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Consumismo y Navidad

Publicado: diciembre 19, 2011 en Sociedad, Teología

Por José Amesty

Se acercan los días decembrinos y navideños, época de celebración y gasto exagerado, inducido por mecanismos del capitalismo. El Consumismo tiene dos acepciones: Puede referirse tanto a la acumulación, compra o consumo de bienes y servicios, considerados no esenciales; como al sistema político-económico que promueve la adquisición competitiva de riqueza como signo de status y prestigio dentro de un grupo social.

 

Los dos significados retratan vivamente lo que ocurre siempre al final de cada año, en Venezuela y en algunos países de America Latina. El Consumismo es estimulado por la publicidad que convence al público que un gasto es necesario, cuando se considera un lujo. Además, una de sus causas es, lamentablemente la falta de identidad de cada una de las personas, al no conocer sus necesidades esenciales y reales.

 

El Consumismo, tiene a su vez un efecto global, al propiciar daño al equilibrio ecológico: Excesivo consumo de recursos naturales, generando en los procesos de producción: contaminación. El efecto personal, lo podemos ejemplarizar cuando nos hacemos un jugo de naranja natural, en lugar de comprar uno en paquete con conservantes y en envases inorgánicos.

 

Proponemos entonces unos consejos para una Navidad sin Consumismo, tratando de resistir el despliegue publicitario en la Navidad.

 

Tómese un momento para leer en voz alta historias de su tradición cultural, para preparar comidas tradicionales y para comprometer activamente a los niños y adultos en dar, no solo en recibir.

 

Una forma de sentir el verdadero espíritu de la Navidad es desviar la entrega de regalos familiares, hacia la satisfacción de las necesidades de otros. Encuentren una familia con menos recursos que ustedes y denles regalos que necesiten.

 

Para empezar a reivindicar la Navidad podemos comprar productos ecológicos, comprar productos nacionales, comprar productos usados y, sobretodo, lo más importante es comprar menos.

 

Dar regalos que no son adquiridos en las tiendas y que demuestren a las personas que se los damos, que importan y que tomamos en cuenta sus gustos.

 

Dar regalos que promuevan el Juego Creativo y no el juego con juguetes electrónicos y

bélicos, que promueven la violencia y sexo. NAVIDAD ES SOLIDARIDAD!

 

Articulo:José Amesty

Fuente: Prensa CBCR


Carlos Martínez García

Hacia CLADE V (tercera parte)

Para René Padilla, porque hace muchos años, con una pregunta: “¿Carlos, por qué no escribes?”, me hizo tomar en serio la vocación de escritor.

 

Todos y todas interpretamos lo que leemos. La actividad lectora es intrínseca a los seres humanos. No me refiero a la lectura de libros, sino a la tarea cotidiana de leer, examinar, tratar de entender el entorno en que transcurren nuestras vidas. Siempre estamos interpretando el sentido de lo que nos acontece, su origen e implicaciones, nos esforzamos por develar las intenciones de los otros. Estamos destinados a siempre interpretar.

Leamos o no leamos libros la tarea interpetradora es imprescindible. Todavía lo es más si el libro central en nuestra vida es la Biblia. En este sentido la pregunta que le hace Felipe al funcionario de la reina Candace, cuando este último trata de descifrar lo escrito por el profeta Isaías, “¿entiendes lo lees?” ( Hechos 8:30 ), es un cuestionamiento continuo a quienes leemos la Palabra. Por no tomar en serio la pregunta, al considerarla innecesaria, podemos incurrir en reducciones y esquematizaciones de enseñanzas bíblicas, y las consecuentes erróneas prácticas evangelizadoras y pastorales.

 En el cuaderno preparatorio para los participantes en el Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización (9-13 de julio de 2012, San José, Costa Rica), después de llamarnos a examinar la cristología dominante en el cristianismo evangélico de América Latina y el tipo de discipulado que se disemina, abre el tema de la hermenéutica y sus usos en las iglesias evangélicas del Continente .

El documento hace una definición sencilla y útil del ejercicio interpretativo: “la hermenéutica bíblica se encarga de interpretar y aclarar el mensaje bíblico a los oyentes modernos a partir del contexto de sus oyentes originales, volviéndola comprensible y relevante. Es un ejercicio que exige cuidado y atención”. Los autore(a)s del escrito recuperan una definición de René Padilla sobre tres tipos de hermenéutica existentes en el amplio abanico protestante/evangélico: intuitiva, científica y contextual.

 Uno de los temas que recorren la obra de René Padilla es el de la hermenéutica . Ha sido notable su esfuerzo por situar en la teología evangélica latinoamericana el tópico de prestar atención a la lectura e interpretación de la Palabra en nuestro contexto específico, siguiendo el principio bíblico de la encarnación. Las tres hermenéuticas referidas por el teólogo ecuatoriano/argentino son:
La  hermenéutica intuitiva  es la más encontrada en las iglesias de América Latina y El Caribe. En ella, el lector y la lectora estudian la Biblia poniendo énfasis en aplicación del mensaje para su vida personal. No consideran los aspectos culturales involucrados en el proceso. Se concentran en cómo la lectura puede ser aplicada a la realidad vivida en el momento, casi siempre de manera individual, generalmente con la ayuda del Espíritu Santo. Valorizan el sentimiento y la emoción. La  hermenéutica científica  constituye un abordaje por el cual quien lee se acerca a la Biblia con la ayuda de herramientas y técnicas especializadas. El conocimiento es fundamentalmente intelectual y dotado de fuerte cuño académico. Se estudia a partir de las lenguas originales, del conocimiento histórico y cultural del contexto original. Se define el mensaje original del texto, pero cuesta descubrir la aplicabilidad del mensaje al mundo contemporáneo. La  hermenéutica contextual  es un método que pretende combinar lo que hay de positivo en los dos modelos anteriores. Procura hablar al lector contemporáneo sin cambiar el sentido original. Para eso considera no solamente el sentido original de los textos bíblicos sino también la realidad del lector en su propio contexto histórico, trayendo el mensaje del pasado al presente de manera relevante y contextualizada. Los horizontes de quien habló o escribió y de quien oye o lee deben unirse de manera que el mensaje sea inteligible.

 La cuestión de la hermenéutica contextual fue el tema a desarrollar en la consulta fundadora de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. En diciembre de 1970 , en Cochabamba, Bolivia, “veinte estudiosos evangélicos, pastores y laicos, y cinco misioneros participaron en el evento” (Samuel Escobar,  Evangelio y realidad social ,  ensayos , Ediciones Presencia, Lima, 1985, p. 43).

La mayoría de los trabajos presentados en la consulta teológica fueron recogidos y publicados por el entrañable Pedro Savage en el libro  El debate contemporáneo sobre la Biblia  (Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, 1972).  Los títulos de las ponencias incluidas nos dan una idea de por dónde se orientó el diálogo en las reuniones: Samuel Escobar,  Una teología evangélica para Iberoamérica ; Pedro Arana Quiroz,  La Revelación de Dios y la teología en Latinoamérica ; Ismael E. Amaya,  La inspiración de la Biblia en la teología latinoamericana ; C. René Padilla,  La autoridad de la Biblia en la teología latinoamericana ; Andrés Kirk,  La Biblia y su hermenéutica en relación con la teología protestante en América Latina .

La participación de  Samuel Escobar  clamaba por una teología que respondiese a las preguntas y necesidades propias, y no a meramente importar reflexiones de otros lugares, con trasfondos históricos muy distintos al nuestro: “La pertinencia de la teología evangélica estará, entonces, en que se forje al calor de la realidad evangélica de Iberoamérica, y en fidelidad a la Palabra de Dios […] La reflexión tiene que ser nuestra, nacida de nuestra situación, surgida ante la urgencia de los problemas que la iglesia confronta aquí. Como hombres de aquí es que reflexionamos y hacemos teología, redescubrimos los énfasis que hoy hacen falta, criticamos las herejías en que hemos venido incurriendo nosotros mismos”.

Por su parte  René Padilla  puso en tela de juicio el lugar formalmente dado a Las Escrituras en el evangelicalismo latinoamericano, cuando lo constatable era el abandono normativo cotidiano de la Palabra en la vida de las iglesias y sus prácticas para hacerse de nuevos integrantes:
El asentimiento a la autoridad de la Biblia podría ser considerado como una de las características más generarles del movimiento protestante en América Latina. Esto es de esperar en un movimiento con una gran mayoría teológicamente conservadora. Cabe, sin embargo, preguntarse si el  uso real  de la Biblia por parte de los evangélicos latinoamericanos coincide en términos generales con ese asentimiento que los distingue. Podría ser que se tratase de un asentimiento puramente formal, sin consecuencias prácticas para la definición doctrinal y ética ni para la predicación […] hay que aclarar que la interpretación de las Escrituras es una tarea permanentemente inconclusa y que la Palabra de Dios exige una constante revisión de conceptos y de vida en función a un sometimiento pleno de éstos a la verdad revelada. Cuando falta esa revisión, hay el riesgo que con el transcurso del tiempo las enseñanzas de la Iglesia se vayan cristalizando hasta formar una tradición que desplace la tradición autoritativa de ka Biblia.

 En su participación el doctor Padilla estaba bosquejando lo que más tarde llamó la  espiral hermenéutica,  en la cual la Palabra ilumina la vida pero también la vida y sus nuevas situaciones ensanchan el entendimiento de la Palabra, y así sucesiva y alternadamente se nos abren nuevos horizontes de comprensión .

Dado que originalmente la revelación progresiva de Dios aconteció en un contexto temporal, geográfico, histórico, económico y cultural específico, luego también la lectura hoy de esa Revelación nos demanda no  desencarnarla  sino que nos reta a comprenderla desde nuestra particular situación histórica.

Apenas bordeamos el tema de la hermenéutica y su inclusión en la agenda rumbo a CLADE V. En nuestro siguiente artículo continuaremos con este asunto.

Autores: Carlos Martínez García

©Protestante Digital 2011


Ruth Padilla Deborst

Ni siquiera fue sencillo para ellas y ellos, para quienes convivieron con él por tres años. Sí; caminaron por esos polvosos caminos. Sí; oyeron sus relatos mediante los cuales, con elementos de la vida diaria, reveló verdades profundas sobre Dios, sobre la humanidad, sobre el propósito de la vida. Sí; le vieron dar vista a los ciegos, re-establecer a leprosos en la comunidad, afirmar la dignidad de las mujeres, legitimar el valor de los niños, confrontar a quienes en su religiosidad excluían a otras personas. Pero aun con todo ello, no les fue fácil seguirlo. Es que un seguimiento pleno les exigía más que el abandono temporal de asuntos margi­nales en su vida, más que superponer conceptos, prácticas y tradiciones nuevas a lo ya conocido. Quien seguía a este «maestro don-nadie» arriesgaba su reputación en la comunidad, se tornaba objeto de sospecha por parte de los poderes religiosos y políticos del día, y quedaba marcado de por vida como sectario inconformista. Extraña podría resultar la afirmación de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», especialmente cuando –como atestiguan los relatos del primer siglo– confe­sar a Jesús –y no al César– como Señor absoluto, ¡no sólo era mala estrategia para hacer carrera en el imperio romano sino que también podría implicar perder la vida! Nada tuvo de sencillo el discipulado en aquellos días.

Hoy el imperio es otro, las religiosidades excluyentes tienen otras caras, los intocables sufren otras ignominias, las cruces y los leones han sido reemplazados por otras formas de escarmiento y tortura. Aunque la naturaleza radical, integral y arriesgada del seguimiento de Jesús no ha variado, a quienes procuramos se­guirlo nos toca hoy preguntarnos cómo hacerlo en éste, nuestro contexto actual. ¿Qué implicará confesar su Señorío en medio de las imperantes tiranías políticas, económicas y aún religiosas y espirituales? ¿Qué posturas asumirán quienes se reconocen seguidoras y seguidores del Siervo sufriente que suplicó gracia para sus torturadores pero no cejó en su lucha por la justicia? ¿Cómo afirmar que el suyo es Reino de Vida cuando la violencia y la muerte parecen llevar las de ganar en nuestras calles y hogares? ¿Qué acciones caracterizarán a una co­munidad que no tolera estructuras, políticas o actitudes que explotan, excluyen, denigran o privan de oportunidad y de vida plena a minorías o mayorías?

La Fraternidad Teológica Latino-americana (FTL) no ha temido encarar pregun­tas como éstas en sus cuatro décadas de vida como movimiento. En núcleos loca­les, consultas regionales y continentales, en publicaciones, en iglesias, agencias y comunidades, así como en los históricos CLADE (Congresos Latinoamericanos de Evangelización), mujeres y hombres de diversas denominaciones y trasfondos han luchado por establecer puentes entre la enseñanza bíblica sobre la identidad y el llamado del pueblo de Dios y las realidades de su contexto histórico.Esta reflexión no se ha visto como un ejercicio meramente intelectual o académico sino como una labor necesaria e íntimamente vinculada con la identidad y praxis de la iglesia en el mundo.

A las comunidades de fe a lo largo y a lo ancho de América Latina, el Caribe, y el mundo, CLADE V se presenta como una nueva oportunidad de encuentro y diálogo, de revisión crítica, confesión y proyección creativa. Como decía Samuel Escobar en los inicios de la FTL:

La toma de conciencia teológica que se dio en Bogotá… consistió primero en comprobar que una comunidad evangélica dinámica y que crecía rápidamente iba llegando a cierta mayoría de edad sin identidad ni expresión teológica. Se comprobó también que la toma de conciencia res­pecto a una crisis en el continente encontraba a los evangélicos sin respues­ta ni alternativas serias frente al pensamiento que empezaba a forjarse en el ámbito ecuménico. Se percibió finalmente que la dominación misionera que explicaba en parte la falta de expresión teológica, intentaba polarizar desde fuera a la comunidad evangélica latino­americana (Escobar: Boletín 59-60).

Los tres ejes centrales, expresados en el lema son:

1. Sigamos a Jesús, por­que como iglesia de Jesucristo necesitamos aprender a seguirle, a encarnar con compromiso un discipulado integral en esta era donde se ha globalizado la sed del consumo y aprisionado la imaginación de pueblos enteros;

2. En su Reino de Vida, porque el Reino de Dios es reino de vida, aun en un contexto latinoameri­cano y caribeño tan plagado por múltiples expresiones de privación y muerte; y

3. ¡Guíanos, Santo Espíritu! porque el nuestro es un ruego, un clamor, una con­fesión en un medio en el cual demasiados evangélicos se sienten triunfalistas por el crecimiento numérico, y el acceso al poder anestesia a muchos a las demandas radicales del evangelio.

Aunque el encuentro de CLADE V tendrá lugar del 9 al 13 de julio del 2012, en San José, Costa Rica, CLADE V, más que un evento, es un proceso que consta de tres momentos entrelazados:

 

1. Proceso de participación CLADE V (septiembre 2011-junio 2012)

En el sitio http://www.clade5.org y a disposición de miembros de la FTL y grupos inte­resados está el Cuaderno de Participación, con preguntas para reflexión comunitaria. (A partir de noviembre, también estará en formato impreso publicado por Ediciones Kairós.) Quienes quieran pueden también participar de Foros de Reflexión ordenados temática­mente.

 

2. Encuentro CLADE V (9-13 julio, 2012).

Obviamente, los cupos en San José son limitados, pero también se llevarán a cabo encuentros paralelos en diversas ciuda­des de América Latina y el Caribe.

 

3. Proceso de transformación CLADE V (de agosto 2012 en adelante)

La re­flexión generada durante las etapas 1 y 2 seguirá volcándose mediante publicacio­nes, consultas y encuentros locales de todo tipo en búsqueda de una presencia fiel como testigos del Reino de Dios en nuestro medio.

Los desafíos para esta época están planteados. Tenemos una rica herencia; la FTL ha impactado dentro y fuera del continente con su misionología integral, su hermenéutica contextual, su resistencia a ser forzada a calzar categorías exóge­nas, su apuesta a la unidad y al encuentro dialogal.

Pero el panorama social, político, económico de América Latina y el Cari­be no deja de ser lúgubre. Si usted es joven entre 17-25 años de edad, es 70 veces más probable que pueda morir asesinado que si viviera en Europa. La desigualdad so­cial, la corrupción y la desesperanza parecen haberse instalado inamoviblemente. Mientras tanto, millones de nuestros pueblos se someten a extremas penurias y estatus de «no personas» al emigrar a otras latitudes. En este contexto, el Evan­gelio de nuestro Señor Jesucristo, ¿es verdaderamente tal? Es decir, la revelación de Dios mediante su Espíritu, ¿realmente constituye buena noticia para nuestros pueblos disgregados, nuestros jóvenes desesperanzados, nuestras niñas abusadas?

Acompañémonos en el nada sencillo camino del seguimiento de Jesús, ro­gando la dirección del Espíritu Santo, para que sí demos señales de su Reino de Vida aquí y ahora y nos unamos de tal modo a la multitud de mártires, hombres y mujeres que a través de los siglos han dado testimonio viviente de que Dios es Dios de Vida y su Reino es Reino de Justicia. Hasta que Jesús regrese y Dios com­plete su buena creación.

http://www.kairos.org.ar


Juan Simarro Fernández

Retazos del evangelio a los pobres (XLVIII)

¡Renuncia, ponte bajo autoridad!
“Hágase tu voluntad, así en el cielo como en la tierra”. Texto completo en Mateo 6:9-15.

“Hágase tu voluntad, así en el cielo como en la tierra” , es la tercera petición de la oración de Jesús para enseñarnos a orar.  Cuánto falta, Señor, para que esta petición de tu oración modelo se cumpla en la tierra, para que, en el cumplimiento de esta tercera petición del Padre nuestro, el cielo y la tierra se abracen besándose la justicia y la paz, no sólo en el cielo, sino en medio de los focos de conflicto de la tierra, en medio de tanta pobreza y exclusión social. Yo creo que los cristianos no siempre trabajamos como debemos para que tu voluntad, la voluntad que se cumple en el cielo, se cumpla también en la tierra. Mucho hay que trabajar en la línea del Evangelio a los pobres, para que esta petición se encaje en el “ya” del reino. Úsanos, Señor.

 No debemos pensar en el cumplimiento de la voluntad de Dios para el más allá, sino que la petición nos baja el cielo a la tierra , en nuestro aquí y nuestro ahora, los funde dentro del objetivo de establecer la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra.

 En toda esta petición hay un trasfondo importante: el de la renuncia a imponer mi voluntad para que se pueda cumplir la voluntad de Dios … la voluntad de Dios para con los pobres. No somos nosotros los quijotes ni los héroes humanos que vamos a arreglar el mundo, que vamos a imponer nuestra voluntad férrea. El hacer esta petición es un acto de humildad y de reconocimiento de la soberanía del Señor y de que la justicia en el mundo, la eliminación de la opresión o el Evangelio a los pobres, no se impone sólo con nuestras fuerzas humanas.

Es el proyecto de Dios al que nosotros nos unimos renunciando a mucho, a muchos objetivos humanos que nuestra voluntad quisiera conseguir. Todo lo que somos y lo que tenemos, lo ponemos a disposición de Dios y de los necesitados de la tierra, de los sufrientes del mundo. Si no, ¿dónde está el cumplimiento del concepto de projimidad tan fuerte que nos dejó Jesús?

 “Hágase tu voluntad” , es una petición que implica renuncia. Y en esta renuncia hay mucho a favor de los otros, de solidaridad humana, de projimidad, de no buscar nuestra propia relevancia, de valores del Evangelio a los pobres.  El  “hágase tu voluntad”  implica decir: Señor, úsame y usa todos los medios que tengo a mi alcance, todos mis bienes y todas mis capacidades. No yo, sino tú. El prójimo como yo mismo. Nos convertimos, así, en personas con una voluntad al servicio del Señor. Es un poco el acercarnos a la expresión del Apóstol Pablo:  “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” . No hay mayor forma de aceptar la voluntad de Dios en nuestras vidas y en el mundo.

Ante esta petición, nuestros intereses humanos pasan a un último lugar como ocurre con el concepto del Evangelio a los pobres: Lo primero, lo último. Es el trastoque de valores del Evangelio. Nuestros intereses pasan a ser los intereses de todos nuestros hermanos, los intereses de todos los hijos de Dios. Aceptar la voluntad de Dios significa que se dé prioridad a los planes de Dios, no a los nuestros… y la voluntad de Dios es que el hombre viva con dignidad, el que nos paremos en medio del camino para tender una mano al herido, al despojado, al apaleado y dejado en la exclusión en los márgenes de nuestra historia persona, de la historia personal y única de tantos pobres y hambrientos del mundo. El que acepta la voluntad de Dios, se ve convertido en un vocero del Creador, en un denunciador de la injusticia, en un redentor del hombre en nuestro aquí y nuestro ahora. Lo hacemos por ti, Señor… con él y en él.

Aceptar y orar esta petición, es ponerse bajo autoridad. Es su voluntad la que se ha de cumplir y dejamos que Él nos use… aunque muchas veces no sepamos dónde vamos, aunque el camino nos parezca estrecho y los que están instalados en los valores del mundo se rían de nosotros y piensen que hemos perdido el juicio… Hemos perdido el juicio por amor. Hemos perdido el juicio humano a favor de que se cumpla la voluntad divina: Que el amor al prójimo sea semejante al amor a Dios.

 Cumplir estas peticiones en la línea del Evangelio a los pobres, puede costar dolor. Es posible que haya momentos en el camino en el que sintamos deseos de rebelarnos, de vivir a favor de la corriente del mundo, de conformarnos a este siglo.  Es posible que, a veces, pienses que no vas a poder. Te puedes acordar de los ajos y de las cebollas de Egipto, como le ocurrió a su pueblo. Es posible que, en ocasiones, tengamos que llorar al dejar cosas del mundo que nos gustan. Al final del camino, experimentarás la felicidad del dar, de la entrega, de ver a alguien rescatado del despojo y con sus heridas curadas.

Porque si no estás dispuesto a servir, ni a dejar comodidades… ni a nada en esta línea del Evangelio a los pobres; si no estas dispuesto a dejar a Dios que te use, es mejor que no hagas esta oración. Como hemos dicho, búscate tus propios ídolos o dioses. Inclínate ante el oro del mundo. Quizás encuentres algún disfrute pasajero, aunque el final sea de muerte.

 Jesús sigue siendo el modelo para esta tercera petición del Padre nuestro.  Ante su muerte deseaba que pasara de Él ese trago tan doloroso… pero necesitaba ser experto en sufrimiento. Al final tuvo que decir:  “Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” . Así, hacer esta petición de que en el mundo se haga su voluntad, es alinearse con Jesús, con el experimentado en quebranto, para que el Padre pueda cumplir su voluntad y renunciemos a la imposición de la nuestra.

 Señor, ayúdanos decir “hágase tu voluntad como en el cielo así también en la tierra”.  Que tu voluntad celeste impregne este mundo. Y a nosotros, no nos des ningún disfrute cuando nuestra voluntad quiera imponerse de espaldas a la tuya. Concédenos esto, Señor.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2011


Osías Segura
No hay nada que haga más daño a nuestro liderazgo cristiano que vivir bajo un “falso yo.” Esto se muestra en como nuestros pastores hoy experimentan una enorme presión por ser líderes de éxito. Este “éxito” significa tener grandes iglesias, lucir prósperos y con mucha salud, una familia ejemplar, hacer milagros, tener facilidad de palabra, y una personalidad espiritual perfecta. No es de sorprenderse que los superapóstoles, y falsos profetas vivan bajo estos principios. Lo interesante es que esas definiciones de éxito vienen del mundo de los negocios; pues en las Escrituras somos llamados a ser fieles, no a ser exitosos. ¡Nuestra fidelidad a Dios es un llamado a la integridad de nuestro ser! Es el Espíritu quien edifica la iglesia no nuestras habilidades empresariales—aunque estas herramientas proveen ayuda al liderazgo cristiano. En otras palabras, a nuestros pastores se les presiona que se vistan de la armadura del éxito; pero dentro de esta armadura hay un niño quebrantado que clama por ayuda, mientras se hunde en sus heridas—su “falso yo.” Detrás del prometer prosperidad, lucir prospero y casi perfecto, entre otras cualidades ya mencionadas, existe un individuo queriendo llenar un vacío espiritual.
Thomas Merton, Henri Nouwen, y Anselmo Grün nos hablaban de una polaridad espiritual: el “falso yo” vis-a-vis el “verdadero yo.” Ellos nos recuerdan que fuimos creados a la imagen de Dios, y esta imagen es el “verdadero yo.” Los humanos tenemos desde la concepción esa chispa divina, cual es nuestra identidad con Dios. Sin embargo, el pecado original nos invadió manchando nuestra identidad original, creando una falsa en nosotros (i.e., falso yo). De esta manera es como el pecado nos confunde y se nos hace difícil encontrar nuestro camino hacia Dios. Estamos alienados de nosotros mismos, y queriendo hacer lo bueno terminamos haciendo lo malo. La única manera de salir adelante de esta confusión espiritual, en la que el pecado nos ha sumergido, es desenmascarando el “falso yo.” Es decir, encarando nuestras heridas, temores, miedos, problemas, y debilidades; así es como empezamos a vencer el “falso yo.”

Este desenmascaramiento es todo un proceso de toda la vida, y no se puede alcanzar en un retiro espiritual, o en una imposición de manos apostólica. ¡Crecimiento espiritualidad en una pastilla no existe! Solamente el trabajo constante del Espíritu Santo en nosotros y con nosotros es la solución. Ahora, nuestra edificada comunidad de creyentes, directores espirituales, y aun terapia sicológica resultan fuentes importantes y complementarias para orientarnos hacia Cristo el autor de nuestra fe. Así que descubrir nuestro “verdadero yo” lleva tiempo, y solo se puede hacer bajo la dirección del Espíritu desde la conversión.

Nuestro “verdadero yo” es la suma de nuestra razón, emociones, deseos, valores, pasiones; o bien podríamos resumirlas como la voluntad o el corazón humano en Cristo. Lo que el pecado hace en nosotros es quebrantarnos, dividiendo nuestro ser en digamos múltiples archivos. Entre más dividido este nuestro ser, más confundidos nos vamos a encontrar, y más difícil es actuar como hijos o hijas de Dios. Pues en algunas áreas de nuestra vida con alguna facilidad se las sometemos al Espíritu, pero otras áreas las seguimos controlando nosotros. ¡Es como si sirviéramos a dos señores! Por otro lado, lo que la santidad (i.e., el trabajo del Espíritu en nosotros) hace es integrar nuestro ser en un solo ser, en un “verdadero yo.” Dios desea que sometamos nuestro ser completo a Su voluntad. Esa integración, sin embargo, conlleva el encarar nuestras heridas, pasiones, y deseos.
Desenmascarar ese “falso yo” implica el encarar esas heridas, pasiones, deseos, y debilidades que bajo la dirección del pecado hemos utilizado mal contra nosotros mismos, contra otros, y las instituciones sociales han impactado contra nosotros. Es más simple esconder, o ignorar esas heridas que encararlas; y encararlas requiere de coraje. Sin embargo, cuando empezamos a caminar en Cristo, cuando el Espíritu nos apunta a no ignorar nuestra condición dividida y rota. Debemos vencer esa negación de ignorar nuestras heridas; pues entre más profundas esas heridas, más fuerte nuestra negación hacia ellas. Algunos buscan esconder o ignorar sus heridas por medio de sedativos espirituales o vistiendo una armadura: como el enfocarnos en el éxito, prosperar en las finanzas por medio del trueque con Dios, buscar crecer espiritualmente con retiros espirituales que prometen rápidos resultados, o la imposición mágica de manos de falsos ungidos que prometen limpieza espiritual.
En cambio,    para encarar nuestro “falso yo” debemos reconocer nuestra impotencia para transformarlo con nuestras propias fuerzas, y estar deseosos de participar en una manera activo-pasiva con el Espíritu en su trabajo de transformación en nosotros. El “falso yo” ignora las heridas, y fragmenta nuestro ser, alimentando cada vez más y más el pecado en nosotros.
Para Nouwen, Merton, y Grün hay que encarar nuestro “falso yo” por medio de un acercamiento al dolor que han causado nuestras heridas, temores y pasiones. Esto implica sufrir, pero sabemos que en medio de ese sufrimiento Dios está activo en nuestra sanidad. Es necesario llamar a las heridas por su nombre, y hacernos amigos de ellas para encontrar la sanidad. La clave está en llegar al punto de hacernos dueños de ese dolor, y no ver las heridas como algo extraño. Pues el ignorar el dolor es permitir que nos sigamos haciendo daño, y el hacer daño a otros.
Anselmo Grün bien lo ilustra diciendo:

Muchas veces huimos de nosotros mismos, nos da pánico mirarnos al interior por miedo de ver allí un peligroso perro [i.e., pasiones, heridas, temores, deseos]. Pero cuanto más encadenemos los perros tanto más furiosos se vuelven. Se trata, por tanto, de armarse de valor y penetrar en la torre allí, en paz, dialogar confiadamente con ellos. Pronto nos descubrirán el secreto del tesoro que guardan. Ese tesoro puede ser un nuevo impulso de vida, un nuevo estilo de autenticidad personal, la nueva manera de ser yo mismo hasta completar la imagen que Dios se ha formado en mí.[1]

Entonces tenemos que encarar nuestro “falso yo” nos llevaría a sufrir pues tendríamos que abrazar aquellas heridas, temores, y pasiones de las que hemos huido, o escondido por vergüenza, por mucho tiempo. Al abrazar esas heridas de la vida, con la ayuda del Espíritu, inicia una sanidad y el sufrimiento se torna más manejable. La sanidad es presente como futura (i.e., escatológica). No se trata de quedarnos atrapados en el dolor, pues no debe ser un estadio permanente. De pronto nos damos cuenta que nuestro dolor es el dolor de muchos en el mundo, y al empezar a acercarnos y descubrir nuestro “verdadero yo” nos convertimos en lo que Nouwen llama sanadores heridos. Esta es una manera de vivir nuestra salvación en Cristo: experimentando y compartiendo el shalom de Dios. Así es como comprendemos el sufrimiento en el mundo, y en el mismo Cristo, pues experimentamos dolor en nosotros mismos; pero después de la muerte viene la resurrección como nuevas criaturas en Cristo. Solo así, como nuevas criaturas en Cristo bajo un “verdadero yo”, es cómo podemos ministrar a un mundo quebrantado y en dolor. Necesitamos de nuestras heridas, y estas convirtiéndose en cicatrices para participar de un ministerio autentico de sanidad en Cristo.
Para concluir retomemos lo anteriormente dicho. El mundo ha imprimido su identidad en nosotros; una identidad quebrantada por el pecado y sus consecuencias. Esa identidad quebrantada no nos permite disfrutar de la presencia de Dios en nosotros, pues unas áreas de la vida están bajo Cristo, y otras no. Allí es cuando debemos tener el coraje para enfrentar nuestras heridas y temores, en el poder del Espíritu. Al abrazar esos temores y heridas enfrentamos nuestros sufrimientos, y el proceso de sanidad inicia. No podemos hacer ministerio efectivo con una armadura sobre nosotros. Debemos ser íntegros, y desenmascarar nuestro ser. Es por medio de nuestra experiencia del enfrentar nuestro “falso yo”; y nuestra vulnerabilidad al compartir las cicatrices, como otros empiezan a encontrar a Cristo por medio de nuestro ejemplo. Nuestro quebrantamiento (i.e., heridas, etc.) no tiene nunca la última palabra en nosotros, sino la integración de nuestro ser, el “verdadero yo.” Así es como en Cristo descubrimos nuestra verdadera naturaleza, el “verdadero yo.” ¡Esta es la manera como somos fieles a Dios, siendo íntegros en nuestro ser!
[1] (Grun y Dufner, 2005, 63)
El Dr. Osías Segura es un misionólogo costarricense. Osías, después de cinco años de enseñanza en el Seminario ESEPA en Costa Rica, se trasladó a California; hoy está radicado en Pasadena donde es profesor asociado, en inglés y español, del Seminario Teológico Fuller

What Good Thing Must I Do?

Publicado: noviembre 29, 2011 en 3DM Discipulado, Teología

by Ben Sternke

Post image for What Good Thing Must I Do? Matthew 19:26-30 tells the story of a wealthy young man who approached Jesus with a question: “What good thing must I do to get eternal life?” This was not a question about how to go to heaven when he died, it was about how to enter into an ‘eternal kind of life’ here and now. A qualitative experience rather than a quantitative commodity. He had a sense that Jesus had something he was missing, and he wanted to get it.

We often think the young man was misguided to think he could do a “good thing” and get eternal life. Isn’t it “by grace, not works,” after all? But, perhaps surprisingly to us, Jesus answered him fairly straightforwardly: “If you want to enter life, keep the commandments.”

“All these I have kept,” the man replied. “What do I still lack?”

Jesus answered, “If you want to be perfect, go, sell your possessions and give to the poor, and you will have treasure in heaven. Then come, follow me.”

When the young man heard this, he went away sad, because he had great wealth.

It’s interesting to me that Jesus didn’t try to correct his assumption that there was a “good thing” he needed to do to get eternal life. He didn’t say anything like what evangelicals would expect: “Accept me into your heart,” or “Admit you’re a sinner and you need a savior,” or “Say this prayer and your sins will be forgiven.”

No, Jesus simply tells him the “good thing” he needs to do if he really wants to really start living: Sell your possessions and follow me. The “good thing” this young man needed to do was follow Jesus, but his possessions were holding him back. The young man’s wealth was his master, and so to begin following Jesus as his new master, he had to get rid of the old one. “Ditch the wealth and follow me,” Jesus said, “and I’ll teach you how to live abundantly in God’s kingdom.” Best. Internship Opportunity. Ever.

Sadly, the young man turned Jesus down, but don’t miss the fact that, in the end, Jesus did tell him what “good thing” he had to do to start living life in God’s kingdom. It’s the same “good thing” all of us must do: follow Jesus as a disciple. There is simply no other way to “get eternal life.”

How do we do this? The same way Jesus tells people to do it in the Gospels. We have to:

  1. Die.Give up my quest to get what I want. This is what the cross means: the end of my old life. “Whoever does not carry their cross cannot follow me” (Luke 14:27).
  2. Prioritize discipleship.Following Jesus must become the most important pursuit of my life. “If anyone comes to me and does not hate father and mother, wife and children, brothers and sisters—yes, even their own life—such a person cannot be my disciple” (Luke 14:26).
  3. Put his teaching into practice. I must actually do what Jesus said, not just agree with him. “Why do you call me, ‘Lord, Lord’ and do not do what I say?” (Luke 6:46).

That’s the “good thing” we do that leads to eternal life. And while the cost can seem steep, the payoff is immeasurably greater. Simply put: discipleship to Jesus is the best opportunity you’ll ever get as a human being. And it’s definitely a “good thing” that you do.

 

 

La Aparición de la Gracia de Dios

Publicado: noviembre 28, 2011 en Teología

Por Gerardo A. Alfaro|Columnista Invitado de Christian Post

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Salimos de Noviembre, mes de acción de gracias a Dios y entramos a Diciembre, mes en el que celebramos la mayor manifestación de la gracia de Dios. Ninguna otra gracia se compara con la gracia que se muestra en la venida del Señor Jesús. Tan grande es esta gracia que la Escritura habla de la aparición de la gracia de Dios, como si todas las otras manifestaciones de la gracia divina fueran insignificantes cuando se comparan con esta

O quizá la razón sea que como el famoso teólogo alemán Wolfhart Pannenberg escribió hace varios años en su Introducción a la Teología Sistemática, la misma existencia del universo encuentra justificación teológica en la existencia del Hijo de Dios. Que Dios sea un Dios que se deleita en darse a otro es algo que aprendemos desde la misma doctrina de la Trinidad. Le es propio a Dios el darse y reflejarse en el otro. Ese otro es principalmente el Hijo, y a través del Hijo, el universo. Todas las gracias con las que el universo está saturado provienen de Dios a través del Hijo.

La carta del apóstol Pablo a Tito en el capítulo 3:1-8 nos menciona tres de las gracias o regalos que vienen subsumidas en “la Gracia” de Dios.

El Primer regalo: Nos recuerda…

La aparición de la Gracia de Dios en Cristo nos recuerda que debemos dejar de ser quienes éramos y convertirnos en hijos obedientes y amables (3:1-3).

El pasaje comienza con un “recuérdales.” Los creyentes debemos recordar algo. Ese algo es un tipo de conducta que debe abandonarse y otro que debe seguirse. La lógica del pasaje se encuentra en que los creyentes son llamados a dejar de hacer algo y hacer en su lugar otra cosa en virtud de que la Gracia de Dios ha aparecido.

Existen 10 cosas que debemos recordar para abandonar y que describen lo que éramos en otro tiempo. Éramos (note el plural, todos incluso a Pablo) difamadores, pendencieros, insensatos, rebeldes, extraviados (con la idea de ser engañados), esclavos de pasiones, llenos de malicia, envidia, éramos aborrecibles, y nos aborrecíamos mutuamente! Qué lista!! Y algunos se atreven a decir que el hombre es bueno en su anterior! Las Escrituras son de otra opinión.

En su lugar estos tres versos nos invitan también a tres cosas. Debemos ser obedientes, estar dispuestos a hacer el bien, y debemos ser mansos. No son muchas cosas, pero son virtudes centrales que la aparición de Jesús nos recuerda a imitar. Gran parte de los vicios a abandonar serían fácilmente superados si estuviéramos dispuestos a recordar la necesidad de obedecer, hacer el bien y ser humildes, todas ellas virtudes claramente demostradas en la encarnación de la gracia de Dios. El bebé del pesebre nos recuerda cuanta importancia tiene para Dios la obediencia, la humildad, y la disponibilidad para hacer el bien.

Por supuesto, dejar aquello y hacer esto no es algo que los hombres pudieran hacer por sí mismos. La gracia de Dios debería darnos otro regalo para que tal cambio sucediera…

El Segundo Regalo: Nos salva…

De acuerdo con el pasaje la aparición de la Gracia de Dios en Jesucristo ha hecho otra cosa. También nos ha salvado, lavándonos y regenerándonos por el Espíritu Santo (3:4-6). Al llegar a este punto debemos preguntarnos ¿qué es esta gracia? La carta ocupa tres palabras relacionadas para hablar de la gracia. En el capítulo 2:11 se habla de la gracia (χάρις) de Dios. Aquí en el capítulo 3 se habla de la bondad ( χρηστότης) y de la filantropía (φιλανθρωπία) de Dios. Recibir gracia es recibir un favor que no merezco, pero que además no puedo alcanzar por mí mismo. No se nos debería olvidar que eso es exactamente lo que sucede con la venida de Jesús. La bondad de Dios aparece en medio de nosotros los malos. Esto que aparece no soló es bondad no merecida, es también inalcanzable. Si Dios no baja, nosotros no podríamos subir!! Se evidencia así al mayor filántropo de la historia: Dios.

Pero, además, ¿a qúe gracia de Dios en particular se refiere este pasaje? No hay duda. No se trata de tantos otros favores, sino de uno en particular. El aspecto verbal ocupado (aoristo) tanto en el verbo “se manifestó” (4) como en el “nos salvó” (5) apuntan a una acción que sucedió una vez en definitiva. Esta ocasión no es otra sino la aparición de Jesús nuestro Salvador (6). La aparición y venida de Jesús es la gracia de Dios en la cual encontramos salvación y liberación de todos aquellos vicios mencionados arriba.

¿Cómo? Dios dice aquí que no nos ha salvado debido a nuestras buenas y justas obras (¿cuáles?). Dice también que en su lugar nos salvó porque derramó en nosotros el Espíritu Santo quien nos ha lavado (λουτροῦ), nos ha recreado (παλινγενεσίας) y nos hecho de nuevo (ἀνακαινώσεως)!

¡Qué bendición es esta que todo este paquetazo nos viene dado a través de (διὰ) Jesús, y nos ha venido abundantemente!. El Espíritu Santo con todas sus bendiciones no sólo es enviado por Jesús como puede aprenderse en otros pasajes del Nuevo Testamento, sino que, de acuerdo al presente pasaje, es “a través” de Jesús que el Espíritu y su obra de salvación llega. Es en el niño de Belén que el Espíritu se encuentra y él se lo da a todos aquellos que se encuentran en él.

Tercer Regalo: Nos asegura…

Finalmente, la aparición de la Gracia de Dios en Jesús nos asegura su justificación y la vida eterna (3:7-8).

La venida del Hijo de Dios en la carne es la forma más efectiva de asegurarnos que Dios está comprometido con nuestra salvación. No parece haber límites para esta gracia, pues incluso aquello que nos suena imposible, que Dios se haya hecho a sí mismo humano, se ha hecho. Qué seguridad más grande es esta, si Dios es con nosotros (Emmanuel), entonces, ¿quién contra nosotros? (Ro. 8).

En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de ese “dulce intercambio” que sucede entre Jesús y los hombres. Su justicia por nuestra injusticia. El toma lo nuestro y nos da lo suyo. Es que Dios y su Hijo nos han hecho parte de su justicia para que vivamos con el justo. Todos aquellos que creen en el niño de Belén que es el hombre de la cruz se les cuenta por justicia…

En el pasaje de Tito, simplemente se afirma que el hecho de que Jesús nos haya salvado, nos asegura nuestra justificación. Es decir, esa condición de estar libre de culpa delante de un juez, de Dios el juez, esa condición de poder vivir con conciencia tranquila, en la confianza de que en el futuro no habrá juicio sino vida eterna. Es esa misma condición la que nos lanza a una vida ocupada en buenas obras… porque le creemos a Dios (8).

Pablo le dice a Tito que insista en esto porque esta palabra es fiel (8). Es decir, se trata de una palabra verdadera, confiable, firme. Debe por lo mismo repetirse con firmeza pues es bueno y útil para los seres humanos.

Al final

Al terminar estas palabras la sensación de haber sido bendecidos con tantas cosas es abrumadora. Recibir la gracia de Dios en Jesús, es recibir un racimo de tantas otras bendiciones. Esa misma gracia de Dios, que es Jesús, nos recuerda a vivir obedientemente. También nos salva, lavándonos y recreándonos. Finalmente nos asegura para vivir ocupados en buenas obras de cara a la vida eterna. ¡No podemos pedir más!

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Jesús y las riquezas

Publicado: noviembre 28, 2011 en Teología

JUAN STAM

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Jesús y las riquezas[1]

A diferencia del Antiguo Testamento, que a menudo interpreta la riqueza como bendición de Dios (Gén 12:2; 13:2), no aparece entre las bienaventuranzas de Jesús ninguna que dijera, «benditos ustedes los ricos». Eso se debe en gran parte al sistema económico tan distinto en los dos casos. Por mucho de la historia de Israel la riqueza consistía en ganado, oro y plata, y ropa fina. Las compras y ventas eran por trueque o por determinado peso de oro o plata, pues no existían las monedas. Por eso, la brecha entre ricos y pobres era mucho menos y era más lógico ver las riquezas como bendición de Dios. En cambio, el imperio romano del siglo I se basaba en la esclavitud masiva y el comercio nacional e internacional, con una brecha inmensa entre ricos y pobres. Entonces ser «rico» era muy otra cosa.

 

Jesús nunca declara benditos a los  ricos sino advierte una y otra vez contra los peligros y tentaciones de la riqueza. En vez de decir «Bienaventurados los ricos» Jesús dijo lo contrario: «Bienaventurados ustedes los pobres» y «Ay de ustedes los ricos» (Lc 6:20,24). Mateo lo amplía con «pobres en espíritu» (frase de sentido muy discutido) y Lucas lo amplía con el contraste entre pobres (bienaventurados) y ricos (ay de ellos).[2] Es imposible entender ese lenguaje de Lucas en sentido abstracto o espiritual; en Mateo, «pobres» y «pequeñuelos» (Mat 11:25) describen también un grupo socio-económico de la sociedad.[3] Claro, tampoco debe interpretarse como una beatificación de la pobreza ni mucho menos como una justificación de la desigualdad económica, ayer y hoy. Es más bien un llamado a identificarnos con los pobres porque el reino de Dios está al lado de ellos.[4]

En el mensaje de Jesús sobre las riquezas predomina un fuerte énfasis en los peligros de poseerlas. Cristo condena tanto el afán por las riquezas como la confianza en ellas. En la parábola del sembrador, sobre la semilla que cayó entre espinos, dice que «las preocupaciones de esta vida y el engaño de las riquezas la ahogan» (Mt 13:22; Mr 4:19; Luc 8:14 agrega «los placeres de esta vida»). Según otra traducción, «los negocios de esta vida les preocupan demasiado y el amor por las riquezas los engaña, y quisieran poseer todas las cosas» (Mr 4:19 DHH). Las riquezas seducen con su promesa de felicidad y bienestar, pero todo es engaño y al final no satisfacen. De hecho, estos son temas muy presentes en las escrituras hebreas (Dt 8:11-17; Ecl 5:10; Sal 49:6; 52.7). Las riquezas amenazan con dar una falsa seguridad que les hace a los ricos creer que ellas bastan y que no necesitan a Dios ni el mensaje del evangelio.

 

El sermón de la montaña: Un largo pasaje del Sermón de la Montaña se dedica también al tema de las riquezas (Mt 6:19-34). El argumento se estructura alrededor de cinco imperativos:

(1) no acumular tesoros en la tierra sino en el cielo v.19;

(2) no afanarnos por comida, bebida y ropa (las aves) v.25;

¿Por qué se afanan ustedes? v.28

(3) no afanarnos por comida, bebida y ropa (las flores) v.31;

(4) no afanarnos por el mañana v.34 sino

(5) buscar primero el reino de Dios v.33.

Todo el pasaje está cruzado por fuertes contrastes: tesoros en tierra/tesoros en cielo; perecederos/imperecederos; ojo bueno/ojo malo; Dios/Mamón; el afán/el cuidado del Padre; el Reino/añadidura; el mañana/el hoy.

El pasaje comienza mandando a los fieles «no atesorar tesoros» (thesaurizete thêsaurous, acusativo cognadoen la tierra, que son «depósitos» muy inseguros y perecederos (Mt 6:19: polilla, óxido, ladrones; cf. Lc 12:33). Pero en los mismos términos Jesús manda «atesorar tesoros» en el cielo (nada de polilla, óxido, ladrones). Lucas nos explica como hacer esta transferencia de valores: vender nuestras posesiones y dar a los pobres (12:33-34; cf 12:21).[5] Era común en el pensamiento judío pensar que tales obras transfieren el tesoro al cielo; según Peah 1.1 del Mishná, «el capital se deposita así en el mundo venidero» (Ellison, New Testament Commentary 1969, p.148).

Es probable que lo dicho sobre el «ojo bueno» (Mat 6:22 ofthalmos haplous) y el «ojo maligno» (ofthalmos ponêros) tiene que ver con el mismo tema de las riquezas. El  campo semántico del adjetivohaplous incluye el concepto de sencillo (no dividido; 2Cor 11:3; Ef 6:5; Col 3:22 y Septuaginta), sincero, íntegro pero también puede significar generoso. El sustantivo correspondiente significa «generosidad» en textos como Rom 12:8; 2Cor 8:2; 9:11,12, y el adverbio significa «generosamente» en Stg 1:5. Con esa polisemia, Mat 6:22-23 se relaciona como «generosidad» con los versículos anteriores, y como «integridad» (sin mezcla) con lo que sigue. Hemos de dar generosamente a los necesitados, para «atesorar tesoros» en el cielo, y hemos de adorar a Dios con un corazón puro e íntegro.

Siguiendo con el tema de las riquezas, Jesús nos presenta una disyuntiva radical: o servimos a Dios o servimos a Mamón (riquezas; 6:24). Esto puede entenderse como una relectura de la exigencia profética de Elías: o Baal o Yahvéh pero jamás ambos. Es muy significativo que siglos después, bajo una economía muy diferente pero no menos injusta, Jesús escogiera precisamente «Mamón» como el Baal de su tiempo. El verbo douleuein (servir) y el contexto implican que el apego a las riquezas es una esclavitud (Lc 16:13) y una idolatría (Ef 5:5; Col 3:5).  El término mamôna, que Mateo y Lucas reproducen del arameo original del discurso de Jesús, parece sugerir la idea de «aquello en que uno confía, a lo que uno se entrega» (Hauck, Beyreuther, de Dietrich).

Con 6:25 comienza el segundo tema del bloque textual, una extensa exhortación contra el afán por los bienes temporales (Mat 6:25-34). La primera mitad advierte contra la avaricia (6:19-24). y esta segunda mitad contra el afán (6:25-34). Algunos han sugerida que la avaricia y la acumulación son tentaciones especialmente para los ricos, y el afán y la ansiedad para los pobres, aunque todo el pasaje se aplica tanto a ricos como a pobres, cada cual a su manera. El mismo lenguaje en la parábola del sembrador coordina este afán con «el engaño de las riquezas» y «los placeres de esta vida» (Mt 13:22; Mr 4:19; Luc 8:14). De hecho, el afán de acumular más y más, como la esencia de la avaricia, es el probable objeto de estos versículos.

El pasaje da cinco razones para no afanarnos por las riquezas: (1) la vida es más que acumular riquezas (6:25); (2) Dios es fiel y proveerá, como provee por las aves y las flores (6:26-30); (3) la ansiedad por lo temporal revela una falta de fe (6:30,32); (4) de todos modos, nada logramos con afanarnos (6:27); (5) si buscamos primero el reino de Dios, lo demás será añadido (6:33). Ese reino es la inversión total del orden de riqueza y pobreza (Lc 1:52-53; 16:25). Conclusión: no tiene sentido ser afanosos si hemos puesto nuestras vidas en las manos del Señor.

La palabra griega para «afanarse» (merimnaô) es la misma que describe a Marta, hermana de María (Lc 10:40-41, «abrumada porque tenía mucho que hacer…inquieta y preocupada por muchas cosas»). De ninguna manera nos prohíbe prevenir responsablemente las necesidades presentes y futuras.  Nos exhorta a tener una fe responsable y centrada, sin poner el corazón en las riquezas (si somos ricos) ni desesperarnos con pánico (si somos pobres). Un bello ejemplo de este último caso es Tomás Chisholm, autor de «O tu fidelidad» (anexo).

El encuentros de Jesús con el joven rico: Esta historia se relata en cada uno de los evangelios sinópticos (Mat 19:16-27; Mr 10:17-31; Lc 18:18-30). Un hombre rico, una autoridad en su comunidad (Lc 18:18, arjôn), vino corriendo a Jesús y se postró ante él (10:17). Le preguntó con urgencia qué tiene que hacer para heredar la vida eterna, y Cristo le citó la segunda tabla de la ley, pero omitiendo la codicia del último mandamiento y agregando el gran mandamiento del amor (Mat 22:37-39). El rico contestó que ha cumplido todo eso, pero Jesús sabe que este rico ama más a sí mismo y a sus riquezas que a Dios y al prójimo. Por eso le mandó vender todo y dar a los pobres, pero ese precio del discipulado era demasiado alto y el joven se fue triste y derrotado.

Entonces Jesús explicó el caso y dijo, «¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reinado de Dios!», quizá para señalar lo difícil de que Dios comience a reinar en la vida de un rico. A eso añade una hipérbole tan simpática literariamente como triste moralmente, «Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». ¡Qué cómico pensar en alguien tratando de pasar un camello, con todo y joroba, por el ojo de una aguja! (Ese dicho, probablemente un proverbio conocido, no tenía nada que ver con una supuesta puerta pequeña llamada «ojo de la aguja», de cuya existencia no hay evidencias históricas). La declaración de Jesús no podría ser más radical y drástica.

Los ricos en las parábolas de JesúsAunque muchas parábolas de Jesús tratan de temas económicos, hay tres en San Lucas que hablan específicamente de personas ricas: el terrateniente insensato (12:13-21), el mayordomo astuto (16:1-12) y el rico y Lázaro (16:19-31). Paradójicamente, el único que sale bien (en parte) es el vivo del mayordomo injusto.

En una advertencia contra la avaricia (Lc 12:15), con ecos del Sermón de la Montaña, Jesús cuenta la parábola de un finquero muy próspero quien había planeado muy bien su jubilación (para decirlo en términos modernos). Como el abundante producto de sus tierras no cabía en sus graneros y silos, decidió construir graneros aun más grandes para almacenar las cosechas, y entonces de eso descansar de sus labores y gozar de la vida comiendo y bebiendo. Pero se olvidó de algo muy importante: la muerte. Dios le dijo, según la parábola, «¡Necio! Esta misma noche te van a reclamar la vida. ¿Y quién se quedará con lo que has acumulado?» (Lc 12:21). Jesús define en seguida la moraleja de esta historia: «Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios» (12:22).

La parábola del administrador astuto (Lc 16:1-12) tiene una aplicación distinta pero relacionada. El mayordomo (que de por sí no era pobre y tenía acceso a muchos recursos) administraba las finanzas de un hombre rico.  Fue acusado, con o sin razón, de malversación de recursos y el patrón le exigió cuentas con amenaza de despido. Entonces este empleado, frente al inminente desempleo (16:3), concibió una estrategia para salvar su futuro. Comenzó a llamar, uno por uno, a los que debían al patrón y a reducir la deuda de cada uno. (Nada indica que se trataba sólo de supuestas comisiones que le correspondían a él). Sorprendentemente, al saberlo el patrón, elogió la astucia de su mayordomo y no lo despidió. Y aun más sorprendente, Cristo lo pone de ejemplo y exhorta a los discípulos, «les digo que se valgan de las riquezas mundanas para ganar amigos» que «los reciban a ustedes en las moradas eternas» (16:9).

 

El relato sigue con la versión lucana de la opción radical entre Dios y Mamón. Los fariseos, que eran avaros enamorados del dinero, se burlaron de estas enseñanzas (peores que el joven rico, que se fue triste).

Finalmente tenemos la parábola del rico (llamado Dives en la Vulgata latina) y el mendigo Lázaro.[6] Esta historia tiene dos partes y dos aplicaciones morales: primero, la inversión total de la condición de ambos después de morir (16:16-23), y segundo, la suficiencia del testimonio de las escrituras, sin que alguien tenga que volver de los muertos a advertir a los impíos (16:24-31).[7] En la tierra el rico se vestía del mayor lujo y cada día daba espléndidos banquetes, mientras Lázaro, echada a la puerta, cubierto de llagas que lamían los perros, esperaba comer las migajas que caían de la mesa. Pero después de sus respectivas muertes el rico era el ex-mendigo Lázaro, y el antes rico Dives era un pobre miserable. El mensaje de justicia social es impactante.

Este rico no era un gentil ni un samaritano ni un ateo. Se creía hijo de Abraham y con toda probabilidad iba regularmente al templo y a la sinagoga. Y no hizo nada contra el pobre Lázaro, ni lo quitó de la puerta de su mansión. Su pecado era pecado de omisión, de lo que no hizo, pero Jesús declaró que «los que no hacen la voluntad de mi Padre» no entrarán en el reino de Dios (Mat 7:21-23). Vivir cómodamente, o aun peor lujosamente, en presencia de la desesperada necesidad del prójimo, es negar totalmente el Reino de Dios y perder la entrada al mismo. La parábola del rico y Lázaro nos enseña que nuestro trato con los pobres afecta decisivamente nuestro destino eterno (cf. Mat 25:31-45).

 

Conclusión: La actitud de Jesús hacia las riquezas era muy definida, de advertencia contra la seducción que ejercen y las tentaciones que trae el deseo de ellas.  A diferencia del Antiguo Testamento (bajo un sistema agrario y comunitario) y a diferencia de muchos predicadores de hoy (bajo el neoliberalismo), Jesús nunca describe la riqueza como bendición de Dios. Jesús mismo, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecer a otros. Cuando vivía en la tierra, ejemplificó un estilo de vida sencillo en servicio de los demás.[8]

Bien ha escrito Suzanne de Dietrich, «Nadie jamás ha desenmascarado como Jesús el poder del dinero y su fascinación sobre la gente» (Matthew¸ Richmond: John Knox 1961) p.44. El mensaje de Jesús sobre los peligros de la riqueza y el afán avaro es más necesario hoy que nunca.


[1] Este artículo es una continuación del artículo sobre la avaricia, juanstam.com, 4 de agosto de 2011.

[2] Es importante recordar que tanto Lucas como Mateo estaban traduciendo del original arameo del discurso de Jesús.

[3] Paulo Lockmann, RIBLA 27:1997, pp. 46-50, que cita de la obra clásica de Strack-Billerbeck evidencias rabínicas de que «pobres en espíritu» podría ser un término especial para los pobladores sencillos del campo.

[4] Los esfuerzos de algunos autores de reinterpretar «pobre» y «rico» en términos espirituales, como «humilde» y «soberbio», etc., no convencen y deben rechazarse como una evasión del mensaje radical de Jesús, Santiago, Juan y otros autores del N.T.

[5] Aunque la exigencia al joven rico fue un caso particular, esta instrucción de Lucas 12:33 se aplica de alguna forma a todo seguidor de Jesús.

[6] La trama básica de esta historia, con aplicaciones similares, era conocida siglos antes, especialmente en Egipto. Jesús reinterpreta esta clásica parábola.

[7] Este segundo argumento explica la mención de Lázaro,’a quien Jesús resucitó pero los impíos no creyeron.

[8] Conviene refutar aquí el mito, totalmente sin evidencias históricas. de que la túnica de Jesús, que era sin costura, era un lujo. Nada indica que costaba más una túnica hecha de una sola pieza de tela. Juan lo menciona sólo como razón de no rifarla sin cortar, con posibles referencias al Antiguo Testamento (Jn 19:3-24).

El culto y la justicia

Publicado: noviembre 24, 2011 en Teología

JUAN STAM

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¡Prohibida la entrada!

(El templo está cerrado temporalmente

por razones de fuerza mayor)

 

«El templo se llenó de humo

que procedia de la gloria y del poder de Dios,

y nadie podía entrar allí

hasta que se terminaran las siete plagas

de los siete ángeles»

(Apoc 15:8)

 

   Este detalle, de un simbolismo muy impactante pero de interpretación algo discutible, remite obviamente a los relatos de la dedicación del tabernáculo y del templo:

 

En ese instante la nube cubrió la tienda de reunión, y la gloria de Yahvé llenó el santuario. Moisés no podía entrar en la Tienda de reunión porque la nube se había posado en ella y la gloria de Yahvé llenaba el santuario.

                                                     Éxodo 40:34-35

 

Cuando los sacerdotes se retiraron del Lugar Santo, la nube llenó el templo de Yahvé. Y por causa de la nube, los sacerdotes no podían celebrar el culto, pues la gloria de Yahvé había llenado el templo.

                                                     1 R 8:10-11 (2 Cr 5:13-14)[1]

 

   En todo el conjunto simbólico de nubes (o viento o humo) que llenan el templo, la última frase de 15:8 es una excepción; los demás pasajes (Ex 40; 2 R 8; Is 6) simbolizan la gloria y majestad de Dios y no la solemnidad y finalidad de su juicio. Los otros relatos tampoco ponen énfasis en un punto terminal del fenómeno, como hace 15:8, ni menos que la reapertura del templo dependiera de que termine una serie de juicios muy severos. Es doblemente extraño: el castigo de los impíos no puede seguir adelante sin afectar el culto de los fieles, y el culto de los fieles no puede seguir su curso mientras Dios esté juzgando a los impíos. ¿Qué tiene que ver el uno con el otro?[2]

 

   Para todos los buenos cristianos, «ir al templo» es una rutina semanal, que en general se da por sentado como una simple actividad tradicional. Algunos van sin mayores expectativas de posibles sorpresas, otros con gran esperanza y entusiasmo. Pero casi nunca vamos con temor. Sentimos que con asistir estamos haciendo algo bueno, algo que por supuesto agrada a Dios, sin dudar jamás de nuestro derecho de entrada. Si algún día yo llegara al templo y alguien me dijera, «usted no puede entrar hoy», o si encontrara la puerta cerrada con un rótulo, «Templo Cerrado; Dios no está dispuesto a recibirlos», ¡me sentiría muy preocupado!

 

   ¿Por qué sería que nadie podía entrar al templo? ¿Qué fuerza tiene una nube, o el humo, para impedir que entren? ¿Por qué tuvieron que suspenderse todos los cultos del templo para la duración de los juicios? ¿Será que los fieles, en vez de alegrarse en el sufrimiento ajeno al contemplar la condena de otros, o felicitarse con confianza presumida que ellos son los justos, más bien ponen la mano sobre el pecho y reconocen su propia indignidad para presentarse ante Dios? Ver la presencia de Dios en la condena de otros les llenó de temor reverente, tanto que no se atrevían a presentarse delante del Señor, hasta que se aclararan todas las cosas.

 

   Entrar en la presencia de Dios no es algo así como un derecho humano, ni un favor que le hacemos a Dios, ni tampoco algo que nosotros podemos merecer. ¿Sería por eso que esta nube de humo vino a interrumpir los rituales del templo? En nuestro mundo actual, de tanta espiritualidad «lite» y tanto evangelio de ofertas y de gracia barata, ¿podría ser también que una nube de humo ha venido entre nosotros y Dios, pero no nos damos cuenta y seguimos adelante con nuestro «show» piadoso?[3] Cuando nos damos cuenta realmente de la santa presencia de Dios, tomamos con temor y temblor el entrar en su templo. Porque Dios está presente ahí, cualquier adoración falsa constituye un sacrilegio frente al mismo rostro del Señor. El culto como espectáculo, como entretenimiento o como masaje en vez de mensaje, no puede ser otra cosa que una blasfemia.

 

   Los profetas hebreos, en la época pre-exílica (que en mucho se parece a la época nuestra), denunciaban con gran vehemencia lo falso e hipócritica de las prácticas religiosas de Israel. El problema no era el culto mismo, sino la osadía de presentarse ante Dios sin hacer su voluntad. El problema tampoco era que estuvieran desatendiendo los cultos y los rituales, sino que pretendían adorar a Dios sin practicar la justicia. Dios mandó al profeta Jeremís pararse en la puerta del templo y advertir a Israel no atreverse a entrar en esos sagrados precintos:

 

Enmienden su conducta y sus acciones…

No confíen en esas palabras engañosas que repiten:

    ¡Este es el templo del Señor! …

Si en verdad practican la justicia los unos  con los otros,

si no oprimen al extranjero ni al huérfano ni a la viuda,

si no derraman sangre inocente en este lugar,

ni siguen a otros dioses para su propio mal,

entonces los dejaré seguir viviendo en este país…

 

Pero ustedes confían en palabras engañosas…

Roban, matan, cometen adulterio, juran en falso,

queman incienso a Baal, siguen a otros dioses…

¡y vienen y se presentan ante mí

en esta casa que lleva mi nombre…

para luego seguir cometiendo todas esas abominaciones!

¿Creen acaso que esta casa es una cueva de ladrones?

                             Jer 7:1-11[4]

 

   Comparando a Israel con Sodoma y Gomorra, el profeta Isaías denuncia esta religiosidad falsa:

 

¡Oigan la palabra del Señor,

      gobernantes de Sodoma!

¡Escuchen la enseñanza de nuestro Dios,

      pueblo de Gomorra!

¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?

     — dice el Senor –.

Harto estoy de holocaustos de carneros

y de la grasa de animales engordados…

¿Por qué vienen a presentarse ante mí?

¿Quién les mandó traer animales

para que pisotearan mis atrios?

No me sigan trayendo vanas ofrendas;

el incienso es para mí una abominación.

Luna nueva, día de reposo,

     asambleas convocadas;

¡No soporto que con su adoración me ofendan!

Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades;

se me han vuelto una carga

que estoy cansado de soportar.

Cuando levantan sus manos,

    yo aparto de ustedes mis ojos;

aunque multipliquen sus oraciones,

    no las escucharé;

pues tienen las manos llenas de sangre.

¡Lávense, límpiense!

   ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas!

¡Dejen de hacer el mal!

¡Aprendan a hacer el bien!

¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!

¡Aboguen por el huérfano ~

      y defiendan a la viuda!

Vegan, pongamos las cosas en claro,

    — dice el Señor –.

                             Is 1:10-18

 

   Aun más fuertes son las palabras de Amós:

 

«Yo aborrezco sus fiestas religiosas;

no me agradan sus cultos solemnes.

Aunque me traigan holocaustos y

    ofrendas de cereal,

no los aceptaré,

ni prestaré atención a los sacrificios…[5]

Aleja de mi el bullicio de tus canciones;

no quiero oír la música de tus cítaras.

¡Pero que fluya el derecho como las aguas,

y la justicia como arroyo inagotable!

                                         Amós 5:21-25

 

   Son muy enfáticos en el mismo sentido Os 6:6; Miq 6:6-8, Jer 7:21-23 y 1 Sm 15:22. Todos estos pasajes insisten tajantemente en la práctica de la justicia, e insisten en que sin la justicia, toda la práctica religiosa no es otra cosa que una abominación ante Dios que le da asco. Si no hay justicia, Dios rechaza sus ofrendas (Am 4:4-5), abomina sus festividades y asambleas (Os 2:11; Am 8:10) y no escucha sus cánticos (Os 5:23-24; Am 8:10) ni sus oraciones (Is 1:15; 58:4). Sobre los ayunos dice el Señor:

 

Denúnciale a mi pueblo sus rebeldías…

Porque día tras día me buscan,

y desean conocer mis caminos,

como si fueran una nación que practicara la justicia…

Me piden decisiones justas y desean acercarse a mí,

y hasta me reclaman: ¿Para qué ayunamos,

    si no lo tomas en cuenta?…

Pero el día en que ustedes ayunan,

hacen negocios y explotan a sus obreros…

Si quieren que el cielo atienda sus ruegos,

¡ayunen, pero no como ahora lo hacen!

¿Acaso el ayuno que he escogido es sólo un día,

     para que el hombre se mortifique? …

¿A eso llaman ustedes día de ayuno

     y el día aceptable al Señor?

El ayuno que he escogido,

¿no es más bien romper las cadenas de injusticia

y desatar las correas del yugo,

poner en libertad a los oprimidos

   y romper toda atadura?

¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento

y dar refugio a los pobres sin techo,

vestir al desnudo,

y no dejar de lado a tus semejantes?

Si así procedes,

tu luz despuntará como la aurora,,

y al instante llegará tu sanidad;

tu justicia te abrirá el camino,

   y la gloria del Señor te seguirá.

Llamarás, y el Señor responderá;

pedirás ayuda, y él dirá: «¡Aquí estoy!

                                         Is 58:1-9

 

   La perspectiva bíblica es evidente. La adoración a Dios debe ser en Espíritu y en verdad (Jn 4:24). Culto más justicia agrada a Dios. Culto sin justicia es abominación ante Dios. Mejor no adorar del todo, que adorar viviendo en pecado, corrupción e injusticia. «Sin santidad nadie verá a Dios» (Hb 12:14), por mucha «piadosidad» que exhiba. Culto sin justicia es la espiritualidad de los que repiten sin cesar, «Señor, Señor», pero en vez de hacer la voluntad del Padre que está en los cielos, son hacedores de maldad (Mt 7:21-23).[6]

 

   ¡Sí, es cierto! ¡El verdadero culto es peligroso! A veces sería mejor no acercarnos al templo, es decir, sin antes arrepentirnos de nuestros pecados e injusticias. Antes de ir al culto el próximo domingo, examínante ante Dios  — deja que Dios te examine — para estar seguro de que no existan nubes oscuras entre ti y Dios que te bloquean el acceso a su presencia.

 

 


[1] También en Ez 10:4 «la casa fue llena de una nube»; en la visión de un futuro templo, «la gloria de Yahvé entró en la casa» y «la gloria de Yahvé llenó la casa» (Ez 43:4-5; 44:4; cf. Hch 2:2, «un viento…llenó toda la casa»).

[2] Un aspecto del mensaje podría ser que el juicio divino no es sólo para «ellos» (gentiles, ateos, islámicos etc) sino es también para «nosotros». El juicio comienza por la casa de Dios (1 P 4:17).

[3] Exactamente lo mismo pasaba en tiempos del profeta Osías (7:8-10, «ni cuenta se da»), véase «¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?» bajo Apoc 13.

[4] Jesús cita el último versículo de este pasaje en Mat 21:13 y paralelos en su propia denuncia contra el abuso del templo.

[5] Hoy podríamos traducir «fiestas religiosas» por vigilias y retiros, y «sacrificios» por diezmos y ofrendas.

[6] Viene al caso también la exhortación de Mt 5:23-24: «Si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda».


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El sufrimiento muchas veces tiene argumentos incontestables, es decir, preguntas sin respuestas. Un prestigioso psiquiatra dice que hay dos tipos de sufrimiento difícil (¿quizás imposible?) de comprender: el sufrimiento de los animales y el sufrimiento de los niños (o personas indefensas en general). El de los animales porque al moverse por instintos no tienen conciencia de la muerte y ¿qué sentido tiene para ellos sufrir? Y el de los niños, porque un argumento a favor del sufrimiento es su valor terapéutico, y la muerte por enfermedad nos hace preguntarnos con impotencia y dolor, ¿para qué le sirvió ese dolor?

Generalmente, nuestro acercamiento y debate sobre Dios y a la Biblia lo hacemos mediante planteamiento conceptuales aunque muchas veces se da una verdadera vocación. El tema del sufrimiento nos toca de lleno el corazón, el dolor que sentimos y la pena que nos abruma.

¿Por qué Dios permite el sufrimiento, las catástrofes naturales, las guerras y la

pobreza?

¿Es Dios un Dios masoquista? Pensar que Dios actúa deliberada y caprichosamente contra el ser humano nos expone a cualquier desgracia sin tener siquiera el consuelo de que Dios nos puede ayudar. Entonces, la indignación y rebeldía surge de nosotros contra Dios.

Ahora bien, ¿es Dios el último responsable de todo cuanto acontece?

Pensemos en las guerras y en la pobreza de este planeta. Una de las figuras utilizadas en la Biblia para explicar la relación de Dios con la gente es la figura de un Padre y un hijo. ¿Tú eres hijo, verdad? Con sentido común y en parámetros de normalidad, ¿un padre puede dejar de amar a un hijo? El padre ampara al hijo porque le ama, sólo por este motivo. Sin referirnos a Dios,

¿Podemos explicar las guerras y el hambre? Quizás estemos atribuyendo a Dios consecuencias sin ser él responsable. Sobre las catástrofes humanas es difícil pronunciarse. Sobre el Tsunami del pasado diciembre (2004), un líder musulmán lo atribuyó a un castigo divino a causa de la inmoralidad que se manifestaba. ¿Hay algo de verdad en todo esto? ¿Es una manipulación en nombre de Dios? ¿…?

Sobre le sufrimiento sigue habiendo argumentos incontestables. Por este motivo, no hemos pretendido una argumentación prepotente para dar explicación a muchas cosas que simplemente se nos escapan. Con todo, dos cosas importantes que es necesario destacar:

La primera tiene que ver con la condición de cada uno de nosotros. Huimos del sufrimiento en busca continua del placer. Pero sin querer contar con Dios, no entenderemos nunca el por qué. Lo admirable en situaciones que nos desbordan es saber que Dios conoce (aunque yo no comprenda) y sobretodo que hay consuelo.

En segundo lugar, el mejor argumento que ha dado Dios para experimentar el sufrimiento es Jesucristo.

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