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Leopoldo Cervantez Ortiz

En el caso específico de la Reforma, existe una tradición llena de visiones brillantes y equívocos grotescos. Si tuviésemos conciencia de ellos, podríamos evitar la repetición del pasado e incluso comprender algunos de sus desarrollos históricos, contemporáneos nuestros, que se generaron en aquella época: de Lutero al psicoanálisis, del calvinismo al capitalismo, de Müntzer a Marx y Engels.[1]
Rubem Alves

1. Necesidad de reformas permanentes
Describir los procesos de transformación que ha sufrido la Iglesia cristiana en sus ya más de dos mil años de existencia sería tanto como querer suplantar la obra del Espíritu Santo. No obstante, si se revisan con atención algunos de ellos, es posible llegar a ciertas conclusiones que, en consonancia con las enseñanzas bíblicas, permitan replantear en cada época, la necesidad de llevar a cabo transformaciones importantes en la vida y misión de la Iglesia. Si uno de los grandes logros de las reformas religiosas del siglo xvi consistió en redefinir con claridad la naturaleza misma de la Iglesia y su nuevo lugar en el mundo, y más allá de cualquier apología de este movimiento, hay que destacar que las transformaciones eclesiásticas y religiosas abrieron la puerta para una serie de cambios en el comportamiento de las sociedades, inmersas como estaban ya en el proceso de dominio de las clases emergentes que llegaban a colocar lo religioso en otra dimensión. Nos referimos, por supuesto, al arribo de la “modernidad burguesa” en Occidente que intentó desplazar la función de lo sagrado y propició la separación entre las esferas religiosa y política, aun cuando tuvo que enfrentar, en el seno mismo de las nuevas iglesias, una oposición de grado variable sobre la posible intervención de los Estados en la vida de las mismas.

Los paralelismos entre algunos episodios bíblicos, como los que se han enunciado con anterioridad (el periodo de Josías como rey y las cartas de Apocalipsis 2-3), los inicios de la Reforma Protestante y la situación actual deben desarrollarse con sumo cuidado para encontrar puntos de contacto que, sin menoscabo de las coyunturas específicas, sea posible trazar puentes de análisis que permitan ampliar la visión de dichos sucesos y su posible aplicación. De ese modo, hay que reconocer que los ímpetus reformadores en el antiguo Israel fueron idealizados, lo mismo que algunas vertientes protestantes han elevado lo sucedido durante el siglo xvi a una estatura legendaria que no corresponde con la realidad y que más bien aleja sus bondades al no querer ver sus contradicciones. La proyección socio-política, económica y cultural de la Reforma se deja de observar como una cadena de sucesos y planteamientos que conformaron un nuevo escenario que tardó tiempo en estabilizarse y en mostrar sus beneficios. La fuerza con que progresivamente se impuso la secularización no fue uniforme y hubo zonas completas (como España, y después América Latina) en donde la importancia de la religión siguió y sigue permeando la mentalidad de mucha gente. Por ello, suponer que la Reforma alcanzó a renovar el rostro de Occidente en todo el aspecto religioso sería desconocer sus límites. Lo que sí hizo fue establecer una cultura asociativa diferente y reestructurar la comprensión de las doctrinas cristianas para adaptarlas a una nueva época.

2. Dinámica de las transformaciones personales y sociales
Una primera cosa que la Reforma Protestante transformó fue la necesidad de balancear adecuadamente la piedad individual y la colectiva, pues al estilo vertical y corporativo con que la desde la Edad Media se promovía la religiosidad, opuso lo que sería el germen de la democracia dentro y fuera de la Iglesia, es decir, la fuerza participativa de los laicos/as, tan menospreciados por la Iglesia antigua y que se ha resistido tanto, posteriormente, a establecerse como una acción normativa dentro de las comunidades católicas. Esta dialéctica entre individuo y comunidad abarcaba tanto lo religioso como lo político, por lo que inevitablemente terminaría por “exportarse” a la vida social, con todo y que las nuevas fuerzas trataron de manipular este impulso participativo, y en algunas ocasiones lo lograron.
Además, los alcances de esta dinámica, al rebasar el ámbito meramente eclesiástico, comenzaron a fortalecer los fermentos de una religiosidad que podía experimentarse extra-muros, fuera de las limitaciones de las iglesias institucionales. En ello, el calvinismo tuvo mucho que ver, pues tomó la protesta religiosa y la proyectó hacia las colectividades en general con particular énfasis en la responsabilidad sobre su destino. Como explica Emile Leonard, notable historiador del protestantismo:

Después de la liberación de las almas, la fundación de una civilización. Con Lutero, sus émulos y sus rivales, la Reforma había dado todo su mensaje propiamente religioso y teológico y las épocas siguientes no podían hacer otra cosa que repetirlo y completarlo. Mas Lutero se había interesado poco por la encarnación de este mensaje en el mundo secular, al cual aceptaba tal y como era, y las experiencias de Zuinglio, de Müntzer y de los anabaptistas de Münster habían sido o de un contenido excesivamente reducido o demasiado revolucionarias para hacer salir a la Reforma del pietismo individualista donde corría el riesgo de desmesurarse y disolverse. Estaba reservado al francés y al jurista Calvino el crear más que una nueva teología un mundo nuevo y un hombre nuevo. El hombre “reformado” y el mundo moderno. En él ésta es la obra que predomina y la que nos da razón de su autor.[2]

Surgiría, así, un interesante balance entre una conciencia clara sobre la predestinación individual para la salvación eterna y la necesidad de que en la vida cotidiana, colectiva, esa misma realidad también ejerza un papel movilizador, transformador, de los hechos que impliquen una responsabilidad que se entendería mejor, dos siglos después, con el concepto de ciudadanía. Es decir, de la mentalidad de súbdito, propia de sociedades jerárquicas, se llegaría a una mentalidad igualitaria en donde si los creyentes son ciudadanos de este mundo, también lo son del Reino de Dios, presente y futuro, de manera equitativa. Así lo comprendió el doctor Ortega y Medina, quien desde una sólida visión histórica e ideológica, lo resumió como sigue, al diferenciar el peso específico de las creencias católicas y protestantes:

El católico posee la libertad trascendental, pero es esclavo del mundo. […] Hay pues, un desequilibrio entre el ideal a que se aspira y las exigencias que la realidad impone. El calvinista, por contra, es esclavo de la trascendentalidad, pero vive en el mundo: y gracias a su vivir intramundano y activo puede manumitirse del yugo predestinatorio. […] De parecida manera bien pudiera el protestantismo haber hecho del hombre un siervo de la allendidad, pero un amo y señor de la aquendidad.[3]

Parece que allí se encontraría la clave para comprender y actualizar los aspectos transformadores y prácticos de la mentalidad protestante reformadora.
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[1] R. Alves, “Las ideas teológicas y sus caminos por los surcos institucionales del protestantismo brasileño”, en Pablo Richard, ed., Materiales para la historia de la teología en América Latina. San José, DEI, 1981, p. 162.
[2] E. Leonard, Historia general del protestantismo. Vol. 1. Trad. de S. Cabré y H. Floch. Madrid, Península, 1967, p. 263.
[3] J.A. Ortega y Medina, Reforma y modernidad.  México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1999, p. 160.

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JUAN STAM

La  Reforma y la iglesia protestante de hoy[1]

Una visión más amplia

 y una contextualización

Hoy más que nunca la iglesia tiene que redescubrir su historia.  Una iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni criterios, y se cae fácilmente en el caos. Esa es la condición de gran parte del protestantismo latinoamericano hoy. Por eso felicito a la iglesia metodista el Redentor por su costumbre anual de recordar, con gratitud a Dios, a nuestros abuelos espirituales, los Reformadores.

Es importante recordar que la Reforma del siglo XVI fue multifacética. Además de la Reforma luterana y la Reforma calvinista, fue muy importante la Reforma Radical anabautista, y hubo hasta una reforma católica, representada especialmente por el Concilio de Trenta y la orden jesuita. La ubicación social de cada uno de estos movimientos fue distinto: Lutero se identificó con los príncipes alemanes y el incipiente nacionalismo; Calvino estaba más cerca de las ciudades suizas y una proto-burguesía, mientras los anabautistas se identificaban más con las clases pobres y el naciente proletariado. Pero todos miraban hacia el futuro, que vendría a llamarse «modernidad», mientras que el Vaticano miraba más al pasado y se aliaba con el Sacro Imperio Romano y muchos aspectos del mundo medieval. Es significativa la repetición de la palabra «naciente». Los Reformdores era los parteros del mundo moderno que nacía. Dos siglos después el movimiento wesleyano aportó nuevas dimensiones muy importantes al protestantismo.

Vamos a conversar esta noche en torno a las consignas con que se suele resumir ls teología de los Reformadores, pero es importante recordar que su pensamiento era mucho más amplio y profundo que esas consignas. En Lutero, por ejemplo, encontramos un cierto anticipo del existencialismo, en el papel de la experiencia personal en su teología y en su rechazo de toda sistematización; él era «un teólogo irregular». En Calvino es profunda la admiración por la gloria y santidad de Dios, tanto que se le ha llamado «un hombre ebrio de Dios». En los anabautistas se juntaban (y se juntan) la pasión por la justicia con el pacifismo. Pero en esta charla, nos vamos a concentrar en las consignas que mejor resumen los denominadores comunes de la Reforma.

I. Sola scriptura

Son famosas las palabras de Lutero en Worms (1521): «Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. Si no se me demuestra por las escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado.  Que Dios me ayuda, Amén».

En esta histórica declaración de Lutero, queda claro que la «sola scriptura» no significa que conocemos sólo la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, «Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia». Por eso, Lutero apela a las escrituras pero también a «razones claras» y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en «el cuadrilátero wesleyano» (escritura, tradición, razón, experiencia).

La Reforma colocó la Palabra de Dios, en sus varias modalidades, como la máxima autoridad normativa, encima de papas y concilios. Eso implicó a su vez la interpretación seria y crítica de las escrituras, desde los textos originales, transformando conceptos como jaris (gracia), pistis (fe) y metanoia(arrepentimiento). Impulsó también la predicación expositiva, aclarando y aplicando los textos sagrados, acompañada por la predicación del año lectivo, firmemente anclada en la historia de la salvación.

Hoy día amplios sectores de las iglesias evangélicas latinoamericanas han perdido el sentido histórico y predican un mensaje divorciado del pasado, aun del mismo contexto bíblico. ¡Qué increíble que ni las iglesias pentecostales celebran el día de Pentecostés![2] Son escasas tanto la predicación expositiva como la del ciclo litúrgico. Muchos sermones no son más que opinionismo, especulación, «performance» y puro «show», manipulación del texto y del público.[3] Hay también predicadores fieles, a Dios gracias, pero son la excepción.

II. Sola gratia

Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son «gracia» (jaris) y «gratitud (eujaristia). El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más importantes que el niño debe saber: «Cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios». La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología y la gracia y la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de justicia (Efes 2:8-10). No era la gracia barata del «evangelio de ofertas» que se predica hoy.[4]

En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas uno era «salvo» cuando dejaba de fumar, tomar e ir al cine. En la actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los diezmos y los «pactos» son las indulgencias del siglo XXI.

III. Sola fide

Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta de que transformaron el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico. Recuerdo que cuando estuve aprendiendo el español compré el «Manual de Religión» que los colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe como «tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia». Para los Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en él (fides est fiducia, otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según Calvino, «todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia». Ahí está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.

Hoy en día muchas iglesias «evangélicas» confunden la fe con la ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos, la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida (eclesial, social, económica, política etc). Por eso, en esas congregación discrepar de la opinión del pastor es el pecado de murmuración, lo que trae maldición.

La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos discípulos o si está llenando los templos de gente que dice «Señor, señor» pero que no hace la voluntad del Padre (Mat 7:21-23)

IV. La libertad cristiana

Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran pioneros de una nueva libertad.[5] Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo, publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, «todo amante de la libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su cuarto».[6]

En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma era una agenda profundamente liberadora.[7] La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo. La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático, el sacerdocio univeral del clericalismo,  el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático y el soli deo gloria del culto a la personalidad.

Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles; ¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!

Con el movimiento de «apóstoles» y «profetas» el autoritarismo llega a niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar las profecías (1 Tes 5:19-21; 1 Cor 14:29-32), estos profetas pontifican con una cara seria que dice, «que nadie se atreva a cuestionar mi palabra profética». Por su parte, más de un «apóstol» se permite emitir alguna «declaración apostólica» con la falsa autoridad que presumen tener.

Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad bíblica. A menudo han dicho que una «palabra profética» tiene más autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos. De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de forma parecida a los mormones. los Testigos de Jehová y otras sectas.

 Sacerdocio universal del los y las creyentes (1 P 2:9; Ap 1:6; 5:10)

Frente al rígido clericalismo de la iglesia católica de la época, la Reforma impulsó un proceso de democratización dentro de la iglesia y de la sociedad. Para Lutero, toda la vida es ministerio y todos los creyentes son sacerdotes de Dios. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios… Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada,Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

En su época, tanto la Reforma luterana como la Reforma calvinista se quedaron cortos en superar el clericalismo; los anabautistas avanzaron más, como también el movimiento wesleyano después. El siglo pasado, hubo un fuerte movimiento de teología del laicado que puede verse como la maduración de estos avances de la Reforma.

Sin embargo, hoy parece crecer un nuevo clericalismo, de los «super-clérigos», especialmente los «apóstoles». En una mesa redonda sobre los «apóstoles» en Quito, Ecuador, un participante declaró, «Antes era suficiente el título de pastor, pero ahora que existen las mega-iglesias, ese título no basta para sus fundadores y deben llamarse con un título mayor». La verdad es que ha surgido una nueva jerarquía eclesiástica, con los «apóstoles» y los «profetas» en la cumbre de poder y autoridad. En algunas iglesias el pastor es de hecho el C.E.O (ejecutivo mayor de una corporación), inaccesible a los feligreses con necesidades pastorales. Esas iglesias están organizadas según el modelo ejecutivo de las grandes empresas.

VI. Ecclesia reformata semper reformanda

Esta consigna expresa una realidad: los Reformadores no pretendían tener toda la verdad ni ser dueños de un sistema final de conceptos absolutos. Lutero era un «teólogo irregular» que nunca intentó formular un sistema. Calvino, por supuesto, articuló un sistema doctrinal, pero vivía revisándolo hasta nueve ediciones, alternando entre el latín y el francés. Algunos de los aportes más valiosos aparecen sólo en la novena edición. Si Calvino no hubiera muerto, sin duda hubiera producido una décima edición. Tillich define «el principio protestante», muy acertadamente, con la frase, «sólo Dios es absoluto». Karl Barth advierte contra la tentación de tener al «sistema» como la verdad absoluta, lo cual identifica como idolatría.

Lamentablemente, en el siglo XVII, amenazados por el racionalismo escéptico de la época, la teología luterana y la calvinista cayeron en una rígida ortodoxia escolástica. Aunque hicioeron algunos aportes, no lograron «defender» su fe sino que la redujo a un dogmatismo estéril. Curiosamente, luteranos y calvinistas se acusaban mutuamente de ser herejes, cripto-católicos y otros insultos.

El movimiento wesleyano puede verse en parte como una reacción contra esa «ortodoxia muerta» e hizo mucho para rescatar la salud del protestantismo. Pero a inicios del siglo XX la ortodoxia dogmática se resucitó en los Estados Unidos en la forma del fundamentalismo norteamericano.

Hoy día, cuando la tolerancia se ve como el sumo bien, son menos los reductos de ortodoxia cerrada, aunque los hay. Al contrario, en nuestro tiempo casi nada es seguro y todo es posible.  La nueva consigna parece ser, «ecclesia reformata semper deformanda». La intención de la «semper reformata» era la de corregir errores y ser cada vez más fiel al Señor y su Palabra. Desde el siglo pasado la iglesia vive de fiebre en fiebre, cambiando de modas como los estilos de zapatos («health and wealth», «name it, claim it», evangelio de prosperidad, tumbadera de gente, «apóstoles» y profetas, maldiciones generacionales etc etc ad infinitum). Muchas veces la innovación hoy no es para corregir errores sino de introducir nuevos errores. Muchas veces el fin no es mayor fidelidad sino mayor éxito, mayor fama o mayor dinero.

VII Soli deo gloria

«A Dios, y sólo a Dios, sea toda la gloria» fue una consigna fundamental de la Reforma. La iglesia de la época daba mucha gloria a otros en lugar de sólo a Dios. La Reforma fue una redescubrimiento de Dios, en perspectivas antes desconocidas. Los Reformadores tomaban muy en serio a Dios como el centro de toda su vida. Antes de su gran descubrimiento de la gracia, Lutero temía a Dios con horror y pánico, pero después se deleitaba en el amor del Dios de la gracia. Calvino era un hombre sobrecogido por la maravilla de la gloria de su Señor. La Reforma fue un gran encuentro con Dios. Puso Dios en el centro de su vida y su pensar, y le daba toda la gloria a él. Johann Sebastián Bach escribía las siglas «S.D.G.» al inicio de todas sus partituras.

Hoy nuestra iglesia también tiene que redescubrir esta consigna de la sola gloria de Dios.  Nuestra sociedad está permeada por el culto a la personalidad; hablamos de los «ídolos» de Hollywood y las «estrellas del deporte», etc.  Las iglesias tienen también sus «estrellas» y a veces «dioses» a quienes adoran: mega-pastores, profetas y sanadores, algunos evangelistas promovidos con publicidad al estilo de Hollywood. En la iglesia del Señor no caben el personalismo y el culto a la personalidad.

Cuando Dios curó al cojo por medio de Pedro y Juan, y la gente los quería reconocer como milagreros, Pedro les contestó, «¿Por qué nos miran a nostros, como si nosotros, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús» en sanar a aquel enfermo. Originalmente un «don de sanidad» no significaba algún poder que poseyera alguna persona, sino el acto de Dios de dar salud a un enfermo. A veces se habla de los «sanadores» como si fuesen dueños del poder milagroso; «en estas manos hay poder de sanar», dijo uno de ellos, mostrando sus manos ante las cámaras. Al contrario, «¿Por qué nos miran a nosotros, como si nosotros hubiéramos hecho algo», dijeron Pedro y Juan, para dar la gloria al Señor.

Esta consigna significa también que podemos, y debemos, glorificar a Dios en todo lo que hagamos. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», dijo Lutero. En todo, nos exhorta San Pablo, «ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor 10:31).
Conclusión: Nuestro momento histórico se parece dramáticamente al de los Reformadores en el siglo XVI: revolución en las comunicaciones (la imprenta de Gutenberg; hoy teléfono, radio, TV, computadora y hast iPod); revolución del espacio vital de la humanidad (navegación mejorada; Cristobal Colón 1492; hoy autos, aviones, viajes al espacio); revolucion armamentista (el fusil portátil, arcabus y mosqueta; hoy, armas nucleares) y sobre todo, una crisis de autoridad que produce gran confusión.

En esta coyuntura, ¿qué nos traerá el futuro? A como van las cosas, podría salir un protestantismo cultural y poderoso, algo parecido a lo que ha sido el catolicismo en el pasado. Pero gracias a Dios, sigue existiendo un remanente fiel y grandes signos de esperanza. ¿Levantará Dios a otro Lutero? Quizá que no, pero quiera el Señor concedernos un avivamiento de espiritualidad genuina y un movimiento de profunda renovación que sacudirá a la iglesia de pies a cabeza y preparará a la iglesia para responder a los grandes desafíos del nuevo mundo que está naciendo.


[1] Charla en la iglesia metodista el Redentor, San José, Costa Rica, 31 de octubre de 2011. El tema asignado fue «Qué necesita reformar la iglesia hoy?». En la presentacion oral enfaticé tanbién lo positivo de lo que Dios está haciendo en la iglesia hoy.

[2] Ver «El Pentecostés tiene fecha» en juanstam.com, 6 de mayo 2008.

[3] Ver «Mecanismos de manipulación en las iglesias». juanstam.com, `12 de agosto 2010

[4] Aquí conviene recordar ese gran poema atribuido a Santa Teresa: «No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometodo… No me tienes que dar porque te quiera…»

[5] En 1520 Lutero publicó un importante tratado «Sobre la libertad del cristiano».

[6] Hay que reconocer a la vez que hubo serias contradicciones en la conducta de Lutero, debido mayormente a su doctina de los dos reinos y  sus vínculos con los príncipes alemanes. Su trato a los campesinos y los judíos era reprochable.

[7] Ver » Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones» (31 de octubre de 2011).


Juan Francisco Martínez

Redes de migrantes cristianos en misión

Misión desde los pobres hacia los pobres.

 Un número creciente de iglesias latinas en Los Ángeles (y otras partes de los Estados Unidos) están ampliando sus ministerios a través de redes familiares o de amistades . Por causa de los patrones migratorios constantes y multi-direccionales estas iglesias están desarrollando ministerios transnacionales por medio de dichas redes.Siendo que  estos ministerios se desarrollan por medio de redes eclesiales locales, no caben dentro de la definición tradicional de misión como algo que comienza “aquí”, pero que se hace “allá”  (más allá de fronteras nacionales). Muchas iglesias tienen miembros que viven vida transnacionales, así que el cuidado pastoral también cruza fronteras. Estas tendencias son más evidentes entre iglesias pentecostales latinas, iglesias que conectan a Los Ángeles con el mundo y están cambiando las definiciones protestantes tradicionales de misión.

Los estudios de migración han demostrado que los migrantes de hoy están desarrollando y manteniendo redes familiares y sociales que crean identidades y compromisos transnacionales.  Casi todas estas personas son pobres, pero responden a compromisos económicos amplios.  Ellos apoyan a sus familiares en los Estados Unidos y a sus familiares en sus países de origen por medio del envío de remesas. Pero también siguen estas mismas redes para servir a otros.  Los cristianos entre ellos utilizan estás mismas redes para hacer misión en varias partes de América Latina y más allá.

 Estos cristianos e iglesias representan características importantes al pensar en la misión de la iglesia:

 1. Aunque son iglesias pobres son agentes de misión. Nunca se les “informó” que tenían que ser ricos para hacer misión. Hacen misión desde pobres hacia pobres. Sus proyectos de misión muchas veces cruzan fronteras nacionales, particularmente hacia América Latina.

 2. Para estas personas las fronteras son una molestia, no algo que les limita en su misión. Algunos países tratan de limitar su movimiento (particularmente los Estados Unidos), pero ellos siguen ministrando. Algunos son indocumentados y en ocasiones la deportación llega a ser su “llamado” misionero. Pero ellos son personas transnacionales y sus redes de misión también son transnacionales.

 3. Lo interesante es que éste no es un modelo nuevo de misión entre pentecostales latinos.  Algunas iglesias en Los Ángeles han estado siguiendo este modelo de misión por casi 100 años.

 4. Estas personas pobres hacen misión de forma más orgánica , siguiendo redes familiares y sociales en sus proyectos misionales. No siguen planes estratégicos, sino lo que ellos entienden como la dirección del Espíritu.

 5. Siendo que estos proyectos son misión de los pobres a los pobres, evitan muchos de los problemas de dependencia comunes entre proyectos de misión protestante en América Latina. Se toma por sentado que los nuevos proyectos y congregaciones tomarán responsabilidad económicamente desde un principio.

 6. Muchas veces los líderes de estos proyectos tienen poca experiencia misionológica, así que no siempre han reflexionado sobre las implicaciones de sus proyectos . Pero siendo que tienen relaciones ya establecidas con la población local parece que se absorbe el posible efecto negativo de los errores en el proceso de caminar juntos, pobres entre pobres.

 En conclusión, Dios está utilizando a cristianos latinos inmigrantes pobres para hacer misión en el mundo. Estos creyentes latinos son parte de un movimiento global de misión de pobres hacia otros pobres.

En el proceso de participar en la misión divina están cambiando los conceptos tradicionales de misión. Que Dios nos de ojos para ver y disposición para aprender de estos hermanos y hermanas que Dios está utilizando en América Latina y a través del mundo.

Autores: Juan Francisco Martínez
©Protestante Digital 2011

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El giro del `caso Lutero´

Publicado: noviembre 3, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (23)

El giro del `caso Lutero´Al negarse al debate académico que planteaban las Tesis de Lutero, el caso dio un nuevo giro.

 Lo que era una invitación al debate público había provocado la alarma entre los beneficiarios de la predicación de las indulgencias y una de las partes interesadas había optado por un arma privilegiada, la de acusar de hereje a la persona que cuestionaba su comportamiento.En teoría, la iglesia católica constituye un todo prácticamente monolítico caracterizado por la unidad. Sin embargo, la Historia presenta multitud de casos en los que las rivalidades entre órdenes y grupos o el choque de intereses de las distintas instancias ha convertido esa unidad en una palabra sin apenas contenido.

En esos momentos,  los dominicos alemanes se jactaron de que Lutero ardería pronto en la hoguera  y debe reconocerse que, por macabra que resultara la afirmación, distaba mucho de ser exagerada.

Roma, desde luego, no dejó de escuchar la voz de alarma lanzada por los dominicos.

De entrada,  el papa consultó con el cardenal Cayetano,  general de la orden de santo Domingo. Cayetano era un curialista estricto, pero también era un personaje de una talla muy superior a la de compañeros suyos de orden como Tetzel.

 Tras examinar las tesis expuestas por Lutero y contrastarlas con las opiniones de diferentes teólogos, informó al papa de que no había razón para acusar a Lutero de herejía.

El asunto podría haber concluido apenas iniciado si el papa hubiera escuchado a Cayetano. Sin embargo, los dominicos no estaban dispuestos a soltar una presa que les parecía segura. Se aproximaron así a un primo del papa, Julio de Medicis, y lograron así convencer al pontífice para que ordenara a Gabriel della Volta, ya nominado como próximo general de los agustinos, que controlara a Lutero.

Della Volta escribió con tal finalidad a Staupitz, mientras el obispo pedía a Lutero que se abstuviera de futuras controversias. El plan de Della Vollta, sencillo pero contundente, consistía en que el siguiente capítulo de los agustinos que tendría lugar en Heidelberg en abril de 1518 obligará a Lutero a someterse y, en caso contrario, lo enviara a Roma para ser juzgado como hereje.

Cuando se examina la situación a la luz de las fuentes históricas, no puede discutirse que los adversarios de Lutero no eran pocos a inicios de 1518 y, lo que resultaba más peligroso para el monje, contaban con acceso al propio pontífice.

Sin embargo, a pesar de todo, el agustino no carecía de apoyos. Spalatino, el bibliotecario, secretario y capellán del Elector Federico le comunicó su respaldo convencido de la justicia de sus argumentos. Por lo que se refiere a los estudiantes de la universidad, no dudaron en quemar las ochocientas copias de las tesis que había enviado el dominico Tetzel. Dicho sea de paso, semejante conducta les valió una reprimenda de las autoridades académicas ya que era inaceptable y además podía perjudicar a Lutero.

Con todo,  el mayor apoyo recibido por el monje fue el de su propia orden. A decir verdad, la respuesta de los agustinos ante la amenaza que se cernía sobre Lutero fue prudente y equilibrada.  Por supuesto, rogaron a Martín que no incurriera en conducta alguna que pudiera desacreditar a la orden, pero tampoco estaban dispuestos a entregarlo a los dominicos.

Así, en abril de 1518, en contra de lo que había pensado Della Volta, Lutero se encaminó hacia el capítulo de Heidelberg provisto con unas cartas credenciales tan favorables que llamaron la atención de algún funcionario por su carácter elogioso.

El análisis de las denominadas  Tesis de Heidelberg  excede el objeto del presente estudio, pero debemos señalar que Lutero subrayaba que sólo podía encontrarse a Dios en Cristo crucificado y que la obra propia de Dios ( opus proprium ) consistía en justificar a los pecadores. Las palabras de Lutero tuvieron un eco especialmente favorable entre los jóvenes. Si tenemos en cuenta circunstancias como ésas se percibe que la Reforma iba a implicar en no escasa medida un enfrentamiento generacional en el que la gente de mayor edad no se iba a sentir especialmente impresionada por la nueva predicación mientras que la joven la abrazaría con entusiasmo.

Lutero distaba muchísimo a la sazón de asumir una posición de ruptura. De hecho, en mayo, envió una copia de sus  Resoluciones  al papa León X junto con una carta en la que apelaba humildemente a su autoridad.

Ese mismo mes, el capítulo de los dominicos se reunió en Roma y Tetzel recibió un doctorado. A decir verdad, Tetzel iba a representar un papel trágico en todo aquel episodio y, en plazo tan breve como un año, moriría abandonado y desacreditado en Leipzig, pero en aquel entonces esos hechos aún se encontraban en el futuro.  De momento, los dominicos siguieron presionando a la Curia para que llevara a cabo una investigación sobre Lutero y reprimiera sus actividades. Finalmente, el papa León comisionó al inquisidor Prierias para que citara a Lutero a fin de que acudiera a Roma y fuera examinado como sospechoso de herejía y pervertidor del poder papal.

Prierias era dominico, pero, sobre todo, tenía graves antecedentes en la represión de disidentes. A él se debía el caso Reuchlin, un extraordinario humanista alemán precursor de los estudios hebreos, al que la inquisición había perseguido, encarnizada e injustamente, provocando la ira de los humanistas y, en general, la de la gente de cierta talla intelectual. Prierias no parecía haber reflexionado sobre su conducta tras el asunto de Reuchlin y ahora, junto con la citación que emplazaba a Lutero a comparecer en Roma en el plazo de sesenta días, adjuntó un documento en el que criticaba la posición del agustino jactándose de que sólo había necesitado tres días para ocuparse del tema. El texto de Prierias no constituía, en realidad, una refutación de Lutero, sino más bien la afirmación del poder papal y de su autoridad para obligar al brazo secular a emprender acción contra cualquiera que sostuviera puntos de vista distintos a los suyos. Por otro lado, el pontífice, según Prierias, no tenía por qué responder ante nadie por sus decisiones ni tampoco discutir las posiciones del hereje.

Tanto la citación como el texto de Prierias fueron enviados al cardenal Cayetano, el legado papal en la Dieta de Augsburgo. Cayetano, a su vez, los envió a Wittenberg a donde llegaron el 7 de agosto.  La citación era áspera y compulsiva, pero, precisamente por ello, tuvo un efecto contraproducente. Al leerla, resultaba fácil –casi obligado- llegar a la conclusión de que no se iba a producir ningún debate académico como había pretendido Lutero al clavar las Noventa y cinco tesis y que, por el contrario, aquello tenía todos los visos de concluir como en el caso de Juan Huss que, acusado de herejía, fue quemado en la hoguera a pesar de ser portador de un salvoconducto imperial.

La reacción de Lutero fue redactar una respuesta a Prierias. En ella cuestionaba su identificación sin más de la Iglesia con la iglesia católica y el papado; insistía en que la doctrina debía basarse en la Biblia, los Padres y la sólida razón, y desafiaba la autoridad infalible del papa partiendo de ejemplos recientes como el belicoso Julio II o el agresivo Bonifacio VIII. Las tesis de Lutero podían resumirse en la afirmación de que la iglesia existía sólo en Cristo y su representante era el concilio. Resulta obvio que se podía o no estar de acuerdo con él, pero lo cierto es que la primera afirmación arrancaba de las Escrituras y de la segunda, con los matices que se deseen, existían precedentes históricos antiguos y recientes.

 Sin embargo, a esas alturas, resultaba obvio que el agustino se enfrentaba con una estructura de poder que podía reducirlo, literalmente, a pavesas. De manera lógica, Lutero buscó la protección de su propio Elector, el príncipe Federico el sabio , escribiendo a Spalatino, su secretario. Su propósito era que Federico intercediera ante el emperador Maximiliano para que impidiera su envío a Roma.

 CONTINUARÁ: La Reforma indispensable de un monje llamado Lutero: situación desesperada.

Autores: César Vidal Manzanares

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JUAN STAM

 Martín Lutero y las libertades modernas[1]

En un homenaje para el quinto centenario del nacimiento de Martín Lutero, el filósofo costarricense Roberto Murillo sostuvo que «la semilla de la afirmación moderna de la subjetividad y de la libertad estaba ya en la ruda palabra de Lutero… Lutero inicia el descubrimiento de la subjetividad y de la libertad moderna» (La Nación, 25 de noviembre de 1983).[2]  Según Murillo, «El primer paso del pensamiento moderno es una negación de la idolatría», que surge en Lutero «ante la ausencia de la fe» y ante «el silencio organizado sobre la Palabra de Verdad», crisis que él experimentó primero en sí mismo y después en la cristiandad organizada de su época (cf. L. Febvre, Martín Lutero, p.71).

Que Lutero fue un hombre de profunda inspiración cristiana, es reconocido hoy por la mayoría de los teólogos e historiadores.  Pero fue también un hombre de intensas contradicciones y tensiones.  Luchaba militantemente por «la Libertad del Cristiano» (título de un tratado suyo de 1520), pero a la vez limitaba esa libertad esencialmente a la esfera religiosa, apoyó casi incondicionalmente al poder político de los príncipes, y se opuso con violencia a la lucha campesina.  No obstante, con todas sus ambigüedades y contradicciones, el pensamiento libertario e igualitario del joven Lutero marcó época e hizo un aporte irreversible a la historia de la libertad.

Teológicamente, se suele resumir las afirmaciones de la Reforma evangélica en tres puntos: (1) la justificación por la gracia mediante la fe, (2) la sola autoridad normative y definitiva de las Sagradas Escrituras, y (3) el sacerdocio universal de todos los creyentes.  Sin pretender que estos tres principios agotaran el sentido teológico de la Reforma, queremos demostrar la fuerza profundamente liberadora que introdujeron, cual levadura, en la evolución del pensamiento moderno.

(1) Para Lutero mismo, su descubrimiento de la justificación por la pura gracia de Dios le liberó del terror ante un Dios iracundo y vengativo. «La conversión de Lutero de la Ley a la Fe debe entenderse como una apertura ante la gracia…renunciando no sólo ni principalmente a la idolatría de las imágenes ni a la presunta acción automática de los sacramentos», escribe Murillo, «sino en primer lugar a la soberbia de la autosuficiencia. La conquista de la subjetividad y de la libertad, en el dintel del Siglo XVI, es paradójica y obligadamente renuncia a esta substancialidad del alma individual que no conoce su propia nada, su propio vacío, sin el cual Dios no puede llegar a habitar en ella».  En contraste con la libertad abstracta de indeterminación, «se consuma la máxima libertad allá donde se pierde más completamente en Dios» (La Nación, 3 de diciembre de 1983).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas.  El sistema papal le parecía una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; el papa, escribió, había dejado «de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y Perspectiva, p.158).  Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues «se debe permitir que cada hombre escoja libremente…» (ibid, pp. 156,158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre tiende a producir dos extremos: o el fariseo o el publicano.  El fariseo está segurísimo de su propia justicia, a base de obras de moralismo externo, pero de hecho no es ni justo ni realmente libre.  El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede hacer el bien libremente, puesto que la realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso.  Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (San Pablo, Efesios 2:8-10).  La gracia (járis) de Dios despierta nuestra gratitud (eujaristía) y nos transforma en personas nuevas que buscamos hacer la voluntad de Aquel que nos ha redimido.  De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo (heteronomía moralista) como del fideismo y la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal.  La gracia nos hace libres para hacer el bien, no para lograr una justificación propia ante Dios, sino para agradecer y glorificar a Aquel que nos justificó por fe.

(2) La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación luterana de la sola autoridad normativa de la Palabra de Dios.  El principio de sola scriptura relativiza necesariamente toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas.  Ninguna autoridad human puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las escrituras.  Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante el Dieta de Worms (1521):

A menos que se me demuestre de las Escrituras o por una razón de evidencia (porque no acepto la autoridad ni del papa ni de los concilios solos), no puedo retractarme.  Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios…Porque actuar contra la propia conciencia no es ni correcto ni prudente.

Años después Lutero dijo, «Soy teólogo cristiano.  Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie.  Confesaré con confianza lo que me parece cierto».  Sobre su monumento en Worms están escritas estas palabras: «los que conocen verdaderamente a Cristo no pueden nunca quedar esclavos de ninguna autoridad humana».  «La Palabra de Dios», escribió Lutero, «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin , ibid., p.155).

Estudiosos de la Reforma han llamado esto «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra divina puede ostentar autoridad final.  Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo.  Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe.  Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

(3) Finalmente, la afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (ver 1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa lógicamente un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno.  Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo.  «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», decía Lutero.  En un pasaje aun más atrevida, afirma que «Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (R. García-Villoslada, Martín Lutero, Vol. I, p.467).

Es cierto que los Reformadores no llevaron este principio hasta sus últimas conclusiones.  Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica.  Sin embargo, algunos, conocidos como Anabautistas de la «Reforma Radical», llevaron el principio del sacerdocio universal un buen paso adelante.  Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

En resumen: el paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval y la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentados.  En ese proceso, Martín Lutero jugó un papel decisivo.  Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético).  Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal).  Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles nos libera del clericalismo (autoritarismo eclesiásctica).


[1] ) Este artículo fue publicado en la revista Universidad (Universidad de Costa Rica, #751, 1986,  p.16), en ocasión del día de la Reforma de 1986..

[2] ) NOTA: Pueden compararse las palabras de José Martí: «Todo hombre libre debe colgar en su muro, como el de un redentor, el retrato de Lutero» (citado por Alfonso Rodríguez, La Nueva Democracia, #10, p.52).

 

 

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Mario Escobar Golderos

Martín Lutero: la voz de los sin rostro

La venta de indulgencias enfurecieron a Lutero por dos razones: eran un engaño y eran un abuso.

30 DE OCTUBRE DE 2011

 Una de las figuras más vilipendiadas dentro y fuera del mundo cristiano ha sido la del reformador alemán Lutero. Para muchos se quedó corto en sus reformas y animó la persecución contra los judíos y los anabaptistas, para otros fue un monje sensual y carnal. ¿Cuál es la verdadera personalidad del reformador protestante?

Lutero es sin duda un personaje complejo. Su personalidad y educación, su carácter y temperamento, abren muchas luces y sombras en su vida y obra. Hijo de un “triunfador” que se había hecho así mismo, con una madre poco cariñosa y cercana, Lutero tuvo una personalidad fría y defensiva. Su profundo miedo a la muerte y la sensación de que nunca cumplía las expectativas de su padre, le hicieron un joven temeroso y taciturno. Estudió derecho por imposición paterna, pero un encuentro fortuito con la muerte le aproximó a la Iglesia y se hizo monje.

 La Orden de los Agustinos, en la que ingresó Lutero, era sin duda la más evangélica y bíblica de las órdenes religiosas católicas. Su fundador, San Agustín, había sido una apologeta y lector incansable de la Biblia. Allí recibió Lutero una educación teológica adecuada y se convirtió en profesor de Biblia en la Universidad de Wittemberg.

Wittenberg era una pequeña ciudad de Sajonia que poco o nada tenía que ver con los grandes centros culturales del resto de Alemania o Europa.  El príncipe Federico era un hombre supersticioso y ambicioso, pero detrás de su fachada de altanero y orgullo, se escondía una persona profundamente sensible al mundo espiritual.

 Cuando la venta de indulgencias llegó a Sajonia, Lutero ya había descubierto a través de la Biblia los principios básicos de su predicación.  Se sentía en paz con Dios, tras haber descubierto que la salvación no se alcanzaba, que era un regalo divino. Ese regalo no era gratuito, Jesucristo había pagado con su vida para salvar al hombre, ocupando su lugar en la cruz.  La venta de indulgencias enfurecieron a Lutero por dos razones: eran un engaño y eran un abuso.

 Desde el primer momento Lutero se convirtió en la voz de los sin rostro. De las miles y cientos de miles de personas que soportaban la explotación y abusos de la nobleza y de la iglesia, que lo único que querían de ellos era su fuerza de trabajo y su dinero.

 ¿Por qué hizo esto Lutero? Martín Lutero pertenecía a esa clase privilegiada. Su posición era acomodada y su educación profunda, pero no soportaba que la iglesia fuera utilizada para enriquecer a unos pocos en detrimento del pueblo.  Lutero quería que el Evangelio que le había salvado a él, llegara a toda Alemania y a todo el mundo.

 Sus escritos sacudieron a la vieja Europa del siglo XVI . Destruyeron los principios medievales, machacaron los dogmas de una iglesia alejada de las Escrituras. Un hombre contra un Imperio y la Iglesia más poderosa de la Tierra. Parecía una lucha desigual, pero cuando los hombres obedecen a Dios, como dijo John Knox: “un hombre de Dios siempre está en mayoría”.

 ¿Por qué debemos seguir levantándonos los protestantes hoy en día?

Debemos denunciar todo aquello que se dice en nombre de Dios y no está en las Escrituras: Paganismo ritualista, intermediarios entre Dios y los hombres, absoluciones plenarias, la necesidad de las obras, la riqueza de las iglesias, el odio al prójimo…

La labor debe hacerse hacia dentro y hacia fuera. Muchos preferirían el silencio a al murmullo de la multitud, la penumbra a la luz deslumbrante de Cristo. Lutero fue la voz de los sin rostro, seamos nosotros el eco de las palabras que en estos días retumban en las paredes de Wittemberg hacia el mundo: “El justo por la fe vivirá”.

Autores: Mario Escobar Golderos

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by BEN STERNKE

Post image for A Word for Church Planters from HaggaiThis morning I was reading the Scriptures from the Daily Office Lectionary and felt like God encouraged me with one of the passages from Haggai. I also felt like it might be an encouraging word for others out there who are planting new expressions of church. So if you’re doing the slow work of rooting a community of faith in discipleship and mission, this one’s for you!The context is the rebuilding of the temple after the exile, and the Lord has “stirred up the spirit of the whole remnant of the people” to work on the building the house of the Lord, a place for him to dwell on earth. They begin in earnest, excited about the vision and expecting great things.

But pretty soon discouragement sets in. The work is hard. They are remembering the good old days of the former temple. They’re really not sure anymore if it’s going to be worth it in the end. So God sends them a word from the prophet Haggai:

“Who of you is left who saw this house in its former glory? How does it look to you now? Does it not seem to you like nothing? But now be strong… all you people of the land… and work. For I am with you,” declares the Lord Almighty… “And my Spirit remains among you. Do not fear.”

This is what the Lord Almighty says: “In a little while I will once more shake the heavens and the earth, the sea and the dry land. I will shake all nations, and what is desired by all nations will come, and I will fill this house with glory… the glory of this present house will be greater than the glory of the former house… and in this place I will grant peace.”

I think it might be a message for discouraged church planters, too. Those who are trying to plant churches rooted in discipleship and mission are often discouraged at the immensity and slowness of the task. It would be far easier (in some ways) to gather a crowd of eager consumers and give them what they want each week. When people are leaving and finances are tight, it’s hard to resist the temptation toward spiritual feudalism, where we as leaders act as providers of goods and services in exchange for a better paycheck and more people.

We are trying to build on an entirely different foundation (discipleship to Jesus). The foundation is the most important part of any structure, but it’s slow, messy, difficult work that doesn’t yield a lot of visible progress at the end of the day. If we’re discouraged about “results” the temptation will be to cut corners on the foundation.

So the encouragement for me this morning (and maybe for you) is simple, and straight from Haggai:

“Be strong and work, for I am with you.”

Though it doesn’t seem as impressive as other ministries or what you were involved in before, be strong and work, for I am with you, and my Spirit remains among you. You are digging deep and building strong foundations for a house that I can dwell in, a community I can live among. And while things look small and insignificant now, the glory of what is coming will be greater than the glory of what was.

Keep building the foundations of a house for me to live in, because this is ultimately what the world needs and desires. When you build with discipleship and mission, you are building on the unshakable foundation of my kingdom, and it will stand. I will fill my house with glory in time – for now, be strong and work, for I am with you.


JUAN STAM

Se suele resumir el aporte teológico de la Reforma en tres puntos: (1) la justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide), (2) la sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura, tota scriptura), y (3) el sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se olvidan otros dos, que son cruciales: (4) la libertad cristiana y (5) «la iglesia reformada siempre reformándose» (ecclesia reformata semper reformanda). Es especialmente sorprendente y lamentable que los evangélicos hoy hacen caso omiso del tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.

En este énfasis marcado sobre la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que el Apóstol Pablo, quien constantemente vinculaba la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas se echaron atrás al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: «De Cristo se han desligado, los que por la ley se justifican; de la gracia han caído» (Gál 5.4), y eso, no porque hubiesen caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino porque habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para ser aceptado ante Dios. Bajo tales legalismos, les dice San Pablo, «para nada les aprovecha Cristo» (Gál 5.2), porque «para libertad han sido llamados» (Gál 5.11). Por lo tanto, les exhorta, «estén firmes en la libertad con que Cristo los ha liberado» (Gál
5.1).

Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en Galacia en términos parecidos: «Me asombro que tan pronto estén dejando ustedes a quien los llamó por la gracia de Cristo, para pasarse a otro evangelio» (Gál 1:5). En seguida, aclara que de hecho «no hay otro evangelio», y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, «qué caiga bajo maldición» (1:8). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No se puede ser evangélico y legalista a la vez.

A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido venía de una palabra griega (eleútheros) que significa «libre, independiente, no ligado»; a veces se llamaba «Lutero el Libre». Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló «Sobre la libertad del cristiano». Tan convencido estaba Lutero de que no podría haber libertad bajo la condición de pecado, como convencido estaba también de que el evangelio nos hace verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente.

En los párrafos siguientes intentaremos demostar que cada una de las grandes afirmaciones de la Reforma, es una afirmación de la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

(1) La sola gratia nos libera del legalismo:

Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, dijo que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia le liberó del terror ante un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificacion por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de «la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios» (Rom. 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es «por la gracia mediante la fe», podemos confiar firmemente en la Palabra de Dios que nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. «La fe es algo inquieto y activo», decía Lutero; es «la fe que obra por el amor» (Gal. 5.6, cf. 6.9s).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. El sistema papal le parecía una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; el papa, escribió, había dejado «de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y Perspectiva, p.158). Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues «se debe permitir que cada persona escoja libremente…» (ibid, pp. 156,158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre tiende a producir dos extremos: o el fariseo o el publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, con base en obras de moralismo externo, pero de hecho no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede hacer el bien libremente, puesto que la realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (Ef. 2:8-10). La gracia (járis) de Dios despierta nuestra gratitud
(eujaristía) y nos transforma en personas nuevas que buscamos hacer la voluntad de Aquel que nos ha redimido. De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo (heteronomía moralista) como del fideismo y de la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para hacer el bien, no para lograr una justificación propia ante Dios, sino para agradecer y glorificar a Aquel que nos justificó por fe.

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(2) La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático:

La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la Palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante el Dieta de Worms (1521):

Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. Si no se me demuestra por
las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y
concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque
ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude.
Amén.

Años después Lutero dijo, «Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto». Sobre su monumento en Worms están escritas estas palabras: «los que conocen verdaderamente a Cristo no pueden nunca quedar esclavos de ninguna autoridad humana». «La Palabra de Dios», escribió Lutero, «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin , ibid., p.155).

¡¡Qué palabras de libertad teológica!! Su total sumisión a la Palabra de Dios le hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, en esa misma medida seremos libres para «examinarlo todo» a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero.

Martín Lutero insistía terca y vehementemente en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la Palabra de Dios, cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras pueden tener autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretendiera imponerse sobre nuestra conciencia.

Estudiosos de la Reforma han llamado esto «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra divina puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman «bíblicos» y «evangélicos»): se levantan también en nuestro medio pequeños «papas protestantes» con su «Santo Oficio» que pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos y condenar (sin pruebas bíblicas de la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con los prejuicios de ellos. Sin darse cuenta, vuelven al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo anti-evangélico y anti-bíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático.

!Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo se atrevía Lutero a reclamar tan osada libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica fue algo totalmente distinta: «Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios.»

Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra tienen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la Palabra viva de Dios. Lutero explicó esto con elocuencia en su tratado de 1520, «sobre la libertad del Cristiano»: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la Palabra liberadora del Evangelio, «el cristiano es el más libre de todos los seres humanos» (cf. Rom. 6:16-18).

Bien lo expresa el himno, «Cautívame Señor, y libre en tí seré.» Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cuativa de la Palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones humanas ni de autoridades humanas que pretendieran colocarse al nivel de, o incluso por encima de, la Palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

(3) El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo:

En tercer lugar, la afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», decía Lutero. En un pasaje aun más atrevido, afirma que «Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

Es cierto que los Reformadores no llevaron este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como Anabautistas de la «Reforma Radical», llevaron el principio del sacerdocio universal un buen paso adelante. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico).

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval: «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», escribió en 1520, «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes hechas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del Evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf I, p.303, en Wolin p.156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigió a la iglesia»restaurar nuestra noble libertad cristiana» (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas.

4) «La iglesia reformada siempre reformándose» nos libera del tradicionalismo estático:

Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba ecclesia reformata semper reformanda («iglesia reformada siempre reformándose»). Es impresionante que los reformadores hayan tenido la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la Palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no tenían ilusiones de haber concluído la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber hecho un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber dicho la última palabra per saecula saeculorum.

Hay un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional.

De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la «teología irregular» de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de cuño luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en el sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitó a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica.

Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la «fortaleza teológica» de su ortodoxia inflexible. Contra eso, los ataques de pensadores como Lessing fueron devastadores. En el siglo XX,
volvió a surgir con gran dinámica el principio de ecclesia reformata semper reformanda.

En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso sería el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación,1983, p.69) y, podemos agregar, insitituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma? (1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, tan caras para los reformadores. (2) Nos llaman al contínuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la Palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del Pueblo de Dios y de la teología. (3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia, «En lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad».

Bibliografía

García-Villoslada, Ricardo, Martín Lutero, Vol I:El fraile hambriento de Dios (Madrid: BAC, 1973).

Geffré, Claude, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación (Madrid Cristiandad, 1984).

Wolin, Sheldon S, Política y Perspectiva (Bs.As.: Amorrortu, 1960).