Archivos de la categoría ‘Literatura’

Unamuno y Mackay

Publicado: abril 17, 2011 en Historia, Literatura, Teología

Unamuno y Mackay (I)

Una de las razones por las que estoy especialmente conmovido en este momento es que el homenaje tan generoso y valioso que se me dedica lo estoy recibiendo, nada menos, que en el aula “Miguel de Unamuno” (*).

Él es uno de los escritores españoles por el cual desde muy joven he tenido profunda admiración y que sigo leyendo con entusiasmo y por momentos con devoción. Tengo grabada en la memoria mi visita a la casa de Unamuno en 1966, cuando estudiaba en la Universidad Complutense. Me atendió doña Felisa de Unamuno con gran paciencia y generosidad. Pude dar una mirada a la biblioteca en la cual había muchos libros protestantes que me resultaban familiares.En el Colegio Secundario, mi profesor de literatura española nos había hablado con gran entusiasmo de la Generación del 98, aunque se detuvo mucho más en Azorín que en Unamuno. Pero a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección, con una pronunciación muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay.

Varios pensadores evangélicos latinoamericanos de mi generación y de la anterior y las siguientes hemos reconocido que nuestra iniciación en la reflexión teológica nos la facilitó este libro de Mackayque acabo de mencionar. Debo aclarar que a estas alturas se puede decir que tenemos en América Latina una teología evangélica y al mismo tiempo latinoamericana. No es una simple repetición de la teología heredada de los misioneros anglosajones o europeos. Y sostengo que en esta teología se puede reconocer la huella de Miguel de Unamuno que llegó a nosotros mediada por Mackay.

Este misionero y teólogo era escocés y se había formado en la Universidad de Aberdeen, doctorándose luego en el Seminario de Princeton en los Estados Unidos. Sin embargo no era Mackay un pensador presbiteriano cualquiera. Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno, le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos.

Mi intención es explorar algunas notas de la teología evangélica latinoamericana en las cuales hemos de reconocer nuestra deuda con el gran pensador vasco de Salamanca. 

Pero antes de entrar en ello quiero hacer referencia a una carta que Mackay le escribió a Unamuno el 6 de octubre de 1930 y que se encuentra en el archivo de esta casa.

Mackay había llegado a Madrid en el otoño de 1915 para estudiar castellano y tratar de penetrar en la cultura ibérica antes de irse como misionero a América Latina. Se matriculó en lo que era entonces el Instituto de Estudios Históricos de la Universidad de Madrid y vivió casi un año en la Residenciade Estudiantes. Comenta Mackay que tenía entre sus maestros a Fernando de Los Ríos y que aunque el pedagogo Giner de los Ríos había muerto en febrero de ese año, todavía se podía respirar en la Residencia la atmósfera intelectual que Giner había forjado.

Cuando Unamuno visitaba Madrid acostumbraba alojarse en esa Residencia y fue durante una de esas visitas que Mackay lo conoció por primera vez e inmediatamente trabó amistad con él. Luego en la Navidad de ese año de 1915 Mackay hizo un viaje a Salamanca para pasar unos días con Unamuno. Las notas de su diario reflejan la tremenda impresión que le causó Castilla y el impacto de la personalidad cristiana de Unamuno y sus diálogos con él.

Catorce años más tarde, en el invierno de 1929, luego de una destacada actividad misionera y docente en Perú, Uruguay y México, durante su tiempo de licencia en Europa, Mackay visitó por dos días a Unamuno en su exilio de Hendaya.[1] Fue al regreso de ese viaje que escribió la carta que ahora paso a leer.

Querido Señor Unamuno:
Tras largas andanzas por Europa he regresado al fin a tierra hispanoamericana. Lo primero que hago al hallarme instalado en mi nuevo hogar en las montañas de México, es dedicar algunos días a la tarea placentera de enviar unas líneas a aquellas personas cuyo trato durante los meses pasados en Europa, ha dejado una huella en mi espíritu. Antes de todas las otras pienso en usted y en aquellos dos días inolvidables que, hacia fines del año pasado, pasé al lado suyo en el hotelcito de Hendaya.
Usted fue de los pensadores contemporáneos quien más hondamente ha influido sobre mí. Hallé en sus escritos lo que no encontraba en otra parte en la literatura moderna. Su amor a las Escrituras y sobre todo a San Pablo, a quien yo debo mi alma, su hondo sentido de lo trágico y lo paradójico de la vida, su colocación de lo ético en el pedestal de ella, su espíritu de caballero andante a lo divino conducido por las sendas de existencia por una “mano invisible e intangible que lo estruja”, todo ello despertó un eco en mi espíritu. Por acá y allá, por Hispanoamérica, en conferencias a la juventud universitaria y al pueblo, sus inquietudes y soluciones eran a menudo la médula de mis palabras de suerte que llegué aquella mañana a Hendaya como quien visita un santuario. Estuve un par de días cerca de usted mirándole, escuchándole. Al partir una tarde para París, llevé conmigo la satisfacción de poder querer más aun al hombre que a sus escritos.
Dos imágenes han pasado desde entonces muy vivas en mi espíritu: la del camino y la de la Cruz. La Cruz sobre el corazón palpitante y el Camino que es superior a todo método. La realidad de ambos son mías también. A ellos debo lo que soy. Día a día reanudo la aventura por el Camino con la Cruz.
Los nueve meses de mi estada en Europa los dividí entre visitas a mis padres y familiares en las montañas de Escocia celta, conferencias en universidades inglesas, y cuatro meses en Bonn junto a Karl Barth. Con éste llegué a intimar mucho. Conversamos mucho de usted. Creo que Barth y los de su grupo, Brunner de Zurich, Bultmann de Marburgo y Gogarten de Jena van a devolver al pensamiento teológico el concepto del Dios viviente y creador de los profetas y de Pablo y de Kierkegaard, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Creo, sin embargo, que son un tanto intelectualistas y desprecian demasiado el corazón. Pascal tenía lo que ellos y algo más. Pero que sigan en sus arremetidas contra el Dios que es pura Idea o Gran Encarcelado…[2]

No podía ser más elocuente y explícito el reconocimiento de Mackay hacia Unamuno. Y precisamente algunos de los temas que toca en esta carta y que amplía en varios otros escritos, han sido temas que la reflexión teológica evangélica ha asumido en América Latina. 

(*) Discurso completo de Samuel Escobar, escrito a modo de agradecimiento al recibir el “II Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica”, concedido por la Asociación Cultural Evangélica Jorge Borrow. Homenaje celebrado en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca. Sábado 12 de marzo de 2011.
La publicación del discurso, por su amplitud y secciones, lo iremos haciendo en varias secciones bien diferenciadas.



[1] Cuando no se indique lo contrario, los datos biográficos de Mackay están tomados de John Mackay Metzger, The Hand and the Road. The Life and Times of John A. Mackay, Louisville, KY: Westminster-John Knox Press, 2010.
[2] “Miguel de Unamuno, Juan Mackay y La Nueva Democracia – Epistolario”, Época, Revista de historia eclesiástica, Año 2, No. 2, Lima Enero-Junio 1996, pp. 25-26.

Autores: Samuel Escobar
© Protestante Digital 2011

Superhéroes y padres ausentes

Publicado: abril 7, 2011 en Arte, Literatura
Etiquetas:

Superhéroes y padres ausentes

Un estudiante de Barcelona de 22 años, Pablo Muñoz, describe en Padres ausentes (Alpha Decay, 2011)la pasión por los tebeos de superhéroes de toda una generación.

5 de abril de 2011

Expresa en el libro que esta generación “descubre los primeros sinsabores de la vida en medio de familias desestructuradas fruto de la eclosión del divorcio libre”.Este interesante ensayo enlaza la melancólica educación sentimental de un lector preadolescente catalán en los años noventa, con la cultura popular norteamericana de escritores como Michael Chabon y Jonathan Lethem, hijos de matrimonios rotos en los años setenta, que tienen el mismo vínculo emocional con esos personajes de cómic.Lo que conocemos como el baby boom es un fenómeno demográfico que aconteció en muchos países europeos y Estados Unidos tras la segunda guerra mundial, pero que en España no se produce hasta los años sesenta. Lo que en estos países se vivió en la adolescencia durante aquella época, aquí no se conoció hasta diez o veinte años después. Las aficiones, modas y preocupaciones sociales, unen así varias generaciones en distintos países, donde el tebeo forma una parte esencial de la cultura popular, marcada por la desintegración familiar que se vive a finales del siglo pasado.

La ley del divorcio, promulgada en España en 1981, permite que muchos rehagan su vida, buscando una nueva pareja, pero a cambio deja toda una generación de padres ausentes, que ha llegado ahora a la edad de contar sus amargos recuerdos de aquellos años. Escuchar estas historias, no es un ejercicio agradable para aquellos que no han asumido todavía su responsabilidad por la infelicidad de unos hijos, que son todavía mandados de casa en casa cada fin de semana. El viaje emocional de lectores como Pablo Muñoz, anhelando los superpoderes que pudieran cambiar su vida, es realmente conmovedor. Nos da una clave nueva para entender la cultura juvenil.

LA MUERTE DESUPERMAN
El libro de este estudiante de periodismo de la Universidad Autónoma de Barcelona, comienza con La muerte de Superman. El personaje nacido del anhelo mesiánico de dos judíos neoyorquinos en los años treinta –recreados en la novela de Michael Chabon, Las aventuras de Kavalier y Clay(Debolsillo, 2004)–, murió en una serie de Dan Jurgens, que leyó Pablo Muñoz el verano de 1994. Tenía seis años, cuando ese otoño se estrenó también en Mataró El rey león de Disney, otra “historia de un padre muerto y un hijo perdido”.

Para el autor de Padres ausentes, “el conflicto entre Kal-El (Superman) y su padre, Jor-El, es uno de sus principales atractivos y uno de sus grandes motivos dramáticos”. Como padre de todos los superhéroes, Superman se convierte en el primero de una serie de “huérfanos dispuestos a encontrar su relato en la Tierra”.La muerte del hijo perdido es también la del hijo pródigo, que es la última esperanza de supervivencia de una herencia, donde tenemos nuestras raíces, dice Muñoz.

No es extraño que la fábula de Disney de El rey león, “cargada de dolor”, en la que un cachorro debe vengar la muerte de su progenitor a manos de su tío, le hace emprender un emocionante y solitario viaje a una generación, que atraviesa la jungla de la vida con la nostalgia del padre ausente. La obra de Michael Chabon –nacido en 1963– está llena de ese sentimiento de abandono y orfandad, desde el divorcio de sus padres, cuando tenía once años.Criado con su madre judía, transmite esa infancia sin padre a los primos protagonistas de su novela, que sueñan con el vengador hebreo, protagonista de un cómic trasunto de Superman, como mesías defensor de la viuda y el huérfano.

HÉROES VULNERABLES
El cómic de Spiderman, La muerte de los Stacy –que acaba de publicar ahoraPanini y que le he comprado a mi hijo, para poder leerlo yo– es una de las referencias clave de Padres ausentes. Es una obra escrita por Stan Lee y Gerry Conway en los años setenta, una época que fascina a muchos jóvenes hoy. Tanto que el seudónimo que Pablo Muñoz ha escogido para su original blog es Alvy Singer, el personaje que crea la figura actual de Woody Allen en Annie Hall (1977).

A partir de los años sesenta el cómic de superhéroes entra en lo que los expertos llaman la edad de plata –para diferenciarla de la edad dorada, que abarca desde los años treinta hasta los cincuenta–. Hombres como Stan Lee y Jack Kirby cambian a esos seres superpoderosos por unas figuras cuya fuerza reside en su debilidad. Son individuos vulnerables que han sufrido un accidente o están afectados emocionalmente por una tragedia. Así Peter Parker se convierte en Spiderman al ser picado por una araña y morir su padre adoptivo –el tío Ben– en un despiadado asesinato.

Los nuevos personajes de la casaMarvel –frente a los antiguos de DC– producen empatía por su humanidad. Ya que están llenos de miedos e inseguridades. La acción tiene lugar también aquí y ahora –no en una Metrópolis intemporal e inalterable, como la de Superman–. Las desventuras de Spiderman ocurren en el mismo Nueva York, que ven en las series de policías en televisión todos sus lectores. Una ciudad dominada por el crimen, donde muere también el padre de la novia de Spiderman –un capitán de policía que representa otra figura paternal para el personaje–, antes de perder también a su gran amor, Gwen Stacy. El dolor va acompañado aquí de una sensación de fracaso.

LA FORTALEZA DELA SOLEDAD
Es en los setenta también cuando se cría sin madre en Nueva York, el autor preferido del escritor de Padres ausentes, Jonathan Lethem –nacido el mismo año que yo, 1964–, que recrea su infancia en la poderosa novela La fortaleza de la soledad(Debolsillo, 2005). El libro trata de dos chicos de Brooklyn, educados en un ambiente liberal de artistas –como el autor, que creció en una comuna–. El niño protagonista –Dylan, como el ídolo del autor– es abusado por sus vecinos, hasta ser protegido por un chico mayor afroamericano llamado Mingus –hijo de un cantante de soul drogadicto y nieto de un antiguo predicador–, que le introducirá en el mundo del cómic.

El título mismo de la novela viene de la residencia imaginaria de Superman. Como el escritor, el personaje vive en un mundo de fantasía. Lethem dice que estaba tan obsesionado por la primera película de Star Wars, que la vio veinte veces cuando aún estaba en los cines. La historia gira en torno a un anillo mágico, que les permitiría huir de este mundo terrible, haciéndose invisibles. Aunque Superman vive en Metrópolis, es en la Fortaleza de la Soledad donde es realmente él mismo, rodeado de las estatuas de sus padres ausentes.

El cómic más actual que comenta Pablo Muñoz esMarvel 1985 –publicado por esa misma casa el año 2008–. Escrito por Mark Millar, un católico practicante escocés nacido en 1969, que empezó a escribir tras la repentina muerte de sus padres. La serie cuenta la historia de un niño solitario, que vive el divorcio de sus padres en los años ochenta. Absorbido por los tebeos, verá cómo en su vida aparecen los superhéroes infiltrados, cuando se muda a la casa de su padre, recién divorciado. La historia acaba como no podía ser de otra manera, con el progenitor fallecido, trasladado a un limbo, que no es otra cosa que el universo Marvel.

EL CORAZÓN PATERNAL DE DIOS
Dios se presenta en la Biblia como un Padre, que no es como los padres que tenemos en este mundo, a menudo ausentes.Es nuestro Padre celestial. Cuando pensamos en nuestro padre en la tierra, no siempre es alguien amoroso, en quien podemos confiar. Como padres, a menudo no somos fieles. Ya que no nos entregamos absolutamente. Preferimos nuestro propio bienestar y realización, a la seguridad de nuestros hijos. En una generación marcada por el divorcio desenfrenado y el maltrato infantil, el nombre del padre produce rabia, resentimiento y rechazo.

No es extraño que muchas personas heridas intenten ignorar o negar la existencia de un Padre en los cielos. Jesús es el Superhéroe que nos enseña a llamar a Dios Padre(Mateo 6:9), porque Él merece toda nuestra confianza. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” dice en el Evangelio según Juan 14:9. Jesús nos revela a Dios como un Padre amante, clemente y misericordioso. El problema es que para sentirlo así, antes tenemos que conocerle. Ya que sólo “los que le reciben y creen en Él, son hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

Dios es el único Padre que nunca nos fallará. Aún “si fuéramos infieles, Él permanece fiel”(Timoteo 2:13). De hecho, no le encontramos a Dios, sino que Él nos encuentra a nosotros. Como un Padre amante, siente nuestro dolor más profundamente que nosotros. Ya que “tiene cuidado de nosotros” (Pedro 5:7). No tenemos que ganar su afecto, porque Él nos acepta tal y como somos, cargando con nuestra culpa y vergüenza en Cristo Jesús.

Si queremos librarnos del resentimiento por los fallos de nuestros padres humanos, ¡descubramos el maravilloso amor de nuestro Padre divino!

Autores: José de Segovia Barrón

© Protestante Digital 2011