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Publicado por:juanstam

Ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta la figura tradicional del «Anticristo»

El Anticristo: ¿Qué dice la Biblia?

Exégesis y tradición en la profecía predictiva[1]

(1 Juan 2:18,22; 4:3; 2 Juan 7)

En la tradición profética del protestantismo, ocupa un lugar central la figura del Anticristo.[2] A decir verdad, a veces se le da más atención que al mismo Cristo, de quien es rival y remedo. En la tradición es una figura bien definida, con sólo variantes menores. Es un ser humano poseído por Satanás, de quien es agente incondicional. Hará milagros y engañará a todo el mundo. Acaparará todo el poder para establecer un gobierno mundial totalitario. Perseguirá a Israel y/o la Iglesia durante «la Gran Tribulación», que durará siete años (o tres y medio).[3] Su aparición en el escenario histórico será la última y final expresión de toda la maldad. Al fin de la Gran Tribulación vendrá Cristo para derrotar a este Anticristo en el Armagedón, juzgarlo y establecer para siempre el reino de Dios.

Nuestra pregunta ahora es: ¿Cuán bíblica es esta conceptualización del Anticristo? Vamos a comenzar con los únicos textos que nombran al Anticristo, que son primera y segunda de Juan:[4]

El anticristo de las epístolas juaninas. Nos ayudará tener a la mano los textos correspondientes, de la versión NVI con base en el texto original:

1Jn 2:18s   Queridos hijos, ésta es la hora final,

y así como ustedes oyeron que anticristo vendría [griego, sin artículo],

muchos son los anticristos que han surgido ya.

Por eso nos damos cuenta de que ésta es la hora final.

Aunque salieron de entre nosotros, en realidad no eran de los nuestros…

1Jn 2:22  ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo?

Es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.

1Jn 4:2-3   En esto pueden discernir quien tiene el Espíritu de Dios:

todo profeta que reconoce que Jesucristo ha venido en cuerpo humano [en sarkí, en carne],

es de Dios;

todo profeta que no reconoce a Jesús,

no es de Dios sino del anticristo.

2Jn 7         Es que han salido por el mundo muchos engañadores,

que no reconocen que Jesucristo ha venido en cuerpo humano.

El que así actúa es el engañador [ho planos] y el anticristo [ho antijristos].

Estos pasajes no sólo son los únicos del Nuevo Testamento que mencionan explícitamente al anticristo, sino es más: son las primeras referencias al término en toda la literatura antigua conocida. Algunos expertos sugieren que Juan mismo acuñó el término en su enseñanza oral a la comunidad. Entonces estos textos deben ser el punto de referencia decisiva sobre el tema del anticristo.

Dada toda esa importancia de estos textos, su contenido es muy sorprendente. (1) Por ahí del año 95 d.C., el autor repite dos veces que ya era «la última hora», y (2) el anticristo de estos textos no se parece para nada a la figura del Anticristo de la tradición que hemos conocido. Además (3), el texto afirma que para esas fechas, a finales del primer siglo, habían surgido ya muchos anticristos. Comentemos un poco estas tres sorpresas.

(1) Que la última hora de la historia ya había comenzado hace diecinueve siglos nos puede extrañar mucho, pero es una enseñanza central del Nuevo Testamento. Según Hebreos 1:2, «en estos días finales [Dios] nos ha hablado por medio de su Hijo». «Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos» en la cruz (1P 1:19-20). «A nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos» (1Cor 10:11). No se puede presuponer que estos términos signifiquen siempre algo todavía futuro para nosotros; eso tiene que determinarse exegéticamente en cada caso. (Ver el artículo «‘Los últimos tiempos’ y la tradición escatológica» en este blog).

(2) Este anticristo ni establece un reino mundial ni persigue a nadie. Al contrario, es claro de estos pasajes que «el anticristo» (con artículo) es cualquiera que niegue que Jesús es el Mesías (2:22) y sobre todo que Jesucristo ha venido en cuerpo humano (4:2-3; 2Jn 7). Estos no sólo son inspirados por el espíritu del anticristo (4:2-3); ellos mismos son el anticristo (2:22; 2Jn 7). Es posible, como afirman algunos, que 2:22 incluya una negación de la deidad de Cristo, aunque el título «Cristo» («Ungido») expresa más bien su identidad mesiánica. Entre los cuatro pasajes, lo más claro y enfático es que el autor identifica al anticristo con la negación de la plena humanidad de Jesús.

Esa herejía, incipiente en tiempos de Juan, se conoce como «docetismo», del verbo griego dokeô, «parecer» (a menudo asociado con el gnosticismo).[5] Afirmaba que Cristo sólo parecía ser humano; sólo fingía tener hambre, estar cansado o hacer preguntas; su vida era un simulacro de humanidad. Éstos herejes, a los que alude 1 Juan, no negaban que Jesús era Dios (¡en eso eran ortodoxos!) sino que era realmente humano, como si eso fuera indigno del Hijo de Dios. Dada la gravedad de ese error, que Juan identifica como anticristo, nos incumbe preguntar si nosotros realmente creemos en la plena humanidad de Jesús, «el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido», un Cristo plenamente divino y plenamente humano. Esto nos debe llamar a mucha reflexión. Durante los siglos, y también hoy, muchos cristianos «ortodoxos» han estado negando de hecho la realidad de la humanidad de Jesús, aun cuando profesan en teoría creer en ella. ¿Existen «docetas evangélicos» hoy?

El texto no aclara cómo, cuándo o de quién los lectores habían oído que «anticristo viene» (sin artículo) ni cómo lo entendían. Aunque el término «anticristo» en este versículo es una novedad, desde la antigüedad existían muchas tradiciones quizá relacionadas, que podríamos llamar del «Antagonista demoníaco» o del «Antagonista escatológico». Con posibles raíces en Babilonia (Tiamat) o Ras Shamra (Mot), esta figura aparece bajo infinidad de nombres: Leviatán, Behemot, Rahab, Gog, Belial, la serpiente tortuosa (Isa 27:1), las cuatro bestias y el cuernito de Daniel 7, etc. A veces ciertos personajes históricos parecen encarnar estos demonios: Senaquerib, Nabucodonosor, Antíoco Epífanes («el desolador», Mr 13:14), Calígula, Nerón o Domiciano. Por supuesto, ninguno de ellos negaba la humanidad de Cristo.

Indudablemente, tanto Juan como sus lectores/as conocían estas antiguas tradiciones, aunque no parecen figurar muy significativamente en estas epístolas. Podría ser que Juan acuña el término independientemente, para significar anti-Mesías y anti-encarnación. Si el término «anticristo» en la frase «ustedes oyeron que anticristo viene» tiene el mismo sentido que en todos estos textos de 1 y 2 Juan, entonces significa que vendrían personas que negarían la humanidad de Jesús (anti-encarnación). En cambio, si esa frase alude al conocimiento previo que tenían ellos de la tradición del Antagonista escatológico, entonces la relación parecería ser de contradicción o corrección: el anticristo ha venido y vendrá, pero no como ustedes lo imaginaban.[6] Dejen, les dice Juan entonces, de especulaciones apocalípticos y fíjense en los peligros que los rodean ahora.

(3) A la luz de ese sentido de «anticristo», es fácil entender en qué sentido habían surgido ya muchos «anticristos». El «anticristo personal», en este caso, no es un monstruo apocalíptico sino un falso maestro o falso profeta (2:22; 2Jn 7). En 2:19 también Juan identifica a estos «muchos anticristos»: con herejes cristológicos que salieron de la comunidad (¡anticristos que habían estado en el seno de la congregación!) por negar la humanidad de Jesús y así deshumanizar al Salvador.

Esto lo confirma la historia del término y del concepto «anticristo». Los primeros escritores cristianos después del Nuevo Testamento, conocidos como los padres apostólicos y los apologistas, emplean el término sólo en el mismo sentido juanino de negar la humanidad de Jesús (Ign Fil 7:1). Aun los pasajes que describen un Adversario al final de la historia, como Didajé 16:4 y Bernabé 4:1-5, no lo llaman «anticristo».[7] Ireneo interpreta el «666» como el imperio romano, pero lo atribuye a la bestia, no al anticristo. La doctrina tradicional aparece por primera vez en Hipólito de Roma, De Cristo y Anticristo (ca. 220 d.C.). Sin embargo, la tradición siguió siendo muy flexible y el anticristo no era siempre personal, como tampoco lo es en 1 Juan. En el siglo V el anticristo se identificó con al arianismo y en la edad media y la Reforma con el papado.

Conclusión sobre las epístolas juaninas: Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término «anticristo» a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término «anticristo» de los sobretonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los «anticristos» presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un «Anticristo» final de quien este pasaje no habla.

El «anticristo» en el Apocalipsis, ¿dónde está? Casi todos los comentaristas de 1 Juan o del tema «anticristo», frente a las extrañas ambigüedades de los textos juaninos, terminan con la misma salida: «El anticristo es idéntico con la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses» y nos remiten a esos pasajes. Pero no basta afirmar esa correlación de textos a priori; esas supuestas correlaciones tienen que examinarse y probarse. Ahora nos toca, entonces, esta pregunta: ¿Son realmente idénticos el anticristo de las epístolas juaninas, la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses? ¿Se refieren todos realmente a un mismo «Anticristo» personal?

A primera vista parecería que no son idénticos, pues el único anticristo que presenta el Nuevo Testamento no establece un reino mundial ni persigue a la iglesia, y ni la bestia ni el Malvado niegan la humanidad de Jesús. Pero veamos estos textos con más cuidado para aclarar más este tema.

La segunda mitad del libro del Apocalipsis gira alrededor de un largo drama, que podemos llamar «el drama del dragón» (Ap 12-13; 17-20). Este emocionante relato, con impresionantes cualidades teatrales, sólo puede entenderse bien mediante un análisis narrativo, pues enseña verdades por medio de un relato. Por eso, sólo después de analizarlo narrativamente, como historia que es, debemos preguntarnos por posibles referentes externos al relato mismo. Algunos de estos últimos son obvios y ayudan a entender el relato, pero la identidad de la mayoría de los detalles narrativos no es obvia. Una concentración de atención en los referentes externos no debe interrumpir el fluir narrativo de esta historia simbólica.

En el capítulo 12 una mujer majestuosa, parturienta, aparece frente a un dragón (la antigua serpiente) que espera con el agua en la boca para devorar al niño apenas nazca. Pero al instante de nacer, el niño (el Mesías) es arrebatado al cielo, al trono a la derecha de Dios. Frustrado, el dragón trata de capturar al niño, pero el arcángel Miguel le sale al encuentro, le administra una tremenda derrota y lo lanza a la tierra. ¡Segundo fracaso! Entonces el dragón intenta vengarse con la mujer, madre del niño, pero a ella le salen unas alas y se va volando, fuera del alcance del dragón. ¡Tercera derrota! Entonces, furioso, el dragón abre su boca y vomita un gran río de veneno para tratar de ahogar a la mujer, pero la tierra abre la boca suya, traga ese río de veneno y la mujer queda ilesa. ¡Cuarta derrota! ¡Pobre diablo!

El dragón no acepta su derrota y fragua una nueva estrategia, formándose un equipo de trabajo. Del mar evoca una bestia con siete cabezas (13:1-10), que simbolizan a siete montes y siete reyes (17:9-10). A esta bestia el dragón le da su trono y gran autoridad (13:3), por lo que la gente adora a la bestia, y así al dragón que la puso en el trono (13:4). Esta bestia habla blasfemias y hace guerra contra los santos. Después el dragón saca de la tierra otra bestia, con cara de cordero, que hace milagros y promueve la adoración de la primera bestia.

Cae la cortina y cuando se levanta aparece una ramera que está borracha con la sangre de sus víctimas (17:6) y a su vez ella emborracha al mundo entero con sus lujos y su poder (17:2). Su nombre es Babilonia y simboliza la ciudad que está reinando sobre toda la tierra en ese tiempo (17:18, obviamente Roma). Pero sus propios aliados se vuelven contra ella, la desnudan y la queman (17:16), de modo que la última figura en entrar es la primera en salir del escenario. Después de una larga celebración de la caída de esa ciudad corrupta (18:1-19:8), sigue la gran batalla final, conocida como Armagedón (16:16), en que el dragón pierde a sus dos aliados, las bestias que organizó para ser su equipo de desgobierno (cap.13), y Dios las lanza al lago de azufre y fuego (19:20). De ese modo, los segundo y tercero en entrar lo son también en salir. Ahora el dragón está sólo, igual que al final del capítulo 12, pero Dios, en vez de echarlo también al lago de azufre y fuego, le da una larga sentencia de prisión preventiva (20:2-3). Terminada la sentencia, Dios suelta al dragón y éste sale de nuevo a engañar a las naciones y provocar otra guerra, ahora con sus nuevos aliados, Gog y Magog. Marchan hacia el campamento de los justos, pero cae fuego sobre todos ellos (20:7-9). El dragón y todos sus aliados son echados al lago de fuego y azufre, donde ya estaban las dos bestias (20:10). Cae el telón y ha terminado el drama. ¡El Fin!

¿Está el Anticristo en el Apocalipsis? El anticristo nunca se menciona en este libro, y menos en el sentido que tiene en las epístolas juaninas. ¿Pero podría uno de los cuatro personajes de este drama corresponder a la figura tradicional del Anticristo? Esa es la correlación que se suele hacer. Sin embargo, no puede ser el dragón quien cumpla el papel de Anticristo, porque éste se identifica como Satanás mismo, el diablo, la antigua serpiente (12:9). La primera bestia, con sus siete cabezas, que son siete montes y siete reyes, no es una persona; simboliza a un sistema, que con toda probabilidad es el imperio romano, mientras el Anticristo tradicional se concibe como personal, no como un sistema o un imperio. La segunda bestia, conocida en adelante como el falso profeta, tiene algunas características del Anticristo (hace milagros, engaña y oprime), pero él no se cree Dios sino promueve la adoración a la primera bestia. En último lugar, la ramera (alias Babilonia) no puede ser el Anticristo porque es una ciudad (17:5,18).

Además, es necesario tomar muy en cuenta el contexto histórico del Apocalipsis. Juan de Patmos es pastor de siete congregaciones, y algunos están fuertemente tentados a participar en el culto al emperador. Por eso, los cuatro personajes del drama tienen un carácter mucho más político y económico (anti-imperialista) que el anticristo de primera de Juan o de la tradición escatológica. Podemos concluir que el anticristo, tanto según primera de Juan como según la tradición teológica, no aparece en el Apocalipsis. Por eso debemos ser fieles al lenguaje propio del Apocalipsis mismo y no de otras fuentes, y hablar de la bestia y su ministro de propaganda (el falso profeta), de la ramera que prostituye con injusticia el poder y la riqueza, de los jinetes de los cuatro caballos, etc, pero no del Anticristo, porque él no está (ni con minúscula ni con mayúscula) en el Apocalipsis.

El Anticristo y el Malvado de 2 Tesalonicenses 2:1-12: Este es el pasaje del Nuevo Testamento que más se acerca al concepto del Anticristo de la tradición. De nuevo es importante el contexto. Algunos tesalonicenses estaban creyendo y enseñando, hasta con profecías, que la venida de Cristo estaba inmediata. Pablo les exhorta a «no perder la cabeza» (2:2) y explica que antes de venir el Señor tiene que aparecer «el hombre de Maldad» (2:3). El texto reza como sigue:

Ahora bien, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo

y a nuestra reunión con él,

les pedimos que no pierdan la cabeza

ni se alarman por ciertas profecías,

ni por mensajes orales o escritos supuestamente nuestros,

que digan, «¡Ya llegó el día del Señor!».

No se dejen engañar de ninguna manera,

porque primero tiene que venir la rebelión contra Dios

y manifestarse el hombre de maldad [ho anthôpos tês anomias],

el destructor por naturaleza  [hijo de ruina, apôleia].

Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios

o es objeto de adoración,

hasta el punto de adueñarse del templo de Dios [sentarse en el templo]

y pretender ser Dios.

¿No recuerdan que ya les hablaba de esto cuando estaba con ustedes?

Bien saben que hay algo que detiene a este hombre,

a fin de que él se manifieste a su debido tiempo.

Es cierto que el misterio de la maldad [tês anomias] ya está ejerciendo su poder;

pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.

Entonces se manifestará aquel malvado [ho anomos, «el Sin-ley»]

a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca

y destruirá con el esplendor de su venida [epifaneia tês parousias autou].

cuya venida [parousia] es por obra de Satanás,

con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos.

Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad

y así ser salvos…

Este texto tiene dos conceptos en común con 1 Juan 2:18: en ambos casos el autor recuerda a los lectores de enseñanzas previas y ambos pasajes destacan la realidad de la acción presente, no sólo futuro, de la fuerza maligna. Todo lo demás es radicalmente distinto. El contexto y propósito de este pasaje no se parece al de 1 Juan. Para refutar a los falsos maestros que anunciaban una venida pronta de Cristo, este pasaje insiste en la anterioridad de la parousía del Malvado a la parousía de Cristo. Este tema, fatal para el dispensacionalismo pre-tribulacionista, no aparece en 1 Juan ni tendría sentido en ese contexto. Además, el Malvado de 2 Tesalonicenses se opone a Dios mismo más que a Cristo; estrictamente no es antijristos sino antitheos (cf. 2:3, «la apostasía contra Dios»). A diferencia de los «muchos anticristos» de 1 de Juan, el Malvado aquí es único y parece ser personal.

El Malvado de este pasaje tiene tres títulos, pero «Anticristo» no es ninguno de ellos. Uno es «el hombre de maldad» (2:3, ho anthôpos tês anomias) o más escuetamente «el Malvado» (ho anomos, «el Sin-ley»). Él encarna la rebelión contra Dios y su ley. Además es «el hijo de destrucción» (ho huios tês apôleias, ruina). Este ttítulo puede significar que es «el destructor por naturaleza» (NVI) o que está destinado para destrucción (cf. el término similar, «hijos de ira»).

Un simple desglose de las actividades del Malvado subrayará la gran diferencia entre este Malvado y el Anticristo de la tradición. El Sin-Ley promueve la apostasía, una rebelión contra Dios. Él mismo se opone en todo contra Dios (2:4); se sienta en el mismo templo y se hace pasar por Dios (2:4).[8] Se manifestará a su debido tiempo, pero hay algo y alguien que retienen su venida (2:6-7).[9] No obstante, la fuerza del misterio de su maldad está ya presente y activa (energeitai) en milagros y señales falsos que realiza, con los que engañará a los que no aman a la verdad. Pero al final vendrá Cristo y destruirá al Malvado con el soplo de su boca y el esplendor de su gloriosa parousía.

¿Hay base exegética para identificar a este Malvado con el Anticristo tradicional? No aparece ese título en 2 Tesalonicenses (ni ningún otro pasaje) y las acciones y pecados de los dos son muy distintos. El pasaje parece tener algunas referencias a autoridades romanas de la época (especialmente Calígula y quizá Nerón como un segundo Calígula) y detalles inexplicables que hoy no se pueden entender. Pero faltan elementos indispensables del perfil del Anticristo de la tradición escatológica: este Malvado no organiza un gobierno mundial, tema central de esa tradición, ni persigue a nadie (ni a judíos/as ni a cristianos/as, según una lectura cuidadosa del texto). El relato de la destrucción del Malvado por el soplo y el esplendor de la venida de Cristo tiene también ciertas incongruencias con los relatos de una batalla final (Armagedón) en el Apocalipsis (14:20; 16:13-16; 19:11-21; cf. 17:16; 20:7-9), que dificulta también el intento de homologar a este Malvado con el Anticristo.

Conclusión: ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término «anticristo». Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del «Anticristo'» distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos.

En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor.

Y en general, nos haría mucho bien hablar más de Cristo y menos del «Anticristo».

[1] La profecía como tal es mucho más que predicciones del futuro, pero en este ensayo entenderemos por «profecía» el anuncio revelado de las cosas finales, que estrictamente debe llamarse «profecía predictiva», conocido también como escatología (cosas finales) , «postrimerías» o «novísimos».

[2] Escribiremos «Anticristo» con mayúscula cuando nos estamos refiriendo a la figura de la tradición escatológica y con minúscula en su sentido estrictamente bíblico.

[3] Según un amplio sector cristiano, Jesús vendrá antes de la Gran Tribulación» para arrebatar a la iglesia. En ese caso, la persecución sería de los judíos y/o de cristianos convertidos durante el mismo período.

[4] El término pseudojristos en Mt 24:24 y Mr 13:22 se refiere a falsos mesías, muy activos en la guerra judía de 64-70, y no tienen que ver con el antijristos de los textos juaninos.

[5] Es importante recordar que Éfeso era el segundo centro intelectual más destacado del imperio romano, a la par de Atenas. En Éfeso se desarrolló después la escuela del platonismo medio y del neoplatonismo (Plotino, Porfirio, Jámblico). Esto nos ayuda a entender también el prólogo al cuarto evangelio.

[6] Sobre este problema ver Schillebeeckx, El Cristo y F.F. Bruce, I Tesalonicenses.

[7] Lo más próximo es Did 16.4: «entonces aparecerá como hijo de Dios el extraviador del mundo», hará milagros, la tierra será entregada en sus manos, y cometerá crímenes «como jamás desde los siglos», hasta que venga Cristo a derrotarlo. Pero el texto no lo llama «Anticristo».

[8] Este lenguaje no es necesariamente literal, ni implica una reconstrucción del templo de Jerusalén en el futuro.

[9]Los lectores entendían esta referencia a lo que detiene, pero hoy día nadie lo explica convincentemente. Para Cullmann es la proclamación del evangelio como tarea aun no cumplida, y la referencia personal alude a Pablo mismo. Para otros es el imperio romano como garante de ley y orden y quizá el emperador Claudio, mientras Nerón crecía en el palacio. Hay muchas otras explicaciones.

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Estos pasajes no sólo son los únicos del Nuevo Testamento que mencionan explícitamente al anticristo, sino es más: son las primeras referencias al término en toda la literatura antigua conocida. Algunos expertos sugieren que Juan mismo acuñó el término en su enseñanza oral a la comunidad. Entonces estos textos deben ser el punto de referencia decisiva sobre el tema del anticristo.

Dada toda esa importancia de estos textos, su contenido es muy sorprendente. (1) Por ahí del año 95 d.C., el autor repite dos veces que ya era «la última hora», y (2) el anticristo de estos textos no se parece para nada a la figura del Anticristo de la tradición que hemos conocido. Además (3), el texto afirma que para esas fechas, a finales del primer siglo, habían surgido ya muchos anticristos. Comentemos un poco estas tres sorpresas.

(1) Que la última hora de la historia ya había comenzado hace diecinueve siglos nos puede extrañar mucho, pero es una enseñanza central del Nuevo Testamento. Según Hebreos 1:2, «en estos días finales [Dios] nos ha hablado por medio de su Hijo». «Cristo, a quien Dios escogió antes de la creación del mundo, se ha manifestado en estos últimos tiempos» en la cruz (1P 1:19-20). «A nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos» (1Cor 10:11). No se puede presuponer que estos términos signifiquen siempre algo todavía futuro para nosotros; eso tiene que determinarse exegéticamente en cada caso. (Ver el artículo «‘Los últimos tiempos’ y la tradición escatológica» en este blog).

(2) Este anticristo ni establece un reino mundial ni persigue a nadie. Al contrario, es claro de estos pasajes que «el anticristo» (con artículo) es cualquiera que niegue que Jesús es el Mesías (2:22) y sobre todo que Jesucristo ha venido en cuerpo humano (4:2-3; 2Jn 7). Estos no sólo son inspirados por el espíritu del anticristo (4:2-3); ellos mismos son el anticristo (2:22; 2Jn 7). Es posible, como afirman algunos, que 2:22 incluya una negación de la deidad de Cristo, aunque el título «Cristo» («Ungido») expresa más bien su identidad mesiánica. Entre los cuatro pasajes, lo más claro y enfático es que el autor identifica al anticristo con la negación de la plena humanidad de Jesús.

Esa herejía, incipiente en tiempos de Juan, se conoce como «docetismo», del verbo griego dokeô, «parecer» (a menudo asociado con el gnosticismo).[5] Afirmaba que Cristo sólo parecía ser humano; sólo fingía tener hambre, estar cansado o hacer preguntas; su vida era un simulacro de humanidad. Éstos herejes, a los que alude 1 Juan, no negaban que Jesús era Dios (¡en eso eran ortodoxos!) sino que era realmente humano, como si eso fuera indigno del Hijo de Dios. Dada la gravedad de ese error, que Juan identifica como anticristo, nos incumbe preguntar si nosotros realmente creemos en la plena humanidad de Jesús, «el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido», un Cristo plenamente divino y plenamente humano. Esto nos debe llamar a mucha reflexión. Durante los siglos, y también hoy, muchos cristianos «ortodoxos» han estado negando de hecho la realidad de la humanidad de Jesús, aun cuando profesan en teoría creer en ella. ¿Existen «docetas evangélicos» hoy?

El texto no aclara cómo, cuándo o de quién los lectores habían oído que «anticristo viene» (sin artículo) ni cómo lo entendían. Aunque el término «anticristo» en este versículo es una novedad, desde la antigüedad existían muchas tradiciones quizá relacionadas, que podríamos llamar del «Antagonista demoníaco» o del «Antagonista escatológico». Con posibles raíces en Babilonia (Tiamat) o Ras Shamra (Mot), esta figura aparece bajo infinidad de nombres: Leviatán, Behemot, Rahab, Gog, Belial, la serpiente tortuosa (Isa 27:1), las cuatro bestias y el cuernito de Daniel 7, etc. A veces ciertos personajes históricos parecen encarnar estos demonios: Senaquerib, Nabucodonosor, Antíoco Epífanes («el desolador», Mr 13:14), Calígula, Nerón o Domiciano. Por supuesto, ninguno de ellos negaba la humanidad de Cristo.

Indudablemente, tanto Juan como sus lectores/as conocían estas antiguas tradiciones, aunque no parecen figurar muy significativamente en estas epístolas. Podría ser que Juan acuña el término independientemente, para significar anti-Mesías y anti-encarnación. Si el término «anticristo» en la frase «ustedes oyeron que anticristo viene» tiene el mismo sentido que en todos estos textos de 1 y 2 Juan, entonces significa que vendrían personas que negarían la humanidad de Jesús (anti-encarnación). En cambio, si esa frase alude al conocimiento previo que tenían ellos de la tradición del Antagonista escatológico, entonces la relación parecería ser de contradicción o corrección: el anticristo ha venido y vendrá, pero no como ustedes lo imaginaban.[6] Dejen, les dice Juan entonces, de especulaciones apocalípticos y fíjense en los peligros que los rodean ahora.

(3) A la luz de ese sentido de «anticristo», es fácil entender en qué sentido habían surgido ya muchos «anticristos». El «anticristo personal», en este caso, no es un monstruo apocalíptico sino un falso maestro o falso profeta (2:22; 2Jn 7). En 2:19 también Juan identifica a estos «muchos anticristos»: con herejes cristológicos que salieron de la comunidad (¡anticristos que habían estado en el seno de la congregación!) por negar la humanidad de Jesús y así deshumanizar al Salvador.

Esto lo confirma la historia del término y del concepto «anticristo». Los primeros escritores cristianos después del Nuevo Testamento, conocidos como los padres apostólicos y los apologistas, emplean el término sólo en el mismo sentido juanino de negar la humanidad de Jesús (Ign Fil 7:1). Aun los pasajes que describen un Adversario al final de la historia, como Didajé 16:4 y Bernabé 4:1-5, no lo llaman «anticristo».[7] Ireneo interpreta el «666» como el imperio romano, pero lo atribuye a la bestia, no al anticristo. La doctrina tradicional aparece por primera vez en Hipólito de Roma, De Cristo y Anticristo(ca. 220 d.C.). Sin embargo, la tradición siguió siendo muy flexible y el anticristo no era siempre personal, como tampoco lo es en 1 Juan. En el siglo V el anticristo se identificó con al arianismo y en la edad media y la Reforma con el papado.

Conclusión sobre las epístolas juaninas: Para ser fieles a este texto, sería mejor limitar el término «anticristo» a su sentido bíblico, de negación del Cristo humano, y no confundirlo con otros términos como el Malvado, la Bestia etc. Con eso evitaríamos la conflación simplista de títulos de significados distintos. Así libraríamos el término «anticristo» de los sobretonos y resonancias terroríficos que ha llegado a connotar y le devolveríamos su auténtico sentido cristológico. Nos ayudaría también a concentrarnos en los «anticristos» presentes, en nuestro tiempo y espacio, y no fijar la vista sólo en un «Anticristo» final de quien este pasaje no habla.

El «anticristo» en el Apocalipsis, ¿dónde está? Casi todos los comentaristas de 1 Juan o del tema «anticristo», frente a las extrañas ambigüedades de los textos juaninos, terminan con la misma salida: «El anticristo es idéntico con la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses» y nos remiten a esos pasajes. Pero no basta afirmar esa correlación de textos a priori; esas supuestas correlaciones tienen que examinarse y probarse. Ahora nos toca, entonces, esta pregunta: ¿Son realmente idénticos el anticristo de las epístolas juaninas, la bestia del Apocalipsis y el Malvado de 2 Tesalonicenses? ¿Se refieren todos realmente a un mismo «Anticristo» personal?

A primera vista parecería que no son idénticos, pues el único anticristo que presenta el Nuevo Testamento no establece un reino mundial ni persigue a la iglesia, y ni la bestia ni el Malvado niegan la humanidad de Jesús. Pero veamos estos textos con más cuidado para aclarar más este tema.

La segunda mitad del libro del Apocalipsis gira alrededor de un largo drama, que podemos llamar «el drama del dragón» (Ap 12-13; 17-20). Este emocionante relato, con impresionantes cualidades teatrales, sólo puede entenderse bien mediante un análisis narrativo, pues enseña verdades por medio de un relato. Por eso, sólo después de analizarlo narrativamente, como historia que es, debemos preguntarnos por posibles referentes externos al relato mismo. Algunos de estos últimos son obvios y ayudan a entender el relato, pero la identidad de la mayoría de los detalles narrativos no es obvia. Una concentración de atención en los referentes externos no debe interrumpir el fluir narrativo de esta historia simbólica.

En el capítulo 12 una mujer majestuosa, parturienta, aparece frente a un dragón (la antigua serpiente) que espera con el agua en la boca para devorar al niño apenas nazca. Pero al instante de nacer, el niño (el Mesías) es arrebatado al cielo, al trono a la derecha de Dios. Frustrado, el dragón trata de capturar al niño, pero el arcángel Miguel le sale al encuentro, le administra una tremenda derrota y lo lanza a la tierra. ¡Segundo fracaso! Entonces el dragón intenta vengarse con la mujer, madre del niño, pero a ella le salen unas alas y se va volando, fuera del alcance del dragón. ¡Tercera derrota! Entonces, furioso, el dragón abre su boca y vomita un gran río de veneno para tratar de ahogar a la mujer, pero la tierra abre la boca suya, traga ese río de veneno y la mujer queda ilesa. ¡Cuarta derrota! ¡Pobre diablo!

El dragón no acepta su derrota y fragua una nueva estrategia, formándose un equipo de trabajo. Del mar evoca una bestia con siete cabezas (13:1-10), que simbolizan a siete montes y siete reyes (17:9-10). A esta bestia el dragón le da su trono y gran autoridad (13:3), por lo que la gente adora a la bestia, y así al dragón que la puso en el trono (13:4). Esta bestia habla blasfemias y hace guerra contra los santos. Después el dragón saca de la tierra otra bestia, con cara de cordero, que hace milagros y promueve la adoración de la primera bestia.

Cae la cortina y cuando se levanta aparece una ramera que está borracha con la sangre de sus víctimas (17:6) y a su vez ella emborracha al mundo entero con sus lujos y su poder (17:2). Su nombre es Babilonia y simboliza la ciudad que está reinando sobre toda la tierra en ese tiempo (17:18, obviamente Roma). Pero sus propios aliados se vuelven contra ella, la desnudan y la queman (17:16), de modo que la última figura en entrar es la primera en salir del escenario. Después de una larga celebración de la caída de esa ciudad corrupta (18:1-19:8), sigue la gran batalla final, conocida como Armagedón (16:16), en que el dragón pierde a sus dos aliados, las bestias que organizó para ser su equipo de desgobierno (cap.13), y Dios las lanza al lago de azufre y fuego (19:20). De ese modo, los segundo y tercero en entrar lo son también en salir. Ahora el dragón está sólo, igual que al final del capítulo 12, pero Dios, en vez de echarlo también al lago de azufre y fuego, le da una larga sentencia de prisión preventiva (20:2-3). Terminada la sentencia, Dios suelta al dragón y éste sale de nuevo a engañar a las naciones y provocar otra guerra, ahora con sus nuevos aliados, Gog y Magog. Marchan hacia el campamento de los justos, pero cae fuego sobre todos ellos (20:7-9). El dragón y todos sus aliados son echados al lago de fuego y azufre, donde ya estaban las dos bestias (20:10). Cae el telón y ha terminado el drama. ¡El Fin!

¿Está el Anticristo en el Apocalipsis? El anticristo nunca se menciona en este libro, y menos en el sentido que tiene en las epístolas juaninas. ¿Pero podría uno de los cuatro personajes de este drama corresponder a la figura tradicional del Anticristo? Esa es la correlación que se suele hacer. Sin embargo, no puede ser el dragón quien cumpla el papel de Anticristo, porque éste se identifica como Satanás mismo, el diablo, la antigua serpiente (12:9). La primera bestia, con sus siete cabezas, que son siete montes y siete reyes, no es una persona; simboliza a un sistema, que con toda probabilidad es el imperio romano, mientras el Anticristo tradicional se concibe como personal, no como un sistema o un imperio. La segunda bestia, conocida en adelante como el falso profeta, tiene algunas características del Anticristo (hace milagros, engaña y oprime), pero él no se cree Dios sino promueve la adoración a la primera bestia. En último lugar, la ramera (alias Babilonia) no puede ser el Anticristo porque es una ciudad (17:5,18).

Además, es necesario tomar muy en cuenta el contexto histórico del Apocalipsis. Juan de Patmos es pastor de siete congregaciones, y algunos están fuertemente tentados a participar en el culto al emperador. Por eso, los cuatro personajes del drama tienen un carácter mucho más político y económico (anti-imperialista) que el anticristo de primera de Juan o de la tradición escatológica. Podemos concluir que el anticristo, tanto según primera de Juan como según la tradición teológica, no aparece en el Apocalipsis. Por eso debemos ser fieles al lenguaje propio del Apocalipsis mismo y no de otras fuentes, y hablar de la bestia y su ministro de propaganda (el falso profeta), de la ramera que prostituye con injusticia el poder y la riqueza, de los jinetes de los cuatro caballos, etc, pero no del Anticristo, porque él no está (ni con minúscula ni con mayúscula) en el Apocalipsis.

El Anticristo y el Malvado de 2 Tesalonicenses 2:1-12: Este es el pasaje del Nuevo Testamento que más se acerca al concepto del Anticristo de la tradición. De nuevo es importante el contexto. Algunos tesalonicenses estaban creyendo y enseñando, hasta con profecías, que la venida de Cristo estaba inmediata. Pablo les exhorta a «no perder la cabeza» (2:2) y explica que antes de venir el Señor tiene que aparecer «el hombre de Maldad» (2:3). El texto reza como sigue:

Ahora bien, hermanos, en cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo

y a nuestra reunión con él,

les pedimos que no pierdan la cabeza

ni se alarman por ciertas profecías,

ni por mensajes orales o escritos supuestamente nuestros,

que digan, «¡Ya llegó el día del Señor!».

No se dejen engañar de ninguna manera,

porque primero tiene que venir la rebelión contra Dios

y manifestarse el hombre de maldad [ho anthôpos tês anomias],

el destructor por naturaleza  [hijo de ruina, apôleia].

Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios

o es objeto de adoración,

hasta el punto de adueñarse del templo de Dios [sentarse en el templo]

y pretender ser Dios.

¿No recuerdan que ya les hablaba de esto cuando estaba con ustedes?

Bien saben que hay algo que detiene a este hombre,

a fin de que él se manifieste a su debido tiempo.

Es cierto que el misterio de la maldad [tês anomias] ya está ejerciendo su poder;

pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene.

Entonces se manifestará aquel malvado [ho anomos, «el Sin-ley»]

a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca

y destruirá con el esplendor de su venida [epifaneia tês parousias autou].

cuya venida [parousia] es por obra de Satanás,

con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos.

Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad

y así ser salvos…

Este texto tiene dos conceptos en común con 1 Juan 2:18: en ambos casos el autor recuerda a los lectores de enseñanzas previas y ambos pasajes destacan la realidad de la acción presente, no sólo futuro, de la fuerza maligna. Todo lo demás es radicalmente distinto. El contexto y propósito de este pasaje no se parece al de 1 Juan. Para refutar a los falsos maestros que anunciaban una venida pronta de Cristo, este pasaje insiste en la anterioridad de la parousía del Malvado a la parousía de Cristo. Este tema, fatal para el dispensacionalismo pre-tribulacionista, no aparece en 1 Juan ni tendría sentido en ese contexto. Además, el Malvado de 2 Tesalonicenses se opone a Dios mismo más que a Cristo; estrictamente no es antijristos sino antitheos (cf. 2:3, «la apostasía contra Dios»). A diferencia de los «muchos anticristos» de 1 de Juan, el Malvado aquí es único y parece ser personal.

El Malvado de este pasaje tiene tres títulos, pero «Anticristo» no es ninguno de ellos. Uno es «el hombre de maldad» (2:3, ho anthôpos tês anomias) o más escuetamente «el Malvado» (ho anomos, «el Sin-ley»). Él encarna la rebelión contra Dios y su ley. Además es «el hijo de destrucción» (ho huios tês apôleias, ruina). Este ttítulo puede significar que es «el destructor por naturaleza» (NVI) o que está destinado para destrucción (cf. el término similar, «hijos de ira»).

Un simple desglose de las actividades del Malvado subrayará la gran diferencia entre este Malvado y el Anticristo de la tradición. El Sin-Ley promueve la apostasía, una rebelión contra Dios. Él mismo se opone en todo contra Dios (2:4); se sienta en el mismo templo y se hace pasar por Dios (2:4).[8] Se manifestará a su debido tiempo, pero hay algo y alguien que retienen su venida (2:6-7).[9] No obstante, la fuerza del misterio de su maldad está ya presente y activa (energeitai) en milagros y señales falsos que realiza, con los que engañará a los que no aman a la verdad. Pero al final vendrá Cristo y destruirá al Malvado con el soplo de su boca y el esplendor de su gloriosa parousía.

¿Hay base exegética para identificar a este Malvado con el Anticristo tradicional? No aparece ese título en 2 Tesalonicenses (ni ningún otro pasaje) y las acciones y pecados de los dos son muy distintos. El pasaje parece tener algunas referencias a autoridades romanas de la época (especialmente Calígula y quizá Nerón como un segundo Calígula) y detalles inexplicables que hoy no se pueden entender. Pero faltan elementos indispensables del perfil del Anticristo de la tradición escatológica: este Malvado no organiza un gobierno mundial, tema central de esa tradición, ni persigue a nadie (ni a judíos/as ni a cristianos/as, según una lectura cuidadosa del texto). El relato de la destrucción del Malvado por el soplo y el esplendor de la venida de Cristo tiene también ciertas incongruencias con los relatos de una batalla final (Armagedón) en el Apocalipsis (14:20; 16:13-16; 19:11-21; cf. 17:16; 20:7-9), que dificulta también el intento de homologar a este Malvado con el Anticristo.

Conclusión: ningún pasaje del Nuevo Testamento presenta el cuadro tradicional del Anticristo, y mucho menos el único texto que emplea el término «anticristo». Más bien, ese cuadro se arma arbitrariamente, según el gusto de cada persona que interprete el tema, sacando diferentes detalles de su contexto bíblico y juntándolos en un mosaico que no corresponde a ningún pasaje bíblico específico. Es cierto que la Biblia enseña que la historia es conflictiva, como lucha entre el bien y el mal, y que habrá una confrontación final, pero la versión tradicional del «Anticristo'» distorsiona ese tema. El efecto básico es de presentar el Anticristo como una figura aterrorizadora y amenazante con un simplismo esquematizado que carece de base en los textos.

En la interpretación del Apocalipsis, debe quedar totalmente excluida toda referencia al Anticristo, ya que éste no aparece en todo el libro. En la exposición de los demás pasajes, debemos emplear el lenguaje de cada texto, dentro de su propio contexto y según la intención de cada autor.

Y en general, nos haría mucho bien hablar más de Cristo y menos del «Anticristo».


[1] La profecía como tal es mucho más que predicciones del futuro, pero en este ensayo entenderemos por «profecía» el anuncio revelado de las cosas finales, que estrictamente debe llamarse «profecía predictiva», conocido también como escatología (cosas finales) , «postrimerías» o «novísimos».

[2] Escribiremos «Anticristo» con mayúscula cuando nos estamos refiriendo a la figura de la tradición escatológica y con minúscula en su sentido estrictamente bíblico.

[3] Según un amplio sector cristiano, Jesús vendrá antes de la Gran Tribulación» para arrebatar a la iglesia. En ese caso, la persecución sería de los judíos y/o de cristianos convertidos durante el mismo período.

[4] El término pseudojristos en Mt 24:24 y Mr 13:22 se refiere a falsos mesías, muy activos en la guerra judía de 64-70, y no tienen que ver con el antijristos de los textos juaninos.

[5] Es importante recordar que Éfeso era el segundo centro intelectual más destacado del imperio romano, a la par de Atenas. En Éfeso se desarrolló después la escuela del platonismo medio y del neoplatonismo (Plotino, Porfirio, Jámblico). Esto nos ayuda a entender también el prólogo al cuarto evangelio.

[6] Sobre este problema ver Schillebeeckx, El Cristo y F.F. Bruce, I Tesalonicenses.

[7] Lo más próximo es Did 16.4: «entonces aparecerá como hijo de Dios el extraviador del mundo», hará milagros, la tierra será entregada en sus manos, y cometerá crímenes «como jamás desde los siglos», hasta que venga Cristo a derrotarlo. Pero el texto no lo llama «Anticristo».

[8] Este lenguaje no es necesariamente literal, ni implica una reconstrucción del templo de Jerusalén en el futuro.

[9]Los lectores entendían esta referencia a lo que detiene, pero hoy día nadie lo explica convincentemente. Para Cullmann es la proclamación del evangelio como tarea aun no cumplida, y la referencia personal alude a Pablo mismo. Para otros es el imperio romano como garante de ley y orden y quizá el emperador Claudio, mientras Nerón crecía en el palacio. Hay muchas otras explicaciones.


C. René Padilla

Las cifras relacionadas con el Tercer Congreso Internacional de Evangelización Mundial que se llevó a cabo en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, del 17 al 24 de octubre bajo el lema “En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo” (2Co 5:19) son impresionantes. Estuvieron presentes más de 4.000 participantes de 198 países. Además, hubo unos 650 sitios de internet conectados con el Congreso en 91 países y 100.000 “visitas” de 185 países. Esto significa que muchos miles de personas de todo el mundo pudieron asistir a las sesiones por medio de internet. Doug Birdsall, el Presidente Ejecutivo del Movimiento de Lausana, probablemente tiene razón al afirmar que Ciudad del Cabo 2010 fue “la asamblea evangélica  global más representativa de la historia”.  Sin duda, este logro fue en gran medida el resultado de su esfuerzo de mucho tiempo para que eso sucediera.

Igualmente impresionantes fueron los muchos arreglos prácticos que se hicieron antes del Congreso. Además del difícil proceso de selección de los oradores para el plenario y para los “multiplexes” (seminarios electivos) y las sesiones de diálogo, los traductores y los participantes de cada país representado, había dos tareas que deben haber involucrado muchísimo trabajo antes del Congreso: la Conversación Global de Lausana para posibilitar que mucha gente alrededor del mundo hiciera sus comentarios e interactuara con otros aprovechando los avances tecnológicos contemporáneos, y la redacción de la primera parte (la teológica) del Compromiso de Ciudad del Cabo redactado por el Grupo de Trabajo Teológico de Lausana bajo la dirección de Christopher Wright.

Una evaluación positiva de Lausana III

La mejor manera de comprobar el valor de una conferencia como Lausana III es analizar los resultados concretos que ella produce posteriormente en relación con la vida y misión de la iglesia. Por esta razón, la presente evaluación de la conferencia que acaba de realizarse en Ciudad del Cabo tiene que considerarse nada más que como una evaluación preliminar.

Cada uno de los seis días del programa (con un día libre entre el tercero y el cuarto) tenía un tema:

1)    Lunes: Verdad: comprobar la verdad de Cristo en un mundo pluralista globalizado.

2)    Martes: Reconciliación: construir la paz de Cristo en nuestro mundo dividido y quebrantado.

3)    Miércoles: Religiones mundiales: dar testimonio del amor de Cristo a personas de otras religiones.

4)    Viernes: Prioridades: discernir la voluntad de Dios para la evangelización en nuestro siglo.

5)    Sábado: Integridad: llamar a la iglesia a regresar a la humildad, la integridad y la sencillez.

6)    Domingo: Coparticipación: coparticipar en el Cuerpo de Cristo con miras a un nuevo equilibrio global.

Cada uno de estos temas clave, calificados como “los mayores desafíos a la iglesia en la siguiente década”, era el tema del estudio bíblico y la reflexión teológica cada día por la mañana. El texto bíblico que se usaba en la serie intitulada “Celebración de la Biblia” era la carta a los Efesios. Uno de los aspectos más positivos del programa fue el estudio inductivo del pasaje del día en grupos, cada uno formado por seis miembros sentados alrededor de una mesa. Esto proveyó a los miembros del grupo la oportunidad de aprender juntos y de orar el uno por el otro, desarrollar nuevas amistades y construir alianzas para el futuro. Al estudio bíblico en grupos le seguía la exposición del pasaje de Efesios seleccionado para ese día. Sin minimizar la importancia de la música, el drama, las artes visuales, los relatos y las presentaciones de “multimedia”, un alto porcentaje de los participantes sintieron que el tiempo dedicado a “Celebrar las artes” podría haberse reducido para dar más tiempo a “Celebrar la Biblia”, una actividad que apreciaron muchísimo.

Cabe hacer mención especial de varios de los testimonios que dieron en sesiones del plenario por la mañana ciertas personas cuya experiencia de vida ilustraba claramente el tema del día. ¿Quién que haya estado allí podrá olvidar, por ejemplo, a la joven palestina y al joven judío que hablaron juntos sobre el significado de la reconciliación en Cristo por encima de las barreras raciales? ¿O a la misionera estadounidense que habló sobre testificar del amor de Cristo con personas de otras religiones, y contó cómo varios cristianos, incluyendo a su esposo, médico de profesión, fueron asesinados por musulmanes mientras regresaban de un pueblo aislado donde habían estado sirviendo movidos por la compasión cristiana en Afganistán?

En los multiplexes y las sesiones de diálogo de cada día por la tarde se exploraban en profundidad las implicaciones prácticas del estudio bíblico y la reflexión bíblica de la mañana. Por cierto, el debate más relevante sobre los diferentes temas no se realizaba necesariamente dentro de los límites de tiempo asignados en el programa sino en las conversaciones informales fuera del programa oficial. De todos modos, es un hecho que mucha de la reflexión más rica sobre asuntos relacionados con problemas globales contemporáneos se daba en las sesiones de la tarde. Estas sesiones participativas, en las que se tomaban muy en cuenta la comprensión de la diversidad de perspectivas representadas, la contextualización de ideas, modelos, contactos y materiales, y el compromiso para articular planes de acción, serán la base para la segunda parte del Compromiso de Ciudad del Cabo. El plan es publicar el documento de dos partes (la teológica y la práctica) con una guía de estudio a fines de noviembre.

De los veintidós multiplexes que se ofrecieron durante el Congreso, hubo especialmente tres que enfocaban asuntos que podrían considerarse como los más críticos para el hemisferio Sur: la globalización, la crisis ambiental, y la riqueza vs. pobreza. Estos tres factores están vinculados íntimamente entre sí y, en vista del enorme impacto que producen en millones de personas en el mundo de las grandes mayorías, merecen mucha más atención que la que han recibido hasta el momento por parte del movimiento evangélico.

Serias deficiencias

Según la definición oficial de su misión, el Movimiento de Lausana existe para “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización mundial en nuestra generación, y exhortar a los cristianos sobre su deber de participar en asuntos de  interés público y social”. Un análisis detenido de esta definición refleja la dicotomía que ha influido en un gran segmento del movimiento evangélico especialmente en el mundo occidental: la dicotomía entre evangelización y responsabilidad social. A causa de esa dicotomía, relacionada estrechamente con la dicotomía entre lo secular y lo sagrado, el Movimiento de Lausana se propone “fortalecer, inspirar y equipar a la Iglesia para la evangelización” pero  sólo “exhortar a los cristianos” respecto a su responsabilidad social. El presupuesto implícito es que la misión prioritaria de la iglesia es la evangelización concebida en términos de comunicación oral del Evangelio, en tanto que la participación en asuntos de interés público y social—las buenas obras por medio de las cuales los cristianos cumplen su vocación como “luz del mundo” para la gloria de Dios (Mateo 5:16) — son un deber secundario para el cual los cristianos no necesitan ser fortalecidos, inspirados y equipados, sino sólo exhortados.

En la exposición bíblica del martes basada en Efesios 2 (el segundo día del Congreso) se aclaró, a partir del texto bíblico, que Jesucristo es nuestra paz (v. 14), hizo nuestra paz (v. 15) y predicó paz (v. 17). En otras palabras, en Cristo el ser, el hacer y el proclamar paz (shalom, vida en abundancia) son inseparables. La iglesia es fiel al propósito de Dios en la medida en que ella prolonga la misión de Jesucristo en la historia manifestando la realidad del Evangelio concretamente no sólo por lo que dice sino también por lo que es y por lo que hace. La misión integral de la iglesia está enraizada en la misión de Dios en Jesucristo, misión que involucra a toda la persona en comunidad, a la totalidad de la creación y cada aspecto de la vida.

La exposición bíblica basada en Efesios 3 al día siguiente puso en relieve la urgente necesidad que tiene el Movimiento de Lausana de aclarar teológicamente el contenido de la misión del pueblo de Dios. En contraste con lo que se había dicho el día anterior, el predicador designado para el miércoles afirmó que, si bien la iglesia se preocupa respecto a toda forma de sufrimiento humano, ella se preocupa especialmente por el sufrimiento eterno  y consecuentemente está llamada a dar prioridad a la evangelización de los perdidos.

Una seria deficiencia de Lausana III fue no dar tiempo para la reflexión seria sobre el compromiso que Dios espera de su pueblo en relación con su misión. Lamentablemente, no hubo tiempo para dialogar sobre el Compromiso de Ciudad del Cabo, sobre el cual el Grupo de Trabajo Teológico dirigido por Christopher Wright había trabajado por un año con la intención de circularlo a comienzos del Congreso. Se repartió el documento apenas el viernes por la noche y no se tomaron medidas para que los participantes por lo menos escribieran sus comentarios personales sobre él antes del cierre de la conferencia en respuesta a preguntas específicas. Según el Comité Ejecutivo, ¡no había tiempo para eso! La postura negativa asumida por los organizadores del programa respecto a la recomendación de un grupo de participantes ancianos interesados en lograr que todos los participantes vieran el documento como algo suyo propio no sólo conspira contra ese propósito. Es también una señal que el Movimiento de Lausana está todavía muy lejos de alcanzar la coparticipación sin la cual no tiene base para considerarse un movimiento global.

En contraste con el tratamiento que recibió el documento producido por el Grupo de Trabajo Teológico, el miércoles se dedicó una sesión plenaria completa a la estrategia para la evangelización del mundo en esta generación —una estrategia elaborada en los Estados Unidos sobre la base de una lista de “grupos de gente no alcanzados” preparada por el Grupo de Trabajo Estratégico de Lausana. Tal estrategia reflejaba la obsesión por los números, típica de la mentalidad de mercado que caracteriza a un sector del movimiento evangélico de los Estados Unidos. Por otra parte, según muchos de los participantes del Congreso que conocen de primera mano las necesidades de sus respectivos países en relación con la evangelización, la lista de grupos de gente no alcanzados no hacía justicia a la situación real. ¡Curiosamente, en la lista no constaba ningún grupo no alcanzado en los Estados Unidos!

Otra deficiencia de Lausana III fue que, como señaló el Grupo de Interés en la Reconciliación ya hacia el final del Congreso, no se hizo ninguna mención oficial del hecho que éste estaba realizándose en un país que hasta hace pocos años estaba dominado por el apartheid y todavía sufre la injusticia social resultante de esa política. En efecto, el Congreso se realizó en el Centro Internacional de Convenciones que se construyó sobre tierra que se le reclamó al mar con los escombros del Distrito Sur de la Ciudad del Cabo cuando, en 1950, ese distrito fue declarado zona para gente blanca exclusivamente. En consecuencia, unos 60.000 habitantes negros fueron expulsados del área a la fuerza y sus hogares fueron arrasados por completo. Sin embargo, los organizadores de Ciudad del Cabo 2010  hicieron oídos sordos al pedido del Grupo de Interés en la Reconciliación que el Congreso, rechazara oficialmente “las herejías teológicas que dieron sustento al apartheid” y lamentara “el sufrimiento socioeconómico que es el presente legado del apartheid”. Uno se pregunta cuán serios son los líderes del Movimiento de Lausana en su compromiso con el Pacto de Lausana, según el cual “el mensaje de salvación encierra también el mensaje de juicio de toda forma de alienación, opresión y discriminación, y no debemos temer el denunciar el mal y la injusticia dondequiera que éstos existan” (párrafo 5).

La coparticipación en la misión y el futuro del Movimiento de Lausana

Un hecho que hoy reconocen y mencionan con frecuencia quienes tienen interés en la vida y misión de la iglesia a nivel global es que en las últimas décadas el centro de gravedad del cristianismo se ha desplazado del Norte y el Occidente al Sur y el Oriente. A pesar de eso, con demasiada frecuencia los líderes cristianos en el Norte y el Occidente, especialmente en los Estados Unidos, continúan dando por sentado que ellos son los encargados de diseñar la estrategia para la evangelización de todo el mundo. Como se afirma en la página sobre el “Día Seis – Coparticipación” del libro que contiene la descripción detallada del programa del Congreso, “la base del liderazgo organizacional, el control de los recursos financieros y el poder de decisión de la estrategia tiende a permanecer en el norte y el occidente”.

Tristemente, el mayor obstáculo para implementar una verdadera coparticipación en la misión es la riqueza del Norte y el Occidente; la riqueza que Jonathan Bonk, en su importante libro sobre Missions and Money (Misiones y dinero), ha descrito como “un problema misionero occidental”. Si esto es así, y si el Movimiento de Lausana va a contribuir significativamente al cumplimiento de la misión de Dios por medio de su pueblo, ha llegado el momento de que la fuerza misionera conectada con este movimiento, incluyendo a sus estrategas, renuncie al poder del dinero y modele la vida misionera en la encarnación, el ministerio terrenal y la cruz de Jesucristo.

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Por C. René Padilla

Lo que hace posible una misión de amor genuino, al estilo de Cristo, es la compasión. Cuando no hay compasión, podemos tener dinero para llevar a cabo programas de acción social y (tal vez) una ideología para motivarnos y darnos sueños de un nuevo mundo, pero entonces nuestra misión no es al estilo de Jesús.
Siempre ha habido cristianos que tienen una teología muy “progresista” pero que no viven de acuerdo con ella. Su teología es muy idealista, pero su vida práctica no refleja lo que ella dice. Sin embargo, también pasa lo contrario: hay cristianos cuya teología deja mucho que desear, pero cuya vida práctica nos sorprende: es una vida motivada por la compasión, una vida de servicio en respuesta a las necesidades del prójimo, de preocupación por los niños, de identificación con los pobres, de voluntad de hacer todo lo posible para cambiar la situación de las personas más vulnerables de la sociedad. Se diría que la compasión suple lo que le falta a la teología.

Una temática constante en la mayoría de las grandes conferencias organizadas por gente evangélica, en las últimas tres décadas, es la responsabilidad de los cristianos frente a las necesidades sociales, políticas y económicas de nuestros pueblos. Lo que hoy día estamos viendo es en gran medida el resultado, no solamente de esos congresos o reuniones, sino de toda una labor teológica y pedagógica, conjugada con el serio agravamiento de la situación, que exige a muchos a tomar conciencia de que no es posible seguir predicando un evangelio desencarnado de la realidad.

Hasta muy recientemente mucha de la evangelización de las iglesias evangélicas era desencarnada. Se orientaba a la salvación del alma pero pasaba por alto las necesidades del cuerpo. Ofrecía la reconciliación por medio de Jesucristo, pero dejaba de lado la reconciliación del hombre con su prójimo, basada en el mismo sacrificio de Jesucristo. Proclamaba la justificación por la fe, pero omitía toda referencia a la justicia social enraizada en el amor de Dios por los pobres.

Frecuentemente este énfasis estaba vinculado a otro, muy grande, en el crecimiento numérico de la Iglesia. A cuenta de incrementar el número de miembros en las filas evangélicas, se caía en la reducción del Evangelio, haciendo de éste un mensaje para el individuo pero no para la sociedad, para la vida privada pero no para la pública. Muchas iglesias no han superado todavía estas distorsiones, y las controversias les impiden participar creativamente en lo que Dios quiere hacer en el mundo para cumplir su propósito redentor. Sin embargo, hoy abundan casos de ministerio integral que muestran un cambio radical que se está dando en el pueblo evangélico latinoamericano en lo que atañe a la manera de encarar su ministerio. Son señales que apuntan a un nuevo día en la historia de la Iglesia evangélica en América Latina. Y lo que hace posible esas señales no es otra cosa que la compasión.

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Culmina Lausana 3 en Ciudad del Cabo

Publicado: noviembre 2, 2010 en Iglesia

SAMUEL ESCOBAR

Culmina Lausana 3 en Ciudad del Cabo

El Congreso de Evangelización conocido como Lausana 3 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, ya es historia. Un artículo de Samuel Escobar, asistente y participante destacado de los tres Congresos Lausana celebrados desde 1974.

El Domingo 24 de octubre se realizó el culto de clausura y el Lunes 25, mientras se escribían estas líneas miles de los participantes viajaban de regreso a los 198 países de los que provenían. Al iniciarse una semana antes, el Domingo 17 por la noche, eran 4,200 los participantes y representaban un amplio espectro del mundo llamado “Evangélico”.

El nombre de Lausana 3 hace referencia al primer encuentro de este tipo que se realizó en 1974 en la mencionada ciudad suiza. La reunión de 1974 fue convocada por el evangelista Billy Graham y un conglomerado de entidades evangélicas interesadas en la cooperación para intensificar la tarea de evangelización a nivel mundial. Este tercer Congreso ha sido organizado por el Comité de continuidad de Lausana, en el cual se hermanan una variedad de movimientos evangélicos, y con la ayuda de la Alianza Evangélica Mundial.

Los organizadores del Congreso que acaba de terminar en Ciudad del Cabo querían mantenerse dentro del llamado “espíritu de Lausana”. La expresión hace referencia por una parte a la voluntad de cooperación por encima de barreras denominacionales y organizativas y por otra a un concepto de evangelización y misión que hoy se ha dado en llamar “misión integral”. Ésta incluye no únicamente la comunicación verbal del Evangelio sino también la calidad de una presencia evangélica en el servicio a las necesidades humanas y la defensa de los derechos humanos. El “Pacto de Lausana” es el documento producido en 1974, expresión de un consenso de evangélicos de todo el mundo que firmaron unas dos mil quinientas personas. Es un documento que tiene quince párrafos y que expresa las convicciones evangélicas básicas respecto a la Biblia y la fe cristiana y presenta una agenda misional que toma en cuenta los desafíos de ese momento. Quince años después, en 1989, se realizó un Congreso llamado Lausana 2 en la ciudad de Manila en Filipinas.

Este tercer encuentro del 2010 en Ciudad del Cabo ha permitido ver hasta dónde el “espíritu de Lausana” ha inspirado la acción y reflexión de evangélicos en todo el mundo. En Ciudad del Cabo se dieron la mano obispos de iglesias antiguas como los Anglicanos y Luteranos, junto a pastores y evangelistas de diversas iglesias Pentecostales, de la Alianza Cristiana y Misionera, de varios tipos de Presbiterianos, y cantidad de iglesias independientes, para mencionar solamente a algunos de los presentes. Cientos de organizaciones de servicio social iniciadas por nuevas generaciones de evangélicos, estaban representadas por personas ávidas de aprender de las experiencia de otros y de contar sus propias historias con entusiasmo. Educadores teológicos de Asia, África y América Latina que usan literatura inspirada por el Pacto de Lausana, me expresaron generosamente su gratitud por lo que latinoamericanos como René Padilla y este servidor hemos escrito desde 1974.

Para alguien como yo que viene de la rica tradición de los GBU, de vida espiritual alimentada por una lectura inteligente y respetuosa de la Biblia y por la oración nutrida de dicha lectura, fue una delicia participar cada mañana en el tiempo de estudio bíblico. El texto de la Epístola de Pablo a los Efesios se leía de manera personal y grupal y todos los participantes estaban agrupados en mesas de seis personas. En mi mesa, por ejemplo, estaban Philemon Choi, un psicólogo chino de Hong Kong; Peter Kuzmic, un educador teológico que reparte su tiempo entre Estados Unidos y Croacia; Richard Turnbull, Director de un Seminario anglicano en Oxford; y el sueco Lars Dahle que dirige una misión evangélica en Noruega. Todos habíamos releído la Epístola antes de llegar a Sudáfrica y disfrutamos compartiendo hallazgos y perspectivas complementarias. Fuimos también enriquecidos por los expositores: Ajith Fernando de Sri Lanka, Ruth Padilla de Borst de Costa Rica, John Piper de Estados Unidos, Vaughan Roberts de Inglaterra, Calixto Odede de Kenya, y Ramez Atallah y su esposa Rebeca, de Egipto. Numerosas personas manifestaron que este tiempo al que se llamó “Celebración de la Biblia” fue uno de los más valiosos del Congreso.

La segunda parte de la mañana se dedicó cada día a una temática específica de exposiciones matizadas por testimonios e historias. Los temas centrales fueron : la defensa y exposición de la verdad, la construcción de la paz de Cristo en un mundo fragmentado, el testimonio del amor de Cristo a personas de otras religiones, el discernimiento de la voluntad de Dios para la evangelización mundial; el llamado a que la Iglesia de Cristo vuelva a la humildad, la integridad y la simplicidad; y la cooperación dentro del cuerpo de Cristo hacia un nuevo equilibrio global. Dos testimonios de esta sección me impresionaron en forma especial.

Cristina Mac Millan una canadiense del Ejército de Salvación que trabaja entre los pobres y que contaba cómo dos pobres de esos que duermen en las calles, al escuchar un mensaje evangelístico difundido frente a ellos por un altoparlante le preguntaron “¿Por qué estos señores nos gritan tanto?” El otro fue el testimonio de Libby Little, la viuda del optometrista Tom Little, de Nueva York. Ambos llevaban varios años sirviendo con un equipo médico en áreas remotas de Afganistán, en un programa de prevención de la ceguera. A mediados de Agosto de este año Tom fue asesinado con otras nueve personas y los talibanes se atribuyeron el crimen. Con gran dignidad y haciendo un esfuerzo para que el dolor no la dominara, Libby contó lo que su esposo había hecho en los días previos a su muerte y lo que se ha podido saber de sus últimos momentos. Fue un momento conmovedor dramatizando el costo del discipulado y el servicio misionero.

Las tardes se repartían entre centenares de opciones de reflexión sobre temas misionales llamados “multiplexes” y “diálogos” con personas interesadas en la práctica de la misión cristiana o la reflexión sobre ella. Apenas si se puede dar una idea de la multiplicidad de opciones mencionando algunas de más de doscientas que estaban disponibles: la evangelización que gusta a todos: narrar historias, tendencias económicas globales y sus implicaciones para la iglesia global, Pablo necesita a Apolos: educación teológica y misión, la misión en la Europa post-cristiana, el desafío islámico en Europa, la moderna esclavitud del tráfico de personas y lo que puede hacer la iglesia global, la misión en las grandes ciudades, integridad y autenticidad en el liderazgo. Así por ejemplo, mis compañeros de cuarto de hotel, dos empresarios españoles, gustaron mucho de la sesión sobre “negocios como forma de misión”, y la de “Pablo necesita a Apolos”.

Las noches se dedicaron a presentaciones regionales que nos permitieron tener unos vistazos de lo que está sucediendo en la extensión y vivencia del Evangelio en el mundo. En la noche dedicada a América Latina hubo un breve diálogo entre René Padilla y Samuel Escobar, ambos veteranos de Lausana 1974. En los seis minutos en que se les permitió hablar ofrecieron una breve historia de la tensión creativa que ha caracterizado al movimiento de Lausana, la contribución de América Latina al mismo, en especial el papel de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y los cuatro Congresos de Evangelización (CLADE), tres de los cuales siguieron los planteamientos del Pacto de Lausana aplicándolos a la situación latinoamericana.

Padilla planteó tres interrogantes para la misión cristiana en el futuro: 1) El desafío de un discipulado radical del cual brote la misión, 2)El desafío de la globalización y sus efectos de injusticia en el mundo que causa pobreza, y 3)El desafío de la destrucción del ecosistema.

Hubo situaciones inesperadas como en todo evento de este tipo. La delegación de doscientas personas que tenía que venir de China no recibió permiso de su gobierno para abandonar el país. Por otro lado algún hacker inutilizó el sistema de comunicación del Congreso por internet durante más de veinticuatro horas. Sin embargo, todos comentaban la eficiencia de la organización, nada fácil con tantas nacionalidades, idiomas y tradiciones teológicas.

Para el pastor bautista colombiano Harold Segura, que actualmente ministra desde Costa Rica con la organización Visión Mundial, quien mantuvo diariamente un blog con su crónica y comentario, tanto la noche del sábado como el culto final fueron un broche de oro del evento. Describiendo el culto final que duró casi tres horas dice Segura: “Ahí estaba el pueblo evangélico representado por cuatro mil personas, de más de 200 diferentes países del mundo, de diversas culturas, distintos idiomas y, también, vale destacarlo aquí, variados enfoques teológicos (y litúrgicos, que no se nos olvide). Este es el pueblo evangélico y aquí estuvo presente. No hablamos los mismos idiomas, ni pensamos la fe de la misma manera. ¿No es esta una de las mejores riquezas que tenemos? Creo que sí. Prefiero esta diversidad que tantas veces me hace sentir incómodo, a una Iglesia monolítica y regida por una sola forma de cantar, creer, pensar y vivir. La diversidad que propuso Lutero y por la que fue acusado de desestabilizar la unidad de la Iglesia. La diversidad que debemos alentar y valorar después de Lausana III. Eso soy, evangélico; de los de corazón planetario (para recordar la expresión de Segundo Galilea) y convicción ecuménica.”

En sucesivos artículos seguiré dando cuenta de aspectos que considero significativos de este tercer Congreso, con la perspectiva que me da el privilegio de haber estado en los tres congresos de Lausana, hasta el momento. Mi perspectiva en esta serie seguirá siendo muy personal.

Samuel Escobar es catedrático emérito de Misionologia en el Seminario Teologico Bautista del Este, en Pennsylvania, EEUU; y profesor del Seminario Teologico de la UEBE en Madrid

© S. Escobar, ProtestanteDigital.com (España, 2010)

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

No es Justo…

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Música, Misión Integral

Lutero y la ruptura con Roma

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y la ruptura con Roma

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (IV)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Ya vimos en el artículo anterior que Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

En multitud de colectivos rígidamente jerarquizados o donde la personalidad del máximo dirigente es esencial para la cohesión, suele ser común ante los abusos una reacción psicológica consistente en culpar de ellos no a la cabeza sino a los estratos intermedios e incluso pensar que si la cabeza supiera realmente lo que está sucediendo cortaría por lo sano.

LA INOCENCIA DE LUTERO

En este mismo sentido, Lutero –que seguía siendo un fiel hijo de la Iglesia católica– estimaba que el escándalo de las indulgencias no tenía relación con el Papa y que éste lo suprimiría de raíz de saber lo que estaba sucediendo: Hay que enseñar a los cristianos que si el Papa supiera las exacciones cometidas por los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de san Pedro se viera reducida a cenizas antes que levantarla con el pellejo, la carne y los huesos de sus ovejas (50). Hay que enseñar a los cristianos que el Papa, como es natural, estaría dispuesto, aunque para ello tuviera que vender la basílica de san Pedro, a dar de su propio dinero a aquellos a los que se lo sacan algunos predicadores de indulgencias».

Para Lutero, que tenía un concepto idealizado del Papa que, francamente, no se correspondía en este caso con la realidad, resultaba obvio que el centro de la vida cristiana, que debía girar en torno a la predicación del Evangelio, no podía verse sustituido por la venta de indulgencias. Ésa era la cuestión fundamental, la de que la misión de la Iglesia era predicar el Evangelio. Al permitir que cuestiones como las indulgencias centraran la atención de las personas lo único que se lograba era que apartaran su vista del verdadero mensaje de salvación.

Precisamente partiendo de estos puntos de vista iniciales –la desvergüenza y la codicia de los predicadores de indulgencias, la convicción de que el Papa no podía estar de acuerdo con aquellos abusos y la importancia central de la predicación del Evangelio– Lutero podía afirmar que las indulgencias en si, pese a su escasa relevancia, no eran malas y que, precisamente por ello, resultaba imperativo que la predicación referida a las mismas se sujetara a unos límites más que desbordados en aquel momento. De lo contrario, la Iglesia católica tendría que exponerse a críticas, no exentas de mala fe y de chacota, pero, a la vez, nutridas de razón que sólo podían hacer daño por la parte mayor o menor de verdad que contenían.

Para Lutero, aquellas objeciones no implicaban mala fe en términos generales. Por el contrario, constituían un grito de preocupación que podía brotar de las gargantas más sinceramente leales al papado y precisamente por ello más angustiadas por lo que estaba sucediendo. La solución, desde su punto de vista, no podía consistir en sofocar aquellos clamores reprimiéndolos, sino en acabar con unos abusos que merecidamente causaban el escándalo de los fieles formados, deformaban las concepciones espirituales de los más sencillos y arrojaban un nada pequeño descrédito sobre la jerarquía: Amordazar estas argumentaciones tan cuidadas de los laicos sólo mediante el poder y no invalidarlas con la razón, es lo mismo que poner en ridículo a la Iglesia y al Papa ante sus enemigos y causar la desventura de los cristianos.

En su conjunto, por lo tanto, las 95 Tesis no sólo no eran un escrito anticatólico, sino profundamente impregnado de una encomiable preocupación por el pueblo de Dios y la imagen de la jerarquía ante éste. Además, en buena medida, lo expuesto por Lutero ya había sido señalado por autores anteriores e incluso cabe decir que con mayor virulencia. Sin embargo, el monje agustino no supo captar que la coyuntura no podía ser humanamente más desfavorable.

LA RUPTURA

Ni el Papa ni los obispos eran tan desinteresados como él creía –a decir verdad eran notablemente corruptos– y en aquellos momentos necesitaban dinero con una fuerza mayor de la que les impulsaba a cubrir su labor pastoral. Quizá de no haber sido ésa la situación, de no haber requerido el Papa sumas tan grandes para concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma, de no haber necesitado Alberto de Brandeburgo tanto dinero para pagar la dispensa papal, la respuesta hubiera sido comedida y todo hubiera quedado en un mero intercambio de opiniones teológicas que en nada afectaban al edificio eclesial.

Sin embargo, las cosas discurrieron de una manera muy diferente y las 95 Tesis, vistas con la perspectiva del tiempo, pasaron a ser el primer episodio de la Reforma. El juicio de ese desenlace –que no su descripción– es claramente muy distinto según el lugar del que proceda.

Desde un punto de vista católico, sería de lamentar que la corrupción jerárquica fuera enconando cada vez más unas posiciones inicialmente ortodoxas para acabar en un desgarro que llevó a perder a la Santa sede la mitad del continente europeo.

Desde un punto de vista protestante, sin embargo, la inmoralidad de la jerarquía tuvo efectos beneficiosos. Llevó a Lutero a reflexionar sobre la decadencia de la Iglesia católica más allá de un asunto como las indulgencias y, partiendo de ese inicio, comenzó a orientar su teología hacia la Biblia, dando lugar a un proceso de regreso al cristianismo primitivo y de liberación espiritual que cambió muy beneficiosamente el mundo.

Pero, sea cual sea el juicio más acertado, de lo que no cabe duda es de que los caminos del Señor son inescrutables.

 

Con este artículo concluye la serie de cuatro artículos titulada “¿Eran católicas las tesis de Lutero?”

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

3              Lutero y las bulas

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, España, Libertad digital (Protestante Digital.com).

© 2003- 2010, Protestante Digital. España.

Lutero y las bulas

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y las bulas

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (III)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

En 1514, Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo y administrador de Halberstadt, fue elegido arzobispo de Maguncia. En aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban unas tareas pastorales, sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios, hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

EL NEGOCIO DE LAS BULAS

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del Emperador, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal. La dispensa en si sólo planteaba un problema y era el hecho de que el Papa siempre estaba dispuesto a concederla pero a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado. Como una manera de ayudarle a cubrirla, el Papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios.

De esta acción todavía iban a lucrarse más personas. Por un lado, por supuesto, se encontraba Alberto que lograría pagar al Papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el Emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el Papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación, destinándolo a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma.

MEDIOEVO E INDULGENCIAS

Para comprender lo que significaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo. En esos siglos cobró una enorme importancia la creencia en el Purgatorio. Aunque el dogma no fue definido como tal hasta el s. XV, ya contaba con precedentes de los siglos anteriores y había recibido un inmenso impulso. Inicialmente, la creencia en el purgatorio no había estado ligada a las indulgencias pero no tardó mucho en relacionarse.

Resultaba obvio que si el Papa era el custodio del tesoro de los méritos de Cristo y de los santos podía aplicarlos a los fieles para que, a cambio de ciertas prácticas, éstos sufrieran por menos tiempo en el purgatorio. No pasaron muchos años antes de que semejantes concesiones fueran obtenidas mediante pago y crearan, como en el caso que nos ocupa, un negocio extraordinario.

Como todas las ventas naturalmente, ésta también utilizaba recursos propagandísticos extraordinarios. Sus vendedores afirmaban, por ejemplo, que apenas sonaban en el platillo las monedas con las que se habían comprado las indulgencias, el alma prisionera en el purgatorio volaba libre hasta el cielo. Además, dado que semejante beneficio podía adquirirse no sólo para uno mismo sino también para otros, no pocas familias dedicaban una parte de sus recursos a beneficiar a sus seres queridos ya difuntos y padeciendo en el purgatorio.

LA POSTURA DE LUTERO

Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

Las primeras tesis de Lutero apuntan al hecho de que Jesucristo ordenó hacer penitencia –literalmente: arrepentíos en el texto del Evangelio– pero que ésta es una actitud de vida que supera el sacramento del mismo nombre. Precisamente por ello, el Papa no podía remitir ninguna pena a menos que previamente lo hubiera hecho Dios o que se tratara de una pena impuesta por sí mismo. De esto se desprendía que afirmar que la compra de las indulgencias sacaba a las almas del purgatorio de manera indiscriminada no era sino mentir, ya que el Papa no disponía de ese poder. En realidad, según Lutero, mediante predicaciones de este tipo, se estaba pasando por alto que Dios perdona a los creyentes en Cristo que se arrepienten y no a los que compran una carta de indulgencia. La clave del perdón divino se halla en que la persona se vuelva a Él con arrepentimiento y no en que se adquieran indulgencias. Con arrepentimiento y sin indulgencias es posible el perdón pero sin arrepentimiento y con indulgencias la condenación es segura.

Por otro lado, había que insistir también en el hecho de que las indulgencias nunca pueden ser superiores a determinadas obras de la vida cristiana. Aún más, el hecho de no ayudar a los pobres para adquirir indulgencias o de privar a la familia de lo necesario para comprarlas era una abominación que debía ser combatida.

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

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CÉSAR VIDAL

Lutero y la salvación por la fe

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (II)

Tras todo un proceso evolutivo personal y espiritual, el monje Martín Lutero dio el gran paso en 1515 cuando enseñaba como teólogo católico la epístola de Pablo a los romanos. Esta epístola es, en buena medida, un desarrollo de la dirigida a los Gálatas. En ella, el apóstol Pablo insiste –de manera más desarrollada y amplia– en el hecho de que la salvación nunca puede derivar de las propias obras, sino que es un regalo que Dios hace al ser humano por su gracia y que éste puede recibir sólo mediante la fe en el sacrificio expiatorio que Cristo realizó en la cruz.

Lutero comenzó a percibir esta nueva luz al llegar al versículo 17 del capítulo primero de la carta a los romanos, donde se indica que el Evangelio es un mensaje de salvación pero de salvación por la fe ya que, como afirma el texto, «el justo por la fe vivirá».

FE Y OBRAS
En otras palabras, no se es justo mediante «ganar» esa justicia a través de las propias obras, sino que se es porque Dios imputa esa justicia al que cree en Jesús. Lutero confesaría posteriormente que aquel descubrimiento le había llevado a captar el amor de Dios, que no era tanto un juez terrible como Aquel que se había encarnado para morir en la cruz en pago por los pecados del género humano.

Su descubrimiento, sin embargo, no era único. Por esa misma época, tanto Erasmo como el español Juan de Valdés sostenían una tesis similar en sus escritos, algo nada extraño porque, en sentido estricto, no chocaba dogmáticamente con la enseñanza de la iglesia católica.

En los años inmediatamente posteriores a su descubrimiento de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe, Lutero vivió una época de tranquilidad espiritual, pero no manifestó ninguna oposición al sistema eclesial en el que estaba.
FE Y DINERO
El choque se produjo paradójicamente cuando Lutero cuestionó no tanto las prácticas eclesiales en si como unas conductas que eran enorme (y repulsivamente) lucrativas. La respuesta iba a ser realmente extraordinaria y, en buena medida, sus consecuencias han llegado hasta nuestros días.

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Artículos anteriores de esta serie:
1 Martín Lutero el monje (I)

César Vidal es escritor, historiador y teólogo
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Alianza de Dios con Los Pobres

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Misión Integral

JUAN SIMARRO

Alianza de Dios con los pobres

Yo creo que muchos cristianos hoy aún no se han dado cuenta de la alianza de Dios con los pobres y, por tanto, no han asumido la radicalidad de Jesús en defensa de los débiles. Nos llamamos cristianos, es decir, seguidores de Jesús, pero sin una fe dinámica y actuante que comparte el estilo de vida y el espíritu de aquel Jesús que para muchos podía resultar extraño y escandaloso. Jesús irrumpe en nuestra historia revelando un rostro de Dios Padre que se revela fundamentalmente como Buena Nueva para los pobres, para los proscritos, para los marginados, para los necios según el mundo, para los quebrantados, para los oprimidos, para los tildados de pecadores, de los cuales Jesús mismo se proclama su médico. Y no es que el Evangelio sea sólo para ellos, pero se hace parcial para con ellos, no sólo por opción preferente, sino por una opción necesaria ante la marginación de tantas personas hechas a su imagen y semejanza.

Pero a su vez, Jesús irrumpe en nuestra historia velando el rostro de un Dios Padre y ocultándolo a la sabiduría de los sabios y al poder de los enriquecidos. Así, el Dios que nos revela Jesús se configura como el Dios que se anuncia como Buena Nueva para los pobres y Jesús mismo se nos presenta como el Evangelio de este Dios Padre a los pobres. Así Dios corre el velo y queda al descubierto, como una mano tendida a los pobres y a los proscritos… Pero esto la Iglesia lo olvida muchas veces y, al no ser ya Iglesia del Reino, no puede ser tampoco Buenas Noticias para los pobres.

Así, mientras que Jesús se funde en el destino de la historia, en el aquí y el ahora de cada hombre, en su lucha existencial y en su liberación, además de la salvación para la eternidad, muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre en los problemas existenciales del hombre, sin lucha por la liberación de los que están siendo explotados y oprimidos… de espaldas al dolor de los hombres. Así, muchas veces los cristianos nos enzarzamos en controversias y en luchas teológicas y olvidamos al hombre. ¡Terrible error!, pues el hombre era el objetivo directo del Reino de Dios que irrumpe en nuestra historia con Jesús mismo. Una implantación del Reino que supone toda una lucha contra el antirreino, con las fuerzas del mal, contra aquello que se opone a la vida… ¡Y hay tantas cosas que se oponen a la vida de los hombres, tantas opresiones y tantas marginaciones, que es un escándalo que no nos lancemos en lucha abierta contra las fuerzas del antirreino y en liberación de los hombres, fundamentalmente de los más débiles, de los pobres, de los oprimidos! Muchas veces vemos el Reino de Dios como algo apocalíptico, metahistórico y del más allá, y nos olvidamos del hombre real de carne y hueso que no necesita solamente salvación para la eternidad, sino también salvación para su aquí y su ahora en forma de liberación.

En Jesús se ve claramente cómo se lanza a desvelarnos al Dios de la vida en contraposición y en lucha abierta contra los dioses de la muerte, acaudillados por el peor de los dioses: Mammón: el dios del dinero, el dios de las riquezas, pues muchos de los avasallamientos de los hombres por parte de las fuerzas del mal, tienen su raíz en Mammón. Así, practicar el Evangelio de Dios a los pobres se configura como una lucha que comienza con el deseo de romper y hacer pedazos las estructuras de pecado sostenidas por el poder del dios Mammón. Porque entre Dios Padre, el Dios de Jesucristo y el dios Mammón, hay toda una antítesis irreconciliable, una antinomia maligna, una lucha de valores. Los valores del Dios Padre de Jesús, son contracultura con los valores mammonistas, los valores encarnados en las potencias del mal del dios Mammón. De ahí que se pueda hablar con propiedad de la alianza de Dios con los pobres de la historia, con los oprimidos, con los injustamente tratados… aliado por necesidad con los débiles del mundo, con los pequeños, con los mínimos.

Es por eso que también la Iglesia, en su misión diacónica y en la asunción que debe hacer de la denuncia profética, debería asumir la lucha a favor de los pobres, de su dignificación, del acercamiento del Reino a los oprimidos y excluidos, asumir la lucha de los pobres como propia, hacerse eco de su voz, ser el megáfono que amplifique la voz de los pobres. Porque no sólo debemos ser “ la voz de los sin voz”, reemplazándolos, sino convertirlos en agentes de su propia liberación, haciendo nosotros de megáfono de su propia voz y de sus propias inquietudes y sufrimientos. Asumir, así, la lucha de los pobres como propia, pero también asumir la lucha por los pobres, a su favor, convirtiéndonos en soldados o agentes del Reino. Sólo así la Iglesia de Dios en la tierra pasará a ser también la Iglesia del Reino, no sea que, por negligencias, por comodidades o por aliarnos con ciertos poderes que corresponden al dios Mammón, solamente teologicemos a la vez que, en vez de ser aliados de los pobres, nos convirtamos en aliados del mammonismo.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, 2010 (España).

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Algunos evangelios que no son

Publicado: noviembre 1, 2010 en Iglesia, Teología

Escrito por: Juan Stam

En Gal 1:8 San Pablo declara «maldito» el falso evangelio del legalismo. También hoy circulan «evangelios que no son»

Algunos evangelios que no son

(Gálatas 1:6-9)

Me asombra que tan pronto estén dejando ustedes

a quien los llamó por la gracia de Cristo,

para pasarse a otro evangelio.

No es que haya otro evangelio,

sino que ciertos individuos estén sembrando confusion entre ustedes

y quieren tergiversar el evangelio de Cristo.

Pero aun si alguno de nosotros

o un ángel del cielo

predicara un evangelio distinto del que les hemos predicado,

¡que caiga bajo maldición! …

ahora lo repito …

¡que caiga bajo maldición!

Para Pablo las buenas nuevas eran el tesoro más grande de nuestra vida en Cristo, y por lo tanto era un «pecado teológico imperdonable» tergiversar o negar el evangelio, como hacían algunos maestros que habían engañado a los gálatas.  El mismo apóstol que pudo decir, con profunda convicción cristiana, «No me avergüenzo del evangelio», pudo, con la misma convicción, declarar malditos los predicadores de cualquier «otro evangelio».

Los gálatas habían aprendido de Pablo el evangelio de la gracia, pero, engañados por algunos cristianos judaizantes, habían recaído en las exigencias de la ley (comidas, circuncisión, nuevas lunas etc).  Con eso, les dice Pablo, han roto con Cristo y han caído de la gracia (5:4); ya «Cristo no les servíra de nada» (5:2). Pablo denuncia ese «evangelio legalista» como un falso evangelio, un «otro evangelio» que «tergiversa el evangelio de Cristo» (1:6-7).

Hace cincuenta años un sector amplísimo de los «evangélicos», especialmente de los Estados Unidos y de América Latina, era de hecho más legalista que evangélico. Para estar bien con Dios, la fórmula era «No fumar, no tomar, no bailar y no ir al cine» (y para algunos, no jugar futbol ni tocar instrumentos mundanos como la guitarra y la marimba).  Ellos seguían, sin darse cuenta, el «no-evangelio» que denunció Pablo tan vehemente en esta epístola.

Hoy día, a Dios gracias, ese legalismo ha sido mayormente superado y la tentación ahora puede ser más bien el libertinaje.  Sin embargo, han surgido algunos «otros evangelios» que estamos seguros que San Pablo hubiera denunciado en términos igualmente tajantes.  Veamos algunos de ellos:

(1) El evangelio dinero-céntrico[1] Se predica «otro evangelio» no sólo por negar una verdad o enseñar un error, sino también por desenfocar el mensaje.  Muchas herejías parten de algún aspecto de la verdad, pero lo toman aisladamente y lo exageran y distorsionan. A menudo toman algo periférico y secundario, y lo colocan como central y hasta excluyente. El resultado es un «evangelio ex-céntrico», desbalanceado, que termina siendo «otro evangelio». Una verdad fuera de proporción y fuera de su enfoque bíblico, fácilmente se convierte en una herejía.

Así es el caso de la teología de la prosperidad.  Parte de enseñanzas bíblicas muy secundarias, las hacen centrales y definitivas, y contradicen (a lo mejor sin darse cuenta) enseñanzas mucho más claras y centrales de las escrituras. Es cierto que el Antiguo Testamento habla de «la bendición de Dios que enriquece», y cita la prosperidad de Abraham y otros.  Pero todo el énfasis bíblico cae más bien en la justicia y la igualdad, como se puede ver en la legislación social y económica de Israel`. especialmente el año sabático (Lev 25:1-7; Deut 15, cancelación de deudas y leyes de ayuda a los pobres) y el año de jubileo (Lev 25, con reforma agraria y mucha legislación social).

Los predicadores de la prosperidad han inventado una supuesta «ley de la siembra», malinterpretando 2 Cor 9:10.  Convierten una simple analogía agrícola en una especie de ley natural automática, comparable a la ley de la gravedad o las leyes de la astrofísica.  Pero olvidan que el gran tema central de ese pasaje (2 Cor 8-9), lejos de ser fórmulas mágicas para acumular riquezas, es la invitación a los corintios a demostrar su gratitud a Dios, precisamente ayudando a los pobres de Jeruslén (cf. 1 Cor 9:8-9, el versículo inmediatamente anterior a la analogía agrícola).  El modelo es aquel que «siendo rico se hizo pobre por nosotros» (8:9), no el «testimonio» de algún pobre que se hizo rico o, aun más común, de un rico que se hizo más rico, sin mencionar aquellos que «sembraron» pero nunca salieron de su pobreza. Además, 8:14 insiste dos veces en que Dios quiere la mayor igualdad posible, no el enriquecimiento desproporcionado de algunos pocos.

Fuera del mundo evangélico, la teología de la prosperidad ha sido un escándalo y un tropiezo, una vergüenza para la fe.  Alberto Cañas. renombrado autor costarricense, lo caracterizó como la doctrina que «el rico lo es porque Dios lo premia, y el pobre porque Dios lo castiga.  Ergo, los ricos son los elegidos de Dios» (La República, 4 de julio de 2007).  Esa es la impresión que produce esa teología entre los de afuera.

El evangelio, en cambio, nos llama a entregarnos para que todos tengan lo suficiente, que la brecha entre ricos y pobres sea mínima, y que no haya injusticia.

(2) El evangelio demonio-céntrico, conocido como «guerra espiritual»: Este movimiento ve demonios por todos lados y tiende a enfocarse mucho más en ellos que en Cristo.  Interpretan toda la vida como una lucha contra Satanás y sus huestes. Es cierto que los evangelios presentan numerosos casos de individuos poseídos por demonios, a los que exorcizó Jesús. Es una realidad que no debe negarse, pero no es central en los evangelios ni debe ser central en nuestra experiencia de fe.  Karl Barth dijo una vez que los poderes demoníacos son una realidad, pero no debemos mirarlos más que por el rabo del ojo. Concentrarnos en ellos es darles gusto y darles un poder que de otra manera no tendrían. Por cada mirada hacia ellos, debemos echar diez miradas hacia Cristo.

En las epístolas de San Pablo, lo demoníaco se manifiesta en «principados y poderes, tronos y coronas», o sea, en fuerzas y estructuras de maldad, no en individuos con espuma en la boca. El Apocalipsis es el libro del Nueva Testamento que más énfasis pone en el diablo y sus aliados, pero lo ve definitivamente en el imperio romano (Apoc 13:2; 17:9-11).  Los militantes de la guerra espiritual ven demonios muchas veces donde no están, pero quedan totalmente ciegos a la presencia diabólica donde realmente está.

Hay una clara veta de belicismo en esta teología; practicarlo es un poco como jugar a guerra con Nintendo o gozarse sádicamente en películas de tortura.  Una vez una hermana evangélica me confesó ingenuamente, «A mi me encanta la guerra espiritual, es muy emocionante». Por eso, los mismos que practican «liberación» por medio de exorcisimos, no tienen el menor problema en apoyar incondicionalmente el militarismo criminal del Pentágono o los ejércitos y dictadores asesinos de sus propios países.

El diablo es real, y sus huestes son reales, pero en conjunto todos son un enemigo ya vencido por Cristo. No tenemos por que fijarnos obsesivamente en ellos.  Apocalipsis aun se burla un poco del ellos. Al pobre dragón de Apocalipsis 12, absolutamente nada le va bien; es un fracaso total, es de veras un pobre diablo.  Más adelante vemos al dragón y sus aliados no sólo vomitar, sino vomitar ranas; las criaturas más feas que han salido de la mano del Creador salen ahora de las bocas de ellos.  Porque el Apocalipsis sabe que el diablo está derrotado ya, puede reconocer toda su realidad sin temerlo por un segundo ni cederle una pulgada.  Porque ha concentrado toda su mirada en el Cordero, puede mirar al dragón «por el rabo del ojo» mientras celebra el triunfo del Crucificado.

(3) El evangelio milagro-céntrico: No cabe duda de que los milagros son importantes en las escrituras e importantes para nuestra fe, pero nuevamente, una teología cuyo énfasis principal cae en los milagros, como tema casi exclusivo, no es el evangelio que proclama el Nuevo Testamento.  Los milagros son señales, y con cada milagro debemos preguntarnos, «¿Qué nos está diciendo Dios con esta señal?»  Como bien ha dicho Plutarco Bonilla, «Los milagros también son parábolas».  El milagro no es un fin en sí sino ocurre en función de la historia de la salvación, dónde Dios quiere y cuándo Dios quiere. Durante períodos enteros de la historia bíblica, y en la vida de grandes heroes de la fe, no ocurrieron milagros. Abraham, por ejemplo, o Samuel, David o los profetas bíblicas, no se caracterizaron por poderes milagrosos.  Los milagros son muy legítimos en su lugar, pero su lugar no es en el centro de nuestra fe y vida cristiana.

Originalmente los dones se entendían como la acción de Dios al dar; un don de sanidad, por ejemplo, era básicamente el acto de Dios al darle salud al enfermo, no una fuerza especial que poseyera alguna persona para lograr milagros. Por eso, cuando Dios sanó al cojo por medio de Pedro y Juan, éstos dijeron, «¿Por qué poneís los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios deAbraham … ha glorificado a su Hijo Jesús» (Hech 3:12-13).  Poner los ojos en un «sanador» humano suele ser señal de un evangelio milagro-céntrico.

Gracias a Dios por todos sus dones maravillosos y por su gran poder.  Pero cuando esos milagros ocupan el centro de nuestra fe y nuestras vidas, en vez de Dios y su Hijo Jesucristo, fácilmente termina siendo «otro evangelio» al que correspondería la vehemente denuncia del Apóstol Pabo.

(4) El evangelio rapto-céntrico: Esta es la variante escatológico-profética del evangelio milagro-céntrico.  En este caso, la fe se centra en que Cristo vendrá a «levantar a su iglesia» y llevarla al cielo antes de que comience la gran tribulación. El hecho es que esta ferviente expectativa del rapto de la iglesia domina la fe de millones de evangélicos, y a veces es toda su esperanza.  Hace unos años escuché el testimonio de una persona recién convertida, quien dijo: «Ahora siento un alivio muy grande, pues no sufrirá los terrores de la gran tribulación ni iré al infierno después».  Un popular predicador televisivo, más charlatán que expositor bíblico, solía preguntar al público, «¿Cuántos esperan la venida de Cristo?».  A los que levantaban la mano respondía frívolamente, «¡Equivocados! No esperamos a Cristo sino al rapto de la iglesia».

Cabe un debate serio en cuanto a la enseñaza novotestamentaria sobre la venida de Cristo y el mal llamado «rapto». A favor del rapto pre-tribulacionist hay argumentos válidos, mayormente inferenciales o cuestionables exegéticamente; creo que de hecho, son mucho más fuertes los argumentos exegéticos en contra de tal interpretación.  Pero en cualquier caso, el rapto es de los temas menos importantes en el Nuevo Testamento y jamás debe ocupar el centro de nuestra fe y esperanza.

La palabra «rapto» nunca aparece en la Biblia sino que se deriva de la Vulgata (traducción al latin). En 1 Tesalonicenses 4:17 «seremos arrebatados» es un verbo pero «al encuentro con el Señor», en el griego original, es un sustantivo. Ese «encuentro» era un momento importante en las venidas de grandes personajes como el emperador, generales victoriosos y otros, y aquí, la de nuestro Señor Jesucristo. En la interpretación bíblica y la teología, es peligroso cambiar verbos de acción («arrebatar») en sustantivos abstractos («el rapto»).  En el texto de San Pablo, el verbo «seremos arrebatados» no es más que transporte para llevarnos a lo que realmente importa, que es precisamente la gloriosa esperanza de «nuestro encuentro con él».

El «evangelio rapto-céntrico» no sólo confunde verbos con sustantivos abstractos, sino también confunde lo que es mero «transporte» con lo que es realmente importante, el encontrarnos con aquel que hemos amado sin haberlo visto (1 Pedro 1:8).  Cualquier evangelio rapto-céntrico en vez de Cristo-céntrico es un evangelio falso que recibe la condena del apóstol Pablo.

(5) El evangelio ego-céntrico: Un denominador común de estos «evangelios que no son» es su egocentrismo.  Proclaman un evangelio de ofertas, lo que Dietrich Bonhoffer calificó de «gracia barata». Te ofrece, sin las exigencias del costoso discipulado, la prosperidad, el poder y la victoria, la sanidad y la profecía y el escape de la gran tribulación y del infierno. Vienen al caso las palabras de José Martí en cuanto a los curas y predicadores de su época:

¿Qué juicio debes de formar de un hombre que dice que te va a hacer un gran bien, que lo tiene en su mano, que sin él te condenas, que de él depende tu salvación, y por unas monedas de plata te niega ese inmenso beneficio? ¿No es ese hombre un malvado, un egoista, un avaricioso? ¿Qué ideas te haces de Dios, si fuera Dios de veras quien enviase semejantes mensajeros?

Ese Dios que regatea, que vende la salvación, que todo lo hace en cambio de dinero, que manda las gentes al infierno si no le pagan, y si le pagan les manda al cielo, ese Dios es una especie de prestamista, de usurero, de tendero. ¡No, amigo mío, hay otro Dios!

¡Cuánta falta nos hace a todos los cristianos hoy meditar seriamente en el soneto anónimo y muy evangélico del siglo XVI:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Si no debe ser el cielo que nos motiva a amar a Dios, mucho menos debe ser «la prosperidad o la salud milagrosa que me tienes prometida» (aun cuando esas cosas sean legítimas).  Si el temor al infierno no debe motivar nuestra fe, mucho menos debe ser el temor a los demonios o a «la gran tribulación tan temida, para dejar por eso de ofenderte». Cualquier «evangelio» que se centra sólo en ofertas, de ganga y baratillo, definitvamente no es el evangelio del Nuevo Testamento.

(6) El evangelio cristo-céntrico es el único evangelio verdadero, que juzga y denuncia, igual que Pablo, a todos los «pseudo-evangelios» ex-céntricos y egocéntricos de nuestro tiempo.  Su único centro inconmovible es Jesucristo, el Verbo hecho carne, en cuya muerte y resurrección está nuestra única salvación.  Llama la atención la ausencia del mensaje de la cruz en los «evangelios» tan populares en estos días. «Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado», porque para nosotros el mensaje de la cruz es «poder de Dios, y sabiduría de Dios» (1 Cor 1:24; 2:2; cf. Fil 3:7-10).

El verdadero evangelio es un mensaje de salvación por la gracia de Dios, pero no por la gracia barata; de justificación por la fe, pero por «la fe que obra mediante el amor eficaz» (Gál 5:6 paráfrasis personal). Jesucristo nos llama a tomar la cruz y seguirlo a él (Mat 16:24), no sólo a ser creyentes o miembros de alguna iglesia.  Nos manda al mundo, no a comerciar con una serie de productos religiosos, ni tan sólo producir simpatizantes «que creen todo lo que os he enseñado», sino a hacer discípulos, dijo Jesús, «que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mat 28:20). Cristo nos llama a todos a la aventura del discipulado radical.

Hay «evangelios» hoy que dan vergüenza al evangelio.  Pero del verdadero evangelio podemos decir con San Pablo,  «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todos … » (Rom 1:16).


[1] Debo los dos primeros títulos (dinero-céntrico y demonio-céntrico) a un excelente sermón del pastor Ricardo Salazar de la Comunidad Vida Abundante en Coronado, San José de Costa Rica.