ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
A través del espejo
Madrid.
No hay libro que merezca la pena leer a los diez años -dice C. S. Lewis-, que no sea digno de leer a los cincuenta y te resulta incluso mejor que entonces, como ocurre a menudo. Al cumplir medio siglo, me he propuesto volver a las lecturas que realmente han marcado mi vida. Y una de ellas, es sin lugar a dudas, Alicia, que ahora cumple 150 años.
Gil de Biedma aseguraba que a partir de los doce años, no nos sucede nada importante, o por lo menos nada tan importante como nos ha ocurrido hasta entonces. Es como si los cuentos infantiles nos enfrentaran a las cuestiones últimas de nuestra existencia. Hay libros que nos guían, nos iluminan, nos hacen más fuertes, aunque no sepamos siquiera cómo, ni por qué…
Las historias que siempre me han cautivado en la literatura o en el cine, tienen siempre un elemento onírico, que hace que uno no pueda distinguir fácilmente entre el sueño y la realidad. El mundo de Alicia tiene una fuerza hipnotizante, porque acude a resortes secretos del lector, que reconoce inmediatamente una situación, más por su instinto que por su inteligencia. Sus escenarios, más que lugares, son situaciones emotivas, que provocan el extraño sentimiento de reencontrar algo que uno ha vivido.
LA HISTORIA DE UN PASTOR
El pastor y profesor de matemáticas del Trinity College de Oxford, Charles Lutwidge Dogdson, acompañó una tarde de verano de 1862, a su colega, el reverendo Duckworth, w una excursión en barca por el Támesis. Llevaban a las tres hijas del deán de la iglesia de Christ Church, Lorina, Alicia y Edith Liddell. Las niñas aburridas, quisieron oír uno de los estrafalarios cuentos que solía narrar el reverendo Dogdson. Ese día decidió que lo protagonizara Alicia, que acababa de cumplir diez años.
Ante su asombroso argumento, el pastor Duckworth le preguntó si estaba improvisando. Dogdson le dijo que sí, pero que lo estaba ′inventando paso a paso, más por tener que decir algo, que por tener algo que contar′. La historia original se llamaba ′Las aventuras de Alicia bajo tierra′. La niña le pidió al pastor que lo pusiera por escrito y las navidades siguientes, se lo regaló copiado de su puño y letra, acompañado de unos encantadores dibujos. Tres años más tarde lo publicó, bajo el nombre de Lewis Carroll.
Hace 150 años nadie podía imaginar que este cuento infantil iba a tener tanto éxito. En cierta forma el libro abandona a su autor y se hace independiente de sus motivaciones. Poco importa en ese sentido, los sentimientos que tuviera por aquella niña. La obra ha seguido su propio curso. El texto revisado que publico MacMillan en 1865 -omitiendo algunas referencias personales y añadiendo otras narraciones adicionales-, junto a las ilustraciones de John Tenniel, se tituló ′Alicia en el País de las Maravillas′. Le sucedió otro, editado en 1871, ′Alicia a través del espejo′…
UNA MERIENDA DE LOCOS
Decía Cabrera Infante que ′ese modesto clergyman inventó casi él solo toda la literatura de nuestro siglo′. Antes de que Franz Kafkaescribiera una sola línea, ya había gritado la reina de Alicia: ′¡No, no! ¡Primero la sentencia… el veredicto después!′. Se ha señalado repetidas veces el parecido entre la obra de Carroll y la de ′El Castillo′, o ′El Proceso′, pero mientras que el mundo del escritor judío de Praga resulta opresivo y deprimente, el de Alicia es tremendamente revolucionario.
En el mundo de Carroll, lo absurdo se une a lo trágico, como en la vida misma, pero los libros de Alicia, más que enseñar, se burlan de los rituales mismos de la enseñanza -como observa Alberto Manguel-. Cuando es examinada por las Reinas Blanca y Roja (′¿cómo se dice turulululú en francés?′), ella contesta con su ′nosense′ (′Turulululú no es una palabra española′), para exasperación de la Reina Roja (′¿Quién dijo que lo era?′). Denuncia así, la injusticia de la condena del Mensajero del Rey, como la codicia y el despotismo de la Reina (′habrá mermelada ayer y mermelada mañana, pero nunca mermelada hoy′).
Alicia se enfrenta a la aparente insensatez de este mundo (′′no puedes evitar andar entre locos′, le dice el Gato de Cheshire, ya que ′todos estamos locos aquí′). Como dice su traductor, Jaime de Ojeda, ′el mundo del alma es complejo e imprevisible, y la vida nos obliga a atravesar circunstancias no menos complejas e ingobernables′. Es así como ′cada uno procura encontrar su propio camino en esa dicotomía laberíntica del propio ser y de la vida′. Pasamos así, del asombro y el miedo de la infancia, a la indignación ante la idiotez y la hipocresía de la adolescencia, que pone luego en evidencia, como adultos, nuestras infamias y fracasos.
ALGO EN QUÉ CREER
– Empecemos por considerar tu edad… ¿cuántos años tienes?
– Tengo siete años y medio, exactamente.
– No es necesario que digas ′ex-actamente′ -observó la Reina: te creo sin que conste en acta. Y ahora te diré a ti algo en qué creer: acabo de cumplir ciento un año, cinco meses y un día.
– ¡Eso sí que no lo puedo creer! -exclamó Alicia.
– ¿Qué no lo puedes creer? -repitió la Reina con mucha pena; -prueba otra vez: respira hondo y cierra los ojos.
Alicia rió de buena gana: – No vale la pena intentarlo -dijo. Nadie puede creer cosas que son imposibles.
– Me parece evidente que no tienes mucha práctica -replicó la Reina. – Cuando yo tenía tu edad, siempre solía hacerlo durante media hora cada día. ¡Cómo que a veces llegué hasta creer en seis cosas imposibles antes del desayuno!
¿Por qué algunas personas pueden creer cosas que a otros les parecen increíbles? En el mundo al revés de la Reina Blanca, la fe es sólo cuestión de esfuerzo. Pero al otro lado del espejo, nosotros, como Alicia, no lo vemos tan sencillo. No es lo mismo, la fe que lo que nos gustaría creer. No ver la diferencia es confundir la realidad con la fantasía.
Podemos mantener la respiración y cerrar los ojos, pero eso no es fe. Es hacernos creer algo. Y por definición, algo que tienes que esforzarte en creer, no puede ser verdad, porque la realidad se impone a sí misma. Los cristianos creen cosas extraordinarias: ¡Dios hecho hombre, andando sobre la tierra! Sin embargo, no parece que se tengan que esforzar en creer lo imposible. ¿Son más ingenuos que otros? No hay duda que algunos lo son, pero la credulidad no es lo mismo que la fe.
EL ENIGMA DE LA FE
¿En qué consiste el enigma de la fe?, ¿por qué algunos la tienen y otros no? ¿Qué no pueden creer, los no creyentes?, ¿por qué nosotros, sí? La fe se basa en la revelación de una verdad en la que podemos confiar. La cuestión como solía decir José Grau, no es si creemos en Dios, o no, sino en qué Dios creemos…
– Cuando yo uso una palabra -insistió Tentetieso (Zanco Panco en algunas versiones) con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
– La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
– La cuestión -zanjó Tentetieso- es saber quién es el que manda…, eso es todo.
Si la salvación dependiera de nuestra capacidad para creer, los que tienen más imaginación, tendrían ventaja. Es Dios quien nos da seguridad. No es cuestión de esforzarse. Si no, alguno seguiríamos pensando como Alicia: ′simplemente, no puedo creer cosas imposibles′.
La fe no es cuestión de superación, sino de gracia divina: ′Ninguno puede venir al Padre, si el Padre que me envió no le trajere′ (Juan 6:44). Es su Voz, la que nos llama. Y esa viene con la autoridad de Él mismo.
Ese llamamiento eficaz del que habla la teología, es por el que Dios concede la fe a hombre y mujeres, no con la crueldad del violador, sino con la atracción del amante. Lo hace iluminando su Palabra, al abrir nuestro entendimiento y tocar nuestro corazón, liberando nuestra voluntad. Abrazamos así, por la fe, Aquel cuya Palabra es Verdad. Aunque parezca demasiado buena, para ser cierta…
http://www.entrelineas.org/leer.asp?a=alicia-en-el-pais-de-las-maravillas




Su trabajo es excepcional, bien documentado, brillantemente escrito y realmente apasionante. Como su nuevo libro sobre la literatura, dentro de la serie Huellas del cristianismo en el arte, sea igual de bueno, va a ser una auténtica delicia.
Fernández Santos pertenece, con Ferlosio y Aldecoa, a la generación que se dio en llamar realista en los años cincuenta . Se dieron a conocer por los cuentos que publicaban en la Revista Española (1953-1955) de los años cincuenta, que hacía Rodríguez Moñino. Aunque han llevado siempre la etiqueta del “realistas sociales”, aquellos narradores creían que no eran ni realistas, ni sociales.


Era todavía un niño, cuando compré en los años setenta, en Londres, la obra clásica que escribió Walter Lord en 1956 – A Night To Remember –, en una magnífica edición ilustrada de Penguin –ahora publicada en Debolsillo como La última noche del Titanic –. Es él quien habla primero del libro de Robertson, que acaba de editar Nórdica en castellano …
No es éste por supuesto el primer caso de lo que parece una profecía anunciada. Las novelas de Julio Verne, o hasta los comic de Tintín, muestran artefactos que luego se harían realidad , pero existían mucho tiempo antes en proyecto. La novela de Robertson no sólo demuestra que estaba muy bien informado sobre temas navales, sino que saca unas conclusiones sobre la vida que muchos de los contemporáneos del Titanic entendieron claramente, después de pensar que “Dios no podía hundir este barco”.
Cuando empezaron a sacar a los pasajeros de los camarotes, cada uno se llevaba lo que le parecía más importante salvar del naufragio . La mujer de Adolf Dyker llevaba por ejemplo una caja con dos relojes de oro, dos anillos de diamantes, un collar de zafiros y doscientas coronas danesas. Otros como la señorita Edith Russell, preferían llevar una especie de mascota como un cerdo de juguete con música, al que tendría especial cariño. Hay quien llevaba los libros que tenía en la mesilla, como Lawrence Beesley, o un revolver y un compás, como Norman Campbell Chambers. Hubo hasta quien guardó cuatro naranjas bajo su blusa, como el camarero James Johnson.
Uno de los temas más curiosos de discusión sobre el hundimiento del Titanic es cuál era la música que tocaba la orquestina hasta el último momento. Muchos supervivientes recuerdan el himno ¡Más cerca, oh Dios, de Ti!; otros, uno de origen episcopal llamado Otoño; aunque a algunos les sonaba a algo más alegre, como jazz. Lo que hoy nadie duda, es que tocaron hasta el final . Aunque en cierto momento pararon, ¡claro!

Sobre Marilyn se ha escrito de todo. Es conocida su adicción a los tranquilizantes, su relación con los Kennedy, su matrimonio con el jugador de beisbol DiMaggio y el escritor Arthur Miller, su falta de puntualidad, desgraciada infancia e inseguridad ante las cámaras. Todo ello se ve –o se adivina– en Mi semana con Marilyn, pero se muestra también el otro rostro de Norma Jean –su verdadero nombre–, asustadiza y neurótica, amante de la lectura y de Miller –que le recomienda leer la biografía en seis tomos de Lincoln, devorados con tal pasión, que en la película vemos su retrato en la mesilla, como si fuera su padre–.
El largometraje de Simon Curtis captura, en un digno ejercicio de puesta en escena, aquellos días con una mirada nostálgica. Su película está lejos del glamour habitual con que se suele presentar a Marilyn como una rubia tonta . Este retrato amable podría haber sido una más entre las innumerables películas destinadas a contar los entresijos de un rodaje, que Michelle Williams convierte en otra cosa. El extraordinario trabajo de la actriz no se sustenta tanto en el parecido físico con su personaje –sobre todo en planos medios y generales, cuando no se centra completamente en su rostro–, sino en una interpretación repleta de matices –apoyada en una estupenda labor de maquillaje y vestuario–, que trasciende la pantalla.
Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Sin él, la vida no tiene sentido. Dice C. S. Lewis en Mero cristianismo que “la mayor parte de nosotros, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo”. Ya que “hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa”. 
La tragedia se cierne sobre Dickens, cuando tiene que abandonar la escuela bautista de Giles, a causa de tener que ir su padre a la prisión por deudas, cuando el escritor tenía sólo 12 años . Escribe entonces a su amigo y primer biógrafo, John Forster: “Yo sé que si no fuera por la misericordia de Dios, podría haber sido fácilmente un ladronzuelo o pequeño vagabundo, por la falta de cuidado que recibí”.
EL NIÑO QUE NUNCA DEJÓ DE SER
En resumen, los cinco grandes arrepentimientos compilados en el libro son: 1 . Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera; 2. Ojalá no hubiera trabajado tanto; 3. Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía; 4. Habría querido volver a tener contacto con mis amigos; 5. Me hubiera gustado ser más feliz.
Retirado a una pequeña localidad del condado de Limestones, llamada Tehuacana, Pearson se da cuenta de que había perdido su fe en Dios . Lleno de “sentimientos suicidas”, era “como si se estuviera muriendo”. Dice que se había convertido en “un impío cerdo pagano”. Intenta entender qué ha ocurrido, pasando un tiempo en París y Berlín, donde grabó este disco dos fríos días de febrero del año pasado.
El divorcio es siempre un fracaso. Uno puede ser más responsable que otro, pero el matrimonio es cosa de dos. Es por eso que es tan difícil juzgar lo que ha pasado . El terapeuta puede analizar los elementos que fallan en una relación, pero hay algo que finalmente se nos escapa. En la vida no hay nada tan difícil como la convivencia. En un sentido es más fácil romper, que mantener una relación. Es por eso que el divorcio produce tal frustración e impotencia.
Peter Brook lleva El señor de las moscas al cine –en una versión que ha publicado ahora la Fnac de 1963– como un documental . La evidencia se la proporcionan en este caso un grupo de niños sin formación dramática, a los que pide que actúen sin inhibición alguna, soltándolos en una isla, al lado de Puerto Rico. Brook creía que no tardarían un fin de semana en comportarse como los niños del colegio de Salisbury, donde enseñaba Golding cuando escribió la obra: o sea, como auténticos salvajes.
A pesar de su reputación de pesimista, Golding cree que “el bien vencerá finalmente al mal” –como dice en un libro de entrevistas de 1962–. La cuestión es: ¿cómo será esto posible? Uno de los primeros libros que leí de él también es Ritos de paso. Lo compré cuando Alianza lo publicó –como El señor de las moscas – en 1980. Es una novela de mar, que inicia una trilogía –que ahora ha llevado a la televisión la BBC–, que muestra la vida en una nave al final de las guerras napoleónicas.
Hay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente. Esa meditación se basa en las Escrituras
El Within You Without You de Harrison nos desafía a no ignorar las realidades espirituales, frente a la realidad material, citando incluso las palabras de Jesús . Paul y George eran hijos de católicos casados con agnósticos de origen protestante. Se criaron en casas donde la religión no tenía ninguna importancia. Sus padres eran trabajadores del norte de Inglaterra, que veían la Iglesia como un instrumento de poder de los ricos.
George conoce al guru Maharishi en 1967 , dos meses después de que los Beatles hicieran su disco Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band. En su canción Dentro de Ti, Fuera de Ti, Harrisonanunciaba que habían descubierto un amor, con el que “podríamos salvar el mundo”. Entonces cantaba: “Todos somos uno y la vida fluye dentro de ti y fuera de ti”. Aunque lo que había descubierto desde hacía dos años era el LSD. Un amigo dentista le había dado una dosis con el café después de cenar. George dice que “no había probado nada parecido antes”. Cree que “abrió algo dentro” de él y “se dio cuenta de muchas cosas”.
El fundador de Hare Krishna se había mudado a San Francisco en los años sesenta. Harrison le regalaría luego una mansión en Inglaterra y les apoya económicamente. En 1969 graba el Mantra Hare Krishna con Ravi Shankar, que llegó a ser un éxito popular, antes de Mi dulce Señor . Cuando los Beatles hacen Sergeant Pepper, Georgehabía pasado ya seis semanas en Bombay con este músico indio, aprendiendo a tocar el sitar. “Habiendo tenido éxito y conocido a toda la gente que merece la pena conocer”, Harrison concluye que en Occidente “todos vibran en un ámbito material, que no te lleva a ningún sitio”, pero en la India siente que hay “algo que es sólo espiritual”.
Uno de sus libros más honestos es Mortal y rosa. En él encontramos un relato escalofriante y conmovedor, que nos desvela la muerte de su único hijo. Esta tragedia marcó toda su vida. Ahora sus cenizas están junto a los restos de su hijo en el Cementerio Civil de Madrid.
“¿De qué he posado yo en la vida? De quinqui, de dandy , de golfo, de revolucionario, de todo”, confiesa. “Y eso es lo que quieren que uno haga su papel”. Porque “estamos todos aquí tan perdidos, tan sin destino”, que “la humanidad necesita el ejemplo de los grandes, de los decididos, de los triunfadores, de los gloriosos, de los que parece que tienen destino, aunque tampoco lo tengan”. Es “por eso”, que “cuando vienen a verme o me llevan a que me vean, procuro dar sensación de seguridad”. Ya que “lo que más fascina a esa humanidad indecisa es la decisión, aunque sea fingida”. Porque “mueve más una mentira firme que una verdad pensativa”.
¿Y Dios? Bueno, “a veces necesitaría a Dios”, dice Umbral, “para culparle de lo que me pasa, del dolor de mi hijo”. Pero eso sería “otra forma de fe”. Ya que para él, “los dioses viven en gran medida de la indignación de los hombres”.