Archivos de la categoría ‘Historia’


César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (35)

Lutero y la ruptura con Roma
Suele ser común entre los católicos –es lógico que así sea– pensar que la visión reformada intenta sustituir una iglesia, la suya, por otra.
La bula de excomunión constituía un instrumento formidable para aplastar a Lutero y a cualquiera que estuviera dispuesto a respaldarlo.

El único problema era de carácter administrativo ya que los acusados debían ser castigados por las autoridades de las que dependían. Esa circunstancia obligaba a trasladar la bula a todas las instancias responsables. Para llevar a cabo ese cometido en el norte y el sur de Alemania, fueron designados Eck –que tanto había contribuido a llegar a esta situación– y Aleandro. Para sorpresa suya, comprobaron que la opinión pública se había situado de manera masiva al lado de Lutero. Miltitz hizo todavía un último intento para encauzar la situación y se entrevistó con Lutero que aceptó la idea de escribir una carta al papa e incluso, una vez más, llegar a un armisticio con sus oponentes.

Efectivamente, el agustino redactó la misiva y la envió junto con una copia de su opúsculo  La libertad del cristiano . Se trataba de un último intento de reconciliación, pero, a esas alturas, y especialmente tras la disputa de Leipzig, la posición eclesiológica de Lutero había variado considerablemente y el año 1520 sería testigo de ello.

 LA RUPTURA CON ROMA 
El estudio de las cartas cruzadas entre Lutero y Spalatino en esta época dejan de manifiesto la sensación experimentada por el primero de que los acontecimientos eran incontrolables y estaban, a fin de cuentas, en manos de Dios y los intentos del segundo por frenar los acontecimientos. Lutero escribió a la sazón:

“¿Quién puede resistir el consejo de Dios? ¿Quién sabe si estos hombres insensatos no han sido predestinados por El como los medios para revelar la verdad?… Dios solo es el que se ocupa de este asunto. Somos arrastrados por Él. En vez de llevar, somos llevados”  [i]

El agustino era dolorosamente consciente de que ante él se extendían la persecución e incluso la muerte. Sin embargo, lo aceptaba como algo consustancial con la Historia del cristianismo:

“… deberías cuidarte de pensar que Cristo hará las cosas en la tierra silenciosa y suavemente, cuando se ve que combatió con Su propia sangre, y después todos los mártires” [ii]

Precisamente, la conciencia de lo que podía suceder llevó a Lutero a redactar una serie de escritos que encauzaran el camino de la Reforma ante la eventualidad, nada difícil, de que le arrancaran la vida.

Desde la disputa de Leipzig, Lutero había estado en contacto con algunos humanistas bohemios. Con posterioridad, leyó el De Ecclesia de carácter hussita. Las conclusiones a las que llegó quedaron expresadas en una carta a Spalatino: “Sin saberlo, he estado enseñando todo lo que Juan Huss enseñó y lo mismo ha hecho Staupitz. En resumen, somos todos hussitas, aunque no lo sabíamos, y también lo eran Pablo y Agustín”  [iii] .

Lutero admitía sus propias carencias – “soy más violento de lo conveniente”  [iv]  – pero esa circunstancia no podía ocultar su despego del sistema eclesial en el que había vivido desde su infancia. Una de las razones fundamentales había sido la lectura de la edición que Hutten había hecho de la Donatio Constantini. El texto no es conocido actualmente salvo por los especialistas, pero había tenido una extraordinaria relevancia durante la Edad Media ya que sostenía que Constantino había cedido terrenos al papa lo que legitimaba el poder temporal del papa y la extensión de los Estados pontificios, un fenómeno que había resultado especialmente cruento en los últimos pontificados. Ahora quedaba de manifiesto que no era sino una burda falsificación encaminada a justificar las ambiciones territoriales del papado. Las conclusiones de Lutero, al respecto, no resultan nada equívocas: “Buen Dios, qué grande es la oscuridad y la iniquidad de estos romanos… Estoy tan horrorizado que apenas tengo ninguna duda (prope non dubitem) de que el papa es el mismo Anticristo que se espera, tal y como la manera en que vive, actúa, habla y ordena, encaja en el retrato”  [v] .

 Para el agustino, resultaba obvio que el papa era una institución cuya justificación estaba en el servicio pastoral y evangelizador del pueblo de Dios. Sin embargo, lo cierto es que esa institución había abandonado esas funciones y se había dedicado, por el contrario, a crear un reino cuya legitimidad no había dudado en sustentar en documentos falsificados.

En mayo, el franciscano Alveldo publicó un áspero tratado en el que afirmaba el origen divino del primado papal. Lutero le dio respuesta inmediatamente con un texto que ya se encontraba en imprenta en junio. La obra es un opúsculo sencillo, pero indispensable para comprender la visión reformada de la iglesia.

Suele ser común entre los católicos –es lógico que así sea– pensar que la visión reformada intenta sustituir una iglesia, la suya, por otra. Semejante empeño parece absurdo en la medida en que, como ha vuelto a refrendar un reciente documento papal, la única iglesia verdadera y con la plenitud de medios es la iglesia católica y las otras confesiones no llegarían a esa entidad. El punto de vista es razonable –insistamos en ello– pero parte de una ignorancia grave de la concepción que de iglesia sostiene la Reforma.

 Para Lutero –y para los reformadores en general– la iglesia es una realidad visible, pero no se identifica con una institución concreta con exclusión de otras, sino con sus miembros, los cristianos . Es esa suma de cristianos como pueblo de Dios lo que es la iglesia y no una institución eclesial.

Por supuesto, esa iglesia, como señaló en su respuesta al franciscano, tiene unas marcas que son “el bautismo, el sacramento (la Eucaristía) y el Evangelio: no Roma, o este lugar, o aquel” [vi] . Sobre esta iglesia, que está formada por los verdaderos creyentes y no por una estructura eclesial específica, quien se encuentra es Cristo o, por utilizar la expresión de Lutero, “Cristo es la Cabeza y El sólo gobierna”  [vii] .

 Comprender este aspecto resulta absolutamente esencial en el diálogo interconfesional. Si la iglesia católica afirma –y es lógico que lo haga– que es la única iglesia verdadera y con plenitud de medios de gracia, las iglesias reformadas siempre responderán que la iglesia, a pesar de su visibilidad, es, fundamental y esencialmente, una comunión de fieles que no se identifica con tal o cuál confesión, sino que está formada por los que han experimentado una conversión a Cristo.

Si la iglesia católica contrapone –y es lógico que lo haga– su unidad formal a la división en distintas confesiones surgidas de la Reforma, las iglesias reformadas responderán que esa división no existe por la sencilla razón de que todos sus miembros forman parte de una sola iglesia, la verdadera, que es una realidad espiritual. Si la iglesia católica afirma – y es lógico que lo haga – que esa única iglesia verdadera mantiene una sucesión apostólica cuyo elemento esencial es el hecho de que el papa es sucesor de Pedro, las iglesias reformadas siempre responderán que la sucesión apostólica no es una sucesión similar a la dinástica – por otro lado, interrumpida históricamente en varias ocasiones – sino una identificación con la enseñanza y el comportamiento de los apóstoles. Si la iglesia católica afirma – y es lógico que lo haga – que el papa es el Vicario de Cristo en la tierra, las iglesias reformadas siempre responderán que Cristo no necesita de vicario alguno porque gobierna directamente a su iglesia a través del Espíritu Santo.

 Arrancando de esas premisas, no puede sorprender que Lutero escribiera: “¡Adiós, desdichada, desesperanzada, blasfema Roma! La ira de Dios ha llegado sobre ti, como te mereces”  [viii]  ni tampoco que redactara sus escritos del verano de 1520. 

 Continuará 

 


   [i] WA Br. 2.39.9-12.21.
   [ii] WA Br.2.41-3.
   [iii] WA Br. 2. 42.2.22.
   [iv] WA Br. 2, ibid I. 65.
   [v] WA Br. 2. 48.22.
   [vi] WML I.357.
   [vii] WML I. 357.
   [viii] WA 6.329.

Autores: César Vidal Manzanares

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La excomunión de Lutero

Publicado: marzo 12, 2012 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (34)

La bula papal de excomunión Exsurge Domine.

Durante 1519, Miltitz siguió intentando volver al punto de inicio anterior a la disputa de Leipzig, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos. Para remate, Eck –que había sido extraordinariamente vapuleado por los humanistas- seguía empeñado en labrarse una carrera utilizando como peldaño la condena de Lutero. A finales de 1519, presentó un escrito en Roma con la finalidad de provocarla. Luego, a inicios de 1520, y ante la abstención de las universidades de París y Erfurt a la hora de señalar al vencedor en la disputa de Leipzig, las universidades de Lovaina y Colonia prepararon un texto – en el que nadie había pensado inicialmente – relacionado con las opiniones de Lutero. Tanto Lovaina como Colonia señalaron que Lutero había incurrido en herejía y enviaron su informe a la Curia. De manera comprensible, el papa nombró una comisión formal para abordar el asunto.

 El 1 de febrero, la comisión se hallaba entregada al trabajo de recoger pruebas sobre las herejías de Lutero, pero no tardó en disolverse . De manera bien reveladora, tanto el cardenal Cayetano, cuya especialidad era la teología, como el cardenal Acolti, que era un experto en derecho canónico, llegaron a la conclusión de que no resultaba especialmente fácil redactar un informe sensato al respecto.

 El 11 de febrero, una segunda comisión  se ocupaba de analizar los escritos de Lutero y, con bastante buen criterio, decidió discriminar entre aquellas expresiones que podían ser tachadas de herejía y aquellas otras que únicamente eran “escandalosas y ofensivas para los oídos piadosos”.  Pero entonces llegó Eck y el resultado fue la formación de una tercera comisión. De ésta acabaría finalmente surgiendo la Bula papal  Exsurge Domine  firmada por el papa León X en el curso de una cacería el 15 de junio.

 El texto de la bula comenzaba comparando a Lutero –sin mencionarlo expresamente– con un jabalí para luego acusarlo de aceptar por buenos los rumores que circulaban sobre los abusos de la curia y terminar por defender que los papas nunca se habían equivocado:

“¡Despierta, Señor! Haz triunfar tu causa contra las bestias feroces que tratan de destruir tu viña, contra el jabalí que la arrasa… ¡Alerta Pedro, Pablo, todos los santos, la Iglesia Universal!… En esta Curia Romana que tanto ha desacreditado, dando fe a los rumores esparcidos por la ignorancia y la maldad, no hubiera encontrado nada que censurar. Le hubiéramos demostrado que nuestros predecesores, de quienes ataca con tan singular violencia los cánones y las constituciones, no se han equivocado jamás”.

La verdad era que, por desgracia, mucho de lo que se contaba sobre los abusos y los excesos de la curia era cierto y que desde hacía décadas, también lamentablemente, sí que había mucho que censurar. No era menos cierto que los antecesores de León X se habían enfrentado entre si en episodios como el Cisma de Occidente y que también habían incurrido en equivocaciones. De hecho, el dogma de la infalibilidad papal que no sería definido hasta 1871 sería mucho más prudente a la hora de señalar la inerrancia de los pontífices.

 La bula indicaba a continuación que no era lícito apelar al concilio –una solución que había permitido, por ejemplo, acabar con el cisma de Occidente– y conjuraba tanto a Lutero como a sus partidarios a “no perturbar la paz de la Iglesia, la unidad y la verdad de la fe, y a renunciar al error”. 

La bula condenaba cuarenta y un artículos atribuidos a Lutero. Comprensible en su época, difícilmente, puede negarse que su lectura causa al lector moderno un cierto estupor. Así, aparecen afirmaciones que, hoy en día, serían contempladas de manera diferente. Por ejemplo, la expresión de Lutero “Quemar a los herejes es contrario a la voluntad del Espíritu” es condenada como herética, pero es más que dudoso que hoy se pudiera encontrar a algún católico que pudiera considerar que la voluntad del Espíritu puede ser quemar a los herejes. Igualmente, el texto declaraba herética la afirmación de que “No se puede probar la existencia del purgatorio por los libros auténticos de las Escrituras”. Sin embargo, ningún exegeta de talla afirmaría hoy que la doctrina del purgatorio se encuentra en la Biblia sino que más bien remitiría a una tradición relativamente tardía, que no ha sido igual en Oriente y en Occidente, y cuyo desarrollo no sólo teológico sino jurídico ha resultado desigual. Semejante circunstancia tiene una enorme lógica en la medida en que la creencia en el Purgatorio se desarrolló con más claridad en Occidente y tuvo un desarrollo especialmente extraordinario a partir del s. XII cuando el cisma se había consumado.

Algo similar sucede con la afirmación de que “La doctrina que señala que la penitencia comprende tres partes, contrición, confesión y satisfacción, no se funda ni en las Escrituras ni en los santos doctores de la antigüedad cristiana”. A día de hoy, sería también muy difícil que un historiador eclesiástico negara la veracidad de ese aserto del agustino. Y lo mismo sucede con otras tesis. Por ejemplo, la que afirma que “Bueno sería que la Iglesia determinara en un concilio que los laicos comulguen bajo las dos especies; los cristianos de Bohemia que así lo hacen no son por ello herejes sino cismáticos”. Se puede estar o no de acuerdo con la conveniencia de que los laicos, tal y como se describe en el Nuevo Testamento, participen del pan y del vino en la Eucaristía, pero parece un tanto excesivo considerar que plantear la cuestión sea herético. Algo semejante sucede con la que afirma que “La mejor definición de la contrición es la máxima:  La mejor penitencia es no reincidir, pero lo indispensable es cambiar de vida”.  Una vez más, se puede coincidir o no con la afirmación, pero, de nuevo, parece un tanto excesivo condenar como herejía la afirmación de que la mejor penitencia sería no reincidir en el pecado.

 De manera bien significativa, según el dominico D. Olivier, “la parte más lograda de la Bula fue la relativa a las condenas”. Los canonistas hicieron un acopio exhaustivo de todas las penas canónicas desde la excomunión para los que aceptaran las ideas de Lutero a la destrucción de los libros que las contenían pasando por la prohibición de imprimirlos, conservarlos o comerciarlos. Lutero y sus seguidores tenían sesenta días para retractarse bajo pena de ser declarados herejes notorios y reincidentes. Por lo que se refería a los católicos, era obligación suya denunciarlos y perseguirlos, quedando entredicho cualquier lugar en el que pudieran residir. La bula debía ser publicada y puesta en ejecución sin distinción de lugar quedando sujeto a excomunión cualquiera que contraviniera su contenido.

 Al fin y a la postre, en el texto de la bula se deja traslucir no tanto un análisis sólido del caso desde una perspectiva bíblica, histórica y pastoral como el deseo de sofocar, finalmente, una contestación que se había tolerado durante meses no por paciencia sino meramente por razones políticas y, más concretamente, por el deseo del pontífice de conseguir el apoyo del Elector Federico para impedir que Carlos I de España fuera elegido emperador de Alemania.

Por añadidura, como ha señalado el dominico D. Olivier, “La falla residía en que se excluía por principio toda discusión de la doctrina que se condenaba. Las frases de Lutero procedían de un contexto que había sido ignorado y que constituía el nudo del problema, el único que merecía ser tratado. Los ejecutores de la condena parecen no haberlo desconocido, pero les faltó la fuerza de concertar el diálogo que hubiera podido transformar el enfrentamiento estéril de convicciones irreductibles en el intercambio útil de los dos frentes… Una vez más se esquivó la reivindicación que Lutero pedía para que se pronunciaran sobre el Evangelio y no sobre expresiones recogidas al azar”.

Cuando se tienen en cuenta esos aspectos no sorprende que la bula no lograra poner fin al Caso Lutero.

 CONTINUARÁ: El reformador rechaza la excomunión 

Autores: César Vidal Manzanares

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Lutero el Reformador

Publicado: marzo 5, 2012 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (33)

Lutero el Reformador
El suyo no fue un trabajo sistemático sino que, en buena parte pretendía responder a los enemigos que se iban acumulando en contra suya.
 Posiblemente una de las pruebas más claras de la victoria de Lutero en Leipzig fuera la manera en que las universidades encargadas de pronunciar un veredicto sobre la disputa decidieron inhibirse . En teoría, tendrían que haber proclamado el triunfo de Eck sin fisuras y más cuando había logrado que Lutero reconociera que los concilios podían errar. Sin embargo, distaron mucho de adoptar esa conducta.En la universidad de París, optaron por asumir tácticas dilatorias hasta que el duque Jorge, poco esperanzado por el resultado final, aceptó dejar que se inhibiera. Por su parte, la universidad de Erfurt, tras varios meses de titubeos, renunció a emitir un veredicto el 9 de diciembre. La actitud no podía ser más clara. Estando en sus manos el condenar a Lutero, no lo habían hecho y habiendo podido dar por vencedor a Eck, tampoco lo habían hecho. A la vez, habían evitado reconocer el triunfo de Lutero porque eso hubiera significado oponerse de manera frontal a la Santa Sede.

 Por su parte, Lutero se iba a entregar durante los dos años siguientes a una labor incansable . El suyo no fue un trabajo sistemático sino que, en buena parte de las ocasiones, pretendía responder a los enemigos –Prierias, Alveldus, Eck, Catherinus, Cochlaeus- que se iban acumulando en contra suya . El lenguaje de esos textos puede resultar áspero para el gusto actual, pero no lo era más que el utilizado por Erasmo o por sus mismos oponentes. Además, en estos escritos, Lutero siguió demostrando su profundidad bíblica y teológica, haciendo además gala de un talento polémico que ha sido pocas veces sobrepasado.

La ironía, el uso del humor, el dominio del lenguaje y,  sobre todo, un conocimiento extraordinario de la Biblia fueron las características de no pocos de sus escritos  que provocaron las carcajadas divertidas hasta de adversarios suyos como Miltitz o el duque Jorge.. El agustino buscaba, según propia confesión, alcanzar a “los laicos sin instrucción” porque estaba dispuesto a “dar todo lo que tuviera en esta vida con tal de ayudar a un laico a ser mejor”

Tanto la  Catorcena de la consolación , escrita a finales de 1519, como su tratado  De las buenas obras , publicado en 1520, van en esa dirección. En especial, éste, redactado a petición de Spalatino, constituye un argumento más que sobrado y suficiente para refutar las afirmaciones de que Lutero no tenía ningún interés en las buenas obras o de que la doctrina de la justificación por la fe empuja a la dejadez moral.

 En la primera parte, Lutero desechaba la idea de que debemos realizar obras para salvarnos y, por el contrario, las colocaba en la misma dimensión que encontramos en el Nuevo Testamento . El cristiano hace buenas obras “porque es un placer complacer a Dios, y sirve a Dios de manera pura y por nada, contento de que su servicio complazca a Dios” [i] . Semejante conducta arranca de la fe ya que “la fe debe estar en todas las obras, debe ser su dueño, su capitán, o no son nada en absoluto”  [ii] . Esa fe “nace y fluye de la sangre, de las heridas y de la muerte de Cristo”  [iii] .

Se puede pensar lo que se desee de las tesis de Lutero, pero cuesta creer que no resulta muy superior teológicamente el colocar el origen de las buenas obras en la gratitud que provoca el amor de Cristo, en lugar de en el deseo de garantizarse la salvación por los propios medios o en el temor.

 En la segunda parte de este escrito, Lutero realizaba una exposición sobre los diez mandamientos que relacionaba también con el amor . Los tres primeros son obviamente preceptos vinculados con ese amor dirigido a Dios. En relación con el cuarto, Lutero lo extiende a la obediencia que debe darse también a la “santa madre iglesia, la madre espiritual” y a los poderes políticos.

Precisamente en ese punto, Lutero realizaba una afirmación bien significativa: “No existe un peligro mayor en el poder temporal que en el espiritual cuando éste se comporta erróneamente… porque el poder temporal no tiene nada que ver con la predicación y con la fe y con los tres primeros mandamientos. Pero el espiritual causa daño no sólo cuando actual mal, sino también cuando descuida su propio deber y se entrega a otras cosas, incluso si son mejores que las mejores obras del poder temporal. Por tanto debemos resistirlo cuando no haga el bien…” [iv] .

 Este examen de los poderes espirituales continúa siendo de clara actualidad. La finalidad de las instancias eclesiásticas es dedicarse al ámbito de lo espiritual, esencialmente a la predicación del Evangelio . Si no atienden a ese deber y, por el contrario, se dedican a otras funciones como la política, actúan mal incluso aunque los resultados sean buenos, ya que han abandonado su misión fundamental que es la de acercar el mensaje de salvación al género humano. En esos casos, el derecho de resistencia resulta totalmente legítimo.

 A continuación, Lutero desarrollaba el contenido de los diez mandamientos  fustigando pecados como la lujuria, la gula, la pendencia y un dilatado etcétera. Se trataba de una lectura en la que el Decálogo – en contra de lo que se ha afirmado en no pocas ocasiones – era leído desde la perspectiva del amor que nace de la fe en Cristo ya que “la fe debe ser el maestro… de manera que todas las obras queden enteramente comprendidas en la fe” [v]

 El modelo de reforma que planteaban los escritos de Lutero ya en esa época implicaba, en contra de lo que se ha dicho tantas veces, una senda teológica encaminada, sobre todo, a que el Evangelio de salvación por gracia llegara a los simples fieles, pero también una moral cuyo destino era, según sus propias palabras, que fueran “mejores” [vi] .

A decir verdad, ambos aspectos estaban profunda e indisolublemente vinculados. Comprender que la salvación es un don amoroso e inmerecido que Dios entrega al ser humano al enorme costo de la muerte de Cristo en la cruz debe provocar una respuesta de fe traducida en amor.

Si se restauraba la pureza de una predicación enfocada en anunciar el amor de Dios manifestado en el Calvario, cabía esperar que también tendría lugar un cambio profundamente ético que no sólo afectaría – como en intentos reformadores previos – a algunos miembros de las órdenes religiosas sino, más bien, a la mayoría de los fieles, a los laicos, al pueblo llano.

 Esa visión, a la vez sencilla y omnicomprensiva, explica la actitud de los humanistas hacia Lutero en aquellos años. Por un lado , los eruditos eran más que conscientes de hasta qué grado las críticas de Lutero se sustentaban en las Escrituras y en la preocupación pastoral y también de hasta qué punto sus dudas sobre determinadas afirmaciones curialistas contaban con un sólido respaldo en la Historia de la iglesia.

 Pero, por otro , no pocos de ellos pertenecían a una generación anterior que se había conformado con poner en solfa los abusos eclesiásticos –especialmente los relacionados con la Santa Sede y con las órdenes religiosas– y que había preferido inhibirse a la hora de referirse a determinadas doctrinas porque, a pesar de que no encontraba base para ellas en la Biblia, consideraba que carecía de sentido enzarzarse en discusiones al respecto.

 Lutero mantenía correspondencia con casi todos los miembros principales de los círculos humanistas en las grandes universidades y ciudades de Alemania  como era el caso de Heidelberg, Nuremberg, Estrasburgo o Basilea –y en marzo de 1519, escribió al famoso humanista que era amigo de Melanchthon y se carteaba con él– en términos elogiosos. Erasmo le respondió de manera cortés aunque no demasiado cordial, quizá porque temía que lo que era una carta personal pudiera ser publicada causándole complicaciones.

De manera semejante, cuando un grupo de humanistas redactó en 1519 su  Eccius Dedolatus  en el que despedazaba a Juan Eck, Erasmo se mantuvo al margen. Al margen, sí, pero no neutral. El humanista temía que Lutero fuera víctima de la intolerancia de gentes como los dominicos y así lo expresó en su correspondencia: “Los jefes del monasterio dominico han actuado… de una forma bien desgraciada. Uno de ellos dijo al escuchar a unos laicos: “Me encantaría clavarle los dientes al cuello de Lutero. No temería acudir a la cena del Señor llevando su sangre en la boca”.

 Así, en noviembre de 1520, Erasmo se entrevistó en Colonia con el elector Federico. En el curso del encuentro podría haber intentado influir al elector en contra de Lutero, pero hizo exactamente lo contrario . De hecho, lo convenció para que insistiera en conseguir la promesa del emperador de que Lutero no sería condenado sin que se le escuchara antes ( nisi auditus ). El esfuerzo de Erasmo tenía un mérito extraordinario –y dice mucho sobre sus puntos de vista– porque se había producido después de que se publicaran algunos de los textos más controvertidos de Lutero, precisamente los que vieron la luz en el año 1520.

 Continuará: La Reforma indispensable (32): la excomunión de Lutero


   [i]  WML I. 191.
   [ii]  WML I.199.
   [iii]  WML I. 204.
   [iv]  WML I. 263.
   [v]  WML I.284.
   [vi]  WML I.185.

Autores: César Vidal Manzanares

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Carlos Martínez García

Orígenes del protestantismo mexicano: un sermón histórico
 Un antes y un después con el sermón de Manuel Aguas
 Fue la primera vez en México que desde un púlpito, y ante una audiencia que se apretujaba, se reconoció la gesta de Martín Lutero en el siglo XVI. El 2 de julio de 1871 el ex sacerdote católico Manuel Aguas, y en ese momento líder de la Iglesia de Jesús en la ciudad de México, predicó un encendido sermón para explicar detalladamente su conversión al cristianismo evangélico .La pieza oratorio tuvo gran difusión entonces porque la publicó el muy leído periódico  El Monitor Republicano . De ésta publicación la retomaron otros diarios y revistas y la reprodujeron en otras partes de México, dándole así mayor audiencia a la que originalmente unos cientos de asistentes escucharon de Manuel Aguas.

Recordemos que fue la lectura de la Biblia, y de cuanta literatura protestante llegada a sus manos y que con fervor estudio Manuel Aguas, lo que le llevó a romper con la Iglesia católica.  El sermón que reproducimos da cuenta de la intensa formación autodidacta del personaje, así como ejemplifica el estado del naciente protestantismo mexicano antes de la llegada institucional de los misioneros extranjeros a partir de 1872 .

 DESCRIPCIÓN DEL ACONTECIMIENTO QUE TUVO LUGAR EN EL TEMPLO DE SAN JOSÉ DE GRACIA LA MAÑANA DEL DOMINGO 2 DE JULIO DE 1871 ( * )

El señor Javier Aguilar Bustamante propuso un combate religioso al presbítero Manuel Aguas, el que fue aceptado. Hoy que son las diez de la mañana, son el día y la hora señalados para la disputa: a la que, sin embargo, no concurre el señor Aguilar y sí el señor Aguas.

Una numerosa concurrencia está llenando el templo completamente. A cada paso se oyen rumores hacia la puerta de entrada, por la multitud que desea penetrar, que no puede lograr su objeto por falta de local. Hay dos elegantes plataformas frente a frente en el centro del templo, lugares destinados para los contrincantes, en cada una de las cuales se ve una mesa y dos sillas, en una de estas mesas está colocada la Santa Biblia.

A la hora citada se deja oír la orquesta, que toca dos piezas escogidas, apenas comienza la música, los ministros protestantes Manuel Aguas y Agustín Palacios, revestidos con el traje oriental que usan en tierra Santa los pastores de la Iglesia Reformada, suben a una de las plataformas y toman asiento.

Al concluir la orquesta, el ministro Aguas, poniéndose de pie, dice en voz alta: cantemos el himno número 2, que a la letra comienza: “¡Oh! Salvador, tierno Jesús…”, etc. Los concurrentes en pie, cantan el himno acompañados por la misma orquesta, dejándose oír un ordenado y acorde coro, compuesto de más de mil quinientas voces. Concluido, tomaron asiento.

Enseguida el ministro Aguas, de pie, con la misma voz, dice lo siguiente: “Dios en medio de relámpagos y truenos desciende de la cima del Monte Sinaí que humeaba, y el humo se elevaba como el humo de un inmenso horno; todo el monte se estremecía en gran manera, y los hijos del pueblo de Israel se postraron temerosos alrededor de este Monte majestuoso. Entonces en medio de ese fuego, de esos relámpagos, de esa grandeza aterradora y solemne se oye la voz de Jehová que habla a su pueblo, que proclama y publica sus diez mandamientos, esos preceptos que son y deben ser inmutables y eternos, que obligarán para siempre a todos los mortales, cualesquiera que sean sus creencias u opiniones, y que no habrá poder en la tierra para lícitamente alterarlos, variarlos o suprimirlos”.

El ministro relata el Decálogo, según como consta en el Éxodo capítulo 20, y concluido éste, dice: cantemos el himno número 7, que a la letra comienza: “A nuestro Dios…”, etc. Los congregantes se ponen en pie y entonan el himno.

Acto continuo, el ministro vuelve a levantar la voz diciendo al inmenso concurso: “Antes de dirigiros la palabra, os suplico me acompañéis a pedir a Dios su gracia celestial”. Todos se arrodillaron, el ministro permanece en una posición humilde, y después de un momento de respetuoso silencio, pronuncia con fervor la siguiente oración:

“Padre nuestro, fuente de toda verdad, que estás lleno de majestad y grandeza, eterno manantial de sabiduría infinita, que por tu bondad, por el amor grande que has tenido a tus hijos, hiciste que tu mismo Hijo, encarnara para redimirnos. Padre de cuyo Espíritu brota la luz más pura y consoladora, dirige una mirada compasiva hacia nosotros que te adoramos en espíritu y verdad, y no en materia y error; haz que conozcamos la verdadera religión para que la sigamos con frecuencia y sinceridad; haz que México, nuestra querida Patria, conozca cada día más y más del Evangelio Santo en toda su pureza, para que ya no nos postremos a adorar la materia bruta, que es incapaz de escuchar nuestras preces, haz que salgamos de esa idolatría en que tanto tiempo hemos estado sumergidos: haz, por último, que te amemos con toda nuestra alma, con todo nuestro corazón, y que también nosotros nos amemos como hermanos que somos. Estas gracias te las pedimos en el nombre de nuestro único abogado e intercesor Jesucristo”.

Los congregantes, puestos en pie, entonan el himno 15, que a la letra comienza: “Yo confío en Jesús”, etc. Finalizándose el canto, los congregantes toman asiento, y después de una pequeña pausa, el ministro Aguas vuelve a tomar la palabra diciendo: “No te harás ninguna imagen ni semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en el agua debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las adorarás”. Palabras tomadas del Libro Santo del Éxodo capítulo 20.

¿Quién no ha visto, hermanos míos, que en la cuestión para la que se nos ha invitado, este día, la orgullosa Roma ha huido despavorida y espantada? Ciertamente que esta fuga no ha sido por mi insignificante persona, pues careciendo de talento y de conocimiento superiores, ningún temor podría infundir mi presencia en este lugar. Soy el último y el más moderno de los ministros de la Iglesia de Jesús, que es una, Santa, Católica, Apostólica y Cristiana, que se halla esparcida por todo el universo, y que cuenta con más hijos en su seno que la secta romana.

Esta huida humillante ha sido porque se sabía que iba a presentarme con este libro en mis manos (la Biblia), con esta Escritura Santa, que es la espada de dos filos, que cae sobre Roma hiriéndola de muerte, siempre que se atreve a presentarse delante de ella, para que mediante una discusión razonada se examinen sus falsas doctrinas.

La historia, ese juez imparcial habla altamente probando mis asertos. En la Suiza, ese país clásico de la libertad, tuvo lugar en el siglo XVI un acontecimiento semejante al que iba a comenzar a verificarse en este recinto. Zwinglio, ministro de una humilde parroquia, estudiando la Palabra de Dios, advirtió que Roma había incurrido en multitud de errores, que había extraviado a los pueblos conduciéndolos por senderos tortuosos, imponiéndoles una carga pesada, que no es la dulce y suave que Jesús nos impone: lleno de fervor y celo, comienza a predicar la verdadera religión, tal como se halla en la Santa Escritura. Como era natural, Roma se alarma, excomulga a Zwinglio, a quien titula hereje, llamándolo con los epítetos más calumniosos. Zwinglio resiste con valor y fe la encarnizada persecución que en su contra levantan los sectarios romanos.

Esta lucha los conduce a discusiones públicas. Se disputa sucesivamente sobre la tradición, las obras meritorias del hombre, la transubstanciación, la misa, la invocación de los santos, el purgatorio, las imágenes, el celibato y desórdenes del clero. En todas las disputas triunfa la Palabra del Señor, y Roma queda confundida. Y hoy en la Suiza florece el verdadero cristianismo, la verdadera Iglesia de Jesús, recordándose allí que Zwinglio, con la divina Palabra, fue el instrumento de que Dios se valió para hacer feliz a una gran parte de aquella nación.

 En ese mismo siglo que reinaba en Roma el pontífice León X, que aliado con los principales reyes y magnates de la tierra, había llegado al apogeo de la grandeza mundanal, y habiendo hecho que Roma apareciera como la dominadora de todo el mundo; allá, en un oscuro rincón de Alemania, un humilde monje con la Biblia en la mano, levanta la voz en contra de los errores papales: y Roma se conmueve, y Roma tiembla, y Roma ve venir un peligro y se prepara a la lucha. Dispone varias conferencias a las que obliga a comparecer a aquel hombre tan despreciable a los ojos del mundo; pero tan grande a los ojos de Dios, porque se apoya en la Biblia Santa, y defiende con fe y denuedo las verdades proclamadas en ella, verdades tantas veces ultrajadas por los políticos, que se creen sucesores de Pedro apóstol, que nunca estuvo en Roma. Lutero siempre que se pone frente de la tiranía papal, la avergüenza, la humilla,, la confunde, demostrando con toda claridad, que las máximas romanas modernas están diametralmente opuestas a las verdades evangélicas. Recordemos lo que pasó en la Dieta de Worms.

Allí se verificaba un espectáculo grandioso. El emperador Carlos V, cuyos reinos se extendían en el antiguo y nuevo mundo, está colocado en brillante trono; lo acompaña su hermano el archiduque Fernando, cuyos descendientes casi todos han portado la real corona, veinticuatro duques, la mayor parte reinantes, el duque de Alva y sus dos hijos, treinta arzobispos, multitud de de obispos y prelados, siente embajadores, entre los que se encuentran los de los reyes de Francia e Inglaterra, los diputados de diez ciudades libres, un gran número de príncipes, de condes y de varones soberanos; tal es la corte imponente, delante de la cual se obliga a aparecer a Martín Lutero, para que defienda sus doctrinas.

Jamás se había visto una asamblea tan augusta, reunida con el objeto de combatir a un solo hombre. Al presentarse Lutero en las puertas de aquel inmenso salón, todas las miradas se fijan en él, la mayor parte llenas de odio y desprecio; no hay una mano amiga que se tienda a Lutero (pero me equivoco); un viejo general, cuya cabeza se había encanecido en los combates, tocándole la espalda, le dice con bondad: “Amable monje, amable monje, tienes delante de ti un camino tan lleno de peligros, que ni yo, uno de los más grandes capitanes, he visto semejantes en las más sangrientas batallas. Pero tu causa es justa, si tienes confianza en ella, avanza en nombre de Dios y no temas; el Señor no te abandonará”.

Brillante homenaje ofrecido por el valor de la espada al valor del espíritu. El que logra dominar su corazón en el peligro, es más grande que el que conquista ciudades, dice un rey.

Comprendo, hermanos míos, que los romanistas estaban seguros de su triunfo en esa ocasión; pero se engañaron miserablemente. Lutero, sin orgullo, con calma, contesta victoriosamente a los que le interrogan; pronuncia un elocuente y sentido discurso, en el que pone de manifiesto los extravíos de la secta romana. La orgullosa Roma, ve, a su pesar, que allí es vencida por un sólo hombre, que si alcanzó tan brillante victoria fue porque se apoyaba en el libro de la revelación, que es el libro de Dios. ¿Cuáles fueron las consecuencias de tan decisiva batalla religiosa? Ya lo están mirando: la separación de Roma de casi la mitad de Europa.

Yo mismo, si en estos momentos estoy hablando con la libertad de un cristiano, es debido a ese triunfo glorioso.

He aquí, hermanos míos, los acontecimientos terribles que tuvo presente el jefe de la secta romana establecida en México, para haber impedido la conferencia religiosa que iba a tener lugar en estos momentos.

Roma ha huido delante de mi humilde persona; ved vacío el lugar de mi contrincante (señalando con el dedo el lugar) que con tanta arrogancia y orgullo le provocó a la lucha, ya sabéis la causa de tan humillante y vergonzosa fuga. La Escritura Santa con su autoridad divina, manifiesta que la Iglesia romana es una secta herética e idólatra.

Ni por un momento se debe admitir el fútil motivo que el señor Aguilar alega para no presentarse al combate que él mismo provocó. Su prelado, nos dice, se lo ha prohibido; pero el señor Aguilar nos ha dicho que su causa es la de Dios, y que la conciencia lo obliga a salir a la palestra. Pues bien, cuando Dios habla, cuando la conciencia impera; se debe obedecer resueltamente, sin atender a los obstáculos que cualquier poder humano nos ponga por delante. Yo mismo, si me he separado de Roma, ha sido porque he oído la voz de Dios en la Santa Escritura, que dice: Salid de ella pueblo mío, para que no participéis de sus plagas y de sus crímenes. Porque no cabe duda, primero se debe obedecer a Dios que al hombre.

El señor Aguilar se vio amenazado por su prelado con la suspensión de las funciones eclesiásticas. Y yo pregunto, ¿esta amenaza es la que verdaderamente le ha contenido? Si tal fuese en realidad de verdad la causa que le impide desobedecer el mandato de Dios y de su conciencia, aparece ante los ojos de la sociedad sensata e ilustrada, como un ser que carece de dignidad y aun de moral. No es posible creer que mi honorable adversario tenga más amor al mezquino estipendio de un peso que se le paga a un sacerdote romano por la misa, que a la santa causa de Dios y la religión. Al presentarse en este templo quebrantaba el precepto de un obispo, es verdad; pero no incurría en ningún pecado; en ninguna clase de responsabilidad, porque obedecía la ley de Dios, que manda defender públicamente su santa causa y el precepto de un hombre, aunque sea obispo, ningún valor tiene cuando se opone a la ley santa del Señor. Principalmente cuando aquí íbamos a tratar cuestiones que, como dice el señor Aguilar, están relacionadas con la felicidad de los pueblo, con las lágrimas que estos derraman, y que los ministros de la verdadera religión deben enjugar.

La circunstancia de haberse ocultado el señor Aguilar con sus libros para estudiar la presente cuestión, le hizo ver con evidencia que con la Escritura Santa se puede probar victoriosamente la idolatría romana: y que para los argumentos perentorios y demostrativos que están fundados en los hechos, no hay contestación posible. Y siendo de esta clase los que nos proporciona la Biblia en la presente ocasión, ¿cómo se había de atrever el señor Bustamante a presentarse en ese lugar vacío, que en estos momentos está hablando muy elocuentemente en contra de la idolatría de Roma? Con razón mi adversario, que se creía dotado de una fuerza intelectual gigantesca, que decía que yo carezco de honor al dirigirme a vosotros, a quienes él califica injuriosamente de débiles y despreciables; con razón, repito, huyó cobardemente a refugiarse bajo el manto de su obispo.

La Iglesia romana es idólatra, ya basta sólo tener sentido común para comprender esta verdad. El gran precepto que con la Escritura santa prohíbe la idolatría, ya lo sabéis, nos dice: “No te harás ninguna imagen ni semejanza de cosa alguna que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra”. ¿Y no es cierto que las figuras hasta aquí por desgracia hemos adorado, son imágenes y semejanzas de cosas que están en el cielo? ¿Quién ha puesto estas imágenes en los altares y en los templos? ¿Quién ha hecho que doblemos la rodilla delante de ellas? No cabe duda de que la herética Roma. Y cuando nos dice: “No te inclinarás ante ellas ni las adorarás”, no hay una inteligencia, por privilegiada que sea, que pueda demostrarnos que Roma no ha caído en la más crasa idolatría.

Por otra parte, ¿qué quiere decir ese robo escandaloso, que Roma ha hecho al Decálogo de un precepto tan remarcable y expreso? En el catecismo de Ripalda, único libro de religión que se nos ha puesto en las manos cuando niños, nunca habéis encontrado tan santo mandamiento, estoy seguro de ello. Este hecho habla muy a mi favor, probando que Roma se ha manchado con la asquerosa nota de la más repugnante idolatría.

Los eclesiásticos romanos, siempre nos han predicado poco más o menos de la manera siguiente: “Cuando Jesucristo pronunció aquellas palabras notables: Este es mi cuerpo, nos dio a entender que la sustancia de su carne se convirtió en sustancia de pan. Y tan cierto esto, que Jesucristo nos hubiera engañado, si las palabras referidas no tuvieran este sentido”. Creen estos eclesiásticos que este es un argumento perentorio que no tiene contestación.

Pero cualquiera le podría decir: “Señores, si fuera cierto lo que aseguráis, si se debiera reputar como un hereje y un excomulgado, al que no creyera que la hostia es el cuerpo real y positivo de Jesucristo, nosotros también deberíamos condenar a vosotros como herejes, porque cuando dijo el Salvador: “Yo soy la puerta; el que por mi entrare será salvo. Yo soy el camino: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos”, no queréis creer señores romanistas, que Jesucristo es una puerta material, ni un camino visible, ni una vid, ni que vosotros os habéis convertido en sarmientos. De aquí es que vosotros sois realmente herejes, excomulgados, dignos de la hoguera.

Además, la Santa Escritura nos enseña, y tanto los romanistas, como nosotros los verdaderos cristianos, creemos firmemente, que Jesucristo ya vino en carne mortal a este mundo, y que volverá e él en carne gloriosa en el último de los tiempos. Con lo que confesamos claramente que Jesucristo, en cuanto hombre, sólo dos ocasiones ha de venir al mundo. Sin embargo, los romanistas aseguran, contradiciéndose claramente consigo mismos, que Jesucristo, no dos veces, sino mil y mil ocasiones, está subiendo y bajando del cielo a la tierra, y de la tierra al cielo.

El enseñar estas doctrinas, el engañar así a los pueblos, el hacer que los hombres se hinquen delante de una hostia, que no es más que un pedazo de pan y al que debe adorar como un Dios; esto se llama idolatrar, esto quiere decir, que todos los que hemos estado en Roma, hemos sido verdaderos idólatras. Con razón Jesús nos manda que salgamos de esa secta herética y degradada.

Pero todavía hay más allá, la Sagrada escritura nos dice: que nos salvamos sólo por los méritos de Jesucristo, y no por los méritos del hombre, el que por perfecto que se le suponga es débil, pequeño e insuficiente, para satisfacer a la justicia de Dios. En san Mateo se nos dice: “Cuando hubiereis hecho todas las cosas que se os ha mandado, decid, siervos inútiles somos porque lo que debíamos haber hecho hicimos”. Sólo Jesús, divino Jesús, no es siervo, nunca ha sido esclavo, es el hijo de Dios. Él nos ha salvado, nos ha dado la verdadera libertad, y satisfaciendo a la justicia en el divino Calvario, con su muerte preciosa, su sangre nos limpia de todo pecado.

 Pero la herética Roma nos enseña todo lo contrario. A pesar de estar convencido de estas verdades, nos dice: “Cuando os confeséis, (confesión que ella ha inventado) aunque se os aplica la sangre de Jesús, se os perdona la culpa, pero no la pena del pecado. Todavía tenéis que ir al purgatorio, que es un horno de fuego idéntico al del infierno, para purificación allí de los pecados veniales y de la pena del pecado que no se os perdonó en la confesión. Solo de esta manera se os podrá aliviar este castigo; y es, dejando en vuestros testamentos consignado bastante dinero, para que se os digan misas por vuestras pobrecitas almas.

Esta conducta de Roma se parece a la que se tendría con un reo, que por sus crímenes había merecido doscientos azotes, por ejemplo. A este desgraciado hombre, que ha confesado su crimen al juez se le dice: el rey te ha perdonado la culpa en que incurriste. Este hombre se llenaría de alegría con tal noticia. Pero, ¿cuál sería su sorpresa y asombro cuando, si en el momento en el que cree que va a ser puesto en libertad, se le aseguran más grillos y esposas, y se le conduce a sufrir el terrible castigo? En el acto diría, ¿pues ya no estoy perdonado, por qué se me va a castigar? La respuesta que le daría un teólogo romano sería la siguiente: se te perdonó, en verdad, la culpa, por lo que debes estar gozoso, pero no se te perdonó la pena; y así resuélvete a recibir tu castigo, y sólo que pagues algún dinero a los ministros, los azotes serán menos en números y más suaves. ¿No es cierto que todo hombre de bien miraría con horror y desprecio a los que así entendieran la justicia? Pues de esta manera explica Roma la justicia y la misericordia de Dios. Pero no hay que extrañar los errores y mentiras de esa secta, que aún recomendando la aplicación de las misas, en las que es imposible, según las Escrituras, que Jesucristo se sacrifique en cuerpo y alma: se muestra no sólo como idólatra sino como la madre de las idolatrías y supersticiones.

Vosotros esperabais que Roma os enseñara la verdad en este día; creíais que vendría a discutir, para que de la discusión naciese la luz, pero habéis creído y esperado en vano; el déspota de Roma nunca disputa, sólo impone su voluntad soberana a los pueblos.

¿No sabéis lo que ha pasado en el Concilio Vaticano, adonde se ha decretado que es infalible? Ni una sola de las definiciones del Concilio se ha discutido allí, por más que los obispos le suplicaban, algunos hasta hincándose de rodillas delante del Pontífice, para que accediera a que se nombraran comisiones de uno y otro partido, donde se dilucidara siquiera la cuestión de la infalibilidad; el Pontífice se negó tenazmente a conceder una petición justa y racional; y sólo permitió se pronunciaran discursos de una y otra parte en el vasto salón del Vaticano, adonde se perdían las voces de los oradores.

¿Por qué Roma aborrece tanto las discusiones? Porque sigue el error, y el error ama a la oscuridad, las tinieblas, y odia la luz. Roma sigue la religión del sacerdote y no la de Dios, y nosotros debemos seguir la religión de Dios. (Aquí se agotó la voz del orador).

Enseguida el ministro [Agustín] Palacios dijo en alta voz: Cantemos el himno número 5, que a la letra comienza: “Yo voy viajando, sí, al cielo voy…”, etcétera. Concluido el canto, el mismo ministro tomando la Biblia leyó íntegro el capítulo 44 de Isaías; finalizada que fue la lectura se dirigió a sus oyentes, diciéndoles:

Solo hay un Dios y un solo intercesor entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Esta verdad nos la enseña el Espíritu Santo por boca del apóstol Pablo. Con razón cuando san Juan en el Apocalipsis, se postró delante de los pies del ángel que le revelaba, éste le dijo: “Mira que no lo hagas, porque yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas, y con los que guardan la profecía de este libro”. ADORA A DIOS. Este solo hecho basta para que veamos con claridad, cuán justo es el precepto del Señor que nos manda que lo adoremos en espíritu y verdad. Y cuan injustos son los romanistas, que haciendo a un lado a nuestro único intercesor Jesucristo, nos ponen mil y mil intercesores que no nos oyen, porque están muy lejos de nosotros, se encuentran allá en el cielo rodeados de felicidad, la que no sería completa, si constantemente estuvieran sabiendo nuestros pecados, nuestras miserias y desgracias.

Pero lo más triste es que los romanistas nos pongan delante de los ojos imágenes de madera, para que las adoremos doblando la rodilla. El profeta David nos dice: “Avergüéncense los que adoran imágenes de tabla”. De facto, nosotros debemos de estar avergonzados por haber adorado tanto tiempo la madera insensible, esa madera que como sabéis, sirve para tan variados y distintos usos.

Basta ya de idolatría y supersticiones, porque siendo el grande por excelencia, el omnipotente, el infinito, el único que está en todo lugar; sólo delante de él debemos doblar la rodilla, sólo a Él y a Jesucristo nuestro único intercesor, que aunque verdadero hombre es verdadero Dios, debemos manifestarle nuestras necesidades, nuestras miserias y nuestros pecados, para alcanzar el más completo y absoluto remedio. Os excito, por tanto, a que me acompañéis a ofrecer la oración que el mismo Señor se dignó enseñarnos. (Todos se arrodillaron)

El ministro recitó el Padre Nuestro, concluido el cual, dijo: cantemos el himno número 1, que a la letra dice:
De la muerte y su imperio vencimos
por aquel que nos da la victoria;
del error y tinieblas huimos
siguiendo al Señor de la Gloria.

 Coro
Por la fe te hemos visto,
¡Oh Jesús nuestra luz!
Por nosotros, ¡oh Cristo!
expiraste en la cruz;
Tú eres nuestra guía,
divino Salvador,
al cielo de alegría,
al celeste esplendor.

 Coro

Por la sangre que fue derramada
redimidos al cielo marchamos:
Ya la mancha en nosotros lavada
todo es nuevo en la vida en que estamos.

 Coro

Ya el error y la duda han huido,
la verdad refulgente ya luce;
desde el cielo nos ha esclarecido
ya la gloria Jesús nos conduce.

 Coro

Finalizado este canto, concluye el acto.


  ( * )  El Monitor Republicano , 7 de julio de 1871, pp. 1-2

Autores: Carlos Martínez García
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César Vidal Manzanares

La reforma indispensable (32)

Finaliza el encuentro en Lepizig.
 ¿Quién había vencido en la disputa de Leipzig? Por supuesto, Eck había logrado un tanto táctico al lograr que Lutero señalara que no creía en que los concilios estuvieran siempre exentos de error y, como era de esperar, proclamó que la victoria había sido suya. Mientras Eck se refería al premio que para él significaban “la buena cerveza de Leipzig y las bellas adoradoras de Venus” (una afirmación bien peculiar en un teólogo), el duque le regaló un ciervo, pagó todos sus gastos y le concedió una audiencia. En paralelo, el obispo de Brandeburgo solicitó su opinión sobre la denuncia presentada por los franciscanos de Juteborg contra Lutero lo que le permitió ganar quince coronas en un par de horas. Eck estaba tan entusiasmado que montó a caballo y fue al encuentro de Federico para convencerlo de que abandonara a Lutero a su suerte y cuando el príncipe lo remitió a Lutero y a Carlstadt, acudió a denunciar al agustino ante el dominico Hoogstraten, gran inquisidor de Alemania. No sólo eso. Envió un informe a Roma acusando a Lutero de hereje e indicando que, tras la disputa, la única salida es su condena fulminante. Sí, poca duda puede existir de que Eck se veía como el vencedor, recompensado por añadidura, y con el poder suficiente como para imponer condiciones.  Sin embargo, la victoria estratégica –y teológica- había sido para Lutero de una manera aplastante y así lo reconoce en la actualidad la mayoría de los estudiosos.  No se trataba sólo de que su príncipe estuviera más que dispuesto a seguir defendiéndolo nada convencido por los argumentos de Eck. Además se encontraba la reacción de las universidades. De entrada, los estudiantes y no pocos profesores de Leipzig emigraron a Wittenberg en masa. Por si fuera poco en Wittemberg, en Nuremberg, en Augsburgo, en Estrasburgo, en Selestat, en Heidelberg, en Erfurt y – no podía ser menos – en Leipzig las versiones escritas de lo sucedido unánimemente describieran a Eck como el indiscutible derrotado.

 De manera bien significativa, los eruditos y los humanistas también consideraron que Lutero había emergido de la disputa como el vencedor.

Erasmo, el príncipe de los humanistas, señaló que Lutero era demasiado honrado mientras que Eck no era más que un majadero ( jeck ). Lázaro Spengler de Nuremberg y Bernardo Adelmann de Augsburgo señalaron también la derrota espantosa sufrida por Eck e incluso W. Pirckheimer publicó un libro titulado  La bajada de calzones de Eck  que iba a provocar las carcajadas de toda Alemania.

 No deja de ser significativo que eruditos católicos como J. Lortz o el dominico D. Olivier compartan ese veredicto. Si Lortz señala que una prueba fatal de la debilidad católica fue la manera en que Eck se dedicó a su promoción personal durante las semanas siguientes y la forma en que las universidades se negaron a dar un veredicto en el que Lutero apareciera como derrotado. Por su parte, Olivier reconoce el juego sucio de Eck y acepta totalmente la victoria de Lutero. Con los datos históricos en la mano, no se puede llegar ciertamente a otra conclusión.

 Por añadidura, Eck había empujado a Lutero a asumir una posición que estaría cargada de consecuencias. Antes de Leipzig, el agustino se había manifestado profundamente preocupado por cuestiones de carácter pastoral y por la necesidad de regresar a una predicación bíblicamente pura del mensaje de salvación. Después de Leipzig y de los prolegómenos relacionados con el estudio de la Historia de la iglesia, Lutero ya no cuestionaría sólo el uso del edificio sino la bondad misma de su existencia. El teólogo y pastor estaba dando los pasos necesarios para convertirse en reformador.

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La reforma indispensable (31)

La disputa de Leipzig: el debate
Eck no tuvo inconveniente en aceptar que el agustino –al que había conseguido colocar en el nicho de los herejes– tenía buena parte de razón en el tema de las indulgencias.

 

 El 18 de julio, una fanfarria de trompetas anunciaba en Frankfurt la coronación de Carlos de España como emperador y con ello que los planes papales para lograr que la elección imperial se ajustase a sus intereses habían fracasado estrepitosamente.   Al día siguiente, 19 de julio, se inició la disputa de Leipzig.  El lugar para su celebración era el castillo de Pleissenburg que el duque Jorge puso a disposición de la universidad de la ciudad.

Inicialmente, el duque se había mostrado muy reticente ante la idea de permitir que Lutero participara en un debate celebrado entre Eck y Carlstadt, e incluso no faltaron los problemas a la hora de decidir las instituciones que deberían dictaminar quién había ganado la disputa. Finalmente, se decidió que fueran las universidades de Erfurt y de París.

El 1 de julio, Eck, que no dejaba de quejarse de la mala calidad de la cerveza de Leipzig, supo que sus rivales de Wittenberg habían llegado. Se trataba de una comitiva numerosa encabezada por dos carros. En el primero, viajaba Carlstadt, acompañado por sus libros, y, en el segundo, iban el duque Barnim de Pomerania, rector de Wittenberg, Lutero y Melanchthon. Cuando entraban por las puertas de la ciudad, el primer carro se rompió y Carlstadt cayó en el barro provocando las carcajadas de algunos de los que habían salido a mirar la llegada de los visitantes. La caída de Carlstadt provocó que se golpeara la mano y que tuviera que practicársele una sangría, de manera que, a causa de la herida y del tratamiento a que se le sometió, estuvo en pésima situación durante algunos días.

 Cuando, finalmente, dio comienzo la disputa, los preliminares resultaron agotadores . Se iniciaron a las siete de la mañana con una misa del Espíritu Santo que estrenaba ese día un músico local llamado Jorge Rhau. Después Mosellano pronunció un prolongado discurso en latín sobre el procedimiento que seguiría el debate y, al cabo de dos horas, la audiencia que abarrotaba la sala pudo ver cómo el profesor de poesía se dirigía realizando reverencias hacia una puerta trasera para regresar al cabo de un instante con más músicos. A continuación, vino la comida y sólo entonces, tras un anuncio llevado a cabo por un floreo de trompetas, comenzó la disputa.

 La primera semana transcurrió en un debate entre Eck y Carlstadt acerca del tema de la gracia y del libre albedrío.  Se produjo un momento de tensión cuando un irritado Eck apeló al moderador negando que fuera necesario que Carlstadt llevara todos sus libros consigo y tuviera que consultar cada cita. Finalmente, el moderador decidió dar la razón a Eck.

La discusión se extendía únicamente durante el día por lo que quedaba un cierto tiempo para pasear y hacer visitas. A la sazón, Tetzel, uno de los personajes que habían provocado el inicio de la controversia sobre las indulgencias, se encontraba muy enfermo en Leipzig. Es posible que la pérdida de salud estuviera relacionada con la derrota de los propósitos que había abrigado contra Lutero, pero, sobre todo, por la manera en que se había visto abandonado por la jerarquía a la que había defendido encarnizadamente. Apenas unos meses antes había recibido un doctorado y el respaldo de su orden; ahora y como consecuencia de la visita conciliadora de Miltitz al elector se veía reducido al papel de sujeto que estorbaba y, en consecuencia, sufría un arrinconamiento. No deja de ser significativo que precisamente en esos momentos Lutero, que había sido víctima de sus asechanzas nada nobles, le enviara una nota consolándolo en su enfermedad. Sin duda, se trató de una muestra de caridad cristiana, pero, posiblemente, en ese comportamiento subyacía también la convicción de que Tetzel había pasado a ser un personaje secundario en una controversia que se elevaba por encima de los individuos para dirigirse hacia los principios.

 Durante los siguientes días en que se prolongó el debate, el aburrimiento fue invadiendo a los asistentes. Incluso los teólogos comenzaron a seguirlo con los ojos cerrados. Era obvio que se necesitaba un cambio que animara la disputa y éste se produjo cuando el día 4 de julio acudió Lutero a debatir con Eck.

El agustino comenzó su exposición con prudencia manteniendo su tesis décimotercera con la afirmación de que el papado era de derecho humano. Semejante opinión puede resultar chocante para un católico actual, pero lo cierto es que era la que mantenía en el seno de la iglesia católica el movimiento conciliarista en las décadas anteriores e incluso la que había sostenido personaje tan poco sospechoso de heterodoxia como Tomás Moro en sus años jóvenes. El punto de vista de Lutero no era, por lo tanto, necesariamente heterodoxo en esa época, pero Eck captó a la perfección que, si era lo suficientemente hábil, podía mezclarlo con elementos políticos para lograr que el agustino apareciera como un hereje. Tanto la universidad de Leipzig como el duque Jorge por motivos familiares eran especialmente sensibles a las menciones a Bohemia y a las guerras hussitas que se habían iniciado cuando los bohemios habían decidido defender su libertad religiosa con las armas. Para ellos, Juan Huss no sólo era un hereje, que había ardido en una hoguera en Constanza, sino el origen de un peligro político. Conocedor de esa circunstancia, Eck se había dedicado a acusar a Lutero de “bohemio” y “hussita” en algunos escritos difundidos antes de la controversia y ahora iba a volver a utilizar esa arma dialéctica.

Lutero había crecido y se había educado con el comprensible horror católico hacia Juan Huss. No sólo eso. Además, el orgullo de los agustinos de Erfurt era Juan Zacarías que había pasado a la Historia con el nombre de “azote de Huss”. Lutero había tenido ocasión de ver su tumba en la que estaba grabada la rosa de oro que se le había concedido por su celo contra Huss. No resulta, por lo tanto, extraño que Lutero se opusiera a que Eck lo etiquetara de esa manera. Sin embargo, a esas alturas, y después de haberse sumergido en el estudio de la Historia eclesiástica, para Eck no resultó muy difícil llevarlo a una situación en la que afirmó que “entre los artículos de Juan Huss y de los hussitas que fueron condenados hay muchos que son verdaderamente cristianos y evangélicos, y que la iglesia universal no puede condenar”. Aquella afirmación provocó un silencio sepulcral en la sala que fue seguido por una exclamación del duque Jorge en el sentido de que aquello era “la peste”. Eck captó a la perfección que había colocado en una situación más que delicada a su adversario y siguió presionando en esa dirección.  Lutero no sólo cuestionaba el origen divino del papado – una posición no necesariamente heterodoxa a la sazón – sino que iba más allá y, efectivamente, el agustino reconoció que, tal y como pretendía Eck, desde su punto de vista, los concilios podían también equivocarse.

 Llegados a ese punto, Eck no tuvo inconveniente en aceptar que el agustino – al que había conseguido colocar en el nicho de los herejes – tenía buena parte de razón en el tema de las indulgencias que, dicho sea de paso, había sido el inicio de todo el Caso Lutero.

El 14 de julio, Carlstadt regresó a la disputa y el duque Jorge se apresuró a poner punto final a los debates. El elector de Brandeburgo venía a visitarlo para una cacería y poca duda puede haber de que el duque se sentía mucho más interesado en perseguir animales con su jauría que en escuchar aquel cruce de argumentos teológicos. Una vez más, Jorge Rhau hizo acto de presencia y señaló el final del debate con un elaborado Te Deum.

 Continuará: Conclusión del debate de Leipzig

Autores: César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2012


César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (30)

Meses antes de la disputa de Leipzig, Eck era un defensor del poder papal, mientras que Lutero estaba cerca de considerar la Iglesia católico-romana una entidad perversa.
La política de acercamiento del pontífice al elector Federico se puso claramente de manifiesto en la misión que llevó a cabo el agente papal Carlos von Miltitz. Dotado de una notable ambición diplomática y de un elevado concepto de si mismo, von Miltitz era un alemán italianizado que, en apariencia, estaba especialmente bien dotado para su comisión. Miltitz llegó a la corte del Elector cargado de regalos papales.  De entrada, varios hijos bastardos de Federico iban a ser legitimados en virtud de sendas dispensas papales. Además, el pontífice le otorgaba la Rosa de oro, una distinción verdaderamente extraordinaria. Por si fuera poco, von Miltitz aseguró al elector que tanto el papa como el cardenal Accolti habían emitido algunas opiniones bastante negativas acerca de Tetzel y de Prierias, enemigos ambos de Lutero. A cambio de aquel despliegue de halagos papales, se esperaba que el elector respaldara la política del papa en relación con el sucesor del emperador Maximiliano. En otras palabras, los asuntos espirituales podían esperar frente a la situación política del papado.

 Lutero se entrevistó varias veces con Miltitz  en Altenburg, pero no se dejó engañar por el estilo de su interlocutor. Sin embargo,  aceptó la idea de mantenerse apartado de cualquier controversia siempre que sus oponentes actuaran de la misma manera . Miltitz prometió entonces lograr la intervención de un mediador más imparcial como el arzobispo de Salzburgo o el obispo de Tréveris.

En un intento de facilitar la correcta comprensión de sus opiniones, Lutero redactó una breve declaración donde salía al paso de las acusaciones de que la enseñanza de la justificación por la fe era un llamamiento a olvidar las buenas obras. El texto incluía un párrafo bien revelador: “No he pasado por alto las buenas obras. Sólo he afirmado que, al igual que el árbol ha de ser bueno antes de poder dar buen fruto, de la misma manera el hombre ha de ser hecho bueno por la gracia de Dios, antes de hacer lo bueno”.

 Y entonces, intervino un teólogo llamado Juan Eck.

 LA DISPUTA DELEIPZIG: LOS PRELIMINARES
Cuando todavía corría el año 1517,  Juan Eck,  un antiguo amigo de Lutero, vano, violento y amigo de la bebida,  hizo circular un virulento ataque contra las Noventa y cinco tesis.  El agustino se sintió profundamente herido por el episodio, pero no respondió. En realidad,  quien salió en su defensa fue Carlstadt, uno de los seguidores de Lutero.  En respuesta, Eck lo desafió a una disputa pública, aunque lo cierto es que deseaba enfrentarse con Lutero. Así, durante los meses siguientes, en que se preparaba el encuentro que sería conocido como la disputa de Leipzig, se desencadenó un enfrentamiento por escrito de enormes consecuencias.

Hasta aquel entonces, la línea de argumentación de Lutero se había sustentado de manera esencial en las Escrituras y se había centrado en las doctrinas de la gracia y en determinados problemas pastorales. Sin embargo, a esos aspectos se iban a sumar otros. De una manera casi casual,  en sus Resoluciones, Lutero había sugerido que en la época de Gregorio I, la iglesia romana no estaba por encima de las otras iglesias  ( non erat super alias ecclesias ).  Eck aprovechó esta declaración ciertamente de pasada para formular la duodécima de una serie de tesis que publicó contra Lutero y Carldstadt  y que afirmaba: “Negamos que la iglesia romana no fuera superior a las otras iglesias en la época de Silvestre, sino que reconocemos que aquel que tiene la sede y la fe del bienaventurado Pedro siempre ha sido el sucesor de Pedro y el Vicario de Cristo”.

 Aquella afirmación provocó que Lutero se lanzara a un estudio intensivo de la Historia de la Iglesia y del derecho canónico  cuyos resultados no se hicieron esperar. No mucho después afirmaba:

“Que la iglesia romana es superior a todas las iglesias está ciertamente demostrado por los decretos promulgados por los pontífices romanos durante los últimos cuatrocientos años. Pero este dogma eclesiástico es contrario a las Historias comprobadas de 1100 años, a la enseñanza sencilla de la Divina escritura y al decreto del concilio de Nicea, el más sagrado de los concilios”.

 Según Lutero, ciertamente, el desarrollo del poder papal había sido excepcional en los últimos cuatro siglos, pero la Biblia no hacía referencia alguna a la iglesia de Roma más allá de  la carta enviada por Pablo y el decreto del concilio de Nicea dejaba de manifiesto que el papel del papa había sido mínimo en el mismo a diferencia de lo sucedido con los obispos orientales. Sin embargo, aquello era sólo el comienzo.

 Durante la Edad Media, había sido habitual fundamentar el poder papal en una serie de documentos falsos a los que se denomina convencionalmente como “fraudes píos”.  Esos textos incluían desde las pseudos-decretales a la Donación de Constantino, un texto en el que, supuestamente, el emperador entregaba al obispo de Roma los territorios pontificios, pero, que, en realidad, era un falsificación. El inicio del estudio histórico-crítico durante el Renacimiento había puesto de manifiesto la falta de autenticidad de estos textos canónicos lo que se había traducido, entre otras circunstancias, en un cuestionamiento del poder papal. Lutero había sido ajeno hasta ese entonces a estos aspectos históricos, pero ahora descubrió, por ejemplo, la obra del humanista Lorenzo Valla que, en 1440, había demostrado definitivamente que la  Donatio Constatini  era una falsificación.

En la actualidad, esa circunstancia no reviste especial relevancia, primero, porque casi nadie sabe qué es la  Donatio ; segundo, porque el papa ha abandonado los planes mantenidos durante siglos de ampliar territorialmente los Estados pontificios y, tercero, porque el católico medio tiene una capacidad de metabolizar la Historia de su iglesia verdaderamente prodigiosa. Sin embargo, a finales del s. XV e inicios del s. XVI, el descubrimiento del fraude tuvo consecuencias fáciles de entender en la medida en que indicaba que la Santa Sede no había tenido escrúpulo alguno en perpetuar un engaño con la única finalidad de legitimar su poder político. El descubrimiento afectó también a Lutero.

El 13 de marzo, cuando se hallaba inmerso en el estudio de las decretales, llegó a escribir:“Y, dicho sea entre nosotros, no sé si el papa es el Anticristo mismo o tan sólo su apóstol, por la manera tan terrible en que Cristo, i. e., la Verdad es maltratado y crucificado por él en las decretales”.

 Por lo tanto, meses antes de que tuviera lugar la disputa de Leipzig, las posiciones estaban claramente definidas. Eck era un indudable defensor del poder papal, mientras que, en el caso de Lutero, las dudas sobre la institución habían avanzado extraordinariamente hasta hallarse cerca de considerarla una entidad verdaderamente perversa.

 CONTINUARÁ: La Disputa de Leipzig y sus consecuencias

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (29)

Se mirara como se mirara, resultaba obvio que la vida de Lutero estaba pendiente de un hilo.

 

Ya relatamos en el artículo de la pasada semana que tras predicar en Wittenberg hasta finales de noviembre, el agustino dijo adiós a sus habitantes de Wittenberg, celebrando el 1 de diciembre una cena de despedida. El 8 de diciembre, Federico envió una respuesta a Cayetano. De manera sorprendente para el cardenal, se negaba a expulsar a Lutero de Wittenberg y manifestaba que tampoco estaba dispuesto a entregarlo a Roma. 

Sus razones no eran nimias.

Por un lado, indicaba que la universidad de Wittenberg estaba detrás del agustino y le había suplicado que lo protegiera.

Por otro, era su obligación como príncipe cristiano actuar de manera honorable y de acuerdo con su conciencia. A su juicio, esa circunstancia impedía que considerara como hereje a alguien cuya herejía no había quedado demostrada judicialmente.

La posición del Elector era muy arriesgada aunque no cabe la menor duda de que se basaba en principios extraordinariamente nobles.

 Y precisamente entonces la marcha del imperio experimentó un vuelco.  

El 12 de enero de 1519, el emperador Maximiliano falleció y su nieto Carlos, el rey de España, acudió a Alemania con la intención de convertirse en el nuevo emperador.  La pesadilla que el papa -un príncipe con intereses políticos y territoriales a fin de cuentas- venía temiendo desde hacía años parecía más cerca de convertirse en realidad que nunca.  Si Carlos heredaba la corona imperial, los Estados pontificios se verían prácticamente cercados por España  y sus posibilidades de expansión territorial desaparecerían.

 No resulta extraño, por lo tanto, que el pontífice estuviera moviendo todas sus piezas en el tablero de la política internacional para favorecer a los rivales de Carlos ya fuera Francisco I de Francia o incluso el Elector Federico. 

Ante unos intereses internacionales de esa magnitud, la pureza doctrinal de la iglesia, como en tantas ocasiones antes y después, pasaba a convertirse para el papa León X en un asunto de segundo rango. El 29 de marzo, el papa escribió a Lutero una nota mucho más suave  por su tono que cualquier otra de las comunicaciones previas. Y se trataba sólo del principio.

En junio, el Elector recibió la comunicación de que si todo iba bien en el asunto de la elección imperial el capelo cardenalicio podría adornar la coronilla de alguno de sus amigos. La promesa –una referencia apenas oculta a Lutero– dice mucho de las prioridades de la Santa Sede a la sazón.

El historiador católico J. Lortz ha señalado cómo nada podía justificar tanto la protesta de Lutero como esa subordinación del peligro de herejía a los intereses de la política papal e italiana y que pocas cosas impidieron tanto el evitar la ruptura [1] .

 El juicio recoge una verdad innegable. Durante la primavera y el verano de 1519 –una época verdaderamente decisiva en que Lutero se encontraba realmente inerme y desprotegido– la condena del presunto hereje quedó encallada simplemente a causa de los intereses políticos del papa. 

Pocas veces, estuvo la Santa Sede más cerca de conseguir acabar con Lutero; y pocas veces, hubiera encontrado menos resistencia. Nunca tuvo, seguramente, más a su alcance concluir a su gusto y sin complicaciones el Caso Lutero.

Sin embargo, el comportamiento del papa no sólo significó la pérdida de aquella oportunidad sino que también se tradujo en un descrédito para la institución y su titular que anteponían cuestiones materiales a las supuestas obligaciones espirituales.

 Continuará: la Disputa de Leipzig  

 


 

   [1]  J. Lortz, Reforma…, pp. 236 ss.
 

 

Autores: César Vidal Manzanares

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Next year in Jerusalem

Publicado: diciembre 29, 2011 en Historia, Luteranismo, Música

Yo tenía veinticinco años en Berlín ’38.
Yo acababa de comprar una pequeña tienda, y la guerra estaba cerca
Entonces me encontré con ella, Rebeca con su maravillosa sonrisa.
Y yo estaba enamorado, y ella estaba también enamorada – el futuro era nuestro
Nos casamos pronto, y llegó Joseph y Sarah.
Les amaba tanto, nuestro sueño se hizo realidad.

Las nubes oscuras se reunieron, no podía entenderlo.
Simplemente no lo ví, debí tener que hacerlo, pero no lo hice.

Bajo la estrella, mi corazón late allí – fue a causa de la estrella.
El año que viene en Jerusalén, el año próximo en Jerusalén.

Y una noche, me desperté por el ruido en la calle.
La gente gritaba, la gente corría en las escaleras.
Llamaron a la puerta, y luego entraron
con sus armas de fuego y sin compasión , dijeron;
«Tienes que venir, una maleta  es todo, hay que ir ahora»

Corrimos escaleras abajo.
José no era lo suficientemente rápido, que le dieron una patada y cayó, él tenía tres años.
Lo recogí y lo lleve en brazos.
Nos llevaron al tren, que nos llenan como si fueran ganado.
Rebeca me apretó la mano, le dijo;
«Debemos permanecer juntos pase lo que pase»

¿Cómo puedo describir?
Porque cuando llegamos, nos tomaron a Rebeca y a mis hijos a un lado, y lloramos todos.
Ella me miró, yo nunca voy a olvidar sus ojos, ella dijo: «Yo me ocuparé de los niños»
Y entonces ya se habían ido, ido ….

El año que viene en Jerusalén, el año próximo en Jerusalén.

No hay que olvidar, no podemos olvidar nunca.
Debido a la estrella, no debemos olvidar.


En una plaza principal de la ciudad de Budapest se recuerda el heroísmo de este pastor Luterano

GABOR SZTEHLO era un pastor luterano húngaro, es conocido como el «salvador de niños judíos durante la Segunda Guerra Mundial», fue el primer húngaro que fue galardonado con una medalla por el Instituto Yad Vashem, llamándolo un Gentil Justo en el año 1973. Al año siguiente fue nombrado incluso por las autoridades suizas para el Premio Nobel de la Paz.

Nació en Budapest, el 25 de septiembre de 1909, estudió teología en Sopron y con una beca en Finlandia.
A partir de su trabajo educativo en la década de 1930, estableció y ejecutó una universidad luterana de la escuela secundaria en Nagytarcsa – basado en un modelo Finlandés -, para los jóvenes del pueblo, que tenía sólo 8 años de escolaridad.

En 1944, después de la llegada de los alemanes nazis en Hungría, fue nombrado por el obispo Sándor Raffay para representar a la iglesia luterana en una organización liderada por calvinistas protestante (Buen Pastor), él fue responsable de la provisión de alimentos y ropa a los Judíos que hacían trabajos forzados. Su tarea principal era organizar la salvación de los niños judíos, el establecimiento y administración de hogares para ellos. Sólo después de unos meses, en Budapest se las arregló para crear 32 viviendas con la ayuda de la Cruz Roja Internacional y la Cruz Roja Suiza. A éstos también podrían proporcionar documentos para probar que todos eran niños cristianos.

Según los datos oficiales, en estos hogares que salvó la vida de 1.600 niños judíos, y 400 adultos.

Después de la guerra aún se preocupaba por los que habían perecido sus familias y no tenía adónde ir. No sólo estableció la escuela regular y las instalaciones para el aprendizaje de oficios para estos niños, pero incluso un «estado de los niños», conocido como «Gaudiopolis». Esta casa fue nacionalizada en 1951 por el régimen comunista.

Gábor Sztehlo no se dio por vencido, organizó la iglesia hogares para niños discapacitados y de ancianos también. Después de la revolución de 1956, su esposa e hijos saliéron de Hungría para Suiza, la familia Sztehlo estuvierón alojamos aquí hasta 1961, cuando por fin el pastor Luterano Gabor Sztehlo pudo ir a visitarlos. Durante su visita, sufrió un ataque al corazón, y los médicos le instaron a permanecer en Suiza. Después de su recuperación se desempeñó como pastor en una pequeña aldea suiza.

Murió de un segundo ataque al corazón el 28 de mayo de 1974 en Interlaken, Suiza.

En 1991, un equipo veterano de sus antiguos alumnos salvados, protegidos y compañeros de trabajo estableció la Gábor Sztehlo Fundación para la Ayuda de los Niños, Niñas y Adolescentes.

ENGLISH

GABOR SZTEHLO was a Hungarian Lutheran pastor, is known as the “Rescuer of Jewish children during WWII”, and was the first Hungarian who was awarded with a medallion by the Yad Vashem Institute, naming him a Righteous Gentile in 1973. The next year he was even nominated by the Swiss authorities for the Nobel Prize for Peace.

He was born in Budapest, on September 25, 1909, and has studied theology in Sopron and in Finland with scholarship.
Starting his educational work in the 1930s, he established and run a Lutheran high school college in Nagytarcsa – based on a Finnish model -, for village youth, who had only 8 years of schooling.

In 1944, after the German Nazis arrival to Hungary, he was appointed by Bishop Sándor Raffay to represent the Lutheran church in a Calvinist-led Protestant organization (Good Shepherd), which was responsible for providing food and clothing to Jews doing forced labor.  His main task was to organize the salvation of Jewish children, establishing and running homes for them.  Just after a few months, in Budapest he managed to set up 32 homes with the help of the International Red Cross and the Swiss Red Cross. These He could also provide documents to prove all those children were Christians.

According to the official data, in these homes he saved the lives of 1600 Jewish children, and 400 adults.

After the war he even cared about those who had their families perished and had nowhere to go. He not only established regular school and facilities for learning trades for these children, but even a “Children state”, known as “Gaudiopolis”.  This home was nationalized in 1951 by the communist regime.

Gábor Sztehlo didn’t give up, he organized church homes for disabled children and for the elderly too. After the 1956 revolution, his wife and children left Hungary for Switzerland, but Sztehlo stayed here until 1961, when he could finally go and visit them. During his visit he suffered a heart attack, and the doctors urged him to stay in Switzerland. After his recovery he served as a pastor in a small Swiss village.

He died of a second heart attack on May 28, 1974 in Interlaken, Switzerland.

In 1991, a veteran team of his former saved students, protégés and coworkers established the Gábor Sztehlo Foundation for the Help of Children and Adolescents.