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Y después de Lutero ¿qué?

Publicado: octubre 9, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

Leonardo de Chirico

Benedicto XVI: cristianismo y secularió

Y después de Lutero ¿qué?

En su reciente visita a Alemania el Papa tras examinar el mensaje de Lutero, reflexionó sobre donde se puede encontrar hoy su legado.

En su reciente visita a Alemania (22-25 Setiembre 2011), los asuntos ecuménicos tenían el centro del escenario en la agenda del Papa Benedicto. Cuando visitó el convento de Erfurt, donde el joven monje Martín Lutero estudió teología, el Papa se reunió con representantes de la iglesia protestante en Alemania (EKD), y pronunció un interesante discurso cuyo tema fue la pasión primordial y el legado de Lutero en el ambiente ecuménico de hoy en día.Vamos a revisarlo brevemente. 1. LA ACTUALIDAD DE LA PREGUNTA DE LUTERO
Después de decir unas palabras de reconocimiento apropiadas para la ocasión, Benedicto señala, con razón, que  la pregunta fundamental de Lutero (“¿Cómo recibo yo la gracia de Dios?”) continúa teniendo un significado espiritual para nosotros . Aunque la mayoría de la gente parece no tener problemas de conciencia delante de Dios, la posición de Dios hacia nosotros y nuestra posición delante de El son problemas “reales” para toda la humanidad. El Papa quiere subrayar la interacción entre el sentido existencial de la fe (“¿Cómo yo…) y la salvación de Dios (…recibo la gracia de Dios?”) que era esencial para Lutero.

 El otro punto principal sobre la importancia de Lutero se encuentra en su pensamiento y su espiritualidad “completamente Cristocéntricos” . Para Lutero, tal como lo reseña Benedicto, Dios no es una simple hipótesis filosófica, sino que tiene un rostro que nos ha hablado por medio de Jesucristo. Por consiguiente, “lo que promueve la causa de Cristo” es la obra impulsora del Reformador alemán.

 La primera parte del discurso es un resumen respetuoso y justo de la visión teológica de Lutero, pero la segunda parte es incluso más interesante, cuando Benedicto indirectamente trata la cuestión de lo que sucedió después de Lutero.

 2. DESPUÉS DE LUTERO… ¿DOS DIRECCIONES?
En la segunda parte el Papa hace alusión a  la situación ecuménica actual . Es evidente que después de examinar el mensaje de Lutero, quiere reflexionar acerca de donde se puede encontrar hoy su legado.  Según Benedicto existen dos corrientes y ambas le ocasionan problemas.   La “geografía del cristianismo” se caracteriza por una “nueva forma de cristianismo” que es fácilmente identificable con las espiritualidades evangélicas y pentecostales , aunque estos términos no se emplean en el texto oficial, pero a las que se ha hecho referencia por parte de los periodistas que informaban del acontecimiento. Tendremos que hacer algunas observaciones sobre esta “nueva forma de cristianismo”, la cual el Papa relaciona con el protestantismo evangélico.

 La otra corriente es la secularización  por la cual “Dios es progresivamente expulsado de nuestra sociedad”. En nuestro contexto secularizado, las Escrituras parece que están encerradas en un pasado remoto y la fe se diluye. ¿Es esto una descripción de los fracasos del protestantismo liberal? Benedicto dice que Lutero ha sido una gran figura de la iglesia en todo el mundo, pero después de cinco siglos sus herederos, o bien van por mal camino en una “nueva forma de cristianismo”, o son un tanto responsables de la degradación que se observa debido a la secularización.

 ¿Dónde podemos encontrar hoy a Lutero? ¿Está diciendo el Papa, suavemente pero con firmeza, que el legado de Lutero es un fracaso? ¿Insinúa también que el remedio para las dos peligrosas direcciones es recuperar la dimensión católico (romana) mediante un compromiso ecuménico sereno con Roma?

 3. LOS EVANGÉLICOS SEGÚN BENEDICTO XVI
Volvamos a la referencia hecha anteriormente a  “Una nueva forma de cristianismo”. Es interesante observar como la describe Benedicto, teniendo presente que esta descripción es también una valoración: 

– Es una “ nueva forma de cristianismo ”. Tenemos la impresión que el evangelicalismo es un  nuevo  movimiento religioso, con muy poco, si es que tiene alguno, sentido de la historia y de la tradición.  Mientras que la Iglesia CR aprecia (y a veces idolatra) la continuidad, los evangélicos son gente de discontinuidad, que siempre necesitan algo “nuevo”, pero que no construyen sobre el pasado. Se dice que reflejamos la novedad de la fe cristiana a expensas del “viejo Evangelio” pasado a través de la historia.

– Se “ está extendiendo con un abrumador dinamismo misionero ”.  El Papa sabe que el movimiento evangélico es la forma de cristianismo que se expande cada vez más por todo el mundo . Dice que esta información se la proporcionan los obispos de todas partes que se lo indican constantemente. El Vaticano reconoce el ímpetu misionero y el celo de este movimiento.

– Su dinamismo tiene lugar a veces de “ una forma alarmante ”.  Hay algunos métodos, dinámicas y prácticas de las misiones evangélicas que asustan al Papa . ¿Es esto una crítica a los modos de proselitismo poco éticos? O, ¿es más bien una insatisfacción general con respecto al activismo evangélico y a su falta de “respeto” por las iglesias territoriales ya establecidas?

– Es una forma de cristianismo marcado por “ una escasa profundidad institucional ”,  es decir, con poca conciencia eclesiológica y exiguo aparato eclesiástico . El evangelicalismo es más una “para-iglesia” que una iglesia propiamente dicha. Bonito comentario.

– También está marcado por la “ poca racionalidad ”. ¿Está pensando en los tipos de evangelismo tales como “señales y prodigios”, “la salud y la riqueza”, “la experiencia vs lo racional” o la “fácil creencia”? Ciertamente,  está diciendo que el evangelicalismo en su conjunto no es un campeón del pensamiento racional .

– Todavía peor, esta forma de cristianismo tiene “ incluso menos contenido dogmático ”. El Papa emite un juicio sobre la superficialidad doctrinal de gran parte del evangelicalismo. Según él, los evangélicos no se distinguen por ser personas razonables, pero tampoco son gente doctrinal . Fuera de una vaga espiritualidad, no queda casi nada en su discernimiento.

– Finalmente, también tiene “ poca estabilidad ”. La impresión que damos como movimiento es la de inestabilidad,  fragmentación excesiva, falta de cohesión y un cambio constante que no conduce a ninguna parte .

Estos comentarios acerca del evangelicalismo no son nuevos. El Papa Benedicto ya menciona algunos de ellos en el libro-entrevista de 2011  “Light of the World: The Pope, the Church, and the Signs of the Times”  (La luz del Mundo: El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos). [1]

 Podrían desecharse como caricaturas injustificadas pero, en realidad, no lo son. Aunque sea doloroso, es saludable que nos preguntemos que clase de testimonio damos al mundo que nos observa . La lógica de la interpretación de Benedicto del protestantismo actual parece indicar que los herederos de Lutero, ya sean evangélicos o liberales, se desenvuelven mal.  Todos aquellos que comparten la pasión de Lutero por Dios y el amor de Cristo deberían reaccionar  y vivir una fe bíblica, apostólica, protestante, despierta (siempre reformándose) y misionera, es decir, el evangelicalismo de los mejores tiempos. ¿Cambiará el Papa de opinión?

 Traducción: Rosa Gubianas


   [1]  Ver Archivos del Vaticano nº 3, “El Papa dixit. La reciente entrevista a Benedicto XVI” (6 diciembre 2010).

Autores: Leonardo de Chirico
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Carlos Martínez García

Manuel Aguas, el Lutero de México (I)

Manuel Aguas: de sacerdote católico a precursor del protestantismo en México. la ruptura de 1871 (*)

09 DE OCTUBRE DE 2011

 Ningún sacerdote católico, de honradez y criterio puede pasar de buena fe ni por convicción al protestantismo […] será si quiere un filósofo, un incrédulo, pero no un protestante. J uan N. Enríquez Orestes

 [A Manuel Aguas] se le puso negra la lengua después de predicar un sermón contra la Inmaculada Concepción de la Virgen. MarianoCuevas

 [Manuel Aguas] el Lutero de México.  Hans-Jürgen Prien

Para entender mejor el enraizamiento del protestantismo en México es necesario conocer tanto los esfuerzos exógenos como el contexto y personajes endógenos que facilitaron la implantación de la nueva creencia.

 Es un desatino histórico que varias de las denominaciones cristianas evangélicas de México tracen sus orígenes al tiempo que llegaron los misioneros extranjeros al país. Cuando queda demostrado, fehacientemente, que los misioneros de fuera son los iniciadores de una obra determinada hay que reconocerlo y difundirlo. Sin embargo, en no pocos casos y me parece que por desconocimiento, se han marginado a nacionales que actuaron como precursores y determinantes en el establecimiento de iglesias protestantes. Aclaro que no se trata de favorecer un nacionalismo excluyente, sino de ser justo con el espíritu del historiador Lucas, y escribir ordenadamente los acontecimientos, después de haber investigado todo con esmero  ( Lucas 1:3 ).

Prácticamente al otro día de consumada la Independencia nacional arrecian los debates sobre el porvenir del país. Los conservadores buscaron afanosamente mantener inamovible la identidad religiosa católica de la nación. Para tal propósito edificaron un cuerpo legal que vedaba la práctica pública de cualquier otra religión distinta al catolicismo. Veían con temor la posibilidad de que el protestantismo incursionara en México.

Otros consideraban que esa presencia era inevitable, pero que la misma debía posponerse para otros tiempos en que la sociedad mexicana tuviera más preparación para aceptar una creencia y práctica religiosa distinta a la católica. Así, por ejemplo, Carlos María de Bustamante, [i]  sostuvo: “Llegará el día en que nuestra gente pueda tratar con protestantes, pero por el momento la tolerancia, además de peligrosa sería, impolítica”. [ii]

 Entre 1813 y 1827 (año de su deceso), José Joaquín Fernández de Lizardi a la vez que critica el autoritarismo de la cúpula clerical católica, se pronuncia crecientemente por la tolerancia religiosa. Aunque en franca minoría, no está solo en sus alegatos por abrir el país a la práctica de otros credos religiosos. En el periodo que va de finales de 1822 a los primeros meses de 1823, importantes personajes políticos respaldan que México se abra no sólo políticamente sino también religiosamente. Andrés Quintana Roo, Joaquín Parrés y Vicente Rocafuerte toman partido en el sentido antes mencionado. [iii]

 Mientras las élites políticas e intelectuales se enfrentaban sobre prohibir o no la tolerancia religiosa, el 29 de abril de 1827 James Thomson desembarca en Veracruz, enviado por un organismo de raigambre protestante, la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera . Pocos días después se establece en la ciudad de México, hace en ella su base y viaja por distintas partes del país para promocionar y vender la Biblia. Se dedica por tres años a sus tareas de promotor bíblico, sale del país cuando la combinación de intereses religiosos católicos con la debilidad de funcionarios políticos que no atajan al poder clerical hacen prácticamente imposible la obra de Thomson. De todas maneras  su esforzada labor deja miles de porciones bíblicas, y biblias completas, en manos de posibles lectores  que podrían descubrir enseñanzas contrastantes con las de la Iglesia católica. [iv]

 No con la misma fuerza que el liberalismo político, pero se fue gestando en México un liberalismo religioso en la década de los cincuenta del siglo XIX . Una manifestación clara de este último fue el grupo de los Padres constitucionalistas. Fueron sacerdotes católicos que se organizaron en 1854, y su movimiento se caracterizó por ser “reformista intracatólico, nacionalista y antirromanista”. [v]  Los Padres constitucionalistas hicieron activismo e favor de la Constitución liberal de 1857, en cuyas sesiones se deliberó acaloradamente sobre la libertad de cultos, pero que finalmente no fue aprobada como pugnaban los liberales radicales. [vi]

 Por distintas vías algunos pocos nacionales entran en contacto con el protestantismo en la década de los sesenta del siglo XIX . Tiene lugar esto en ciertos casos al relacionarse con personas extranjeras de esa confesión que difunden el credo. Así sucedió en Monterrey, donde el grupo de Melinda Rankin, [vii]  Santiago Hickey [viii]  y Tomás Westrup [ix]  trabaja con creyentes locales. Lo mismo acontece en Zacatecas, donde Julio Mallet Prevost [x]  inicia estudios bíblicos caseros y, posteriormente, junto con nacionales que hacen suyo el mensaje evangélico inician la pujante congregación protestante de Villa de Cos.

 En la ciudad de México el agente de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, John Butler conforma un pequeño grupo que se reúne con él para tener estudios bíblicos .  No mucho después del decreto de tolerancia de cultos promulgado por el emperador Maximiliano (26 de febrero de 1865), [xi]  Butler, Sóstenes Juárez y algunos Padres constitucionalistas forman la Sociedad de Amigos Cristianos.  El 18 de noviembre de ese año se celebra “por primera vez en la ciudad de México el culto evangélico, en la calles de San José del Real número 21”. [xii]  Al triunfo de la República sobre los conservadores y Maximiliano,  dicha Sociedad trasmuta su nombre por el de Comité de la Sociedad Evangélica , y sus integrantes abren al público sus reuniones que continúan desarrollándose en San José del Real. [xiii]

 Por la lectura individual de la Biblia distintas personas se alejan del catolicismo e inician contactos con las células protestantes de la ciudad de México. Son los casos, entre otros de dos personajes que serían claves para el posterior desarrollo del protestantismo mexicano: Arcadio Morales y Manuel Aguas. Esta vertiente, la de quienes como paso inicial leen la Biblia para después vincularse al protestantismo, ha sido importante no nada más en el caso mexicano sino igualmente en otros países latinoamericanos: “De forma general se puede decir que la Biblia ha jugado un papel destacado en el arraigo del protestantismo en América Latina. Siempre empezó apareciendo la Biblia y, detrás de ella, un predicador evangélico, cuando no era el propio agente bíblico quien actuaba también de evangelizador”. [xiv]

A los trece años, por estímulo de su madre,  Arcadio Morales [xv]  inicia la lectura de la Biblia. Seis años después asiste a una reunión en San José del Real 21, va enviado por su progenitora dado que ella estaba imposibilitada de asistir por un compromiso doméstico. El siguiente es el testimonio de Arcadio Morales sobre lo sucedido el 26 de enero de 1869:
El templo quedaba en el fondo de unos callejones tortuosos, oscuros, en el tercer piso de la casa mencionada […] me acompañaban el señor Luis Ortega, amigo mío y el señor Julián Rodríguez, que en paz goce, y que era el que se había empeñado en llevarme a su culto. Por fin llegamos a la capilla, y cual no sería mi sorpresa al encontrarme en una sala casi hermosa, limpia y bien alumbrada, como que era nada menos que la biblioteca de los padres filipinos, pues todo aquel edificio había pertenecido al convento de los jesuitas de la Profesa, [xvi]  que por virtud de las Leyes de Reforma había sido secularizado.
Allí se hallaban reunidos como unos veinte individuos pertenecientes a la clase humilde del pueblo; campesinos y obreros todos; no había ni una sola señora ni un niño; pero, los hombres que se hallaban allí era muy devotos y reverentes. El señor Sóstenes Juárez, profesor, era el pastor de aquel rebaño, y en aquella noche tenía como ayudante al señor Coronel Lauro González, quien leía la fórmula bautismal. Cuando el señor González leyó el capítulo tercero del Evangelio de San Mateo, me pareció al momento reconocer a un antiguo amigo mío, un viejo conocido que, al oírlo me llenaba de placer. Al concluir el culto fuimos presentados al pastor y su ayudante, quienes nos invitaron a volver. Al salir de la capilla pregunté al señor Rodríguez: “Este es el culto protestante. Sí, señor, me contestó. ¿Nada más? Nada más leer las Escrituras sagradas, hacer oración y explicar sencillamente el Evangelio. Entonces, dije para mí, yo he sido protestante hace mucho tiempo. ¡Qué equivocado estaba!” [xvii]

Otro lector solitario de la Biblia, primero, y después junto con varios colaboradores y seguidores, habría de sacudir al México de los primeros años setenta del siglo XIX.  Manuel Aguas  nace en el norteño estado mexicano de Chihuahua, en 1830. Es hijo de un español, Francisco Aguas, llegado a México para sofocar la Independencia y de Marcela N. La familia se traslada a la ciudad de México, donde Manuel hace sus estudios universitarios y musicales. A la edad de veinte años ingresa a la orden de los dominicos. En 1857, debido a una orden del gobierno liberal, tiene lugar la exclaustración de monjas y frailes, por lo que Manuel Aguas se dedica a estudiar homeopatía. En 1863 las autoridades de su orden lo nombran para hacerse cargo del curato de Cuautla, Morelos, donde el templo se atiborra de feligreses para escuchar sus intensos sermones. [xviii]

Alrededor de 1859-1860 retorna a la ciudad de México, y abre el Colegio Guadalupano que en poco tiempo alcanza alta reputación. Aguas predicaba en el templo de San José de Gracia, donde la muchedumbre llena el lugar para seguir las enseñanzas del dominico. Parece que es en 1867 cuando muda su ministerio al curato de Azcapotzalco, en aquel entonces un poblado aledaño a la ciudad de México y en nuestros días un barrio más de la misma.

En Azcapotzalco se presenta ante él una persona que dice ser protestante, después de varias horas de discusión entre ambos, el protestante acepta reconciliarse con la Iglesia católica.  En una carta fechada en octubre de 1871, en la que Aguas da cuenta de su itinerario de lo que él llama el romanismo a la verdadera religión , escribe que entre sus tareas como párroco estaba enseñar sobre la “pestilencia [del protestantismo] que vendría a hacernos en México más desafortunados que nunca”. [xix]  Manuel Aguas daba tiempo a combatir una presencia que no era imaginaria, como antes hemos visto, sino que ya contaba en la ciudad de México y sus alrededores con algunos núcleos y seguidores.

De Azcapotzalco es promovido para ser el confesor oficial de los canónigos de la Catedral Metropolitana, en la capital del país. Entre sus deberes estaba predicar con cierta regularidad ante el arzobispo y el capítulo catedralicio. Al tiempo de realizar lo anterior, Aguas entra crecientemente en una crisis de fe. En el documento antes citado menciona que “no tenía paz en el alma, dudaba de mi salvación, y nunca creía que estaba haciendo suficientes obras para obtenerla”.

Por el tiempo de sus dudas llega a manos de Manuel Aguas un panfleto protestante titulado Verdadera libertad . Su primera reacción es combatir el tratado con lo que él llama “su arsenal romanista”. Pero la voz de su conciencia le lleva a pensar que tal vez él estaba en el error. El todavía sacerdote decide ponerse a estudiar, dice, “todos los libros y panfletos protestantes que pudiese conseguir”. Subraya que con mucho cuidado se dedica a la tarea de leer la  Historia de la Reforma del siglo XVI , de Merle D’Aubigné.

Es importante referir que el autor del libro mencionado por Manuel Aguas, Merle Jean Henri D’Aubigné (1794-1872) nace en un poblado cercano a Ginebra, es hijo de una distinguida familia hugonota (calvinista). D’Aubigné tiene una conversión en 1816 mediante las campañas evangelísticas de los hermanos Robert y James Haldane, escoceses revivalistas y vinculados a la Iglesia bautista.

Un personaje ya mencionado que tiene un lugar central en la distribución de la Biblia en México, James Thomson que es colportor en nuestro país en dos periodos (1827-1830 y 1842-1844) se vincula con los Haldane (quienes evangelizan a D’Aubigné) en su adolescencia, trabaja con ellos y hasta antes de emprender su primer viaje a tierras latinoamericanas (Argentina en 1818), les ayuda en las tareas pastorales en la Iglesia bautista de Leite Walk, en Edimburgo.

Merle D’Aubigné publica su  Histoire de la Reformation du XVI siecle  en 5 volúmenes, el primero aparece en 1835 y el ultimo en 1853. La obra tuvo varias reediciones y traducciones, fue muy usada por lectores protestantes durante la segunda mitad del siglo XIX. Muy probablemente Manuel Aguas lee la obra en francés y se hace de un panorama amplio del desarrollo y características de la Reforma protestante.

 En la misiva de 1871, enviada a las oficinas de la Iglesia Episcopal en Estados Unidos con el fin de que apoye el trabajo evangélico que los mexicanos están realizando en el país, Manuel Aguas insiste en que además de los libros protestantes, sobre todo, se da a la tarea de estudiar la Biblia.Esentonces cuando “comienza a ver la luz del Señor” y queda totalmente convencido de la “la falsedad del sistema romano […] encontré la largamente deseada paz de mi alma”. Por lo que escribe después parece que decide dejar de practicar el sacerdocio católico pero no hace pública, en ese momento (¿1870?) su conversión, sino que se sostiene por su trabajo de médico y “en las tardes leía la Santa Escritura a mi familia, y oraba con ella”.

 Una vez que tiene claro que él ya es protestante, Manuel Aguas comienza a reunirse en la que llama en su misiva Iglesia protestante provisional . En ésta ministraba el misionero Henry C. Riley, nacido en Chile en 1835, educado en Estados Unidos e Inglaterra y ordenado como ministro de la Iglesia episcopal en 1866. Antes de llegar a México, en 1868, [xx]  Riley pastoreaba una iglesia de habla castellana en Nueva York.

 De la manifestación pública de su fe evangélica, la excomunión contra él por parte de las autoridades eclesiásticas católicas, la respuesta de Aguas y su activismo evangelizador y docente en la Iglesia de Jesús nos ocuparemos en nuestra próxima entrega.

 


   *  Ponencia presentada en el Coloquio Internacional  Historia, Protestantismo e Identidad en las Américas , organizado por la UNAM, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y la Fraternidad Teológica Latinoamericana, México, 6-8 de octubre del 2011.
 [i]  Intelectual y político de larga trayectoria. En 1805, junto con Jacobo de Villaurrutia, funda el  Diario de México . Decidido partidario de la Independencia de México. En 1822 es presidente del Congreso nacional. Por ser acérrimo crítico de Agustín de Iturbide y su ensayo imperial, Bustamante es encarcelado, recobra la libertad en marzo de 1823 y retoma su puesto parlamentario. Participa activamente en el Congreso Constituyente que elabora la Constitución de 1824.  Diccionario Porrúa. Historia, biografía y geografía de México , Editorial Porrúa, México, sexta edición, 1995, p. 501.
   [ii]   La Águila Mexicana , 11/XII/1823, pp.1-2; citado por Evelia Trejo, “La introducción del protestantismo en México. Aspectos diplomáticos”,  Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México , volumen 11, 1988, p. 1  (versión de Internet).
   [iii]  Al respecto me ocupo del tema en “De la presencia ideológica a la presencia física del protestantismo en el México independiente”, en Carlos Mondragón (coordinador),  Ecos del Bicentenario. El protestantismo y las nuevas repúblicas latinoamericanas , Ediciones Kairós, Buenos Aires, 2011, pp. 205-227.
   [iv]  En un libro de mi autoría me ocupo del personaje y sus actividades en nuestro país, James Thomson: un escocés distribuidor de la Biblia en México, 1827-1830 , Editorial Cajica, Puebla, 2011.
   [v]  Daniel Kirk Crane,  La formación de una Iglesia mexicana, 1859-1872 , tesis de maestría en Estudios Latinoamericanos, UNAM, 1999, p. 47.
   [vi]  Los pros y contras en la discusión en  Los debates sobre la libertad de creencias , Facultad de Derecho UNAM, México, 1994.
   [vii]  Para conocer a detalle la obra de Melinda Rankin en el norte de México, sobre todo en Nuevo León, consultar sus memorias  Veinte años entre los mexicanos. Relato de una labor misionera , Fondo Editorial de Nuevo León, México, 2008.
   [viii]  Irlandés agente de la Sociedad Bíblica Americana, por cinco años (1861-1866, año de su muerte) distribuye la Biblia a la vez que pone los fundamentos de la Iglesia bautista en Monterrey. Para más datos Justo Anderson,  Historia de los bautistas. Sus comienzos y desarrollo en Asia, África y América Latina , tomo III, Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, 1990, pp. 18-23.
   [ix]  Discípulo de Santiago Hickey, nacido en Inglaterra en 1837 y emigra a México en 1852. Se convierte a la fe evangélica y es bautizado por Hickey el 30 de enero de 1864. Al morir su mentor (1866), Westrup es nombrado representante de la Sociedad Bíblica Americana. Mayor información en Horacio Westrup P., “Tomás Martín Westrup”,  Paladines del Evangelio en México , Casa Unida de Publicaciones-Editorial La Aurora, México-Buenos Aires, 1953, pp. 13-35.
   [x]  Ciudadano estadunidense, casado en 1850 con Mariana Cosío, hija del liberal Severo Cosío. La boda debió celebrarse en Brownsville, Texas, bajo la liturgia presbiteriana. Pormenores sobre el personaje y su papel en la difusión del protestantismo en Zacatecas los consigna Joel Martínez López,  Orígenes del presbiterianismo en México , s/e,Matamoros, Tamaulipas, 1991, pp. 60-64.
   [xi]   Biblioteca.TV
   [xii]  Arcadio Morales, “Datos para la historia”,  El Faro , 15 de abril de 1897.
   [xiii]  Abraham Téllez,  Op. cit. , p. 169.
   [xiv]  Hans-Jürgen Prien,  La historia del cristianismo en América Latina , Ediciones Sígueme, Salamanca, 1985, p. 715.
   [xv]  Nacido en la ciudad de México, el 12 de enero de 1850. Hijo de Bartolo Morales y Felipa Escalona.
   [xvi]  El templo se localiza en las actuales calles de Isabel la Católica esquina con Francisco I. Madero.
   [xvii]  Arcadio Morales, “Memorias”,  El Faro , 15 de junio de 1947.
   [xviii]  Alberto Rosales Pérez,  Historia de la Iglesia nacional presbiteriana El Divino Salvador, bajo el pastorado del presbítero y doctor Arcadio Morales Escalona (1869-1922) , s/e, México, 1998, p. 27.
   [xix]  Manuel Aguas,  Letter from Manuel Aguas , T. Whittaker Publisher and Bookseller, No. 2, Bible House, New York, p. 1.
   [xx]  Daniel Kirk Crane,  Op. cit. , p. 98.

Autores: Carlos Martínez García
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César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (20)
Lutero y la disputa sobre las indulgencias
Posiblemente, Lutero no hubiera intervenido por sí mismo en la cuestión de las indulgencias.
Pero surgió que hubo personas que se le acercaron a pedirle consejo pastoral sobre el tema, o que le refirieron los supuestos beneficios espirituales derivados de la compra de indulgencias. Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo junto con un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias.

Al mediodía de la víspera de Todos los Santos, Lutero, acompañado de un tal Agrícola, cruzó la ciudad y llegó hasta la Schlosskirche.

Subió entonces las escaleras y  fijó el texto de las tesis. Semejante acción, lejos de ser rebelde o revolucionaria, implicaba meramente seguir el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactar un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así iba a nacer la controversia de las noventa y cinco tesis.

Para el lector no acostumbrado, el contenido de las  Noventa y cinco tesis  resulta programático, escueto, incluso seco. La realidad es que resulta explicable esa impresión porque no se trataba sino de una enumeración de posiciones teológicas que se sometían a la discusión. Sólo cuando se tiene en cuenta el carácter de mero enunciado puede comprenderse la naturaleza del texto y enjuiciar adecuadamente las reacciones posteriores.

En su conjunto, como veremos la próxima semana , las 95 Tesis eran un escrito profundamente católico e impregnado de una encomiable preocupación por el pueblo de Dios  y la imagen que éste pudiera tener de la jerarquía.

Además, en buena medida,  lo expuesto por Lutero ya había sido señalado por autores anteriores  e incluso cabe decir que con mayor virulencia.

Sin embargo, el monje agustino no supo captar que la coyuntura no podía ser humanamente más desfavorable. Por desgracia, ni el papa ni los obispos eran tan desinteresados como él parecía creer y, desde luego, en aquellos momentos necesitaban dinero con una urgencia mayor de la que les impulsaba a cubrir su labor pastoral.

Quizá de no haber sido ésa la situación, de no haber requerido el papa sumas tan cuantiosas para concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma, de no haber necesitado Alberto de Brandeburgo tanto dinero para pagar la dispensa papal, la respuesta, de haberse dado, hubiera resultado comedida y todo hubiera quedado en un mero intercambio de opiniones teológicas que en nada afectaban al edificio eclesial.

Sin embargo, las cosas discurrieron de una manera muy diferente. Pero antes de ver sus consecuencias, la semana que viene analizaremos “Las 95 tesis de Lutero”.

Autores: César Vidal Manzanares

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Leonardo de Chirico

Leonardo de Chirico

¿Está terminada la Reforma? es una pregunta que estará en la agenda del Vaticano en los próximos años

La actual visita de Benedicto XVI a su Alemania natal (los días 22 al 25 de setiembre) es una oportunidad para elevar las expectativas acerca de los eventos de los 500 años de la Reforma protestante que se conmemoran en 2017 y una posible declaración conjunta protestante y de la ICR. En esta línea, el Papa ha visitado la ciudad de Erfurt donde Lutero estudió filosofía entre 1501 y 1505 y allí se reunió con los representantes de la Iglesia Evangélica Alemana. Is the Reformation over? (¿Está terminada la Reforma?) es el título de un libro muy discutido de Mark Noll y Carolyn Nystrom que se publicó en 2005. La respuesta del libro no es ni “sí” ni “no”, sino una especie de “bueno sí, pero”.  Según los autores, los evangélicos y los católico-romanos puede que estén de acuerdo en el contenido de dos tercios del Catecismo de la Iglesia Católica; y su creciente cooperación es un signo de que sus relaciones no son tan polémicas ni tan malas como antes. Por consiguiente, su larga separación ya no es sostenible. La respuesta, por lo tanto, está abierta y el libro es el testimonio de una situación de cambio continuo por lo que al contexto de Norteamérica se refiere.

¿Está terminada la Reforma? es también una pregunta que estará en la agenda del Vaticano, especialmente en la del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en los próximos años.

 2017, DECLARACIÓN CONJUNTA SOBRE LA REFORMA
 El año 2017 marcará el 500 aniversario de la publicación de las 95 tesis sobre las indulgencias de Lutero. Convencionalmente, el año 1517 se considera como el comienzo oficial y público de la Reforma. Aquel evento dio lugar a la controversia con Roma y fue la causa de que, finalmente, Lutero fuera excomulgado por el papa León X.

Como parte de las celebraciones que tendrán lugar, el Vaticano y la Federación Luterana Mundial proyectan emitir una declaración conjunta sobre la Reforma con  tres objetivos principales:

1.  La consecución de una “memoria compartida”  sobre lo sucedido antes y después de la Reforma, apreciando de este modo el patrimonio común de los primeros quince siglos de “unidad” cristiana (al menos en Occidente) y la conciliación de los relatos en pugna de 1517 y más adelante.

2.  Llegar a una “admisión de culpabilidad” por ambas partes por los respectivos errores y pecados.  El Vaticano acentúa el hecho de que Juan Pablo II ya pidió perdón por las responsabilidades católicas en la división de la Iglesia.

3.  El relanzamiento de la iniciativa ecuménica que, después de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación de 1999, ha ido perdiendo impulso . En realidad, esta Declaración no tuvo ningún impacto significativo en el proceso ecuménico y el Vaticano busca otro acontecimiento simbólico para promover su agenda ecuménica.

 RECORDAR Y PROMOVER LA REFORMA: INTERROGANTES
 Los tres objetivos de la declaración conjunta son positivos en sí mismos. Sin embargo, deben hacerse algunas preguntas puesto que estos propósitos necesitan ponerse en perspectiva  y no se debería correr el riesgo de que se conviertan en definitivos.

1.  Hay mucho sentimentalismo acerca de la unidad íntegra de la Iglesia anterior a la Reforma. Antes de la Reforma, la unidad estaba tan fracturada como lo estuvo después.  La sobria realidad es que la aparente unidad institucional no es ninguna garantía de unidad según el Evangelio. La “memoria compartida” y el “pasado indiviso” necesitan ser menos místicos y más realistas, no únicamente en lo que a la historia se refiere sino también en lo que concierne al presente y al futuro de la Iglesia.

2.  La sinceridad a la hora de confesar la propia culpabilidad es una actitud cristiana que debe fomentarse siempre . Los protestantes tienen muchos pecados que confesar. A pesar de todo, ¿significa que cuestionar a las autoridades de la iglesia establecida, siempre es pecado? ¿Romper los lazos con un sistema pagano, es pecado? ¿Utilizar un lenguaje “abierto” para denunciar la idolatría, es siempre pecado? ¿Proclamar “aquí estoy” para anunciar el Evangelio sea cual sea el precio, es pecado? El peligro está en difuminar las líneas hasta ser incapaces de distinguir entre el Evangelio y los falsos evangelios y llegar al punto de decir: ¡todos culpables, todos perdonados!

3.  La Declaración Conjunta sobre la Justificación ha sido un fracaso en muchos aspectos . Por una parte, la Iglesia Católico Romana no dio a este documento ninguna importancia eclesiológica. Se quedó en una declaración “dogmática” sin consecuencias prácticas. Por otra parte, según algunos luteranos liberales el Evangelio se define más por la inclusión que por la justificación por la fe. Para ellos el documento no reflejaba realmente el corazón del Evangelio. Más pronto o más tarde, las palabras infladas se desinflan si no son verdaderas; éstas, por sí mismas, no hacían que el documento fomentara ni dificultara el proceso ecuménico. ¿Será también éste el caso de la propuesta declaración conjunta sobre la Reforma?

 Por tanto, el proyecto del 2017 es ambicioso y debe otorgársele una esmerada consideración. Pero, la cuestión de fondo es: considerando todos los matices y con el menor partidismo posible, ¿estaba Lutero fundamentalmente en lo cierto o estaba equivocado conforme al Evangelio?

La Reforma estará terminada solamente si se dan dos circunstancias:

a) en el caso y cuando se juzgue que Lutero estaba equivocado;

b) en el caso y cuando el testimonio fundamental de Lutero del Evangelio sea el testimonio de la Iglesia a lo largo y ancho del mundo.

Hasta entonces, la Reforma no está terminada, pero continúa siendo un importante ítem en la agenda de la Iglesia.

Autores: Leonardo de Chirico
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Y la penitencia fue sacramento

Publicado: septiembre 27, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (19)
Y la penitencia fue sacramentoVimos la pasada semana que la actitud inicial de los papas fue negarse a aplicar las indulgencias a los muertos.
 Sin embargo, en 1476, Sixto IV acabó estableciendo una indulgencia para los difuntos. El éxito de la medida fue espectacular –como los beneficios económicos derivados de ella– y en breve se fueron añadiendo nuevos atractivos. Así, el comprador de la bula de indulgencia tenía garantizada una bula de confesión, otra de “mantequilla” –que le permitía comer mantequilla, huevos, queso y leche en días de ayuno-, el derecho a sustituir las buenas obras por promesas, el derecho a aumentar su capital espiritual por transferencia de una parte del crédito del tesoro de los méritos y, finalmente, el permiso para utilizar los bienes adquiridos fuera de la ley si su dueño legítimo no era encontrado. Toda esta visión a su vez estaba relacionada con desarrollos dogmáticos que habían tenido lugar durante la Edad Media,  pero que fueron desconocidos a los cristianos de, al menos, los primeros mil años de Historia del cristianismo.

 El primero era el concepto del tesoro de méritos.

En el s. XIII, Alejandro de Hales y Hugo de St.Cher apuntaron a la existencia de un capital celestial procedente de los méritos excedentes que procedían de Cristo y de las buenas obras de los santos que no los habían necesitado para salvarse. Semejante tesoro de méritos implicaba un capital espiritual que era accesible a los fieles mediante entrega específica del papa. Así, una indulgencia plenaria transfería los méritos suficientes para librar de todas las penas en la tierra y en el purgatorio.

 El segundo desarrollo que afectó a las indulgencias fue la conversión de la penitencia en un sacramento.

Ya hemos señalado antes como la confesión pública ante la comunidad acabó siendo sustituida por otra privada ante el sacerdote. De la misma manera, la secuencia de pesar por el pecado, confesión y absolución se convirtió en dolor por el pecado, confesión, satisfacción y absolución y, finalmente, en dolor, confesión, absolución y satisfacción. En esa evolución, se enseñó que la culpa y el castigo eterno en el infierno eran evitados por la absolución, pero que el castigo temporal derivado del pecado tenía que ser pagado por el pecador antes de entrar en el cielo. Ese castigo temporal podía ser en esta vida o después de la muerte. La penitencia impuesta por el sacerdote se convirtió en el equivalente del castigo temporal, pero si el cumplimiento no era exacto, las penas tendrían que ser completadas en el purgatorio. Llegados a ese punto, la conexión con el sistema de las indulgencias caía de su peso ya que permitía evitar la pena temporal del Purgatorio.

 El tercer desarrollo fue la distinción entre atrición y contrición. Hasta el siglo XIII, la creencia común era que Dios exigía para el perdón de los pecados la contrición, es decir, el dolor que nace del amor. Sin embargo, en esa época los teólogos comenzaron a señalar que el dolor causado por la atrición, es decir, el miedo al castigo podía sustituir a la contrición siempre que estuviera vinculada a la disciplina eclesiástica y al sacramento. El dolor, por lo tanto, que producía el pavor al infierno podía ser suficiente para obtener el perdón. Semejante tesis no fue enseñada de manera generalizada, pero la propugnaban los escotistas y los vendedores de indulgencias y gozó –y es lógico que así fuera– de un notable predicamento.

 Por otro lado, y no se trataba ciertamente de un problema menor, como sucedía con otro tipo de ventas, la de indulgencias también utilizaba recursos propagandísticos extraordinarios. Sus vendedores afirmaban, por ejemplo, que apenas sonaban en el platillo las monedas con las que se habían comprado las indulgencias, el alma prisionera en el purgatorio volaba libre hasta el cielo. Además dado que semejante beneficio podía adquirirse no sólo para uno mismo sino también para otros, no pocas familias dedicaban una parte de sus recursos a beneficiar a sus seres queridos ya difuntos que, supuestamente, padecían en el purgatorio.

 EL “ESCÁNDALO” DE LUTERO
Se piense lo que se piense del curso posterior de los acontecimientos, lo cierto es que  aquel episodio constituía un verdadero escándalo moral y no resulta extraño que llamara la atención de Lutero, tanto más si se tiene en cuenta su experiencia pastoral y, de manera muy especial, el desarrollo de una teología en la que Dios entrega todo gratuitamente al pecador en la cruz de Cristo esperando de éste que se vuelva para recibirlo. Entre esa concepción de honda raigambre paulina y la compraventa de beneficios espirituales mediaba obviamente un abismo.

Dar tal paso implicaba no escaso riesgo para Lutero. Ciertamente, se había expresado en público alguna vez sobre el tema de las indulgencias, pero no podía pasarse por alto el hecho de que Federico el sabio, el príncipe del que dependía, contaba con una extraordinaria colección de reliquias que no había dejado de crecer en los años anteriores. Si en 1509, la colección del elector se encontraba en cinco mil reliquias; en 1518, había aumentado a 17.443 reliquias, incluyendo 204 pedazos y un cuerpo entero de los Santos inocentes. A estas reliquias se hallaba vinculada una indulgencia de 127.799 años y 116 días.

 CONTINUARÁ: Lutero y la disputa sobre las indulgencias 

Autores: César Vidal Manzanares

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Leopoldo Cervantes -Ortiz

El Éxodo, modelo de lucha social guiada por Dios

Las tribus hebreas no conocían a Yahvé como una divinidad liberadora.

Según demostró ampliamente el fallecido biblista José Severino Croatto en los años más difíciles de la búsqueda por actualizar el mensaje bíblico para nuestro tiempo, la emancipación de Israel de sus dominadores egipcios en el segundo milenio antes de Cristo es un episodio cuyo significado y proyección no se han agotado hasta la fecha. 1. EL ÉXODO DIVIDE LA HISTORIA DE LAS LUCHAS SOCIALES
El “excedente de sentido” del que hablaba Croatto es posible comprenderlo de manera sencilla en la vida cotidiana cuando en las charlas domésticas volvemos una y otra vez a determinados sucesos para realizar nuevos comentarios que le agregan otros matices a las interpretaciones acumuladas. De este modo, el suceso en sí se preserva con mayor intensidad en la memoria y proyecta otras visiones, además de acceder a la posibilidad de convertirse en paradigma o en modelo. Como explica Croatto su relevancia en el interior de la Biblia Hebrea: El Éxodo es uno de los temas densos y fecundos de la tradición bíblica judeo-cristiana. Su fecundidad está evidenciada en el interior de la Biblia misma. Su “memoria” reaparece en los credos israelitas, en los textos legales, en los prólogos de las alianzas, en los himnos y cánticos litúrgicos, en los textos proféticos (tanto de acusación como de promesa) y en los sapienciales tardíos (cf. el midrás de Sap 10-19). También se recuerda en relatos históricos de liberación (véase, por ejemplo, Jue 6.8ss; 11.13ss; 1Sm 10.18; 12.6-8; Jos 9.9) y en el uso neotestamentario del léxico de “redención/liberación/salvación”. Esta permanencia y recreación del tema en la literatura bíblica ya es de por sí un fenómeno hermenéutico digno de atención. Por otro lado, el texto bíblico del Éxodo fue, debido a su importancia kerigmática y teológica, un foco iluminador de procesos históricos que se identificaron de alguna manera con la experiencia de Israel. [1]

 Podríamos decir, entonces, sin temor a equivocarnos, que el Éxodo de Israel es “el evangelio del Antiguo Testamento” , puesto que su capacidad de evocación, movilización y transformación de las mentalidades fue desarrollada continuamente en cada etapa de la historia de esta nación y siempre otorgó a los nuevos sucesos vividos una dimensión distinta gracias a la manera en que el pueblo pudo profundizar en la comprensión de la intervención de Dios en la historia. Estas etapas fueron fecundadas por el episodio fundador del Éxodo y agregaron motivaciones críticas, pero siempre liberadoras a los nuevos momentos históricos experimentados por las personas.

Croatto agrega: “En efecto, no es la facticidad externa del hecho arquetípico lo que perdura en las relecturas, sino su sentido profundo, su capacidad de activar las reservas humanas de esperanza en nuevos procesos de liberación”. [2]

 Cuando, siguiendo el modelo de los “llamamientos de profetas”, tan típicos de la tradición antigua, Yahvé irrumpe en la historia y anuncia al transterrado egipcio Moisés, quien vivía una severa crisis de identidad, que él sería el abanderado de la lucha de la liberación de las tribus hebreas esclavizadas por el imperio faraónico (Éx 3), comienza una auténtica lucha política, religiosa y cultural en contra de los dioses y diosas que justificaban el sometimiento que ejercía un grupo humano sobre otro en nombre de la superioridad de éstos/as.  Eso explica la actitud orgullosa y arrogante con que el Faraón se entera de la existencia del dios de los esclavos, quien desea liberarlos y para ello envía a un par de hermanos, que muy recientemente se habían asumido como tales (Éx 5.1-21), ante la cual Moisés manifiesta una profunda decepción, al decir “¿Para qué me enviaste”? (5.22). La mayor aflicción inicial que consigue para el pueblo explotado por la reacción del monarca es parte importante de los inicios de este proceso emancipador y, por extensión, de otros movimientos y luchas similares.

 2. YAHVÉ, DIOS DE LOS ESCLAVOS, SE REVELA COMO LIBERADOR
 Las tribus hebreas no conocían a Yahvé como una divinidad liberadora , lo que recuerda los énfasis críticos sobre el potencial y la función legitimadores y opresores de algunas formas de religión. Ciertamente en la memoria del pueblo estaba presente, aunque ya corría el riesgo de perderse en los tiempos más remotos, lo que Dios había hecho en la vida cotidiana del patriarca Abraham y su familia.

Faltaba ahora que ese mismo Dios adquiriera otra dimensión ante los ojos de una nueva generación que no había experimentado aquellos encuentros. Si en Abraham y su clan, el pacto con Dios había sido estrictamente tribal, ahora Yahvé comienza a fraguar, en medio de una situación sumamente crítica, ligada posteriormente con aquellos sucesos originarios, una nueva manera de ser visto y creído como divinidad comprometida con la suerte de su pueblo. La insistencia del libro del Éxodo en subrayar que Dios “se acordó del pacto que había hecho con Abraham” (2.24-25) y de que escuchó el clamor del pueblo (4.31) destaca la toma de partido que el Dios creador, sustentador y, ahora, liberador, lleva a cabo en medio de la historia con una comunidad necesitada de libertad y todo lo que esto implicaba. Por eso el mismo nombre de Dios aparece (o reaparece) con un sentido esencialmente liberador. Pronunciarlo se volvería una afirmación, en conciencia, de la libertad realizada por él:

 La conciencia nacional y religiosa de Israel estuvo marcada originalmente por experiencias de opresión y sufrimiento y de liberación y gozo. Su lectura, desde una óptica de la fe, fue constituyendo un lenguaje religioso que se hizo tan central como esas mismas vivencias históricas. Por concomitancia, Israel fue afirmando una conciencia de libertad como parte de su ser y reclamó la liberación toda vez que se encontraba oprimido, lo que fue frecuente en su historia. Por otra parte, fue definiendo a su Dios, Yahvé, como “salvador” y liberador. Por eso en Ex 3.13-14 el texto explica la significación de Yahvé como “yo soy el que estoy (contigo). No hay en este relato ninguna revelación del nombre divino, ya conocido, sino la conexión teológica de éste (Yahvé) con el éxodo, ya que hay una asonancia entre el mismo y la fórmula de protección “yo estaré contigo” del v. 12. De modo que el nombre mismo del Dios de Israel está indisolublemente ligado a la experiencia de opresión/liberación del éxodo. Así podemos también reentender la expresión de Ex 20,2, “yo soy Yahvé, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos”. Además de “memoria” del éxodo, nada menos que en un prólogo de alianza, es una definición de Yahvé como “el que sacó de Egipto”. Dicho entonces en otras palabras: el éxodo está incorporado no sólo en los grandes textos, reflejo de múltiples experiencias históricas, sino en el nombre mismo de “Yahvé”. Y por eso toda expresión de fe y de culto es un recuerdo implícito del éxodo . [3]

Por todo ello, los procesos sociales posteriores, experimentados desde la óptica de la fe en el Dios del Éxodo y de Jesús de Nazaret, quien proclamó la continuidad entre la obra redentora antigua y la que él representó, son siempre una posibilidad de reactivar los motivos, valores y consecuencias del éxodo de Israel ejemplo descrito con minuciosidad por los textos, pero que al mismo tiempo es un estímulo para que siga contando, en clave liberadora, la manera en que Dios continúa guiando e inspirando nuevos procesos y movimientos que pugnan por la dignificación humana en todas sus formas y manifestaciones. En otras palabras, el Dios del éxodo antiguo sigue fomentando nuevos y sorprendentes éxodos.


 [1]  J.S. Croatto, “La relevancia sociohistórica y hermenéutica del éxodo”, en  Concilium , núm. 209, 1987, p. 155,  www.severinocroatto.com.ar/wp-content/uploads/2010/09/hermenutica_del_exodo.pdf .
 [2]   Idem.
 [3] Ibid.

Autores: Leopoldo Cervantes-Ortiz
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César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (18)
Historia de la práctica de las indulgenciasVimos la pasada semana que Alberto de Brandeburgo necesitaba una dispensa papal para disfrutar de los beneficios de su privilegiada posición eclesiástica en Alemania.
El papa exigió a Alberto, nombrado arzobispo de Maguncia y Primado de Alemania, la suma astronómica de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado.Como una manera de ayudarle a cubrirla,  el papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios.

Referíamos la pasada semana que para comprender lo que implicaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo.

De entrada, el significado de las indulgencias no era, ni lejanamente, el mismo que el que pueda tener actualmente para un católico posterior al Vaticano II y, a decir verdad, tampoco tenía el mismo sentido que para los cristianos de los siglos anteriores a Lutero.

 En la iglesia primitiva, la caída en pecado se traducía en la separación de la comunidad. Ya Jesús había señalado que ésa era una práctica comunitaria que era antecedida por una serie de amonestaciones y de oportunidades para abandonar el pecado ( Mateo 18:15-22 ). Esa práctica de disciplina comunitaria la encontramos también en los escritos paulinos donde es el conjunto de la congregación el que procede a separar al pecador que se niega a arrepentirse ( I Corintios 5:1-13 ) y también, operado el arrepentimiento, quien vuelve a reintegrarlo ( II Corintios 2:5-11 ). Tanto en los pasajes de los Evangelios como en los de las epístolas resulta obvio que la finalidad de la disciplina ejercida por la comunidad de los fieles no es tanto castigar o sancionar al pecador como llevarlo al cambio de vida y al abandono de su pecado.

Esta práctica fue modificándose y ya en  el s. II , la reintegración en el seno de la iglesia obligaba a una confesión pública del pecado –una práctica que fue cayendo en desuso para evitar el escándalo de los fieles– y, sobre todo, un auténtico arrepentimiento.

 En el s. III, ya encontramos referencias al hecho de que esa confesión pública y ese arrepentimiento debía ir acompañado de ciertas “satisfacciones”. La forma variaba y fue incluyendo con el paso del tiempo las limosnas, los ayunos y –bien significativo– la manumisión de esclavos. Esas acciones las seguía imponiendo la comunidad y, sobre todo, mantenían la pretensión de lograr el bien espiritual del pecador. Precisamente, en el deseo de alcanzar el mayor bien para el penitente, fue extendiéndose la idea de dulcificar la satisfacción atendiendo a su arrepentimiento y a sus circunstancias personales. Esa mitigación fue el inicio de lo que sería conocido como indulgencias.

 El sistema iba a ir experimentando notables variaciones con el paso del tiempo. La confesión pública –que, como ya hemos dicho, podía resultar de contenido delicado– fue siendo sustituida por una privada ya no ante la comunidad sino ante el sacerdote. Sobre éste recayó, de manera lógica, la satisfacción que debía imponerse a cada pecador, y, en un intento de unificar de manera justa la doctrina aplicable, comenzaron a publicarse catálogos de pecados con referencias a las circunstancias personales del pecador.

 A partir del s. VII, se fue extendiendo un sistema de penitencias conmutativas en virtud del cual una peregrinación o un donativo podía sustituir a la satisfacción. El modo no experimentó la misma aceptación en todo Occidente, pero, por ejemplo, en Alemania sí gozó de mucho predicamento ya que el derecho germánico estaba habituado a la idea de conmutar penas por el pago de una cantidad. También resultaba común que un sustituto –que podía ser un sirviente o un subordinado- recibiera sobre si la pena que debía satisfacer el penitente.

 En el año 1030, algunos obispos franceses lanzaron la idea de prometer una remisión parcial de la pena en recompensa por alguna obra que tuviera un carácter especialmente piadoso.  Al cabo de unas décadas, semejante concepción se había extendido hasta el punto de que fue acogida por la Santa Sede que en 1063 proclamó la remisión total de los pecados a cambio de la buena obra que era luchar contra el islam. En 1187, el papa Gregorio VII permitió incluso que la indulgencia plenaria fuera recibida por aquel que no iba a la guerra, pero podía costear un soldado que lo sustituyera. De manera bien significativa –e inquietante– la indulgencia comenzaba ya a relacionarse con el dinero.

Cuando concluyeron las cruzadas, distintos pontífices pensaron en la posibilidad de encontrar un sustituto que pudiera, a la vez, atraer al pueblo y resultar interesante desde una perspectiva económica. Así, el papa Bonifacio VIII estableció la indulgencia del jubileo que prometía una remisión completa de la pena a todos los que visitasen las tumbas de los Apóstoles en Roma una vez al día, durante quince días, durante el año jubilar de 1300. Inicialmente, el año jubilar debía ser cada cien años, pero los papas no tardaron en reducir el intervalo entre un año y el siguiente. En 1343, Clemente VI lo disminuyó a cincuenta años y en 1389, Urbano VI lo pasó a treinta y tres.

 Durante el s. XV, se fueron introduciendo nuevos cambios. Si Pablo II redujo el plazo para el año jubilar a tan sólo veinticinco años,  los papas fueron asumiendo un poder general para garantizar absoluciones plenarias en cualquier momento y con cualquier finalidad.  Así, en menos de un milenio, el derecho a conmutar una satisfacción – que contaba con elementos razonables – había pasado de la congregación a los sacerdotes y de éstos a los obispos y, finalmente, al papa. En esa evolución además lo que, originalmente, era tan sólo una conducta espiritual se había transformado en un negocio santo –  sacrum negotium  – sin que semejante denominación provocara ninguna reticencia. A pesar de todo, el ciclo no estaba cerrado.

Las indulgencias a las que nos hemos referido tenían una desventaja y es que estaban asociadas a épocas concretas. En 1294, comenzó la publicación de bulas confesionales que capacitaban al poseedor para obtener la absolución plena de cualquier sacerdote a elección del penitente, una vez en la vida e “in articulo mortis” todas las veces que se encontrara en peligro. La garantía de salvación era completa y ahora la evolución culminó cuando, por semejante merced, se estableció un precio, aunque también podían otorgarse como un favor especial.

La idea de las indulgencias no tardó en hacerse popular y muy pronto quedó entrelazada con la creencia en el Purgatorio. A pesar de que se trataba de un dogma reciente, para el hombre de finales de la Edad Media, la realidad del Purgatorio era indiscutible y además cercana. A decir verdad, no existía mucho temor hacia el infierno – reservado supuestamente para gente especialmente mala – pero sí hacia el purgatorio. Creía que si era absuelto por el sacerdote tenía garantizada la entrada en el cielo. No obstante, ese mismo hombre tenía que cargar con todas las consecuencias y castigos por sus pecados – conocidos o desconocidos – antes de entrar en el cielo donde sólo se permitía el paso a los ya purificados. No sorprende que ante ese panorama, muchos fieles desearan que las indulgencias se aplicaran a familiares ya difuntos que estaban supuestamente sufriendo las penas temporales del Purgatorio.

 La actitud inicial de los papas –a fin de cuentas, no pocas veces expertos en derecho– fue la de negarse a aplicar las indulgencias a los muertos. Sin embargo, en 1476, Sixto IV acabó estableciendo una indulgencia para los difuntos. El éxito de la medida fue espectacular –como los beneficios económicos derivados de ella– y en breve se fueron añadiendo nuevos atractivos. Así, el comprador de la bula de indulgencia tenía garantizada una bula de confesión, otra de “mantequilla” –que le permitía comer mantequilla, huevos, queso y leche en días de ayuno-, el derecho a sustituir las buenas obras por promesas, el derecho a aumentar su capital espiritual por transferencia de una parte del crédito del tesoro de los méritos y, finalmente, el permiso para utilizar los bienes adquiridos fuera de la ley si su dueño legítimo no era encontrado.

 Toda esta visión a su vez estaba relacionada con desarrollos dogmáticos que habían tenido lugar durante la Edad Media, pero que fueron desconocidos a los cristianos de, al menos, los primeros mil años de Historia del cristianismo. El primero era el concepto del tesoro de méritos. En el s. XIII, Alejandro de Hales y Hugo de St.Cher apuntaron a la existencia de un capital celestial procedente de los méritos excedentes que procedían de Cristo y de las buenas obras de los santos que no los habían necesitado para salvarse. Semejante tesoro de méritos implicaba un capital espiritual que era accesible a los fieles mediante entrega específica del papa. Así, una indulgencia plenaria transfería los méritos suficientes para librar de todas las penas en la tierra y en el purgatorio.

Una indulgencia parcial, por su parte, podía librar del purgatorio por espacios de tiempo que iban de unos días a un milenio. Semejante indulgencia –que confería un poder extraordinario al papa– tenía en no pocos casos una contraprestación económica que sobrepasaba la información sobre las cualificaciones teológicas que pudieran existir. No iba a ser el único desarrollo relacionado con el perdón de los pecados.

 Continuará: La Reforma indispensable (19): Lutero y la penitencia como sacramento

Autores: César Vidal Manzanares

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Cómo trabajaron los fotógrafos aquella mañana en la que el terror sacudió Nueva York

MOEH ATITAR DE LA FUENTE

 

Imagen de la fotógrafa Samoilova, el 11 de septiembre de 2011.- GULNARA SAMOILOVA (AP)

El último trabajo de un fotógrafo. En la mañana del 11 de septiembre de 2001 el fotógrafo Bill Biggart (54 años) se metió de lleno en la Zona Cero, poco después de que dos aviones se estrellaran contra las Torres Gemelas, en el peor ataque terrorista sufrido por EE UU. Llevaba consigo dos cámaras de carrete Canon Eos-1 y una digital D30 de la misma marca. Biggart, como muchos fotógrafos de su generación, se sentía más seguro en le mundo químico que en el nuevo digital.

El cuerpo de Biggart fue hallado dos semanas después de los atentados junto a su bolsa con las tres cámaras destrozadas y varios carretes reventados y seguramente expuestos a la luz, lo que les hacía inservibles. Su viuda Wendy , sin saber muy bien qué hacer, llamó a su colega y amigo Chip East, que rescató de la tarjeta digital la mayoría de las 150 fotografías que Biggart tomó.

A través de ellas, East reconstruyó la última hora de trabajo, la última hora de vida de su amigo. «Está cada vez más cerca, a medida que avanzas [por las fotos] ves la reacción de las personas, cómo la gente se está manejando con todo eso… Todas las fotos de Bill son sobre personas y cómo reaccionan en esta historia», explicaba East en un artíuclo publicado en The Digital Journalist.

La última imagen la tomó a las 10.29, cuando se vino abajo el edificio del hotel Marriott, tras la caída de la primera torre. Por la localización de su cuerpo, se sabe que Biggart murió cuando se colapsó la segunda torre.

La guerra en casa. James Nachtwey y Steve McCurry, dos fotógrafos con una basta experiencia en zonas de conflicto, se encontraban ese día en su ciudad de residencia, Nueva York. Se pasaban la mayor parte de su tiempo viajando fuera de EE UU, en zonas de conflicto, pero esa mañana el horror que tanto habían documentado se presentó en sus ventanas.

Nachtwey es un tipo meticuloso y perfeccionista, como se puede ver en el documental War Photographer, en el que se le seguía con una cámara subjetiva mientras fotografiaba en Kosovo o Palestina. La edición de esos trabajos, según se ve en el documental, le llevó días de revisión y vuelta a mirar los contactos. Sin embargo, Nachtwey no ha vuelto a acercarse a las fotos que hizo aquella mañana del 11 de septiembre hasta que este año se lo pidió la revista Time, donde en una entrevista reconstruye esa jornada que se saldó con 27 carretes de fotos.

Estaba en su loft neoyorquino, en un mañana inusualmente clara, cuando vio como unos vecinos miraban desde un tejado cercano y con gesto atónito hacia la zona de las torres. Desde otra ventana, Nachtwey pudo reconocer el horror tantas veces visto por sus ojos a unos cuantos kilómetros de su casa. Como todos los fotógrafos de esta reconstrucción, no lo dudó y corrió hacia el World Trade Center.

«Siempre estaba fuera, implicado en las tragedias de otras personas y situaciones difíciles, y volver a América era siempre un refugio», cuenta en Time. «Pero ahora la guerra nos había tocado a nosotros, y pienso que nos convertimos en parte del mundo como nunca lo habíamos sido antes».

Allí estaba a las 10.29 cuando la primera torre se vino abajo. «Visualmente era impresionante», recuerda en la entrevista, «una de las cosas más bellas que había visto jamás. Pero me iba a matar y no había tiempo de tomar una foto». Nachtwey logró refugiarse en un hotel cercano, asfixiado por el polvo procedente del primer colapso. «Había policías y bomberos haciendo su trabajo, siendo muy profesionales», cuenta, «yo por mi parte recordé lo importante que era tratar de fotografiar. Era lo único que podía hacer, era mi simple tarea».Time ha publicado una selección de ese día, revisada por el propio autor, con fotografías hasta ahora inéditas, que en los dos primeros días superó los dos millones de visitas.

Steve McCurry se despertó esa mañana a las 6. El fotógrafo de la agencia Magnum no podía dormir porque acababa de regresar de un largo viaje y sufría de jet lag. «Un poco más tarde llamó la madre de mi asistente para decirnos que nos asomáramos a la ventana para ver al World Trade Center en llamas», cuenta en su web. «Lo más irónico era que había cubierto guerras como la del Golfo Pérsico, Líbano, Afganistán, Filipinas y ahora podía tener esas particulares escenas subiendo del noveno al vigésimo piso de mi edificio de apartamentos».

McCurry es de esa clase de fotógrafo que le gusta controlar la luz, el ángulo y todos los factores que componen una fotografía, como la de la niña afgana, su imagen más conocida. «Trataba siempre de manejar todo al mismo tiempo. A veces eso no es posible, como aprendí el 9/11», recordaba recientemente en una entrevista para el fabricante de cámaras Leica. «Ese día, tuve que confiar en mis cámaras reflex porque no podía pensar en ningún tipo de variables de las fotos».

Sus imágenes, primero distantes, desde esa azotea del edificio donde vivía, y luego en el corazón del horror, mucha más próximas, pueden verse en su blog o en la selección publicada por la revista Slate. Acostumbrado a la tragedia, Mccurry se sintió incapaz de editar con sus propios manos ese trabajo hasta pasados siete años, como confesaba en una entrevista donde explicaba una exposición con imágenes del 11-S inaugurada en 2008.

La imagen controvertida, imágenes icónicas. Richard Drew era ya un curtido fotógrafo en septiembre de 2001. Fue uno de los pocos fotógrafos que el 5 de junio de 1968 pudo fotografíar a Robert Kennedy poco después de ser tiroteado en un hotel de California. No dudó en tomar esa imagen, como tampoco lo haría con una de las imágenes más escalofriantes del 11-S.

Aquella segunda semana de septiembre Drew tenía el encargo de cubrir, como años anteriores, la Semana de la Moda de Nueva York para AP, la agencia para la que trabajaba. Pronto recibió la orden de dirigirse a las torres gemelas que estaban en llamas. Estaba tomando imágenes, cuando escuchó una voz que le decía «¡Mira!». Instintivamente, Drew apuntó hacia arriba y vio cómo personas se precipitaban al vacío, a sabiendas de que no tenían otra salida. «Hice algo así como cambiar a piloto automático y empecé a tomar imágenes de la gente cayendo desde el edificio», recuerda en una entrevista para AP. Captó una de las imágenes más icónicas y controvertidas del 11 de septiembre: El hombre cayendo. En EE UU solo The New York Times se atrevió a publicar esa imagen, lo que le valió un aluvión de críticas. «Espero que 10 años más tarde la gente sea capaz de mirar esa fotografía», explicaba en una entrevista al diario británico Telegraph.

Nada se sabe de quién era aquel hombre, que como muchos otros, se arrojó al vacío. Tom Junod intentó averiguar quién estaba detrás de esa imagen en un artículo publicado en Esquire, con escaso éxito. En el campo de la ficción, Don DeLillo se inspiró en aquellas personas que se arrojaron al vacío – se evita la palabra suicidio en estos casos en los medios estadounidenses – para su novela también titulada ‘Falling Man’.

La autocensura de los medios estadounidenses hizo que apenas se vieran escenas de horror, de muertos. Por otro lado, la mayoría de las víctimas quedaron sepultadas entre los escombros, por lo que los cadáveres no fueron tan visibles. Una década después The Atlantic ha publicado imágenes como la que tomó Drew y que hasta hoy no se habían visto en medios estadounidenses.

Aquella fotografía se quedó a las puertas de ganar el World Press Photo de 2001, el galardón anual más importante del fotoperiodismo. Obtuvo un meritorio tercer puesto en la categoría de noticias de última hora. Con semejante ataque en una de las ciudades con más fotógrafos por kilómetro cuadrado, el 11-S se llevó cinco premios en distintas categorías. Muchas de esas imágenes, 10 años después, siguen en la memoria colectiva, y poca gente se acordará que ese año el galardón se lo llevó Erik Refner con la impactante imagen de un niño muerto de deshidratación en Pakistán.

El otro gran galardón, el Pulitzer, reservado solo para las fotografías publicadas en medios estadounidenses, se le llevó el equipo del The New York Times por todo el trabajo realizado esos días en su ciudad.

Gulnara Samoilova, también de AP, vio reconocido su trabajo aquel día con uno de esos cinco galardones del World Press Photo.

Samoilova se despertó por el ruido de las sirenas de bomberos. Puso la televisión, y se enteró de lo que pasaba a cuatro bloques de su casa. Tomó su cámara, con un objetivo de 85 milímetros. Estaba muy cerca de la primera torre, cuando escuchó cómo alguien gritaba: «¡Corred!». Samoilova se refugió bajo un vehículo, y hasta que no pudo levantarse pensó que había quedado sepultada viva. Cambió de lente, una con mayor ángulo, y cargó otro carrete en su cámara. Fue entonces cuando tomó la fotografia, una de las más representativas del 9/11: en ella un grupo de personas cubiertas de polvo camina perdida poco después de que se desplomara la primera torre. «Me encanta esa foto. Para mí se parece a una escultura. Como congelados», recuerda en una entrevista para la agencia para la que trabajaba. «Me pasé llorando casi a diario», cuenta. Una década después, Samoilova ya no trabaja para la agencia AP y se ha alejado del fotoperiodismo. Hoy documenta la felicidad, en forma de bodas, en su propio estudio.

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César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (17)
Lutero y la práctica de las indulgencias
Se ha señalado que fue el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias.

 

Lo hizo en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg y  en buen número de casos se afirma que fue como un desafío dirigido contra la iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente.

En realidad,  Lutero actuaba impulsado por preocupación pastoral y la raíz del problema no se hallaba en él –que distaba mucho de desear una ruptura- sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías eclesiásticas  sin excluir al papa.

 ALBERTO DE BRANDEBURGO
En 1513, el príncipe Alberto de Brandeburgo, de tan sólo veintitrés años de edad, se convirtió en arzobispo de Magdeburgo y administrador de la diócesis de Halberstadt. Al año siguiente, obtuvo el arzobispado de Maguncia y el primado de Alemania.

Es más que dudoso que Alberto contara con la capacidad suficiente como para atender de la manera debida a esas obligaciones pastorales y, por si fuera poco, la acumulación de obispados era de dudosa legalidad.

Sin embargo,  en aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban las lógicas obligaciones pastorales sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios  hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del emperador de Alemania, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo ya acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal, dispensa que el papa estaba dispuesto a conceder a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la suma de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado.

Como una manera de ayudarle a cubrirla,  el papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios. De esta acción todavía iban a lucrarse más personas.  Por un lado, por supuesto, Alberto lograría pagar al papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación que pensaba destinar a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma. El negocio era notable e indiscutible y la solución arbitrada satisfacía, sin duda, a todas las partes. Cuestión bien diferente era la mentalidad que se hallaba por debajo de aquella práctica.

 Para comprender lo que implicaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo.

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares
Lutero y la necesidad de la Reforma (16)
Gálatas: Pablo/Pedro, Lutero/PapaVimos la pasada semana vimos que la afirmación de Pablo en la carta a los Gálatas resultaba tajante: la salvación se recibe por la fe en el mesías y no por las obras.

 

Este primer escrito del apóstol Pablo, la carta a los Gálatas, fue redactada en un momento de especial relevancia en que los no-judíos comenzaban a afluir al seno del cristianismo en número creciente. La cuestión de fondo que se planteaba era si debían convertirse en judíos –cumpliendo rigurosamente la Ley para ser cristianos o si su incorporación a Cristo podía darse de forma inmediata. El apóstol Pedro y Bernabé, posiblemente en un deseo de no provocar críticas entre los judíos que creían en Jesús como mesías, habían optado por aparentar plegarse a la primera hipótesis lo que, de manera inmediata, había provocado una reacción pública de reprensión por parte de Pablo:

“… cuando vi que no caminaban correctamente de acuerdo con la verdad del evangelio dije a Pedro delante de todos: ¿porqué obligas a los gentiles a judaizar cuando tu, pese a ser judío, vives como los gentiles y no como un judío? Nosotros, que hemos nacido judíos, y no somos pecadores gentiles, sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley sino por la fe en Jesús el mesías y hemos creído asimismo en Jesús el mesías a fin de ser justificados por la fe en el mesías y no por las obras de la ley ya que por las obras de la ley nadie será justificado ” ( Gálatas 2:14-16 )

El enfrentamiento de Pablo con Pedro se produjo ante toda la iglesia de Antioquia y quedó definido en unos términos indudablemente claros. La salvación no era algo que pudiera comprarse, adquirirse, merecerse por las obras. No, por el contrario, se trataba de un regalo de Dios y ese regalo de Dios sólo podía ser recibido mediante la fe , una fe en que Jesús era el mesías y había muerto expiatoriamente en la cruz para la salvación del género humano.

Y afirma que no sólo había sido aceptada previamente por los personajes más relevantes del cristianismo primitivo sino que incluso podía retrotraerse a las enseñanzas de Jesús.

Con todo, obligaba a plantearse algunas cuestiones de no escasa importancia. En primer lugar, si era tan obvio que la salvación derivaba sólo de la gracia de Dios y no de las obras ¿porqué no existían precedentes de esta enseñanza en el Antiguo Testamento? ¿No sería más bien que Jesús, sus discípulos más cercanos y el propio Pablo estaban rompiendo con el mensaje veterotestamentario?

La pasada semana vimos que e l argumento de Pablo es de una enorme solidez porque muestra que más de cuatro siglos antes de la ley mosaica e incluso antes de imponer la marca de la circuncisión, Dios había justificado a Abraham por la fe y le había prometido bendecirle no a él sólo sino a toda la Humanidad mediante un descendiente suyo.

Ahora bien, la pregunta que surge entonces resulta obligada. Si la salvación se puede obtener por creer y no deriva de las obras ¿por qué había entregado Dios la ley a Israel?

La respuesta de Pablo resultaba, una vez más, de una enorme concisión y, a la vez, contundencia:

Entonces ¿para qué sirve la ley? Fue añadida por causa de las transgresiones hasta que viniese la descendencia  a la que se había hecho la promesa… antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, recluidos en espera de aquella fe que tenía que ser revelada de tal manera que la ley ha sido nuestro ayo para llevarnos hasta el mesías, para que fuéramos justificados por la fe, pero llegada la fe, ya no estamos bajo ayo , pues todos sois hijos de Dios por la fe en Jesús el mesías ” ( 3:19-26 )
(La negrita es nuestra)

También digo que mientras el heredero es niño no se diferencia en nada de un esclavo aunque sea señor de todo. Por el contrario, se encuentra sometido a tutores y cuidadores hasta que llegue el tiempo señalado por su padre. Lo mismo nos sucedía a nosotros cuando eramos niños: estábamos sometidos a la esclavitud de acuerdo con los rudimentos del mundo. Sin embargo, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos ” ( 4:1-5 )

Para Pablo, resultaba innegable que la ley de Moisés ciertamente era de origen divino y, por supuesto, tenía un papel en los planes salvadores de Dios. Sin embargo, ese papel era cronológicamente limitado extendiéndose desde su entrega en el Sinaí hasta la llegada del mesías.

También era limitado su papel en términos espirituales. Fundamentalmente, la ley cumplía una misión, no la de servir de instrumento de salvación, sino la de preparar a las personas para reconocer al mesías. Igual que el esclavo denominado por los griegos paidagogos ( ayo) acompañaba a los niños a la escuela, pero carecía de papel una vez que éstos llegaban al estado adulto, la ley mosaica servía para mostrar a los hombres que el camino de la salvación no se podía encontrar en las obras sino en la fe en el mesías.

De hecho, intentar encontrar la justificación no por la fe sino por las obras de la Ley no sería sino una recaída en la esclavitud espiritual:

Por lo tanto, permaneced firmes en la libertad con que el mesías nos liberó  y no os sujetéis de nuevo al yugo de la esclavitud… del mesías os desligasteis los que os justificáis por la ley, de la gracia habéis caído… porque en el mesías Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor sino la fe que actúa mediante el amor… porque vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad sólo que no debéis usar la libertad como excusa para la carne, sino que debéis serviros los unos a los otros por amor ya que toda la ley se cumple en esta sola frase: Amarás a tu prójimo como a ti mismo ” ( 5:1, 6, 13-14 )

El esquema teológico expuesto por Pablo en la carta a los Gálatas debió resultar especialmente atractivo al profesor Lutero e –insistimos en ello– seguramente ahí deberíamos buscar la clave para la elección del tema en sus lecciones de teología.

Lutero podía trazar con relativa facilidad paralelos entre el apóstol Pedro que, puntualmente, se había desviado de la verdad por razones humanas y una jerarquía presidida por el obispo de Roma al que se consideraba sucesor del mismo Pedro que, de manera continua, se dejaba arrastrar por comportamientos indignos. Igualmente, de la misma forma que Pablo había reprendido en público a Pedro insistiendo en que debía anunciar el Evangelio de la justificación por la fe, era lícito señalar a las autoridades eclesiásticas su deber de proclamar ese Evangelio al pueblo de Dios.

Cuando se capta esta perspectiva, resulta considerablemente fácil comprender todo lo que sucedería en los años siguientes con un catedrático de teología llamado Martin Lutero.

Continuará: La disputa sobre las indulgencias

Autores:César Vidal Manzanares

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