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Third Day – Do You Hear What I Hear / Escuchas lo que yo escucho?
Publicado: diciembre 4, 2010 en Iglesia0
JOSÉ DE SEGOVIA
Se cumplen ahora cien años de la muerte del profeta visionario y atormentado escritor ruso León Tolstói. Todo lo que había deseado en su juventud, lo consiguió al llegar a los cincuenta, pero no era feliz. Había anhelado la gloria literaria y en este momento era, con Dostoievski, uno de los más célebres escritores del mundo, cuando se pregunta: “Bueno, ¿y qué?” Su apatía pronto se convierte en angustia: “Uno no puede cerrar los ojos para evitar ver que, por delante de la mentira de la vida y de la felicidad, no hay más que el sufrimiento y la muerte”.
Si las rentas de las que vivía Tolstói cubrían ampliamente los gastos de la familia, los derechos de autor de Anna Karenina o Guerra y paz le permitieron llenar su casa de lacayos, doncellas, costureras, ayas o preceptores franceses y alemanes. Su esposa, Sonia, se ocupaba de la administración de sus propiedades y él no tenía más que preocuparse de escribir. Su casa estaba llena de amigos y vecinos, pero eso no le molestaba. A pesar de sus dolores de cabeza, podía trabajar ocho horas seguidas. Su situación financiera le permitía no plegar su arte a ningún interés económico, pero no era feliz. O mejor dicho, se preguntaba si existía otra felicidad.
Todo empezó una noche en Arzamas. Había leído en el periódico un anuncio de la venta de una propiedad y de improviso decidió trasladarse al lugar para hacer el negocio a finales del verano de 1869. “Había estado muy ocupado –escribirá– por el deseo de acrecentar nuestros bienes del modo más astuto, es decir, mejor que los otros”. Se propuso que el producto de la tierra o la venta de la madera cubrieran el precio de compra, de tal modo que el dominio no le costase nada. “Busqué un imbécil que no estuviese al corriente de los negocios, y me pareció haber encontrado a uno” –dice en sus Confesiones –. Cuando de repente, le asaltó la angustia…
Fue la primera de muchas noches en que se empezó a despertar, preguntándose para qué. Las interrogantes se abatían sobre su cabeza como una nube de cuervos: “¿Dónde estoy?, ¿a dónde voy?, ¿de qué estoy huyendo?” Salía de su cuarto al corredor, pensando que así se libraría de lo que le atormentaba, pero aquella cosa salía detrás de él y lo ensombrecía todo. Sentía cada vez más miedo. Todo lo que probó para serenarse, aumentaba su temor. “Es estúpido –me dije–. ¿Por qué estoy triste? ¿De qué tengo miedo?”. Cuando en ese instante le respondió la Muerte: “De mí”.
LA SOMBRA DE LA MUERTE
Un escalofrío helado recorrió la piel de Tolstói. Todo su ser experimentaba el deseo de vivir, pero la sombra de la muerte le desgarró interiormente. Trataba de sacudir su espanto, intentando pensar en sus negocios, el dinero, su casa de Yásnaia Poliana, su mujer y sus cuatro hijos, en Guerra y paz y lo que escribiría después, pero todo le parecía vano. Se decía a sí mismo: “¡No hay nada en la vida, nada más que la muerte, y la muerte no debería ser!” El horror se apoderó de él.
Se acostó preguntándose: “Pero ¿quién me había hecho? Se dice que Dios… Recordé mis plegarias… Comencé a rezar… Inventé oraciones… Me persigné, me puse de rodillas, lanzando miradas de soslayo por temor a ser visto”. Mientras murmuraba el Padre nuestro, imaginaba sin embargo a la muerte penetrándole por los poros de la piel, debilitando y pudriendo su cuerpo, atando su lengua y oscureciendo su cerebro.
Al comienzo de su matrimonio, el escritor se creía protegido contra la tristeza y el miedo, pero el amor era un débil escudo contra la angustia de la muerte. Leía la Biblia y a los filósofos, oscilando entre la duda y la oración, pero su confusión aumentaba al tratar de explicarla. En tanto que para todos era un hombre fuerte y un padre de familia feliz, apartaba los ojos cuando veía una cuerda y no volvía a tomar su fusil, por miedo a caer en la tentación del suicidio. Con la misma intensidad que había sentido el afán de vivir, León siente ahora el afán de morir. Ni el pensamiento de su mujer o sus hijos le turbaba. Por la noche, sobre todo, se adueñaba de él el deseo de acabar con su vida.
“IGLESIA DE UN SOLO HOMBRE”
Para evitar estas abrumadoras reflexiones, a Tolstói le queda un solo remedio: el trabajo físico, al que se entrega con frenesí. Espera que el cansancio le impida así pensar. Vive como un campesino, levantándose a las cuatro de la mañana para trabajar de sol a sol con ellos, intentando impregnarse de su sabiduría. Uno de ellos cree que lleva su alma extraviada a Dios. Confía en “el bien inherente al corazón de todos los hombres”, que cree descubrir “personalmente su revelación a través del cristianismo”. No hay duda que Tolstói entiende la religión a su manera…
Porque ¿en qué consiste la fe de Tolstói? El escritor cree en “una iglesia de un solo hombre” –como dice Juan Gabriel Vásquez en un reportaje de Babelia–. “Como toda iglesia, había llegado a detestar el sexo, que le parecía un obstáculo para el amor; como toda iglesia, había llegado a la conclusión de que no hay vida posible fuera de la fe (sin la conciencia de Dios –escribe en su diario– no puede haber una concepción razonable del mundo); como toda iglesia, había llegado a considerar la desgracia personal como una bendición (las páginas que siguen a la muerte de su hijo son espeluznantes: Enterramos a Vaniéchka. Terrible. No, terrible no, un gran acontecimiento espiritual. Te doy las gracias, Padre. Te doy las gracias)”.
Su Confesión es un verdadero ajuste de cuentas con las Iglesia rusa ortodoxa, que lo excomulgó después y no lo ha rehabilitado hasta el día de hoy. Su última obra Resurrección (1899) se vuelve así un acta de acusación contra el cristianismo. El libro rebosa de citas del Evangelio según Mateo, sobre todo del Sermón de Monte, pero presenta un ascetismo que no es nada evangélico. El protagonista, Dimitri Ivanovich Nejliudov, es un noble agobiado por sentimientos de culpa. Se esfuerza hasta las lágrimas en hacer suyos los mandamientos del Evangelio, pero cae en una religión de preceptos, que prefiere sus mandatos a Cristo mismo.
¿MORALISMO O REDENCIÓN?
Como el personaje de Joseph Conrad –contemporáneo del escritor ruso–, Lord Jim, el escritor está ansioso de expiar sus culpas pasadas al precio de su vida, pero en realidad no busca ser perdonado. En el cristianismo de Tolstói no cabe la redención. “Le resulta incomprensible y escandalosa –como dice Antonio Rubio Plo–, al igual que la noción de que Dios nos da la gracia, con independencia de los méritos que creamos haber adquirido con buenas obras”. Ya que en la mente del escritor, “Cristo se reduce a un sabio que proporciona acertados consejos para nuestra vida”.
Aunque se despojó de todas sus posesiones, dejando los derechos de su obra a los campesinos, León no encontró la paz. Su matrimonio se convierte en un infierno. Si es difícil ser escritor, mucho más difícil es ser santo. Su obra se desintegra ante una vocación moral, que le sume en una tormentosa contradicción. A sus 82 años se escapa de casa en mitad de la noche, acompañado de su hija pequeña y su médico. A los dos días de aquella fuga, fallecía en la estación de Astapovo, hace ahora cien años.
Pocos viven como Tolstói, con un temor consciente a la muerte. Están esclavizados por la negación de la muerte (“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, 1 Corintios 15:32). La gente dedica casi toda su energía a hacer segura esta vida, cuando no hay realidad más cierta y segura que tenemos que morir.
LA MUERTE NO ES EL FIN
Al principio Tolstói quería morir, porque pensaba que eso era la aniquilación total. Ya que después de la muerte no había nada. Hasta que se dio cuenta que no sabemos lo que sucede cuando morimos. Podemos decir que no hay nada después de la muerte, porque los muertos no hablan. Pero ¿qué ocurriría si uno hubiera venido de la muerte? El nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).
Unidos a Él, podemos decir con el apóstol Pablo que “morir es ganancia”, cuando encontramos nuestra vida en Cristo (Filipenses 1:21). Al morir, hizo morir a la muerte, para que nosotros podamos vivir en su resurrección. La esperanza final del creyente no es morir y ser librados de nuestros cuerpos, sino ser resucitados con un cuerpo nuevo y glorioso, como el de Cristo resucitado (3:21).
Tras la resurrección, vendrá el Juicio, pero no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Mateo 22:32). Si Él es tu Dios, lo será para siempre. La fe que crece sobre el cimiento de esas promesas de Dios, quita el temor que atormentó a Tolstói, y nos llena de esperanza y confianza, para vivir de una manera diferente.
José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid
© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).
JUAN SIMARRO
El hambre tiene un precio. Es un precio tan alto y con tantas variantes, que incluso se podría hablar del costo económico del hambre. A veces son costos directos por atajar algunas de las secuelas del hambre. Muchas veces se emplean medicinas para atajar consecuencias del hambre como las diarreas, la neumonía, el paludismo y otras, así como las complicaciones de los partos en madres anémicas y otras consecuencias del hambre que repercute en la debilidad de los sistemas inmunológicos de los afectados por esta tragedia. O sea, hay gastos médicos debido a las consecuencias de la subalimentación de los niños, de los adolescentes y de los adultos. Otras veces son costes que ya derivan de la imposibilidad de llegar a ser hombres productivos debido a las secuelas del hambre. Serían gastos indirectos por la imposibilidad de llegar a ser personas productivas, pues son personas debilitadas y que fallecen antes de tiempo. Personas con pérdida de productividad, anulados por el hambre.
Pasar de largo permitiendo que el hambre siga siendo un mal sin erradicar, puede tener unos costos superiores a lo que se invierte en programas para la eliminación del hambre. Por tanto, las ayudas directas contra el hambre deberían tener una prioridad superior a otros tipos de ayuda que ya se dan a los afectados por el hambre. Pero, ¿debería ser este tema una prioridad en la reflexión de los cristianos? Yo creo que sí. Debería ser una prioridad tan fuerte o más que la propia alabanza, ya que Dios se ve molesto en medio de las alabanzas insolidarias. Esto se ve claramente en los profetas del Antiguo Testamento. Pero, además, tenemos una frase tremendamente fuerte de Jesús que se identifica con los hambrientos: “Tuve hambre y no me disteis de comer”. Esta frase por sí sola, que además se convierte en un juicio condenatorio, debería ser un acicate para la reflexión de los cristianos en torno a los problemas del hambre en el mundo. Y si los cristianos estuvieran realmente concienciados, serían una fuerza imparable que tendería a transformar el mundo. Eso sería una forma de acercar el Reino de Dios a los pobres.
Los cristianos deberían invertir en la eliminación del hambre. Invertir dinero. Porque es una inversión rentable. Rentable en el sentido que lo invertido directamente en la eliminación del hambre, puede tener una rentabilidad de hasta veinte veces por encima del dinero invertido, ya que estaremos contribuyendo a que haya hombres y mujeres con capacidad de producción, sin las minusvalías típicas de los que han padecido las consecuencias del hambre, con menos necesidad de medicinas y con capacidad de ser productivos tanto para sus familias como para sus países. Porque el hambre tiene un precio muy alto, tanto en el ámbito de los hogares y familias, como en el ámbito de las naciones generalmente hablando.
Los evangélicos en España se pueden concienciar por la verbalización de la palabra, por temas como el aborto, hasta haber llegado a montar marchas por la vida, por la figura de Jesús como las “Marchas para Jesús”, muchos son combativos contra el tema de la homosexualidad, se preocupan por la alabanza, ayudan solidariamente en las catástrofes internacionales de todo tipo. Pero sin embargo, no se ve inquietud por el tema del hambre en el mundo. Quizás porque vivimos en un país de hartos en donde la obesidad va siendo cada vez un problema mayor. Pero la frase condenatoria de Jesús “Tuve hambre y no me disteis de comer”, que conlleva la maldición de “malditos de mi Padre”, debería ser suficientemente relevante y llamativa para que hubiera más preocupación por estas temáticas tan importantes y tan inhumanas como es las temáticas del hambre en el mundo.
Preocuparse por el hambre es preocuparse también por la vida. Es, en cierta manera, un tema bioético. Porque el hambre tiene también un precio humano, un costo que repercute en la propia vida. Si hay en el mundo más de veinte millones de lactantes que nacen con un peso insuficiente debido a la mala alimentación de las madres, uno de cada cinco niños nacidos en estas situaciones morirá antes de los cinco años, pero otros tendrán diferentes minusvalías que les harán niños incapacitados, con capacidades reducidas para trabajar y vivir vidas plenas. Podrán ser ciegos por falta de vitamina A, o padecer diarreas, sarampión o paludismo… esto en un mundo en el que hay alimentos suficientes para todos, pero con un problema de una injusta redistribución de los alimentos.
Es un problema de justicia social, por la cual también clama la Biblia y que muchas veces los cristianos somos sordos a estos llamamientos. La lucha contra el hambre no es una cuestión solamente de políticos. La voz y la ayuda práctica de los cristianos deben estar dando ejemplo en la vanguardia de esta lucha… porque lo hacemos por el Señor.
Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, (España).
CÉSAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (V): En España no hubo Reforma (2)
Uno de los primeros exponentes de la Reforma española fue el conquense Juan de Valdés. Aunque se ha discutido mucho sobre su origen familiar hoy ha quedado establecido fuera de toda duda que era judío tanto por la rama paterna como por la materna. Incluso un tío materno, Fernando de la Barreda, fue quemado por la Inquisición por ser un judío relapso. Es muy posible que precisamente esa circunstancia que lo ubicaba en una posición de segunda dentro de la sociedad fuera una de las razones que le llevaron desde muy joven no a intentar profundizar en la fe judía de sus antepasados sino en la línea de reforma popular que había surgido al abrigo de las medidas adoptadas por Cisneros.
En los autos del proceso de Pedro Ruíz de Alcaraz, por ejemplo, se hace referencia a que Juan de Valdés era uno de los que asistían a las reuniones que se celebraban en domicilios particulares con la finalidad de leer y estudiar la Biblia. Contaba en aquel entonces con unos trece o catorce años lo que explica, por ejemplo, que no se le citara posteriormente para testificar en el proceso mencionado. La edad resulta, por otro lado, muy indicativa. Juan de Valdés era un joven que sentía inquietud – o al menos interés – por el terreno espiritual cuando apenas había salido de la infancia. Ese interés había encontrado además pronto cauce no en las manifestaciones mayoritarias de tipo religioso que se vivían entonces en el seno del catolicismo sino en un estudio directo, sencillo, casi diríamos que familiar, de las Escrituras.
En noviembre de 1526, Juan -cuyo hermano Alfonso era un convencido erasmista que había hallado su lugar en la Corte del Emperador Carlos V- se encontraba en Alcalá de Henares. No era casual su paradero y, posteriormente, Valdés dejaría de manifiesto un conocimiento nada superficial tanto del griego como del hebreo, las dos lenguas de la Biblia. Además en la universidad seguía existiendo un foco de erasmismo de enorme relevancia. Tal circunstancia no debería extrañarnos si tenemos en cuenta que Erasmo, con posterioridad, había sostenido un programa de reforma muy similar al de Cisneros: educación, reforma de las costumbres especialmente en el seno del clero, enseñanza de las Escrituras en lengua vernácula y regreso a la Biblia como fuente de doctrina y conducta. El holandés no era, por lo tanto, un innovador sino alguien que a posteriori confirmaba lo acertado de las tesis del cardenal.
En esta época Valdés leyó una de las obras más emblemáticas de Erasmo, el Enchiridion Militis Christiani. La obra se publicó por primera vez en España en 1526, dejó de imprimirse a partir de la edición sevillana de 1550 aparecida en pleno ardor de las guerras de religión y – resulta significativo – no volvió a ser reeditada, esta vez por Dámaso Alonso, hasta 1971. La edición por parte de una editorial católica no se produciría, sin embargo, en España ¡hasta 1995!
La lectura de Erasmo, el estudio de la Biblia, la experiencia con los grupos relacionados con Alcaraz y, según sabemos ahora, el conocimiento de algunos opúsculos de Lutero cristalizaron en el caso de Valdés en una obra que se publicó el 14 de enero de 1529 en la imprenta de Miguel de Eguía en Alcalá. Nos referimos a su Diálogo de doctrina cristiana.
La sencillez de la obra aún sigue causando sorpresa en los que acceden a ella. Presentada como un diálogo entre tres personajes: Eusebio, un hombre que desea aprender la verdadera fe cristiana ; Antronio, un cura ignorante que expresa buen número de juicios de católicos de a pie tan poco versados como él y un Arzobispo que va aclarando las diversas cuestiones. El Diálogo pasa revista a cuestiones como el Credo, los mandamientos, los pecados, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, el Padrenuestro y la Escritura concluyendo con una traducción del Sermón del Monte, los capítulos quinto, sexto y séptimo del Evangelio de Mateo.
De la iglesia, por ejemplo, se afirma no que debe identificarse con una jerarquía o un conjunto de dogmas sino más bien que “es un ayuntamiento de fieles, los cuales creen en un Dios padre y ponen toda su confianza en su hijo y son regidos y gobernados por el Espíritu Santo que procede de entambros”(1).
Por si fuera poco, en el capítulo de las lecturas recomendables, Erasmo no es objeto de crítica – ni siquiera moderada – e incluso se dice de él: “vos leed y estudiad en las obras de Erasmo y veréis cuan gran fruto sacáis” y además la Biblia no es presentada como una de las fuentes de revelación –que fue la doctrina católica posteriormente consagrada en el concilio de Trento- sino que se la señala como única regla de revelación y de conducta : “Leed en la Sagrada Escritura, adonde declara Dios en esto su voluntad en muchas partes, y haced conforme a lo que leyereis”.
Finalmente, y esto resulta casi subversivo en una España basada en la pureza de sangre y en el concepto de la honra, se contrapone ese aspecto medular de la ideología de la primera España a otro de más honda raigambre cristiana: “la honra del cristiano más debe consistir en no hacer cosa que delante de Dios ni de los hombres parezca fea, que no en cosa ninguna mundana ; porque esa honra que vos decís que sostenéis, es camino del infierno”.
Lo que Valdés sostenía era una reforma en virtud de la cual la iglesia no fuera contemplada como una jerarquía sino como el conjunto de los fieles definidos no tanto por su adhesión a unos dogmas o a unas prácticas rituales cuanto por su sumisión a Dios; la fe cotidiana se sustentara no tanto en los mandatos eclesiásticos cuanto en la Biblia, y la honra no fuera un concepto basado en la sangre o en la posición social sino en una conducta ejemplar cuyo paradigma fuera la enseñanza evangélica.
De manera bien significativa, y al igual que Lutero, Valdés recuperaba la doctrina neo-testamentaria de la justificación por la fe que chocaba con la idea de una salvación por los propios méritos sustentada por la visión católica. A fin de cuentas, el joven autor, en realidad, venía a reproducir el mismo esquema que Pablo de Tarso había trazado en su carta a los Efesios: “Porque sois salvos por la gracia, por medio de la fe ; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios ; no por obras, para que nadie tenga jactancia. Porque somos hechura suya, creado en Jesús el mesías para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que camináramos en ellas”(2)
El Diálogo – y es comprensible – fue leído profusamente por toda España. No deja de ser significativo que Sancho Carranza de Miranda, inquisidor de Navarra, encontrara que la obra estaba adornada de tantas cualidades que compró varios ejemplares para regalar a sus amigos. La suya no fue una postura excepcional. Desde personas del más elevado rango eclesial a gente del pueblo llano, la obra de Valdés llamó la atención de todos aquellos – no pocas veces predicadores – que creían en una reforma de la iglesia que no implicara necesariamente el recurrir a las armas ni tampoco el embarcarse en guerras allende los Pirineos, en una renovación que no significara negar el pasado pero tampoco seguir novedades de dudosa solidez, y en una iglesia en la que desaparecieran las barreras derivadas de prejuicios de sangre o de status social.
En 1529, Valdés se convirtió en objeto de un proceso inquisitorial del que salió bien parado gracias a la intervención decidida de los erasmistas alcalaínos dispuestos a defenderse frente a una ola creciente de intolerancia contrarreformista. El mismo Erasmo le felicitó en una carta escrita desde Basilea el 21 de marzo de 1529 por haber logrado escapar de los peligros derivados de la publicación del Diálogo. Sin embargo, sólo había sido un respiro en medio de una batalla cada vez más encarnizada. A inicios de 1531, Juan de Valdés supo que se estaba instruyendo un segundo proceso inquisitorial contra él. La respuesta de Valdés fue rápida y, desde luego, acertada: huyó de España.
CONTINUARÁ
1) J. Valdés, Diálogo de Doctrina cristiana, Madrid, 1929, p. 23.
2) Efesios 2:8-10. La traducción del texto griego es nuestra.
Artículos anteriores de esta serie:
1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
César Vidal es escritor, historiador y teólogo
C. Vidal, Protestante Digital.com (España)
El secretario general del CMI espera con interés su reunión con el Papa
Publicado: diciembre 3, 2010 en NoticiasPara publicación inmediata: 03 diciembre 2010
El Papa Benedicto XVI recibirá al pastor Dr. Olav Fykse Tveit, secretario general del Consejo Mundial de Iglesias desde enero, en audiencia privada en el Vaticano el sábado 4 de diciembre.Esta será la primera reunión de los dos dirigentes de iglesia. En una entrevista concedida unos días antes de su visita a Roma, Tveit indicó los temas principales que abordarán, entre los cuales cabe destacar la búsqueda de la unidad de la iglesia, el apoyo a las comunidades cristianas en Oriente Medio y la renovación del compromiso ecuménico con la acción común en el mundo.
Su prioridad número uno es la reafirmación, en nombre del CMI, de la búsqueda de la unidad visible en Jesucristo. “Esta vocación, que es el punto de partida del Consejo Mundial de Iglesias, sigue siendo lo que hoy nos lleva adelante”, dijo Tveit.
Esta vocación es la visión para los cristianos que figura en Juan 17:21, la oración de Jesucristo “para que todos sean uno”. “Lo que nos alienta es que este llamamiento es algo que para muchos constituye una gran prioridad, y sé que para el Papa Benedicto lo es”, añadió Tveit.
“Es importante que en esta reunión hablemos francamente de las dificultades que tenemos”, prosiguió Tveit. “Algunas expectativas del movimiento ecuménico no se han cumplido y existen ciertas tensiones en el interior de las iglesias y entre ellas. Por ello, ahora resulta todavía más importante reafirmar nuestro compromiso y reflexionar sobre lo que este llamamiento implica en la vida diaria de los cristianos de todo el mundo”.
A pesar de las dificultades, Tveit espera que podrán “centrarse en la vocación común de misión y unidad y en lo que nos es posible hacer juntos”. El momento resulta especialmente oportuno, ya que este año los cristianos han celebrado el Centenario de la Conferencia Misionera Mundial de 1910 en Edimburgo, que supone el origen del movimiento ecuménico moderno, y el 50º Aniversario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (CPPUC).
El llamamiento a ser uno en Cristo, explicó Tveit, “concierne todo lo que hacemos como iglesia, como miembros de la iglesia o como dirigentes de la iglesia. Se trata, en definitiva, de nuestra forma de abordar desde un punto de vista teológico lo que es la iglesia, de cómo entendemos las cuestiones eclesiológicas fundamentales que todavía son un obstáculo para la unidad visible, tales como la eucaristía y el ministerio ordenado”.
“Sin embargo”, agregó Tveit, “para mí, como secretario general del CMI, es importante destacar que nosotros en el Consejo, como comunidad de iglesias, nos consagramos a este llamamiento cada día de muchas maneras y que sobre el terreno, en muchas partes del mundo, lo hacemos con la Iglesia Católica Romana. Aprecio mucho lo que el Papa Benedicto ha dicho en muchas ocasiones: que está empeñado en trabajar por la unidad, la misión de la iglesia, la justicia y la paz y a compartir la iglesia con las nuevas generaciones”.
Durante su audiencia con Benedicto XVI, Tveit también piensa abordar la situación de los cristianos en Oriente Medio. El secretario general de CMI, que ha hablado de un “movimiento ecuménico de la cruz”, observa que el Papa ha puesto de relieve la necesidad de hacer hincapié en la dimensión cristológica del trabajo por la unidad. Tveit ve Jerusalén, lugar de la enseñanza, crucifixión y resurrección de Jesús, como “la fuente y la matriz” del cristianismo.
“Nuestro testimonio del Evangelio, nuestro apoyo a la justicia y la paz, la solidaridad con los oprimidos, las iniciativas para el diálogo y la cooperación entre judíos y cristianos y musulmanes y cristianos, todo ello converge en Oriente Medio, y en particular en Jerusalén”, afirmó Tveit. El secretario general del CMI instará al Papa Benedicto a seguir participando en acciones comunes de apoyo y defensa de las comunidades cristianas de Oriente Medio en el marco del movimiento ecuménico de la cruz.
«Lámpara es a mis pies Tu Palabra y Lúmbrera a mi camino»
Publicado: diciembre 3, 2010 en FotografíaPara publicación inmediata: 01 diciembre 2010
por Tara Tautari (*)
“Creemos en el cambio y les pedimos que sigan orando por nosotros”. Éste fue el mensaje que un equipo internacional de representantes de iglesias escuchó una y otra vez durante su reciente visita a la población y las iglesias de Myanmar.
La delegación, en la que figuraban delegados de Bangladesh, Canadá, Australia, Noruega y el Reino Unido, hizo una visita de solidaridad ecuménica a Myanmar en nombre del Consejo Mundial de Iglesias (CMI).
El equipo de Cartas Vivas, que tuvo como anfitrión al Consejo de Iglesias de Myanmar, visitó el país entre el 28 de octubre y el 3 de noviembre, poco antes de que el país celebrara elecciones por primera vez desde 1990.
En las reuniones con representantes de las iglesias de Myanmar miembros del CMI, así como de las organizaciones ecuménicas y de los movimientos de la sociedad civil, el equipo pudo conocer de primera mano el testimonio de las iglesias en favor de una paz justa en el país, a pesar de las casi cuatro décadas de régimen militar.
No obstante, según dijeron al equipo, el llamamiento por la paz y la justicia no resulta fácil de transmitir, ya que las iglesias del país deben esforzarse sobre todo en apoyar a sus comunidades en tiempos de dificultades políticas y económicas.
En Myanmar, uno de los países más pobres de Asia Sudoriental, se ha producido un rápido deterioro en la economía y el medio ambiente. Es en este contexto en el que las iglesias trabajan ecuménicamente para prestar asistencia a las comunidades que se encuentran en la necesidad.
Las iglesias, que suelen trabajar con las “más pobres entre los pobres”, se enfrentan a diario con las realidades de las comunidades que sufren las consecuencias de décadas de una gestión macroeconómica deficiente, políticas aislacionistas y sanciones comerciales. Los problemas a los que hacen frente van desde el desplazamiento interno de la población, las necesidades de socorro y reasentamiento, la seguridad del agua, el VIH y el SIDA, hasta la violencia contra las mujeres y los niños.
A pesar de estas dificultades, las iglesias mantienen un dinamismo espiritual y una esperanza para el futuro que, para un país en evolución, constituyen un poderoso testimonio.
Las elecciones generales que tuvieron lugar el 9 de noviembre, entre llamamientos al boicot por parte del partido disidente la Liga Nacional para la Democracia (NLD) y una creciente crítica internacional del proceso electoral, no produjeron el cambio esperado en el panorama político.
En lugar de ello, la élite gobernante conservó la mayor parte del poder. No obstante, hubo un acontecimiento esperanzador: la liberación el 13 de noviembre de la dirigente pro democracia Aung San Suu Kyi, que había permanecido bajo arresto domiciliario durante quince años.
Las iglesias dicen claramente a sus miembros que tienen un papel importante que desempeñar en la promoción de la paz en Myanmar. También intentan brindar oportunidades para mantener un diálogo permanente y favorecer la reconciliación en los contextos de violencia y conflicto.
Durante la visita de Cartas Vivas, las iglesias miembros del CMI en Myanmar reiteraron su compromiso con el movimiento para la unidad cristiana y alentaron a la comunidad de iglesias del CMI a solidarizarse con sus iglesias.
Advirtiendo su relativo aislamiento con respecto al mundo exterior, el Consejo de Iglesias de Myanmar pidió que se ofrecieran más oportunidades de encuentro y aprendizaje.
El deseo de establecer relaciones más estrechas también se puso de manifiesto cuando los delegados internacionales se reunieron con el pastor Dr. L. B. Siama de la Iglesia Evangélica Mara. Esta iglesia, situada en un remoto lugar sin desarrollar del norte del país, se unió al CMI en 2001, convirtiéndose en su cuarta iglesia miembro en Myanmar. “Queremos caminar junto con nuestras hermanas y hermanos ecuménicos de todo el mundo, dándonos fuerzas mutuamente”, dijo Siama, director de la Escuela Teológica de Lorrain de la Iglesia Evangélica Mara, al equipo de Cartas Vivas.
(*) Tara Tautari es encargada de programa en la Secretaría General del Consejo Mundial de Iglesias. Es miembro de la Iglesia Metodista de Nueva Zelandia.



