Archivos de la categoría ‘Teología’

Shalom: vida en abundancia

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Por René Padilla

“El ladrón no viene más que a robar, y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

La vida “en abundancia” en referencia a la cual Jesús define su misión es la vida que en el Antiguo Testamento se define en términos de shalom, vocablo hebreo cuyo sentido es tan rico que en la antigua traducción griega del Antiguo Testamento (denominada Septuaginta o Versión de los Setenta) se usan más de veinticinco palabras griegas para traducirlo. Shalom es prosperidad, salud integral, bienestar material y espiritual, armonía con Dios, con el prójimo y con la creación. Shalom es plenitud de vida.

Desde este punto de vista, no se justifica la concepción de la vida plena en términos exclusivamente espirituales. La teología según la cual la vida que Cristo ofrece es una vida ultramundana, más allá de la historia, está emparentada con el pensamiento griego con su énfasis en la dicotomía entre la eternidad y el tiempo, el alma y el cuerpo, lo espiritual y lo material. Necesita ser corregida por la visión bíblica, para la cual la esperanza escatológica incluye una nueva creación—”un cielo nuevo y una nueva tierra” (Is 65:17)—y la resurrección del cuerpo.

La vida “en abundancia” o “eterna” es la vida del Reino de Dios que ha irrumpido en la historia en la persona y obra de Jesucristo y que culminará en la segunda venida de Cristo, la Parusía. Es la vida en que, aquí y ahora, todas las cosas son hechas nuevas por el poder de Dios (cf. 2Co 5:17); es vida que deriva su calidad de la relación con Dios y se manifiesta en todas las esferas de la sociedad, en el trabajo, en la familia y en la iglesia.

Los que, en conformidad con la misión de Jesucristo, promueven la plenitud de vida no pueden menos que tomar a pecho las difíciles cuestiones que plantea el sistema económico actual, un sistema que define la vida en términos de tener en lugar en términos de ser. La vida “en abundancia” no es vida en que abundan los bienes materiales. La vida “en abundancia” es la vida en que se cumple cabalmente el propósito para el cual Dios la creó y la sustenta; es la concreción del amor y la justicia del Reino de Dios. Se la fomenta en la medida en que se vive conforme al propósito de Dios, se anuncia el mensaje de la vida en Cristo, se denuncia toda necrofilia, y se actúa en servicio de la vida en todas sus dimensiones.

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`El dinero es dios´ en Wall Street

Publicado: noviembre 29, 2010 en Cine, Teología

JOSÉ DE SEGOVIA

“La ambición es uno de los grandes problemas del ser humano”, dice Oliver Stone. En las dos películas que ha dirigido sobre Wall Street, él cree que la pregunta es la misma: “¿Qué es lo que alguien puede llegar a estar dispuesto a hacer por dinero?” Este es el dilema que tiene que afrontar Gordon Gekko, el poderoso ejecutivo de la bolsa de Nueva York –interpretado por Michael Douglas– que tiene en la avaricia su religión. “La crisis en la que estamos es una consecuencia en definitiva” –para Stone– de que “el dinero es Dios”.

23 años después del film original, el director ha hecho una secuela de Wall Street con el subtítulo: El dinero nunca duerme. Esta extraña continuación hace una crónica del paso del tiempo que ha hecho que esta sociedad considere legal, lo que en los años ochenta llevó a Gekko a la cárcel. Si en 1987 Stone destapaba la corrupción interna del entonces glamoroso y admirado mundo de la bolsa, que consideraba la codicia “buena”, ahora muestra cómo “la codicia es legal”. El abyecto bróker busca su redención por la recuperación del amor perdido de su hija. Un giro sorprendente, que ha hecho que muchos califiquen al film de conservador y convencional, cuando en el fondo resulta tan extraño e imprevisible como el original.

Cuando Stone hace la primera película en 1987, hubo un lunes negro en octubre, en que la bolsa perdió más de quinientos puntos, haciendo tambalear el sistema financiero con el terremoto más intenso desde el crack del 29. El director decidió entonces fechar la acción en 1985, cuando la inestabilidad imperaba en los sistemas bursátiles. Mero oportunismo, pensaron algunos, cuando el realizador le daba vueltas a una película sobre el mundo de las finanzas desde que escribió el guión de El precio del poder para Brian de Palma y Al Pacino en 1983.

HIJO DE UN BRÓKER
El padre de Stone fue bróker en Wall Street toda su vida. Este agente de bolsa judío no era un hombre rico, pero pudo enviar a Oliver a estudiar a Yale, donde fue compañero de Bush. Su carrera muestra la mala conciencia del pensamiento liberal en Estados Unidos. Si su padre era republicano y odiaba a Roosevelt, a sus 64 años, Stone sigue describiendo en una reciente entrevista su enfrentamiento a la ideología paterna como “la batalla de su vida”. Su cine no es la obra de un provocador y oportunista, sino un continuo ejercicio de exorcismo de su mala conciencia –como claramente ha demostrado Marga Durá en su brillante estudio sobre el realizador en Dirigido Por–.

Stone no sólo revisita sus vivencias, sino se pregunta por lo que no vivió y le hubiera gustado experimentar. Si en Platoon (1986) cuenta sus recuerdos de Vietnam, en The Doors (1991) se imagina cómo debería haber sido el verano del amor y las drogas. “El cine se convierte para el autor –dice Durá– en un modo de saldar las deudas pendientes con lo que fue y lo que quiso ser”. Esto hace que sus películas resulten a veces desconcertantes.

Las motivaciones de Stone tienen poco que ver con lo cinematográfico y todo con su realidad vital. Sus muchos detractores le juzgan generalmente por razones ideológicas, cuando en su obra se borra la frágil frontera entre el personaje y su autor. Una de sus excentricidades más curiosas es la forma como se identifica con el protagonista de sus películas. Aunque hay actores del método que se comportan como el personaje que van a interpretar –estilo Pacino–, no hay directores que se metan en la piel de sus personajes, como hace Stone.

Cuando hace Salvador (1986), el director sale de juerga salvaje con el protagonista. En Platoon se comporta como un comandante con los actores. Mientras hace las dos partes de Wall Street, se le puede ver en todas las fotos del rodaje luciendo trajes caros, a la vez que invierte en la bolsa. Al realizar Nacido el 4 de julio (1989) se siente aquejado de muchos males, que los médicos diagnostican como psicosomáticos. En la filmación de The Doors toma peyote y se marcha de los bares de Sunset Boulevard sin pagar. Todo esto resulta grotesco, para una industria que ya no ve el cine más que como un medio de entretenimiento.

EN BUSCA DE REDENCIÓN
Como dice Ángel Sala, la segunda parte de Wall Street es “una reflexión sobre el paso del tiempo”. La frialdad del thriller inicial se convierte ahora en un drama sentimental. Cuando todos esperan un polémico análisis de las causas de la actual crisis económica, Stone muestra al maduro Gekko en busca de redención. En el agrietado rostro de Michael Douglas se puede ver todo lo que ha pasado, hasta el cáncer que todavía no le habían diagnosticado al actor y lo ha convertido probablemente en su última película. El principio no puede ser más prometedor. Gekko sale de la cárcel con su viejo teléfono móvil, extrañado ante la limusina que espera al recluso afroamericano, que acaba de ser liberado con él.

Los nuevos valores de Wall Street son gente sana como el personaje que interpreta Shia LaBeouf. Nada de las fiestas salvajes de los ochenta. No se exhibe la cocaína o la prostitución de lujo. La película se desdibuja cuando la acción se concentra en los jóvenes protagonistas, pero gana fuerza cuando se centra en los personajes más viejos. Veteranos como Frank Langella o Eli Wallach hacen papeles impresionantes. La relación entre maestro y alumno, aprendizaje y redención, está en la clave de este díptico, que busca ahora rehabilitar a Gekko.

No es extraño que el tema de la reconciliación con el padre sea el que despierte los más profundos sentimientos del maduro Stone, buscando reconciliarse con la memoria del padre bróker con el que ha estado luchando toda su vida. Esa es la explicación del carácter melancólico y sensible de una conclusión, que se olvida de las conspiraciones financieras, para hablar de asuntos más íntimos. No son concesiones comerciales, sino ansía de redención, lo que lleva a Stone a buscar el padre que hay en Gekko.

LA AMBICIÓN QUE SIRVE AL DINERO
Fue Nietzsche ya el que observó que la ausencia de Dios en la cultura occidental había sustituido la divinidad por el dinero: “Lo que antes se hacía por amor a Dios, ahora se hace por amor al dinero”. La cultura de la codicia ha dominado este nuevo milenio, donde la avaricia ya es legal. No es sin embargo un problema nuevo. Jesús advierte más sobre el peligro de la codicia, que el del sexo. Lo sorprendente es que nadie parece sentirse culpable por ello.

El Evangelio nos habla de Zaqueo, un recaudador de impuestos (Lucas 19), despreciado por la sociedad. En aquella época Israel era además una nación conquistada. Los romanos oprimían a los judíos con impuestos, utilizando a estos agentes como colaboradores. Todo el mundo los despreciaba. Un “pecador” (v. 7) era alguien marginado. ¿Qué llevaría a un hombre como ese a tener semejante ocupación?, ¿dónde estaba la atracción de traicionar a tu familia y vivir como un paria en tu propia sociedad? La respuesta es clara: el dinero.

El recaudador de impuestos estaba autorizado a sacar beneficio de lo que cobraba. Pedía más dinero de lo que daba al gobierno. Hoy llamaríamos a eso extorsión. Era una actividad enormemente lucrativa. Zaqueo era además un recaudador “principal” (v. 2), que estaba a la cabeza misma del sistema. Era alguien rico, pero odiado.

Pablo dice que la codicia es una forma de idolatría (Colosenses 3:5; Efesios 5:5). Ya que no es sólo amor al dinero, sino algo que produce una increíble ansiedad. Jesús por eso nos advierte que “la vida de un hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Porque la codicia hace que uno se defina por lo que tiene y consume. Basamos nuestra identidad personal en el dinero.

GRACIA LIBERADORA
Los idólatras aman, confían y obedecen a sus ídolos. Si “el dinero es un dios”, como Stone dice, lo podemos amar, confiar y obedecer. Lo amamos, porque nos pasamos el día pensando en nuevas formas de hacer dinero, fantaseando en cosas que comprar y envidiando a los que tienen más que nosotros. Confiamos en él, porque sentimos que nos da control sobre nuestra vida, nos ofrece seguridad y esperanza. Lo obedecemos, porque como Gekko, somos capaces de “vender nuestra alma” por dinero.

Si vivimos para el dinero, somos esclavos del dinero, aunque digamos que servimos a Dios (Lucas 16:13-15). Si decimos que nuestra identidad y seguridad está en Él, no podemos estar dominados por la ambición y la ansiedad. Ya que no podemos servir a dos señores. Jesús ve por eso a mucha gente religiosa tan perdida, como las prostitutas y los corruptos recaudadores de impuestos. Al llamar al avaricioso Zaqueo (Lc. 19:3-7), queriendo no sólo hablar, sino comer con él, Jesús nos muestra que la salvación es por gracia, no por reforma moral o cumplimiento de la ley.

No era Zaqueo, sino Jesús, el que quiso entrar en su vida. Es por gracia que él descubre la generosidad, yendo más allá de lo que la ley exigía, dando cuatro veces más de lo que debía (vv. 8-10). Aquel que no diezmó su vida y su sangre por nosotros, nos hace “deudores a su gracia”, queriendo entregarle nuestra vida. La salvación de Dios no viene en respuesta a una vida cambiada, sino que nuestra vida cambia en respuesta al regalo de su salvación. La pregunta de Zaqueo no es cuánto tengo que dar, sino cuánto puedo dar. ¿Qué puede cambiar nuestro codicioso corazón en verdadera generosidad? ¡Sólo la gracia transformadora de nuestro Señor Jesucristo!

No te tienes que preocupar por el dinero, en la cruz Dios nos muestra que Él cuida de nosotros y nos da seguridad. No necesitamos envidiar el dinero de otros, su amor y salvación nos da una identidad que el dinero no puede darnos. El dinero no puede redimirnos de la tragedia de nuestra vida. Hace falta un amor mayor que el que Gekko siente por su hija, para liberarnos de la tiranía que el dinero tiene sobre nosotros: El amor de Aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (2 Corintios 8:9).

Su gracia es la que nos enriquece, dándonos un tesoro en los cielos (1 Pedro 2:9-10). Porque ¿dónde estará sino tu tesoro, cuando todo te falte? La herencia de Dios es tener a Dios como un Padre eterno. Su amor nunca nos fallará. La satisfacción que Él nos da, no es comparable a nada de lo que el dinero nos puede ofrecer. ¡Él nunca nos decepcionará!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com

El pan y la Palabra

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO

La alimentación por parte de Jesús a las multitudes, nos enseña que los cristianos no sólo necesitan compartir la Palabra. Este compartir no siempre es algo preferente. Sin embargo, en muchas ocasiones, los cristianos tienden a hacer del compartir la Palabra un acto único y autosuficiente, con lo cual dejamos el Evangelio mutilado.

Así pensaban también los discípulos en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces por parte de Jesús. Jesús está en el desierto rodeado de multitudes que se describen “como ovejas sin pastor”. Tiempo y tiempo con Jesús hasta que se hace tarde. Sus estómagos estaban vacíos. Seguían a Jesús y querían permanecer con él para escucharle… y recibieron su enseñanza. Los discípulos, como muchos de los cristianos hoy, pensaron que ya era suficiente y que había que despedirlos. Ya iban espiritualmente alimentados.

Así, estos discípulos que aún tenían mucho que aprender del Maestro, se dirigen a él y le dicen: “Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan…” Pero Jesús les hace entender que ni él ni los discípulos están solamente para enseñar, para verbalizar el mensaje, sino también para alimentarlos en su hambre física, en sus estómagos vacíos: “Dadles vosotros de comer”. Así, cuando los discípulos habían hablado de comprar, Jesús les hace cambiar su posicionamiento mercantilista y les habla de dar, verbo más adecuado para el “ya” del Reino que irrumpe con la figura de Jesús.

Es la diferencia que hay entre la lógica del mundo y la lógica de Jesús. Los discípulos aún estaban en la lógica mercantilista de este siglo, de los sistemas económicos en los que no se fundamenta el cristianismo. Siguen pensando en que cada hombre debe comprar sus cosas. Y, quizás, si alguien no puede es su problemática. Pero Jesús cambia esta lógica mercantilista por la lógica de la solidaridad de aquellos que le iban a seguir y formar una nueva comunidad. Ni siquiera se trataría de que los más ricos o los mismos discípulos comprasen algo para darles después de manera asistencialista. No debe estar el que puede comprar para dar y el que, en pobreza, recibe. En la lógica del Reino no hay asistencialismos paternalistas. Se ha de mirar lo que se tiene y darlo, repartirlo igualitariamente.

En la lógica de Jesús cada uno tiene que mirar sus despensas, sus cestos o sus bolsillos, ver lo que se tiene y ponerlo a disposición de todos los hambrientos. No debe haber hambre ni tampoco acumuladores en la nueva comunidad de seguidores de Jesús. Así, se da la pregunta de Jesús: “¿Cuántos panes tenéis?” Esta sigue siendo la pregunta de Jesús a sus seguidores en todo el mundo. ¿Cuánto tenéis?, porque hay mucha gente que tiene hambre. No importa que seas un creyente del NORTE rico o del SUR empobrecido. Saca lo que tienes y ponlo en las manos del Señor para que sea distribuido igualitariamente. Esa es la lógica del Reino que irrumpe con el Maestro. Es la única forma de romper con el sistema mercantilista regido por el dios Mammón y entrar en la lógica del Reino de Dios. La lógica del Reino comienza con compartir. Compartir no sólo la Palabra, sino también el pan. Ser cristiano es compartir el Pan y la Palabra. El Reino de Dios se da allí donde ambas cosas se comparten.

La otra cosa que aprenden los discípulos es que, fuera de la lógica del comprar y dentro de la lógica del compartir, los seguidores de Jesús tienen otra función importante. Jesús partió los panes y los entregó a sus discípulos para que los pusiesen delante de los hambrientos. Esto era ya una labor diacónica, una labor de servicio. Deberían convertirse en siervos y poner el pan delante de estos comensales cansados y hambrientos. Por tanto, la lógica del Reino ya no es la lógica del poder económico que todo lo puede comprar, sino la lógica de quien quiera ser el primero, debe ser el servidor de todos. Se trata de una lógica cristiana que no se basa en el destacar ni en el tener dinero o poder, sino en tener capacidad de servicio. Y que nadie se atreva a decir que quiere seguir a Jesús fuera de estas líneas.

Lo importante es creer que esta lógica del Reino es posible. Que se puede dar de comer a una multitud con unos panecillos. Los discípulos también tuvieron que creer y pasar de su pregunta “¿qué es esto para tantos?” a una lógica de confianza y comenzar a recostar a la gente sobre la hierba. Cuando está la disposición de compartir y se cree, todo es posible… hasta vaciar los bolsillos, los cestos y los almacenes cambiando nuestra mentalidad mercantilista y nuestra lógica de este siglo, por la lógica del Reino, del dar y del servicio. Sería el principio de una nueva justicia: la del Reino en donde se da, en donde se comparte el pan y la palabra.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid


© J. Simarro. ProtestanteDigital.com


Publicado por:juanstam

Los nicolaítas, igual que los adoradores de Baal en tiempos de Elías, pretendían mezclar la fe en Cristo con la idolatría del sistema en que vivían. La peor idolatría es la idolatría implícita, invisible e inadvertida. Es muy posible ser «cristiano» e idólatra sin darse cuenta.

¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?

(Relectura contextual de Apocalipsis 13)[1]

El mundo entero, fascinado, iba tras la bestia

y adoraba al dragón…

También adoraban a la bestia y decían,

«¿Quién como la bestia?

Quién puede combatirla?»…

A la bestia le adorarán todos los habitantes de la tierra…

(Apocalipsis 13:3-4,8)[2]

Ha quedado bien claro sobre la marcha de la exposición de este capítulo, cuál es su tema central y su propósito pastoral. Su tema central es la idolatría, sobre todo el culto al emperador y al imperio. Su mensaje pastoral consiste en advertir a los creyentes, sobre todo los nicolaítas, que acomodarse a esas prácticas es idolatría, totalmente inaceptable para los que saben que Jesucristo es el único Señor.

Nos resulta muy difícil imaginar que la idolatría puede ser un problema para nosotros hoy. Los nicolaítas tampoco veían ningún peligro, pero Juan les avisó que en realidad era al diablo mismo, la antigua serpiente, a quien estaban adorando. ¿Puede ese mensaje decirnos algo a nosotros en el siglo XXI?[3]

El profeta Oseas denuncia, con mucha ironía, la idolatría de Samaria, por haber puesto su esperanza en Egipto y Asiria (Os 7:8-16). Añade dos veces, «pero él ni cuenta se da» (7:9) y la tercera vez, «pero él no se vuelve al Señor» (7:10). Claro, si no se da cuenta de su idolatría, ¿cómo va a volver al Señor? En tiempos de Juan, los nicolaítas eran idólatras por rendir culto al imperio, «pero ellos ni cuenta se daban» tampoco. Y entonces, viene la pregunta bien difícil: ¿Podría haber idólatras hoy, hasta «evangélicos», de quienes el profeta tendría que decir igualmente, «pero ellos ni cuenta se dan»?[4]

La idolatría no consiste únicamente ni principalmente en la veneración de imágenes, ni tampoco requiere renunciar abiertamente al Dios verdadero. Para ser idólatra basta tener otros valores supremos al lado de Yahvé.[5] El AT habla de «ir tras dioses extraños», los ídolos de los pueblos vecinos , pero también denuncia una idolatría más sutil. Según los autores bíblicos, idolatría es también poner su confianza en algo o alguien que no es Dios (Job 31:24-25; Isa 20.5; 30.12).[6] Es idolatría, por ejemplo, esperar la salvación de las riquezas y «poner el corazón en ellas» (Salmo 62:5,8,10; cf. Sal 52.9). Idolatría también es gloriarse en la propia sabiduría, el poder o las riquezas en vez de gloriarse en Dios (Jer 9:23-24; cf. 22:15-16).[7] «La idolatría consiste en caminar no hacia Dios sino detrás de un fetiche» (Gutiérrez 1989:126; Jue 2:12, cf. Ez 33:31).[8]

El primer mandamiento tiene un sentido muy profundo en cuanto al culto que hemos de rendir a Yahvé y no a nada ni a nadie más que a él.[9] Los ídolos son hechos por los humanos y cargados aquí y allá por la gente; ni caminan ni hablan (Isa 44:9-20; Jer 10:1-16; cf. Sal 115:4-8;  Sab 13:10-14:11; 15.14-17). Las imágenes fueron hechas por seres humanos, pero Yahvé es quien los  creó a ellos con sus propias manos y a su propia imagen. Los ídolos ofrecen beneficios pero no pueden exigir nada. La imagen está a la dispoción y servicio del ser humano. Pero Yahvé es soberano, no está disponible para nuestros deseos ni está sujeto a las órdenes de nadie.[10]  Por eso acierta Caravias al comentar que el deuteronomista recuerda a los israelitas que cuando Dios se reveló a ellos,

«ustedes oían el rumor de las palabras y no veían figura alguna; sólo oían una voz” (Dt 4:12) … La imagen no exige nada al hombre. La palabra, en cambio, es comunicación y exigencia. El Dios de la Biblia, percibido esencialmente como exigencia de justicia, deja de ser Dios en el momento en que, objetivado en una representación cualquiera, deja de interpelar. Dios interpela, exigiendo siempre más; el ídolo pide siempre menos: justifica cualquier tipo de medianía, injusticia o desamor. Por ello la presencia de Dios se manifiesta principalmente a través de la Palabra; en cambio, las actitudes idolátricas se manifiestan especialmente a través de imágenes. Lo que se pretende, pues, con la prohibición de imágenes de Dios es cortar la tentación continua de querer achicar o manipular a Dios. (Caravias s.f., p.8)

Esa tradición yahvista-profética y anti-idolátrica, partiendo del encuentro de Moisés con el indefinible «Yo soy el que soy», reapareció con Elías y los demás profetas hebreos, y sigue, con mucho énfasis, hasta el libro de Apocalipsis.

La idolatría de Israel, en tiempos de Elías y Eliseo, no comenzó con una decisión de rechazar a Yahvé a favor de Baal, sino con el intento de achicar y manipular a Yahvé por medio de una paulatina «baalización del Yahvismo». No consistió en adorar a Baal en lugar de Yahvé, sino adorar a Baal al lado de Yahvé y además de Yahvé. Poco a poco penetró sutilmente la idea de que no había problema en adorar a ambos dioses, y ambos estarían contentos, para asegurar mejor la prosperidad de la nación. El mismo rey Acab, y su reina Jezabel, creían en Yahvé y dieron nombres yahvistas a sus hijos. Sólo pensaban «suplementar» la fe de Moises, del «Yo soy el que soy», con otro culto más, el de Baal, y pronto el pueblo de Dios se llenó de «yahvistas baalizados». Pero como Yahvé es un esposo muy celoso por su esposa (Israel), esa infidelidad provoca su ira. «El celo de Yahvé consiste», escribe von Rad, «en que él quiere ser el único Dios de Israel y no está dispuesto a compartir su derecho a la reverencia y al amor con ninguna otra potencia divina» (1972 I:267).

En esa coyuntara, cuando Israel prosperaba y Acab ganaba grandes victorias militares, aparece un desconocido del otro lado del río Jordán, que se llamaba Elías. Este profeta rechaza enérgicamente esa idolatría de doble culto como «claudicar entre dos pensamientos» (1 R 18:21 RVR). En seguida Elías plantea una opción totalmente excluyente: «Si Yahvé es Dios, síganlo; o si Baal, síganlo a él»: ¡cualquier de los dos, pero no ambos! En eso estuvo la radicalidad, desconocida en el ambiente, del plantamiento de Elías: Yahvé se niega a ser una mitad de cualquier fórmula de «esto, y también aquello». Elías fue anticipado por Josué, quien en el pacto de Siquén exhortó al pueblo, «si a ustedes les parece mal servir a Yahvé, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir … Por mi parte, mi familia y yo serviremos a Yahvé» (Jos 24:15). La misma disyuntiva ineludible está detrás de la exigencia de Jesús, «O Dios o Mamón, pero no ambos» (Mat 6:24) y la condena de los nicolaítas en el Apocalipsis (Ap 2:6,15: O Cristo es kurios, o César es kurios, pero no ambos).

Después, los profetas escritores añadirán una dimensión totalmente nueva a la polémica contra la idolatría: condenan lo que podríamos llamar «idolatría sin ídolos», o «idolatría implícita».[11] En sus escritos, los profetas denuncian lo que Sicre (1979:43) llama «idolatría secular», que no tiene que ver con cultos y rituales sino con un estilo de vida que pone a otras cosas encima de Dios.[12] Por eso, en los libros proféticos, el tema de la idolatría casi siempre va en estrecha relación con el pecado social. Las dos formas de idolatría oculta que más denuncinan los profetas son la divinización del poder y la divinización de la riqueza.[13]

1) La idolatría como culto al poder: «El poder, según la Biblia», escribe Caravias (s.f., p.14), «también puede ser un ídolo. Se trata del poder considerado como un valor absoluto, ante el que se depositan todas las esperanzas, ya sea el poder de las grandes potencias o simplemente el poder nacional, regional o aun el local y familiar.»[14] Mientras en toda la tradición extra-bíblica la autoridad estatal se trataba como sagrada, en la tradición profética judía se ve como una tentación idolátrica. Eso puede considerarse la primera vez en la historia humana en que se atreve a cuestionar y relativizar el poder de las autoridades. Si el pueblo de Dios confía en su propio poder, o se gloría en él, no está confiando en Dios y gloriándose en Dios (Jer 9:23-24; cf. Am 2:24).

Al denunciar el culto al emperador, Juan se identifica con una larga tradición judía de denuncia profética contra la idolatría del poder absoluto. En el año 6 d.C. Judas el Galileo sublevó al pueblo cuando Judea fue convertida en provincia romana y se preparó un censo con fines de cobrar impuestos (Jos GJ 2:118,433; 7:253-57; Ant 18:4-10,23-25,102).[15] Judas se opuso a dicho censo porque la tierra pertenecía sólo a Dios y no a los romanos, y porque someterse a César y cooperar con el imperio violaba el primer mandamiento de «no tener otros senores ante mí».[16] Posteriormente, a inicios de la guerra judía (66-70 d.C.), la «cuarta filosofía» (¿esenios?), según Josefo, pregonaban la consigna, «Ningún señor excepto Dios» (GJ 18.23)[17]. David Rhoads comenta: «Este principio representó una interpretación novedosa del primer mandamiento que clasificaba a toda colaboración con César y los romanos como lealtad idólatra a un señor que no era Dios» (Anchor VI:1046a). Josefo acusa a esta secta de encendiar a las masas y llevar al pueblo judío a la ruina  «por causa de lo novedoso de esta filosofía antes desconocida» (Ant 18.9).

Este tema es central al argumento de todo el Apocalipsis y especialmente del capítulo 13, como es también de crucial importancia para nuestro mundo actual, por lo que merece un análisis más extenso.

2) Trasfondo: la teología bíblica del poder. Esta enseñanza bíblica es tan amplia, que sólo tocaremos algunos aspectos de la enseñanza antiguotestamentario que orienta al mensaje profético.[18] Las escrituras hebreas, desde sus inicios, condenan la prepotencia de «Babel» (Gn 11; Babilonia) y exaltan la gracia y poder de Dios por medio de la debilidad de Abraham y Sara (Gn 12). En el relato de la torre de Babel, escuchamos ecos de la severa critica profética del poder. En la historia de los patriarcas nace la teología bíblica del poder, como teología de la gracia. Lo mismo se destaca en los relatos del éxodo: Israel no fue liberado por sus propias fuerzas sino por la mano poderosa y el brazo extendido de Yahvé (Ex 3:19, Dios los liberará «por la fuerza»; Ex 15:6-7,13,16; Dt 4:34,38 «gran despliegue de fuerza y poder … que desalojó a naciones más grandes y más fuertes que tú»). A fin de cuentas, todo poder es de Dios, y toda la gloria ha de ser para él.

Según esta teología del poder, la autoridad de los gobernantes es delegada, derivada y relativa. Por eso Israel no coronaba a sus reyes, sino los ungía en nombre de Yahvé.[19] Todas la victorias del rey eran logradas por el poder de Dios: «El es quien pone los pueblos a mis pies» (Sal 144:2). Sólo Yahvé es la fortaleza de su pueblo (Sal 28:8; cf. 68:34-35), y sólo él puede ser la ayuda de ellos en todo tiempo (Sal 28:7; 30:10; 37:40; 46:1,5; Isa 41.10).[20] Tan importante era esta convicción, que se plasmaba en nombres compuestos por YeZeR («ayuda») junto con «El» o «Yah» (p.ej., Eliezer, Azarel, Azriel, Azariah). La misma raíz aparece en la piedra que colocó Samuel, AeBeN HâYâZeR (Ebenezer: piedra de ayuda, 1 Sm 7:12), interpreteda después como «Hasta aquí nos ayudó Yahvé» (RVR; NBE).

E. Laarman, un pastor reformado de Grand Rapids, Michigan, analiza muy bien la crítica antiguotestamentaria al poder (ISBE III:927). Primero, poseer poder fácilmente debilita la confianza en Dios y su poder, como en el caso del rey Uzías (2 Cr 26:7,15-16; cf. Dt 8:17-18; 1 Sm 2:9 «¡Nadie triunfa por sus propias fuerzas»). Segundo, el poder tiende a volverse injusto y oprimir a los pobres (Sal 10:2,9-11; Ecl 4:1; Job 35:9); con el poder viene la tentación de abusarlo. En tercer lugar, el encanto y el impacto del poder fácilmente le da al poder una prioridad sobre otras virtudes, que no debe tener. «Mejor es la sabiduría que la fuerza… Mejor es la sabiduría que las armas de guerra» (Ecl 9:16,18 RVR, BJ; cf Sal 147:10-11; Prv 16:32; Jer 9:23-24).

Dios es el único dador de poder, tanto a los reyes de su pueblo como a los de otros pueblos, y cualquier gobernante, de la nación que sea, que llega a creerse dueño de su propio poder, con esa soberbia ofende a Dios y termina abusando del pueblo. Del rey Uzías de Jerusalén[21] nos dice el cronista, «con la poderosa ayuda de Dios, Uzzías llegó a ser muy poderoso» (26:15),[22] pero «cuando aumentó su poder, Uzzías se volvió arrogante» (2 Cr 26:7,15-16) y Dios castigó esa presunción con la lepra (26:19-20). El mismo principio se aplica al poder de los reyes gentiles (Isa 10:5-14; Ez 28:2-5). Dios envió a Asiria «contra una nación impía … un pueblo que me enfurece» (Israel), pero en vez de servir a Dios con el poder que les había dado, los asirios dijeron, «Esto lo hizo el poder de mi mano, porque soy inteligente» (Isa 10:5-14). Del rey de Tiro, en el apogeo de su poder, dice Ezequiel, «En la intimidad de tu arrogancia dijiste, ‘Yo soy un dios’ … sentado en un trono de dioses. Pero», responde el profeta, «tu no eres un dios, aunque te creas que lo eres. ¡Tu eres un simple mortal». He aquí la tentación luciférica escondida como serpiente dentro de las entrañas del poder, la seducción del poder sobre Luzbel (Babilonia; Isa 14:12-15).

Un ejemplo dramático de este concepto de poder es la historia de Gedeón. Frente a las tropas multitudinarias de los madianitas, Gedeón tenía sólo 32 mil hombres. Pero Yahvé le dijo, «Tienes demasiada gente para que yo entregue a Madián en tus manos» (Jue 7:2). Entonces, «a fin de que Israel no vaya a jactarse contra mí y diga que su propia fuerza lo ha liberado», Dios le ordenó despedir a todos los temerosos. Se fueron 22,000 soldados y quedaban 10,000. «Pero Yahvé le dijo a Gedeón, ‘Todavía hay demasiada gente'», y por la famosa prueba de «lamer el agua con la lengua, como los perros» (7:5), Gedeón redujo el contingente a sólo 300 soldados, frente a los madianitas que eran numerosos como langostas, con incontables camellos (7:12), y esa noche Dios entregó a los madianitas en manos de Gedeón (7:9). Es típico del pensamiento hebreo concebir el poder de Dios en proporción inversa a la fuerza humana (cf. 2 Cor 12:7-9).

La misma actitud hacia el poder se expresa en el mensaje que el ángel reveló a Zacarías para Zorobabel y Josué, gobernador y sacerdote respectivamente del pueblo que regresó del cautiverio en Babilonia:

No será por la fuerza

ni por ningún poder,

sino por mi Espíritu

— dice Yahvé

Todopoderoso –.

¿Quién te crees tú,

gigantesca montaña?

¡Ante Zorobabel sólo eres

una llanura …

A partir de esta teología del poder, un profeta como Miqueas hace una crítica acerba de los gobernantes y su abuso de poder:

¡Ay de los que sólo piensan en el mal,

y aun acostados hacen planes malvados.

En cuanto amanece, los llevan a cabo

porque tienen el poder en sus manos (Miq 2:1).

Frente a la absolutización de las autoridades que solía caracterizar las sociedades contemporáneas, en Israel había mucha criticidad ante las autoridades. «El Deuteronomio», señala Caravias (s.f. p.9), «desconfía sistemáticamente de la monarquía, pues ve en ella el doble peligro de idolatría y la opresión consiguiente del pueblo». El AT prohibe a los reyes acumuluar poder y riquezas (Dt 17:14-20) y condena los abusos de los gobernantes incumplidos e injustos (1 R 21:16; 2 R 21:1-11,16). Sobre el peligro de la absolutización del poder político, Sicre comenta con mucha percepción que «esta idolatría de los políticos daña los intereses de los ciudadanos bajo capo de un futuro mejor y más seguro… La seguridad de un régimen se compra al precio de la inseguridad del pueblo» (p.84).[23]

Esta teología se resume muy concisamente en la fórmula clásica, «Tuyo es el poder» (Mt 6:13; 1 Cr 29:11; cf. Ap 4:11; 5:12; 19:1; 1 Tm 1:17) y se expresa con majestuoso dramatismo en la visión apocalíptica del gran trono supremo rodeado de veinticuatro tronos súbditos (Ap 4-5).

3) La idolatría como confianza en las superpotencias de turno. Un aspecto de esta teología del poder, muy enfático en los profetas hebreos, es el rechazo tajante de toda alianza con cualquier potencia extranjera. Precisamente porque todo poder pertenece a Yahvé, y Yahvé es la única ayuda de su pueblo, ir a buscar otras ayudas es traicionar a Yahvé.[24] Entre los temas más enfáticos y repetitivos de los profetas preexílicos, es la denuncia de esas alianzas como una divinización del poder de las superpotencias en lugar del poder de Dios. Isaías 20:5-6 describe el resultado:

Los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria! Y ahora, ¿cómo podremos escapar?[25]

Más adelante, el profeta vuelve a condenar las alianzas internacionales y las identifica como idolatría:

¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, [cf. 30:1-5]

de los que se apoyan en la caballería,

de los que conf’ían en la multitud de sus carros de guerra

y en la gran fuerza de sus jinetes,

pero no toman en cuenta al Santo de Israel,

ni buscan al Señor! …

Los egipcios en cambio son hombres y no dioses,

sus caballos son carne y no espíritu. (Isa 31:1,3)[26]

Oseas se empeña especialmente en denunciar las esperanza que Israel (reino del norte) depositaba en Asiria para defenderlos contra Egipto (8:8-10; Sicre 1979:34-50; cf. 12:1). Para este profeta, al «recurrir a Asiria» (5:13) Israel estaba «empeñado en seguir a los ídolos» (5:11 cf. Lxx). Creían que Asiria podría curar sus heridas (5:13), cosa que sólo Dios puede hacer (6:1; 7:1; 14:4 hebr; supra n.4). Sicre observa acertadamente que aquí «los imperios han ocupado de nuevo el puesto de Dios» (1979:43). Yahvé llama a Israel a arrepentirse y reconocer que «Asiria no podrá salvarnos… Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos» (14:1-3).

Jeremías también acusa a esas alianzas de poner a las superpotencias contemporáneas en el lugar de Dios. «¿Qué sacas con ir a Egipto», pregunta a Israel, «a beber agua del Nilo? ¿Qué sacas con ir a Asiria a beber aguas del Éufrates?» (2:18), cuando sólo Dios es «fuente de agua viva» (2:13). Esas alianzas, que son «cisternas rotas» (2:13), constituyen una infidelidad que Dios castigará (2:19,36-37; cf. 17:5-8). Ezequiel 23 describe esa misma idolatría con un relato muy dramático de la prostitución de dos hermanas, Aholá (la mayor; Israel) y Aholibá (la menor; Judá), por causa de las alianzas que buscaron con otras naciones (los asirios, 23:5,12; los babilonios 23:14-17) en vez de permanecer fieles a Yahvé.[27]

4) La idolatría como confianza en las armas y el poderío militar. Obviamente, el elemento central de la «fornicación» idólatra de Israel con las superpotencias era su confianza en las armas y los pertrechos de guerra de esos aliados. El cronista relata que al principio el rey Uzías «se empeñó en buscar a Yahvé»; «Mientras Uzías buscó a Dios, Dios le dio prosperidad» (2 Cr 26:5) y «Dios le ayudó en su guerra contra los filisteos, contra los árabes…y contra los meunitas» (26:7). Uzías «llegó a tener tanto poder que su fama se difundió hasta la frontera de Egipto» (26:8). Logró fortificar bien a Jerusalén con torres (26:9-10) y contaba con un ejército grande y bien organizado (26:11-13), armado hasta los dientes (26:14). Hasta inventaron unas máquinas de guerra para disparar flechas y piedras (26:15). Pero esa carrera armamentista y militarista fue la ruina de Uzías. Como ya hemos visto, Uzías se sentía dueño de todo ese poder y se enorgulleció de haberlo alcanzado. «Cuando aumentó su poder,», nos dice el texto bíblico, «Uzzías se volvió arrogante» (2 Cr 26:7,15-16; cf Os. 7:15-16) y Dios le tuvo que castigar con lepra (26:19). ¡Cuán actual parece todo ese relato hoy!

Las fuertes denuncias de Oseas contra las alianzas se concentra también en el aspecto militar de esa idolatría. Las alianzas que el profeta condena eran sobre todo pactos de ayuda militar mutua, en busca de una salvación de las amenazas de otras potencias (una especie de OTAN oriental). Por eso, Yahvé llama a Israel a arrpentirse de haber «montado caballos de guerra» (Os 14:3; probablemete, haber montado sus esperanzas en recursos militares). En la figura del caballo, Oseas y otros profetas sintetizan toda la confianza en armas; el caballo era sobre todo un símbolo de fuerza física y de poderío militar (Job 39:19; 2 R 2:12; 13:14; Is 30:12; Jer 8:16; 12:5), a menudo asociado también con carros de guerra (Ex 15:1,4-5; Is 31.1; Jer 4:13).

El mismo tema aparece, con más detalle, en Isaías. “Pobres de aquellos que bajan a Egipto … Pues confían en la caballería, en los carros de guerra, que son numerosos, y en los jinetes porque son valientes” (Is 31:1), porque “el egipcio es un hombre y no un dios, y sus caballos son carne y no espíritu» (31:3). En cambio, el pueblo de Dios ha de encontrar su fuerza y salvación en Yahvé, no en los instrumentos de guerra (Is 30:15-16): los caballos no servirán ni para huir (30:16). Ezquiel es aun más mordaz. Aholá y Aholibá se dejaron manosear los pechos por «guerreros … oficiales y hábiles jinetes con corceles» (23:3,8,12,21,23) y con carros y carretas, cascos y escudos (23:24). Enloquecidas por el erotismo de la superpotencia de sus amantes (23:20), las dos hermanas se prostituyeron en repetidos proyectos políticos y militares (23:5-10; 16-21). Al fin los amantes se cansaron de ellas (23:10,22,25-26) y cayó sobre ellas el juicio de Dios (23:10,22,27). Las mismas fuerzas armadas y pertrechos de guerra de que se habian enamorado, ahora vienen contra ellas para destuirlas (23:22-24).[28]

Esta antítesis radical entre fe en Yahvé y confianza en la fuerza de las armas se expresa también  en varios salmos:

Unos confían en sus carros de guerra,

y otros confían en sus corceles,

pero nosotros confiamos en el nombre de Yahvé nuestro Dios (20:7).

Vana esperanza de victoria es el caballo,

a pesar de su mucha fuerza no puede salvar.

Pero Yahvé cuida de los que le temen,

de los que esperan en su gran amor;

él los libra de la muerte,

y en épocas de hambre los mantiene con vida (33:17-18)

Yahvé no se deleita en los bríos del caballo,

ni se complace en la agilidad del hombre,

sino que se complace en los que le temen,

en los que confían en su gran amor (147:10-11)

¿Habrá naciones hoy, hasta «cristianas», que han depositado su fe y esperanza en las armas más que en Dios? ¿Qué dirían los profetas?

5) La idolatría como culto a las riquezas: Las escrituras hebreas nos plantean una teología básica de los bienes materiales, bastante parecida a su teología del poder, vista anteriormente. El principio básico y punto de partida es que el universo entero pertenece a Yahvé, Creador de todo y su único dueño.

De Yahvé es la tierra y todo cuanto hay en ella, [29]

el mundo y cuantos lo habitan;

porque él la afirmó sobre los mares,

lo estableció sobre los ríos (Sal 24:1-2).

La tierra no se venderá a perpetuidad,

porque la tierra es mía

y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes (Lev 25:23).

Al contrario de cualquier idea de propiedad privada, el concepto bíblico ve la propiedad y todas las posesiones del ser humano como «préstamo» y tenencia delegada con responsabilidad al verdadero dueño, Dios.[30] Ningún ser humano es «dueño» de nada, sino sólo mayordomo. Aun la inteligencia y las fuerzas para acumular bienes son regalos del Creador. «No se te ocurra pensar, Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos. Recuerda a Yahvé tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza» (Dt 8:17-18; cf. 1 Cr 29:12; Jer 9:23-24). El rico no debe confiar en su riqueza ni en sus propios poderes, sino sólo en Dios:[31]

¿Acaso he puesto en el oro mi confianza,

o le he dicho al oro puro, En ti confío’?

¿Me he ufanado de mi gran fortuna,

de las riquezas amasadas con mis manos? (Job 31:24-25)

A partir de estos presupuestos, los profetas hebreos van más allá de la denuncia de abusos de los ricos contra los pobres, a realizar una crítica más profunda de las riquezas en sí. El proceso comenzó con el profeta Amós, con denuncias fuertemente concentradas en las injusticias económicas. Muy consciente de la desigual distribución de los bienes, y con un agudo ojo para las realidades socio-económicas, Amós condenó con mucho detalle los lujos ostentosos de los privilegiados. Los ricos comen corderos selectos y terneros engordados (6:4) y beben vino en tazones (6:6; 5:11; cf.; 2:12). Sus mujeres («vacas de Basán») dicen a sus esposos, «¡Traígannos de beber» (4:1). Se perfuman con las esencias más finas y, como les sobra tiempo libre, se entretienen con improvisar canciones e inventrar instrumentos musicales (6:6). Se recuestan en divanes de Damasco (3:12) y duermen en camas incrustadas de marfil (6:4; 3:12).

Lo que provocó la cólera más encendida de Amós eran los lujosos edificios de Samaria, y aun de otras ciudades (Sicre 1979:112).[32] El profeta anuncia el castigo divino sobre «la casa de invierno y el chalet de verano» de los ricos, y sobre sus «casas adornadas de marfil» (3:15) y «casas de piedra labrada» (5:11). Pero lo más detestable para Amós eran los palacios (o mansiones). Amós utiliza la palabra AaRMeNôT (palacios) nada menos que 13 veces, más de un tercio de lo que aparece en el AT (33 veces).[33] Todos los siete oráculos contra las naciones (Am 1:3-2:5) terminan con la misma sentencia de juicio: el fuego consumirá sus palacios (1:4,7,10,12,14, 2:2). En la frase más tajante que se puede imaginar sobre este tema, Amós transmite la ira de Dios: «yo aborrezco sus palacios» (6:8-11), igual que odia sus hipócritas solemnidades religiosas (5:21). En 3:14 Amós vincula este culto al lujo directamente con la idolatría («los altares de Betel»), lo que Sicre clasifica como «la intuición genial de Amós» (1979:112).

Lo más oprobioso de la conducta de estos ricos fue que vivían «tranquilos en Sión» (6:1) frente a la desigualdad, la injusticia y el sufrimiento ajeno. Disfrutan sus lujos «sin afligirse por la ruina de José» (6:6). Como élite privilegiada, son una verdadera «sociedad de consumo» que viven «el banquete de los holgazanes» (6:7). Viven para llenar sus mansiones de lujos para todo el futuro, pero más bien están llenándolas de violencia, rapiñas, despojos y finalmente, condenación (3:9-11; Sicre 1979:111). Desprecian sin escrúpulo alguno a la imagen del Creador, cuando venden al ser humano como mercancía (2:6-7; 8:5-6). Por eso, sus ceremonias religiosas son una abominación ante Dios (5:21-24; cf. 4:4-5; 5:4-5).

Sicre (1979:110) resume bien el grave pecado de esta élite de Samaria: aunque no ha negado a Dios explícitamente, «se lo ha expulsado de la vida diaria, no se lo tiene en cuenta», y de eso tiene la culpa «el dinero, que acapara por completo el corazón del hombre». Según la crítica profética de Amós, «el lujo, la abundancia, la posibilidad de enriquecerse, es la única meta de la clase dominante de Samaria» (1979:110). En otras palabras: ¡el culto al dinero! Los demás profetas refuerzan esta denuncia del materialismo consumista. Cuánto más prosperaba Israel, denuncia Oseas, más se llenaba de ídolos (Os 10:1; cf. Is 2:7-8), que eran sobre todo «los ídolos seculares»: agua, pan, lana, lino, aceite, y demás bienes materiales. Según la «teología de la prosperidad» de ellos, «la orientación fundamental de la vida, el único punto de apoyo, la única meta», eran las riquezas; eran su verdadero dios (Sicre 1979:101c). Los ricos, según Miqueas, no sólo cometen crímenes sino también, «para colmo, se apoyan en Yahvé, diciendo: `¿No está Yahvé entre nosotros?'» (Miq 3:11; cf. 2:1-5).

El profeta Isaías, con palabras tan pertinents hoy como en el siglo ocho a.C., relaciona los tres temas que hemos visto: riqueza, poder e idolatría:

Su tierra está llena de plata y oro,

sus tesoros no tienen fin [Produco Bruto Interno].

También está su tierra llena de caballos [armas],

y sus carros [tanques] son innumerables.

Además su tierra está llena de ídolos [ideología],

y se han arrodillado ante la obra de sus manos

y ante lo que fabricaron sus dedos (Is 2:7-8).

En la misma línea de pensamiento, Jeremías plantea la disyuntiva radical entre la confianza en la sabiduría, la valentía y la riqueza y el conocimiento de Yahvé (9:23-24):

¡Ay del que edifica su casa

y sus habitaciones superiores

violentando la justicia y el derecho! …

¿Acaso eres rey

sólo para acaparar mucho cedro?

Tu padre [Josías] no sólo comía y bebía,

sino que practicaba el derecho y la justicia …

¿Acaso no es esto conocerme?

— afirma Yahvé —

Pero tus ojos y tu corazón

sólo buscan ganancias deshonestas [cf. Ezq 33:31; 22:13],

sólo buscan derramar sangre inocente

y practicar la opresión  y la violencia (Jer 22:13,15-17).[34]

Jesús, el profeta por excelencia, retoma y radicaliza todo este mensaje antiguotestamentario, especialmente en términos de la disyuntiva radical que planteó Elías («o Yahvé o Baal, pero no ambos», 1 R 18:21,39):

Nadie puede servir a dos señores,

pues menospreciará a uno y amará al otro,

o querrá mucho a uno y despreciará al otro.

No se puede servir a la vez a Dios

y a las riquezas (mamôna; Mt 6:24; Lc 16:13).

Un dicho similar que aparece en el Evangelio de Tomás lo expresa muy vívidamente: «No es posible que un hombre monte dos caballos o tense dos arcos» (#47). Al aludir casi verbalmente a una de las exigencias más tajantes del AT, la de Elías, Jesús da a entender que, en su propio tiempo, la tentación a divinizar las riquezas era tan peligrosa, y tan blasfema, como había sido el culto a Baal en tiempos de Elías (Sicre 1979:102).

La palabra mamônas no aparece en el griego clásico ni en la LXX, y sólo tres veces en el NT (Mt 6:24; Lc 16:9,11).[35] Hay algún consenso en que se relaciona con el verbo AâMaN (estar firme, duradero, Köhler y Baumgartner 2001 I:63; Coenen IV:109). En tal caso, el sentido base sería «aquello en lo que se puede confiar» (Bonnard 1976:146; BalzSch II:146). Colin Brown añade una segunda dimensión, «lo que le es confiado a uno» ((NIDNTT II:837a; cf. Fitzmyer 1985 II:1109). En ambos casos, «Mamón» se derivaría de la misma raíz que «Amén». (¡Interesante! El adorador del dinero dice «Amén» a los bienes materiales; el creyente fiel dice el «Amén» de su entrega incondicional sólo a Dios).

Sabemos que en la antigüedad, algunos esclavos de hecho pertenecían a dos amos, y la tradición hebrea definía las condiciones de obediencia en tales circunstancias (StrB I:433-434). Pero implícita en las palabras de Jesús está la exigencia de una entrega total e incondicional, sea a Mamón (como de hecho la exige) o a Dios, pero nunca a ambos. Eso lo confirman los tres verbos claves del texto: servir (douleuô), odiar/amar (miseô/agapaô), ser leal/despreciar (antéjomai/katafroneô), los que en el contexto implican una opción exclusiva (BalzSch II:146). «Servir» aquí (douleúô) tiene el significado básico de «ser esclavo de» (doulos), «una persona que está completamente supeditada a un superior» (BalzSch I:1062b).[36] En el binomio amar/odiar, el sentido de miseô (odiar), más que «aborrecer» significa «amar menos» o «no amar» (Gn 29:30-31; Dt 21:15-17; Ecl 3:8; cf. Lc 14:26 con Mt 10:37). Igualmente, con dos amos será inevitable adherirse a uno (antejomai; Tito 1:9) pero despreciar (katafroneô; 1 Co 11:22; Ro 2:4 cf. Heb 12:2), traicionar (Prv 25:9; Os 6:7; Hab 1.5; 2.5; Sof 3.4), defraudar (Jer 2:36) y desobedecer  (2 P 2:10; 4 Mac 4:26; Jos Ant 2:207) al otro. Con el mismo verbo, 1 Tm 6:2 exhorta a los esclavos a no faltar respeto (mê katafroneitôsan) a sus amos creyentes.

De Tuya (1977:109) resume fielmente el sentido de todo este texto: «El corazón ha de estar totalizado en Dios». Si Dios no es todo en nuestra vida, Dios no es nada, porque no sería Dios. Fitzmyer (1985:1107, 1109), comentando Lucas 16:13, acierta al afirmar, «Este dicho de Jesús plantea muy radicalmente la actitud hacia el dinero: ¡o Dios o Mamón! ¿Cuál de esos dos va a gobernar mi vida? Nadie puede servir a ambos. La búsqueda de la riqueza me reduce al esclavo de ella y no puedo servir realmente a Dios. Así el Mamón termina siendo el dios a quien sirvo».[37]

Jesús intensificó y radicalizó toda la crítica profética del culto a los bienes materiales e hizo explícita su idolatría. Es sorprendente la centralidad de temas económicos en la enseñanza de Jesús y la severidad de su condena de la obsesión con los bienes materiales (que hoy llamaríamos materialismo consumista).[38] Mateo 6 y Lucas 16 se concentran especilamente en la problemática ética de las riquezas. Según Lucas 6:20, Jesús dijo, «¡Ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!»; dijo que la seducción de las riquezas no dejan crecer la semilla del evangelio (Mt 3:22) y, con humor irónico, dijo, «¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios» (Lc 18:24-25).[39]

¿Por qué dedicó Jesús tanta atención a los temas económicos, y sobre todo, por qué escogió el culto a Mamón como la forma de idolatría que más quería denunciar?[40] Sus ataques a la avaricia idólatra son mucho más severos que su condena de los pecados sexuales, la mentira, la borrachera y otros pecados que consideramos escandalosos y que de hecho son también esclavizantes. Es obvio que Jesús conocía toda la corrupción económica de la sociedad judía en que vivía y la pasión ciega de muchos por alcanzar riquezas. Jesús veía esa codicia de ganancias como la tentación más sutil y peligrosa de su época, y por eso concentró su denuncia en esa idolatría.[41]

Por algo también Jesús escogió el término «Mamón» como objeto de esta idolatría, y no sólo «el dinero» o «las riquezas». Leif Vaage plantea esta interesante pregunta, y sugiere que con ese término poco usual «se hace referencia a todo poder económico que produzca la muerte, dondequiera que sea, en vez de la vida».[42] Fitzmyer, en su comentario sobre Lucas 16, propone que el interés de Jesús no se limitaba al dinero como tal, sino en lo que el dinero hace a la gente y como afecta la vida de ricos y pobres (1981 I:250). El uso del nombre simbólico en vez de la designación literal destaca su fuerza como poder maligno sobre los seres humanos, que rivaliza con Dios como objeto supremo de adoración.

¿Existe hoy esa misma tentación de ser idólatra sin darnos cuenta? Claude Tresmontant, en su libro La doctrina de Yeshúa de Nazaret (p.60), alega que sí: «para la inmensa mayoría de los hombres, la riqueza es objeto de un culto idólatra, en lo más secreto de sus corazones. La acumulación de riquezas es un esfuerzo por escapar a la angustia de la muerte, a la angustia de la inestabilidad y de la inseguridad, de la dependencia, un esfuerzo por asegurarse contra el riesgo, una búsqueda de consistencia» [43] En otras palabras, avaricia y consumismo son idolatría.

José Luis Caravias (s.f. pp.30-31) llega a la misma conclusión. Su análisis merece una cita larga:

El dios secreto de nuestra sociedad es el crecimiento económico. Y la religión que aboga por el culto a este dios es la religión más poderosa de nuestro mundo. Su liturgia es la publicidad … Al crecimiento económico se sacrifican los hombres, la naturaleza y el futuro. Este gran señor, a través de la pauperización, del desempleo y de la destrucción de la naturaleza, decide sobre la vida o la muerte de los hombres… En la sociedad actual el dinero es la mercancía que sirve como común denominador a todas las otras y en las que todas tienen que transformarse para recibir la confirmación de su valor. El dinero es la medida de valor de todo. … El mundo mercantil piensa y decide por nosotros. El es nuestro dueño, enmarañados, como estamos, en su red de propagandas multicolores, su consumismo y su jerarquía de valores. Por doquier se presenta y se vive el mundo de las mercancías, del dinero y del mercado como un gran objeto de devoción, un mundo pseudodivino, que está por encima de los hombres y les dicta sus leyes. Sólo con una sumisión total al mundo del mercado es posible llegar al “milagro económico”… El libre comercio y la libertad de los precios, ha de dominar por encima de todo y de todos. Negarse a someterse al mercado y sus indicadores es, por tanto, el pecado más grave que se puede cometer, y ello lleva al caos y a la esclavitud… Por eso es necesario reprimir por todos los medios posibles cualquier intento de rebeldía contra este dios, tan planificado y estructurado. Está prohibido soñar o planear otro tipo de sociedad. Esta forma de concebir la vida es idolátrica, precisamente en el mismo sentido en el que es usada esta palabra en la Biblia. Se trata del sometimiento del hombre y de su vida concreta al producto de sus propias manos, con la consiguiente destrucción del hombre mismo. El Dios bíblico es todo lo contrario a este fetiche, pues su voluntad es que el hombre concreto, con sus necesidades concretas, sea el centro de la sociedad y de la historia. El efecto propio de los ídolos se muestra con radical desnudez en el conflicto en torno a la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Este gigantesco endeudamiento está poniendo al descubierto las mandíbulas de muerte de la actual economía mundial. Es como una guerra silenciosa, en la que en vez de soldados mueren niños por desnutrición; en vez de miles de heridos hay millones sin trabajo; en la que la principal arma, más mortífera que las bombas nucleares, son los tipos de interés bancario. De hecho, gran parte de las producciones nacionales están destinadas a pagar, como en altar idolátrico, las tasas de interés. En este ritual el Fondo Monetario Internacional es el sumo sacerdote, que decide qué es lo que es bueno hacer y lo que es malo…»

Orígenes, el antiguo padre de la iglesia, captó con profunda percepción la esencia de esta idolatría: «Dios sabe muy bien», escribió, «qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para esa persona es Dios. Que cada uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser».[44] Es posible aun que el verdadero Dios sea uno entre esos «amores», hasta el mayor entre varios rivales, como era Yahvé junto con Baal para Acab y Jezabel. Esa es la idolatría más común. Pero Yahvé, el verdadero Dios, es celoso y no tolera rivales. Por eso Elías escandaliza al pueblo de Israel con su radical demanda de una lealtad exclusiva: o Yahvé o Baal, pero jamás los dos (1 R 18:21,24,36-37).

Ya en el siglo XVI, Martín Lutero, en su Catecismo Mayor, puso el dedo en la llaga:

«Muchas personas creen que tienen a Dios y todo lo que necesitan, cuando tienen dinero y propiedad; en ellos confían, de ellos se jactan, tan inflexiblemente y con tanta seguridad, que no se preocupan por nadie más. Fíjense, una persona tal tiene también su dios– se llama Mamón, es decir, dinero y posesiones; sobre ellos pone todo su corazón. Es el ídolo más común sobre la faz de la tierra. Quien tiene dinero y posesiones, se siente en total seguridad, está feliz y sin ningún temor, como si estuviera sentado en el mismo paraíso. A la inversa, quien no tiene nada, duda y se deprime, como si no conociera ningún dios… De modo que si alguien se jacta de mucha erudición, sabiduría, poder, prestigio, familia y honor, y confía en esas cosas, esa persona también tiene su dios, pero no el único Dios veradero.»[45]

¿Cuántos «buenos cristianos» hoy depositan su confianza en el dinero, y tienen su corazón puesto en las riquezas? Hoy tendríamos que hablar de una «mamonización del evangelio» (Mat 6:24), en que los buenos cristianos asisten a los cultos y cantan los coritos, pero durante la semana rinden culto al dinero y al poder.[46]

[1]Contextualización redactada para Tomo III del comentario del Apocalipsis.

[2] Podemos entender que el futuro de «adorarán» signifique «seguirán adorando», ya que va acompañado con verbos en pasado y presente. Es muy poco probable que Juan de repente haya comenzado a hablar del futuro remoto.

[3] Los nicolaítas creían en Jesús y jamás se hubieran considerado idólatras sólo por rendir culto también a César. Ellos se hubieran llamado «cristianos más realistas y razonables, no-fanáticos» o hasta «cristianos patrióticos». Sicre (1979:145) comenta que ningún judío de los tiempos de los profetas (siglo VIII-VI) se hubiera confesado idólatra, pero «Lo importante no es lo que ellos piensan sino el juicio de Dios».

[4] De hecho, cuánto más inconsciente la idolatría, y más invisible, más peligrosa es; Satanás sabe bien disfrazase de ángel de luz.

[5] El Catecismo de Heidelberg pregunta «¿Qué es la idolatría?», y responde: «Es imaginar o poseer, en lugar del único Dios verdadero, revelado en su Palabra, o al lado de Él, otra cosa en que poner nuestra confianza» (Pregunta 95).

[6] Job 32:24-25: «¿Acaso he puesto en el oro mi confianza, o he dicho al oro puro, ‘En ti confío’? ¿Me he ufanado de mi gran fortuna, de las riquezas amasadas con mis manos?» En seguida, Job relaciona esa confianza en las riquezas con la idolatría (32:26-28). Los pasajes de Isaías interpretan la confianza en potencias extranjeras (20:5, Egipto y Nubia; Asiria, Os 5:13) y en la fuerza y las armas (30:12) como idolatría. Oseas 14:1-4 denuncia como idolatría la confianza en Asiria y en las armas, porque desplaza la confianza en Dios, y concluye, «Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos». Todo el tema está magistralmente expuesto por Gutiérrez (1989:111-132). Cualquier «entrega total y cotidiana a quien se considera el absoluto de nuestras vidas» es idolatría (p.123).

[7]  Sobre este texto comenta Gutiérrez, «‘Gloriarse’ es poner su seguridad y su orgullo en esos ídolos eventuales: el saber, el valor militar y la riqueza» (Gutierrez, El Dios de la vida 1989:113).

[8] ) Según Oseas 5:13-6:2, fue idolatría de parte de Israel esperar que Asiria sanara sus llagas y heridas, cuando sólo Dios los puede curar (6:1; 7:1; 14:4, todos con el mismo verbo hebreo, RâFâA). Para los profetas, es idolatría confiar en cualquier otro poder para resolver los problemas nacionales y personales.

[9] El primer mandamiento reza, «No tendrás otros dioses además de mí» (Ex 20:3 NVI). La frase «ante mí» (Hebr. YaL-PâNaYâ, «ante mi rostro») no significa «antes de mí, mayor que yo» sino «al lado mío».

[10] Bien comentó Charnock en el siglo XVII, «pretender adorar a Dios y buscar sólo mi ventaja propia es burlarme de Dios en vez de adorarlo. Cuando creemos que nosotros debemos ser satisfechos y no Dios ser glorificado, ponemos a Dios por debajo de nosotros mismos e imaginamos que él debe someter su propio honor a las ventajas nuestras» (The Existence and Attributes of God, Grand Rapids: Baker Books, 1996, p.241).

[11] Algunos manuscritos de Qumran denuncian «los ídolos del corazón» (1QS 2.11; CD 20.9). Muchos pasajes de los profetas aluden a la idolatría sin nombrarla. Un claro ejemplo es Isaías 20:1-6, contra las alianzas con Egipto y Etiopía: «Y los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria» (20:5-6).

[12] Sicre (1979:43) comenta sobre Os 5:12-15: «Precisamente la originalidad de este texto radica en que nos presenta una forma de idolatría ‘secular’. Ya no entran en juego los ‘dioses del cielo’, sino ‘los dioses de la tierra'». Sicre observa también que los profetas hablaron de la idolatría indirectamente, bajo otros temas, porque no conocían la palabra «idolatría» (Sicre 1979:18). Sicre lo llama también «idolatría política» (p.56, sobre Isa 30:1-5). Para captar estos mensajes anti-idolátricas, es necesario sensibilizarnos a este lenguaje indirecto de sub-códigos referentes al tema.

[13] Este es el plan del libro de Sicre: La divinización de las grandes potencias (pp. 23-100) y «la divinización de los bienes terrenos» (pp. 101-170). Mientras Sicre se limita a los profetas preexílicos, Caravias aplica el mismo esquema a toda la Biblia (incluso los libros deuterocanónicos).

[14] Cf. también Dagoberto Ramírez, «La idolatría del poder»,  RIBLA  #4 1989:109-126.

[15] En 44 d.C. todo Israel, incluso Galilea, fue convertido en provincia romana.

[16] Protestas parecidas fueron promovidos por un tal Simón en Perea y por Atronges en Judea.

[17] Los «cristianos confesantes» bajo Adolfo Hitler (Niemoeller, Bonhoeffer, Barth y otros) afirmaron el mismo principio en su Confesión de Barmen (1934), que sólo Jesucristo puede ser el Señor de nuestra conciencia.

[18] Sobre la comprensión bíblica del poder político, cf. Stam (2004B:109-132).

[19] Es significativo que Dios le comisiona a Elías a ungir a un rey pagano (Jazael de Siria), a un rey de Israel (Jehú) y a un profeta (Eliseo; 1 R 19:15). Según Jer 27:6-7, fue Dios quien entregó a Nabucodonosor todas las naciones de su imperio; cf. Isa 45:1 para Ciro). Para los hebreos, sus autoridades eran básicamente mediadores religiosos con la misión de hacer de Israel un reino de sacerdotes y una nación santa (Léon Dufour 1973:37)

[20] En Génesis 49:25, Yahvé se llama «el Dios de tu padre, que te ayuda» (el «Dios ayudador»). Sal 124:8 afirma que «Nuestra ayuda está en el nombre de Yahvé». Cf. 1Cr 5.20; Is 44.2 vs Lam4.17). Los rollos de Qumran hablan unas treinta veces de Dios como ayudador.

[21]  Uzías es llamado también Azarías (2 R 14:21; 15.1-8, 17-27, 1 Cr 3:12).

[22] Amós y Oséas profetizaban durante el reinado de Uzías, e Isaías recibió su majestuosa visión de Yahvé «el año que murió el rey Uzías» (Is 6:1).

[23] Eric Fromm observa que «los ídolos de hoy son los líderes, las instituciones — especialmente el Estado — la nación, la producción, la ley y el orden y toda obra fabricada por el hombre» (La revolución de la libertad, México D.F. 1970, citado en Sicre p.17-18).

[24] Sobre el sentido teológico de «ayuda» véase Botterweck XI:12-18 y NIDOTT III:378. Debe notarse que esta actitud tan «cerrada» va contra el sentido común. Cualquier nación debe tener el pleno derecho de buscar las alianzas necesarias para su defensa propia, y cuánto más «ayuda», mejor debe ser. Pero aquí no se trata de prudencia y cálculos militares sino de fidelidad radical a Yahvé. Según Sicre (1979:53), comentando Isa 20:1-6, lo que era simplemente un error de cálculo para los filisteos (Askalón, Ecron), para el pueblo de Dios era idolatría. Por eso dice Isaías que en esas alianzas, «caerá el ayudador (‘ozer) y caerá el ayudado (‘azur Isa 31:3 RVR).

[25] Como ya hemos señalado, expresiones como «confiar», «enorgullecerse» y «acudir en busca de ayuda» tienen claras connotaciones de idolatría.

[26] Sicre (1979:58), citando a Huber, comenta que en su lenguaje sobre esas alianzas, Isaías «ha elegido las palabras para cualificar teológicamente esta política … mediante términos que indican la actitud que sólo puede adoptarse ante Yahvé… Egipto ha ocupado el lugar de Dios.»

[27] Muchas traducciones reproducen los nombres como «Oholá» y «Oholibá». Schökel apunta que este capítulo no denuncia la adoración de dioses ajenos sino «la política cambiante y acomodaticia de pactos con la potencia de turno». Según Dt 22:21 el castigo de tal conducta debía ser la muerte, lo que subraya «la total indignidad de las jóvenes» ((Ezequiel, Madrid: Cristiandad, 1971, p.151). El profeta condena la política internacional de las dos naciones con el lenguaje más ofensivo posible.

[28] Llama la atención que Ezequiel, en su libro tan lleno de lenguaje agresivo, utiliza los términos más violentos y ofensivos (y crudos) para describir las abominables alianzas político-militares de Israel y Judá.

[29] Esta misma verdad reaparece en el bloque textual del Pentecostés, que «ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común» (Hch 4:32 RVR).

[30] Pablo VI lo expresó muy bien cuando dijo que toda propiedad privada lleva una hipoteca social.

[31] Cf. 1Qp Hab 8:8-13; 1 En 46:7; 94:8; TJudá 19:1 (cf 17:1; 18:2-6); Filón de spec.leg I:23-25; Sicre 1979:102-103.

[32] La palabra AaRMeNôT puede significar «fortaleza, alcázar» (NVI), pero también «palacio» (mansión, residencia lujosa; BJ, NBE, DHH, RVR; Sicre), que cuadra mejor con el contexto.

[33] En lenguaje novotestamentario, Sicre describe los palacios de Samaria como » el santuario supremo de Mammón» y agrega, «Al dinero se le puede dar culto en cualquier lugar: en los tribunales de justicia, en el mercado, incluso en el templo y junto a los altares yahvistas (cf. 2:8). Pero el palacio es su residencia habitual, el sitio donde se hace más presente y palpable este nuevo rival de Dios»  (1979:112).

[34] Todos los ídolos tienen algo de Moloc y chupan la sangre de sus víctimas. Eso se ve hoy en las grandes guerras internacionales, cuyo motivo principal suele ser la ganancia (petróleo, comercio, hegemonía del mercado). La disposición de matar a víctimas inocentes es una marca evidente de idolatría. «El dios de la idolatría es un dios asesino. Mucha es la sangre que se derrama por afán de lucro» (Gutiérrez 1989:117). Es aun peor cuando tales homicidios se justifican en el nombre de Dios, o de la justicia y la democracia (Is 8:20).

[35] Despues aparece en 2 Clem 6:1 y Mishná, Abot 2:12, con el significado de «dinero», y en el Talmúd.

[36] BalzSch (I:11061-2) menciona que en el mundo griego el término era humillante, pero en la Biblia «Ser elegido por Dios, tener la posibilidad de servirle, no humilla a nadie». En servirle a Dos está nuestra verdadera libertad.

[37] Traducción un poco libre, pero fiel, del original inglés.

[38] Véase «Jesús-economista en el evangelio de Mateo» por Leif E. Vaage en RIBLA #27 1997: 112-129. Debe mencionarse también la aguda crítica del pecado económico que ofrece el Apocalipsis (Stam 2005:326-340).

[39] La figura ridícula de pasar un camello por el ojo de una aguda debe entenderse como una simpática hipérbole; ¡imaginar un camello, con todo y joroba, tratando de pasar por donde sólo con dificultad se logra meter un hilo fino! La expresión no tiene nada que ver con una supuesta puerta pequeña en el muro de Jerusalén, de la que no hay evidencias confiables.

[40] Cf. Sicre 1979:164. Dos veces las epístolas paulinas identifican la avaricia (Ef 5:5; Col 3:5: pleonexia, deseo de tener más) como idolatría. Los avaros aparecen también en las listas de los que quedan excluídos de la comunidad (1 Co 5:11; 6:10) y la avaricia entre las obras de la naturaleza pecaminosa (Ro 1:29; cf. 2 P 2:3,14; 2 Tm 3:2 filárguroi). Según 1 Timoteo 6:10, «el amor al dinero (filarguria) es la raíz de toda clase de males» (cf. 6:17). Cf. Stg 5:1-5; TJudá 19:1.

[41] El Testamento de Judá advierte en el mismo sentido, «Hijos míos, el amor al dinero lleva a la idolatría; porque el dinero los lleva por mal camino y hace que consideren dioses a los que no lo son» (19.1).

[42] Leif Vaage, RIBLA #27 1997:116.

[43] Tresmontant, Barcelona: 1973, citado por Sicre 1979:104.

[44] Orígenes, «Homilía sobre el libro de los Jueces», citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).

[45] Unser Glaube: Die Bekenntnisschriften der evangelisch-lutherischen Kirche (Gütersloh: Gütersloher Verlagshaus 1987 pp 596-597).

[46] En el Apocalipsis tales personas se llaman «nicolaítas» por querer rendir culto a Cristo y a la vez al emperador, una especie de «imperialización» del evangelio.

Cuando Dios es la única esperanza

Publicado: noviembre 26, 2010 en Sociedad, Teología

LA RELIGION EN UNA SITUACION LIMITE. AUTOR: SERGIO RUBIN

 

Cuando Dios es la única esperanza

A poco de quedar atrapados, los mineros chilenos estuvieron a punto de caer en la desesperación, pero el aferrarse a lo religioso tras una apelación de un evangélico les permitió soportar el encierro.

 

Sergio Rubin

La desesperación comenzó a ganar a los 33 mineros. Habían pasado unos pocos días tras el fatídico 5 de agosto en que un derrumbe los dejó atrapados a 700 metros  de profundidad en una mina del norte de Chile. Sabían que todo intento de escapar era inútil. Y que una operación de rescate, a semejante distancia de la superficie, sería poco menos que imposible. Concluían que, en definitiva, estaban sepultados vivos. La  tensión crecía, las discusiones, también. El pánico era la peor asechanza. Fue entonces cuando uno de ellos, José Henríquez, el único evangélico del grupo, tomó la  palabra y, en tono vibrante, los exhortó a aferrarse a Dios. «Debemos confiar en el  Señor, que nunca nos abandona si nos entregamos a él», exclamó. Sus palabras  produjeron un punto de inflexión. Dentro de la enorme angustia, pusieron calma,  evitaron que la situación se desmadrara y fortalecieron la esperanza en que no todo estaba perdido. La reacción ante la apelación de Henríquez, de 56 años –convertido a partir de  entonces en una especie de guía espiritual del grupo-, es por demás reveladora del  papel absolutamente clave que jugó lo religioso en el sostenimiento anímico de los mineros, sometidos a una experiencia extrema que era seguida con expectación por  todo el mundo. «La fe fue lo que nos permitió salir adelante», dice Esteban Rojas, el  más fervoroso católico de todos los mineros, en diálogo telefónico desde Chile con  Valores Religiosos. De hecho, todos los días, a las 12, los 33 se reunían a rezar. «Ese momento era sagrado, no se suspendía nunca», señala. Claro que Esteban -quien   estaba en la mina reponiendo los dos días que había faltado por haber ido al entierro de un tío- se aferró a su fe desde el primer momento. Al punto que el mismo día en  que quedaron atrapados le prometió a Dios que, si lograba salir con vida de la mina, se casaría por iglesia con su mujer, con quien sólo está unido civilmente desde  hace 25 años. «Le juré que nos uniríamos como Dios manda», cuenta.

 

«El primer momento fue de shock, de un susto tremendo, de pensar que se iban a  morir porque habían quedado atrapados a mucha profundidad», afirma el padre Daniel Pauvif, el sacerdote que más conoce a los mineros por haber sido hasta hace dos  años párroco de la iglesia Santísima Trinidad de la localidad de Copiapó, en cuya jurisdicción está la mina. Y dentro de la cual encabezó seis años atrás un oficio  religioso. «La exhortación de Henríquez fue clave para estabilizar la situación porque comprendieron que no tenían otra alternativa que agarrarse de Dios y esa confianza  les permitió sostenerse», señala a Valores Religiosos. Considera que «sin la fe, la situación hubiera sido caótica y vaya a saber a qué los hubiera empujado la  desesperación».

 

La confianza en Dios de los mineros recibió un espaldarazo cuando llevaban 17 días  de encierro y los trabajos de perforación posibilitaron hacer contacto con ellos. Aquel famoso papelito que decía «Estamos bien en el refugio los 33» y que llenó de alegría al mundo entero, estuvo seguido por otro menos conocido, pero que reflejaba con  elocuencia la fe de los atrapados. José Gómez, el minero más veterano, de 63 años, le  escribía a su esposa: «Estoy bien gracias a Dios. Espero salir bien. Paciencia y fe. Dios es grande y la ayuda de mi Dios nos va a hacer salir con vida de esta mina».  Inmediatamente después, Henríquez pidió las famosas 33 pequeñas Biblias (de 20 cm por 7 cm), provistas por la Iglesia Adventista.

 

«Nosotros teníamos nuestras oraciones, empezando por el Padrenuestro, pero a partir de la llegada de las Biblias, su lectura nos calmaba un poco más», cuenta Rojas. De hecho, desde entonces hubo momentos especialmente intensos. «Fueron ratos muy  participativos y de mucho fervor», señala el padre Pauvif. Y agrega que esos espacios fueron profusamente narrados en las cartas que los mineros les enviaban a sus  familiares. Arriba, en tanto, se multiplicaban los ruegos en un improvisado santuario. Sobresalían allí la imagen de San Lorenzo, patrono de los mineros, y la de la Virgen  de la Candelaria, pese a que sólo se la saca de su iglesia en Copiapó para su festividad.

 

Los preparativos para el rescate llegaban a su fin. Era el 13 de octubre. Habían pasado 69 días. Los mineros empezaban a ser sacados en medio de una gran  emoción. Varios de ellos caían de rodillas y juntaban sus manos en señal de agradecimiento a Dios. Para el padre Pauvif, esas expresiones fueron especialmente  significativas por provenir de personas que, por lo general, consideran a la religión más bien cosa de mujeres. Y son poco expresivos. Pero esa terrible experiencia que  acababan de vivir -agrega Pauvif- no solo había cambiado para siempre sus vidas,  sino que los había vuelto, previsiblemente, más religiosos.

 

En tanto, Henríquez, en un primer contacto con la prensa, rechazó el título de «guía  espiritual» que le pusieron sus compañeros. «No me calza», afirmó. Explicó que es «un simple hombre de trabajo a quien le tocó conducir a mis compañeros en la oración  después de que ellos se enteraran de que yo era cristiano». Pero su presencia parecía cosa de Dios. Primero, porque si el derrumbe se hubiera producido días después no  hubiera estado allí ya que pensaba dejar la mina dado que decía que «ese cerro era  malo». Segundo, porque en 1986 logró salir con vida de otra mina cuando se produjo  un aluvión mientras dormía. Es que alcanzó a despertar a tiempo y huir en ropa interior. Otros que se demoraron buscando sus cosas no corrieron la misma suerte.

 

Rojas hace una buena síntesis de su experiencia. «Fue una situación terrible, pero  nunca perdí la esperanza en que íbamos a salir con vida porque tuve fe en Dios», dice. Y si bien admite que «siempre fui religioso», señala que luego de lo que le tocó  vivir «creo más en el Señor, mi fe se fortaleció». Por lo demás, el mensaje espiritual que salió de la mina, dice el padre Pauvif, se extendió a todo Chile. Porque, además  de crecer el aprecio por la vida, se estimuló la creencia religiosa. «Claro que uno espera que no sea necesario una desgracia para comprobar que Dios nos quiere»,  completa.

 

Ahora, ¿fue un milagro que los mineros se salvaran? Rojas cree que constituyó «una  obra de del Señor en conjunto con el trabajo de los hombres». A su vez, Pauvif considera que sí en cuanto a que detrás de todas las personas que trabajaron en el  rescate, de toda la tecnología que se utilizó, de todo el enorme esfuerzo que se hizo, sabiendo que podía haber complicaciones que escapan al control humano, «estuvo  Dios».

 

Con todo, cree que el caso de los 33 mineros chilenos atrapados durante 69 días a 700 metros de profundidad dejó una gran enseñanza: que la vida sin Dios puede ser muy distinta a la vida con El.

VALORES RELIGIOSOS

DIARIO EL CLARíN- ARGENTINA


Publicado por: juanstam

 

Dios es luz, desde siempre, y brilla ahora en nosotros (Ap 21:23; 22:5)

 

Ya hemos señalado que la Biblia comienza y termina con el tema de la luz (Gn 1:3,14-18; Ap 21:23; 22:5), y de hecho, es uno de los temas más centrales de todo el libro.[1] En el Apocalipsis, la primera descripción del Hijo de hombre señala que «su rostro era como el sol cuando brilla con todo su esplendor» (1:16; cf. 10:1; 22:16; Mt 17:2). La primera visión de Dios describe «al que está sentado en el trono» no con símbolos antropomórficos (cabello blanco, ojos como fuego) sino por el hermoso brillo de tres gemas (jaspe, cornalina y esmeralda) que proyectan todo el espectro policromático del arco iris (4:3). Dios es luz, y en forma muy apropiada el Apocalipsis describe a Dios y a su reino por la belleza de la luz reflejada y refractada por las más bellas joyas de toda la creación (21:11,18-21).[2] De los ángeles también se destaca el brillo de su luz (10:1; 18:1, el esplendor del ángel iluminó toda la tierra; cf. 15:6). La esposa del Cordero viste lino resplandeciente (lo que no es una propiedad natural del lino; 19:8; vs. 18:12,16) y la nueva Jerusalén, que es ella misma, «resplandecía con la gloria de Dios» (21:11).[3] Mientras el destino final de Babilonia es de tinieblas densas e impenetrables, sin tener ni una lámpara (18:23; cf. 8:12; 9:2; 16:10)[4], la historia de la luz de la gloria de Dios culmina en una permanente teofanía, cuando todo será revelación de Dios en su gloria y hermosura (NIDOTT I:328).

 

Isaías 60:19, que Juan cita en 21:23, tiene su propia teología de luz y tinieblas.[5] En el capítulo anterior el profeta denuncia el pecado, la injusticia y violencia en el pueblo:

 

La mano del Yahvéh no es corta para salvar,

ni es sordo su oído para oír.

Son las iniquidades de ustedes las que los separan de su Dios…

Ustedes tienen las manos manchadas de sangre

y los dedos manchados de iniquidad.

Sus labios dicen mentiras…

Nadie clama por la justicia…

Se apresuran a derramar sangre inocente (Is 59:1-4,7).

 

El resultado de tanto pecado no puede ser luz, sino con su pecado engendran tinieblas:

 

Conciben malicia y dan a luz perversidad…

Esperábamos luz, pero todo es tinieblas;

claridad, pero andamos en densa oscuridad.

Vamos palpando la pared como los ciegos,

andamos a tientas como los que no tienen ojos.

En pleno mediodía tropezamos como si fuera de noche (59:4,9-10).

 

Pero entonces el pueblo se arrepiente y busca a Dios de nuevo:

 

Hemos sido rebeldes, hemos negado a Yahvéh.

¡Le hemos vuelto la espada a nuestro Dios!

Fomentamos la opresión y la traición,

proferimos las mentiras concebidas en nuestro corazón…

Yahvéh lo ha visto y le ha disgustado ver que no hay justicia alguna…

Por eso su propio brazo vendrá a salvarlos;

su propia justicia los sostendrá…

El Redentor vendrá a Sión’,

¡vendrá a todos los de Jacob que se arrepientan de su rebeldía (59:13-16,20)

 

Ahora, con el arrepentimiento y conversión del pueblo, nace la luz sobre ellos. La transformación es total y muy dramática:

 

¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado!

¡La gloria de Yahvéh brilla sobre tí!

Mira, las tinieblas cubren la tierra,

y una densa oscuridad se cierne sobre los pueblos.

Pero la aurora de Yahvéh brillará sobre ti,

sobre ti se manifestará su gloria.

Las naciones serán guiadas por tu luz, cf 42.6

y los reyes por tu amanecer esplendoroso…

Verás eso y te pondrás radiante de alegría (60:1-3).

 

Igual que en Apocalipsis 21, la gloria del Señor es la forma específica de esa anhelada luz.[6] Y será tal la gloria divina en toda la tierra, que ya no harán falta el sol y la luna:

 

Ya no será el sol tu luz durante el día,

ni con su resplandor te alumbrará la luna,

porque Yahvéh será tu luz eterna;

tu Dios será tu gloria.

Tu sol no volverá a ponerse,

ni menguará tu luna;

será Yahvéh tu luz eterna,

y llegarán a su fin tus días de duelo (Is 60:19-20).

 

Dios como la luz del mundo es también el tema de muchos salmos:

 

Yahvéh es mi luz y mi salvación,

¿a quién temeré?

Yahvéh es el baluarte de mi vida,

¿quién podrá amedrentarme? …

Una sola cosa le pido a Yahvéh,

y es lo único que persigo:

habitar en la casa de Yahvéh,

todos los días de mi vida,

para contemplar la hermosura de Yahvéh

y recrearme en su templo… (Sal 27:1-4; cf. Ap 21:3)

Porque en ti está la fuente de la vida,

y en tu luz podemos ver la luz (Sal 36:10; cf. Jn 1:4).

Yahvéh mi Dios, tu eres grandioso;

te has revestido de gloria y majestad.

Te cubres de luz como con un manto;

extiendes los cielos como un velo…

Tu hiciste la luna, que marca las estaciones,

y el sol que sabe cuando ocultarse.

Tu traes la oscuridad, y cae la noche…

pero al salir el sol… sale la gente a cumplir sus tareas…

Cantaré a Yahvéh toda mi vida (Sal 104:2,19-23,33)

 

Para el salmista, la luz de Dios se nos comunica por su palabra, para iluminar la senda de nuestra vida:

 

Tu palabra es una lámpara a mis pies;

es una luz en mi sendero…

La exposición de tu palabra nos da luz,

y da entendimiento al sencillo (Sal 119:105,130)

 

El Nuevo Testamento mantiene esta teología de la luz, pero con variantes y avances. «Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad» (1Jn 1:5). Es «el Padre de las luces, en quien no hay cambios ni sombra de cambios» (Stg 1:17 BJ; cf. 2Co 4:6), «que vive en luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver» (1Tm 6:16). Pero el Nuevo Testamento da al tema un énfasis cristológico y no duda en llamar a Cristo, igual que el Padre, como «la luz del mundo» (Jn 8:12). Los evangelios sinópticos ven a Jesús como cumplimiento de las promesas proféticas del Mesías como luz a las naciones en medio de las tinieblas (Mt 4:16 con Is 9:2; cf. Ro 2:19; Lc 2:32 con Is 42:6; 49:6).[7] El cuarto evangelio relaciona ese tema con la encarnación como presencia de Dios en la tierra, con mención especial del tiempo de la vida terrestre de Jesús (Jn 8:12; cf. 1:3; 9:15; 12:35-36). Para la escatología realizada de Juan, desde la encarnación de Cristo «las tinieblas se van desvaneciendo y brilla la luz verdadera» (1Jn 2:8).

 

En el libro de los Hechos los tres relatos de la conversión de Pablo (Hch 9:1-9; 22:1-11; 26:12-18) destacan la importancia de la luz en su encuentro con el Señor. Según la defensa ante Agripa, Cristo lo comisionó a Pablo «para que les abras los ojos y se conviertan de las tinieblas a la luz» (26:18). En textos como Hch 26:23 la predicación del evangelio se describe como «proclamar la luz». Según 2Tm 1.10, Cristo «destruyó la muerte y sacó a luz la vida incorruptible mediante el evangelio». En paralelismo con la misión de Jesús, Pablo también está enviado a traer luz a los ciegos y a los que están en la oscuridad (Hch 13:47; Ro 2:10; Is 42:7; 49:6). En estos pasajes, «la luz» es sinónimo del evangelio (1P 2:9).[8]

 

En su gran declaración de la fiesta de cabañas, cuando Jesús proclamó, «Yo soy la luz del mundo», dijo a continuación, «El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8:12). En Cristo, Dios nos da la luz de su rostro para que andemos en ella (1 Jn 1:7). Es más: Jesús, quien es la luz del mundo, dijo también que nosotros somos la luz del mundo (Mt 5:14; cf. Ef 5:8). Según el impresionante símil de Filipenses 2:15, somos hijos de luz que «brillan como estrellas en el firmamento» (Fil 2:15; 1Ts 5:5). «Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo» (2Co 4:6).

 

Aquí debemos recordar también que el brillo del «lino resplandeciente» del vestido de la novia del Cordero consiste precisamente en las obras justas nuestras; es en nuestro compromiso, aquí en esta tierra, con el reino de Dios y su justicia que brilla la gloria de Dios en nosotros (Ap 19:8). En términos similares, el Salmo 90 describe el reflejo del resplandor de Dios en nosotros y nuestras vidas: «¡Sean manifiestas tus obras a tus siervos, y tu esplendor a sus descendientes! Que la hermosura del Señor [NoYaM-AaDoNâY] nuestro Dios esté sobre nosotros. Confirma en nosotros la obra de nuestras manos…» (90:16-17).

 

Es imposible ver la gloria de Dios sin reflejar esa luz radiante de alguna manera. Cuando Moisés bajó del monte Sinaí, después de haber visto a Dios, su rostro brillaba con el resplandor de la gloria divina, pero él no se daba cuenta (Ex 34:29-35). Moisés no sabía, pero todo el pueblo se daba cuenta. Cuando la gloria del Señor ilumina nuestras vidas, no se trata de estarnos mirando en un espejo, con narcisismo espiritual, sino de reflejar la belleza de Dios en nuestro estilo de vida y en todas nuestras acciones:

 

Brilla en mí

Dios la luz de tu amor brilla,

en la oscuridad siempre brilla,

Cristo brilla en nosotros,

tu verdad libertad nos ha dado,

Brilla en mí, brilla en mí.

Coro: Brilla Jesús, llena al mundo de paz

y gloria, Espíritu pon el fuego en mí.

Brillo de amor, llena el mundo de tu justicia

Y que en tí, Señor, podamos ser luz.

Aquí estoy en tu gran presencia,

de las sombras a tu grandeza,

por tu sangre hay luz en mi vida,

Entra y quita todas las tinieblas.

Al mirar tu luz tan grande,

reflejamos tu amor triunfante.

tú nos llevas de gloria en gloria,

transformando toda nuestra historia,

Brilla en mí, brilla en mí…

[1] El lector puede buscar en una concordancia exhaustiva de la Biblia las siguientes palabras: Luz, lucero, lumbrera, lámpara, luminoso, antorcha, candelero, alumbrar, iluminar, tinieblas, oscuridad y otras. Sobre el tema bíblico de la luz, pueden consultarse TDOT I:147-167; NIDOTT I:324-329; Coenen I:462-474; IDB III:130-132; ISBE III 1986:134-136; Spicq III 1996:470-491; Dodd 1978B:208-218.

[2] Las piedras preciosas figuran también entre los lujos de Roma y su comercio (17:4; 18:12,16). La descripción de la Nueva Jerusalén da menos importancia a las perlas, que eran la pasión del imperio y el símbolo de la opulencia, y más al brillo y la belleza de las piedras preciosas.

[3] El lino fino de Babilonia es costoso, pero no resplandece (18:12,16), pero el lino fino de los ángeles (15:6), de la esposa del Cordero y de la nueva Jerusalén brilla con la gloria de Dios.

[4] Pueden consultarse también Ex 10:22; Isa 8:19-22: Am 5:18-20; Sof 1.15; 2P 2:7 y otros textos.

[5] Juan generalmente alude muy indirectamente al Antiguo Testamento, sin citarlo textualmente. La referencia a Is 60:19 en Ap 21:23 es probablemente lo más próximo a una cita textual en todo el libro.

[6] Isa 60 provee el trasfondo bíblico también para la venida de los reyes y las puertas que no se cierran (Is 60:5-17 Ap 21:24-26).

[7] De manera parecida, Ap 21:23 y 22:5 son un claro cumplimiento de Is 60:19-20, aunque Juan no lo señala así.

[8] En algunos pasajes, la luz del rostro de Dios significa bendición o salvación (Nm 6:25. la clásica bendición aarónica).

Juan Calvino y la Inquisición

Publicado: noviembre 9, 2010 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

Juan Calvino y la Inquisición

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (I)

Que en España, la mayoría de la población no distingue un presbiteriano de un geranio; que los medios de comunicación siguen empeñados en denominar “baptistas” a los bautistas o que, en términos generales, el conocimiento del protestantismo que tiene el ciudadano medio es nulo son circunstancias que admiten poca discusión.

No voy a entrar en si la responsabilidad de esa circunstancia deriva de la insoportable presión que históricamente la iglesia católica ha ejercido sobre los protestantes españoles hasta hace relativamente pocos años o si a ello hay que sumar la poca habilidad de los protestantes para hacerse entender.

La cuestión es importante, pero totalmente marginal para lo que deseo tratar. Adonde deseo llegar es a que los españoles, en general, saben poco del protestantismo y, como sucede, por ejemplo, con los judíos, lo poco que saben suele estar pasado por los anteojos interesados de cierta propaganda católica no menos ignorante, pero mucho peor intencionada. En este artículo y en los siguientes intentaré detenerme en algunos de esos mitos por eso de enseñar algo, con toda la modestia del mundo, a mis muy queridos compatriotas.

Permítaseme comenzar con Calvino.

He escuchado hablar ocasionalmente a españoles que no eran evangélicos de Calvino, pero no me he topado con uno solo que lo haya leído. Algunos tienen una idea errónea de su enseñanza sobre la predestinación –que ya es bastante grave– pero, por regla general, lo único que suelen comentar es que la inquisición católica no fue tan grave porque… Servet fue quemado en Ginebra por Calvino.

Recientemente, uno de los lectores de mi blog pretendió al hilo de uno de mis textos igualar a Calvino con Tomás Moro ya que yo había señalado el pasado poco conocido, pero innegable, de represor de la libertad de conciencia que tuvo el canciller inglés autor de Utopía. La idea era que Moro podía haber enviado a la muerte, previa tortura, a algunos protestantes, pero todos sabían lo que había hecho Calvino con Servet. Por amor a la Historia y a la verdad me vi obligado a responder a esa afirmación que no pasa de ser un disparate, seguramente de buena fe, pero disparate.

La figura de Calvino puede gustar más o menos. Para algunos evangélicos, resulta paradigmática de reformador y otros, por el contrario, pondrían sus objeciones a esa visión. Con todo, su influencia es extraordinaria – incluso casi incomparable – en términos históricos en episodios positivos como la revolución puritana del s. XVII en Inglaterra, la configuración de la constitución de los Estados Unidos o el desarrollo del capitalismo. De hecho, Calvino es indispensable para comprender el nacimiento de la democracia moderna o la articulación de una ética del trabajo y del ahorro que, sólo muy recientemente, ha llegado a ciertos sectores del catolicismo.

De manera nada sorprendente, en una encuesta reciente, incluso Calvino era considerado en Francia como el segundo francés más importante de la Historia y es verdad porque su importancia supera a la de franceses como Luis XIV, Richelieu, De Gaulle o Molière. Compararlo pues en términos históricos con Tomás Moro como hacía este dilecto lector mío es una insensatez porque equivale a comparar a un personaje de muy tercera fila como el inglés –el propio Erasmo que lo quería mucho y era amigo suyo afirmaba que no llegaba a la categoría de humanista– con un gigante que verdaderamente cambió la Historia.

Tampoco en el terreno de la libertad de conciencia existe punto de comparación entre ambos. Tomás Moro, a diferencia de Calvino, se expresó una y otra vez en contra de la libertad de conciencia e hizo todo lo que estuvo en su mano –incluyendo el uso de la tortura y de la hoguera– para impedirla en Inglaterra. No lo ocultó sino que insistió en que resultaba indispensable para salvar el mundo en que creía. Calvino, por el contrario, insistió en la defensa de la libertad de conciencia. La única excepción a esa trayectoria fue el caso de Miguel Servet. Personalmente estoy convencido –y en eso coinciden todos los que han estudiado las fuentes- de que si Servet hubiera sido ejecutado por la inquisición española que lo perseguía para quemarlo pocos lo conocerían hoy de la misma manera que pocos recuerdan los nombres de los quemados en los autos de fe de Valladolid de hace ahora cuatrocientos cincuenta años. El caso, sin embargo, es que, finalmente, ardió en la Ginebra de Calvino… aunque no por orden de Calvino sino del gobierno de la ciudad en el que el reformador no tenía cargo alguno.

Insisto en ello: según la mentalidad de la Europa católica, Servet debía arder en la hoguera y lo hubiera hecho de caer en sus manos. Desde el punto de vista de la Europa protestante –donde nunca existió una inquisición- la muerte de Servet fue repudiable y así lo expresaron públicamente personas cercanas a Calvino y otros teólogos reformados. No sólo eso. El municipio de Ginebra levantó un monumento de pública petición de perdón en honor a Servet. No puedo decir lo mismo – y pena me da como español – en relación con ninguno de los protestantes ejecutados en España por la inquisición. No sólo eso. Menéndez Pelayo se quejaba en el siglo XIX de que hubiera gente que se atreviera a recordar a los quemados en Valladolid y yo mismo, siendo niño, pude escuchar a uno de mis profesores –bellísima persona, por otro lado– asumiendo la quema de biblias protestantes como un acto obligado. Se trataba, eso es cierto, de un acto común no hace tantas décadas en España, pero que jamás se produjo en la Europa protestante.

Coloquemos a Calvino en su sitio; juzguemos críticamente sus escritos y su vida, pero, por favor, no pretendamos convertirlo en una excusa para la inquisición católica porque ese comportamiento sólo es una muestra de ignorancia crasa en Historia o de bajeza moral… y la semana próxima hablaremos de otro mito.

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com


Publicado por: juanstam

Cuando mi esposa Doris y yo llegamos a Basileia en 1961, conocimos un grupo de españoles, mayormente de la iglesia reformada, que habían comenzado un estudio bíblico y estaban orando que Dios les enviara un pastor de habla española. Respondimos entusiasmados, pero había un pequeño problema. El consistorio de la iglesia reformada, con toda razón, quería saber de qué iglesia era yo. Mi respuesta fue, «soy pastor de la Asociación de Iglesias Bíblicas Costarricenses», conocida como la «AIBC». Todavía veo la confusión en el rostro del pastor reformado, y siento la mía a tratar de aclararle qué era mi afiliación eclesiástica. Una semana después el pastor me buscó de nuevo y me dijo que el consistorio no lograba entender eso de la AIBC y que por favor se lo volviera a aclarar. Afortunadamente, todo se resolvió y tuvimos una experiencia pastoral inolvidable.

En esta vida humana, es importante tener una identidad, y una identidad que otros puedan reconocer. Da mucha seguridad poder decir, «Yo soy presbiteriano» o «soy pentecostal» o alguna otra afiliación respetada. Es un poco inquietante llevar una identidad no reconocida. Pero también nuestra identidad nos puede limitar. Por ejemplo, «soy presbiteriano y gracias a Dios no soy bautista» o «soy un anglicano respetable y decoroso y no como esos pentecostales escandalosos» (o «soy pentecostal y no como esos anglicanos fríos y espiritualmente muertos»). La iglesia es una sola, y no debo ser lo que soy contra lo que son otros, sino junto con ellos y ellas en la gran comunidad de fe.

(1) Yo soy evangélico y lo soy con toda la convicción de mi ser. Para mí, esa palabra está escrita sobre mi corazón y mente en letras de oro. «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios…» Pero no lo soy en el sentido de los «conservative evangelicals» de los Estados Unidos, ni exactamente en el uso latinoamericano como simple equivalente virtual de «protestante». Soy evangélico porque me ha alcanzado la gracia de Dios y esa gracia es el fundamento firme de mi existencia. Bien nos decía Karl Barth que al fin y al cabo, toda la fe evangélica se reduce a dos palabras: Gracia como clave a la teología y Gratitud como base y motivación de la ética. En las palabras conmovedoras de la Confesión de Heidelberg, las tres cosas que necesito saber son cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios y cuán grande debe ser mi gratitud. (Como evangélico que soy, esas viejas confesiones no dejan de conmoverme con profunda emoción).

Para mí, teología evangélica significa dos cosas fundamentales: Teología de la gracia de Dios y Teología de la Palabra de Dios. Ser evangélico significa una relación especial con la Palabra de Dios, tanto como Palabra encarnado en Cristo, Palabra inspirada en las escrituras (testimonio a la Palabra encarnada) y Palabra proclamada en la predicación y el testimonio. Ser evangélico significa para mí un gran amor y una pasión por las escrituras, por supuesto sin pretender tener monopolio de la fidelidad bíblica. Siempre he insistido en que todo trabajo teológico tiene que estar bien fundamentado en exégesis cuidadosa del texto bíblico, explícita o implícitamente, o no es un buen trabajo teológico. Por eso me impresiona mucho la afirmación de Barth en el prólogo al primer tomo de su Dogmática de la Iglesia, que no podía seguir fundamentando su teología en la existencia, como había hecho, sino sólo en la Palabra de Dios.

(2) Pero sorpresa, ¡Por ser evangélico, no dejo de ser católico! La palabra «católico» se deriva de la combinación de dos palabras griegas, «kata» (según) y «holos» (el todo) para dar el sentido de «según el todo; universal». Los padres de la iglesia hablaban de la iglesia universal como hê ekklêsia katolikê y las «epístolas generales» como «epístolas católicas». Otro término parecido es oikoumenê, y su adjetivo correspondiente, oikoumenikos, que se refieren a la totalidad del mundo habitado. Así de nuevo, la iglesia universal, en todo el orbe, es por su naturaleza «la iglesia ecuménica». No reconocerlo sería desconocer la unidad de la iglesia en el cuerpo de Cristo.

En la tradición cristiana, tanto católica como reformado, la iglesia se identificaba por ciertas «notas» clásicas, como «la iglesia una, santa, apostólica y católica». ¡Por supuesto! Como evangélico, creo lo mismo, interpretado en sentido bíblico. Cristo tiene un solo Cuerpo y una sola Esposa; la iglesia es una. La iglesia es «sin mancha ni arruga» en Cristo y está llamada por Dios; es santa. La iglesia está fundada sobre los apóstoles como testigos designados por Cristo (Hech 1; 1 Cor 15) y está llamada a ser fiel a ese testimonio; de esa manera, la iglesia es también apostólica. (La iglesia es apostólica cuando es bíblica, no cuando pretende tener apóstoles hoy). Y la iglesia de Cristo es una sola en todo el mundo habitado, o sea, es también católica y ecuménica. Mi corazón evangélico y pentecostal puede gritar «¡Amen!»

El problema no es con el adjetivo «católica» sino con otro que se añade, que es «romana». Ese es un adjetivo geográfico muy específico y limitante, y podría interpretarse como opuesto a «católico» como universal e inclusivo. De hecho, en amplios sectores de la iglesia católico-romana ha habido, desde inicios del siglo veinte, importantes movimientos hacia un catolicismo más bíblico, evangélico y ecuménico, ¡y por ende más católico! Tengo entre los libros de mi biblioteca uno que se titula, «Hacia una iglesia católica más evangélica». Y recuerdo un sacerdote católico que participó en un encuentro en Europa, que confesó a nuestro grupo, «Pido a Dios cada día que mi iglesia sea menos romana y más evangélica».

Creo que las iglesias evangélicas también tenemos mucho que aprender en cuanto a un amplio y generoso espíritu católico. Lo contrario de «católico» es «sectario» y no hay que analizar mucho para descubrir que algunas iglesias evangélicas son sectarias (aun cuando no sean «sectas» doctrinalmente). La catolicidad de la iglesia ecuménica significa empatía y solidaridad no sólo con todo lo cristiano sino con todo lo humano. Un poeta latino dijo, “Homo sum, nihil humanum a me alienum puto” («Soy hombre; no considero ajeno nada humano») Y mucho más, si somos cristianos. Por eso un padre de la iglesia (San Ireneo, si recuerdo bien) profundizó la expresión: «Christianus sum, nihil humanum mihi alienum est».

Esto tiene mucho significado para la misión de la iglesia. Primero, porque la iglesia está llamada a hacernos más humanos, más sensibles, menos cerrados y prejuiciados. Segundo, porque esa identificación con la otra persona es el secreto de una evangelización auténtica. Don Kenneth Strachan, poco antes de su muerte, escribió un valioso libro, «El llamado ineludible», en que señala que la base de nuestra evangelización debe ser la común humanidad que compartimos con todos y todas. Cuando es así, la evangelización hará más humanos tanto a los evangelizados como a los que evangelizan.

(3) También soy pentecostal. No concibo cómo puede haber cristianos que no sea pentecostales, si toda la iglesia nació en el día de Pentecostés y nació profética. Me parece una lamentable desviación semántica que el título de «pentecostal» se limita, muy estrechamente, a sólo un sector de la iglesia cristiana. Bíblicamente entendida, son pentecostales quienes (1) aceptan con gozo los dones del Espíritu Santo (Hechos 2:1-13), predican expositivamente la Palabra de Dios (Hch 2:14-41) y practican radicalmente, en una comunidad revolucionaria, las demandas del evangelio (Hch 2:42-47; 4:32-37). En ese sentido, toda la iglesia está llamada a ser pentecostal.

Gracias a Dios por el movimiento pentecostal contemporáneo y todo el bien que ha traído a la iglesia, liberándola de una mentalidad estática y cerrada. Personalmente, he sido muy edificado y bendecido por mis experiencias con este movimiento. Por supuesto, a veces han cometido errores y han caído en extremos. Creo que enfrentamos hoy una situación parecida a la de San Pablo. Por un lado, ante los tesalonicenses «anti-pentecostales», Pablo los exhorta a no apagar al Espíritu y no menospreciar las profecías, pero a la vez a examinar todo (1 Tes 5:19-21). En cambio, con los corintios, que eran «ultra-pentecostales», Pablo les exhorta a hacer todas las cosas en orden (1 Cor 14:27-31,40). El anti-pentecostalismo es estéril y no debe ser nuestra actitud, pero tampoco los extremismos del ultra-pentecostalismo.

Los dones del Espíritu Santo son diversos, y los reparte como él quiere (1 Cor 12:11). No hay un sólo don que define el pentecostalismo, sino el conjunto de carismas que imparte el Espíritu, que hemos de recibir con gozo y gratitud. Ser pentecostal significa vivir en la desbordante alegría del Señor y en la libertad que da el Espíritu.

Bueno, es por eso que me identifico como un evangélico católico pentecostal… y también menonita, también moravo, también metodista, y quiera Dios, sobre todo cristiano y humano.


Por René Padilla

El trabajo ecuménico en América Latina no es fácil, pero si creemos que realmente somos uno en Cristo y que estamos llamados a una misión integral, hay que buscar espacios para hacerlo. Las iglesias y misiones evangélicas son un espacio donde podemos trabajar codo a codo con otros cristianos comprometidos socialmente, pero a partir del Evangelio. De lo contrario, no pretendamos que estamos haciendo labor cristiana. Creo en el valor de las obras humanas, pero si queremos ser cristianos, partamos del Evangelio, partamos de nuestra unidad en Cristo, a pesar de nuestras diferencias en cuestiones de escatología o acerca de la mejor estrategia para llegar al poder, los alcances de la labor política, etc., etc. Nuestro compromiso con Cristo nos lleva a un testimonio cristiano, a ser “sal” y “luz” en medio de una sociedad en decadencia, una sociedad que muestra sus lacras en términos de niños abandonados, prostitución infantil, injusticia institucionalizada, empobrecimiento de las masas, corrupción a todo nivel. Unámonos en Cristo Jesús para dar testimonio de que hemos sido creados en él para vivir el Evangelio en todas sus dimensiones, en respuesta a los problemas que nos rodean!

Los cambios que se han dado en el panorama eclesial en estos últimos años exigen que quienes creemos en la necesidad de un testimonio cristiano unido revisemos nuestra agenda ecuménica. Es urgente que practiquemos el ecumenismo con hermanos y hermanas que tal vez puedan tener muchas limitaciones teológicas pero están viviendo y sirviendo en nombre de Cristo en medio de los pobres.

Muchas veces nuestro ecumenismo se reduce al grupo de gente que está de acuerdo con nosotros políticamente; que comparte la misma ideología de cambio social y sueña en una sociedad socialista. Si nuestro ecumenismo se reduce a eso, estamos equivocados: ¡no somos realmente ecuménicos, sino “ecumenistas”! Lo digo con dolor en el alma: muchas veces los fondos que vienen de organizaciones ecuménicas de Europa y Estados Unidos sirven para apoyar programas que privilegian al que comparte nuestra ideología pero no la fe en Jesucristo. Podemos debatir este tema, pero mi propuesta es esta: hagamos un nuevo tipo de ecumenismo verdaderamente ecuménico (valga la redundancia). Honestamente creo que en este momento hacen falta organizaciones ecuménicas pero no “ecumenistas”. En otras palabras, necesitamos organizaciones en las cuales se viva un ecumenismo a partir del Evangelio. Organizaciones “proeclesiásticas” (mejor que “paraeclesiásticas”) donde hermanos católicos progresistas que se han sentido presionados por una estructura autoritaria que ya no les da cabida, y hermanos evangélicos que tienen problemas por haber alzado la voz contra posturas de algún “papa” defensor del estatu quo, se sientan a gusto y formen un frente común como cristianos, a partir del Evangelio y al servicio del pobre, por la causa del Reino y su justicia. Esa es mi propuesta por la unidad, el Reino de Dios y su Justicia.

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Por Nicolás Panotto

Una de las preguntas históricas de la iglesia cristiana: ¿qué es la misión? Ella se hace ya que todo cambia. La iglesia cambia. El mundo cambia. Las personas cambian. Por ende, la misión cambia. Es un término construido desde una infinidad de interpretaciones, experiencias, contradicciones, falencias, esperanzas y errores históricos. Por todo esto, es una pregunta aún vigente.

De aquí mi deseo levantar algunos interrogantes que creo pertinentes para hacernos. Pueden parecer perogrulladas, pero justamente en muchas ocasiones encontramos las respuestas más profundas a través de los planteos más “simples”.

¿La misión agranda o abre la iglesia?

Se ha cuestionado mucho la comprensión “numerológica” de la misión, en donde se la comprende como la búsqueda de métodos para hacer crecer la iglesia. El “éxito” se mide por la cantidad de “almas” (palabra no inocente, ya que los cuerpos parecen ser solo paquetes caminantes) que ingresan a las filas de la congregación. Ya conocemos las consecuencias de esta mirada: iglesias repletas de gente desconectada entre sí, consumiendo de un modelo o un mercado religioso “a la última moda”. Las personas se fetichizan (no ellas mismas sino las estructuras), transformándose en un número más. Y tengamos cuidado: esto no sucede solamente en las llamadas “mega iglesias”. Es un imaginario muy corriente en el mundo evangélico en general, sea cual fuere el tamaño de la congregación.

La misión sí tiene que ver con el ingreso de personas a nuestras comunidades eclesiales, pero en tanto éstas se abran al mundo y se transformen en una comunidad de referencia y convivencia. La iglesia no debe buscar presas como un cazador. Su misión es ser un espacio que sirva al prójimo, que atienda a los desfavorecidos, entendiendo la salvación como esa acogida que irrumpe la rutina de la cotidianeidad mecanizada y la estrechez afectiva vigentes en nuestro mundo. Como la iglesia en Hechos 2, 41-47: debemos procurar vivir alternativamente, y que sea Dios quien añada.

¿Acaso la misión no tiene que ver con la gente?

Otra perogrullada, pero no tanto… Sí, la misión tiene que ver con la gente. Pero, ¿qué entendemos por “gente”? ¿Son acaso una masa homogénea, o un complejo conjunto de individualidades, instituciones y dinámicas? ¿Qué lugar tienen en nuestra misión? Pero sobre todo: ¿no son personas reales, de carne y hueso, con historias, emociones, traumas, alegrías, fortalezas, debilidades y necesidades? Muchas veces perdemos este sentido de realidad en nuestra misión. “La gente” pasa a ser receptáculo de nuestros romanticismos, idealizaciones, hasta dogmas y moralinas. ¿Pero comprendemos que todo lo que hacemos, decimos, pensamos y pronunciamos tiene que ver con personas reales que viven una cotidianeidad, tal cual nosotros y nosotras? ¿Practicamos una misión según lo que escuchamos y vemos de cada persona, o imponemos una agenda? Si lo que importa son las personas en tanto tales, ¿acaso no deberíamos dejar atrás tantas luchas intestinas por imponer (nuestros) “principios” y escuchar la realidad de “la gente”? Sí, es un “riesgo”: el riesgo de perder nuestro cómodo lugar de “centro del mundo” para abrirnos a la compasión, tal como hizo Jesús.

¿La misión es o se hace?

Ya nos habrá quedado claro que no existe la misión, como paquete predeterminado de prácticas, discursos y acciones. No existen modelos prefijados. Como dice Mateo 28,19, la misión es un “mientras vamos”, un caminar continuo, un proceso que se va viviendo, resignificando, reconsiderando, en la medida que sigamos andando. Quedarnos en un lugar, por más lindo y seguro que parezca, nos impide ver las bellezas que tenemos por delante. La misión es un envío constante al mundo, a la realidad en la que estamos, que siendo coherente con ese contexto complejo y en continuo cambio, se resignifica a ella misma, transformando sus prácticas y nociones fundantes (sea Dios, Iglesia, Evangelio, etc.) No es un paquete, un lugar (de poder), una forma, un discurso. Es un movimiento infinito que nos abre al mundo infinito que habitamos. La misión se hace en el camino.

¿Nos dejamos hablar por la misión?

Se habla de que la misión debe ser pertinente a nuestra realidad, que debemos comprometernos con la sociedad, con sus penurias… “para ser luz”. ¿Pero somos concientes de lo que ello implica? La sociedad con la que nos comprometemos posee una complejidad muchas veces ignorada por la iglesia; de aquí, sus respuestas facilistas a través de fórmulas o moralinas que pretenden dar una respuesta acabada a cuestiones demasiado complicadas. Al comprometernos con la comunidad, nos damos cuenta de que existen desafíos aún mayores, hasta desconocidos, por estar allí. Por eso la misión misma nos habla para su propio cambio. La gente, las experiencias, los fracasos y las complejidades que se hacen ver en dicho compromiso misional, nos interpelan. ¿Lo escuchamos? ¿Lo sentimos? ¿Respondemos a ello o seguimos estancados en nuestro “pequeño mundo muy feliz”?

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