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El misterio de `El río de la vida´

Publicado: octubre 14, 2011 en Literatura

José de Segovia Barrón
El misterio de `El río de la vida´¿Por qué dos hijos, criados en la iglesia, tienen una existencia tan diferente?

11 DE OCTUBRE DE 2011

 Una pequeña editorial de Barcelona, Libros del Asteroide, ha publicado ahora la historia autobiográfica del hijo del pastor presbiteriano Norman Maclean (1902-1990), que llevó al cine Robert Redford con Brad Pitt. Este fascinante relato nos cuenta la vida de dos hermanos, que fluye como un río, sin que podamos resolver muchos de los interrogantes que plantea el misterio de la condición humana. ¿Por qué dos hijos, criados en la iglesia, tienen una existencia tan diferente? El escritor –que llegó a ser profesor de literatura inglesa– se plantea al final de su vida por qué su hermano no quiso recibir ayuda, para descubrir que podemos amar, aunque no entendamos. 

Este clásico contemporáneo fue publicado por la Universidad de Chicago  – donde enseñaba Maclean –  en 1976. Es curiosamente la primera obra de ficción que editó este centro académico. Tuvo excelentes críticas, y se ha reeditado constantemente. El autor rechazó dos ofertas de llevarlo al cine. Una tan avanzada, que alguien de la productora se presentó en su cabaña de Montana con un contrato listo para firmar, que despidió diciendo que “en el Oeste, lo despacharía a tiros, dejándolo de cebo para los coyotes”. La siguiente vino del actor William Hurt.

Para ganarse al escritor, Hurt le invitó a pescar, que era su gran afición. Maclean le exigió, antes de salir, que le enseñara su licencia. Cuando el actor le  dijo que no la necesitaba, el autor le dijo: “entonces, yo no pesco”. Al volver unos días después con la licencia, pescaron finalmente juntos. El actor estaba tan convencido de su arte para la pesca con mosca que pensaba que el papel del hermano de Mclean (Paul) era suyo. Para su sorpresa el profesor le dijo: “Eres bueno, pero no tan bueno como Paul”. Cuando el actor le propuso entonces hacer de él en la película, su respuesta no pudo ser más devastadora: “Claro, pero no tenía ochenta cuando ocurrieron los sucesos que cuento en la novela”.

El siguiente en intentarlo fue Robert Redford. Estaba tan obsesionado con esta historia que le invitó al festival de Sundance. Le gustó, pero le dijo: “verá, me ha llevado cuarenta años escribir esto, y ahora no voy a dejar que Hollywood lo convierta en pornografía”. Llegaron a un acuerdo en 1988, por el que el escritor revisaría el guión con derecho a veto. Murió en 1990, a los 87 años, pero Redford llevó a la pantalla en 1992 su libro, con extraordinaria fidelidad, como se puede comprobar al leer la novela.

 EL PASTOR PESCADOR
 El río de la vida  es la primera de tres historias que contiene esta obra , que publicó el autor a los 73 años como su primera obra de ficción en su larga carrera académica. Es un relato autobiográfico de su vida en los años treinta, como hijo de un pastor protestante de origen escocés.  Habla sobre todo de  la relación con su hermano, y su afición a la pesca. Sus primeras palabras comienzan también la película que dirigió Robert Redford:

“En nuestra familia no había una frontera clara entre la religión y la pesca con mosca. Vivíamos en una zona de grandes ríos de truchas en Montana occidental, y nuestro padre era un ministro presbiteriano y pescador con mosca. Nos contaba que los discípulos de Cristo eran pescadores, y eso nos hizo pensar, a mi hermano y a mí, que todos los pescadores de primera del Mar de Galilea eran pescadores con mosca.”

 Es evidente que la pesca se usa aquí como una metáfora de la vida misma . Los que no sabemos nada de pesca –yo intenté aprender un verano en Londres, cuando era adolescente, pero fácilmente me desanimé, por mi habitual torpeza–, podemos pensar que este es un libro para iniciados, pero no es así. De hecho, es un libro que habla tanto de la fe y la familia como de la pesca. Lo expresa así ya en la primera página:

“Es verdad que un día a la semana se entregaba por completo a la religión. Los domingos por la mañana mi hermano Paul y yo íbamos a la escuela dominical y después a los  servicios matinales  para oír los sermones de nuestro padre. En el intervalo de las tardes de domingo, debíamos estudiar el catecismo menor de Westminster durante una hora y a continuación recitarlo antes de salir a caminar por la montaña con él, en el tiempo que le dejaban libre los servicios.”

 LA GRACIA DE LA VIDA
Aunque Maclean cree que nunca formulaba más que la primera pregunta del catecismo:  ¿Cuál es el fin primordial del hombre?  Respondían los dos juntos, para que pudiese continuar uno, si el otro se olvidaba:  El fin primordial del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él por toda la eternidad.  La conocida respuesta de este documento reformado –que ha inspirado la obra de autores como Packer o Piper–, expresa la fe de su padre.  Maclean aprendió que el hombre es un desastre por naturaleza–como dice al principio de la película–, pero que por gracia puede volver a estar en armonía con Dios, recuperando el poder y la belleza.

En una semana normal de su infancia, el autor recibió tantas horas de instrucción de pesca, como de temas espirituales. Porque “hasta que el hombre sea redimido, siempre echará la caña demasiado atrás y demasiado adelante”. Ya que “es natural que el hombre procure alcanzar la fuerza sin la gracia”. El recuerda que, para su padre, “todas las cosas buenas –tanto la trucha como la salvación eterna– se adquieren por gracia”. El escritor intentó por eso conciliar su vida de periodista con “los objetivos de la vida que responden a la primera pregunta del  catecismo de Westminster ”.

 Su hermano Paul trabaja de guarda forestal, pero enseguida se aficiona a las chicas y las apuestas, olvidando las palabras “pintadas en una pared lateral de nuestra escuela dominical:  Dios es Amor ”. La dureza del hijo pequeño del pastor se muestra desde su resistencia a las gachas de avena, como su inclinación a las peleas. La descripción de su ropa coincide exactamente con la que Brad Pitt lleva en la película.

 ¿CÓMO AYUDAR A QUIEN NO QUIERE AYUDA?
 Maclean recuerda que su hermano rechazaba siempre cualquier ofrecimiento de ayuda. El escritor lucha con la frustración de “cómo ayudar a alguien cercano, de quien piensa que necesita ayuda, aunque el otro no piense así”. No comprende a su hermano, pero quiere ayudarle, ser “salvador de su hermano”, en lenguaje bíblico.

Desde el principio de la Escritura, con la historia de Caín y Abel, entendemos que uno es “guardián de su hermano” ( Génesis 4:9 ). El problema es que, como el hijo mayor de la parábola de Jesús, cuando hablamos al Padre, consideramos a nuestro hermano perdido como si no fuera siquiera nuestro hermano –“ese hijo tuyo que ha despilfarrado tu fortuna con prostitutas” ( Lucas 15:30 ) –. El hijo pródigo tiene un fariseo como hermano. Tristemente, la Iglesia está llena también de hermanos mayores.

“La ayuda implica dar parte de ti mismo a alguien”, dice su padre, el pastor. Lo que pasa es que “pocas veces podemos ayudar a alguien, bien porque no sabemos qué parte dar o bien porque no nos gusta dar ninguna parte de nosotros mismos”. Además, “más veces de las que pensamos, la parte que se necesita no es la que se quiere”. Y lo que es peor, “más a menudo todavía, no tenemos esa parte que se necesita”.

 EL HERMANO QUE NECESITAMOS
 Gracias a Dios, tenemos un Hermano mejor. Alguien que no sólo va a una provincia lejana a buscarnos, sino que ha venido del cielo a la tierra. El no nos ofrece dinero, sino el coste infinito de su propia vida, para llevarnos a la familia de Dios.

 Todos nos hemos rebelado contra el Padre. Maclean recuerda que “tiempo atrás había aprendido, para mi pesar a veces, que la piedad está acompañada por un conocimiento previo y completo del pecado”. Merecemos la alienación, el aislamiento, y el rechazo. El perdón tiene un precio, pero nuestro Hermano mayor ha pagado la deuda, en la cruz, por nosotros. Su amor sacrificado cambia las cosas.

Despojado de su dignidad, es exhibido desnudo en la cruz, para que nosotros podamos disfrutar de su dignidad hoy. Si Él fue despreciado, es para que nosotros podamos entrar en su familia, por la gracia de Dios. Bebió la copa de la justicia eterna, para que podamos levantar la copa de alegría, por el gozo del Padre. Si el Señor del Universo nos ama tanto, ¿de qué podemos tener miedo? “Podemos amar completamente, sin entender completamente”.

Autores: José de Segovia Barrón

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Camino de Emaús con Baricco

Publicado: septiembre 19, 2011 en Cultura, Literatura

José de Segovia Barrón
Camino de Emaús con BariccoEl libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana.
 Mientras hablo estos días con los monseñores del Vaticano sobre la autoridad de la interpretación de las Escrituras  – en una consulta teológica de la Alianza Evangélica – , leo en la habitación de este palacio romano la novela del escritor italiano Alessandro Baricco, que ha publicado Anagrama este año en Barcelona.  Emaús  es la historia de cuatro adolescentes católicos de clase media, que viven en el norte de Italia durante los años setenta. La aparición de una chica de clase alta y costumbres liberales trae una crisis moral y espiritual a estos jóvenes, que supondrá el derrumbe de todas sus certezas.Este libro es –como dice Paolo Di Paolo– sobre “la pérdida, el sentimiento de pecado, la irracionalidad del dolor, la familia, el desengaño de la felicidad, el esfuerzo de crecer, o tal vez de comprender, la piedad”. Temas como el catolicismo, la fe, el Calvario y la resurrección, pueden descolocar a los lectores habituales del autor de novelas como  Seda  o  Novecento  –que algunos conocerán por el cine– .  Como dice Di Paolo, Baricco ha hecho probablemente aquí su novela más valiente y hermosa.

 El escritor de Turín cuenta así una historia de aprendizaje, basada sin duda en su propia experiencia –nació en 1958– de superviviente de un grupo de amigos, cuya vida queda fatalmente truncada por el suicidio, la droga y el crimen. Este relato de decadencia y caída está marcado por la “obstinada resistencia” a una educación católica, que conoce muy bien el lector latino, que creció en una época en que todavía la religión ocupaba un lugar importante en la vida social.

 EDUCACIÓN SENTIMENTAL CATÓLICA
A algunos les resultará algo extraño “el heroísmo” –como a Baricco le gusta llamarlo– de una juventud que se dedica a cantar en la iglesia y asistir ancianos olvidados en la sección de urología de un hospital. El tema de la sexualidad reprimida marca la educación sentimental de una generación que ha descubierto la vida como una “asignatura pendiente”. En este caso, la desinhibida Andre hace irrumpir con su libertad de costumbres, la despreocupada vitalidad pagana, en el asfixiante moralismo de una realidad familiar, donde “no se acepta la realidad del mal” (pág. 35).

Los setenta no sólo fueron  años de plomo  para Italia. Muchos jóvenes no se sintieron atraídos por la lucha revolucionaria, que relacionamos con el terrorismo de aquella época.  En los años posteriores al Concilio, hay una religiosidad atractiva que busca un mundo diferente por la honestidad y la solidaridad. La derrota de ese idealismo hizo que esa generación perdiera la capacidad de soñar. Lo que muchos relacionan con el fracaso de la izquierda en Italia y la aparición del  berlusconismo .

El libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana. Es una obra también sobre la adolescencia, un tiempo de pasión, energía, hambre de emociones y búsqueda del sentido de la vida. El narrador la recuerda con la voz de la desilusión, más lúcida y crítica, cuando todo ha terminado y vuelve la rutina. Se cierra así en falso una crisis, que marca toda la vida.

 ¿LA SEDUCCIÓN DE LA CARNE?
 El autor dejó ese mundo para siempre, pero observa que se ha llevado algunas cosas que le acompañan toda su vida. Por un lado, un complejo de culpa permanente, pero también la solidaridad, compasión y atención a los demás, que no te hacen perder la inclinación a lo espiritual. Eso, para él, es una herencia positiva, pero dolorosa. 

 ¿Es la seducción femenina de Andre símbolo del pecado, o de la libertad? “Es la espiral de un mundo distinto” –dice Baricco en una entrevista con el diario El País –, donde “el cuerpo no es sólo demonizado, sino usado, utilizado como fuente de placer”. Ella abre así “otro camino posible para dotar de un sentido a la vida”.

Baricco se atreve incluso a plantear en clave teológica la contradicción constante en el pensamiento cristiano entre alma y cuerpo. Utiliza para ello el relato evangélico, tanto de la resurrección de Lázaro como del encuentro de los discípulos con el Cristo resucitado, camino de Emaús. El desconocimiento de la identidad de Jesús en esta historia –“el Mesías estaba con nosotros, y nosotros no nos hemos dado cuenta” –, se ve como una analogía de la vida como un camino en el que intentamos descubrir quiénes somos, y al final uno se pregunta: “¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada?” (pág. 65).

 LA RELIGIÓN Y EL EVANGELIO
 Hay dos formas en las que podemos querer ser nuestro propio señor y salvador. Podemos decir: “voy a vivir mi vida como quiera”. O como el protagonista de la novela de Flannery O´Connor, Hazel Motes en  Sangre sabia,  descubrir que “la mejor forma de evitar a Jesús es evitar el pecado”.  Porque si uno intenta vivir moralmente, para que Dios te haga bien y te salve, Jesús puede ser tu modelo o tu maestro, pero no tu Salvador. Estás confiando en tu propia bondad, más que en Cristo Jesús. Intentas salvarte a ti mismo, siguiendo a Jesús.

 Esto es, irónicamente, un rechazo del evangelio de Jesús, una forma cristianizada de religión, intentando mantener la moralidad, pero evitando a Jesús como nuestro Salvador. Los personajes de  Emaús  descubren que “mucho antes que en Dios, creemos en el hombre –y tan sólo esto, al principio, es la fe” (pág. 89). Hasta que un día descubren quecaminan “ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos, fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo” (pág. 66).

 Hay un abismo de diferencia entre un Dios que nos acepta por nuestro esfuerzo moral y espiritual, y el Dios que nos recibe por medio de lo que Jesús ha hecho. La religión opera sobre el principio: “Yo obedezco –por lo tanto soy aceptado por Dios–”. El principio central del Evangelio es que “soy aceptado por Dios a través de lo que Cristo ha hecho –por lo tanto obedezco–“.

En la religión, creemos que si no obedecemos, perdemos el favor de Dios, en este mundo y en el venidero. Mientras que en el Evangelio, la motivación es la gratitud por el bien que ya hemos recibido por medio de Cristo. En la religión de  Emaús,  un día descubriremos que nos hemos perdido por el camino, mientras que por el Evangelio de Jesús somos salvos no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Cristo ha hecho por nosotros. La diferencia está en si nuestro camino, es Aquel que nos dice: ·Yo soy el Camino” ( Juan 14:6 ).

Autores: José de Segovia Barrón

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No existió un Voltaire ateo

Publicado: septiembre 1, 2011 en Literatura

Juan Antonio Monroy

No existió un Voltaire ateoTratado sobre la tolerancia, por François-Marie Arout, más conocido como Voltaire. Ciro Ediciones, Madrid 2011, 168 páginas.

Tenía yo 24 años cuando entré en contacto con la literatura de Voltaire. Por entonces ejercía como pastor en la Iglesia Bíblica de Tánger. Algunos domingos veía sentado, casi siempre en bancos de última fila, a un hombre vestido descuidadamente, pelo largo, gafas de aumento, pantalones oscuros, camisa a cuadros. En los años sesenta lo habrían confundido con uno de los hippies seguidores de Herbert Marcuse o Timoteo Leary, los dos hombres que más contribuyeron a que jóvenes norteamericanos recorrieran caminos de la tierra con collares de flores adornando las gargantas y el pelo, creyendo en la utópica idea de cambiar el mundo.

Me hice amigo de aquél hombre. Resultó llamarse Paul-Ives Río. Periodista francés miembro de la Academia Musulmana Internacional y de la Academia del Mediterráneo de Roma. Muy inteligente. De ideas comunistas. En ocasiones paseábamos o nos sentábamos en un cafetín moruno para tomar té y hablar, hablar siempre, hablar mucho. Una de esas tardes me trajo el libro EDIPO, la primera tragedia que escribió Voltaire en 1718. Devoré el libro. Desde entonces he regalado a mi espíritu todo lo que he hallado escrito por Voltaire. Los tres tomos de su DICCIONARIO FILOSÓFICO, publicados por Ediciones Daimón, de Barcelona, en 1976, están cubiertos de subrayados y anotaciones mías en casi todas sus páginas.

Fue la Iglesia católica de su época la que adjudicó a Voltaire el calificativo de ateo. Y por ateo se le tiene hasta hoy. ¡Mentira! Voltaire fue anticlerical, pero no ateo. Escritores españoles como Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Antonio Machado, Miguel de Unamuno y tantos otros que no comulgaban con las doctrinas del Vaticano, también fueron incluidos en el ateísmo, cuando en realidad eran creyentes anticlericales.

Cuantas veces he escrito sobre Voltaire, he expresado lo que creo: No fue un pensador ateo; fue un anticlerical militante y valiente. Nacido en París en noviembre de 1694, durante seis años, entre 1704 y 1710 fue alumno en el colegio jesuita “Louis le Grand”. Tras publicar un número considerable de libros, Voltaire colaboró con Diderot y D´Alembert en la por tantos conceptos famosa Enciclopedia francesa, cuyo primer volumen se publicó en julio de 1951. Me considero muy afortunado al tener en un lugar especial de mi Biblioteca los seis tomos de texto y 12 tomos de grabados, edición facsímil del original francés de la Enciclopedia.

En TRATADO SOBRE LA INTOLERANCIA Voltaire se pronuncia contra todas las formas de intolerancia. Es duro con la ejercida desde las alturas por la Iglesia católica. Crítico con palabras razonadas por la intolerancia de los jesuitas en Japón, que dio origen a una guerra civil. Para Voltaire, “es una impiedad quitar, en materia de religión, la libertad a los hombres, impedir que elijan una divinidad”.

Para fundamentar sus opiniones recurre a algunos de los llamados padres de la Iglesia, prominentes figuras cristianas de los primeros cinco siglos: “La religión forzada no es ya religión: hay que persuadir, no coaccionar” (Luctancio). “Es una herejía execrable querer ganarse por la fuerza, por los golpes, por los encarcelamientos, a quienes no se ha podido convencer mediante la razón”. (Atanasio).

Sigue Voltaire afirmando que no se necesita un gran arte, ni una elocuencia rebuscada, para demostrar que los cristianos deben tolerarse los unos a los otros. Argumenta: “¿No somos todos hijos del mismo Padre y criaturas del mismo Dios?”.

Metido en el Nuevo Testamento, el filósofo ve “muy pocos pasajes en los Evangelios de los que el espíritu de persecución haya podido inferir que son legítimas la intolerancia y la coacción”. Jesucristo –dice- predica la dulzura, la paciencia, la indulgencia”. Las diferencias de criterios entre Pedro y Pablo Voltaire las interpreta como un ejemplo de tolerancia. Hubo entre ellos un tema de disputa violenta, porque se trataba de saber si los nuevos cristianos procedentes del mundo gentil debían someterse a la circuncisión o no. En otros casos tales diferencias habrían provocado un cisma. Pero –razona Voltaire- “la caridad no resultó herida, la paz se mantuvo. ¡Qué mayor lección para que nos toleremos en nuestras disputas y nos humillemos en todo aquello que no entendemos!”.

Llegado a este punto dejo a un lado todas las notas que preparé de antemano para la redacción de este artículo. El espacio que resta en esta escritura quiero que lo ocupe la plegaria que Voltaire eleva a Dios en uno de los capítulos finales del libro. Jamás he leído nada parecido de un autor católico o protestante. Así se expresa el tan denostado filósofo francés:
“Ya no es, pues, a los hombres a los que me dirijo; es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a débiles criaturas perdidas en la inmensidad, imperceptibles para el resto del universo, osar pedirte algo, a ti que has dado todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar en tu piedad los errores unidos a nuestra naturaleza; que esos errores no provoquen nuestras calamidades.
Tú no nos has dado un corazón para odiarnos, ni unas manos para degollarnos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar el fardo de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre las ropas que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros insuficientes lenguajes, entre todas nuestras ridículas costumbres, entre todas nuestras imperfectas leyes, entre todas nuestras insensatas opiniones, entre todas nuestras situaciones tan desproporcionadas a nuestros ojos, y tan iguales ante ti; que todos estos pequeños matices que distinguen los átomos llamados hombres no sean signos de odio y de persecución; que los que encienden cirios en pleno mediodía para celebrarte soporten a los que se contentan con la luz de tu sol; que los que cubren su ropa con una tela blanca para decir que hay que amarte no detesten a los que dicen lo mismo bajo una capa de lana negra; que sea lo mismo adorarte en una jerga formada por una antigua lengua, o en una jerga más nueva; que aquellos cuya vestidura está teñida de rojo o de violeta, que dominan sobre una pequeña parcela de un montoncito de barro de este mundo, y que poseen algunos fragmentos redondeados de cierto metal, gocen sin orgullo de lo que ellos llaman grandeza y riqueza , y que los otros los miren sin envidia: porque tú sabes que en esas vanidades no hay nada que envidiar ni de que enorgullecerse.
¡Ojalá todos los hombres recuerden que son hermanos! ¡Que sientan horror por la tiranía ejercida sobre las almas, como detestan el bandolerismo que roba por la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos desgarremos los unos a los otros en el seno de la paz, y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam hasta California, tu bondad que nos has dado este instante”.

Si después de leer ese texto alguien sigue pensando que Voltaire fue filósofo ateo, mal anda la salud de su alma.

Autores:Juan Antonio Monroy

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José de Segovia  Barrón
Fernández Santos, en brazos de la Vieja Dama
La obra de este escritor español es un hondo testimonio humano de desesperanza. Sin embargo, conoció bien el cristianismo evangélico, sin saber si esto le puso en contacto con el mensaje bíblico, o todo lo contrario (*).

 

La madrugada del día 2 de junio de 1988 leía en mi cama el último libro de un escritor especialmente querido para mí: la Balada de amor y soledad  de Jesús Fernández Santos. Aquella misma noche la Vieja Dama de la que tanto escribió, “la que no tiene nombre”, se le llevó para siempre. Por lo que no pude evitar recordar aquel día que le conocí: una fría mañana de invierno, en su casa, al lado del madrileño paseo de la Castellana… Era entonces casi un crío, y hacía una revista literaria llamada Aura , con estudiantes de bachillerato de diferentes institutos de Madrid, que vendíamos al lado de la tradicional Cuesta de Moyano. Allí publiqué mi primer artículo, nada menos que sobre la Praga del 68 y la llamada Carta 77  de los intelectuales checos disidentes, a la vez que un breve comentario sobre mi héroe de adolescencia: Hemingway. Y fue en el último número de aquella revista donde apareció una entrevista que le hice a Fernández Santos en el salón de su piso, compitiendo su voz con el ruido de la máquina de escribir eléctrica, que aquella mañana arreglaba un técnico en su casa.

Jesús Fernández Santos había nacido en Madrid en 1926. Su madre murió cuando tenía apenas año y medio.  Fue al mismo colegio de mi padre, la famosa escuela de los Maristas de la calle Fuencarral, y, como él, vivió toda su infancia en el barrio de Chamberí, entre la soledad de su casa e interminables sesiones de cine. Con la guerra civil, sería evacuado Fernández Santos a Segovia, escenario que luego recreará en muchas de sus novelas. Curiosamente la guerra también le sorprende en la conocida colonia de verano de San Rafael, en el Guadarrama, donde yo mismo pasé de niño muchas de las tradicionales vacaciones estivales.

Al volver a Madrid, su padre morirá de repente. El mundo infantil se desvanece entonces bruscamente, para comenzar una nueva etapa que culminará con su paso por la Universidad durante los años cuarenta. Allí conocerá a Ignacio Aldecoa, que venía de Salamanca, Sánchez Ferlosio, Medardo Fraile y Carmen Martín Gaite, estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. En aquella época empieza a dirigir también teatro universitario, representando obras de Tennessee Williams y de uno de sus autores favoritos, Eugene O’Neil.

Pero será el cine el que atraiga de modo especial a Fernández Santos . En la Escuela conocerá a directores como Carlos Saura, y hará sus primeros cortos. La mayor parte de su obra cinematográfica es de carácter exclusivamente documental, rodada mucha de ella para TVE. De hecho sólo hizo un largometraje, Llegar a Más , basado en uno de sus cuentos, que le costó cuatro años (1960-1964) y que fue un absoluto desastre comercial.

NI REALISTA, NI SOCIAL
Al dejar la Universidad, Ferlosio, Sastre y Aldecoa fundan Revista Española  (1953-1955), una publicación para autores jóvenes, financiada por un curioso mecenas llamado Rodríguez Moñino. Aunque no editó más de seis números, sirvió para dar a conocer los primeros cuentos de esta nueva generación de los años cincuenta, que se ha dado en llamar del “realismo social”. Aunque la mayor parte de esos narradores siempre consideraron que su literatura no era ni realista ni social.

Era la época del Café Gijón y las interminables tertulias, a las que, por otra parte, Fernández Santos no dejó de asistir a la hora de la sobremesa, toda su vida. El año 1954 publicará la editorial Castalia su primera novela, Los Bravos , que ya había aparecido como folletón en la revista Ateneo . En aquel tiempo, editar en España, “para un escritor joven y desconocido era prácticamente imposible. Vivían aún Azorín y Baroja y los editores se hallaban acostumbrados a sus nombres.”

Los Bravos es la historia de las grandezas y miserias de un pequeño pueblo de León, en las montañas lindantes con Asturias. La novela carece de protagonista principal, y utiliza una técnica de construcción de acciones paralelas y simultáneas. La obra fue particularmente bien acogida por la crítica literaria. También de ambiente rural, en este caso en la provincia de Segovia, es su segundo libro En la hoguera  (1957), que tendrá el primero de una larga serie de premios que acompañarán toda su carrera literaria.

Tras el estreno de su famoso documental sobre Goya ( España 1800 ), se publica su primera colección de cuentos: Cabeza rapada . Una descripción dantesca de la España de posguerra, en la que el hambre lleva a la muerte al niño protagonista de la narración que da título al libro.

SOBRE EL TIEMPO Y LA FUTILIDAD
La década de los sesenta va a suponer, para Fernández Santos, el nacimiento de una literatura fuertemente intimista. Laberintos  (1964) muestra el absurdo existencial de un grupo de artistas jóvenes que pasan unos días de vacaciones en un capital de provincias, en medio de un profundo tedio, que lleva al protagonista a buscar refugio en el abismo de su memoria.

“El hombre de los santos” recibirá el prestigioso Premio de la Crítica en 1969. Se trata de una singular novela basada en el análisis psicológico de un restaurador de arte que recorre los mismos caminos que Fernández Santos al hacer su serie de documentales sobre arte. La obra marca una clara línea divisoria que introduce un estilo mucho más renovador y personal, que va a caracterizar toda su prosa. En ese sentido hace Las catedrales  (1970), una novela en cuatro partes, sin otra relación que el escenario común de la monumental iglesia.

Ese mismo estilo fragmentado presentan las narraciones en torno al parque madrileño de El Retiro, Paraíso encerrado  (1973) , que ahonda más en los contrastes del tiempo y la Historia. Cuatro años después publicará el libro que ha sido considerado por muchos críticos como su obra maestra: La que no tiene nombre  (1977); otra serie de historias con el escenario común de la montaña de León, en sus límites con Asturias, donde ya desarrolló Los Bravos . El episodio histórico se sitúa en un tiempo todavía más lejano, la Edad Media, recreando la tragedia de una mujer que realmente combatió con los Reyes Católicos, siendo asesinada por otros caballeros que envidiaban su posición. La narración más actual se refiere a un pueblo en el que no quedan más que dos habitantes, que se resisten a abandonarlo, esperando la muerte y recordando la guerra. Todo ello en medio de un lirismo, una tensión contenida y una riqueza de lenguaje difícilmente comparable, en que la muerte es el principal protagonista.

MEMORIAS PROTESTANTES
Poco se podían imaginar aquellos evangélicos españoles que aquel hombre alto con gafas que asistía a sus iglesias, iba a describirlos de la forma cómo lo hace en el Libro de la memoria de las cosas , Premio Nadal 1971. En uno de sus viajes, Fernández Santos descubre unas tumbas en medio del campo de protestantes españoles, lo que le lleva a investigar la fe y la situación de discriminación de una minoría religiosa como es la evangélica en nuestro país. Visitará sus cultos, entierros y actos públicos, especialmente de las llamadas Asambleas de Hermanos. Misioneros, ancianos y conocidos predicadores aparecen en sus páginas con los nombres ligeramente transformados.

Los personajes fundamentales del libro son dos hermanas solteras, hijas de un “anciano” de una iglesia rural. Se trata de un retrato intimista bastante oscuro, en que la soledad y la frustración sexual se mezclan con las grandezas y miserias de esta pequeña comunidad. Fernández Santos resalta la grandeza del poder de la fe en una Iglesia perseguida, tanto como las miserias del legalismo religioso, hipocresía y excesos de la disciplina eclesiástica.  Acontecimientos reales, como el Congreso Evangélico de Barcelona, son narrados en la novela con todo detalle.

La intención del autor no podía ser mejor: “A mí personalmente no me gustan las vallas ni los muros, nada, en resumen, que separe a unos hombres de los otros, y me preguntaba cuánto tardaría aún esa tapia en caer” –en referencia al muro que separaba al cementerio civil del llamado “campo santo”, símbolo que utiliza en una de las escenas más poderosas del libro, que incluye la predicación en un entierro evangélico–. “Como yo soy narrador, quise hacer, y acabé haciendo, una novela, contada desde el lugar justo de esa misma valla, ni más allá ni más acá, desde la huella que dejará en la tierra un día, ese día que como tantos otros muros en España quede borrada y demolida y, lo que es más importante, definitivamente olvidada” ( Jesús Fernández Santos , Jorge Rodríguez Padrón. Ministerio de Cultura, 1982, pág. 28).

La reacción de los evangélicos, sin embargo, no pudo ser peor. Recuerdo cómo el autor me enseñó una de las muchas cartas que recibió, como protesta, de un conocido dirigente evangélico español. También me enseñó en aquella entrevista el libro de actas del consejo de aquella Asamblea de Hermanos, del que había transcrito literalmente los procesos y actas de excomunión narrados en la novela. Nada había, por lo tanto, de exageración, como pude comprobar personalmente en aquella ocasión. El lenguaje refleja muy bien el argot propio de este tipo de comunidades, y el drama de la chica protagonista se sigue repitiendo, desgraciadamente, todavía hoy.

LOS EXTRAMUROS DE LA INTRAHISTORIA
Pero no será hasta el año 1978 que Fernández Santos tiene verdadero éxito comercial. Extramuros  representa además el inicio de una nueva etapa en la obra literaria del autor, marcada por lo que se ha dado en llamar “intrahistoria”  –la reflexión histórica centrada en la vida psicológica cotidiana de aquellos que rara vez son protagonistas de la Historia, en mayúsculas–.

Extramuros , y la posterior película, tenían todos los ingredientes necesarios para ser un escándalo que atrajera la atención del gran público: una historia de amor lesbiano entre monjas heterodoxas, que inventan un falso milagro para salvar su convento de la ruina, en la España de los Austrias.

Al año siguiente publica una nueva colección de cuentos, A orillas de una Vieja Dama . Una serie de historias del Madrid de hoy, que incluyen las mañanas del Rastro, el mundo de los pubs , las primeras huelgas y elecciones, y una narración sobre la infancia de Picasso ( Pablo en el umbral ). En aquella época es también asiduo colaborador de opinión del diario El País , con artículos de viajes en la línea de Europa y algo más  (1977).

Continúa haciendo novela de la “intrahistoria” con Cabrera (1981), en el personaje de un niño en el campo de concentración napoleónico que fue esta isla. Luego recreará la vida de El Greco en El Griego  (1985), publicará una obra menor como Jaque a la Dama  (1982), un cuento de niños y una excelente novela de extraordinario lirismo: Los jinetes del alba  (1984).

PROTESTANTES Y ANARQUISTAS EN LA ESPAÑA DE PREGUERRA
Con Los jinetes del alba , Fernández Santos obtendría tal vez su último éxito crítico importante. Se trata de un singular retrato de preguerra en su paisaje favorito: las montañas del Cierzo en las fronteras de León lindantes con Asturias, que aparecen en Los Bravos . Esta vez, el protagonista ya no es todo un pueblo, sino algunos de los habitantes de la localidad que el autor denomina como Las Caldas. Entre ellos una familia protestante  que vive en un molino la época de la Revolución de Octubre y los albores de la guerra civil.

Encabeza el libro la famosa cita de Rilke a Rodin: “Se diría que un heroísmo sin objeto y sin empleo ha formado España: se levanta, se yergue, se exagera, provoca al cielo, y éste, a veces, para darle gusto, se encoleriza y contesta con grandes gestos de nubes, pero todo queda en un espectáculo generoso e inútil” (1912). Ese sentido de futilidad y absurdo marca la vida de la pareja protagonista, Marian y Martín.El molinero evangélico conoce al revolucionario Martín a causa de un dolor de espalda:

“– El Señor conoce bien el camino de las cosas. Si no es por tu enfermedad no hubiéramos llegado a conocernos.
Martín, herido en su espinazo, se decía que aquel Señor de quien tanto hablaba el nuevo amigo debía tener a su disposición otros remedios menos dolorosos” (pág. 52).

El padre del molinero trabajaba en el ferrocarril cuando conoció a un ingeniero inglés, con el que inició la primera capilla protestante en aquel valle leonés. “Primero tuvieron las reuniones en su piso pero, según crecía el número de los que asistían, fue preciso alquilar una sala de baile” (pág. 53). La amenaza de excomunión del cura del lugar provocó aún mayor interés, por lo que “buscaron gente para tirar piedras contra la fachada […] Hasta que llegaron a rociar gatos vivos con petróleo, prenderlos y buscar modo de lanzarlos dentro […] Martín se preguntaba cómo viviendo en la misma villa nunca supo de las aventuras que contaba el amigo protestante” (p. 53).

El aislamiento y la influencia foránea serían tal vez las dos características que más resalta Fernández Santos en este nuevo retrato de los protestantes españoles, tras el Libro de la memoria de las cosas . Hay momentos también de admiración ferviente, como cuando cuenta cómo “muchos hicieron profesión de fe viendo aquel hombre y a su mujer perdonar en el juicio a sus agresores, después de haber sufrido sus piedras y sus palos y hasta tronchos de coles” (p. 54).

Abundan también los errores de apreciación, tópicos y malentendidos. Así, la hija del molinero. Raquel, va a Madrid a la vez que Marian, la protagonista. Pero mientras que ésta tiene que servir en una casa de la capital, la chica evangélica consigue trabajo en un hospital por medio de su “obispo” (?), y “la Comunidad corre con sus gastos”. Sin llegar a ser el famoso bocadillo de Menéndez Pelayo (por el cual, según nuestro venerado pensador afirmaba en su Historia de los heterodoxos españoles , se asistía a los cultos protestantes), a ese tipo de argumentos recuerda la reacción de Marian: “Tan sólo por ser protestante se le brindaba una oportunidad que ella, en cambio, perseguía en vano” (p. 163).

Sin embargo, la documentación de la historia de la comunidad evangélica que recoge en las páginas 261 y 262, que incluye la conversión de algunas monjas por la introducción de una “biblia protestante” (el tópico de la diferencia de traducciones), es perfectamente creíble. Y más aún la reacción del anarquista Martín de habitual escepticismo.

Particularmente interesante es también la posición protestante frente a la situación política española : “Todo el mundo revuelto y ellos (los evangélicos) sin hablar con nadie […] O se está con unos o con otros. Aquí hay que dar la cara. Es muy bonito estarse ahí metido en tu molino esperando a que los demás te saquen las castañas del fuego […] Si en vez de andar como escondidos se pasaran por aquí como todos, sabrían que ese Señor que nunca se les cae de la boca no les va a salvar si se les tuercen las cosas” (p. 257).

Es el tradicional apartamiento protestante de la vida social y política de nuestro país: “Nosotros nunca nos metemos en nada. Nosotros trabajamos sólo para nuestro Señor […] Esta guerra es cosa de católicos” (p. 276). El resultado es un trágico desenlace. El molinero será fusilado por el ejército fascista, ya que para ellos “protestante es lo mismo que masón”. Pues “mientras aquí se pasa hambre, vosotros engordáis con esas ayudas que os mandan de fuera” (p. 282). Y como corresponde a la “gente de orden”, enterraron al protestante fuera de “campo santo”.

Ya gravemente enfermo, Fernández Santos escribe la triste Balada de amor y soledad  (1987), que nos muestra un mundo absurdo y sin sentido, en el que el tedio y el aburrimiento llenan la soledad del desamor.

La obra de Fernández Santos es un hondo testimonio humano de desesperanza. Sin embargo, no hay duda de que el escritor conoció bien el cristianismo evangélico, y queda la pregunta de si aquella experiencia le puso en contacto con el mensaje bíblico, o más bien, todo lo contrario… De cualquier forma, una vez llevado en los brazos de la Vieja Dama, responde ante su Juez y Creador…

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(*) Este artículo fue publicado originalmente en el nº 2 de la revista Kalos en 1988. Ha sido transcrito por Anna de Kraker y revisado por el autor.

Autores:José de Segovia Barrón

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Cuando los cómics se llamaban tebeos

Publicado: agosto 19, 2011 en Literatura

José de Segovia Barrón

Cuando los cómics se llamaban tebeos
Estos días de vacaciones, no es difícil acordarse de los tiempos en que los años se contaban por los veranos.

 

Si nuestra infancia es nuestra única patria –como decía el autor de  El Principito –, parece que cuando uno se hace mayor, se sorprende cada vez más enfermo de nostalgia. Es por eso que llevo adquiriendo desde hace unos meses, una edición que ha hecho  Salvat  para coleccionistas, de los números extra del antiguo  TBO  –la revista que dio nombre a los cómics en España desde principios del siglo pasado–, que leen ahora mis hijos.

 En 1917 un impresor decidió publicar una revista infantil en Barcelona, que incluyera cuentos, pasatiempos, chistes, ilustraciones y algunas historias en viñetas. La llamó  Te veo,  pero se convirtió en  TVO,  hasta ser  TBO –no sin quejas, ¡por considerarlo un atentado a la ortografía1–. Muy pronto un joven empresario catalán, que volvía de Latinoamérica, adquirió la cabecera. Era Joaquín Buigas (1886-1963), nieto del arquitecto del Liceo, hijo del escultor del monumento a Colón, hermano del diseñador de las fuentes luminosas de Montjuïc, y creador de la familia Ulises –ilustrada por el dibujante de Menorca, Marino Benejam (1890-1970) –.

 La familia Ulises representa uno de los mejores retratos costumbristas de la sociedad española. Nacida a mediados de los cuarenta, cuando la conocí yo, era a finales de los sesenta, la época en que sus personajes compran la televisión, la lavadora automática o el aspirador, como pioneros de la incipiente sociedad de consumo. La familia refleja sin piedad las bondades y mezquindades de la pequeña burguesía de la época, sus prejuicios y prepotencia, así como la importancia del consumo para el ascenso social. Un sentimiento dominante lo impregna todo: el miedo al fracaso de quien, en el fondo, se sabe frágil.

 LOS TEBEOS DE NUESTRA INFANCIA
Aunque he de confesar que  TBO  no era precisamente mi revista favorita. Creo que mi padre me la solía comprar más bien por su precio que por su contenido –igual que hacía con los semanarios valencianos  Jaimito  y  Pumby,  que intentaban todavía competir en los sesenta con la innumerable serie de cabeceras de la poderosa editorial catalana Bruguera–.  Mis preferidos siempre fueron los personajes norteamericanos más conocidos, que publicaba la editorial mexicana Novaro.  Mi madre me los traía del quiosco cada mañana, el tiempo que estuve enfermo en la cama, mientras mi padre intentaba sobrevivir en Nueva York, aquella violenta época que estuvo en los barrios del Bronx y del Harlem –evocada por tantas series de policía en los años setenta–.

Aunque yo vivía en Carabanchel, no puedo decir que era un chico de barrio. Mis padres no me dejaban salir a jugar en la calle. Como en casa al principio no había televisión, y yo soy uno de los pocos españoles a los que no les gusta el fútbol, me dedicaba –como buen hijo de librero– a devorar cualquier cosa impresa. La verdad es que he leído siempre de todo.  La sección infantil de la Biblioteca Central de Madrid la fui consumiendo entera, poco a poco. Aunque las experiencias más cercanas a la felicidad que recuerdo, siempre empezaban con las páginas de un tebeo.  Todavía hoy desprenden ese olor inconfundible de bocadillos de  Nocilla  y largas tardes de verano, cuando todo estaba por descubrir…

 CRÓNICAS DE ESPAÑA
Manolo Vázquez Montalbán decía en su  Crónica sentimental de España  que “el  Pulgarcito  se había convertido en la crónica más veraz de la vida española”.  Era cuando uno leía Carpanta, El repórter Tribulete, Doña Urraca, Zipi y Zape,  o  Las   Hermanas Gilda,  que se hacía realmente una idea de lo que pasaba en nuestro país.  Ya que “eran crónicas elípticas, pero reales”, como dice Montalbán.  Los tebeos del franquismo eran los únicos sitios donde se podía leer del hambre, el estraperlo, el timo, el pluriempleo, las oficinas siniestras, las colas, los embotellamientos del metro, la violencia doméstica y las restricciones de energía.  Una espesa capa gris se extendía por un país en blanco y negro, donde imperaba la mediocridad y la necesidad de supervivencia.

Aunque a casi nadie le sobraba el dinero entonces, la radio, el cine de barrio y los tebeos eran el principal entretenimiento que teníamos, hasta llegar la televisión. Se trasladaron, de hecho, al lenguaje cotidiano muchas expresiones que venían de los tebeos, como decir que alguien “pasa más hambre que Carpanta”, o cuenta “más batallitas que el abuelo Cebolleta”. Se decía que una mujer era “más fea” o “más mala que Doña Urraca”. Había niños “más traviesos que Zipi y Zape”, o “tan listos como Pitagorín”. Otros estaban “tan locos como Carioco”, se parecían a Facundo o eran como Don Tacañete. Había solteronas como las Hermanas Gilda, periodistas como el repórter Tribulete, y edificios que parecían el 13 de la rúe del Percebe…

 MÁS ALLÁ DE LA CENSURA
 El peculiar lenguaje de los tebeos se caracterizaba por las más extrañas maldiciones, en aquella época de censura.  La Iglesia cuidaba entonces de  las costumbres y moralidad de todos los medios informativos. Sus vigilantes estaban por eso tan ocupados, que apenas prestaban atención a esta impresionante crónica de la vida cotidiana. Es en los tebeos donde encontramos los sentimientos, costumbres y modas de la España franquista. Mientras el  Cola-Cao  y los bocadillos de mortadela llenaban los estómagos de nuestra generación, nos indignábamos de los injustos castigos de Zipi y Zape, y contemplábamos con extrañeza los anhelos de Doña Benita porque Don Pío ascendiera en su mediocre empleo de oficinista.

 A finales de los años cincuenta se agudizan las normas de censura de la prensa infantil. Algunos personajes, como Doña Urraca, tienen que suavizar su actitud corrosiva, o simplemente desaparecer, como la suegra Doña Tula de Escobar. Se sustituyen palabras como guardia por gendarme, peseta por piastra, y las historias suceden en un lugar o país indeterminado. Ahora uno entiende por qué aquellas ciudades no tenían nombre. Desde 1964 hasta 1976 hubo una legislación que obligaba a llevar las revistas a la Dirección General de Prensa para controlar su contenido. Te entregaban entonces un albarán con un “aprobado”, y si había algo que retocar, te lo indicaban.

 UNA MORAL PECULIAR
 Los personajes de los tebeos presentan sin embargo un elemento corrosivo, lejos del moralismo de una educación de valores. Muchos son pícaros que representan el modelo del antihéroe de nuestra literatura del siglo XVII. Ante necesidades tan básicas como la de comer, alguien como Carpanta no duda en robar constantemente. Otros como Don Pío, parecen más prudentes y bonachones, pero esposas como Doña Benita, pueden ser tremendamente ambiciosas, mandonas y violentas.

El oficinista se ve como la quintaesencia del español medio, un hombre gris que no aspira más que a un trabajo fijo y estable en una empresa. Las difíciles relaciones con sus jefes llenan muchas de estas historias. Viven dominados por mujeres pendientes de las apariencias, que, ansiosas de ascender socialmente, presumen de vestidos caros y abrigos de visón. Aunque abundan también los solteros frustrados por no haber podido llegar a casarse, como el inefable Rigoberto Picaporte o las deliciosas Hermanas Gilda.

 NUESTRAS MEJORES INTENCIONES
 El prototipo de bondad de los tebeos de Bruguera es sin lugar a dudas el Gordito Relleno. El más afable de todos , apacible, amable y siempre dispuesto a ayudar.  Sus historias consisten sin embargo en cómo las mejores acciones producen los mayores desastres.  Un poco como Buñuel, representa el lado oscuro de la caridad humana. Lo mismo le pasa a Zipi y Zape. Su noble actitud contrasta siempre con la forma como se complican todas las cosas, produciendo el caos, que hace que reciban los más crueles y desproporcionados castigos.

La ficción nos muestra así personajes como nosotros, que con las mejores intenciones hacen de su vida una ruina. Como decía Renoir, todos tenemos nuestras razones.  La cuestión es que por buenas que sean nuestras motivaciones, causamos las mayores desgracias a todos los que nos rodean. La Biblia en ese sentido nos da un cuadro realista del hombre. No lo presenta como ese ser maravilloso que todos pensamos ser, sino como una criatura llena de contradicciones.

 ¿EL PASADO FUE MEJOR?
Nos gusta pensar en los años de nuestra infancia como de una bendita inocencia. Aunque las mayores crueldades que hemos visto en la vida han sido a veces en el patio del colegio. Como el Predicador de  Eclesiastés  podemos decir que “en esta vida he visto un mal que a todos nos afecta” ( 6:1 ). Como los personajes de los tebeos, “trabajamos para calmar el hambre, pero nuestro estómago nunca queda satisfecho ( v.7 ). De hecho, parece que “a fin de cuentas, el sabio no es mejor que el tonto” ( v.8 ).

La lucha de estos personajes contra su destino, nos recuerda la conclusión del Predicador: “Nosotros existimos porque Dios quiso que existiéramos, y hasta nos puso el nombre que tenemos, pero no podemos luchar contra Él, porque es más fuerte que nosotros” ( Ec 6:10 ). De hecho, “nada ganamos con hablar”, puesto que “mientras más hablamos, más tonterías decimos” ( v.11 ). Puesto que “en realidad no sabemos qué es lo mejor para nosotros” ( v.12 ).

 Ya entonces había “quienes se quejan de que todo tiempo pasado fue mejor, pero esas quejas no demuestran mucha sabiduría” ( Ec. 7:10 ). Ya que en esta vida, aparentemente sin sentido, “hay gente buena que por su bondad acaba en la ruina, y hay gente malvada, que a pesar de su maldad vive muchos años” ( v.15 ). Ahora bien, “lo que sí he llegado a entender”, dice el Predicador, “es que Dios nos hizo perfectos, pero nosotros lo enredamos todo” ( v.29 ). ¡La Buena Noticia es que Él ha mandado a su Hijo para que lo desenrede! Y su salvación es más que la infancia recuperada.

Autores: José de Segovia Barrón

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El legado de Stott

Publicado: agosto 4, 2011 en Literatura, opinión

José de Segovia Barrón
El legado de Stott
La noticia de la partida de John Stott me ha llenado de recuerdos del tiempo que pasé en el Instituto de Londres para el Cristianismo Contemporáneo, donde él enseñaba a principios de los años ochenta.

03 DE AGOSTO DE 2011

Había leído ya muchos de sus libros, publicados en castellano.  Creo que fue en los años setenta, cuando le escuché por primera vez predicar, cuando iba con mis padres a su iglesia, All Souls , justo en el centro de la arteria comercial de Oxford Street –que pastoreó durante muchos años, pero donde asistió también ya de niño con su madre–. Su padre era un médico agnóstico, que nunca entendió la conversión de su hijo en el colegio de Rugby, por las actividades de la  Unión Bíblica . Aunque el apasionante primer tomo de la biografía de Timothy Dudley-Smith revela que hubo otra razón de fondo: la objeción de conciencia de Stott en la segunda guerra mundial. Esto causó tal brecha en su relación que no pudo hablar con su padre hasta poco antes de su muerte. De él recibió sin embargo su amor por la naturaleza, que le llevó a desarrollar una auténtica pasión por la observación de los pájaros .

 Tras estudiar francés y teología en Cambridge, es ordenado ministro anglicano el año 1945 , cuando el movimiento evangélico no tenía la importancia que tiene hoy. Era entonces una corriente marginal dentro de la Iglesia de Inglaterra, bastante más radical de lo que es ahora. Prueba de ello es la resistencia que ha tenido siempre Stott a la indumentaria eclesiástica. Solía llevar traje con corbata. Rara vez el collar clerical, que utilizan los pastores que le han sucedido, incluso en su propia iglesia. Todo esto era algo característico del movimiento evangélico anglicano de postguerra.

 ALIANZA EVANGÉLICA
 Los años sesenta son un periodo de ruptura en muchos sentidos. Es una época de división en la Alianza Evangélica con la confrontación entre Lloyd-Jones y Stott, por considerar las iglesias independientes, injustificable la permanencia de los evangélicos en la Iglesia Anglicana. Stott inicia entonces un ministerio internacional, que le aleja de estos conflictos, marcando el pensamiento evangélico del siglo XX con su escritura y predicación.  Su compromiso con la ortodoxia bíblica, la misión global y la unidad del Cuerpo de Cristo, es central a organismos como la Alianza Evangélica, cuya confesión es la base de fe de la mayoría de las organizaciones evangélicas. 

 Fue Stott, de hecho, quien escribió el preámbulo a la constitución de la Alianza Evangélica Mundial en 1951 –que representa a seiscientos millones de evangélicos en ciento veintiocho países– el año en que fue hecho también capellán de la reina Isabel II .

Autor de  más de cuarenta libros  –el más popular ha sido siempre Cristianismo básico , que ha vendido más dos millones de ejemplares–, es redactor también de textos tan importantes como el  Pacto de Lausana  de 1974. Todo esto hizo que fuera considerado el año 2005 por la revista  Time  una de las cien personas más influyentes del mundo.

 CRISTIANISMO GENEROSO
El tío John –como le solíamos llamar todos aquellos que le conocían– partió con el Señor el miércoles pasado en una residencia de ministros anglicanos retirados, a las afueras de Londres. Tenía noventa años.  Se despidió de este mundo leyendo la Biblia y escuchando  El Mesías  de Händel,  acompañado de su secretaria Frances Whitehead y algunos amigos íntimos. Stott era soltero, como otros pastores anglicanos de su generación, que consideraban que tenían un don de celibato. Su familia se extiende sin embargo sobre la faz de la tierra.

 Los estudiantes solíamos ir con frecuencia a la buhardilla que tenía cerca del instituto y la iglesia . Era un lugar increíblemente modesto. Para subir al salón, donde comíamos kebab y veíamos sus diapositivas de pájaros, había que pasar por la pequeña habitación donde tenía su cama. Recuerdo que una noche bajaba la escalera, hablando con él, mientras nos acompañaba para despedirnos, cuando me quedé observando uno de los pocos libros que tenía al lado de la cama, ya que usaba la biblioteca del instituto. Sin dudar un momento, sacó el libro de la estantería, y me lo regaló… ¡así era Stott!

 Ese carácter desprendido, propio de alguien carente de cualquier apego material, fue un ejemplo para muchos dirigentes evangélicos, que siguen los modelos del mundo, en busca de popularidad y éxito. Stott era un hombre extremadamente humilde. Se sentaba siempre en la última fila en las conferencias. Su mansedumbre y sencillez era sólo comparable a su fidelidad al mensaje bíblico y amor al Salvador. Para él, un evangélico era “un cristiano normal” , como dijo en una entrevista el año 2006 a la revista  Christianity Today.  Con su vida nos enseñó a muchos lo que era el cristianismo.

 VERDAD REVELADA
 Stott creía en la verdad del Evangelio, pero supo mostrarla con gracia y confianza a un mundo que veía perdido. Un día el columnista del New York Times,  David Brooks, se preguntó: “¿quién es Stott?”. El periodista judío se extrañaba de que los medios de comunicación escogían “bufones” para representar el cristianismo evangélico, cuando aquí estaba este hombre “amistoso, cortés y natural, humilde y autocrítico, pero a la vez confiado, gozoso y optimista”.

Es interesante que a alguien no cristiano como Brooks, lo que le atraía de Stott era su “reflexiva adhesión a la Escritura”. Observa que “él no cree que la verdad es algo plural, no relativiza el bien y el mal, ni piensa que todas las fes son igualmente validas, ni que la verdad es un logro humano, sino una revelación”.  Esta es la clave para mí del pensamiento de Stott: Dios habla al hombre, y su Palabra es verdad.

El tío John no pretendió nunca ser alguien original. Cuando se levantaba para hablar –nunca lo hacía sentado–, no se movía por la plataforma, sino que abría su pequeño cuaderno, y hablaba con convicción. Enfatizaba las palabras que consideraba importantes –sacrificio, verdad, cruz, mundo, misión, redención–, pero especialmente el nombre de Cristo. No le interesaban las ilustraciones, sino la fidelidad a una fe revelada de “una vez por todas” ( Judas 3 ).

 SU LEGADO 
 ¿Qué legado nos deja entonces? Aparte de la iglesia que formó en el centro de Londres, Stott fundó muchas organizaciones.  La fundación de Langham  – que ahora dirige Chris Wright – , mantiene su visión global de apoyo a la educación, la predicación y la buena literatura en gran parte del mundo. Libros como  Los problemas que los cristianos enfrentamos hoy  o  La cruz de Cristo,  reflejan lo mejor del pensamiento evangélico en una claridad, que no está reñida con la profundidad.

 La búsqueda de un cristianismo equilibrado es central en el pensamiento de Stott. El equilibrio –para Stott–, viene del estudio de la Biblia, que sigue la misión de Cristo. Esa es la motivación con la que recorre el mundo, donde deja muchos amigos. Es interesante –como observa Wright– que “por temperamento natural, él era un introvertido”. Lo que pasa es que “aunque era feliz solo, se dio a muchas personas, recordaba sus nombres, conocía sus familias, escribía cartas, y oraba por ellos”. Era su lista de oración, de hecho, la que hacía que te recordara, después de tanto tiempo.

 Como dice uno de sus discípulos, el teólogo David Wells –convertido por su predicación en 1959–, toda la gente que le conocía observaba siempre dos cosas de él, “que era conocido en todo el mundo, pero era un hombre devoto y humilde”. Su dirección se basa en esa integridad, por la que su vida privada no era diferente a su vida pública . Esa es la autenticidad que muchos echamos en falta en nuestra propia vida. No digamos ya en nuestro ministerio. En ese sentido, Stott aún muerto, todavía nos habla.

Autores: José de Segovia Barrón

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El ansia de libertad de Hemingway

Publicado: julio 27, 2011 en Literatura

 José de Segovia Barrón

El ansia de libertad de Hemingway

Hace ahora medio siglo que se voló la cabeza Ernest Hemingway.

26 DE JULIO DE 2011

Fue en su casa de Ketchum (Ohio). Aunque el gran público no se podía creer que el valiente premio Nobel fuera capaz de hacer algo semejante,  la verdad es que no pensaba en otra cosa toda su vida.  La muerte era para Hemingway la liberación de la representación del papel que la vida parecía haberle asignado. Detrás de su imagen de macho, había alguien profundamente autodestructivo. Lo que pasa es que a veces su personaje se confundía con su persona. Todos llevamos máscaras en esta vida para intentar ocultar aquella realidad de nosotros que nos disgusta. Algunos aparentan autosuficiencia, otros buscan compasión. Unos se esconden bajo una supuesta frialdad intelectual, otros bajo un aspecto físico, o una pretendida indiferencia. Y hay quien ha desarrollado tal esquizofrenia que asume diferentes personajes según el lugar o la persona con que se encuentre…

La primera vez que oí de Hemingway, creo que fue en una clase de Juan Simarro –que me enseñó literatura en el Colegio El Porvenir de Madrid en los años setenta–. Me quedé tan fascinado con su unión de literatura y vida, que busqué todos sus libros en la biblioteca. No tardé en escribir un artículo sobre él, que salió en la portada del primer número de una revista literaria –llamada  Aura –. No sé si fue lo primero que publique, pero a partir de ese momento decidí que quería ser escritor y periodista.

 DEL EVANGELIO AL MORALISMO
 En el pueblo de Oak Park –donde nació Hemingway en 1899, cerca de Chicago– había casi tantas iglesias como calles. Todas ellas protestantes. El escritor se crió en una congregacional –o sea independiente–. Cuando era pequeño, en su casa el día comenzaba con la lectura de la Biblia y un libro devocional. Luego todos se ponían de rodillas sobre la alfombra y el abuelo levantaba su voz al cielo, hablando a Dios como un amigo –recordaba el escritor–. El había sido comandante de infantería en un regimiento afroamericano, hasta entrar en un ministerio de jóvenes cristianos en Chicago, donde colaboró con el conocido evangelista Moody.

 El celo evangélico de su abuelo se convirtió sin embargo en un frustrado legalismo con su padre, el doctor Hemingway. Su estricta disciplina probablemente no mostraba más que la inseguridad de alguien que no se consideraba adecuado, ni como esposo, ni como padre. Cuando pegaba a su hijo por haber hecho algo mal, le obligaba luego a pedir perdón a Dios de rodillas. Probablemente era su manera de rogarle misericordia él también, ante su propia conciencia de fracaso.

 El año que nació Hemingway, llega a la iglesia un nuevo pastor –que según la monumental biografía de Kenneth Lynn– era un claro representante del protestantismo liberal: “Un Dios sin ira, que trae a hombres sin pecado, a un reino sin juicio, por la obra de un Cristo sin cruz”. Mucho moralismo por lo tanto, pero ningún Evangelio. No es extraño que uno de sus personajes invocara después a “Nuestro Padre Nada” con las palabras de la oración modelo que nos enseñó Jesús…

 EDUCACIÓN TRAUMATICA
 La madre de Hemingway carecía de la educación puritana de su marido, pero era una mujer tan autoritaria que amargó la vida del escritor , hasta el punto de crearle un auténtico trauma. Su nombre no podía ser menos apropiado: Gracia. Su carácter dominante iba acompañado de sueños de grandeza, porque había querido ser cantante de ópera. La relación íntima con una de sus alumnas, le lleva a construir una casa con ella, donde los biógrafos sospechan que mantenía relaciones lesbianas.

 Cuando comienza a trabajar en un periódico de Kansas City, Hemingway deja de ir a la iglesia , a pesar de las recriminaciones de su madre. Comienza a escribir relatos y disfruta de la pesca, pero está obsesionado con su virilidad –siempre cuestionada por una madre que le viste de niña, como si fuera gemelo de su hermana Marcelline, mientras trata a su marido como un pelele–. El escritor intenta alejarse de ella, pero cuando tiene problemas, vuelve constantemente a buscar su ayuda, como hacía con otras figuras maternales a lo largo de su vida.

 Hemingway se marcha voluntario a Italia con la Cruz Roja en la primera guerra mundial. Allí tiene un desengaño sentimental con una enfermera en un hospital de Milán –como los protagonistas de  Adiós a las armas –, cuando es ingresado por una herida de mortero. En casa es recibido como un héroe, pero acaba exagerando tanto lo que allí pasó, que cuesta ya distinguir las mentiras de la realidad. No tardará en abandonar Oak Park, pero Oak Park nunca le abandonará a él…

 CRISTIANISMO SIN CRUZ
 Dicen que fue ese protestantismo sin cruz el que atrajo en ocasiones a Hemingway al catolicismo. Ya durante la guerra en Italia, conoció a un cura, que decía que le había murmurado unas palabras a modo de bautismo, mientras estaba herido. Lo cierto es que un día de verano de 1920 entró en una iglesia católica con una chica con la que salía –Katy, hermana de su mejor amigo de infancia, que luego se casaría con el escritor Dos Passos– para hacer una oración.

 Fue tras el fracaso de su primer matrimonio que Hemingway vuelve a interesarse por el catolicismo. Aunque se había casado y bautizado a su hijo en una iglesia episcopal –o sea anglicana– de Paris, el escritor no había pisado un lugar de culto hasta conocer a Pauline –su segunda esposa–. Su madre era tan católica que tenían una capilla en casa, aunque ella era periodista de moda cuando conoció al escritor. Le admiraba tanto, que él pronto se encontró dividido entre dos amores.

 La Navidad de 1925, se encuentra tan confuso en Austria, que se propone matarse, si no logra salir de aquella encrucijada sentimental. El escritor busca perdón para su sentimiento de culpa, pero el cristianismo sin cruz del protestantismo liberal con el que se había educado, no podía ofrecérselo. Pauline le alienta entonces a buscar consuelo en la oración católica. Esto se refleja en el protagonista de  Fiesta,  cuandoentra en la catedral de Pamplona para rezar, pero nada ocurre.  Después de visitar varias iglesias católicas en París, el escritor se decepciona finalmente con la religión.

 PROFUNDA DESESPERANZA
 Hemingway cree que la vida carece de toda esperanza; si existe un Dios, es indiferente; y el cosmos es como una máquina que se mueve sin sentido por toda la eternidad.  Según Lynn, cuando se establece en Cuba con su tercera esposa –la periodista Martha Gellhorn, que vive con él la guerra civil española– a finales de los años cuarenta en Finca Vigía, es ya “el principio del fin”.

 Su mundo se viene abajo, el día que su padre saca un revólver del cajón de su escritorio y se vuela la cabeza. Tiene cada vez más problemas de sueño, abusa del alcohol y se recrea en continuas ideas de suicidio. Desde el año 57 hasta que finalmente se mata en 1961, toda su vida y su obra es un largo debate sobre la autodestrucción. Su comportamiento recuerda cada vez más a su padre, pero cree que el suicidio es un acto de cobardía. Le preocupa sobre todo el ejemplo que dará a sus hijos…

El primero John –que llaman Bumby–, lo tiene con su primera esposa–, pero es considerado un bastardo, para poder casarse en la iglesia católica con Pauline. Logra sin embargo formar una familia, aunque una de sus hijas parece que también se suicidó –la actriz Margaux Hemingway, que hizo varias películas míticas de los ochenta, como  Manhattan  de Woody Allen–. Sus siguientes hijos con Pauline –Patrick y Gregory– viven sin embargo intentando emular el ejemplo del padre, dedicándose a safaris. Gregory murió a principios de este siglo en una cárcel de mujeres –porque se había hecho transexual– en Miami, después de casarse con la secretaria de su padre y tener que dejar la medicina por sus problemas con el alcohol.

 VERDADERA LIBERTAD
 Hemingway ansiaba ser libre. En un sentido, todos queremos serlo. El problema es que no nos atrevemos a hacer lo que queramos, porque nos mostraríamos tal y como somos. Y en realidad no nos gusta cómo somos. Ya que hacemos lo que no queremos. Aunque no queremos renunciar a nuestras ilusiones sobre nosotros mismos. Creemos ser libres, pero estamos esclavizados por tantas cosas, que nuestra libertad no es sino la ilusión de querer volar saltando sobre un precipicio.

 Jesús cuenta una historia sobre alguien que deja su casa buscando libertad ( Lucas 15:13 ). Quiere lo que su padre le da, pero sin él. Reclama entonces su herencia para irse lejos. A partir de ese momento es como si su padre hubiera muerto. Cuando un día pierde sin embargo todo lo que tiene, siente hambre y nostalgia de casa ( v.17 )…

Toda nuestra búsqueda en la vida apunta a esa realidad última de una relación profunda y verdadera que nos haga verdaderamente libres. Pero el único que puede dar significado a nuestra vida es Aquel que nos ha creado.  El filosofo ateo Sartre decía: “No puedo dudar que Dios no exista, pero todo mi ser clama al Dios que no puedo negar”.  Al reconocer que estamos perdidos, nos damos cuenta quiénes somos en realidad. Y ese es el primer paso para descubrir la verdad que nos hará libres, de la que nos habla Jesús.

Nadie quiere reconocer su culpa, pero al querer vivir independientemente de las reglas de Dios, no incumplimos una serie de leyes impersonales, sino que ofendemos a Aquel que nos ama tanto que ha dado lo que más quería por nosotros: su propio Hijo. Ese es el misterio de la cruz, algo tan extraño como aquel padre que corre loco de amor y compasión hacia el que ha roto su corazón ( v. 20 ). Sus brazos abiertos de aceptación incondicional nos ofrecen la libertad de no tener que aparentar nunca más lo que somos.

Es así como  el Padre nos acepta en su familia y en su fiesta, cuando nos presentamos ante él tal y como somos.  Y la sorpresa es que El no nos va a hacer entonces pagar por todo lo que hemos hecho –como en una historia parecida que Buda cuenta–, sino que por Cristo nos recibe en su misericordia, dándonos la vida y la justicia que nosotros no tenemos, como un regalo inmerecido.  Nuestra libertad tiene un precio, pero la buena noticia es que Alguien lo ha pagado por nosotros.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011


Carlos Martínez García

La Biblia en la obra de Carlos Monsiváis

La formación cultural de Carlos Monsiváis se forjó a contra corriente del imaginario mayoritario en México.

 A lo largo de toda su obra está presente el libro del que dijo tenerlo grabado en su ADN, la Biblia [1] . Su traducción favorita fue la realizada por Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, españoles perseguidos por la Inquisición en el siglo XVI.

Desde muy niño Carlos fue construyendo para sí una galería muy particular, descrita en su Autobiografía  de 1966 y definida allí como  “una extraña iconografía heroica, notable por la ausencia de la Morenita del Tepeyac, –la misma que convirtió a Juan Diego en el primer partidario mexicano del Star System–…”.  El escritor subrayó el significado integrador que en su entorno tuvo la Biblia : “Entre nosotros, la Biblia no sólo era el fundamento religioso, sino el lazo de unidad, la razón de ser de la familia. Su papel era muy preciso, la fuente del conocimiento y del comportamiento. Para mi madre, la Biblia era el objeto del cual nunca se desprendía. Era feliz cuando daba clases de Escuela Dominical. Era bibliocéntrica, y con frecuencia en una discusión respondía con versículos [bíblicos]” (Adela Salinas, Dios y los escritores mexicanos , Editorial Nueva Imagen, México, 1997, p. 95).

 La Bibliade Monsiváis fue, como ya dijimos, la traducida por Cipriano de Valera publicada originalmente en 1569 y revisada por Cipriano de Valera en 1602. La circulación del libro se hizo en condiciones muy difíciles, ya que las fuerzas inquisitoriales consideraron herejes a los traductores y de “herética pravedad” sus escritos teológicos. Las obras de Reina y Valera figuraron, desde mediados del siglo XVI y hasta 1948, en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum de la Iglesia católica.

El primer libro que conjunta crónicas de Carlos Monsiváis tuvo dos versiones. En la inicial el título fue Principados y potestades, clara alusión a  Efesios 6:12 , donde dice “porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades […]”. La segunda versión, la más conocida, es la titulada Días de guardar. [2]

 La crónica sobre el estreno de la obra Hair en Acapulco (5 de diciembre de 1969), la encabeza Monsiváis “Con címbalos de júbilo”. La frase es entresacada del  Salmo 150versículo 5 , que a continuación reproducimos: “Alabadle con címbalos resonantes, alabadle con címbalos de júbilo”. El escritor resume, con imágenes bíblicas, la puesta teatral que presencia:
 En el escenario una figura acuclillada y harapienta. Emergen de la parte posterior del teatro dos procesiones de antorchas que bracean por los pasillos en ánimo estatuario, morosamente, como si en la imaginación visual del director se identificasen las fotografías más difundidas de Haight Ashbury y la ofensiva apariencia hippie con el relato bíblico de la mujer de Lot. Y las estatuas de sal producidas en serie culminan en el foro, y al cabo de cinco minutos, ya incluso el reportero (tan preocupado por su crónica que no capta nada de lo que ve) se ha percatado de que no contempla una obra tradicional —revelación que se produjo al observar las diferencias de Hair con El abanico de Lady Windermere— sino un assamblage, un desfile orgánico de sketches sobre una comunidad hippie y su dramatización de la parábola de la Oveja Perdida. Sólo que esta vez el Hijo Pródigo no se reintegra al seno colectivo: lo retienen los fosos de Vietnam . [3]

 Las aglomeraciones e histerias de los asistentes en la Alameda de la ciudad de México (16 de febrero de 1968) para presenciar el concierto gratuito del entonces muy famoso cantante español Raphael , son descritas puntualmente por Monsiváis en el escrito “Raphael en dos tiempos y una posdata”. Comienza y concluye el reportaje con dos citas bíblicas: “…porque ellos verán a Dios”, localizada en  Mateo 5:8 ; y cierra la crónica con la observación de que los “psicólogos […] desdeñan (uno no sabe por qué) a las admiradoras y su capacidad prenatal de endiosar y un locutor exhibe los cientos de cartas a Raphael que una sola estación recibe en un día y la porra insiste: ‘Raphael es nuestro ídolo’ y nadie debe criticar a los admiradores de quien sea. El que esté libre de posters que arroje la primera piedra”. [4] Estamos ante una paráfrasis de una porción bíblica, la de  Juan 8:7 .

En un recurso literario que desarrollará años después en Nuevo catecismo para indios remisos, al usar el género parábola, Carlos Monsiváis en Días de guardarpone en las antípodas al empresario a y a los músicos, donde muestra su decidida admiración por los jazzistas. Lo hace en el texto “Incitación a la vida productiva. Parábola del banquero y el jazz”. [5]

 La crónica del malogrado concierto de rock en el estadio de la Ciudad de los Deportes, en el Distrito Federal (9 de marzo de 1969) , con la participación de las bandas The Union Gap, The Byrds [6] y los Hermanos Castro, no solamente tiene un título tomado de la Biblia (“Para todas las cosas hay sazón”, [7] Eclesiastés 3:1 ), sino que cada sección es encabezada con versículos bíblicos (sin citar su procedencia pero inmediatamente reconocidos por avezados en la traducción de Reina y Valera) procedentes del tercer capítulo de la sección conocida como Eclesiastés o El Predicador.

 En el 2008, al recibir la medalla 1808 por parte del gobierno de la ciudad de México , [8] el escritor que semanas atrás cumpliera siete décadas de vida, da un discurso en el que elige, como en tantas intervenciones, crónicas y artículos, imágenes bíblicas para describir el universo conformado por la gran urbe.

Inicia con una paráfrasis del libro veterotestamentario del Génesis, donde combina la remembranza del género parábola [9] que recorre las páginas de toda la Biblia: “Parábola del espacio que necesita un domicilio fiscal. En el principio no había lugar dónde poner el espacio de la Ciudad de México. El lugar asignado era amplio, un valle en el Anáhuac, pero se calculó mal el tamaño, que por los motivos que fuesen, era insuficiente, era un lugar que no correspondía a este espacio, que se oponía a las mediciones y los amoldamientos; que se burlaba de los que en vano trataban de encajarlo en el sitio a él adjudicado. ¿Cómo quieres que yo –decía el espacio– que seré histórico, mitológico y centralista quepa en estos kilómetros a mi disposición? Pero si yo ya estaba convencido desde el Génesis, no más que aquí yo soy de los espacios a los que todo les queda chico”.

Después teje una segunda parábola, la que llama de creencias. Nuevamente evoca el lenguaje del Génesis, aunque incorpora otras figuras para mostrar lo insólito de la capital mexicana: “En el principio, y ante la tardanza del dios cristiano, Huitzilopochtli y Tláloc crearon los cielos y la tierra, y en la tierra, llamada así porque su componente mayor era el agua, la nación mexicana, donde desde recién nacida un producto de la diosa demografía, estaba desordenada, pero nunca carente de pueblo y de mensaje al pueblo y de exhortaciones al pueblo para que renunciara a otras creencias”. [10]

 En la ciudad en la cual todo se multiplica, Monsiváis evoca escenas del Nuevo Testamento ( Mateo 15:32-39 ;  Marcos 8:1-10 ) para ilustrar la replicación de posibilidades y objetos: “La multiplicación de los panes, los peces, los parientes y los DVD´s prestados. ¿Qué propone la Ciudad de México? ¿Cuáles son sus misterios, sus escondrijos, su paraíso subterráneo? Y ¿cuáles los dispositivos para el deleite a bajo precio?”

En la tercera parábola monsivaisiana, “de la lucha del empleo y del Ángel hasta el amanecer”, sus lectores deberían conocer el trasfondo bíblico sobre el que elabora la escena de una negación para millones de ciudadanos: la posibilidad de tener empleo en el México mal gobernado por la segunda administración federal emanada del PAN. Carlos Monsiváis usa en esta tercera ilustración los pasajes de  Génesis 32:24-25 , donde Jacob lucha con un varón misterioso, al que no suelta hasta obtener su bendición. La descripción del llamado en Génesis varón, y que en otro escrito del Antiguo Testamento es llamado ángel, le permite a Monsiváis hacer la analogía por la obstinada batalla en hallar una actividad remunerada. El  capítulo 12 de Oseas , en los versículos 4 y 5, hace referencia a Jacob y su lucha con el ángel: “En el vientre tomó por el calcañar a su hermano, y con su fortaleza venció al ángel. Venció al ángel, y prevaleció…” De aquí es donde Monsiváis toma el imaginario inicial de su tercera parábola, pero en el desarrollo de la misma crea un símil irónico con los avatares del empleo por prevalecer en condiciones adversas.

 Apocalipstick, obra de Carlos Monsiváis que tenía unos cuantos meses de haberse puesto en circulación cuando acontece la muerte de su autor (19 de junio, 2010), estimula para encontrar citas implícitas y explicitas de la Biblia.  En uno de sus capítulos, “De los murales libidinosos del siglo XX. ‘He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió el Centro de la Ciudad’”, el título mismo puede ser bien identificado por los asiduos a la lectura bíblica. Es una cita textual del Salmo 51, versículo 5, atribuido al rey David: “He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”, se lee en la versión favorita de Monsiváis, la de Reina-Valera revisión de 1909. [11]

 En una crónica que cautiva, la que dedica a los casi 20 mil desnudos y desnudas en el Zócalo de la ciudad de México, fotografiados por Spencer Tunick , Monsiváis inicia su texto con la línea “Pórtico versicular (donde la división entre el bien y el mal se inicia con la conciencia de la desnudez, o eso se ha creído”). Acto seguido reproduce cuatro citas del Génesis : “Y estaban desnudos, Adán y su mujer y no se avergonzaban” (2:25); “Y fueron abiertos los ojos de entrambos (luego de comer la fruta del árbol, codiciable para alcanzar la sabiduría), y conocieron que estaban desnudos: entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales” (3:7); “Y él, adán respondió (a Jehová): Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo y escondíme. Y díjole: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo?” (3:10-11); “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y vistiólos” (3:21). [12]

La plancha del Zócalo capitalino fue, por un tiempo, recordatorio del Edén. Varones y hembras, para usar el lenguaje bíblico del Génesis, compartieron gozosamente su desnudez. Todo cambió en cuanto los primeros se vistieron antes que las mujeres, ya que éstas fueron requeridas por Tunick para otra sesión fotográfica. Entonces, ya con sus vestimentas, los hombres vieron lo antes no percibido, que ellas estaban desnudas y algunos las miraban lascivamente. El Paraíso se había perdido. Carlos captura así ese momento:
 Se encueraron diecinueve mil y otros tres mil llegaron tarde. Si ya existe el Tunick Book of World Records, México va a la cabeza casi tres veces por encima de Desnudarte de Barcelona. Un error logístico: los hombres se visten primero y cuando las mujeres regresan de las cercanías de Palacio Nacional, hay un brote del machismo antiguo, fotos con el celular, comentarios agresivos, miradas que matan de las ya fatigadas ardientes pupilas. Las mujeres responden con eficacia, no se inmutan, se dirigen hacia sus bultos de ropa, el vestirse es más difícil que la obediencia divertida al ‘¡Fuera ropa!’ del comienzo. Las vallas conceptuales se desintegran casi de inmediato, la sensación que se esparce es triunfal y triunfalista.
Es demasiado pronto para extraer conclusiones. Es demasiado tarde para vestir de nuevo y como si nada a la sociedad.
 [13]

 La fascinación literaria de Monsiváis por el libro neotestamentario de Apocalipsis le lleva a reelaborar varias ocasiones un texto titulado “Patmos esquina con Eje Central” . [14] En su versión apocalíptica del país y de la ciudad de México, el escritor, en su papel de Juan el vidente del último libro de la Biblia, plasma su observación inicial en los siguientes términos: “Bienaventurado el que lee, y más bienaventurado el que no se estremece ante la espada aguda de la economía, que veda la entrada al dudoso paraíso de libros y revistas, en estos años de ira, de monstruos que ascienden desde el mar, de blasfemias, y de dragones a quienes seres caritativos filman el día entero para que nadie se llame a pánico y se les considere criaturas mecánicas y no anticipos de la feroz desolación”.

El “reescritor”, así conocido por su obsesión de corregir, ampliar y revisar constantemente lo redactado a mano, extiende el artículo de Nexos y lo incorpora como capítulo final de su Los rituales del caos. Cambia el título por el de “Parábola de las postrimerías. El Apocalipsis en arresto domiciliario”. [15]  La capital del país se va ampliando y asimilando todo en este proceso, en el que la constante es el acelerado crecimiento geográfico y la explosión poblacional:
 Y vi una puerta abierta, y entré y escuché sonidos arcangélicos, como los que manaron del sonido muzak el día del anuncio del Juicio Final, y vi la ciudad de México (que ya llegaba por un costado a Guadalajara, y por el otro a Oaxaca), y no estaba alumbrada de gloria y de pavor, y sí era distinta desde luego, más populosa, con legiones columpiándose en el abismo de cada metro cuadrado, y video-clips que exhortaban a las parejas a la bendición demográfica de la esterilidad o al edén de los unigénitos, y un litro de agua costaba mil dólares, y se pagaba por meter la cabeza unos segundos en un tanque de oxígeno, y en las puertas de las estaciones del Metro se elegía por sorteo a quienes sí habrían de viajar (“No más de quince millones de personas por jornada”, decía uno de tantos letreros que son el cáliz de los incontinentes).

 El recurso apocalíptico para describir la singularidad de la ciudad de México es, nuevamente, evidenciado por Monsiváis en un largo escrito publicado en el suplemento literario y cultural del periódico La Jornada. [16] Aquí entrelaza datos devastadores e imágenes esperanzadoras de la metrópoli. Por medio de cuatro ángeles (noticieros del Apocalipsis) que revelan datos y cifras del gigantismo capitalino, el cronista traza un panorama en algunos puntos desolador por el deterioro de la vida cotidiana de sus habitantes. Lo azaroso de la convivencia en la ciudad (“la escatología urbana prodiga imágenes del Apocalipsis privatizado, o secuestrado en los domicilios”), su martirio consuetudinario para millones de todas maneras sigue atrayendo multitudes: “Y debido al funcionamiento imprevisible de la urbe, o a la certidumbre secreta (utopía urbana es sobrevivir a diario en la catástrofe, es multiplicar familias en los resquicios del trazo apocalíptico), todos se quejan pero pocos se van, y no por una banalidad como el arraigo, sino tal vez por un motivo metafísico como el presentimiento del Juicio Final”. [17]

 Apenas bosquejamos un tema presente a lo largo de la obra de Carlos Monsiváis, se trata del imaginario bíblico al que recurre frecuentemente. Unas veces lo hace parodiando el lenguaje de la Biblia para aplicarlo a una situación de las muchas sobre las cuales ha escrito crónicas, precisiones irónicas en su trashumante sección Por mi madre bohemios, o como aforismos que denotan ecos de los Proverbios atribuidos al rey Salomón. Tal imaginario es posible detectarlo desde su Autobiografía(1966) y Días de guardar(1970), Los rituales del caos (1995), Las alusiones perdidas (2007), El Estado laico y sus malquerientes(2008) y hasta Apocalipstick(2009).

Mención aparte merece su Nuevo catecismo para indios remisos (primera edición 1982, segunda edición 2001). Ya que toda la obra es, como el mismo Monsiváis lo expresara a Elena Poniatowska, un potente eco del libro que lo marcó toda su vida: “Aún retengo muchísimos versículos de memoria y eso, en mi caso, es parte de la formación literaria; una parte estricta, porque la versión [de la Biblia] de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera es soberbia. El Nuevo catecismoviene de allí directamente, toda proporción guardada” (“Los pecados de Carlos Monsiváis”, en La Jornada Semanal, 23/II/1997).

 El peso del lenguaje de Reina y Valera recorre de principio a fin el Nuevo catecismo para indios remisos. Éste libro de ficciones fue señalado por Monsiváis como su preferido en la amplísima obra producida por él, “porque allí están algunas de las impresiones de mi niñez oyendo hablar de los santos ajenos” (Proceso, 4/V/2008). Por ejemplo, en la narración “Como escoria de plata sobre el tiesto” el título mismo devela su desenlace para quien está familiarizado con las expresiones de Reina y Valera. El estilo de ambos, gozosamente y con ironía adoptado por Monsiváis, se refleja en el desenlace cuando no se cumplen las visiones de Omixóchitl acerca de que los indios conquistados por los españoles vencerán a los invasores. Entonces Hitzilopochtli, en una nueva revelación, le reprocha que para él ella es “como escoria de plata sobre el tiesto” (cita textual de  Proverbios 26:23 ).

 El día en que el escritor cumple 70 años (4 de mayo de 2008), publica en La Jornadaun artículo cuyo título (“Los días de nuestra edad”) toma prestado, pero por supuesto, de la Biblia.Esel  Salmo 90 versículo 10 , que en completo dice, en la versión preferida por Monsiváis: “Los días de nuestra edad son setenta años; Que si en los más robustos son ochenta años, Con todo su fortaleza es molestia y trabajo; Porque es cortado presto y volamos”. Con la cita Carlos reitera lo que alguna vez me confió: “Hay libros que lleva uno en su ADN”.

 A un año del deceso de Carlos Monsiváis recordamos que como lector lo primero que memorizó fue un versículo bíblico, el de  Juan 1:1 . Afirmó lo anterior en 2006, al ser galardonado con el XVI Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. En una versión libre de la cita, el mismo Monsiváis gustaba de repetirla de la siguiente manera: “En el principio (y en medio y en el final) era el Verbo”. Amén.

 


   [1]  El presente escrito es una muy apretada síntesis de un libro en proceso, titulado  La Biblia y la iconografía heterodoxa de Carlos Monsiváis .
   [2]  Ediciones Era, México, primera edición diciembre de 1970.
   [3] Ibid ., p. 23
   [4] Ibid ., p. 60.
   [5] Ibid ., pp. 61-64.
   [6]  Este grupo tuvo como uno de sus hits en la década de los años sesentas del siglo XX la canción  Turn! Turn! Turn! (to Everything There is a Season) , cuya letra es Eclesiastés capítulo 3, con música de Pete Seeger, el legendario cantante y compositor de folk americano. En esta liga se puede escuchar la canción interpretada por The Byrds .
   [7]   Ibid ., pp. 118-125.
   [8]  “Instituida en memoria del movimiento que encabezó Francisco Primo de Verdad para instalar aquí un gobierno provisional, tras la abdicación de los reyes de España en favor de Napoleón Bonaparte”, nota de Ángel Bolaños Sánchez,  La Jornada , 22/V/2008.
   [9]  Sobre el tema es muy útil la obra coordinada por Edesio Sánchez Cetina,  “Enseñaba por parábolas…” Estudio del género parábola en la Biblia. Homenaje a Plutarco Bonilla Acosta , s/e, s/l. s/a.
   [10]  En una variación de lo anterior, en el texto titulado “De uno de tantos Génesis”, Carlos Monsiváis lo reescribió de la siguiente manera: “En el principio y ante la tardanza del dios cristiano, Huitzilopochtli y Tláloc crearon los cielos y la tierra, y en la Tierra (llamada así porque su componente mayor era el agua) la nación mexicana, hija del dios Caos y la diosa Demografía, estaba desordenada pero nunca carente de población, y por eso las deidades aztecas en su empeño de beneficiar a la primera ciudad, produjeron un Centro, atenidas a su poder de convocatoria, y pronto en Tenochtitlan ya no cabía un alma aunque todavía quedaba sitio para los cuerpos, y como había tiempo —la población no se hizo en un día— se construyó la Provincia para fomentar las migraciones a la gran ciudad…” en  Apocalipstick , Editorial Debate, México, 2009, p. 15.
   [11]  La  Biblia Traducción Interconfesional  anota que este canto es dedicado “Al maestro del coro. Salmo de David. Cuando tras haber mantenido relaciones con Betsabé, lo visitó el profeta Natán”, Editorial Verbo Divino-Sociedades Bíblicas Unidas, Madrid, 2008, p. 978. Acerca del Salmo 51, y su quinto versículo, Kathtleen Farmer comenta que “El salmo se ocupa de la intensidad del propio pecado del salmista. No se intenta culpar a nadie más de la permeabilidad del pecado en la vida del salmista. De este modo, [el versículo 5], se debe entender como una confesión de que el salmista ha sido proclive al pecado desde el momento de la concepción. Aunque esta afirmación ha sido fuente de malentendidos en círculos cristianos, está claro que en el contexto de este salmo se pone el énfasis en el pecado del hablante y no en la madre del hablante o en el acto mismo de la concepción”,  Comentario Bíblico Internacional , Editorial Verbo Divino, Estella, Navarra, 2000, p. 758.
   [12]  “El Zócalo en cueros (Imágenes de la reconciliación entre cuerpos y almas, si ambas se comprometen a ir al mismo gimnasio”),  Debate Feminista , año 18, vol. 36, octubre 2007, p. 115.
   [13]   Ibid ., p. 125.
   [14]   Nexos , diciembre de 1987. Patmos es la isla del “Deodecaneso, que se encuentra a unos 55 kilómetros al SO de la costa de Asia Menor, a 37° 20’ N, 26° 34’ E. A esta isla fue desterrado el apóstol Juan desde Éfeso, evidentemente por algunos meses, alrededor del año 95 d. C., y allí escribió su Apocalipsis (Ap. 1:9),  Nuevo Diccionario Bíblico Certeza , Barcelona-Buenos Aires-La Paz, segunda edición ampliada, 2003, p. 1034.
   [15]  Carlos Monsiváis,  Los rituales del caos , Ediciones Era, México, primera edición: marzo de 1995, quinta reimpresión: abril de 1996, pp. 248-250.
   [16]  “Apocalipsis y utopías”,  La Jornada Semanal , 4 de abril de 1999.
   [17]   Ibid .

Autores: Carlos Martínez García
© Protestante Digital 2011


Por:Guillermo Altares13/06/2011

1984-26 RETPensar que los asesinos son monstruos nos tranquiliza, frena nuestro miedo ante el horror. La imagen de Ratko Mladic ante el tribunal de La Haya, enfermo pero desafiante, con su gorra y su saludo militar, burlándose de las víctimas mientras decía «Me hacen acusaciones repugnantes», es la de un monstruo. Pero la mayoría de los asesinos de las guerras de los Balcanes, los autores de las peores atrocidades, fueron personas normales y corrientes. Y las víctimas también lo fueron. Uno de los mejores libros sobre las guerras que arrasaron la antigua Yugoslavia a principios de los años noventa,trata precisamente de eso, de cómo seres ordinarios se transforman en asesinos de masas. «Cuanto más comprendes que los criminales de guerra podrían ser personas normales más miedo sientes», escribe Slavenka Drakulic en su extraordinario ensayo No matarían una mosca (Global Rhythm, con prólogo y traducción de la balcanóloga Isabel Nuñez). «Por supuesto, esto se debe a que las consecuencias son mucho más graves que si se tratara de monstruos. Si la gente normal comete crímenes de guerra, eso significa que cualquier de nosotros podría cometerlos». Otro gran libro sobre Bosnia,Postales desde la tumba (Galaxia Gutenberg), de Emir Suljagic, un joven superviviente de Srebrenica, también relata la normalidad de la guerra, la banalidad que une a víctimas y verdugos. Les separa la dignidad, la capacidad para decidir entre lo bueno y lo malo. Son dos libros muy importantes, a los que, ahora que ha sido capturado el asesino Mladic, conviene regresar.

Drakulic es una escritora croata, que vive fuera de su país, autora de dos estupendas novelas que publicó Anagrama en 2001, El sabor de un hombre yComo si yo no estuviera. No matarían una mosca recoge retratos de criminales de guerra, que la autora trazó durante su cobertura de varios juicios en el Tribunal de La Haya. El título viene de una frase del clásico entre los clásicos sobre los procesos al nazismo, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt: «Cuando su trabajo le lleva a asesinar a alguien no se considera un asesino, ya que no lo ha hecho por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría una mosca». Lo primero que hay que decir de Drakulic es que, entre su madre y la justicia, elige la justicia. Con esto quiero decir que no es nada nacionalista y que los primeros asesinos de los que habla son croatas. Su libro es una reflexión sobre la humanidad (nos guste o no, la guerra, como el lenguaje, es una de las cosas que nos convierte en humanos, que nos separa de los animales), sobre sus rincones más oscuros y siniestros, sin importarle las nacionalidades. Aunque la mayoría de los crímenes los cometieron los serbios, que fueron los que empezaron las guerras en Croacia, Bosnia y Kosovo, ninguna de las etnias es totalmente inocente.El libro de Drakulic es una galería de horrores: asesinatos, violaciones en masa, ejecuciones (un tipo que acaba con una ampolla en el dedo de tanto apretar el gatillo es uno de sus protagonistas), es un resumen certero de las atrocidades que se cometieron en el corazón de Europa. Sus protagonistas son tipos corrientes que, en medio de la guerra, se convierten en monstruos. Pero falta la respuesta a la pregunta clave: ¿Por qué? ¿Qué lleva a seres ordinarios a convertirse en asesinos? Hay algo en el horror que resulta, afortunadamente, imposible de comprender.Perdonen que introduzca un elemento personal: he viajado a menudo por los Balcanes, primero como turista (visité Yugoslavia cuando todavía era un solo país en 1989) y luego como periodista. Aunque no cubrí las guerras de Croacia, Bosnia o Kosovo, sí me he pateado esos tres países en los últimos años y he recorrido también Eslovenia (la primera república que se independizó, que forma parte de la UE desde 2004 y ha adoptado el euro) y Serbia, un país con el que además tengo una gran conexión personal porque mi amigo de la infancia es de origen serbio. He hablado con víctimas de todas las etnias. Nunca olvidaré una tarde en una humilde casa de las colinas de Sarajevo con un grupo de mujeres que habían sido víctimas de una violencia imposible de imaginar (no hablamos de ello, pero no hacía falta: sus miradas lo decían todo).

1871-16

He visto los cuerpos, recién rescatados de una fosa común, con las manos atadas todavía con alambre y un tiro en la cabeza, y he sentido el hedor del depósito de cadáveres de Tuzla, que alberga las víctimas sin identificar de Srebrenica. Pero también me he reído, he bebido aguardiente a todas las horas del día (y de la noche, pero eso tiene menos mérito), sorbido el café turco (que tiene un nombre diferente en cada país) y comido los indigestoscevapcici. Es un lugar del mundo que añoro, al que siempre me gusta volver, lleno de personas maravillosas, acogedoras, divertidas, francas, abiertas. Y sin embargo, uno siente las heridas en casi todas partes, demasiadas ciudades están cargadas de dolor. Como Foca, una localidad del este de Bosnia, donde los milicianos serbios ubicaron los primeros burdeles para esclavas sexuales. Es uno de los sitios más tristes y terribles que he visitado. La ausencia de los miles de musulmanes asesinados se siente en cada rincón. Pero, por mucho que uno recorra los Balcanes, por mucho que conozca su historia de odios y diferencias religiosas azuzadas por el poder, es imposible entender cómo pudo ocurrir aquello, cómo pudieron cometerse tantas atrocidades (en el fondo, es una pregunta que vale para cualquier guerra civil).

Foca es una ciudad del Este de Bosnia, una zona que fue arrasada por las milicias y el Ejército serbios desde el principio de la guerra. El río que recorre aquella región da nombre a una obra maestra escrita en una lengua que ya no existe pero que todos entienden, el yugoslavo (una de las muchas paradojas que ha dejado aquel país con su desaparición): Un puente sobre el Drina, del premio Nobel Ivo Andric, una novela que también permite entender muchas cosas.

1837-22 niv RET

Decenas de miles de civiles que huían de las matanzas buscaron refugio en las ciudades que todavía estaban bajo el control de los musulmanes, como Srebrenica, Zepa y Goradze, que luego fueron declaradas zonas seguras por la ONU (una protección que, a la postre, no sirvió para nada y se convirtió en un símbolo de la impotencia de la comunidad internacional para frenar el genocidio). Uno de aquellos refugiados era un adolescente bosnio que escapó junto a su familia, Emir Suljagic, que sobrevivió a la peor matanza en Europa desde la II Guerra Mundial, en la que fueron fusilados 8.000 varones bosniomusulmanes por orden de Mladic, el jefe militar de los serbios de Bosnia, y Radovan Karadzic, el responsable político de los asesinos. Ambos están encarcelados en La Haya.

El libro de Suljagic es un viaje a la cotidianeidad de la guerra, es una obra en la que hay víctimas y verdugos, pero no buenos y malos, es un libro lleno de matices, de momentos inolvidables, casi siempre terribles aunque también divertidos (para poder ver los partidos del mundial de Estados Unidos de 1994 varios habitantes de Srebrenica se turnaban para pedalear en una bicicleta estática con la dinamo conectada a una tele, mientras los morteros de la artillería serbia volaban sobre ellos). «No sabemos nada de estas personas, que no fueron ni más ni menos maravillosas que otras, ni mejores, ni peores. Fueron maravillosas en la medida en que fueron humanas. Y en la medida en que yo las conocía», escribe Suljagic sobre las víctimas. Entre ellas, están muchos de sus familiares cercanos.

Suljagic y Drakulic dan vueltas sobre los mismos temas, se plantean las mismas preguntas. Y ambos transportan a los lectores a un lugar que nunca debería haber existido: el horror. De mis muchos recuerdos de aquella zona del mundo hay uno que me divierte especialmente. En un bar de Liubliana, la elegante capital de Eslovenia, un país que rechaza con obstinación su pasado yugoslavo, decenas de jóvenes bailaban a todo volumen canciones de Bijelo Dugme, un grupo de rock de los años setenta y ochenta que simboliza la yugonostalgia, la añoranza de aquel gran país que se rompió en medio de la barbarie. Ojalá nunca tengan que volver a enfrentarse a los dilemas que describen estos dos magníficos libros, ojalá el pasado que acabe por pesar de verdad sea el que encarna aquel grupo de Goran Bregovic.

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El autor de las fotografías que ilustran este texto es el reportero Gervasio Sánchez. La primera y la última corresponden a un funeral de víctimas de Srbrenica en Potoçari (11 de julio de 2010), la segunda al depósito de cadáveres de bosnios asesinados en aquella ciudad en Tuzla (octubre de 2008). Las imágenes pertenecen al proyecto Desaparecidos, cuyos libros han sido publicados por la editorial Blume.

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Homenaje en la aldea global
Pablo Martínez analiza la vida de una persona “empática, cercana y muy pastoral”.

27 de abril de 2011, BARCELONA

 La revista Time le ha puesto en la lista de las 100 personas más influyentes del siglo XX. Ha escrito más de 30 libros, y su impacto como líder cristiano se ha visto en muchísimos ámbitos, desde el movimiento global  Lausanne  hasta la revista Christianity Today , pasando por el  London Institute for Contemporary Christianity.  Repasamos la vida de John Stott a través de las opiniones del Doctor Pablo Martínez Vila.John Stott es “un hombre que nunca buscó sus propios intereses, fue más allá de los intereses denominacionales y siempre veló por la causa de Cristo y la extensión del evangelio”. Así es como resumiría al autor inglés el psiquiatra y conferenciante Pablo Martínez Vila.

“Su influencia ha ido más allá de lo que es el mundo evangélico o de Inglaterra, para tener un impacto verdaderamente mundial” y esto le ha llevado a un reconocimiento muy importante. “La razón por la que es considerado un personaje fundamental es porque ha sido un hombre de Estado”, alguien no solamente reconocido dentro del ámbito de la iglesia, sino también en la sociedad en su conjunto.

 En España se le conoce “sobre todo como escritor” , por la formación que han aportado sus comentarios bíblicos y sus libros “relacionados con cultura y problemas sociales”. Otras facetas de su aportación probablemente son menos conocidas en España, “porque tenemos la barrera del idioma”, considera Martínez. El autor sólo ha estado en España una vez. Fue como conferenciante en el Congreso Evangélico Español de 1997, en Madrid.

 LA RECIÉN PUBLICADA BIOGRAFÍA DE SU VIDA
Coincidiendo con los 90 años, se ha publicado por fin en España un biografía sobre su vida: “John Stott, un hombre de Dios excepcional” (Andamio, 2011), escrita por Roger Steer. Pablo Martínez de hecho estuvo en la presentación del libro cuando por primera vez salió en inglés. En comparación con otras obras biográficas sobre el autor, esta es una “biografía reducida, una síntesis” de la vida del autor. Martínez cree que es  “un libro inspirador, uno de aquellos libros que uno disfruta leyéndolo” , y remarca que es especialmente bueno “si se busca estímulo para la vida cristiana”.

 CONOCIENDO A STOTT EN PRIMERA PERSONA

Pablo Martínez conoce bien a John Stott no sólo a través de sus obras, sino también por la amistad que han tenido por años. “La relación surgió hace unos 30 años”, cuando Martínez tradujo un libro suyo al castellano. A partir de ahí, compartieron muchas cosas e incluso Stott le ofreció formar parte del Consejo Directivo del  London Institute for Contemporary Christanity .“Hemos compartido muchas horas juntos”, no sólo alrededor de eventos u organizaciones cristianas, sino también en “viajes a la naturaleza”.
A nivel de carácter,  John Stott es una persona “cercana, empática y muy pastoral” , explica Martínez. “Recuerdo cuando lo conocí por primera vez, era yo muy joven, debía yo tener 21 años, y esta es la sensación que tuve, que siendo él la persona destacada, te hacía sentir a ti importante”.

Además, el carácter de este conferenciante británico ha destacado siempre por ser “humilde y asequible”. Y a ello se añade  “una vida de oración” , recuerda Martínez. “Cuando compartíamos tiempo juntos, no había un solo día que no terminara con un tiempo de oración, de peticiones personales… es un hombre de oración”.

 TRES MINISTERIOS CLAVE
¿Qué es lo que Stott ha estado impulsando, a lo largo de su vida? “El trípode que refleja mejor los énfasis” de John Stott se podría resumir en tres ministerios: la iglesia de All Souls (London, Inglaterra), el  London Institute for Contemporary Christianity  (LICC, en castellano: Instituto Londinense para el Cristianismo Contemporáneo) y la  Langham Partnership .

“Stott fue pastor muy joven, apenas tenía 29-30 años”, y lo fue en “una de las iglesias anglicanas más importantes de Londres,  All Souls ”. Es especialmente interesante que haya sido “una persona de una sola iglesia local”. Al iniciar su trabajo de liderazgo allí, se marcó cinco grandes objetivos: el discipulado de nuevos creyentes, la evangelización, la predicación expositiva, la oración y la formación de líderes laicos. Estas prioridades han marcado el crecimiento de All Souls y ha permitido que siga siendo “un faro en el mundo evangélico, no sólo en Inglaterra sino en todo el mundo”.

Por su vida también ha defendido que en la vida del cristiano no debería existir una división entre lo secular y lo sagrado. Con esta visión global de la vida impulsó la creación del  LICC . Stott explicó en su momento el propósito de este proyecta: “Contribuir a que los estudiantes lleguen a ser cristianos más completos en su vida personal, y cristianos más efectivos en su vida profesional pública, de manera que cristianos integrales puedan influir el mundo secular con un evangelio integral”.

La tercera pata del ministerio de Stott es “un vehículo para formar a pastores”, el  Langham Partnership . Ahí se ha canalizado mucha de la literatura que Stott ha escrito a lo largo de su vida. Explica Martínez que entre las funciones de este ministerio “se facilita literatura a pastores de países en vías de desarrollo, con ediciones baratas de libros, se financia la compra, se invierte en derechos de autor para estos países, traducciones”.

 “DEDICÓ TIEMPO A LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS”
“Fue un hombre muy comprometido con el equivalente de GBU a nivel internacional (IFES), dedicó tiempo a estar con los estudiantes”. Fue así porque “nunca fue un hombre de una sola denominación, sus metas siempre trascendieron su denominación anglicana”.

Por ello también colaboró activamente con la Alianza Evangélica Mundial.  “John Stott nunca fue un hombre de proyectos personales, y mucho menos de proyecto personalistas” , explica Pablo Martínez Vila.

Este carácter de búsqueda de la unidad fue lo que llevó a Stott a ser uno de los pioneros en el Movimiento global de  Lausanne  (del que se ha celebrado el año pasado el  Tercer encuentro en Ciudad del Cabo ). “Fue el redactor del documento de Lausanne, en 1974, uno de los documentos que ha moldeado el cristianismo evangélico en todo el mundo en los últimos 30 o 40 años”. Su aportación fue especial por “el equilibrio entre la proclamación del evangelio y la vivencia de este evangelio en forma de preocupación social, de acción”. A Stott se unían en ese momento personas como Samuel Escobar y René Padilla, que reafirmaron esta visión de integrar proclamación y acción.

 ¿QUÉ SIGNIFICA SER EVANGÉLICO?
La “identidad evangélica” ha sido otro de los estandartes de Stott. Su defensa de este concepto surgió en medio del “combate ideológico y teológico que había en Inglaterra en los años 40 y 50, entre conservadores y liberales”.  Stott fue “el paladín de un resurgir de un movimiento evangélicos tal como lo entendemos nosotros” , opina Martínez. Fue en este “contexto de liberalismo teológico” en el que el autor puso énfasis en la necesidad de una identidad evangélica, por ejemplo en la “importancia de enfatizar el nuevo nacimiento en la línea de Juan 3”. A ello se añade también la centralidad de la Cruz en el evangelio, otro aspecto que Stott defendió a capa y espada.

Pablo Martínez Vila cree que la vida y la obra del inglés han mostrado que se puede ser “un “estudioso, un erudito, una persona formada y profundamente evangélica”. Esto cambio el corriente de opinión que podía pensar que los eruditos cristianos eran de corrientes liberales, “Stott se encargado de desmentir este mito”.

 TRES LIBROS QUE DESTACAN
La faceta más conocida de Stott es claramente su facilidad a la hora de escribir. Los homenajes que ahora recibe en muchas partes del mundo demuestran el impacto que sus libros han tenido en muchos sitios. Pero si uno quiere empezar a leer al autor ¿por dónde empezar?

 Cristianismo Básico  es el libro más leído (3 millones de ejemplares vendidos, y traducido a 50 idiomas). Es un “obra formidable desde el punto de vista evangelístico”, cree Pablo Martínez, un libro “de referencia para explicarle a alguien que es el evangelio”. Es ideal porque “tiene un equilibrio entre erudición y claridad”, algo distintivo del autor.

Una recomendación más personal de Martínez sería  Los problemas de los cristianos enfrentamos hoy  sobre “temas sociales conflictivos”que el autor trata con un “don especial para armonizar contradicciones aparentes y llegar a conclusiones sumamente bíblicas”.
Sin embargo, su obra magna es   La Cruz de Cristo , en la que aparecen resumidos “los pilares esenciales de su pensamiento teológico: la autoridad suprema de la Palabra de Dios, la centralidad de la cruz de Cristo y las implicaciones globales de la salvación, no sólo a nivel personal, sino también público, comunitario, como iglesia”.

 OBRA Y AFICIÓN A LA ORNITOLOGÍA
Explica Martínez Vila que “es relativamente frecuente en el mundo evangélico en Inglaterra el hecho que pastores notables, pastores muy influyentes hayan permanecido solteros toda su vida”. Una de las grandes ventajas que Stott ha tenido como líder por « haber permanecido soltero  ha sido su capacidad de dedicación completa a la obra del evangelio”. Es verdad que “estar casado da otros aspectos de ventaja como una mayor comprensión de primera mano del mundo de la familia”, explica el psiquiatra, “pero el hecho que Stott se mantuviera soltero ha permitido una concentración de talento y esfuerzo y tiempo que le han permitido hacer una obra ingente”.

Otro dato interesante de la vida de Stott que siempre aparece en sus biografías es la  afición por la ornitología , el estudio de las diferentes especies de aves. “En parte viene porque su padre, que era médico, era un gran aficionado a la historia natural”, que le enseñó desde pequeño. “De niño empezó con una colección de mariposas, pero muy pronto se fue a los pájaros”. Aunque se considerara amateur en este hobby, Martínez recuerda que la gran capacidad de Stott de “reconocer un pájaro sólo por la forma de cantar”. “Él siempre decía que era un hobby que le permitía estar en contacto con la otra gran Biblia, que es la creación, la revelación natural”.

 SALUD MUY FRÁGIL
A sus 90 años, John Stott ha dejado ya la pluma y sus aficiones.  “Su estado de salud es francamente precario” , tiene “dificultades muy importantes de visión”. “Al mismo tiempo que con su cumpleaños agradecemos a Dios habernos regalado a este hombre inspirador, es bueno que nos acordemos de su situación ahora, de gran fragilidad, en la que es muy importante sentir de cerca esta provisión de Dios que ha caracterizado toda su vida y que se necesita sobretodo en estos momentos de invierno, de final de vida”.

Autores: Joel Forster

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