Archivos de la categoría ‘Teología’


Juan Simarro
Retazos del evangelio a los pobres (XII)“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo… mas el publicano estando lejos no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí pecador”. Texto completo en Lucas 18:9-14.

En las líneas del Evangelio a los pobres que nos dejó Jesús, nunca se valora la prepotencia ni el orgullo humanos. Siempre se va a valorar a los humildes, a los últimos. Las formas de posicionarse en la oración dejaban ver quién era el fariseo y quién el humilde. Del publicano, de este despreciado y proscrito, de este tachado de pecador por el propio fariseo, se nos dice algo acerca de su posicionamiento ante el Señor para orar. Se nos dice que estaba lejos, quizás considerándose de los últimos. Si Jesús, en los valores del Reino siguiendo las líneas que van configurando el Evangelio a los pobres, nos dice que los últimos van a ser los primeros, parece que en la Parábola del Fariseo y el Publicano nos dice que los lejanos serán los más cercanos, los invisibles se harán visibles, los rechazados serán atraídos, los sencillos serán destacados como valiosos y los orgullosos y prepotentes que se enaltecen serán humillados.Esto está en total consonancia con las líneas del Evangelio a los pobres. Estas son líneas, valores y parámetros que hay que aplicar a los marginados y empobrecidos del mundo, a los últimos y a los proscritos, a los rechazados y despreciados, a los oprimidos y olvidados Dios los quiere hacer cercanos y enaltecerlos.

El orgullo y la prepotencia del fariseo y la humildad y el considerarse de los últimos o alejados del publicano, se refleja en su posicionamiento físico ante la oración, en sus gestos, en sus actitudes. El fariseo, estaba en pie, erguido, confiaba en sí mismo y oraba consigo mismo de forma altanera y despreciadora de los considerados por él pecadores. El publicano, se mantenía lejos, como considerándose indigno de apropiarse el uso de una mayor cercanía. Sus ojos, en actitud de humildad, no se elevaban, no se atrevía a elevarlos al cielo, los tenía bajados hacia la tierra, lo que implica tener la cabeza inclinada. Otro gesto duro y de humildad reconociéndose pequeño ante Dios y pecador, era el de golpearse el pecho reconociendo su culpabilidad ante Dios.

Pues bien, esa actitud de alejamiento, de considerarse indigno de más cercanía ante el Señor, el tener los ojos bajados y mirando a la tierra, es más propio de los pobres que de los ricos. Son más características de los pobres que de los poderosos de la tierra, de los acumuladores del mundo. Estas características de humillación las acoge Jesús y las aprueba en línea con el concepto de su Evangelio a los pobres.

Los pobres son los económicamente pobres, los excluidos, los marginados y proscritos, los oprimidos, los humillados y privados de dignidad… no están lejos del Reino de Dios porque Jesús tuvo esa tendencia hacia abajo que le configura como el que presenta unos valores que le identifican como Mesías que, como señas de identidad, puede decir que el Evangelio es predicado a los pobres… ¡y con qué valores!

Valores que asustan a los prepotentes enriquecidos del mundo. El Evangelio al desnudo trastoca todos los valores de aquellos integrados que confían en sí mismos y que oran consigo mismos al no poder dar, darse, compartir y dedicarse a la búsqueda de la justicia como deben hacer los seguidores del Maestro.

Dentro de la línea del Evangelio a los pobres, con ese trastoque de valores que nos traen los valores del Reino, encaja perfectamente la moraleja de la parábola del Fariseo y el Publicano: “Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Y si los creyentes todos nos humilláramos, comprenderíamos perfectamente lo que significa el Evangelio a los pobres. Cambiaríamos valores, evangelizaríamos al mundo, a la sociedad, a la cultura y a las estructuras injustas que marginan y empobrecen… cambiaríamos el mundo, acercaríamos el Reino de Dios y sus valores a los pobres, a los hombres todos de la tierra.

Los valores del Reino y del Evangelio a los pobres preñan toda la Escritura, fundamentalmente los Evangelios… y no los queremos ver, no deseamos detectarlos. Es un trastoque tal de nuestras seguridades humanas y de nuestras prepotencias y orgullos que nuestra mente tiende a no considerarlos en su fuerza, en su formulación radical… nos da miedo. No queremos sentirnos interpelados por este Evangelio de Jesús. Pues os digo, nos dice Jesús, que el humillado con los ojos bajados a tierra, el lejano, el que reconoce su miseria delante de Dios, será justificado… y éste no puede ser insolidario con el prójimo, con los pobres de la tierra.

Dios rechaza el sacrificio y el culto de los inmisericordes, de los que no tienen una mano tendida al débil, del que desprecia, aunque sólo sea con el pecado de omisión a los pobres y proscritos del mundo. Dios rechaza el sacrificio de los inmisericordes a los que condena y les cierra las puertas del templo. Es importante cumplir con el concepto de projimidad que nos deja Jesús para que nuestro culto sea acepto al Altísimo.

El prójimo y, fundamentalmente, el prójimo necesitado, está en una relación central, clave y necesaria para poder relacionarnos con el Creador. Amar al prójimo es semejante a amar a Dios. Y cuando nos acercamos a Dios, a su altar dejando tirado de forma inmisericorde al prójimo o despreciándole, la Biblia nos llama “mentirosos”.

La vivencia de la espiritualidad cristiana no es algo que se dé exclusivamente en una relación exclusiva entre el hombre y Dios. Hay un tercero imprescindible: El prójimo apaleado y en necesidad. La relación con Dios implica siempre una relación a tres: Dios, nosotros y el prójimo.

Señor, queremos ser enaltecidos, enaltecidos por ti. Sabemos que para eso tenemos que humillarnos y bajar nuestros ojos al suelo, a la tierra donde están los que nos necesitan, donde está el prójimo pobre y sufriente al que tenemos que servir. Queremos que nuestras oraciones y culto sea acepto a ti. Danos la actitud de aquel que, siendo despreciado por el fariseo, fue justificado. Queremos entender tu Evangelio, un Evangelio lleno de las líneas y los valores del Evangelio a los pobres. ¡Guárdanos de cualquiera que nos traiga otro evangelio!

Autores: Juan Simarro

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La corredención de María

Publicado: marzo 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera

 

Imagino que no sorprenderá a nadie que comience señalando que en la Biblia no existe el menor rastro de la idea de correndención o de María corredentora. A decir verdad, ni los términos aparecen. No sólo eso, todas las referencias a redención y redentor aparecen, única y exclusivamente, vinculadas con Jesús y su obra.

Examinemos todos y cada uno de los casos en que la idea aparece en el Nuevo Testamento.

1.- El término “redentor” sólo aparece una vez en el Nuevo Testamento. El pasaje (Hechos 7, 35), como no podía ser menos, identifica a ese Redentor con Jesús y, por supuesto, no dice ni una palabra de una corredentora.

2.- El término redención aparece tres veces en el Nuevo Testamento. En la primera cita (Lucas 1, 68) se atribuye esa redención a Dios que ha visitado a Su pueblo en la Encarnación. En Lucas 2, 38, se vincula nuevamente la redención con la figura de Jesús y en Hebreos 9, 12, se enseña que la “eterna redención” fue obtenida por Jesús mediante su sacrificio expiatorio en la cruz. Como resulta fácil de ver, la redención sólo aparece relacionada con la segunda persona de la Trinidad que se encarnó y se ofreció en la cruz.

3.- El término redimir aparece también tres veces. Ya podrá imaginar el lector que todas las referencias aparecen única y exclusivamente relacionadas con Cristo. En Lucas 24, 21, son los discípulos que van camino de Emmaús los que señalan como, antes de la crucifixión, había existido una esperanza de que Jesús redimiera a Israel. En Tito 2, 14, Pablo vincula el acto de redimir con Cristo “que se dio a si mismo por nosotros”. Finalmente, en I Pedro 1, 18-9, se incide nuevamente en este hecho. Fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Por supuesto – ¿sorprende a alguien? – no aparece la menor referencia a la corredención o a María.

Naturalmente, resulta obligado señalar cuando apareció la tesis de la corredención de María. Imagino que, tras leer las últimas entregas, a pocos sorprenderá saber que se trata de una creencia muy tardía. Precisamente, monseñor Arthur Burton Calkins que es miembro de la Comisión pontificia “Ecclesia Dei”, miembro concurrente de la Adademia Mariana internacional pontificia y miembro correspondiente de la Academia teológica romana pontificia lo ha señalado en un trabajo muy bien documentado que se titula El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal.

Señala el padre Calkins en relación con la creencia en la corredención de María que: “esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo «en cada acto, actitud y deseo» (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)”.

Comprenderán los lectores que los protestantes no nos sintamos especialmente conmovidos por una visión teológica que formuló un monje bizantino casi mil años después del inicio del cristianismo y que, por lo visto, a nadie se le había pasado por la cabeza antes sin duda porque no hay el menor indicio en las Escrituras. También comprenderán que no veamos ninguna razón para creer en semejante visión teológica. Sin embargo, no acaba aquí la cuestión.

Ciertamente, el imaginativo Juan el Geómetra pudo concebir la idea de la corredención, pero, eso no se tradujo en su aceptación por parte del cristianismo. Más bien todo lo contrario. Como señala monseñor Calkins: “La palabra «Corredentora» hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello «se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana.» 18

2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo «Alabados sean Jesús y María,» a lo que uno responde «Ahora y por siempre»: Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María”

3. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine vendetta”.

La cita del trabajo de Calkins es larga, pero, a nuestro juicio, verdaderamente reveladora y merece la pena reflexionar sobre ella. Aunque Juan el geómetra ya especuló con una idea teológica relativamente cercana a la de corredención, los papas no incidieron en ella hasta inicios del s. XX, algo que, en términos históricos, no sucedió ayer por la tarde sino, si se nos permite el símil, hoy a la hora del desayuno.

Sinceramente, los protestantes creemos que no se nos puede censurar por que no aceptemos una creencia que no fue avanzada hasta finales del s. X, a la que no se refirieron los papas hasta principios del s. XX y que, por encima de todo, no aparece ni por aproximación en la Biblia

Como suele ser habitual en nosotros, puestos a escoger entre lo que muy tardíamente han enseñado los hombres y lo que enseña la Biblia, nos quedamos con las enseñanzas de la Biblia. A fin de cuentas, ésa es la clave para comprender nuestras diferencias con el catolicismo.

CONTINUARÁ: la asunción de María


Autores: César Vidal Manzanares

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René Padilla

Las noticias acerca de actos de violencia, muchos de ellos con consecuencias fatales, son noticias de todos los días. Desde que me propuse escribir este artículo, mi problema no ha sido encontrar ejemplos para ilustrar ese terrible flagelo. Mi problema ha sido, más bien, decidir qué ejemplos mencionar y qué otros dejar por fuera.

Una abundante cosecha de ejemplos proviene de países, especialmente en el mundo árabe, donde los frecuentes atentados suicidas que dejan como saldo decenas de muertos y heridos tienen generalmente un sentido religioso. Pero no hay que olvidar que también tuvo un sentido religioso, aunque de un signo diferente, la invasión de Irak por parte de los Estados Unidos en marzo de 2003, la que dejó desde ese entonces más de 100.000 muertos civiles y millares de familias desplazadas. Me cuesta pensar que haya algo más detestable a los ojos de Dios que la religión puesta al servicio de la violencia o ésta puesta al servicio de aquélla.

De la misma región del mundo provienen otros ejemplos de violencia: la desatada por parte de dictadores de larga data que no reconocen las señales de los tiempos. Tras la caída de Zine el-Abidini Ben Alí, después de 23 años en el poder en Túnez, y la de Hosni Murabak, con más de 30 años de dictadura en Egipto, Muammar Khadafi piensa que, con un brutal despliegue de violencia, puede prolongar su dictadura de más de 40 años en Libia. Haciendo uso de ametralladoras y cazas de combate, las Fuerzas Armadas libias han matado a cientos, tal vez miles, de manifestantes. En vano para Khadafi: como Ben Ali y Mubarak, lo más probable es que él también, pese a la feroz represión,  sea derrotado por el pueblo.  ¿Qué sucederá ahora en esos países por tanto tiempo dominados por regímenes  a cargo de una pequeña minoría que es una lujosísima isla en medio de un mar de pobreza denigrante?

A quienes vivimos en este lado del océano, lo que sucede en el mundo árabe no nos afecta en gran medida, por lo menos no directamente. A lo mucho, tratamos de mantenernos informados sobre las repercusiones de los cambios que se están dando, generalmente a un alto costo en términos de vidas segadas por la violencia.  En nuestras tierras hemos superado la época de las dictaduras, varias de ellas tan sangrientas como las actuales del mundo árabe.  No hemos superado, sin embargo, la violencia de la delincuencia urbana, ni la del narcotráfico, ni la del imperio de turno  con su presupuesto militar de 553 millones de dólares para 2012. Y tampoco hemos superado un tipo de violencia que hoy afecta directamente a muchas familias, incluso a muchas que profesan la fe cristiana: la violencia doméstica, mayormente perpetrada por el hombre contra la mujer.

Las cifras de femicidios (o feminicidios) en América Latina son alarmantes. Basta citar unos pocos ejemplos en promedios: en Chile hay 1 femicidio por semana; en Uruguay, 1 por mes; en Perú, 12 por mes; en Guatemala, 58 por mes; en Argentina, 1 cada 36 horas. El victimario más común es pareja o ex pareja, amante, padre, novio o pretendiente de la víctima. Es, pues, violencia machista, una fatal expresión de la opresión de la mujer en todos los ámbitos de la vida social y en todas las clases sociales. Según la ex Presidenta chilena Michelle Bachelet, “Entre las mujeres de 15 y 44 años, los actos de violencia  causan más muertes y discapacidad que la suma de las provocadas  por el cáncer, la malaria, los accidentes de tránsito y la guerra”.

A la luz de este terrible terrorismo machista, celebramos que en la Argentina acaba de disponerse, en el ámbito del Ministerio de Justicia de la Nación, la creación de la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género. Esta comisión, coordinada por la Dra. Perla Prigoshin, se ocupará de profundizar la lucha contra la violencia de género mediante el establecimiento de sanciones de los distintos tipos y modalidades de violencia contra las mujeres, conforme la normativa nacional e internacional. Asimismo, celebramos la formación de ONU Mujeres, la nueva agencia de las Naciones Unidas diseñada para empoderar a la mujer y combatir el machismo bajo la dirección de Michelle Bachelet.

Estas y otras medidas similares que apuntan a combatir la violencia contra la mujer merecen nuestro entusiasta apoyo. Son expresiones de la acción del Espíritu de Dios en la sociedad secular, aunque no se reconozcan como tales. Sin embargo, no exoneran a la iglesia de su responsabilidad de formar personas que reconocen que tanto el hombre como la mujer son portadores de la imagen de Dios y que, consecuentemente, no hay lugar para la discriminación, menos aún para la violencia, contra la mujer por parte del hombre.

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Juan Simarro fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XI)
“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros…” Texto completo: Lucas 18:9-14.
Confiar en uno mismo como justo y despreciar a los otros, va en contra de los valores del Reino. Menospreciar no es solamente hablar mal contra el prójimo, decirle cosas que perjudiquen su honor, insultar o decir cualquier tipo de palabras vejatorias. Menospreciar puede ser simplemente no apreciar, pasar de largo, no tener en cuenta, considerar a una parte de la humanidad como un sobrante humano o dar la espalda a los gritos de dolos de los pobres y sufrientes del mundo. Menospreciar es un contravalor en relación con los valores del Evangelio a los pobres.Jesús apreció a los pobres ante el menosprecio, los valoró ante la infravaloración de la que eran objeto, trastocó todos los valores para dar un giro de ciento ochenta grados y poner a los pobres, los débiles y últimos en los primeros lugares en donde fuera imposible pasar de largo de ellos. La Parábola del Fariseo y el Publicano, está preñada de los valores del Evangelio a los pobres. Marca una de las rutas centrales de este Evangelio.El Evangelio a los pobres delata a los religiosos insolidarios y les condena. El contexto en el que se da la Parábola es en el ambiente del mismo templo. Es un contexto de oración, aunque nos deja claro que no todos los que están en un contexto de oración orando están en comunión con Dios. Un fariseo que despreciaba a los sufrientes y tachados de pecadores, que menospreciaba al prójimo, oraba junto a un, para él, despreciable publicano. La Parábola nos muestra que su ritual de oración no es acogido por Dios. Ese religioso que busca el templo y el ritual de oración, ese cumplidor religioso, no sale justificado. Practicaba un ritual alejado de las líneas y parámetros del Evangelio a los pobres.

Y es que para que el ritual o culto sea acepto a Dios, no es suficiente con el hecho de buscar el templo como mediación, no es suficiente con buscar la iglesia para relacionarse con Dios. Hay otra variable, otra mediación con la que hay que contar. Y es que en la relación del hombre con Dios, la relación necesaria, imprescindible, no es el templo, sino el hombre, el prójimo, fundamentalmente el prójimo en necesidad, el prójimo tirado al lado del camino, el prójimo sufriente, el prójimo empobrecido y robado de dignidad.

El que sólo piensa en el templo como mediación única para la relación con Dios, está alejándose de las líneas del Evangelio, del Evangelio a los pobres… aunque Dios no necesita de ninguna mediación, pero sí rechaza a aquellos que se quieren relacionar con Dios cuando no están buscando justicia, ni ejerciendo misericordia, cuando ve al hermano desnudo o hambriento, y no le cubre ni le da de comer. Basta con leer a los profetas y los Evangelios.

Esta era la situación del fariseo, que quería orar a Dios mientras menospreciaba al hermano, al publicano que estaba allí buscando a un Dios que fuera propicio con él, pecador. Hay una condición imprescindible y necesaria para que Dios escuche nuestro ritual: hacer justicia al prójimo y tener misericordia de él. Leamos, entre muchos otros, Isaías 1, Isaías 58 y escuchemos las palabras de Jesús. Al fariseo le faltaba un requisito importante para poder reconciliarse con Dios: la reconciliación con el prójimo.

Es por eso que los religiosos, llámense cristianos o no, que menosprecian y dan la espalda al pobre, al sufriente, al proscrito, marginado o excluido, por muy altos que suenen sus “amenes” o“ayes”, nunca éstos subirán por encima del techo de los templos en los que oran o adoran. No están reconciliados con el hermano. Ni siquiera deberían haber entrado al templo. Para ellos deberían sonar fuertes las palabras de Jesús: “Reconcíliate primero con tu hermano” y, luego, después, ve al templo a orar.

Es por eso que es tan importante entrar por las líneas de projimidad que nos marca el Evangelio a los pobres si queremos que nuestras plegarias, alabanzas o adoración no queden en palabras vanas que no llegan al trono del Dios Altísimo. Si buscamos el templo, si buscamos a Dios en oración, si buscamos cualquier ritual y permanecemos de espaldas al grito de dolor de los pobres y sufrientes del mundo, todo queda en vanidad de vanidades. Dios no escucha, Dios no aprueba nuestras peticiones, Dios no responde… se da el silencio de Dios.

Si falla el concepto y la práctica de la projimidad, si no nos ponemos a disposición del prójimo usando nuestros medios y bienes como hizo el buen samaritano, son inútiles nuestras plegarias… Estamos de espaldas al Evangelio a los pobres.

Hoy todavía hay muchos que pueden estar en la situación que denunciaban los profetas impulsados por Dios mismo. Muchos en situación farisaica: Buscan a Dios, quieren alabarle y orar a Él, rendirle culto, pero no les importa la injusticia o no les preocupa coquetear con la injusticia en el mundo, un mundo que oprime, margina y empobrece a tantas personas. La injusticia en nuestro mundo y en nuestro momento. Dios nos enseña que intentar orar a Dios o rendirle culto en esta situación es imposible… No saldremos justificados, como le ocurrió al fariseo de la Parábola. Confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a su prójimo sufriente, pasaban de largo, omitían la ayuda… se cerraban las puertas del cielo. “No me traigáis más vana ofrenda”, dirá el Señor.

Señor, ayúdanos a ser personas en línea con los compromisos de tu Evangelio… aunque lleguemos a ti rotos, con nuestra armadura destrozada en la defensa y en la práctica de la justicia y de los valores del Reino. No nos des acomodo en este mundo si esto va a ser un obstáculo para seguir los valores del Evangelio a los pobres. Acoge nuestros ruegos y no seas sordo a nuestro clamor, Dios de justicia.


Autores: Juan Simarro

© Protestante Digital 2011

El culto a las imágenes

Publicado: marzo 18, 2011 en Teología

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6)

He señalado en mis últimas entregas las razones por las que los protestantes consideramos que no debe darse culto a ninguna criatura ya sea María o cualquier santo. De hecho, no otra cosa puede esperarse de una fe que se define como monoteísta y que cree que sólo puede rendirse culto a Dios y a nadie más. Debo, por lo tanto, ahora detenerme en una f

Las razones para nuestra conducta, como siempre, se encuentran en la Biblia. En el decálogo que Dios entregó a Moisés se incluyó la siguiente prohibición: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy YHVH tu Dios” (Éxodo 20, 4-5ª)

El mandato es tan claro en los propósitos que Dios tiene para Su pueblo que cuando Moisés repitió la Torah a Israel también incluyó esta prohibición: “No harás escultura para ti, ni imagen alguna de cosa que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las servirás porque yo soy YHVH tu Dios” (Deuteronomio 5, 8-9ª)

El mandato de Dios es claro. No dice que unas imágenes están bien y otras mal o que su culto es lícito si se sobreentiende que las imágenes representan al ser objeto de culto. Semejantes distingos son ajenos a la enseñanza sencilla y luminosa de la Biblia. Toda imagen – represente a quien represente – está contenida en la prohibición de rendirles culto y, desde nuestro punto de vista, ningún hombre tiene derecho, autoridad o legitimidad para excluirlo. Desde luego, el pueblo de Israel lo entendió así – lo sigue entendiendo actualmente – y los ejemplos abundan. Por ejemplo, cuando en la época de Ezequías el pueblo de Israel se volvió hacia Dios una de las primeras medidas que llevó a cabo para mostrar su arrepentimiento y su abandono del pecado fue la de que “quebró las imágenes” (2 Reyes 18, 4) e “hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel”. La noticia histórica es considerablemente importante porque aunque Moisés había hecho la serpiente (Números 21, 9), sin embargo, la idea de rendirle culto no podía ser más contraria a la ley que Dios le había transmitido y entre conservarla corriendo el riesgo de rendirle culto o destruirla y librarse de la idolatría se optó por esta segunda opción.

Merece la pena reflexionar que la Biblia indica que el hecho de que los hijos de Israel rindieran culto a imágenes provocó la ira de Dios (Salmo 78, 58) no porque representaran a otra divinidad sino, simplemente, porque el Decálogo señala terminantemente que no se ha de rendir culto a las imágenes. Para el salmista (Salmo 97, 7) los que rinden culto a imágenes talladas deberían avergonzarse y, de nuevo, no diferencia entre las que representen a otros seres o al único Dios.

De manera bien significativa, también en los salmos encontramos una clara contraposición entre la adoración a Dios de manera inmaterial porque se encuentra en los cielos y la de adoración de aquellos que se dirige a imágenes de oro y plata, hechas por los hombres. Estas – y no se dice que no representen ocasionalmente a Dios – “tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen; tienen narices, pero no huelen; tienen manos, pero no palpan; tienen pies, pero no andan” (Salmo 115, 5-7) y zanja el salmista con unas palabras que para nosotros los protestantes son irrefutables: “semejantes a ellas son los que las hacen y cualquiera que confía en ellas” (Salmo 115, 8). Una enseñanza idéntica hallamos en el Salmo 135, 16.

Al respecto, no deja de ser claramente revelador que Isaías, el profeta más importante del Antiguo Testamento, dedique todo un capítulo de su libro a señalar lo estúpida que es la postura de aquel que se inclina ante una imagen porque puede con el mismo trozo de madera labrarse un objeto de culto y con lo que sobra calentarse la comida (Isaías 44, 9-20). Al respecto, el juicio del profeta es muy duro, pero indica lo que Dios piensa del culto a las imágenes: “No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver, y su corazón para no entender. No piensa, carece de sentido y de entendimiento para decir: Una parte de esto la quemé al fuego y con sus brasas cocí pan, asé carne y comí. ¿Haré con lo que queda una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol? De ceniza se alimenta. Su corazón engañado le desvía para que no se vea liberada su alma ni diga: ¿Acaso no es una pura mentira lo que tengo en la diestra?” (Isaías 44, 18-20).

Como muy bien señala Isaías, el culto a las imágenes es de por si absurdo porque “¿A qué asemejareis a Dios o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40, 18) y es que, a fin de cuentas, las imágenes de culto “todas son vanidad y sus obras son nada. Viento y vanidad son sus imágenes fundidas” (Isaías 41, 29). De nuevo, hay que observar que los autores sagrados no diferencian entre imágenes de un dios o de Dios, de una divinidad falsa o del Señor. Según su testimonio, toda imagen destinada a culto desagrada profundamente a Dios y, por añadidura, es absurda su fabricación y todavía más su culto porque Dios por Su propia naturaleza no puede ser representado. Inclinarse ante una imagen es un terrible engaño espiritual y lo es, según la Biblia, especialmente para el que se entrega a ese tipo de prácticas.

Esta enseñanza resulta tan clara en la Biblia – y tuvo consecuencias tan fatales abandonarla – que el pueblo de Israel la ha mantenido hasta el día de hoy. Pero no se trata sólo del pueblo de Israel. Durante los tres primeros siglos, los cristianos no rindieron culto a las imágenes y no tenemos ni el menor testimonio arqueológico en ese sentido. Era lógico porque no se sentían autorizados a suprimir ningún mandamiento del Decálogo. De hecho, como supo reconocer el cardenal Newmann en su Ensayo sobre el desarrollo del dogma, el culto a las imágenes fue una de las prácticas paganas que penetró en la práctica del cristianismo a partir del s. IV. Aún así, su asentamiento no fue fácil. El concilio de Elvira en España todavía mantuvo la prohibición de pintar imágenes para el culto en resistencia a un mimetismo de los ritos paganos y, por ejemplo, las iglesias ortodoxas insisten – de manera bastante especiosa a nuestro juicio – en diferenciar las imágenes de bulto redondo de los iconos reconociendo que rendir culto a las primeras es idolatría, pero insistiendo en que hacerlo con los iconos no lo es.

Resumiendo, pues, los protestantes no pensamos que incurrimos en ninguna falta al evitar el culto a las imágenes o que, por lo menos, perdemos algo espiritualmente positivo. Por el contrario, creemos que:
1.- de esa manera respetamos el contenido completo del Decálogo del que la iglesia católica por razones que no podemos considerar justificadas ha extirpado la prohibición de rendir culto a las imágenes.
2.- de esa manera actuamos conforme al testimonio de los profetas que advirtieron al pueblo de Israel en contra de caer en la ceguera espiritual que deriva específicamente de rendir culto a las imágenes.
3.- de esa manera nos vemos libres de la tremenda arrogancia de pretender formar algo que se asemeje al Dios que nadie puede representar.
4.- de esa manera seguimos el ejemplo de Jesús, sus apóstoles y los cristianos de los tres primeros siglos que jamás fabricaron imágenes o les rindieron culto y
5.- de esa manera somos receptores de la promesa de Jesús de adorar a Dios en un nuevo pacto marcado por la adoración “en espíritu y verdad” (Juan 4, 23) y no en sombra o representación.

Creo que no costará comprender que, una vez más, puestos a escoger entre lo que enseña con extraordinaria claridad la Palabra de Dios y lo que enseñan hombres que no tienen reparo en mutilar lo ordenado por el Señor en el decálogo nos quedemos con la primera.

CONTINUARÁ: la corredención de María.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

 

La virginidad perpetua de María

Publicado: marzo 10, 2011 en Teología

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVII) Los protestantes no creen en la Virgen (5)
La experiencia me dice que los dogmas relacionados con María resultan especialmente sensible para los católicos. No estoy diciendo que carezcan de esa sensibilidad en relación con otros temas, pero, sinceramente, no me imagino a un católico enardecido por una discusión acerca del Espíritu Santo y si, por ejemplo, procede del Padre y del Hijo. Esa ser

 

Creo haber dejado de manifiesto en anteriores entregas que esa afirmación no se corresponde con la realidad ya que los protestantes sí creemos en María, pero, única y exclusivamente, en los términos contenidos en las Escrituras.Otro ejemplo de esa circunstancia lo tenemos en el dogma católico de la virginidad perpetua de María.

Debo aclarar, en primer lugar, que ese tema, a diferencia de lo relacionado con su culto o su mediación, carece, a mi juicio, de relevancia teológica. Que María mantuviera después del nacimiento de Jesús relaciones conyugales con José y tuviera más hijos o, por el contrario, siguiera siendo virgen no tiene, hasta donde yo acierto a ver, trascendencia teológica alguna. Sin embargo, lo cierto es que en las Escrituras existen notables indicios que señalan que María no siguió siendo virgen después del parto aunque lo fuera antes.

De entrada, encontramos la afirmación contenida en el Evangelio de Mateo en el sentido de que José “no la conoció” – es decir, no tuvo relaciones sexuales con ella – “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1, 25). Semejante traducción se ha mantenido en distintas ediciones de la traducción Nácar-Colunga, pero algunos traductores católicos han optado por alterar el texto original sustituyéndolo por “sin haberla conocido, dio a luz”. Una interpretación semejante violenta el texto original del Evangelio y, especialmente, el griego de Mateo. El pasaje en griego dice exactamente:

καὶ οὐκ ἐγίνωσκεν αὐτὴν
y no conoció la
ἕως οὗ ἔτεκε τόν υἱόν αὐτῆς τόν πρωτότοκον,
hasta que parió al hijo de ella el primogénito,
καὶ ἐκάλεσε τὸ ὄνομα αὐτοῦ ᾿Ιησοῦν.
y llamó el nombre de él Jesús.

La fórmula “hasta que” significa en Mateo justo hasta ese momento, pero no luego. Permítaseme, al respecto, citar otros ejemplos:

Mateo 2, 13
καὶ ἴσθι ἐκεῖ ἕως ἂν εἴπω σοι·
y huye a Egipto, y quédate allí hasta que diga te,
μέλλει γὰρ ῾Ηρῴδης ζητεῖν τὸ παιδίον τοῦ ἀπολέσαι αὐτό.
va Porque Herodes a buscar al niño para perder lo.

Mat 2:15
καὶ ἦν ἐκεῖ ἕως τῆς τελευτῆς ῾Ηρῴδου,
y estuvo allí hasta la muerte de Herodes

Mat 5:26
ἀμὴν λέγω σοι, οὐ μὴ ἐξέλθῃς ἐκεῖθεν ἕως ἂν
Verdaderamente digo te, no en absoluto saldrás de allí hasta que
ἀποδῷς τὸν ἔσχατον κοδράντην.
pagues el último cuadrante.

Mat 10:11
εἰς ἣν δ᾿ ἂν πόλιν ἢ κώμην εἰσέλθητε, ἐξετάσατε
En la que acaso ciudad o pueblo entréis, preguntad (si)
τίς ἐν αὐτῇ ἄξιός ἐστι, κἀκεῖ μείνατε ἕως ἂν ἐξέλθητε.
alguien en ella digno es, y allí permaneced hasta que salgáis,

Mat 11:13
πάντες γὰρ οἱ προφῆται καὶ ὁ νόμος ἕως ᾿Ιωάννου
todos Porque los profetas y la ley hasta Juan
προεφήτευσαν·
profetizaron.

Mat 17:9
Καὶ καταβαινόντων αὐτῶν ἀπὸ τοῦ ὄρους ἐνετείλατο
Y descendiendo ellos de el monte ordenó
αὐτοῖς ὁ ᾿Ιησοῦς λέγων· μηδενὶ εἴπητε τὸ ὅραμα
les Jesús diciendo: a nadie digais la visión
ἕως οὗ ὁ Υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου ἐκ νεκρῶν ἀναστῇ.
hasta que el Hijo del hombre de muertos se levante.

Mat 18:21
Τότε προσελθὼν αὐτῷ ὁ Πέτρος εἶπε· Κύριε, ποσάκις ἁμαρτήσει
Entonces acercándose a él Pedro dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará
εἰς ἐμὲ ὁ ἀδελφός μου καὶ ἀφήσω αὐτῷ; ἕως ἑπτάκις;
contra mi el hermano de mi y perdonaré a él? ¿Hasta siete veces?

Mat 18:30
ὁ δὲ οὐκ ἤθελεν, ἀλλά ἀπελθὼν ἔβαλεν αὐτὸν
El sin embargo no quería, sino que saliendo arrojó lo
εἰς φυλακὴν ἕως οὗ ἀποδῷ τὸ ὀφειλόμενον.
en prisión hasta que devuelva lo debido.

Mat 18:34
καὶ ὀργισθεὶς ὁ κύριος αὐτοῦ παρέδωκεν αὐτὸν
Y encolerizándose el señor de él entregó lo
τοῖς βασανισταῖς ἕως οὗ ἀποδῷ
a los torturadores hasta que devolviera
πᾶν τὸ ὀφειλόμενον αὐτῷ.
todo lo debido a él.

Podría citar más ejemplos, pero, a tenor del texto original griego de Mateo, resulta más que obvio que sólo torturaron al mal siervo hasta que pagó (y no después); que los discípulos se quedaban en una casa hasta que se iban de la ciudad (y no después) y que José se abstuvo de mantener relaciones sexuales con María hasta el parto de Jesús (y no después). Precisamente por ello, los pasajes relacionados con los “hermanos y hermanas” de Jesús han sido interpretados habitualmente como relacionados con hermanos y hermanas.

Tanto Mateo como Marcos (Mt 13, 55 ss; Mc 6, 3 ss) hacen referencia a esos hermanos llamados Santiago, José, Simón y Judas – y Juan, sin citarlos por nombre, indica de ellos que no creyeron en Jesús en vida del mismo (Jn 7,5). Igualmente Lucas señala que, al igual que la madre de Jesús, estaban tempranamente integrados en la comunidad jerosilimitana, incluso con anterioridad a Pentecostés (Hch 1, 14). La razón de esta conversión – que casi podríamos denominar súbita – es atribuida por las fuentes cristianas al hecho de que, siquiera Santiago, fue objeto de, al menos, una aparición del Jesús resucitado. Desde luego la tradición al respecto debe ser muy temprana y cuenta con muchas posibilidades de resultar fidedigna porque Pablo (1 Cor 15, 7), a mediados de los años cincuenta del s. I, ya la señala como antigua y procedente de cristianos anteriores a él.

Establecezcamos exactamente el significado de “hermanos” cuya base y punto de partida son -reconozcámoslo– más teológicos y dogmáticos que propiamente históricos. Josefo parece haber entendido que eran hermanos carnales y en el mismo sentido ha sido comprendido el término «adelfós» con el que se califica a Santiago por los autores judíos posteriores. De esa misma opinión fueron también algunos de los Padres de la Iglesia, como Hegesipo (que nos ha llegado a través de Eusebio de Cesarea), Tertuliano (De carne Christi VII; Adv Marc IV, 19; De monog VIII; De virg vel VI) o Juan Crisóstomo (Homilia 44 sobre Mateo 1) – este último además no parece haber tenido un concepto muy elevado de la madre de Jesús – que consideraban a Santiago como hermano de Jesús e hijo de María.

En general, los autores católicos – persiguiendo, sin duda, no colisionar con la doctrina de la virginidad perpetua de María – han señalado que la palabra «hermano» en hebreo y arameo tiene un sentido más amplio que en castellano y que precisamente con ese campo semántico habría que aplicarla a Santiago y a los demás hermanos de Jesús. Ciertamente tal tesis es posible, pero resulta difícil creer que Pablo, el autor de los Hechos, Marcos y Juan, escribiendo en griego y para un público en buena medida helénico, utilizaran la palabra «adelfós» para referirse a Santiago y los demás hermanos de Jesús proporcionándole un significado distinto del que tiene en esa lengua y más cuando contaban con términos específicos para «primos» (Anepsios en Colosenses 4, 10) o «parientes» que corresponde a «synguenes» o «synguenys» y que encontramos en Marcos 6, 4; Lucas 1, 58; 2, 44; 14, 12; 21, 16; Juan 18, 26; Hechos 10, 24; Romanos 9, 3; 16, 7, 11 y 21. Desde luego, no deja de ser chocante que si los evangelistas creían que los “hermanos” eran parientes y no “hermanos” en lugar de utilizar “synguenis” prefirieran llamarlos “hermanos”…

Tan poco consistente puede resultar este argumento lingüístico que Jerónimo – y en eso sería seguido posteriormente por algunas iglesias orientales – aceptó que, efectivamente, los hermanos de Jesús – incluido Santiago – eran realmente hermanos de él, pero los adscribió a un matrimonio anterior de José salvando así la creencia en la virginidad perpetua de María. Hemos estudiado con anterioridad este aspecto (1) mostrando cómo la tesis de Jerónimo es muy tardía aunque cuenta en su favor con el hecho de arrancar de algún apócrifo judeo-cristiano en el que, no obstante, pesó sin duda más el elemento apologético – librar a Jesús de la acusación de ilegitimidad – que el deseo de conservar una tradición histórica fidedigna.

Para el historiador que no se halle preocupado por defender un dogma asumido previamente, la solución más natural es la de aceptar que Santiago, José, Simón y Judas fueron hermanos de Jesús e hijo de María, aunque no cabe duda de que las otras posibilidades – «hermano» = «pariente» o «hermano» = hijo anterior de José – no son del todo improbables si bien deberíamos preguntarnos con P. Bonnard si «¿se habrían derrochado tales tesoros de erudición para probarlo si no lo hubiese exigido el dogma posterior?» (2). La pregunta se responde por si sola.

Así pues, en este aspecto –insisto que, a mi juicio, bastante secundario– los protestantes no despreciamos a María ni nos distanciamos desdeñosamente de ella. Por el contrario, nos quedamos con lo que enseña la Biblia porque creemos que es la Palabra de Dios y que lo que nos ha transmitido es infinitamente más fiable que cualquier tradición humana posterior por mucha aceptación que haya podido llegar a tener.

CONTINUARÁ: De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6): el culto a las imágenes y la corredención


(1) César Vidal Manzanares, «La figura de María en la literatura apócrifa judeo-cristiana de los dos primeros siglos», en ”Ephemerides Mariolo¬gicae”, 41, Madrid, 1991, pgs. 191-205.
(2) P. Bonnard, ”El Evangelio según san Mateo”, Madrid, 1983, p. 287.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (X)

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios te doy gracias porque no soy como otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aún como este publicano…” Texto completo en Lucas 18: 9-14.

¿Cuando se ora con uno mismo? El contexto de la parábola está claro: uno ora consigo mismo, cuando se está de espaldas al prójimo o, peor todavía, cuando nos comparamos con él despreciándolo. Cuando pasamos de largo de los pobres y sufrientes del mundo, de los estigmatizados o proscritos, de los que nos necesitan en un momento complejo de su vida. Se puede agravar la situación hasta extremos límite cuando, además, miramos con desprecio a aquellos ante los cuales no nos queremos parar y ser una mano tendida de ayuda. Aquí el fariseísmo se sitúa en las antípodas del Evangelio a los pobres.

En estas situaciones farisaicas es cuando se da el silencio de Dios. Es cuando Dios no nos puede justificar, no nos escucha… estamos, egoístamente, orando con nosotros mismos. Lo único que queda entonces es gozarnos en la falsa autojustificación que nos conduce a la condenación, nos aleja de Dios… y de los hombres. Desde ahí es imposible entender el Evangelio a los pobres. Es imposible entender el Evangelio de la gracia y de la misericordia de Dios. Nos fabricamos nuestro propio “evangelio” basado en la insolidaridad y en la falta de projimidad. Nos falseamos y perdemos la autenticidad de la espiritualidad cristiana.

Dios, que también de vez en cuando se pasea por los templos, tiene que cerrar sus oídos y sellar su boca, no dar respuesta, ante oraciones insolidarias que se hacen con uno mismo. Podemos ponernos en pie en los templos en actitud altanera, con falta de humillación y decir las palabras más preciosas… pero palabras que Dios no escucha y sólo notamos la ausencia de su respuesta: el silencio de Dios. Nos basta con escucharnos a nosotros mismos.

Supongo que Dios, en ocasiones, se siente mejor y busca su morada entre aquellos que hacen justicia al huérfano y a la viuda, que comparten con el pobre, que restituyen y dignifican al agraviado, que son solidarios y activos en la ayuda al prójimo. Con esto no quiero decir que no haya iglesias solidarias que amplían sus tiendas y su visión y que son iglesias del Reino. Más que una crítica a la iglesia, es un aldabonazo solidario que despierte conciencias y que evite la falta de humillación, la altivez y el orar con nosotros mismos. Pretendo que os fijéis en las líneas solidarias del Evangelio a los pobres.

El fariseo quería cumplir con el ritual el templo, quería orar y buscar a Dios en su Santuario, pero su falta de amor al prójimo y su desprecio hacia él, tiraba por tierra la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana. Hacía un ritual sólo válido para su propio orgullo y autosuficiencia. No amaba al prójimo, despreciaba, se consideraba espiritualmente superior, dando simultáneamente la espalda a Dios y al prójimo. Había mutilado el Evangelio. Jamás podría entender tampoco los valores del Reino tan vinculados a los valores del Evangelio a los pobres.

Si, como el fariseo, somos sordos ante el grito del marginado, proscrito o pobre, Dios también es sordo y mudo ante cualquier tipo de súplica que le hagamos. Sólo oiremos el frío y pesado silencio de Dios. Silencio que también grita por misericordia y práctica de la projimidad. El silencio también habla.

Esto es una ley del Evangelio a los pobres: No se pueden buscar bendiciones de Dios, de espaldas al que sufre. Es una frase que se debería poner en el frontal de las iglesias en busca de compromiso para que los cristianos no entraran en las línea farisaicas, en los errores que, siguiendo la línea del Evangelio a los pobres, denuncia la parábola del Fariseo y el Publicano.

Dios no tiene por qué sufrir con nuestra insolidaridad, con nuestras alabanzas, oraciones y cumplimientos del ritual. El fariseo no estaba reconciliado con el hermano, con el prójimo. No debiera haberse atrevido a cruzar por los atrios de la casa de Dios. Para él sonaban las palabras de Jesús: “Reconcíliate primero con tu hermano”, no entres en el templo sin cumplir esta premisa previa. El resultado de todo esto, de esta parábola y de otros textos bíblicos en esta línea es la siguiente: Hay una conexión entre el culto y nuestra solidaridad para con el prójimo sufriente. Hay una relación entre culto y prójimo sufriente. Hay una relación entre el culto y la obra social cristiana.

Según esta parábola tan en línea con el Evangelio a los pobres, cuando cortamos la relación de solidaridad y búsqueda de justicia para con el prójimo sufriente, para con los pobres del mundo, se viene abajo nuestro ritual, nuestro culto, nuestra oración, nuestra ofrenda… nuestras posibilidades de salvación. Por eso el fariseo de la parábola no salió justificado del templo a pesar de su religiosidad y su ética de cumplimiento religioso.

No sólo se da el silencio de Dios ante los injustos que dan la espalda y desprecian al prójimo, sino que éste, Dios, se queda prendado del publicano pecador y proscrito que no se atrevía a alzar los ojos y que se golpeaba el pecho clamando: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Este hombre humillado sí hablaba con Dios. Sus palabras subían al altísimo traspasando los techos y tejados del templo. Volaban como con olor suave y fragante ante la misma presencia de Dios.

Señor, ayúdanos a no orar con nosotros mismos. Te lo suplicamos. No nos des palabras, ni frases elocuentes para que sólo las escuchemos nosotros. Danos humildad, amor y capacidad de servicio a los pobres y proscritos del mundo. Queremos orar contigo, no con nosotros mismos. Escucha nuestra oración, que no nos atruene tu silencio. Sé propicio a nosotros, pecadores.

 



Juan Stam


Efesios 4:7-13 y los «apóstoles» de hoy[1]

Sobre la posibilidad o no de tener apóstoles hoy, los dos pasajes bíblicos más importantes son Hechos 1:21-22 y 1 Corintios 15:1-9. Curiosamente, los defensores del movimiento neo-apostólico evaden sistemáticamente esos dos pasajes, y corren más bien a su texto favorito, Ephesios 4:11, que de hecho no dice nada sobre el tema. Además, las evidencias de Hechos 1 y 1 Corintios son exégeticos, basadas en las mismas palabras del texto, pero los argumentos neo-apostólicos de Efesios 4:11 no son exegéticos sino son inferencias que ellos sacan del texto, a espaldas de otras evidencias bíblicas.

En artículos anteriores hemos señalado que «el paradigma definitivo» del concepto bíblico de «apóstol» se encuentra en Hechos 1 y 1 Corintios 15. Según el primer texto, el sucesor de Judas tenía que ser uno «de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros», desde Juan el Bautista hasta la Ascensión de Jesús, para que calificado así «sea hecho testigo, con nosotros, de su resurreción» (Hch 1:21-22; 4:33). La función del apóstol es la de ser testigo, con base en su propia experiencia personal e histórica. Por eso, escribe Oscar Cullmann, «el apostolado es, por definición, una función única que no puede ser prolongado».[2]

Un pasaje paralelo, en Hch 10:37-41, repite en lenguaje muy parecido el requisito de ser testigos presenciales, llamados por el mismo Jesús para dar testimonio de la resurrección. En ese texto Pedro le cuenta a Cornelio que «nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén… A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos, y nos mandó que…testificásemos que el es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos».

Ese requisito de haber sido discípulo y testigo ocular de la resurrección era un problema difícil para Pablo, quien afirmaba ser apóstol, llamado por Jesús mismo (Rom 1:1; 1Cor 1:1), pero no parecía cumplir esa condición indispensable (ver 1Cor 9:1-6; 2Cor 10-11; 12:11-12). Ante sus enemigos que negaban que él era apóstol, Pablo defiende su apostolado precisamente en los mismos términos de Hechos 1.[3] Primero Pablo señala que Cristo Resucitado apareció a Pedro, a los doce y «a los demás apóstoles» (15:5-7, siempre con el mismo verbo, ôfthê, clara referencia a las apariciones físicas del Resucitado durante el período entre la resurrección y la Ascensión, Hch 1:3).[4] Después Pablo se incluye en ese mismo registro de testigos oculares, pero como excepción y como el último, al escribir «y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí» (15:8, con el mismo verbo).[5] Por eso se describe como «un abortivo», nacido fuera del tiempo normal.[6]

Los datos históricos confirman lo dicho por Pablo, que él era el último en ser llamado al apostolado (aun posterior a Matías). En todo el Nuevo Testamento y todos los documentos históricos de la iglesia antigua no aparece ninguna evidencia de la elección de un sucesor a ningún apóstol que ha muerto. Pocos años después de la elección de Matías, Heródes hizo matar al apóstol Jacobo, hermano de Juan (de los hijos de Zebedeo), uno de los doce, pero no se escogió ningún sucesor a Jacobo.[7] Tampoco hubo sucesor de Pablo cuando murió. El historiador Eusebio reporta la muerte de diferentes apóstoles, pero jamás narra el nombramiento de un sucesor. Esto confirma la enseñanza de Hechos 1 y 1 Cor 15, que el oficio y el título de «apóstol» se limita a los testigos ocualeres de Jesús, entre sus contemporáneos históricos.

Otro requisito para ser apóstol era el haber sido nombrado directa y personalmente por Jesús mismo, como ocurrió durante su ministerio en la tierra (Mr 3:14; 6:30).[8] Ya para la elección de Matías Cristo había ascendido, pero los discípulos recurrieron a procedimientos judíos bien conocidos. Fue un proceso de tres pasos: primero, reflexión seria y acción responsable (definir requisitos; estudiar candidatos para escoger a dos, ambos calificados para el puesto, Hch 1:21-23), después oración (1:24) y finalmente echar suertes entre los dos candidatos antes aprobados (1:26). Esto era precisamente el método normal para conocer la voluntad de Dios y aun para escoger los oficiantes (Lc 1:8-9) y los sacrificios para el culto del templo (Lv 16:8-10; Neh 10:34),[9] como «echar suerte delante de Jehová nuestro Dios» (Jos 18:6,8,10).[10] El pasaje significa, entonces, que no fueron los apóstoles que escogieron a Matías, sino que fue Dios mismo. De igual manera, Pablo insiste en que él no fue nombrado apóstol por los doce ni por otras personas humanas sino por Jesús mismo (Gal 1:1,11-2:9; 1Tim 2:6-7 NVI).[11]

Todas estas evidencias muy claras, bien fundadas en la exégesis de los textos bíblicos que hablan explícitamente del oficio apostólico, sus requisitos y su duración, indican que éste por su propia naturaleza se limitó necesariamente a los testigos oculares contemporáneos de Jesús. Ahora, si Efesios 4:11 enseñara lo contrario, sería una contradicción flagrante en la enseñanza bíblica sobre este tema. Pero este texto, que habla mucho del origen de los cuatro oficios que Cristo,[12] en su Ascensión, dio a la iglesia naciente, no dice absolutamente nada sobre la respectiva duración de cada uno de ellos, o más precisamente, la forma distinta en que cada uno de ellos había de ejercer su función en el futuro. El argumento neo-apostólico, de que los distintos oficios mencionados tienen que ser todos de la misma naturaleza y duración, no sólo carece totalmente de base exegética en el texto, sino es una suposición gratuita con el evidente propósito, no de entender y aclarar el texto, sino de defender una tesis a priori ajena al texto.

El tema de Efesios 4:1-16 puede resumirse como «Unidad y diversidad en el cuerpo de Cristo, para su crecimiento integral». Pablo[13]exhorta a los efesios a «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3) y señala siete expresiones de esa unidad (4-6). En seguida se refiere a los diferentes dones y oficios en la iglesia (4:7-11)[14] y el propósito y resultado de éstos en la edificación y madurez del cuerpo (4:12-16). En el bloque central aparece tres veces el verbo dídwmi (dar): en el aoristo pasivo (edothê, «fue dada», 4:7) y dos veces edwken (4:8,11, aoristo activo). Todo el énfasis de 7-11 cae en el acto de dar los dones, en el momento específico de la Ascensión de Jesús (4:8-10).[15] Es claro que se trata de una sola acción de Cristo en un tiempo definido del pasado. Del futuro no dice nada, ni positivo ni negativo, de ninguno de los cuatro oficios.

El Salmo 68, que Pablo cita aquí, tiene muchas interpretaciones pero todas ellas parten del concepto de una marcha triunfante de Dios sobre la tierra, para recibir después el botín de su victoria:

Que se levante Dios,

que sean dispersados sus enemigos…

aclamen a quien cabalga por las estepas…

Cuando saliste, oh Dios, al frente de tu pueblo,

cuando a través de los páramos marchaste,

La tierra se estremeció…

Van huyendo los reyes y sus tropas…

Los carros de guerra de Dios se cuentan por millares;

del Sinaí vino en ellos el Señor para entrar en su santuario.

Cuando tú, Dios y Señor, ascendiste a las alturas,

te llevaste contigo a los cautivos;

tomaste tributo de los hombres, aun de los rebeldes (cf. v.29-31),

para establecer tu morada…

Dios aplastará la cabeza de sus enemigos…

Por causa de tu templo en Jerusalén,

los reyes te ofrecerán presentes.

(Sal 68:1,4,7,12,17,18,21,29; cf. 34-35 NVI)

En resumen, Dios va en marcha sobre la tierra, entra en batalla, vence a sus enemigos y recibe botín de ellos. En la tradición judía, la frase «ascendiste a las a las alturas» se interpretaba como la subida de Moisés al Sinaí, o del arca al Monte Sión, o implícitamente el regreso de Dios al cielo despues de derrotar a los enemigos del pueblo.

En Efesios 4 Pablo da una versión cristológica del mismo salmo, pero con diferencias sorprendentes:[16]

«Cuando ascendió a lo alto,

se llevó consigo a los cautivos,

y dio dones a los hombres»

(¿Qué quiere decir eso de que «ascendío»,

sino que también descendió a las partes bajas,

o sea, a la tierra?

El que descendió es el mismo que ascendió

por encima de todos los cielos,

para llenarlo todo. (Efes. 4:8-9; cf. 1:23 NVI)

En esta atrevida relectura del Salmo 68, Pablo introduce varios cambios: al «subió» de Salmo 68:18 Pablo agrega «también descendió»; omite las descripciones de marchas y batallas, pero mantiene el tema del botín, como símbolo de los dones; donde el salmo dice «recibiste dones», Pablo lo cambia a «dio dones».[17]

¿Por qué será que Pablo haya escogido este texto antiguo, aparentemente tan alejado del tema entre manos, y que le requería hacer cambios tan grandes en el texto hebreo? El texto mismo sugiere que Pablo quiere relacionar la repartición de dones y oficios con la Ascención de Jesús. «Este mismo» (autos), que descendió y ascendió, «constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas», etc, como también en su Ascension dio carismas y repartió dones» (4:7).[18] LLama la atención esta conexión de los dones, tanto de 4:8 como de 4:11, con un momento histórico ya pasado y específicamente la Ascención, a diferencia del Pentecostés (cf. Hch 1:22, apóstoles como testigos de la Ascensión).[19]

De esa manera, todo este pasaje confirma nuestra tesis que nuestro texto (4:11) afirma el origen de todos los dones en Jesucristo Resucitado y Ascendido a la derecha del Padre, pero no dice nada, ni explícita y implícitamente, sobre el futuro distinto de cada uno de los cuatro oficios mencionados. Otros textos enseñan con toda claridad que el testimonio apostólico tuvo que ser de una vez para siempre, peroque «profetas, evangelistas y pastores-maestros» tenían un futuro distinto. Eso de ninguna manera implica que el apostolado iba a tener ese mismo tipo de futuro.

¿Significa eso que ahora no necesitamos apóstoles? ¡Jamás! Siempre necesitamos «los apóstoles» pero para nada necesitamos «nuevos apóstoles», como si no fueran suficientes y adecuados los que nombró Jesús. Éstos «apóstoles» de hoy no pueden ser apóstoles auténticos, porque no pueden cumplir con los requisitos definitivos de dicho puesto, como estipula el Nuevo Testamento. Pero a través de los siglos, cuando fieles cristianos han «perseverado en la doctrina de los apóstoles», ha estado presente con toda su fuerza el ministerio de ellos. Ellos son el fundamento sobre el que tenemos que construir en cada generación, pero no nos toca echar de nuevo una y otra vez ese fundamento histórico echado por ellos (Ef 2:20; Col 1:23). Los apóstoles siguen viviendo, siglo tras siglo, en su testimonio al Señor de señores. Ahora el Nuevo Testamento es el lugar por excelencia donde nos encontramos con ese Cristo que vivió, murió, resucitó y ascendió hace dos mil años pero que vive por los siglos de los siglos. En comparación con la grandeza y poder de ese ministerio, nuestros modernos «apóstoles» no pasan de ser una triste parodia.

Oscar Cullmann, en un enjundioso artículo titulado «la tradición», afirma el apostolado único e irrepetible de los apóstoles originales y lo relaciona con la definición del canon del Nuevo Testamento.[20] Cullmann distingue entre el tiempo de los apóstoles, como fundamento, y el tiempo de la iglesia (p.182). Los apóstoles pertenecen todavía al tiempo de la revelación directa, el tiempo de la encarnación (p.183). Así es que el testimonio apostólico nos coloca en la misma presencia de Jesucristo (p.188); Cristo habla directamente por ellos (p.192). El paso del tiempo de los apóstoles al tiempo de la iglesia posapostólica se marca por la definición del canon del Nuevo Testamento (pp. 193-203). En la iglesia de mediados del siglo dos surgían muchos escritos apócrifos, enteramente legendarios (p.195) y «la tradición en la iglesia no ofrecía ninguna garantía de verdad» (p.196). Entonces, «con un acto de humildad», la iglesia posapostólica «ha sometido toda tradición posterior elaborada por ella misma al criterio superior de la tradición apostólica codificada en las santas Escrituras» (p.196). De ahí en adelante, toda tradición de la iglesia tiene que ser juzgada por la tradición apostólica. Es por ignorar esto, afirma Cullmann, que la iglesia católica cae en el error de la sucesión apostólica y la infalibilidad papal. Problemas parecidos surgen con el movimiento neo-apostólico. Disminuir la normatividad de los apóstoles lleva, tarde o temprano, a disminuir la normatividad de su testimonio apostólico, el Nuevo Testamento.

¡Los apóstoles viven hoy y nos hablan por medio de las sagradas escrituras! Y al hablar ellos, como muestra Cullmann, habla Jesucristo mismo. ¿Podrán haber creyentes que no hayan escuchado la voz del Salvador en las palabras del Nuevo Testamento, y no hayan visto a Cristo en la página inspirada? Los apóstoles no han muerto ni se han quedado mudos. Ellos siguen viviendo y hablando por medio de su fiel testimonio al Señor.

Cuando cualquier texto se lanza a la historia, nadie sabe qué futuro podrá tener ese texto, nadie sabe cuál podrá ser el «delante» de ese texto. El autor muere, pero su texto sigue su marcha por el tiempo. De seguro San Pablo ni imaginaba la «vida futura» que iba a tener esa carta que escribió a los hermanos de Roma. Tres siglos después, en un jardín de Milán, un profesor de retórica y filosofía escuchó la voz de un niño que decía «tolle, lege» (toma, lee), y Agustín de Hipona tomó el libro de Romanos, lo leyó y su vida fue transformada. Más de un milenio después le tocó a un joven biblista agustino enseñar un curso sobre Romanos, Martín Lutero descubrió el secreto de la justificación por la fe y «se me abrieron las puertas del paraíso». Después, el 24 de mayo de 1738, en una capilla morava en el pueblo de Aldersgate, Inglaterra, un misionero fracasado escuchó la lectura del Prefacio a Romanos de Lutero, y «faltando  unos quince minutos para las nueve» Dios habló a Juan Wesley, por medio del apóstol Pablo, y Wesley «sintió un calor extraño en su corazón y confió en Cristo como su único Salvador». Y el libro de Romanos sigue su camino, tocando vidas y trasnformándolas, porque en ese libro habla Jesucristo por medio del Espíritu Santo.

¡No, mil veces No, los apóstoles no se han muerto, ni se han quedado mudos! Ellos siguen dando su testimonio al único Señor y Salvador, el Crucificado y Resucitado que está sentado a la diestra del Padre.

¡Gracias a Dios por los santos apóstoles y su testimonio! Pero de sus imitadores modernos, que Dios nos libre.


[1] Sobre estos «apóstoles» se puede consultar, en juanstam.com, «¿Es bíblico tener apóstoles hoy?» (31 agosto 2008; restaurado 14 julio 2009), «Un debate sobre el movimiento apostólico» (3 julio 2009), y «La Biblia y los ‘apóstoles’ de hoy» (18 octubre 2009)

[2] Estudios de teología bíblica (Madrid: Studium, 1973) p.184.

[3] Es importante recordar que en este pasaje Pablo refuta a dos errores a la vez: el de los corintios que negaban la resurrección y de los que negaban que él era apóstol. Ya que el apóstol era por definición «testigo de la resurrección», Pablo pudo refutar a ambos errores con un solo argumento.

[4] Al mencionar «los demás apóstoles» en esta lista, Pablo muestra que ellos también eran testigos oculares de la Resurrección.

[5] Aquí no se trata de visiones espirituales , como la de Esteban (Hch 7:55, a quien Pablo no incluye en la lista de testigos oculares) ni la de Pablo mismo (2 Cor 12:1-13). Se trata de las apariciones físicas del Resucitado, en las que él hasta comía con ellos (Lc 24:30,41-43).

[6] Pablo fue el único apóstol que se convirtió y fue comisionado por Jesús después de los cuarenta días que menciona Lucas; en ese sentido, nació fuera del tiempo, como única y última excepción a la regla.

[7] La diferencia entre los dos casos fue que por su traición Judas se descalificó para dicho oficio y murió en la infidelidad, mientras Jacob cumplió fielmente su ministerio hasta su muerte.

[8] Algunos preguntan por qué Jesús mismo no nombró el sucesor a Judas durante los cuarenta días que enseñaba a los discípulos. Podría ser porque aun no habían sido testigos de su ascensión (Hch 1:22); aun no estaba completa su función de testigos presenciales históricos. Este hecho reconfirma la restricción del título «apóstol» a los testigos contemporáneos de Jesús.

[9] Sobre el echar suertes en las prácticas del templo de Salomón, véanse los comentarios de Hechos por Barclay, Wikenhauser, F.F. Bruce y Haenchen.

[10] El Antiguo Testamento habla de echar suertes unas 75 veces, sobre todo para la repartición de la tierra productiva: con la conquista de Canaán (Nm 26:55, 33:54; Jos 13:6 y frecuente); con el retorno de Babilonia (Neh 11:1); y en la Palestina escatológica de Ezequiel (Ez 48:29; cf. Am 7:17).

[11] Por eso Pablo se identifica casi siempre como «apóstol por la voluntad de Dios» o «por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza» (1 Cor 1:1; 2 Cor 1:1; Ef 1:1; Col 1:1; cf. 1Tim 1:1; 2Tim 1:1).

[12] La insistencia neo-apostólica en que sean cinco oficios en 4:11 y no cuatro revela no sólo su desorientación hermenéutica sino tambien su terca resistencia a la exégesis gramática del texto inspirado. Aun sin conocer el griego, queda claro de la traducción castellana que son cuatro; en RVR, NVI y otras versiones, los punto y coma dividen los oficios en cuatro, marcada cada uno también por la palabra «otros», pero eso no aparece entre «pastores» y «maestros». En el griego, cada uno de los tres primeros lleva el artículo definido, pero un solo artículo une a «pastores» con «maestros». Según la regla de Granville Sharp, cuando eso pasa en una serie de sustantivos que no sean nombres propios, los que llevan un solo artículo se refieren a un mismo objeto. Los dos términos juntos podrían interpretarse como «pastores docentes», dejando abierta la posibilidad de otros maestros que no sean pastores (Stg 3:1; los apóstoles también enseñaban). Los pastores son los principales maestros del pueblo de Dios, y enseñar la Palabra (alimentar a las ovejas) es su principal tarea y función.

[13] Muchos eruditos creen que Efesios fue escrito no por Pablo sino por un discípulo suyo. Esa hipótesis no cambiaría nuestro argumento sobre el apostolado.

[14] La palabra «oficio» no es el término más exacto para los cuatro grupos de personas señalados en el texto pero capta adecuadamente el sentido.

[15] El dio legei de 4:8 y el autos de 4:11 vinculan la cita de Sal 68 tanto con los carismas personales de 4:7 como con los oficios eclesiales de 4:11. Aunque de hecho el Espíritu sigue repartiendo dones a los fieles (1 Cor 12:7,11), en Efes 4:7 es Cristo que los repartió al volver a su Padre.

[16] La versión aquí no corresponde ni al texto hebreo ni a la LXX. Es posible que se deriva de un midrash judío.

[17] Este último cambio puede responder a una versión rabínica del salmo, según la cual Moisés subió al Monte Sinaí y dio dones (la Ley) al pueblo de Dios.

[18] Ver nota 16. La cita del salmo 68 califica tanto a 4:8 como a 4:11.

[19] Por eso aqui Pablo ve a Jesús como fuente de los dones, a diferencia del Espíritu Santo. Son diferencias de énfasis.

[20] Oscar Cullmann, Estudios de teoogía bíblica, Madrid: Studium, 1973, pp. 165-204.

Las relaciones del enfermo terminal

Publicado: febrero 27, 2011 en Sociedad, Teología

Judith Buchanan

Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (IV)

27 de febrero de 2011

Antes de ir a la cruz, al despedirse de sus discípulos Jesús les dio su paz: su shalomque implica su bienestar y salud que se experimenta en las relaciones dentro de una vida comunitaria.La comunidad de creyentes que forma una iglesia local provee el contexto donde el creyente enfermo terminal puede experimentar este shalom a pesar de su enfermedad y así encontrar la fuerza para seguir adelante.41 Ahora aporta menos al grupo en cuanto a lo que es capaz de hacer, pero puede ser apreciado por quien es y disfrutar de dar y recibir amor, el amorágape.42 Una traducción de Job 6:14 es “el que retira la compasión al prójimo, abandona el temor de Sadday” que implica que las muestras de compasión contribuyen a nuestro culto a Dios.43 Por lo tanto, la presencia de personas enfermas y discapacitadas en una iglesia da más oportunidad para mostrar compasión y, al hacerlo, enriquecen el culto que se ofrece a Dios. A la vez los miembros de la comunidad eclesial pueden respaldar y abrigar a los que padecen enfermedades terminales, para que a través del grupo se sientan fortalecidos y experimenten el shalom. En esto la oración es importante cuando la comunidad lleva las peticiones del enfermo a la presencia de Dios.

Algo que los cristianos rusos han apreciado durante sus años de persecución es que el que sufre nunca está solo sino que el peso de su sufrimiento es compartido con los creyentes que oran, estén donde estén.44 De acuerdo con esto está el testimonio del pastor Michael Wenham quien ha confesado que siempre se siente mejor después de la oración a su favor a pesar de que su enfermedad sigue empeorando, lo atribuye al hecho de que ha sido posible tocar la presencia del Dios de amor.45 A veces es difícil saber como orar pero estos momentos proveen oportunidades para poner los problemas del enfermo delante de Dios y permitir que su Espíritu interceda a favor de esta persona.46 Por lo tanto al tocar la presencia de Dios en oración, no hace falta decirle lo que tiene que hacer.

El mandato del Jesús resucitado a sus discípulos en el evangelio de Juan: “como me envió el Padre, así también yo os envío” deja claro que los discípulos están encargados de seguir con la misión de Jesús. De la misma manera que Él trajo el reino de Dios y lo encarnó en medio de la sociedad de su tiempo así también los discípulos están llamados para hacer lo mismo.

Los creyentes que son enfermos terminales tienen el enorme privilegio de poder seguir este ejemplo y hacer palpable el reino de Dios y por lo tanto la presencia de Dios para otros pacientes en situación similar. Cada visita al hospital con las esperas tan largas para ver al médico o recibir un tratamiento, pueden ser una oportunidad para ayudar a otros a tocar la presencia de Dios que sostiene al creyente en su camino y le da esperanza.

Simplemente una sonrisa puede aliviar la preocupación o depresión de un enfermo, mientras otro será ayudado por la promesa de oración o una palabra de ánimo. Otros querrán saber qué es lo que da fuerzas al creyente y le ayuda a ver su situación con una luz positiva. Al cumplir el mandato de Jesús de esta manera, el creyente con una enfermedad terminal encontrará un nuevo sentido para su vida que se va apagando.

La presencia de Dios hace posible mirar a la vida en vez de a la muerte, sostiene al enfermo durante su caminar y le da esperanza y sentido para vivir. Por eso el enfermo puede decir con Job: “el Señor dio y el Señor quitó: ¡Bendito sea el nombre del Señor”47La relación con Dios en el presente que no termina con la muerte, es la relación prioritaria a todas las demás relaciones y hace posible para el creyente seguir adelante con su enfermedad aún conociendo su pronóstico.48 Por tanto, la oración a favor de una persona así no debe estar enfocada hacia la sanidad o a la resignación frente a la enfermedad. Más bien debe estar orientada a buscar tocar la presencia de Dios.

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Autor: Judith Buchanan
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