Archivos de la categoría ‘Luteranismo’


Rosa de Lutero
La "rosa", un distintivo de la teología luterana. Se compone de cinco elementos: la cruz negra, el
corazón rojo, los cinco pétalos blancos, el fondo azul y el anillo dorado. Cada parte tiene su significado:
1.La cruz negra, al centro del emblema recuerda que en Jesús, Dios viene a nuestro encuentro
sacrificando su vida y venciendo el poder de la muerte en nuestro favor. Para que todo aquel que cree
en él, no muera sino tenga vida eterna (Juan 3.16). La cruz negra, envuelta por el corazón rojo,
significa que Cristo es el centro de la vida de la comunidad y de la Iglesia. El es el mas importante. A
partir de El todas las otras cosas y personas reciben su debido lugar y su valor.
2.El corazón nos hace recordar que es por la fe que somos justificados. El color rojo es símbolo del
amor que se dona y reparte. Así como Cristo nos amó, también los suyos se aman unos a los otros.
Así como Cristo sirve a los suyos, ellos se sirven unos a los otros, cada cual conforme al don que
recibió (Gl. 6.2). Seguimos al crucificado, confiando que la cruz no trae muerte sino nos mantiene
vivos.
3.Los cinco pétalos blancos señalan que por la fe, que actúa en favor de la justicia y de la paz,
tenemos alegría, consuelo y paz de Dios para con nosotros mismos y para con los unos y otros. Eso
es lo que el color blanco simboliza.
4.El color azul recuerda el cielo e inspira a la fidelidad a Dios. En Cristo el vino a salvarnos y a unirnos
en comunidad. Cristo reina desde la Ascensión. A partir de Pentecostés el crea, envía y guía a su
Iglesia y, yendo delante de ella, le abre el camino. Esa es la base de nuestra esperanza.
5.El anillo dorado recuerda el oro, metal mas preciado. Simboliza todo lo que Dios nos otorga por fe,
en forma de señales: perdón, comunión, esperanza, sentido de vida, opción en el día a día. Apunta
también a lo que nos será otorgado en la eternidad: alegría sin fin, satisfacción de todas las
necesidades y deseos. Entonces veremos cara a cara, a aquel en quien hemos creído.
Ya que la rosa fue creada de manera bella y ordenada, también la iglesia está motivada a
invertir creativamente en la confección de su plan misionero. Inspirada por el símbolo de la
rosa de Lutero, la comunidad elaborará un planeamiento deductivo e participativo de la misión.
Partiendo del centro, su forma en círculos se asemeja a anillos subsecuentes, como aquellos
provocados en la superficie de un lago cuando se lanza una piedra.
La cruz de Cristo es el punto de partida de toda y cualquier misión de la Iglesia, y con la fuerza de la
propia cruz, la misión se expande hasta los confines de la tierra
Fotografía: Samuel Nieva 
Cámara: NikonD90 
Lente: Nikkor zoom 70-300mm

 

César Vidal Manzanares

Antisemitismo de Lutero y Holocausto

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XXII): Lutero y el antisemitismo (2)

En mi última entrega, puse de manifiesto cómo la posición antisemita que adoptó Lutero poco antes de morir no pasó de ser un reflejo de la habitual en la Europa católica propugnando precisamente la misma medida que habían ejecutado en España los Reyes Católicos.

Esa circunstancia explica no poco que el texto de Lutero no tuviera repercusión en la Europa reformada, a diferencia de lo que sucedía en la católica.Ciertamente, si hay que buscar un precedente histórico en algunos episodios del Holocausto los hechos históricos nos obligan a concluir que no se halla en la Europa reformada sino en la católica. De hecho, si Hitler no encontró una resistencia cerrada frente a esas medidas antisemitas se debió en no escasa medida a los precedentes católicos. Al respecto, los paralelos son elocuentes.

A continuación señalo algunas de esas normas tal y como se dieron en la ley canónica y en la nacional-socialista.

I. Prohibición del matrimonio y de las relaciones sexuales con judíos, Concilio de Elvira de 306.

Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, 15 de septiembre de 1935.

II.- Prohibición de que judíos y cristianos comieran juntos, Concilio de Elvira de 306.

Prohibición de que los judíos entraran en los vagones restaurante, 30 de diciembre de 1939.

III.- Prohibición de que los judíos tuvieran cargos públicos, Concilio de Clermont de 535.

Prohibición de que los judíos tuvieran cargos públicos, Ley para el restablecimiento del servicio público profesional, 7 de abril de 1933.

IV.-Prohibición de que los judíos empleen a cristianos o tengan esclavos cristianos, III Concilio de Orleans de 538.

Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, 15 de septiembre de 1935

V.- Prohibición de que los judíos aparecieran por las calles durante la Semana santa, III Concilio de Orleans de 538.

Decreto autorizando a las autoridades locales a prohibir a los judíos aparecer por las calles durante ciertos días de fiesta, 3 de diciembre de 1938

VI.- Quema del Talmud y otros libros judíos, XII concilio de Toledo de 681

Quema de libros perpetrada por los nacional-socialistas alemanes

VII.- Prohibición de consultar a médicos judíos, Concilio trulánico de 692

Decreto de 25 de julio de 1938

VIII.- Prohibición de que los cristianos vivieran en hogares donde hubiera judíos, Concilio de Narbona de 1050.

Directiva de Goering ordenando la concentración de judíos en casas donde no hubiera arios de 28 de diciembre de 1938

IX.- Impuesto sobre los judíos para el mantenimiento de la iglesia católica de la misma extensión que el sufragado por los católicos, Concilio de Gerona de 1078.

Sozialausgleichsabgabe impuesto a los judíos para que apoyaran económicamente al Partido nacional-socialista igual que lo hacían sus afiliados, 24 de diciembre de 1940.

X.- Prohibición para los judíos de demandar o testificar contra los cristianos, III Concilio de Letrán de 1179.

Propuesta de la Cancillería del Reich para que los judíos no pudieran llevar a cabo acciones civiles ante los tribunales, 9 de septiembre de 1942.

XI.- Prohibición de que los judíos reciban herencias de los cristianos, III concilio de Letrán de 1179.

Decreto permitiendo al ministerio de justicia anular los testamentos que ofendan el “juicio sólido del pueblo” de 31 de julio de 1938.

XII.- Orden para que los judíos llevaran un signo identificatorio en la ropa, IV Concilio de Letrán de 1215. De esa manera, la iglesia católica aceptaba incorporar una norma promulgada por el califa Omar II (634-644) contra los cristianos y los judíos.

Decreto obligando a los judíos a llevar un signo identificatorio en la ropa de 1 de septiembre de 1941.

XIII.- Prohibición de que los cristianos asistan a ceremonias judías, Concilio de Viena de 1267.

Prohibición de relaciones amistosas con los judíos, 24 de octubre de 1941.

XIV.- Obligación de que los judíos queden confinados en ghettos, Concilio de Breslau de 1267.

Orden de Heydrich estableciendo la reclusión de los judíos en ghettos de 21 de septiembre de 1939.

XV.- Prohibición de que los judíos tuvieran títulos académicos, Concilio de Basilea de 1434.

Ley sacando a los judíos de las escuelas y universidades alemanas de 25 de abril de 1933.

Los ejemplos citados previamente son suficientemente elocuentes, pero no tengo el menor ánimo de ser exhaustivo en su enumeración. Resulta bien revelador que todas y cada una de las medidas es anterior al inicio de la Reforma y que todas y cada una de ellas fueron puestas en vigor por los nacional-socialistas.

Dar ese paso no fue difícil por varias razones. La primera es que la legislación anti-semita fue desapareciendo de Europa a partir del s. XVI gracias a la Reforma y del s. XVIII gracias a las revoluciones liberales. Sin embargo, se mantuvo en las naciones católicas y, de manera muy especial, en la misma Santa Sede. De hecho, durante las dos últimas décadas del s. XIX, la Santa Sede utilizó el antisemitismo como uno de los elementos de aglutinamiento de sus fieles y fue muy común que prelados católicos defendieran la veracidad de la acusación de crimen ritual perpetrado por los judíos, una acusación, dicho sea de paso, que nunca se dio en la Europa protestante y sólo excepcionalmente en la ortodoxa.

Durante el s. XIX –el siglo en que nació Hitler y no pocos de sus seguidores– la misma Santa Sede mantuvo ghettos, perpetuó la existencia de la Inquisición e incluso procedió al secuestro de niños judíos como Edgardo Mortara arrebatándoselos a sus padres con el argumento de que habían sido bautizados en la fe católica.

Cuando Hitler llegó al poder, eran millones los que habían vivido buena parte de su vida contemplando cómo la iglesia católica vivía en un firme y convencido antisemitismo que se articulaba en multitud de normas. No sorprende por ello que Hitler tuviera un enorme éxito en la Baviera católica – fue donde comenzó su carrera política – o que fuera aclamado en la católica Austria que no se resistió lo más mínimo a la anexión al III Reich gracias a la intervención directa de la jerarquía católica. Para ser ecuánimes, ha de señalarse que ni la jerarquía ni los fieles católicos pensaban que Hitler fuera a ordenar el exterminio de los judíos y que, cuando se produjo tal eventualidad, no pocos arriesgaron la vida para salvarlos. Sin embargo, previamente no vieron con malos ojos que el nacional-socialismo implantara un régimen de medidas antisemitas que, a fin de cuentas, era el mismo que había impulsado durante siglos la iglesia católica.

De hecho, uno de los datos más escalofriantes del Holocausto es la cantidad desproporcionada de personas procedentes del catolicismo que participaron en la denominada Solución final. Trágicamente, no parece que les costara mucho dar los pasos que separaban el antisemitismo católico de siglos de las cámaras de gas de Auchswitz.

De manera bien significativa, la resistencia a las leyes de Nüremberg de 1935 e incluso a los actos antisemitas previos vino en Alemania de círculos evangélicos como la Bikenende Kirche del pastor Martin Niehmoller o el teólogo Dietrich Bonhoeffer. Para ellos – que, de manera bien significativa, apelaban a la Reforma – el antisemitismo era condenable en todas sus manifestaciones y no sólo en las posteriores y letales.

Huelga decir que la resistencia contra Hitler fue menor de la deseable, pero, por lo que se refiere a la lucha contra el antisemitismo, sólo la nacida en círculos protestantes era coherente con su Historia previa. Esos son los datos objetivos y lo demás no pasa de ser un intento de amoldar la Historia a una visión tan tardía como la del concilio Vaticano II arrojando las propias responsabilidades sobre espaldas ajenas.

Debería todo ello ser tenido en cuenta para intentar comprender, por ejemplo, ese antisemitismo desatado de la prensa española que va con apenas excepciones desde la derecha a la izquierda. Como señaló Lincoln, podemos negar la Historia, pero no podemos escapar de ella.

Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

Lutero y el antisemitismo

Publicado: abril 7, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XXI): Lutero y el antisemitismo
El papel de la iglesia católica durante el Holocausto es, sin ningún género de dudas, uno de los episodios más controvertidos en la Historia del s. XX. Es lógico que así sea porque el antisemitismo fue rampante en naciones católicas como Austria o Polonia; porque Pío XII firmó un concordato con Hitler; o porque el papel de la jerarquía católica fue esencial pa.
En los últimos años, algunos autores católicos han intentado desviar la atención de posibles responsabilidades de la iglesia católica en el Holocausto hacia la supuesta culpabilidad de Lutero en ese episodio. Merece la pena detenerse en el tema porque, aparte de disipar mitos sobre el protestantismo, de él se deriva una reflexión indispensable sobre uno de los grandes dramas de la Historia.De entrada, Lutero manifestó al inicio de su carrera como reformador una compasión hacia los judíos que no era habitual en la Alemania católica de la época. No deja de ser significativo que en uno de sus escritos de esa época llegue incluso a indicar que hasta cierto punto la falta de conversión de los judíos al cristianismo arranca, fundamentalmente, del maltrato que ha recibido de la iglesia católica. Durante los años siguientes, los judíos dejaron de tener interés para Lutero envuelto en una controversia teológica en la que se jugaba personalmente la vida y Europa, su futuro.

De esa situación, salió al final de su vida al redactar un tratado titulado “Los judíos y sus mentiras” (1543). El texto, efectivamente, rezuma un deplorable anti-semitismo, pero me atrevo a señalar que constituye una de las obras más profundamente católicas de Lutero. La razón es obvia: hasta Lutero habían llegado noticias de cómo los judíos difundían la noticia de que Jesús era el hijo de una prostituta: “Así lo llaman (a Jesús) el hijo de una prostituta y a su madre, María, una prostituta, que lo tuvo en adulterio con un artesano. Con dificultad tengo que hablar de una manera tan áspera para oponerme al Diablo. Ahora bien, saben que hablan tales mentiras por puro odio y voluntariamente, únicamente para envenenar a sus pobres jóvenes y a los judíos simples contra la Persona de nuestro Señor, para evitar que acepten Su doctrina”

La acusación era cierta ya que, efectivamente, en algunos pasajes del Talmud se hace referencia a que María es una adúltera y Jesús es llamado específicamente bastardo. De hecho, esa razón fue una de las que más pesaron en el papado para ordenar quemas del Talmud durante la Baja Edad Media y también la que llevó a algunos editores judíos a suprimir los pasajes para evitar ser objeto de esa represión papal.

Sin embargo, Lutero no se limitaba en su acusación a los insultos dirigidos contra Jesús y su madre. Además, consideraba que los judíos eran un colectivo que, mediante la usura, oprimía a los más humildes. La afirmación puede ser matizada, pero es la misma que desde hacía siglos venía vertiendo la iglesia católica sobre los judíos provocando decisiones civiles y eclesiales de especial dureza contra ellos.

Ante esa situación, Lutero proponía como solución – “la de los reyes de España” cita expresamente – es decir, la expulsión llevada a cabo por los Reyes Católicos en 1492. Puede o no gustar, pero lo cierto es que si alguna vez a lo largo de su dilatada carrera apoyó Lutero una decisión católica reciente fue ésa.

Visto con perspectiva de tiempo, el texto de Lutero es innegablemente lamentable.Lejos de seguir la línea propia de la Reforma de respeto a la libertad de expresión y de culto, Lutero se dejó llevar por la cólera que le provocaban las injurias contra Jesús y María -¿algún católico de la época habría actuado con más moderación?- y optó por la solución católica medieval al problema judío que venía aplicándose desde hacía siglos: la expulsión.

Ciertamente, si Lutero fue culpable de algo especialmente en este escrito fue de no seguir las líneas marcadas por la Reforma sino de continuar una multisecular tradición católica. Es precisamente esa circunstancia la que explica la reacción que provocó el panfleto de Lutero. A pesar de ser un autor profundamente odiado en el mundo católico, no he conseguido dar con un solo texto católico de su época que le afeara sus conclusiones, seguramente porque la coincidencia con lo que pasaba en la Europa católica era muy notable. Sin embargo, en la Europa protestante, el texto de Lutero fue repudiado. El príncipe de Hesse –que, supuestamente, debía haber escuchado la enseñanza de Lutero– se negó rotundamente a expulsar a los judíos siguiendo el ejemplo de los Reyes católicos y los mantuvo en su territorio. Felipe Melanchton, la mano derecha de Lutero, también manifestó su oposición al texto señalando que no debía seguirse sus directrices.

Fue la posición generalizada de las iglesias nacidas de la Reforma y era lógico que así fuera. La Reforma había introducido en las mentes y los corazones de las personas un principio fundamental que no era otro que el de juzgar las acciones y las enseñanzas de todos los hombres a la luz de la Biblia. Partiendo de esa base, nadie se consideró obligado a seguir el criterio de Lutero si chocaba con la Biblia lo que, dicho sea de paso, era el caso. En el mundo católico, apenas unos años antes, el papa había celebrado la expulsión de los judíos de España con una serie de festejos entre los que se incluyó una corrida de toros. Ahora, a pesar de la autoridad moral de Lutero, en la Europa protestante nadie lo siguió en sus conclusiones.

Al respecto, y por analizar una situación contemporánea, no deja de ser curioso que exista una causa de beatificación de Isabel la católica que pasa por alto el episodio de la expulsión de los judíos y, a la vez, haya católicos que pretenden cargar a Lutero con la responsabilidad del Holocausto precisamente por proponer como solución al “problema judío” la llevada a la práctica por esa misma Isabel.

El mito anti-protestante no pasa de ser un mito, pero, como hemos visto en otras ocasiones, viene caracterizado por la ignorancia o por la mala fe. Ciertamente, el Holocausto tuvo algunas raíces históricas previas al nacimiento de Hitler, pero de ello me ocuparé en la siguiente entrega.

CONTINUARÁ: El antisemitismo de Lutero y el Holocausto: el origen de las primeras medidas antisemitas de Hitler

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


La siguiente solicitud de oración fue enviada por el Rev. Dr. Wakseyoum Idossa, Presidente de la Iglesia Evangélica Etíope Mekane Yesus a través del Rev. Dr. D. Gemechis Buba, Director de misiones de la NALC:

En los últimos días más de 41 iglesias y varias estaciones misioneras evangélicas o congregaciones de la misión fueron incendiados. Hay miles de personas expulsadas de sus hogares y muchos han sido muy golpeados y asesinados. Los autores son elementos radicales islamistas y yihadistas que operan actualmente en las partes oeste y sur de Etiopía.

He hablado con el Rev. Wakseyoum mientras me encontraba en la frontera de Sudán , visitando los sínodos e iglesias de Mekane Yesus. La Voz de América (VOA) se puso en contacto con él (Rev. Wakeseyoum) lo entrevistó desde un lugar remoto, siendo esta entrevista emitida desde Washington DC

En esa entrevista dijo que, Mekane Yesus intencionalmente esta trabajado duro para establecer buenas relaciones con los etíopes musulmanes  y este trabajo ha dado lugar a muchas cosas buenas y también a una relación positiva. Sin embargo, está conmocionado y entristecido por este desgarrador y atroz brote de violencia.

Estos actos brutales no son nuevos. Hace tres años, los fundamentalistas musulmanes quemaron varias iglesias, evangelistas, pastores y líderes laicos fueron asesinados. Ahora están repitiendo estos mismos ataques. Hoy miles de miembros de familia han perdido sus hogares, iglesias y sus derechos a la seguridad de adorar y llevar a cabo sus ministerios.

Los funcionarios del gobierno etíope y las fuerzas de seguridad han intervenido. El resultado de su trabajo aún no se conoce. Hoy mismo algunos líderes de la oficina central de la Iglesia Mekane Yesus en Addis Abeba han viajado a la zona para empezar a ayudar a las víctimas. Hay muchas personas que ahora están a la espera de obtener alguna ayuda de emergencia en un campo de refugiados. El Presidente Idossa (Presidente de la Iglesia Evangélica Etíope Mekane Yesus) va a lanzar otro comunicado en los próximos días ya que la investigación continúa y que el gobierno intenta controlar estos actos y llevar a los perpetradores ante la justicia.

Por favor, oren sobre esto!

La persecución no es nueva para los luteranos en Etiopía. Sin embargo, cada vez que esto sucede se abre viejas heridas y se rompe los corazones de muchos. En medio de esta situación están caminando hermanos y hermanas que en este santo tiempo de Cuaresma no con cenizas en la frente, pero llevando la cruz de Cristo y confesando su fe en las palabras del Salmo 23:1, «El Señor es mi pastor!»

En este tiempo de Cuaresma, que Dios renueve nuestro mundo a través de la Santa Palabra y por el poder de su  gracia de Dios que está en Cristo, Amén!



CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (X): “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Uno de los mitos más difundidos sobre el protestantismo en medios católicos es el de lo barata –y fácil y, por ello, inverosímil– que resulta la salvación para los protestantes. Mientras que los católicos, según esa versión, deben esforzarse seriamente para ganar la salvación frecuentando los sacramentos, realizando obras piadosas e incluso sumando mortificaciones como las que recientemente hemos sabido que practicaba el difunto Juan Pablo II, los protestantes pretenden absurdamente que lo único necesario es creer.

Obviamente para la mayoría de los católicos –incluso para algunos con instrucción– ese punto de vista es inaceptable siquiera porque pretende obtener la salvación mediante un pago, si se nos permite la expresión, más que insuficiente. “Ganar el cielo” –por usar una expresión repetida por no pocos santos, sacerdotes y fieles– no puede venir del creer sino de un arduo camino de acciones.

No en vano, el católico puede decir “me salvaré” mediante una serie de medios y el cumplimiento de un conjunto de mandamientos enseñados por la iglesia católica, pero no sólo por la fe. En apariencia esta visión –que es totalmente semipelagiana como ha reconocido más de un teólogo católico– tiene su lógica y, sin embargo, es totalmente contraria a la enseñanza de Jesús y de los apóstoles ya que parte de la base de que nosotros NOS salvamos y no de que SOMOS salvados. Aunque el tema es complejo, permítaseme esbozarlo en sus líneas maestras para señalar hasta qué punto el mito católico sobre la salvación en el protestantismo arranca de una falta de conocimiento de la realidad y también de las Escrituras.

En primer lugar, la Biblia indica que no existe la menor posibilidad de que “yo ME salve”. Por el contrario, mi situación – como la de todos los seres humanos sin excepción – es la de pecadores perdidos. Al respecto, las afirmaciones de las Escrituras no pueden ser más contundentes y además expresadas de más formas. Mientras el profeta Isaías (64:6) señala con severa contundencia que nuestras obras de justicia son como “trapos de inmundicia” (un eufemismo para los paños utilizados en la menstruación) y Pablo afirma categóricamente que “tanto judíos como gentiles… todos están bajo pecado” (Romanos 3:9), que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), Jesús señala que el género humano es como una oveja perdida que sólo podrá salvarse si el pastor la trae al redil, es como una moneda perdida que sólo regresará al bolsillo de su ama si ésta la encuentra y es como un niño pijo que ha desperdiciado sus haberes de mala manera y cuya única esperanza es que el padre lo reciba inmerecidamente en su casa (Lucas 15). Estamos perdidos tanto individual como en calidad de género y no podemos salvarNOS por nosotros mismos. Desde luego, esa situación desesperada no cambia porque alguien intente cumplir la ley de Dios.

Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo indique: “Sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Las palabras de Pablo no pueden ser más claras. La ley con sus mandatos cumple una función similar a la de un termómetro. Nos puede mostrar hasta qué punto nuestra fiebre – nuestra enfermedad espiritual – es alta, pero no puede curarnos de la misma manera que comernos un termómetro no nos bajará la temperatura. No sólo eso. Como también señala Pablo, si uno pudiera ser justo ante Dios por la ley “entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21) y es lógico llegar a esa conclusión porque si yo pudiera salvarME mediante la obediencia a los mandamientos, la práctica de los sacramentos y las obras piadosas, ¿qué necesidad habría de que Cristo muriera en la cruz para salvarME?

En segundo lugar, la Biblia enseña que nuestra situación de perdición a causa de nuestros pecados es la que explica que Dios enviara a Su Hijo al mundo. No vino a entregar un catálogo de buenas obras –aunque, sin duda, dio una enseñanza ética sublime– sino, fundamentalmente, a morir en nuestro lugar. Al respecto, el mismo Jesús no pudo ser más claro al hablar de su misión: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). No tengo la menor duda de que Jesús podría haber señalado que vino a este mundo a fundar una iglesia que nos proporcionara el camino de salvación. Lo cierto, sin embargo, es que no lo hizo ni por asomo sino que señaló que su misión fundamental fue la de “dar su vida en rescate por muchos”. Al realizar semejante afirmación, Jesús se presentaba como el mesías-siervo profetizado por Isaías (52:13 a 53:12) que moriría en expiación por los pecados.

Por supuesto, es lo mismo que encontramos en los escritos apostólicos. Pablo, por ejemplo, señala: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:24-5). Desde luego, resulta obvio que si se habla de algo gratuito difícilmente puede ser algo que obtenemos gracias a nuestras obras, nuestra frecuencia en los sacramentos o nuestros actos piadosos.

En tercer lugar, la Biblia indica que la apropiación del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz –la justificación- no se produce mediante las obras sino a través de la fe. Pablo termina su desarrollo de la salvación en Romanos indicando que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) y remachando: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30). Era el mismo evangelio que había ya expuesto en su carta a los Gálatas donde expuso que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11) y que volvería a predicar a los Efesios al afirmar que “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). De hecho, aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla. Tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia es notable y el error de apreciación de muchos católicos resulta bastante grave.

Aunque la mayoría de los católicos –incluso con cierta formación– unen la doctrina de la justificación por la fe y no por las obras con Lutero, lo cierto es que, como hemos podido ver, su origen aparece claramente en las Escrituras y por eso no extraña que a ella se adhirieran Erasmo de Rotterdam o Juan de Valdés incluso antes de que el monje alemán escribiera sobre ella. Tampoco sorprende que todos los reformados – sin contacto entre ellos – llegaran a esa misma conclusión simplemente mediante el estudio de la Biblia.

De hecho y para ser ecuánimes, hoy en día, son numerosos los estudiosos católicos que reconocen que la “justificación por la fe” es ciertamente la enseñanza que se encuentra recogida en la Biblia. Al respecto, las notas a Romanos en la traducción católica conocida como Biblia del Peregrino o el libro de Hans Küng sobre La justificación son ejemplos claros. Pero habría que añadir en los últimos tiempos las declaraciones de Benedicto XVI señalando que la enseñanza de Lutero sobre la justificación por la fe era correcta, lo que, sin duda, es cierto aunque choca frontalmente con lo establecido en el decreto sobre la justificación del concilio de Trento. No obstante, no sería la primera vez que un pontífice contradice lo establecido por sus predecesores sin que cause mayor trauma dentro de la iglesia católica.

Permítaseme ahora un par de consideraciones finales. Dado que el evangélico no cree que la salvación es algo que gana o que él SE salva o que puede adquirirla y que, precisamente, por depender de su esfuerzo siquiera en parte resulta insegura hasta que exhale en gracia el último aliento, tiene la certeza gozosa de que Cristo ganó para él esa salvación al morir en la cruz y, precisamente por ello, su salvación es segura. Lo es porque no descansa en sus esfuerzos y obras sino en la dádiva gratuita de Dios que se ha apropiado a través de la fe. El apóstol Juan pudo decir a sus hermanos en la fe “tenéis vida eterna” (I Juan 5:13) y, sin duda, ése es un sentimiento que tiene cualquier evangélico. Por el contrario, el católico no tiene – y no puede tener – semejante certeza de salvación y es lógico que así sea porque desde su óptica, esa salvación depende en no escasa medida de él y no de manera exclusiva de la obra de Cristo en la cruz.

Esa circunstancia va unida a otra segunda en la que debo detenerme. Si alguien pregunta a un católico qué debe hacer para salvarse, las respuestas pueden ser ciertamente variadas yendo desde el “ser bueno” (un tanto pobre, pero muy extendida) a el “obedecer lo que dice la Santa Madre iglesia” que no resulta muy concreta, pero que es más católicamente acertada. De hecho, hace algunas décadas se convirtió en un best-seller un libro escrito por un sacerdote muy conocido por aquel entonces que se titulaba Para salvarse. Con una edición para chicos y otra para chicas –circunstancia, a mi juicio, chocante– el libro pretendía mostrar desde una perspectiva católica lo que había que hacer para salvarse y a ello se entregaba con mayor o menor claridad. Si alguien, por el contrario, preguntara a un evangélico: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, la respuesta sería exactamente la misma que el apóstol Pablo dio hace casi ventiún siglos (Hechos 16:30-31): “Cree en el Señor Jesús y serás salvo”.

Continuará: La justificación por la fe, la carta de Santiago y las obras

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).


Mensaje Navideño 2010 del Obispo Presidente Mark Hanson

¡Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas nuevas; del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sión: “Tu Dios reina”! Isaías 52:7.

Cuando nació Jesús, mensajeros celestiales alteraron la paz de la noche en (el cielo de) Judea para cantar alegremente y proclamar que «Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor». ¡Buenas noticias llenas de gran júbilo! Los humildes pastores fueron entonces los primeros y más entusiastas heraldos de la llegada del Salvador prometido, y hoy la alegría por el nacimiento de Jesús llena cada espacio de esta temporada.

Es cierto, a veces en el Estados Unidos moderno la algarabía comercial y cultural de la temporada parece ahogar el canto de los ángeles y las jubilosas nuevas de los pastores. Pero el majestuoso mensaje de la salvación de Dios no puede ser silenciado. Algunos lamentan en voz alta que el mundo no desea escuchar el mensaje del Evangelio, pero en esta temporada muchas personas son las que nos llaman a unirnos a ellas. «Cristianos y cristianas, canten con nosotros. Vengan con sus cantos de Navidad, de Jesús». Quizá unos cuantos quieran callarlos, así como hubo quienes después trataron de silenciar a Jesús y su mensaje sobre la asombrosa y revolucionaria misericordia de Dios, incluso hasta recurrir a la crucifixión.

Si es así, entonces esa es aún mayor razón para participar de la conmoción y algarabía, para olvidarse de las inhibiciones, para unirse al canto de los ángeles y al estallido de alegría desinhibida de los pastores: ¡Ha nacido Jesús, el Salvador!

¡Escucha! Tus centinelas alzan la voz, y juntos gritan de alegría, porque “ven ¡ahí viene tu Salvador»! Isaías 52:8; 62:11.

Mark S. Hanson

Obispo Presidente

Iglesia Evangélica Luterana en América


El reverendo Paull Spring, obispo de la Iglesia Luterana de América del Norte, es uno de los líderes de las comunidades religiosas en los Estados Unidos que publicó una carta abierta Lunes, 06 de diciembre, defender el matrimonio tradicional. 

«La Protección del Matrimonio: Un compromiso compartido» es una carta abierta firmada por líderes religiosos de diferentes comunidades religiosas en los Estados Unidos que expresa un compromiso compartido para proteger el matrimonio en nuestra sociedad como la unión entre un hombre y una mujer.

Mons. Timothy M. Dolan, arzobispo de Nueva York, firmó como presidente de la Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos, el organizador de los esfuerzos inter-religioso. Dijo que las parroquias católicas romanas se les pide que compartan la carta a los católicos de América mediante su inclusión en los boletines de la parroquia para compartir con los fieles.

El reverendo Matthew C. Harrison, Presidente de la Iglesia Luterana-Sínodo de Missouri, y la mayoría de el reverendo Robert Duncan, el arzobispo de la Iglesia Anglicana en América del Norte, fueron algunos de los otros líderes religiosos que firmaron la carta. Los firmantes incluyen a los líderes católicos romanos, ortodoxos, anglicanos, protestantes y evangélicas grupos cristianos, judíos ortodoxos, y otras tradiciones religiosas.

«El matrimonio es la unión permanente y fiel de un hombre y una mujer. Como tal, el matrimonio es la base natural de la familia. El matrimonio es una institución fundamental para el bienestar de toda la sociedad, no sólo las comunidades religiosas «, dice la carta.

«Como líderes religiosos a través de comunidades de diferentes credos, nos unamos y afirmamos nuestro compromiso común de promover y proteger el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. Honramos el único amor entre esposos y esposas; el lugar indispensable de los padres y madres, y los correspondientes derechos y la dignidad de todos los niños.

«El matrimonio lo define es un gran bien en sí mismo, y también sirve al bien de los demás y la sociedad en innumerables maneras. La preservación del significado único del matrimonio no es un interés especial o limitada, pero sirve al bien de todos. Por lo tanto, invitar y alentar a todas las personas, tanto dentro como fuera de nuestras comunidades de fe, que nos apoyen en la promoción y la protección del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, «el estado de los líderes religiosos.

La carta es el resultado de los debates entre los líderes de una gran variedad de religiones representadas en nuestra nación. En el contexto de los intentos legales y legislativas para redefinir el matrimonio en formas que son contrarias a la razón y la convicción religiosa, los dirigentes decidieron que sería importante y útil para dar a conocer su compromiso común de defensa del matrimonio como una institución que es fundamental para la salud de nuestra sociedad.

«Es significativo que los líderes religiosos de diversas comunidades cristianas y de otras tradiciones de fe han sido capaces de trabajar juntos para afirmar y defender la intención de Dios para el matrimonio y su importancia para nuestra sociedad», dijo el obispo de primavera.

«» Nosotros creemos y confesamos que el matrimonio de hombre y mujer es una institución creada y bendecida por Dios. Desde el matrimonio, Dios forma a las familias para servir como los cimientos de toda la civilización humana y la comunidad, «dijo el Obispo de primavera, citando la confesión común confirmada por la Iglesia Luterana de América del Norte. «Junto a todos los fieles cristianos, luteranos han afirmado esta concepción tradicional del matrimonio de casi 500 años.»

«El amplio consenso reflejado en esta carta – a través de grandes divisiones religiosas – es claro: La ley del matrimonio no se trata de imponer la religión de nadie, sino de proteger el bien común de todos», dijo el Arzobispo Dolan. «La gente de cualquier fe o la fe no puede reconocer a todos los que cuando la ley define el matrimonio como entre un hombre y una mujer, que obliga jurídicamente a una madre y un padre a sus hijos entre sí y, lo que refuerza la célula fundamental de la sociedad humana.»

Lutero y la ruptura con Roma

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y la ruptura con Roma

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (IV)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Ya vimos en el artículo anterior que Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

En multitud de colectivos rígidamente jerarquizados o donde la personalidad del máximo dirigente es esencial para la cohesión, suele ser común ante los abusos una reacción psicológica consistente en culpar de ellos no a la cabeza sino a los estratos intermedios e incluso pensar que si la cabeza supiera realmente lo que está sucediendo cortaría por lo sano.

LA INOCENCIA DE LUTERO

En este mismo sentido, Lutero –que seguía siendo un fiel hijo de la Iglesia católica– estimaba que el escándalo de las indulgencias no tenía relación con el Papa y que éste lo suprimiría de raíz de saber lo que estaba sucediendo: Hay que enseñar a los cristianos que si el Papa supiera las exacciones cometidas por los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de san Pedro se viera reducida a cenizas antes que levantarla con el pellejo, la carne y los huesos de sus ovejas (50). Hay que enseñar a los cristianos que el Papa, como es natural, estaría dispuesto, aunque para ello tuviera que vender la basílica de san Pedro, a dar de su propio dinero a aquellos a los que se lo sacan algunos predicadores de indulgencias».

Para Lutero, que tenía un concepto idealizado del Papa que, francamente, no se correspondía en este caso con la realidad, resultaba obvio que el centro de la vida cristiana, que debía girar en torno a la predicación del Evangelio, no podía verse sustituido por la venta de indulgencias. Ésa era la cuestión fundamental, la de que la misión de la Iglesia era predicar el Evangelio. Al permitir que cuestiones como las indulgencias centraran la atención de las personas lo único que se lograba era que apartaran su vista del verdadero mensaje de salvación.

Precisamente partiendo de estos puntos de vista iniciales –la desvergüenza y la codicia de los predicadores de indulgencias, la convicción de que el Papa no podía estar de acuerdo con aquellos abusos y la importancia central de la predicación del Evangelio– Lutero podía afirmar que las indulgencias en si, pese a su escasa relevancia, no eran malas y que, precisamente por ello, resultaba imperativo que la predicación referida a las mismas se sujetara a unos límites más que desbordados en aquel momento. De lo contrario, la Iglesia católica tendría que exponerse a críticas, no exentas de mala fe y de chacota, pero, a la vez, nutridas de razón que sólo podían hacer daño por la parte mayor o menor de verdad que contenían.

Para Lutero, aquellas objeciones no implicaban mala fe en términos generales. Por el contrario, constituían un grito de preocupación que podía brotar de las gargantas más sinceramente leales al papado y precisamente por ello más angustiadas por lo que estaba sucediendo. La solución, desde su punto de vista, no podía consistir en sofocar aquellos clamores reprimiéndolos, sino en acabar con unos abusos que merecidamente causaban el escándalo de los fieles formados, deformaban las concepciones espirituales de los más sencillos y arrojaban un nada pequeño descrédito sobre la jerarquía: Amordazar estas argumentaciones tan cuidadas de los laicos sólo mediante el poder y no invalidarlas con la razón, es lo mismo que poner en ridículo a la Iglesia y al Papa ante sus enemigos y causar la desventura de los cristianos.

En su conjunto, por lo tanto, las 95 Tesis no sólo no eran un escrito anticatólico, sino profundamente impregnado de una encomiable preocupación por el pueblo de Dios y la imagen de la jerarquía ante éste. Además, en buena medida, lo expuesto por Lutero ya había sido señalado por autores anteriores e incluso cabe decir que con mayor virulencia. Sin embargo, el monje agustino no supo captar que la coyuntura no podía ser humanamente más desfavorable.

LA RUPTURA

Ni el Papa ni los obispos eran tan desinteresados como él creía –a decir verdad eran notablemente corruptos– y en aquellos momentos necesitaban dinero con una fuerza mayor de la que les impulsaba a cubrir su labor pastoral. Quizá de no haber sido ésa la situación, de no haber requerido el Papa sumas tan grandes para concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma, de no haber necesitado Alberto de Brandeburgo tanto dinero para pagar la dispensa papal, la respuesta hubiera sido comedida y todo hubiera quedado en un mero intercambio de opiniones teológicas que en nada afectaban al edificio eclesial.

Sin embargo, las cosas discurrieron de una manera muy diferente y las 95 Tesis, vistas con la perspectiva del tiempo, pasaron a ser el primer episodio de la Reforma. El juicio de ese desenlace –que no su descripción– es claramente muy distinto según el lugar del que proceda.

Desde un punto de vista católico, sería de lamentar que la corrupción jerárquica fuera enconando cada vez más unas posiciones inicialmente ortodoxas para acabar en un desgarro que llevó a perder a la Santa sede la mitad del continente europeo.

Desde un punto de vista protestante, sin embargo, la inmoralidad de la jerarquía tuvo efectos beneficiosos. Llevó a Lutero a reflexionar sobre la decadencia de la Iglesia católica más allá de un asunto como las indulgencias y, partiendo de ese inicio, comenzó a orientar su teología hacia la Biblia, dando lugar a un proceso de regreso al cristianismo primitivo y de liberación espiritual que cambió muy beneficiosamente el mundo.

Pero, sea cual sea el juicio más acertado, de lo que no cabe duda es de que los caminos del Señor son inescrutables.

 

Con este artículo concluye la serie de cuatro artículos titulada “¿Eran católicas las tesis de Lutero?”

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

3              Lutero y las bulas

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

Lutero y las bulas

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y las bulas

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (III)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

En 1514, Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo y administrador de Halberstadt, fue elegido arzobispo de Maguncia. En aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban unas tareas pastorales, sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios, hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

EL NEGOCIO DE LAS BULAS

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del Emperador, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal. La dispensa en si sólo planteaba un problema y era el hecho de que el Papa siempre estaba dispuesto a concederla pero a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado. Como una manera de ayudarle a cubrirla, el Papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios.

De esta acción todavía iban a lucrarse más personas. Por un lado, por supuesto, se encontraba Alberto que lograría pagar al Papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el Emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el Papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación, destinándolo a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma.

MEDIOEVO E INDULGENCIAS

Para comprender lo que significaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo. En esos siglos cobró una enorme importancia la creencia en el Purgatorio. Aunque el dogma no fue definido como tal hasta el s. XV, ya contaba con precedentes de los siglos anteriores y había recibido un inmenso impulso. Inicialmente, la creencia en el purgatorio no había estado ligada a las indulgencias pero no tardó mucho en relacionarse.

Resultaba obvio que si el Papa era el custodio del tesoro de los méritos de Cristo y de los santos podía aplicarlos a los fieles para que, a cambio de ciertas prácticas, éstos sufrieran por menos tiempo en el purgatorio. No pasaron muchos años antes de que semejantes concesiones fueran obtenidas mediante pago y crearan, como en el caso que nos ocupa, un negocio extraordinario.

Como todas las ventas naturalmente, ésta también utilizaba recursos propagandísticos extraordinarios. Sus vendedores afirmaban, por ejemplo, que apenas sonaban en el platillo las monedas con las que se habían comprado las indulgencias, el alma prisionera en el purgatorio volaba libre hasta el cielo. Además, dado que semejante beneficio podía adquirirse no sólo para uno mismo sino también para otros, no pocas familias dedicaban una parte de sus recursos a beneficiar a sus seres queridos ya difuntos y padeciendo en el purgatorio.

LA POSTURA DE LUTERO

Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

Las primeras tesis de Lutero apuntan al hecho de que Jesucristo ordenó hacer penitencia –literalmente: arrepentíos en el texto del Evangelio– pero que ésta es una actitud de vida que supera el sacramento del mismo nombre. Precisamente por ello, el Papa no podía remitir ninguna pena a menos que previamente lo hubiera hecho Dios o que se tratara de una pena impuesta por sí mismo. De esto se desprendía que afirmar que la compra de las indulgencias sacaba a las almas del purgatorio de manera indiscriminada no era sino mentir, ya que el Papa no disponía de ese poder. En realidad, según Lutero, mediante predicaciones de este tipo, se estaba pasando por alto que Dios perdona a los creyentes en Cristo que se arrepienten y no a los que compran una carta de indulgencia. La clave del perdón divino se halla en que la persona se vuelva a Él con arrepentimiento y no en que se adquieran indulgencias. Con arrepentimiento y sin indulgencias es posible el perdón pero sin arrepentimiento y con indulgencias la condenación es segura.

Por otro lado, había que insistir también en el hecho de que las indulgencias nunca pueden ser superiores a determinadas obras de la vida cristiana. Aún más, el hecho de no ayudar a los pobres para adquirir indulgencias o de privar a la familia de lo necesario para comprarlas era una abominación que debía ser combatida.

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

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