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Perdiendo la religión con REM

Publicado: septiembre 27, 2011 en Música, Teología

José de Segovia Barrón
Perdiendo la religión con REMProbablemente el disco de REM con más referencias religiosas es Around the Sun, donde explora la religiosidad de la América de Bush, para ver si es congruente con las palabras de Cristo. Su respuesta es no.

27 DE SEPTIEMBRE DE 2011

 El grupo REM ha anunciado su separación. Formado en Athens (Georgia) en 1980, la banda de Michael Stipe se dio a conocer como parte del nuevo rock americano, convirtiéndose luego en una leyenda de la música popular en los años noventa. Canciones como  Losing my religion  en 1991, no sólo llenaron las discotecas de mandolinas, sino que han hecho preguntar a muchos si hablaba de Dios, aquello que bailaban. Puesto que Stipe no es sólo vegano y homosexual, sino que viene de una larga tradición de pastores metodistas.Aunque  losing my religion  no es más que una expresión sureña para decir que uno está perdiendo los estribos –porque se le ha acabado la paciencia–, “yo vengo de una familia cristiana”, dice la visible cabeza de REM. “Mis padres son un parangón de la fe cristiana”. Desde pequeño, este músico norteamericano se crió con “historias que hablaban mucho de fe y espiritualidad, sobre lo que es bueno y lo que es malo”. Eran “las enseñanzas de Jesús, las que había que seguir, como se reconocen en la Biblia –recuerda el cantante de REM–. “Aunque la fe cristiana, que es con la que estoy más familiarizado, es algo individual” –dice Stipe, siguiendo la tradición protestante–.

 LA PASIÓN DE STIPE
Cuando en 2004 se estrenó la película de Mel Gibson sobre  La Pasión de Cristo,  una canción del primer disco de REM sirvió de música de fondo, veinte años después, a muchos reportajes sobre la controversia en torno a esta versión  gore  de la cruz. Aunque la canción  Talk About the Passion  habla de otro tipo de pasiones, en ella Stipe reconoce que “no cualquier persona puede cargar con el peso del mundo”.

 El primer disco de REM – Murmur –salió a la vez que el  War  de U2, en 1983. Mientras que los irlandeses son más conocidos por sus inquietudes espirituales, es curioso que el coro del tema principal de  Murmur  no es muy diferente a la reivindicación de “la victoria que Jesús ganó” en  Sunday Bloody Sunday,  o la versión del Salmo 40, que todavía cierra los conciertos de U2. Mientras Bono se pregunta cuánto tiempo va a tener que cantar esta canción, Stipe lo dice en francés: “ combièn de temps ”, o sea “cuánto tiempo”.

 ALREDEDOR DEL SOL
 Probablemente el disco de REM que tiene más referencias religiosas es  Around the Sun,  publicado un mes antes de las elecciones presidenciales del año 2004. En este álbum Stipe explora la religiosidad de la América de Bush, para ver si es congruente con las palabras de Cristo. Su respuesta es un contundente no.

En canciones como  The Final Straw,  el cantante de REM se pregunta: “¿quién murió y te elevó a la perfección?”. El sabe que la respuesta de su oponente será Cristo, pero censura al gobernante por su apariencia cristiana. Para él, “el amor ahora no puede ser cuestionado, el perdón es la única esperanza que tengo, y el amor será mi arma más fuerte”.

Uno de los aspectos más interesantes de  Around the Sun  es su misteriosa combinación de la política americana de entonces, con la imagen de un amante traicionado, como en  Make It All Okay.  Bajo la aparente confrontación con un amor perdido, hay un rechazo al deseo de venganza por el 11 de septiembre, que hace que todo esté bien ( all okay ). Stipe habla del perdón ofrecido por un salvador, a cambio de la promesa de empezar de nuevo, como palabras a un amante perdido. Y concluye: “bueno, Jesús me ama bien, pero sus palabras no son bien recibidas esta vez”.

 EL AMOR DE DIOS Y EL KATRINA
 Aunque no es sólo Bush quien sale mal parado en las canciones de REM. La “congregación de leche y miel” de  I Wanted To Be Wrong  es un comentario al cristiano americano, que cree que ha alcanzado la tierra prometida, y no busca ya nada más. La riqueza de este tipo de cristianos les hace indiferentes –cree Stipe– ante los menos favorecidos. Lo que contrasta con los esfuerzos del músico para ayudar a las víctimas del Katrina, un desastre que vio como de proporciones bíblicas –“del Antiguo Testamento” –. El coro de la canción que grabó – In The Sun – invoca el amor de Dios.

Stipe explica que es otra expresión sureña: “ Bendice su corazón  puede querer decir diferentes cosas, tal y como yo la he escuchado desde niño, pero en esencia es una forma de enviar a alguien de camino, deseándole lo mejor”. El coro de la canción  –¡que el amor de Dios esté contigo!  – es una forma de decir “sea lo que signifique Dios en tu vida, estés buscando refugiado, o airado por la situación en que te encuentras, ¡que el amor de Dios esté contigo!”.

¿Cómo podemos ver el amor de Dios en una situación como la que se vivió en Nueva Orleans? “Para mí, Dios viene de muchas formas –dice el líder de REM–. Cuando uno está desesperado y hundido, puede ser un simple gesto por parte de un extraño, o de alguien del que no esperabas algo así. Fundamentalmente, eso está en la Biblia, el Corán, o en todo lo que leo –nos necesitamos el uno al otro–.  Nadie es una isla,  eso no está en la Biblia, pero está ahí.”

 LA FE Y LA RELIGIÓN
 Para Stipe, “un verdadero cristiano –y uso el luminoso ejemplo de mis padres en mi vida–, reconoce cuáles son las enseñanzas de Jesús –y lo que significan en la vida de cada día, que no es sencillo–, para saber qué camino seguir, qué elecciones tomar, qué apoyar, y qué no”.

 “Si hay una división en este país –dice el músico norteamericano–, no ha de ser entre aquellos que tienen fe, y los que no la tienen; sino entre aquellos que tienen una fe –en mi opinión–, pura, según las enseñanzas de Jesús, y la gente que ha usado eso, para convertirlo en otra cosa, por otras razones, sea el poder, la intolerancia, o la ignorancia.”

La religión parece estar llena de fanáticos e hipócritas. No es extraño que muchos la pierdan –como popularmente se entiende la canción de REM–, porque hay cristianos e iglesias que les han decepcionado. Si el cristianismo es verdad, ¿por qué algunos no creyentes viven mejor que los cristianos? ¿Quién puede negar a estas alturas, que hay religiones que apoyan la guerra, la injusticia y la violencia?

 EL VERDADERO CRISTIANISMO
 La Biblia nos enseña que existe algo así como una gracia común, da igual cómo la llamemos.  “Todo lo bueno y perfecto que se nos da, procede de arriba, de Dios que creo los astros del cielo” ( Santiago 1:17 ). Dios da todo lo bueno, sabiduría, talento, belleza y arte, por su sola gracia, inmerecidamente. Lo da a la humanidad, independientemente de sus convicciones religiosas, raza, género, o atributos.

En segundo lugar, la idea de que una persona tiene que “limpiar” su vida, para merecer la presencia de Dios, no es cristianismo. “Es fácil perderse en la fe”, dice Stipe. Pero si hay cristianos que se comportan como fanáticos, no es porque están pensando demasiado en el Evangelio, sino porque sus vidas no giran en torno a él. Quien se justifica a sí mismo, no acepta otra opinión, o es insensible y agresivo, no es porque sea demasiado cristiano, sino porque no lo es suficientemente.

 El verdadero cristianismo no es fanático, sino humilde, sensible, amoroso y compasivo. El cristiano perdona y entiende, como Cristo lo hizo. Recuerda las palabras de Jesús: “Quién esté libre de pecado, tire la primera piedra” ( Juan 8:7 ). Puesto que el Sermón del Monte no critica a gente sin religión, sino a personas religiosas. No olvidemos, como decía Barth, que no fue el mundo, sino la iglesia la que crucificó a Cristo.

El Dios de Jesús y los profetas salva por completa gracia. No se le puede manipular por actos morales o religiosos, sino que sólo podemos llegar a Él arrepentidos. Ese Dios se identifica con nuestra necesidad. Toma nuestro lugar, y nos salva por lo que Cristo hace por nosotros. La verdadera fe es recibir ese regalo. Y para eso, a veces hay que “perder la religión”.

Autores: José de Segovia Barrón

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JUAN  STAM

La belleza como componente esencial de la liturgia

(Algunos apuntes para una estética bíblica)

 

Para comenzar, una breve reflexión sobre la belleza de Dios:  Para nuestro tema, nada mejor que comenzar con las palabras del Salmo 27:4:

Solo una cosa he pedido al Señor,

solo una cosa deseo,

estar en el templo del Señor,

todos los días de mi vida

para adorarlo en su templo

y contemplar su hermosura (DHH)

Otras versiones ofrecen traducciones diferentes para los últimos renglones, que sirven para enriquecer el mensaje:

BJ: para gustar la dulzura del Yahvéh

y cuidar de su Templo

NVI: y recrearme en su templo

RVR: y para inquirir en su templo.

Según la manera hebrea de entender el conocimiento y la verdad, éstos no se alcanzan sólo por el puro raciocinio; bíblicamente, la verdad sólo se conoce por el amor, la voluntad y la maravilla. La filosofía griega también, desde Tales de Mileto, se inspiraba por una fuerte dosis de asombro ante el misterio del universo y de la vida. Desde Descartes y el Iluminismo, se han impuesto mayormente el «cógito» y la duda sistemática cartesiana en desprecio de esos otros elementos más existenciales, que eran fuertes en pensadores cristianos como San Agustín y San Anselmo;

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva (pulchritudo tam antiqua et tam nova), tarde te amé!  He aquí, tu estabas dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba, y sobre esas hermosuras que tu creaste me arrojaba deforme.  Tu estabas conmigo y yo no estaba contigo.  Me tenían lejos de tí aquellas cosas, que, si no estuvieran en tí, no existirían.  Pero tu llamaste y clamaste y rompiste mi sordera.  Relampagueaste y resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera.  Exhalaste fragancia, la respiré y anhelo por ti.  Gusté y ahora  tengo hambre y sed de ti.  Me tocaste, y encendí en deseos de tu paz.  (San Agustín, Confesiones 10:27).

Recuperar ese sentido de asombro y maravilla ante Dios nos libera del racionalismo árido y estéril que puede llevar al escepticismo. La adoración auténtica comienza en la casa de Yahvéh, contemplando la hermosura de su santidad, descubriendo ahí el sentido de nuestra existencia y comprometiéndonos para hacer su voluntad.

La belleza es un componente indispensable de la liturgia, porque es un elemento esencial de la adoración.

La creación y la liturgia

El primer capítulo de Génesis es un escrito litúrgico, con los paralelismos y las cadencias rítmicas que corresponden. Se cree que pertenecía al culto en el templo, a diferencia del segundo relato de la creación (Gén 2:4b-3:24), que hace pensar más bien en alguna familia reunida alrededor de la fogata, escuchando al abuelo contar las tradiciones del pueblo. Por su carácter litúrgico, Génesis 1 debe leerse con mucho sentido de admiración y maravilla; o sea, debe leerse litúrgicamente, como un culto en proceso.

Aunque nos pueda sorprender, la mayor parte, por mucho, de la teología de ambos testamentos es doxológica; es «contemplar la hermosura de Dios e inquirir en su templo». En especial, el tema de la creación aparece mayormente en clave doxológica (ejj. Salmos 8 y 19). En el Nuevo Testamento, los primeros credos comenzaron como himnos (ej. Fil 2:5-11; 1 Tim 6:15-16). Una teología que no canta, no es buena teología. (Tampoco lo es una teología que no sabe reírse).

Hay cierta nota de alegría en los dos relatos de la creación, como si Dios estuviera disfrutando su trabajo creativo. En Génesis 1 vemos a Dios como un artista que está creando una gran obra de arte. Con la palabra «buena», al completar la obra de cada día, Dios expresa la profunda satisfacción del artista que exclama, ´»¡Wow, qué super-bien que me salió esto!»

Génesis insiste muy enfáticamente en que la creación es buena.[1]  La frase se repite, rítmicamente, como conclusión dramática de cada día.  La creación humana (incluyendo la sexualidad) y la obra total es «muy buena» (1.31, ToB ToB).  Central a todo el mensaje de Génesis 1 es esta insistencia en lo bueno de la creación física; la materia y el mundo no son maldición sino bendición.  El Antiguo Testamento rechaza toda dicotomía entre espíritu y materia, entre alma (buena) y cuerpo (malo).

Como bien ha dicho el autor presbiteriano, Eugene Peterson, «la creación nos inmerge desde un principio en la materialidad».[2]  Esa misma materialidad será clave para e mensaje bíblico de salvación — la encarnación (el Verbo fue hecho materia, sarx, Jn. 1.14); una muerte física para redimirnos «en su carne»[3]; resurrección del cuerpo de Cristo y los nuestros (Lc. 24.37-43).  Toda nuestra salvación conlleva una profunda dimensión material, fiel a la antigua afirmación de la creación como buena y el rechazo de la dicotomía entre espíritu y materia.

El sentido del adjetivo «bueno» no es solamente ético sino también estético (su creación es una obra artística bien lograda) y funcional (lo creado cumple eficazmente la intención divina).  Comunica además cierta nota lúdica: Dios se para a contemplar su obra y se siente contento; se goza en la excelencia de lo que ha hecho.[4]  El poeta negro, James Weldon Johnson, lo capta bellamente en su poema «Las Trompetas de Dios»:

Y Dios salió al espacio,

miró por todos lados y dijo,

«Me siento solo —

voy a hacerme un mundo…»

Entonces Dios sonrió

y la luz irrumpió,

y las tinieblas se amontonaron por un lado,

y la luz resplandecía por el otro lado,

y Dios dijo, «.!Qué bien que me salió!…»

Entonces Dios paseó

y miró por todos lados

sobre todo lo que había hecho;

Miró a su sol,

y miró a su luna,

y miró a todas sus estrellitas…

y Dios dijo, «Todavía me siento solo».

Entonces Dios se sentó

sobre la ladera de un cerro donde podría pensar;

al lado de un río profundo se sentó;

con su cabeza en las manos,

Dios pensó y pensó,

hasta que pensó, «¡Me voy a crear a un hombre!…»

Y este gran Dios…

Como una madre doblada sobre su bebé,

Se arrodilló en el polvo

y trabajó formando un puño de barro

hasta tallarlo en su propia imagen;

entonces le sopló el soplo de su propia vida,

y Adán era un ser viviente.

¡AMEN, AMEN![5]

Esa nota de celebración y alegre adoración caracteriza muchos pasajes sobre la creación.  En esa nota gozosa nos damos cuenta cuán liberador fue el mensaje bíblico de la creación frente a las cosmovisiones mitológicas de la época.  Juan Driver destaca el contraste con otras culturas antiguas en las que el mundo es objeto de miedo y uno tiene que cumplir ritos para protegerse.  Según la Biblia, apunta Driver, la creación es buena para todos, hasta los animales; no es «buena para unos pero mala para otros».[6]

Definitivamente: el Creador es un gran artista, y nos ha creado a su imagen y semejanza. Nos ha creado creadores para su gloria. La creación entera es una obra de arte y belleza que nos llama a la adoración.

Cuando el Dios Creador nos creó a su imagen y semejanza, nos creó para que nosotros también seamos creativos como él. En Génesis 2 Dios permite a Adán realizar la función de nombrar a las cosas, que en Génesis 1 es un aspecto importante del proceso creativo.

El Espíritu de Dios y la belleza

Una de las primeras referencias al Espíritu de Dios en el A.T. enfatiza su ministerio estética en la preparación del tabernáculo y todos sus accesorios:

El Señor habló con Moisés y le dijo:

Toma en cuenta que he escogido a Bezalel…

y lo he llenado del Espíritu de Dios,[7]

de sabiduría, inteligencia y capacidad creativa

para hacer trabajos artísticos en oro, plata y bronce,

para cortar y engastar piedras preciosas,

para hacer tallados en madera

y para realizar toda clase de artesanía.

Además he designado como su ayudante a Aholiab…

y he dotado de habilidad a todos los artesanos…

(Ex 31:1-6; cf. 35:30-36:2)

Entre las pericias mencionadas aparecen joyería, carpintería, ebanistería, escultura, sastrería[8] y hasta perfumería (31:11). Incluida va también la habilidad de enseñar estas artes a otros (35:34). En cuanto a la poesía y la música, David, el «dulce cantor de Israel», confiesa que «el Espíritu de Dios habló por medio de mí; puso sus palabras en mi boca» (2 Sam 23:1-2).  El Espíritu de Dios realiza también una función política, otorgando a los dirigentes del pueblo sabiduría para gobernar (1R 3:9-12). Según el libro de Isaías, Dios dará su Espíritu al Mesías para gobernar con justicia (Isa 11:2-5) y para liberar a los pobres (Isa 61:1-3).

Sin embargo, los dones del Espíritu no se contraponen a los dones naturales de los seres humanos, sino que los activan y los orientan. Por eso, cuando Salomón va a construir el gran templo de Jerusalén, pide a Hiram rey de Tiro que le envíe «un experto para trabajar el oro y la plata, el bronce y el hierro, el carmesí, la escarlata y la púrpura, y que sepa hacer grabados, para que trabaje junto con los expertos que yo tengo en Judá» (1R 7:13-14; 2Cron 2:7,14; la lista se parece a las de Ex.31 y 36). Por eso, el templo de Salomón tiene características arquitectónicas prestadas de otras culturas. De manera parecida, la poesía y la música hebreas (ej. de David) se basaron en la cultura cananea de Ras Shamra. Israel, junto con su vigoroso monoteísmo teológico, en la época de los reyes practicaba también un sano sincretismo cultural y estético.

Dice Santiago 1:17 que «toda buena dádiva y todo don perfecto desciendo de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestiales». Donde hay belleza es gracia de Dios, y debemos recibirla y vivirla eucarísticamente. La música de un Beethoven o un Toscanini, una Mercedes Soza o un Silvio Rodríguez, la pintura de un Picaso o un Guayasamín — son todas ellas regalos que Dios, la suprema belleza, ha querido compartir con sus criaturas.

El Cordero y el culto; el Apocalipsis y la liturgia

Juan de Patmos reporta que recibió su primera visión «en el día del Señor» (1:10); podemos entender que era domingo, y un domingo en que el pastor no pudo estar con la comunidad para celebrar juntos. A esa situación de soledad, nostalgia y tristeza, Dios responde primero con darle a Juan un encuentro personal con Jesucristo (1:10-3:22) y después la experiencia emocionante de un culto completo en el cielo, en la misma presencia de Dios, desde el Sanctus inicial hasta el Amén final (Ap 4-5). El libro está lleno de elementos litúrgicos: el Sanctus, el Amén, el maranata, el «digno eres», aclamaciones, cánticos, silencios, genuflexiones y muchos más. Y todo eso descrito de una manera dramática, para que los y las lectores vivan todo y lo experimenten existencialmente.

Para vivir el Apocalipsis como experiencia propia, hay que leerlo con los cinco sentidos de percepción bien activados. Los ojos de la fe (la imaginación consagrada) tienen que ver, con todo su detalle, los cuadros que pintan las palabras del texto. El oído tiene que oír las trompetas y truenos y arpas y flautas — y los silencios —  que acompañan el drama. El olfato tiene que deleitarse con los inciensos y preocuparse por el olor a sufre. Al leer el impactante mensaje a Laodicea (3:14-22), nuestro sentido de tacto debe hacer doler los nudos de los dedos al estar tocando la puerta con Jesús (3:20 griego) y nuestro sentido de gusto debe reproducir primero el mal sabor del vómito (3:16) pero después las ganas de compartir con Jesús una rica cena (3:20).

Apocalipsis 4-5 nos plantea todo un modelo de culto que podría transformar la liturgia de nuestras iglesias hoy. Para resumir algunas enseñanzas:

(1) El culto se realiza en la presencia de Dios, alrededor de su trono. Dios es el centro, no nosotros. Ni los talentosos «artistas» ni los sentimientos piadosos de los «espectadores» deben ocupar el centro, sino Dios mismo, el encontrarnos de repente ante su presencia y su trono.(2) La presencia de Dios es un lugar de suprema belleza visual (joyas, arco iris, tronos, coronas de oro), auditiva (declamaciones y cánticos, arpas, un silencio) y aromática (incienso).

(3) Capítulo 4 se limita estrictamente a la esfera de la creación (arco iris, vivientes; 4:11; cf. 5:4); la salvación aparece sólo después de 5:5. La creación, y la adoración a Dios como Creador (y nuestro compromiso con la creación) deben estar muy presentes en nuestro culto.

(4) El culto debe tener buen contenido bíblico (4:8; 4:11; 5:5,9-10).

(5) El culto debe tener direccionalidad, progresión como crescendo hacia una meta (numéricamente, de 4 a 24 a 28 a millones a toda la realidad; temáticamente, de la creación en cap. a la salvación en cap 5)

(6) El culto debe involucrar todo el cuerpo: ojos, voz, manos, rodillas.

(7) El culto debe terminar con el Amén de nuestras vidas, de rodillas ante el Creador y el Cordero (5:14).

Nota final sobre la música: En 5:9, cuando aparece el Cordero, irrumpe la música por primera vez en el libro. En el capítulo 13, sobre la bestia, nadie canta y no hay nada de música, pero en seguida, en presencia del Cordero, todos cantan y tocan «arpas de Dios» (14:2-3; 15:2). En 17-18, delante de la ramera, nadie canta. Lo peor del destino final de la gran Babilonia es que queda sin música y artesanía, sin luz ni amor romántico (18:22-23). Es el silencio de la muerte final.

, la  belleza y la liturgia

/el Apoc /el silencio

El Apocalipsis y los sentidos de percepción

El Apocalipsis como culto (el domingo que no pudo asistir)

una teología de la estética Gn 1

una pneumatología de la estética tabernáculo/ si no, el talento bloquea la adoración

una cristología de la estética

Gracia y gratitud (eucaristía)

Belleza (Gloria) y asombro/maravilla

Silencio y respuesta

Desafío y Obediencia, no basta orar

Gálatas JC fue presentado (hecho presente) ante Uds

DOS TRAMPAS Y UNA META SANA la auténtica bendición UN MILAGRO (bARTH) TRANSFIGURACO

qué bien que lo hacen (profesionalismo; el arte por el arte),

o qué bien que me siento yo (egoismo) el sentimiento por el sentimiento

Sano: cuán grande es el! y acción Papá llorando

Gal 3.1 JC ha sido re-presentado, oîs kat’ ofthalmoùs Iesoôs Jristòs proegráfestauroménos


[1] Los siguientes párrafos son citados de mi libro, Las buenas nuevas de la creación.

[2]) Eugene Peterson (1988), p.170.

[3]) P. ej. Col. 1.22; Ef. 2.15; Ro. 8.3; I P. 3.18, 4.1.

[4]) Cf. Prov 8.30s; Ruiz de la Peña (1986), p.55; Anderson (1984), p.15.

[5]) Traducción personal del inglés.  El poema entero, de diez estrofas, es una encantadora visión afro-americana de la creación.  Katzanzakis, enZorba el Griego, da otra versión también lúdica: Después de crear a Adán, Dios no lo vio bien y le parecía un cerdo.  Pero luego Dios puso sus anteojos y dijo, «¡Qué bueno!».

[6]) Driver (1991), p.15. Cf. Losada y de Angulo (1992), «El mundo como creación bondadosa de Dios para el ser humano», pp. 19-22.

[7] Ya que el concepto del «Espíritu de Dios» estaba poco desarrollado en esa época, es siempre posible que RûaJ  AeLoHîM signifique algo así como «un señor viento, un poderoso viento», dado por Dios a artesanos para efectos estéticos.

[8] Cf. 26:1, cada cortina «con dos querubines artísticamente bordados en ellas» (27:1)


Leopoldo Cervantes -Ortiz

El Éxodo, modelo de lucha social guiada por Dios

Las tribus hebreas no conocían a Yahvé como una divinidad liberadora.

Según demostró ampliamente el fallecido biblista José Severino Croatto en los años más difíciles de la búsqueda por actualizar el mensaje bíblico para nuestro tiempo, la emancipación de Israel de sus dominadores egipcios en el segundo milenio antes de Cristo es un episodio cuyo significado y proyección no se han agotado hasta la fecha. 1. EL ÉXODO DIVIDE LA HISTORIA DE LAS LUCHAS SOCIALES
El “excedente de sentido” del que hablaba Croatto es posible comprenderlo de manera sencilla en la vida cotidiana cuando en las charlas domésticas volvemos una y otra vez a determinados sucesos para realizar nuevos comentarios que le agregan otros matices a las interpretaciones acumuladas. De este modo, el suceso en sí se preserva con mayor intensidad en la memoria y proyecta otras visiones, además de acceder a la posibilidad de convertirse en paradigma o en modelo. Como explica Croatto su relevancia en el interior de la Biblia Hebrea: El Éxodo es uno de los temas densos y fecundos de la tradición bíblica judeo-cristiana. Su fecundidad está evidenciada en el interior de la Biblia misma. Su “memoria” reaparece en los credos israelitas, en los textos legales, en los prólogos de las alianzas, en los himnos y cánticos litúrgicos, en los textos proféticos (tanto de acusación como de promesa) y en los sapienciales tardíos (cf. el midrás de Sap 10-19). También se recuerda en relatos históricos de liberación (véase, por ejemplo, Jue 6.8ss; 11.13ss; 1Sm 10.18; 12.6-8; Jos 9.9) y en el uso neotestamentario del léxico de “redención/liberación/salvación”. Esta permanencia y recreación del tema en la literatura bíblica ya es de por sí un fenómeno hermenéutico digno de atención. Por otro lado, el texto bíblico del Éxodo fue, debido a su importancia kerigmática y teológica, un foco iluminador de procesos históricos que se identificaron de alguna manera con la experiencia de Israel. [1]

 Podríamos decir, entonces, sin temor a equivocarnos, que el Éxodo de Israel es “el evangelio del Antiguo Testamento” , puesto que su capacidad de evocación, movilización y transformación de las mentalidades fue desarrollada continuamente en cada etapa de la historia de esta nación y siempre otorgó a los nuevos sucesos vividos una dimensión distinta gracias a la manera en que el pueblo pudo profundizar en la comprensión de la intervención de Dios en la historia. Estas etapas fueron fecundadas por el episodio fundador del Éxodo y agregaron motivaciones críticas, pero siempre liberadoras a los nuevos momentos históricos experimentados por las personas.

Croatto agrega: “En efecto, no es la facticidad externa del hecho arquetípico lo que perdura en las relecturas, sino su sentido profundo, su capacidad de activar las reservas humanas de esperanza en nuevos procesos de liberación”. [2]

 Cuando, siguiendo el modelo de los “llamamientos de profetas”, tan típicos de la tradición antigua, Yahvé irrumpe en la historia y anuncia al transterrado egipcio Moisés, quien vivía una severa crisis de identidad, que él sería el abanderado de la lucha de la liberación de las tribus hebreas esclavizadas por el imperio faraónico (Éx 3), comienza una auténtica lucha política, religiosa y cultural en contra de los dioses y diosas que justificaban el sometimiento que ejercía un grupo humano sobre otro en nombre de la superioridad de éstos/as.  Eso explica la actitud orgullosa y arrogante con que el Faraón se entera de la existencia del dios de los esclavos, quien desea liberarlos y para ello envía a un par de hermanos, que muy recientemente se habían asumido como tales (Éx 5.1-21), ante la cual Moisés manifiesta una profunda decepción, al decir “¿Para qué me enviaste”? (5.22). La mayor aflicción inicial que consigue para el pueblo explotado por la reacción del monarca es parte importante de los inicios de este proceso emancipador y, por extensión, de otros movimientos y luchas similares.

 2. YAHVÉ, DIOS DE LOS ESCLAVOS, SE REVELA COMO LIBERADOR
 Las tribus hebreas no conocían a Yahvé como una divinidad liberadora , lo que recuerda los énfasis críticos sobre el potencial y la función legitimadores y opresores de algunas formas de religión. Ciertamente en la memoria del pueblo estaba presente, aunque ya corría el riesgo de perderse en los tiempos más remotos, lo que Dios había hecho en la vida cotidiana del patriarca Abraham y su familia.

Faltaba ahora que ese mismo Dios adquiriera otra dimensión ante los ojos de una nueva generación que no había experimentado aquellos encuentros. Si en Abraham y su clan, el pacto con Dios había sido estrictamente tribal, ahora Yahvé comienza a fraguar, en medio de una situación sumamente crítica, ligada posteriormente con aquellos sucesos originarios, una nueva manera de ser visto y creído como divinidad comprometida con la suerte de su pueblo. La insistencia del libro del Éxodo en subrayar que Dios “se acordó del pacto que había hecho con Abraham” (2.24-25) y de que escuchó el clamor del pueblo (4.31) destaca la toma de partido que el Dios creador, sustentador y, ahora, liberador, lleva a cabo en medio de la historia con una comunidad necesitada de libertad y todo lo que esto implicaba. Por eso el mismo nombre de Dios aparece (o reaparece) con un sentido esencialmente liberador. Pronunciarlo se volvería una afirmación, en conciencia, de la libertad realizada por él:

 La conciencia nacional y religiosa de Israel estuvo marcada originalmente por experiencias de opresión y sufrimiento y de liberación y gozo. Su lectura, desde una óptica de la fe, fue constituyendo un lenguaje religioso que se hizo tan central como esas mismas vivencias históricas. Por concomitancia, Israel fue afirmando una conciencia de libertad como parte de su ser y reclamó la liberación toda vez que se encontraba oprimido, lo que fue frecuente en su historia. Por otra parte, fue definiendo a su Dios, Yahvé, como “salvador” y liberador. Por eso en Ex 3.13-14 el texto explica la significación de Yahvé como “yo soy el que estoy (contigo). No hay en este relato ninguna revelación del nombre divino, ya conocido, sino la conexión teológica de éste (Yahvé) con el éxodo, ya que hay una asonancia entre el mismo y la fórmula de protección “yo estaré contigo” del v. 12. De modo que el nombre mismo del Dios de Israel está indisolublemente ligado a la experiencia de opresión/liberación del éxodo. Así podemos también reentender la expresión de Ex 20,2, “yo soy Yahvé, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos”. Además de “memoria” del éxodo, nada menos que en un prólogo de alianza, es una definición de Yahvé como “el que sacó de Egipto”. Dicho entonces en otras palabras: el éxodo está incorporado no sólo en los grandes textos, reflejo de múltiples experiencias históricas, sino en el nombre mismo de “Yahvé”. Y por eso toda expresión de fe y de culto es un recuerdo implícito del éxodo . [3]

Por todo ello, los procesos sociales posteriores, experimentados desde la óptica de la fe en el Dios del Éxodo y de Jesús de Nazaret, quien proclamó la continuidad entre la obra redentora antigua y la que él representó, son siempre una posibilidad de reactivar los motivos, valores y consecuencias del éxodo de Israel ejemplo descrito con minuciosidad por los textos, pero que al mismo tiempo es un estímulo para que siga contando, en clave liberadora, la manera en que Dios continúa guiando e inspirando nuevos procesos y movimientos que pugnan por la dignificación humana en todas sus formas y manifestaciones. En otras palabras, el Dios del éxodo antiguo sigue fomentando nuevos y sorprendentes éxodos.


 [1]  J.S. Croatto, “La relevancia sociohistórica y hermenéutica del éxodo”, en  Concilium , núm. 209, 1987, p. 155,  www.severinocroatto.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/hermenutica_del_exodo.pdf .
 [2]   Idem.
 [3] Ibid.

Autores: Leopoldo Cervantes-Ortiz
©Protestante Digital 2011

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Juan Stam

Cada cultura tiene su propia escala de valores y antivalores. En algunas épocas de la historia de Israel, para muchos judíos guardar el sábado tenía una prioridad destacada, de la máxima gravedad. Por ejemplo, para ellos la fornicación era pecado, sin duda, pero aun peor era el pecado de irrespetar el sábado. También era pecado grave comer cerdo o sentarse en la mesa con gentiles incircuncisos.

Es obvio que nuestra cultura contemporánea concentra sus valoraciones fuertemente en lo sexual, hasta lo obsesivo. Para las personas seculares («mundanos», para emplear el término bíblico), el placer sexual parece ser la meta prioritaria de la existencia humana, y una vida de orgasmos sísmicos se considera la summum bonum de todos los valores en la vida. Nuestra cultura está obsesionada con el sexo.

Muchos cristianos, por su parte, también están obsesionados con el sexo y reflejan esta misma concentración pansexista, pero invertida. Para ellos los pecados sexuales son los más graves, a veces los únicos pecados que les preocupan (junto con la borrachera, en un segundo lugar).
Un empresario puede explotar a sus empleados pagándoles sueldos de miseria, pero asiste a la iglesia, ofrenda y no «cae en pecado» (¿cómo que «cae»? ya está en pecado), es un buen cristiano, toma la Santa Cena y a lo mejor puede ser anciano o diácono de la congregación. El presidente de un país «cristiano» puede mentir descaradamente para justificar así matanzas sangrientas, pero si pertenece a una iglesia, reproduce el discurso religioso y no causa escándalos sexuales, sigue siendo «hermano» en la fe.[1]

Se nos olvida muy fácilmente que según el Nuevo Testamento los pecadores sexuales y los boarrachos no son los únicos que «no heredarán el reino de Dios».[2] Entre los diez grupos de 1 Cor 6:9-10 van incluido los idólatras (¿los hay en nuestas iglesias?)[3], los avaros (¡Los hay, y muchos!), ladrones, estafadores y calumniadores (¡de todos ellos tenemos!). Gal 5:19-21, en su lista de 15 pecados que cierran las puertas del reino, añade brujería, odio, discordia, celo, ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia «y otras cosas parecidas».[4] Entre los seis pecados que según Efesios 5:4-6 excluyen del reino de Dios van incluidos la avaricia, necedades y chistes groseros. La larga lista de 21 pecados vergonzosos en Rom 1:24-31 incluye avaricia, envidia, engaño. chismes y «toda clase de maldad».[5] Se ve que eran muy rigurosas las exigencias de la comunidad cristiana. ¿Quién de nosotros no sería culpable de por lo menos una o dos de estas ofensas?

Lo que más sorprende en estas listas es la frecuente inclusión de la avaricia, en los mismos términos que la de la borrachera y los pecados sexuales. Si esos pecados escandalosos excluyen del reino de Dios, entonces también la avaricia, en los idénticos términos, excluye de reino de Dios. De hecho en los doce listas de vicios en los escritos paulinos, la avaricia aparece más frecuentemente que la borrachera.[6] Y es más, en dos de las listas San Pablo agrega una frase sumamente grave, cuando escribe «la avaricia, la cual es idolatría» (Ef 5:5; Col 3:5), el más condenable de todos los pecados.[7] Puede algún cristiano o cristiana negar que la avaricia es pecado?

La Real Academia Española define la avaricia en pocas palabras pero de mucho peso, como «Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas».[8] El Diccionario Cuyás, un poco más sucinto, lo define como «un apego desordenado a las riquezas». De las varias palabras griegas para la avaricia, dos son especialmente reveladores. La más común, «pleonexia»,se deriva, según Ceslas Spicq (tomo III, p.117), de «pleon» («más») y el verbo «ejw» («tener»). Por eso Louw y Nida, en su léxico griego, lo definen como «un fuerte deseo de adquirir más y más posesiones materiales, o de  poseer más cosas que las que otros tienen… » (Louw-Nida I:291-2). La avaricia es un deseo insaciable; cuánto más posee, más desee. Otro término para la avaricia es «filarguros», que significa «amor al dinero»; podríamos decir que son «dinerófilos»,.»enamorados del dinero» (Lc 16:14; 1Tm 6:10; 2Tm 3:2). Esta dinerofilia, según 1Tm 6:10, es «la raíz de toda clase de maldad».

La avaricia — esta pasión cuasi-erótica por el dinero y por las cosas — muy fácilmente conduce a la idolatría (Isa 2.7-8; Mt 6:24). La persona avara consagra toda su vida al dinero y deposita toda su fe y esperanza en la riqueza. Cree que posee sus bienes, pero pronto es poseído por ellos. A menudo la avaricia termina distanciándolo de su familia, del prójimo y de Dios mismo, por qué ahora está sirviendo a otro dios. «Dios sabe muy bien», escribió Orígenes, «qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para él es su Dios. Que cada
uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser».[9]

La avaricia es relativamente fácil de definir, pero muy difícil de identificar. Rarísimas veces alguien va a decir, «yo reconozco que soy avaro». Hace poco un amigo me hablaba de un pastor que mostraba muchos síntomas de «prosperidaditis aguditis», pero el amigo aclaró que «él no es avaro, lo que pasa es que le gustan las cosas lujosas». Es muy fácil racionalizar la avaricia y justificar la acumulación y los lujos. Parece que sólo la voz del Espíiritu Santo en el corazón del rico le podrá convencer de su avaricia.[10] Por eso dice San Pablo, hablando
del papel de la ley como revelación de Dios, «tampoco hubiera conocido la codicia, si la ley no dijera: no codiciarás» (Rom 7:7).»

Para San Pablo, la avaricia no sólo bloquea la entrada al reino de Dios. sino está también entre los vicios que descalifican para ocupar cualquier oficio en la iglesia (1Tm 3:3,8; Tito 1:7). En el caso de pecados visibles y escandalosos, como borrachera o adulterio, la situación hubiera sido evidentes y relativamente fácil de identificar, pero sospecho que fue muy difícil de aplicar esta restricción en el caso de la avaricia. ¿Quién decide si alguien es avaro o no, con cuáles criterios? ¿En qué punto la prosperidad legítima se convierte en avaricia? En el fondo se trata de una actitud del corazón, de criterios relativos y poco precisos. ¿Cómo habría funcionado eso en el proceso de escogencia de los líderes congregacionales en los tiempos de San Pablo?

Me cuesta imaginar que algún rico, al ser considerado para el liderazgo, hubiera dicho, «Me disculpan, hermanos y hermanas, pero no puedo ocupar ningún puesto porque soy avaro, lo tengo que reconocer».  ¡Más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja!!

Me imagino más bien que otra persona, a lo mejor un líder de la congregación, tendría que señalar al avaro con su dedo y confrontar, como Natán ante David, este pecado en
la comunidad. «Lo siento mucho, hermano, y me da mucha pena, pero usted no puede ocupar ninguna carga en la iglesia de nuestro Señor, porque usted es un avaro.»

Me imagino la respuésta:

¿Quíen es un avaro?  ¡¡¡Yo no!!!

Todos tenemos que hacernos la pregunta, ¿Qué clase de mayordomo soy de los bienes que mi Señor me ha confiado?,

Examíname, oh Dios, y sondea mi
corazón

Ponne a prueba y sondea mis
pensamientos,

Fíjate si voy por mal
camino,

y guíame por el camino
eterno.

(Sal 139:23-24)

Bibliografia:

Louw Johannes y Rugene Nida, Greek-English Lexicon of the New Testament
(NY: United Bible Society 1989)

Spicq, Ceslas, Theological Lexicon of the New
Testa,emt
(Peabody:Henderson 1994)


[1] Es notorio en muchos países latinoamericanos que los congresistas evangélicos/as se especializan en los temas sexuales pero no tienen nada que decir sobre la corrupción, la pobreza y
hasta asesinatos políticos.

[2] Otros textos que hablan de exclusión del reino de Dios son Mt 5.20; 7:21-22; 18:3 y Jn 3:3,5.

[3] Véase «¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?». juanstam,com, 7 de enero de 2007.

[4] Según las listas de Apoc 21:8 y 21:25, no podrán entrar en la Nueva Jerusalén los cobardes, los incrédulos y los mentirosos 9CF. 22:15).

[5] La lista en !Tm 1:9-10, de pecadores ante la ley de Dios, incluye los irreverentes, los que maltratan a sus padres y los traficantes de esclavos. Col 3:5 incluye avaricia junto con cuatro
pecados sexuales.

[6] La borrachera se menciona en las listas de 1Cor 5:10; 6:10 y Gal 5;21; la avaricia en Rom 1:29; 1Cor 5:11; 6:10; Ef 5:3,5, más la lista de Mr 7:22.

[7] Esa frase corresponde al dicho de Jesús, «nadie puede servir a Dios y a la riqueza» (Mt 6:24; Lc 16:13). Es muy significativo que para su reformulación de la disyuntiva radical de Elías, «O Yahveh o Baal, pero no los dos» (1R 18:21), Jesús opta por poner a «Mamón» como equivalente de «Baal» . Parece implicar que «servir a las rquezas» era (y es) la idolatría más sutil y peligrosa de todas y que es totalmente irreconciliable con la fe en Dios.

[8]  La Academia define «codicia» como como «Afán excesivo de riqueza; Deseo vehemente de algunas cosas buenas; apetito sexual»…..

[9] Orígenes, Homilía sobre el libro de los Jueces, citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).

[10] Entiendo bien que los ricos no son los únicos avaros, pero creo que la Biblia está pensando principalmente en ellos cuando haba de avaricia.

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Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XXXVI)
Latrocinios y trasfondos traidores“… a los pobres siempre los tendréis con vosotros”.Juan 12:8. Texto completo en Juan 12:1-8.
Jesús, el gran defensor de los pobres y de los sufrientes del mundo, el que era capaz de decir a uno de los ricos de este mundo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”, parece que cambia su discurso en este relato del Evangelio de San Juan. Lo hizo como crítica y denuncia de la traición y del deseo de robo de uno de sus discípulos: Judas. Corazón traidor. El cuadro que contemplamos es el de Lázaro resucitado de los muertos y sentado a la mesa con Jesús. Allí estaban Marta y María. La primera, prototipo del servicio y la segunda, de la escucha y la adoración. María se separa del servicio para hacer un acto de adoración. Quería ungir los pies de Jesús y enjugarlos con sus cabellos.  María realizó su acto de adoración. La casa se llenó del olor del perfume, olor que llegó a la nariz de Judas, el ladrón y traidor. Su mente, la de Judas, comenzó a trabajar. Ese perfume valía mucho dinero. Podría haber caído en la bolsa que él portaba y, así, podría sustraer, robar, algo del valor de aquel precioso perfume.  De ahí viene su frase hipócrita, traidora, infame, infiel al Maestro y a sus compañeros los discípulos: “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?”. El traidor, ladrón, tomó el nombre de los pobres en vano. Fue un desprecio a los pobres del mundo, los quiso utilizar para sus fines traidores y de latrocinio. Quería aprovecharse de los pobres, robar usando el nombre de los pobres para su propio disfrute, el disfrute amargo de todo ladrón.

 Jesús no podía ponerse en línea con Judas , conociendo su corazón engañoso y traidor. En este caso Jesús no podía decir, tiene razón Judas, se podría haber vendido este perfume y dado a los pobres… porque se trataba de un engaño, de una traición. Jesús le dice a Judas un imperativo: “Déjala”. No perturbes a esta mujer usando el nombre de los pobres para tu propio latrocinio. “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto”, dijo Jesús al discípulo traidor.

 Jesús debió sufrir mucho en ese contexto de robo tomando el nombre de los pobres en vano, en ese contexto de traición, de mentira, de dureza del corazón, de perversión por conseguir riquezas , de adoración de uno de sus discípulos al dios Mamón, al dios de las riquezas.

Jesús estaba ante un icono traidor de los que después se repetirían muchos en el mundo. Ladrones y despojadores de palabras dulces para con los pobres, pero palabras mentirosas y falsas. Jesús estaba contemplando algo que, después, y a lo largo del tiempo, se repetiría en la historia de la humanidad. Los ladrones que guardan en sus bolsas lo que pertenece a los pobres. Bolsas de injustos, acumuladores y desequilibradores del mundo.

Jesús ante esa imagen de un Judas que se repetiría en la historia, ante la dureza del corazón del hombre que es capaz de acumular mintiendo y dejando en la estacada a tantos robados de bienes y de dignidad, se dio cuenta de lo que ocurriría cuando Él se marchara, cuando dejara solos a sus discípulos. Los valores del Reino que “ya” estaban entre nosotros, como dijo Jesús, tardarían en cambiar la historia, los corazones de los ladrones, despojadores y traidores. Nos deberíamos mover en el “ya” pero también el “todavía no” del Reino hasta que éste se estableciera en plenitud.

El corazón de Jesús se quedó triste ante el gesto ladrón de Judas, ante su hipocresía y traición, prototipo de los Judas que después deberían deambular por la tierra. La traición, la hipocresía, el robo, el corazón duro y la falta de solidaridad y de amor para con los pobres, hacen que Jesús acepte ese perfume derramado a sus pies. Antes esto que la traición y el robo en nombre de los pobres. Jesús no quería contraponer el gesto de María gastando ese perfume para ungirle con lo que se debería haber gastado para ayudar a los pobres. Pensamiento traidor de la mente de Judas que, ni por asomo, estaba pensando en ayudar a sus prójimos empobrecidos.

La tristeza de Jesús llega a lo sumo, conociendo el corazón de Judas. Dice el Evangelio, ante la frase de Judas de que se podría haber vendido este perfume y dado a los pobres: “Pero dijo esto, no porque se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella”. Esto lo veía Jesús. Jesús sufría. Su mente ya se prolongaba también a lo largo de la historia contemplando a los futuros Judas del mundo, los futuros traidores a Dios y a los pobres, los hipócritas acumuladores y despojadores de haciendas y de dignidad.

Probablemente un halo de tristeza inundó el rostro de Jesús. Su corazón permanecía encogido ante la traición del hombre contra el hombre, ante ese icono del robo y el despojo que era Judas. Su voz, como si sonara a algo tremendo, terriblemente grave e inevitable por los corazones judas que poblaban e iban a seguir poblando la tierra, exclamó: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”. Es el resultado de la traición y del robo, de la dureza y falsedad de tantos corazones judas que han de poblar el mundo.

 Algunos dicen que Jesús instituyó con esta frase la pobreza en el mundo. Nada más incierto e incorrecto. Esta frase simboliza la traición del hombre contra el hombre, el despojo de los fuertes sobre los débiles, un escándalo y vergüenza humana inevitable por ese corazón traidor y ladrón de Judas que era el símbolo, el incono y la viva imagen de tantos  corazones judas  que habrían de poblar la tierra.

Los resultados de los corazones judas y traidores que pueblan el mundo, se ven hoy claramente en una humanidad en la que el ochenta por ciento está en la pobreza. Les han robado, traicionado y dejado tirados al lado del camino.

Señor, nosotros queremos sentir contigo, entender tu tristeza y sufrimiento… pero queremos ser tus seguidores que, a pesar del “todavía no” del Reino, vayamos ganando parcelas a los traidores judas de nuestra historia y liberando a personas de la sinrazón de la pobreza y el despojo. Ayuda a tu pueblo para que, apartados de ese corazón traidor, se entreguen al servicio de los pobres y clamen por justicias… hasta que tú vengas y los valores del Reino sean implantados en plenitud.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
Lutero y la necesidad de la Reforma (16)
Gálatas: Pablo/Pedro, Lutero/PapaVimos la pasada semana vimos que la afirmación de Pablo en la carta a los Gálatas resultaba tajante: la salvación se recibe por la fe en el mesías y no por las obras.

 

Este primer escrito del apóstol Pablo, la carta a los Gálatas, fue redactada en un momento de especial relevancia en que los no-judíos comenzaban a afluir al seno del cristianismo en número creciente. La cuestión de fondo que se planteaba era si debían convertirse en judíos –cumpliendo rigurosamente la Ley para ser cristianos o si su incorporación a Cristo podía darse de forma inmediata. El apóstol Pedro y Bernabé, posiblemente en un deseo de no provocar críticas entre los judíos que creían en Jesús como mesías, habían optado por aparentar plegarse a la primera hipótesis lo que, de manera inmediata, había provocado una reacción pública de reprensión por parte de Pablo:

“… cuando vi que no caminaban correctamente de acuerdo con la verdad del evangelio dije a Pedro delante de todos: ¿porqué obligas a los gentiles a judaizar cuando tu, pese a ser judío, vives como los gentiles y no como un judío? Nosotros, que hemos nacido judíos, y no somos pecadores gentiles, sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe en Jesús el mesías y hemos creído asimismo en Jesús el mesías a fin de ser justificados por la fe en el mesías y no por las obras de la ley ya que por las obras de la ley nadie será justificado ” ( Gálatas 2:14-16 )

El enfrentamiento de Pablo con Pedro se produjo ante toda la iglesia de Antioquia y quedó definido en unos términos indudablemente claros. La salvación no era algo que pudiera comprarse, adquirirse, merecerse por las obras. No, por el contrario, se trataba de un regalo de Dios y ese regalo de Dios sólo podía ser recibido mediante la fe , una fe en que Jesús era el mesías y había muerto expiatoriamente en la cruz para la salvación del género humano.

Y afirma que no sólo había sido aceptada previamente por los personajes más relevantes del cristianismo primitivo sino que incluso podía retrotraerse a las enseñanzas de Jesús.

Con todo, obligaba a plantearse algunas cuestiones de no escasa importancia. En primer lugar, si era tan obvio que la salvación derivaba sólo de la gracia de Dios y no de las obras ¿porqué no existían precedentes de esta enseñanza en el Antiguo Testamento? ¿No sería más bien que Jesús, sus discípulos más cercanos y el propio Pablo estaban rompiendo con el mensaje veterotestamentario?

La pasada semana vimos que e l argumento de Pablo es de una enorme solidez porque muestra que más de cuatro siglos antes de la ley mosaica e incluso antes de imponer la marca de la circuncisión, Dios había justificado a Abraham por la fe y le había prometido bendecirle no a él sólo sino a toda la Humanidad mediante un descendiente suyo.

Ahora bien, la pregunta que surge entonces resulta obligada. Si la salvación se puede obtener por creer y no deriva de las obras ¿por qué había entregado Dios la ley a Israel?

La respuesta de Pablo resultaba, una vez más, de una enorme concisión y, a la vez, contundencia:

Entonces ¿para qué sirve la ley? Fue añadida por causa de las transgresiones hasta que viniese la descendencia  a la que se había hecho la promesa… antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, recluidos en espera de aquella fe que tenía que ser revelada de tal manera que la ley ha sido nuestro ayo para llevarnos hasta el mesías, para que fuéramos justificados por la fe, pero llegada la fe, ya no estamos bajo ayo , pues todos sois hijos de Dios por la fe en Jesús el mesías ” ( 3:19-26 )
(La negrita es nuestra)

También digo que mientras el heredero es niño no se diferencia en nada de un esclavo aunque sea señor de todo. Por el contrario, se encuentra sometido a tutores y cuidadores hasta que llegue el tiempo señalado por su padre. Lo mismo nos sucedía a nosotros cuando eramos niños: estábamos sometidos a la esclavitud de acuerdo con los rudimentos del mundo. Sin embargo, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos ” ( 4:1-5 )

Para Pablo, resultaba innegable que la ley de Moisés ciertamente era de origen divino y, por supuesto, tenía un papel en los planes salvadores de Dios. Sin embargo, ese papel era cronológicamente limitado extendiéndose desde su entrega en el Sinaí hasta la llegada del mesías.

También era limitado su papel en términos espirituales. Fundamentalmente, la ley cumplía una misión, no la de servir de instrumento de salvación, sino la de preparar a las personas para reconocer al mesías. Igual que el esclavo denominado por los griegos paidagogos ( ayo) acompañaba a los niños a la escuela, pero carecía de papel una vez que éstos llegaban al estado adulto, la ley mosaica servía para mostrar a los hombres que el camino de la salvación no se podía encontrar en las obras sino en la fe en el mesías.

De hecho, intentar encontrar la justificación no por la fe sino por las obras de la Ley no sería sino una recaída en la esclavitud espiritual:

Por lo tanto, permaneced firmes en la libertad con que el mesías nos liberó  y no os sujetéis de nuevo al yugo de la esclavitud… del mesías os desligasteis los que os justificáis por la ley, de la gracia habéis caído… porque en el mesías Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor sino la fe que actúa mediante el amor… porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad sólo que no debéis usar la libertad como excusa para la carne, sino que debéis serviros los unos a los otros por amor ya que toda la ley se cumple en esta sola frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo ” ( 5:1, 6, 13-14 )

El esquema teológico expuesto por Pablo en la carta a los Gálatas debió resultar especialmente atractivo al profesor Lutero e –insistimos en ello– seguramente ahí deberíamos buscar la clave para la elección del tema en sus lecciones de teología.

Lutero podía trazar con relativa facilidad paralelos entre el apóstol Pedro que, puntualmente, se había desviado de la verdad por razones humanas y una jerarquía presidida por el obispo de Roma al que se consideraba sucesor del mismo Pedro que, de manera continua, se dejaba arrastrar por comportamientos indignos. Igualmente, de la misma forma que Pablo había reprendido en público a Pedro insistiendo en que debía anunciar el Evangelio de la justificación por la fe, era lícito señalar a las autoridades eclesiásticas su deber de proclamar ese Evangelio al pueblo de Dios.

Cuando se capta esta perspectiva, resulta considerablemente fácil comprender todo lo que sucedería en los años siguientes con un catedrático de teología llamado Martin Lutero.

Continuará: La disputa sobre las indulgencias

Autores:César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

¿Reliquias neoevangélicas?

Publicado: agosto 21, 2011 en Iglesia, Sociedad, Teología

Carlos Martínez García

¿Reliquias neoevangélicas?

En este mismo espacio,  la semana pasada, me ocupé de analizar el fenómeno de algunas reliquias de Juan Pablo II que serán llevadas en peregrinación por las distintas regiones de México  durante cuatro meses.

 En las últimas dos décadas se han multiplicado agrupaciones que todavía los especialistas no se ponen de acuerdo en cómo llamar. Algunos les denominan neoevangélicos, otros más paraevangélicos, no faltan quienes se refieren a ellos como neopentecostales y/o neocarismáticos.  Sus reuniones, que son masivas, se caracterizan por manifestaciones de emotividad, música marcadamente rítmica e interpretada por una banda de calidad profesional. Los expositores, que en varios de tales grupos les llaman conferencistas, son buenos contando relatos y echan mano del humor, o de arengas para motivar a la audiencia.

Lo anterior no implica un juicio de valor sobre las prácticas mencionadas, sino que intento describir los énfasis de los organismos que prefieren denominarse a sí mismos nada más como cristianos. Desde su perspectiva, lo que hacen es restituir el  ethos  del cristianismo primitivo, marginando los entendimientos y las prácticas históricas que otros cristianos han tenido del mismo periodo.

Sin saberlo, o sabiéndolo convenientemente lo olvidan, tienen tras de sí una larga lista de predecesores que también quisieron regresar a los orígenes del movimiento cristiano. Por ejemplo, para mencionar sólo una de esa herencias, usan la Biblia de canon corto, es decir sin deuterocanónicos, en las distintas traducciones existentes de fuentes protestantes. Quieren que sus congregantes lean la Biblia, aunque su hermenéutica sí tiene ciertos rasgos distintivos que los coloca a cierta distancia del protestantismo evangélico y el pentecostalismo históricos.

 Su acercamiento a Las Escrituras tiene muy poco cuidado con entender el texto en su contexto original.  Su lectura se va más por el lado simbólico, pero con símbolos anacrónicos que meten a la Biblia para luego transportarlos a la realidad actual y buscar su aplicación mecánica de acuerdo a ciertas orientaciones teológicas esquemáticas. En no pocos de estos grupos estimulan una identificación mecánica entre el Israel contemporáneo y el de los tiempos bíblicos. Al hacerlo, exaltan toda manifestación cultural (vestimenta, instrumentos musicales, danzas, etc.) israelí para presentarla como voluntad divina para los cristianos hoy.

 Los grupos neoevangélicos/neocarismáticos, mayormente los aglutinados en mega iglesias, han incorporado la casi, o a veces franca, veneración por objetos y personas que son vistos como mediadores para obtener bendiciones especiales de Dios.  De ahí que se estimule a su interior la adquisición de pañuelos santos, el aceite consagrado, envío de delegaciones para que intercedan en oración por peticionarios que no pudieron hacer el viaje con el grupo para orar en el Monte Santo. También hay reuniones especiales en las que los congregantes desfilan bajo, o al lado de, objetos que los líderes dicen que son sagrados: un manto, una reproducción del Arca de la Alianza, una estrella de David, una Menorah.

Los objetos ya no son vistos como coadyuvantes en el culto, por ejemplo velas para simbolizar la luz de Dios que irradia en las tinieblas, sino como instrumentos sagrados, que en sí mismos tienen un poder especial y son imprescindibles para recibir gracia de Dios. Y si los objetos se han sacralizado en dichas prácticas, también quienes los administran son percibidos como agentes especiales sin los cuales los creyentes comunes están imposibilitados de ser bendecidos, restaurados, sanados.

 La Biblia misma pasa de ser un medio que contiene la Revelación progresiva de Dios, a ser vista como objeto sagrado  que lo mismo es levantado en alabanza que usado como instrumento para tocar a las personas con el objetivo de que así serán bendecidas. Recuerdo vívidamente un encuentro con un líder de estas agrupaciones, que mayormente se niegan a ser llamadas iglesias. En cierto momento de nuestra conversación abrió su portafolios y saco de él algo envuelto en un paño lujoso. Al desenvolverlo me percaté de que el paño contenía una Biblia, con reverencia la tomó y besó su cubierta, antes de leerme un pasaje.

La sacralización de los objetos y personas, poniendo a ambos por encima del común de los demás hombres y mujeres, enfatizar que un fragmento de cierto material y/o un determinado (en el argot neocarismático) apóstol, salmista, siervo, varón es necesario para que se derrame el Espíritu, es simple y llanamente ir contra la enseñanza neotestamentaria del sacerdocio universal de los creyentes ( 1 Pedro 2:9-10 ). En el pasaje se habla de una realidad interior (hecha posible mediante la obra de Cristo Jesús), que debe exteriorizarse para testimonio, en palabras y conducta, a los demás.

 Lo exterior no es, como se lo dijo Jesús a unos fariseos y maestros de la ley, lo que corrompe (o bendice de manera instantánea) a los seres humanos.  Lo que destruye a otros, y a nosotros mismos, lo que es bendición a otros, y a nosotros mismos, es lo que anida en nuestro corazón y después se convierte en acciones de uno u otro signo. Al respecto el capítulo 7 de Marcos,  versículos 1-23 , es un ejemplo magistral del concepto que tenía Jesús acerca de la obsesión de los fariseos por los rituales exacerbados y la sacralidad de los objetos. Con su resurrección Jesús, entre muchas otras cosas, rasgó el velo del templo “de arriba abajo” ( Mateo 27:51 ), como señal de que con su sacrificio ese velo, antes íntegro, quedaba superado por su vida, muerte y victoria sobre la muerte.

 Es un regreso al fariseísmo, o la construcción de un neo fariseísmo, la divinización de objetos y personas. En dicho proceso se pierde de vista lo más importante: que Cristo Jesús es la manifestación plena de Dios, y que ante tal grandeza nada es comparable ni necesario.

Autores: Carlos Martínez García
©Protestante Digital 2011

Ap17 La ramera (exégesis)

Publicado: agosto 19, 2011 en Teología

JUAN STAM

Apoc 17:1


Al presentarse ante Juan, el ángel le invita a ver una nueva visión: «Ven, te mostraré el castigo de la gran prostituta que está sentada sobre muchas aguas» (17:1). Aunque el ángel sólo ofreció a Juan una visión del castigo de la ramera, procedió a darle mucho más de lo que había prometido. La repentina introducción de esta nueva figura simbólica no deja de sorprendernos, pues nada al final del capítulo trece nos hizo esperar más episodios del drama del dragón ni todo un personaje nuevo, mucho menos una ramera. Esta escandalosa metáfora viene a completar la galería de imágenes del imperio romano: es un monstruo inspirado por un dragón, promovido por un falso profeta; es Babilonia (14:8) y es una meretriz corrupta y vulgar. Así culmina la retórica político-demonológica de Juan.

Esta es la primera vez que aparece la palabra krima (sentencia, castigo) en el Apocalipsis. A diferencia de krisis, que acentúa más el proceso judicial, el énfasis de krima cae en el resultado como «un veredicto judicial de condena» (Lc 24:20; 2 P 2:3; 1 Clem 51:3; Thompson 1998:159). Por eso, en estos capítulos no se trata de un proceso de juicio, para determinar la inocencia o la culpa de ella, sino de la ejecución definitiva de la justicia divina contra ella. En el pasaje, el juicio contra la ramera consistió precisamente en su destrucción. Con eso, Dios comenzó a responder al grito de los mártires debajo del altar, reclamando justicia (Ap 6:10; cf. 19:2) . Esta realización de la justicia es el tema central de todo este bloque textual.

Juan introduce a la ramera como una figura ya conocida por los lectores, posiblemente de la tradición oral o de las escrituras hebreas. Pablo Richard (1994:159) señala la relación de las palabras pornê (prostituta), porneia (prostitución), y porneuô (prostituirse) con el verbo extra-bíblico de pernêmi, vender, venderse. Richard percibe esa misma connotación comercial en el texto: los reyes se prostituyen en Roma, donde se venden por una cuota de poder y riqueza. Como comenta Pikaza (1999:191), Roma era «un mundo que se vuelve compra-venta» de vidas y almas, títulos reales y tratados comerciales, poder y riqueza que sólo podía otorgar el imperio.

Del pasaje entero queda muy claro que la ramera no es una mujer sino una ciudad (17:5,18). Era común entre los antiguos, y especialmente los profetas hebreos, personificar a las ciudades como si fueran personas, y especialmente como mujeres (Keener 2000:404; Collins 1990:1012). Según Is 66:7-11, Sión es una mujer gritando con dolores de parto y que da de mamar a su criatura. Ezequiel 16 describe la relación de Yahvé con Jerusalén como una historia de amor desde el nacimiento hasta la pubertad de ella (16:4-7) y su eventual infidelidad al Señor (16:15-52); Ez 23 cuenta la historia sexual de dos hermanas, llamadas Aholá y Aholibá, como parábola del adulterio espiritual de Samaria y Jerusalén. Eso deja claro que la ramera del Ap 17 no es una «trabajadora sexual» y que el pasaje no tiene nada que ver con la conducta sexual de ella ni de ninguna mujer, sino que describe la idolatría y corrupción de una ciudad llamada «Babilonia».

En el AT el adulterio (o fornicación) y la prostitución fueron símbolos muy comunes para diversas formas de desobediencia y pecado, mayormente de Israel pero también de otras naciones. La frecuente idolatría de Israel se describía como adulterio, por ser infidelidad a su pacto con Dios, entendida como infidelidad al matrimonio (Dt 31:16; Is 57:3-13; Jer 5:7; Ezq 43:7,9 y algunos otros pasajes). Las prácticas idolátricas de los israelitas se consideraban como fornicación, aparte totalmente de cualquier sentido sexual, porque el pacto entre Dios e Israel tuvo la forma y la fuerza de un juramento matrimonial (Ez 16:59), de modo que Israel es la esposa de Yahvé y Yahvé es el esposo de Israel (Jer 3:14,20; Newsome y Ringe 1990:378). Según Jeremías, cuando se rompe ese pacto Dios puede divorciar a Israel (3:1-2,7-8). Puesto que ninguna otra nación goza de esta relación especial con Yahvé, sólo Israel puede cometer adulterio contra Dios (Ladd 1978:196; Pikaza 1999:194).

Mucho más común, sin embargo, es la denuncia de infidelidad espiritual como prostitución, principalmente de parte de Israel. Jeremías, en un pasaje lleno de detalles gráficos, fustiga esta conducta de Israel (3:1-3,6-9; 25: cf. 2:20; 5:7; 13:27). Aun más explícito y mordaz, Ezequiel describe la historia de Israel como la escandalosa degradación sexual de dos hermanas, Aholá (Israel del norte) y Aholibá (Judá; Ez 23:1-49; cf. 16:1-52). Aunque el enfoque se concentra en la idolatría, el profetas denuncia también las relaciones comerciales (16:29), la violencia y el asesinato (23:37,39,45). En sólo dos pasajes los profetas acusan a otras naciones de prostitución. Isaías, después de denunciar a Tiro larga y vehementemente por su explotación comercial de otros países, lo tilda de ramera (23:17-18). En los mismos términos, Nahum denuncia a Nínive, capital del poderoso imperio asirio, como «ciudad sedienta de sangre… insaciable en su rapiña (3:1)» y «esa ramera de encantos zalameros, esa maestra de la seducción» (3:4). Nahum condena también el comercio de Nínive (3:16, «Aumentaste tus mercaderes más que las estrellas del cielo») y a sus dignatarios y oficiales (3:17).

El predominio de acusaciones de prostitución contra Israel en vez de adulterio, que hubiera sido más lógico, merece una explicación. Ambos términos generalmente incluyen la idolatría, pero «prostituirse» sugiere correr de un ídolo a otro, «abrir sus piernas» a cualquier hombre que le aparezca (Ez 16:15,25) y fornicar bajo todo árbol frondoso (Jer 3:6). También implica, en estos textos, acción habitual (Ez 16:25, «fornicaste sin cesar»), indiscriminada, disoluta y desvergonzada (Jer 3:3). Fundamental a toda la descripción es el aspecto comercial, el estar dispuesto a venderse por ganancias materiales. Una ciudad-ramera hará cualquier cosa para aumentar su poder y su riqueza.

Aunque el pecado de idolatría figuraba casi siempre en las denuncias de prostitución, de ninguna manera se limitaba a eso ni tampoco a pecados de naturaleza religiosa o espiritual, como queda claro de los textos que acabamos de resumir. Además de los pecados sexuales, la idolatría y la brujería, se destaca fuertemente el elemento comercial. Muchos pasajes relacionan el tema también con las alianzas políticas, como el pecado de confiar en otros países y ejércitos (Egipto, Asiria, Babilonia; Ez 23:5,12,14-17) y no en Yahvé. Otros textos incluyen una denuncia de la crueldad y la violencia, atribuibles a la supuesta dureza de corazón de la ramera (Nah 3:1; cf. Jer 3:3; Anchor V:509). A diferencia del adulterio, la figura de prostitución incluye la idea de fomentar y promover la misma corrupción en otras personas y naciones.

Juan nos informa también que la gran prostituta está sentada sobre muchas aguas (17:1). Obviamente, la metáfora de estar «sentada sobre muchas aguas» (epi hudatôn pollôn) no debe entenderse en sentido literal. En el Apocalipsis, la posición sentada significa autoridad, victoria o dominación. Comúnmente simboliza entronización (Ap 4:3,6); «Yo estoy sentada como reina», dice la gran Babilonia (18:7; cf. Is 47:5-8). Según Beale (1999:848), kathêmai en Apocalipsis siempre significa soberanía. Como «sentada», Roma controla al imperio (la bestia; 17:3,9) y a los pueblos (17:15).

La mención de «muchas aguas» es una clara alusión al oráculo contra Babilonia, «Tu, que habitas junto a muchas aguas y eres rica en tesoros» (Jer 51:13; cf. Sal 137:1, «Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos»). La frase parece referirse a la extensa red de canales y arroyos para regar a Babilonia con las aguas del Éufrates. La iconografía y la retórica antiguas solían personificar a ciudades o países como una mujer, o diosa, entronizada a orillas de un río (Keener 2000:405). Otras comparaciones con ríos ocurren en Is 8:7-8 (Asiria) y Jer 46:8 (Egipto). En 1QpNah las aguas se refieren a los Kittim (1:3-4; los gentiles) y los nobles (guerreros) de Manasés (3:8-9).

De todo el capítulo queda claro que con esta frase Juan se refiere a la ciudad de Roma como capital del imperio. Es típico de su estilo aplicar simbólicamente al imperio romano detalles de naciones antiguas. Aunque Roma no era exactamente una ciudad «sentada sobre muchas aguas», sí tenía todas las características de una nueva Babilonia. Además, como ciudad Roma no estaba bien ubicada para el comercio terrestre, pero sí para el comercio marítimo. De hecho, el Mediterráneo fue el medio vital para la expansión de su poder y su riqueza. Roma era, en verdad, una ciudad y un imperio «sentados sobre muchas aguas».

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Apoc 17:2

A continuación Juan denuncia el pecado de Roma con dos metáforas: Con ella cometieron adulterio los reyes de la tierra (17:2). La primera acusación, de fornicación, es obviamente un simbolismo político, ya que son específicamente los reyes que cometen adulterio con la ciudad de Roma; son monarcas vasallos que se aprovechan de sus alianzas con el imperio. Estos reyes y naciones, como unos cuantos clientes de una prostituta, han vendido su dignidad e integridad con el fin de participar en los deleites de ella. Los reyes que compartían los deleites de la ramera, ahora compartirán su juicio y destrucción.

Aunque el simbolismo de fornicación y prostitución, como ya hemos visto, se refería básicamente a la idolatría, en muchos casos, como en este texto, tenía un significado económico y político (Ladd 1978:197; Beale 1999:849-850,856; Aune 1998B:960). Las denuncias de Ezequiel contra Samaria y Jerusalén como rameras (Ez 16 y 23), mencionadas arriba, se concentran en el culto a los ídolos (23:38-39), pero no dejan fuera el comercio explotador, la violencia y el asesinato como otros aspectos de su fornicación (Ez 16:29; 23:37,45). La descripción que hace Isaías de la corrupción de Tiro, al «prostituirse con todos los reinos de la tierra» (Is 23:15-17; cf. Ap 17:2), es mayormente económica (23:1-3,8,10,14,18). El profeta Nahum, también, acusa a Nínive, ciudad capital de Asiria, de prostitución (Nah 3:4) por la insaciable rapiña de sus mercaderes (3:1,16) y por los «encantos zalameros» con que seduce a las naciones (3:4).

La ampliación del tema en el capítulo 18 confirma este sentido enfáticamente económico de la acusación de prostitución. Siete vocablos de claro significado económico dominan el capítulo 18: plouteô (ser rico, hacerse rico; comerciar), strêniaô/strênos (vivir con lujos; lujo), liparos (costoso, lujoso), lampros (espléndido, lujoso), emporos (comerciante), tejnê/tejnitês (oficio/artesanía) y megistan (magnate). En 18:3, como evidente aclaración del adulterio y borrachera de 17:2, se añade como causa del castigo de Babilonia el que «los comerciantes de la tierra se enriquecieron a costa de lo que ella despilfarraba en sus lujos» (tou strênous autês eploutêsan; «con su lujo desenfrenado», BJ). Según 18:7 (cf. 18:9), Babilonia «se entregó a la vanagloria y al arrogante lujo (strêniaô)»; en su fornicación borracha, los negociantes internacionales de la tierra se enriquecieron con el comercio de «cosas suntuosas y espléndidas» para Babilonia (18:14; panta ta lipara kai ta lampra). De las tres endechas de 18:9-19, el lamento por mucho más largo y detallado es el de los comerciantes (11-17a), seguido por el de los transportistas marítimos (18:17b-19). El juicio de Dios cayó sobre “Babilonia” por el comercio explotador con que sus magnates se habn enriquecido (18:18,23, eploútêsan) y por su sangrienta violencia (18:24). Estas evidencias exegéticas confirman, más allá de toda duda, el sentido enfáticamente económico de la prostitución de la ramera.

La segunda metáfora es la de la borrachera: y los habitantes de la tierra (hoi katoikountes tên gên) se embriagaron con el vino de su inmoralidad (17:2). La ramera no sólo seduce a los reyes de la tierra, sino también emborracha a todos los que le siguen. El simbolismo de la copa de vino embriagante es frecuente en el AT. En algunos pasajes, es Dios quien emborracha a alguna nación (Is 51:17-23; Ez 23:31-33 a Israel; Is 29:6-9, Jer 25:15-29, a enemigos de Israel; Jer 48:26, a Moab; Lam 4:21, a Edom). Según Jeremías 51:7-8, Babilonia había sido una copa de oro en la mano de Yahvé para castigar a muchas naciones (cf. Jer 46-49), pero ahora Dios va a castigar a Babilonia (capp. 50-51). La condición de embriaguez se describe con detalles muy vívidos: tambalearse y perder el juicio (Is 51:22; Jer 25:16; 51:7), caerse al suelo para ser pisoteado (Is 51:23; Jer 25:27) y revolcarse en su propio vómito (Jer 25:27; 48:26). Así son las consecuencias del imperialismo, sea el de Babilonia, de Tiro o de Roma.

El énfasis central en la fornicación como símbolo del imperialismo económico nos permite entender esta borrachera como la seducción embriagante de los lujos y deleites que ofrecía el sistema internacional bajo Roma (Aune 1998B:932). Se refiere al imperio del «lujo, ostentación y riqueza» que «seduce y atrapa a todos» con «la seducción del tener y del poder» (Arens y Mateos 2000:335). Osborne (2002:609) observa que, lo mismo como pasa con los borrachos, las naciones pierden el control de sí mismas y están controladas por un poder ajeno. G. K. Beale (1999:849) interpreta esta «pasión intoxicante» de las naciones como la oferta de seguridad con que el imperio las seducía. Era una especie de chantaje: coopera con el sistema y te garantizarás la seguridad material (2:9,13; 13:16-17), pero si no, el imperio te destruye. Bajo esas condiciones, afirma Beale, la seducción del imperio era irresistible y apagaba todo deseo de resistir. La seducción era irresistible, pero los cegaba a su verdadera inseguridad y a la seguridad que sólo puede hallarse en Dios y su voluntad.

Ap 17:3-6

Después de esta introducción por el ángel copero, comienza una nueva visión con un traslado extático: Luego el ángel me llevó en el Espíritu a un desierto (17:3). Curiosamente, la mujer sentada sobre muchas aguas se halla a la vez en la sequedad árida de un desierto. Este texto y 21:10 son las únicas veces que ocurre el verbo apoferô («llevar») en el libro, y ambas veces el ángel (probablemente el mismo) transporta a Juan para recibir la visión de una mujer: de la ramera en el desierto, y de la Esposa en (o desde) un monte. Este notable paralelismo, junto con muchos otros, subraya el contraste dramático entre las dos mujeres y las dos ciudades con las que concluye el libro del Apocalipsis.

La idea central de la palabra erêmos es la de un lugar inhóspito, que no puede sostener la vida; es el lugar de la anti-vida. Es también la morada de toda clase de espíritus malignos. Según Ford (1975:287), es el lugar de la ausencia de Dios. Como tal, es un lugar muy apropiado para la ramera imperialista. Este detalle completa también otro aspecto del cuadro de los tres aliados del dragón: la gran bestia surge del mar, el falso profeta de la tierra y la ramera tiene su morada en el desierto. De forma parecida, las langostas de la quinta trompeta suben del abismo, cuartel general de los demonios. Todos estos detalles corroboran el origen satánico de estos agentes del imperio y del culto al emperador.

A continuación Juan reporta lo que experimentó en el desierto: vi una mujer montada en una bestia escarlata (17:3). Es obvio que esta mujer es la misma ramera de los versículos anteriores. Aquí encontramos una tercera ubicación de ella: sobre muchas aguas (17:1), en el desierto y montada sobre la bestia (17:3). El estar montada sobre esa bestia corresponde bien a la identidad de ella como ciudad capital del imperio (17:5,18), sentada sobre las siete colinas de Roma (17:9). Como la bestia es una clonación del dragón, y la adoración del emperador es culto al diablo (Ap 13:2), aquí Roma, como ciudad y como imperio, es declarada, sin tapujos, satánica.

Es probable que la posición de la ramera como «sentada sobre la bestia» (kathêmenên) signifique el control que ejerce ella, como ciudad capital, sobre todo el imperio (Osborne 2002:610). En el Apocalipsis el verbo kathêmai («sentarse, estar sentado») lleva comúnmente el sentido de «estar entronizado» (Mesters y Orofino 2003:300; Aune 1998B:934), especialmente en el título divino de «el que está sentado sobre el trono» (4:2 y 12 veces más), pero también del Hijo de hombre (14:14-16, con corona y de los veinticuatro ancianos (4:4; 11:16). En el mismo sentido, la ramera (Babilonia) dice, «estoy sentada como reina» (18:7). La imagen sugiere que la mujer domina a la bestia y que anda orgullosamente en victoria y poder sobre sus súbditos.

Aquí Juan nos provee también una característica nueva de la bestia, la cual consiste en su color, que es escarlata (kokkinon). La descripción de la gran bestia en el capítulo 13 no le asigna ningún color, pero la del dragón sí menciona su color rojo encendido (12:3, purros, como fuego). Ahora en 17:3 el color parecido de la bestia reafirma de nuevo la estrecha identificación de la bestia con su amo, el dragón, y por ende, lo satánico del imperio y su culto. El versículo siguiente continúa con este empleo metafórico de colores al describir el vestido de la ramera como «púrpura y escarlata» (porfuroun kai kokkinon, 17:4). Aunque muy parecidos, la escarlata se derivaba de un pequeño insecto y la púrpura de un marisco llamado «murex» (Danker 554, 855). Osborne (2002:610) entiende el color escarlata de la bestia como una alusión a la riqueza y el lujo exorbitante del imperio. Ford (1975:287) sugiere que la escarlata era un color que se usaba para atraer la atención, a veces por una prostituta (Gn 38:28 por Tamar; Jos 2:18 por Rajab). Mientras la púrpura (porfura) era un lujo propio de reyes y magnates, la escarlata (kokkinos) era el color de la capa del soldado romano (Danker 554; cf. LouwN 79:29; Court 1979:147; Thompson 1998:159), por lo que podríamos tener aquí una nueva denuncia del militarismo del imperio.

Juan sigue su descripción de la bestia escarlata mediante la mención, a modo de repaso, de dos características ya presentes en el capítulo 13: La bestia estaba cubierta de nombres blasfemos contra Dios, y tenía siete cabezas y diez cuernos (17:3). Aquí también Juan introduce un cambio: la descripción anterior de la bestia hablaba de un nombre blasfemo contra Dios en cada cabeza (13:1), pero ahora afirma que toda ella está cubierta de esas blasfemias, lo que podría sugerir que el imperio entero estaba permeado de idolatría y blasfemia (Richard 1994:160; Swete 1951:215). Podría aludir también a las innumberales divinidades del imperio (Wikenhauser 1981:208) y las estatuas, templos y muchos otros edificios donde se afirmaba la deidad del imperio (Preston y Hanson 1949:112). La blasfemia, como observan Arens y Mateos (2000:337), no estaba sólo en las cabezas sino en el cuerpo entero; «ella misma (el imperio) es blasfemia».

Para mayor identificación de esta bestia escarlata con la del capítulo 13, Juan alude también a las siete cabezas y los diez cuernos de la misma (13:1 de la bestia; cf. 12:3 del dragón). Menciona esas dos características porque son las que va a interpretar más adelante (17:9-18). Ahora omite las diademas de 13:2, porque no entran en la interpretación correspondiente. Son notables las grandes variaciones entre los diversos relatos de bestias. Daniel no menciona las siete cabezas, las diademas ni los nombres blasfemos de Ap 13. Por su parte, Ap 13 hace total caso omiso de todos los detalles de las tres primeras bestias (Dn 7:4-6), de la lucha de los cuernos y del surgimiento del cuerno pequeño (Dn 7:7-8,19-21). Ap 17 deja fuera las diademas sobre los cuernos (Ap 13.1), aunque los cuernos mismos son centrales al argumento del capítulo. Es obvio que Juan no piensa en términos de profecías predictivas literales y cumplimientos mecánicos de lo vaticinado.

Juan vuelve ahora a la descripción de la mujer: La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada con oro, piedras preciosas y perlas (17:4). La combinación de porfura y kokkinos vuele a aparecer en 18:12 y 18:16, entre los lujos de consumo de Roma. El simbolismo puede referirse tanto al excesivo lujo en que vivía la aristocracia de la capital como también al muy lucrativo comercio internacional en estos productos (cf. Jer 10:9; Ez 27:7,16). El hermoso color de la púrpura, además del proceso sumamente largo y difícil de la extracción de su tintura de pequeños mariscos, resultaban en un precio que estaba al alcance sólo de los más ricos (cf. Lam 4:5; Lc 16:19). Vestida tan lujosamente, la ramera es «todo un cuadro de riqueza, extravaganza, lujo y comodidad» (Michaels 1997:192).

En el Antiguo Testamente la púrpura, como la más hermosa y más costosa de las telas, dominaba en los esquemas decorativos del tabernáculo y del templo. Las cortinas tenían que ser de ese color (Ex 26:1,4,31; 27:16), como también las vestimentas del Sumo Sacerdote y demás sacerdotes (Ex 28:5,33; 29:1), además del efod (28:8; Jue 8:26) y el pectoral (Ex 28:15). Según Números 4:7-8, el paño sobre la mesa de la presencia tenia que ser de púrpura, como también el que cubría el altar (4:11). Su uso se asociaba especialmente con reyes y gobernantes (Jue 8:26). El palacio de Asuero, rey de Persia, ostentaba cordones de púrpura (Est 1:6), y Asuero, para honrar a Mardoqueo, le dio «ropas reales de azul y blanco, una gran corona y un manto de lino fino color púrpura» (8:15). Lo mismo entregó Belsasar a Daniel, junto con una cadena de oro y el título de gobernador (Dn 5:7,16,29). Este es obviamente el sentido de la burla de dar a Cristo un manto de color púrpura y una corona de espinas, por haberse llamado rey (Mr 15:17; Jn 19:2,5). Bauckham (1993A:354) observa que vestidos de púrpura eran «el símbolo de status más constante en todo el mundo antiguo», muy parecido a los automóviles de lujo hoy. Se vestían expresamente con el fin de demostrar el poder y la riqueza de sus dueños, como insignia de su rango social (Aune 1998B:935; Court 1979:147).

Además de estar vestida de púrpura, la ramera está adornada con oro, piedras preciosas y perlas (17:4). Esta triple descripción de las alhajas de ella refuerza la imagen de su exorbitante riqueza y su vanidad ostentosa. En 18:16 es Babilonia (Roma) la que ostenta estos mismos lujos, que son mercancías claves de su comercio (18:12). Va en primer lugar el oro, que en seguida reaparece en la copa que ella lleva en la mano. Para algunos comentaristas, la frase «dorada con oro» puede aludir a una práctica de las rameras de dorar sus cuerpos (Swete 1911:216; Verbum Dei 1959:490). El mismo simbolismo se aplicaba a la ciudad de Roma. En la famosa inscripción de Abercio (ca.180 d.C.), éste dice que fue enviado a Roma «para ver la majestad imperial y la reina adornada con un vestido dorado y llevando zapatos de oro» (Finnegan 1949:385; cf. Eusebio, HE 5.16.3).

Oro, piedras preciosas y perlas: estos tres lujos, junto con la púrpura, eran la obsesión apasionada de todos los ricos de Roma, o los que soñaban con parecerlo. En conjunto constituyen una especie de fórmula para la mayor riqueza imaginable (18:16; Ex 28:17-20; 39:10-12; Jer 4:30; Ez 16:10-13; cf. Ez 28:13). Las perlas, especialmente, eran codiciadas por todas las damas elegantes del imperio. El verdadero significado de todos estos lujos se revela en los contenidos de la copa dorada de la ramera: son inmundicias nauseabundas, abominables asquerosidades.

Llama la atención que entre las muchas descripciones de figuras impresionantes en el Apocalipsis, sólo de la ramera se destaca lo lujoso de su vestuario y sus joyas. En contraste, la Esposa se viste modestamente de lino fino (19:7-8) y se describe como «una novia hermosamente vestida para su prometido» (21:2).

Oro, joyas y perlas vuelven a reaparecer en la Nueva Jerusalén, pero ahora no van a estar prostituidas. Como las calles y los muros de la ciudad, no tendrán dueño sino serán de todo el pueblo. En la descripción del Reino de Dios, ni se mencionan la púrpura y la escarlata, que definían el status en el imperio. Ya no aparecen los vestidos lujosos por ningún lado. La prostitución económica, la ostentación orgullosa y el consumismo habrán terminado para siempre.

La ramera tenía en la mano una copa de oro llena de abominaciones y de la inmundicia de sus adulterios» (17:4). Las expresiones de lujo siguen con la imagen de esta copa de oro, pero se invierte el significado al revelar los contenidos de la misma. Esta copa, igual que las del capítulo anterior, es de oro, pero con la palabra potêrion («copa») en vez de fialê («taza»). A diferencia de las demás copas del libro, ésta no está para ser bebida ni derramada, sino es esencialmente un adorno, junta con los demás lujos de la ramera. Y aquí, los contenidos de la copa no son vino sino inmundicias, como si la ramera hubiera vomitado en su propia copa de oro.

Con estas imágenes violentas, Juan sube el volumen de su retórica a un nivel muy agresivo contra el imperio romano. El sustantivo bdelugma significa «lo que es repugnante, detestable, abominable, aborrecible» (Ex 5:21, «somos unos apestados ante el faraón»; Gn 43:32; Danker 172; BalzSch I:627; Kittel I:598-600). En sentido religioso, significa lo que Dios repudia con asco y enojo (Is 1:13; Jer 44:22; Prv 28:9; cf. 8:7). Son cosas que no se pueden llevar ante Dios, porque sería ofenderle y profanar su sagrada presencia (Ez 5:11; Lc 16:15). Por eso, muchas veces se trata de politeísmo e idolatría (Lv 18:30 «las abominables costumbres» de los cananeos; Dt 12:33; 2 Cr 28:3; Jer 13:27; 32:35; Ezq 6:9,11; Sir 49:2); a veces puede ser un sinónimo para el ídolo mismo (Dt 7:26; 29:17 [Hebr 29:16]; Ez 5:9,11; cf. Os 9:10; Sab 14:11-12).

El término bdelugma tiene también un importante referente histórico muy específico en la frase «la abominación desoladora» (Mt 24:15; Mr 13:14; «el horrible sacrilegio» NVI). En Daniel (9:27; 11:31; 12:11) y 1 Macabeos, esta expresión se refiere a la abominable profanación cometida por Antíoco Epífanes cuando introdujo una estatua de Zeus en el templo, saqueó el lugar santo (1 Mac 1:20-24) y llegó hasta sacrificar animales impuros sobre el altar de Yahvé (1:47,54). Después Jesús, en su gran discurso apocalíptico, anuncia una nueva «abominación desoladora» con que los romanos destruirían y profanarían el santo templo (Mr 12; Mt 24; Lc 21). Es casi seguro que aquí también, la mención de las abominaciones en la copa de la ramera traería recuerdos de esta historia de blasfemias contra Dios y persecuciones de su pueblo.

Las palabras «abominación» y «abominable» tenían también un sentido ritual, para describir viandas prohibidas o contactos con lo inmundo, como por ejemplo cadáveres de humanos y de animales impuros. Este concepto de pureza, basado en los códigos de santidad, se hace explícito en el siguiente término, «inmundicias de sus adulterios» (17:4, akatharta tês porneias autês). Según Levi-Strauss, el «sistema dualístico de la pureza [katharismos] y la impureza [akarthasia] en la Biblia» era fundamental y constitutivo a toda la estructura social del pueblo judío (BalzSch I:2096). En el NT esta terminología ocurre especialmente en los evangelios, donde se refiere sobre todo a espíritus inmundos y a los leprosos (Mt 8:2; 10:8). Esta inmundicia ritual se aplicaba también a numerosos aspectos de la sexualidad: las emisiones de semen y otros fluidos (Lv 15:2,16,25), la menstruación (15:19), la misma relación sexual (1 Sm 21; ver Ap 14:5) y una serie de prácticas prohibidas (Gn 34:5; Lv 18:6-8,20,22). También la práctica de la idolatría constituía una inmundicia, tanto por su propia naturaleza corrupta como por la presencia de demonios detrás de tales prácticas (Beale 1999:856). En resumen, podemos concluir que estos términos se relacionan muy claramente con la idolatría del culto al emperador y con la analogía sexual de prostitución.

Es impresionante, y bastante sorprendente, la vehemencia del lenguaje del profeta en estos versículos. Para describir el imperio romano Juan emplea un conjunto semántico de fuerza devastadora: prostitución, borrachera, blasfemia y nauseas. Todo eso es aun más impactante, por el contraste dramático con todo el lujo y el esplendor con que se adorna esta ramera. Con estos cargados pincelazos Juan vuelve repugnante y ridícula la figura tan aparentemente seductora de la ramera.

Faltan dos características más en la descripción de esta ramera. Primero, En la frente llevaba escrito un nombre misterioso: La Gran Babilonia, Madre de las Prostitutas y de las abominables idolatrías de la tierra (17:5). En el pensamiento bíblico el nombre, más que una simple etiqueta, conllevaba la realidad de la persona misma (Beale 1999:857). Por eso, el sentido simbólico del misterio de este nombre nos revela la naturaleza más profunda de Roma: ¡es corrupta hasta los huesos, ramera y madre de rameras! En el NT la palabra metôpon («la frente») aparece sólo en el Apocalipsis, y siempre como lugar de algo escrito: el sello de Dios (7:3; 9:4), «el nombre del Cordero y de su Padre» (14:1; cf. 19:12), la marca de la bestia en la frente de sus seguidores (13:16; 14:9; 20:4) y este título de la ramera (17:5).

El título «Babilonia» muestra de nuevo que la ramera no es una mujer sino una ciudad, y que no se trara de la vida sexual. En el AT, desde Génesis 11, Babilonia representa la arrogancia de una superpotencia expansionista y agresora. Además, la figura alude a la idolatría que pretendía alcanzar a Dios por esfuerzo propio (la torre de Babel); su mismo nombre original, Bab-ilu, probablemente significaba «puerta de Dios». Por otra parte, la frase «la gran Babilonia» expresaba el recuerdo de las incomparables glorias de la ciudad de Nabucodonosor (cf. Dn 4:30). Según Herodoto, el esplendor de Babilonia superaba «a todas las demás ciudades que ojos han visto» (Ewing 1990:150). La ciudad cubría más de 2.000 acres de muros, puertas, palacios y templos (NIDOTT IV:430-433), y sus glorias se recordaban aun en los tiempos del NT (Jos c.Apio I:140-141; Estrabón 16.1.5; BalzSch I:563; Kittel I:514-17). Pero para Juan, todas esas glorias eran más bien nauseas. Lo mismo tendrá que decirse de los esplendores de los imperios de hoy.

La expresión «Madre de las prostitutas» corresponde a un modismo hebreo según el cual «padre» o «madre» podía tener sentido superlativo. Entre los rabinos, «padre (AâB) de los rabinos» significaba «el rabino principal», y en el mismo sentido Moisés era «el padre de los profetas» (Kittel I:515). Este es el probable sentido de Juan 8:44, donde Jesús llama a Satanás «padre de mentiras». La palabra «madre» (AêM) aparece a veces con el mismo sentido: Débora era «una madre en Israel» (Jue 5:7), «La fornicación es la madre de todos los males» (T.Sim 5:3; Aune 1998B:937). K. B. Kuhn interpreta la frase de 17:5 como «la principal ramera de todo el mundo» (Kittel I:515).

La Biblia del Peregrino interpreta «madre» aquí como jefa o matriarca de todas las rameras. Ford (1975:288) ve en esta frase un eco de Ez 16:44, donde el profeta exclama sobre la infidelidad de Jerusalén, «Tu eres igual a tu madre». El significado de » progenitora» es también posible. Según Tobit 4:13, la ociosidad es madre de la indigencia». Puede significar que Roma ha fomentado la idolatría (prostitución, abominación) en todo el mundo. Según la muy convincente interpretación económica de Beale (1999:859; cf. Torrance 1959:115-116), el título puede incluir una denuncia del consumismo materialista y el culto a los lujos que fomentaba la sociedad romana.

Era común en tiempos bíblicos referirse a un país con el nombre de otro, por una especie de seudonimia, según el país dominante del momento. Siendo Babilonia la superpotencia más poderosa y opresora del mundo de la época del AT, no sorprende que su nombre aparezca en diversos contextos como sobrenombre para otros regímenes tiránicos. K. G. Kuhn (Kittel I:516) observa que con » Babilonia» Juan se refiere a una ciudad que existe en su propio tiempo (Ap 17:18) y afirma que «‘esta sólo puede ser Roma». Kuhn enumera tres razones que considera contundentes: (1) la ciudad se ubica sobre siete colinas, (2) el judaísmo tardío solía emplear «Babilonia» como título de Roma como poder impío y (3) en 1 Pedro 5:13, «la que está en Babilonia» sólo puede significar la iglesia en Roma. En el contexto del Apocalipsis, si Juan no estuviera pensando en Roma, ¿por qué se arriesgaría a emplear lenguaje tan aparentemente subversivo?

Aunque las alusiones a Roma son irrefutables, llama la atención que en ningún momento Juan nombra la ciudad capital ni el imperio. Es claro que Juan está pensando explícitamente en el imperio romano, como contexto histórico de su propio ministerio pastoral y profético, y que esta realidad es el punto de partida para toda la exposición. Es probable también, que Juan estuviera presuponiendo la posibilidad de que la destrucción del imperio romano sería la inauguración del reino eterno de Dios. Pero el mismo hecho de ver sucesivas encarnaciones de la gran bestia — Babilonia, Tiro, Edom, Siria (Antíoco Epífanes, prototipo del Anticristo) y Roma — dejaba abierta la posibilidad de nuevas bestias y nuevas Babilonias. Además, detrás de todos esos poderes está el dragón, el poder supertemporal de la maldad. La referencia al imperio romano es explícita, pero no excluyente.

El último pincelazo en el retrato de esta ramera es la más repugnante: la mujer se había emborrachado con la sangre de los santos y de los mártires de Jesús (17:6 ek tou haimatos tôn hagiôn kai ek tou haimatos tôn marturôn Iêsou; cf. 16:6; 18:24). Ahora la Babilonia, que embriagaba a todas las naciones con su vino enloquecedor (Jer 51:7; Ap 17:2; cf. 14:8; 16:19), se emborracha ella misma, pero no con vino sino con sangre. Este simbolismo incluye dos aspectos: el beber sangre, y el embriagarse con ella. Como ya vimos en la exposición de 16:3-6, el beber sangre era prohibido por el Código de Santidad y era especialmente repulsiva para los judíos (Lv 17:10-14; cf. Dt 12:23; Hch 15:20,29; 21:25). De ahí es sólo un paso a la idea de embriagarse con sangre. Según Isaías 49:26, un oráculo contra los opresores de Israel, el anuncio divino, «Haré que tus opresores… se embriaguen con su propia sangre como si fuera vino», significa que se matarán unos a otros. Con mucho más frecuencia, curiosamente, son objetos impersonales que se emborrachan: las flechas de Yahvéh (Dt 32:42), su espada (Jer 46:10, contra Egipto; Is 34:5, bañada en sangre 34:6), la tierra (Is 34:7 BJ; «se empapa»; Jdt 6.4, sus montes se embriagarán y las aves (Ezq 39:18-19).

Podemos ver en esta grotesca característica de la ramera una denuncia de lo sanguinario que era el imperio romano en tiempos de Juan. Tácito, un contemporáneo de Juan, describió el imperio bajo Augusto como «una paz manchada de sangre» (Anales 1.10.4), y después narra la cruenta masacre de cristianos por Nerón (15:44). Arens y Mateos (2000:337-338) analizan la forma en que Juan «se atreve a desenmascarar la verdad ‘oficial’ del imperio»:

El lujo y la seguridad del Estado se fundamentan sobre el crimen y el derramamiento de sangre, pero esas «son las exigencias idolátricas del sistema económico» (Beale 1999:859). El bienestar del imperio tiene un alto costo, porque exige víctimas. La borrachera y la prostitución son imágenes fuertes para hablar del pecado de todo imperialismo, insensible (desde el poder o el placer) al dolor de las víctimas y embriagado de poder hasta sentirse dueño de los hombres. Todo se sacrifica ante ese culto, incluso la vida de las personas (18:13)… Lo que oficialmente se llama riqueza, lujo o prestigio y poder, para Juan era prostitución, injusticia, rebelión e idolatría que desafían al cielo. Son presencia y poder satánicos que se oponen al reino de Dios. El poder hace suyas las palabras de Tácito en boca de Agrícola: «siembran desolación y lo llaman paz».

Pikaza (1999:197) observa que «Roma ha construido su poder y lo mantiene sobre un fundamento de antropofagia ritual: vive de la sangre de sus sometidos. La persecución de los cristianos es la punta de iceberg de un sistema universal de opresión y muerte». En el mismo sentido, Bauckham (1993A:349) comenta que «igual que toda sociedad que absolutiza su propio poder y prosperidad, el imperio romano no podía existir sin víctimas». Para Bauckam, el Apocalipsis es quizá la crítica más penetrante y profunda del imperio romano temprano.


César Vidal Manzanares

Lutero y la necesidad de la Reforma (13)

Lutero: una salvación `barata´?Tal y como señala Pablo, para Lutero esa justicia de Dios que acude a salvar al hombre, un hombre que no puede salvarse a si mismo por sus méritos o sus obras, es aceptada a través de la fe.
Sin embargo, esa fe no es ni un mero asentimiento a proposiciones teológicas ni una supersticiosa credulidad. Es la fe en que efectivamente Cristo murió por nuestros pecados en la cruz realizando la expiación que nosotros no podemos llevar a cabo:

“Esto es lo que el apóstol quiere dar a entender cuando dice que el hombre es justificado por la fe… Esto se dice de ti mismo, y para que tu te lo apropies: que Cristo murió por tus pecados y dio satisfacción por ellos” (WA 56, 370, 11 ss).

 Ha sido común en la apologética antiprotestante el acusar a Lutero, en particular, y a la Reforma, en general, de ofrecer una salvación barata que evita las buenas obras. Semejante acusación no se corresponde con la realidad como ha quedado de manifiesto en obras de eruditos más rigurosos incluidos los católicos.

De hecho, la posición de Lutero era la misma que había expuesto Pablo en su carta a los Romanos. Primero, la salvación es imposible para el hombre, pero Dios acude en su ayuda mediante la muerte de Cristo en la cruz que satisface la pena que merecen nuestros pecados; segundo, esa justicia de Dios ejecutada por Cristo sólo podemos apropiárnosla mediante la fe y tercero, esa justificación por la fe, lejos de ser un acicate para la inmoralidad, es la clave para llevar de ahora en adelante una vida de obediencia a los mandatos de Dios:

“El camino del Señor es la justicia de Dios vista como el Señor presente en nosotros, que después realiza a través nuestro estas buenas obras” (WA 56, 233, 30)

En otras palabras, el hombre no lleva a cabo obras buenas para ser justificado sino que, como ya ha sido justificado por gracia a través de la fe, realiza obras en señal de obediencia agradecida. La conclusión de Lutero cuenta con paralelos paulinos fuera de la carta a los romanos como es, por ejemplo, el pasaje de  Efesios 2:8-10  donde el apóstol Pablo afirma: “ Porque por gracia somos salvos, por medio de la fe, y eso no es de vosotros, es un don de Dios, no es por obras, para que nadie pueda jactarse. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas ”.

La posición teológica de Lutero resulta meridiana y explica más que sobradamente el paso de la inquietud espiritual del pecador que no sabe cómo obtener la salvación valiéndose de los medios con que cuenta, a la paz profunda, grata y serena del pecador que se sabe redimido no por si sino por la obra de Cristo en la cruz.

 Ante la incapacidad para cumplir con las exigencias de la ley de Dios, son muchas las personas que acaban cayendo en un tormento continuo, verdadero potro del espíritu, al contemplar su insuficiencia o que derivan hacia la hipocresía fingiendo que viven de una manera que no alcanzan a encarnar. Lutero sorteó ambos peligros gracias a la lectura de la Biblia.  En ella encontró que su desazón espiritual no debía derivar hacia la desesperación sino que tenía que convertirse en el primer paso para arrojarse de rodillas ante Dios reconociendo su incapacidad para merecer la salvación y aceptando lo que había ganado Cristo en la cruz. En ese sentido, su experiencia recuerda a la del pobre publicano de la parábola que no se atrevía a levantar la mirada en el Templo abrumado por sus pecados ( Lucas 18:9-14 ), a la de la oveja que, extraviada en el monte, nada puede hacer por regresar al aprisco ( Lucas 15:1-7 ), a la de la moneda que es incapaz de regresar al bolsillo de su dueña ( Lucas 15:8-10 ) o a la del hijo pródigo que, tras arruinar su existencia, cayó en la realidad terrible de su presente y buscó el perdón, totalmente inmerecido, de su padre ( Lucas 15:11-32 ).

Llegado a ese punto, Lutero había descubierto también la acción de Dios que consistía esencialmente en el hecho de que Cristo se había entregado por amor en la cruz muriendo y pagando por los pecados del género humano. Ahora el pecador debía decidir si se apropiaba mediante la fe de la obra salvadora de Cristo o la rechazaba con incredulidad, incredulidad dirigida hacia la Palabra de Dios. Si se producía el rechazo, obviamente, el pecador se apartaba del camino de la salvación, pero si, por el contrario, abrazaba el sacrificio de Cristo en la cruz, era justificado por la fe y se abría un nuevo camino en su vida, camino surcado de buenas obras realizadas por Dios en él.

 Hasta ahí todo resultaba de una enorme claridad, pero, a la vez, era notablemente incompatible con el sistema de salvación articulado por la iglesia católica durante la Edad Media. ¿Cuánto tiempo tardarían en chocar ambas concepciones en el corazón de Lutero?

 Continuará: Lutero y la defensa de la gracia de Dios 

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011


Juan Stam

Se suele entender «profecía» sólo como vaticinio, predicción de sucesos futuros, olvidando que la profecía era (y es) en primer lugar una palabra viva de Dios, un mensaje al pueblo de Dios para su obediencia fiel.[1]  Era discurso oral, a menudo de plaza pública, estrechamente relacionado con los sucesos de ese tiempo. Claro, incluía el anuncio de eventos futuros, pero no era profecía sólo por predecir, ni la predicción del futuro era su propósito esencial.[2]  La profecía es profecía porque en ella Dios habla directamente al corazón y a la conciencia de su pueblo, exigiéndole rectitud. verdad y justicia. Claridad sobre esto es fundamental a la buena interpretación del mensaje profético de las escrituras hebreas.

No hay principio más fundamental para la interpretación bíblica que la ley del contexto.  Sin embargo, en la tradicional argumentación profética se suele citar docenas de textos aislados sacados del Antiguo Testamento, sin ubicarlos en su contexto histórico. Suelen ser frases sueltas, como caídas del cielo para apoyar argumentos y esquemas inventados en nuestra era moderna. Puede parecer convincente, pero nunca debemos aceptar sin cuestionamiento esos textos de prueba descontextualizados. Mejor un solo texto bien interpretado que una fila de veinte referencias o frases aislados.[3]

En esta breve reflexión intentaré ilustrar estos principios metodológicos con algunos ejemplos de las mismas escrituras hebreas:

Jeremías 31:21-40: Aquí Yahvéh promete hacer un nuevo pacto con la casa de Israel (31-34) y asegura, en términos muy enfáticos, que Israel siempre estará como nación delante de él y que Jerusalén será reconstruida (35-40).[4] El pasaje es parte del «pequeño libro de consolación» (Jer 30-33), un mensaje de esperanza en medio de las denuncias y juicios que predominan en este libro. Israel, con su desobediencia y su idolatría, ha invalidado el gran pacto con Dios (Jer 11.9-11; 31:32), pero Dios en su misericordia hará un nuevo pacto, muy superior al anterior, escribiendo la ley de Dios en cada corazón. Dios ha juzgado a Israel con exilio. pero volverá a bendecirlo como nunca antes.

En el Nuevo Testamento Jesús cita este texto, pero con un sentido muy diferente: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» (Lc 22:20; 1Cor 11:25; Mt 26:28; Mr. 14:24; cf. Heb 9:15). Estas palabras de Jesús hubieran sorprendido a Jeremías: primero, porque el pacto se realiza por la sangre de Jesús derramada para la salvación nuestra, y segundo, porque Dios hace el nuevo pacto no con Israel sino con la iglesia, al celebrar la cena de su Señor. También la sorprendente promesa de escribir la ley en el corazón, de modo que no necesiten a mestro alguno (Jer 31:33-34) se cumple explícitamente en la iglesia (1Jn 2:27; Jn 6:45; Heb 10:16-17).[5]

¿Cumplió Dios su promesa a Jeremías? Jeremías esperaba un nuevo pacto «con la casa de Israel y con la casa de Judá», pero Dios hizo un nuevo pacto con la iglesia como nuevo pueblo suyo.[6] Para Jeremías, el nuevo pacto consistiría en la obediencia espontánea al Señor, desde el corazón, y el conocimiento intuitivo de Dios, sin maestros (Jer 31:33-35). En la versión de Jeremías, el pacto no dependía de la sangre del Mesías ni se trataba de la salvación de los fieles en cambio, se cumplió como pacto de perdón y redención mediante la sangre derramada del Salvador. Dios sí cumplió, en plenitud, pero no como esperaba Jeremías.

¿Por qué no podría Jeremías profetizar el nuevo pacto como de hecho iba a ser? Por qué no pudo decir Jeremías a su pueblo que Dios haría nacer otro pueblo suyo, llamado «iglesia cristiana», redimida por la sangre del Cordero y reunida de todas las naciones, que celebraría su salvación como  una nueva Pascua llamada «Santa Cena» o «Eucaristía»?

Respuesta: Todo eso no hubiera tenido nada que ver con el contexto histórico de Jeremías y su mensaje de esperanza. El mensaje profético se concentraba en lo que el pueblo necesitaba en ese momento, no en realidades futuras sin pertinencia actual y contextual. Por esa misma razón, los profetas hebreos no tenían por qué hablar de una segunda venida del Mesías, o de una futura «iglesia» después de su primera venida. Dios no tenía por que revelar a sus siervos realidades futuras que no tenían nada que ver con la situación del pueblo de Dios en aquel entonces.

Salmo 2: Este salmo, tan citado en el Nuevo Testamento, no era originalmente profético ni mesiánico, sino político. Fue escrito para celebrar la coronación de un nuevo rey. Como el rey se consideraba «hijo de Dios». el día de su coronación era como su nacimiento («hoy te he engendrado»). Además, ya que la transición a un nuevo reinado tendía a ser un tiem de inseguridad e inestabilidad política, en que súbditos y aliados tendían a levantarse contra la nación, el salmo habla de esos levantamientos (2:1-3), el enojo del Rey contra esos rebeldes (2:12) y su victoria aplastante sobre ellos (2:5,9-10).

Mucho más adelante este salmo recibió una interpretación mesiánica, de acuerdo con varios de sus conceptos claves (2:2, su ungido el Rey; 2:7-8, herencia universal, etc).[7] Pero según la antigua manera de citar textos anteriores, no todos los detalles tenían que corresponder a la nueva relectura. La frase, «hoy te he engendrado», se aplicaba específicamente al Rey en su día de coronación, pero de ninguna manera se aplica al Logos (el Verbo) como Hijo eterno de Dios (de ahí el error de los Testigos de Jehová). Y la ira del Rey (2:12, cf. 2:4) y la destrucción aplastante de sus enemigos tienen un sentido muy distinto cuando el salmo se aplica al Mesías.

Daniel 9:20-27: Este fascinante pasaje se ha prestado para una enorme cantidad de especulación y fantasía apocalíptica pero casi nunca se analiza en su contexto.[8] El autor nos dice que en el primer año del rey Darío (539 a.C.) él estaba leyendo la profecía de Jeremías y quedó profundamente impactado por el pasaje que anuncia que Jerusalén estaría en ruinas durante 70 años (Jer 25:11; 29:10).[9] Por alguna razón no totalmente clara, ese texto conmovió en Daniel una tristeza y un arrepentimiento muy profundos, que se articuló en una muy larga oración (9:4-19).[10] El autor estaba preocupado por la condición de su pueblo, que ;el entendía como consecuencia de sus pecados. Le preocupaba el futuro de su nación y ciudad; nada indica que estuviera pensando en un futuro remoto o en el fin del mundo.

En medio de su ferviente plegaria y confesión de los pecados suyos y de la nación, el ángel Gabriel le interrumpió (9:20) para reinterpretar los 70 años de Jeremías como siete semanas de años, o sea 490 años (Dn 9:23-27). El primer paso para entender estos densos versículos consiste en corregir unas traducciones poco exactas que confunden la interpretación.[11] La palabra «Mesías» en 9:25,26, que sugiere una referencia a Cristo, debe traducirse más bien «el ungido».[12] La palabra hebrea MâShîaJ aparece 39 veces en el Antiguo Testamento y en ningún otro pasaje significa (o se traduce) «Mesías». En el Antiguo Testamento ese título no se aplicaba al esperado Salvador sino a los reyes (aun Ciro de Persia, Isa 45:1), sacerdotes y profetas. Para el esperado Salvador había otros títulos — hijo de hombre, hijo de David, Siervo Sufriente etc — pero nunca se llamaba «el Mesías» hasta cerca de 200 a.C.(1 Enoch 48:10). Aunque parezca curioso, en todo el Antiguo Testamento el Mesías no se llamaba «Mesías».

Otras dos traducciones de Reina-Valera pueden confundir la interpretación. La frase «hasta ungir al Santo de los santos» (9:24 RVR) podría entenderse de la persona de Jesús, pero es más bien una referencia al Lugar Santísimo del templo. La frase alude a la restauración del templo, junto con la de la ciudad, y se traduce mejor «consagrar el lugar santísimo» (NVI). Además, la frase «hasta que venga la consumación» en 9:27 (RVR) parece sugerir el fin del mundo. Se traduce mejor con «hasta que le sobrevenga [al desolador] el desastroso fin que le ha sido decretado» (NVI).[13]

Corregidos estos errores y bien traducido el pasaje, el texto no parece referirse a la venida de Cristo ni (¡mucho menos!) a la gran tribulación al final de la historia. Llama la atención que el Nuevo Testamento no hace la menor referencia a las setenta semanas, ni como profecía de la fecha del nacimiento de Jesús ni como profecía de la crucifixión ni de la gran tribulación,[14] Eso indica que entendían que esa visión ya se había cumplido.  Un amplio consenso de estudiosos, que incluye a muchos evangélicos (p.ej. F.F. Bruce), concuerda en que todo el pasaje describe la tiranía y sacrilegio de Antíoco Epífanes (175-163 a.C.).[15] En el contexto, el propósito del pasaje es el de ayudar a los lectores a interpretar los sufrimientos del pueblo bajo Antíoco Epífanes.

Zacarías 14:1-5: Como último ejemplo, cito un texto dramático favorito de algunos «expertos» en profecía: «Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos… y el monte de los Olivos se partirá por en medio» (Zac 14:4). Es sensacional la imagen de un famoso cerro partido en dos, pero surge una primera pregunta: ¿Qué sentido puede tener esa enseñanza, para nosotros hoy y aun más para los lectores originales?Si no tiene un sentido claro, la interpretación es dudosa.

Es un pecado hermenéutico tomar una frase aislada, fuera del contexto del pasaje entero. Pongamos la lupa exegética al pasaje completo:

¡Jerusalén! Viene un día para el Señor [Yahvéh] cuando tus despojos serán repartidos en tus propias calles. Movilizará a todas las naciones para que peleen contra tí. Te conquistarán, saquearán tus casas y violarán a tus mujeres. La mitad de tus habitantes irá al exilio, pero el resto de l pueblo se quedará contigo.

Entonces saldrá el Señor [Yahvéh] y peleará contra aquellas naciones, como cuando pelea en el día de la batalla. En aquel día pondrá el Señor [Yahvéh] sus pies en el monte de los Olivos, que se encuentra al este de Jerusalén, y el monte de los Olivos se partirá en dos de este a oeste, y formará un gran valle, con una mitad del monte desplazándose al norte y la otra mitad al sur. Ustedes huirán por el valle de mi monte, porque se extenderá hasta Asal. Huirán como huyeron del terremoto en los días de Uzías, rey de Judá. Entonces vendrá el Senòr [Yahvéh], acompañado de todos sus fieles (Zac 14:1-5 nvi]

Lo primero que llama la atención en este texto es que no es un pasaje mesiánico (como lo es Zac 9:9-17); el que viene aquí no es el Mesías sino Yahvéh mismo. Es evidente que aquí no se trata de la segunda venida del Señor Jesucristo sino de otra de las intervenciones de Dios mismo para rescatar a su pueblo. A esa situación corresponden los detalles del relato (saqueo de casas, violación de mujeres, exilio masivo), no al Armagedón ni a la parousía de Jesús. Eso es el sentido también de la rajadura del monte de los Olivos, con todos sus detalles geográficos: el propósito es de quitar el cerro, como obstáculo a la fuga, y abrir un camino para la huida rápida de los judíos cuando las naciones enemigas atacan.

Este detalle tampoco debe tomarse literalmente. Es un pasaje paralelo con Isaías 40:3-4:

Preparen en el desierto un camino para Yahvéh,

enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios.

Que se levanten todos los valles,

y se allanen todos los montes y colinas;

que el terreno escabroso se nivele

y se alisen las quebradas.

Estos pasajes no se refieren a fenómenos císmicos ni a milagros de ingeniería, sino a la fidelidad y ternura con que Yahvéh cuida a su pueblo. En los apuros de la vida y las situaciones de peligro, Dios moverá cielo y tierra para salvarnos (1cOR 10:13). Lo expresa muy bien un bello cántico de Marcis Witt:

Sendas Dios hará, donde piensas que no hay;
él obra en maneras que no podemos entender;
me guiará,
a su lado estaré,
amor y fuerza me dará,
un camino hará donde no lo hay.

Si camino en la soledad me guiará
y agua en el desierto encontraré;
la tierra pasará.
su palabra eterna es;
él hará algo nuevo hoy.

Sendas Dios hará, donde piensas que no hay.

¿Cual es más edificante; una predicción sensacionalista de un fenómeno topográfico (¡los pies de Cristo, al tocar tierra, rompen un cerro!) o la promesa de que «Sendas él hará, dónde no las hay?» ¿Cuál era más apropiado y significativo para los primeros receptores, como también para nosotros hoy?  Creo que la respuesta es obvia.

Conclusión: En estos cuatro ejemplos, el error de tomar textos fuera de contexto y de su exégesis específica ha conducido a tergiversaciones muy serias. Cuando traemos a colación textos del Antiguo Testamento para aclarar la escatología cristiana, debemos hacerlo con sumo cuidado y mucha auto-crítica. Cuando otros emplean frases sueltas o meras referencias numéricas a pasajes del Antiguo Testamento, debemos subir el «sospechómetro» al tope y examinar los mismos textos con sumo cuidado.

Creo que estos ejemplos muestran que con liberarnos de interpretaciones falsas o dudosas, nunca perdemos nada excepto nuestros errores.  Encontraremos en lugar de esos errores, un sentido más fiel de la Palabra, ¡y eso será una gran ganancia!

 


[1] La palabra «profecía» debe entenderse en este sentido amplio. Cuando trata del futuro, puede llamarse «profecía predictiva».

[2] Stuart y Fee, en Lectura eficaz de la Biblia, señalan que no más que 5% de los libros proféticos del AT tiene que ver con sucesos futuros, aunque sean a una o dos décadas; menos de 2% alcanza hasta el tiempo de Jesús y menos de 1% puede ser futuro todavía.  Conviene apuntar también que frases como «el día del Señor», «los postreros tiempos» etc no siempre se refieren al fin del mundo. Ver «Los últimos tiempos» en juanstam.com, 15 octubre 2010.

[3] Un signo de alerta es cuando un expositor cita versículos en vez de pasajes. Lo saludable es citar un bloque textual y darle una exégesis básica de su verdad central.

[4] Para más de detalle ver Stam, Apocalipsis y profecía (BsAs:Kairós 1995), pp. 51-61.

[5] Además. en el N.T. el término «nación» (cf Jer 31:36-37) se aplica con especial énfasis a la iglesia, con los más altos títulos que antes describían a Israel (pueblo escogido, nación santa, real sacerdocio, etc).

[6] El Nuevo Testamento tampoco habla de otro «Nuevo Pacto» con Israel en alg’ún momento futuro. Según las escrituras cristianas, los cristianos celebramos el Nuevo Pacto cada vez que comamos el pan y bebamps la copavf del Señor.

[7] Sobre el título «Mesías» (Ungido) como referencia al Rey, véase el siguiente comentario sovre Daniel 9.\

[8] La exégesis de este pasaje es compleja, con muchos problemas difíciles y las más variiadas interpretaciones. Sólo pretendemos hacer unas observaciones básicas como orientación inicial al texto  y una alternativa a las opiniones tradicionales.

[9]Aquí tenemos el fenómeno muy especial que un autor bíblico comente un texto de otro autor bíblico, hasta por nombre. Curiosamente Jesús, según los evangelios sinópticos, a su vez comenta la frase de Dan 9:27, «la abominación desoladora», mencionando también a Daniel por nombre (Mt 24:15 y paralelos).

[10] Es probable que Daniel sentía que a los setenta años del exilio, Jerusalén no estaba restaurada como había esperado y que esa demora sse debía a los pecados de ellos. Por eso, Gabriel reinterpreta los 70 años como 70 semanas de años.

[11] Estos problemas de traducción son de la versión Reina-Valera. Casi todas las nuevas versiones traducen el pasaje más exactamente.

[12]  Es muy probable que el título se refiere al sumo sacerdote Onías III en tiempos de Antíoco Epífanes.

[13] Vale la pena mencionar también que el pasaje no ofrece ninguna base exegética para insertar un largo período de tiempo entre la semana 69 y la 70.

[14] Jesús menciona «la abominación de desolación», cometida por Antíoco Epífanes, como prefiguración de la profanación y destrucción del temple por los romanos (Mt 24:15-22). Ya que Jesús menciona a Daniel, es tanto más sorprendente que no aluda a las setenta semanas.

[15] Esta conclusión exegética es válida independientemente de la fecha que se le asigna al libro mismo. Si es profecía predicitiva, se cumplió con la tiranía de Antíoco Epífantes.

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