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Españoles del siglo XVI con la Reforma

Publicado: diciembre 17, 2010 en Historia, Iglesia

 

César Vidal    

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VII): En España no hubo Reforma (4)

Juan de Valdés – a pesar de su influjo en expandir la llama de la Reforma en otras naciones como Italia – no fue una excepción. En 1546, otro conquense, Juan Díaz, publicó su Suma de la religión cristiana en la que se identificaba claramente como partidario de la Reforma. Fue asesinado por su hermano Alfonso, un católico fanático que pensó lavar con sangre la deshonra de tener a un protestante en la familia. 

  Ese mismo año de 1546, otro español, Jaime de Enzinas fue quemado en Roma. Su delito había sido sostener los mismos puntos de vista que los reformadores. El hermano de Jaime, Francisco Enzinas, sería más afortunado y lograría escapar de la Inquisición en los Países Bajos españoles. No sólo eso. Amigo de Felipe Melanchthon, llevó a cabo una magnífica traducción del Nuevo Testamento del griego al español.

A esas alturas, los agentes de Carlos V – la leyenda sobre la tolerancia religiosa del emperador no es más que eso, leyenda – perseguían con verdadera saña a los reformados españoles en cualquiera de los territorios pertenecientes a la Corona. Sin embargo, no lograron exterminar la Reforma.

De hecho, fue Felipe II, ya convertido en sucesor de la corona española, el monarca que presidió el primer auto de fe contra protestantes españoles. Tuvo lugar en Valladolid, el domingo 29 de mayo de 1559. El 24 de septiembre del mismo año, un nuevo auto de fe tendría como escenario la ciudad de Sevilla. La hoguera acabó con la vida de varias docenas de protestantes, pero no con la Reforma.

De hecho, la represión se recrudeció con extraordinaria virulencia. Apenas pasado un año, cerca de cuarenta protestantes eran arrojados a las llamas en Sevilla. El 22 de diciembre de 1560, otros catorce protestantes fueron quemados vivos. Ninguno quiso retractarse y, por el contrario, dieron muestra de una notable entereza incluidas las ocho mujeres, algunas de ellas niñas. Aún así, los grupos que se reunían en las casas para estudiar la Biblia y orar seguían existiendo. Prueba de ello es que en 1562, otros ochenta y ocho protestantes fueron quemados.

Durante las décadas siguientes, los protestantes arrojados a la hoguera seguirían sumándose a lo largo y a lo ancho de España. En Calahorra, por ejemplo, hubo sesenta y ocho casos de luteranismo antes de concluir el s. XVI además de trescientos diez sospechosos. Por añadidura, las hogueras para reformados se encendieron en Valencia, Zaragoza, Córdoba, Cuenca, Granada, Murcia, Llerena o Toledo donde hubo cuarenta y cinco casos de protestantes españoles y ciento diez extranjeros.

Felipe II había decidido convertir a España en espada de la Contrarreforma y se emplearía de manera especial en la persecución de los considerados herejes. La respuesta de no pocos de ellos fue optar por el exilio. Ése fue el caso, por ejemplo, de algunos afincados en Sevilla. En el monasterio de san Isidro de esta ciudad española se había producido un fenómeno con paralelos en toda Europa. Un grupo de monjes había comenzado a estudiar la Biblia de manera regular y diligente y el resultado había sido su abandono de los dogmas católicos y su orientación hacia doctrinas bíblicas defendidas por los reformados como la de la justificación por la fe o la única mediación de Cristo.

El resultado fue que la congregación abrazó la causa de la Reforma y hacia 1557 emprendió la huida de una España entregada a la represión de la Inquisición. Entre los exiliados más ilustres se hallaban Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. El primero encontró – como muchos protestantes españoles refugio en Ginebra – y llevó a cabo la traducción de la Biblia al castellano más editada de la Historia (1569), una versión que, precisamente, revisaría el segundo de los citados (1602).

Todos estos botones de muestra dejan de manifiesto que en España había existido una Reforma y que había sido vigorosa, pero que había visto su final gracias a la acción resuelta de la Inquisición y de la monarquía de los Austrias.

Semejante decisión histórica iba a marcar de manera trágica la Historia de España. En 1592, una década antes de la publicación de la Biblia de Reina-Valera, cuando el imperio español marchaba a su ocaso desangrado por guerras que le eran perjudiciales y cuya única justificación aparente era el combate contra el protestantismo, el desastre sufrido por la fuerza de desembarco que debía invadir Inglaterra en 1588 provocó uno de los primeros cuestionamientos de la política de España. Ginés de Rocamora, el procurador de Murcia, defendió, en clara armonía con aquellos principios, que España debía “sosegar a Francia, reducir a Inglaterra, pacificar a Flandes y someter a Alemania y Moscovia”. No se le escapaba al triunfalista Rocamora lo audaz de su tesis, pero pronto echó mano de un argumento que, de nuevo según el enfoque de la Contrarreforma, debía disipar cualquier posible – y arriesgada – objeción. La causa de España era la de la iglesia católica y, por lo tanto, era la de Dios. Por ello, había que tener la absoluta convicción en que “Dios dará sustancias con que descubrirá nuevas Indias y cerros de Potosí, como descubrió a los Reyes Católicos de gloriosa memoria…”.

La ardorosa exposición de Rocamora encontró un templado contrapunto en Francisco Monzón, otro procurador que, quizá por representar a Madrid, conocía más a fondo el impacto que aquellas guerras estaban teniendo sobre la Capital y Corte. Para Monzón resultaba obvio que era absurdo seguir desangrando el imperio en pro de unos intereses que no eran los de la nación española sino los de terceros no pocas veces ingratos. Ante el argumento – aparentemente sólido – de que España estaba contribuyendo a facilitar la salvación y a impedir la perdición eterna de sus adversarios, Monzón no pudo dar una respuesta más escueta y, a la vez, convincente : “si ellos se quieren perder que se pierdan”. Pero ni siquiera el sensato consejo de Monzón – mucho menos ambicioso y profundo que el de Valdés – fue escuchado y, al fin y a la postre, no fueron los rivales católicos (Francia) o protestantes (Holanda, Inglaterra) de España los que se perdieron sino ella misma, una nación donde hubo – en contra de lo afirmado tantas veces – Reforma, pero fue incinerada en las hogueras de la Inquisición.

 Artículos anteriores de esta serie: 

  1  Juan Calvino y la Inquisición  

  2  Enrique VIII y los protestantes ingleses  

  3  Inglaterra y María la sanguinaria  

  4  Cisneros ¿precursor de la Reforma?  

  5  Juan de Valdés y la Reforma en España  

  6  Juan de Valdés huye de la Inquisición

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com (España 2010).

Juan de Valdés huye de la Inquisición

Publicado: diciembre 11, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL


De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VI): En España no hubo Reforma (3)

En agosto de 1531, Juan de Valdés ya se encontraba en Roma. Se trata de un dato que conocemos por una carta que el día 26 de ese mes Juan Ginés de Sepúlveda dirigió a su hermano Alfonso de Valdés y en la que se comentaba el hecho.

Muy posiblemente, su llegada a la capital italiana se había producido varias semanas antes. Durante unos meses no se sabrá nada de un Juan de Valdés al que la Inquisición española seguía buscando con ahínco.

Finalmente, el 3 de octubre de 1532, el papa Clemente VII –no precisamente un simpatizante de España- extendió a Juan un salvoconducto para que viajara sin ningún tipo de dificultades al encuentro de su hermano Alfonso. Juan de Valdés aprovechó el salvoconducto e intentó reunirse con su hermano Alfonso. No lo consiguió. Tan sólo tres días después de que el papa le otorgara el mencionado documento, Alfonso moría en Viena víctima de la peste.

Juan se encontró con la corte imperial en Bolonia, pero no permaneció en ella. Decidió, por el contrario, regresar a Roma y quedarse cerca del papa que, al parecer, constituía una vecindad menos arriesgada que la de los servidores de la iglesia católica en España.

No permaneció mucho tiempo empero en la corte pontificia. La ciudad de Nápoles le brindó un cargo de archivero y lo aceptó. Pero tampoco este nuevo lugar lo retendría. Por razones que desconocemos, la ciudad le invitó a abandonar el puesto que le había ofrecido aunque le entregó la cantidad de mil ducados. Valdés optó entonces por dirigirse una vez más a la corte papal.

Esta nueva permanencia de Juan de Valdés en Roma duró hasta la muerte del papa Clemente VII. Le sucedió en el trono pontificio Pablo III, un papa claramente favorable al emperador Carlos V, y Juan decidió abandonar la ciudad.

En 1535, Valdés se estableció en Nápoles, la ciudad donde permanecería hasta su muerte. En los años futuros iban a conjugarse en Juan de Valdés todas las facetas especialmente atractivas de su personalidad y de su obra.

El Valdés humanista e interesado en la cultura daría lugar al Diálogo de la lengua, una de las obras cumbres del Renacimiento español en que se abordan distintos aspectos relacionados con la lengua castellana utilizando la forma del diálogo.

El Valdés interesado por los asuntos políticos se convertiría desde 1537 en veedor de los castillos de Nápoles escribiendo a la vez un conjunto de misivas en las que expresaría su visión preocupada por las acciones llevadas a cabo por el gobierno imperial.

Finalmente, el Valdés interesado en la reforma de la iglesia católica y, mediante ella, de la sociedad, escribirá en la ciudad italiana sus obras teológicas más importantes desde las Ciento diez consideraciones divinas a los comentarios sobre el Evangelio de Mateo o los Salmos. Esta última circunstancia resulta especialmente comprensible si tenemos en cuenta que en Nápoles precisamente Juan de Valdés conocería a Julia Gonzaga, la sobrina del cardenal Gonzaga. La dama, bella e inteligente, le pondría en contacto con personas de cierta talla intelectual que se reunían periódicamente a leer y estudiar la Biblia en sus domicilios.

A esas alturas, Valdés, Gonzaga y buena parte de sus compañeros no eran sino protestantes encubiertos. El propio Valdés creía cada vez menos en la posibilidad de una Reforma que surgiera del interior del aparato católico.

Así, en su correspondencia podemos ver referencias a su falta de fe en que el concilio futuro -el que luego se celebraría en Trento- cerrara el abismo abierto entre católicos y protestantes. El 19 de abril de 1536 escribió, por ejemplo, a Julia Gonzaga indicándole que el emperador era un “pobre príncipe (que) no advierte que es tiranizado por dos bestias” y punto seguido añadía :
“Lo que ahora se necesita es paciencia hasta que Dios disponga, pues sólo Dios sabe como marcha todo”

Su pérdida de confianza en la acción imperial sólo había precedido en unos meses a su desengaño ante las acciones del papa. El 1 de enero de 1536, por ejemplo, escribió al cardenal Gonzaga quejándose de la manipulación llevada a cabo por Paulo III y de la papanatesca buena fe del pueblo en sus palabras :
“Aquí, creen lo que el Papa dice sobre el concilio como si fuera uno de los evangelistas”

No se equivocaba Juan de Valdés en su pesimismo. El papa no tenía voluntad de transigir, escuchar o tolerar a los disidentes religiosos sino de vencerlos. Por otro lado, su único posible contrapeso, el emperador, carecía de la altura suficiente para comprender la trascendencia de la situación y actuar en consecuencia.

En julio de 1541, Juan de Valdés exhaló su último aliento en Nápoles. Si triste es la muerte hay que reconocer que, sin embargo, la suya no pudo ser más oportuna. El 8 de enero de 1542 una Bula renovó y reforzó la Inquisición romana. El documento papal pretendía aplastar a los que consideraba heterodoxos y, en buena medida, lo consiguió. De los amigos de Valdés, algunos -como Pierpaolo Vergerio, obispo de Capodistria, que se convirtió al luteranismo o Pedro Mártir Vermigli que se identificó con el calvinismo- huyeron y terminaron por pasarse al campo protestante convencidos de que nunca habría una reforma realmente evangélica en el seno de la iglesia católica. Otros – como Pietro Carnesecchi – se convirtieron en víctimas inmediatas de la Inquisición. La propia Julia Gonzaga formó parte de un conventículo protestante que se reunía de manera clandestina y del que formó parte el artista Miguel Ángel al que algunos, muy erróneamente, insisten en presentar como un paradigma del arte católico. Sólo su muerte libró a Julia de ser juzgada por la Inquisición y sufrir la suerte de Carnesecchi. Por lo que se refiere a Miguel Ángel, acabó retratándose como Nicodemo, el judío timorato que ocultaba su condición de discípulo de Jesús.

En España, por su parte, Miguel de Eguía, el impresor del Diálogo de Doctrina cristiana, se vería obligado a comparecer ante la Inquisición por sus vinculaciones con los erasmistas de Alcalá.

Se trataba, sin embargo, más de un principio que de un final. Veamos algunos botones de muestra en la próxima entrega.

Continuará

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición

2 Enrique VIII y los protestantes ingleses

3 Inglaterra y María la sanguinaria

4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?

5 Juan de Valdés y la Reforma en España


César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com (España).


JOSÉ DE SEGOVIA

Se cumplen ahora cien años de la muerte del profeta visionario y atormentado escritor ruso León Tolstói. Todo lo que había deseado en su juventud, lo consiguió al llegar a los cincuenta, pero no era feliz. Había anhelado la gloria literaria y en este momento era, con Dostoievski, uno de los más célebres escritores del mundo, cuando se pregunta: “Bueno, ¿y qué?” Su apatía pronto se convierte en angustia: “Uno no puede cerrar los ojos para evitar ver que, por delante de la mentira de la vida y de la felicidad, no hay más que el sufrimiento y la muerte”.

Si las rentas de las que vivía Tolstói cubrían ampliamente los gastos de la familia, los derechos de autor de Anna Karenina o Guerra y paz le permitieron llenar su casa de lacayos, doncellas, costureras, ayas o preceptores franceses y alemanes. Su esposa, Sonia, se ocupaba de la administración de sus propiedades y él no tenía más que preocuparse de escribir. Su casa estaba llena de amigos y vecinos, pero eso no le molestaba. A pesar de sus dolores de cabeza, podía trabajar ocho horas seguidas. Su situación financiera le permitía no plegar su arte a ningún interés económico, pero no era feliz. O mejor dicho, se preguntaba si existía otra felicidad.

Todo empezó una noche en Arzamas. Había leído en el periódico un anuncio de la venta de una propiedad y de improviso decidió trasladarse al lugar para hacer el negocio a finales del verano de 1869. “Había estado muy ocupado –escribirá– por el deseo de acrecentar nuestros bienes del modo más astuto, es decir, mejor que los otros”. Se propuso que el producto de la tierra o la venta de la madera cubrieran el precio de compra, de tal modo que el dominio no le costase nada. “Busqué un imbécil que no estuviese al corriente de los negocios, y me pareció haber encontrado a uno” –dice en sus Confesiones –. Cuando de repente, le asaltó la angustia…

Fue la primera de muchas noches en que se empezó a despertar, preguntándose para qué. Las interrogantes se abatían sobre su cabeza como una nube de cuervos: “¿Dónde estoy?, ¿a dónde voy?, ¿de qué estoy huyendo?” Salía de su cuarto al corredor, pensando que así se libraría de lo que le atormentaba, pero aquella cosa salía detrás de él y lo ensombrecía todo. Sentía cada vez más miedo. Todo lo que probó para serenarse, aumentaba su temor. “Es estúpido –me dije–. ¿Por qué estoy triste? ¿De qué tengo miedo?”. Cuando en ese instante le respondió la Muerte: “De mí”.

LA SOMBRA DE LA MUERTE
Un escalofrío helado recorrió la piel de Tolstói. Todo su ser experimentaba el deseo de vivir, pero la sombra de la muerte le desgarró interiormente. Trataba de sacudir su espanto, intentando pensar en sus negocios, el dinero, su casa de Yásnaia Poliana, su mujer y sus cuatro hijos, en Guerra y paz y lo que escribiría después, pero todo le parecía vano. Se decía a sí mismo: “¡No hay nada en la vida, nada más que la muerte, y la muerte no debería ser!” El horror se apoderó de él.

Se acostó preguntándose: “Pero ¿quién me había hecho? Se dice que Dios… Recordé mis plegarias… Comencé a rezar… Inventé oraciones… Me persigné, me puse de rodillas, lanzando miradas de soslayo por temor a ser visto”. Mientras murmuraba el Padre nuestro, imaginaba sin embargo a la muerte penetrándole por los poros de la piel, debilitando y pudriendo su cuerpo, atando su lengua y oscureciendo su cerebro.

Al comienzo de su matrimonio, el escritor se creía protegido contra la tristeza y el miedo, pero el amor era un débil escudo contra la angustia de la muerte. Leía la Biblia y a los filósofos, oscilando entre la duda y la oración, pero su confusión aumentaba al tratar de explicarla. En tanto que para todos era un hombre fuerte y un padre de familia feliz, apartaba los ojos cuando veía una cuerda y no volvía a tomar su fusil, por miedo a caer en la tentación del suicidio. Con la misma intensidad que había sentido el afán de vivir, León siente ahora el afán de morir. Ni el pensamiento de su mujer o sus hijos le turbaba. Por la noche, sobre todo, se adueñaba de él el deseo de acabar con su vida.

“IGLESIA DE UN SOLO HOMBRE”
Para evitar estas abrumadoras reflexiones, a Tolstói le queda un solo remedio: el trabajo físico, al que se entrega con frenesí. Espera que el cansancio le impida así pensar. Vive como un campesino, levantándose a las cuatro de la mañana para trabajar de sol a sol con ellos, intentando impregnarse de su sabiduría. Uno de ellos cree que lleva su alma extraviada a Dios. Confía en “el bien inherente al corazón de todos los hombres”, que cree descubrir “personalmente su revelación a través del cristianismo”. No hay duda que Tolstói entiende la religión a su manera…

Porque ¿en qué consiste la fe de Tolstói? El escritor cree en “una iglesia de un solo hombre” –como dice Juan Gabriel Vásquez en un reportaje de Babelia–. “Como toda iglesia, había llegado a detestar el sexo, que le parecía un obstáculo para el amor; como toda iglesia, había llegado a la conclusión de que no hay vida posible fuera de la fe (sin la conciencia de Dios –escribe en su diario– no puede haber una concepción razonable del mundo); como toda iglesia, había llegado a considerar la desgracia personal como una bendición (las páginas que siguen a la muerte de su hijo son espeluznantes: Enterramos a Vaniéchka. Terrible. No, terrible no, un gran acontecimiento espiritual. Te doy las gracias, Padre. Te doy las gracias)”.

Su Confesión es un verdadero ajuste de cuentas con las Iglesia rusa ortodoxa, que lo excomulgó después y no lo ha rehabilitado hasta el día de hoy. Su última obra Resurrección (1899) se vuelve así un acta de acusación contra el cristianismo. El libro rebosa de citas del Evangelio según Mateo, sobre todo del Sermón de Monte, pero presenta un ascetismo que no es nada evangélico. El protagonista, Dimitri Ivanovich Nejliudov, es un noble agobiado por sentimientos de culpa. Se esfuerza hasta las lágrimas en hacer suyos los mandamientos del Evangelio, pero cae en una religión de preceptos, que prefiere sus mandatos a Cristo mismo.

¿MORALISMO O REDENCIÓN?
Como el personaje de Joseph Conrad –contemporáneo del escritor ruso–, Lord Jim, el escritor está ansioso de expiar sus culpas pasadas al precio de su vida, pero en realidad no busca ser perdonado. En el cristianismo de Tolstói no cabe la redención. “Le resulta incomprensible y escandalosa –como dice Antonio Rubio Plo–, al igual que la noción de que Dios nos da la gracia, con independencia de los méritos que creamos haber adquirido con buenas obras”. Ya que en la mente del escritor, “Cristo se reduce a un sabio que proporciona acertados consejos para nuestra vida”.

Aunque se despojó de todas sus posesiones, dejando los derechos de su obra a los campesinos, León no encontró la paz. Su matrimonio se convierte en un infierno. Si es difícil ser escritor, mucho más difícil es ser santo. Su obra se desintegra ante una vocación moral, que le sume en una tormentosa contradicción. A sus 82 años se escapa de casa en mitad de la noche, acompañado de su hija pequeña y su médico. A los dos días de aquella fuga, fallecía en la estación de Astapovo, hace ahora cien años.

Pocos viven como Tolstói, con un temor consciente a la muerte. Están esclavizados por la negación de la muerte (“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”, 1 Corintios 15:32). La gente dedica casi toda su energía a hacer segura esta vida, cuando no hay realidad más cierta y segura que tenemos que morir.

LA MUERTE NO ES EL FIN
Al principio Tolstói quería morir, porque pensaba que eso era la aniquilación total. Ya que después de la muerte no había nada. Hasta que se dio cuenta que no sabemos lo que sucede cuando morimos. Podemos decir que no hay nada después de la muerte, porque los muertos no hablan. Pero ¿qué ocurriría si uno hubiera venido de la muerte? El nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

Unidos a Él, podemos decir con el apóstol Pablo que “morir es ganancia”, cuando encontramos nuestra vida en Cristo (Filipenses 1:21). Al morir, hizo morir a la muerte, para que nosotros podamos vivir en su resurrección. La esperanza final del creyente no es morir y ser librados de nuestros cuerpos, sino ser resucitados con un cuerpo nuevo y glorioso, como el de Cristo resucitado (3:21).

Tras la resurrección, vendrá el Juicio, pero no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos (Mateo 22:32). Si Él es tu Dios, lo será para siempre. La fe que crece sobre el cimiento de esas promesas de Dios, quita el temor que atormentó a Tolstói, y nos llena de esperanza y confianza, para vivir de una manera diferente.

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

Juan de Valdés y la Reforma en España

Publicado: diciembre 3, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (V): En España no hubo Reforma (2)

Uno de los primeros exponentes de la Reforma española fue el conquense Juan de Valdés. Aunque se ha discutido mucho sobre su origen familiar hoy ha quedado establecido fuera de toda duda que era judío tanto por la rama paterna como por la materna. Incluso un tío materno, Fernando de la Barreda, fue quemado por la Inquisición por ser un judío relapso. Es muy posible que precisamente esa circunstancia que lo ubicaba en una posición de segunda dentro de la sociedad fuera una de las razones que le llevaron desde muy joven no a intentar profundizar en la fe judía de sus antepasados sino en la línea de reforma popular que había surgido al abrigo de las medidas adoptadas por Cisneros.

En los autos del proceso de Pedro Ruíz de Alcaraz, por ejemplo, se hace referencia a que Juan de Valdés era uno de los que asistían a las reuniones que se celebraban en domicilios particulares con la finalidad de leer y estudiar la Biblia. Contaba en aquel entonces con unos trece o catorce años lo que explica, por ejemplo, que no se le citara posteriormente para testificar en el proceso mencionado. La edad resulta, por otro lado, muy indicativa. Juan de Valdés era un joven que sentía inquietud – o al menos interés – por el terreno espiritual cuando apenas había salido de la infancia. Ese interés había encontrado además pronto cauce no en las manifestaciones mayoritarias de tipo religioso que se vivían entonces en el seno del catolicismo sino en un estudio directo, sencillo, casi diríamos que familiar, de las Escrituras.

En noviembre de 1526, Juan -cuyo hermano Alfonso era un convencido erasmista que había hallado su lugar en la Corte del Emperador Carlos V- se encontraba en Alcalá de Henares. No era casual su paradero y, posteriormente, Valdés dejaría de manifiesto un conocimiento nada superficial tanto del griego como del hebreo, las dos lenguas de la Biblia. Además en la universidad seguía existiendo un foco de erasmismo de enorme relevancia. Tal circunstancia no debería extrañarnos si tenemos en cuenta que Erasmo, con posterioridad, había sostenido un programa de reforma muy similar al de Cisneros: educación, reforma de las costumbres especialmente en el seno del clero, enseñanza de las Escrituras en lengua vernácula y regreso a la Biblia como fuente de doctrina y conducta. El holandés no era, por lo tanto, un innovador sino alguien que a posteriori confirmaba lo acertado de las tesis del cardenal.

En esta época Valdés leyó una de las obras más emblemáticas de Erasmo, el Enchiridion Militis Christiani. La obra se publicó por primera vez en España en 1526, dejó de imprimirse a partir de la edición sevillana de 1550 aparecida en pleno ardor de las guerras de religión y – resulta significativo – no volvió a ser reeditada, esta vez por Dámaso Alonso, hasta 1971. La edición por parte de una editorial católica no se produciría, sin embargo, en España ¡hasta 1995!

La lectura de Erasmo, el estudio de la Biblia, la experiencia con los grupos relacionados con Alcaraz y, según sabemos ahora, el conocimiento de algunos opúsculos de Lutero cristalizaron en el caso de Valdés en una obra que se publicó el 14 de enero de 1529 en la imprenta de Miguel de Eguía en Alcalá. Nos referimos a su Diálogo de doctrina cristiana.

La sencillez de la obra aún sigue causando sorpresa en los que acceden a ella. Presentada como un diálogo entre tres personajes: Eusebio, un hombre que desea aprender la verdadera fe cristiana ; Antronio, un cura ignorante que expresa buen número de juicios de católicos de a pie tan poco versados como él y un Arzobispo que va aclarando las diversas cuestiones. El Diálogo pasa revista a cuestiones como el Credo, los mandamientos, los pecados, las virtudes, los dones del Espíritu Santo, el Padrenuestro y la Escritura concluyendo con una traducción del Sermón del Monte, los capítulos quinto, sexto y séptimo del Evangelio de Mateo.

De la iglesia, por ejemplo, se afirma no que debe identificarse con una jerarquía o un conjunto de dogmas sino más bien que “es un ayuntamiento de fieles, los cuales creen en un Dios padre y ponen toda su confianza en su hijo y son regidos y gobernados por el Espíritu Santo que procede de entambros”(1).

Por si fuera poco, en el capítulo de las lecturas recomendables, Erasmo no es objeto de crítica – ni siquiera moderada – e incluso se dice de él: “vos leed y estudiad en las obras de Erasmo y veréis cuan gran fruto sacáis” y además la Biblia no es presentada como una de las fuentes de revelación –que fue la doctrina católica posteriormente consagrada en el concilio de Trento- sino que se la señala como única regla de revelación y de conducta : “Leed en la Sagrada Escritura, adonde declara Dios en esto su voluntad en muchas partes, y haced conforme a lo que leyereis”.

Finalmente, y esto resulta casi subversivo en una España basada en la pureza de sangre y en el concepto de la honra, se contrapone ese aspecto medular de la ideología de la primera España a otro de más honda raigambre cristiana: “la honra del cristiano más debe consistir en no hacer cosa que delante de Dios ni de los hombres parezca fea, que no en cosa ninguna mundana ; porque esa honra que vos decís que sostenéis, es camino del infierno”.

Lo que Valdés sostenía era una reforma en virtud de la cual la iglesia no fuera contemplada como una jerarquía sino como el conjunto de los fieles definidos no tanto por su adhesión a unos dogmas o a unas prácticas rituales cuanto por su sumisión a Dios; la fe cotidiana se sustentara no tanto en los mandatos eclesiásticos cuanto en la Biblia, y la honra no fuera un concepto basado en la sangre o en la posición social sino en una conducta ejemplar cuyo paradigma fuera la enseñanza evangélica.

De manera bien significativa, y al igual que Lutero, Valdés recuperaba la doctrina neo-testamentaria de la justificación por la fe que chocaba con la idea de una salvación por los propios méritos sustentada por la visión católica. A fin de cuentas, el joven autor, en realidad, venía a reproducir el mismo esquema que Pablo de Tarso había trazado en su carta a los Efesios: “Porque sois salvos por la gracia, por medio de la fe ; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios ; no por obras, para que nadie tenga jactancia. Porque somos hechura suya, creado en Jesús el mesías para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que camináramos en ellas”(2)

El Diálogo – y es comprensible – fue leído profusamente por toda España. No deja de ser significativo que Sancho Carranza de Miranda, inquisidor de Navarra, encontrara que la obra estaba adornada de tantas cualidades que compró varios ejemplares para regalar a sus amigos. La suya no fue una postura excepcional. Desde personas del más elevado rango eclesial a gente del pueblo llano, la obra de Valdés llamó la atención de todos aquellos – no pocas veces predicadores – que creían en una reforma de la iglesia que no implicara necesariamente el recurrir a las armas ni tampoco el embarcarse en guerras allende los Pirineos, en una renovación que no significara negar el pasado pero tampoco seguir novedades de dudosa solidez, y en una iglesia en la que desaparecieran las barreras derivadas de prejuicios de sangre o de status social.

En 1529, Valdés se convirtió en objeto de un proceso inquisitorial del que salió bien parado gracias a la intervención decidida de los erasmistas alcalaínos dispuestos a defenderse frente a una ola creciente de intolerancia contrarreformista. El mismo Erasmo le felicitó en una carta escrita desde Basilea el 21 de marzo de 1529 por haber logrado escapar de los peligros derivados de la publicación del Diálogo. Sin embargo, sólo había sido un respiro en medio de una batalla cada vez más encarnizada. A inicios de 1531, Juan de Valdés supo que se estaba instruyendo un segundo proceso inquisitorial contra él. La respuesta de Valdés fue rápida y, desde luego, acertada: huyó de España.

CONTINUARÁ

1) J. Valdés, Diálogo de Doctrina cristiana, Madrid, 1929, p. 23.
2) Efesios 2:8-10. La traducción del texto griego es nuestra.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

C. Vidal, Protestante Digital.com (España)

Cisneros ¿precursor de la Reforma?

Publicado: noviembre 29, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IV): En España no hubo Reforma (1)

Durante siglos se ha insistido en la afirmación de que España fue una de las naciones europeas donde no arraigó la Reforma protestante del s. XVI y que era lógico que así fuera porque sus antecedentes la obligaban a optar por el campo de la Contrarreforma de manera inexorable. En otras palabras, no hubo protestantismo como si algo casi genético impidiera a un español ser protestante y cuando se da un caso semejante nos encontremos ante una verdadera rareza. Semejante afirmación sólo puede ser fruto de la ignorancia o de la conveniencia porque la verdad histórica es muy diferente. En España, la Reforma prendió con un éxito notable si se tiene en cuenta el peso de la Inquisición y la política de los Austrias totalmente al servicio de la Contrarreforma. Si, al fin y a la postre, esa Reforma fue extinguida no se debió a otra circunstancia que a la sangre y el fuego expandidos por la Inquisición.

Los siglos XIV y XV estuvieron caracterizados entre otros aspectos de relieve histórico por un sentimiento de creciente y gravísima crisis en el seno de la iglesia católica. Durante aquellos agitados años, la corte papal se trasladó de Roma a Avignon para satisfacer los intereses de los reyes de Francia produciéndose lo que se ha dado en denominar la Cautividad babilónica de la iglesia (1305-1377); se produjo el denominado cisma de Occidente (1378-1417)- en virtud del cual existieron simultáneamente dos papas que se excomulgaban entre si y que se presentaban respectivamente como el único pontífice legítimo-fracasaron los intentos por restaurar la unidad entre el papado y el patriarca de Constantinopla pese a la amenaza turca que terminó aniquilando Bizancio en 1453 y se multiplicaron las voces de aquellos que, como John Wycliffe o Jan Huss, deseaban una reforma en profundidad de la iglesia no sólo en el ámbito moral sino también en el teológico.

El hecho de que además algunos papas fueran, fundamentalmente, príncipes italianos volcados en aumentar sus posesiones o de que Bohemia hubiera sobrevivido con una visión distinta del cristianismo permite afirmar, con el historiador católico Joseph Lortz, que la unidad del cristianismo occidental ya estaba rota antes de la Reforma protestante. Insistamos en el aspecto “occidental” porque la ruptura de la comunión con Oriente ya se había producido durante la Edad Media al plantear el obispo de Roma unas pretensiones que las denominadas iglesias ortodoxas encontraron inaceptables y carentes de base histórica.

No resulta extraño que en un contexto tan crispado como el del s. XV los mejores teólogos de Occidente sostuvieran la tesis de la superioridad del concilio general sobre el papa (¿quién podía asegurar que el papa no podía convertirse en un hereje tras antecedentes en ese sentido como los de los papas Honorio o Vigilio que habían caído en la heterodoxia?) o que se iniciaran los primeros intentos de publicar textos críticos del Nuevo Testamento en su lengua original.

Desde luego, si algo parecía indiscutible a finales del s. XV era que la iglesia occidental necesitaba una reforma, que ésta tenía que operarse en profundidad y que el momento de su inicio no podía verse retrasado indefinidamente. Una posición de ese cariz era defendida por personajes que iban de Lorenzo Valla a Erasmo, de Tomás Moro a Luis Vives. Y no se trataba de una posición alarmista o absurda. Un católico tan fiel y piadoso como Johann Geyler von Kayserberg (1445-1510) afirmaría que “la Cristiandad está destrozada de arriba abajo, desde el papa al sacristán, desde el emperador hasta los pastores”. No exageraba un ápice. Como señalaría ya en el s. XX, el historiador católico J. Lortz, las “fuerzas puras” habían sido borradas y, por otra parte, los intentos de reforma quedaron circunscritos –y aún eso por muy poco tiempo– al seno de las órdenes religiosas.

De manera bien significativa, los primeros pasos para realizar esa indispensable Reforma fueron dados en España. Paradójicamente además, los esfuerzos reformadores comenzaron no en la base -más o menos ilustrada- sino en la cúpula jerárquica. La figura dominante de este período -y no sólo en el área espiritual- fue el cardenal Cisneros. Nacido en 1436, su muerte se produjo en noviembre de 1517, tan sólo ocho días después de que Martín Lutero clavase en las puertas de la iglesia de Wittenberg sus famosas Noventa y cinco tesis sobre las indulgencias. La fecha de su fallecimiento no pudo resultar más significativa cronológicamente porque lo cierto es que coincidió con el final de un ciclo histórico muy concreto y el comienzo de otro totalmente distinto.

Desde buen número de puntos de vista, Cisneros fue un auténtico adelantado a su tiempo. Otorgó, por ejemplo, una enorme importancia a la lengua vernácula en medios religiosos e impulsó incluso la traducción de obras latinas a aquella. De esa forma, antes de que Lutero tradujera el Nuevo Testamento al lenguaje del pueblo, los españoles podían contar con versiones impresas de los Evangelios y de las Epístolas en lengua vulgar. Al mismo tiempo atendió a la reforma de la conducta del clero como se desprende de los sínodos de Alcalá y Talavera de 1497 y 1498. Pese a pertenecer a una orden -la franciscana- en la que la erudición tenía un papel menor en comparación con el que se le concedía en otras, el proyecto que Cisneros acarició con más entusiasmo fue el de fundar una escuela o universidad donde se dar una buena formación al clero proporcionándole antes de los estudios teológicos el conocimiento de otras disciplinas. Merced a esta concepción, un Colegio de Artes Liberales debía formar al estudiante en el conocimiento del latín, del hebreo y de otras lenguas semíticas, y tendría que dar una especial importancia al aprendizaje del griego ya que en esta lengua se había redactado originalmente el texto del Nuevo Testamento.

El sueño de Cisneros se hizo realidad en buena medida gracias a la fundación de la Universidad de Alcalá. El objetivo del cardenal – eminentemente educativo – era ciertamente ambicioso porque además de sacar al clero de su penosa falta de cultura, perseguía realizar una reforma del conjunto de la iglesia mediante sínodos y formar de manera especialmente atenta a la gente del pueblo.

A diferencia de sus sucesores, Cisneros demostró tener una especial habilidad a la hora de abordar temas que supuestamente indicaran la posible existencia de ideas heréticas. Muy abierto, no persiguió jamás a personas que -supuesta o realmente- las defendieran ; estimuló la crítica del texto de las Sagradas Escrituras y propugnó su estudio. Fruto de esta actitud fue la elaboración de la Biblia Políglota Complutense, en hebreo, griego y latín, o las obras de Pedro de Osma, un profesor de teología en la universidad de Salamanca, y de Nebrija, un discípulo del anterior. Los aportes bíblicos y teológicos de estos dos personajes -injustamente olvidados como tantos otros a lo largo de la historia española- sorprenden por su lucidez, rigor y erudición.

Anticipándose a Erasmo y, por supuesto, a Lutero, realizaron importantísimos estudios sobre el texto original del Nuevo Testamento y acerca de la historia católica. Dado que estos últimos no contribuían precisamente a fundamentar las pretensiones del pontífice romano -algo en lo que coincidían otros humanistas extranjeros- las reacciones adversas no se hicieron esperar. Nebrija fue acusado de herejía, pero el propio Cisneros lo protegió de los intentos de acabar con él. En cuanto a Osma, pese a las condenas papales dirigidas contra su persona, pudo ser alabado por el citado Nebrija en su Apología, una obra significativamente dedicada al propio Cisneros.

El impacto de Cisneros tuvo una repercusión considerable no sólo entre el sector más culto de la sociedad sino muy especialmente entre la gente del pueblo que comenzó -décadas antes que los anabautistas suizos, por ejemplo- a reunirse en las casas para estudiar sencilla y libremente los textos del Nuevo Testamento.

Frente a una iglesia oficial que situaba en una segunda posición a aquellos fieles que no pertenecían a estirpe de cristianos viejos, Cisneros había abierto las puertas a una vivencia espiritual integradora en la que lo importante no era la ascendencia genealógica sino el deseo sincero de conocer las Escrituras y vivir de acuerdo a ellas. Precisamente, en ese contexto prendería la Reforma española propiamente dicha.

Continuará…

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com

Inglaterra y María la sanguinaria

Publicado: noviembre 23, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (III) Enrique VIII, fundador del protestantismo inglés (2)

En contra de lo que suele afirmar cierta propaganda católica, la muerte de Enrique VIII fue precisamente la que proporcionó a los protestantes la oportunidad de iniciar la Reforma en Inglaterra.

Precisamente al anularse la legislación de Enrique VIII sobre herejes pudieron regresar del continente no pocos protestantes exiliados. El impulso para esta reforma procedería de Eduardo VI, el rey niño sucesor de Enrique VIII, y de sus dos protectores Somerset, partidario de un luteranismo moderado o melanchtoniano, y de Warwick, de tendencia calvinista.

Sólo en 1552, un lustro largo después del fallecimiento de Enrique VIII, se procedió a la aprobación de una confesión de fe que, a diferencia de las impulsadas por el difunto rey, era de contenido protestante. Con todo, la situación distaba mucho de haber quedado zanjada. En 1553, murió el piadoso Eduardo VI y le sucedió su hermana, la católica María. Las esperanzas de que la tolerancia eduardiana se mantuviera durante el reinado de María no tardaron en desvanecerse.

El 3 de enero de 1555, el parlamento -que se mostró tan dócil con María como con su padre- votó el regreso a la obediencia a Roma y el final del cisma. Los bienes de la iglesia católica siguieron, no obstante, secularizados como había sucedido históricamente ya antes y volvería a acontecer después, por ejemplo, con las desamortizaciones liberales.

El cambio religioso tuvo, desde luego, siniestras consecuencias. María, pronto apodada “la sanguinaria” ejecutó a 273 protestantes mientras los exiliados se elevaban a centenares. Quizá una política más tolerante habría conservado a buena parte de la población en el seno del catolicismo, pero las hogueras de María obtuvieron el efecto contrario. Cuando el 17 de noviembre de 1558 expiró la reina, la mayoría de los ingleses respiró con alivio y los protestantes reanudaron su proyecto reformador.

Con todo, la tolerancia de Isabel fue tan considerable que hasta 1570 el papa no la excomulgó. Con ello sólo consiguió afianzarla en el trono y convertir en irreversible la Reforma.

A pesar de todo, la iglesia anglicana no había surgido de un choque frontal con Roma sino que, previamente, se había producido un cisma de claro contenido dogmático católico. Esa circunstancia contribuye a explicar el carácter templado del protestantismo inglés, un protestantismo que, contra lo que suele creerse, nada tuvo que ver con un rey como Enrique VIII que lo persiguió con decisión e incluso saña.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com

Enrique VIII y los protestantes ingleses

Publicado: noviembre 16, 2010 en Historia, Iglesia

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (II)  Enrique VIII, fundador del protestantismo inglés (1)

Durante siglos el enfrentamiento entre Reforma y Contrarreforma ha recurrido a diversos argumentos encaminados a desprestigiar al adversario acusándolo no sólo de endeblez teológica sino también de degeneración moral. Este tipo de disputa alcanzó alguno de sus puntos álgidos al hacer referencia, por ejemplo, a la corrupción sexual del papa Alejandro VI o a la incontinencia lujuriosa de Enrique VIII. De hecho, en teoría, este monarca inglés habría dado lugar al protestantismo tan sólo por su deseo de divorciarse de Catalina de Aragón pero ¿realmente fue Enrique VIII el fundador del protestantismo inglés?

En absoluto. De hecho, Enrique VIII fue un encarnizado perseguidor de los reformadores ingleses.

El enfrentamiento entre la Reforma protestante y la Contrarreforma católica fue, muy posiblemente, el primer conflicto de la Historia en el que la propaganda desempeñó un papel de primer orden. Buena parte de la propaganda anticatólica, por otra parte, contaba con décadas de antigüedad y había surgido no de autores protestantes sino de eruditos como Erasmo de Rotterdam o los hermanos Valdés que no habían dudado en fustigar los vicios del clero, de la Curia e incluso del papa de turno. La corrupción de las órdenes religiosas –que, por ejemplo, en España había sido objeto de atención predilecta por parte de Isabel la católica o el cardenal Cisneros– la intervención descarada de papas y cardenales en asuntos meramente temporales o la ignorancia y mala vida del conjunto del pueblo se convirtieron en fáciles argumentos a favor del protestantismo.

La reacción católica fue buscar equivalentes en el otro lado y así se hizo referencia al matrimonio de Lutero, un fraile agustino, con Catalina de Bora, una antigua monja, un hecho que podía escandalizar a los católicos pero que a los protestantes les parecía una conquista y no una muestra de debilidad moral. Con este escenario de fondo, la existencia de un monarca que se hubiera enemistado con la Santa Sede porque ésta no había accedido a anular su matrimonio con Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos V, podía ser esgrimida como una magnífica arma propagandística que mostraba, supuestamente, el carácter sexualmente libertino de los reformadores. El argumento no deja de provocar hoy cierta sonrisa porque, en tiempos muy diferentes, generalmente las acusaciones contra el protestantismo suelen girar más sobre su puritanismo que sobre su libertinismo, pero la Historia tiene esas paradojas y, sobre todo, porque monarcas catolicísimos como Carlos V o Felipe II sin duda tuvieron virtudes, pero entre ellas no se encontraba ni lejanamente la castidad. No obstante, el tema que deseamos abordar es el de si Enrique VIII fue realmente el fundador del protestantismo inglés.

Desde luego y para no faltar a la verdad histórica, resulta obligatorio señalar que sus antecedentes fueron los de un católico intransigente. Proclamado “Defensor fidei” por el papa en agradecimiento por un libro escrito contra Lutero, Enrique VIII persiguió ferozmente a los protestantes a los que sometió sin ningún reparo a la tortura y a la muerte, un cometido –suele olvidarse– en el que le ayudó Tomás Moro.

Haciendo un breve paréntesis debemos señalar que por una de esas paradojas que tantas veces plantea la Historia que la figura de Moro goza hoy de una estima extraordinaria. Desde luego, no fue esa la visión que durante siglos tuvo la iglesia católica de él. En ese distanciamiento influyó no tanto el hecho de que dirigiera personalmente algunas de las sesiones de interrogatorio bajo tormento sino, fundamentalmente, el que su obra Utopía –que estuvo en el Índice de libros prohibidos por la Santa Sede– preconizaba no sólo el socialismo sino también la eutanasia. Que fuera canonizado al cabo de varios siglos a pesar de morir como mártir es tan sólo una muestra de cómo el personaje no ha gozado de la misma estima en todas las épocas… y ahora volvamos a Enrique VIII.

En 1527, el monarca inglés solicitó del papa la anulación de su matrimonio movido por razones de estado –sólo tenía una hija y otros cinco hijos varones habían nacido muertos– amorosas –estaba enamorado de Ana Bolena– y, posiblemente, de conciencia. La negativa papal –no exenta de motivaciones políticas porque no deseaba malquistarse con el poderoso emperador Carlos V, sobrino de Catalina de Aragón– no detuvo a Enrique VIII que incluso en abril de 1532 comenzó a percibir las rentas de los beneficios eclesiásticos y que coronó el 1 de junio de 1533 a Ana Bolena.

En julio de 1534 –es decir, más de un año después- el papa excomulgó al monarca inglés y a su segunda esposa. Si pensaba que de esa manera iba a someter a Enrique, se equivocó. Mediante tres actas votadas por el parlamento, el rey consumó el cisma y en el verano de 1535 decapitó a John Fisher y a Tomás Moro, que se habían negado a plegarse a sus órdenes. Sin embargo, cismático o no, Enrique VIII no estaba dispuesto a convertirse en protestante. En 1536, los Diez artículos de fe manifestaban la adhesión a las ceremonias católicas, el culto a las imágenes, la invocación a los santos, las oraciones por los difuntos y la doctrina de la transubstanciación. Es decir, Enrique VIII era un cismático, sí, pero un cismático muy católico y nada protestante.

Por si fuera poco, al año siguiente Enrique VIII ordenó redactar una profesión de fe en que se afirmaban de manera puntillosa los siete sacramentos católicos. Entre 1538 y 1539 Enrique VIII obligó además al parlamento a aprobar distintos documentos que castigaban con la hoguera la negación de la transubstanciación, que prohibía a los laicos la comunión bajo las dos especies, que vedaba el matrimonio a sacerdotes y antiguos monjes y que mantenía la confesión auricular. A esto se añadió la insistencia en mantener la devoción hacia la Virgen y los santos y en prohibir la lectura privada de la Biblia. En todas las cuestiones en las que existía controversia entre la teología reformada y la católica, Enrique VIII siguió el camino de esta última. No puede por lo tanto extrañar que, como colofón lógico, los protestantes ingleses fueron encarcelados, torturados y ejecutados por el rey inglés y en no escaso número se vieran obligados a huír al continente.

Por lo que se refiere a los católicos –y en contra de lo que creen muchos- Enrique VIII mantuvo una situación de tolerancia asentada sobre todo en la identidad doctrinal, pero con ribetes de inestabilidad derivados de la situación cismática creada por Enrique VIII y de sus variables intereses políticos.

Continuará…

Artículos anteriores de esta serie:

1.- Juan Calvino y la Inquisición

César Vidal es escritor, historiador y teólogo © C. Vidal, Protestante Digital.com .

Juan Calvino y la Inquisición

Publicado: noviembre 9, 2010 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

Juan Calvino y la Inquisición

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (I)

Que en España, la mayoría de la población no distingue un presbiteriano de un geranio; que los medios de comunicación siguen empeñados en denominar “baptistas” a los bautistas o que, en términos generales, el conocimiento del protestantismo que tiene el ciudadano medio es nulo son circunstancias que admiten poca discusión.

No voy a entrar en si la responsabilidad de esa circunstancia deriva de la insoportable presión que históricamente la iglesia católica ha ejercido sobre los protestantes españoles hasta hace relativamente pocos años o si a ello hay que sumar la poca habilidad de los protestantes para hacerse entender.

La cuestión es importante, pero totalmente marginal para lo que deseo tratar. Adonde deseo llegar es a que los españoles, en general, saben poco del protestantismo y, como sucede, por ejemplo, con los judíos, lo poco que saben suele estar pasado por los anteojos interesados de cierta propaganda católica no menos ignorante, pero mucho peor intencionada. En este artículo y en los siguientes intentaré detenerme en algunos de esos mitos por eso de enseñar algo, con toda la modestia del mundo, a mis muy queridos compatriotas.

Permítaseme comenzar con Calvino.

He escuchado hablar ocasionalmente a españoles que no eran evangélicos de Calvino, pero no me he topado con uno solo que lo haya leído. Algunos tienen una idea errónea de su enseñanza sobre la predestinación –que ya es bastante grave– pero, por regla general, lo único que suelen comentar es que la inquisición católica no fue tan grave porque… Servet fue quemado en Ginebra por Calvino.

Recientemente, uno de los lectores de mi blog pretendió al hilo de uno de mis textos igualar a Calvino con Tomás Moro ya que yo había señalado el pasado poco conocido, pero innegable, de represor de la libertad de conciencia que tuvo el canciller inglés autor de Utopía. La idea era que Moro podía haber enviado a la muerte, previa tortura, a algunos protestantes, pero todos sabían lo que había hecho Calvino con Servet. Por amor a la Historia y a la verdad me vi obligado a responder a esa afirmación que no pasa de ser un disparate, seguramente de buena fe, pero disparate.

La figura de Calvino puede gustar más o menos. Para algunos evangélicos, resulta paradigmática de reformador y otros, por el contrario, pondrían sus objeciones a esa visión. Con todo, su influencia es extraordinaria – incluso casi incomparable – en términos históricos en episodios positivos como la revolución puritana del s. XVII en Inglaterra, la configuración de la constitución de los Estados Unidos o el desarrollo del capitalismo. De hecho, Calvino es indispensable para comprender el nacimiento de la democracia moderna o la articulación de una ética del trabajo y del ahorro que, sólo muy recientemente, ha llegado a ciertos sectores del catolicismo.

De manera nada sorprendente, en una encuesta reciente, incluso Calvino era considerado en Francia como el segundo francés más importante de la Historia y es verdad porque su importancia supera a la de franceses como Luis XIV, Richelieu, De Gaulle o Molière. Compararlo pues en términos históricos con Tomás Moro como hacía este dilecto lector mío es una insensatez porque equivale a comparar a un personaje de muy tercera fila como el inglés –el propio Erasmo que lo quería mucho y era amigo suyo afirmaba que no llegaba a la categoría de humanista– con un gigante que verdaderamente cambió la Historia.

Tampoco en el terreno de la libertad de conciencia existe punto de comparación entre ambos. Tomás Moro, a diferencia de Calvino, se expresó una y otra vez en contra de la libertad de conciencia e hizo todo lo que estuvo en su mano –incluyendo el uso de la tortura y de la hoguera– para impedirla en Inglaterra. No lo ocultó sino que insistió en que resultaba indispensable para salvar el mundo en que creía. Calvino, por el contrario, insistió en la defensa de la libertad de conciencia. La única excepción a esa trayectoria fue el caso de Miguel Servet. Personalmente estoy convencido –y en eso coinciden todos los que han estudiado las fuentes- de que si Servet hubiera sido ejecutado por la inquisición española que lo perseguía para quemarlo pocos lo conocerían hoy de la misma manera que pocos recuerdan los nombres de los quemados en los autos de fe de Valladolid de hace ahora cuatrocientos cincuenta años. El caso, sin embargo, es que, finalmente, ardió en la Ginebra de Calvino… aunque no por orden de Calvino sino del gobierno de la ciudad en el que el reformador no tenía cargo alguno.

Insisto en ello: según la mentalidad de la Europa católica, Servet debía arder en la hoguera y lo hubiera hecho de caer en sus manos. Desde el punto de vista de la Europa protestante –donde nunca existió una inquisición- la muerte de Servet fue repudiable y así lo expresaron públicamente personas cercanas a Calvino y otros teólogos reformados. No sólo eso. El municipio de Ginebra levantó un monumento de pública petición de perdón en honor a Servet. No puedo decir lo mismo – y pena me da como español – en relación con ninguno de los protestantes ejecutados en España por la inquisición. No sólo eso. Menéndez Pelayo se quejaba en el siglo XIX de que hubiera gente que se atreviera a recordar a los quemados en Valladolid y yo mismo, siendo niño, pude escuchar a uno de mis profesores –bellísima persona, por otro lado– asumiendo la quema de biblias protestantes como un acto obligado. Se trataba, eso es cierto, de un acto común no hace tantas décadas en España, pero que jamás se produjo en la Europa protestante.

Coloquemos a Calvino en su sitio; juzguemos críticamente sus escritos y su vida, pero, por favor, no pretendamos convertirlo en una excusa para la inquisición católica porque ese comportamiento sólo es una muestra de ignorancia crasa en Historia o de bajeza moral… y la semana próxima hablaremos de otro mito.

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Protestante Digital.com

Lutero y la ruptura con Roma

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y la ruptura con Roma

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (IV)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

Ya vimos en el artículo anterior que Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

En multitud de colectivos rígidamente jerarquizados o donde la personalidad del máximo dirigente es esencial para la cohesión, suele ser común ante los abusos una reacción psicológica consistente en culpar de ellos no a la cabeza sino a los estratos intermedios e incluso pensar que si la cabeza supiera realmente lo que está sucediendo cortaría por lo sano.

LA INOCENCIA DE LUTERO

En este mismo sentido, Lutero –que seguía siendo un fiel hijo de la Iglesia católica– estimaba que el escándalo de las indulgencias no tenía relación con el Papa y que éste lo suprimiría de raíz de saber lo que estaba sucediendo: Hay que enseñar a los cristianos que si el Papa supiera las exacciones cometidas por los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de san Pedro se viera reducida a cenizas antes que levantarla con el pellejo, la carne y los huesos de sus ovejas (50). Hay que enseñar a los cristianos que el Papa, como es natural, estaría dispuesto, aunque para ello tuviera que vender la basílica de san Pedro, a dar de su propio dinero a aquellos a los que se lo sacan algunos predicadores de indulgencias».

Para Lutero, que tenía un concepto idealizado del Papa que, francamente, no se correspondía en este caso con la realidad, resultaba obvio que el centro de la vida cristiana, que debía girar en torno a la predicación del Evangelio, no podía verse sustituido por la venta de indulgencias. Ésa era la cuestión fundamental, la de que la misión de la Iglesia era predicar el Evangelio. Al permitir que cuestiones como las indulgencias centraran la atención de las personas lo único que se lograba era que apartaran su vista del verdadero mensaje de salvación.

Precisamente partiendo de estos puntos de vista iniciales –la desvergüenza y la codicia de los predicadores de indulgencias, la convicción de que el Papa no podía estar de acuerdo con aquellos abusos y la importancia central de la predicación del Evangelio– Lutero podía afirmar que las indulgencias en si, pese a su escasa relevancia, no eran malas y que, precisamente por ello, resultaba imperativo que la predicación referida a las mismas se sujetara a unos límites más que desbordados en aquel momento. De lo contrario, la Iglesia católica tendría que exponerse a críticas, no exentas de mala fe y de chacota, pero, a la vez, nutridas de razón que sólo podían hacer daño por la parte mayor o menor de verdad que contenían.

Para Lutero, aquellas objeciones no implicaban mala fe en términos generales. Por el contrario, constituían un grito de preocupación que podía brotar de las gargantas más sinceramente leales al papado y precisamente por ello más angustiadas por lo que estaba sucediendo. La solución, desde su punto de vista, no podía consistir en sofocar aquellos clamores reprimiéndolos, sino en acabar con unos abusos que merecidamente causaban el escándalo de los fieles formados, deformaban las concepciones espirituales de los más sencillos y arrojaban un nada pequeño descrédito sobre la jerarquía: Amordazar estas argumentaciones tan cuidadas de los laicos sólo mediante el poder y no invalidarlas con la razón, es lo mismo que poner en ridículo a la Iglesia y al Papa ante sus enemigos y causar la desventura de los cristianos.

En su conjunto, por lo tanto, las 95 Tesis no sólo no eran un escrito anticatólico, sino profundamente impregnado de una encomiable preocupación por el pueblo de Dios y la imagen de la jerarquía ante éste. Además, en buena medida, lo expuesto por Lutero ya había sido señalado por autores anteriores e incluso cabe decir que con mayor virulencia. Sin embargo, el monje agustino no supo captar que la coyuntura no podía ser humanamente más desfavorable.

LA RUPTURA

Ni el Papa ni los obispos eran tan desinteresados como él creía –a decir verdad eran notablemente corruptos– y en aquellos momentos necesitaban dinero con una fuerza mayor de la que les impulsaba a cubrir su labor pastoral. Quizá de no haber sido ésa la situación, de no haber requerido el Papa sumas tan grandes para concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma, de no haber necesitado Alberto de Brandeburgo tanto dinero para pagar la dispensa papal, la respuesta hubiera sido comedida y todo hubiera quedado en un mero intercambio de opiniones teológicas que en nada afectaban al edificio eclesial.

Sin embargo, las cosas discurrieron de una manera muy diferente y las 95 Tesis, vistas con la perspectiva del tiempo, pasaron a ser el primer episodio de la Reforma. El juicio de ese desenlace –que no su descripción– es claramente muy distinto según el lugar del que proceda.

Desde un punto de vista católico, sería de lamentar que la corrupción jerárquica fuera enconando cada vez más unas posiciones inicialmente ortodoxas para acabar en un desgarro que llevó a perder a la Santa sede la mitad del continente europeo.

Desde un punto de vista protestante, sin embargo, la inmoralidad de la jerarquía tuvo efectos beneficiosos. Llevó a Lutero a reflexionar sobre la decadencia de la Iglesia católica más allá de un asunto como las indulgencias y, partiendo de ese inicio, comenzó a orientar su teología hacia la Biblia, dando lugar a un proceso de regreso al cristianismo primitivo y de liberación espiritual que cambió muy beneficiosamente el mundo.

Pero, sea cual sea el juicio más acertado, de lo que no cabe duda es de que los caminos del Señor son inescrutables.

 

Con este artículo concluye la serie de cuatro artículos titulada “¿Eran católicas las tesis de Lutero?”

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

3              Lutero y las bulas

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

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Lutero y las bulas

Publicado: noviembre 1, 2010 en Historia, Iglesia, Luteranismo

CÉSAR VIDAL

Lutero y las bulas

¿Eran católicas las tesis de Lutero? (III)

Se ha señalado en buen número de casos que el 31 de octubre de 1517 Lutero fijó las 95 tesis sobre las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg como un desafío a la Iglesia católica. Semejante versión es insostenible históricamente. En realidad, la raíz del problema no estuvo en Lutero sino en las prácticas económicas de ciertas jerarquías, incluido el Papa.

En 1514, Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo y administrador de Halberstadt, fue elegido arzobispo de Maguncia. En aquella época, los cargos episcopales no sólo implicaban unas tareas pastorales, sino que llevaban anejos unos beneficios políticos y económicos extraordinarios, hasta tal punto que buen número de ellos eran cubiertos por miembros de la nobleza que contaban así con bienes y poder más que suficientes para competir con otros títulos.

EL NEGOCIO DE LAS BULAS

El arzobispado de Maguncia era uno de los puestos más ambicionados no sólo por las rentas inherentes al mismo sino también porque permitía participar en la elección del Emperador, un privilegio limitado a un número muy reducido de personas, y susceptible de convertir a su detentador en receptor de abundantes sobornos.

Al acceder a esta sede, Alberto de Brandeburgo acumulaba, sin embargo, una extraordinaria cantidad de beneficios y por ello se le hacía necesaria una dispensa papal. La dispensa en si sólo planteaba un problema y era el hecho de que el Papa siempre estaba dispuesto a concederla pero a cambio del abono de una cantidad proporcional al favor concedido. En este caso exigió de Alberto la de 24.000 ducados, una cifra fabulosa imposible de entregar al contado. Como una manera de ayudarle a cubrirla, el Papa ofreció a Alberto la concesión del permiso para la predicación de las indulgencias en sus territorios.

De esta acción todavía iban a lucrarse más personas. Por un lado, por supuesto, se encontraba Alberto que lograría pagar al Papa la dispensa para ocupar su codiciado arzobispado, pero además la banca de los Fugger recibiría dinero a cambio de adelantar parte de los futuros ingresos de la venta de las indulgencias, el Emperador Maximiliano obtendría parte de los derechos y, sobre todo, el Papa se embolsaría el cincuenta por cien de la recaudación, destinándolo a concluir la construcción de la basílica de san Pedro en Roma.

MEDIOEVO E INDULGENCIAS

Para comprender lo que significaba la venta de indulgencias hay que situarse en la mentalidad de la Europa del Bajo Medievo. En esos siglos cobró una enorme importancia la creencia en el Purgatorio. Aunque el dogma no fue definido como tal hasta el s. XV, ya contaba con precedentes de los siglos anteriores y había recibido un inmenso impulso. Inicialmente, la creencia en el purgatorio no había estado ligada a las indulgencias pero no tardó mucho en relacionarse.

Resultaba obvio que si el Papa era el custodio del tesoro de los méritos de Cristo y de los santos podía aplicarlos a los fieles para que, a cambio de ciertas prácticas, éstos sufrieran por menos tiempo en el purgatorio. No pasaron muchos años antes de que semejantes concesiones fueran obtenidas mediante pago y crearan, como en el caso que nos ocupa, un negocio extraordinario.

Como todas las ventas naturalmente, ésta también utilizaba recursos propagandísticos extraordinarios. Sus vendedores afirmaban, por ejemplo, que apenas sonaban en el platillo las monedas con las que se habían comprado las indulgencias, el alma prisionera en el purgatorio volaba libre hasta el cielo. Además, dado que semejante beneficio podía adquirirse no sólo para uno mismo sino también para otros, no pocas familias dedicaban una parte de sus recursos a beneficiar a sus seres queridos ya difuntos y padeciendo en el purgatorio.

LA POSTURA DE LUTERO

Lutero consideró que semejante conducta era indigna y decidió comunicarlo en un escrito privado y muy respetuoso a su obispo, el prelado de Brandeburgo, y a Alberto de Maguncia que era el responsable de aquella campaña concreta de venta de indulgencias. Lo hizo además siguiendo el uso propio de los profesores universitarios, es decir, redactando un conjunto de tesis que podían ser discutidas con diversos argumentos a favor o negadas con otros en contra. Así nacieron las noventa y cinco tesis.

Las primeras tesis de Lutero apuntan al hecho de que Jesucristo ordenó hacer penitencia –literalmente: arrepentíos en el texto del Evangelio– pero que ésta es una actitud de vida que supera el sacramento del mismo nombre. Precisamente por ello, el Papa no podía remitir ninguna pena a menos que previamente lo hubiera hecho Dios o que se tratara de una pena impuesta por sí mismo. De esto se desprendía que afirmar que la compra de las indulgencias sacaba a las almas del purgatorio de manera indiscriminada no era sino mentir, ya que el Papa no disponía de ese poder. En realidad, según Lutero, mediante predicaciones de este tipo, se estaba pasando por alto que Dios perdona a los creyentes en Cristo que se arrepienten y no a los que compran una carta de indulgencia. La clave del perdón divino se halla en que la persona se vuelva a Él con arrepentimiento y no en que se adquieran indulgencias. Con arrepentimiento y sin indulgencias es posible el perdón pero sin arrepentimiento y con indulgencias la condenación es segura.

Por otro lado, había que insistir también en el hecho de que las indulgencias nunca pueden ser superiores a determinadas obras de la vida cristiana. Aún más, el hecho de no ayudar a los pobres para adquirir indulgencias o de privar a la familia de lo necesario para comprarlas era una abominación que debía ser combatida.

Artículos anteriores de esta serie:

1              Martín Lutero, el monje

2              Lutero y la salvación por la fe

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

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