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Juan Stam
«Estuve muerto,
pero ahora vivo por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del infierno»
(Ap 1.17)
La vida terrestre de Jesús comienza y termina con dos fenómenos sumamente humanos, bastante sorprendentes pero muy olvidados. Al inicio pasó nueve meses «internado» como feto en el vientre de su madre, hasta que a ella «se le cumplieron los meses» de su embarazo. Y hacia finales de su historia humana, fue «internado» en la madre tierra, como cualquier otro cadáver. Humanamente hablando, el «sábado santo» es el día en que Dios (el Hijo) estaba muerto. Ese día Jesús parecía ser un muerto más entre los cadáveres de Jerusalén.
El tiempo de los verbos de Apocalipsis 1:17 llaman la atención; desde nuestra experiencia humana tendríamos que decir que parecen estar equivocados. La experiencia humana, aparte de la fe, nos obligaría a decir, «Estuve vivo pero ahora estoy muerto por los siglos de los siglos». Pero la resurrección invirtió los tiempos verbales, y Cristo puede decir «estuve muerto» (tiempo pasado, una realidad superada) y «ahora vivo» (tiempo presente) «por los siglos de los siglos» (futuro sin fin).
¡Cristo es el muerto que por su muerte mató a la muerte para siempre!
Me permito agregar un pasaje de Profecía bíblica y la misión de la iglesia:
La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 P. 3:15). ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra? ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?

1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado. Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe. Creer es esperar; si no espero, realmente no creo. Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire. Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..
Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch. Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro. Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar? Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica,(1) entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión. La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.
Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza. Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”. Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero tambíen había resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar. Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo. Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.
Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Rm 4:18) sigue esperando. No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza. Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos. Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse. A la luz de la resurrección, todo es posible.

Porque él vive, yo no temo el mañana,
Porque él vive, el temor se fue,
Porque yo sé que el futuro es suyo,
Y que vale la pena vivir,
Porque él vive en mí.

Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, ahora en “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la.postmodernidad. Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”. Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más. Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusinados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad. Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.
2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo. El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental. La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser. Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne. La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros. La carne no es de avergonizarse, sino de darle gracias a Dios.
La resurrección nos llama a ser humanos. Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluída nuestra realidad física. Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.” A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros. Y volverá en cuerpo visible. Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.
3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte. Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguentes palabras bellas:
La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano… [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver. El cristianno conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.(2)
El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte…y muerte de cruz.
En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que » ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella»(3)  Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra «muerte». Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14). La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55). Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.
¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte! Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:
a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad. Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella. Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesus dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21). En Cristo el morir es también un acto libre. Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás. Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa. La muerte se ha convertido en libertad.
b). Cristo tran sformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC. Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo). La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final. Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos. La muerte ahora es la coronación de la vida. Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11). En Cristo la futilidad se tornó plenitud. Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:

Cuando me llames
Concédeme,Señor, cuando me llames
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también, Señor, cuando me llames,
concédeme que todavía tenga
firme el paso, la vista despejada,
y puesta aun la mano en la mancera.
Yo sé muy bien que cuando al cabo falte
mi mano aquí, tu sabia providencia
otras manos dará, para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.

c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57). Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás. Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya. Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús. Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor! ¡Jesus es Vencedor!”(4)  Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
Te alzaste pujante, Lleno de poder,
Mas que el sol radiante Al amanecer.
Gozo, alegría, Reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día Muestra su poder…
Angeles cantando Himnos al Señor
Vanle aclamando Como vencedor.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!

d). De pérdida en ganancia. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21).. Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor. Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir. Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad. Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder. Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados. En Cristo, morir es ganancia.
Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele. No debemos engañarnos con un falso optimismo Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos. Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:

Tesoro incomparable, Jesus amigo fiel,
Refugio del que huye del adversario cruel…
Sin tu influencia santa, la vida es un morir;
Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.

e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio. La muerte no es el acabóse sino el comenzóse, como diría Mafalda. Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apoc 21:1s). Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo. Por eso también la muerte misma es un nuevo principio. Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida. Así Cristo ha transformado el sentido de la muerte.
Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice quue en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”. Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos. No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes».
En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido, muy admirado y muy admirable. Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia. Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto. Pero al fin salió el secretaroio del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”
Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53. Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre. Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo. “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.
Notas:
(1) Ver más al respecto en el último capítulo de este libro, sobre el fin del mundo.
(2) Sacramentum Mundi 4:818.
(3) Theological Wordbook p.60.
(4) Ver Gustaf Aulen, Christus Victor (1931).

Sobre el autor: 
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

http://www.elblogdebernabe.com


Por: Juan Stam

5. El séptimo sello (8:1-5):

 

Silencio en el Cielo

1Cuando el Cordero rompió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo como por media hora. 2Y vi a los siete ángeles que están de pie delante de Dios, a los cuales se les dieron siete trompetas.

3Se acercó otro ángel y se puso de pie frente al altar. Tenía un incensario de oro, y se le entregó mucho incienso para ofrecerlo, junto con las oraciones de todo el pueblo de Dios, sobre el altar de oro que está delante del trono. 4Y junto con esas oraciones, subió el humo del incienso desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios.

5Luego el ángel tomó el incensario y lo llenó con brasas del altar, las cuales arrojó sobre la tierra; y se produjeron truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto.

Primero, usemos la imaginación: Esta escena es tan sencilla y a la vez tan dramática que es fácil visualizarla: cuando el Cordero abre el último sello, Juan se sorprende grandemente a descubrir que de repente todo el cielo se ha callado en un profundo silencio.Todo el ruido terminó; nadie se mueve y no pasa nada por media hora. Juan ve el trono de Dios, y frente al trono el pequeño altar de incienso, cuyo oro refleja el esplendor del rostro del Señor. Ante Dios están los siete ángeles de la presencia, que conocemos como los arcángeles. En medio del silencio, sin explicación alguna, se le da una trompeta a cada arcángel.

Un poco después, sin decir palabra, aparece atrás otro ángel (no uno de los grandes) con una bandeja de oro en su mano. Silenciosamente abre camino hacia el altar. Con gran solemnidad ofrece sobre el altar el incienso de nuestras oraciones, y todo el cielo (incluso Dios) olfatea el exquisito perfume que llena la corte celestial. Pasa un tiempo, y este anónimo ángel vuelve a llenar su bandeja de carbones encendidos, los lleva solemnemente afuera al parapeto del cielo, y los tira a la tierra. Suenan truenos y voces; ha terminado la media hora y se rompe el silencio.[1]

Y ahora, analicemos: Con Apocalipsis 8:1, después del largo interludio del cap. 7, Juan vuelve a la ya conocida fórmula de abrir los sellos (8:1; cf. 6:1,3,5,7,9,12). Con la misma fórmula[2] los primeros sellos habían soltado a los cuatro jinetes y el sexto había introducido catástrofes de aumentada severidad escatológica, pero en seguida unos ángeles detuvieron temporalmente los vientos de juicio (7:1-3). Con el último sello, y con la expectativa intensificada por el suspenso de la demora del cap. 7, esperaríamos con la apertura del rollo tan importante (cf. 5:1-4) el desenlace final de la historia, con acontecimientos aun más dramáticos que los de 6:12-17.

Pero no pasa nada de eso. Con la apertura del séptimo sello, lo único que pasa es…¡silencio! ¡Otra sorpresa! Y sorprende tanto más porque hasta ahora el Apocalipsis ha sido un libro muy ruidoso. Truenos y voces procedían del trono; vivientes y ancianos unían sus voces con millares de millares de ángeles (5:11-12; 7:10-12). Un ángel fuerte clamaba a voz en cuello (5:3); los mártires también «gritaban a gran voz» (6:10). Pero ahora, de repente, un misterioso silencio hace callar hasta a los truenos que procedían del trono. De repente todo sonido termina y toda la acción, hasta ahora tan acelerada, se paraliza.

Aunque el último sello ahora se rompe, no se dice nada del libro ya abierto ni se procede a leerlo, como esperaba Juan tan ansiosamente (5:4). Como si no bastara la doble pausa del cap. 7, el último sello parece ser otra demora anti-climáctica. Pero en medio del prolongado silencio, ocurre una doble acción sencilla y callada: primero se les entregan siete trompetas a los siete ángeles que están delante de Dios, y en el silencio entre la entrega de las trompetas (8:2) y el  tocarlas (8:6), otro ángel ofrece incienso sobre el altar de oro (8:3-5). Recibidas las oraciones ante Dios, suenan las trompetas y comienzan los juicios.[3]

En vez de un melodramático fin del mundo, estilo Hollywood, el séptimo sello resulta ser el bien ordenado inicio de una nueva serie de juicios. Las trompetas entregadas en medio del silencio del séptimo sello serán los instrumentos del próximo septenario de acción divina (8:6-11:19). Eso nos muestra que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas, y la tocada de la séptima trompeta será por eso el fin también del séptimo sello. La media hora de silencio, como una especie de entreacto, es a la vez la última apertura de sellos y el preludio de las trompetas que siguen.[4]

La media hora de silencio, paradójicamente, ha provocado muchos miles de palabras eruditas para explicar su significado.[5] De 8:3-5 es evidente que el silencio tiene que ver sobre todo con la presentación de las oraciones de los fieles. Dios da tanta importancia a las plegarias que vienen llegando de la tierra que hace callar a todas las multitudes celestiales. Charles (1920 I:223) y otros remiten a una tradición rabínica (Hagigah 12b) según la cual los ángeles del quinto cielo «cantan alabanzas de noche, pero se callan de día por causa de la gloria de Israel» (i.e, por las oraciones de Israel).[6] Charles agrega:

Las alabanzas de los rangos más altos de ángeles del cielo se callan para que se escuchen ante el trono las oraciones de todos los santos que sufren en la tierra. Las necesidades de ellos son más importantes para Dios que toda la salmodia del cielo (1920 I:224).

Es más difícil explicar por qué este silencio, lleno de oración, se describe «como por media hora» (8:1). Se podría sospechar alguna correlación con otras «mitades» del libro: la «media semana» de años (11:2-3; 12:6,14; 13:5)[7] y de los «tres días y medio» de los dos testigos (11:9,11). La carta a Esmirna describe una persecución de 10 días (2:10), y la tortura por las langostas dura cinco meses (9:5,10). Muchos comentaristas han sugerido que los números irregulares o truncados (fracciones) señalan crisis o peligro.[8]

Aunque esa observación puede ser válida, hay otro factor que explica mejor esta frase. Apocalipsis  8:1-5 parece basarse en el ritual del sacrificio diario en el templo de Jerusalén.[9] Cada mañana al amanecer, después de inmolar al cordero pero antes de sacrificarlo sobre el altar de holocaustos, un sacerdote tomaba carbones de dicho altar y los llevaba solemnemente al altar de incienso dentro del lugar santo.[10] Después tomaba el incienso y lo echaba sobre los carbones. Mientras se quemaba el incienso y todo se llenaba de perfume, los sacerdotes oraban, probablemente en total silencio (Ex 30:34-36; m.Tamid 5.1-6; TAdán 1.12; Aune 1998:508; Wick 1998:512-514) y el pueblo también oraba afuera (Lc 1:10). Como indica Bauckham (1993A:82), ese ritual bien hubiera durado más o menos una media hora (hôs hêmiôrion).

Los siete ángeles de la Presencia (8:2). Lo primero que Juan observa dentro del silencio es la presencia de los siete ángeles que están en pie ante Dios. Aunque no se habían mencionado en los anteriores cultos celestiales, ni Juan los había visto antes, son presentados con artículo definido como el conocido grupo de «los ángeles de la presencia» (cf. Is 63:9; Jub 1:27,29; 2:1-2,  18). Eso significaba que ocupaban el puesto más próximo de Dios, y atendía al Señor en todo momento para ejecutar sus designios (cf. 1 R 17:1; Lc 1:19).[11] Los conocemos más comunmente como los siete arcángeles.

La Biblia nunca menciona al grupo de arcángeles como tal, aunque sí nombra a Miguel (Dn 10:13; 12:1) y a Gabriel (Dn 8:16; 9:21; Lc 1:19,26). Tobías 12:15 (c.200 a.C.) nombra a Rafael como «uno de los sietes ángeles que están siempre presentes y tienen entrada a la Gloria del Señor» (BJ).  En 1 Enoc 20 se llaman «los santos ángeles que vigilan» y se nombran: Uriel (Luz de Dios), Rafael (Dios cura), Ragüel (Deseo de Dios), Miguel (Quién como Dios), Saraqael (príncipe de Dios), Gabriel (Varón de Dios) y Remeiel (trueno de Dios).[12] En la tradición judía, una de las funciones principales de los arcángeles era la de llevar las oraciones a la presencia de Dios (1 En 9:1-3; 47:1-2; 99:3; 3 Bar 11:1-9; 14:2; TLevi 3:7).

Sin embargo, en Apocalipsis 8 los arcángeles desempeñan otro papel, simbolizado por las trompetas, y «otro ángel» asumirá el alto privilegio de de presentar las oraciones. En el judaismo la trompeta tenía muchas funciones muy importantes: según Números 10:1-10 servía para convocar al pueblo o a los líderes, movilizarles para la marcha, dar alarma de un ataque enemigo, y para celebrar días festivos.  Especialmente pertinente respecto a nuestro pasaje es que las trompetas se tocaban al final de los sacrificios diarios en el templo (Nm 10:10; Caird 1966:109) y con las oraciones litúrgicas (1 Mac 4:40).  A partir del tratado «Tamid» del Mischná, Sweet (1979:159) sugiere un paralelismo básico entre Apocalipsis 8 y el ritual matutino del templo: después del holocausto del cordero (Ap 5:6) se derrama la sangra a la base del altar (6:9) y se presenta el incienso en medio de silencio y oración (8:1-4) y al final tocan trompetas (8:6).[13]

El significado escatológico de la trompeta era especialmente importante. Trompetas anunciarán el juicio divino (Jl 2:1; Sof 1:14-16; OrSib 4:173-174); al son de la trompeta Dios reunuirá a su pueblo (Is 27:12-13; Mt 24:31; ApAbr 31:1-2; PssSal 11:1; Mt 24:31),[14] incluso a los muertos que resucitarán para unirse a la asamblea (1Ts 4:16; 1 Co 15:52; 2 Esd 6:22-26). Trompetas también anunciarán la llegada del reino (Lèqach tob a Nm 24:17; StrB 1:960; 1Ts 4:16; Ap 11:15).[15]

En cuanto al conjunto de siete trompetas, el antecedente más obvio es la conquista de Jericó (Jos 6).[16] El ataque a Jericó, muy similar a los sellos y trompetas del Apocalipsis, también fue un siete dentro de otro siete: por seis días siete sacerdotes tocando siete trompetas rodearon la ciudad (Jos 6:3-4), llevando consigo el altar; el séptimo día la circumambularon con trompetazos siete veces (6:15). Otros paralelos de este septenario con Jericó pueden verse en las grandes voces (Jos 6:16; Ap 11:15); caída de la décima parte de la ciudad (Ap 11:13;  Jos 6:20); y la aparición del arca (Ap 11:19). Caird (1966:108) infiere de estos paralelos que Juan podría haber estado pensando en este relato del AT al escribir Ap 8-11.

Otra sentena de trompetas tenía que ver con la Luna Nueva del mes Tishri, conocido después como fiesta de trompetas y como año nuevo.[17] Como era el séptimo mes del año, y la Luna Nueva de cada mes anterior se celebraba también tocando trompetas (Nm 10:10; Sal 81:3), en conjunto constituían un ciclo de siete trompetazos culminando en los siete del mes Tishri (otro “siete dentro de un siete”). Se celebraba con griteríos y trompetas,[18] y representaba el día de juicio para los pecados del año. Por eso la tocada de trompeta de Luna Nueva de cada uno de los seis meses anteriores se consideraba un anticipo de la del séptimo mes, con sentido de un «mini-juicio» anticipado y una amonestación, hasta la séptima trompeta en el mes de Tishri. El consecuente arrepentimieto debía prepararles para el día de las expiaciones que se realizaba el 10 de Tishri.[19] Entonces el resultado del arrepentimiento sincero será una nueva creación: «Arrepentíos en estos veinte días entre Rosh ha-Shanah y Yom Kippur, y…crearé en ti una nueva creación» (Peskita Rabbati 169a; cf. Jer. Rosh ha-Shanah 59c; Moore 1971 I:533).

Es obvio que la colocación de siete trompetas en las manos de los siete arcángeles (8:2) llevaba una fuerte carga de sentido escatológico. Es más: aquí todo se conjuga para aumentar la tensión del relato. Al abrir la escena los arcángeles no tienen trompetas; el solemne acto de repartirlas, en medio del profundo silencio, da portentos de graves juicios por venir. La expectativa y el asombro aumentan, cuando después de recibir las trompetas, los arcángeles no proceden a tocarlas como sería de esperar. En ese momento de alta emoción, sin romper el tenso silencio, una novedad interrumpe el curso del relato.

El otro ángel (8:3-5). Aunque normalmente era función de los arcángeles entregar las oraciones a Dios, en este relato a ellos les corresponden las trompetas de juicio y le toca a un anónimo octavo ángel[20] ofrecer el incienso de oración sobre el altar de oro.[21] Según ciertas tradiciones rabínicas un ángel (normalmente un arcángel) esperaba en las ventanas inferiores de los cielos para recibir las oraciones de los fieles y llevarlos ante Dios.[22] Ahora este «otro ángel», un relativo «don nadie» en la corte celestial, recibe las oraciones y viene abriendo camino hacia el altar. Será el liturgista sacerdotal para la presentación del incienso. Apenas aparece y es el personaje central de este drama celestial, no por alguna autoridad propia suya sino porque lleva nuestras oraciones.

Para su oficio litúrgico, este ángel (igual que los sacerdotes del sacrificio diario) tiene un incensario de oro para llevar los carbones y el incienso.[23] En su incensario trae las oraciones que había recibido de la tierra, y al llegar al altar se le da mucho incienso «para ofrecerlo, junto con las oraciones de todo el pueblo de Dios» (8:3).[24] Aunque el griego de esta frase no es del todo claro, la interpretación más probable es que al incienso que traía el ángel en su incensario (nuestras oraciones) se agrega otro incienso celestial para ofrecerlos juntos sobre el altar.[25] En ese caso aquí nuevamente se unen tierra y cielo, ahora en oración como antes en adoración (ver arriba 7:11-12).

En el templo de Jerusalén el altar de incienso estaba en el lugar santo directamente frente a la cortina que entraba al lugar santísimo. Detrás de la cortina estaba el arca de la alianza, donde Yahvé se sentaba invisiblemente entre los querubines. Por eso el arca se consideraba también el «trono» de Dios[26] y el altar estaba “ante el trono”. Cuando el sacerdote quemaba la ofrenda de incienso, el humo fragante pasaba la cortina y entraba directamente a la presencia de Dios en su trono, el arca. Ahora, en el templo celestial, no hay cortina, el lugar santísimo está abierto, y «el humo del incienso subió desde la mano del ángel hasta la presencia de Dios» (8:4, cf, 11:19).

Nuevamente Juan nos sorprende, un poco escandalosamente, con una acción chocantemente contraria al sentido del sacrificio de incienso (Bauckham 1993A:82). El ángel llena su incensario con los mismos carbones que acababan de llenar el cielo con la fragancia del incienso, los lleva solemnemente hacia un parapeto del cielo, y los lanza vehementemente a la tierra (8:5a). En seguida termina la media hora de silencio con una explosión de fuertes ruidos: truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto.

Ford (1975:135) señala cuatro grandes sorpresas en este relato: (1) del trono y altar, de donde se espera misericordia y perdón, ahora procede ira; (2) el incienso, «olor grato» por naturaleza, resulta ser instrumento de castigo; (3) las trompetas, típicamente instrumentos de alabanza y gozo, ahora traen ayes y desastres; (4) esta liturgia, celebrada en el mismo cielo, termina trayendo destrucción en vez de vida.

La acción de esparcir carbones, aunque no como parte del sacrificio de incienso, tiene un antecedente en Ezequiel 10:2. Desde su exilio en Babilonia, en el año 592 a.C. (Ez 8:1), Ezequiel es llevado en visión a Jerusalén para ver el juicio de Dios sobre el templo de Jerusalén. Seis hombres vienen armados a castigar a los idólatras, pero un séptimo, vestido de lino, lleva un tintero para marcar para salvación a «los que sienten tristeza y pesar» por las abominaciones del pueblo (9:2-4; cf. Ap 7:2-8). Entonces Dios manda al hombre vestido de lino esparcir sobre Jerusalem un puñado de brasas encendidas (Ez 10:2). Uno de los querubines toma en su mano algo del fuego que estaba entre ellos y se lo da al hombre vestido de lino para lanzarlo en juicio sobre la ciudad. Aunque las circunstancias son muy diferentes, Juan supo utilizar el símbolo de los carbones ardientes de ira divina para culminar magistralmente este mensaje sobre oración y juicio.

El resultado de la última acción es cuádruple: truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto (8:5b). Esta significativa fórmula amplía la descripción del trono en la visión del cielo: «del trono salían relámpagos, estruendos y truenos» (4:5; ver comentario). Ahí la frase se derivó del relato del éxodo (Ex 19:16-19), con ecos secundarios de la teofanía de Ez 1:4,13. Esa fórmula inicial se va a repetir con el último elemento de cada septenario, pero ampliada cada vez:

8:5:      truenos         estruendos    relámpagos..terremoto

11:19:  relámpagos   estruendos    truenos        terremoto               granizada[27]

16:18   relámpagos   estruendos    truenos       violento terremoto  granizos

como nunca antes etc

Llama la atención que esta secuencia ocurre cada vez con el séptimo elemento. Bauckham (1993A:8-7,202-203), quien ha hecho el análisis más detallado de esta fórmula, saca dos conclusiones: (1) esta fórmula progresivamente creciente conecta el final de cada septenario con la visión inicial del trono (Ap 4-5); (2) la fórmula conecta entre sí a los tres séptimos elementos (sello, trompeta y copa), indicando que en cada uno se trata del mismo juicio visto desde distintos ángulos.[28] El séptimo sello (con el sexto) introduce la dimensión escatológica e interpreta el fin como ira del Cordero (6:17), la séptima trompeta como reino de Dios, y la séptima copa como caída de la gran Babilonia.

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Busquemos a Dios

en los silencios y los descansos

de la vida

El Apocalipsis es un libro sumamente activo, explosivo de energía, y muy ruidoso. Sin embargo, mantiene un ritmo de tensión creciente y descansos periódicos, estruendos y silencios, acción y pausas, alternándose continuamente.[29] De hecho esa tensión caracteriza, y debe caracterizar, nuestra vida. Sin descansos para orar y reflexionar, el activisimo se vuelve irreflexivo e ineficaz; sin la práctica de la fe, la meditación se queda esteril y el descanso termina en letargo y entropía. En los silencios la voluntad de Dios se nos hace clara,[30] y en la acción la llevamos al plano de la obediencia.

El tema bíblico del descanso comienza con el primer relato de la creación: Dios trabajó seis días y el séptimo día descansó (Gen 2:1-4a).[31] Por eso, según Ruiz de la Peña (1986:45), «el descanso pertenece a la constitución misma de la realidad creada». El séptimo día no fue un apéndice o un adorno sino un elemento esencial y climáctico de la obra divina. Dios culminó su acción creadora en el séptimo día, y al bendecirlo, bendijo a toda la creación de los siete días. Como el desanso divino bendijo y santificó los seis días de obra creadora, nuestro descanso sabático debe bendecir y santificar también toda la labor nuestra (Kittel VII:4).

Esteban Voth (1992:62) resume muy bien el significado de este descanso divino:

Esta proclamación primeramente declara que Dios puede descansar, puede hacer una pausa. Dios no llega al final de su incomparable obra tensionado, fatigado y agotado. A diferencia de los dioses babilónicos, Dios concluye en paz y con serenidad. El está seguro de lo que ha logrado, y con tranquilidad detiene su actividad creadora. La conducta de Dios es entonces una invitación a que adquiramos la perspectiva de Dios y dejemos de pensar que la vida depende de nuestra actividad frenética. El mundo está seguro en manos de Dios, y no se desintegrará simplemente porque hagamos una pausa.

Según Ex 20:8-11, el pueblo de Dios debía unirse al descanso de Dios cada séptimo día de la semana. Era el ShaBBâT, el día de cesación, de descanso. Para Israel, el séptimo día debía liberarlos de la rutina laboral para transformar el trabajo en creatividad, a la imagen y semejanza del Dios Creador. Abría un espacio festivo para celebrar la creación de Dios juntos con el Creador mismo. Por eso el séptimo día es un tiempo de gozo y descanso para el pueblo, para todos los animales y para la tierra misma (Ex 20:10; 23:12; 34:21; Is 58:13; Os 2:11).

El descanso sabatino se proyectó, a partir de la creación, en otros septenarios festivos de descanso, especialmente el Pentecostés, el año sabático y el jubileo. Al día cincuenta después de la pascua (el día que seguía al séptimo sábado), se celebraba la fiesta de semanas, el Pentecostés. Con gran gozo daban gracias a Dios por la cosecha, presentaban ofrendas, y cesaban de todo trabajo pesado (Lv 23:21; Nm 28:26). Después, cada séptimo año había de ser el «descanso de la tierra», dejando la tierra en barbecho y cesando de toda labor agrícola durante el año entero (Ex 23:10-11; Lv 25:2-7; Neh 10:32).[32] Era un verdadero «sabático» no sólo para la gente sino también para la tierra y los animales. Y finalmente, después de siete años sabáticos (49 años), el año siguiente debía ser el «Jubileo del Señor» (Lv 25:8-10). Nuevamente, por segundo año consecutivo, se descansa de la labor agrícola y se deja a la tierra descansar (Lv 25:11,20-22).[33] En general, llama poderosamente la atención el alto número de fiestas y días azuetos en la vida del pueblo de Israel.

En algunos pasajes la esperanza escatológica se expresa también como fiesta sabática (sábado, año sabático, Jubileo). Durante el exilio, las visiones del retorno a la tierra tendían a tomar dimensiones escatológicas (Is 35; 43:19-20; 51:3,6-8; Stam 1995:32-37). Isaías 35 describe el júbilo festivo del retorno (35:1-2,10; cf. 51:11) e incorpora lenguaje del Jubileo: Dios fortalecerá a los débiles y cansados, los ciegos verán, los sordos oirán, los cojos saltarán, los mudos gritarán (35:32-6; cf. Is 42:7,16; 61:1-2; Lc 4:18-19; 7:22; Mt 11:5). También en la descripción de la nueva creación se destaca la celebración fiel del sábado y la nueva luna por todas las naciones (Is 66:23; cf. Ez 45:16-17; 46:1-4,12). En términos más amplios, la esperanza escatológica se describe como un pacto de paz (Is 54:10; Ez 34:25; 37:26) y una promesa de descanso y quietud (Is 32:17; 14:3-7; 35:15-18; 33:20-21). Según McCann «varios escritos apocalípticos judíos y cristianos y del judaísmo rabínico describen la edad venidera como un sábado perpetuo» (ISBE IV:252).

La interpretación escatológica del sábado aparece también en Hebreos 3:7 — 4.11. En una relectura del Salmo 95:7-11, el autor exhorta seriamente a los lectores a no endurecer sus corazones y perder entrar en el descanso de Dios, como pasó con la generación de Moisés (3:11,18). Tampoco la generación de Josué entró en el verdadero reposo de Dios cuando ocuparon la tierra de Canaán (4:6,8). La exhortación de David en el Salmo 95 demuestra que la oferta sigue abierta (4:1). Los que responden a la Palabra de Dios en Cristo entran en el mismo reposo del Creador y, como Dios mismo, descansan de sus obras (4:3,10); es el idéntico «reposo especial» (sabatismos 4:9) con que Dios «descansó y fue refrescado» el séptimo día (Ex 31:17; Lohse KITTEL VII:5).

El descanso y el silencio deben ser integrales a los ritmos de nuestra vida cristiana. Tenemos que aprender a callarnos ante el Señor (Hab 2:20; Sof 1:7; Zac 2:17); sólo entonces podremos escuchar, como Elías, el “silbo apacible y delicado» del susurro divino (1 R 19:12).[34] En esto Jesús es nuestro ejemplo. De los evangelios queda claro que vivía sumamente ocupado y atareado (Mr 3:20-21; 6:31); su agenda de actividades no le dejaba mucho tiempo libre ni mucha soledad. Por eso él programaba conscientemente tiempos de descanso y silencio para estar a solas con Dios, para orar, y para buscar la voluntad del Padre (Mr 1:35; 6:46-47; 14:32-42; Mt 14:22-25; 26:36-46; Lc 4:42; 6:12-13; 11:1-2; 22:39-46).

Los grandes místicos han insistido en la importancia indispensable de quietud espiritual para la vida contemplativa (Santa Teresa, San Juan de la Cruz y muchos/as más). Thomas Merton (1961:108,117), el místico trapense, afirma que «la verdad surge del silencio del ser a la tremenda presencia quieta de la Palabra. Después, hundiéndose de nuevo en el silencio, la verdad de palabras nos hunde de nuevo en el silencio de Dios…Entonces mi vida entera se vuelve oración, mi silencio entero se llena de oración» (¡un eco muy interesante de Apocalipsis 8:1-5!).

Hoy más que nunca, cuando la gente tiene más tiempo libre pero menos descanso y tranquilidad, nos llega la exhortación de Dios: «Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios» (Sal 46:10); «esténse quietos y verán cómo el Señor los librará» (2 Cr 20:17 DHH). En la serenidad y la confianza está su fuerza» (Is 30:15). Tenemos que aprender a guardar silencio ante Dios y esperar en él (Sal 37:7; Dt 27:9)

El silencio tiene que ser un elemento central también en la adoración. En años recientes nuestros cultos se han vuelto cada vez más bulliciosos, lo cual puede ser el fervor de auténtica adoración pero también puede ser nuestro equivalente evangélico de los gritos y saltos de los profetas de Baal (1 R 18:27).[35] En cualquier caso, lo que es muy preocupante es la casi total ausencia de silencio en muchas celebraciones de “adoración”. Dios nos habla especialmente en el silencio. Muchas veces es nuestra propia “bulla sagrada”que no nos permite escucharle; la voz divina se ahoga en el mucho ruido de nuestros intentos de obligar su presencia por la fuerza de nuestro propio clamar.

Cuando nosotros oramos Dios se complace,

todos los ángeles se callan,

y el cielo entero huele a perfume

El análisis de este pasaje, y sobre todo la visualización de su pequeño y sencillo drama, deja muy clara la razón de la media hora de silencio en el cielo: nuestra oración es tan importante que hasta los arcángeles tienen que callarse.[36] Cuando oramos, todo el cielo se concentra totalmente en nuestra oración. No podría haber una forma más enfática de impresionar a los fieles con el valor incalculable de sus oraciones y la necesidad de perseverar en la intercesión. Este episodio nos enseña que vale la pena seguir orando sin cesar.

Cuando los mártires en el cielo clamaban ante Dios, recibieron una pronta respuesta (6:10-11). Pero cuando los fieles oraban desde la tierra, la respuesta divina no se dejaba ver. Más bien, la situación parecía empeorarse. Fácilmente podrían pensar que al orar estaban perdiendo el tiempo. A esa inquietud de ellos y su probable frustración en la oración– y la nuestra – Dios da la más convincente respuesta imaginable. Es como si Dios nos enviara un “clip”de “video”y nos dijera: “cuando ustedes oran no les parece que pasa nada…¡pero miren lo que pasa en el cielo cuando llegan sus oraciones!”

Este callar del cielo cuando el pueblo de Dios ora y adora aparece también en la literatura rabínica. Según Génesis Rabbah 65.21 “la voz de Jacob [i.e. de todo el pueblo de Israel] es la voz que silencia a todos los seres celestiales y terrestres”[37] Un texto Hekhalot* también describe a los ángeles deseando decir su liturgia (su Trishagion, cf. Ap 4:8) pero silenciados por Dios porque quiere escuchar primero las oraciones de su pueblo:

Felices son Israel, porque son amados ante el Omnipresente más que los ángeles ministrantes. Pues éstos, cuando buscan cantar y alabar arriba rodean el trono de gloria como montaña sobre montaña de fuego…pero el Santo, bendito sea, les dice: “Cállense todos los ángeles, todos los serafines, todo ser viviente, y toda rueda que yo he creado, hasta que yo oiga y escuche primero a todos los cánticos, alabanzas y dulces salmos de Israel”.[38]

Es común en las escrituras que la oración se asocia con el incienso (ver 5:8; Sal 141:2; Lc 1:9-10; cf. Sab 18:21). Se comparaba al incienso porque complace a Dios; nuestas oraciones “llenas de aroma” (Ap 5:8 NBE) son del supremo agrado del Señor quien olfatea con deleite su fragancia.[39] La comparación con el incienso parece aplicarse también porque la oración se veía como una ofrenda o un sacrificio (Sal 141:2: Os 14:2 BJ, NBE; Heb 13:15/Sal 69:30-31; 1 P 2:5,9. Ofrenda de incienso y oración se asocian en Lc 1:9-10).

El asenso del incienso como olor grato ante Dios es señal segura de la aceptación de la oración por el Señor (Gn 9:21; Kiddle 1940:146; Swete 1951:108; Ladd 1974A:111). El olor grato indica que el sacrificio de oración complace a Dios (Lv 16:12-13; Prv 15:8;  1Cr 29:17; Ps 17:1).No queda lugar para ninguna duda sobre la favorable recepción divina de nuestras plegarias. Es el equivalente simbólico de las palabras del ángel a Cornelio: “Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios” (Hch 10:4 BJ). Así el séptimo sello nos enseña tanto la inmensa importancia de la oración como también su segura eficacia.

La historia pertenece

a los intercesores[40]

Ya hemos señalado que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas, repartidas durante la media hora de silencio (8:2) pero tocadas sólo después de haber sido recibidas las oraciones de los santos (8:6). Por eso, como hemos observado, la séptima trompeta constituye también el final del séptimo sello. Significa también que todos los contenidos de las siete trompetas son específicamente respuesta a la oración de los santos (8:3-5).

Llama poderosamente la atención que el Apocalipsis introduzca, precisamente en el punto climáctico del séptimo sello, no el fin dramático del mundo sino un silencio lleno de intercesión. Hasta este momento la participación humana en el drama había sido mínima, para no decir nula.[41] Pero es como si Dios parara todo ahora y dijera: “No quiero seguir sólo en todo esto. Tienen que participar también mis hijas e hijos en la tierra”.[42] En palabras de Ronald Goetz, “Dios gobierna al mundo en constante consulta con los que oran” (Christian Century, enero 29, 1997, p.98). La oración es la forma en que los creyentes colaboramos con Dios y participamos en el desenlace de la historia. ¡Nuestra oración hace historia!

En el libro del Apocalipsis se destacan dos cosas nuestras que llegan ante la presencia de Dios. En primero lugar, nuestras oraciones llegan al trono como incienso (5:5; 8:4). Y también, según 19:8 “el lino fino [del vestido de bodas de la esposa del Cordero] son las acciones justas de los santos”. Con nuestras oraciones despachamos incienso al cielo; con nuestra vida santa y nuestra práctica de la justicia enviamos lino fino a las manos del divino Tejedor para el hermoso vestido de su novia. “A Dios orando (incienso), y con el mazo dando (justicia)”.[43] Con oración y justicia vamos también haciendo la historia.

La respuesta específica a la oración de los santos son las siete trompetas. Seis de ellas son terribles juicios; parecen cada vez peores, llegando a la pesadilla de langostas torturadoras (9:1-9) y los feroces caballos dragones (9:15-19). Pero la séptima trompeta (11:15-19) es totalmente distinta. Con ésa se anuncia jubilosamente la llegada del reino de Dios:

El reino del mundo ha pasado a ser de nuestros Señor

y de su Cristo,

y él reinará por los siglos de los siglos…

Señor Dios poderoso,

que eres y que eras,

te damos gracias porque has tomado tu gran poder

y has comenzado a reinar…[44]

Podemos notar aquí un paralelo invertido con los siete sellos y una simetría muy significativa en la estructura literaria de los sellos y trompetas. Hemos afirmado que el primer jinete, sobre el caballo blanco, se entiende mejor como el evangelio en su marcha triunfante por el mundo. Le siguen cinco sellos tétricos (guerra, hambre, pestilencias, persecución, juicios cósmicos), un paréntesis (cap. 7) y un silencio lleno de oración (8:1-4). El séptimo sello se desenvuelve en siete trompetazos, de los que los seis primeros son también desastrosos (8:7-9:21). Igual que con los sellos, se introduce un doble paréntesis entre las trompetas sexta y séptima (10:1 — 11:14). Y como el primer sello fue de bendición y vida, seguido por sellos de juicio y muerte (6:3-17), la séptima trompeta es también de vida y bendición, ahora antecedida por seis trompetas de horrendo juicio.

Si entendemos así la secuencia de sellos y trompetas, podemos ver dos conclusiones. Todo el proceso es una inclusio que comienza y termina con la victoria del reino de Dios (jinete blanco y séptima trompeta). Aquí también, el Cordero que ha vencido es Alfa y Omega. Y en segundo lugar, en el puro centro de la secuencia está — ¡la oración! En el momento decisivo del séptimo sello, aparece la intercesión de los fieles que por su oración y justicia van haciendo la historia junto con el que está sentado en el trono y el Cordero. La oración es como el pivote central sobre el que gira la historia y se mueve hacia el reino de Dios (11:15-19).

Muy bien comenta el teólogo escocés T. F. Torrance (1959:60):

“Más poderoso que todos los poderes oscuros y fuertes sueltos en el mundo, más poderoso que cualquier otra cosa, es el poder de la oración encendida por el fuego de Dios y echada a la tierra …Las oraciones de los santos y el fuego de Dios mueven todo el curso de la historia..La oración es la fuerza más revolucionaria que el mundo conoce”

O del holandés G. C. Berkouwer (1972:452-453), estas palabras de fe y esperanza:

La oración de los santos en el Apocalipsis activó inmediatamente un poder visible y audible sobre la tierra – “truenos, estruendos, relámpagos y un terremoto”. Así también nuestra oración, “Venga tu reino”, no es ningún monólogo balbuceante sino una oración que espera una respuesta. Cada vez que oramos el Padre nuestro debemos ir a pararnos ante la ventana de la esperanza.

[1]) Este pasaje tan bello se presta para la dramatización. Una silla puede representar el trono y alguna mesita (frente al trono) el altar de oro. Siete personas se paran en semicírculo ante el altar, y en total silencio se entrega una trompeta a cada una. Después, sorpresivamente, otro ángel entra atrás con una bandeja y avanza, sin palabra alguna, hasta el altar. Coloca el incienso sobre el altar, todos respiran profundo y todo el cielo se llena de fragancia. Después llena su bandeja de imaginarios carbones, sale afuera y los tira a la tierra. Suenan truenos y fuertes voces (un tremendo “¡boom!” sorpresivo, después del misterioso silencio, debe sorprender mucho a los presentes y despertar a cualquiera que se haya dormido), y el primer ángel toca su trompeta.

[2]) El griego de 8:1 tiene una pequeña variante de los paralelos anteriores, en que pone hotan con el aoristo indicativo en vez de hote, pero dicho cambio no parece afectar el sentido.

[3]) Algunos autores toman 8:3-5 como un agregado al pasaje, pero el texto como está tiene un sentido muy coherente y mucha fuerza dramática.

[4]) Eugene Peterson (1988:84) observa que en cualquier serie, los elementos más importantes son el primero y el último. En ese sentido, dice Peterson, los sellos comienzan con la victoria de Cristo (6:2), pasan por la oración (8:3-5) y terminan con el triunfo del reino del Señor (séptima trompeta, 11:15-19). De esa manera Juan, sin minimizar ni explicar el mal, lo «encierra» entre corchetes de la victoria del Cordero quien es Alfa y Omega.

[5]) Entre las muchas interpretaciones son: una simple técnica literaria para crear suspenso, un silencio litúrgico, descanso sabático, preaviso de una teofanía, asombro ante la gloria de Dios o los terribles juicios que vienen, silencio militar antes de la batalla, silencio antes de la nueva creación, y otras; cf. Wick (1998:512). Beale (1999:445-447) insiste correctamente que el séptimo sello no está vacío de contenido propio, pero parece subordinar el tema de la oración al del juicio, como contenido y sentido princiqpal de la media hora de silencio.

[6]) Caird (1966:106) y Bauckham (1993A:70-83) también apelan a este texto rabínico. Bauckham (p. 72) cita también Hekhalot Rabbati: cada mañana  Dios bendice a los JaYôT (seres vivientes que rodean su trono, Ez 1:5), pero en seguida les manda callar: «Que la voz de mis vivientes, que yo he creado, se calla ante mí; quiero oir y escuchar las oraciones de mis hijos [Israel]».  Según Midrash Rabbath, cuando Israel pronuncia la Schemá, los ángeles se callan hasta que se complete la adoración de Israel (Gen.R. 65.21). Bauckham cita muchos otros textos judíos similares.

[7]) Curiosamente, el Apocalipsis nunca describe este período como «tres años y medio» sino por varios equivalentes. Tampoco habla de siete años.

[8]) Ford 1975:130; Ellul 1977:70; Prigent 1981:130; Roloff 1993:102; Foulkes 1989:98. Se señala también un posible paralelo en Jos, GJ 6.5.3, que durante el sitio de Jerusalén una brillante luz resplandeció durante una media hora.

[9]) Bauckham (1993A:79-82) cita a M.Tamid 3.2; M.Yom 3.5; Filón Spec.Leg 1.171,275-276; cf. Ford (1975:136); Schürer (1979 II:292-294, 302-307). El incienso se ofrecía también cada noche, después del holocausto, de modo que los sacrificios del día iban entre el incienso que precedía al primer sacrificio en la mañana y el incienso que seguía al último sacrificio de la tarde. Por otra parte, Bauckham señala que no se usaba el incienso en el culto cristiano sino hasta el siglo cuatro.

[10]) El oficiante fue escogido por suertes entre los sacerdotes que no habían celebrado este ritual antes. Le acompañaban dos sacerdotes auxiliares.

[11]) En las cortes orientales, sólo los cortesanos más favorecidos y de mayor confianza podían estar en la presencia inmediata del soberano.

[12]) DíezM IV:56. La traducción de los nombres es discutible. Algunos mss de 1 Enoc añaden: «Y éstos son los siete nombres de los arcángeles» (cf. 2 Esd 4:36).  Otros textos hablan de sólo cuatro arcángeles (1 En 9:1; 40:2,9; 54:6; 71:8). El Apocalipsis no muestra ningún interés por sus nombres.

[13]) Las trompetas y los gritos tenían la función de acordarle a Dios de su pacto para que reciba el sacrificio (1QS 10.5) o para que libere a su pueblo (Nm 10:9-10; 1QM 10.7). Algunas trompetas en Qumran llevaban la inscripción, «recordatorio de venganza en el tiempo señalado de Dios» (NIDOTT I:1105; III:873). Según Gemara 16b las trumpets de Tishri se tocaban para confundir a Satanás (Caird 1966:108).

[14])  Cf. Schemone Esre, StrB I:95; Pesiq 154b, PesiqR 41, StrB I:960.

[15]) Sorprende lo poco que figuran las trompetas en este último aspecto en la literatura extra-bíblica.

[16]) Charlier (1993 I:29,193). También cuando David llevó el arca a Jerusalén le acompañaron siete trompetistas, cuyos nombres se mencionan en 1 Crónicas 15:24, y cuando Nehemías dedicó el muro de la ciudad siete sacerdotes tocaban trompeta (Neh 12:41).

[17]) El AT nunca nombra esta fiesta como tal, pero algunos pasajes aluden a su celebración (Lv 23:23-25; Nm 29:1-6); cf. Filón SpecLeg 1.35; 2.31.

[18]) Algunos autores afirman que se tocaban cien trompetazos en el día de Rosh ha-Shanah (Año Nuevo), Stern 1996:489. Se llama también «el día del clamor» (Maerten 1961:60-62).

[19]) Caird 1966:108; ISBE IV:924; Moore 1971 I:523,530; II:62-63; de Vaux 1985:636-637.

[20]) Es imposible que el título insignificante de «otro ángel» designara a Jesús como mediador celestial, como afirman algunos. Roloff (1993:107) observa que el “otro ángel” no era del grupo que estaba “de pie delante de Dios”; tuvo que “meterse” donde no le correspondía y asumir funciones que no eran suyas. Cf. también el “otro ángel», un quinto también “fuera de serie”, que retuvo los vientos de juicio en 7:1-3. Son los “agentes irregulares” que Dios usa, que no pertenecen a las jerarquías establecidas.

[21]) El altar de oro era pequeña, de unas 18 pulgadas cuadrado y 3 pies de altura (Ex 30:1-10), con una pequeña barandilla y cuatro cuernos en sus esquinas (Ap 9:13).

[22]) Bauckham 1993A:74; Moore 1971 I:524,530: Sanh 103a; JerSanh 28c; Peskita 156b; 162 a-b; Lev.R.30:3; Tg 2Cr 33:13; cf. 3 Bar 11:3-9; 1 En 9:1-11; 99.3.

[23]) La palabra griega traducida «incensario», libanôtos, normalmente significa «incienso» (1 Cr 9:29 Lxx; 1 Mac 1:22; 1 Esd 2:13), pero aquí el contexto y el agregado «de oro» demuestra que se refiere más bien al incensario. Según 1 R 7:50 (cf. 2 Cr 4:22; 1 Esd 2:13) en el templo se usaban «incensarios de oro purísimo», pero de bronce antes en el tabernáculo (Ex 27:3). Apocalipsis de Moisés 33 (gr.) afirma que al morir Adán, los ángeles con incensarios de oro intercedieron por él «y el humo del incienso cubrió el firamento» (DiezM II:334).Que nuestras oraciones sean entregadas sobre el altar de oro, con un incesario también de oro, igual que en el templo antiguo, subraya impresionantemente la importancia y la dignidad de nuestro sacerdocio intercesorio.

[24]) Aquí es muy probable que el pasivo impersonal señale a Dios como sujeto: Dios da a los arcángeles las trompetas y al otro ángel el incienso celestial para agregarlo a nuestras oraciones. En 5:8 las mismas oraciones humanas son el incienso. Aquí las oraciones no son sólo de los mártires (6:10) sino todos los fieles. Sobre el incienso ver comentario arriba para 5:8.

[25]) Algunos sugieren que aquí las oraciones humanas son los carbones encendidos en el incensario y el incienso es intercesión celestial o angelical (Ford 1975:131; Harrington 1993:104). En cambio, Bruce interpreta el dativo como hebraismo (Le de definición) y lo traduce «mucho incienso, que consiste en las oraciones de todos los santos» (Mounce 1977:182).

[26]) Ex 25:22; Nm 16:40; Prigent 1981:132; Aune 1998:512.

[27]) En 8:5 los truenos anteceden a los relámpagos, como en Ex 19:16 y como ocurre en una tempestad. Pero 11:19 y 16:18 siguen el orden de 4:5.

[28]) Bauckham usa una analogía de la fotografía: Juan llega a enfocar el juicio, después se acerca para una descripción más completa, como un «close-up».

[29]) Ya lo hemos visto en cap. 7, y ahora en 8:1-4. Nuevas pausas llegan en 8:13; 10:1-11:14 (despues de seis trompetas); 14:1-5 (después del dragón y las bestias), 15:1-4 (después de anuncios de juicios en 14:6-20, y antes de las copas de juicio), 18:1-19:10 (celebrando la caída de Babilonia), etc. Cf. Ec 3:7, «un tiempo para callar, y un tiempo para hablar» (aunque con un énfasis distinto).

[30]) El silencio era un tema central en la teología de San Ignacio de Antioquía. Dios se reveló por Jesucristo, “su hijo, que es Palabra suya que procedió del silencio” (Ign, Magn 8:2). A los efesios escribió: “Más vale callar y ser que hablar y no ser…El que de verdad posee la palabra de Jesús, puede también escuchar su silencio, a fin de ser perfecto” (Ign, Ef 15:1-2 Gr; cf. 6:1; Fil 1:1).

[31]) Es especialmente apropiado que sea precisamente el séptimo sello que introduzca el descanso en el ritmo de los septenarios. Según algunos escritos apocalípticos el silencio también precedía a la creacion (4 Esd 6:39; 7:30; 2 Bar 3:7; cf. Gn 1:2) y al éxodo (Sab 18:14-15: “cuando un sosegado silencio todo lo envolvía”) y precederá la nueva creación (4 Esd 7:30-31; 2 Bar 3:7). Hay una fuerza creadora y liberadora en el silencio.

[32]) El año sabático debía incluir también la liberación de todo israelita bajo servidumbre (Ex 21:2-11; Dt 15:12-18; Jer 34:8-17) y la condonación de todas las deudas contraídas durante los seis años anteriores (Dt 15:1-11).

[33]) Se discute hasta qué punto se practicaba el Jubileo, pero hay mucha evidencia bíblica de que era más que un ideal utópico (ver Stam 1998:90-95).

[34])  Los escritos de Qumran hablan también de “el sonido tranquilo del silencio” (GarcíaM 1993:444) donde “se oye la voz de un silencio divino” (445). Cuando los querubines se mueven, “hay una voz silenciosa de bendición en el tumulto de su movimiento” (445).

[35])  Cf. el brillantemente irónico comentaro musical sobre este versículo en el oratorio “Elías” de Mendelsohn.

[36]) No es necesario pensar, con R.H. Charles y otros, que Dios tiene que callar a todos para que pueda oir nuestras oraciones. El Señor no es sordo ni tiene problemas de oído. Hace callar a todos por la importancia suprema que tienen nuestras oraciones.para Dios.

[37]) Bauckham 1993A:73. Esta tradición apela, con típicos argumentos rabínicos, a Ez 1:24 (los seres vivientes cantaban con sus alas pero las bajaban cuando Israel oraba) y Job 38:7 (“las estrellas del alba” son Israel; los ángeles podían alabar a Dios en el cielo sólo después de alabarle Israel en la tierra).

[38]) Bauckham 1993A:74-75; los mismos textos de Hekhalot señalan que el ángel Shemu’el espera en las ventanas del cielo inferior para recibir las oraciones de Israel y llevarlas a la presencia de Dios en el cielo superior. Según Tg.Cantares (a Jos 10:12, “cállese sol”), cuando Josué recitó el quinto de los diez cánticos de las escrituras, su alabanza paró el sol y la luna por 36 horas (ellos dejaban de “recitar su cántico” ante el cántico de Josué).

[39]) La figura de “olor grato” corrige nuestra tentación de pensar en la oración como puramente verbal. Aquí, más que escuchar  la elocuencia o aparente fervor de nuestras plegarias, Dios las “olfatea” buscando el olor de autenticidad y sinceridad del corazón, esencia indispensable de la verdadera oración. Jenson y Olivier (NIDOTT III:1071) defienden la validez de este antropomorfismo (los sentidos de olfato y gusto o sabor no son más antropomórficos que vista, oído y tacto; cf. Nm 28:2) pues “el culto judío emplea todos los sentidos para construir una experiencia de Dios ricamente multimedia”.

[40]) Esta frase fue el tema de talleres por Walter y June Keeler-Wink en muchas partes de los EUA.

[41]) Significativamente, el único papel humano hasta el momento ha sido la oración de los mártires glorificados que describe el quinto sello (6:9-11).

[42]) Es conocida la expresión: “Sin Dios, nosotros no podemos hacerlo. Sin nosotros, Dios no quiere hacerlo”.

[43])  Cf. la conicida canción de protesta, “No basta orar”.

[44]) Estas palabras han inspirado grandes creaciones musicales, sobre todo el “Aleluya” del Mesias de Jorge Federico Haendel.

 


Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (II)

13 de febrero de 2011

Pensar en cómo tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal nos ayuda a seguir el ejemplo de los teólogos de liberación, con una cristología desde abajo que empieza con “la realidad de Jesús de Nazaret, su vida, su misión y su destino”.Durante su vida Jesús estuvo con enfermos. Muchas veces los sanó, pero no siempre, como se ve en el relato del paralítico de Betesda donde sólo uno de la multitud de enfermos alrededor del estanque experimentó sanidad, y que fue no tanto una obra de caridad sino una señal para mostrar que Jesús era el Mesías.Jesús se encontró constantemente con personas necesitadas –lo que incluía enfermos y sufrientes–y tenía compasión de ellos, lo que se manifestaba no solamente en milagros para aliviar el sufrimiento, sino en enseñanza para poder caminar mejor en esta vida con ello. En una ocasión dijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”.“Los que lloran” tiene que incluir a los enfermos terminales que han perdido su salud y se enfrentan con su propia muerte. La consolación del Buen Pastor es algo práctico que da fuerzas para seguir adelante. Se encuentra la realidad de esto en la visita no planeada de un amigo en un momento de crisis, en la provisión de un/a compañero/a de habitación compatible con el paciente durante una hospitalización, un regalito que llega en un momento de depresión o la intervención a tiempo cuando ha habido una equivocación en el tratamiento.

En cierto sentido, Jesús de Nazaret ha ido delante del enfermo terminal abriendo camino. Durante su corta vida tenía muy claro su destino: la cruz; pero andar hacia ella no fue fácil como se ve en su lucha en Getsemaní. Delante estaba el maltrato, los azotes, las heridas, la falta de sueño, la impotencia, el dolor y por fin, después de mucho sufrir, la muerte. No es para sorprenderse que quisiera escapar de ello y por eso la oración: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa … pero no sea como yo quiero, sino como tú”.

Fue una oración no contestada en que no consiguió su propia voluntad. Al contrario, logró entregarse voluntariamente al Padre para cumplir su plan a favor de toda su creación. Nadie ha llegado a tanto sufrimiento como el Hijo cuando llegó a experimentar el abandono del Padre. A la vez el Padre, quien entregó su Hijo para este fin, sufría con el dolor de un padre amante por la pérdida de su hijo, y no solamente por su Hijo sino por todos los seres humanos, dado que fue “hecho por nosotros maldición”. De esta manera llega a ser “el Dios y Padre de los abandonados” entre los cuales se pueden incluir los enfermos terminales.

Es por eso que a través de la cruz pueden encontrar la presencia consolador del Padre y además encuentran la verdad de que “Cristo, volcado a nosotros y abandonado en su muerte por nuestra causa, es el hermano y el amigo al que todo podemos confiar porque él todo lo conoce y padeció todo lo que nos puede afectar… y mucho más.”

Al pensar en los sufrimientos de Jesús, un tipo de espiritualidad mística que se encuentra en Rusia, puede ser de ayuda. Es una manera de entender toda la vida como consistiendo tanto de lo bueno como de lo malo totalmente mezclado. Así no se puede ni se debe escapar del sufrimiento –tan íntimamente entretejido con lo bueno—sino que hay que participar en ello para poder conocerlo y verlo transformado. Tenemos el ejemplo supremo de esto cuando vemos a Jesús muriendo en la cruz. Su muerte –la entrega del bueno al malo–permite la victoria sobre la muerte. Es el camino que ofrece a sus seguidores cuando les dijo: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.Él va delante de los que le siguen en este camino rocoso y difícil, pero a la vez viene hacia ellos para unirse a su participación en el sufrimiento de este mundo. Así la presencia de Dios es la guía y la seguridad del enfermo terminal.

Artículos anteriores de esta serie:
1. Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (1)

Autores: Judith Buchanan
© Protestante Digital 2011

Creer en Dios

Publicado: enero 31, 2011 en Meditaciones

Enric Capó

Si un día me encontrara con uno de estos periodistas o sociólogos que van por la calle haciendo encuestas religiosas a la gente y me preguntaran si creo en Dios, me parece que me gustaría contestar que, a pesar de ser pastor protestante, no creo en él. Y al hacerlo, estoy convencido de que diría la verdad como creyente y como cristiano, porque cada día estoy más lejos de esta imagen estereotipada de Dios que se esconde detrás de las encuestas y que anida en la mente de la gente. También me gustaría dar un respuesta parecida sobre la existencia del diablo. Tengo muy claro que hay un dios en el que no creo. Es el Dios explicación, o el Dios proyección de nuestros deseos, o la máquina eterna que lo puso todo en movimiento, o el dios castigador que, a través de los siglos, ha sido el tormento de los hombres, o el dios manipulado que justifica la religión. No es realmente que no crea en él, ya que puede haber –y los hay- elementos válidos en todo esto. Mi respuesta sería como una especia de protesta para decir que la imagen que el mundo no creyente en general  -y también muchos creyentes- tienen de Dios no se corresponde con la imagen que Cristo me ha enseñado a amar.

Hoy es difícil hablar de Dios porque, al hacerlo, en seguida te clasifican y te sitúan en un fichero en el que no te encuentras cómodo. Cuando hace muchos años leí el libro de Gironella “100 españoles y Dios”, recuerdo que me identifiqué mucho más con buen número de los que decían no creer en él que con el teísmo estéril de una mayoría que se confesaban creyentes. A la hora de tener que escoger uno de los bandos quizás me situaría  en el de los clasificados como no creyentes que se toman la vida en serio que en el de los que, al mismo tiempo que dicen que creen en Dios, se han hecho de él una imagen idolátrica. Y quizás, al hacerlo así, me acercaría a aquellos cristianos de los primeros tiempos del cristianismo a los que los paganos acusaban de ser ateos.

Hay una imagen folclórica de Dios de la que me siento muy alejado. Sobre todo del Dios religioso, preocupado por si mismo, celoso de culte y enamorado de su gloria; el dios doctrinario y cruel, que tiene amigos y enemigos, que determina el futuro de los hombres según “la sana doctrina” y menosprecia la vida presente para centrarlo todo en un futuro más allá de la muerte; el dios  simplista, el del cielo y el infierno, el del blanco o negro, el de religioso o ateo; el dios que no distingue, que es incapaz de ir más allá de los atributos que le otorgamos y que son como un corsé que le impide moverse con libertad, que le impide, incluso, ejercer su misericordia. No creo que este dios sea el Dios de los profetas, que amaba más la justicia que la fastuosidad del culto, ni el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo que recibe con un abrazo sin fin al hijo perdido, ni el del apóstol Pablo que perdona al culpable. Me gusta más el Dios de las prostitutas del evangelio que se adelantan a las grandes figuras del mundo religioso; el Dios de la mala fama, amigos de publicanos y pecadores; el Dios clavado en la cruz, indefenso e impotente; el Dios cuya grandeza es su capacidad de amar, de sacrificarse, de darse por nosotros; el Dios que ha querido estar presente en el mundo bajo la imagen del pan partido y el vino derramado, la imagen de la entrega total y absoluta que nos habla de la imptoencia del crucificado y de la fuerza del amor.

¿Quién es mi Dios? Me es muy difícil definirlo. Está muy por encima de mis capacidades de síntesis. Pero puedo decir que es el Dios ligado a la vida, a mi vida, a aquella vida que él creó y me ha dado. Creer en él, pues, es creer en la vida, en sus infinitas posibilidades, en su sentido de presente y de futuro, de inmanencia y trascendencia.  Y también a la inversa: creer en la vida es creer en Él. No tenemos apenas herramientas a nuestro alcance para hablar con El con propiedad y exactitud. Estamos demasiado limitados. Pero Dios no es para ser definido mucho más allá de la definición de Juan:”Dios es amor”. El lenguaje propio en el contexto de Dios no es el de las definiciones, ni el que tiene necesidad de usar la tercera persona singular. Dios no habría de ser jamás El. Es siempre un Tú que nos confronta y del que no deberíamos hablar, sino hablarle. El lenguaje adecuado para Dios es finalmente, esencialmente, el de la oración, que es el  lenguaje de la comunión, de la amistad, de la armonía.  La persona humana que investiga en la profundidad de su vida, no encuentra allí un vacío, sino que encuentra a Dios, a pesar de que no lo conozca ni lo reconozca. Dios, como  sentido de la vida, está escrito  en cada una de las fibras de nuestro ser, sólo hay que dejarlo florecer, que salga fuera e ilumine la vida.

Día a día, en el mundo del evangelio, allí donde encontramos a Cristo, crecemos en el conocimiento de Dios. Día a día somos llamados a hacer nuestra su vida, en todo aquello que tiene de solidaridad con los más pequeños de nuestro mundo y en todo aquello que nos habla de esperanza y de eternidad. Dios es la presencia de un amor eterno e invisible que en Cristo se ha hecho visible y accesible a todos nosotros. En su compañía, siguiendo sus caminos, lo encontraremos como “el paracleto” (Jn 14,16), el consolador, el que siempre nos acompaña  y nos salva del nihilismo de un mundo sin alma para mostrarnos que “la vida es más que el alimento y el cuerpo que el vestido”. Que más allá de comer y beber, llorar y reír, nacer y morir, crecer y envejecer, hay un sentido profundo de la vida que Cristo nos ha descubierto y que llamamos Dios. En Él, y sólo en Él, el mundo y la vida reencuentran su sentido,

Enric Capo

Copyright © 2011 Iglesia Evangélica Española, una iglesia protestante.


JUDITH BUCHANAN

Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal (I)

“En nuestro mundo, la salud se entiende como una meta positiva para los seres humanos”.(1) Por tanto, una persona diagnosticada de una enfermedad terminal, es decir “una enfermedad que no se puede curar y que es mortal”,(2) tiene que ser vista como alguien con la última desgracia y así, cuando la noticia es comunicada a familiares y amigos, todos reaccionan con muestras de simpatía y “condolencias”.(3) Luego, para el creyente, viene la dificultad de saber cómo orar. Así, por ejemplo, en las preguntas a su amiga de una mujer a quien se acaba de diagnosticar una enfermedad terminal: –“¿Qué hago? ¿Le pido a Dios que me ayude a aceptar mi diagnóstico? o ¿le pido que me sane?”.(4)

En primer lugar la espiritualidad tiene que ver con nuestra manera de relacionarnos con Dios, pero ¿cómo debe una persona hacerlo cuando está a la espera de una muerte que va viniendo poco a poco? ¿Se debe solicitar ayuda para resignarse a la realidad que parece tan cruel? o sabiendo que Dios es todopoderoso y que Jesús sanó a muchos enfermos durante su tiempo en la tierra ¿se debe buscar su sanidad? El gran problema es que, aunque muchos piden que Dios les sane, la mayoría no consiguen la sanidad que anhelan. ¿Cómo se puede saber que un enfermo en particular va a ser sanado? Si Dios no quiere sanar a una persona ¿por qué permite que sufra una enfermedad así?

Hay muchas preguntas, pero sobre todo hace falta pensar de nuevo lo que quiere decir acercarse a la presencia de Dios. Él es más que un cajero automático del banco donde se teclea nuestra instrucción y la máquina responde entregando lo que se ha pedido. Dios no está lejos de los problemas de los que sufren y se enfrentan con la muerte. Al contrario, en su Hijo, Dios experimentó sufrimiento y muerte de la manera más intensa posible. Por lo tanto tocando su presencia el enfermo encuentra que no está solo sino que es acompañado, consolado y fortalecido; no simplemente para enfrentar la muerte sino para disfrutar de la vida, una vida que se valora tanto más desde el conocimiento de que su fin se acerca.(5) Ya la oración cambia al descubrir la riqueza de la vida que queda por vivir en vez de fijarse en el fin de ella. A la vez el enfermo es liberado de su constante preocupación sobre su propia enfermedad para poder relacionarse positivamente con otros en la misma situación.

Una razón por la cual muchos creyentes se empeñan a seguir orando por la curación a pesar de ver al enfermo empeorar cada vez más, es que da una posibilidad de esperanza que tanto falta en la vida de alguien con una enfermedad terminal. Es ahí donde la resurrección es buena noticia. A través de ella el enfermo tiene la esperanza de seguir tocando la presencia de Dios más allá de la muerte y de disfrutar de la transformación de su cuerpo dejando atrás su cuerpo debilitado y cada vez más inútil.

Tocar la presencia de Dios puede cambiar el enfoque de un enfermo terminal abriendo más posibilidades para la oración, dando un propósito para vivir y guiándole en sus relaciones con otros pacientes.

Aquí estos temas serán desarrollados en los siguientes apartados:
1.- El dilema del enfermo terminal
2.- El camino del enfermo terminal
3.- El destino del enfermo terminal
4.- Y las relaciones del enfermo terminal.

EL DILEMA DEL ENFERMO TERMINAL
Vivir con una enfermedad terminal es vivir con la certeza de que el proceso de la muerte ya ha empezado y llegará a su fin. Así el paciente está a la espera sabiendo que su vida va apagándose, pero sin saber exactamente cuándo será. Mientras, la vida va dificultándose por el avance de la enfermedad y los tratamientos que requiere.

Es difícil no estar pensando constantemente sobre la situación, lo que puede llevar a un egocentrismo atroz. En la sociedad secular de hoy día “la muerte es el desastre definitivo, que hay que eludir o posponer todo lo que sea posible”(6); es el gran desconocido que todos temen y por tanto “se ha establecido un cierto tabú”(7) sobre ella. Por consiguiente el enfermo terminal se enfrenta solo con algo que nadie quiere contemplar ni se menciona en conversaciones.

Fácilmente se identifica con Job cuando pregunta:
¿Cuál es mi fuerza para seguir esperando?
¿Cuál es mi fin para seguir teniendo paciencia?
¿Soy acaso tan fuerte como las piedras?
¿Es mi carne como el bronce?
¿No es cierto que ni aun a mí mismo me puedo valer
y que carezco de todo auxilio?(8)
“En cierto sentido, la muerte es el acontecimiento más natural de la vida, y, al mismo tiempo, el más antinatural”.(9) Todos nos tenemos que enfrentar a ella y no sólo los enfermos terminales. Entró en el mundo como resultado del pecado(10) y sirve para recordar a todos que vivimos en un mundo que no refleja la intención original de su Creador, sino la dominación del pecado, como resultado del deseo de los seres humanos de independizarse de Él. Por lo tanto en la muerte se evidencia el juicio de Dios contra todo desvío de sus buenos planes y deseos para todas sus criaturas.

El Nuevo Testamento abre nuevos horizontes porque describe la victoria sobre la muerte conquistada por Cristo a través de la crucifixión y resurrección. Dios, en su benevolencia hacia su creación envió a su propio hijo a este mundo para morir por el pecado de todos para que los que acepten esta muerte y se identifiquen con ella, también puedan disfrutar de su victoria sobre ella(11) y cantar con Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.(12)

Todos los que somos creyentes, los que estamos “en Cristo” tenemos que morir, pero con la esperanza segura que la muerte no es el fin y que hay vida después de la muerte. Mientras, para el enfermo terminal la vida sigue, cada vez más corta y cada vez más difícil. Se puede asomar al futuro para ver la separación inevitable de familiares y amigos, su tristeza, y la finalidad de todos los anhelos, y planes para la vida. Sí, “en Cristo” no se tiene que temer a la muerte; no obstante, es comprensible que tantos oren desesperadamente por la sanidad para poder escapar de ella. Sin embargo, ¿no es eso seguir la corriente de este mundo, con su cultura del placer”, donde “todo lo doloroso … debe ser desterrado”?(13) Lo importante para el creyente no es tanto la manera o la fecha de la muerte de él/ella –dado que todo ser humano tiene que pasar por ella–sino lo que hace con la vida que le queda por vivir.

Al recibir su diagnóstico de cáncer terminal, Mark Ashton –un pastor evangélico en Gran Bretaña–dijo que fue una “buena noticia”, porque, con su esperanza puesta en su relación con Cristo, vio que con el tiempo que le quedaba hasta la muerte, tendría ocasión para prepararse para ella y tener todo en orden al momento de fallecer. Además, a pesar de su tristeza al despedirse de sus seres queridos, esos meses de vida fueron un tiempo de “riqueza espiritual” en que experimentó la presencia de Dios en su vida de una manera especial a través de su relación con Cristo y fue sostenido al creer firmemente que esta relación no terminaría con la muerte.(14) Otro pastor, Michael Wenham, –que ya tiene dificultad para hablar, andar o hacer las cosas más básicas de la vida– habla de tener mucho más tiempo para “disfrutar de la belleza a su alrededor”, que parece “el borde del manto del Creador”.

Así durante el tiempo que está esperando su inevitable muerte, ha llegado a ser un tiempo para tocar la presencia de Dios y deleitarse en sus maravillas.(15) De esta manera encuentra posible experimentar “el gozo del Señor” como su “fuerza”(16) a pesar de su lucha diaria para simplemente sobrevivir.

Próximo artículo de esta serie (Tocar la presencia de Dios en medio de la enfermedad terminal): El camino del enfermo terminal

1) Cook, E. D., “La salud y la asistencia sanitaria” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.1014.
2) Definición de enfermedad terminal del Instituto Nacional del Cáncer. consulta: 19.11. 2010.
3) ¡A pesar de que el enfermo todavía vive!
4) Mathers, M, “Radical gratitude” en Women at the Well, Vl. 6 Issue 1, (April, 2010).
5) Casson, James H., Dying, the Greatest Adventure of My Life, (London: Christian Medical Fellowship Publications, 1980), p.5.
6) Vere, D. W. “La muerte y agonía” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.833.
7) Flavia C, “De algo hay que morir”, Sierra Madrileña, 22 octubre (2010), p13.
8) Job 6, 11-13.
9) Atkinson, D. J., “La vida, la salud y la muerte” en Atkinson, D. J. y Field, D. H., Ética Cristiana y Teología Pastoral, (Terrassa: CLIE, 1995), p.135.
10) Gn 3, 19.
11) Rom 6,8.
12) 1 Cor 15, 55-57.
13) Bressanello, P., “¿Y si reflexionáramos sobre la muerte?”, Sierra Madrileña, 22 octubre (2010), p.13.
14) Ashton, M., “On my way to heaven”, Evangelical Now, consulta: 28.4.2010.
15) Wenham, M., My Donkey Body, (Oxford: Monarch Books, 2008), p.90.
16) Neh 8, 10.

Judith Buchanan es profesora de evangelización en el Seminario SEUT

© J. Buchanan, ProtestanteDigital.com (España, 2011).

Actitudes correctas

Publicado: diciembre 17, 2010 en Meditaciones

 Por Enric Capó       

Meditaciones  

Me lo dijo un pastor francés haciendo referencia al control de la velocidad de los coches: “Superar los límites de velocidad en la carretera o en las calles de la ciudad, sólo es pecado si te cogen”. Evidentemente, era una broma. Primero, porque la frase no se aviene con nuestro talante protestante y, segundo, porque hablar de pecado en este contexto –y también en otros muchos en que los hacemos- no tiene apenas sentido. Eso del pecado es un concepto a revisar y una palabra quizás a evitar. Va tan cargada de ideas falsas y  tiene un contenido tan marcadamente religioso, que prácticamente ya no nos sirve. Tipifica conductas y actos que no se avienen con la forma de hacer de nuestra sociedad y que se desprecian  como  escrúpulos de sacristía.

 Sin embargo, la desobediencia civil al Código de Circulación, o a la normativa municipal, o a cualquier otra de las disposiciones que regulan la convivencia, forma parte de un planteamiento erróneo de la vida. Y esto sí que el “pecado”. En nuestra tradición protestante, enraizada en la Biblia, el pecado no es un acto aislado que podamos cuantificar y definir en grados de mayor o menor gravedad.  Hablado teológicamente, el pecado no es tanto un acto como una actitud. Se refiere no tanto a los errores o acciones malas que podamos cometer, como a una actitud global de la vida delante de Dios y de los hombres. Se trata especialmente de direcciones, tendencia, objetivos.

 Si alguien me dice que ir a 120 km/h en lugar del límite establecido de 90 Km/h es pecado, esto me hace sonreír. Introduce en la vida de la fe un elemento que no le es propio. Reduce mi religiosidad a cuestiones puntuales y, entonces, a partir de este postulado, se puede discutir, como se hace a menudo en la Iglesia Católica, si es un pecado venial o mortal. Mi relación con Dios, aquella que rompió el pecado, no puede quedar afectada por actos de esta naturaleza, porque sólo tiene que  ver con el planteamiento fundamental que yo he dado a mi vida en relación a la exigencia de Dios y sus repercusiones en el marco de la vida humana.

 Y esto sí que tiene que ver con mis actitudes delante del Código de Circulación. En un momento dado, puedo desobedecer una señal de circulación, pero esto no lo pondré en el apartado “pecado”. Será un acto negativo que habré realizado en el marco de mis obligaciones ciudadanas y basta.  Pero, de todas formas, no dejara de tener connotaciones humanas y, por tanto, religiosas. Porque toda nuestra vida está determinada por nuestras decisiones fundamentales. Y esto es el que, en el contexto de la circulación,  exige nuestra fe.

 Nuestra fe no nos obliga a la obediencia de normas que nos vienen de fuera. Lo que es permitido o prohibido en el ámbito, por ejemplo, de la ciudad, no tiene por qué tener nada que ver con mis obligaciones religiosas, si las tuviera. Pero el que sí importa es la actitud fundamental de mi vida: qué es lo que me motiva, hacia donde voy, cual es la relación que sigo con respecto a los demás y cuales son mis obligaciones hacia ellos. El pecado no serán las acciones individuales y concretas cometidas, sino la orientación de la vida.

 La dirección correcta es orientar la vida hacia el servicio, la solidaridad y el amor. Esto nos marcará pautas de conducta, sin tener que recorrer a una contabilidad de pecados.

 Enric Capó 

© iglesia evangélica española


10 DICIEMBRE 2010

Por David Nacho

En menos de dos semanas celebraremos la navidad. Esta es una época de añoranzas y reuniones, especialmente en nuestra América, que está marcada por el fenómeno de la migración. Hay alegría por la inminente llegada a San Salvador de la prima que vive en Los Ángeles, por el hijo que vuelve a Cochabamba después de pasar años en Vancouver, por el la hermana que finalmente pudo ahorrar plata para volver de Madrid a Guayaquil. En esta temporada, en Latinoamérica vamos preparando la casa y el corazón para recibir a los añorados hermanos o amigos. Nos vamos dando cuenta de cuánto extrañamos a los que se fueron (ya sea a otro continente o a las grandes ciudades del nuestro).

Entre nosotros, los evangélicos latinoamericanos, este período de preparación, expectativa y añoranza podría ser enriquecido si contempláramos el significado del Adviento. Hace muchos años, Monseñor Oscar Romero concluyó una homilía para tal ocasión con la siguiente oración de San Agustín: Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti. Al escoger esta plegaria, Romero nos quiere decir que el sentido del Adviento no está en lo ceremonioso o el protocolo (como cuando se recibe a un dignatario). Más bien, es una “preparación cariñosa” similar a la emoción y añoranza que sentimos cuando sabemos que el ser querido y necesitado está a punto de regresar.

Y sin embargo, lo afectivo o lo emotivo de nuestra relación con Dios tiende a ser muy mal concebido entre nuestras iglesias. Por un lado, hay iglesias en las este aspecto es tan predominante y absolutizado, que cuando se habla del amor y del deseo de sentir a Dios de cerca, se piensa casi exclusivamente en algo parecido al amor romántico. Pero por otro lado, hay otras en las que no se cultiva para nada (o hasta se cohíbe) la necesidad de expresar a voz en cuello la intensa necesidad que tenemos de sentir a Dios cerca nuestro o el profundo sentimiento de amor que sentimos por lo que ha hecho por nosotros.

Si es cierto que solamente descansando en Dios nuestros corazones pueden dejar su intranquilidad, urge que comprendamos cómo debe concebirse nuestro anhelo de cercanía con Dios. Propongo que recuperemos esa capacidad tan latinoamericana de expresar sentimientos (que, además, va acorde con la emotividad de los salmistas) y no simplemente criticar a los nuevos cánticos que tanto énfasis hacen en esto. Pero también propongo que potenciemos esta dimensión afectiva, para que al entrar en sintonía nuestros corazones con el de Dios, seamos testigos y partícipes de una transformación profunda.

En este cometido, la voz de Romero es nuevamente valiosa. Para él, la dimensión cariñosa del Adviento, lejos de reducirlo al sentimentalismo, resulta en un compromiso con el deseado Mesías y con lo qué él proclama y ama:
“Cristo se hizo hombre de su pueblo y de su tiempo: vivió como un judío, trabajó como un obrero de Nazaret y desde entonces sigue encarnándose en todas las personas. Si muchos se han alejado de la Iglesia, es precisamente porque la Iglesia se ha alienado un poco de la humanidad. Pero una Iglesia que sepa sentir como suya todo lo humano y quiera encarnar el dolor, la esperanza, la angustia de todos los que sufren y gozan, esa Iglesia será Cristo amado y esperado, Cristo presente”.

Dios nos hizo para él. Que este tiempo de Adviento sirva para entrar en sintonía con el corazón de Dios, para que podamos amar de corazón lo que él ama y proclama.

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«Dios lo ha querido»

Publicado: diciembre 11, 2010 en Meditaciones

Por Enric Capó
Meditaciones
Esta frase la he escuchado por radio con motivo de la muerte reciente de un personaje público y también en multitud de entierros a los que he asistido. Parece que creyentes y no creyentes, en aquella hora en que se ha decir alguna cosa a la familia o a los amigos del difunto, esta apelación a la voluntad de Dios es la palabra más apropiada. Expresa resignación e invita a la familia a conformarse. “Es la voluntad de Dios” quiere decir: ya no hay nada que hacer. Resignaos.

Cada vez que la oigo siento que hay algo en mi que se rebela. No la puedo aceptar ni soportar, esta frase, en este contexto. Primero, porque muy a menudo no es otra cosa que una frase estereotipada en boca de aquellos que no tienen nada que decir y se resisten a permanecer callados, como hicieron al principio los amigos de Job. Se sienten obligados a dar algún tipo de consuelo y quizás piensan que esta apelación a la voluntad de Dios es lo que se ha de hacer. En seguido lugar, porque no creo que sea la voluntad de Dios. No me puedo tragar la imagen de un Dios que juega a matar: ahora éste en un accidente, ahora el otro con una enfermedad, y el otro con un tiro en la sien. No puedo aceptar de ninguna manera que todo lo que pasa en el mundo lo hayamos de atribuir a la voluntad de Dios. No y no. Creo que la mayoría de las cosas que pasan en el mundo están totalmente en contra de la voluntad de Dios y El no las quiere. Dios no quiere la muerte de Labordeta, ni de las víctimas de los atentados terroristas, ni las de los accidentes de circulación, ni de las luchas fratricidas en el Medio Oriente, para citar sólo unos ejemplos actuales. Dios no quiere la enfermedad ni la muerte, ni el dolor ni la desgracia. “Yo he venido –nos dirá Cristo- para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Invocar la voluntad de Dios para explicar la desgracia, el dolor y la muerte es una blasfemia indigna de ser repetida y, mucho menos por cristianos que conocen al Dios y Padre de Jesús.

Se nos dirá: ¿No pasa todo porque Dios quiere? ¿No es El la razón última de todo? ¿No es el responsable? Es cierto que nunca tenemos todas las respuestas, pero si consultamos una concordancia bíblica y buscamos los textos que hablan de la voluntad de Dios, veremos hasta que punto lo que Dios quiere es la vida y la salvación. “Dios no quiere la muerte del hombre, sino que se arrepienta y viva” (Ez 18,32)

La vida es la vida. Tal como es, con todas sus miserias y tragedias. Vivimos una vida imperfecta, maltratada y deteriorada por el pecado, una vida que tiene poco que ver con el proyecto inicial de Dios: “El universo –nos dirá Pablo- está sometido al fracaso, no voluntariamente, sino porque alguien lo ha sometido, pero mantiene la esperanza que también él será liberado de la esclavitud de la corrupción y obtendrá la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora todo el universo creado gime y sufre dolores de parto…” (Ro 8,20-21). No podemos atribuir esta imperfección de la vida a la voluntad de Dios, como si Dios quisiera que fuera así. La volunta de Dios es la redención y la salvación de los hombres.

Es evidente que en este presente que estamos viviendo hay una voluntad permisiva de Dios. Dios tolera este mundo que se ha declarado independiente y se ha apartado de sus caminos. Dios no fuerza al hombre a ser bueno. Dios no vulnera nuestra voluntad. En Romanos (3,25) Pablo nos habla de la paciencia de Dios, de su tolerancia con lo que pasa en el mundo y de su volunta de salvarnos.

Hay todavía otra frase que escuchamos muy a menudo, cuando damos testimonio de la obra de Dios. Dice: Si Dios es tan poderoso, ¿por qué no lo resuelve todo? Y es notable que lo digamos nosotros, los hombres y las mujeres tan celosos de nuestras libertades, los que no queremos que nadie nos obligue. Que si se nos dijera que deberíamos ser polichinelas manejadas por Dios, sólo capaces de hacer lo que Dios quiere, pondríamos el grito en el cielo. No hay derecho, diríamos. ¡No somos libres! ¡No somos personas! Y tendríamos razón. Quizás dejaríamos entonces de sufrir, pero también dejaríamos de ser seres responsables.

Si alguna vez habéis de acompañar a una familia que ha sufrido un pérdida dolorosa, no recurráis a frase hechas, que no dicen nada. Es mejor callar que dar falsas respuestas. El consuelo a la familia será la compañía, estar a su lado, compartir el dolor. Mudos ante el misterio de la muerte y del sufrimiento. Sólo invitarlos a mirar hacia arriba, a remontar la vida, a buscar el objetivo final, a encontrar a Dios,

Enric Capó
Copyright © 2010 Iglesia Evangélica Española, una iglesia protestante

“Dem Dry Bones”*

Publicado: diciembre 7, 2010 en Meditaciones

 

Jason Henry

Referencia: Ezequiel 37: 1-14

 

Hay momentos en nuestra vida en los que nos sentimos entrampados, sofocados o dominados por alguna de las enfermedades que afectan a este mundo, sean financieras, sean espirituales, o a nuestras relaciones. Y nos preguntamos con frecuencia si hay algún modo de superarlas. ¿Es posible salir de este mundo de competencia en el que vivimos y encontrar la libertad y un verdadero sentido de paz?

El profeta Ezequiel dejó constancia de muchas visiones en su libro. Una que ha sido muy inspiradora es la del valle de huesos secos en el capítulo 37, versículos del 1 al 14. Ezequiel recibe el mandato de profetizar sobre los huesos, para que se junten unos con otros, se cubran de carne y se les insufle aliento. Como resultado, el profeta vio delante de si un gran ejército.

Es importante tener en cuenta que Ezequiel recibió esta visión en un momento en el que los israelitas estaban exiliados en la tierra de Babilonia. Dios reveló a Ezequiel esa visión para comunicarle que no permitiría que vivieran en una tierra extraña como esclavos, sino que los haría regresar a su tierra, como hombres y mujeres libres.

 

En el valle

El Espíritu del Señor llevó a Ezequiel hasta un depósito de huesos y le preguntó, “Hijo del hombre, ¿vivirán estos huesos?” Ezequiel respondió que sólo el Señor Soberano puede saberlo. El Señor dijo a Ezequiel que profetice sobre los huesos del valle para que vuelvan a la vida atándoles los tendones, y haciendo que aparezca la carne, y permitiendo que respiren y vivan, pues esa es “la palabra del Señor”. Lo que vio Ezequiel entonces fue probablemente una verdadera película de terror: los huesos se juntaron y se cubrieron de piel. Y Ezequiel recibió el mandado de profetizar que esos hombres podrían respirar, y así fue.

 

La Casa de Israel

Esta visión es una metáfora. Los huesos representan el sufrimiento de los israelitas cautivos del imperio babilónico del Rey Nabucodonosor. Sus huesos se secaron y… ya no tenían esperanza (Ezequiel 37:11). Quizá llegaron a pensar que Dios los había abandonado para siempre. Felizmente eso nunca habría de ocurrir, porque el Señor dijo: “Yo abro vuestros sepulcros y os haré subir de vuestras sepulturas”. La  resurrección de los huesos sirvió como una representación de la promesa de Dios de que ha de librarnos de nuestro cautiverio y nos hará volver a nuestros hogares, a nuestra propia tierra: un hogar de paz, esperanza y amor.

 

Desde nuestra perspectiva actual

Actualmente, nos sentimos interpelados por el deprimente imperio del divorcio, la deuda, la enfermedad y el peligro en que vivimos. A veces luchamos con esperanza y realismo, y nos invade el pensamiento de que no podremos superar esa idea de que hemos sido abandonados. Eso se debe a que la realidad de la difícil situación que vivimos se opone a la paz que Dios ha prometido. Olvidamos que Dios abrirá nuestros sepulcros y nos hará volver a nuestros hogares.

Tenemos que romper las cadenas que buscan consolidar la realidad que nos agobia. Tenemos que creer en el poder de Dios, capaz de hacer lo imposible, de traer paz cuando hay guerra, de traer esperanza allí donde hay desesperanza, de traer la luz en medio de la oscuridad, que puede hacer que nuestro ceño fruncido se transforme en una sonrisa. Porque es un Dios omnisciente, omnipotente y omnipresente. Está en todo lugar, y es consciente de nuestro desánimo. El sabe cuáles son nuestros problemas y debilidades, y los puede resolver. Más aún: tiene el poder de librarnos de todos ellos y de restaurar nuestras vidas llevándonos a refugios seguros. Lo hizo con los israelitas. Lo hará con nosotros.

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Sobre el autor:

Jason A. G. Henry tiene 21 años. Es miembro de la Iglesia Unida de Saint Andrew’s Scot, 43ª Duke Streetm en Kingston, Jamaica, Antillas, de la que el Dr. Ralph A Hoyte fue pastor durante 16 años. Jason es maestro de niños de 5 a 7 años de edad en la escuela de la congregación local de su iglesia. Se ha graduado recientemente en la Universidad de las Indias Occidentales, obteniendo una licenciatura en Psicología.

 

* N del T: “Dem dry bones” es el título de una canción tradicional del género musical de los “negro spirituals”.


Envejecer

Publicado: noviembre 29, 2010 en Meditaciones

por Enric Capó
Meditaciones

Envejecer no es madurar. Madurar es llegar, como persona, a lo más elevado de mis posibilidades humanas. Envejecer, en cambio, es camino de descenso, de renuncias, de pérdidas. Es, por tanto, un camino cargado de nostalgias, de una cierta amargura, de sensaciones de dejar de ser, de no importar, de no servir. Desde lo alto de la cresta de la montaña –como dice un popular canto espiritual- miramos hacia abajo y vemos el río que hemos de atravesar. Sabemos que nunca habrá camino de subida. Nosotros –o la vida misma- nos lo podemos hacer más fácil, podemos crear espacios o tiempos de gozo y de diversión, pero el camino es finalmente inflexible.
Nuestra sociedad no ofrece muchas oportunidades a los ancianos. Apenas les permite convivir con todos los demás. Ya no hay lugar para ellos en los espacios normalmente pequeños donde viven las familias. Se los segrega. Se los aloja en instituciones especializadas. Se les ofrece una cierta comodidad, unas atenciones sanitarias adecuadas, pero los ancianos con los ancianos. Que se lo pasen muy bien entre ellos, pero la presencia de los más jóvenes en su vida se hace cada vez más esporádica. Envejecer es ir quedándose solo. Unos, los amigos, porque van muriendo y nos dejan. Otros, porque se ocupan en otros caminos y desaparecen de la vida de los mayores.

Pero no todo es triste en este período de la vida. Al contrario, puede ser un período hermoso y creativo si lo vivimos, no en la resignación de no poder evitarlo, sino en la ocupación de centrarnos en el valor y las posibilidades de la vida presente y de la del Espíritu. Jesús nunca envejeció. No se lo permitimos. Lo matamos en plena juventud. Pero él nos enseña a vivir en la acción comprometida y en la esperanza de las cosas mejores. Nos introduce en un camino que siempre es de subida y nos invita a vivir cara a la eternidad. Y esto no quiere decir sólo cara al futuro. Quiere decir, sobre todo, cara a las cosas que perduran, que no mueren, que nunca se acaban.

Envejecer, pues, ofrece al creyente la posibilidad de volver a la soledad interior, a la profundidad de la vida, allí donde Cristo se hace presente. Frente a la decadencia del cuerpo, encuentra compensaciones en el cultivo de la vida del Espíritu y en el servicio generoso a los demás. La sensatez que suele acompañar el proceso de envejecer puede darle herramientas suficientes para hacer de este período de la vida una época de crecimiento, al estilo del apóstol Pablo: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (“ Co 4,16).

La fe ha de ser el elemento clave en esta etapa de la vida. Evita que sucumbamos a la presión negativa de nuestra sociedad que lleva a los ancianos a sentirse inútiles o, ahora que hay pensiones de jubilación aceptables, a ser considerados sólo como consumidores potenciales. Ser cristiano es mantener el valor de la vida y de la esperanza. Es cierto que envejecer es, humanamente, la última etapa de la vida, pero no somos seres derrotados que aguardan el fin inevitable. Somos vencedores que esperan la gran victoria de la vida: volver a la casa del Padre. Y, en esta espera, Jesús da la oportunidad, también a los ancianos, de vivir en esperanza e ilusión. En el horizonte del cristiano no hay una tumba, sino una cuna. Hay una nueva vida que nos espera y que nos invita a continuar aquí y ahora nuestra tarea de dar testimonio y servir.

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