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Enfermar

Publicado: noviembre 24, 2010 en Meditaciones

Enric Capó
Meditaciones

Yo también, como los demás, enfermo. Como todos los demás. De la misma forma. Ser cristiano no me ha proporcionado ningún privilegio. El azote de la enfermedad que hiere a todos por igual me llega y siendo su dolor y su angustia. Nunca he sido objeto de un milagro objetivo que me haya devuelto la salud. Soy escéptico en lo que se refiere a las curaciones milagrosas, a pesar de que en ningún momento las niego, pero nunca he participado en una de ellas. Siento que la vida es la vida y la enfermedad forma parte de ella. La he de sufrir.

Pero nunca he pensado que la enfermedad sea voluntad de Dios. Ni tampoco que era consecuencia de un pecado que había cometido. Estoy muy lejos de los amigos de Job que lo querían convencer de su culpa en la situación extrema en que se encontraba. Sé que Dios no quiere la enfermedad, ni la desgracia, ni la muerte. Es el Dios de la vida y de la plenitud. Y cuando me habla, por medio de su Palabra, me invita a mirar hacia arriba, hacia el Reino de Dios, donde no hay clamor, ni llantos, ni dolores. Pero no podemos evitar la situación presente, provocada, de forma que ahora no podemos comprender, por la realidad del pecado. Es nuestra situación. Se nos escapan las razones que justifiquen la presencia del mal y del dolor. Simplemente, están ahí. Y nuestra tarea no es tanto tratar de comprender el por qué, sino como luchar para minimizar sus efectos.

Orar, cuando estoy enfermo, es la esperanza. No sé si entonces espero que el Señor me cure. Nunca estoy seguro. Pero sé que poner mis cosas en sus manos me hace bien, me ayuda, me fortalece, Estoy en las manos de Alguien que lo controla todo y no hay nada que me pueda dañar de forma definitiva. Mi oración es siempre un grito de auxilio, la mayoría de las veces inarticulado, pero sé que El me escucha y me contesta.

De todas formas, en Dios no busco tanto la solución a todos mis problemas, como la fuerza para confrontarlos. Eso también lo aplico a la enfermedad. No pretendo estar exento de sufrirla. Sé que una y otra vez llamará a mi puerta y no tengo derecho a ser diferente de los demás. Tampoco tengo caminos alternativos. Soy uno más en la rueda de la vida y me toca lo que me toca. Lo que entonces busco y encuentro es la fuerza del Espíritu, la seguridad de no haber sido olvidado, la certidumbre de su presencia y la fuerza interior para seguir adelante sin hundirme, sin permitir que aquella situación cierre las puertas a la esperanza y me conduzca a una ruina moral y espiritual. Y en esto reside mi gozo y mi privilegio.

He aprendido que en cualquier situación, por trágica y dolorosa que sea, siempre hay una luz. Es la presencia de Dios. Donde El está, todo puede pasar, nada es imposible. Eso me da fuerzas e ilumina mi camino. No estoy solo. No me ha abandonado. Continúa siendo el Dios de la luz, incluso en las situaciones extremas de enfermedades terminales. Incluso cuando el médico ya ha cerrado todas las puertas humanas. Entonces es el momento apropiado para decir con el salmista: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti”(Sl 39,7).

Copyright © 2010 Iglesia Evangélica Española, una iglesia protestante

Morir

Publicado: noviembre 16, 2010 en Meditaciones

por Enric Capó

Morir puede ser la mayor experiencia de la vida si la vivimos conscientemente. Pero, incluso en el caso en que no sea así, el conocimiento de la seguridad de la muerte, como punto final de esta vida, nos determina y nos condiciona. En cualquier etapa de la vida y en cualquier momento, la muerte está siempre presente. La fuerza de la vida nos permite olvidar este hecho. Podemos vivir muchos años sin pensar seriamente en la muerte, pero más pronto o más tarde se hará indefectiblemente presente.

No siempre afrontamos la muerte de cara. Muy a menudo lo hacemos  de lado, al sesgo, oblicuamente. Pero, en el fondo del corazón siempre está la consciencia de la muerte. Sabemos que hemos de morir y, día tras día, tenemos señales y avisos: la muerte de los otros, mis enfermedades, la vejez… Morir es el final. Todo se ha acabado. Todas las expectativas, todas las ilusiones, todos los proyectos, todo, queda paralizado. El camino se ha convertido en un callejón sin salida. Todo lo que ayer tenía importancia y trascendencia, hoy ya no la tiene. Alguien, en aquel momento final, delante del que está de cuerpo presente, dirá la frase ritual: “no somos nada”.

Morir forma parte de la vida. La acompaña, pero no es su amiga. Todo lo contrario. Si la vida es luz, la muerte es oscuridad; si la vida abre puertas, la muerte las cierra. Por tanto, todo ser viviente se rebela contra la muerte. No la acepta como un final lógico y necesario de la vida. La experimenta como una herida traumática, antinatural, alienante. Nosotros también lo vivimos así, excepto en aquellos casos en que la vida se hace demasiado fatigosa. Cuando la vida se hace tan insoportable que la muerte viene a ser una liberación.

Para mi, cristiano, la perspectiva de la muerte no me angustia. Puedo mirar hacia el futuro sin miedos. Es cierto que el pensamiento de dejar la vida produce un vacío en el fondo del corazón y una amargura en la boca. No estamos hechos para la muerte y nos repugna. Es el hecho y el dolor que la acompaña. Pero Cristo me enseña a superar esto. La última experiencia de la vida puede ser la primera experiencia del mundo nuevo.

Jesús me enseña que la muerte, a pesar de ser el final de un camino, puede ser una puerta abierta a un nuevo futuro. El vivió mi vida y murió mi muerte. Pero lo hizo en la esperanza y la seguridad de la acción de Dios que retorna los muertos a la vida. Sus última palabras en la cruz son signo de un camino que yo sigo: “en tus manos encomiendo mi espíritu”. En aquella hora final se han acabado los miedos, las tinieblas, la tensión de la muerte. Aparece a luz, la vida y la esperanza. Esta es también la experiencia del salmista, ya en la última hora de su vida: “Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Tu eres mi esperaza” (Sl 39,7).

Y es en esta esperanza que yo vivo. No lo tengo todo claro ni tampoco tengo todas las respuestas, pero puedo decir con voz bien alta que creo en la vida y porque creo en ella –como algo más que una causalidad en un mundo de casualidades- creo en la resurrección. Escuucho –y esto me da fuerzas- la palabra de Jesús  “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mi, aunque muera, vivirá. Todo aquel que vive y cree en mi, no morirá para siempre”

Y Jesús acaba diciendo: “¿Lo crees esto?” (Jn 11,25)

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Creer en Dios

Publicado: noviembre 7, 2010 en Meditaciones

Creer en Dios, por Enric Capó

Meditaciones

 

Si un día me encontrara con uno de estos periodistas o sociólogos que van por la calle haciendo encuestas religiosas a la gente y me preguntaran si creo en Dios, me parece que me gustaría contestar que, a pesar de ser pastor protestante, no creo en él. Y al hacerlo, estoy convencido de que diría la verdad como creyente y como cristiano, porque cada día estoy más lejos de esta imagen estereotipada de Dios que se esconde detrás de las encuestas y que anida en la mente de la gente. También me gustaría dar un respuesta parecida sobre la existencia del diablo. Tengo muy claro que hay un dios en el que no creo. Es el Dios explicación, o el Dios proyección de nuestros deseos, o la máquina eterna que lo puso todo en movimiento, o el dios castigador que, a través de los siglos, ha sido el tormento de los hombres, o el dios manipulado que justifica la religión. No es realmente que no crea en él, ya que puede haber –y los hay- elementos válidos en todo esto. Mi respuesta sería como una especia de protesta para decir que la imagen que el mundo no creyente en general  -y también muchos creyentes- tienen de Dios no se corresponde con la imagen que Cristo me ha enseñado a amar.

 

 

Hoy es difícil hablar de Dios porque, al hacerlo, en seguida te clasifican y te sitúan en un fichero en el que no te encuentras cómodo. Cuando hace muchos años leí el libro de Gironella “100 españoles y Dios”, recuerdo que me identifiqué mucho más con buen número de los que decían no creer en él que con el teísmo estéril de una mayoría que se confesaban creyentes. A la hora de tener que escoger uno de los bandos quizás me situaría  en el de los clasificados como no creyentes que se toman la vida en serio que en el de los que, al mismo tiempo que dicen que creen en Dios, se han hecho de él una imagen idolátrica. Y quizás, al hacerlo así, me acercaría a aquellos cristianos de los primeros tiempos del cristianismo a los que los paganos acusaban de ser ateos.

 

Hay una imagen folclórica de Dios de la que me siento muy alejado. Sobre todo del Dios religioso, preocupado por si mismo, celoso de culte y enamorado de su gloria; el dios doctrinario y cruel, que tiene amigos y enemigos, que determina el futuro de los hombres según “la sana doctrina” y menosprecia la vida presente para centrarlo todo en un futuro más allá de la muerte; el dios  simplista, el del cielo y el infierno, el del blanco o negro, el de religioso o ateo; el dios que no distingue, que es incapaz de ir más allá de los atributos que le otorgamos y que son como un corsé que le impide moverse con libertad, que le impide, incluso, ejercer su misericordia. No creo que este dios sea el Dios de los profetas, que amaba más la justicia que la fastuosidad del culto, ni el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que recibe con un abrazo sin fin al hijo perdido, ni el del apóstol Pablo que perdona al culpable. Me gusta más el Dios de las prostitutas del evangelio que se adelantan a las grandes figuras del mundo religioso; el Dios de la mala fama, amigos de publicanos y pecadores; el Dios clavado en la cruz, indefenso e impotente; el Dios cuya grandeza es su capacidad de amar, de sacrificarse, de darse por nosotros; el Dios que ha querido estar presente en el mundo bajo la imagen del pan partido y el vino derramado, la imagen de la entrega total y absoluta que nos habla de la imptoencia del crucificado y de la fuerza del amor.

 

¿Quién es mi Dios? Me es muy difícil definirlo. Está muy por encima de mis capacidades de síntesis. Pero puedo decir que es el Dios ligado a la vida, a mi vida, a aquella vida que él creó y me ha dado. Creer en él, pues, es creer en la vida, en sus infinitas posibilidades, en su sentido de presente y de futuro, de inmanencia y trascendencia.  Y también a la inversa: creer en la vida es creer en Él. No tenemos apenas herramientas a nuestro alcance para hablar con El con propiedad y exactitud. Estamos demasiado limitados. Pero Dios no es para ser definido mucho más allá de la definición de Juan:”Dios es amor”. El lenguaje propio en el contexto de Dios no es el de las definiciones, ni el que tiene necesidad de usar la tercera persona singular. Dios no habría de ser jamás El. Es siempre un Tú que nos confronta y del que no deberíamos hablar, sino hablarle. El lenguaje adecuado para Dios es finalmente, esencialmente, el de la oración, que es el  lenguaje de la comunión, de la amistad, de la armonía.  La persona humana que investiga en la profundidad de su vida, no encuentra allí un vacío, sino que encuentra a Dios, a pesar de que no lo conozca ni lo reconozca. Dios, como  sentido de la vida, está escrito  en cada una de las fibras de nuestro ser, sólo hay que dejarlo florecer, que salga fuera e ilumine la vida.

 

Día a día, en el mundo del evangelio, allí donde encontramos a Cristo, crecemos en el conocimiento de Dios. Día a día somos llamados a hacer nuestra su vida, en todo aquello que tiene de solidaridad con los más pequeños de nuestro mundo y en todo aquello que nos habla de esperanza y de eternidad. Dios es la presencia de un amor eterno e invisible que en Cristo se ha hecho visible y accesible a todos nosotros. En su compañía, siguiendo sus caminos, lo encontraremos como “el paracleto” (Jn 14,16), el consolador, el que siempre nos acompaña  y nos salva del nihilismo de un mundo sin alma para mostrarnos que “la vida es más que el alimento y el cuerpo que el vestido”. Que más allá de comer y beber, llorar y reír, nacer y morir, crecer y envejecer, hay un sentido profundo de la vida que Cristo nos ha descubierto y que llamamos Dios. En Él, y sólo en Él, el mundo y la vida reencuentran su sentido,

 

Enric Capo

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