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César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable
Tras el segundo encuentro con Cayetano, al día siguiente, hay una tercera parte.
Es el 14 de octubre, acompañado por Feilitzsch y Ruhel como representantes del Elector,  Lutero presentó una exposición detallada sobre la eficacia sacramental y la justificación por la fe.El agustino insistió en que el papa podía errar y, de hecho, había errado; en que sus decretos eran aceptables tan sólo en la medida en que coincidieran con la Biblia; en que los Padres tenían razón al asegurar que un concilio era superior al papa y en que el papa y su Quinto concilio laterano se habían equivocado al abrogar el de Basilea.

Por añadidura, la opinión de cualquier cristiano individual, si se basaba en la Biblia y en la razón, podía ser preferible a los decretos papales.  Lutero insistió además en que la justificación por la fe era una doctrina bíblica  y que sin fe, el sacramento de la penitencia arrastraba al cristiano a la condenación.

Finalmente, concluyó que no se podía pedir a nadie que violara su conciencia.

 La exposición de Lutero, breve, pero sólida, constituía sin que él pudiera saberlo, una formulación clara de lo que sería la fe de la Reforma. En primer lugar , afirmaba el predominio de la Escritura sobre cualquier otro criterio teológico;  en segundo lugar , subrayaba la creencia en la salvación por sola gracia a través de la fe y,  en tercer lugar , defendía la afirmación de la libertad de conciencia frente a cualquier entidad sin excluir las autoridades eclesiales.

 Las afirmaciones de Lutero sacaron de quicio a Cayetano . Elevó la voz, repitió sus puntos de vista y exigió a Lutero que se retractara amenazándolo con la totalidad de las penas eclesiásticas. El tono mostrado por el cardenal impedía a Lutero responder de manera que también alzó la voz. La respuesta de Cayetano fue gritar más aún y ordenar al agustino que desapareciera de su presencia y que no volviera a aparecer salvo que fuera para retractarse.

La manera en que había concluido el tercer encuentro entre Cayetano y Lutero no había sido precisamente halagüeña y existían razones sobradas para que el agustino temiera por su vida y para que sus amigos y acompañantes se vieran embargados por la consternación.

A pesar de todo, el cardenal decidió realizar un último esfuerzo para llevar a buen puerto la misión que le había encomendado el papa. Así, mandó llamar a Staupitz y le ordenó que convenciera a Lutero para que se retractara. A esas alturas, sin embargo, Staupitz tenía una visión de la situación notablemente exacta. Informó, por lo tanto, a Cayetano de que Lutero no cambiaría de opinión a menos que pudieran convencerlo de que estaba equivocado sobre la base de la Biblia.

En apariencia, la situación había llegado a un punto muerto, pero Staupitz no daba todo por perdido.  Apoyado por Link suplicó a Lutero que escribiera una carta humilde y respetuosa en la que pidiera perdón por haberse referido al papa de manera indiscreta y en la que se comprometiera a guardar silencio siempre que sus enemigos hicieran lo mismo. El agustino obedeció a sus superiores y además en la misma misiva, señaló que estaba dispuesto a retractarse si así lo ordenaba su vicario general y los argumentos estuvieran basados en las Escrituras  y no en la filosofía tomista. Igualmente, suplicaba al cardenal que remitiera todo el asunto al papa para que se examinaran con tiempo suficiente los puntos dudosos y una vez que hablara así la iglesia, se sometería.

 El escrito de Lutero –ciertamente, un puente para llegar a un arreglo- fue recibido con un silencio sepulcral.  Durante un par de días, Staupitz fue presa de la inquietud temiendo que la suerte de Martín estuviera echada. De hecho, comenzó a recorrer Augsburgo reuniendo fondos para enviar a algún destino en el extranjero a Lutero, por ejemplo, a la universidad de París que destacaba desde hacía tiempo por su posición anti-papal.

Al mismo tiempo, Staupitz escribió al elector para informarle de que la suerte de Lutero estaba echada en la medida en que Cayetano amenazaba con arrojarlos a ambos en prisión. Por su parte, había intentado mediar de manera favorable, pero tenía que reconocer que había fracasado en el intento. Sólo le quedaba un paso por dar y lo ejecutó inmediatamente. Liberó a Lutero de sus votos monásticos para facilitarle así la huída y emprendió una apresurada salida de Augsburgo en compañía de Link sin siquiera despedirse del cardenal.

A esas alturas, Staupitz temía que el peso del poder eclesial cayera sobre su antiguo discípulo y sobre él mismo, pero semejante circunstancia no lo había predispuesto en su contra. Por el contrario, en el momento de la despedida, le dijo: “Recuerda que comenzaste todo este asunto en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Con esas palabras, Staupitz venía a resumir el corazón del caso Lutero. Todo lo había iniciado el agustino no para defender sus intereses personales, no para avanzar su posición de poder, no para acumular más riquezas ni tampoco para salvaguardar sus privilegios. Semejantes motivaciones estaban presentes – y de que manera – en sus enemigos. Él, por el contrario, había sido movido por el amor al Evangelio de la gracia expresado en la cruz de Cristo y por el amor pastoral hacia Sus ovejas.

 Continuará: la fuga a Eck

Autores: César Vidal Manzanares

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Hacia CLADE V (segunda parte)

Publicado: diciembre 4, 2011 en Iglesia

Carlos Martínez García

Hacia CLADE V (segunda parte)A Samuel Escobar, por su ministerio docente y pastoral.

 Concuerdo con el tono general del documento preparatorio del Quinto Congreso Latinoamericano de Evangelización . No se va por el lado de concluir que la vitalidad del cristianismo evangélico en América Latina se demuestra con los millones de creyentes que se agrupan en sus filas, ni ostenta las miles de conversiones diarias como sinónimo de una expansión sana del protestantismo amerindio.Después de interrogar acerca de las imágenes de Cristo que más se divulgan en el evangelicalismo latinoamericano, y otra vertiente que llamo post evangelicalismo (que no está conceptualizada así en el documento, pero que parece dominar el escenario antes ocupado por las iglesias protestantes históricas), y llevarnos a cuestionarnos sobre el reduccionismo de esas imágenes si las comparamos con la riqueza de la cristología bíblica, los autores y autoras del escrito ponen delante de los lectores el tema de la conversión.

 Una de las características del cristianismo evangélico es la búsqueda de conversos . La historia del enraizamiento de esta fe en tierras latinoamericanas está llena de narraciones de conversión. Los colportores del siglo XIX que distribuían la Biblia, y porciones de ella, buscaron poner Las Escrituras en manos de tantas personas como les fuese posible hacerlo. No nada más para impulsar la alfabetización, aunque ese era uno de sus objetivos, sino sobre todo dar a conocer la Palabra a pueblos que la habían tenido vedada por siglos en su lengua materna. Esos esforzados distribuidores consideraban que la sola lectura de la Biblia abriría las mentes y corazones de quienes en sus páginas descubrirían el mensaje del Evangelio, y posteriormente tendrían disposición para unirse a la naciente minoría que iba a contra corriente de la religiosidad tradicional y mayoritaria.

Después, ya cuando en los distintos países de América Latina se consolidaban las iglesias evangélicas, la prensa forjada en ellas, los materiales educativos, la himnología, la predicación y primeras instituciones tuvieron una acendrada inclinación evangelizadora. De manera espontánea sencillos creyentes evangélicos fueron los principales promotores de su nueva fe. Las reconstrucciones históricas permiten hoy asegurar que del norte al sur de América y Latina y el Caribe la expansión del protestantismo evangélico fue obra del pueblo evangélico, y menos de esfuerzos misioneros exógenos respaldados por considerables recursos financieros.

 El punto de cambio, en cuanto a crecimiento numérico sostenido y ascendente, lo representó el asentamiento del pentecostalismo . Primero visto con reticencia y sospecha por el protestantismo histórico, después aceptado un tanto a regañadientes, para más tarde tenerle como nuevo paradigma a reproducir, el pentecostalismo es hoy, y todo indica que lo será en el futuro, el rostro predominante del evangelicalismo latinoamericano.

 Somos conscientes de que no podemos hablar de pentecostalismo en singular, sino de pentecostalismos en plural . Aunque tal vez, como ha propuesto desde hace una década y media Bernardo Campos,  debiéramos reconocer la realidad eclesial evangélica contemporánea como resultado de una línea de cierta continuidad con la Reforma protestante, pero al mismo tiempo con una evidente ruptura consistente en afirmar enseñanzas y prácticas divergentes de las sostenidas por los reformadores magisteriales . Las líneas de continuidad y de ruptura definen no tanto la pentecostalización de las iglesias protestantes, sino más bien su pentecostalidad, nos dice Campos ( De la Reforma protestante a la pentecostalidad de la Iglesia. Debate sobre el pentecostalismo en América Latina , CLAI, 1997).

En todas las grandes y medianas urbes de Latinoamérica se localizan enormes congregaciones evangélicas/post evangélicas, que ofrecen soluciones instantáneas en cada área de carencia de ávidos asistentes a sus tecnologizadas reuniones.  Todo, o casi todo, se centra en el carisma de los líderes que ofrecen infinidad de privilegios por convertirse, sin que a sus oyentes se les hable de responsabilidades de lo que significa el encuentro con el Evangelio de Cristo .

Si de algo  no  hay que convencer a las distintas expresiones del protestantismo evangélico es de evangelizar, de buscar impulsivamente nuevos conversos.  Es aquí donde tenemos que preguntarnos sobre en qué consiste la conversión que se promueve. ¿No es, acaso, más una invitación al éxito personal en el que está ausente el servicio a los otros y otras?  ¿El conversionismo no reduce a punto de llegada lo que debiera ser un punto de partida? ¿No es el encuentro con Jesús el inicio para redefinir las relaciones del nuevo seguidor con todos y cada uno de los órdenes de la vida, con base en lo enseñado por Él?

 Frente a una conversión espiritualista (que no espiritual en el sentido bíblico) el documento de estudio para los asistentes a CLADE V le contrapone una transformación integral de la persona:

 La vida cristiana se debe caracterizar por la conversión, que incluye el arrepentimiento de los pecados personales y sociales, la justificación por la fe, el nuevo nacimiento y un cambio de mentalidad y de normas de vida. Esa conversión o transformación radical de toda la existencia, si reclama una raíz y un contenido bíblico específicos, tiene que expresarse visiblemente en la adopción de un estilo de vida distinto del estilo de vida que impera en la sociedad circundante. En consecuencia, no se puede separar en planos irreconciliables la vida privada de la vida pública, la santidad personal de la santidad social, la justificación por la fe de la lucha por la justicia social aquí y ahora, la esperanza cristiana de una preocupación por todas las necesidades humanas, el amor al prójimo de la defensa de la dignidad humana. En otras palabras, se requiere una comprensión más bíblica del seguimiento de Jesús, entendiendo que el propósito de Dios apunta a la reconciliación de todas las cosas.

El párrafo citado nos llama a una conversión integral, en sintonía con el llamado de Jesús. Estoy de acuerdo, pero no entiendo bien qué se quiso decir con eso de llamar a la “santidad social”. Percibo que tal vez se trate de que las sociedades promuevan las relaciones justas entre los ciudadanos, que las instituciones sean transparentes en su ejercicio del poder, pero ¿no sería más adecuado decir que la santidad personal y comunitaria de los creyentes tenga repercusiones sociales? Porque la promoción de la “santidad social” pudiese prestarse a programas impositivos por parte de quienes desde las estructuras del Estado buscan generalizar al conjunto de la ciudadanía una agenda particular. Este punto requiere más precisión, sobre todo en tiempos en los cuales la tentación constantiniana es creciente.

La cita textual que hemos hecho del documento preparatoria es muy rica, tiene implícitos varios pasajes bíblicos, ¿por qué no hacerlos explícitos? Tal vez los autores no quisieron incurrir en un  biblicismo  que llena de versículos bíblicos sin ton ni son lo escrito. Porque si bien es cierto que pululan los que en otras partes ofrecen amplios ramilletes de citas de la Palabra, frecuentemente traicionando el sentido contextual de los versículos y haciéndoles decir lo que originalmente no dicen, hacer lo contrario (evitar citar la Biblia) es cuestionable porque lo mejor del protestantismo evangélico está en hacer visible el fundamento de su ser, la Biblia.

 El apartado sobre el seguimiento concluye con las siguientes líneas, que buscan recuperar el poder interpelante, que nos reta y cuestiona, de Jesús y la imposibilidad de su domesticación : “Seguir a Jesús de Nazaret por el camino de la vida demanda decirle un no categórico, comunitario y público a todos los caminos de muerte, a todas esas formas de violencia contra la dignidad humana que en más de una ocasión se han justificado ‘teológicamente’, desde los púlpitos y desde las cátedras, para complacer a los señores temporales de turno en nuestros países”. Sí, porque sólo las palabras de Jesús son espíritu y vida ( Juan 6:63 ).

Autores: Carlos Martínez García
©Protestante Digital 2011

Lutero ante el cardenal Cayetano

Publicado: noviembre 29, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César  Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (26)
Lutero ante el cardenal Cayetano
El 12 de octubre, Lutero fue introducido ante el cardenal Cayetano.

 

Cayetano no era un hombre carente de virtudes. A su condición de erudito, se sumaba el hecho de que no estaba contaminado por los comportamientos corruptos de no pocos de sus compañeros y de que además se mostraba crítico con el comportamiento de los otros dominicos. De hecho, Lutero reconocería siempre que se había comportado cortésmente con él. Sin embargo, Cayetano era también un curialista convencido y, bajo ningún concepto, iba a aceptar la idea de discutir los temas en cuestión con Lutero o incluso la de acercarse al problema desde una perspectiva meramente pastoral. Llegados al punto en que se encontraban, la única salida era el reconocimiento total de la autoridad papal y la sumisión absoluta a la misma.
Nada más iniciarse la entrevista, el agustino se disculpó inmediatamente por cualquier temeridad de la que pudiera ser culpable y expresó su disposición a reconsiderar sus opiniones.
Cayetano manifestó su agrado al escuchar aquellas palabras e, inmediatamente, planteó a Lutero un ultimátum. De acuerdo con la orden que había recibido del papa, le exigió que se retractara y prometiera que no volvería a plantear cuestiones que perturbaran la paz de la iglesia. Lutero solicitó ver entonces las órdenes del papa, pero Cayetano le indicó que no existía esa posibilidad. El agustino indicó entonces que no había realizado todo el camino desde Wittenberg para que se le dijera que tenía que retractarse y guardar silencio y preguntó cuáles eran sus errores.
Cayetano no tenía la menor intención de entrar en discusiones con el agustino, pero condescendió a darle dos ejemplos. El primero era el punto de vista de Lutero sobre el tesoro de los méritos que aparecía en la Tesis 58 y el segundo, su opinión sobre el sacramento de la penitencia recogida en la Tesis 7. El primero chocaba con la Bula Unigenitus del papa Clemente VI (1343) que afirmaba que Cristo había adquirido para la iglesia un tesoro infinito, al cual la Virgen y los santos habían sumado sus contribuciones, y que había sido entregado a Pedro y a sus sucesores para beneficio de los fieles. La segunda resultaba, a juicio de Cayetano, totalmente novedosa y errónea al exigir la fe para la eficacia de la absolución en el sacramento de la penitencia.
Posiblemente para las personas del s. XXI, las referencias de Cayetano resulten un tanto distantes. Sin embargo, el cardenal había apuntado a dos aspectos esenciales de la crítica llevada a cabo por Lutero al apuntalar la base de las indulgencia y cargar contra la justificación por la fe. Su error estaba en pensar que Lutero, un profesor de Teología bíblica a fin de cuentas, iba a encontrar convincentes unos argumentos basados única y exclusivamente en la autoridad eclesiástica, autoridad, dicho sea de paso, que se había expresado al respecto, tan sólo un siglo y medio antes. La respuesta de Lutero – y no puede sorprender a nadie – fue que la exposición sobre el tesoro de los méritos era una grave distorsión de lo que enseñaba la Biblia.
Al argumento de Lutero, respondió Cayetano señalando que el poder del papa era absoluto e inerrante y que se encontraba por encima tanto de la Escritura como del concilio. Como era de esperar, Lutero se opuso a ese punto de vista – que, dicho sea de paso, a la sazón era discutido y que es dudoso que sostuviera hoy en día algún católico instruido – y citó en apoyo suyo a la universidad de París.
Con todo, fue la segunda cuestión la que provocó una mayor desilusión en Lutero. El cardenal se aferró al punto de vista propio del tomismo en el sentido de afirmar la eficacia de la gracia sacramental e insistió en que tenía base en las Escrituras. La respuesta de Lutero fue sólidamente bíblica y consistió en apuntar a la doctrina de la justificación por la fe tal y como aparecía en las Escrituras. Había enseñado sobre las cartas paulinas a los Romanos y a los Gálatas durante años y, lógicamente, conocía el tema a la perfección. Por eso mismo, haciéndose eco de pasajes como Gálatas 1, 6-9, también pudo insistir en que negar esa doctrina equivalía a negar la obra de Cristo. Como era de esperar, la reunión terminó en un punto muerto.
Al día siguiente, 13 de octubre, Lutero apareció con una declaración escrita. En su redacción, le habían asesorado Staupitz, un notario y cuatro consejeros imperiales. El agustino aseguraba en el documento que ninguna de sus enseñanzas era contraria a la iglesia católica, pero que, si ése fuera el caso, estaba dispuesto a renunciar a ella. Insistía en que su preocupación había sido la verdad y que un proceso como el que se estaba llevando a cabo implicaba que se le escuchara y que aquellos que le acusaban de estar equivocado lo convencieran.  Insistía igualmente en que nada de lo que había enseñado era contrario a la escritura, los Padres, las decretales y la sólida razón, y en que creía que su teología era sólida, verdadera y católica. Aceptaba que el cardenal no le permitiera expresarse en un debate abierto contra las críticas que se le habían formulado, pero, en tal caso, estaba dispuesto a responder por escrito a las críticas del cardenal y en dejar que el juicio fuera sometido a las universidades de Basilea, Friburgo, Lovaina o París.
Las instrucciones recibidas por Cayetano no dejaban resquicio para aceptar las peticiones de Lutero y el cardenal volvió a insistir en que debía retractarse de manera incondicional, renunciando a cualquier plan que tuviera.
En ese momento, Lutero pidió permiso para poner por escrito sus posiciones porque la batalla de palabras del día anterior no los había llevado a ninguna parte. Cayetano estalló al escuchar la palabra “batalla” y le dijo que no estaba allí para discutir ni llevar a cabo ninguna batalla, sino para amonestarlo y si era posible reconciliarlo con el papa y con la iglesia. De nuevo, la situación había llegado a un punto muerto que salvó la intervención de Staupitz. El superior de Lutero suplicó al cardenal que accediera a recibir una declaración escrita de Lutero. Cayetano era reticente a semejante comportamiento, pero, a la espera de que todo pudiera concluir como esperaba, terminó por acceder.
Continuará

 

Autores:César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

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Mike Breen

 

Sabbatical can do funny things to people, can’t it? I’ve returned from mine and there are many things that I feel the Lord is bringing to the front of my mind (one of which I will begin a blog series on next week). But one of those things is simply wondering, as a Futurist, what the next 10 years of the American church will look like?

We’re seeing many things right now as we survey the landscape of the church:

  • The explosion and continued growth of the mega-church, particularly with multi-site churches
  •  The church seems to be getting smaller and larger. Either decline or stagnation or rapid growth in larger churches with very little in between (interestingly, we’re seeing this happen economically for Americans as well).
  • Increased polarization of theological pockets within the BIG “C” Church
  • Increased outworking of social justice
  • Church budgets in crisis and churches starting to explore alternative revenue streams and economic engines
  • Missional emphasis that, at least in my view, may already be wearing out as a fad and not as a way of life
  • I’m noticing an uptick of interest in the discipleship conversation. I wonder where that will go?
  • Continued assault on the nuclear family without the recognition that the extended family is actually the answer
  • Huge drop in attendance for Gen X and Gen Y
  • Rise in charismatic expressions (i.e. fastest growing segment of the American church right now)

That’s a very quick, snapshot overview of where we are today. There’s a lot of good in that and some things that aren’t so good.

Here’s my question to you: Where do you think the American church will be in 10 years? 

What will be happening? What will it look like? What worries you? Excites you? Where do you see it going? Where is God already moving and where do you think it’s leading?


by BEN STERNKE

Post image for Why We Celebrate the Christian CalendarToday is the first Sunday of Advent, which is New Year’s Day for the Church. Today is when we start telling the story again, the story of how Jesus Christ fulfilled the story of Israel in his life, death, resurrection, and ascension, and how we now live with him by the Spirit and await his final return.Every year we tell the story again, basically because we need to immerse ourselves in it, because it is the true story of the world. It is the report of what God is doing in the world to redeem and restore all things, the proclamation of how God was in Christ, reconciling the world to himself.

We immerse ourselves in this story every year because our identities come from the stories we tell and the rituals we participate in. We immerse ourselves in this story because our culture loudly proclaims quite a few alternative stories that vie to tell us who we are, and thus claim our allegiance. Some of those stories (from McKnight’s The King Jesus Gospel):

  • Individualism — the story that “I” am the center of the universe
  • Consumerism — the story that I am what I own
  • Nationalism — the story that my nation is God’s nation
  • Moral relativism — the story that we can’t know what is universally good
  • Scientific naturalism — the story that all that matters is matter
  • New Age — the story that we are gods
  • Postmodern tribalism — the story that all that matters is what my small group thinks
  • Salvation by therapy — the story that I can come to my full human potential through inner exploration

We combat these competing ideologies by immersing ourselves in the True Story, which is another name for the gospel of Jesus Christ. This is why it matters what holidays we celebrate, and how we celebrate them. Our very identities are stake, because we live by the stories we tell ourselves. Thus it is actually a matter of life and death.

There’s nothing magical about celebrating the church year. There are plenty of lifeless churches that commemorate Advent “faithfully” (i.e. read the right Scriptures, fly the right colors, stick to the right themes). But the church year is essentially organizing time around the gospel story, which seems like a great idea to me, because the alternative to organizing time around the life of Christ is to organize it around something else, like when it’s time to shop, which is a disastrous way to live.

So may you immerse ourselves in the True Story once again, and have a blessed Advent! Come, Lord Jesus!

http://bensternke.com


Mario Escobar Golderos

John Knox, María Tudor y la persecución a los protestantes

 

La persecución se desató en Inglaterra y en el corto reinado de María se asesinaron a más de trescientas personas.

 El caluroso verano de 1533 no presagiaba profundos cambios, pero la muerte de Enrique VIII y la sucesión al trono de su hija María, cambiarían el mapa político y religiosa de las islas británicas.

A finales de julio María fue coronada como reina de Inglaterra. Estaba casada con un joven príncipe español, llamado Felipe.  Rodeada por el ala más radical del catolicismo inglés, María tomaría cartas en el asunto inmediatamente.

 En noviembre ya habían sido revocadas todas las leyes que protegían la causa protestante . Era la prueba de fuego para la reforma inglesa. Si la misma hubiera tenido únicamente una base política, hubiera desaparecido ante la dura persecución que se iba a desatar los meses posteriores, pero los protestantes ingleses eran mucho más que meras comparsas del difunto Enrique VIII.

 La fecha límite para adjurar de la fe protestante se puso el 20 de diciembre , todos aquellos que se negaran a abandonar su fe serían tratados como herejes, lo que suponía la persecución religiosa y la muerte.

 Knox era uno de los objetivos principales del bando católico y decidió abandonar Inglaterra y dirigirse a Francia . La persecución se desató en Inglaterra y en el corto reinado de María se asesinaron a más de trescientas personas. Entre ellos el propio autor de El libro de oración común , Thomas Cranmer.

Konx aprovechó su estancia en el continente para conocer a diferentes líderes de la Reforma. Visitó a Bullinger en Suiza. En su exilio forzoso escribió un libro en contra de algunos movimientos radicales dentro de la Reforma titulado:  Leal admonición a los profesantes de la verdad de Dios en Inglaterra.

En el libro se condenaba duramente a la reina María y se la comparaba con Jezabel, lo que aumentó aún más el peligro que se cernía sobre él.

 En el otoño de 1554 conoció a Juan Calvino . Los dos reformadores eran muy distintos. Mientras que Knox era un hombre de acción e impulsivo, Calvino era reflexivo y metódico. La estancia en Ginebra de Knox fue muy productiva. Aprendió hebreo y logró formarse de una manera más profunda.

En noviembre de ese mismo año abandonó Suiza y viajó a Frankfurt para pastorear a la comunidad de ingleses exiliados que se había refugiado en la ciudad. La incipiente iglesia inglesa estaba dividida entre los de tendencias más anglicanas y los más puritanos, que no querían cultos muy ritualistas. La polémica sirvió a Knox para que escribiera un libro de cultos, que después adoptaría la Iglesia de Escocia.

 Tras una breve estancia en Ginebra, Knox decidió regresar a Escocia a finales de 1555 . Se casó con su prometida. El protestantismo había progresado en Escocia a pesar de la persecución, el reformador estaba dispuesto a buscar la manera para extenderlo por el resto de la isla.

Autores: Mario Escobar Golderos
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Lutero no se retracta

Publicado: noviembre 22, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (25)

Lutero no se retractaMaximiliano escribió al papa para indicarle que debía intervenir contra aquel hereje y que, por supuesto, contaba con su apoyo.

 

Si se examina fríamente la situación, hay que reconocer que  la posición del agustino había empeorado extraordinariamente en muy poco tiempo .

Ciertamente, Lutero había contado hasta entonces con la protección del Elector y con el respaldo de los eruditos, pero  la coalición del emperador con el papa debía ser considerada como una fuerza imposible de resistir . En apariencia, la suerte de Martín Lutero estaba echada. A no mucho tardar, sería procesado como hereje y, caso de no retractarse, ardería en la hoguera exactamente igual que Huss.

 La carta que el emperador Maximiliano dirigió al papa produjo en éste una honda sensación. El pontífice contaba ahora con un apoyo de extraordinaria relevancia que le abría el camino para adoptar una posición aún más severa contra el agustino.

Descartó, por lo tanto, la primera citación señalando que Lutero había empeorado la situación y el 23 de agosto  envió una carta al cardenal Cayetano en la que le ordenaba que, a la espera de nuevas instrucciones, procediera al arresto del monje valiéndose del brazo secular.  Si Lutero acudía por propia voluntad y se retractaba, Cayetano podría recibirlo nuevamente en el seno de la iglesia, pero, si el agustino se mantenía en sus posiciones, tanto él como los que lo apoyaban debían ser cortados.

El mismo 23 de agosto, el papa  escribió al Elector. En la misiva calificaba a Lutero de “hijo de la iniquidad” e indicaba que si seguía comportándose así se debía a la protección que recibía del príncipe. Precisamente por ello, ordenaba a Federico que entregara a Lutero a Roma para ser juzgado .

 Finalmente, el pontífice envió una tercera misiva al provincial de los agustinos en Alemania. En ella se ordenaba a Gerhard Hicker, el vicario general, que arrestara a Lutero, lo encadenara de manos y pies, y lo redujera a custodia so pena de excomunión e interdicto para todos aquellos que desobedecieran.

Sin duda, lo que causa una mayor impresión de la respuesta papal es la afirmación del propio poder sustentada en la nula disposición a escuchar al acusado y el deseo único de imponerle silencio. Todo ello además llevado a cabo sobre la base de acusaciones formuladas por terceras personas de manera maliciosa y recurriendo incluso a documentos falseados.

Lutero había insistido en que no deseaba comprometer a su príncipe pidiendo su apoyo –una actitud que contrasta con la de los dominicos entregando documentación dudosa al emperador Maximiliano– y mantuvo su postura. Sin embargo, sí solicitó de él que lo protegiera de un arresto y de una condena que podían entrar en la categoría de lo ilegal.  Lo que suplicaba el agustino, y de nuevo la diferencia con sus enemigos dominicos resultaba obvia, era simplemente que se reconociera su derecho a un proceso legal y con garantías.

La respuesta del Elector Federico fue positiva porque, efectivamente, le preocupaba el respeto por la legalidad y la contención de cualquier abuso. Federico conocía de sobra el deseo del emperador Maximiliano de que fuera coronado como sucesor suyo su nieto Carlos y también que el papa no veía con buenos ojos tal eventualidad temeroso de que un rey español con territorios en Italia pudiera competir con él. Dado que Federico era uno de los electores, el apoyo que pudiera otorgar al papa podía resultar decisivo para que éste alcanzara sus propósitos. De manera bien significativa, la acción relativa a cuestiones espirituales quedaba una vez más condicionada por los intereses políticos.

 El 11 de septiembre, el papa escribió a Cayetano apoderándolo, a través del Elector, para examinar a Lutero y pronunciar un veredicto, bien entendido que, en ningún caso, no debería dejarse arrastrar a una discusión con el monje . No obstante, si el agustino abjuraba de sus errores, Cayetano podía rehabilitarlo. El breve de 23 de agosto seguía en vigor, pero, de momento, quedaba en suspenso para permitir que el cardenal escuchara a Lutero y, de esa manera, otorgara satisfacción al elector cuyo voto resultaba tan esencial para el papa.

 El 26 de septiembre, Lutero, acompañado de Leonard Beier, emprendió el camino a pie hacia Augsburgo. Spalatino le había señalado tiempo atrás que podría esperar una audiencia ante un tribunal imparcial y alemán. Sin embargo, lo que le esperaba era una comparecencia ante un cardenal extranjero que, por más señas, era de la orden de los dominicos.

Se mirara como se mirara, lo cierto es que la indefensión del agustino era absoluta y no puede sorprender que aquellos días se encontraran entre los peores de su vida. El prior de Weimar también le advirtió de que estaba entrando en una trampa y que acabaría en la hoguera en Augsburgo. Igualmente, no pocos le instaron a que regresara al territorio del Elector donde se encontraría a salvo.

 El peligro era real y no debe sorprender que ni Link ni los consejeros de Federico dejaran que Lutero desapareciera de su vista antes de contar con un salvoconducto imperial que le fue entregado el 11 de octubre. Igualmente, le habían advertido de que no se dejara engañar por el cardenal. Era de esperar que se comportara con cortesía, pero, en realidad, su inclinación era hostil. En este contexto, es fácil imaginar el ánimo que sintió Lutero al saber que el senado y los ciudadanos de Augsburgo lo apoyaban.

Al conocer la llegada de Lutero, Cayetano envió a encontrarse con él a Serralonga, un diplomático italiano, para informarle.  Del monje se esperaba que se retractara  y, por supuesto, n o se le concedería oportunidad de entablar ninguna discusión con el cardenal. La perspectiva era, desde luego, poco prometedora, pero Serralonga insistió en la buena disposición del cardenal y en el hecho de que con seis letras solo –revoco (me retracto)– podría verse a salvo.

 Lutero señaló al italiano que no tendría el menor inconveniente en pronunciarlas siempre que se le convenciera de su error.  Sin embargo, la idea de que pudiera entablarse una discusión entre el agustino y el cardenal era verdaderamente impensable. Serralonga optó, por lo tanto, por indicar a Lutero que no debía esperar que el Elector Federico tomara las armas para defenderlo y, acto seguido, le preguntó: “¿Dónde estarías entonces?”. Se trataba de una pregunta retórica encaminada a doblegar el ánimo de Lutero, pero el agustino no estaba dispuesto a rendirse. Su respuesta fue: “Donde estoy ahora, en el cielo”. No exageraba.

De hecho,  por esa época, Lutero envió a Melanchthon una carta en la que le indicaba que por él y por los estudiantes de Wittenberg estaba dispuesto a resistir. Para él, toda la cuestión se encuadraba en el marco de lo espiritual y esperaba, por lo tanto, que intervinieran factores sobrenaturales, a la vez que relativizaba los meramente humanos  que había señalado Serralonga.

Esa acentuada diferencia de criterio entre el agustino y sus opositores explica más que sobradamente lo que iba a suceder durante los años siguientes.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (24)

Lutero llega a una situación desesperadaComo vimos en el artículo anterior de esta serie las tesis de Lutero podían resumirse en la afirmación de que la iglesia existía sólo en Cristo y su representante era el concilio.

 

Resulta obvio que se podía o no estar de acuerdo con él, pero lo cierto es que la primera afirmación arrancaba de las Escrituras y de la segunda, con los matices que se deseen, existían precedentes históricos antiguos y recientes.

Sin embargo resultaba obvio que el agustino se enfrentaba con una estructura de poder que podía reducirlo, literalmente, a pavesas.  De manera lógica, Lutero buscó la protección de su propio Elector, el príncipe Federico el sabio, escribiendo a Spalatino, su secretario. Su propósito era que Federico intercediera ante el emperador Maximiliano para que impidiera su envío a Roma.

 En medio de una situación que empeoraba a ojos vista resultó de especial relevancia el comportamiento de los dominicos como denunciantes de Lutero.

El 14 de marzo, el agustino había predicado un sermón sobre el abuso de poder que se producía en la práctica de la excomunión.

Semejante hecho, como ya hemos señalado con anterioridad, es reconocido en la actualidad por los propios estudiosos católicos como Lortz, pero, a la sazón, dejaba expuesto un flanco peligroso por el que atacar a Lutero. Dos dominicos que se hallaban presentes en la predicación –y que, muy posiblemente, acudieron para encontrar algún motivo del que acusar al agustino– tomaron nota de las palabras recogiendo, de forma exagerada, convirtiéndolo en un material que pudiera ser utilizado en contra de Lutero.

No sólo eso. Invitado a cenar en la casa del Dr. Emser en Dresde, Lutero había seguido defendiendo sus puntos de vista en el sentido de que la excomunión, lamentablemente, había dejado de ser un instrumento de disciplina espiritual para convertirse en un arma de temor esgrimida por el papa. Sin que Lutero lo supiera, un dominico escondido tras una cortina fue recogiendo todos sus comentarios. No concluyó con esto la acción de los frailes. Estas notas recibieron la forma de tesis y fueron enviadas a Augsburgo donde se pusieron en circulación bajo el nombre de Lutero. Se trataba, en realidad, de una falsificación, pero, como habían pretendido los dominicos, obtuvo un éxito notable a la hora de dañar al agustino.

 A la sazón, el emperador Maximiliano estaba dando todos los pasos posibles para conseguir que su nieto Carlos le sucediera. Semejante paso no era fácil en la medida en que la corona imperial no era hereditaria sino que dependía del voto de varios electores y, en no escasa medida, del respaldo papal que debía ungir al nuevo emperador. Carlos, sin embargo, era un candidato que no gustaba al pontífice. En aquellos momentos, era rey de España y acumulaba territorios en Italia y los Países Bajos. Si además se convertía en emperador, contaría con una fuerza que era contemplada como una amenaza –no sin razón- por la Santa Sede. Se producía así una situación que contribuiría no poco a la desgracia de España en los siglos venideros. Si podía ser utilizada sin el menor escrúpulo por el papa, era una nación querida, pero si se daba la circunstancia de que era poderosa, la Santa Sede se convertía en su peor enemigo.

 Sobre ese marco político el hecho de que, de repente, apareciera un hereje contra el que se podía actuar en beneficio del papa, fue visto por el emperador Maximiliano como una vía para cambiar el punto de vista papal sobre la sucesión del imperio.

Quizá si el pontífice era consciente del celo religioso del emperador dejaría de oponerse a la elección de su nieto Carlos como sucesor suyo. De manera inmediata, Maximiliano escribió al papa para indicarle que debía intervenir contra aquel hereje y que, por supuesto, contaba con su apoyo.

Si se examina fríamente la situación, hay que reconocer que la posición del agustino había empeorado extraordinariamente en muy poco tiempo.

Ciertamente, Lutero había contado hasta entonces con la protección del Elector y con el respaldo de los eruditos, pero  la coalición del emperador con el papa debía ser considerada como una fuerza imposible de resistir . En apariencia, la suerte de Martín Lutero estaba echada. A no mucho tardar, sería procesado como hereje y, caso de no retractarse, ardería en la hoguera exactamente igual que Huss.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

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LIMA (Por Tito Pérez).

El 15 de noviembre se recuerda un hecho trascendental para la comunidad evangélica, pues, por mandato del Tribunal de la Santa Inquisición de Lima, fue arrojado a la hoguera, por ser protestante, el ciudadano Mateo Salado. En efecto, el 15 de noviembre de 1573, es decir hace 438 años, fue ejecutado el primer protestante en nuestro país, a quien la historia sólo recuerda por la huaca que lleva su nombre en un distrito limeño.

El Santo Oficio de la Inquisición de Lima fue creado en 1569 por encargo del rey Felipe II. Se instaló para guardar de herejías a la cristiandad en nuestras Indias, y celebró su primer auto de fe en 1573. Entre los personajes incursos en el primer auto de fe tenemos a Mateo Salado, ciudadano francés que, habiéndose embarcado en Sevilla, llegó al Perú para buscar nuevos horizontes en estos reinos. Por supuesto, en su carta de embarcación declaraba ser católico, apostólico y romano, sin imaginar, nadie, que venía influenciado por las ideas protestantes que se tejían en Europa.

Tomás Gutiérrez, historiador bautista, señala que Mateo Salado fue conducido a las cárceles de la Inquisición en 1570, por encontrarse realizando excavaciones en un cementerio de indios en un lugar conocido como la Magdalena. Por estos lugares Salado andaba, con apariencia andrajosa, manifestando a la gente los errores de la iglesia católica. Su influencia luterana se debía al contacto que tuvo con algunos luteranos en Sevilla, de quienes recibió un ejemplar del Nuevo Testamento en idioma francés.

El proceso de fe de Mateo Salado ha sido trascrito gracias al historiador chileno José Toribio Medina, quien, en su libro Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima, registra parte del proceso. Otra parte del proceso está registrada en el Archivo Histórico Nacional en Madrid, España. En dicha trascripción podemos notar la fe protestante, más que luterana, de Salado, quien tenía una forma peculiar de interpretar la Biblia.

La trascripción de parte del proceso de este «hereje protestante» dice:

     Por el mes de mayo del año setenta fue testificado en este Santo Oficio que había dicho que para qué adoramos y reverenciamos una cruz, que un platero había hecho con fuego y con martillazos, y que en los tiempos antiguos los apóstoles y los mártires habían padecido, que cómo ahora no hacía Dios milagros y que tratando de los luteranos había dicho que otras cosas peores habían en el mundo que ser luteranos.

     …decía que no hay que adorar a las imágenes ni reverenciarlas, que San Pablo decía que lo que representaba a la imagen se ofrecía al demonio, y que no había de haber frailes ni monjas ni clérigos que comían la renta de la iglesia y la daban a las mujeres, que comían el sudor de los pobres, y que los ministros de la iglesia eran mercaderes y vendían los sacramentos de Dios, y que habiendo de comulgar a los fieles con vino comulgaban con agua, y que hablan de comulgar como en Alemania con muchas canastas de pan y muchos cántaros de vino.

     …el Papa gastaba las rentas de la iglesia y le daba a unos y a otros, y que las mujeres públicas le atribulaban en Roma, y que el Papa de Roma no era más que uno de nosotros …y que a nuestra señora la Virgen María no se le había de decir la virgen madre de Dios sino virgen madre de Cristo …el alma del que muere en esta vida o va al cielo o al infierno porque no había purgatorio, y que el oficio de difuntos era la mayor burla del mundo, burla y mora de las bullas y jubileos, y que no se ha de ir a romerías a Jerusalén.

En estas líneas se puede apreciar la fe luterana de Mateo Salado por cuyas afirmaciones fue considerado hereje; además su forma de expresarse y su apariencia significaban para muchos un estado de locura. Determinar si era hereje o loco motivó que los doctores en teología que apoyaban en el Santo Oficio decretaran finalmente que no se trataba de un loco sino de un hereje pertinaz o testarudo.

Mateo Salado fue condenado a muerte, siendo quemado vivo en el primer auto de fe de la Inquisición de la ciudad de Lima. Su visión de la muerte también está registrada en el proceso, significando para él echarse en cama de flores y recibir palmas de martirio.

Para el historiador Tomás Gutiérrez, tres apreciaciones o posturas aparecen respecto a Mateo Salado:

1) Para el Museo de la Inquisición, donde se registra su muerte, es catalogado como loco;

2) Para los teólogos católicos del siglo XVI es un hereje pertinaz;

3) Para la iglesia evangélica Mateo Salado es uno de los primeros mártires de la fe protestante.

     Tito Pérez Quiroz, escritor y miembro de la Iglesia del Nazareno en Lima. Es autor del libro «Iglesia y Estado: 180 años de discriminación religiosa en el Perú».


by BEN STERNKE 

Post image for What Powers Mission?After a wonderful final Learning Community immersion (“Establishing Centers of Mission”) with the 3DM team, I’ve been thinking about mission a lot. Not mission-as-project or mission-as-event, but real kingdom-of-God stuff: people becoming disciples of Jesus and joining with him in his work. What is necessary for real kingdom mission to flourish? What hinders it?This morning I was reading Andrew Murray’s wonderful little prayer primerWith Christ in the School of Prayer, and came across this gem of a quote, which deserves a slow, careful reading, because the implications for mission are astounding.

Now that Christ was leaving the scene and could only work through commissioners [his disciples], it might have been expected that the works would be fewer and weaker. He assures us of the contrary: “Verily, verily I say unto you, He that believeth on me, the works that I do he shall do also; and greater works than these shall he do; because I go unto my Father” (John 14:12). His approaching death was to be a breaking down of the power of sin. With the resurrection, the powers of the eternal life were to take possession of the human body and obtain supremacy over human life. With His ascension, Christ was to receive the power to communicate the Holy Spirit completely to His Body. The union–the oneness between Himself on the throne and those on earth was to be so intensely and divinely perfect, that He meant it as the literal truth: “Greater works than these shall he do, because I go to the Father.”

The most profound implication here is something that is emerging as a core value in our church plantThe Holy Spirit is not optional. I get uncomfortable when the missional conversation drifts toward talking merely about structures, strategies, paradigms, and models. It’s as if we believe that if we can just get our thinking straight, we could bring the kingdom on the strength of our elegant structures and radical models. We give lip-service to the Holy Spirit in that we assume he is working in and amongst all our planning, but I wonder if we need to make it a more explicit element of our practice.

If we are the truly the Body of Christ, then learning to operate every day in cooperation with the Head ought to be one of the first, most basic elements of training people to join with Jesus in his mission. The simple fact is that Jesus told us we could do nothing without him, yet we so stubbornly insist on trying! Because Christ has “gone to the Father,” he is able to communicate his power and presence “directly to His Body.” This is the only fuel for mission: the power of Christ. As we abide in him, we learn to allow his power to flow through us, and this is what changes the world.

Let’s admit it: we’re uncomfortable with this part of life in Christ, for a variety of reasons. We’ve seen it done badly. We don’t want to look foolish in front of others. We have more confidence in our intelligence than we do God’s power.

But we need to grapple with this issue and learn to flow in the power of the Holy Spirit every day, because even when we have the most elegantly-designed engine in the world, it won’t make anything move unless there is a constant supply of fuel pouring in. So yes, let’s design better structures. We need them! But let’s not forget that the fuel of mission is the power of God.

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