Archivos de la categoría ‘Historia’

Jerusalem – Berlin ’38

Publicado: diciembre 28, 2011 en Historia, Música

Yo tenía veinticinco años en Berlín ’38.
Yo acababa de comprar una pequeña tienda, y la guerra estaba cerca
Entonces me encontré con ella, Rebeca con su maravillosa sonrisa.
Y yo estaba enamorado, y ella estaba también enamorada – el futuro era nuestro
Nos casamos pronto, y llegó Joseph y Sarah.
Les amaba tanto, nuestro sueño se hizo realidad.

Las nubes oscuras se reunieron, no podía entenderlo.
Simplemente no lo ví, debí tener que hacerlo, pero no lo hice.

Bajo la estrella, mi corazón late allí – fue a causa de la estrella.
El año que viene a Jerusalén, el año próximo en Jerusalén.

Y una noche, me desperté por el ruido en la calle.
La gente gritaba, la gente corría en las escaleras.
Llamaron a la puerta, y luego entraron
con sus armas de fuego y sin compasión , dijeron;
«Tienes que venir, una maleta que es todo, hay que ir ahora»

Corrimos escaleras abajo.
José no era lo suficientemente rápido, que le dieron una patada y cayó, él tenía tres años.
Lo recogí y lo lleve en brazos.
Nos llevaron al tren, que nos llenan como si fueran ganado.
Rebeca me apretó la mano, le dijo;
«Debemos permanecer juntos pase lo que pase»

¿Cómo puedo describir?
Porque cuando llegamos, nos tomaron a Rebeca y a mis hijos a un lado, y lloramos todos.
Ella me miró, yo nunca voy a olvidar sus ojos, ella dijo: «Yo me ocuparé de los niños»
Y entonces ya se habían ido, ido ….

El año que viene a Jerusalén, el año próximo en Jerusalén.

No hay que olvidar, no podemos olvidar nunca.
Debido a la estrella, no debemos olvidar.

La fuga de Eck

Publicado: diciembre 19, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (28)

Staupitz liberó a Lutero de sus votos monásticos para facilitarle así la huída y emprendió una apresurada salida de Augsburgo en compañía de Link sin siquiera despedirse del cardenal Cayetano.

El 16 de octubre, Staupitz y Link habían considerado que la situación era tan peligrosa que habían optado por abandonar Augsburgo. Lutero se había quedado peligrosamente solo.

Solo, pero no rendido. El 18 de octubre, escribió una carta “al papa mal informado que debería estar mejor informado”. En la misiva insistía en que sus posiciones habían sido tergiversadas y que estaba dispuesto a someterse a una audiencia en cualquier lugar que no fuera Roma ya que, en esa ciudad, el mismo papa había estado a punto de ser asesinado el año anterior. Las dos afirmaciones, dicho sea de paso, eran rigurosamente ciertas.

También escribió Lutero al cardenal Cayetano despidiéndose formalmente. Cayetano no se dignó responder y los partidarios de Lutero interpretaron aquel silencio como un pésimo presagio.

Durante la noche del 20 al 21 de octubre, Lutero fue despertado por un hombre de confianza de su amigo el canónigo Langenmantel. Sin darle tiempo a despejarse, fue empujado hasta la puerta de atrás y colocado sobre un caballo sin calzones ni botas. Sin una sola parada, fue llevado al galope hasta una aldea llamada Murheim, situada a una cincuentena de kilómetros. Lutero se desplomó al llegar a un establo y, a causa del dolor y del agotamiento, no pudo emprender el viaje durante un día completo que pasó oculto. Después partió hacia Wittenberg a través de Nuremberg. En esta ciudad, fue recibido calurosamente y recibió una copia de su orden de arresto, una circunstancia a la que había escapado por muy poco.

Cayetano estaba furioso después de que se le hubiera escapado una presa que daba por segura. Inmediatamente, escribió una carta muy áspera al elector Federico quejándose de lo que consideraba el comportamiento insolente de Lutero. Al final de la misiva, el cardenal se refería al agustino despectivamente como frailecillo ( fraterculus ). Federico pasó la misiva a Lutero que escribió una respuesta larga y sopesada –en ello le iba la vida– en la que acusó a Cayetano de romper las promesas que había formulado al Elector puesto que no había tenido lugar ninguna discusión y además se le había juzgado sin escucharlo. Sin embargo, Lutero no estaba dispuesto a que su situación significara riesgo alguno para el príncipe y la concluía afirmando: “Estoy dispuesto a dejar vuestro territorio y a marcharme a donde el Dios misericordioso disponga que vaya”.

Todo esto sucedía mientras Lutero se veía situado en unas circunstancias extraordinariamente perjudiciales. Al regresar a Wittenberg, procedió a escribir un relato de su entrevista con Cayetano y el texto de una apelación a un concilio general ante el que pudiera exponer con libertad su causa. Su intención no era publicarlo, sino conservarlo para el caso de que se produjera una reacción del papa en su contra. Sin embargo, sin conocimiento de Lutero, el texto salió a la luz. La gravedad de esa circunstancia puede comprenderse si se tiene en cuenta que la bula Execrabilis de 1460 condenaba como herejía el hecho de apelar a un concilio general. Al situarse en ese terreno, Lutero se convertía automáticamente en hereje, se veía privado del derecho de apelación por la ley canónica e impedía prácticamente que el Elector Federico le siguiera protegiendo salvo que deseara verse sometido a las más graves penas.

Por su parte, el 25 de octubre, Cayetano había remitido al papa un nuevo estudio sobre las indulgencias con un informe sobre el caso Lutero. La curia utilizó aquel material como base para una decretal de fecha 9 de noviembre que fue entregada a Carlos von Miltitz a fin de que se la hiciera llegar al cardenal. El texto – que iba dirigido contra “un cierto religioso en Alemania” – no pasaba de ser una reafirmación de la interpretación tomista-dominica de las indulgencias y del poder absoluto del papa en esta materia. No contenía, sin embargo, la menor referencia a los abusos que se cometían al respecto y, de manera previsible, condenaba las posiciones de Lutero como inadmisibles.

Se mirara como se mirara, resultaba obvio que la vida de Lutero estaba pendiente de un hilo. Tras unas semanas en que predicó todos sus sermones con la sensación de que podía tratarse del último, a finales de noviembre, el agustino dijo adiós a los habitantes de Wittenberg. El 1 de diciembre, celebró una cena de despedida que estuvo teñida por el dramatismo. En el curso de la misma llegaron dos cartas que eran fiel reflejo del momento por el que se atravesaba. La primera se debía a Spalatino y manifestaba la sorpresa que tenía el Elector porque Lutero no había abandonado todavía la ciudad; la segunda, indicaba que si no se había marchado, era mejor que no lo hiciera porque había una serie de cuestiones nuevas y urgentes que había que discutir.

El 8 de diciembre, Federico envió una respuesta a Cayetano. De manera sorprendente para el cardenal, se negaba a expulsar a Lutero de Wittenberg y manifestaba que tampoco estaba dispuesto a entregarlo a Roma.

Continuará: el papa antepone la política al dogma

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Creative Commons


César Vidal Manzanares
La Reforma indispensable
Tras el segundo encuentro con Cayetano, al día siguiente, hay una tercera parte.
Es el 14 de octubre, acompañado por Feilitzsch y Ruhel como representantes del Elector,  Lutero presentó una exposición detallada sobre la eficacia sacramental y la justificación por la fe.El agustino insistió en que el papa podía errar y, de hecho, había errado; en que sus decretos eran aceptables tan sólo en la medida en que coincidieran con la Biblia; en que los Padres tenían razón al asegurar que un concilio era superior al papa y en que el papa y su Quinto concilio laterano se habían equivocado al abrogar el de Basilea.

Por añadidura, la opinión de cualquier cristiano individual, si se basaba en la Biblia y en la razón, podía ser preferible a los decretos papales.  Lutero insistió además en que la justificación por la fe era una doctrina bíblica  y que sin fe, el sacramento de la penitencia arrastraba al cristiano a la condenación.

Finalmente, concluyó que no se podía pedir a nadie que violara su conciencia.

 La exposición de Lutero, breve, pero sólida, constituía sin que él pudiera saberlo, una formulación clara de lo que sería la fe de la Reforma. En primer lugar , afirmaba el predominio de la Escritura sobre cualquier otro criterio teológico;  en segundo lugar , subrayaba la creencia en la salvación por sola gracia a través de la fe y,  en tercer lugar , defendía la afirmación de la libertad de conciencia frente a cualquier entidad sin excluir las autoridades eclesiales.

 Las afirmaciones de Lutero sacaron de quicio a Cayetano . Elevó la voz, repitió sus puntos de vista y exigió a Lutero que se retractara amenazándolo con la totalidad de las penas eclesiásticas. El tono mostrado por el cardenal impedía a Lutero responder de manera que también alzó la voz. La respuesta de Cayetano fue gritar más aún y ordenar al agustino que desapareciera de su presencia y que no volviera a aparecer salvo que fuera para retractarse.

La manera en que había concluido el tercer encuentro entre Cayetano y Lutero no había sido precisamente halagüeña y existían razones sobradas para que el agustino temiera por su vida y para que sus amigos y acompañantes se vieran embargados por la consternación.

A pesar de todo, el cardenal decidió realizar un último esfuerzo para llevar a buen puerto la misión que le había encomendado el papa. Así, mandó llamar a Staupitz y le ordenó que convenciera a Lutero para que se retractara. A esas alturas, sin embargo, Staupitz tenía una visión de la situación notablemente exacta. Informó, por lo tanto, a Cayetano de que Lutero no cambiaría de opinión a menos que pudieran convencerlo de que estaba equivocado sobre la base de la Biblia.

En apariencia, la situación había llegado a un punto muerto, pero Staupitz no daba todo por perdido.  Apoyado por Link suplicó a Lutero que escribiera una carta humilde y respetuosa en la que pidiera perdón por haberse referido al papa de manera indiscreta y en la que se comprometiera a guardar silencio siempre que sus enemigos hicieran lo mismo. El agustino obedeció a sus superiores y además en la misma misiva, señaló que estaba dispuesto a retractarse si así lo ordenaba su vicario general y los argumentos estuvieran basados en las Escrituras  y no en la filosofía tomista. Igualmente, suplicaba al cardenal que remitiera todo el asunto al papa para que se examinaran con tiempo suficiente los puntos dudosos y una vez que hablara así la iglesia, se sometería.

 El escrito de Lutero –ciertamente, un puente para llegar a un arreglo- fue recibido con un silencio sepulcral.  Durante un par de días, Staupitz fue presa de la inquietud temiendo que la suerte de Martín estuviera echada. De hecho, comenzó a recorrer Augsburgo reuniendo fondos para enviar a algún destino en el extranjero a Lutero, por ejemplo, a la universidad de París que destacaba desde hacía tiempo por su posición anti-papal.

Al mismo tiempo, Staupitz escribió al elector para informarle de que la suerte de Lutero estaba echada en la medida en que Cayetano amenazaba con arrojarlos a ambos en prisión. Por su parte, había intentado mediar de manera favorable, pero tenía que reconocer que había fracasado en el intento. Sólo le quedaba un paso por dar y lo ejecutó inmediatamente. Liberó a Lutero de sus votos monásticos para facilitarle así la huída y emprendió una apresurada salida de Augsburgo en compañía de Link sin siquiera despedirse del cardenal.

A esas alturas, Staupitz temía que el peso del poder eclesial cayera sobre su antiguo discípulo y sobre él mismo, pero semejante circunstancia no lo había predispuesto en su contra. Por el contrario, en el momento de la despedida, le dijo: “Recuerda que comenzaste todo este asunto en el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. Con esas palabras, Staupitz venía a resumir el corazón del caso Lutero. Todo lo había iniciado el agustino no para defender sus intereses personales, no para avanzar su posición de poder, no para acumular más riquezas ni tampoco para salvaguardar sus privilegios. Semejantes motivaciones estaban presentes – y de que manera – en sus enemigos. Él, por el contrario, había sido movido por el amor al Evangelio de la gracia expresado en la cruz de Cristo y por el amor pastoral hacia Sus ovejas.

 Continuará: la fuga a Eck

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Lutero ante el cardenal Cayetano

Publicado: noviembre 29, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César  Vidal Manzanares
La Reforma indispensable (26)
Lutero ante el cardenal Cayetano
El 12 de octubre, Lutero fue introducido ante el cardenal Cayetano.

 

Cayetano no era un hombre carente de virtudes. A su condición de erudito, se sumaba el hecho de que no estaba contaminado por los comportamientos corruptos de no pocos de sus compañeros y de que además se mostraba crítico con el comportamiento de los otros dominicos. De hecho, Lutero reconocería siempre que se había comportado cortésmente con él. Sin embargo, Cayetano era también un curialista convencido y, bajo ningún concepto, iba a aceptar la idea de discutir los temas en cuestión con Lutero o incluso la de acercarse al problema desde una perspectiva meramente pastoral. Llegados al punto en que se encontraban, la única salida era el reconocimiento total de la autoridad papal y la sumisión absoluta a la misma.
Nada más iniciarse la entrevista, el agustino se disculpó inmediatamente por cualquier temeridad de la que pudiera ser culpable y expresó su disposición a reconsiderar sus opiniones.
Cayetano manifestó su agrado al escuchar aquellas palabras e, inmediatamente, planteó a Lutero un ultimátum. De acuerdo con la orden que había recibido del papa, le exigió que se retractara y prometiera que no volvería a plantear cuestiones que perturbaran la paz de la iglesia. Lutero solicitó ver entonces las órdenes del papa, pero Cayetano le indicó que no existía esa posibilidad. El agustino indicó entonces que no había realizado todo el camino desde Wittenberg para que se le dijera que tenía que retractarse y guardar silencio y preguntó cuáles eran sus errores.
Cayetano no tenía la menor intención de entrar en discusiones con el agustino, pero condescendió a darle dos ejemplos. El primero era el punto de vista de Lutero sobre el tesoro de los méritos que aparecía en la Tesis 58 y el segundo, su opinión sobre el sacramento de la penitencia recogida en la Tesis 7. El primero chocaba con la Bula Unigenitus del papa Clemente VI (1343) que afirmaba que Cristo había adquirido para la iglesia un tesoro infinito, al cual la Virgen y los santos habían sumado sus contribuciones, y que había sido entregado a Pedro y a sus sucesores para beneficio de los fieles. La segunda resultaba, a juicio de Cayetano, totalmente novedosa y errónea al exigir la fe para la eficacia de la absolución en el sacramento de la penitencia.
Posiblemente para las personas del s. XXI, las referencias de Cayetano resulten un tanto distantes. Sin embargo, el cardenal había apuntado a dos aspectos esenciales de la crítica llevada a cabo por Lutero al apuntalar la base de las indulgencia y cargar contra la justificación por la fe. Su error estaba en pensar que Lutero, un profesor de Teología bíblica a fin de cuentas, iba a encontrar convincentes unos argumentos basados única y exclusivamente en la autoridad eclesiástica, autoridad, dicho sea de paso, que se había expresado al respecto, tan sólo un siglo y medio antes. La respuesta de Lutero – y no puede sorprender a nadie – fue que la exposición sobre el tesoro de los méritos era una grave distorsión de lo que enseñaba la Biblia.
Al argumento de Lutero, respondió Cayetano señalando que el poder del papa era absoluto e inerrante y que se encontraba por encima tanto de la Escritura como del concilio. Como era de esperar, Lutero se opuso a ese punto de vista – que, dicho sea de paso, a la sazón era discutido y que es dudoso que sostuviera hoy en día algún católico instruido – y citó en apoyo suyo a la universidad de París.
Con todo, fue la segunda cuestión la que provocó una mayor desilusión en Lutero. El cardenal se aferró al punto de vista propio del tomismo en el sentido de afirmar la eficacia de la gracia sacramental e insistió en que tenía base en las Escrituras. La respuesta de Lutero fue sólidamente bíblica y consistió en apuntar a la doctrina de la justificación por la fe tal y como aparecía en las Escrituras. Había enseñado sobre las cartas paulinas a los Romanos y a los Gálatas durante años y, lógicamente, conocía el tema a la perfección. Por eso mismo, haciéndose eco de pasajes como Gálatas 1, 6-9, también pudo insistir en que negar esa doctrina equivalía a negar la obra de Cristo. Como era de esperar, la reunión terminó en un punto muerto.
Al día siguiente, 13 de octubre, Lutero apareció con una declaración escrita. En su redacción, le habían asesorado Staupitz, un notario y cuatro consejeros imperiales. El agustino aseguraba en el documento que ninguna de sus enseñanzas era contraria a la iglesia católica, pero que, si ése fuera el caso, estaba dispuesto a renunciar a ella. Insistía en que su preocupación había sido la verdad y que un proceso como el que se estaba llevando a cabo implicaba que se le escuchara y que aquellos que le acusaban de estar equivocado lo convencieran.  Insistía igualmente en que nada de lo que había enseñado era contrario a la escritura, los Padres, las decretales y la sólida razón, y en que creía que su teología era sólida, verdadera y católica. Aceptaba que el cardenal no le permitiera expresarse en un debate abierto contra las críticas que se le habían formulado, pero, en tal caso, estaba dispuesto a responder por escrito a las críticas del cardenal y en dejar que el juicio fuera sometido a las universidades de Basilea, Friburgo, Lovaina o París.
Las instrucciones recibidas por Cayetano no dejaban resquicio para aceptar las peticiones de Lutero y el cardenal volvió a insistir en que debía retractarse de manera incondicional, renunciando a cualquier plan que tuviera.
En ese momento, Lutero pidió permiso para poner por escrito sus posiciones porque la batalla de palabras del día anterior no los había llevado a ninguna parte. Cayetano estalló al escuchar la palabra “batalla” y le dijo que no estaba allí para discutir ni llevar a cabo ninguna batalla, sino para amonestarlo y si era posible reconciliarlo con el papa y con la iglesia. De nuevo, la situación había llegado a un punto muerto que salvó la intervención de Staupitz. El superior de Lutero suplicó al cardenal que accediera a recibir una declaración escrita de Lutero. Cayetano era reticente a semejante comportamiento, pero, a la espera de que todo pudiera concluir como esperaba, terminó por acceder.
Continuará

 

Autores:César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Creative Commons

Mario Escobar Golderos

John Knox, María Tudor y la persecución a los protestantes

 

La persecución se desató en Inglaterra y en el corto reinado de María se asesinaron a más de trescientas personas.

 El caluroso verano de 1533 no presagiaba profundos cambios, pero la muerte de Enrique VIII y la sucesión al trono de su hija María, cambiarían el mapa político y religiosa de las islas británicas.

A finales de julio María fue coronada como reina de Inglaterra. Estaba casada con un joven príncipe español, llamado Felipe.  Rodeada por el ala más radical del catolicismo inglés, María tomaría cartas en el asunto inmediatamente.

 En noviembre ya habían sido revocadas todas las leyes que protegían la causa protestante . Era la prueba de fuego para la reforma inglesa. Si la misma hubiera tenido únicamente una base política, hubiera desaparecido ante la dura persecución que se iba a desatar los meses posteriores, pero los protestantes ingleses eran mucho más que meras comparsas del difunto Enrique VIII.

 La fecha límite para adjurar de la fe protestante se puso el 20 de diciembre , todos aquellos que se negaran a abandonar su fe serían tratados como herejes, lo que suponía la persecución religiosa y la muerte.

 Knox era uno de los objetivos principales del bando católico y decidió abandonar Inglaterra y dirigirse a Francia . La persecución se desató en Inglaterra y en el corto reinado de María se asesinaron a más de trescientas personas. Entre ellos el propio autor de El libro de oración común , Thomas Cranmer.

Konx aprovechó su estancia en el continente para conocer a diferentes líderes de la Reforma. Visitó a Bullinger en Suiza. En su exilio forzoso escribió un libro en contra de algunos movimientos radicales dentro de la Reforma titulado:  Leal admonición a los profesantes de la verdad de Dios en Inglaterra.

En el libro se condenaba duramente a la reina María y se la comparaba con Jezabel, lo que aumentó aún más el peligro que se cernía sobre él.

 En el otoño de 1554 conoció a Juan Calvino . Los dos reformadores eran muy distintos. Mientras que Knox era un hombre de acción e impulsivo, Calvino era reflexivo y metódico. La estancia en Ginebra de Knox fue muy productiva. Aprendió hebreo y logró formarse de una manera más profunda.

En noviembre de ese mismo año abandonó Suiza y viajó a Frankfurt para pastorear a la comunidad de ingleses exiliados que se había refugiado en la ciudad. La incipiente iglesia inglesa estaba dividida entre los de tendencias más anglicanas y los más puritanos, que no querían cultos muy ritualistas. La polémica sirvió a Knox para que escribiera un libro de cultos, que después adoptaría la Iglesia de Escocia.

 Tras una breve estancia en Ginebra, Knox decidió regresar a Escocia a finales de 1555 . Se casó con su prometida. El protestantismo había progresado en Escocia a pesar de la persecución, el reformador estaba dispuesto a buscar la manera para extenderlo por el resto de la isla.

Autores: Mario Escobar Golderos
©Protestante Digital 2011

Creative Commons

Lutero no se retracta

Publicado: noviembre 22, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (25)

Lutero no se retractaMaximiliano escribió al papa para indicarle que debía intervenir contra aquel hereje y que, por supuesto, contaba con su apoyo.

 

Si se examina fríamente la situación, hay que reconocer que  la posición del agustino había empeorado extraordinariamente en muy poco tiempo .

Ciertamente, Lutero había contado hasta entonces con la protección del Elector y con el respaldo de los eruditos, pero  la coalición del emperador con el papa debía ser considerada como una fuerza imposible de resistir . En apariencia, la suerte de Martín Lutero estaba echada. A no mucho tardar, sería procesado como hereje y, caso de no retractarse, ardería en la hoguera exactamente igual que Huss.

 La carta que el emperador Maximiliano dirigió al papa produjo en éste una honda sensación. El pontífice contaba ahora con un apoyo de extraordinaria relevancia que le abría el camino para adoptar una posición aún más severa contra el agustino.

Descartó, por lo tanto, la primera citación señalando que Lutero había empeorado la situación y el 23 de agosto  envió una carta al cardenal Cayetano en la que le ordenaba que, a la espera de nuevas instrucciones, procediera al arresto del monje valiéndose del brazo secular.  Si Lutero acudía por propia voluntad y se retractaba, Cayetano podría recibirlo nuevamente en el seno de la iglesia, pero, si el agustino se mantenía en sus posiciones, tanto él como los que lo apoyaban debían ser cortados.

El mismo 23 de agosto, el papa  escribió al Elector. En la misiva calificaba a Lutero de “hijo de la iniquidad” e indicaba que si seguía comportándose así se debía a la protección que recibía del príncipe. Precisamente por ello, ordenaba a Federico que entregara a Lutero a Roma para ser juzgado .

 Finalmente, el pontífice envió una tercera misiva al provincial de los agustinos en Alemania. En ella se ordenaba a Gerhard Hicker, el vicario general, que arrestara a Lutero, lo encadenara de manos y pies, y lo redujera a custodia so pena de excomunión e interdicto para todos aquellos que desobedecieran.

Sin duda, lo que causa una mayor impresión de la respuesta papal es la afirmación del propio poder sustentada en la nula disposición a escuchar al acusado y el deseo único de imponerle silencio. Todo ello además llevado a cabo sobre la base de acusaciones formuladas por terceras personas de manera maliciosa y recurriendo incluso a documentos falseados.

Lutero había insistido en que no deseaba comprometer a su príncipe pidiendo su apoyo –una actitud que contrasta con la de los dominicos entregando documentación dudosa al emperador Maximiliano– y mantuvo su postura. Sin embargo, sí solicitó de él que lo protegiera de un arresto y de una condena que podían entrar en la categoría de lo ilegal.  Lo que suplicaba el agustino, y de nuevo la diferencia con sus enemigos dominicos resultaba obvia, era simplemente que se reconociera su derecho a un proceso legal y con garantías.

La respuesta del Elector Federico fue positiva porque, efectivamente, le preocupaba el respeto por la legalidad y la contención de cualquier abuso. Federico conocía de sobra el deseo del emperador Maximiliano de que fuera coronado como sucesor suyo su nieto Carlos y también que el papa no veía con buenos ojos tal eventualidad temeroso de que un rey español con territorios en Italia pudiera competir con él. Dado que Federico era uno de los electores, el apoyo que pudiera otorgar al papa podía resultar decisivo para que éste alcanzara sus propósitos. De manera bien significativa, la acción relativa a cuestiones espirituales quedaba una vez más condicionada por los intereses políticos.

 El 11 de septiembre, el papa escribió a Cayetano apoderándolo, a través del Elector, para examinar a Lutero y pronunciar un veredicto, bien entendido que, en ningún caso, no debería dejarse arrastrar a una discusión con el monje . No obstante, si el agustino abjuraba de sus errores, Cayetano podía rehabilitarlo. El breve de 23 de agosto seguía en vigor, pero, de momento, quedaba en suspenso para permitir que el cardenal escuchara a Lutero y, de esa manera, otorgara satisfacción al elector cuyo voto resultaba tan esencial para el papa.

 El 26 de septiembre, Lutero, acompañado de Leonard Beier, emprendió el camino a pie hacia Augsburgo. Spalatino le había señalado tiempo atrás que podría esperar una audiencia ante un tribunal imparcial y alemán. Sin embargo, lo que le esperaba era una comparecencia ante un cardenal extranjero que, por más señas, era de la orden de los dominicos.

Se mirara como se mirara, lo cierto es que la indefensión del agustino era absoluta y no puede sorprender que aquellos días se encontraran entre los peores de su vida. El prior de Weimar también le advirtió de que estaba entrando en una trampa y que acabaría en la hoguera en Augsburgo. Igualmente, no pocos le instaron a que regresara al territorio del Elector donde se encontraría a salvo.

 El peligro era real y no debe sorprender que ni Link ni los consejeros de Federico dejaran que Lutero desapareciera de su vista antes de contar con un salvoconducto imperial que le fue entregado el 11 de octubre. Igualmente, le habían advertido de que no se dejara engañar por el cardenal. Era de esperar que se comportara con cortesía, pero, en realidad, su inclinación era hostil. En este contexto, es fácil imaginar el ánimo que sintió Lutero al saber que el senado y los ciudadanos de Augsburgo lo apoyaban.

Al conocer la llegada de Lutero, Cayetano envió a encontrarse con él a Serralonga, un diplomático italiano, para informarle.  Del monje se esperaba que se retractara  y, por supuesto, n o se le concedería oportunidad de entablar ninguna discusión con el cardenal. La perspectiva era, desde luego, poco prometedora, pero Serralonga insistió en la buena disposición del cardenal y en el hecho de que con seis letras solo –revoco (me retracto)– podría verse a salvo.

 Lutero señaló al italiano que no tendría el menor inconveniente en pronunciarlas siempre que se le convenciera de su error.  Sin embargo, la idea de que pudiera entablarse una discusión entre el agustino y el cardenal era verdaderamente impensable. Serralonga optó, por lo tanto, por indicar a Lutero que no debía esperar que el Elector Federico tomara las armas para defenderlo y, acto seguido, le preguntó: “¿Dónde estarías entonces?”. Se trataba de una pregunta retórica encaminada a doblegar el ánimo de Lutero, pero el agustino no estaba dispuesto a rendirse. Su respuesta fue: “Donde estoy ahora, en el cielo”. No exageraba.

De hecho,  por esa época, Lutero envió a Melanchthon una carta en la que le indicaba que por él y por los estudiantes de Wittenberg estaba dispuesto a resistir. Para él, toda la cuestión se encuadraba en el marco de lo espiritual y esperaba, por lo tanto, que intervinieran factores sobrenaturales, a la vez que relativizaba los meramente humanos  que había señalado Serralonga.

Esa acentuada diferencia de criterio entre el agustino y sus opositores explica más que sobradamente lo que iba a suceder durante los años siguientes.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Creative Commons

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (24)

Lutero llega a una situación desesperadaComo vimos en el artículo anterior de esta serie las tesis de Lutero podían resumirse en la afirmación de que la iglesia existía sólo en Cristo y su representante era el concilio.

 

Resulta obvio que se podía o no estar de acuerdo con él, pero lo cierto es que la primera afirmación arrancaba de las Escrituras y de la segunda, con los matices que se deseen, existían precedentes históricos antiguos y recientes.

Sin embargo resultaba obvio que el agustino se enfrentaba con una estructura de poder que podía reducirlo, literalmente, a pavesas.  De manera lógica, Lutero buscó la protección de su propio Elector, el príncipe Federico el sabio, escribiendo a Spalatino, su secretario. Su propósito era que Federico intercediera ante el emperador Maximiliano para que impidiera su envío a Roma.

 En medio de una situación que empeoraba a ojos vista resultó de especial relevancia el comportamiento de los dominicos como denunciantes de Lutero.

El 14 de marzo, el agustino había predicado un sermón sobre el abuso de poder que se producía en la práctica de la excomunión.

Semejante hecho, como ya hemos señalado con anterioridad, es reconocido en la actualidad por los propios estudiosos católicos como Lortz, pero, a la sazón, dejaba expuesto un flanco peligroso por el que atacar a Lutero. Dos dominicos que se hallaban presentes en la predicación –y que, muy posiblemente, acudieron para encontrar algún motivo del que acusar al agustino– tomaron nota de las palabras recogiendo, de forma exagerada, convirtiéndolo en un material que pudiera ser utilizado en contra de Lutero.

No sólo eso. Invitado a cenar en la casa del Dr. Emser en Dresde, Lutero había seguido defendiendo sus puntos de vista en el sentido de que la excomunión, lamentablemente, había dejado de ser un instrumento de disciplina espiritual para convertirse en un arma de temor esgrimida por el papa. Sin que Lutero lo supiera, un dominico escondido tras una cortina fue recogiendo todos sus comentarios. No concluyó con esto la acción de los frailes. Estas notas recibieron la forma de tesis y fueron enviadas a Augsburgo donde se pusieron en circulación bajo el nombre de Lutero. Se trataba, en realidad, de una falsificación, pero, como habían pretendido los dominicos, obtuvo un éxito notable a la hora de dañar al agustino.

 A la sazón, el emperador Maximiliano estaba dando todos los pasos posibles para conseguir que su nieto Carlos le sucediera. Semejante paso no era fácil en la medida en que la corona imperial no era hereditaria sino que dependía del voto de varios electores y, en no escasa medida, del respaldo papal que debía ungir al nuevo emperador. Carlos, sin embargo, era un candidato que no gustaba al pontífice. En aquellos momentos, era rey de España y acumulaba territorios en Italia y los Países Bajos. Si además se convertía en emperador, contaría con una fuerza que era contemplada como una amenaza –no sin razón- por la Santa Sede. Se producía así una situación que contribuiría no poco a la desgracia de España en los siglos venideros. Si podía ser utilizada sin el menor escrúpulo por el papa, era una nación querida, pero si se daba la circunstancia de que era poderosa, la Santa Sede se convertía en su peor enemigo.

 Sobre ese marco político el hecho de que, de repente, apareciera un hereje contra el que se podía actuar en beneficio del papa, fue visto por el emperador Maximiliano como una vía para cambiar el punto de vista papal sobre la sucesión del imperio.

Quizá si el pontífice era consciente del celo religioso del emperador dejaría de oponerse a la elección de su nieto Carlos como sucesor suyo. De manera inmediata, Maximiliano escribió al papa para indicarle que debía intervenir contra aquel hereje y que, por supuesto, contaba con su apoyo.

Si se examina fríamente la situación, hay que reconocer que la posición del agustino había empeorado extraordinariamente en muy poco tiempo.

Ciertamente, Lutero había contado hasta entonces con la protección del Elector y con el respaldo de los eruditos, pero  la coalición del emperador con el papa debía ser considerada como una fuerza imposible de resistir . En apariencia, la suerte de Martín Lutero estaba echada. A no mucho tardar, sería procesado como hereje y, caso de no retractarse, ardería en la hoguera exactamente igual que Huss.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2011

Creative Commons

LIMA (Por Tito Pérez).

El 15 de noviembre se recuerda un hecho trascendental para la comunidad evangélica, pues, por mandato del Tribunal de la Santa Inquisición de Lima, fue arrojado a la hoguera, por ser protestante, el ciudadano Mateo Salado. En efecto, el 15 de noviembre de 1573, es decir hace 438 años, fue ejecutado el primer protestante en nuestro país, a quien la historia sólo recuerda por la huaca que lleva su nombre en un distrito limeño.

El Santo Oficio de la Inquisición de Lima fue creado en 1569 por encargo del rey Felipe II. Se instaló para guardar de herejías a la cristiandad en nuestras Indias, y celebró su primer auto de fe en 1573. Entre los personajes incursos en el primer auto de fe tenemos a Mateo Salado, ciudadano francés que, habiéndose embarcado en Sevilla, llegó al Perú para buscar nuevos horizontes en estos reinos. Por supuesto, en su carta de embarcación declaraba ser católico, apostólico y romano, sin imaginar, nadie, que venía influenciado por las ideas protestantes que se tejían en Europa.

Tomás Gutiérrez, historiador bautista, señala que Mateo Salado fue conducido a las cárceles de la Inquisición en 1570, por encontrarse realizando excavaciones en un cementerio de indios en un lugar conocido como la Magdalena. Por estos lugares Salado andaba, con apariencia andrajosa, manifestando a la gente los errores de la iglesia católica. Su influencia luterana se debía al contacto que tuvo con algunos luteranos en Sevilla, de quienes recibió un ejemplar del Nuevo Testamento en idioma francés.

El proceso de fe de Mateo Salado ha sido trascrito gracias al historiador chileno José Toribio Medina, quien, en su libro Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima, registra parte del proceso. Otra parte del proceso está registrada en el Archivo Histórico Nacional en Madrid, España. En dicha trascripción podemos notar la fe protestante, más que luterana, de Salado, quien tenía una forma peculiar de interpretar la Biblia.

La trascripción de parte del proceso de este «hereje protestante» dice:

     Por el mes de mayo del año setenta fue testificado en este Santo Oficio que había dicho que para qué adoramos y reverenciamos una cruz, que un platero había hecho con fuego y con martillazos, y que en los tiempos antiguos los apóstoles y los mártires habían padecido, que cómo ahora no hacía Dios milagros y que tratando de los luteranos había dicho que otras cosas peores habían en el mundo que ser luteranos.

     …decía que no hay que adorar a las imágenes ni reverenciarlas, que San Pablo decía que lo que representaba a la imagen se ofrecía al demonio, y que no había de haber frailes ni monjas ni clérigos que comían la renta de la iglesia y la daban a las mujeres, que comían el sudor de los pobres, y que los ministros de la iglesia eran mercaderes y vendían los sacramentos de Dios, y que habiendo de comulgar a los fieles con vino comulgaban con agua, y que hablan de comulgar como en Alemania con muchas canastas de pan y muchos cántaros de vino.

     …el Papa gastaba las rentas de la iglesia y le daba a unos y a otros, y que las mujeres públicas le atribulaban en Roma, y que el Papa de Roma no era más que uno de nosotros …y que a nuestra señora la Virgen María no se le había de decir la virgen madre de Dios sino virgen madre de Cristo …el alma del que muere en esta vida o va al cielo o al infierno porque no había purgatorio, y que el oficio de difuntos era la mayor burla del mundo, burla y mora de las bullas y jubileos, y que no se ha de ir a romerías a Jerusalén.

En estas líneas se puede apreciar la fe luterana de Mateo Salado por cuyas afirmaciones fue considerado hereje; además su forma de expresarse y su apariencia significaban para muchos un estado de locura. Determinar si era hereje o loco motivó que los doctores en teología que apoyaban en el Santo Oficio decretaran finalmente que no se trataba de un loco sino de un hereje pertinaz o testarudo.

Mateo Salado fue condenado a muerte, siendo quemado vivo en el primer auto de fe de la Inquisición de la ciudad de Lima. Su visión de la muerte también está registrada en el proceso, significando para él echarse en cama de flores y recibir palmas de martirio.

Para el historiador Tomás Gutiérrez, tres apreciaciones o posturas aparecen respecto a Mateo Salado:

1) Para el Museo de la Inquisición, donde se registra su muerte, es catalogado como loco;

2) Para los teólogos católicos del siglo XVI es un hereje pertinaz;

3) Para la iglesia evangélica Mateo Salado es uno de los primeros mártires de la fe protestante.

     Tito Pérez Quiroz, escritor y miembro de la Iglesia del Nazareno en Lima. Es autor del libro «Iglesia y Estado: 180 años de discriminación religiosa en el Perú».


Leopoldo Cervantez Ortiz

En el caso específico de la Reforma, existe una tradición llena de visiones brillantes y equívocos grotescos. Si tuviésemos conciencia de ellos, podríamos evitar la repetición del pasado e incluso comprender algunos de sus desarrollos históricos, contemporáneos nuestros, que se generaron en aquella época: de Lutero al psicoanálisis, del calvinismo al capitalismo, de Müntzer a Marx y Engels.[1]
Rubem Alves

1. Necesidad de reformas permanentes
Describir los procesos de transformación que ha sufrido la Iglesia cristiana en sus ya más de dos mil años de existencia sería tanto como querer suplantar la obra del Espíritu Santo. No obstante, si se revisan con atención algunos de ellos, es posible llegar a ciertas conclusiones que, en consonancia con las enseñanzas bíblicas, permitan replantear en cada época, la necesidad de llevar a cabo transformaciones importantes en la vida y misión de la Iglesia. Si uno de los grandes logros de las reformas religiosas del siglo xvi consistió en redefinir con claridad la naturaleza misma de la Iglesia y su nuevo lugar en el mundo, y más allá de cualquier apología de este movimiento, hay que destacar que las transformaciones eclesiásticas y religiosas abrieron la puerta para una serie de cambios en el comportamiento de las sociedades, inmersas como estaban ya en el proceso de dominio de las clases emergentes que llegaban a colocar lo religioso en otra dimensión. Nos referimos, por supuesto, al arribo de la “modernidad burguesa” en Occidente que intentó desplazar la función de lo sagrado y propició la separación entre las esferas religiosa y política, aun cuando tuvo que enfrentar, en el seno mismo de las nuevas iglesias, una oposición de grado variable sobre la posible intervención de los Estados en la vida de las mismas.

Los paralelismos entre algunos episodios bíblicos, como los que se han enunciado con anterioridad (el periodo de Josías como rey y las cartas de Apocalipsis 2-3), los inicios de la Reforma Protestante y la situación actual deben desarrollarse con sumo cuidado para encontrar puntos de contacto que, sin menoscabo de las coyunturas específicas, sea posible trazar puentes de análisis que permitan ampliar la visión de dichos sucesos y su posible aplicación. De ese modo, hay que reconocer que los ímpetus reformadores en el antiguo Israel fueron idealizados, lo mismo que algunas vertientes protestantes han elevado lo sucedido durante el siglo xvi a una estatura legendaria que no corresponde con la realidad y que más bien aleja sus bondades al no querer ver sus contradicciones. La proyección socio-política, económica y cultural de la Reforma se deja de observar como una cadena de sucesos y planteamientos que conformaron un nuevo escenario que tardó tiempo en estabilizarse y en mostrar sus beneficios. La fuerza con que progresivamente se impuso la secularización no fue uniforme y hubo zonas completas (como España, y después América Latina) en donde la importancia de la religión siguió y sigue permeando la mentalidad de mucha gente. Por ello, suponer que la Reforma alcanzó a renovar el rostro de Occidente en todo el aspecto religioso sería desconocer sus límites. Lo que sí hizo fue establecer una cultura asociativa diferente y reestructurar la comprensión de las doctrinas cristianas para adaptarlas a una nueva época.

2. Dinámica de las transformaciones personales y sociales
Una primera cosa que la Reforma Protestante transformó fue la necesidad de balancear adecuadamente la piedad individual y la colectiva, pues al estilo vertical y corporativo con que la desde la Edad Media se promovía la religiosidad, opuso lo que sería el germen de la democracia dentro y fuera de la Iglesia, es decir, la fuerza participativa de los laicos/as, tan menospreciados por la Iglesia antigua y que se ha resistido tanto, posteriormente, a establecerse como una acción normativa dentro de las comunidades católicas. Esta dialéctica entre individuo y comunidad abarcaba tanto lo religioso como lo político, por lo que inevitablemente terminaría por “exportarse” a la vida social, con todo y que las nuevas fuerzas trataron de manipular este impulso participativo, y en algunas ocasiones lo lograron.
Además, los alcances de esta dinámica, al rebasar el ámbito meramente eclesiástico, comenzaron a fortalecer los fermentos de una religiosidad que podía experimentarse extra-muros, fuera de las limitaciones de las iglesias institucionales. En ello, el calvinismo tuvo mucho que ver, pues tomó la protesta religiosa y la proyectó hacia las colectividades en general con particular énfasis en la responsabilidad sobre su destino. Como explica Emile Leonard, notable historiador del protestantismo:

Después de la liberación de las almas, la fundación de una civilización. Con Lutero, sus émulos y sus rivales, la Reforma había dado todo su mensaje propiamente religioso y teológico y las épocas siguientes no podían hacer otra cosa que repetirlo y completarlo. Mas Lutero se había interesado poco por la encarnación de este mensaje en el mundo secular, al cual aceptaba tal y como era, y las experiencias de Zuinglio, de Müntzer y de los anabaptistas de Münster habían sido o de un contenido excesivamente reducido o demasiado revolucionarias para hacer salir a la Reforma del pietismo individualista donde corría el riesgo de desmesurarse y disolverse. Estaba reservado al francés y al jurista Calvino el crear más que una nueva teología un mundo nuevo y un hombre nuevo. El hombre “reformado” y el mundo moderno. En él ésta es la obra que predomina y la que nos da razón de su autor.[2]

Surgiría, así, un interesante balance entre una conciencia clara sobre la predestinación individual para la salvación eterna y la necesidad de que en la vida cotidiana, colectiva, esa misma realidad también ejerza un papel movilizador, transformador, de los hechos que impliquen una responsabilidad que se entendería mejor, dos siglos después, con el concepto de ciudadanía. Es decir, de la mentalidad de súbdito, propia de sociedades jerárquicas, se llegaría a una mentalidad igualitaria en donde si los creyentes son ciudadanos de este mundo, también lo son del Reino de Dios, presente y futuro, de manera equitativa. Así lo comprendió el doctor Ortega y Medina, quien desde una sólida visión histórica e ideológica, lo resumió como sigue, al diferenciar el peso específico de las creencias católicas y protestantes:

El católico posee la libertad trascendental, pero es esclavo del mundo. […] Hay pues, un desequilibrio entre el ideal a que se aspira y las exigencias que la realidad impone. El calvinista, por contra, es esclavo de la trascendentalidad, pero vive en el mundo: y gracias a su vivir intramundano y activo puede manumitirse del yugo predestinatorio. […] De parecida manera bien pudiera el protestantismo haber hecho del hombre un siervo de la allendidad, pero un amo y señor de la aquendidad.[3]

Parece que allí se encontraría la clave para comprender y actualizar los aspectos transformadores y prácticos de la mentalidad protestante reformadora.
——————————————————————————–

[1] R. Alves, “Las ideas teológicas y sus caminos por los surcos institucionales del protestantismo brasileño”, en Pablo Richard, ed., Materiales para la historia de la teología en América Latina. San José, DEI, 1981, p. 162.
[2] E. Leonard, Historia general del protestantismo. Vol. 1. Trad. de S. Cabré y H. Floch. Madrid, Península, 1967, p. 263.
[3] J.A. Ortega y Medina, Reforma y modernidad.  México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1999, p. 160.

http://alcnoticias.net


JUAN STAM

La  Reforma y la iglesia protestante de hoy[1]

Una visión más amplia

 y una contextualización

Hoy más que nunca la iglesia tiene que redescubrir su historia.  Una iglesia sin historia es una iglesia sin identidad, sin claridad ni criterios, y se cae fácilmente en el caos. Esa es la condición de gran parte del protestantismo latinoamericano hoy. Por eso felicito a la iglesia metodista el Redentor por su costumbre anual de recordar, con gratitud a Dios, a nuestros abuelos espirituales, los Reformadores.

Es importante recordar que la Reforma del siglo XVI fue multifacética. Además de la Reforma luterana y la Reforma calvinista, fue muy importante la Reforma Radical anabautista, y hubo hasta una reforma católica, representada especialmente por el Concilio de Trenta y la orden jesuita. La ubicación social de cada uno de estos movimientos fue distinto: Lutero se identificó con los príncipes alemanes y el incipiente nacionalismo; Calvino estaba más cerca de las ciudades suizas y una proto-burguesía, mientras los anabautistas se identificaban más con las clases pobres y el naciente proletariado. Pero todos miraban hacia el futuro, que vendría a llamarse «modernidad», mientras que el Vaticano miraba más al pasado y se aliaba con el Sacro Imperio Romano y muchos aspectos del mundo medieval. Es significativa la repetición de la palabra «naciente». Los Reformdores era los parteros del mundo moderno que nacía. Dos siglos después el movimiento wesleyano aportó nuevas dimensiones muy importantes al protestantismo.

Vamos a conversar esta noche en torno a las consignas con que se suele resumir ls teología de los Reformadores, pero es importante recordar que su pensamiento era mucho más amplio y profundo que esas consignas. En Lutero, por ejemplo, encontramos un cierto anticipo del existencialismo, en el papel de la experiencia personal en su teología y en su rechazo de toda sistematización; él era «un teólogo irregular». En Calvino es profunda la admiración por la gloria y santidad de Dios, tanto que se le ha llamado «un hombre ebrio de Dios». En los anabautistas se juntaban (y se juntan) la pasión por la justicia con el pacifismo. Pero en esta charla, nos vamos a concentrar en las consignas que mejor resumen los denominadores comunes de la Reforma.

I. Sola scriptura

Son famosas las palabras de Lutero en Worms (1521): «Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. Si no se me demuestra por las escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado.  Que Dios me ayuda, Amén».

En esta histórica declaración de Lutero, queda claro que la «sola scriptura» no significa que conocemos sólo la Biblia o que todo lo demás no importa. ¿Quién podría entender el éxodo sin saber algo de Egipto, o el exilio de los judíos sin saber algo de Asiria y Babilonia? Un famoso fundamentalista, R.A. Torrey, dijo sabiamente, «Quien conoce sólo la Biblia, no conoce la Biblia». Por eso, Lutero apela a las escrituras pero también a «razones claras» y a la conciencia. Después una correlación similar iba a ampliarse en «el cuadrilátero wesleyano» (escritura, tradición, razón, experiencia).

La Reforma colocó la Palabra de Dios, en sus varias modalidades, como la máxima autoridad normativa, encima de papas y concilios. Eso implicó a su vez la interpretación seria y crítica de las escrituras, desde los textos originales, transformando conceptos como jaris (gracia), pistis (fe) y metanoia(arrepentimiento). Impulsó también la predicación expositiva, aclarando y aplicando los textos sagrados, acompañada por la predicación del año lectivo, firmemente anclada en la historia de la salvación.

Hoy día amplios sectores de las iglesias evangélicas latinoamericanas han perdido el sentido histórico y predican un mensaje divorciado del pasado, aun del mismo contexto bíblico. ¡Qué increíble que ni las iglesias pentecostales celebran el día de Pentecostés![2] Son escasas tanto la predicación expositiva como la del ciclo litúrgico. Muchos sermones no son más que opinionismo, especulación, «performance» y puro «show», manipulación del texto y del público.[3] Hay también predicadores fieles, a Dios gracias, pero son la excepción.

II. Sola gratia

Karl Barth ha repetido muchas veces que las dos palabras más importantes para la teología son «gracia» (jaris) y «gratitud (eujaristia). El Catecismo de Heidelberg comienza formulando las tres cosas más importantes que el niño debe saber: «Cuán grande es mi pecado, cuán grande es la gracia de Dios, y cuán grande debe ser mi gratitud a Dios». La Reforma transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dieron un lugar central en su teología y la gracia y la fe personal. Pero esa misma gracia era exigente de frutos de justicia (Efes 2:8-10). No era la gracia barata del «evangelio de ofertas» que se predica hoy.[4]

En muchos círculos evangélicos hoy existe de facto una doctrina de salvación por las obras. Entre los viejos fundamentalistas uno era «salvo» cuando dejaba de fumar, tomar e ir al cine. En la actualidad, algunas iglesias se especializan en maldiciones y anuncian que si uno no diezma, sus finanzas, y hasta su vida, serán malditas pero si ofrendan bien todo será bendición. Bien se ha observado que los diezmos y los «pactos» son las indulgencias del siglo XXI.

III. Sola fide

Casi todos saben que los Reformadores enseñaron la justificación por la gracia mediante la fe, pero pocos se dan cuenta de que transformaron el concepto de fe, devolviéndole su sentido bíblico. Recuerdo que cuando estuve aprendiendo el español compré el «Manual de Religión» que los colegios costarricenses empleaban como texto. Ese Manual definía la fe como «tener por cierto lo que dice la santa madre iglesia». Para los Reformadores, la fe es entrega a Cristo y confianza en él (fides est fiducia, otra consigna histórica). Para ellos, la fe sin obras es muerta. Según Calvino, «todo conocimiento verdadero de Dios nace de obediencia». Ahí está la diferencia importante entre la fe y el fideísmo.

Hoy en día muchas iglesias «evangélicas» confunden la fe con la ortodoxia y predican de hecho una salvación por ortodoxia. Para ellos, la fe consiste en decir Amén a lo que dice el pastor, en vez de ser discípulo radical de Jesucristo en todas las esferas de la vida (eclesial, social, económica, política etc). Por eso, en esas congregación discrepar de la opinión del pastor es el pecado de murmuración, lo que trae maldición.

La iglesia hoy debe preguntarse si está formando verdaderos discípulos o si está llenando los templos de gente que dice «Señor, señor» pero que no hace la voluntad del Padre (Mat 7:21-23)

IV. La libertad cristiana

Son muy conocidas las tres consignas que ya hemos analizado, pero las cuatro que quedan son olvidadas las más de las veces. Para comenzar, se olvida que, frente a mucha tradición medieval, los Reformadores eran pioneros de una nueva libertad.[5] Hace unos años el recordado filósofo costarricense, Roberto Murillo, publicó un artículo muy interesante sobre el aporte de Lutero a las libertades modernas. Para José Martí, héroe cubano, «todo amante de la libertad debe colgar un retrato de Martín Lutero en la pared de su cuarto».[6]

En el siglo XVI Europa vivía una crisis de autoridad después del fin de la edad media, cuando mandaban a fin de cuentas el Papa y el Sacro emperador romano. En esa coyuntura el programa teológico de la Reforma era una agenda profundamente liberadora.[7] La justificación por la gracia mediante la fe significaba una liberación del legalismo. La sola scriptura liberó a la iglesia del autoritarismo dogmático, el sacerdocio univeral del clericalismo,  el semper reformanda nos libera del tradicionalismo estático y el soli deo gloria del culto a la personalidad.

Hoy día algunas iglesias se están volviendo más autoritarias que nunca. Aunque el viejo legalismo ha perdido fuerza, el principal legalismo ahora es el diezmo. He sabido de iglesias que amenazan con maldición a los que no diezman. En esa salvación por obras, la salvación se gana o se pierde en la hora de la ofrenda. He sabido de otras iglesias donde el pastor quiere controlar toda la vida de los fieles; ¡no se permite ni enamorarse sin el visto bueno del pastor!

Con el movimiento de «apóstoles» y «profetas» el autoritarismo llega a niveles sin precedente. Aunque San Pablo nos manda examinar y juzgar las profecías (1 Tes 5:19-21; 1 Cor 14:29-32), estos profetas pontifican con una cara seria que dice, «que nadie se atreva a cuestionar mi palabra profética». Por su parte, más de un «apóstol» se permite emitir alguna «declaración apostólica» con la falsa autoridad que presumen tener.

Aquí va también un problema de sola scriptura, de fidelidad bíblica. A menudo han dicho que una «palabra profética» tiene más autoridad que una enseñanza bíblica. Apelan también a la falsa distinción entre logos (palabra bíblica, general) y rhema (palabra profética específica, según ellos), con desprecio de la palabra inspirada como mero logos. De esta manera establecen autoridades paralelas a las escrituras, de forma parecida a los mormones. los Testigos de Jehová y otras sectas.

 Sacerdocio universal del los y las creyentes (1 P 2:9; Ap 1:6; 5:10)

Frente al rígido clericalismo de la iglesia católica de la época, la Reforma impulsó un proceso de democratización dentro de la iglesia y de la sociedad. Para Lutero, toda la vida es ministerio y todos los creyentes son sacerdotes de Dios. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios… Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada,Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

En su época, tanto la Reforma luterana como la Reforma calvinista se quedaron cortos en superar el clericalismo; los anabautistas avanzaron más, como también el movimiento wesleyano después. El siglo pasado, hubo un fuerte movimiento de teología del laicado que puede verse como la maduración de estos avances de la Reforma.

Sin embargo, hoy parece crecer un nuevo clericalismo, de los «super-clérigos», especialmente los «apóstoles». En una mesa redonda sobre los «apóstoles» en Quito, Ecuador, un participante declaró, «Antes era suficiente el título de pastor, pero ahora que existen las mega-iglesias, ese título no basta para sus fundadores y deben llamarse con un título mayor». La verdad es que ha surgido una nueva jerarquía eclesiástica, con los «apóstoles» y los «profetas» en la cumbre de poder y autoridad. En algunas iglesias el pastor es de hecho el C.E.O (ejecutivo mayor de una corporación), inaccesible a los feligreses con necesidades pastorales. Esas iglesias están organizadas según el modelo ejecutivo de las grandes empresas.

VI. Ecclesia reformata semper reformanda

Esta consigna expresa una realidad: los Reformadores no pretendían tener toda la verdad ni ser dueños de un sistema final de conceptos absolutos. Lutero era un «teólogo irregular» que nunca intentó formular un sistema. Calvino, por supuesto, articuló un sistema doctrinal, pero vivía revisándolo hasta nueve ediciones, alternando entre el latín y el francés. Algunos de los aportes más valiosos aparecen sólo en la novena edición. Si Calvino no hubiera muerto, sin duda hubiera producido una décima edición. Tillich define «el principio protestante», muy acertadamente, con la frase, «sólo Dios es absoluto». Karl Barth advierte contra la tentación de tener al «sistema» como la verdad absoluta, lo cual identifica como idolatría.

Lamentablemente, en el siglo XVII, amenazados por el racionalismo escéptico de la época, la teología luterana y la calvinista cayeron en una rígida ortodoxia escolástica. Aunque hicioeron algunos aportes, no lograron «defender» su fe sino que la redujo a un dogmatismo estéril. Curiosamente, luteranos y calvinistas se acusaban mutuamente de ser herejes, cripto-católicos y otros insultos.

El movimiento wesleyano puede verse en parte como una reacción contra esa «ortodoxia muerta» e hizo mucho para rescatar la salud del protestantismo. Pero a inicios del siglo XX la ortodoxia dogmática se resucitó en los Estados Unidos en la forma del fundamentalismo norteamericano.

Hoy día, cuando la tolerancia se ve como el sumo bien, son menos los reductos de ortodoxia cerrada, aunque los hay. Al contrario, en nuestro tiempo casi nada es seguro y todo es posible.  La nueva consigna parece ser, «ecclesia reformata semper deformanda». La intención de la «semper reformata» era la de corregir errores y ser cada vez más fiel al Señor y su Palabra. Desde el siglo pasado la iglesia vive de fiebre en fiebre, cambiando de modas como los estilos de zapatos («health and wealth», «name it, claim it», evangelio de prosperidad, tumbadera de gente, «apóstoles» y profetas, maldiciones generacionales etc etc ad infinitum). Muchas veces la innovación hoy no es para corregir errores sino de introducir nuevos errores. Muchas veces el fin no es mayor fidelidad sino mayor éxito, mayor fama o mayor dinero.

VII Soli deo gloria

«A Dios, y sólo a Dios, sea toda la gloria» fue una consigna fundamental de la Reforma. La iglesia de la época daba mucha gloria a otros en lugar de sólo a Dios. La Reforma fue una redescubrimiento de Dios, en perspectivas antes desconocidas. Los Reformadores tomaban muy en serio a Dios como el centro de toda su vida. Antes de su gran descubrimiento de la gracia, Lutero temía a Dios con horror y pánico, pero después se deleitaba en el amor del Dios de la gracia. Calvino era un hombre sobrecogido por la maravilla de la gloria de su Señor. La Reforma fue un gran encuentro con Dios. Puso Dios en el centro de su vida y su pensar, y le daba toda la gloria a él. Johann Sebastián Bach escribía las siglas «S.D.G.» al inicio de todas sus partituras.

Hoy nuestra iglesia también tiene que redescubrir esta consigna de la sola gloria de Dios.  Nuestra sociedad está permeada por el culto a la personalidad; hablamos de los «ídolos» de Hollywood y las «estrellas del deporte», etc.  Las iglesias tienen también sus «estrellas» y a veces «dioses» a quienes adoran: mega-pastores, profetas y sanadores, algunos evangelistas promovidos con publicidad al estilo de Hollywood. En la iglesia del Señor no caben el personalismo y el culto a la personalidad.

Cuando Dios curó al cojo por medio de Pedro y Juan, y la gente los quería reconocer como milagreros, Pedro les contestó, «¿Por qué nos miran a nostros, como si nosotros, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su siervo Jesús» en sanar a aquel enfermo. Originalmente un «don de sanidad» no significaba algún poder que poseyera alguna persona, sino el acto de Dios de dar salud a un enfermo. A veces se habla de los «sanadores» como si fuesen dueños del poder milagroso; «en estas manos hay poder de sanar», dijo uno de ellos, mostrando sus manos ante las cámaras. Al contrario, «¿Por qué nos miran a nosotros, como si nosotros hubiéramos hecho algo», dijeron Pedro y Juan, para dar la gloria al Señor.

Esta consigna significa también que podemos, y debemos, glorificar a Dios en todo lo que hagamos. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», dijo Lutero. En todo, nos exhorta San Pablo, «ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor 10:31).
Conclusión: Nuestro momento histórico se parece dramáticamente al de los Reformadores en el siglo XVI: revolución en las comunicaciones (la imprenta de Gutenberg; hoy teléfono, radio, TV, computadora y hast iPod); revolución del espacio vital de la humanidad (navegación mejorada; Cristobal Colón 1492; hoy autos, aviones, viajes al espacio); revolucion armamentista (el fusil portátil, arcabus y mosqueta; hoy, armas nucleares) y sobre todo, una crisis de autoridad que produce gran confusión.

En esta coyuntura, ¿qué nos traerá el futuro? A como van las cosas, podría salir un protestantismo cultural y poderoso, algo parecido a lo que ha sido el catolicismo en el pasado. Pero gracias a Dios, sigue existiendo un remanente fiel y grandes signos de esperanza. ¿Levantará Dios a otro Lutero? Quizá que no, pero quiera el Señor concedernos un avivamiento de espiritualidad genuina y un movimiento de profunda renovación que sacudirá a la iglesia de pies a cabeza y preparará a la iglesia para responder a los grandes desafíos del nuevo mundo que está naciendo.


[1] Charla en la iglesia metodista el Redentor, San José, Costa Rica, 31 de octubre de 2011. El tema asignado fue «Qué necesita reformar la iglesia hoy?». En la presentacion oral enfaticé tanbién lo positivo de lo que Dios está haciendo en la iglesia hoy.

[2] Ver «El Pentecostés tiene fecha» en juanstam.com, 6 de mayo 2008.

[3] Ver «Mecanismos de manipulación en las iglesias». juanstam.com, `12 de agosto 2010

[4] Aquí conviene recordar ese gran poema atribuido a Santa Teresa: «No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometodo… No me tienes que dar porque te quiera…»

[5] En 1520 Lutero publicó un importante tratado «Sobre la libertad del cristiano».

[6] Hay que reconocer a la vez que hubo serias contradicciones en la conducta de Lutero, debido mayormente a su doctina de los dos reinos y  sus vínculos con los príncipes alemanes. Su trato a los campesinos y los judíos era reprochable.

[7] Ver » Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones» (31 de octubre de 2011).