Archivos de la categoría ‘Teología’

Resurrección y justicia

Publicado: abril 10, 2012 en Misión Integral, Teología

Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XXX)

Resurrección y justicia
La resurrección puede contemplarse como un acto de justicia hacia los injustamente tratados. Acto de justicia contra tanta injusticia.
 Todo el proceso de Jesús fue injusto. La pasión es un acto de injusticia. Es en la resurrección donde se hace justicia: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor”. Mateo 28:6.Es verdad que la resurrección de Jesús tiene un valor trascendente, garantía de nuestra propia resurrección. Cristo resucitó dándonos garantía de vida eterna, de resurrección en gloria e inmortalidad. Sin embargo es verdad que la resurrección puede verse desde otras perspectivas más cercanas a los que sufren en nuestro aquí y nuestro ahora. Así, pues, la resurrección puede contemplarse como un acto de justicia para todos los injustamente tratados. La pasión de los pobres y oprimidos del mundo también es un acto de injusticia.

Así, la pasión de Jesús se relaciona se relaciona también con la pasión del hombre, de los injustamente tratados, de los empobrecidos, oprimidos, proscritos y sufrientes de la tierra. También, en la resurrección se puede ver un acto de justicia contra tanta injusticia. La resurrección también es un mensaje de esperanza para los sufrientes del mundo.

 Jesús murió como justo. Todo su proceso de sufrimiento, de pasión que culmina con su crucifixión y muerte, es un acto de injusticia contra el justo. Jesús es el justo que murió por los injustos. Toda la pasión de Jesús es un acto de injusticia humana, aunque Dios Padre la usase para que se cumpliera todo el plan de Dios. Desde esta perspectiva de la pasión como injusticia cometida contra el justo, la resurrección se puede ver como un acto de justicia de Dios, un acto que se puede ver como un acto de justicia a favor de una víctima .

Desde esta perspectiva, no es de extrañar que algunos quieran ver en la resurrección un acto de justicia que repercute también, como tal acto de justicia, en todos los injustamente tratados.  La resurrección dice a las víctimas del mundo: Hay esperanza. La injusticia no tiene al final la última palabra . Hay esperanza para los oprimidos de la tierra, los robados de dignidad y de hacienda, los empobrecidos por el egoísmo de los necios acumuladores del mundo, para los tirados al lado del camino como sobrante humano, para los que han sido presa de la injusticia, del robo, de la tortura injusta y deshumanizante. Hay esperanza. Jesús ha resucitado como garantía de que la injusticia y el mal no van a triunfar sobre la justicia y el bien.

Así, la resurrección alcanza un valor importante para todas las víctimas del mundo: el mal, el dolor, el empobrecimiento de más de media humanidad, el escándalo del desigual reparto de las riquezas del mundo, la vergüenza de las grandes acumulaciones que dejan en la pobreza a tantos millones de seres humanos, es un escándalo humano que la resurrección vence y dice que las injusticias no van a ser eternas, que la muerte de tantos hambrientos del mundo ven una luz de justicia en la resurrección.

Jesús vence la muerte muriendo y es reivindicado en justicia por la resurrección. Jesús derrota a la muerte y a todo proceso de muerte, como es el de la pobreza en el mundo y la situación de tantos injustamente tratados. Hay justicia para todos los injustamente tratados del mundo a través del acto de justicia contra una víctima que implica la resurrección de Jesús.

 Así, en la resurrección Jesús se nos muestra como el reivindicador y vencedor del sufrimiento de tantas víctimas inocentes que hay en el mundo, de tantos que están sufriendo por el pecado de otros. Los pobres de la tierra tienen de común con la muerte de Jesús, salvando el hecho de que en Jesús es también un acto redentor, el que sufren por el pecado de otros . Los pobres de la tierra son sufrientes por el pecado de tantos acumuladores, injustos que esquilman la tierra pensando que todo el mundo, que toda la tierra es suya. Estos pecados de los opresores y acumuladores del mundo, recaen sobre los pobres de la tierra que sufren por el pecado de otros.

Dios es garante de justicia para ellos a través de la resurrección. La resurrección como acto de justicia para la víctima llamada Jesús, para el dador de la vida. La resurrección, igualmente un acto de justicia para todos los injustamente tratados que mueren o viven en la infravida por el pecado y la maldad de otros, de los acumuladores del mundo a los que se dedica uno de los ayes de Isaías: “Hay de los que acumulan casa a casa y heredad a heredad hasta ocuparlo todo. ¿Pensaréis que es vuestra toda la tierra?”.

En la resurrección, además de ver a un Jesús garantía de nuestra propia resurrección, además de ver el triunfo de Dios sobre la muerte que es garantía para nosotros de vida eterna, también se puede ver que Dios Padre se muestra como un Dios justo para con Jesús, para con las víctimas del mundo, para con los injustamente tratados, para con los pobres y proscritos de la tierra.

 Jesús, en su muerte, hace suya la causa de los sufrientes del mundo . También, en su resurrección se muestra como garantía de justicia para con los injustamente tratados, como garantía de que el bien y la justicia van a triunfar al final, que hay esperanza para las víctimas de la tierra. La resurrección como acto liberador que ha de convertirnos también a todos nosotros, sus seguidores, en agentes de liberación de los sufrientes del mundo. Si queremos defender la causa del Maestro, hemos de convertirnos en sus manos y sus pies como agentes de liberación en medio de un mundo de dolor.

 Así, prolongamos la resurrección de Jesús cuando somos garantes de justicia y liberación para con las víctimas del mundo, para con los injustamente tratados, para con los marginados, excluidos y proscritos del mundo, para todos aquellos que sufren en sus carnes y en sus vidas el resultado del pecado de los acumuladores y opresores de la tierra .

De esta manera, tenemos que ver y percibir la resurrección, no solamente como el acto que abre una perspectiva más allá de la muerte que todos hemos de pasar como un acto natural, sino que genera perspectivas de reivindicación ante el escándalo de tantos niños que mueren por el hambre, que viven en la infravida de la pobreza y el abandono. El acto reivindicativo de Dios en la resurrección de Jesús como un acto de justicia sobre la muerte de un inocente, nos debe motivar a trabajar por la liberación y la reivindicación de todos los que, injustamente, sufren esa muerte temprana que es el vivir en pobreza severa y en el hambre, en la infravida y en el no ser de la pobreza en el mundo.

 Con la resurrección hay una gran noticia: la justicia ha triunfado sobre la injusticia. Ejemplo que se nos da a todos los seguidores del resucitado que debemos convertirnos en buscadores de lo justo, en reivindicadores de los que injustamente están sufriendo por el pecado de otros, como es el caso de la pobreza en el mundo. A los pobres de la tierra dedico este artículo sobre la resurrección de Jesús, garantía de victoria para todas las víctimas del mundo.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2012

Creative Commons

Por Harold Segura

Resulta extraño, pero cierto es que ninguno de los discípulos de Jesús esperaba que él, después de su muerte vergonzosa en la cruz, resucitara. La muerte fue temida por ellos y la resurrección descartada. Ellos debían haberla esperado puesto que el Maestro les habló en muchas ocasiones acerca de ella. Oyeron, pero no comprendieron, parece ser lo que ocurrió.
La verdad es que después de su muerte todos sus seguidores más cercanos huyeron al perder toda ilusión. Los antiguos pescadores volvieron a la orilla del mar para reanudar sus antiguas labores; todo había sido una experiencia transitoria, llena de sueños, pero con un triste final.
Con este sabor a derrota fue que Jesús encontró a dos de los suyos, quienes caminaban rumbo a Emaús, una aldea situada a más de 11 kilómetros al noroeste de Jerusalén. El sentimiento de fracaso acompañaba las conversaciones de estos dos caminantes quienes, aún sabiendo que unas mujeres no habían encontrado el cuerpo de Jesús y que un ángel les había anunciado su resurrección, no creían.“Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel. Pero ya hace tres días que pasó todo eso” (Lucas 24:21).

Ni siquiera la presencia física de Jesús fue suficiente para que de una vez por todas ellos creyeran: “Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban” (Mateo 28:17). ¿Y qué tal el caso de Tomás, mejor conocido como “el incrédulo”? Fue a él a quien Jesús le dijo: “Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!” (Juan 20:27).
Pero algo extraordinario sucedió a aquel grupo de débiles creyentes y es que Jesús, por medio de sus más de diez apariciones demostró haber vuelto a la vida. Fue esa experiencia de encuentro personal con el resucitado la razón de su cambio radical. La resurrección, entonces, pasó a ser la característica más sobresaliente de la predicación de esos primeros cristianos: anunciaron la victoria de la vida sobre la muerte; el triunfo de la esperanza; el comienzo de la vida nueva, y la certeza de nuestra resurrección.
Cristo resucitó. El efecto destructivo de la muerte ha sido vencido por el poder de la vida otorgada por Dios. El mal y la muerte no tienen, pues, la última palabra. El reino de Dios ha certificado ser la razón final de la Historia.
Jesús se levantó de los muertos. El mismo que murió en la cruz abandonó la tumba y está con nosotros. El amor de Dios y su justicia triunfaron sobre la muerte y la injusticia; también la verdad y la libertad triunfaron. Su reino se ha inaugurado. ¿Qué nos queda a nosotros sino optar por ese reino y comprometernos en favor de sus valores? La solidaridad, el amor y el servicio son los rasgos que identifican una vida resucitada. ¡Vivamos así! “Pues por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre” (Romanos 6:4).

Sobre el autor:

El pastor y teólogo Harold Segura es colombiano, radicado en Costa Rica. Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International y autor de varios libros.
Anteriormente fue Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional de Colombia.

Un día como hoy

Publicado: abril 7, 2012 en Iglesia, Teología

Resurrección

Un día como hoy
Jesús no necesitó ninguna iglesia, ni culto, ni sistema para resucitar.

07 DE ABRIL DE 2012

Tampoco jerarquías, ni edificios, ni coros y música conmovedores.

Ni siquiera una oración, porque ningún ser humano siquiera esperaba que resucitase, ni que tal cosa se pudiese pedir. Todas las oraciones fueron hechas antes de su muerte, para superar el dolor, la prueba.

Sólo necesitó confiar hasta la muerte. Y esperar. Porque ¿Hay algo imposible para el Dios soberano, omnipotente, que cuenta las galaxias como arena de su playa? Su voluntad, ¿quién la impedirá?

 Hay momentos en los que eso es todo lo que necesitamos.

Confiar hasta que las apariencias, los sueños, los planes, los presupuestos, los apoyos y estrategias van agonizando, demostrando su caducidad.

Confiar incluso mientras nuestras nuestras fuerzas se derrumban.

Seguir confiando aunque toda apariencia sugiera que Dios se ha olvidado de nosotros, nos ha dado la espalda.

Y ahí, en esa encrucijada sin nombre, sin horas, sin rumbo ni agenda… esperar.

No nos levantarán iglesias, ni jerarquías, ni sistemas, ni personas, ni sentimientos.

Nos levantará aquel que ha vencido a la muerte. El único que lo ha hecho a lo largo de toda la Historia de la humanidad. De esa realidad hay testigos, hay escritos, hay constancia que nos ayuda a confiar. Aunque siempre el último paso es un paso de fe.

Porque nada, nada, ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39).

Nosotros lo hemos creído, lo seguimos haciendo. Por eso te escribimos estas líneas. Y tú ¿crees tú esto?

Lo xcreas o no, un día todos estaremos figurada o físicamente en la tumba ¿En que confiarás entonces?

Un día como hoy…

© Protestante Digital 2012

Creative Commons

Teología Evangélica:

Las buenas nuevas de la muerte y resurrección de Jesús

(Breve reflexión para Semana Santa)

En Corinto había un grupo de creyentes que negaban que Pablo fuera apóstol, porque no había sido discípulo de Jesús. También hubo un grupo que negaba la resurrección. Para defender su apostolado y afirmar el hecho de la resurrección, Pablo parte de la esencia misma del evangelio:

Ahora, hermanos, les declaro el evangelio que les prediqué,

el mismo que recibieron…

Mediante este evangelio son salvos,

si se aferran a la palabra que les prediqué.

De otro modo, habrán creído en vano.

(1 Corintios 15:1-2)

A continuación Pablo resume el evangelio con tres afirmaciones: Cristo murió, fue sepultado y resucitó (15:3-4). A la primera agrega dos aclaraciones: murió «por nuestros pecados» y «según las escrituras».  La segunda queda sin más comentario: la sepultura de Jesús es prueba de que realmente murió, y por ende que realmente resucitó. Pablo amplía la tercera con tres frases: «resucitó al tercer día, según las escrituras, y que se apareció (ôfthê) a Cefas» y a otras personas mencionadas (15:4-8). Pablo mismo es el último a quien el Resucitado se presentó igual que en los casos anteriores (con el mismo verbo, ôfthê). Eso le califica a Pablo a ser testigo también de la resurrección, aunque como el último y como un abortivo fuera del tiempo normal.[1]

En resumen, aquí el evangelio se define por esos tres hechos históricos: la muerte redentora de Jesús (viernes santo). su sepultura (sábado santo) y su resurrección (domingo de gloria), confirmada por muchos testigos oculares. Por eso, negar la resurrección de Jesús es negar el evangelio y anular su poder para salvación (15:2,14-17; Rom 1:16).

Esta concentración decisiva, aunque no excluyente, en la cruz y la resurrección es propia del evangelio. Lutero la llamaba theologia crucis. Por algo la Semana Santa se llama «la Semana Mayor». Nunca antes ni después en sólo siete días se transformó tan radicalmente la historia humana.

Este énfasis en los eventos de lo que llamamos «la Semana Santa» no niega ni disminuye la importancia de la encarnación del Hijo, de su vida plenamente humana o de «el evangelio del reino». Son enfoques distintos de un mismo evangelio. La encarnación de Jesús, como identificación solidaria con nuestra condición humana, es una clave muy esclarecedora al significado de su muerte y resurrección.[2] La cruz y la resurrección serían imposibles sin la encarnación; la vida humana de Jesús sin la cruz y la resurrección no nos podría salvar. No somos redimidos aparte de la encarnación y el anuncia del reino, pero es por la cruz y la resurrección que ellos realizan su eficacia salvífica.

Al principio de esta misma epístola Pablo enuncia el mismo enfoque evangélico:

El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden,

en cambio, para los que se salvan, es decir, nosotros, este mensaje es el poder de Dios…

Ya que Dios… tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen.

Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría,

mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado…

Cristo es el poder de Dios y la salvación de Dios.

Pues la locura de Dios es más sabía que la sabiduría humana,

y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana…

Me propuse, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna,

excepto de Jesucristo, y este crucificado…

(1 Cor 1:18-25; 2:2)

Este mismo enfoque cristológico y evangélico aparece en diferentes pasajes del Apocalipsis. Al puro comienzo, en el saludo/bendición inicial, Pablo desea a sus lectores «Gracias y paz» de Dios Padre (el gran «Yo soy»), del Espíritu y de Jesucristo «el testigo fiel, el primogénito de la resurrección, el soberano de los reyes de la tierra» (Ap 1:5). En el Apocalipsis el término «testigo» (martus) suele referirse más a la praxis de la fe, y hasta el martirio, que al testimonio (marturia) como discurso (cf. 2:13; 6:9). Es casi seguro que este primer título de Jesús se refiere a su crucifixión (cf. 1Tm 6:13), junto con la resurrección que sigue en el segundo título («primogénito de la resurrección»). Con esos dos tenemos la Semana Santa, y con el siguiente, «el soberano de los reyes de la tierra», llegamos hasta el domingo de la Ascensión.[3] El v.11 completa el esquema cristológico con una referencia a la Segunda Venida de Cristo. Ese enfoque enfáticamente histórico es muy propio de la teología evangélica.[4]

Todo lo mismo puede decirse de la cristología del Cordero en el Apocalipsis. El capítulo 4 tiene una teología de la creación muy inspiradora, y cierta teología de la soberanía de Dios (4:2-3,10), pero no tiene cristología ni soteriología. Al inicio del cap. 5, cuando nadie pudo abrir los sellos del libro, Juan, dentro de la visión, no ha visto al Cordero ni ha conocido el euaggelion de la salvación y sólo puede llorar desconsoladamente. Entonces uno de los veinticuatro ancianos «evangeliza» a Juan con las buenas nuevas de salvación:     el León de Judá, el retoño de David, ha vencido. En seguida Juan cambia su mirada hacia el gran trono, y ahí ve un Cordero con las cicatrices del cuchillo sacrificial (su muerte, 5:6) pero ahora alzado en pie, lleno de gloria y poder (su resurrección 5:6). En seguida ese Cordero se acerca al trono y toma el libro de la mano derecha de Dios.

Cuando aparece el Cordero, todo cambia. El llanto se convierte en canto, la mala noticia en evangelio. Primero el «coro unido» de los vivientes y los ancianos, de rodillas, con arpas y perfume, adora al Cordero que murió y resucitó (5:8-10); después millones y millones de ángeles adoran también al Cordero (5:11-12), y al fin la creación entera adora al Padre y al Cordero (5:13). En un libro que insiste en adorar sólo a Dios y a nadie más (19:10; 22:8-9), esta adoración al Cordero es una clara afirmación de otra convicción fundamental de la teología evangélica, la plena deidad de Jesucristo.

Que Dios nos conceda una Semana Santa profundamente evangélica, repleto del inmenso gozo de as buenas nuevas y  de nuestra gratitud a Dios por su gracia hacia nosotros/as.

¡A todos, una bendecida semana santa, evangélica y eucarística!


[1] Bien observa Irene Foulkes que Pablo aquí toma por premisa el hecho de que Cristo resucitó (15:1,11,13-16). Los corintios mencionados en 15:12 no negaban la resurrección de Jesús sino «una resurrección futura de los creyentes» y las creyentes.

[2] Ver «Hacia una cristología de la santidad» juanstam.com 19 enero 2007; 30 marzo 2012.

[3] Es importante que las comunidades celebran no sólo viernes santo y domingo de resurrección sino también Ascensión y Pentecostés como fechas de la historia de la salvación.

[4] El valioso libro de J. Gresham Machen, Christianity and Liberalism, identifica a esta orientación histórica como la esencia de la teología evangélica.  Hay mucho que criticar en los escritos de Machen, pero me parece que la tesis de este libro suyo es acertada.

http://juanstam.com/


Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él (XXVIII)

 
Vísperas de Semana Santa. Semana de pasión… de traición. Jesús, con su ejemplo de servicio, vence a los traidores del mundo.

 

 Nos acercamos a la Semana Santa. Semana que también nos recuerda la traición.  “Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que el entregase…  Es la traición. “… se levantó Jesús de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó” … para servirles. Es el servicio que vence la traición . (Juan 13:2y4). La traición versus el servicio. El servicio venciendo la traición. Si es así, la acción social cristiana debe vencer también a los traidores injustos. Traidores contra sus prójimos. Ejemplo nos ha dado Jesús: frente a la traición, el servicio. Es lo que nos recuerda el inicio de la Semana de Pasión.

Son los últimos momentos de Jesús, antes de que abandonara este mundo para volver al Padre. Momentos para redactar todo un testamento. Su última voluntad. ¿Qué propósito último tenía Jesús cuando se acercaba el momento de su partida hacia el Padre? Nos deja un testamento como ejemplo a seguir. Un testamento vivo de servicio. El servicio venciendo la traición.

El ambiente podría ser de cierta expectación, de cierta tensión ante lo que podían notar que la vivencia de la presencia de Jesús encarnado era ya corta. Se aproximaba el gran cambio, la posible soledad de los discípulos. Hemos dicho que era un ambiente de amor con la expresión límite del texto que nos dice que Jesús amó a los suyos hasta el fin. Amor sin límites, pero un amor con una competencia maligna. En medio de este ambiente amoroso, pululaba la sombra de la traición.

Así, el texto dice bruscamente:  “El diablo ya había puesto en el corazón de Judas que traicionara a Jesús” , que le entregara. El amor, la muerte y la traición, convivían en aquella cena. Por tanto, la trama del texto es agridulce. El amor y la traición se codean. Dios y el diablo. El amor, que es vida, con la muerte. El pan y la zancadilla.

 Semana de pasión, semana de traición. En el versículo 18 nos dice que  “el que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” . Junto al comer unidos el pan, junto al amor hasta el fin, está el que pone la zancadilla, el que traiciona, el que no respeta las normas, el que no hace justicia, el que tiende a llevar a otros a la muerte. El bien y el mal juntos , el trigo y la cizaña… como la vida misma en un mundo caído, mundo en el que convive la pasión y la traición.

Levantando el calcañar contra los inocentes. La pasión se repite. Semana de pasión, años de pasión, siglos de pasión. El mundo está lleno de los que ponen la zancadilla a los inocentes, a los más débiles. Están los que abusan, los que oprimen, los que llevan a otros hacia el patíbulo. Hay que hacer algo para contrarrestar. En el mundo el trigo quiere ser ahogado por la cizaña.

 Pasión y traición. Están los Judas encargados de la bolsa y que, como él, a veces aluden a los pobres… para poder robar más . Ese era Judas, el dueño de la bolsa que, cuando derramaron a los pies de Jesús un perfume de alto precio, dijo traidoramente que eso debería vender y ser dado a los pobres. Pero la Biblia dice que dijo esto porque era ladrón y quería tener todo en su bolsa.

Cercanía de la Semana de pasión. Ahora, en los momentos finales de la vida de Jesús entre nosotros, planea la traición. El mal acosa al bien. Los inocentes son injustamente tratados, los mansos son despojados y los débiles echados a los márgenes del no ser de la marginación. Es la historia de un mundo caído.

Testamento de pasión. Jesús tenía que hacer algo como última voluntad, como testamento vital de ejemplo a los hombres, a sus criaturas. Tenía que contrarrestar el ambiente de traición, la obra de Satanás que se realizaba a través de Judas, el tesorero ladrón, el amante de la bolsa… el que es capaz incluso de entregar a Jesús, al Maestro divino por dinero.

 Ante el inicio de su pasión, Jesús se humaniza al máximo . Tiene que hacer algo, algo importante, algo ejemplo para la humanidad. Tránsito final del ministerio de Jesús hombre en el mundo. El Maestro, el Hijo de Dios, en este acto final, se humaniza mucho más. El que había partido de Dios y volvía a Dios, se humaniza hasta el límite, hasta el fin, al igual que amó. Se quiere mostrar como el humano más humano entre todos los humanos. En este momento de vuelta a la divinidad, se quiere mostrar como el Hijo del Hombre, el Dios humanado encarnado… para servir… para darnos ejemplo de servicio… mientras comenzaba su pasión.

Servicio venciendo a la traición… Testamento ante la muerte. Se quita su manto y se ciñe una toalla. Imágenes de su acto de última voluntad, de su testamento como ejemplo a seguir por todos. Imágenes simbólicas. Se despoja un tanto de su halo de divinidad. Se quita su manto. Se queda como el hombre despojado de algo digno, cerca de la desnudez, como si dejara su propia divinidad a un lado y se humaniza en el servicio.

 Toalla versus manto. En lugar del manto, que le podía dar cierta imagen de Maestro, Maestro divino, se ciñe una toalla . Está escribiendo su última voluntad, su testamento de ejemplo al mundo. Jesús se quitó el manto y mostró al Dios hombre… con una toalla ceñida y dispuesto al servicio.

Este Dios hombre es el Dios preparado para el servicio, con su toalla ceñida y dispuesto a lavar los pies a sus discípulos. Jesús, en su última voluntad, en su testamento final, estaba mostrando al Dios siervo, dispuesto al servicio, a preocuparse de las necesidades de los otros… ejemplo a sus discípulos de todas las épocas.

Es la forma de contrarrestar la traición. Es la forma de vencer con el bien el mal. Es el ejemplo que nos deja para decirnos como podemos cambiar el mundo, como podemos destrozar las estructuras injustas de traición y de pecado, las estructuras que llevan a los inocentes a la muerte o a la infravida de la pobreza y marginación. El servicio, que es amor en acción, vence a los poderes de maldad del mundo, a la injusticia, a los egoísmos que llevan a otros a la muerte.

Jesús se quita su manto… ¿Se despoja de su deidad? Se pone una toalla… ¿Le humaniza a lo sumo el comienzo de su pasión? Jesús, en estos últimos momentos entre nosotros, es como si, al quitarse su manto, se estuviera despojando de su deidad, estuviera mostrando su humanidad en servicio como forma de vencer la traición de los Judas del mundo. Es como si tuviera miedo de que los hombres vieran en Él solamente a Dios. Este despojo del manto se relaciona con el servicio.

Última voluntad. Testamento de vida… ejemplar. El Jesús ceñido con una toalla, el Jesús siervo, el Jesús ejemplo de servicio…  “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” . Es como si nos estuviera diciendo: Quitaos vosotros también el manto y ceñiros la toalla del servicio. No ha entendido el Evangelio quien no sirve.

 Servicio que contrarresta a los traidores del mundo, a los egoístas que sólo piensan en la bolsa repleta, aunque sea a costa de la muerte de tantos que, empobrecidos, caminan por el mundo en la infravida. El servicio vence la traición. Una lección previa a Semana Santa. Una lección de la semana de pasión .

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2012

Creative Commons

EL JUICIO FINAL

Publicado: marzo 22, 2012 en Teología

Juan Stam

IV. EL JUICIO FINAL

El evangelio es un mensaje de esperanza, y su énfasis es positivo. Los dos temas que hemos visto hasta ahora, la venida de Cristo y la resurrección del cuerpo, son fuertes motivos de gozo y esperanza. El último tema, despues del presente capítulo, será también de caracter enfáticamente positivo: nuevos cielos y nueva tierra donde mora la justicia.

En ese contexto, el tema de juicio final y castigo eterno parece desentonar. Son enseñanzas bíblicas que a veces nos confunden, y preferiríamos evadirlas. ¿Cómo puede un Dios de amor juzgar y condenar a sus propias criaturas? ¿Cómo puede el cielo ser felicidad eterna, si a la vez sufren otros en el infierno? De hecho, ¿cómo puede haber cielo, si hay infierno?

Con todo, este tema es una clara enseñanza bíblica, enfática y repetida en muchos pasajes. Aunque nos sentimos tentados a obviarlo, es una realidad que está en la Palabra de Dios y debemos tomarla con mucha seriedad. Obedientes a 1 Pedro 3:15, también tenemos que buscar la razón bíblica, la razón lógica y la razón ética de esta esperanza.

ENSEÑANZA BIBLICA

Aunque las referencias al juicio final en el Nuevo Testamento son numerosas, hay sólo dos descripciones extensas y detalladas: Apocalipsis 20 y Mateo 25. En el primer pasaje, después de la derrota final del dragón (20:10) y la eliminación final de todo mal en el universo, aparece un gran trono blanco, ante el cual huyen la tierra y el cielo (20:11). Los muertos resucitan para ser juzgados según sus obras (20:6,12s). Para el juicio “se abrieron unos libros” (20:12), que eran como “acta notarial” de la conducta de cada persona. Esos libros, a base de las obras, aparecen frecuentemente en el AT (Dn 7:9s) y en la literatura apocalíptica. Pero aquí aparece también otro libro, “el libro de la vida” (20:12,15), que no figura en otros relatos de juicio (ni aun en el Nuevo Testamento). Este último libro nos indica que la salvación es por la fe, pero no deja de ser juicio “por la fe que obra por el amor”, representado por “los libros” de la verdadera práctica y la vida de cada cual.

Mateo 25:31-46 es un pasaje mucho más largo; de hecho, es la única descripción detallada del juicio final en todo el Nuevo Testamento. Como en otros pasajes, el juicio se describe como separación (cf. Mt 24:40s). Al igual que en Apocalipsis 20 y Daniel 7, aparece el trono del juicio, pero aquí lo ocupa el Hijo del hombre que viene en su gloria. A la diestra de su trono el Hijo del hombre pone todas la ovejas, que han servido a Cristo cuando en su nombre atendían a los más pequeños. Y a su izquierda van los cabritos, que no habían querido servir a los humildes y pobres en sus urgentes necesidades.

¿Cómo imaginamos nosotros el juicio final? ¿Qué significado tiene en nuestro pensar y vivir cristianos?. Lo más típico entre evangélicos parece ser una confianza muy tranquila y cierta apatía ante el tema: “Yo ya acepté a Cristo como mi Salvador, así que lo del juicio final lo tengo resuelto y puedo pensar en otras cosas. El juicio final es para los inconversos; no me tiene que preocupar a mí”.

Sin embargo, las enseñanzas de Jesús sobre este tema se dirigen principalmente a los creyentes, como exhortación a una vida santa y justa, consecuente con el evangelio del reino. El tema del juicio es también para nosotros los cristianos. Nos advierte: ¡qué cosa más seria es ser discípulo de este Maestro! ¡qué cosa más seria es llamarse cristiano! Si pensamos que con nuestra profesión de fe tenemos todo garantizado, el juicio final podrá sorprendernos tremendamente. como sorprendió tanto a ovejas como a cabritos en este pasaje (cf Mt 7:21-23).  Nuestra respuesta más bien debe ser: “Ayúdame Señor a serte fiel en todo momento”.

Las sorpresas del juicio final

Los relatos del juicio final están llenos de sorpresas, y sobre todo Mateo 25.  Veamos las sorpresas de este pasaje y del tema:

1) La primera sorpresa es que el juicio aquí resulta ser por obras y no explícitamente según la fe o la incredulidad de cada persona. Las ovejas no se describen como los que habían puesto su fe en Cristo (el mismo Hijo del Hombre que es el Juez) sino los que habían ayudado a los necesitados. De hecho, excepto por la mención del libro de la vida en Apocalipsis 20, las referencias al juicio final no mencionan la fe sino afirman que todos serán juzgados “según sus obras”. En ningún relato del juicio se pregunta. “¿Aceptaste a Cristo? ¡Adelante!. ¿No aceptaste a Cristo? ¡Afuera!”

Hay diferentes razones que pueden explicar esta característica de las descripciones del juicio final. Definitivamente no significa negar la justificación por la fe, tan enfática en todo el Nuevo Testamento. Tampoco se trata de despreciar la fe ni restarle importancia al nuevo nacimiento en Cristo. Llama la atención que el mismo Pablo, apóstol de la justificación por la fe, enseña también que “cada cual será juzgado según sus obras” (Ro 2:6-8; cf 2 Co 11:15; 1 Co 3:8,13-15; “según lo que ha hecho mientras estaba en el cuerpo”, 2 Co 5:10; seremos juzgados según la ley, Ro 2:12-16). Tanto Pablo como Santiago y Juan insisten que la fe que no obra es fe muerta, que la verdadera fe obra por el amor, y que somos salvos por la obediencia de la fe (Ro 1:1:5; 2:8; 6:17; 10:16; 15:18; 16:26). Son esas manifestaciones concretas, que pertenecen a la esencia de una fe genuina, que Dios estará buscando en el día del juicio final.

2) Nos sorprende también que el único relato extenso y detallado del juicio final menciona exclusivamente obras sociales. Eso nos dice algo. Por supuesto no excluye otros aspectos (ética individual, vida eclesial), ni tampoco desconoce la importancia de la relación personal con el Señor. Pero aquí, en este relato tan singularmente importante para nuestro tema, todos son juzgados por su atención al necesitado. Las dos mitades del pasaje (ovejas, cabritos) son estrictamente paralelas, con la única diferencia del adverbio “no” en la segunda descripción. Las ovejas practicaban la diaconía con los pobres, los cabritos no la practicaban. Y de eso dependía la diferencia entre vida eterna y muerte eterna en el juicio final.

¿De dónde vino la idea entre evangélicos que la obra social es secundaria o aún contradictoria al evangelio? ¿Será que la iglesia está llamada a ganar almas pero no preocuparse por el cuerpo? Aquí el juicio es por nuestra fidelidad en servir al necesitado. Esa es la segunda sorpresa de este pasaje.

3) Una tercera sorpresa en el pasaje es la de los mismos que son juzgados por Cristo. Parece que todos se sorprendieron por los veredictos; ninguno parece haber anticipado la decisión que le tocó. Los que salen de ovejas, de buenos, dicen “pero Señor, cuándo te vimos hambriento y desnudo? Ni nos recordamos de eso”.  Ninguno dice “por supuesto, es cierto, toda la vida yo servía a los demás, eso lo comprendo bien” sino dice, “Señor, no entiendo, ¿cuándo te vi hambriento y te di arroz y frijoles?” Lo que hicieron, lo hicieron tan espontáneamente que no llevaban cuentas de sus virtudes. Estaban tan ocupados sirviendo a los más pequeños que no habían sentido ninguna virtud especial en su conducta. Y los que salieron mal preguntan lo mismo:: “Pero Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer? No recordamos ni una sola vez”. Y creo que lo dicen sinceramente. Eran insensibles. Pero el Señor sí recordaba.

4) Encuentro otra sorpresa del juicio final, aunque no en este pasaje sino en Apocalipsis.21:8. Después de haber hablado de la nueva creación, Juan pone un “pero”, una condición excluyente: los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, fornicarios, hechiceros, idólatras y mentirosos no entrarán sino irán al lago de azufre y fuego.[1] Incluye los conocidos pecados escandalosos (asesinato, fornicación, hechicería etc) pero comienza y termina con dos que sorprenden: cobardes y mentirosos (¿quién es inocente de éstos?). ¿Por qué comienza Juan esta lista con “cobardes”? Obviamente es porque en todo su libro él está llamando a los creyentes a ser fieles hasta la muerte (2:10), resistiendo a la idolatría del imperio romano. Es probable que el término aquí se refiere a los mismos nicolaítas (2:6,14s,20). Parece que ellos eran creyentes, correctos y ortodoxos, pero cobardemente conformados al mundo. Buscban lo seguro y lo fácil pero nunca entrarán en la vida eterna.

En el día del juicio, ¿se sorprenderán algunos “evangélicos nicolaítas”, piadosos y ortodoxos pero cobardes ante los desafíos de su momento histórico? El reino de Dios no pertenece a los tímidos y cobardes; los valientes lo arrebatan por la vehemencia de sus convicciones.

Dietrich Bonhoeffer, bajo Adolfo Hitler, llegó a entender que en el juicio final Dios no iba a preguntarle sólo por su ortodoxia, su piedad, o su labor pastoral, sino por su fidelidad ante el desafío histórico del nazismo.

Para los evangélicos norte- y latinoamericanos contemporáneos, que hemos vivido todos los desafíos de revolución y represión, sueños y desilusiones, guerras (Cuba, Nicaragua, Vietnam, Golfo Pérsico, Yugoslavia), y. exagerados extremos de riqueza y miseria, podemos estar seguros de que estos temas tendrán prioridad en la agenda del juicio final. En nuestras tierras tan salpicadas por la sangre de mártires, Dios no perdonará nuestra cobardía histórica.

Estas sorpresa nos acuerdan de nuevo que nadie debe tener el tema del juicio final como causa de confianza presuntuosa y tranquila. La realidad del juicio final nos pone a todos delante del Señor. Nos obliga a examinarnos y vivir cada momento ante el ojo escrutinador del Juez amoroso pero rigurosamente justo (Heb 4:13).

Los veredictos: la muerte eterna

La enseñanza bíblica plantea bajo diversos términos y figuras dos veredictos: muerte eterna para unos (Ap 2:11; 20:6,14; Jn 5:28s; Mt 25:46) y vida eterna para otros (Jn 5:28s; Mt 25:46). Culmina así la lucha entre muerte y vida que comenzó en el Génesis. El significado de ambos es el mismo: la irreversibilidad de las opciones hechas en esta vida. Los que en vida escogieron la muerte, recibirán eternamente lo que habían escogido. Los que recibieron a Aquel que es la vida y la verdad, gozarán eternamente de lo que en vida, por la gracia de Dios, habían recibido por fe.

La muerte eterna se describe en las escrituras por diversos términos, muchos de ellos heredados del judaismo. El sheol era el concepto hebreo de la tierra de sombras de los que ya no vivían físicamente. Era un concepto muy poco definido, aunque no era lugar de castigo. El hades del Nuevo Testamento viene de la mitología griega y significa “mundo subterráneo”, mientras gehena (en hebreo) era el nombre del valle fuera de Jerusalén donde se había sacrificado niños a Moloc y donde se quemaba la basura de la ciudad. Es fácil imaginar que corrían muchos gusanos, gozándose del menú del basurero, hasta que en un momento morían por el fuego.

Mucho del lenguaje descriptivo del infierno tiene que ser figurado. Lo del gusano que no muere, no es para sacar una doctrina de la inmortalidad de los gusanos. Fuego y tinieblas son símbolos contradictorios, si se toman al pie de la letra, pero el ardor del fuego y el temor de la oscuridad son simbolismos. Un abismo sin fondo, como nos pasa a veces en las pesadillas, o el encontrarse fuera de un banquete, son otros de los muchas figuras que describen un juicio final y un veredicto de muerte.

Pablo expresa más claramente la esencia de la muerte eterna: “ellos sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Ts 1:9). Dos aspectos aquí nos ayudan a entender el significado de la condenación final. Primero, es separación eterna de Dios quien es nuestra vida. Precisamente los que en la tierra optaron por vivir sin Dios, recibirán como destino eterno esa opción ya hecha. Será la culminación de la alienación, del enajenamiento, que fue su misma vida (Ef 2:1-3,12). Segundo, la muerte eterna será un existir privado totalmente y para siempre de la gloria y el poder. Entre los castigos de la muerte eterna estará el eterno aburrimiento, la absoluta frustración, el fracaso total de la existencia. Y todo eso no será otra cosa sino la “finalización eternal” de lo que ellos mismos habían escogido voluntariamente.

El hecho del castigo eterno, y la contraposición de los dos veredictos, está evidente en Juan 5:28s. Además del “ya” de la vida eterna (Jn 5:24-27; los creyentes tienen ahora la vida eterna), Jesús anuncia que en el futuro todos los muertos saldrán de sus sepulcros. “Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurreccion de condenación”. Este y muchos otros pasajes afirman más allá de toda duda la enseñanza bíblica de la perdición eterna.

Generalmente visualizamos el juicio final en los términos del Inferno de Dante o de la famosa pintura de Miguel Angel en la Capilla Sixtina de Roma. Un Cristo severo está empujando a las almas condenadas, por la fuerza contra la desesperada resistencia de ellos, a las llamas del infierno. Al lado de Jesús, los mártires le animan a vengar la sangre de ellos; María, sentada a su derecha, cubre su rostro para no mirar tanto horror.

En cambio, C.S. Lewis en su novela, El gran divorcio, da una visión muy distinta y más acertada. Según Lewis, los impíos llegan primero al infierno, un lugar árido, gris y escuálido. Después una especie de “aerobús” los lleva al cielo, donde bajan a pasear libremente. Pero el cielo no les parece para nada y prefieren el infierno. Ellos quieren ser el centro de todo, y no pueden serlo en el cielo. Los habitantes del cielo son gente que nunca les había gustado a ellos. Todo lo que buscaban, por lo que vivían, no cabe ni cuenta en el cielo. Entonces, dice Lewis, el mismo bus hace el viaje de regreso al infierno y la gente hace fila para abordarlo.

En las palabras de C. S. Lewis: “Hay al fin sólo dos tipos de personas. Los que le dicen a Dios, `hágase su voluntad’, y aquellos otros a los que Dios dice, al fin, `pues bien, hágase la voluntad de ustedes`. Todos los que están en el infierno”, dice Lewis, “lo han escogido”.

La vida eterna

La vida eterna también se describe bíblicamente por diferentes términos y metáforas: entrar en el Reino (Jn 3:5; 2 Ts 1:5), vivir en la nueva creación (Ap 21-22), reinar con Cristo (Ap 20:4; 22:5), estar con Cristo (Fil 1:23) en el Paraíso (Lc 23:43; Ap 2:7), comer del árbol de la vida (Ap:2:7; 22:2), tener vida eterna (Jn 3:16), y tener reposo (2 Ts 1:7). Curiosamente, la expresión “ir al cielo” nunca aparece en el Nuevo Testamento.[2] Es importante también recordar que la vida eterna no es únicamente futura. Podemos señalar cinco aspectos o dimensiones de la vida eterna:

1) Los redimidos tenemos ya la vida eterna aquí y ahora. Este es un énfasis especial del cuarto evangelio: “Quien oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna (tiempo presente); y no vendrá a condenación (tiempo futuro), mas ha pasado (tiempo perfecto) de muerte a vida” (Jn 5:24). “Quien tiene al Hijo tiene (tiempo presente) la vida” (1 Jn 5:12).

2) Al morir, según la escatología tradicional, “estamos con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil 1:23). Tanto Pablo como Jesús (Lc 23:43) parecen entender el estado intermedio, entre la muerte individual y la resurrección del cuerpo, como una nueva fase de la vida eterna que comenzó antes de morir. Esa vida sigue ininterrumpida entre la muerte y la resurrección final. En lo pastoral, este aspecto es un elemento muy importante de nuestra esperanza, sobre todo en cuanto a los seres queridos ya fallecidos.

3) Según la interpretación premilenial de Apocalipsis 20, ya resucitados después de la venida de Cristo reinaremos con él durante un período amplísimo (“mil años”) sobre esta tierra, antes de que huya la vieja creación (Ap 20:11). Eso sería entonces otra fase de la “vida eterna” que Cristo nos ha dado.

4) El gran énfasis del libro del Apocalipsis cae en la resurrección del cuerpo y la nueva creación (20:4; 21:1), en que reinaremos con él por los siglos de los siglos (22:5). Contrario a la opinión más común, al final del Apocalipsis nadie sube al cielo. Dios crea nueva tierra y nuevos cielos, y la Nueva Jerusalén desciende a situarse en esa nueva creación (21:2,10; cf 3:12). Aun el mismo trono de Dios, que Juan había visto en el cielo (4:1s), ahora desciende también y se establece en la Nueva Jerusalén sobre esa nueva tierra (22:3). Podemos decir que esta vida eterna en la nueva creación es la esperanza central y fundamental de la fe cristiana.

5) En quinto lugar, otros pasajes que afirman también que “veremos al Señor como él es” (1 Jn 3:1s; 1 Co 13:12) parecen sugerir que tendremos acceso a la presencia celestial de Dios (a la que refieren pasajes como Mt 6:9) donde gozaremos la visio dei como comunión directa con el Señor. Podemos encontrar en el Jesús resucitado un posible paradigma para la correlación de esto con el cuarto aspecto descrito arriba. Durante cuarenta días Jesús se hacía presente en la tierra, como vimos en el capítulo anterior, pero también podía superar todas las limitaciones del cuerpo físico y estar presente en la gloria de su Padre. Eso podría sugerir que nosotros también podremos ocupar la nueva tierra con nuestros cuerpos resucitados (como nos describe el final del Apocalipsis) pero también hacernos presentes sin cuerpo ante Dios en el cielo (como parecen insinuar otros pasajes).[3]

Yo creo que eso no debe excluirse.  A veces por tanta celestialidad algunos dicen que ya no necesitamos el cielo. Al contrario, Juan mismo necesitaba la visión del cielo antes de contemplar las realidades terrenales (Ap 4-5). Nosotros hoy también necesitamos el cielo, necesitamos esa trascendencia divina que se plasma en la esperanza de ver a Dios cara a cara. Por eso lo ponemos como quinta dimensión de la vida eterna.

El significado teologico

1) La enseñanza del juicio final muestra la justicia perfecta de Dios. Esta realidad es indispensable para dos cosas: primero para que creamos en un Dios justo, y segundo para que el universo tenga fundamento ético. Cualquier juez que hace la vista gorda a la injusticia es un juez corrupto que alcahuetea la maldad. Dios es amor y su esencia es amor, pero su amor es justo. Dios es justo; su justicia es amorosa pero nunca floja.

Para salvarnos Dios ejecutó su justicia sobre su propio Hijo. No pudo ni quiso hacer la vista gorda al pecado, estilo borrón y cuenta nueva.  Según Romanos 3.25, Dios puso a su Hijo como sacrificio, como propiciación, “para que El sea el justo y el que justifique al injusto que cree en Cristo”. O sea, Dios no habría sido “el Justo” si nos hubiera declarado justo por puro decreto.  Su justicia habría fallado. Por eso murió Jesucristo en la cruz.

Hay una relación inseparable entre la justicia de Dios, la justificación por la fe, el juicio final, y la justicia hoy en América Latina. Si no creyéramos que Dios es justo, ¿por qué lucharíamos por la justicia? Si creyéramos que Adolfo Hitler y Francisco Franco y Anastasio Somoza se van a dar un gran abrazo en el más allá y decir “qué bien que nos salió todo, salimos con la nuestra”, o que Margaret Thatcher y Augusto Pinochet se sentarán tranquilamente a tomar té en la Nueva Jerusalén, ¿qué clase de Dios tendríamos?

La enseñanza bíblica del juicio final nació en un pueblo oprimido que esperaba la justicia vengativa o retributiva de Dios sobre sus opresores. Pero ese mismo pueblo se volvió opresor de sus propios pobres. Entonces el gran mensaje de Amós es que “ustedes que tan alegremente esperan el día del Señor en que Dios va a castigar a todos sus enemigos, pónganse la barba en remojo porque el día del Señor va a ser contra ustedes también”. Amós invirtió el sentido del día del Señor y del juicio. Porque Dios es justo, y nos justificó justamente, el juicio venidero será la expresión final de su justicia. Eso nos llama a luchar por su justicia aquí y ahora (cf Mt 6:33).

En filosofía, desde Platón se ha reconocido esta misma realidad. En La República, Libro II, Platón tiene una parábola que nos ayuda. Es la parábola de Giges. Era un pastorcito de ovejas, de las ovejas del rey de Lidia, y un día hubo un terremoto. La tierra se abrió y Giges entró en una cueva misteriosa. Ahí encontró un cadáver que tenía un anillo. Giges siempre había sido un hombre honorable, pero pensaba que el anillo nunca iba a servir a nadie y se lo llevó. Después estaba en una reunión y por casualidad le dio vuelta al anillo hacia adentro de su mano, y, para su propia sorpresa, se hizo invisible. ¡Era un anillo mágico! Y ahora con esa capacidad de volverse invisble al instante, Giges se convirtió en un gran ladrón. Entonces, arguye Platón, si Giges no tiene razón de portarse bien y vivir éticamente, la ética no tiene sentido ni base. Se trataría sólo de salir con lo suyo en todo lo que puede y morir lo más rico y feliz posible. Por eso tiene que haber un juicio después de la muerte, concluye Platón, puesto que la justicia no se realiza por este lado de la muerte.

Emanuel Kant decía esencialmente lo mismo, por casi las mismas razones. Aunque no se puede comprobar por “la razón pura” ninguna de las afirmaciones de la fe religiosa, sin embargo, según Kant, si vamos a creer en la moralidad tenemos que postular la inmortalidad del alma y un juicio final de la conducta humana. Son postulaciones necesarias para que la moral tenga base. De otra manera, la exigencia ética perdería toda su fuerza.

Dios es justo y vivimos en un universo de bien y de mal donde el fundamento de la realidad es la justicia y la moral. Hoy día una crisis de la naciente posmodernidad es que no hay ningún consenso en la sociedad sobre la base del bien y del mal, ni aun de la existencia del bien y del mal. Nuestra convicción del juicio final nos viene a dar un fundamento porque es la justicia de Dios en su última expresión.

2) Esta verdad nos enseña también nuestra ineludible responsabilidad ante Dios. Es una enseñanza de

responsabilidad última.[4] La vida no va en broma ni en juego, ni mucho menos podemos jugar con Dios. Responsabilidad (del verbo “responder”) significa que tendremos que dar cuentas a Dios. Hebreos 4:12,13 aclara este tema. El pasaje comienza y termina con la misma palabra griega, logos. Primero dice que la Palabra de Dios es viva y “enérgica” y más cortante que una espada (¡y con una espada no se juega!). Pero en seguida dice que esa Palabra nos pone desnudos frente al Dios de la Palabra, quien nos exige “dar cuenta” (logos). Dios nos da su Palabra, y nos exige nuestra palabra. En efecto, el pasaje comienza con la ortodoxia (la Palabra de Dios a nosotros) pero termina con la ortopraxis (nuestra palabra de respuesta a Dios).

Dos cosas interesantes e importantes surgen de este pasaje. Parece que el versículo 12 está hablando de (o incluye necesariamente) la Palabra escrita, la Biblia, Palabra de Dios para nosotros. Pero en seguida, el v.13 nos coloca ante la Palabra viva, no sólo la Biblia sino Dios mismo en Jesucristo. El v. 12 habla de la palabra de Dios y el 13 del Dios de la palabra. Si no oímos la voz viva de Dios, no estaremos en la plenitud del sentido y propósito de la Palabra. Allí el ojo de Dios nos examina, nos desnuda y nos desenmascara, y todas las cosas están abiertas y manifiestas delante de él. En efecto, cada encuentro con la Palabra es un anticipo del juicio final. Ese es el sentido del juicio en cada momento de nuestra existencia y culmina en el juicio final.[5]

La Palabra de Dios es viva y eficaz y nosotros tenemos que dar también nuestra “palabra” de respuesta a la palabra que nos ha dado. Somos responsables de la Palabra que nos ha dado y respondemos con la palabra nuestra de obediencia y acción. La vida es como un dialogo con Dios: Dios nos habla y nosotros respondemos, y nuestra palabra de respuesta es nuestra vida, nuestra conducta, y nuestro hablar. Entonces la enseñanza del juicio final nos señala la responsabilidad infinita en la que tenemos que vivir delante de Dios.

3) Podemos ver al juicio final como la hora de la victoria, a lo menos en tres aspectos. Podemos verlo en primer lugar como el triunfo definitivo de lajusticia. El juicio final nos asegura que los que luchan por la justicia no andan tras una causa perdida. Ellos van con el Dios de la justicia, hacia la victoria segura de la justicia. Aunque no parece así hoy, y precisamente porque no parece así, esto es lo que nos da esperanza y nos sostiene en la lucha. Eso es lo que animaba a los primeros israelitas a visualizar bajo la dirección de Dios un juicio final, una hora definitiva de la justicia.

Segundo, será la victoria de la verdad: “no hay cosa oculta, que no haya de ser manifestada” (Lc 8:17). Todo engaño, todas las máscaras, que hasta la muerte de uno o hasta el fin de una época histórica pueden ser eficaces y todo el mundo las cree, no tienen futuro. El juicio final va a ser la hora de la verdad y el triunfo de la verdad. Si andamos con engaños seguimos una causa perdida, incluso engañándonos a nosotros mismos. Si creemos “las mentiras nuestras de cada día”, vamos hacia una derrota definitiva tarde o temprano. Dice una frase de una canción de Silvio Rodríguez,  “lo implacable que ha de ser la verdad”. Todo cristiano tiene que ser de la verdad, en nuestras opiniones, en nuestras relaciones, en nuestra interpretación de la Biblia y del periódico. No se juega con la verdad de Dios, ni de su Palabra. Tenemos que tomarla con absoluta seriedad, y el juicio va a ser el triunfo de la verdad, la hora de la verdad.

Tercero, será el triunfo del amor eficaz (Mt 25:31-46), amor en acción, no el amor sentimental ni deshonesto sino de pan y vino y de arroz y frijoles. “Amor eficaz”era una consigna de Camilo Torres, y sigue siendo muy válida. Amor con patas, amor de mano extendida, el amor de que habla Jesús en sus relatos del juicio de las ovejas y los cabritos.

4) Además, y aunque sorprenda, el juicio final debe ser motivo de una sana tolerancia en nosotros. “No juzguéis para que no seaís juzgados”, dice Jesús (Mt 7:1). “¿Quién eres tú para juzgar a quien no es siervo tuyo”, dice Pablo (Ro 14:4). Estas cosas sombrías de la Biblia tienen su lado de luz. El pecado original parece una enseñanza muy pesimista pero nos da compasión también. Yo comparto el pecado del hermano y de la hermana, yo comparto la culpa de ese pecado también, estamos todos juntos en el mismo lío colectivo. Y la enseñanza del juicio final nos acuerda que nosotros no somos los jueces de la conducta ajena. Dios mismo deja crecer la cizaña junto con el trigo (Mt 13:28ss). Eso no justifica el pecar pero nos da más comprensión y paciencia con los demás.

 

Significado para la misión

En primer lugar, ¡evangelicemos! Creo que a veces profundizamos tanto que se nos olvida lo obvio y lo que antes habíamos entendido. “Conociendo, pues, el temor del Señor”, dice Pablo, hablando del tribunal de Cristo, “persuadimos a los hombres” (2 Co 5:10s). Viene un juicio final. Los que conocemos a Cristo debemos afirmar nuestra salvación con nuestra vida y estar preparados para su venida. Los que no conocen a Cristo tienen que conocerlo y nosotros debemos testificar de su nombre a todo ser humano.

En segundo lugar, recordando que el relato más extenso del juicio final tiene que ver con la vida nuestra y las obras de la fe, de esa fe que obra con amor eficaz (Gal 5:6), entonces evangelicemos con un evangelio ético, no meramente sentimental, no meramente teórico, no meramente religioso o espiritual. Nuestro evangelio debe exigir discipulado costoso, no sólo aplausos y brincos y coritos. En la gran comisión del Señor, aquel a quien corresponde toda autoridad en cielo y tierra nos envía a formar discipulos que sabrán “guardar todas las cosas” que él nos ha ordenado (Mt 28:20).

Si no se proclama a Jesús como Señor incondicional de la vida, ¿se habrá evangelizado?. Cristo no nos envía meramente a enseñar a la gente a “creer todas las doctrinas” que él nos ha enseñado, sino a llevar nuevos discípulos a sus pies para vivir cumpliendo sus mandatos. Su gran mandato es amar a Dios y al prójimo, y eso significa dar pan y agua y ropa y albergue y empleo al necesitado, en el nombre de Cristo. Evangelizar es enseñar a la gente a obedecer (“guardar”es la misma frase que se usa para cumplir los diez mandamientos). Generalmente nosotros vamos a evangelizar enseñándoles a creer todo lo que Cristo ha enseñado y resolver sus problemas personales (que son muy importantes, pero no son lo que dice Mateo 28), pero no les enseñamos a guardar todos las órdenes del Señor. En nuestra evangelización y misión el discipulado necesita esa dimensión ética o no estamos evangelizando según el mandato de Cristo.

Tercero: La evangelización misma tiene que incluir, implícitamente a lo menos, un compromiso social. Si vamos a ser juzgados por la acción social, entonces eso debe estar presente desde un principio en nuestro mensaje. No como un apéndice, no como un segundo capítulo después de un evangelio que nada tiene de responsabilidad social. Del mismo evangelio integral nacerá ya la exigencia de ese compromiso.

1 Juan 2-3 vincula, de manera muy tajante, el nuevo nacimiento y la práctica de la justicia:

Dios es justo, y todo el que hace justicia es nacido de él (2:29).

Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo… Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios… En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (3:7,10,16-18).

Son palabras muy drásticas, que sorprenden en boca del gran apóstol del amor. En efecto, el autor nos está diciendo cuatro cosas muy serias, que deben hacernos pensar profundamente:

1) Todos los que hacen justicia han nacido de Dios (por poco religiosos que

sean);

2) Todos los que no hacen justicia no han nacido de Dios (por muy religiosos

que sean);

3) Los que han nacido de Dios ponen su vida por los demás;

4) Los que han nacido de Dios comparten sus bienes; si no, no son hijos ni hijas

de Dios.

Eso corresponde muy de cerca al mensaje de Mateo 25:31-46; pero, ¿corresponde mucho al evangelio que solemos predicar hoy? En la evangelización se trata de que la gente nazca de Dios. Aquí Juan nos explicita con detalle lo que significa nacer de Dios. Parece que no todos los que dicen que han nacido de Dios, han nacido de Dios.

Cuarto y último, la visión bíblica del juicio final nos advierte contra una evangelización falsa, fácil, de una confianza presuntuosa (“ya acepté, a mi el juicio no me preocupa”). Pasajes como Mateo 25:31-46 y 7:21-23 o 1 Juan 2-3 nos advierten contra falsos métodos de evangelización. Puede haber tácticas evangelizadoras que producen muchos “acreyentados” repetidores de “Señor, Señor”, muy fieles a los cultos y quizá generosos con sus ofrendas, pero que nunca se han comprometido con la voluntad de Dios en el mundo, en la historia y en su patria. Nunca han asumido las exigencias del verdadero discipulado, de tomar la cruz y seguir al Cordero dondequiera que va por sus caminos en este mundo.

A partir de Mateo 7:13, todo el final del Sermón del Monte gira en torno a la praxis de la fe, pues si la fe no se practica no es fe ni tampoco salva. En 7:13s Jesús nos dice que la puerta al Reino es estrecha y el camino es angosto, nada fácil de entrar. Hoy día parece a veces que nuestro evangelio tiene puertas tan anchas como nuestros países, tan anchas como las entradas a nuestros grandes estadios donde uno sólo tiene que entrar con la multitud y cumplir algún ritual de “conversión”. Pero si la puerta es tan estrecha, como dice Jesús, siempre debe preocuparnos cuando es demasiado fácil y hasta popular ser cristiano, porque corremos el peligro de que no estamos siendo realmente cristianos.

Sigue Jesús en 7:15-20 a decirnos que “por sus frutos los conocereís”, y eso es precisamente el problema fatal de los que, para su gran sorpresa, quedan rechazados por el Señor (7:21-23). Tenían toda la forma externa de piadosos cristianos, confesaban una cristología muy correcta, y hasta ostentaban experiencias carismáticas (7:22), pero sus obras no eran los frutos de justicia del Reino de Dios. Y para terminar de remachar el tema, en la parábola de los dos cimientos Jesús vuelve a insistir en la práctica de la fe (7:24-29). Contrario a la interpretación popular, en esta parábola la roca firme no es Cristo (como en otros pasajes) sino la práctica de la fe. El estricto paralelismo de las dos mitades de la palabra subrayan la importancia indispensable de vivir la fe. Los que oyen la Palabra y la guardan, no caen; los que oyen la Palabra y no la guardan, sí caen. La única diferencia entre unos y otros era la práctica de la fe y la no-práctica de la misma fe.

Ese contexto aclara aun más enfáticamente el solemne mensaje de 7:21-23:

No todo el que me dice, Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos,

sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Muchos me dirán en aquel día, “Señor, Señor,

¿no profetizamos en tu nombre.

y en tu nombre echamos fuera demonios,

y en tu nombre hicimos muchos milagros?”

Y entonces les declararé, “Nunca os conocí;

apartaos de mí

hacedores de maldad”.

Es obvio que estas personas llegan muy confiados ante el juicio, muy seguros de sus “credenciales evangélicas”, por decirlo así. Los visualizo con la Biblia bajo el brazo, tranquilos, esperando su turno ante el Juez. Han preparado un pequeño discursito para avisarle al Señor de sus méritos que les acreditan ampliamente para entrar al reino. Le acuerdan al Señor de su ortodoxia cristológica y, con triple repetición de “en tu nombre”, de sus experiencias carismáticas y los poderes que han ejercido. Parece que todo eso era cierto; el Señor no les niega ni contradice nada de lo que ellos dicen ni les advierte que los mentirosos no entrarán al reino de Dios. Pero él (igual que en los otros pasajes que hemos citado) está buscando otra cosa, y los condena por ser “practicantes del mal”.

En el contexto de la “religiosidad popular” de algunos sectores “evangélicos” hoy, creo que podemos captar la fuerza de este texto si lo visualizamos con más detalle, siempre fiel al sentido básico del pasaje. Entonces podríamos ampliar la escena como sigue:

Ellos: “Aquí estamos, Senor, y queremos avisarte que somos creyentes evangélicos que reconocemos tu deidad y te confesamos como Señor (tu sabes con qué entusiasmo cantábamos nuestro coro favorito, “Jesucristo es el Señor”). Y queremos acordarte que hemos profetizado, hemos exorcizado demonios, hemos hecho muchos milagros, todo en tu nombre. Así que, Señor, ¡favor de abrirnos la puerta!”.

Jesús: “Muy interesante, pero nada de eso viene al caso. Yo los ordené que guardaran todo lo que yo había mandado, y sin eso todo lo demás no vale un pito. Yo veo que no han hecho el bien que mandé y han hecho el mal que va contra mi voluntad. Así que lo siento mucho, pero váyanse de aquí, hacedores de maldad”.

Ellos: “¿Pero cómo es eso, Señor? No entendemos. ¿No recuerdas que te aceptamos como uníco y suficiente Salvador aquella noche en la campaña evangelística? Y permítenos acordarte que somos miembros en plena comuníon de una de las denominaciones evangélicas más bíblicas y ortodoxas del país (tú sabes cuál es)”.

Jesús:  “Eso no me impresiona tampoco. Ya les dije, ¡váyanse de aquí!”

Ellos:(Siguen confundidos): “Pero, Señor, cumplimos todo lo que nos enseñaron y nos pedían nuestros pastores. Por cierto, ellos nos querían mucho”

Jesús: “¡No me digan! Pues entonces, tráiganme a esos pastores”.

Pastores: “Sí, Señor, ¿por qué nos has llamado? ¿En qué te pedimos servir?”

Jesús: “¿Qué es ese `evangelio’ falso y fácil, de ofertas baratas, que Ustedes han venido enseñando a esta gente? ¿No se recordaban que yo les iba a pedir cuentas de su fidelidad a mi evangelio? ¿Nunca leyeron lo que Pablo escribió al principio de su epístola a los corintios, o lo que Juan de Patmos escribió sobre los dos testigos? Yo les llamé a tomar la cruz y seguirme, para cumplir toda mi voluntad. Ni lo han hecho ni han enseñado a otros a hacerlo”.

Pastores: “Señor, no te entendemos. No ves que trabajamos muy duro por la iglesia, y predicamos un mensaje muy adaptado a nuestros tiempos. Y vieras cómo se llenaban los templos. Tampoco eran nada malas las ofrendas.”

Jesús: “Pero eso no es lo que yo les ordené. Yo les llamé a un evangelio de discipulado radical, hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte misma, no un evangelio de ofertas baratas”.

Pastores: “Pero Señor, ese mensaje de algunos radicales y extremistas nunca nos parecía a nosotros. Eso no ayudaba para nada al iglecrecimiento, porque, como seguro estarás de acuerdo, lo más importante es llenar los templos para que la iglesia crezca y sea fuerte”.

Jesús (Perdiendo ya la paciencia): “Pues, ya basta. Ustedes llenaban los templos de gente que no pasaban de decir “Señor, Señor” y cantar coros. Váyanse ustedes también de aquí, junto con ellos.”

Una antigua iglesia en Alemania[6] tenía un letrero que debemos tomar con toda seriedad ante la realidad del juicio final. El letrero reza asi:

:           Me llaman Maestro y no me escuchan,

me llaman Luz y no me miran,

me llaman Camino y no me siguen,

me llaman Vida y no me viven,

me llaman Sabio y no me aprenden,

me llaman Justo y no me temen,

me llaman Señor y no me obedecen,

si yo los condeno no me reclamen.


[1] ) Es posible que “incrédulos” no se refiere a la falta de fe en Cristo sino a la falta de fidelidad en todo. y específicamente a Cristo. El sentido de “abominables” es muy discutido. Los “mentirosos” son los inauténticos, que no tienen integridad; cuya misma existencia es una falsedad. Juan denuncia a los que se dicen ser apóstoles pero no lo son, o judíos pero no lo son (2:2,9; 3:9).

[2]) Expresiones como Mateo 5.12 (recompensa en el cielo), Mateo 6:20 (tesoro), Lucas 10:20 (nombres escritos), 1 Pedro 1:4 (herencia), 2 Corintios 5.1s (edificio) y Filipensis 3:20 (ciudadanía) no implican necesariamente que nosotros “iremos al cielo” sino sólo que estas bendiciones están reservadas en Dios hasta la venida de Cristo (1P 1:4). “Reino del cielo” es simplemente un sinónimo de “Reino de Dios” para evitar el uso del Nombre divino. La “Jerusalén celestial” (Gál 4:26; Hb 12:22) después descenderá a la nueva tierra (Ap 3:12; 21:2,10). Juan 14:1-3 tampoco implica nuestro traslado al cielo, sino el retorno de Cristo y la Nueva Jerusalén a la tierra. Parece que la preferencia casi obsesiva por el lenguaje de “ir al cielo” tiene raices más platónicas que bíblicas.

[3] ) En Apocalipsis 22:3, esta visio dei también parece “aterrizarse”. Si el “trono de Dios” baja a la nueva tierra, también podremos ver a Dios como él es, cara a cara, en la nueva Jerusalén, dentro de la comuniónón de los fieles, como antes lo había visto Juan en el cielo (Ap 4-5).

[4] ) Los escritos de Soeren Kierkegaard son especialmente valiosos en este aspecto, como también de otros existencialists, como el ateo Jean Paul Sartre en su teológicamente significativa obra, “A puerta cerrada”.

[5] ) En la primera de sus 95 tesis, Lutero dijo que toda la vida del cristiano ha de ser un continuo arrepentimiento y una constante conversión.

[6] Según informes, esa iglesia está en Lubeck, Alemania. Circulan diversas versiones del texto, pero el sentido está muy claro.


“A pesar de lo cuestionada que es la labor de un exorcista, la gente tiene necesidad de buscarnos para que la ayudemos”, afirma el sacerdote español.

(Alan Benites)

José Antonio Fortea Cucurull,Exorcista

Alan Benites
abenites@peru21.com

Ataviado con su sotana negra, una Biblia y crucifijos, el sacerdote español José Antonio Fortea Cucurull, exorcista oficial del Vaticano y teólogo especializado en demonología, cuenta que ha iniciado una lucha incesante contra las fuerzas malignas que intentan apoderarse del cuerpo de algunos fieles. A su paso por Trujillo, donde dictó una charla sobre exorcismo por invitación del Arzobispado, cuenta algunas anécdotas de sus encuentros con los demonios.

¿Qué tipo de personas necesitan un exorcista?
Hay que tener en cuenta que la mayor parte de las personas solo presenta tentaciones y que es un pequeño número de fieles el que tiene acciones extraordinarias del demonio y necesita un exorcismo. Las personas vienen a la parroquia y nos cuentan lo que les pasa y, tras orarles, sabemos si tienen alguna influencia maligna. Cuando la tienen, les empiezan a temblar las manos, sienten alguna presión en la cabeza o tienen ganas de vomitar. Yo voy orando con las personas, y ellas mismos me dicen si tienen influencias.

¿Cómo distingue un caso de posesión de uno psiquiátrico?
Yo hablo con la persona para darme cuenta si tiene un problema mental. Recuerdo el caso de una mujer a quien se le manifestó el ser maligno. Le pregunté a su marido si había visto alguna vez a su esposa así y me dijo que no, a pesar de que vivían juntos muchos años y tenían un hijo. Estas cosas nos dan la seguridad de que es algo demoniaco.

Hay quienes no creen en la existencia del diablo…
Las personas que tienen fe en el cristianismo saben que existe. Los casos de posesión son la prueba de la existencia del demonio. También es una prueba que haya personas que lo llaman y lo invocan a través de brujerías o de juegos malignos, y empiezan a ocurrir cosas satánicas. El diablo no se aparece delante de las personas con cuernos o patas de cabra, pero se manifiesta con ruidos, olor o cuando se encienden las luces de manera repentina.

¿Cuáles son los pasos de un exorcismo?
El exorcismo es un ritual que se inicia pidiendo perdón a Dios por los pecados propios. Después se leen diversas partes de las sagradas escrituras de la Biblia, se invoca a los santos y, luego, se hace una larga oración pidiéndole a Dios que libere a la persona poseída. Por último, el sacerdote le ordena directamente al demonio que salga de ese cuerpo en el nombre de Jesús.

¿Cuántos exorcismos ha practicado durante su carrera?
Sinceramente, nunca he llevado la cuenta porque considero que hacerlo hubiera sido fomentar la vanidad. Lo que puedo decir es que la mayoría de las personas que me visitan no necesitan ningún exorcismo.

¿Cuánto de realidad hay en los exorcismos que se ven en las películas?
En las películas se ve que las personas giran su cabeza 360 grados, que vomitan un líquido verde o que levitan. Eso no suele suceder en la vida real. Lo que sí sucede es que las personas gritan, se llenan de injurias y caen al suelo agitándose y temblando porque no pueden controlar este tipo de movimientos.

¿Es cierto que a las personas poseídas les cambia la voz?
Muchas veces, sí. En algunos casos cambia de modo sorprendente, pero solo durante el momento del ritual. Por eso les digo a quienes me acompañan que no hay que sentir temor.

¿Cuánto dura un exorcismo?
El ritual se cumple en media hora pero, después, el sacerdote está en libertad de volver a empezar o insistir con aquello que piense que atormentará más al demonio para obligarlo a salir. Hay casos en los que en media hora se acaba todo; otros en los que se necesita el doble de tiempo o en los que tienes que orar durante varias semanas.

¿Alguna vez lo han atacado durante un ritual?
A veces, las personas tratan de agredirte, otras te escupen o intentan morderte. Pero, en ese momento, no son ellas, es el espíritu que tienen dentro y, cuando vuelven en sí, no recuerdan nada. Esto ha pasado con personas que son muy amables, ancianitas encantadoras e, incluso, niños.

¿Quiénes son más propensos a ser poseídos?
Hay gente que tiene signos de entregarse más fácilmente porque el demonio está a su alrededor o influye en ellos. Hay que diferenciar que una cosa es el pecado y otra es el fenómeno de la posesión. No siempre los malos son quienes están poseídos. Algunas personas quedan poseídas porque se han metido en el peligro y han practicado espiritismo, brujería o juegos malignos como la ouija.

¿Qué recomendaciones daría para evitar ser poseído?
No deben tener miedo a quedar poseídos porque esto es muy raro. La gente no debe estar pensando en el demonio, debe pensar más en Dios y evitar lo esotérico. Amén a Dios, crean en él y oren. No recurran a actos de espiritismo o de brujería.

AUTOFIChA

– Nací en Barbastro (España), en 1968. Estudié Teología en la Universidad de Navarra. Entre los libros que escribí destacan Summa Daemoniaca y Exorcística.

– Un equipo de 20 personas me apoya en los exorcismos. En cada ritual me acompañan cinco de ellas. La familia del exorcizado me apoya con la oración.

– Me estoy tomando un año sabático para recorrer diversos países y explicarle a la gente sobre la naturaleza del exorcismo, las tentaciones y los poderes de las tinieblas.

 

http://peru21.pe/


Juan Stam

¿Cómo podemos entender el juicio divino?[1]

   Este capítulo nos plantea dos temas teológicos que merecen más comentario. El primero es el del juicio final, el tener que rendir cuentas ante Dios por nuestra vida. El segundo tema espinoso es el de castigo eterno, como veredicto del juicio y consecuencia de lo que hemos sido y hecho. ¿Por qué va a juzgar Dios a vivos y muertos? ¿Cómo puede un Dios de amor castigar eternamente a sus propias criaturas? ¿No son suficientes los sufrimientos de esta vida, sin agregar el infierno después de la muerte? ¿Sería mayor el amor de Dios si no juzgara a nadie? Estas preguntas y otras parecidas nos piden alguna respuesta, si vamos a dar razón de nuestra esperanza en Cristo (1P 3:15).

Juicio final significa responsabilidad. La palabra «juicio», y su verbo correspondiente, «juzgar», traen connotaciones negativas. O nos hace pensar en procesos jurídicos, como si fuéramos criminales, o en moralismos de fariseos que desde la altura sublime de su santidad juzgan y condenan a los miserables pecadores ahí abajo. ¿Por qué tiene que juzgarnos Dios, y eso después de la muerte? ¿No basta el juicio de la sociedad y la historia? ¿No es suficiente, para la moralidad, el juicio de la misma conciencia de cada uno?

San Pablo dice que los gentiles, que no tienen la ley de Moisés, «llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Ro 2:15; cf. 14:22-23). La conciencia es un aspecto de la imagen de Dios en los seres humanos, pero la experiencia y la historia muestran que no es infalible. Muchas veces la conciencia excusa lo malo (p.ej. con racionalizaciones) o condena lo que no es malo (p.ej. muchos tabúes). Lo mismo, y peor, se aplica a la conciencia colectiva de la sociedad. Las naciones más avanzadas y sofisticadas, y hasta «cristianas», han cometido los peores crímenes imaginables, con la conciencia tranquila.

Este problema tiene sus raíces en el huerto de Edén. La mejor interpretación del «árbol del conocimiento del bien y del mal» (que no tiene nada que ver con las manzanas, ni mucho menos con el sexo) es como el derecho de definir los valores éticos totalmente independiente de Dios, con un desafiante «¿Ha dicho Dios?».[2] Así entendido, la desobediencia de Adán y Eva representaba una pretensión de afirmar su propia «autonomía axiológica», el poder determinar los valores (el bien y el mal) a espaldas de Dios y su voluntad. En la ética se suele distinguir heteronomía, autonomía y teonomía (Tillich). En la heteronomía, los demás imponen sus criterios sobre las personas; el grupo decide y todos se someten. Este es un mal bastante común en grupos religiosos legalistas. En la autonomía, fuertemente defendido por Emanuel Kant, cada persona debe forjar sus propios valores y ser responsable por su propia vida. Frente al conformismo de la heteronomía, ese es un bien moral indispensable.[3] Pero la autonomía puede convertirse en rebeldía contra Dios y contra el bien. Nuestra autonomía, legítimamente rebelde contra la heteronomía, es también falible, sujeta al pecado, y necesita una referencia trascendental que es la voluntad de Dios. Esa referencia trascendental, de última instancia, se llama «juicio final».

Platón, en el segundo libro de La República, plantea una parábola iluminadora, de un tal Gyges, humilde pastor de las ovejas del rey de Lidia. Un día hubo un terremoto y la tierra se abrió en una cueva misteriosa. Cueva adentro, Gyges encontró un cadáver con un anillo que él se llevó. Después, accidentalmente dio vuelta al anillo hacia adentro de su mano, y para su sorpresa él se hizo invisible. Aunque siempre había sido una persona muy honrada, ahora, con este nuevo poder mágico, se convirtió en un gran ladrón con total impunidad. Por supuesto, murió riquísimo y muy feliz. Entonces Platón plantea la pregunta fundamental: ¿Por qué debe ser bueno Gyges? Si Gyges no tiene razón de ser honrado, entonces la ética tampoco tiene fundamento ni sentido para nadie. Por eso, propone Platón, tiene que haber un juicio después de la muerte, puesto que la justicia no se realiza en esta vida.[4]

Emanuel Kant afirmó esencialmente lo mismo, y por razones similares. Después de refutar, en su Crítica de la Razón Pura, los argumentos de la existencia de Dios, en un segundo tomo, Crítica de la Razón Práctica, Kant planteó un argumento parecido al de Platón. Aunque la razón pura no puede comprobar que Dios existe, argumentó, la moralidad no tiene base en la experiencia humana sin un juicio final. Por eso, la vida moral requiere que postulemos la existencia de Dios y su ley, la inmortalidad del alma y el juicio final. Esa postulación es necesaria para que la vida moral tenga base y sentido.

Así entendido, el juicio final no es un capricho arbitrario de Dios sino es la base de nuestra ética y nuestra libertad, como personas y como comunidad.[5] Porque me considero responsable ante Dios, nadie más puede ejercer autoridad absoluta sobre mi conciencia.[6] El juicio de Dios es el fundamento de la estructura moral del universo y de una verdadera libertad.

 

Castigo eterno significa justicia: El Apocalipsis no sólo anuncia el castigo eterno de los impíos, sino que lo describe varias veces como «ira»[7] y como «venganza» (Ap 6:10; 19:2). ¿No son pecado esas actitudes? ¿Cómo puede un Dios de amor condenar a un castigo eterno a sus propias criaturas, a quienes él ha dado la vida? ¿No sería posible un juicio divino, algo así como el examen final de un curso académico, pero sin castigo eterno y pena de muerte?  

Comencemos con unas aclaraciones. Cuando hablamos de la «ira» de Dios, igual que cuando hablamos de su amor, estamos describiendo a Dios con emociones humanas, con lo que se conoce como «antropomorifismo». Pero Dios ama y se aíra a su manera divina, sin los defectos y errores del amor y de la ira humanos.[8] Tanto su ira y su venganza tienen un sentido judicial, no emocional. En segundo lugar hay que clarificar el adjetivo «eterno». En el hebreo no existe esa palabra, por lo que tenían que decir variantes de «por los siglos de los siglos» (cf. Ap 14:11). La palabra «eterno» existe en el griego y aparece en el N.T., pero entendido normalmente con una mentalidad hebrea. Puede tener tres significados distintos: sin principio ni fin (Dios); segundo, con principio pero sin fin (vida eterna de fieles) o con principio y también con fin (el sábado y aspectos del A.T. que son «por los siglos» pero han terminado). De Juan 5:28-29 y otros pasajes queda claro que el juicio de todos y la condena de los desobedientes es después de la muerte («saldrán de sus sepulcros»), y en ese sentido es «castigo eterno», pero el adjetivo no significa necesariamente que el castigo sea «sin fin». Otros pasajes y otros argumentos tendrán que determinar eso.

   Tres ideas muy importantes corren entretejidas por el pensamiento bíblico: la justicia, la justificación y el juicio.[9] Que el Dios de la Biblia es justo y exige justicia, es un tema omnipresente como una obligación incondicional de la que nadie se escapa. Yahvé, el Dios de la justicia, es por su propia naturaleza el Defensor de las viudas, los huérfanos, y los forasteros, y de su pueblo cuando es oprimido.[10] Dios juzgaba y castigaba aun las atrocidades (violaciones de derechos humanos; crímenes contra la humanidad) que ocurrían entre dos naciones extranjeras, que no afectaban directamente a Israel (Am 1:3-2:5). Por todo eso, no sorprende que la enseñanza bíblica del juicio divino no comience con conceptos individuales de juicios morales (que también tienen su lugar), sino con la esperanza de la acción liberadora de Dios a favor de su pueblo oprimido. Después, cuando creció la injusticia y la corrupción dentro del mismo Israel, Dios juzga y castiga a su propio pueblo, primero del norte (Samaria) y después del sur (Jerusalén). Todo esto se mantiene en el N.T., aunque crece el énfasis en el juicio personal.

 

En su novela, El Gran Divorcio, C.S. Lewis afirma que Dios no manda a nadie al infierno sino que ratifica a cada uno el destino que él o ella siempre había escogido. En esa novela, cuando los muertos llegan al infierno, Satanás les ofrece primero un tour del cielo para ver si les gusta más. Pero ni les agrada el sitio ni la gente que encuentran ahí y hagan fila para volver al infierno. Ellos siempre habían dicho a Dios, «Hágase mi voluntad y no la tuya», y ahora Dios les dice a cada uno de ellos, «Hágase tu voluntad y no la mía». Como afirma Caird (1966:260), «la desobediencia humana puede resultar al fin impregnable a los asaltos del amor. Para esas personas, la presencia de Dios sólo puede ser un horror del cual ellos, así como la tierra de que fueron habitantes, tienen que huir».

La enseñanza bíblica del juicio final va contra los inicuos (especialmente los opresores) pero también, sobre todo en el N.T, contra los falsos «cristianos», que confían presuntuosamente en sus credenciales espirituales. Se creen salvos, y a lo mejor los demás los consideran salvos, pero no hacen la voluntad de Dios. Cristo sabe que, a pesar de todas las apariencias, ellos no son sus discípulos. Por eso, el día del juicio se describe como un día de grandes sorpresas. Los que decían «Señor, Señor» no dudaban de su salvación pero se llevaron la sorpresa más grande al encontrarse con el Señor (Mt 7:21-23). En Mateo 25, tanto los justos como los injustos se sorprenden totalmente por el veredicto (Mt 25:37,44). Los justos no presumían de su salvación, y los injustos nunca dudaban de ella. El juicio final será la hora de la verdad, llena de sorpresas.

 

Los que nos llamamos cristianos y evangélicos debemos dejar desde ahora que Cristo nos examine:

Me llaman Maestro y no me escuchan,

me llaman Luz y no me miran,

me llaman Camino y no me siguen,

me llaman Vida y no me viven,

me llaman Sabio y no me aprenden,

me llaman Justo y no me temen,

me llaman Señor y no me obedecen,

si yo los condeno no me reclamen.

¡El juicio final debe comenzar ahora en el corazón de cada uno de nosotros! Es un llamado a la responsabilidad y el discipulado radical.


[1] Este texto es un inciso del Tomo IV del comentario de Apoc. Para mayor detalle sobre el tema, puede consultarse «El Juicio Final» (Stam 2001:59-76; 1999:57-73).

[2] Entiendo así la interpretación que sugiere Emil Brunner en Man in Revolt. Es significativo también que este árbol, junto con el de la vida, aparece en el centro del paraíso. Cuando Dios y su voluntad ocupan el lugar central en nuestra vida y en la sociedad, fluye la bendición («de todos los árboles pueden comer»; cf. Ap 22:1-2). Cuando nosotros queremos desplazar a Dios, el resultado es el paraíso perdido.

[3] Eso se expresa en la popular canción de Frank Sinatra, «A mi manera» («I did it my way»). Frente a la heteronomía, ese es un valor innegable (cf. Mt 22:16). Pero «mi manera» puede estar equivocada; supongo que Hitler también hizo las cosas «a su manera». La teonomía no anula la autonomía sino busca alinearla con la buena y perfecta voluntad de Dios, que es nuestra libertad y nuestro bien (Ro 12:1-2; Mt 26:39). Entiendo así la interpretación de Karl Barth, especialmente sobre el pecado como la «imposible posibilidad» (autonomía sin teonomía).

[4] Como le es típico, Platón expone estos argumentos no directamente sino por medio de los participantes en un diálogo. Pero queda claro cuál es su opinión, que aparece también en otros escritos suyos.

[5] Si recordamos que muchos cristianos fueron llevados ante los magistrados y acusados ante los tribunales del imperio (Mt 10:17-22), afirmar otro juicio superior, que condenará al imperio y vindicará a sus víctimas, representaba un acto de subversión (cf. Boring 1989:211b)

[6] «Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios…no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado» (Martín Lutero, Dieta de Worms, 1521).

[7] Ap 6:16-17; 11:18; 14:10,19; 15:1,7; 16:1,19; 19:15.

[8] Algunos teólogos clásicos hablan de la «emoción sin conmoción ni desproporción» de Dios.

[9] En Ro 3:24-26, Pablo presenta la cruz como la justificación de Dios mismo por justificarnos a nosotros, «para que él sea el justo, y el que justifica…»

[10] Ver «En la Biblia, la justicia no es neutral, ni debe serlo» bajo la exposición de Ap 19:11 (también en juanstam.com, 7 de junio 2009).

http://juanstam.com


Juan Stam

Fotografía: Pedro Valtierra

¡Mucha Atención!

Tendremos que dar cuenta a Dios

por nuestras opciones políticas

(Apoc 14:6-11)

   El aspecto más sorprendente, y también más importante, del mensaje de estos tres ángeles es su carácter exclusivamente político.[i] Todo tiene que ver con «Babilonia». Aquí no se trata en absoluto de un juicio «espiritual» de personas individuales en su vida religiosa o moral. Los tres ángeles nos anuncian, a gritos, que Dios juzgará a naciones e imperios, y a las personas que colaboran con esos sistemas injustos. El primer ángel anuncia la llegada de la hora del juicio de Dios, y el segundo, alude a la caída realizada siglos antes de la superpotencia más grande de la antigüedad oriental, Babilonia, y la aplica simbólica y proféticamente a la caída del imperio romano. Aún más específicamente, el anuncio del tercer ángel condena a los colaboracionistas no por delitos que ellos mismos hubieran cometido sino por someterse a Babilonia en vez de resistir hasta la muerte.

De nuevo parece evidente que Juan está pensando en primer término en los cristianos de Asia Menor que se sentían tentados a claudicar y participar en el culto al emperador. Podemos ver detrás del pasaje el contraste entre los «vírgenes» de 14:4, que rechazaban los valores corruptos del sistema y se negaban a adorar al emperador, y por otro lado los nicolaítas que se dejaron contaminar por la idolatría imperial (2:14-15,20). Si el mensaje del tercer ángel se aplicara únicamete al tiempo del futuro anticristo, ese mensaje quedaría sin receptor. Tampoco la exhortación que sigue (14:12-13) tendría sentido si se dirigiera sólo a la gente de esa remota generación final.

Este juicio contra la opción pro-imperio es central a los mensajes a las siete iglesias, alrededor del problema de los nicolaítas. Cristo felicita a los efesios por odiar esa cobarde e hipócrita postura política (Ap 2:6; cf. 21:8). Esmirna y Filadelfia sufren persecución por su resistencia a la idolatría (2:9-10; 3:8-10).[ii] Pérgamo ya tenía un mártir, pero estaba infiltrada por celulas nicolaítas (2:13-15). En Tiatira el problema era más grave, tanto por el sistema local de gremios que presionaba a participar en la idolatría como también por las actividades de la falsa profetisa «Jezabel» a favor del acomodo al sistema (2:20-21). Es razonable suponer también que la mayoría de los cristianos de Sardis habían «manchado sus vestiduras» sobre todo con el culto al emperador.[iii] Todo indica que el culto al emperador era central al juicio de Cristo contra las iglesias infieles.

No debe sorprendernos este enfoque del juicio que anuncian estos tres ángeles. Según la única descripción extensa y detallada que ofrece el N.T. del juicio final, Mateo 25:31-46, el Señor en su venida juzgará a las naciones (tanto como colectividades: Babilonio, segundo ángel; y como individuos, nicolaítas, tercer ángel) por su trato hacia los pobres e indefensos. Eso no significa que no seamos responsables ante Dios por otros aspectos de la vida ética, o que no importaran la fe y la relación personal con Cristo. Pero es de suma importancia que este pasaje tan importante destaque tan exclusivamente la responsabilidad social (que incluye política) en la final rendición de cuentas.

El N.T. enseña que nuestra justificación es por la gracia mediante la fe, y no por obras, pero enseña también, en todas las referencias al juicio final, que Dios juzgará «a cada uno conforme a sus obras» (Ro 2:6), «según lo bueno o lo malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo» (2 Co 5:10). La única fe que salva es «la fe que obra por el amor» (Gá 5:6). El final del Sermón de la Montaña deja muy claro que para los que no hacen la voluntad del Padre (pecados de omisión) sino son hacedores de maldad (pecados de comisión), no habrá lugar en el Reino de Dios (Mt 7:21-21-23). Por eso el Señor nos enseñó a orar, «hágase tu voluntad en la tierra [en América Latina, EE.UU. y Europa] así como se hace en los cielos» (Mt 6:10). El relato del juicio final, hacia la conclusión del mismo evangelio, nos aclara cuál es esa «voluntad de Dios» y cómo la hemos de realizar (Mt 25:31-46).

Uno que se dio cuenta de esta realidad fue Dietrich Bonhoeffer, bajo el regimen nazista. Una clave a su entendimiento de la crisis de su nación fue la relación dialéctica entre lo último y lo penúltimo. Bonhoeffer inicia una discusión profunda del tema (Ethics 84-91) con un párrafo muy importante:

La justificación por la sola gracia mediante la fe es en todo aspecto la última palabra y precisamente por eso, cuando hablamos de las cosas anteriores a lo último, debemos  traer a la luz su relación con lo último. Es en aras de lo último que ahora tenemos que hablar de lo penúltimo (p. 84)[iv]

En otras palabras, específicamente, en lo penúltimo (Alemania bajo Hitler) él se encontraba frente a lo último (la lucha entre el reino de Dios y el reino del mal, y la voluntad de Dios para nuestra acción). Por eso Bonhoeffer no tuvo el menor reparo en tildar a Hitler de Anticristo.[v] En noviembre de 1933 Karl Barth escribió a Bonhoeffer que con la toma de poder de Hitler «ha comenzado un período de teología completamente no-dialéctica», pues ante el nazismo sólo correspondería el «No» (Rusty Sword, 239). Tres años después, Bonhoeffer escribió a Leonard Hodgson: «La lucha en que estamos enfrascados… es una lucha para marcar una línea clara entre Vida y Muerte, entre obediencia y desobediencia a nuestro Señor Jesucristo… Tenemos que luchar en defensa de la verdadera iglesia de Cristo contra la iglesia del Anticristo».[vi]

Toda la ética de Bonhoeffer era una ética de obediencia a la voluntad de Dios como mandato concreto. Pronto entendió que ante el juicio de Dios no bastaba con sólo ser «una persona respetable»[vii], ni aun sólo ser un pastor ortodoxo y que cumple las tareas pastorales. Dios espera de nosotros una fidelidad radical ante el momento histórico que nos toca vivir. La ética de Bonhöffer, según Prüller-Jagenteufel, es «una ética de la práctica de la fe orientada por la escatología… una ética de responsabilidad en lo penúltimo».[viii] La ética evangélica, que nace de la gracias costosa, es «un llamado a la fe y, en unión con Dios, a la acción obediente y responsable».[ix]

Desde esa manera de entender su momento histórico (lo penúltimo) a la luz de la volutad de Dios (lo último), Bonhoeffer concluyó que el resistir al tirano era no sólo un

derecho sino un deber cristianoEn esa acción histórica responsable consistía la obediencia a la volutad de Dios. «La Palabra de Dios nos juzgará. Eso es suficiente».[x]

Esto es también el mensaje que los tres ángeles de Apoc 14:6-11 nos comunican hoy en América Latina. La vida política no es una actividad aislada sin significado espiritual sino una parte esencial de nuestra obediencia al Señor de la historia.¡Atención, cristianos latinoamericanos, del Caribe e hispanos en el país del norte! Nosotros somos responsables ante Dios por las opciones políticas que tomamos. Tendremos que dar cuenta ante Dios por esa fidelidad histórica que el Señor espera de nosotros. Tendremos que dar cuenta también por nuestra apatía, nuestra irresponsabilidad histórica o aun peor, por prestar nuestro apoyo a fuerzas de injusticia. Mejor darnos cuenta ahora: votar en nuestras elecciones es más que una alegre fiesta cívica. Tendremos que responder ante Dios por cada voto que hemos emitido. ¡Cuidado que el Señor no nos diga al final, «Apártense de mí, hacedores de maldad cuando votaron en su patria»!


[i] Aunque Juan se concentra aquí muy enfáticamente en el imperio romano y su culto al emperador, lo afirmado en estos párrafos no sería menos cierto si se aplica a otros imperios hasta el fin de la historia.

[ii] La historia de Policarpo dos décadas después muestra que los judíos de Esmirna denunciaban a los cristianos ante las autoridades romanas. Probablemente es por eso que Juan los llama «sinagoga de Satanás», ya que Juan veía al dragón (Ap 12) como creador e inspirador del imperio romano y su culto idolátrico (Ap 13).

[iii] El mismo verbo para «manchar», molunô, se usa en 3:4 y en 14:4 de los «vírgenes».

[iv] Dietrich Bonhoeffer, Ethics (London: SCM Press, 1955). Tillich expresó algo parecido cuando afirmó que es en los kairoi de la vida que nos encontramos frente al Kairos. Para Bonhoeffer esto significa que la palabra (lo último) siempre viene dentro de un contexto histórico (lo penúltimo), por lo que pregunta «si la palabra puede decirse en cualquier momento en la misma manera» (84). A continuación, Bonhoeffer elabora un contraste entre «Radicalismo» (lo último sin lo penúltimo) y «Acomodación» (lo penúltimo sin lo último). Jesucristo encarnado, crucificado y resucitado es el paradigma para una relación dialéctica entre los dos. Cf. Gunter M. Prüller-Jagenteufel, «Poner palos en la rueda’: La actualidad de la ética de resistencia de Dietrich Bonhoeffer», Pasos #127: setiembre-octubre 2006, 39-45.

[v] «Leibholz, Memoir» en Cost of Discipelship (NY: Macmillan 1959), p.23; Dietrich Bonhoeffer, No Rusty Sword (NY: Harper & Row, 1965), p.12.

[vi] No Rusty Sword p.12.

[vii] Dietrich Bonhoeffer, No Rusty Sword, p.212 (citando a Franz Hildebrandt).

[viii] La frase, de Widerstand und Ergebung, está entre las palabras más citadas de Bonhoeffer. En el siglo XX una multitud de mártires cristianos demostraron la misma obediencia radical a la voluntad de Dios.

[ix] Una consiga en algunos círculos universitarios bajo Hitler rezaba muy sucintamente: «Somos cristianos. Somos alemanes. Somos responsables por Alemania».

[x] Carta de Bonhoeffer, 25 enero 1936, No Rusty Sword p.306.

http://juanstam.com


Juan Simarro Fernández

Y se escandalizaban de Él. (II)

En el mundo hay muchos que tienen buenas palabras para Dios, pero que no son coherentes.
 La afirmación de Jesús de que las prostitutas pueden ir delante de ellos al reino de Dios, se la dirige a los religiosos de la época. ¿Era algo escandaloso? El texto tiene su importancia porque esta frase está dicha en un contexto muy especial. Jesús se dirigía a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo.  Una vez más se dirige a los religiosos de la época. ¿Les diría esto Jesús también a los religiosos de hoy? Yo creo que hoy seguiría escandalizando lo mismo o más que en la época de Jesús. “De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios”.  Mateo 21: 31 . También el contexto es esta parábola de los dos hijos en la que uno responde con un “no” incomprensible a la llamada del padre para ir a trabajar a su viña -negación escandalosa-, pero luego arrepentido va, y el otro hermano dice que “sí”, de forma hipócrita , porque luego no va. Otro escándalo. Deja al padre tirado en la estacada a pesar de sus buenas palabras o su buena respuesta. Este es el contexto de la frase de Jesús.

 Por tanto, el tema de que las rameras pueden ir por delante de muchos religiosos al reino de Dios, está en la línea de que en el mundo hay muchos que tienen buenas palabras para Dios, pero que no son coherentes , no cumplen, son religiosos sólo de labios, mientras que hay otros que, sin tener tan buenas palabras, tanta palabrería aparentemente positiva, son los que realizan la obra, son los que responden al llamado del Padre. ¿No es un tanto chocante la parábola? ¿No es un tanto escandaloso para los religiosos cumplidores del ritual?

 Pareciera que al padre no se le agrada con palabras que no culminan en hechos y acciones coherentes con lo que se dice. ¡Qué bueno es repetir esto hoy aunque escandalice!  Es una parábola sobre la importancia de la acción y sobre el hecho de que las buenas palabras no valen para nada, sean litúrgicas, u oraciones o alabanzas, si no culminan en trabajos, en hechos, en la realización del mensaje en el mundo, en la encarnación del Evangelio en nuestra historia como un evangelio que actúa tendente a la realización de la obra evangélica, al hecho de que todo cristianos tiene que ser las manos y los pies en medio de un mundo de dolor. Algunos hoy todavía se pueden escandalizar cuando se les saca del rito y se les quiere sumergir en la realización del mensaje en nuestro contexto histórico con hechos, con acciones con compromisos.

Nos escandaliza a muchos religiosos el que se nos diga que muchas prostitutas y personas estigmatizadas, marginadas y tachadas de pecadores nos pueden preceder en el camino al cielo. Ni se lo piensan para evitar el escándalo que les produciría… pero son palabras de Jesús. Parece que esto atentara contra la buena reputación que tienen muchos de los que viven su cristianismo de palabra, de ritual y de cumplimientos de normas. Una ética de cumplimiento, una moral de ritual a la que escandaliza el compromiso, la aceptación y el poner en los primeros lugares a los pobres y débiles del mundo.

Es verdad que nos enfrenta la parábola con el hecho de que muchos religiosos están diciendo continuamente “sí”. Pero es un “sí” que es fachada religiosa, sepulcros blanqueados por fuera y cuyo interior es hipocresía, insolidaridad con los sufrientes de la tierra, con los pobres, con los oprimidos… con el prójimo que nos necesita. Su vida religiosa está basada en palabras que no son coherentes con la acción que la fe demanda a través del amor. Estos son los que se escandalizan ante las afirmaciones de Jesús a favor de los débiles y proscritos del mundo.

 ¿Quiénes son los que han dicho “no” a Dios, pero que después son los que “realizan” el Evangelio, los que encarnan el mensaje, los que hacen la obra, el trabajo que el Reino de Dios necesita?  ¿Son personas que, quizás, no hacen alabanzas de labios, no siguen los libros de rituales? ¿Son los que, aparentemente, están dando la espalda a Dios? ¿Son personas que no comunican de palabra el Evangelio a nadie, que ni siquiera hablan de Dios, que no confiesan con su boca que son hijos de Dios?… pero capaces de arrepentirse. Un tanto escandaloso, pero sin embargo son aprobados porque “hacen” la voluntad del padre… aunque tengan que decir: “Señor, ¿cuándo?”. No lo han hecho por ningún tipo de recompensa.

Hay textos y parábolas de la Biblia que nos dejan un tanto escandalizados. Sin embargo no se puede pasar por ellos sin hacer una reflexión. Una reflexión seria, una reflexión sobre lo que significa ser “hacedores de la palabra”, realizadores del mensaje, encarnadores en medio del mundo de la voluntad del padre.

¿Puede haber hombres y mujeres, despreciados por el mundo que estén realizando el mensaje, haciendo el trabajo que Dios quiere que se haga en el mundo, encarnando con sus hechos los valores del Evangelio, haciendo y practicando la projimidad? Realmente son parábolas radicales de Jesús, escandalosas, parábolas que extrañan un poco o un mucho a los cristianos del mundo hoy, temas a los que nos gustaría no enfrentarnos. Pueden causar escándalo.

 También de la parábola se desprende la reafirmación de Jesús, escandalosa para algunos, en uno de los valores centrales del Reino: “Muchos últimos serán primeros”.  La afirmación que los publicanos y las rameras van delante de muchos de nosotros en el camino del Reino de Dios, es una afirmación en línea con el mensaje de Jesús, con sus prioridades, con sus enseñanzas… aunque nos escandalice desde la vivencia de un cristianismo cómodo e insolidario con los sufrientes de la tierra.

¿Será que al evitar tantos cristianos la responsabilidad con tantos pobres y proscritos del mundo, con tantos hambrientos, empobrecidos y oprimidos, Dios se acerque a ellos -a pesar del posible escándalo- y ellos, arrepentidos, se pongan a disposición de realizar con hechos el mensaje en el mundo? Quizás cuando nosotros los rechazamos Dios se acerque más a ellos, cuando nosotros los dejamos en la estacada tirados y apaleados a los lados de los caminos de la vida, Dios se acerque a ellos y les use… y los defienda… aunque parezca incomprensible y escandaloso.

¿Sería un escándalo que Dios siguiera hoy viviendo en el mundo más entre los que habiendo dicho “no”, pero arrepentidos están disponibles para Dios, abiertos a hacer su voluntad, a realizarla en el mundo… aunque el mundo sólo pueda ver su “no” y no perciba su arrepentimiento?

 Son misterios que no podemos desentrañar ahora… escándalos incomprensibles… cuando estemos con el Señor, entonces lo entenderemos  si es que nosotros estamos también haciendo la obra, el trabajo de la viña obedeciendo los mandatos del Señor sin la hipocresía del “sí” falso y en el arrepentimiento que transforma el “no” en acción positiva para el mundo.

Autores: Juan Simarro Fernández

©Protestante Digital 2012

Creative Commons