Archivos de la categoría ‘Teología’

Los malvivientes

Publicado: diciembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Por Elisa Padilla

Llegó ese momento del culto dominical en que acostumbramos compartir con la comunidad nuestros motivos de agradecimiento y petición. Una vez más, el momento se convirtió en un espacio para hacer teología – es decir, para relacionar la enseñanza bíblica con la vida cotidiana. “Pido oración por nuestro país, para que se termine la violencia que nos tiene tan mal a todos”, dijo una señora, haciendo referencia a los episodios vividos durante la semana en Villa Soldati, Buenos Aires, donde cuatro personas murieron en el desalojo por parte de la policía de familias que se habían establecido en el parque Indoamericano. “Pero tengamos cuidado con la xenofobia; no nos comamos irreflexivamente lo que nos alimentan los medios de comunicación”, respondió otro hermano. Los tonos empezaron a elevarse: “¡Pero están matando a nuestros padres, hijos y hermanos! ¡Es imperante eliminar las ‘villas’ porque allí se esconden los criminales y malvivientes!”

Terminado el culto y la hora de charla informal en las puertas del templo, mi familia y demás agregados nos amontonamos en el viejo Peugeot. Nuestro destino era el Centro Kairós, donde una docena de “malvivientes” nos esperaba con el almuerzo listo. Al llegar, estaban ahí sentados en el quincho, no animándose aún a explorar el hermoso parque (tan distinto a sus habitáculos de pasillo de villa), con sus gorras tapándoles medio rostro, escuchando cumbia y reggaeton. Saludé a uno por uno con un beso, entremezclando algún chiste para recordar su nombre o porque por fin le ponía cara a un nombre escuchado repetidamente de labios de nuestro amigo Aníbal (principal artífice de la invitación para tal ocasión). Eran muchachos que tenían apenas unos años más que mis hijos. Uno, portador de VIH, con ambos padres fallecidos de SIDA. Otro, sin una pierna porque de chico se había caído del tren volviendo de jugar al fútbol. Otro, con un tiro en la pierna. Otro, con pedido de captura.

Los “malvivientes” cortaron tomates, pan y carne. Mezclaron jugos y sirvieron a las demás familias que habían sido invitadas al encuentro. Después de almorzar, Aníbal nos pidió a todos que nos sentáramos en una gran ronda de sillas bajo la sombra del palo borracho a escuchar las palabras del pastor René Padilla. En el relato elegido del evangelio de Lucas, Jesús les respondía a los religiosos que lo criticaban por comer con cobradores de impuestos y prostitutas (los “malvivientes” de su época). Y lo hizo mediante tres parábolas: la de la moneda perdida, la de la oveja perdida y la de los dos hermanos. En la tercera parábola, el menor de los hermanos tuvo que tocar fondo para darse cuenta de que su vida no podía seguir así y que necesitaba un cambio drástico. Cuando decidió volver a casa, su padre lo vio de lejos y salió a su encuentro. Lo besó, escuchó su confesión (“He pecado contra el cielo y contra ti…”) pero no le dio tiempo a terminar con su propuesta de trabajar para él como obrero: tomó enseguida la túnica, el calzado, el anillo y el becerro más gordo (el mejor asado estilo argentino). “Así Dios quiere recibirnos a nosotros:” -concluyó don René- “con un asado abundante y con la mejor carne de la hacienda”.

La semana pasada volví a mi viejo barrio de Villa Hidalgo (productora importante de “malvivientes”). Me impactó el mejoramiento de la zona en los últimos meses: la calle del jardín de infantes Colmenita estaba asfaltada; se habían construido veredas hasta el fondo del asentamiento para que, en días de lluvia, la gente no tuviera que chapotear tanto en el barro; estaba entubado el zanjón de podredumbre donde va a parar toda el agua desechada de los barrios altos y de las zanjas abiertas que atraviesan la villa; el barrio se está preparando para recibir cloacas; y los más desposeídos que viven del otro lado del zanjón, pronto tendrán luz eléctrica con tensión suficiente para todos.

En el momento del culto dominical donde los tonos habían subido a decibeles peligrosos que amenazaban con un estallido discordante, compartí esta realidad de Villa Hidalgo. El plan de mejoramiento del barrio, promovido por personas comprometidas con su prójimo y apoyado por planes del gobierno, eran pequeñas luces del reino de Dios y semillas de esperanza. Un hermano confirmó: “Lo que los cristianos debemos apoyar no es la eliminación de villas, sino su urbanización, es decir, la provisión de todos los servicios básicos de los cuales gozamos los incluidos. Eso es lo que significa ‘inclusión’”. Este comentario logró cerrar la discusión y aunar a la congregación en sus oraciones de intercesión.

En esta época en que celebramos el nacimiento de Dios como ser humano y repasamos el año 2010, sería bueno preguntarnos: ¿nuestra mesa navideña incluirá sólo a “bienvivientes”? ¿De qué maneras nuestra familia, comunidad de fe, ministerio u organización se relacionó durante este año con los sectores más débiles y excluidos de la sociedad? La opción de Jesús fue clara. Como dice el tango de Pagura (entonado por la delegación latinoamericana en el congreso mundial de Lausana III en Ciudad del Cabo este pasado octubre), Jesús “exaltó a los niños, las mujeres (otros “débiles” del momento), y resistió a los que de orgullo ardían.” Si nos hacemos amigos de “débiles y malvivientes” y nos atrevemos a violar la brecha que marca nuestra sociedad, guardando el dedo acusatorio, quizás logremos ver a las personas con los ojos de Dios, entender su realidad, descubrir su profunda belleza y empezar a invertir nuestra energía y recursos en la transformación de estas realidades de exclusión. Sin duda entre la basura, las armas, la droga, las aguas malolientes, el abandono y los pasillos embarrados, encontraremos las huellas de nuestro maestro.

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Publicado: http://www.kairos.org.ar

El rico y Lázaro

Publicado: diciembre 27, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (II)

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas…” (texto completo: Lucas 16:19-31).

Jesús criticó a los religiosos de la época, insolidarios e inmersos en sus círculos infernales de “pureza” en donde no había cabida para los empobrecidos del mundo. Veía al mundo dividido en dos: el del rico derrochador, vestido de ropa fina y cara, haciendo espléndidos banquetes diarios, símbolo e icono del pequeño mundo rico y acumulador, mientras tirado a su puerta, en la cercanía, a su lado, estaba el pobre Lázaro, símbolo e icono de la pobreza en el mundo, también junto a su puerta, como en nuestros días, innumerables como la arena del mar… pero el corazón del rico no se despertó a la solidaridad. Fue condenado por ello. La parábola sigue, de manera estricta, las líneas del Evangelio a los pobres.

Jesús hablaba de la riqueza y de la pobreza como algo que, necesariamente, debería estar integrado dentro de las preocupaciones del Evangelio. Hablaba de este grave y escandaloso problema con naturalidad, denunciaba con naturalidad, narraba parábolas como ésta, nos dejaba los valores del reino, valores que eran liberadores y rehabilitadores sacando al primer plano de la realidad a todos los que estaban en el no-ser de la marginación, la pobreza, la opresión y el sufrimiento. El desequilibrio del mundo, representado por este rico y por Lázaro, estaba en contra del proyecto del Reino y sus valores que irrumpen con la venida de Jesús al mundo.

Hoy, a los pastores, sacerdotes o líderes del mundo cristiano, en un mundo en donde el poder económico es prácticamente el primer poder y todo se mueve alrededor del dinero, como si el mundo estuviera adorando al becerro de oro, no les es fácil hablar de forma clara y a los cuatro vientos, de esta parábola, de la realidad de un mundo vergonzosamente dividido en dos: el pequeño mundo de los acumuladores, que representa este rico Epulón, y el gigantesco infierno en el que se mueven en la infravida los pobres del mundo, representado en la parábola por Lázaro. La Iglesia no ha sabido acoger en su profundidad el reto del Evangelio a los pobres, el evangelio liberador y dignificador de los sufrientes del mundo. Hemos perdido o dejado en lo light, en lo secundario y casi en el olvido, una de las esencias del Evangelio.

Parece que hoy, debido a la violencia social que crea la acumulación y el miedo a criticar a los poderosos del sistema económico -menos aún a condenarlos desde el punto de vista de la salvación eterna-, nuestros líderes religiosos no tratan el tema de la riqueza y de la pobreza con la naturalidad con que lo trataba Jesús. Mucho menos nos atrevemos a lanzar mensajes condenatorios a los ricos acumuladores que, teniendo al lado de sus puertas a los lázaros del mundo, hambrientos y llenos de llagas, no levantan un dedo para dignificarlos… les dan la espalda como a un sobrante humano. El pueblo de Dios no puede ni debe hacer lo mismo, sino que debe entrar en las líneas de denuncia y búsqueda de justicia que demanda el Evangelio a los pobres.

El rico Epulón: icono de un pequeño grupo que ejerce violencia gastando energías sin límites, saqueando para mantener el derroche de bienes y servicios, el consumo desmedido, los banquetes, el lujo, el placer… para ello tiene que explotar y expoliar al mundo poniendo sobre su mesa la escasez de los pobres. Es un número reducido de personas que extienden su influencia al 20% de la humanidad.

El mendigo Lázaro: los hambrientos del mundo, los niños que mueren por hambre o por falta de medicinas, por enfermedades vencibles, tantos lázaros que no se desarrollan, que viven en la infravida, que no se educan ni capacitan, que no tienen buena sanidad ni agua potable. Los lázaros hambrientos del mundo son más de mil millones de personas. Dentro del círculo infernal creado para que se mueva el mundo de los lázaros ulcerosos y llenos de llagas vitales, está el 80% de la humanidad.

Como va a haber un artículo más sobre este tema, os voy a dejar con algunas preguntas:

¿Hasta dónde debe asumir responsabilidades los que tienen riquezas de este mundo? ¿Hasta dónde los cristianos debemos asumir responsabilidades con aquellos lázaros que están empobrecidos, con los sufrientes del mundo, muchos de los cuales están realmente al lado de nuestra puerta y, a otros, los medios de comunicación los meten dentro de nuestras casas? ¿Nos da miedo el Evangelio a los pobres? ¿Cuándo está en nuestras manos el dignificar una persona o sanar las llagas de los lázaros de nuestros días y no lo hacemos estamos pecando? ¿Nos debería preocupar más el no caer en el pecado de omisión de la ayuda como cayó el rico de la parábola? ¿Los que, insolidariamente, desequilibran el mundo con la acumulación van a ser condenados por Dios y excluidos de la salvación eterna? ¿Es parte esencial de la espiritualidad cristiana el compartir, tener compasión, denunciar a los acumuladores, ponerse al lado de los lázaros del mundo y luchar por la justicia? ¿Nos interpela esta parábola del rico y Lázaro? ¿Nos inquieta la radicalidad del Evangelio a los pobres? ¿Nos gustaría que estos textos tan claros de la Biblia no existieran?

¡Señor, no des quietud a nuestras mentes hasta que no lleguemos a comprender qué es lo que tú quieres decirnos con esta parábola y con tantos otros textos bíblicos en donde se condena la omisión de la ayuda a los lázaros del mundo! Queremos entender y hacer realidad en el mundo tu Evangelio a los pobres. Aunque nos incomode, porque, para los que te quieren seguir, tu yugo es fácil y ligera tu carga. Que lo hagamos con alegría, Señor.

Artículos anteriores de esta serie:
1 El evangelio a los pobres: retazos

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

Adviento: el que es, era y ha de venir

Publicado: diciembre 19, 2010 en Iglesia, Teología

Wenceslao Calvo

Estamos en época de Adviento que es la preparatoria para Navidad. A algunos la palabra tal vez no les diga nada o simplemente les suene a algo religioso y por tanto lejano, aunque mezclado con la tradición o la costumbre. En algunos hogares e iglesias en cada uno de los cuatro domingos de Adviento se enciende una vela o luz y se efectúa una lectura bíblica acorde con la venida de aquel que es la Luz verdadera a este mundo de oscuridad.

El término, que viene del latín adventus, significa advenimiento, es decir venida, y por lo tanto es muy apropiado para referirlo a esta época del año.

El concepto de Adviento tiene una doble perspectiva: en primer lugar retrospectiva y en segundo lugar prospectiva. La retrospectiva es obvia porque mira al pasado, a hace dos mil años, cuando se produjo la primera venida de Jesús. En ese sentido la época de Adviento es preparatoria para recordar y celebrar lo que entonces ocurrió: el acontecimiento histórico más grande nunca sucedido, esto es, el nacimiento del Hijo de Dios.

Allí la eternidad y el tiempo confluyeron, la supra-historia y la historia se encontraron, en la más feliz coincidencia que mereció que toda una multitud de las huestes celestiales proclamaran el suceso en las inmediaciones de Belén.

A pesar de los vanos intentos actuales de algunos, que en realidad son tan viejos que nada nuevo tienen, de burlarse de la Navidad como mito cristiano, tanto el hecho como los datos históricos están bien fundamentados y el doctor Lucas, exacto historiador donde los haya, junto con el publicano Mateo nos han dejado un relato pormenorizado de los mismos, para que, generación tras generación, los cristianos celebremos la fiesta regocijándonos en lo que entonces ocurrió.

Este es el sentido retrospectivo del Adviento. La mirada al pasado. Un aspecto vital, porque sin pasado el presente no tiene soporte y el futuro carece de impulso.

Pero Adviento tiene también un sentido prospectivo, que mira hacia delante, hacia una venida futura. Es interesante que en Apocalipsis aparece cuatro veces la frase ´el que ha de venir´(1) referida a Dios.

Esa expresión está en los cuatro casos al lado de otras dos expresiones que se refieren a su existencia en el presente y el pasado (el que es y que era), pero al hablar del futuro en lugar de decir el que será, que sería lo lógico, dice ´el que ha de venir´.

Si hubiera dicho el que es y que era y que será seguramente hubiera expresado una verdad absoluta e incontestable, referente a la eternidad de Dios y su trascendencia. Pero al hacerlo así también hubiera implícitamente resaltado el abismo que hay entre su existencia y la nuestra, que es temporal y perecedera, subrayando la diferencia entre su dimensión y la nuestra, lo que indicaría que son dimensiones separadas que nunca se tocan, lo cual nos dejaría para siempre separados de Dios.

Pero al sustituir el que será por ´el que ha de venir´ introduce un cambio de la mayor significación, porque quiere decir que ese Dios eterno y que habita en la eternidad entrará en el tiempo, que es nuestra esfera, fundiéndose de esta manera lo temporal y lo eterno, lo trascendente y lo pasajero, produciéndose un encuentro definitivo entre él y nosotros. Por eso él es Dios del Adviento futuro, de la venida futura. Y ese Dios no es otro que Jesucristo, el mismo Dios que el de la primera venida.

Así pues en Jesucristo se producirá ese encuentro entre lo divino y lo humano que ya está prefigurado en su persona, donde la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana, en el momento de la concepción, en el seno de la virgen. Por eso Jesucristo no es simplemente un maestro o un profeta, sino realmente el único en quien lo divino y lo humano se ha unido y por quien cualquier ser humano que busque la unión con Dios puede encontrarla.

Si el Adviento retrospectivo nos mueve a mirar hacia atrás y celebrar lo que ya ocurrió, el Adviento prospectivo nos impulsa a mirar hacia adelante y alimentar la esperanza de lo que sucederá inexorablemente. A pesar de los intentos de las fuerzas de tinieblas para negarlo, para retrasarlo o para impedirlo, ese Adviento se producirá en el día y la hora fijados en el reloj de Dios. Nada ni nadie podrá frustrarlo.

Si el primer Adviento fue en su momento profetizado y se cumplió, es lógico esperar que el segundo Adviento, que también está profetizado, se cumpla. Si el Adviento retrospectivo es el soporte del Adviento prospectivo, éste a su vez es lo que da proyección al primero, ya que sin él se quedaría simplemente en un suceso relegado al pasado y de interés solamente para nostálgicos e historiadores.

Pero el Adviento prospectivo demanda un estado de vigilia permanente, al que Jesús mismo nos exhorta una y otra vez, en vista de las fuerzas disolventes que actúan desde dentro (carne) y fuera (mundo) de nosotros y que procuran desarraigar del corazón cualquier anhelo que clame por esa segunda venida. Estar despiertos, ceñidos de lomos, con lámparas encendidas, etc. son algunos de los símiles que nos propone para que no caigamos en el abandono, la negligencia o la desobediencia.

Gocémonos, pues, en estas fechas con el Adviento ya cumplido y preparémonos debidamente para el Adviento que ha de cumplirse. Y la forma de empezar a hacerlo es abriendo ahora el corazón por el arrepentimiento y la fe para que Jesucristo entre en él.

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1) Apocalipsis 1:4,8; 4:8; 11:17

Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid
© W. Calvo, ProtestanteDigital.com (España, 2010).


Retazos del evangelio a los pobres (XIII)

“Él levanta del polvo al pobre, y del muladar al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor”. 1ª Sam. 2:8. Cántico de Ana completo en 1ª Sam. 2:1-10.

Aunque el tema es el Nuevo Testamento, los Evangelios, he querido citar el precedente del Cántico de María que es el Cántico de Ana. Con Ana ocurre exactamente igual que con María: Dios mira y actúa ante la humildad y bajeza de sus siervos, los no poderosos y sabios según el mundo. La potencia o el poder de Dios se perfecciona en la debilidad de éstos. Desde la prepotencia es imposible captar al Dios poderoso y santo que mira la bajeza de sus siervos. Desde el orgullo prepotente es imposible comprender el Evangelio a los pobres.

En el Evangelio es impactante el hecho de que Dios pase de largo de los poderosos y los ricos de este mundo, el que les dé la espalda para fijarse en los pobres y en los humildes. Si queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que entrar, necesariamente, por estas líneas de humildad, bajeza, sencillez y solidaridad con los pobres de la tierra. El Cántico de Ana dice: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder”.

María, en su Cántico, queda impactada por estos hechos, por conocer a un Dios que se fija en la bajeza de sus siervos. Es a los pobres y marginados -y tanto María como Ana se encontraban en este grupo-, los marginados como eran las mujeres de aquellas épocas, a quienes el Poderoso escoge para revelar los más grandes hechos, los acontecimientos más asombrosos que Dios va a hacer en el mundo… hechos tan asombrosos como su concepción virginal. Así de asombroso para el mundo sonaría después el Evangelio a los pobres del que Jesús hablará después en consonancia con estos precedentes. Hecho tan asombroso como lamisca concepción virginal.

Tanto el Cántico de María como el de Ana, nos transmiten todo un trastoque de valores, una inversión de prioridades, un vuelco de lo que muchos hombres consideran como válido: La riqueza como prestigio o, en su caso, como bendición de Dios. Es un golpe a los pies de barro que tiene el ídolo del poder humano como elemento dignificador, a los pies de arcilla de la acumulación de riquezas como triunfo.

Los dos Cánticos son como contravalores anunciando la línea de lo que serían los auténticos valores que nos traería Jesús, los valores del Reino y el Evangelio a los pobres. Esto no lo pueden comprender los soberbios. Esto no lo comprenden aún muchos de los llamados cristianos hoy a lo largo del mundo. Los soberbios y los poderosos, montados en el poder económico o en el poder terrenal, los que coquetean con el Dios Mamón, serán esparcidos y aniquilados: “Dios esparció a los soberbios, quitó de los tronos a los poderosos”, dice el Cántico de María.

En el Cántico de María se da la contraposición de cuatro conceptos: poderosos y humildes; ricos y hambrientos. Es la situación del mundo hoy. Tanto el Cántico de María, como el de Ana, tienen plena actualidad. Cuatro conceptos contrapuestos. ¿Al lado de quién o de quiénes nos debemos situar los cristianos? La respuesta viene si sabemos contestar otras preguntas: ¿Por cuáles se decantará el Señor? ¿Al lado de quién se pondrá el Poderoso? ¿A quién querrá favorecer? ¿Quién ocupa el lugar central de su sentir?

La respuesta bíblica es clara: Dios se pone, en todo el contexto bíblico, al lado de los pobres y sufrientes del mundo. Esta es la base, este es el fundamento del Evangelio a los pobres.

El par de conceptos antagónicos del Cántico de María, se resuelve de forma clara: “Quitó de los tronos s los poderosos y exaltó a los humildes”. Cambio de valores que asusta al mundo. Nos suele gustar más el trono que el servicio, la alta consideración propia, la prepotencia o la altivez, a la humildad y al ubicarnos al lado de aquellos que ostentan, de cara al mundo, cierta bajeza. Dios quiere que los que le siguen se aparten de la prepotencia, para situarse al lado de los pobres y de los humildes. María, con su Cántico, se anticipa a los valores del Reino y al concepto del Evangelio a los pobres.

En cuanto al par de conceptos antagónicos “hambrientos y ricos”, conceptos que debieran hacer temblar a un mundo que hoy cuenta con más de mil millones de hambrientos y con más de medio mundo en pobreza, el Cántico de María los resuelve así: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos”. ¿Por qué, Señor, aún no se ha cumplido el deseo o las afirmaciones del Cántico de María? No nos pongamos nerviosos. Esperemos en el Señor, Él tiene su momento, la Palabra ha de cumplirse.

Mientras tanto, en esa utopía del Reino con sus valores, en este mundo en donde aún suena extraño ese concepto del Evangelio a los pobres, Dios quiere que sigamos trabajando, acercando al mundo los valores del Reino que “ya” está entre nosotros. Acercándoselos a los hambrientos, a los pobres, a los humildes. Si el Evangelio que predicamos y que queremos realizar, pierde esa visión, las iglesias dejarán se ser iglesias del Reino y el concepto tan importante y necesario del Evangelio a los pobres, tendrán que gritarlo las piedras.

A los ricos los deja en la vaciedad, en el sinsentido de sus riquezas, en el vacío existencial… les anuncia la muerte: “Necio, esta noche van a pedirte tu alma, y lo que has almacenado, ¿para quién será?”

Cántico de María, preludio del Evangelio a los pobres… Dios cumple. Confiemos en su promesa. El Cántico de Ana dice: “Los saciados se alquilaron por pan, y los hambriento dejaron de tener hambre”. ¡Queremos verlo Señor! Mientras tanto, mantengámonos activos en la utopía del Reino, en la línea del Evangelio a los pobres, en la línea del servicio. Acordémonos de la misericordia del Todopoderoso. Así fundamenta María todo su Cántico: “Acordándose de la misericordia, de los cuales habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre”. Imploramos tu misericordia, Señor. Ayúdanos a seguirte en esas líneas del Evangelio a los pobres. Si no, Señor, no nos des paz.


Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).


 Luis y Graciela Pérez

(Nuestro agradecimiento a Luis y Graciela Pérez, por facilitarnos este material).

Cuando oigan hablar del nacimiento de Jesús, no piensen que es algo pequeño y sin valor. Al contrario, levanten sus almas; estremézcanse y llénense de esperanza cuando oigan decir que Dios ha venido a la tierra.

Este hecho es tan sorprendente y maravilloso que hasta los mismos ángeles formaron coros e hicieron resonar un himno de gloria. Y los profetas de la antigüedad se admiraron de que Dios pudiese ser visto sobre la tierra y conversara con los hombres.

Y la verdad es que, desde todo punto de vista, no hay nada más maravilloso que un Dios inefable, que no se puede explicar con nuestras palabras humanas, ni terminar de comprender con la lógica de nuestra mente; un Dios que, siendo igual al Padre, el creador de todas las cosas, se haya dignado pasar por el vientre de una mujer, nacer como un bebé, tener una familia y una historia, teniendo como antepasados a David y Abraham. ¿Y por qué digo a David y Abraham? Porque éstas eran personas famosas y respetables. Pero lo más asombroso es que entre sus antepasados se encontraban también mujeres y hombres indignos y de mala reputación.

Por eso cuando oigan que Jesús nació: ¡Levántense! No tengan humildes pensamientos, sino maravíllense de que Él, siendo  hijo de Dios, del eterno y todopoderoso Dios, se dignó también ser llamado Hijo del Hombre, para hacernos a nosotros los hombres, Hijos de Dios.

Él, siendo hijo del Dios eterno, se dignó tener un padre humano, para darnos a nosotros, los que éramos verdaderamente esclavos de esta vida humana, al Señor como Padre.

Pensándolo humanamente, es más fácil que Dios se haga un ser humano, como nosotros, que no que el hombre sea llamado hijo de Dios.

Entonces cuando escuches que el Hijo de Dios se metió en la historia, se hizo hombre y se le llamó hijo de David y de Abraham, sus antepasados.

¡No dudes! Porque tú eres humano, también puedes ser llamado hijo de Dios. Él no se humilló sin motivos. Se humilló de esa forma y hasta tal extremo, porque sencillamente quería exaltarnos a nosotros.

Él nació según la carne para que nosotros pudiéramos nacer según el Espíritu. Él nació de una mujer, de un ser humano, para que nosotros dejemos de ser simplemente hijos de mujer. Lo que hizo Cristo es grandioso y maravilloso, enlazó la naturaleza divina con la humana; lo suyo con lo nuestro.

Jesús, en efecto, es un nombre hebreo que significa salvador. Y Jesús es salvador porque vino a salvar a la humanidad.

San Juan Crisóstomo o de Antioquia (347–407) fue patriarca de Constantinopla. Fue un excelso predicador que por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero recibió el sobrenombre de “Crisóstomo” que proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, ‘oro’, stomos, ‘boca’) (Fuente: Wikipedia)

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La pobreza: escándalo y vergüenza humana

Varias veces he citado el texto bíblico, que podría ser una frase navideña, que dice: “la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”. Navidad. Noche de paz. Contemplamos el mundo. No es posible que haya paz sin justicia. Se debería afirmar que las desiguales redistribuciones de los bienes del planeta tierra, los desequilibrios económicos que dejan todo en las manos de los acumuladores de la tierra, las injusticias y las opresiones, son el caldo de cultivo de muchas de las violencias que hay hoy en el mundo incluidos algunos tipos injustificables de pirateos y terrorismos que azotan al mundo hoy… aunque sea Navidad. 

  Sin embargo, en estos días navideños, los cristianos y las iglesias dirán sin duda que son buscadores de paz, que quieren crear una cultura de paz…, pero no trabajamos de una forma activa y comprometida para que el aserto bíblico se cumpla: que la justicia y la paz se besen. No nos atrae, al contrario de lo que ocurrió con los profetas, ni la denuncia contra la injusticia, ni la acción contra la pobreza, ni la lucha contra la opresión de los pueblos o de las personas oprimidas en su ámbito individual. No se cumple el deseo bíblico de que la justicia y la paz se besen. Dios quiera que se consiga… al menos en Navidad.

Navidad. Paz entre los pobres. ¿Hay paz entre los pobres? Quizás tampoco, pero curiosamente, tampoco se cumple de forma tajante, el que los pueblos empobrecidos sean violentos, que defiendan su liberación acudiendo a la violencia. Nadie duda que hay muchos pueblos sometidos, oprimidos, despojados, bajo la bota de unos cuantos poderosos, desesperados y en la infravida de la pobreza y, sin embargo, no protestan, no alzan ni su espada ni su voz contra sus opresores… y, quizás, no existe eso de “la voz de los sin voz”.

Navidad. Paz entre los pobres. No existe la revolución de los pobres. Su pobreza severa no se convierte en algo intolerable contra lo que hay que levantarse… y muchos a esto le llaman vivir en un mundo en paz, aunque no hemos de anhelar nunca la paz de los cementerios. Los pueblos, así, se pueden plegar a su mentalidad de pobreza, de analfabetismo, de dependencia y de resignación, sin que funcione lo que pareciera que, humanamente, debería ser: que la injusticia crea las bases y las condiciones de la violencia.

Navidad. Paz entre los pobres. También este deseo para el mundo rico. Paz entre los cristianos del mundo. Aquí, en estos casos tan conocidos en el mundo, los cristianos nunca se deben decantar por animar a estos pueblos a la violencia. No hay ninguna espada o arma especial para usar por parte de los cristianos en defensa de los pueblos oprimidos. Sólo nos queda el ejemplo profético, sólo nos queda la voz, la palabra. Palabras de denuncia tendentes al acercamiento del Reino de Dios, que irrumpe con el nacimiento que celebramos en Navidad, a estos pueblos.

Navidad. La irrupción del Reino con sus valores. Un Reino cuyas normas están en contra de las grandes desigualdades, Reino buscador de justicia y de paz, Reino que pone en los primeros lugares de dignidad a aquellos que están postergados, hundidos, marginados y excluidos. Leed las Parábolas del Reino. Las normas del Reino, con su acogida a los pobres, proscritos y quebrantados del mundo, con la llamada al banquete del Reino de todos estos despojados y oprimidos, está condenando todo aquello que paraliza el desarrollo de los pueblos, su inmersión y condena a la pobreza, el subdesarrollo que nutre las arcas de un puñado de acumuladores.

Navidad. Que no haya injusticias para que no se generen violencias. Noche de paz. La injusticia, de alguna manera, siempre genera violencias. Por tanto, si algunos afirman que no siempre la injusticia genera violencia, se equivocan. Lo que pasa es que la violencia que genera la injusticia se enroca recayendo sobre las propias víctimas de la pobreza y las paraliza. La injusticia y la violencia siempre la generan los mismos. Si las víctimas de la injusticia no recurren a la violencia es porque en la mayoría de los casos no pueden. No tienen ni siquiera la posibilidad de usar la violencia de la voz. Eso no significa que con la injusticia generalizada haya paz en el mundo. Eso no es paz. Eso es violencia institucionalizada contra la que los pobres no pueden hacer nada. Violencia legalizada y establecida a la que el mundo llama paz.

Navidad. Que no haya invitaciones por parte de nadie a la violencia. Las prácticas de los injustos, las injusticias y las acumulaciones desmedidas de bienes, son una invitación a la violencia. La intolerable riqueza de algunas minorías es, de hecho, una llamada a la violencia de los pueblos, pero la violencia, el miedo, la subyugación violenta de los injustos es superior. Domina y calla a los pobres sumergiéndoles en una mentalidad de fatum o destino del cual creen no poder salir. No tienen ninguna posibilidad de éxito contra los que injustamente controlan su destino.

Navidad. El niño sin lugar en el mesón. El niño que nació en exclusión. Es una denuncia del mundo injusto. Así, la denuncia profética que hemos de retomar hoy, con el uso de la voz como única arma, con el uso de la palabra como única herramienta, la denuncia profética dentro de los métodos de la no violencia, es el medio más adecuado para plantar cara a la violencia de los injustos. Esta violencia tampoco la pueden ejercer los pueblos empobrecidos y despojados. Muchos pobres de este mundo no se plantean siquiera el hecho de tomar la vía de las reivindicaciones a través del uso de la palabra. Para muchos, si vencieran su alienación en la que han sido sumergidos dentro de la violencia establecida que es la paz de los injustos y hablaran defendiendo sus derechos más elementales, serían perseguidos y acallados de forma brusca.

Navidad. Cantemos villancicos, hablemos, miremos al niño naciendo ne medio de la infección de los animales… denunciemos. La violencia de la voz de los creyentes del mundo podría tener un efecto enorme y devastador de la violencia establecida como paz. La búsqueda activa y comprometida de la justicia por parte de los creyentes, podría reconducir al mundo a la auténtica paz, al hecho final y definitivo de que habla la Biblia. El hecho de que la justicia y la paz se besen. Será entonces cuando habremos acercado al mundo el Reino de Dios y algo de su justicia. Será la celebración de la auténtica Navidad. Será entonces cuando nuestro llamado a la misericordia y a la búsqueda de justicia, nos pondrá en movimiento hacia un mundo mejor y más justo. Estaremos llevando al mundo a una situación en la que se dé, realmente, la auténtica paz que hace añicos y pedazos todas esas paces muertas e inactivas de los cementerios. ¡Danos días de paz, Señor, en esta Navidad!

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2009).


por:juanstam

Algunos predicadores televisivos parecen inventar frases sensacionales pero sin sentido, para mantener el interés de su público.

Una nueva moda teológica: «La dimensión sobrenatural»

En varios medios de comunicación se está invitando para 9-11 de diciembre 2010 a un gran seminario en Rosario, Argentina, bajo el impresionante título, «Viviendo en lo sobrenatural». Lo patrocina Ministerio Internacional Redil de Cristo (www.conjesussepuede.org.ar). La concentración del jueves 9 y el viernes 10 se realizará en el estadio cubierto «Newell’s old boys», con la presencia de Oscar Jesús Sensini, el «apóstol» Guillermo Maldonado y el profeta David Maldonado. El costo para estos dos días:

pago anticipado $100 Campo, $60 Platea;

Pago en noviembre: Campo $120, Platea $80.

El sábado 11 será día de clamor en los predios del ex-Rural de Rosario, donde caben 30 mil personas. «Nuestro clamor a Dios es para tu milagro y porque juntos vivamos en lo sobrenatural del Espíritu de Dios».

Este lenguaje, y otras frases similares y muy relacionadas, están tomando popularidad en la siempre sensacionalista jerga de las grandes estrellas de la iglesia televisiva. Es el evangelio de las ofertas llevado a su límite extremo, ahora la de «vivir en lo sobrenatural».

Hace poco escuché a Rony Cháves llamar a todos a «entrar en un espacio profético» porque «hay que incursionar en tiempo sobrenatural, donde se para el tiempo». No es fácil entender el significado de expresiones tan altisonantes y sublimes, ¡pero aparentemente debe ser algo maravilloso y sumamente grandioso!

Otro predicador, en el canal «Enlace», repitió la fórmula completa: «hay que incursionar en tiempo sobrenatural, donde se para el tiempo, para entrar en un escenario profético». (Eso de que «se para el tiempo» parece derivarse de la idea griega de que la eternidad es atemporal, de modo que «incursionar en tiempo sobrenatural» significaría entrar en una esfera donde no existe el tiempo. Pero esa idea griega no es bíblica; en la eternidad se vive el tiempo de Dios, aunque no el tiempo finito de la creación. Textos como Sal 23:6, «en la casa de Jehová moraré por largos días» [hebr], o Apoc 22:2, que habla de los meses y años en la nueva creación, muestran que los hebreos no tenían ese concepto abstracto de una eternidad «donde el tiempo se para»).

En la maratónica de Enlace para noviembre 2010, un predicador de nombre Joel relacionó estos conceptos directamente con la ofrenda que pedían como «siembra». «Hay que entrar en un nuevo nivel», exhortaba el predicador, «por un momento de posicionamiento [¡Otro aporte impresionante al léxico teológico!]. Diga Ud ahora mismo, me uno a este tiempo profético, tome ya el teléfono para pactar con Dios». Al parecer el hermano Joel entendía que una ofrenda a Enlace era el «momento de posicionamiento» para entrar al nivel profético y sobrenatural. ¡La ofrenda es como la puerta al mismo cielo!

Un corolario de esta doctrina se llama «el rompimiento». Este extraño término es una traducción poco adecuada del término del inglés, «breakthrough», que no parece tener un equivalente satisfactorio en castellano. El término inglés significa salir de una condición para abrir paso hacia una situación nueva. El «apóstol» Maldonado lo describe como «el rompimiento a un nivel sobrenatural» y de «intercesión de alto nivel; una oración sobrenatural». En medio de toda la ambigüedad, en todas las fórmulas está el concepto de un salto instantáneo que nos hace salir de lo natural para entrar en lo sobrenatural.

Es muy impresionante la creatividad de estos movimientos en inventar nuevas fórmulas, como si inventar nuevas frases nos comunica nuevas y profundas verdades. Pero siempre tenemos que preguntar cuánta base bíblica tienen estas novedades y cuán fiel bíblica y teológicamente son sus propuestas para la vida de fe.

Debe llamarnos la atención que la palabra «sobrenatural» no aparece en toda la Biblia, y la palabra «natural» se usa mayormente para indicar el país de uno (Ex 12.19 y casi siempre; Hch 4.36 natural de Chipre; 28.2,4 etc). Las palabras «natural» y «naturaleza» a veces señalan lo que es normal o correcto (Rom 1:26-27,31; 1Cor 11:14; 2Tm 3.3; Judas 7), pero no en el sentido metafísico griego ni como opuesto a «sobrenatural». Términos como «divino», «milagro» (la Biblia no tiene palabra para «milagroso»),»cielo», «arriba», y otros parecidos, tienen todos su significado bíblico muy específico, pero ninguno significa «esfera sobrenatural».

Un texto que podría malentenderse en sentido metafísico es 2 Pedro 1:4, «llegar a tener parte de la naturaleza divina» (Gr. theías fúsis). El contexto aclara el significado de «naturaleza» en este versículo: consiste en dejar atrás la corrupción mundana y «vivir como Dios manda» (1:3-4). No es un cambio metafísico sino ético, no de «esfera» sino de conducta. Lo aclaran muy bien Louw y Nida en su léxico del griego, como «participar en la semejanza de Dios, ser como Dios en ciertos aspectos».

En fin: bíblicamente, no existe ninguna «esfera sobrenatural», ni mucho menos una dicotomía o antítesis entre «lo sobrenatural» y lo «natural». En la historia de la teología cristiana, el binomio ha sido «naturaleza y gracia», desde una perspectiva cristiana, y no «lo natural y lo sobrenatural» desde una perspectiva metafísica.

Al encarnarse el Verbo divino, no dejó una esfera sobrenatural para entrar en otra esfera, la de lo natural. En un cuerpo humano, de carne como la nuestra, Jesús vivió plenamente su eterna realidad divina, siendo Dios y hombre a la vez, en una sola persona humana. Tampoco pasó su vida terrestre tratando de escaparse de la esfera natural para irrumpir en la esfera sobrenatural. En su vida, muerte y resurrección, todas plenamente humanas, él nos salvó. La herejía nestoriana, que separaba y aislaba las dos «naturalezas» de Jesús, fue rechazada por la iglesia como herejía. En su ascensión también, Cristo no dejó a un lado su humanidad para irrumpir en una esfera sobrenatural. A la diestra del Padre, Jesucristo sigue siendo el mismo Resucitado y en su segunda venida se manifestará corporal y visiblemente (Hch 1:11).

En la Biblia, pocas cosas son puramente «sobrenaturales» (en un «plano sobrenatural») ¿Fue «sobrenatural» el nacimiento de Jesús? Los evangelios nos dicen que María lo concibió por el Espíritu Santo, pero su embarazo duró nueve meses (Luc 2:6; cf. 1:36), y el alumbramiento (2:6) fue como el de cualquier chiquillo, con todo y dolores de parto (cf. Ap 12:2). Nada indica que el embarazo de María y el nacimiento mismo de Jesús fuesen «sobrenaturales». Es que Dios no hace esa distinción entre «natural» y «sobrenatural» sino que suele realizar sus propósitos divinos por medio de procesos «naturales», sin manipularlos desde su trono celestial.

¿Fue «sobrenatural» la inspiración de las escrituras? Es cierto que el Espíritu Santo actuó de manera divina muy especial en el proceso de escribir los libros canónicos. Pero el Espíritu inspiró la Biblia por medio de autores humanos. La inspiración de las escrituras no fue un dictado «sobrenatural», palabra por palabra, dejando a los autores bíblicos como simples autómatas en un proceso mecánico. Los profetas «estudiaron y observaron» el mensaje de salvación, buscando entenderlo mejor (1P 1:10-11); San Lucas buscó todas las fuentes y averiguó los hechos históricos de la vida de Jesús (Lc 1:1-4); San Pablo luchaba por comunicarse eficazmente, y hasta se lamentó por un momento de haber escrito una epístola a los corintios (1Cor 2:4; 2Cor 1:13-2:4,9; 6:11-13; 7:2,8-9). Cada autor bíblico se expresa desde su propio trasfondo, en su propio contexto y con su propio estilo literario. La inspiración de la Palabra de Dios no fue un dictado «sobrenatural» (para emplear ese término inapropiado) sino una confluencia dinámico entre acción divina y acción humana.

¿Funciona el cumplimiento de las profecías siempre a nivel «sobrenatural»? Sin poder entrar en detalles, conviene observar que la gran mayoría de las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron mediante acción humana. Las profecías de la caída de Asiria se cumplieron por los ejércitos de Babilonia; de la caída de Babilonia, por los ejércitos de Persia; el fin del exilio de los judíos, por un decreto de Ciro. José y María no vivían en Belén, pero según el relato de Lucas, fue un decreto de Augusto César (Lc 2:1-7) que hizo cumplirse la profecía de Miqueas 5:2 (Mt 2:5-6). El arresto y crucifixión de Jesús, centrales al plan de Dios, fueron acciones humanas plenamente libres y responsables. Las profecías son reveladas divinamente, pero las más de las veces se cumplen humanamente, en el mismo «plano natural».

Como último ejemplo, una sanidad divina, ¿se realiza en «la dimensión sobrenatural»? Me parece que no. Es acción de Dios, pero se realiza en un cuerpo de carne y hueso, en la tierra y no en algún plano «sobrenatural». Y de hecho, ¿cuál sanidad no es divina, directa o indirectamente? Como dijo un famoso médico francés, «Dios los sana y nosotros les cobramos». (Digo eso con todo respeto a la profesión médica y al admirable cardiólogo que recién me implantó un marcapasos).

¿A qué se debe este extraño (y yo diría, morboso) afán de «irrumpir en la dimensión sobrenatural»? ¿Podría interpretarse como un anhelo de escaparse de lo humano y lo histórico? ¿O peor, una ambición implícitamente idolátrica de subir al cielo y ser un poco igual a Dios? ¿O será simplemente una táctica más de algunos predicadores que, sin tener algo serio y bíblico para decir a sus oyentes, se afanan en inventar nuevas frases y conceptos exóticos de entretener a su público y mantener su propia popularidad y éxito?

Un vasto sector de la iglesia evangélica hoy está enfermo, que va tumbando insensatamente de una moda poco o nada bíblica a la próxima calentura teológica igualmente aberrante. Esas novedades sensacionalistas no edifican a la iglesia sino que hacen daño al pueblo del Señor. Que Dios nos tenga misericordia y sane su iglesia.

Escribo estas líneas la noche del sábado. Mañana iré a la iglesia, a la vuelta de la esquina de nuestra casa. Seremos unas cincuenta personas, y cantaremos todos con mucha fe y alegría los himnos y cánticos que nos inspiran. (¡Y cómo canta esta congregación, con fervor y entusiasmo!) Leeremos la Palabra del Señor y sentiremos su presencia. Confesaremos nuestro pecado y recibiremos el perdón de Dios. Compartiremos nuestras alabanzas y peticiones como una familia, y de hecho la somos. Oraremos. El pastor nos dará una exposición clara y sencilla de la Palabra del Señor, pero — ¡gracias mil a Dios! — no nos invitará a «irrumpir en la dimensión sobrenatural».

En América Latina hay muchos miles de congregaciones y pastores/as que todavía son fieles. Alabado sea Dios por ellos, y que Dios los multiplique miles de veces.



Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14 RV95)

En este período en el que nos acercamos al final del Decenio para Superar la Violencia (DSV) y nos proyectamos con entusiasmo hacia la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz (CEIP), que tendrá lugar en Kingston (Jamaica), del 17 al 25 de mayo de 2011, es bueno detenerse a reflexionar sobre los momentos de paz y violencia que ha vivido nuestro mundo en estos diez años pasados.

Lamentablemente, a pesar de los esfuerzos constantes de la humanidad, hemos sido testigos de la continuación de la violencia, las hostilidades, la injusticia, el odio y la opresión en todo el mundo, e incluso en muchos casos de su intensificación. Las esperanzas y las proclamaciones de las últimas décadas que suscitó el tercer milenio como era de paz, reconciliación, solidaridad, justicia y hermandad entre los seres humanos parecen actualmente un sueño pueril. Y, sobre todo ahora, cuando estamos en medio de una crisis financiera sin precedentes, cuando millones de personas en todo el mundo se ven afectadas en su vida diaria por la economía globalizada, toda esperanza de un futuro mejor parece carecer de sentido.

Como muchos dirigentes religiosos han observado, la presente crisis no es sólo una crisis del sistema financiero de los países desarrollados, que se pensaba habría de promover de forma duradera un buen nivel de vida, ni una crisis sistémica del propio capitalismo.  En realidad, la crisis tiene profundas raíces morales, espirituales y éticas.  Es la misma crisis de valores que condujo al mundo a enfrentarse en nuestros días con los peores problemas de su historia, y que constituye una gran amenaza para cada ser viviente en la Tierra.

La paz no está en peligro actualmente a causa de las guerras entre países o de la opresión de los pobres y de los vulnerables.  Desde hace muchos años, se está librando otra “guerra”: la profanación de la Creación de Dios, inducida por nuestra avidez de más recursos naturales y energía, por los beneficios excesivos de las empresas multinacionales, el aumento de la producción industrial del mundo, y el excesivo consumo de bienes sin tomar las debidas previsiones.

Desde hace años, muchos científicos nos han estado alertando acerca de los resultados de esa “guerra” que se está librando.  Día a día, año tras año, sufrimos el cambio climático, que ya afecta a la forma de vida de muchas personas en todo el mundo e incluso amenaza su supervivencia. El calentamiento global está a la vuelta de la esquina, dado que el promedio de las temperaturas de las dos últimas décadas ha sido el más elevado que se haya registrado hasta ahora; más y más especies de la fauna y la flora están en peligro de extinción debido a la incidencia de la actividad humana; la búsqueda de agua limpia y fresca ha pasado a ser en muchos lugares una cuestión de vida o muerte; bellísimos paisajes están en peligro de destrucción; los refugios ecológicos están en aumento, y algunos piensan que deberían llegar a unos 200 millones en 2050.

Como parte del programa del DSV, pequeños equipos ecuménicos, las “Cartas Vivas” han viajado por varios países durante los últimos años, expresando su solidaridad con las comunidades que se debaten con la violencia en sus diversas formas. En mayo pasado una delegación de “Cartas Vivas” visitó a las iglesias, las organizaciones ecuménicas y autoridades de la sociedad civil de Fiji, con objeto de expresar su solidaridad con las comunidades que luchan contra los efectos del cambio climático, y señaló a la atención de todo el mundo sus catastróficas consecuencias.

Vale la pena mencionar que la población del Pacífico, que ha sido la que menos ha contribuido a esa amenaza mundial, ya está sufriendo sus efectos. La subida del nivel del mar como resultado del derretimiento de los glaciares de las regiones polares, la erosión de las costas, y los cada vez más frecuentes y devastadores tifones y huracanas en esa región están poniendo en peligro su futuro.  En Viwa, una isla muy pequeña del Sudeste de Fiji, ¡los 110 habitantes han sido testigos de la pérdida de cuatro hectáreas de tierra cultivable desde 2002!

Las autoridades gubernamentales se han visto obligadas a trazar planes para futuros reasentamientos forzosos de todas las comunidades en otros países, a pesar de la comprensible oposición de sus ciudadanos a abandonar el lugar de sus antepasados y a pasar a ser refugiados en tierras extranjeras.

La población del Pacífico está tratando de dar a conocer mejor su situación al mundo, pero lamentablemente el mundo parece no querer conocer esa realidad. Los participantes de Fiji en la Conferencia de las Partes (COP) 15 expresaron a los delegados y delegadas de “Cartas Vivas” su frustración ante los escasos logros alcanzados por la Conferencia, en contradicción con las grandes expectativas del mundo, así como la falta de una firme voluntad de los principales contaminadores de tomar todas las medidas que se necesitan.

¿Durante cuánto tiempo hemos de negarnos a ver los resultados de nuestras acciones? ¿Nos hemos preguntado acaso a nosotros mismos si aún tenemos tiempo para seguir haciendo la vista gorda a las señales de alerta de la naturaleza? o ¿pensamos realmente que nuestras acciones sólo afectarán a otras personas lejos de nosotros? En tanto joven cristiano que está preocupado por la difícil encrucijada en que se encuentra nuestro planeta, deseo unir mi voz a la de la población de Viwa y pedir a la comunidad cristiana mundial, y, en particular a aquellos que se reunirán en Jamaica, que eleven la conciencia del mundo sobre la amenaza del cambio climático.

La destrucción de la Creación es el último pecado cometido por la humanidad contra Dios Él que creó el mundo ex amore y nos hizo señores y ministros.  “Tomó, pues, Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara” (VRV95 Génesis 2:15). Sin embargo, en lugar de ser señores y ministros nos transformamos en violadores y maltratadores, destruyendo así nuestra paz con Dios y con su Creación, nuestro único hogar. Así pues, es un imperativo que las iglesias hagan ahora un llamamiento al arrepentimiento. Es importante entender que nuestras opciones políticas, nuestro crecimiento económico, nuestra prosperidad y nuestro desarrollo afectan en proporciones alarmantes a otras partes del mundo y a su población.

No es momento de mostrarnos pesimistas, no podemos hacerlo. En cambio, es un tiempo en el que estamos llamados a ser la voz profética del mundo. AHORA es el momento de que la comunidad mundial tome y ponga en práctica decisiones políticas serias, cuya prioridad no sea el crecimiento incontrolable de los mercados internacionales que se opone a la calidad de la vida humana y la preservación del medio ambiente, sino el equilibrio entre el crecimiento financiero y la continuación sostenible de nuestra existencia y de las futuras generaciones, en armonía con la naturaleza. AHORA es el momento de adoptar una nueva forma consciente de vida, con una nueva moralidad en todos los aspectos de la vida y la actividad humanas. AHORA es el momento de promover una forma de vida que respete y proteja el carácter sagrado de la Creación, promueva la dignidad y la equidad entre los seres humanos, y fomente la ecojusticia para todos los seres humanos y todas las criaturas vivas.

Nikos Kosmidis
Echos – Comisión de la Juventud del Movimiento Ecuménico
Miembro de la delegación de “Cartas Vivas” que visitó el Pacífico

 

¿Tenía Jesús ombligo?

Publicado: diciembre 6, 2010 en Teología

Publicado por:juanstam

Un amigo me planteó una pregunta que al principio me pareció rara y un poco escandalosa pero que resultó interesante y reveladora.

¿Tenía Jesús ombligo?

Soy enemigo de las cuestiones especulativas, y jamás hubiera planteado la pregunta que encabeza estas líneas. Pero un amigo sudamericano me hizo esa pregunta y me resultó interesante.

Según el amigo, un hermano le había dicho que hay tres personas que nacieron sin pecado: Adán, Eva y Jesús. Dos de ellos no tenían ombligo, y es lógico que Jesús tampoco. Adán y Eva nunca nacieron, y Jesús nació sobrenaturalmente. Además, Jesús no podría haber recibido sangre de María porque esa era sangre impura, contaminada por el pecado original. Entonces Jesús no hubiera podido limpiar nuestros pecados con su sangre pura. Por eso el Jesús pre-natal no podría haberse alimentado de Maria mediante un cordón umbilical. Más bien, Jesús nació con la naturaleza perfecta de Adán y Eva antes de pecar, no con la naturaleza caída de su madre.

Este argumento refleja la gran dificultad que tenemos en comprender la humanidad de Cristo y aceptarla plenamente. El mismo día me llegó un hermoso poema navideño con una perspectiva muy diferente:

Desnudito, desnudito,

sin defensa, ni abrigo.

entregado, entregadito

tendrás que padecer.

Lo descubrieron desnudito,

y descubierto nació…

El niño en su llanto

nos dice — ¡aquí estoy!

Ese bello poema, por Julio C. López, me hizo recordar una experiencia de los años 80. Estábamos en Nicaragua, en una entrevista con un destacado líder de la oposición. Después de una larga serie de denuncias contra los Sandinistas, pidió a su secretaria traerle «aquellas pinturas». Eran dos cuadros de la crucifixión, pintado por gente de Solentiname, en los que ellos, según su fiel entendimiento de los evangelios, pintaron a Cristo desnudo en la cruz. Entonces, como la peor de sus denuncias, exclamó, «Esos sandinistas quieren humanizar a Jesús».

Hace unos años un estudiante de la Universidad Nacional, que era profesor del Liceo de Costa Rica, diseñó una encuesta para ver si los estudiantes realmente creían en la humanidad de Jesús. Hizo muchas preguntas tradicionales: ¿Crees tú que Jesucristo es Dios, que era hombre, que nació de la virgen, que hizo milagros y murió en la Cruz? A todas esas preguntas los estudiantes respondieron que sí. Pero entre pregunta y pregunta, insertaba otras distintas: ¿En la mañana, Jesús tenía que cepillarse los dientes para quitar el mal sabor de la boca? ¿En un día de mucho calor, sudaba Jesús excesivamente y necesitaba desodorante? ¿Jesús se cansaba? ¿Se enojaba? ¿Le podría dar un dolor de cabeza o un resfrío? A todas esas preguntas respondieron que no, ¡jamás de los jamases! Quedó evidente que realmente no creían en la humanidad de Cristo.

El mismo San Lucas que afirma la concepción virginal del Salvador alude también a los nueve meses del embarazo de María (1:56; 2:6), en que el Hijo de Dios era un feto pre-natal. Lucas narra también que el niño Jesús fue circuncidado al octavo día (Lc 2:21), igual que cualquier otro niño judío y de la misma forma: una intervención quirúrgica al órgano masculino del niño. Si Jesús pudo ser circuncidado, ¿por qué no pudo tener ombligo? Además, a los cuarenta días José y María cumplieron el tradicional ritual «de la purificación de ellos», es decir, de la madre y del niño (2:22). Más adelante, Jesús se sometió al bautismo para arrepentimiento, para identificarse con nosotros sin tener él ningún pecado de que arrepentirse. Los evangelios nos cuentan también que Jesús se cansaba (Jn 4:6; Mt 8:24, ¡Jesús dormía en plena tempestad!), se enojaba (Mr 3:5; 10:14), lloraba (Jn 11:35; Lc 19:41) y se angustiaba (Mt 26:37). Según Heb 4:15, «el fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb 4:15).

La Biblia nunca dice que Cristo naciera sin «naturaleza pecaminosa», sino que vivió sin cometer pecado.  Existiendo en las mismas condiciones nuestras, de nuestra condición «caída», hizo la voluntad de su Padre y lo obedeció en todo momento. Es un error imaginar que Jesús naciera con la naturaleza de Adán y Eva antes de su pecado. En los términos de Heidegger y Sartre, Jesús también vivía «el ser para la muerte». Si no lo hubieran crucificado, hubiese muerto de alguna otra manera. En eso también se identificó con nosotros y asumió plenamente nuestra condición humana.

Nos preocupa, y con razón, cuando alguien niega la deidad de Cristo, pero muchas veces nosotros mismos estamos negando implícitamente su humanidad. Llama mucho la atención que la primera herejía cristológica no era negar que Jesús era Dios sino precisamente negar que era humano. Es más, y muchísimo más sorprendente, la Biblia dice muy enfáticamente que negar la humanidad de Cristo es el espíritu del anticristo: «todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo» (1 Jn 4:2-3; 2 Jn 7; cf 1 Jn 2:18,22).


JOSÉ DE SEGOVIA

Se cumplen ahora cien años de la muerte del profeta visionario y atormentado escritor ruso León Tolstói. Todo lo que había deseado en su juventud, lo consiguió al llegar a los cincuenta, pero no era feliz. Había anhelado la gloria literaria y en este momento era, con Dostoievski, uno de los más célebres escritores del mundo, cuando se pregunta: “Bueno, ¿y qué?” Su apatía pronto se convierte en angustia: “Uno no puede cerrar los ojos para evitar ver que, por delante de la mentira de la vida y de la felicidad, no hay más que el sufrimiento y la muerte”.

Si las rentas de las que vivía Tolstói cubrían ampliamente los gastos de la familia, los derechos de autor de Anna Karenina o Guerra y paz le permitieron llenar su casa de lacayos, doncellas, costureras, ayas o preceptores franceses y alemanes. Su esposa, Sonia, se ocupaba de la administración de sus propiedades y él no tenía más que preocuparse de escribir. Su casa estaba llena de amigos y vecinos, pero eso no le molestaba. A pesar de sus dolores de cabeza, podía trabajar ocho horas seguidas. Su situación financiera le permitía no plegar su arte a ningún interés económico, pero no era feliz. O mejor dicho, se preguntaba si existía otra felicidad.

Todo empezó una noche en Arzamas. Había leído en el periódico un anuncio de la venta de una propiedad y de improviso decidió trasladarse al lugar para hacer el negocio a finales del verano de 1869. “Había estado muy ocupado –escribirá– por el deseo de acrecentar nuestros bienes del modo más astuto, es decir, mejor que los otros”. Se propuso que el producto de la tierra o la venta de la madera cubrieran el precio de compra, de tal modo que el dominio no le costase nada. “Busqué un imbécil que no estuviese al corriente de los negocios, y me pareció haber encontrado a uno” –dice en sus Confesiones –. Cuando de repente, le asaltó la angustia…

Fue la primera de muchas noches en que se empezó a despertar, preguntándose para qué. Las interrogantes se abatían sobre su cabeza como una nube de cuervos: “¿Dónde estoy?, ¿a dónde voy?, ¿de qué estoy huyendo?” Salía de su cuarto al corredor, pensando que así se libraría de lo que le atormentaba, pero aquella cosa salía detrás de él y lo ensombrecía todo. Sentía cada vez más miedo. Todo lo que probó para serenarse, aumentaba su temor. “Es estúpido –me dije–. ¿Por qué estoy triste? ¿De qué tengo miedo?”. Cuando en ese instante le respondió la Muerte: “De mí”.

LA SOMBRA DE LA MUERTE
Un escalofrío helado recorrió la piel de Tolstói. Todo su ser experimentaba el deseo de vivir, pero la sombra de la muerte le desgarró interiormente. Trataba de sacudir su espanto, intentando pensar en sus negocios, el dinero, su casa de Yásnaia Poliana, su mujer y sus cuatro hijos, en Guerra y paz y lo que escribiría después, pero todo le parecía vano. Se decía a sí mismo: “¡No hay nada en la vida, nada más que la muerte, y la muerte no debería ser!” El horror se apoderó de él.

Se acostó preguntándose: “Pero ¿quién me había hecho? Se dice que Dios… Recordé mis plegarias… Comencé a rezar… Inventé oraciones… Me persigné, me puse de rodillas, lanzando miradas de soslayo por temor a ser visto”. Mientras murmuraba el Padre nuestro, imaginaba sin embargo a la muerte penetrándole por los poros de la piel, debilitando y pudriendo su cuerpo, atando su lengua y oscureciendo su cerebro.

Al comienzo de su matrimonio, el escritor se creía protegido contra la tristeza y el miedo, pero el amor era un débil escudo contra la angustia de la muerte. Leía la Biblia y a los filósofos, oscilando entre la duda y la oración, pero su confusión aumentaba al tratar de explicarla. En tanto que para todos era un hombre fuerte y un padre de familia feliz, apartaba los ojos cuando veía una cuerda y no volvía a tomar su fusil, por miedo a caer en la tentación del suicidio. Con la misma intensidad que había sentido el afán de vivir, León siente ahora el afán de morir. Ni el pensamiento de su mujer o sus hijos le turbaba. Por la noche, sobre todo, se adueñaba de él el deseo de acabar con su vida.

“IGLESIA DE UN SOLO HOMBRE”
Para evitar estas abrumadoras reflexiones, a Tolstói le queda un solo remedio: el trabajo físico, al que se entrega con frenesí. Espera que el cansancio le impida así pensar. Vive como un campesino, levantándose a las cuatro de la mañana para trabajar de sol a sol con ellos, intentando impregnarse de su sabiduría. Uno de ellos cree que lleva su alma extraviada a Dios. Confía en “el bien inherente al corazón de todos los hombres”, que cree descubrir “personalmente su revelación a través del cristianismo”. No hay duda que Tolstói entiende la religión a su manera…

Porque ¿en qué consiste la fe de Tolstói? El escritor cree en “una iglesia de un solo hombre” –como dice Juan Gabriel Vásquez en un reportaje de Babelia–. “Como toda iglesia, había llegado a detestar el sexo, que le parecía un obstáculo para el amor; como toda iglesia, había llegado a la conclusión de que no hay vida posible fuera de la fe (sin la conciencia de Dios –escribe en su diario– no puede haber una concepción razonable del mundo); como toda iglesia, había llegado a considerar la desgracia personal como una bendición (las páginas que siguen a la muerte de su hijo son espeluznantes: Enterramos a Vaniéchka. Terrible. No, terrible no, un gran acontecimiento espiritual. Te doy las gracias, Padre. Te doy las gracias)”.

Su Confesión es un verdadero ajuste de cuentas con las Iglesia rusa ortodoxa, que lo excomulgó después y no lo ha rehabilitado hasta el día de hoy. Su última obra Resurrección (1899) se vuelve así un acta de acusación contra el cristianismo. El libro rebosa de citas del Evangelio según Mateo, sobre todo del Sermón de Monte, pero presenta un ascetismo que no es nada evangélico. El protagonista, Dimitri Ivanovich Nejliudov, es un noble agobiado por sentimientos de culpa. Se esfuerza hasta las lágrimas en hacer suyos los mandamientos del Evangelio, pero cae en una religión de preceptos, que prefiere sus mandatos a Cristo mismo.

¿MORALISMO O REDENCIÓN?
Como el personaje de Joseph Conrad –contemporáneo del escritor ruso–, Lord Jim, el escritor está ansioso de expiar sus culpas pasadas al precio de su vida, pero en realidad no busca ser perdonado. En el cristianismo de Tolstói no cabe la redención. “Le resulta incomprensible y escandalosa –como dice Antonio Rubio Plo–, al igual que la noción de que Dios nos da la gracia, con independencia de los méritos que creamos haber adquirido con buenas obras”. Ya que en la mente del escritor, “Cristo se reduce a un sabio que proporciona acertados consejos para nuestra vida”.

Aunque se despojó de todas sus posesiones, dejando los derechos de su obra a los campesinos, León no encontró la paz. Su matrimonio se convierte en un infierno. Si es difícil ser escritor, mucho más difícil es ser santo. Su obra se desintegra ante una vocación moral, que le sume en una tormentosa contradicción. A sus 82 años se escapa de casa en mitad de la noche, acompañado de su hija pequeña y su médico. A los dos días de aquella fuga, fallecía en la estación de Astapovo, hace ahora cien años.

Pocos viven como Tolstói, con un temor consciente a la muerte. Están esclavizados por la negación de la muerte (“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, 1 Corintios 15:32). La gente dedica casi toda su energía a hacer segura esta vida, cuando no hay realidad más cierta y segura que tenemos que morir.

LA MUERTE NO ES EL FIN
Al principio Tolstói quería morir, porque pensaba que eso era la aniquilación total. Ya que después de la muerte no había nada. Hasta que se dio cuenta que no sabemos lo que sucede cuando morimos. Podemos decir que no hay nada después de la muerte, porque los muertos no hablan. Pero ¿qué ocurriría si uno hubiera venido de la muerte? El nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

Unidos a Él, podemos decir con el apóstol Pablo que “morir es ganancia”, cuando encontramos nuestra vida en Cristo (Filipenses 1:21). Al morir, hizo morir a la muerte, para que nosotros podamos vivir en su resurrección. La esperanza final del creyente no es morir y ser librados de nuestros cuerpos, sino ser resucitados con un cuerpo nuevo y glorioso, como el de Cristo resucitado (3:21).

Tras la resurrección, vendrá el Juicio, pero no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Mateo 22:32). Si Él es tu Dios, lo será para siempre. La fe que crece sobre el cimiento de esas promesas de Dios, quita el temor que atormentó a Tolstói, y nos llena de esperanza y confianza, para vivir de una manera diferente.

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).