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Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XXIII)

La misericordia y el ritual“Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”. Mateo 9:13. Texto completo en Mateo 9:9-13.

Es importante que  Mateo, narrando su propio llamamiento por Jesús mientras estaba en el banco de los tributos y pasando a narrar el episodio de la mesa compartida, introduzca en este contexto de comida comunitaria, símbolo de acogida a los proscritos, pobres y pecadores, unas palabras que Jesús dijo que no introduce el evangelista Marcos: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.Toda su acogida en la mesa comunitaria, comiendo con los proscritos, queda reducida a un acto de misericordia, mientras que, de alguna manera, rechaza el sacrificio y el ritual de los religiosos inmisericordes. Jesús lo dice con un imperativo:”Aprended lo que significa”. Contrapone la importancia de la misericordia en la vivencia de la espiritualidad cristiana, ante todo tipo de ritos religiosos, esfuerzos por conservar la pureza, rituales que considera vacíos si no se tiene en cuenta el concepto de projimidad. Están equivocados. No han aprendido la importancia vital de la misericordia si queremos que nuestro ritual sea válido.Esta frase que se da en este contexto de la mesa compartida, del tiempo compartido, de la acogida incondicional, es de vital importancia para comprender lo que es, lo que significa y el alcance del concepto de Jesús del Evangelio a los pobres. Lo dice también mientras continúa su frase de rechazo a los que se autojustificaban con la práctica del ritual y buscaban sus ámbitos de pureza que no era otra cosa que el desprecio al prójimo sufriente o inmerso en circunstancias que para ellos, los puros, podrían ser contaminantes.

La fe que actúa a través del amor, la misericordia y el concepto de projimidad de Jesús están por encima de cualquier ritual , de cualquier pietismo o deseos de pureza. Esto nunca nos debe llevar al hecho de ser inmisericordes con el prójimo. Si nuestro ritual impide la acogida al diferente, al pobre y al proscrito, debemos renunciar a ese ritual que nunca llega a los oídos de un Dios misericordioso.Por tanto la mesa comunitaria, la acogida a los proscritos, es un acto de misericordia que está por encima de cualquier ritual en busca de pureza, por encima de los pietismos religiosos vanos. Todo culto y todo ritual válido, tiene que estar apoyado en la misericordia, en el amor en acción, en el concepto de justicia misericordiosa que tenía Jesús. Los religiosos del momento caían en dos errores que critica Jesús : el considerarse y autoproclamarse justos, concepto que hoy puede tentar a muchos religiosos que están satisfechos como si ellos solos estuvieran en posesión de la verdad absoluta, y también caían, como consecuencia de lo anterior el desprecio a todos los que estaban fuera de sus círculos de pureza. Algo de esto nos puede tentar hoy a los que estamos tan felices en nuestros ámbitos eclesiales sin querer mancharnos con lo que está fuera, en el mundo, en medio de los focos de conflicto.

Jesús tenía otras pautas, otros estilos de vida, otras formas de acercamiento al prójimo sufriente… nos da ejemplo. Los religiosos del momento no podían entender como Jesús podía acoger a estos grupos de personas considerados impuros y, además, comer con ellos. Así, la religión entra en una crítica al propio Jesús. De esta manera, los religiosos quieren corregir la propia vida del Maestro.

 En esta forma crítica, los revestidos de fachadas religiosas y de santidad aparente, son los que más lejos están de los posicionamientos de Jesús, de los valores del Reino, del Evangelio a los pobres.  Es como una llamada de atención a los religiosos de cualquier época. Su excesivo pietismo y obsesión por la limpieza y pureza, le puede separar del Dios al que ellos dicen servir, pues es como si con su deseo excesivo de consumo del bien y de la santidad, estuvieran robando esta posibilidad para otros. Esos otros de los que se despreocupan, pasan de largo y les dan la espalda.

Jesús quiere dejar claro en sus enseñanzas, en sus parábolas del reino que por encima de todo está la misericordia y que, incluso la justicia, debe ser misericordiosa. Los que se olvidan de la justicia y la fe, aunque hagan todo tipo de diezmos y rituales, se están separando del Reino de Dios. De ahí la frase a los críticos de Jesús porque Él comía con los proscritos y pecadores: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Jesús les deja la frase imperativa: Aprended lo que esto significa. Todo esto conforma una de las bases inquebrantables de la Diaconía, de la acción social cristiana que tiene que estar impregnada de una justicia misericordiosa.  Es la base del Evangelio a los pobres. Es la base de una de las misiones centrales de la iglesia: sumisión diacónica.Hoy debemos reflexionar, leer y releer estos pasajes de la mesa compartida. Incluso el Reino de los Cielos se nos presenta como un banquete con estas características. Un banquete compartido con los excluidos del mundo, los pobres, los lisiados y todos aquellos que han sido rechazados y excluidos por otros hombres entre los que, sin duda, van a estar muchos religiosos.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio de los pobres (XX)
“Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos…”. Marcos 2: 15. Texto completo en Marcos 2:13-17.
 La mesa compartida, además de tener todas las características muy especiales en aquella época, va mucho más allá del hecho necesario y solidario de dar de comer o el hecho de la acogida incondicional  sin establecer divisiones entre puros e impuros, ricos y pobres, integrados o desclasados. Jesús también es ese pan que se ofrece para ser compartido en cualquier situación, en los focos de conflicto, en medio de los hambrientos del mundo, fuera del templo, en las casas, en las fábricas, allí donde los hombres son oprimidos, excluidos y despojados de su dignidad.Por eso el tema de la mesa compartida va mucho más allá del hecho del deber de compartir el pan con los excluidos o estigmatizados, con los pobres y los que son rechazados como impuros. Jesús es el Mesías del pan compartido . Hay una trascendencia que nos lleva a considerar la búsqueda de la justicia en el mundo, el trabajo por una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, la dignificación de las personas y la acción social cristiana, la Diaconía, como temas impregnados de unos valores transcendentes. Es por eso que se puede hablar de la Teología de la Acción Social, la Teología de la búsqueda de la justicia, la Teología de la liberación de los oprimidos, la Teología de dar de comer a los hambrientos.

En el ejemplo de Jesús, en el ejemplo de su mesa compartida, hay pan para todos a la vez que Él mismo se ofrece como pan compartido. Su milagro no consiste solamente en la multiplicación de los panes y los peces, sino que también, en sus comidas compartidas, nos deja los retazos de lo que debe ser la vida cristiana, los retazos del Evangelio a los pobres. Multiplica el pan y acoge en su mesa, a la vez que, ofreciéndose como pan compartido, rompe todo tipo de ataduras que hace que unos hombres sean esclavos de otros. Jesús con sus comidas es liberador. Hace pedazos las normas y las leyes de pureza de los judíos religiosos que, considerándose puros, excluían a los más débiles haciendo divisiones sociales entre puros e impuros, integrados y excluidos.

 Cuando Jesús reúne a las personas en torno a su mesa, cuando se ofrece como pan compartido, rompe toda barrera que separa a los hombres  y que les clasifica entre dignos e indignos. En la mesa compartida, nadie se queda fuera ni pasa hambre, pero, a su vez, se encuentra con la figura de Jesús como pan compartido en una especie de banquete de encuentro humano en donde no se distingue el rico del pobre, porque en su presencia no puede hacerse divisiones entre ricos y pobres, entre proscritos e integrados, entre oprimidos y opresores. El pan es para todos, se da de forma gratuita. En la figura de Jesús como pan compartido, se muestra el Mesías de la acogida universal en donde se acogen a los últimos y excluidos y se les pone como los primeros, como los integrados y acogidos en los brazos del Maestro.

 Cuando no redistribuimos los bienes de la tierra con equidad, estamos apartando de nosotros al Mesías del pan compartido , no le seguimos aunque estemos visitando su templo día tras día; cuando estamos haciendo grupos y separaciones entre grupos humanos, dejando a muchos en la estacada, tirados al lado del camino, no lo estamos haciendo como seguidores del Jesús de la mesa compartida; cuando estamos considerando como exitosos a los acumuladores del mundo y rindiendo pleitesía a los que adoran al dios de las riquezas, envidiando sus éxitos, estamos olvidando al Jesús de la mesa comunitaria; cuando pasamos de largo ante el grito de los pobres, hambrientos y marginados del mundo, nos estamos autoexcluyendo como invitados al banquete del Reino.

Sólo cumpliendo nuestros deberes de projimidad, de atención al prójimo apaleado y tirado al lado del camino, podremos entender y seguir al Mesías del pan compartido, de la comida universal, del banquete del Reino. Siguiendo a este Jesús es la única manera de que nosotros también aprendamos a multiplicar el pan, a no hacer divisiones entre grupos, a ser solidarios y serviciales con el prójimo necesitado, buscadores de justicia y agentes de liberación de un Reino que nos necesita para expandir sus valores en un mundo desigual e injusto. Sólo siguiendo a este Jesús como el pan compartido, podremos nosotros también formar nuestra mesa comunitaria en la tierra en donde nadie debe ser excluido, donde nadie debe ser marginado.

 En la mesa compartida, el que tiene debe dar al que no tiene. El que sigue al Maestro debe ser como un promotor de justicia, de una humanidad más justa y con una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, debe ser acogedor del otro, del que está en una situación de rechazo, pobreza o exclusión.  El Jesús del pan compartido se nos muestra como modelo a seguir, como ejemplo de acogida, transmisor del modelo que debe seguir todo discípulo del Maestro: el del pan y la mesa compartida en la que también se comparte la palabra y el amor que debe reinar entre todos los hombres de la tierra.


Autores: Juan Simarro Fernández

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¿Qué significa «unción»?

Publicado: mayo 18, 2011 en Teología

Juan Stam

Una frase muy popular en ciertos círculos es «la unción» o más frecuentemente, «una unción», seguida por adjetivos superlativos como «muy especial», «muy poderosa», etc. «Dios derramó una unción de lo alto» se oye a menudo, o aun por anticipado, «habrá una unción divina muy especial», «una unción muy especial está cayendo del cielo» o «Fulano es un predicador muy ungido». Es impresionante como en cada maratónica de Enlace se oye la misma frase: «se siente una tremenda unción aquí, es un poderoso mover del Espíritu » o «hay una tremenda atmósfera de milagros aquí» (¿qué sería una maratónica sin este «tremendismo» retórico?). ¿Creerán esos hermanos y hermanas que se puede programar al Espíritu Santo? ¿O será que sin darse cuenta ellos mismos están manufacturando artificialmente esos sentimientos, que no serían entonces exactamente «de lo alto»? Parecen haber olvidado que «el Espíritu sopla donde él quiere», no como nosotros le programamos y lo manejamos.

¡Qué refrescante sería escuchar alguna vez una confesión sincera, «Hoy el ambiente no sentimos ninguna unción, vamos a suspender la maratónica para este mes». Por lo menos sería lindo no tener escuchar esas pretenciosas frases rimbombantes de siempre.  Por supuesto, eso es impensable, pero ese silencio, aunque una sola vez, sería una buena señal de autenticidad.

La Academia Real capta bien el uso popular de estas palabras: «3. Gracia y comunicación especial del Espíritu Santo, que excita y mueve al alma a la virtud y perfección; 4. Devoción, recogimiento y perfección con que el ánimo se entrega a la exposición de una idea, a la realización de una obra, etc.»; Untuosidad [santurronería]. Un diccionario ingles define su uso religioso como «3a: fervor religioso o espiritual; 3b: una intensa seriedad exagerada, asumida o superficial, en lenguaje o conducta» (Meriam Webster).

Eso corresponde de cerca al uso del término hoy, pero no corresponde para nada a su sentido bíblico. Veamos como la Biblia emplea estos términos, comenzando con el Antiguo Testamento:

En el hebreo el verbo «ungir» significaba «echar un líquido (especialmente aceite) sobre una persona u objeto, o untarlo con dicho líquido». Se usaba para pintar una casa (Jer 22.14; cf. Ezq 23.14) o de perfumar el cuerpo (2Sm 12:20; Ezq 16.9; Am 6:6; Sal 92:10; cf. Mt 6:17). En ese uso, expresa alegría y bienestar (Sal 23:5; 92:10). Pero se uso más típico era para el ungimiento de un nuevo rey, equivalente funcional de la coronación. La típica construcción gramatical en hebreo, con LeMeLeK («a ser rey»), con el sentido «ungir como rey» (al puesto de rey) muestra que se refiere a un cambio de status de la persona (Botterweck Tomo IX p.45), no a alguna experiencia religiosa especial. El Antiguo Testamento narra el ungimiento de nueve reyes, dos de ellos paganos (Azael de Damasco y Ciro de Persia). Relata también la unción de los sacerdotes y algunos profetas, que los «santifica» a ellos (los separa para el servicio de Dios), como también al «evangelista» escatológico de Isaías 61. A veces es Dios mismo quien los unge (1Sm 10:1).

El Nuevo Testamento afirma que Dios ungió a Jesús (Lc 4:18; Hch 4:27; 10:38; Heb 1:9) pero a ningún otro individuo particular. Más bien, San Pablo afirma que Dios nos ha ungido a todos: «Dios nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía [arras] de sus promesas» (2Co 1:21). ¡La unción del Espíritu, igual que el sello y las arras, son de todo creyente desde el momento en que cree (Ef 1:13-14; 4:30; 2Co 5:5; cf. el bautismo por el Espíritu, 1Co 12:13). Estos dones del Espíritu son aspectos propios de la misma salvación. El N.T. nunca nos exhorta a buscar la unción, ni habla de que alguien lo perdiera, ni que disminuyera y aumentara. Dios nos unge con el don de su Espíritu que mora en todos nosotros desde nuestro nacimiento como hijos e hijas de Dios.

El sustantivo «unción» (jrisma) aparece sólo tres veces en el Nuevo Testamento, en las sorprendentes palabras de 1Jn 2:20,27:

Todos ustedes, en cambio, han recibido unción del Santo,

de manera que conocen la verdad.

No les escribo porque ignoren la verdad,

sino porque la conocen

y porque ninguna mentira procede de la verdad…

En cuanto a ustedes,

la unción que de él recibieron permanece en ustedes,

y no necesitan que nadie les enseñe.

Esta unción es auténtica — no es falsa —

y les enseña todas las cosas.

Este texto — el único en el N.T. que habla de «unción» — afirma dos veces que la unción del Santo pertenece a todos los creyentes, sin excepción. De esa manera la enseñanza paulina sobre el tema se reafirma con aun mayor énfasis en una epístola juanina. En segundo lugar, la unción tiene que ver con conocimiento y sana doctrina; no tiene nada que ver con miradas piadosas, gritos y susurros, historietas sacalágrimas, música de trasfondo a veces dulce, a veces estridente; en fin, unción y emocionalismo no tienen nada en común. En tercer lugar, como conclusión: los fieles cristianos y cristianas no necesitan maestros, pues no tienen nada que aprender de las vanas especulaciones de los presuntos «sabios» que inventan novedades en vez de escudriñar fielmente la Palabra, de la mano del pueblo de Dios, que son todos «carismáticos», portadores del Espíritu. (Este último punto significa que los pastores y maestros no deben ser autoritarios ni reprimir la sana criticidad en el pueblo).

Es obvio que nuestro uso del término «unción» dista mucho del sentido bíblico. Pero no quiero que se malinterprete este argumento. Mi crítica del abuso de una palabra, y de todo intento de poner fuego artificial en el altar de Yahvéh, no significa que no necesitemos «un mover del Señor» y que Dios no quiera derramar su Espíritu sobre su pueblo. Pero eso tiene que ser un mover de Dios en su libertad divina, no un esfuerzo nuestro de «mover» a Dios. Ni debe ser esa malentendida «unción» la meta de nuestra labor, ni aun el enfoque de nuestra atención. No son lo mismo emoción y emocionalismo, pero fácilmente nos confundimos y se nos olvida esa diferencia.

Termino con un homenaje póstumo a un predicador del evangelio, fallecido recientemente, con quien no siempre estuve de acuerdo pero a quién admiré y quien me edificó con su ministerio. Me refiero al hermano David Wilkerson. Era uno de los predicadores más emocionales de nuestro tiempo, pero su emoción era genuina y profunda, un dejarse mover por el Espíritu de Dios hasta las fibras más sensibles de su ser. Sus mensajes tenían sólido contenido bíblico. Era emocional pero no emocionalista. Era capaz de llorar largos minutos de sollozo ante el Señor en medio sermón, pero nunca capaz, creo yo, de simular emociones que no nacían al pie del trono divino, en la presencia del Señor de señores. Y jamás hubiera pretendido ser un «ungido»; más bien decía que él no era «profeta» — pero eso sí, tenía una profunda palabra profética para el pueblo de Dios.

¡Gracias buen Dios por nuestro hermano, tu siervo, David Wilkerson!

JuanStamBlog.


Una libro y oleada de reacciones
El conocido pastor sugiere que hay posibilidad de salvación aún después de la muerte. Time y CNN se hacen eco del debate.

17 de mayo de 2011, MICHIGAN

 “¿Gandhi está en el infierno? ¿Seguro? ¿Alguien tiene confirmación de esto?”. Las preguntas las plantea Rob Bell, un joven pastor especialmente popular en los Estados Unidos. Con este interrogante ha presentado “Love Wins”, su último libro que se publicaba en el pasado mes marzo.

En pocas semanas, Bell se ha convertido en el principal tema de conversación en decenas de blogs. Miles de comentarios en las redes sociales analizan el libro y tratan de responder a la pregunta: “¿Se ha desviado Rob Bell de lo que la Biblia dice sobre la salvación?”.

Pocas veces se había visto algo así en el contexto cristiano de EEUU. Es muy poco común ver a tantos autores, pastores evangélicos y teólogos dando tanta importancia a la publicación de un libro. Decenas y decenas de blogs en el mundo anglosajón han publicado en las últimas semanas opiniones en relación a Rob Bell, un pastor conocido hasta ahora por la serie de  vídeos “Nooma” , muy popular entre jóvenes y adolescentes.

El torbellino se ha desatado con la publicación del  vídeo promocional del su nuevo libro “Love Wins: A book about Heaven, Hell and the fate of every person who ever lived”  [en castellano, “El amor vence: un libro sobre el Cielo, el Infierno y el destino de todas las personas que hayan vivido hasta ahora”].

Descrito por los medios de comunicación de EEUU como una “estrella de rock del cristianismo moderno”, Bell siempre ha sabido cómo provocar preguntas y reacciones con sus mensajes.

Del autor se conocía hasta ahora su intencionalidad por romper moldes tradicionalistas, y su esfuerzo por construir un modelo de iglesia que tendiera puentes con las generaciones posmodernas. Su iglesia , Mars Hill Bible Church  (que no se debe confundir con la iglesia liderada por Mark Driscoll y que coincide en el nombre) está situada en Grand Rapids, Michigan y a ella asisten  10.000 personas  cada semana.  Bell forma parte de un movimiento de líderes cristianos muy centrados en comunicar el evangelio de una forma innovadora . Esta visión incluye asentar las iglesias sobre la base de grupos pequeños, buscar un lenguaje desenfadado, hacer énfasis especial en las artes, usar nuevas tecnologías y enfatizar en una predicación sencilla y entendible para personas no habituadas a la vida de iglesia.

Hasta aquí, todo bien, consideran muchos. Aunque a veces un poco forzado en sus interpretaciones de las parábolas de Jesús, los libros de Bell hasta y su colección de vídeos en internet habían causado más admiración que polémica.

 VÍDEO PROMOCIONAL LEVANTA PREGUNTAS
En febrero se publicaba en internet  el vídeo promocional de su nuevo libro . En los apenas 3 minutos de duración, Rob Bell se pregunta: “¿Irán al cielo sólo una cantidad de personas muy selectas, mientras miles de millones de personas se queman el infierno?”. Y añade: “Se nos ha dicho que Dios te enviará al infierno a no ser que creas en Jesús. Como si Jesús nos salvara de Dios. Pero, ¿qué tipo de Dios es este, que necesitamos ser rescatados de Él? ¿Cómo puede este Dios ser bueno?”.

Las palabras de Bell corrieron rápidamente por las redes sociales, y la expectación que se creó alrededor de su libro, publicado pocas semanas después, fue enorme. El autor, de 40 años, se convirtió en el tema de conversación para centenares de pastores y líderes cristianos de todos los espectros.

 Bell parecía estar insinuando que Dios debe perdonar a todas las personas, aún si no aceptan la bora de Jesús y creen en Él.  Que el infierno era un castigo desproporcionado y que era un obstáculo muy grande para creer en la bondad y el amor de Dios.

 REACCIONES INMEDIATAS EN LA RED
Justin Taylor fue el primero en reaccionar al vídeo, en su blog con la Gospel Coalition. En su post , que ha recibido más de 1500 comentarios, se preguntaba si el autor de “Love Wins” se ha convertido al universalismo, una corriente minoritaria que pretende justificar que la salvación es para todas las personas, incluidas las que no creen en Dios. Y añadía:  “Es tremendamente triste que aquellos que han sido llamados a compartir la Palabra, distorsionan el evangelio y confunden a la gente con falsas doctrinas” .

A Taylor le siguieron rápidamente todo tipo de líderes cristianos muy influyentes, que ya una vez publicado el libro, han escrito extensas críticas. Kevin de Young, pastor de la University Reformed Church, en Michigan, mostraba su preocupación por lo peligroso de abrir interrogantes sobre doctrinas a las que la Biblia deja muy pocos espacios para la discusión.

Albert Mohler, presidente del Seminario Teológico de los Bautistas del Sur, y voz muy reconocida entre el protestantismo americano, no tenía dudas: “No hay forma de seguir siendo evangélico si se niega la doctrina del infierno”, concluía en alusión a Bell.  Mark Driscoll, pastor en Seattle, recordaba que “Jesús es quien más habla del infierno en toda la Biblia” . También  John Piper , pastor de Betlehem Church, expresaba su opinión con un contundente juego de palabras en su cuenta de Twitter: “Farewell, Rob Bell” (“Adiós, Rob Bell”).

Zondervan, la editorial que había publicado varios de los libros de Bell, anunciaba poco después que rescindía su contrato con el autor.

 DIARIOS Y TELEVISIONES REFLEJAN EL DEBATE
 Los medios de comunicación norteamericanos no cristianos no han tardado en recoger la polémica. El canal de información  CNN titulaba un artículo “Autor cristiano recibe acusaciones de herejía” . Por su parte, el New York Times hablaba de una “granizada”  en el mundo cristiano contra Rob Bell por querer reabrir “preguntas de la antigüedad” que habían quedado descartadas como herejías en la Historia del Cristianismo. También ha sido muy vista una breve entrevista de Martin Bashir con Bell, en otro de los grandes medios de comunicación, MSNBC. En un tono muy duro, el periodista contrastaba las opiniones del autor con los argumentos contra su libro que se habían ido acumulando en las redes sociales con el paso de las semanas.  En el vídeo, Bell parece tener serias dificultades  cuando Bashir le acusa de haber “creado un nuevo evangelio mucho más fácil de creer” que el mensaje bíblico.

 La polémica ha llegado finalmente a la portada de la revista Time , una de las más vendidas en Estados Unidos y en el mundo. En un  extenso artículo , se pretende presentar a Bell como el líder de una generación de nuevos cristianos que quiere integrar el evangelio en la sociedad actual. Al revés de lo que parece ser la opinión mayoritaria entre los evangélicos, la revista ensalza al autor como alguien que ha sido capaz de renovar el cristianismo estadounidense.

 GRANDES VENTAS DEL LIBRO
De mientras, “Love Wins” se ha convertido en un best-seller inmediato, superando en ventas en EEUU el último libro del Papa Benedicto XVI. Bell se muestra “sorprendido” ante la repercusión todo el tema ha tenido.

 En varias entrevistas posteriores a la publicación, el autor no ha querido hablar sobre las críticas que ha recibido.  Más bien explica que ha recibido muchas felicitaciones de lectores que los han considerado “un libro necesario”.Como se puede ver en este  debate con Adrian Warnock  (el blogger cristiano más leído en el Reino Unido) en la radio cristiana Premiere, Bell prefiere no dar respuestas a las preguntas que él mismo ha lanzado en el libro. Aún cuando se le pregunta claramente por sus posiciones doctrinales, se define como “un cristiano que se hace preguntas”, y añade que “nadie sabe lo que pasa al otro lado, cuando morimos”.

Sea como sea, Rob Bell se encuentra en una situación muy particular.  Acusado por muchos por tratar de diluir el evangelio para hacerlo aceptable a las grandes masas, parece haber perdido el apoyo de la mayor parte de la comunidad evangélica en Estados Unidos. Los aplausos le han llegado por parte de los sectores más liberales del protestantismo norteamericano y desde los medios de comunicación.  El debate sigue abierto, y la popularidad de Bell hace difícil que la controversia se apague fácilmente.

Autores: Joel Forster

© Protestante Digital 2011


Juan Stam
«Estuve muerto,
pero ahora vivo por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del infierno»
(Ap 1.17)
La vida terrestre de Jesús comienza y termina con dos fenómenos sumamente humanos, bastante sorprendentes pero muy olvidados. Al inicio pasó nueve meses «internado» como feto en el vientre de su madre, hasta que a ella «se le cumplieron los meses» de su embarazo. Y hacia finales de su historia humana, fue «internado» en la madre tierra, como cualquier otro cadáver. Humanamente hablando, el «sábado santo» es el día en que Dios (el Hijo) estaba muerto. Ese día Jesús parecía ser un muerto más entre los cadáveres de Jerusalén.
El tiempo de los verbos de Apocalipsis 1:17 llaman la atención; desde nuestra experiencia humana tendríamos que decir que parecen estar equivocados. La experiencia humana, aparte de la fe, nos obligaría a decir, «Estuve vivo pero ahora estoy muerto por los siglos de los siglos». Pero la resurrección invirtió los tiempos verbales, y Cristo puede decir «estuve muerto» (tiempo pasado, una realidad superada) y «ahora vivo» (tiempo presente) «por los siglos de los siglos» (futuro sin fin).
¡Cristo es el muerto que por su muerte mató a la muerte para siempre!
Me permito agregar un pasaje de Profecía bíblica y la misión de la iglesia:
La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 P. 3:15). ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra? ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?

1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado. Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe. Creer es esperar; si no espero, realmente no creo. Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire. Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..
Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch. Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro. Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar? Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica,(1) entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión. La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.
Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza. Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”. Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero tambíen había resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar. Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo. Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.
Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Rm 4:18) sigue esperando. No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza. Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos. Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse. A la luz de la resurrección, todo es posible.

Porque él vive, yo no temo el mañana,
Porque él vive, el temor se fue,
Porque yo sé que el futuro es suyo,
Y que vale la pena vivir,
Porque él vive en mí.

Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, ahora en “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la.postmodernidad. Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”. Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más. Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusinados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad. Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.
2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo. El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental. La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser. Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne. La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros. La carne no es de avergonizarse, sino de darle gracias a Dios.
La resurrección nos llama a ser humanos. Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluída nuestra realidad física. Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.” A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros. Y volverá en cuerpo visible. Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.
3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte. Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguentes palabras bellas:
La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano… [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver. El cristianno conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.(2)
El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte…y muerte de cruz.
En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que » ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella»(3)  Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra «muerte». Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14). La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55). Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.
¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte! Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:
a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad. Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella. Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesus dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21). En Cristo el morir es también un acto libre. Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás. Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa. La muerte se ha convertido en libertad.
b). Cristo tran sformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC. Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo). La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final. Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos. La muerte ahora es la coronación de la vida. Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11). En Cristo la futilidad se tornó plenitud. Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:

Cuando me llames
Concédeme,Señor, cuando me llames
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también, Señor, cuando me llames,
concédeme que todavía tenga
firme el paso, la vista despejada,
y puesta aun la mano en la mancera.
Yo sé muy bien que cuando al cabo falte
mi mano aquí, tu sabia providencia
otras manos dará, para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.

c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57). Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás. Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya. Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús. Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor! ¡Jesus es Vencedor!”(4)  Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
Te alzaste pujante, Lleno de poder,
Mas que el sol radiante Al amanecer.
Gozo, alegría, Reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día Muestra su poder…
Angeles cantando Himnos al Señor
Vanle aclamando Como vencedor.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!

d). De pérdida en ganancia. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21).. Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor. Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir. Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad. Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder. Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados. En Cristo, morir es ganancia.
Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele. No debemos engañarnos con un falso optimismo Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos. Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:

Tesoro incomparable, Jesus amigo fiel,
Refugio del que huye del adversario cruel…
Sin tu influencia santa, la vida es un morir;
Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.

e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio. La muerte no es el acabóse sino el comenzóse, como diría Mafalda. Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apoc 21:1s). Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo. Por eso también la muerte misma es un nuevo principio. Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida. Así Cristo ha transformado el sentido de la muerte.
Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice quue en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”. Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos. No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes».
En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido, muy admirado y muy admirable. Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia. Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto. Pero al fin salió el secretaroio del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”
Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53. Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre. Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo. “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.
Notas:
(1) Ver más al respecto en el último capítulo de este libro, sobre el fin del mundo.
(2) Sacramentum Mundi 4:818.
(3) Theological Wordbook p.60.
(4) Ver Gustaf Aulen, Christus Victor (1931).

Sobre el autor: 
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

http://www.elblogdebernabe.com


The Trials of American Lutheranism

The torments that the two major American Lutheran churches have visited on themselves.

Robert Benne

The two largest Lutheran churches in America have now broken up: the Lutheran Church–Missouri Synod (LCMS) in the 1960s and 1970s after a brutal conflict between insurgent conservatives and complacent liberals, the Evangelical Lutheran Church of America (ELCA) in the last few years, as the predictable result of a flawed ecclesial foundation. While both stories are instructive in their own right, the striking thing about them is that they are compellingly connected. The refugees from the first conflict were instrumental in shaping the flawed foundation of the second. Further, those refugees from the LCMS aided those in the ELCA who were pushing it toward liberal Protestantism. So we are left with one Lutheran communion mired in unending conflict over biblical interpretation, and another merged fully into a declining, desiccated Protestant mainline.

The story of the old conflict, told well in James Burkee’s new book Power, Politics, and the Missouri Synod, is a dark tale about something that really did not have to happen. It is the story of the overthrow of a moderate but unwary president, Oliver Harms, and his associates by a highly organized and mean-spirited group of conservative (reactionary is probably a better word) insurgents. They drew on the unease and suspicion sown over many years by a renegade pastor, Herman Otten, who, ever resentful at being refused certification for ordination, conducted a relentless vilification of LCMS leaders and professors with his newspaper Lutheran News, which later became Christian News.

In some ways the takeover of headquarters was merely an instrument for getting at the leadership and faculty of Concordia Seminary at St. Louis, which the insurgents rightly suspected of moving beyond its conservative constituency in biblical interpretation, theology, and cultural and political attitudes. Charges were brought in the early 1970s against the seminary’s president, John Tietjen, and he and the faculty adamantly refused to accept any of the face-saving deals offered by the insurgents. As the noose on them tightened, they staged an exodus in 1973 from the campus of the seminary and formed the Seminary in Exile (Seminex). The church around them fractured, but few congregations—only around 270 of some 6000—followed them out of the Missouri Synod into the new Association of Evangelical Lutheran Churches (AELC).

As Burkee describes it, the insurgent war on the liberals (they called themselves moderates) was unrelenting, fierce, and remorseless. Participants in the current conflict in the ELCA are playing by the Marquis of Queensbury’s rules compared to the bare-knuckle brutality of Missouri’s Great Unhappiness. Burkee demonstrates that conservatives in the LCMS were deeply affected and motivated by the political and cultural upheaval of the sixties. They seemed driven as much by conservative political and cultural commitments as by theological concerns, though they were sorely provoked by the rambunctious Richard John Neuhaus and a bevy of fellow rebels who in many cases fused their religious commitments with their left-wing politics.

But a concern for biblical and theological liberalism did underlay the simmering discontent many Missourians had for years with Concordia Seminary. Some of the faculty indeed promoted gospel reductionism (the teaching that justification is the only doctrine that finally matters) as well as an understanding of Scripture strongly influenced by historical-critical assumptions.

On the other hand, the liberals were both arrogant and strategically inept. They were arrogant in the sense that they thought they could get away with their biblical, theological, and cultural liberalism without offending a much more conservative constituency and in the sense that their leaders would not give an inch before the charges of the conservatives. At one poignant moment, the leader of the insurgents, J. A. O. Preus, would have stopped the attacks if Tiejten would have made a small apology for the faculty’s errors. But that was not to be. The liberals were also strategically clueless, swept up in the romantic allure of exodus, when they might have better employed the gritty tactic of making Preus come after them one by one. After about three public trials—and the attendant blood spilled and momentum lost—the conservatives would likely have tired of continuing the attack.

The conflict ended more than three decades ago with a conservative victory, but it seems as if Missouri has been unable to rid itself of ongoing infighting. Heresy charges and trials simply for bringing up borderline issues—women teaching theology in Missouri universities, for example—persist. Added to such continuing strife is the “Brief Statement” of 1932 (a Missouri clarification of its stand on matters of biblical interpretation), reiterated in the mid-seventies, which seems to elevate quasi-fundamentalist and anti-evolutionary planks to confessional status and can be used to quash any attempt at biblical or theological creativity. Women’s ordination and closed communion also persist as divisive issues.

Neither the relatively small number of Missouri Synod churches that formed the AELC nor its seminary Seminex were strong enough to survive for long independently. The new church quickly joined the merger conversations in the 1980s between the American Lutheran Church (ALC) and the Lutheran Church in America (LCA). Thus, the liberal refugees from the Missouri Synod became key players in the formation of the new Evangelical Lutheran Church in America in 1988. In addition to the Seminex faculty, the ex-Missourians provided several revisionist pastors and bishops, one of whom, Stephen Bouman, may be the ELCA’s next presiding bishop. Though they were in the minority, they brought a battle-hardened, coordinated contingent that saw no enemies to the left, only to the right. They had had enough of authoritarian conservatism and joined the liberals of the ALC and LCA to make sure that conservatism would never play a dominant role in the new ELCA.

Both the ALC and the LCA were already slipping toward liberal Protestantism before the new church was planned. The hermeneutic of suspicion was already being applied within those churches to the inherited tradition. The informal magisterium that had been carried by their leading theologians, which had kept the churches orthodox, was already in trouble by the time merger talk began.

Still the best source for this story of how the liberals prevailed in their attempt to make a “new” Lutheran church is The Anatomy of a Merger (1991), whose author, Edgar Trexler, was at the time editor of the LCA’s denominational magazine, The Lutheran, and in that role attended nearly every meeting of the groups that planned the ELCA. What was distinctively “new” in the new church was its commitment to “inclusiveness.” As one observer put it, inclusiveness was the “god term” of the proceedings, “the expression about which all other expressions are ranked as subordinate.”

The practical instrument of inclusiveness was the imposition of quotas for every committee, task force, assembly, and bureaucracy in the new church. Each of these had to be 60 percent lay, 40 percent clergy, 50 percent women, and 10 percent either people of color or people whose first language was other than English (although German, Hungarian, Slovak, and other languages spoken by ethnic Lutherans didn’t count). The veteran leaders of the ALC and LCA opposed the quotas, but the liberals had their way. Quotas over-represented interest groups—feminists, multiculturalists, black liberationists—and under-represented the traditional leaders from the merging churches, experienced white male pastors, and especially theologians.

The planners did not stop with imposing quotas. They planned a structure that insured that theologians and bishops, who were then almost exclusively white males, would have little real theological authority in the church, that evangelism would be a second- or third-order concern, that a quota-driven national assembly that was 60 percent laypeople would vote on church doctrine, that there would be no opportunity for synods and congregations to rescind those votes, and that a liberal central bureaucracy would have its own way over time.

The new ELCA was significantly defined by a coalition of sixties radicals, and in fact the shaping of the ELCA parallels the reform of the Democratic Party. Jesse Jackson and George McGovern and their followers, using a quota system, moved the Democratic Party to the left not only of the country but of its own membership. It took the Democratic Party twenty years to move enough to the center to begin to win presidential elections again. In democratic politics, however, the citizens can throw the rascals out. But such was not—and is not—possible in the ELCA. Once the new DNA of the ELCA was set, clergy and laity in the church could do little to challenge the bureaucracy. They could slow down its progress but not alter it or change the direction of their church.

The “march through the institutions” radiated from Chicago—the new headquarters of the ELCA—to many synods, agencies, colleges, and seminaries. The church’s seminaries, for example, took in professors from Seminex, which closed at the beginning of the merger talks. (It had lasted for less than ten years.) The Lutheran School of Theology at Chicago (LSTC) took in eleven Seminex faculty, who then altered dramatically the character of the seminary. Much later, the LSTC faculty voted unanimously to support the revisionist sexuality policies that were proposed and accepted at the 2009 ELCA Churchwide Assembly. (That Assembly approved the blessing and ordination of partnered homosexual couples as well as a social statement on sexuality that backed away from many classical Christian teachings on sexual ethics.) The LSTC was not the only seminary affected strongly by the refugees. Indeed, by my counting not one of the former Seminex faculty wound up on the side of the traditionalists in the run-up to the Churchwide Assembly of 2009.

Many faithful and competent orthodox pastors and laity have enriched the ELCA after their migration from the LCMS, but the question remains why those from Seminex and the AELC who have taken leadership positions in the seminaries, colleges, bureaucracies, and synods of the ELCA have bent toward the revisionist side. Was it because their former tormentors had been on the right and they could not, or would not, recognize any danger from the left? Or was it because they were, as the conservative insurgents of the LCMS had charged, liberals from the very beginning and have found a most hospitable place in the ELCA?

Whatever the case, from the beginnings of the ELCA that leadership of former Missourians has been instrumental in pushing the ELCA in the revisionist direction. They and the others who created the new church did all they needed to do to insure that liberal Protestantism was the ELCA’s destination.

While the battles within the LCMS and the ELCA did not change American Christianity much (Lutherans after all are a small and declining tradition, both absolutely and as a percentage of the population), they certainly changed American Lutheranism. The first battle blew apart what had been a strong church, which has never recovered its unity, vitality, or its place in American religious life, and provided an important impetus for the breakup of another.

And the breakups continue. Two new churches and at least one new seminary have emerged from the ELCA. Lutheran Congregations in Mission for Christ (LCMC) is a fairly loose association of about five hundred congregations with little central organization or direction. The North American Lutheran Church, founded only six months ago, expects its membership to reach more than two hundred churches by its first year anniversary. It possesses a much more traditional structure. Both are served by a new seminary—the Institute of Lutheran Theology—which offers mainly online courses taught by orthodox Lutheran professors. Both churches emphasize evangelism. Both churches also accept—after careful examination—students from other seminaries who want to join them as well as pastors who are leaving the ELCA.

Another association, not a church, is the Lutheran Coalition for Renewal (CORE). It provides a meeting ground for orthodox Lutherans who remain in the ELCA and the LCMS as well as for those who have migrated to the new churches. It provides a number of services for the new churches and holds an annual theological conference that attempts to provide a vision of Lutheranism at its best.

How this will all sift out is known only to God, but these dissenting Lutherans believe that it is important to provide an institutional home for the Lutheran insights that aim at reforming the church catholic. There is still plenty of need to remind Christendom of the radical nature of God’s grace in Christ; of the distinction between Law and Gospel as marking the two ways that God reigns in the world; of the perennial condition of the Christian in this life as both saint and sinner; and of the special vocation of the laity.

These Lutheran perspectives retain crucial importance as distinctive insights into the Great Tradition. They of course are not the whole and should not be taken for the whole. But they do provide flashes of illumination and insight for the one, holy, catholic, and apostolic Church. That is justification enough for their preservation.

Robert Benne is director of the Center on Religion and Society at Roanoke College


Homenaje en la aldea global
Pablo Martínez analiza la vida de una persona “empática, cercana y muy pastoral”.

27 de abril de 2011, BARCELONA

 La revista Time le ha puesto en la lista de las 100 personas más influyentes del siglo XX. Ha escrito más de 30 libros, y su impacto como líder cristiano se ha visto en muchísimos ámbitos, desde el movimiento global  Lausanne  hasta la revista Christianity Today , pasando por el  London Institute for Contemporary Christianity.  Repasamos la vida de John Stott a través de las opiniones del Doctor Pablo Martínez Vila.John Stott es “un hombre que nunca buscó sus propios intereses, fue más allá de los intereses denominacionales y siempre veló por la causa de Cristo y la extensión del evangelio”. Así es como resumiría al autor inglés el psiquiatra y conferenciante Pablo Martínez Vila.

“Su influencia ha ido más allá de lo que es el mundo evangélico o de Inglaterra, para tener un impacto verdaderamente mundial” y esto le ha llevado a un reconocimiento muy importante. “La razón por la que es considerado un personaje fundamental es porque ha sido un hombre de Estado”, alguien no solamente reconocido dentro del ámbito de la iglesia, sino también en la sociedad en su conjunto.

 En España se le conoce “sobre todo como escritor” , por la formación que han aportado sus comentarios bíblicos y sus libros “relacionados con cultura y problemas sociales”. Otras facetas de su aportación probablemente son menos conocidas en España, “porque tenemos la barrera del idioma”, considera Martínez. El autor sólo ha estado en España una vez. Fue como conferenciante en el Congreso Evangélico Español de 1997, en Madrid.

 LA RECIÉN PUBLICADA BIOGRAFÍA DE SU VIDA
Coincidiendo con los 90 años, se ha publicado por fin en España un biografía sobre su vida: “John Stott, un hombre de Dios excepcional” (Andamio, 2011), escrita por Roger Steer. Pablo Martínez de hecho estuvo en la presentación del libro cuando por primera vez salió en inglés. En comparación con otras obras biográficas sobre el autor, esta es una “biografía reducida, una síntesis” de la vida del autor. Martínez cree que es  “un libro inspirador, uno de aquellos libros que uno disfruta leyéndolo” , y remarca que es especialmente bueno “si se busca estímulo para la vida cristiana”.

 CONOCIENDO A STOTT EN PRIMERA PERSONA

Pablo Martínez conoce bien a John Stott no sólo a través de sus obras, sino también por la amistad que han tenido por años. “La relación surgió hace unos 30 años”, cuando Martínez tradujo un libro suyo al castellano. A partir de ahí, compartieron muchas cosas e incluso Stott le ofreció formar parte del Consejo Directivo del  London Institute for Contemporary Christanity .“Hemos compartido muchas horas juntos”, no sólo alrededor de eventos u organizaciones cristianas, sino también en “viajes a la naturaleza”.
A nivel de carácter,  John Stott es una persona “cercana, empática y muy pastoral” , explica Martínez. “Recuerdo cuando lo conocí por primera vez, era yo muy joven, debía yo tener 21 años, y esta es la sensación que tuve, que siendo él la persona destacada, te hacía sentir a ti importante”.

Además, el carácter de este conferenciante británico ha destacado siempre por ser “humilde y asequible”. Y a ello se añade  “una vida de oración” , recuerda Martínez. “Cuando compartíamos tiempo juntos, no había un solo día que no terminara con un tiempo de oración, de peticiones personales… es un hombre de oración”.

 TRES MINISTERIOS CLAVE
¿Qué es lo que Stott ha estado impulsando, a lo largo de su vida? “El trípode que refleja mejor los énfasis” de John Stott se podría resumir en tres ministerios: la iglesia de All Souls (London, Inglaterra), el  London Institute for Contemporary Christianity  (LICC, en castellano: Instituto Londinense para el Cristianismo Contemporáneo) y la  Langham Partnership .

“Stott fue pastor muy joven, apenas tenía 29-30 años”, y lo fue en “una de las iglesias anglicanas más importantes de Londres,  All Souls ”. Es especialmente interesante que haya sido “una persona de una sola iglesia local”. Al iniciar su trabajo de liderazgo allí, se marcó cinco grandes objetivos: el discipulado de nuevos creyentes, la evangelización, la predicación expositiva, la oración y la formación de líderes laicos. Estas prioridades han marcado el crecimiento de All Souls y ha permitido que siga siendo “un faro en el mundo evangélico, no sólo en Inglaterra sino en todo el mundo”.

Por su vida también ha defendido que en la vida del cristiano no debería existir una división entre lo secular y lo sagrado. Con esta visión global de la vida impulsó la creación del  LICC . Stott explicó en su momento el propósito de este proyecta: “Contribuir a que los estudiantes lleguen a ser cristianos más completos en su vida personal, y cristianos más efectivos en su vida profesional pública, de manera que cristianos integrales puedan influir el mundo secular con un evangelio integral”.

La tercera pata del ministerio de Stott es “un vehículo para formar a pastores”, el  Langham Partnership . Ahí se ha canalizado mucha de la literatura que Stott ha escrito a lo largo de su vida. Explica Martínez que entre las funciones de este ministerio “se facilita literatura a pastores de países en vías de desarrollo, con ediciones baratas de libros, se financia la compra, se invierte en derechos de autor para estos países, traducciones”.

 “DEDICÓ TIEMPO A LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS”
“Fue un hombre muy comprometido con el equivalente de GBU a nivel internacional (IFES), dedicó tiempo a estar con los estudiantes”. Fue así porque “nunca fue un hombre de una sola denominación, sus metas siempre trascendieron su denominación anglicana”.

Por ello también colaboró activamente con la Alianza Evangélica Mundial.  “John Stott nunca fue un hombre de proyectos personales, y mucho menos de proyecto personalistas” , explica Pablo Martínez Vila.

Este carácter de búsqueda de la unidad fue lo que llevó a Stott a ser uno de los pioneros en el Movimiento global de  Lausanne  (del que se ha celebrado el año pasado el  Tercer encuentro en Ciudad del Cabo ). “Fue el redactor del documento de Lausanne, en 1974, uno de los documentos que ha moldeado el cristianismo evangélico en todo el mundo en los últimos 30 o 40 años”. Su aportación fue especial por “el equilibrio entre la proclamación del evangelio y la vivencia de este evangelio en forma de preocupación social, de acción”. A Stott se unían en ese momento personas como Samuel Escobar y René Padilla, que reafirmaron esta visión de integrar proclamación y acción.

 ¿QUÉ SIGNIFICA SER EVANGÉLICO?
La “identidad evangélica” ha sido otro de los estandartes de Stott. Su defensa de este concepto surgió en medio del “combate ideológico y teológico que había en Inglaterra en los años 40 y 50, entre conservadores y liberales”.  Stott fue “el paladín de un resurgir de un movimiento evangélicos tal como lo entendemos nosotros” , opina Martínez. Fue en este “contexto de liberalismo teológico” en el que el autor puso énfasis en la necesidad de una identidad evangélica, por ejemplo en la “importancia de enfatizar el nuevo nacimiento en la línea de Juan 3”. A ello se añade también la centralidad de la Cruz en el evangelio, otro aspecto que Stott defendió a capa y espada.

Pablo Martínez Vila cree que la vida y la obra del inglés han mostrado que se puede ser “un “estudioso, un erudito, una persona formada y profundamente evangélica”. Esto cambio el corriente de opinión que podía pensar que los eruditos cristianos eran de corrientes liberales, “Stott se encargado de desmentir este mito”.

 TRES LIBROS QUE DESTACAN
La faceta más conocida de Stott es claramente su facilidad a la hora de escribir. Los homenajes que ahora recibe en muchas partes del mundo demuestran el impacto que sus libros han tenido en muchos sitios. Pero si uno quiere empezar a leer al autor ¿por dónde empezar?

 Cristianismo Básico  es el libro más leído (3 millones de ejemplares vendidos, y traducido a 50 idiomas). Es un “obra formidable desde el punto de vista evangelístico”, cree Pablo Martínez, un libro “de referencia para explicarle a alguien que es el evangelio”. Es ideal porque “tiene un equilibrio entre erudición y claridad”, algo distintivo del autor.

Una recomendación más personal de Martínez sería  Los problemas de los cristianos enfrentamos hoy  sobre “temas sociales conflictivos”que el autor trata con un “don especial para armonizar contradicciones aparentes y llegar a conclusiones sumamente bíblicas”.
Sin embargo, su obra magna es   La Cruz de Cristo , en la que aparecen resumidos “los pilares esenciales de su pensamiento teológico: la autoridad suprema de la Palabra de Dios, la centralidad de la cruz de Cristo y las implicaciones globales de la salvación, no sólo a nivel personal, sino también público, comunitario, como iglesia”.

 OBRA Y AFICIÓN A LA ORNITOLOGÍA
Explica Martínez Vila que “es relativamente frecuente en el mundo evangélico en Inglaterra el hecho que pastores notables, pastores muy influyentes hayan permanecido solteros toda su vida”. Una de las grandes ventajas que Stott ha tenido como líder por « haber permanecido soltero  ha sido su capacidad de dedicación completa a la obra del evangelio”. Es verdad que “estar casado da otros aspectos de ventaja como una mayor comprensión de primera mano del mundo de la familia”, explica el psiquiatra, “pero el hecho que Stott se mantuviera soltero ha permitido una concentración de talento y esfuerzo y tiempo que le han permitido hacer una obra ingente”.

Otro dato interesante de la vida de Stott que siempre aparece en sus biografías es la  afición por la ornitología , el estudio de las diferentes especies de aves. “En parte viene porque su padre, que era médico, era un gran aficionado a la historia natural”, que le enseñó desde pequeño. “De niño empezó con una colección de mariposas, pero muy pronto se fue a los pájaros”. Aunque se considerara amateur en este hobby, Martínez recuerda que la gran capacidad de Stott de “reconocer un pájaro sólo por la forma de cantar”. “Él siempre decía que era un hobby que le permitía estar en contacto con la otra gran Biblia, que es la creación, la revelación natural”.

 SALUD MUY FRÁGIL
A sus 90 años, John Stott ha dejado ya la pluma y sus aficiones.  “Su estado de salud es francamente precario” , tiene “dificultades muy importantes de visión”. “Al mismo tiempo que con su cumpleaños agradecemos a Dios habernos regalado a este hombre inspirador, es bueno que nos acordemos de su situación ahora, de gran fragilidad, en la que es muy importante sentir de cerca esta provisión de Dios que ha caracterizado toda su vida y que se necesita sobretodo en estos momentos de invierno, de final de vida”.

Autores: Joel Forster

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro
La pobreza: escándalo y vergüenza humana (XXX)

Días de pasión. Días que no se reducen solamente a los días de la llamada Semana Santa. Hay días en los que celebramos la pasión de Cristo. No hay días para celebrar la pasión de los pobres y sufrientes del mundo. Sin embargo, entre ambas pasiones, hay interconexiones bíblicas y teológicas importantes. Dos historias de sufrimiento que corren paralelas e interrelacionadas. Dos misterios de pasión en torno

Misterios difíciles de entender a través de la razón humana. Los entendemos mejor con el corazón, con el sentimiento, con la vivencia profunda de la espiritualidad cristiana que, en el fondo, es una espiritualidad tremendamente humana. El misterio del sufrimiento humano es también el misterio del sufrimiento de un Dios todopoderoso que se involucra en el dolor humano sufriendo con las penas de sus criaturas… Recuerdos de la pasión de Cristo en la cruz. Recuerdos del misterio de la pasión de Cristo que no es menos misterioso que el misterio de la pasión del mundo. Caminan en paralelo.Ese misterio de pasiones puede provocar en nosotros diferentes respuestas: una es el silencio ante lo insondable del sufrimiento de Dios y de sus criaturas. La otra es que, a pesar de lo misterioso que envuelve el tema del sufrimiento humano, profundicemos en él hasta llegar a sus raíces. Difícil tema el de llegar a las raíces del sufrimiento, de la pasión de Dios y de los hombres. Sin embargo, humanamente hablando y en el entorno de nuestra historia, en el ámbito de nuestro aquí y nuestro ahora, sí que podemos sacar algunos retazos entendibles del por qué de algunos sufrimientos humanos que mantienen aún a Dios en la cruz sufriendo son sus criaturas.

 ¿Qué podemos entender de esta pasión humana que mantiene viva la pasión de Cristo en la cruz? ¿Hay algo que nos ayude a contemplar la pasión del mundo, del hombre empobrecido y sufriente, desde Dios?  ¿Hay algo que nos ayude a contemplar la pasión de Dios en la cruz desde el sufrimiento del hombre, desde la pasión del mundo en nuestro presente histórico, en nuestro aquí y nuestro ahora en el que vivimos y que de alguna manera podemos interpretar?

Quizás a los cristianos, a los religiosos, a los teólogos y filósofos les cueste trabajo dar una respuesta rápida porque no se han dejado impactar por la pasión del mundo. Quieren vivir de cara a la pasión de Cristo en la cruz, sea a través de procesiones, rituales o cultos en memoria del crucificado, pero no impactan lo suficiente porque se hacen de espaldas al sufrimiento de los hombres, a la pasión del mundo. Debemos bajar de nuestro tren preñado de espiritualidades insolidarias y ponernos frente a frente de los pobres y sufrientes del mundo, no darles nunca más la espalda a sus gritos de pena, sus gritos por misericordia… y quizás comencemos a entender la pasión de Cristo en la cruz, a trazar líneas de liberación y compromiso.

Pasión de Cristo asumiendo voluntariamente sobre la cruz el pecado de todos los hombres. Pasión del mundo en donde muchos hombres cargan involuntariamente con las consecuencias del pecado, consciente y voluntario, de los avaros y egoístas, de los acumuladores e injustos de este mundo caído en espera de liberación. El fruto del pecado de algunos recae sobre otros dando lugar a toda una pasión humana. Pasión del mundo en donde aún se da la pasión de Cristo. Pasión del mundo en cuyo seno se mueven los oprimidos del mundo, los empobrecidos, los injustamente tratados, los robados y privados de la dignidad que debe tener cada criatura de Dios.

 Podríamos dar muchos datos concretos de esta pasión del hombre que, sin duda, repercute en el mantenimiento de la pasión de Dios, un Dios preocupado de sus criaturas, preocupado por la justicia, la solidaridad y la projimidad que él mismo nos enseñó. Pero yo creo que en el mundo hoy en donde tenemos acceso a los medios de comunicación, estos datos de la pasión del mundo son sumamente conocidos.  Los hambrientos del mundo, la pobreza severa y extrema que se ciñe en tantos millones de hombres, nuestros prójimos en espera de justicia misericordiosa, los niños que mueren cada día en el mundo por el hambre, por enfermedades vencibles, por falta de agua potable, los analfabetos… los oprimidos y maltratados del mundo que son legión, incontables ante la mirada inmisericorde de tantas personas, muchos de ellos dicen ser seguidores del Maestro… La pasión de muchos de los migrantes del mundo sobre la cruz de la ilegalidad, el racismo, cierta esclavitud tolerada y el peso de la prepotencia de las sociedades de acogida.

Escándalo y vergüenza humana. Son los conceptos usados en esta serie. Conceptos que quizás se queden cortos y no lleguen a interpelar la sensibilidad de los lectores. Pasión del mundo… pasión de Dios. Contradicción e incoherencia de los seguidores de un Dios que dice sufrir con la pasión y dolor de sus criaturas, que se nos presenta como experimentado en quebranto o, lo que es igual, como experto en sufrimiento. Parece que muchos de sus seguidores no han entendido bien cuál es el camino y las características de ese seguimiento.

Días de pasión. Celebración de la pasión de Jesús en torno a su crucifixión y muerte. Pasión del mundo que se pone en paralelo a la pasión de Cristo. Pasión de los pueblos empobrecidos, despojados no sólo de los recursos económicos necesarios para sobrevivir y tener una vida digna, sino despojados de sus posibilidades e identidades culturales y educativas, excluidos de toda posibilidad de trabajo digno, discriminados por raza o etnia, hambrientos, humillados, injustamente tratados, privados de libertad, torturados, dando a luz niños que, en incontables casos, no se desarrollan y mueren prematuramente… Pasión del hombre, pasión de Dios.

 Pasión de un Dios que clama por justicia y ayuda y, a los que la practican, los acoge diciendo: “Por mí lo hicisteis”…  es como si pudiéramos eliminar algo de la pasión de Dios cuando eliminamos algo de la pasión del mundo, cuando liberamos, cuando podemos suavizar el grito de los marginados de la historia, cuando denunciamos las causas de la pobreza, de la opresión y de la injusticia del mundo. ¡Señor, ayúdanos a comprender tu pasión desde la mirada a la pasión del mundo, desde la mirada al sufrimiento de los hombres! ¡Ayúdanos también a comprender la pasión del mundo desde tu pasión como Dios inocente, experto en sufrimiento, que aún sufre con el dolor de los hombres!… en espera de liberación. Úsanos como agentes de esa liberación necesaria, como evangelizadores del mundo, como anunciadores de los valores del Reino que irrumpe en nuestro mundo con tu presencia.


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Unamuno y Mackay

Publicado: abril 17, 2011 en Historia, Literatura, Teología

Unamuno y Mackay (I)

Una de las razones por las que estoy especialmente conmovido en este momento es que el homenaje tan generoso y valioso que se me dedica lo estoy recibiendo, nada menos, que en el aula “Miguel de Unamuno” (*).

Él es uno de los escritores españoles por el cual desde muy joven he tenido profunda admiración y que sigo leyendo con entusiasmo y por momentos con devoción. Tengo grabada en la memoria mi visita a la casa de Unamuno en 1966, cuando estudiaba en la Universidad Complutense. Me atendió doña Felisa de Unamuno con gran paciencia y generosidad. Pude dar una mirada a la biblioteca en la cual había muchos libros protestantes que me resultaban familiares.En el Colegio Secundario, mi profesor de literatura española nos había hablado con gran entusiasmo de la Generación del 98, aunque se detuvo mucho más en Azorín que en Unamuno. Pero a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección, con una pronunciación muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay.

Varios pensadores evangélicos latinoamericanos de mi generación y de la anterior y las siguientes hemos reconocido que nuestra iniciación en la reflexión teológica nos la facilitó este libro de Mackayque acabo de mencionar. Debo aclarar que a estas alturas se puede decir que tenemos en América Latina una teología evangélica y al mismo tiempo latinoamericana. No es una simple repetición de la teología heredada de los misioneros anglosajones o europeos. Y sostengo que en esta teología se puede reconocer la huella de Miguel de Unamuno que llegó a nosotros mediada por Mackay.

Este misionero y teólogo era escocés y se había formado en la Universidad de Aberdeen, doctorándose luego en el Seminario de Princeton en los Estados Unidos. Sin embargo no era Mackay un pensador presbiteriano cualquiera. Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno, le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos.

Mi intención es explorar algunas notas de la teología evangélica latinoamericana en las cuales hemos de reconocer nuestra deuda con el gran pensador vasco de Salamanca. 

Pero antes de entrar en ello quiero hacer referencia a una carta que Mackay le escribió a Unamuno el 6 de octubre de 1930 y que se encuentra en el archivo de esta casa.

Mackay había llegado a Madrid en el otoño de 1915 para estudiar castellano y tratar de penetrar en la cultura ibérica antes de irse como misionero a América Latina. Se matriculó en lo que era entonces el Instituto de Estudios Históricos de la Universidad de Madrid y vivió casi un año en la Residenciade Estudiantes. Comenta Mackay que tenía entre sus maestros a Fernando de Los Ríos y que aunque el pedagogo Giner de los Ríos había muerto en febrero de ese año, todavía se podía respirar en la Residencia la atmósfera intelectual que Giner había forjado.

Cuando Unamuno visitaba Madrid acostumbraba alojarse en esa Residencia y fue durante una de esas visitas que Mackay lo conoció por primera vez e inmediatamente trabó amistad con él. Luego en la Navidad de ese año de 1915 Mackay hizo un viaje a Salamanca para pasar unos días con Unamuno. Las notas de su diario reflejan la tremenda impresión que le causó Castilla y el impacto de la personalidad cristiana de Unamuno y sus diálogos con él.

Catorce años más tarde, en el invierno de 1929, luego de una destacada actividad misionera y docente en Perú, Uruguay y México, durante su tiempo de licencia en Europa, Mackay visitó por dos días a Unamuno en su exilio de Hendaya.[1] Fue al regreso de ese viaje que escribió la carta que ahora paso a leer.

Querido Señor Unamuno:
Tras largas andanzas por Europa he regresado al fin a tierra hispanoamericana. Lo primero que hago al hallarme instalado en mi nuevo hogar en las montañas de México, es dedicar algunos días a la tarea placentera de enviar unas líneas a aquellas personas cuyo trato durante los meses pasados en Europa, ha dejado una huella en mi espíritu. Antes de todas las otras pienso en usted y en aquellos dos días inolvidables que, hacia fines del año pasado, pasé al lado suyo en el hotelcito de Hendaya.
Usted fue de los pensadores contemporáneos quien más hondamente ha influido sobre mí. Hallé en sus escritos lo que no encontraba en otra parte en la literatura moderna. Su amor a las Escrituras y sobre todo a San Pablo, a quien yo debo mi alma, su hondo sentido de lo trágico y lo paradójico de la vida, su colocación de lo ético en el pedestal de ella, su espíritu de caballero andante a lo divino conducido por las sendas de existencia por una “mano invisible e intangible que lo estruja”, todo ello despertó un eco en mi espíritu. Por acá y allá, por Hispanoamérica, en conferencias a la juventud universitaria y al pueblo, sus inquietudes y soluciones eran a menudo la médula de mis palabras de suerte que llegué aquella mañana a Hendaya como quien visita un santuario. Estuve un par de días cerca de usted mirándole, escuchándole. Al partir una tarde para París, llevé conmigo la satisfacción de poder querer más aun al hombre que a sus escritos.
Dos imágenes han pasado desde entonces muy vivas en mi espíritu: la del camino y la de la Cruz. La Cruz sobre el corazón palpitante y el Camino que es superior a todo método. La realidad de ambos son mías también. A ellos debo lo que soy. Día a día reanudo la aventura por el Camino con la Cruz.
Los nueve meses de mi estada en Europa los dividí entre visitas a mis padres y familiares en las montañas de Escocia celta, conferencias en universidades inglesas, y cuatro meses en Bonn junto a Karl Barth. Con éste llegué a intimar mucho. Conversamos mucho de usted. Creo que Barth y los de su grupo, Brunner de Zurich, Bultmann de Marburgo y Gogarten de Jena van a devolver al pensamiento teológico el concepto del Dios viviente y creador de los profetas y de Pablo y de Kierkegaard, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Creo, sin embargo, que son un tanto intelectualistas y desprecian demasiado el corazón. Pascal tenía lo que ellos y algo más. Pero que sigan en sus arremetidas contra el Dios que es pura Idea o Gran Encarcelado…[2]

No podía ser más elocuente y explícito el reconocimiento de Mackay hacia Unamuno. Y precisamente algunos de los temas que toca en esta carta y que amplía en varios otros escritos, han sido temas que la reflexión teológica evangélica ha asumido en América Latina. 

(*) Discurso completo de Samuel Escobar, escrito a modo de agradecimiento al recibir el “II Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica”, concedido por la Asociación Cultural Evangélica Jorge Borrow. Homenaje celebrado en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca. Sábado 12 de marzo de 2011.
La publicación del discurso, por su amplitud y secciones, lo iremos haciendo en varias secciones bien diferenciadas.



[1] Cuando no se indique lo contrario, los datos biográficos de Mackay están tomados de John Mackay Metzger, The Hand and the Road. The Life and Times of John A. Mackay, Louisville, KY: Westminster-John Knox Press, 2010.
[2] “Miguel de Unamuno, Juan Mackay y La Nueva Democracia – Epistolario”, Época, Revista de historia eclesiástica, Año 2, No. 2, Lima Enero-Junio 1996, pp. 25-26.

Autores: Samuel Escobar
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Leonardo de Chirico

Anécdotas de una beatificación

El Catolicismo Romano (CR) es experto en el manejo de las dimensiones de su universo, tanto si se trata de las macro como de las micro.

17 de abril de 2011

Por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica es una síntesis impresionante de la sabiduría milenaria de la Iglesia CR. El mismo proporciona una muestra de la habilidad que tiene la Iglesia CR en dominar y condensar la historia, la doctrina y la cultura. Asimismo, se observa la misma maestría cuando se hace un análisis minucioso de una celebración litúrgica. Cada gesto, movimiento, acción, palabra, etc., es un detalle que forma parte de una totalidad. La atención esmerada a todos los eventos, sean universales o particulares, es una peculiaridad que distingue al ámbito CR.La combinación de ambas, macro y micro dimensiones, será desplegada durante los tres días de intensa actividad en la beatificación de Juan Pablo II el próximo 1 de mayo. Se espera que más de 300.000 personas asistan en Roma a este acontecimiento, cuyo programa es un reflejo de la amplitud “católica” de la Iglesia CR así como también de su carácter “romano”. La catolicidad se demostrará por la presencia de todos los cardenales y, sobre todo, por la participación de gran número de personas en los diversos escenarios de la beatificación: La vigilia mariana de oración, el sábado 30 de abril; la ceremonia de la beatificación, el domingo 1 de mayo; y la misa de acción de gracias, el lunes 2 de mayo. Toda la celebración estará marcada por un intenso acento mariano dada la particular devoción mariana de Juan Pablo II, pero también por una convincente presentación de las heroicas virtudes del anterior Papa.

En la vigilia mariana de oración del sábado por la noche se tiene la intención de honrar el marianismo del antiguo Papa y exhortar a los fieles a seguir el mismo camino. La vigilia, al aire libre, empezará con una procesión detrás de Maria Salus Populi Romani (“María la salvación del pueblo romano”), un icono mariano bizantino que se considera el protector de los romanos e irá seguida por su entronización en el Circus Maximum. La elevación del icono es el símbolo de que María es el objeto de pública hiperveneración, es decir, el particular homenaje de honor que le rinde la Iglesia CR. Después, la multitud entonará el himno Totus Tuus (“Totalmente Tuyos”), haciéndose eco del lema de Juan Pablo II que indicaba su total entrega a María. A continuación habrá un rosario mariano transmitido mediante enlace por satélite a cinco santuarios marianos: Krakow (Polonia), Bugando (Tanzania), Harissa (Líbano), Guadalupe (Méjico) y Fátima (Portugal). Juan Pablo II visitó todos estos lugares a lo largo de su extenso pontificado, por lo cual se ofrecerán extractos de sus discursos sobre María en pantallas gigantes. Entretanto, por la noche, se animará al gentío a unirse a las oraciones a María. Las ceremonias de la beatificación serán un gran estímulo para la espiritualidad mariana.

Al día siguiente, se celebrará la ceremonia de la beatificación en la plaza de San Pedro, con la presencia en la misma del ataúd de Wojtyla que será sacado de su ubicación actual. Durante la ceremonia, el Papa será presentado oficialmente a la Iglesia CR como un destinatario de las peticiones e intercesiones de los fieles.Asimismo, se les animará a dirigirle plegarias y a ofrecerle misas votivas según la práctica y la piedad CR. Después, la multitud rendirá homenaje al féretro en una dilatada y visual expresión de comunión entre los vivos y los muertos, que posiblemente se prolongue varios días para asegurarse de que todos los presentes han podido hacerlo. Después de rezar a María, la gente rogará a Juan Pablo II. La oración será uno de los lemas del evento de la beatificación, a pesar de que uno siempre debe preguntarse a quien presentarán la plegaria y en que marco espiritual.

Fuera del marco doctrinal y teológico CR, es difícil estar de acuerdo con estas profundas convicciones y estos patrones de espiritualidad de una práctica generalizada. A algunos evangélicos les gustaría creer que son actitudes periféricas y no-esenciales relacionadas solamente con movimientos marginales y expresiones religiosas populares. Sin embargo, la realidad nos indica que éste no es el caso. Se trata del núcleo de la fe CR, especialmente atractiva para las masas y totalmente integrada en el panorama doctrinal de la Iglesia CR.

Después de escribir un libro sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI realzará la María de Juan Pablo II. Su fe le permite, mejor dicho, le reclama hacer ambas cosas con el mismo ánimo. La beatificación de Juan Pablo II será una demostración de la habilidad de la Iglesia CR para defender con fuerza las cosas que los demás cristianos consideran que quedan muy alejadas del cristianismo básico.

Autores: Leonardo de Chirico
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