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Juan Stam

Sobre la teología de los reformadores:
Unas Reflexiones

Se suele resumir el aporte teológico de la Reforma en tres puntos: (1) la justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide), (2) la sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura, tota scriptura), y (3) el sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se olvidan otros dos, que son cruciales: (4) la libertad cristiana y (5) «la iglesia reformada siempre reformándose» (ecclesia reformata semper reformanda). Es especialmente sorprendente y lamentable que los evangélicos hoy hacen caso omiso del tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.

En este énfasis marcado sobre la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que el Apóstol Pablo, quien constantemente vinculaba la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas se echaron atrás al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: «De Cristo se han desligado, los que por la ley se justifican; de la gracia han caído» (Gál 5.4), y eso, no porque hubiesen caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino porque habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para ser aceptado ante Dios. Bajo tales legalismos, les dice San Pablo, «para nada les aprovecha Cristo» (Gál 5.2), porque «para libertad han sido llamados» (Gál 5.11). Por lo tanto, les exhorta, «estén firmes en la libertad con que Cristo los ha liberado» (Gál
5.1).

Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en Galacia en términos parecidos: «Me asombro que tan pronto estén dejando ustedes a quien los llamó por la gracia de Cristo, para pasarse a otro evangelio» (Gál 1:5). En seguida, aclara que de hecho «no hay otro evangelio», y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, «qué caiga bajo maldición» (1:8). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No se puede ser evangélico y legalista a la vez.

A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido venía de una palabra griega (eleútheros) que significa «libre, independiente, no ligado»; a veces se llamaba «Lutero el Libre». Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló «Sobre la libertad del cristiano». Tan convencido estaba Lutero de que no podría haber libertad bajo la condición de pecado, como convencido estaba también de que el evangelio nos hace verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente.

En los párrafos siguientes intentaremos demostar que cada una de las grandes afirmaciones de la Reforma, es una afirmación de la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

(1) La sola gratia nos libera del legalismo:

Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, dijo que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia le liberó del terror ante un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificacion por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de «la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios» (Rom. 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es «por la gracia mediante la fe», podemos confiar firmemente en la Palabra de Dios que nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. «La fe es algo inquieto y activo», decía Lutero; es «la fe que obra por el amor» (Gal. 5.6, cf. 6.9s).

Para Lutero, esta «libertad del evangelio» estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. El sistema papal le parecía una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; el papa, escribió, había dejado «de ser un obispo, para convertirse en un dictador» (S. S. Wolin, Política y Perspectiva, p.158). Era imperativo restaurar «nuestra noble libertad cristiana», pues «se debe permitir que cada persona escoja libremente…» (ibid, pp. 156,158).

Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre tiende a producir dos extremos: o el fariseo o el publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, con base en obras de moralismo externo, pero de hecho no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede hacer el bien libremente, puesto que la realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación.

El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, «no por obras, sino para buenas obras» (Ef. 2:8-10). La gracia (járis) de Dios despierta nuestra gratitud
(eujaristía) y nos transforma en personas nuevas que buscamos hacer la voluntad de Aquel que nos ha redimido. De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo (heteronomía moralista) como del fideismo y de la «gracia barata» de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para hacer el bien, no para lograr una justificación propia ante Dios, sino para agradecer y glorificar a Aquel que nos justificó por fe.

(2) La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático:

La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la Palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante el Dieta de Worms (1521):

Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. Si no se me demuestra por
las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y
concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque
ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude.
Amén.

Años después Lutero dijo, «Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto». Sobre su monumento en Worms están escritas estas palabras: «los que conocen verdaderamente a Cristo no pueden nunca quedar esclavos de ninguna autoridad humana». «La Palabra de Dios», escribió Lutero, «que enseña la libertad plena, no debe ser limitada» (Wolin , ibid., p.155).

¡¡Qué palabras de libertad teológica!! Su total sumisión a la Palabra de Dios le hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, en esa misma medida seremos libres para «examinarlo todo» a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero.

Martín Lutero insistía terca y vehementemente en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la Palabra de Dios, cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras pueden tener autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretendiera imponerse sobre nuestra conciencia.

Estudiosos de la Reforma han llamado esto «el principio protestante»: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra divina puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria.

Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman «bíblicos» y «evangélicos»): se levantan también en nuestro medio pequeños «papas protestantes» con su «Santo Oficio» que pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos y condenar (sin pruebas bíblicas de la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con los prejuicios de ellos. Sin darse cuenta, vuelven al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo anti-evangélico y anti-bíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático.

!Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo se atrevía Lutero a reclamar tan osada libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica fue algo totalmente distinta: «Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios.»

Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra tienen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la Palabra viva de Dios. Lutero explicó esto con elocuencia en su tratado de 1520, «sobre la libertad del Cristiano»: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la Palabra liberadora del Evangelio, «el cristiano es el más libre de todos los seres humanos» (cf. Rom. 6:16-18).

Bien lo expresa el himno, «Cautívame Señor, y libre en tí seré.» Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cuativa de la Palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones humanas ni de autoridades humanas que pretendieran colocarse al nivel de, o incluso por encima de, la Palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

(3) El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo:

En tercer lugar, la afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. «Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios», decía Lutero. En un pasaje aun más atrevido, afirma que «Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna» (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467).

Es cierto que los Reformadores no llevaron este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como Anabautistas de la «Reforma Radical», llevaron el principio del sacerdocio universal un buen paso adelante. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica.

El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico).

Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval: «Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia», escribió en 1520, «son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes hechas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del Evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos» (Woolf I, p.303, en Wolin p.156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigió a la iglesia»restaurar nuestra noble libertad cristiana» (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas.

4) «La iglesia reformada siempre reformándose» nos libera del tradicionalismo estático:

Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba ecclesia reformata semper reformanda («iglesia reformada siempre reformándose»). Es impresionante que los reformadores hayan tenido la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la Palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no tenían ilusiones de haber concluído la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber hecho un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber dicho la última palabra per saecula saeculorum.

Hay un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional.

De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la «teología irregular» de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de cuño luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en el sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitó a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica.

Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la «fortaleza teológica» de su ortodoxia inflexible. Contra eso, los ataques de pensadores como Lessing fueron devastadores. En el siglo XX,
volvió a surgir con gran dinámica el principio de ecclesia reformata semper reformanda.

En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso sería el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación,1983, p.69) y, podemos agregar, insitituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma? (1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, tan caras para los reformadores. (2) Nos llaman al contínuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la Palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del Pueblo de Dios y de la teología. (3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia, «En lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad».

Bibliografía

García-Villoslada, Ricardo, Martín Lutero, Vol I:El fraile hambriento de Dios (Madrid: BAC, 1973).

Geffré, Claude, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación (Madrid Cristiandad, 1984).

Wolin, Sheldon S, Política y Perspectiva (Bs.As.: Amorrortu, 1960)


Por C. René Padilla

Para muchos de los estudiosos de la Reforma Protestante del siglo XVI, los énfasis centrales de este movimiento fueron cinco: Cristo solo (solus Christus), la Escritura sola (sola Scriptura), la gracia sola (sola gratia), la fe sola (sola fide) y la gloria de Dios sola (soli Deo Gloria). Sin embargo, hay buena base para afirmar que, además de estos énfasis fundamentales, los reformadores también dieron un lugar prominente a una doctrina que (por razones que daremos más adelante) podría ser considerada la Cenicienta tanto de la Reforma clásica como del movimiento evangélico en el momento actual. Nos referimos a la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, también denominado sacerdocio universal o común.

 

Cuando Martín Lutero lanzó su reto de reforma de la Iglesia Católica Romana, no lo hizo animado por un espíritu de innovación o rebeldía, sino movido por convicciones enraizadas en la Palabra de Dios. En la doctrina de la justificación por la fe halló la base para una solidaridad inalterable de los cristianos entre sí que hacía imposible la división tradicional entre “eclesiásticos” (los clérigos) y “seculares” (los laicos). Parafraseando Gálatas 3:28 escribe: “No hay sacerdote ni laico, cura ni vicario, rico ni pobre, benedictino, cartujano, fraile menor y agustino, porque no es cuestión de este o aquel estado, grado u orden.” En sus memorables tratados de 1520 el famoso reformador elabora este concepto con una orientación predominantemente cristológica. Alega que Cristo es nuestro hermano mayor y todos los cristianos participan de la gloria y la dignidad que corresponden a esa relación como reyes y sacerdotes con Cristo. Todo cristiano es sacerdote por el solo hecho de ser cristiano. Escribe:

Un zapatero, un herrero y un labrador tienen cada uno la función y la obra de su oficio. No obstante, todos son igualmente sacerdotes y obispos ordenados, y cada uno con su función u obra útil y servicial al otro, de modo que de varias obras todas están dirigidas hacia una comunidad para favorecer al cuerpo y al alma, lo mismo que los miembros del cuerpo todos sirven el uno al otro.

Se sigue que cada cristiano tiene un “servicio sacrificial” que no es la misa (ya que la misa no involucra el ofrecimiento de un sacrificio) sino un oficio por medio del cual expresa su alabanza y obediencia a Dios. Tiene, además, un ministerio de intercesión y el “poder de notar y juzgar lo que es correcto o incorrecto en la fe”. Lutero no niega el papel que desempeña el ministerio de administración y enseñanza dentro de la Iglesia. Sin embargo, mantiene que la única autoridad que tienen los pastores y maestros es la que se deriva de la Palabra de Dios y que, consecuentemente, todo cristiano tiene la facultad de juzgar según las Escrituras y desechar cualquier enseñanza que contradiga lo que enseñan las Escrituras. Argumenta:

Si Dios habló contra un profeta por medio de un asno, ¿por qué no puede hablar contra el Papa por medio de un hombre bueno? San Pablo reprende a San Pedro por estar equivocado. Por ello le corresponde a todo cristiano preocuparse por la fe, entenderla y defenderla, y condenar todos los errores.

La misma doctrina del sacerdocio de todos los creyentes halla lugar en la monumental Institución de la religión cristiana de Juan Calvino y en otras obras de los reformadores. La Reforma no fue sólo un redescubrimiento de que “el justo por la fe vivirá”, que resume un aspecto central de la enseñanza evangélica sobre la salvación, con la cual se relacionan los cinco énfasis de la Reforma mencionados anteriormente. Fue también un retorno inicial a una eclesiología enraizada en la obra de Jesucristo, quien por amor “ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes al servicio de Dios su Padre” (Ap 1:6).

Desde esta perspectiva, no se hace justicia a los reformadores cuando se juzga que su motivación fue poner “por encima de la Iglesia y su tradición la propia interpretación personal y subjetiva de las Escrituras”, como afirma Hans Küng. La intención que animó a los reformadores fue más bien la de colocar a la Iglesia bajo el juicio de la Palabra de Dios; llamarla de la esclavitud a tradiciones humanas a la libertad del Evangelio.

Cabe añadir, sin embargo, que la Reforma clásica se quedó corta en lo que atañe a las consecuencias prácticas del sacerdocio de todos los creyentes para la vida y misión de la Iglesia. Como ha señalado John Yoder, “la mayor parte de la conversación protestante sobre el sacerdocio de todos los creyentes no desarrolló estructuras para implementar la visión apostólica de que cada miembro de la iglesia tiene un don ministerial propio”. En términos concretos, en las iglesias protestantes en general prevaleció la dicotomía entre clérigos que ejercen sus dones ministeriales y laicos que ni reconocen sus propios dones ministeriales ni se preocupan por descubrirlos y ejercerlos para el bien común en conformidad con la enseñanza bíblica (ver especialmente 1Cor 12:1-31 y Ro 12:3-8). Es la expresión eclesiástica de la dicotomía entre lo sagrado y lo secular que conduce a una lamentable distorsión del cristianismo especialmente en lo que atañe a la ética.

En el contexto latinoamericano el movimiento de las comunidades eclesiales de base fue un valioso intento de recuperar una eclesiología enraizada en el Nuevo Testamento, una eclesiología que superara la dicotomía entre clérigos y laicos y recuperara la dimensión esencialmente comunitaria de la Iglesia. Leonardo Boff interpretó ese viraje como una eclesiogénesis, un nuevo nacimiento de la Iglesia. Sin vueltas ni rodeos afirmó que “las comunidades de base reinventan la Iglesia”. La reinventan, según el distinguido teólogo, no como “la expansión del sistema eclesiástico vigente, asentado sobre el eje sacramental y clerical” sino como “una forma distinta de ser Iglesia, basada sobre el eje de la Palabra y del seglar”; o sea, sobre el mismo eje que los reformadores propusieron como base para el sacerdocio de todos los creyentes. No sorprende, por lo tanto, que varias de las característica de la Iglesia según la “nueva eclesiología” que describe Boff coincidan en términos generales con las de la Iglesia que anhelaban los reformadores:

—la Iglesia-Pueblo de Dios;

—la Iglesia en que los laicos son “verdaderos creadores de realidad eclesial, de testimonio comunitario, de organización y de responsabilidad misionera;

—la Iglesia como “koinonia de poder”, “contraria al principio de monopolización del poder en manos de un cuerpo de especialistas por encima y fuera de la comunidad”;

—la Iglesia en que “toda la comunidad es ministerial, no sólo algunos de sus miembros; se supera de esta forma la rigidez del trabajo religioso: jerarquía/dirección, laicado/ejecución”;

—la Iglesia de diáspora que se hace presente en la sociedad civil, “diseminada dentro del tejido social”, generando “una mística de ayuda mutua”;

—la Iglesia liberadora, “la puerta de entrada (desde el punto de vista del pueblo) a la política como compromiso y práctica en busca del bien común y de la justicia social”;

—la Iglesia que “prolonga la gran tradición”, la de Jesús, los apóstoles y las primeras comunidades cristianas, la que tiene como eje articulador “la Palabra de Dios oída y releída en el contexto de sus problemas, la ejecución de tareas comunitarias, la mutua ayuda y las celebraciones”;

—la Iglesia que “construye la unidad a partir de la misión liberadora”, no a partir de un gobierno jerárquico, un “poder centralizador … hasta el punto de expropiar al pueblo cristiano de todas las formas de participación decisoria”;

—la Iglesia con una nueva comprensión de su universalidad, una universalidad que toma en serio las causas universales, como es “la liberación económica, social y política que abre la perspectiva hacia una liberación en plenitud en el Reino de Dios”;

—la Iglesia “toda ella apostólica”, ya que “todo enviado (y cada bautizado recibe la tarea de anunciar y testimoniar la novedad de Dios en Jesucristo) es un apóstol y prolonga el envío de los primeros doce apóstoles”.

Lamentablemente, el propio Vaticano se encargó de obstaculizar y finalmente impedir el crecimiento de un movimiento que tenía el potencial de insertar nueva vida en la Iglesia Católica Romana.

Cabe añadir, sin embargo, que igualmente lamentable es el actual crecimiento del clericalismo en círculos evangélicos en América Latina y otras regiones del mundo, con el surgimiento de pastores y apóstoles que monopolizan el poder y desconocen el liderazgo de servicio. ¡Cuánta falta hace una nueva Reforma que haga posible una eclesiogénesis evangélica que tenga como eje la Palabra de Dios y el laicado, y reconozca en términos prácticos la importancia del sacerdocio de todos los creyentes para la vida y misión de la Iglesia!

 

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Carlos Martínez García

Bonito ecumenismo, cardenal Koch & cía

Bonito ecumenismo, que busca la asimilación de los demás y desconoce la responsabilidad propia en el punto de quiebre que significó la Reforma luterana.

No me sorprende la declaración del cardenal Kurt Koch. El ex obispo de Basilea, presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos (CPUC), en la que claramente fija su postura respecto del quinto centenario del inicio de la Reforma protestante: “no podemos celebrar un pecado(…) Los acontecimientos que dividen a la Iglesia no pueden ser llamados un día de fiesta”.
Algunos organismos protestantes alemanes decidieron invitar con bastante antelación al organismo que preside el cardenal Koch, para que participase de alguna manera en eventos celebratorios de la gesta iniciada por Martín Lutero el 31 de octubre de 1517. Creo que lo hicieron por cortesía, porque si pensaron que la invitación sería aceptada, entonces andan un poco despistados sobre la posición histórica de la Iglesia católica romana acerca de la lid teológica de Lutero.
Kurt Koch comunicó a los integrantes de diócesis el 29 de junio del 2010 que había sido nombrado presidente del CPUC por el papa Benedicto XVI. En esa misiva delineó algunos retos para la pastoral católica  en sociedades poscristianas (no las llama así, pero el término está latente en el documento). Menciona que “en Suiza y en Europa , en general, gran parte de los miembros de la Iglesia tienen de hecho el status de catecúmenos bautizados, a los cuales les es ajeno no sólo el lenguaje de la fe de la Iglesia, sino también el mundo bíblico. Por esto, hoy no se necesitan nuevas vías para acceder a la Palabra de Dios, sino que toda la pastoral debe ser, de manera más decisiva, una pastoral de la evangelización y no puede seguir siendo sólo una pastoral de la sacramentalización”.
Su diagnóstico es acertado. El problema para él, y el conjunto de las altas autoridades católicas romanas, es que la institución tiene escasos instrumentos para llevar al cabo esa evangelización de la que habla. Es así porque la sacramentalización de la que se queja ha sido impulsada por la propia Iglesia católica, en detrimento de una fe cotidiana que se refleje en ciertas prácticas éticas .
La postura del cardenal Koch está en sintonía con la de Benedicto XVI , claramente enunciada antes de que ascendiera al papado. Recordemos que Joseph Ratzinger futuro sucesor de Juan Pablo II, fue prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe (antigua Santa Inquisición), y que bajo su dirección fue gestada y hecha pública (agosto del 2000) la Declaración Dominus Iesus . Este documento claramente estableció que solamente en el seno de la Iglesia católica subsisten en su integralidad los medios de salvación. Además hace un férrea defensa del Papa romano como autoridad indiscutible y por encima de cualquier otro ministro cristiano.
Sobre lo anterior la Declaración sostiene que «Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica— entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: Esta es la única Iglesia de Cristo… que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn 24,17), confiándole a él y a los demás apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt 28,18ss.), y la erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad (1 Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él». ¿Alguna duda sobre el declarado supremacismo romano?
Se hace necesario recordar que diversos grupos cristianos a lo largo de la historia han puesto en duda eso de que Jesús delegó en Pedro su autoridad. Tampoco es posible sustentar, en términos neotestamentarios, el poder de ser vicarios de Cristo a los sucesores del apóstol. De la lectura del Nuevo Testamento no se desprende lo que el Vaticano quiere ver .
Tampoco existen evidencias históricas de que la Iglesia cristiana de los siglos II y III hubiera aceptado la supremací­a del obispo de Roma en asuntos de fe. Es un hecho polí­tico, la «conversión» de Constantino (emperador entre 306-337), lo que fortalece el obispado romano y da pie a lo que el sociólogo francés Jacques Ellul denomina el principio de adulteración de la Iglesia. En este sentido es altamente recomendable su obra La subversión del cristianismo (Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1990).
Ellul da respuesta a una pregunta que se hace a sí mismo: “¿Cómo ocurrió que el desarrollo de la sociedad cristiana y de la Iglesia haya dado origen a una sociedad, a una civilización y a una cultura que son en todo lo contrario de lo que leemos en la Biblia, de lo que es el texto indiscutible tanto de la Torá y los profetas como de Jesús y de Pablo?”.
Anotamos que en las últimas décadas se han multiplicado los estudios que rescatan las luchas de individuos y grupos cristianos disidentes de Roma anteriores a la ruptura religioso-cultural que se incubó en los siglos XIV-XV y afloró con í­mpetu en la segunda década del siglo XVI con las 95 tesis  de Martín Lutero. Un común denominador de todas esas disidencias fue su negativa a aceptar que el obispo de Roma  tuviera supremací­a incuestionable para regir el cuerpo de creencia y prácticas cristianas. Lucharon contra el exclusivismo papal que, como en el documento Dominus Iesus , pretendió adueñarse, enseñorearse, mediatizar a Jesús declarándolo patrimonio único de una sola confesión religiosa.
Decir, como dijo el cardenal Koch, que es un pecado la ruptura de Lutero, a la que por cierto fue orillado por la Iglesia católica, simplemente refleja que el ecumenismo buscado desde Roma tiene como condición a los otros su rendición previa a las pretensiones exclusivistas que tiene como centro al papado. Bonito ecumenismo, que busca la asimilación de los demás y desconoce la responsabilidad propia en el punto de quiebre que significó la Reforma luterana .
Lo mejor es que los herederos de Lutero en todo el mundo sigan con los preparativos para celebrar el acontecimiento desatado con las 95 tesis. Que se haga una evaluación histórico/teológica, así como una revitalización del legado de quien fuera monje agustino.

Autores:Carlos Martínez García

©Protestante Digital 2012

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (47)

Cuando se encontraba a cuatro jornadas de Wittenberg, el carricoche en el que viajaba Lutero fue asaltado por cuatro hombres.

 

De manera casi simultánea a la reunión entre Lutero y Cochlaeus a la que nos referimos en la última entrega, la comisión nombrada por la Dieta presentó su informe. Los partidarios del emperador exigieron la marcha inmediata de Lutero, pero el elector de Tréveris propuso una alternativa que despertó la suspicacia de un Aleandro que temía que se le escapara la presa a la que llevaba persiguiendo tanto tiempo.
Durante la tarde del día 25, el Elector de Tréveris ofreció a Lutero su protección. Estaba dispuesto a entregarle un buen priorato, a admitirlo a la mesa episcopal y a invitarlo al consejo. Además, el arzobispo le dio a elegir entre varias posibilidades: someter la cuestión al juicio conjunto del papa o del emperador; o al emperador solo que mantendría conversaciones con el papa; o apelar al emperador y a la Dieta; o retractarse de algunos errores especialmente graves y esperar a que un concilio decidiera en el futuro sobre los demás.
Lutero rechazó la propuesta del arzobispo. No era sólo que las ofertas materiales –como había quedado demostrado una y otra vez con anterioridad– no le tentaban. Se trataba, fundamentalmente, de que sus adversarios estaban, al fin y a la postre, dispuestos a renunciar a los principios que defendían con tal de acabar con el Caso Lutero, como ha reconocido, por ejemplo, el dominico D. Olivier. De hecho, la solución planteada por el arzobispo constituía un mentís en toda regla al principio de primacía papal y, de manera bien significativa, una aceptación de lo que Lutero llevaba sosteniendo hacía años. Lutero, que hacía tiempo que había dejado de creer en la institución, debió de contemplar todos aquellos episodios como una confirmación evidente de las conclusiones a las que había ido llegando de manera lenta, dolorosa e irreversible.
Esa misma tarde, el emperador envió a Lutero una notificación en la que se le ordenaba salir de Worms al día siguiente, 20 de abril. El salvoconducto todavía tendría una vigencia de veintiún días , pero le estaría prohibido predicar, reunirse con gente o publicar escrito alguno durante su camino, debiendo permanecer después en Wittenberg  a la espera de lo que se decidiera sobre su suerte.
El mensaje del emperador tenía un contenido evidente. El monje contaba tan sólo con veintiún días antes de que se iniciara su caza, una caza que sólo podía concluir con su captura y su ejecución en la hoguera . Aleandro se sentía satisfecho. Ya no quedaban resistencias frente a sus propósitos y el camino tan trabajosamente seguido en los meses anteriores había llegado a su fin. Ahora sólo había que dedicarse a dar forma al texto que permitiría finiquitar el Caso Lutero. Precisamente, se encontraba entregado a esa labor, cuando le llegó una noticia que sacudió a todo el imperio. El monje había desaparecido.
Como resulta fácil comprender, los rumores se dispararon inmediatamente. No pocos –entre ellos Alberto Durero– temieron que el agustino hubiera sido asesinado por sicarios papales. Se llegó a hablar de que lo habían degollado y de que su cadáver había sido arrojado a una mina. Para colmo, el 12 de mayo, el Elector de Sajonia declaró ante la Dieta que ignoraba donde estaba Lutero.
¿Dónde se encontraba el monje? Lutero había abandonado Worms al recibir la orden imperial. Después de haber dejado a la mayor parte de sus acompañantes en el camino real que llevaba a Gotha, Lutero, junto a Amsdorf y a otro agustino, se desvió hacia Möhra con la intención de visitar a su tío Enrique . Sus parientes lo recibieron cordialmente e incluso pasó la noche en casa de sus abuelos. A la mañana siguiente, predicó a los campesinos al aire libre porque la aldea carecía de edificio para la parroquia. Por la tarde, se despidieron. Al hacerlo, todos se encontraban tranquilos. Los Lutero no temían el castigo canónico derivado de acoger a un excomulgado y Martín sentía una paz extraordinaria tras lo que había sucedido en Worms. En términos eclesiales, había cruzado el Rubicón y su confianza en Dios era tan acusada que decidió prescindir del heraldo imperial que lo acompañaba con la misión de protegerlo.
En Friedberg, a unas leguas de Frankfurt, Lutero escribió al emperador . En esta nueva misión, volvió a reiterarle que siempre había estado dispuesto a retractarse si se le convencía con las Escrituras de que estaba equivocado. Insistió también en la necesidad de predicar el Evangelio al pueblo para superar las capas que, generación tras generación, se habían ido sumando a un edificio doctrinal cada vez más distante de lo enseñado en la Biblia. El texto resultaba muy revelador porque enfrentaba la visión reformada con la de los opositores de Lutero. Mientras que ambas partes insistían en que estaban defendiendo la Verdad, el fraile la identificaba con lo contenido en la Biblia mientras que sus adversarios lo hacían con la autoridad papal.
Después de la misiva al emperador, Lutero dirigió otra a la Dieta que, en esos momentos, estaba redactando el edicto que debía permitir acabar con él . Ya en Frankfurt, escribió también a su amigo Cranach resumiéndole lo que había sido la Dieta. En tan sólo unas frases, el monje le señalaba donde sólo le habían preguntado si los libros eran suyos y si estaba dispuesto a retractarse de su contenido.
Así, prosiguió el viaje y cuando se encontraba a cuatro jornadas de Wittenberg, el carricoche en el que viajaba Lutero fue asaltado por cuatro hombres . Sin hacer caso de los gritos de Amsdorf –el hermano corrió a esconderse en la espesura– los jinetes se abalanzaron sobre el agustino que apretaba contra si un ejemplar del Antiguo Testamento en hebreo y otro del Nuevo en griego. Con rapidez, los emboscados ataron las manos de Lutero y arrojaron los libros que llevaba en una alforja. Acto seguido, montados a caballo, obligaron al secuestrado a seguirlos a pie. Y entonces sucedió algo inesperado. Tras desaparecer en la primera vuelta del camino, los raptores desataron al monje y le proporcionaron un caballo. A continuación, partieron a galope tendido junto con Lutero.
Aquella misma noche, la comitiva llegó ante un castillo situado al final de una empinada y dilatada cuesta. Lutero fue conducido a una estancia de dos habitaciones y se le entregó ropa secular para que se despojara de su hábito de fraile y se cambiara. Igualmente, le informaron de que tenía que dejarse la barba y de que, a partir de ese momento, para todos era el caballero Jorge. Sus secuestradores tan sólo tenían una intención, la de brindarle protección frente al edicto imperial en el lugar donde se encontraba que no era otro que el castillo de Wartburgo.
Algunas semanas después, Lutero recibió en la fortaleza un ejemplar del Edicto de Worms de 8 de mayo de 1521, que había sido firmado el día 26 del mismo mes. El texto, en el que no era difícil percibir la mano del nuncio Aleandro, lo convertía oficialmente en un proscrito .
Sin embargo, Lutero no sintió inquietud al encontrarse frente a la consumación legal de un caso, el suyo, que se había extendido durante varios años. Desde hacía unos días, había comenzado a traducir la Biblia de las lenguas originales al alemán vulgar . Su intención no era otra que la de acercar al pueblo el mensaje del Evangelio en su forma más pura, la contenida en las Escrituras.
Difícilmente, hubiera podido responder el monje de manera más adecuada a aquella condena.
Continuará

Autores:César Vidal Manzanares

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Worms: el último debate de Lutero

Publicado: septiembre 10, 2012 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (46)

A pesar de que en Worms sobre Lutero pesaba ya la condena de la iglesia católica y del emperador, la opinión pública obligó a ambas instancias a un debate con el agustino.
Para aquel esperado momento que se había hecho esperar años, Lutero se hizo acompañar por Schurf y por Amsdorf. Por su parte, el arzobispo llevó consigo a Von Ecken, el fiscal ante la dieta, y Cochlaeus, un canónigo decano de la colegiata de Frankfurt. Con el tiempo, Cochlaeus iba a convertirse en un encarnizado enemigo de Lutero, pero, como ha reconocido el erudito católico Lortz, ni siquiera este personaje en el campo papal tenía una base religiosa para enfrentarse con el monje. Desde el principio, Cochlaeus recurrió a argumentos que pueden calificarse de cualquier manera, menos de teológicos. Así, por ejemplo, aprovechando que el arzobispo estaba ausente y que había que llamarlo para que acudiera, invitó a Lutero a retractarse de sus opiniones para no arrastrar en su caída a Felipe Melanchthon y a otros muchos jóvenes en los que se había confiado para una renovación del pensamiento cristiano. El monje debió quedar afectado por aquellas palabras porque, como tendremos ocasión de ver, Cochlaeus volvería a utilizar ese argumento.La llegada del arzobispo permitió, finalmente, el inicio del debate.  Von Ecken insistió entonces en que Lutero debía abandonar su interpretación de las Escrituras que era contraria a la de  la Iglesia . Semejante obstinación era la propia de los herejes. La respuesta del monje fue insistir en que tenía derecho a contradecir los decretos de los concilios . Las dos posiciones habían quedado establecidas y así la discusión continuó hasta la hora de la comida en que el arzobispo decidió interrumpirla.

 ENCUENTRO EXTRAOFICIAL
A esas alturas, Cochlaeus había llegado a la conclusión de que estaba al alcance de su mano conseguir que Lutero se retractara. Todo consistía en continuar pulsando sus sentimientos como había comenzado a hacer antes de la llegada del obispo. Así, el canónigo, seguramente sin consultarlo con nadie, fue a verlo a su hospedaje en la sede de los caballeros de san Juan y logró que lo pasaran al hipocausto. De esta manera, la conversación iba a contar con algunos testigos inesperados. Una vez más, los argumentos esgrimidos por Cochlaeus no fueron teológicos. Por el contrario, esgrimió un análisis de la situación ante la que se enfrentaba el monje.

Era obvio que Lutero no podía enfrentarse con el papa, con el emperador, con los príncipes y con los Estados del Sacro imperio. Ante un panorama tan obviamente sombrío, ¿no resultaba lo más sensato retractarse? Lutero comentó entonces que no sabía que Carlos había llegado a un acuerdo con los príncipes para declararlo hereje si no se retractaba, momento que Cochlaeus aprovechó para insistir en que debería renunciar a sus creencias en favor, al menos, del pueblo y de los jóvenes. Pero precisamente los jóvenes que se encontraban presentes protestaron al escuchar aquellas palabras y uno de ellos se atrevió a preguntar por qué atacaba a quien, como Lutero, estudiaba habiendo sido Cochlaeus un humanista. Una vez más, quedaba de manifiesto el corte generacional que estaba provocando la Reforma con una generación de estudiosos jóvenes especialmente proclive a seguir los enfoques de Lutero y sorprendida por la manera en que humanistas de mayor edad no eran consecuentes en sus planteamientos.

En ese momento de la conversación, Schurf invitó a Cochlaeus, que había escrito contra Lutero, a que citara al menos uno de sus errores. La respuesta del canónigo resultó un verdadero paradigma de lo que, desde hacía años, venía siendo el Caso Lutero. Ante aquellos testigos, Cochlaeus reconoció que no conocía a fondo las obras de Lutero ni las había leído todas, porque no les había dado importancia hasta la publicación de  La cautividad babilónica . Incluso este libro lo había leído sólo en parte, pero lo que había examinado le había causado un profundo desagrado. En otras palabras,  el experto escogido por el arzobispo de Tréveris era un firme defensor del papado que había reaccionado simplemente ante lo que Erasmo había definido como un ataque contra la tiara del papa y el vientre de los frailes sin saber a ciencia cierta lo que estaba combatiendo . Se trataba, sin duda, de una situación poco airosa y Cochlaeus intentó salir de ella indicando que no era de recibo que Lutero defendiera que en la Eucaristía los laicos participaran del pan y del vino. La respuesta del agustino no resultó una sorpresa. Señaló que la idea no era suya sino que era lo que se contemplaba en el Nuevo Testamento. Jesús había ofrecido a los apóstoles el pan y el vino, y la misma práctica había sido descrita por el apóstol Pablo (I Corintios 11, 26).

Cochlaeus dirigió entonces la discusión hacia el tema de la transubstanciación, pero el argumento contra esta doctrina ya lo habían señalado Erasmo y otros humanistas: el dogma estaba definido en los términos de la filosofía aristotélica ajena a las Escrituras y difícilmente hubiera sido comprendido por gente como los apóstoles. Cochlaeus intentó apoyarse entonces en el concilio de Letrán de 1215 que lo había definido. El argumento, de manera que no causa sorpresa, fue considerado más que insuficiente por los que asistían a la discusión dado lo tardío del dogma.

A esas alturas, Cochlaeus había comprendido que estaba perdiendo la discusión y recurrió a un último recurso. Afirmó que estaba dispuesto a hablar con Lutero de igual a igual si éste renunciaba al salvoconducto que le había otorgado el emperador. Dialécticamente, la propuesta era hábil. Si Lutero la rechazaba, el canónigo podía alegar que se había negado al enfrentamiento; si la aceptaba, se colocaba directamente en el camino que conducía a la hoguera. Pero el monje no cayó en la trampa y preguntó quiénes serían los jueces en esa disputa. Fue entonces cuando Cochlaeus señaló que tenía que decir algo a Lutero, pero que no podía ser en aquel lugar lleno de espectadores. El conde de Mansfeld propuso entonces que acompañara al monje a su cuarto y allí le comunicara lo que considerara pertinente.

 CONVERSACIÓN EN LA HABITACIÓN
Lutero aceptó la propuesta del noble, pero lleno de desconfianza. Temiendo cualquier peligro, pidió al hermano que compartía la habitación con él que se quedara. Cochlaeus, que había captado a la perfección los temores del agustino, se desabrochó la ropa para dejar de manifiesto que no iba armado, pero hizo subir a su sobrino para no ser menos que el monje.

La conversación comenzó entonces de manera relajada. Lutero reconoció que se hallaba en una situación delicada respecto al papa, pero afirmó también que se sentía satisfecho porque ya no se oía hablar de las indulgencias. Cochlaeus le dijo entonces que el nuncio le había dado a entender que lo único que debía hacer Lutero era retractarse de lo que estaba abiertamente en contra de la fe y de la iglesia católica. Con respecto al resto de sus escritos, el emperador y los príncipes designarían expertos que los leyeran y separaran la paja del grano.

 Una vez más, el agustino se veía enfrentado con la disyuntiva de aquellos años: retratación o destrucción. A esas alturas, Cochlaeus añadió un elemento nuevo. Como en el caso de Aleandro, del propio León X, en su interior albergaba la convicción de que todos los hombres eran susceptibles de doblegarse si el precio era el adecuado. Señaló así que comprendía que Lutero pudiera temer regresar a Wittenberg si se retractaba, pero no debía preocuparse por su futuro ya que el emperador y el arzobispo de Tréveris estaban dispuestos a proporcionarle los medios suficientes para vivir en otro lugar con sosiego y decoro. Sin duda, podría contar, si se retractaba, con un futuro brillante dedicado al estudio de las Escrituras. Como colofón de ese discurso tentador, el canónigo volvió a invocar el nombre de Melanchthon. Si Lutero no deseaba retractarse por él mismo, al menos que debía hacerlo para evitar daños al joven erudito. La mención de Melanchthon arrancó lágrimas a Lutero, que, por supuesto, era consciente del peligro por el que atravesaban sus amigos .

Se trató de un momento que Cochlaeus aprovechó para insistir en que el papa estaría dispuesto a perdonarlo aunque, por lo que se refería a las indulgencias, no le cabía duda de que tendrían un buen porvenir en el seno de la iglesia. A fin de cuentas, después de todo lo pasado, ante Lutero se abría un futuro prometedor y la posibilidad de librar de la desgracia a la gente a la que amaba si tan sólo accedía a pronunciar su retractación y regresar al punto de partida anterior a las Noventa y cinco tesis.

 Cochlaeus, un hombre que, en realidad, no se movía por motivaciones religiosas, no había comprendido a Lutero. El agustino no era un hombre de fe al que las amenazas o las ofertas de promoción profesional pudieran conmover. Sí le afectaban las referencias a la gente querida, como era el caso de Melanchthon, pero no tanto como para llevarle a abandonar un camino marcado por su amor al Evangelio y por los dictados de su conciencia. El Aleandro que se había valido de todos los medios para conseguir sus objetivos; el Cochlaeus que había hecho carrera en el seno de la iglesia y que condenaba a Lutero sin haber leído sus obras, el papa León X que, entretenido por las diversiones de Roma, no había captado en ningún momento la gravedad de lo sucedido en Alemania; el joven emperador que se guiaba únicamente por el principio de autoridad y, como ellos, tantos otros no podían comprender al monje. Esa circunstancia se revelaría fatal.

Al fin y a la postre, Lutero y Cochlaeus se despidieron. El primero se había mantenido en sus posiciones. Cochlaeus nunca se lo perdonaría y dedicaría el resto de su vida a atacarlo encarnizadamente.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (45)

El 18 de abril Lutero manifestó ante el tribunal “Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios”. A una señal del emperador, dos guardias lo sacaron de la sala.

 

El 19, el emperador Carlos I de España y V de Alemania convocó a los electores y a los príncipes para resolver cuál debía ser el destino de Lutero. En esta ocasión, Aleandro se encontró presente. Sin embargo,  en contra de lo que hubiera deseado el nuncio, la discusión no zanjó el problema y, finalmente, se acordó solicitar un plazo para poder reflexionar mejor sobre el asunto. El emperador aceptó concederlo, pero antes se preocupó de dejar sentado cuál era su postura :

 Estoy resuelto a atenerme a todo lo que se haya hecho desde el concilio de Constanza. Este Hermano aislado, con seguridad se equivoca al levantarse contra el pensamiento de toda la Cristiandad, porque si no fuera así, la Cristiandad hubiera estado en el error desde hace más de mil años.

 Estoy dispuesto a apoyar esto con mis reinos y con mis posesiones, con mis amigos, con mi cuerpo y con mi sangre, con mi vida y con mi alma. Sería una deshonra para nosotros y para vosotros, miembros de la noble nación alemana, si hoy, por nuestra negligencia, permitiéramos que la menor sospecha de herejía o descrédito de la religión se deslizara en elcorazón de los hombres.

 Hemos oído ayer, aquí, el discurso de Lutero. Os declaro que me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él. No deseo volver a oírlo nunca ”.

 Carlos añadió a continuación que, aunque Lutero contaba con un salvoconducto, lo consideraba un hereje notorio y esperaba que los príncipes hicieran lo mismo. Las palabras del emperador constituían una sentencia de muerte para el monje .

En apariencia, sus días estaban contados perseguido por Carlos y por sus súbditos. Sin embargo, la Historia no se desarrolla jamás como la planean los hombres.

Nada podía permitir sospechar que ese mismo emperador en unos años saquearía Roma y que no pocos católicos interpretarían ese hecho como un justo castigo divino sobre los pecados papales. Tampoco podía ni siquiera imaginar que su decisión no señalaba el final de la Reforma apenas iniciada sino la consumación de la ruptura y del caso Lutero.

Ciertamente, con la manifestación del emperador Carlos, clara y sin fisuras, en contra de Lutero el proceso había llegado a su fin. No existía ya marcha atrás.

Por un lado, a pesar de sus debilidades y de sus intereses mal situados, el mayor poder religioso de la época había obtenido lo que deseaba; por otro, el mayor poder político de la época había decidido colaborar en sus objetivos.

 Nadie había discutido a fondo las posiciones de Lutero, nadie le había respondido y, mucho menos, nadie lo había refutado. Sin embargo, había razones para considerar que, como en el caso de Juan Huss, que había ardido en la hoguera un siglo antes, todo había concluido .

A la mañana siguiente, las calles de Worms aparecieron repletas de inscripciones y volantes que gritaban de manera elocuente: “¡Que el papa te condene, que el emperador te condene! Federico también te va a condenar y con toda seguridad no respetará tu salvoconducto. ¡Pobre desgraciado! Lo único que haces es rumiar viejos errores. ¡No has inventado nada nuevo!”.

 Sin embargo, no todo resultaba tan sencillo ni iba a ser tan fácil. Como en los años anteriores, una parte considerable del pueblo respaldaba a Lutero . Así, junto a los textos que apuntaban al final próximo de Lutero también aparecieron letreros que anunciaban “¡Desgraciado el pueblo que tiene a un niño por rey!”.

 La situación resultaba tan delicada que el arzobispo de Maguncia envió a su hermano, el elector de Brandeburgo, para entrevistarse con el emperador. Su misión era suplicarle que se dignara interrogar otra vez a Lutero en presencia de algunos príncip es. La reacción del emperador, advertido de los propósitos del arzobispo de Maguncia por el nuncio Aleandro, fue de negativa rotunda. Con todo, a pesar de la claridad de ideas de Carlos, los Estados distaban mucho de estar convencidos de que la manera en que se había llevado todo a cabo hubiera sido la mejor. Insistieron, por lo tanto, en que Lutero compareciera ante tres o cuatro personalidades que conocieran las Escrituras y que pudieran refutarlo. De esa manera, el monje no podría decir que sus tesis no se habían discutido ni el pueblo podría quejarse – hasta ahora con razón – de que se le condenaba sin haber sido juzgado con todas las garantías.

 El día 22, con no poca reticencia, el emperador cedió. Sin embargo, su concesión fue mínima. Se limitó a comprometerse a conceder a los Estados tres días para que intentaran durante los mismos conseguir la retractación de Lutero . Por lo que a él respectaba, se mantendría al margen. De hecho, ni siquiera enviaría a un representante.

Así, el mismo día en que la Dieta sometía a votación las  Quejas de la nación alemana , nombró una comisión formada por los Electores de Brandeburgo y de Tréveris, el duque Jorge, los obispos de Augsburgo y Brandeburgo, Peutinger y otras dos personas, una de las cuales representaba a Estrasburgo. De la composición de la comisión dice bastante el hecho de que sólo este último miembro y Peutinger no fueran hostiles a Lutero.

El interrogatorio estuvo dirigido por Jerónimo Vehus, canciller de Baden, pero  Lutero, que estaba convencido de que pretendían obligarlo a que renunciara a apoyarse en la Biblia, insistió en que sólo se retractaría ante una demostración de sus errores basada en las Escrituras . La situación volvía de nuevo a correr el riesgo de llegar a un punto muerto y, para sortearlo, el arzobispo de Tréveris invitó a Lutero a discutir frente a frente, asistido cada uno de ellos por un par de expertos.

 Finalmente, tras las bulas papales, tras la comparecencia ante la Dieta, tras la condena imperial, se había llegado al punto que el agustino llevaba suplicando desde hacía años. Como era de esperar, Lutero aceptó.

 Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

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JUAN STAM

Teología evangélica: Ubicación histórica

(Breve repaso de cinco siglos)

 

Los epítetos «conservador» y «liberal» son membretes que suelen manejarse con poca claridad y precisión. Son calificativas sujetivas, en que «conservador» es cualquier persona «a la derecha» mía (¡otro término muy relativo!) y «liberal» es cualquier persona  «a la izquierda» de donde me ubico yo. A quién no me gusta, fácilmente lo califico de «fundamentalista» o al contrario, de «modernista», sin tener la menor idea qué significan teológica e históricamente esos términos.[1] De manera similar, para muchos «ortodoxia» significa «cualquier doctrina que me parece aceptable» y «herejía» equivale a «toda doctrina que yo rechazo».

A veces esta confusión llega a tener resultados bastante cómicos. Muchos conservadores, quizá la mayoría, denuncian a Karl Barth como «liberal», cuando de hecho la teología de Barth es lo contrario y él era el mayor opositor de la teología liberal. Barth creía firmemente en la deidad de Cristo, y en sus primeras décadas, según los críticos, tendía a menospreciar un poco su humanidad y lo humano en general. A diferencia de la teología liberal, Barth creía firmemente en la justificación por fe y basó toda su teología en la trinidad y la trascendencia de Dios como el «totalmente Otro».

 

Menos cómica, y a menudo triste y lamentable, es la tendencia de algunos «liberales» de clasificar a todos los «evangélicos» como «fundamentalistas» y «derechistas» en teología e ideología, sin analizar el significado de esos términos y matizar sus juicios de acuerdo con la realidad.  Eso se complica porque actualmente muchos que se clasifican como «evangélicos», especialmente en los Estados Unidos, son de hecho fundamentalistas y ultraderechistas, con una religiosidad más republicana y derechista que cristiana. Por eso «evangélico» hoy es un término contaminado, que tenemos que «descontaminar» si vamos a seguir llamándonos por ese honroso título.

 

Conviene aclarar desde un principio lo que no significa el adjetivo «evangélico».  No significa fundamentalista, con un dogmatismo rígido y acrítico. Tampoco significa derechista, cerrado, reaccionario, sin conciencia social. No significa legalista o moralista, aunque lucha por forjar una ética personal y social fiel al evangelio y las escrituras. Tampoco significa simplemente «protestante», como en muchas partes de América Latina, ni menos debe confundirse con los «conservative evangelicals» de los Estados Unidos.  En su sentido verdadero, «evangélico» es un término bellísimo, basado en las buenas nuevas de la gracia de Dios en Cristo, un adjetivo cuyo sentido tenemos que recuperar y proteger.

 

Lo que se suele olvidar es que cada uno de estos términos tiene un origen histórico, y por eso tienen que ser entendidos históricamente. La mayor causa de su abuso es la tendencia de emplearlos fuera de su sentido teológico original. Por eso, para aclarar estos términos vamos a resumir los movimientos históricos de los que nacieron estas diversas tendencias.

 
La Reforma protestante[2]: Son bien conocidas las líneas básicas del proyecto histórico de la Reforma protestante. (A) Fue un despertar, ante el dogmatismo y tradicionalismo existente, de libertad de la conciencia cristiana liberada por la Palabra de Dios. «Si no se me demuestra de las escrituras y de la sana razón, no retracto nada», dijo Lutero en su desafiante declaración ante la dieta de Worms (1521).[3] Los Reformadores, a pesar de sus fallas humanas, eran pioneros de las libertades modernas y en su momento histórico promulgaban una teología verdaderamente liberadora.[4]

 

(B) Los reformadores afirmaron el principio de sola scriptura como fuente y norma de verdad revelada, de fe y práctica (aunque por supuesto no única fuente de conocimiento). Por eso, vivían con una pasión por la buena interpretación bíblica y la predicación expositiva. (C) Otra pasión de ellos fue la pasión por el evangelio, por las buenas nuevas de la redención en Cristo por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide). (D) Para los Reformadores, la fe no era simple asentimiento a doctrinas sino la entrega de la vida entera. Para Calvino, «todo recto conocimiento de Dios nace de obediencia». La fe erafiducia y praxis (para combinar un término latín de Lutero con otro griego de la sociología moderna).

(E) Los Reformadores entendían su misión como siempre inconclusa e imperfecta; no absolutizaron su `pensamiento como un sistema definitivo y final sino lo entendían como un proceso de búsqueda sin fin. Por eso fueron promotores de una «ecclesia reformata semper reformanda secundum verbum Dei» («iglesia reformada siempre reformándose según la palabra de Dios»).[5] Por eso también Calvino nos dejó nueve ediciones de La Institución«, a veces una revisión casi total. Sin duda, si hubiera vivido unos años más, nos habría dejado también una décima edición. En ese aspecto, el pensamiento de los Reformadores mostraba una impresionante humildad y flexibilidad.

 

En Lutero encontramos una impresionante combinación de firme convicción junto con una humilde flexibilidad. Al declarar sus inclaudicables convicciones evangélicas solía decir, «Esto es ciertamente la verdad», pero reconocía también que su propio conocimiento era finito y falible y que sólo Dios es absoluto (el «principio protestante», según Paul Tillich). Lutero era un «teólogo irregular» que nunca organizó su pensamiento en una «teología sistemática».

 

 

El segundo momento en nuestro resumen histórico, que afloró después de la muerte de los Reformadores, es la Ortodoxia protestante, o «el escolasticismo protestante» (aprox. 1580-1700).[6] Se caracterizó por «la cerrazón dal diálogo con otras iglesias, el gusto por las sutilezas teológicas, el dogmatismo epistemológico y el individualismo al ultranza» (Diccionario ilustrado de intérpretes de la fe, Justo L. González ed., p.477). A diferencia del pensamiento dinámico y fluido de los Reformadores, ahora se tendía a reducir la fe a un sistema cerrado y estático. Prevalecían las sospechas: algunos luteranos acusaban a los calvinistas de ser «cripto-católicos», algunos calvinistas hacían lo mismo contra los luteranos, y hasta algunos luteranos acusaban a otros luteranos de ser «cripto-calvinistas».  En esta época se formuló el dogma de la inerrancia de las escrituras, que no fue tema para los Reformadores, y ahora se extendió dicha infalibilidad hasta las copias y la vocalización del texto hebreo. Pero esa Biblia infalible se empleaba mayormente para textos de prueba y la exégesis bíblica solía ser pobre. De las enseñanzas del NT y del calvinismo moderado de Calvino mismo los ortodoxos sacaron inferencias para definir los «cinco puntos» del calvinismo oficial: la depravación total del ser humana, la gracia incondicional de Dios, la expiación limitada (Cristo murió sólo por los elegidos), la gracia irresistible y la perseverancia de los santos (Sínodo de Dort 1618-19).

 

Una de las razones de la actitud defensiva de la ortodoxia era el crecimiento de una ola de escepticismo racionalista inspirada por el Renacimiento humanista del siglo XV.[7] Muy importante eran los Ensayos de Miguel de Montaigne (dos tomo, 1580) y el pensamiento de Pierre Bayle (1647-1706), a quien Voltaire apodó «el maestro de la duda». Después, en el siglo XVIII («el siglo de las luces»), la llamada «Ilustración» profundizó mucho más las dudas y el escepticismo, inculcando un rechazo de toda autoridad y tradición, buscando la verdad más bien por el raciocinio, la observación y la experimentación.[8] En el XIX «los maestros de la sospecha» (Kierkegaard, Marx, Darwin, Freud, Nietzche) terminaron de revolucionar la filosofía occidental.

 

La teología respondió a estos desafíos de tres maneras: (1) con la ortodoxia dogmática, apelando precisamente a la autoridad que rechazaban sus contrincantes. Esto llegó a su reductio ad absurdum con una larga y sensacional polémica periodística entre G. E. Lessing y un pastor ortodoxo luterano, el Pfarrer Goeze. Al quedar claro que la teología ortodoxa del pastor Goeze no tenía respuestas, éste terminó el debate amenazando a Lessing con el castigo eterno. Otras respuestas fueron (2) el pietismo y (3) la teología liberal de Schleiermacher.

 

 

Frente al racionalismo escéptico, la respuesta del Pietismo consistió en un rechazo de la «ortodoxia muerta» del escolasticismo protestante y una búsqueda de una relación personal con Jesucristo. Su única confesión de fe era «Ningún credo, sino sólo Cristo». Su fundador era Philip Jakob Spener (1625-1705), que en su libro Pia desideria (1675) ofreció una serie de propuestas para restaurar la religión verdadera en Alemania. August Hermann Francke (16631727), otro líder pietista, supo juntar la espiritualidad con la acción social y fundó un orfelinato, una escuela para los pobres y una clínica en su propia casa. El centro del pensamiento pietista era la recién fundada Universidad de Halle.

 

Los pietistas sentían que estaban llevando las enseñanzas de los Reformadores hasta sus conclusiones lógicas, enseñando que la justificación del creyente tenía que manifestarse en una nueva vida. Tenían mentalidad laica. El movimiento pietista comenzó con reuniones en la casa de Spener, para estudio bíblico y oración. Sus grupos caseros se llamaban «Collegia Pietatis» o «Collegia Philobiblica». No cabe duda que su ardor y su pasión nacía del evangelio y que era más fiel a los Reformadores de lo que era la ortodoxia muerta o el liberalismo después. El pietismo tuvo un impacto importante en el Conde Zinzendorf, líder de los moravos, como también en Juan Wesley y el metodismo.[9]

 

El pietismo impactó a la iglesia y se extendió rápidamente por Alemania, pero lamentablemente sufría de una escasez de buenos líderes. Por eso se fragmentó y a veces cayó en un sistema legalista muy rígido. También a veces era excesivamente individualista y espiritual, desvalorando el cuerpo y la sexualidad humana.

 

 

Una tercera respuesta al racionalismo incrédulo fue la teología liberal, introducida por Friedrich Daniel Schleiermacher (1768-1834). Este destacado teólogo era de una familia morava y estudió en la Universidad de Halle, el centro del pietismo, donde conoció la filosofía de Kant, Spinoza y Leibnitz y el romanticismo de Schlegel. Su obra, Sobre la religión, para sus despreciadores cultos, fue publicada en 1799. Para rescatar la decaída credibilidad de la religión, Schleiermacher la redefinió como «el sentimiento piadoso de dependencia absoluta», independiente de todo dogma.[10] En La fe cristiana (1821-2) reinterpreta toda la doctrina cristiana a partir de esa auto-consciencia religiosa. Entre los teólogos liberales figuran A. Ritschl, W. Hermann, A. Harnack, E. Troeltsch y en los Estados Unidos H. E. Fosdick, Albert C Knudson y Edgar Brightman. W. Rauschenbusch ensenó un «evangelio social», con base en el Reino de Dios. La teología liberal fue criticada acérrimamente por Karl Barth, Emil Brunner y los hermanos Niebuhr.

 

La teología liberal viene marcada por el moderno rechazo de la autoridad, incluso la de la de la revelación divina, y por la «duda metodológica» del pensamiento cartesiano. Duda no sólo de la tradición y de las interpretaciones de las escrituras, sino también de la veracidad de ellas mismas. Se caracteriza por un racionalismo escéptico, dispuesto a creer sólo lo que su propio análisis racional logra comprobar. A menudo muestra cierta satisfacción en refutar la enseñanza bíblica, como afirmación de su propia libertad para rechazar toda autoridad externa.

 

Para la teología liberal, en términos generales, el ser humano tiene adentro una chispa divina que lo capacita para sentir conscientemente la realidad de Dios. El pecado es el debilitamiento de ese sentimiento piadoso, que sin embargo estaba presente en Jesús en su máxima fuerza. La justificación por la fe consiste en que Cristo inspira en nosotros esa consciencia de unión mística con Dios. La Biblia es una especie de antología de las experiencias espirituales de la gente piadosa. El Reino de Dios consiste en que se haga la voluntad de Dios en la tierra (Ritschl, Rauschenbusch), olvidando generalmente la dimensión escatológica (la vida venidera). Para Harnack, la esencia del cristianismo consistía en «la paternidad de Dios y la fraternidad de los hombres» (sic).

 

Esta teología tenía un valor positivo en muchas de sus afirmaciones pero era problemática en lo que negaba, especialmente la eterna deidad de Jesús (y así la encarnación), su obra expiatoria y su resurrección corporal. En su afán de convencer a los «cultos despreciadores», a veces se adaptaba demasiado al mundo secular en vez de confrontarla como contracultura. Su énfasis en el «ya» del Reino era muy valioso, pero debían balancearlo con el «todavía no». A Schleiermacher se le considera «padre de la hermenéutica moderna». Para Ritschl, la tarea de la teología era la reconceptualización de la fe en diálogo con el contexto.[11] Estos eran aportes a la metodología teológica.

 

 

La tradición evangélica (hasta siglo XIX): Este adjetivo aparece por primera vez en 1531 cuando William Tyndale escribió, «los exhortó a continuar en la verdad evangélica» y el año siguiente Tomás Moro habló de «Tyndale y su hermano evangélico Barns». Martín Lutero hablaba de la «evangelische Kirche», a diferencia de la Iglesia Católica Romana, y afirmaba la centralidad inviolable de la justificación por la fe, lo que le ganó el epíteto de «evangélico».[12]Después siguieron diversos movimientos y hasta denominaciones eclesiásticas que se llamaban evangélicos, que no estaban de acuerdo ni con los ortodoxos ni con los liberales.[13] En esta corriente figuraban grandes predicadores (Charles Simeon, Charles Spurgeon) e importantes pensadores, especialmente en las ciencias bíblicas de la época (Thomas Chalmers; A. B. Bruce; E Schürer; Adolf Schlatter: Karl Heim, H. Wheeler Robinson, H.R. Mackintosh y muchos más).[14] Hicieron valiosos aportes a las ciencias bíblicas y a la iglesia.

 

De estos movimientos evangélicos el más importante fue el wesleyano.[15] De 1830 en adelante la prédica de Charles G. Finney comenzó a ser levadura de transformación en la iglesia y en la nación del norte. En esas décadas, mucho antes del nacimiento del fundamentalismo, los evangélicos (que así se llamaban) ejercieron un liderazgo valiente y decisivo para la emancipación de los y las esclavos y para el sufragio de la mujer. En esas luchas fue importante la recién fundada Universidad Oberlin (Oberlin College), de la que Finney fue Rector.[16] En realidad, este «proto-evangelicalismo», antes de las controversias en torno al modernismo, practicaba la misión integral de la que hablamos mucho los evangélicos de hoy.

 

Realizadas las metas sociales del movimiento, se debilitó mucho casi hasta desaparecer. En las décadas después de la guerra civil estadounidense crecía la teología liberal y aparecieron nuevos desafíos, especialmente los debates sobre la evolución y sobre la «alta crítica» de los textos bíblicos. Un sector amplio de la iglesia respondió muy a la defensiva, al estilo de la ortodoxia del sigo XVII, y comenzó la guerra teológica entre los fundamentalistas y los modernistas (o «liberales»).

 

 

Los fundamentalistas: Este término, un poco curioso, tiene una historia interesante. Durante las últimas décadas del siglo XIX los opositores del liberalismo no se llamaban fundamentalistas sino ortodoxos, conservadores o defensores de la sana doctrina. En esa guerra sin cuartel contra los liberales, dos multimillonarios petroleros, los hermanos Lyman y Milton Steward, ofrecieron financiar una nueva revista con el título de “The Fundamentals” (adjetivo sustantivado, para decir “las doctrinas fundamentales”). Entre 1910 y 1915 publicaron 12 extensos tomos. de los que circularon más de tres millones de ejemplares en forma gratuita a pastores, seminaristas y otros líderes. De ese proyecto quedó el nombre de «fundamentalistas» como movimiento histórico.

 

El fundamentalismo traía desde su nacimiento un virus mortal, que era el reduccionismo.[17] Les gustaba reducir todo a los cinco o seis puntos fundamentales. Ya en 1895 la famosa Conferencia de Niágara definió los temas del conflicto: la inerrancia de la Biblia y su interpretación literal, la deidad y nacimiento virginal de Jesús, su muerte en la cruz como expiación vicaria, su resurrección y su regreso físico a la tierra. Insistía también en la historicidad literal de todos los milagros narrados en la Biblia y de los primeros capítulos de Génesis (creación literal en seis días, diluvio universal). Muy importante además era el rechazo categórico de la evolución y la alta crítica bíblica. La temática se limitaba a los temas de controversia con los liberales, sin tomar en consideración otros temas urgentes como el reino de Dios, la iglesia y su misión, la humanidad de Jesús, la hermenéutica y mucho más.

 

En la ética fundamentalista ocurrió el mismo reduccionismo, resumiendo toda la moral en cinco o seis tabúes, mayormente irrelevantes: no ir al cine, no bailar, no fumar, no beber, no jugar naipes y no pertenecer a sociedades secretas. Implícita estaba otra prohibición: no participar en «el mundo», la sociedad secular. Frente al «evangelio social» de los liberales, los fundamentalistas proclamaban un «evangelio anti-social», de extrema derecha (diríamos hoy). El fundamentalismo no se preocupó por una integral ética personal, mucho menos una ética social. El trágico papel de William Jennings Bryant en el proceso contra el profesor Scopes por enseñar la evolución (Dayton, Tenessee, 1925) desacreditó significativamente la seriedad intelectual de los fundamentalistas.

Con el tiempo dos corrientes tomaron prominencia en el fundamentalismo. La primera fue el dispensacionalismo de la Biblia Scofield, con un fuerte énfasis en el rapto de la iglesia. La otra fue el separatismo, encabezado por Carl McIntire. Éstos enseñaron la «triple separación»: separarse personalmente de la falsa doctrina, separarse de cualquier iglesia que enseñe falsa doctrina y tercero, separarse de las personas que no se han separado de esas iglesias, aunque la doctrina de ellos sea sana.  Con cada década el fundamentalismo se volvía más ofensivo, hasta que el mismo término llegó a ser sinónimo de necedad y malacrianza, ignorancia y fanatismo.

 

En esas mismas décadas (aprox. 1910-1940) surgieron dos fuerzas más en el escenario teológico. En primer lugar Karl Barth logró lo que nunca pudo el fundamentalismo, de ofrecer una respuesta convincente al liberalismo y una alternativa teológica para el siglo XX. Barth afirmó vigorosamente la trascendencia de Dios, la deidad de Jesucristo y su resurrección, pero apareció también Rudolph Bultmann con su proyecto de «desmitificar» los milagros del N.T., incluso la resurrección. En segundo lugar creció fenomenalmente el movimiento pentecostal, con su muy fuerte énfasis en los milagros. Ese hecho histórico parece refutar el argumento de Bultmann y otros que «el hombre moderno no cree en milagros» (sic.). El pentecostalismo es un desafío muy importante a la teología liberal.

 

Gustavo Gutiérrez ha expresado una gran admiración por Karl Barth y su pertinencia para América Latina. Señala que Bultmann, que pretende hablar por el ser humano de hoy, de hecho «ignora las cuestiones que vienen del mundo de la opresión», mientras que Barth, el teólogo de la trascendencia de Dios, es sensible a la situación de las víctimas de la explotación. «El que parte del ‘cielo’ es sensible a aquellos que viven en el infierno de este mundo, el que parte de la ‘tierra’ no ve sobre qué situación de explotación ella está construida». (La fuerza histórica de los pobres, Lima:CEP 1979, pp. 372-3; cf. 326-28, 408-14 y para su crítica de la teología liberal pp. 323-5).

 

 

La teología evangélica (neo-evangélica; evangélica radical): A mediados de la década de los 40, un grupo de cristianos básicamente conservadores, reunidos alrededor del Seminario Fuller y la figura de Billy Graham, rompió con los fundamentalistas y rechazó ese título. Abogaron por una teología más centrada y abierta, una ética no legalista sino fundamentada en convicciones personales maduras, y una nueva preocupación social. No definían su fe por los dogmas de la ortodoxia y el fundamentalismo sino, como su nombre indica, se basaban en los hechos salvíficos que son las buenas nuevas para la humanidad. Se esforzaron escrupulosamente en ser objetivos y justos con otros teólogos en vez de traficar en caricaturas.[18] Era claramente un fenómeno nuevo en el escenario teológico.[19]

 

En 1947 Harold Ockenga, entonces presidente del Seminario Fuller, acuñó el término de «neo-evangelicalismo» para identificar este nuevo movimiento. Sin embargo, este título no se impuso y dentro de una década, más o menos, por razones no muy claras, fue sustituido por «evangélicos conservadores».[20]El nuevo apellido correspondía a una clara derechización del movimiento, en estrecha alianza con el Partido Republicano, y una cierta vuelta hacia el viejo fundamentalismo. Así en una medida significativa los «conservative evangelicals», que ya eran numerosos y poderosos, eran de hecho «neo-fundamentalistas», más sofisticados y cultos pero bastante parecidos en teología y política.

 

Frente a ese retroceso surgieron «los evangélicos radicales» (progresistas) que buscaban recuperar el impuso original del movimiento y llevarlo más adelante. Estos ampliaron considerablemente la libertad del pensamiento, dentro de los parámetros de «las sagradas escrituras y la sana razón» de Lutero o el cuadrilátero de Juan Wesley,[21] Por otra parte, estos evangélicos, en sus publicaciones, congresos y praxis, han promovido un radical compromiso social.[22] En su lucha incesante por la justicia, este movimiento representa una especie de «izquierda evangélica».

 

Como el nombre indica, la teología evangélica es la teología de las buenas nuevas de la vida, muerte y resurrección corpórea de Jesucristo. Como tal, la teología evangélica no se fundamenta en conceptos generales de religión ni en el sentimiento piadoso nuestro sino en la acción histórica de Dios para nuestra salvación, conocida también como el kerigma. Esas buenas nuevas son el evangelio de Dios (Rom 1:1; 1Ts 2:9) y de Jesucristo (Mr 1:1; Rom 1:9; de la gloria de Cristo, 2Cor 4:4), el evangelio de la gracia de Dios (Hch 20:24), el evangelio de la salvación (Rom 1:16; cf Ef 1.13) el evangelio del reino (Mt 9.35; cf. Hch 28:31) y «buenas nuevas a los pobres» (Mat 11:5; Lc 4:18). En su conjunto, estas frases descriptivas resumen mucho de lo que es la teología evangélica. Es una teología desde la fe, en busca de inteligencia y eficacia.

 

Los evangélicos damos mucha prioridad a la normatividad de las escrituras y por eso a la cuidadosa exégesis bíblica, incluso con el empleo de los métodos críticos de la moderna ciencia bíblica.[23] Tampoco insistimos en la interpretación literal de los primeros capítulos de Génesis. El libro de Bernard Ramm sobre la Biblia y la Ciencia abrió el camino hacia nuevos enfoques del tema de la creación, de modo que la polémica anti-evolucionista no pertenece a la agenda evangélica.[24] De igual manera han liberado la exégesis del Apocalipsis del literalismo a priori que distorsionaba su interpretación. En vez de rechazar a priori toda autoridad, los evangélicos persiguen la meta de «autoridad (las escrituras) sin autoritarismo, tradición (la historia) sin tradicionalismo, y dogma (la teología) sin dogmatismo».

 

A diferencia de los ortodoxos del siglo XVII y los fundamentalistas del siglo XX, los evangélicos radicales buscan enseñar «todo el consejo de Dios», no sólo una agenda polémica reduccionista. Buscan también ser radicalmente autocrítica, para cuestionar su propia tradición, y radicalmente honestos para aprender de otras tradiciones y movimientos (p.ej. de Karl Barth). Buscan también ser radicalmente comprometido con América Latina hoy, en la lucha por la justicia y la paz. Mantiene su identificación con los sectores evangélicos y pentecostales de la iglesia latinoamericana, esperando en Dios transformarla día a día en una iglesia más fiel a la Palabra.

 

Dos movimientos más recientes han enriquecido nuestro debate teológico. La teología de la liberación, en cuanto teología autóctona latinoamericana, ha sido en gran medida compatible con la teología evangélica radical. Muchos de ellos han hecho valiosos aportes bíblicos, pero otros han incorporado elementos de la teología liberal europea y norteamericana. Por otra parte, en recientes décadas la Fraternidad Teológica Latinoamericana ha logrado, y está logrando, renovar el protestantismo latinoamericana con una dinámica nunca vista antes. Los cinco «Clade» (Congreso latinoamericano de evangelización) y las publicaciones y diversos ministerios del Centro Kairós (como por ejemplo el CETI) desde Buenos Aires nos han vigorizado y nos han hecho madurar. Es un ejemplo inspirador de lo que se puede lograr, desde la Palabra de Dios, dentro de la gran comunidad evangélico-pentecostal.

 

José Miguez Bonino, con palabras profundamente conmovedoras, se describió como evangélico y fue miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. «Pero si se trata de definirme en mi fuero interior, lo que me sale de adentro es que soy evangélico. En ese suelo parecen haberse ido hundiendo a lo largo de más de setenta años las raíces de mi vida religiosa y de mi militancia eclesiástica. De esa fuente parecen haber brotado las alegrías y los conflictos, las satisfacciones y las frustraciones que se han ido tejiendo a lo largo del tiempo. Allí brotaron las amistades más profundas y allí se gestaron distanciamientos dolorosos… Si en verdad soy evangélico o no, tampoco me corresponde a mí decirlo. Ni me preocupa que otros lo afirmen o nieguen. Lo que en verdad soy corresponde a la gracia de Dios» (Rostros del protestantismo latinoamericano, BsAs/Grand Rapids 1995, pp. 5-6).

 

 

CONCLUSION: Los apelativos «fundamentalista». «evangélico» y «liberal» deben entenderse estrictamente desde su origen histórico. Cada tendencia tiene sus raíces en los siglos XVI-XIX. El fundamentalismo es una reencarnación de la ortodoxia protestante escolástica del siglo XVII, mientras la teología evangélica tiene sus orígenes e inspiración en la Reforma evangélica del siglo XVI, a la cual busca ser fiel en nuestro moderno contexto tan distinto. La teología liberal, por su parte, surge del intento de Schleiermacher de responder al moderno escepticismo racionalista en los mismos términos de ellos.

 

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[1] Sobre estos términos ver también juanstam.com, «Soy un radical conservador liberal» (27 marzo 2009) y «Soy un evangélico católico pentecostal» (28 marzo 2009). Cf, además «Teología evangélica: las buenas nuevas de la muerte y resurrección de Jesús» http://www.juanstam.com 1 de abril 2012.

[2] Bajo este término, en su sentido más amplio, incluimos no sólo Lutero y Calvino pero también la Reforma Radical, sin desconocer los aportes del movimiento wesleyano.

[3] Los wesleyanos amplían la «sana razón» de Lutero en el llamado «cuadrilátero wesleyano»: las cuatro fuentes de la teología son las escrituras, la razón, la tradición y la experiencia. (Según otra formulación, la fuente definitiva es la escritura, iluminada por la experiencia, la razón, la tradición y la creación). Las demás fuentes complementan el testimonio bíblico, pero no pueden contradecirla. «La norma del cristiano respecto de lo bueno y lo mal es la Palabra de Dios, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento…» (Obras de Wesley, Tomo I, Sermón 12, pp. 229-30; citado en Jorge Bravo, «La teología de Juan Wesley: un reto para el presente».http://www.angelfire.com/pe/jorgebravo/teologia1.htm.

[4] Por eso José Martí admiraba a Lutero y opinó que todo amante de la libertad debía colgar un retrato de Lutero en la pared de su casa; ver «Sobre la teología de los reformadores: unas reflexiones» http://www.juanstam.com 31 octubre 2011.

[5] Parece que la frase latina fue acuñada por la iglesia reformada holandesa del siglo XVII, pero describe fielmente la actitud de los reformadores del XVI.

[6] Entre los teólogos ortodoxos figuran Abraham Calovius, Johann Gerhard,  Francis Gomarus, Amandus Polanus y los tres Turrettini (abuelo, hijo y nieto: ¡una verdadera dinastía!). Teólogos más abiertos eran Georg Calixto y Moise Amyraut,

[7] Humanistas del Renacimiento en Italia: Petrarco, Boccaccio, Lorenzo Valla, Pico della Mirandola. Algunos en Europa  del norte: Juan Reuchlin, Felipe Melanchthon, Juan Colet, Sir Thomas Moro, William Budé y Erasmo.

[8] En este proceso jugó un papel importante el pensamiento de René Descartes (1597-1650) e Imanuel Kant (1724-1804). En 1793 Kant publicó La religión dentro de los límites de la mera razón. Era muy popular el deismo, más que el ateísmo mismo.

[9] Interesantemente, los moravos introdujeron prácticas que siguen caracterizando a movimientos evangélicos hasta hoy: grupos pequeños, predicación fuera de los templos, himnología evangélica más personal, proyección misionera etc.

[10] Se puede decir que Schleiermacher centró su teología en la religión en lugar del evangelio o la revelación

[11] Sobre la teología liberal, especialmente de finales del siglo XX, son valiosos los escritos de Gary Dorrien de Union Seminary de Nueva York’: «American Liberal Theology» en Cross Currents 55:4, 2005-6 y los tres tomos de The Making of American Liberal Theology (John Knox Press)

[12] George Marsden, Understanding Fundamentalism and Evangelicalism (Eerdmans, 1991)., citado en en.wikipedia.org/wiki Evangelicalism).

[13] Aunque algunos de estos movimientos evangélicos apreciaban ciertos aportes del pietismo, no compartían su desprecio de la reflexión teológica y los credos. Estos «evangélicos antes de los evangélicos» insistían en la fidelidad a las escrituras, la deidad de Cristo y su obra redentora, la necesidad de una conversión personal y de la santidad. Se oponían a la ortodoxia muerta y el ritualismo como también a la corriente liberal.

[14] Charles Simeon, que tuvo un gran impacto en Cambridge, dijo que su tema central era «Jesucristo y éste crucificado». Con espíritu evangélico, Heim dijo que la meta de todo su trabajo era «confrontar a las personas con el Cristo viviente».

[16] Es especialmente valioso el libro de Donald W. Dayton, Discovering an Evangelical Heritage (Descubriendo una herencia evangélica), Hendrickson 1976 (revisión y quinta impresión 2005).

[17] Otros defectos congénitos del fundametalismo eran el literalismo, el legalismo y el dogmatismo.

[18] Por esta honestidad de de G. Berkouwer, Karl Barth reconoció su libro, The Triumph of Grace in theTheology of Karl Barth, como el mejor libro sobre su teología. La misma integridad caracterizó la tesis de E.J. Carnell sobre Reinhold Niebuhr y los trabajos de evangélicos como P.K, Jewett, B. Ramm. G. Ladd, R. Mounce y otros. Cf. Stam, «ética y estética del discurso teológico» en Haciendo teología en América Latina, Tomo I, pp. 23-45.

[19] Igual que los reformadores, este nuevo movimiento afirmaba el evangelio como buenas nuevas, y (junto con los ortodoxos y fundamentalistas) sostenía las doctrinas básicas de la deidad de Jesucristo y su resurrección, pero sin la rigidez escolástica. La espiritualidad de los neo-evangélicos tuvo raíces en el pietismo y el movimiento wesleyano, y su ética tuvo antecedentes en el evangelio social de Rauschenbusch.

[20] Este título puede verse como un oxímoron, ya que el evangelio no implica una mentalidad conservadora. El adjetivo y el sustantivo se contradicen.

[21] La fascinante historia de las casi ocho décadas de Fuller Seminary demuestra esa impresionante libertad, dentro de parámetros evangélicos.

S[22] Entre las revistas han sido importantes Sojourners, The Other Side y The Wittenberg Door. Sus encuentros sobre temas sociales han sido numerosísimos, comenzando con la consulta de Wheaton (1966), Lausanne (1974), Wheaton (1983), los Clade y la Red Miqueas en América Latina.

[23] Se destaca el extraordinario aporte de F.F. Bruce a la exégesis y la teología bíblica, empleando fielmente los métodos críticos. Cf. el libro de George Ladd sobre la Crítica Bíblica. De hecho, los biblistas evangélicos han estado entre los mejores de la época moderna.

[24] Cf. Stam, Las buenas nuevas de la creación (Nueva Creación 1995; Kairós 2003).


César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (44)

Lutero: <em> Mi conciencia, cautiva de la Palabra de Dios</em>
Al reanudarse la sesión, Von Ecken inició un discurso cuya finalidad obvia era doblegar a Lutero.
La petición de tiempo para reflexión que hizo Lutero desconcertó al tribunal, obligó al partido papal a esperar, impresionó a los laicos y a los nobles por la humildad y la honradez del monje y le proporcionó una noche para orar y reflexionar sobre lo que iba a decir al día siguiente.

 Contamos con notas de Lutero redactadas durante esa noche y por ellas sabemos que aquellas horas estuvieron marcadas por una soledad absoluta . Sus amigos estaban amenazados de muerte por Aleandro, habían sido condenados y excomulgados por la bula y carecían de permiso para estar en Worms. Sin embargo, el monje era consciente de que todo el mundo contemplaba lo que estaba sucediendo en Worms y, lo que era más importante para él, también lo hacía Dios.

A las cuatro de la tarde del día siguiente, 18 de abril, el heraldo vino a buscar a Lutero y lo condujo hasta el tribunal. Rodeado por una multitud, el monje tuvo entonces que esperar hasta las seis, dado el trabajo del que debían ocuparse los príncipes. Durante ese tiempo, algunos nobles se le acercaron para decirle que deseaban quemarlo, pero que esa circunstancia no se produciría porque antes tendrían que eliminarlos a todos. “No tendrán problema en hacerlo”, les contestó Lutero de manera irónica, pero realista.

 Cuando finalmente Lutero compareció ante la Dieta, se le indicó que se le había concedido un tiempo para deliberar a pesar de que no tenía ningún derecho a ello. Ahora debía responder si deseaba defender todos los libros que había reconocido como propios o quería retractarse de alguno . El anuncio fue realizado en latín y en alemán, y de manera bien significativa, el tono de la requisitoria fue más áspero en la primera lengua.

 Lutero respondió en alemán . Su tono fue humilde y tranquilo por lo que no pocos pensaron que pensaba retractarse. Sin embargo, tenía otras intenciones. Así, señaló , en primer lugar, que reconocía como suyos los libros  reunidos en el lugar en la medida en que no hubieran sido alterados por sus adversarios.

 Por lo que se refería a la defensa o retractación de los mismos, dividió sus libros en tres grupos. El primero abarcaba aquellos que la misma bula consideraba inofensivos . De ésos, no se retractaba.

 En segundo lugar, estaban los libros en los que lanzaba acusaciones contra el papado por torturar las conciencias y exprimir al pueblo. De esos no podía retractarse porque significaría “consentir esa tiranía y fortalecer su dominio”.

 Finalmente, se encontraban los escritos que había dirigido contra las personas que defendían “la tiranía romana” y pretendían tergiversar lo que había enseñado sobre la fe.  En este caso, reconocía que debería haber sido más considerado, pero lo cierto es que no era un santo y, por añadidura, le resultaba imposible retractarse. A pesar de todo, si se le convencía de sus errores, refutándolos de acuerdo con los escritos de los profetas y del Evangelio, “nadie estaría más dispuesto a una retractación” que él “y sería el primero en arrojar al fuego los libros” que eran suyos.

 Al terminar su exposición, se le pidió que la repitiera en latín , lo que Lutero hizo. Acto seguido, los príncipes se retiraron a deliberar. No da la impresión de que resultara muy difícil que se pusieran de acuerdo. A su juicio, resultaba indispensable que Lutero dejara de manifiesto con claridad si se retractaba o no. Por ello, pidieron a Von Ecken que intentara dejar convenientemente esclarecido este aspecto y optaron por continuar la vista.

 Al reanudarse la sesión, Von Ecken inició un discurso cuya finalidad obvia era doblegar a Lutero. Finalmente, le formuló la pregunta clave. ¿Se retractaba de sus libros y de los errores que contenían? . El monje reconoció que tanto el emperador como los miembros de la Dieta deseaban una respuesta sencilla y manifestó que la iba a dar en latín sin equívoco alguno:

 “Hela aquí: a menos que se me persuada por testimonios de las Escrituras o por razonamientos evidentes, porque no me bastan únicamente las afirmaciones de los papas y de los concilios, puesto que han errado y se han contradicho a menudo, me siento vinculado con los textos escriturísticos que he citado y mi conciencia continúa cautiva de las palabras de Dios. Ni puedo ni quiero retractarme de nada, porque no es ni seguro ni honrado actuar en contra de la propia conciencia” 

En ese momento, abrumado por la emoción, Lutero cambió el latín en que se había expresado por su alemán materno y exclamó: “No puedo más. Haced de mi lo que deseéis. ¡Que Dios me ayude!”.

La respuesta de Lutero no dejaba esta vez lugar a dudas y algunos de los príncipes hicieron ademán de abandonar la sala. Von Ecken intentó entonces controlar la situación y gritó a Lutero que olvidara su conciencia, que nunca podría probar que los concilios se habían equivocado en materia de fe, sino, como mucho en materia de disciplina. El monje le respondió entonces que sí podía probarlo. No tuvo, sin embargo, oportunidad.

 A una señal del emperador, dos guardias lo sacaron de la sala y en esos momentos se produjo el estallido .

Mientras la guardia española del emperador gritaba “¡Al fuego! ¡Al fuego!”, los alemanes –que no entendían lo que estaban diciendo- hacían la señal de la victoria.

Escoltado por los que llamaba sus “ángeles guardianes”, Lutero llegó al final a su alojamiento. Una vez allí, levantó los brazos al cielo mientras gritaba: “¡Ya está! ¡Ya está!”.

 Se encontraba embargado por la convicción de que había cumplido con su deber. Donde otros se habían retraído por miedo o por interés, él se había mantenido firme frente a los grandes poderes de su tiempo y fiel a los dictados de su conciencia. Lo había hecho además no por intereses políticos, por codicia o por ansia de poder sino por amor al Evangelio y sostenido en la fe en su Redentor.

Autores: César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (43)

En total, la comparecencia de Lutero fue contemplada por unas mil quinientas personas.

El 17 de abril de 1521, después de esperar por espacio de dos horas, Lutero fue conducido a una sala abarrotada en la que el calor resultaba sofocante.
Los miembros de la Dieta se quedaron sorprendidos al ver aparecer al fraile. Pálido, delgado, cansado por las dos semanas de viaje, enfermo por la tensión de los meses anteriores, los presentes, especialmente los italianos y los españoles, no acertaban a entender cómo aquel hombre podía ser el origen de tantos problemas . Porque además a su ausencia de prestancia, unió el humilde comportamiento que se hubiera esperado de un religioso. Mantuvo la cabeza inclinada y dobló sus rodillas ante sus superiores.
Contamos con seis informes de la comparecencia de Lutero ante la Dieta que proceden de las dos partes .
Para el estudioso, resulta tranquilizador el hecho de que sean muy similares en su contenido y además recojan de manera literal lo actuado. Puede decirse que, ciertamente, los énfasis son diferentes según las versiones, pero, en términos generales, ningún hecho aparece omitido ni tampoco deformado tendenciosamente.
El primero de los relatos (29 páginas) es el denominado informe de Spalatino que fue recogido por éste con la ayuda de los teólogos de Wittenberg . Existe también una versión abreviada de este informe que no añade nada a nuestro conocimiento del episodio.
El tercer texto del que disponemos es el informe oficial católico compilado fundamentalmente por el letrado Von Ecken, el fiscal oficial, y aprobado por Aleandro .
El cuarto informe, conocido como el Informe alemán, ofrece detalles muy interesantes sobre el procedimiento legal  y sobre personajes como el arzobispo de Tréveris, Glapión o Cochlaeus. A estas fuentes hay que añadir el Informe Vehus, un texto muy objetivo y no teológico, escrito por un laico que era letrado y canciller del elector Felipe de Baden, y dedicado a los procedimientos del 24-25 de abril, y el Informe Cochlaeus debido a este teólogo católico, que, a pesar de su carácter extremadamente parcial, proporciona datos interesantes sobre las personalidades implicadas.
En total, la comparecencia de Lutero fue contemplada por unas mil quinientas personas  lo que explica el calor sofocante que había en la sala. Las más importantes eran el emperador Carlos, los electores Federico de Sajonia, Joaquín de Brandeburgo, Luis del Rhin y los arzobispos Alberto de Maguncia, Reinhart de Tréveris y Hermann de Colonia.
Una vez que Lutero se encontró en presencia del emperador, Ulrico von Pappenheim le advirtió de que no debería hablar a menos que se le interrogara. Entonces el fiscal , Juan Von Ecken, en sustitución de Aleandro que no había querido estar presente, se dirigió a Lutero en latín y después en alemán para informarle de que se encontraba ante el tribunal por dos razones. La primera era reconocer públicamente si los libros expuestos que llevaban su nombre eran suyos y la segunda, si en tal caso, estaba dispuesto a retractarse de lo expuesto en ellos .
Acto seguido, el doctor Jerónimo Schurff, un suizo de San Gall, ordenó que se leyeran los títulos de los libros y se instó a Lutero a retractarse de ellos de acuerdo con el mandato imperial.
El monje respondió a la primera pregunta que, efectivamente, los libros eran suyos.
En relación con la segunda, contestó que estaba dispuesto a ceder ante cualquiera que le convenciera valiéndose de las Sagradas Escrituras . Ese hecho, hasta el momento, no se había dado a pesar de que se había ofrecido repetidamente a ello.
En ese instante, el emperador expresó su deseo de que Lutero fuera informado a través de Von Ecken de que en todo momento debía tener a la vista la unidad de la iglesia santa, católica y apostólica y de que no debía de desgarrar lo que tenía que sostener, venerar y adorar, ni tampoco debía apoyarse en su propia opinión ni en textos bíblicos pervertidos.
Lutero debía volver en sí y retractarse. Si así lo hacía, el emperador le prometía su gracia y favor y que obtendría esos mismos favores del papa. Pero si no lo hacía, le esperarían la pena y el castigo. En opinión de Carlos, el monje debía haber meditado en todo hacía mucho tiempo. Sin embargo, aceptó conceder a Lutero un tiempo para reflexionar que se prolongaría hasta las cinco de la tarde del día siguiente.
Pero Lutero añadió, inesperadamente, que se trataba de una pregunta difícil ya que iba referida a la fe. Por esta razón, no podía dar una respuesta en ese momento sin reflexionarla antes y por ello, humildemente, solicitó que se le concediera un tiempo para deliberar.
La petición de Lutero fue un paso muy hábil . No disponía de un abogado defensor y además Aleandro había preparado las preguntas que debía formular Von Ecken de tal manera que el agustino no pudiera pronunciar ninguna declaración de defensa y sólo tuviera la salida de retractarse o verse abocado a una condena. Sin embargo, a pesar de su cansancio y de su mal estado físico, Lutero supo captar que todo era una argucia para dar a su comparecencia la apariencia de una vista legal, pero sin ninguna de las garantías indispensables.
La petición de tiempo desconcertó al tribunal, obligó al partido papal a esperar, impresionó a los laicos y a los nobles por la humildad y la honradez del monje y le proporcionó una noche para orar y reflexionar sobre lo que iba a decir al día siguiente.
Pero de eso trataremos en nuestro siguiente artículo.

Autores:César Vidal Manzanares

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César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (42)

Viaje y llegada a Worms de Lutero
No faltaron los que intentaron disuadirlo de que continuara su viaje.

 

 Lutero esperó hasta que los cultos de Pascua concluyeran antes de ponerse en camino. Finalmente, el jueves, 2 de abril, partió hacia Worms. Llevaba consigo la citación, el salvoconducto imperial y los documentos oficiales de su príncipe.

Además lo acompañaban en el carro en que viajaba tres amigos: el teólogo Nicolás Amsdorf, un agustino llamado Juan Petzensteiner y Pedro Suaven, un estudiante joven.

El grupo atravesó Leipzig, Weimar, Erfurt, Gotha, Eisenach, Frankfurt y Oppenheim en un viaje muy distinto al que habían sufrido Aleandro y Eck.

La gente simpatizaba con Lutero y resulta por ello normal que predicara en las distintas localidades por las que fue pasando.

 No faltaron, sin embargo, los que intentaron disuadirlo de que continuara su viaje. En ocasiones, se trataba de gente que lo apreciaba y que temía que acabara en la hoguera  como había sucedido con Huss.

 En otros casos, eran intentos encaminados a evitar que la Dieta pudiera escucharlo . Así, el nuncio Aleandro se ocupó de que el decreto imperial estuviera fijado en varias de las ciudades por las que había de pasar como un claro elemento disuasor. Por añadidura, en Oppenhein, Glapión, el confesor de Carlos, se valió de Martín Bucero para sugerir a Lutero que se ocultara en el castillo de Ebernburg con Hutten y Von Sickingen y aceptara solventar todo apartado de la publicidad de la Dieta.

El ofrecimiento constituía una verdadera trampa porque, de haberlo aceptado el monje, se le hubiera considerado en rebeldía y su salvoconducto habría prescrito, un resultado que hubiera entusiasmado a Aleandro.. Por todo ello, no sorprende que la respuesta de Lutero fuera que si Glapión deseaba hablar con él tendría ocasión de hacerlo en Worms y que, desde luego, de él se podría esperar cualquier cosa salvo que huyera o se retractara.

Así,  a las diez de la mañana del martes, 16 de abril de 1521, tras recorrer más de cuatrocientos kilómetros en catorce días de viaje, Lutero entró en Worms . Pendientes de recibirlo estaban unas dos mil personas. Mientras bajaba del carro en el que había viajado, se pudo oír cómo decía para si, “Dios estará conmigo”.

 Las Actas de la Dieta nos han dejado un testimonio bien revelador de la situación moral de Worms . Sabemos que era normal que en la ciudad se perpetraran tres o cuatro homicidios cada noche y que las ejecuciones por este motivo superaban el centenar. Por añadidura, las calles estaban llenas de prostitutas y los príncipes de la iglesia distaban mucho de dar ejemplo. A decir verdad, los prelados se pasaban la mayor parte del tiempo banqueteando y bebiendo (¡en cuaresma!) e incluso uno de ellos llegó a perder sesenta mil guilders en una partida.

Se mire como se mire, lo cierto es que cuesta no contemplar en semejantes conductas síntomas innegables de la acusada crisis espiritual de la época.

Durante la mañana del día siguiente a su llegada, Lutero escuchó la confesión de un caballero que estaba agonizando y le administró la Eucaristía.

Luego cuando Ulrico von Pappenheim, un caballero del emperador, le informó de que debería comparecer ante la dieta a las cuatro de la tarde, el monje fue a que le cortaran el pelo para que su tonsura quedara bien de manifiesto. Con posterioridad, lo llevaron a palacio por un camino secundario para evitar a la multitud.

 Después de esperar por espacio de dos horas, Lutero fue conducido a una sala abarrotada en la que el calor resultaba sofocante.

Y así se inició el juicio, el 17 de abril de 1521.

 El viernes de la próxima semana seguiremos esta apasionante parte de la historia de la vida del reformador alemán: Worms inicia el juicio a Lutero.

Autores: César Vidal Manzanares

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