Archivos para febrero 3, 2011

Kevin Carter (Premio Pulitzer)

Publicado: febrero 3, 2011 en Fotografía

«Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio.

Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña'»…

Kevin Carter se suicidó, meses después de haber tomado esta fotografía

Mateo 25: 31-46

Las Ovejas y las Cabras

31 »Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso.32 Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras.33 Pondrá las ovejas a su *derecha, y las cabras a su izquierda.
34 »Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: «Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.35Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento;36 necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron.» 37 Y le contestarán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber?38 ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos?39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?» 40 El Rey les responderá: «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí.»
41 »Luego dirá a los que estén a su izquierda: «Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.42 Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron nada de comer; tuve sed, y no me dieron nada de beber;43 fui forastero, y no me dieron alojamiento; necesité ropa, y no me vistieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me atendieron.» 44 Ellos también le contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, o como forastero, o necesitado de ropa, o enfermo, o en la cárcel, y no te ayudamos?» 45 Él les responderá: «Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí.»
46 »Aquéllos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 

La semilla del diablo

Publicado: febrero 3, 2011 en Cine, Sociedad

José de Segovia
Ediciones B acaba de publicar en Barcelona la novela de Ira Levin (1929-2007), sobre la que se basó la película de Polanski conocida en España como La semilla del diablo (originalmente titulada El bebé de Rosemary). El escritor judío neoyorquino escribió este libro en 1967, antes de llegar a ser famoso en los años setenta por obras como Las poseídas de Stepford o Los niños del Brasil, llevadas también al cine. Su relato más conocido es sin embargo esta novela,
25 de enero de 2011

 

Guy y Rosemary son una joven pareja neoyorquina –interpretada en el cine por el director independiente John Cassavetes y la vulnerable actriz Mia Farrow, entonces conocida por una serie de televisión llamada Peyton Place y su matrimonio con el cantante Frank Sinatra, que le pidió el divorcio durante el rodaje–. Guy es un actor secundario, que vive de su trabajo en la publicidad. Aunque ha participado en una obra sobre Lutero –probablemente el drama que hizo John Osborne en 1963–, no ha logrado todavía un papel importante, cuando se mudan a un apartamento en un antiguo edificio del siglo XIX.

En la novela, la casa Bramford está inspirada en el Osborne –al lado de Central Park, no muy lejos del Dakota, edificio que convierte Polanski en un protagonista más de la película–. Allí vivió una temporada efectivamente Aleister Crowley, que después de haberse criado en una Asamblea de Hermanos en Inglaterra, comenzó el satanismo moderno, llevado por su identificación enfermiza con los personajes malignos de la Biblia. En la puerta del Dakota murió también John Lennon, asesinado por Mark Chapman en 1980.

Hoy en día parece increíble que personas con pocos medios económicos pudieran vivir allí, pero hay que darse cuenta que en los años sesenta había leyes que impedían subir los alquileres antiguos más allá de un porcentaje mínimo. Los vecinos de los protagonistas de esta historia son unas personas mayores, que los acogen como si fueran sus hijos. Es cierto que la señora Minnie –magistralmente interpretada por Ruth Gordon, que se llevó un Oscar por la película– es algo entrometida, pero ella y su marido Roman, no aparentan ser más que un matrimonio excéntrico.

¿RELIGIÓN O SUPERSTICIÓN?

Cuando los invitan a cenar sus vecinos, el anciano Roman se muestra en la mesa como alguien crítico de “la hipocresía de la religión organizada”. Hablan del papa, que visita por primera vez Estados Unidos en 1965. El hombre le describe como un “brillante actor” y muestra simpatía por Lutero, que ha visto en una obra de teatro, en la que Guy tenía un papel secundario. Rosemary se muestra incómoda por su falta de respeto.

Descubrimos por un sueño que ha estado en un colegio de monjas, que la ha dejado traumatizada.

Para muchos críticos, esta es la clave para responder a la pregunta de si todo lo que viene a continuación, ocurre en realidad, o es resultado simplemente de la imaginación de Rosemary. Polanski alimenta esa ambigüedad, siguiendo fielmente la novela de Levin, que no se muestra claramente creyente en lo sobrenatural. Es significativo en ese sentido la aparición de la famosa portada de la revista Time en 1966, con la pregunta ¿Ha muerto Dios?, que ella encuentra en la sala de espera, cuando va a ver al médico. Estamos en una época en que la ciencia parece haber sustituido a la religión.

Sin embargo ahí está la superstición del amuleto que cuelga del cuello de Rosemary. El talismán despierta un desagradable hedor, que dicen proviene de la raíz de algo llamado tannis. Es un nombre griego que viene de una diosa de la fertilidad en forma de serpiente. En la historia se le atribuye un poder mágico, que ella cree al principio da buena suerte, pero luego identifica con una influencia maléfica. Nuestro mundo está lleno de tales contradicciones. La gente dice que no es religiosa y luego lleva pulseras de la suerte…

CUESTIÓN DE FE

Es evidente que La semilla del diablo despertó toda una moda de interés en el satanismo, que se mantiene hasta el día de hoy. Algo que el escritor lamentaba, porque su intención no era fomentar la creencia en el diablo, como es el caso de los autores de películas como El exorcista o La profecía. Estas historias están hechas desde una perspectiva de fe, pero no así la novela de Levin o la película de Polanski –aunque un año después sufriera la muerte de su esposa, la actriz Sharon Tate, en manos de la secta de Charles Manson, La Familia–.

Rosemary pasa de ser una devota alumna de un colegio de monjas a una liberada mujer moderna, que cae en la trampa del ocultismo. Como dice Chesterton, cuando dejamos de creer en Dios, no es que ya no creamos en nada, sino que creemos en cualquier cosa. Todos tenemos que creer en algo. Sea Dios, o sea el diablo, como diría Bob Dylan en su famosa canción del año 79: Tienes que servir a alguien. La fe por lo tanto no es cuestión de creer, o no creer, sino en quién crees y para qué vives. Ya que todos creemos y vivimos para algo o alguien.

El dilema en la Biblia no está entre la fe y la incredulidad, sino entre la creencia en un dios o un ídolo, y la confianza en el Dios vivo y verdadero. Lo que historias como La semilla del diablo nos recuerdan, es que en nuestras modernas ciudades no sólo hay una vida basada en la ciencia y la tecnología, sino el horror del miedo a lo desconocido. El bebe de Rosemary refleja nuestros temores y nos deja como a la protagonista, enajenada y sin aliento, en un mundo donde la amenaza no está lejos de nosotros.

¿QUIÉN ES NUESTRO ADVERSARIO?

El mundo espiritual no se puede entender sin darse cuenta de que no sólo hay un poder luminoso que relacionamos con Dios, sino también la presencia oscura de una realidad maligna, que identificamos con esa criatura que la Biblia llama diablo. Tanto él como los demonios son criaturas angélicas creadas por Dios, que no han mantenido su estado original (Judas 6), sino que se han rebelado contra el Todopoderoso. Satanás significa el Adversario (1 Pedro 5:8). Es la Serpiente antigua que llevó a la humanidad a creer en sí misma (Génesis 3), confiando que así podía llegar a descubrir lo mejor para ella.

Esto es lo que significa en realidad el satanismo moderno. No es el culto a un ser supremo que identifican con el diablo, como muchos cristianos creen. Lo que hoy se llama satanismo es en realidad una forma de ateísmo, que nace generalmente de un rechazo a una religión que se conoce muy bien. Puesto que es más bien una manifestación de apostasía de personas que han tenido una educación cristiana, como la mayor parte de los ateos –a diferencia de los agnósticos, que suelen ser más bien indiferentes–. Su problema no es que no conocen la religión, sino que la conocen demasiado bien…

Como Roman Castevet, muchos aborrecen la hipocresía religiosa. La misma que Anton Lavey (1930-1997) percibió, antes de formar la Iglesia de Satanás, cuando se escribió este libro. Dice su biógrafo Burton Wolfe que Lavey tocaba el órgano en campañas de evangelización en carpas, cuando observó que los mismos hombres que estaban entonces sentados en los bancos con sus esposas e hijos, veía luego llenos de lujuria ante chicas medio desnudas, para las que tocaba en el baile de los sábados. La religión se ve en historias como ésta, tal y como es, incapaz de salvar al hombre…

EL TRIUNFO DEL CORDERO

Lo que salva al hombre no es la religión de amuletos, que como en un exorcismo libren al ser humano de sus demonios, sino la confianza en lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de Cristo Jesús. La libertad espiritual no viene por lo tanto por ningún ritual, sino en estar unidos a Aquel que nos da seguridad por su triunfo en la cruz sobre el poder del mal. Por su victoria, “el maligno no nos toca” (1 Juan 5:18).

La guerra espiritual en la Biblia no es un conflicto incierto entre dos poderes semejantes. La Escritura solo conoce un soberano, el único Dios, al que el mismo diablo tiene que pedir permiso para tocar a su siervo Job (2:1-7). La oposición puede ser feroz, pero no tiene ningún futuro. El diablo puede tentarnos, pretendiendo tener los “reinos de este mundo”, pero su dominio es una mentira, porque en su orgullo ha sido juzgado (1 Timoteo 5:6) y no hay ninguna verdad en él (Juan 8:44). Su poder es usurpado. No tiene ninguna autoridad. ¡Es un impostor!

Si el Salvador reina en nuestra vida, en su fuerza podemos “resistir al diablo, que él huirá de nosotros” (Santiago 4:7). En Cristo, el creyente está seguro de la victoria. Por la sangre del Cordero y la palabra del testimonio sabemos que ha venido la salvación, el poder y el reino de Dios. Ya que por la autoridad de Cristo, ha sido expulsado el que nos acusa (Apocalipsis 12:10-11). En Él somos libres de toda culpa y mal. La semilla del diablo no puede hacer nada contra nosotros. En Cristo somos más que vencedores (Romanos 8:37), por el triunfo de su amor. ¿Crees tú esto?

José de Segovia

ProtestanteDigital.com

El deber del siervo

Publicado: febrero 3, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO
Retazos del evangelio a los pobres (VI)

“Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú”. Texto completo en Lucas 17:7-10.

26 de octubre de 2010

Muchas veces, en las líneas que buscamos para la vivencia de la espiritualidad cristiana, nos olvidamos de la crudeza con que Jesús narra el deber del siervo. Es verdad que están los textos en los que Jesús se muestra como nuestro amigo, pero los deberes del servicio, del ser siervos ante la grandeza y autoridad de Dios, siguen ahí vigentes. No las hemos de rechazar. Servimos a Dios, cuando servimos al prójimo. Yo creo que es mucho más fácil entender el servicio desde los parámetros del Evangelio a los pobres, un evangelio encarnado en nuestra historia, que desde los espiritualismos que nos elevan por encima de los sufrimientos de los demás mortales. Debemos hacer un esfuerzo por captar el concepto de servicio que es central tanto para la vivencia auténtica de la espiritualidad cristiana, como para el seguimiento a Jesús desde su exposición del Evangelio a los pobres.

Un problema es que intentamos servir al Señor, no desde los parámetros del siervo, del esclavo, sino desde una líneas de vivencia del Evangelio en donde el deseo de búsqueda de felicidad propia, el deseo de gozarnos en una relación espiritual con Dios, un tanto mística, el deseo que a veces tenemos de sentarnos rápidamente a la mesa con el Señor y escuchar sus parabienes es tan grande, que hace que nos olvidemos de la importancia del papel de siervos y buscamos el gozo espiritual de forma pasiva e insolidaria, de forma un tanto contemplativa sin querer enredarnos demasiado en el servicio al Señor y en su semejante, el servicio al prójimo. Preferimos el descanso, la comodidad, la pausa en el trabajo… queremos sentarnos al lado del Señor.

Pero el texto bíblico es duro: “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa?”. La idea del texto es que hay que seguir sirviendo. No hay tiempo para el descanso. Las tareas que nos esperan en el mundo son tan arduas e importantes, el grito de los pobres y sufrientes es tan desgarrador que no es posible aún el sentarse al lado del Señor, del amo, del dueño de vidas y haciendas. La necesidad de poner en práctica el Evangelio a los pobres es tan urgente y necesaria, que los seguidores de Jesús, sus siervos, no debemos todavía desear sentarnos a descansar y a comer junto al Maestro, no se nos es permitido todavía olvidarnos ni un momento del servicio.

Muchos pueden pensar: Señor, he arado, he apacentado, he labrado los campos… necesito descansar, quiero sentarme contigo a la mesa. Pues bien, el Señor nos dice: “Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido”. Nosotros podríamos decir: “Señor, ¿desde cuando te tengo que preparar la cena, y ceñirme para servirte hasta que comas y bebas?”. Y el Señor nos puede responder en la línea del Evangelio a los pobres: “En cuanto lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste”. El siervo no debe buscar descanso mientras haya tantos hambrientos que necesitan de una cena preparada, mientras haya tantos sedientos y tantos necesitados que necesitan de personas ceñidas para el servicio.

El texto del deber del siervo está compuesto por palabras duras de Jesús, palabras de urgente necesidad, palabras de ánimo para trabajar sin descanso por el servicio a los que nos necesitan. Ser cristiano es también ser siervo de Dios y de los hombres, sin pausa, ni descanso. El sentarse relajadamente a la mesa, no podremos hacerlo mientras haya gritos de auxilio, demandas de ayuda urgente y desesperada.

A veces podemos acudir al Señor, cansados y rotos después del servicio, con hambre y sed y con la tendencia de sentarnos con él a la mesa. Queremos sentarnos con él, de brazos caídos para escuchar palabras de aprobación. Pero las palabras de aprobación: “Bien, buen siervo y fiel”, aún no llegan. El Señor, ni siquiera después de haber arado, apacentado, labrado y trabajado los campos duros en donde se tiene que hacer realidad el Evangelio, el Evangelio a los pobres, nos invita a sentarnos a su mesa para comer y descansar. No. Cuando lleguemos cansados del servicio nos podremos aún encontrar con los imperativos del auxilio a los otros: “Prepárame, cíñete, sírveme…”.

Yo creo que estos parámetros no se explican bien en el seno de las congregaciones. Es por eso que nos parecen demasiado radicales, demasiado autoritarios, demasiado urgentes. Necesitamos ser entrenados en las líneas del Evangelio a los pobres. Nuestro trabajo en el servicio es suave frente al sufrimiento de muchos de los excluidos, los necesitados y los hambrientos del mundo, los despojados de sus bienes y de su dignidad, los que desde sus bocas nace un grito de auxilio que se extiende por toda la tierra.

Por eso, en la línea del servicio, en los parámetros del Evangelio a los pobres, hemos de olvidarnos de que, el ser o llamarnos siervos del Señor, nos va a llevar rápidamente a la aprobación de Dios y a que éste nos dé las gracias. Nos gustaría oír rápidamente las aprobaciones de Dios. Aprobaciones como “has sido un héroe de la fe, un siervo ejemplar… te mereces un amplio y bonito descanso”. Pero, en su lugar, nos encontramos con las duras y radicales palabras del Evangelio: “¿Acaso el Señor da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no”. El Señor lo que busca de nosotros es que siempre estemos ceñidos, preparados y sirviendo. No busquemos, pues, tan rápidamente, las alabanzas, aprobaciones de Dios y los descansos. El deber del siervo es servir.

¡Qué interesante son estas palabras de Jesús sobre el deber del siervo para el seguimiento de las líneas marcadas por Jesús en el Evangelio a los pobres! Así, pues, no busques méritos ni recompensas… ni descansos estériles. Busca el ser útil, el mantenerte ceñido y preparado para el servicio al Maestro que, por semejanza en el amor, es el servicio a los más necesitados, al prójimo apaleado y tirado al lado del camino.

Señor, no nos dejes deleitarnos nunca en las aprobaciones y parabienes del mundo. No nos dejes sentarnos a tu mesa hasta haber acabado el servicio… cuando ya estemos contigo para siempre.

JUAN SIMARRO

ProtestanteDigital.com


CESAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIII) Los protestantes no creen en la Virgen (1)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de que los protestantes no creemos en María. La idea está tan difundida que, a decir verdad, suele ser una de las dos o tres respuestas que da cualquier católico cuando se le pregunta acerca de cómo definiría a un protestante: “los protestantes no creen en la Virgen”

No sólo eso. Esa circunstancia resulta muy ofensiva para no pocos católicos lo que, dicho sea de paso, deja de manifiesto el enorme peso que tiene la mariología en sus creencias y prácticas. A título de ejemplo, puedo decir que cuando algunas personas decidieron iniciar una campaña contra mi en la cadena COPE – ¡tras una sola temporada de trabajo como simple colaborador! – su argumento fue que no creía en la Virgen y que mis puntos de vista al respecto resultaban absolutamente intolerables en esa emisora.

Como señalaría con cierta ironía un amigo católico, también se podía haber dicho que no creía en la infalibilidad papal o en la transubstanciación. Era cierto. Sin embargo, la peor acusación que se podía lanzar contra mi era el de que no creía en la Virgen. Deseo tranquilizar a nuestros amigos católicos señalando de entrada que los protestantes sí creemos en María, aunque, eso sí, creemos en lo que señala sobre ella el Nuevo Testamento. Desarrollaré esta afirmación en diversas entregas y en esta primera me centraré en lo que creemos de María antes del inicio del ministerio público de Jesús.

De entrada, hay que señalar que María tiene un papel de relevancia escasa en los escritos del Nuevo Testamento. Sólo se hace mención de ella en cinco de sus veintisiete libros y de esos cinco sólo dos mencionan su embarazo virginal.

Por Lucas y Mateo, sabemos que era una virgen desposada con José, un hombre justo, de la casa de David y que vivía en la localidad galilea de Nazaret (Lucas 1:26-27). Es posible que perteneciera a una familia sacerdotal porque su prima Elisabet – o Isabel – estaba casada con un sacerdote de la clase de Abías y ella misma era de las hijas de Aarón (Lucas 1:5).

También sabemos que antes de que el matrimonio con José se consumara, es decir, cuando sólo se hallaba en la fase de esponsales, quedó encinta (Lucas 1:26-38). Dado que José no había mantenido relaciones sexuales con ella, llegó a la conclusión de que María era culpable de adulterio y resolvió repudiarla en secreto, posiblemente para evitar que la lapidaran (Mateo 1:18-19). Así, lo habría hecho de no ser porque un ángel aparecido en sueños le anunció que el niño que se estaba formando en el seno de María era fruto de la acción directa del Espíritu Santo (Mateo 1:20), que el nacido salvaría al pueblo de sus pecados (Mateo 1:21) y que la concepción virginal era el cumplimiento de la profecía de Isaías 7:14 (Mateo 1:22-23). Al despertar, José acogió a María en su casa (1:24) y no tuvo relaciones sexuales con ella “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1:25). En Mateo, pues, la experiencia de María aparece descrita – y no deja de ser revelador – con José como protagonista.

El enfoque es diferente – y complementario – en el Evangelio de Lucas donde todo el episodio es narrado desde la perspectiva de María. Según Lucas, un ángel le anunció que tendría un hijo a pesar de que no mantenía relaciones sexuales con ningún varón (1:34-38) y María se encaminó a una ciudad de Judea, en la montaña donde vivía su prima Isabel (1:39-40). Ésta también se hallaba encinta y, al ver a María, el niño que se gestaba en su vientre dio un salto lo que llevó a aquella a confirmar que su prima llevaba en su seno al mesías (1:41-45). Las palabras que María dio como respuesta (Lucas 1:46-55) son conocidas convencionalmente como el Magnificat y constituyen la declaración más amplia de que disponemos acerca del pensamiento teológico de María. Excede de los límites de este artículo detenernos en ese texto, pero podemos indicar que en él, María indica como Dios es su salvador (v. 46-47), como Dios no ha reparado en la “bajeza de su sierva” que será llamada bienaventurada por dar a luz al mesías (v. 48-49) y como todo esto armoniza con el carácter y las promesas de Dios formuladas a Israel (v. 50-55). María permaneció con Isabel tres meses al cabo de los cuales regresó a su casa y, presumiblemente, fue recibida por José (Lucas 1:56).

Los datos siguientes nos indican que María y José se dirigieron a Belén con ocasión de un censo (Lucas 2:1-4); que María dio a luz en un humilde lugar donde pudieron aposentarse (Lucas 2:7) y que el niño fue objeto de las alabanzas de un grupo de pastores cercano (Lucas 2:8-20).

A los ocho días, en cumplimiento de la Torah, Jesús fue circuncidado (Lucas 2:21) y, tras cumplir con su purificación, María y José lo llevaron al templo para ser presentado al Señor con la ofrenda prescrita por Moisés (Lucas 2:22-23Levítico 12:6-8). Allí, María fue testigo de la proclamación del niño como Mesías por parte de Simeón y de Ana (Lucas 2:25-38) y, tras cumplir con lo prescrito en la Torah, regresó junto a José a Nazaret (Lucas 2:39).

Mateo relata además episodios como la adoración de los magos (Mateo 2:1-12), la matanza de los inocentes por Herodes (Mateo 2:13-18) y la huída a Egipto si bien, de manera significativa y propia de este evangelista, el protagonista es José y no María. Fue también José, según Mateo, el que recibió la revelación para regresar a Israel (Mateo 2:19-21) y el que optó por asentarse en Galilea en lugar de en Judea (2:22).

Desde ese momento hasta el inicio de la vida pública de Jesús, sólo tenemos constancia del episodio de la bajada a Jerusalén de Jesús con sus padres en el curso de la cual lo perdieron y hallaron luego en el templo (Lucas 2:21-40). De manera bien significativa a la pregunta de María: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”, Jesús respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (2:48-9).

Ni María ni José “entendieron las palabras que les habló” (Lucas 2, 50). Como había sucedido con el episodio de los pastores (Lucas 2:19), María se limitó a guardar aquellas palabras y meditarlas en su corazón (2:51).

Resumiendo todo, podemos señalar:
que de la vida de María antes del ministerio público de Jesús, sólo tenemos algunos datos gracias a dos de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento,
que María aparece como una joven virgen judía desposada con José
que quedó encinta por obra del Espíritu Santo y no tuvo relaciones sexuales con José “hasta que dio a luz a su hijo primogénito”
que le fue anunciado por un ángel que su hijo iba a ser el mesías
que María era una judía piadosa cuya esperanza espiritual era la propia del pueblo de Israel expresada en los términos propios del judaísmo de la época, de ahí que, por ejemplo, contemplara a Dios como a su salvador y reconociera su propia “bajeza”
que, como judía piadosa, cumplió fielmente con lo prescrito en la Torah en materia de purificación y de fiestas y
que distaba, a pesar de su piedad, de ser perfecta no entendiendo lo que hacían los pastores en Belén y todavía menos la respuesta que Jesús le dio a ella y a José tras perderse en el viaje a Jerusalén. Precisamente porque no entendía esto, lo guardó en su corazón y lo meditaba continuamente.

Todo esto afirma el Nuevo Testamento acerca de la María anterioridad al ministerio público de Jesús y todo esto lo creemos los protestantes.

No se puede decir, pues, en propiedad que no creemos en María, pero sobre lo que creemos de ella seguiremos tratando en la próxima entrega, Dios mediante.

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (II)

CESAR VIDAL
Protestantedigital.com