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El deber del siervo

Publicado: febrero 3, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO
Retazos del evangelio a los pobres (VI)

“Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú”. Texto completo en Lucas 17:7-10.

26 de octubre de 2010

Muchas veces, en las líneas que buscamos para la vivencia de la espiritualidad cristiana, nos olvidamos de la crudeza con que Jesús narra el deber del siervo. Es verdad que están los textos en los que Jesús se muestra como nuestro amigo, pero los deberes del servicio, del ser siervos ante la grandeza y autoridad de Dios, siguen ahí vigentes. No las hemos de rechazar. Servimos a Dios, cuando servimos al prójimo. Yo creo que es mucho más fácil entender el servicio desde los parámetros del Evangelio a los pobres, un evangelio encarnado en nuestra historia, que desde los espiritualismos que nos elevan por encima de los sufrimientos de los demás mortales. Debemos hacer un esfuerzo por captar el concepto de servicio que es central tanto para la vivencia auténtica de la espiritualidad cristiana, como para el seguimiento a Jesús desde su exposición del Evangelio a los pobres.

Un problema es que intentamos servir al Señor, no desde los parámetros del siervo, del esclavo, sino desde una líneas de vivencia del Evangelio en donde el deseo de búsqueda de felicidad propia, el deseo de gozarnos en una relación espiritual con Dios, un tanto mística, el deseo que a veces tenemos de sentarnos rápidamente a la mesa con el Señor y escuchar sus parabienes es tan grande, que hace que nos olvidemos de la importancia del papel de siervos y buscamos el gozo espiritual de forma pasiva e insolidaria, de forma un tanto contemplativa sin querer enredarnos demasiado en el servicio al Señor y en su semejante, el servicio al prójimo. Preferimos el descanso, la comodidad, la pausa en el trabajo… queremos sentarnos al lado del Señor.

Pero el texto bíblico es duro: “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa?”. La idea del texto es que hay que seguir sirviendo. No hay tiempo para el descanso. Las tareas que nos esperan en el mundo son tan arduas e importantes, el grito de los pobres y sufrientes es tan desgarrador que no es posible aún el sentarse al lado del Señor, del amo, del dueño de vidas y haciendas. La necesidad de poner en práctica el Evangelio a los pobres es tan urgente y necesaria, que los seguidores de Jesús, sus siervos, no debemos todavía desear sentarnos a descansar y a comer junto al Maestro, no se nos es permitido todavía olvidarnos ni un momento del servicio.

Muchos pueden pensar: Señor, he arado, he apacentado, he labrado los campos… necesito descansar, quiero sentarme contigo a la mesa. Pues bien, el Señor nos dice: “Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido”. Nosotros podríamos decir: “Señor, ¿desde cuando te tengo que preparar la cena, y ceñirme para servirte hasta que comas y bebas?”. Y el Señor nos puede responder en la línea del Evangelio a los pobres: “En cuanto lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste”. El siervo no debe buscar descanso mientras haya tantos hambrientos que necesitan de una cena preparada, mientras haya tantos sedientos y tantos necesitados que necesitan de personas ceñidas para el servicio.

El texto del deber del siervo está compuesto por palabras duras de Jesús, palabras de urgente necesidad, palabras de ánimo para trabajar sin descanso por el servicio a los que nos necesitan. Ser cristiano es también ser siervo de Dios y de los hombres, sin pausa, ni descanso. El sentarse relajadamente a la mesa, no podremos hacerlo mientras haya gritos de auxilio, demandas de ayuda urgente y desesperada.

A veces podemos acudir al Señor, cansados y rotos después del servicio, con hambre y sed y con la tendencia de sentarnos con él a la mesa. Queremos sentarnos con él, de brazos caídos para escuchar palabras de aprobación. Pero las palabras de aprobación: “Bien, buen siervo y fiel”, aún no llegan. El Señor, ni siquiera después de haber arado, apacentado, labrado y trabajado los campos duros en donde se tiene que hacer realidad el Evangelio, el Evangelio a los pobres, nos invita a sentarnos a su mesa para comer y descansar. No. Cuando lleguemos cansados del servicio nos podremos aún encontrar con los imperativos del auxilio a los otros: “Prepárame, cíñete, sírveme…”.

Yo creo que estos parámetros no se explican bien en el seno de las congregaciones. Es por eso que nos parecen demasiado radicales, demasiado autoritarios, demasiado urgentes. Necesitamos ser entrenados en las líneas del Evangelio a los pobres. Nuestro trabajo en el servicio es suave frente al sufrimiento de muchos de los excluidos, los necesitados y los hambrientos del mundo, los despojados de sus bienes y de su dignidad, los que desde sus bocas nace un grito de auxilio que se extiende por toda la tierra.

Por eso, en la línea del servicio, en los parámetros del Evangelio a los pobres, hemos de olvidarnos de que, el ser o llamarnos siervos del Señor, nos va a llevar rápidamente a la aprobación de Dios y a que éste nos dé las gracias. Nos gustaría oír rápidamente las aprobaciones de Dios. Aprobaciones como “has sido un héroe de la fe, un siervo ejemplar… te mereces un amplio y bonito descanso”. Pero, en su lugar, nos encontramos con las duras y radicales palabras del Evangelio: “¿Acaso el Señor da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no”. El Señor lo que busca de nosotros es que siempre estemos ceñidos, preparados y sirviendo. No busquemos, pues, tan rápidamente, las alabanzas, aprobaciones de Dios y los descansos. El deber del siervo es servir.

¡Qué interesante son estas palabras de Jesús sobre el deber del siervo para el seguimiento de las líneas marcadas por Jesús en el Evangelio a los pobres! Así, pues, no busques méritos ni recompensas… ni descansos estériles. Busca el ser útil, el mantenerte ceñido y preparado para el servicio al Maestro que, por semejanza en el amor, es el servicio a los más necesitados, al prójimo apaleado y tirado al lado del camino.

Señor, no nos dejes deleitarnos nunca en las aprobaciones y parabienes del mundo. No nos dejes sentarnos a tu mesa hasta haber acabado el servicio… cuando ya estemos contigo para siempre.

JUAN SIMARRO

ProtestanteDigital.com


31 de enero de 2011, CIUDAD DEL CABLO


En el Encuentro se reflexionó sobre cómo trabajar conjuntamente para la evangelización del mundo. Ahora se ha publicado la declaración final del encuentro, un texto claro, directo y muy concentrado que resume un “llamado a la acción” basado en dos aspectos centrales del evangelio: hacer discípulos de Jesús y amarse los unos a los otros.

La declaración final de Ciudad del Cabo 2010, oficialmente publicada el viernes, está formada por dos documentos. El primero es la “Confesión de fe de Ciudad del Cabo”, que reafirma a través de 10 puntos las bases de la fe cristiana. Dirigiéndose al lector siempre en primera persona del plural, el credo repasa 10 puntos centrales de la doctrina cristiana, que empiezan afirmando que “amamos porque Dios nos amó primero”. A partir de aquí, el texto toma la fórmula “Amamos…” para aplicarla a la trinidad, la Palabra de Dios, el mundo en el que vivimos, el evangelio, la iglesia y la misión de Dios.

El segundo documento es la aplicación de la confesión de fe, y plantea retos concretos para la iglesia en el siglo XXI. Lleva el título “Para el mundo al que servimos: La Llamada a la Acción de Ciudad del Cabo”. En él se ha buscado transmitir de forma concisa la gran cantidad de ideas sobre las que se reflexionó y debatió durante los 10 días que duró el Congreso, e incluir además todo el trabajo de preparación de materiales previo al encuentro, que daba continuidad a Lausanne II (Manila, 1989).

El Comité organizador ha buscado reunir las diferentes sensibilidades de los 4.000 líderes asistentes que representaban a un total de 198 países. “Los seis temas principales del Congreso nos proveen de un marco para discernir los retos que tiene la iglesia de Cristo en todo el mundo, y nuestras prioridades para el futuro”, dice la introducción del documento. Con esta base y el convencimiento de “haber buscado la voz de Dios a través del Espíritu Santo” durante el congreso, algo que se hizo “estudiando el libro de Efesios” conjuntamente y “escuchando las voces de Su gente de todas las partes del mundo”, el texto entra en materia para plantear de qué forma la iglesia puede servir a Dios y al mundo en el presente y el futuro.

Relatamos a continuación los puntos principales de la “Llamada a la Acción de Ciudad del Cabo”.

RELATIVISMO Y LA VERDAD, QUE ES CRISTO

Esta declaración empieza enfocándose en el concepto de verdad en un mundo plural y globalizado, y lo hace de forma contundente: “Jesucristo es la verdad del universo”, se lee en la primera sección. Por ello, es esencial vivir en esta realidad, “una verdad que la gente verá en las caras de aquellos que viven su vida para Jesús”, así como proclamar esta verdad, “algo que no puede ser separado de vivirla”. Así, el compartir el evangelio estará basado “no sólo en presentar el evangelio como una mejor solución que la que otros dioses ofrecen”, sino como “el plan de Dios para el universo entero, en Cristo”.

Ante un pluralismo posmoderno que rechaza todo lo que suena a absoluto, es importante identificar, formar y orar por personas que puedan “defender las verdades bíblicas en el espacio público”, pero también “equipar a cada creyente con el valor y las herramientas para explicar la verdad”, y así participar relevantemente en cada área de la cultura en la que vivamos.

Este llamado a mostrar la verdad incluye muy especialmente el lugar de trabajo. El texto denuncia la “falsedad” que es que exista “una división entre los secular y lo sagrado”, una visión errónea “que ha calado en el pensar y actuar de la iglesia”. Esta división artificial de la vida de un cristiano entre lo que es espiritual y lo que no, es un “obstáculo importante” ya que “cada creyente debería aceptar y afirmar su propio ministerio diario y su misión, sea cual sea el sitio en el que Dios le ha llamado a trabajar”. El texto anima a pastores, evangelistas y misioneros a “integrar totalmente” a cada trabajador cristiano en la estrategia global de la misión.

La verdad que está en Cristo también debería tenerse en cuenta cuando hablamos de comunicación. Hay una necesidad de tener “un nuevo compromiso crítico, creativo con los medios y la tecnología”, que ayude a la gente a “ser consciente de los mensajes que reciben de los medios de comunicación y las visiones del mundo que hay detrás”, pero también a animar a cristianos a formar parte de estos medios de comunicación (sea información o entretenimiento), para que sean “ejemplos creíbles”. La participación de los cristianos, sigue el texto, también podría ser mucho más grande en el arte o en el nuevo mundo de las ciencias de la biotecnología, en el que es necesario animar a estudiantes a que se esfuercen para formar parte de estas áreas de investigación. Un reto en este sentido es reflexionar bíblicamente sobre cómo las leyes deberían marcar el avance de la tecnología para ayudar a reafirmar “el respeto por la dignidad excepcional de la vida humana”.

Tampoco hay duda, para los redactores de esta declaración, que la participación en la vida pública (es decir: política, economía y educación) es esencial, ya que “estas áreas de la sociedad tienen una fuerte influencia en los valores de cada país”.

OFRECER PAZ EN UN MUNDO DIVIDIDO

La declaración de Ciudad del Cabo remarca que “la reconciliación con Dios es inseparable de la reconciliación unos con otros”. Es decir, “la unidad del pueblo de Dios es a la vez una hecho (a través de Cristo) y un mandato”. En este sentido, hay un llamamiento especial a ofrecer el evangelio al pueblo judío, que “ha recibido las promesas de Dios” pero que como toda otra persona tiene “la necesidad de reconciliarse con Dios a través del Mesías, Jesús”.

“Anhelamos ver el día en el que la iglesia será el modelo más visible en el mundo de la reconciliación étnica y el defensor más activo para la resolución de conflictos”. Los cristianos deben lamentar y arrepentirse por los casos en los que se ha participado en violencia étnica o represión. También por los momentos en los que se ha sido cómplice de la injusticia por medio del silencio, como en muchos casos de racismo. Pero la iglesia también debe ser proactiva y adoptar un “un estilo de vida reconciliador”, en el que se hable de la paz de Cristo en contextos de violencia y se luche por convertir el ámbito de la iglesia en un lugar seguro.

La paz del evangelio, además, tiene que mostrarse especialmente en problemáticas concretas, como el tráfico de seres humanos en nuestro siglo. Los redactores de la declaración recuerdan que actualmente hay unas 27 millones de personas que viven en esclavitud, una realidad dramática que los cristianos no pueden ignorar: “tenemos que enfrentarnos a los factores sociales, económicos y políticos que generan el tráfico”. La iglesia debe “mostrar la nueva sociedad que Jesús prometió”.

Otro momento para llevar paz que surgió de Ciudad del Cabo es el de añadirse activamente en la lucha contra la pobreza extrema, pidiendo a los gobiernos de todos los países que se esfuercen en cumplir los Objetivos del Milenio, que buscan acabar con la pobreza extrema. Pero esto no se puede hacer sin “también confrontar la riqueza excesiva y la avaricia”, que “perpetua la pobreza” y que es el evangelio define como una forma de idolatría.

En cuanto a las personas que sufren enfermedades crónicas, el texto llama no sólo a apoyar sanitaria, emocional y económicamente a estas personas, sino también a reconocer sus dones y su aportación a la iglesia.

Por último en esta sección, la paz del evangelio es completamente aplicable al estado del planeta. “La Tierra no nos pertenece a nosotros, pertenece a Dios”. Los cristianos no sólo deberían participar de las tendencias sociales para la reducción del consumo innecesario y de la contaminación, sino también implicarse activamente en ámbitos como la agricultura, la industria o la medicina para llevar a cabo programas que tengan un impacto positivo sobre el Medio Ambiente.

RELACIÓN CON PERSONAS DE OTRAS RELIGIONES

La evangelización fue uno de los temas centrales del Congreso, en octubre del año pasado. Pero no el proselitismo, aclara el texto.No se debe buscar que alguien “acepte nuestra religión ni siquiera entrar a formar parte de nuestra denominación”. La evangelización debe ser “ética” y basada en una “conciencia limpia”. El trato con gente de otras religiones debe mostrar “amor”, “hospitalidad”, “denunciando el racismo” y no reaccionando nunca con violencia, “aún cuando se es atacado” por otras religiones. Además, el diálogo de los cristianos con otras religiones debe combinar el escuchar respetuosamente a otros, en base a la propia confianza en la singularidad de Cristo.

La declaración no olvida a los que “sufren por el evangelio” en partes del mundo en los que la falta de libertad religiosa puede llevar a algunos cristianos a la muerte. “Muchos cristianos que viven en el confort y la prosperidad necesitan escuchar otra vez el llamado de Cristo a estar dispuestos a sufrir por Él”. No sólo es necesario apoyar en oración a los perseguidos, sino de ser conscientes del “infinito dolor que Dios siente ante aquellos que se oponen y rechazan su amor, su evangelio y sus siervos”. Ante esto es especialmente importante que los creyentes hagan una realidad en su vida el “evangelio de gracia”, por el que estén dispuestos a “vivir, amar y servir en sitios difíciles y dominados por otras religiones, para llevar también allí la fragancia de la gracia de Jesucristo”.

Aparte de ir a otros sitios del mundo, la iglesia debe también darse cuenta definitivamente de lasoportunidades de misión que ofrece la migración global. “Animamos a los cristianos en países que acogen comunidades inmigrantes de otros contextos religiosos a que sean un testimonio cultural del amor de Cristo, en palabras y acciones, amando al forastero, defendiendo a los extranjeros, construyendo relaciones, invitando a nuestras casas y ofreciendo ayuda”. Los cristianos que emigran, por su parte, son animados a “discernir la mano de Dios, incluso en circunstancias que no hayan escogido libremente, para buscar las oportunidades que Dios provee para dar testimonio de Cristo en su nuevo país de acogida”.

Sea como sea, “esforcémonos por conseguir el objetivo de la libertad religiosa de todas las personas”, dice la declaración. No sólo se trata de defender la libertad de conciencia de los cristianos, sino también el de personas de otras religiones cuyos derechos sean atacados. Como dice la Biblia, el pueblo de Dios ha de buscar el bien de la sociedad, honrar y orar aquellos que tienen responsabilidades políticas. Pero en situaciones en las que un estado fuerza a los cristianos a decidir entre la lealtad a su propio poder o la lealtad a Dios, “debemos decir ‘no’ al estado porque hemos dicho ‘sí’ a Jesucristo como nuestro Señor”.

EL EVANGELIO Y EL MUNDO

La declaración de Ciudad del Cabo reconoce con “dolor y vergüenza” que aún hay muchas comunidades en el mundo que no han escuchado el evangelio, y remarca que “sólo un porcentaje muy pequeño de los recursos de la iglesia (sean humanos o materiales) se está dirigiendo a las gentes menos alcanzadas”. El texto dice que la iglesia tiene la oportunidad de “arrepentirnos de nuestra ceguera” y de “nuestra falta de urgencia en compartir el evangelio” con las personas que no han tenido oportunidad de escucharlo. Quienes vayan a hacerlo deben integrarse realmente en la sociedad a la que van, aprender su cultura y su lengua y vivir el evangelio de forma real. La traducción de la Biblia a lenguas que aun no tienen una traducción propia debería ser un objetivo, y no se puede olvidar que hay culturas orales que no utilizan el lenguaje escrito, a las que hay que llegar con otras formas de compartir el evangelio.

El crecimiento espectacular de la iglesia en muchos países lleva a plantear la necesidad de que haya líderes que realmente sean discípulos de Jesús. Se observa que en muchos sitios hay líderes cristianos que “usan su posición para conseguir poder, un estatus arrogante o el enriquecimiento personal”. En estas situaciones de abuso de poder, “la gente de Dios sufre y Cristo es deshonrado”. Por ello, se recuerda que la Biblia enfatiza en que “sólo aquellos que muestran con sus vidas las características básicas de madurez como discípulos deberían ser puestos en lugares de liderazgo”.

“La solución al fracaso en el liderazgo no es simplemente hacer más formación de liderazgo, sino mejorar la formación de las personas como discípulos de Cristo”. La iglesia necesita auténticos líderes, que son “los que tienen un corazón de servicio, humildad, integridad, pureza, sin codicia, que son perseverantes en la oración, con dependencia del Espíritu de Dios y un profundo amor por las personas”. Ante estas altas exigencias, es necesario que “oremos por nuestros líderes”, para que sean “bíblicos y obedientes” a Dios. Para conseguirlo, es importante que estos puedan tener espacios en los que poder rendir cuenta de sus vidas y su trabajo a otras personas.

Aún puesto el enfoque en la evangelización, el documento hace un especial énfasis en llevar el mensaje a las ciudades y al colectivo de los niños. Las aglomeraciones urbanas son especialmente importantes porque en ellas se encuentran “la próxima generación de gente joven, la mayoría de las personas inmigradas, las personas que marcan las tendencias de la sociedad y los más pobres entre los pobres”. En cuanto a los niños, Ciudad del Cabo considera que todos ellos están en riesgo: “la mitad de ellos están en riesgo de caer en la pobreza”, mientras que otros muchos millones “están en riesgo por la prosperidad” de las sociedades en las que viven, los hijos de los ricos y seguros tienen todo con lo que necesitan para vivir, pero nada por lo que vivir”. Es importante entender, afirma el texto, que “la gente joven son la iglesia de hoy, no solamente la del mañana, la gente joven tienen un potencial enorme como agentes activos de la misión de Dios”.

“VUELTA A LA HUMILDAD, LA INTEGRIDAD Y LA SIMPLICIDAD”

Uno de los grandes peligros de la iglesia es seguir a “otros dioses”, la “idolatría entre el pueblo de Dios es uno de los principales obstáculos para llevar a cabo la misión”. Afirma el texto que “cuando no hay diferencia entre la conducta de los cristianos y los no cristianos, entonces el mundo tiene el derecho de preguntarse si nuestra fe hace alguna diferencia, nuestro mensaje no aportaría ningún tipo de autenticidad a un mundo que observa”.

Uno de estos “ídolos” que asolan la iglesia son “los desórdenes sexuales”, y todo lo que conlleva (“familias rotas” y “soledad”, por ejemplo). Por ello, se anima a los pastores de las iglesias a“facilitar en la iglesia una conversación más amplia sobre la sexualidad”, “enseñar claramente lo que estándares que marca Dios” con “compasión por los que han caído en pecado” y a los miembros de la iglesia a “fortalecer la fidelidad en el matrimonio, resistirse a participar en todas las formas de desorden sexual en la cultura que nos rodea, incluyendo la pornografía, el adulterio y la promiscuidad”.

A ello hay que añadir un “esfuerzo por entender y  trabajar en los profundos problemas de identidad y experiencias que llevan algunas personas a la práctica homosexual”. A ellos es importante acercarse con el amor, la compasión y la justicia de Cristo, además de rechazar y condenar cualquier tipo de odio o abuso verbal o físico contra las personas homosexuales”. Lo mismo se puede aplicar a las personas con el virus del Sida.

Otro reto para la iglesia ahora es la humildad, se concluye del documento. En referencia a Pablo, la declaración dice que el “idolatrar el orgullo y el poder” se combate con el requerimiento de que “aquellos que están llenos por el Espíritu de Dios se sometan los unos a los otros por reverencia a Cristo”. También conlleva riesgos la búsqueda del éxito como un objetivo, por el que estamos tentados a “sacrificar nuestra integridad”.

En cuanto a la “idolatría de la codicia”, la declaración de Ciudad del Cabo se muestra claramente en contra de los que se ha llamado “el evangelio de la prosperidad”. “Negamos como algo no bíblico la enseñanza que dice que el bienestar espiritual puede ser medido en términos de bienestar material”. Sigue diciendo que “muchos que promueven el ‘evangelio de la prosperidad’ distorsionan seriamente la Biblia” y “a menudo cambian el llamado al arrepentimiento por el llamado a dar dinero a la organización del pastor”. Por ello, y en base a un análisis bíblico riguroso centrado especialmente en las palabras y el ejemplo de Jesús, el documento describe el ‘evangelio de la prosperidad’ como “un falso evangelio”.

TRABAJANDO PARA LA UNIDAD EN LA MISIÓN

En el sexto y último punto del “Llamado a la Acción de Ciudad del Cabo” se empieza recordando que “una iglesia dividida no tiene ningún mensaje que ofrecer a un mundo dividido”. La realidad de la unidad espiritual, que fue hecha por Jesús en la cruz, tiene que llevarse a la práctica en el trabajo conjunto en muchas áreas. “Demasiado a menudo nos hemos invertido en la misión en formas que han priorizado y perseverado nuestras propias identidades (énticas, denominacionales, teológicas) y hemos fallado en someter nuestras pasiones y preferencias a Dios”.

Para buscar la unidad de la iglesia en los objetivos marcados por la soberanía de Dios, es necesario “dejar de lado la sospecha, la competencia y el orgullo, y aprender de aquellos a los que Dios está usando, aun cuando no son de nuestro continente, ni nuestra organización, o teología, o nuestro círculo de amigos”. Este trabajo conjunto, además, debe ser una realidad también en la colaboración entre hombres y mujeres. Más allá de los enfoques diferentes sobre el ministerio de la mujer en la iglesia (que son acercamientos “sinceros en su intento de ser fiel y obediente a la Biblia”) el texto enfatiza en que “todos nosotros, hombres y mujeres, casados o solteros, somos responsables de utilizar los dones de Dios para el beneficio de otros, para la gloria y la honra de Cristo”.

Además, la declaración llama a que la formación teológica que se de en diferentes partes del mundo sea “intrínsicamente misionológica”. Es decir, “el estudio de teología no es un fin en sí mismo, sino que sirve a la misión de la iglesia en mundo”. En este mismo sentido, la misión debe usar la teología, teniendo la Biblia como mensaje central en la propia evangelización.

CONCLUSIÓN

“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación” (2ª Corintios 5:19). Este fue uno de los conceptos lema de Ciudad del Cabo, y también lo es de la conclusión de esta declaración.

Discipulado y reconciliación son indispensables en nuestra misión. Lamentamos el escándalo de la poca profundidad y falta de discipulado, y el escándalo de nuestra falta de unidad y de amor, porque ambas cosas dañan seriamente nuestro testimonio del evangelio”. Por eso, “discernimos la voz de Jesús” en estos grandes retos, acaba el texto, que n palabras de hace 2.000 años ya marcaba dos grandes prioridades en las que  la iglesia debe reenfocarse: “Haced discípulos” y “Amaos los unos a los otros”.

Puede descargarse la declaración final de Ciudad del Cabo 2010 aquí (inglés, en formato PDF).

(*) Esta noticia se ha basado en el original del texto en inglés. Por ello, las citas pueden no coincidir exactamente con la traducción oficial del texto al español, que aun no existía cuando se escribió esta noticia.

Fuentes: CT2010

© Protestante Digital 2010


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (V)

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Texto completo en Mateo 19:16-22.

Lo curioso de este joven rico es que no se encontraba satisfecho con el uso exclusivo de sus riquezas. Quería tener nuevas perspectivas. El joven rico de la parábola se fue triste. El Evangelio a los pobres, adjudica la felicidad a los menesterosos: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Para el rico de la parábola no hubo felicidad. Dice el texto bíblico: “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste porque tenía muchas posesiones”. Se fue insatisfecho, notaba un vacío existencial que quería llenar, pero el peso de las riquezas era tan grande sobre él, que prefirió seguir con ese peso, ese vacío, y no perder ninguna de sus riquezas temporales. Se dejó atrapar por las riquezas que le conducían a un cierto sinsabor en la vida, a un vacío que le lleva a preguntar: “¿Qué más me falta?”.

La parábola, en la línea del Evangelio a los pobres, nos enseña no solamente que la riqueza no da la felicidad, sino que puede llegar a entristecer, aislar, impedir tener la vida que uno desea tener. Las riquezas también ahogan las raíces de la vida y conducen a la infravida… aunque hay otros ricos satisfechos, sin inquietudes que ni siquiera intentan el camino del seguimiento. Espero que la tristeza del joven rico, le acercara en otro momento a Jesús. Sería deseable que este vacío existencial que llevaba a este joven a la búsqueda, afectara a todos los ricos del mundo, que la tristeza planeara sobre ellos hasta hacerles dar un giro existencial para poder asumir los valores del Reino.

Notar que algo nos falta, no es algo estrictamente de los ricos del mundo. Debería ser también un sentimiento de muchos de los cristianos cumplidores en el ámbito de las iglesias. Los religiosos cumplidores y los ricos, pueden tener problemas similares. Así, los religiosos que se acercaron a Jesús estaban más en la línea de los ricos que de los pobres. El Evangelio a los pobres da un toque también a los religiosos presos de la ética del cumplimiento, presos de los rituales y celosos de cumplir las jotas y las tildes de una religión teórica.

Hay muchos cristianos que comparten la inquietud o la satisfacción que hemos comentado de los ricos de este mundo. Así, muchos cumplidores religiosos se encuentran cómodos con su ética de cumplimiento religioso y sin compromiso con el prójimo sufriente. Hay muchos cristianos que su conciencia no les dice que algo les falta. Pueden pensar que incluso tienen méritos suficientes acumulados. Ni siquiera sienten la necesidad de preguntar al Señor: “¿Qué más me falta?”. Comparten los cumplimientos del joven rico, pero sin la inquietud. Así, leen la Biblia, oran, alaban, cumplen con todos los servicios religiosos.

No estaría mal que muchos de estos cumplidores religiosos sintieran al menos la inquietud del joven rico, que pensaba que algo le faltaba. Por eso este joven lo veo con algo de simpatía y espero que, movido por su profunda tristeza y su vacío existencial, volviera a Jesús en arrepentimiento.

El fomentar esta inquietud en los ricos y en los religiosos cumplidores, pero insolidarios con el prójimo, es positivo. No creo que este joven rico buscara solamente una forma de perder el tiempo con Jesús. Su vacío existencial y religioso le presionaba. “¿Qué más me falta, Señor?”.

El problema es que la respuesta de Jesús, en su radicalidad, puede dar miedo. Si el joven rico, presa de la tristeza existencial, no volvió después a Jesús, fue por el miedo a la radical exigencia de Jesús. Por eso no es fácil el seguimiento para los ricos. La respuesta desde la línea del Evangelio a los pobres que nos deja Jesús sigue estos parámetros: haz, da, vende y reparte, comprométete, cuida, sirve… y sígueme libre de todas estas cargas y todas esas marañas económicas o religiosas que pueden perjudicar tu vivencia de la espiritualidad cristiana.

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo”. ¿Creéis que la respuesta de Jesús impacta a los ricos hoy? El joven rico pudo pensar: Señor, aquí en esta vida he heredado mucho, soy joven y tengo casi todo. Quiero heredar también la vida eterna… pero no puedo aceptar el precio.

Yo creo que el joven rico se debió de quedar frío delante de Jesús. Helado. Sorprendido. ¿Cómo puede afectar esta repuesta a los ricos del mundo hoy? ¿Tanto vale el tesoro en el cielo que me puede costar el tesoro en la tierra?

A los ricos, en la línea del Evangelio a los pobres habría que decirles: Perder el tesoro en la tierra en forma de compartir y eliminar sufrimiento; perder el tesoro en la tierra por dar vida, por sacar a personas de la infravida; perder el tesoro en la tierra por seguir el concepto de projimidad de Jesús, no es tal pérdida. Todo es ganancia. Habrás eliminado tristeza y experimentado la felicidad del dar: “Es más feliz dar que recibir”.

La respuesta de muchos ricos es: No, Señor, no. Yo quiero ambos tesoros. El de la tierra y el del cielo. La respuesta viene desde lo alto, desde el megáfono del Dios que nos dejó el Evangelio a los pobres: ¡Imposible!

El desprenderse de las riquezas para compartirlas, no es un precio alto si, a cambio, te va a dar felicidad y eliminar tu vacío existencial y religioso. Si todo lo acaparas egoístamente para ti mismo, el halo de tristeza que te va a embargar, afectará a todo el mundo, afectará al rostro de Dios mismo, de Jesús.

No te quedes con tu riqueza y con tu tristeza… aunque tengas poco. Comparte, sirve. Cuando llegues delante del Señor, si quieres seguir tus cumplimientos religiosos insolidarios, te darás cuenta que el que va a ser recibido en el seno de Abraham, siguiendo el concepto de la parábola del rico y Lázaro, no va a ser el que más alabe, el que más lea la Biblia, el que más haya cumplido con el ritual religioso… sino el que más haya servido.

Mantennos en cierta tristeza, Señor, una tristeza que sea un aguijón que nos inquiete hasta llegar a comprender todas estas líneas del Evangelio a los pobres.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas
4 Todo en el cielo y todo en la tierra

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011)


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (IV)

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (texto completo en Mateo 19:16-22). Partimos de la pregunta de un joven rico, un joven que, quizás, estaba acostumbrado a heredar. Si era joven, era difícil que él hubiera trabajado y negociado tanto para tener tantas posesiones. Sabía de lo cómodo de recibir herencias, de encontrarse con posesiones y bienes, con tesoros, que él no había trabajado. Era un joven rico que lo tenía todo en la tierra. Se iba a encontrar ante la dificultad de poder seguir a un Maestro que trajo un Evangelio para todos, pero con un destinatario específico: los pobres de la tierra.

Parece que este joven rico era consciente de que la vida en la tierra era limitada, que el disfrute de sus herencias no iba a ser permanente, que el tiempo pasaba de forma inexorable y que sus riquezas no le ayudarían a conseguir una vida eterna en nuestras coordenadas espacio-temporales. Era bonito disfrutar de las herencias en la tierra. Pensó que sería bueno intentar heredar también para el más allá. Quería tener todo en la tierra y todo en el cielo. Esta filosofía no se compadece con los valores del Evangelio a los pobres.

Jesús le enfrenta con una realidad dura: Esto que me pides no es posible. No puedes marchar detrás de mi, camino a la vida eterna con un lastre tan grande de riquezas. Sin embargo, el joven rico tuvo que recorrer un camino, en el que exhibe toda su ética de cumplimiento y conocimiento, toda una conversación con Jesús, antes de llegar a esta conclusión que le produce gran tristeza. Creer no es cumplir, no es participar en rituales cúlticos, es comprometerse con Dios y con el prójimo dando como resultado líneas de acción de cara al prójimo necesitado, al prójimo sufriente.

Una de las líneas que se repite en la Biblia en relación con el Evangelio a los pobres, abarca dos conceptos importantes: la necedad de las riquezas y la omisión de la ayuda de los ricos a los desamparados, a los pobres de la tierra. El joven rico estaba feliz con el disfrute de sus riquezas en la tierra, pero se llena de tristeza cuando se le pide que la comparta, que sea solidario, que practique la solidaridad.

También la pregunta que hace al Maestro, “¿qué haré para heredar la vida eterna?”, se repite en diferentes parábolas y no parte de la boca de los pobres. Los ricos se interesan por el más allá, por situarse también allí, por unir a sus posesiones en la tierra, los bienes del más allá. A través de esta pregunta del joven rico se le pide a Jesús que responda sobre algo fundamental, algo esencial, algo sumamente importante y vital. Se trata de ver qué hacer, cómo comportarnos… nada menos que para conseguir la salvación eterna.

La pregunta viene desde los cumplidores, desde los que creen que la vida eterna se puede ganar actuando, cumpliendo con rituales. Pedían algo concreto. Probablemente se hubieran desilusionado si Jesús les hubiera dicho que creyeran, que tuvieran fe. Hubieran dicho que ellos contaban con la fe desde siempre, que eran grandes creyentes.

Jesús, por tanto, les responde desde el plano de lo concreto, desde el plano de la vida en el aquí y el ahora. Conocían los mandamientos que eran concretos y prácticos: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos”. Esta respuesta, para los que vivían dentro de la ética del cumplimiento como en la parábola del buen samaritano y en esta del joven rico, era decepcionante. ¡Señor, si vivimos para eso! “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”, dice el joven rico. ¡Maestro, tienes que darme otros retos! El joven rico consideraba esta respuesta incompleta. El cumplir la ley y los mandamientos era “pan comido” para estos cumplidores, para este joven rico y otros integrados en los sistemas religiosos y económicos del momento.

Desde los parámetros del Evangelio a los pobres, se pueden ver las siguientes características de estos religiosos ricos y acumuladores del mundo: son cumplidores, intentan tener una ética de cumplimiento, pero es cumplimiento ritual, no actúan. Son cumplidores religiosos, pero no tienen misericordia del prójimo caído al lado del camino. Son cumplidores, pero no tienen una fe comprometida en la línea del Evangelio de Jesús… Jesús no capta en ellos una fe viva, aunque sean cumplidores de los mandamientos y de los ritos eclesiales.

El compromiso que se pide a los ricos desde el Evangelio a los pobres es tan radical que no basta, no es suficiente, el que dejen algunas migajas para los pobres. Eso hizo el rico de la parábola del rico y Lázaro, que le dejaba que comiera de las migajas que caían de su mesa. Hay que dar y darse hasta límites insospechados. El Evangelio a los pobres asusta hasta hacer muy difícil que un rico herede la vida eterna.

En la parábola del buen samaritano, que responde a la misma pregunta por la salvación, se da un imperativo de acción siguiendo las líneas de projimidad para con los apaleados y marginados de la historia: “Haz tú lo mismo”. En la parábola del joven rico, desde las líneas del Evangelio a los pobres, se da un imperativo tan radical que obliga a compartir de forma total y absoluta si se quiere seguir a Jesús para poder heredar la vida eterna. La respuesta final es: “anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”.

En el fondo la respuesta que enlaza con el Evangelio a los pobres es que no hay que vivir para las riquezas, sino para el servicio a los pobres, a los más necesitados, a los sufrientes del mundo. En el fondo, la respuesta es: No basta con ser religiosos, no basta con ser cumplidor. Hay que tener una fe viva que actúa, que hace el bien, que comparte, que da, que reparte, que hace felices a los otros. Ahí está la fuente de la felicidad. El rechazo a estas líneas nos sume en la tristeza, como ocurrió con el joven rico.

En la línea de esta parábola, no hay felicidad para el mundo si hay personas cargadas de un lastre grande de riquezas. Esas cargas de riquezas almacenadas hay que repartirlas igualitariamente para que no haya pobres entre nosotros, en el mundo. Si los ricos se van y no aceptan el reto de Jesús y siguen cargados de riquezas, estos ricos se van tristes. Se quedan con sus riquezas y con sus tristezas.

Pero ocurre algo más grave: La tristeza, en grado sumo, en grado de sufrimiento, se desparrama por el mundo haciendo que millones y millones de personas vivan en la infravida, en el no ser del hambre y de la marginación. Por eso, si se quiere el tesoro del cielo, hay que vender y repartir. ¡Todo! Quizás porque todo es de todos.

Señor, ayúdanos a concienciar al mundo de la necesidad de una mejor redistribución de los bienes del planeta. Ayúdanos a que, con nuestra acción, nuestra voz y nuestra búsqueda de justicia, podamos eliminar la tristeza de esos ricos que no pueden seguirte para que, así, eliminemos mucho sufrimiento del mundo. No nos dejes caer en la pasividad. No nos des voz ni influencia hasta que no la usemos para llevar al mundo los valores del Evangelio a los pobres… hasta convertir a los ricos, como fue el caso de Zaqueo.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (III)

“Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levantare de los muertos”. Texto completo: Lc. 16:19-31.

En el mundo siguen los contrastes de la parábola del rico y Lázaro: banquetes opulentos frente a migajas degradantes; esplendidez, frente a ansias de poner comer; púrpura y lino frente a los perros que, compasivamente, se dedican a lamer las llagas de los pobres del mundo… pero la parábola nos dice que para todos hay el mismo final: la muerte.

Pero la muerte que marca el final para lo que los hombres, en muchos casos, entienden por la vida, no marca el final definitivo, sino el comienzo de una nueva realidad llena también de antagonismos y diferencias: el seno de Abraham, frente al Hades tormentoso, el lugar de los muertos separados de este seno acogedor. Allí siguen los antagonismos de consuelo frente a tormento; la paz frente al malestar rabioso, inquietante y sufriente; salvación y condenación. Son los elementos que suelen tener los textos bíblicos en relación con el Evangelio a los pobres.

Es curioso que yo mismo, en muchos de mis escritos he hablado de la sima, cada vez mayor, que separa en el mundo hoy al pequeño grupo de los ricos muy ricos, de la multitud de pobres cada vez más pobres. Pues bien, en la situación ya metahistórica de la parábola, aparece un elemento nuevo de separación: una gran sima que, curiosamente, separa al pobre del rico. Simbolismo de una sima de separación en donde nadie puede saltar de un lado al otro. Desde allí, el rico en su sufrimiento, podía ver al pobre Lázaro que era consolado.

Se da otro elemento curioso en la parábola: el rico, que había pasado de Lázaro como de un sobrante humano, posiblemente molesto, ahora ve que puede sacarle provecho en el más allá. Un icono de los ricos de este mundo que había tenido en sus manos la posibilidad de la dignificación de este mendigo lacerado sufriente y no lo hizo, un símbolo de la riqueza que con sólo un gesto de su voluntad podría haber sacado a Lázaro de su lacerante pobreza y no lo hizo, un modelo de rico que, fácilmente, podría haber sacado a Lázaro del pozo de su infravida y no lo hizo, ahora ve la posibilidad de aferrarse a la ayuda del pobre Lázaro que era consolado en el seno de Abraham. Este rico, que pasó de la situación de Lázaro en la tierra, se da cuenta de que ahora podría tener alguna utilidad, pensaba ponerlo a su servicio en su situación de tormento desesperado: “Padre Abraham, ten misericordia de mi, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua”.

Abraham le niega esta ayuda porque habiendo necesitado Lázaro de una ayuda similar en la tierra, algo de agua y comida fresca, el rico omitió esta ayuda. Abraham le dijo: “Hijo, acuérdate”. Un imperativo que refrescó la memoria del rico. Es entonces cuando entran en la parábola los modelos de Moisés y de los profetas.

El rico, que no tuvo ningún gesto de misericordia para con Lázaro, sí tiene un gesto positivo para con sus familiares. Así, demandando una vez más el servicio de Lázaro, del pobre hacia el rico, pide que Abraham envíe a Lázaro a la casa de su padre con sus cinco hermanos. Ahora, el rico quería advertir a sus otros hermanos ricos del peligro de las riquezas insolidarias, del peligro del pecado de omisión, del peligro de ponerse de espaldas al grito del marginado. Pero ya no hay opción. No hay opción, porque ya tienen la voz de Moisés y de los profetas. Les deja otro imperativo: óiganlos. Imperativo que hoy tiene que rescatar el Evangelio a los pobres.

Así, pues, Moisés y los profetas son un reto para el mundo hoy. Hay que tener presente la acción liberadora de Moisés y la voz de los profetas. Ahí están. Hoy todavía se les puede oír, aunque hay tantos oídos sordos a las voces de Moisés y a la de los profetas que clamaron por justicia y liberación, que se implicaron con sus pueblos buscando dignidad para los oprimidos e injustamente tratados. El Evangelio a los pobres tiene sus precedentes, sus líderes en el Antiguo Testamento.

¿Qué voces estamos escuchando hoy? ¿Nos suena familiar la voz de Moisés y de los profetas? ¿Cerramos nuestros oídos a estas voces que nos tendrían que ser sumamente familiares? ¿Por qué se cita a estos dos siervos de Dios en medio de una parábola cuyo contexto son los ricos y los pobres del mundo? Pues yo creo que la intencionalidad de la parábola es clara: los profetas fueron voceros de Dios en contra de la injusticia, de la acumulación de bienes, de la mala redistribución de las riquezas, de los abusos que se cometían contra los pobres y los débiles del mundo, de los huérfanos, de las viudas y de los extranjeros. Eran voces de Dios contra la opresión de los fuertes contra los débiles, contra el pecado de omisión de la ayuda, eran mensajeros de justicia y de paz, críticos contra los que se aferraban a rituales religiosos y olvidaban a los pobres omitiendo la ayuda, oprimiendo y cometiendo injusticias. Moisés y los profetas eran precursores en el Antiguo Testamento del Evangelio a los pobres.

Moisés es un siervo de Dios que complementa la acción de los profetas. Un libertador, un hombre que se pone al frente de su pueblo oprimido, esclavizado y empobrecido, un defensor, en cierta manera, de lo que hoy llamaríamos derechos humanos, de los valores del Reino, según la línea neotestamentaria del Evangelio a los pobres.

Así, la parábola queda contextualizada, enmarcada, perfilada. El rico de la parábola no seguía, ni oía, ni siquiera quería oír ni a los profetas ni a Moisés. No era buscador de justicia, no era liberador, no compartía, no denunciaba los desequilibrios que hay en el mundo en la redistribución de las riquezas, no era un agente de liberación dentro de los valores del Reino.

¿Cuál es nuestra situación? ¿Estamos escuchando la voz de los profetas y siguiendo el ejemplo liberador de Moisés? ¿Somos servidores, restauradores, dignificadores de los pobres y de los sufrientes del mundo o estamos escuchando voces más suaves y dulces que nos llevan a la insolidaridad y al pecado de omisión de la ayuda.

Señor, no nos des relax ni descanso hasta desentrañar lo que esta parábola quiere decirnos en la línea del Evangelio a los pobres. Enséñanos a través de tus siervos Moisés y los profetas. Queremos seguirte y, al final, después de ser usados por ti, queremos descansar contigo en el seno de Abraham.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011).

Los malvivientes

Publicado: diciembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Por Elisa Padilla

Llegó ese momento del culto dominical en que acostumbramos compartir con la comunidad nuestros motivos de agradecimiento y petición. Una vez más, el momento se convirtió en un espacio para hacer teología – es decir, para relacionar la enseñanza bíblica con la vida cotidiana. “Pido oración por nuestro país, para que se termine la violencia que nos tiene tan mal a todos”, dijo una señora, haciendo referencia a los episodios vividos durante la semana en Villa Soldati, Buenos Aires, donde cuatro personas murieron en el desalojo por parte de la policía de familias que se habían establecido en el parque Indoamericano. “Pero tengamos cuidado con la xenofobia; no nos comamos irreflexivamente lo que nos alimentan los medios de comunicación”, respondió otro hermano. Los tonos empezaron a elevarse: “¡Pero están matando a nuestros padres, hijos y hermanos! ¡Es imperante eliminar las ‘villas’ porque allí se esconden los criminales y malvivientes!”

Terminado el culto y la hora de charla informal en las puertas del templo, mi familia y demás agregados nos amontonamos en el viejo Peugeot. Nuestro destino era el Centro Kairós, donde una docena de “malvivientes” nos esperaba con el almuerzo listo. Al llegar, estaban ahí sentados en el quincho, no animándose aún a explorar el hermoso parque (tan distinto a sus habitáculos de pasillo de villa), con sus gorras tapándoles medio rostro, escuchando cumbia y reggaeton. Saludé a uno por uno con un beso, entremezclando algún chiste para recordar su nombre o porque por fin le ponía cara a un nombre escuchado repetidamente de labios de nuestro amigo Aníbal (principal artífice de la invitación para tal ocasión). Eran muchachos que tenían apenas unos años más que mis hijos. Uno, portador de VIH, con ambos padres fallecidos de SIDA. Otro, sin una pierna porque de chico se había caído del tren volviendo de jugar al fútbol. Otro, con un tiro en la pierna. Otro, con pedido de captura.

Los “malvivientes” cortaron tomates, pan y carne. Mezclaron jugos y sirvieron a las demás familias que habían sido invitadas al encuentro. Después de almorzar, Aníbal nos pidió a todos que nos sentáramos en una gran ronda de sillas bajo la sombra del palo borracho a escuchar las palabras del pastor René Padilla. En el relato elegido del evangelio de Lucas, Jesús les respondía a los religiosos que lo criticaban por comer con cobradores de impuestos y prostitutas (los “malvivientes” de su época). Y lo hizo mediante tres parábolas: la de la moneda perdida, la de la oveja perdida y la de los dos hermanos. En la tercera parábola, el menor de los hermanos tuvo que tocar fondo para darse cuenta de que su vida no podía seguir así y que necesitaba un cambio drástico. Cuando decidió volver a casa, su padre lo vio de lejos y salió a su encuentro. Lo besó, escuchó su confesión (“He pecado contra el cielo y contra ti…”) pero no le dio tiempo a terminar con su propuesta de trabajar para él como obrero: tomó enseguida la túnica, el calzado, el anillo y el becerro más gordo (el mejor asado estilo argentino). “Así Dios quiere recibirnos a nosotros:” -concluyó don René- “con un asado abundante y con la mejor carne de la hacienda”.

La semana pasada volví a mi viejo barrio de Villa Hidalgo (productora importante de “malvivientes”). Me impactó el mejoramiento de la zona en los últimos meses: la calle del jardín de infantes Colmenita estaba asfaltada; se habían construido veredas hasta el fondo del asentamiento para que, en días de lluvia, la gente no tuviera que chapotear tanto en el barro; estaba entubado el zanjón de podredumbre donde va a parar toda el agua desechada de los barrios altos y de las zanjas abiertas que atraviesan la villa; el barrio se está preparando para recibir cloacas; y los más desposeídos que viven del otro lado del zanjón, pronto tendrán luz eléctrica con tensión suficiente para todos.

En el momento del culto dominical donde los tonos habían subido a decibeles peligrosos que amenazaban con un estallido discordante, compartí esta realidad de Villa Hidalgo. El plan de mejoramiento del barrio, promovido por personas comprometidas con su prójimo y apoyado por planes del gobierno, eran pequeñas luces del reino de Dios y semillas de esperanza. Un hermano confirmó: “Lo que los cristianos debemos apoyar no es la eliminación de villas, sino su urbanización, es decir, la provisión de todos los servicios básicos de los cuales gozamos los incluidos. Eso es lo que significa ‘inclusión’”. Este comentario logró cerrar la discusión y aunar a la congregación en sus oraciones de intercesión.

En esta época en que celebramos el nacimiento de Dios como ser humano y repasamos el año 2010, sería bueno preguntarnos: ¿nuestra mesa navideña incluirá sólo a “bienvivientes”? ¿De qué maneras nuestra familia, comunidad de fe, ministerio u organización se relacionó durante este año con los sectores más débiles y excluidos de la sociedad? La opción de Jesús fue clara. Como dice el tango de Pagura (entonado por la delegación latinoamericana en el congreso mundial de Lausana III en Ciudad del Cabo este pasado octubre), Jesús “exaltó a los niños, las mujeres (otros “débiles” del momento), y resistió a los que de orgullo ardían.” Si nos hacemos amigos de “débiles y malvivientes” y nos atrevemos a violar la brecha que marca nuestra sociedad, guardando el dedo acusatorio, quizás logremos ver a las personas con los ojos de Dios, entender su realidad, descubrir su profunda belleza y empezar a invertir nuestra energía y recursos en la transformación de estas realidades de exclusión. Sin duda entre la basura, las armas, la droga, las aguas malolientes, el abandono y los pasillos embarrados, encontraremos las huellas de nuestro maestro.

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Publicado: http://www.kairos.org.ar

El rico y Lázaro

Publicado: diciembre 27, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (II)

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas…” (texto completo: Lucas 16:19-31).

Jesús criticó a los religiosos de la época, insolidarios e inmersos en sus círculos infernales de “pureza” en donde no había cabida para los empobrecidos del mundo. Veía al mundo dividido en dos: el del rico derrochador, vestido de ropa fina y cara, haciendo espléndidos banquetes diarios, símbolo e icono del pequeño mundo rico y acumulador, mientras tirado a su puerta, en la cercanía, a su lado, estaba el pobre Lázaro, símbolo e icono de la pobreza en el mundo, también junto a su puerta, como en nuestros días, innumerables como la arena del mar… pero el corazón del rico no se despertó a la solidaridad. Fue condenado por ello. La parábola sigue, de manera estricta, las líneas del Evangelio a los pobres.

Jesús hablaba de la riqueza y de la pobreza como algo que, necesariamente, debería estar integrado dentro de las preocupaciones del Evangelio. Hablaba de este grave y escandaloso problema con naturalidad, denunciaba con naturalidad, narraba parábolas como ésta, nos dejaba los valores del reino, valores que eran liberadores y rehabilitadores sacando al primer plano de la realidad a todos los que estaban en el no-ser de la marginación, la pobreza, la opresión y el sufrimiento. El desequilibrio del mundo, representado por este rico y por Lázaro, estaba en contra del proyecto del Reino y sus valores que irrumpen con la venida de Jesús al mundo.

Hoy, a los pastores, sacerdotes o líderes del mundo cristiano, en un mundo en donde el poder económico es prácticamente el primer poder y todo se mueve alrededor del dinero, como si el mundo estuviera adorando al becerro de oro, no les es fácil hablar de forma clara y a los cuatro vientos, de esta parábola, de la realidad de un mundo vergonzosamente dividido en dos: el pequeño mundo de los acumuladores, que representa este rico Epulón, y el gigantesco infierno en el que se mueven en la infravida los pobres del mundo, representado en la parábola por Lázaro. La Iglesia no ha sabido acoger en su profundidad el reto del Evangelio a los pobres, el evangelio liberador y dignificador de los sufrientes del mundo. Hemos perdido o dejado en lo light, en lo secundario y casi en el olvido, una de las esencias del Evangelio.

Parece que hoy, debido a la violencia social que crea la acumulación y el miedo a criticar a los poderosos del sistema económico -menos aún a condenarlos desde el punto de vista de la salvación eterna-, nuestros líderes religiosos no tratan el tema de la riqueza y de la pobreza con la naturalidad con que lo trataba Jesús. Mucho menos nos atrevemos a lanzar mensajes condenatorios a los ricos acumuladores que, teniendo al lado de sus puertas a los lázaros del mundo, hambrientos y llenos de llagas, no levantan un dedo para dignificarlos… les dan la espalda como a un sobrante humano. El pueblo de Dios no puede ni debe hacer lo mismo, sino que debe entrar en las líneas de denuncia y búsqueda de justicia que demanda el Evangelio a los pobres.

El rico Epulón: icono de un pequeño grupo que ejerce violencia gastando energías sin límites, saqueando para mantener el derroche de bienes y servicios, el consumo desmedido, los banquetes, el lujo, el placer… para ello tiene que explotar y expoliar al mundo poniendo sobre su mesa la escasez de los pobres. Es un número reducido de personas que extienden su influencia al 20% de la humanidad.

El mendigo Lázaro: los hambrientos del mundo, los niños que mueren por hambre o por falta de medicinas, por enfermedades vencibles, tantos lázaros que no se desarrollan, que viven en la infravida, que no se educan ni capacitan, que no tienen buena sanidad ni agua potable. Los lázaros hambrientos del mundo son más de mil millones de personas. Dentro del círculo infernal creado para que se mueva el mundo de los lázaros ulcerosos y llenos de llagas vitales, está el 80% de la humanidad.

Como va a haber un artículo más sobre este tema, os voy a dejar con algunas preguntas:

¿Hasta dónde debe asumir responsabilidades los que tienen riquezas de este mundo? ¿Hasta dónde los cristianos debemos asumir responsabilidades con aquellos lázaros que están empobrecidos, con los sufrientes del mundo, muchos de los cuales están realmente al lado de nuestra puerta y, a otros, los medios de comunicación los meten dentro de nuestras casas? ¿Nos da miedo el Evangelio a los pobres? ¿Cuándo está en nuestras manos el dignificar una persona o sanar las llagas de los lázaros de nuestros días y no lo hacemos estamos pecando? ¿Nos debería preocupar más el no caer en el pecado de omisión de la ayuda como cayó el rico de la parábola? ¿Los que, insolidariamente, desequilibran el mundo con la acumulación van a ser condenados por Dios y excluidos de la salvación eterna? ¿Es parte esencial de la espiritualidad cristiana el compartir, tener compasión, denunciar a los acumuladores, ponerse al lado de los lázaros del mundo y luchar por la justicia? ¿Nos interpela esta parábola del rico y Lázaro? ¿Nos inquieta la radicalidad del Evangelio a los pobres? ¿Nos gustaría que estos textos tan claros de la Biblia no existieran?

¡Señor, no des quietud a nuestras mentes hasta que no lleguemos a comprender qué es lo que tú quieres decirnos con esta parábola y con tantos otros textos bíblicos en donde se condena la omisión de la ayuda a los lázaros del mundo! Queremos entender y hacer realidad en el mundo tu Evangelio a los pobres. Aunque nos incomode, porque, para los que te quieren seguir, tu yugo es fácil y ligera tu carga. Que lo hagamos con alegría, Señor.

Artículos anteriores de esta serie:
1 El evangelio a los pobres: retazos

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).


Retazos del evangelio a los pobres (XIII)

“Él levanta del polvo al pobre, y del muladar al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor”. 1ª Sam. 2:8. Cántico de Ana completo en 1ª Sam. 2:1-10.

Aunque el tema es el Nuevo Testamento, los Evangelios, he querido citar el precedente del Cántico de María que es el Cántico de Ana. Con Ana ocurre exactamente igual que con María: Dios mira y actúa ante la humildad y bajeza de sus siervos, los no poderosos y sabios según el mundo. La potencia o el poder de Dios se perfecciona en la debilidad de éstos. Desde la prepotencia es imposible captar al Dios poderoso y santo que mira la bajeza de sus siervos. Desde el orgullo prepotente es imposible comprender el Evangelio a los pobres.

En el Evangelio es impactante el hecho de que Dios pase de largo de los poderosos y los ricos de este mundo, el que les dé la espalda para fijarse en los pobres y en los humildes. Si queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que entrar, necesariamente, por estas líneas de humildad, bajeza, sencillez y solidaridad con los pobres de la tierra. El Cántico de Ana dice: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder”.

María, en su Cántico, queda impactada por estos hechos, por conocer a un Dios que se fija en la bajeza de sus siervos. Es a los pobres y marginados -y tanto María como Ana se encontraban en este grupo-, los marginados como eran las mujeres de aquellas épocas, a quienes el Poderoso escoge para revelar los más grandes hechos, los acontecimientos más asombrosos que Dios va a hacer en el mundo… hechos tan asombrosos como su concepción virginal. Así de asombroso para el mundo sonaría después el Evangelio a los pobres del que Jesús hablará después en consonancia con estos precedentes. Hecho tan asombroso como lamisca concepción virginal.

Tanto el Cántico de María como el de Ana, nos transmiten todo un trastoque de valores, una inversión de prioridades, un vuelco de lo que muchos hombres consideran como válido: La riqueza como prestigio o, en su caso, como bendición de Dios. Es un golpe a los pies de barro que tiene el ídolo del poder humano como elemento dignificador, a los pies de arcilla de la acumulación de riquezas como triunfo.

Los dos Cánticos son como contravalores anunciando la línea de lo que serían los auténticos valores que nos traería Jesús, los valores del Reino y el Evangelio a los pobres. Esto no lo pueden comprender los soberbios. Esto no lo comprenden aún muchos de los llamados cristianos hoy a lo largo del mundo. Los soberbios y los poderosos, montados en el poder económico o en el poder terrenal, los que coquetean con el Dios Mamón, serán esparcidos y aniquilados: “Dios esparció a los soberbios, quitó de los tronos a los poderosos”, dice el Cántico de María.

En el Cántico de María se da la contraposición de cuatro conceptos: poderosos y humildes; ricos y hambrientos. Es la situación del mundo hoy. Tanto el Cántico de María, como el de Ana, tienen plena actualidad. Cuatro conceptos contrapuestos. ¿Al lado de quién o de quiénes nos debemos situar los cristianos? La respuesta viene si sabemos contestar otras preguntas: ¿Por cuáles se decantará el Señor? ¿Al lado de quién se pondrá el Poderoso? ¿A quién querrá favorecer? ¿Quién ocupa el lugar central de su sentir?

La respuesta bíblica es clara: Dios se pone, en todo el contexto bíblico, al lado de los pobres y sufrientes del mundo. Esta es la base, este es el fundamento del Evangelio a los pobres.

El par de conceptos antagónicos del Cántico de María, se resuelve de forma clara: “Quitó de los tronos s los poderosos y exaltó a los humildes”. Cambio de valores que asusta al mundo. Nos suele gustar más el trono que el servicio, la alta consideración propia, la prepotencia o la altivez, a la humildad y al ubicarnos al lado de aquellos que ostentan, de cara al mundo, cierta bajeza. Dios quiere que los que le siguen se aparten de la prepotencia, para situarse al lado de los pobres y de los humildes. María, con su Cántico, se anticipa a los valores del Reino y al concepto del Evangelio a los pobres.

En cuanto al par de conceptos antagónicos “hambrientos y ricos”, conceptos que debieran hacer temblar a un mundo que hoy cuenta con más de mil millones de hambrientos y con más de medio mundo en pobreza, el Cántico de María los resuelve así: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos”. ¿Por qué, Señor, aún no se ha cumplido el deseo o las afirmaciones del Cántico de María? No nos pongamos nerviosos. Esperemos en el Señor, Él tiene su momento, la Palabra ha de cumplirse.

Mientras tanto, en esa utopía del Reino con sus valores, en este mundo en donde aún suena extraño ese concepto del Evangelio a los pobres, Dios quiere que sigamos trabajando, acercando al mundo los valores del Reino que “ya” está entre nosotros. Acercándoselos a los hambrientos, a los pobres, a los humildes. Si el Evangelio que predicamos y que queremos realizar, pierde esa visión, las iglesias dejarán se ser iglesias del Reino y el concepto tan importante y necesario del Evangelio a los pobres, tendrán que gritarlo las piedras.

A los ricos los deja en la vaciedad, en el sinsentido de sus riquezas, en el vacío existencial… les anuncia la muerte: “Necio, esta noche van a pedirte tu alma, y lo que has almacenado, ¿para quién será?”

Cántico de María, preludio del Evangelio a los pobres… Dios cumple. Confiemos en su promesa. El Cántico de Ana dice: “Los saciados se alquilaron por pan, y los hambriento dejaron de tener hambre”. ¡Queremos verlo Señor! Mientras tanto, mantengámonos activos en la utopía del Reino, en la línea del Evangelio a los pobres, en la línea del servicio. Acordémonos de la misericordia del Todopoderoso. Así fundamenta María todo su Cántico: “Acordándose de la misericordia, de los cuales habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre”. Imploramos tu misericordia, Señor. Ayúdanos a seguirte en esas líneas del Evangelio a los pobres. Si no, Señor, no nos des paz.


Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).


La pobreza: escándalo y vergüenza humana

Varias veces he citado el texto bíblico, que podría ser una frase navideña, que dice: “la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”. Navidad. Noche de paz. Contemplamos el mundo. No es posible que haya paz sin justicia. Se debería afirmar que las desiguales redistribuciones de los bienes del planeta tierra, los desequilibrios económicos que dejan todo en las manos de los acumuladores de la tierra, las injusticias y las opresiones, son el caldo de cultivo de muchas de las violencias que hay hoy en el mundo incluidos algunos tipos injustificables de pirateos y terrorismos que azotan al mundo hoy… aunque sea Navidad. 

  Sin embargo, en estos días navideños, los cristianos y las iglesias dirán sin duda que son buscadores de paz, que quieren crear una cultura de paz…, pero no trabajamos de una forma activa y comprometida para que el aserto bíblico se cumpla: que la justicia y la paz se besen. No nos atrae, al contrario de lo que ocurrió con los profetas, ni la denuncia contra la injusticia, ni la acción contra la pobreza, ni la lucha contra la opresión de los pueblos o de las personas oprimidas en su ámbito individual. No se cumple el deseo bíblico de que la justicia y la paz se besen. Dios quiera que se consiga… al menos en Navidad.

Navidad. Paz entre los pobres. ¿Hay paz entre los pobres? Quizás tampoco, pero curiosamente, tampoco se cumple de forma tajante, el que los pueblos empobrecidos sean violentos, que defiendan su liberación acudiendo a la violencia. Nadie duda que hay muchos pueblos sometidos, oprimidos, despojados, bajo la bota de unos cuantos poderosos, desesperados y en la infravida de la pobreza y, sin embargo, no protestan, no alzan ni su espada ni su voz contra sus opresores… y, quizás, no existe eso de “la voz de los sin voz”.

Navidad. Paz entre los pobres. No existe la revolución de los pobres. Su pobreza severa no se convierte en algo intolerable contra lo que hay que levantarse… y muchos a esto le llaman vivir en un mundo en paz, aunque no hemos de anhelar nunca la paz de los cementerios. Los pueblos, así, se pueden plegar a su mentalidad de pobreza, de analfabetismo, de dependencia y de resignación, sin que funcione lo que pareciera que, humanamente, debería ser: que la injusticia crea las bases y las condiciones de la violencia.

Navidad. Paz entre los pobres. También este deseo para el mundo rico. Paz entre los cristianos del mundo. Aquí, en estos casos tan conocidos en el mundo, los cristianos nunca se deben decantar por animar a estos pueblos a la violencia. No hay ninguna espada o arma especial para usar por parte de los cristianos en defensa de los pueblos oprimidos. Sólo nos queda el ejemplo profético, sólo nos queda la voz, la palabra. Palabras de denuncia tendentes al acercamiento del Reino de Dios, que irrumpe con el nacimiento que celebramos en Navidad, a estos pueblos.

Navidad. La irrupción del Reino con sus valores. Un Reino cuyas normas están en contra de las grandes desigualdades, Reino buscador de justicia y de paz, Reino que pone en los primeros lugares de dignidad a aquellos que están postergados, hundidos, marginados y excluidos. Leed las Parábolas del Reino. Las normas del Reino, con su acogida a los pobres, proscritos y quebrantados del mundo, con la llamada al banquete del Reino de todos estos despojados y oprimidos, está condenando todo aquello que paraliza el desarrollo de los pueblos, su inmersión y condena a la pobreza, el subdesarrollo que nutre las arcas de un puñado de acumuladores.

Navidad. Que no haya injusticias para que no se generen violencias. Noche de paz. La injusticia, de alguna manera, siempre genera violencias. Por tanto, si algunos afirman que no siempre la injusticia genera violencia, se equivocan. Lo que pasa es que la violencia que genera la injusticia se enroca recayendo sobre las propias víctimas de la pobreza y las paraliza. La injusticia y la violencia siempre la generan los mismos. Si las víctimas de la injusticia no recurren a la violencia es porque en la mayoría de los casos no pueden. No tienen ni siquiera la posibilidad de usar la violencia de la voz. Eso no significa que con la injusticia generalizada haya paz en el mundo. Eso no es paz. Eso es violencia institucionalizada contra la que los pobres no pueden hacer nada. Violencia legalizada y establecida a la que el mundo llama paz.

Navidad. Que no haya invitaciones por parte de nadie a la violencia. Las prácticas de los injustos, las injusticias y las acumulaciones desmedidas de bienes, son una invitación a la violencia. La intolerable riqueza de algunas minorías es, de hecho, una llamada a la violencia de los pueblos, pero la violencia, el miedo, la subyugación violenta de los injustos es superior. Domina y calla a los pobres sumergiéndoles en una mentalidad de fatum o destino del cual creen no poder salir. No tienen ninguna posibilidad de éxito contra los que injustamente controlan su destino.

Navidad. El niño sin lugar en el mesón. El niño que nació en exclusión. Es una denuncia del mundo injusto. Así, la denuncia profética que hemos de retomar hoy, con el uso de la voz como única arma, con el uso de la palabra como única herramienta, la denuncia profética dentro de los métodos de la no violencia, es el medio más adecuado para plantar cara a la violencia de los injustos. Esta violencia tampoco la pueden ejercer los pueblos empobrecidos y despojados. Muchos pobres de este mundo no se plantean siquiera el hecho de tomar la vía de las reivindicaciones a través del uso de la palabra. Para muchos, si vencieran su alienación en la que han sido sumergidos dentro de la violencia establecida que es la paz de los injustos y hablaran defendiendo sus derechos más elementales, serían perseguidos y acallados de forma brusca.

Navidad. Cantemos villancicos, hablemos, miremos al niño naciendo ne medio de la infección de los animales… denunciemos. La violencia de la voz de los creyentes del mundo podría tener un efecto enorme y devastador de la violencia establecida como paz. La búsqueda activa y comprometida de la justicia por parte de los creyentes, podría reconducir al mundo a la auténtica paz, al hecho final y definitivo de que habla la Biblia. El hecho de que la justicia y la paz se besen. Será entonces cuando habremos acercado al mundo el Reino de Dios y algo de su justicia. Será la celebración de la auténtica Navidad. Será entonces cuando nuestro llamado a la misericordia y a la búsqueda de justicia, nos pondrá en movimiento hacia un mundo mejor y más justo. Estaremos llevando al mundo a una situación en la que se dé, realmente, la auténtica paz que hace añicos y pedazos todas esas paces muertas e inactivas de los cementerios. ¡Danos días de paz, Señor, en esta Navidad!

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2009).



Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14 RV95)

En este período en el que nos acercamos al final del Decenio para Superar la Violencia (DSV) y nos proyectamos con entusiasmo hacia la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz (CEIP), que tendrá lugar en Kingston (Jamaica), del 17 al 25 de mayo de 2011, es bueno detenerse a reflexionar sobre los momentos de paz y violencia que ha vivido nuestro mundo en estos diez años pasados.

Lamentablemente, a pesar de los esfuerzos constantes de la humanidad, hemos sido testigos de la continuación de la violencia, las hostilidades, la injusticia, el odio y la opresión en todo el mundo, e incluso en muchos casos de su intensificación. Las esperanzas y las proclamaciones de las últimas décadas que suscitó el tercer milenio como era de paz, reconciliación, solidaridad, justicia y hermandad entre los seres humanos parecen actualmente un sueño pueril. Y, sobre todo ahora, cuando estamos en medio de una crisis financiera sin precedentes, cuando millones de personas en todo el mundo se ven afectadas en su vida diaria por la economía globalizada, toda esperanza de un futuro mejor parece carecer de sentido.

Como muchos dirigentes religiosos han observado, la presente crisis no es sólo una crisis del sistema financiero de los países desarrollados, que se pensaba habría de promover de forma duradera un buen nivel de vida, ni una crisis sistémica del propio capitalismo.  En realidad, la crisis tiene profundas raíces morales, espirituales y éticas.  Es la misma crisis de valores que condujo al mundo a enfrentarse en nuestros días con los peores problemas de su historia, y que constituye una gran amenaza para cada ser viviente en la Tierra.

La paz no está en peligro actualmente a causa de las guerras entre países o de la opresión de los pobres y de los vulnerables.  Desde hace muchos años, se está librando otra “guerra”: la profanación de la Creación de Dios, inducida por nuestra avidez de más recursos naturales y energía, por los beneficios excesivos de las empresas multinacionales, el aumento de la producción industrial del mundo, y el excesivo consumo de bienes sin tomar las debidas previsiones.

Desde hace años, muchos científicos nos han estado alertando acerca de los resultados de esa “guerra” que se está librando.  Día a día, año tras año, sufrimos el cambio climático, que ya afecta a la forma de vida de muchas personas en todo el mundo e incluso amenaza su supervivencia. El calentamiento global está a la vuelta de la esquina, dado que el promedio de las temperaturas de las dos últimas décadas ha sido el más elevado que se haya registrado hasta ahora; más y más especies de la fauna y la flora están en peligro de extinción debido a la incidencia de la actividad humana; la búsqueda de agua limpia y fresca ha pasado a ser en muchos lugares una cuestión de vida o muerte; bellísimos paisajes están en peligro de destrucción; los refugios ecológicos están en aumento, y algunos piensan que deberían llegar a unos 200 millones en 2050.

Como parte del programa del DSV, pequeños equipos ecuménicos, las “Cartas Vivas” han viajado por varios países durante los últimos años, expresando su solidaridad con las comunidades que se debaten con la violencia en sus diversas formas. En mayo pasado una delegación de “Cartas Vivas” visitó a las iglesias, las organizaciones ecuménicas y autoridades de la sociedad civil de Fiji, con objeto de expresar su solidaridad con las comunidades que luchan contra los efectos del cambio climático, y señaló a la atención de todo el mundo sus catastróficas consecuencias.

Vale la pena mencionar que la población del Pacífico, que ha sido la que menos ha contribuido a esa amenaza mundial, ya está sufriendo sus efectos. La subida del nivel del mar como resultado del derretimiento de los glaciares de las regiones polares, la erosión de las costas, y los cada vez más frecuentes y devastadores tifones y huracanas en esa región están poniendo en peligro su futuro.  En Viwa, una isla muy pequeña del Sudeste de Fiji, ¡los 110 habitantes han sido testigos de la pérdida de cuatro hectáreas de tierra cultivable desde 2002!

Las autoridades gubernamentales se han visto obligadas a trazar planes para futuros reasentamientos forzosos de todas las comunidades en otros países, a pesar de la comprensible oposición de sus ciudadanos a abandonar el lugar de sus antepasados y a pasar a ser refugiados en tierras extranjeras.

La población del Pacífico está tratando de dar a conocer mejor su situación al mundo, pero lamentablemente el mundo parece no querer conocer esa realidad. Los participantes de Fiji en la Conferencia de las Partes (COP) 15 expresaron a los delegados y delegadas de “Cartas Vivas” su frustración ante los escasos logros alcanzados por la Conferencia, en contradicción con las grandes expectativas del mundo, así como la falta de una firme voluntad de los principales contaminadores de tomar todas las medidas que se necesitan.

¿Durante cuánto tiempo hemos de negarnos a ver los resultados de nuestras acciones? ¿Nos hemos preguntado acaso a nosotros mismos si aún tenemos tiempo para seguir haciendo la vista gorda a las señales de alerta de la naturaleza? o ¿pensamos realmente que nuestras acciones sólo afectarán a otras personas lejos de nosotros? En tanto joven cristiano que está preocupado por la difícil encrucijada en que se encuentra nuestro planeta, deseo unir mi voz a la de la población de Viwa y pedir a la comunidad cristiana mundial, y, en particular a aquellos que se reunirán en Jamaica, que eleven la conciencia del mundo sobre la amenaza del cambio climático.

La destrucción de la Creación es el último pecado cometido por la humanidad contra Dios Él que creó el mundo ex amore y nos hizo señores y ministros.  “Tomó, pues, Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara” (VRV95 Génesis 2:15). Sin embargo, en lugar de ser señores y ministros nos transformamos en violadores y maltratadores, destruyendo así nuestra paz con Dios y con su Creación, nuestro único hogar. Así pues, es un imperativo que las iglesias hagan ahora un llamamiento al arrepentimiento. Es importante entender que nuestras opciones políticas, nuestro crecimiento económico, nuestra prosperidad y nuestro desarrollo afectan en proporciones alarmantes a otras partes del mundo y a su población.

No es momento de mostrarnos pesimistas, no podemos hacerlo. En cambio, es un tiempo en el que estamos llamados a ser la voz profética del mundo. AHORA es el momento de que la comunidad mundial tome y ponga en práctica decisiones políticas serias, cuya prioridad no sea el crecimiento incontrolable de los mercados internacionales que se opone a la calidad de la vida humana y la preservación del medio ambiente, sino el equilibrio entre el crecimiento financiero y la continuación sostenible de nuestra existencia y de las futuras generaciones, en armonía con la naturaleza. AHORA es el momento de adoptar una nueva forma consciente de vida, con una nueva moralidad en todos los aspectos de la vida y la actividad humanas. AHORA es el momento de promover una forma de vida que respete y proteja el carácter sagrado de la Creación, promueva la dignidad y la equidad entre los seres humanos, y fomente la ecojusticia para todos los seres humanos y todas las criaturas vivas.

Nikos Kosmidis
Echos – Comisión de la Juventud del Movimiento Ecuménico
Miembro de la delegación de “Cartas Vivas” que visitó el Pacífico