Hazme un instrumento de tu paz
donde hay odio lleve yo tu amor
donde hay injuria tu perdon señor
donde haya duda fe en ti

CORO:
Maestro ayudame a nunca buscar
querer ser consolado como consolar
ser comprendido como comprender
y ser amado como yo amar

Hazme un instrumento de tu paz
que lleve tu esperanza por doquier
donde haya oscuridad lleve tu luz
donde haya pena tu gozo Señor.

 

Hazme un instrumento de tu paz
es perdonado que nos das perdon
es dando a todos que tu te nos das
muriendo es que volvemos a nacer


La devoción a la muerte presenta dos situaciones: La gente que pide favores: trabajo, salud; y el de las personas que solicitan protección al cometer crímenes, venganzas o asesinatos.México | Lunes 24 de Enero, 2011 | Por Nínro Ruíz Peña| 

El interés por conocer más del culto se reavivó tras la noticia de la  detención de David Romo, autonombrado obispo de ese credo y  acusado de extorsión, dice el diario El Universal.

“Todo tiene un principio y un final”, eso es lo que impulsa la fe que María Luisa López profesa a la Santa Muerte. Ella tuvo su primera aproximación hacia el culto a la edad de 20 años, fue ocho meses después de que su hermano Jorge despertó del coma en el que se encontraba a causa de un accidente automovilístico.

Jorge asegura haber regresado de la muerte dice que se le presentó una singular figura: “La Santísima”. Al recuperarse, él mismo se encargó de elaborar la imagen que ahora resguarda su casa. María Luisa es quien la cuida, pues actualmente él reside en la ciudad de Chicago, Estados Unidos. Desde allá, cada mes manda dinero al Distrito Federal para que el altar de su “patrona” tenga lo necesario: veladoras, flores, inciensos aromáticos y hasta dulces.

Aunque los hermanos López no conocieron a la Santa Muerte desde pequeños, afirman que su fe es sólida, “son pocas las personas que la conocen desde niños, es difícil que te inculquen el culto”.

El escritor Homero Aridjis reafirma lo anterior. “En México la creencia es una fascinación muy fuerte, se trata de un dogma que responde a las necesidades de los seres humanos de esta época, en un momento de violencia, de enorme inseguridad, de drogadicción, de crimen, pero sobre todo de gran incertidumbre”.

Aridjis considera que el interés colectivo en el culto se “reavivó” cuando surgen noticias como la captura de David Romo, obispo del Santuario Nacional del Ángel de la Santa Muerte, por su presunta participación en una banda de secuestradores. No obstante, la curiosidad en dicho fenómeno social dista de ser exclusiva de la prensa. La opinión pública se ve atraída, en primera instancia, por el morbo.

Escándalo no limita la fe de los seguidores de la muerte

Tras la vinculación de David Romo con la banda criminal de “Los Aztlán”, las opiniones se dividen. Hay quien piensa que la Iglesia Católica aprovecha el escándalo para desprestigiar la doctrina. No obstante, para los seguidores de “La niña blanca” se trata de un asunto que no estremece su fe.

María y Jorge tienen firmes sus convicciones, señalan que el caso de Romo para nada compromete su fervor “se trata sólo de una situación desafortunada. Es ingenuo pensar que a consecuencia de esto, ¡de buenas a primeras! cambiaremos de culto. No creemos que los católicos, los verdaderos creyentes dejen su fe de lado por los actos de pederastia que cometen algunos sacerdotes; con nosotros es lo mismo”.

La devoción a la muerte presenta dos situaciones: La gente que pide favores: trabajo, salud; y el de las personas que solicitan protección al cometer crímenes, venganzas o asesinatos.

Si bien no existen referencias exactas sobre cuándo inició la popularización del culto entre los mexicanos, Homero Aridjis, autor del libro La Santa Muerte, afirma que fue a finales de los años 60. Hoy en día se estima que hay entre 5 y 8 millones de creyentes en toda la República Mexicana.

El estudio de la Santa Muerte ha crecido a nivel internacional. La Universidad de Oxford publicará una investigación antropológica para la University Press de Inglaterra, por citar un ejemplo. En Estados Unidos, diversas instituciones educativas también se han avocado a investigar el tema.

Pero eso ocurre afuera. En tanto David Romo, desde la cárcel, se mantiene firme, tiene la convicción de continuar robusteciendo, ahí adentro, el “culto a la Santa Muerte”.


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (V)

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Texto completo en Mateo 19:16-22.

Lo curioso de este joven rico es que no se encontraba satisfecho con el uso exclusivo de sus riquezas. Quería tener nuevas perspectivas. El joven rico de la parábola se fue triste. El Evangelio a los pobres, adjudica la felicidad a los menesterosos: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Para el rico de la parábola no hubo felicidad. Dice el texto bíblico: “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste porque tenía muchas posesiones”. Se fue insatisfecho, notaba un vacío existencial que quería llenar, pero el peso de las riquezas era tan grande sobre él, que prefirió seguir con ese peso, ese vacío, y no perder ninguna de sus riquezas temporales. Se dejó atrapar por las riquezas que le conducían a un cierto sinsabor en la vida, a un vacío que le lleva a preguntar: “¿Qué más me falta?”.

La parábola, en la línea del Evangelio a los pobres, nos enseña no solamente que la riqueza no da la felicidad, sino que puede llegar a entristecer, aislar, impedir tener la vida que uno desea tener. Las riquezas también ahogan las raíces de la vida y conducen a la infravida… aunque hay otros ricos satisfechos, sin inquietudes que ni siquiera intentan el camino del seguimiento. Espero que la tristeza del joven rico, le acercara en otro momento a Jesús. Sería deseable que este vacío existencial que llevaba a este joven a la búsqueda, afectara a todos los ricos del mundo, que la tristeza planeara sobre ellos hasta hacerles dar un giro existencial para poder asumir los valores del Reino.

Notar que algo nos falta, no es algo estrictamente de los ricos del mundo. Debería ser también un sentimiento de muchos de los cristianos cumplidores en el ámbito de las iglesias. Los religiosos cumplidores y los ricos, pueden tener problemas similares. Así, los religiosos que se acercaron a Jesús estaban más en la línea de los ricos que de los pobres. El Evangelio a los pobres da un toque también a los religiosos presos de la ética del cumplimiento, presos de los rituales y celosos de cumplir las jotas y las tildes de una religión teórica.

Hay muchos cristianos que comparten la inquietud o la satisfacción que hemos comentado de los ricos de este mundo. Así, muchos cumplidores religiosos se encuentran cómodos con su ética de cumplimiento religioso y sin compromiso con el prójimo sufriente. Hay muchos cristianos que su conciencia no les dice que algo les falta. Pueden pensar que incluso tienen méritos suficientes acumulados. Ni siquiera sienten la necesidad de preguntar al Señor: “¿Qué más me falta?”. Comparten los cumplimientos del joven rico, pero sin la inquietud. Así, leen la Biblia, oran, alaban, cumplen con todos los servicios religiosos.

No estaría mal que muchos de estos cumplidores religiosos sintieran al menos la inquietud del joven rico, que pensaba que algo le faltaba. Por eso este joven lo veo con algo de simpatía y espero que, movido por su profunda tristeza y su vacío existencial, volviera a Jesús en arrepentimiento.

El fomentar esta inquietud en los ricos y en los religiosos cumplidores, pero insolidarios con el prójimo, es positivo. No creo que este joven rico buscara solamente una forma de perder el tiempo con Jesús. Su vacío existencial y religioso le presionaba. “¿Qué más me falta, Señor?”.

El problema es que la respuesta de Jesús, en su radicalidad, puede dar miedo. Si el joven rico, presa de la tristeza existencial, no volvió después a Jesús, fue por el miedo a la radical exigencia de Jesús. Por eso no es fácil el seguimiento para los ricos. La respuesta desde la línea del Evangelio a los pobres que nos deja Jesús sigue estos parámetros: haz, da, vende y reparte, comprométete, cuida, sirve… y sígueme libre de todas estas cargas y todas esas marañas económicas o religiosas que pueden perjudicar tu vivencia de la espiritualidad cristiana.

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo”. ¿Creéis que la respuesta de Jesús impacta a los ricos hoy? El joven rico pudo pensar: Señor, aquí en esta vida he heredado mucho, soy joven y tengo casi todo. Quiero heredar también la vida eterna… pero no puedo aceptar el precio.

Yo creo que el joven rico se debió de quedar frío delante de Jesús. Helado. Sorprendido. ¿Cómo puede afectar esta repuesta a los ricos del mundo hoy? ¿Tanto vale el tesoro en el cielo que me puede costar el tesoro en la tierra?

A los ricos, en la línea del Evangelio a los pobres habría que decirles: Perder el tesoro en la tierra en forma de compartir y eliminar sufrimiento; perder el tesoro en la tierra por dar vida, por sacar a personas de la infravida; perder el tesoro en la tierra por seguir el concepto de projimidad de Jesús, no es tal pérdida. Todo es ganancia. Habrás eliminado tristeza y experimentado la felicidad del dar: “Es más feliz dar que recibir”.

La respuesta de muchos ricos es: No, Señor, no. Yo quiero ambos tesoros. El de la tierra y el del cielo. La respuesta viene desde lo alto, desde el megáfono del Dios que nos dejó el Evangelio a los pobres: ¡Imposible!

El desprenderse de las riquezas para compartirlas, no es un precio alto si, a cambio, te va a dar felicidad y eliminar tu vacío existencial y religioso. Si todo lo acaparas egoístamente para ti mismo, el halo de tristeza que te va a embargar, afectará a todo el mundo, afectará al rostro de Dios mismo, de Jesús.

No te quedes con tu riqueza y con tu tristeza… aunque tengas poco. Comparte, sirve. Cuando llegues delante del Señor, si quieres seguir tus cumplimientos religiosos insolidarios, te darás cuenta que el que va a ser recibido en el seno de Abraham, siguiendo el concepto de la parábola del rico y Lázaro, no va a ser el que más alabe, el que más lea la Biblia, el que más haya cumplido con el ritual religioso… sino el que más haya servido.

Mantennos en cierta tristeza, Señor, una tristeza que sea un aguijón que nos inquiete hasta llegar a comprender todas estas líneas del Evangelio a los pobres.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas
4 Todo en el cielo y todo en la tierra

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011)

Obispos casados

Publicado: enero 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XII)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de la lujuria apenas contenida de sus iniciadores. La prueba fundamental de ese aserto sería triple.

En primer lugar, los diversos matrimonios del rey inglés Enrique VIII; en segundo, el matrimonio de Lutero con una monja y en tercero, el abandono del celibato de los clérigos.

Sobre Enrique VIII ya indicamos en una entrega anterior que nunca fue protestante. Ciertamente, fue un cismático y persiguió a aquellos que no quisieron someterse al Acta de supremacía que lo convertía en jefe de la iglesia anglicana, pero, al mismo tiempo, ejecutó a no pocos protestantes que tenían la osadía intolerable para él de pretender una Reforma de la iglesia basada en la Biblia. Ciertamente, no pocos de esos protestantes fueron ejecutados cuando Enrique VIII era declarado “Defensor fidei” por el papa y ayudado en su labor letalmente represiva por su fiel Tomás Moro, pero aún más lo fueron después de la separación formal con Roma. Por otro lado – y dice mucho del estado moral de la Cristiandad – los monarcas católicos de la época –incluidos Carlos V o Felipe II– no fueron más castos que Enrique VIII.

El segundo argumento no es menos falaz. Lutero efectivamente contrajo matrimonio con Catalina de Bora que había sido monja. Su vida matrimonial fue ejemplar a diferencia, dicho sea de paso, de lo que, por ejemplo, alguien tan poco sospechoso como Teresa de Jesús relata sobre la vida sexual en los conventos católicos de su época. Semejante conducta – deplorable, sin duda – no puede tampoco extrañar en la medida en que no pocas de las personas que poblaban los conventos y monasterios habían ido a parar en ellos (de nuevo, el testimonio de Teresa de Jesús es relevante) por razones nada espirituales.

El tercer argumento es de mucha mayor relevancia porque obliga a reflexionar sobre si la configuración del sacerdocio católico armoniza con lo que enseñaron Jesús y los apóstoles. Que Pedro estaba casado es algo que se desprende del testimonio de los evangelios donde se relata cómo Jesús curó a su suegra que padecía una fiebre muy elevada (Mateo 8:14; Marcos 1:30; Lucas 4:38-39). Podría pensarse que, al conocer a Jesús, habría dejado a su esposa – algo moralmente digno de reflexión – pero lo cierto es que el Nuevo Testamento indica que su mujer lo acompañaba en sus viajes misioneros como, por otro lado, sucedía con los otros apóstoles. Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo escribiendo a mediados del s. I indicara que él y Bernabé eran los únicos que viajaban sin esposa (I Corintios 9:5). Pablo no estaba casado – aunque es posible que fuera viudo y no soltero – pero reconocía que esa conducta era excepcional. Quizá sería deseable que todos – no sólo los dedicados a proclamar el Evangelio – fueran célibes como él, pero Pablo indica que esa condición sólo deberían guardarla los que han recibido ese don de Dios (I Corintios 7:7). Para los que no habían recibido el don, el apóstol era claro: “era mejor casarse que abrasarse” (I Corintios 7:8).

Precisamente porque ni existía algo parecido al celibato obligatorio del clero ni los apóstoles eran hombres solteros podemos entender las instrucciones de Pablo sobre los requisitos para ser obispos… que incluían que estuvieran casados: “Pues es necesario que el obispo sea irreprensible, casado con una mujer, sobrio, formal, decente, hospitalario, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, sino manso, no rencoroso, no avaro, que sepa gobernar bien su casa, que tenga a sus hijos en obediencia con toda honestidad, por el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios?” (I Timoteo 3:2-5).

El texto de Pablo difícilmente puede ser más revelador. Los obispos de la época apostólica estaban casados y tenían hijos. Es más, se consideraba que ambos requisitos resultaban enormemente importantes para poder desempeñar su función pastoral. De hecho, Pablo parece adelantarse a una de las objeciones formuladas por el protestantismo – y por no pocos católicos – en contra del celibato eclesial: ¿cómo pueden dedicarse a aconsejar a cónyuges e incluso emitir normas sobre la vida conyugal gentes que nunca han estado casadas y que no conocen personalmente lo que significa? Con el debido respeto, me atrevería a decir que buena parte de la doctrina moral de la iglesia católica relativa a la vida conyugal y sexual sería radicalmente distinta si se hubiera ido forjando sobre la base de las Escrituras enseñadas por obispos casados y con hijos y no por célibes que consideran – por citar las palabras de un conocido santo – que “el matrimonio es para la clase de tropa”.

La importancia de esa vida matrimonial resulta tan relevante en la enseñanza apostólica que Pablo expresa un durísimo juicio sobre su prohibición: “Pero el Espíritu dice claramente que en tiempos venideros apostatarán algunos de la fe, escuchando a espíritus de error y doctrinas de demonios, por la hipocresía de los que hablan mentiras y tienen cauterizada su conciencia, que prohíben casarse y el consumo de alimentos que Dios creó para ser disfrutados con acción de gracias por los que creen y han conocido la verdad, porque todo lo que Dios creó es bueno y no es de rechazar nada de lo que se recibe con acción de gracias” (I Timoteo 4:1-4).

Lo cierto es que la Biblia enseña que el matrimonio de los obispos no sólo es lícito sino muy conveniente y que la prohibición del matrimonio es una doctrina demoníaca. Esa circunstancia explica, sin duda, que los clérigos estuvieran casados a lo largo de la Historia del cristianismo durante siglos y que en el seno de la iglesia católica hubiera que esperar a la reforma de Gregorio VII, un antiguo monje, ya en pleno medievo, para que se prohibiera el matrimonio eclesial con cierta eficacia. Con cierta eficacia, pero no total porque el celibato eclesial siguió siendo caballo de batalla durante los siglos siguientes y no faltaron los sacerdotes que contrajeron matrimonio y que obtuvieron un reconocimiento legal del mismo. Incluso después del concilio de Trento en el s. XVI – donde no podía reconocerse la razón de los protestantes al exigir que los clérigos pudieran contraer matrimonio – no acabaron los casos de sacerdotes casados si bien la ceremonia solía celebrarse en secreto.

Con todo, ni siquiera la iglesia católica posterior a Trento ha sido consecuente con el celibato obligatorio. Aunque muchos católicos lo ignoran, los sacerdotes católicos de culto oriental pueden contraer matrimonio y lo mismo sucede con los que entraron en la iglesia católica hace unos meses, procedentes de la Comunión anglicana. Ahora bien, si el celibato obligatorio es tan indiscutible y constituye una fuente de tan grandes bendiciones, ¿cómo pueden admitirse esas excepciones?

¿Se imagina alguien que fuera lícito el adulterio en ciertos sectores de la iglesia católica mientras que no lo era en otros? O que fuera lógico rehusar una bendición espiritual – la derivada del celibato obligatorio – a alguien sólo porque pertenece a un rito diferente dentro de la misma iglesia?

Concluyendo pues, los protestantes no sentimos que el hecho de que los pastores contraigan matrimonio sea una traición al cristianismo. Por el contrario, constituye un seguimiento claro y obediente de lo que enseña el Nuevo Testamento y precisamente esa obediencia es bendecida por Dios con pastores que pueden entender, por propia experiencia, las cargas, las dificultades y los problemas de carácter conyugal que sus hermanos les traen y que, por añadidura, no acumulan cargas sobre los hombros de otros sin ayudar a sobrellevarlas siquiera con un dedo tal y como hacían los escribas y fariseos de la época de Jesús (Mateo 23:4).

Continuará: Los protestantes no creen en la Virgen

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España, 2011).


NUEVA YORK, 24/01/2011 (ADN/ ProtestanteDigital.com)

Amy Chua crió a sus dos hijas sin dejarles hacer lo que hacen la mayoría de los niños. La escritora alarma porque ve positivo llamar “basura” a un hijo si este falla, y que “esa férrea filosofía es la razón de que China empiece a imponerse a Estados Unidos”.

La sombra de China oscurece el sueño americano. La amenaza de la pesadilla, escenario previo a caerse de la cama y tener un mal despertar, no sólo viene por la evolución financiera y la producción industrial. O el temor de que en menos de tres décadas, el gran dragón rojo releve al Tío Sam en el primer lugar del ranking de las superpotencias del mundo.

HAY MÁS
“Los chinos no nos conquistarán con A-bomb (artefactos nucleares) sino con A-pluses”, ha comentado Ed Rendell, hasta hace tres días en el cargo de gobernador de Pensilvania. El A-pluses se refiere a la nota de sobresaliente en la enseñanza escolar. Pero un sobresaliente de 10, no de 9,9.

Amy Chua, profesora de Derecho en la Universidad de Yale, acaba de publicar un libro para explicar el método de educación que ha aplicado a sus hijas, ahora ambas adolescentes ejemplares. Sus métodos son más que estrictos, a veces denigrante bajo el punto de vista occidental. Incluso de malos tratos según la consideración de muchos que se han echado las manos a la cabeza al saber que esta mujer llamaba “basura” a sus niñas cuando estas fallaban.

“La práctica tenaz, práctica y práctica, es crucial para conseguir la excelencia; la repetición rutinaria está infravalorada en EE.UU.”. Esta hija de inmigrantes, aunque nacida y formada en Estados Unidos, sostiene que “las familias occidentales” se centran más en la autoestima de los niños que en su esfuerzo personal. Asegura que ha utilizado idéntico sistema al que la criaron a ella, siempre aderezado con “el amor” de sus progenitores.

“Lo que los padres chinos entienden –teoriza Chua– es que nada resulta divertido hasta que uno no domina esa materia. Para esto se ha de trabajar duro y los críos, por sí mismos, nunca quieren trabajar, por lo que es esencial anular sus preferencias”.

Su ´Battle hymn of the tiger mother´ (himno de lucha de la madre tigre) se ha instalado en el centro de la discusión en la sociedad estadounidense en una cuestión tan sensible como la educación de los hijos, un territorio ambivalente, entre la competitividad y el dejar hacer. En el reverso, “los padres chinos requieren la perfección a sus hijos porque saben que la pueden alcanzarla”.

ABRE UNA BATALLA PÚBLICA
Amy Chua ha abierto una verdadera batalla. En medios como la CNBC, cadena especializada en economía e información bursátil, ya se plantean la pregunta: “¿Puede ser que la rígida filosofía de los padres sea la razón por la que China empieza a imponerse sobre Estados Unidos?”.

La respuesta pone el dedo sobre una de las heridas de esta sociedad, como es la del sentimiento de que a los críos se les dan “demasiados mimos” –en palabras de la profesora– para compensar las horas de ausencia de los padres. Chua explica que hacía repetir los ejercicios de piano o violín de sus niñas, pero estaba ahí, con ellas. Hay estudios, remarca, en los que se indica que los padres orientales dedican diez veces más de tiempo a la formación de los hijos que los occidentales.

Ni a Sofia ni a Lulu las dejaba ir a dormir a casa de compañeras –“se pasan las horas en el Facebook”–, ni quedar para jugar con otras amigas, ni participar en los juegos escolares o quejarse por esa prohibición, ni les permitía ver la tele o jugar con el ordenador, ni elegir sus actividades extraescolares. Tocan el piano y el violín, respectivamente, porque para ella no hay otros instrumentos. Tampoco aceptaba que tuvieran un grado menor a la A o que no fueran las número uno.

¿UNA AMENAZA SOCIAL?
David Brooks, columnista del ´The New York Times´, le replicó este martes. Brooks indica que no son pocos los que ven a Chua como “una amenaza para la sociedad”, porque creen que su procedimiento anula la capacidad creativa de los críos o que aniquila su pasión por la música. Los críticos recuerdan que las mujeres asiático-americanas de entre 15 y 24 año tienen el porcentaje más alto de suicidios. Para el columnista, “hay millones de otras habilidades que se adquieren en el proceso informal de maduración que no se desarrollan monopolizando el tiempo formal de aprendizaje”. La relación con el grupo no se aprende, subraya, “en el refugio de Amy Chua”. La cafetería también es escuela.

El debate, en plena efervescencia estos días en que el presidente Hu Jintao visitaba EE.UU., arrancó el pasado sábado 9 de enero. El origen hay que buscarlo en ´The Wall Street Journal´, que avanzó un extracto. Lo titularon “Por qué las madres chinas son superiores”. La polémica ha ido a más, aunque la autora insista en que ese titular no es suyo.

El ´Journal´ ha recibido cerca de 8.000 comentarios, prácticamente todos los medios han rebotado el asunto, mientras que en la red social el conflicto cultural sobre la forma de ejercer la paternidad se ha convertido en tema estelar. Chua reconoce que ha recibido centenares de e-mails. A pesar de lo que diga, de entrada advierte que su libro se supone que es un relato sobre cómo los padres chinos –concepto en el que incluye a indios, coreanos o jamaicanos, gente en general de la inmigración pobre– son mejores criando a sus hijos que los occidentales. “También es el amargo choque de culturas”.

ÉXITOS ORIENTALES
Su irrupción ha hecho que se recuerde los éxitos de los estudiantes de Shanghai, líderes mundiales en matemáticas, ciencias y lectura. Los estadounidenses ocupan los lugares 31, 23 y 15. Sin embargo, pese a este agujero, predomina la opinión de condenar el método expuesto por Amy Chua.

Y no sólo se trata de comentarios viscerales sobre su poco respeto a la personalidad de los niños. Nicholas Kristof, otro periodista del ´Times´, experto en el gigantesco país, apunta que tal vez los menos impresionados por el éxito escolar chino son “los propios chinos”, donde hay una tendencia hacia el estilo americano. Muchos emigran a EE.UU. para completar su educación.

La madre tigre se confiesa. Su hija Lulu le plantó cara. Se cortó ella misma la melena como rechazo a las tácticas de su madre. Amy Chua no renuncia a su método, pero apuesta por combinar lo mejor de cada casa.

Fuente: ADN. Edición: ProtestanteDigital.com


21.01.11
El secretario general del CMI, pastor Dr. Olav Fykse Tveit, y el padre Mikhail Megally de la congregación ortodoxa copta.

Poco después del inicio de cada año, cristianos de todo el mundo oran por la unidad de la iglesia. La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que tradicionalmente se celebra del 18 al 25 de enero, se inspira en recursos facilitados conjuntamente por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos de la Iglesia Católica Romana. Los materiales para enero de 2011 han sido preparados en colaboración con las iglesias de Jerusalén.

“En el contexto actual de desesperanza y sufrimiento, las iglesias de Jerusalén muestran determinación y ofrecen, junto con la iglesia mundial, un testimonio en favor de una paz justa en la ciudad de la paz”, dijo el secretario general del CMI, pastor Dr. Olav Fykse Tveit, en un sermón pronunciado en el Centro Ecuménico en Ginebra durante un culto organizado por las iglesias de la ciudad. El servicio de oración, que tuvo lugar el miércoles 19 de enero por la tarde, incluyó música tradicional de Oriente Medio y fue oficiado por dirigentes de las iglesias locales. El acto contó con la presencia de más de 200 personas.

Tveit observó que la descripción del Nuevo Testamento de la iglesia de Jerusalén explica “la unidad original de los primeros creyentes en Jesús. Ser uno significa estar juntos, partir el pan, alabar a Dios, pero también dar y compartir, en función de las necesidades de las personas”. Tveit dijo que la imagen de compartir en torno a la mesa era una imagen impresionante que “da una gran energía espiritual” a los esfuerzos ecuménicos.

“La mesa también es un lugar y un espacio que nos insta a pensar en la justicia y el modo en que los alimentos y el acceso al poder se comparten en el mundo, sobre todo en una época en que la especulación en los precios de los alimentos tendrá como consecuencia que los más pobres se empobrezcan aún más y pasen hambre”, prosiguió el secretario general del CMI.

Tveit advirtió que “lamentablemente todavía existe una mesa en la que, como cristianos, todavía no podemos comer juntos”, refiriéndose a las diferencias entre las iglesias que hacen que todos los cristianos no puedan compartir juntos la eucaristía. “Sin embargo, aquí también, el testimonio de los cristianos de Jerusalén, la iglesia madre de todos nosotros, nos puede ayudar, ya que nos muestra que es posible trabajar juntos a pesar de las divisiones, hacer llamamientos proféticos en favor de la justicia y la paz, e intentar llevar a cabo una acción conjunta”.

En el culto celebrado en Ginebra, el padre Mikhail Megally de la congregación ortodoxa copta agradeció a las otras iglesias locales el apoyo que han manifestado tras los violentos ataques perpetrados contra la comunidad copta en Egipto. Megally dijo a la asamblea que “los coptos son hijos de Oriente Medio. Pertenecen a esta región y forman parte de su identidad y su desarrollo. No podemos imaginar Egipto ni Oriente Medio sin sus cristianos”.


Para publicación inmediata: 20 enero 2011

En un encuentro de teólogas y teólogos indígenas de Abya Yala en 2009
Por primera vez en la caminata ecuménica, alrededor de 40 teólogas y teólogos, en su mayoría indígenas, se reunirán para compartir e intercambiar las diversas experiencias y reflexiones teológicas indígenas generadas en diferentes regiones del mundo.
Este evento es la continuación y seguimiento de los eventos indígenas mundiales convocados por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) en Baguio, Filipinas en 2008 y en Ginebra, Suiza en 2009 pero al mismo tiempo es el primero en su intento de “reunir y vincular” las fuentes espirituales y teológicas, la sabiduría y las tradiciones de los pueblos indígenas -con especial énfasis en su característica de afirmar la vida-, con el trabajo teológico de las dos grandes comisiones del CMI, la Comisión de Fe y Constitución y la Comisión de Misión Mundial y Evangelización. Se reafirma así que la integridad de la vida en toda su riqueza y pluralidad es el eje central de los esfuerzos ecuménicos.
El evento convocado en La Paz Bolivia, del 22 al 27 de enero, cuenta con los auspicios del Programa de Pueblos Indígenas del CMI, del Instituto Superior Ecuménico Andino de Teología (ISEAT), la Pastoral de Pueblos Indígenas del Consejo Latinoamericano de Iglesias y la Comunidad de Educación Teológica de América Latina y El Caribe. “Un esfuerzo conjunto valioso para los procesos de auto-constitución de las naciones indígenas y la reafirmación de sus valores espirituales” afirma Abraham Colque Jiménez, rector del ISEAT.
El proceso de diálogo abierto con esta consulta aspira a formar una comunidad comprometida en mantener y promover la integridad de la creación. Escucha y aprendizaje son dos elementos claves de este proceso en el que se han comprometido representantes de las dos comisiones del CMI ya mencionadas.
La novedosa interacción de estos tres programas del CMI responde al mandato de la Asamblea general del CMI en Porto Alegre, 2006, la cual pidió ser informada por las sabidurías y teologías indígenas. “Esperamos que se abran nuevos horizontes para el diálogo teológico dentro de las iglesias pero también esperamos iniciar un proceso de diálogo mayor que nos permita responder creativamente a las múltiples crisis que afectan a nuestro mundo y en especial a los pueblos indígenas.”, afirmó María Chávez Quispe, responsable del Programa de Pueblos Indígenas del CMI.
Rodeados por los nevados milenarios de los Andes paceños y el sentimiento místico de los rituales aymaras, el grupo internacional indígena reflexionará sobre sus diferencias y sus similitudes con el fin de afirmar el valioso aporte espiritual indígena y aportará a las reflexiones de las comisiones de Fe y Constitución y la Comisión de Misión Mundial y Evangelización. Además, explorará en los diferentes lenguajes espirituales indígenas (narraciones, símbolos, cantos, rituales, etc.) con el fin de fortalecer lenguajes teológicos alternativos a la racionalidad helénica occidental, dominante en las reflexiones teológicas oficiales.


JUDITH BUCHANAN

Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (I)

“En nuestro mundo, la salud se entiende como una meta positiva para los seres humanos”.(1) Por tanto, una persona diagnosticada de una enfermedad terminal, es decir “una enfermedad que no se puede curar y que es mortal”,(2) tiene que ser vista como alguien con la última desgracia y así, cuando la noticia es comunicada a familiares y amigos, todos reaccionan con muestras de simpatía y “condolencias”.(3) Luego, para el creyente, viene la dificultad de saber cómo orar. Así, por ejemplo, en las preguntas a su amiga de una mujer a quien se acaba de diagnosticar una enfermedad terminal: –“¿Qué hago? ¿Le pido a Dios que me ayude a aceptar mi diagnóstico? o ¿le pido que me sane?”.(4)

En primer lugar la espiritualidad tiene que ver con nuestra manera de relacionarnos con Dios, pero ¿cómo debe una persona hacerlo cuando está a la espera de una muerte que va viniendo poco a poco? ¿Se debe solicitar ayuda para resignarse a la realidad que parece tan cruel? o sabiendo que Dios es todopoderoso y que Jesús sanó a muchos enfermos durante su tiempo en la tierra ¿se debe buscar su sanidad? El gran problema es que, aunque muchos piden que Dios les sane, la mayoría no consiguen la sanidad que anhelan. ¿Cómo se puede saber que un enfermo en particular va a ser sanado? Si Dios no quiere sanar a una persona ¿por qué permite que sufra una enfermedad así?

Hay muchas preguntas, pero sobre todo hace falta pensar de nuevo lo que quiere decir acercarse a la presencia de Dios. Él es más que un cajero automático del banco donde se teclea nuestra instrucción y la máquina responde entregando lo que se ha pedido. Dios no está lejos de los problemas de los que sufren y se enfrentan con la muerte. Al contrario, en su Hijo, Dios experimentó sufrimiento y muerte de la manera más intensa posible. Por lo tanto tocando su presencia el enfermo encuentra que no está solo sino que es acompañado, consolado y fortalecido; no simplemente para enfrentar la muerte sino para disfrutar de la vida, una vida que se valora tanto más desde el conocimiento de que su fin se acerca.(5) Ya la oración cambia al descubrir la riqueza de la vida que queda por vivir en vez de fijarse en el fin de ella. A la vez el enfermo es liberado de su constante preocupación sobre su propia enfermedad para poder relacionarse positivamente con otros en la misma situación.

Una razón por la cual muchos creyentes se empeñan a seguir orando por la curación a pesar de ver al enfermo empeorar cada vez más, es que da una posibilidad de esperanza que tanto falta en la vida de alguien con una enfermedad terminal. Es ahí donde la resurrección es buena noticia. A través de ella el enfermo tiene la esperanza de seguir tocando la presencia de Dios más allá de la muerte y de disfrutar de la transformación de su cuerpo dejando atrás su cuerpo debilitado y cada vez más inútil.

Tocar la presencia de Dios puede cambiar el enfoque de un enfermo terminal abriendo más posibilidades para la oración, dando un propósito para vivir y guiándole en sus relaciones con otros pacientes.

Aquí estos temas serán desarrollados en los siguientes apartados:
1.- El dilema del enfermo terminal
2.- El camino del enfermo terminal
3.- El destino del enfermo terminal
4.- Y las relaciones del enfermo terminal.

EL DILEMA DEL ENFERMO TERMINAL
Vivir con una enfermedad terminal es vivir con la certeza de que el proceso de la muerte ya ha empezado y llegará a su fin. Así el paciente está a la espera sabiendo que su vida va apagándose, pero sin saber exactamente cuándo será. Mientras, la vida va dificultándose por el avance de la enfermedad y los tratamientos que requiere.

Es difícil no estar pensando constantemente sobre la situación, lo que puede llevar a un egocentrismo atroz. En la sociedad secular de hoy día “la muerte es el desastre definitivo, que hay que eludir o posponer todo lo que sea posible”(6); es el gran desconocido que todos temen y por tanto “se ha establecido un cierto tabú”(7) sobre ella. Por consiguiente el enfermo terminal se enfrenta solo con algo que nadie quiere contemplar ni se menciona en conversaciones.

Fácilmente se identifica con Job cuando pregunta:
¿Cuál es mi fuerza para seguir esperando?
¿Cuál es mi fin para seguir teniendo paciencia?
¿Soy acaso tan fuerte como las piedras?
¿Es mi carne como el bronce?
¿No es cierto que ni aun a mí mismo me puedo valer
y que carezco de todo auxilio?(8)
“En cierto sentido, la muerte es el acontecimiento más natural de la vida, y, al mismo tiempo, el más antinatural”.(9) Todos nos tenemos que enfrentar a ella y no sólo los enfermos terminales. Entró en el mundo como resultado del pecado(10) y sirve para recordar a todos que vivimos en un mundo que no refleja la intención original de su Creador, sino la dominación del pecado, como resultado del deseo de los seres humanos de independizarse de Él. Por lo tanto en la muerte se evidencia el juicio de Dios contra todo desvío de sus buenos planes y deseos para todas sus criaturas.

El Nuevo Testamento abre nuevos horizontes porque describe la victoria sobre la muerte conquistada por Cristo a través de la crucifixión y resurrección. Dios, en su benevolencia hacia su creación envió a su propio hijo a este mundo para morir por el pecado de todos para que los que acepten esta muerte y se identifiquen con ella, también puedan disfrutar de su victoria sobre ella(11) y cantar con Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.(12)

Todos los que somos creyentes, los que estamos “en Cristo” tenemos que morir, pero con la esperanza segura que la muerte no es el fin y que hay vida después de la muerte. Mientras, para el enfermo terminal la vida sigue, cada vez más corta y cada vez más difícil. Se puede asomar al futuro para ver la separación inevitable de familiares y amigos, su tristeza, y la finalidad de todos los anhelos, y planes para la vida. Sí, “en Cristo” no se tiene que temer a la muerte; no obstante, es comprensible que tantos oren desesperadamente por la sanidad para poder escapar de ella. Sin embargo, ¿no es eso seguir la corriente de este mundo, con su cultura del placer”, donde “todo lo doloroso … debe ser desterrado”?(13) Lo importante para el creyente no es tanto la manera o la fecha de la muerte de él/ella –dado que todo ser humano tiene que pasar por ella–sino lo que hace con la vida que le queda por vivir.

Al recibir su diagnóstico de cáncer terminal, Mark Ashton –un pastor evangélico en Gran Bretaña–dijo que fue una “buena noticia”, porque, con su esperanza puesta en su relación con Cristo, vio que con el tiempo que le quedaba hasta la muerte, tendría ocasión para prepararse para ella y tener todo en orden al momento de fallecer. Además, a pesar de su tristeza al despedirse de sus seres queridos, esos meses de vida fueron un tiempo de “riqueza espiritual” en que experimentó la presencia de Dios en su vida de una manera especial a través de su relación con Cristo y fue sostenido al creer firmemente que esta relación no terminaría con la muerte.(14) Otro pastor, Michael Wenham, –que ya tiene dificultad para hablar, andar o hacer las cosas más básicas de la vida– habla de tener mucho más tiempo para “disfrutar de la belleza a su alrededor”, que parece “el borde del manto del Creador”.

Así durante el tiempo que está esperando su inevitable muerte, ha llegado a ser un tiempo para tocar la presencia de Dios y deleitarse en sus maravillas.(15) De esta manera encuentra posible experimentar “el gozo del Señor” como su “fuerza”(16) a pesar de su lucha diaria para simplemente sobrevivir.

Próximo artículo de esta serie (Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal): El camino del enfermo terminal

1) Cook, E. D., “La salud y la asistencia sanitaria” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.1014.
2) Definición de enfermedad terminal del Instituto Nacional del Cáncer. consulta: 19.11. 2010.
3) ¡A pesar de que el enfermo todavía vive!
4) Mathers, M, “Radical gratitude” en Women at the Well, Vl. 6 Issue 1, (April, 2010).
5) Casson, James H., Dying, the Greatest Adventure of My Life, (London: Christian Medical Fellowship Publications, 1980), p.5.
6) Vere, D. W. “La muerte y agonía” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.833.
7) Flavia C, “De algo hay que morir”, Sierra Madrileña, 22 octubre (2010), p13.
8) Job 6, 11-13.
9) Atkinson, D. J., “La vida, la salud y la muerte” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.135.
10) Gn 3, 19.
11) Rom 6,8.
12) 1 Cor 15, 55-57.
13) Bressanello, P., “¿Y si reflexionáramos sobre la muerte?”, Sierra Madrileña, 22 octubre (2010), p.13.
14) Ashton, M., “On my way to heaven”, Evangelical Now, consulta: 28.4.2010.
15) Wenham, M., My Donkey Body, (Oxford: Monarch Books, 2008), p.90.
16) Neh 8, 10.

Judith Buchanan es profesora de evangelización en el Seminario SEUT

© J. Buchanan, ProtestanteDigital.com (España, 2011).


juanstam

Cinco mandamientos que no permiten excepción alguna:

Orientaciones prácticas para el nuevo año…

y para todos los días

Hay una frase que aparece en sólo tres versículos del Nuevo Testamento, que va con verbos en voz activa y modo imperativo que definen cinco mandamientos de exigencia sin excepción. La frase es «todo lo que hicieras», y las cinco mandamientos son:

1) Hacer todo para la gloria de Dios (1Cor 10:31)

2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a)

3) Hacer todo…dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:17b)

4) Hacer todo de corazón (Col 3:23a)

5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (Col 3:23b)

Todos conocemos los diez mandamientos del Antiguo Testamento, y son fundamentales para la orientación de nuestra vida y nuestra ética bíblica. Aunque los famosos diez mandamientos están formulados negativamente, cada uno conlleva un sentido positivo, como demuesta Juan Calvino en su obra clásica, la Institución. Estos cinco mandamientos, en cambio, están formulados en forma positiva. Si el decálogo antiguotestamentario nos muestra lo que no debemos hacer, este semi-decálogo nos enseña lo que sí debemos hacer.

Estos cinco mandamientos, según los mismos términos en que están formulados, no permiten excepción bajo ninguna circunstancia. Podemos considerarlos como «principios absolutos» de la vida cristiana. De hecho, son orientaciones que podemos aplicar en todas las experiencias de la vida. Aun en las sitiuaciones más difíciles, es posible cumplir cada uno de estos mandamientos. Y cuando más difícil, es cuando es más urgente obedecer estos cinco imperativos.

Los cinco mandamientos se dividen en tres segmentos, que se dirigen a tres areas de la vida humana. El primero, en 1 Cor 10:31, tiene que ver con los apetitos («si comeís o bebeís»; cf. 1 Cor 6:15-20, el sexo). Col 3:17 es más amplio y cubre toda nuestra conducta, pero con énfasis en las relaciones interpersonales (todo lo que hacemos y decimos; cf. 3:12-16). El tercer segmento (Col 3:22-25) se refiere explícitamente a las relaciones laborales.

(1) Hacer todo para la gloria de Dios (1 Cor 10:31). El mandamiento de glorificar a Dios en todo se aplica al terreno de los apetitos. ¿Habrá algo más común y corriente en la vida humana que el comer y beber? Todos lo hacemos tres veces al día, sin pensar mucho en ello. No sólo al predicar un sermón, enseñar una clase o cantar un solo glorificamos a Dios. El texto nos enseña que aun en lo más común y corriente, como comer y beber, podemos glorificar a Dios. Es más, hacerlo es nuestro deber.

En la misma epístola Pablo discute otro apetito — el deseo sexual — en exactamente el mismo sentido. Hablando de la vida sexual, exhorta a los corintios «habeís sido comprado por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo…» (1 Cor 6:20). Para cristianos, según Pablo, el sexo no es una mera función biológica; ¡es más bien una celebración doxológica!

¡Es aun más impresionante este mandamiento, porque los corintios tenían terribles problemas precisamente en el área de los apetitos! En el capítulo siguiente Pablo redarguye a los corintios porque en la Santa Cena «al comer, cada uno se adelante a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga». Con ese egoísmo, en la misma Cena del Señor (¡la Santa Comunión!), ellos avergonzaban a los pobres que no tenían nada para comer (11:21-22).

Aun peor era el pecado y el escándalo del desorden sexual entre los corintios. Había un caso de incesto (cap. 5) y Pablo tiene que advertir a los hombres que dejen de visitar a las prostitutas (6:25-16; no cabría la reprimenda si no había algunos que visitaban la zona roja de esa ciudad portuaria, famosa por su relajo moral). Ante esa situación de pecado, Pablo no sólo les exhorta a portarse mejor y huir de la fornicación (6:18) sino — ¡qué contraste más grande, y que exhortación más sorprendente! — les llama a glorificar a Dios con los mismos cuerpos con que antes practicaban el pecado (6:20).

Así este primer mandamiento nos da una enseñanza a la vez desafiante y animadora: Dios puede glorificarse en todas nuestras acciones, hasta los más triviales, y sobre todo en aquellas areas donde somos más débiles.

(2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a). El contexto de este mandamiento describe en toda su amplitud la vida abundante que Dios desea para nosotros, con énfasis particular en las relaciones interpersonales:

Vestíos de entrañable misericordia…

soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros…

Y sobre todas estas cosas vestíos de amor que es el vínculo perfecto.

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones,

a la que fuisteis llamados en un solo cuerpo…

En San Pablo, la f’órmula «en Cristo» expresa nuestra unión con él por el Espíritu Santo, en quien somos su cuerpo y él es nuestra vida. Actuar y hablar «en el nombre del Señor Jesús» significa mucho más que sólo repetir esa frase, como se hace ligera y hasta frívolamente; significa vivir en íntima comunión con él, de tal modo que su voluntad sea la voluntad nuestra y que él pueda actuar en y por nosotros. Por lo mismo, se nos hace imposible hacer cualquier cosa que no podemos hacer en el nombre de él.

En los países latinos pasa algo inaudito en otras culturas: a muchos niños y hasta niñas se les da el nombre «Jesús» de modo que muchas personas llevan ese sagrado nombre (aunque en tiempos antiguos era un nombre común). A los nuevos misioneros eso nos extrañaba y observamos con especial atención la conducta de esas personas, para ver si su conducta correspondía a su nombre. ¡A veces la inconguencia entre su nombre y su conducta parecía escandalosa! Pero de hecho, todos los cristianos y cristianas nos llamamos «Jesús». ¿Llevamos dignamente ese nombre, honrándolo en todo lo que hacemos y decimos?

(3) Hacer todo dando gracias a Dios. Nuevamente el contexto amplía el significado de la frase:

Sed agradecidos (Gr. eujaristoi, «eucarísticos»).

La palabra de Dios more en abundancia en vosotros,

enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,

cantando con gracia en vuestros corazones al Señor,

con salmos, himnos y cánticos espirituales…

Y todo lo que haceís, hacedlo dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:15-16).

Bien se ha dicho que las dos palabras más importantes de la fe evangélica son «gracia» y «gratitud». En 2 Cor 8-9 San Pablo, al pedir a los corintios que enviaran su aporte para los pobres de Jerusalén, nos da una profunda exposición de la gracia de Dios (járis de Cristo 8:9; manifestada en nosotros 8:1,4,6s,19; 9:8,14) y de nuestra «gratitud por la gracia» (járis 8:16; 9:15; eujaristía 9:11,12). Esta teología de la gracia se resume en tres afirmaciones medulares: (1) «Conoceís la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre» 8:9; (2) «poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia» 9:8 y (3) «Gracias a Dios por su don inefable» 9:15).

En toda la historia cristiana, nadie vivía más de gracia y gratitud que Santa Teresa de Ávila. Firmaba sus cartas «Teresa, pecadora» y amaba a Jesús como su Salvador. Cuando sus enemigos la criticaban, ella decía, «Gracias a Dios, que mis enemigos no conocen mis peores defectos». Cuando al fin accedió a escribir su autobiografía, lo tituló «El libro de las misericordias de Dios» (que hoy aparece como subtítulo). Teresa veía cada día como una nueva página en el gran libro de la gracia de Dios para con ella.

Cuando Abelardo, un personaje muy diferente, escribió sus memorias, las tituló «La historia de mis calamidades». No es que Santa Teresa no sufriera, pues sufrió mucho. Mas bien, son dos maneras de ver la vida: El libro de las misericordias de Dios o la historia de mis calamidades.

La diferencia la hace la gratitud, el saber vivir «eucarísticamente».

(4) Hacer todo de corazón (Col 3:23): De nuevo aparece la frase clave, «todo lo que hagaís», ahora aplicado al terreno laboral, dirigida específicamente a los esclavos:[1]

Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales,

no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres,

sino con corazón sincero, temiendo a Dios.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón,

como para el Señor y no para las demás personas,

sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia,

porque a Cristo el Señor servís.

Más el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere,

porque no hay acepción de personas.

Amos haced lo que es justo y recto con vuestros siervos,

sabiendo que vosotros tenéis un Amo en los cielos.

Col 3:22-4:1 (cf. Efes 6:5-9)

Este versículo, en sus dos cláusulas, vuelve a tocar la motivación de la vida y conducta cristianas, complementando la gratitud mencionada en 3:17. Nos extraña encontrar esta exhortación a los siervos y siervas no sólo a obedecer a sus amos sino a «hacer todo de buena gana» (3:23 Dios Habla Hoy). Es que el trabajo creativo es parte de la imagen de Dios en nosotros.[2] Bajo cualquier circunstancia, trabajar bien glorifica a Dios y la pereza disminuye la imagen divina en nosotros.

Si San Pablo espera de los siervos del primer siglo que metan ganas a su trabajo, cuánto más debemos nosotros realizar nuestros trabajos de corazón, con ganas. Si estudio, debo ser el mejor estudiante que pueda ser. Si juego futbol, debo glorificar a Dios en la cancha. Si soy mecánico, con esa maravillosa inteligence que Dios ha dado a algunos, mi meta será mantener en las mejores condiciones los autos de mis clientes. Si soy pastor o teólogo, haré todo por superarme constantemente para servir a Dios y al pueblo con la máxima efectividad y bendición. En cualquier caso, si vale la pena hacer un trabajo, entonces vale la pena hacerlo bien, con todo el ánimo.

(5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (3:23b). Aquí el texto llega a lo más profundo de nuestra motivación. La frase anterior aclara bien el sentido: «no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios». La irresponsabilidad en el trabajo es una falta de temor a Dios; el temor a Dios debe motivarnos a trabajar bien. «El amor de Cristo nos apremia», escribe San Pablo en 2 Cor 5:14 (Biblia de Jerusalén).

Muchas veces trabajamos sólo por el salario, y el más alto posible. O trabajamos por el éxito, para ser admirados y alabados por los demás, o sentirnos orgullosos de nuestros logros. O hacemos un mínimo de trabajo, sólo para que el jefe no nos despida. Todo eso es lo que Pablo llama «sirviendo al ojo».

A.J. Cronin era un famoso novelista estadounidense que se interesó mucho en el movimiento misionero y viajó en todo el mundo buscando misioneros y visitando con ellos y ellas. Una vez, muy al interior de la China, se encontró con una enfermera cristiana que estaba soportando las condicones más difíciles en su trabajo, sin las comodidades básicas de la vida. A Cronin se le ocurrió decirle, «Señorita, yo no hacía lo que Ud hace, ni por un millón de dólares».

«Yo tampoco». respondió la enfermera. «Pero amo a Dios y amo a esta gente, y por eso estoy aquí muy contenta en este trabajo».

Y nosotros, ¿para qué y por qué trabajamos y vivimos?

¿Cuál es la motivación básica de nuestra existencia?

[1] Dejaremos a un lado el tema complejo del NT y la esclavitud. Este texto tiene que verse dentro de su contexto histórico. Hay diferentes interpretaciones de la esclavitud en la segunda mitad del primer siglo. Es significativo tmbien que tanto aqui como en Efes 6:9 Pablo responsabiliza a los amos a ser justos.

[2] Según Gén 2, Adán trabajaba antes de caer en el pecado. El trabajo no fue resultado del pecado, sino sólo la fatiga, la pereza y el aburrimiento. El trabajo debe ser creatividad a la imagen y semejanza de Dios.


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (IV)

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (texto completo en Mateo 19:16-22). Partimos de la pregunta de un joven rico, un joven que, quizás, estaba acostumbrado a heredar. Si era joven, era difícil que él hubiera trabajado y negociado tanto para tener tantas posesiones. Sabía de lo cómodo de recibir herencias, de encontrarse con posesiones y bienes, con tesoros, que él no había trabajado. Era un joven rico que lo tenía todo en la tierra. Se iba a encontrar ante la dificultad de poder seguir a un Maestro que trajo un Evangelio para todos, pero con un destinatario específico: los pobres de la tierra.

Parece que este joven rico era consciente de que la vida en la tierra era limitada, que el disfrute de sus herencias no iba a ser permanente, que el tiempo pasaba de forma inexorable y que sus riquezas no le ayudarían a conseguir una vida eterna en nuestras coordenadas espacio-temporales. Era bonito disfrutar de las herencias en la tierra. Pensó que sería bueno intentar heredar también para el más allá. Quería tener todo en la tierra y todo en el cielo. Esta filosofía no se compadece con los valores del Evangelio a los pobres.

Jesús le enfrenta con una realidad dura: Esto que me pides no es posible. No puedes marchar detrás de mi, camino a la vida eterna con un lastre tan grande de riquezas. Sin embargo, el joven rico tuvo que recorrer un camino, en el que exhibe toda su ética de cumplimiento y conocimiento, toda una conversación con Jesús, antes de llegar a esta conclusión que le produce gran tristeza. Creer no es cumplir, no es participar en rituales cúlticos, es comprometerse con Dios y con el prójimo dando como resultado líneas de acción de cara al prójimo necesitado, al prójimo sufriente.

Una de las líneas que se repite en la Biblia en relación con el Evangelio a los pobres, abarca dos conceptos importantes: la necedad de las riquezas y la omisión de la ayuda de los ricos a los desamparados, a los pobres de la tierra. El joven rico estaba feliz con el disfrute de sus riquezas en la tierra, pero se llena de tristeza cuando se le pide que la comparta, que sea solidario, que practique la solidaridad.

También la pregunta que hace al Maestro, “¿qué haré para heredar la vida eterna?”, se repite en diferentes parábolas y no parte de la boca de los pobres. Los ricos se interesan por el más allá, por situarse también allí, por unir a sus posesiones en la tierra, los bienes del más allá. A través de esta pregunta del joven rico se le pide a Jesús que responda sobre algo fundamental, algo esencial, algo sumamente importante y vital. Se trata de ver qué hacer, cómo comportarnos… nada menos que para conseguir la salvación eterna.

La pregunta viene desde los cumplidores, desde los que creen que la vida eterna se puede ganar actuando, cumpliendo con rituales. Pedían algo concreto. Probablemente se hubieran desilusionado si Jesús les hubiera dicho que creyeran, que tuvieran fe. Hubieran dicho que ellos contaban con la fe desde siempre, que eran grandes creyentes.

Jesús, por tanto, les responde desde el plano de lo concreto, desde el plano de la vida en el aquí y el ahora. Conocían los mandamientos que eran concretos y prácticos: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos”. Esta respuesta, para los que vivían dentro de la ética del cumplimiento como en la parábola del buen samaritano y en esta del joven rico, era decepcionante. ¡Señor, si vivimos para eso! “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”, dice el joven rico. ¡Maestro, tienes que darme otros retos! El joven rico consideraba esta respuesta incompleta. El cumplir la ley y los mandamientos era “pan comido” para estos cumplidores, para este joven rico y otros integrados en los sistemas religiosos y económicos del momento.

Desde los parámetros del Evangelio a los pobres, se pueden ver las siguientes características de estos religiosos ricos y acumuladores del mundo: son cumplidores, intentan tener una ética de cumplimiento, pero es cumplimiento ritual, no actúan. Son cumplidores religiosos, pero no tienen misericordia del prójimo caído al lado del camino. Son cumplidores, pero no tienen una fe comprometida en la línea del Evangelio de Jesús… Jesús no capta en ellos una fe viva, aunque sean cumplidores de los mandamientos y de los ritos eclesiales.

El compromiso que se pide a los ricos desde el Evangelio a los pobres es tan radical que no basta, no es suficiente, el que dejen algunas migajas para los pobres. Eso hizo el rico de la parábola del rico y Lázaro, que le dejaba que comiera de las migajas que caían de su mesa. Hay que dar y darse hasta límites insospechados. El Evangelio a los pobres asusta hasta hacer muy difícil que un rico herede la vida eterna.

En la parábola del buen samaritano, que responde a la misma pregunta por la salvación, se da un imperativo de acción siguiendo las líneas de projimidad para con los apaleados y marginados de la historia: “Haz tú lo mismo”. En la parábola del joven rico, desde las líneas del Evangelio a los pobres, se da un imperativo tan radical que obliga a compartir de forma total y absoluta si se quiere seguir a Jesús para poder heredar la vida eterna. La respuesta final es: “anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”.

En el fondo la respuesta que enlaza con el Evangelio a los pobres es que no hay que vivir para las riquezas, sino para el servicio a los pobres, a los más necesitados, a los sufrientes del mundo. En el fondo, la respuesta es: No basta con ser religiosos, no basta con ser cumplidor. Hay que tener una fe viva que actúa, que hace el bien, que comparte, que da, que reparte, que hace felices a los otros. Ahí está la fuente de la felicidad. El rechazo a estas líneas nos sume en la tristeza, como ocurrió con el joven rico.

En la línea de esta parábola, no hay felicidad para el mundo si hay personas cargadas de un lastre grande de riquezas. Esas cargas de riquezas almacenadas hay que repartirlas igualitariamente para que no haya pobres entre nosotros, en el mundo. Si los ricos se van y no aceptan el reto de Jesús y siguen cargados de riquezas, estos ricos se van tristes. Se quedan con sus riquezas y con sus tristezas.

Pero ocurre algo más grave: La tristeza, en grado sumo, en grado de sufrimiento, se desparrama por el mundo haciendo que millones y millones de personas vivan en la infravida, en el no ser del hambre y de la marginación. Por eso, si se quiere el tesoro del cielo, hay que vender y repartir. ¡Todo! Quizás porque todo es de todos.

Señor, ayúdanos a concienciar al mundo de la necesidad de una mejor redistribución de los bienes del planeta. Ayúdanos a que, con nuestra acción, nuestra voz y nuestra búsqueda de justicia, podamos eliminar la tristeza de esos ricos que no pueden seguirte para que, así, eliminemos mucho sufrimiento del mundo. No nos dejes caer en la pasividad. No nos des voz ni influencia hasta que no la usemos para llevar al mundo los valores del Evangelio a los pobres… hasta convertir a los ricos, como fue el caso de Zaqueo.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com