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Obispos casados

Publicado: enero 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XII)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de la lujuria apenas contenida de sus iniciadores. La prueba fundamental de ese aserto sería triple.

En primer lugar, los diversos matrimonios del rey inglés Enrique VIII; en segundo, el matrimonio de Lutero con una monja y en tercero, el abandono del celibato de los clérigos.

Sobre Enrique VIII ya indicamos en una entrega anterior que nunca fue protestante. Ciertamente, fue un cismático y persiguió a aquellos que no quisieron someterse al Acta de supremacía que lo convertía en jefe de la iglesia anglicana, pero, al mismo tiempo, ejecutó a no pocos protestantes que tenían la osadía intolerable para él de pretender una Reforma de la iglesia basada en la Biblia. Ciertamente, no pocos de esos protestantes fueron ejecutados cuando Enrique VIII era declarado “Defensor fidei” por el papa y ayudado en su labor letalmente represiva por su fiel Tomás Moro, pero aún más lo fueron después de la separación formal con Roma. Por otro lado – y dice mucho del estado moral de la Cristiandad – los monarcas católicos de la época –incluidos Carlos V o Felipe II– no fueron más castos que Enrique VIII.

El segundo argumento no es menos falaz. Lutero efectivamente contrajo matrimonio con Catalina de Bora que había sido monja. Su vida matrimonial fue ejemplar a diferencia, dicho sea de paso, de lo que, por ejemplo, alguien tan poco sospechoso como Teresa de Jesús relata sobre la vida sexual en los conventos católicos de su época. Semejante conducta – deplorable, sin duda – no puede tampoco extrañar en la medida en que no pocas de las personas que poblaban los conventos y monasterios habían ido a parar en ellos (de nuevo, el testimonio de Teresa de Jesús es relevante) por razones nada espirituales.

El tercer argumento es de mucha mayor relevancia porque obliga a reflexionar sobre si la configuración del sacerdocio católico armoniza con lo que enseñaron Jesús y los apóstoles. Que Pedro estaba casado es algo que se desprende del testimonio de los evangelios donde se relata cómo Jesús curó a su suegra que padecía una fiebre muy elevada (Mateo 8:14; Marcos 1:30; Lucas 4:38-39). Podría pensarse que, al conocer a Jesús, habría dejado a su esposa – algo moralmente digno de reflexión – pero lo cierto es que el Nuevo Testamento indica que su mujer lo acompañaba en sus viajes misioneros como, por otro lado, sucedía con los otros apóstoles. Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo escribiendo a mediados del s. I indicara que él y Bernabé eran los únicos que viajaban sin esposa (I Corintios 9:5). Pablo no estaba casado – aunque es posible que fuera viudo y no soltero – pero reconocía que esa conducta era excepcional. Quizá sería deseable que todos – no sólo los dedicados a proclamar el Evangelio – fueran célibes como él, pero Pablo indica que esa condición sólo deberían guardarla los que han recibido ese don de Dios (I Corintios 7:7). Para los que no habían recibido el don, el apóstol era claro: “era mejor casarse que abrasarse” (I Corintios 7:8).

Precisamente porque ni existía algo parecido al celibato obligatorio del clero ni los apóstoles eran hombres solteros podemos entender las instrucciones de Pablo sobre los requisitos para ser obispos… que incluían que estuvieran casados: “Pues es necesario que el obispo sea irreprensible, casado con una mujer, sobrio, formal, decente, hospitalario, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, sino manso, no rencoroso, no avaro, que sepa gobernar bien su casa, que tenga a sus hijos en obediencia con toda honestidad, por el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios?” (I Timoteo 3:2-5).

El texto de Pablo difícilmente puede ser más revelador. Los obispos de la época apostólica estaban casados y tenían hijos. Es más, se consideraba que ambos requisitos resultaban enormemente importantes para poder desempeñar su función pastoral. De hecho, Pablo parece adelantarse a una de las objeciones formuladas por el protestantismo – y por no pocos católicos – en contra del celibato eclesial: ¿cómo pueden dedicarse a aconsejar a cónyuges e incluso emitir normas sobre la vida conyugal gentes que nunca han estado casadas y que no conocen personalmente lo que significa? Con el debido respeto, me atrevería a decir que buena parte de la doctrina moral de la iglesia católica relativa a la vida conyugal y sexual sería radicalmente distinta si se hubiera ido forjando sobre la base de las Escrituras enseñadas por obispos casados y con hijos y no por célibes que consideran – por citar las palabras de un conocido santo – que “el matrimonio es para la clase de tropa”.

La importancia de esa vida matrimonial resulta tan relevante en la enseñanza apostólica que Pablo expresa un durísimo juicio sobre su prohibición: “Pero el Espíritu dice claramente que en tiempos venideros apostatarán algunos de la fe, escuchando a espíritus de error y doctrinas de demonios, por la hipocresía de los que hablan mentiras y tienen cauterizada su conciencia, que prohíben casarse y el consumo de alimentos que Dios creó para ser disfrutados con acción de gracias por los que creen y han conocido la verdad, porque todo lo que Dios creó es bueno y no es de rechazar nada de lo que se recibe con acción de gracias” (I Timoteo 4:1-4).

Lo cierto es que la Biblia enseña que el matrimonio de los obispos no sólo es lícito sino muy conveniente y que la prohibición del matrimonio es una doctrina demoníaca. Esa circunstancia explica, sin duda, que los clérigos estuvieran casados a lo largo de la Historia del cristianismo durante siglos y que en el seno de la iglesia católica hubiera que esperar a la reforma de Gregorio VII, un antiguo monje, ya en pleno medievo, para que se prohibiera el matrimonio eclesial con cierta eficacia. Con cierta eficacia, pero no total porque el celibato eclesial siguió siendo caballo de batalla durante los siglos siguientes y no faltaron los sacerdotes que contrajeron matrimonio y que obtuvieron un reconocimiento legal del mismo. Incluso después del concilio de Trento en el s. XVI – donde no podía reconocerse la razón de los protestantes al exigir que los clérigos pudieran contraer matrimonio – no acabaron los casos de sacerdotes casados si bien la ceremonia solía celebrarse en secreto.

Con todo, ni siquiera la iglesia católica posterior a Trento ha sido consecuente con el celibato obligatorio. Aunque muchos católicos lo ignoran, los sacerdotes católicos de culto oriental pueden contraer matrimonio y lo mismo sucede con los que entraron en la iglesia católica hace unos meses, procedentes de la Comunión anglicana. Ahora bien, si el celibato obligatorio es tan indiscutible y constituye una fuente de tan grandes bendiciones, ¿cómo pueden admitirse esas excepciones?

¿Se imagina alguien que fuera lícito el adulterio en ciertos sectores de la iglesia católica mientras que no lo era en otros? O que fuera lógico rehusar una bendición espiritual – la derivada del celibato obligatorio – a alguien sólo porque pertenece a un rito diferente dentro de la misma iglesia?

Concluyendo pues, los protestantes no sentimos que el hecho de que los pastores contraigan matrimonio sea una traición al cristianismo. Por el contrario, constituye un seguimiento claro y obediente de lo que enseña el Nuevo Testamento y precisamente esa obediencia es bendecida por Dios con pastores que pueden entender, por propia experiencia, las cargas, las dificultades y los problemas de carácter conyugal que sus hermanos les traen y que, por añadidura, no acumulan cargas sobre los hombros de otros sin ayudar a sobrellevarlas siquiera con un dedo tal y como hacían los escribas y fariseos de la época de Jesús (Mateo 23:4).

Continuará: Los protestantes no creen en la Virgen

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España, 2011).


juanstam

Cinco mandamientos que no permiten excepción alguna:

Orientaciones prácticas para el nuevo año…

y para todos los días

Hay una frase que aparece en sólo tres versículos del Nuevo Testamento, que va con verbos en voz activa y modo imperativo que definen cinco mandamientos de exigencia sin excepción. La frase es «todo lo que hicieras», y las cinco mandamientos son:

1) Hacer todo para la gloria de Dios (1Cor 10:31)

2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a)

3) Hacer todo…dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:17b)

4) Hacer todo de corazón (Col 3:23a)

5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (Col 3:23b)

Todos conocemos los diez mandamientos del Antiguo Testamento, y son fundamentales para la orientación de nuestra vida y nuestra ética bíblica. Aunque los famosos diez mandamientos están formulados negativamente, cada uno conlleva un sentido positivo, como demuesta Juan Calvino en su obra clásica, la Institución. Estos cinco mandamientos, en cambio, están formulados en forma positiva. Si el decálogo antiguotestamentario nos muestra lo que no debemos hacer, este semi-decálogo nos enseña lo que sí debemos hacer.

Estos cinco mandamientos, según los mismos términos en que están formulados, no permiten excepción bajo ninguna circunstancia. Podemos considerarlos como «principios absolutos» de la vida cristiana. De hecho, son orientaciones que podemos aplicar en todas las experiencias de la vida. Aun en las sitiuaciones más difíciles, es posible cumplir cada uno de estos mandamientos. Y cuando más difícil, es cuando es más urgente obedecer estos cinco imperativos.

Los cinco mandamientos se dividen en tres segmentos, que se dirigen a tres areas de la vida humana. El primero, en 1 Cor 10:31, tiene que ver con los apetitos («si comeís o bebeís»; cf. 1 Cor 6:15-20, el sexo). Col 3:17 es más amplio y cubre toda nuestra conducta, pero con énfasis en las relaciones interpersonales (todo lo que hacemos y decimos; cf. 3:12-16). El tercer segmento (Col 3:22-25) se refiere explícitamente a las relaciones laborales.

(1) Hacer todo para la gloria de Dios (1 Cor 10:31). El mandamiento de glorificar a Dios en todo se aplica al terreno de los apetitos. ¿Habrá algo más común y corriente en la vida humana que el comer y beber? Todos lo hacemos tres veces al día, sin pensar mucho en ello. No sólo al predicar un sermón, enseñar una clase o cantar un solo glorificamos a Dios. El texto nos enseña que aun en lo más común y corriente, como comer y beber, podemos glorificar a Dios. Es más, hacerlo es nuestro deber.

En la misma epístola Pablo discute otro apetito — el deseo sexual — en exactamente el mismo sentido. Hablando de la vida sexual, exhorta a los corintios «habeís sido comprado por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo…» (1 Cor 6:20). Para cristianos, según Pablo, el sexo no es una mera función biológica; ¡es más bien una celebración doxológica!

¡Es aun más impresionante este mandamiento, porque los corintios tenían terribles problemas precisamente en el área de los apetitos! En el capítulo siguiente Pablo redarguye a los corintios porque en la Santa Cena «al comer, cada uno se adelante a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga». Con ese egoísmo, en la misma Cena del Señor (¡la Santa Comunión!), ellos avergonzaban a los pobres que no tenían nada para comer (11:21-22).

Aun peor era el pecado y el escándalo del desorden sexual entre los corintios. Había un caso de incesto (cap. 5) y Pablo tiene que advertir a los hombres que dejen de visitar a las prostitutas (6:25-16; no cabría la reprimenda si no había algunos que visitaban la zona roja de esa ciudad portuaria, famosa por su relajo moral). Ante esa situación de pecado, Pablo no sólo les exhorta a portarse mejor y huir de la fornicación (6:18) sino — ¡qué contraste más grande, y que exhortación más sorprendente! — les llama a glorificar a Dios con los mismos cuerpos con que antes practicaban el pecado (6:20).

Así este primer mandamiento nos da una enseñanza a la vez desafiante y animadora: Dios puede glorificarse en todas nuestras acciones, hasta los más triviales, y sobre todo en aquellas areas donde somos más débiles.

(2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a). El contexto de este mandamiento describe en toda su amplitud la vida abundante que Dios desea para nosotros, con énfasis particular en las relaciones interpersonales:

Vestíos de entrañable misericordia…

soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros…

Y sobre todas estas cosas vestíos de amor que es el vínculo perfecto.

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones,

a la que fuisteis llamados en un solo cuerpo…

En San Pablo, la f’órmula «en Cristo» expresa nuestra unión con él por el Espíritu Santo, en quien somos su cuerpo y él es nuestra vida. Actuar y hablar «en el nombre del Señor Jesús» significa mucho más que sólo repetir esa frase, como se hace ligera y hasta frívolamente; significa vivir en íntima comunión con él, de tal modo que su voluntad sea la voluntad nuestra y que él pueda actuar en y por nosotros. Por lo mismo, se nos hace imposible hacer cualquier cosa que no podemos hacer en el nombre de él.

En los países latinos pasa algo inaudito en otras culturas: a muchos niños y hasta niñas se les da el nombre «Jesús» de modo que muchas personas llevan ese sagrado nombre (aunque en tiempos antiguos era un nombre común). A los nuevos misioneros eso nos extrañaba y observamos con especial atención la conducta de esas personas, para ver si su conducta correspondía a su nombre. ¡A veces la inconguencia entre su nombre y su conducta parecía escandalosa! Pero de hecho, todos los cristianos y cristianas nos llamamos «Jesús». ¿Llevamos dignamente ese nombre, honrándolo en todo lo que hacemos y decimos?

(3) Hacer todo dando gracias a Dios. Nuevamente el contexto amplía el significado de la frase:

Sed agradecidos (Gr. eujaristoi, «eucarísticos»).

La palabra de Dios more en abundancia en vosotros,

enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,

cantando con gracia en vuestros corazones al Señor,

con salmos, himnos y cánticos espirituales…

Y todo lo que haceís, hacedlo dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:15-16).

Bien se ha dicho que las dos palabras más importantes de la fe evangélica son «gracia» y «gratitud». En 2 Cor 8-9 San Pablo, al pedir a los corintios que enviaran su aporte para los pobres de Jerusalén, nos da una profunda exposición de la gracia de Dios (járis de Cristo 8:9; manifestada en nosotros 8:1,4,6s,19; 9:8,14) y de nuestra «gratitud por la gracia» (járis 8:16; 9:15; eujaristía 9:11,12). Esta teología de la gracia se resume en tres afirmaciones medulares: (1) «Conoceís la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre» 8:9; (2) «poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia» 9:8 y (3) «Gracias a Dios por su don inefable» 9:15).

En toda la historia cristiana, nadie vivía más de gracia y gratitud que Santa Teresa de Ávila. Firmaba sus cartas «Teresa, pecadora» y amaba a Jesús como su Salvador. Cuando sus enemigos la criticaban, ella decía, «Gracias a Dios, que mis enemigos no conocen mis peores defectos». Cuando al fin accedió a escribir su autobiografía, lo tituló «El libro de las misericordias de Dios» (que hoy aparece como subtítulo). Teresa veía cada día como una nueva página en el gran libro de la gracia de Dios para con ella.

Cuando Abelardo, un personaje muy diferente, escribió sus memorias, las tituló «La historia de mis calamidades». No es que Santa Teresa no sufriera, pues sufrió mucho. Mas bien, son dos maneras de ver la vida: El libro de las misericordias de Dios o la historia de mis calamidades.

La diferencia la hace la gratitud, el saber vivir «eucarísticamente».

(4) Hacer todo de corazón (Col 3:23): De nuevo aparece la frase clave, «todo lo que hagaís», ahora aplicado al terreno laboral, dirigida específicamente a los esclavos:[1]

Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales,

no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres,

sino con corazón sincero, temiendo a Dios.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón,

como para el Señor y no para las demás personas,

sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia,

porque a Cristo el Señor servís.

Más el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere,

porque no hay acepción de personas.

Amos haced lo que es justo y recto con vuestros siervos,

sabiendo que vosotros tenéis un Amo en los cielos.

Col 3:22-4:1 (cf. Efes 6:5-9)

Este versículo, en sus dos cláusulas, vuelve a tocar la motivación de la vida y conducta cristianas, complementando la gratitud mencionada en 3:17. Nos extraña encontrar esta exhortación a los siervos y siervas no sólo a obedecer a sus amos sino a «hacer todo de buena gana» (3:23 Dios Habla Hoy). Es que el trabajo creativo es parte de la imagen de Dios en nosotros.[2] Bajo cualquier circunstancia, trabajar bien glorifica a Dios y la pereza disminuye la imagen divina en nosotros.

Si San Pablo espera de los siervos del primer siglo que metan ganas a su trabajo, cuánto más debemos nosotros realizar nuestros trabajos de corazón, con ganas. Si estudio, debo ser el mejor estudiante que pueda ser. Si juego futbol, debo glorificar a Dios en la cancha. Si soy mecánico, con esa maravillosa inteligence que Dios ha dado a algunos, mi meta será mantener en las mejores condiciones los autos de mis clientes. Si soy pastor o teólogo, haré todo por superarme constantemente para servir a Dios y al pueblo con la máxima efectividad y bendición. En cualquier caso, si vale la pena hacer un trabajo, entonces vale la pena hacerlo bien, con todo el ánimo.

(5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (3:23b). Aquí el texto llega a lo más profundo de nuestra motivación. La frase anterior aclara bien el sentido: «no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios». La irresponsabilidad en el trabajo es una falta de temor a Dios; el temor a Dios debe motivarnos a trabajar bien. «El amor de Cristo nos apremia», escribe San Pablo en 2 Cor 5:14 (Biblia de Jerusalén).

Muchas veces trabajamos sólo por el salario, y el más alto posible. O trabajamos por el éxito, para ser admirados y alabados por los demás, o sentirnos orgullosos de nuestros logros. O hacemos un mínimo de trabajo, sólo para que el jefe no nos despida. Todo eso es lo que Pablo llama «sirviendo al ojo».

A.J. Cronin era un famoso novelista estadounidense que se interesó mucho en el movimiento misionero y viajó en todo el mundo buscando misioneros y visitando con ellos y ellas. Una vez, muy al interior de la China, se encontró con una enfermera cristiana que estaba soportando las condicones más difíciles en su trabajo, sin las comodidades básicas de la vida. A Cronin se le ocurrió decirle, «Señorita, yo no hacía lo que Ud hace, ni por un millón de dólares».

«Yo tampoco». respondió la enfermera. «Pero amo a Dios y amo a esta gente, y por eso estoy aquí muy contenta en este trabajo».

Y nosotros, ¿para qué y por qué trabajamos y vivimos?

¿Cuál es la motivación básica de nuestra existencia?

[1] Dejaremos a un lado el tema complejo del NT y la esclavitud. Este texto tiene que verse dentro de su contexto histórico. Hay diferentes interpretaciones de la esclavitud en la segunda mitad del primer siglo. Es significativo tmbien que tanto aqui como en Efes 6:9 Pablo responsabiliza a los amos a ser justos.

[2] Según Gén 2, Adán trabajaba antes de caer en el pecado. El trabajo no fue resultado del pecado, sino sólo la fatiga, la pereza y el aburrimiento. El trabajo debe ser creatividad a la imagen y semejanza de Dios.


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (IV)

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (texto completo en Mateo 19:16-22). Partimos de la pregunta de un joven rico, un joven que, quizás, estaba acostumbrado a heredar. Si era joven, era difícil que él hubiera trabajado y negociado tanto para tener tantas posesiones. Sabía de lo cómodo de recibir herencias, de encontrarse con posesiones y bienes, con tesoros, que él no había trabajado. Era un joven rico que lo tenía todo en la tierra. Se iba a encontrar ante la dificultad de poder seguir a un Maestro que trajo un Evangelio para todos, pero con un destinatario específico: los pobres de la tierra.

Parece que este joven rico era consciente de que la vida en la tierra era limitada, que el disfrute de sus herencias no iba a ser permanente, que el tiempo pasaba de forma inexorable y que sus riquezas no le ayudarían a conseguir una vida eterna en nuestras coordenadas espacio-temporales. Era bonito disfrutar de las herencias en la tierra. Pensó que sería bueno intentar heredar también para el más allá. Quería tener todo en la tierra y todo en el cielo. Esta filosofía no se compadece con los valores del Evangelio a los pobres.

Jesús le enfrenta con una realidad dura: Esto que me pides no es posible. No puedes marchar detrás de mi, camino a la vida eterna con un lastre tan grande de riquezas. Sin embargo, el joven rico tuvo que recorrer un camino, en el que exhibe toda su ética de cumplimiento y conocimiento, toda una conversación con Jesús, antes de llegar a esta conclusión que le produce gran tristeza. Creer no es cumplir, no es participar en rituales cúlticos, es comprometerse con Dios y con el prójimo dando como resultado líneas de acción de cara al prójimo necesitado, al prójimo sufriente.

Una de las líneas que se repite en la Biblia en relación con el Evangelio a los pobres, abarca dos conceptos importantes: la necedad de las riquezas y la omisión de la ayuda de los ricos a los desamparados, a los pobres de la tierra. El joven rico estaba feliz con el disfrute de sus riquezas en la tierra, pero se llena de tristeza cuando se le pide que la comparta, que sea solidario, que practique la solidaridad.

También la pregunta que hace al Maestro, “¿qué haré para heredar la vida eterna?”, se repite en diferentes parábolas y no parte de la boca de los pobres. Los ricos se interesan por el más allá, por situarse también allí, por unir a sus posesiones en la tierra, los bienes del más allá. A través de esta pregunta del joven rico se le pide a Jesús que responda sobre algo fundamental, algo esencial, algo sumamente importante y vital. Se trata de ver qué hacer, cómo comportarnos… nada menos que para conseguir la salvación eterna.

La pregunta viene desde los cumplidores, desde los que creen que la vida eterna se puede ganar actuando, cumpliendo con rituales. Pedían algo concreto. Probablemente se hubieran desilusionado si Jesús les hubiera dicho que creyeran, que tuvieran fe. Hubieran dicho que ellos contaban con la fe desde siempre, que eran grandes creyentes.

Jesús, por tanto, les responde desde el plano de lo concreto, desde el plano de la vida en el aquí y el ahora. Conocían los mandamientos que eran concretos y prácticos: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos”. Esta respuesta, para los que vivían dentro de la ética del cumplimiento como en la parábola del buen samaritano y en esta del joven rico, era decepcionante. ¡Señor, si vivimos para eso! “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”, dice el joven rico. ¡Maestro, tienes que darme otros retos! El joven rico consideraba esta respuesta incompleta. El cumplir la ley y los mandamientos era “pan comido” para estos cumplidores, para este joven rico y otros integrados en los sistemas religiosos y económicos del momento.

Desde los parámetros del Evangelio a los pobres, se pueden ver las siguientes características de estos religiosos ricos y acumuladores del mundo: son cumplidores, intentan tener una ética de cumplimiento, pero es cumplimiento ritual, no actúan. Son cumplidores religiosos, pero no tienen misericordia del prójimo caído al lado del camino. Son cumplidores, pero no tienen una fe comprometida en la línea del Evangelio de Jesús… Jesús no capta en ellos una fe viva, aunque sean cumplidores de los mandamientos y de los ritos eclesiales.

El compromiso que se pide a los ricos desde el Evangelio a los pobres es tan radical que no basta, no es suficiente, el que dejen algunas migajas para los pobres. Eso hizo el rico de la parábola del rico y Lázaro, que le dejaba que comiera de las migajas que caían de su mesa. Hay que dar y darse hasta límites insospechados. El Evangelio a los pobres asusta hasta hacer muy difícil que un rico herede la vida eterna.

En la parábola del buen samaritano, que responde a la misma pregunta por la salvación, se da un imperativo de acción siguiendo las líneas de projimidad para con los apaleados y marginados de la historia: “Haz tú lo mismo”. En la parábola del joven rico, desde las líneas del Evangelio a los pobres, se da un imperativo tan radical que obliga a compartir de forma total y absoluta si se quiere seguir a Jesús para poder heredar la vida eterna. La respuesta final es: “anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”.

En el fondo la respuesta que enlaza con el Evangelio a los pobres es que no hay que vivir para las riquezas, sino para el servicio a los pobres, a los más necesitados, a los sufrientes del mundo. En el fondo, la respuesta es: No basta con ser religiosos, no basta con ser cumplidor. Hay que tener una fe viva que actúa, que hace el bien, que comparte, que da, que reparte, que hace felices a los otros. Ahí está la fuente de la felicidad. El rechazo a estas líneas nos sume en la tristeza, como ocurrió con el joven rico.

En la línea de esta parábola, no hay felicidad para el mundo si hay personas cargadas de un lastre grande de riquezas. Esas cargas de riquezas almacenadas hay que repartirlas igualitariamente para que no haya pobres entre nosotros, en el mundo. Si los ricos se van y no aceptan el reto de Jesús y siguen cargados de riquezas, estos ricos se van tristes. Se quedan con sus riquezas y con sus tristezas.

Pero ocurre algo más grave: La tristeza, en grado sumo, en grado de sufrimiento, se desparrama por el mundo haciendo que millones y millones de personas vivan en la infravida, en el no ser del hambre y de la marginación. Por eso, si se quiere el tesoro del cielo, hay que vender y repartir. ¡Todo! Quizás porque todo es de todos.

Señor, ayúdanos a concienciar al mundo de la necesidad de una mejor redistribución de los bienes del planeta. Ayúdanos a que, con nuestra acción, nuestra voz y nuestra búsqueda de justicia, podamos eliminar la tristeza de esos ricos que no pueden seguirte para que, así, eliminemos mucho sufrimiento del mundo. No nos dejes caer en la pasividad. No nos des voz ni influencia hasta que no la usemos para llevar al mundo los valores del Evangelio a los pobres… hasta convertir a los ricos, como fue el caso de Zaqueo.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com


CÉSAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XI)

Intentaba yo en mi última entrega plantear el punto de vista contenido en la Biblia sobre la justificación que no es otro que el expresado por Pablo al afirmar: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:23-25).

Es algo que se repite en afirmaciones paulinas tan claras como la de que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) o la que sostiene: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30).

Señalaba yo entonces que los pasajes que acentúan esta enseñanza son numerosos al afirmar la Biblia que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11). Finalmente, manifestaba que aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla ya que tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia entre las dos posiciones es notable y el error de apreciación – verdadero mito – de muchos católicos resulta bastante grave.

Sin embargo, esta incomprensión por parte de los católicos de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe y de la posición evangélica al respecto no concluye en lo señalado en mi última entrega. De hecho, hay otros dos mitos estrechamente entrelazados con él. El primero afirma – supuestamente basándose en la carta de Santiago – que puesto que la fe sin obras es muerta, la justificación también es por las obras; el segundo insiste en que el protestantismo deja aparte las obras ya que se aferra a un concepto laxo – y falso – de la salvación. Ambas afirmaciones – que se siguen repitiendo – carecen de base real. De entrada, Santiago no dice en ningún lugar que la fe más las obras justifica contradiciendo a un Pablo que afirma que la justificación es por fe sin obras. Lo que Santiago afirma es que mediante las obras y no sólo mediante la fe se puede ver que alguien está justificado (Santiago 2:24) e igualmente señala que la fe entendida como una obra – precisamente lo que muchos católicos piensan erróneamente que creen los protestantes – no es aceptable ya que eso podrían incluso alegarlo los demonios. Contra lo que afirma el mito, lo cierto es que no hay un solo protestante que no comparta esa visión de Santiago.

Y aquí entramos en el tema del papel de las obras en la vida del creyente. La posición clara al respecto la expone Pablo – en armonía con Santiago – en Éfesios 2:8-10: “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Justo el proceso descrito por Pablo es el que creemos los protestantes. Primero, la salvación es por gracia y nos la apropiamos por medio de la fe sin obras. Pero precisamente cuando ya hemos sido salvados y justificados por la fe sin obras, caminamos en las obras. En otras palabras, mientras que el catolicismo insiste en que hay que hacer obras para salvarse, la Biblia – y si se me permite, los evangélicos – enseña que hacemos obras porque YA somos salvos y hemos sido justificados por la fe. Así, las obras no son precio para obtener la salvación, sino muestra de gratitud porque YA hemos sido salvados. No puedo detenerme en ello ahora, pero creo que sería interesante reflexionar sobre porqué las naciones católicas han sido parcas en grandes obras y atrasadas frente a las protestantes que no pocas veces han tenido menos recursos económicos. Sí me permito apuntar que quizá se deba a que el protestantismo ha sabido siempre que las obras son fruto de la fe en la salvación y no instrumento para obtener la salvación. Se trata de un factor que – como ya señaló en su día el catedrático de economía Jesús Prados Arrarte – bastaría para explicar el triunfo de la pequeña, pobre y protestante Inglaterra sobre la pujante e imperial, pero católica, España.

Debo hacer todavía una última observación sobre las obras. Ya he indicado que la enseñanza sobre la fe muerta que no se manifiesta en obras no es propia del catolicismo sino que la comparten sin discusión los protestantes. Sin embargo, la Biblia también habla de obras muertas (Hebreos 6:1) que es un tema eludido sistemáticamente por los católicos quizá porque no se han detenido a pensar en él. Quisiera sugerir humildemente que sería útil para muchos católicos reflexionar si las obras que consideran meritorias para su salvación aparte de no poder serlo porque la Biblia enseña que la justificación es por la fe sin las obras, por añadidura no resultan totalmente muertas ya que se realizan aparte de las enseñanzas de las Escrituras. Permítaseme la osadía de poner algunos ejemplos de prácticas piadosas al respecto.

Por ejemplo, ¿dónde enseña la Biblia que el uso de cilicio es una obra agradable a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que el culto a las reliquias es grato a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que la repetición de ciertas oraciones en ciertos lugares no sólo es meritoria sino que además reduce el tiempo que se pasa en el purgatorio? ¿Dónde enseña la Biblia que la abstención de ciertas comidas o prácticas inocentes en si pueden llevar a Dios a conceder determinadas peticiones que van desde la curación de un familiar a aprobar un examen? ¿Dónde enseña la Biblia que someterse a ciertos sufrimientos – por ejemplo, llevar una piedrecita en el zapato o dormir en el suelo – ayuda espiritualmente? Podría multiplicar los ejemplos – de hecho, algunas de estas prácticas ha sido aducida en el proceso de beatificación de Juan Pablo II y son enseñadas por sacerdotes y téologos – que todos conocemos en católicos laicos y religiosos y me permito – discúlpese de nuevo mi atrevimiento – formular una pregunta: ¿ésas son las obras enseñadas por Dios en Su Palabra o caen en la categoría de obras muertas, de sacrificios no exigidos ni aconsejados por el Señor? Dejémoslo ahí de momento porque de sacrificios impuestos en contra de la enseñanza de la Biblia seguiré hablando, Dios mediante, la semana que viene.

Continuará: Obispos casados

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (III)

“Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levantare de los muertos”. Texto completo: Lc. 16:19-31.

En el mundo siguen los contrastes de la parábola del rico y Lázaro: banquetes opulentos frente a migajas degradantes; esplendidez, frente a ansias de poner comer; púrpura y lino frente a los perros que, compasivamente, se dedican a lamer las llagas de los pobres del mundo… pero la parábola nos dice que para todos hay el mismo final: la muerte.

Pero la muerte que marca el final para lo que los hombres, en muchos casos, entienden por la vida, no marca el final definitivo, sino el comienzo de una nueva realidad llena también de antagonismos y diferencias: el seno de Abraham, frente al Hades tormentoso, el lugar de los muertos separados de este seno acogedor. Allí siguen los antagonismos de consuelo frente a tormento; la paz frente al malestar rabioso, inquietante y sufriente; salvación y condenación. Son los elementos que suelen tener los textos bíblicos en relación con el Evangelio a los pobres.

Es curioso que yo mismo, en muchos de mis escritos he hablado de la sima, cada vez mayor, que separa en el mundo hoy al pequeño grupo de los ricos muy ricos, de la multitud de pobres cada vez más pobres. Pues bien, en la situación ya metahistórica de la parábola, aparece un elemento nuevo de separación: una gran sima que, curiosamente, separa al pobre del rico. Simbolismo de una sima de separación en donde nadie puede saltar de un lado al otro. Desde allí, el rico en su sufrimiento, podía ver al pobre Lázaro que era consolado.

Se da otro elemento curioso en la parábola: el rico, que había pasado de Lázaro como de un sobrante humano, posiblemente molesto, ahora ve que puede sacarle provecho en el más allá. Un icono de los ricos de este mundo que había tenido en sus manos la posibilidad de la dignificación de este mendigo lacerado sufriente y no lo hizo, un símbolo de la riqueza que con sólo un gesto de su voluntad podría haber sacado a Lázaro de su lacerante pobreza y no lo hizo, un modelo de rico que, fácilmente, podría haber sacado a Lázaro del pozo de su infravida y no lo hizo, ahora ve la posibilidad de aferrarse a la ayuda del pobre Lázaro que era consolado en el seno de Abraham. Este rico, que pasó de la situación de Lázaro en la tierra, se da cuenta de que ahora podría tener alguna utilidad, pensaba ponerlo a su servicio en su situación de tormento desesperado: “Padre Abraham, ten misericordia de mi, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua”.

Abraham le niega esta ayuda porque habiendo necesitado Lázaro de una ayuda similar en la tierra, algo de agua y comida fresca, el rico omitió esta ayuda. Abraham le dijo: “Hijo, acuérdate”. Un imperativo que refrescó la memoria del rico. Es entonces cuando entran en la parábola los modelos de Moisés y de los profetas.

El rico, que no tuvo ningún gesto de misericordia para con Lázaro, sí tiene un gesto positivo para con sus familiares. Así, demandando una vez más el servicio de Lázaro, del pobre hacia el rico, pide que Abraham envíe a Lázaro a la casa de su padre con sus cinco hermanos. Ahora, el rico quería advertir a sus otros hermanos ricos del peligro de las riquezas insolidarias, del peligro del pecado de omisión, del peligro de ponerse de espaldas al grito del marginado. Pero ya no hay opción. No hay opción, porque ya tienen la voz de Moisés y de los profetas. Les deja otro imperativo: óiganlos. Imperativo que hoy tiene que rescatar el Evangelio a los pobres.

Así, pues, Moisés y los profetas son un reto para el mundo hoy. Hay que tener presente la acción liberadora de Moisés y la voz de los profetas. Ahí están. Hoy todavía se les puede oír, aunque hay tantos oídos sordos a las voces de Moisés y a la de los profetas que clamaron por justicia y liberación, que se implicaron con sus pueblos buscando dignidad para los oprimidos e injustamente tratados. El Evangelio a los pobres tiene sus precedentes, sus líderes en el Antiguo Testamento.

¿Qué voces estamos escuchando hoy? ¿Nos suena familiar la voz de Moisés y de los profetas? ¿Cerramos nuestros oídos a estas voces que nos tendrían que ser sumamente familiares? ¿Por qué se cita a estos dos siervos de Dios en medio de una parábola cuyo contexto son los ricos y los pobres del mundo? Pues yo creo que la intencionalidad de la parábola es clara: los profetas fueron voceros de Dios en contra de la injusticia, de la acumulación de bienes, de la mala redistribución de las riquezas, de los abusos que se cometían contra los pobres y los débiles del mundo, de los huérfanos, de las viudas y de los extranjeros. Eran voces de Dios contra la opresión de los fuertes contra los débiles, contra el pecado de omisión de la ayuda, eran mensajeros de justicia y de paz, críticos contra los que se aferraban a rituales religiosos y olvidaban a los pobres omitiendo la ayuda, oprimiendo y cometiendo injusticias. Moisés y los profetas eran precursores en el Antiguo Testamento del Evangelio a los pobres.

Moisés es un siervo de Dios que complementa la acción de los profetas. Un libertador, un hombre que se pone al frente de su pueblo oprimido, esclavizado y empobrecido, un defensor, en cierta manera, de lo que hoy llamaríamos derechos humanos, de los valores del Reino, según la línea neotestamentaria del Evangelio a los pobres.

Así, la parábola queda contextualizada, enmarcada, perfilada. El rico de la parábola no seguía, ni oía, ni siquiera quería oír ni a los profetas ni a Moisés. No era buscador de justicia, no era liberador, no compartía, no denunciaba los desequilibrios que hay en el mundo en la redistribución de las riquezas, no era un agente de liberación dentro de los valores del Reino.

¿Cuál es nuestra situación? ¿Estamos escuchando la voz de los profetas y siguiendo el ejemplo liberador de Moisés? ¿Somos servidores, restauradores, dignificadores de los pobres y de los sufrientes del mundo o estamos escuchando voces más suaves y dulces que nos llevan a la insolidaridad y al pecado de omisión de la ayuda.

Señor, no nos des relax ni descanso hasta desentrañar lo que esta parábola quiere decirnos en la línea del Evangelio a los pobres. Enséñanos a través de tus siervos Moisés y los profetas. Queremos seguirte y, al final, después de ser usados por ti, queremos descansar contigo en el seno de Abraham.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011).


CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (X): “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Uno de los mitos más difundidos sobre el protestantismo en medios católicos es el de lo barata –y fácil y, por ello, inverosímil– que resulta la salvación para los protestantes. Mientras que los católicos, según esa versión, deben esforzarse seriamente para ganar la salvación frecuentando los sacramentos, realizando obras piadosas e incluso sumando mortificaciones como las que recientemente hemos sabido que practicaba el difunto Juan Pablo II, los protestantes pretenden absurdamente que lo único necesario es creer.

Obviamente para la mayoría de los católicos –incluso para algunos con instrucción– ese punto de vista es inaceptable siquiera porque pretende obtener la salvación mediante un pago, si se nos permite la expresión, más que insuficiente. “Ganar el cielo” –por usar una expresión repetida por no pocos santos, sacerdotes y fieles– no puede venir del creer sino de un arduo camino de acciones.

No en vano, el católico puede decir “me salvaré” mediante una serie de medios y el cumplimiento de un conjunto de mandamientos enseñados por la iglesia católica, pero no sólo por la fe. En apariencia esta visión –que es totalmente semipelagiana como ha reconocido más de un teólogo católico– tiene su lógica y, sin embargo, es totalmente contraria a la enseñanza de Jesús y de los apóstoles ya que parte de la base de que nosotros NOS salvamos y no de que SOMOS salvados. Aunque el tema es complejo, permítaseme esbozarlo en sus líneas maestras para señalar hasta qué punto el mito católico sobre la salvación en el protestantismo arranca de una falta de conocimiento de la realidad y también de las Escrituras.

En primer lugar, la Biblia indica que no existe la menor posibilidad de que “yo ME salve”. Por el contrario, mi situación – como la de todos los seres humanos sin excepción – es la de pecadores perdidos. Al respecto, las afirmaciones de las Escrituras no pueden ser más contundentes y además expresadas de más formas. Mientras el profeta Isaías (64:6) señala con severa contundencia que nuestras obras de justicia son como “trapos de inmundicia” (un eufemismo para los paños utilizados en la menstruación) y Pablo afirma categóricamente que “tanto judíos como gentiles… todos están bajo pecado” (Romanos 3:9), que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), Jesús señala que el género humano es como una oveja perdida que sólo podrá salvarse si el pastor la trae al redil, es como una moneda perdida que sólo regresará al bolsillo de su ama si ésta la encuentra y es como un niño pijo que ha desperdiciado sus haberes de mala manera y cuya única esperanza es que el padre lo reciba inmerecidamente en su casa (Lucas 15). Estamos perdidos tanto individual como en calidad de género y no podemos salvarNOS por nosotros mismos. Desde luego, esa situación desesperada no cambia porque alguien intente cumplir la ley de Dios.

Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo indique: “Sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Las palabras de Pablo no pueden ser más claras. La ley con sus mandatos cumple una función similar a la de un termómetro. Nos puede mostrar hasta qué punto nuestra fiebre – nuestra enfermedad espiritual – es alta, pero no puede curarnos de la misma manera que comernos un termómetro no nos bajará la temperatura. No sólo eso. Como también señala Pablo, si uno pudiera ser justo ante Dios por la ley “entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21) y es lógico llegar a esa conclusión porque si yo pudiera salvarME mediante la obediencia a los mandamientos, la práctica de los sacramentos y las obras piadosas, ¿qué necesidad habría de que Cristo muriera en la cruz para salvarME?

En segundo lugar, la Biblia enseña que nuestra situación de perdición a causa de nuestros pecados es la que explica que Dios enviara a Su Hijo al mundo. No vino a entregar un catálogo de buenas obras –aunque, sin duda, dio una enseñanza ética sublime– sino, fundamentalmente, a morir en nuestro lugar. Al respecto, el mismo Jesús no pudo ser más claro al hablar de su misión: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). No tengo la menor duda de que Jesús podría haber señalado que vino a este mundo a fundar una iglesia que nos proporcionara el camino de salvación. Lo cierto, sin embargo, es que no lo hizo ni por asomo sino que señaló que su misión fundamental fue la de “dar su vida en rescate por muchos”. Al realizar semejante afirmación, Jesús se presentaba como el mesías-siervo profetizado por Isaías (52:13 a 53:12) que moriría en expiación por los pecados.

Por supuesto, es lo mismo que encontramos en los escritos apostólicos. Pablo, por ejemplo, señala: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:24-5). Desde luego, resulta obvio que si se habla de algo gratuito difícilmente puede ser algo que obtenemos gracias a nuestras obras, nuestra frecuencia en los sacramentos o nuestros actos piadosos.

En tercer lugar, la Biblia indica que la apropiación del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz –la justificación- no se produce mediante las obras sino a través de la fe. Pablo termina su desarrollo de la salvación en Romanos indicando que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) y remachando: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30). Era el mismo evangelio que había ya expuesto en su carta a los Gálatas donde expuso que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11) y que volvería a predicar a los Efesios al afirmar que “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). De hecho, aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla. Tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia es notable y el error de apreciación de muchos católicos resulta bastante grave.

Aunque la mayoría de los católicos –incluso con cierta formación– unen la doctrina de la justificación por la fe y no por las obras con Lutero, lo cierto es que, como hemos podido ver, su origen aparece claramente en las Escrituras y por eso no extraña que a ella se adhirieran Erasmo de Rotterdam o Juan de Valdés incluso antes de que el monje alemán escribiera sobre ella. Tampoco sorprende que todos los reformados – sin contacto entre ellos – llegaran a esa misma conclusión simplemente mediante el estudio de la Biblia.

De hecho y para ser ecuánimes, hoy en día, son numerosos los estudiosos católicos que reconocen que la “justificación por la fe” es ciertamente la enseñanza que se encuentra recogida en la Biblia. Al respecto, las notas a Romanos en la traducción católica conocida como Biblia del Peregrino o el libro de Hans Küng sobre La justificación son ejemplos claros. Pero habría que añadir en los últimos tiempos las declaraciones de Benedicto XVI señalando que la enseñanza de Lutero sobre la justificación por la fe era correcta, lo que, sin duda, es cierto aunque choca frontalmente con lo establecido en el decreto sobre la justificación del concilio de Trento. No obstante, no sería la primera vez que un pontífice contradice lo establecido por sus predecesores sin que cause mayor trauma dentro de la iglesia católica.

Permítaseme ahora un par de consideraciones finales. Dado que el evangélico no cree que la salvación es algo que gana o que él SE salva o que puede adquirirla y que, precisamente, por depender de su esfuerzo siquiera en parte resulta insegura hasta que exhale en gracia el último aliento, tiene la certeza gozosa de que Cristo ganó para él esa salvación al morir en la cruz y, precisamente por ello, su salvación es segura. Lo es porque no descansa en sus esfuerzos y obras sino en la dádiva gratuita de Dios que se ha apropiado a través de la fe. El apóstol Juan pudo decir a sus hermanos en la fe “tenéis vida eterna” (I Juan 5:13) y, sin duda, ése es un sentimiento que tiene cualquier evangélico. Por el contrario, el católico no tiene – y no puede tener – semejante certeza de salvación y es lógico que así sea porque desde su óptica, esa salvación depende en no escasa medida de él y no de manera exclusiva de la obra de Cristo en la cruz.

Esa circunstancia va unida a otra segunda en la que debo detenerme. Si alguien pregunta a un católico qué debe hacer para salvarse, las respuestas pueden ser ciertamente variadas yendo desde el “ser bueno” (un tanto pobre, pero muy extendida) a el “obedecer lo que dice la Santa Madre iglesia” que no resulta muy concreta, pero que es más católicamente acertada. De hecho, hace algunas décadas se convirtió en un best-seller un libro escrito por un sacerdote muy conocido por aquel entonces que se titulaba Para salvarse. Con una edición para chicos y otra para chicas –circunstancia, a mi juicio, chocante– el libro pretendía mostrar desde una perspectiva católica lo que había que hacer para salvarse y a ello se entregaba con mayor o menor claridad. Si alguien, por el contrario, preguntara a un evangélico: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, la respuesta sería exactamente la misma que el apóstol Pablo dio hace casi ventiún siglos (Hechos 16:30-31): “Cree en el Señor Jesús y serás salvo”.

Continuará: La justificación por la fe, la carta de Santiago y las obras

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).

Los números de 2010

Publicado: enero 2, 2011 en Iglesia

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Lugares de interés en 2010

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1

Día de la reforma 31 de Octubre de 1517 octubre, 2010

2

“Con un grillete en el pie, me uní a hombres y mujeres que esperan ser deportados” noviembre, 2010
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3

Amazing Grace / Sublime Gracia noviembre, 2010
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4

Soy un evangélico católico pentecostal noviembre, 2010
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5

Third Day – O Come All Ye Faithful / Venid Fieles Todos diciembre, 2010
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La Comisión de Apoyo al Refugiado (CAREF), organismo ecuménico del que la Iglesia Metodista es parte, expresó su repudio por los hechos de violencia acaecidos en el Parque Indoamericano de Villa Soldati y por las expresiones xenófobas y criminalizadoras de la población migrante que fueron manifestadas por el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Ubicado en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, Villa Soldati es un barrio habitado mayoritariamente por inmigrantes de países limítrofes de Argentina. En los últimos tiempos el denominado Parque Indoamericano fue ocupado por personas sin vivienda. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires reprimió a estas personas mediante el uso de su Policía y de la Policía Federal. Los enfrentamientos produjeron víctimas fatales y heridos. Mauricio Macri, Jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, culpó a la política inmigratoria de la Nación que permitía, según sus dichos, la convivencia de los inmigrantes con los narcos. Esa declaración fue repudiada inmediatamente por políticos y organizaciones sociales y el mismo gobierno nacional pidió disculpas a países limítrofes.

El comunicado de CAREF expresa con preocupación respecto de estos dichos: “observamos con alarma como se vuelven a legitimar discursos que fueron propios de épocas de dictadura y de la aplicación de la más dura política neoliberal de la década del 90. Ante la inoperancia estatal para el abordaje y resolución de problemas sociales a través de políticas públicas que garanticen el acceso a derechos se reitera la identificación de un enemigo externo que provoca“nuestros males. Se crean así fantasmas, imágenes ilusorias que no hacen más que ocultar las verdaderas causas de los problemas sociales que padecemos”.

El comunicado dado a conocer horas después de los violentos desalojos, destaca entre otros datos, la relevancia de la Ley Migratoria 25.871, vigente desde el año 2004, que reconoce a la migración como un derecho humano inalienable en consonancia con el espíritu de nuestra Constitución Nacional”.

Por otra parte, enfatiza que los dichos del Jefe de Gobierno porteño“son palabras que generan violencia, violencia hacia quienes optan por vivir en un país distinto al que nacieron para desarrollarse, trabajar, educar a sus hijos y aportar todo su potencial a la sociedad que los recibe. No debemos permitir que vuelvan a instalarse discursos xenófobos que generan violencia y mayor vulneración de derechos ya que van a contramano de los avances logrados en materia de la construcción de una sociedad democrática”.

En el manifiesto, CAREF insta a las autoridades del gobierno de la CABA a asumir su responsabilidad ejecutiva para encarar fehacientemente la solución de los problemas sociales en los que se enmarca la crisis habitacional.

Finalmente, el comunicado expresa la solidaridad “con las comunidades migrantes en su conjunto, en particular con aquellas afectadas por estos hechos y los familiares de las personas víctimas y reafirma su compromiso en la construcción de justicia y la promoción de los derechos de las personas migrantes por una sociedad más inclusiva y democrática”.

Publicado: Iglesia Evangélica Metodista Argentina


Por Juan Stam

Hace unos años, el día después del espantoso terremoto de México, escuché por casualidad la conversación entre dos señoras obviamente evangélicas: “Pues hermana, ¿cómo te pareció el terremoto en México ayer?” La respuesta me dejó atónito: “¡Qué maravilla! Me alegré mucho. ¡Cristo viene ya!”

Un día, cuando Jesús y sus discípulos estaban admirando el templo de Jerusalén, el Señor les anunció que no quedaría piedra sobre piedra de esa majestuosa arquitectura, porque Israel había rechazado a su Mesías. En eso le preguntaron, “¿Cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?” Y Jesús respondió “Mirad que nadie os engañe” (Mr 13:2-5; Lc 21:6-8). Es claro que según Marcos y Lucas, toda la conversación giraba en torno al futuro del templo, y que lo que los discípulos le pedían a Jesús, según esos dos evangelios, era la señal de la futura destrucción de Jerusalén. El evangelio de Mateo reformula la misma pregunta: “¿Cuándo serán estas cosas [destrucción de Jerusalén], y qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo?” (Mat 24:2-5). Esa diferencia es importante, pero en Mateo también el tema central es la destrucción de Jerusalén como anticipo de la venida de Cristo. Mi compatriota tica, cuando comentó el terremoto de México, sin duda estaba pensando en este pasaje de San Mateo, pero sin tener en cuenta su contexto histórico: La destrucción de Jerusalén ocurrió unos cuarenta años después, hace casi diecinueve siglos.

Creo que se malinterpreta muy seriamente este sermón de Jesús. Para comenzar, se habla de “las señales del fin del mundo”, cuando el texto habla de “la señal” (singular) de la destrucción de Jerusalén y, relacionada con ella, según Mateo, “de tu venida y del fin del siglo” (no “del mundo”). La pregunta es triple: la señal de la destrucción del templo, de la venida de Cristo y del fin del siglo. Como respuesta, Jesús menciona muchos fenómenos, entre ellos guerras, hambrunas, terremotos, persecuciones y la predicación del evangelio (24:5-14).

Cuatro cosas me llaman la atención:

(1) Jesús no dice que ninguno de estos fenómenos es señal de su venida,

(2) Jesús dice precisamente lo contrario, que estas tragedias no son el fin del siglo (24:6,14, cf. 14.:8);

(3) Jesús advierte que habrá falsos profetas y falsos “cristos” que vendrán a agitar al pueblo con especulaciones sobre su venida y dirán que él está cerca (24:4-5; 11; 23-27 y paralelos en Marcos y Lucas; cf. 2 Tes 2:2-3).

(4) En su respuesta, Jesús emplea la palabra “señal” por primera vez cuando advierte contra las falsas señales en 24:24 y después cuando anuncia “la señal del Hijo del hombre en el cielo” (24:30). En otras palabras: “Vendrán guerras y terremotos y otros fenómenos, pero ninguno de esos es la señal que me piden, y tengan cuidado con falsos maestros que harán señales falsas. La única señal del fin del siglo la seré yo mismo, cuando venga con las nubes”.

En ese tiempo, como hoy, era muy popular especular sobre “señales” sensacionales del fin del mundo: que el sol se levantaría a medianoche, que las mujeres engendrarían monstruos, que aparecerá una caballería armada en el cielo y mucho más. Jesús era muy enemigo de esas calenturas. De acuerdo a las propias palabras de Jesús: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás”, la de Nínive y la señal de la reina de Sabá” (Es mán en Mt 12:38-42; Mr 8:12 dice sólo: “no se dará señal a esta generación”, punto). Ésas no eran las señales que buscaba esa generación adúltera. Jonás, Nínive y la reina de Sabá no tenían nada que ver con el fin del mundo; eran llamadas al arrepentimiento y el cambio de vida conforme al ejemplo de ellos. Es la única manera de entender la referencia a Nínive y Sabá. A diferencia de Marcos y Lucas, el relato de Mateo incluye una referencia a la resurrección de Jesús, pero eso tampoco tiene que ver con el fin del mundo.

La frase “las señales de los tiempos” aparece también en Mateo 16:1-3 y tampoco tiene nada que ver con la venida de Cristo. El pasaje paralelo en Lc 12:54-56 no tiene dicha frase, sino reza: “Cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís, ‘Agua viene’; y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís, ‘Hará calor’; y lo hace. ¡Hipócritas! Sabeís distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?” Jesús compara “las señales de los tiempos” con los métodos que empleaban los campesinos todos los días para anticipar los cambios en las condiciones climáticas. En otras palabras, Jesús les dice: “¡No sean tan perversos e irresponsables. Si quieren entender el tiempo en que viven, no esperen señales del cielo sino analizan bien las condiciones históricas para entender lo que está pasando y anticipar lo que está por pasar “.

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Publicado: http://www.kairos.org.ar

Los malvivientes

Publicado: diciembre 29, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Por Elisa Padilla

Llegó ese momento del culto dominical en que acostumbramos compartir con la comunidad nuestros motivos de agradecimiento y petición. Una vez más, el momento se convirtió en un espacio para hacer teología – es decir, para relacionar la enseñanza bíblica con la vida cotidiana. “Pido oración por nuestro país, para que se termine la violencia que nos tiene tan mal a todos”, dijo una señora, haciendo referencia a los episodios vividos durante la semana en Villa Soldati, Buenos Aires, donde cuatro personas murieron en el desalojo por parte de la policía de familias que se habían establecido en el parque Indoamericano. “Pero tengamos cuidado con la xenofobia; no nos comamos irreflexivamente lo que nos alimentan los medios de comunicación”, respondió otro hermano. Los tonos empezaron a elevarse: “¡Pero están matando a nuestros padres, hijos y hermanos! ¡Es imperante eliminar las ‘villas’ porque allí se esconden los criminales y malvivientes!”

Terminado el culto y la hora de charla informal en las puertas del templo, mi familia y demás agregados nos amontonamos en el viejo Peugeot. Nuestro destino era el Centro Kairós, donde una docena de “malvivientes” nos esperaba con el almuerzo listo. Al llegar, estaban ahí sentados en el quincho, no animándose aún a explorar el hermoso parque (tan distinto a sus habitáculos de pasillo de villa), con sus gorras tapándoles medio rostro, escuchando cumbia y reggaeton. Saludé a uno por uno con un beso, entremezclando algún chiste para recordar su nombre o porque por fin le ponía cara a un nombre escuchado repetidamente de labios de nuestro amigo Aníbal (principal artífice de la invitación para tal ocasión). Eran muchachos que tenían apenas unos años más que mis hijos. Uno, portador de VIH, con ambos padres fallecidos de SIDA. Otro, sin una pierna porque de chico se había caído del tren volviendo de jugar al fútbol. Otro, con un tiro en la pierna. Otro, con pedido de captura.

Los “malvivientes” cortaron tomates, pan y carne. Mezclaron jugos y sirvieron a las demás familias que habían sido invitadas al encuentro. Después de almorzar, Aníbal nos pidió a todos que nos sentáramos en una gran ronda de sillas bajo la sombra del palo borracho a escuchar las palabras del pastor René Padilla. En el relato elegido del evangelio de Lucas, Jesús les respondía a los religiosos que lo criticaban por comer con cobradores de impuestos y prostitutas (los “malvivientes” de su época). Y lo hizo mediante tres parábolas: la de la moneda perdida, la de la oveja perdida y la de los dos hermanos. En la tercera parábola, el menor de los hermanos tuvo que tocar fondo para darse cuenta de que su vida no podía seguir así y que necesitaba un cambio drástico. Cuando decidió volver a casa, su padre lo vio de lejos y salió a su encuentro. Lo besó, escuchó su confesión (“He pecado contra el cielo y contra ti…”) pero no le dio tiempo a terminar con su propuesta de trabajar para él como obrero: tomó enseguida la túnica, el calzado, el anillo y el becerro más gordo (el mejor asado estilo argentino). “Así Dios quiere recibirnos a nosotros:” -concluyó don René- “con un asado abundante y con la mejor carne de la hacienda”.

La semana pasada volví a mi viejo barrio de Villa Hidalgo (productora importante de “malvivientes”). Me impactó el mejoramiento de la zona en los últimos meses: la calle del jardín de infantes Colmenita estaba asfaltada; se habían construido veredas hasta el fondo del asentamiento para que, en días de lluvia, la gente no tuviera que chapotear tanto en el barro; estaba entubado el zanjón de podredumbre donde va a parar toda el agua desechada de los barrios altos y de las zanjas abiertas que atraviesan la villa; el barrio se está preparando para recibir cloacas; y los más desposeídos que viven del otro lado del zanjón, pronto tendrán luz eléctrica con tensión suficiente para todos.

En el momento del culto dominical donde los tonos habían subido a decibeles peligrosos que amenazaban con un estallido discordante, compartí esta realidad de Villa Hidalgo. El plan de mejoramiento del barrio, promovido por personas comprometidas con su prójimo y apoyado por planes del gobierno, eran pequeñas luces del reino de Dios y semillas de esperanza. Un hermano confirmó: “Lo que los cristianos debemos apoyar no es la eliminación de villas, sino su urbanización, es decir, la provisión de todos los servicios básicos de los cuales gozamos los incluidos. Eso es lo que significa ‘inclusión’”. Este comentario logró cerrar la discusión y aunar a la congregación en sus oraciones de intercesión.

En esta época en que celebramos el nacimiento de Dios como ser humano y repasamos el año 2010, sería bueno preguntarnos: ¿nuestra mesa navideña incluirá sólo a “bienvivientes”? ¿De qué maneras nuestra familia, comunidad de fe, ministerio u organización se relacionó durante este año con los sectores más débiles y excluidos de la sociedad? La opción de Jesús fue clara. Como dice el tango de Pagura (entonado por la delegación latinoamericana en el congreso mundial de Lausana III en Ciudad del Cabo este pasado octubre), Jesús “exaltó a los niños, las mujeres (otros “débiles” del momento), y resistió a los que de orgullo ardían.” Si nos hacemos amigos de “débiles y malvivientes” y nos atrevemos a violar la brecha que marca nuestra sociedad, guardando el dedo acusatorio, quizás logremos ver a las personas con los ojos de Dios, entender su realidad, descubrir su profunda belleza y empezar a invertir nuestra energía y recursos en la transformación de estas realidades de exclusión. Sin duda entre la basura, las armas, la droga, las aguas malolientes, el abandono y los pasillos embarrados, encontraremos las huellas de nuestro maestro.

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Publicado: http://www.kairos.org.ar