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Juan de Valdés y la Reforma en España

Publicado: diciembre 3, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (V): En España no hubo Reforma (2)

Uno de los primeros exponentes de la Reforma española fue el conquense Juan de Valdés. Aunque se ha discutido mucho sobre su origen familiar hoy ha quedado establecido fuera de toda duda que era judío tanto por la rama paterna como por la materna. Incluso un tío materno, Fernando de la Barreda, fue quemado por la Inquisición por ser un judío relapso. Es muy posible que precisamente esa circunstancia que lo ubicaba en una posición de segunda dentro de la sociedad fuera una de las razones que le llevaron desde muy joven no a intentar profundizar en la fe judía de sus antepasados sino en la línea de reforma popular que había surgido al abrigo de las medidas adoptadas por Cisneros.

En los autos del proceso de Pedro Ruíz de Alcaraz, por ejemplo, se hace referencia a que Juan de Valdés era uno de los que asistían a las reuniones que se celebraban en domicilios particulares con la finalidad de leer y estudiar la Biblia. Contaba en aquel entonces con unos trece o catorce años lo que explica, por ejemplo, que no se le citara posteriormente para testificar en el proceso mencionado. La edad resulta, por otro lado, muy indicativa. Juan de Valdés era un joven que sentía inquietud – o al menos interés – por el terreno espiritual cuando apenas había salido de la infancia. Ese interés había encontrado además pronto cauce no en las manifestaciones mayoritarias de tipo religioso que se vivían entonces en el seno del catolicismo sino en un estudio directo, sencillo, casi diríamos que familiar, de las Escrituras.

En noviembre de 1526, Juan -cuyo hermano Alfonso era un convencido erasmista que había hallado su lugar en la Corte del Emperador Carlos V- se encontraba en Alcalá de Henares. No era casual su paradero y, posteriormente, Valdés dejaría de manifiesto un conocimiento nada superficial tanto del griego como del hebreo, las dos lenguas de la Biblia. Además en la universidad seguía existiendo un foco de erasmismo de enorme relevancia. Tal circunstancia no debería extrañarnos si tenemos en cuenta que Erasmo, con posterioridad, había sostenido un programa de reforma muy similar al de Cisneros: educación, reforma de las costumbres especialmente en el seno del clero, enseñanza de las Escrituras en lengua vernácula y regreso a la Biblia como fuente de doctrina y conducta. El holandés no era, por lo tanto, un innovador sino alguien que a posteriori confirmaba lo acertado de las tesis del cardenal.

En esta época Valdés leyó una de las obras más emblemáticas de Erasmo, el Enchiridion Militis Christiani. La obra se publicó por primera vez en España en 1526, dejó de imprimirse a partir de la edición sevillana de 1550 aparecida en pleno ardor de las guerras de religión y – resulta significativo – no volvió a ser reeditada, esta vez por Dámaso Alonso, hasta 1971. La edición por parte de una editorial católica no se produciría, sin embargo, en España ¡hasta 1995!

La lectura de Erasmo, el estudio de la Biblia, la experiencia con los grupos relacionados con Alcaraz y, según sabemos ahora, el conocimiento de algunos opúsculos de Lutero cristalizaron en el caso de Valdés en una obra que se publicó el 14 de enero de 1529 en la imprenta de Miguel de Eguía en Alcalá. Nos referimos a su Diálogo de doctrina cristiana.

La sencillez de la obra aún sigue causando sorpresa en los que acceden a ella. Presentada como un diálogo entre tres personajes: Eusebio, un hombre que desea aprender la verdadera fe cristiana ; Antronio, un cura ignorante que expresa buen número de juicios de católicos de a pie tan poco versados como él y un Arzobispo que va aclarando las diversas cuestiones. El Diálogo pasa revista a cuestiones como el Credo, los mandamientos, los pecados, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, el Padrenuestro y la Escritura concluyendo con una traducción del Sermón del Monte, los capítulos quinto, sexto y séptimo del Evangelio de Mateo.

De la iglesia, por ejemplo, se afirma no que debe identificarse con una jerarquía o un conjunto de dogmas sino más bien que “es un ayuntamiento de fieles, los cuales creen en un Dios padre y ponen toda su confianza en su hijo y son regidos y gobernados por el Espíritu Santo que procede de entambros”(1).

Por si fuera poco, en el capítulo de las lecturas recomendables, Erasmo no es objeto de crítica – ni siquiera moderada – e incluso se dice de él: “vos leed y estudiad en las obras de Erasmo y veréis cuan gran fruto sacáis” y además la Biblia no es presentada como una de las fuentes de revelación –que fue la doctrina católica posteriormente consagrada en el concilio de Trento- sino que se la señala como única regla de revelación y de conducta : “Leed en la Sagrada Escritura, adonde declara Dios en esto su voluntad en muchas partes, y haced conforme a lo que leyereis”.

Finalmente, y esto resulta casi subversivo en una España basada en la pureza de sangre y en el concepto de la honra, se contrapone ese aspecto medular de la ideología de la primera España a otro de más honda raigambre cristiana: “la honra del cristiano más debe consistir en no hacer cosa que delante de Dios ni de los hombres parezca fea, que no en cosa ninguna mundana ; porque esa honra que vos decís que sostenéis, es camino del infierno”.

Lo que Valdés sostenía era una reforma en virtud de la cual la iglesia no fuera contemplada como una jerarquía sino como el conjunto de los fieles definidos no tanto por su adhesión a unos dogmas o a unas prácticas rituales cuanto por su sumisión a Dios; la fe cotidiana se sustentara no tanto en los mandatos eclesiásticos cuanto en la Biblia, y la honra no fuera un concepto basado en la sangre o en la posición social sino en una conducta ejemplar cuyo paradigma fuera la enseñanza evangélica.

De manera bien significativa, y al igual que Lutero, Valdés recuperaba la doctrina neo-testamentaria de la justificación por la fe que chocaba con la idea de una salvación por los propios méritos sustentada por la visión católica. A fin de cuentas, el joven autor, en realidad, venía a reproducir el mismo esquema que Pablo de Tarso había trazado en su carta a los Efesios: “Porque sois salvos por la gracia, por medio de la fe ; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios ; no por obras, para que nadie tenga jactancia. Porque somos hechura suya, creado en Jesús el mesías para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que camináramos en ellas”(2)

El Diálogo – y es comprensible – fue leído profusamente por toda España. No deja de ser significativo que Sancho Carranza de Miranda, inquisidor de Navarra, encontrara que la obra estaba adornada de tantas cualidades que compró varios ejemplares para regalar a sus amigos. La suya no fue una postura excepcional. Desde personas del más elevado rango eclesial a gente del pueblo llano, la obra de Valdés llamó la atención de todos aquellos – no pocas veces predicadores – que creían en una reforma de la iglesia que no implicara necesariamente el recurrir a las armas ni tampoco el embarcarse en guerras allende los Pirineos, en una renovación que no significara negar el pasado pero tampoco seguir novedades de dudosa solidez, y en una iglesia en la que desaparecieran las barreras derivadas de prejuicios de sangre o de status social.

En 1529, Valdés se convirtió en objeto de un proceso inquisitorial del que salió bien parado gracias a la intervención decidida de los erasmistas alcalaínos dispuestos a defenderse frente a una ola creciente de intolerancia contrarreformista. El mismo Erasmo le felicitó en una carta escrita desde Basilea el 21 de marzo de 1529 por haber logrado escapar de los peligros derivados de la publicación del Diálogo. Sin embargo, sólo había sido un respiro en medio de una batalla cada vez más encarnizada. A inicios de 1531, Juan de Valdés supo que se estaba instruyendo un segundo proceso inquisitorial contra él. La respuesta de Valdés fue rápida y, desde luego, acertada: huyó de España.

CONTINUARÁ

1) J. Valdés, Diálogo de Doctrina cristiana, Madrid, 1929, p. 23.
2) Efesios 2:8-10. La traducción del texto griego es nuestra.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

C. Vidal, Protestante Digital.com (España)

Shalom: vida en abundancia

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

Por René Padilla

“El ladrón no viene más que a robar, y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

La vida “en abundancia” en referencia a la cual Jesús define su misión es la vida que en el Antiguo Testamento se define en términos de shalom, vocablo hebreo cuyo sentido es tan rico que en la antigua traducción griega del Antiguo Testamento (denominada Septuaginta o Versión de los Setenta) se usan más de veinticinco palabras griegas para traducirlo. Shalom es prosperidad, salud integral, bienestar material y espiritual, armonía con Dios, con el prójimo y con la creación. Shalom es plenitud de vida.

Desde este punto de vista, no se justifica la concepción de la vida plena en términos exclusivamente espirituales. La teología según la cual la vida que Cristo ofrece es una vida ultramundana, más allá de la historia, está emparentada con el pensamiento griego con su énfasis en la dicotomía entre la eternidad y el tiempo, el alma y el cuerpo, lo espiritual y lo material. Necesita ser corregida por la visión bíblica, para la cual la esperanza escatológica incluye una nueva creación—”un cielo nuevo y una nueva tierra” (Is 65:17)—y la resurrección del cuerpo.

La vida “en abundancia” o “eterna” es la vida del Reino de Dios que ha irrumpido en la historia en la persona y obra de Jesucristo y que culminará en la segunda venida de Cristo, la Parusía. Es la vida en que, aquí y ahora, todas las cosas son hechas nuevas por el poder de Dios (cf. 2Co 5:17); es vida que deriva su calidad de la relación con Dios y se manifiesta en todas las esferas de la sociedad, en el trabajo, en la familia y en la iglesia.

Los que, en conformidad con la misión de Jesucristo, promueven la plenitud de vida no pueden menos que tomar a pecho las difíciles cuestiones que plantea el sistema económico actual, un sistema que define la vida en términos de tener en lugar en términos de ser. La vida “en abundancia” no es vida en que abundan los bienes materiales. La vida “en abundancia” es la vida en que se cumple cabalmente el propósito para el cual Dios la creó y la sustenta; es la concreción del amor y la justicia del Reino de Dios. Se la fomenta en la medida en que se vive conforme al propósito de Dios, se anuncia el mensaje de la vida en Cristo, se denuncia toda necrofilia, y se actúa en servicio de la vida en todas sus dimensiones.

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El pan y la Palabra

Publicado: noviembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Teología

JUAN SIMARRO

La alimentación por parte de Jesús a las multitudes, nos enseña que los cristianos no sólo necesitan compartir la Palabra. Este compartir no siempre es algo preferente. Sin embargo, en muchas ocasiones, los cristianos tienden a hacer del compartir la Palabra un acto único y autosuficiente, con lo cual dejamos el Evangelio mutilado.

Así pensaban también los discípulos en el episodio de la multiplicación de los panes y los peces por parte de Jesús. Jesús está en el desierto rodeado de multitudes que se describen “como ovejas sin pastor”. Tiempo y tiempo con Jesús hasta que se hace tarde. Sus estómagos estaban vacíos. Seguían a Jesús y querían permanecer con él para escucharle… y recibieron su enseñanza. Los discípulos, como muchos de los cristianos hoy, pensaron que ya era suficiente y que había que despedirlos. Ya iban espiritualmente alimentados.

Así, estos discípulos que aún tenían mucho que aprender del Maestro, se dirigen a él y le dicen: “Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan…” Pero Jesús les hace entender que ni él ni los discípulos están solamente para enseñar, para verbalizar el mensaje, sino también para alimentarlos en su hambre física, en sus estómagos vacíos: “Dadles vosotros de comer”. Así, cuando los discípulos habían hablado de comprar, Jesús les hace cambiar su posicionamiento mercantilista y les habla de dar, verbo más adecuado para el “ya” del Reino que irrumpe con la figura de Jesús.

Es la diferencia que hay entre la lógica del mundo y la lógica de Jesús. Los discípulos aún estaban en la lógica mercantilista de este siglo, de los sistemas económicos en los que no se fundamenta el cristianismo. Siguen pensando en que cada hombre debe comprar sus cosas. Y, quizás, si alguien no puede es su problemática. Pero Jesús cambia esta lógica mercantilista por la lógica de la solidaridad de aquellos que le iban a seguir y formar una nueva comunidad. Ni siquiera se trataría de que los más ricos o los mismos discípulos comprasen algo para darles después de manera asistencialista. No debe estar el que puede comprar para dar y el que, en pobreza, recibe. En la lógica del Reino no hay asistencialismos paternalistas. Se ha de mirar lo que se tiene y darlo, repartirlo igualitariamente.

En la lógica de Jesús cada uno tiene que mirar sus despensas, sus cestos o sus bolsillos, ver lo que se tiene y ponerlo a disposición de todos los hambrientos. No debe haber hambre ni tampoco acumuladores en la nueva comunidad de seguidores de Jesús. Así, se da la pregunta de Jesús: “¿Cuántos panes tenéis?” Esta sigue siendo la pregunta de Jesús a sus seguidores en todo el mundo. ¿Cuánto tenéis?, porque hay mucha gente que tiene hambre. No importa que seas un creyente del NORTE rico o del SUR empobrecido. Saca lo que tienes y ponlo en las manos del Señor para que sea distribuido igualitariamente. Esa es la lógica del Reino que irrumpe con el Maestro. Es la única forma de romper con el sistema mercantilista regido por el dios Mammón y entrar en la lógica del Reino de Dios. La lógica del Reino comienza con compartir. Compartir no sólo la Palabra, sino también el pan. Ser cristiano es compartir el Pan y la Palabra. El Reino de Dios se da allí donde ambas cosas se comparten.

La otra cosa que aprenden los discípulos es que, fuera de la lógica del comprar y dentro de la lógica del compartir, los seguidores de Jesús tienen otra función importante. Jesús partió los panes y los entregó a sus discípulos para que los pusiesen delante de los hambrientos. Esto era ya una labor diacónica, una labor de servicio. Deberían convertirse en siervos y poner el pan delante de estos comensales cansados y hambrientos. Por tanto, la lógica del Reino ya no es la lógica del poder económico que todo lo puede comprar, sino la lógica de quien quiera ser el primero, debe ser el servidor de todos. Se trata de una lógica cristiana que no se basa en el destacar ni en el tener dinero o poder, sino en tener capacidad de servicio. Y que nadie se atreva a decir que quiere seguir a Jesús fuera de estas líneas.

Lo importante es creer que esta lógica del Reino es posible. Que se puede dar de comer a una multitud con unos panecillos. Los discípulos también tuvieron que creer y pasar de su pregunta “¿qué es esto para tantos?” a una lógica de confianza y comenzar a recostar a la gente sobre la hierba. Cuando está la disposición de compartir y se cree, todo es posible… hasta vaciar los bolsillos, los cestos y los almacenes cambiando nuestra mentalidad mercantilista y nuestra lógica de este siglo, por la lógica del Reino, del dar y del servicio. Sería el principio de una nueva justicia: la del Reino en donde se da, en donde se comparte el pan y la palabra.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid


© J. Simarro. ProtestanteDigital.com

Cisneros ¿precursor de la Reforma?

Publicado: noviembre 29, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IV): En España no hubo Reforma (1)

Durante siglos se ha insistido en la afirmación de que España fue una de las naciones europeas donde no arraigó la Reforma protestante del s. XVI y que era lógico que así fuera porque sus antecedentes la obligaban a optar por el campo de la Contrarreforma de manera inexorable. En otras palabras, no hubo protestantismo como si algo casi genético impidiera a un español ser protestante y cuando se da un caso semejante nos encontremos ante una verdadera rareza. Semejante afirmación sólo puede ser fruto de la ignorancia o de la conveniencia porque la verdad histórica es muy diferente. En España, la Reforma prendió con un éxito notable si se tiene en cuenta el peso de la Inquisición y la política de los Austrias totalmente al servicio de la Contrarreforma. Si, al fin y a la postre, esa Reforma fue extinguida no se debió a otra circunstancia que a la sangre y el fuego expandidos por la Inquisición.

Los siglos XIV y XV estuvieron caracterizados entre otros aspectos de relieve histórico por un sentimiento de creciente y gravísima crisis en el seno de la iglesia católica. Durante aquellos agitados años, la corte papal se trasladó de Roma a Avignon para satisfacer los intereses de los reyes de Francia produciéndose lo que se ha dado en denominar la Cautividad babilónica de la iglesia (1305-1377); se produjo el denominado cisma de Occidente (1378-1417)- en virtud del cual existieron simultáneamente dos papas que se excomulgaban entre si y que se presentaban respectivamente como el único pontífice legítimo-fracasaron los intentos por restaurar la unidad entre el papado y el patriarca de Constantinopla pese a la amenaza turca que terminó aniquilando Bizancio en 1453 y se multiplicaron las voces de aquellos que, como John Wycliffe o Jan Huss, deseaban una reforma en profundidad de la iglesia no sólo en el ámbito moral sino también en el teológico.

El hecho de que además algunos papas fueran, fundamentalmente, príncipes italianos volcados en aumentar sus posesiones o de que Bohemia hubiera sobrevivido con una visión distinta del cristianismo permite afirmar, con el historiador católico Joseph Lortz, que la unidad del cristianismo occidental ya estaba rota antes de la Reforma protestante. Insistamos en el aspecto “occidental” porque la ruptura de la comunión con Oriente ya se había producido durante la Edad Media al plantear el obispo de Roma unas pretensiones que las denominadas iglesias ortodoxas encontraron inaceptables y carentes de base histórica.

No resulta extraño que en un contexto tan crispado como el del s. XV los mejores teólogos de Occidente sostuvieran la tesis de la superioridad del concilio general sobre el papa (¿quién podía asegurar que el papa no podía convertirse en un hereje tras antecedentes en ese sentido como los de los papas Honorio o Vigilio que habían caído en la heterodoxia?) o que se iniciaran los primeros intentos de publicar textos críticos del Nuevo Testamento en su lengua original.

Desde luego, si algo parecía indiscutible a finales del s. XV era que la iglesia occidental necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Una posición de ese cariz era defendida por personajes que iban de Lorenzo Valla a Erasmo, de Tomás Moro a Luis Vives. Y no se trataba de una posición alarmista o absurda. Un católico tan fiel y piadoso como Johann Geyler von Kayserberg (1445-1510) afirmaría que “la Cristiandad está destrozada de arriba abajo, desde el papa al sacristán, desde el emperador hasta los pastores”. No exageraba un ápice. Como señalaría ya en el s. XX, el historiador católico J. Lortz, las “fuerzas puras” habían sido borradas y, por otra parte, los intentos de reforma quedaron circunscritos –y aún eso por muy poco tiempo– al seno de las órdenes religiosas.

De manera bien significativa, los primeros pasos para realizar esa indispensable Reforma fueron dados en España. Paradójicamente además, los esfuerzos reformadores comenzaron no en la base -más o menos ilustrada- sino en la cúpula jerárquica. La figura dominante de este período -y no sólo en el área espiritual- fue el cardenal Cisneros. Nacido en 1436, su muerte se produjo en noviembre de 1517, tan sólo ocho días después de que Martín Lutero clavase en las puertas de la iglesia de Wittenberg sus famosas Noventa y cinco tesis sobre las indulgencias. La fecha de su fallecimiento no pudo resultar más significativa cronológicamente porque lo cierto es que coincidió con el final de un ciclo histórico muy concreto y el comienzo de otro totalmente distinto.

Desde buen número de puntos de vista, Cisneros fue un auténtico adelantado a su tiempo. Otorgó, por ejemplo, una enorme importancia a la lengua vernácula en medios religiosos e impulsó incluso la traducción de obras latinas a aquella. De esa forma, antes de que Lutero tradujera el Nuevo Testamento al lenguaje del pueblo, los españoles podían contar con versiones impresas de los Evangelios y de las Epístolas en lengua vulgar. Al mismo tiempo atendió a la reforma de la conducta del clero como se desprende de los sínodos de Alcalá y Talavera de 1497 y 1498. Pese a pertenecer a una orden -la franciscana- en la que la erudición tenía un papel menor en comparación con el que se le concedía en otras, el proyecto que Cisneros acarició con más entusiasmo fue el de fundar una escuela o universidad donde se dar una buena formación al clero proporcionándole antes de los estudios teológicos el conocimiento de otras disciplinas. Merced a esta concepción, un Colegio de Artes Liberales debía formar al estudiante en el conocimiento del latín, del hebreo y de otras lenguas semíticas, y tendría que dar una especial importancia al aprendizaje del griego ya que en esta lengua se había redactado originalmente el texto del Nuevo Testamento.

El sueño de Cisneros se hizo realidad en buena medida gracias a la fundación de la Universidad de Alcalá. El objetivo del cardenal – eminentemente educativo – era ciertamente ambicioso porque además de sacar al clero de su penosa falta de cultura, perseguía realizar una reforma del conjunto de la iglesia mediante sínodos y formar de manera especialmente atenta a la gente del pueblo.

A diferencia de sus sucesores, Cisneros demostró tener una especial habilidad a la hora de abordar temas que supuestamente indicaran la posible existencia de ideas heréticas. Muy abierto, no persiguió jamás a personas que -supuesta o realmente- las defendieran ; estimuló la crítica del texto de las Sagradas Escrituras y propugnó su estudio. Fruto de esta actitud fue la elaboración de la Biblia Políglota Complutense, en hebreo, griego y latín, o las obras de Pedro de Osma, un profesor de teología en la universidad de Salamanca, y de Nebrija, un discípulo del anterior. Los aportes bíblicos y teológicos de estos dos personajes -injustamente olvidados como tantos otros a lo largo de la historia española- sorprenden por su lucidez, rigor y erudición.

Anticipándose a Erasmo y, por supuesto, a Lutero, realizaron importantísimos estudios sobre el texto original del Nuevo Testamento y acerca de la historia católica. Dado que estos últimos no contribuían precisamente a fundamentar las pretensiones del pontífice romano -algo en lo que coincidían otros humanistas extranjeros- las reacciones adversas no se hicieron esperar. Nebrija fue acusado de herejía, pero el propio Cisneros lo protegió de los intentos de acabar con él. En cuanto a Osma, pese a las condenas papales dirigidas contra su persona, pudo ser alabado por el citado Nebrija en su Apología, una obra significativamente dedicada al propio Cisneros.

El impacto de Cisneros tuvo una repercusión considerable no sólo entre el sector más culto de la sociedad sino muy especialmente entre la gente del pueblo que comenzó -décadas antes que los anabautistas suizos, por ejemplo- a reunirse en las casas para estudiar sencilla y libremente los textos del Nuevo Testamento.

Frente a una iglesia oficial que situaba en una segunda posición a aquellos fieles que no pertenecían a estirpe de cristianos viejos, Cisneros había abierto las puertas a una vivencia espiritual integradora en la que lo importante no era la ascendencia genealógica sino el deseo sincero de conocer las Escrituras y vivir de acuerdo a ellas. Precisamente, en ese contexto prendería la Reforma española propiamente dicha.

Continuará…

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com


Publicado por:juanstam

Los nicolaítas, igual que los adoradores de Baal en tiempos de Elías, pretendían mezclar la fe en Cristo con la idolatría del sistema en que vivían. La peor idolatría es la idolatría implícita, invisible e inadvertida. Es muy posible ser «cristiano» e idólatra sin darse cuenta.

¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?

(Relectura contextual de Apocalipsis 13)[1]

El mundo entero, fascinado, iba tras la bestia

y adoraba al dragón…

También adoraban a la bestia y decían,

«¿Quién como la bestia?

Quién puede combatirla?»…

A la bestia le adorarán todos los habitantes de la tierra…

(Apocalipsis 13:3-4,8)[2]

Ha quedado bien claro sobre la marcha de la exposición de este capítulo, cuál es su tema central y su propósito pastoral. Su tema central es la idolatría, sobre todo el culto al emperador y al imperio. Su mensaje pastoral consiste en advertir a los creyentes, sobre todo los nicolaítas, que acomodarse a esas prácticas es idolatría, totalmente inaceptable para los que saben que Jesucristo es el único Señor.

Nos resulta muy difícil imaginar que la idolatría puede ser un problema para nosotros hoy. Los nicolaítas tampoco veían ningún peligro, pero Juan les avisó que en realidad era al diablo mismo, la antigua serpiente, a quien estaban adorando. ¿Puede ese mensaje decirnos algo a nosotros en el siglo XXI?[3]

El profeta Oseas denuncia, con mucha ironía, la idolatría de Samaria, por haber puesto su esperanza en Egipto y Asiria (Os 7:8-16). Añade dos veces, «pero él ni cuenta se da» (7:9) y la tercera vez, «pero él no se vuelve al Señor» (7:10). Claro, si no se da cuenta de su idolatría, ¿cómo va a volver al Señor? En tiempos de Juan, los nicolaítas eran idólatras por rendir culto al imperio, «pero ellos ni cuenta se daban» tampoco. Y entonces, viene la pregunta bien difícil: ¿Podría haber idólatras hoy, hasta «evangélicos», de quienes el profeta tendría que decir igualmente, «pero ellos ni cuenta se dan»?[4]

La idolatría no consiste únicamente ni principalmente en la veneración de imágenes, ni tampoco requiere renunciar abiertamente al Dios verdadero. Para ser idólatra basta tener otros valores supremos al lado de Yahvé.[5] El AT habla de «ir tras dioses extraños», los ídolos de los pueblos vecinos , pero también denuncia una idolatría más sutil. Según los autores bíblicos, idolatría es también poner su confianza en algo o alguien que no es Dios (Job 31:24-25; Isa 20.5; 30.12).[6] Es idolatría, por ejemplo, esperar la salvación de las riquezas y «poner el corazón en ellas» (Salmo 62:5,8,10; cf. Sal 52.9). Idolatría también es gloriarse en la propia sabiduría, el poder o las riquezas en vez de gloriarse en Dios (Jer 9:23-24; cf. 22:15-16).[7] «La idolatría consiste en caminar no hacia Dios sino detrás de un fetiche» (Gutiérrez 1989:126; Jue 2:12, cf. Ez 33:31).[8]

El primer mandamiento tiene un sentido muy profundo en cuanto al culto que hemos de rendir a Yahvé y no a nada ni a nadie más que a él.[9] Los ídolos son hechos por los humanos y cargados aquí y allá por la gente; ni caminan ni hablan (Isa 44:9-20; Jer 10:1-16; cf. Sal 115:4-8;  Sab 13:10-14:11; 15.14-17). Las imágenes fueron hechas por seres humanos, pero Yahvé es quien los  creó a ellos con sus propias manos y a su propia imagen. Los ídolos ofrecen beneficios pero no pueden exigir nada. La imagen está a la dispoción y servicio del ser humano. Pero Yahvé es soberano, no está disponible para nuestros deseos ni está sujeto a las órdenes de nadie.[10]  Por eso acierta Caravias al comentar que el deuteronomista recuerda a los israelitas que cuando Dios se reveló a ellos,

«ustedes oían el rumor de las palabras y no veían figura alguna; sólo oían una voz” (Dt 4:12) … La imagen no exige nada al hombre. La palabra, en cambio, es comunicación y exigencia. El Dios de la Biblia, percibido esencialmente como exigencia de justicia, deja de ser Dios en el momento en que, objetivado en una representación cualquiera, deja de interpelar. Dios interpela, exigiendo siempre más; el ídolo pide siempre menos: justifica cualquier tipo de medianía, injusticia o desamor. Por ello la presencia de Dios se manifiesta principalmente a través de la Palabra; en cambio, las actitudes idolátricas se manifiestan especialmente a través de imágenes. Lo que se pretende, pues, con la prohibición de imágenes de Dios es cortar la tentación continua de querer achicar o manipular a Dios. (Caravias s.f., p.8)

Esa tradición yahvista-profética y anti-idolátrica, partiendo del encuentro de Moisés con el indefinible «Yo soy el que soy», reapareció con Elías y los demás profetas hebreos, y sigue, con mucho énfasis, hasta el libro de Apocalipsis.

La idolatría de Israel, en tiempos de Elías y Eliseo, no comenzó con una decisión de rechazar a Yahvé a favor de Baal, sino con el intento de achicar y manipular a Yahvé por medio de una paulatina «baalización del Yahvismo». No consistió en adorar a Baal en lugar de Yahvé, sino adorar a Baal al lado de Yahvé y además de Yahvé. Poco a poco penetró sutilmente la idea de que no había problema en adorar a ambos dioses, y ambos estarían contentos, para asegurar mejor la prosperidad de la nación. El mismo rey Acab, y su reina Jezabel, creían en Yahvé y dieron nombres yahvistas a sus hijos. Sólo pensaban «suplementar» la fe de Moises, del «Yo soy el que soy», con otro culto más, el de Baal, y pronto el pueblo de Dios se llenó de «yahvistas baalizados». Pero como Yahvé es un esposo muy celoso por su esposa (Israel), esa infidelidad provoca su ira. «El celo de Yahvé consiste», escribe von Rad, «en que él quiere ser el único Dios de Israel y no está dispuesto a compartir su derecho a la reverencia y al amor con ninguna otra potencia divina» (1972 I:267).

En esa coyuntara, cuando Israel prosperaba y Acab ganaba grandes victorias militares, aparece un desconocido del otro lado del río Jordán, que se llamaba Elías. Este profeta rechaza enérgicamente esa idolatría de doble culto como «claudicar entre dos pensamientos» (1 R 18:21 RVR). En seguida Elías plantea una opción totalmente excluyente: «Si Yahvé es Dios, síganlo; o si Baal, síganlo a él»: ¡cualquier de los dos, pero no ambos! En eso estuvo la radicalidad, desconocida en el ambiente, del plantamiento de Elías: Yahvé se niega a ser una mitad de cualquier fórmula de «esto, y también aquello». Elías fue anticipado por Josué, quien en el pacto de Siquén exhortó al pueblo, «si a ustedes les parece mal servir a Yahvé, elijan ustedes mismos a quiénes van a servir … Por mi parte, mi familia y yo serviremos a Yahvé» (Jos 24:15). La misma disyuntiva ineludible está detrás de la exigencia de Jesús, «O Dios o Mamón, pero no ambos» (Mat 6:24) y la condena de los nicolaítas en el Apocalipsis (Ap 2:6,15: O Cristo es kurios, o César es kurios, pero no ambos).

Después, los profetas escritores añadirán una dimensión totalmente nueva a la polémica contra la idolatría: condenan lo que podríamos llamar «idolatría sin ídolos», o «idolatría implícita».[11] En sus escritos, los profetas denuncian lo que Sicre (1979:43) llama «idolatría secular», que no tiene que ver con cultos y rituales sino con un estilo de vida que pone a otras cosas encima de Dios.[12] Por eso, en los libros proféticos, el tema de la idolatría casi siempre va en estrecha relación con el pecado social. Las dos formas de idolatría oculta que más denuncinan los profetas son la divinización del poder y la divinización de la riqueza.[13]

1) La idolatría como culto al poder: «El poder, según la Biblia», escribe Caravias (s.f., p.14), «también puede ser un ídolo. Se trata del poder considerado como un valor absoluto, ante el que se depositan todas las esperanzas, ya sea el poder de las grandes potencias o simplemente el poder nacional, regional o aun el local y familiar.»[14] Mientras en toda la tradición extra-bíblica la autoridad estatal se trataba como sagrada, en la tradición profética judía se ve como una tentación idolátrica. Eso puede considerarse la primera vez en la historia humana en que se atreve a cuestionar y relativizar el poder de las autoridades. Si el pueblo de Dios confía en su propio poder, o se gloría en él, no está confiando en Dios y gloriándose en Dios (Jer 9:23-24; cf. Am 2:24).

Al denunciar el culto al emperador, Juan se identifica con una larga tradición judía de denuncia profética contra la idolatría del poder absoluto. En el año 6 d.C. Judas el Galileo sublevó al pueblo cuando Judea fue convertida en provincia romana y se preparó un censo con fines de cobrar impuestos (Jos GJ 2:118,433; 7:253-57; Ant 18:4-10,23-25,102).[15] Judas se opuso a dicho censo porque la tierra pertenecía sólo a Dios y no a los romanos, y porque someterse a César y cooperar con el imperio violaba el primer mandamiento de «no tener otros senores ante mí».[16] Posteriormente, a inicios de la guerra judía (66-70 d.C.), la «cuarta filosofía» (¿esenios?), según Josefo, pregonaban la consigna, «Ningún señor excepto Dios» (GJ 18.23)[17]. David Rhoads comenta: «Este principio representó una interpretación novedosa del primer mandamiento que clasificaba a toda colaboración con César y los romanos como lealtad idólatra a un señor que no era Dios» (Anchor VI:1046a). Josefo acusa a esta secta de encendiar a las masas y llevar al pueblo judío a la ruina  «por causa de lo novedoso de esta filosofía antes desconocida» (Ant 18.9).

Este tema es central al argumento de todo el Apocalipsis y especialmente del capítulo 13, como es también de crucial importancia para nuestro mundo actual, por lo que merece un análisis más extenso.

2) Trasfondo: la teología bíblica del poder. Esta enseñanza bíblica es tan amplia, que sólo tocaremos algunos aspectos de la enseñanza antiguotestamentario que orienta al mensaje profético.[18] Las escrituras hebreas, desde sus inicios, condenan la prepotencia de «Babel» (Gn 11; Babilonia) y exaltan la gracia y poder de Dios por medio de la debilidad de Abraham y Sara (Gn 12). En el relato de la torre de Babel, escuchamos ecos de la severa critica profética del poder. En la historia de los patriarcas nace la teología bíblica del poder, como teología de la gracia. Lo mismo se destaca en los relatos del éxodo: Israel no fue liberado por sus propias fuerzas sino por la mano poderosa y el brazo extendido de Yahvé (Ex 3:19, Dios los liberará «por la fuerza»; Ex 15:6-7,13,16; Dt 4:34,38 «gran despliegue de fuerza y poder … que desalojó a naciones más grandes y más fuertes que tú»). A fin de cuentas, todo poder es de Dios, y toda la gloria ha de ser para él.

Según esta teología del poder, la autoridad de los gobernantes es delegada, derivada y relativa. Por eso Israel no coronaba a sus reyes, sino los ungía en nombre de Yahvé.[19] Todas la victorias del rey eran logradas por el poder de Dios: «El es quien pone los pueblos a mis pies» (Sal 144:2). Sólo Yahvé es la fortaleza de su pueblo (Sal 28:8; cf. 68:34-35), y sólo él puede ser la ayuda de ellos en todo tiempo (Sal 28:7; 30:10; 37:40; 46:1,5; Isa 41.10).[20] Tan importante era esta convicción, que se plasmaba en nombres compuestos por YeZeR («ayuda») junto con «El» o «Yah» (p.ej., Eliezer, Azarel, Azriel, Azariah). La misma raíz aparece en la piedra que colocó Samuel, AeBeN HâYâZeR (Ebenezer: piedra de ayuda, 1 Sm 7:12), interpreteda después como «Hasta aquí nos ayudó Yahvé» (RVR; NBE).

E. Laarman, un pastor reformado de Grand Rapids, Michigan, analiza muy bien la crítica antiguotestamentaria al poder (ISBE III:927). Primero, poseer poder fácilmente debilita la confianza en Dios y su poder, como en el caso del rey Uzías (2 Cr 26:7,15-16; cf. Dt 8:17-18; 1 Sm 2:9 «¡Nadie triunfa por sus propias fuerzas»). Segundo, el poder tiende a volverse injusto y oprimir a los pobres (Sal 10:2,9-11; Ecl 4:1; Job 35:9); con el poder viene la tentación de abusarlo. En tercer lugar, el encanto y el impacto del poder fácilmente le da al poder una prioridad sobre otras virtudes, que no debe tener. «Mejor es la sabiduría que la fuerza… Mejor es la sabiduría que las armas de guerra» (Ecl 9:16,18 RVR, BJ; cf Sal 147:10-11; Prv 16:32; Jer 9:23-24).

Dios es el único dador de poder, tanto a los reyes de su pueblo como a los de otros pueblos, y cualquier gobernante, de la nación que sea, que llega a creerse dueño de su propio poder, con esa soberbia ofende a Dios y termina abusando del pueblo. Del rey Uzías de Jerusalén[21] nos dice el cronista, «con la poderosa ayuda de Dios, Uzzías llegó a ser muy poderoso» (26:15),[22] pero «cuando aumentó su poder, Uzzías se volvió arrogante» (2 Cr 26:7,15-16) y Dios castigó esa presunción con la lepra (26:19-20). El mismo principio se aplica al poder de los reyes gentiles (Isa 10:5-14; Ez 28:2-5). Dios envió a Asiria «contra una nación impía … un pueblo que me enfurece» (Israel), pero en vez de servir a Dios con el poder que les había dado, los asirios dijeron, «Esto lo hizo el poder de mi mano, porque soy inteligente» (Isa 10:5-14). Del rey de Tiro, en el apogeo de su poder, dice Ezequiel, «En la intimidad de tu arrogancia dijiste, ‘Yo soy un dios’ … sentado en un trono de dioses. Pero», responde el profeta, «tu no eres un dios, aunque te creas que lo eres. ¡Tu eres un simple mortal». He aquí la tentación luciférica escondida como serpiente dentro de las entrañas del poder, la seducción del poder sobre Luzbel (Babilonia; Isa 14:12-15).

Un ejemplo dramático de este concepto de poder es la historia de Gedeón. Frente a las tropas multitudinarias de los madianitas, Gedeón tenía sólo 32 mil hombres. Pero Yahvé le dijo, «Tienes demasiada gente para que yo entregue a Madián en tus manos» (Jue 7:2). Entonces, «a fin de que Israel no vaya a jactarse contra mí y diga que su propia fuerza lo ha liberado», Dios le ordenó despedir a todos los temerosos. Se fueron 22,000 soldados y quedaban 10,000. «Pero Yahvé le dijo a Gedeón, ‘Todavía hay demasiada gente'», y por la famosa prueba de «lamer el agua con la lengua, como los perros» (7:5), Gedeón redujo el contingente a sólo 300 soldados, frente a los madianitas que eran numerosos como langostas, con incontables camellos (7:12), y esa noche Dios entregó a los madianitas en manos de Gedeón (7:9). Es típico del pensamiento hebreo concebir el poder de Dios en proporción inversa a la fuerza humana (cf. 2 Cor 12:7-9).

La misma actitud hacia el poder se expresa en el mensaje que el ángel reveló a Zacarías para Zorobabel y Josué, gobernador y sacerdote respectivamente del pueblo que regresó del cautiverio en Babilonia:

No será por la fuerza

ni por ningún poder,

sino por mi Espíritu

— dice Yahvé

Todopoderoso –.

¿Quién te crees tú,

gigantesca montaña?

¡Ante Zorobabel sólo eres

una llanura …

A partir de esta teología del poder, un profeta como Miqueas hace una crítica acerba de los gobernantes y su abuso de poder:

¡Ay de los que sólo piensan en el mal,

y aun acostados hacen planes malvados.

En cuanto amanece, los llevan a cabo

porque tienen el poder en sus manos (Miq 2:1).

Frente a la absolutización de las autoridades que solía caracterizar las sociedades contemporáneas, en Israel había mucha criticidad ante las autoridades. «El Deuteronomio», señala Caravias (s.f. p.9), «desconfía sistemáticamente de la monarquía, pues ve en ella el doble peligro de idolatría y la opresión consiguiente del pueblo». El AT prohibe a los reyes acumuluar poder y riquezas (Dt 17:14-20) y condena los abusos de los gobernantes incumplidos e injustos (1 R 21:16; 2 R 21:1-11,16). Sobre el peligro de la absolutización del poder político, Sicre comenta con mucha percepción que «esta idolatría de los políticos daña los intereses de los ciudadanos bajo capo de un futuro mejor y más seguro… La seguridad de un régimen se compra al precio de la inseguridad del pueblo» (p.84).[23]

Esta teología se resume muy concisamente en la fórmula clásica, «Tuyo es el poder» (Mt 6:13; 1 Cr 29:11; cf. Ap 4:11; 5:12; 19:1; 1 Tm 1:17) y se expresa con majestuoso dramatismo en la visión apocalíptica del gran trono supremo rodeado de veinticuatro tronos súbditos (Ap 4-5).

3) La idolatría como confianza en las superpotencias de turno. Un aspecto de esta teología del poder, muy enfático en los profetas hebreos, es el rechazo tajante de toda alianza con cualquier potencia extranjera. Precisamente porque todo poder pertenece a Yahvé, y Yahvé es la única ayuda de su pueblo, ir a buscar otras ayudas es traicionar a Yahvé.[24] Entre los temas más enfáticos y repetitivos de los profetas preexílicos, es la denuncia de esas alianzas como una divinización del poder de las superpotencias en lugar del poder de Dios. Isaías 20:5-6 describe el resultado:

Los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria! Y ahora, ¿cómo podremos escapar?[25]

Más adelante, el profeta vuelve a condenar las alianzas internacionales y las identifica como idolatría:

¡Ay de los que descienden a Egipto en busca de ayuda, [cf. 30:1-5]

de los que se apoyan en la caballería,

de los que conf’ían en la multitud de sus carros de guerra

y en la gran fuerza de sus jinetes,

pero no toman en cuenta al Santo de Israel,

ni buscan al Señor! …

Los egipcios en cambio son hombres y no dioses,

sus caballos son carne y no espíritu. (Isa 31:1,3)[26]

Oseas se empeña especialmente en denunciar las esperanza que Israel (reino del norte) depositaba en Asiria para defenderlos contra Egipto (8:8-10; Sicre 1979:34-50; cf. 12:1). Para este profeta, al «recurrir a Asiria» (5:13) Israel estaba «empeñado en seguir a los ídolos» (5:11 cf. Lxx). Creían que Asiria podría curar sus heridas (5:13), cosa que sólo Dios puede hacer (6:1; 7:1; 14:4 hebr; supra n.4). Sicre observa acertadamente que aquí «los imperios han ocupado de nuevo el puesto de Dios» (1979:43). Yahvé llama a Israel a arrepentirse y reconocer que «Asiria no podrá salvarnos… Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos» (14:1-3).

Jeremías también acusa a esas alianzas de poner a las superpotencias contemporáneas en el lugar de Dios. «¿Qué sacas con ir a Egipto», pregunta a Israel, «a beber agua del Nilo? ¿Qué sacas con ir a Asiria a beber aguas del Éufrates?» (2:18), cuando sólo Dios es «fuente de agua viva» (2:13). Esas alianzas, que son «cisternas rotas» (2:13), constituyen una infidelidad que Dios castigará (2:19,36-37; cf. 17:5-8). Ezequiel 23 describe esa misma idolatría con un relato muy dramático de la prostitución de dos hermanas, Aholá (la mayor; Israel) y Aholibá (la menor; Judá), por causa de las alianzas que buscaron con otras naciones (los asirios, 23:5,12; los babilonios 23:14-17) en vez de permanecer fieles a Yahvé.[27]

4) La idolatría como confianza en las armas y el poderío militar. Obviamente, el elemento central de la «fornicación» idólatra de Israel con las superpotencias era su confianza en las armas y los pertrechos de guerra de esos aliados. El cronista relata que al principio el rey Uzías «se empeñó en buscar a Yahvé»; «Mientras Uzías buscó a Dios, Dios le dio prosperidad» (2 Cr 26:5) y «Dios le ayudó en su guerra contra los filisteos, contra los árabes…y contra los meunitas» (26:7). Uzías «llegó a tener tanto poder que su fama se difundió hasta la frontera de Egipto» (26:8). Logró fortificar bien a Jerusalén con torres (26:9-10) y contaba con un ejército grande y bien organizado (26:11-13), armado hasta los dientes (26:14). Hasta inventaron unas máquinas de guerra para disparar flechas y piedras (26:15). Pero esa carrera armamentista y militarista fue la ruina de Uzías. Como ya hemos visto, Uzías se sentía dueño de todo ese poder y se enorgulleció de haberlo alcanzado. «Cuando aumentó su poder,», nos dice el texto bíblico, «Uzzías se volvió arrogante» (2 Cr 26:7,15-16; cf Os. 7:15-16) y Dios le tuvo que castigar con lepra (26:19). ¡Cuán actual parece todo ese relato hoy!

Las fuertes denuncias de Oseas contra las alianzas se concentra también en el aspecto militar de esa idolatría. Las alianzas que el profeta condena eran sobre todo pactos de ayuda militar mutua, en busca de una salvación de las amenazas de otras potencias (una especie de OTAN oriental). Por eso, Yahvé llama a Israel a arrpentirse de haber «montado caballos de guerra» (Os 14:3; probablemete, haber montado sus esperanzas en recursos militares). En la figura del caballo, Oseas y otros profetas sintetizan toda la confianza en armas; el caballo era sobre todo un símbolo de fuerza física y de poderío militar (Job 39:19; 2 R 2:12; 13:14; Is 30:12; Jer 8:16; 12:5), a menudo asociado también con carros de guerra (Ex 15:1,4-5; Is 31.1; Jer 4:13).

El mismo tema aparece, con más detalle, en Isaías. “Pobres de aquellos que bajan a Egipto … Pues confían en la caballería, en los carros de guerra, que son numerosos, y en los jinetes porque son valientes” (Is 31:1), porque “el egipcio es un hombre y no un dios, y sus caballos son carne y no espíritu» (31:3). En cambio, el pueblo de Dios ha de encontrar su fuerza y salvación en Yahvé, no en los instrumentos de guerra (Is 30:15-16): los caballos no servirán ni para huir (30:16). Ezquiel es aun más mordaz. Aholá y Aholibá se dejaron manosear los pechos por «guerreros … oficiales y hábiles jinetes con corceles» (23:3,8,12,21,23) y con carros y carretas, cascos y escudos (23:24). Enloquecidas por el erotismo de la superpotencia de sus amantes (23:20), las dos hermanas se prostituyeron en repetidos proyectos políticos y militares (23:5-10; 16-21). Al fin los amantes se cansaron de ellas (23:10,22,25-26) y cayó sobre ellas el juicio de Dios (23:10,22,27). Las mismas fuerzas armadas y pertrechos de guerra de que se habian enamorado, ahora vienen contra ellas para destuirlas (23:22-24).[28]

Esta antítesis radical entre fe en Yahvé y confianza en la fuerza de las armas se expresa también  en varios salmos:

Unos confían en sus carros de guerra,

y otros confían en sus corceles,

pero nosotros confiamos en el nombre de Yahvé nuestro Dios (20:7).

Vana esperanza de victoria es el caballo,

a pesar de su mucha fuerza no puede salvar.

Pero Yahvé cuida de los que le temen,

de los que esperan en su gran amor;

él los libra de la muerte,

y en épocas de hambre los mantiene con vida (33:17-18)

Yahvé no se deleita en los bríos del caballo,

ni se complace en la agilidad del hombre,

sino que se complace en los que le temen,

en los que confían en su gran amor (147:10-11)

¿Habrá naciones hoy, hasta «cristianas», que han depositado su fe y esperanza en las armas más que en Dios? ¿Qué dirían los profetas?

5) La idolatría como culto a las riquezas: Las escrituras hebreas nos plantean una teología básica de los bienes materiales, bastante parecida a su teología del poder, vista anteriormente. El principio básico y punto de partida es que el universo entero pertenece a Yahvé, Creador de todo y su único dueño.

De Yahvé es la tierra y todo cuanto hay en ella, [29]

el mundo y cuantos lo habitan;

porque él la afirmó sobre los mares,

lo estableció sobre los ríos (Sal 24:1-2).

La tierra no se venderá a perpetuidad,

porque la tierra es mía

y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes (Lev 25:23).

Al contrario de cualquier idea de propiedad privada, el concepto bíblico ve la propiedad y todas las posesiones del ser humano como «préstamo» y tenencia delegada con responsabilidad al verdadero dueño, Dios.[30] Ningún ser humano es «dueño» de nada, sino sólo mayordomo. Aun la inteligencia y las fuerzas para acumular bienes son regalos del Creador. «No se te ocurra pensar, Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos. Recuerda a Yahvé tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza» (Dt 8:17-18; cf. 1 Cr 29:12; Jer 9:23-24). El rico no debe confiar en su riqueza ni en sus propios poderes, sino sólo en Dios:[31]

¿Acaso he puesto en el oro mi confianza,

o le he dicho al oro puro, En ti confío’?

¿Me he ufanado de mi gran fortuna,

de las riquezas amasadas con mis manos? (Job 31:24-25)

A partir de estos presupuestos, los profetas hebreos van más allá de la denuncia de abusos de los ricos contra los pobres, a realizar una crítica más profunda de las riquezas en sí. El proceso comenzó con el profeta Amós, con denuncias fuertemente concentradas en las injusticias económicas. Muy consciente de la desigual distribución de los bienes, y con un agudo ojo para las realidades socio-económicas, Amós condenó con mucho detalle los lujos ostentosos de los privilegiados. Los ricos comen corderos selectos y terneros engordados (6:4) y beben vino en tazones (6:6; 5:11; cf.; 2:12). Sus mujeres («vacas de Basán») dicen a sus esposos, «¡Traígannos de beber» (4:1). Se perfuman con las esencias más finas y, como les sobra tiempo libre, se entretienen con improvisar canciones e inventrar instrumentos musicales (6:6). Se recuestan en divanes de Damasco (3:12) y duermen en camas incrustadas de marfil (6:4; 3:12).

Lo que provocó la cólera más encendida de Amós eran los lujosos edificios de Samaria, y aun de otras ciudades (Sicre 1979:112).[32] El profeta anuncia el castigo divino sobre «la casa de invierno y el chalet de verano» de los ricos, y sobre sus «casas adornadas de marfil» (3:15) y «casas de piedra labrada» (5:11). Pero lo más detestable para Amós eran los palacios (o mansiones). Amós utiliza la palabra AaRMeNôT (palacios) nada menos que 13 veces, más de un tercio de lo que aparece en el AT (33 veces).[33] Todos los siete oráculos contra las naciones (Am 1:3-2:5) terminan con la misma sentencia de juicio: el fuego consumirá sus palacios (1:4,7,10,12,14, 2:2). En la frase más tajante que se puede imaginar sobre este tema, Amós transmite la ira de Dios: «yo aborrezco sus palacios» (6:8-11), igual que odia sus hipócritas solemnidades religiosas (5:21). En 3:14 Amós vincula este culto al lujo directamente con la idolatría («los altares de Betel»), lo que Sicre clasifica como «la intuición genial de Amós» (1979:112).

Lo más oprobioso de la conducta de estos ricos fue que vivían «tranquilos en Sión» (6:1) frente a la desigualdad, la injusticia y el sufrimiento ajeno. Disfrutan sus lujos «sin afligirse por la ruina de José» (6:6). Como élite privilegiada, son una verdadera «sociedad de consumo» que viven «el banquete de los holgazanes» (6:7). Viven para llenar sus mansiones de lujos para todo el futuro, pero más bien están llenándolas de violencia, rapiñas, despojos y finalmente, condenación (3:9-11; Sicre 1979:111). Desprecian sin escrúpulo alguno a la imagen del Creador, cuando venden al ser humano como mercancía (2:6-7; 8:5-6). Por eso, sus ceremonias religiosas son una abominación ante Dios (5:21-24; cf. 4:4-5; 5:4-5).

Sicre (1979:110) resume bien el grave pecado de esta élite de Samaria: aunque no ha negado a Dios explícitamente, «se lo ha expulsado de la vida diaria, no se lo tiene en cuenta», y de eso tiene la culpa «el dinero, que acapara por completo el corazón del hombre». Según la crítica profética de Amós, «el lujo, la abundancia, la posibilidad de enriquecerse, es la única meta de la clase dominante de Samaria» (1979:110). En otras palabras: ¡el culto al dinero! Los demás profetas refuerzan esta denuncia del materialismo consumista. Cuánto más prosperaba Israel, denuncia Oseas, más se llenaba de ídolos (Os 10:1; cf. Is 2:7-8), que eran sobre todo «los ídolos seculares»: agua, pan, lana, lino, aceite, y demás bienes materiales. Según la «teología de la prosperidad» de ellos, «la orientación fundamental de la vida, el único punto de apoyo, la única meta», eran las riquezas; eran su verdadero dios (Sicre 1979:101c). Los ricos, según Miqueas, no sólo cometen crímenes sino también, «para colmo, se apoyan en Yahvé, diciendo: `¿No está Yahvé entre nosotros?'» (Miq 3:11; cf. 2:1-5).

El profeta Isaías, con palabras tan pertinents hoy como en el siglo ocho a.C., relaciona los tres temas que hemos visto: riqueza, poder e idolatría:

Su tierra está llena de plata y oro,

sus tesoros no tienen fin [Produco Bruto Interno].

También está su tierra llena de caballos [armas],

y sus carros [tanques] son innumerables.

Además su tierra está llena de ídolos [ideología],

y se han arrodillado ante la obra de sus manos

y ante lo que fabricaron sus dedos (Is 2:7-8).

En la misma línea de pensamiento, Jeremías plantea la disyuntiva radical entre la confianza en la sabiduría, la valentía y la riqueza y el conocimiento de Yahvé (9:23-24):

¡Ay del que edifica su casa

y sus habitaciones superiores

violentando la justicia y el derecho! …

¿Acaso eres rey

sólo para acaparar mucho cedro?

Tu padre [Josías] no sólo comía y bebía,

sino que practicaba el derecho y la justicia …

¿Acaso no es esto conocerme?

— afirma Yahvé —

Pero tus ojos y tu corazón

sólo buscan ganancias deshonestas [cf. Ezq 33:31; 22:13],

sólo buscan derramar sangre inocente

y practicar la opresión  y la violencia (Jer 22:13,15-17).[34]

Jesús, el profeta por excelencia, retoma y radicaliza todo este mensaje antiguotestamentario, especialmente en términos de la disyuntiva radical que planteó Elías («o Yahvé o Baal, pero no ambos», 1 R 18:21,39):

Nadie puede servir a dos señores,

pues menospreciará a uno y amará al otro,

o querrá mucho a uno y despreciará al otro.

No se puede servir a la vez a Dios

y a las riquezas (mamôna; Mt 6:24; Lc 16:13).

Un dicho similar que aparece en el Evangelio de Tomás lo expresa muy vívidamente: «No es posible que un hombre monte dos caballos o tense dos arcos» (#47). Al aludir casi verbalmente a una de las exigencias más tajantes del AT, la de Elías, Jesús da a entender que, en su propio tiempo, la tentación a divinizar las riquezas era tan peligrosa, y tan blasfema, como había sido el culto a Baal en tiempos de Elías (Sicre 1979:102).

La palabra mamônas no aparece en el griego clásico ni en la LXX, y sólo tres veces en el NT (Mt 6:24; Lc 16:9,11).[35] Hay algún consenso en que se relaciona con el verbo AâMaN (estar firme, duradero, Köhler y Baumgartner 2001 I:63; Coenen IV:109). En tal caso, el sentido base sería «aquello en lo que se puede confiar» (Bonnard 1976:146; BalzSch II:146). Colin Brown añade una segunda dimensión, «lo que le es confiado a uno» ((NIDNTT II:837a; cf. Fitzmyer 1985 II:1109). En ambos casos, «Mamón» se derivaría de la misma raíz que «Amén». (¡Interesante! El adorador del dinero dice «Amén» a los bienes materiales; el creyente fiel dice el «Amén» de su entrega incondicional sólo a Dios).

Sabemos que en la antigüedad, algunos esclavos de hecho pertenecían a dos amos, y la tradición hebrea definía las condiciones de obediencia en tales circunstancias (StrB I:433-434). Pero implícita en las palabras de Jesús está la exigencia de una entrega total e incondicional, sea a Mamón (como de hecho la exige) o a Dios, pero nunca a ambos. Eso lo confirman los tres verbos claves del texto: servir (douleuô), odiar/amar (miseô/agapaô), ser leal/despreciar (antéjomai/katafroneô), los que en el contexto implican una opción exclusiva (BalzSch II:146). «Servir» aquí (douleúô) tiene el significado básico de «ser esclavo de» (doulos), «una persona que está completamente supeditada a un superior» (BalzSch I:1062b).[36] En el binomio amar/odiar, el sentido de miseô (odiar), más que «aborrecer» significa «amar menos» o «no amar» (Gn 29:30-31; Dt 21:15-17; Ecl 3:8; cf. Lc 14:26 con Mt 10:37). Igualmente, con dos amos será inevitable adherirse a uno (antejomai; Tito 1:9) pero despreciar (katafroneô; 1 Co 11:22; Ro 2:4 cf. Heb 12:2), traicionar (Prv 25:9; Os 6:7; Hab 1.5; 2.5; Sof 3.4), defraudar (Jer 2:36) y desobedecer  (2 P 2:10; 4 Mac 4:26; Jos Ant 2:207) al otro. Con el mismo verbo, 1 Tm 6:2 exhorta a los esclavos a no faltar respeto (mê katafroneitôsan) a sus amos creyentes.

De Tuya (1977:109) resume fielmente el sentido de todo este texto: «El corazón ha de estar totalizado en Dios». Si Dios no es todo en nuestra vida, Dios no es nada, porque no sería Dios. Fitzmyer (1985:1107, 1109), comentando Lucas 16:13, acierta al afirmar, «Este dicho de Jesús plantea muy radicalmente la actitud hacia el dinero: ¡o Dios o Mamón! ¿Cuál de esos dos va a gobernar mi vida? Nadie puede servir a ambos. La búsqueda de la riqueza me reduce al esclavo de ella y no puedo servir realmente a Dios. Así el Mamón termina siendo el dios a quien sirvo».[37]

Jesús intensificó y radicalizó toda la crítica profética del culto a los bienes materiales e hizo explícita su idolatría. Es sorprendente la centralidad de temas económicos en la enseñanza de Jesús y la severidad de su condena de la obsesión con los bienes materiales (que hoy llamaríamos materialismo consumista).[38] Mateo 6 y Lucas 16 se concentran especilamente en la problemática ética de las riquezas. Según Lucas 6:20, Jesús dijo, «¡Ay de ustedes los ricos, porque ya han recibido su consuelo!»; dijo que la seducción de las riquezas no dejan crecer la semilla del evangelio (Mt 3:22) y, con humor irónico, dijo, «¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! En realidad, le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios» (Lc 18:24-25).[39]

¿Por qué dedicó Jesús tanta atención a los temas económicos, y sobre todo, por qué escogió el culto a Mamón como la forma de idolatría que más quería denunciar?[40] Sus ataques a la avaricia idólatra son mucho más severos que su condena de los pecados sexuales, la mentira, la borrachera y otros pecados que consideramos escandalosos y que de hecho son también esclavizantes. Es obvio que Jesús conocía toda la corrupción económica de la sociedad judía en que vivía y la pasión ciega de muchos por alcanzar riquezas. Jesús veía esa codicia de ganancias como la tentación más sutil y peligrosa de su época, y por eso concentró su denuncia en esa idolatría.[41]

Por algo también Jesús escogió el término «Mamón» como objeto de esta idolatría, y no sólo «el dinero» o «las riquezas». Leif Vaage plantea esta interesante pregunta, y sugiere que con ese término poco usual «se hace referencia a todo poder económico que produzca la muerte, dondequiera que sea, en vez de la vida».[42] Fitzmyer, en su comentario sobre Lucas 16, propone que el interés de Jesús no se limitaba al dinero como tal, sino en lo que el dinero hace a la gente y como afecta la vida de ricos y pobres (1981 I:250). El uso del nombre simbólico en vez de la designación literal destaca su fuerza como poder maligno sobre los seres humanos, que rivaliza con Dios como objeto supremo de adoración.

¿Existe hoy esa misma tentación de ser idólatra sin darnos cuenta? Claude Tresmontant, en su libro La doctrina de Yeshúa de Nazaret (p.60), alega que sí: «para la inmensa mayoría de los hombres, la riqueza es objeto de un culto idólatra, en lo más secreto de sus corazones. La acumulación de riquezas es un esfuerzo por escapar a la angustia de la muerte, a la angustia de la inestabilidad y de la inseguridad, de la dependencia, un esfuerzo por asegurarse contra el riesgo, una búsqueda de consistencia» [43] En otras palabras, avaricia y consumismo son idolatría.

José Luis Caravias (s.f. pp.30-31) llega a la misma conclusión. Su análisis merece una cita larga:

El dios secreto de nuestra sociedad es el crecimiento económico. Y la religión que aboga por el culto a este dios es la religión más poderosa de nuestro mundo. Su liturgia es la publicidad … Al crecimiento económico se sacrifican los hombres, la naturaleza y el futuro. Este gran señor, a través de la pauperización, del desempleo y de la destrucción de la naturaleza, decide sobre la vida o la muerte de los hombres… En la sociedad actual el dinero es la mercancía que sirve como común denominador a todas las otras y en las que todas tienen que transformarse para recibir la confirmación de su valor. El dinero es la medida de valor de todo. … El mundo mercantil piensa y decide por nosotros. El es nuestro dueño, enmarañados, como estamos, en su red de propagandas multicolores, su consumismo y su jerarquía de valores. Por doquier se presenta y se vive el mundo de las mercancías, del dinero y del mercado como un gran objeto de devoción, un mundo pseudodivino, que está por encima de los hombres y les dicta sus leyes. Sólo con una sumisión total al mundo del mercado es posible llegar al “milagro económico”… El libre comercio y la libertad de los precios, ha de dominar por encima de todo y de todos. Negarse a someterse al mercado y sus indicadores es, por tanto, el pecado más grave que se puede cometer, y ello lleva al caos y a la esclavitud… Por eso es necesario reprimir por todos los medios posibles cualquier intento de rebeldía contra este dios, tan planificado y estructurado. Está prohibido soñar o planear otro tipo de sociedad. Esta forma de concebir la vida es idolátrica, precisamente en el mismo sentido en el que es usada esta palabra en la Biblia. Se trata del sometimiento del hombre y de su vida concreta al producto de sus propias manos, con la consiguiente destrucción del hombre mismo. El Dios bíblico es todo lo contrario a este fetiche, pues su voluntad es que el hombre concreto, con sus necesidades concretas, sea el centro de la sociedad y de la historia. El efecto propio de los ídolos se muestra con radical desnudez en el conflicto en torno a la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Este gigantesco endeudamiento está poniendo al descubierto las mandíbulas de muerte de la actual economía mundial. Es como una guerra silenciosa, en la que en vez de soldados mueren niños por desnutrición; en vez de miles de heridos hay millones sin trabajo; en la que la principal arma, más mortífera que las bombas nucleares, son los tipos de interés bancario. De hecho, gran parte de las producciones nacionales están destinadas a pagar, como en altar idolátrico, las tasas de interés. En este ritual el Fondo Monetario Internacional es el sumo sacerdote, que decide qué es lo que es bueno hacer y lo que es malo…»

Orígenes, el antiguo padre de la iglesia, captó con profunda percepción la esencia de esta idolatría: «Dios sabe muy bien», escribió, «qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para esa persona es Dios. Que cada uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser».[44] Es posible aun que el verdadero Dios sea uno entre esos «amores», hasta el mayor entre varios rivales, como era Yahvé junto con Baal para Acab y Jezabel. Esa es la idolatría más común. Pero Yahvé, el verdadero Dios, es celoso y no tolera rivales. Por eso Elías escandaliza al pueblo de Israel con su radical demanda de una lealtad exclusiva: o Yahvé o Baal, pero jamás los dos (1 R 18:21,24,36-37).

Ya en el siglo XVI, Martín Lutero, en su Catecismo Mayor, puso el dedo en la llaga:

«Muchas personas creen que tienen a Dios y todo lo que necesitan, cuando tienen dinero y propiedad; en ellos confían, de ellos se jactan, tan inflexiblemente y con tanta seguridad, que no se preocupan por nadie más. Fíjense, una persona tal tiene también su dios– se llama Mamón, es decir, dinero y posesiones; sobre ellos pone todo su corazón. Es el ídolo más común sobre la faz de la tierra. Quien tiene dinero y posesiones, se siente en total seguridad, está feliz y sin ningún temor, como si estuviera sentado en el mismo paraíso. A la inversa, quien no tiene nada, duda y se deprime, como si no conociera ningún dios… De modo que si alguien se jacta de mucha erudición, sabiduría, poder, prestigio, familia y honor, y confía en esas cosas, esa persona también tiene su dios, pero no el único Dios veradero.»[45]

¿Cuántos «buenos cristianos» hoy depositan su confianza en el dinero, y tienen su corazón puesto en las riquezas? Hoy tendríamos que hablar de una «mamonización del evangelio» (Mat 6:24), en que los buenos cristianos asisten a los cultos y cantan los coritos, pero durante la semana rinden culto al dinero y al poder.[46]

[1]Contextualización redactada para Tomo III del comentario del Apocalipsis.

[2] Podemos entender que el futuro de «adorarán» signifique «seguirán adorando», ya que va acompañado con verbos en pasado y presente. Es muy poco probable que Juan de repente haya comenzado a hablar del futuro remoto.

[3] Los nicolaítas creían en Jesús y jamás se hubieran considerado idólatras sólo por rendir culto también a César. Ellos se hubieran llamado «cristianos más realistas y razonables, no-fanáticos» o hasta «cristianos patrióticos». Sicre (1979:145) comenta que ningún judío de los tiempos de los profetas (siglo VIII-VI) se hubiera confesado idólatra, pero «Lo importante no es lo que ellos piensan sino el juicio de Dios».

[4] De hecho, cuánto más inconsciente la idolatría, y más invisible, más peligrosa es; Satanás sabe bien disfrazase de ángel de luz.

[5] El Catecismo de Heidelberg pregunta «¿Qué es la idolatría?», y responde: «Es imaginar o poseer, en lugar del único Dios verdadero, revelado en su Palabra, o al lado de Él, otra cosa en que poner nuestra confianza» (Pregunta 95).

[6] Job 32:24-25: «¿Acaso he puesto en el oro mi confianza, o he dicho al oro puro, ‘En ti confío’? ¿Me he ufanado de mi gran fortuna, de las riquezas amasadas con mis manos?» En seguida, Job relaciona esa confianza en las riquezas con la idolatría (32:26-28). Los pasajes de Isaías interpretan la confianza en potencias extranjeras (20:5, Egipto y Nubia; Asiria, Os 5:13) y en la fuerza y las armas (30:12) como idolatría. Oseas 14:1-4 denuncia como idolatría la confianza en Asiria y en las armas, porque desplaza la confianza en Dios, y concluye, «Nunca más llamaremos ‘dios nuestro’ a cosas hechas por nuestras manos». Todo el tema está magistralmente expuesto por Gutiérrez (1989:111-132). Cualquier «entrega total y cotidiana a quien se considera el absoluto de nuestras vidas» es idolatría (p.123).

[7]  Sobre este texto comenta Gutiérrez, «‘Gloriarse’ es poner su seguridad y su orgullo en esos ídolos eventuales: el saber, el valor militar y la riqueza» (Gutierrez, El Dios de la vida 1989:113).

[8] ) Según Oseas 5:13-6:2, fue idolatría de parte de Israel esperar que Asiria sanara sus llagas y heridas, cuando sólo Dios los puede curar (6:1; 7:1; 14:4, todos con el mismo verbo hebreo, RâFâA). Para los profetas, es idolatría confiar en cualquier otro poder para resolver los problemas nacionales y personales.

[9] El primer mandamiento reza, «No tendrás otros dioses además de mí» (Ex 20:3 NVI). La frase «ante mí» (Hebr. YaL-PâNaYâ, «ante mi rostro») no significa «antes de mí, mayor que yo» sino «al lado mío».

[10] Bien comentó Charnock en el siglo XVII, «pretender adorar a Dios y buscar sólo mi ventaja propia es burlarme de Dios en vez de adorarlo. Cuando creemos que nosotros debemos ser satisfechos y no Dios ser glorificado, ponemos a Dios por debajo de nosotros mismos e imaginamos que él debe someter su propio honor a las ventajas nuestras» (The Existence and Attributes of God, Grand Rapids: Baker Books, 1996, p.241).

[11] Algunos manuscritos de Qumran denuncian «los ídolos del corazón» (1QS 2.11; CD 20.9). Muchos pasajes de los profetas aluden a la idolatría sin nombrarla. Un claro ejemplo es Isaías 20:1-6, contra las alianzas con Egipto y Etiopía: «Y los que confían en Etiopía y se enorgullecen de Egipto quedarán aterrados y avergonzados. En aquel día los habitantes de esta costa dirán: Fíjense, ahí tienen a los que eran nuestra esperanza, ¡aquellos a quienes acudíamos en busca de ayuda, para que nos libraran del rey de Asiria» (20:5-6).

[12] Sicre (1979:43) comenta sobre Os 5:12-15: «Precisamente la originalidad de este texto radica en que nos presenta una forma de idolatría ‘secular’. Ya no entran en juego los ‘dioses del cielo’, sino ‘los dioses de la tierra'». Sicre observa también que los profetas hablaron de la idolatría indirectamente, bajo otros temas, porque no conocían la palabra «idolatría» (Sicre 1979:18). Sicre lo llama también «idolatría política» (p.56, sobre Isa 30:1-5). Para captar estos mensajes anti-idolátricas, es necesario sensibilizarnos a este lenguaje indirecto de sub-códigos referentes al tema.

[13] Este es el plan del libro de Sicre: La divinización de las grandes potencias (pp. 23-100) y «la divinización de los bienes terrenos» (pp. 101-170). Mientras Sicre se limita a los profetas preexílicos, Caravias aplica el mismo esquema a toda la Biblia (incluso los libros deuterocanónicos).

[14] Cf. también Dagoberto Ramírez, «La idolatría del poder»,  RIBLA  #4 1989:109-126.

[15] En 44 d.C. todo Israel, incluso Galilea, fue convertido en provincia romana.

[16] Protestas parecidas fueron promovidos por un tal Simón en Perea y por Atronges en Judea.

[17] Los «cristianos confesantes» bajo Adolfo Hitler (Niemoeller, Bonhoeffer, Barth y otros) afirmaron el mismo principio en su Confesión de Barmen (1934), que sólo Jesucristo puede ser el Señor de nuestra conciencia.

[18] Sobre la comprensión bíblica del poder político, cf. Stam (2004B:109-132).

[19] Es significativo que Dios le comisiona a Elías a ungir a un rey pagano (Jazael de Siria), a un rey de Israel (Jehú) y a un profeta (Eliseo; 1 R 19:15). Según Jer 27:6-7, fue Dios quien entregó a Nabucodonosor todas las naciones de su imperio; cf. Isa 45:1 para Ciro). Para los hebreos, sus autoridades eran básicamente mediadores religiosos con la misión de hacer de Israel un reino de sacerdotes y una nación santa (Léon Dufour 1973:37)

[20] En Génesis 49:25, Yahvé se llama «el Dios de tu padre, que te ayuda» (el «Dios ayudador»). Sal 124:8 afirma que «Nuestra ayuda está en el nombre de Yahvé». Cf. 1Cr 5.20; Is 44.2 vs Lam4.17). Los rollos de Qumran hablan unas treinta veces de Dios como ayudador.

[21]  Uzías es llamado también Azarías (2 R 14:21; 15.1-8, 17-27, 1 Cr 3:12).

[22] Amós y Oséas profetizaban durante el reinado de Uzías, e Isaías recibió su majestuosa visión de Yahvé «el año que murió el rey Uzías» (Is 6:1).

[23] Eric Fromm observa que «los ídolos de hoy son los líderes, las instituciones — especialmente el Estado — la nación, la producción, la ley y el orden y toda obra fabricada por el hombre» (La revolución de la libertad, México D.F. 1970, citado en Sicre p.17-18).

[24] Sobre el sentido teológico de «ayuda» véase Botterweck XI:12-18 y NIDOTT III:378. Debe notarse que esta actitud tan «cerrada» va contra el sentido común. Cualquier nación debe tener el pleno derecho de buscar las alianzas necesarias para su defensa propia, y cuánto más «ayuda», mejor debe ser. Pero aquí no se trata de prudencia y cálculos militares sino de fidelidad radical a Yahvé. Según Sicre (1979:53), comentando Isa 20:1-6, lo que era simplemente un error de cálculo para los filisteos (Askalón, Ecron), para el pueblo de Dios era idolatría. Por eso dice Isaías que en esas alianzas, «caerá el ayudador (‘ozer) y caerá el ayudado (‘azur Isa 31:3 RVR).

[25] Como ya hemos señalado, expresiones como «confiar», «enorgullecerse» y «acudir en busca de ayuda» tienen claras connotaciones de idolatría.

[26] Sicre (1979:58), citando a Huber, comenta que en su lenguaje sobre esas alianzas, Isaías «ha elegido las palabras para cualificar teológicamente esta política … mediante términos que indican la actitud que sólo puede adoptarse ante Yahvé… Egipto ha ocupado el lugar de Dios.»

[27] Muchas traducciones reproducen los nombres como «Oholá» y «Oholibá». Schökel apunta que este capítulo no denuncia la adoración de dioses ajenos sino «la política cambiante y acomodaticia de pactos con la potencia de turno». Según Dt 22:21 el castigo de tal conducta debía ser la muerte, lo que subraya «la total indignidad de las jóvenes» ((Ezequiel, Madrid: Cristiandad, 1971, p.151). El profeta condena la política internacional de las dos naciones con el lenguaje más ofensivo posible.

[28] Llama la atención que Ezequiel, en su libro tan lleno de lenguaje agresivo, utiliza los términos más violentos y ofensivos (y crudos) para describir las abominables alianzas político-militares de Israel y Judá.

[29] Esta misma verdad reaparece en el bloque textual del Pentecostés, que «ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común» (Hch 4:32 RVR).

[30] Pablo VI lo expresó muy bien cuando dijo que toda propiedad privada lleva una hipoteca social.

[31] Cf. 1Qp Hab 8:8-13; 1 En 46:7; 94:8; TJudá 19:1 (cf 17:1; 18:2-6); Filón de spec.leg I:23-25; Sicre 1979:102-103.

[32] La palabra AaRMeNôT puede significar «fortaleza, alcázar» (NVI), pero también «palacio» (mansión, residencia lujosa; BJ, NBE, DHH, RVR; Sicre), que cuadra mejor con el contexto.

[33] En lenguaje novotestamentario, Sicre describe los palacios de Samaria como » el santuario supremo de Mammón» y agrega, «Al dinero se le puede dar culto en cualquier lugar: en los tribunales de justicia, en el mercado, incluso en el templo y junto a los altares yahvistas (cf. 2:8). Pero el palacio es su residencia habitual, el sitio donde se hace más presente y palpable este nuevo rival de Dios»  (1979:112).

[34] Todos los ídolos tienen algo de Moloc y chupan la sangre de sus víctimas. Eso se ve hoy en las grandes guerras internacionales, cuyo motivo principal suele ser la ganancia (petróleo, comercio, hegemonía del mercado). La disposición de matar a víctimas inocentes es una marca evidente de idolatría. «El dios de la idolatría es un dios asesino. Mucha es la sangre que se derrama por afán de lucro» (Gutiérrez 1989:117). Es aun peor cuando tales homicidios se justifican en el nombre de Dios, o de la justicia y la democracia (Is 8:20).

[35] Despues aparece en 2 Clem 6:1 y Mishná, Abot 2:12, con el significado de «dinero», y en el Talmúd.

[36] BalzSch (I:11061-2) menciona que en el mundo griego el término era humillante, pero en la Biblia «Ser elegido por Dios, tener la posibilidad de servirle, no humilla a nadie». En servirle a Dos está nuestra verdadera libertad.

[37] Traducción un poco libre, pero fiel, del original inglés.

[38] Véase «Jesús-economista en el evangelio de Mateo» por Leif E. Vaage en RIBLA #27 1997: 112-129. Debe mencionarse también la aguda crítica del pecado económico que ofrece el Apocalipsis (Stam 2005:326-340).

[39] La figura ridícula de pasar un camello por el ojo de una aguda debe entenderse como una simpática hipérbole; ¡imaginar un camello, con todo y joroba, tratando de pasar por donde sólo con dificultad se logra meter un hilo fino! La expresión no tiene nada que ver con una supuesta puerta pequeña en el muro de Jerusalén, de la que no hay evidencias confiables.

[40] Cf. Sicre 1979:164. Dos veces las epístolas paulinas identifican la avaricia (Ef 5:5; Col 3:5: pleonexia, deseo de tener más) como idolatría. Los avaros aparecen también en las listas de los que quedan excluídos de la comunidad (1 Co 5:11; 6:10) y la avaricia entre las obras de la naturaleza pecaminosa (Ro 1:29; cf. 2 P 2:3,14; 2 Tm 3:2 filárguroi). Según 1 Timoteo 6:10, «el amor al dinero (filarguria) es la raíz de toda clase de males» (cf. 6:17). Cf. Stg 5:1-5; TJudá 19:1.

[41] El Testamento de Judá advierte en el mismo sentido, «Hijos míos, el amor al dinero lleva a la idolatría; porque el dinero los lleva por mal camino y hace que consideren dioses a los que no lo son» (19.1).

[42] Leif Vaage, RIBLA #27 1997:116.

[43] Tresmontant, Barcelona: 1973, citado por Sicre 1979:104.

[44] Orígenes, «Homilía sobre el libro de los Jueces», citado en Christian Century 9.4.97, p. 371).

[45] Unser Glaube: Die Bekenntnisschriften der evangelisch-lutherischen Kirche (Gütersloh: Gütersloher Verlagshaus 1987 pp 596-597).

[46] En el Apocalipsis tales personas se llaman «nicolaítas» por querer rendir culto a Cristo y a la vez al emperador, una especie de «imperialización» del evangelio.


JUAN SIMARRO

La globalización es la manera en que el capitalismo liberal se hace presente en todo el mundo, habiéndosele quedado pequeño los marcos de sus mercados nacionales e intentando la gran invasión de toda la actividad económica a nivel mundial. La informática y las telecomunicaciones han hecho posible la movilidad de los capitales y el mundo entero se ha convertido en un mercado al alcance de todos los que detentan el poder económico, como si este mismo mundo se hubiera empequeñecido y dado lugar a la llamada aldea global.

Pero la globalización no es sólo económica, sino que afecta a todos los ámbitos de la vida: los valores, la cultura, la forma de pensar, de vestirse, de entretenerse… En la globalización hay una interdependencia entre los países, pero esta interdependencia no es igualitaria ni paritaria: Hay unos bloques de países, la mayoría, cuya interdependencia se basa en una sumisión y aceptación de las líneas impuestas por otro grupo de países, minorías ricas, que son los que imponen sus propias líneas en busca de su propio beneficio económico, imponiendo, además, pautas culturales, costumbres y formas de tener una concepción del mundo.

Y yo creo que los cristianos tendríamos algo que decir aquí, porque los países dominantes, a través de sus multinacionales y sus instituciones políticas, buscan más el rendimiento económico, el llenar la bolsa o las cuentas corrientes de un reducido grupo de acumuladores de la tierra que repercute negativamente en la imposibilidad de tener acceso a una cesta de alimentos de muchos pobres del mundo. Y el cristianismo que tiene ejemplos y parábolas condenatorias de la acumulación, que tiene textos donde la Biblia habla de las consecuencias de esta acumulación que pone la escasez del pobre sobre las mesas de los ricos, no deberíamos pasar mudos ante el panorama del sometimiento de los pobres ante las pautas de los poderosos que desean incrementar sus riquezas.

El estilo de vida de los cristianos y la vivencia de una auténtica espiritualidad cristiana, no permite que los cristianos se paseen con indiferencia entre los resultados de la globalización económica que, quizás, no prescinde totalmente de los pobres y los marginados, pues entre ellos están las mujeres, los niños trabajadores, ancianos porteadores que trabajan de sol a sol para poder llevar algo de alimento a sus casas y otros tipos de personas explotadas y oprimidas. Pero sí prescinde de esa especie de sobrante humano que no encaja ni siquiera en las categorías de explotados, oprimidos y pobres dominados por el sistema, sino que son los que conforman el grupo de los excluidos sociales con los que nadie cuenta.

Millones de personas de los que se puede prescindir sin ningún sentimiento de culpabilidad por parte de los ciudadanos excluyentes, personas excluidas que ni siquiera pueden llegar a ser consumidores rentables para mantener todo el sistema de la globalización. Es el mundo de los excluidos que se da en tantos países del mundo pobre, aunque también se mueven dentro de las grandes ciudades del mundo rico conformando el llamado “Cuarto Mundo Urbano”. Son los excluidos en el seno de las grandes ciudades que también deberían ser una llamada de emergencia para la puesta en marcha de la Misión Diacónica de la Iglesia.

Pero si ni la Iglesia ni los cristianos respondemos, sino que pasamos de largo de forma indiferente, preocupados por los servicios religiosos de nuestros templos o iglesias, estamos cayendo en el ejemplo de malos prójimos como ocurrió en la parábola de Buen Samaritano narrada por Jesús mismo. Es verdad que no es fácil cambiar las situaciones de injusticia del mundo globalizado. Es verdad que, a veces, damos por perdida la batalla y pasamos al conformismo. Pero no ese el ejemplo de vida de los cristianos que han de ser inconformistas no conformándose a este mundo y sus valores, sino transformándose siguiendo cierto inconformismo cristiano que nos convierte en personas que deben ir contracorriente con estas tendencias marginadoras y excluyentes, y en contracultura con estas formas de conseguir ganancias usando valores que son antibíblicos.

Yo creo que el cristianismo debe ser una mano tendida de liberación, de apoyo a los débiles, de agentes del Reino que quieren llevar éste y sus valores a los excluidos del mundo. Si seguimos a Jesús y valoramos y apoyamos su programa expuesto en Lucas 4 siguiendo la línea profética, no podemos ser personas sumisas y que se conforman a este mundo siguiendo las corrientes de este siglo. Hay que tener la renovación que Dios demanda de nosotros para que el mundo llegue a tener un mayor equilibrio en la redistribución de bienes para ir devolviendo la dignidad a los excluidos, pobres y oprimidos del mundo, incluyendo a tantos niños que son presa del sistema que marca la globalización capitalista neoliberal. Sólo así nosotros también seremos libres. Libres en la verdad que nos hace libres y libres también en una sociedad que quiere someternos al más cruel conformismo.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com

Una manera fresca de hacer teología

Publicado: noviembre 24, 2010 en Iglesia

Pueblo de Dios Lutheran church te invita a la reflexión teológica

Inglaterra y María la sanguinaria

Publicado: noviembre 23, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (III) Enrique VIII, fundador del protestantismo inglés (2)

En contra de lo que suele afirmar cierta propaganda católica, la muerte de Enrique VIII fue precisamente la que proporcionó a los protestantes la oportunidad de iniciar la Reforma en Inglaterra.

Precisamente al anularse la legislación de Enrique VIII sobre herejes pudieron regresar del continente no pocos protestantes exiliados. El impulso para esta reforma procedería de Eduardo VI, el rey niño sucesor de Enrique VIII, y de sus dos protectores Somerset, partidario de un luteranismo moderado o melanchtoniano, y de Warwick, de tendencia calvinista.

Sólo en 1552, un lustro largo después del fallecimiento de Enrique VIII, se procedió a la aprobación de una confesión de fe que, a diferencia de las impulsadas por el difunto rey, era de contenido protestante. Con todo, la situación distaba mucho de haber quedado zanjada. En 1553, murió el piadoso Eduardo VI y le sucedió su hermana, la católica María. Las esperanzas de que la tolerancia eduardiana se mantuviera durante el reinado de María no tardaron en desvanecerse.

El 3 de enero de 1555, el parlamento -que se mostró tan dócil con María como con su padre- votó el regreso a la obediencia a Roma y el final del cisma. Los bienes de la iglesia católica siguieron, no obstante, secularizados como había sucedido históricamente ya antes y volvería a acontecer después, por ejemplo, con las desamortizaciones liberales.

El cambio religioso tuvo, desde luego, siniestras consecuencias. María, pronto apodada “la sanguinaria” ejecutó a 273 protestantes mientras los exiliados se elevaban a centenares. Quizá una política más tolerante habría conservado a buena parte de la población en el seno del catolicismo, pero las hogueras de María obtuvieron el efecto contrario. Cuando el 17 de noviembre de 1558 expiró la reina, la mayoría de los ingleses respiró con alivio y los protestantes reanudaron su proyecto reformador.

Con todo, la tolerancia de Isabel fue tan considerable que hasta 1570 el papa no la excomulgó. Con ello sólo consiguió afianzarla en el trono y convertir en irreversible la Reforma.

A pesar de todo, la iglesia anglicana no había surgido de un choque frontal con Roma sino que, previamente, se había producido un cisma de claro contenido dogmático católico. Esa circunstancia contribuye a explicar el carácter templado del protestantismo inglés, un protestantismo que, contra lo que suele creerse, nada tuvo que ver con un rey como Enrique VIII que lo persiguió con decisión e incluso saña.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com

«Me cansé»

Publicado: noviembre 22, 2010 en Iglesia

por Ricardo Gondim

¡Me cansé! Entiendo que el mundo evangélico no admite que un pastor confiese su cansancio. Conozco muchos pasajes de la Biblia que prometen restaurar a los inválidos. Comprendo que el profeta Isaías enseña que Dios restaura las fuerzas de aquel que ha perdido el vigor. También se que Jesús da alivio a los cansados. Por eso, ya me preparo para las censuras de aquellos que van a escandalizarse con mi confesión y considerarán que soy un derrotista. Sin embargo, no puedo disimular: me encuentro exhausto.

No, no me cansé de Dios o de mi vocación. Continúo entusiasmado con lo que hago; amo a Dios, como también amo a mi familia y a mis amigos. Permanezco esperanzado. Mi agotamiento tiene otras fuentes.

Me cansa el discurso repetitivo y absurdo de aquellos que mercadean con la Palabra de Dios. Ya no aguanto más que se tomen versículos sacados del Antiguo Testamento, que se aplicaban a Israel, para vender ilusiones a quienes llenan las iglesias buscando alivio. Esa posibilidad mágica de revertir una realidad cruel me destruye, porque se que es pura propaganda engañosa. Me cansé de los programas radiales donde los pastores no anuncian más los verdaderos contenidos del evangelio; porque gastan el tiempo alardeando las virtudes de sus propias instituciones. Causa hastío saber de las infinitas campañas y reuniones de oración, todas con el propósito exclusivo de abarrotar sus templos. Considero a los amuletos evangélicos cosas horribles. Me cansé de tener que estar explicando la abismal diferencia que existe entre la verdadera fe bíblica y las creencias populares supersticiosas.

Me cansa la lectura simplista que algunos sectores evangélicos hacen de la realidad. Me siento triste cuando percibo que la injusticia social es vista como una conspiración satánica, y no como fruto de una construcción social perversa. No se consideran los siglos de preconceptos, ni que existe una economía perversa que opera privilegiando a las elites desde hace siglos. No aguanto más cultos para atar demonios o para quebrar las maldiciones que están sobre Brasil y sobre el mundo.

Me cansa la aburrida repetición de las teologías sin creatividad ni riqueza poética. Siento lástima de los teólogos que se contentan reproduciendo lo que otros escribieron hace siglos. Presos por los moldes de sus escuelas teológicas, no logran admitir que existen otros puntos de vista en la lectura de las Escrituras. Conviven con una teología prefabricada. No alcanzan a ver su pobreza porque creen que basta profundizar en el conocimiento “científico” de la Biblia, y develarán los misterios de Dios. La aridez fundamentalista agota mis fuerzas.

Me cansan los estereotipos pentecostales. Que doloroso es observarlos: sin una nueva visitación del Espíritu Santo, buscan crear ambientes espirituales con gritos y manifestaciones emocionales. No hay nada más desolador que un culto pentecostal con una coreografía cuidadosa, pero sin vitalidad espiritual. Me cansé, incluso, de los chistes contados por los propios pentecostales sobre los dones espirituales.

Me cansé de escuchar historias sobre evangelistas extranjeros que vienen a soplar sobre las multitudes. Me dejan desanimado porque se que provocan a las personas a “caer bajo el poder el Dios” para sacar fotografías o grabar el acontecimiento y después hacer fortunas en sus países de origen.

Me cansan las preguntas que me hacen sobre la conducta cristiana y el legalismo. Recibo todos los días varios mensajes electrónicos de personas que me preguntan si pueden beber vino, usar piercing, hacerse tatuajes, recibir tratamiento con acupuntura, etc. La lista es enorme y parece inacabable. Me cansa esa mentalidad pequeña, que no sale de las insignificancias, que no concibe un ejercicio religioso más noble; que no piensan en los grandes temas. Me cansa la gente que necesita bozales, que no sabe ser libre y no logra caminar con principios. Considero intolerable convivir con aquellos que se conforman a una existencia bajo el dominio de la ley y no del amor.

Me cansan los libros evangélicos traducidos al portugués. No tanto por las traducciones mal realizadas, tampoco por los ejemplos tomados del golf o del béisbol, que nada tienen que ver con nuestra realidad. Me cansan los paquetes prefabricados y el pragmatismo. Ya no aguanto más libros con diez leyes o veintiún pasos para cualquier cosa. No logro entender como una iglesia tan vibrante como la brasileña necesita copiar los ejemplos del Norte, donde la abundancia es tanta que los profetas denuncian el pecado de la complacencia entre los creyentes. Me cansé de tener que opinar si estoy de acuerdo o no con un nuevo modelo de iglecrecimiento copiado y que está siendo adoptado aquí en Brasil.

Me cansa la falta de belleza artística de los evangélicos. Hace poco tiempo fui a ver un show de música evangélica, sólo para salir de allí devastado. La música era mediocre, la poesía ordinaria, y lo peor, se percibía el interés comercial tras el evento. Que diferente del día que me senté en la sala San Pablo, para escuchar la música que Johann Sebastian Bach (1685-1750) compuso sobre los últimos capítulos del Evangelio de San Juan. Bajo la batuta del maestro, subimos al Gólgota. La sala se llenó de un encanto mágico en los primeros acordes; cerré los ojos y me sentí en un templo. El maestro era un sacerdote y nosotros, la platea, una asamblea de adoradores. No logré contener mis lágrimas en los movimientos de los violines, oboes y trompas. Aquella belleza no era de este mundo. Envueltos en misterio, transcendíamos la mecánica de la vida y nos transportábamos para el lugar donde Dios habita. Mis lágrimas en aquel momento también fluían con pesar por la distancia estética de la actual cultura evangélica, contenta con tan poca belleza.

Me cansa tener que explicar que no todos los pastores son ambiciosos y que las iglesias no existen para enriquecer a su liderazgo. Me cansé de tener que dar explicaciones todas las veces que hago cualquier negocio en nombre de la iglesia. Tengo que demostrar que nuestra iglesia no tiene ninguna deuda impaga, que no es rica y que vivimos con un presupuesto ajustado. No existe nada más extenuante que ser obligado a demostrar, a familiares y amigos no evangélicos, que aquel último escándalo del periódico no representa a la gran mayoría de los pastores que viven dignamente.

Me cansan las vanidades religiosas. Es agobiante observar a los líderes que adoran cargos, posiciones y títulos. Desprecio los acuerdos políticos que arreglan las elecciones para los altos puestos denominacionales. Me cansé de las vanidades académicas, con las maestrías y los doctorados que solo enriquecen los currículos y generan una tonta soberbia. No soporto escuchar que otro más se autoproclamó “apóstol”.

Se que estoy cansado, sin embargo, no permitiré que mi cansancio me vuelva cínico. Decidí luchar para no atrofiar mi corazón.

Por eso, elijo no participar de una máquina religiosa que fabrica íconos. No me pelearé por los primeros lugares en las fiestas solemnes patrocinadas por gente importante. Jamás ofreceré mi nombre para componer la lista de oradores de cualquier conferencia. Renuncio a querer adornar mi nombre con títulos de cualquier especie. No deseo ganar aplausos de auditorios famosos.

Buscaré la convivencia de los pequeños grupos, preferiré comer con los amigos más queridos. Mi refugio será al lado de personas simples, pues quiero aprender a valorar los momentos sencillos de la vida. Leeré más poesía para entender el alma humana, más novelas para continuar soñando y mucha buena música para hacer la vida más hermosa. Deseo meditar otras veces delante de la puesta del sol para, en silencio, agradecer a Dios por su fidelidad. Quiero volver a orar en lo secreto de mi cuarto y a leer las Escrituras como una carta de amor de mi Padre.

Es posible que otros se encuentren tan cansados como yo. Si ese es tu caso, te invito a cambiar de agenda; romper con las estructuras religiosas que absorben las energías; volver al primer amor. Jesús afirmó que de nada sirve ganar el mundo entero y perder el alma. Todavía hay tiempo de salvar la nuestra.

Traducido por:  Gabriel Ñanco

Cárceles y pobres

Publicado: noviembre 16, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

Cuando se visita un centro penitenciario, lo primero que uno se da cuenta es de la cantidad de pobres que hay dentro. Los que, como yo mismo, estamos acostumbrados a través de nuestros trabajos o ministerios, a contemplar los rostros de la pobreza, no es necesario hablar con los reclusos para saber que provienen de ambientes deprimidos, de focos de pobreza que han dejado las marcas en sus rostros. Pues bien, en los centros penitenciarios no hay que esforzarse mucho para ver, dentro de sus muros y de sus rejas, a una legión de pobres que han sido condenados, por unas circunstancias o por otras, a vivir recluidos en las cárceles como una de las posibilidades de hacerlos invisibles a la sociedad de los normalizados y de los integrados en ella… Y no digo que sean inocentes, sino que sus actos delictivos se podrían haber prevenido en una sociedad más igualitaria y solidaria.

Así, los centros penitenciarios no son ajenos a la lógica de la economía capitalista: muchos de los internos son los fracasados de un sistema competitivo en el que, los más débiles, quedan tirados; son los expulsados de un sistema individualista e insolidario con los que se quedan apaleados al margen del camino; son los excluidos de un sistema que se mueve casi exclusivamente por la búsqueda del beneficio personal, de manera que, los más acumuladores y capaces de competir, son los considerados como triunfadores, aunque su triunfo esté montado sobre el fracaso de los débiles.

La nota más característica de la democracia, es la entronización del dios mercado. Y, en esta religión pagana, será salvo todo aquél que se pueda entronizar en la cúspide del disfrute de lo que oferta la sociedad de consumo. Mientras, los condenados serán aquellos incapaces de competir, los que ya han nacido en focos de pobreza y han sido apartados no solamente del mundo del dinero, sino también del mundo de la cultura y de todo tipo de participación social, incluida, en muchos casos, la participación en el mundo del trabajo. Pues bien, muchos de estos excluidos, son los que acaban internados en los centros penitenciarios de toda España.

No se puede afirmar que la pobreza se criminaliza en sí. Muchos dirían que no, que lo que realmente se penaliza es la delincuencia. Y es verdad que muchos pobres caen en delitos contra la propiedad o en otras pequeñas violencias, pero son violencias que podrían ser atajadas con otras alternativas sociales que no fueran la simple represión carcelaria.

También hay otro tipo de criminalización más light, que es la de considerar que el pobre es el responsable de su propia pobreza, sin estudiar las causas últimas de ésta. Para muchos el pobre lo es porque no ha sabido aprovechar sus oportunidades, pero, en realidad, muchos de ellos han carecido, desde su nacimiento, de las más elementales oportunidades económicas, de formación, culturales o de integración en las propias redes de la sanidad o de los servicios sociales.

Otra forma de criminalizar, es considerar la pobreza como una amenaza para aquellos integrados en las formas de vida normalizadas. Esto hace que los pobres sean objetivo de las inspecciones policiales e, incluso, en ocasiones y aunque parezca extraño, de los servicios sociales que pueden hacer sus denuncias, fundamentalmente en lo que respecta a menores en abandono que puede ser inmediatamente tutelados por las instituciones gubernamentales. Esto hace que, muchos pobres con niños pequeños, no se atrevan a acercarse a las puertas de los servicios sociales de los Ayuntamientos o de las Comunidades Autónomas. En fin, toda una tragedia que no se ataja, como así debiera ser, con medidas de redistribución de fondos, educativas o psicológicas, sino con medidas represivas que dan con los huesos de muchos pobres en los centros penitenciarios de España.

Por eso no es extraño ver como las fuerzas policiales observan a vagabundos, a pobres, a inmigrantes en situaciones de exclusión, a mendigos, a drogodependientes y a gitanos como uno de sus objetivos de control en las calles de las ciudades y pueblos de España.

Pensamos que estos sectores de personas empobrecidas, deberían ser observados más desde políticas sociales y solidarias, desde una mejor redistribución de los bienes que corresponden a todos los españoles, desde la promoción de viviendas gratuitas y de políticas educativas y de ocio para los niños y los jóvenes, más que desde políticas de persecución y represivas que aumentan el número de pobres en los centros penitenciarios de toda España. El destino de los pobres no deben ser las prisiones del mundo, ya que, más que sus delitos, están purgando en ellas sus penas y sus marginaciones.

La pobreza no debe ser percibida como una amenaza social que debe ser criminalizada, sino como una enfermedad social de la que todos somos responsables, una enfermedad curable a base de solidaridad y de una mejor redistribución de los bienes del planeta tierra. Estoy seguro que, si el mundo fuera más igualitario y hubiera más justicia social, no habría tantos presos abarrotando las cárceles. Por tanto, hay que buscar soluciones socioeconómicas y culturales, que son las auténticas medidas preventivas, para que no haya tantos presos provenientes de los sectores empobrecidos de la sociedad en esas prisiones en donde muchos se contagian de otras patologías sociales o se quitan la vida. Hay que buscar otras alternativas a estas consecuencias de la pobreza por vías solidarias.

Y si delinquen, ver también otras alternativas que no sea la del internamiento en centros penitenciarios. Hay centros de deshabituación para alcohólicos y drogodependientes, hay posibilidades de hacer terapias ocupacionales en beneficio de la comunidad, hay posibilidades educativas y de reinserción que no tienen por qué pasar por los centros penitenciarios. Las cárceles deberían quedar exclusivamente para los delitos realmente graves a los que no se les puedan encontrar otras alternativas: Los asesinatos, las violaciones, las grandes apropiaciones y corrupciones, aunque, en muchos casos, los delincuentes sean los que usan el puño de la camisa blanco y limpio.

Nosotros somos partidarios de medidas solidarias, redistributivas, preventivas, que eviten la reincidencia y educativas… Porque somos cristianos, porque Jesús de acordó de los presos, de los oprimidos y de los pobres. Los nombró como destinatarios específicos de su Evangelio. Y, en muchos casos, más que pobres, empobrecidos por el egoísmo de los integrados y de aquellos que, al menos en apariencia, muestran una vida normalizada en la sociedad de consumo, instalados en las comodidades y en los lujos.

Por eso, es posible que la sociedad se confunda cuando ve la amenaza en el pobre que vagabundea por las calles, en lugar de verla en la estulticia del rico acumulador. Quizás por eso, un preso se dirigió a mí cuando salía hacia la calle mientras recorría una larga galería:

-Tenga cuidado al salir -me dijo con cordialidad y preocupación real-, porque aquí estamos los malos, pero fuera pueden estar los peores. -Le di un apretón de manos y unas palabras de agradecimiento. Le hice caso y le pedí a Dios que me librara de la violencia de esos “peores” que andan por las calles en libertad.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com  (España).