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César vidal Manzanares
Lutero y la necesidad de la Reforma(9)
A pesar de su entrega y dedicación, Lutero no encontró la paz espiritual en la vida monástica.
El monje Lutero busca la paz interiorPor el contrario, su sensibilidad espiritual le conduciría por un camino muy diferente.  Aún más relevante que el avance en el terreno académico fue la evolución espiritual que experimentó el joven Martín durante aquellos años de juventud.

El ambiente que Lutero encontró en el convento constituía una acentuación del espíritu católico de la Baja Edad Media que se resumía en un énfasis extraordinario en lo efímero de la vida presente y en la necesidad de prepararse para el Juicio de Dios del que podía depender el castigo eterno en el infierno o, aún para aquellos que fueran salvos, los tormentos prolongadísimos del Purgatorio. Esta cosmovisión puede resultar chocante para muchos de nuestros contemporáneos, pero resultaba indiscutiblemente cierta y clara para la mayoría de los contemporáneos de Lutero. Además era determinante ya que convertía, de forma lógica, los años de la vida presente en un simple estadio de preparación para la otra vida y contribuía a subrayar la necesidad que cada ser humano tiene de estar a bien con Dios.

 Al entrar en el convento, Lutero había recibido la promesa de que la obediencia a la regla le garantizaría la vida eterna.  Según propia confesión –y todo indica que no exageraba– “fui un buen monje, y cumplí estrictamente con mi orden, de tal manera que podría decir que si la vida monástica pudiera llevar a un hombre al cielo, yo habría entrado: todos mis compañeros que me conocieron puedan dar testimonio de ello” [1] . De hecho, por citar otra referencia autobiográfica, no tenía “otros pensamientos que los de guardar mi regla” [2] . Como ha señalado Lortz, la vida de Lutero en el monasterio no sólo fue correcta, sino que además en ella sólo buscó someterse a Dios [3]

Al entrar en el convento, el maestro de novicios le dio  Las vidas de los Padres  y durante un tiempo, el joven Martín se sintió sometido a la sugestión de aquellas existencias vividas en el ascetismo hasta el punto de que fantaseó con la idea de ser un santo que viviría en el desierto de algunas verduras, raíces y agua fría [4] . Además, Martín se entregó con entusiasmo al ayuno y a la oración sobrepasando el comportamiento habitual de otros monjes [5] . El primer año en el convento transcurrió “pacífico y tranquilo” [6] , pero poco después comenzaron los problemas.

Se ha especulado notablemente con el carácter de los problemas que se le presentaron al joven Martín y ha formado parte de cierta apologética antiluterana (hoy muy superada) el conectarlos con las tentaciones carnales. Lo cierto es que Martín estaba sorprendido del tormento que significaron para San Jerónimo durante años [7]  ya que a él no le atormentaron “las mujeres sino problemas realmente espinosos” [8] . Esta sensación se fue agudizando a medida que  Lutero captaba en profundidad –y vivía- los engranajes del sistema católico de salvación.  De acuerdo con aquel, la misma estaba asegurada sobre la base de realizar las buenas obras enseñadas por la iglesia y de acudir, a la vez, al sacramento de la penitencia de tal manera que, en caso de caer en pecado, tras la confesión, quedaran borrados todos los pecados cometidos después del bautismo. Para los católicos de todos los tiempos que no han sentido excesivos escrúpulos de conciencia, tal sistema no tenía porqué presentarse complicado ya que el concepto de buenas obras resultaba demasiado inconcreto y, por otro lado, la confesión era vista como un lugar en el que podía hacerse, expresado de manera pedestre, borrón y cuenta nueva con Dios. Sin embargo, para gente más escrupulosa o inquieta espiritualmente, como era el caso de Lutero, el sistema era fuente de intranquilidad espiritual.

 En primer lugar, se encontraba la cuestión de la confesión.  Para que ésta fuera eficaz resultaba indispensable confesar todos y cada uno de los pecados pero ¿quién podía estar seguro de recordarlos todos? Si alguno era olvidado, de acuerdo con aquella enseñanza, quedaba sin perdonar y si ese pecado era además mortal el resultado no podía ser otro que la condena eterna en el infierno.

Como señalaría el propio Lutero, “cuando era monje, intentaba con toda diligencia vivir conforme a la regla, y me arrepentía, confesa y señalaba mis pecados, y a menudo repetía mi confesión, y cumplía diligentemente la penitencia impuesta. Y, sin embargo, mi conciencia no podía darme nunca certeza, sino que siempre dudaba y decía: “No lo has hecho correctamente. No has estado suficientemente contrito. Te has dejado eso fuera de la confesión”. Y cuanto más intentaba remediar una conciencia insegura, débil y afligida con las tradiciones de los hombres, más me la encontraba cada día insegura, débil y afligida” [9] .

Semejante visión no era poco común en la época. De hecho, había indicado el carácter de santidad de algunos personajes conocidos. Tal fue el caso, por ejemplo, de Pedro de Luxemburgo, asceta siempre cubierto de suciedad y de parásitos, que manifestó siempre una extraordinaria preocupación por los pecados más nimios. Todos los días apuntaba sus pecados en una cedulilla y cuando, por ejemplo por ir de viaje, no le resultaba posible, llevaba a cabo esa tarea después. A medianoche se levantaba con frecuencia para confesarse con alguno de sus capellanes que, no pocas veces, se hacían los sordos y se negaban a abrirle la puerta de sus dormitorios para administrarle el sacramento de la penitencia. De dos o tres confesiones a la semana, pasó a un par de confesiones diarias y, cuando falleció de tisis, se encontró un cajón lleno de cedulillas donde aparecían recogidos los pecados de toda su vida. El joven Martín, desde luego, no llegó a esos extremos que arrancaron de la práctica de anotar los pecados y que ya tuvo manifestaciones en el s. VII.

 En segundo lugar, y aparte de la dificultad de llevar a cabo una confesión realmente exhaustiva, Lutero comprobaba que las malas inclinaciones seguían haciéndose presentes en él  pese a que para ahuyentarlas recurría a los métodos enseñados por sus maestros como el uso de disciplinas sobre el cuerpo, los ayunos o la frecuencia en la recepción de los sacramentos. Cuando su director espiritual le recomendó que leyera a los místicos, Lutero encontró un consuelo pasajero, pero, finalmente, éste acabó también esfumándose. El sistema no era suficiente para remediar su desasosiego.

No cabe duda de que comportamientos como los descritos –y el de Lutero, sin duda, resultaba relativamente moderado- se enraizaban en una concepción bien firme de la justicia de Dios.  En una sociedad como la nuestra donde, en amplios sectores, el concepto de pecado ha desaparecido, donde la permisividad frente a ciertas conductas inmorales es la dominante y donde se ha ido extendiendo una imagen de Dios que recuerda más a un abuelito condescendiente y, en el fondo, estúpido que al Señor que ama la justicia y la rectitud, la conducta de Lutero puede llamar la atención. Es dudoso, sin embargo, que el fallo de apreciación se encuentre en el entonces monje y no en nuestros comportamientos.  Lutero, a fin de cuentas, tenía un concepto de Dios nacido directamente de las Escrituras donde se enseña que el Señor no dejará sin castigo ninguna injusticia ni puede tolerar que Su ley sea quebrantada ni que ningún culpable quede impune. Dios visita “la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” ( Éxodo 20:4 ); anunciaba a Israel el castigo por los pecados ( Éxodo 32:34 ), castiga a los pueblos ( Salmo 149:7 ) y, en palabras del propio Jesús, castiga a los injustos al castigo eterno ( Mateo 25:46 ).

 El primer problema que se desprende de semejante visión es el veredicto de culpabilidad humana del que Lutero –y, dicho sea de paso, cualquier otro ser humano– no podía escapar.  ¿Cómo reconciliarse con un Dios que exige justicia y lo hace de una manera tan tajante y, si se nos permite la redundancia, justa? ¿Mediante buenas obras? Ya el profeta había anunciado que nuestras buenas obras, comparadas con la justicia de Dios, son semejantes a trapos de inmundicia, los mismos paños que las mujeres utilizan durante su menstruación ( Isaías 64:6 ). Pero es que además cualquier persona con la suficiente sensibilidad espiritual sabe hasta qué punto nuestros comportamientos distan mucho de ser totalmente puros y limpios, pero, sobre todo, es consciente de que no van a equilibrar el mal hecho ni sirven como reparación y pago. Por lo que se refería al sacramento de la penitencia, como ya hemos señalado, Lutero hallaba en él los mismos problemas que no pocos católicos responsables.

 Fue entonces cuando su superior decidió que quizá la solución para la angustia de Martín podría derivar de un cambio de aires espirituales.  El ambiente del monasterio quizá tenía efectos asfixiantes sobre alguien tan escrupuloso como Lutero.

Era posible, por lo tanto, que la solución se hallara en que dedicara más tiempo al estudio y en que después se dedicara a labores docentes en un mundo más abierto.  Así se le ordenó que se preparara para enseñar Sagrada Escritura en la universidad de Wittenberg. Esa decisión iba a cambiar radicalmente no sólo la vida del joven Martín sino también la Historia universal.

Continuará…

 


   [1]  WA 38.143.25.
   [2]  WA 47.92.10; 40.II.15.15; 43.255.9.
   [3]  U. Lortz, Reforma…, p. 178 y 181.
   [4]  WA 40.II.103.12.
   [5]  WA 40.II.574.8. La entrega al ayuno, según Lutero, hubiera sido suficiente para salvarse en el caso de que efectivamente garantizara el ir al cielo (WA 40.II.453.8).
   [6]  WA 8.660.31.
   [7]  TR 1.240.12 y TR 1.47.15.
   [8]  TR 1.240.12; TR 1.47.15.
   [9]  WA 40.II.15.15; WA 40.I.615.6; WA 26.12.12.

Autores: César Vidal Manzanares

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Lutero, doctor en Teología

Publicado: julio 5, 2011 en Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
Necesidad de la Reforma (8)
Lutero, doctor en TeologíaA diferencia de otros monjes y sacerdotes, Lutero distó mucho de ser un clérigo corriente. Por el contrario, desde el inicio de su carrera eclesiástica sus superiores consideraron que debía ser encaminado por la senda de la erudición. Así sería con efectos que perduran hasta el día de hoy.

 

A diferencia de otros monjes y sacerdotes,  Lutero distó mucho de ser un clérigo corriente.  Por el contrario, desde el inicio de su carrera eclesiástica sus superiores consideraron que debía ser encaminado por la senda de la erudición. Así sería con efectos que perduran hasta el día de hoy.

Es muy posible que, durante el noviciado, Lutero diera muestras de cierto talento. Desde luego, así debió parecer a sus superiores porque lo seleccionaron para realizar estudios teológicos superiores.

 Los agustinos tenían una relación estrecha con la universidad y hacia ella encaminaron al joven sacerdote.  Se ha discutido mucho sobre la posible influencia de los occamistas sobre la posterior evolución de Lutero. La verdad es que resulta discutible que se produjera. De hecho, Lutero se expresó irónicamente sobre Occam y no parece que conociera sus escritos anti-papales. Por lo que se refiere a Biel, otra de las influencias apuntadas, lo cierto es que era un fiel católico cuya actitud hacia Roma resulta intachable desde una perspectiva católica y que además no entusiasmó a Lutero. El futuro reformador pudo ser crítico con el aristotelismo que había entrado en la Escolástica, pero no deja de ser significativo que su visión de la teología escolástica es mucho más respetuosa que la que hallamos, por ejemplo, en Erasmo. A fin de cuentas, como tendremos ocasión de ver, el influjo decisivo sobre Lutero fue el derivado de la Biblia y no de la obra de teólogos anteriores.

 A finales de 1508, Lutero fue enviado a Wittenberg a dar una serie de lecciones sobre la Ética nicomaquea de Aristóteles en la facultad de artes. Martín estaba acostumbrado a una agradable Erfurt y Wittenberg le resultó una población inhóspita y arenosa, pero su asociación con esta urbe iba a resultar trascendental.

El elector Federico dispensaba su respaldo a Wittenberg y tenía un enorme interés en su universidad. Aprobada su fundación por el emperador en 1502 y confirmada por el papa en 1503, su decano iba a ser el vicario general de la provincia sajona de los agustinos, Juan von Staupitz. Los agustinos además cubrían una cátedra de teología bíblica que ocupaba Staupitz y otra de filosofía moral que debía atender Lutero.

 Durante aquellos meses, el joven Martín tuvo que enfrentarse con un programa de trabajo muy apretado y el personaje clave en su vida fue Staupitz. Su amistad iba a perdurar toda la vida a pesar de los caminos diferentes que adoptaron. Staupitz (c. 1460) procedía de una familia de la nobleza y había cursado estudios en diferentes universidades asociadas con la denominada  via antiqua . Tras pasar por Colonia (1483), Leipzig (1485) y Tubinga (1497), se había doctorado en 1500, siendo su inclinación teológica marcadamente agustiniana. Como vicario general de la provincia sajona, Staupitz había revisado las constituciones de la orden como un preludio al programa de reforma. Su posición era la de apoyar a los observantes que deseaban regresar a la regla primitiva frente a los conventuales que eran partidarios de conservar algunas modificaciones ulteriores. Semejante tarea implicaba viajar con mucha frecuencia y es más que posible que Staupitz pensara en encontrar a algún sustituto para las obligaciones docentes a las que tenía que atender. Cabe incluso la posibilidad de que fuera esa la razón por la que había decidido enviar a Lutero a Wittenberg.

 Fuera como fuese, lo cierto es que Lutero obtuvo su grado de bachiller en el mes de marzo en Wittenberg. Inmediatamente, regresó a Erfurt para obtener el grado de sentenciario, lo que le exigió dar lecciones sobre las  Sentencias  de Pedro Lombardo, una obra resulta prácticamente desconocida en la actualidad, salvo para los especialistas, pero de enorme relevancia durante la Edad Media. Según propia confesión, en aquella época Lutero “devoró” los textos agustinianos. Se podría pensar que la visión de la gracia de Martín nació de aquella lectura de Agustín, pero carecemos de pruebas al respecto. Por otro lado, su aprecio por Pedro Lombardo era innegable y, en no escasa medida, se mantuvo durante toda su vida.

En esa época, los proyectos de reforma agustina de Staupitz chocaron con un importante obstáculo. Siete casas observantes, incluidas Erfurt y Nuremberg, se enfrentaron con un proyecto para unir a todas las casas alemanas y Martín recibió órdenes de ayudar al Dr. Nathin en la articulación de la oposición a tal medida. Inicialmente, los opositores buscaron el apoyo del arzobispo de Magdeburgo y cuando éste falló, optaron por enviar a dos hermanos a Roma para que presentaran sus posiciones. El hermano “senior” fue seleccionado en Nuremberg y Martín fue elegido como “socius itinerarius”. Dado que la meta era Roma, el viaje fue emprendido por el joven Martín con especial entusiasmo. A finales de 1510, los dos agustinos partieron con la intención de cruzar los Alpes – una empresa ardua en esa época del año – y descender a la llanura lombarda. El itinerario no fue fácil. Sin embargo, cuando contempló Roma a lo lejos, el joven Martín se lanzó al suelo y la saludó con un “Salve, santa Roma”.

Los dos agustinos cumplieron con su misión de comunicar sus puntos de vista a las autoridades eclesiásticas y, a continuación, realizaron la visita esperada a iglesias y catacumbas. La experiencia defraudó profundamente a Martín. Por ejemplo, los sacerdotes que había en Roma atendiendo diversos lugares visitados por los peregrinos insistían en que los clérigos visitantes celebraran la misa lo más rápidamente posible para dejar su sitio a otros que estaban esperando. Por añadidura, la ciudad no parecía destacar precisamente por su piedad sino más bien por su materialismo y depravación moral. Lutero señalaría con posterioridad que nunca hubiera podido creer que “el papado era tal abominación de no haberlo visto por mi mismo en la corte de Roma”. El juicio puede parecer severo, pero, a decir verdad, resulta muy morigerado si se compara con el de otros contemporáneos. Francisco Delicado, clérigo y autor de  La lozana andaluza , nos ha dejado un retrato de la ciudad como una verdadera sentina de corrupción que, con toda justicia, fue castigada por Dios durante el famoso “sacco”. Ese mismo juicio es el que hallamos en el  Diálogo de las cosas acaecidas en Roma  de Alfonso de Valdés donde las referencias a la corrupción moral y eclesial son numerosas y documentadas. No deja de ser significativo que los dos agustinos se encontraron con algunos alemanes en Roma y llegaron a la conclusión – que puede ser cierta – de que eran los mejores católicos con los que se habían encontrado en su viaje. Aparte de la decepción de ver la realidad de Roma, la apelación trasladada por los agustinos no fue aceptada. Pero el joven Martín no se sintió amargado por esa decisión romana. Por el contrario, debió quedarse convencido de que su causa estaba equivocada porque, al regresar a Alemania, dejó de apoyar a los que se oponían a Staupitz y eso a pesar de que ese cambio de posición no le granjeó precisamente la popularidad de sus hermanos de Erfurt.

Por su parte, Staupitz, muy bien impresionado con Lutero, adoptó la decisión de que cursara los estudios de doctorado y le sucediera en la cátedra de Teología bíblica en Wittenberg. El principal obstáculo para este plan fue el propio Martín. En una conversación mantenida bajo un peral, señaló a Staupitz que no veía claro ese destino y que incluso podía darse la circunstancia de que padeciera una muerte temprana. Staupitz zanjó la discusión señalando que su obligación era plegarse al voto de obediencia. Sin embargo, sabiamente, también indicó a Martín que debía percatarse de que ser doctor en teología implicaba entregar la vida a la labor de enseñar y predicar. Una ocupación de ese tipo no lo apartaría del servicio a los demás sino que lo ampliaría. Finalmente, el joven Martín obedeció. Tras aquella decisión quedaban por solucionar algunos problemas aparte el de la financiación de los estudios, pero Staupitz logró que el Elector sufragara los gastos.

 El 19 de octubre de 1512, Lutero se graduó como doctor en teología. Se trataba de la consagración pública de una vocación que debía centrarse en la defensa de la Palabra de Dios y en la lucha contra las doctrinas erróneas. Aquella vocación –formalmente asumida a los veintiocho años de edad- iba a pesar de manera determinante sobre el resto de la vida de Lutero y, de hecho, el personaje resulta incomprensible si no tenemos presente que fue, siempre y de manera esencial, un profesor de teología.

A decir verdad, le esperaba una profunda crisis que encontraría respuesta precisamente a partir del conocimiento teológico de que disponía Lutero.

 Continuará:  Necesidad de la Reforma (9)

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

El Lutero joven

Publicado: junio 24, 2011 en Historia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
El Lutero joven

La necesidad de la Reforma (7): la crisis espiritual (V): Un monje llamado Lutero (1)La necesidad de Reforma resultaba indiscutible para cualquier conocedor de la iglesia católica a inicios del s. XVI. De hecho, no faltaron esfuerzos en ese sentido aunque, lamentablemente, se malograron. La excepción vendría dada por un joven monje agustino Martín Lutero, un personaje medularmente católico cuyo destino ulterior nadie podía prever.

 

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 y sus padres eran Hans Lutero y Margaret Lindemann(1). Ambos procedían de Mohra, una localidad situada en la raya con el bosque de Turingia. De hecho, el propio Lutero se definió como “un sajón duro” de ascendencia campesina(2). El padre de Lutero – al que éste se parecía en el aspecto – se había visto perjudicado por las leyes testamentarias que establecían el paso de la fortuna familiar al hermano pequeño. La respuesta de Hans consistió en desplazarse a Eisleben y de allí a Mansfeld. Su intención era encontrar trabajo en las minas de cobre donde el trabajo resultaba extraordinariamente duro, pero existía la posibilidad de conseguir una cierta independencia si se era laborioso y ahorrador (3). Al cabo de poco tiempo logró arrendar varios hornos y en 1491, figuraba entre los miembros del concejo de la ciudad.Esta mejora de fortuna de Hans Lutero no debería llevarnos a imaginar que la vida de la familia era fácil. Años después Martín recordaría cómo su madre caminaba desde el bosque a casa bajo una pesada carga de leña o como, en cierta ocasión, le golpeó hasta hacerle sangrar por haberse comido sin permiso una nuez.

Cuando tenía siete años, Lutero fue enviado a la escuela latina de Mansfeld y a los catorce, se trasladó a Magdeburgo para recibir educación con los Hermanos de la vida común. Fue precisamente en este lugar, donde el niño Martín se encontró, por primera vez, con una ciudad de ambiente eclesiástico. Al cabo de un año, Lutero se trasladó a Eisenach donde vivían algunos familiares y donde forjó nuevas amistades.

 En abril de 1501, Lutero se matriculó en la facultad de artes de la universidad de Erfurt.  Se trataba de una de las instituciones universitarias más antiguas de Alemania (1397) y tenía fama como lugar donde se dispensaba el  studium generale . Es muy posible que la elección de esta universidad en lugar de la de Leipzig se debiera a que Hans Lutero deseaba que su hijo estudiara derecho. La ciudad era conocida por su relajación moral, un dato significativo si se tiene en cuenta que, a pesar de hallarse situada en Sajonia, estaba gobernada por el el arzobispo de Maguncia.

Lutero se alojó en la residencia estudiantil de san Jorge. Allí adquirió el sobrenombre del “filósofo” por su afición a las discusiones cultas y aprendió a tocar el laúd. En 1502, Lutero obtuvo el título de bachiller tras haber cursado las asignaturas habituales de artes.

 Con veintidós años, Lutero obtuvo su maestría con el puesto segundo de un grupo de diecisiete alumnos.  En la actualidad, cuando en Occidente, el sistema educativo está abierto a todos y en no pocas ocasiones no exige un especial esfuerzo de los alumnos, resulta fácil no asociar el logro de Lutero con lo excepcional. A inicios del s. XVI, era algo extraordinario tanto por la decisión y el sacrificio de sus padres, como por el hecho de que el joven alcanzara la meta final. De manera innegable, Martín había satisfecho las esperanzas de promoción social de la familia al cubrir la parte del trayecto previa a la entrada en la universidad. Ahora quedaba por determinar la carrera que iba a estudiar.

Conceptos como los de la realización personal o el cultivo del espíritu eran totalmente ajenos a una familia de inicios del siglo XVI que, sin proceder de una clase acomodada, lograba que su hijo llegara a la universidad. Lo que se esperaba del estudiante era que convirtiera sus estudios superiores en una llave para abrir puertas que le permitieran ascender socialmente. Visto desde esa perspectiva, la elección de la facultad de Derecho por parte de Hans Lutero resultaba obligada. Sin embargo,  Martín anunció que pensaba entrar en el monasterio agustino de Erfurt.

He detallado las versiones sobre el origen de esa decisión en  El caso Lutero . Según el propio Martín, el 2 de julio de 1505, cuando regresaba de visitar a sus padres, fue sorprendido por una tormenta cerca de Stotternheim, una población próxima a Erfurt. Aterrado por la perspectiva de la muerte, el joven Martín prometió a santa Ana en oración que si lograba escapar con bien de aquel trance se haría monje. No fue la primera vez que la muerte se presentaba tan cerca del joven Martín. El 16 de abril de 1503, de viaje a casa, Martín experimentó una caída y se clavó una daga en la pierna quizá seccionándose una artería. Mientras su compañero de viaje se dirigía hacia Erfurt en busca de ayuda, Martín intentó detener la hemorragia a la vez que pedía ayuda a la Virgen. Es obvio que Lutero sobrevivió, pero había comprobado de manera muy directa lo inesperadamente que la muerte podía presentarse. Si a esa experiencia se sumó la de un amigo muerto – lo que también pudo llevarle a reflexionar sobre el tema – y el episodio de la tormenta, nos encontraríamos con un Lutero que, durante años, había pensado en la realidad de la muerte y, al fin y a la postre, había decidido responder a ella volcándose, de manera total y absoluta, en el plano espiritual. Enfrentado con la disyuntiva de complacer a su padre o aferrarse a Dios, el joven Martín optó por lo segundo y el 17 de julio de 1505, entró en un monasterio de la orden eremítica de san Agustín.

 Sobre el paso de Lutero por el convento, tenemos numerosos datos.  Alguno de sus detractores, como es el caso de Denifle, ha insistido en negar su veracidad y en interpretar en los términos más negros la carrera del joven monje. Sin embargo, a día de hoy, esa visión maniquea hace ya décadas que fue rechazada incluso por los historiadores católicos (4).

En 1543, Mateo Flaccio Ilírico recogió una conversación con un antiguo compañero de Martín, que había seguido siendo católico tras el estallido de la Reforma, y que “declaró que Martín Lutero vivió una vida santa entre ellos, guardó la Regla con la mayor exactitud y estudió con diligencia”(5). Lutero fue un monje totalmente entregado a la Regla que – a diferencia de muchos otros que han pasado por el estado clerical – conservó una visión equilibrada e incluso afectuosa de aquella época de su vida. Así, contaría después cómo tuvo que desarrollar tareas mendicantes en aquellos años con el saco a la espalda(6), pero lo hizo sin amargura, de la misma manera que pudo hablar con afecto de su maestro de novicios.

 En septiembre de 1506, Lutero llevó a cabo su profesión preparándose para su ordenación sacerdotal y en abril de 1507, fue ordenado sacerdote.  Se ha dicho que Lutero pensó en abandonar el altar antes de celebrar su primera misa. El episodio debe ser rechazado como carente de base histórica(7). Sí es cierto, por el contrario, que la ceremonia causó una notable impresión en el joven Martín.

 CONTINUARÁ


1) Boehmer, Der Junge Luther, 1939, p. 358.
2) TR 5.255.10; 5.558.13.
3) W. Andreas, Deutschland vor der Reformation, Stuttgart, 1948, pp. 322.
4) De nuevo, J. Lortz resulta, al respecto, paradigmático. Para este historiador, Lutero no sólo era robusto mentalmente, Historia…, pp. 173, sino que su vida en el convento fue correcta, p. 178 y se pasó al reformismo sin segundas intenciones p. 188.
5) Citado en Scheel, II, p. 10.
6) TR 5.452.34; TR 3.580.5; TR 5.99.24.
7) La discusión al respecto, en G. Rupp, Luther´s Progress…, p. 17.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares

El pueblo y la religiosidad popular

La necesidad de la Reforma (6): la crisis espiritual (IV)Papado, obispos, clero… cuando se examina objetivamente su estado a finales del s. XV e inicios del s. XVI, el panorama resulta verdaderamente desolador. No puede sorprender que en semejante contexto la situación espiritual del pueblo llano resultara deplorable convirtiendo la Reforma en algo más indispensable si cabía.

 

Si tenemos en cuenta los datos proporcionados en las entregas anteriores no resulta difícil comprender que en una situación en la que el papado y la curia no sólo eran corruptos sino que tenían intereses a los que atendían con preferencia a los espirituales, en la que los obispos no solían estar a la altura de sus funciones pastorales, en la que los sacerdotes no pocas veces absentistas apenas se encontraban situados a un nivel más elevado que el de sus feligreses y en la que los esfuerzos de reforma no sobrepasaron el ámbito limitado de los círculos humanistas y de las órdenes religiosas, el pueblo también padeciera una profunda crisis espiritual. Desde el s. XV, el pueblo pasó por un verdadero estallido de la religiosidad popular, una circunstancia que ha sido aducida por algunos autores católicos para subrayar que la situación eclesial no era tan mala. La realidad es que resulta más que dudoso que el fenómeno pueda considerarse positivo en sus líneas maestras.

Por desgracia, el término “religiosidad popular” cubre en multitud de ocasiones lo que no pasa de ser la más burda superstición e incluso auténticas reminiscencias del paganismo apenas barnizadas de algo lejanamente parecido al cristianismo. Ciertamente, a la orden del día se hallaban manifestaciones como la proliferación de reliquias falsas veneradas con superstición, el envenenamiento financiero de las indulgencias – contra lo que nada pudieron o quisieron obispos, capítulos y dietas imperiales – o la corrupción de las peregrinaciones. Como ha señalado el historiador católico Lortz, “fe y superstición habían crecido a menudo tan estrechamente juntas que más se debilitaba la fe que se ennoblecía la superstición” (1).

En no escasa medida, la denominada piedad popular no era sino la transmisión de usos de generación en generación, con mayor o menor seguimiento colectivo, pero con escasa hondura espiritual y menor carácter cristiano. Lo más grave es que, en paralelo, y de nuevo el juicio es de Lortz, “la verdadera riqueza espiritual del Evangelio y de la persona del Señor pasó en medida muy pequeña a posesión del pueblo” (2).

 Frente a este panorama, el papel de la Curia y del clero resultó deplorable.  Personaje tan poco sospechoso como Juan Eck, que destacaría por su encarnizada oposición a Lutero, afirmó en 1523 de manera tajante: “La herejía luterana nació por los abusos de la curia romana y prosperó a causa de la corrompida vida del clero”. Más de cuatro siglos después, el juicio de autores católicos como Lortz, al que nos hemos referido ya con anterioridad, es aún más riguroso. A su juicio, nos encontraríamos ante un proceso de descomposición en el que las “fuerzas puras” habían sido borradas (3). Se trata de una afirmación con una solidísima base histórica.

 Digan lo que quieran los apologistas católicos, la iglesia occidental de los s. XIV y XV y de los inicios del s. XVI no conocía ya la unidad intacta desde hacía mucho tiempo y atravesaba por una profunda crisis espiritual  cuyos inicios algunos sitúan incluso en el reinado del papa Gregorio VII. Insistamos, por otra parte, en el adjetivo espiritual.

No se trata meramente, como han pretendido algunos autores, de que la moral se hubiera desplomado, sino de que la confusión teológica es abrumadora. El mal – o, más bien, la suma de males – resultaba evidente; los intentos por corregirlos no habían faltado, pero sin éxito y limitados además al seno de algunas órdenes religiosas y a los círculos selectos de los humanistas cristianos; y en la aplastante mayoría de la población de Occidente, el cristianismo aparecía vinculado de manera abrumadora más con la religiosidad popular y con prácticas tradicionales – no pocas veces viciadas – que se transmitían de padres a hijos que con la referencia a Cristo y al Evangelio.

 Partiendo de esas circunstancias, ¿puede sorprender el hecho de que “frente a la Iglesia papal de derecho divino, existente y dominante, absolutamente creída, nació la escéptica cuestión de si era realmente la verdadera representación del Cristianismo”(4)?

Si se desea ser honrado en el análisis histórico, no sorprende que una de las respuestas frente a esa situación procediera de alguien como Martín Lutero preocupado por los efectos pastorales de los abusos eclesiásticos, de alguien perteneciente a una orden religiosa que había pasado por su propia reforma y de alguien que se dedicaba a la enseñanzas de las Escrituras.

Esos tres ámbitos – la pastoral, las órdenes religiosas y el estudio de la Biblia – eran, precisamente, los lugares de origen de donde habían procedido las voces de alarma que habían clamado, bastante infructuosamente, contra una situación que no sólo no había mejorado en los últimos siglos sino que no había dejado de empeorar. Ahora la respuesta a ese esfuerzo reformador iba a ser incomparablemente mayor y su repercusión resultaría universal.

 Continuará.  Próximo artículo: La necesidad de la Reforma: la Reforma indispensable (VI): Un monje llamado Lutero (I): los primeros años

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 (1) J. Lortz, Reforma…, p. 125.
(2) J. Lortz, Reforma…, p. 127.
(3) J. Lortz, Reforma…, p. 143.
(4) J. Lortz, Reforma…, p. 25.


Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares
La necesidad de la Reforma (5): la crisis espiritual (III)

En el episodio anterior, tuvimos ocasión de contemplar cómo la crisis espiritual previa a la Reforma se extendía, además de al papado, a los pastores. No mejor era la situación del pueblo llano, pero antes de entrar en ese tema vamos a detenernos en las críticas que la situación espiritual provocó en un sector de especial relevancia, los denominados humanistas.

 

Todas las situaciones a las que hemos hecho referencia en anteriores entregas fueron criticadas y condenadas por los humanistas cristianos que no podían sino verlas con profunda preocupación como un gravísimo distanciamiento del espíritu del Evangelio.

 Sostener que el papel de los humanistas gozó de una enorme relevancia constituye un tópico, pero no está exento de veracidad. No es menos cierto que sus aportes dejaron todavía más de manifiesto la situación de crisis y esto por tres razones, al menos.

 La primera,   fue el deseo de regresar a la pureza del Nuevo Testamento , de convertir la Biblia en la norma sobre la que asentar la fe cristiana. Se trataba de un enfoque que encontramos, por ejemplo, en  Erasmo de Rótterdam , el humanista con más peso de la época. De hecho, su texto del Nuevo Testamento en griego constituyó un verdadero hito histórico, filológico y espiritual que no sólo sirvió unos años después como base para la traducción del texto fundamental del cristianismo a distintas lenguas vernáculas sino que además permitió analizar las raíces de la fe cristiana.

Sin embargo, los humanistas descubrieron, en términos generales, que lo que aparecía recogido en las páginas del Nuevo Testamento era mucho más sencillo – y más profundo – que la realidad espiritual que los rodeaba. Incluso podía decirse que, en no pocos casos, se apreciaban contradicciones de cierto peso.

La respuesta de Erasmo a ese conflicto consistió en elaborar la noción de  adiáfora . El término designaba aquellas cuestiones que no merece la pena discutir porque no contribuirían a la edificación de la iglesia y, por añadidura, provocarían problemas innecesarios. Un ejemplo de este enfoque sería la actitud frente al dogma de la transubstanciación definido en 1215). Para Erasmo, como para otros humanistas, resultaba obvio que las categorías aristotélicas utilizadas en la definición carecían de sentido entre otras razones porque no hubieran podido ser entendidas, dado su carácter helénico, por los propios apóstoles. Sin embargo, a pesar de darse esas circunstancias, no veía razón alguna para entablar una discusión sobre el tema. En relación con la tradición – fuente de más de un dogma – podía verse exenta de ataques, incluso apreciada y respetada, pero, desde luego, no era considerada como algo que derivara de Cristo y de los apóstoles.

No deja de ser significativo que el cardenal Cisneros quisiera llevarlo a España, que el papa Adriano VI lo protegiera logrando que se le ofreciera una cátedra en Lovaina, que otro papa, León X, el mismo que excomulgaría a Lutero aceptara su dedicatoria del Nuevo Testamento o que Tomás Moro, Juan Fisher, Juan Colet o Sadoleto mantuvieran siempre incólume su amistad hacia él. A pesar de todo, semejante manera de acercarse a las cuestiones teológicas iba a tener sus consecuencias y no serían las menores las derivadas de una erosión de la confianza en la manera en que la jerarquía enseñaba.

 La segunda razón  por la que los humanistas disfrutaron una notable influencia teológica derivó de su acercamiento a  textos antiguos que sustentaban las pretensiones temporales del papado para llegar a la conclusión de que eran falsos.  En la actualidad, estos documentos –a los que los especialistas católicos suelen referirse con el nombre de  “fraudes píos” – carecen de relevancia. Sin embargo, durante la Edad Media y el Renacimiento, su importancia resultó esencial.

Así, cerca del año 850, habían comenzado a circular las Falsas Decretales en las que, supuestamente, se encontraba recogido un conjunto de privilegios relativos a la sede romana. Pero de una época anterior y de mayor relevancia fue la denominada  Donación de Constantino . Este documento fraudulento había sido redactado durante el imperio franco en torno a los siglos VIII-IX con la pretensión de fortalecer el poder papal. En el mismo se señalaba que el emperador Constantino había concedido al papa Silvestre I (314-35) la primacía sobre Antioquía, Constantinopla, Alejandría, Jerusalén y toda Italia incluyendo Roma y las ciudades de Occidente. Asimismo se afirmaba que el papa había quedado constituido como juez supremo del clero. El documento fue utilizado por el papado, entre otras cosas, para defender sus pretensiones de primacía frente a Bizancio, pero en el siglo XV, su falsedad fue demostrada por Nicolás de Cusa y Lorenzo Valla. Naturalmente, se podía objetar que la falsedad del documento no disminuía en lo más mínimo la legitimidad de las pretensiones papales, pero no es posible minimizar el impacto que produjo en algunos círculos eruditos la constatación de que no pocas de esas pretensiones se habían defendido durante siglos sobre la base de un fraude.

 La tercera razón  por la que los humanistas, junto con algunos miembros de órdenes religiosas, tuvieron una especial influencia fue que  representaron un papel muy relevante en los intentos –fallidos, por otra parte– de reforma que se emprendieron a finales del s. XV e inicios del s. XVI.

Sin duda, uno de los ejemplos paradigmáticos de lo que acabamos de afirmar se encuentra en el proyecto de reforma impulsado en España por el  cardenal Cisneros.  Nacido en 1436, su muerte se produjo en noviembre de 1517, tan sólo ocho días después de que Martín Lutero clavase en las puertas de la iglesia de Wittenberg las Noventa y cinco tesis a las que nos referiremos en su momento. La fecha de su fallecimiento no pudo resultar más significativa cronológicamente porque lo cierto es que coincidió con el final de un ciclo histórico muy concreto y el comienzo de otro totalmente distinto.

Cisneros otorgó, por ejemplo, una enorme importancia a la lengua vernácula en medios religiosos e impulsó incluso la traducción de obras latinas a aquella. Asimismo decidió fundar una escuela o universidad donde un Colegio de Artes Liberales debía formar al estudiante en el conocimiento del latín, del hebreo y de otras lenguas semíticas, y otorgó una especial importancia al aprendizaje del griego ya que en esta lengua se había redactado originalmente el texto del Nuevo Testamento. Esta visión cristalizó en buena medida en la fundación de la Universidad de Alcalá que buscó inspirarse sobre todo en el estudio del Nuevo Testamento con la intención de formar de manera especialmente atenta a la gente de a pie.

De forma bien significativa, Cisneros no se caracterizó por perseguir a personas que – supuesta o realmente – defendieran posturas heterodoxas y estimuló la crítica y el estudio del texto de las Sagradas Escrituras. Fruto de esta actitud fue la elaboración de la  Biblia Políglota Complutense , en hebreo, griego y latín, o las obras de Pedro de Osma, un profesor de teología en la universidad de Salamanca, y de Nebrija, un discípulo del anterior. Anticipándose a Erasmo, ambos eruditos realizaron importantísimos estudios sobre el texto original del Nuevo Testamento y acerca de la historia católica. Estos últimos ciertamente no contribuyeron – como en el caso de otros aportes humanistas – a fundamentar algunas de las pretensiones del pontífice romano, pero aún así Cisneros protegió a Nebrija y a Osma.

 Sin embargo, a pesar de todos sus aportes, a pesar de todos sus deseos, los humanistas no lograron que la reforma de la iglesia trascendiera de algunos círculos muy limitados.  Fue esa una circunstancia que afectó igualmente a las órdenes religiosas. Que hubo intentos de enfrentarse con la gravísima crisis espiritual resulta innegable, pero su importancia ni puede exagerarse ni, desgraciadamente, contrapesó de lejos la situación señalada. Como ha indicado Lortz, “sólo unas fuerzas propiamente creadoras de la renovación se mantuvieron hasta la segunda mitad del siglo XV y las tendencias reformistas no trascendieron mucho del ámbito de las órdenes religiosas”(1).

 No resulta difícil comprender  que en una situación en la que el papado y la curia no sólo eran corruptos sino que tenían intereses a los que atendían con preferencia a los espirituales, en la que los obispos no solían estar a la altura de sus funciones pastorales, en la que los sacerdotes no pocas veces absentistas apenas se encontraban situados a un nivel más elevado que el de sus feligreses y en la que los esfuerzos de reforma no sobrepasaron el ámbito limitado de los círculos humanistas y de las órdenes religiosas,  el pueblo también padeciera una profunda crisis espiritual.  Sin embargo, de ese tema nos ocuparemos en la próxima entrega.

 Continuará. Próximo capítulo: El pueblo y la religiosidad popular


1) J. Lortz, Reforma…, p. 111.


Autores: César Vidal Manzanares

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El clero: malos pastores

Publicado: junio 1, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
El clero: malos pastoresLa necesidad de la Reforma (4): la crisis espiritual (II)

En el episodio anterior, tuvimos ocasión de contemplar cómo la crisis espiritual previa a la Reforma se extendía al papado. Lamentablemente, no era el único segmento eclesiástico afectado por esa grave situación. A decir verdad, afectaba de manera muy directa al clero.

10 de diciembre de 2010

El historiador católico Lortz no ha dudado en señalar, en vísperas de la Reforma del s. XVI, “ el creciente  capricho  dominante en la curia , a veces sin escrúpulos”(1) en temas como la multiplicación de los modos de gracia en contradicción con la seriedad de lo santo y  el abuso de los castigos espirituales  como la excomunión.

No eran los únicos males. A ellos deben añadirse la práctica extraordinariamente extendida de la compra y venta de los puestos eclesiásticos  o su utilización como si se tratara de un patrimonio personal. Julio II prometió, por ejemplo, a Paris de Grassis, su maestro de ceremonias, que lo gratificaría con un obispado en premio por haber preparado adecuadamente la apertura del concilio de Letrán.

A ello había que sumar  la acumulación de cargos eclesiásticos  –el papa León X tuvo antes de llegar a ceñirse la corona papal una carrera espectacular de este tipo– y  el absentismo de los párrocos  que, por ejemplo, en el caso de Alemania se traducía en que sólo el siete por ciento residiera en sus parroquias(2). El dato –nada excepcional por otra parte– resulta más que revelador. No resulta difícil comprender que si los primeros, como mínimo, no podían atender las obligaciones de carácter pastoral; los segundos, simplemente, no deseaban hacerlo.

Pero no terminaban ahí los daños pastorales. A lo anterior hay que añadir que  los cargos episcopales eran no pocas veces ocupados por menores de edad procedentes de familias que consideraban ciertas sedes como patrimonio casi personal(3) . Ser obispo o párroco no era una función espiritual para muchos sino un cargo del que podían derivar rentas más que bienvenidas.

Afirmar que la pastoral había desaparecido no constituye, pues, una exageración sino una descripción de la realidad(4) y, por desgracia, de una realidad que “no es excepción sino regla”(5).  Sin embargo, el mal no se limitaba a la cúspide de la iglesia católica ni a los sacerdotes.

Por más que algunos autores católicos han insistido en la fecundidad de  la vida religiosa, ésta pasaba también por una época de terrible decadencia.  Lo que algunos autores denominan el proletariado eclesiástico era muy numeroso, pero de ínfima calidad(6).

En multitud de ocasiones, su formación teológica no resultaba mucho mejor que la de un pueblo ignorante y, lamentablemente, no faltaban los casos de miembros de la nobleza convertidos en abades o monjes sin ningún tipo de vocación religiosa ni eran escasos los episodios de baja moralidad de los frailes que, por ejemplo en las ciudades, tenían atribuida la cura de almas.

 Todas estas situaciones fueron criticadas y condenadas por los humanistas cristianos(7) que no podían sino verlas con profunda preocupación como un gravísimo distanciamiento del espíritu del Evangelio.  Pero a eso dedicaremos la próxima entrega.

CONTINUARÁ

Próximo capítulo:  La necesidad de la reforma: la Reforma indispensable (V): La crisis espiritual (3): los humanistas

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
Papado y crisis espiritualLa necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (I))
Las vísperas de la Reforma no sólo transcurrieron sobre un deterioro considerable de las estructuras eclesiales sino sobre un panorama de profunda crisis espiritual que ha sido negada una y otra vez por autores católicos de manera totalmente infructuosa ya que aparece, de manera insistente e innegable, en las fuentes históricas.

No se trataba sólo de que la iglesia católica hubiera pasado por episodios de terrible desunión como el papado de Aviñón o el Gran cisma de Occidente.  La tremenda crisis institucional del papado constituía un síntoma innegable de una no menos profunda crisis espiritual.  A decir verdad, la necesidad de Reforma era palpable hacía ya trescientos años como había propuesto Inocencio III en el IV concilio de Letrán..

 En primer lugar, se encontraba el cuestionamiento de un poder papal  cuya imagen había quedado muy erosionada como consecuencia del Cautiverio de Aviñón o del Gran Cisma de Occidente. Quizá esa imagen hubiera podido mejorar – Martín V se esforzó, sin duda, por conseguirlo – si los papas del Renacimiento se hubieran esforzado por ser pastores ocupados por el rebaño y se hubieran entregado a los cuidados espirituales que necesitaba el pueblo de Dios. Desgraciadamente, ésa constituyó, en realidad, una de las épocas más negras del papado.

La  potestas  papal se dirigió de manera preeminente hacia las cuestiones temporales y, para remate, suele estar infectada por la corrupción y el nepotismo. Como ha reconocido apropiadamente el católico Lortz, “desde Calixto III y, sobre todo, desde Sixto IV, los Papas son en gran medida representantes de su familia. El papado se ha convertido en una continuación de las generaciones dinásticas, el Patrimonium Petri es un Estado italiano; sus rentas son sacadas en gran parte de los asuntos generales de la Iglesia y entregadas a la familia o a los favoritos del portador de la tierra… la Iglesia se ha metido en una amplia corriente de simonía y, en relación con la nueva cultura del Renacimiento, había penetrado en ella un deseo de placer que tuvo como consecuencia las múltiples faltas de espiritualidad y moralidad” (1).

 Por supuesto, no todo resultó negativo en los pontificados de los papas renacentistas.  Sin duda, respaldaron la actividad de no pocos humanistas; se convirtieron en mecenas difícilmente superables; intentaron ocasionalmente aglutinar a los príncipes cristianos en la defensa de Occidente frente a las agresiones islámicas; aprovecharon las oportunidades de ampliar los territorios pontificios e incluso estuvieron a punto, como nunca antes, de someter bajo la sede romana a las iglesias de Oriente. Sin embargo, sus historias distaron mucho de resultar ejemplares.

Con la existencia simultánea de dos papas –  Félix V  (5 de noviembre de 1439 – 7 de abril de 1449) y  Nicolás V  (6 de marzo de 1447 – 24 de marzo de 1455) – se produjo un nuevo cisma que pudo ser conjurado gracias a que el primer pontífice aceptó abandonar su trono a cambio de ser creado cardenal de Santa Sabina (un cargo notablemente lucrativo) y también vicario y legado papal de Saboya y diócesis adyacentes.

Nicolás V no actuó corruptamente – a decir verdad, quizá fue el único pontífice del Renacimiento al que se puede eximir de esa acusación – pero ni logró convencer a los príncipes occidentales de la necesidad de apoyar a Bizancio contra la amenaza turca ni pudo evitar sufrir durante años sus últimos tiempo el temor de ser asesinado en cualquier momento.

 Calixto III  (8 de abril de 1455-6 de agosto de 1458), un valenciano de la familia Borja, fue acusado repetidamente de comportamiento nepotista y corrupto ya que nombró para el cardenalato y otros cargos importantes a diversos familiares. No deja de ser significativo que el mismo día de su muerte se produjera una sublevación en Roma contra aquellos a los que la población llamaba los «odiosos catalanes», es decir, el sector más odiado de las tropas y los funcionarios españoles con que el papa había sustituido a los italianos.

Su sucesor  Pío II  (19 de agosto de 1458 – 15 de agosto de 1464) era un humanista importante, el famoso Eneas Silvio Piccolomini. Aunque en el pasado había defendido las tesis de la superioridad del concilio sobre el papa, tal y como queda reflejado en sus memorias, condenó mediante la bula  Execrabilis  de 18 de enero de 1460 la práctica de apelar al concilio general. Al igual que  Pablo II  (30 de agosto de 1464 – 26 de julio de 1471), su sucesor y que  Sixto IV  (9 de agosto de 1471 – 12 de agosto de 1484), fracasó en el intento de organizar una cruzada.

Este último papa fue un verdadero paradigma de la situación de crisis por la que atravesaba la iglesia católica. Nacido en Celle de padres pobres, fue educado por los franciscanos. En 1464, fue elegido general de esta orden gracias a los sobornos repartidos por el duque de Milán. Tras el fracaso de su proyecto de cruzada contra los turcos, se volcó en los asuntos italianos y en la promoción de su familia relegando los asuntos espirituales a una consideración muy secundaria. De hecho, de los treinta y cuatro cardenales que creó la mayoría carecía de cualidades espirituales y, por añadidura, seis eran sobrinos suyos. Su nepotismo acabó creando una grave situación financiera a la Santa Sede que intentó solucionar mediante la agravación de la fiscalidad en el seno de la iglesia católica y un aumento del tráfico de indulgencias.

Le sucedió  Inocencio VIII  (29 de agosto de 1484 – 25 de julio de 1492), un papa que respaldó la expulsión de los judíos llevada a cabo en España por los Reyes Católicos en 1492 y que tuvo que enfrentarse a la desastrosa situación financiera heredada de su antecesor. El método elegido al respecto – la venta de cargos eclesiásticos – resulta bien revelador de la crisis espiritual por la que atravesaba la iglesia católica, en general, y la Santa Sede, en particular. A pesar de todo – y, ciertamente, la situación distaba mucho de ser aceptable – ninguno de los papas anteriores incurrió en los excesos de sus sucesores  Alejandro VI – Pío III  reinó solo diez días – y Julio II.

Alejandro VI (11 de agosto de 1492 – 18 de agosto de 1503) pertenecía también a la familia española de los Borja (Borgia en italiano). Protagonista de una brillantísima carrera eclesial, en 1457 comenzó a desempeñar las funciones de vicecanciller de la Santa Sede. Aprovechando ese puesto, Rodrigo Borja reunió una fortuna extraordinaria que le convirtió en el segundo cardenal más acaudalado del orbe. Por añadidura, esa riqueza le permitió pagar los sobornos suficientes como para lograr su elección como papa. Con seguridad, hay que descartar los rumores de que mantuvo relaciones sexuales con su hija Lucrecia – cuestión distinta es el hecho de que tuviera distintas amantes tanto en su etapa como cardenal como en la que fue papa – pero sí resulta innegable que su pontificado estuvo marcado por razones políticas de carácter familiar entre las que descolló el deseo de favorecer a su hijo César. Así, el papa Borgia utilizó las cuantiosas sumas procedentes de la venta de indulgencias por el año santo (1500) para financiar las aventuras militares de César. Inmoral y nepotista, pero hábil político y generoso mecenas artístico, Alejandro VI encontró la muerte de manera bien significativa. Fue envenenado por error al suministrársele en el curso de una cena la ponzoña que estaba destinada a un cardenal que era su invitado.

Por lo que se refiere a Giuliano della Rovere – el futuro  Julio II  (1 de noviembre de 1503 – 21 de febrero de 1513) – procedía de una familia pobre que había pensado dedicarlo al comercio. Sin embargo, la ayuda de su tío le permitió adquirir una educación y tomar las órdenes sagradas. Al convertirse su tío en el papa  Sixto IV , fue creado obispo de Carpentras y poco después cardenal. Al morir Pío III, tras un pontificado de sólo veintiséis días, consiguió mediante sobornos y promesas ser elegido papa derrotando al denominado partido español.

Julio II – y constituye uno de los grandes méritos de su pontificado – fue un mecenas de considerable importancia, que protegió a artistas como Miguel Ángel, Bramante y Rafael, y que en 1506 colocó la primera piedra de la nueva basílica de san Pedro. Sin embargo, este papa destacó, por encima de todo, como un hábil diplomático y un terrible militar – lo que provocó las burlas más aceradas de algunos de sus contemporáneos como Erasmo – que convirtió en principal objetivo de su reinado el aumento del territorio de los Estados pontificios. Tras derrotar a la familia Borgia, en 1511 formó la Santa Liga, en unión de España y Venecia, con la finalidad de defender el papado y logró expulsar a los franceses de Italia. Apodado – no sin razón – «Il terribile», su muerte fue recibida con pena por los italianos que lo consideraban un verdadero libertador de la opresión extranjera.

 El panorama resulta – no se insistirá lo suficiente en ello – obvio e imposible de discutir. Los papas eran diplomáticos, mecenas, incluso guerreros, pero, en el ámbito espiritual, dejaban mucho que desear.  No se trataba sólo de que sus vidas estuvieran manchadas por el nepotismo, la corrupción, la belicosidad, la sensualidad o la inmoralidad sexual, sino de que el enfoque de sus reinados se encontraba más orientado a aumentar sus territorios y a dejar memoria propia como si fueran reyes meramente temporales que a atender las obligaciones propias de un pastor de almas. Y, sin embargo, a pesar de todo, seguramente el papado no era la parte de la iglesia católica que sufría la crisis peor. Aún más grave era la que atravesaban la Curia y los obispos.

 CONTINUARÁ  (próximo capítulo: La necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (II)): los pastores)


1) J. Lortz, Reforma…, p. 91.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


La Iglesia Evangélica Luterana del Brasil (IELB) repudia el reconocimiento civil de la unión homosexual, establecida por el Supremo Tribunal Federal (STF), “porque es contraria a la voluntad expresa de Dios” y dificulta, cuando no imposibilita, homosexuales “rever sus opciones y comportamiento”.

Porto Alegre, miércoles, 18 de mayo de 2011

La posición de la IELB viene firmada por su presidente, pastor Egon Kopereck, amparado en el parecer de la Comisión de Teología. Luteranos repudian la hipótesis de la adopción y guarda de niños y niñas por parejas homosexuales porque formarán en ellas “una visión distorsionada de su propia naturaleza”.

Diferenciando homosexualidad de homofobia, la IELB no concuerda con la conducta homosexual, pero no discrimina al sujeto. Ella repudia cualquier forma de discriminación y por eso se coloca al lado “también de las personas de comportamiento homosexual”, prestándoles apoyo para que alcancen una vida agradable a Dios.

Dios ama a todas las criaturas, también al homosexual, expresa el posicionamiento de la IELB, que ve a la sexualidad como don del Creador  “para ser vivido entre un hombre y una mujer dentro del casamiento”.

Pero al mismo tiempo la IELB, basada en la Sagrada Escritura, ve en la homosexualidad “un desvío del propósito creador de Dios, fruto de la corrupción humana que degrada a la persona y transgrede la voluntad de Dios”.

http://alcnoticias.com/

El Cisma de Occidente

Publicado: mayo 18, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
La necesidad de la Reforma (2): la Reforma indispensable (II)

En mi anterior entrega, me detuve en la manera en que el papado se convirtió en punto menos que el departamento de asuntos religiosos de la monarquía francesa. Cuando tras siete décadas, concluyó la Cautividad babilónica de la iglesia en Avinón, la iglesia católica no recuperó la unidad. Por el contrario, se vio sumida en un Cisma que se prolongaría durante décadas.

A la muerte de Gregorio XI, el pueblo de Roma – que temía la elección de un papa francés y el regreso de la Santa Sede a Aviñón – exigió que el nuevo pontífice fuera «romano o al menos italiano». Aterrorizados, ante la posibilidad de que se produjera un derramamiento de sangre, los cardenales votaron casi unánimemente a Prignano que subió al trono papal con el nombre de Urbano VI.  Una vez más, cuestiones meramente políticas tuvieron consecuencias espiritualmente trágicas.

Al anunciar Urbano VI que tenía el propósito de crear nuevos cardenales para contar con una mayoría italiana en el Sagrado colegio,  los cardenales franceses proclamaron la nulidad de su elección y eligieron a Clemente VII  en su lugar. De esta manera comenzó el Gran Cisma o Cisma de Occidente. Aunque Urbano VI respondió ejecutando a cinco cardenales por conspiración y sometiendo a otros seis a tortura, murió sin conseguir que su pontificado fuera aceptado por toda la cristiandad católica.

En 1389,  a la muerte de Urbano VI, fue elegido el nuevo pontífice – Bonifacio IX  – por catorce cardenales romanos. Su propósito era alcanzar una solución de compromiso que permitiera solventar el Cisma de Occidente.

Desgraciadamente no fue así y  Bonifacio XI fue excomulgado por el papa de Aviñón Clemente VII. La muerte de este pontífice hubiera podido significar el final del Cisma. Sin embargo, los cardenales de Aviñón optaron por elegir a un nuevo pontífice, el aragonés Pedro de Luna, que accedió al trono papal con el nombre de Benedicto XIII.  Una vez más, el papa de Aviñón se negó a ceder ante la sede romana perpetuando así la división de la iglesia católica en dos bandos.

El drama que implicaba semejante situación – una unidad eclesial rota en la cúspide por dos papas que se anatematizaban recíprocamente – llevó a distintas instancias políticas a intentar una mediación que llevara a Benedicto XIII a abdicar y permitiera la continuación de la línea papal a través de un pontífice con sede en Roma. Así, en 1395, Carlos VI de Francia le instó infructuosamente para que abdicara y no mejor resultado obtuvieron una legación anglo-francesa en 1397 y otra alemana en 1398. Cuando en ese mismo año, Francia se apartó de la obediencia a Benedicto, Navarra y Castilla dieron el mismo paso situándolo en una posición muy delicada. Benedicto XIII llegó incluso a ser confinado en su palacio.

Sin embargo, en 1403 logró escapar disfrazado y esa muestra de audacia se tradujo en la recuperación de la obediencia de sus cardenales así como de la de Francia y Castilla.  En 1404, Benedicto XIII propuso llegar a un acuerdo con el pontífice romano, pero el proyecto fracasó. Finalmente, en virtud del tratado de Marsella de 21 de abril de 1407, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón acordaron entrevistarse en Savona para concluir el cisma. El encuentro no tuvo nunca lugar y, al año siguiente, la corona francesa – la primera interesada en mantener el papado de Aviñón – volvió a apartarse de la obediencia a Benedicto XIII e incluso ordenó su detención.

A esas alturas, la tesis de que un concilio tenía autoridad y legitimidad suficiente para deponer al papa se había impuesto siquiera por la vía del pragmatismo ya que no se percibía otra salida para una crisis institucional y espiritualmente escandalosa. Así, Benedicto XIII, que había huido a Perpiñán, tuvo allí noticia de que el concilio de Pisa de 1409 le había depuesto tanto a él como al papa Gregorio. A los pocos días,  Alejandro V fue elegido como nuevo – y, supuestamente, definitivo y legítimo – papa.

En teoría, la solución conciliarista, es decir la deposición de los pontífices y su sustitución resuelta por un concilio superior a ellos, debía haber acabado con el Cisma de Occidente. Desgraciadamente, a corto plazo, sólo sirvió para complicarlo aún más. Apoyándose en los reinos hispánicos y en Escocia, Benedicto XIII excomulgó a sus opositores y mantuvo sus pretensiones de ser el pontífice legítimo.  La existencia de tres papas – un hecho sin precedentes – fortaleció las tesis de los partidarios del conciliarismo que ahora contaban con el respaldo imperial para intentar acabar con el Cisma.  Así, el emperador alemán Segismundo acudió a Perpiñán para instar a abdicar a Benedicto XIII. No lo consiguió. De hecho, Benedicto XIII se mantuvo en su posición – en sus trece – hasta su fallecimiento en el castillo de Peñíscola en 1423.

Sin embargo, si el papa aragonés pasaría a la Historia como un paradigma de la testarudez, no más ejemplar resultó la conducta de Baldassare Costa. Nacido en Nápoles de familia aristocrática, Costa fue pirata en su juventud, pero en 1402, fue creado cardenal por Bonifacio IX y nombrado legado en Romaña y Bolonia. Empedernido mujeriego – de él se contaba que había seducido a más de doscientas mujeres mientras desempeñaba estas funciones – Costa rompió con Gregorio XII y se unió a los cardenales de Benedicto XIII que lo habían abandonado y en el curso del concilio de Pisa (marzo-agosto de 1409) votó a favor de la deposición de Gregorio XII y de Benedicto XIII, y de la elección de Alejandro V. Cuando éste murió, envenenado, al parecer, por órdenes del propio Baldassare Costa, éste logró ser elegido sucesor suyo.

 Costa – que tomó el nombre de Juan XXIII – consiguió disfrutar de un amplio respaldo en Francia, Inglaterra y varios estados italianos y alemanes. Decidido a acabar con la crisis por la que atravesaba el pontificado, condenó la enseñanza de los reformadores John Wycliffe y Jan Huss, y en 1414, convocó el concilio de Constanza con la intención de que se confirmara la deposición de Gregorio XII y Benedicto XIII.  La propuesta era sensata, pero, a esas alturas, la tesis de la superioridad del concilio sobre el papa estaba tan afianzada que en febrero de 1415, el concilio decidió que también Juan XXIII debía abdicar.

Ante aquella iniciativa, Juan XXIII decidió huir convencido de que con ese acto concluiría el concilio, pero no fue así. En sus sesiones IV y V (30 de marzo y 6 de abril de 1415), el concilio proclamó su superioridad sobre el papa y, tras detener a Juan XXIII, lo depuso en la sesión duodécima (29 de mayo) acusándolo de simonía, perjurio e inmoralidad. La respuesta de Juan XXIII fue declarar que el concilio era infalible y renunciar a cualquier derecho que pudiera tener al papado.

 Después de que el concilio de Constanza depusiera a Juan XXIII y a Benedicto XIII y recibiera la abdicación de Gregorio XII, en el curso de un cónclave que tan sólo duró tres días se eligió papa al cardenal Oddo Colonna que tomó el nombre de Martín V.

El cisma aún perduraría hasta el pontificado de Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII, pero ya con escasos católicos que no reconocieran como pontífice legítimo a Martín V. A partir de 1418, en un intento de fortalecer su autoridad y de recuperar el prestigio de la Santa Sede, Martín V comenzó a negociar concordatos con Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra, y en 1420, volvió a residir en Roma, pese a las presiones para establecerse en Alemania o Aviñón.

 El Cisma de Occidente había dejado de manifiesto hasta qué punto la unidad de la Cristiandad occidental resultaba frágil y cómo para recuperarla había resultado forzoso arbitrar medidas que colocaban la autoridad del concilio por encima de la de los pontífices. Sin embargo, no significó la recuperación de la unidad.  Durante los años siguientes, quedó de manifiesto esa desunión en episodios como los oídos sordos prestados por las diversas naciones a los llamados papales para socorrer a Constantinopla – que cayó ante los turcos en 1453 – y, sobre todo, en la separación de Bohemia de Roma siguiendo las tesis teológicas de Juan Huss, un teólogo quemado en la hoguera durante el concilio de Constanza.

La Reforma del s. XVI provocó – a su pesar – una ruptura, pero no en una iglesia impolutamente unida, sino en una que se había mostrado dividida durante décadas en los siglos anteriores y que además ya había perdido alguna región de Europa seguidora de una interpretación de las Escrituras diferente de la propugnada por la Santa Sede. La razón de esa ruptura fue espiritual, pero de eso hablaremos en siguientes entregas.

 Continuará. Próximo capítulo: La necesidad de la reforma (3): la Reforma indispensable (III): La crisis espiritual


Autores: César Vidal Manzanares

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Cuatro pastores han sido nominados para servir como el próximo obispo de la Iglesia Luterana de América del Norte.Se elegirá a un nuevo obispo para servir un mandato de cuatro años. . La Convocatoria de NALC 2011 será los días  11-12 agosto en Hilliard, Ohio.

El reverendo John F. Bradosky, el reverendo James T. Lehmann, el reverendo Paul A. Schultz, y el reverendo Jacob Larry Yoder han sido nominados para servir como pastor principal de la NALC y evangelista.

Yoder, de 68 años, es profesor de religión en la Universidad Lenoir-Rhyne en Hickory, Carolina del Norte También se desempeña como pastor de Grace Lutheran Church en Newton, Carolina del Norte Él es un graduado del Seminario Teológico Luterano del Sur y el Colegio Lenoir-Rhyne. Obtuvo su doctorado de la Universidad de Duke.

Schultz, de 37 años, es pastor de la Primera Inglés Iglesia Luterana en Marysville, Ohio. Él es un graduado de Seminario Teológico Luterano de Gettysburg y la Universidad Estatal Wright en Dayton, Ohio.

Lehmann, de 59 años, es pastor de la Iglesia Luterana de Emmanuel Thomasboro, Illinois, se graduó del Seminario Teológico de Wartburg y la Southern Illinois University Carbondale.

Bradosky, de 59 años, se ha desempeñado como Secretario General de la Iglesia Luterana de América del Norte desde enero. Fué pastor de la Iglesia Luterana Epifanía en Dayton, Ohio. Él es un graduado de la Facultad de Teología Hamma y la Universidad de Indiana de Pennsylvania.

El Obispo Paull Spring, de 72 años, ha dicho que él no estará disponible para la reelección. Obispo Spring y otros líderes provisionales fueron elegidos para dirigir la NALC a través de su primer año en el 2010. Lutheran CORE  sirvió de Convocatoria para la constituciٌón de  NALC. Estos líderes provisionales fueron elegidos para un período de un año para que las congregaciones que se unen a la NALC puedan elegir a sus propios líderes en la Convocatoria del 2011.

Las congregaciones de NALC han  tenido la oportunidad de designar a las personas para puedan servir como obispo. La Constitución de NALC requiere que los nombres de las personas designadas para servir como obispo sean  enviadas por las congregaciones de NALC dentro de los 90 días,  antes de la convocatoria que se elegirá al obispo. Las cuatro nominaciones  fueron los recibidas para el tiempo de la convocatoria.

Otras candidaturas se pueden hacer desde la plataforma de la Convocatoria. Todos los nominaciones deben ser recibidas como pastores de NALC en la fecha de la Convocatoria.

La Constitución de NALC explica que «El Obispo debe servir como el jefe pastor evangelista  y jefe de la NALC, responsable de garantizar la prioridad de la Gran Comisión en la vida de la iglesia.

«El Obispo llevará a cabo un ministerio pastoral en la iglesia, sirviendo como pastor de los pastores y congregaciones de la NALC. El Obispo predicará el Evangelio, perdonará los pecados, administrará los sacramentos y la doctrina de justicia (Confesión de Augsburgo XXVIII). El Obispo llevará a cabo un ministerio de visitas en toda la iglesias, será un defensor de la fe y promoverá la misión de la iglesia «, dice la constitución.


Four Nominated for NALC Bishop

«August Convocation will elect a new bishop to serve a four-year term»

Four pastors have been nominated to serve as the next bishop of the North American Lutheran Church. The 2011 NALC Convocation Aug. 11-12 in Hilliard, Ohio, will elect a new bishop to serve a four-year term.

The Rev. John F. Bradosky, the Rev. James T. Lehmann, the Rev. Paul A. Schultz, and the Rev. Jacob Larry Yoder have been nominated to serve as the NALC’s chief pastor and evangelist.

Yoder, 68, is a professor of religion at Lenoir-Rhyne University in Hickory, N.C. He also serves as pastor of Grace Lutheran Church in Newton, N.C. He is a graduate of Lutheran Theological Southern Seminary and Lenoir-Rhyne College. He earned his doctorate from Duke University.

Schultz, 37, is pastor of First English Lutheran Church in Marysville, Ohio. He is a graduate of Lutheran Theological Seminary at Gettysburg and Wright State University in Dayton, Ohio.

Lehmann, 59, is pastor of Immanuel Lutheran Church in Thomasboro, Ill. He is a graduate of Wartburg Theological Seminary and Southern Illinois University Carbondale.

Bradosky, 59, has served as General Secretary of the North American Lutheran Church since January. Prior to that he was senior pastor of Epiphany Lutheran Church in Dayton, Ohio. He is a graduate of Hamma School of Theology and Indiana University of Pennsylvania.

NALC Bishop Paull Spring, 72, has said that he will not be available for reelection. Bishop Spring and other provisional leaders were elected to guide the NALC through its first year by Lutheran CORE’s 2010 Convocation which served as the Constituting Convocation of the NALC. These provisional leaders were elected to one-year terms so the congregations that join the NALC could elect their own leaders at the 2011 Convocation.

NALC congregations had the opportunity to nominate individuals to serve as bishop. The NALC Constitution requires that the names of those nominated to serve as bishop be sent to NALC congregations 90 days prior to the Convocation that will elect the bishop. The four nominees were those received at the time the notice was to be sent.

Additional nominations may be made from the floor at the Convocation. All nominees must be received as NALC pastors by the date of the Convocation.

The NALC Constitution explains that “The Bishop shall serve as the chief pastor and chief evangelist of the NALC, responsible for ensuring the priority of the Great Commission in the life of the church.

“The Bishop shall carry out a pastoral ministry within the church, serving as pastor for the pastors and congregations of the NALC. The Bishop shall preach the Gospel, forgive sins, administer the Sacraments and judge doctrine (Augsburg Confession XXVIII). The Bishop shall carry out a ministry of visitation throughout the church, will be a defender of the faith and will promote the mission of the church,” the constitution says.