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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (41)

El valor de Lutero al acudir a Worms
Después de años, el Caso Lutero iba a ser escuchado en la Dieta de Worms.

 

En clara contradicción con su conducta de los años anteriores, había enviado, eso sí, una carta a Carlos afirmando que daba gracias a Dios por haber concedido a la iglesia un emperador como él.

Sin embargo, mientras Aleandro se había enfrentado con la amarga realidad, el pontífice se distraía asistiendo al carnaval de Roma. Bajo su ventana del castillo de Sant´Angelo, se había levantado un escenario para una representación que se iniciaba con la oración de una mujer dirigida a la diosa Venus. Acto seguido, venía la historia de unos ermitaños que acababan despojándose de sus hábitos para combatir entre si para conseguir que Amor les entregara a una fémina. Se puede pensar lo que se quiera de lo oportuno y decoroso del espectáculo bajo las ventanas papales, pero poco puede dudarse de que León X no perdía el sueño por lo que estaba sucediendo en Alemania.

 A decir verdad, es muy posible que en aquellos momentos fuera Aleandro el único que se diera cuenta de que estaba comenzando una nueva época y de que la SantaSede no se percataba ni lejanamente de la gravedad de la situación.

Sin embargo, incluso su propia preocupación distaba mucho de ser espiritual. Como ha señalado, el estudioso católico Lortz, Aleandro estaba enfocando el problema desde una perspectiva política y diplomática, pero no espiritual. Al respecto, resulta reveladoramente llamativa su nula entrega a la oración. Sin duda, se trataba de una conducta como mínimo chocante en un hombre que, supuestamente, estaba llevando a cabo una tarea de corte trascendente y no puede negarse que contrastaba de manera poderosa con la seguida por la del monje al que pretendía aniquilar.

 El comportamiento de Lutero en esa época se encuentra extraordinariamente bien documentado. En primer lugar, sabemos que estaba totalmente decidido a mantener la controversia en el ámbito de lo espiritual  por más que sus enemigos recurrieran al poder político o que personajes como Hutten o Von Sickingen le ofrecieran el respaldo de sus espadas. Bajo ningún concepto, y en eso su posición era diametralmente opuesta a la de Aleandro, iba a consentir el agustino que se mezclaran una causa espiritual con otras humanas.

El 4 de noviembre de 1520, cuando los acontecimientos difícilmente podían resultarle más adversos escribió:
 Si el Evangelio fuera de tal naturaleza que pudiera ser propagado o preservado por los poderes de este mundo, Dios no se lo habría confiado a pescadores ”

Unas semanas después, el 16 de enero de 1521, añadía:
 Lo que Hutten busca, ya lo ves. Me niego a combatir por el Evangelio con la fuerza y la matanza. Con la Palabra, el mundo es ganado, y por ella la Iglesia es preservada, y por ella la Iglesia será restaurada ”

 En segundo lugar, la conducta de Lutero se caracterizaba por una fe extraordinaria. Semejante circunstancia le impulsaba a actuar con una notable intrepidez en un mundo donde personajes de la talla de Erasmo no dudaron, por mero temor, en dar marcha atrás a toda una trayectoria de décadas . Por supuesto, el reformador era consciente de que no contaba con un respaldo político que le permitiera salir indemne de Worms.

Sin embargo, aquellos problemas de extrema gravedad los consideró secundarios en comparación con el cumplimiento de su deber, con la obediencia que debía al Evangelio y con la sumisión que mantenía para con Cristo. El 19 de marzo de 1521, señalaba de manera meridianamente clara:
 Si (el emperador) me llama a Worms para matarme, o a causa de mi respuesta, para declararme enemigo del imperio, me ofreceré para acudir. Porque no voy a huir, si Cristo me ayuda, ni abandonaré la Palabra en este contexto ”

 Semejante valentía resulta aún más destacada cuando se tiene en cuenta que no era compartida por la gente que lo rodeaba, incluidos sus simpatizantes. El Elector, por ejemplo, tenía dudas – y no le faltaban razones – acerca de si sería sensato que Lutero compareciera ante la Dieta. InclusoVon Sickingen y Hutten acabaron aceptando la tesis de Glapión de que era mejor que el agustino no hiciera acto de presencia en Worms.

 Era cierto que el emperador había otorgado un salvoconducto, pero también Huss había disfrutado de un documento similar para concurrir al concilio de Constanza y esa circunstancia no había evitado que ardiera en la hoguera . ¿Qué razón había para pensar que Lutero iba a tener mejor suerte? En teoría, ninguna, pero Lutero estaba dotado de una fe que sólo puede inspirar un profundo amor hacia Cristo y había decidido acudir aunque en ello le fuera la vida. Así, escribió a Melanchton el 7 de abril, “entraré en Worms bajo mi capitán, Cristo, a pesar de las puertas del infierno”. Justo una semana después, dejaba de manifiesto la misma actitud en una carta dirigida a Spalatino, “Voy, mi Spalatino, y entraremos en Worms, a pesar de las puertas del Infierno y de los poderes del aire”.

 Constituiría un grave error el pensar que Lutero era un irresponsable o ignoraba el peligro que estaba corriendo. Por el contrario, sabemos que la presión psicológica que experimentó durante esos días resultó enorme dado que era más que consciente de la conclusión que podía tener todo. Por añadidura, la gente cercana a él no dejaba de indicárselo .

Sin embargo, tampoco esa circunstancia lo apartó de su camino. Como reconocería años después, cuando el 26 de marzo llegó a Wittenberg el legado imperial Sturm y le preguntó si no prefería volverse atrás dado que se había iniciado la quema de sus libros, Lutero tembló, pero decidió que debía seguir adelante. La fe prevaleció sobre el temor natural hasta el punto de que, según confesión propia, “cuando fui a Worms, si hubiera sabido que había tantos demonios dispuestos a abalanzarse sobre mi como tejas en los tejados, alegremente me hubiera movido en medio de ellos”

 Después de años, el Caso Lutero iba a ser escuchado. 

 CONTINUARÁ: La Dieta de Worms, el juicio 

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (40)

Lutero, convocado a la Dieta de Worms
El emperador Carlos, finalmente, accedió a la petición del Elector. Lutero sería escuchado ante la Dieta y gozaría de un salvoconducto que garantizara que contra él no se emplearía la fuerza.

El 3 de enero de 1521, el papa León X firmó una última bula contra Lutero, la conocida como Decet Romanum . El plazo fijado para la retractación había expirado y Lutero era declarado hereje obstinado y excomulgado . Todos los lugares por los que pasara se verían sometidos a las penas de entredicho y suspensión. Además, los que se manifestaran como partidarios suyos quedarían condenados a las mismas sanciones. La bula debía ser publicada por todos los obispos y las órdenes religiosas debían colaborar en su publicación y cumplimiento. Quince días después, un breve del papa invitó al emperador a publicar la sentencia y proceder a su ejecución.
El padre Glapión, confesor del emperador, intentó mediar una vez más tratando de entrevistarse con el Elector. Pero Federico no consideró que mereciera la pena recibir al clérigo y lo desvió hacia Brück, su canciller. Como ha señalado, el dominico Olivier, Glapión fue muy claro en su exposición. Había leído con entusiasmo los primeros escritos de Lutero y, personalmente, estaba convencido de que tenía razón, pero su libro La cautividad babilónica de la iglesia  había cegado la vía para su causa. Si se retractaba de ese libro, había posibilidad todavía de remontar la situación. La respuesta de Brück no fue menos terminante. Glapión podía no encontrar objeciones a las opiniones primeras de Lutero, pero lo cierto era que la bula de excomunión había sido firmada antes de que Lutero escribiera La cautividad… y condenaba precisamente esas tesis. No existía, pues, razón para pensar que con una simple retractación de esa obra fuera a cambiar nada. Así, se lo comunicaría Glapión a Carlos.
Por su parte, el emperador, una vez más, había decidido dejar todo en manos de Aleandro – que tenía la bula desde el 10 de febrero y que, precisamente, había sido el personaje que había sugerido al papa que dictara los últimos documentos de condena – y le pidió el martes de carnaval que, al día siguiente, se dirigiera a la Dieta.
El discurso de Aleandro, pronunciado el 13 de febrero con el respaldo del emperador, duró tres horas. En el mismo, el nuncio no ahorró calificativos hasta el punto de que llegó a comparar a Lutero con Mahoma. Pero toda la disertación fue en latín y, posiblemente, esa circunstancia fue sufrida por no pocos de los presentes como una penitencia. Por si fuera poco, a pesar de la longitud de la exposición de Aleandro, el discurso no discutía ninguna de las afirmaciones de Lutero ni tampoco respondía a ninguna de sus críticas. A decir verdad, se limitaba a señalar que el único problema espiritual existente era la enseñanza del agustino que debía ser extirpada con la mayor energía. Lo cierto es que no sorprende que no fuera acogido ni lejanamente con entusiasmo.
Cuatro días después, estaba preparado un edicto que allanaba el imperio a los deseos del papa. Aleandro pretendía con este texto no sólo que se obedeciera a la Santa Sede sino que Lutero cayera en la provocación e, irritado por las concesiones de Carlos, lo atacara. Sin embargo, no se salió con la suya . Por un lado, Lutero no dio respuesta al texto y, por otro, la oposición que provocó aquella medida resultó extraordinaria. Para la mayoría resultaba obvio que el monje podía tener o no razón, pero no era de recibo que se le condenara sin haber disfrutado del derecho a defenderse de las acusaciones que se habían formulado contra él. La forma en que, finalmente, se conciliaron el deseo de respetar la legalidad germánica y el del emperador de complacer al papa resultó verdaderamente salomónica.
El 22 de febrero, la Dieta había decidido convocar a Lutero y el 2 de marzo, tras un encuentro entre los príncipes y el emperador, éste accedió a escuchar al agustino. Así, la invitación formal con valor de salvoconducto firmada por el emperador se cursó el 6 de marzo. Sin embargo, en paralelo, el 8 de marzo estaba listo un edicto para secuestrar y quemar los escritos de Lutero que se publicó el 26 de marzo . Ese mismo día, de manera bien significativa, un heraldo imperial, expresamente enviado a Wittenberg, entregó a Lutero en persona la invitación de Carlos.
En apariencia se había contentado a ambas partes. Sin embargo, la realidad resultaba muy diferente. A pesar de la victoria que implicaba el que Carlos ordenara la destrucción de los escritos de Lutero, el hecho de que éste tuviera el camino abierto para llegar a la Dieta significó una gran derrota para el nuncio Aleandro.
Sin embargo, no puede decirse que le cogiera de sorpresa. A decir verdad, sus cartas de la época constituyen una fuente extraordinaria de información sobre lo que había sido su calvario de los meses anteriores. Primero, había contemplado la hostilidad con que se había recibido la bula en las ciudades alemanas. En algunos casos, tanto él como Eck –que, de manera vergonzosa, había llegado a añadir el nombre de sus enemigos al texto de bula para poder así ejecutar venganzas personales- habían logrado que la bula se anunciara, pero, generalmente, para descubrir que al día siguiente los carteles habían sido sustituidos por escritos antipapales.
Aleandro había recurrido entonces a la panoplia habitual de la diplomacia vaticana que iba desde la persuasión a la utilización de argumentos espirituales pasando por la mentira y el soborno – había corrido nuevamente el rumor de que se le había ofrecido a Lutero un capelo cardenalicio todo ello sin éxito. En sus misivas, el nuncio deploraba que ninguno de esos recursos servía de nada, como tampoco el que continuamente lanzara injurias sobre Lutero llamándolo “este Mahoma”, “este Arrio” o este “hijo de Satanás”. Al final, como señalaría a sus superiores: “Toda Alemania está completamente sublevada. Nueve décimas partes levantar el grito de guerra de “¡Lutero!”, mientras que la consigna de la otra décima parte que es indiferente a Lutero es “Muerte a la curia romana””.
El papa León X no parecía, a pesar de las medidas que había firmado, especialmente inquieto.  En clara contradicción con su conducta de los años anteriores, había enviado, eso sí, una carta a Carlos afirmando que daba gracias a Dios por haber concedido a la iglesia un emperador como él. Sin embargo, mientras Aleandro se había enfrentado con la amarga realidad, el pontífice se distraía asistiendo al carnaval de Roma. Bajo su ventana del castillo de Sant´Angelo, se había levantado un escenario para una representación que se iniciaba con la oración de una mujer dirigida a la diosa Venus. Acto seguido, venía la historia de unos ermitaños que acababan despojándose de sus hábitos para combatir entre si para conseguir que Amor les entregara a una fémina. Se puede pensar lo que se quiera de lo oportuno y decoroso del espectáculo bajo las ventanas papales, pero poco puede dudarse de que León X no perdía el sueño por lo que estaba sucediendo en Alemania.
A decir verdad, es muy posible que en aquellos momentos fuera Aleandro el único que se diera cuenta de que estaba comenzando una nueva época y de que la Santa Sede no se percataba ni lejanamente de la gravedad de la situación.

Autores:César Vidal Manzanares

©Protestante Digital 2012

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Pueblo de Dios

Pandillas, vendedores de drogas, prostitución, alcoholismo, familias americanas de bajos recursos en conflicto e indocumentados es la imagen de una ciudad en necesidad, su nombre la ciudad de Compton,  Los Ángeles CA.

Para muchos pastores no es el lugar ideal para hacer iglesia “se necesita un chaleco antibalas”, mucho riesgo. Para un seminarista egresado (2003), junto con su familia, apasionados por la misión de la iglesia es el lugar ideal de plantar el Reino de Dios,  más un antiguo templo luterano  pronto a ser demolido, dieron inicio  a la nueva iglesia organizada Pueblo de Dios Lutheran Church (Este 27 de Mayo celebrando el día de Pentecostés, después de nueve años, nuestra misión Pueblo de Dios, llega a su madurez haciéndose una congregación oficial de la Evangelical Lutheran Church in America).

COMPARTIENDO CON AMOR Y JUSTICIA

El pastor Samuel Nieva misionero urbano, después de trabajar en el sur centro de Los Ángeles con la coalición de Iglesias Luteranas llamadas New City Parish,  plantando misiones hispanas, decide moverse a Compton,  su criterio teológico de misión está fundamentado en una frase , que dice: “COMPARTIENDO EL PAN ESPIRITUAL Y EL PAN MATERIAL”.  Pueblo de Dios cree en la Misión Integral de la iglesia (Holisctic Ministry), el pastor Samuel dice: “no podemos hablar de la  Palabra de Dios y los Sacramentos si no compartimos  la presencia de Jesús con amor y justicia en un plato de comida  un pedazo de tela o una acción social”. Benita Polanco es aquella madre de la comunidad que un día llegó buscando apoyo con sus siete hijos, ahora es nuestra Directora del ministerio social de la iglesia que cada jueves alimentan alrededor de 60 familias de la comunidad.

Pueblo de Dios tiene una escuela-taller de costura,  para desarrollar personas calificadas para la industria de la costura. Ha implementado pequeños negocios de elaboración de comida regional para eventos, tiene enlace con clínicas comunitarias para velar por la salud de la vecindad, muchos de sus miembros son trabajadores comunitarios  como PROMOTORES DE SALUD

TODO LO QUE RESPIRE ALABE A DIOS…

Pueblo de Dios tiene una alegre adoración a Dios, lo Litúrgico, contemporáneo y latino están mezclados  en una vibrante expresión de su fe, cada Domingo el Pueblo expresa su alabanza y adoración a Dios.  Ana Nieva (Directora de liturgia y educación cristiana) está constantemente generando un semillero de nuevos músicos. Cada Domingo el mensaje es directo y radical “El tiempo de Dios ha llegado, el reino de Dios está aquí, vuélvanse a Dios y crean su Palabra” San Marcos 1:15..

DISCIPULOS  HACIENDO DISCIPULOS

Pueblo de Dios ha encontrado la manera de ser una iglesia misionera, en la actualidad tiene 6 seminaristas que se están preparando en un instituto teológico (CHET), para la misión y el pastorado.

Pueblo de Dios encontró en Cursillo Luterano la chispa para iniciar el trabajo del liderazgo de sus creyentes.  Pueblo de Dios continua EN la preparación de sus creyentes usando las herramientas de 3DM (Culture Discipleship), el objetivo final es ser discípulos salvados por la sangre de Cristo haciendo discípulos. Hemos hecho más fácil  el trabajo y la vida de la iglesia, los discípulos hacen la Iglesia, extendiendo el Reino de Dios.

UNA NUEVA MISION EN EL SUR CENTRO DE LOS ANGELES

Hace dos meses inició una nueva misión en el sur centro de Los Ángeles, Elba y María son las seminaristas encargadas de plantar la nueva misión. Cada miércoles se comparte la palabra de Dios y los Sacramentos a un grupo de familias que viven a la altura de las calles Hoover  y  43Pl.

Pueblo de Dios Sur Centro, espera abrir su primera misa regular, distribuir alimentos y encontrar el local adecuado para la nueva iglesia en el verano californiano que viene.

PUEBLO DE DIOS LUTHERAN CHURCH BUILDING AND MAKING URBAN MISSION


Gangs, drug dealers, prostitution, alcoholism, low-income American families in conflict and undocumented are the image of a city in need, the city of Compton in Los Angeles CA.
For many pastors is not the place to do church «you need a bulletproof vest,» a high risk. For a seminarian graduated (2003), with his family, passionated about the mission of the church was the ideal place to plant the Kingdom of God, in an old Lutheran church building soon to be demolished, initiated the new Pueblo de Dios church organization (This May 27th, in the Pentecostal Day, after being a Mission for nine years, Pueblo de Dios will become a Congregation of  the Evangelical Lutheran Church in America)

SHARING WITH LOVE AND JUSTICE


Pastor Samuel Nieva, after working in South Central Los Angeles with the coalition of Lutheran Churches called New City Parish, planting Hispanic Lutheran missions, decided to move to Compton, his theological critierio mission is grounded in a sentence, which reads: «SHARING THE SPIRITUAL AND THE MATERIAL BREAD». Pueblo de Dios believes in Integral Mission of the church (Holistic ministry), Pastor Samuel say: “we cannot speak of the Word of God and the sacraments if they do not share the presence of Jesus with love and justice and a plate of food a piece of cloth or social action. A story to remember, Benita Polanco is one mother who one day came looking for support with their seven children, now is our director of social ministry of the church that every Thursday feeds about 60 families in the community.

Pueblo de Dios has a sewing-school, to develop qualified people in the garment industry. Has links to community clinics to ensure the healths of the neighborhood, many of its members are community workers as health promoters

ALL YOU BREATHE PRAISE GOD …
Pueblo de Dios have a joyful worship of God, Liturgical, Contemporary and Latin are mixed in a vibrant worship. Ana Nieva (Director of Liturgy and Christian education) is constantly training new musicians. Every Sunday the message is direct and radical «God’s time has come, the kingdom of God is here, turn to God and believe His Word» Mark 1:15

MAKING DISCIPLES
Pueblo de Dios has found ways to be a missionary church. We currently have 6 seminarians who are studying in a theological institute (CHET) to plant missions and later be pastors.
Pueblo de Dios uses the Southern California Lutheran Cursillo as a way to spark the leadership initiative of its members.  Pueblo de Dios uses a 3DM tool (Culture Discipleship) whose objective is “disciples making disciples”. We have made the church work much simpler and life of a believer less complicated. The disciples are the Church, extending the Kingdom of God.

A NEW MISSION IN SOUTH CENTRAL LOS ANGELES
Two months ago I started a new mission in South Central Los Angeles, Elba and Maria are the seminarians responsible for planting this new mission. Every Wednesday we share the word of God and the Sacraments to a group of families living around the streets of 43Pl and Hoover in South Central Los Angeles.
Pueblo de Dios South Central expects to open its first regular service, food distribution and look for a building for the coming Californian summer.


César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (39)

 
Vimos la pasada semana que Aleandro no estaba dispuesto a permitir que Erasmo se sumara al partido de Lutero y no perdió tiempo a la hora de ordenarle que compareciera ante él.
 
El nuncio entregó a Erasmo de Rotterdarm una copia de la bula de excomunión en un acto cargado de simbolismo. El humanista podía darse por enterado de lo que le esperaba si no sabía elegir bando, desde luego, pero, a la vez, quedaban de manifiesto las limitaciones de la Reforma que había propugnado Erasmo. Había sido un intento brillante, dotado de altura, acertado en no pocos de sus planteamientos, pero carente del valor y, sobre todo, de la fe en Cristo que caracterizaban, con todas sus limitaciones y fallos, al agustino Lutero.

 Si Aleandro pensó que el camino había quedado allanado tras comprobar la falta de valor de Erasmo, no debió de tardar mucho en percatarse de que se trataba de una impresión apresurada. De entrada, el elector Federico partió de Colonia sin comprometerse a obedecer las órdenes papales. Por lo que a la ciudad se refería, Aleandro consiguió que se arrojaran a la hoguera los escritos de Lutero, pero ni el príncipe obispo, ni el capítulo, ni el consejo municipal ni la universidad quisieron colaborar en ello. Para colmo, al final, en una muestra añadida de desapego, al fuego no fueron a parar los escritos del agustino sino unos papeles sin valor. 

Aquella negativa a someterse a la bula papal, por mucho que la respaldara el emperador, se repitió en Maguncia donde el verdugo rehusó obedecer al nuncio. Conocedor de la ley, se aferró al hecho de que sólo podía dar a las llamas lo que hubiera sido condenado por una sentencia judicial y ése, ciertamente, no era el caso. En este caso, el arzobispo se había dignado respaldar al nuncio, pero, al fin y a la postre, los estudiantes acabaron lanzando a la hoguera los textos de los enemigos del excomulgado.

Por si fuera poco, Aleandro no tardó en enterarse de que el día 10, en Wittenberg, los profesores habían quemado varios libros de derecho canónico y la bula de excomunión.  A esas alturas, ni el clero, ni la nobleza, ni los humanistas, ni los estudiantes, ni siquiera el pueblo llano parecían dispuestos a someterse a la bula procedente de Roma . Obviamente, para los nuncios del papa la única posibilidad de acabar con el Caso Lutero consistía en contar con todo el apoyo del emperador.

 El 28 de noviembre, el emperador llegó a Worms acompañado de la corte . También Aleandro se dirigió a ese mismo destino y no tardó en comprobar que no era querido en la ciudad. Su alojamiento estaba reservado, pero se le negó la entrada. Tras proponer incluso la entrega de un pago suplementario, Aleandro sólo consiguió alquilar una miserable habitación propiedad de un hombre demasiado pobre como para renunciar a unos ingresos suplementarios. Los siguientes días, marcados por el frío, la humedad y la suciedad, serían recordados por Aleandro con profunda amargura.

Quizá todo lo habría dado por bueno el nuncio si su misión hubiera progresado, pero sólo se encontró con una omnipresente hostilidad. De hecho, Aleandro se vio obligado a suspender los autos de fe en los que se quemaban los escritos de Lutero por el temor a las reacciones. Para colmo de males, el elector Federico había rogado al emperador que convocara a Lutero para comparecer ante la dieta y la petición había prosperado. Daba la impresión de que el poder temporal no se sometía al papal que ya había condenado a Lutero y que exigía la ejecución de la bula.

A decir verdad, Carlos no era un desobediente al papa. Simplemente, uno de los consejeros del emperador –Carlos Guillermo de Croy, señor de Chièvres, que dormía en el mismo aposento de Carlos– no estaba dispuesto a olvidar la manera en que León X había favorecido a Francisco I de Francia en contra de su señor cuando la corona imperial aún estaba en el aire.

Se trataba de un comportamiento que el nuncio no podía aceptar. Fuera por las razones que fueran,  Aleandro era consciente de las graves consecuencias que podía tener el hecho de que el emperador diera inicio a su reinado pasando por alto las órdenes del papa. Resultaba, por lo tanto, obligado conseguir un edicto del gobierno que decretara la aplicación pública de la bula. 

Esta vez, el empeño de Aleandro no concluyó en fracaso. De hecho,  logró convencer a Chièvres y a Gattinara de que Lutero no podía comparecer ante la dieta sin haberse retractado previamente y de que incluso en ese caso lo mejor sería que no se presentara en Worms  por la mala imagen que podía recaer sobre la ciudad. Por si fuera poco, el Elector envió una carta Carlos en la que reclamaba que Lutero fuera examinado por jueces imparciales y que se detuviera la quema de libros si no contaba con la anuencia del emperador. Podía pensarse que el Elector estaba dando marcha atrás y  Aleandro aprovechó la ocasión para solicitar que la bula se convirtiera en una ley imperial que contara con una aplicación inmediata. El 29 de diciembre, el consejo permanente de representantes de los estados alemanes aprobó la petición del nuncio. Sólo quedaba ya por estampar el sello del archicanciller, y el consentimiento del arzobispo de Maguncia y del Elector Federico y el Caso Lutero quedaría zanjado.

Animado por sus últimos avances, Aleandro redactó las instrucciones que dos emisarios suyos debían llevar al Elector en nombre del consejo permanente. Se trataba de una enumeración exhaustiva de razones para que, de una vez, entregara a Lutero. La misión de los enviados de Aleandro consistía en hablar a solas con el príncipe evitando la presencia de sus consejeros y convencerle de que la única salida coherente con sus antepasados y con su propia trayectoria personal era sofocar la rebelión y la división creada por Lutero.

La obediencia del Elector, según Aleandro, no sólo era una conducta indispensable desde la perspectiva religiosa sino también de la social, ya que ¿a dónde llegaría la sociedad si, siguiendo el ejemplo del monje Lutero que cuestionaba el comportamiento del papa, los inferiores se permitían criticar a los superiores? Aleandro no negaba que hubiera habido malos papas, pero, a fin de cuentas, habían sido papas también los que habían coronado emperador a Carlomagno y luego habían concedido la elección imperial a los alemanes. Si no se aceptaba esa autoridad, resultaba imposible sostener la existencia del emperador, del imperio y, por supuesto, de los príncipes electores como el mismo Federico. Los enviados del papa debían además insistir en que no era permisible conceder una disputa a Lutero sobre las ceremonias y la fe católica; en que además no existían jueces para la misma y en que la convocatoria de un concilio no era ni eficaz ni razonable, sino muy peligrosa para quien la solicitara. Lutero tenía que retractarse o atenerse a las consecuencias y, al respecto, el príncipe no debía temer la reacción del pueblo porque éste tenía que limitarse a obedecer a sus superiores. Por supuesto, no debía comparecer en Worms porque no se juzgaba a una persona sino a una serie de doctrinas heréticas y su presencia sólo serviría para complicar la situación.

 Aleandro incidía en la misma conducta que había caracterizado a la Santa Sede durante los años anteriores. Lutero no tenía el menor derecho a ser escuchado sino que debía retractarse sin condiciones. El no hacerlo se traduciría en que el poder temporal lo arrojaría a las llamas al igual que ya sucedía con sus libros. Al argumentar de esa manera, volvía a incurrir en un error de trágicas consecuencias. A esas alturas, la opinión pública en Alemania sostenía que la doctrina incriminada tenía todo el derecho a ser defendida  y que su mejor paladín era precisamente el hombre que no había dudado en arriesgar todo, incluida la vida, en defensa del Evangelio.

Y entonces, una vez más, las circunstancias experimentaron un cambio inesperado.

 El 5 de enero, el Elector llegó a Worms antes de que la delegación estuviera preparada y de que el archicanciller entregara el edicto de ejecución. Inmediatamente, Federico pidió explicaciones al emperador. No era de recibo que Carlos anulara una gracia concedida a uno de los electores por mucho que se lo hubiera solicitado el nuncio. Desde luego, no sería la mejor manera de comenzar un reinado. Carlos, finalmente, accedió a la petición del Elector. Lutero sería escuchado ante la Dieta y gozaría de un salvoconducto que garantizara que contra él no se emplearía la fuerza.

 La próxima semana: Lutero es convocado a la Dieta de Worms

 

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (38)

Erasmo reconoció que Lutero tenía razón, pero, de manera un tanto cínica, añadió que había cometido dos errores graves, atacar la tiara del papa y el vientre de los monjes.

 

 La actividad de Lutero durante la segunda mitad del año 1520 había transcurrido en paralelo con toda una panoplia de acciones papales encaminadas a lograr su aniquilación. Además de Eck –que está horrorizado por el avance de las tesis de Lutero entre el pueblo de Alemania– el principal protagonista de ese empeño es Aleandro. Su misión fundamental es convencer a Carlos, el nuevo emperador, de la necesidad de colaborar en esa tarea. Lo sucedido puede ser reconstruido con detalle.

El 31 de octubre de 1519, Carlos había enviado su primera carta a los Estados alemanes. Su intención era llegar a Aquisgrán, la capital de Carlomagno y lugar tradicional de la coronación imperial, y desde allí remontar el río Rhin hasta llegar a Worms, donde tendría lugar la primera Dieta de su reinado.

El 20 de mayo de 1520, Carlos se embarcó en La Coruña rumbo a Amberes. La decisión de realizar el viaje por mar se debe a que el trayecto por barco resulta más seguro que el terrestre a través de Francia.  Al llegar a Amberes, Carlos se encontró con los enviados del papa. Mientras que el nuncio Caracciolo le solicitó su colaboración en una cruzada contra los turcos, Aleandro le pidió que descargara su poder sobre Lutero.

Influido por su confesor, el franciscano P. Glapion, Carlos no dudó en acceder a las peticiones de Aleandro.  De momento, no podía hacer nada en Alemania al no haber sido coronado todavía, pero dictó un decreto ordenando la quema de los libros de Lutero  en Flandes y Borgoña, sus territorios hereditarios. El 8 de octubre, se encendieron en Lovaina las primeras hogueras. Una semana después, sucedió lo mismo en Lieja.

El 23, tuvo lugar la coronación en la Iglesia de los Tres Reyes Magos. Inmediatamente, Aleandro volvió a solicitar la firma de un decreto imperial que permitiera iniciar la persecución contra Lutero y sus partidarios en Alemania. Sin embargo, los consejeros del emperador no estaban nada dispuestos a apoyar al nuncio papal. En su opinión, iniciar el reinado con un acto de fuerza sólo podría ser considerado un grave error.

Aleandro comenzó a comprender que su empresa no iba a resultar fácil. Como ya hemos señalado, la resistencia frente a la misión de Juan Eck era considerable. Lejos de ser popular, su tarea no dejó de verse obstaculizada. En septiembre, aún pudo enunciar la bula en Meissen, en Merseburgo y en Brandeburgo, pero la universidad de Leipzig –donde había sido derrotado por Lutero un año antes y donde él se empeñó en que se había alzado con la victoria– le cerró sus puertas. Eck envió después el documento desde Leipzig a Wittenberg a donde llegó el 3 de octubre. El rector, Pedro Burkhard no obedeció la orden de ponerlo en vigor valiéndose de un tecnicismo legal, el de que Eck no había respetado las normas de estilo. Y Wittenberg no fue una excepción. Erfurt, Torgau, Doblen, Friburgo, Magdeburgo, Viena… todas ellas se negaron a obedecer las órdenes contenidas en la bula. Incluso en Ingolstadt, en sus propios dominios, Eck chocó con enormes dificultades a la hora de imponer la voluntad del papa.

 En esos momentos, Colonia se había convertido en la capital del imperio por unas semanas. En torno al nuevo emperador, se arremolinaron las figuras más diversas desde los nobles a los eclesiásticos pasando por los mercaderes y los eruditos como el gran Erasmo. El 29 de octubre, Aleandro llegó a la ciudad con la intención de que el emperador se decidiera, finalmente, por desencadenar la persecución contra Lutero y que en la empresa participara el elector Federico. Sin embargo, lo que encontró fue una hostilidad generalizada. 

De entrada, el elector de Sajonia se negó a recibirlo al igual que a su colega Caracciolo. Sin embargo, los nuncios, en el cumplimiento de su misión, no estaban dispuestos a dejarse desanimar. El 4 de noviembre, mientras se celebraba la misa, se acercaron al elector y le entregaron una carta del papa y la bula, dejándole de manifiesto que no tenía otra salida que proceder a entregar a Lutero y ordenar la quema de sus libros. Para zanjar la cuestión, los nuncios le comunicaron que contaban con el respaldo del emperador y de los príncipes. Pero el elector no era hombre para dejarse doblegar con facilidad e informó a los nuncios de que una misa no era ni el lugar ni el momento para abordar ese tema.

Al día siguiente,  el elector convocó a Erasmo para pedirle consejo. El veterano humanista reconoció que Lutero tenía razón en sus opiniones, pero, de manera un tanto cínica, añadió que había cometido dos errores graves, atacar la tiara del papa y el vientre de los monjes . En otras palabras, según el príncipe de los humanistas, Lutero no era un hereje, pero había sido un imprudente al cuestionar el inmenso poder del papa y los intereses materiales del clero.

Si lo sabría Erasmo que en una carta dirigida a Juan Lang el 17 de octubre de 1518 había escrito: “Veo en la monarquía del Sumo Sacerdote romano a la peste de la Cristiandad; los dominicos lo adulan constantemente de un modo vergonzoso. No sé si conviene tocar esta llaga abiertamente. Tendrían que hacerlo los príncipes, pero temo que éstos colaboren con el papa y se repartan el botín. No sé cómo se le ha ocurrido a Eck atacar de este modo a Lutero” (las palabras en cursivo aparecían en griego en el original precisamente para evitar complicaciones)

 Erasmo prefería mantenerse al margen. Sin embargo, ni el elector ni Spalatino estaban dispuestos a perder una baza como la que representaba la opinión favorable de Erasmo. Así, lograron, finalmente, persuadirlo para que pusiera por escrito sus opiniones sobre Lutero.

El resultado difícilmente puede ser más elocuente: “Los buenos cristianos, los que tienen un espíritu verdaderamente evangélico, se sienten menos golpeados por los principios de Lutero que por el tono de la Bula del papa. Lutero está en su derecho al solicitar jueces imparciales. El mundo tiene sed de la verdad del Evangelio. Resulta injusto enfrentar tanto odio a unas aspiraciones que resultan tan encomiables. El emperador estaría muy mal inspirado si inaugurara su reino con medidas de rigor. El papa está más empeñado en promover sus propios intereses que la gloria de Jesucristo. Lutero todavía no ha sido refutado. El conflicto debería ser confiado a hombres capacitados, libres de toda sospecha. El emperador es un prisionero de los papistas y de los sofistas”.

Aquellos Axiomas resultaban claramente comprometedores –y, a la vez, reveladores del pensamiento de Erasmo– y por eso no sorprende que el humanista pretendiera que se le devolvieran por temor a las consecuencias. Spalatino comentaría irónicamente que semejante comportamiento era una muestra clara de la “valentía” con la que Erasmo defendía el Evangelio. El juicio era sarcástico, pero lo cierto es que se correspondía con la realidad. Finalmente, el texto fue devuelto al humanista, pero no antes de sacar una copia que se dio a la imprenta.

Aleandro, desde luego, no estaba dispuesto a permitir que Erasmo se sumara al partido de Lutero y no perdió tiempo a la hora de ordenarle que compareciera ante él. El nuncio le entregó entonces una copia de la bula de excomunión en un acto cargado de simbolismo. El humanista podía darse por enterado de lo que le esperaba si no sabía elegir bando, desde luego, pero, a la vez, quedaban de manifiesto las limitaciones de la Reforma que había propugnado Erasmo. Había sido un intento brillante, dotado de altura, acertado en no pocos de sus planteamientos, pero carente del valor y, sobre todo, de la fe en Cristo que caracterizaban, con todas sus limitaciones y fallos, al agustino Lutero.

 Continuará: Prolegómenos de la Dieta de Worms 

Autores: César Vidal Manzanares

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Juan Francisco Martínez

A 20 años de los disturbios en Los Angeles

 Murieron más de 50 personas y la destrucción de edificios y negocios superó a los mil millones de dólares.

 

 El 29 de abril de 1992 mi esposa y yo vivíamos en Los Angeles, CA y estábamos fundando una iglesia. Vivíamos en una zona (Compton) tradicionalmente afro-americana que se estaba convirtiendo en latina y que tenía pequeños negocios con dueños coreanos.Para ganarme la vida era maestro de escuela pública en Lennox, una zona de mayoría latina. Todos los días viajaba por lo que sería el centro de los disturbios.

 La zona estaba lista para una explosión . Meses antes una comerciante coreana había matado a una joven afro-americana no armada y el juez había declarado el evento un homicidio justificado, a pesar de que le disparó por la espalda.

El video que enseñaba a policías blancos golpeando a Rodney King, un afro-americano, aún cuando ya lo tenían controlado en el suelo, demostró, para muchos, que la policía maltrataba con impunidad a varones de raza negra.

El sentir de injusticia se hizo mayor cuando un juez decidió que el caso debía juzgarse en una ciudad (Simi Valley) de muchos policías, con un jurado de abrumadora mayoría blanca y una actitud claramente a favor de la policía.

 Dado todo esto no sorprendió cuando el dictamen, que declaró no culpable a los policías, creó el disturbio . El veredicto fue tan controversial que el alcalde de Los Angeles y aún el presidente de los Estados Unidos lo cuestionaron.

La reacción no demoró en hacerse sentir. La ciudad explotó y las consecuencias fueron abrumadoras. Murieron más de 50 personas y la destrucción de edificios y negocios superó a los mil millones de dólares.

 Sin embargo, los disturbios también crearon un ambiente para el cambio. En cierto sentido se rompió con el antiguo sistema “pro-blanco” y anti-minoritario . Se crearon puentes entre las comunidades latinas, coreanas y afro-americanas. Sirvió como base para que en la primera década del siglo XXI también se eligiera a un alcalde de descendencia mexicana, el primero desde el siglo XIX.

Pero también marcó el principio de un cambio demográfico significativo. Mucha de la población afro-americana decidió abandonar la zona “sur-centro” de la ciudad y, el día de hoy, varios sectores tradicionalmente afro-americanos ahora tienen una mayoría latina.

 Pero al mirar hacia atrás está claro que todavía hay camino por trazar . Al tratar de definir como recordar este aniversario nos dimos cuenta que existen interpretaciones encontradas sobre lo que significaron los disturbios. Es claro que nuestras experiencias y nuestras memorias quedan afectadas por nuestro trasfondo étnico y nuestra posición social. Pero también es verdad que algunos quieren tratar el problema por medio del “olvido” o ver el asunto como algo “del pasado”.

 Los Angeles es una ciudad que se “re-inventa” cada tantos de años, queriendo dejar atrás los eventos y personajes negativos y actuar como que sólo lo nuevo “vale”. El problema es que los proyectos nuevos casi siempre echan fuera a los pobres y marginados. Las reinvenciones también facilitan una amnesia colectiva .

Optamos por olvidar los aspectos de nuestro pasado que no cuadran con la “interpretación oficial” del momento.

 Por eso es importante recordar este aniversario. La ciudad de Los Angeles está llena de personas que creen en un futuro mejor y están trabajando por hacerlo realidad. Pero sé que la misericordia y la verdad se tienen que encontrar y la justicia y la paz se necesitan besar .

Así que oro para que en este vigésimo aniversario de los disturbios estemos atentos a las verdades incómodas de nuestra ciudad y que reconozcamos que la paz de nuestra bella ciudad vendrá cuando haya justicia para todos, particularmente para los que no tienen voz en las visiones oficiales de nuestro futuro.

Autores: Juan Francisco Martínez
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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (37)

En 1520 Lutero redactó tres escritos sobre la problemática de la Reforma. Finalizamos con el tercero de estos escritos y un hecho que se ha visto como histórico.

 

En el anterior artículo analizamos los dos primeros escritos de Lutero: Una carta abierta a la nobleza cristiana de la nación alemana referente a la reforma del estado cristiano y Un preludio sobre la cautividad babilónica de la Iglesia.

 El tercer escrito de la época es De la libertad del cristiano . Se trataba de un texto breve que continuaba en la línea de su texto  Acerca de las buenas obras .

En él, Lutero conciliaba dos afirmaciones aparentemente contradictorias, la de que “el cristiano es un hombre libre, señor de todo y no sometido a nadie” y la de que “el cristiano es un siervo, al servicio de todo y a todos sometido”.

Partiendo, pues, de la base de que el Evangelio es “lo único que en el cielo y en la tierra da vida al alma”, Lutero vuelve a recordar el estado de “eterna perdición” que se merece el hombre y cómo sólo es posible salir de ella gracias a la obra de Jesucristo. Precisamente, el que se rinde “a él con fe firme y confía en él con alegría”, es el que recibe la remisión de los pecados. De hecho, “una fe verdadera en Cristo, es un tesoro incomparable: conlleva la salvación eterna y aleja toda desventura, como está escrito en el capítulo final de Marcos: “Quien crea y se bautice se salvará; el que no crea se condenará”” [1] . Precisamente ese cristiano, “que ha sido consagrado por la fe, realiza obras buenas”.

Al respecto, al final de la obra, Lutero realiza una afirmación que había sido apuntada por distintos humanistas con Erasmo a la cabeza:

“Cualquier obra que no se encamine a servir a los demás o a mortificar su voluntad – doy por supuesto que no se exija nada contra Dios – no será realmente una buena obra realmente cristiana. Esto es lo que lleva a sospechar que sean cristianos pocos monasterios, iglesias, conventos, altares, misas, fundaciones, ayunos y oraciones que se dirigen a santos concretos. Y es que me temo que en todo ello se persigue únicamente el interés propio, al creer que es un medio de penitencia por los pecados y para salvación. Todo procede de la ignorancia que hay en relación con la fe, la libertad cristiana, y de que algunos prelados ciegos impulsan hacia estas cosas al alabarlas y enriquecerlas con indulgencias, sin preocuparse nunca en enseñar la fe. Mi consejo es que si deseas levantar alguna fundación, orar, ayunar, te guardes de hacerlo con laidea de beneficiarte a ti mismo. Da de forma gratuita y en beneficio de los demás para que otros puedan disfrutarlo. Así serás un cristiano auténtico”.

La conclusión de Lutero es rotunda: “Un cristiano no vive en si mismo. Vive en Cristo y en su prójimo. En Cristo, por la fe; en el projimo, por amor”. [2]

 El texto, unido a su tratado  Acerca de las buenas obras , constituye un díptico de ética sencillo y, a la vez, extraordinario suficiente para disipar en quien lo conozca cualquier creencia en el supuesto antinomismo del protestantismo o en la falta de interés por las obras de la Reforma. Elcristiano es aquel que, después de comprobar su incapacidad para salvarse, se arrodilla a los pies de Cristo y recibe, a través de la fe, la redención que obtuvo en la cruz del Calvario. A partir de entonces, libre de la condenación, se convierte en siervo de Dios y del prójimo, no para salvarse, sino porque ya ha sido salvado, no por beneficio propio sino por amor a su redentor y a los demás.

 Durante aquellos meses, Lutero no dejó de tener noticias de la manera en que los enviados del papa recorrían las diferentes ciudades alemanas y procedían a arrojar a la hoguera sus escritos .

Se trataba de una ceremonia que solía chocar con la oposición popular e incluso no faltaron ocasiones en que los libros del agustino fueron sustituidos por otros. Sin embargo, las intenciones de Eck y Aleandro eran obvias. Entonces el 10 de diciembre, tuvo lugar un episodio que señaló de manera clara que la Historia había cambiado radicalmente.

 Cerca de la puerta de Elster en Wittenberg, Agrícola, acompañado de algunos profesores y estudiantes, encendió un fuego al que arrojó algunos volúmenes de derecho canónico, las decretales papales y la Summa Angelica de Angelo de Chiavasso.

La elección de los textos llevaba en si una profunda carga simbólica. El derecho canónico y las decretales –un fruto directo de la obra legislativa de los papas del Renacimiento– eran, desde su punto de vista, una innegable demostración de cómo el derecho había terminado por sustituir la verdad clara y sencilla del Evangelio. Por su parte, la Summa Angelica era un ejemplo de cómo los deberes pastorales habían sido relegados en pro de una especulación teológica apartada de la realidad y de las necesidades del pueblo cristiano.

 De repente y de forma inesperada, Lutero se abrió paso entre los presentes y, profundamente emocionado, arrojó al fuego un pequeño volumen.

Lo que dijo en aquellos momentos apenas se pudo oír y es dudoso que fueran muchos los que se dieran cuenta de que acababa de quemar la bula de excomunión que el papa había lanzado contra él.

Durante unos instantes, los presentes contemplaron en silencio las llamas que contrastaban con el frío aire del invierno. Luego alguien realizó un comentario y el grupo se disolvió.

 Siglos después, Lord Acton indicaría que aquella había sido el verdadero acto de inauguración de la Reforma.

Continuará: La Dieta de Worms y sus antecedentes.

 


   [1] Marcos 16:16 .
   [2] WML 2.342.

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (36)

Lutero y los escritos del verano de 1520
Durante el verano de 1520, en medio de la tormenta, Lutero redactó tres escritos que abordaban de manera práctica la problemática de la Reforma. A ellos dedicamos la presente entrega.

 

 El primero de los escritos de Lutero surgido en el verano de 1520 fue un manifiesto titulado  Una carta abierta a la nobleza cristiana de la nación alemana referente a la reforma del estado cristiano . Se trataba de un llamamiento a los dirigentes de Alemania, al joven emperador, a los príncipes y a los caballeros, y a las grandes ciudades imperiales. El texto comenzaba con una advertencia solemne a los gobernantes en el sentido de que no debían imaginar nunca que la reforma de la Cristiandad pudiera lograrse mediante la fuerza de las armas:

“Debemos acudir a nuestra labor renunciando a la fuerza física, y confiando humildemente en Dios. No estamos tratando con hombres, sino con los príncipes del infierno, que pueden llenar el mundo con guerra y derramamiento de sangre, pero a los que la guerra y el derramamiento de sangre no vencen”  [1]

Una afirmación de este tipo sería hoy difícilmente discutida, pero en el contexto en que se escribió, cuando la bula de excomunión de Lutero condenaba como herética la afirmación de que el enviar a los herejes a la hoguera no era obra del Espíritu, constituía una refrescante nota de modernidad, modernidad que se asentaba no en la iconoclastia sino en la fe en Cristo.

 Lutero contraponía a lo que denominaba los tres muros del romanismo –la pretensión papal de poseer una jurisdicción superior a la del poder temporal, su pretensión de tener el único poder para interpretar la Escritura y la pretensión de tener la única autoridad para convocar un concilio general-  [2]  la tesis teológica del sacerdocio de todos los creyentes y la social del bien común que debe ser sometido a la fiscalización de todos .

El sacerdocio común de los creyentes, surgido del bautismo y de la fe cristiana, sitúa en pie de igualdad a todos los cristianos, de tal manera que cuando un obispo es elegido es como si “diez hermanos, todos hijos de reyes y herederos iguales, fueran a escoger a uno de entre ellos para gobernar la herencia de todos… todos serían reyes e iguales en el poder, aunque uno de ellos se encargara del debe de gobernar”  [3] . La visión de Lutero conectaba con las declaraciones neotestamentarias que afirman que los discípulos de Cristo son “reyes y sacerdotes” (I Pedro 2, 5, 9; Apocalipsis 1, 6; 5, 10) y con la práctica de los primeros siglos de que el pueblo eligiera a los obispos, pero, sin ningún género de dudas, chocaba frontalmente con la situación eclesial de entonces.

Pero a la consideración teológica, Lutero sumaba una reflexión sobre la que se levantaría tiempo después el edificio de la primera democracia moderna:

“Nadie debe adelantarse y asumir, sin nuestro consentimiento y elección, el hacer lo que está en poder de todos nosotros. Porque lo que es común de todo, ningún debería atreverse a emprenderlo sin la voluntad y el mandato de la comunidad”  [4] .

 A diferencia de no pocos de los teóricos de la democracia, Lutero no era antropológicamente optimista y basta revisar sus comentarios bíblicos, desde los dedicados a la carta a los Romanos en 1515 a los relacionados con el Génesis en 1540, para captar que pensaba que los gobernantes no corruptos eran excepcionales y que estaba seguro de que el poder corrompía. Sin embargo, pensaba que la tarea de la reforma tenía que ser llevada a cabo y si no la emprendían las autoridades eclesiales, serían las políticas las encargadas de ello.

El punto de vista de Lutero puede resultarnos chocante pero contaba con precedentes históricos, pero, sobre todo, enlazaba con una visión humanista muy de la época. Así, el concilio de Nicea en el que se había enfrentado la iglesia con la herejía de Arrio no había sido convocado por el papa – que tuvo un papel muy secundario – sino por el emperador Constantino y a nadie se le hubiera ocurrido negar su magnífico resultado. Por otro lado, confiar en que los príncipes impulsaran la Reforma – una propuesta que nos resulta chocante en la actualidad – era algo que ya había sucedido en la España de los Reyes católicos y de Cisneros y que había sido propugnado por personajes de la talla de Erasmo.

 Lutero era consciente del peligro que implicaba aquella propuesta y no se engañaba al respecto. Sin embargo, estaba convencido de que, en conciencia, no podía hacer otra cosa : “Creo que he tocado mi melodía con una nota demasiado alta, y que he formulado demasiadas propuestas… pero ¿qué puedo hacer? Estoy vinculado a la obligación de hablar… Prefiero la ira del mundo a la Ira de Dios: no pueden hacer más que quitarme la vida”  [5] .

 A finales de agosto, había millares de copias del escrito circulando por Alemania con un efecto extraordinario . Estaba redactado en la lengua del pueblo, expresaba todo en términos sencillos y ponía por escrito y de manera articulada lo que muchos pensaban.

 EL SEGUNDO ESCRITO
 El siguiente escrito de Lutero en aquel verano de 1520 tuvo un carácter muy diferente. Lo redactó en latín y estaba dirigido no al pueblo llano sino a los humanistas y al clero. Su título – Un preludio sobre la cautividad babilónica de la Iglesia – enlazaba con una corriente de pensamiento que había comparado desde hacía siglos la decadencia de la iglesia católica con el destierro que había sufrido el pueblo de Israel en Babilonia . De hecho, también se había denominado cautividad babilónica al período en que el papa había abandonado Roma para residir en Aviñón.

Lutero comenzaba diciendo que había tenido que escribirlo impulsado por los ataques feroces de los que había sido objeto, pero lo cierto es que también recogía las consecuencias lógicas de sus conclusiones contrarias a Roma. Anunció su publicación a Spalatino a la vez que le informaba de la llegada de Eck con la bula papal.

Lutero sostiene en el texto que la Biblia debe ser la base de la vida de la iglesia: “La iglesia debe su vida a la Palabra de la promesa, y es alimentada y preservada por esta misma Palabra – son las promesas de Dios las que hacen a la iglesia y no la iglesia la que hace las promesas de Dios” [6] . A partir de ahí, Lutero indica que, propiamente hablando, por lo tanto, sólo pueden existir dos sacramentos, el Bautismo y la Santa Cena, porque son los únicos de los que hablan las Escrituras. Lutero no niega el matrimonio, la confirmación o el orden, pero no los considera sacramentos en la medida en que Cristo no los instituyó como tales.

 Precisamente, ese biblicismo es el que lleva a Lutero a cuestionar buena parte de la enseñanza católica sobre la Eucaristía. Enprimer lugar, cuestiona el dogma de la transubstanciación. De hecho, el pasaje de Juan 6 nada tiene que ver con este dogma –una afirmación que pocos exegetas católicos cuestionarían en la actualidad– que carece de sustento bíblico. La base para llegar a esa conclusión es no sólo que los textos del Nuevo Testamento hablan de que lo que tomaban los primeros cristianos era pan y vino (I Corintios 11, 26-28), sino que además resultaba inverosímil definir un dogma sobre la base de la filosofía aristotélica. La objeción última ya había sido planteada por humanistas como Erasmo, si bien habían preferido no entrar en controversias al respecto. Igualmente, Lutero se refería a la Biblia para indicar que los cristianos participaban del pan y del vino, y no sólo del pan como era práctica en la época. 

 La conclusión a la que acababa llegando el teólogo era que la iglesia estaba sometida a una situación de cautividad espiritual por Roma . Ésta, en lugar de sujetarse a lo que indicaban las Escrituras, había añadido sacramentos que carecían de base bíblica y había trastornado la naturaleza del bautismo y de la Cena del Señor.

Del tercer escrito y de un hecho histórico poco conocido y menos aún reconocido trataremos la próxima semana.

 Continuará

 


   [1] WML 2.64.
   [2] WML 2.65.
   [3] WML 2.67.
   [4] WML 2.68.
   [5] WML 2. 164.
   [6] WML 2. 273.

Autores: César Vidal Manzanares

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Por:Tereixa Constenla

Ilustración Little Big HornEn 1882 los sioux se dieron de bruces con la técnica de las participaciones preferentes. Un abogado, el hermano de un ministro de Estados Unidos, un  reverendo y un experto en despojos formaban la comisión que acudió ese año a la gran reserva de Dakota (9 millones de hectáreas) para negociar con los indios un reordenamiento de sus emplazamientos. La propuesta consistía en que cada tribu sioux tuviese un asentamiento específico. A cambio, prometía el religioso Hinman, “el gran padre os concederá 25.000 vacas y 1.000 toros”. Ahora bien, los sioux debían firmar previamente una serie de documentos. Dado que ninguno sabía leer, ninguno advirtió que con sus rúbricas renunciaba a más de la tercera parte de la reserva (3,5 millones de hectáreas). O sea, una cesión perpetua de sus ahorros de toda la vida por unas migajas. Ciertas operaciones tienen tal recorrido histórico que merecerían una rama propia en la historiografía. Y las participaciones preferentes, productos financieros cimentados sobre las cesiones perpetuas a entidades bancarias de miles de clientes que confiaron ciegamente sus ahorros a su sucursal de toda la vida a cambio de un interés anual, tienen raíces en la conquista del “salvaje” Oeste. Porque ¿quién en su sano juicio cedería a perpetuidad 3,5 millones de hectáreas a cambio de unas vacas o los ahorros de toda la vida a cambio de una renta anual?

Este episodio de los sioux, uno más entre la vasta lista de agresiones, humillaciones y expolios, que sufrieron tras la llegada masiva de colonos europeos, se recoge en un libro que es ya un clásico: Enterrad mi corazón en Wounded Knee, escrito por Dee Brown. La editorial Turner acaba de reeditar la obra, publicada por vez primera en 1971 y convertida en un best-seller internacional, favorecida por una circunstancia imbatible: por vez primera un historiador daba voz a los nativos. Ellos no solo habían perdido vidas, tierras y cultura, también habían perdido el relato y la historia. Demasiado a menudo las víctimas solo logran imponer su testimonio pasado el fragor de la actualidad.

Turner está mostrando una sensibilidad especial hacia estos episodios históricos del nacimiento de Estados Unidos, tan adulterados por el cine con simplificaciones maniqueas, donde pocas dudas había sobre malos y buenos.El imperio de la luna de agosto, finalista del Pulitzer en 2011, de  S. C. Gwynne, narra la historia de los comanches, la última tribu que resistió al hombre blanco y que accedió a vender sus tierras y cambiar la vida que habían mantenido durante generaciones.

La obra de Dee Brown, fallecido en 2002, reconstruye lo ocurrido en tres décadas esenciales del avance de los colonos y el retroceso de los nativos, entre 1860 (la Larga Marcha de los navajos) y 1890 (la masacre de los sioux en Wounded Knee). “Durante esta época fueron destruidas la cultura y la civilización del indio americano, y en ella nacieron virtualmente los grandes mitos del Oeste: las narraciones de cazadores de pieles, montañeros, pilotos de barcos fluviales, buscadores de oro, jugadores, pistoleros, soldados de caballería, vaqueros, cortesanas, misioneros, maestros de escuela y colonos. Solo en ocasiones llegó a oírse la voz de un indio y entonces, casi sin excepción, tal como fue registrada por la pluma de un blanco”, escribe el autor en el prólogo.

Toro SentadoNo es un libro alegre, avisa Brown. Se queda corto: es desolador. Y no por la sucesión de horrores que narra, si no por su desesperanza. Porque la lucha, sangrienta como todas las conquistas, es descompensada al estilo de David y Goliat, con final realista. Porque además leemos el libro cuando conocemos de sobra el desenlace. Porque leer los alegatos de un gran jefe sioux, Toro Sentado, cuando conservaba la autoridad moral pero había perdido el poder, induce a la tristeza. Es, en el fondo, el discurso de alguien que después de luchar, huir y refugiarse en Canadá, al otro lado de la frontera, ha decidido tirar la toalla.

 “Si a un hombre se le pierde algo, vuelve sobre sus pasos y lo busca cuidadosamente, pues con seguridad dará con ello; así hacen ahora los indios al pediros que les concedáis las cosas que prometisteis en tiempos pasados. No creo que ello pueda ser razón para que los tratéis como bestias, hecho que ha sido causa de los amargos sentimientos que me embargan (…), el gran padre me dijo que con su perdón se borraban mis deudas pasadas y que su bondad cuidaría de guiar mis pasos futuros; acepté sus palabras y regresé sin temor. Me dijo también que no me apartara de la senda del hombre blanco y yo le aseguré que todos mis esfuerzos se dedicarían a cumplir sus deseos. Me doy cuenta de que mi país ha adquirido mal nombre, y yo quiero que recupere el propio, intachable; así ha sido siempre. A veces, cavilante, me pregunto quién ha sido el que lo ha manchado”.

 

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