Archivos de la categoría ‘Teología’

David y Jonatán: amor de hombres

Publicado: julio 17, 2014 en Teología

Juan Antonio Monroy

Amor humano en la Biblia y la literatura (6)

David y Jonatán: amor de hombres
David no se sentía seguro en el palacio de Saúl, quien se había propuesto matarlo. En este punto entra en escena Jonatán.

 

Hay escritores que son auténticos maestros en torcer y retorcer las historias de la Biblia con sus interpretaciones descabelladas y partidistas. Esto ocurre con la hermosa relación de amor entre David y Jonatán.

Cuando tienen lugar los hechos que aquí relato David es un muchacho joven, apenas un adolescente, el más pequeño de los ocho hijos de Isaí, rico ganadero asentado en Belén, nieto de Booz y Rut.

David era “rubio, de hermosos ojos y bien parecido” (1º Samuel 16:12). No tenía el pelo negro ni el color del cuerpo tan oscuro como es el caso de los orientales.

Por aquél entonces gobernaba Israel su primer rey, Saúl, hombre de muchos problemas debido a su carácter melancólico y de celos enfermizos. Caído en desgracia ante los ojos de Jehová, éste ordena al profeta Samuel que en su lugar nombre rey a David. La ceremonia, llevada a cabo en secreto, fue celebrada en presencia de los padres y hermanos del nuevo rey. La unción tuvo un sentido apolítico, estrictamente religioso.

En una fuerte crisis de melancolía, atormentado Saúl por un espíritu malo de parte de Jehová, sus criados más cercanos le aconsejan que busque a alguien que sepa tocar el arpa. Uno de los criados dice al rey: “yo conozco a un hijo de Isaí, el de Belén que sabe tocar, y que además es valiente, buen guerrero, elocuente, atractivo, y el Señor está con él”(1º Samuel 16:18).

Saúl envía inmediatamente emisarios con la orden de llevar a David ante él. Es así como David se integra en la corte del rey. Sin darse cuenta, Saúl conducía al predestinado por Dios a su futuro.

El papel de la música para excitar y calmar el espíritu del ser humano, reconocido universalmente, ya se practicaba en aquellos tiempos, unos 1.200 años antes de Cristo.

A continuación ocurre el episodio de Goliat. Cuando David se enfrenta al gigante, éste lo menosprecia, “pues no era más que un muchacho de piel sonrosada y bien parecido” (1º de Samuel 17:42).

El desenlace del desigual enfrentamiento es bien conocido. David vence al gigante valiéndose sólo de una piedra de río que logró clavar en su frente con una honda.

Después de esta hazaña Saúl puso a David al frente de su ejército. “David caía bien a todo el mundo, incluso a los ministros de Saúl” (1º de Samuel 18:5).

Cuando el ejército judío regresa victorioso de una batalla, mujeres de todas las ciudades salieron a su encuentro cantando a coro: “Saúl mató a mil y David a diez mil”. Era antiquísima costumbre en Israel que salieran las mujeres al encuentro del ejército vencedor. El texto es ambiguo respecto a si las mujeres cantaron a Saúl o a David, aunque esto último es más verosímil.

A Saúl no le gustó la copla. Lo enfureció y despertó en él los celos: “muy enfadado, pensaba: a David le dan diez mil y a mí me dan mil. ¡Sólo falta que lo hagan rey! Y a partir de aquel momento Saúl sintió celos de David”. (1º de Samuel 18:8-9).

¡Los celos! Ver a otros poseer lo que quisiéramos poseer nosotros. Shakespeare, quien desarrolla una teoría de los celos en una de sus obras más leídas, OTELO, EL MORO DE VENECIA, escribió: “las almas celosas no siempre lo son con motivo: son celosas porque lo son. Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo”.

A partir de entonces, David no se sentía seguro en el palacio de Saúl, quien se había propuesto matarlo. Huyó a Nayor de Ramá, donde se encontraba Samuel presidiendo una escuela de profetas.

En este punto entra en escena el segundo personaje de la historia: Jonatán.Era hijo de Saúl y por tanto supuesto heredero al trono de Israel. Sus linajes eran altamente desiguales: uno era príncipe, de esmerada educación; el otro era pastor, criado apacentando ovejas. Sólo una característica tenían en común: los dos eran valientes guerreros, curtidos en batallas contra los filisteos.

Los tres pisos del hombre, vida, alma y espíritu marcaban la profunda relación sentimental entre los dos jóvenes. Se amaban. No todo amor entre hombres tiene que resultar sospechoso ni dar lugar a especulaciones. “Amémonos unos a otros”, aconseja el apóstol Juan. No dice “amémonos unos a otras”. Lo supremo en la tierra es el amor, y este se da también entre hombres.

La historia del amor entre los dos guerreros se expone en los libros de Samuel. Ahorro palabras propias y dejo que lo explique la Biblia.

Acabada una conversación entre Saúl y David, en presencia del príncipe, “el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo” (1º de Samuel 18:1). “E hicieron pacto Jonatán y David, porque él le amaba como a sí mismo” (1º de Samuel 18:3).

El amor de David y Jonatán se considera siempre como uno de los más firmes de toda la literatura bíblica. Este amor lo expresa simbólicamente el príncipe dando a David las armas y los vestidos que llevaba consigo, acción que significaba la entrega de su propia persona: “Jonatán se quitó el manto que llevaba puesto y se lo dio a David, junto con su armadura, su espada, su arco y su cinturón” (1º de Samuel 18:4). Todo esto lo hizo porque “Jonatán, hijo de Saúl, amaba a David en gran manera” (1º de Samuel 19:1).

Este amor enfurece a Saúl. Enfrentado a su hijo lo insulta y lo maldice. “Le dice: hijo de la perversa y rebelde, ¿acaso no sé yo que tú has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión de la vergüenza de tu madre?” (1º de Samuel 20:30).

El insulto no se dirige contra la madre de Jonatán. Según el Talmud judío quiere decir que Jonatán se muestra tan desnaturalizado y rebelde como si hubiese nacido de una mujer perversa.

El climax de éste amor entre los dos hombres llega cuando Jonatán cae muerto en las montañas de Gilboa. David desahoga su profundo dolor por medio de una elegía o composición poética que está considerada como uno de los más nobles y sublimes cánticos del Antiguo Testamento. Aquí David no sigue el estilo de los Salmos. Aunque no menciona el nombre de Jehová, toda la composición respira religiosidad y sufrimiento profundo.

La endecha ocupa nueve versículos en el primer capítulo del segundo libro de Samuel. En el versículo 26, David exclama: “¡Qué pena me has dejado, hermano mío, Jonatán! ¡Me eras tan querido! Tu amor me era más dulce que el amor de las mujeres”.

Centenares de miles de páginas se han escrito en la interpretación de este texto. Muchos autores han querido ver en él una declaración de amor homosexual. ¡Qué disparate!Jonatán estaba casado y tenía hijos. En cuanto a David, no se le conoce ninguna relación homosexual. Lo contrario. Sus biógrafos destacan el elevado número de mujeres con las que tuvo relaciones sexuales.

Cuando el inglés A. Rowse escribe el libro LOS HOMOSEXUALES CÉLEBRES EN LA HISTORIA, LA LITERATURA Y LAS ARTES, para nada menciona el amor entre David y Jonatán. Es el americano Down Teal, en LOS MILITANTES GAY, quien afirma: “Leyendo la elegía que David escribe cuando muere Jonatán no hay duda de que los dos se amaban con un amor homosexual”.

Será él quien no duda. Y otros muchos autores que han seguido la misma línea de interpretación. ¿Por qué? ¿Es que dos hombres no pueden amarse hasta con desesperación sin que intervenga el sexo?

Los poetas británicos Percy Shelley y George Byron vivieron juntos, viajaron juntos, juntos se hospedaron en hoteles, se amaban, pero su amor estaba definido en lo masculino, en una amistad sublime, la misma amistad y el mismo amor que David sentía por Jonatán y Jonatán por David.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2014

Creative Commons

Juan Stam

Fundamentos teológicos de la predicación (1)

Predicar: proclamar el Reino, el Evangelio y la Palabra

Una ensalada de consejos vagos, sugerencias abstractas y exhortaciones muy generales, aunque vengan maquillados con textos bíblicos, no es un sermón, mucho menos palabra de Dios.

 El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios… Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen… Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana…

 Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse, más bien, estando entre ustedes, no saber de alguna cosa, excepto de Jesucristo y de éste crucificado  (1 Cor 1:18-2:2).

La predicación, en su sentido bíblico y teológico, es mucho más que sólo la entrega semanal de una homilía religiosa, con todo respeto por la importancia del sermón. Es más que una conferencia teológica o una charla sicológica o social. Es aún más que un estudio bíblico, elemento esencial de toda la vida cristiana. Entonces, ¿En qué consiste la esencia y el sentido de la predicación?

El griego del NT emplea básicamente tres términos para la predicación.

PROCLAMAR
El más común es kêrussô (proclamar), y su forma substantivada, kêrugma, ambos derivados de kêrux (heraldo; cf. 1 Tm 2:7; 2 Tm 1:11; 2 P 2:5).

En el vocabulario teológico moderno se ha creado también el adjetivo «kerigmático», lo que tiene que ver con la proclamación del kêrugma.

Otros conjuntos semánticos son euaggelizô (anunciar buenas nuevas), junto con euaggelion (evangelio) y euaggelistês (evangelista) y kataggellô (anunciar) también de la raíz aggelô (llevar una noticia; Jn 20:18) y aggelos (ángel, mensajero).

En todos esos vocablos se destaca el sentido de proclamar una noticia o entregar un mensaje. La predicación no consiste esencialmente en comunicar nuevas ideas sino en narrar de nuevo una historia, la de la gracia de Dios en nuestra salvación, y esperar que por esa historia Dios vuelva a hablar y a actuar.

LA PREDICACIÓN Y EL REINO DE DIOS
Al estudiar los aspectos y dimensiones de esta tarea kerigmática, nada mejor que comenzar donde comienza el NT. Juan el Bautista vino predicando en el desierto, «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt 3:1), y Jesús llegó con el idéntico mensaje, según Mt 4:17 (cf. Mr 1.14-15).

Jesús comisionó a los doce a proclamar el mismo mensaje (Mt 10:7; Lc 9:2). Más adelante el primer evangelista, escribiendo para los judíos, describe el ministerio de Jesús con las palabras, «Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando (didaskôn) en las sinagogas, anunciando (kêrussôn) el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad» (Mt 9:35; Lc 8:1; cf. 4:43).

Según Lucas, el Cristo Resucitado también enseñó a los discípulos durante cuarenta días «acerca del reino de Dios» (Hch 1:3) y de la misión de proclamar ese reino hasta lo último de la tierra, hasta su venida (1:1-11).

El tema central de los tres primeros evangelios es la llegada del reino de Dios, que con seguridad refleja el mensaje original de Jesús. Muy relacionado con el tema del reino, Jesús proclamó también la libertad y la igualdad del Jubileo (Lc 4:18-19; cf. 7:22).

Aunque el tema del reino es menos presente en Pablo y en el cuatro evangelio, por las nuevas circunstancias culturales y políticas de su misión, sigue siendo muy importante (cf. Jn 3:3,5; 18:36). La labor misionera de Pablo se describe como «andar predicando el reino de Dios» (Hch 20:25), y en la fase final de su misión, ya como preso en Roma, Pablo «predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor Jesucristo» (Hch 28:31). Es más, Jesús mismo, en su sermón profético, anuncia que «este evangelio del reino se predicará en todo el mundo» hasta el fin de la historia (Mt 24:14).

La expectativa del reino mesiánico pertenecía hacía siglos a la tradición judía; lo novedoso del evangelio del reino consistía en anunciar su inmediata cercanía (Mt 3:1; 4:17). Para Jesús, el reino no sólo está cerca sino que, en su persona, el reino se ha hecho presente (Mt 12:28; Lc 4:21; 11:20). Los apóstoles también proclamaban que los tiempos del reino habían llegado (Hch 2:16; 1 Cor 10:11; 1 Jn 2:18).

Por eso, predicar es «decir la hora» para anunciar que el reino de Dios ha llegado ya. La predicación es la proclamación de este hecho para interpretar bajo esta nueva luz el pasado, el presente y el futuro. «La predicación pone siempre en presencia de un hecho que plantea una cuestión» (Léon Dufour 1973:711). Esta nueva realidad exige una respuesta específica: arrepentimiento, fe y la búsqueda del reino de Dios y su justicia (Mat 6:33), o en una palabra, la conversión.

En conclusión: la proclamación del reino es parte central de la predicación, y también, la predicación es parte esencial de la dinámica del reino y un agente importante de su realización. Como señala González Nuñez, «La palabra de Dios es poder activo en la historia. Pero, además, ejerce en el mundo actividad creadora, empujando todas las cosas hacia su respectiva plenitud. Visto al trasluz de la palabra, el mundo se hace transparente… Creadora en el mundo, salvadora en la historia, la palabra de Dios es una especie de sustento, necesario para que la vida lo sea plenamente » (Floristán 1983:678). La palabra creativa de la predicación va acompañando la marcha del reino de Dios.

LA PREDICACIÓN Y EL EVANGELIO
Si bien el tema «reino de Dios» predomina en los evangelios sinópticos, en las epístolas paulinas, por razones relacionadas con su misión, apenas se menciona el reino y son muy típicas las frases «el evangelio» y «predicar el evangelio». Sin embargo, las epístolas de Pablo, por lo menos la mayoría de ellas cuya paternidad paulina no es cuestionada, son anteriores cronológicamente a los evangelios sinópticos. En ese sentido, la enseñanza del reino antecede a las epístolas (por venir del tiempo de Jesús) y a la vez es posterior a ellas (por la fecha en que fueron redactados los sinópticos). Eso refuta la tesis de que la iglesia había abandonado, o disminuido casi totalmente, el tema del reino y lo había sustituido con «el evangelio». «Reino» y «evangelio» son dos lados de la misma moneda.

La proclamación de las buenas nuevas de salvación es esencial a la tarea de predicación, tan urgente que Pablo una vez exclamó, «¡Ay de mí si no predico el evangelio!» (1 Cor 9:16). Más adelante en la misma epístola, Pablo define «el evangelio que les prediqué», y que él había recibido, como el mensaje de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús (1 Cor 15:1-4). El anhelo de toda la vida de Pablo fue el de «proclamar el evangelio donde Cristo no sea conocido» (Rom 15:20). Toda predicadora fiel puede afirmar con Pablo, sin titubeos, «no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Rom 1:16).

La predicación evangélica es en primer lugar «predicar a Jesucristo» y «el evangelio de Jesucristo» (Hch 20:24; 2 Cor 4:5; cf. 11:4), como Hijo de Dios (1 Cor 1:19; Hch 9:20), crucificado (1 Cor 1:23; Gal 3:1) y resucitado (1 Cor 15:11-12; Hch 17:18). En Gálatas 3:1, Pablo describe su predicación como si fuera dibujar el rostro de Cristo ante los ojos de los oyentes (kat’ ofthalmous Iêsous Jristos proegrafê estaurômenos). En algunos pasajes se llama «el evangelio de Dios» (1 Ts 2:9; 2 Cor 11:7) o «el evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20:24). Con una terminología levemente distinta, se llama también «el mensaje de la fe» (Rom 10:8; cf. Gal 1:23) o «el mensaje de la cruz» (1 Cor 1:18). En Efesios 2:17, Pablo describe a Cristo mismo como predicador del Shalom de Dios (cf. Hch 10:36). En conjunto, estos textos nos dan el cuadro de un evangelio integral en la predicación.

LA PREDICACIÓN Y LA PALABRA DE DIOS
Esa relación dinámica entre la proclamación y el evangelio del reino implica también la relación inseparable entre la predicación y la Palabra de Dios. Por eso, se repite a menudo que los apóstoles y los primeros creyentes «predicaban la palabra de Dios» (Hch 8:25 13:5; 15:36; 17:13), o sinónimamente, «la palabra de evangelio» (1 P 1:25) o «la palabra de verdad» (2 Tm 2:15). Otras veces se dice lo mismo con sólo «predicar la palabra» (Hch 8:4). El encargo de los siervos y las siervas del Señor es, «predique la palabra» (2 Tm 4:2), lo cual es mucho más que sólo pronunciar sermones.

La frase «palabra de Dios» tiene diversos significados en las escrituras y en la historia de la teología. La palabra de Dios por excelencia es el Verbo encarnado (Jn 1:1-18; Heb 1:2; Apoc 19:13, Cristo es ho logos tou theou).

En las escrituras tenemos la palabra de Dios escrita, que da testimonio al Verbo encarnado (Jn 5:39).

Pero la palabra proclamada, en predicación o en testimonio, se llama también «palabra de Dios», donde no se refiere ni a Jesucristo ni a las escrituras (Hch 4:31; 6:7; 8:14,25; 15:35-36; 16:32; 17:13; cf. Lc 10.16). Cristo es la máxima y perfecta revelación de Dios, quien después de hablarnos por diversos medios, «en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo» (Heb 1:1-2, elalêsen hêmin en huiô, «nos habló en Hijo»). El lenguaje supremo de Dios es «en Hijo» y las escrituras son el testimonio inspirado de esa revelación, definitivamente normativas para toda proclamación de Cristo. Pero esa proclamación oral es también «palabra de Dios», según el uso bíblico de esa frase.

Esta comprensión de las tres modalidades de la palabra de Dios, y por ende de la predicación como palabra de Dios cuando es fiel a las escrituras, fue expresada en lenguaje muy enfático por Martín Lutero y reiterado con igual énfasis por Karl Barth (KB 1/1 107; 1/2 743,751). Según la Confesión Helvética de 1563, «la predicación de la palabra de Dios es palabra de Dios» (praedicatio verbi Dei est verbum Dei). Lutero se atrevió a afirmar que cuando el predicar proclama fielmente la palabra de Dios, «su boca es la boca de Cristo». Karl Barth hace suya esta teología de la predicación, para afirmar que la predicación es en primer término una acción de Dios (1/2 751) en la que es Dios mismo, y sólo Dios, quien habla (1/2 884).

Para muchas personas, que suelen entender «palabra de Dios» como sólo la Biblia, este descubrimiento tiene implicaciones revolucionarias para la manera de entender la predicación. Por un lado, magnifica infinitamente la dignidad del púlpito y el privilegio de ser portador de la palabra divino. También aumenta infinitamente nuestra expectativa de lo que Dios puede hacer por medio de su palabra, a pesar de nuestra debilidad e insuficiencia. Es una vocación demasiada alta y honrosa para cualquier ser humano. Así entendido, el carácter de la predicación como palabra de Dios nos dignifica y nos humilla a la vez.

Aquí vale para nuestra predicación la doble consigna de la Reforma de tota scriptura y sola scriptura. Pablo nos da el ejemplo de proclamar «todo el consejo de Dios» (Hch 20:20,27; Col 1:2), sin quitarle nada, y tampoco añadirle «nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron…» (Hch 26:22). Quitamos de las escrituras cuando sólo predicamos sobre ciertos temas o de ciertos libros y pasajes de nuestra preferencia. En ese sentido, predicar desde el calendario litúrgico tiene dos grandes ventajas: obliga al predicador a exponer toda la amplísima gama de enseñanza bíblico, y liga la predicación con la historia de la salvación (no sólo navidad y semana santa, sino ascensión, domingo de Pentecostés, etc.). Pero esa práctica no debe desplazar la predicación expositiva de libros enteros, teniendo cuidado de incluir en la enseñanza los diferentes estratos y géneros de la literatura bíblica.

Aún mayor es la tentación en la predicación de añadir al texto, como si él no fuera suficiente. Un sermón fiel a la Palabra de Dios parte del texto bíblico y no sale de él sino profundiza en su mensaje hasta el Amén final (Hch 2:14-36; 8:35). Muchos predicadores se dedican más bien a sacar inferencias del texto, que aún cuando fueren totalmente válidas lógicamente, no son bíblicas y puede hasta contradecir el sentido del texto. Una ensalada de consejos vagos, sugerencias abstractas y exhortaciones muy generales, aunque vengan maquillados con textos bíblicos, no es un sermón, mucho menos palabra de Dios. El sermón no debe ser una simple antología de ilustraciones, anécdotas y ex abruptos sensacionalistas. El sermón tampoco es el lugar para ventilar las opiniones personales del predicador, que no surgen de la palabra de Dios ni se fundamentan en ella. En la predicación contemporánea priva un «opinionismo» que raya con el sacrilegio.

El humor debe tener su debido lugar en la predicación (la Biblia misma es una fuente rica de humor), pero siempre en función del texto y no como fin en si mismo. El humor debe iluminar el mensaje del texto. Jugar con la palabra de Dios es pecado, como lo es también volverla aburrida. Los predicadores tienen que saber moverse entre la frivolidad por un lado, y la rutina seca y el aburrimiento por otro lado. La jocosidad frívola puede ayudar para el «éxito» del sermón y la popularidad del predicador, pero será un obstáculo que impida la eficacia del sermón como palabra de Dios. Hay dos peligros que evitar en la predicación: la frivolidad, y el aburrimiento.

La predicación es una tarea bíblica, es decir, exegética y hermenéutica. Bien ha dicho Bernard Ramm (1976:8) que la primera preocupación del predicador no debe ser homilética (¿Cómo predico un buen sermón?) sino hermenéutica (¿Cómo oigo la palabra de Dios, y la hago oír?). Antes del sermón la predicadora se encuentra con Dios en y por el texto, luchando con Dios y el texto hasta recibir de Dios una palabra viva que sea a la vez fiel y contextual. Al presentarse ante la comunidad, plasma ese encuentro en un sermón para compartir ese encuentro con los demás y buscar juntos la presencia del Señor y escuchar juntos su voz.

La única meta del sermón, la mayor responsabilidad del predicador y el criterio exclusivo del resultado de la predicación, todos responden a la pregunta central, si se proclamó fielmente la palabra de Dios. El predicador no predica para complacer a los oyentes, para manipular sus emociones ni para lograr cambios religiosos y morales en ellos. Su tarea es proclamar la palabra de Dios; no predica buscando esa transformación sino esperándola como resultado indirecto por la obra del Espíritu Santo. Mucho menos debe predicar con la motivación de lograr éxito y fama como orador o erudito bíblico.

Atreverse a predicar como Dios quiere, es un acto de amor, de humildad y de abnegación. William Willimon ha señalado que el verdadero predicador tiene que amar más a Dios que a su congregación. Es una gran tentación para el predicador buscar en su ministerio la realización de sus propios intereses y metas. La predicación fiel comienza en el corazón del predicador. Es un corazón con un supremo amor a Dios y su palabra, aun más que a la congregación y mucho más que a sí mismo.

PELIGROS DE LA FALSA PREDICACIÓN
Pasa con la predicación igual que con la profecía: la predicación fiel siempre va acompañada por la predicación falsa, que busca complacer a la gente, se dirige por las expectativas del público y les enseña a decir «Señor, Señor» pero no a hacer la voluntad del Padre celestial (Mt 7:21-23). Por eso, la iglesia debe vigilar su púlpito con todo celo en el Espíritu. No debe dejar a cualquiera que «habla lindo» ocupar ese lugar sagrado sino sólo a los que se han demostrado maduros, bien centrados en la Palabra y consecuentes en sus vidas. No cabe duda que el descuido en este aspecto ha producido desviaciones y aberraciones en las últimas décadas, produciendo daños muy serios en la iglesia.

Es urgente también ir enseñando a las congregaciones lo que bíblicamente deben esperar de un predicador y de un sermón. Mucho del desorden de las últimas décadas se debe a la gran falta de discernimiento de los mismos oyentes. A pesar del exagerado número de horas que pasan escuchando sermones, en general no se logra una adecuada formación bíblica y teológica para discriminar entre predicación fiel y predicación «bonita», conmovedora o sensacionalista pero no bíblica. Hace años el destacado orador evangélico, Cecilio Arrastía — ¡un verdadero modelo de predicador fiel! — hablaba de la congregación como comunidad hermenéutica en que todos sepan interpretar la palabra y distinguir entre lo bueno y lo malo en la predicación (1 Ts 5:21; Hch 17:11; 1 Cor 14:29).

¡Imploremos al Espíritu de Dios que unja a nuestros predicadores y congregaciones con amor a la palabra y discernimiento acertado ante estos abusos!

 La próxima semana veremos la relación de la predicación con el Espíritu de Dios, los sacramentos, el culto y como voz profética.

BIBLIOGRAFÍA:
Barth, Karl, La proclamación del evangelio (Salamanca: Sígueme, 1969).
Fee, Gordon D. y Douglas Fee, La lectura eficaz de la Biblia (Miami: Editorial Vida, 1985)
Floristán, Casiano y Juan José Tamayo ed., Conceptos fundamentales de pastoral (Madrid: Cristiandad 1983), «Kerygma» 542-549; «Predicación», 817-830.
Léon-Dufour, Léon-Dufour Xavier, Vocabulario de teología bíblica (Barcelona: Herder 1973)
Sacramentum Mundi, Karl Rahner ed (Barcelona: Herder 1984) 4:193-199, «Kerygma»; 5:147-159, «Palabra; Palabra de Dios» y 5:535-542, «Predicación».
Ramm, Bernard, The Witness of the Spirit (Grand Rapids: Eerdmans, 1959).
Ramm, Bernard, La revelación especial y la palabra de Dios (BsAs: Aurora, 1967)
Ramm, Bernard, «Interpretación bíblica» en Diccionario de Teología Práctica, Rodolfo G. Turnbull ed. (Grand Rapids: T.E.L.L., 1976), pp. 5-19.
Stam, Juan, Apocalipsis y profecía (Bs.As.: Kairos 1998, pp. 26-50; 2004:33-64).
Stam, Juan, Haciendo teología en América Latina, Tomo II (San José: Ubila, 2005), pp. 379-389.

Autores: Juan Stam
©Protestante Digital 2014


Will Graham

 61667_N_12-08-13-2-05-14

 ¿Es bueno ser gay? ¿Qué dice la Biblia?

Tengo que confesar que me quedé muy sorprendido cuando me encontré con varios grupos de cristianos que defendían la homosexualidad. Al convertirme a Cristo pensé que ciertas cosas fueron tan claras en la Biblia que sería prácticamente imposible malinterpretarlas. Me refiero a asuntos tan evidentes como el robar, la lujuria, la idolatría y… claro está… la homosexualidad.Así que, ¿es bueno ser gay? ¿Qué dice la Biblia?

Hoy sólo quiero presentar una lista de pasajes bíblicos que hablan directamente sobre el tema de la homosexualidad.Una cosa que he visto en aquellos creyentes que defienden el matrimonio gay en particular y la homosexualidad en general es que tienen muy poco respeto por las Sagradas Escrituras.Ese hecho me ha preocupado mucho. No podemos olvidar que la Iglesia cristiana está fundada sobre la Palabra de Jesús, el Mesías; no sobre las opiniones de paganos que viven en el siglo XXI. Si no hablan conforme a la Palabra de Dios, es que no hay luz en ellos (Isaías 8:20).

A ver qué dice la Biblia…

ANTIGUO TESTAMENTO

01.- Génesis 19:1-11Para resumir un poco, dos ángeles del Señor condenaron a los moradores de Sodoma y Gomorra dejándolos instantáneamente ciegos porque querían violarlos en grupo.

02.- Levítico 18:22, “No te echarás con varón como con mujer; es abominación”.

03.- Levítico 20:13, “Si alguno se ayuntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos; sobre ellos será su sangre”.

04.- Deuteronomio 23:17, “No haya ramera entre las hijas de Israel, ni haya sodomita de entre los hijos de Israel”.

05.- Jueces 19:16-24Es otro pasaje largo que demuestra las acciones pervertidas de un grupo de benjamitas que querían violar en grupo a un hombre. Sus actos fueron condenados como sumamente malos.

06.- 1 Reyes 14:24, “Hubo también sodomitas en la tierra, e hicieron conforme a todas las abominaciones de las naciones que el Señor había echado delante de los hijos de Israel”.

07.- 1 Reyes 15:11-12, “Asa hizo le recto antes los ojos del Señor, como David su padre. Porque quitó del país a los sodomitas y quitó todos los ídolos que sus padres habían hecho”.

08.- 1 Reyes 22:43, 46, “Y anduvo Josafat en todo el camino de Asa su padre sin desviarse de él, haciendo lo recto ante los ojos del Señor […] barrió también de la tierra el resto de los sodomitas que había quedado en el tiempo de su padre Asa”.

09.- 2 Reyes 23:3, 7, “Y poniéndose el rey en pie junto a la columna, hizo pacto delante de Jehová, de que irían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, y que cumplirían las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto. […] Además derribó los lugares de prostitución idolátrica que estaban en la casa de Jehová, en los cuales tejían las mujeres tiendas para Asera.”

NUEVO TESTAMENTO
A lo mejor estás pensando, “Bueno, todo eso se trata del Antiguo Testamento. Ahora estoy bajo la gracia. No me hace falta hacer caso al Antiguo Pacto”. Aquí tienes, pues, otra lista de pasajes del Nuevo Testamento que enseñan la perspectiva de los primeros cristianos sobre la homosexualidad. Llamemos esta perspectiva, ‘la perspectiva de gracia’…

10.- Romanos 1:26-27, “Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.”

11.- 1 Corintios 6:9, “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones”.

12.- 1 Timoteo 1:9-10, “Conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina”.

13.- Judas 7, “Como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”.

14.-Es muy posible que el término f ornicario empleado enEfesios 5:5, Hebreos 13:4, Apocalipsis 21:8y 22:15se refiera al pecado de la homosexualidad. En los cuatro casos citados, los fornicarios sufrirán bajo la ira feroz del Todopoderoso debido a su inmoralidad sexual.

CONCLUSIÓN
Hoy, honestamente, no creo que haga falta añadir ningún comentario personal. Dejaré que la Palabra de Dios hable por sí misma.

Autores: Will Graham
©Protestante Digital 2014

Creative Commons

Cristo en el Islam

Publicado: abril 16, 2014 en Teología

Juan Antonio Monroy

Introducción al islam

Cristo en el Islam
«La aceptación de Jesús por los musulmanes -dice un teólogo del islam- es un artículo de fe fundamental en el Islam y un musulmán jamás pensará de Jesús en términos degradantes».

El personaje más controvertido en la Historia de la humanidad y sobre el que más se ha escrito es, sin duda, Jesús de Nazaret.

Para unos, Jesús no existió nunca; para otros, fue un impostor. Se ha dicho de Él que fue sólo un profeta, un hombre bueno, un iluminado que se creía Dios, y muchos etcéteras. Para el cristiano Jesús es quien dice ser, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo encarnado, Dios con nosotros.

¿Qué lugar ocupa Jesús en el Islam? Un filósofo y teólogo del Islam moderno, Hammudah Abdalati, dirigente de la International Islamic Federation of Student Organizations (Federación Islámica Internacional de Organizaciones estudiantiles), con oficinas centrales en Kuwait, dice en su libro «Islam in Focus»: «La aceptación de Jesús por los musulmanes es un artículo de fe fundamental en el Islam y un musulmán jamás pensará de Jesús en términos degradantes». Aunque las creencias islámicas sobre Jesús son impopulares para los cristianos, de ninguna manera deben interpretarse como un intento de minimizar su papel, desestimar su carácter o degradar su gran personalidad. De hecho, los musulmanes son más respetuosos con Jesús que muchos cristianos…» (pág. 172).

Sin embargo, tal como admite el propio Hammudah Abdalati en otro lugar de su libro y todos los teólogos musulmanes, existe una gran diferencia entre el Korán y el Nuevo Testamento respecto a la persona de Jesús.

El Korán menciona a Jesús en unos 25 textos principales. Dice que es Hijo de Dios en el mismo sentido que lo es Adán: «Jesús es, ante Dios, igual que Adán, al que creó del polvo» (Korán 3:52). No lo reconoce como Dios ni lo admite como segunda persona de la Trinidad (Korán 5:76-79). Tampoco es Hijo de dios en el sentido que dan los cristianos al término (Korán 9:30-32).

Para el Islam, Cristo fue un apóstol enviado al pueblo de Israel (Korán 3:43-44) con el encargo de predicar el Evangelio (Korán 5:50-51). Auxiliado por un grupo de apóstoles (Korán 61:13-14), anduvo realizando milagros por las ciudades que transitaba, incluso resucitando muertos (Korán 5:109-117).

Los versículos 16 al 41 del capítulo 19 del Korán, titulado María, trata del nacimiento de Cristo.

La historia difiere totalmente de la narrada por Mateo y Lucas. Más bien parece inspirada en las tesis de Nestorio o de Filipón y en leyendas recogidas en los Evangelios apócrifos. María da a luz bajo una palmera. Se presenta en casa de los padres con el niño. Estos le preguntan qué extraña aventura le ha acontecido. María responde que pregunten al niño. Y el recién nacido, en brazos de la madre, dice: «Yo soy el servidor de Dios; El me ha dado el libro y me ha constituido profeta….».

El Islam no acepta la muerte de Cristo en la cruz. Afirma que los judíos no lograron matar a Jesús, aunque pusieron todo su empeño en ello. En el último instante Dios lo descolgó de la cruz, puso en su lugar a otro que se le parecía totalmente y lo llevó hasta El, engañando así a los judíos: «Ellos dicen: Ciertamente nosotros hemos matado al Mesías, Jesús, hijo de María, Enviado de Dios, pero no le mataron ni le crucificaron, pero a ellos les pareció….Con certitud, no le mataron, al contrario, Dios lo elevó hacia El, pues Dios es poderoso y sabio» (Korán 4:156).

La naturaleza de este trabajo no permite un estudio exhaustivo de la cristología en el Islam. Aquí se han ofrecido las ideas fundamentales. Aún así, a la hora de exponer o discutir el tema con fieles del Islam, puede ayudar la consideración de estos siete puntos contenidos en el Korán y referidos a Jesús.

1. Según el Korán, Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, sin la intervención del varón (Korán 4:16-20).

2. En el Korán Jesús llamado Verbo de Dios (Korán 4:169).

3. El Korán afirma que Jesús es Espíritu de Dios (4:169) y en su misión fue asistido por el Espíritu Santo (2:82;254).

4. El Korán da a Jesús título de Mesías (4:156), que quiere decir Ungido, consagrado.

5. Jesús, que según el Korán nació por obra del Espíritu Santo, no murió como desde Adán han muerto todos los seres humanos, excepto Enoc y Elías: «No le mataron ni le crucificaron» (Korán 4:156).

6. Jesús ascendió al cielo sin pasar por la tumba. El Padre lo arrebató al Paraíso: «Dios lo elevó hacia El» (Korán 4:156).

7. En fin, según el Korán la superioridad de Jesús se evidencia en que el día de la resurrección, tal como dice el Nuevo Testamento, Jesús será el juez de vivos y de muertos: «El día de la resurrección será testigo frente a ellos» (Korán 4:157).

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2014

Creative Commons

Missional: More Than a Buzz Word

The term “missional” has become a popular buzz word over the past couple of years. Because of its frequent use, some people have assumed that “missional” is a new word. However, the term was used by Dr. Francis DuBose, former professor at Golden Gate Baptist Theological Seminary, in a wonderful book titled God Who Sends published in 1983.

Despite the fact that missional language has been in use for at least a quarter of a century, it is being applied today in such a wide variety of ways that it many times results in confusion. Some view missional as the latest church growth strategy, or a better way of doing church evangelism. Others see missional as a means to mobilize church members to do missions more effectively. While still others believe missional is simply the latest Christian fad that will soon pass when the next trendy topic comes along.

I would argue that those who believe missional is merely an add-on to current church activities, or perhaps even a passing craze prevalent only among church leaders, have simply not fully grasped the magnitude of the missional conversation. While it may sound like hyperbole; the move towards missional involves no less than a complete and thorough recalibration of the form and function of the church of Jesus.

But if an accurate and faithful understanding of missional is that significant to the life of the church, then how are we to best define the word? In other words, are there core characteristics that should inform the way we understand the missional concept? I believe there are at least three major theological distinctions that help to undergird the missional conversation. Without such a foundation we run the risk of simply attaching the word “missional” onto everything the church is already doing, and therefore ignoring the necessary paradigmatic shift.

1. Missional Church is about the missionary nature of God and His Church.

Those in the missional movement recognize both God and the church are intrinsically and principally “missionary” in nature. God is a missionary God who sends a missionary church. In fact, a survey of the term “sending” in its various forms in Scripture reveals the missionary nature of the Triune God, as well as the very essence of the church. The redemptive activity of God, his relationship to the world, and his dealing with mankind is described in Scripture by the word “sending.” The word “sending” is the “sum and substance of God’s creativity and activity” (Georg F. Vicedom, The Mission of God, 9).

Scripture is replete with sending language that speaks to the missionary nature of a Triune God. God the Father sends the Son, and God the Father and the Son sends the Spirit, and God the Father and the Son and the Spirit sends the church. In the Gospel of John alone, nearly forty times we read about Jesus being sent – either from the evangelist or from Jesus’ own lips. In the final climatic sending passage in John’s Gospel, Jesus sees himself not only as one sent but also as one who is sending: “As the Father has sent me, I am sending you” (John 20:21).

It is important to make clear that the church is a vital part of the missional conversation. However, the church must not be seen simply as an entity that sends missionaries; as admirable as sending and supporting missionary activity might be. Instead, we must recognize that the purpose of the church is derived from the very nature of a sending, missionary God, which in turn compels it to be sent as a missionary people, both individually and collectively.

2. Missional Church is about incarnational ministry (versus attractional/extractional) in a post-Christendom context.

Those with a missional perspective no longer see the church service as the primary connecting point for those outside the church. While there is nothing wrong with attracting people to participate in various meetings of the church, the missional church is more concerned about sending the people in the church out among the people of the world, rather than getting the people of the world in among the people of the church. Some have described this missional-attractional distinction as a challenge to “go and be” as opposed to “come and see.”

The attractional model, which has dominated the church in the West for the past several decades, seeks to reach out to the culture and draw people into the church. However, this approach only works when there are no significant cultural barriers to overcome when making the required move from outside to inside the church. “And as Western culture has become increasingly post-Christian, the attractional model has lost its effectiveness. The West looks more like a cross-cultural missionary context in which attractional church models are self-defeating. Furthermore, the process of extracting people from the culture and assimilating them into the church diminishes their ability to speak to those outside.” (Alan Hirsch, Defining Missional, Christianity Today)

On the other hand, missional churches see their primary function as one of actively moving into a community to embody and enflesh the word, deed, and life of Jesus into every nook and cranny. Alan Hirsch speaks of the “missional-incarnational impulse,” where the word “missional” expresses the sending nature of the church, while “incarnational” represents the “embedding” of the gospel into a local context. In other words, “missional” speaks to our direction – we are sent; while being “incarnational” is more about how we go, and whatwe do as we go. Eugene Peterson’s “incarnational” rendering of John 1:14 in the Message paraphrase illustrates this well when it states, “The Word became flesh and blood and moved into the neighborhood.”

3. Missional Church is about actively participating in the missio Dei, or mission of God.

Many times we wrongly assume that the primary activity of God is in the church, rather than recognizing that God’s primary activity is in the world, and the church is God’s instrument sent into the world to participate in His redemptive mission.

This key distinction clarifies the difference between a church with a missions program and a missional church. A church with a missions program usually sees missions as one activity alongside many other equally important programs of the church. A missional church, on the other hand, focuses all of its activities around its participation in God’s agenda for the world. God’s mission must form and inform everything we do. All activities of the church must be catalyzed by and organized around the missio Dei.

As the sent, missionary people of God, the missional church understands its fundamental purpose as being rooted in God’s mission to restore and heal creation and to call people into a reconciled relationship with Himself. It is God’s mission that calls the church into existence. In other words, we can no longer see the church as the starting point when thinking about mission. Instead, the church must be seen as the result of God’s mission. In the words of South African missiologist David Bosch: “It is not the church which undertakes mission; it is the missio Dei which constitutes the church.” Or stated in a slightly different manner; “it is not so much that God has a mission for his church in the world, but that God has a church for his mission in the world” (Christopher Wright 2006, 62).

 

http://missionalchurchnetwork.com/what-is-missional/

SENDING LANGUAGE

Publicado: marzo 29, 2014 en 3DM Discipulado, Iglesia, Missio Dei, Teología

When considering the theological and biblical underpinnings of the missional church conversation I find the two most helpful topics to address include the concept of missio Dei, or mission of God, and the language of “sending” found throughout Scripture.

The chief element to grasp about the missio Dei is that the mission is God’s. We are not called to bring our mission into a local context, instead we are called to partner with God in His mission. In the words of South African missiologist David Bosch; “It is not the church which undertakes mission; it is the missio Dei which constitutes the church.” We often wrongly assume that the primary activity of God is in the church, rather than recognizing that God’s primary activity is in the world, and the church is God’s instrument sent into the world to participate in His redemptive mission.

This leads to the second important topic, which is the theme of “sending” in Scripture. The reason it is important to recognize such language in Scripture is not only because it speaks to the missionary nature of the Triune God, but it also connects – particularly in the New Testament – God’s mission to our’s.

In the following article I will present a survey of the “sending” theme throughout Scripture. The survey is based largely upon the work of Francis DuBose in his 1983 publication, God Who Sends. However, I do hope to augment DuBose’s work, particularly in the Gospels, and especially in the Gospel of John. In the following introduction I lay out the breath of the study that I hope will be an encouragement to those who are wrestling with the need to cultivate a missional theology.

Introduction

The Evangelical Dictionary of Biblical Theology defines “mission” as “the divine activity of sending intermediaries whether supernatural or human to speak or do God’s will so that God’s purposes for judgment or redemption are furthered.” [1] However, when examining the idea of mission in the Bible is there a “divine activity of sending” as suggested in this definition? Furthermore, is it reasonable to ask if there is consistent biblical language that speaks directly to the topic of mission? Is the concept of mission something that has been imposed upon Scripture as a result of our own back ground and history, or does the Bible speak consistently regarding the missionary nature of God and his mission?

In the following essay I will respond to these questions by examining the language of “sending” found throughout Scripture. A “survey of the term sending in its various forms in Scripture suggest that it is more than a simple descriptive word,” [2] it instead reveals the missionary nature of the Triune God, as well as the very essence of the church. The redemptive activity of God, his relationship to the world, and his dealing with mankind is described in Scripture by the word “sending.” In fact the word “sending” is the “sum and substance of God’s creativity and activity.” [3] The entirety of redemptive history exhibits itself as a history of God sending others to participate in the missio Dei. [4] Theologian Darrell Guder summarizes the breath of the sending theme throughout Scripture this way:

Mission is the result of God’s initiative, rooted in God’s purposes to restore and heal creation. “Mission” means “sending,” and it is the central biblical theme describing the purpose of God’s action in human history. God’s mission began with the call of Israel to receive God’s blessings in order to be a blessing to the nations. God’s mission unfolded in the history of God’s people across the centuries recorded in Scripture, and it reached its revelatory climax in the incarnation of God’s work of salvation in Jesus ministering, crucified, and resurrected. God’s mission continued then in the sending of the Spirit to call forth and empower the church as the witness to God’s good news in Jesus Christ. [5]

To illustrate the totality of the sending theme, I will consider the language of sending by surveying seven major sections of Scripture including: the Pentateuch, the Historical Books, the Poetical Books, the Prophetic Books, the Gospels (with specific emphasis on the Gospel of John), the Book of Acts, and the Epistles and Revelation. This survey of Scripture will be followed by a brief examination of biblical language that is less explicit, yet still speaks to the sending nature of God’s activity.

Old Testament Survey of “Sending Language”

The Pentateuch

Johan Herman Bavinck, the Dutch missiologist and missionary to Indonesia, observed:  “At first sight the Old Testament appears to offer little basis for the idea of missions. . . . Yet, if we investigate the Old Testament more thoroughly, it becomes clear that the future of the nations is a point of the greatest concern.” [6] The Old Testament is replete with sending language that presents a picture of God as the divine sovereign Lord who sends in order to convey and accomplish his redemptive mission upon the earth. The Hebrew verb “to send,” salah is found over 800 times in the Old Testament. While its usage is most often found in a variety of non-theological idioms and nuances, [7] it is employed more than 200 times with God as the subject of the verb. [8] In other words, it is God who commissions and it is God who sends.

In the Book of Genesis, God sends Adam and Eve out of the Garden of Eden as an act of judgment (Gen. 3:23). In the case of Sodom and Gomorrah, God not only sends angels to destroy Sodom (Gen. 19:13), but he also sends Lot out of the city (Gen. 19:29). God sends an angel to help Abraham’s servant find a wife for Isaac (Gen. 24:7, 40). Later in the Book of Genesis, Joseph recognizes God’s providential care in sending him to Egypt to preserve God’s people. In Genesis 45:5 Joseph declares to his brothers, “And now, do not be distressed and do not be angry with yourselves for selling me here, because it was to save lives that God sent me ahead of you.” [9]

“In the book of Exodus, there are some seventeen references to sending, all of them related in some way to the mighty salvation event of the Exodus.” [10] In the dialogue between Moses and God regarding who will stand against Pharaoh, there are five references to sending.

The Lord said. . . . “So now, go. I am sending you to Pharaoh to bring my people the Israelites out of Egypt.” But Moses said to God, “Who am I, that I should go to Pharaoh and bring the Israelites out of Egypt?” And God said, “I will be with you. And this will be the sign to you that it is I who have sent you: When you have brought the people out of Egypt, you will worship God on this mountain.” Moses said to God, “Suppose I go to the Israelites and say to them, ‘The God of your fathers has sent me to you,’ and they ask me, ‘What is his name’ Then what shall I tell them?” God said to Moses, “I am who I am. This is what you are to say to the Israelites: ‘I am has sent me to you.’” God also said to Moses, “Say to the Israelites, ‘The Lord, the God of your fathers – the God of Abraham, the God of Isaac, and the God of Jacob – has sent me to you.’” (Exod. 3:10-15).

Moreover, the Book of Exodus is explicit in emphasizing that it is God who sends the plagues as an act of judgment against Pharaoh, “If you do not let my people go I will send swarms of flies on you and your officials” (8:21) and “This time I will send the full force of my plagues against you and your officials and your people” (9:14). It is also God who promises to send an angel to guard them and bring them to the promised land (23:20). In the final sending passage in the book of Exodus, Moses shares his concern over who God will send to assist him in leading the Israelites, “Moses said to the Lord, ‘You have been telling me, Lead these people, but you have not let me know whom you will send with me’” (33:12).

In the remaining books of the Pentateuch the language of sending persists. In Leviticus and Numbers God sends plagues and venomous snakes (Lev. 26:25; Num.21:6), and in the book of Deuteronomy the Israelites are once again reminded of how the Lord sent them from Kadesh-barnea, “And when the Lord sent you out from Kadesh Barnea, he said, ‘Go up and take possession of the land I have given you’” (Deut. 9:23).

The Historical Books

The books of Joshua, Judges and 1 Samuel continue the vocabulary of sending in passages that reflect on the Exodus event (Josh. 24:2-6; Judg. 6:8; 1 Sam. 12:8). Furthermore, in 1 Samuel God sent Jerub-Baal, Barak, Jephthah, and Samuel to deliver his people (12:11). He sent Samuel to anoint Saul as king (15:1). He sent Saul on a military conquest (15:18, 20). He sent Samuel to Jesse to anoint his son David as king (16:1). And in 2 Samuel God sends the prophets Nathan and Gad to the king, “The Lord sent Nathan to David” (12:1) and “So Gad went to David and said to him . . . think it over and decide how should I answer the one who sent me” (24:13).

In 2 Kings 2 the prophet Elijah, when conversing with Elisha, referred three times to the Lord sending him to a variety of places, “Elijah said to Elisha, ‘Stay here; the Lord has sent me to Bethel’” (2:2), “Then Elijah said to him, ‘Stay here, Elisha; the Lord has sent me to Jericho’” (2:4), and “The Elijah said to him, ‘Stay here; the Lord has sent me to the Jordan’” (2:6). In 1 Chronicles God sent a plague on Israel and threatened to send an angel to destroy the city:

So the Lord sent a plague on Israel, and seventy thousand men of Israel fell dead. And God sentan angel to destroy Jerusalem. But as the angel was doing so, the Lord saw it and was grieved because of the calamity and said to the angel who was destroying the people, ‘Enough! Withdraw your hand (21:14-15).

Second Chronicles tells of how the Lord sent an angel who “annihilated all the fighting men and the leaders and officers in the camp of the Assyrian king” (32:21). The book “closes with the sad note of God’s compassion and long-suffering in repeatedly sending messengers to his ever disobedient people.” [11] In 2 Chronicles 36:15 the Chronicler writes: “The Lord, the God of their fathers, sent word to them through his messengers again and again, because he had pity on his people and on his dwelling place.”

The Poetic Books

In the Book of Job, God is described as one who sends “water upon the countryside” (5:10) and “lighting bolts on their way” (38:35). In chapter fourteen, Job counters Zophar by stating that God overpowers man, changes his countenance, and sends him away (14:20).

The psalmist uses sending language multiple times when remembering the events leading up to the captivity of the Israelites, as well as the exodus out of Egypt. For example, in chapter 105 alone, God is seen as the sender three times, “He sent a man before them – Joseph, sold as a slave” (17), “He sent Moses his servant, and Aaron, whom he had chosen” (26), and “He sent darkness and made the land dark” (28).

However, the Book of Psalms also reflects often upon the physical and spiritual blessings sent by God. In chapter twenty he sends assistance, “May he send you help from the sanctuary and grant you support from Zion” (43:2). In chapter forty-three he sends guidance, “Send forth your light and your truth, let them guide me” (43:3). In chapter fifty-seven he sends safety and faithfulness, “He sends from heaven and saves me, rebuking those who hotly pursue me; God sends his love and his faithfulness” (57:3). In chapter seventy-eight he sends the provision of food, “He sent them all the food they could eat” (78:25). Finally, in the Book of Psalms, God sends out his commandments to cause nature to bless mankind:

He sends his command to the earth, his word runs swiftly. He spread the snow like wool, and scatters the frost like ashes. He hurls down his hail like pebbles. Who can stand his icy blasts? He sends his word and melts them; he stirs up his breezes and the waters flow (147:15-18).

The Prophetic Books

The Prophetic Books utilize the language of sending more than any other portion of the Old Testament. There is a clear “association between God’s sending and the office of prophet.” [12] “The prophets were first and foremost men whom God had sent.” [13] Perhaps the most dramatic example of sending in the Prophetic Books is found in Isaiah 6. In this passage the reader catches a glimpse of God’s sending nature in a kind of Trinitarian fullness, “Then I heard the voice of the Lord saying, ‘Whom shall I send? And who will go for us?’” To which Isaiah responds, “Here am I, Send me” (6:8).

Later in the Book of Isaiah, he recognizes that God’s Spirit has anointed him to “preach good news to the poor” and that he is sent to “bind up the brokenhearted” (61:1). In the larger passage of Isaiah 61:1-3 it is interesting to note that there is no less than six redemptive deeds that proceed from, or are dependant on the verb shalack = “He has sent me.” [14]

He has sent me,

to bind up the brokenhearted,

to proclaim freedom for the captives and release from darkness for the prisoners,

to proclaim the year of the Lord’s favor and the day of vengeance of our God,

to comfort all who mourn, and provide for those who grieve in Zion –

to bestow on them a crown of beauty instead of ashes, the oil of gladness instead of mourning,

and a garment of praise instead of a spirit of despair.

In God’s call to Jeremiah he is sent to speak what God commands in 1:7: “You must go to everyone I send you to and say whatever I command you.” The people obeyed the message of the prophet Haggai because he was sent from the Lord (1:12). Zechariah stated on several occasions that it was the Lord that sent him to the nations (2:8-9, 4:9, 6:15).

In the vast majority of cases the prophets were sent to pronounce God’s judgment upon the nations. Isaiah spoke of the Lord sending judgment on Israel (9:8), of sending his wrath on the godless nation of Assyria (10:6), and sending a “wasting disease upon sturdy warriors” (10:16). Jeremiah spoke of God sending “venomous snakes” (8:17), sending both fishermen and hunters to catch and track down the disobedient (16:16), of sending his people out of Judah and to the land of the Babylonians (24:5), and of sending judgment in a assortment of ways, “I will send the sword, famine and plague against them until they are destroyed from the land I gave to them and their fathers” (24:10). Other passages in Jeremiah that speak of God sending various types of judgment include: 25:16-17, 27; 26:12, 15; 29:17,20; 43:10; 48:12; 51:2. [15]

The Book of Ezekiel continues the sending of various types of judgments, including sending “famine and wild beasts” (5:17), plagues (14:19), the sword (14:21), and fire, “I will send fire on Magog and on those who live in safety on the coastlands, and they will know that I am the Lord” (39:6). While the other prophets speak less often of the sending of judgment from God, the theme is still very apparent. Hosea speaks of God sending fire upon the well fortified cities (8:14). Amos also speaks of God sending fire upon various cities (1:4, 7, 10, 12; 2:2, 5) as well as sending judgment in the form of plagues (4:10) and famine (8:11).

While the message of the prophets is heavy on judgment, they were also sent to proclaim God’s care and blessings. Isaiah speaks of the Lord sending a “savior and defender” (19:20), of being sent himself to Babylon (43:14), and of the purpose of God’s word being fulfilled regardless of where it is sent, “So it is my word that goes out from my mouth: It will not return to me empty, but will accomplish what I desire and achieve the purpose for which I sent it” (55:11, emphasis added). Daniel speaks of God sending an angel to rescue Shadrach, Meshach and Abednego (3:28) and of God sending an angel to protect Daniel by shutting the mouths of lions (6:22). Joel speaks of God sending “grain, new wine and oil, enough to satisfy you fully” (2:19). Micah reflects on the Exodus event and how God sent leadership to the people, “I brought you up out of Egypt and redeemed you from the land of slavery. I sent Moses to lead you, also Aaron and Miriam” (6:4). Zechariah speaks of a group of angels as “the ones the Lord has sent to go throughout the earth” (1:10). Finally, in the last book of the Old Testament God promises to send his special messenger, “See, I will send my messenger, who will prepare the way before me” (Mal. 3:1).

In addition to recognizing that God sent prophets to pronounce judgments and blessings it is also significant to note that Scripture makes clear that false prophets were not sent by God.  In the Book of Jeremiah God denies sending false prophets on four different occasions (14:14; 23:21; 27:15; 29:9) and in chapter twenty-eight Jeremiah himself recognizes that Hananiah has not been sent by God, “Then the prophet Jeremiah said to Hananiah the prophet, ‘Listen, Hananiah! The Lord has not sent you, yet you have persuaded this nation to trust in lies” (28:15). Furthermore, in Ezekiel the people are told that unless a prophet is sent from the Lord his words will not be fulfilled, “Their visions are false and their divinations a lie. They say, ‘The Lord declares,’ when the Lord has not sent them” (Ezek. 13:6).

New Testament Survey of Sending Language

The Gospels

Some people might argue that “as a collection of documents telling the story of Jesus, the Gospels do not contain a systematic theology of mission.” [16] However, “the New Testament is a missionary book in address, content, spirit and design. . . . [It is] theology in motion more than theology in reason and concept.” [17] Furthermore, while the sending motif is clearly significant in the Old Testament concept of mission; the theological concept of sending plays an even greater and more central role in the understanding of missions in the New Testament.

“As the Old Testament closes with the promise of the special messenger whom God will send as a forerunner of the Messiah” [18] (Mal. 3:1), the New Testament begins with the announcement that the messenger has come in the person of John the Baptist, “a man who was sent from God” (John 1:6; cf. Matt. 11:10-15; Mark 1:2-8; Luke 7:18-28). Each of the Gospels then proceeds to illustrate the importance of sending in understanding the mission of Jesus. The vocabulary of sending is most prominent in the Gospel of John, while occupying a lesser, yet still significant place within each of the synoptic gospels.

The Synoptic Gospels

In the Synoptic Gospels Jesus is pictured as one who has a profound sense of being sent:

Every mission involves a sender and a sent one. In a saying recorded in all three synoptic gospels, Jesus alluded to a relationship in connection with his own mission: “He who receives you receives me, and he who receives me receives the one who sent (ton aposteilanta) me” (Matt. 10:40; Mark 9:37; Luke 9:48). With this statement, Jesus established three facts in regard to his mission: first, there was a sender; second, Jesus himself was the sent one; third, there was a close identification between the sender and the one who was sent. [19]

Jesus’ self understanding of being the “one sent” can also be seen in other passages in the synoptics. In Matthew, Jesus speaks to the Canaanite woman telling her that he “was sent only to the lost sheep of Israel” (15:24), in Mark Jesus tells his disciples that anyone who welcomes a little child does not only welcome Jesus himself, but “the one who sent me” (9:37) and in Luke Jesus shares that he must preach the good news of the kingdom “because that is why I was sent” (4:43).

In the Gospel of Luke there are three key sending passages. First, is the record in Luke 4:16-30 of Jesus returning to the synagogue in Nazareth and equating himself with the passage read from Isaiah 61:1-2. “Of all the Old Testament passages he could have chosen, he selected this one as the platform for his life and work. It became the manifesto of his ministry.” [20] As noted earlier in the discussion on the sending language of Isaiah 61:1-3, each of the redemptive deeds listed in the passage proceed from the verb “sent.” Having Jesus identify himself with this particular Old Testament passage adds to the relationship between his mission and that of being sent.

In Luke, Jesus is not only the sent one, but he is also one who sends. The second significant sending passage in Luke is that of Jesus sending out the twelve in Luke 9:1-6:

When Jesus had called the Twelve together, he gave them power and authority to drive out all demons and to cure diseases, and he sent them out to preach the kingdom of God and to heal the sick. He told them: “Take nothing for the journey – no staff, no bag, no bread, no money, no extra tunic. Whatever house you enter, stay there until you leave that town. If people do not welcome you, shake the dust off your feet when you leave their town, as a testimony against them.” So they set out and went from village to village, preaching the gospel and healing people everywhere.

“If the foundational mission, according to Luke, is Jesus being sent by God, then the sending of the twelve is an integral part of Jesus’ own mission. From a larger group of disciples Jesus chose and commissioned twelve ‘apostles’ (apostoloi, Luke 6:12-15). He now shares his power and authority with them, and sends (apostello) them on their mission (9:1-2).” [21]

Reminiscent of Jesus identifying his ministry with Isaiah 61:1-2, he now sends out the Twelve to “preach the kingdom of God and to heal the sick” (9:2). Parallel passages of the sending out of the twelve can also be found in the Gospel of Matthew, “These twelve Jesus sent out with the following instructions” (10:5) and Mark, “Calling the twelve to him, he sent them out two by two and gave them authority over evil spirits” (6:7).

The third significant sending passage in Luke is the sending of the seventy-two [22] in Luke 10:1-24. Jesus again sees himself not only as the sent one, but also as the sending one. Jesus sends out the seventy-two as advance teams to prepare the towns and villages he was about to enter. Jesus not only sends out the seventy-two, but he also calls upon the people to ask the “Lord of the harvest” to send workers to assist them in their labor (10:2).

The Gospel of John

The primary focus of the Fourth Gospel is the mission of Jesus: “he is the one who comes into the world, accomplishes his work and returns to the Father; he is the one who descended from heaven and ascends again; he is the Sent One, who, in complete dependence and perfect obedience to his sender, fulfills the purpose for which the Father sent him.” [23] “The entire Gospel is about sending and being sent.” [24] Therefore it is not surprising that John’s gospel is laden with the vocabulary of sending – the term and its derivatives appear almost sixty times.

While there is a variety of vocabulary used to describe the sending concept in the Fourth Gospel, [25] the concept is most often “expressed by different variations of the verbs pempo or apostello.” [26] The verb pempo, which is commonly translated as “to send,” occurs 33 times in John as compared to the Synoptic Gospels where the word is found four times in Matthew, once in Mark, and 10 times in Luke. [27] The verb apostello has the basic meaning of “to send forth,” and can be used of persons or things. [28] “When the object of the verb is a person, apostello often has the connotation of a commissioning, which transfers the authority of the sender to the person being sent.” [29] On account of the frequency of these two verbs it would appear that both words are of equal importance to the Johannine concept of sending and are virtually synonymous in John, however the question of synonymity has created significant debate in the past few decades. [30] Nevertheless, regardless of the position one takes on the nuances of the sending vocabulary in the Gospel of John it is difficult to overemphasize “how deeply the sending concept relates to Jesus’ identity. Almost every page of the Fourth Gospel breathes with a passage in which Jesus expressed who he is in terms of his sense of being sent.” [31]

When considering the sending motif in John’s Gospel there are at least three major areas of exploration: (1) Jesus’ mission and the origin of that mission, the Father who sends; (2) the fulfillment of the mission in the sending of the Holy Spirit to the disciples; and (3) the continuation of Jesus’ mission through the sending of the disciples into the world.

“It is part of the fundamental structure of any sending, even the sending of a mere human being, that the one sent does not follow his own will, but that of the sender, and that he does not speak and act in his own name, but represents another.” [32] This structure is clearly evident in Jesus’ relationship with the Father as depicted in the Gospel of John. Jesus, the sent one, is to know the sender intimately (7:29; cf. 15:21; 17:25) and to live in a close relationship with the one who sends (8:16, 18, 29; 16:32). Jesus came not to do his own will but the will of the Father who sent him (4:34; 5:30; 6:38-40), to speak not his own words but the words of the one who sent him (7:16-18; 8:26-29; 12:49; 14:24), and not to do his own work but the work of the Father who sent him (5:36; 9:4). The sending relationship between the Father and the Son speaks to the very heart of the gospel: “For God did notsend his Son into the world to condemn the world, but to save the world through him” (3:17).

In addition to the theme of the Father sending the Son, the Gospel of John speaks twice concerning the sending of the Holy Spirit. [33] In John 14:26 the Spirit is sent by the Father: “But the Counselor, the Holy Spirit, whom the Father will send in my name, will teach you all things and will remind you of everything I have said to you.” And in John 15:26 the Spirit is sent by the Son from the Father: “When the Counselor comes, whom I will send to you from the Father.”

Of special importance in John is the linking of the mission of Jesus with that of his followers as the “sent ones.”  “The disciples’ mission is essentially the same as the mission of the Son and the Spirit – to bring glory to God and to bring to the world forgiveness of sins and spiritual life.” [34] In Raymond Brown’s commentary on the Gospel of John he explains the continuity of mission in the following way:

The special Johannine contribution to the theology of mission is the Father’s sending of the Son which serves both as the model . . . and the ground . . . for the Son’s sending of the disciples. Their mission is to continue the Son’s mission; and this requires that the Son must be present to them during this mission, just as the Father had to be present to the Son during His mission. [35]

After his conversation with the Samaritan woman, Jesus sends his disciples to reap the harvest (4:38). In the high priestly prayer Jesus prayers to the Father for the protection of disciples as Jesus sends them into the world (17:18).  And shortly before Jesus ascends to the Father he commissions the disciples to evangelize the world. “As the Father has sent me, I am sending you” (20:21). Here John in one pericope repeats once again three main aspects of mission he has been developing throughout the gospel: (1) Father has sent Jesus into the world, (2) Jesus sends his disciples into the world, (3) the Holy Spirit is sent to enable disciples in their mission. By themselves the disciples are inadequate to fulfill the mission, yet by receiving the Spirit they receive authority and so also become God’s “agents, or sent ones,” the apostles. Referring to this verse, John Stott remarked that the church’s mission finds precise articulation in the Fourth Gospel:

The crucial form in which the Great Commission has been handed down to us (though it is the most neglected because it is the most costly) is the Johannine. Jesus had anticipated it in his prayer in the upper room which he said to the Father: “As thou didst send me into the world, so I have sent them into the world” (John 17:18). Now, probably in the same upper room but after his death and resurrection, he turned his prayer-statement into a commission and said: “As the Father has sent me, even so I send you” (John 20:21). In both of these sentences Jesus did more than draw a vague parallel between his mission and ours. Deliberately and precisely he made his mission the model of ours, saying “as the Father sent me, so I send you.” Therefore our understanding of the church’s mission must be deduced from our understanding of the Son’s. [36]

Finally, in an excellent commentary on the Gospel of John by Craig Keener he offers a similar summation of the importance of the commissioning passage in the Fourth Gospel for the life of the church:

Whereas the sending of the Son is the heart of the Fourth Gospel’s plot, its conclusion is open-ended, spilling into the story of the disciples. Thus the church’s mission is, for John’s theology, to carry on Jesus’ mission (14:12; 17:18). Because Jesus was sending “just as” (kaqws) the Father sent him (20:21), the disciples would carry on Jesus’ mission, including not only signs pointing to Jesus (14:12) but also witness (15:27) through which the Spirit would continue Jesus’ presence and work (16:7-11). [37]

The Book of Acts

In the Book of Acts it is common to recognize that Luke’s presentation of mission is less about the “Acts of the Apostles” than about the “Acts of the Holy Spirit,” less about the mission of the church than about the mission of God. [38] “For Luke’s narrative portrays each person of the Godhead as a “sending one,” both in commissioning and promoting mission. Each person of the Trinity is also a “sent one,” a direct agent of mission, as well as a participant working through human agents,” [39] both individually and collectively.

The individual aspect is clearly illustrated through the ministry of the Apostle Paul. The Lord appeared to Ananias and sent him to Paul in order that Paul would regain his sight (9:17). Twice Luke describes Paul’s ministry to the Gentiles with sending language, “Then the Lord said to me, ‘Go; I will send you far away to the Gentitles’” (22:21) and “I will rescue you from your own people and the Gentiles. I am sending you to them to open their eyes and turn them form darkness to light” (26:17-18). In chapter twenty-eight Paul also speaks of salvation being sent, “Therefore I want you to know that God’s salvation has been sent to the Gentiles and they will listen” (28:28).

The collective nature of sending in the Book of Acts can best be seen in the church at Antioch. In chapter thirteen, Luke records that after prayer and fasting the leaders of the church placed hands on Paul and Barnabas and “sent them off” (13:3). The next verse describes the beginning of the journey by stating that “the two of them, sent on their way by the Holy Spirit, went down to Seleucia and sailed from there to Cyprus” (13:4).

Finally, in the Book of Acts the language of sending can be found in two sermons recorded by Luke. In chapter three, Peter’s messages uses sending language as he affirms God’s salvation in the sending of the Messiah: “that he may send the Christ, who has been appointed for you. . . . When God raised up his servant, he sent him first to you to bless you by turning each of you from your wicked ways” (3:20, 26). Then, in chapter seven Stephen’s speech to the Sanhedrin reflects back to the Exodus story of God sending Moses back to Egypt to confront Pharaoh (7:34-35).

The Epistles and Revelation

In the Pauline epistles there are several clear uses of sending vocabulary, “each conveying a different theological perspective within the larger salvific sphere.” [40] In Romans, Paul speaks of God “sending his own son in the likeness of sinful man to be a sin offering” (8:3). In Romans Paul also asks how the people can hear unless the one who preaches is sent (10:15). When dealing with division in the church at Corinth over loyalty to certain leaders, Paul states, “For Christ did not send me to baptize, but to preach the gospel” (1 Cor. 1:17). Speaking to the heart of the Gospel, Paul makes reference to both God sending the Son and the Spirit in Galatians 4:4-6:

But when the time had fully come, God sent his Son, born of a woman, born under the law, to redeem those under law, that we might receive the full rights of sons. Because you are sons, God sent the Spirit of his Son into our hearts, the Spirit who calls out, “Abba, Father.”

In Second Thessalonians, Paul refers to God sending a “powerful delusion” to those who have rejected the gospel (2:11). Finally, in multiple places throughout the Pauline epistles we find Paul adopting and defending the title of apostle [41] or “sent one” (Rom. 1:1; 1 Cor. 1:1; 2 Cor. 1:1; Gal. 1:1; Eph. 1:1; Col. 1:1; 1 Tim. 1:1; 2 Tim. 1:1; Titus 1:1).

In the General Epistles, the author of Hebrews refers to Jesus as the “apostle” [42] or “sent one” (3:1). First Peter speaks of the “Holy Spirit sent from heaven” (1:12) and in keeping with Johannine tradition, 1 John speaks of the Son being sent by the Father (4:9-10, 14).

The Book of Revelation “uses the language of sending to convey a variety of theological ideas.” [43] In chapter one, the revelation is made known to John through the sending of an angel (1:1), later in the same chapter John is told to send messages to the seven churches (1:11), and in chapter five the seven spirits of God are “sent out into all the earth” (5:6).

Finally, in chapter twenty-two we read that both God and Jesus send angels, one to prepare the people for what was to come, “The Lord, the God of the spirits of the prophets, sent his angles to show his servants the things that must soon take place” (22:6) and one to give John the message for the churches, “I Jesus, have sent my angel to give you this testimony for the churches. I am the Root and the Offspring of David, and the bright Morning Star” (22:16).

Sending Language Implicit in Scripture

As presented in the previous pages of this chapter, the explicit language of sending found throughout the Old and New Testament is substantial. Moreover, the usage of sending language “establishes such a clear picture of mission in the Bible that its unique missional character is seen unmistakably even in events and ideas where the language as such is not explicit.” [44] There are multiple passages in Scripture that speak to the missionary nature of God and the missional essence of the church that employ terms different from sending language. For example, the widespread use of the word “go” in both the Old and New Testament “is the imperative mood of the missional idea. It expresses through mandate form what the sending expresses in description and idea through the indicative mood.” [45]

In Genesis God told Abram to “go to the land I will show you” (12:1). There God’s plan was to bless Abram so he in turn could be a blessing. In many of the Prophetic Books the word “go” is central to commissioning of the prophets. In Ezekiel the prophet is told to “go and speak to the house of Israel” (3:1), Amos is commanded to “go and prophesy” to God’s people (7:15), and Jonah is told twice to “go to the great city of Nineveh and proclaim to it the message I give you” (1:2; 3:1).

In passages mentioned earlier the idea of going and the idea of sending are linked. In chapter six of the book of Isaiah not only does the prophet respond to God’s question, “Who shall I send? And who will go for us?” in the affirmative; but after he does respond, God tells Isaiah to “Go and tell this people” (6:9). Moreover, in the sending of the seventy-two in Luke’s gospel they are told to go as Jesus was sending them out, “Go! I am sending you out like lambs among wolves” (10:3).

Finally, while the language of sending is clearly explicit in the commissioning of the disciples in John’s gospel, the language of “go” (or “going”) is evident in the Great Commission in Matthew 28:16-20 (cf. Mark 16:15-18). However, it is still clear that Jesus,

the one who was sent on mission and who has accomplished his mission, now becomes the sender. . . . The eleven disciples are the sent ones. Jesus had called them with a view to mission (4:19). He had taught them about kingdom living (5:3-7:27), kingdom mission (10:5-42), the mysteries of the kingdom (13:3-52), relationships within the kingdom (18:1-35), and the future consummation of the kingdom (24:3-25:46) – all in order to prepare them more effectively for their mission. [46]

Conclusion

 

The shear volume of the sending theme evident throughout Scripture ought to prompt the church to examine more closely the theological implications of such language. It undoubtedly illustrates the sending, missionary nature of the Triune God. The mission is ultimately the mission of God the Father, who has sent the Son, who has sent the Spirit, who has sent the disciples – this must give the Church’s mission both its power and its authority. In the excellent little book, A Sense of Mission, Albert Curry Winn concisely summarizes the importance of having this sending theme form the church’s understanding of its nature and activity when he writes: “If the sense of having been sent defines who Jesus is, from henceforth it must define what the church is.” [47]


1. William J. Larkin Jr., “Mission,” in Evangelical Dictionary of Biblical Theology, ed. Walter A. Elwell (Grand Rapids: Baker, 1996), 534.

2. Francis M. DuBose, God Who Sends (Nashville, TN: Broadman Press, 1983), 24.

3. Georg F. Vicedom, The Mission of God (Saint Louis: Concordia Publishing House, 1965), 9.

4. Latin for “the sending of God,” in the sense of “being sent,” a phrase used in Protestant missiological discussion especially since the 1950s, often in the English form “the mission of God.” Originally it was used (from Augustine on) in Western discussion of the Trinity for the “sentness of God (the Son)” by the Father (John 3:17; 5:30; 11:42; 17:18). Georg F. Vicedom popularized the concept for missiology at the CWME meeting in Mexico City in 1963, and publishing the book: The Mission of God. John A. McIntosh, “Missio Dei” in Evangelical Dictionary of World Missions, ed. A. Scott Moreau, Harold Netland and Charles Van Engen (Grand Rapids: Baker, 2000), 631-633.

5. Darrell Guder, The Missional Church: A Vision for the Sending of the Church in North America(Grand Rapids: Eerdmans, 1998), 4.

6. Johan H. Bavinck, An Introduction to the Science of Missions (Grand Rapids: Baker, 1960), 11.

7. Ferris L. McDaniel, “Mission in the Old Testament,” in Mission in the New Testament: An Evangelical Approach, ed. William J. Larkin, Jr. and Joel William (Maryknoll, N.Y.: Orbis, 1998), 12-15.

8. Walter C. Kaiser, Jr., Mission in the Old Testament (Grand Rapids: Baker, 2000), 11.

9. Unless otherwise noted, all Bible references are from the Holy Bible, New International Version.

10. DuBose, 42.

11. Ibid., 44.

12. McDaniel, 19.

13. DeBose, 46.

14. Koole, Jan L. Isaiah III, vol. 3, Historical Commentary on the Old Testament, ed. Cornelis Houtman, Gert T.M. Prinsloo, Wilfred G.E. Watson and Al Wolters (Belgium: Peeters, 2001), 270. See also John N. Oswalt. The Book of Isaiah: Chapters 40-66The New International Commentary on the Old Testament, ed. R. K. Harrison and Robert L. Hubbard, Jr. (Grand Rapids: Eerdmans, 1998), 565.

15. DuBose, 47.

16. A. Scott Moreau, Gary R. Corwin and Gary B. McGee, Introducing World Missions: A Biblical, Historical, and Practical Survey (Grand Rapids: Baker, 2004), 40.

17. George W. Peters, A Biblical Theology of Missions (Chicago: Moody, 1972), 131.

18. DuBose, 49.

19. John D. Harvey, “Mission in Jesus’ Teaching,” in Mission in the New Testament: An Evangelical Approach, ed. William J. Larkin, Jr. and Joel William (Maryknoll, N.Y.: Orbis, 1998), 31.

20. DuBose, 50.

21. Andreas J. Kostenberger and Peter T. O’Brien, Salvation to the Ends of the Earth: A Biblical Theology of Mission (Downers Grove, IL: InterVarsity, 2001), 120.

22. Some manuscripts say seventy. It is difficult to come to any final decision regarding the number of disciples sent out by Jesus – seventy or seventy-two. See Kostenberger, 120.

23. Kostenberger, 203.

24. Johannes Nissen, “Mission in the Fourth Gospel: Historical and Hermeneutical Perspectives” in New Readings in John: Literary and Theological Perspectives, Essays from the Scandinavian Conference on the Fourth Gospel Arhus 1997 (Sheffield: Sheffield Academic, 1999), 215.

25. In addition to the most common use of the verbs pempo and apostello, analogous to these areerxouai, ecerxomai and katabaino; prepositions that are used with the sending concept are apoekand para; other terms that relate to the concept are agiazodidwmi and entellomai; verbs that describe the return of the emissionary to the Father are upagwporeuomaianabainw, andmetabainw. Johan Ferreira, Johannie Ecclesiology (Sheffield: Sheffield Academic, 1998), 167.

26. In John’s gospel the term pempo is used approximately twenty-three times for the sending of the Son, all in articular participial forms: eight times in the nominative (5:37; 6:44; 7:28; 8:16, 18, 26, 29; 12:49); seven times in the genitive (4:34; 5:30; 6:38, 39; 7:16; 9:4; 14:24); seven times in the accusative (5:23; 7:33; 12:44, 45; 13:20; 15:21; 16:5); once in the dative (5:24). Apostello occurs seventeen times in reference to the sending of the Son, in indicative forms only. Martin Erdmann, “Mission in John’s Gospel and Letters” in Mission in the New Testament: An Evangelical Approach, ed. William J. Larkin, Jr. and Joel William (Maryknoll, N.Y.: Orbis, 1998), 210.

27. Ferreira, 168.

28. Ibid., 167.

29. Ibid.

30. For an excellent overview of the debate see Andreas J. Kostenberger, “The Two Johannine Verbs For Sending: A Study of John’s Use of Words with Reference to General Linguistic Theory” in Studies on John and Gender: A Decade of Scholarship (New York: P. Lang, 2001), 129-147.

31. DuBose, 49.

32. Michael Waldstein, “The Mission of Jesus and the Disciples in John” Communio 17, (Fall 1990): 319.

33. For an excellent study on the priority of the Holy Spirit in mission see Hendrikus Berkhof, The Doctrine of the Holy Spirit (Richmond, John Knox, 1964). Berkhof argues that there has been a serious theological neglect of the doctrine of the Holy Spirit in the work of mission. He writes: “In Roman Catholic theology, the Spirit is mainly the soul and sustainer of the church. In Protestant theology he is mainly the awakener of individual spiritual life in justification and sanctification. So the Spirit is either institutionalized or individualized. And both of these opposite approaches are conceived in a common pattern of an introverted and static pneumatology. The Spirit in this way is the builder of the church and the edifier of the faithful, but not the great mover and driving power on the way from the One to the many, from Christ to the world. In one of the very rare theological works on the relation between the Spirit and mission, the American missionary Harry R. Boer writes: ‘Much has been written about the work of the Holy Spirit in the salvation of men, but very little about his crucial significance for the missionary witness of the Church.’ This situation is probably to the detriment of the mission, but surely to the detriment of theology, which suffers a great impoverishment indeed in that it is oriented to situations far more than to movements. In neglecting rather than reflecting the great movement of the Spirit, it distorts the whole content of faith and is an accomplice to the individualistic and institutionalistic introversion and egotism still found in the churches today” (Berkhof, 33).

34. Geoffrey R. Harris, Mission in the Gospels (London: Epworth, 2004), 177.

35. Raymond E. Brown, The Gospel According to John, vol. 2 (New York: Doubleday, 1970), 1036.

36. John R.W. Stott, Christian Mission in the Modern World (Downers Grove, IL: InterVaristy, 1975), 23.

37. Craig S. Keener, The Gospel of John: A Commentary vol. 2 (Peabody, MA: Hendrickson, 2003), 1204.

38. William J. Larkin, Jr. “Mission in Acts,” in Mission in the New Testament: An Evangelical Approach, ed. William J. Larkin, Jr. and Joel William (Maryknoll, N.Y.: Orbis, 1998), 174.

39. Ibid., 175.

40. DuBose, 51.

41. Apostle (apostolos) is defined by it s use in the New Testament and its relationship to the three words apostellopempo, and the Twelve. Apostello (‘to send’) is used frequently in the Gospels, Acts, and the Epistles when referring to an authoritative commission. The word apostle is indebted to the Hebrew term shaliach. A shaliach, as used by the Jews, was someone sent by one party to another to handle negotiations concerning matters secular or matters religious. Harold E. Dollar, “Apostle, Apostles” in Evangelical Dictionary of World Missions, ed. A. Scott Moreau, Harold Netland and Charles Van Engen (Grand Rapids: Baker, 2000), 73-74.

42. In this case Jesus is designated as “apostle,” a title that otherwise is never used of him in the New Testament. The title apostolos is invariably used for one sent on a commission by another, and is given specifically to the representative of Jesus sent out by him (see Matt 10:2; Mark 3:14; Luke 6:13; Acts 1:2; 14:14; Rom. 1:1; 1Cor. 4:9; 12:28). Luke Timothy Johnson, Hebrews: A Commentary(Louisville: Westminster John Knox Press, 2006), 106.

43. DuBose, 52.

44. Ibid., 55.

45. Ibid.

46. Harvey, 129.

47. Albert Curry Winn, A Sense of Mission: Guidance From the Gospel of John (Philadelphia: Westminster Press, 1981), 43.

 

http://missionalchurchnetwork.com/missional-sending-language/


 

download

 

Widely known as a watershed book that has transformed the thinking and practices of church leaders worldwide, Alan Hirsch’s The Forgotten Ways is now available in Spanish.

Missional thought leader Alan Hirsch is convinced that the inherited formulas for growing the body of Christ do not work anymore. And rather than relying on slightly revised solutions from the past, he sees a vision of the future growth of the church coming about by harnessing the power of the early church–a movement which grew from as few as 25,000 adherents in AD 100 to up to 20 million 200 years later. Similar meteoric growth has also been recorded in history and is currently being seen in many apostolic movements throughout the world today. How do they do it?

Caminos Olividanos proposes the concept of “apostolic genius” as a way to understand what caused the church to experience exponential growth and impact at various times in history, interpreting it for use in our own time and place. From the theological underpinnings to the practical application, Hirsch takes readers through this dynamic mixture of passion, prayer and incarnational practice to rediscover the dormant potential of the modern church in the West. Download a free copy of Caminos Olvidados.

Nuevo Libro Digital

Caminos Olvidados por Alan Hirsch en Español

Ampliamente conocido como un libro catalizador que ha transformado la forma de pensar y las prácticas de líderes de iglesias a nivel mundial, Caminos Olvidados por Alan Hirsch ya está disponible en Español.

Alan Hirsch, líder vanguardista en pensamiento misional, está convencido que las fórmulas de crecimiento para el cuerpo de Cristo heredadas ya no funcionan en estos tiempos. En vez de depender de pequeñas modificaciones a soluciones del pasado su visión ve venir el futuro crecimiento de la iglesia a través de la explotación del poder de la iglesia primitiva – un movimiento que creció de unos 25,000 adherentes en el año100 DC y que llegó a tener hasta 20 millones de adherentes 200 años después. Tanto en la historia como actualmente hay constancia de similares crecimientos espectaculares y meteóricos, hoy especialmente se ven dentro de movimientos apostólicos a través del mundo. ¿Cómo le hacen?

Caminos Olvidados presenta el concepto de la “genialidad apostólica”, una manera de comprender lo que ha causado que la iglesia haya experimentado un crecimiento e impacto exponencial en diferentes momentos de la historia e interpretada para nuestros tiempo y nuestro contexto. Desde los fundamentos teológicos hasta la aplicación práctica, Hirsch lleva a sus lectores a redescubrir el latente potencial de la iglesia occidental moderna a través de un dinámica mezcla de pasión, oración y práctica encarnacional. Descargue una copia gratuita de Caminos Olvidados.

DESCARGAR:

http://www.theforgottenways.org/training-resources.aspx

¿Cuál es la iglesia que necesitas?

Publicado: diciembre 18, 2013 en Iglesia, Teología

Joel Maceiras

¿Cuál es la iglesia que necesitas?

Ningún mensaje en una pantalla, ni ninguna personalidad, pueden sustituir a la formación espiritual que surge de ser parte del ambiente correcto de formación.

Hay algo raro en la tendencia de la iglesia global en las últimas décadas.Después de haber pasado años trabajando en una comunidad que sigue un modelo de iglesia que es el que está creciendo a nivel global, más y más me quedo pensando que hay algo en la nueva tendencia que no conecta con el propósito de la iglesia. No porque haya que “volver a la iglesia del Nuevo Testamento” (lo cual creo que es imposible y negativo), sino porque no están cumpliendo lo que tú y yo mas necesitamos en nuestras vidas: (trans)formación.
¿Cuál es la imagen de la tendencia global de la iglesia evangélica?
1. Una iglesia de liderazgo de celebridades, o lo que algunos en inglés han llamado “celebrity leadership”. Las iglesias que mas influencia tienen a nivel mundial son iglesias que giran en torno de un pastor estrella. Pero el punto no es sólo que sean famosos, sino que se convierten en la voz infalible de lo que la iglesia debe ser. En algunos casos, la iglesia se convierte en una franquicia multinacional donde aun cuando se abren comunidades en diferentes países, sigue habiendo un pastor principal que se convierte en un “pequeño papa”. De hecho, ésta es una de las controversias más agudas en el ambiente evangélico reformado norteamericano en las últimas semanas.
2. Una iglesia de liderazgo agresivo/marketing. Hace poco un amigo mío, pastor con el que trabajé en Estados Unidos, fue despedido de la iglesia. Sin entender muy bien qué estaba pasando, y con la sorpresa de no habérselo esperado, mi amigo preguntó por qué. La respuesta fue: “eres un buen pastor, conectas con la gente, eres buen comunicador y tienes buena teología… pero tu estilo de liderazgo no casa con lo que necesitamos”. Conociendo perfectamente el contexto en el que esto pasó, puedo explicar que mi amigo es una persona en sus cincuenta y muchos que no tiene un liderazgo agresivo y “cool”.
3. Una iglesia que se enfoca mas en el diseño y la producción audiovisualque en la formación humana de los que asisten. Hay iglesias en el mundo hoy, iglesias a las que tú y yo seguimos como los fans de  The Beatles  que, literalmente, en algunos de sus campus, no tienen ni un sólo pastor con formación teológica y cuyos equipos están formados sobre todo por decoradores, diseñadores gráficos y productores audiovisuales. ¿De verdad es la iglesia un lugar donde hay más diseñadores gráficos que pastores?
4. Una iglesia que limita su función a la experiencia del adoración del fin de semana. Por siglos, la iglesia fue una comunidad de formación. La iglesia fue pionera en la formación educativa y la conservación de manuscritos que hoy son la base de la filosofía clásica. La iglesia fue pionera en la formación de universidades. La iglesia fue pionera en el desarrollo científico, y en la ayuda humanitaria allí donde nadie quería ir. Pero la tendencia global de la iglesia evangélica es la de reducir su enfoque a las experiencias y dejar de crear actividades de formación global.
¿Es ésta la iglesia que nos va a llevar al diseño que Dios creó para la humanidad? ¿Es ésta la iglesia evangélica que va a hacer que las personas se pregunten si de verdad hay algo más y distinto en la vida? Cuanto más lo investigo más crece mi convicción de que la iglesia que hoy, que está aparentemente creciendo en lugares como Londres, Barcelona o Berlin bajo luces de neón, es una iglesia que llevará la revolución del reino que llegó con Jesús. Cómo dijo el Dr. David Fitch en uno de sus últimos posts, “la revolución no será televisada”.
No, la revolución será silenciosa, local y basada en un ambiente de conversación y formación humana y espiritual. Y, lo que es más importante ahora mientras lees esto, así será el lugar dónde puedas encontrar (trans)formación para tu propia vida. Así que déjame ponerlo de otra forma: ¿Cuál es el caldo de cultivo que deberías buscar ahora y en los años que entran para forjar en ti lo que Pablo llamó “la mente de Cristo”? ¿Cuál es ese lugar que deberías buscar, sea donde sea que estés en tu camino espiritual?
1. Busca una comunidad donde haya un liderazgo respetable por méritos; y si no lo hay, ayuda a que nazca. Igual que cuando tienes una enfermedad esperas que te atienda un doctor de calidad, así busca un lugar donde las personas que lideran sean personas probadas. Eso es lo que Pablo escribió en 1 Timoteo. Es mejor que tu vida sea influenciada por alguien que ha luchado con las preguntas más difíciles de la vida que por alguien que sabe montar una buena reunión.
2. Busca una comunidad donde el énfasis no sea la producción audiovisual sino en perseguir la vida que Dios pone a nuestra disposición.
3. Busca una comunidad donde se hable de preguntas y cuestiones difíciles, y no solo donde se repitan eslóganes populares.
4. Se parte de una comunidad en la que con frecuencia tengas conversaciones difíciles. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se sentó contigo personalmente y te dijo algo que no querías escuchar sobre tu vida? Si la premisa de que no eres perfecto y que tienes mucho que progresar es cierta, debería preocuparte que quizá hace años que nadie se haya sentado a hablar contigo de lo que necesitas cambiar.
En una sola frase, se puede decir que es la mentalidad del “global media” es la que está influenciando la iglesia evangélica de los años que entran. Pero recuerda, queningún mensaje en una pantalla, ni ninguna personalidad, pueden sustituir a la formación espiritual que surge de ser parte del ambiente correcto de formación.
Ten cuidado al elegir.

Autores:  Joel Maceiras

©Protestante Digital 2013

Evangelii Gaudium según Francisco

Publicado: diciembre 18, 2013 en Iglesia, Teología

Leonardo de Chirico

Evangelii Gaudium según Francisco

 No hay ningún síntoma de conversión “real” del Papado en el sentido bíblico. El cambio que se prevé está en la esfera de la gobernabilidad interna de la iglesia.

Cinco capítulos, 288 párrafos y más de 220 páginas. Todo esto se convierte en la Carta Apostólica del Papa Francisco titulada  El Gozo del Evangelio (Evangelii Gaudium) , el segundo documento magisterial de su Pontificado (el anterior es la encíclica  La Luz de la Fe) .
No obstante, es el primero que sale íntegramente de su propia pluma y originalmente fue escrito en español. En 2010 Benedicto XVI lanzó la idea de la “nueva evangelización” y en 2012 convocó un Sínodo de Obispos para debatir la misma. Ahora tenemos la interpretación de Francisco de la nueva evangelización en una declaración autoritativa que es también un compendio para interpretar la mayor parte de lo que el Papa ha dicho y hecho hasta la fecha. A continuación seleccionamos algunos de los aspectos más destacados.
CONVERSIÓN MISIONERA Si bien  Evangelii Gaudium  llega un año después del Sínodo, que es citado 27 veces, todo el enfoque del tema depende más del documento latinoamericano de Aparecida que del primero. Más que de la “nueva evangelización” a este Papa le encanta hablar de la “misión”. La primera intenta llegar a los católicos no practicantes; la última es un estilo de toda la iglesia que va en todas direcciones. La primera es particularmente relevante para el Occidente cada vez más secularizado, mientras que la última es una agenda “católica” para el mundo.
Según el Papa, “la proyección misionera es paradigmática de toda la actividad de la iglesia” (15). La evangelización es una parte de la misión y no a la inversa. Aquí nos enfrentamos a una declaración programática del Papado: la Iglesia no puede permitirse permanecer en una modalidad de “simple mantenimiento”: necesita estar en un “estado permanente de misión” (25), expandiéndose, estando siempre comprometida en la participación de los demás y centrada constantemente en llegar a ellos.
El cultivo del mantenimiento y las actitudes autorreferenciales son los enemigos “internos” contra los que Francisco está dispuesto a luchar. La visión del Papa Francisco se dirige hacia el exterior y la “misión” (sea lo que sea lo que signifique) está en el centro de la misma. Su iglesia no estará a la defensiva, sino que se dedicará de manera proactiva a la promoción de su visión.
¿LA CONVERSIÓN DEL PAPADO? Cuando llama a los demás a cambiar, el Papa también es consciente de la necesidad del Papado a convertirse. A veces, algunas “estructuras eclesiales” pueden llegar a convertirse en una carga y deberían, por consiguiente, abrirse a la transformación (26). En un enérgico pasaje, va tan lejos como para decir que está dispuesto a ver una “conversión del papado” (32). Para aquellos que se preguntan que significa esta expresión, esta conversión no implica una deconstrucción de la actitud dogmática del Papado, ni el cuestionamiento radical de las afirmaciones papales sobre el ministerio petrino. Esta frase tiene que ver más con la manera como funciona la burocracia vaticana que con la esencia doctrinal del Papado.
El documento, de hecho, habla de “descentralización” (16) enfrente de la “excesiva centralización” (32) o del papel cada vez más creciente de las Conferencias Episcopales (32). No hay ningún síntoma de conversión “real” del Papado en el sentido bíblico. El cambio que se prevé está en la esfera de la gobernabilidad interna de la iglesia.
MÁS GOZO QUE EVANGELIO La palabra “gozo” se repite 59 veces y es el hilo conductor del documento. El Papa quiere dar un sabor gozoso a la misión. El Evangelio también forma parte del título pero tiene un rol menor en el mismo. El “corazón” del Evangelio está resumido de esta forma: “la belleza del amor salvador de Dios se hizo manifiesta en Jesucristo quien murió y resucitó de entre los muertos” (36).
En esta definición aparentemente evangélica del Evangelio falta algo: mientras que las Buenas nuevas de Dios, desde el punto de vista objetivo, están correctamente relacionadas con la narrativa de Jesucristo, la parte subjetiva de las mismas (o sea, el arrepentimiento de los propios pecados y la fe personal) se omite. La tragedia de estar perdido sin Jesucristo también se ha minimizado.
Por este motivo, en ninguna parte del documento se cita a los incrédulos no arrepentidos llamados a arrepentirse y creer en Jesucristo. Los cristianos no católicos ya están unidos en el bautismo (244), los judíos no necesitan convertirse (247) y con los musulmanes el camino es “el diálogo” porque “junto con nosotros ellos adoran al único y misericordioso Dios” (252, una cita de  Lumen Gentium 16).  Los otros no cristianos también son “justificados por la gracia de Dios” y están asociados al “misterio pascual de Jesucristo” (254).
El Evangelio no parece ser un mensaje de salvación del juicio de Dios, sino el acceso a unas medidas más completas para una salvación que ya se le da a toda la humanidad. Sin embargo, según Francisco, la misión es la voluntad gozosa de extender la plenitud de la gracia al mundo que ya está bajo la gracia.
CATOLICISMO ROMANO EN FORMA DE PÍLDORA El documento proporciona interesantes comentarios hechos por el Papa cuando predica (“homilías” en el lenguaje católico, 135-159): una consideración especial para los pobres (186-216) y el “poder evangelizador de la piedad popular” (122-126), es decir, las variadas formas de los cultos a los santos y a María. Lo que es aún más notable, no obstante, es la sección en la cualFrancisco se refiere a varios slogans que marcan la forma en que la cosmovisión católico romana despliega la tarea misionera. Estos son sólo dos de ellos:
-“La unidad prevalece sobre el conflicto”(226-230). El Papa alienta a los católicos a encontrar caminos en los cuales “los conflictos, las tensiones y las oposiciones puedan lograr una unidad diversificada que engendra nueva vida” (228). Este propósito “tiene lugar en un plano superior y conserva lo que es válido y útil para ambos lados” (idem). La “diversidad reconciliada” (230) es el tradicional enfoque  “y-y”  que hace una síntesis de puntos de vista y de creencias opuestos, sosteniéndolos en un equilibrio “católico”.
-“El todo es mayor que las partes”(234-237). El Papa aquí anima a los católicos a ver el panorama general de las cosas. “El todo es más que la parte, pero también es mayor que la mera suma de ellas” (235). Este “principio de totalidad” (237) recuerda otro aspecto distintivo de la visión católico romana en que la Iglesia es “un signo y un instrumento tanto de una estrecha unión con Dios como de la unidad de todo el género humano”  (Lumen Gentium 1).
Debemos formular una última pregunta: ¿No será la misión concebida por Francisco una tentativa de la Iglesia Católico Romana para aumentar su catolicidad y ampliar así su razón de ser el signo final de la unidad para toda la humanidad?
 Traducción: Rosa Gubianas

Autores:  Leonardo de Chirico

©Protestante Digital 2013


Por: JUAN STAM

Análisis exegético del artículo

«Arsenokoités and Malakos: Meanings and Consequences»

por Dale B. Martin

en Biblical Ethics & Homosexuality: Listening to Scripture, Robert L. Brawley ed.

(Westminster John Knox Press 1996).[1]

Dale B. Martin, profesor de ciencias de la religión en la Universidad Yale y discípulo del famoso John Boswell, también profesor de Yale, es uno de los mayores defensores de la igualdad sexual y por lo tanto opositor férreo de toda homofobia, incluso en la interpretación bíblica. Sus artículos y libros hacen época en los debates exegéticos con referencia a la diversidad sexual. Para algunos/as, los argumentos de Martin son la refutación definitiva de la interpretación de arsenokoitai como «homosexuales» y de malakoí como el participante pasivo en una relación homosexual.[2]

Martin repite varias veces que no escribe tanto para aclarar el significado de las dos palabras griegas que menciona como para desenmascarar la ideología que priva en las interpretaciones conservadoras de 1Cor 6.9. No cabe duda de que prejuicios «ideológicos» a veces figuran en la oposición a la igualdad sexual, pero al analizar el escrito de Martin tendremos que preguntarnos si él no es culpable de lo mismo. Desde el primer párrafo ridiculiza a sus opositores, juzga sus motivaciones, generaliza sus juicios de ellos, interpreta tendenciosamente los textos y juega con caricaturas. Parece que nunca ha conocido a pensadores como Gordon Fee, Conzelmann. F.F. Bruce y N. T. Wright, que no caben en el estereotipo de fundamentalistas fanáticos con lo que trabaja él. Por eso hay que preguntar si Martin es menos ideológico que los objetos de sus burlas. Parece un caso de los zopilotes tirando a las escopetas. Su artículo hubiera sido más convincente, y más responsable, si hubiera sido menos subjetivo y visceral.

El argumento de Martin:

Martin descarta desde un principio la interpretación de arsenokoitês como «homosexual» (arsen, varón y koitê, cama, coito), señalando con un humor un poco sarcástico que el vocablo inglés «understand» no tiene nada que ver ni con «under» ni con «stand» y que «chairman» no tiene que ver con sillas. Además, afirma que derivar de los dos componentes del término el significado de «homosexual» cae en el error de la interpretación etimológica. Más bien, afirma Martin, su sentido debe determinarse por su uso en el mayor número posible de textos parecidos. Partiendo de la premisa de que en las listas similares los vicios están organizados lógicamente según los tipos de vicio,[3] Martin analiza una serie de pasajes y afirma que en esas listas arsenokoites no aparece entre los pecados sexuales sino entre los pecados sociales y especialmente económicos. De esos argumentos Martin concluye que el término se refiere al abuso del sexo (posiblemente homosexual) para hacer daño a otras personas.

Con un estudio similar de malakós (literalmente «suave, delicado») Martin concluye que toda la amplísima gama de significados se concentra en un concepto misógino de femineidad y afeminación. No implica, según Martin, ninguna referencia necesaria a relaciones homosexuales ni al «participante pasivo» de tales relaciones. Al contrario, la literatura antigua habla de malakoí que eran apasionadamente heterosexuales.

Crítica exegética sobre arsenokoitês:

Para ridiculizar la interpretación de arsenokoitês como «homo-sexual» Martin, con su característico dogmatismo, escoge los ejemplos absurdos de «under-stand» y «chair-man» y critica la interpretación tradicional como un argumento de etimología. Sin embargo, cuando ambos términos de la palabra compuesta son claros e ipso facto entendibles, el análisis diacrónico (etimología) es totalmente innecesario. Abundan palabras compuestas cuyo significado es inmediatamente evidente: guardameta, guardacostas, robacarros, lavacarros, rompecabezas, limpiabotas, y muchas más.[4] En el inglés, lengua materna de Martin, similares palabras compuestas son frecuentes: weekend, headhunter, cheerleader, sunlight, sunbeam, sunrise, sunset, suntan, sunburn etc. Contrario a la impresión de sofisticación lingüística, este argumento de Martin es superficial, tendencioso y exegéticamente irresponsable.

Los dos componentes de arsenokoitês parecen derivarse de la condena de homosexualidad en Lev 18:22 Lxx, meta arsenos ou komêthêsê koitên gunaikeian. Además, en el griego existían otras palabras compuestas con una estructura idéntica o parecida: mêtêrkoitês (quien tiene sexo con la madre), doulokoitês (que tiene sexo con esclavos), arsenothêlus (hombre-mujer; hermafrodita), polukoitês, polukoinia, polukoiteô (duerme con muchos hombres o mujeres; cf. polukoimêtos, que duerme mucho), arsenomanês (loco por los hombres), arsenôma (semilla de varón) y arsenomixio, arsenomiktes (homosexualidad, homosexual).[5]

De estas evidencias queda bien claro que el adjetivo arsenokoitês significa «varón que se acuesta con otro varón». Dale Martin, sin embargo, rechaza este sentido obvio, aparentemente natural, y apela a un argumento que resulta mucho menos convincente, del posicionamiento del término en otras listas de vicios. En ese proyecto Martin analiza el empleo de arsenokoitês en Oráculos Sibilinos 2:73; Hechos de Juan #36; Teófilo, Ad Autólico; Hipólito, Refutación de todas las herejías 5.26.22s y Bardesanes (según Eusebio, Preparación para el Evangelio 6.10.25).

Un pasaje que a Dale Martin se le olvidó:

Más pertinente para el tema es un texto que Martin no menciona en todo su artículo, la epístola de Policarpo a los Filipenses 5:3:

Igualmente, que los jóvenes sean irreprensibles en todo, teniendo cuenta, ante todo, de la castidad y sofrenándose de todo mal. Bueno es, en efecto, que nos apartemos de las concupiscencias (epithumía) que dominan en el mundo, porque toda concupiscencia milita contra el espíritu, y ni los pornoi (fornicarios), ni los malakoí (afeminados) ni los arsenokoitai (homosexuales) han de heredar el reino de Dios…

Este pasaje, fechado 107-8 d.C. a pocas décadas de la vida de Pablo,[6] aparece en una serie de exhortaciones a los diáconos (5:1-2), los jóvenes y vírgenes (5:3), los ancianos (6:1-2) y a todos (6:3). La exhortación a los jóvenes se concentra en lo sexual, bajo la categoría general de epithumia, desglosada en los tres grupos de pornoi, malakoí y arsenokoitai. Es claramente una lista de vicios («vicelist»). Es significativo que aquí, en este primer ejemplo, arsenokoitai aparece entre los pecados sexuales sin la menor referencia a lo económico ni a daños a otras personas. La frase «no heredar el reino de Dios» sugiere que Policarpo está reconrdando el texto de 1 Cor 6:9. Todo esto plantea un problema serio para la tesis de Dale Martin.

¿Cuán convincentes son los pasajes que cita Martin sobre arsenokoitês?

El primer texto que Martin trae a colación es Oráculos Sibilinos 2:73, donde en algunas versiones la prohibición «No practica la homosexualidad» aparece entre el robo de semillas (2:71) y la infidelidad a las confidencias (2:73b), en un largo pasaje de temas económicos sin otra referencia al sexo. Sin embargo, de todo este pasaje Alejandro Díez Macho, respetado autoridad en materia de escritos apócrifos, dictamina que «la evidente interpolación de los vv. 56-118, tomada burdamente del Pseudo-Focílides» no merece considerarse parte de OrSib 2, por lo que decide omitir toda la interpolación de su versión de OrSib 2 para la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).[7] En el original de «Las Sentencias» de Pseudo-Focíldes, fuente de la larga interpolación, la prohibición de homosexualidad aparece en su debido lugar, en un extenso pasaje sobre el sexo (Charlesworth II:581). La anomalía de OrSib 2:73 no es más que vestigio de un interpolador tan confundido que ni pudo introducir bien su interpolación.

El segundo pasaje citado por Martin es Hechos de Juan (AcJn) 36. Se trata de un largo discurso, confirmado por la sanidad divina colectiva de unas ancianas muy enfermas, llamando a los varones de Éfeso a arrepentirse y convertirse a Cristo (pgr 33-36). Se dirige a ellos como «presos de la incredulidad y esclavizados por deseos vergonzosos» (pgr. 33), El predicador pasa de tema en tema casi sin relación lógica o temática. Contrario al argumento de Martin, el documento no da otra lista de pecados sexuales en la que no incluye la homosexualidad. Solamente menciona, en párrafo 35, el adulterio, después del orgullo por la belleza física y antes del pecado de negarse a ayudar a los pobres.[8] Menciona dos veces, por separado, el pecado de gloriarse en la riqueza. Termina con dos listas finales, una de vicios variados y otra de personas, separadas por un llamamiento al arrepentimiento[9]. El análisis de todo el discurso deja muy dudosa la interpretación de Martin.

En tercer lugar Martin apela a Teófilo de Antioquía, ad Autólico 1.2 pero de nuevo hay serios problemas textuales. Ruiz Bueno, en Padres Apologistas Griegas de la BAC (Madrid 1954) defiende el texto de Bardy y Sender (rechazado por Martin) y lo escoge para su traducción (p.766-767). Como especie de requisitos morales para conocer a Dios, Teófilo desafía al pagano Autólico a demostrar que él no es moijos, pornos ni arsenokoitês.[10]

Martin mismo reconoce que su tesis tiene serias dificultades con los pasajes de Hipólito y Bardesanes. Al fin de tanta investigación, el argumento de la colocación de arsenokoitos en las listas de vicios convence menos que las evidencias lexicográficas del término mismo, que Martin descarta muy ligeramente, y el importante testimonio de Pol. 5.3, que Martin ni menciona. Estos frecuentes problemas textuales subrayan lo precario del argumento sólo del posicionamiento de determinados términos en supuestas listas de vicios.[11]

Crítica exegética sobre malakós:

Antes de analizar el significado de malakós, Martin analiza la historia de las traducciones del término en inglés. Las versiones impresas más antiguas lo traducen con «weakling» («debilucho»; Tyndale 1534; Coverdale 1535; Cranmer 1539). Del fin del siglo XVI hasta el XX, la traducción preferida en ingles era «effeminate» (Versión del Rey Jaime, 1611), pero igual que con arsenokoites, a partir de mediados del XX ocurre un cambio curioso: desaparece la traducción «afeminado» para ceder el lugar al empleo de términos sexuales como «sodomita», «pervertido» o «prostituto». La conclusión, según Martin, es que «este viraje en las traducciones no resultó de las evidencias filológicas sino de cambios en la ideología sexual».

Para contextualizar este argumento desde América Latina, sería necesario analizar las traducciones bíblicas al castellano, para ver si era parecido o diferente el desarrollo de la ideología sexual en los países de habla hispana. Por otra parte, los idiomas son muy dinámicos y viven en constante evolución, sobre todo en las connotaciones sociales y sicológicas de los términos (la sociolingüística). Además. entre los años 1600 y 1950 ocurrieron cambios revolucionarios en la lingüística y la filología (papiros de Egipto, rollos de Qumrán) que afectaron grandemente las traducciones bíblicas.

Martin inicia su exposición de malakós explicando que entre los muchos significados que tiene, el elemento central común es la categoría de lo femenino, y la esencia de lo femenino es el ser penetrado. Según la antigua ideología sexual, señala Martin, «las mujeres existen para ser penetradas». Por eso, «un hombre que se dejaba penetrar… podría tildarse de malakós».[12] Aunque Martin rechaza la interpretación de malakós como «participante pasivo» en una relación homosexual, afirma en repetidos pasajes esta íntima relación entre malakós y penetración sexual.

El campo semántico de malakós es vasto, siempre alrededor del eje «suave». De las cuatro veces que aparece en el NT, las otras tres (Mt 11:8ab; Lc 7:25) se refieren a la ropa lujosa de los que viven en palacios. Entre otros significados de malakós en la literatura griega aparecen tierno, tímido, cobarde, perezoso, lujurioso y sensual. Viven con lujos, lo que produce decadencia y degeneración, con todos los apetitos fuera de control. En realidad, hay pocas cosas malas que no se incluyan en el empleo de este término. No significa homosexual, porque hay muchos malakoí que no lo son, pero por otra parte, todos los homosexuales penetrados eran malakoí. Por eso, este término en 1Cor 6:9 bien puede significar «homosexual», y aun «penetrado», pero no necesariamente, porque podría tener alguno de los muchos otros significados que le caben.

Martin afirma repetidas veces, con evidente satisfacción y placer, que un malakós puede ser un ardiente y apasionado heterosexual. «En el mundo antiguo», escribe, «la afeminación se asociaba tanto con el sexo heterosexual como con el homosexual, o aun más».[13] Afirma repetidamente que malakós se refiere mucho más a menudo a la sexualidad heterosexual que a la homosexual. Pretende demostrarlo por el método de «estudio de palabras» (word study) del término malakós, pero para documentar su «aun más» tendría que haber analizado todos los textos donde aparece la palabra.[14] Al contrario, Martin ha escogido los pasajes que parecen apoyar su tesis y omitido otros textos claves como Pol Fil 5:3.

De los pasajes citados por Martin para este argumento, la mayoría están alejados del mundo de Pablo en el tiempo (p.ej. Aristófanes, 400 a.C) y en cultura (comedias eróticas de Plautón; una novela romántica de Chariton) y difícilmente estarían en el campo semántico de malakós para Pablo a mediados del primer siglo. En otros argumentos de su estudio de esta palabra, Martin no da suficiente atención al contexto de los pasajes. Por ejemplo Filón, en su relato del desorden moral de Sodoma (de Abraham 133-138), describe primero la situación general de toda la población, incluso «los que buscan con pasión loca a las mujeres» (133-135a) y después denuncia el sexo entre hombres (135b-136). No dice que eran malakoi los que con pasión enloquecida seducían las esposas de otros hombres ni tampoco Filón aplica el término malakós a ellos.

Igualmente, del drama Ekklesiazusae («Asamblea de las mujeres») de Aristófanes, del que Martin cita la frase de una vieja a un joven, «Ven mi suavecito» (malakion), para invitarlo al sexo heterosexual, pero no aclara el contexto necesario para interpretar bien el uso del término. Como indica el título del drama, las mujeres de Atenas, inspiradas por la formidable Praxagora, se han vestido de hombres para invadir la ekklesia de la ciudad, tomar el poder y establecer un socialismo radical, hasta en el sexo. El sexo será totalmente abierto a todos y a todas, pero antes de tener sexo con su querida o querido, el varón tendrá que tener sexo primero con una vieja fea o la joven con un viejo nada atractivo, para acostarse sólo después con su novia o novio.[15] Las viejas tenían autorización legal para obligar a los varones a ir a acostarse con ellas.

En eso viene un joven que busca a su novia pero se encuentra con una vieja fea que pretende obligarle a tener sexo con ella, como exige la ley. Queda empatado el debate con esa primera bruja cuando entra una segunda vieja, aun más fea, y una tercera todavía más repugnante. En sus muchos argumentos para persuadir el joven a «cumplir la ley» y acostarse con ellas, las viejas emplean una gran variedad de epítetos, algunos cariñosos pero muchos irónicos. El uso de malakós por una de las viejas obviamente era un insulto con que se burlaba de él por no querer tener sexo con ella. Al final del drama el joven todavía no se ha acostado con nadie, al contario de la versión de Martin. Con las viejas no quiere, y con la joven no se lo permiten ellas[16]

Al fin de su largo análisis, Martin confiesa que no sabe con seguridad qué significan estos dos términos, pero se inclina a pensar que arsenokoitês probablemente se refiere a uno que hace daño al prójimo (quizá por explotación sexual) y que malakós probablemente significaba «afeminado».

Conclusión:

Dale Martin ha articulado un argumento masivo contra las interpretaciones tradicionales, a menudo homofóbicas, de arsenokoitês y malakós. Aunque su estilo es dogmático y sarcástico, y sus argumentos, examinados críticamente, son tendenciosos y a veces claramente errados, su trabajo tiene mucho que enseñarnos en varios sentidos.

Un tema del pensamiento de Martin, repetido a lo largo de su artículo, llama mucho la atención. Lo propio de la mujer, insiste el autor, es el ser penetrada, mientras lo propio del varón es penetrar y eyacular. Entonces podemos preguntar, ¿No apoya eso la interpretación del malakós como el afeminado agente pasivo que es penetrado y el arsenokoitês como el agente activo (masculino) que penetra y eyacula? Martin ridiculiza esa interpretación con tremendo desprecio: los que afirman eso o son ignorantes, dice, o son deshonestos. Pensadores como F.F. Bruce y Gordon Fee merecen más respeto que eso.

Martin concluye su artículo con una advertencia, muy justificada, contra la explotación homofóbica de la Biblia. La exégesis fiel es un deber cristiano, pero la mejor exégesis puede ponerse al servicio del prejuicio y del odio. Martin cita unas palabras de San Agustín sumamente apropiadas para todos y todas: «Quien juzga haber entendido las divinas Escrituras o una parte de ellas, y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aun no las entiende» (Sobre la doctrina cristiana 1.35.40).

¡En eso todos debemos estar de acuerdo!

——————————————————————————–

[1] Curiosamente, en todo el artículo ambas palabras vienen mal escritas, arsenokoites con un acento que no debe tener y malakós sin su debido acento. Para acceder al artículo mismo, en inglés, busque http://www.clgs.org/5/5_4_3.html , o digitar «Dale B. Martin arsenokoitês» en Google.

[2] Para conocer el estilo personal de Martin, su humor y sarcasmo y algo de sus propias experiencias sexuales, teclee http://www.clgs.org o escriba «Dale B. Martin Boswell lecture» en Google para la conferencia inaugural «John Boswell» en el «Center for Lesbian and Gay Studies in Religion & Ministry» en Berkeley, California.

[3] Martin apela a los escritos de Anton Vögtle, Die Tugend- und Lasterkataloge im Neuen Testament (1936), y de Ehrhard Kamlah, Die Form der katalogischen Parades im Neuen Testament (1964).

[4] Omito el ejemplo vulgar que alude a personas que comen excremento.

[5] Fuentes: diccionarios de Danker y de Liddell-Scott-Jones.

[6] Policarpo, en su larga vida (ca. 69-155), según Ireneo, fue discípulo del apóstol Juan y pudo vivir los acontecimientos de finales del primer siglo y primera mitad del segundo.

[7] Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento¸Tomo III pp.243,280. De los tres grupos de manuscritos de OrSib 1-2. solo el grupo Psi contiene esta larga interpolación, que falta en los manuscritos de los grupos Omega y Phi. Casi todos los manuscritos de pasaje son del siglo XV (Charlesworth 1:321,330).

[8] Aunque habla a varones, el autor menciona por aparte el adulterio de las mujeres. Es muy posible que los «deseos vergonzosos» del saludo inicial se refieran al pecado sexual, pero no está en ninguna lista.

[9] Estas dos listas finales son las únicas en todo el pasaje (pgr. 33-36).

[10] De las dos últimas fuentes citadas por Martin, (Hipólito, Refutación de todas las herejías 5.26.22 y Bardesanes, citado en Eusebio, Preparación para el Evangeligio 6.10.25 II-III) él reconoce que favorecen el significado de arsenokoitês como sexo entre dos varones, aunque sugiere ciertas reservas.

[11] No es lo mismo una serie de exhortaciones diversas y una lista de vicios, donde supuestamente rige la lógica temática de la colocación de los términos en que se basa el argumento de Martin.

[12] Martin explica en seguida que no todo malakós lo es por haber sido penetrado, aunque todo varón penetrado es un malakós. Eso favorce en cierto sentido la posibilidad de que el término en 1Cor 6:9 se refiere al participante pasivo.

[13] Como el artículo en Internet no señalaba las páginas, con una búsqueda de «heterosexual» se encontrarán varias citas en este sentido.

[14] Obviamente, no vienen al caso pasajes donde malakós significa suave, fino, tierno, tímido, etc, sino solo las referencias sexuales.

[15] La legislación aprobada por las mujeres, según el drama, no tomaba en cuenta el caso de relaciones homosexuales. El joven se muestra muy fuerte y decidido, sin características propias de malakia.

[16] Este análisis del drama se basa en la traducción en Great Books of the Western World, Tomo V (Chicago: Encyclopedis Britannica, 1952).