Archivos de la categoría ‘Misión Integral’

El precio del hambre

Publicado: diciembre 3, 2010 en Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

El hambre tiene un precio. Es un precio tan alto y con tantas variantes, que incluso se podría hablar del costo económico del hambre. A veces son costos directos por atajar algunas de las secuelas del hambre. Muchas veces se emplean medicinas para atajar consecuencias del hambre como las diarreas, la neumonía, el paludismo y otras, así como las complicaciones de los partos en madres anémicas y otras consecuencias del hambre que repercute en la debilidad de los sistemas inmunológicos de los afectados por esta tragedia. O sea, hay gastos médicos debido a las consecuencias de la subalimentación de los niños, de los adolescentes y de los adultos. Otras veces son costes que ya derivan de la imposibilidad de llegar a ser hombres productivos debido a las secuelas del hambre. Serían gastos indirectos por la imposibilidad de llegar a ser personas productivas, pues son personas debilitadas y que fallecen antes de tiempo. Personas con pérdida de productividad, anulados por el hambre.

Pasar de largo permitiendo que el hambre siga siendo un mal sin erradicar, puede tener unos costos superiores a lo que se invierte en programas para la eliminación del hambre. Por tanto, las ayudas directas contra el hambre deberían tener una prioridad superior a otros tipos de ayuda que ya se dan a los afectados por el hambre. Pero, ¿debería ser este tema una prioridad en la reflexión de los cristianos? Yo creo que sí. Debería ser una prioridad tan fuerte o más que la propia alabanza, ya que Dios se ve molesto en medio de las alabanzas insolidarias. Esto se ve claramente en los profetas del Antiguo Testamento. Pero, además, tenemos una frase tremendamente fuerte de Jesús que se identifica con los hambrientos: “Tuve hambre y no me disteis de comer”. Esta frase por sí sola, que además se convierte en un juicio condenatorio, debería ser un acicate para la reflexión de los cristianos en torno a los problemas del hambre en el mundo. Y si los cristianos estuvieran realmente concienciados, serían una fuerza imparable que tendería a transformar el mundo. Eso sería una forma de acercar el Reino de Dios a los pobres.

Los cristianos deberían invertir en la eliminación del hambre. Invertir dinero. Porque es una inversión rentable. Rentable en el sentido que lo invertido directamente en la eliminación del hambre, puede tener una rentabilidad de hasta veinte veces por encima del dinero invertido, ya que estaremos contribuyendo a que haya hombres y mujeres con capacidad de producción, sin las minusvalías típicas de los que han padecido las consecuencias del hambre, con menos necesidad de medicinas y con capacidad de ser productivos tanto para sus familias como para sus países. Porque el hambre tiene un precio muy alto, tanto en el ámbito de los hogares y familias, como en el ámbito de las naciones generalmente hablando.

Los evangélicos en España se pueden concienciar por la verbalización de la palabra, por temas como el aborto, hasta haber llegado a montar marchas por la vida, por la figura de Jesús como las “Marchas para Jesús”, muchos son combativos contra el tema de la homosexualidad, se preocupan por la alabanza, ayudan solidariamente en las catástrofes internacionales de todo tipo. Pero sin embargo, no se ve inquietud por el tema del hambre en el mundo. Quizás porque vivimos en un país de hartos en donde la obesidad va siendo cada vez un problema mayor. Pero la frase condenatoria de Jesús “Tuve hambre y no me disteis de comer”, que conlleva la maldición de “malditos de mi Padre”, debería ser suficientemente relevante y llamativa para que hubiera más preocupación por estas temáticas tan importantes y tan inhumanas como es las temáticas del hambre en el mundo.

Preocuparse por el hambre es preocuparse también por la vida. Es, en cierta manera, un tema bioético. Porque el hambre tiene también un precio humano, un costo que repercute en la propia vida. Si hay en el mundo más de veinte millones de lactantes que nacen con un peso insuficiente debido a la mala alimentación de las madres, uno de cada cinco niños nacidos en estas situaciones morirá antes de los cinco años, pero otros tendrán diferentes minusvalías que les harán niños incapacitados, con capacidades reducidas para trabajar y vivir vidas plenas. Podrán ser ciegos por falta de vitamina A, o padecer diarreas, sarampión o paludismo… esto en un mundo en el que hay alimentos suficientes para todos, pero con un problema de una injusta redistribución de los alimentos.

Es un problema de justicia social, por la cual también clama la Biblia y que muchas veces los cristianos somos sordos a estos llamamientos. La lucha contra el hambre no es una cuestión solamente de políticos. La voz y la ayuda práctica de los cristianos deben estar dando ejemplo en la vanguardia de esta lucha… porque lo hacemos por el Señor.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, (España).

Shalom: vida en abundancia

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Por René Padilla

“El ladrón no viene más que a robar, y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

La vida “en abundancia” en referencia a la cual Jesús define su misión es la vida que en el Antiguo Testamento se define en términos de shalom, vocablo hebreo cuyo sentido es tan rico que en la antigua traducción griega del Antiguo Testamento (denominada Septuaginta o Versión de los Setenta) se usan más de veinticinco palabras griegas para traducirlo. Shalom es prosperidad, salud integral, bienestar material y espiritual, armonía con Dios, con el prójimo y con la creación. Shalom es plenitud de vida.

Desde este punto de vista, no se justifica la concepción de la vida plena en términos exclusivamente espirituales. La teología según la cual la vida que Cristo ofrece es una vida ultramundana, más allá de la historia, está emparentada con el pensamiento griego con su énfasis en la dicotomía entre la eternidad y el tiempo, el alma y el cuerpo, lo espiritual y lo material. Necesita ser corregida por la visión bíblica, para la cual la esperanza escatológica incluye una nueva creación—”un cielo nuevo y una nueva tierra” (Is 65:17)—y la resurrección del cuerpo.

La vida “en abundancia” o “eterna” es la vida del Reino de Dios que ha irrumpido en la historia en la persona y obra de Jesucristo y que culminará en la segunda venida de Cristo, la Parusía. Es la vida en que, aquí y ahora, todas las cosas son hechas nuevas por el poder de Dios (cf. 2Co 5:17); es vida que deriva su calidad de la relación con Dios y se manifiesta en todas las esferas de la sociedad, en el trabajo, en la familia y en la iglesia.

Los que, en conformidad con la misión de Jesucristo, promueven la plenitud de vida no pueden menos que tomar a pecho las difíciles cuestiones que plantea el sistema económico actual, un sistema que define la vida en términos de tener en lugar en términos de ser. La vida “en abundancia” no es vida en que abundan los bienes materiales. La vida “en abundancia” es la vida en que se cumple cabalmente el propósito para el cual Dios la creó y la sustenta; es la concreción del amor y la justicia del Reino de Dios. Se la fomenta en la medida en que se vive conforme al propósito de Dios, se anuncia el mensaje de la vida en Cristo, se denuncia toda necrofilia, y se actúa en servicio de la vida en todas sus dimensiones.

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El pan y la Palabra

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO

La alimentación por parte de Jesús a las multitudes, nos enseña que los cristianos no sólo necesitan compartir la Palabra. Este compartir no siempre es algo preferente. Sin embargo, en muchas ocasiones, los cristianos tienden a hacer del compartir la Palabra un acto único y autosuficiente, con lo cual dejamos el Evangelio mutilado.

Así pensaban también los discípulos en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces por parte de Jesús. Jesús está en el desierto rodeado de multitudes que se describen “como ovejas sin pastor”. Tiempo y tiempo con Jesús hasta que se hace tarde. Sus estómagos estaban vacíos. Seguían a Jesús y querían permanecer con él para escucharle… y recibieron su enseñanza. Los discípulos, como muchos de los cristianos hoy, pensaron que ya era suficiente y que había que despedirlos. Ya iban espiritualmente alimentados.

Así, estos discípulos que aún tenían mucho que aprender del Maestro, se dirigen a él y le dicen: “Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan…” Pero Jesús les hace entender que ni él ni los discípulos están solamente para enseñar, para verbalizar el mensaje, sino también para alimentarlos en su hambre física, en sus estómagos vacíos: “Dadles vosotros de comer”. Así, cuando los discípulos habían hablado de comprar, Jesús les hace cambiar su posicionamiento mercantilista y les habla de dar, verbo más adecuado para el “ya” del Reino que irrumpe con la figura de Jesús.

Es la diferencia que hay entre la lógica del mundo y la lógica de Jesús. Los discípulos aún estaban en la lógica mercantilista de este siglo, de los sistemas económicos en los que no se fundamenta el cristianismo. Siguen pensando en que cada hombre debe comprar sus cosas. Y, quizás, si alguien no puede es su problemática. Pero Jesús cambia esta lógica mercantilista por la lógica de la solidaridad de aquellos que le iban a seguir y formar una nueva comunidad. Ni siquiera se trataría de que los más ricos o los mismos discípulos comprasen algo para darles después de manera asistencialista. No debe estar el que puede comprar para dar y el que, en pobreza, recibe. En la lógica del Reino no hay asistencialismos paternalistas. Se ha de mirar lo que se tiene y darlo, repartirlo igualitariamente.

En la lógica de Jesús cada uno tiene que mirar sus despensas, sus cestos o sus bolsillos, ver lo que se tiene y ponerlo a disposición de todos los hambrientos. No debe haber hambre ni tampoco acumuladores en la nueva comunidad de seguidores de Jesús. Así, se da la pregunta de Jesús: “¿Cuántos panes tenéis?” Esta sigue siendo la pregunta de Jesús a sus seguidores en todo el mundo. ¿Cuánto tenéis?, porque hay mucha gente que tiene hambre. No importa que seas un creyente del NORTE rico o del SUR empobrecido. Saca lo que tienes y ponlo en las manos del Señor para que sea distribuido igualitariamente. Esa es la lógica del Reino que irrumpe con el Maestro. Es la única forma de romper con el sistema mercantilista regido por el dios Mammón y entrar en la lógica del Reino de Dios. La lógica del Reino comienza con compartir. Compartir no sólo la Palabra, sino también el pan. Ser cristiano es compartir el Pan y la Palabra. El Reino de Dios se da allí donde ambas cosas se comparten.

La otra cosa que aprenden los discípulos es que, fuera de la lógica del comprar y dentro de la lógica del compartir, los seguidores de Jesús tienen otra función importante. Jesús partió los panes y los entregó a sus discípulos para que los pusiesen delante de los hambrientos. Esto era ya una labor diacónica, una labor de servicio. Deberían convertirse en siervos y poner el pan delante de estos comensales cansados y hambrientos. Por tanto, la lógica del Reino ya no es la lógica del poder económico que todo lo puede comprar, sino la lógica de quien quiera ser el primero, debe ser el servidor de todos. Se trata de una lógica cristiana que no se basa en el destacar ni en el tener dinero o poder, sino en tener capacidad de servicio. Y que nadie se atreva a decir que quiere seguir a Jesús fuera de estas líneas.

Lo importante es creer que esta lógica del Reino es posible. Que se puede dar de comer a una multitud con unos panecillos. Los discípulos también tuvieron que creer y pasar de su pregunta “¿qué es esto para tantos?” a una lógica de confianza y comenzar a recostar a la gente sobre la hierba. Cuando está la disposición de compartir y se cree, todo es posible… hasta vaciar los bolsillos, los cestos y los almacenes cambiando nuestra mentalidad mercantilista y nuestra lógica de este siglo, por la lógica del Reino, del dar y del servicio. Sería el principio de una nueva justicia: la del Reino en donde se da, en donde se comparte el pan y la palabra.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid


© J. Simarro. ProtestanteDigital.com


JUAN SIMARRO

La globalización es la manera en que el capitalismo liberal se hace presente en todo el mundo, habiéndosele quedado pequeño los marcos de sus mercados nacionales e intentando la gran invasión de toda la actividad económica a nivel mundial. La informática y las telecomunicaciones han hecho posible la movilidad de los capitales y el mundo entero se ha convertido en un mercado al alcance de todos los que detentan el poder económico, como si este mismo mundo se hubiera empequeñecido y dado lugar a la llamada aldea global.

Pero la globalización no es sólo económica, sino que afecta a todos los ámbitos de la vida: los valores, la cultura, la forma de pensar, de vestirse, de entretenerse… En la globalización hay una interdependencia entre los países, pero esta interdependencia no es igualitaria ni paritaria: Hay unos bloques de países, la mayoría, cuya interdependencia se basa en una sumisión y aceptación de las líneas impuestas por otro grupo de países, minorías ricas, que son los que imponen sus propias líneas en busca de su propio beneficio económico, imponiendo, además, pautas culturales, costumbres y formas de tener una concepción del mundo.

Y yo creo que los cristianos tendríamos algo que decir aquí, porque los países dominantes, a través de sus multinacionales y sus instituciones políticas, buscan más el rendimiento económico, el llenar la bolsa o las cuentas corrientes de un reducido grupo de acumuladores de la tierra que repercute negativamente en la imposibilidad de tener acceso a una cesta de alimentos de muchos pobres del mundo. Y el cristianismo que tiene ejemplos y parábolas condenatorias de la acumulación, que tiene textos donde la Biblia habla de las consecuencias de esta acumulación que pone la escasez del pobre sobre las mesas de los ricos, no deberíamos pasar mudos ante el panorama del sometimiento de los pobres ante las pautas de los poderosos que desean incrementar sus riquezas.

El estilo de vida de los cristianos y la vivencia de una auténtica espiritualidad cristiana, no permite que los cristianos se paseen con indiferencia entre los resultados de la globalización económica que, quizás, no prescinde totalmente de los pobres y los marginados, pues entre ellos están las mujeres, los niños trabajadores, ancianos porteadores que trabajan de sol a sol para poder llevar algo de alimento a sus casas y otros tipos de personas explotadas y oprimidas. Pero sí prescinde de esa especie de sobrante humano que no encaja ni siquiera en las categorías de explotados, oprimidos y pobres dominados por el sistema, sino que son los que conforman el grupo de los excluidos sociales con los que nadie cuenta.

Millones de personas de los que se puede prescindir sin ningún sentimiento de culpabilidad por parte de los ciudadanos excluyentes, personas excluidas que ni siquiera pueden llegar a ser consumidores rentables para mantener todo el sistema de la globalización. Es el mundo de los excluidos que se da en tantos países del mundo pobre, aunque también se mueven dentro de las grandes ciudades del mundo rico conformando el llamado “Cuarto Mundo Urbano”. Son los excluidos en el seno de las grandes ciudades que también deberían ser una llamada de emergencia para la puesta en marcha de la Misión Diacónica de la Iglesia.

Pero si ni la Iglesia ni los cristianos respondemos, sino que pasamos de largo de forma indiferente, preocupados por los servicios religiosos de nuestros templos o iglesias, estamos cayendo en el ejemplo de malos prójimos como ocurrió en la parábola de Buen Samaritano narrada por Jesús mismo. Es verdad que no es fácil cambiar las situaciones de injusticia del mundo globalizado. Es verdad que, a veces, damos por perdida la batalla y pasamos al conformismo. Pero no ese el ejemplo de vida de los cristianos que han de ser inconformistas no conformándose a este mundo y sus valores, sino transformándose siguiendo cierto inconformismo cristiano que nos convierte en personas que deben ir contracorriente con estas tendencias marginadoras y excluyentes, y en contracultura con estas formas de conseguir ganancias usando valores que son antibíblicos.

Yo creo que el cristianismo debe ser una mano tendida de liberación, de apoyo a los débiles, de agentes del Reino que quieren llevar éste y sus valores a los excluidos del mundo. Si seguimos a Jesús y valoramos y apoyamos su programa expuesto en Lucas 4 siguiendo la línea profética, no podemos ser personas sumisas y que se conforman a este mundo siguiendo las corrientes de este siglo. Hay que tener la renovación que Dios demanda de nosotros para que el mundo llegue a tener un mayor equilibrio en la redistribución de bienes para ir devolviendo la dignidad a los excluidos, pobres y oprimidos del mundo, incluyendo a tantos niños que son presa del sistema que marca la globalización capitalista neoliberal. Sólo así nosotros también seremos libres. Libres en la verdad que nos hace libres y libres también en una sociedad que quiere someternos al más cruel conformismo.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com

Cárceles y pobres

Publicado: noviembre 16, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

Cuando se visita un centro penitenciario, lo primero que uno se da cuenta es de la cantidad de pobres que hay dentro. Los que, como yo mismo, estamos acostumbrados a través de nuestros trabajos o ministerios, a contemplar los rostros de la pobreza, no es necesario hablar con los reclusos para saber que provienen de ambientes deprimidos, de focos de pobreza que han dejado las marcas en sus rostros. Pues bien, en los centros penitenciarios no hay que esforzarse mucho para ver, dentro de sus muros y de sus rejas, a una legión de pobres que han sido condenados, por unas circunstancias o por otras, a vivir recluidos en las cárceles como una de las posibilidades de hacerlos invisibles a la sociedad de los normalizados y de los integrados en ella… Y no digo que sean inocentes, sino que sus actos delictivos se podrían haber prevenido en una sociedad más igualitaria y solidaria.

Así, los centros penitenciarios no son ajenos a la lógica de la economía capitalista: muchos de los internos son los fracasados de un sistema competitivo en el que, los más débiles, quedan tirados; son los expulsados de un sistema individualista e insolidario con los que se quedan apaleados al margen del camino; son los excluidos de un sistema que se mueve casi exclusivamente por la búsqueda del beneficio personal, de manera que, los más acumuladores y capaces de competir, son los considerados como triunfadores, aunque su triunfo esté montado sobre el fracaso de los débiles.

La nota más característica de la democracia, es la entronización del dios mercado. Y, en esta religión pagana, será salvo todo aquél que se pueda entronizar en la cúspide del disfrute de lo que oferta la sociedad de consumo. Mientras, los condenados serán aquellos incapaces de competir, los que ya han nacido en focos de pobreza y han sido apartados no solamente del mundo del dinero, sino también del mundo de la cultura y de todo tipo de participación social, incluida, en muchos casos, la participación en el mundo del trabajo. Pues bien, muchos de estos excluidos, son los que acaban internados en los centros penitenciarios de toda España.

No se puede afirmar que la pobreza se criminaliza en sí. Muchos dirían que no, que lo que realmente se penaliza es la delincuencia. Y es verdad que muchos pobres caen en delitos contra la propiedad o en otras pequeñas violencias, pero son violencias que podrían ser atajadas con otras alternativas sociales que no fueran la simple represión carcelaria.

También hay otro tipo de criminalización más light, que es la de considerar que el pobre es el responsable de su propia pobreza, sin estudiar las causas últimas de ésta. Para muchos el pobre lo es porque no ha sabido aprovechar sus oportunidades, pero, en realidad, muchos de ellos han carecido, desde su nacimiento, de las más elementales oportunidades económicas, de formación, culturales o de integración en las propias redes de la sanidad o de los servicios sociales.

Otra forma de criminalizar, es considerar la pobreza como una amenaza para aquellos integrados en las formas de vida normalizadas. Esto hace que los pobres sean objetivo de las inspecciones policiales e, incluso, en ocasiones y aunque parezca extraño, de los servicios sociales que pueden hacer sus denuncias, fundamentalmente en lo que respecta a menores en abandono que puede ser inmediatamente tutelados por las instituciones gubernamentales. Esto hace que, muchos pobres con niños pequeños, no se atrevan a acercarse a las puertas de los servicios sociales de los Ayuntamientos o de las Comunidades Autónomas. En fin, toda una tragedia que no se ataja, como así debiera ser, con medidas de redistribución de fondos, educativas o psicológicas, sino con medidas represivas que dan con los huesos de muchos pobres en los centros penitenciarios de España.

Por eso no es extraño ver como las fuerzas policiales observan a vagabundos, a pobres, a inmigrantes en situaciones de exclusión, a mendigos, a drogodependientes y a gitanos como uno de sus objetivos de control en las calles de las ciudades y pueblos de España.

Pensamos que estos sectores de personas empobrecidas, deberían ser observados más desde políticas sociales y solidarias, desde una mejor redistribución de los bienes que corresponden a todos los españoles, desde la promoción de viviendas gratuitas y de políticas educativas y de ocio para los niños y los jóvenes, más que desde políticas de persecución y represivas que aumentan el número de pobres en los centros penitenciarios de toda España. El destino de los pobres no deben ser las prisiones del mundo, ya que, más que sus delitos, están purgando en ellas sus penas y sus marginaciones.

La pobreza no debe ser percibida como una amenaza social que debe ser criminalizada, sino como una enfermedad social de la que todos somos responsables, una enfermedad curable a base de solidaridad y de una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra. Estoy seguro que, si el mundo fuera más igualitario y hubiera más justicia social, no habría tantos presos abarrotando las cárceles. Por tanto, hay que buscar soluciones socioeconómicas y culturales, que son las auténticas medidas preventivas, para que no haya tantos presos provenientes de los sectores empobrecidos de la sociedad en esas prisiones en donde muchos se contagian de otras patologías sociales o se quitan la vida. Hay que buscar otras alternativas a estas consecuencias de la pobreza por vías solidarias.

Y si delinquen, ver también otras alternativas que no sea la del internamiento en centros penitenciarios. Hay centros de deshabituación para alcohólicos y drogodependientes, hay posibilidades de hacer terapias ocupacionales en beneficio de la comunidad, hay posibilidades educativas y de reinserción que no tienen por qué pasar por los centros penitenciarios. Las cárceles deberían quedar exclusivamente para los delitos realmente graves a los que no se les puedan encontrar otras alternativas: Los asesinatos, las violaciones, las grandes apropiaciones y corrupciones, aunque, en muchos casos, los delincuentes sean los que usan el puño de la camisa blanco y limpio.

Nosotros somos partidarios de medidas solidarias, redistributivas, preventivas, que eviten la reincidencia y educativas… Porque somos cristianos, porque Jesús de acordó de los presos, de los oprimidos y de los pobres. Los nombró como destinatarios específicos de su Evangelio. Y, en muchos casos, más que pobres, empobrecidos por el egoísmo de los integrados y de aquellos que, al menos en apariencia, muestran una vida normalizada en la sociedad de consumo, instalados en las comodidades y en los lujos.

Por eso, es posible que la sociedad se confunda cuando ve la amenaza en el pobre que vagabundea por las calles, en lugar de verla en la estulticia del rico acumulador. Quizás por eso, un preso se dirigió a mí cuando salía hacia la calle mientras recorría una larga galería:

-Tenga cuidado al salir -me dijo con cordialidad y preocupación real-, porque aquí estamos los malos, pero fuera pueden estar los peores. -Le di un apretón de manos y unas palabras de agradecimiento. Le hice caso y le pedí a Dios que me librara de la violencia de esos “peores” que andan por las calles en libertad.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com  (España).


Por René Padilla

El trabajo ecuménico en América Latina no es fácil, pero si creemos que realmente somos uno en Cristo y que estamos llamados a una misión integral, hay que buscar espacios para hacerlo. Las iglesias y misiones evangélicas son un espacio donde podemos trabajar codo a codo con otros cristianos comprometidos socialmente, pero a partir del Evangelio. De lo contrario, no pretendamos que estamos haciendo labor cristiana. Creo en el valor de las obras humanas, pero si queremos ser cristianos, partamos del Evangelio, partamos de nuestra unidad en Cristo, a pesar de nuestras diferencias en cuestiones de escatología o acerca de la mejor estrategia para llegar al poder, los alcances de la labor política, etc., etc. Nuestro compromiso con Cristo nos lleva a un testimonio cristiano, a ser “sal” y “luz” en medio de una sociedad en decadencia, una sociedad que muestra sus lacras en términos de niños abandonados, prostitución infantil, injusticia institucionalizada, empobrecimiento de las masas, corrupción a todo nivel. Unámonos en Cristo Jesús para dar testimonio de que hemos sido creados en él para vivir el Evangelio en todas sus dimensiones, en respuesta a los problemas que nos rodean!

Los cambios que se han dado en el panorama eclesial en estos últimos años exigen que quienes creemos en la necesidad de un testimonio cristiano unido revisemos nuestra agenda ecuménica. Es urgente que practiquemos el ecumenismo con hermanos y hermanas que tal vez puedan tener muchas limitaciones teológicas pero están viviendo y sirviendo en nombre de Cristo en medio de los pobres.

Muchas veces nuestro ecumenismo se reduce al grupo de gente que está de acuerdo con nosotros políticamente; que comparte la misma ideología de cambio social y sueña en una sociedad socialista. Si nuestro ecumenismo se reduce a eso, estamos equivocados: ¡no somos realmente ecuménicos, sino “ecumenistas”! Lo digo con dolor en el alma: muchas veces los fondos que vienen de organizaciones ecuménicas de Europa y Estados Unidos sirven para apoyar programas que privilegian al que comparte nuestra ideología pero no la fe en Jesucristo. Podemos debatir este tema, pero mi propuesta es esta: hagamos un nuevo tipo de ecumenismo verdaderamente ecuménico (valga la redundancia). Honestamente creo que en este momento hacen falta organizaciones ecuménicas pero no “ecumenistas”. En otras palabras, necesitamos organizaciones en las cuales se viva un ecumenismo a partir del Evangelio. Organizaciones “proeclesiásticas” (mejor que “paraeclesiásticas”) donde hermanos católicos progresistas que se han sentido presionados por una estructura autoritaria que ya no les da cabida, y hermanos evangélicos que tienen problemas por haber alzado la voz contra posturas de algún “papa” defensor del estatu quo, se sientan a gusto y formen un frente común como cristianos, a partir del Evangelio y al servicio del pobre, por la causa del Reino y su justicia. Esa es mi propuesta por la unidad, el Reino de Dios y su Justicia.

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Por Nicolás Panotto

Una de las preguntas históricas de la iglesia cristiana: ¿qué es la misión? Ella se hace ya que todo cambia. La iglesia cambia. El mundo cambia. Las personas cambian. Por ende, la misión cambia. Es un término construido desde una infinidad de interpretaciones, experiencias, contradicciones, falencias, esperanzas y errores históricos. Por todo esto, es una pregunta aún vigente.

De aquí mi deseo levantar algunos interrogantes que creo pertinentes para hacernos. Pueden parecer perogrulladas, pero justamente en muchas ocasiones encontramos las respuestas más profundas a través de los planteos más “simples”.

¿La misión agranda o abre la iglesia?

Se ha cuestionado mucho la comprensión “numerológica” de la misión, en donde se la comprende como la búsqueda de métodos para hacer crecer la iglesia. El “éxito” se mide por la cantidad de “almas” (palabra no inocente, ya que los cuerpos parecen ser solo paquetes caminantes) que ingresan a las filas de la congregación. Ya conocemos las consecuencias de esta mirada: iglesias repletas de gente desconectada entre sí, consumiendo de un modelo o un mercado religioso “a la última moda”. Las personas se fetichizan (no ellas mismas sino las estructuras), transformándose en un número más. Y tengamos cuidado: esto no sucede solamente en las llamadas “mega iglesias”. Es un imaginario muy corriente en el mundo evangélico en general, sea cual fuere el tamaño de la congregación.

La misión sí tiene que ver con el ingreso de personas a nuestras comunidades eclesiales, pero en tanto éstas se abran al mundo y se transformen en una comunidad de referencia y convivencia. La iglesia no debe buscar presas como un cazador. Su misión es ser un espacio que sirva al prójimo, que atienda a los desfavorecidos, entendiendo la salvación como esa acogida que irrumpe la rutina de la cotidianeidad mecanizada y la estrechez afectiva vigentes en nuestro mundo. Como la iglesia en Hechos 2, 41-47: debemos procurar vivir alternativamente, y que sea Dios quien añada.

¿Acaso la misión no tiene que ver con la gente?

Otra perogrullada, pero no tanto… Sí, la misión tiene que ver con la gente. Pero, ¿qué entendemos por “gente”? ¿Son acaso una masa homogénea, o un complejo conjunto de individualidades, instituciones y dinámicas? ¿Qué lugar tienen en nuestra misión? Pero sobre todo: ¿no son personas reales, de carne y hueso, con historias, emociones, traumas, alegrías, fortalezas, debilidades y necesidades? Muchas veces perdemos este sentido de realidad en nuestra misión. “La gente” pasa a ser receptáculo de nuestros romanticismos, idealizaciones, hasta dogmas y moralinas. ¿Pero comprendemos que todo lo que hacemos, decimos, pensamos y pronunciamos tiene que ver con personas reales que viven una cotidianeidad, tal cual nosotros y nosotras? ¿Practicamos una misión según lo que escuchamos y vemos de cada persona, o imponemos una agenda? Si lo que importa son las personas en tanto tales, ¿acaso no deberíamos dejar atrás tantas luchas intestinas por imponer (nuestros) “principios” y escuchar la realidad de “la gente”? Sí, es un “riesgo”: el riesgo de perder nuestro cómodo lugar de “centro del mundo” para abrirnos a la compasión, tal como hizo Jesús.

¿La misión es o se hace?

Ya nos habrá quedado claro que no existe la misión, como paquete predeterminado de prácticas, discursos y acciones. No existen modelos prefijados. Como dice Mateo 28,19, la misión es un “mientras vamos”, un caminar continuo, un proceso que se va viviendo, resignificando, reconsiderando, en la medida que sigamos andando. Quedarnos en un lugar, por más lindo y seguro que parezca, nos impide ver las bellezas que tenemos por delante. La misión es un envío constante al mundo, a la realidad en la que estamos, que siendo coherente con ese contexto complejo y en continuo cambio, se resignifica a ella misma, transformando sus prácticas y nociones fundantes (sea Dios, Iglesia, Evangelio, etc.) No es un paquete, un lugar (de poder), una forma, un discurso. Es un movimiento infinito que nos abre al mundo infinito que habitamos. La misión se hace en el camino.

¿Nos dejamos hablar por la misión?

Se habla de que la misión debe ser pertinente a nuestra realidad, que debemos comprometernos con la sociedad, con sus penurias… “para ser luz”. ¿Pero somos concientes de lo que ello implica? La sociedad con la que nos comprometemos posee una complejidad muchas veces ignorada por la iglesia; de aquí, sus respuestas facilistas a través de fórmulas o moralinas que pretenden dar una respuesta acabada a cuestiones demasiado complicadas. Al comprometernos con la comunidad, nos damos cuenta de que existen desafíos aún mayores, hasta desconocidos, por estar allí. Por eso la misión misma nos habla para su propio cambio. La gente, las experiencias, los fracasos y las complejidades que se hacen ver en dicho compromiso misional, nos interpelan. ¿Lo escuchamos? ¿Lo sentimos? ¿Respondemos a ello o seguimos estancados en nuestro “pequeño mundo muy feliz”?

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El Compromiso de Ciudad del Cabo
PREÁMBULO

Como miembros de la iglesia de Jesucristo en todo el mundo, afirmamos con alegría nuestro compromiso con el Dios vivo y Sus propósitos de salvación a través del Señor Jesucristo. Por Él, renovamos nuestro compromiso con la visión y las metas de El Movimiento de Lausana.
Esto significa dos cosas:
Primero, que seguimos comprometidos con la tarea de dar en todo el mundo testimonio de Jesucristo y de todas Sus enseñanzas. El Primer Congreso de Lausana (1974) fue convocado para la tarea de la evangelización mundial. Algunos de los principales bienes que dio a la iglesia mundial fueron: El Pacto de Lausana, una nueva conciencia de la cantidad de pueblos no alcanzados y un fresco descubrimiento de la naturaleza holística del evangelio bíblico y de la misión cristiana. El Segundo Congreso de Lausana, en Manila (1989), dio a luz más de 300 asociaciones estratégicas en la evangelización mundial, incluyendo muchas que involucraban cooperaciones entre naciones en todas partes del globo.
Segundo, que seguimos comprometidos con los principales documentos del Movimiento: el Pacto de Lausana(1974) y el Manifiesto de Manila (1989). Estos documentos expresan claramente verdades medulares del evangelio bíblico y las aplican a nuestra misión práctica de formas que siguen siendo pertinentes y desafiantes. Confesamos que no hemos sido fieles a los compromisos hechos en esos documentos. Pero los recomendamos y apoyamos, al buscar discernir cómo debemos expresar y aplicar la verdad eterna del evangelio en el mundo siempre cambiante de nuestra propia generación.

Las realidades del cambio
Casi todo lo que tiene que ver con la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos está cambiando, cada vez más rápido. Para bien o para mal, sentimos el impacto de la globalización, la revolución digital y el cambiante equilibrio del poder económico y político en el mundo. Algunas de las cosas que enfrentamos nos causan congoja y ansiedad: pobreza global, guerras, enfermedades, la crisis ecológica y el cambio climático. Pero hay un gran cambio en nuestro mundo que es motivo de regocijo: el crecimiento de la iglesia global de Cristo.
El hecho de que el Tercer Congreso de Lausana se haya realizado en África es evidencia de esto. Por lo menos las tres cuartas partes de todos los cristianos del mundo viven ahora en los continentes del Sur y el Este globales. La composición de nuestro Congreso de Ciudad del Cabo refleja este enorme cambio en el cristianismo mundial en el siglo transcurrido desde la conferencia misionera de Edimburgo, en 1910. Nos regocijamos por el asombroso crecimiento de la iglesia en África, y nos regocijamos de que nuestros hermanos y hermanas en Cristo africanos hayan sido los anfitriones de este Congreso.

Debemos responder en la misión cristiana a las realidades de nuestra propia generación. También debemos aprender de aquella mezcla de sabiduría y error que heredamos de generaciones previas. Honramos el pasado y nos involucramos en el futuro.
Realidades que no han cambiado
Pero, en nuestro mundo cambiante, algunas cosas siguen sin cambios. Estas grandes verdades brindan la fundamentación bíblica para nuestra participación misional.
 Los seres humanos están perdidos. La difícil situación humana subyacente sigue siendo como lo describe la Biblia: nos encontramos bajo el juicio justo de Dios en nuestro pecado y rebelión, y sin Cristo no tenemos esperanzas.
 El evangelio es buenas nuevas. El evangelio no es un concepto que requiere ideas frescas, sino una historia que necesita ser contada de una manera fresca. Es la historia que no ha cambiado acerca de lo que Dios ha hecho para salvar al mundo, especialmente en los sucesos históricos de la vida, la muerte, la resurrección y el reinado de Jesucristo. En Cristo hay esperanza.
 La misión de la iglesia continúa. La misión de Dios continúa hasta los confines de la tierra y hasta el fin del mundo. Llegará el día cuando los reinos del mundo pasarán a ser el reino de nuestro Dios y de Su Cristo, y Dios reinará con Su humanidad redimida en la nueva creación. Hasta ese día, la participación de la iglesia en la misión de Dios continúa, en una gozosa urgencia, y con frescas y emocionantes oportunidades en cada generación, incluyendo la nuestra.

La pasión de nuestro amor
Esta Declaración está enmarcada en el idioma del amor. El amor es el idioma del pacto. Los pactos bíblicos, viejos y nuevos, son la expresión del amor y la gracia redentores de Dios que buscan a la humanidad perdida y a la creación arruinada. Exigen nuestro amor a cambio. Nuestro amor se demuestra en la confianza, en la obediencia y en un compromiso apasionado con nuestro Señor del pacto. El Pacto de Lausana definía la evangelización como“toda la iglesia llevando todo el evangelio a todo el mundo”. Esa sigue siendo nuestra pasión. Así que renovamos ese pacto afirmando nuevamente:
 Nuestro amor por todo el evangelio como las gloriosas buenas nuevas de Dios en Cristo para todas las dimensiones de Su creación, porque ha sido toda asolada por el pecado y el mal.
 Nuestro amor por toda la iglesia como el pueblo de Dios, redimido por Cristo de cada nación en la tierra y cada era de la historia para compartir la misión de Dios en esta era y glorificarlo para siempre en la era venidera.
 Nuestro amor por todo el mundo, tan alejado de Dios pero tan cerca de Su corazón; el mundo que Dios amó tanto que entregó a Su único Hijo para su salvación.

Instados por este triple amor, nos comprometemos nuevamente a ser toda la iglesia, a creer, obedecer y compartirtodo el evangelio, y a ir a todo el mundo para hacer discípulos a todas las naciones.

PRIMERA PARTE
PARA EL SEÑOR QUE AMAMOS:
NUESTRO COMPROMISO DE FE
1. Amamos porque Dios nos amó primero
La misión de Dios deriva del amor de Dios. La misión del pueblo de Dios deriva de nuestro amor por Dios y por todo lo que Dios ama. La evangelización del mundo es la proyección del amor de Dios hacia nosotros y a través de nosotros. Afirmamos la primacía de la gracia de Dios y luego respondemos a esa gracia por fe, demostrada a través de la obediencia del amor. Amamos porque Dios nos amó primero y envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados.[1]
a) El amor por Dios y el amor por el prójimo constituyen los primeros y mayores mandamientos de los cuales penden toda la ley y los profetas. El amor es el cumplimiento de la ley y el primer fruto del Espíritu que se nombra. El amor es la evidencia de que hemos nacido de nuevo, la seguridad de que conocemos a Dios y la evidencia de que Dios mora dentro de nosotros. El amor es el nuevo mandamiento de Cristo, quien dijo a Sus discípulos que sólo en la medida que obedecieran este mandamiento, la misión de ellos sería visible y creíble. El amor cristiano de unos por otros es la forma en que el Dios invisible, que se hizo visible a través de Su Hijo encarnado, sigue haciéndose visible al mundo. El amor fue una de las primeras cosas que Pablo observaba y elogiaba entre los nuevos creyentes, junto con la fe y la esperanza. Pero el amor es lo más grande, porque el amor nunca cesa.[2]
b) Esta clase de amor no es débil ni sentimental. El amor de Dios es –conforme a Su pacto– fiel, comprometido, generoso, sacrificial, fuerte y santo. Dado que Dios es amor, el amor permea todo Su ser y todas Sus acciones, Su justicia y también Su compasión. El amor de Dios se extiende sobre toda Su creación. Se nos ordena amar de formas que reflejen el amor de Dios en todas esas mismas dimensiones. Eso es lo que significa andar en el camino del Señor.[3]
c) Así que, al enmarcar nuestras convicciones y nuestros compromisos en términos del amor, asumimos el desafío bíblico más básico y exigente de todos:
 amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas,
 amar a nuestro prójimo (incluyendo al extranjero y al enemigo) como a nosotros mismos,
 amarnos unos a otros como Dios nos ha amado en Cristo, y
 amar al mundo con el amor de Aquel que dio a Su único Hijo para que el mundo sea salvo a través de Él.[4]

d) Esta clase de amor es el don de Dios derramado en nuestros corazones, pero es también el mandato de Dios que requiere la obediencia de nuestra voluntad. Esta clase de amor significa ser como Cristo mismo: fuerte en la entereza, pero amable en la humildad, firme en la resistencia contra mal, pero tierno en la compasión por los que sufren, valiente en el sufrimiento y fiel hasta la muerte. Esta clase de amor fue ejemplificado por Cristo en la tierra y es supervisado por el Cristo resucitado en la gloria.[5]
Afirmamos que esta clase de amor bíblico integral debe ser la identidad y marca distintiva de los discípulos de Jesús. En respuesta a la oración y el mandato de Jesús, anhelamos que se cumpla en nosotros. Tristemente, confesamos que con demasiada frecuencia no es así. Por lo tanto, volvemos a comprometernos a hacer el máximo esfuerzo por vivir, pensar, hablar y comportarnos de formas que expresen lo que significa andar en amor; amor por Dios, amor unos por otros y amor por el mundo.

2. Amamos al Dios vivo
Nuestro Dios, a quien amamos, se revela en la Biblia como el Dios único, eterno y vivo, que gobierna todas las cosas según Su voluntad soberana y para Su propósito salvador. En la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, únicamente Dios es el Creador, Gobernador, Juez y Salvador del mundo.[6] Así que amamos a Dios, con agradecimiento gozoso por nuestro lugar en la creación, con sumisión a Su providencia soberana, con confianza en Su justicia y con alabanza eterna por la salvación que logró para nosotros.
a) Amamos a Dios por sobre todos los rivales. Se nos ordena amar y adorar únicamente al Dios vivo. Pero, como el Israel del Antiguo Testamento, permitimos que nuestro amor por Dios se vea adulterado al ir tras los dioses de este mundo, los dioses de las personas que nos rodean.[7] Caemos en el sincretismo, seducidos por los ídolos de la avaricia, el poder y el éxito, sirviendo a Mammón antes que a Dios. Aceptamos las ideologías políticas y económicas dominantes, sin hacer una crítica bíblica. Nos vemos tentados a transigir en nuestra creencia en la singularidad de Cristo bajo la presión del pluralismo religioso. Como Israel, necesitamos oír el llamado de los profetas y de Jesús mismo a arrepentirnos, a abandonar a todos estos rivales y a volver al amor obediente y a la adoración de Dios solamente.
b) Amamos a Dios con pasión por Su gloria. La mayor motivación para nuestra misión es la misma que impulsa la misión de Dios: que el único Dios vivo sea conocido y glorificado en toda Su creación. Esta es la meta última de Dios y debería ser nuestro mayor gozo.
“Si Dios desea que toda rodilla se doble ante Jesús y toda lengua lo confiese, también debemos desearlo nosotros. Debemos ser ‘celosos’ (como lo expresa la Biblia a veces) por la honra de Su nombre: preocupados cuando no es conocido, dolidos cuando es ignorado, indignados cuando es blasfemado, y en todo momento ansiosos y decididos a que reciba la honra y la gloria que le corresponden. El más elevado de los motivos misioneros no es ni la obediencia a la gran comisión (por importante que sea), ni el amor por los pecadores que están alienados y están pereciendo (por fuerte que sea ese incentivo, especialmente cuando tomamos en cuenta la ira de Dios), sino más bien el celo –celo ardiente y apasionado– por la gloria de Jesucristo. […] Ante esta meta suprema de la misión cristiana, todos los motivos indignos se marchitan y mueren”.[8] (John Stott)

Debería ser nuestro mayor dolor que en nuestro mundo el Dios vivo no sea glorificado. El Dios vivo es negado en el ateísmo agresivo. El único Dios verdadero es reemplazado o distorsionado en la práctica de las religiones del mundo. Nuestro Señor Jesucristo es abusado y tergiversado en algunas culturas populares. Y el rostro del Dios de la revelación bíblica es oscurecido por el nominalismo cristiano, el sincretismo y la hipocresía.
Amar a Dios en medio de un mundo que lo rechaza o distorsiona requiere de un testimonio osado pero humilde de nuestro Dios, una defensa firme pero amable de la verdad del evangelio de Cristo, el Hijo de Dios, y una confianza a través de la oración en la obra de convicción y convencimiento de Su Espíritu Santo. Nos comprometemos a este testimonio, porque si decimos que amamos a Dios debemos compartir la mayor prioridad de Dios, la cual es que Su nombre y Su palabra sean exaltados por sobre todas las cosas.[9]

3. Amamos a Dios el Padre
A través de Jesucristo, el Hijo de Dios –y a través de Él únicamente, como el Camino, la Verdad y la Vida– llegamos a conocer y amar a Dios como Padre. Al testificar el Espíritu Santo con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, pronunciamos las palabras que Jesús oró: “Abba, Padre”, y oramos la oración que Jesús enseñó: “Padre nuestro”. Nuestro amor por Jesús, demostrado al obedecerlo, se encuentra con el amor del Padre por nosotros cuando el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros con un amor mutuo que da y recibe.[10] Esta relación íntima tiene profundos fundamentos bíblicos.
a) Amamos a Dios como el Padre de Su pueblo. El Israel del Antiguo Testamento conocía a Dios como Padre, como el que les dio existencia, los llevó y los disciplinó, exigió su obediencia, anheló su amor y ejerció un perdón compasivo y un amor duradero y paciente.[11] Todo esto sigue teniendo aplicación para nosotros como pueblo de Dios en Cristo, en nuestra relación con nuestro Padre Dios.
b) Amamos a Dios como el Padre que amó tanto al mundo que dio a Su Hijo único para nuestra salvación. ¡Cuán grande es el amor del Padre por nosotros al hacer que seamos llamados los hijos de Dios! ¡Cuán inconmensurable el amor del Padre que no escatimó a Su único Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros! Este amor del Padre al entregar a Su Hijo se vio reflejado en el amor abnegado del Hijo. Hubo completa armonía de voluntad en la obra de expiación que el Padre y el Hijo realizaron en la cruz, a través del Espíritu eterno. El Padre amó al mundo y dio a Su Hijo; el “[…] Hijo de Dios […] me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Esta unidad de Padre e Hijo, que Jesús mismo afirmó tanto, aparece en el saludo más repetido de Pablo: “Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados […], conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.[12]
c) Amamos a Dios como el Padre cuyo carácter reflejamos y en cuyo cuidado confiamos. En el Sermón del monte, Jesús señala repetidamente a nuestro Padre celestial como el modelo o el foco para nuestra acción. Debemos ser pacificadores, como hijos de Dios. Debemos hacer buenas obras, para que nuestro Padre reciba la alabanza. Debemos amar a nuestros enemigos como reflejo del amor paternal de Dios. Debemos dar, orar y ayunar sólo para los ojos de nuestro Padre. Debemos perdonar a los demás como nuestro Padre nos perdona a nosotros. No debemos tener ninguna ansiedad sino que debemos confiar en la provisión de nuestro Padre. Cuando este comportamiento fluye del carácter cristiano, hacemos la voluntad de nuestro Padre en el cielo, dentro del reino de Dios.[13]
Confesamos que a menudo hemos descuidado la verdad de la paternidad de Dios y nos hemos privado de las riquezas de nuestra relación con Él. Nos comprometemos nuevamente a ir al Padre a través de Jesús el Hijo, a recibir Su amor paternal y responder a él, a vivir en obediencia bajo Su disciplina paternal, a reflejar Su carácter paternal en todo nuestro comportamiento y actitudes, y a confiar en Su provisión paternal cualesquiera que sean las circunstancias en las que Él nos guíe.

4. Amamos a Dios el Hijo
Dios ordenó a Israel que amara al Señor Dios con lealtad exclusiva. Del mismo modo para nosotros, amar al Señor Jesucristo significa que afirmamos firmemente que sólo Él es Salvador, Señor y Dios. La Biblia enseña que Jesús realiza las mismas acciones soberanas que únicamente Dios realiza. Cristo es el Creador del universo, el Gobernador de la historia, el Juez de todas las naciones y el Salvador de todos los que se vuelven a Dios.[14] Él comparte la identidad de Dios en la divina igualdad y unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así como Dios llamó a Israel a amarlo con fe, obediencia y testimonio de siervo fundamentados en Su pacto, nosotros afirmamos nuestro amor por Jesucristo confiando en Él, obedeciéndolo y haciéndolo conocer.
a) Confiamos en Cristo. Creemos el testimonio de los Evangelios de que Jesús de Nazaret es el Mesías, el que fue designado y enviado por Dios para cumplir la misión singular del Israel del Antiguo Testamento, que es traer la bendición de la salvación de Dios a todas las naciones, como Dios prometió a Abraham.
 En el nacimiento de Jesús, Dios asumió nuestra carne humana y vivió entre nosotros, totalmente Dios y totalmente humano.
 En Su vida, Jesús caminó en perfecta fidelidad y obediencia a Dios. Anunció y enseñó el reino de Dios y ejemplificó cómo debían vivir Sus discípulos bajo el reino de Dios.
 En Su ministerio y Sus milagros, Jesús anunció y demostró la victoria del reino de Dios sobre el mal y los poderes malignos.
 En Su muerte en la cruz, Jesús tomó nuestro pecado sobre Él en nuestro lugar, cargando con todo el costo, la penalidad y la vergüenza, derrotó la muerte y los poderes del mal, y logró la reconciliación y redención de toda la creación.
 En Su resurrección corporal, Jesús fue reivindicado y exaltado por Dios y se convirtió en el precursor de la humanidad redimida y la creación restaurada.
 Desde Su ascensión, Jesús está reinando como Señor sobre toda la historia y la creación.
 Cuando vuelva, Jesús ejecutará el juicio de Dios, destruirá a Satanás, el mal y la muerte, y establecerá el reino universal de Dios.
b) Obedecemos a Cristo. Jesús nos llama al discipulado, a tomar nuestra cruz y seguirlo en la senda de la abnegación, el servicio y la obediencia. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo. “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Somos llamados a vivir como Cristo vivió y a amar como Cristo amó. Profesar a Cristo mientras ignoramos Sus mandamientos es una necedad peligrosa. Jesús nos advierte que negará conocer a muchos que hablan en Su nombre con ministerios espectaculares y milagrosos, y los considerará hacedores de maldad.[15] Prestamos atención a la advertencia de Cristo, porque ninguno de nosotros es inmune a un peligro tan terrible.
c) Proclamamos a Cristo. En Cristo únicamente, Dios se ha revelado en forma total y definitiva, y sólo a través de Cristo Dios ha alcanzado la salvación para el mundo. Por lo tanto, nos arrodillamos como discípulos a los pies de Jesús de Nazaret y le decimos, junto con Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Aunque no lo hemos visto, lo amamos. Y nos regocijamos con esperanza anhelando el día de Su retorno, cuando “le veremos tal como él es”. Hasta ese día, nos unimos a Pedro y a Juan para proclamar que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.[16]
Nos comprometemos nuevamente a dar testimonio de Jesucristo y de toda Su enseñanza, en todo el mundo, sabiendo que podemos dar tal testimonio sólo si nosotros mismos estamos viviendo en obediencia a Su enseñanza.

5. Amamos a Dios el Espíritu Santo
Amamos al Espíritu Santo dentro de la unidad de la Trinidad, con Dios el Padre que lo envía y con Jesucristo, de quien da testimonio. Él es el Espíritu misionero del Padre misionero y el Hijo misionero, infundiendo vida y poder a la iglesia misionera de Dios. Amamos al Espíritu Santo y oramos por Su presencia, porque sin el testimonio del Espíritu de Cristo, nuestro propio testimonio es estéril. Sin la obra de convicción del Espíritu, nuestra predicación es en vano. Sin el poder del Espíritu, nuestra misión es mero esfuerzo humano. Y, sin el fruto del Espíritu, nuestra vida poco atractiva no puede reflejar la belleza del evangelio.

a) En el Antiguo Testamento vemos al Espíritu de Dios activo en la creación, en obras de liberación y justicia, y llenando e invistiendo de poder a personas para toda clase de servicios. Los profetas llenos del Espíritu esperaban al rey y siervo venidero cuya persona y obra estarían dotadas del Espíritu de Dios, y esperaban la era venidera que estaría marcada por el derramamiento de Su Espíritu, que traería nueva vida y una fresca obediencia al pueblo de Dios.[17]
b) En Pentecostés, Dios derramó Su Espíritu Santo según lo prometido por los profetas y por Jesús. El Espíritu santificador produce Su fruto en la vida de los creyentes, y el primer fruto siempre es el amor. El Espíritu llena a la iglesia con Sus dones y con el poder para la misión y para la gran variedad de obras de servicio. El Espíritu nos permite proclamar y demostrar el evangelio, discernir la verdad, orar eficazmente y prevalecer sobre las fuerzas de oscuridad. El Espíritu fortalece y consuela a los discípulos que son perseguidos o sometidos a juicio por su testimonio de Cristo.[18]
c) Nuestra participación en la misión, entonces, no tiene sentido ni fruto sin la presencia y el poder del Espíritu Santo. Esto ocurre con la misión en todas sus dimensiones: evangelismo, testimonio de la verdad, discipulado, pacificación, involucramiento social, transformación ética, cuidado de la creación, victoria sobre los poderes malignos, expulsión de espíritus demoníacos, sanación de enfermos, sufrimiento y el soportar bajo la persecución. Todo lo que hacemos en el nombre de Cristo debe ser con el poder del Espíritu Santo. El Nuevo Testamento deja en claro esto en la vida de la iglesia primitiva y en la enseñanza de los apóstoles. Está siendo demostrado hoy en el fruto y el crecimiento de iglesias donde los seguidores de Jesús actúan confiadamente con el poder del Espíritu Santo, con dependencia y expectativa.
No existe ningún evangelio verdadero ni completo, y ninguna auténtica misión bíblica, sin la Persona, la obra y el poder del Espíritu Santo. Oramos por un mayor despertar a esta verdad bíblica y para que su experiencia sea una realidad en todas partes del cuerpo de Cristo en todo el mundo. Sin embargo, somos conscientes de los muchos abusos que se esconden bajo el nombre del Espíritu Santo, las muchas formas en que (como ejemplifica también el Nuevo Testamento) se practican y elogian toda clase de fenómenos que llevan las marcas de otros espíritus y no del Espíritu Santo. Existe mucha necesidad de un discernimiento más profundo, de claras advertencias contra el engaño, de la puesta en evidencia de manipuladores fraudulentos y que trabajan para ventaja propia, los cuales abusan del poder espiritual para su propio enriquecimiento impío. Sobre todo, existe una gran necesidad de una sostenida enseñanza y predicación bíblicas, impregnadas de oración humilde, que capaciten a creyentes comunes y corrientes para entender el verdadero evangelio y regocijarse en él, reconociendo y rechazando los falsos evangelios.

6. Amamos la Palabra de Dios
Amamos la Palabra de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, haciendo eco del gozoso deleite del salmista en la Torá: “He amado tus mandamientos más que el oro”. “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!”. Recibimos toda la Biblia como la palabra de Dios, inspirada por el Espíritu de Dios, hablada y escrita a través de autores humanos. Nos sometemos a ella como un libro suprema y singularmente autoritativo, que rige nuestra creencia y nuestro comportamiento. Testificamos del poder de la palabra de Dios para lograr Su propósito de salvación. Afirmamos que la Biblia es la Palabra escrita final de Dios, que no es superada por ninguna otra revelación, pero también nos regocijamos porque el Espíritu Santo ilumina la mente de los hijos de Dios para que la Biblia continúe hablando la verdad de Dios de formas frescas a las personas de cada cultura”. [19]

La Persona que la Biblia revela. Amamos la Biblia como una esposa ama las cartas de su esposo, no por los papeles que son, sino por la persona que habla a través de ellas. La Biblia nos da la propia revelación de Dios de Su identidad, carácter, propósitos y acciones. Es el principal testigo del Señor Jesucristo. Al leerla, lo encontramos a Él a través de Su Espíritu con gran gozo. Nuestro amor por la Biblia es una expresión de nuestro amor a Dios.
a) La historia que la Biblia cuenta. La Biblia cuenta la historia universal de la creación, la caída, la redención en la historia y la nueva creación. Esta narración abarcadora brinda una cosmovisión bíblica coherente y da forma a nuestra teología. En el centro de esta historia se encuentran los eventos salvíficos culminantes de la cruz y la resurrección de Cristo, que constituyen el corazón del evangelio. Es esta historia (en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento) la que nos dice quiénes somos, para qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Esta historia de la misión de Dios define nuestra identidad, impulsa nuestra misión y nos asegura que el final está en las manos de Dios. Esta historia debe dar forma a la memoria y la esperanza del pueblo de Dios y determinar el contenido de su testimonio evangélico, al transmitirse de generación en generación. Debemos hacer conocer la Biblia por todos los medios posibles, ya que su mensaje es para todos los pueblos de la tierra. Volvemos a comprometernos, por lo tanto, con la tarea continua de traducir, difundir y enseñar la Biblia en cada cultura e idioma, incluyendo aquellos que son predominantemente orales o no literarios.
b) La verdad que la Biblia enseña. Toda la Biblia nos enseña todo el consejo de Dios, la verdad que Dios quiere que conozcamos. Nos sometemos a ella como verdadera y confiable en todo lo que afirma, ya que es la palabra del Dios que no puede mentir y que no fallará. Es clara y suficiente para revelar el camino de la salvación. Es el fundamento para explorar y entender todas las dimensiones de la verdad de Dios.
Sin embargo, vivimos en un mundo lleno de mentiras y de rechazo de la verdad. Muchas culturas exhiben un relativismo dominante que niega que exista o que pueda ser conocida verdad absoluta alguna. Si amamos la Biblia, entonces debemos levantarnos para defender sus afirmaciones de verdad. Debemos encontrar formas frescas de expresar la autoridad bíblica en todas las culturas. Nos comprometemos nuevamente a luchar por la verdad de la revelación de Dios como parte de nuestro trabajo de amor por la Palabra de Dios.
c) La vida que la Biblia requiere. “Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas”. Jesús y Santiago nos llaman a ser hacedores de la palabra, y no sólo oidores.[20] La Biblia retrata una calidad de vida que debería caracterizar al creyente y a la comunidad de los creyentes. Por medio de Abraham, de Moisés, de los salmistas, de los profetas y de los libros de sabiduría de Israel, de Jesús y de los apóstoles, aprendemos que este estilo de vida bíblico incluye la justicia, la compasión, la humildad, la integridad, la sinceridad, la veracidad, la castidad sexual, la generosidad, la amabilidad, la abnegación, la hospitalidad, la pacificación, el no tomar represalias, el hacer el bien, el perdón, el gozo, el contentamiento y el amor, todos combinados en una vida de adoración, alabanza y fidelidad a Dios.

Confesamos que livianamente decimos amar la Biblia, sin amar la vida que enseña: la vida de obediencia práctica y costosa a Dios a través de Cristo. Sin embargo, “No hay nada que con mayor elocuencia respalde al evangelio que una vida transformada, ni nada que lo desacredite tanto [como] una vida inconsistente con el mismo. Se nos ha ordenado comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo y aun a ‘adornarlo’ resaltando su belleza por medio de vidas [santas]”.[21] Por el bien del evangelio de Cristo, por lo tanto, volvemos a comprometernos a demostrar nuestro amor por la Palabra de Dios, creyéndola y también obedeciéndola. No hay misión bíblica sin una vida bíblica.

7. Amamos el mundo de Dios
Compartimos la pasión de Dios por Su mundo, amando todo lo que Dios ha hecho, regocijándonos en la providencia y la justicia de Dios en toda Su creación, proclamando las buenas nuevas a toda la creación y a todas las naciones, y anhelando el día en que la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.[22]
a) Amamos el mundo de la creación de Dios. Este amor no es un mero afecto sentimental por la naturaleza (que la Biblia no ordena en ninguna parte), y menos aún la adoración panteísta de la naturaleza (que la Biblia prohíbe expresamente). Por el contrario, es el resultado lógico de nuestro amor por Dios, cuidando lo que le pertenece. “De Jehová es la tierra y su plenitud”. La tierra es la propiedad del Dios que decimos amar y obedecer. Cuidamos de la tierra, muy sencillamente, porque pertenece a quien llamamos Señor.[23]
La tierra ha sido creada y redimida por Cristo y es sustentada por Él.[24] No podemos decir que amamos a Dios mientras abusamos de lo que pertenece a Cristo por derecho de creación, de redención y de herencia. Cuidamos de la tierra, no según los fundamentos del mundo secular sino por amor al Señor. Si Jesús es Señor de toda la tierra, no podemos separar nuestra relación con Cristo de la forma en que actuamos con relación a la tierra. Porque proclamar el evangelio que dice “Jesús es Señor” es proclamar el evangelio que incluye la tierra, ya que el señorío de Cristo es sobre toda la creación. El cuidado de la creación es, por lo tanto, un tema del evangelio dentro del señorío de Cristo.
Esta clase de amor por la creación de Dios exige que nos arrepintamos de nuestra parte en la destrucción, dilapidación y contaminación de los recursos de la tierra y nuestra complicidad en la tóxica idolatría del consumismo. En cambio, nos comprometemos a una urgente y profética responsabilidad ecológica, y a brindar apoyo a cristianos cuyos llamado misional específico es a la defensa y la acción ambiental. Nos recordamos que la Biblia declara el propósito redentor de Dios para la creación misma. La misión integral significa discernir, proclamar y vivir la verdad bíblica que el evangelio es la buena nueva de Dios, a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo, para las personas individualmente, y también para la sociedad, y también para la creación. Los tres están quebrados y están sufriendo por causa del pecado; los tres están incluidos en el amor y la misión redentores de Dios; los tres deben formar parte de la misión integral del pueblo de Dios.

b) Amamos el mundo de naciones y culturas. “De un solo hombre hizo él todas las naciones, para que vivan en toda la tierra” (DHH). La diversidad étnica es el don de Dios en la creación y será preservada en la nueva creación, cuando será liberada de nuestras divisiones y rivalidades producto de nuestra condición caída. Nuestro amor por todos los pueblos refleja la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones de la tierra y la misión de Dios de crear para Sí un pueblo tomado de cada tribu, lengua, nación y pueblo. Debemos amar todo lo que Dios ha escogido bendecir, lo cual incluye todas las culturas. Históricamente, la misión cristiana ha desempeñado un papel decisivo en la protección y preservación de culturas autóctonas y sus idiomas. Sin embargo, el amor piadoso también incluye el discernimiento crítico, porque todas las culturas muestran no sólo evidencia positiva de la imagen de Dios en las vidas humanas, sino también las huellas digitales negativas de Satanás y el pecado. Anhelamos ver el evangelio encarnado y arraigado en todas las culturas, redimiéndolas desde adentro para que puedan exhibir la gloria de Dios y la radiante plenitud de Cristo. Esperamos el momento en que la riqueza, la gloria y el esplendor de todas las culturas entren a la ciudad de Dios, redimidas y purgadas de todo pecado, enriqueciendo la nueva creación.[25]
Esta clase de amor por todos los pueblos exige que rechacemos los males del racismo y del etnocentrismo, y que tratemos a cada grupo étnico y cultural con dignidad y respeto, sobre la base de su valor para Dios en la creación y la redención.[26]
Esta clase de amor también exige que tratemos de hacer conocer el evangelio entre todos los pueblos y culturas, en todas partes. Ninguna nación, judía o gentil, queda fuera del alcance de la gran comisión. El evangelismo es lo que sale de corazones que están llenos del amor de Dios por quienes aún no lo conocen. Confesamos con vergüenza que todavía hay muchos pueblos en el mundo que nunca han escuchado el mensaje del amor de Dios en Jesucristo. Renovamos el compromiso que inspiró el Movimiento de Lausana desde su inicio, de usar todos los medios posibles para alcanzar a todos los pueblos con el evangelio.
c) Amamos a los pobres y a los que sufren en el mundo. La Biblia nos dice que el Señor ama todo lo que ha hecho, defiende la causa de los oprimidos, ama al extranjero, alimenta a los hambrientos y sostiene al huérfano y a la viuda.[27] La Biblia también muestra que Dios quiere hacer estas cosas a través de seres humanos dedicados a esta clase de acciones. Dios hace responsables especialmente a los que han sido designados para el liderazgo político o judicial en la sociedad,[28] pero todo el pueblo de Dios tiene el mandato –por la ley y los profetas, los Salmos y los libros de sabiduría, por Jesús y Pablo, por Santiago y Juan– de reflejar el amor y la justicia de Dios en amor práctico y justicia para los necesitados.[29]

Esta clase de amor por los pobres exige que no sólo amemos la misericordia y las acciones de compasión, sino que también hagamos justicia poniendo en descubierto y oponiéndonos a todo lo que oprime y explota a los pobres. “No debemos temer denunciar el mal y la injusticia dondequiera existan”.[30] Confesamos con vergüenza que en esta cuestión no compartimos la pasión de Dios, no encarnamos el amor de Dios, no reflejamos el carácter de Dios y no hacemos la voluntad de Dios. Nos dedicamos renovadamente a la promoción de la justicia, incluyendo la solidaridad y la defensa de los marginados y oprimidos. Reconocemos esta lucha contra el mal como una dimensión de la guerra espiritual que sólo puede encararse a través de la victoria de la cruz y la resurrección, con el poder del Espíritu Santo y con oración constante.
d) Amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Jesús llamó a Sus discípulos a obedecer este mandamiento como el segundo mayor de la ley; pero luego profundizó radicalmente la demanda, al llevarla de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” a “amad a vuestros enemigos”.[31]
Esta clase de amor por nuestros prójimos exige que respondamos a todas las personas desde el corazón del evangelio, en obediencia al mandato de Cristo y siguiendo el ejemplo de Cristo. Esta clase de amor por el prójimo abraza a las personas de otras creencias religiosas y se extiende a quienes nos odian, nos calumnian y nos persiguen, y aun a los que nos matan. Jesús nos enseñó a responder a las mentiras con la verdad, a los que hacen el mal con actos de bondad, misericordia y perdón, a la violencia y el asesinato contra Sus discípulos con la abnegación, a fin de atraer a las personas hacia Él y romper la cadena de maldad. Rechazamos enfáticamente el camino de la violencia en la difusión del evangelio y renunciamos a la tentación de la represalia y la venganza contra quienes nos agravian. Esta clase de desobediencia es incompatible con el ejemplo y la enseñanza de Cristo y del Nuevo Testamento.[32] Al mismo tiempo, nuestra tarea de amor hacia nuestros prójimos que sufren nos exige que busquemos justicia en beneficio de ellos a través de las apelaciones adecuadas a las autoridades legales y estatales que funcionan como siervos de Dios para castigar a los que hacen lo malo.[33]
e) El mundo que no amamos. El mundo de la buena creación de Dios se ha convertido en el mundo de la rebelión humana y satánica contra Dios. Se nos ordena no amar ese mundo de deseos pecaminosos, de avaricia y de orgullo humano. Confesamos con pena que precisamente esas marcas de mundanalidad desfiguran muchas veces nuestra presencia cristiana y niegan nuestro testimonio del evangelio.[34]

Nos comprometemos nuevamente a no coquetear con el mundo caído y sus pasiones transitorias, sino a amar a todo el mundo como Dios lo ama. Así que amamos al mundo con un santo anhelo de ver la redención y renovación de toda la creación y de todas las culturas en Cristo, la reunión del pueblo de Dios de todas las naciones hasta los confines de la tierra y la finalización de toda destrucción, pobreza y enemistad.

8. Amamos el evangelio de Dios
Como discípulos de Jesús, somos un pueblo del evangelio. El núcleo de nuestra identidad es nuestra pasión por las buenas nuevas bíblicas de la obra salvadora de Dios a través de Jesucristo. Estamos unidos por nuestra experiencia de la gracia de Dios en el evangelio y por nuestra motivación de hacer conocer ese evangelio de la gracia hasta los confines de la tierra mediante todos los medios posibles.
a) Amamos las buenas nuevas en un mundo de malas nuevas. El evangelio aborda los efectos funestos del pecado, el fracaso y la necesidad humanos. Los seres humanos se rebelaron contra Dios, rechazaron la autoridad de Dios y desobedecieron la Palabra de Dios. En este estado pecaminoso, estamos alienados de Dios, unos de otros y del orden creado. El pecado merece la condena de Dios. Quienes se rehúsan a arrepentirse y no “[…] obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo […] sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor […]”.[35] Los efectos del pecado y el poder del mal han corrompido cada dimensión de la persona humana (espiritual, física, intelectual y relacional). Han permeado la vida cultural, económica, social, política y religiosa en todas las culturas y en todas las generaciones de la historia. Han causado incalculable tristeza a la raza humana y daño a la creación de Dios. Contra este trasfondo sombrío, el evangelio bíblico ciertamente es muy buenas nuevas.
b) Amamos la historia que el evangelio cuenta. El evangelio anuncia como buenas nuevas los sucesos históricos de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Como el hijo de David, el Mesías Rey prometido, Jesús es el único a través de quien Dios estableció Su reino y actuó para la salvación del mundo, permitiendo que todas las naciones del mundo sean bendecidas, como prometió a Abraham. Pablo define el evangelio cuando dice que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce”. El evangelio declara que, en la cruz de Cristo, Dios tomó sobre Sí, en la persona de Su Hijo y en nuestro lugar, el juicio que merece nuestro pecado. En el mismo gran acto de salvación Dios ganó la victoria decisiva sobre Satanás, la muerte y todos los poderes del mal, nos liberó del poder y el temor de ellos y aseguró su destrucción final. Logró la reconciliación de los creyentes con Dios y entre sí cruzando todas las fronteras y enemistades. A través de la cruz, también, Dios logró Su propósito de la reconciliación última de toda la creación, y en la resurrección corporal de Jesús nos ha dado las primicias de la nueva creación. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.[36] ¡Cuánto amamos la historia del evangelio!

c) Amamos la certeza que el evangelio trae. Únicamente como resultado de confiar sólo en Cristo, estamos unidos con Él a través del Espíritu Santo y somos considerados justos en Cristo ante Dios. Al estar justificados por fe, tenemos paz con Dios y ya no enfrentamos la condenación. Recibimos el perdón de nuestros pecados. Nacemos de nuevo a una esperanza viva al compartir la vida resucitada de Cristo. Somos adoptados como coherederos con Cristo. Nos convertimos en ciudadanos del pueblo del pacto de Dios, en miembros de la familia de Dios y en el lugar donde Dios mora. Así que, al confiar en Cristo, tenemos plena certeza de la salvación y la vida eterna, porque nuestra salvación depende, en última instancia, no de nosotros sino de la obra de Cristo y la promesa de Dios. “[…] ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.[37] ¡Cuánto amamos la promesa del evangelio!
d) Amamos la transformación que el evangelio produce. El evangelio es el poder transformador de vidas de Dios obrando en el mundo. “Es [el] poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.[38] Únicamente la fe es el medio por el cual se reciben las bendiciones y la seguridad del evangelio. Sin embargo, la fe salvadora nunca permanece sola, sino que se muestra necesariamente en la obediencia. La obediencia cristiana es la “fe que obra por el amor”.[39] No somos salvados por las buenas obras pero, habiendo sido salvados por gracia, fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras”.[40] “La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.[41] Pablo vio la transformación ética que produce el evangelio como la obra de la gracia de Dios, una gracia que logró nuestra salvación en la primera venida de Cristo, y una gracia que nos enseña a vivir éticamente a la luz de Su segunda venida.[42] Para Pablo, “obedecer el evangelio” significaba tanto confiar en la gracia como luego ser enseñado por la gracia.[43] La meta misional de Pablo era generar “la obediencia a la fe en todas las naciones”.[44] Esta terminología muy relacionada con el pacto nos recuerda a Abraham. Abraham creyó en la promesa de Dios, lo que le fue acreditado por justicia, y luego obedeció el mandato de Dios demostrando su fe. “Por la fe Abraham […] obedeció […]”.[45] El arrepentimiento y la fe en Jesucristo son los primeros actos de obediencia que exige el evangelio; la obediencia continua a los mandamientos de Dios es la forma de vida que la fe del evangelio activa en nosotros, a través del Espíritu Santo santificador.[46] Por lo tanto, la obediencia es la evidencia viva de la fe salvadora y el fruto vivo de ella. La obediencia es también la prueba de nuestro amor por Jesús. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”.[47] “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.[48] ¡Cuánto amamos el poder del evangelio!

9. Amamos al pueblo de Dios

El pueblo de Dios son las personas de todas las edades y de todas las naciones a las cuales Dios, en Cristo, ha amado, escogido, llamado, salvado y santificado como un pueblo para Su propia posesión, para participar de la gloria de Cristo como ciudadanos de la nueva creación. En consecuencia, como personas que Dios ha amado de eternidad a eternidad y a lo largo de toda nuestra historia turbulenta y rebelde, se nos ordena amarnos unos a otros. Porque “[…] si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros”; en consecuencia, “Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (DHH). El amor unos por otros en la familia de Dios no es meramente una opción deseable sino un mandamiento ineludible. Esta clase de amor es la primera evidencia de la obediencia al evangelio, y un potente motor para la misión mundial.[49]
a) El amor exige unidad. El mandamiento de Jesús en cuanto a que Sus discípulos se amaran unos a otros está vinculado con Su oración de que fueran uno. Tanto el mandamiento como la oración son misionales: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos […]” y “[…] para que el mundo crea que tú [el Padre] me enviaste”.[50] Una marca sumamente convincente de la verdad del evangelio es cuando los creyentes cristianos están unidos en amor, traspasando las barreras de las divisiones crónicas del mundo: barreras de raza, color, clase social, privilegio económico o alineamiento político. Sin embargo, hay pocas cosas que destruyen tanto nuestro testimonio que el ver a los cristianos reflejar y amplificar las mismas divisiones entre ellos.
Confesamos que no hemos dejado de lado todo lo que nos divide. Entre dichas barreras, estamos profundamente preocupados por los extremos escandalosos de desigualdad económica dentro del cuerpo global de Cristo. Esta desigualdad niega las instrucciones y el deseo de Pablo de que hubiera mutualidad y cantidad suficiente para todos.[51] Condenamos la competitividad y la rivalidad que a veces contaminan aun nuestro celo por la misión. Deploramos el desequilibrio de los recursos disponibles para la misión en diferentes partes de la iglesia mundial. Buscamos urgentemente un nuevo equilibrio global arraigado en un profundo amor mutuo y una asociación humilde dentro del cuerpo de Cristo en todos los continentes. Y buscamos esto no sólo a fin de amarnos unos a otros por encima de las meras palabras, sino también por causa del nombre de Cristo y de la misión de Dios en todo el mundo.
b) El amor exige sinceridad. El amor habla la verdad con gracia. Nadie amó al pueblo de Dios más que los profetas de Israel y que Jesús mismo. Sin embargo, nadie los confrontó más sinceramente con la verdad de su fracaso, idolatría y rebelión contra su Señor del pacto. Y, al hacerlo, llamaron al pueblo de Dios a arrepentirse, para que pudieran ser perdonados y restaurados al servicio de la misión de Dios. La misma voz de amor profético debe oírse hoy, por la misma razón.

Esta clase de sinceridad amorosa requiere que volvamos en arrepentimiento a los caminos piadosos de la humildad, la integridad y la simplicidad sacrificial. Debemos renunciar a las idolatrías de la arrogancia, el éxito manipulado y la avaricia consumista que seducen a tantos de nosotros y a nuestros líderes. Nuestro amor por la iglesia de Dios sufre dolorosamente por la fealdad entre nosotros que tanto desfigura el rostro de nuestro querido Señor Jesucristo y oculta Su belleza de la vista del mundo; ese mundo que tan desesperadamente necesita ser atraído a Él.
c) El amor exige solidaridad. Amarnos unos a otros incluye especialmente cuidar de los que son perseguidos y encarcelados por su fe y su testimonio. Si una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren con ella. Somos todos, como Juan, copartícipes “[…] en la tribulación, en el reino y la paciencia de Jesucristo […]”.[52]
Confesamos que no siempre hemos demostrado una solidaridad tan amorosa con nuestros hermanos y hermanas perseguidos y que hemos estado más preocupados por nuestra propia seguridad. Nos comprometemos a compartir el sufrimiento de los miembros del cuerpo de Cristo en todo el mundo a través de la información, la oración, la defensoría y otros medios de apoyo. Sin embargo, vemos este compartir no como un mero ejercicio de lástima, sino también como un anhelo de aprender lo que la iglesia sufriente puede enseñar y dar a aquellas partes del cuerpo de Cristo que no están sufriendo de la misma forma. Hemos sido advertidos de que la iglesia que se siente cómoda con su riqueza y autosuficiencia puede, como la de Laodicea, ser la iglesia que Jesús considera más ciega a su propia pobreza y con respecto a la cual Él mismo se siente un extraño fuera de la puerta.[53]
Jesús convoca a todos Sus discípulos a ser una familia entre las naciones, una comunidad reconciliada en la que todas las barreras pecaminosas se derriban a través de Su gracia reconciliadora. Esta iglesia es una comunidad de gracia, obediencia y amor en la comunión del Espíritu Santo, en la cual se ven reflejados los gloriosos atributos de Dios y las características de gracia de Cristo, y se manifiesta la sabiduría multicolor de Dios. Como la expresión más vívida del reino de Dios, la iglesia es la comunidad de los reconciliados que ya no viven para sí mismos sino para el Salvador que los amó y se entregó por ellos.

10. Amamos la misión de Dios
Estamos comprometidos con la misión mundial, porque es central para nuestra comprensión de Dios, de la Biblia, de la iglesia, de la historia humana y del futuro último. Toda la Biblia revela la misión de Dios de llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a la unidad bajo Cristo, reconciliándolas por medio de la sangre de Su cruz. Al cumplir Su misión, Dios transformará la creación quebrada por el pecado y el mal en la nueva creación en la que no hay más pecado ni maldición. Por medio del evangelio de Jesús, el Mesías, la simiente de Abraham, Dios cumplirá Su promesa hecha a Abraham de bendecir a todas las naciones de la tierra. Dios transformará el mundo fracturado de naciones que están dispersas y bajo el juicio de Dios en la nueva humanidad que, de toda tribu, nación, lengua e idioma, será redimida por la sangre de Cristo y será reunida para adorar a nuestro Dios y Salvador. Dios destruirá el reino de la muerte, la corrupción y la violencia cuando Cristo vuelva para establecer Su reino eterno de vida, justicia y paz. Luego Dios, Emanuel, morará con nosotros, y el reino del mundo pasará a ser el reino de nuestro Señor y de Su Cristo, y Él reinará por siempre jamás.[54]

a) Nuestra participación en la misión de Dios. Dios llama a Su pueblo a compartir Su misión. La iglesia de todas las naciones es, a través del Mesías Jesús, una continuidad del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Con ellos hemos sido llamados a través de Abraham y comisionados para ser una bendición y una luz para las naciones. Con ellos, debemos ser modelados y enseñados por medio de la ley y los profetas para ser una comunidad de santidad, de compasión y de justicia en un mundo de pecado y sufrimiento. Hemos sido redimidos a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo e investidos de poder por el Espíritu Santo para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en Él. La iglesia existe para adorar y glorificar a Dios por toda la eternidad y para participar en la misión transformadora de Dios dentro de la historia. Nuestra misión se deriva completamente de la misión de Dios, aborda toda la creación de Dios y tiene como fundamentación central la victoria redentora de la cruz. Este es el pueblo al cual pertenecemos, cuya fe confesamos y cuya misión compartimos.
b) El costo de nuestra misión. Jesús ejemplificó lo que enseñó, que el mayor amor es que uno ponga su vida por sus amigos.[55] Dijo de Sí mismo y de Sus discípulos que: “[…] si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.[56] La mayoría de nosotros no seremos llamados a poner nuestra vida por amor a Cristo, pero el sufrimiento es una forma de nuestra participación misionera como testigos de Cristo, como lo fue para Sus apóstoles y para los profetas del Antiguo Testamento.[57] Estar dispuestos a sufrir es una prueba de fuego de la autenticidad de nuestra misión. Dios puede usar el sufrimiento, la persecución y el martirio para promover Su misión. “El martirio es una forma de testimonio que Cristo especialmente ha prometido honrar”.[58]
c) La integridad de nuestra misión. La fuente de toda nuestra misión es lo que Dios ha hecho en Cristo para la redención de todo el mundo, según lo revela la Biblia. Nuestra tarea evangelística es hacer conocer las buenas nuevas a todas las naciones. El contexto de toda nuestra misión es el mundo donde vivimos, el mundo de pecado, sufrimiento, injusticia y desorden creacional al cual Dios nos envía, para amarlo y servirlo por la causa de Cristo. Por lo tanto, toda nuestra misión debe reflejar la integración del evangelismo y la participación comprometida en el mundo, ambos ordenados e impulsados por toda la revelación bíblica del evangelio de Dios.
“[…] la evangelización es la proclamación misma del Cristo histórico y bíblico como Salvador y Señor, con el fin de persuadir a las gentes a venir a El personalmente y reconciliarse con Dios. […] Los resultados de la evangelización incluyen la obediencia a Cristo, la incorporación en Su iglesia y el servicio responsable en el mundo. […], afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano. Ambas son expresiones necesarias de nuestra doctrina de Dios y del hombre, de nuestro amor al prójimo y de nuestra obediencia a Jesucristo. […] La salvación que decimos tener, debe transformarnos en la totalidad de nuestras responsabilidades, personales y sociales. La fe sin obras es muerta”.[59]

“La misión integral es la proclamación y demostración del evangelio. No se trata simplemente de que el evangelismo y la participación social deban ser realizados codo con codo. Más bien, en la misión integral nuestra proclamación tiene consecuencias sociales, al llamar a las personas al amor y al arrepentimiento en todas las áreas de la vida. Y nuestra participación social tiene consecuencias evangelísticas al dar nuestro testimonio de la gracia transformadora de Jesucristo. Si ignoramos el mundo, traicionamos la palabra de Dios que nos envía a servir al mundo. Si ignoramos la palabra de Dios, no tenemos nada que llevarle al mundo”.[60]
Nos comprometemos al ejercicio integral y dinámico de todas las dimensiones de la misión a la cual Dios llama a Su iglesia.
 Dios nos manda hacer conocer a todas las naciones la verdad de la revelación de Dios y el evangelio de la gracia salvadora de Dios por medio de Jesucristo, llamando a todas las personas al arrepentimiento, a la fe, al bautismo y al discipulado obediente.
 Dios nos manda reflejar el carácter de Él a través del cuidado compasivo de los necesitados, y a demostrar los valores y el poder del reino del Dios al luchar por la justicia y la paz y al cuidar de la creación de Dios.
En respuesta al amor ilimitado de Dios por nosotros en Cristo y debido a nuestro desbordante amor por Él, nos volvemos a consagrar, con la ayuda del Espíritu Santo, a obedecer plenamente todo lo que Dios ordena, con humildad abnegada, gozo y valentía. Renovamos este pacto con el Señor que amamos porque Él nos amó primero.

SEGUNDA PARTE
PARA EL MUNDO QUE SERVIMOS:
NUESTRO COMPROMISO con LA ACCIÓN
Esta segunda parte de El Compromiso de Ciudad del Cabo incluirá llamados y resoluciones específicos generados por el Congreso y sus participantes en GlobaLink.
La declaración de dos partes completada será publicada al fin de noviembre. Estará disponible en ocho idiomas del Congreso, como una descarga gratuita en el sitio web de Lausana, en http://www.lausanne.org y en el sitio web de la Alianza Evangélica Mundial, en http://www.worldevangelicals.org. La versión final podrá ser usada en forma impresa o digital por cualquier agencia o iglesia. No se requiere ningún permiso. Agradecemos que incluya como copyright: El Movimiento de Lausana.
Además, será publicado a partir de fines de enero de 2011 en la serie The Didasko Files, disponible con descuentos por cantidad para iglesias.
Vaya a http://www.lausanne.org/books para detalles para distribuidores y a http://www.didaskofiles.com para ver el formato de esta edición y los derechos de publicación.
Ciudad del Cabo
Octubre 2010
Sinclair Ferguson (UK/USA) Chairman
Rose Dowsett (UK)
Ajith Fernando (Sri Lanka)
Atef Gendy (Egypt)
Manfred Grellert (Brazil)
Peter Kuzmic (Croatia/USA)
Archbishop Peter Jensen (Australia)
Esther Mombo (Kenya)
Victor Nakah (Zimbabwe)
Las Newman (Jamaica)
John Piper (USA)
Yusufu Turaki (Nigeria)
Chris Wright (UK) Chief Recorder
Carver Yu (Hong Kong)
Senior representatives from the World Evangelical Alliance (WEA), and from the Congress Programme Committee, the Communications Working Group and the Strategy Working Group were in attendance.
Chris Wright was invited by this group to bring the statement to completion, working with a smaller team. To this team of Rose Dowsett, Ajith Fernando, Victor Nakah and Las Newman were added Valdir Steuernagel (Brazil), Rosalee Velloso Ewell (Brazil), Greg Parsons (USA) and Tormod Engelsviken (Norway).


C. René Padilla

Las cifras relacionadas con el Tercer Congreso Internacional de Evangelización Mundial que se llevó a cabo en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, del 17 al 24 de octubre bajo el lema “En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo” (2Co 5:19) son impresionantes. Estuvieron presentes más de 4.000 participantes de 198 países. Además, hubo unos 650 sitios de internet conectados con el Congreso en 91 países y 100.000 “visitas” de 185 países. Esto significa que muchos miles de personas de todo el mundo pudieron asistir a las sesiones por medio de internet. Doug Birdsall, el Presidente Ejecutivo del Movimiento de Lausana, probablemente tiene razón al afirmar que Ciudad del Cabo 2010 fue “la asamblea evangélica  global más representativa de la historia”.  Sin duda, este logro fue en gran medida el resultado de su esfuerzo de mucho tiempo para que eso sucediera.

Igualmente impresionantes fueron los muchos arreglos prácticos que se hicieron antes del Congreso. Además del difícil proceso de selección de los oradores para el plenario y para los “multiplexes” (seminarios electivos) y las sesiones de diálogo, los traductores y los participantes de cada país representado, había dos tareas que deben haber involucrado muchísimo trabajo antes del Congreso: la Conversación Global de Lausana para posibilitar que mucha gente alrededor del mundo hiciera sus comentarios e interactuara con otros aprovechando los avances tecnológicos contemporáneos, y la redacción de la primera parte (la teológica) del Compromiso de Ciudad del Cabo redactado por el Grupo de Trabajo Teológico de Lausana bajo la dirección de Christopher Wright.

Una evaluación positiva de Lausana III

La mejor manera de comprobar el valor de una conferencia como Lausana III es analizar los resultados concretos que ella produce posteriormente en relación con la vida y misión de la iglesia. Por esta razón, la presente evaluación de la conferencia que acaba de realizarse en Ciudad del Cabo tiene que considerarse nada más que como una evaluación preliminar.

Cada uno de los seis días del programa (con un día libre entre el tercero y el cuarto) tenía un tema:

1)    Lunes: Verdad: comprobar la verdad de Cristo en un mundo pluralista globalizado.

2)    Martes: Reconciliación: construir la paz de Cristo en nuestro mundo dividido y quebrantado.

3)    Miércoles: Religiones mundiales: dar testimonio del amor de Cristo a personas de otras religiones.

4)    Viernes: Prioridades: discernir la voluntad de Dios para la evangelización en nuestro siglo.

5)    Sábado: Integridad: llamar a la iglesia a regresar a la humildad, la integridad y la sencillez.

6)    Domingo: Coparticipación: coparticipar en el Cuerpo de Cristo con miras a un nuevo equilibrio global.

Cada uno de estos temas clave, calificados como “los mayores desafíos a la iglesia en la siguiente década”, era el tema del estudio bíblico y la reflexión teológica cada día por la mañana. El texto bíblico que se usaba en la serie intitulada “Celebración de la Biblia” era la carta a los Efesios. Uno de los aspectos más positivos del programa fue el estudio inductivo del pasaje del día en grupos, cada uno formado por seis miembros sentados alrededor de una mesa. Esto proveyó a los miembros del grupo la oportunidad de aprender juntos y de orar el uno por el otro, desarrollar nuevas amistades y construir alianzas para el futuro. Al estudio bíblico en grupos le seguía la exposición del pasaje de Efesios seleccionado para ese día. Sin minimizar la importancia de la música, el drama, las artes visuales, los relatos y las presentaciones de “multimedia”, un alto porcentaje de los participantes sintieron que el tiempo dedicado a “Celebrar las artes” podría haberse reducido para dar más tiempo a “Celebrar la Biblia”, una actividad que apreciaron muchísimo.

Cabe hacer mención especial de varios de los testimonios que dieron en sesiones del plenario por la mañana ciertas personas cuya experiencia de vida ilustraba claramente el tema del día. ¿Quién que haya estado allí podrá olvidar, por ejemplo, a la joven palestina y al joven judío que hablaron juntos sobre el significado de la reconciliación en Cristo por encima de las barreras raciales? ¿O a la misionera estadounidense que habló sobre testificar del amor de Cristo con personas de otras religiones, y contó cómo varios cristianos, incluyendo a su esposo, médico de profesión, fueron asesinados por musulmanes mientras regresaban de un pueblo aislado donde habían estado sirviendo movidos por la compasión cristiana en Afganistán?

En los multiplexes y las sesiones de diálogo de cada día por la tarde se exploraban en profundidad las implicaciones prácticas del estudio bíblico y la reflexión bíblica de la mañana. Por cierto, el debate más relevante sobre los diferentes temas no se realizaba necesariamente dentro de los límites de tiempo asignados en el programa sino en las conversaciones informales fuera del programa oficial. De todos modos, es un hecho que mucha de la reflexión más rica sobre asuntos relacionados con problemas globales contemporáneos se daba en las sesiones de la tarde. Estas sesiones participativas, en las que se tomaban muy en cuenta la comprensión de la diversidad de perspectivas representadas, la contextualización de ideas, modelos, contactos y materiales, y el compromiso para articular planes de acción, serán la base para la segunda parte del Compromiso de Ciudad del Cabo. El plan es publicar el documento de dos partes (la teológica y la práctica) con una guía de estudio a fines de noviembre.

De los veintidós multiplexes que se ofrecieron durante el Congreso, hubo especialmente tres que enfocaban asuntos que podrían considerarse como los más críticos para el hemisferio Sur: la globalización, la crisis ambiental, y la riqueza vs. pobreza. Estos tres factores están vinculados íntimamente entre sí y, en vista del enorme impacto que producen en millones de personas en el mundo de las grandes mayorías, merecen mucha más atención que la que han recibido hasta el momento por parte del movimiento evangélico.

Serias deficiencias

Según la definición oficial de su misión, el Movimiento de Lausana existe para “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización mundial en nuestra generación, y exhortar a los cristianos sobre su deber de participar en asuntos de  interés público y social”. Un análisis detenido de esta definición refleja la dicotomía que ha influido en un gran segmento del movimiento evangélico especialmente en el mundo occidental: la dicotomía entre evangelización y responsabilidad social. A causa de esa dicotomía, relacionada estrechamente con la dicotomía entre lo secular y lo sagrado, el Movimiento de Lausana se propone “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización” pero  sólo “exhortar a los cristianos” respecto a su responsabilidad social. El presupuesto implícito es que la misión prioritaria de la iglesia es la evangelización concebida en términos de comunicación oral del Evangelio, en tanto que la participación en asuntos de interés público y social—las buenas obras por medio de las cuales los cristianos cumplen su vocación como “luz del mundo” para la gloria de Dios (Mateo 5:16) — son un deber secundario para el cual los cristianos no necesitan ser fortalecidos, inspirados y equipados, sino sólo exhortados.

En la exposición bíblica del martes basada en Efesios 2 (el segundo día del Congreso) se aclaró, a partir del texto bíblico, que Jesucristo es nuestra paz (v. 14), hizo nuestra paz (v. 15) y predicó paz (v. 17). En otras palabras, en Cristo el ser, el hacer y el proclamar paz (shalom, vida en abundancia) son inseparables. La iglesia es fiel al propósito de Dios en la medida en que ella prolonga la misión de Jesucristo en la historia manifestando la realidad del Evangelio concretamente no sólo por lo que dice sino también por lo que es y por lo que hace. La misión integral de la iglesia está enraizada en la misión de Dios en Jesucristo, misión que involucra a toda la persona en comunidad, a la totalidad de la creación y cada aspecto de la vida.

La exposición bíblica basada en Efesios 3 al día siguiente puso en relieve la urgente necesidad que tiene el Movimiento de Lausana de aclarar teológicamente el contenido de la misión del pueblo de Dios. En contraste con lo que se había dicho el día anterior, el predicador designado para el miércoles afirmó que, si bien la iglesia se preocupa respecto a toda forma de sufrimiento humano, ella se preocupa especialmente por el sufrimiento eterno  y consecuentemente está llamada a dar prioridad a la evangelización de los perdidos.

Una seria deficiencia de Lausana III fue no dar tiempo para la reflexión seria sobre el compromiso que Dios espera de su pueblo en relación con su misión. Lamentablemente, no hubo tiempo para dialogar sobre el Compromiso de Ciudad del Cabo, sobre el cual el Grupo de Trabajo Teológico dirigido por Christopher Wright había trabajado por un año con la intención de circularlo a comienzos del Congreso. Se repartió el documento apenas el viernes por la noche y no se tomaron medidas para que los participantes por lo menos escribieran sus comentarios personales sobre él antes del cierre de la conferencia en respuesta a preguntas específicas. Según el Comité Ejecutivo, ¡no había tiempo para eso! La postura negativa asumida por los organizadores del programa respecto a la recomendación de un grupo de participantes ancianos interesados en lograr que todos los participantes vieran el documento como algo suyo propio no sólo conspira contra ese propósito. Es también una señal que el Movimiento de Lausana está todavía muy lejos de alcanzar la coparticipación sin la cual no tiene base para considerarse un movimiento global.

En contraste con el tratamiento que recibió el documento producido por el Grupo de Trabajo Teológico, el miércoles se dedicó una sesión plenaria completa a la estrategia para la evangelización del mundo en esta generación —una estrategia elaborada en los Estados Unidos sobre la base de una lista de “grupos de gente no alcanzados” preparada por el Grupo de Trabajo Estratégico de Lausana. Tal estrategia reflejaba la obsesión por los números, típica de la mentalidad de mercado que caracteriza a un sector del movimiento evangélico de los Estados Unidos. Por otra parte, según muchos de los participantes del Congreso que conocen de primera mano las necesidades de sus respectivos países en relación con la evangelización, la lista de grupos de gente no alcanzados no hacía justicia a la situación real. ¡Curiosamente, en la lista no constaba ningún grupo no alcanzado en los Estados Unidos!

Otra deficiencia de Lausana III fue que, como señaló el Grupo de Interés en la Reconciliación ya hacia el final del Congreso, no se hizo ninguna mención oficial del hecho que éste estaba realizándose en un país que hasta hace pocos años estaba dominado por el apartheid y todavía sufre la injusticia social resultante de esa política. En efecto, el Congreso se realizó en el Centro Internacional de Convenciones que se construyó sobre tierra que se le reclamó al mar con los escombros del Distrito Sur de la Ciudad del Cabo cuando, en 1950, ese distrito fue declarado zona para gente blanca exclusivamente. En consecuencia, unos 60.000 habitantes negros fueron expulsados del área a la fuerza y sus hogares fueron arrasados por completo. Sin embargo, los organizadores de Ciudad del Cabo 2010  hicieron oídos sordos al pedido del Grupo de Interés en la Reconciliación que el Congreso, rechazara oficialmente “las herejías teológicas que dieron sustento al apartheid” y lamentara “el sufrimiento socioeconómico que es el presente legado del apartheid”. Uno se pregunta cuán serios son los líderes del Movimiento de Lausana en su compromiso con el Pacto de Lausana, según el cual “el mensaje de salvación encierra también el mensaje de juicio de toda forma de alienación, opresión y discriminación, y no debemos temer el denunciar el mal y la injusticia dondequiera que éstos existan” (párrafo 5).

La coparticipación en la misión y el futuro del Movimiento de Lausana

Un hecho que hoy reconocen y mencionan con frecuencia quienes tienen interés en la vida y misión de la iglesia a nivel global es que en las últimas décadas el centro de gravedad del cristianismo se ha desplazado del Norte y el Occidente al Sur y el Oriente. A pesar de eso, con demasiada frecuencia los líderes cristianos en el Norte y el Occidente, especialmente en los Estados Unidos, continúan dando por sentado que ellos son los encargados de diseñar la estrategia para la evangelización de todo el mundo. Como se afirma en la página sobre el “Día Seis – Coparticipación” del libro que contiene la descripción detallada del programa del Congreso, “la base del liderazgo organizacional, el control de los recursos financieros y el poder de decisión de la estrategia tiende a permanecer en el norte y el occidente”.

Tristemente, el mayor obstáculo para implementar una verdadera coparticipación en la misión es la riqueza del Norte y el Occidente; la riqueza que Jonathan Bonk, en su importante libro sobre Missions and Money (Misiones y dinero), ha descrito como “un problema misionero occidental”. Si esto es así, y si el Movimiento de Lausana va a contribuir significativamente al cumplimiento de la misión de Dios por medio de su pueblo, ha llegado el momento de que la fuerza misionera conectada con este movimiento, incluyendo a sus estrategas, renuncie al poder del dinero y modele la vida misionera en la encarnación, el ministerio terrenal y la cruz de Jesucristo.

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