Archivos de la categoría ‘Iglesia’

El rico y Lázaro

Publicado: diciembre 27, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (II)

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas…” (texto completo: Lucas 16:19-31).

Jesús criticó a los religiosos de la época, insolidarios e inmersos en sus círculos infernales de “pureza” en donde no había cabida para los empobrecidos del mundo. Veía al mundo dividido en dos: el del rico derrochador, vestido de ropa fina y cara, haciendo espléndidos banquetes diarios, símbolo e icono del pequeño mundo rico y acumulador, mientras tirado a su puerta, en la cercanía, a su lado, estaba el pobre Lázaro, símbolo e icono de la pobreza en el mundo, también junto a su puerta, como en nuestros días, innumerables como la arena del mar… pero el corazón del rico no se despertó a la solidaridad. Fue condenado por ello. La parábola sigue, de manera estricta, las líneas del Evangelio a los pobres.

Jesús hablaba de la riqueza y de la pobreza como algo que, necesariamente, debería estar integrado dentro de las preocupaciones del Evangelio. Hablaba de este grave y escandaloso problema con naturalidad, denunciaba con naturalidad, narraba parábolas como ésta, nos dejaba los valores del reino, valores que eran liberadores y rehabilitadores sacando al primer plano de la realidad a todos los que estaban en el no-ser de la marginación, la pobreza, la opresión y el sufrimiento. El desequilibrio del mundo, representado por este rico y por Lázaro, estaba en contra del proyecto del Reino y sus valores que irrumpen con la venida de Jesús al mundo.

Hoy, a los pastores, sacerdotes o líderes del mundo cristiano, en un mundo en donde el poder económico es prácticamente el primer poder y todo se mueve alrededor del dinero, como si el mundo estuviera adorando al becerro de oro, no les es fácil hablar de forma clara y a los cuatro vientos, de esta parábola, de la realidad de un mundo vergonzosamente dividido en dos: el pequeño mundo de los acumuladores, que representa este rico Epulón, y el gigantesco infierno en el que se mueven en la infravida los pobres del mundo, representado en la parábola por Lázaro. La Iglesia no ha sabido acoger en su profundidad el reto del Evangelio a los pobres, el evangelio liberador y dignificador de los sufrientes del mundo. Hemos perdido o dejado en lo light, en lo secundario y casi en el olvido, una de las esencias del Evangelio.

Parece que hoy, debido a la violencia social que crea la acumulación y el miedo a criticar a los poderosos del sistema económico -menos aún a condenarlos desde el punto de vista de la salvación eterna-, nuestros líderes religiosos no tratan el tema de la riqueza y de la pobreza con la naturalidad con que lo trataba Jesús. Mucho menos nos atrevemos a lanzar mensajes condenatorios a los ricos acumuladores que, teniendo al lado de sus puertas a los lázaros del mundo, hambrientos y llenos de llagas, no levantan un dedo para dignificarlos… les dan la espalda como a un sobrante humano. El pueblo de Dios no puede ni debe hacer lo mismo, sino que debe entrar en las líneas de denuncia y búsqueda de justicia que demanda el Evangelio a los pobres.

El rico Epulón: icono de un pequeño grupo que ejerce violencia gastando energías sin límites, saqueando para mantener el derroche de bienes y servicios, el consumo desmedido, los banquetes, el lujo, el placer… para ello tiene que explotar y expoliar al mundo poniendo sobre su mesa la escasez de los pobres. Es un número reducido de personas que extienden su influencia al 20% de la humanidad.

El mendigo Lázaro: los hambrientos del mundo, los niños que mueren por hambre o por falta de medicinas, por enfermedades vencibles, tantos lázaros que no se desarrollan, que viven en la infravida, que no se educan ni capacitan, que no tienen buena sanidad ni agua potable. Los lázaros hambrientos del mundo son más de mil millones de personas. Dentro del círculo infernal creado para que se mueva el mundo de los lázaros ulcerosos y llenos de llagas vitales, está el 80% de la humanidad.

Como va a haber un artículo más sobre este tema, os voy a dejar con algunas preguntas:

¿Hasta dónde debe asumir responsabilidades los que tienen riquezas de este mundo? ¿Hasta dónde los cristianos debemos asumir responsabilidades con aquellos lázaros que están empobrecidos, con los sufrientes del mundo, muchos de los cuales están realmente al lado de nuestra puerta y, a otros, los medios de comunicación los meten dentro de nuestras casas? ¿Nos da miedo el Evangelio a los pobres? ¿Cuándo está en nuestras manos el dignificar una persona o sanar las llagas de los lázaros de nuestros días y no lo hacemos estamos pecando? ¿Nos debería preocupar más el no caer en el pecado de omisión de la ayuda como cayó el rico de la parábola? ¿Los que, insolidariamente, desequilibran el mundo con la acumulación van a ser condenados por Dios y excluidos de la salvación eterna? ¿Es parte esencial de la espiritualidad cristiana el compartir, tener compasión, denunciar a los acumuladores, ponerse al lado de los lázaros del mundo y luchar por la justicia? ¿Nos interpela esta parábola del rico y Lázaro? ¿Nos inquieta la radicalidad del Evangelio a los pobres? ¿Nos gustaría que estos textos tan claros de la Biblia no existieran?

¡Señor, no des quietud a nuestras mentes hasta que no lleguemos a comprender qué es lo que tú quieres decirnos con esta parábola y con tantos otros textos bíblicos en donde se condena la omisión de la ayuda a los lázaros del mundo! Queremos entender y hacer realidad en el mundo tu Evangelio a los pobres. Aunque nos incomode, porque, para los que te quieren seguir, tu yugo es fácil y ligera tu carga. Que lo hagamos con alegría, Señor.

Artículos anteriores de esta serie:
1 El evangelio a los pobres: retazos

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

La Verdadera Iglesia no tiene Papa

Publicado: diciembre 27, 2010 en Historia, Iglesia

Cesar Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IX): Los evangélicos apartados del Vicario de Cristo y Sumo pontífice

En la anterior entrega intenté mostrar cómo el concepto de iglesia sostenido por los evangélicos reproduce de manera exacta el contenido en el Nuevo Testamento y porque, precisamente al darse esa circunstancia, no sólo no encaja con el católico sino que además es malinterpretado y malcomprendido por los católicos que no están familiarizados con él. Ambas partes de la conversación pueden creer de buena fe que hablan de lo mismo, pero, al menos en el lado católico, existe una incomprensión absoluta de lo que dice el otro simplemente porque las palabras no tienen el mismo sentido.
Una derivación siquiera secundaria de esa circunstancia es la relacionada con títulos tan importantes para la teología católica como los de Vicario de Cristo o Sumo pontífice que se aplican al papa. Para un católico, ambos conceptos son de enorme relevancia en la medida en que fortalecen su concepto de iglesia indicando que la única verdadera – la suya – lo demuestra, entre otras cosas, porque su cabeza es Vicario de Cristo y Sumo pontífice. Es obvio para ese católico que otras “iglesias” o confesiones no tienen por cabeza al Vicario de Cristo y Sumo pontífice que es el papa. Respetuosamente, debo señalar que la realidad, sin embargo, es muy diferente.

De entrada, la Biblia es terminante al señalar que la cabeza de la iglesia no es otro que el propio Cristo. Eso es lo que afirma, por ejemplo, Pablo al decir que Dios “dio a Cristo por cabeza sobre todas las cosas” (Efesios 1, 22), o que debemos “crecer en todo en Aquel que es la cabeza” (Efesios 4, 15) o que Cristo es “la cabeza de la iglesia” (Efesios 5, 23) o que Cristo es la cabeza de un cuerpo que es la iglesia (Colosenses 1, 18). Lo cierto es que uno puede leer el Nuevo Testamento de tapa a tapa y en ningún lado encontrará la idea de que un hombre pueda ser la cabeza de la iglesia en sustitución y sucesión de Cristo y es lógico porque la simple idea de una bicefalia de la iglesia es absurda.

Algo semejante sucede con el título de Sumo pontífice o sumo sacerdote. En el Nuevo Testamento, ese título aparece referido sólo a dos personas. O bien al judío que todavía desempeñaba ese cargo en el templo de Jerusalén pero cuyo cargo iba a durar poco (Juan 11:49; 18, 19; Hechos 5, 17 etc.) o bien a Cristo. De hecho, la Epístola a los Hebreos está dedicada sustancialmente a mostrar cómo mientras que el sumo sacerdocio judío exigía – igual que el papado – una sucesión ininterrumpida de sumos pontífices para ocupar el cargo porque los mortales por definición mueren, Cristo es un sumo sacerdote perpetuo sin necesidad de sucesión. El autor de Hebreos señala que el sumo pontífice de nuestra fe no es Pedro – como cabría esperar desde una mentalidad católica – sino Cristo (Hebreos 3:1). Es ese sumo pontífice, que es Cristo, el que realizó el sacrificio expiatorio que nos salva (Hebreos 3:1) y – de manera bien reveladora – ese sumo pontífice no tendrá otros sumos pontífices que lo sucedan porque su carrera es externa y excluye esa posibilidad (Hebreos 5:1 ss). De hecho, ese sumo pontífice – Cristo – es el que nos conviene (Hechos 6, 20). Como conclusión, basta leer el capitulo 9 de esta epístola para ver que sólo existe un sumo pontífice – Cristo – y que, por definición, no puede haber ni otros al mismo tiempo ni que lo sucedan, es decir, precisamente lo que los católicos creen que es el papa.

De creer lo que dice el Nuevo Testamento – y parece obligado en alguien que desea ser cristiano – Cristo es la cabeza de la iglesia y el sumo pontífice y no necesita a nadie que ejerza esas funciones de manera vicaria. De hecho, no deja de ser significativo que pasarán siglos antes de que el obispo de Roma llegara a utilizar esos títulos. El primero en usar el título de vicario de Cristo fue Gelasio I que se hizo llamar como tal en el sínodo romano de 495. ¿Cómo pudo tardar el obispo de Roma casi medio milenio en percatarse de que era el vicario de Cristo si esa misión resultaba tan esencial? Y con todo, el título no tuvo mucho éxito porque tuvo que relanzarlo Inocencio III (1198-1216) – al que, ocasionalmente, se menciona como el primer usuario – famoso por su afirmación de que “ningún rey puede reinar de manera adecuada a menos que sirva devotamente al vicario de Cristo”.

Más peculiar resulta el título de Sumo pontífice – Pontifex Maximus o Summus Pontifex – cuyo origen se encuentra en la Roma antigua donde lo introdujo su primer rey Numa Pompilio. El paso de este título del paganismo al cristianismo fue tardío y no se aplicó en exclusiva al obispo de Roma. Por ejemplo, Hilario de Arlés (m.449) fue denominado “summus pontifex” por Euquerio de Lyon (P. L., L, 773) o Lanfranc es denominado «primus et pontifex summus» por su biógrafo Milo Crispin (P. L., CL, 10). Por añadidura, el título no se aplicó de manera exclusiva al obispo de Roma hasta el s. XI. De nuevo, la pregunta se impone: si resulta tan esencial para identificar a la iglesia verdadera que la rija el sumo sacerdote que es el papa, ¿cómo es que no se aplicó tal título al papa hasta el s. XI y en los siglos anteriores se otorgó a otras personas?

Y permítasenos una última nota histórica, esta vez sobre el título papa. Por supuesto, cualquiera sabe hoy que está restringido al obispo de Roma, pero no fue así durante siglos. Por ejemplo, Cipriano de Cartago es llamado papa (Epist 8, 23, 30, etc) mientras que al obispo de Roma no se le llamó así hasta una carta de Siricio (carta VI en PL 13, 1164) ya a finales del s. IV. De hecho, el título fue utilizado por otros obispos y hubo que esperar hasta Gregorio VII (1073-1085) para que el uso fuera exclusivo de la sede romana.

Partiendo del testimonio de las Escrituras y de las fuentes históricas seculares – poco conocidas por la mayoría de los católicos, todo hay que decirlo – los evangélicos no tienen la menor sensación de estar desprotegidos espiritualmente al hallarse apartados del Vicario de Cristo que es Sumo pontífice y cabeza de la iglesia. Por el contrario, se sienten tranquilos ajenos a una institución cuya cabeza comenzó a ser vicario de Cristo, sumo pontífice e incluso papa en exclusiva varios siglos después de la crucifixión y, por añadiduras, rebosan gratitud a Dios por pertenecer a la única iglesia verdadera, aquella que tiene como única Cabeza y como único Sumo pontífice eterno al propio Cristo.

Continuará: “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica

César Vidal es escritor, historiador y teólogo
© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).

Oh tu Fidelidad – Marcos Vidal

Publicado: diciembre 25, 2010 en Iglesia

Adviento: el que es, era y ha de venir

Publicado: diciembre 19, 2010 en Iglesia, Teología

Wenceslao Calvo

Estamos en época de Adviento que es la preparatoria para Navidad. A algunos la palabra tal vez no les diga nada o simplemente les suene a algo religioso y por tanto lejano, aunque mezclado con la tradición o la costumbre. En algunos hogares e iglesias en cada uno de los cuatro domingos de Adviento se enciende una vela o luz y se efectúa una lectura bíblica acorde con la venida de aquel que es la Luz verdadera a este mundo de oscuridad.

El término, que viene del latín adventus, significa advenimiento, es decir venida, y por lo tanto es muy apropiado para referirlo a esta época del año.

El concepto de Adviento tiene una doble perspectiva: en primer lugar retrospectiva y en segundo lugar prospectiva. La retrospectiva es obvia porque mira al pasado, a hace dos mil años, cuando se produjo la primera venida de Jesús. En ese sentido la época de Adviento es preparatoria para recordar y celebrar lo que entonces ocurrió: el acontecimiento histórico más grande nunca sucedido, esto es, el nacimiento del Hijo de Dios.

Allí la eternidad y el tiempo confluyeron, la supra-historia y la historia se encontraron, en la más feliz coincidencia que mereció que toda una multitud de las huestes celestiales proclamaran el suceso en las inmediaciones de Belén.

A pesar de los vanos intentos actuales de algunos, que en realidad son tan viejos que nada nuevo tienen, de burlarse de la Navidad como mito cristiano, tanto el hecho como los datos históricos están bien fundamentados y el doctor Lucas, exacto historiador donde los haya, junto con el publicano Mateo nos han dejado un relato pormenorizado de los mismos, para que, generación tras generación, los cristianos celebremos la fiesta regocijándonos en lo que entonces ocurrió.

Este es el sentido retrospectivo del Adviento. La mirada al pasado. Un aspecto vital, porque sin pasado el presente no tiene soporte y el futuro carece de impulso.

Pero Adviento tiene también un sentido prospectivo, que mira hacia delante, hacia una venida futura. Es interesante que en Apocalipsis aparece cuatro veces la frase ´el que ha de venir´(1) referida a Dios.

Esa expresión está en los cuatro casos al lado de otras dos expresiones que se refieren a su existencia en el presente y el pasado (el que es y que era), pero al hablar del futuro en lugar de decir el que será, que sería lo lógico, dice ´el que ha de venir´.

Si hubiera dicho el que es y que era y que será seguramente hubiera expresado una verdad absoluta e incontestable, referente a la eternidad de Dios y su trascendencia. Pero al hacerlo así también hubiera implícitamente resaltado el abismo que hay entre su existencia y la nuestra, que es temporal y perecedera, subrayando la diferencia entre su dimensión y la nuestra, lo que indicaría que son dimensiones separadas que nunca se tocan, lo cual nos dejaría para siempre separados de Dios.

Pero al sustituir el que será por ´el que ha de venir´ introduce un cambio de la mayor significación, porque quiere decir que ese Dios eterno y que habita en la eternidad entrará en el tiempo, que es nuestra esfera, fundiéndose de esta manera lo temporal y lo eterno, lo trascendente y lo pasajero, produciéndose un encuentro definitivo entre él y nosotros. Por eso él es Dios del Adviento futuro, de la venida futura. Y ese Dios no es otro que Jesucristo, el mismo Dios que el de la primera venida.

Así pues en Jesucristo se producirá ese encuentro entre lo divino y lo humano que ya está prefigurado en su persona, donde la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana, en el momento de la concepción, en el seno de la virgen. Por eso Jesucristo no es simplemente un maestro o un profeta, sino realmente el único en quien lo divino y lo humano se ha unido y por quien cualquier ser humano que busque la unión con Dios puede encontrarla.

Si el Adviento retrospectivo nos mueve a mirar hacia atrás y celebrar lo que ya ocurrió, el Adviento prospectivo nos impulsa a mirar hacia adelante y alimentar la esperanza de lo que sucederá inexorablemente. A pesar de los intentos de las fuerzas de tinieblas para negarlo, para retrasarlo o para impedirlo, ese Adviento se producirá en el día y la hora fijados en el reloj de Dios. Nada ni nadie podrá frustrarlo.

Si el primer Adviento fue en su momento profetizado y se cumplió, es lógico esperar que el segundo Adviento, que también está profetizado, se cumpla. Si el Adviento retrospectivo es el soporte del Adviento prospectivo, éste a su vez es lo que da proyección al primero, ya que sin él se quedaría simplemente en un suceso relegado al pasado y de interés solamente para nostálgicos e historiadores.

Pero el Adviento prospectivo demanda un estado de vigilia permanente, al que Jesús mismo nos exhorta una y otra vez, en vista de las fuerzas disolventes que actúan desde dentro (carne) y fuera (mundo) de nosotros y que procuran desarraigar del corazón cualquier anhelo que clame por esa segunda venida. Estar despiertos, ceñidos de lomos, con lámparas encendidas, etc. son algunos de los símiles que nos propone para que no caigamos en el abandono, la negligencia o la desobediencia.

Gocémonos, pues, en estas fechas con el Adviento ya cumplido y preparémonos debidamente para el Adviento que ha de cumplirse. Y la forma de empezar a hacerlo es abriendo ahora el corazón por el arrepentimiento y la fe para que Jesucristo entre en él.

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1) Apocalipsis 1:4,8; 4:8; 11:17

Wenceslao Calvo es conferenciante, predicador y pastor en una iglesia de Madrid
© W. Calvo, ProtestanteDigital.com (España, 2010).

Las ekklesias y «la» Iglesia católica

Publicado: diciembre 19, 2010 en Historia, Iglesia

César Vidal

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VIII): muchas “iglesias” frente a `la´ Iglesia

Suele ser un argumento muy difundido entre católicos, incluso aquellos que tienen cierta instrucción teológica, el de contraponer la existencia de la Iglesia – única y con mayúsculas, en referencia a la católica – con la de otras “iglesias” que, por supuesto, son inferiores.

Semejante contraposición es lógica en la medida en que, por definición, la iglesia católica se considera la única verdadera y niega la condición de Iglesia a las otras llegando a establecer una curiosa jerarquía entre ellas que en sus peldaños más bajos se convierten en meras “comunidades eclesiales” según sea mayor o menor el parecido con la católica.

De esa circunstancia, derivan los católicos la idea de que el protestantismo no es sino una pléyade de iglesias divididas que contrastan con la Iglesia una y única y que además esa fragmentación y su reciente aparición histórica lo deslegitima comparativamente. No voy a abordar en este artículo el tema de la sucesión apostólica de la sede romana, pero sí voy a detenerme en ese mito de la fragmentación eclesial protestante frente, supuestamente, a la única iglesia verdadera.

Lejos de constituir una suma de iglesias enfrentadas, el protestantismo cree en el concepto de iglesia tal y como aparece en el Nuevo Testamento que, dicho sea de paso, es radicalmente distinto del católico.

El término iglesia (ekklesia) originalmente tenía un significado meramente secular. Como su misma etimología indica, ekkesia era el grupo de los llamados o convocados y la traducción que suele encontrarse del término en los clásicos es la de asamblea o congregación. Nunca se utiliza, como en nuestro lenguaje habitual, para referirse a un edificio destinado al culto.

En los evangelios, el término aparece sólo tres veces lo que lleva a pensar que, como en el caso de María, Jesús le daba mucho menos importancia a la cuestión de la que le ha ido otorgando el catolicismo con el paso de los siglos. El uso es no menos revelador. En Mateo 16:18, iglesia es el conjunto universal de aquellos que creen en Jesús como mesías e Hijo de Dios – la piedra sobre la que se levantaría la iglesia – o bien la iglesia o congregación local (Mateo 18:17).

Esos dos usos del término – nunca una institución, nunca una jerarquía, nunca una organización – son los mismos que encontramos en los escritos apostólicos donde la iglesia (ekklesia) es la congregación local o la iglesia universal. Vez tras vez, Pablo habla de la iglesia en Cencreas (Romanos 16:1), de las iglesias de los gentiles (Romanos 16:4), de “todas las iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) – curiosa pluralidad que rechina con el concepto católico de iglesia – de “todas las iglesias” (I Corintios 7:17; II Corintios 8:18), de “las iglesias de Dios” (I Corintios 11:16), de “las iglesias de los santos” (I Corintios 14:33), de “las iglesias de Galacia” (I Corintios 16:1), de “las iglesias de Asia” (I Corintios 16:19), de las “iglesias en Corinto” (II Corintios 1:1) o de “las iglesias de Macedonia” (II Corintios 8:1), por citar sólo algunos ejemplos.

Ese uso además no es exclusivamente paulino sino que lo hallamos también en escritos joánicos como el Apocalipsis donde se hace referencia a “las siete iglesias en Asia” (Apocalipsis 1:4 y 11) o a cómo el Espíritu comunica mensajes “a las iglesias” (Apoc 2:7). En todos y cada uno de los ejemplos citados, la iglesia no es otra cosa que la congregación local y, precisamente por eso, existen muchas que están en comunión las unas con las otras. Dicho sea de paso, Pedro no utiliza ni una sola vez el término en sus escritos, circunstancia esta curiosa para alguien que según la teología católica fue el primer papa.

En la mayoría de los casos citados en el Nuevo Testamento, pues, iglesia no es sino la reunión de creyentes y, por eso, existen de manera plural en distintas partes del mundo. Aún más, la pluralidad y la existencia de muchas es una característica netamente apostólica.

El segundo sentido se refiere, como en el caso de Jesús, a una realidad espiritual formada por los verdaderos creyentes y cuya cabeza es no un hombre sucedido por otros hombres a lo largo del tiempo sino el propio Cristo (Efesios 5:23). De manera bien significativa, la abundancia y pluralidad de iglesias no colisiona con la única que no se identifica con ninguna de ellas sino con un ente espiritual cuyos miembros sólo Dios conoce (II Timoteo 2:19).

Sólo cuando se tiene presente la idea que aparece en la Biblia de lo que es la iglesia se puede comprender el concepto protestante de la misma porque es exactamente el mismo. Las denominaciones protestantes creen que las distintas congregaciones son iglesias – y no rivales de la Iglesia única y verdadera – y que la verdadera Iglesia no es una organización o jerarquía sino que está formada por lo que han nacido realmente de nuevo y tiene como única cabeza a Cristo.

En ese sentido, ningún protestante tiene la sensación de estar desprovisto de la Iglesia por no formar parte de la católica ni tampoco piensa que su organización eclesial es la única iglesia en contraposición a las demás. No cae en tan grave error porque conoce lo que afirma el Nuevo Testamento.

Por el contrario, siente que pertenece a la iglesia verdadera – la realidad espiritual cuya única cabeza es Cristo y no un hombre que supuestamente es su vicario – y que es gozosamente libre al no formar parte de una entidad que pretende ser exclusivamente la única Iglesia cuando, en realidad, su realidad es diametralmente opuesta a la que aparece en las Escrituras.

Por lo tanto, lo que muchos católicos contemplan como una desgracia, los protestantes lo viven como un privilegio y lo que, a su vez, muchos católicos ven como un privilegio, los protestantes lo contemplan como una servidumbre humana, contraria a lo enseñado por Jesús y los apóstoles y, por tanto, intolerable.

Esa perspectiva debe ser entendida siquiera para evitar malentendidos como los de creer que se habla de lo mismo cuando, a decir verdad, se utilizan las mismas palabras, pero con contenidos muy diferentes.

Continuará: ¿Vicario de Cristo y Sumo pontífice?

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma

César Vidal es escritor, historiador y teólogo©
C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).


Retazos del evangelio a los pobres (XIII)

“Él levanta del polvo al pobre, y del muladar al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor”. 1ª Sam. 2:8. Cántico de Ana completo en 1ª Sam. 2:1-10.

Aunque el tema es el Nuevo Testamento, los Evangelios, he querido citar el precedente del Cántico de María que es el Cántico de Ana. Con Ana ocurre exactamente igual que con María: Dios mira y actúa ante la humildad y bajeza de sus siervos, los no poderosos y sabios según el mundo. La potencia o el poder de Dios se perfecciona en la debilidad de éstos. Desde la prepotencia es imposible captar al Dios poderoso y santo que mira la bajeza de sus siervos. Desde el orgullo prepotente es imposible comprender el Evangelio a los pobres.

En el Evangelio es impactante el hecho de que Dios pase de largo de los poderosos y los ricos de este mundo, el que les dé la espalda para fijarse en los pobres y en los humildes. Si queremos ser discípulos de Jesús, tenemos que entrar, necesariamente, por estas líneas de humildad, bajeza, sencillez y solidaridad con los pobres de la tierra. El Cántico de Ana dice: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados, y los débiles se ciñeron de poder”.

María, en su Cántico, queda impactada por estos hechos, por conocer a un Dios que se fija en la bajeza de sus siervos. Es a los pobres y marginados -y tanto María como Ana se encontraban en este grupo-, los marginados como eran las mujeres de aquellas épocas, a quienes el Poderoso escoge para revelar los más grandes hechos, los acontecimientos más asombrosos que Dios va a hacer en el mundo… hechos tan asombrosos como su concepción virginal. Así de asombroso para el mundo sonaría después el Evangelio a los pobres del que Jesús hablará después en consonancia con estos precedentes. Hecho tan asombroso como lamisca concepción virginal.

Tanto el Cántico de María como el de Ana, nos transmiten todo un trastoque de valores, una inversión de prioridades, un vuelco de lo que muchos hombres consideran como válido: La riqueza como prestigio o, en su caso, como bendición de Dios. Es un golpe a los pies de barro que tiene el ídolo del poder humano como elemento dignificador, a los pies de arcilla de la acumulación de riquezas como triunfo.

Los dos Cánticos son como contravalores anunciando la línea de lo que serían los auténticos valores que nos traería Jesús, los valores del Reino y el Evangelio a los pobres. Esto no lo pueden comprender los soberbios. Esto no lo comprenden aún muchos de los llamados cristianos hoy a lo largo del mundo. Los soberbios y los poderosos, montados en el poder económico o en el poder terrenal, los que coquetean con el Dios Mamón, serán esparcidos y aniquilados: “Dios esparció a los soberbios, quitó de los tronos a los poderosos”, dice el Cántico de María.

En el Cántico de María se da la contraposición de cuatro conceptos: poderosos y humildes; ricos y hambrientos. Es la situación del mundo hoy. Tanto el Cántico de María, como el de Ana, tienen plena actualidad. Cuatro conceptos contrapuestos. ¿Al lado de quién o de quiénes nos debemos situar los cristianos? La respuesta viene si sabemos contestar otras preguntas: ¿Por cuáles se decantará el Señor? ¿Al lado de quién se pondrá el Poderoso? ¿A quién querrá favorecer? ¿Quién ocupa el lugar central de su sentir?

La respuesta bíblica es clara: Dios se pone, en todo el contexto bíblico, al lado de los pobres y sufrientes del mundo. Esta es la base, este es el fundamento del Evangelio a los pobres.

El par de conceptos antagónicos del Cántico de María, se resuelve de forma clara: “Quitó de los tronos s los poderosos y exaltó a los humildes”. Cambio de valores que asusta al mundo. Nos suele gustar más el trono que el servicio, la alta consideración propia, la prepotencia o la altivez, a la humildad y al ubicarnos al lado de aquellos que ostentan, de cara al mundo, cierta bajeza. Dios quiere que los que le siguen se aparten de la prepotencia, para situarse al lado de los pobres y de los humildes. María, con su Cántico, se anticipa a los valores del Reino y al concepto del Evangelio a los pobres.

En cuanto al par de conceptos antagónicos “hambrientos y ricos”, conceptos que debieran hacer temblar a un mundo que hoy cuenta con más de mil millones de hambrientos y con más de medio mundo en pobreza, el Cántico de María los resuelve así: “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos”. ¿Por qué, Señor, aún no se ha cumplido el deseo o las afirmaciones del Cántico de María? No nos pongamos nerviosos. Esperemos en el Señor, Él tiene su momento, la Palabra ha de cumplirse.

Mientras tanto, en esa utopía del Reino con sus valores, en este mundo en donde aún suena extraño ese concepto del Evangelio a los pobres, Dios quiere que sigamos trabajando, acercando al mundo los valores del Reino que “ya” está entre nosotros. Acercándoselos a los hambrientos, a los pobres, a los humildes. Si el Evangelio que predicamos y que queremos realizar, pierde esa visión, las iglesias dejarán se ser iglesias del Reino y el concepto tan importante y necesario del Evangelio a los pobres, tendrán que gritarlo las piedras.

A los ricos los deja en la vaciedad, en el sinsentido de sus riquezas, en el vacío existencial… les anuncia la muerte: “Necio, esta noche van a pedirte tu alma, y lo que has almacenado, ¿para quién será?”

Cántico de María, preludio del Evangelio a los pobres… Dios cumple. Confiemos en su promesa. El Cántico de Ana dice: “Los saciados se alquilaron por pan, y los hambriento dejaron de tener hambre”. ¡Queremos verlo Señor! Mientras tanto, mantengámonos activos en la utopía del Reino, en la línea del Evangelio a los pobres, en la línea del servicio. Acordémonos de la misericordia del Todopoderoso. Así fundamenta María todo su Cántico: “Acordándose de la misericordia, de los cuales habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre”. Imploramos tu misericordia, Señor. Ayúdanos a seguirte en esas líneas del Evangelio a los pobres. Si no, Señor, no nos des paz.


Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).


 Luis y Graciela Pérez

(Nuestro agradecimiento a Luis y Graciela Pérez, por facilitarnos este material).

Cuando oigan hablar del nacimiento de Jesús, no piensen que es algo pequeño y sin valor. Al contrario, levanten sus almas; estremézcanse y llénense de esperanza cuando oigan decir que Dios ha venido a la tierra.

Este hecho es tan sorprendente y maravilloso que hasta los mismos ángeles formaron coros e hicieron resonar un himno de gloria. Y los profetas de la antigüedad se admiraron de que Dios pudiese ser visto sobre la tierra y conversara con los hombres.

Y la verdad es que, desde todo punto de vista, no hay nada más maravilloso que un Dios inefable, que no se puede explicar con nuestras palabras humanas, ni terminar de comprender con la lógica de nuestra mente; un Dios que, siendo igual al Padre, el creador de todas las cosas, se haya dignado pasar por el vientre de una mujer, nacer como un bebé, tener una familia y una historia, teniendo como antepasados a David y Abraham. ¿Y por qué digo a David y Abraham? Porque éstas eran personas famosas y respetables. Pero lo más asombroso es que entre sus antepasados se encontraban también mujeres y hombres indignos y de mala reputación.

Por eso cuando oigan que Jesús nació: ¡Levántense! No tengan humildes pensamientos, sino maravíllense de que Él, siendo  hijo de Dios, del eterno y todopoderoso Dios, se dignó también ser llamado Hijo del Hombre, para hacernos a nosotros los hombres, Hijos de Dios.

Él, siendo hijo del Dios eterno, se dignó tener un padre humano, para darnos a nosotros, los que éramos verdaderamente esclavos de esta vida humana, al Señor como Padre.

Pensándolo humanamente, es más fácil que Dios se haga un ser humano, como nosotros, que no que el hombre sea llamado hijo de Dios.

Entonces cuando escuches que el Hijo de Dios se metió en la historia, se hizo hombre y se le llamó hijo de David y de Abraham, sus antepasados.

¡No dudes! Porque tú eres humano, también puedes ser llamado hijo de Dios. Él no se humilló sin motivos. Se humilló de esa forma y hasta tal extremo, porque sencillamente quería exaltarnos a nosotros.

Él nació según la carne para que nosotros pudiéramos nacer según el Espíritu. Él nació de una mujer, de un ser humano, para que nosotros dejemos de ser simplemente hijos de mujer. Lo que hizo Cristo es grandioso y maravilloso, enlazó la naturaleza divina con la humana; lo suyo con lo nuestro.

Jesús, en efecto, es un nombre hebreo que significa salvador. Y Jesús es salvador porque vino a salvar a la humanidad.

San Juan Crisóstomo o de Antioquia (347–407) fue patriarca de Constantinopla. Fue un excelso predicador que por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero recibió el sobrenombre de “Crisóstomo” que proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, ‘oro’, stomos, ‘boca’) (Fuente: Wikipedia)

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Españoles del siglo XVI con la Reforma

Publicado: diciembre 17, 2010 en Historia, Iglesia

 

César Vidal    

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VII): En España no hubo Reforma (4)

Juan de Valdés – a pesar de su influjo en expandir la llama de la Reforma en otras naciones como Italia – no fue una excepción. En 1546, otro conquense, Juan Díaz, publicó su Suma de la religión cristiana en la que se identificaba claramente como partidario de la Reforma. Fue asesinado por su hermano Alfonso, un católico fanático que pensó lavar con sangre la deshonra de tener a un protestante en la familia. 

  Ese mismo año de 1546, otro español, Jaime de Enzinas fue quemado en Roma. Su delito había sido sostener los mismos puntos de vista que los reformadores. El hermano de Jaime, Francisco Enzinas, sería más afortunado y lograría escapar de la Inquisición en los Países Bajos españoles. No sólo eso. Amigo de Felipe Melanchthon, llevó a cabo una magnífica traducción del Nuevo Testamento del griego al español.

A esas alturas, los agentes de Carlos V – la leyenda sobre la tolerancia religiosa del emperador no es más que eso, leyenda – perseguían con verdadera saña a los reformados españoles en cualquiera de los territorios pertenecientes a la Corona. Sin embargo, no lograron exterminar la Reforma.

De hecho, fue Felipe II, ya convertido en sucesor de la corona española, el monarca que presidió el primer auto de fe contra protestantes españoles. Tuvo lugar en Valladolid, el domingo 29 de mayo de 1559. El 24 de septiembre del mismo año, un nuevo auto de fe tendría como escenario la ciudad de Sevilla. La hoguera acabó con la vida de varias docenas de protestantes, pero no con la Reforma.

De hecho, la represión se recrudeció con extraordinaria virulencia. Apenas pasado un año, cerca de cuarenta protestantes eran arrojados a las llamas en Sevilla. El 22 de diciembre de 1560, otros catorce protestantes fueron quemados vivos. Ninguno quiso retractarse y, por el contrario, dieron muestra de una notable entereza incluidas las ocho mujeres, algunas de ellas niñas. Aún así, los grupos que se reunían en las casas para estudiar la Biblia y orar seguían existiendo. Prueba de ello es que en 1562, otros ochenta y ocho protestantes fueron quemados.

Durante las décadas siguientes, los protestantes arrojados a la hoguera seguirían sumándose a lo largo y a lo ancho de España. En Calahorra, por ejemplo, hubo sesenta y ocho casos de luteranismo antes de concluir el s. XVI además de trescientos diez sospechosos. Por añadidura, las hogueras para reformados se encendieron en Valencia, Zaragoza, Córdoba, Cuenca, Granada, Murcia, Llerena o Toledo donde hubo cuarenta y cinco casos de protestantes españoles y ciento diez extranjeros.

Felipe II había decidido convertir a España en espada de la Contrarreforma y se emplearía de manera especial en la persecución de los considerados herejes. La respuesta de no pocos de ellos fue optar por el exilio. Ése fue el caso, por ejemplo, de algunos afincados en Sevilla. En el monasterio de san Isidro de esta ciudad española se había producido un fenómeno con paralelos en toda Europa. Un grupo de monjes había comenzado a estudiar la Biblia de manera regular y diligente y el resultado había sido su abandono de los dogmas católicos y su orientación hacia doctrinas bíblicas defendidas por los reformados como la de la justificación por la fe o la única mediación de Cristo.

El resultado fue que la congregación abrazó la causa de la Reforma y hacia 1557 emprendió la huida de una España entregada a la represión de la Inquisición. Entre los exiliados más ilustres se hallaban Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. El primero encontró – como muchos protestantes españoles refugio en Ginebra – y llevó a cabo la traducción de la Biblia al castellano más editada de la Historia (1569), una versión que, precisamente, revisaría el segundo de los citados (1602).

Todos estos botones de muestra dejan de manifiesto que en España había existido una Reforma y que había sido vigorosa, pero que había visto su final gracias a la acción resuelta de la Inquisición y de la monarquía de los Austrias.

Semejante decisión histórica iba a marcar de manera trágica la Historia de España. En 1592, una década antes de la publicación de la Biblia de Reina-Valera, cuando el imperio español marchaba a su ocaso desangrado por guerras que le eran perjudiciales y cuya única justificación aparente era el combate contra el protestantismo, el desastre sufrido por la fuerza de desembarco que debía invadir Inglaterra en 1588 provocó uno de los primeros cuestionamientos de la política de España. Ginés de Rocamora, el procurador de Murcia, defendió, en clara armonía con aquellos principios, que España debía “sosegar a Francia, reducir a Inglaterra, pacificar a Flandes y someter a Alemania y Moscovia”. No se le escapaba al triunfalista Rocamora lo audaz de su tesis, pero pronto echó mano de un argumento que, de nuevo según el enfoque de la Contrarreforma, debía disipar cualquier posible – y arriesgada – objeción. La causa de España era la de la iglesia católica y, por lo tanto, era la de Dios. Por ello, había que tener la absoluta convicción en que “Dios dará sustancias con que descubrirá nuevas Indias y cerros de Potosí, como descubrió a los Reyes Católicos de gloriosa memoria…”.

La ardorosa exposición de Rocamora encontró un templado contrapunto en Francisco Monzón, otro procurador que, quizá por representar a Madrid, conocía más a fondo el impacto que aquellas guerras estaban teniendo sobre la Capital y Corte. Para Monzón resultaba obvio que era absurdo seguir desangrando el imperio en pro de unos intereses que no eran los de la nación española sino los de terceros no pocas veces ingratos. Ante el argumento – aparentemente sólido – de que España estaba contribuyendo a facilitar la salvación y a impedir la perdición eterna de sus adversarios, Monzón no pudo dar una respuesta más escueta y, a la vez, convincente : “si ellos se quieren perder que se pierdan”. Pero ni siquiera el sensato consejo de Monzón – mucho menos ambicioso y profundo que el de Valdés – fue escuchado y, al fin y a la postre, no fueron los rivales católicos (Francia) o protestantes (Holanda, Inglaterra) de España los que se perdieron sino ella misma, una nación donde hubo – en contra de lo afirmado tantas veces – Reforma, pero fue incinerada en las hogueras de la Inquisición.

 Artículos anteriores de esta serie: 

  1  Juan Calvino y la Inquisición  

  2  Enrique VIII y los protestantes ingleses  

  3  Inglaterra y María la sanguinaria  

  4  Cisneros ¿precursor de la Reforma?  

  5  Juan de Valdés y la Reforma en España  

  6  Juan de Valdés huye de la Inquisición

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com (España 2010).


La pobreza: escándalo y vergüenza humana

Varias veces he citado el texto bíblico, que podría ser una frase navideña, que dice: “la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron”. Navidad. Noche de paz. Contemplamos el mundo. No es posible que haya paz sin justicia. Se debería afirmar que las desiguales redistribuciones de los bienes del planeta tierra, los desequilibrios económicos que dejan todo en las manos de los acumuladores de la tierra, las injusticias y las opresiones, son el caldo de cultivo de muchas de las violencias que hay hoy en el mundo incluidos algunos tipos injustificables de pirateos y terrorismos que azotan al mundo hoy… aunque sea Navidad. 

  Sin embargo, en estos días navideños, los cristianos y las iglesias dirán sin duda que son buscadores de paz, que quieren crear una cultura de paz…, pero no trabajamos de una forma activa y comprometida para que el aserto bíblico se cumpla: que la justicia y la paz se besen. No nos atrae, al contrario de lo que ocurrió con los profetas, ni la denuncia contra la injusticia, ni la acción contra la pobreza, ni la lucha contra la opresión de los pueblos o de las personas oprimidas en su ámbito individual. No se cumple el deseo bíblico de que la justicia y la paz se besen. Dios quiera que se consiga… al menos en Navidad.

Navidad. Paz entre los pobres. ¿Hay paz entre los pobres? Quizás tampoco, pero curiosamente, tampoco se cumple de forma tajante, el que los pueblos empobrecidos sean violentos, que defiendan su liberación acudiendo a la violencia. Nadie duda que hay muchos pueblos sometidos, oprimidos, despojados, bajo la bota de unos cuantos poderosos, desesperados y en la infravida de la pobreza y, sin embargo, no protestan, no alzan ni su espada ni su voz contra sus opresores… y, quizás, no existe eso de “la voz de los sin voz”.

Navidad. Paz entre los pobres. No existe la revolución de los pobres. Su pobreza severa no se convierte en algo intolerable contra lo que hay que levantarse… y muchos a esto le llaman vivir en un mundo en paz, aunque no hemos de anhelar nunca la paz de los cementerios. Los pueblos, así, se pueden plegar a su mentalidad de pobreza, de analfabetismo, de dependencia y de resignación, sin que funcione lo que pareciera que, humanamente, debería ser: que la injusticia crea las bases y las condiciones de la violencia.

Navidad. Paz entre los pobres. También este deseo para el mundo rico. Paz entre los cristianos del mundo. Aquí, en estos casos tan conocidos en el mundo, los cristianos nunca se deben decantar por animar a estos pueblos a la violencia. No hay ninguna espada o arma especial para usar por parte de los cristianos en defensa de los pueblos oprimidos. Sólo nos queda el ejemplo profético, sólo nos queda la voz, la palabra. Palabras de denuncia tendentes al acercamiento del Reino de Dios, que irrumpe con el nacimiento que celebramos en Navidad, a estos pueblos.

Navidad. La irrupción del Reino con sus valores. Un Reino cuyas normas están en contra de las grandes desigualdades, Reino buscador de justicia y de paz, Reino que pone en los primeros lugares de dignidad a aquellos que están postergados, hundidos, marginados y excluidos. Leed las Parábolas del Reino. Las normas del Reino, con su acogida a los pobres, proscritos y quebrantados del mundo, con la llamada al banquete del Reino de todos estos despojados y oprimidos, está condenando todo aquello que paraliza el desarrollo de los pueblos, su inmersión y condena a la pobreza, el subdesarrollo que nutre las arcas de un puñado de acumuladores.

Navidad. Que no haya injusticias para que no se generen violencias. Noche de paz. La injusticia, de alguna manera, siempre genera violencias. Por tanto, si algunos afirman que no siempre la injusticia genera violencia, se equivocan. Lo que pasa es que la violencia que genera la injusticia se enroca recayendo sobre las propias víctimas de la pobreza y las paraliza. La injusticia y la violencia siempre la generan los mismos. Si las víctimas de la injusticia no recurren a la violencia es porque en la mayoría de los casos no pueden. No tienen ni siquiera la posibilidad de usar la violencia de la voz. Eso no significa que con la injusticia generalizada haya paz en el mundo. Eso no es paz. Eso es violencia institucionalizada contra la que los pobres no pueden hacer nada. Violencia legalizada y establecida a la que el mundo llama paz.

Navidad. Que no haya invitaciones por parte de nadie a la violencia. Las prácticas de los injustos, las injusticias y las acumulaciones desmedidas de bienes, son una invitación a la violencia. La intolerable riqueza de algunas minorías es, de hecho, una llamada a la violencia de los pueblos, pero la violencia, el miedo, la subyugación violenta de los injustos es superior. Domina y calla a los pobres sumergiéndoles en una mentalidad de fatum o destino del cual creen no poder salir. No tienen ninguna posibilidad de éxito contra los que injustamente controlan su destino.

Navidad. El niño sin lugar en el mesón. El niño que nació en exclusión. Es una denuncia del mundo injusto. Así, la denuncia profética que hemos de retomar hoy, con el uso de la voz como única arma, con el uso de la palabra como única herramienta, la denuncia profética dentro de los métodos de la no violencia, es el medio más adecuado para plantar cara a la violencia de los injustos. Esta violencia tampoco la pueden ejercer los pueblos empobrecidos y despojados. Muchos pobres de este mundo no se plantean siquiera el hecho de tomar la vía de las reivindicaciones a través del uso de la palabra. Para muchos, si vencieran su alienación en la que han sido sumergidos dentro de la violencia establecida que es la paz de los injustos y hablaran defendiendo sus derechos más elementales, serían perseguidos y acallados de forma brusca.

Navidad. Cantemos villancicos, hablemos, miremos al niño naciendo ne medio de la infección de los animales… denunciemos. La violencia de la voz de los creyentes del mundo podría tener un efecto enorme y devastador de la violencia establecida como paz. La búsqueda activa y comprometida de la justicia por parte de los creyentes, podría reconducir al mundo a la auténtica paz, al hecho final y definitivo de que habla la Biblia. El hecho de que la justicia y la paz se besen. Será entonces cuando habremos acercado al mundo el Reino de Dios y algo de su justicia. Será la celebración de la auténtica Navidad. Será entonces cuando nuestro llamado a la misericordia y a la búsqueda de justicia, nos pondrá en movimiento hacia un mundo mejor y más justo. Estaremos llevando al mundo a una situación en la que se dé, realmente, la auténtica paz que hace añicos y pedazos todas esas paces muertas e inactivas de los cementerios. ¡Danos días de paz, Señor, en esta Navidad!

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2009).


por:juanstam

Algunos predicadores televisivos parecen inventar frases sensacionales pero sin sentido, para mantener el interés de su público.

Una nueva moda teológica: «La dimensión sobrenatural»

En varios medios de comunicación se está invitando para 9-11 de diciembre 2010 a un gran seminario en Rosario, Argentina, bajo el impresionante título, «Viviendo en lo sobrenatural». Lo patrocina Ministerio Internacional Redil de Cristo (www.conjesussepuede.org.ar). La concentración del jueves 9 y el viernes 10 se realizará en el estadio cubierto «Newell’s old boys», con la presencia de Oscar Jesús Sensini, el «apóstol» Guillermo Maldonado y el profeta David Maldonado. El costo para estos dos días:

pago anticipado $100 Campo, $60 Platea;

Pago en noviembre: Campo $120, Platea $80.

El sábado 11 será día de clamor en los predios del ex-Rural de Rosario, donde caben 30 mil personas. «Nuestro clamor a Dios es para tu milagro y porque juntos vivamos en lo sobrenatural del Espíritu de Dios».

Este lenguaje, y otras frases similares y muy relacionadas, están tomando popularidad en la siempre sensacionalista jerga de las grandes estrellas de la iglesia televisiva. Es el evangelio de las ofertas llevado a su límite extremo, ahora la de «vivir en lo sobrenatural».

Hace poco escuché a Rony Cháves llamar a todos a «entrar en un espacio profético» porque «hay que incursionar en tiempo sobrenatural, donde se para el tiempo». No es fácil entender el significado de expresiones tan altisonantes y sublimes, ¡pero aparentemente debe ser algo maravilloso y sumamente grandioso!

Otro predicador, en el canal «Enlace», repitió la fórmula completa: «hay que incursionar en tiempo sobrenatural, donde se para el tiempo, para entrar en un escenario profético». (Eso de que «se para el tiempo» parece derivarse de la idea griega de que la eternidad es atemporal, de modo que «incursionar en tiempo sobrenatural» significaría entrar en una esfera donde no existe el tiempo. Pero esa idea griega no es bíblica; en la eternidad se vive el tiempo de Dios, aunque no el tiempo finito de la creación. Textos como Sal 23:6, «en la casa de Jehová moraré por largos días» [hebr], o Apoc 22:2, que habla de los meses y años en la nueva creación, muestran que los hebreos no tenían ese concepto abstracto de una eternidad «donde el tiempo se para»).

En la maratónica de Enlace para noviembre 2010, un predicador de nombre Joel relacionó estos conceptos directamente con la ofrenda que pedían como «siembra». «Hay que entrar en un nuevo nivel», exhortaba el predicador, «por un momento de posicionamiento [¡Otro aporte impresionante al léxico teológico!]. Diga Ud ahora mismo, me uno a este tiempo profético, tome ya el teléfono para pactar con Dios». Al parecer el hermano Joel entendía que una ofrenda a Enlace era el «momento de posicionamiento» para entrar al nivel profético y sobrenatural. ¡La ofrenda es como la puerta al mismo cielo!

Un corolario de esta doctrina se llama «el rompimiento». Este extraño término es una traducción poco adecuada del término del inglés, «breakthrough», que no parece tener un equivalente satisfactorio en castellano. El término inglés significa salir de una condición para abrir paso hacia una situación nueva. El «apóstol» Maldonado lo describe como «el rompimiento a un nivel sobrenatural» y de «intercesión de alto nivel; una oración sobrenatural». En medio de toda la ambigüedad, en todas las fórmulas está el concepto de un salto instantáneo que nos hace salir de lo natural para entrar en lo sobrenatural.

Es muy impresionante la creatividad de estos movimientos en inventar nuevas fórmulas, como si inventar nuevas frases nos comunica nuevas y profundas verdades. Pero siempre tenemos que preguntar cuánta base bíblica tienen estas novedades y cuán fiel bíblica y teológicamente son sus propuestas para la vida de fe.

Debe llamarnos la atención que la palabra «sobrenatural» no aparece en toda la Biblia, y la palabra «natural» se usa mayormente para indicar el país de uno (Ex 12.19 y casi siempre; Hch 4.36 natural de Chipre; 28.2,4 etc). Las palabras «natural» y «naturaleza» a veces señalan lo que es normal o correcto (Rom 1:26-27,31; 1Cor 11:14; 2Tm 3.3; Judas 7), pero no en el sentido metafísico griego ni como opuesto a «sobrenatural». Términos como «divino», «milagro» (la Biblia no tiene palabra para «milagroso»),»cielo», «arriba», y otros parecidos, tienen todos su significado bíblico muy específico, pero ninguno significa «esfera sobrenatural».

Un texto que podría malentenderse en sentido metafísico es 2 Pedro 1:4, «llegar a tener parte de la naturaleza divina» (Gr. theías fúsis). El contexto aclara el significado de «naturaleza» en este versículo: consiste en dejar atrás la corrupción mundana y «vivir como Dios manda» (1:3-4). No es un cambio metafísico sino ético, no de «esfera» sino de conducta. Lo aclaran muy bien Louw y Nida en su léxico del griego, como «participar en la semejanza de Dios, ser como Dios en ciertos aspectos».

En fin: bíblicamente, no existe ninguna «esfera sobrenatural», ni mucho menos una dicotomía o antítesis entre «lo sobrenatural» y lo «natural». En la historia de la teología cristiana, el binomio ha sido «naturaleza y gracia», desde una perspectiva cristiana, y no «lo natural y lo sobrenatural» desde una perspectiva metafísica.

Al encarnarse el Verbo divino, no dejó una esfera sobrenatural para entrar en otra esfera, la de lo natural. En un cuerpo humano, de carne como la nuestra, Jesús vivió plenamente su eterna realidad divina, siendo Dios y hombre a la vez, en una sola persona humana. Tampoco pasó su vida terrestre tratando de escaparse de la esfera natural para irrumpir en la esfera sobrenatural. En su vida, muerte y resurrección, todas plenamente humanas, él nos salvó. La herejía nestoriana, que separaba y aislaba las dos «naturalezas» de Jesús, fue rechazada por la iglesia como herejía. En su ascensión también, Cristo no dejó a un lado su humanidad para irrumpir en una esfera sobrenatural. A la diestra del Padre, Jesucristo sigue siendo el mismo Resucitado y en su segunda venida se manifestará corporal y visiblemente (Hch 1:11).

En la Biblia, pocas cosas son puramente «sobrenaturales» (en un «plano sobrenatural») ¿Fue «sobrenatural» el nacimiento de Jesús? Los evangelios nos dicen que María lo concibió por el Espíritu Santo, pero su embarazo duró nueve meses (Luc 2:6; cf. 1:36), y el alumbramiento (2:6) fue como el de cualquier chiquillo, con todo y dolores de parto (cf. Ap 12:2). Nada indica que el embarazo de María y el nacimiento mismo de Jesús fuesen «sobrenaturales». Es que Dios no hace esa distinción entre «natural» y «sobrenatural» sino que suele realizar sus propósitos divinos por medio de procesos «naturales», sin manipularlos desde su trono celestial.

¿Fue «sobrenatural» la inspiración de las escrituras? Es cierto que el Espíritu Santo actuó de manera divina muy especial en el proceso de escribir los libros canónicos. Pero el Espíritu inspiró la Biblia por medio de autores humanos. La inspiración de las escrituras no fue un dictado «sobrenatural», palabra por palabra, dejando a los autores bíblicos como simples autómatas en un proceso mecánico. Los profetas «estudiaron y observaron» el mensaje de salvación, buscando entenderlo mejor (1P 1:10-11); San Lucas buscó todas las fuentes y averiguó los hechos históricos de la vida de Jesús (Lc 1:1-4); San Pablo luchaba por comunicarse eficazmente, y hasta se lamentó por un momento de haber escrito una epístola a los corintios (1Cor 2:4; 2Cor 1:13-2:4,9; 6:11-13; 7:2,8-9). Cada autor bíblico se expresa desde su propio trasfondo, en su propio contexto y con su propio estilo literario. La inspiración de la Palabra de Dios no fue un dictado «sobrenatural» (para emplear ese término inapropiado) sino una confluencia dinámico entre acción divina y acción humana.

¿Funciona el cumplimiento de las profecías siempre a nivel «sobrenatural»? Sin poder entrar en detalles, conviene observar que la gran mayoría de las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron mediante acción humana. Las profecías de la caída de Asiria se cumplieron por los ejércitos de Babilonia; de la caída de Babilonia, por los ejércitos de Persia; el fin del exilio de los judíos, por un decreto de Ciro. José y María no vivían en Belén, pero según el relato de Lucas, fue un decreto de Augusto César (Lc 2:1-7) que hizo cumplirse la profecía de Miqueas 5:2 (Mt 2:5-6). El arresto y crucifixión de Jesús, centrales al plan de Dios, fueron acciones humanas plenamente libres y responsables. Las profecías son reveladas divinamente, pero las más de las veces se cumplen humanamente, en el mismo «plano natural».

Como último ejemplo, una sanidad divina, ¿se realiza en «la dimensión sobrenatural»? Me parece que no. Es acción de Dios, pero se realiza en un cuerpo de carne y hueso, en la tierra y no en algún plano «sobrenatural». Y de hecho, ¿cuál sanidad no es divina, directa o indirectamente? Como dijo un famoso médico francés, «Dios los sana y nosotros les cobramos». (Digo eso con todo respeto a la profesión médica y al admirable cardiólogo que recién me implantó un marcapasos).

¿A qué se debe este extraño (y yo diría, morboso) afán de «irrumpir en la dimensión sobrenatural»? ¿Podría interpretarse como un anhelo de escaparse de lo humano y lo histórico? ¿O peor, una ambición implícitamente idolátrica de subir al cielo y ser un poco igual a Dios? ¿O será simplemente una táctica más de algunos predicadores que, sin tener algo serio y bíblico para decir a sus oyentes, se afanan en inventar nuevas frases y conceptos exóticos de entretener a su público y mantener su propia popularidad y éxito?

Un vasto sector de la iglesia evangélica hoy está enfermo, que va tumbando insensatamente de una moda poco o nada bíblica a la próxima calentura teológica igualmente aberrante. Esas novedades sensacionalistas no edifican a la iglesia sino que hacen daño al pueblo del Señor. Que Dios nos tenga misericordia y sane su iglesia.

Escribo estas líneas la noche del sábado. Mañana iré a la iglesia, a la vuelta de la esquina de nuestra casa. Seremos unas cincuenta personas, y cantaremos todos con mucha fe y alegría los himnos y cánticos que nos inspiran. (¡Y cómo canta esta congregación, con fervor y entusiasmo!) Leeremos la Palabra del Señor y sentiremos su presencia. Confesaremos nuestro pecado y recibiremos el perdón de Dios. Compartiremos nuestras alabanzas y peticiones como una familia, y de hecho la somos. Oraremos. El pastor nos dará una exposición clara y sencilla de la Palabra del Señor, pero — ¡gracias mil a Dios! — no nos invitará a «irrumpir en la dimensión sobrenatural».

En América Latina hay muchos miles de congregaciones y pastores/as que todavía son fieles. Alabado sea Dios por ellos, y que Dios los multiplique miles de veces.