter. Por números, alcanzó los 100 millones de seguidores activos, pero quizá más por su imparable influencia.

Ya de todo nos enteramos antes por Twitter, hasta de la captura y muerte de Bin Laden en mayo durante una muy secreta operación del Ejército de Estados Unidos, contada en directo por el paquistaní Sohaib Athar sin saber él mismo, es verdad, lo que realmente estaba pasando.

Y también ha invadido nuestro lenguaje cotidiano. Los hashtags (etiquetas que agrupan temas en Twitter) y los trending topics (los temas de mayor audiencia en las redes sociales) invaden los medios y participan con vigor en la construcción de la agenda informativa. Toda la realidad se dota de sus etiquetas para ser reconocida y estas cambian y evolucionan buscando la permanencia en la lista de lo más caliente. El 15-M, en pocas horas, y según una recolección urgente de la bloguera Delia Rodríguez, se alimentó de un buen puñado de hashtags: #democraciarealya, #spanishrevolution, #acampadasol, #nonosvamos, #yeswecamp, #notenemosmiedo, #juntaelectoralfacts, #esunaopcion, #tomalaplaza, #pijamabloc, #acampadavalencia, #acampadalgño, #acampadabcn… Y algunos se convirtieron en poderosas marcas que acabaron identificando al movimiento.

Lo que empezó casi como un juego se ha transformado en un arma de acción política y de control social del poder y los medios. Desde la Red, desde Facebook o Twitter, ciudadanos de todo el mundo y de todas las procedencias sociales tienen la oportunidad por primera vez en la historia de hacerse oír sin intermediarios.

Pero no todo es tan sencillo en este nuevo ecosistema. El especialista norteamericano Nicholas Carr lo advertía durante la gira de presentación de su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?: «Creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous, pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones».

Una visión inquietante. Cuando empezábamos a creer en la libertad y el poder revolucionario de la Red, nos dimos cuenta de pronto de que esa misma potencia puede ser empleada en nuestra contra. Incluso lo que se nos presenta como un paraíso para el acceso al consumo a precios bajos se puede convertir en una trampa.

Es la visión del investigador bielorruso Evgeny Morozov, que alerta ante los peligros de negociar con nuestra privacidad: «¿Qué puede competir con el aparentemente infinito almacén de música disponible en servicios de streaming como Spotify? Nada; pero intenta hoy acceder ahí sin una cuenta en Facebook y no llegarás muy lejos: Spotify exige que los nuevos usuarios tengan ya una cuenta en Facebook, que no podrán obtener a menos que estén dispuestos a registrarse en Facebook con sus nombres reales. De este modo, escuchar música de una manera anónima se convierte en algo anómalo; gradualmente, pudiera convertirse también en algo tecnológicamente difícil y caro. Leer de una manera anónima no parece ser algo anómalo todavía, pero las cosas cambiarán a medida que evitemos entrar en las bibliotecas públicas y empecemos a tomar prestados los libros a través de Amazon y de Barnes & Noble. Aquellas nunca pensarían en vender nuestros datos a terceros; estos últimos no se lo pensarían dos veces».

Steve Jobs, el rey de la tecnología de consumo

Y así es como en este vertiginoso mundo digital pasamos de la tecnología como herramienta subversiva a la tecnología como objeto de consumo desaforado. Y allí Steve Jobs es el rey por derecho propio. Su retirada en agosto y su muerte en octubre fueron dos de los momentos más intensos de tráfico y agitación en la Red en 2011.

Nadie como Jobs supo hasta ahora crear un entorno en el que la tecnología pierde su complejidad y se convierte en objetos bellos y casi milagrosos. Nadie logró crear una marca, Apple, con un grupo tan numeroso de fanáticos que esperan cada novedad, cada lanzamiento, con una pasión y una fe solo comparables a las de los primeros cristianos. Poco importa que fuese un déspota engreído y maleducado. Un egocéntrico maloliente. Un listillo que se apropiaba sin rubor de la ideas de otros después de haberlas despreciado. A pesar del retrato afilado que el periodista Walter Isaacson hace en su imprescindible biografía, Jobs era admirado por su entorno más cercano, el que le aguantaba los insultos y las rabietas. Y creo que en gran medida todos le debemos a su ingenio alguno de los saltos tecnológicos más grandes de la historia reciente.

Jobs señaló el camino a la industria de la música con el iPod y el iTunes, nos dio la entrada sencilla y poderosa a la movilidad con el iPhone y remató la faena con el iPad, desatando la guerra de las tabletas y las aplicaciones. Un mundo feliz quizá demasiado perfecto, un jardín cerrado en el que muchos, a pesar de todo y con Tim Berners-Lee (el inventor de la web) a la cabeza, no terminamos de sentirnos cómodos.

Y de pronto estalló la SGAE

Pero, para terminar, volvamos a nuestra atribulada España y hablemos, cómo no, de la SGAE. Arrancaba el mes de julio, y Teddy Bautista, su hasta entonces todopoderoso presidente, debió de pasar los peores momentos de su vida cuando la Guardia Civil le detuvo junto a ocho compinches. Bajo tantos años de prepotencia y amenazas se escondían un montón de negocios sucios sobre los que la justicia se tendrá que ir pronunciando en los próximos meses.

Una buena noticia para los internautas militantes, pero no llegaba sola. Unos meses antes había comenzado el desmoronamiento del sustento legal del canon digital gracias a una sentencia del Tribunal de Justicia de la UE, confirmada en febrero por la Audiencia de Barcelona con la absolución de Padawan, una empresa barcelonesa que se negó a pagarlo por considerarlo injusto y que fue demandada, cómo no, por la SGAE. El 12 de julio, el Congreso en pleno, a propuesta del PP, votó a favor de su supresión. Le queda ahora al nuevo Gobierno cumplir este encargo y afrontar la urgente reforma de la Ley de Propiedad Intelectual. Y algo más, cómo olvidarnos aquí y ahora de la ley Sinde, otra patata caliente que Zapatero le deja a Mariano Rajoy. El presidente saliente confesó en directo en un programa de radio hace unos días cómo ya en funciones, en el triste y agónico final de su mandato, paró, en pleno Consejo de Ministros, una de sus grandes apuestas legislativas asustado por el barullo que en la Red habían formado #cuatrotuiteros.

 

 

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El periodista de Canal Plus, Jon Sistiaga, inicia un relato desde la capital de Somalia para contar la situación caótica que se vive en el país

JON SISTIAGA | Mogadiscio 20/09/2011

 

Cuando aterrizas en Mogadiscio, cuando ya te has quitado de encima la impresión de estar accediendo al lugar mas peligroso del mundo, a la capital de ese Estado fallido que es Somalia, un funcionario te pide que rellenes el formulario de entrada al país. Bien, como pasa en cualquier aeropuerto del mundo. Pero cuando ya has respondido a los habituales apartados de cómo te llamas, de dónde eres, cuál es tu numero de pasaporte o qué vienes a hacer, debes de contestar a la pregunta numero 16, esa que dice «¿Qué tipo de arma trae?», y rellenar las casillas de modalidad, marca, calibre y número de serie. Obviamente, después no atraviesas ningún detector de metales. Una simpática funcionaria te hace una foto con una webcam de última generación (las malas lenguas dicen que financiadas por la CIA para fichar a todo el que entra), y te suelta un «Welcome to Somalia».

Mogadiscio es la capital del caos, pero de un caos organizado, donde cada barrio, cada distrito, cada ciudad y cada región, están repartidos en un orden invisible entre los diferentes señores de la guerra. Hay un gobierno provisional, sí, apoyado por Occidente, pero sus soldados, mal armados y mal pagados, siguen manteniendo sus lealtades a los clanes, subclanes y subsubclanes en los que está repartida esta sociedad. Hay milicias en cada esquina, hay un Kalashnikov en cada lugar al que mires, hay camionetas artilladas con tipos malencarados pasando veloces en todas las direcciones. Somalia es el señorío de la guerra. Llevo unas horas aquí y ya he conocido varios adolescentes que no han vivido otro entorno que el del combate. Que su niñez ha sido corrompido por unos mayores que les enseñaron a disparar antes que a leer. He visto un crío de 14 años, armado con un AK-47, amedrentar a una cola de refugiados que se peleaban por una escudilla de arroz.

«Hotel Paz» en la guerra

A la entrada de nuestro hotel, al que su dueño ha llamado «Hotel Paz», un guardia armado reparte chalecos antibala y cascos a los clientes que dejan la recepción. Somos muy pocos, apenas media docena: dos periodistas, y algunos cooperantes que tratan de aplicar cuidados paliativos a un país que vive incrustado en la anarquía desde hace 20 años. Me atrevería a decir que Somalia es el paradigma de la Anarquía.

Y a esa situación de guerra constante, en la que han parasitado las diferentes bandas de piratas que dominan sus costas, en la que unos pocos warlords se están haciendo ricos, en la que traficantes de droga y armas encuentran una base de operaciones inmejorable, a esa situación, digo, y por si no tuvieran suficiente, hay que sumar la mayor sequía en 30 años, una hambruna de proporciones bíblicas, y el peor desastre humanitario que se recuerda en África en décadas. Eso sí, en cuanto aterrizas te salta en el móvil el saludo de al menos cuatro compañías de telefonía móvil somalí. Porque la mayoría estará muriéndose de hambre, pero aquí unos pocos están haciendo mucho dinero.

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¨Estos conflictos son resultados de que las iglesias protestantes se han mal acostumbrado a ser sostenidas por fondos extranjeros¨

Entrevista a Nicolás Panotto

Martín Díaz Velásquez

Durante las ultimas décadas, las Iglesias Históricas en América Latina se han separado paulatinamente del trabajo pastoral y han aumentado su trabajo asistencialista logrando así el sueño de poder y gloria dentro de los organismos políticos y ecuménicos internacionales.

Para iniciar el recorrido por este peligroso reportaje, nuestra primera entrega es una entrevista con el joven teólogo argentino Nicolás Panotto, un teólogo que propone una nueva forma de incidencia publica desde las iglesias, actualmente es  Director del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP – www.gemrip.com.ar) y Coordinador del núcleo Buenos Aires de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
MD: En las ultimas dos décadas los organismos interreligiosos y ecuménicos se han autodenominado como Organizaciones de Gestión de instituciones sin ánimo de lucro y se han amoldado a las características planteadas por las Naciones Unidas para ser consideradas como  Organizaciones Basadas en la Fe (OBF). Eso hace que el lobby de estos espacios se concentre en objetivos que son ajenos a las iglesias que forman parte de ellas. ¿Crees que este camino de secularización y de búsqueda de aceptación política puede llevar a las iglesias a transformarse en agencias de cooperación, viviendo dentro de su propio campo una marcha atrás? ¿A que se debe esta búsqueda de apadrinamiento de instituciones multinacionales?

NP: El temor a las agencias y organismos financieros es algo generalizado, no sólo en el campo de las iglesias. Sin meternos en elucubraciones sobre las posibles “reales intensiones” en torno a estas intervenciones –que nos llevaría a un desarrollo de sospechas y pesimismos que no vale la pena mencionar aquí-, hay diversos factores que provocan resistencias frente a posibles trabajos en conjunto a estos organismos: la falta de sensibilidad a las necesidades reales en los espacios de intervención (que lleva, en muchos casos, a la invención o sobredimensionamiento de problemáticas, las cuales son más bien funcionales a la intención del organismo que a la atención sincera de necesidades), la exigencia de formar un aparato administrativo que consume un alto porcentaje del aporte y que no concuerda con las posibilidades de la comunidad receptora, la imposición de formas, ideas, mecanismos y estructuras como condicionantes para el percebimiento del apoyo, entre muchas otras cosas.

En otras palabras, la ejecución de estos proyectos suele resultar en dos caminos: tensión o funcionalidad. Tensión, en el sentido de las problemáticas que se originan a la hora de negociar los intereses y las posibilidades entre los actores en juego. Aunque generalmente la principal tensión suele darse a la hora de negociar las condiciones para la recepción de fondos y la resistencia de las instituciones receptoras a recibirlos. En cuanto a la funcionalidad, el camino se allana un poco más: los organismos receptores aceptan los condicionamientos sin crítica alguna, transformando su propia identidad e institucionalidad según las obligaciones decretadas.

Demás esta decir que este mismo panorama se dibuja entre las instituciones y comunidades eclesiales. Y en respuesta a tu pregunta, creo que existen dos factores para la construcción de estos apadrinamientos y sus respectivas dinámicas. Primero, el hecho de que las iglesias cristianas protestantes son en sí una institución social de gran influencia en las sociedades latinoamericanas. Tienen una llegada a diversos sectores sociales –especialmente marginados- con la que no cuentan otras organizaciones sociales. Es por este hecho que partidos políticos, organismos financieros, empresas y fundaciones internacionales están tan interesados en otorgar recursos para la ejecución de proyectos comunitarios. Segundo, las mismas instituciones eclesiásticas no poseen suficientes recursos para establecer proyectos y estructuras de trabajo en instancias de injerencia pública. Creo que una de las mayores razones de esta carencia es que las iglesias nunca han formado dinámicas de trabajo autosustentable ya que, en cierta forma, siempre han dependido de financiación externa. Resultado: necesitan de organismos financieros. Y aquí, el círculo comienza….

De aquí mi respuesta a tu primera pregunta: tal vez no diría que las iglesias se transformen íntegramente en agencias de cooperación –ya que su especificidad eclesial seguirá existiendo-, pero sí pueden asumir dicha lógica en varios aspectos de su institucionalidad (¡y su teología!), lo cual jugaría en contra en varios aspectos. Primero, en no crear esfuerzos de incidencia pública genuinos, desprendidos de los intereses de los organismos financieros. Segundo, en ceder su independencia y particularidad identitaria a causa de su funcionalidad con dichos organismos. Y tercero –tal vez el más delicado para mi-, diluir o fosilizar ciertos elementos teológicos que tienen que ver con la instancia diaconal de la comunidad de fe.

MD: Esta forma de buscar la sustentabilidad, ¿es la adecuada para el futuro de las iglesias?

NP:Yo diría más bien que no es la única forma, y que tal vez es la que mayores riesgos conlleva, como lo he mencionado antes. Por un lado, no niego la posibilidad de que estos tipos de esfuerzos sean posibles. Las comunidades religiosas son instituciones sociales con un lugar central dentro de los conglomerados latinoamericanos. Por ello, creo que es importante trabajar conjuntamente con diversas instituciones y organismos de financiamiento.

Pero, como dijimos, hay que perder la ingenuidad sobre lo que implica asumir una relación acrítica con ellos. Existe un gran peligro cuando se produce un tipo de funcionalidad que estanca la posibilidad del desarrollo genuino de esfuerzos locales de incidencia pública, por importar estructuras y crear instancias descontextualizadas a las particularidades del contexto, que además carecen de una proyección a largo plazo por falta de autosostenibilidad.

De aquí, me inclinaría a profundizar sobre dos aspectos. Primero, en replantear los mecanismos de diálogo y cooperación entre organismos de financiación y las instituciones locales ejecutoras. No podemos negar que los primeros, en una buena mayoría de los casos, aterrizan a nuestras instituciones con todo un programa y conjunto de condicionamientos prefabricados sin previa consulta y acuerdo. ¿Cómo crear una instancia de diálogo y planificación previos? ¿Se podrían establecer marcos referenciales generales, como puntos de partida para la investigación de las necesidades reales del contexto donde se desea trabajar?

Segundo, instaría a pensar formas alternativas de incidencia pública de parte de las iglesias. Creo que nuestras comunidades de fe poseen un gran potencial político y social, que van más allá de su relación con instancias paraeclesiásticas. Su constitución comunitaria, la proyección simbólica de su liturgia, el poder reflexivo de sus espacios educativos, entre otros aspectos, son espacios que tienen grandes implicancias para la proyección social de la especificidad de su identidad religiosa, eclesial y teológica. En este sentido, el trabajo en conjunto con otras instituciones es un elemento más, pero no el más determinante. Más aún: creo que lo central es cómo proyectar la fuerza social, comunitaria y política de su especificidad, antes de crear proyectos marginales a la estructura eclesial.

MD: Las iglesias históricas en América Latina particularmente están sufriendo conflictos internos, debido al abandono paulatino del trabajo pastoral. A tu criterio, ¿podrían las nuevas generaciones de líderes cambiar este sistema monetarista y asistencialista que se ha apoderado de las iglesias?

NP: Yo creo que sí. Más aún, es una obligación. Por una parte, todos estos conflictos son resultados de que las iglesias protestantes se han mal acostumbrado a ser sostenidas por fondos extranjeros, sin crear estructuras de trabajo propio y autosustentable. Hace más o menos 8 años que todas las instituciones protestantes –sean iglesias, ONGs, fundaciones, instituciones educativas, etc.- han entrado en una crisis financiera profunda ya que una mayoría de organismos financieros internacionales dejaron de aportar cuantiosas sumas de dinero –en un lapso muy corto de tiempo- para proyectos en América Latina, debido a que el eje se trasladó hacia África. Aunque por un lado hubo errores por parte de estos mismos organismos –que no midieron las implicancias de tal cambio, como tampoco las condiciones reales en que quedaban las instituciones locales- creo que una de las mayores falencias es que las instituciones locales de trabajo no supieron hacer proyecciones a largo plazo y crear estructuras de sustentabilidad apropiadas. Esto conlleva, por ende, a vivir en una constante dependencia de fondos externos.

Por otra parte, hay que revalorar el lugar de lo pastoral. Es conocida la frase: “tenemos que ayudar al prójimo, no hacer proselitismo”. Más allá de la verdad de esta afirmación, a veces se confunde proselitismo con el necesario trabajo pastoral que las comunidades eclesiales deben ejercer, transformándose así estos proyectos en instancias de simple asistencia comunitaria que no cubren otras áreas que son centrales. Además, refleja una visión estrecha de lo que implica la pastoral y la evangelización. Más aún, del lugar de la religión en la sociedad.

Las comunidades de fe son espacios de encuentro donde los sujetos creyentes construyen su identidad. En esta dirección, tienen un fuerte potencial para resignificar el sentido de los lazos sociales y de la dignificación de las personas. También ofrecen una serie de recursos simbólicos, discursivos e institucionales que la hacen un espacio con un gran poder pedagógico y educativo.

En resumen, las nuevas generaciones tienen la tarea de analizar las consecuencias no muy favorables que ha tenido la “compartimentación teológica” entre lo que se conoce como diaconía, misión, iglesia y evangelización. Más allá de que estos elementos teológicos contienen cierta especificidad, que requieren ser profundizados, no podemos continuar separándolas tajantemente como suele hacerse. Una reflexión que resignifique su unidad dentro de la especificidad de la comunidad de fe, podría lograr dos consecuencias importantes.

Primero, construir un marco teológico integral que provea de elementos críticos para analizar el tipo de relación que las instituciones eclesiales construyen con organismos financieros. De esta manera, los proyectos de injerencia social se inscribirán en un marco más amplio de trabajo desde el lugar de la comunidad eclesial, dejando así las lógicas asistencialistas.

En segundo lugar, permitirá repensar el lugar de la iglesia toda como un espacio de incidencia pública, y no solo como la ejecutora de un proyecto comunitario particular. Eso despierta un interrogante: ¿será que la iglesia actúa de esta manera para mantener aislados los proyectos sociales de su estructura? Viéndolo así, los trabajos comunitarios adquieren más una dinámica asistencialista que sirve simplemente para aplacar el cargo de conciencia. Superando estos reduccionismos, debemos procurar una visión del lugar público y social de las iglesias a través de una profunda resignificación de varios elementos teológicos, que permita crear una autocomprensión identitaria que sirva de punto de partida para considerar diversas alternativas de injerencia pública, dentro de ellas el trabajo con organismos financieros.

 

Martin Ignacio Diaz Velasquez

 

 

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Blancos de la magia negra

Publicado: agosto 28, 2011 en Reportaje, Sociedad

JON SISTIAGA

Hay lugares de África donde nacer albino sigue siendo la peor condena. Se les ve aún como hijos del diablo. Cualquier órgano suyo sirve para rituales de magia negra. Los brujos pueden llegar a pagar 1.600 euros por una pierna. Si el miembro se arranca en vivo, mejor. Canal + y ‘El País Semanal’ han viajado a Tanzania para hablar con las víctimas de tan escalofriante superstición.

CASAS DE SEGURIDAD
Eran tres. Entraron en la choza y empezaron a golpearnos a todos. Uno llevaba una botella de queroseno. Me agarraron entre los tres. Me inmovilizaron y empezaron a cortarme el brazo a machetazos. Cuando acabaron salieron corriendo con mi brazo y gritaron a mi madre que me echara el queroseno en la herida hasta que cauterizara y dejara de sangrar. Yo ya estaba desmayada…». Kabula Nkalango, de 14 años y albina, tiene la mirada triste y una sonrisa forzada de quien ha visto el Horror y ya no espera nada sano de esta vida. Lleva un año en una escuela especial a 160 kilómetros del lago Victoria, en Tanzania. Un lugar de acogida e integración para niños albinos traumatizados. Nunca antes había ido al colegio. Era analfabeta, aunque ahora ya es capaz de leer y hacer sumas y restas. «Cuando llegó estaba psicológicamente devastada. Tenía pesadillas y se despertaba pensando en las caras de los hombres que le arrancaron de cuajo su brazo derecho», me dice Peter Ajali, el director de las escuelas Buhangiya.

SOBREVIVIR AL HORRORKabula habla pausado y no sostiene la mirada. Prefiere agachar la cabeza y cruzar su brazo izquierdo sobre el pecho, por encima del uniforme azul del colegio, como queriendo ocultar que le falta el otro brazo. Es tímida y recelosa, aunque sus profesores le insisten en que hable con el periodista porque, dicen, «el mundo tiene que saber lo que pasa aquí». Y lo que pasa en Tanzania es que el 60% de la población cree en la brujería, sobre todo en la llamada «brujería muti», que en sus formas más extremas utiliza partes humanas para sus conjuros y brebajes. Desde hace unos años, los hechiceros que la practican han señalado a los albinos, un sector social especialmente estigmatizado en ese país, como los objetivos más fáciles para este tipo de magia negra. Lo más normal es que se profanen las tumbas de los albinos fallecidos por accidente o enfermedad para así robar sus huesos y dárselos a esos chamanes. Pero el verdadero muti, para que sea realmente efectivo, necesita que los órganos o miembros humanos se arranquen en vivo para que los gritos y el dolor del sacrificado potencien el efecto del conjuro. Por eso los traficantes de órganos que atacaron a Kabula le dieron una botella de queroseno a su madre, porque su misión no era matarla, sino mutilarla, lo cual no les hace menos crueles, pero sí demuestra el grado de deshumanización y locura al que pueden llevar unas creencias ancestrales: «No nos eches la culpa, nos envían solo para cortarle el brazo, no queremos matarla», le gritaron a la madre de Kabula, que tuvo la suerte de sobrevivir.

ASESINATOS RITUALES Y SACRIFICIOS

Ha habido al menos 60 asesinatos rituales de albinos en Tanzania en los últimos tres años, 16 en Burundi, 7 en Kenia. Estos son los muertos comprobados e investigados por las diferentes policías, pero varias ONG calculan que los sacrificios humanos pueden haber sido centenares, porque los ocurridos en las zonas más remotas y aisladas ni son tenidos en cuenta. «La culpa la tienen todos los mitos extendidos por los brujos de que los albinos tienen algunos poderes mágicos y que sus órganos pueden utilizarse en pociones mágicas para conseguir que los ricos sean más ricos o triunfen», asegura Vicky Ntetema, directora de la Fundación Under the Same Sun (Bajo el Mismo Sol) y antigua delegada de la BBC en Dar es Salam. Hace cuatro años realizó la primera denuncia periodística sobre la persecución de los albinos en Tanzania grabando con cámara oculta a varios brujos que hacían magia negra con humanos. Desde entonces lleva escolta, ha dejado el periodismo y ayuda a este colectivo.

La sede de su ONG está rodeada de vallas electrificadas y guardias de seguridad porque 10 de los 14 miembros de su equipo son albinos. Para Vicky, la permisividad de la Administración tanzana con esos brujos tiene una explicación clara: «Hay gente en el Gobierno bien formada, bien educada, que cree en los brujos. ¡Políticos, ministros, líderes religiosos, policías y empresarios acuden a ellos! Hay políticos que visitan a los brujos durante las campañas electorales para beber las pociones mágicas que supuestamente les harán ganar las elecciones. ¡Y luego esa gente es la que tiene que decidir si a los brujos se les permite o no continuar con sus prácticas…!». No es una denuncia en falso. El único diputado albino elegido en las urnas, Salum Khalfan Barwani, por el partido de la oposición al presidente Jakaya Kikwete, nos comentó en su oficina que él había ganado su escaño «sin recurrir a la brujería, no como otros diputados del Parlamento».

El albinismo es un trastorno genético hereditario, una falta de pigmentación en la piel, el pelo y los ojos. En Europa lo sufre una de cada 20.000 personas, pero en Tanzania hay un caso cada 4.000 habitantes. El Gobierno ya ha censado a unos 8.000 albinos, pero la Sociedad Tanzana de Albinos, una institución financiada con dinero público, calcula que hay unos 160.000.

En nuestro mundo, un albino es uno más, pero en Tanzania, como en casi toda África del este, un albino es un ser inferior. En este país, por el que pasan 600.000 turistas al año para ver el Serengeti o el Kilimanjaro o la isla de Zanzíbar, muchos creen que los albinos son una maldición divina, o que son gafes que traen mala suerte, o que son hijos del demonio, o que son, simplemente, subproductos de un adulterio o una enfermedad venérea. En Tanzania, los albinos son discriminados, segregados y en muchos casos perseguidos, asesinados o mutilados. Los mitos construidos sobre su supuesto carácter sobrenatural y maléfico no tienen ningún sentido, pero de alguna manera han calado entre la población. Por eso los asesinos de albinos actúan con enorme impunidad, porque cuando a un colectivo se le estigmatiza en la categoría de infrahumano es fácil pasar, sin demasiados prejuicios, a la fase del eliminacionismo.

LOS ALBINOS NO MUEREN, DESAPARECEN

Que los albinos no son humanos, sino fantasmas o presencias espectrales, es una de las leyendas más comunes sobre ellos. De hecho, en las zonas rurales se tiene la convicción de que un hijo albino es una condena de mala suerte para toda la familia. Así que a ese niño se le aparta de la familia, se le aleja al establo, con los animales, y se espera hasta que se desvanezca, porque, según esta creencia, los albinos no mueren, sino que desaparecen: «Mira, te voy a explicar de dónde viene ese mito estúpido», dice Babu Sikare, un albino tanzano que vive en Estados Unidos. «La razón es que, tiempo atrás, realmente sí que desaparecíamos… ¡pero porque nos solían matar…! Y después de asesinarnos nos desmembraban y hacían desaparecer los cuerpos. Nos mataban y luego decían que nos habíamos desvanecido, porque no se nos volvía a ver… No se perseguía a nadie, no había prensa detrás como tú ahora. Y la gente se creía que nos evaporábamos…».

Babu tuvo la suerte de nacer en la capital, Dar es Salam, en el seno de una familia que lo quiso y lo trató como uno más. Fue el número uno en su clase y consiguió una beca para estudiar en Ohio (EE UU), donde trabaja en un banco de inversiones. Lo que peor lleva es que la gente crea que traen mala suerte. En sus ratos libres es cantante de rap bajo el nombre de Albino Fulani (Un Albino Cualquiera); pasearse con él por un mercado de Dar es Salam es como llevar una diana de desprecio en la espalda. En mi escaso suajili puedo escuchar cómo, a nuestro paso, muchos individuos susurran la palabra wazungu, una expresión despectiva de la época colonial que podríamos traducir por «putos blancos»: «La gente me llama de todo. Me dicen zeru, zeru, que significa cero, o sea, nada. Me llaman kaburu, que en Sudáfrica era el insulto a los blancos racistas. Y ahora tienen una nueva expresión, nos gritan dili, un diminutivo del inglés deal, es decir, negocio. Muchos me ven como un negocio, un business. Si me cortan la mano, hacen negocio. Pillan pasta. Así que no te sorprendas si vamos por la calle y alguien grita: ‘¡Ei, Dili!’. Se refieren a mí, amigo, no a ti».

¿Pero quién usa este tipo de brujería asesina? Está claro que en una sociedad atrasada cualquier superchería se puede convertir en dogma, pero no se puede decir que esta sea una brujería de las clases bajas. En Tanzania, un país donde el 80% de la población vive en el umbral de la pobreza, no todo el mundo puede pagar 800 euros por una mano o 1.600 por una pierna, que es como se cotizan actualmente los órganos de albinos en el mercado negro. Son muchos los que creen en la magia negra, incluso en las capas más altas de la sociedad. Pero casi todas las investigaciones apuntan a que son los mineros del interior y los pescadores del lago Victoria los que más recurren a esa magia para tener suerte y riqueza.

«Todos gritábamos, pero no podíamos hacer nada. Mis padres habían fallecido, vivíamos con mi tía, que estaba aterrorizada», me cuenta Tyndi Mbushi. Ella es albina, de la región de Geyta, donde las minas de oro son el sustento de la población. A ella no la tocaron porque el alboroto asustó a los liquidadores, pero sí tuvieron tiempo de cortar a machetazos la pierna derecha de su hermana Bibiana. «También intentaron cortarle la izquierda, pero cuando nos pusimos todos a gritar salieron corriendo solo con una pierna. Bueno, con la pierna y con los dos dedos que le cortaron al intentar poner la mano para defenderse».

Hablan con toda su familia de adopción arropándolas y dándoles cariño. Bibiana prefiere dejar a su hermana el relato gráfico de los hechos. Un relato desgarrador en una niña de apenas 12 años. Quizá por eso, por ser tan pequeña, lo cuenta de esa manera tan directa y horrible, sin adjetivos y sin detalles. Bibiana me enseña los terribles costurones que le dejaron los dos machetazos en su pierna izquierda, justo por la ingle, mientras se apoya en la muleta que le ayuda a andar. «De mayor quiero ser banquera para ayudar a mi familia y a las personas pobres», dice con una tremenda ingenuidad. Le pregunto qué siente por los hombres que la mutilaron, si rencor, odio o quizá perdón, y me contesta con un sonoro silencio que probablemente contiene muchas más opciones de las que yo le he planteado.

POLVO PARA ATRAER LA PESCA

Mutildados¿Pudo la pierna de Bibiana acabar como una especie de detector de metales en alguna mina de oro? ¿Pudo su sangre ser vertida en una galería oscura para intentar encontrar la veta buena que sacara a unos mineros sin escrúpulos de su miserable existencia? Bibiana nunca lo sabrá. Ella ha sobrevivido. Es otro ejemplo que contradice la leyenda de que los albinos se desvanecen. El mito de que son almas negras encerradas en cuerpos lívidos esperando encontrar otro organismo que colonizar.

«Es una leyenda muy conocida que los trozos de albino traen buena suerte. Es una tradición que viene de siglos, de nuestros padres y abuelos, cuando nos decían que los albinos simplemente desaparecían», reconoce Waega Makuruka, un pescador del lago Victoria que accede a hablar sobre el tema en una apartada cala llena de pescadores furtivos. No somos bien recibidos en esa playa. Somos blancos, llevamos cámaras, somos un imán para la policía… Algunos nos gritan que no les enfoquemos para no ser reconocidos; otros, que nos vayamos. «A mí me han dicho que se utilizan huesos de albino, pero no sé qué partes realmente». Waega habla de soslayo y con titubeos, porque muchos de sus compañeros intentan acercarse para escuchar lo que dice y saber si habla de más.

El contacto que nos ha llevado hasta allí ha sido rotundo: «Aquí todo el mundo cree en esa brujería». La zona de Mwanza se hizo famosa gracias al documental La pesadilla de Darwin, que retrataba la pesca a destajo de la perca del Nilo para su exportación, dejando a los habitantes locales para alimentarse apenas las raspas. Son esos pescadores, según Ntetema, los que acuden a los brujos para encontrar los bancos de peces: «Deshuesan las manos cortadas, muelen los huesos, y ese polvo lo esparcen por… lo que sea, el mar, el lago, para que el pescador haga más capturas… Pero también usan el pelo rubio, pelo de cabeza de albino. Primero lo fríen, luego lo raspan y después lo espolvorean por donde creen que está el banco de peces».

Dagumoto es la palabra utilizada en la jerga de los hechiceros para denominar los asesinatos por encargo o los sacrificios rituales. Masalu Luponya es un brujo de la zona de Geita acusado hace unos meses de encargar el asesinato de un albino. Finalmente fue liberado por falta de pruebas. Cuando le pregunto si es un brujo malo o un brujo bueno, enseguida me hace la distinción: «La brujería buena utiliza raíces y animales, la mala utiliza árboles y personas humanas. Yo soy de los buenos». Luponya es alto, de sonrisa franca, de mirada directa y chispeante, y un gran anfitrión. Sabe caer bien, condición indispensable para un buen embaucador. No le va nada mal el negocio de brujo. Tiene varias chozas y un enorme terreno de cultivo donde están enterrados sus antepasados. Cuando llegamos está delante de esas tumbas, porque dice que sus ancestros le cuentan quién viene a visitarle y por qué. Le arranco la primera carcajada cuando le digo que mi contacto le llamó ayer al móvil y que por eso sabía que veníamos.

Nos hace pasar a la choza donde recibe a sus, llamémosles, pacientes. Enseguida me muestra todo su arsenal de alquimista, todos sus abalorios de curandero y toda su retórica para defender que la magia negra es muy peligrosa, y que solo los más expertos pueden usar porque, si no, sus efectos pueden ser devastadores: «Los asesinatos vienen de hace mucho, mucho tiempo. Primero iban a por las embarazadas; después, a por los calvos; luego, a por la gente que tenía una marca como una M en la mano, y después comenzaron con los albinos». El hechicero Luponya habla con vehemencia. Controlando sus silencios y jugando con las pausas dramáticas. Mira a los ojos directamente, pero eso, que en otro interlocutor sería una cortesía o una señal de franqueza o de seguridad en sí mismo, me produce cierto desasosiego. Como si su mirada me taladrara y estuviera tocando mi alma. Al salir de la choza me invita a probar un brebaje, un antídoto para venenos, dice, que rechazo cortésmente.

CANIBALISMO, VAMPIRISMO Y MAGIA NEGRA

Muy cerca de los dominios del brujo, a escasos kilómetros del parque nacional de Serengeti, ocurrió uno de los sucesos más estremecedores en esta persecución delirante contra los albinos. Mariam Emanuel, de cinco años, fue asesinada en la choza de su abuelo delante de su hermana. Nindhi, que no padece albinismo, pudo ver todo lo que ocurría desde un rincón de la habitación e incluso reconocer a uno de los asesinos, Kazimili Mashauri, un individuo de la misma aldea, que fue condenado a muerte el año pasado.

Encontramos a Nindhi en otro colegio privado de acogida, acompañada de su tutor, que le anima a contarnos lo que pasó tal y como lo hizo ante el juez: «Me taparon la cabeza con una manta, pero la abrí un poco para ver qué estaban haciendo. Los asesinos taparon la boca de Mariam y con un cuchillo la degollaron. Entonces uno de ellos recogió en un cazo toda la sangre que salía de su cuello y cuando se llenó, empezaron a bebérsela. Uno detrás del otro. Cuando terminaron de beber la sangre sacaron una bolsa grande y cortaron a hachazos las piernas de Mariam. Yo creo que ya estaba muerta. Las metieron dentro y huyeron». Lo cuenta de corrido mientras nosotros contenemos la respiración. Aunque el griterío de los niños en el patio del colegio es ensordecedor, todo parece detenerse en cuanto esta niña, tan pequeña y tan adulta, se pone a hablar. Me despido de ella con la preocupación de haberla desestabilizado, aunque el director nos dice que no nos preocupemos. Tiene asimilado lo que pasó, nos asegura, es una buena estudiante y saldrá adelante. Y nos recomienda que vayamos a visitar al abuelo.

La aldea de Ngalongo no está lejos de Mwanza ni lejos del lago Victoria, donde probablemente acabaron los miembros de Mariam. Son apenas una decena de chozas de familias pobres que viven en una economía de subsistencia. Cuando llegamos a la casucha donde vivía la cría, su abuelo, Mabula Fimbo, de 78 años, está comiendo una pasta de flor de yuca mezclada con maíz. «Comida de pobres», me dice ofreciendo una cucharada.

«Claro que conocía al asesino. Éramos más que amigos. De hecho, éramos medio parientes… Solo espero que haya algún tipo de justicia divina», relata con un hablar cansado. Mabula nos cuenta que el tipo sigue en la cárcel a la espera de ejecución. Que en el juicio no reconoció los hechos, ni por qué lo hizo. Que cada vez que ve a sus familiares siente una mezcla de odio y tristeza, pero que no puede hacer nada. Todas las pertenencias de este hombre, que cría unas cabras para sobrevivir, caben en una maleta que tiene semicerrada en uno de los dos cuartos de la choza.

DORMIR SOBRE UNA TUMBALe pido que me enseñe la tumba de Mariam y le pregunto si no teme que intenten profanarla. Me mira, me lanza algo lejanamente parecido a una sonrisa de complicidad y me pide que le acompañe a su cuarto.

Al entrar se agacha, levanta el jergón sucio donde duerme y me enseña, ahí, debajo de su propia cama, la tumba de su nieta Mariam. Ante mi cara de estupor, agachado delante del colchón, mirando ese suelo duro donde no hay lápida, ni flores, ni velas, me susurra: «Es que si la entierro ahí fuera, seguro que acabarían profanándola y llevándose sus huesos».

Mientras le ayudo a bajar la cama, me pregunto a qué extremos de amor y devoción hay que llegar para enterrar a alguien dentro de casa. Qué desolación hay que sufrir para dormir todas las noches con esa presencia etérea en la habitación y qué remordimiento por no haber podido evitar su muerte.

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Jacqueline Alencar

René Castro (Perú): la Iglesia, poderosa agencia educativa

Una entrevista a René Isaías Castro García, profesor del Seminario Evangélico de Lima y presidente del Instituto de Investigaciones Políticas Nueva Humanidad.

Ha sido durante cerca de 40 años profesor en universidades de Lima. Es Pastor suplente en la iglesia Metodista del Perú. También ha realizado estudios doctorales de Historia y Filosofía del Arte y de Educación en la Universidad Mayor de San Marcos. Es pintor y escritor. Ha publicado la novela  Los viejos leones  (Lima, 1969)

 Pregunta.- ¿Podría hacernos un recuento de la implantación evangélica en el Perú? ¿Cuáles los inicios?
 Respuesta.-  Un primer dato es que con la independencia en 1821, el libertador José de San Martín, de origen argentino -quien atravesó los Andes con su tropa para libertar Chile y luego Perú-, una vez derrotado el Virrey Pezuela y proclamada la independencia del Perú en 1821, invitó al inglés Diego Thomson para que dirigiera el proceso educativo en la naciente nación. Diego Thomson era protestante y usaba el método Lancasteriano, además fue el primer difusor de la Biblia.
El establecimiento de la primera iglesia Metodista a fines del siglo XIX fue en la ciudad porteña del Callao -principal puerto del continente en la costa central cerca a Lima-, debido a que había mucho comercio marítimo con la potencia inglesa y muchas agencias de aduanas eran dirigidas por ingleses y estos eran protestantes de origen Wesleyano. John Wesley fue fundador del movimiento metodista que impactó socialmente a la Inglaterra del siglo XVIII.
En el Callao, debido a la presencia de protestantes ingleses y nuevos creyentes peruanos, se creó el Cementerio Británico para las familias protestantes, porque, además, vinieron otras misiones de iglesias evangélicas, principalmente de Estados Unidos de América, de Inglaterra y Escocia.

 P.- ¿Qué figuras relevantes destacaría en ese período misionero?
 R.- Aparte de Thomson, recordamos a Francisco Penzotti, un colportor evangélico que hizo un buen trabajo distribuyendo Biblias en varios países de Sudamérica con auspicio de una Sociedad Bíblica misionera. Debido a la intolerancia religiosa fue apresado y confinado en la prisión del Castillo Real Felipe en el Callao; sin embargo, por ser un extranjero, y ante las protestas de los evangélicos y las denuncias en foros internacionales, tuvo que ser puesto en libertad.
Las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por la implantación de iglesias evangélicas como la presbiteriana, la metodista, la bautista y la Iglesia Evangélica Peruana que tuvo como impulsor al misionero Juan Ritche. Publicaciones aurorales de esas épocas fueron las revistas “Renacimiento” y “Acción y Fe”. Otras denominaciones que crecen son la Iglesia Pentecostal y la Alianza Cristiana, Los Nazarenos y los Peregrinos. El Ejército de Salvación de origen Wesleyano, es un caso especial.
También es importante mencionar el establecimiento de los primeros colegios evangélicos, especialmente para las mujeres que estaban relegadas y discriminadas por la religión oficial y por el Estado, quienes no tenían las mismas oportunidades que los varones para acceder a una educación. Son históricos el Colegio América del Callao (Callao High School) fundado en 1887, el María Alvarado (Lima High School) y el Andino en Huancayo. Todos los metodistas y parte de la Iglesia Presbiteriana de Escocia en Lima tenemos al centenario Colegio San Andrés (Anglo Peruano), donde enseñaron señeras figuras de la intelectualidad y de la política peruana. En estos colegios estudiaron los hijos de familias judías hasta que posteriormente crearon el colegio León Pinelo. Uno de los aportes a la modernidad por parte de estas instituciones fue la enseñanza del inglés, como expresa el escritor e investigador peruanoel doctor Samuel Escobar.
Un destacado intelectual que aportó al mundo académico por la década de los 20 y 30 en la Universidad Nacional de San Marcos fue el director del colegio San Andrés, el doctor John A. Mackay, que entre su producción intelectual destacamos su libro  “El otro Cristo español”  inspirado en la obra de don Miguel de Unamuno, pero contextualizado a la escena peruana.

 P.- ¿Cuáles cree que han sido las causas que aquí motivaron el crecimiento de la fe evangélica?
 R.- Es un crecimiento lento pero efectivo en el primer medio siglo, donde los miembros expresaban una ética marcadamente diferente a la del medio social y su religiosidad oficial. Eran auténticos cristianos purificados en la fragua de la persecución o discriminación religiosa frente a una iglesia oficial protegida por el Estado según rezaba la Constitución de esos tiempos. En 1915 se logra en el Congreso la Ley de Libertad Religiosa, no por obra de representantes evangélicos en el Parlamento, sino por la iniciativa de tribunos anticlericales, liberales y masones.
 En esta etapa hubo preeminencia de iglesias históricas con contribuciones en el campo educativo y social, fundaron algunas clínicas y dieron atención a la mujer. Lograron ante las autoridades que se estableciera que antes del matrimonio religioso debía efectuarse el civil.
La iglesia adventista no siendo evangélica dio una enorme contribución a la educación en la costa y sierra sur del país, teniendo el reconocimiento de la Nación. Actualmente tiene la Universidad “El Inca” con un modelo pedagógico innovador de escuela y trabajo, y son más de medio millón de fieles.
En el segundo medio siglo se experimenta un crecimiento manifiesto de los pentecostales en Perú y América Latina; a fines del siglo XX eran el 80% de la población en el continente, mayormente provenían de los sectores más pobres que frente a la exclusión social encontraron en la fuerza del Espíritu Santo sus expresiones particulares de religiosidad. Rescataron los dones de lenguas de la iglesia primitiva que los reformadores habían olvidado, y respondían a las necesidades sociales con sanidades y cambios de vida para liberarse de la tiranía y esclavitud del alcohol y otros vicios. Numéricamente las iglesias históricas pasan a un segundo plano. Todo esto se dio en un escenario social donde los gobiernos no pudieron solucionar el problema de las desigualdades sociales entre ricos y pobres.
La Teología de la Liberación nacida en América Latinatuvo protagonismo en sectores de la iglesia católica como entre alguna iglesia evangélica histórica en el Perú, siendo un tema confrontacional entre grupos militantes en pro y en contra. La mayor experiencia marcada fue por el movimiento Iglesia y Sociedad en Argentina y Uruguay de inspiración ecuménica.
En el Perú, a partir de 1980 hasta el 2000, la iglesia evangélica, a través del Concilio Nacional Evangélico, es protagonista en lo concerniente a la defensa de los Derechos Humanos por causa del fenómeno de la violencia terrorista de Sendero Luminoso y la contra ofensiva de parte del ejército, donde en la sierra alto andina y la selva nuestras comunidades evangélicas fueron víctimas, estimándose unos 600 pastores muertos.
En la década del nuevo siglo el escenario es turbulento, con un nomadismo de los creyentes que siguen creciendo. Las estadísticas hablan de un 15% de la población nacional.
Una problemática es que sin mayor sustento bíblico, teológico y de ideario social, muchos líderes de mega iglesias acceden al terreno político, pero con propósitos subalternos. Ellos tienen los bolsones de votos pero no las ideas, salvo excepciones.
Todo esto está llevando a que sectores de profesionales estén considerando levantar una plataforma de intervención política como consecuencia natural de la misión integral.

 P.- ¿En qué áreas deben mejorar los evangélicos en Perú?
 R.- Primeramente en la unidad. Tuvo razón el teólogo escocés Estuardo Makintosh que al dejar el Perú vaticinó que seguiríamos creciendo, pero igualmente continuaríamos atomizándonos. Otro estudioso como Orlando Costas afirmó que no todo crecimiento es bueno, pues hay células cancerígenas.
Actualmente tenemos un Concilio Nacional Evangélico, CONEP, que es referente histórico y cuenta entre sus miembros con la mayor denominación que son las Asambleas de Dios de más de un millón de miembros. El CONEP tiene diálogo con el Estado y pertenece al Acuerdo Nacional surgido luego de la década de dictadura cívico-militar de Fujimori. Ha suscrito el Informe de la Verdad y de la Reconciliación del país CVR, informe que es rechazado por el APRA, partido histórico que acaba de abandonar el poder dejando una secuela de corrupción. El problema es que muchos evangélicos han militado en sus mejores tiempos, pero ahora que ha dado un giro total lo siguen haciendo sin rubor alguno.
Hay mucho que comentar al respecto, pero lo dejamos a los buenos historiadores que surgen de nuestras canteras del movimiento universitario evangélico. Los temas que expongo están muy bien documentados en sendos libros de diferentes autores, lo mío es una visión personal como al fin es toda historia.
Una segunda representación del espectro evangélico es UNICEP, que en estos últimos años ha actuado en unidad con el CONEP en el proyecto de Ley de Igualdad Religiosa, constituyendo esta unidad una incomodidad al gobierno de turno hasta el mes de julio de este año. Lastimosamente este proyecto fue alterado con el apoyo de líderes evangélicos al margen de estas instituciones y que tienen cercanía al poder, de modo que se conservaron intereses de la Iglesia Oficial.
En segundo lugar, en la Reflexión no sólo teológica, mejor dicho en un pensamiento contextual que piense al país como escenario de su misión integral. Es contradictorio que los líderes que llegan con votos al Parlamento o gobiernos regionales y locales – salvo excepciones- manifiesten carencias de bases bíblicas de la responsabilidad social, y así es fácil caer en un clientelismo político y de provecho propio sin mayor horizonte.
En tercer lugar, debido a que ya es visible la presencia de la población evangélica entre los políticos profesionales, ellos nos buscan y ofrecen espacios a cambio de nuestros votos; de nuestra parte debemos tener cuidado y preparación para participar lúcida y responsablemente en el espacio público local, regional y nacional.

 P.- ¿Va la reflexión teológica de la mano de ese dinamismo del que tanto se habla? 
 R.- En absoluto, tenemos que definir cuánto de ese crecimiento se debe a que la iglesia es refugio de las masas y cuánto es un movimiento transformador de la sociedad.
Un aspecto fundamental es develar qué teología hay detrás de nuestros servicios educativos; por ejemplo, ¿cuál es nuestra definición de educación cristiana?, porque la iglesia es una poderosa agencia educativa que forma o deforma al ciudadano evangélico. ¿Somos habitantes o ciudadanos? Porque el ciudadano hace ciudad, hace país. Existe reflexión teológica que toma al país como tema, pero esto tiene que seguir desarrollándose a partir de las experiencias sociales. Un no rotundo a la teología de balcón.

 P.- Háblenos de su labor docente y del trabajo que se viene desarrollando en el Seminario Evangélico de Lima…
 R.- Hace siete años que ingresé a enseñar Historia. Yo vengo de enseñar más de tres décadas en universidades nacionales y privadas en el área de las humanidades. Una primera aproximación a lo social es que descubrí que la Historia del Arte está hecha de pura sociología para explicar fenómenos, que a cada escuela le corresponde una revolución social o científica. Las paredes se habían derrumbado. Psicología y política eran caras de la misma moneda, era el desorden personal y el desorden social…
Asumo mi tarea para ayudar a los estudiantes a que comprendan el país para hacer un mejor trabajo cuando egresen…, eso es todo.
El Seminario actualmente está en proceso de transformación, es el más importante del país, pero no soy el llamado a expresar sus planes, soy un simple profesor contratado y punto.
Pero es importante decir que el Instituto de Investigaciones Políticas Nueva Humanidad que presido, formado por teólogos y profesionales de diferentes carreras, en convenio con el Seminario Evangélico de Lima, SEL, de manera inédita ha abierto un Diplomado en Ciencias Políticas y el próximo mes abrirá el mismo servicio en la ciudad de Trujillo, a setecientos kilómetros al norte de Lima. Esperamos aportar a las soluciones sociales del país como cuerpo de Cristo; si su presencia acercó el Reino de Dios y su justicia, debemos seguir esa huella.

 P.- ¿Cómo se ve desde aquí a los evangélicos europeos? ¿Se realizan trabajos conjuntos?
 R.- En este momento no hay puntos de referencia. Ya no podemos pensar que Europa es el modelo. Religiosamente somos conscientes que se secularizó, las iglesias son monumentos históricos y que sólo asisten los ancianos. Si hay actividad se debe a grupos de inmigrantes cristianos que manifiestan su fe y esto podría revitalizarse. Pero la xenofobia es otro signo a tomar en cuenta.
Conversaba con un misionero cuya iglesia de Estados Unidos lo enviaba en misión transcultural a un continente exótico con un excelente soporte, pero su desilusión era que la misma iglesia que lo enviaba a trabajar con otras culturas ponía cercos en su país para que los inmigrantes no entraran a ella…

 P.- ¿Es algo normal hablar de Misión Integral en el mundo evangélico peruano?
Existen diferentes sectores en nuestra realidad evangélica que atraviesan todos los estratos de pensamiento que va de un fundamentalismo rural hasta un liberalismo teológico y económico, ojo, no digo ecuménico, porque se sabe que el neoliberalismo ha sido bendecido en grandes cónclaves eclesiásticos mundiales. Por ello ha habido dinero para financiar ciertas organizaciones para eclesiásticas, pero no para financiar proyectos políticos de inspiración evangélica en América Latina. Peor aún si recusan el neoliberalismo que actualmente muestra su caducidad con la crisis de Europa y EE.UU.
Estamos ad portas de celebrar los 50 años del movimiento universitario evangélico en Perú -AGEUP- y queda la esperanza que de estas generaciones salga una respuesta contundente al país como real expresión de la misión integral. El movimiento ha sido depositario de esta visión y ha ido madurando su proyecto. Pero para el mundo evangélico nuestro es una tarea a seguir desarrollando.

 P.- ¿Qué piensa de la incursión de los evangélicos en la política?
 R.- Dentro de la perspectiva del Reino de Dios es válida. Por otro lado, en estas dos últimas décadas hemos presenciado el pésimo desempeño de evangélicos en el Congreso –salvo excepciones-, donde no han sido mejores que los no evangélicos, y constatamos que cada vez son más los hermanos que buscan estas representaciones, pero sin ninguna o poca preparación. Felizmente existen investigadores e historiadores que se van dando cuenta de este desempeño para mejorar en el presente y futuro.
Incursionar en la política demanda un alto grado de preparación, digo, si se quiere llegar a ser gobierno. La estructura del Estado es frondosa y para ser eficiente y competitiva necesita expertos además de un talante ético. En plazo inmediato debe aspirarse a gobiernos locales y colocar en el parlamento a una docena de hermanos preparados integralmente, eso es posible ahora. Pero debe asumirse la cultura de rendir cuentas a sus electores.
Todo depende de la educación, de nuestra teología en la iglesia y en nuestros colegios, si sólo informamos y formamos para retener tradiciones, o informamos, formamos y transformamos a la sociedad.

Autores: Jacqueline Alencar
©Protestante Digital 2011