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La música en el Apocalipsis

Publicado: julio 27, 2011 en Teología

Juan Stam

¡Cuando aparece el Cordero, nace la música!

(Ap 14:2-3; 15:2-4)

No nos debe sorprender el que en los capítulos 12 y 13 no sonaba ni una nota de música. La bestia puede imponer, por la fuerza, una uniformidad monótona y una sumisión servil, pero no puede llenar la vida humana de armonía y melodía. No es casualidad que en los pasajes sobre el dragón y sus colegas, nunca oímos música.

Apenas aparece el Cordero, y suena de nuevo la música: Juan vio al Cordero y sus seguidores, y en seguida están tocando arpas y entonando un cántico nuevo.[1] Y debemos notar que esa música venía de la misma presencia de Dios. ¡Qué maravilloso cuando podemos decir, «Oí un sonido que venía del cielo» (14:2)! Con una bellísima frase, el capítulo siguiente elabora esa sencilla declaración: estos músicos tocan «arpas de Dios» (15:2, katharas tou theou; «las arpas que Dios les había dado» NVI). Es Dios quien pone la música en el corazón de los músicos y pone el arpa (o una guitarra) en sus manos. En esa expresión encontramos una intuición fundamental para toda la estética cristiana. Todos los dones artísticos, musicales y visuales y demás, son regalos de la gracia de Dios (cf. Ex 31:1-6; 35:30-36:1).[2]

Lo que distingue a los 144 mil, como señala Michaels (1997:168; cf. BalzSch II:149), es su capacidad para aprender una canción. Los sellados de Dios se conocen por su música. Tienen un oído musical para las melodías del cielo. La bestia apaga toda la musicalidad de la vida; el evangelio nos pone a cantar. Ahora nuestro estilo de vida es el de vivir «cantando con gracia en nuestros corazones al Señor» (Col 3:16 RVR; cf. Ef 5:19). Una gratitud evangélica (eujaristia) pone en nuestras vida la música del cielo, el «nuevo cántico» de la salvación.

Ramsey Michaels (1997:168b) hace una aplicación práctica de este pasaje. Se puede cantar un himno, observa, con todas las palabras correctas, pero desentonar tristemente con la música. «Las palabras son teológicamente correctas, ¿pero dónde está la melodía?», pregunta Michaels. El mensaje evangélico, y la vida cristiana, traen una musicalidad muy especial, que demuestra su autenticidad. Es la música de la salvación por gracia y del reino de Dios y su justicia. El evangelio debe dar el tono musical para toda nuestra existencia.

Pablo Richard (1994:147-148) interpreta el «cántico nuevo» como la canción de protesta, resistencia y esperanza de la comunidad de fe en la tierra, en consonancia y sintonía con los coros celestiales.[3] Para Richard, los 144 mil son los mártires ya glorificados. El cántico «representa la conciencia, la identidad y la espiritualidad de este pueblo organizado en la tierra que resiste a la Bestia. Para resistir necesita aprender este cántico…». Es «un secreto que ellos descubren en el cielo… Los que resisten a la Bestia en la tierra necesitan cantar el cántico de los mártires en el cielo». En cambio, los adoradores de la Bestia «entregan su subjetividad a ésta y son transformados en objetos marcados». Los 144 mil pueden cantar, porque son sujetos…» (p.147).

Aquí tenemos dos comunidades contrapuestas, marcadas por dos sellos distintos y marchando hacia dos destinos totalmente opuestos. Apocalipsis 18:22-23 describe la condición final en que terminará Babilonia:

Jamás volverá a oírse en ti

la música de los cantantes

y de arpas, flautas y trompetas.

Jamás volverá a hallarse en ti

ningún tipo de artesano…

Jamás volverá a brillar en ti

la luz de ninguna lámpara.

Jamás volverá a oírse en ti

la voz del novio y de la novia,

Porque tus mercaderes

eran los grandes de la tierra…

Babilonia, la ciudad sin música, ha terminado siendo un cementerio de todo lo humano, la ciudad de la muerte, la ciudad sin amor y romance, sin trabajo y creatividad, sin cantantes y músicos. En eso termina el camino de los que aceptan la marca de la bestia.

¡Qué diferente el destino final de los que siguen al Cordero! Los cánticos de 14:3 y 15:2-4 son esa música del cielo que será nuestro deleite eternamente, y que Dios nos permite escuchar por anticipado.[4] Desde el monte Sión, el Cordero anuncia la venida de la Ciudad de la vida y de la luz, de la eterna creatividad, del amor y, sobre todo, de la música. Habrá guitarras además de violines y, como ha insistido Karl Barth, escucharemos no sólo a Bach sino a Mozart, y por qué no, a «Cielito Lindo» y «las Mañanitas», ¡y un buen mariachi mexicano! Esa es la bella ciudad, armoniosa y melodiosa, que describirán los capítulos finales del Apocalipsis.

Las verdades más grandes

sólo se pueden expresar cantando

 

(Ap 11:15-18 y el Aleluya de Händel)

 

 

   Impresiona mucho la musicalidad del libro del Apocalipsis. A cada paso, y especialmente en sus pasajes de clímax, el libro se vuelve lírico y se pone a cantar. Son frecuentes los instrumentos musicales, sobre todo trompetas y arpas. En la liturgia de apertura, los cuatro seres vivientes se unen con los veinticuatro ancianos, todos con sus arpas, para dedicar su cántico nuevo al Cordero de Dios (5:8-10). Algunos pasajes, aunque no usan el verbo “cantar” (adô) o el sustantivo “cántico” (ôdên), son tan métricos y melodiosos que lo más natural es leerlos como cantados (11:15-18; 12:10-12). En 14:1-5 escuchamos un coro de 144,000 voces, “como arpistas que tocaban sus arpas”, cantando el cántico nuevo (14:2-3). En seguida suena un dúo vocal, de Moisés y del Cordero (15:3-4). Y para dar un ejemplo más, en capítulo 18 la caída de Babilonia se celebra con canciones de protesta (18:9-19; Stam 1978:367-371). Es el cántico que inspira y anima al pueblo de Dios en su larga lucha.

Antes de volverse una disciplina analítica y a veces seca, la teología nació cantando. Muchos pasajes clásicos de la teología sistemática nacieron como himnos que cantaba la comunidad (Fil 2:5-11; Col 1:15-20). Los primeros credos suelen mostrar una estructura métrica e hímnica (Ro 10:9-10; Col 3:16; 1 Tm 3:16; Tit 3:4-7).[5] El ser humano, que al ser creado recibió el soplo divino, fue hecho para adorar a Dios con todo su ser y proclamar su grandeza. La tarea del teólogo es la de articular para la comunidad las armonías y las melodías de la fe.

Por eso, ¡no hay mejor entrada al sentir y al sentido de este pasaje, que escuchar con el oído interior el “Aleluya” del Mesías de Jorge Frederico Haendel!

Sin música y perfume

no hay cielo!

(Ap 5:8-10)

Para apreciar plenamente la belleza de Ap 4-5, uno tiene que activar todos sus sentidos de percepción física.  Las palabras escritas deben evocar una serie de impresiones sensuales que nos hacen sentir la incomparable hermosura de la presencia divina.  En estos pocos versículos se acumulan una serie de sensaciones muy variadas y cumulativamente impactantes.

Como en todo el libro, se ejerce la vista: Juan ve al Cordero, los cuatro vivientes y los 24 ancianos, con sus veintiocho cítaras y resplandecientes copas de oro.[6]  El pasaje apela a la acción litúrgica: el Cordero pasa solemnemente al trono a tomar el libro, los vivientes y ancianos se postran ante el Cordero.  El pasaje evoca también impresiones auditivas: cuando el lector realmente se involucra en el pasaje, comienzan a resonar en su mente las armonías del coro unido y su acompañamiento instrumental.  Y por medio de nuestro olfato imaginativo sentimos que el incienso baña todo el escenario en sus fragantes aromas.

Hablando de las arpas del Apoc, José Míguez Bonino señala el gran significado de la música para la existencia humana (1975:65). Después de lamentar la facilidad con que se suele puerilizar las arpas celestiales, Míguez ofrece bellísimos comentarios sobre el extraordinario significado de la música en la vida humana:

La música y el canto son posiblemente la actividad humana en la que más profundamente podemos experimentar la unidad de trabajo y placer, tarea y creación, disciplina y libertad, experiencia personal y unidad comunitaria.  Cuando se hace música, incluso dentro de nuestras limitaciones, parecería como si la distancia que hay siempre entre el esfuerzo y el gozo se eliminara, se aúna en la armonía común: somos a la vez activos y pasivos, a la vez yo mismo y el coro o la orquesta.  Hay fugaces momentos en la vida en que el trabajo es rescatado de su peso y transformado en expresión plena de mi ser…

La vida futura se presenta, en esta imagen, como la clase de vida en la que el esfuerzo, el trabajo, el servicio es a la vez alegría, reposo, y la alegría es creación, servicio, tarea…Todo esto ocurre «delante de Dios», evidentemente ofrecido a él como culto, como reconocimiento.

En ese sentido, la música puede verse como una reminiscencia o una nostalgia del paraíso perdido y un anticipo de la nueva creación.[7]

A la idea del cielo como música, con todo y arpas, estamos muy acostumbrados, pero para la LitApoc era muy importante también el cielo como fragancia.  Cuando Enoc llega al trono de Dios lo encuentra «rodeado por árboles aromáticos» (1En 24.3).  Sigue la visión del árbol de la vida:

Entre ellos había un árbol como nunca he olido, y ninguno era como él.  Exhalaba un perfume superior a todos; sus hojas, flores y madera nunca se ajaban, y su fruto era hermoso, parecido al racimo de la palmera… Entonces me respondió Miguel: «Este árbol aromático ningún ser humano tiene potestad para tocarlo hasta el gran juicio … Entonces este árbol será dado a los justos y humildes. Vida se dará a los elegidos por sus frutos…Entonces se alegrarán con júbilo y se regocijarán; en el lugar santo entrarán con su aroma en sus huesos y vivirán sobre la tierra una larga vida…» (24.4-25.6)[8]

Ya hemos visto también la promesa de 2Bar 29.8 de que, junto con la fecunidad milagrosa de la tierra, en tiempos escatológicos «vientos saldrán de delante de mí a llevar cada mañana fragancia de frutas aromáticas, y a final del día nubes destilarán el rocío de salud.»[9]  Con la nueva creación, los malos olores habrán terminado para siempre y todo estará bañado de una fragancia infinitamente agradable.

 

La dimensión estética es fundamental en las dos partes de la visión de Ap 4-5.  Antes de poder confrontar las realidades a veces grotescas de la historia, le era indispensable a Juan ver la hermosura de Dios y del Cordero.  La visión del Trono y del Cordero reafirma para Juan las bases estéticas del universo.  Aunque el pecado logra afear a veces la vida y la historia (!nunca más que en la Cruz del Calvario!), lo feo no podrá ser la última palabra.  La realidad final es «la hermosura de la santidad» (Sal 27.4; 29.2) en que toda la creación adora al Artista divino que les ha formado.


[1] Lo mismo pasó en 5:4-14; ni aun en capítulo 4, donde la corte celestial adoraba al Creador, dice que cantaban. Juan mismo, antes de ver al Cordero, lloraba (5:4), pero después de aparecer el Cordero, todo el universo se convirtió en un concierto musical (5:6-14)

[2] Como veremos más adelante, el capítulo 15 aclara también los contenidos del cántico nuevo, como celebración de la liberación del pueblo de Dios (Ap 15:3-4; cf. Ex 15:1-21).

[3] Estas expresiones son paráfrasis del argumento de Richards, no cita verbal.

[4] Véase Stam 1999A:214-216 (2006:230-232), «¡Sin música y perfume no hay cielo» (Ap 5:8-10) y Tomo II 2003:360-361 «Sorprendidos por la música».

[5] ) Cf, Ethelbert Stauffer, New Testament Theology (NY: Macmillan, 1955), p.200; y p.303 n.585.

[6]) Si sólo los ancianos tienen las arpas y copas, serían 24.

[7]) En términos similares, Marx planteó la meta de la historia como «la patria de la libertad» en la que el trabajo dejaría de estar alienado y donde uno podría cultivar la tierra por la mañana, componer una sinfonía por la tarde y visitar con sus amigos en la noche.

[8]) DíezM 4:60s. Cf 2En 22.8s (9.20-22 en DíezM 4:172).

[9]) ver arriba, Ap 2.17; texto en Charlesworth 1:630.


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelios a los pobres (30)
Grito, lamento, abandono…“Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?” Marcos 15:34. Texto completo en Marcos 15:21-41.
Un pequeño montículo, un cerro, una elevación del terreno. Pudiera parecer bonito, paisaje hermoso, pero no lo era. Ese montículo, ese cerro, tenía la forma de una calavera. Para los judíos era el lugar del horror. Le llamaban el Gólgota. Lo podemos llamar el Calvario. No estaba muy lejos de la ciudad. Nada más cruzar la muralla se podía llegar a este triste lugar. Su forma de calavera recordaba la muerte, aunque los judíos hicieron del lugar algo más triste: el lugar de las ejecuciones de los condenados a muerte. El lugar de la tragedia, de los gritos de dolor , del sufrimiento, de la tortura, del grito, del lamento, del abandono y de la burla… el mejor de los lugares para ejecutar a los condenados a muerte… aunque había errores… se podía ejecutar también a inocentes, a justos, al Dios de la vida.

Jesús estaba allí crucificado ante un montón de curiosos y también de personas más cercanas a Él. El Salvador del mundo no estaba profiriendo quejas. Había pronunciado palabras de perdón: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Se había preocupado de los ladrones que estaban crucificados a su lado: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Se había preocupado de su madre: “Mujer, he ahí tu hijo…”. Su cuerpo se iba debilitando. Una sensación de angustia y de tristeza invadieron al Dios de la vida, humanado, sufriendo como hombre… la cumbre de la pasión. Es el momento del grito, del lamento, del desamparo, del sentimiento de sentirse abandonado.

Habría ruidos. Muchos de estos ruidos eran de los escarnecedores de Jesús, sonidos de burlas, quizás también de los llantos de los que amaban a Jesús. Sin embargo, Jesús debilitado, agotado, casi asfixiado por su propio peso colgando de la cruz, hizo su último milagro: sacar fuerzas de su debilidad, de su situación de asfixia. Encierra un misterio cómo se pudo escuchar ese grito de Jesús, esa invocación al Padre, esa oración desgarrada. Debió sonar fuerte y llena de poder, sonido misteriosos y como proveniente de lo alto. Tanto impactó que la iglesia primitiva lo ha conservado incluso en lengua aramea, en la forma original en la que la pronunció Jesús: “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?” que traducido es: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

 Es el grito de la soledad, del abandono … el que puede ser el grito de los marginados y empobrecidos del mundo, de los que algunos llaman los crucificados de la tierra. Ese grito no ha parado de sonar debido a la gran identificación de Jesús con el grito de los pobres, abandonados y excluidos de este mundo. Por eso, en Mateo 25, cuando habla de socorrer a los pobres y más pequeños de la tierra, dice de una forma también un tanto misteriosa y que cuesta trabajo entender: “Por mí lo hicisteis”.

Hoy, desde el sufrimiento humano, desde las situaciones de pobreza y de opresión, desde las injusticias que el hombre hace contra el hombre, Jesús reactualiza su grito. Jesús, ante el dolor del mundo y la indignidad en la que muchos son hundidos reduciéndolos al no ser de la marginación, a la asfixia del hambre y de la falta de medios, Jesús se convierte hoy en el icono de los sufrientes y revive el Cristo de la pasión, el Cristo roto, el Cristo sufriente… y el grito o el lamento, la invocación o la oración, suena hoy de manera fuerte y terrible con una sensación de soledad y de abandono que afecta a tantos coetáneos nuestros hundidos en la infravida de la miseria: “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?”. “Dios mío, Dios mío. ¿por qué me has abandonado?”.

 Ante el escándalo y vergüenza humana de la pobreza se puede hablar hoy de la experiencia del abandono. ¿Acaso se da el silencio de Dios? Algunos han hablado hasta de la teología de la muerte de Dios. El Dios ausente. ¿Dónde estaba Dios durante el holocausto de los judíos?, se preguntan algunos incluso de los religiosos de la tierra.  Como si se pudiera dar la ausencia de Dios… quizás lo que se está dando es el silencio del hombre insolidario. El silencio de Dios es sólo aparente. Dios va a responder. La cizaña y el trigo están creciendo juntos, pero llegará el día en que la cizaña sea quemada y aniquilada para siempre en el fuego devorador. Hay esperanza. Si Dios permaneciera callado para siempre y no pudiéramos escuchar nada de su respuesta, estaríamos en el ámbito de la angustia, de la náusea, de la nada… del horror.

Jesús cuando gritó, aunque se sentía abandonado del Padre, aún tenia esos lazos con un Dios que existe, con un Padre al que se puede clamar. No tuvo esa experiencia de un abandono ante la nada. Él, a pesar de esa sensación de abandono, aún le queda un hilo donde agarrarse, puede clamar a Dios, al Padre, sabiendo que Él está ahí a pesar de ese sensación angustiosa de abandono en este trance de angustias de muerte. Dios no ha muerto.

El Padre sufre la muerte junto a su hijo, pero no se da la muerte de Dios dejando todo un vacío de nausea y sinsentido. El grito de Jesús no era de desesperanza total como si ya sólo existiera el reino de la nada, del vacío absoluto. Jesús sabía que el Padre le escuchaba, que estaba con él, aunque lo sintiera lejos en medio de su angustia y sensación de abandono. Dios es el dios de los desvalidos, padre de huérfanos y defensor de viudas.

 El grito, el lamento o la invocación de Jesús, se transforma en un aferrarse al Dios de la vida , en un acogerse a alguien en quien se cree. Nunca se ha dado el vacío de Dios en la historia humana. Nunca se ha dado la muerte de Dios. Sólo del Jesús hombre en nuestro lugar.

¿No estaba dando Jesús un grito de afianzamiento de la fe? Quizás ese grito debiera ser la confesión de fe de los pobres y abandonados de la historia, de nuestra historia. Se grita por abandono, pero con la fe de que Dios aún está ahí, que Dios puede responder a nuestro grito, a nuestro lamento. Hay esperanza.

Esta oración de confesión de fe, la deberían repetir también los integrados de este mundo, los que pueden navegar en medio de las crisis económicas, los que se sienten bendecidos por Dios… repetir esta confesión de fe que nos identifica con los pobres del mundo, con los injustamente tratados. Una confesión de fe que puede lanzarnos a la acción. Nos tenemos que unir al grito y lamento de Jesús para hacernos solidarios con los pobres y sufrientes del mundo. Es un grito que pone de manifiesto que hay prójimos nuestros sufriendo y en el sin vivir de la pobreza y la exclusión. Gritamos por ellos, Señor. “Eloi, Eloi, ¿Lama sabactani?”.

 Será nuestro grito y lamento de Semana Santa uniéndonos a los que sufren a la vez que recordamos el sufrimiento de Jesús en la cruz. En esta Semana Santa… y siempre, nos debemos sentir abandonados con los abandonados y unirnos al grito de fe de Jesús, pues Él estaba aferrado al Padre.  Le sintió lejos, pero pudo invocarle.

Necesitamos gritar “Eloi, Eloi”… porque es imposible entender este mundo sin Dios. Así, invocamos a Dios en esta Semana Santa ante el escándalo de la pobreza en el mundo y, como humanos, nos sentimos avergonzados a la vez que lanzamos nuestras voces de denuncia… y de esperanza. Las lanzamos a ti, Señor: Eloi, Eloi, no nos abandones. No abandones a los pobres, sufrientes y excluidos de la tierra.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011


Juan Simarro Fernández

Retazos del evangelio a los pobres (28)

“Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho mas: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Marcos 10:48. Texto completo en Marcos 10:46-52.
 El grito rebelde del ciego mendigoLa esperanza que Jesús había despertado en el mendigo ciego Bartimeo era imparable.  Nadie podía acallar aquel grito. Cuando oyó que quien pasaba por allí era Jesús, encontró su oportunidad y comenzó a dar voces y gritos… pero el grito o los gritos de los pobres molestan a los que creen estar integrados en la sociedad. Dice el texto que “muchos le reprendían”, pero no hacía caso, no podía obedecer… era su gran oportunidad, declararse en rebeldía contra los que querían acallar su grito. Cuando le ordenaban que callase, dice la escritura que él “clamaba mucho más”.  Era imparable, rebelde, no obedecía a las órdenes de que callara. Su grito sonaba como el paradigma del grito de los pobres y marginados del mundo. A Bartimeo no lo pudieron callar. Su rebeldía triunfó. Tal vez hoy, por el hecho de que el mundo de los integrados dan la espalda al grito de los marginados, este grito ha dejado ronca la garganta de los pobres… y se han resignado. Se necesita del apoyo de los cristianos para que ese grito no pare. Se necesita que los cristianos nos unamos al grito de los pobres de la tierra… hasta que se detenga el mundo y se tengan que parar los responsables del mantenimiento de las estructuras injustas del poder y de la riqueza.

 Jesús se paró. Es lo que yo creo que deberían hacer los creyentes ante el grito de los pobres y marginados del mundo.  Es una pena que ese grito no sea más rebelde y que se haya resignado. Hoy, más de medio mundo en pobreza, permanece callado y resignado… quizás porque no ha encontrado eco a su grito. Se les ha destrozado la garganta y el corazón… pero Jesús se paró. Jesús se detuvo para sorpresa de la multitud. Nunca fue sordo al grito del marginado. Nunca pasó de largo.

Jesús sí criticó a los religiosos y conocedores de la ley cuando pasaron de largo ante el grito del apaleado, del prójimo sufriente. Recordad, por ejemplo, la parábola del Buen Samaritano. Parece que el estribillo triste y trágico de la parábola es este: “y viéndole, pasó de largo”. En el caso de Bartimeo podríamos decir: Y oyéndole, pasaron de largo. Causa suficiente para que, todos estos inmisericordes, sean rechazados como prójimos y, además, enviados a la condena eterna.

Los creyentes del mundo, los discípulos del Maestro, nos deberíamos parar ante el grito de los pobres y oprimidos del mundo. Y cuando ese grito no resuena como una gran sirena atronadora del mundo, nosotros deberíamos iniciar el grito para que ellos, tocados por la esperanza, se pusieran a gritar junto a nosotros. Un grito de rebeldía, un no a la injusticia y al desigual reparto, un no al robo de dignidad de tantas personas en el mundo. Los cristianos deberíamos ser inconformistas, con rebeldía positiva, transmisores de esperanza… hasta contagiar a los pobres del mundo para que no cayeran en la resignación. Alguien tiene que pararse y reflexionar. Jesús ya no está entre nosotros. Nos corresponde sus seguidores pararnos al lado del lacerado, del apaleado y tirado a los márgenes del camino, allí junto al abismo de la desesperación.

El mendigo ciego Bartimeo usó este grito: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Y nadie pudo apartarle de aquel grito.  Se mostró rebelde a las órdenes de silencio y, cuanto más le querían obligar a callarse, más gritaba. Era Jesús. Su esperanza. No podían callarle. ¿Cómo se iba a callar?  Hubieran tenido que matarle. Esa rebeldía sigue necesitando el mundo hoy. El grito del Bartimeo debe ser el grito de la humanidad pobre… y nosotros, los cristianos, tenemos que alentar ese grito y unirnos a él, pararnos ante el grito del sufriente.

Quizás tenemos miedo del conflicto, de molestar a los poderosos de la tierra, a los integrados y acumuladores del mundo. Si tenemos miedo, es que los objetivos no los tenemos claros. Nos falta la rebeldía de Bartimeo que no quiso callarse… porque es más que probable que si nos unimos al grito de Bartimeo, al grito de los pobres de la tierra, comencemos a tener problemas. Si Bartimeo los tuvo, ¿por qué no los vamos a tener nosotros? Todos se echaron encima de Bartimeo pidiéndole que callara, le reprendían. Su grito les parecía molesto y no adecuado. Sin embargo, Bartimeo en su rebeldía activa, en su seguridad ante la esperanza que le transmitía el paso de Jesús, no dejó de gritar, sino que clamaba más aún.

El conflicto nos puede ocurrir a nosotros si nos unimos al grito de Bartimeo. Conflicto con nuestros vecinos, con las autoridades, con los compañeros de trabajo, parientes o amigos… Es necesario tener la rebeldía de Bartimeo. Poco les faltó a aquellas personas para decirle a Bartimeo: ¡Cállate y muérete! Querían reducirlo para siempre a la marginación y a la pobreza.

Quizás es que en el mundo, gritar el nombre de Jesús, impresiona. Más aún cuando se grita el nombre de Jesús en relación con la eliminación del escándalo de la pobreza en el mundo. Poco se grita hoy el nombre de Jesús en relación con la ayuda al prójimo pobre y sufriente, con la ayuda a los oprimidos e injustamente tratados. No usamos el nombre de Jesús, el Hijos de David, para implorar misericordia para con los pobres y sufrientes del mundo. Es una de las carencias del cristianismo hoy.

 Bartimeo, sin ojos, tenía fija la mirada en Jesús.  Algo, motivado por la esperanza, se estaba iluminando en su interior. Unos nuevos ojos… quizás los de la fe. Fe que hoy el mundo necesita para que haya personas que actúan a través del amor, como diría el Apóstol Pablo. Esa fe incipiente, esa esperanza, le animaron a ser rebelde y a no callarse, a gritar por encima de las prohibiciones: “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mi”. ¡Ten misericordia! Grito que parece no entender el mundo hoy.

Jesús se paró. Él no podía pasar de largo.  Jesús hoy también está parado al lado de los pobres y sufrientes del mundo. Somos nosotros, los que nos decimos ser sus seguidores, los que no nos paramos ante este grito.  Nos dio ejemplo. Ejemplo que si no seguimos puede hacer que caminemos por el mundo con una fe muerta, eliminada por los excesivos rituales insolidarios, hipócritas como sepulcros blanqueados por fuera. Esto no debe ser así. No es así para muchos cristianos del mundo que han sabido pararse ante el grito de los marginados y se han sentido movidos a misericordia. A partir de ahí, vendrá la acción y el compromiso. Quizás podamos cambiar ese grito en una exclamación de alegría, en un brote de esperanza. Imitemos al rebeldía de Bartimeo aunque se nos venga encima el mundo entero. Lo hacemos en el nombre del Señor. Él tiene poder para sostenernos.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


Por: Juan Stam

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Ahora, antes de finalizar el libro, Jesús vuelve a tomar la palabra para pronunciar una doble amonestación: «A todo el que escuche las palabras del mensaje profético de este libro le advierto (‘yo testifico’, marturô) esto: Si alguno le añade algo, Dios le añadirá a él las plagas descritas en este libro. Y si alguno quita palabras de este libro de profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, descritos en este libro» (22:18-19).[1] En ambos casos, la advertencia se basa en el carácter profético del libro. Una traducción literal lo destaca con las frases «las palabras de la profecía de este libro» y «las palabras del libro de esta profecía».[2] El texto puede describirse como «las matemáticas de Dios», de sumar y restar: si nosotros añadimos a la palabra de Dios, Dios añade castigos a nuestra vida. Si nosotros quitamos de la palabra de Dios, Dios nos quita bendiciones a nosotros.

 

Advertencias de este tipo eran muy normales en la antigüedad. Si tomamos en cuenta que todos los libros tenían que ser copiados a mano, y que no existían conceptos de citación verbal o de derechos de autor, su necesidad se hace obvia. Ejemplos muy antiguos vienen de escritos de Egipto, Mesopotamia, Grecia, los acadios y los heteos (Aune 1998B:1208). En las escrituras hebreas eran frecuentes las exhortaciones a cumplir la ley de Yahvé, sin añadir ni quitar nada (Dt 4:1-2; 5:22; 12:32). Ecl 3:14 afirma que «todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle». Según Prv 30:5-6, «toda palabra de Dios es digna de crédito… No añadas nada a sus palabras, no sea que te reprenda» (cf. Jer 26:2). La carta de Aristeas, que narra la traducción de la LXX, afirma: «Puesto que la traducción es correcta, de una precisión y piedad extraordinarias, justo es que permanezca tal como está y que no se produzca ninguna alteración», de modo que «ordenaron pronunciar una maldición… en el caso de que alguien se atreviera a revisarla añadiendo, modificando o quitando algo al conjunto del texto» (Arist 311).

 

Una cita de la literatura apocalíptica, con referencia a los libros notariales que inscriben las acciones de cada persona (Ap 20:12), recuerda a los lectores que no digan «No se investigará ni se escribirá ninguno de nuestros pecados». Los amonesta a que «No seáis impíos en vuestros corazones, no mintáis, no alteréis la palabra verdadera… Ahora yo conozco este misterio: muchos pecadores cambian la palabra recta, la alteran y hablan malas palabras…. ¡Si tradujeran todas las palabras con rectitud en sus lenguas, sin cambiar ni disminuir las mías, sino que rectamente escribieran todo lo que antes he testificado sobre ellos!» (1En 104:7-11).[3] Pero no se trata sólo de traducción de las palabras del texto. En medio de ese lamento, el autor denuncia que algunos «mienten, inventen grandes ficciones y escriben libros acerca de sus discursos». ¿No describen esas palabras a mucho de la seudo-erudición de algunos «expertos proféticos» de hoy?
Josefo, comentando el respeto de los judíos por sus libros sagrados, observa que durante muchos siglos «nadie se ha atrevido ni a añadirles nada, quitarles nada ni hacer cambios en ellos» (c.Apión 1:42). Los rabinos repetían la prohibición de añadir ni quitar, y afirmaban que todo lo dicho por los profetas y profetisas estaba ya presente en Moisés, desde el Sinaí (StrB I:601-2; cf. Ford 1975:364). «La historia del carpintero José», un evangelio apócrifo tardío (siglos IV o V) concluye con una advertencia similar: «quien suprimiere o añadiera algo a estas palabras de manera que me haga embustero, será reo de mi venganza».  También en la literatura patrística abundan estas advertencias y amenazas. El ejemplo más dramático está en la introducción que escribió Rufino al De principiis de Orígenes:

 

He aquí, en la presencia de Dios el Padre, y la del Hijo y la del Espíritu Santo, abjuro y suplico a todo aquel que transcriba o lea estos libros, por su fe en el reino venidero, por el misterio de la resurrección de los muertos, y por ese fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, que, como sin duda no quisiera poseer para su herencia eterna ese lugar donde hay lloro y crujir de dientes, y donde el fuego no se apaga y el gusano no muere nunca, que no añada nada a la Escritura ni le quite nada, ni haga ninguna interpolación ni alteración, sino que compare su transcripción con las copias de las que hizo la suya, y haga las enmendaciones y distinciones según la letra, para que su manuscrito no quede incorrecto ni borroso, y para que lo difícil de comprender el sentido, debido a lo indistinto de la copia, no causara mayores dificultades para los lectores. [4]

 

En el caso de Ap 22:18-19, Juan no dirige su advertencia a los copistas sino a «todo el que oye», lo que en este libro presupone la lectura congregacional (cf. 1:3; 2:7 y paralelos).[5] Aunque el uso de la fórmula de integridad textual indica que la advertencia incluye a los copistas (y futuros traductores), el destinatario más amplio, de todos los oyentes, sugiere también un sentido más amplio. Es probable entonces que la advertencia va dirigida contra los nicolaítas (seguidores de Balaam, de «Jezabel»), que figuraban entre los oyentes cuando el texto se leía en las comunidades y que tergiversaban las escrituras y el mensaje profético (MestersOro 2003:362;Biguzzi 204).

 

Si este versículo no se refiere sólo a variantes textuales, ¿qué significa aquí «añadir» a la profecía de este libro? Sin duda Juan está pensando, en primer lugar, en la falsa profecía de herejes como los nicolaítas, seguidores de Balaam y «Jezabel» (ambos «profetas»). El contexto específico de esta advertencia es el conflicto entre Juan y estos «profetas» falsos. Lo que caracterizaba a esa escuela de falsa profecía era llevar al pueblo de Dios a ir tras dioses falsos (cf. Dt 13:2-6). Como apunta Beale (1999:1151), «En Dt 4:1-2 y 12:32 el  mismo lenguaje [de no añadir ni quitar] sirve como advertencia contra la enseñanza engañosa que la idolatría no sea incompatible con la fe en el Dios de Israel» [Dt 4:3 alude al episodio idolátrica de Baal-peor]. «Los que engañan de esa manera son falsos profetas». Tal enseñanza, según Beale, añade algo (tolerancia de idolatría) y quita algo (las exigencias de la ley de Dios, la denuncia de idolatría).[6] Beale (1152) agrega que esta idolatría era la perversión más común y peligrosa del mensaje. La denuncia del Apocalipsis va contra los que «profesan ser cristianos, pero su pleitesía a otros dioses contradice su confesión».

 

¿Hay falsos profetas hoy que nos quieren llevar tras los ídolos de nuestro tiempo? Para comenzar, pensemos en el dios dinero, el dios de la riqueza. Tanto Jesús (Mt 6:24) como Pablo (Ef 5:5; Col 3:5) denuncian la idolatría de los que «sirven a la riqueza». Pero en nuestro tiempo hay predicadores y teologías que fomentan esa idolatría, añadiendo así al mensaje bíblico (Dios quiere tenernos a todos con opulencia) y quitando también (que el amor al dinero y al lujo es contrario a la voluntad de Dios).[7]

 

En un sentido más amplio, podemos añadir a las escrituras especulando más allá de lo que dice o significa el texto. Eso fue el vicio hermenéutico de los seudoprofetas nicolaítas y después de los gnósticos. Hoy mucho de eso viene de intentos de sistematizar los datos escatológicos en un solo esquema de todo el futuro. Para eso, juntan diversos textos, todos tomados fuera de contexto, para formar un panorama de conjunto que no es de ningún autor bíblico.[8] Muchos llegan hasta anunciar fechas para el fin del mundo, pretendiendo identificar «los últimos tiempos» cronológicamente, o identificando «esta generación» a partir de la fundación del estado israelí (Mt 24:34; Mr 13:30), Otros, más atrevidos, anuncian hasta la fecha y la hora del fin. ¡Hoy también son muchas las «grandes ficciones» como las que denunció 1En 104:10![9]

 

En esto, sin embargo, nos encontramos con una paradoja, pues si analizamos la forma en que Juan mismo interpretaba el Antiguo Testamento, descubrimos que él también cambiaba a sus fuentes.[10] El cabello blanco del Anciano de días lo traspasa al Hijo de hombre; cambia los pies de barro en pies de bronce; amalgama las cuatro bestias de Dn 7 en una sola bestia híbrida (Ap 13). A diferencia de la fiel trasmisión de las palabras del texto, la fiel interpretación del mismo, en las situaciones siempre nuevas de la historia, puede requerir una relectura contextualizada, precisamente para ser fiel al mensaje original. El llamado a proteger el texto no implica un fijismo estático de una mera repetición mecánica del original. Estas fórmulas de fidelidad textual tampoco implican el fin del don profético, como si de entonces en adelante quedaran prohibidos nuevos mensajes proféticos.

 

Era común que las fórmulas de integridad textual incluyeran sentencias punitivas o maldiciones para el incumplimiento, y éstas de Ap 22:18-19 no son la excepción. Son las matemáticas de Dios, una especie de lex talionis:[11] si añado a la Palabra suya, Dios añadirá a la vida mía las plagas descritas en este libro. Obviamente es una técnica retórica, para subrayar la terrible seriedad de jugar con la palabra de Dios. Además, los nicolaítas, por adorar al emperador, se han hecho aliados y cómplices de la gran Babilonia, y por tanto les alcanzarán también las plagas de ella (Ap 18:8; cf. 18:4).[12] Al contrario de las bendiciones a los fieles (22:7,14), los seudo-discípulos, que afirman la palabra pero creen que hay que añadir más, serán tratados como impíos y compartirán el destino de ellos.

 

G. K. Beale (1999:1153-4), del Seminario Gordon-Conwell, destaca con énfasis especial que estas advertencias, y sus amenazas, no van contra futuros copistas, mucho menos contra herejes de los últimos tiempos, sino en primer término contra los lectores contemporáneos y específicamente los de las siete iglesias que él pastoreaba, a los que hacía falta tan solemne advertencia.[13]Antes, en su exposición de Ap 10:11, Beale muestra que el verbo «profetizar» no significa meramente revelación del futuro sino también «la interpretación que da Dios de la realidad presente» (1999:555b). Beale afirma que el uso de profeteia («profecía») en el Apocalipsis muestra que «el libro enterno tiene este enfoque en el presente» (cf. 1:1,3). «Si no obedecen los preceptos de Dios en el libro, ellos sufrirán en la época presente las plagas descritas en el libro» (énfasis del autor). Esto hace imposible una interpretación exclusivamente futurista de las trompetas y los sellos.

 

La siguiente advertencia (22:19) comparte implícitamente el mismo destinatario del versículo anterior, o sea, «todo el que escuche las palabras del mensaje profético de este libro». Esta nueva amonestación va contra el peligro de «quitar algo de las palabras de este libro de profecía».[14] Además de la tradicional llamada a los copistas a no alterar el texto escrito, el texto exhorta a predicadores y maestros a no suprimir nada del mensaje de la palabra de Dios. Hoy día se pueden cometer tales omisiones por incredulidad, negando el sentido claro de un pasaje bíblico; se pueden cometer por interpretación evasiva que se niega a asumir todas las implicancias del texto, cuando no son de nuestro agrado; o se pueden cometer por selectividad, escogiendo sólo los pasajes que están de acuerdo con nuestro propio pensamiento pero haciendo caso omiso de otros textos pertinentes. Hay muchas maneras hoy de «quitar algo de las palabras del libro».

 

Mientras el castigo anterior, por añadir al texto, comenzaba de inmediato, este doble castigo es futuro: perder su parte (meros) del árbol de la vida (cf. 2:7; 22:2) y de la nueva Jerusalén (cf. 3:12; 21:2,9-27).[15] La formulación, «quitaré su parte del árbol de la vida» (ofelei to meros autou apo tou xulou tês zôês), suscita una pregunta: ¿si estas personas tenían antes parte en el árbol de la vida, significa que han perdido la salvación?[16] Es posible, pero poco probable, que Juan mismo estuviera pensando en dicha pregunta; Juan no era un teólogo sistemático, ni calvinista ni arminiano. Introducir ese tema podría verse aun como un caso de añadir al texto. Es obvio que la formulación corresponde al uso doble en este texto del verbo «quitar»: nosotros quitamos de las palabras del libro, y Dios quita el acceso al árbol. La frase puede entenderse mejor como «quitarle el acceso que hubiera tenido al árbol de la vida». También podría referirse a los nicolaítas como seudocristianos que parecían tener la vida eterna pero en realidad no van a tener acceso al árbol de la vida y la nueva Jerusalén (cf. Beale 1999:1153b).

 

Interesa observar que el primer castigo, por añadir al texto, consiste en plagas contra los culpables, pero en el segundo caso, de quitar del texto, el castigo es privativo, pues consiste en perder las bendiciones de la vida eterna.[17] Esa secuencia no es un anti-clímax ni una contradicción. Maimonides, el gran pensador judío (1135-1204), preguntó, «¿Cual será el premio para los justos?» Respuesta: «Que pasarán la eternidad con Dios». Segunda pregunta: «¿Cuál será el castigo de los injustos?» Respuesta: «Que ellos, no».[18]

 

Estas advertencias son severas, y los castigos pueden parecer desproporcionados, pero la intención es de destacar con todo el énfasis posible que estas palabras son de Dios (Beale 1999:1153b). Hans Lilje sugiere que para entender estos versículos, hay que estar convencido de lo que Juan afirma en 22:6-7, que esta revelación viene de Dios mismo; no son opiniones del autor, y ni Juan ni nadie tiene derecho de cambiar esa revelación (cf. 3:14; 19:9; 21:5). Las advertencias, según Lilje, expresan la absoluta seriedad de la profecía, como enviada por Dios, ante la cual la única posibilidad es la obediencia fiel. Por eso, leer el Apocalipsis sin obediencia puede poner en peligro la esperanza de salvación eterna (1957:279; cf. Mt 7:21-23).

 

Sería difícil encontrar dos criterios más fundamentales para la interpretación bíblica que éstas dos: ¡no añadir nada, no quitar nada! Los rabinos, con su típica sabiduría, declararon que «quien añade, quita». San Pablo exhorta a los fieles «a no pensar más de lo que está escrito» (1Cor 4:6; cf. Hch 26:22; sin añadir) y da testimonio de que «sin vacilar les he proclamado todo el propósito de Dios» (Hch 20:20,27; Col 1:25; sin quitar). Los reformadores definieron estos dos principios como sola scriptura y tota scriptura. Cuando uno va a los tribunales, tiene que jurar decir «la verdad, sólo la verdad y toda la verdad». Al interpretar la palabra de Dios, la consigna debe ser: «el texto, sólo el texto y todo el texto».

 


[1] Es probable que sea el Jesús resucitado quien habla aquí, igual que en 22:16 y 20, donde él también «testifica» (Aune 1998B:1204d, 1229; Osborne2002:794). En cambio, para Caird (1966:287-8), es Juan quien habla en 22:18-19.

[2] Estas dos frases reflejan una construcción hebrea que puede entenderse como un genitivo de cualidad, o genitivo adjetival, y puede traducirse con «esta palabra profética» y «este libro profético». El hebreo tiene pocos adjetivos y por eso emplea esta construcción.

[3] Para otras fórmulas parecidas véanse 1En 108:6; 4Esd 14:36-37; 3Bar 1:6-7; cf. 4Esd 14:5-6,36-37.

[4] Finegan 1949:336. Eusebio cita una advertencia similar, pero más breve, del final del De octonario de Ireneo (HE 5:20). Rist (1957:549) comenta, con humor simpático, que esta maldición de Ireneo es casi lo único que queda de ese libro. San Jerónimo, al final de su Prefacio a la Vulgata, lamenta «los errores introducidos por traductores incompetentes, y las disparatadas alteraciones de críticos confianzudos pero ignorantes, y aun más, todo lo que ha sido insertado o alterado por copistas somnolientos» (Finegan 336).

[5] Aune (1998B:1230) también ubica el escuchar en el contexto litúrgico, pero señala que pas («todo») con el participio adejetival articular enfatiza la responsabilidad personal de cada uno a respetar el mensaje profético.

[6] Podemos mencionar el anatema de Pablo contra los que predicaban otro evangelio (Gá 1:6-9). Los judaizantes de Galacia también añadían algo al evangelio (la ley, la circuncisión) y quitaban algo (la gracia; el evangelio mismo).

[7] Ver Stam III (2009:204-221), «¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?».

[8] Llama la atención que ningún autor bíblico pretende coordinar todos los aspectos y eventos de la profecía, para armar una secuencia cronológica del futuro. Cada autor habla de lo que viene al caso para su contexto pero ninguno busca incluir todos los aspectos en un sistema.

[9] Nos sorprenderíamos si descubriéramos la medida en que conceptos tradicionales como «el Anticristo», «la gran tribulación» o «el rapto» van más allá de una interpretación estricta de las escrituras. Por ejemplo 1Ts 4:17, el único texto que dice que seremos arrebatos, nos lleva hasta la nube, en el aire, pero no al cielo. Tampoco lo relaciona con la gran tribulación ni con siete años (o tres y medio) en el cielo. Ningún pasaje tampoco enseña que Cristo «viene a llevar a los suyos», como propósito y sentido de su venida. Ver Stam 2001:15-36 (1999-19-37).

[10] Al analizar esto a través de este comentario, hemos señalado que muchas veces en el Apocalipsis el significado de una alusión al A.T. se descubre precisamente en los cambios que hace Juan en su fuente.

[11] Lex talionis: antigua ley de reciprocidad retributiva de «ojo por ojo, diente por diente».

[12] Para Aune (1998B:1232) lo más probable es que se refiera a las siete plagas finales de Ap 15:1-16:21. Cf. los «ayes» de 18:9-19. (Cf. Thompson1998:188).

[13] Es importante recordar que los primeros cristianos esperaban la pronta venida del Señor y no pensaban en términos de un largo futuro para la humanidad. Véase Stam III 2009:163-166, «¿Hasta qué punto estaba pensando Juan en un juicio final remoto?».

[14] Es preferible la traducción «quitar de» o «quitar algo de» (BJ, DHH, BPer, NBE) en vez de «quitar palabras» (NVI). No se trata sólo de quitar palabras del manuscrito sino también de disminuir el sentido del texto y suprimir algo de su mensaje.

[15] Para la misma construcción con meros, cf. Ap 20:6 (su parte en la primera resurrección) y 21:8 (su parte en el lago de fuego; 22:19).

[16] La misma pregunta surge con 3:5, «no borraré su nombre del libro de la vida»; Ver Stam Tomo I (199A:133-4; 2006:146).

[17] Cf. 2Tes 1:9: «Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna (perdición eterna RVR), lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder…».

[18] Citado por Harold Kushner, Beliefnet Jewish Wisdom, 26 de marzo de 2011 (http://www.beliefnet.com/Faiths/Judaism/index.aspx ;newsletters@mail.beliefnet.com).


Juan Simarro Fernández

Retazos del evangelio a los pobres (XXVI)

“Viendo la multitud subió al monte; y sentándose vinieron a él sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados…”. Mateo 5: 1-3.

 

Las Bienaventuranzas, esta parte esencial del Sermón del Monte, no se preocupan especialmente de una espiritualidad desencarnada, no son consejos para que las personas sean más piadosas, no intentan el cultivo del espíritu pensando en el más allá.

 Las Bienaventuranzas están llenas de humanidad encarnada.  Tanta humanidad que no pueden pasar de largo de los problemas de los pobres, de los tristes, de los hambrientos e injustamente tratados. Se configuran, así, como una respuesta de misericordia y como promesas de felicidad para aquellos que están hundidos en el no ser de la pobreza y el sufrimiento humano. Tienen la urgencia de aquel, que siendo experto en sufrimiento como lo era Jesús, tiene que lanzar un grito de emergencia como respuesta al sufrimiento y a la insolidaridad humana que hunde a tantos en la infravida de la pobreza y del desconsuelo.

Mientras los demás maestros religiosos incidían en una ética de cumplimiento de rituales, de mandamientos humanos, de prescripciones y de una pureza piadosa basada en la estricta observancia de múltiples normas, Jesús, sorprendentemente para muchos de los integrados de aquella época, en las Bienaventuranzas les va a hablar de una forma diferente: les podía hablar de los pobres, tanto de los económicamente pobres como de aquellos que son pobres por su desconsuelo, por su llanto, por ser personas oprimidas o pertenecer al grupo de los hambrientos del mundo. Era una forma totalmente revolucionaria y novedosa de hablar.

 Era una forma de hablar totalmente diferente de los líderes religiosos del momento.  Mostraba un camino nuevo y distinto para los sufrientes del mundo, para los proscritos y privados de dignidad. Era como una corriente de aire fresco para los pobres de la tierra que eran despreciados y rechazados por los religiosos del momento. Sus palabras eran como un rayo de luz en medio de las tinieblas de una religiosidad alejada de los planes de Dios para con los débiles del mundo. Eran una forma no violenta de liberación que se ha mostrado como muy difícil de seguir por aquellos que se declaran discípulos del Maestro experto en sufrimiento. Los cristianos de hoy necesitan hacer toda una inmersión en los valores del Sermón del Monte, de las Bienaventuranzas.

Las personas que les escuchaban, la mayoría de ellos gentes sencillas que se sentían atraídos por un mensaje que les llegaba como una gran novedad y que les abría nuevos caminos insospechados en aquellos ambientes religiosos, se quedarían gratamente sorprendidas, sería como si las ventanas del cielo se estuvieran abriendo para ellos por primera vez. Era un Evangelio misericordioso, que proclamaba una justicia también llena de misericordia para con los que sufren, para los despojados y oprimidos.

 No sé si las personas que les escuchaban podrían ser conscientes de la revolución que implicaban las sentencias de Jesús en el terreno religioso.  No sé cuántos de ellos podrían captar de forma consciente esa revolución que implicaban las Bienaventuranzas para los pobres y desconsolados del mundo, pero no cabe duda que el Reino de Jesús que irrumpía en nuestra historia era un Reino con valores liberadores dentro de la no violencia, a no ser que se pueda hablar de la violencia verbal que las palabras de Jesús causarían en los religiosos de la época. Esta parte esencial del Sermón del monte, era algo totalmente novedoso, algo que nosotros, muchas veces, en nuestras modorras espirituales insolidarias, no somos capaces de captar en un mundo insolidario en donde, desgraciadamente y de forma bastante amplia, esta insolidaridad afecta a los que se llaman seguidores del Maestro del Sermón del Monte.

 No es que quiera hacer una crítica a la forma en que se vive el cristianismo hoy en la mayoría de las iglesias, sino que intento un esfuerzo de reflexión para que nos preguntemos qué ha sido de aquella frescura novedosa que implicaban en sí las Bienaventuranzas.

Por eso me atrevo a hacer las siguientes preguntas:

¿Qué ha pasado con aquel ardor que hacía que las masas humildes, los pobres, los despreciados y proscritos siguieran esos mensajes, esas sentencias liberadoras y comprometidas con los débiles del mundo que eran estas sentencias esenciales y que dan sentido a todo el Sermón del Monte?

¿Por qué hemos dejado que se apague aquél fuego que eran las sentencias de Jesús, sus bienaventuranzas? ¿Acaso estamos apagados espiritualmente? ¿Acaso nuestra fe está mortecina o definitivamente muerta para que no podamos captar la urgencia, el grito solidario y aquella fuerza evangélica que nos trajo Jesús con su Evangelio a los pobres?

¿Qué necesitaríamos para poder reavivar el fuego que ardía en los labios de Jesús al sentarse ante sus discípulos y las multitudes para enseñarles? ¿Qué hemos de hacer para que el Evangelio sea así de atractivo para que las gentes caminen tras el mensaje de los cristianos? ¿Cómo podríamos sumergirnos en la frescura y en el fuego del mensaje de Jesús?

Quizás yo no os sepa decir el cómo, el camino para poder seguir la revolución solidaria de Jesús con los pobres y con los sufrientes. Pero sí os puedo decir una cosa:  Hay que estar dispuesto a pagar el precio de la práctica y enseñanza de este evangelio solidario con los excluidos del mundo.

Jesús pagó el precio. Quizás su compromiso con los pobres y robados de dignidad, quizás el hacer un Evangelio tan diferente de las líneas insolidarias que seguían y practicaban los religiosos de la época de Jesús, fue lo que llevó a Jesús a la cruz, a la muerte del dador de la vida, a la muerte del creador de todo lo que existe.

Quizás cada una de estas bienaventuranzas, cada una de estas sentencias solidarias con los pobres, los hambrientos y los desconsolados del mundo, eran, simbólicamente hablando, los clavos que clavaron a Jesús en la cruz. Ocho sentencias que dieron lugar a los ocho clavos, valga la imagen simbólica con la que en este momento hablo, que clavaron a Jesús en la cruz por comprometerse con los pobres y sufrientes del mundo. El Evangelio a los pobres le llevó a la cruz, aunque, indudablemente, la cruz tenía una trascendencia global de redención de toda la humanidad, de todo aquél que cree en Él.

 Si hoy la iglesia se comprometiera con las líneas de las Bienaventuranzas de Jesús con un compromiso serio y total, es posible que la indiferencia que los poderosos del mundo, religiosos, políticos o acumuladores, dejara de ser tal indiferencia.  Saltarían a la palestra intentando destruir el movimiento solidario y misericordioso que es el Evangelio.

Hemos de ser valientes y no rehuir de las solidaridades, compromisos, estilos de vida y prioridades de Jesús. Si no, seremos todo, excepto seguidores del Maestro de Nazaret.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011

PENTECOSTALISMO INTEGRAL

Publicado: junio 9, 2011 en Misión Integral, Teología

Juan Stam

PENTECOSTALISMO INTEGRAL

¡Todos debemos ser pentecostales!

(como lo describe Hechos 2)

 

El día de Pentecostés es el paradigma para la Iglesia de todos los siglos. En él, Dios marcó a la Iglesia para siempre con su carácter carismático, bíblico y profético. Tan importante era ese día, que Cristo ordenó a sus discípulos quedarse sentados en Jerusalén hasta que no se cumpliera (Lc 24.49, kathísate). La misión no pudo iniciarse sin el don pentecostal. La Iglesia es Iglesia porque es pentecostal. Es fiel a su naturaleza y misión sólo cuando es fiel a su origen en el Pentecostés.

 

El capítulo dos de los Hechos nos enseña un pentecostalismo integral. El derramamiento del Espíritu (2.1-13), va acompañado por una clara exposición de la Palabra de Dios (2.14-36), que resulta en muchas conversiones (2.37-41) y una comunidad radicalmente transformada (2.42-47). El Pentecostés comenzó, ero no terminó, con el don de lenguas. Mucho más que la impresión del fenómeno de las lenguas, el secreto de su poder fue la fuerza de la Palabra y la práctica evangélica que ésta inspiró. Si hubiera sido lenguas y nada más, no hubiera sido Pentecostés.

 

El Pentecostés nos enseña que la iglesia vive de los dones del Espíritu, entre ellos el de las lenguas. Las lenguas en ese momento eran una señal, apropiada para la ocasión, del derramamiento inicial del Espíritu sobre la Iglesia, cuando “todos fueron llenos del Espíritu Santo” (2.4). El Espíritu es la vida común del cuerpo de Cristo y distribuye sus abundantes dones a todos los miembros, “repartiendo a cada uno como él quiere” (1 Co 12.7-13).1  Sin esos dones, la Iglesia no puede vivir ni cumplir su misión en la tierra.

 

El don de lenguas en Hechos 2 reviste un claro sentido misionero y evangelístico. Es importante notar que a diferencia de Corinto, donde las lenguas eran extáticas e ininteligibles (1 Co 13.1; 14.2), en Hechos 2 el don consistía en idiomas humanos, de todas las naciones identificadas en el pasaje(2.9-11). El texto nos cuenta que cada uno oía a los apóstoles “en nuestro propio dialecto” (2.5, dialecto), “en nuestra lengua en la que hemos nacido” (2.8, cf. 2.11). Por otra parte, Pedro les predicó en alguna lengua común (a lo mejor, su mal griego, con fuerte acento galileo) y la multitud lo pudo entender. Su comunicación fue tan eficaz que tres mil personas se convirtieron. Los galileos eran famosos por pronunciar mal su propio idioma (Mr 14.70). Sin embargo, en el día de Pentecostés el Espíritu capacitó a esos galileos para glorificar a Dios en muchos idiomas extranjeros y bendijo al mal griego de Pedro con envidiables resultados evangelísticos.

 

El contraste llama la atención. Por una parte, unos galileos, “sin letras y del vulgo” (Hch 4.11), lucen por un momento como brillantes lingüistas, pero a continuación Dios bendice el griego deficiente de Pedro para una evangelización impresionante. Entonces, ¿para qué ese previo don de lenguas?

 

El testimonio misionero de la iglesia, aun antes del sermón de Pedro, se inició cuando los apóstoles proclamaron “las maravillas de Dios” en los idiomas de todas las naciones presentes (2.11). Parece que en la sabiduría de Dios, los gentiles tenían que escuchar el Evangelio primero en los acentos auténticos de su propia cultura y en su lengua materna. Ningún idioma, ni el hebreo ni el griego ni el latín, debe considerarse el idioma oficial del Evangelio. Cuando el Evangelio llega a un pueblo, la única cultura a que pertenece debe ser la misma cultura del pueblo que recibe el mensaje. El Evangelio se encarna con fidelidad en la auténtica idiosincrasia de cada pueblo. Por eso, ser pentecostal significa ser contextual y autóctono. Imponer algún lenguaje extraño o patrones culturales extranjeros es anti-pentecostal.

 

A las experiencias carismáticas ha de seguir la exposición de la Palabra (2.14-36), la proclamación del Evangelio para la conversión de las personas (2.37-40). La predicación bíblica de Pedro no era menos pentecostal y carismática que los anteriores fenómenos de glosolalia. Aunque Pedro no tuvo oportunidad para preparar su sermón2, escogió muy acertadamente sus textos del Antiguo Testamento: Joel 2.28-32 junto con Salmos 16.8-11 y 110.1. Este mensaje de Pedro muestra las características de un buen sermón expositivo. Como respuesta a una situación no anticipada, comienza contextualmente (2.14-15). Se basa sólidamente en apropiados textos bíblicos. Aunque su ocasión fue el derramamiento del Espíritu y el don de lenguas, no es un sermón sobre lenguas, ni aun sobre el Espíritu Santo, sino sobre Cristo (2.22-35), que interpreta los fenómenos carismáticos cristológicamente (2.33). El sermón concluye con una afirmación contundente del señorío de Cristo (2.35). La Palabra predicada fue tan poderosa que los oyentes clamaron arrepentidos, “¿qué haremos?” (2.37), con lo que Pedro extendió una invitación evangelística (2.38-40) y tres mil se convirtieron (2.41).

 

Sin predicación bíblica, que expone cuidadosamente el sentido fiel de las Escrituras, como lo hizo Pedro, no se es pentecostal. Demasiadas veces, en nuestros días, la “celebración” y las experiencias sensacionales desplazan la fiel exposición bíblica. No fue así en el día de Pentecostés. Ser pentecostal, según el capítulo dos de los Hechos, significa “perseverar en la doctrina” (2.42) y edificar bíblicamente a la congregación con sólida predicación expositiva. La predicación bíblica es un elemento esencial de la pentecostalidad.

 

El final del capítulo nos presenta un tercer elemento esencial de la pentecostalidad: Una comunidad radical que practica la fe hasta las últimas consecuencias (2.42-17). En la nueva comunidad de fe, perseveraron en la doctrina, la comunión, el pan compartido y la oración (2.42). Era una comunidad integral y balanceada. Tenían favor con el pueblo (2.47) pero, a la vez, las maravillas y señales en la comunidad provocaban temor y respeto. Y lo más sorprendente, y la mayor prueba de auténtica pentecostalidad: tenían todas las cosas en común (2.44) “y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía” (4.32). Hasta vendían sus propiedades para financiar los proyectos sociales de la comunidad (2.45; cf. 4.32-37).

 

La mayor prueba de la autenticidad de lo que pasó el día de Pentecostés, fue lo que pasó el día después del Pentecostés. Los recién convertidos recibieron el Espíritu (2.38) y en seguida practicaron la justicia social y económica, como manda la palabra de Dios. El proyecto pentecostal incluyó un programa de comedores populares (6.1)

 

Algunos pensadores judíos relacionaban el día de Pentecostés con el año del Jubileo (Lv 25) en que Israel había de repartir equitativamente toda la tierra4. El Jubileo era el año cincuenta y el Pentecostés era el día cincuenta, por lo que correspondía dentro del año a lo que era el Jubileo en el siglo. Además, en un pasaje claramente “jubilar”, el profeta anunció el don del Espíritu y buenas nuevas para los pobres en el “año agradable del Señor” (Is 61.1-3). Jesús aplicó este pasaje, en el mismo sentido, en su sermón inaugural en Nazaret (Lc 4.16-21; cf. 7.18-23). En el Pentecostés, el Espíritu Santo vino sobre la Iglesia, nuevo cuerpo de Cristo, y en seguida la práctica del Evangelio, en el poder del Espíritu, trajo “buenas nuevas para los pobres”.

 

El tercer momento del Pentecostés, según el capítulo dos de los Hechos, es una comunidad radical

que practica el Evangelio sin reservas, conforme al modelo del año del Jubileo. Sin eso no se es pentecostal, por muchas lenguas que se hablen. ¡Sin Jubileo económico, no hay Pentecostés!

 

Debe ser imposible para un cristiano ser anti-pentecostal, en el significado bíblico de ese magno acontecimiento. Pero tampoco se debe permitir que el hermoso título de “pentecostal” se límite a uno sólo de los aspectos del día de Pentecostés o a una sola corriente dentro del cristianismo evangélico. ¡Pentecostales somos todos!

 

Cuentan que un evangelista decía una vez que no tocaba los problemas políticos porque “Dios me llamó al ministerio evangelístico, no profético”. Al contrario, Dios ha llamado a toda la Iglesia y a cada creyente a una presencia profética en medio del mundo. La Iglesia, como dicen Arens y Díaz Mateos (2000:288), es una comunidad de profetas y testigos. Dios encargó a Ezequiel profetizar de tal manera que, aunque el pueblo no creyera, “al menos sabrán que entre ellos hay un profeta” (Ez

2.5). Donde está la Iglesia, la gente debe darse cuenta de una presencia profética en su medio5.

 

Es cierto que el Nuevo Testamento enseña también una vocación personal de algunos creyentes al oficio profético (Ef 4.11), y afirma que no todos son profetas, igual que no todos son apóstoles ni maestros (1 Co 12.29)6. A estos profetas Dios puede dar revelaciones directas para la Iglesia (1 Co 14.29-31). Siempre que se dan tales revelaciones en el culto, la congregación entera, en cuanto comunidad también profética, las ha de juzgar (14.29). Igual que los profetas del Antiguo Testamento, estos profetas traen un mensaje directo de Dios (no necesariamente predictivo) para el pueblo de Dios. La vocación específica de ellos es una expresión más concentrada del carácter profético de toda la comunidad.

 

Apocalipsis 10.1-11 es un interludio entre la sexta trompeta y la séptima, sobre la misión profética de la iglesia en tiempos de crisis y tribulación. Se dedica primero a la misión profética de Juan mismo, como uno de esos profetas “de oficio”. Juan tiene que comerse el librito que está en manos del poderoso ángel (10.8-10; cf. Ez 2.9-3.3), con lo cual Dios le renueva su comisión a “profetizar “sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes” (10.11)7. La segunda mitad del interludio (11.3-13) trata del testimonio profético de la Iglesia entera, representada por los dos testigos, cuyo poder no se basa en soplar fuego sino en morir y resucitar con Cristo8. Hay un amplio consenso entre los comentaristas que ellos representan el testimonio profético de toda la comunidad.

 

Igual que Juan y los dos testigos, la Iglesia hoy está llamada a profetizar sobre las naciones y gobernantes de nuestro tiempo (Ap 10.11; 11.3-13), aunque eso signifique atormentar al mundo entero (11.10) y hasta entregar nuestras vidas en martirio (11.7-10). Una Iglesia que calla ante la corrupción y la injusticia, que no molesta a nadie sino que busca quedar bien con todos, es una Iglesia infiel y cobarde. Y en primera fila de los que no entrarán al Reino de Dios, según el Apocalipsis, están los cobardes (Ap 21.8).

 

La tarea profética toma la forma de palabra y acción. Los antiguos profetas generalmente acompañaban su palabra de denuncia y anuncio con gestos simbólicos también proféticos. Esas acciones proféticas a veces eran preformativas para hacer realizarse la profecía, y en otros casos funcionaban como parábolas que aclaraban su mensaje. El profeta Juan realizó una acción simbólica antes de recibir su mandato de profetizar (10.10, comió el rollo) y en seguida se le ordena realizar otra (medir el santuario, 11.1-2). En cambio, el ministerio de los dos testigos (11.3-13) parece ser de pura acción profética, pues no pronuncian ni una palabra en todo el relato. La profecía siempre debe mantener esta correlación de palabra y acción. Como dice la canción, “no basta orar”, ni basta solamente la profecía verbal sin acción profética (ora et labora; “a Dios orando y con el mazo dando”

 

El pueblo de Dios está llamado a ser una comunidad pentecostal, carismática y profética. ¿Está la Iglesia evangélica, en América Latina hoy, dispuesta a asumir este reto? Que Dios nos ayude a ser fieles y valientes, con esa presencia profética que nos exige su Palabra, como también nuestro momento histórico.

 

NOTAS

1) Puesto que el Espíritu reparte sus dones entre todos los miembros del cuerpo, no debemos distinguir entre cristianos “carismáticos” y otros que supuestamente no lo son. Según el Nuevo Testamento, todo cristiano es carismático.

2) Dejamos a un lado la pregunta, hasta qué punto el sermón es de Pedro mismo o hasta qué punto puede ser redacción de Lucas, que no afecta nuestro argumento.

3) Este proyecto de asistencia a los pobres de Jerusalén fue muy importante en la fase final de la misión de San Pablo (Ro 15.26; 1 Co 16.1-4; 2 Co 8-9; Hch 20.22-25; 21.11; cf. Ga 2.10).

4) Asociado con el Jubileo estaba el sábado de la tierra, cada siete años, en que debían cancelar todas las deudas y liberar a todos los y las israelitas bajo servidumbre (Dt 15).

5) No debe dejar de leerse, con mucha oración, el enjundioso capítulo (¡que nos parece en sí profético!) de Arens y Díaz Mateos, “Profeta, testigo y mártir” (2000:437-452).

6) Debe quedar claro que no estamos afirmando que todos los creyentes son profetas, sino que la Iglesia como tal está llamada a ser una comunidad profética. El énfasis en Hechos 2 sobre la universalidad del don pentecostal, que se extiende a todos y a todas en la comunidad, muestra que aun los que no son “profetas” por vocación están llamados a ser “proféticos” como miembros del cuerpo de Cristo.

7) Llama la atención que sólo aquí esta fórmula cuatripartita menciona “reyes”, lo que da a la comisión de Juan un énfasis más fuerte en el aspecto político. De hecho, a continuación Juan va a denunciar a diferentes, reyes, sobre todo los emperadores romanos (capítulos 13-19.

8) En el Apocalipsis, “testigo” (mártus) suele sugerir martirio (1.5; 2.13). El testimonio profético de los dos testigos consiste sobre todo en su muerte, vituperio y resurrección.

 

BIBLIOGRAFIA

Arens, Eduardo y Manuel Días Mateos, Apocalipsis: la fuerza de la esperanza (Lima: CEP, 2000).

Blenkinsopp, Joseph, “Profetismo y profetas” en Comentario bíblico internacional, William A. Farmer, Armando Levoratti et al ed. (Estella: Verbo Divino 1999), 867-872.

Fee, Gordon y Douglas Stuart, La lectura eficaz de la Biblia (Miami: Editorial Vida, 1985)

Rofé, Alexander, “Jeremiah” en HarperCollins Bible Dictionary, Paul J. Achtemeier ed (HarperSanFrancisco 1996), 490-492.

Stam, Juan, Apocalipsis y Profecía (Buenos Aires: Kairós, 1998).

Stam, Juan, Apocalipsis (Buenos Aires: Kairós, 1999).

Vine, W.E. Vine’s Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words (Nashville: Thomas Nelson, 198

 

Juan Stam, La Biblia en México 2006


En Padua, Italia

Pietro Bolognesi, Doctor Honoris Causa

Incluso los católicos reconocen a este teólogo reformado, servidor de la unidad evangélica frente al ecumenismo contrario a la doctrina bíblica.

7 de junio de 2011, ROMA

“Estar hoy aquí para celebrar el Doctorado Honoris Causa en Teología otorgado a Pietro Bolognesi por la facultad Jean Calvin de Aix-en-Provence (Francia) no solo es motivo de gratitud a Dios de todos los evangélicos, sino también de gozo por Su fidelidad». Con estas palabras,  Leonardo de Chirico  dio comienzo a la ceremonia que tuvo lugar en Padua, en IFED (Instituto di Formazione Evangelica e Documentazione). Fue el pasado 4 de junio, con la asistencia de más de doscientas personas.

Hace treinta años, Bolognesi comenzaba su obra teológica, con muy poco apoyo: pocos libros de teología, pocos recursos, poco entusiasmo y un gran recelo hacia el servicio, como teólogos, de los evangélicos en la iglesia.

En el  Laudatio,  el catedrático.  Paul Wells , decano de la Facultad Juan Calvino, describió  la trayectoria de Bolognesi como teólogo : “su preocupación ha sido siempre ser consecuente con la Palabra escrita de Dios y conectar la fe evangélica a sus raíces históricas.Su teología se ha caracterizado por su intento de r eflejar una cosmovisión bíblica capaz de confrontar el pensamiento secular y el pensamiento católico romano . Bolognesi ha estado ministrando teología Reformada con un corazón pastoral, fervor apologético y conciencia histórica”.

Un gran número de autoridades académicas y eclesiásticas mostraron a Pietro su agradecimiento:  Pierre Berthoud  (Asociación de Teólogos Evangélicos Europeos),  Andrea Toniolo  (decano del Seminario Católico),  Stefano Bogliolo  (Alianza Evangélica Italiana), Luigi Dalla Pozza  (Iglesias Evangélicas Bautistas Reformadas de Italia). Se recibieron mensajes escritos del Rector de la Universidad de Padova, de muchos académicos italianos, William Edgar  (Seminario Teológico de Westminster),  Sam Logan  (Asociación de Mundo Reformado),  Jim Renihan  (Instituto de Estudios Bautistas Reformados), La Comisión de Misiones Internacionales de la Iglesia Libre de Escocia y del Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura,  cardenal Gianfranco Ravasi .

 La teología de Bolognesi ha servido a la causa de la unidad evangélica siendo siempre crítica hacia las tendencias ecuménicas que restan importancia a la doctrina bíblica.   El hecho de que los mejores teólogos católicos romanos quieran homenajearle esseñal de que lateología evangélica puede conservar su integridad académica sin venderse a tendencias ecuménicamente correctas. Si setiene en cuenta que los evangélicos en Italia han sido considerados largo tiempo como secta, los logros de Pietro Bolognesi han sido relevantes. La totalidad de la iglesia evangélica en el país se ha visto enormemente beneficiada por este ministerio.

En su Lectio magistralis, Pietro resaltó la necesidad de que la teología sea «elénctica». en su significado bíblico (dirigido a convencer al pecador mostrando la verdad de las Escrituras), sacando algunas consecuencias prácticas para la teología actual.

Al final de la ceremonia se presentó un nuevo libro de Bolognesi. Se trata de un estudio pionero sobre la Ortodoxia Reformada, uno de los temas centrales de su investigación.

 Traducción: María López-Ballesteros

© Protestante Digital 2011

Purismo y fanatismo

Publicado: junio 8, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Juan Simarro Fernández
Purismo y fanatismo“Jesús les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Texto completo en Marcos 2:13-17.

 

Nos encontramos dentro del mismo texto en el que Jesús llama a Leví, un publicano, considerado ladrón y pecador, para ser su discípulo. Hizo con él, y con otros tildados de pecadores, esa comida compartida que ya hemos comentado.

 Jesús fue objeto de la crítica de los religiosos de la época, de los escribas y de los fariseos, de los fanáticos y autoconsiderados puros.  Los religiosos del momento eran celosos observantes de la ley y de las normas que ellos mismos habían creado. El problema era el siguiente: Su estricta observancia, su fanatismo, su dependencia y esclavitud de un número excesivo de normas religiosas, les hacía despreciar, excluir y marginar a aquellos que no eran tan observantes como ellos mismos.

 También el orgullo religioso de ser estrictos cumplidores de la ley y de las normas, les hacía considerarse dentro del grupo de los puros, de los limpios, de los justificados por ellos mismos, por su observancia de las leyes y normas a las que se sentían atados.

Esta búsqueda de pureza basada en la observancia de normas, les llevaba también al rechazo de los por ellos considerados impuros. Se formaba así una separación, una división entre los puros e impuros que traía como consecuencia algo que Jesús denunció: el desprecio, la marginación, el rechazo de los considerados impuros, el no poder reunirse con ellos en una mesa comunitaria. Tristes consecuencia de un fanatismo religioso común a aquellos que, esclavos de las observancias, pensaban que se autopurificaban, que se autojustificaban. Eran los criticados por Jesús como sanos que no tienen necesidad de médico.

 Estaba también el grupo de los tachados por estos religiosos de ignorantes, considerados malditos . Eran gentes humildes que eran despreciadas porque no cumplían la ley ni eran observantes de las normas como ellos. Eran gentes sencillas, pobres, marginados y excluidos, iletrados que, por su marginación, les era imposible el conocimiento de esas leyes y normas que debían cumplir. No podían seguir las tradiciones y códigos religiosos. Eran rechazados, despreciados como ignorantes, considerados como malditos.

 Así, la religión les valía a los escribas y fariseos, a los fanáticos religiosos de la época, para establecer divisiones y grupos  entre los puros e impuros, pobres y ricos, ignorantes y sabios, dignos e indignos. Jesús se propone romper con todas estas barreras religiosas y sociales que marginaban a las personas y que excluían a muchos dejándolos tirados, como prójimos robados de hacienda y dignidad, a los lados del camino de la vida.

Hoy en día, entre los religiosos de nuestro siglo, habría que preguntarse si existen estos conceptos de pureza conseguida con la observancia de las normas religiosas, frente a los marginados de nuestras ciudades, los pobres de la tierra, los proscritos e ignorantes, los nacidos en los focos de pobreza.  Deberíamos preguntarnos si hoy también estamos estableciendo divisiones y grupos entre los autoconsiderados puros y limpios frente a otros que, de inicio, consideramos impuros o contaminados.  Pues bien, Jesús quiere romper con todas esas divisiones, quiere romper muros y, para ello, se pone del lado de los pobres y de los proscritos, entra en los lugares de conflicto en donde están los apaleados y dejados al ladeo del camino, y hace con ellos una comida comunitaria, el banquete del Reino.

Cuando la práctica de la religión no se hace desde la solidaridad, desde la apertura al prójimo necesitado, desde el servicio y el compromiso con los más débiles siguiendo el ejemplo de Jesús, el riesgo es caer en el creernos más puros, más limpios que los que están sufriendo en los focos de conflicto. Podemos caer en el orgullo religioso, en el orgullo del cumplimiento del ritual frente a otros que vemos fuera y a los que consideramos el grupo de los impuros. Esta forma de considerar a los débiles del mundo, se puede convertir en una especie de agresión a los pobres, marginados y proscritos del mundo. Nos separamos del ejemplo de Jesús.

Muchos religiosos de hoy, enclaustrados entre las cuatro paredes del templo y que permanecen de espaldas al grito de los colectivos empobrecidos y marginados, nunca van a poder practicar la acogida que vemos que practica Jesús, no van a ser capaces de reunirse en una mesa compartida, una mesa comunitaria en donde estén los pobres de la tierra, una mesa en donde no se practique la exclusión de los débiles, en donde no se de la marginación de ningún colectivo humano.

El problema para muchos religiosos hoy, al igual que el de los religiosos de los tiempos de Jesús es el de caer en el orgullo vanidoso de pensar que sólo ellos están en posesión de la verdad absoluta y, además, del bien absoluto. Así es como se abren las fronteras y los muros entre las divisiones que hacemos entre los buenos y los malos. Son sólo divisiones humanas basadas en las apariencias. División que Jesús, conociendo los corazones, rechaza de forma absoluta. A veces los religiosos quieren todo el bien para ellos y no pueden ver ningún rasgo bueno, ninguna posibilidad de cambio en aquellos que no ven en el bando de los puros. Esto nos lleva al desprecio del prójimo. Hay que romper el círculo infernal que fomenta la marginación de las personas.

 Señor, ayúdanos a seguirte, a imitarte, a romper los muros de división entre los hombres.  Queremos compartir todos esa mesa comunitaria de la que tú nos has dado ejemplo.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


Escrito por Mark Driscoll

Entender cómo calificar a una iglesia como «emergente» es muy difícil puesto que esta categoría incluye una gran cantidad de creencias. Sin embargo lo que busca cocinarse con el concepto de «Iglesia Emergente» es el deseo que las iglesias sean realmente iglesias misioneras en el propio entorno o nación en las que se encuentran.

Para ayudar a explicar como una Iglesia Emergente se diferencia de otro tipo de formas de iglesias, explicaré brevemente cuatro tipos de iglesias que he definido mi primer libro «Reformission: Reaching Out without Selling Out» (Libro no disponible en español y cuyo título pudiese ser: Reformisión: Alcanzar sin necesidad de vender»). Jesús ha llamado a la iglesia a ser misionera desde tres focos: 1) el evangelio (amar al Señor), 2) la cultura (amar al prójimo), y 3) la iglesia misma (amar a nuestros hermanos en Cristo). Lamentablemente debemos reconocer que nuestras iglesias solo tienen éxito en uno o dos de estos focos y es por ello que existe entre nosotros tanta paraeclesialidad, liberalismo o fundamentalismo.

1) Evangelio + Cultura – Iglesia = Paraeclesialidad

Ministerios como Young Life y Cruzada Estudiantil para Cristo (AGAPE) se saltan a la iglesia para presentar el evangelio a las personas en la cultura. El resultado es un cristianismo que ama al Señor, ama a la cultura pero son propensos a dejar de amar a la iglesia. Esto es ser paraeclesiales.

2) Cultura + Iglesia – Evangelio = Liberalismo

La mayoría de las iglesias tradicionales tienen una conciencia social profunda y están comprometidas a desarrollar labores en este sentido, pero carecen del evangelio del arrepentimiento del pecado y de la fe personal en Jesús para alcanzar la salvación. El resultado es el liberalismo que ama a la iglesia y a ama a la cultura pero falla en amar al Señor de manera adecuada.

3) Iglesia + Evangelio – Cultura = Fundamentalismo

La mayoría de las iglesias independientes y conservadoras son propensas a amar a la iglesia y amar la verdad del evangelio pero por otro lado minimizan, niegan e inclusive luchan contra la cultura y las personas que viven en ella. Este es el caso típico del fundamentalismo.

4) Evangelio + Cultura + Iglesia = Emergente

La iglesia emergente, en diferentes variantes, trata de combinar lo mejor de cada forma de cristianismo de manera que la gente pueda amar simultáneamente al Señor, a la Iglesia y a la gente en su cultura. El resultado es permanecer continuamente en una tensión entre ser teológicamente conservador y culturalmente liberal, y es por ello que cada vez es más creciente el debate entre cristianos conservadores y liberales en relación a como se involucran en la iglesia emergente.

Francamente, el rumbo y futuro de la iglesia emergente está aun por verse. En ella se incluye una corriente que está comenzando a replicar el pensamiento teológico liberal en aspectos como la autoridad de las escrituras, las referencias masculinas de Dios, los roles por géneros, el pecado personal, el infierno eterno entre otras. También esta siendo influenciada por una corriente fundamentalista que incluyen pastores de tendencias teológicas reformadas quienes luchan contra sus denominaciones en aspectos como el alchohol y el hablar en lenguas.

Los próximos años serán decisivos para determinar si la Iglesia Emergente toma rumbos hacia los destinos mencionados, esto es el paraeclesialismo, el liberalismo, o el fundamentalismo; o si por el contrario se consolidará como un nuevo movimiento de plantadores de iglesias y de misioneros culturales tal como ocurrió con el Movimiento de Jesús en la generación anterior.

Mark Driscoll es pastor de Mars Hill Church en Seattle, Wash., y fundador de la red Hechos 29, una rede de plantadores de iglesia. También es un columnista regular en la sección de Fe y Valores del Seattle Times.


Por P. José Mulligan, SJ

Lo más importante en el discurso de Jesús sobre la Segunda Venida y el fin de la historia no es la cuestión de cuándo va a suceder sino qué debemos hacer mientras. Él mismo nos llamó a estar “despiertos” (Mateo 24:42; 25:13), pero no en el sentido de estar todo el tiempo esperando o rezando, ni mucho menos temblando con preocupación o temor, sino “manteniéndose firmes” (24:13) contra la tentación de permitir que “el amor se enfriará en muchos” (v 12).
Hay que estar “despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor” (v 42); hay que estar también “preparados” (v 44) y “cumpliendo su deber” (v 46). ¿Cómo?  ¿Cumpliendo qué deber?

La versión según Mateo de este largo discurso de Jesús explica claramente el punto, lo más importante, la conclusión de todo el discurso: “Cuando el Hijo del Hombre venga [es decir, en cualquier momento que venga] en su gloria…, separará a unos de otros…. Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: ‘Vengan …y tomen posesión del reino…. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver.’

“Entonces los justos dirán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o  sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y te fuimos a ver?’ El Rey responderá: ‘En verdad les digo que cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí’” (25:31-40).

Viviendo así, en compasión y solidaridad, y luchando por un mundo en que no haya  tantos hambrientos, el amor no se enfriará. Es como si Jesús dijera: “No se preocupen por el día ni la hora de mi venida, no pierdan su tiempo en eso, sino dedíquense a encontrarme y servirme en los necesitados(as). En ellos estoy y he venido. Vendré otra vez en gloria cuando venga el reino de Dios, pero lo importante no es especular sobre cuándo sino sobre lo que hay que hacer ahora para ayudar que se acerque el reino de justicia, paz, y amor”.

También hay otro elemento significativo en este discurso y tiene relación con el llamado del Señor a amar y servir. Me refiero a su predicción del sufrimiento que los discípulos(as) experimentarán por ser profetas anunciando el reino de justicia: “Entonces los denunciarán a ustedes, y serán torturados y asesinados. Todas las naciones los odiarán por mi causa…. Pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará” (24:9,13).

Muchas personas han tratado de predecir cuando viene el fin de la historia, la segunda venida de Cristo. Muchas fechas han pasado y no hubo nada extraordinario. El mismo evangelio dice: “Jesús contestó: ‘Estén sobre aviso y no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías, el tiempo está cerca.’ No los sigan’” (Lucas 21:8).

También en Mateo: “Entonces, si alguien les dice: ‘Miren, el Mesías está aquí o está  allá, no le crean. Porque se presentarán falsos mesías y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios capaces de engañar, si fuera posible, aun a los elegidos de Dios. Miren que yo se lo he advertido de antemano.
“Por tanto, si alguien les dice: ‘¡Está en el desierto!’, no vayan. O dicen: ‘¡Está en tal lugar retirado!’, no lo crean. Pues así como resplandece el relámpago desde oriente a poniente, así será la venida del Hijo del Hombre” (24:23-27).

Aun el Hijo (de Dios) no sabe! Jesús mismo dijo: “Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán. Por lo que se refiere a ese día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre” (24:35-36).

Llama la atención no que alguien dijo que el 21 de mayo iba a acabarse el mundo, sino la atención masiva que este aviso ha ganado en todo el mundo. ¿A qué se debe tanto interés y excitación? Claro, un factor es la campaña publicitaria internacional que costó una fortuna. Pero, ¿qué hay en los seres humanos que nos prepare a recibir tal predicción casi con satisfacción en muchos casos?

Posiblemente muchos tienen una experiencia de la vida y del mundo tan miserable y  triste que estén listos a dar la bienvenida a un anuncio del catastrófico fin del mundo. No teniendo ninguna esperanza por un mejoramiento de su vida o del mundo, tal vez sientan una satisfacción en la contemplación del fin de todo y en la limitada esperanza de que unos pocos sean llevados fuera del mundo. Esto sí es un triste y preocupante comentario sobre la realidad del mundo actual y la consiguiente desesperación de muchos de sus habitantes.

Hay que renovar y fortalecer nuestras luchas por un mundo más justo y alegre para que  aumente el número de personas que tengan esperanza para este mundo y cuya fe sea en un Cristo que es encarnación de un Dios que tanto amó al mundo que “le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él” (Juan 3:16-17). Rezemos y gritemos: “Venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.” Es decir que, con la fuerza del Cristo Liberador y nuestros esfuerzos organizados, este mundo y la sociedad sean transformadas en tierra nueva y civilización nueva, no obliteradas.


Creo que Jesús nos enseñó a seguir viviendo el evangelio de amor, sin especular mucho  sobre cuando venga el fin, para que, cuando venga el fin (de nuestra vida o de la historia) no haya problema. Debemos estar “despiertos”, “firmes” y trabajando, sirviendo a Cristo en los demás y luchando por un mundo mejor.

Por P. José Mulligan, SJ

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