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Enrique VIII y los protestantes ingleses

Publicado: noviembre 16, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (II)  Enrique VIII, fundador del protestantismo inglés (1)

Durante siglos el enfrentamiento entre Reforma y Contrarreforma ha recurrido a diversos argumentos encaminados a desprestigiar al adversario acusándolo no sólo de endeblez teológica sino también de degeneración moral. Este tipo de disputa alcanzó alguno de sus puntos álgidos al hacer referencia, por ejemplo, a la corrupción sexual del papa Alejandro VI o a la incontinencia lujuriosa de Enrique VIII. De hecho, en teoría, este monarca inglés habría dado lugar al protestantismo tan sólo por su deseo de divorciarse de Catalina de Aragón pero ¿realmente fue Enrique VIII el fundador del protestantismo inglés?

En absoluto. De hecho, Enrique VIII fue un encarnizado perseguidor de los reformadores ingleses.

El enfrentamiento entre la Reforma protestante y la Contrarreforma católica fue, muy posiblemente, el primer conflicto de la Historia en el que la propaganda desempeñó un papel de primer orden. Buena parte de la propaganda anticatólica, por otra parte, contaba con décadas de antigüedad y había surgido no de autores protestantes sino de eruditos como Erasmo de Rotterdam o los hermanos Valdés que no habían dudado en fustigar los vicios del clero, de la Curia e incluso del papa de turno. La corrupción de las órdenes religiosas –que, por ejemplo, en España había sido objeto de atención predilecta por parte de Isabel la católica o el cardenal Cisneros– la intervención descarada de papas y cardenales en asuntos meramente temporales o la ignorancia y mala vida del conjunto del pueblo se convirtieron en fáciles argumentos a favor del protestantismo.

La reacción católica fue buscar equivalentes en el otro lado y así se hizo referencia al matrimonio de Lutero, un fraile agustino, con Catalina de Bora, una antigua monja, un hecho que podía escandalizar a los católicos pero que a los protestantes les parecía una conquista y no una muestra de debilidad moral. Con este escenario de fondo, la existencia de un monarca que se hubiera enemistado con la Santa Sede porque ésta no había accedido a anular su matrimonio con Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos V, podía ser esgrimida como una magnífica arma propagandística que mostraba, supuestamente, el carácter sexualmente libertino de los reformadores. El argumento no deja de provocar hoy cierta sonrisa porque, en tiempos muy diferentes, generalmente las acusaciones contra el protestantismo suelen girar más sobre su puritanismo que sobre su libertinismo, pero la Historia tiene esas paradojas y, sobre todo, porque monarcas catolicísimos como Carlos V o Felipe II sin duda tuvieron virtudes, pero entre ellas no se encontraba ni lejanamente la castidad. No obstante, el tema que deseamos abordar es el de si Enrique VIII fue realmente el fundador del protestantismo inglés.

Desde luego y para no faltar a la verdad histórica, resulta obligatorio señalar que sus antecedentes fueron los de un católico intransigente. Proclamado “Defensor fidei” por el papa en agradecimiento por un libro escrito contra Lutero, Enrique VIII persiguió ferozmente a los protestantes a los que sometió sin ningún reparo a la tortura y a la muerte, un cometido –suele olvidarse– en el que le ayudó Tomás Moro.

Haciendo un breve paréntesis debemos señalar que por una de esas paradojas que tantas veces plantea la Historia que la figura de Moro goza hoy de una estima extraordinaria. Desde luego, no fue esa la visión que durante siglos tuvo la iglesia católica de él. En ese distanciamiento influyó no tanto el hecho de que dirigiera personalmente algunas de las sesiones de interrogatorio bajo tormento sino, fundamentalmente, el que su obra Utopía –que estuvo en el Índice de libros prohibidos por la Santa Sede– preconizaba no sólo el socialismo sino también la eutanasia. Que fuera canonizado al cabo de varios siglos a pesar de morir como mártir es tan sólo una muestra de cómo el personaje no ha gozado de la misma estima en todas las épocas… y ahora volvamos a Enrique VIII.

En 1527, el monarca inglés solicitó del papa la anulación de su matrimonio movido por razones de estado –sólo tenía una hija y otros cinco hijos varones habían nacido muertos– amorosas –estaba enamorado de Ana Bolena– y, posiblemente, de conciencia. La negativa papal –no exenta de motivaciones políticas porque no deseaba malquistarse con el poderoso emperador Carlos V, sobrino de Catalina de Aragón– no detuvo a Enrique VIII que incluso en abril de 1532 comenzó a percibir las rentas de los beneficios eclesiásticos y que coronó el 1 de junio de 1533 a Ana Bolena.

En julio de 1534 –es decir, más de un año después- el papa excomulgó al monarca inglés y a su segunda esposa. Si pensaba que de esa manera iba a someter a Enrique, se equivocó. Mediante tres actas votadas por el parlamento, el rey consumó el cisma y en el verano de 1535 decapitó a John Fisher y a Tomás Moro, que se habían negado a plegarse a sus órdenes. Sin embargo, cismático o no, Enrique VIII no estaba dispuesto a convertirse en protestante. En 1536, los Diez artículos de fe manifestaban la adhesión a las ceremonias católicas, el culto a las imágenes, la invocación a los santos, las oraciones por los difuntos y la doctrina de la transubstanciación. Es decir, Enrique VIII era un cismático, sí, pero un cismático muy católico y nada protestante.

Por si fuera poco, al año siguiente Enrique VIII ordenó redactar una profesión de fe en que se afirmaban de manera puntillosa los siete sacramentos católicos. Entre 1538 y 1539 Enrique VIII obligó además al parlamento a aprobar distintos documentos que castigaban con la hoguera la negación de la transubstanciación, que prohibía a los laicos la comunión bajo las dos especies, que vedaba el matrimonio a sacerdotes y antiguos monjes y que mantenía la confesión auricular. A esto se añadió la insistencia en mantener la devoción hacia la Virgen y los santos y en prohibir la lectura privada de la Biblia. En todas las cuestiones en las que existía controversia entre la teología reformada y la católica, Enrique VIII siguió el camino de esta última. No puede por lo tanto extrañar que, como colofón lógico, los protestantes ingleses fueron encarcelados, torturados y ejecutados por el rey inglés y en no escaso número se vieran obligados a huír al continente.

Por lo que se refiere a los católicos –y en contra de lo que creen muchos- Enrique VIII mantuvo una situación de tolerancia asentada sobre todo en la identidad doctrinal, pero con ribetes de inestabilidad derivados de la situación cismática creada por Enrique VIII y de sus variables intereses políticos.

Continuará…

Artículos anteriores de esta serie:

1.- Juan Calvino y la Inquisición

César Vidal es escritor, historiador y teólogo © C. Vidal, Protestante Digital.com .

Amazing Grace / Sublime Gracia

Publicado: noviembre 14, 2010 en Iglesia, Música

Constitucion-provisional-NALC

Publicado: noviembre 13, 2010 en Iglesia

 

 

Constitucion-provisional-NALC

Juan Calvino y la Inquisición

Publicado: noviembre 9, 2010 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

Juan Calvino y la Inquisición

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (I)

Que en España, la mayoría de la población no distingue un presbiteriano de un geranio; que los medios de comunicación siguen empeñados en denominar “baptistas” a los bautistas o que, en términos generales, el conocimiento del protestantismo que tiene el ciudadano medio es nulo son circunstancias que admiten poca discusión.

No voy a entrar en si la responsabilidad de esa circunstancia deriva de la insoportable presión que históricamente la iglesia católica ha ejercido sobre los protestantes españoles hasta hace relativamente pocos años o si a ello hay que sumar la poca habilidad de los protestantes para hacerse entender.

La cuestión es importante, pero totalmente marginal para lo que deseo tratar. Adonde deseo llegar es a que los españoles, en general, saben poco del protestantismo y, como sucede, por ejemplo, con los judíos, lo poco que saben suele estar pasado por los anteojos interesados de cierta propaganda católica no menos ignorante, pero mucho peor intencionada. En este artículo y en los siguientes intentaré detenerme en algunos de esos mitos por eso de enseñar algo, con toda la modestia del mundo, a mis muy queridos compatriotas.

Permítaseme comenzar con Calvino.

He escuchado hablar ocasionalmente a españoles que no eran evangélicos de Calvino, pero no me he topado con uno solo que lo haya leído. Algunos tienen una idea errónea de su enseñanza sobre la predestinación –que ya es bastante grave– pero, por regla general, lo único que suelen comentar es que la inquisición católica no fue tan grave porque… Servet fue quemado en Ginebra por Calvino.

Recientemente, uno de los lectores de mi blog pretendió al hilo de uno de mis textos igualar a Calvino con Tomás Moro ya que yo había señalado el pasado poco conocido, pero innegable, de represor de la libertad de conciencia que tuvo el canciller inglés autor de Utopía. La idea era que Moro podía haber enviado a la muerte, previa tortura, a algunos protestantes, pero todos sabían lo que había hecho Calvino con Servet. Por amor a la Historia y a la verdad me vi obligado a responder a esa afirmación que no pasa de ser un disparate, seguramente de buena fe, pero disparate.

La figura de Calvino puede gustar más o menos. Para algunos evangélicos, resulta paradigmática de reformador y otros, por el contrario, pondrían sus objeciones a esa visión. Con todo, su influencia es extraordinaria – incluso casi incomparable – en términos históricos en episodios positivos como la revolución puritana del s. XVII en Inglaterra, la configuración de la constitución de los Estados Unidos o el desarrollo del capitalismo. De hecho, Calvino es indispensable para comprender el nacimiento de la democracia moderna o la articulación de una ética del trabajo y del ahorro que, sólo muy recientemente, ha llegado a ciertos sectores del catolicismo.

De manera nada sorprendente, en una encuesta reciente, incluso Calvino era considerado en Francia como el segundo francés más importante de la Historia y es verdad porque su importancia supera a la de franceses como Luis XIV, Richelieu, De Gaulle o Molière. Compararlo pues en términos históricos con Tomás Moro como hacía este dilecto lector mío es una insensatez porque equivale a comparar a un personaje de muy tercera fila como el inglés –el propio Erasmo que lo quería mucho y era amigo suyo afirmaba que no llegaba a la categoría de humanista– con un gigante que verdaderamente cambió la Historia.

Tampoco en el terreno de la libertad de conciencia existe punto de comparación entre ambos. Tomás Moro, a diferencia de Calvino, se expresó una y otra vez en contra de la libertad de conciencia e hizo todo lo que estuvo en su mano –incluyendo el uso de la tortura y de la hoguera– para impedirla en Inglaterra. No lo ocultó sino que insistió en que resultaba indispensable para salvar el mundo en que creía. Calvino, por el contrario, insistió en la defensa de la libertad de conciencia. La única excepción a esa trayectoria fue el caso de Miguel Servet. Personalmente estoy convencido –y en eso coinciden todos los que han estudiado las fuentes- de que si Servet hubiera sido ejecutado por la inquisición española que lo perseguía para quemarlo pocos lo conocerían hoy de la misma manera que pocos recuerdan los nombres de los quemados en los autos de fe de Valladolid de hace ahora cuatrocientos cincuenta años. El caso, sin embargo, es que, finalmente, ardió en la Ginebra de Calvino… aunque no por orden de Calvino sino del gobierno de la ciudad en el que el reformador no tenía cargo alguno.

Insisto en ello: según la mentalidad de la Europa católica, Servet debía arder en la hoguera y lo hubiera hecho de caer en sus manos. Desde el punto de vista de la Europa protestante –donde nunca existió una inquisición- la muerte de Servet fue repudiable y así lo expresaron públicamente personas cercanas a Calvino y otros teólogos reformados. No sólo eso. El municipio de Ginebra levantó un monumento de pública petición de perdón en honor a Servet. No puedo decir lo mismo – y pena me da como español – en relación con ninguno de los protestantes ejecutados en España por la inquisición. No sólo eso. Menéndez Pelayo se quejaba en el siglo XIX de que hubiera gente que se atreviera a recordar a los quemados en Valladolid y yo mismo, siendo niño, pude escuchar a uno de mis profesores –bellísima persona, por otro lado– asumiendo la quema de biblias protestantes como un acto obligado. Se trataba, eso es cierto, de un acto común no hace tantas décadas en España, pero que jamás se produjo en la Europa protestante.

Coloquemos a Calvino en su sitio; juzguemos críticamente sus escritos y su vida, pero, por favor, no pretendamos convertirlo en una excusa para la inquisición católica porque ese comportamiento sólo es una muestra de ignorancia crasa en Historia o de bajeza moral… y la semana próxima hablaremos de otro mito.

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com


Publicado por: juanstam

Cuando mi esposa Doris y yo llegamos a Basileia en 1961, conocimos un grupo de españoles, mayormente de la iglesia reformada, que habían comenzado un estudio bíblico y estaban orando que Dios les enviara un pastor de habla española. Respondimos entusiasmados, pero había un pequeño problema. El consistorio de la iglesia reformada, con toda razón, quería saber de qué iglesia era yo. Mi respuesta fue, «soy pastor de la Asociación de Iglesias Bíblicas Costarricenses», conocida como la «AIBC». Todavía veo la confusión en el rostro del pastor reformado, y siento la mía a tratar de aclararle qué era mi afiliación eclesiástica. Una semana después el pastor me buscó de nuevo y me dijo que el consistorio no lograba entender eso de la AIBC y que por favor se lo volviera a aclarar. Afortunadamente, todo se resolvió y tuvimos una experiencia pastoral inolvidable.

En esta vida humana, es importante tener una identidad, y una identidad que otros puedan reconocer. Da mucha seguridad poder decir, «Yo soy presbiteriano» o «soy pentecostal» o alguna otra afiliación respetada. Es un poco inquietante llevar una identidad no reconocida. Pero también nuestra identidad nos puede limitar. Por ejemplo, «soy presbiteriano y gracias a Dios no soy bautista» o «soy un anglicano respetable y decoroso y no como esos pentecostales escandalosos» (o «soy pentecostal y no como esos anglicanos fríos y espiritualmente muertos»). La iglesia es una sola, y no debo ser lo que soy contra lo que son otros, sino junto con ellos y ellas en la gran comunidad de fe.

(1) Yo soy evangélico y lo soy con toda la convicción de mi ser. Para mí, esa palabra está escrita sobre mi corazón y mente en letras de oro. «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios…» Pero no lo soy en el sentido de los «conservative evangelicals» de los Estados Unidos, ni exactamente en el uso latinoamericano como simple equivalente virtual de «protestante». Soy evangélico porque me ha alcanzado la gracia de Dios y esa gracia es el fundamento firme de mi existencia. Bien nos decía Karl Barth que al fin y al cabo, toda la fe evangélica se reduce a dos palabras: Gracia como clave a la teología y Gratitud como base y motivación de la ética. En las palabras conmovedoras de la Confesión de Heidelberg, las tres cosas que necesito saber son cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios y cuán grande debe ser mi gratitud. (Como evangélico que soy, esas viejas confesiones no dejan de conmoverme con profunda emoción).

Para mí, teología evangélica significa dos cosas fundamentales: Teología de la gracia de Dios y Teología de la Palabra de Dios. Ser evangélico significa una relación especial con la Palabra de Dios, tanto como Palabra encarnado en Cristo, Palabra inspirada en las escrituras (testimonio a la Palabra encarnada) y Palabra proclamada en la predicación y el testimonio. Ser evangélico significa para mí un gran amor y una pasión por las escrituras, por supuesto sin pretender tener monopolio de la fidelidad bíblica. Siempre he insistido en que todo trabajo teológico tiene que estar bien fundamentado en exégesis cuidadosa del texto bíblico, explícita o implícitamente, o no es un buen trabajo teológico. Por eso me impresiona mucho la afirmación de Barth en el prólogo al primer tomo de su Dogmática de la Iglesia, que no podía seguir fundamentando su teología en la existencia, como había hecho, sino sólo en la Palabra de Dios.

(2) Pero sorpresa, ¡Por ser evangélico, no dejo de ser católico! La palabra «católico» se deriva de la combinación de dos palabras griegas, «kata» (según) y «holos» (el todo) para dar el sentido de «según el todo; universal». Los padres de la iglesia hablaban de la iglesia universal como hê ekklêsia katolikê y las «epístolas generales» como «epístolas católicas». Otro término parecido es oikoumenê, y su adjetivo correspondiente, oikoumenikos, que se refieren a la totalidad del mundo habitado. Así de nuevo, la iglesia universal, en todo el orbe, es por su naturaleza «la iglesia ecuménica». No reconocerlo sería desconocer la unidad de la iglesia en el cuerpo de Cristo.

En la tradición cristiana, tanto católica como reformado, la iglesia se identificaba por ciertas «notas» clásicas, como «la iglesia una, santa, apostólica y católica». ¡Por supuesto! Como evangélico, creo lo mismo, interpretado en sentido bíblico. Cristo tiene un solo Cuerpo y una sola Esposa; la iglesia es una. La iglesia es «sin mancha ni arruga» en Cristo y está llamada por Dios; es santa. La iglesia está fundada sobre los apóstoles como testigos designados por Cristo (Hech 1; 1 Cor 15) y está llamada a ser fiel a ese testimonio; de esa manera, la iglesia es también apostólica. (La iglesia es apostólica cuando es bíblica, no cuando pretende tener apóstoles hoy). Y la iglesia de Cristo es una sola en todo el mundo habitado, o sea, es también católica y ecuménica. Mi corazón evangélico y pentecostal puede gritar «¡Amen!»

El problema no es con el adjetivo «católica» sino con otro que se añade, que es «romana». Ese es un adjetivo geográfico muy específico y limitante, y podría interpretarse como opuesto a «católico» como universal e inclusivo. De hecho, en amplios sectores de la iglesia católico-romana ha habido, desde inicios del siglo veinte, importantes movimientos hacia un catolicismo más bíblico, evangélico y ecuménico, ¡y por ende más católico! Tengo entre los libros de mi biblioteca uno que se titula, «Hacia una iglesia católica más evangélica». Y recuerdo un sacerdote católico que participó en un encuentro en Europa, que confesó a nuestro grupo, «Pido a Dios cada día que mi iglesia sea menos romana y más evangélica».

Creo que las iglesias evangélicas también tenemos mucho que aprender en cuanto a un amplio y generoso espíritu católico. Lo contrario de «católico» es «sectario» y no hay que analizar mucho para descubrir que algunas iglesias evangélicas son sectarias (aun cuando no sean «sectas» doctrinalmente). La catolicidad de la iglesia ecuménica significa empatía y solidaridad no sólo con todo lo cristiano sino con todo lo humano. Un poeta latino dijo, “Homo sum, nihil humanum a me alienum puto” («Soy hombre; no considero ajeno nada humano») Y mucho más, si somos cristianos. Por eso un padre de la iglesia (San Ireneo, si recuerdo bien) profundizó la expresión: «Christianus sum, nihil humanum mihi alienum est».

Esto tiene mucho significado para la misión de la iglesia. Primero, porque la iglesia está llamada a hacernos más humanos, más sensibles, menos cerrados y prejuiciados. Segundo, porque esa identificación con la otra persona es el secreto de una evangelización auténtica. Don Kenneth Strachan, poco antes de su muerte, escribió un valioso libro, «El llamado ineludible», en que señala que la base de nuestra evangelización debe ser la común humanidad que compartimos con todos y todas. Cuando es así, la evangelización hará más humanos tanto a los evangelizados como a los que evangelizan.

(3) También soy pentecostal. No concibo cómo puede haber cristianos que no sea pentecostales, si toda la iglesia nació en el día de Pentecostés y nació profética. Me parece una lamentable desviación semántica que el título de «pentecostal» se limita, muy estrechamente, a sólo un sector de la iglesia cristiana. Bíblicamente entendida, son pentecostales quienes (1) aceptan con gozo los dones del Espíritu Santo (Hechos 2:1-13), predican expositivamente la Palabra de Dios (Hch 2:14-41) y practican radicalmente, en una comunidad revolucionaria, las demandas del evangelio (Hch 2:42-47; 4:32-37). En ese sentido, toda la iglesia está llamada a ser pentecostal.

Gracias a Dios por el movimiento pentecostal contemporáneo y todo el bien que ha traído a la iglesia, liberándola de una mentalidad estática y cerrada. Personalmente, he sido muy edificado y bendecido por mis experiencias con este movimiento. Por supuesto, a veces han cometido errores y han caído en extremos. Creo que enfrentamos hoy una situación parecida a la de San Pablo. Por un lado, ante los tesalonicenses «anti-pentecostales», Pablo los exhorta a no apagar al Espíritu y no menospreciar las profecías, pero a la vez a examinar todo (1 Tes 5:19-21). En cambio, con los corintios, que eran «ultra-pentecostales», Pablo les exhorta a hacer todas las cosas en orden (1 Cor 14:27-31,40). El anti-pentecostalismo es estéril y no debe ser nuestra actitud, pero tampoco los extremismos del ultra-pentecostalismo.

Los dones del Espíritu Santo son diversos, y los reparte como él quiere (1 Cor 12:11). No hay un sólo don que define el pentecostalismo, sino el conjunto de carismas que imparte el Espíritu, que hemos de recibir con gozo y gratitud. Ser pentecostal significa vivir en la desbordante alegría del Señor y en la libertad que da el Espíritu.

Bueno, es por eso que me identifico como un evangélico católico pentecostal… y también menonita, también moravo, también metodista, y quiera Dios, sobre todo cristiano y humano.


Por René Padilla

El trabajo ecuménico en América Latina no es fácil, pero si creemos que realmente somos uno en Cristo y que estamos llamados a una misión integral, hay que buscar espacios para hacerlo. Las iglesias y misiones evangélicas son un espacio donde podemos trabajar codo a codo con otros cristianos comprometidos socialmente, pero a partir del Evangelio. De lo contrario, no pretendamos que estamos haciendo labor cristiana. Creo en el valor de las obras humanas, pero si queremos ser cristianos, partamos del Evangelio, partamos de nuestra unidad en Cristo, a pesar de nuestras diferencias en cuestiones de escatología o acerca de la mejor estrategia para llegar al poder, los alcances de la labor política, etc., etc. Nuestro compromiso con Cristo nos lleva a un testimonio cristiano, a ser “sal” y “luz” en medio de una sociedad en decadencia, una sociedad que muestra sus lacras en términos de niños abandonados, prostitución infantil, injusticia institucionalizada, empobrecimiento de las masas, corrupción a todo nivel. Unámonos en Cristo Jesús para dar testimonio de que hemos sido creados en él para vivir el Evangelio en todas sus dimensiones, en respuesta a los problemas que nos rodean!

Los cambios que se han dado en el panorama eclesial en estos últimos años exigen que quienes creemos en la necesidad de un testimonio cristiano unido revisemos nuestra agenda ecuménica. Es urgente que practiquemos el ecumenismo con hermanos y hermanas que tal vez puedan tener muchas limitaciones teológicas pero están viviendo y sirviendo en nombre de Cristo en medio de los pobres.

Muchas veces nuestro ecumenismo se reduce al grupo de gente que está de acuerdo con nosotros políticamente; que comparte la misma ideología de cambio social y sueña en una sociedad socialista. Si nuestro ecumenismo se reduce a eso, estamos equivocados: ¡no somos realmente ecuménicos, sino “ecumenistas”! Lo digo con dolor en el alma: muchas veces los fondos que vienen de organizaciones ecuménicas de Europa y Estados Unidos sirven para apoyar programas que privilegian al que comparte nuestra ideología pero no la fe en Jesucristo. Podemos debatir este tema, pero mi propuesta es esta: hagamos un nuevo tipo de ecumenismo verdaderamente ecuménico (valga la redundancia). Honestamente creo que en este momento hacen falta organizaciones ecuménicas pero no “ecumenistas”. En otras palabras, necesitamos organizaciones en las cuales se viva un ecumenismo a partir del Evangelio. Organizaciones “proeclesiásticas” (mejor que “paraeclesiásticas”) donde hermanos católicos progresistas que se han sentido presionados por una estructura autoritaria que ya no les da cabida, y hermanos evangélicos que tienen problemas por haber alzado la voz contra posturas de algún “papa” defensor del estatu quo, se sientan a gusto y formen un frente común como cristianos, a partir del Evangelio y al servicio del pobre, por la causa del Reino y su justicia. Esa es mi propuesta por la unidad, el Reino de Dios y su Justicia.

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CERVANTES-ORTIZ

 

A sólo siete años del medio siglo de los inicios de la Reforma luterana, parecería que el desgaste religioso que han sufrido las comunidades herederas de esta corriente de vida y pensamiento ha menguado también el impacto cultural del protestantismo en todas sus variantes. Nada más lejos de la realidad, aunque visto sin triunfalismos, hay que aceptar que las diversas oleadas revivalistas (o avivamentistas), que también, por fuerza, producen resultados culturales, han contribuido a que el legado protestante, sobre todo a través del rostro evangélico, cobre fuerza cada vez que se establece histórica y socialmente.

 

Parecería, también, que las nuevas generaciones de creyentes, tan volcadas como están hacia el gusto por la música, tienden a olvidar algunos de los demás aspectos y expresiones en los que la fe protestante se ha vaciado para transmitir mucho de su genio. Vale la pena, por lo tanto, hacer un breve recuento de algunas de dichas manifestaciones para valorar hasta dónde llega hoy, en los inicios del siglo XXI, la capacidad protestante de transformarse y, de manera proteica, seguir siendo un vehículo plural del Evangelio. Algunos de los/as autores/as a mencionar, no siempre se asumieron como creyentes convencionales, pero la distancia que tomaron de las iglesias establecidas no disminuye la importancia de su testimonio artístico.

 

Hace poco, el pintor Lucas Cranach (el Viejo, 1472-1553), uno de los más grandes pintores del Renacimiento alemán, ha sido reconocido en Roma mediante una exhibición de su obra. Fue uno de los más notables artistas ligados a la Reforma, especialmente debido a sus retratos de Lutero y a la manera en que aplicó plásticamente sus postulados. Las famosísimas manos en oración (Las manos del apóstol, 1508), de Alberto Durero (1471-1528), concentran en una sola imagen todo el espíritu de la Reforma (aun cuando es anterior a ella), gracias a su extraordinaria síntesis. Su trabajo posterior, ligado al del príncipe elector Federico de Sajonia, el mismo que apoyó a Lutero, siempre se ha asociado al movimiento reformador. En el espectro protestante holandés (y reformado), Rembrandt (1606-1669) y Vincent Van Gogh (1853-1890) trasladaron a imágenes sublimes el espíritu de la fe. El primero, mediante una lectura verdaderamente deslumbrante de los personajes bíblicos, y el segundo a través de un manejo impresionante de la luminosidad, sobre todo en sus famosos girasoles, metáfora visual de las palabras en que Jesús se define a sí mismo como la luz del mundo.

 

En la música, se ha dicho que nadie entendió mejor a Lutero que Juan Sebastián Bach (1685-1750), gracias a que su percepción de la grandeza de Dios se encuentra desplegada majestuosamente en sus obras. Su enorme aprecio por la tradición bíblica, tal como aparece en obras maestras como La Pasión según san Mateo (1727) y diversas cantatas, o en sus innumerables obras para órgano. Jorge Federico Händel (1685-1759), a su vez, famoso por su oratorio El Mesías (1741), integró el arte vocal inglés, el barroco italiano y la excelencia organística alemana. Sus cantatas de tema bíblico también son una referencia obligada.

 

El nombre del judío converso Félix Mendelssohn también es inevitable en un recuento de este tipo. José de Segovia ha resumido en una frase magnífica las aportaciones de este gran músico: “Dedicó una de sus sinfonías a la Reforma y recuperó La Pasión según San Mateo, de Bach. Su fe evangélica le lleva a hacer un oratorio sobre Pablo, usando solamente el texto bíblico, y otro sobre Elías, con algunos de los mejores coros de alabanza que se han hecho en la historia de la música”. La Sinfonía de la Reforma concluye con “castillo fuerte”, el más famoso himno de Martín Lutero.

 

En la literatura hay varios nombres de poetas y novelistas que también han “traducido” el espíritu protestante a sus ámbitos culturales específicos. Así, en Inglaterra, James Hogg (1770-1835) se sumergió en los abismos de la predestinación con su novela Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado (1824), en la que radicaliza la experiencia enfermiza de fe de su personaje mediante la figura del doble. Hoy es considerada, según las modas de la época, como una novela gótica. En Estados Unidos, Emily Dickinson (1830-1886) liberó su fe calvinista de las amarras del dogma para forjar una poesía alegre y a la vez sumamente crítica en relación con los temas religiosos. Habiendo estudiado teología en el seminario para señoritas Mary Lyon de Mount Holyoke, escribió en soledad y aislamiento una obra que sólo se descubrió después de su muerte. La presencia de la Biblia es muy fuerte en su poesía: “El brillo del sol me habla esta mañana,/ y la afirmación de Pablo se vuelve real:/ ´el peso de la Gloria´. […]/ La fe de Tomás en la anatomía/ era más fuerte que su fe en la Fe. (…) ¿Por qué censuraríamos a Otelo,/ cuando el criterio del Gran Amante dice:/ ´No tendrás otro Dios que yo´?”.

 

En Francia, André Gide (1869-1951) y Jean Paul Sartre (1905-1980), ambos de familias protestantes y ganadores del premio Nobel, exploraron intensamente el tema de la libertad, como una especie de revancha personal. Un nombre discordante es el de John Updike (1932-2009), fiel seguidor del “divertido teólogo” que era para él Karl Barth. Éste último, desde sus alturas de reflexión, jamás habría imaginado la posibilidad de propiciar el surgimiento ¡de un novelista barthiano!, con toda la “mala fama” que este adjetivo adquirió en los círculos conservadores. Updike sigue esperando a sus lectores protestantes.(1)

 

Desde América Latina, Rubem Alves (Brasil, 1933) también ha ido más allá de los límites de la fe que recibió para expresarse con una autenticidad liberadora y sumamente refrescante. Este filósofo y cronista de la vida cotidiana se quejaba amargamente desde los años ochenta de que en el subcontinente el protestantismo aún no ha dado frutos culturales reconocibles. Acaso el tiempo le ha dado la razón y sean las telenovelas brasileñas el espacio en donde se han volcado los caracteres culturales con que el protestantismo popular se expresa mejor.

 

En el cine, los nombres ligados a la herencia protestante son varios y muy interesantes: los nórdicos Carl Dreyer (Ordet. La Palabra, 1955) e Ingmar Bergman (1918-2007) autor de El séptimo sello y la trilogía sobre la ausencia de Dios), desde el luteranismo más ascético; Jean-Luc Godard (1930), con una lectura contemporánea radical del nacimiento virginal de Jesús (Yo te saludo, María, 1984); y Paul Schrader (1946), con una capacidad narrativa potenciada por un pasado teológico que no logra ocultar. Suyos son el guión de La última tentación de Cristo (1988), de Martin Scorsese y otras fábulas modernas en donde la religión reaparece como tormento y posibilidad (Hardcore, Gigoló americano).

 

En fin, que hasta la saga familiar televisiva de Los Simpson entra de lleno en el espectro de la influencia protestante, aunque con sus matices propios de esta época. Éstas son sólo algunas muestras del enorme abanico cultural que representa el protestantismo, un poco con la mirada puesta en el pasado, pero ante nuevos retos y posibilidades.

 

 

1) Cf. John McTavish, “John Updike and the Funny Theologian”, http://theologytoday.ptsem.edu/jan1992/v48-4-article3.htm.

Cervantes-Ortiz es escritor, médico, teólogo y poeta mexicano.

 

© L. Cervantes-Ortiz, ProtestanteDigital.com (España, 2010).


Por Nicolás Panotto

Una de las preguntas históricas de la iglesia cristiana: ¿qué es la misión? Ella se hace ya que todo cambia. La iglesia cambia. El mundo cambia. Las personas cambian. Por ende, la misión cambia. Es un término construido desde una infinidad de interpretaciones, experiencias, contradicciones, falencias, esperanzas y errores históricos. Por todo esto, es una pregunta aún vigente.

De aquí mi deseo levantar algunos interrogantes que creo pertinentes para hacernos. Pueden parecer perogrulladas, pero justamente en muchas ocasiones encontramos las respuestas más profundas a través de los planteos más “simples”.

¿La misión agranda o abre la iglesia?

Se ha cuestionado mucho la comprensión “numerológica” de la misión, en donde se la comprende como la búsqueda de métodos para hacer crecer la iglesia. El “éxito” se mide por la cantidad de “almas” (palabra no inocente, ya que los cuerpos parecen ser solo paquetes caminantes) que ingresan a las filas de la congregación. Ya conocemos las consecuencias de esta mirada: iglesias repletas de gente desconectada entre sí, consumiendo de un modelo o un mercado religioso “a la última moda”. Las personas se fetichizan (no ellas mismas sino las estructuras), transformándose en un número más. Y tengamos cuidado: esto no sucede solamente en las llamadas “mega iglesias”. Es un imaginario muy corriente en el mundo evangélico en general, sea cual fuere el tamaño de la congregación.

La misión sí tiene que ver con el ingreso de personas a nuestras comunidades eclesiales, pero en tanto éstas se abran al mundo y se transformen en una comunidad de referencia y convivencia. La iglesia no debe buscar presas como un cazador. Su misión es ser un espacio que sirva al prójimo, que atienda a los desfavorecidos, entendiendo la salvación como esa acogida que irrumpe la rutina de la cotidianeidad mecanizada y la estrechez afectiva vigentes en nuestro mundo. Como la iglesia en Hechos 2, 41-47: debemos procurar vivir alternativamente, y que sea Dios quien añada.

¿Acaso la misión no tiene que ver con la gente?

Otra perogrullada, pero no tanto… Sí, la misión tiene que ver con la gente. Pero, ¿qué entendemos por “gente”? ¿Son acaso una masa homogénea, o un complejo conjunto de individualidades, instituciones y dinámicas? ¿Qué lugar tienen en nuestra misión? Pero sobre todo: ¿no son personas reales, de carne y hueso, con historias, emociones, traumas, alegrías, fortalezas, debilidades y necesidades? Muchas veces perdemos este sentido de realidad en nuestra misión. “La gente” pasa a ser receptáculo de nuestros romanticismos, idealizaciones, hasta dogmas y moralinas. ¿Pero comprendemos que todo lo que hacemos, decimos, pensamos y pronunciamos tiene que ver con personas reales que viven una cotidianeidad, tal cual nosotros y nosotras? ¿Practicamos una misión según lo que escuchamos y vemos de cada persona, o imponemos una agenda? Si lo que importa son las personas en tanto tales, ¿acaso no deberíamos dejar atrás tantas luchas intestinas por imponer (nuestros) “principios” y escuchar la realidad de “la gente”? Sí, es un “riesgo”: el riesgo de perder nuestro cómodo lugar de “centro del mundo” para abrirnos a la compasión, tal como hizo Jesús.

¿La misión es o se hace?

Ya nos habrá quedado claro que no existe la misión, como paquete predeterminado de prácticas, discursos y acciones. No existen modelos prefijados. Como dice Mateo 28,19, la misión es un “mientras vamos”, un caminar continuo, un proceso que se va viviendo, resignificando, reconsiderando, en la medida que sigamos andando. Quedarnos en un lugar, por más lindo y seguro que parezca, nos impide ver las bellezas que tenemos por delante. La misión es un envío constante al mundo, a la realidad en la que estamos, que siendo coherente con ese contexto complejo y en continuo cambio, se resignifica a ella misma, transformando sus prácticas y nociones fundantes (sea Dios, Iglesia, Evangelio, etc.) No es un paquete, un lugar (de poder), una forma, un discurso. Es un movimiento infinito que nos abre al mundo infinito que habitamos. La misión se hace en el camino.

¿Nos dejamos hablar por la misión?

Se habla de que la misión debe ser pertinente a nuestra realidad, que debemos comprometernos con la sociedad, con sus penurias… “para ser luz”. ¿Pero somos concientes de lo que ello implica? La sociedad con la que nos comprometemos posee una complejidad muchas veces ignorada por la iglesia; de aquí, sus respuestas facilistas a través de fórmulas o moralinas que pretenden dar una respuesta acabada a cuestiones demasiado complicadas. Al comprometernos con la comunidad, nos damos cuenta de que existen desafíos aún mayores, hasta desconocidos, por estar allí. Por eso la misión misma nos habla para su propio cambio. La gente, las experiencias, los fracasos y las complejidades que se hacen ver en dicho compromiso misional, nos interpelan. ¿Lo escuchamos? ¿Lo sentimos? ¿Respondemos a ello o seguimos estancados en nuestro “pequeño mundo muy feliz”?

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Danza litúrgica en la clausura de Lausana 3 en Cape Town, Sudáfrica 2010

Camara Nikon D700                                                      Copyright: Flickr

Panorámica de día de la clausura del evento de Evangelización Mundial 2010

Camara: Canon EOS 5D Mark II                              Copyright: Flickr


El Compromiso de Ciudad del Cabo
PREÁMBULO

Como miembros de la iglesia de Jesucristo en todo el mundo, afirmamos con alegría nuestro compromiso con el Dios vivo y Sus propósitos de salvación a través del Señor Jesucristo. Por Él, renovamos nuestro compromiso con la visión y las metas de El Movimiento de Lausana.
Esto significa dos cosas:
Primero, que seguimos comprometidos con la tarea de dar en todo el mundo testimonio de Jesucristo y de todas Sus enseñanzas. El Primer Congreso de Lausana (1974) fue convocado para la tarea de la evangelización mundial. Algunos de los principales bienes que dio a la iglesia mundial fueron: El Pacto de Lausana, una nueva conciencia de la cantidad de pueblos no alcanzados y un fresco descubrimiento de la naturaleza holística del evangelio bíblico y de la misión cristiana. El Segundo Congreso de Lausana, en Manila (1989), dio a luz más de 300 asociaciones estratégicas en la evangelización mundial, incluyendo muchas que involucraban cooperaciones entre naciones en todas partes del globo.
Segundo, que seguimos comprometidos con los principales documentos del Movimiento: el Pacto de Lausana(1974) y el Manifiesto de Manila (1989). Estos documentos expresan claramente verdades medulares del evangelio bíblico y las aplican a nuestra misión práctica de formas que siguen siendo pertinentes y desafiantes. Confesamos que no hemos sido fieles a los compromisos hechos en esos documentos. Pero los recomendamos y apoyamos, al buscar discernir cómo debemos expresar y aplicar la verdad eterna del evangelio en el mundo siempre cambiante de nuestra propia generación.

Las realidades del cambio
Casi todo lo que tiene que ver con la forma en que vivimos, pensamos y nos relacionamos está cambiando, cada vez más rápido. Para bien o para mal, sentimos el impacto de la globalización, la revolución digital y el cambiante equilibrio del poder económico y político en el mundo. Algunas de las cosas que enfrentamos nos causan congoja y ansiedad: pobreza global, guerras, enfermedades, la crisis ecológica y el cambio climático. Pero hay un gran cambio en nuestro mundo que es motivo de regocijo: el crecimiento de la iglesia global de Cristo.
El hecho de que el Tercer Congreso de Lausana se haya realizado en África es evidencia de esto. Por lo menos las tres cuartas partes de todos los cristianos del mundo viven ahora en los continentes del Sur y el Este globales. La composición de nuestro Congreso de Ciudad del Cabo refleja este enorme cambio en el cristianismo mundial en el siglo transcurrido desde la conferencia misionera de Edimburgo, en 1910. Nos regocijamos por el asombroso crecimiento de la iglesia en África, y nos regocijamos de que nuestros hermanos y hermanas en Cristo africanos hayan sido los anfitriones de este Congreso.

Debemos responder en la misión cristiana a las realidades de nuestra propia generación. También debemos aprender de aquella mezcla de sabiduría y error que heredamos de generaciones previas. Honramos el pasado y nos involucramos en el futuro.
Realidades que no han cambiado
Pero, en nuestro mundo cambiante, algunas cosas siguen sin cambios. Estas grandes verdades brindan la fundamentación bíblica para nuestra participación misional.
 Los seres humanos están perdidos. La difícil situación humana subyacente sigue siendo como lo describe la Biblia: nos encontramos bajo el juicio justo de Dios en nuestro pecado y rebelión, y sin Cristo no tenemos esperanzas.
 El evangelio es buenas nuevas. El evangelio no es un concepto que requiere ideas frescas, sino una historia que necesita ser contada de una manera fresca. Es la historia que no ha cambiado acerca de lo que Dios ha hecho para salvar al mundo, especialmente en los sucesos históricos de la vida, la muerte, la resurrección y el reinado de Jesucristo. En Cristo hay esperanza.
 La misión de la iglesia continúa. La misión de Dios continúa hasta los confines de la tierra y hasta el fin del mundo. Llegará el día cuando los reinos del mundo pasarán a ser el reino de nuestro Dios y de Su Cristo, y Dios reinará con Su humanidad redimida en la nueva creación. Hasta ese día, la participación de la iglesia en la misión de Dios continúa, en una gozosa urgencia, y con frescas y emocionantes oportunidades en cada generación, incluyendo la nuestra.

La pasión de nuestro amor
Esta Declaración está enmarcada en el idioma del amor. El amor es el idioma del pacto. Los pactos bíblicos, viejos y nuevos, son la expresión del amor y la gracia redentores de Dios que buscan a la humanidad perdida y a la creación arruinada. Exigen nuestro amor a cambio. Nuestro amor se demuestra en la confianza, en la obediencia y en un compromiso apasionado con nuestro Señor del pacto. El Pacto de Lausana definía la evangelización como“toda la iglesia llevando todo el evangelio a todo el mundo”. Esa sigue siendo nuestra pasión. Así que renovamos ese pacto afirmando nuevamente:
 Nuestro amor por todo el evangelio como las gloriosas buenas nuevas de Dios en Cristo para todas las dimensiones de Su creación, porque ha sido toda asolada por el pecado y el mal.
 Nuestro amor por toda la iglesia como el pueblo de Dios, redimido por Cristo de cada nación en la tierra y cada era de la historia para compartir la misión de Dios en esta era y glorificarlo para siempre en la era venidera.
 Nuestro amor por todo el mundo, tan alejado de Dios pero tan cerca de Su corazón; el mundo que Dios amó tanto que entregó a Su único Hijo para su salvación.

Instados por este triple amor, nos comprometemos nuevamente a ser toda la iglesia, a creer, obedecer y compartirtodo el evangelio, y a ir a todo el mundo para hacer discípulos a todas las naciones.

PRIMERA PARTE
PARA EL SEÑOR QUE AMAMOS:
NUESTRO COMPROMISO DE FE
1. Amamos porque Dios nos amó primero
La misión de Dios deriva del amor de Dios. La misión del pueblo de Dios deriva de nuestro amor por Dios y por todo lo que Dios ama. La evangelización del mundo es la proyección del amor de Dios hacia nosotros y a través de nosotros. Afirmamos la primacía de la gracia de Dios y luego respondemos a esa gracia por fe, demostrada a través de la obediencia del amor. Amamos porque Dios nos amó primero y envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados.[1]
a) El amor por Dios y el amor por el prójimo constituyen los primeros y mayores mandamientos de los cuales penden toda la ley y los profetas. El amor es el cumplimiento de la ley y el primer fruto del Espíritu que se nombra. El amor es la evidencia de que hemos nacido de nuevo, la seguridad de que conocemos a Dios y la evidencia de que Dios mora dentro de nosotros. El amor es el nuevo mandamiento de Cristo, quien dijo a Sus discípulos que sólo en la medida que obedecieran este mandamiento, la misión de ellos sería visible y creíble. El amor cristiano de unos por otros es la forma en que el Dios invisible, que se hizo visible a través de Su Hijo encarnado, sigue haciéndose visible al mundo. El amor fue una de las primeras cosas que Pablo observaba y elogiaba entre los nuevos creyentes, junto con la fe y la esperanza. Pero el amor es lo más grande, porque el amor nunca cesa.[2]
b) Esta clase de amor no es débil ni sentimental. El amor de Dios es –conforme a Su pacto– fiel, comprometido, generoso, sacrificial, fuerte y santo. Dado que Dios es amor, el amor permea todo Su ser y todas Sus acciones, Su justicia y también Su compasión. El amor de Dios se extiende sobre toda Su creación. Se nos ordena amar de formas que reflejen el amor de Dios en todas esas mismas dimensiones. Eso es lo que significa andar en el camino del Señor.[3]
c) Así que, al enmarcar nuestras convicciones y nuestros compromisos en términos del amor, asumimos el desafío bíblico más básico y exigente de todos:
 amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas,
 amar a nuestro prójimo (incluyendo al extranjero y al enemigo) como a nosotros mismos,
 amarnos unos a otros como Dios nos ha amado en Cristo, y
 amar al mundo con el amor de Aquel que dio a Su único Hijo para que el mundo sea salvo a través de Él.[4]

d) Esta clase de amor es el don de Dios derramado en nuestros corazones, pero es también el mandato de Dios que requiere la obediencia de nuestra voluntad. Esta clase de amor significa ser como Cristo mismo: fuerte en la entereza, pero amable en la humildad, firme en la resistencia contra mal, pero tierno en la compasión por los que sufren, valiente en el sufrimiento y fiel hasta la muerte. Esta clase de amor fue ejemplificado por Cristo en la tierra y es supervisado por el Cristo resucitado en la gloria.[5]
Afirmamos que esta clase de amor bíblico integral debe ser la identidad y marca distintiva de los discípulos de Jesús. En respuesta a la oración y el mandato de Jesús, anhelamos que se cumpla en nosotros. Tristemente, confesamos que con demasiada frecuencia no es así. Por lo tanto, volvemos a comprometernos a hacer el máximo esfuerzo por vivir, pensar, hablar y comportarnos de formas que expresen lo que significa andar en amor; amor por Dios, amor unos por otros y amor por el mundo.

2. Amamos al Dios vivo
Nuestro Dios, a quien amamos, se revela en la Biblia como el Dios único, eterno y vivo, que gobierna todas las cosas según Su voluntad soberana y para Su propósito salvador. En la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, únicamente Dios es el Creador, Gobernador, Juez y Salvador del mundo.[6] Así que amamos a Dios, con agradecimiento gozoso por nuestro lugar en la creación, con sumisión a Su providencia soberana, con confianza en Su justicia y con alabanza eterna por la salvación que logró para nosotros.
a) Amamos a Dios por sobre todos los rivales. Se nos ordena amar y adorar únicamente al Dios vivo. Pero, como el Israel del Antiguo Testamento, permitimos que nuestro amor por Dios se vea adulterado al ir tras los dioses de este mundo, los dioses de las personas que nos rodean.[7] Caemos en el sincretismo, seducidos por los ídolos de la avaricia, el poder y el éxito, sirviendo a Mammón antes que a Dios. Aceptamos las ideologías políticas y económicas dominantes, sin hacer una crítica bíblica. Nos vemos tentados a transigir en nuestra creencia en la singularidad de Cristo bajo la presión del pluralismo religioso. Como Israel, necesitamos oír el llamado de los profetas y de Jesús mismo a arrepentirnos, a abandonar a todos estos rivales y a volver al amor obediente y a la adoración de Dios solamente.
b) Amamos a Dios con pasión por Su gloria. La mayor motivación para nuestra misión es la misma que impulsa la misión de Dios: que el único Dios vivo sea conocido y glorificado en toda Su creación. Esta es la meta última de Dios y debería ser nuestro mayor gozo.
“Si Dios desea que toda rodilla se doble ante Jesús y toda lengua lo confiese, también debemos desearlo nosotros. Debemos ser ‘celosos’ (como lo expresa la Biblia a veces) por la honra de Su nombre: preocupados cuando no es conocido, dolidos cuando es ignorado, indignados cuando es blasfemado, y en todo momento ansiosos y decididos a que reciba la honra y la gloria que le corresponden. El más elevado de los motivos misioneros no es ni la obediencia a la gran comisión (por importante que sea), ni el amor por los pecadores que están alienados y están pereciendo (por fuerte que sea ese incentivo, especialmente cuando tomamos en cuenta la ira de Dios), sino más bien el celo –celo ardiente y apasionado– por la gloria de Jesucristo. […] Ante esta meta suprema de la misión cristiana, todos los motivos indignos se marchitan y mueren”.[8] (John Stott)

Debería ser nuestro mayor dolor que en nuestro mundo el Dios vivo no sea glorificado. El Dios vivo es negado en el ateísmo agresivo. El único Dios verdadero es reemplazado o distorsionado en la práctica de las religiones del mundo. Nuestro Señor Jesucristo es abusado y tergiversado en algunas culturas populares. Y el rostro del Dios de la revelación bíblica es oscurecido por el nominalismo cristiano, el sincretismo y la hipocresía.
Amar a Dios en medio de un mundo que lo rechaza o distorsiona requiere de un testimonio osado pero humilde de nuestro Dios, una defensa firme pero amable de la verdad del evangelio de Cristo, el Hijo de Dios, y una confianza a través de la oración en la obra de convicción y convencimiento de Su Espíritu Santo. Nos comprometemos a este testimonio, porque si decimos que amamos a Dios debemos compartir la mayor prioridad de Dios, la cual es que Su nombre y Su palabra sean exaltados por sobre todas las cosas.[9]

3. Amamos a Dios el Padre
A través de Jesucristo, el Hijo de Dios –y a través de Él únicamente, como el Camino, la Verdad y la Vida– llegamos a conocer y amar a Dios como Padre. Al testificar el Espíritu Santo con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, pronunciamos las palabras que Jesús oró: “Abba, Padre”, y oramos la oración que Jesús enseñó: “Padre nuestro”. Nuestro amor por Jesús, demostrado al obedecerlo, se encuentra con el amor del Padre por nosotros cuando el Padre y el Hijo hacen morada en nosotros con un amor mutuo que da y recibe.[10] Esta relación íntima tiene profundos fundamentos bíblicos.
a) Amamos a Dios como el Padre de Su pueblo. El Israel del Antiguo Testamento conocía a Dios como Padre, como el que les dio existencia, los llevó y los disciplinó, exigió su obediencia, anheló su amor y ejerció un perdón compasivo y un amor duradero y paciente.[11] Todo esto sigue teniendo aplicación para nosotros como pueblo de Dios en Cristo, en nuestra relación con nuestro Padre Dios.
b) Amamos a Dios como el Padre que amó tanto al mundo que dio a Su Hijo único para nuestra salvación. ¡Cuán grande es el amor del Padre por nosotros al hacer que seamos llamados los hijos de Dios! ¡Cuán inconmensurable el amor del Padre que no escatimó a Su único Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros! Este amor del Padre al entregar a Su Hijo se vio reflejado en el amor abnegado del Hijo. Hubo completa armonía de voluntad en la obra de expiación que el Padre y el Hijo realizaron en la cruz, a través del Espíritu eterno. El Padre amó al mundo y dio a Su Hijo; el “[…] Hijo de Dios […] me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Esta unidad de Padre e Hijo, que Jesús mismo afirmó tanto, aparece en el saludo más repetido de Pablo: “Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados […], conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.[12]
c) Amamos a Dios como el Padre cuyo carácter reflejamos y en cuyo cuidado confiamos. En el Sermón del monte, Jesús señala repetidamente a nuestro Padre celestial como el modelo o el foco para nuestra acción. Debemos ser pacificadores, como hijos de Dios. Debemos hacer buenas obras, para que nuestro Padre reciba la alabanza. Debemos amar a nuestros enemigos como reflejo del amor paternal de Dios. Debemos dar, orar y ayunar sólo para los ojos de nuestro Padre. Debemos perdonar a los demás como nuestro Padre nos perdona a nosotros. No debemos tener ninguna ansiedad sino que debemos confiar en la provisión de nuestro Padre. Cuando este comportamiento fluye del carácter cristiano, hacemos la voluntad de nuestro Padre en el cielo, dentro del reino de Dios.[13]
Confesamos que a menudo hemos descuidado la verdad de la paternidad de Dios y nos hemos privado de las riquezas de nuestra relación con Él. Nos comprometemos nuevamente a ir al Padre a través de Jesús el Hijo, a recibir Su amor paternal y responder a él, a vivir en obediencia bajo Su disciplina paternal, a reflejar Su carácter paternal en todo nuestro comportamiento y actitudes, y a confiar en Su provisión paternal cualesquiera que sean las circunstancias en las que Él nos guíe.

4. Amamos a Dios el Hijo
Dios ordenó a Israel que amara al Señor Dios con lealtad exclusiva. Del mismo modo para nosotros, amar al Señor Jesucristo significa que afirmamos firmemente que sólo Él es Salvador, Señor y Dios. La Biblia enseña que Jesús realiza las mismas acciones soberanas que únicamente Dios realiza. Cristo es el Creador del universo, el Gobernador de la historia, el Juez de todas las naciones y el Salvador de todos los que se vuelven a Dios.[14] Él comparte la identidad de Dios en la divina igualdad y unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Así como Dios llamó a Israel a amarlo con fe, obediencia y testimonio de siervo fundamentados en Su pacto, nosotros afirmamos nuestro amor por Jesucristo confiando en Él, obedeciéndolo y haciéndolo conocer.
a) Confiamos en Cristo. Creemos el testimonio de los Evangelios de que Jesús de Nazaret es el Mesías, el que fue designado y enviado por Dios para cumplir la misión singular del Israel del Antiguo Testamento, que es traer la bendición de la salvación de Dios a todas las naciones, como Dios prometió a Abraham.
 En el nacimiento de Jesús, Dios asumió nuestra carne humana y vivió entre nosotros, totalmente Dios y totalmente humano.
 En Su vida, Jesús caminó en perfecta fidelidad y obediencia a Dios. Anunció y enseñó el reino de Dios y ejemplificó cómo debían vivir Sus discípulos bajo el reino de Dios.
 En Su ministerio y Sus milagros, Jesús anunció y demostró la victoria del reino de Dios sobre el mal y los poderes malignos.
 En Su muerte en la cruz, Jesús tomó nuestro pecado sobre Él en nuestro lugar, cargando con todo el costo, la penalidad y la vergüenza, derrotó la muerte y los poderes del mal, y logró la reconciliación y redención de toda la creación.
 En Su resurrección corporal, Jesús fue reivindicado y exaltado por Dios y se convirtió en el precursor de la humanidad redimida y la creación restaurada.
 Desde Su ascensión, Jesús está reinando como Señor sobre toda la historia y la creación.
 Cuando vuelva, Jesús ejecutará el juicio de Dios, destruirá a Satanás, el mal y la muerte, y establecerá el reino universal de Dios.
b) Obedecemos a Cristo. Jesús nos llama al discipulado, a tomar nuestra cruz y seguirlo en la senda de la abnegación, el servicio y la obediencia. “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo. “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Somos llamados a vivir como Cristo vivió y a amar como Cristo amó. Profesar a Cristo mientras ignoramos Sus mandamientos es una necedad peligrosa. Jesús nos advierte que negará conocer a muchos que hablan en Su nombre con ministerios espectaculares y milagrosos, y los considerará hacedores de maldad.[15] Prestamos atención a la advertencia de Cristo, porque ninguno de nosotros es inmune a un peligro tan terrible.
c) Proclamamos a Cristo. En Cristo únicamente, Dios se ha revelado en forma total y definitiva, y sólo a través de Cristo Dios ha alcanzado la salvación para el mundo. Por lo tanto, nos arrodillamos como discípulos a los pies de Jesús de Nazaret y le decimos, junto con Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y con Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”. Aunque no lo hemos visto, lo amamos. Y nos regocijamos con esperanza anhelando el día de Su retorno, cuando “le veremos tal como él es”. Hasta ese día, nos unimos a Pedro y a Juan para proclamar que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.[16]
Nos comprometemos nuevamente a dar testimonio de Jesucristo y de toda Su enseñanza, en todo el mundo, sabiendo que podemos dar tal testimonio sólo si nosotros mismos estamos viviendo en obediencia a Su enseñanza.

5. Amamos a Dios el Espíritu Santo
Amamos al Espíritu Santo dentro de la unidad de la Trinidad, con Dios el Padre que lo envía y con Jesucristo, de quien da testimonio. Él es el Espíritu misionero del Padre misionero y el Hijo misionero, infundiendo vida y poder a la iglesia misionera de Dios. Amamos al Espíritu Santo y oramos por Su presencia, porque sin el testimonio del Espíritu de Cristo, nuestro propio testimonio es estéril. Sin la obra de convicción del Espíritu, nuestra predicación es en vano. Sin el poder del Espíritu, nuestra misión es mero esfuerzo humano. Y, sin el fruto del Espíritu, nuestra vida poco atractiva no puede reflejar la belleza del evangelio.

a) En el Antiguo Testamento vemos al Espíritu de Dios activo en la creación, en obras de liberación y justicia, y llenando e invistiendo de poder a personas para toda clase de servicios. Los profetas llenos del Espíritu esperaban al rey y siervo venidero cuya persona y obra estarían dotadas del Espíritu de Dios, y esperaban la era venidera que estaría marcada por el derramamiento de Su Espíritu, que traería nueva vida y una fresca obediencia al pueblo de Dios.[17]
b) En Pentecostés, Dios derramó Su Espíritu Santo según lo prometido por los profetas y por Jesús. El Espíritu santificador produce Su fruto en la vida de los creyentes, y el primer fruto siempre es el amor. El Espíritu llena a la iglesia con Sus dones y con el poder para la misión y para la gran variedad de obras de servicio. El Espíritu nos permite proclamar y demostrar el evangelio, discernir la verdad, orar eficazmente y prevalecer sobre las fuerzas de oscuridad. El Espíritu fortalece y consuela a los discípulos que son perseguidos o sometidos a juicio por su testimonio de Cristo.[18]
c) Nuestra participación en la misión, entonces, no tiene sentido ni fruto sin la presencia y el poder del Espíritu Santo. Esto ocurre con la misión en todas sus dimensiones: evangelismo, testimonio de la verdad, discipulado, pacificación, involucramiento social, transformación ética, cuidado de la creación, victoria sobre los poderes malignos, expulsión de espíritus demoníacos, sanación de enfermos, sufrimiento y el soportar bajo la persecución. Todo lo que hacemos en el nombre de Cristo debe ser con el poder del Espíritu Santo. El Nuevo Testamento deja en claro esto en la vida de la iglesia primitiva y en la enseñanza de los apóstoles. Está siendo demostrado hoy en el fruto y el crecimiento de iglesias donde los seguidores de Jesús actúan confiadamente con el poder del Espíritu Santo, con dependencia y expectativa.
No existe ningún evangelio verdadero ni completo, y ninguna auténtica misión bíblica, sin la Persona, la obra y el poder del Espíritu Santo. Oramos por un mayor despertar a esta verdad bíblica y para que su experiencia sea una realidad en todas partes del cuerpo de Cristo en todo el mundo. Sin embargo, somos conscientes de los muchos abusos que se esconden bajo el nombre del Espíritu Santo, las muchas formas en que (como ejemplifica también el Nuevo Testamento) se practican y elogian toda clase de fenómenos que llevan las marcas de otros espíritus y no del Espíritu Santo. Existe mucha necesidad de un discernimiento más profundo, de claras advertencias contra el engaño, de la puesta en evidencia de manipuladores fraudulentos y que trabajan para ventaja propia, los cuales abusan del poder espiritual para su propio enriquecimiento impío. Sobre todo, existe una gran necesidad de una sostenida enseñanza y predicación bíblicas, impregnadas de oración humilde, que capaciten a creyentes comunes y corrientes para entender el verdadero evangelio y regocijarse en él, reconociendo y rechazando los falsos evangelios.

6. Amamos la Palabra de Dios
Amamos la Palabra de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, haciendo eco del gozoso deleite del salmista en la Torá: “He amado tus mandamientos más que el oro”. “¡Oh, cuánto amo yo tu ley!”. Recibimos toda la Biblia como la palabra de Dios, inspirada por el Espíritu de Dios, hablada y escrita a través de autores humanos. Nos sometemos a ella como un libro suprema y singularmente autoritativo, que rige nuestra creencia y nuestro comportamiento. Testificamos del poder de la palabra de Dios para lograr Su propósito de salvación. Afirmamos que la Biblia es la Palabra escrita final de Dios, que no es superada por ninguna otra revelación, pero también nos regocijamos porque el Espíritu Santo ilumina la mente de los hijos de Dios para que la Biblia continúe hablando la verdad de Dios de formas frescas a las personas de cada cultura”. [19]

La Persona que la Biblia revela. Amamos la Biblia como una esposa ama las cartas de su esposo, no por los papeles que son, sino por la persona que habla a través de ellas. La Biblia nos da la propia revelación de Dios de Su identidad, carácter, propósitos y acciones. Es el principal testigo del Señor Jesucristo. Al leerla, lo encontramos a Él a través de Su Espíritu con gran gozo. Nuestro amor por la Biblia es una expresión de nuestro amor a Dios.
a) La historia que la Biblia cuenta. La Biblia cuenta la historia universal de la creación, la caída, la redención en la historia y la nueva creación. Esta narración abarcadora brinda una cosmovisión bíblica coherente y da forma a nuestra teología. En el centro de esta historia se encuentran los eventos salvíficos culminantes de la cruz y la resurrección de Cristo, que constituyen el corazón del evangelio. Es esta historia (en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento) la que nos dice quiénes somos, para qué estamos aquí y hacia dónde vamos. Esta historia de la misión de Dios define nuestra identidad, impulsa nuestra misión y nos asegura que el final está en las manos de Dios. Esta historia debe dar forma a la memoria y la esperanza del pueblo de Dios y determinar el contenido de su testimonio evangélico, al transmitirse de generación en generación. Debemos hacer conocer la Biblia por todos los medios posibles, ya que su mensaje es para todos los pueblos de la tierra. Volvemos a comprometernos, por lo tanto, con la tarea continua de traducir, difundir y enseñar la Biblia en cada cultura e idioma, incluyendo aquellos que son predominantemente orales o no literarios.
b) La verdad que la Biblia enseña. Toda la Biblia nos enseña todo el consejo de Dios, la verdad que Dios quiere que conozcamos. Nos sometemos a ella como verdadera y confiable en todo lo que afirma, ya que es la palabra del Dios que no puede mentir y que no fallará. Es clara y suficiente para revelar el camino de la salvación. Es el fundamento para explorar y entender todas las dimensiones de la verdad de Dios.
Sin embargo, vivimos en un mundo lleno de mentiras y de rechazo de la verdad. Muchas culturas exhiben un relativismo dominante que niega que exista o que pueda ser conocida verdad absoluta alguna. Si amamos la Biblia, entonces debemos levantarnos para defender sus afirmaciones de verdad. Debemos encontrar formas frescas de expresar la autoridad bíblica en todas las culturas. Nos comprometemos nuevamente a luchar por la verdad de la revelación de Dios como parte de nuestro trabajo de amor por la Palabra de Dios.
c) La vida que la Biblia requiere. “Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas”. Jesús y Santiago nos llaman a ser hacedores de la palabra, y no sólo oidores.[20] La Biblia retrata una calidad de vida que debería caracterizar al creyente y a la comunidad de los creyentes. Por medio de Abraham, de Moisés, de los salmistas, de los profetas y de los libros de sabiduría de Israel, de Jesús y de los apóstoles, aprendemos que este estilo de vida bíblico incluye la justicia, la compasión, la humildad, la integridad, la sinceridad, la veracidad, la castidad sexual, la generosidad, la amabilidad, la abnegación, la hospitalidad, la pacificación, el no tomar represalias, el hacer el bien, el perdón, el gozo, el contentamiento y el amor, todos combinados en una vida de adoración, alabanza y fidelidad a Dios.

Confesamos que livianamente decimos amar la Biblia, sin amar la vida que enseña: la vida de obediencia práctica y costosa a Dios a través de Cristo. Sin embargo, “No hay nada que con mayor elocuencia respalde al evangelio que una vida transformada, ni nada que lo desacredite tanto [como] una vida inconsistente con el mismo. Se nos ha ordenado comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo y aun a ‘adornarlo’ resaltando su belleza por medio de vidas [santas]”.[21] Por el bien del evangelio de Cristo, por lo tanto, volvemos a comprometernos a demostrar nuestro amor por la Palabra de Dios, creyéndola y también obedeciéndola. No hay misión bíblica sin una vida bíblica.

7. Amamos el mundo de Dios
Compartimos la pasión de Dios por Su mundo, amando todo lo que Dios ha hecho, regocijándonos en la providencia y la justicia de Dios en toda Su creación, proclamando las buenas nuevas a toda la creación y a todas las naciones, y anhelando el día en que la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.[22]
a) Amamos el mundo de la creación de Dios. Este amor no es un mero afecto sentimental por la naturaleza (que la Biblia no ordena en ninguna parte), y menos aún la adoración panteísta de la naturaleza (que la Biblia prohíbe expresamente). Por el contrario, es el resultado lógico de nuestro amor por Dios, cuidando lo que le pertenece. “De Jehová es la tierra y su plenitud”. La tierra es la propiedad del Dios que decimos amar y obedecer. Cuidamos de la tierra, muy sencillamente, porque pertenece a quien llamamos Señor.[23]
La tierra ha sido creada y redimida por Cristo y es sustentada por Él.[24] No podemos decir que amamos a Dios mientras abusamos de lo que pertenece a Cristo por derecho de creación, de redención y de herencia. Cuidamos de la tierra, no según los fundamentos del mundo secular sino por amor al Señor. Si Jesús es Señor de toda la tierra, no podemos separar nuestra relación con Cristo de la forma en que actuamos con relación a la tierra. Porque proclamar el evangelio que dice “Jesús es Señor” es proclamar el evangelio que incluye la tierra, ya que el señorío de Cristo es sobre toda la creación. El cuidado de la creación es, por lo tanto, un tema del evangelio dentro del señorío de Cristo.
Esta clase de amor por la creación de Dios exige que nos arrepintamos de nuestra parte en la destrucción, dilapidación y contaminación de los recursos de la tierra y nuestra complicidad en la tóxica idolatría del consumismo. En cambio, nos comprometemos a una urgente y profética responsabilidad ecológica, y a brindar apoyo a cristianos cuyos llamado misional específico es a la defensa y la acción ambiental. Nos recordamos que la Biblia declara el propósito redentor de Dios para la creación misma. La misión integral significa discernir, proclamar y vivir la verdad bíblica que el evangelio es la buena nueva de Dios, a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo, para las personas individualmente, y también para la sociedad, y también para la creación. Los tres están quebrados y están sufriendo por causa del pecado; los tres están incluidos en el amor y la misión redentores de Dios; los tres deben formar parte de la misión integral del pueblo de Dios.

b) Amamos el mundo de naciones y culturas. “De un solo hombre hizo él todas las naciones, para que vivan en toda la tierra” (DHH). La diversidad étnica es el don de Dios en la creación y será preservada en la nueva creación, cuando será liberada de nuestras divisiones y rivalidades producto de nuestra condición caída. Nuestro amor por todos los pueblos refleja la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones de la tierra y la misión de Dios de crear para Sí un pueblo tomado de cada tribu, lengua, nación y pueblo. Debemos amar todo lo que Dios ha escogido bendecir, lo cual incluye todas las culturas. Históricamente, la misión cristiana ha desempeñado un papel decisivo en la protección y preservación de culturas autóctonas y sus idiomas. Sin embargo, el amor piadoso también incluye el discernimiento crítico, porque todas las culturas muestran no sólo evidencia positiva de la imagen de Dios en las vidas humanas, sino también las huellas digitales negativas de Satanás y el pecado. Anhelamos ver el evangelio encarnado y arraigado en todas las culturas, redimiéndolas desde adentro para que puedan exhibir la gloria de Dios y la radiante plenitud de Cristo. Esperamos el momento en que la riqueza, la gloria y el esplendor de todas las culturas entren a la ciudad de Dios, redimidas y purgadas de todo pecado, enriqueciendo la nueva creación.[25]
Esta clase de amor por todos los pueblos exige que rechacemos los males del racismo y del etnocentrismo, y que tratemos a cada grupo étnico y cultural con dignidad y respeto, sobre la base de su valor para Dios en la creación y la redención.[26]
Esta clase de amor también exige que tratemos de hacer conocer el evangelio entre todos los pueblos y culturas, en todas partes. Ninguna nación, judía o gentil, queda fuera del alcance de la gran comisión. El evangelismo es lo que sale de corazones que están llenos del amor de Dios por quienes aún no lo conocen. Confesamos con vergüenza que todavía hay muchos pueblos en el mundo que nunca han escuchado el mensaje del amor de Dios en Jesucristo. Renovamos el compromiso que inspiró el Movimiento de Lausana desde su inicio, de usar todos los medios posibles para alcanzar a todos los pueblos con el evangelio.
c) Amamos a los pobres y a los que sufren en el mundo. La Biblia nos dice que el Señor ama todo lo que ha hecho, defiende la causa de los oprimidos, ama al extranjero, alimenta a los hambrientos y sostiene al huérfano y a la viuda.[27] La Biblia también muestra que Dios quiere hacer estas cosas a través de seres humanos dedicados a esta clase de acciones. Dios hace responsables especialmente a los que han sido designados para el liderazgo político o judicial en la sociedad,[28] pero todo el pueblo de Dios tiene el mandato –por la ley y los profetas, los Salmos y los libros de sabiduría, por Jesús y Pablo, por Santiago y Juan– de reflejar el amor y la justicia de Dios en amor práctico y justicia para los necesitados.[29]

Esta clase de amor por los pobres exige que no sólo amemos la misericordia y las acciones de compasión, sino que también hagamos justicia poniendo en descubierto y oponiéndonos a todo lo que oprime y explota a los pobres. “No debemos temer denunciar el mal y la injusticia dondequiera existan”.[30] Confesamos con vergüenza que en esta cuestión no compartimos la pasión de Dios, no encarnamos el amor de Dios, no reflejamos el carácter de Dios y no hacemos la voluntad de Dios. Nos dedicamos renovadamente a la promoción de la justicia, incluyendo la solidaridad y la defensa de los marginados y oprimidos. Reconocemos esta lucha contra el mal como una dimensión de la guerra espiritual que sólo puede encararse a través de la victoria de la cruz y la resurrección, con el poder del Espíritu Santo y con oración constante.
d) Amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos. Jesús llamó a Sus discípulos a obedecer este mandamiento como el segundo mayor de la ley; pero luego profundizó radicalmente la demanda, al llevarla de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” a “amad a vuestros enemigos”.[31]
Esta clase de amor por nuestros prójimos exige que respondamos a todas las personas desde el corazón del evangelio, en obediencia al mandato de Cristo y siguiendo el ejemplo de Cristo. Esta clase de amor por el prójimo abraza a las personas de otras creencias religiosas y se extiende a quienes nos odian, nos calumnian y nos persiguen, y aun a los que nos matan. Jesús nos enseñó a responder a las mentiras con la verdad, a los que hacen el mal con actos de bondad, misericordia y perdón, a la violencia y el asesinato contra Sus discípulos con la abnegación, a fin de atraer a las personas hacia Él y romper la cadena de maldad. Rechazamos enfáticamente el camino de la violencia en la difusión del evangelio y renunciamos a la tentación de la represalia y la venganza contra quienes nos agravian. Esta clase de desobediencia es incompatible con el ejemplo y la enseñanza de Cristo y del Nuevo Testamento.[32] Al mismo tiempo, nuestra tarea de amor hacia nuestros prójimos que sufren nos exige que busquemos justicia en beneficio de ellos a través de las apelaciones adecuadas a las autoridades legales y estatales que funcionan como siervos de Dios para castigar a los que hacen lo malo.[33]
e) El mundo que no amamos. El mundo de la buena creación de Dios se ha convertido en el mundo de la rebelión humana y satánica contra Dios. Se nos ordena no amar ese mundo de deseos pecaminosos, de avaricia y de orgullo humano. Confesamos con pena que precisamente esas marcas de mundanalidad desfiguran muchas veces nuestra presencia cristiana y niegan nuestro testimonio del evangelio.[34]

Nos comprometemos nuevamente a no coquetear con el mundo caído y sus pasiones transitorias, sino a amar a todo el mundo como Dios lo ama. Así que amamos al mundo con un santo anhelo de ver la redención y renovación de toda la creación y de todas las culturas en Cristo, la reunión del pueblo de Dios de todas las naciones hasta los confines de la tierra y la finalización de toda destrucción, pobreza y enemistad.

8. Amamos el evangelio de Dios
Como discípulos de Jesús, somos un pueblo del evangelio. El núcleo de nuestra identidad es nuestra pasión por las buenas nuevas bíblicas de la obra salvadora de Dios a través de Jesucristo. Estamos unidos por nuestra experiencia de la gracia de Dios en el evangelio y por nuestra motivación de hacer conocer ese evangelio de la gracia hasta los confines de la tierra mediante todos los medios posibles.
a) Amamos las buenas nuevas en un mundo de malas nuevas. El evangelio aborda los efectos funestos del pecado, el fracaso y la necesidad humanos. Los seres humanos se rebelaron contra Dios, rechazaron la autoridad de Dios y desobedecieron la Palabra de Dios. En este estado pecaminoso, estamos alienados de Dios, unos de otros y del orden creado. El pecado merece la condena de Dios. Quienes se rehúsan a arrepentirse y no “[…] obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo […] sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor […]”.[35] Los efectos del pecado y el poder del mal han corrompido cada dimensión de la persona humana (espiritual, física, intelectual y relacional). Han permeado la vida cultural, económica, social, política y religiosa en todas las culturas y en todas las generaciones de la historia. Han causado incalculable tristeza a la raza humana y daño a la creación de Dios. Contra este trasfondo sombrío, el evangelio bíblico ciertamente es muy buenas nuevas.
b) Amamos la historia que el evangelio cuenta. El evangelio anuncia como buenas nuevas los sucesos históricos de la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Como el hijo de David, el Mesías Rey prometido, Jesús es el único a través de quien Dios estableció Su reino y actuó para la salvación del mundo, permitiendo que todas las naciones del mundo sean bendecidas, como prometió a Abraham. Pablo define el evangelio cuando dice que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce”. El evangelio declara que, en la cruz de Cristo, Dios tomó sobre Sí, en la persona de Su Hijo y en nuestro lugar, el juicio que merece nuestro pecado. En el mismo gran acto de salvación Dios ganó la victoria decisiva sobre Satanás, la muerte y todos los poderes del mal, nos liberó del poder y el temor de ellos y aseguró su destrucción final. Logró la reconciliación de los creyentes con Dios y entre sí cruzando todas las fronteras y enemistades. A través de la cruz, también, Dios logró Su propósito de la reconciliación última de toda la creación, y en la resurrección corporal de Jesús nos ha dado las primicias de la nueva creación. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.[36] ¡Cuánto amamos la historia del evangelio!

c) Amamos la certeza que el evangelio trae. Únicamente como resultado de confiar sólo en Cristo, estamos unidos con Él a través del Espíritu Santo y somos considerados justos en Cristo ante Dios. Al estar justificados por fe, tenemos paz con Dios y ya no enfrentamos la condenación. Recibimos el perdón de nuestros pecados. Nacemos de nuevo a una esperanza viva al compartir la vida resucitada de Cristo. Somos adoptados como coherederos con Cristo. Nos convertimos en ciudadanos del pueblo del pacto de Dios, en miembros de la familia de Dios y en el lugar donde Dios mora. Así que, al confiar en Cristo, tenemos plena certeza de la salvación y la vida eterna, porque nuestra salvación depende, en última instancia, no de nosotros sino de la obra de Cristo y la promesa de Dios. “[…] ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.[37] ¡Cuánto amamos la promesa del evangelio!
d) Amamos la transformación que el evangelio produce. El evangelio es el poder transformador de vidas de Dios obrando en el mundo. “Es [el] poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.[38] Únicamente la fe es el medio por el cual se reciben las bendiciones y la seguridad del evangelio. Sin embargo, la fe salvadora nunca permanece sola, sino que se muestra necesariamente en la obediencia. La obediencia cristiana es la “fe que obra por el amor”.[39] No somos salvados por las buenas obras pero, habiendo sido salvados por gracia, fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras”.[40] “La fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”.[41] Pablo vio la transformación ética que produce el evangelio como la obra de la gracia de Dios, una gracia que logró nuestra salvación en la primera venida de Cristo, y una gracia que nos enseña a vivir éticamente a la luz de Su segunda venida.[42] Para Pablo, “obedecer el evangelio” significaba tanto confiar en la gracia como luego ser enseñado por la gracia.[43] La meta misional de Pablo era generar “la obediencia a la fe en todas las naciones”.[44] Esta terminología muy relacionada con el pacto nos recuerda a Abraham. Abraham creyó en la promesa de Dios, lo que le fue acreditado por justicia, y luego obedeció el mandato de Dios demostrando su fe. “Por la fe Abraham […] obedeció […]”.[45] El arrepentimiento y la fe en Jesucristo son los primeros actos de obediencia que exige el evangelio; la obediencia continua a los mandamientos de Dios es la forma de vida que la fe del evangelio activa en nosotros, a través del Espíritu Santo santificador.[46] Por lo tanto, la obediencia es la evidencia viva de la fe salvadora y el fruto vivo de ella. La obediencia es también la prueba de nuestro amor por Jesús. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama”.[47] “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”.[48] ¡Cuánto amamos el poder del evangelio!

9. Amamos al pueblo de Dios

El pueblo de Dios son las personas de todas las edades y de todas las naciones a las cuales Dios, en Cristo, ha amado, escogido, llamado, salvado y santificado como un pueblo para Su propia posesión, para participar de la gloria de Cristo como ciudadanos de la nueva creación. En consecuencia, como personas que Dios ha amado de eternidad a eternidad y a lo largo de toda nuestra historia turbulenta y rebelde, se nos ordena amarnos unos a otros. Porque “[…] si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros”; en consecuencia, “Ustedes, como hijos amados de Dios, procuren imitarlo. Traten a todos con amor, de la misma manera que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (DHH). El amor unos por otros en la familia de Dios no es meramente una opción deseable sino un mandamiento ineludible. Esta clase de amor es la primera evidencia de la obediencia al evangelio, y un potente motor para la misión mundial.[49]
a) El amor exige unidad. El mandamiento de Jesús en cuanto a que Sus discípulos se amaran unos a otros está vinculado con Su oración de que fueran uno. Tanto el mandamiento como la oración son misionales: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos […]” y “[…] para que el mundo crea que tú [el Padre] me enviaste”.[50] Una marca sumamente convincente de la verdad del evangelio es cuando los creyentes cristianos están unidos en amor, traspasando las barreras de las divisiones crónicas del mundo: barreras de raza, color, clase social, privilegio económico o alineamiento político. Sin embargo, hay pocas cosas que destruyen tanto nuestro testimonio que el ver a los cristianos reflejar y amplificar las mismas divisiones entre ellos.
Confesamos que no hemos dejado de lado todo lo que nos divide. Entre dichas barreras, estamos profundamente preocupados por los extremos escandalosos de desigualdad económica dentro del cuerpo global de Cristo. Esta desigualdad niega las instrucciones y el deseo de Pablo de que hubiera mutualidad y cantidad suficiente para todos.[51] Condenamos la competitividad y la rivalidad que a veces contaminan aun nuestro celo por la misión. Deploramos el desequilibrio de los recursos disponibles para la misión en diferentes partes de la iglesia mundial. Buscamos urgentemente un nuevo equilibrio global arraigado en un profundo amor mutuo y una asociación humilde dentro del cuerpo de Cristo en todos los continentes. Y buscamos esto no sólo a fin de amarnos unos a otros por encima de las meras palabras, sino también por causa del nombre de Cristo y de la misión de Dios en todo el mundo.
b) El amor exige sinceridad. El amor habla la verdad con gracia. Nadie amó al pueblo de Dios más que los profetas de Israel y que Jesús mismo. Sin embargo, nadie los confrontó más sinceramente con la verdad de su fracaso, idolatría y rebelión contra su Señor del pacto. Y, al hacerlo, llamaron al pueblo de Dios a arrepentirse, para que pudieran ser perdonados y restaurados al servicio de la misión de Dios. La misma voz de amor profético debe oírse hoy, por la misma razón.

Esta clase de sinceridad amorosa requiere que volvamos en arrepentimiento a los caminos piadosos de la humildad, la integridad y la simplicidad sacrificial. Debemos renunciar a las idolatrías de la arrogancia, el éxito manipulado y la avaricia consumista que seducen a tantos de nosotros y a nuestros líderes. Nuestro amor por la iglesia de Dios sufre dolorosamente por la fealdad entre nosotros que tanto desfigura el rostro de nuestro querido Señor Jesucristo y oculta Su belleza de la vista del mundo; ese mundo que tan desesperadamente necesita ser atraído a Él.
c) El amor exige solidaridad. Amarnos unos a otros incluye especialmente cuidar de los que son perseguidos y encarcelados por su fe y su testimonio. Si una parte del cuerpo sufre, todas las partes sufren con ella. Somos todos, como Juan, copartícipes “[…] en la tribulación, en el reino y la paciencia de Jesucristo […]”.[52]
Confesamos que no siempre hemos demostrado una solidaridad tan amorosa con nuestros hermanos y hermanas perseguidos y que hemos estado más preocupados por nuestra propia seguridad. Nos comprometemos a compartir el sufrimiento de los miembros del cuerpo de Cristo en todo el mundo a través de la información, la oración, la defensoría y otros medios de apoyo. Sin embargo, vemos este compartir no como un mero ejercicio de lástima, sino también como un anhelo de aprender lo que la iglesia sufriente puede enseñar y dar a aquellas partes del cuerpo de Cristo que no están sufriendo de la misma forma. Hemos sido advertidos de que la iglesia que se siente cómoda con su riqueza y autosuficiencia puede, como la de Laodicea, ser la iglesia que Jesús considera más ciega a su propia pobreza y con respecto a la cual Él mismo se siente un extraño fuera de la puerta.[53]
Jesús convoca a todos Sus discípulos a ser una familia entre las naciones, una comunidad reconciliada en la que todas las barreras pecaminosas se derriban a través de Su gracia reconciliadora. Esta iglesia es una comunidad de gracia, obediencia y amor en la comunión del Espíritu Santo, en la cual se ven reflejados los gloriosos atributos de Dios y las características de gracia de Cristo, y se manifiesta la sabiduría multicolor de Dios. Como la expresión más vívida del reino de Dios, la iglesia es la comunidad de los reconciliados que ya no viven para sí mismos sino para el Salvador que los amó y se entregó por ellos.

10. Amamos la misión de Dios
Estamos comprometidos con la misión mundial, porque es central para nuestra comprensión de Dios, de la Biblia, de la iglesia, de la historia humana y del futuro último. Toda la Biblia revela la misión de Dios de llevar todas las cosas en el cielo y en la tierra a la unidad bajo Cristo, reconciliándolas por medio de la sangre de Su cruz. Al cumplir Su misión, Dios transformará la creación quebrada por el pecado y el mal en la nueva creación en la que no hay más pecado ni maldición. Por medio del evangelio de Jesús, el Mesías, la simiente de Abraham, Dios cumplirá Su promesa hecha a Abraham de bendecir a todas las naciones de la tierra. Dios transformará el mundo fracturado de naciones que están dispersas y bajo el juicio de Dios en la nueva humanidad que, de toda tribu, nación, lengua e idioma, será redimida por la sangre de Cristo y será reunida para adorar a nuestro Dios y Salvador. Dios destruirá el reino de la muerte, la corrupción y la violencia cuando Cristo vuelva para establecer Su reino eterno de vida, justicia y paz. Luego Dios, Emanuel, morará con nosotros, y el reino del mundo pasará a ser el reino de nuestro Señor y de Su Cristo, y Él reinará por siempre jamás.[54]

a) Nuestra participación en la misión de Dios. Dios llama a Su pueblo a compartir Su misión. La iglesia de todas las naciones es, a través del Mesías Jesús, una continuidad del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Con ellos hemos sido llamados a través de Abraham y comisionados para ser una bendición y una luz para las naciones. Con ellos, debemos ser modelados y enseñados por medio de la ley y los profetas para ser una comunidad de santidad, de compasión y de justicia en un mundo de pecado y sufrimiento. Hemos sido redimidos a través de la cruz y la resurrección de Jesucristo e investidos de poder por el Espíritu Santo para dar testimonio de lo que Dios ha hecho en Él. La iglesia existe para adorar y glorificar a Dios por toda la eternidad y para participar en la misión transformadora de Dios dentro de la historia. Nuestra misión se deriva completamente de la misión de Dios, aborda toda la creación de Dios y tiene como fundamentación central la victoria redentora de la cruz. Este es el pueblo al cual pertenecemos, cuya fe confesamos y cuya misión compartimos.
b) El costo de nuestra misión. Jesús ejemplificó lo que enseñó, que el mayor amor es que uno ponga su vida por sus amigos.[55] Dijo de Sí mismo y de Sus discípulos que: “[…] si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.[56] La mayoría de nosotros no seremos llamados a poner nuestra vida por amor a Cristo, pero el sufrimiento es una forma de nuestra participación misionera como testigos de Cristo, como lo fue para Sus apóstoles y para los profetas del Antiguo Testamento.[57] Estar dispuestos a sufrir es una prueba de fuego de la autenticidad de nuestra misión. Dios puede usar el sufrimiento, la persecución y el martirio para promover Su misión. “El martirio es una forma de testimonio que Cristo especialmente ha prometido honrar”.[58]
c) La integridad de nuestra misión. La fuente de toda nuestra misión es lo que Dios ha hecho en Cristo para la redención de todo el mundo, según lo revela la Biblia. Nuestra tarea evangelística es hacer conocer las buenas nuevas a todas las naciones. El contexto de toda nuestra misión es el mundo donde vivimos, el mundo de pecado, sufrimiento, injusticia y desorden creacional al cual Dios nos envía, para amarlo y servirlo por la causa de Cristo. Por lo tanto, toda nuestra misión debe reflejar la integración del evangelismo y la participación comprometida en el mundo, ambos ordenados e impulsados por toda la revelación bíblica del evangelio de Dios.
“[…] la evangelización es la proclamación misma del Cristo histórico y bíblico como Salvador y Señor, con el fin de persuadir a las gentes a venir a El personalmente y reconciliarse con Dios. […] Los resultados de la evangelización incluyen la obediencia a Cristo, la incorporación en Su iglesia y el servicio responsable en el mundo. […], afirmamos que la evangelización y la acción social y política son parte de nuestro deber cristiano. Ambas son expresiones necesarias de nuestra doctrina de Dios y del hombre, de nuestro amor al prójimo y de nuestra obediencia a Jesucristo. […] La salvación que decimos tener, debe transformarnos en la totalidad de nuestras responsabilidades, personales y sociales. La fe sin obras es muerta”.[59]

“La misión integral es la proclamación y demostración del evangelio. No se trata simplemente de que el evangelismo y la participación social deban ser realizados codo con codo. Más bien, en la misión integral nuestra proclamación tiene consecuencias sociales, al llamar a las personas al amor y al arrepentimiento en todas las áreas de la vida. Y nuestra participación social tiene consecuencias evangelísticas al dar nuestro testimonio de la gracia transformadora de Jesucristo. Si ignoramos el mundo, traicionamos la palabra de Dios que nos envía a servir al mundo. Si ignoramos la palabra de Dios, no tenemos nada que llevarle al mundo”.[60]
Nos comprometemos al ejercicio integral y dinámico de todas las dimensiones de la misión a la cual Dios llama a Su iglesia.
 Dios nos manda hacer conocer a todas las naciones la verdad de la revelación de Dios y el evangelio de la gracia salvadora de Dios por medio de Jesucristo, llamando a todas las personas al arrepentimiento, a la fe, al bautismo y al discipulado obediente.
 Dios nos manda reflejar el carácter de Él a través del cuidado compasivo de los necesitados, y a demostrar los valores y el poder del reino del Dios al luchar por la justicia y la paz y al cuidar de la creación de Dios.
En respuesta al amor ilimitado de Dios por nosotros en Cristo y debido a nuestro desbordante amor por Él, nos volvemos a consagrar, con la ayuda del Espíritu Santo, a obedecer plenamente todo lo que Dios ordena, con humildad abnegada, gozo y valentía. Renovamos este pacto con el Señor que amamos porque Él nos amó primero.

SEGUNDA PARTE
PARA EL MUNDO QUE SERVIMOS:
NUESTRO COMPROMISO con LA ACCIÓN
Esta segunda parte de El Compromiso de Ciudad del Cabo incluirá llamados y resoluciones específicos generados por el Congreso y sus participantes en GlobaLink.
La declaración de dos partes completada será publicada al fin de noviembre. Estará disponible en ocho idiomas del Congreso, como una descarga gratuita en el sitio web de Lausana, en http://www.lausanne.org y en el sitio web de la Alianza Evangélica Mundial, en http://www.worldevangelicals.org. La versión final podrá ser usada en forma impresa o digital por cualquier agencia o iglesia. No se requiere ningún permiso. Agradecemos que incluya como copyright: El Movimiento de Lausana.
Además, será publicado a partir de fines de enero de 2011 en la serie The Didasko Files, disponible con descuentos por cantidad para iglesias.
Vaya a http://www.lausanne.org/books para detalles para distribuidores y a http://www.didaskofiles.com para ver el formato de esta edición y los derechos de publicación.
Ciudad del Cabo
Octubre 2010
Sinclair Ferguson (UK/USA) Chairman
Rose Dowsett (UK)
Ajith Fernando (Sri Lanka)
Atef Gendy (Egypt)
Manfred Grellert (Brazil)
Peter Kuzmic (Croatia/USA)
Archbishop Peter Jensen (Australia)
Esther Mombo (Kenya)
Victor Nakah (Zimbabwe)
Las Newman (Jamaica)
John Piper (USA)
Yusufu Turaki (Nigeria)
Chris Wright (UK) Chief Recorder
Carver Yu (Hong Kong)
Senior representatives from the World Evangelical Alliance (WEA), and from the Congress Programme Committee, the Communications Working Group and the Strategy Working Group were in attendance.
Chris Wright was invited by this group to bring the statement to completion, working with a smaller team. To this team of Rose Dowsett, Ajith Fernando, Victor Nakah and Las Newman were added Valdir Steuernagel (Brazil), Rosalee Velloso Ewell (Brazil), Greg Parsons (USA) and Tormod Engelsviken (Norway).