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Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XXIII)

La misericordia y el ritual“Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”. Mateo 9:13. Texto completo en Mateo 9:9-13.

Es importante que  Mateo, narrando su propio llamamiento por Jesús mientras estaba en el banco de los tributos y pasando a narrar el episodio de la mesa compartida, introduzca en este contexto de comida comunitaria, símbolo de acogida a los proscritos, pobres y pecadores, unas palabras que Jesús dijo que no introduce el evangelista Marcos: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio”.Toda su acogida en la mesa comunitaria, comiendo con los proscritos, queda reducida a un acto de misericordia, mientras que, de alguna manera, rechaza el sacrificio y el ritual de los religiosos inmisericordes. Jesús lo dice con un imperativo:”Aprended lo que significa”. Contrapone la importancia de la misericordia en la vivencia de la espiritualidad cristiana, ante todo tipo de ritos religiosos, esfuerzos por conservar la pureza, rituales que considera vacíos si no se tiene en cuenta el concepto de projimidad. Están equivocados. No han aprendido la importancia vital de la misericordia si queremos que nuestro ritual sea válido.Esta frase que se da en este contexto de la mesa compartida, del tiempo compartido, de la acogida incondicional, es de vital importancia para comprender lo que es, lo que significa y el alcance del concepto de Jesús del Evangelio a los pobres. Lo dice también mientras continúa su frase de rechazo a los que se autojustificaban con la práctica del ritual y buscaban sus ámbitos de pureza que no era otra cosa que el desprecio al prójimo sufriente o inmerso en circunstancias que para ellos, los puros, podrían ser contaminantes.

La fe que actúa a través del amor, la misericordia y el concepto de projimidad de Jesús están por encima de cualquier ritual , de cualquier pietismo o deseos de pureza. Esto nunca nos debe llevar al hecho de ser inmisericordes con el prójimo. Si nuestro ritual impide la acogida al diferente, al pobre y al proscrito, debemos renunciar a ese ritual que nunca llega a los oídos de un Dios misericordioso.Por tanto la mesa comunitaria, la acogida a los proscritos, es un acto de misericordia que está por encima de cualquier ritual en busca de pureza, por encima de los pietismos religiosos vanos. Todo culto y todo ritual válido, tiene que estar apoyado en la misericordia, en el amor en acción, en el concepto de justicia misericordiosa que tenía Jesús. Los religiosos del momento caían en dos errores que critica Jesús : el considerarse y autoproclamarse justos, concepto que hoy puede tentar a muchos religiosos que están satisfechos como si ellos solos estuvieran en posesión de la verdad absoluta, y también caían, como consecuencia de lo anterior el desprecio a todos los que estaban fuera de sus círculos de pureza. Algo de esto nos puede tentar hoy a los que estamos tan felices en nuestros ámbitos eclesiales sin querer mancharnos con lo que está fuera, en el mundo, en medio de los focos de conflicto.

Jesús tenía otras pautas, otros estilos de vida, otras formas de acercamiento al prójimo sufriente… nos da ejemplo. Los religiosos del momento no podían entender como Jesús podía acoger a estos grupos de personas considerados impuros y, además, comer con ellos. Así, la religión entra en una crítica al propio Jesús. De esta manera, los religiosos quieren corregir la propia vida del Maestro.

 En esta forma crítica, los revestidos de fachadas religiosas y de santidad aparente, son los que más lejos están de los posicionamientos de Jesús, de los valores del Reino, del Evangelio a los pobres.  Es como una llamada de atención a los religiosos de cualquier época. Su excesivo pietismo y obsesión por la limpieza y pureza, le puede separar del Dios al que ellos dicen servir, pues es como si con su deseo excesivo de consumo del bien y de la santidad, estuvieran robando esta posibilidad para otros. Esos otros de los que se despreocupan, pasan de largo y les dan la espalda.

Jesús quiere dejar claro en sus enseñanzas, en sus parábolas del reino que por encima de todo está la misericordia y que, incluso la justicia, debe ser misericordiosa. Los que se olvidan de la justicia y la fe, aunque hagan todo tipo de diezmos y rituales, se están separando del Reino de Dios. De ahí la frase a los críticos de Jesús porque Él comía con los proscritos y pecadores: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Jesús les deja la frase imperativa: Aprended lo que esto significa. Todo esto conforma una de las bases inquebrantables de la Diaconía, de la acción social cristiana que tiene que estar impregnada de una justicia misericordiosa.  Es la base del Evangelio a los pobres. Es la base de una de las misiones centrales de la iglesia: sumisión diacónica.Hoy debemos reflexionar, leer y releer estos pasajes de la mesa compartida. Incluso el Reino de los Cielos se nos presenta como un banquete con estas características. Un banquete compartido con los excluidos del mundo, los pobres, los lisiados y todos aquellos que han sido rechazados y excluidos por otros hombres entre los que, sin duda, van a estar muchos religiosos.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011

En la mesa compartida

Publicado: mayo 25, 2011 en Iglesia, Misión Integral

Juan Simarro Férnandez
“Y los escribas y fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto que él come y bebe con los publicanos y pecadores?”. Marcos, 2:16. Texto completo en Marcos 2:13-17.
Se trata de un pasaje bíblico en el que  Jesús llama como discípulo a un publicano, Leví, a un despreciado como ladrón y pecador. Come con él y con otros muchos pecadores que se le acercan.  Visto desde nuestra perspectiva, este pasaje no es tan escandaloso como lo fue en tiempos de Jesús, en el contexto social y religioso de aquella época en la que la comida con otros, comunitaria, tenía unas normas muy estrictas que vamos a analizar brevemente unas líneas más abajo. Es un pasaje lleno de fuerza y, desde el contexto de la época, escandaloso. Jesús se acerca a aquellos a los que la sociedad rechazaba, marginaba, tenía como proscritos, como pecadores y malditos. Esta es una de las líneas del Evangelio a los pobres. Esta línea es: todo ser humano merece acogida.  Nadie debe ser rechazado ni marginado. Toda persona merece respeto independientemente de su situación. Nadie debe ser dado de lado ni rechazado. La acogida de Jesús es para todos, pero también se muestra parcial con aquellos que son objeto de un rechazo generalizado, sea por pobreza o cualquier otra circunstancia. No existe el grupo de los limpios y el grupo de los manchados. Esas divisiones sólo las hacen los hombres autoconsiderados limpios, los que considerándose sanos, no tienen necesidad de médico y, por tanto rechazan la oferta de Jesús.Esta afirmación de que todo ser humano merece respeto y acogida es una idea central del Evangelio y uno de los cimientos o columnas en donde se sustenta el concepto de Jesús del Evangelio a los pobres. Es un concepto central que hoy no deberíamos olvidar en un mundo en donde tantas personas se mueven en diferentes situaciones y de diferentes países dando lugar al fenómeno de las migraciones internacionales. Hoy, a nuestro concepto de pobreza en nuestras grandes ciudades, a través de la inmigración, se unen personas de los cuatro vientos de la tierra, muchas de las cuales caen en pobreza o son presa del racismo, la xenofobia, la opresión y el maltrato a los trabajadores.

Jesús no se somete a las normas sociales que muchos tenían por intocables. Es un hombre libre que no se deja esclavizar por leyes y costumbres sociales que marginaban a muchos.  No se deja arrastrar por las divisiones que hacían los religiosos y autoconsiderados puros entre ricos y pobres, justos y pecadores, los considerados prójimos y los alejados como no prójimos. Su forma de enfrentarse a todas estas normas creadas por los religiosos de la época, lo convierten en un liberador que rompe tabúes y normativas que agobiaban a los hombres. Así, su acogida es incondicional, se hace a todos, a todos se acerca y puede comer con los proscritos, pobres y pecadores.Por tanto, una de las líneas del Evangelio a los pobres es que Jesús se acerca por igual a los pobres, a los proscritos y desclasados, a todos aquellos considerados pecadores que eran marginados de la religión, al igual que pueden existir marginados por la sociedad. Practicando este tipo de acogida, esta forma de mesa compartida con los proscritos y pecadores, Jesús se está exponiendo a la crítica y al conflicto agrio con los religiosos de la época. Sin embargo Él, como hombre libre y liberador, no puede hacerse esclavo de las leyes, conductas y normas que marginaban a los más débiles.Jesús, en esa su faceta de hombre libre y liberador, se acerca y acoge a aquellos a los que nadie acogía, a los rechazados, a los impregnados por la mala fama, a los apestados por ladrones, como era el caso de los publicanos, a los pobres, desclasados y proscritos. Y, entrando de lleno en el tema de este artículo, no solamente se acerca a ellos y les acoge, sino que come con ellos rompiendo los prejuicios de los religiosos y liberando a los estigmatizados, rompe las convenciones sociales marginantes y rompe las barreras entre puros e impuros, ricos y pobres… todos son acogidos y dignos de sentarse a la mesa con el Maestro. Los religiosos no podían o no querían comer con los impuros, pobres y proscritos… Jesús sí pudo y queda como ejemplo a todos sus seguidores.

 A Jesús no le preocupó el conflicto con los religiosos.  Deseaba desmontar sus normas y leyes excluyentes y marginantes. Por eso, el cuadro que representa a Jesús comiendo con los proscritos y pecadores, que es un objeto de dura crítica de los religiosos hacia él, no le preocupa. No rehúye el conflicto y lo que quiere es transmitir un mensaje de liberación integral. Con su acogida está rompiendo todo tipo de ataduras y tabúes que marginan y excluyen a muchos hombres.

Dicen los comentaristas de la época que sólo se podía contraer matrimonio con aquellas personas con las que se podía comer. Por tanto, compartir la mesa era como compartir la vida.  Jesús compartía su vida con los proscritos y marginados del mundo. Es por eso que yo una serie que escribí sobre evangelización, la titule “Evangelizar: Compartir la vida, el pan y la Palabra”. Los seguidores de Jesús hoy deberían ser imitadores del Maestro en estas formas liberadoras y destructoras de todo tipo de división o muro creado entre los hombres.  Para ello hay que estar dispuesto a compartir la vida, el pan y la palabra con aquellos marginados, pobres, desclasados y proscritos del mundo. Hay que seguir las líneas dignificadotas y liberadoras del Evangelio a los pobres.

Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro Fernández
Retazos del evangelio de los pobres (XX)
“Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos…”. Marcos 2: 15. Texto completo en Marcos 2:13-17.
 La mesa compartida, además de tener todas las características muy especiales en aquella época, va mucho más allá del hecho necesario y solidario de dar de comer o el hecho de la acogida incondicional  sin establecer divisiones entre puros e impuros, ricos y pobres, integrados o desclasados. Jesús también es ese pan que se ofrece para ser compartido en cualquier situación, en los focos de conflicto, en medio de los hambrientos del mundo, fuera del templo, en las casas, en las fábricas, allí donde los hombres son oprimidos, excluidos y despojados de su dignidad.Por eso el tema de la mesa compartida va mucho más allá del hecho del deber de compartir el pan con los excluidos o estigmatizados, con los pobres y los que son rechazados como impuros. Jesús es el Mesías del pan compartido . Hay una trascendencia que nos lleva a considerar la búsqueda de la justicia en el mundo, el trabajo por una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, la dignificación de las personas y la acción social cristiana, la Diaconía, como temas impregnados de unos valores transcendentes. Es por eso que se puede hablar de la Teología de la Acción Social, la Teología de la búsqueda de la justicia, la Teología de la liberación de los oprimidos, la Teología de dar de comer a los hambrientos.

En el ejemplo de Jesús, en el ejemplo de su mesa compartida, hay pan para todos a la vez que Él mismo se ofrece como pan compartido. Su milagro no consiste solamente en la multiplicación de los panes y los peces, sino que también, en sus comidas compartidas, nos deja los retazos de lo que debe ser la vida cristiana, los retazos del Evangelio a los pobres. Multiplica el pan y acoge en su mesa, a la vez que, ofreciéndose como pan compartido, rompe todo tipo de ataduras que hace que unos hombres sean esclavos de otros. Jesús con sus comidas es liberador. Hace pedazos las normas y las leyes de pureza de los judíos religiosos que, considerándose puros, excluían a los más débiles haciendo divisiones sociales entre puros e impuros, integrados y excluidos.

 Cuando Jesús reúne a las personas en torno a su mesa, cuando se ofrece como pan compartido, rompe toda barrera que separa a los hombres  y que les clasifica entre dignos e indignos. En la mesa compartida, nadie se queda fuera ni pasa hambre, pero, a su vez, se encuentra con la figura de Jesús como pan compartido en una especie de banquete de encuentro humano en donde no se distingue el rico del pobre, porque en su presencia no puede hacerse divisiones entre ricos y pobres, entre proscritos e integrados, entre oprimidos y opresores. El pan es para todos, se da de forma gratuita. En la figura de Jesús como pan compartido, se muestra el Mesías de la acogida universal en donde se acogen a los últimos y excluidos y se les pone como los primeros, como los integrados y acogidos en los brazos del Maestro.

 Cuando no redistribuimos los bienes de la tierra con equidad, estamos apartando de nosotros al Mesías del pan compartido , no le seguimos aunque estemos visitando su templo día tras día; cuando estamos haciendo grupos y separaciones entre grupos humanos, dejando a muchos en la estacada, tirados al lado del camino, no lo estamos haciendo como seguidores del Jesús de la mesa compartida; cuando estamos considerando como exitosos a los acumuladores del mundo y rindiendo pleitesía a los que adoran al dios de las riquezas, envidiando sus éxitos, estamos olvidando al Jesús de la mesa comunitaria; cuando pasamos de largo ante el grito de los pobres, hambrientos y marginados del mundo, nos estamos autoexcluyendo como invitados al banquete del Reino.

Sólo cumpliendo nuestros deberes de projimidad, de atención al prójimo apaleado y tirado al lado del camino, podremos entender y seguir al Mesías del pan compartido, de la comida universal, del banquete del Reino. Siguiendo a este Jesús es la única manera de que nosotros también aprendamos a multiplicar el pan, a no hacer divisiones entre grupos, a ser solidarios y serviciales con el prójimo necesitado, buscadores de justicia y agentes de liberación de un Reino que nos necesita para expandir sus valores en un mundo desigual e injusto. Sólo siguiendo a este Jesús como el pan compartido, podremos nosotros también formar nuestra mesa comunitaria en la tierra en donde nadie debe ser excluido, donde nadie debe ser marginado.

 En la mesa compartida, el que tiene debe dar al que no tiene. El que sigue al Maestro debe ser como un promotor de justicia, de una humanidad más justa y con una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra, debe ser acogedor del otro, del que está en una situación de rechazo, pobreza o exclusión.  El Jesús del pan compartido se nos muestra como modelo a seguir, como ejemplo de acogida, transmisor del modelo que debe seguir todo discípulo del Maestro: el del pan y la mesa compartida en la que también se comparte la palabra y el amor que debe reinar entre todos los hombres de la tierra.


Autores: Juan Simarro Fernández

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro
Retazos del evangelio a los pobres (XIX)
“Cuando él los vio les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados”.Lucas 17:14. Texto completo en Lucas 17:11-19.
Es extraño que en algunos movimientos denominacionales religiosos o confesionales, se haga tanto hincapié en la sanidad y en los milagros, se hagan cultos de sanidades, se impongan las manos para sanar y tengan todo un ritual que atrae a los enfermos para ser curados y, por otra parte, se olviden de los pobres de la tierra.  En Jesús, la rehabilitación del hombre se da tanto en el caso de enfermedad como en el de pobreza o marginación.  Todo parecía parte de un mismo intento de sacar al hombre sufriente de su situación para liberarle. Esto se ve en el caso de la sanación de los diez leprosos, en el del ciego Bartimeo, que mendigaba en los caminos, y en muchos otros de los milagros sanadores de Jesús.Muchos de los pobres que rehabilitó Jesús eran enfermos y muchos de los enfermos que liberó eran pobres. Jesús no era un sanador, sino un restaurador, rehabilitador y liberador del hombre sumido en la infravida, fuere cual fuere el motivo de su marginación y sufrimiento. Ofrecía vida abundante, plenitud de vida en todos sus aspectos.

 En la época de Jesús, pobres y enfermos formaban un conjunto de marginados y excluidos, de culpabilizados por los religiosos como si fueran ofensores de Dios mismo.  Entre los pobres más pobres estaban los enfermos: parados, mendigos por necesidad absoluta, mal mirados y vistos bajo el prisma de la maldición divina. Los enfermos eran los grandes abandonados en la época de Jesús. Cuando se habla de los pobres en la concepción del Evangelio, hay que pensar que los enfermos están dentro de este grupo.

Por tanto hay que decir a los que desean seguir al Maestro en estos aspectos sanadores o de búsqueda de milagros, que el concepto sanador de Jesús no era estrictamente biológico. Sus actos sanadores están, en la mayoría de los casos, en la línea de liberación de los pobres. Pobres y enfermos formaban un conjunto inseparable, un colectivo por el cual Jesús se preocupa y dice, de forma expresa, que el Evangelio que trae es para ellos, para los pobres. Único colectivo específico nombrado por Jesús como destinatarios de su Evangelio.

 Si leemos el programa de Jesús, su declaración programática, que presenta en la sinagoga leyendo el libro del profeta Isaías, cuando habla de que el Señor le ha ungido para dar Buenas Nuevas a los pobres, se comprueba que este concepto “pobre” lo monta en paralelo al de sanación de quebrantados, cautivos, ciegos, oprimidos… , o sea, el concepto de pobre está en paralelo con todos esos colectivos, así como el de los débiles, los pequeños, los mínimos.

Así, su Evangelio liberador era para pobres, enfermos, oprimidos, débiles, pequeños, mínimos, despreciados, proscritos, quebrantados, cautivos… Todos forman un conjunto inseparable. Es una mutilación bíblica el fijarse en las sanidades biológicas, en los milagros que afectan a las enfermedades del cuerpo y olvidarse del resto de colectivos sufrientes del mundo.

 Si en muchos casos Jesús se acercó y tocó a los enfermos, en este caso concreto de los diez leprosos, éstos les gritan desde lejos.  Él les responde con imperativos, teniendo en cuenta que los sacerdotes, según la ley en el libro de Levítico, eran los que debían comprobar que el enfermo estaba curado y permitirles que se reintegraran a la sociedad. El imperativo fue el siguiente: “Id, mostraos a los sacerdotes”, frase que anunciaba la posibilidad de sanidad e integración social.

Lo sorprendente es que los enfermos obedecen ante la autoridad de Jesús y, aún con sus carnes y pieles enfermas, se ponen en camino para mostrarse a los sacerdotes. Se dirigen hacia los sacerdotes estando aún enfermos. Una vez más se muestra la disponibilidad de los pobres a seguir las directrices del Maestro. Los pobres no se salvan ni se sanan por el hecho de ser pobres, pero son bienaventurados por esa disponibilidad que muestran en tantas ocasiones de la vida y enseñanza de Jesús, una disponibilidad de no rechazo del Evangelio. También en la parábola del banquete del reino, ninguno rechaza la invitación a dicho banquete, aunque incluso se les fuerza a entrar, mientras que muchos integrados ponen excusas y se quedan fuera.

Los pobres leprosos comienzan a andar hacia los sacerdotes con su enfermedad y maldición humana encima. No pusieron excusas, se pusieron en camino confiando en la palabra de Jesús. El problema de hoy, para que milagros e integración social de los pobres sean posibles, es que necesitamos ver para creer. Los leprosos no vieron, pero cargados de su enfermedad se pusieron en marcha cargados de su lepra y de su pobreza y exclusión. Se sanaron mientras obedecían sin haber visto todavía el milagro. También en la sanidad integradora de los pobres hay que marchar en fe, aunque aún no hayamos visto los resultados. Hay que ponerse en marcha.

 Otro elemento curioso de la parábola, es que, al verse sanos, ninguno de ellos volvió a dar las gracias a Jesús, excepto un extranjero despreciado.  Siempre aparece el elemento débil, el despreciado, el no valorado y discriminado, el marginado o excluido. En este caso era un samaritano con el que los judíos ni siquiera se hablaban. Jesús toma el elemento débil como ejemplo fuerte ante los demás. Es una constante bíblica.

“¿Dónde están los otros?”, preguntará Jesús como en un lamento. ¿No hubo quien volviese? Y vemos de nuevo un elemento que avala nuestro posicionamiento de que a Jesús no le interesaba la mera sanidad física, biológica, sino la integral. Sanidad, integración social y algo que completaba la sanidad integral: la oferta de salvación: “Tu fe te ha salvado”. Sanidad integral, liberación completa. Jesús reconstruye al hombre entero. Salva al hombre de forma integral en su aquí y su ahora… y para la eternidad.

Así, los actos de sanidad de Jesús deben ser entendidos como una reacción frente al desamparo, la condena moral por parte de los que se consideran más puros, una reacción frente al desamor del hombre ante su prójimo más débil, una reacción frente a la pobreza y la exclusión, una lucha contra la marginación, la injusticia y la opresión. Estos milagros son parte del Evangelio a los pobres que nos trajo Jesús… para darnos ejemplo y mostrarnos líneas de actuación comprometida con los débiles del mundo.

Autores: Juan Simarro

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Juan Simarro
La pobreza: escándalo y vergüenza humana (XXX)

Días de pasión. Días que no se reducen solamente a los días de la llamada Semana Santa. Hay días en los que celebramos la pasión de Cristo. No hay días para celebrar la pasión de los pobres y sufrientes del mundo. Sin embargo, entre ambas pasiones, hay interconexiones bíblicas y teológicas importantes. Dos historias de sufrimiento que corren paralelas e interrelacionadas. Dos misterios de pasión en torno

Misterios difíciles de entender a través de la razón humana. Los entendemos mejor con el corazón, con el sentimiento, con la vivencia profunda de la espiritualidad cristiana que, en el fondo, es una espiritualidad tremendamente humana. El misterio del sufrimiento humano es también el misterio del sufrimiento de un Dios todopoderoso que se involucra en el dolor humano sufriendo con las penas de sus criaturas… Recuerdos de la pasión de Cristo en la cruz. Recuerdos del misterio de la pasión de Cristo que no es menos misterioso que el misterio de la pasión del mundo. Caminan en paralelo.Ese misterio de pasiones puede provocar en nosotros diferentes respuestas: una es el silencio ante lo insondable del sufrimiento de Dios y de sus criaturas. La otra es que, a pesar de lo misterioso que envuelve el tema del sufrimiento humano, profundicemos en él hasta llegar a sus raíces. Difícil tema el de llegar a las raíces del sufrimiento, de la pasión de Dios y de los hombres. Sin embargo, humanamente hablando y en el entorno de nuestra historia, en el ámbito de nuestro aquí y nuestro ahora, sí que podemos sacar algunos retazos entendibles del por qué de algunos sufrimientos humanos que mantienen aún a Dios en la cruz sufriendo son sus criaturas.

 ¿Qué podemos entender de esta pasión humana que mantiene viva la pasión de Cristo en la cruz? ¿Hay algo que nos ayude a contemplar la pasión del mundo, del hombre empobrecido y sufriente, desde Dios?  ¿Hay algo que nos ayude a contemplar la pasión de Dios en la cruz desde el sufrimiento del hombre, desde la pasión del mundo en nuestro presente histórico, en nuestro aquí y nuestro ahora en el que vivimos y que de alguna manera podemos interpretar?

Quizás a los cristianos, a los religiosos, a los teólogos y filósofos les cueste trabajo dar una respuesta rápida porque no se han dejado impactar por la pasión del mundo. Quieren vivir de cara a la pasión de Cristo en la cruz, sea a través de procesiones, rituales o cultos en memoria del crucificado, pero no impactan lo suficiente porque se hacen de espaldas al sufrimiento de los hombres, a la pasión del mundo. Debemos bajar de nuestro tren preñado de espiritualidades insolidarias y ponernos frente a frente de los pobres y sufrientes del mundo, no darles nunca más la espalda a sus gritos de pena, sus gritos por misericordia… y quizás comencemos a entender la pasión de Cristo en la cruz, a trazar líneas de liberación y compromiso.

Pasión de Cristo asumiendo voluntariamente sobre la cruz el pecado de todos los hombres. Pasión del mundo en donde muchos hombres cargan involuntariamente con las consecuencias del pecado, consciente y voluntario, de los avaros y egoístas, de los acumuladores e injustos de este mundo caído en espera de liberación. El fruto del pecado de algunos recae sobre otros dando lugar a toda una pasión humana. Pasión del mundo en donde aún se da la pasión de Cristo. Pasión del mundo en cuyo seno se mueven los oprimidos del mundo, los empobrecidos, los injustamente tratados, los robados y privados de la dignidad que debe tener cada criatura de Dios.

 Podríamos dar muchos datos concretos de esta pasión del hombre que, sin duda, repercute en el mantenimiento de la pasión de Dios, un Dios preocupado de sus criaturas, preocupado por la justicia, la solidaridad y la projimidad que él mismo nos enseñó. Pero yo creo que en el mundo hoy en donde tenemos acceso a los medios de comunicación, estos datos de la pasión del mundo son sumamente conocidos.  Los hambrientos del mundo, la pobreza severa y extrema que se ciñe en tantos millones de hombres, nuestros prójimos en espera de justicia misericordiosa, los niños que mueren cada día en el mundo por el hambre, por enfermedades vencibles, por falta de agua potable, los analfabetos… los oprimidos y maltratados del mundo que son legión, incontables ante la mirada inmisericorde de tantas personas, muchos de ellos dicen ser seguidores del Maestro… La pasión de muchos de los migrantes del mundo sobre la cruz de la ilegalidad, el racismo, cierta esclavitud tolerada y el peso de la prepotencia de las sociedades de acogida.

Escándalo y vergüenza humana. Son los conceptos usados en esta serie. Conceptos que quizás se queden cortos y no lleguen a interpelar la sensibilidad de los lectores. Pasión del mundo… pasión de Dios. Contradicción e incoherencia de los seguidores de un Dios que dice sufrir con la pasión y dolor de sus criaturas, que se nos presenta como experimentado en quebranto o, lo que es igual, como experto en sufrimiento. Parece que muchos de sus seguidores no han entendido bien cuál es el camino y las características de ese seguimiento.

Días de pasión. Celebración de la pasión de Jesús en torno a su crucifixión y muerte. Pasión del mundo que se pone en paralelo a la pasión de Cristo. Pasión de los pueblos empobrecidos, despojados no sólo de los recursos económicos necesarios para sobrevivir y tener una vida digna, sino despojados de sus posibilidades e identidades culturales y educativas, excluidos de toda posibilidad de trabajo digno, discriminados por raza o etnia, hambrientos, humillados, injustamente tratados, privados de libertad, torturados, dando a luz niños que, en incontables casos, no se desarrollan y mueren prematuramente… Pasión del hombre, pasión de Dios.

 Pasión de un Dios que clama por justicia y ayuda y, a los que la practican, los acoge diciendo: “Por mí lo hicisteis”…  es como si pudiéramos eliminar algo de la pasión de Dios cuando eliminamos algo de la pasión del mundo, cuando liberamos, cuando podemos suavizar el grito de los marginados de la historia, cuando denunciamos las causas de la pobreza, de la opresión y de la injusticia del mundo. ¡Señor, ayúdanos a comprender tu pasión desde la mirada a la pasión del mundo, desde la mirada al sufrimiento de los hombres! ¡Ayúdanos también a comprender la pasión del mundo desde tu pasión como Dios inocente, experto en sufrimiento, que aún sufre con el dolor de los hombres!… en espera de liberación. Úsanos como agentes de esa liberación necesaria, como evangelizadores del mundo, como anunciadores de los valores del Reino que irrumpe en nuestro mundo con tu presencia.


© Protestante Digital 2011


Publicado por: juanstam

(Estudios Bíblicos, Encuentro de familias confesionales, Matanzas, Cuba; 13-15 de julio de 2005)

Photo:  Mark Barkway

Introducción

En la teología sistemática, mayormente bajo el capítulo de Soteriología (doctrina de la salvación), se suele incluir el tema de «nuestra identificación con Cristo» y también, de unos con otros en el cuerpo de Cristo. Escritores devocionales lo describen como nuestra «unión mística» con Dios en Cristo. En estas charlas, queremos interpretar esa «identificación» y «unión» con el término más contemporáneo de «solidaridad».  Lo estudiaremos en torno a tres de los momentos principales de la Cristología: la encarnación, crucifixión y resurrección del Hijo de Dios.

Por un lado, vamos a afirmar que la persona y la obra salvífica de Jesucristo tienen importantes implicaciones para nuestra vida y compromiso hoy.  Cuando los grandes momentos cristológicos se entienden como solidaridad, se convierten en exigencias de solidaridad para nosotros hoy en América Latina.

Por otro lado, trataremos de demostrar que esos tres momentos se entienden mejor desde la perspectiva de la solidaridad.  De hecho, la cruz no se entiende, o se entiende mal, sin este enfoque decisivo.  La encarnación y la resurrección también (como igualmente el Pentecostés) encuentran su sentido más profundo cuando se interpretan como actos de solidaridad.

En otras palabras, la Cristología nos ayuda a entender la solidaridad, y la solidaridad nos ayuda, y mucho, a entender la Cristología.

 

 I. La Encarnación como motivo y modelo de solidaridad

(Jn 1:14)

El prólogo del cuarto evangelio se mueve sobre tres ejes: «el Verbo era Dios» (1:1), «el Verbo fue hecho carne» (1:14), y «el Hijo unigénito… nos lo ha dado a conocer» (1:18). El pasaje plantea la encarnación del Verbo como la máxima revelación de Dios; conocemos al Dios invisible en una vida de carne y hueso. En las palabras de Heb 1:1-2, Dios culminó su proceso de auto-revelación cuando «nos habló en hijo» (elalêsen hêmin en huiô).

Juan 1:14 es un texto sumamente denso, en que cada palabra concentra una gran riqueza de significado. La frase medular reza, «Y el Verbo fue hecho carne» (kai ho logos sarx egeneto). Lo primero que llama la atención es la paradójica yuxtaposición del sujeto logos (quien es Dios según 1:1-4) y el verbo egeneto, que implica «devenir», «hacerse», cuando supuestamente Dios debe ser inmutable (según las categorías de la filosofía griega y la teología sistemática). En este acto de encarnación comienza la solidaridad de Jesucristo con nosotros. Del mundo eterno del «puro ser» (como lo conciben los teólogos), al que correspondería el verbo eimi pero no ginomai, el Verbo entró en las dialécticas del proceso histórico. Quizá podríamos decir que en su encarnación el Verbo «se contradice a sí mismo», para inmiscuirse en nuestro mundo del «devenir». Cambia su eternidad supuestamente estática por nuestro mundo dinámico de constante cambio. Filosíficamente, diríamos que optó por Heráclito contra Parmenides.

La encarnación del Verbo eterno fue el acto de solidaridad por excelencia, fundamento de toda la Cristología y clave para su entendimiento. Al tomar nuestra «carne» (fragilidad humana; ser-carente-de, ser-para-la muerte), Cristo se identificó incondicionalmente con nuestra condición humana en toda su vulnerabilidad. También se identificó con nuestra condición de criaturas y con la creación misma. Aquel por quien todas las cosas fueron hechas (1:2-3, egeneto), pues el mundo fue hecho por él (1:10 egeneto), también «fue hecho» (1.14 egeneto), el mismo, creación y «criatura» (feto prenatal y bebé en los procesos normales de crecimiento; Lc 2:40,52; cf. 1:0).

En esa vida humana — tan humana como la nuestra, pero sin pecado y por eso más humana — el Verbo-hecho-carne nos dió la máxima revelación de Dios (Jn 1:18; cf. Heb 1:1-2). El Verbo no sólo asumió nuestra carne sino también «habitó entre nosotros» (1:14), «tomó residencia en la tierra» y vivió en la más dolorosa y peligrosa cercanía con nosotros y con nuestro pecado. Y de esa manera «visibilizó» a Dios («y vimos») ante nuestros ojos. Un Verbo es invisible, como lo es Dios mismo (1:18), pero en su radical identificación con nosotros, Jesús volvió visible al Invisible. En eso ejemplificó el ejemplo del valor de una vida encarnada en solidaridad.

Hay varios otros textos que señalan a estas «mutaciones» del Verbo divino.  Cristo, «siendo por naturaleza Dios, … se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo (doulos), y haciéndose semejante a los seres humanos … » (Fil 2:6-8: se identificó con la humanidad y con todos los humillados de la tierra); «siendo rico, se hizo pobre (II Cor 8:9: se identificó, en su encarnación y su estilo de vida, con la clase pobre); «Dios lo hizo pecado por nosotros» (II Cor 5:21, huper hêmôn hamartian epoiêsen; se identificó aun con nuestro pecado y su consecuencia, la muerte).

Por la Virgen María el Verbo se unió plena e incondicionalmente con nuestra humanidad, y por el Espíritu Santo nosotros y nosotras somos incorporados en un solo cuerpo en esa humanidad solidaria del Encarnado. Nuestra incorporación en Cristo por la fe crea toda una nueva realidad de solidaridad.  Por eso San Pablo tiene tanta predilección por la frase en Cristô y por los verbos con sun («con») de prefijo, a veces aparentemente acuñados por el mismo. Hemos sido co-crucificados con Cristo (Gal 2:20), co-sepultados (Rom 6:4,5; Col 2:12), co-resucitados y co-sentados con él en lugares celestiales (Col 2:13; 3:1; Ef 2:6) y co-viviremos con él (Rom 6:8). Somos co-herederos con él, y si co-sufrimos con él, también co-reinaremos con él (Rom 8:17; Fil 3.10; Apoc 20:4). Todo eso habla de la solidaridad que él ha creado con nosotros, y de nosotros con él.

Por otra parte, como consecuencia de su encarnación y solidaridad, Cristo ha hecho de su pueblo un solo cuerpo que practica entre sí la misma solidaridad con que él se identificó con nosotros. Aquí también abundan los verbos con el prefijo sun. Entre muchos tenemos: en Cristo estamos co-articulados en un solo cuerpo (Ef 2:21; 4:16).  Como tal co-combatimos (Fil 1:27) y co-luchamos en oración (Rom 15:30, sunagonizô); co-actuamos (1 Cor 16:16) y nos co-ayudamos (2 Cor 1:11).  Estamos unidos para co-morir y co-vivir (2 Cor 7:3) y co-reinaremos juntamente (1 Cor 4:8). En esa solidaridad del cuerpo de Cristo, cuando un miembro sufre, a todos los miembros les duele, y cuando un miembro recibe honra, todos se llenan de gozo (I Cor 12:26).  En esa solidaridad, no caben las rivalidades.

No podríamos encontrar expresiones más enfáticas de la solidaridad. Y todo procede de la solidaria encarnación del Verbo.

 

 II. La solidaridad como sentido más profundo de la Cruz

(2 Cor 5:21; Gal 3:13)[1]

Con razón dijo Pablo que la cruz es una locura y un escándalo (1 Cor 1:18-23); si su «irracionalidad» no nos escandaliza, no hemos comenzado a entender su significado.  La tradicional teoría de «substitución» (yo debo dinero en el almacén pero un amigo lo paga en mi lugar; estoy preso bajo sentencia de muerte, pero un amigo me visita en la celda, cambiamos de ropa, yo salgo libre y el amigo muere en mi lugar) es una simplificación que traiciona los datos bíblicos, y hace de la muerte de Jesús una crasa injusticia (Camus, Bernard Shaw, Domenic Crossan). La muerte de Cristo no puede entenderse como una transacción externa y objetiva, una especie de intercambio o trueque.

Sin pretender «explicar» la cruz, dos puntos importantes pueden por lo menos comenzar a aclarar su sentido. Primero, nunca debemos olvidar que en el plano humano e histórico, la muerte de Jesús en la cruz no fue un mero episodio desconectado de toda su vida sino que fue la consecuencia inevitable de su manera de ser y de vivir.  Polemizaba osadamente con los líderes y toda la «buena gente», y defendía a los que eran «mala gente» ante los ojos de la sociedad.  Comenzó la semana final de su vida con una marcha pública, seguida por un violento acto de protesta en el mismo templo.  Su manera de ser y su conducta eran insoportables para las autoridades.  Así entendido, lo mataron por subversivo.

La segunda pista, que ayuda aun más, nos la proporciona Juan Calvino, junto con otros. Calvino introduce el tercer libro de Institución de la religión cristiana, precisamente sobre la salvación, con un párrafo muy importante:

Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, no nos aprovecha en lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado «nuestra Cabeza»  y «primogénito entre muchos hermanos»; y de nosotros se afirma que somos «injertados en Él» (Rom 8.29; 11. 17; Gál 3.27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una cosa con Él (Calvino Inst 3.1).

Interesantemente, fue sólo en la última edición de su magnum opus que Calvino introdujo este fuerte énfasis sobre la identificación solidaria de Cristo con nosotros como clave a su obra redentora.[2]

Parece que le fascinó tanto el tema, que acuñó una serie muy rica de expresiones latinas al respecto («nostrae cum Deo coniunctionis» 3.6.2; «cum ipse in unum coalescimos» 3.1.1; «in Christi participatione» 3.16.1; Cristo «se nobis agglutinavit societatem» 3.2.24 etc.).  Para Calvino, el Cristo que nos justifica y redime no es un «Christus extra nos» sino que nos redime en «la más íntima coalescencia» con nosotros (3.11.10), en un «sagrado matrimonio» (3.1.3 «sacrum coniugium») entre él y nosotros.  No debemos considerar a Cristo «como separado de nosotros» (procul stantem) sino «más bien habitando en nosotros» (3.2.24). Por la » habitatio Christi in cordibus nostris» (3.11.10) compartimos «vita in consortio» (3.8.1; cf. 3.6.5).  Esta relación es una especie de amalgama aglutinada, en que el Espíritu Santo es el «vinculum» (3.1.1). «Incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo» (3.2.24).

Todo eso puede entenderse como lo que hoy llamamos «solidaridad».  Cristo se hizo carne y uña con nosotros, e hizo a nosotros carne y uña con él.  Puede verse como una especie de «trasplante total». Cristo tomó nuestro pecado porque nos tomó a nosotros dentro de sí y entró él dentro de nosotros, en un mismo cuerpo solidario.  El fue más que un «representante», y mucho más que un «sustituto». Su solidaridad llegó a tal grado de identificación, que sería más fácil para dos gemelos siameses separarse que para él separarse de nosotros.[3]

Jesucristo maniféstó y practicó esta solidaridad en su nacimiento, en su estilo de vida y en su muerte:

Cuando el Verbo fue hecho carne, identificándose así con toda nuestra fragilidad, pasó también, como todos nosotros, sus nueve meses como feto pre-natal. Es más, fue concebido en el vientre de una madre soltera, lo que a los y las vecinos seguramente no les parecía un milagro sino un escándalo. Por eso después sus enemigos se lo echaron en la cara diciendo, «nosotros no hemos nacido de fornicación» (Jn 8:41), y posteriormente algunos rabinos lo llamaban «el bastardo de Nazaret».  Al octavo día Jesús fue circuncidado (sin duda sangraba, como cualquier niño) y después sus padres ofrecieron dos tórtolas para la purificación del niño y su madre (Lc 2:21-23; el padre no tenía culpa en el asunto y no necesitaba purificación). Como joven Jesús tuvo ciertos roces con sus padres (Lc 2:48-49) y trabajó unos dieciocho años de carpintero como uno más de la clase obrera. Al iniciar su ministerio, se sometió al humillante «bautismo de arrepentimiento» de Juan el Bautista, «para cumplir toda justicia».  Aunque él no tenía pecados de que arrepentirse, en esto también se identificó con nosotros los pecadores para nuestra redención («toda justicia»).

En su conducta y su estilo de vida también Jesús se identificaba con los pecadores; los fariseos le condenaban por ser amigo de pecadores (Lc 15:1-2; 5:29-32; 7:33-39). Extendió su mano a tocar a los enfermos, los leprosos y los muertos, lo que le contaminaba ceremonialmente y le incapacitaba para entrar al templo. Era amigo de la «mala gente» por lo que fue mal visto por la «buena gente». Fue tierno y compasivo con los pecadores, pero muy severo con los hipócritas; agresivo e insultante; hasta afirmó que los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21:31).  En todo eso, ante los sacerdotes y maestros de la ley, él fue «hecho pecado» por vía de su solidaridad inseparable con pecadores.

Esa clase de solidaridad con los marginados y los desvalidos de la sociedad nunca está bien visto por los poderosos.  Para nada sorprende que muy temprano comenzaron a confabular para matarlo. Y mucho menos cuando se dejaba llamar «Rey de los judíos», defendía siempre a las víctimas del sistema, entró en la ciudad capital en una marcha triunfal y trastornó el sucio comercio de los poderosos en la misma casa de Yahvé, denunciándoles a ellos por convertir el templo en una cueva de ladrones.  Toda esa solidaridad profética le granjeó la muerte.  La cruz fue instrumento de ejecución pública de los enemigos del sistema.  Fue el precio de su solidaridad con nosotros, en servicio osado al Reino de Dios y su justicia.

Finalmente, la misma muerte fue la expresión definitiva de esa solidaridad que comenzó con su nacimiento.  Al asumir la condición humana, lo hizo incondicionalmente, sin reservas en su solidaridad («Acepto nacer y vivir en carne, pero no morir, porque soy Dios y Dios no muere, mucho menos puedo hacerme pecado y maldición». ¿Cómo es posible eso para Dios mismo?) Ahí podemos ver la locura y el escándalo de la cruz.

Pero en Cristo la cruz tiene también su lógica, y es la lógica de la solidaridad incondicional.  Humanamente hablando, esa muerte violenta fue la consecuencia lógica e inevitable de una vida que los poderosos jamás iban a tolerar. Pero evangélicamente hablando, Cristo hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su justicia; hizo suya nuestra muerte, para liberarnos de ella.  Cristo fue desamparado por su propio Padre (de nuevo, lo incomprensible para el entendimiento humano; «¡Dios desamparado por Dios! ¿Cómo puede ser?», exclamó Lutero. «No lo puedo entender»). Pero él fue desamparado por su Padre, para que nosotros nunca lo seamos.  Y en esa muerte solidaria, «Dios mostró su justicia, para que él [Dios] sea justo y el que justifica a los injustos», con los que se ha solidarizado (cf. Rom 3:25-26).

«Oh Cristo», dijo Lutero, «Yo soy tu pecado, y tu eres mi justicia» (2 Cor 5:21).  Y eso, no por alguna transacción externa y abstracta, sino por su solidaridad hasta las últimas consecuencias.  «Fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2:8).  Habiéndonos amado, nos amó hasta el fin (Jn 13:1).

 

 La Resurrección como reafirmación de la solidaridad

(Lucas 24:13-49)

En la teología de la resurrección volvemos a encontrar lo inadecuado de una explicación meramente forense, externa y transaccional, o la clásica teoría de «satisfacción» (teoría «comercial» de Anselmo).  Si Cristo ya había expiado toda la culpa del pecado y ya había pagado en pleno todo el precio de nuestra redención, ¿qué papel le queda a la resurrección en ese plan salvífico? ¿Por qué no ascendió directamente a la diestra de Dios, en vez de pasar cuarenta días más en la tierra (según nos narra Lucas)? Y aun más, si Cristo ya nos ha redimido plenamente, ¿para qué la resurrección corporal nuestra en vez de un traslado espiritual del alma al cielo?

Una parte importante de la respuesta a estas preguntas será precisamente la solidaridad de Jesucristo con nuestra humanidad.

En primer lugar la resurrección fue una nueva afirmación de la carne, del valor de nuestra condición física y su lugar decisivo en el plan salvífico de Dios para nosotros. En cierto sentido, sin negar la continuidad del Resucitado con el Crucificado y la identidad de ambos en la persona de Jesús, la resurrección puede considerarse como una especie de «segunda encarnación».  Habiéndonos redimido por su muerte en la cruz, Jesús opta, por decirlo así, por tomar de nuevo nuestra carne y solidarizarse con nuestra corporalidad, pero ahora liberada y glorificada. Por eso Lucas insiste en que Jesús comía, caminaba y conversaba.  Por eso también el credo apostólico habla con todo acierto de «la resurrección de la carne» (no sólo «del cuerpo»)… Eso significa hoy un compromiso cristiano con el cuerpo, con la carne, en tiempos cuando se ha hecho común la tortura y la mutilación de los cadáveres de los asesinados. Por eso también deben preocuparnos no sólo los muertos en guerra sino también todos los heridos y lisiados, que llevan en sus cuerpos, de por vida, las llagas del nefasto militarismo de nuestro tiempo. Esto debe significar también un compromiso con la salud pública, la buena alimentación para todos, y la lucha contra la pobreza.

En segundo lugar, la resurrección de Jesús fue una nueva afirmación de la vida. En su obra redentora, Cristo no sólo logró el perdón de nuestros pecados sino también venció para siempre la muerte. «Oh Cristo», reza un antiguo himno alemán, «muerte de mi muerte, vida de mi vida». «En él estaba la vida» (Jn 1:3), y su resurrección significó su compromiso con ella, frente a la muerte, hasta las últimas consecuencias. Él vino para darnos vida, y vida en abundancia (Jn 10:10), y ratificó ese compromiso con su resurrección. Por eso, porque en Cristo la vida venció a la muerte, los y las cristianos debemos dar nuestro mayor esfuerzo para que todos y todas disfrutan de esa vida abundante, en todas sus dimensiones (vivienda, alimentación, educación, dignidad, y esperanza en Jesucristo como su Salvador).  Y por eso, debemos ser «forjadores de la paz» (Mt 5:9) contra las fuerzas de muerte, guerra y opresión que nos rodean.

La resurrección de Cristo significa también su compromiso con lo humano. Llama la atención que, según los relatos evangélicos, el Cristo Resucitado no tenía nada de apariencia angelical. María lo confundió con el jardinero, los discípulos lo confundieron con otro pescador (ambos de la clase obrera), y los caminantes a Emaús lo toman por un extranjero que no sabía nada de lo que había pasado. En ese relato, también, Lucas revela un sentido de humor, sutil y simpático, en el Jesús Resucitado que caminaba con ellos: su inocente «¿Qué cosas? Cuéntenme, por favor» (Lucas 24:19), la conversación que sigue en que ellos narran al mismo Jesús lo que a él le había pasado, como si él no lo supiera, y las palabras finales de ellos, «pero a él no le vieron» (24:24), cuando ellos mismos están viendo a Jesús con sus propios ojos.[4]

Gracias a Dios, la resurrección no nos va a convertir en ángeles sino en seres humanos auténticos.  Igual que el Primogénito de los resucitado, no seremos menos humanos; seremos plenamente humanos, aun más humanos que nunca. Y Lucas nos permite entender que no perderemos ese precioso don que es el sentido de humor.  Podemos estar seguros de que en el Reino de Dios también contaremos chistes, con alegría perfecta e infinita.

La resurrección de Jesús inaugura también el proceso hacia la nueva tierra, y como tal significa un compromiso con lo terrenal. Cristo resucitado tuvo dos pies para caminar tras los caminantes a Emaús y alcanzarlos en el camino, pero nadie puede caminar sin tierra, aunque tenga pies. ¿Por qué insistimos en alegorizar las calles de la Nueva Jerusalén, en la nueva tierra? En la primera página de la Biblia, Dios crea la tierra y la declara buena. En el segundo relato de la creación, lo primero que Dios da a Adán es tierra, un huerto para cultivar. Cristo proclamó que los mansos heredarán la tierra (Mt 5:5); la gran liturgía en el cielo anuncia que reinaremos con Cristo sobre la tierra (Ap 5:10). La resurrección de Cristo, precursora de la nueva creación, nos obliga ahora a comprometernos con el medio ambiente, la justa distribución de la tierra, y la adoración al Creador como momento obligado en nuestra liturgia (Ap 4:4,6,11; 5:13).

La resurrección nos llama a un compromiso con el futuro, un compromiso con la esperanza.  Desde que Cristo resucitó, su Reino es invencible y nada es imposible. Su resurrección nos asegura que un mundo diferente es posible, ahora en medida relativa y sentido penúltimo, y finalmente en la plenitud de su reino. Los que dicen que «todas las cosas permanecen así desde el principio de la creación» son los burladores incrédulos (2 Pedro 3:3-4), no los que están identificados con Cristo en la solidaridad de su resurrección. Al contrario, nuestro Dios es el que hace nuevas todas las cosas (Apoc 21:5), hoy, mañana y siempre.  Creer en la resurrección significa solidarizarnos con Dios en Cristo, en su proyecto de transformación radical del mundo.

 

Conclusion

La identificación incondicional de Jesucristo con nosotros (solidaridad) es clave pare entender la Cristología, y la Cristología, bien entendida, es una poderosa motivación a la solidaridad.

En su encarnación, Jesús asumió nuestra humanidad corporal, nos hizo un solo cuerpo, y nos llama a ser también solidarios como fue y es él.

En su cruz, la solidaridad de Cristo fue hasta el extremo, hasta hacer suyos nuestro pecado y muerte.

En su resurrección, Cristo reafirmó su solidaridad con la corporalidad, la vida y la esperanza.

Bendición franciscana

Que Dios te bendiga con la inconformidad

frente a las respuestas fáciles, las medias verdades,

las relaciones superficiales,

para que seas capaz de profundizar dentro de tu corazón.

Que Dios te bendiga con la ira,

frente a la injusticia, la opresión y la explotación de la gente,

para que puedas trabajar por la justicia, la libertad y la paz.

Que Dios te bendiga con lágrimas,

para derramarlas por aquellos que sufren dolor,

rechazo, hambre y guerra,

para que seas capaz de extender tu mano, reconfortarlos

y convertir su dolor en alegría.

Y que Dios te bendiga con suficiente locura,

para creer que tu puedes hacer una diferencia en este mundo,

para que tu puedas hacer lo que otros proclaman que es imposible.

[1] La traducción de 2 Cor 5:21 en la Nueva Versión Internacional, «Dios lo trató como pecador», queda corto del sentido del texto griego, huper hêmôn hamartian epoiêsen; «por nosotros lo hizo pecado».

[2] El primer capítulo del Libro III (3.1) es completamente nuevo en la edición de 1559, como es también el lugar definitivo asignado a la unión con Cristo en todo el tercer libro (Barth, Church Dogmatics, IV/3: 552-3).

[3] Sin duda estas formulaciones pueden prestarse para exageraciones o malos entendidos, pero captamos mejor su fuerza y su profundo sentido, según Calvino mismo, si lo sobreformulamos.

[4] ) Sobre este pasaje, véase Stam, Profecía bíblica y misión de la iglesia (Quito: CLAI, 2001), pp. 42-44.

Blog deJuan Stam


Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (XVIII)

“Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!”. Lucas 17:12-13. Texto completo.

En los relatos de los Evangelios, vemos que aparecen personajes pobres y enfermos que gritaron a Jesús para atraer su atención en situaciones de emergencia. Así ocurrió con el ciego Bartimeo. En este caso que estamos tratando eran diez leprosos. Eran gritos por misericordia en una situación de gran ewmergencia.

Hoy en el mundo también podríamos escuchar millones de gritos que claman por misericordia en situaciones límite de hambre, pobreza o enfermedad. Somos igualmente interpelados como lo fue Jesús. La diferencia está en que hoy se da, de una forma bastante generalizada en nuestras sociedades, la espalda a estos gritos. En Jesús fue diferente. Siempre acogió el grito de los marginados. A Jesús nunca le molestó la urgencia de estos gritos.

Jesús desea que los pobres de la tierra y los marginados del mundo clamen a él en el clímax de la urgencia, de la emergencia, de la tensión, del conflicto. También, cuando los pobres del mundo han llegado a situaciones límite en las que ya no tienen voz, sólo resignación, el Señor puede escuchar el grito de los que claman por ellos, los gritos proféticos de sus hijos que claman por misericordia para con los despojados y oprimidos.

Los diez leprosos gritaron en busca de misericordia: “¡Ten misericordia de nosotros!”. Jesús acogió ese grito y, siempre, en toda acogida de Jesús, había liberación. En este caso, los que gritaban eran diez enfermos. Diez enfermos que, a su vez, eran diez marginados, diez pobres de la tierra, excluidos de todo bien terrestre. La enfermedad, en los tiempos bíblicos, también excluía y marginaba. Muchos de los enfermos eran pobres y muchos de los pobres eran enfermos. La enfermedad convertía a muchos en marginados y excluidos. Era el caso de los leprosos, pero podía ser también el caso de otros enfermos como los ciegos y muchos, muchísimos, aquejados de diferentes enfermedades.

Había muchas enfermedades que excluían y marginaban en tiempos de Jesús. ¿Y hoy? Es posible que hoy todos nos creamos más moralistas en cuanto a la enfermedad, más puros en estas áreas que pueden afectar a cualquier persona. Pero, de todas maneras, el problema se sigue detectando en los campos de marginación de las grandes ciudades y del mundo.

En estos momentos es un poco más invisible, pero cuando yo llegué a Lavapiés hace solamente veinticinco años, pude observar muy de cerca la situación de marginación de muchos enfermos drogodependientes. En aquellos tiempos recuerdo que en más de una ocasión, en alguna de mis conferencias, dije que los drogodependientes eran los leprosos de nuestros días.

Luego, entre los usuarios de Misión Urbana, me encontré con varios de los infectados por el VIH, los enfermos de sida. También tuve una impresión similar al ver el rechazo de que eran objeto en la sociedad. Luego fui viendo que, en los campos de marginación de nuestras ciudades, muchos deambulan empobrecidos y marginados por taras mentales. Es como si aún fuera necesario hacer un gran exorcismo social para liberar a tantos endemoniados de nuestros entornos y de nuestros ambientes ciudadanos. También hay muchos pobres tocados por la depresión y deprimidos que caen en pobreza. El tema “enfermedad y pobreza”, debería ser más estudiado en nuestros días.

Si Jesús supo acoger el grito de esos pobres-enfermos o de esos enfermos-pobres, nosotros, los seguidores de Jesús hoy, deberíamos acoger también el grito de estos marginados y empobrecidos del mundo.

En los tiempos de Jesús era aún peor que hoy. Jerusalén era un centro de mendicidad. Por los caminos y vallados había pobres tullidos, ciegos, leprosos, enfermos cuya única salida era la mendicidad. Además, había otros estigmas para la enfermedad en aquellos momentos. Muchos consideraban la enfermedad como castigo o maldición de Dios, otros la consideraban como producto del pecado o de una falta contra Dios. Jesús rechaza todas esas concepciones y les acoge con una acogida incondicional y liberadora.

Jesús, si estudiamos los contextos de sus milagros, se acerca a los enfermos no como un simple médico que puede resolver el problema biológico. Jesús se acerca a ellos de forma integral para recuperar y reconstruir hombres hundidos en el dolor, en la condena moral, en la soledad y en la marginación. En la experiencia de Jesús, el enfermo y el pobre, el enfermo y el excluido, se funden en una persona que necesita acogida y liberación e su situación.

Jesús veía al hombre integral y, así, en el enfermo veía al marginado, al solitario, al sufriente, al culpabilizado y despreciado. Jesús no era un sanador biológico. No era un curandero ni un milagreo al estilo de tantos milagreros que deambulan hoy por el mundo que dicen actuar en nombre de Jesús. Él buscaba la restauración integral de la persona por encima de lo estrictamente físico o biológico. Para Jesús era importante el contexto social, la insolidaridad de las personas, la exclusión en la que se veían lanzados muchos de los enfermos, las situaciones de pobreza ante la indiferencia de tantos, incluyendo los religiosos de la época. Jesús era observador de todo un contexto social inmisericorde.

Tenemos que aprender, nosotros sus seguidores, a mirar con los ojos de Jesús. No podemos tomar de la vida y ejemplos de Jesús, sólo aquellos que nos produce gozo y satisfacción, eludiendo los compromisos con los pobres, enfermos y oprimidos del mundo. No podemos convertirnos en mutiladores del Evangelio que Jesús nos dejó tanto con sus palabras como con sus hechos. Nuestra mirada también tiene que ser integral, de acogida sin condiciones, de compromiso solidario, de aceptación de la projimidad. Sólo así podremos vivir la integralidad del Evangelio. Sólo así podremos tener una vivencia integral de la espiritualidad cristiana.

Autores: Juan Simarro

© Protestante Digital 2011


Juan Simarro
Retazos del evangelio a los pobres (XVII)

“Arrepentíos, porque el Reino de los cielos se ha acercado”. Mateo 3:2. “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede entrar en el Reino de Dios”. Juan 3:3.

Quizás los cristianos no hayamos captado en su profundidad el cambio de valores, el nuevo orden de cosas que supone el Reino de Dios que irrumpe en nuestra historia con la vida y la enseñanza de Jesús. Ya hemos dicho en otras ocasiones lo que implican los valores del Reino que aparecen en las parábolas, valores dignificadores de los débiles, de los oprimidos, de los desempleados por su debilidad y porque nadie los quiere contratar, de la revolución que significa el hecho de que los últimos pasen a ser los primeros, los valores que acogen en el banquete del Reino a los pobres y lisiados, a los excluidos de la sociedad, a los despreciados y a los ignorantes.

Si en la sociedad en la que vivió Jesús toda este trastoque de valores podía parecer algo subversivo, una inversión de valores que podía parecer un escándalo, una destrucción de todos los valores viejos sociales que marginan y el intento de crear una nueva sociedad, un nuevo orden de valores que revolucionara las viejas esencias que dividían a los hombres en dignos e indignos, ricos y pobres, últimos y primeros, fuertes y débiles, dándose esta inversión revolucionaria de valores que fueron difíciles de aceptar en la época de Jesús.

La única diferencia entre la época en la que irrumpe el Reino y la nuestra, es que a Jesús lo crucificaron los religiosos de su época, y hoy, los religiosos de nuestros días, simplemente muestran su indiferencia hacia estos valores y pasan a la vivencia de un cristianismo cómodo, no comprometido y de autodisfrute.

Tampoco queremos defender, a pesar de que estamos escribiendo desde el compromiso con los pobres de la tierra desde Misión Evangélica Urbana, un cristianismo que se fundamente solamente en el compromiso social. Somos conscientes que un humanismo ateo, podría defender también la dignificación de los proscritos y la liberación de los pobres de la tierra.

La revolución, la subversión y el nuevo orden de cosas que implica la irrupción del Reino, va muchos más allá de estas vivencias y de estos hechos que pueden cambiar la realidad sociopolítica. Implica una revolución que cambia al hombre, que le renueva en su interior y en su exterior, en sus relaciones sociales y en su relación con Dios. Es como si se quisiera destruir todo el viejo orden de valores y conseguir que nazca un hombre nuevo, renovado espiritualmente, y que la relación que tenga tanto con Dios como con el hombre, sea a partir de una muerte de lo viejo y un nacimiento de lo nuevo.

Es por eso que para entender el Reino de Dios y sus valores hay que pasar por la experiencia que Jesús quería que pasara Nicodemo y todo aquel que quiera entrar en el Reino de Dios: Nacer de nuevo. El que nace de nuevo no va a tener problemas con el nuevo orden de valores que exponen las parábolas del Reino y tampoco va a caer en una especie de humanismo que, como hemos dicho, incluso podría ser ateo.

Los valores del Reino son una llamada de atención, un reto subversivo para aquellos cristianos que quieren vivir el cristianismo desde la comodidad de los cumplimientos de rituales insolidarios con el prójimo, al igual que lo son para aquellos que se centran sólo en los cambios sociales sin haber pasado por el nuevo nacimiento. El que no nace de nuevo, rompiendo con el viejo hombre y los viejos valores, no puede entrar en el Reino de Dios.

El nuevo orden de cosas, el nuevo orden de valores del Reino, implica la vivencia integral de la espiritualidad cristiana. Esta integralidad abarca el nuevo nacimiento, el cambio interior, el amor a Dios que nos lanza a la dignificación de las personas, a la denuncia social desde ese nuevo ser y sentir arraigados en Dios mismo, a la práctica del concepto de projimidad que nos ha dado Jesús. O sea, que, siguiendo el Evangelio, tanto desde Misión Evangélica Urbana, como desde estas series de artículos o estos escritos en Protestante Digital, no caemos en la ingenuidad de la defensa de un simple cambio social que se podría defender igualmente desde cualquier humanismo que podría ser, como ya hemos dicho, incluso ateo.

Es por eso que en varias ocasiones he podido hablar de la teología de la acción social que se vive desde los valores del Reino y desde el cambio que implica la aceptación y deseo de muerte a lo viejo y de nacer a lo nuevo en una renovación total. El compromiso social dentro de las líneas de projimidad y de los valores del Reino es algo teológico, es algo que dimana de la profunda vivencia de la espiritualidad cristiana. Que nadie se confunda nunca pensando que desde estos artículos estamos defendiendo algo estrictamente sociopolítico.

Sin embargo, sin olvidar la necesidad de cambio espiritual y nuevo nacimiento para enfrentarse a la vivencia de un cristianismo integral, sí tenemos que decir que el ejemplo de Jesús que hemos de seguir no acepta una sociedad desigual dividida entre acumuladores y pobres, oprimidos y opresores. No acepta una sociedad injusta en la que los derechos de los débiles son pisoteados, en donde una gran cantidad de personas en el mundo son como un sobrante humano, despojada y excluida de todo bien social, viviendo en el no ser de la marginación y en la infravida de la exclusión.

Hay que hacer, siguiendo las líneas del nuevo orden social que implica la instauración del Reino, toda una inversión de valores, aunque parezca algo revolucionario y subversivo… a la vez que se vive una espiritualidad cristiana que implica la muerte a lo viejo y el nuevo nacimiento a una realidad nueva que transmuta las relaciones entre los hombres, que vive la projimidad desde los parámetros que marca Jesús que nos dice que el amor a Dios y el amor al hombre están en una relación de semejanza y que el que dice que ama a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso.

Los valores del Reino implican un cambio radical en donde, realmente, los últimos pueden llegar a ser los primeros, aunque esto para la mente humana y para el hombre conformado por el egoísmo y la necedad del poseer parezca realmente una locura. También la cruz de Cristo es una locura para los que no han pasado por la experiencia de morir y resucitar. Pero este morir y resucitar, este nuevo nacimiento, el abrirnos a una nueva vida por fe, va a ser lo que realmente nos hace entender la urgencia y la necesidad del cambio de valores que implica la instauración del Reino entre los hombres.

Si es verdad que el Reino de Dios no se va a instaurar por simples esfuerzos sociales, también es verdad que la aceptación del Reino y el renacer a una nueva vida, nos va a llevar a la lucha por la justicia y la dignificación del prójimo despojado y sufriente. Esa es la grandeza de los valores que nos deja Jesús. Esa es la grandeza de ese nuevo orden de cosas que propone Jesús y que ha de apoyarse en los valores del Reino que él nos deja.

Autores: Juan Simarro

© Protestante Digital 2011

 


Ruth Padilla Deborst
¿Quién pone la mesa y para quién?
Revisión a tres años de una nueva celebración

¿Qué pasa en nuestras casas cuando llega la hora de la comida? Al menos en los hogares privilegiados en los cuales tenemos comida a diario, y en los cuales la familia se reúne para compartirla, alguien debe poner la mesa. En mi casa, quien pone la mesa tiene cierto poder de decisión: determina quién toma qué puesto, si se usan individuales o mantel. Pero obviamente tendrá que sujetarse a decisiones previas. ¡No vale poner tenedores si sólo hay sopa, ni hace falta aderezo si no hay ensalada! Quien prepara la comida tiene mucho poder de decisión: en familias de cierta condición económica determina qué se come y qué no.
Muchas son las escenas que nos pintan los evangelistas de Jesús en la mesa, partiendo y compartiendo pan con personas muy diversas. Sus críticos le achacan: “Es un glotón y tomador”. “Y para colmo de ofensas, ¡come y bebe con publicanos y pecadores!” Jesús no se achica, ni esconde su agenda alternativa a los valores imperantes. Critica frontalmente las prácticas discriminatorias que otorgan puestos de importancia en la mesa según el prestigio y la riqueza personal del comensal. Y cuando un hombre acomodado en el sistema religioso levanta orgulloso su copa diciendo “¡Bendito el que participe en el banquete del Reino!”, Jesús responde con la parábola del gran banquete donde los comensales favorecidos son los pobres, los cojos, los ciegos, las “nadie” de fuera de la ciudad, los desechados de la sociedad ‘culta’ y del sistema económico (Lucas 14).

Pero Ruth, dirán algunos de ustedes, se supone que nos hables de los CLADE, los Congresos Latinoamericanos de Evangelización. ¿Por qué nos hablás de mesas, comidas, comensales?
Bueno, es que lo que pretendo es guiarnos en una reflexión sobre los cuatro congresos pasados y el que vendrá por medio de la metáfora de la mesa. Vamos a considerar quién dispuso el menú, quién puso la mesa, quiénes fueron invitados a la mesa y quiénes se vieron nutridos por estos ‘banquetes’. Confío que el ejercicio de plantearle estas preguntas a nuestro pasado nos proveerá un fundamento crítico para que juntas y juntos comencemos a preparar la mesa para CLADE V en julio del 2012.
Valga una aclaración: no pretende ser este un registro exhaustivo de cada Congreso que satisfaga los rigurosas expectativas de una historiadora profesional. Al final de este escrito se encuentra una bibliografía para quien quiera incursionar con mayor profundidad. Este trabajo apenas pretende abrirnos el apetito para tal incursión.
Cuatro décadas, cuatro congresos
Una orientación general para comenzar. Dentro de dos meses se cumplirán exactamente 40 años desde CLADE I. El primer Congreso Latinoamericano de Evangelización tuvo lugar del 21 al 30 de noviembre de 1969. Casi exactamente una década después, en noviembre de 1979 se realizó CLADE II. Ya veremos las sustanciales diferencias entre ambos encuentros. Mientras el siguiente congreso se hizo esperar –CLADE III no se realizó hasta 1992—el cuarto llegó antes de completarse una década –CLADE IV coincidió con el milenio; tuvo lugar en el año 2000.
CLADE I: El desencuentro catalizador del encuentro
Ignoro cuantos de los presentes tienen recuerdos claros del año 1969. Yo tengo grabada la memoria de aquel día en julio cuando miré anonadada en la tele de los vecinos Fernández el primer paso de Neil Armstrong en la luna. Pero también recuerdo el difuso sinsabor que como niña me suscitaba la dictadura de Onganía y el temor patente que tenía de tomar un tren gracias al incendio provocado por un grupo guerrillero en la estación Retiro. Es que esos eran años de turbulencia en nuestro continente. Creciente tensión entre izquierda y derecha. Desastres naturales y no tan naturales: terremotos y huracanes, dictaduras y desaparecidos, guerras y guerrillas. Era un continente en crisis.
De allí el título de CLADE I: «Acción en Cristo para un Continente en Crisis». La crisis, sin embargo, no se vivía sólo en el escenario amplio, político y social, sino también en el seno de la creciente población protestante-evangélica. La Guerra Fría entre las super potencias comenzó a sesgar posiciones, especialmente entre quienes veían a América Latina como campo misionero. La mesa para CLADE I no se puso en el vacío: había otro banquete programado que los organizadores percibían como amenaza a su versión de cristianismo.
Explico: ¿Quién puso la mesa para CLADE I? Fueron organizaciones misioneras evangélicas de Norteamérica, la Asociación Evangelística Billy Graham, la Evangelical Fellowship of Mission Associates (EFMA) y la International Fellowship of Mission Associates (EFMA). Estas agrupaciones ya habían organizado congresos sobre evangelización luego del grande en Berlín (1966) para Asia y Africa y ahora le tocaba el turno a América Latina. Como ellos ponían la mesa –convocaban y pagaban la cuenta—naturalmente se sentían con todo el derecho de determinar el menú –el programa–, y los comensales –a quiénes se le invitaría a participar y a quienes no. La lectura de la correspondencia que circuló en preparación para el Congreso revela el fuerte filtro conservador y la acrítica imposición de definiciones nacidas en el contexto de controversias teológicas en EEUU a nuestro medio. En la percepción de los líderes norteamericanos, la mesa de CELA III (la Tercera Conferencia Evangélica Latinoamericana) se proponía como “liberal”, y por lo tanto como una amenaza a la cual había que contrarrestar (Salinas: 32 y Archivos Biblioteca BGC). CLADE I sería el espacio en el cual los líderes evangélicos norteamericanos “corregirían” la mala dieta ofrecida por los movimientos progresistas cercanos al Consejo Mundial de Iglesias y sus simpatizantes.
CLADE I se realizó en Bogotá del 21 al 30 de noviembre de 1969 y reunió a más de 900 delegados. A varios líderes cuestionados por los organizadores se los incluyó, pero sin voz en la mesa. En contraste, central en el menú constó el libro Teología Latinoamericana: Evangélica o Izquierdista?, de Peter Wagner, que se repartió al comienzo y gratuitamente a todos los participantes (Salinas: 44). Con tenue base investigativa, Wagner describe y cataloga a movimientos y líderes cristianos entre protestantes evangélicos conservadores, católicos conservadores, y católicos y protestantes liberales, seculares y radicales de izquierda. Critica la ausencia de reflexión y producción teológica y postula la teoría del igle-crecimiento como la vía más fiel al evangelio.
Algunos participantes recibieron con aprobación la perspectiva de Wagner. Pero a otro sector este plato les cayó mal. Para varios líderes –que a pesar de valorar los desafíos presentados por el libro, lo juzgaron como caricatura injusta, investigación irresponsable y fruto de un dualismo nocivo y polarizante— esta fue la última gota que colmó el vaso. No era hora ya de que como latinoamericanos siguieran recibiendo el menú del Norte, repitiendo y polarizándose por recetas teológicas foráneas. Debían generar sus propio pensamiento teológico que surgiera de la Palabra de Dios y de su contexto social y político. Samuel Escobar explica:
La toma de conciencia teológica que se dio en Bogotá… consistió primero en comprobar que una comunidad evangélica dinámica y que crecía rápidamente iba llegando a cierta mayoría de edad sin identidad ni expresión teológica. Se comprobó también que la toma de conciencia respecto a una crisis en el continente encontraba a los evangélicos sin respuesta ni alternativas serias frente al pensamiento que empezaba a forjarse en el ámbito ecuménico. Se percibió finalmente que la dominación misionera que explicaba en parte la falta de expresión teológica, intentaba polarizar desde fuera a la comunidad evangélica latinoamericana (Escobar: Boletín 59-60).
Era hora de teologizar como evangélicos latinoamericanos y de publicar y difundir ese pensamiento pertinente a su propia realidad. Así fue como “durante el transcurso de CLADE I, un grupo de pastores, evangelistas, misioneros y profesores de seminarios, se reunieron para proyectar una “fraternidad” dedicada al estudio y la reflexión (Escobar: Boletín 59-60).
El desencuentro de CLADE I había servido como catalizador de nuevos encuentros, enraizados estos en nuestro continente. Y así fue como apenas un año más tarde, del 12 al 18 de diciembre, se fundó en Cochabamba la “Fraternidad de Teólogos Latinoamericanos”. En la mesa había veinticinco personas de nueve denominaciones, con diversas corrientes teológicas: wesleyana, anglicana, reformada, dispensacionalista, bautista, pentecostal, independiente, y del movimiento estudiantil evangélico (CIEE). En medio de debates y controversias internas, Escobar atribuye la sobrevivencia de la FTL desde el comienzo a “una actitud caracterizada por tres elementos”: “firmeza en la definición en cuanto a una base evangélica común claramente expresada, búsqueda de pertinencia contextual y resistencia a la polarización por factores extrateológicos.” (Escobar: Boletín 59-60). Estos elementos se plasmaron en la “Declaración de Cochabamba” y sirvieron de norte al “Comité Deliberativo” constituido por Samuel Escobar (presidente), Pedro Savage (Coordinador international), Emilio Antonio Nuñez, Ricardo Sturtz y René Padilla.
De aquel encuentro inicial surgieron muchos otros, consultas regionales y nacionales sobre la iglesia, ética social, Reino de Dios, Liberación y Biblia, El hombre y las estructuras en America Latina, el aborto, nuestra misión en América Latina. Se ofrecieron “institutos teológicos pastorales” en todo el continente con teólogos como Saphir Athyal, de la India, Carl Henry, de EEUU, John Stott y Michael Green, de Inglaterra, y Leon Morris de Australia. La década de los 70 fue prolífica, y la influencia de la FTL se hizo sentir desde muy temprano no sólo en América Latina sino el en mundo entero a partir, especialmente, de Lausana 1974. Aunque ese capítulo es significativo, no podemos adentrarnos en él en esta ocasión. Valga destacar que si había duda con anterioridad a aquel Congreso Internacional de Evangelización de que había nuevos comensales en la mesa de la familia evangélica mundial, comensales de fuera de los tradicionales centros de poder, comensales con voz y voto y contribuciones propias al mapa teológico, esas dudas se vieron disipadas contundentemente, para celebración o temor de los que hasta entonces acostumbraban poner la mesa y determinar el menú y los invitados. Esto lo registran reconocidos historiadores de la iglesia global como son Yeats y Bevans, quien afirma que “los evangélicos latinoamericanos aportaron a Lausana 1974 la preocupación por la justicia social.” (Bevans: 279). Seguía gestándose entre los miembros de la FTL una teología evangélica, bíblica, comprometida con los desafíos del dolido contexto latinoamericano y que se resistía a las rígidas categorizaciones impuestas desde afuera.
CLADE II: Sabor y sinsabor latinoamericano
Ya declinaba una década nefasta en nuestro continente. En Argentina, mientras, vitoreábamos los goles del Mundial 78, miles eran torturadas, torturados, a pocas cuadras del Monumental, en la Escuela de Mecánica de la Armada. Y mi país no era la excepción. Las muertes por motivos políticos en el continente sumaron por lo menos 200.000 durante los años 70 y los desaparecidos unos 100.000 (Salinas: 114). Se hacía ineludible aún para cristianos conservadores la demanda de atender a las preocupaciones sociales, económicas y políticas de una tierra que se desangraba en guerras civiles y guerras sucias, en revueltas y represiones, contras e invasiones, creciente pobreza y diminuida esperanza de salidas viables.
Fue en ese contexto que la FTL convocó al Segundo Congreso de Evangelización, CLADE II, que se realizó en Huampaní, Perú, del 31 de octubre al 8 de noviembre de 1979 (Boletín FTL 6: 17).
A diferencia de CLADE I, esta vez la mesa la pusieron cristianos latinoamericanos. La determinación del menú y la invitación de los comensales también corrió por cuenta de ellos. Recuerda Sidney Rooy que incluso se fijó en 10% el tope de Norteamericanos que serían bienvenidos al encuentro (Rooy: 30014). Tampoco se recibió dinero de Estados Unidos: el 40% de los fondos se levantó dentro de América Latina y el resto provino de iglesias amigas en Europa (Salinas: 123 y Rooy: 3008). 266 participantes de 39 denominaciones y 22 países deliberaron esa semana bajo el lema Que América Latina oiga Su voz. Su propósito central era: “Considerar juntos la tarea evangelizadora que somos llamados a cumplir en las próximas décadas, en nuestro contexto histórico” (Boletín FTL 6: 17). Los participantes en esta ocasión recibieron unas 500 hojas de materiales de estudio, pero en lugar de recibir también estrategias preestablecidas como había ocurrido en CLADE I, fueron los mismos participantes quienes, en mesas de trabajo, aportaron sus propios ingredientes para gestar “Proyecciones Estratégicas” para los siguientes años. La “Carta al Pueblo Evangélico en América Latina”, acompañada por las ponencias presentadas se publicó al año siguiente en el libro de la FTL, América Latina y la evangelización en los años 80 (Mexico, 1980).
Esta era una mesa latinoamericana con olores, sabores –y sinsabores– latinoamericanos. Tampoco hubo, a juicio del historiador peruano Tomás Gutierrez, más que tangencial consideración de los problemas sociales, políticos y económicos que vivía América Latina. No hubo un unísono en las voces, ni unanimidad en los acercamientos, ni acuerdo respecto a ciertos posicionamientos, particularmente respecto al valor de las grandes campañas evangelísticas o la situación política en Cuba y Nicaragua. Pero el equipo de la FTL no percibió esta diversidad como una sorpresa negativa. El diálogo, aún la confrontación de diversas perspectivas, era vistos como valores y generadores de nuevas y más fieles comprensiones del evangelio y de la encarnación del evangelio en tierra latinoamericana.
Los sinsabores, sin embargo, sí repercutieron en años posteriores tanto dentro como fuera de América Latina. Los líderes de la FTL siguieron despertando la sospecha de los grupos conservadores del Sur y del Norte. El nacimiento de CONELA (la Confraternidad Evangélica Latinoamericana) en abril de 1982, por ejemplo, resulta en gran parte de sectores que juzgan como demasiado progresista la teología y misionología de la FTL.
Paralelamente, y frente a lo que perciben como un retroceso en el movimiento de Lausana a definiciones de misión previas al consenso plasmado en el Pacto de Lausana, los líderes de la FTL convocan y sirven de motor inicial a INFEMIT, la Fraternidad de Teólogos Evangélicos de la Misión en el Mundo de los Dos Tercios. Su primer encuentro se realizó en Bangkok, en marzo del 1982, y el segundo en México en 1984. Fuera de América Latina comienzan a identificar a este movimiento, en cuyo corazón estaba la FTL y líderes como Escobar, Padilla, Costas, Savage, Gutiérrez, y Rooy, como “evangélicos radicales.” Y en él se van nucleando con el paso del tiempo personas de diversos continentes: ISAAC Instituto para el Estudio de la Iglesia y la Cultura en Asia, con Meba Maggay (Filipinas), Evangelicals for Social Action (USA) Vinay Samuel, Chris Sugden, Tom Sine, David Lim (China Ministries International), David Gitari and Kwame Bediako (Tizón). Lastimosamente no podemos aquí expandir este intrigante capítulo que sigue abierto hasta el día de hoy.
Antes de despedirnos de la década de los 80, sin embargo, notaremos que, aunque van agregándose nuevas personas a la mesa, las mujeres brillan por su ausencia. Cierto es que Beatriz Couch contribuyó al encuentro sobre el aborto, y que Elsie Powell participó en nombre de la FTL en encuentros de IAPCHE. Sin embargo, no aparecen hasta 1992 las primeras mujeres en el registro de los líderes del movimiento. Recién en la sexta asamblea general desde su fundación, se incorporan al comité directivo presidido por Valdir Steuernagel Carmen Perez Camargo como Vicepresidenta y Dorothy de Quijada como Tesorera.
CLADE III: Se amplía la mesa
Esta Asamblea coincidió con CLADE III organizado bajo la coordinación general de René Padilla como Secretario General con el apoyo de la ofina regional de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y MAP Internacional. La década del 90 había iniciado con la simbólica caída del muro de Berlín y con una intensificación de los procesos de ajuste económico en los países deudores por parte de las entidades crediticias mundiales. El año 92 también era significativo por el cumplimiento de “los 500 años” –de opresión, colonización, descubrimiento, evangelización según la perspectiva del que recuerda.
En ese contexto, tuvo lugar CLADE III, entre el 24 agosto y el 4 de septiembre, en el Colegio Anderson de Quito, Ecuador. En plenarias teológicas, misionológicas, históricas, sociales y económicas y en alrededor de cincuenta talleres y seminarios, los participantes, 1080 mujeres y hombres de 25 países, encararon la temática Todo el Evangelio para Todos los Pueblos desde América Latina.
Esta sí era una mesa diversa en más de un sentido. Sobre este Congreso recuerda Miguez Bonino:
(CLADE III) rebasa los límites de la FTL para constituirse en un verdadero ‘congreso protestante latinoamericano’ tanto por la amplitud de la representación como por la riqueza de los materiales y la libertad de la discusión. Estuvimos, recuerda, en presencia de un verdadero ‘evento ecuménico’ del protestantismo latinoamericano (Miguez Bonino: 56).
CLADE III no sólo invitó a la mesa a líderes evangélicos jóvenes y emergentes sino que también les abrió espacio para aportes en plenarias y talleres. Estas eran personas que se habían nutrido de la teología generada por el movimiento y llegaba a la convocatoria con testimonios, preguntas y experiencia de campo. Entre ellos hubo más mujeres que en conferencias anteriores, constituyendo sus aportes en plenarias un 20% del total. Los participantes del encuentro indígena Pre-CLADE en Otavalo (19-23 de agosto) también compartieron sus conclusiones al pleno de CLADE.
A su vez, entre los comensales la FTL invitó a personas alineadas tanto con CONELA como con el CLAI. Padilla califica como “importante logro” el encuentro histórico de miembros titulares del CLAI y de CONELA sobre “Unidad y Misión” (CLADE III: Introducción). Sidney Rooy se conmueve recordando que de las 67 preguntas que el público presentó a los panelistas aquella tarde, casi todas aludían al hecho de que este era el primer encuentro público entre ambas entidades en sus diez años de existencia, frente lo cual el obispo metodista Pagura confesó abiertamente su omisión (Rooy: 3009). La confesión, sin embargo, fue de todos los presentes; y la Declaración de Quito deja plasmada la omisión del pueblo evangélico que había sido demasiado silencioso frente al incremento de la pobreza, las dictaduras militares, las torturas y los desaparecidos (CLADE III: 856-861).
El énfasis en la integralidad de la misión a la cual Dios llama a su pueblo, la conciencia respecto a quienes con demasiada frecuencia quedan excluidas y excluidos de la mesa de la iglesia y de la vida, y la toma de responsabilidad en la encarnación de la misión en el contexto latinoamericano y más allá surgieron entre y marcaron indeleblemente a quienes participaron de CLADE III. En el libro Misión de la iglesia: una visión panorámica, lanzado en ocasión de este congreso, Valdir Steuernagel, entonces Presidente de la FTL explica que mediante el libro y el Congreso:
Se quiere contribuir a la superación cada vez mayor de la dicotomía entre cuerpo y espíritu, individuo y comunidad, palabra y acción, evangelización y compromiso con la justicia, dicotomía que se ha posesionado de muchas de nuestras iglesias y escuelas de formación bíblico-teológica en las últimas décadas de este siglo (Steuernagel: Intro).
Y posiblemente pensando en CLADE III es que Justo González afirma lo siguiente:
Es posible trazar en la historia de este movimiento una creciente conciencia primero de las dimensiones sociales del evangelio y después de las dimensiones estructurales de los problemas sociales y económicos de América Latina (González 2007: 237).
Aunque reta mucho trabajo investigativo al respecto, es innegable que son innumerables los proyectos y las iglesias que se han visto impactadas por esta perspectiva no polarizada sino integradora de la misión de la iglesia en América Latina.
CLADE IV: y se ponen nuevas mesas…
Nuevamente fue Quito el escenario de otro Congreso Latinoamericano. Esta vez el anfitrión fue el recién estrenado campus del SEMISUD, el seminario de la Iglesia de Dios en el Ecuador. Entre el 2 y el 9 de septiembre del 2000 se dieron cita más de 1200 personas de todo el continente aunque no se esperaban más de 800. Se salió del paso gracias al arduo trabajo de Freddy Guerrero, Coordinador General, y utilizando cuanta casa de retiro o sitio de campamento había en kilómetros a la redonda. La temática central fue Testimonio Evangélico en el tercer milenio: Palabra, espíritu y misión. Nuevamente hubo plenarias teológicas y contextuales que se recogieron en el libro La Fuerza del Espíritu. Nuevamente se oyeron aportes y perspectivas diversas, que esta vez en lugar de plasmarse en un “libro gordo” se publicaron luego como libros temáticos en la Serie CLADE IV.
La tónica particular de CLADE IV fueron sus consultas temáticas paralelas, que encararon asuntos tan variados como Presencia Cristiana en el Medio Académico, Ministerios editoriales, Educación Teológica, Misión Integral e Iglesia, y Ministerios entre Niños. Fueron justamente estas dos últimas las consultas que generaron no solo reflexión y publicaciones sino movimientos que se han formalizado en la Red del Camino, de líderes y pastores en Misión Integral, y en el Movimiento Juntos para la Niñez, que bajo la coordinación logística de Red Viva ha estado ministrando en todo el continente desde entonces.
CLADE IV sirvió de catalizadora para la puesta en escena de otras mesas donde se sintieron particularmente invitadas personas, instituciones y redes que se habían nutrido del sólido menú bíblico y contextual ofrecida en décadas anteriores por la FTL. En el 2000, al voltearse la página del milenio, la FTL cumplía sus treinta años de vida y presencia en el continente. El contexto había cambiado, pero el desafío seguía siendo el mismo. ¿La FTL nutriría espacios de estímulo a una reflexión que fuera tanto pertinente como bíblica, tanto propositiva como denunciadora, tanto de las unas como de los otros, tanto local como global?
CLADE V: Desafío de fidelidad y pertinencia
Preguntas como estas indujeron unos años más tarde al entonces equipo de la FTL continental a considerar que, dado el contexto y los propósitos de Dios para su mundo, incluyendo América Latina, era oportuno que la FTL convocara a una nueva mesa. El lema que la actual directiva de la FTL ha fijado para CLADE V es “Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos, Santo Espíritu!” El V Congreso Latinoamericano de Evangelización se propone como un proceso de reflexión teológica, comunión, confesión y celebración de la misión de Dios en el contexto latinoamericano.
Los tres ejes centrales, expresados en el lema son: 1. Sigamos a Jesús, porque como iglesia de Jesucristo necesitamos aprender a seguirle, a encarnar con compromiso un discipulado integral; 2. Reino de Vida, porque el Reino de Dios es reino de vida, aun en un contexto latinoamericano plagado por múltiples expresiones de muerte; y 3. ¡Guíanos, Santo Espíritu! porque el nuestro es un ruego, un clamor, una confesión en un medio en el cual demasiados evangélicos se sienten triunfalistas por el crecimiento numérico y el acceso al poder.
Mediante CLADE V, la FTL procura
1. Generar un movimiento de participación que involucre el mayor número posible de personas, iglesias, instituciones teológicas, organizaciones de servicio y otras instancias del pueblo evangélico de América Latina y El Caribe, alrededor de los ejes centrales.
2. Promover la reflexión en torno al Evangelio y a su significado para el ser humano y la sociedad.
3. Contribuir a la vida y misión de las iglesias en América Latina y El Caribe en el siglo XXI con creciente conciencia de la realidad de nuestro contexto.
4. Servir de plataforma para el diálogo cristiano y entre iglesias, ministerios, redes y movimientos cristianos en América Latina, el Caribe y el mundo.
5. Propiciar oportunidades para que la Fraternidad Teológica Latinoamericana extienda su servicio como movimiento facilitador de la reflexión evangélica y como plataforma de diálogo cristiano en América Latina y El Caribe.
CLADE V está siendo concebida no como un evento sino como El Proceso de CLADE V, que consta de tres momentos entrelazados:
CLADE V
1. Movimiento de participación CLADE V: De Agosto 09 hasta mediados 2012
2. Encuentro CLADE V: Mediados del 2012 en Costa Rica
3. Movimiento de transformación CLADE V: Mediados del 2012 en adelante
Los desafíos para esta época están planteados. Tenemos una rica herencia; la FTL ha impactado dentro y fuera del continente con su misionología integral, su hermeneutica contextual, su resistencia a ser forzada a calzar categorías exógenas, su apuesta a la unidad y encuentro dialogal.
Pero el panorama social, político, económico de América Latina no deja de ser lúgubre. Si Ud. es joven entre 17-25 años de edad, es 70% veces más probable de morir asesinado que si Ud viviera en Europa. La desigualdad social, la corrupción y la desesperanza parecen haberse instalado inamoviblemente. Y la realidad eclesial muestra apenas pequeños resquicios de apertura mientras en otros lugares las puertas parecen ir hermetizándose más.
Necesitamos seguir preguntándonos lo mismo que al comienzo: ¿quiénes están poniendo la mesa de la reflexión teológica, quiénes se sientan a la mesa, quiénes tienen voz y voto? ¿Dónde están los jóvenes, las mujeres, los indígenas, las personas de ascendencia africana? ¿Estamos diseminando nuestra provocación no solo en libros y publicaciones académicas sino en folletos, libros temáticos, programas radiales, sitios de Internet? ¿Estamos haciendo disponible nuestro material a las comunidades de fe locales? ¿Estamos asumiendo la responsabilidad que nos cabe en relación con a la comunidad evangélica internacional? ¿Estamos de veras generando nuevas articulaciones teológicas frente a las realidades actuales como la globalización, el papel de la mujer, la sexualidad, las espiritualidades posmodernas, el movimiento del Espíritu Santo, el inestable contexto político, la inmigración, el tráfico de personas? Estas preguntas deberán contarse en el menú del próximo Congreso Latinoamericano de Evangelización si la FTL va a nutrirse y nutrir a la iglesia latinoamericana para que esta viva plenamente la misión de Dios en este tiempo.
Oremos: Sigamos a Jesús en su Reino de Vida. ¡Guíanos Santo Espíritu!
BIBLIOGRAFÍA:
– Bevans, Stephen and Roger Schroeder. Constants in Context: A Theology of Mission for Today New
York: Orbis Books, 2004.
– Escobar, Samuel ed. Acción en Cristo para un continente en crisis. San José: Editorial Caribe, 1970.
– Escobar, Samuel. “La fundación de la Fraternidad Teológica Latinoamericana: Breve ensayo histórico” en Boletín teológico FTL 59-60.
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– González, Ondina y Justo González. Christianity in Latin America: A History. New York: Cambridge
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– Steuernagel, Valdir, ed. La Misión De La Iglesia: Una Visión Panorámica. San José: Visión Mundial,
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– Rooy, Sidney: entrevista personal de autora. Cambridge, MA, en octubre del 2007.
– Tizon, Al. Transformation after Lausanne: Radical Evangelical Misson in Global-Local Perspective
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– Yates, Timothy. Christian Mission in the Twentieth Century. Cambridge, New York, Melbourne: Cambridge University Press, 1994.

Sobre la autora:
Ruth Padilla Deborst es ecuatoriana – argentina radicada en Costa Rica.   Actual Secretaria General de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y desde el 1 de febrero, Directora de Formación Cristiana y Desarrollo del Liderazgo a nivel mundial de World Vision International. Desde la Misión de la Iglesia Cristian Reformada, ha trabajado con los  movimientos estudiantiles de la CIEE, con Semillas de Nueva Creación en El Salvador, y el Instituto para la Promoción de la Educación Superior Cristiana en América Latina.

Oidores y hacedores

Publicado: marzo 31, 2011 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Retazos del Evangelio a los pobres (XVI)

“Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante”. Texto completo enLucas 6:46-49.

La parábola de los dos cimientos pone de relieve que la Palabra y la acción deben marchar juntas. Esta parábola es una de las mayores críticas y de las mayores advertencias de amenazas de derrumbe de la vida espiritual insolidaria que se dan en la Biblia. Una crítica a la religiosidad vivida en la pasividad, sin dar frutos de acción. Una crítica a la espiritualidad vivida de espaldas al prójimo sufriente. Es, si se quiere, una crítica a los sistemas de evangelización que no evangelizan desde la acción comprometida con el prójimo, desde el simple hablar y la búsqueda de oidores, sin que se preocupen, ni desde el que emite el mensaje, ni desde el que escucha, de la acción de misericordia que debe preceder y seguir a la Palabra como dándole credibilidad. Esta parábola nos enseña que los hechos son los que avalan la Palabra. Es una parábola en la línea del Evangelio a los pobres que estamos comentando.

La Biblia es insistente en esto y lo que llama la atención es que la iglesia no haya sabido recoger este reto de acción y siga, en muchos casos, con un autodisfrute de comodidad y verborrea que no da lugar a hacer lo que nos enseña la Biblia: Hay que ser hacedores de la Palabra. La Palabra no sólo se debe oír, sino hacer. Hay que quedarse con el concepto de hacer la Palabra, el mandamiento de que debemos ser hacedores de la Palabra. La Palabra no es sólo para oírla, ni para leerla. Hay que hacerla. Este hacer la Palabra no puede ser ajeno a la solidaridad misericordiosa para con el prójimo. Esta parábola es una de las bases de la acción social cristiana, del Evangelio a los pobres.

Por tanto, el que oye la Palabra y la hace, tiene una consideración para con Dios muy diferente de aquel que oye la Palabra y no la hace. Los inactivos, insolidarios y que no se ponen en marcha para realizar con hechos la Palabra en el mundo, están condenados a ser destruidos, a desaparecer de la faz de la tierra. Permanecerá todo aquel que se dedica a que la Palabra sea realizada en el mundo, a hacerla vida, a acercar el reino de Dios a la tierra, a realizar y encarnar la Palabra, a hacer que la Palabra se haga vida actuante en el mundo acercando los valores rehabilitadores y dignificadotes del Reino de Dios que se dirigen muy específicamente a los pobres, a los desheredados, a los sufrientes, a los robados de dignidad, a los enfermos, marginados y excluidos del mundo.

Por tanto el cristianismo no está relacionado solamente con escuchar la Palabra, ni siquiera con el comunicarla de forma inactiva e insolidaria. La auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana consiste en una mezcla de oír y de hacer. Consiste en la mezcla de gritar la Palabra, comunicarla, hacer que muchos la puedan oír. Es la suma de comunicadores y oidores que, necesariamente, se deben convertir en hacedores de la Palabra, en los brazos y los pies del Señor que se mueven en medio de un mundo de dolor.

Esta idea de a parábola de Jesús, se ve también en otros contextos bíblicos. Se ve muy claramente en el, a veces, olvidado apóstol Santiago. En el capítulo 1:22 de su Epístola nos dice en forma imperativa que seamos “hacedores de la Palabra”. Una Epístola que en todo su contexto nos habla de la necesidad de la acción, de las obras que, imprescindiblemente, debe tener la fe para no morirse y dejar de ser, para no ser cristianos de fe muerta. Así, nos dice como un mandamiento: “Sed hacedores de la Palabra”, porque el jugar con la Palabra para oírla o decirla de forma insolidaria con el hermano pobre o sufriente, es como un engaño personal. Como si de alguna manera se pudiera vivir el cristianismo de forma engañosa, “engañándonos a nosotros mismos”.

El problema es que el que es sólo oidor o, en su caso, sólo comunicador, se aleja del auténtico Evangelio, del Evangelio a los pobres, no entiende el concepto de projimidad que nos dejó Jesús, no sabe amar al prójimo sufriente… y pasa de largo ante el dolor de los hombres. Se engañan o se consideran a sí mismo, como dice el Apóstol, porque les falta la dimensión del tú, del otro. Sólo piensan en ellos mismos y esto les impide la vivencia integral del Evangelio.

El que sólo oye palabras, o las pronuncia, pero no las hace, puede decir palabras preciosas, que suenan bien al oído, pero que en el fondo son satánicas. Dice palabras hueras, vanas, que no dan frutos y que son una molestia a los oídos de Dios mismo. Son palabras como las que nos comenta el Apóstol Santiago, como Apóstol que recoge la idea de Jesús de que hay que hacer la Palabra: “Vete en paz, hermano, el Señor te ayudará y te dará lo que necesitas”, pero no le ayuda como hizo aquel hombre samaritano que nos dejó Jesús como ejemplo de solidaridad. Así, los religiosos insolidarios pueden decir palabras bellas, que parecen adecuadas, pero teñidas de insolidaridad y de pecado contra el prójimo. Palabras que no entienden de projimidad. Palabras bellas que no se mojan en la solidaridad actuante.

Así, el que quiera vivir el cristianismo de forma integral, el que quiera captar la integralidad de una espiritualidad cristiana no mutilada, tienen que convertir la Palabra en hechos, dejar paso a que la fe actúe a través del amor para no convertirse en un cadáver de fe.

Señor, ayúdanos a ser hacedores de la Palabra. Que no nos gocemos ni encontremos satisfacción en los sonidos de palabras vacías, sino que las llenemos de sentido a través de una acción comprometida en ayuda de tantos pobres y sufrientes como hay en el mundo. Que podamos ser, Señor, oidores y hacedores. Aunque lleguemos a ti cansados y rotos. Tú reestructurarás todo nuestro ser y nos acogerás como siervos fieles.

Autores: Juan Simarro

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