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¿Reformar lo irreformable?

Publicado: octubre 4, 2013 en Iglesia, Teología

Samuel Escobar

 

¿Reformar lo irreformable?

 

 

La toma de posición de Küng respecto a su iglesia la expresa bien el título de su primer capítulo “¿Una iglesia enferma, incluso moribunda?”

 

 

 

Un notable artículo del teólogo católico Hans Küng en  El País  del jueves 26 de setiembre me ha traído a la memoria mis lecturas de este verano y una reflexión que quiero compartir con mis lectores.

Vamos primero al artículo en cuestión que lleva como título “La prueba decisiva de Francisco”. Comienza afirmando: “El Papa muestra valentía civil” y hace referencia a su presencia entre los pobres de las favelas de Rio de Janeiro y por otra parte a su buena disposición a abordar un diálogo abierto con críticos no creyentes. Cita a Eugenio Scalfari, del periódico romano de izquierda liberal  La Repubblica , quien en un artículo planteó 12 preguntas al Papa, entre ellas una relativa a la cuestión del poder temporal que la Iglesia Católica Romana siempre ha buscado. La pregunta es aguda y precisa: “¿Representa por fin el Papa Francisco la primacía de una iglesia pobre y pastoral sobre una iglesia institucional y secularizada?”

Küng señala hechos notables en las palabras y gestos de Francisco como la renuncia a la pompa, el estilo que acentúa la figura del servicio más bien que del señorío, las reformas frente a los escándalos financieros, y el esfuerzo por reformar la curia. Pero para Küng, Francisco “aun tiene por delante la prueba decisiva de la reforma papal”, y define ésta como el desafío de la pobreza. Con un breve y acertado trabajo exegético este teólogo suizo nos muestra que en los evangelios sinópticos el concepto de “pobre” se extiende más allá de la referencia a la pura carencia económica. Los “pobres en espíritu” de Mateo serían también quienes sufren angustia interior: “Jesús llama a sí a todos los afligido y abrumados, también a quienes han sido abrumados con la culpa.”

Küng ubica entre estos pobres en espíritu a tres grupos dentro de la Iglesia Católica Romana de hoy: los divorciados, las mujeres y los curas casados.

Le gustaría ver que Francisco permitiera que los divorciados que se han vuelto a casar “puedan ser readmitidos a los sacramentos cuando lo desean de corazón.”

Le gustaría ver un cambio también en cuanto a las mujeres “que debido a la posición eclesiástica respecto a los anticonceptivos, la fecundación artificial y también el aborto, son despreciadas por la Iglesia y en no raras ocasiones padecen miseria de espíritu.”

Finalmente sería deseable un cambio respecto al celibato del clero. Comenzando por el caso de “los sacerdotes apartados de su ministerio por razón de su matrimonio” Küng avanza a decir que si bien la Iglesia puede preservar un celibato libremente elegido por los sacerdotes, “una soltería prescrita por el derecho canónico contradice la libertad que otorga el Nuevo Testamento, la tradición eclesiástica ecuménica del primer milenio y los derechos humanos modernos.”

Reflexionando sobre esta propuesta del famoso teólogo del Concilio Vaticano II, creo que ha puesto el dedo en tres llagas que sí que son un desafío para el nuevo Papa. Y me viene a la mente también la idea de que en estos tres puntos las iglesias evangélicas en España afrontan igualmente serios desafíos pastorales.

Mirando las cosas con honestidad reconozcamos que como evangélicos no contamos con definiciones claras y aceptadas por las diversas iglesias en varios de esos puntos. Aquí tenemos un tremendo desafío exegético, teológico y pastoral que esperamos identificar en el futuro.

Según Küng este nuevo papa ha demostrado hasta aquí gran sensibilidad, empatía por las necesidades humanas y coraje civil: “Esas cualidades le facultan para adoptar decisiones necesarias y que marcarán el futuro respecto a estos problemas, en parte pendientes desde hace siglos.”

Esta referencia a las posibilidades de que el papa Francisco implemente reformas en su iglesia me lleva a dos libros que leí en el verano y que me condujeron a una reflexión intensa e inquietante. En primer lugar leí del historiador evangélico Mario Escobar Golderos el libro  Francisco: el primer papa latinoamericano(Grupo Nelson, Nashville, 2013, 159 págs). Es un libro ágil que se lee sin dificultad y que tendría que ser lectura obligada para todo evangélico que quiera estar bien informado. El autor ha conseguido procesar una gran cantidad de información y presentarla de forma legible y atractiva. En sus trece capítulos Mario Escobar nos ofrece un retrato de Jorge Mario Bergoglio, hoy simplemente el papa Francisco, quien ya ha dado mucho que hablar a la prensa mundial.

En la primera parte, “El día de primavera que cambio mi vida”, Escobar narra en cuatro capítulos una breve biografía de Bergoglio, su niñez y juventud en su Argentina natal, el surgimiento de su vocación sacerdotal, sus estudios, y su carrera eclesiástica como profesor, sacerdote y luego obispo en los difíciles tiempos de la dictadura militar argentina en las décadas de 1970 a 1990. Los cuatro capítulos de la segunda parte, “El cardenal de los jesuitas”, son especialmente valiosos para el lector evangélico poco familiarizado con la historia y las instituciones católicas y nos llevan hasta el cónclave del 2013 en el cual Bergoglio llegó a ser papa. Los cinco capítulos de la tercera parte presentan “Los cinco retos del nuevo papa Francisco.”

El libro de Mario Escobar no es el típico libro evangélico que a cada paso se detiene a señalar los contrastes entre Catolicismo y Protestantismo. Conforme avanzaba en su lectura yo tenía la impresión de que este exitoso novelista e historiador abriga cierta esperanza de que el papa Francisco consiga llevar adelante algunas de esas urgentes reformas que le hacen falta a la Iglesia Católica Romana.

Por nuestra experiencia de evangélicos en España, y el talante ultra-conservador y triunfalista del Catolicismo español, percibimos mejor la urgencia y al mismo tiempo la dificultad de la tarea de reformar que el papa tiene por delante. Como lo ha señalado la prensa últimamente los obispos españoles están entre los que tienen menos disposición a aceptar las reformas.

Al terminar de leer el libro de Mario Escobar cayó en mis manos un libro de Hans Küng, el teólogo con el que he empezado este artículo, que se publicó en alemán en el año 2011 y ha aparecido este año en castellano. Su título me atrajo, pues es un interrogante audaz y acertado:  ¿Tiene salvación la Iglesia?(Editorial Trotta, Madrid, 2013).

Son 199 páginas y se trata de un diagnóstico valiente y bien informado por un hombre que conoce como pocos la teología y la historia del Catolicismo. Mientras leía este libro recordaba yo la mezcla de asombro y esperanza que me había causado cincuenta años atrás la lectura del primer libro que hizo mundialmente conocido a Küng  El concilio y la unión de los cristianos  (1960).

La toma de posición de Küng respecto a su iglesia la expresa bien el título de su primer capítulo “¿Una iglesia enferma, incluso moribunda?” Su análisis es demoledor: “La Iglesia católica atraviesa la más profunda crisis de confianza desde la Reformay nadie puede pasarlo por alto: en el centro de la Iglesia se encuentra – esto tiene que ser visto también en Alemania – Joseph Ratzinger, el actual papa quien, aunque originario de la tierra de la Reforma, vive en la Roma papal desde hace tres décadas, y lejos de conjurar la crisis, la agudiza.”(p.17).

Utilizando el símil médico de la salud y la enfermedad, los siguientes capítulos tienen títulos muy sugestivos:”Diagnosis del sistema romano. Anamnesis y diagnóstico”, “Los gérmenes de una enfermedad crónica”, “Rehabilitación con recaídas” , “Una gran operación de salvamento” y “Terapia ecuménica”. Con la precisión de un cirujano que domina su estilete Küng va sacando a luz los entretelones del sistema romano y sus miserias, mostrando las raíces históricas de algunos de los problemas más serios que enfrenta la Iglesia hoy. Me parece que esos panoramas históricos son utilísimos para entender el alcance de la autocrítica que Küng propone.

Por ejemplo, refiriéndose a la época de la Reforma protestante y la división del Cristianismo que trajo, dice Küng: “Pero a quien haya estudiado toda esta historia no le puede caber duda al respecto: no es al reformador Lutero, que también cometió errores, sino a  la Roma refractaria a toda reforma – y a sus cómplices alemanes – a quien hay que achacar la principal responsabilidad de que tras el cisma entre la Iglesia de Oriente y la Iglesia de Occidente, se produjera un cisma entre (dicho a grandes rasgos) la mitad septentrional y la mitad meridional del imperio, que luego, a causa de la expansión colonial de las potencias europeas se prolongaría en Norteamérica y Sudamérica.” (p.84 cursivas del autor).

La negativa a reformarse y la arrogancia con que actuaba Roma la ve también Küng en la forma en que el Catolicismo enfrentó los desafíos de la Modernidad en el siglo 17:“A pesar de todo el ornamento barroco, el catolicismo contrarreformista era a todas luces una religión conservadora y restauracionista que, vista en conjunto, seguía siendo la religión de los pueblos latinos, que (a excepción de Francia) estaban económica, política y culturalmente estancados. En el catolicismo, se quiera o no, el papa decide sobre la interpretación de la Biblia y no tolera innovación alguna. A la inversa, la ‘libertad del cristiano’ de los protestantes contribuye decisivamente a la acentuación moderna de la responsabilidad personal, la mayoría de edad y la autonomía.” (p.89).

Este cuadro de la gravedad de la enfermedad que sufre la Iglesia Católica Romana es un trabajo magistral, una obra de madurez y de valentía. A pesar de ello, Küng no ha salido de la Iglesia Católica, pero describe su postura con claridad meridiana: “El que mi fe haya permanecido inconmovible se lo debo a una instancia más elevada (y a muchas serviciales personas): no a la fe en la Iglesia como institución, sino a aquel Jesucristo cuya persona y causa siguen siendo – en la buena tradición de la Iglesia, pero también en la buena liturgia y la buena teología – el motivo originario que, a despecho de toda decadencia y corrupción, nunca se ha perdido ni se pierde sin más. El nombre Jesucristo es algo así como el ‘hilo dorado’ en el tejido siempre confeccionado de nuevo de la historia de la Iglesia, a menudo tan resquebrajada y sucia” (p.49).

Es así como Mario Escobar nos presenta un cuadro breve pero comprensivo de la personalidad del nuevo papa y de los desafíos con que se enfrenta. Por otra parte la obra de Küng nos permite ver las dificultades, yo diría la imposibilidad, de la tarea reformadora que le ha impuesto su elección. Sin embargo la lectura cuidadosa de Küng nos puede ayudar como evangélicos a ver algo de la tarea de reforma que tenemos nosotros por delante, nosotros que creemos en la  Ecclesia reformata semper reformanda .

 

Autores: Samuel Escobar

 

©Protestante Digital 2013

 

 

¿Jehová, Yahvé, Señor…?

Publicado: septiembre 23, 2013 en Teología

Las traducciones actuales
 
 
Para quienes hemos nacido en la tradición evangélica y pertenecemos a las generaciones que crecieron con la Reina-Valera 1909 ó 1960, leer o decir «Jehová» para referirnos al nombre especial y singular del Dios del Antiguo Testamento es algo normal.
Sin embargo, a partir de la década de los setenta, con la aparición de nuevas traducciones y versiones castellanas, los lectores de la Biblia han descubierto, unas veces con inquietud y otras con sorpresa, que «Jehová»(1) no es la única manera de escribir ese nombre especial de Dios.
Tomemos como ejemplo cuatro de las versiones más recientes de la Biblia: Nueva Biblia de Jerusalén (1998), La Biblia *Latinoamérica (1995), Nueva Versión Internacional (1999) y Dios habla hoy (1994).

La Nueva Biblia de Jerusalén, siguiendo el ejemplo establecido por la versión francesa original, usa la siguiente forma del nombre especial de Dios: «Yahvé»:
Dios habló a Moisés y le dijo: “Yo soy Yahvé. Me aparecí a Abrahán, a Isaac y a Jacob como El Sadday; pero mi nombre de Yahvé no se lo di a conocer” (Ex 6.2-3).
 
Lo mismo hace La Biblia *Latinoamérica, sólo que en este caso usa una forma más castiza; es decir, evita incluir la «h» intermedia del nombre, y escribe «Yavé»:
Dios habló a Moisés, le dijo: “¡Yo soy Yavé! Me di a conocer a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios de las Alturas, pues no quise revelarles ese nombre mío: Yavé.”
 
Es importante indicar que ambas versiones son publicadas por editoriales católicas.
La Dios habla hoy sigue el ejemplo establecido por la versión griega desde el tercer siglo antes de la era cristiana (la Septuaginta). Esta versión, hecha por judíos para judíos, evitó escribir el sacrosanto nombre de Dios y en su lugar usó la palabra griega kyrios, que a su vez traducía la palabra hebrea Adonay. Ambas tienen el sentido castellano de «Señor» (lo que en inglés se denomina «Lord»). Así, Dios habla hoy dice en Éxodo 6.2-3:
Dios se dirigió a Moisés y le dijo: —Yo soy EL SEÑOR. Me manifesté a Abraham, Isaac y Jacob con el nombre de Dios todopoderoso, pero no me di a conocer a ellos con mi verdadero nombre: EL SEÑOR.
 
En la mayoría de lugares donde se cita este nombre de Dios, Dios habla hoy escribe «Señor». En Ex 6.2-3 pone el nombre con todas las letras mayúsculas por lo especial del pasaje. La Nueva Versión Internacional se coloca en la misma tradición, y se une a la mayoría de versiones modernas tanto castellanas como inglesas para usar el título «SEÑOR» en lugar del nombre especial o sacrosanto. Nótese que en esta versión el título aparece en versalitas o letras mayúsculas pequeñas (y no incluye el artículo con este tipo de letra):(2)
En otra ocasión, Dios habló con Moisés y le dijo: “Yo soy el SEÑOR. Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob bajo el nombre de Dios Todopoderoso, pero no les revelé mi verdadero nombre, que es el SEÑOR”.
 
No conozco ninguna versión castellana que utilice, para referirse al nombre especial de Dios, alguna forma diferente de las tres indicadas en los párrafos precedentes: «Jehová» (o «Jehovah»), «Yahvé» (o «Yavé») y «Señor» (o «SEÑOR»). La versión portuguesa A Bíblia na Linguagem de Hoje (1988) había preferido usar la expresión «Dios Eterno»:
Deus disse a Moisés: —Eu sou o Deus Eterno. Eu apareci a Abraão, a Isaque e a Jacó como o Deus Todo-Poderoso, porém não deixei que me conhecessem pelo meu nome de o Deus Eterno.
 
Sin embargo, en la revisión de esa versión, que lleva el nombre de Bíblia Sagrada. Nova Tradução na Linguagem de Hoje (2000) se abandona la expresión «Deus Eterno» y se prefiere «SENHOR».
¿Por qué tales diferencias? Para responder a esta pregunta será necesario retroceder varios milenios. Debemos encontrar las razones que han llevado a traductores y exegetas a usar una o más de las posibilidades antes expuestas.
¿Cuál es la ortografía original y qué significa?
 
Empecemos con la explicación que da a la palabra «Jehová» la versión Reina-Valera 60, en su glosario:
JEHOVÁ. Nombre personal de Dios en el Antiguo Testamento. En el hebreo primitivo, que carecía de vocales escritas, las consonantes son YHVH. Por respeto, dejó de pronunciarse, y en su lugar se leía “Adonay” (el Señor). Para recordar esto al lector, los rabinos le pusieron las vocales e, o y a, sólo como contraseña, cuando inventaron un sistema de vocales escritas para el hebreo. En los medios cristianos empezó a leerse desde fines de la Edad Media con esas vocales y así resultó la forma latinizada “Jehovah”, de donde viene “Jehová”. Los hebraístas han llegado al acuerdo general de que la pronunciación original debe de haber sido Yahveh. Su significado se asocia con la idea de Ser o Existencia.
 
En esta explicación, resumida pero muy completa, encontramos todos los elementos necesarios para entender por qué algunas versiones usan «Jehová» (o «Jehovah»), «Yahvé» (o «Yavé»), «Señor» (o «SEÑOR»).
El «tetragrámaton» YHVH
 
Las cuatro consonantes que componen el nombre especial de Dios forman, en el Antiguo Testamento, el nombre divino que más se usa para referirse al Dios de Israel (unas 6,800 veces). Las cuatro consonantes hebreas (3)suelen transliterarse, con grafía castellana, de la siguiente manera: YHWH o YHVH.
Sin embargo, no está del todo claro, aun en el día de hoy, si, en efecto, fueron cuatro las consonantes que formaban parte, desde el principio, del nombre especial de Dios. En el Antiguo Testamento encontramos dos formas cortas del nombre: yh (Ex 15.2) y yhw, que aparece sobre todo como parte de nombres propios. La presencia de estas formas cortas en documentos extrabíblicos anteriores a Moisés, lleva a pensar que podrían ser las formas más antiguas del nombre. Sin embargo, al decir de Walter Eichrodt y otros, la forma larga, YHVH, es la apropiada para el nombre especial de Dios, y está directamente unida a la revelación divina a Moisés.(4) Es importante señalar, al respecto, que la forma larga del nombre divino se encuentra presente en la «Estela de Mesa» o «Estela moabita», documento extrabíblico del siglo 9 a.C. Esa forma larga de cuatro consonantes proviene, según el consenso general de los biblistas, de hwy/hwh, raíz semítica del noroeste, empleada en el imperfecto del tema verbal simple, qal.(5)
Un problema todavía mayor tiene que ver con la pronunciación original y el significado de la palabra, si es que lo tenía. Tal como se dice en el glosario de la Reina-Valera 60, el consenso entre los biblistas es que «Yahveh» («Yahvé» o «Yavé») fue, posiblemente, la pronunciación de la palabra. Varios textos griegos provenientes del período patrístico corroboran tal pronunciación: Iabé, como la transcribía Teodoreto de Ciro o Iaoué, como la transcribía Clemente de Alejandría. Además, la forma «Yavé» responde de mejor manera a las reglas gramaticales del hebreo bíblico. A esto debe añadirse el hecho de que esa secuencia fonética aparece en un buen número de nombres amorreos.(6)
En relación con el significado, aunque se han ensayado varias propuestas, el texto bíblico (de manera especial Ex 3.14; véase también Os 1.9), y los estudios filológicos en general apuntan hacia una forma del verbo «ser» en hebreo. El verbo hebreo, a diferencia del verbo castellano, tiene lo que en gramática se llama «temas verbales». En el caso específico del nombre divino, Yahvé, los biblistas han señalado que el nombre podría ser una forma del imperfecto del tema verbal simple llamado qal o una forma del imperfecto del tema verbal causativo «hifil».
La escuela norteamericana, iniciada por William Albright, se inclina más por el causativo y da al nombre divino el sentido de «el que causa la existencia» o «el que crea». Aunque este sentido ha gozado de gran aceptación, en las últimas décadas ha sido objeto de importantes objeciones.
De acuerdo con Tryggve N. D. Mettinger,(7) «YHVH» (o «Yahvé») significa simplemente «Él es». Esto se deduce como consecuencia lógica de la forma verbal en primera persona que aparece en Ex 3.14: (ehyeh) «Yo soy». Si Dios dice de sí mismo: «Yo soy», el pueblo dice de Dios: «Él es». Esta es la postura que actualmente goza de mayor aceptación. Véase como ejemplo la afirmación al respecto de E. Jenni:(8)
…parece que debemos limitarnos prácticamente al modo qal «él es, se manifiesta actuante» […]. Esta explicación etimológica del nombre de Yahvé, que es la más comúnmente aceptada entre los autores modernos, se parece mucho a la presentada en Ex 3.14.
 
Hasta aquí podemos decir que aquellas versiones como la Nueva Biblia de Jerusalén y La Biblia *Latinoamérica responden correctamente a las conclusiones alcanzadas por la mayoría de los biblistas. El uso del nombre «Yahvé» o «Yavé» para referirse al nombre especial de Dios es, en efecto, correcto. Sin embargo, todavía falta responder la siguiente pregunta: ¿por qué la mayoría de las versiones castellanas (o inglesas, francesas, portuguesas, alemanas) no sigue este consenso? …si blasfemare el Nombre, que muera (Lv 24.16, RVR-60)
Existen muchos testimonios, tanto en la literatura bíblica como en la extrabíblica, que demuestran lo sacrosanto que llegó a considerarse el nombre «Yahvé». La cita de Levítico, así como el tercer mandamiento del decálogo, son dos ejemplos importantes al respecto. A menudo leemos o escuchamos del cuidado con el que los copistas judíos de la antigüedad transmitieron con profunda reverencia los documentos que contenían el nombre de Dios. Se cuenta de varios escribas que dejaban en blanco el espacio donde se debía escribir el nombre de Dios, y sólo lo completaban después de una serie de ritos especiales de purificación. En otros casos, el nombre se sustituía por cuatro puntos o se escribía con una grafía especial, a menudo más antigua.
Aunque no se sabe la fecha exacta en la que se abandonó el uso del nombre en los textos bíblicos, la mayoría de los especialistas considera que eso debió de haber sucedido en algún momento de la época posexílica. Tanto la Septuaginta como los documentos procedentes del judaísmo rabínico (adyacente a las sinagogas) indican que, para la lectura pública, cada vez que se llegaba a un texto que contenía las consonantes YHVH, sustituían estas, especialmente, por la palabra hebrea Adonay. En la Septuaginta, la palabra griega correspondiente es Kyrios. Varios libros bíblicos muestran que la palabra Elohim («Dios») también sustituyó el nombre YHVH.
Además de las dos palabras ya mencionadas, se recurrió, también, a las expresiones «el Nombre» y «el cielo». Este último ejemplo se nota sobre todo en casos como el de Lucas 15.21 donde el «hijo perdido» le dice a su padre que había ofendido al «cielo», sustituyendo así el uso del nombre sacrosanto.
¿Por qué «Jehová» y no «Yahvé» en la RVR-60 y en la RVR-95?
 
Cuando los masoretas (grupo de eruditos judíos de la Edad Media) decidieron agregarle al texto bíblico hebreo la puntuación vocálica, con el fin de evitar la pérdida de la pronunciación correcta de las Sagradas Escrituras, trataron de manera muy especial el nombre divino. A las cuatro consonantes del nombre sagrado, YHVH, le agregaron los signos vocálicos correspondientes a la palabra hebrea Adonay, creando así lo que los especialistas llaman el qerê perpetuum; es decir, aunque las consonantes permanecen a la vista, la verdadera pronunciación del nombre quedó por siempre perdida. La combinación de las dos palabras (consonantes del nombre original y vocales del nombre sustituto) dio como resultado el nombre híbrido Yehovah.(9) Para la mayoría de los lectores de este texto hebreo acompañado de signos vocálicos (que hoy conocemos como «Texto Masorético», TM) no hubo problema alguno: cada vez que aparecía el nombre compuesto, su mirada se centraba en las vocales, no en las consonantes. Por ello, en la lectura pública jamás se pronunciaban las consonantes.
El problema vino cuando los lectores y traductores cristianos empezaron a leer el nombre híbrido. Sea por ignorancia o uso consciente, el caso es que para el año 1100 d.C. ya aparecía en las traducciones y lecturas públicas de la iglesia el nombre «Jehová». Los biblistas de la Ilustración y la Reforma no objetaron el uso de «Jehová». No fue sino hasta el siglo 19 de nuestra era cuando los biblistas empezaron a poner resistencia al uso del nombre híbrido, reconociéndolo como una aberración gramatical.
El hecho de que tal nombre aparezca en varias versiones antiguas conocidas, como la Reina-Valera y la King James (inglés), muestra que la fuerza de la tradición perduró en ellas. Los traductores y revisores de esas versiones, sobre todo en la antigüedad, lo tomaron del latín y lo transcribieron a sus respectivas versiones. Muchos himnos en la tradición evangélica castellana muestran ser también herederos de esa tradición.
¿Por qué «Señor» o «SEÑOR» en lugar de «Yahvé» o «Jehová»?
 
Cualquier lector de la Biblia que haya usado una buena variedad de versiones contemporáneas tanto en castellano como en los otros idiomas mayoritarios, descubrirá que la tendencia es evitar cualquiera forma del nombre sacrosanto de Dios. En su lugar, siguiendo la tradición iniciada por la Septuaginta, se usa el título «Señor» o «SEÑOR».
Así se respeta la larga tradición judía de no pronunciar el nombre sacrosanto de Dios, y se opta por usar la traducción de una palabra cuya pronunciación y grafía no tienen problema alguno: Adonay. Además, desde la perspectiva teológica, no solo se resalta el hecho de que el nombre sacrosanto guarda un misterio y encierra un secreto, sino que también reconoce que Jesucristo, a quien el Nuevo Testamento se refiere como «Señor», es el mismo Dios del Antiguo Testamento a quien la tradición judía también llama «Señor».
Conclusión
 
Con el respeto que se merecen todos aquellos que se sienten inclinados a usar versiones que han elegido tal o cual uso del nombre divino, quien esto escribe ofrece su opinión respecto del tema.
La tarea de las traducciones bíblicas ha demostrado lo difícil que resulta traducir los nombres y títulos de Dios a los diversos idiomas que hoy existen en el mundo. Para quienes nos dedicamos a la traducción de la Biblia a los llamados «idiomas indígenas», este es un asunto que no se puede tomar a la ligera, porque el problema no sólo se da en el ámbito de tradiciones y confesiones cristianas, sino sobre todo en el de las características lingüísticas de cada idioma. En este sentido, nuestras traducciones castellanas también tienen que tomar en cuenta a los traductores indígenas que usan nuestras versiones como modelo de traducción y como fuente.
Por otro lado, quienes traducen, revisan, publican y distribuyen las Sagradas Escrituras tienen que tomar en cuenta al público que las va a usar. La variedad de versiones, que manifiestan distintas maneras de enfrentar la tarea de traducción, responde a necesidades diversas de la misión de la iglesia. Por ello, es importante que todos perciban con claridad el valor de cada versión como proyecto singular, y no caigan en la tentación de valorarla o evaluarla a la luz de otra versión en particular.
Hay versiones que han sido traducidas o revisadas con el fin de servir al mundo académico y a los que necesitan, por su papel en la misión de la iglesia, profundizar más en la exégesis y la interpretación. Para ellos, me parece a mí, una versión que decida transcribir el nombre de Dios como debió de ser el original, «Yahvé», es algo excelente. Tales versiones, como es el caso de la Nueva Biblia de Jerusalén, también prestan especial atención a la trascripción de los otros nombres y títulos divinos, y de otros asuntos importantes para la exégesis.
Existen, por otro lado, versiones cuyo propósito es el uso litúrgico. Es decir, han sido preparadas para la lectura pública. En tales casos, la Dios habla hoy sería una buena opción por el uso de «Señor». Hay que reconocer que en el culto y en la proclamación de la Palabra no siempre están presentes o escuchan personas de la misma tradición o confesión cristiana. Por ello, el uso de la palabra «Señor» responde perfectamente a la sensibilidad interconfesional.
En la línea interconfesional debe colocarse la versión Dios habla hoy. Esta versión, que también usa el título «Señor», responde a la necesidad de servir a un público tan variado y tan diverso como es el de la cristiandad latinoamericana. La DHH, por ser una traducción del siglo 20 y para el mundo hispanohablante, reconoce tácitamente que el uso de «Jehová» o «Yahvé» corre el peligro de alienar o incomodar a importantes sectores de la cristiandad latinoamericana. De todos es sabido que el uso de «Jehová» es propio de la tradición protestante y el de «Yahvé», de la católica.
Y esto nos hace hablar de las versiones pertenecientes a la tradición de Reina-Valera. Aunque el nombre «Jehová» sea, como ya se ha dicho una y otra vez, un híbrido poco feliz, quienes hemos crecido en la tradición protestante de habla hispana veríamos como cosa extraña recibir una Biblia que sea Reina-Valera y que no tenga «Jehová» como el nombre de Dios. Estemos o no de acuerdo con la ortografía y uso de la palabra, ella pertenece a Reina-Valera, y no podemos retroceder al siglo 16 para cambiarla. Mi opinión es que toda versión que surja como producto de la revisión de Reina-Valera, debe, por respeto a la tradición, mantener el nombre «Jehová».
Las nuevas generaciones protestantes deberán estar preparadas para el uso de versiones que respondan mejor a los avances exegéticos y lingüísticos, así como a la sensibilidad interconfesional que tanto necesitamos para realizar mejor nuestra tarea misionera.
Bibliografía
 
Jenni, Ernest
1978 «Yhwh Yahvé», en: Diccionario   teológico manual del Antiguo   Testamento, Volumen I, cols.   967-975. Madrid: Ediciones   Cristiandad  Mettinger, Tryggve N.D.
1994 Buscando a Dios: significado y   mensaje de los nombres divinos en la Biblia. Córdoba: Ediciones   El Almendro  Rad, Gerhard Von
1972 Teología del Antiguo Testamento,  Volumen I. Salamanca: Ediciones   Sígueme  Vaux, Roland De
1974 Historia antigua de Israel, Volumen I.   Madrid: Ediciones Cristiandad
Notas:
1-La versión Reina-Valera Actualizada escribe el nombre de Dios de la siguiente manera: «Jehovah», como intento de reproducir las cuatro consonantes (o tetragrámaton) del nombre hebreo.
2- Lo mismo hace La Biblia de las Américas.
3- Recuérdese que el hebreo se lee de derecha a izquierda.
4- Walter Eichrodt, Teología del Antiguo Testamento I, p. 173.
5- Roland De Vaux, Historia antigua de Israel I, p. 336 y 339.
6- De Vaux, p. 332.
7- Buscando a Dios. Significado y mensaje de los nombres divinos en la Biblia, p. 45-51.
8- «Yhwh Yahvé», Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento I, p. 969-970.
9- Algunos se preguntarán por qué si Adonay empieza con la vocal «A», la palabra «Jehová» tiene como primera vocal la «e». La explicación es esta: en el hebreo existe una semivocal llamada «shevá» que normalmente se translitera como una «e» volada (e). El sonido de esta semivocal se acerca más al de la «e»; sin embargo, cuando acompaña a ciertas consonantes hebreas especiales, su sonido y grafía varían un poco. De allí que la semivocal en la palabra se transcriba como «a» y no como «e».

Este artículo fue publicado originalmente en la revista La Biblia en las Américas, número 262/ 2003.

Sobre el autor:
El Dr. Edesio Sánchez Cetina es miembro de la FTL y consultor de Sociedades Bíblicas Unidas. Fue el coordinador de la traducción «Biblia en lenguaje actual». Mexicano, radicado en San José, Costa Rica. Tiene un doctorado en Antiguo Testamento del Union Theological Seminary, Richmond, Virginia, EE.UU.

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Por C. René Padilla

Si el propósito central de la misión cristiana es hacer discípulos, según la Gran Comisión que Jesucristo dio a sus discípulos, según Mateo 28:16-20, cabe la pregunta: ¿Cómo se hacen discípulos de Jesucristo? Para empezar, precisamos tomar en cuenta que un discípulo es primordialmente un aprendiz, alguien que está en proceso de formación que tiene como fin que el aprendiz llegue a ser como su maestro. Desde esta perspectiva, el mandamiento a “hacer discípulos” es un mandamiento a formar personas que lleguen a ser como Jesucristo.

Por cierto, esta afirmación no coincide con una enseñanza que se difundió en círculos evangélicos hace unos años, según la cual la tarea del quien realiza la tarea discipular es formar discípulos a su propia imagen y semejanza. No creo que esa haya sido la intención del mandamiento. El Maestro por excelencia a quien todos los cristianos estamos llamados a seguir es Jesucristo. El apóstol Pablo reconoce esto cuando, escribiendo a los creyentes en Galacia, les dice: “Queridos hijos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes” (Gálatas 4:19). Eso no niega, sin embargo, que sólo quien toma en serio su propio discipulado cristiano está en condiciones de formar discípulos de Cristo. Es por eso que el mismo apóstol exhorta a los creyentes en Corinto: “Imítenme a mí como yo imito a Cristo” (1 Corintios 11:1). En la tarea de hacer discípulos, como en la de criar hijos, la pedagogía más efectiva es la que depende mucho más del ejemplo que de las palabras.

Volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿cómo se hacen de Jesucristo? Ya observamos en el artículo anterior que en nuestro texto el verbo matheteúsate (“hagan discípulos” en modo imperativo) va acompañado por tres formas verbales (gerundios), dos de las cuales responden directamente a esta pregunta: “bautizándolos” y “enseñándoles”.
El bautismo es el rito de iniciación en el discipulado. Este no es el lugar para profundizar en el tema de la tradicional controversia entre quienes practican el bautismo de infantes como señal del pacto y quienes lo practican como un acto consciente de identificación con Cristo por parte de personas creyentes. Para nuestro propósito basta señalar que en la Gran Comisión se da por sentado que el discipulado se inicia con el bautismo y que éste es “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (v. 19).

Con el bautismo se inicia todo ese proceso al cual nos hemos referido anteriormente: el proceso de formación del aprendiz para que llegue a ser como Jesucristo. Si no se toma en cuenta esto, se corre el riesgo de hacer del bautismo lo único que importa. ¿No fue esto lo que sucedió con la conquista ibérica de nuestro continente? Los conquistadores llegaron con un profundo sentido de misión, con la convicción de haber sido enviados por Dios. La cruz llegó acompañada por la espada, los soldados llegaron seguidos por los frailes misioneros. Y para “convertir” a los aborígenes al cristianismo se esforzaron por bautizar a miles y miles de ellos. Bautizaron pero no hicieron discípulos. Y así nacieron nuestros países: con masas bautizadas pero no evangelizadas. La pregunta es si hoy los evangélicos no corremos el riesgo de hacer lo mismo, impulsados por el afán de incrementar el número de miembros de nuestras iglesias pero sin el debido énfasis en la misión de hacer discípulos.

Sigue en pie la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos de Jesucristo? La forma verbal “bautizándolos” es apenas parte de la respuesta, y es inseparable de lo que sigue: “enseñándoles a obedecer todo lo que les he enseñado a ustedes”.

http://www.kairos.org.ar/

¿Tiene precio la gracia?

Publicado: septiembre 23, 2013 en Teología

Jacqueline Alencar

¿Tiene precio la gracia?

 Afirmamos, como lo hace Dietrich Bonhoeffer en su libro El precio de la gracia, que la gracia no es barata porque a Dios le costó cara

  Preguntamos a: Isabel Pavón, Leonardo Chirico, Lidia Martín, Pablo Martínez, Emmanuel Buch, José de Segovia, Daniel Jándula, Luis Rivera-Pagán, Jaime Fernández, José A. Sánchez, Stuart Park, Antonio Iglesias, David Manso, Pedro Tarquis, Miriam Borham, Esteban Muñoz, Emilio Monjo y Óscar Margenet.

¿Tiene precio la gracia?

Como dice el apóstol Pablo en Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras…”. Es decir, que no tenemos que hacer nada, para no ufanarnos. Nada para recibir la llamada de Jesús, para recibir perdón y recibir vida. No obstante, de antemano Él ya había dispuesto que practicáramos buenas obras. Porque no podemos negar que la gracia debe ir unida a la acción.

Somos salvos por la obra de Dios en su Hijo; es decir, su gracia para con nosotros tuvo un alto precio: la vida de su Hijo. En este sentido, afirmamos, como lo hace Dietrich Bonhoeffer en su libro  El precio de la gracia,  que la gracia no es barata porque a Dios le costó cara. Y estando en el Hijo Dios produce en nosotros buenas obras. Que quede claro que es Él, para que no haya malentendidos.

Parafraseo a D.B. La gracia cara es el seguidor tomando su cruz y siguiendo a Cristo. Es como Abraham cuando fue llamado y dejó su parentela, sus amigos, su ciudad, sus comodidades y costumbres. Luego se le pide que sacrifique a su hijo. Dios entre él y su hijo, el hijo de la promesa. Sin embargo obedece. Como él, la gracia no nos cuesta nada, solo debemos obedecer. No debemos hacer nada. Solo tomar una decisión después de alcanzar la libertad y perderlo todo, para recuperarlo a través de nuestra comunión con Cristo. Es experimentar el Sermón del monte. Es dejarlo todo como aquellos a quienes les dijo: “Sígueme” y dejaron peces y redes; dejando su propia ley; aceptando no enterrar a sus muertos ni despedirse de lo más querido.

Es cara porque nos exige imitar la encarnación de Cristo para hacernos visibles en el mundo. Que vean que somos luz que ilumina las tinieblas; que ponemos sal en lo insípido. Que la Palabra, el Verbo, se hace visible en nosotros, el Cuerpo, un cuerpo vivo, dinámico. Es no malbaratear el perdón de Dios, porque ha costado un alto precio. Porque a pesar de su abundante gracia no debemos seguir pecando para que ésta sobreabunde. El precio es el seguimiento.

A veces se insiste en que la gracia es un regalo, ¡y lo es!, la representamos como tal, una caja con un lindo papel y un lacito. Y es que resulta que lo que nos regalan a los seres humanos y no se le pone un buen precio puede, a veces, despreciarse e incluso podemos darnos el lujo de darle el regalo a otro; o venderlo a un ínfimo precio, es decir, rebajarlo. No tenemos en cuenta que alguien se sacrificó para darnos ese regalo.

¿Corremos el riesgo de pensar así? Para responder a esta inquietud, hemos preguntado a algunos hombres y mujeres de nuestro ámbito evangélico lo siguiente:

¿Qué tipo de gracia se predica hoy en las iglesias y medios evangélicos? ¿Tiene precio la gracia?

 ISABEL PAVÓN. Es escritora y forma parte de la Junta de la Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos (ADECE), donde también ejerce como secretaria. Ha publicado más de setecientos artículos en papel o en Internet ya sea en su columna de Protestante Digital titulada “Tus ojos abiertos”, o en la revista digital  Mujer de Hoy , entre otros medios. Además, es miembro organizador de la página www.sentircristiano.comy de la Asociación Malagueña de Escritores “Amigos de Málaga” (AME).

Conozco iglesias donde se vive una gracia que no requiere compromisos y predicadores que no transmiten su sentido auténtico sino lo que ellos deciden qué es la gracia porque así les interesa, de modo que la vida de antes y la nueva vienen a ser parecidas, con el aliciente añadido de que se van a cumplir todas las peticiones que se hagan al Señor.

En el mensaje del evangelio vemos con claridad lo que a Padre e Hijo les supuso abrirnos las puertas del reino. Sin embargo, nos predican una gracia de garrafón, a granel, donde cada cual va con su vasija y se empeña en llenarla (o se la llenan) de lo que más desea. Se enseña que esta actitud es legítima y que a Dios hay que pedir y Él nos dará lo que queremos con demasía. Se habla poco de dar gracias al Señor en todo y por todo, sea lo que sea. Las decepciones son grandes cuando los que han sido engañados y manipulados con estas enseñanzas se dan cuenta de que el evangelio no funciona como le habían dicho y rechazan al Señor por no darles lo que, según ellos, les pertenece.

Para volver al verdadero sentido de la gracia habría que retornar al ser humano pecador. Concienciarnos de nuestro estado y reconocer que simplemente con repetir la frase típica de «acepto al Señor Jesús en mi corazón» y a partir de ahí hago lo que quiero porque «abogado tengo ante el Padre», es una descomunal falacia. El arrepentimiento nos lleva a morir con Cristo y a caminar con un nuevo compromiso de vida.

¿Tiene precio la gracia?La gracia tiene un alto precio de amor que desconocemos por nuestra torpeza, nos perdona los pecados y aunque la recibimos regalada requiere seguir a Jesús.

 LEONARDO DE CHIRICO es teólogo y Vicepresidente de la Alianza Evangélica Italiana.Actualmente está liderando un proyecto de implantación y desarrollo de nuevas iglesias en Roma. Conoce de primera mano lo que es y representa el catolicismo-romano. Obtuvo lalicenciatura en Historia(en la Universidad de Bolonia), en Teología (ETCW, Bridgend, Gales) y enBioética (Universidad de Padua). Sutesis doctoral de investigación teológica (PhD)la realizó en el King’s College (Londres) y fue publicado como Perspectiva teológica evangélica tras el Vaticano II en el catolicismo romano . Es Director Adjunto del Instituto di Formazione Evangelica e Documentazione  (Padua),editor de la revista teológica Di Teologia Studi , ydirector del Centro para la Ética y la Bioética (CSEB).

A finales de los años treinta, Bonhoeffer habló del peligro de predicar una «gracia barata» como un riesgo para las iglesias evangélicas. Es decir, una gracia intercambiada por un buenismo y un sentimentalismo que no tienen nada que ver con el amor radical de Dios revelado en la cruz de Jesucristo. Una pseudo-gracia que no cuesta nada a quien la da y que no cambia nada en el receptor. Yo creo que la predicación del Evangelio realmente corre el riesgo de propagar un mensaje de este tipo, confuso, cuando se libera de la historia bíblica de la salvación centrada en la muerte y resurrección de Jesús. La gracia siempre debe contemplar el mensaje de la total depravación del corazón humano y el costo incalculable del regalo de la vida del Hijo de Dios en nuestro lugar, además de subrayar la transformación que implica la recepción de la gracia en los que creen.

Otro peligro para la predicación del Evangelio es que aún es demasiado dependiente de una visión católica de la gracia. Esa es la idea de la gracia como el primer movimiento de la salvación para añadir un poco de esfuerzo, un trabajo, una buena voluntad para que se logre por completo. Gracia importante, pero no suficiente. Una gracia fundamental, pero no concluyente. Frente a esta idea de la gracia en la necesidad de la contribución humana, debemos redescubrir la belleza del mensaje bíblico de la «sola gratia» de la Reforma Protestante. La gracia de Dios no es el comienzo de la vida cristiana, sino que es el principio y el fin, el centro y el marco, la base y el motor.
Una gracia a un alto precio (pagado por Jesucristo) y la gracia de Dios es la única versión de la gracia que hemos sido llamados a predicar. El resto son imitaciones.

 LIDIA MARTÍN. Es licenciada en Psicología y Máster en Psicología Clínica y de la Salud por la Universidad Complutense de Madrid. Desarrolla su profesión en la atención psicológica desde la clínica privada, combinando esta labor con otras facetas como la de escritora y docente. Además, colabora con entidades como la Fundación de Ayuda contra la drogadicción (FAD) o la Agencia Antidroga de la Comunidad de Madrid, entre otras. Es coautora del libro “Primeros Auxilios Psicológicos incluido dentro de la reconocida colección de Psicología clínica de la Editorial Síntesis, en su sección de guías técnicas.

Gracias a Dios, no tengo nada que objetar a la gracia sobre la cual he oído predicar en las iglesias de las que he formado parte. El mensaje siempre ha sido alto y claro: Dios obrando de forma generosa y abundante en beneficio del pecador arrepentido que nada merece y que, sin embargo, puede alcanzar aquello para lo que fue creado inicialmente por la sola fe. Incluso, pensando en los no creyentes, esa gracia se hace extensiva, porque Dios no nos trata, ni a creyentes ni a inconversos, como nos merecemos, sino en base a su gran misericordia y al retardo de su ira, dando espacio a su salvación para alcanzar a muchos. En la gracia bíblica, Dios y sólo Dios es el verdadero protagonista.
Sin embargo, lo que dice la consulta y muchos de los que acuden a ella es algo distinto. Culpa, vergüenza, frustración, incapacidad para una vida cristiana gozosa, mala comprensión de las bases del Evangelio y la subsiguiente esclavitud que se deriva de ella son sólo algunos de los resultados de una gracia mal entendida o mal proclamada desde muchos púlpitos y, más aún, desde la propia vida de la iglesia (no siempre son los líderes los que transmiten esa distorsión). Particularmente en los ambientes más legalistas y proclives a cierta manipulación espiritual, la gracia da mucho miedo. Y por ello, aunque se hace una tentativa bienintencionada en muchos foros por no faltar a la obediencia y a la rectitud, a las buenas obras y al servicio, a menudo se desvirtúa el mensaje y se traslada la idea de que “Gracia sí, pero sola no, no sea que la gente descarrile”.
La gracia de Dios costó precio de sangre inocente. Sólo Cristo pudo decir “Consumado es” y Dios no comparte Su gloria con nadie. Un mensaje de gracia que queda, no adornado por las obras que se derivan de haberla recibido, sino que está sujeto a ellas, haciéndola incompleta o ineficaz, no es un mensaje que dé la gloria completa al Señor. Y la diferencia es a veces muy sutil. Habremos de saber revisar nuestra visión de la gracia y ser lo suficientemente valientes y libres por ella como para ser capaces de cambiarla y manifestarlo, si fuera necesario.

 PABLO MARTÍNEZ VILA. Es médico-psiquiatra, escritor y miembro del Equipo de Acreditación de la Alianza Evangélica Europea. Ha sido Presidente de la Alianza Evangélica Española (AEE).

La gracia es la contribución más distintiva del mensaje cristiano y, por tanto, la aportación más singular que la iglesia puede hacer a nuestra sociedad tan necesitada de este “amor en acción”. En palabras de Gordon Mc Donald: “El mundo puede hacer casi todo tan bien o mejor que la Iglesia. Sólo hay una cosa que no puede hacer: no puede ofrecer gracia”. Y ello es así porque la gracia es inseparable de la persona de Cristo. Él pagó el más alto precio por darnos esta gracia: su propia vida. Precisamente por esta razón nunca podemos devaluar, rebajar, el inmenso precio de la gracia divina; no deberíamos predicar ni practicar una«gracia barata», en conocida expresión del pastor y teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer. La gracia barata declara “bueno” lo que está mal; pasa por alto el pecado y -en nombre de una mal entendida tolerancia- acepta toda conducta, incluso las que están abiertamente en contra de la voluntad de Dios. La gracia barata se aferra a las palabras de Jesús a la mujer adúltera:« ni yo te condeno »; pero olvida la segunda parte:« vete, y no peques más » (Jn. 8:11).En esta línea, si que observo una tendencia a devaluar la gracia en algunos círculos evangélicos. Ciertamente la salvación es gratuita, pero ello no nos permite predicar un discipulado de “rebajas”.

Esta forma de pensar se origina en la confusión ética y la crisis de valores sin precedentes que nos “asedia” (en expresión del autor de Hebreos). Vivimos en una época en la que se cumple como un calco la descripción del tiempo de los jueces cuando “ cada uno hacía lo que bien le parecía” y esto es “gracia barata” . Tal como expresé en el artículo “La Verdad ha muerto, viva mi verdad” (Declaración de Ciudad del Cabo), “la corriente de subjetivismo y crisis de la verdadestá afectando a la Iglesia de forma perceptible. La erosión de la autoridad de la Palabra de Dios como norma suprema de vida y de conducta es una de sus consecuencias más preocupantes. Para muchos creyentes la Biblia ha dejadode ser normativa para ser sólo orientativa”.
Posiblemente ahí está la raíz de la crisis de secularismo y superficialidad que predomina en muchas iglesias.La iglesia es mundana porque la Biblia es un libro orientativo, pero no normativo y, en consecuencia, la gracia de Cristo es una gracia barata que lo acepta todo y mira hacia otro lado ante aquellas conductas que antes se llamaban pecado yque ahora quedan excusadas por este manto de subjetivismo que envuelve toda la ética.
A fin de no caer en la “gracia barata” deberíamos revisar el concepto bíblico de tolerancia. La tolerancia es, sin duda, un valor cristiano, pero entendida como convivencia.La tolerancia es convivencia, pero nunca puede llevar a la connivencia(que contiene un elemento de complicidad o identificación).

 EMMANUEL BUCH. Es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Diplomado en Magisterio por la Universidad de Valencia y Graduado en Teología por el Seminario Bautista Español. Desde 2003 es pastor de la Iglesia Evangélica “Cristo Vive” de Madrid, y en marzo de este año asumió la responsabilidad como Presidente del Consejo Evangélico de Madrid (CEM).

Soy absolutamente incapaz de hacer un diagnóstico general de las iglesias evangélicas en España; no conozco, ni de lejos, toda nuestra realidad, que es muy plural. Sí es evidente que la enseñanza a propósito de la gracia es también plural y eso no deja de ser inquietante. La pluralidad en las formas, énfasis, o modos eclesiológicos no puede ser justificación también para una «pluralidad» teológica que a veces se parece demasiado a ese postmoderno «hágalo a su medida».
La famosa expresión de Bonhoeffer sobre «el precio de la gracia» debe ser entendida en su contexto para que no se malinterprete. La gracia es gratuita por definición. Es vital mantener claro este punto de partida para evitar confusiones. La intención de Bonhoeffer era desenmascarar una manipulación de dicho concepto, de modo que sirviera como justificación hipócrita para los cristianos que se negaban a vivir los compromisos prácticos de su fe. En ese sentido, la gracia lo exige todo porque Jesucristo exige la vida entera de sus discípulos; no sólo su área religiosa sino todas las facetas de sus vidas.
Esa concepción de «todo o nada» es la que se refleja en la exhortación del apóstol Pablo: «que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo …» (Rom.12,1) y la que claramente expresa el Señor Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará» (Lc.9, 23-24).

 JOSÉ DE SEGOVIA. Es Presidente de la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española.Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense y estudió teología en la Universidad de Kampen (Holanda) y laEscuela de Estudios Bíblicos de Welwyn (Inglaterra).Escribe una columna semanal los martes paraProtestante Digital y ha escrito varios libros, entre ellos,  Ocultismo  (Andamio, 2004), Historias extrañas sobre Jesús  y El príncipe Caspian y la fe de C. S. Lewis  (Andamio, 2008 ),Huellas del cristianismo en el cine  (Consejo Evangélico de Madrid, 2010) y El asombro del perdón  (Andamio, 2010).

Dice Robert Farrar Capon que no se puede llevar la gracia demasiado lejos, a no ser que digas que el pecado no importa. Creo que es así como se convierte en la gracia barata de la que hablaba Bonhoeffer. Es cuando llamamos a lo malo, bueno, y empezamos a justificar lo injustificable, que se confunden las cosas.

Este verano he tenido oportunidad de volver a estudiar el tema del perfeccionismo, a raíz de una serie de exposiciones que estoy haciendo en la iglesia sobre Primera de Juan. Me llama la atención que la idea de que el cristiano está libre de pecado, siempre nace de una redefinición del pecado.

El legalismo convierte el problema del mal en un mero código de conducta externa, que podamos cumplir sin dificultades, cuando Jesús dice en el Sermón del Monte que basta una mirada y una palabra, para ser culpable ante la ley de Dios.

Del mismo modo, el perfeccionismo insiste en que podemos ser libres del pecado consciente (fallando sólo inconscientemente, ya que nadie es perfecto), cuando la razón de la gran separación final que hace Jesús es una serie de pecados de omisión, porque no dimos de comer, ni de vestir al necesitado, no visitamos al que estaba preso, o sea lo que dejamos de hacer, no lo que hicimos…

Textos como Romanos 7 nos muestran que vivimos por la sólo gracia de Dios. Quien cree que está libre de pecado, como dice Juan, se engaña a sí mismo, llamando a Dios mentiroso. ¿Qué sería de nosotros sin su misericordia?

 DANIEL JÁNDULA. Estudió artes escénicas en Málaga y se graduó en unos cursos de Introducción a la Teología en la Facultad Protestante de Teología de la Unión Evangélica Bautista de España en Alcobendas (Madrid). En la actualidad es traductor y corrector para la empresa Producción Editorial. Colabora como periodista cultural con importantes publicaciones. Dirige la revista online  Suburbios , que explora el mundo de la cultura desde la perspectiva de la fe, y el programa de radio  Raíces . Tiene un  Blog personal  y ha publicado, entre otros, los libros:  El Reo . Noufront, 2009;  Pistolas al amanecer . Noufront, 2009 (En colaboración con el periodista y escritor Jordi Torrents) y  Huellas del cristianismo en el arte: El cine . CEM / Noufront, 2010 (En colaboración con el teólogo José de Segovia y el guionista Curro Royo).

Parece que se trata de este asunto en los púlpitos, ya que existe la costumbre de centrarnos en el momento de la “conversión personal”, como una especie de fin que hay que alcanzar en los no creyentes, sea como sea. Pero eso no constituye exactamente una predicación sobre la gracia.
En primer lugar, entender la gracia supone dejar de lado lo que podemos hacer por nuestros medios. La gracia excluye las obras (Romanos 11:6)… por lo tanto, por mucho que el coste de la misma sea elevado (que lo es), no es algo que podamos comprar, ni tampoco es un bien material con el que poder negociar. Tampoco es una doctrina o un principio ético en sí mismo, ni una cosa que se admita con completa naturalidad.
Pienso que la gracia es un atributo único de Dios, que solo puede darla él, de la misma manera que él es el único que puede rellenar ese espacio que hay entre los átomos. ¿Cómo va a ser atractivo hablar de lo que se recibe en herencia, sin que cuente para nada nuestro mérito? Es más sencillo acudir a la culpa, se habla con más tranquilidad de la expiación o del sacrificio… pero cuando la gracia hace su aparición, todo cambia para siempre. Sale al exterior nuestro verdadero yo… y eso es incómodo.

 LUIS N. RIVERA PAGÁN. (San Juan de Puerto Rico, 1942). Es Doctor por la Universidad de Yale y profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton. Además, es autor de varios libros, entre ellos,  Evangelización y violencia: La conquista de América  (1992),  Entre el oro y la fe: El dilema de América  (1995),  Mito, exilio y demonios: literatura y teología en América Latina  (1996),  Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas  (1999),  Teología y cultura en América Latina  (2009) y  Ensayos teológicos desde el Caribe  (2013).

En 1937 la iglesia cristiana alemana enfrentaba un desafío grave y atroz, uno de esos que marcan decisivamente una época. Hitler y el nazismo preparaban la nación alemana para una guerra cruel e implacable; se fortalecía un régimen totalitario que castigaba con vigor toda palabra de crítica y resistencia; se excluía y reprimía a grupos humanos a los que se acusaba de corromper y contaminar la nación.

Además se presionaba a las iglesias para que acompañasen al régimen en ese sendero de violencia y deshumanización. Muchos ministros, sacerdotes y teólogos ajustaron sus homilías, catecismos y enseñanzas en armonía a las desoladoras y sombrías demandas del Führer y el estado. Configuraron un cristianismo alemán, agresivo y arrogante.

En ese contexto, un joven teólogo, Dietrich Bonhoeffer, escribió un libro -“El costo del discipulado”- sobre la relación entre la gracia y el discipulado, tema central tanto en los evangelios como en las epístolas paulinas. El gran riesgo, afirmó audazmente, es abaratar la gracia; desligarla de toda disposición al sacrificio, de todo compromiso ético. Para Bonhoeffer no se trataba de una postura exclusivamente teórica; apuntaba a una firme determinación de restaurar la memoria extraviada del mensaje bíblico sobre el vínculo íntimo entre la gracia divina y la praxis del discipulado de la cruz, con todas sus posibles consecuencias, que en su caso significó encarcelamiento y ejecución por el acorralado y desesperado régimen nazi.

Todo parece indicar que la predicación actual de muchas iglesias se aleja mucho de la conjunción entre gracia y discipulado articulada por Bonhoeffer. Se refugian estas iglesias en unas proclamas con desagradable flagrancia de exclusión y discrimen. Como bien ha escrito Fernando Picó, insigne historiador jesuita puertorriqueño: “Es una de las paradojas en la historia de Occidente que su tradición religiosa ha estado marcada por el afán de marginar, suprimir, invisibilizar y hacer callar al otro. Nada parecería más ajeno al Sermón de la Montaña de Jesús, y nada, sin embargo, más recurrente en el trasiego de los siglos llamados cristianos” (“Vocaciones caribeñas”, San Juan, 2013, p. 76). Son formas y maneras de abaratar la gracia.

 JAIME FERNÁNDEZ GARRIDO. Es Doctor en Pedagogía por la Universidad Complutense de Madrid.Diplomado en Teología, Compositor musical y profesor de piano, Miembro de la Sociedad de Autores de España desde el año 1980, así como Director del programa evangélico en Radio y Televisiónde Galicia «Nacer de novo» que se emite semanalmente en 10 emisoras locales de Galicia, así como en Europa y Sudamérica. Ha sido Capellán evangélico en cuatro diferentes Olimpiadas (Seul 88, Barcelona 92, Atlanta 96 y Sydney 2000). Es autor de varios libros, entre ellos,  “Compasión”  (Editorial Vida) 2007; «30 pasos hacia la amistad»,  Editorial Lid2010;  «Corazón indestructible»,  Editorial Vida 2010;  «Cambia de ritmo», 4ª edición, Noufront, 2011;  “Mejora tu ritmo”,  Editorial Noufront 2012.

Desgraciadamente no solamente se habla muy poco de la gracia, sino que se vive en ella menos todavía. Cuando nos «alejamos» de la gracia de Dios, caemos en la religiosidad y los ritos, porque nos encanta ser «buenos» y mucho más parecerlo.
La gracia es un regalo de Dios y como tal no se puede pagar ni merecer, ni tampoco agradecer lo suficiente,ni aunque tuviésemos un millón de vidas y las dedicásemos a Él.La gracia le «costó» a Dios entregar a su propio Hijo, el Señor Jesús se dio a sí mismo, y el Espíritu fue derramado en nuestro corazón para inundar de gracia toda nuestra vida.El Dador de la gracia es Infinito, y por lo tanto el costo es infinito… pero el derroche de amor también es infinito.
Creo que vivimos pensando demasiado en nosotros mismos y muy poco en el que nos bendijo con TODA bendición espiritual. Esa es la razón por la que no vivimos absolutamente entusiasmados y enamorados de Dios, y tarde o temprano defendemos más los ritos, la religión y las ideas que la propia relación con el Señor: Cuando sucede así, no sólo perdemos de vista la belleza de la gracia de Dios, sino que también dejamos de disfrutar de ella: comenzamos a parecernos mucho más a hijos mayores que no quieren disfrutar de ninguna fiesta con su Padre Celestial… (¿Recuerdas Lucas 15?).
Esa es la razón por la que la Biblia nos recuerda una y otra vez que «nuestra fortaleza espiritual viene de la gracia de Dios, y no de las normas» (Hebreos 13:9).
Sólo cuando nos damos cuenta de que no merecemos absolutamente nada, podemos disfrutar de todo.

 JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ. Es diácono de la Iglesia Evangélica de Pº de la Estación en Salamanca. Conjuntamente con su esposa, Dori Alonso, son los responsables del grupo de jóvenes de la citada iglesia, así como de una actividad evangelística que cada quince días se lleva a cabo en Villaseco de los Gamitos (provincia de Salamanca).
Me parece una pregunta muy importante y necesaria, de una consideración concienzuda y valiente. Me consta o así lo quiero pensar, que en el contexto de las iglesias y medios evangélicos existe un concepto ortodoxo fiel y afín con la Palabra de Dios de lo que es la gracia desde la perspectiva bíblica. Desgraciadamente y sin pretender sentar cátedra, desde mi propia percepción me parece advertir una cierta y cada vez más creciente relajación que, consecuentemente, va derivando en una perversión de lo que es realmente la gracia.
La gracia es un regalo. El regalo de más valor que pueda existir. Pero los regalos cuestan, cuestan al que lo entrega, no al que lo recibe. El regalo, el don de Dios en Jesucristo tuvo un coste extremo, inmenso, exorbitante, infinito. Este don nos es ofrecido, sin coste para nosotros, pero no por ello pierde ni un ápice del coste pagado por Dios en Cristo. El problema viene cuando presentamos este don de Dios como baratija de mercadillo, ofertándolo como saldo, buscando una respuesta fácil en búsqueda de un cómputo de decisiones a veces generadas artificialmente, sin otorgarle su inmenso valor y minimizando la necesidad imperiosa de un arrepentimiento genuino. La gracia despierta el arrepentimiento.

 STUART PARK.(De Preston-Inglaterra). Es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Cambridge; más tarde se doctoró en Literatura Española por la Temple University de Philadelphia (EE.UU.). También ha publicado comentarios sobre libros del Antiguo Testamento como Job, Rut, Jonás y Ester, entre otros. Ha realizado estudios monográficos sobre temas como la Resurrección de Jesús, la Hermenéutica Bíblica y el lugar de la Biblia en la literatura secular. Actualmente dirige Alétheia, revista teológica de la Alianza Evangélica Española. Sus últimos libros publicados son:  Cartas a mis nietos  y  El cordón de grana , publicados por Ediciones Camino Viejo.

No sabría dar contestación a la primera parte de la pregunta. Solo sé que la gracia constituye el corazón del evangelio, y que es la base firme de nuestra fe. Escribió S. Juan: «Porque de su plenitud tomamos todos, y  gracia sobre gracia . Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero  la gracia y la verdad  vinieron por Jesucristo» (Jn. 1:16-17). Añadió Pablo: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo;por quien también tenemos entrada por la fe a  esta gracia en la cual estamos firmes , y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Romanos 5:1-2).
Lo más fácil del mundo es caer un el legalismo o la moralización en la iglesia, subvertir el evangelio de la gracia con leyes y lastrar la vida de fe con exigencias que ni hace santos a los que las practican, ni atraen a los de fuera hacia Cristo (ver Col. 2:16-23). Dios siempre da una salida a las necesidades del hombre, y nuestra predicación debe ofrecer esperanza y salvación, y no llevar a la desesperación o la condena.
En cuanto a la segunda pregunta, la gracia no es ni cara ni barata. No tiene precio. Su valor reside en el infinito sacrificio de Cristo, el cual «mediante el Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios» (He. 9:14). No podemos pagar por esta gracia, solo rendir nuestras vidas para servirle al Señor con gratitud.

 ANTONIO IGLESIAS. Es miembro de la Junta de emsimision y anciano de la iglesia de AA.HH. de la calle Sant Jeroni, 37 de Santa Coloma de Gramenet.

Cuando leemos en la palabra de Dios la Pasión de Cristo, el altísimo precio que se pagó por todos los que profesamos fe en Él, surge una pregunta: ¿Cómo vivo y predico la gracia hoy? La primera parte de la pregunta se responde no por lo que la iglesia pueda pensar y decir al respecto, sino por cómo vive la misma. Un hermano muy conocido dijo:  «Nos hemos acostumbrado a Dios» , y realmente en una gran mayoría, así es. Pero lo peor no es eso, sino que tal vez hoy creamos más en un Dios formado en nuestra propia mente conforme a nuestra forma de vivir y de entender la Palabra que no al Dios Santo que se ha revelado en ella. Ante esto debería haber una profunda reflexión acerca de qué tipo de gracia se predica hoy y qué precio tiene la misma. C.H.Spurgeon dijo hace 150 años:  «La iglesia no cambia al mundo porque el mundo ha cambiado a la iglesia» . ¡Qué triste realidad! En la gracia que hoy se predica tiene cabida toda forma de vivir, se aceptan filosofías, costumbres culturales, todo tipo de espectáculos, modas, etc., etc. Esa es una falsa gracia, ya que la muerte de Cristo en la cruz fue precisamente para que todo aquel que haya nacido de nuevo (por medio de la gracia), entienda que las  «cosas viejas pasaron» . ¿De quién será la responsabilidad de todos aquellos que hayan creído en esa  «falsa gracia predicada únicamente para aumentar número»? , sin duda que de todos nosotros, los que la usan y los que callamos.
El apóstol Pablo dijo:  «Examinaos si estáis en la fe, probaos a vosotros mismos…» ,  «la fe»  es un absoluto, no en  «una fe»  que sería desestimar la auténtica gracia del evangelio. Gracia que costó la vida del Hijo de Dios, Jesucristo.

 DAVID MANSO. Es profesor en un instituto de Torremolinos (provincia de Málaga) y junto con su esposa Noemi colaboran en diversos ministerios en una iglesia de la misma ciudad.

La gracia (regalo inmerecido que Dios da a los hombres) no se recibe por una simple aceptación verbal, ni por recitar una oración, sino que es aquella que penetra en el corazón y transforma la forma de vida de todo aquel que cree en Dios y a Dios.
Es una pregunta un poco amplia. Habría que visitar periódicamente varias
iglesias/medios para ser objetivo. En mi caso sólo puedo decir lo que se predica en nuestra congregación: La Pura gracia.

¿Tiene un precio? Pienso que no. Pero sí tiene un coste, muy alto por cierto. Hay quienes pasan meses armando barcos dentro de botellas para luego regalarlos. Tienen un coste (creo que en Latinoamérica se usa más «costo») muy alto, pero si luego lo regalan no tiene precio. Entiendo que con la gracia pasa algo semejante. Costó mucho poder ofrecerla gratuitamente, por lo que tiene un valor altísimo (la sangre del Hijo de Dios, ni más ni menos), pero por la misericordia de Dios se ofrece gratuitamente.

 PEDRO TARQUIS. Es médico, escritor, responsable de Imagen y Comunicación de la Alianza Evangélica Española y del Consejo Evangélico de Madrid. Forma parte del Grupo de Participación de la Vida Pública de la AEE y es director de Protestante Digital.

Creo que en general se está cayendo en la predicación y en la vida cristiana en la religiosidad, con dos aspectos opuestos: la moral como base de la fe (con lo que se cae en una religión formal y de “ritos”) y la «bendición de la prosperidad sobrenatural» como fruto de la fe (con lo que se cae o bien en la milagrería –nada que ver con los verdaderos milagros de Dios- y en un materialismo religioso o una religión de intereses, marketing y extorsión).

La Gracia es como la buena sanidad pública, gratuita pero que tiene un muy alto precio. Nos llega como un regalo de algo que es muy costoso. Sólo cuando hemos estado a punto de morir por falta de recursos sabemos lo que significa que nos regalen la curación. Si sabemos apreciar ambas cosas –gratuidad y alto precio- valoramos y recibimos la Gracia en su justa medida.

MIRIAM BORHAM es Doctora en Literatura Inglesa por la Universidad de Salamanca, donde actualmente trabaja como profesora de inglés. Ha colaborado como traductora en Protestante Digital y es la organizadora del encuentro anual centrado en el significado de la alabanza, “+ q músicos”, el cual ha alcanzado ya su octava edición.

Creo que, en general, desde las iglesias y los medios evangélicos se predica la gracia bíblica: la dádiva de perdón que Dios nos ofrece de manera incondicional. Sin embargo, a veces sí tengo la impresión de que, en una sociedad cada vez más  light  en sus mensajes, no se pone suficiente énfasis en la causa de que necesitemos dicha gracia. Es decir, no se incide en que Dios nos amó tanto,  a pesar de nuestras faltas , que dio a su Hijo por cada uno de nosotros. Y esta ocasional adaptación del mensaje de la gracia para una sociedad que ha olvidado el pecado puede llegar a darse en cómo se predica el mensaje de salvación tanto a aquellos fuera de la iglesia, como a aquellos dentro de ella. Por una parte, tememos que hablar de pecado “ahuyente” a la gente. Pero, si no hay conciencia de pecado o perdición, ¿cómo (re)conocer la inmensidad del amor de Dios en darnos tan inmerecido don? ¿Cómo rendirse ante Él? Por otra parte, si asumo, como creyente, que estoy haciendo todo bien a los ojos de Dios –y mi congregación, y el mundo en general− y me enorgullezco demasiado en lo que  hago , ¿cómo recordar cada día la gracia inconmensurable que llevó a Jesús a la cruz? ¿Cómo humillarnos ante un acto de amor que escapa a toda comprensión? ¿Cómo transmitir el maravilloso mensaje de gracia a otros? Hace poco leí el famoso libro de Henri J.M. Nouwen sobre la parábola del hijo pródigo y me fascinó la manera en la que describía lo perdido que en realidad estaba el hijo mayor: se muestra reticente ante la invitación del padre porque no tenía conciencia de lo mucho que necesitaba esa dádiva de amor y perdón. Pensaba que se lo había ganado. Y por ello era mucho más difícil que la gracia pudiera tocarlo. Tampoco entendía la paradoja de que la gracia es a la vez impagable y sin coste alguno. Nouwen se equiparaba al hijo mayor. A veces yo también puedo reconocerme en él. No deberíamos olvidar que la iglesia está llena de hijos pródigos que han sido llamados a casa, a pesar de no merecerlo. Sólo así predicaremos siempre el auténtico mensaje de la gracia y podremos recibir con los brazos abiertos a otros hijos igualmente perdidos y encontrados.

 ESTEBAN MUÑOZ DE MORALES. Es vicepresidente de FADE (Federación de las Asambleas de Dios de España) y miembro del Comité Lausana España.

Desde luego hay muchas iglesias con líneas y énfasis doctrinales diferentes dentro del contexto evangélico español, pero yo encuentro una tendencia muy generalizada, más de lo que me gustaría reconocer, a escuchar predicaciones que enfatizan la victoria del cristiano, sus logros, sus capacidades y sus sueños, centralizando el mensaje en el ser humano y no en Dios.
Considero que este tipo de predicación fomenta el individualismo, la codicia, el egoísmo y la sensualidad. Además, posiblemente sin pretenderlo, provoca que la vida espiritual sea el resultado de acciones humanas y de esfuerzos personales, siendo esto la base de una salvación por obras, que es antagónica a la Gracia.
Cada vez es menos frecuente escuchar en los púlpitos términos como pecado, arrepentimiento, justicia, santidad… Sin estos conceptos bien asimilados es imposible entender la Gracia de Dios, y se consigue que las Buenas Nuevas sean tergiversadas, proyectando un mensaje de la Gracia barato, manipulado y caricaturizado.
Ante esto, observo que en algunas iglesias se reacciona yendo al otro extremo, enfocándose más en el pecado y en sus consecuencias que en el motivo por el cual Jesucristo vino a nosotros: “que ninguno se pierda y que todos tengan vida eterna”.
La Gracia de Dios es gratis para el que, por la fe, desarrolla una relación eterna con Dios, pero… ¡desde luego que no es gratis!… ¡alguien ha pagado un precio!, y ese alguien ha sido Jesucristo. La gran tragedia de muchas congregaciones es que dejan de tener un mensaje cristocéntrico y se sumergen en contar “historias”, querer contextualizar con la sociedad por medio de la política o, simplemente, entretener para asegurar la asistencia a los templos.

 EMILIO MONJO (1953). Aunque es nacido en Monesterio (Badajoz) ha residido siempre en Sevilla. Es pastor, doctorado en la universidad de Sevilla, Ética y Filosofía Política, con la tesis “Sola scriptura y el derecho de resistencia en la reforma calvinista”. Además, es Director de las colecciones “Obras de los Reformadores Españoles del siglo XVI” e “Investigación y Memoria”, junto con un grupo de colaboradores que han sido rescatados por la memoria de esos hombres y mujeres fieles del XVI.

Es realmente un problema que tiene varios puntos desde donde mirarlo. Lo primero corresponde a la propia predicación; tomando las palabras de Antonio del Corro, siempre habrá los que “suelen buscar más bien el aplauso del teatro que la edificación de la Iglesia”. El discurso del pecador, el que está delante, con su buen semblante y buena sociedad, muerto en pecados, ajeno de la vida y enemigo de Dios, no es grato a sus oídos, y la predicación se torna una palabra que no resucita, no haría falta si no se considera muerto, sino que se presta a colocar nuevas mortajas.
Hay que explicarlo, pero creo que en muchos ámbitos evangélicos se anuncia (tanto en la predicación, cada vez más acortada, como en actividades) una gracia idéntica a la de la Iglesia romana. Se habla, incluso con abundancia, de ella, pero se deja en mero instrumento para la obra personal. Es como una cualidad o herramienta a todos ofrecida, pero que solo usan con resultado los que hacen buenas decisiones.

La cuestión del precio de la gracia nos coloca en diálogo, casi obligado, con D. Bonhoeffer en su conocido libro. Pienso que es un texto equívoco, incluso relacionándolo con su  Ética . De todos modos, sus reflexiones sí son útiles, pero me parece que no es muy feliz el uso de “gracia” en sus planteamientos. La gracia, si es gracia de Cristo, no es algo que él da, y que puede luego verse como barata o cara. Su gracia es su persona total. No da algo, sino que él se da. Y no se tiene algo recibido, sino al propio Cristo. Otra cosa es que se haya fabricado un cristianismo con mayor o menor sentido de responsabilidad, y que debemos reflexionar para rechazar las obras de la oscuridad y seguir la luz. Pero una gracia con precio, cara o barata, no es gracia.
Cristo, en su cuerpo de carne, nos ha reconciliado, por medio de la muerte, para presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. Las mortajas se venden y tienen precios y rebajas; Cristo es la vida.

 ÓSCAR MARGENET. Nació en Argentina. Está graduado en Construcciones y Arquitectura, ha cursado una Maestría en Diseño Urbano en Manchester (Reino Unido) y es miembro electo del Real Instituto de Arquitectos Británicos (RIBA) desde 1974. Además de ser co-fundador de ARC PEACE, una ONG de profesionales que promueven la Responsabilidad Social desde 1987, es conferencista y escribe sobre temas de sostenibilidad, desarme y conciliación internacional. Desde 2010, con su esposa Alejandra y sus hijos (Joan y Michel) afincaron en el pueblo del que era oriundo su abuelo materno, en Mallorca. Colabora en P+D con el blog ‘agentes de cambio’. Actualmente escribe su primer libro en el que narra las peripecias de los migrantes españoles al Nuevo Mundo y de sus descendientes al Viejo Mundo.

Entendiendo ‘tipo’ como ‘modelo’ o ‘ejemplar que puede imitarse’ la gracia tipificada en la Biblia es la decisión soberana de Dios de perdonar y justificar al pecador que se arrepiente y cree en Jesucristo (Efesios 2:8,9). La ley dada a Moisés vino para demostrar a Israel su total incapacidad de cumplirla. La gracia vino en la persona de Jesucristo como único medio de salvación (Romanos 3:19-26). Mucho de lo que se oye y lee tiene poco que ver con la gracia divina que nos ha sido revelada. Alabemos a Dios por los que predican y escriben testificando del Evangelio Cristocéntrico (Efesios 2:4-10). Porque siempre hubo desviaciones de la ‘sola gratia’; doctrinas antropocéntricas, mayoritariamente, aunque sus autores insistan con que les fueron reveladas por el Espíritu. No hay congregaciones perfectas, todas guardan características de las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3. Las más, de Éfeso: gracia sin amor; de Esmirna: gracia con sufrimiento; de Pérgamo: gracia relegada por falsas doctrinas; de Tiatira: gracia diluida en el secularismo; de Sardis: gracia minimizada por las apariencias; de Laodicea: gracia negada por la prosperidad material; las menos, de Filadelfia: gracia que hace fuerte al débil. Esta última nos enseña que solo el creyente fiel es agente de la gracia. (2ª Corintios 2:14-17).

La Biblia nos revela que la gracia tiene un altísimo precio; que todo el oro del mundo no alcanza para pagarlo (1ª Pedro 1:18-19); y que Dios ya lo pagó. Por nuestra tendencia a aferrarnos a lo efímero y lo terrenal más fácilmente que a las seguras promesas divinas el Señor afirma que difícilmente entrará un rico en el cielo (Mateo 19:23). Él, siendo rico, se hizo pobre para que por su pobreza nosotros fuésemos enriquecidos (2ª Corintios 8:9). Resulta paradojal que siendo lo más hermoso lo que más cuesta, Dios pagase tan alto precio por horribles pecadores; y que aún haya quienes lucren con Su gracia. El amor del Padre es clave en la instrumentación de su gracia: nos amó y salvó cuando aún estábamos muertos en pecado (Romanos 5:8); por el gozo que le fue propuesto su Hijo enfrentó la cruz (Hebreos 12:2). El Padre nos santifica gradualmente por obra del Espíritu (no de la carne) hasta que Cristo regrese, o el Padre nos llame a Su presencia (Filipenses 1:6), cuando no habrá más gracia.

Finaliza la entrevista. Gracias a todos por permitir recopilar vuestro pensamiento acerca de este regalo que es la Gracia, y así poder repensar en que a pesar de su gratuidad a Dios le costó lo más preciado para él: su mismísimo Hijo.

Autores: Jacqueline Alencar

 

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Leonardo de Chirico

Teología de Francisco: Contrarreforma y devoción mariana

 La mayoría de la gente parece admirar el nuevo estilo del Papado, pero pocos se han tomado interés para ocuparse de la visión teológica de Francisco que inspira su papado.

Desde su elección el Papa Francisco ha estado impresionando a la opinión pública con sus actitudes extrovertidas, sus costumbres sencillas y su lenguaje encantador. La reciente Jornada Mundial de la Juventud (WYD por sus siglas en inglés) confirmó todas estas cualidades.
La mayoría de la gente parece admirar el nuevo estilo “franciscano” del Papado, o sea, una combinación de modales frugales, énfasis en la misericordia y una aparente accesibilidad.
Son pocos, no obstante, los que se han tomado el tiempo suficiente para ocuparse de la visión teológica de Francisco que inspira su papado.
EL FONDO TRIDENTINO … El primer paso para embarcarse en esta tarea es la lectura de su primera encíclica Lumen Fidei (5 de Julio de 2013), en la cual Francisco (junto con Benedicto XVI, que es el principal redactor del documento), entre otras cosas, actualiza la teología del Concilio de Trento.
En este documento, sumamente autoritativo, reitera la doctrina de la salvación por la fe mediante los sacramentos y las obras, renovando así el rechazo católico a la afirmación protestante “Sola Fide”, es decir, las buenas noticias de que somos salvados por la gracia sola a través de la fe sola.
La adhesión a Trento y a la Contrarreforma puede parecerle remota, e incluso extraña a Francisco (aunque nunca deberíamos olvidar que pertenece a la orden de los jesuitas), pero la firme evidencia teológica dice lo contrario.
En la doctrina de la salvación fundamental, Trento está todavía vivo y perfecto, quizás en el tono amistoso del papa Bergoglio, pero allí está, intacto como siempre. Mientras que las perspectivas del Papado muestran signos de cambio, el núcleo doctrinal de la Iglesia de Roma se ha confirmado sin avances significativos.
… Y LA VISIÓN DE APARECIDA La WYD proporcionó otro importante punto de referencia que está en el corazón del programa de Francisco y, por consiguiente, debe ser considerado. Desde Trento, en medio de los Alpes Italianos, viajamos a Aparecida (Brasil), “a la otra parte del mundo”, como lo expresó Francisco.
En 2007 los Obispos Latinoamericanos se encontraron en Aparecida para celebrar su Quinta Conferencia General, donde el entonces Cardenal Bergoglio fue uno de los principales inspiradores del documento final. Es un texto de 165 páginas que define acertadamente a Francisco en cuanto a su lenguaje teológico, su énfasis pastoral y su programa misionero. Aparecida muestra con exactitud la visión teológica del Papa. Debido a su importancia la examinaremos con más detenimiento en un “Desde Roma” futuro.
Para Francisco, Aparecida no es únicamente un documento fundamental; es primero y ante todo un santuario mariano que se construyó para guardar una estatua de María que, según la tradición, fue encontrada en 1717 por un grupo de tres pescadores. Desde 2011, se ha convertido en el mayor destino de peregrinación mariana del mundo.
Durante la semana WYD, en su alocución a los obispos brasileños el día 27 de Julio, Francisco dijo que “Aparecida es la clave interpretativa para la misión de la Iglesia”. Hay algo importante que puede encontrarse allí; algo que ayude a comprender lo que la Iglesia tiene que ver en cuanto a su misión.
Al explicar la intención de su comentario, el Papa llegó a decir que “en Aparecida Dios ofreció su propia madre a Brasil” y reveló “su propio ADN”. Si bien el Evangelio trata de Dios dando Su Hijo al mundo, aquí Francisco habla de Dios ofreciendo su madre. ¡Esto no es meramente un asunto de minucias teológicas!
Según el Papa, la lección de Aparecida tiene que ver con la humildad de los pescadores y su afán de comunicar a los demás su descubrimiento. Esta es la “clave interpretativa para la misión de la Iglesia”: humildad y misión.
Nótese que estamos hablando de la recuperación de una estatua de María que ha llegado a ser una atracción mundialmente famosa para millones de personas. El Evangelio se basa en un grupo de humildes pescadores que son llamados por Jesús a seguirle y hablar a los demás sobre El. Francisco aquí habla sobre unas gentes que encontraron a María y se convirtieron en misioneros por ella. De nuevo, ¡esto no es una pequeña diferencia!
MARIANISMO TERRITORIAL En Aparecida está el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, un centro mariano que es muy querido por el Papa Bergoglio.
Antes del WYD, en su discurso del 24 de Julio, Francisco dijo: “¡Qué alegría que siento cuando vengo a la casa de la madre de todos los brasileños, el Santuario de nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma, visité la Basílica de Santa María la Mayor en Roma, para encomendar mi ministerio como Sucesor de Pedro a Nuestra Señora. Hoy he venido aquí para pedir a María nuestra Madre por el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud y para poner a sus pies la vida de los pueblos de Latinoamérica”.
Aquí nos encontramos con algunos puntos en común del marianismo de Francisco:
– La prioridad de su devoción mariana. – Su primer acto como Papa fue un acto mariano. – Su creencia de que la función papal debería encomendarse a María. – Su plegaria a María por el éxito del WYD. – Su dedicación a María de los pueblos de América Latina.
Esta frase resume el centro del marianismo de Francisco. Lo que es todavía más sorprendente, sin embargo, es su comprensión “territorial” de Aparecida. Cuando dice que María es la madre de “todos los brasileños”, está aplicando un alcance “territorial” de su religión, como si cada brasileño, a pesar del pluralismo religioso que marca a Brasil fuera, no obstante, un hijo de María.
Esta actitud refleja como es de difícil para una cultura mayoritariamente católico romana aceptar el hecho de que María puede ser la madre de los brasileños católico romanos, pero no de aquellos que pueden tener un gran respeto para la María bíblica pero sin convertirla en alguien digno de ser venerado.
Cuando el papa Francisco habla extensamente de “misión”, “difusión” y “encuentro con Cristo” -un lenguaje que parece muy evangélico- se debe ser consciente que el fondo de todo esto se halla entre Trento y Aparecida. El se mantiene entre el énfasis de la Contrarreforma en un Evangelio sinérgico y la actitud “misional” que puede encontrarse en su concienzudo marianismo.
 Traducción: Rosa Gubianas

Autores:  Leonardo de Chirico

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Leonardo de Chirico

La regeneración ¿sacramento o sólo gracia?

 Los católico romanos cuando definen la regeneración utilizan las mismas palabras pero las ponen en un mundo diferente, el de la “economía sacramental”, que excluye la Sola gratia.

18 DE AGOSTO DE 2013

  La doctrina de la regeneración pertenece al núcleo de la visión bíblica de la salvación y es un término que es compartido por todas las tradiciones cristianas en sus consideraciones respectivas en cuanto a lo que significa ser salvo.

Ser regenerado por Dios es el acto por el cual Dios mismo vuelve a crear la vida de otra manera en una persona muerta.

La regeneración es, por consiguiente, el punto de entrada de una vida salvada. Reconociendo la evidencia bíblica, Packer lo resume de esta forma: Regeneración “significa renacer (palingenesia): habla de una renovación creativa forjada por el poder de Dios”. [i]

En la superficie la acepción de la palabra es bastante clara y todas las tradiciones cristianas la reconocen. La diferencia entre ellas no está tanto en la palabra en sí misma sino en los “universos” teológicos en los que establecen la palabra con el fin de darle sentido.

Una palabra teológica no es una unidad independiente. Aunque posee su propio peso semántico, también está definida por el contexto en se encuentra, la red de referencias que están asociadas con la misma, quien está implicado en promulgarla y también las prácticas que la preceden, la acompañan y la siguen. En otras palabras, la regeneración como vocablo puede tener un significado que es común para todos, pero la regeneración como doctrina puede señalar diferentes direcciones teológicas dependiendo de la manera en que se interpreta.

A continuación exploraremos como entiende el catolicismo romano la doctrina de la regeneración especialmente tal como está expresado en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1994. [ii]  Esta fuente autoritativa magisterial es una explicación reflexiva y comprensiva de la fe católica y es el mejor sitio para entender lo que la Iglesia católico romana cree sobre la regeneración.

CATECISMO Y REGENERACIÓN
Nuestro objetivo es examinar el vocabulario utilizado por el Catecismo en cuanto a la regeneración se refiere. No parece que haya una definición técnica y específica del término, pero el Catecismo usa la palabra asociándola con otros vocablos y expresiones litúrgicas y bíblicas que contribuyen a su definición. Al hacerlo así indica aproximadamente el significado de la regeneración por el modo de conectarla con palabras similares.

Como un evento dado por la vida, la regeneración se relaciona con un “nuevo nacimiento” o un “re-nacimiento” (p.e. 1213; 1270). Por tanto, el Catecismo traduce la palabra derivada del griego (re-generación) por las palabras relacionadas con el nacimiento.

En otra área metafórica, la regeneración se vincula a la transición de la oscuridad a la luz (p.e. 1250) y a la renovación interior de uno mismo y la purificación de los pecados (p.e. 1262). Por otra parte, la regeneración está además asociada con la entrada en el Reino de Dios (1263). Hay referencias bíblicas en todas partes para apoyar cada uno de los significados.

No obstante, lo que es más sorprendente es la relación que el Catecismo contempla entre la regeneración y el sacramento del bautismo. Más que sus matices bíblicos y su significancia teológica, es esta inherente asociación lo que en última instancia define el entendimiento de los católico romanos de lo que es el núcleo de la regeneración.

REGENERACIÓN SACRAMENTAL
Como es bien sabido, el Catecismo está estructurado según el orden del Credo de los Apóstoles (la profesión de fe), seguido por la presentación de los sacramentos (la celebración del misterio cristiano), la vida cristiana incluyendo los diez mandamientos (vida en Cristo), y la vida de plegaria que está centrada en la oración del Señor.

En este marco general, es interesante notar donde está colocada y tratada la regeneración teológicamente. No se encuentra en la sección sobre la obra de Cristo ni en la sección acerca del ministerio del Espíritu Santo, sino que pasa a primer plano en la segunda parte que se ocupa de los sacramentos de “la” Iglesia.

Entonces, doctrinalmente, la regeneración, aunque orgánicamente relacionada con la obra del Dios Trino, está expresamente unida al ministerio sacramental de la Iglesia. Desde un punto de vista sistemático, el mapa teológico católico romano coloca la regeneración bajo la rúbrica de la liturgia de la Iglesia antes que en el capítulo que habla de la salvación de Dios.

Más concretamente, es el sacramento del bautismo que juega un papel fundamental para producir la regeneración. Es en el contexto del bautismo donde la doctrina católica de la regeneración se explica detalladamente.

El Santo Bautismo católico es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu (vitae spiritualis ianua) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios; llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a “la” Iglesia y hechos partícipes de su misión: “El Bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra” (1213).

La cita final procede del Catecismo Romano de 1566 (II, 2, 5), que se publicó como resultado del Concilio de Trento.

Nótese, sin embargo, que no hay ninguna referencia de las Escrituras para apoyar esta doctrina, sino que más bien parece la combinación de diferentes palabras bíblicas a las que se ha dado una predisposición sacramental.

Esta ausencia de soporte bíblico es reveladora. En efecto, no hay ninguna evidencia bíblica para apoyar tan importante afirmación doctrinal. En el Catecismo, el bautismo es visto como el sacramento que pacta la liberación del pecado y el re-nacimiento como hijos de Dios. Como la regeneración es el resultado del bautismo y el bautismo es administrado por “la” Iglesia, es silogísticamente evidente que la regeneración no ocurre como un acto de la sola gracia de Dios, recibida por la fe sola, sino como un acto mediado por el sacramento de la Iglesia que promulga el resultado deseado.

Ampliando su enseñanza sobre el bautismo como el que efectúa la regeneración, el Catecismo continúa diciendo que “este sacramento es llamado también ‘baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo’, porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu (1215).

Esta vez el lenguaje proviene directamente de Tito 3:5, pero falta indicar que el pasaje bíblico pone el “baño de regeneración” en el contexto de la bondad y la misericordia de Dios, subrayando que no somos salvos a causa de “las obras hechas por nosotros” sino por “Su propia misericordia”. El centro de todo el pasaje es sólo Dios elaborando su amoroso plan de salvación sin ninguna contribución de cualquier obra de ningún tipo por parte del hombre ni de la iglesia. No obstante, en el Catecismo, es el sacramento que “significa y realmente lleva a cabo” la regeneración. Es el acto del bautismo que hace que el nuevo nacimiento acontezca  ex opere operato  (por las obras realizadas).

El énfasis se ha desplazado desde el Dios misericordioso que regenera a causa de Su soberana gracia a la Iglesia bautizante que realiza el sacramento de la regeneración. En otras palabras, ha tenido lugar un cambio importante: desde el acto de la divina salvación lleno de gracia a la participación de la Iglesia en el acto salvador y desde el don gratuito de Dios al sacramento eclesiástico ministrado por el sacerdote.

Según el Catecismo, el momento de la regeneración tiene lugar cuando se administra el bautismo. Es la persona bautizada la que es regenerada y, por tanto, ingresa en la vida sacramental de la Iglesia con cuyos sacramentos él/ella recibirá la plenitud de la salvación. [iii]  Es a través del bautismo que la persona es perdonada de todos sus pecados (1263), hecha una nueva criatura, adoptada como un hijo de Dios, convertida en miembro de Cristo, coheredera con El y templo del Espíritu Santo (1265).

Es en el bautismo que la persona recibe “la gracia santificante, la gracia de la justificación” (1266) [iv]  y es incorporada a la Iglesia (1267-1270). Es el bautismo lo que constituye el vínculo sacramental de la unidad de los cristianos (1271), garantizando, por tanto, el punto de vista católico romano de que la unidad de los cristianos se basa en el bautismo (a pesar de que la mayoría de los bautizados no muestre ningún signo de regeneración).

“ECONOMÍA SACRAMENTAL” Y CONFUSIÓN EVANGÉLICA
Esta visión de la regeneración bautismal es parte del enfoque católico romano de los sacramentos. El Catecismo define este marco teológico como la “economía sacramental” de la fe cristiana (1076). Si se lee lo que dice el Catecismo sobre la regeneración sin captar bien lo que significa la “economía sacramental” se malinterpretará completamente.

Para exponerlo sucintamente, la “economía sacramental” es un punto de vista que obliga a Dios a actuar a través de los sacramentos y, por consiguiente, a través de la Iglesia.[v]  Todo lo que Dios hace, lo hace por medio de los sacramentos. Su gracia nos llega a través de los sacramentos. Su salvación nos alcanza a través de los sacramentos. Su obra nos impacta a través de los sacramentos. El problema no es el reconocimiento de la importancia bíblica de los sacramentos, sino su exclusividad en términos de lo que Dios puede hacer. En el origen de los sacramentos, siempre está la Iglesia que los administra, teniendo, por lo tanto, un papel fundamental en la mediación de las acciones de Dios. La palabra regeneración significa un nuevo nacimiento recibido de Dios, pero el mundo de la “economía sacramental” la convierte en un asunto de la Iglesia porque se cree que Dios se obliga a sí mismo a actuar únicamente a través de los sacramentos de la Iglesia. Su gracia es siempre una gracia mediatizada a través de la Iglesia.

Este punto es crucial incluso más allá del tema específico bajo consideración. Cuando los evangélicos tratan de la teología católico romana, tienden a pasar por alto la “dimensión sacramental” de la Iglesia romana. Analizan las palabras comunes, las preocupaciones comunes y el lenguaje común de una forma atomística y pueden llegar a la conclusión de que las viejas divisiones están superadas porque las expresiones son similares.

Por ejemplo, éste es el caso que hay en el libro  Is the Reformation Over?  (¿Ha terminado la Reforma?) de Mark Noll y Carolyn Nystrom. [vi]  En un valioso capítulo que pone de relieve los contenidos del Catecismo de la Iglesia Católica, los autores argumentan que los “evangélicos pueden abrazar al menos dos tercios del mismo” (119) y que esto se deriva a partir de la “ortodoxia común” basada en los antiguos credos cristológicos y trinitarios. Más adelante, admiten que cuando el Catecismo habla de Cristo, lo entrelaza con la Iglesia hasta el punto de hacerlos uno solo (147; 149), lo cual es inaceptable para los evangélicos que consideran la exaltación de una realidad creada un ejemplo de idolatría.

Así, por una parte, existe una aparente “ortodoxia común” y por la otra, hay una profunda diferencia sobre las doctrinas de Cristo, la Iglesia, la salvación, etc.

Por consiguiente, aquí está la pregunta clave: ¿cómo pueden los evangélicos aceptar “dos tercios” del Catecismo si este documento habla de la Iglesia (Católico Romana) siempre que habla de Cristo, del Espíritu, de la Trinidad y de la regeneración? Los evangélicos hallan difícil discernir la “economía sacramental” en las enseñanzas católico romanas y el resultado es que fácilmente las malinterpretan, limitando su análisis a los asuntos superficiales, sin alcanzar a comprender la totalidad. Sin embargo, la economía sacramental mantiene el sistema unido y hace que sea coherente. Si se falla en apreciar esto, se pierde el punto clave de todo ello.

Al tratar con el catolicismo romano, especialmente en tiempos de una creciente presión ecuménica, la teología evangélica debería intentar ir más allá de las afirmaciones separadas y simples y tratar de obtener un control sobre el marco interno de referencia que usa la teología católico romana. La teología católico romana es más que la suma de sus palabras. Es más bien un complejo, aunque coherente sistema basado en la “economía sacramental” por lo que Dios está obligado a actuar a través de los sacramentos de la Iglesia.

LA LÍNEA DIVISORIA
Estudiando los principios de la fe evangélica, J.I. Packer y Tom Oden nos recuerdan que “el evangelicalismo subraya de forma característica la visión penal-sustitutiva de la cruz y la realidad radical de la enseñanza de la Biblia, el cambio interior forjado por el Espíritu, relacional y direccional, que hace cristiana a una persona (el nuevo nacimiento, la regeneración, la conversión, la fe, el arrepentimiento, el perdón y la nueva creación, todo en y a través de Jesucristo)”[vii] 

La regeneración es un cambio interior forjado por el Espíritu que lleva la vida a aquellos que estaban muertos en sus pecados. Para el Catecismo, ésta es una definición defectuosa en tanto que carece de la referencia a la “economía sacramental” por la que “la” Iglesia que administra el sacramento del bautismo provoca la regeneración.

Los católico romanos cuando definen la regeneración utilizan las mismas palabras pero las ponen en un mundo diferente, el de la “economía sacramental”, uno que ha excluido la Sola gratia.

De este modo, la diferencia de la comprensión de la regeneración entre los evangélicos y los católico romanos no radica en algún detalle exegético o en una minucia teológica, sino que se centra nada menos que en la forma en que Dios resuelve su obra de la salvación.

 Traducción: Rosa Gubianas

 (Este artículo está publicado en Credo Magazine, Julio 2013, pp.63-71 y se utiliza aquí con autorización:  www.credomag.com )


   [i] J.I. Packer,  God’s Words.  (Palabras de Dios). Estudios de temas en clave bíblica (Grand Rapids, MI: Baker Book House Co., 1988) p. 149.
   [ii]  Se tomarán citas del Catecismo de la Iglesia Católica (Londres: Geoffrey Chapman, 1994). Puede encontrarse el texto electrónico en http:/www.vatican.va/archive/ENG0015/_INDEX.HYM.
   [iii]  Toda esta sección del Catecismo imita o cita la Constitución Dogmática LUMEN GENTIUM sobre la Iglesia, (11) del Vaticano II.
   [iv]  Aquí estos términos son confusos para un lector protestante: “la gracia santificante” es definida como “la gracia de la justificación” y, por consiguiente, desenfoca significativamente santificación y justificación. Los defensores ecuménicos nos dicen que el documento no oficial de 1997  “The Gift of Salvation”  (El Don de la Salvación) y la “Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación”, católico-luterana, oficial, de 1999, alcanzaban un sustancial acuerdo sobre la “sola fide”. La realidad es que el Catecismo (que es mucho más autoritativo que los textos que acabamos de mencionar) continúa confundiendo la santificación y la justificación, como había hecho el Concilio de Trento en el siglo XVI.
   [v]  De una manera más técnica, el Catecismo habla de la “economía sacramental” como “la comunicación de los frutos del misterio Pascual de Cristo en la celebración de la liturgia sacramental de la Iglesia” (1076). Se necesitaría otro artículo para empezar a desempaquetar esta frase tan densa.
   [vi] M.A. Noll y C. Nystrom,  Is the Reformation Over?  (¿Ha terminado la Reforma?) Una valoración evangélica del Catolicismo Romano Contemporáneo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2005).
   [vii] James I. Packer – Thomas C. Oden,  One faith.  The Evangelical Consensus  (Una fe. El Consenso Evangélico) (Downers Grove, IL: IVP, 2004) p. 160.

Autores: Leonardo de Chirico

©Protestante Digital 2013

El evangelio puro

Publicado: agosto 11, 2013 en Teología

Mauricio Reyes

El evangelio puro

¿Por qué en las últimas décadas hemos dejado de confrontar abiertamente el pecado y el mensaje evangelístico se ha vuelto simplemente un mensaje de valores positivos?

Recuerdo una conversación que tuve con un universitario norteamericano que estudiaba en Madrid. La historia de cómo llegué a hablar con él fue realmente asombrosa. Durante el tiempo de oración vi dos imágenes en mi mente: una margarita y un girasol. No sabía muy bien lo que significaba pero en obediencia a esa palabra, fui a la floristería más cercana. Cuando llegue a la floristería había dos fotografías gigantes: ¡una era de una margarita y otra era de un girasol!
Cuando vi las fotografías estaba muy sorprendido y agradecido por la guía y dirección del Espíritu Santo. Fue entonces cuando vi a un joven sentado en el suelo y me acerqué a hablar con él. En los primeros dos minutos me presenté y le expliqué cómo había llegado hasta ahí. Sabía que tenía que ser claro con él y con amor y misericordia lo confronté con su pecado. Él me dijo que era culpable de haber roto los mandamientos de Dios y que sabía que iría al infierno.
Le expliqué que Cristo no nos pide ser personas moralmente buenas sino personas arrepentidas de corazón y dispuestas a dar nuestra vida a Él porque entendemos que Cristo es el único que puede salvarnos de nuestro pecado. Claramente le expuse que no se trata de ir los domingos a la iglesia sino de someter toda nuestra vida bajo el gobierno del Rey Jesús. Su respuesta me encantó: “Nunca me habían hablado así de claro, entiendo lo que me dices y tengo que pensarlo muy bien antes de tomar una decisión tan importante”.
¿Qué pasaría si expusiéramos claramente el mensaje de la cruz sin diluirlo con nada más? El primer evangelista que existió fue Juan el Bautista. Su mensaje era muy fuerte y confrontaba lo más profundo del corazón de las personas. Un ejemplo del arrojo de Juan fue cuando le dijo a Herodes, uno de los líderes políticos más influyentes de su época, que dejara de acostarse con su cuñada. No estoy seguro de atreverme a hablarle así a un político. Lo sorprendente es que Herodes escuchaba a Juan de buena gana (Marcos 6:20, RVR1960). En otra versión dice:  Herodes se inquietaba mucho siempre que hablaba con Juan, pero aun así le gustaba escucharlo  (Marcos 6:20, NTV). Me imagino que Juan confrontaba a Herodes con un corazón lleno de amor y compasión. Sin embargo no ocultaba nada del mensaje de arrepentimiento ni lo diluía con otro tipo de mensaje para caer bien.
¿Por qué, entonces, en las últimas décadas hemos dejado de confrontar abiertamente el pecado y el mensaje evangelístico se ha vuelto simplemente un mensaje de valores positivos? Creo que una de las razones es por miedo a ofender y miedo a ser rechazados, pero Cristo dijo que su mensaje ofendería a unos y salvaría a otros; y nos advirtió que seríamos rechazados por causa de su nombre.
El evangelio puro significa hablar abiertamente del pecado y de la necesidad de arrepentirnos para con Dios y poner nuestra confianza en Cristo en lugar de ponerla en nuestra religión o en nosotros mismos.
Muchas veces he asistido a eventos evangelísticos donde no se menciona ni el arrepentimiento de pecados ni la fe en Cristo. De hecho, algunas veces me han dicho que organizan estos eventos para que la gente deje de pensar que los cristianos somos “raros”.
Conciertos musicales, comidas, cenas, eventos deportivos… hay muchas cosas que las iglesias locales organizan para caer bien a la comunidad donde viven pero a menos que se hable claramente del mensaje de la cruz, no se les puede llamar eventos “evangelísticos”.
Lo mismo ocurre con la música evangelística, pensamos que tiene más eficacia escribir canciones con un mensaje positivo para alcanzar a más personas pero la realidad es que si no explicamos por qué tuvo que morir Jesús y no hablamos de nuestro pecado y de poner toda nuestra confianza en Él, entonces no podremos ver salvación venir a nuestras ciudades.
Hablar de “valores cristianos” no es evangelizar, predicar la cruz sí lo es. Cristo nos pidió anunciar el arrepentimiento, proclamar en nuestras ciudades que Su reino se había acercado y exhortar a las personas a tomar la decisión de dejar atrás el pecado. Atrévete a predicar el evangelio tal y como es, sin quitarle ni añadirle nada, créeme, te sorprenderás del poder que acompaña al mensaje de la cruz.
Si tú fueras el único cristiano al que un no-creyente conocerá en toda su vida, ¿qué es lo que le dirías? ¿Le cantarías canciones que hablen de un mensaje positivo por miedo a lo que vaya a pensar de ti o le hablarías de su situación espiritual tal y como es? Si supieras que tu padre que aún no ha entregado su vida a Cristo va a morir en dos días, ¿qué sería lo último que le dirías? ¿Tendrías el amor suficiente para hablarle de la realidad del infierno y de la necesidad de pedirle perdón a Dios por haberle ofendido con su manera de vivir?
Si no hablamos a las personas de manera clara del pecado, del juicio y del infierno, no podrán entender el amor de Dios demostrado en la cruz cuando Cristo murió por nuestros pecados. ¿Por qué habría de importarnos la cruz si no nos importa nuestro pecado?
No debemos ocultar el mensaje de la cruz ni encubrirlo con un mensaje “positivo” por miedo a ofender, te animo a que a partir de ahora prediques el evangelio tal y como es.

Autores:  Mauricio Reyes

©Protestante Digital 2013

Sex in Leviticus

Publicado: julio 23, 2013 en Género, Teología

It’s part of a much broader teaching in Scripture.

Christopher J.H. Wright

Editor’s note: This article appeared as a sidebar to Wright’s «Learning to Love Leviticus,» part of CT’s July-August cover story on Grappling with the God of Two Testaments.

The law in Leviticus prohibiting sexual intercourse between men (18:22) comes in the same book that contains laws prohibiting foods that Israelites were to consider unclean (chapter 11). We eat shellfish today without any moral problems, so why should we treat this sex law as morally binding? Haven’t we outgrown all of that Levitical law anyway? Christians who insist on the sexual laws of the Bible are being inconsistent in not keeping all the other laws too. So goes one line of argument in modern debates about homosexuality. To this, three things must be said.

First, as I note in «Learning to Love Leviticus,» we no longer keep the food laws because the separation they symbolized (between Israelites and Gentiles in the Old Testament) is no longer relevant in Christ. But the ethical principles embodied in Old Testament laws on sexual relations (positive and negative) remain constant and are reaffirmed by Jesus and Paul in the New Testament.

Second, the argument would reduce the Bible to absurdity. The Ten Commandments come in the same book that commanded Israel not to climb the mountain. If we are told that we cannot with consistency disapprove of same-sex activity unless we also stop eating shellfish, then we should not condemn theft and murder unless we also ban mountaineering.

Third, and most important, the biblical discussion of homosexual behaviour begins not in Leviticus, as if the whole argument depends on how we interpret a single Old Testament law. When Jesus was asked about divorce, he would not let the argument get stuck around the interpretation of the law. Instead he took the issue back to Genesis. That is where we find the foundational biblical teaching about God’s purpose in creating human sexual complementarity—and it is very rich. It reflects God—male and female together being made in God’s image—and it provides the necessary togetherness and equality in the task of procreating and ruling the earth. This God-given complementarity is so important that God explains how it is to be joyfully celebrated and exercised—the union of marriage that is heterosexual, monogamous, nonincestuous, socially visible and affirmed, physical, and permanent (Gen. 2:24, endorsed by Jesus).

On that foundation, the rest of the Bible—in the laws and narratives, in the prophets and wisdom literature, in the Gospels and Epistles—consistently teaches that any other kind of sexual intercourse falls short of God’s best will and plan for human flourishing. (And we should note that the Bible has far more to say about all forms of disordered heterosexual sexual activity, including nonmarital and extramarital, than its prohibition of same-sex intercourse).

The law in Leviticus, then, must not be isolated, stuck alongside shellfish, and mocked into irrelevance. It is one small piece of a much larger and consistent pattern of whole-Bible teaching about the gift and joy and purpose and disciplines of our sexuality.

Sexo en Levítico

Publicado: julio 23, 2013 en Teología

Es parte de una enseñanza mucho más amplia en la Escritura.

Christopher J. H. Wright

 

Que la ley en Levítico prohíbe las relaciones sexuales entre hombres (18:22) se presenta en el mismo libro que contiene las leyes que prohíben los alimentos que los israelitas fueron a considerar impuro (capítulo 11). Nosotros comemos mariscos hoy sin problemas morales, por lo que ¿por qué deberíamos tratar esta ley el sexo como moralmente vinculante? ¿No hemos superado todo eso la ley levítica de todos modos? Cristianos que insisten en las leyes sexuales de la Biblia están siendo inconsistentes en no mantener todas las otras leyes también. Así que va una línea de argumentación en los debates modernos sobre la homosexualidad. A esto, hay que decir tres cosas.

En primer lugar, como se observo en «Aprender a amar Levítico,» ya no guardamos las leyes de la alimentación debido a la separación que simbolizaban (entre los israelitas y los gentiles en el Antiguo Testamento) ya no es relevante en Cristo. Pero los principios éticos consagrados en las leyes del Antiguo Testamento sobre las relaciones sexuales (positivas y negativas) se mantienen constantes y se reafirman por Jesús y Pablo en el Nuevo Testamento.

En segundo lugar, el argumento sería reducir la Biblia a lo absurdo. Los diez mandamientos vienen en el mismo libro que mandó a Israel a no subir a la montaña. Si se nos dice que no podemos rechazar con consistencia de la actividad del mismo sexo a menos que también dejamos de comer mariscos, entonces no debemos condenar el robo y el asesinato a menos que también prohibimos montañismo.

Tercero, y más importante, la discusión bíblica de la conducta homosexual no comienza en Levítico, como si todo el argumento depende de cómo interpretemos una sola ley del Antiguo Testamento. Cuando le preguntaron a Jesús sobre el divorcio, él no permitiría que el argumento se atascan en torno a la interpretación de la ley. En su lugar, tomó el asunto de nuevo a Génesis. Ahí es donde nos encontramos con la enseñanza bíblica fundamental acerca del propósito de Dios al crear sexual humana complementariedad-y ​​es muy rico. Refleja Dios-hombre y una mujer están hechos a imagen de Dios, y que proporciona la unidad y la igualdad en la tarea de procrear y gobernar la tierra necesaria. Esta complementariedad dada por Dios es tan importante que Dios explica la forma en que se va a celebrar con alegría y se ejerce-la unión del matrimonio es heterosexual, monógamo, nonincestuous, socialmente visible y afirmó, física y permanente (Gen. 2:24, aprobado por Jesús).

Sobre esa base, el resto de la Biblia, en las leyes y las narrativas, en los profetas y literatura sapiencial, en los Evangelios y Epístolas-consistentemente enseña que cualquier otro tipo de relaciones sexuales está a la altura de la mejor voluntad y el plan para el florecimiento humano de Dios. (Y hay que señalar que la Biblia tiene mucho más que decir acerca de todas las formas de actividad sexual heterosexual desordenada, incluso fuera del matrimonio y fuera del matrimonio, que la prohibición de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo).

La ley en Levítico, entonces, no debe ser aislado, atrapado junto a los mariscos, y se burló en la irrelevancia. Es una pequeña pieza de un patrón mucho más amplio y coherente de enseñanza a toda la Biblia acerca del don y de la alegría y el propósito y las disciplinas de nuestra sexualidad.

 

http://www.christianitytoday.com/


Juan Antonio Monroy

El mensaje de los profetas (6)

60669_N_03-07-13-17-34-36Dios no es de ningún pueblo. Es Dios de todos los pueblos.

 

En los 83 países que he recorrido he visto iglesias destrozadas por la misma razón. Los miembros conocen bien la Biblia, pero sus corazones están vacíos de Dios.
Un tema que denunciaban los profetas es el de la contradicción que existe entre lo que creemos y lo que vivimos.
Por medio del profeta Isaías Dios se rebela contra todo lo que hay de vacío en las prácticas religiosas:
 “¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.
 ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios?
 No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes.
 Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas.
 Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos.
 Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda” (Isaías1:11-17).
Este texto va desde la impresionante condenación del culto religioso hasta la promesa de reconciliación.
Los profetas denunciaban el monopolio de Dios
Existe en la literatura profética un tema que se trata muy poco: el acaparamiento que se hace de Dios. La manipulación de la divinidad con fines nacionales o particulares.
Dios es exclusivo del pueblo hebreo, dicen los judíos.
Dios es exclusivo de la Iglesia católica, dice el Vaticano.
Dios es exclusivo de los musulmanes, dice el Islam.
Dios es Testigo de Jehová.
Dios es budista.
Dios es protestante.
Y así hasta 3.000 grupos religiosos que hay en Estados Unidos y que pretenden tener la exclusiva de Dios.
Dios no es de ningún pueblo. Es Dios de todos los pueblos.
El Dios del Antiguo Testamento no es un Dios exclusivo ni exclusivista. Es un Dios global, universal.
Cuando inicia la formación del pueblo hebreo tiene en cuenta a toda la humanidad, a hombres y mujeres de todas las generaciones, de todos los rincones del globo.
Al padre de los judíos le dice:  “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).
El profeta Isaías recuerda a su pueblo la universalidad del mensaje divino.
 “La tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).
Es el mismo mensaje del profeta Jeremías:  “¡Tierra, tierra, tierra, oye palabra de Jehová!”  (Jeremías 22:29).
Jonás, el libro perla de la literatura judía, tiene un claro mensaje: Jehová es un Dios universal interesado en salvar a todos los habitantes de la tierra. Es un Dios global antes de la globalización.
Pero la denuncia más enérgica contra un Dios nacionalista y nacionalizado la encontramos en la literatura del profeta Amós:  Hijos de Israel, ¿no me sois vosotros como hijos de Etíopes, dice Jehová? ¿No hice yo subir a Israel de la tierra de Egipto, y a los filisteos de Caftor, y de Kir a los arameos?”  (Amós 9:7).
Es imposible decir algo tan duro contra el orgullo hebreo en menos palabras. Pero coincide con la perspectiva brillante de David cuando destaca la nota de la universalidad de Dios:  “Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras”  (Salmo 19:4).
Los predicadores cristianos tampoco deben caer en la tentación de monopolizar a Dios.
Su tarea debe consistir en anunciar el carácter universal de Dios, como hizo el apóstol Pablo en Atenas:  “De una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres… para que busquen a Dios”  (Hechos 17:26-27).

Autores:  Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2013