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María no es mediadora con Dios

Publicado: diciembre 12, 2014 en Teología

Mariología católica (2)

Trataremos cuatro puntos: 1) la Asunción de María; 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.

Virgen María

¡Saludos de nuevo, queridos!

Si no leísteis la primera parte de nuestro estudio sobre la Mariología de la Iglesia Católica Romana, podéis hacer clic en este enlace:

La semana pasada negamos la idea de que María es la Madre de la Iglesia (como enseña erróneamente la pregunta 196 de la última edición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta semana vamos a seguir estudiando la pregunta número 197.

Repetiremos el método de la semana pasada, empezando con la cita textual del Compendio oficial y luego presentando una crítica evangélica a dicha cita.

Arranquemos, pues con la 197.

#197: ¿Cómo ayuda la Virgen María a la Iglesia?

Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.

Bueno, amigos, ¿qué puedo decir? ¿Por dónde comienzo? Por lo menos la pregunta 197 del Compendio empieza bien. ¡Menos mal! Es cierto que después de la Ascensión de Cristo que María, “ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia”. Hechos 1:14 relata claramente que, “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Así es. María oró. Y fue llena con el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés con otros 119 discípulos. Pero después de la primera frase de la pregunta 197, veréis que las cosas se deterioran bastante.

Hoy dividiremos la pregunta 197 en cuatro partes: 1) la Asunción de María (y María como una imagen y un anticipo de la resurrección); 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.

1.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA (y María como una imagen y anticipo de la resurrección)

La pregunta 197 une la Asunción de María con la noción de que es “una imagen y un anticipo de la resurrección”. La referencia aquí a la resurrección no tiene que ver con la resurrección de Cristo, sino con la resurrección general que ocurrirá cuando el Señor vuelva. María, entonces, es un prototipo de lo que pasará con los creyentes en el futuro. O eso dicen.

¿Qué es la Asunción? Es la doctrina de que María ascendió al cielo corporalmente de la misma forma que el Hijo de Dios. En el caso de Jesús, se llama Ascensión. Y en el caso de María, Asunción. ¿Y dónde se enseña semejante idea en el Nuevo Testamento? Por ningún lado desde luego. Se trata de un invento de la Iglesia Católica, establecido como dogma por Pío XII en su constitución apostólica Munificentissimus Deus en noviembre 1950.

Es verdad que María, en cierto sentido, es un modelo de lo que sucederá con los creyentes cuando mueran pero según la enseñanza apostólica, el auténtico prototipo de la resurrección general no es María, sino Jesús (1 Corintios 15:20-23). La razón es la siguiente: a María le pasó lo mismo que a todos los creyentes que se murieron después de la resurrección del Señor. Su alma pasó directamente a la presencia de Dios, esperando el Gran Día de la resurrección general cuando su alma será reunida con su cuerpo glorificado. Jesús, sin embargo, ya tiene su cuerpo glorificado. Por lo tanto, Cristo es el verdadero patrón de la resurrección corporal; no María.

2.- LA INTERCESIÓN DE MARÍA

Como ya vimos, la pregunta 197 empieza enseñando que María oró a los comienzos de la Iglesia, lo cual está muy bien y correcto. Sin embargo añade que “ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad”.

Indiscutiblemente María es una mujer digna de ser imitada por su fe  y caridad. De eso no hay duda. Pero ¿de dónde saca el Catecismo la idea de que María sigue intercediendo ahora? ¿Y qué pasaje bíblico implica que somos sus hijos? Respuesta: ninguno.

Por un lado, no sabemos si María sigue intercediendo ahora o no. Hay tres pasajes en el Nuevo Testamento que hacen mención de las palabras de los difuntos en la presencia de Dios, a saber, Lucas 16:25-31, Apocalipsis 6:9-11 y 7:9-10. El primero es el episodio del rico y Lázaro cuando Abraham rehúsa ayudar al rico condenado en el Hades. El segundo revela que los mártires claman por venganza: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:10) y el tercero registra sus alabanzas, “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Pero no hay ningún pasaje que hable de la intercesión de María por nosotros. Según la Biblia el único que intercede por nosotros en el cielo es el Señor Jesucristo (Romanos 8:34). Y lo precioso es que sabemos que Dios siempre le oye (Juan 11:42). Nuestra fe, pues, está puesta en la intercesión de Cristo por nosotros; no en aquélla de María.

Por otro lado, la Biblia tampoco nos llama hijos de María. Somos hijos de Dios, hijos de Abraham, hijos de luz. Pero el concepto de hijos de María no existe en las Escrituras. Repetimos lo que aprendimos la semana pasada, “María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia”. Podemos seguir su ejemplo de fe y de caridad de la misma manera que seguimos los ejemplos de Job o de Ester; pero esto no quiere decir que seamos sus hijos en ningún sentido salvífico.

3.- EL INFLUJO SALVÍFICO DE MARÍA

Además de interceder por nosotros, el Compendio apunta que María ejerce “un influjo salvífico” sobre nosotros, el cual “mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo”. ¿Qué quiere decir eso?

Francamente es difícil saber exactamente a qué se refiere el Catecismo con ese lenguaje tan ambiguo. De nuevo, no apela a ningún texto bíblico. Y da la impresión descaminada de que María sea el canal entre Cristo y los creyentes. Es como si María aplicase el mérito de Cristo a nosotros.[1] En tal caso, la madre del Señor llegaría a ser una especie de mediadora entre nosotros y el Mediador Jesús.

De acuerdo con la teología protestante, el que aplica la obra salvadora (o el mérito) del Señor a nuestro corazón no es María, sino el Espíritu Santo. Dios nos envía el Espíritu de su Hijo con el fin de salvarnos (Gálatas 4:6). Es por medio del Espíritu que clamamos, “Abba, Padre” no “María, Madre”. El Catecismo coloca a María en el lugar que corresponde al Espíritu de Dios. Es el Espíritu –no María- obrando a través de la Iglesia, que ejerce un influjo salvífico sobre nuestro mundo. Y es el Espíritu –no María- que nos sumerge en la bendita salvación de Cristo. La salvación, al fin y al cabo, está exclusivamente en las manos del Señor.

4.- INVOCANDO A MARÍA

A nivel teológico la última parte de la pregunta 197 es catastrófica, ¡pero catastrófica! Comete el error de conceder obras a María que corresponden únicamente a Dios. Pone que los creyentes, “la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Aquí no hay ambigüedad ninguna. Es imposible malinterpretar esta frase.

Está el gran problema de “invocar a María”. ¿Cómo es posible que un creyente ore a la Virgen? María es una simple criatura; no es Dios. Estaría ella horrorizada si supiera que tantos millones de creyentes usan su nombre para usurpar la sola potestad del Señor. María no constituye un puente entre Dios y nosotros. Era una mujer pecadora salva por la pura gracia de Dios. Si María estuviera con nosotros hoy, nos diría que oremos a Dios. Bajo ningún pretexto podemos orar a María.

Una vez más, es llamativa la ausencia de cualquier texto bíblico para invocar a la Virgen. El Compendio dice que María es nuestra “abogada” donde la Biblia dice que el Hijo es nuestro abogado ante Dios (1 Juan 2:1). El Compendio enseña que María es nuestra “auxiliadora” donde la Biblia enseña que Dios es nuestro auxilio (Salmo 46:1). El Compendio proclama que María es nuestro “socorro” cuando la Biblia proclama que el Señor es nuestro socorro (Salmo 63:7). El Compendio predica que María es nuestra “mediadora” cuando la Biblia predica que Jesús es el mediador (1 Timoteo 2:5).

¿Qué, pues, será? ¿El Catecismo o la Biblia? ¿A cuál haremos caso? ¿A cuál seguiremos?

CONCLUSIÓN

Continuaremos con la pregunta 198 la semana que viene. Pero antes de finalizar este artículo, recapitulemos lo que hemos aprendido hoy:

1.- La doctrina de la Asunción es un invento católico y el verdadero prototipo de la Resurrección general no es María sino Jesús.

2.- La Biblia no enseña que María intercede por nosotros y tampoco nos llama sus hijos.

3.- María no ejerce ningún influjo salvífico sobre nosotros puesto que el que aplica el mérito de Cristo a nuestro corazón es el Espíritu de Dios.

4.- Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración.

Así vemos que la pregunta 197 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica no disfruta del respaldo bíblico.

¡Nos vemos la semana que viene para la tercera parte de nuestro estudio!

 

[1] ¿Qué es el mérito? La pregunta 426 del Compendio contesta, “El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiendo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después a la libre voluntad del hombre”.

¿Es María la ‘madre de la Iglesia’?

Publicado: diciembre 12, 2014 en Teología

Mariología católica (1)

El Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

Virgen María

Nueve eurillos. Bueno, 8,50€ para ser más exacto. Eso es lo que me costó la última edición del Catecismo de la Iglesia Católica. Bueno, el Compendio del Catecismo para ser más exacto.

Lo encontré en una visita reciente a la ciudad de Castellón, ubicado en la estantería más alta de la sección de Religión en Casa del Libro. Cuando vi el precio, ¿cómo resistirlo? ¿Cómo no comprarlo? Es como si el libro me hubiese mirado susurrando: “Te he estado esperando. Sé que tienes veinte pavos en tu bolsillo. No te detengas más. ¡Cómprame!” Como chico obediente que soy, hice caso a su mandato. Razono que hay respetar a todos. ¡Hasta a los libros hablantes!

No tardé mucho en llegar a la casa de mi cuñada aquella tarde con unas ganas impresionantes de devorar el contenido del libro. Siempre había tenido que consultar la versión digital del Catecismo cuando quería enseñar sobre el Catolicismo.

El problema es que el Catecismo online –es decir, la versión completa- está dividido en casi 3.000 secciones. Bueno, 2.865 para ser más exacto. Y como te puedes imaginar, es bastante difícil encontrar el tiempo libre como para leerlo todo cuidadosamente.

Así que cuando leí el prefacio del Compendio en el cual Benedicto XVI explicó que mi nuevo libro se trataba de “una síntesis fiel y segura del Catecismo”, me sentí más contento que un pato en el agua.

¿Por qué? Porque el Compendio sólo tiene 598 secciones. ¡Qué alivio! Y no te olvides: todo por menos de nueve euros. ¿Qué más podría pedir de un libro? Económico, interesante, teológico, conciso y parlante. Vamos, estuve más feliz que una perdiz con regaliz en su nariz.

Cogí un boli, respiré a fondo, abrí a ‘Cate’ (seguro que no soy el único que pone nombres a sus libros), y empecé a leer…

Y a leer…

Y a leer…

Y a comer un poco y a lavarme la cara…

Y a leer de nuevo…

¿Y el resultado? Bueno, justo como esperaba. Había cosas buenas, cosas no tan buenas y cosas francamente espantosas. Es precisamente sobre una de esas cosas horripilantes que quiero compartir en mi artículo de hoy, a saber, la Mariología (o en términos sencillos, la doctrina de María).

El Compendio dedica cuatro artículos a la Mariología (números 196-199). Lo que voy a hacer, pues, es simplemente citarlos y luego presentar un análisis crítico de cada uno de ellos desde una perspectiva evangélica. Citaré el primero esta semana (196) y los restantes tres (197-199) a lo largo de las siguientes semanas.

¿Listo? Aquí va.

#196: ¿En qué sentido la Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia?

La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19:27).

Como puedes leer, el Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

1.- Dio a luz a Cristo.

Evidentemente, dar a luz al Hijo de Dios no es poca cosa. Pero Jesús explicó en Marcos 3:35 que cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, “éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. A nadie, pues, conocemos según la carne (2 Corintios 5:16). ¡A María tampoco! Los evangelios apenas mencionan a la madre de Jesús. Y las epístolas no dicen absolutamente nada acera de ella. En ningún lugar se habla de ella como Madre de la Iglesia.

Cristo corrigió a una mujer en Lucas 11:28 cuando ella dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. El Señor le respondió: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. De hecho, en dos ocasiones cuando Jesús habló con su madre, vemos cómo la reprende a ella también (aunque suavemente). Como joven le preguntó, “¿No sabíais que yo debo estar en los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:49). Y en las bodas de Galilea, le dice, “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). María, claro está, no era ninguna figura infalible.

Siguiendo la lógica católica tocante al “orden de la gracia”, ¿por qué no podría ser Sara, mujer de Abraham, Madre de la Iglesia? La promesa de bendición universal (es decir, el orden de la gracia) inició con su vientre. ¿O por qué no la mujer de Noé? Incluso podríamos remontarnos a los días de Eva y preguntar, ¿por qué no podría ser Eva Madre de la Iglesia? ¿Acaso no recibió ella la profecía del Protoevangelio (Génesis 3:15)? María no era nada más que un eslabón en la larga cadena de la salvación. Sí, se trata de una mujer bienaventurada. Amén. Pero Débora también. Ana también. Elisabet también. Las mujeres de Dios del siglo XXI también. La palabra “favorecida” que se usa en Lucas 1:28 para referirse a María también se emplea para describir a todos los creyentes en Efesios 1:6 donde pone que Dios nos hizo “aceptos” –o favorecidos- en el Amado. María, pues, no es la única favorecida por el Señor.

El verdadero protagonista de la Encarnación no es María ni José, sino el Señor Dios Todopoderoso. Él es el Señor de la Iglesia. Y recuerda: el término ‘Madre de la Iglesia’ no se emplea en la Biblia. Se trata de un invento de la Iglesia Católica Romana. Si lees la versión completa del Catecismo digital verás que no cita ningún versículo bíblico correctamente a la hora de defender la maternidad de María tocante a la Iglesia. Menciona a Agustín, a Pablo VI, a Pío XII y Lumen Gentium (uno de los documentos principales del Segundo Concilio Vaticano). Pero no ofrece apoyo escritural. Es por eso que los creyentes evangélicos no podemos aceptar que María sea la Madre de la Iglesia. Tal título concede a la madre de Jesús demasiada importancia.

2.- Juan 19:27.

El único pasaje bíblico que el Catecismo intenta utilizar para justificar la Maternidad de María es Juan 19:27. El texto se lee, “Después Cristo dijo al discípulo (Juan): He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.

Allí está. Juan 19:27. ¿Pero qué es lo que Jesús quiso decir cuando se dirigió a Juan con esas palabras He ahí tu madre? La repuesta es fácil. El Señor quería que Juan cuidara a su madre, María. Estaba asegurándose de que Juan iba a hacerse responsable de ella. Es decir, mientras Cristo estaba colgado en la cruz sufriendo un dolor insoportablemente agonizante, pensaba en el bienestar de su madre. En términos nuestros, Jesús le decía, “Juan, ahora mi madre está en tus manos. Cuídamela bien”.

De ninguna manera Jesús quería decir, “Juan, vete a casa y escribe un Catecismo proclamándola Madre de la Iglesia en mi nombre”. ¡Para nada! El celo católico por María conduce a la distorsión de un texto bíblico tan sencillo. Los ojos romanos ven algo en el versículo que simplemente no está allí. Juan 19:27, por cierto, es el texto que utilizó el Papa Francisco en sus dos encíclicas más conocidas, a saber, Lumen Fidei [La luz de la fe] y Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], para indicar que María es nuestra Madre también.

Así que una vez más, decimos que no. María no es la Madre de la Iglesia. El apóstol Juan estaría horrorizado si supiera cómo millones malinterpretan su evangelio. Si Jesús hubiera querido enseñar la doctrina de la Maternidad eclesial de María, la habría dejado muy claro en algún momento de su ministerio terrenal. Pero no lo hizo. ¿Por qué no? Porque María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia (como enseña Hechos 1:14, texto que fue compuesto después de la ascensión de Cristo).

Seguiremos nuestro estudio la semana que viene, amigos.

¡Hasta luego! Cate os manda un besito…


Lars Dahle

Hay todo tipo de razones para instar a los líderes cristianos para que intencionalmente integren los medios de comunicación en su estrategia de misión para el s. XXI, dice Lars Dahle.

Tierra mundo

En cualquier lugar del mundo en el que vivimos, las tecnologías de la información y de la comunicación influyen e impactan cada vez más nuestras vidas, nuestro testimonio cristiano y nuestros ministerios. La variedad de mensajes globales, locales y globales de los medios de comunicación, proporcionan contextos complejos para la tarea de hacer valer la verdad de Cristo en el siglo XXI. Las cuestiones misionales relacionadas con la participación en los medios de comunicación, son por tanto de verdadera importancia para la iglesia global.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN GLOBAL

En medio de las tecnologías cambiantes y de las diferencias globales, es posible discernir cinco características centrales de los medios de comunicación contemporáneos:

Digitalización: Internet se está convirtiendo gradualmente en la plataforma más importante para la investigación, conexión y publicación, y como resultado se da la convergencia de los formatos y géneros antiguos con la creación de nuevos ámbitos de comunicación.

Democratización: El acceso creciente a nuevos canales de publicación digital y nuevos ámbitos de medios de comunicación social, crea numerosas posibilidades para una participación y conexión más amplia.

Fragmentación: El incremento dramático de los ámbitos de comunicación, participantes y voces, crean tanto un discurso público fragmentado como un consumo privado fragmentado.

Globalización: A través de la expansión global de la tecnología de la información, se están estableciendo nuevas plataformas para la distribución de medios de comunicación, como las tecnologías de banda ancha, satélites y móviles.

Pluralización: Donde vaya la tecnología, van los medios de comunicación, y con los medios vienen una pluralidad de valores, perspectivas y cosmovisiones.

Estas características clave ilustran la necesidad urgente de participar más intencionalmente en los medios en toda su diversidad. Los medios de comunicación son el cauce por el que se propagan las noticias, ideas e historias. Afectan a cada parte de la sociedad en cada lugar del mundo. Así pues, si vamos a “llevar el testimonio de Jesucristo y toda su enseñanza a cada nación, en cada esfera de la sociedad, y en el campo de las ideas” (El Compromiso de la Ciudad del Cabo), no podemos descuidar el fascinante y complejo mundo de los medios de comunicación.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS COMO TEMA DE LAUSANA

Es evidente, en los documentos fundacionales de los congresos y consultas globales, que la implicación en los medios de comunicación ha sido un tema de Lausana desde el principio. Como término, Medios de Comunicación, se ha usado históricamente para incluir medios electrónicos y de imprenta (pero normalmente no literatura), mientras que más recientemente incluye también, naturalmente, nuevos medios digitales.

Los contextos para la mención explícita de los medios así como su énfasis específico, han variado en los documentos de tres congresos fundacionales:

El Compromiso de Lausana incluyó los “medios de comunicación de masas” en el párrafo sobre colaboración evangelística, con énfasis en la legitimidad de ministerios especializados en los medios.

El Manifiesto de Manila mencionó a los “medios” en la sección sobre el mundo entero, con énfasis en la necesidad de una sensata implicación en los medios como parte de la modernidad.

El Compromiso de Ciudad del Cabo incluyó “la verdad y los medios de comunicación globales” en la sección “Llevar la verdad de Cristo en un mundo plural y globalizado”, con igual énfasis en tres principales áreas de preocupación: consciencia, presencia y ministerio de los medios de comunicación.

La concienciación respecto a los medios de comunicación puede verse como la necesidad de un discipulado más fiel (incluida la santidad personal y el hacer discípulos) al entrar en contacto con los mensajes de los medios. Esta preocupación estaba implícita en los primeros tiempos de Lausana, pero se fue haciendo más explícita como crítica cultural y ética. Recientemente se le ha dado un rol esencial como combinación de temas de educación, evangelismo y discipulado.

La presencia en medios puede verse como la necesidad de entrar en la corriente predominante de los medios con profesionalidad e integridad cristiana. Este objetivo estaba implícito en la primera fase de la historia de Lausana, pero ha ido adquiriendo más importancia. Parte de la razón se debe al creciente énfasis  puesto en el lugar de trabajo como ámbito para el ministerio y el testimonio. Sin embargo, también se debe a un creciente reconocimiento del influyente rol de los medios predominantes, tanto los que tratan con hechos como de ficción, a la hora de expresar y formar identidades e ideas.

El ministerio de los medios de comunicación puede verse desde la necesidad de usar todo tipo de tecnologías (ya sean antiguas o nuevas) para comunicar el Evangelio de Cristo en el contexto de una cosmovisión bíblica integral. Esta área ha jugado un papel central a lo largo de toda la historia de Lausana, con énfasis recurrente en los ministerios específicos, tanto en radio, televisión, prensa, internet o los nuevos medios de comunicación social.

 

BASE MISIONOLÓGICA PARA LA IMPLICACIÓN EN LOS MMMCC

Teológicamente, deberíamos ver las vocaciones profesionales a los medios de comunicación como parte del mandato cultural de Dios y de su misión a nuestro mundo. En palabras del Compromiso de Ciudad del Cabo: “Amamos el mundo de Dios, amamos la palabra de Dios, y amamos la misión de Dios”. Esto abre el espacio para ministrar en una amplia gama de contextos comunicativos y en diferentes roles  en los medios de comunicación.

Misionológicamente, deberíamos ver la implicación en los medios como una parte esencial de la llamada a toda la iglesia a llevar todo el Evangelio a todo el mundo:

Llevar todo el Evangelio al mundo de los medios supone llevar “el relato del Evangelio, la seguridad que ofrece el Evangelio, y la transformación que el Evangelio produce”. Este Evangelio bíblico, el evangelio de Jesucristo son “buenas noticias en un mundo de malas noticias”, ofreciendo tanto perdón como esperanza y una nueva perspectiva del mundo.

Involucrar a toda la iglesia en la participación en los medios, incluye el reconocimiento de los dones propios de cada creyente y del ministerio de todos de los creyentes. Esto está relacionado con los nuevos ámbitos y oportunidades representadas por la globalización y democratización de los medios.

Llegar a todo el mundo presupone la implicación en los medios, ya sea en relación a “toda nación”, “cada esfera de la sociedad” o “el campo de las ideas”. Los medios de comunicación contemporáneos -en toda su variedad- son ámbitos y vehículos de pluralismo, que incluyen las perspectivas seculares del mundo.

De un punto de vista apologético, deberíamos ver la implicación en los medios como una dimensión de nuestro testimonio de Jesucristo como “la verdad del universo”. Esto supone dar testimonio del hecho de que la “verdad en Cristo es (1) personal así como proposicional; (2) universal así como contextual; (3) última así como personal”. Así pues, debemos animar y equipar a los profesionales cristianos de los medios para que muestren el valor de estas verdades tan cruciales de forma tanto creíble como plausible.

 

TRES ÉNFASIS FUNDAMENTALES PARA LA IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS

Como mencionamos antes, el Compromiso de la Ciudad del Cabo identifica tres puntos de énfasis principales para nuestra implicación en los medios de comunicación: Concienciación de los medios, presencia de los medios y ministerios de los medios. Es apropiado resaltar cómo estas tres preocupaciones constituyen una aproximación estratégica para la implicación en los medios.

 

1. CONCIENCIACIÓN SOBRE LOS MEDIOS: UNA DIMENSIÓN OLVIDADA EN LA MISIÓN

Aquellos que vivimos en lugares con abundante tecnología, somos todos consumidores de medios de comunicación. Los que viven en otras partes del mundo, están siendo progresivamente expuestos a los mensajes mediáticos. Estos mensajes, reales o ficticios, están influidos por diferentes perspectivas y formas de ver el mundo, tanto seculares como religiosas, ya sea en términos de valores éticos, puntos de vista de la humanidad o de la realidad o compromisos de fe fundamentales.

Equipar a los individuos, familias, ministerios de jóvenes e iglesias para participar con mensajes mediáticos a unos niveles de cosmovisión más profundos es, en términos generales, una dimensión olvidada en la misión, tanto en el hemisferio norte como en el del sur del planeta.

Tenemos que cambiar este hecho juntos, y hacerlo rápido y de forma apropiada. Este equipamiento requiere investigación, recursos y formación práctica en análisis de la cosmovisión que presentan los mensajes mediáticos, así como mostrar la credibilidad y relevancia de una visión bíblica integral del mundo frente a perspectivas alternativas.

 

2. PRESENCIA EN LOS MEDIOS: LLAMADA AL TESTIMONIO PÚBLICO Y A LA INTEGRIDAD

Dentro del mundo de los medios de comunicación, hay una amplia variedad de roles legítimos y estratégicos pendientes de explorar por parte de cristianos con talento. El trabajo periodístico y documental revela el descuido de hechos, historias y ángulos que posibilitarían un debate público y privado más equilibrado. Los medios creativos y de entretenimiento pueden presentar  formas nuevas y frescas de mostrar las verdades cristianas que pueden generar interés genuino en cuestiones morales y espirituales. Mediante la presencia de hábiles comentaristas y apologistas cristianos en los principales medios, la credibilidad y plausibilidad del Evangelio y de una cosmovisión bíblica integral, pueden ser transmitidas a escépticos, buscadores y cristianos.

 

3. EL MINISTERIO EN LOS MEDIOS: UN MINISTERIO PARA TODOS LOS CREYENTES

El uso eficaz de todo tipo de tecnología, formato y género de comunicación es importante para el evangelismo mundial, el discipulado y la educación en la fe.

Ministerios especializados en medios de comunicación, tienen un rol legítimo y estratégico que desempeñar, pero la nueva tecnología de los medios transforma potencialmente cada organización ministerial, cada ministerio de jóvenes, y cada iglesia local en canal de comunicación.

Esto crea una necesidad creciente de colaboraciones evangelísticas en todo ámbito de la comunicación. Al mismo tiempo, tenemos que explorar las crecientes posibilidades que  los medios de comunicación social crean para un ministerio en este ámbito para cada creyente.

 

IMPLICACIÓN EN LOS MEDIOS EN LAS MISIONES ESTRATÉGICAS

Hay, por tanto, todo tipo de razones para instar a los líderes cristianos para que global e intencionalmente integren la implicación en los medios dentro sus estrategias de misión para el siglo XXI.

A la luz de esto, se insta a los líderes a reflexionar sobre y colaborar en:

Concienciación sobre los medios de comunicación: ¿Cómo puede la iglesia en tu país equipar y proporcionar recursos a los cristianos para que se impliquen críticamente y respondan constructivamente a todas las formas de comunicación?

Presencia en los medios: ¿Cómo puede la iglesia en tu país respaldar, equipar, apoyar y aprender de los cristianos que trabajan y participan en las principales noticias y medios de comunicación creativos?

Ministerios mediáticos: ¿Cómo puede la iglesia en tu país equipar a individuos, iglesias, organizaciones cristianas e instituciones para volverse eficaces a la hora de usar los medios, incluidos los medios de comunicación social, para comunicar la verdad?

 

Nota del editor: Lausanne Global Consultation sobre Medios de Comunicación y Evangelio, se reunió del 18 al 21 de noviembre en Brea, California, EEUU y publicó una Llamada a la Acción.

Lars Dahle es Vicerrector y Catedrático Asociado en Teología Sistemática y Apologética en Gimlekollen School de Periodismo y Comunicación en el NLA Universitary College, Noruega. Sirve como Asociado Senior de Lausana para la implicación en los medios de comunicación.

 

http://protestantedigital.com/blogs/34689/La_mision_global_pasa_por_los_medios_de_comunicacion


El estudio bíblico manuscrito (*)

A Paul (in memoriam), Marylin y Barbara Byer.

biblia

Es casi universal la suposición que la Biblia siempre ha tenido capítulos y versículos. Lo anterior es un error, porque a las Escrituras se le adicionaron las herramientas mencionadas muchos siglos después de haber sido cerrado el canon.

Porciones de la Palabra fueron fijadas primero en piedra, como en el caso de los Diez Mandamientos (Éxodo 31:18 y 32:15). Más tarde otras secciones quedaron escritas en rollos de papiro o pergamino (Jeremías 36:1-2). El manuscrito conocido más remoto que se conoce del Antiguo Testamento es de “la cautividad babilónica en el 586 a. C. Está escrito sobre piel y en forma de rollo.[1]

 

ELPAPIRO Y EL PERGAMINO

El papiro procedía de una planta del mismo nombre, que se producía en Egipto, particularmente en el valle del Nilo. El uso más importante del papiro en Egipto fue la de ser soporte de escritura. La fabricación de este soporte se realizaba cortando solamente el tallo, se introducía primero en agua, después se le quitaba la corteza verde y se cortaba en tiras de 25 mm de ancho. Las tiras obtenidas se extendían en una superficie plana y se mojaban con agua del Nilo, sobre esta capa se ponía otra en sentido transversal y uniéndolas mediante presión se dejaban secar al sol. Se obtenía así una hoja compacta que se aplanaba con un martillo, se pulía y alisaba con un instrumento de marfil, después se cortaba para obtener hojas de un mismo formato, entre 12 y 13 cm de largo y de 22 a 33 cm de alto, finalmente las hojas se envolvían con forma de rollo y algunos se comercializaban.[2]

Durante el tiempo que fueron escritas las distintas secciones del Nuevo Testamento continuaba en uso escribir sobre rollos de papiro o pergamino. Este material se obtenía tratando las pieles de animales como ovejas, cabras, terneras, corderos y otros.[3] El pergamino debe su nombre a Pérgamo, el lugar donde se producían pieles para usarse como materiales de escritura. El pergamino surgió como una alternativa al papiro porque según Plinio el Viejo, el rey Tolomeo de Egipto, queriendo mantener secreta la producción de papiros para favorecer a su propia biblioteca de Alejandría, prohibió su exportación, lo que obligó a su rival, Eumenes, soberano de Pérgamo, a encontrar un material nuevo para los libros de su biblioteca. Si Plinio estaba en lo cierto, el edicto de Tolomeo llevó a la invención del pergamino en Pérgamo en el siglo II a. C., aunque los primeros ejemplares de los que tenemos noticia datan de un siglo antes.[4]

Fue en el siglo III a. C. cuando el pergamino comenzó a ser preferido para fijar en él la escritura de libros y otros documentos. Entre los judíos se usaban pieles, aunque no necesariamente procedentes de Pérgamo, desde el siglo VI a. C. para fijar sus escritos. Mientras los griegos y romanos prefirieron el uso de papiros, los judíos optaron por los pergaminos, “los manuscritos hallados en las cuevas de Qumrán son aquí preciosos testigos, presentándose la gran mayoría de ellos en pergamino”.[5] Los “entre 850 y 900 manuscritos o fragmentos fueron encontrados [en 1947] cerca de un wadi (un vado de un río) llamado Qumrán, a unos 15 kilómetros al sur de Jericó […] diseminados en once cuevas. […] una cuarta parte está formada por textos bíblicos”.[6]

Uno de los rollos encontrados en Qumrán contenía el libro del profeta Isaías, ésta copia, consideraron los expertos fue hecha en el siglo 1 d. C., y midió 25.4 centímetros de alto por 7 metros y 30 centímetros de largo. Por esto quien realizó la copia debió usar un rollo casi del doble de largo de los usualmente vendidos por quienes trabajaban las pieles hasta dejarlas listas para escribir sobre ellas.[7]

Cuando Jesús leyó una porción del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-20), es altamente seguro que lo hizo en un rollo de pergamino. Las sinagogas tenían un funcionario que era el “responsable por el mantenimiento del edificio, los rollos, etc.”.[8] El custodio debía proteger los rollos de las Escrituras a él confiados, tanto por su valor religioso como por el económico, dado que era muy alto el precio a pagar para obtener una copia de algún libro de lo que llamamos Antiguo Testamento.

 

EL CÓDICE

Los rollos de pergamino fueron paulatinamente sustituidos por otro material, el cual resultó de mejores cualidades para escribir en él, manejarlo y transportarlo: el códice. Éste fue una innovación de origen romano: “Entre los latinos, la palabra designaba un conjunto de tablillas que un bramante unía entre sí”.[9]

El códice estaba compuesto por hojas de papiro o pergamino y de cubiertas, delantera y trasera, para proteger lo contenido entre ellas. Las cubiertas eran de un material más grueso que las hojas, por ejemplo de madera. No es posible fechar con certeza la elaboración de los primeros códices, sin embargo es factible hacerse una idea de sus comienzos por la referencia que hace “Séneca (muerto en el 65)” cuando menciona que “el nombre caudex se daba entre los antiguos a un ensamblaje de varias tablillas”.[10] Las tablillas unidas por cordeles, serían sustituidas por hojas dando origen al precursor de lo que conocemos como libro.

El uso del códice iba a extenderse a los dominios romanos. Cabe la probabilidad de que algunos escritos primitivos cristianos hayan sido fijados en formato códice, o en un antecedente del mismo. Si no fue así, sino que esos escritos circularon en rollos, de todas maneras es posible afirmar que Pablo, por ejemplo, conocía el nuevo soporte de escritura que comenzaba a sustituir los rollos de papiro o pergamino. A la libreta de pergamino se daba el nombre de “membranae en latín y después membranai en griego. Éste es precursor inmediato del verdadero códice. Sin duda desde Roma su uso se difundió muy rápidamente, en el siglo I, hasta el Próximo Oriente. Éstos son los ‘cuadernos de pergamino’, llamados precisamente membranai, que Pablo de Tarso pide a Timoteo que le lleve”.[11] La solicitud se localiza en 2 Timoteo 3:14.

En el segundo siglo los cristianos fueron los principales difusores del formato códice, lo usaron para dar a conocer tanto copias de secciones de lo que sería el Nuevo Testamento como cartas de los líderes de comunidades y/o discípulos de la primera y segunda generación cristiana. Los escritos cristianos más antiguos que se han descubierto por arqueólogos del siglo XX son ejemplares de códices de papiro.[12] La porción más antigua que se conserva del Nuevo Testamento es “el llamado papiro P52, data aproximadamente del año 125, y contiene unos pocos versículos del capítulo 18 del Evangelio de Juan”.[13]

Un dato es revelador de la preferencia cristiana por el códice en lugar del rollo: “De los restos de libros griegos que pueden ser fechados antes del tercer siglo [a. C.], más del 98 por ciento son rollos, mientras que de los libros cristianos sobrevivientes del mismo periodo casi todos son códices”.[14] Tal vez las abrumadoras evidencias arqueológicas del uso cristiano de los códices fue lo que ha llevado a que algunos concluyan, erróneamente, que el códice debe su invención a los cristianos. No ocurrió así, lo que los cristianos hicieron fue potenciar un formato ya existente y, por decirlo de alguna manera, lo hicieron universal.

 

LA IGLESIA PRIMITIVA

Las cartas de Pablo fueron escritas en papiro.[15] El costo de producir cada una de ellas incluía, además del papiro, la tinta y pago al secretario. Aunque es difícil hacer una estimación precisa del costo de cada escrito en precios actuales, si a cada componente necesario para producir una de las epístolas paulinas se le valora en el salario laboral diario de aquellos tiempos, y se hace la equivalencia con sus similar en nuestros días, el resultado es que, por ejemplo, el costo de la Carta a los Colosenses sería de 502 dólares (en moneda mexicana 6 mil 565 pesos).[16]

Entre los motivos para reunirse que tenían las comunidades cristianas, uno de ellos era escuchar la lectura que en voz alta hacía algún integrante de una sección de lo que vino a ser el Nuevo Testamento. El alto costo de los escritos hacía imposible que se poseyera individualmente una copia de los evangelios o epístolas neotestamentarias. Además, eran pocos quienes estaban capacitados para leer esos escritos. Al respecto un investigador estima que “no hay una respuesta definitiva acerca del nivel de alfabetización de los primeros cristianos, pero no debió ser muy diferente a la del resto de las sociedades en la Antigüedad: una minoría letrada, nunca superior a 10 por ciento”.[17]

El códice favorecido por los cristianos terminó por transformarse en el formato preferido por la sociedad en general, de tal manera que “para el año 400, el rollo clásico se había abandonado casi por completo y la mayoría de los libros se producían como hojas agrupadas en un formato rectangular”.[18] En cuanto a la materia prima usada en los códices, “a partir del siglo IV, y hasta la aparición del papel en Italia ocho siglos después, el pergamino fue el material preferido en toda Europa para fabricar libros”.[19] La elaboración del papel fue originaria de China. Se atribuye su confección “al director de los talleres imperiales, Ts’ ai Lun, [quien] al principio del siglo II d. de C. tuvo la idea de fabricar una especie de pasta  delgada sacada de la corteza de la morena, del cáñamo y de material de desecho de tela o seda”.[20] El uso del papel se generalizó en Europa durante el siglo XII.

 

INTRODUCCIÓN DE CAPÍTULOS Y VERSÍCULOS

En el siglo XIII los lectores y estudiosos de la Biblia tuvieron a su disposición una herramienta que facilitó la localización y cita de pasajes del volumen. Stephen Langton (1150/55-1228), arzobispo de Canterbury, introdujo los capítulos en las Escrituras, que, “con pequeñas modificaciones, se siguen usando [en la actualidad]”.[21]

Durante siglos la Biblia fue reproducida por copistas en largas jornadas de cuidadoso trabajo a mano. Fue así hasta la invención, o perfección como aducen algunos, de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg “en algún momento de la década de 1440”.[22] A partir de entonces la producción de libros experimentó un cambio revolucionario.

El primer libro que salió de la imprenta de Gutenberg fue la Biblia, una edición de la Vulgata Latina traducida por San Jerónimo a fines del siglo IV d. C. Gutenberg inició el magno proyecto de imprimir las Escrituras en “1449 o 1450. La composición comenzó en 1552, y la impresión fue completada en 1456”.[23]

En 1516 es publicado por Erasmo de Rotterdam el Nuevo Testamento en griego. La lectura del mismo llevaría a Martín Lutero al descubrimiento de que “la justicia de Dios es un regalo para los pecadores”.[24] En el siglo XVI, con el movimiento iniciado por Lutero, la traducción de la Biblia a distintos idiomas tuvo un gran impulso por toda Europa.[25] El propio ex monje agustino se dio a la tarea de traducir el Nuevo Testamento al alemán, el que salió publicado en 1522, y toda la Biblia en 1534.

Desde el siglo XIII habían sido añadidos los capítulos a la Biblia, como quedó consignado antes. En 1551 el impresor Robert Estienne, conocido como Stephanus, publicó una nueva edición del Nuevo Testamento griego de Erasmo, e incorporó los versículos.[26] Dos años después salió de la imprenta de Stephanus la Biblia traducida al francés, “la primera en usar la división de capítulos y versículos”.[27]

Continuará

 

(*) Exposición presentada en el Centro de Estudios Anabautistas, en el programa Diplomado en Biblia y Ministerio Cristiano, 13 de septiembre de 2014.

[1] Donald L. Brake, A Visual History of the English Bible, Baker Books, Grand Rapids, 2008, p. 25.

[2] Del rollo al códice miniado, DGSCA-UNAM, 1997-1999, p. 5.

[3] Ibíd., p. 11.

[4] Alberto Manguel, Una historia de la lectura, Editorial Joaquín Mortiz, México, 2006, p. 141.

[5] André Paul, La Biblia y Occidente. De la biblioteca de Alejandría a la cultura europea, Editorial Verbo Divino, Navarra, España, 2008, p. 191.

[6] Edesio Sánchez Cetina, “Los rollos del Mar Muerto”, en Edesio Sánchez Cetina (editor), Descubre la Biblia II, Sociedades Bíblicas Unidas, Miami, 2006, p. 205.

[7] E. Randolph Richards, Paul and First-Century Letter Writting. Secretaries, Composition and Collection, InterVarsity Press, Downers Grove, Illinois, 2004, p. 51.

[8] Craig S. Keener, Comentario del contexto cultural de la Biblia: Nuevo Testamento, Editorial Mundo Hispano, El Paso, Texas, 2006, p. 195.

[9] André Paul, op. cit., p. 193.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd., p. 194.

[12] Harry Y. Gamble, Books and Readers in the Early Church. A History of Early Christian Texts, Yale University Press, New Haven and London, 1995, p. 49.

[13] Néstor O. Míguez, “Arqueología del Nuevo Testamento”, en Edesio Sánchez Cetina (editor), op. cit., p. 194.

[14] Harry Y. Gamble, op. cit., p. 49.

[15] E. Randoph Richards, op. cit., p. 166.

[16] Ibíd., p. 169.

[17] Sergio Pérez Cortés, La travesía de la escritura. De la cultura oral a la cultura escrita, Taurus, México, 2006, p. 128.

[18] Alberto Manguel, op. cit., p. 141.

[19] Ibíd., p. 140.

[20] Del rollo al códice miniado, p. 12.

[21] F. L. Cross y E. A. Livingstone, The Oxford Dictionary of the Christian Church, Oxford University Press, New York, p.  950.

[22] Alberto Manguel, op. cit., p. 145.

[23] Alister McGrath, In the Beginning. The Story of the King James Bible and How It Changed a Nation, a Language and a Culture, Anchor Books, 2002, p. 15.

[24] Donald L. Brake, op. cit., p. 87.

[25] Carlos Martínez García, “La Biblia de Lutero”, La Jornada, 6/V/2009, disponible en:

[26] Donald L. Brake, op. cit., p. 33.

[27] Alister McGrath, op. cit., p. 118; F. L. Cross y E. A. Livingstone, op. cit., p. 1540.

 

http://protestantedigital.com/magacin/34669/Leer_la_Biblia_como_la_iglesia_primitiva_1

Dios en el banquillo

Publicado: noviembre 22, 2014 en Conciencia, opinión, Teología

Lidia Martín

Cada vez que las cosas no nos van como querríamos, sometemos a Dios a juicio.

El saber estar es probablemente una de las bases de lo que llamamos “la buena educación”. Más allá de cuestiones de modales simplemente, saber estar tiene que ver con escoger bien las formas, las estrategias, la manera de comportarse, en definitiva, en función del lugar y personas con las que estemos en cada momento. Pero saber estar también implica, de una u otra forma, ser conscientes de quiénes somos nosotros frente a los demás y de cuál es el lugar que verdaderamente nos toca ocupar en cada situación.

Poner a Dios en el banquillo ha sido una de esas meteduras de pata que todas las personas de todos los tiempos y épocas hemos venido cometiendo sistemáticamente de una u otra manera, precisamente en una clara puesta en evidencia de hasta qué punto no sabemos estar por no tener demasiado claro, parece, qué papel jugamos cada uno en este escenario nuestro que es el Universo creado.

Cada vez que las cosas no nos van como querríamos sometemos a Dios a juicio, como si intentáramos hacerle comprender cuán injusto es al actuar hacia nosotros de una forma y no de otra. Le sentamos en el banquillo para hacerle culpable de nuestros errores, de nuestros pecados, incluso, tal como ya sucedió en el Edén. Le exigimos, más o menos abiertamente, un trato justo hacia nosotros, porque pensamos que no nos compensa adecuadamente al seguirle, y esperamos que nuestra “secuencia lógica” de acontecimientos coincida con la suya. Le sometemos a juicio al no aceptar que, desgraciadamente, a los malos a veces les va aparentemente bien y los justos sufren mientras tanto. Nos da miedo obedecerle porque, en el fondo de nuestro ser, aún le percibimos como a un Dios tirano que, en el fondo, no está tan interesado en beneficiarnos como en probarnos y dudados de Su buena voluntad para con nosotros. En nuestra desconfianza de Él le sometemos a juicio, dudando de Su palabra, de Sus promesas, de Su carácter en definitiva.

Pero se nos olvida que no podemos sentar en el banquillo al juez. Incluso aunque en nuestros sistemas políticos, democráticos o sociales eso pueda darse (aunque escasamente, desde luego), no es posible en el orden establecido en nuestro mundo, en el que nosotros somos las criaturas, seres diminutos y ridículos al lado del Dios Altísimo, que es el Creador y sustentador de todo lo que se mueve alrededor nuestro. Ese es nuestro verdadero papel, y ceñirnos a él sería una verdadera muestra de saber estar de nuestra parte. Pero seguimos tratando a Dios de tú a tú, no tanto como hijos que se acercan a su padre en términos de confianza, algo que Él mismo nos permite, sino como el que se toma la licencia inadecuada de pedirle cuentas a quien no tiene por qué dárselas a nadie.

Por mucho que hayamos sentado a Dios en el banquillo a lo largo de la historia, el juicio está ya sentenciado y Él no sólo es un juez justo, sino que es el absoluto vencedor en el proceso. Él pedirá cuentas a todas y cada una de sus criaturas. Nosotros seremos verdaderamente los que un día tendremos que vernos respondiendo ante Su tribunal y nadie podrá jugar con Él a replicarle o contrarreplicarle. Toda rodilla será doblada ante Su presencia, no existirá otra forma de poder enfrentarse a ese momento que el reconocimiento de nuestro verdadero lugar, amparados en la sangre de Cristo aquellos que así lo aceptamos, con temblor y crujir de dientes quienes decidieron no hacerlo, pero todos y cada uno asumiendo sin posibilidad de error que Aquel a quien tanto juzgamos, ignoramos, enfrentamos o retamos era, desde el mismo principio, el Dios justo y bueno que siempre dijo que fue, empeñado en hacernos bien, en cumplir Su voluntad y Sus planes de bien para nosotros, sustentador de todas las cosas, las que vemos y las que no vemos, y la fuente directa de todo bien del que hayamos podido disfrutar en el tiempo que se nos ha dado en esta tierra.

No perdamos fuerzas ni energías en lugares inadecuados. Sepamos estar, desde esta nuestra posición frágil, ante el Dios de todo, ante Su poder, Su Santidad y Sus pensamientos, que no son como los nuestros. Cuando en un enfrentamiento ya hay un ganador, hay también un perdedor, y el saber estar obliga a saber también retirarse a tiempo de una contienda inútil, por mucho que a nuestro orgullo, prepotencia y autosuficiencia humanos les cueste.

http://protestantedigital.com/magacin/34527/Dios_en_el_banquillo

Ellacuría vive

Publicado: noviembre 14, 2014 en Cultura, Teología

La influencia del filósofo y teólogo se mantiene en su obra 25 años tras su asesinato

Ignacio Ellacuría, asesinado el 16 de noviembre de 1989.

«Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos». Fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del ejército salvadoreño. La orden se cumplió el noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados con premeditación, nocturnidad y alevosía seis jesuitas y dos colaboradoras, madre e hija, Elba y Celina, esta de 15 años en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, de San Salvador (UCA). Entre los asesinados se encontraba el jesuita vasco, nacionalizado salvadoreño, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Zubiri y editor de algunas de sus obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, científico social y e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, cuatro dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero, en este caso, convivieron no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia vital.

«Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección», «sanar la civilización enferma», «superar la civilización del capital», «evitar un desenlace fatídico y fatal», «bajar a los crucificados de la cruz» (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.

25 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, de la que es editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión global de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica, editada por su colaborador Antonio González, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Es parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde la década los setenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996, 1999, 2001; Escritos Universitarios, 1999; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004.

En el cuarto de siglo posterior a su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, Cátedras universitarias con su nombre, que demuestran la «autenticidad» de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.

Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, de quienes aprendió a pensar y actuar. Pero su discipulado no fue escolar, sino enormemente creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar. Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto y, en buena medida, los transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.

Teología

Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el «Ellacuría olvidado», en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado, el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital y la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuñó con una aforismo memorable: «Con monseñor Romero Dios pasó por la historia». Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde los análisis políticos y desde su función como mediador en los conflictos. Son tres aspectos que desarrolla José Sols Lucia. El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Jon Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por los empobrecidos

El resultado es una teología posidealista cuyo método no es el trascendental de sus maestros, sino la historización de los conceptos teológicos y el punto de partida, la praxis histórica. La teología de Ellacuría tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que, para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera y el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética.

Filosofía

El objeto de su filosofía es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su pensamiento: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación y unidad de la historia. Su método es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía y la teoría universalista de los derechos humanos. H. Samour, uno de sus mejores intérpretes y especialistas, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Recientemente se está desarrollando una nueva línea de investigación del pensamiento filosófico de Ellacuría: la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:

a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal -biografía- e historia colectiva -el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador (Ricardo Ribera).

b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia (L. Alvarenga).

c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría: «Utopía y profetismo en América Latina» (Tamayo).

d) Su original teoría del «mal común» como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla (Hector Samour).

e) La recuperación filosófica del cristianismo liberador (Carlos Molina).

f) La fundamentación moral de la actividad intelectual y la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico (J. M. Romero).

Teoría crítica de los derechos humanos

Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de la fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto y de una visión desarrollista de de los derechos humanos, y a la elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos (J. A. Senent, A. Rosillo).

El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista (aun cuando algunas de sus primeras obras escritas bajo el discipulado escolar y la influencia de Zubiri tuvieron esa orientación), sino históricamente, en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizonte e iluminar la realidad histórica contemporánea.

 

Conversión de la Iglesia al reino de Dios. Ignacio Ellacuría. Sal Terrae, Santander 1984
Conceptos fundamentales de la teología de la liberación
, 2 vols. Ignacio Ellacuría. Trotta, Madrid 1990
Filosofía de la realidad histórica
.  Ignacio Ellacuría. Trotta, Madrid 1991
El legado de Ignacio Ellacuría. José Sols Lucia. Cuadernos Cristianisme i Justicia, Barcelona 1998
Crítica y liberación. Ellacuría y la realidad histórica. H. Samour. ADG-N LIBROS, València 2013
La realidad histórica del pueblo crucificado como lugar de la teología. Sebastian Pittl. ADG-N LIBROS, 213
Ignacio Ellacuría. Utopía y teoría crítica. J. J Tamayo y L. Alvarenga (dirs.) Tirant lo Blanch, València 2014
La lucha por la justicia. Selección de textos de Ignacio Ellacuría, ed. de J. A. Senent de Frutos, Universidad de Deusto, Bilbao 2013

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/12/babelia/1415808080_942077.html

El discípulo radical, de John Stott

Publicado: noviembre 14, 2014 en Teología

«¿Es la Iglesia quien ejerce señorío sobre Jesucristo, dándose la libertad de editar, de manipular, y de aceptar lo que le gusta y de rechazar lo que no le agrada? ¿O es Jesucristo nuestro Maestro y Señor, de modo que creemos y obedecemos lo que él nos enseña?».

John Stott
John Stott, en una imagen de archivo.

Fragmento extraído del libro ‘Discípulo radical’  de John Stott (Andamio, Certeza Unida, 2012). Puede saber más sobre el libro aquí.

NO AL CONFORMISMO

La primera característica del discípulo radical que quiero presentarle es la de ‘no conformidad’. Quisiera explicar por qué. La Iglesia tiene una doble responsabilidad en cuanto al mundo que nos rodea. Por un lado debemos vivir, servir y testificar en el mundo. Por otro lado, debemos evitar que el mundo nos contamine. En consecuencia, no se trata de preservar nuestra santidad escapándonos del mundo y tampoco de sacrificar nuestra santidad conformándonos al mundo.

 

Portada de ‘El discípulo radical’, de John Stott. / Andamio-Certeza Unida

Tanto el escapismo como el conformismo nos están prohibidos. Este es uno de los temas principales en toda la Biblia: Dios está reuniendo a un pueblo para sí, y nos está convocando a ser diferentes del resto de la gente. ‘Sean santos,’ ordena repetidamente a los suyos, ‘porque yo soy santo’ (por ejemplo, Levítico 11.45; 1 Pedro 1.15–16) (…).

¿Cuáles son las tendencias contemporáneas que amenazan con absorbernos, y a las cuales debemos resistir?

Consideraremos cuatro. En primer lugar, el desafío del pluralismo. El pluralismo sostiene que todos los ‘ismos’ tienen su propia validez y el mismo derecho de recibir nuestro respeto. En consecuencia, rechaza la declaración que hace el cristianismo de su condición única y definitiva, y condena como pura arrogancia la pretensión de convertir a una persona (y a todas) a un sistema al que considera simplemente como nuestra opinión.

¿Cómo deberíamos responder al espíritu del pluralismo? Con gran humildad, espero, y sin atisbo alguno de superioridad personal. Pero debemos seguir declarando el carácter único y definitivo de Jesucristo. Él es único en su encarnación (el único y solo Dios–hombre); único en su expiación (sólo él murió por los pecados del mundo); y único en su resurrección (sólo él venció la muerte). Y debido a que en ninguna otra persona sino solamente en Jesús de Nazaret Dios se hizo hombre (en su nacimiento), cargó con nuestros pecados (en su muerte), y finalmente triunfó sobre la muerte (en su resurrección), Jesús es el único competente para salvar a los pecadores. Ninguna otra persona posee esas calificaciones (…).

Una segunda tendencia ampliamente difundida que los discípulos cristianos debemos resistir es la del materialismo (…). El materialismo es una obsesión hacia las cosas materiales, y esto podría sofocar nuestra vida espiritual. Jesús enseñó que no acumuláramos tesoros en la Tierra, y nos advirtió contra la codicia. Lo mismo hizo el apóstol Pablo, alentándonos a desarrollar un estilo de vida caracterizado por la sencillez, la generosidad, y el contentamiento, y se refirió a su propia experiencia de haber aprendido a estar satisfecho en cualquier circunstancia (Filipenses 4.11) (…).

 

John Stott.

La tercera tendencia contemporánea que nos amenaza y ante la cual no debemos rendirnos es el engañoso espíritu del relativismo ético. Por todos lados las pautas morales están debilitándose. Sin duda está ocurriendo en Occidente. La gente está confundida, y no sabe si queda algún valor absoluto en pie. El relativismo ha penetrado en la cultura y está filtrándose en la Iglesia.

El ámbito en el cual el relativismo resulta más obvio es el de la ética sexual, y el de la revolución sexual que ha venido ocurriendo desde 1960 en adelante. Solía aceptarse universalmente (por lo menos en cualquier lugar donde la ética judeocristiana se tomara en serio) que el matrimonio es una unión monógama, heterosexual, de amor, para toda la vida, y el único contexto dado por Dios para la intimidad sexual. Pero ahora, aun en algunas iglesias, se practica ampliamente la convivencia sin el matrimonio, y se deja de lado el compromiso esencial del matrimonio auténtico; además, se acepta y promueve la pareja con personas del mismo género como una alternativa legítima al matrimonio heterosexual.

Jesucristo llama a sus discípulos a resistir estas tendencias, y en cambio obedecer y conformarse a las pautas por él establecidas. A veces se argumenta que Jesús no habló sobre estas cosas. Pero sí lo hizo. Citó Génesis 1.27 (‘Dios creó al ser humano a su imagen … Hombre y mujer los creó’) y Génesis 2.24 (‘El hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser’), y dio de esa manera una definición bíblica de matrimonio. Después de citar aquellos pasajes, Jesús les dio su respaldo personal al decir: ‘lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre’ (Mateo 19.4–6) (…)

La pregunta esencial que enfrenta la Iglesia es: ¿Quién ejerce el señorío? ¿Es la Iglesia quien ejerce señorío sobre Jesucristo, dándose la libertad de editar, de manipular, y de aceptar lo que le gusta y de rechazar lo que no le agrada? ¿O es Jesucristo nuestro Maestro y Señor, de modo que creemos y obedecemos lo que él nos enseña? (…)

He aquí dos culturas y dos sistemas de valores, dos parámetros y dos estilos de vida. De un lado está el modo del mundo que nos rodea; del otro, está la voluntad de Dios agradable y perfecta que él nos reveló. El discípulo radical tiene pocas dificultades para elegir sus opciones.

Llegamos ahora a la cuarta tendencia contemporánea, el desafío del narcicismo.

En la mitología griega, Narciso era un apuesto joven que percibió su reflejo en una laguna, se enamoró de su propia imagen, y finalmente cayó al agua y se ahogó. El ‘narcicismo’ es el amor excesivo hacia uno mismo, una admiración ilimitada por el propio ser.

En la década de 1970 el narcicismo encontró su máxima expresión en el Movimiento del Potencial Humano, que puso énfasis en la necesidad de la realización personal. En las décadas del ’80 y del ’90, el Movimiento de la Nueva Era se trepó al carro del Movimiento del Potencial Humano. Puede considerarse a Shirley McLaine como su sacerdotisa principal, envanecida de sí misma. Según su concepto, las buenas noticias son las siguientes:

Sé que existo; por lo tanto soy. Sé que existe la fuerza divina; por lo tanto existe. Debido a que soy parte de esa fuerza, soy lo que soy. Esto parece una parodia deliberada de la revelación que Dios le dio de sí mismo a Moisés: ‘Yo soy el que soy’ (Éxodo 3.14).

El Movimiento de la Nueva Era nos convoca a mirar en nuestro interior, a explorar en nosotros mismos por la solución de nuestros problemas. No necesitamos un salvador que venga de otro lugar; podemos salvarnos a nosotros mismos.

Lamentablemente, parte de esta enseñanza ha penetrado en la Iglesia, y algunos cristianos enseñan que no basta con que amemos a Dios y al prójimo sino que debemos amarnos a nosotros mismos. Este es un error, por tres razones.

Primero, Jesús serefirió al ‘primer y gran mandamiento’, y al ‘segundo’, pero no mencionó a un tercero. En segundo lugar, el amor a uno mismo es una de las señales de los últimos tiempos (2 Timoteo 3.2). Y tercero, el significado del amor agape es el sacrificio de uno mismo en servicio a los demás. ¡Sacrificarse uno mismo en servicio a uno mismo sería un total absurdo! ¿Cuál debe ser, entonces, la actitud hacia nosotros mismos? Debe ser una combinación entre la propia aceptación y la propia negación: confirmar en nosotros todo aquello que pertenece a la creación y a la redención, y negar todo aquello que proviene de la caída (…).

Hemos considerado las cuatro tendencias seculares principales que amenazan con envolver a la comunidad cristiana. Ante ellas, se nos llama a practicar un no conformismo radical, en lugar de una mentalidad débil y conformista.

Contra el desafío del pluralismo debemos ser la comunidad que declara la verdad, y defender el carácter único de Jesucristo. Contra el desafío del materialismo, debemos ser una comunidad peregrina que vive con sencillez. Contra el desafío del relativismo, debemos ser una comunidad de obediencia. Contra el desafío del narcicismo, debemos ser una comunidad de amor (…).

¿Qué debemos ser, entonces, los cristianos, si no debemos ser como los juncos, ni como los peces muertos, ni como los camaleones? ¿Es la Palabra de Dios solamente negativa, indicándonos que debemos evitar ser conformados a quienes nos rodean en el mundo? No. Su Palabra es positiva. Debemos ser como Cristo, ‘transformados según la imagen de su Hijo’ (Romanos 8.29).

 

http://protestantedigital.com/cultural/34476/El_discipulo_radical_de_John_Stott

Jesús aún hoy habla con autoridad

Publicado: octubre 25, 2014 en Iglesia, Teología

El 31 de octubre se cumplirán 497 años de la Reforma Protestante. Se recuerda ese día al clérigo católico romano Martín Lutero que, a costa de la excomunión papal y la condena de muerte, hizo públicas sus 95 tesis contra la corrupción eclesiástica reinante. Las ‘Cinco Solas’ son las frases que resumen su legado.

El Evangelista Mateo viene de narrar el llamado de Jesús a los que el Padre le había dado para que fuesen sus discípulos íntimos1; entonces, cierra el capítulo cuatro con esta información:

«Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.» 2

El capítulo 5 del Evangelio según Mateo comienza definiendo claramente una situación que no nos resulta extraña en nuestra época de movilizaciones masivas, pero que sí lo fue en el siglo I de nuestra era; más aún en el contexto histórico en el cual ministraba el Maestro de Galilea.

«Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.» 3

Permítame el lector contrastar el relato con estos tiempos que vivimos, tan marcados por un desmedido afán de notoriedad instalado en todas las actividades humanas como una necesidad básica más. Esta realidad, estudiada por sociólogos y psicólogos sociales, es aprovechada por empresas líderes para elaborar estrategias de venta e incrementar sus beneficios.

Los que nos ocupamos de las mayorías sin voz y de los reclamos de las minorías movilizándose para ser escuchadas, también denunciamos la ilimitada ambición de liderazgo de los codiciosos. Tomamos partido por los primeros y nos oponemos a las maniobras de los segundos.

Sin embargo, es necesario decir que la patología urbana más contagiosa es aquella que nos hace creer que el mundo gira alrededor nuestro; que todo es según como yo lo vea, sea como individuo o como parte de un colectivo determinado. Desde este contexto, intentando ser objetivos y utilizando los parámetros actuales, cualquiera podría preguntar

¿Por qué razón Jesús no aprovechó la fama que tenía para conducirse como un líder natural?

Jesús no buscaba a la gente, era seguido por ella. ¿No es eso clave para ser un líder poderoso?

En lugar de ello, Jesús da la espalda a la multitud, sube al monte y se sienta. Hay quienes ven en esto una interesante relación con el significado que tenían los montes en el pueblo de Israel4. Entonces llegan tras él sus discípulos; sin descansar, el Maestro inicia su doctrina:

«Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.» 5

Escribí algo sobre ‘las bienaventuranzas’6 a fines del año pasado; pero este no es justificativo para afirmar que ya no hay más que pueda decirse sobre ellas; lo contrario es lo correcto. Amigos que buscan la verdad solo en la Palabra revelada al hombre en la persona de su Hijo Jesucristo me dan prueba de ello.

No soy el único que, al leer las ‘bienaventuranzas’ con la mente y el corazón dispuestos, descubre en ellas aspectos más profundos de la verdad. Este privilegio ocurre con los que escudriñan la Palabra revelada sin condicionarla con credos, dogmas u otras formas impuestas por hombres – por bien intencionadas, tradicionales y muy institucionalizadas que sean – ya que las riquezas de este tesoro que nos ha regalado Dios son insondables7.

Puede que la experiencia de otros contribuya a mejorar nuestra relación con la Escritura; pero es la de primera mano la que sacia la sed del espíritu; así como las aguas de un manantial refrescan y renuevan al sediento y fatigado caminante.

Los que no entienden o repiten mal el Evangelio son aquellos que usan el método deductivo; van de lo particular a lo general y, sin cotejar el texto con el resto de las Escrituras, en su apuro por sacar conclusiones no respetan el Plan de Redención de Dios revelado en la Biblia y niegan el principio inviolable por el cual toda Escritura es explicada por la Escritura.

Porque el Evangelio es poder de Dios para salvación a todos los que creen en Jesucristo8, podemos decir sin temor a error que ningún agente terrenal – por santo que fuere – tuvo, tiene, o tendrá autoridad para salvar al pecador. El poder de salvar pertenece solo a Dios.

La única santa iglesia católica y apostólica9, el cuerpo en la tierra cuya Cabeza está glorificada, da testimonio de ese poder a través de cada uno de sus miembros que viven fieles al Evangelio en su casa, en el lugar de trabajo o estudio, en los sitios de esparcimiento, en hospitales y cárceles, en la calle y en los lugares de culto.

 

¿QUÉ NO SON LAS ‘BIENAVENTURANZAS’?

Siguen algunas reflexiones propias y ajenas sobre lo que muchas personas piensan acerca de las ‘bienaventuranzas’.

1. Consejos simples de entender. Hay personas que leen mecánicamente, una y otra vez, y se quedan en la superficie del texto. No entienden que haya algo más que párrafos, frases, palabras, letras en blanco y negro. No captan el espíritu de la enseñanza. El apóstol Pedro hace una referencia a esta tendencia respecto de los que leían las cartas del apóstol Pablo sin entenderlas10.

2. La confirmación de una teoría. Es ir a la Biblia como quien va a encontrar en ella aquello que le ha venido a la mente y ha adoptado como idea fuerza propia. «Nos acercamos a la Biblia con dicha teoría, y todo lo que leemos queda coloreado por ella» – dice Lloyd Jones11. ¿Acaso no somos tentados a hacer eso? Por los que cayeron en el pasado ante esa tentación nacieron las herejías que luego se transformaron en tradiciones y se enseñan hoy como dogma de fe.

De los herejes, dice el citado autor: «No debería pensarse que eran hombres que se propusieron expresamente equivocarse y enseñar algo erróneo; se cuentan más bien entre los hombres más sinceros que la Iglesia ha tenido.»12

Lamentablemente, la sinceridad no es suficiente. Podemos estar sinceramente equivocados. Los que tienen una fe sincera en una teoría bíblica propia o en un dogma histórico pueden estar confiando en una herejía. Van a la Biblia para probar que es verdad aquello que creen. No escuchan a la Palabra, le hacen decir a ella lo que ellos dicen y creen.

3. La enseñanza de una Nueva Moral. Lo afirman los que sostienen que, en realidad, «el Sermón del Monte es lo único importante en el Nuevo Testamento, que en él está el fundamento del llamado evangelio social»13, como definió el ya mencionado predicador. Entonces dicen que así es como deben vivir todos los hombres y que esas enseñanzas morales han de ser inculcadas a todos para que el mundo sea un mundo mejor. Suena lindo.

¿Quién no quisiera vivir en un mundo mejor que este que estamos destruyendo entre todos?

Sin embargo basta con leer las dos primeras bienaventuranzas para dar por tierra con esa presunción. ¿Quién desea hoy ser ‘pobre en espíritu’ y ‘llorar’ todo el tiempo a causa de necesidades insatisfechas?

Las dos terceras partes de la población mundial padecen ya a causa de los ambiciosos sin límites, ¿bastaría con enseñar moralidad pública para acabar con ese flagelo? No, el ser humano no puede cambiar al ser humano para hacerlo mejor. Lo contrario es la evidencia.

4. Una versión elaborada de los diez mandamientos. Durante su ministerio terrenal Jesús desnudó la hipocresía de fariseos y escribas que interpretaban mal la Ley que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés. Basándose en este hecho hay quienes afirman que las ‘bienaventuranzas’ explican la ley mosaica de manera más elevada que aquellos falsos maestros.

Este punto de vista lo tienen quienes intentan cumplir con la Ley. Es la base de un legalismo renovado que basa la salvación del pecador en sus buenas obras. Para ellos lo que el Señor está enseñando es que el ser humano puede y debe salvarse a sí mismo.

Nada más falso, pues deja a la Gracia de Dios en el desván de los objetos en desuso.

5. La proclama del Reino de Dios. Una fuerte corriente aún enseñada en muchas iglesias evangélicas es la del ‘dispensacionalismo’, que afirma que el Sermón del Monte está dirigido a los judíos, no a los cristianos; y que, como lamentablemente ocurrió, los judíos no lo recibieron.

En otras palabras: que por culpa de los judíos Jesús no pudo establecer el Reino, fue acusado de sedicioso e impostor y fue crucificado como malhechor. Dicen aquellos que la iglesia remplazó al Reino hasta que Dios le ponga fin a esta era cuando el Señor glorificado regrese a la tierra, instaure el Reino milenial y ponga en vigencia el Sermón del Monte.

Esta postura queda desarticulada cuando leemos las Bienaventuranzas en el contexto de los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo y de todo el NT. En ellos leemos que el Reino ya está entre nosotros14 por la obra realizada por Jesucristo una vez y para siempre15; pero que aún no ha llegado a manifestarse en su plenitud, motivo por el cual oramos ‘Venga Tu Reino’16.

Entonces, ¿qué son en realidad las Bienaventuranzas?

Esto veremos en nuestra próxima entrega, si el Señor así lo permite.

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Notas

Ilustración: Las cinco frases en latín comienzan con el vocablo que en nuestro idioma significa ‘solamente’. Este autor desea destacarlas relacionándolas con su base bíblica haciendo notar que las negritas son suyas. Es importante recordar que, así como las 95 tesis deben analizarse en su conjunto, ‘las cinco solas’ no deben aislarse al ser analizadas una por una; sino, pensarlas y expresarlas juntas e inseparables: Solamente Escritura, Gracia, Fe, Cristo, a Dios la gloria.

Solamente Escritura: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.» 2ª Timoteo 3:16,17.»Me postraré hacia tu santo templo, y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas.» Salmo 138:2.

Solamente Gracia: «para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,

Efesios 1:6-8. «Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo.» Romanos 5:15.

Solamente Fe:” Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.“ Romanos 1:17. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.» Romanos 5:1,2.

Solamente Cristo: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.» 1ª Timoteo 2:5,6. «Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.» Colosenses 2:9,10.

Solamente a Dios la gloria: «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.» Romanos 11:36. “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.» 1ª Corintios 10:31. «Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.» Apocalipsis 1:5,6.

1. Juan 17:6-9

2. Mateo 4:24,25.

3. Ibíd. 5:1a

4. El vocablo ‘monte’ está ligado a aspectos centrales de la cultura semítica. Dos ejemplos: la Ley fue dada a Moisés en el monte Sinaí; el Templo de Salomón estaba en el monte Sión. El monte simboliza el sitio desde donde Dios se manifiesta y se comunica con la humanidad. Jesús, lleno del Espíritu de Dios, se sienta en ese lugar para asumir la autoridad que tiene por ser hombre y Dios al mismo tiempo. Los símbolos del pasado dan lugar a la realidad presente; con Jesucristo ya no hay necesidad de intermediarios entre Dios y los hombres. La gente tiene ahora alguien que abogue por su necesidad.

5. Mateo 5:1b – 11

6. Serie ‘Prosperidad y Evangelio’ (VIII, IX y X), Agentes de Cambio, Magacín 2, 7 y 15 de diciembre de 2013.

7. Job 5:9; Romanos 11:33; Efesios3:8.

8. Romanos 1:16:»Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.» (Negritas del autor)

9. El autor ha escrito quince (15) artículos sobre ‘la única santa iglesia católica y apostólica’ (en su serie ‘La iglesia y los lugares de culto’) 30/12/12 al 06/04/13, en este medio.

10. 2ª Pedro 3:15,16.

11. ‘Estudios Sobre el Sermón del Monte’ por D. Martyn Lloyd-Jones, Pastor, Iglesia Westminster, Londres; cap. I y II.

12. Ibíd. 12.

13. Ibíd. 12.

14. Mateo 10:7; 12:28;Marcos 1:15; 9:1; 11:10; 12:34; 14:25; Lucas 9:27; 10:9,11; 11:20; 12:32; 17:21; 19:11; Juan 3:3,5; Hechos 1:3-7; 14:22; 28:31; 1ª Corintios 15:24,50; Colosenses 4:11; Santiago 2:5; Apocalipsis 1:9; 12:10.

15. Hebreos 9:27,28; 1ª Pedro 3:18.

16. Mateo 6:10; Lucas 11:2.

 

http://protestantedigital.com/magacin/34287/jesus_aun_hoy_habla_con_autoridad

María no es mediadora con Dios

Publicado: octubre 17, 2014 en Teología

Mariología católica (2)

Trataremos cuatro puntos: 1) la Asunción de María; 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.
Virgen María

¡Saludos de nuevo, queridos!

Si no leísteis la primera parte de nuestro estudio sobre la Mariología de la Iglesia Católica Romana, podéis hacer clic en este enlace:

La semana pasada negamos la idea de que María es la Madre de la Iglesia (como enseña erróneamente la pregunta 196 de la última edición del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta semana vamos a seguir estudiando la pregunta número 197.

Repetiremos el método de la semana pasada, empezando con la cita textual del Compendio oficial y luego presentando una crítica evangélica a dicha cita.

Arranquemos, pues con la 197.

#197: ¿Cómo ayuda la Virgen María a la Iglesia?

Después de la Ascensión de su Hijo, la Virgen María ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia. Incluso tras su Asunción al cielo, ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad y ejerciendo sobre ellos un influjo salvífico, que mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo. Los fieles ven en María una imagen y un anticipo de la resurrección que les espera, y la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora.

Bueno, amigos, ¿qué puedo decir? ¿Por dónde comienzo? Por lo menos la pregunta 197 del Compendio empieza bien. ¡Menos mal! Es cierto que después de la Ascensión de Cristo que María, “ayudó con su oración a los comienzos de la Iglesia”. Hechos 1:14 relata claramente que, “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Así es. María oró. Y fue llena con el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés con otros 119 discípulos. Pero después de la primera frase de la pregunta 197, veréis que las cosas se deterioran bastante.

Hoy dividiremos la pregunta 197 en cuatro partes: 1) la Asunción de María (y María como una imagen y un anticipo de la resurrección); 2) la intercesión de María; 3) el influjo salvífico de María; 4) invocando a María.

1.- LA ASUNCIÓN DE MARÍA (y María como una imagen y anticipo de la resurrección)

La pregunta 197 une la Asunción de María con la noción de que es “una imagen y un anticipo de la resurrección”. La referencia aquí a la resurrección no tiene que ver con la resurrección de Cristo, sino con la resurrección general que ocurrirá cuando el Señor vuelva. María, entonces, es un prototipo de lo que pasará con los creyentes en el futuro. O eso dicen.

¿Qué es la Asunción? Es la doctrina de que María ascendió al cielo corporalmente de la misma forma que el Hijo de Dios. En el caso de Jesús, se llama Ascensión. Y en el caso de María, Asunción. ¿Y dónde se enseña semejante idea en el Nuevo Testamento? Por ningún lado desde luego. Se trata de un invento de la Iglesia Católica, establecido como dogma por Pío XII en su constitución apostólica Munificentissimus Deus en noviembre 1950.

Es verdad que María, en cierto sentido, es un modelo de lo que sucederá con los creyentes cuando mueran pero según la enseñanza apostólica, el auténtico prototipo de la resurrección general no es María, sino Jesús (1 Corintios 15:20-23). La razón es la siguiente: a María le pasó lo mismo que a todos los creyentes que se murieron después de la resurrección del Señor. Su alma pasó directamente a la presencia de Dios, esperando el Gran Día de la resurrección general cuando su alma será reunida con su cuerpo glorificado. Jesús, sin embargo, ya tiene su cuerpo glorificado. Por lo tanto, Cristo es el verdadero patrón de la resurrección corporal; no María.

2.- LA INTERCESIÓN DE MARÍA

Como ya vimos, la pregunta 197 empieza enseñando que María oró a los comienzos de la Iglesia, lo cual está muy bien y correcto. Sin embargo añade que “ella continúa intercediendo por sus hijos, siendo para todos un modelo de fe y de caridad”.

Indiscutiblemente María es una mujer digna de ser imitada por su fe  y caridad. De eso no hay duda. Pero ¿de dónde saca el Catecismo la idea de que María sigue intercediendo ahora? ¿Y qué pasaje bíblico implica que somos sus hijos? Respuesta: ninguno.

Por un lado, no sabemos si María sigue intercediendo ahora o no. Hay tres pasajes en el Nuevo Testamento que hacen mención de las palabras de los difuntos en la presencia de Dios, a saber, Lucas 16:25-31, Apocalipsis 6:9-11 y 7:9-10. El primero es el episodio del rico y Lázaro cuando Abraham rehúsa ayudar al rico condenado en el Hades. El segundo revela que los mártires claman por venganza: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Apocalipsis 6:10) y el tercero registra sus alabanzas, “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Pero no hay ningún pasaje que hable de la intercesión de María por nosotros. Según la Biblia el único que intercede por nosotros en el cielo es el Señor Jesucristo (Romanos 8:34). Y lo precioso es que sabemos que Dios siempre le oye (Juan 11:42). Nuestra fe, pues, está puesta en la intercesión de Cristo por nosotros; no en aquélla de María.

Por otro lado, la Biblia tampoco nos llama hijos de María. Somos hijos de Dios, hijos de Abraham, hijos de luz. Pero el concepto de hijos de María no existe en las Escrituras. Repetimos lo que aprendimos la semana pasada, “María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia”. Podemos seguir su ejemplo de fe y de caridad de la misma manera que seguimos los ejemplos de Job o de Ester; pero esto no quiere decir que seamos sus hijos en ningún sentido salvífico.

3.- EL INFLUJO SALVÍFICO DE MARÍA

Además de interceder por nosotros, el Compendio apunta que María ejerce “un influjo salvífico” sobre nosotros, el cual “mana de la sobreabundancia de los méritos de Cristo”. ¿Qué quiere decir eso?

Francamente es difícil saber exactamente a qué se refiere el Catecismo con ese lenguaje tan ambiguo. De nuevo, no apela a ningún texto bíblico. Y da la impresión descaminada de que María sea el canal entre Cristo y los creyentes. Es como si María aplicase el mérito de Cristo a nosotros.[1] En tal caso, la madre del Señor llegaría a ser una especie de mediadora entre nosotros y el Mediador Jesús.

De acuerdo con la teología protestante, el que aplica la obra salvadora (o el mérito) del Señor a nuestro corazón no es María, sino el Espíritu Santo. Dios nos envía el Espíritu de su Hijo con el fin de salvarnos (Gálatas 4:6). Es por medio del Espíritu que clamamos, “Abba, Padre” no “María, Madre”. El Catecismo coloca a María en el lugar que corresponde al Espíritu de Dios. Es el Espíritu –no María- obrando a través de la Iglesia, que ejerce un influjo salvífico sobre nuestro mundo. Y es el Espíritu –no María- que nos sumerge en la bendita salvación de Cristo. La salvación, al fin y al cabo, está exclusivamente en las manos del Señor.

4.- INVOCANDO A MARÍA

A nivel teológico la última parte de la pregunta 197 es catastrófica, ¡pero catastrófica! Comete el error de conceder obras a María que corresponden únicamente a Dios. Pone que los creyentes, “la invocan como abogada, auxiliadora, socorro y mediadora”. Aquí no hay ambigüedad ninguna. Es imposible malinterpretar esta frase.

Está el gran problema de “invocar a María”. ¿Cómo es posible que un creyente ore a la Virgen? María es una simple criatura; no es Dios. Estaría ella horrorizada si supiera que tantos millones de creyentes usan su nombre para usurpar la sola potestad del Señor. María no constituye un puente entre Dios y nosotros. Era una mujer pecadora salva por la pura gracia de Dios. Si María estuviera con nosotros hoy, nos diría que oremos a Dios. Bajo ningún pretexto podemos orar a María.

Una vez más, es llamativa la ausencia de cualquier texto bíblico para invocar a la Virgen. El Compendio dice que María es nuestra “abogada” donde la Biblia dice que el Hijo es nuestro abogado ante Dios (1 Juan 2:1). El Compendio enseña que María es nuestra “auxiliadora” donde la Biblia enseña que Dios es nuestro auxilio (Salmo 46:1). El Compendio proclama que María es nuestro “socorro” cuando la Biblia proclama que el Señor es nuestro socorro (Salmo 63:7). El Compendio predica que María es nuestra “mediadora” cuando la Biblia predica que Jesús es el mediador (1 Timoteo 2:5).

¿Qué, pues, será? ¿El Catecismo o la Biblia? ¿A cuál haremos caso? ¿A cuál seguiremos?

CONCLUSIÓN

Continuaremos con la pregunta 198 la semana que viene. Pero antes de finalizar este artículo, recapitulemos lo que hemos aprendido hoy:

1.- La doctrina de la Asunción es un invento católico y el verdadero prototipo de la Resurrección general no es María sino Jesús.

2.- La Biblia no enseña que María intercede por nosotros y tampoco nos llama sus hijos.

3.- María no ejerce ningún influjo salvífico sobre nosotros puesto que el que aplica el mérito de Cristo a nuestro corazón es el Espíritu de Dios.

4.- Bajo ningún pretexto podemos dirigirnos a María en oración.

Así vemos que la pregunta 197 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica no disfruta del respaldo bíblico.

¡Nos vemos la semana que viene para la tercera parte de nuestro estudio!

 

[1] ¿Qué es el mérito? La pregunta 426 del Compendio contesta, “El mérito es lo que da derecho a la recompensa por una obra buena. Respecto a Dios, el hombre, de suyo, no puede merecer nada, habiendo recibido todo gratuitamente de Él. Sin embargo, Dios da al hombre la posibilidad de adquirir méritos mediante la unión a la caridad de Cristo, fuente de nuestros méritos ante Dios. Por eso, los méritos de las buenas obras deben ser atribuidos primero a la gracia de Dios y después a la libre voluntad del hombre”.

 

http://protestantedigital.com/magacin/34081/Maria_NO_es_mediadora_con_Dios


Mariología católica (1)

El Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

Virgen María

Nueve eurillos. Bueno, 8,50€ para ser más exacto. Eso es lo que me costó la última edición del Catecismo de la Iglesia Católica. Bueno, el Compendio del Catecismo para ser más exacto.

Lo encontré en una visita reciente a la ciudad de Castellón, ubicado en la estantería más alta de la sección de Religión en Casa del Libro. Cuando vi el precio, ¿cómo resistirlo? ¿Cómo no comprarlo? Es como si el libro me hubiese mirado susurrando: “Te he estado esperando. Sé que tienes veinte pavos en tu bolsillo. No te detengas más. ¡Cómprame!” Como chico obediente que soy, hice caso a su mandato. Razono que hay respetar a todos. ¡Hasta a los libros hablantes!

No tardé mucho en llegar a la casa de mi cuñada aquella tarde con unas ganas impresionantes de devorar el contenido del libro. Siempre había tenido que consultar la versión digital del Catecismo cuando quería enseñar sobre el Catolicismo.

El problema es que el Catecismo online –es decir, la versión completa- está dividido en casi 3.000 secciones. Bueno, 2.865 para ser más exacto. Y como te puedes imaginar, es bastante difícil encontrar el tiempo libre como para leerlo todo cuidadosamente.

Así que cuando leí el prefacio del Compendio en el cual Benedicto XVI explicó que mi nuevo libro se trataba de “una síntesis fiel y segura del Catecismo”, me sentí más contento que un pato en el agua.

¿Por qué? Porque el Compendio sólo tiene 598 secciones. ¡Qué alivio! Y no te olvides: todo por menos de nueve euros. ¿Qué más podría pedir de un libro? Económico, interesante, teológico, conciso y parlante. Vamos, estuve más feliz que una perdiz con regaliz en su nariz.

Cogí un boli, respiré a fondo, abrí a ‘Cate’ (seguro que no soy el único que pone nombres a sus libros), y empecé a leer…

Y a leer…

Y a leer…

Y a comer un poco y a lavarme la cara…

Y a leer de nuevo…

¿Y el resultado? Bueno, justo como esperaba. Había cosas buenas, cosas no tan buenas y cosas francamente espantosas. Es precisamente sobre una de esas cosas horripilantes que quiero compartir en mi artículo de hoy, a saber, la Mariología (o en términos sencillos, la doctrina de María).

El Compendio dedica cuatro artículos a la Mariología (números 196-199). Lo que voy a hacer, pues, es simplemente citarlos y luego presentar un análisis crítico de cada uno de ellos desde una perspectiva evangélica. Citaré el primero esta semana (196) y los restantes tres (197-199) a lo largo de las siguientes semanas.

¿Listo? Aquí va.

#196: ¿En qué sentido la Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia?

La Bienaventurada Virgen María es Madre de la Iglesia en el orden de la gracia, porque ha dado a luz a Jesús, el Hijo de Dios, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Jesús, agonizante en la Cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19:27).

Como puedes leer, el Catecismo razona que María es Madre de la Iglesia por dos razones: 1) dio a luz a Cristo y 2) Juan 19:27.

1.- Dio a luz a Cristo.

Evidentemente, dar a luz al Hijo de Dios no es poca cosa. Pero Jesús explicó en Marcos 3:35 que cualquiera que hiciera la voluntad de Dios, “éste es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. A nadie, pues, conocemos según la carne (2 Corintios 5:16). ¡A María tampoco! Los evangelios apenas mencionan a la madre de Jesús. Y las epístolas no dicen absolutamente nada acera de ella. En ningún lugar se habla de ella como Madre de la Iglesia.

Cristo corrigió a una mujer en Lucas 11:28 cuando ella dijo: “Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. El Señor le respondió: “Antes bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”. De hecho, en dos ocasiones cuando Jesús habló con su madre, vemos cómo la reprende a ella también (aunque suavemente). Como joven le preguntó, “¿No sabíais que yo debo estar en los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:49). Y en las bodas de Galilea, le dice, “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora” (Juan 2:4). María, claro está, no era ninguna figura infalible.

Siguiendo la lógica católica tocante al “orden de la gracia”, ¿por qué no podría ser Sara, mujer de Abraham, Madre de la Iglesia? La promesa de bendición universal (es decir, el orden de la gracia) inició con su vientre. ¿O por qué no la mujer de Noé? Incluso podríamos remontarnos a los días de Eva y preguntar, ¿por qué no podría ser Eva Madre de la Iglesia? ¿Acaso no recibió ella la profecía del Protoevangelio (Génesis 3:15)? María no era nada más que un eslabón en la larga cadena de la salvación. Sí, se trata de una mujer bienaventurada. Amén. Pero Débora también. Ana también. Elisabet también. Las mujeres de Dios del siglo XXI también. La palabra “favorecida” que se usa en Lucas 1:28 para referirse a María también se emplea para describir a todos los creyentes en Efesios 1:6 donde pone que Dios nos hizo “aceptos” –o favorecidos- en el Amado. María, pues, no es la única favorecida por el Señor.

El verdadero protagonista de la Encarnación no es María ni José, sino el Señor Dios Todopoderoso. Él es el Señor de la Iglesia. Y recuerda: el término ‘Madre de la Iglesia’ no se emplea en la Biblia. Se trata de un invento de la Iglesia Católica Romana. Si lees la versión completa del Catecismo digital verás que no cita ningún versículo bíblico correctamente a la hora de defender la maternidad de María tocante a la Iglesia. Menciona a Agustín, a Pablo VI, a Pío XII y Lumen Gentium (uno de los documentos principales del Segundo Concilio Vaticano). Pero no ofrece apoyo escritural. Es por eso que los creyentes evangélicos no podemos aceptar que María sea la Madre de la Iglesia. Tal título concede a la madre de Jesús demasiada importancia.

2.- Juan 19:27.

El único pasaje bíblico que el Catecismo intenta utilizar para justificar la Maternidad de María es Juan 19:27. El texto se lee, “Después Cristo dijo al discípulo (Juan): He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.

Allí está. Juan 19:27. ¿Pero qué es lo que Jesús quiso decir cuando se dirigió a Juan con esas palabras He ahí tu madre? La repuesta es fácil. El Señor quería que Juan cuidara a su madre, María. Estaba asegurándose de que Juan iba a hacerse responsable de ella. Es decir, mientras Cristo estaba colgado en la cruz sufriendo un dolor insoportablemente agonizante, pensaba en el bienestar de su madre. En términos nuestros, Jesús le decía, “Juan, ahora mi madre está en tus manos. Cuídamela bien”.

De ninguna manera Jesús quería decir, “Juan, vete a casa y escribe un Catecismo proclamándola Madre de la Iglesia en mi nombre”. ¡Para nada! El celo católico por María conduce a la distorsión de un texto bíblico tan sencillo. Los ojos romanos ven algo en el versículo que simplemente no está allí. Juan 19:27, por cierto, es el texto que utilizó el Papa Francisco en sus dos encíclicas más conocidas, a saber, Lumen Fidei [La luz de la fe] y Evangelii Gaudium [La alegría del Evangelio], para indicar que María es nuestra Madre también.

Así que una vez más, decimos que no. María no es la Madre de la Iglesia. El apóstol Juan estaría horrorizado si supiera cómo millones malinterpretan su evangelio. Si Jesús hubiera querido enseñar la doctrina de la Maternidad eclesial de María, la habría dejado muy claro en algún momento de su ministerio terrenal. Pero no lo hizo. ¿Por qué no? Porque María es únicamente la madre de Jesús hombre, no de la Iglesia (como enseña Hechos 1:14, texto que fue compuesto después de la ascensión de Cristo).

Seguiremos nuestro estudio la semana que viene, amigos.

¡Hasta luego! Cate os manda un besito…

 

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