Archivos de la categoría ‘Teología’

El culto a la Virgen María

Publicado: febrero 27, 2011 en Iglesia, Teología

César Vidal

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVI) Los protestantes no creen en la Virgen (4)He venido señalando en las últimas semanas cómo resulta totalmente inexacto decir que los protestantes no creen en María. más bien, habría que decir que creen únicamente lo que la Biblia dice sobre María y que no sienten ninguna obligación de creer aquello que no sólo no aparece en la Biblia sino que incluso ha sido creído con el paso de los siglos

La Biblia establece de manera taxativa que sólo se puede rendir culto a Dios. Así, en el Decálogo entregado por Dios a Moisés se afirma: “Yo soy YHVH tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mi. No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas, ni las honrarás” (Éxodo 20, 3-5. Ver también Deuteronomio 5, 6-9).En el mismo sentido la Biblia indica: “A YHVH tu Dios temerás, y a él solo servirás” (Deuteronomio 6, 13).

No deja de ser significativo que el mismo Jesús, tentado por Satanás, repitiera expresamente ese mandamiento:

“Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a El solo servirás culto” (Lucas 4, 8).

Ese servicio sagrado rendido en exclusiva a Dios es una de las características esenciales de la visión espiritual recogida en la Biblia. Frente a la posibilidad de rendir culto a otros seres, Josué afirma que él y su casa servirán a YHVH únicamente (Josué 24, 15-8). Los salmistas insisten en ese servicio que sólo puede dispensarse al único Dios (Salmo 2, 11; 101, 6; etc) y Jesús enseñó que sólo se puede servir a Dios (Mateo 4, 10). Al respecto, no deja de ser significativo que en los escritos apostólicos sólo se hable de culto y de servicio al único Dios y a nadie más (Hechos 20, 19; Filipenses 3, 3; Hebreos 9, 14; 12, 28; Apocalipsis 7, 15). Obedeciendo, pues, el mandato de Dios entregado a Moisés y corroborado por Jesús y los apóstoles, los protestantes sólo podemos y debemos rendir culto y servir al único Dios.

En un intento de justificar el hecho de otorgar culto a otros seres que no son Dios – una acción que la Biblia considera idolatría – el catolicismo ha terminado diferenciando distintas formas de culto como el culto de latría (para Dios solo), el de hiperdulía (para María) y el de dulía (para los santos).

La verdad, sin embargo, es que la Biblia no distingue jamás entre diferentes clases de culto ni afirma que algunas sean lícitas si, en vez de dispensarse a Dios, se dispensan a criaturas. Por el contrario, insiste en que sólo puede servirse y otorgarse culto a Dios y además, de manera explícita, conecta los términos relacionados con la dulía sólo con Dios y jamás con María o los santos. Jesús indica claramente que no se puede servir (doulein) a dos señores –algo que, imaginamos, valdrá para un Señor y una señora– (Mateo 6, 24) y los apóstoles relacionan la dulía única y exclusivamente con Dios (Hechos 20, 19; Romanos 12, 11; I Tesalonicenses 1, 9), lo cual, dicho sea de paso, armoniza totalmente con la enseñanza de la Torah, pero colisiona con la del catolicismo.

Algo semejante hay que señalar en cuanto a la mediación de María y de los santos en que cree el catolicismo. Una vez más, los protestantes nos aferramos al testimonio de la Palabra de Dios. Fue Jesús – y no Lutero, Calvino o cualquier otro teólogo reformado – el que afirmó: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mi (Juan 14, 6)

Sin duda, Jesús hubiera podido señalar que se podía llegar al Padre por otros caminos vg: gracias a la mediación de su madre o de algunos de sus seguidores. Lo que afirmó fue totalmente opuesto a esa posibilidad.

No sólo eso. Además Jesús recalcó que podrían pedir al Padre no en nombre de su madre o de alguno de sus discípulos, sino sólo de él (Juan 14, 13; 15, 16; 16, 24, etc). Esperamos que nuestros amigos y conocidos católicos comprendan que prefiramos seguir las enseñanzas de Jesús al respecto a unas prácticas humanas que no aparecen en las Escrituras y que se han ido perpetuando con el paso de los siglos. Porque ciertamente la iglesia primitiva supo con toda claridad que no había varios mediadores sino uno solo. Así, el apóstol Pablo enseñó taxativamente: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a si mismo en rescate por todos…” (I Timoteo 2, 5-6).

De nuevo, permítasenos obedecer la enseñanza de los apóstoles y afirmar con alegría y esperanza que sólo hay un mediador, aquel que murió en rescate por nuestros pecados – algo que, obviamente, no hizo María ni tampoco ningún santo – y al que podemos dirigirnos con confianza porque es el Sumo pontífice adecuado para nosotros pecadores (Hebreos 2, 14-18; 4, 14-16).

Resumiendo, pues, debemos señalar que respetamos la figura de María e incluso podemos considerar digna de ejemplo su sumisión a Dios su salvador (Lucas 1, 47). De la misma manera, podemos considerar que algunos personajes de la Historia del pueblo de Dios como Abraham, Moisés o Pablo dieron a lo largo de su vida ejemplos de cómo debían comportarse los creyentes.

Sin embargo, no por ello nos resulta menos obvio que, de acuerdo con la enseñanza de la Biblia, sólo se puede rendir culto a Dios y que sólo Cristo es mediador entre El y los hombres.

Salir de esa conducta nos colocaría en una peligrosa situación de distanciamiento de la enseñanza de la Biblia que – pensamos que será fácil de entender – no podemos asumir.

Como antaño señaló Josué, los demás pueden hacer lo que buenamente les parezca, pero nosotros sólo rendiremos culto al único Dios y no a ninguna criatura por buena que haya podido ser (Josué 24, 15).

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (V): lo que los protestantes no creen de María (IV): virginidad perpetua y corredención

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011



Juan Simarro

 

Retazos del evangelio de Dios a los pobres (IX)

“De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”. Texto completo en Mt. 25: 31-46.

Esta es una parte del Evangelio a los pobres que más nos debería hacer reflexionar, ya que no se trata solamente de que dejemos a los empobrecidos, marginados y excluidos tirados al lado del camino sin que seamos movidos a misericordia, como en la parábola del Buen Samaritano, sino que el texto de Mateo 25 nos lleva a la visión de cómo repercute esto en la sensibilidad de Dios mismo. Dios percibe la omisión de la ayuda como si hubiéramos sido inmisericordes con Él mismo. Es la mayor llamada de atención que nos hace el Evangelio a los pobres.

Lo que no hemos hecho por uno de estos que tienen hambre, hemos dejado de hacerlo por el mismo Dios. Jesús, el experto en sufrimiento, se queda también al lado del camino, al lado de los sufrientes del mundo, cuando omitimos la ayuda. Por tanto, podemos dejar también a Dios tirado al lado del camino cuando cometemos el pecado de omisión.

La verdad es que el Evangelio a los pobres que nos deja Jesús suena con una radicalidad tan fuerte a nuestros oídos que, quizás, tenemos problemas para comprometernos en esa forma tan radical que demanda el concepto de projimidad que nos deja Jesús, nos da miedo… podríamos temblar al pensar que nuestras insolidaridades para con el prójimo son insolidaridades para con Dios mismo al que podemos dejar tirado en la estacada. Hiere a nuestra sensibilidad el pensar que estamos dejando tirado a Dios al lado del camino. Nos interpela menos el dejar tirado a nuestro prójimo, pero está en la relación de semejanza que nos habló Jesús.

Quizás es por eso que el cristianismo lo hemos ido adaptando, de forma cómoda, para que nuestra sensibilidad no se sienta tan radicalmente llamada al compromiso. En lugar de esta radicalidad en la línea horizontal del Evangelio a los pobres, en la relación de servicio al prójimo, hemos adoptado una espiritualidad un tanto desencarnada en busca de una relación más cercana con el más allá y con los ángeles, que con el prójimo que gime y grita al lado del camino implorando misericordia. Le damos la espalda en muchas ocasiones, faltando a los deberes de projimidad, sin darnos cuenta que lo que estamos haciendo es dar la espalda a Dios mismo.

Es tanta la responsabilidad y el compromiso actuante que nos demanda, tanto la fe como el Evangelio a los pobres, que nos da miedo de que trastorne todas nuestras comodidades, goces y disfrutes insolidarios. Es como si Jesús fuera demasiado lejos en sus demandas para con el prójimo, pero esto lo vemos en toda la Biblia y se resume con las palabras de Jesús en donde el amor a Dios y el amor al prójimo se ponen en relación de semejanza. Así, pues, en la situación de pobreza en el mundo, o en nuestras ciudades, cuando dejamos al prójimo desnudo, sin albergue y hambriento sin hacer nada y sin ser llamados al compromiso, estamos dejando tirado a Jesús mismo.

Es curioso que lo que el texto nos demanda es cubrir simplemente las necesidades básicas, aunque todo esto bíblicamente sea el comienzo de la búsqueda de la justicia y la denuncia del despojo de los pobres, pero el texto parece que no nos habla de ayudas excelsas, ni de sacrificios ímprobos. Nos habla de dar de comer, vestir, albergar, visitar… Es la importancia de la ayuda asistencial, aunque el proceso culmine con la búsqueda de justicia. Es la línea que va marcando el proceso de puesta en marcha de la solidaridad cristiana en el seguimiento del Evangelio a los pobres.

Esta línea del Evangelio a los pobres nos muestra la importancia y la repercusión de nuestras acciones comprometidas y liberadoras, de nuestros compromisos solidarios y, en su caso, la maldad de la omisión de la ayuda. Es tal la relación y comunión de Dios con los hombres, que la omisión de nuestras acciones de fe, le afectan profundamente. Por eso separa de su lado a los insolidarios y a los que han sido sordos ante el grito de los pobres, ante su dolor, ante su hambre.

Así, el pecado de omisión, tal y como se ve en Mateo 25, es callarse o pasar de largo ante las necesidades de los empobrecidos del mundo, de los tirados en las cunetas por falta de misericordia de tantos que dicen querer servir a Dios. El pecado de omisión, no es sólo un pecado contra el hombre, sino contra Dios. Por tanto, no hay ningún Evangelio que no pase por las líneas del Evangelio a los pobres que nos anunció Jesús. Es lo que dio identidad a Jesús como el Mesías enviado y es lo que da identidad a los auténticos seguidores de Jesús.

Así, pues, a los insolidarios y acumuladores que se ponen vestimentas religiosas y se dan golpes de pecho buscando la espiritualidad cristiana, no los creáis. Si ellos anduvieran por las líneas de la auténtica espiritualidad cristiana, deberían actuar como Zaqueo: repartir los bienes entre los más pobres.

Mateo 25 nos dice que Dios no puede salvar a los insolidarios que, pudiendo, no actuaron y dejaron en el hambre, en la desnudez y en la intemperie a sus prójimos necesitados. Son condenados por esta omisión porque, según estos textos, no es Dios quien los separa de sí, sino que fueron ellos los que dejaron a Dios tirado al lado del camino: “Lo que no hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”.

Esto no quiere decir que la salvación sea por obras. Lo que quiere decir es que la salvación por fe implica una fe viva y actuante que sabe que creer es comprometerse tanto con Dios como con el hombre, con el prójimo.

Señor, no nos dejes gozarnos en el disfrute insolidario, no nos des alegría hasta que no entendamos las líneas que tú nos dejaste en el Evangelio que, siendo para todos, tú nos quisiste hablar de forma específica del Evangelio a los pobres.

Autores: Juan Simarro

© Protestante Digital 2011



Juan Simarro
Retazos del Evangelio a los pobres (VIII)
“Venid, benditos de mi Padre…porque tuve hambre y me disteis de comer”. Texto completo: Mateo 25:31-46.

“Cuando el hijo del hombre venga en su gloria”… entonces será este juicio que será de carácter global: “serán reunidas delante de Él todas las naciones”. Todos serán examinados y sólo habrá dos resultados posibles: el que uno vaya en este examen a la derecha o a la izquierda del Padre. Es el único resultado previsto por Dios. Nadie va a poder eludir este examen. El test que tenemos que pasar es el de si hemos tenido una fe viva, una fe actuante, una fe que obra a través del amor, como diría después el apóstol Pablo. Este examen tiene a los pobres como centro. Está en la línea del Evangelio a los pobres.

Los que se pondrán a la derecha, aprobando el examen, serán los que puedan contestar positivamente a estas preguntas: ¿Ha movido tu fe montañas, te ha movido tu fe al servicio a los pobres, hambrientos, desnudos y sedientos, te ha implicado en la acción de ayuda al prójimo necesitado, tu fe fue tan viva como para moverte a la misericordia, al hacer y buscar justicia a los débiles del mundo… o simplemente estaba muerta? La respuesta si es positiva, nos acerca a Dios, si es negativa nos separa de Él para siempre a la condenación eterna. En el fondo de todo, están los pobres. La fuerza radical y aplastante del Evangelio a los pobres.

 

La radicalidad es clara y definitiva: quien no apruebe este examen perderá la salvación y pasará a la eterna condenación. No podemos apelar a la bondad y al sacrificio de Jesús en la cruz, sin tener en cuenta el concepto de projimidad, de búsqueda de la justicia, del hacer misericordia y actuar en el servicio al necesitado. La influencia del Evangelio a los pobres no queda sólo en la formulación teórica de ser un grupo o colectivo que se nombra de forma específica como destinatarios del Evangelio. El Evangelio a los pobres está lleno de recomendaciones y mandamientos cuyo incumplimiento mata nuestra fe y nos separa de Dios para siempre.Muchas veces nos gustaría tener una fe que nos elevara hacia lo eterno, que nos identificara más con lo angélico, una fe que actúa en nosotros como un simple sentimiento de seguridad, comodidad o gozo en lo sobrenatural, una fe estática, contemplativa y de autogozo, pero la fe nos demanda otras cosas. La fe sin acción se muere y deja de existir. Los que pasen el test, serán los que hayan tenido una fe actuante y comprometida que nos convierte en las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor… Los que han entendido el Evangelio a los pobres.

El examen del juicio de las naciones, en relación con nuestro compromiso con Dios y con el hombre y, fundamentalmente, con el hombre tirado al lado del camino, es el que probará si nuestra fe ha sido genuina. La fe genuina está en línea con el Evangelio a los pobres, con la acción solidaria, con la dignificación de las personas, con la liberación de los oprimidos. El hambre que quitamos, la sed que apagamos, los desnudos que vestimos son todo el icono de una acción liberadora que busca justicia para los pobres y apaleados de este mundo. La fe verdadera no puede quedar quieta y contemplativa ante un mundo empobrecido y lleno de dolor dando la espalda al grito de los pobres del mundo. Esto es un desprecio al Evangelio de Jesús, al Evangelio a los pobres.

El tema central de todo este pasaje, en línea con el Evangelio a los pobres, es el siguiente: Por una parte, Jesús se identifica con nuestras acciones liberadoras, con las acciones solidarias de sus hijos a favor de los pobres, y se siente afectado en su sensibilidad divina por la fe muerta que omite la acción solidaria, que omite la búsqueda de justicia en el mundo. Por otra parte, Dios se identifica también con el apaleado, con el injustamente tratado, con el empobrecido y oprimido, con el despojado por la acumulación injusta y desmedida de los enriquecidos del mundo que agrandan sus graneros pensando solamente en ellos mismos.

Todo esto es así hasta el punto que en esta identificación con estas líneas del Evangelio a los pobres, ya en su forma práctica y actuante en el mundo a través de las solidaridades y el amor de sus hijos, llega a decir las expresiones “a mí lo hicisteis”, en su forma positiva y “a mí no lo hicisteis” en su forma negativa. Dos expresiones que dan cierto miedo cuando pensamos en el juez justo que nos va a examinar nada menos que para aceptarnos y acogernos con él para siempre, ejemplo de salvación eterna, o para rechazarnos y dejarnos en un lugar aparte en una condenación sin remedio, para siempre. En este test, tanto nosotros como la iglesia, nos jugamos la credibilidad ante Dios, el ser o no agentes de liberación o iglesias del reino.

Por tanto, en un Evangelio que tiene a Dios como centro y, en segundo lugar y en semejanza, en un Evangelio que también tiene como centro al hombre, especialmente al hombre apaleado y empobrecido, a los pobres, la nota aprobatoria del test será la siguiente: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino, porque tuve hambre y me disteis de comer… lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”. Has aprobado. Bien buen siervo y fiel. El suspenso, se dirá con estas palabras condenatorias: “apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer… De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”.

El olvido de los pobres, del hombre en su situación de sufrimiento, el ser sordo ante el grito por misericordia y justicia para con los oprimidos y empobrecidos del mundo, separa de Dios. Esa es la dureza del Evangelio a los pobres. Pero tiene su lado dulce, aprobatorio, de acogida y de salvación, para todos aquellos que, en el nombre de Dios, han acogido, alimentado, quitado la sed y vestido a aquellos que siendo nuestros prójimos, han quedado heridos y apaleados, despojados y robados de dignidad y excluidos, tirados como basura al lado del camino… cuando son criaturas o hijos de Dios.

Señor ayúdanos a comprometernos con tu Evangelio, con el Evangelio a los pobres. No nos des disfrute hasta que no nos metamos en estas líneas solidarias de servicio que demanda la visión práctica del Evangelio a los pobres.

Protestante Digital.com


Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (II)

13 de febrero de 2011

Pensar en cómo tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal nos ayuda a seguir el ejemplo de los teólogos de liberación, con una cristología desde abajo que empieza con “la realidad de Jesús de Nazaret, su vida, su misión y su destino”.Durante su vida Jesús estuvo con enfermos. Muchas veces los sanó, pero no siempre, como se ve en el relato del paralítico de Betesda donde sólo uno de la multitud de enfermos alrededor del estanque experimentó sanidad, y que fue no tanto una obra de caridad sino una señal para mostrar que Jesús era el Mesías.Jesús se encontró constantemente con personas necesitadas –lo que incluía enfermos y sufrientes–y tenía compasión de ellos, lo que se manifestaba no solamente en milagros para aliviar el sufrimiento, sino en enseñanza para poder caminar mejor en esta vida con ello. En una ocasión dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.“Los que lloran” tiene que incluir a los enfermos terminales que han perdido su salud y se enfrentan con su propia muerte. La consolación del Buen Pastor es algo práctico que da fuerzas para seguir adelante. Se encuentra la realidad de esto en la visita no planeada de un amigo en un momento de crisis, en la provisión de un/a compañero/a de habitación compatible con el paciente durante una hospitalización, un regalito que llega en un momento de depresión o la intervención a tiempo cuando ha habido una equivocación en el tratamiento.

En cierto sentido, Jesús de Nazaret ha ido delante del enfermo terminal abriendo camino. Durante su corta vida tenía muy claro su destino: la cruz; pero andar hacia ella no fue fácil como se ve en su lucha en Getsemaní. Delante estaba el maltrato, los azotes, las heridas, la falta de sueño, la impotencia, el dolor y por fin, después de mucho sufrir, la muerte. No es para sorprenderse que quisiera escapar de ello y por eso la oración: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa … pero no sea como yo quiero, sino como tú”.

Fue una oración no contestada en que no consiguió su propia voluntad. Al contrario, logró entregarse voluntariamente al Padre para cumplir su plan a favor de toda su creación. Nadie ha llegado a tanto sufrimiento como el Hijo cuando llegó a experimentar el abandono del Padre. A la vez el Padre, quien entregó su Hijo para este fin, sufría con el dolor de un padre amante por la pérdida de su hijo, y no solamente por su Hijo sino por todos los seres humanos, dado que fue “hecho por nosotros maldición”. De esta manera llega a ser “el Dios y Padre de los abandonados” entre los cuales se pueden incluir los enfermos terminales.

Es por eso que a través de la cruz pueden encontrar la presencia consolador del Padre y además encuentran la verdad de que “Cristo, volcado a nosotros y abandonado en su muerte por nuestra causa, es el hermano y el amigo al que todo podemos confiar porque él todo lo conoce y padeció todo lo que nos puede afectar… y mucho más.”

Al pensar en los sufrimientos de Jesús, un tipo de espiritualidad mística que se encuentra en Rusia, puede ser de ayuda. Es una manera de entender toda la vida como consistiendo tanto de lo bueno como de lo malo totalmente mezclado. Así no se puede ni se debe escapar del sufrimiento –tan íntimamente entretejido con lo bueno—sino que hay que participar en ello para poder conocerlo y verlo transformado. Tenemos el ejemplo supremo de esto cuando vemos a Jesús muriendo en la cruz. Su muerte –la entrega del bueno al malo–permite la victoria sobre la muerte. Es el camino que ofrece a sus seguidores cuando les dijo: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.Él va delante de los que le siguen en este camino rocoso y difícil, pero a la vez viene hacia ellos para unirse a su participación en el sufrimiento de este mundo. Así la presencia de Dios es la guía y la seguridad del enfermo terminal.

Artículos anteriores de esta serie:
1. Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (1)

Autores: Judith Buchanan
© Protestante Digital 2011

La Inmaculada Concepción

Publicado: febrero 18, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

César Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XV) Los protestantes no creen en la Virgen (3) 

En las últimas semanas he examinado sucintamente cómo el mito de que los evangélicos no creen en María no se corresponde con la realidad. Los protestantes creen sobre María todas y cada una de las palabras que contienen las Escrituras. Llegados a este punto, debe señalarse que no se sienten obligados a creer nada más, pero en ellos – y seguramente sorprende.

Una de las creencias más populares – ciertamente, dogma – del catolicismo acerca de María es la de su inmaculada concepción. En breve, la creencia señala que María no nació con la marca del pecado original, una circunstancia única ya que no se da en ningún otro ser humano. Las Escrituras, desde luego, no contienen la menor mención a ese dogma y, a decir verdad, lo que enseñan de manera terminante es que TODOS – sin excepción alguna – pecaron y están destituidos de la gracia de Dios (Romanos 3:23-24), situación de la que sólo se puede salir mediante la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo (Romanos 3:25 ss). 

Ni que decir tiene que cualquier católico medianamente instruido – insisto: medianamente instruido – sabe que la salutación del ángel a María contenida en Lucas 1:28 no significa que María no cometiera nunca pecado sino, simplemente, que Dios la favorecía al elegirla para concebir al mesías. Al respecto, no deja de ser significativo que en un interesante tratado de mariología el sacerdote católico J. M. Carda afirme: “La Sagrada Escritura no habla de los orígenes históricos de María ni alude expresamente a privilegio alguno en su concepción” (El misterio de María, Madrid, 1986, p. 55) o que señale que la referencia angélica de Lucas 1:28“no indica por si mismo una plenitud de gracia, como la indica, en cambio, la expresión pleres kharitos que se aplica a Cristo (cf. Juan 1:14)… La palabra dirigida a ella por el ángel significa sencillamente agraciada” (Idem, Ibidem, p. 56). No hace falta decir que los evangélicos compartimos ese punto de vista porque es el correcto que se desprende de la Biblia y del conocimiento de la lengua griega. Baste decir que en Efesios 1:6 se califica a los creyentes en general con el mismo término que a María en Lucas 1:28 y hasta donde yo sé no creo que nadie piense que hemos nacido sin la marca del pecado original.

De hecho, no deja de ser curioso que la primera referencia a que María no hubiera nacido sin la marca del pecado original no tuvo lugar hasta el s. V y la sostuvo… un hereje. Se trataba de Julián de Eclana, un miembro de la secta de los pelagianos, que negaba los efectos del pecado original en la especie humana. Para el hereje, María no podía haber cometido nunca pecado. Agustín de Hipona, respondiendo al herético Julián, señaló que si María se había visto libre de pecado no se debía a haber nacido sin él, sino a que había nacido de nuevo como señalaba Juan 3. No deja de ser curioso que cerca de un milenio después la iglesia católica proclamara dogmáticamente la posición del hereje y rechazara la de Agustín de Hipona. La Historia del catolicismo – sin duda, apasionante – abunda en episodios semejantes.

En el s. VIII, comenzó a celebrarse por primera vez – y en Oriente – el nacimiento de María, pero, de manera bien reveladora, no se hizo ninguna referencia a que el mismo hubiera tenido lugar sin pecado y lo mismo sucedió cuando esa fiesta llegó a Occidente nada más y nada menos que en el s. XII.

En otras palabras, durante más de un milenio las iglesia mantuvieron una posición sobre este tema mucho más cercana al protestantismo que al catolicismo actual. Sí, fue mucho más de un milenio porque todavía en el s. XIII, el famosísimo Tomás de Aquino, autor de la Summa Theologica, negaba la Inmaculada concepción por cierto sin que sobre él recayeran sanciones eclesiásticas. Así, en su Brevis Summa de fide dedicada a su compañero Fray Reinaldo, Tomás de Aquino escribió: “Ciertamente (María) fue concebida con el pecado original, como era natural… Si no hubiera sido concebida con pecado original, no habría necesitado ser redimida por Cristo y, de ser así, Cristo no sería el Redentor universal de los hombres, lo que derogaría la dignidad de Cristo” (CCXXXII bis. Hay traducción española: Compendio de teología, Barcelona, 1985).

Desde luego, no deja de ser revelador que en este tema, Tomás de Aquino sostuviera una posición similar a la del protestantismo… y totalmente contraria con el catolicismo actual. Al respecto, es significativo que cuando la mencionada obra se editó en castellano en 1862, el traductor, Carbonero y Sol, se permitiera omitir el párrafo que tan mal casaba con la enseñanza católica. Como prueba de falta de honradez intelectual y sectarismo, estuvo bien; como señal de amor a la verdad, resultó deleznable.

A finales del s. XIII, Duns Scoto hizo todo lo posible por imponer la creencia en la inmaculada concepción, pero su éxito fue limitado. El papa Sixto IV – franciscano como Scoto – se negó a apoyarla insistiendo en que nada había sido establecido todavía al respecto (DS 1426). Que a casi milenio y medio de distancia, la iglesia católica no se hubiera definido sobre tema tan importante da, desde luego, mucho que pensar. En 1439, un concilio reunido en Basilea definió el dogma, pero… el concilio no estaba en comunión con la sede papal lo que impidió que el dogma pudiera ser aceptado como tal.

Todavía en 1546, en el concilio de Trento, se tomó la decisión de no definir el dogma(DS 1516) porque a nadie se le ocultaba la posición de Tomás de Aquino y de tantos otros que habían negado la inmaculada concepción. Tan poco claro estaba el tema que en 1617, Paulo V prohibió las discusiones públicas sobre el mismo y en 1622, Gregorio XV extendía la prohibición a las conversaciones privadas. La única excepción eran los dominicos – seguidores de Tomás de Aquino a fin de cuentas – que podían abordar el tema, pero sólo en el seno de la orden y entre ellos, sin presencia de otros.

Finalmente, el dogma fue definido el 8 de diciembre de 1854 por la bula pontificia Ineffabilis Deus haciendo tabula rasa de las Escrituras, de las opiniones de teólogos como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y de lo que había creído el cristianismo occidental durante la mayor parte de la Historia.

Tras este breve examen, creo que mis amigos católicos comprenderán sobradamente por qué los evangélicos no creemos en la Inmaculada Concepción.

  • Sobre ella nada dice la Biblia y nada se creyó al menos hasta el s. XII salvo algún hereje como el refutado Julián de Eclana.
  • Contra ella se expresaron rotundamente Agustín de Hipona y Tomás de Aquino.
  • Sobre ella seguía existiendo controversia en el seno del catolicismo todavía en el s. XVII lo que acarreó prohibiciones papales de abordar el tema
  • El dogma no fue definido hasta la segunda mitad del s. XIX lo que, en términos históricos, equivale a ayer por la noche y
  • Si, finalmente, la iglesia católica se contradijo al definir el dogma ni nos sorprende ni nos turba. Nunca hemos creído que la iglesia católica fuera la única verdadera y episodios como éste nos confirman en esa apreciación.

Realmente, ¿puede alguien creer que sería sensato que arrojáramos por la borda lo que enseña la Biblia y lo que muestra la propia Historia del cristianismo occidental para abrazar un dogma de mediados del s. XIX? Cuesta creerlo.

Continuará

 

Protestante Digital.com

Siervos inútiles somos

Publicado: febrero 9, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (VII)

“Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer hicimos”. Texto completo en Lucas 17:7-10.

Una de las características que deben tener todos aquellos que quieran seguir a Jesús en las líneas del Evangelio a los pobres -no hay otra forma de seguirle-, es la de la humildad, así como la del reconocimiento de que se depende en todo del Señor de los campos, de la creación, del universo, de los hombres, todos igual en dignidad y derechos. Dentro de los parámetros del Evangelio a los pobres, tiene que haber ausencia de prepotencia, reconocimiento del otro como superior a nosotros mismos, independientemente de cuál sea su situación. Reconocimiento de siervos o esclavos de aquél que, como grupo específico dentro de los destinatarios de su Evangelio, eligió a los pobres de la tierra y vio en ello sus señas de identidad como Mesías. Es la única manera de que podamos decir con alegría: “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer hicimos”… Sólo así podremos experimentar la felicidad del siervo.
Las palabras “prepárate, cíñete, sírveme” dichas cuando nos acercamos al Señor ya cansados, se configuran como todo un mensaje. Alguien nos está diciendo: Yo primero. No obstante, debemos recordar siempre que en estas líneas de servicio, por semejanza entre el amor a Dios y al hombre y por la identificación que Dios tiene con el sufrimiento de los débiles y despojados del mundo, este “yo primero”, lo podríamos interpretar como “el prójimo primero” y, especial y específicamente, el prójimo en necesidad.
Estas líneas de servicio que encajan perfectamente en las estructuras del Evangelio a los pobres, nos están exhortando a que la vivencia del Evangelio tenga unas líneas prácticas y de arraigo en la realidad socioeconómica hasta que nos demos cuenta de que, aunque la contemplación, la espiritualidad mística, la búsqueda de gozo y disfrute, el recibir parabienes por nuestro servicio y puesta en práctica del Evangelio, debe quedar en su lugar -pues tampoco queremos eliminar estos conceptos-, estas vivencias no nos deben apartar un ápice de las líneas de servicio tanto a Dios como al prójimo. El servicio a Dios y el servicio al prójimo son como las dos caras de la misma y única realidad. Sólo el que sirve puede, en autenticidad, disfrutar de la exaltación en la alabanza, de la oración y del culto. Fuera del servicio, estas prácticas pueden ser como una molestia a los oídos de Dios, “metal que resuena o címbalo que retiñe”.
Si la salvación es por gracia, el servicio también debe ser gratuito en todos los aspectos. De ahí que esta frase que tan bien encaja en las estructuras y conceptos del Evangelio a los pobres:“Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos”, sólo les es posible vivirla a los que han captado tanto la gracia como la gratuidad en el servicio. De ahí que nadie debe servir ni trabajar, tanto en la ayuda al prójimo en la línea del Evangelio a los pobres, como en los campos de la evangelización, ni de la misericordia, ni de la enseñanza, pensando en el reconocimiento o cierto agradecimiento de Dios por nuestro trabajo.
De gracia recibimos, debemos dar y actuar de gracia. El que algún día el Señor pueda recompensarnos no debe entrar en nuestros parámetros de servicio. Recordad que cuando hayamos servido hasta la extenuación, debemos continuar con la frase: Siervos inútiles somos. Sólo hemos hecho lo que debíamos.
Así, si no queremos servir gratuitamente, si no queremos arar los campos donde hay tantas personas que sufren injustamente, si no queremos ni nos sentimos llamados a pacentar a los que tienen hambre, si no queremos cavar los campos endurecidos por la opresión, la explotación y el despojo de los débiles, si sólo queremos gozarnos en la tranquilidad y falso sosiego de los injustos, si el sufrimiento del prójimo a nosotros no nos afecta, de nada nos sirve el ritual, que será vano, de las iglesias.
Si no nos preparamos, si no nos ceñimos, si no damos de comer y beber, nuestra situación como cristianos es triste y desoladora. No hemos entendido, no sólo lo que implica el Evangelio a los pobres, sino que no hemos entendido la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana. Fuera de estas estructuras de bondad y misericordia, sólo se puede vivir una religiosidad insolidaria, no el cristianismo del Maestro.
La frase que estamos comentando en la línea del Evangelio a los pobres de considerarnos siervos inútiles porque sólo hemos hecho lo que debíamos, nos debe llevar a contemplar la integralidad del Evangelio con tantas líneas de servicio, de las cuales Jesús nos dice “porque ejemplo os he dado”, líneas de servicio que nos conducen a la vivencia de un Evangelio integral… sin esperar nada a cambio.
Si aceptamos la salvación por gracia, como un don gratuito, sin que Dios nos pida a cambio esfuerzos, sacrificios, cilicios, cenizas o penitencias, nuestra respuesta debe estar en la línea de la gratuidad del servicio… por coherencia. Si no, no hemos entendido el Evangelio, ni ha calado en nosotros la gracia de Dios. ¡Qué dispuestos estamos a aceptar como gracia, como don gratuito, todo lo que Jesús sufrió en nuestro lugar, y cómo tiramos por la borda estos dones graciosos al dar la espalda al que necesita algo de la gratuidad de nuestro servicio! “De gracia recibisteis, dad de gracia”, servid de gracia. Sólo así entenderemos las líneas, los parámetros, los conceptos y los mandamientos que conforman el Evangelio de Dios a los pobres, sólo así podremos entender a Jesús: Evangelio de Dios a los pobres.
Señor, si aceptamos tu gracia, la salvación por gracia, como don gratuito, sacude nuestras conciencias hasta que sepamos servir de gracia, sn esperar nada a cambio.Que podamos hacer lo que los siervos inútiles que trabajan, sin esperar nada a cambio, hasta hacer todo lo que debían.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas
4 Todo en el cielo y todo en la tierra
5 Ricos inquietos y ricos satisfechos
6 El deber del siervo

© Protestante Digital 2011


César vidal

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIV) Los protestantes no creen en la Virgen (2)

La semana pasada examiné sucintamente cómo el mito de que los evangélicos no creen en María no se corresponde con la realidad y apunté igualmente a lo que sí creen sobre ella en relación a lo sucedido antes del ministerio público de Jesús.

Concluía así
que de la vida de María antes del ministerio público de Jesús, sólo tenemos algunos datos gracias a dos de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento,
que María aparece como una joven virgen judía desposada con José
que quedó encinta por obra del Espíritu Santo y no tuvo relaciones sexuales con José “hasta que dio a luz a su hijo primogénito”
que le fue anunciado por un ángel que su hijo iba a ser el mesías
que María era una judía piadosa cuya esperanza espiritual era la propia del pueblo de Israel expresada en los términos propios del judaísmo de la época, de ahí que, por ejemplo, contemplara a Dios como a su salvador y reconociera su propia “bajeza”
que, como judía piadosa, cumplió fielmente con lo prescrito en la Torah en materia de purificación y de fiestas y
que distaba, a pesar de su piedad, de ser perfecta no entendiendo lo que hacían los pastores en Belén y todavía menos la respuesta que Jesús le dio a ella y a José tras perderse en el viaje a Jerusalén. Precisamente porque no entendía esto, lo guardó en su corazón y lo meditaba continuamente.
¿Qué creemos los protestantes del resto de la vida de María? Pues, por decirlo de manera sencilla, lo que enseña el Nuevo Testamento. María aparece siempre como una mujer piadosa, fiel al Señor, aunque imperfecta, que no comprendía a cabalidad el ministerio de su hijo Jesús.

La primera referencia a María es, seguramente, la relacionada con las Bodas de Caná (Juan 2:1-11) a las que acudió junto a Jesús y algunos discípulos (2:1-2). Cuando el vino se terminó, María se lo indicó a Jesús. No tenemos razones para pensar que María actuó movida sino por buenas razones aunque, por ejemplo, Juan Crisóstomo afirmó que sólo la guiaba el deseo de preeminencia. Desde luego, resulta obvio que Jesús no aceptó una supuesta mediación de María. En Juan 2:4 se recoge que le dijo: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. A decir verdad, cuando se vuelca el texto griego al arameo original no hay duda alguna sobre la interpretación del texto. Jesús no sólo llama a María “mujer” rechazando la idea de que pueda tener algún privilegio por darle a luz sino que además indica que su petición no tiene lugar. Al respecto, no deja de ser significativo que la Biblia de Jerusalén – una traducción católica – señale en nota a pie de página que la respuesta de Jesús es un “semitismo que rechaza una intervención”. Así lo vemos también nosotros. Y lo debió de ver María porque se limitó a decir a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les dijera.

No es la única vez recogida por los Evangelios en que Jesús rechazó la intervención de María. Por ejemplo, cuando María y los hermanos de Jesús – sobre los que hablaré en otra entrega – pretendieron interrumpir su predicación para hablar con él, la respuesta no pudo ser más clara: “extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre” (Mateo 12:48-50. Véase también: Marcos 3:31-36; Lucas 8:19-21). Desde luego, en ningún momento, Jesús consideró que la condición de su madre fuera superior a la de otros. Para él, de manera expresa, ser su discípulo era tan importante como ser su madre algo que, dicho sea de paso, ningún católico podría aceptar. No sólo eso. Jesús insistió en que había condiciones espirituales superiores a la de ser su madre. Eso es lo que encontramos, por ejemplo, en Lucas 11:27-28: “mientras él (Jesús) decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”. Las palabras de Jesús no indican – como han señalado algunos historiadores – falta de afecto hacia su madre, pero sí muestran cuáles eran sus prioridades espirituales y, a sus ojos, escuchar la palabra de Dios y guardarla era mucho más importante que haber sido su madre.

Ese equilibro personal de Jesús hacia su madre explica que uno de sus últimos cometidos fuera el de procurar que su madre contara con abrigo y cobijo después de su muerte. Tal y como recoge Juan 19:25-27, mientras se hallaba en la cruz, Jesús dejó a María al cuidado del discípulo amado, algo lógico si tenemos en cuenta que los hermanos de Jesús “no creían en él” (Juan 7:5). Este pasaje de Juan ha sido utilizado frecuentemente por autores católicos como una referencia a la maternidad universal de María. Se trata de un tema que abordaremos en una entrega posterior, pero ya podemos adelantar que semejante interpretación ni siquiera es aceptada por teólogos católicos de peso. Por ejemplo, L. Ott, un teólogo católico conservador, señala en relación con la supuesta maternidad de María sobre los creyentes: “Faltan las pruebas escriturísticas expresas. Los teólogos buscan apoyo bíblico en las palabras de Cristo en Juan 19:26 ss: “Mujer, he ahí a tu hijo” “He ahí a tu madre”, pero, de acuerdo con el sentido literal, dichas palabras se refieren sólo a las personas a quienes van dirigidas: María y Juan” (Fundamentals of Catholic Dogma, Cork, 1966, p. 214). Cualquier protestante estaría totalmente de acuerdo con esa interpretación.

Las referencias a María tras la muerte de Jesús son muy escasas. No tenemos ninguna noticia de que Jesús resucitado se le apareciera, aunque quizá, sólo quizá, formara parte de los quinientos hermanos a los que se apareció a la vez (I Corintios 15:6). Sí sabemos que estuvo presente en las reuniones de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hechos 1:14) y, de nuevo quizá, que lo estuviera durante el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, aunque no se puede asegurar. De hecho, a partir de Hechos 1, 14 perdemos su rastro en la Biblia ocupada, sin embargo, de narrar la vida de personajes como Esteban, Felipe, Timoteo y, por supuesto, Pedro y Pablo. Desde luego, si los primeros cristianos vieron a María de una manera lejanamente parecida a como la ven los católicos actuales se ocuparon rigurosamente de no dejar la menor huella. Por supuesto, es más lógico deducir que simplemente nunca la contemplaron como los católicos de hoy en día.

Resumiendo, pues, los datos que tenemos sobre María en el Nuevo Testamento relacionados con el ministerio público de Jesús y con la vida de los primeros cristianos se reducen a que:
Durante el ministerio público de Jesús, María intentó intervenir en varias ocasiones y Jesús siempre rechazó esa intervención.
Jesús subrayó una y otra vez que también era su madre aquel que escuchaba la Palabra de Dios y la obedecía, y que la condición espiritual de los discípulos era superior a la de su madre.
Jesús encomendó el cuidado de su madre al discípulo amado.
Carecemos de noticia de que Jesús se apareciera a María tras la resurrección y
En el año 30 d. de C., María, junto a los hermanos de Jesús, formaba parte de la comunidad cristiana de Jerusalén. A partir de ahí, el Nuevo Testamento no dice nada de ella.
Como señalaba en la anterior entrega, todo lo que la Biblia dice de María, los protestantes lo creemos firmemente. A contrario sensu – y tendremos ocasión de verlo en próximas semanas – no creemos aquello que no enseñan las Escrituras y que incluso colisiona con lo que éstas nos muestran.

Pero sobre eso hablaremos, Dios mediante, a partir de la semana que viene.

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (3): lo que los protestantes no creen de María.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María

© Protestante Digital 2011

El deber del siervo

Publicado: febrero 3, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO
Retazos del evangelio a los pobres (VI)

“Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú”. Texto completo en Lucas 17:7-10.

26 de octubre de 2010

Muchas veces, en las líneas que buscamos para la vivencia de la espiritualidad cristiana, nos olvidamos de la crudeza con que Jesús narra el deber del siervo. Es verdad que están los textos en los que Jesús se muestra como nuestro amigo, pero los deberes del servicio, del ser siervos ante la grandeza y autoridad de Dios, siguen ahí vigentes. No las hemos de rechazar. Servimos a Dios, cuando servimos al prójimo. Yo creo que es mucho más fácil entender el servicio desde los parámetros del Evangelio a los pobres, un evangelio encarnado en nuestra historia, que desde los espiritualismos que nos elevan por encima de los sufrimientos de los demás mortales. Debemos hacer un esfuerzo por captar el concepto de servicio que es central tanto para la vivencia auténtica de la espiritualidad cristiana, como para el seguimiento a Jesús desde su exposición del Evangelio a los pobres.

Un problema es que intentamos servir al Señor, no desde los parámetros del siervo, del esclavo, sino desde una líneas de vivencia del Evangelio en donde el deseo de búsqueda de felicidad propia, el deseo de gozarnos en una relación espiritual con Dios, un tanto mística, el deseo que a veces tenemos de sentarnos rápidamente a la mesa con el Señor y escuchar sus parabienes es tan grande, que hace que nos olvidemos de la importancia del papel de siervos y buscamos el gozo espiritual de forma pasiva e insolidaria, de forma un tanto contemplativa sin querer enredarnos demasiado en el servicio al Señor y en su semejante, el servicio al prójimo. Preferimos el descanso, la comodidad, la pausa en el trabajo… queremos sentarnos al lado del Señor.

Pero el texto bíblico es duro: “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa?”. La idea del texto es que hay que seguir sirviendo. No hay tiempo para el descanso. Las tareas que nos esperan en el mundo son tan arduas e importantes, el grito de los pobres y sufrientes es tan desgarrador que no es posible aún el sentarse al lado del Señor, del amo, del dueño de vidas y haciendas. La necesidad de poner en práctica el Evangelio a los pobres es tan urgente y necesaria, que los seguidores de Jesús, sus siervos, no debemos todavía desear sentarnos a descansar y a comer junto al Maestro, no se nos es permitido todavía olvidarnos ni un momento del servicio.

Muchos pueden pensar: Señor, he arado, he apacentado, he labrado los campos… necesito descansar, quiero sentarme contigo a la mesa. Pues bien, el Señor nos dice: “Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido”. Nosotros podríamos decir: “Señor, ¿desde cuando te tengo que preparar la cena, y ceñirme para servirte hasta que comas y bebas?”. Y el Señor nos puede responder en la línea del Evangelio a los pobres: “En cuanto lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste”. El siervo no debe buscar descanso mientras haya tantos hambrientos que necesitan de una cena preparada, mientras haya tantos sedientos y tantos necesitados que necesitan de personas ceñidas para el servicio.

El texto del deber del siervo está compuesto por palabras duras de Jesús, palabras de urgente necesidad, palabras de ánimo para trabajar sin descanso por el servicio a los que nos necesitan. Ser cristiano es también ser siervo de Dios y de los hombres, sin pausa, ni descanso. El sentarse relajadamente a la mesa, no podremos hacerlo mientras haya gritos de auxilio, demandas de ayuda urgente y desesperada.

A veces podemos acudir al Señor, cansados y rotos después del servicio, con hambre y sed y con la tendencia de sentarnos con él a la mesa. Queremos sentarnos con él, de brazos caídos para escuchar palabras de aprobación. Pero las palabras de aprobación: “Bien, buen siervo y fiel”, aún no llegan. El Señor, ni siquiera después de haber arado, apacentado, labrado y trabajado los campos duros en donde se tiene que hacer realidad el Evangelio, el Evangelio a los pobres, nos invita a sentarnos a su mesa para comer y descansar. No. Cuando lleguemos cansados del servicio nos podremos aún encontrar con los imperativos del auxilio a los otros: “Prepárame, cíñete, sírveme…”.

Yo creo que estos parámetros no se explican bien en el seno de las congregaciones. Es por eso que nos parecen demasiado radicales, demasiado autoritarios, demasiado urgentes. Necesitamos ser entrenados en las líneas del Evangelio a los pobres. Nuestro trabajo en el servicio es suave frente al sufrimiento de muchos de los excluidos, los necesitados y los hambrientos del mundo, los despojados de sus bienes y de su dignidad, los que desde sus bocas nace un grito de auxilio que se extiende por toda la tierra.

Por eso, en la línea del servicio, en los parámetros del Evangelio a los pobres, hemos de olvidarnos de que, el ser o llamarnos siervos del Señor, nos va a llevar rápidamente a la aprobación de Dios y a que éste nos dé las gracias. Nos gustaría oír rápidamente las aprobaciones de Dios. Aprobaciones como “has sido un héroe de la fe, un siervo ejemplar… te mereces un amplio y bonito descanso”. Pero, en su lugar, nos encontramos con las duras y radicales palabras del Evangelio: “¿Acaso el Señor da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no”. El Señor lo que busca de nosotros es que siempre estemos ceñidos, preparados y sirviendo. No busquemos, pues, tan rápidamente, las alabanzas, aprobaciones de Dios y los descansos. El deber del siervo es servir.

¡Qué interesante son estas palabras de Jesús sobre el deber del siervo para el seguimiento de las líneas marcadas por Jesús en el Evangelio a los pobres! Así, pues, no busques méritos ni recompensas… ni descansos estériles. Busca el ser útil, el mantenerte ceñido y preparado para el servicio al Maestro que, por semejanza en el amor, es el servicio a los más necesitados, al prójimo apaleado y tirado al lado del camino.

Señor, no nos dejes deleitarnos nunca en las aprobaciones y parabienes del mundo. No nos dejes sentarnos a tu mesa hasta haber acabado el servicio… cuando ya estemos contigo para siempre.

JUAN SIMARRO

ProtestanteDigital.com


CESAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIII) Los protestantes no creen en la Virgen (1)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de que los protestantes no creemos en María. La idea está tan difundida que, a decir verdad, suele ser una de las dos o tres respuestas que da cualquier católico cuando se le pregunta acerca de cómo definiría a un protestante: “los protestantes no creen en la Virgen”

No sólo eso. Esa circunstancia resulta muy ofensiva para no pocos católicos lo que, dicho sea de paso, deja de manifiesto el enorme peso que tiene la mariología en sus creencias y prácticas. A título de ejemplo, puedo decir que cuando algunas personas decidieron iniciar una campaña contra mi en la cadena COPE – ¡tras una sola temporada de trabajo como simple colaborador! – su argumento fue que no creía en la Virgen y que mis puntos de vista al respecto resultaban absolutamente intolerables en esa emisora.

Como señalaría con cierta ironía un amigo católico, también se podía haber dicho que no creía en la infalibilidad papal o en la transubstanciación. Era cierto. Sin embargo, la peor acusación que se podía lanzar contra mi era el de que no creía en la Virgen. Deseo tranquilizar a nuestros amigos católicos señalando de entrada que los protestantes sí creemos en María, aunque, eso sí, creemos en lo que señala sobre ella el Nuevo Testamento. Desarrollaré esta afirmación en diversas entregas y en esta primera me centraré en lo que creemos de María antes del inicio del ministerio público de Jesús.

De entrada, hay que señalar que María tiene un papel de relevancia escasa en los escritos del Nuevo Testamento. Sólo se hace mención de ella en cinco de sus veintisiete libros y de esos cinco sólo dos mencionan su embarazo virginal.

Por Lucas y Mateo, sabemos que era una virgen desposada con José, un hombre justo, de la casa de David y que vivía en la localidad galilea de Nazaret (Lucas 1:26-27). Es posible que perteneciera a una familia sacerdotal porque su prima Elisabet – o Isabel – estaba casada con un sacerdote de la clase de Abías y ella misma era de las hijas de Aarón (Lucas 1:5).

También sabemos que antes de que el matrimonio con José se consumara, es decir, cuando sólo se hallaba en la fase de esponsales, quedó encinta (Lucas 1:26-38). Dado que José no había mantenido relaciones sexuales con ella, llegó a la conclusión de que María era culpable de adulterio y resolvió repudiarla en secreto, posiblemente para evitar que la lapidaran (Mateo 1:18-19). Así, lo habría hecho de no ser porque un ángel aparecido en sueños le anunció que el niño que se estaba formando en el seno de María era fruto de la acción directa del Espíritu Santo (Mateo 1:20), que el nacido salvaría al pueblo de sus pecados (Mateo 1:21) y que la concepción virginal era el cumplimiento de la profecía de Isaías 7:14 (Mateo 1:22-23). Al despertar, José acogió a María en su casa (1:24) y no tuvo relaciones sexuales con ella “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1:25). En Mateo, pues, la experiencia de María aparece descrita – y no deja de ser revelador – con José como protagonista.

El enfoque es diferente – y complementario – en el Evangelio de Lucas donde todo el episodio es narrado desde la perspectiva de María. Según Lucas, un ángel le anunció que tendría un hijo a pesar de que no mantenía relaciones sexuales con ningún varón (1:34-38) y María se encaminó a una ciudad de Judea, en la montaña donde vivía su prima Isabel (1:39-40). Ésta también se hallaba encinta y, al ver a María, el niño que se gestaba en su vientre dio un salto lo que llevó a aquella a confirmar que su prima llevaba en su seno al mesías (1:41-45). Las palabras que María dio como respuesta (Lucas 1:46-55) son conocidas convencionalmente como el Magnificat y constituyen la declaración más amplia de que disponemos acerca del pensamiento teológico de María. Excede de los límites de este artículo detenernos en ese texto, pero podemos indicar que en él, María indica como Dios es su salvador (v. 46-47), como Dios no ha reparado en la “bajeza de su sierva” que será llamada bienaventurada por dar a luz al mesías (v. 48-49) y como todo esto armoniza con el carácter y las promesas de Dios formuladas a Israel (v. 50-55). María permaneció con Isabel tres meses al cabo de los cuales regresó a su casa y, presumiblemente, fue recibida por José (Lucas 1:56).

Los datos siguientes nos indican que María y José se dirigieron a Belén con ocasión de un censo (Lucas 2:1-4); que María dio a luz en un humilde lugar donde pudieron aposentarse (Lucas 2:7) y que el niño fue objeto de las alabanzas de un grupo de pastores cercano (Lucas 2:8-20).

A los ocho días, en cumplimiento de la Torah, Jesús fue circuncidado (Lucas 2:21) y, tras cumplir con su purificación, María y José lo llevaron al templo para ser presentado al Señor con la ofrenda prescrita por Moisés (Lucas 2:22-23Levítico 12:6-8). Allí, María fue testigo de la proclamación del niño como Mesías por parte de Simeón y de Ana (Lucas 2:25-38) y, tras cumplir con lo prescrito en la Torah, regresó junto a José a Nazaret (Lucas 2:39).

Mateo relata además episodios como la adoración de los magos (Mateo 2:1-12), la matanza de los inocentes por Herodes (Mateo 2:13-18) y la huída a Egipto si bien, de manera significativa y propia de este evangelista, el protagonista es José y no María. Fue también José, según Mateo, el que recibió la revelación para regresar a Israel (Mateo 2:19-21) y el que optó por asentarse en Galilea en lugar de en Judea (2:22).

Desde ese momento hasta el inicio de la vida pública de Jesús, sólo tenemos constancia del episodio de la bajada a Jerusalén de Jesús con sus padres en el curso de la cual lo perdieron y hallaron luego en el templo (Lucas 2:21-40). De manera bien significativa a la pregunta de María: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”, Jesús respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (2:48-9).

Ni María ni José “entendieron las palabras que les habló” (Lucas 2, 50). Como había sucedido con el episodio de los pastores (Lucas 2:19), María se limitó a guardar aquellas palabras y meditarlas en su corazón (2:51).

Resumiendo todo, podemos señalar:
que de la vida de María antes del ministerio público de Jesús, sólo tenemos algunos datos gracias a dos de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento,
que María aparece como una joven virgen judía desposada con José
que quedó encinta por obra del Espíritu Santo y no tuvo relaciones sexuales con José “hasta que dio a luz a su hijo primogénito”
que le fue anunciado por un ángel que su hijo iba a ser el mesías
que María era una judía piadosa cuya esperanza espiritual era la propia del pueblo de Israel expresada en los términos propios del judaísmo de la época, de ahí que, por ejemplo, contemplara a Dios como a su salvador y reconociera su propia “bajeza”
que, como judía piadosa, cumplió fielmente con lo prescrito en la Torah en materia de purificación y de fiestas y
que distaba, a pesar de su piedad, de ser perfecta no entendiendo lo que hacían los pastores en Belén y todavía menos la respuesta que Jesús le dio a ella y a José tras perderse en el viaje a Jerusalén. Precisamente porque no entendía esto, lo guardó en su corazón y lo meditaba continuamente.

Todo esto afirma el Nuevo Testamento acerca de la María anterioridad al ministerio público de Jesús y todo esto lo creemos los protestantes.

No se puede decir, pues, en propiedad que no creemos en María, pero sobre lo que creemos de ella seguiremos tratando en la próxima entrega, Dios mediante.

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (II)

CESAR VIDAL
Protestantedigital.com

 


31 de enero de 2011, CIUDAD DEL CABLO


En el Encuentro se reflexionó sobre cómo trabajar conjuntamente para la evangelización del mundo. Ahora se ha publicado la declaración final del encuentro, un texto claro, directo y muy concentrado que resume un “llamado a la acción” basado en dos aspectos centrales del evangelio: hacer discípulos de Jesús y amarse los unos a los otros.

La declaración final de Ciudad del Cabo 2010, oficialmente publicada el viernes, está formada por dos documentos. El primero es la “Confesión de fe de Ciudad del Cabo”, que reafirma a través de 10 puntos las bases de la fe cristiana. Dirigiéndose al lector siempre en primera persona del plural, el credo repasa 10 puntos centrales de la doctrina cristiana, que empiezan afirmando que “amamos porque Dios nos amó primero”. A partir de aquí, el texto toma la fórmula “Amamos…” para aplicarla a la trinidad, la Palabra de Dios, el mundo en el que vivimos, el evangelio, la iglesia y la misión de Dios.

El segundo documento es la aplicación de la confesión de fe, y plantea retos concretos para la iglesia en el siglo XXI. Lleva el título “Para el mundo al que servimos: La Llamada a la Acción de Ciudad del Cabo”. En él se ha buscado transmitir de forma concisa la gran cantidad de ideas sobre las que se reflexionó y debatió durante los 10 días que duró el Congreso, e incluir además todo el trabajo de preparación de materiales previo al encuentro, que daba continuidad a Lausanne II (Manila, 1989).

El Comité organizador ha buscado reunir las diferentes sensibilidades de los 4.000 líderes asistentes que representaban a un total de 198 países. “Los seis temas principales del Congreso nos proveen de un marco para discernir los retos que tiene la iglesia de Cristo en todo el mundo, y nuestras prioridades para el futuro”, dice la introducción del documento. Con esta base y el convencimiento de “haber buscado la voz de Dios a través del Espíritu Santo” durante el congreso, algo que se hizo “estudiando el libro de Efesios” conjuntamente y “escuchando las voces de Su gente de todas las partes del mundo”, el texto entra en materia para plantear de qué forma la iglesia puede servir a Dios y al mundo en el presente y el futuro.

Relatamos a continuación los puntos principales de la “Llamada a la Acción de Ciudad del Cabo”.

RELATIVISMO Y LA VERDAD, QUE ES CRISTO

Esta declaración empieza enfocándose en el concepto de verdad en un mundo plural y globalizado, y lo hace de forma contundente: “Jesucristo es la verdad del universo”, se lee en la primera sección. Por ello, es esencial vivir en esta realidad, “una verdad que la gente verá en las caras de aquellos que viven su vida para Jesús”, así como proclamar esta verdad, “algo que no puede ser separado de vivirla”. Así, el compartir el evangelio estará basado “no sólo en presentar el evangelio como una mejor solución que la que otros dioses ofrecen”, sino como “el plan de Dios para el universo entero, en Cristo”.

Ante un pluralismo posmoderno que rechaza todo lo que suena a absoluto, es importante identificar, formar y orar por personas que puedan “defender las verdades bíblicas en el espacio público”, pero también “equipar a cada creyente con el valor y las herramientas para explicar la verdad”, y así participar relevantemente en cada área de la cultura en la que vivamos.

Este llamado a mostrar la verdad incluye muy especialmente el lugar de trabajo. El texto denuncia la “falsedad” que es que exista “una división entre los secular y lo sagrado”, una visión errónea “que ha calado en el pensar y actuar de la iglesia”. Esta división artificial de la vida de un cristiano entre lo que es espiritual y lo que no, es un “obstáculo importante” ya que “cada creyente debería aceptar y afirmar su propio ministerio diario y su misión, sea cual sea el sitio en el que Dios le ha llamado a trabajar”. El texto anima a pastores, evangelistas y misioneros a “integrar totalmente” a cada trabajador cristiano en la estrategia global de la misión.

La verdad que está en Cristo también debería tenerse en cuenta cuando hablamos de comunicación. Hay una necesidad de tener “un nuevo compromiso crítico, creativo con los medios y la tecnología”, que ayude a la gente a “ser consciente de los mensajes que reciben de los medios de comunicación y las visiones del mundo que hay detrás”, pero también a animar a cristianos a formar parte de estos medios de comunicación (sea información o entretenimiento), para que sean “ejemplos creíbles”. La participación de los cristianos, sigue el texto, también podría ser mucho más grande en el arte o en el nuevo mundo de las ciencias de la biotecnología, en el que es necesario animar a estudiantes a que se esfuercen para formar parte de estas áreas de investigación. Un reto en este sentido es reflexionar bíblicamente sobre cómo las leyes deberían marcar el avance de la tecnología para ayudar a reafirmar “el respeto por la dignidad excepcional de la vida humana”.

Tampoco hay duda, para los redactores de esta declaración, que la participación en la vida pública (es decir: política, economía y educación) es esencial, ya que “estas áreas de la sociedad tienen una fuerte influencia en los valores de cada país”.

OFRECER PAZ EN UN MUNDO DIVIDIDO

La declaración de Ciudad del Cabo remarca que “la reconciliación con Dios es inseparable de la reconciliación unos con otros”. Es decir, “la unidad del pueblo de Dios es a la vez una hecho (a través de Cristo) y un mandato”. En este sentido, hay un llamamiento especial a ofrecer el evangelio al pueblo judío, que “ha recibido las promesas de Dios” pero que como toda otra persona tiene “la necesidad de reconciliarse con Dios a través del Mesías, Jesús”.

“Anhelamos ver el día en el que la iglesia será el modelo más visible en el mundo de la reconciliación étnica y el defensor más activo para la resolución de conflictos”. Los cristianos deben lamentar y arrepentirse por los casos en los que se ha participado en violencia étnica o represión. También por los momentos en los que se ha sido cómplice de la injusticia por medio del silencio, como en muchos casos de racismo. Pero la iglesia también debe ser proactiva y adoptar un “un estilo de vida reconciliador”, en el que se hable de la paz de Cristo en contextos de violencia y se luche por convertir el ámbito de la iglesia en un lugar seguro.

La paz del evangelio, además, tiene que mostrarse especialmente en problemáticas concretas, como el tráfico de seres humanos en nuestro siglo. Los redactores de la declaración recuerdan que actualmente hay unas 27 millones de personas que viven en esclavitud, una realidad dramática que los cristianos no pueden ignorar: “tenemos que enfrentarnos a los factores sociales, económicos y políticos que generan el tráfico”. La iglesia debe “mostrar la nueva sociedad que Jesús prometió”.

Otro momento para llevar paz que surgió de Ciudad del Cabo es el de añadirse activamente en la lucha contra la pobreza extrema, pidiendo a los gobiernos de todos los países que se esfuercen en cumplir los Objetivos del Milenio, que buscan acabar con la pobreza extrema. Pero esto no se puede hacer sin “también confrontar la riqueza excesiva y la avaricia”, que “perpetua la pobreza” y que es el evangelio define como una forma de idolatría.

En cuanto a las personas que sufren enfermedades crónicas, el texto llama no sólo a apoyar sanitaria, emocional y económicamente a estas personas, sino también a reconocer sus dones y su aportación a la iglesia.

Por último en esta sección, la paz del evangelio es completamente aplicable al estado del planeta. “La Tierra no nos pertenece a nosotros, pertenece a Dios”. Los cristianos no sólo deberían participar de las tendencias sociales para la reducción del consumo innecesario y de la contaminación, sino también implicarse activamente en ámbitos como la agricultura, la industria o la medicina para llevar a cabo programas que tengan un impacto positivo sobre el Medio Ambiente.

RELACIÓN CON PERSONAS DE OTRAS RELIGIONES

La evangelización fue uno de los temas centrales del Congreso, en octubre del año pasado. Pero no el proselitismo, aclara el texto.No se debe buscar que alguien “acepte nuestra religión ni siquiera entrar a formar parte de nuestra denominación”. La evangelización debe ser “ética” y basada en una “conciencia limpia”. El trato con gente de otras religiones debe mostrar “amor”, “hospitalidad”, “denunciando el racismo” y no reaccionando nunca con violencia, “aún cuando se es atacado” por otras religiones. Además, el diálogo de los cristianos con otras religiones debe combinar el escuchar respetuosamente a otros, en base a la propia confianza en la singularidad de Cristo.

La declaración no olvida a los que “sufren por el evangelio” en partes del mundo en los que la falta de libertad religiosa puede llevar a algunos cristianos a la muerte. “Muchos cristianos que viven en el confort y la prosperidad necesitan escuchar otra vez el llamado de Cristo a estar dispuestos a sufrir por Él”. No sólo es necesario apoyar en oración a los perseguidos, sino de ser conscientes del “infinito dolor que Dios siente ante aquellos que se oponen y rechazan su amor, su evangelio y sus siervos”. Ante esto es especialmente importante que los creyentes hagan una realidad en su vida el “evangelio de gracia”, por el que estén dispuestos a “vivir, amar y servir en sitios difíciles y dominados por otras religiones, para llevar también allí la fragancia de la gracia de Jesucristo”.

Aparte de ir a otros sitios del mundo, la iglesia debe también darse cuenta definitivamente de lasoportunidades de misión que ofrece la migración global. “Animamos a los cristianos en países que acogen comunidades inmigrantes de otros contextos religiosos a que sean un testimonio cultural del amor de Cristo, en palabras y acciones, amando al forastero, defendiendo a los extranjeros, construyendo relaciones, invitando a nuestras casas y ofreciendo ayuda”. Los cristianos que emigran, por su parte, son animados a “discernir la mano de Dios, incluso en circunstancias que no hayan escogido libremente, para buscar las oportunidades que Dios provee para dar testimonio de Cristo en su nuevo país de acogida”.

Sea como sea, “esforcémonos por conseguir el objetivo de la libertad religiosa de todas las personas”, dice la declaración. No sólo se trata de defender la libertad de conciencia de los cristianos, sino también el de personas de otras religiones cuyos derechos sean atacados. Como dice la Biblia, el pueblo de Dios ha de buscar el bien de la sociedad, honrar y orar aquellos que tienen responsabilidades políticas. Pero en situaciones en las que un estado fuerza a los cristianos a decidir entre la lealtad a su propio poder o la lealtad a Dios, “debemos decir ‘no’ al estado porque hemos dicho ‘sí’ a Jesucristo como nuestro Señor”.

EL EVANGELIO Y EL MUNDO

La declaración de Ciudad del Cabo reconoce con “dolor y vergüenza” que aún hay muchas comunidades en el mundo que no han escuchado el evangelio, y remarca que “sólo un porcentaje muy pequeño de los recursos de la iglesia (sean humanos o materiales) se está dirigiendo a las gentes menos alcanzadas”. El texto dice que la iglesia tiene la oportunidad de “arrepentirnos de nuestra ceguera” y de “nuestra falta de urgencia en compartir el evangelio” con las personas que no han tenido oportunidad de escucharlo. Quienes vayan a hacerlo deben integrarse realmente en la sociedad a la que van, aprender su cultura y su lengua y vivir el evangelio de forma real. La traducción de la Biblia a lenguas que aun no tienen una traducción propia debería ser un objetivo, y no se puede olvidar que hay culturas orales que no utilizan el lenguaje escrito, a las que hay que llegar con otras formas de compartir el evangelio.

El crecimiento espectacular de la iglesia en muchos países lleva a plantear la necesidad de que haya líderes que realmente sean discípulos de Jesús. Se observa que en muchos sitios hay líderes cristianos que “usan su posición para conseguir poder, un estatus arrogante o el enriquecimiento personal”. En estas situaciones de abuso de poder, “la gente de Dios sufre y Cristo es deshonrado”. Por ello, se recuerda que la Biblia enfatiza en que “sólo aquellos que muestran con sus vidas las características básicas de madurez como discípulos deberían ser puestos en lugares de liderazgo”.

“La solución al fracaso en el liderazgo no es simplemente hacer más formación de liderazgo, sino mejorar la formación de las personas como discípulos de Cristo”. La iglesia necesita auténticos líderes, que son “los que tienen un corazón de servicio, humildad, integridad, pureza, sin codicia, que son perseverantes en la oración, con dependencia del Espíritu de Dios y un profundo amor por las personas”. Ante estas altas exigencias, es necesario que “oremos por nuestros líderes”, para que sean “bíblicos y obedientes” a Dios. Para conseguirlo, es importante que estos puedan tener espacios en los que poder rendir cuenta de sus vidas y su trabajo a otras personas.

Aún puesto el enfoque en la evangelización, el documento hace un especial énfasis en llevar el mensaje a las ciudades y al colectivo de los niños. Las aglomeraciones urbanas son especialmente importantes porque en ellas se encuentran “la próxima generación de gente joven, la mayoría de las personas inmigradas, las personas que marcan las tendencias de la sociedad y los más pobres entre los pobres”. En cuanto a los niños, Ciudad del Cabo considera que todos ellos están en riesgo: “la mitad de ellos están en riesgo de caer en la pobreza”, mientras que otros muchos millones “están en riesgo por la prosperidad” de las sociedades en las que viven, los hijos de los ricos y seguros tienen todo con lo que necesitan para vivir, pero nada por lo que vivir”. Es importante entender, afirma el texto, que “la gente joven son la iglesia de hoy, no solamente la del mañana, la gente joven tienen un potencial enorme como agentes activos de la misión de Dios”.

“VUELTA A LA HUMILDAD, LA INTEGRIDAD Y LA SIMPLICIDAD”

Uno de los grandes peligros de la iglesia es seguir a “otros dioses”, la “idolatría entre el pueblo de Dios es uno de los principales obstáculos para llevar a cabo la misión”. Afirma el texto que “cuando no hay diferencia entre la conducta de los cristianos y los no cristianos, entonces el mundo tiene el derecho de preguntarse si nuestra fe hace alguna diferencia, nuestro mensaje no aportaría ningún tipo de autenticidad a un mundo que observa”.

Uno de estos “ídolos” que asolan la iglesia son “los desórdenes sexuales”, y todo lo que conlleva (“familias rotas” y “soledad”, por ejemplo). Por ello, se anima a los pastores de las iglesias a“facilitar en la iglesia una conversación más amplia sobre la sexualidad”, “enseñar claramente lo que estándares que marca Dios” con “compasión por los que han caído en pecado” y a los miembros de la iglesia a “fortalecer la fidelidad en el matrimonio, resistirse a participar en todas las formas de desorden sexual en la cultura que nos rodea, incluyendo la pornografía, el adulterio y la promiscuidad”.

A ello hay que añadir un “esfuerzo por entender y  trabajar en los profundos problemas de identidad y experiencias que llevan algunas personas a la práctica homosexual”. A ellos es importante acercarse con el amor, la compasión y la justicia de Cristo, además de rechazar y condenar cualquier tipo de odio o abuso verbal o físico contra las personas homosexuales”. Lo mismo se puede aplicar a las personas con el virus del Sida.

Otro reto para la iglesia ahora es la humildad, se concluye del documento. En referencia a Pablo, la declaración dice que el “idolatrar el orgullo y el poder” se combate con el requerimiento de que “aquellos que están llenos por el Espíritu de Dios se sometan los unos a los otros por reverencia a Cristo”. También conlleva riesgos la búsqueda del éxito como un objetivo, por el que estamos tentados a “sacrificar nuestra integridad”.

En cuanto a la “idolatría de la codicia”, la declaración de Ciudad del Cabo se muestra claramente en contra de los que se ha llamado “el evangelio de la prosperidad”. “Negamos como algo no bíblico la enseñanza que dice que el bienestar espiritual puede ser medido en términos de bienestar material”. Sigue diciendo que “muchos que promueven el ‘evangelio de la prosperidad’ distorsionan seriamente la Biblia” y “a menudo cambian el llamado al arrepentimiento por el llamado a dar dinero a la organización del pastor”. Por ello, y en base a un análisis bíblico riguroso centrado especialmente en las palabras y el ejemplo de Jesús, el documento describe el ‘evangelio de la prosperidad’ como “un falso evangelio”.

TRABAJANDO PARA LA UNIDAD EN LA MISIÓN

En el sexto y último punto del “Llamado a la Acción de Ciudad del Cabo” se empieza recordando que “una iglesia dividida no tiene ningún mensaje que ofrecer a un mundo dividido”. La realidad de la unidad espiritual, que fue hecha por Jesús en la cruz, tiene que llevarse a la práctica en el trabajo conjunto en muchas áreas. “Demasiado a menudo nos hemos invertido en la misión en formas que han priorizado y perseverado nuestras propias identidades (énticas, denominacionales, teológicas) y hemos fallado en someter nuestras pasiones y preferencias a Dios”.

Para buscar la unidad de la iglesia en los objetivos marcados por la soberanía de Dios, es necesario “dejar de lado la sospecha, la competencia y el orgullo, y aprender de aquellos a los que Dios está usando, aun cuando no son de nuestro continente, ni nuestra organización, o teología, o nuestro círculo de amigos”. Este trabajo conjunto, además, debe ser una realidad también en la colaboración entre hombres y mujeres. Más allá de los enfoques diferentes sobre el ministerio de la mujer en la iglesia (que son acercamientos “sinceros en su intento de ser fiel y obediente a la Biblia”) el texto enfatiza en que “todos nosotros, hombres y mujeres, casados o solteros, somos responsables de utilizar los dones de Dios para el beneficio de otros, para la gloria y la honra de Cristo”.

Además, la declaración llama a que la formación teológica que se de en diferentes partes del mundo sea “intrínsicamente misionológica”. Es decir, “el estudio de teología no es un fin en sí mismo, sino que sirve a la misión de la iglesia en mundo”. En este mismo sentido, la misión debe usar la teología, teniendo la Biblia como mensaje central en la propia evangelización.

CONCLUSIÓN

“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación” (2ª Corintios 5:19). Este fue uno de los conceptos lema de Ciudad del Cabo, y también lo es de la conclusión de esta declaración.

Discipulado y reconciliación son indispensables en nuestra misión. Lamentamos el escándalo de la poca profundidad y falta de discipulado, y el escándalo de nuestra falta de unidad y de amor, porque ambas cosas dañan seriamente nuestro testimonio del evangelio”. Por eso, “discernimos la voz de Jesús” en estos grandes retos, acaba el texto, que n palabras de hace 2.000 años ya marcaba dos grandes prioridades en las que  la iglesia debe reenfocarse: “Haced discípulos” y “Amaos los unos a los otros”.

Puede descargarse la declaración final de Ciudad del Cabo 2010 aquí (inglés, en formato PDF).

(*) Esta noticia se ha basado en el original del texto en inglés. Por ello, las citas pueden no coincidir exactamente con la traducción oficial del texto al español, que aun no existía cuando se escribió esta noticia.

Fuentes: CT2010

© Protestante Digital 2010