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La corredención de María

Publicado: marzo 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIX) Los protestantes no creen en la Virgen (7)

He señalado de manera repetida en las anteriores entregas que un porcentaje elevadísimo de aquellas doctrinas que los protestantes no compartimos con el catolicismo son, en términos histórico, tardías cuando no de muy reciente aparición. Uno de esos casos es la creencia en la corredención de María, entendida ésta no como que la madre de Jesús tuviera

 

Imagino que no sorprenderá a nadie que comience señalando que en la Biblia no existe el menor rastro de la idea de correndención o de María corredentora. A decir verdad, ni los términos aparecen. No sólo eso, todas las referencias a redención y redentor aparecen, única y exclusivamente, vinculadas con Jesús y su obra.

Examinemos todos y cada uno de los casos en que la idea aparece en el Nuevo Testamento.

1.- El término “redentor” sólo aparece una vez en el Nuevo Testamento. El pasaje (Hechos 7, 35), como no podía ser menos, identifica a ese Redentor con Jesús y, por supuesto, no dice ni una palabra de una corredentora.

2.- El término redención aparece tres veces en el Nuevo Testamento. En la primera cita (Lucas 1, 68) se atribuye esa redención a Dios que ha visitado a Su pueblo en la Encarnación. En Lucas 2, 38, se vincula nuevamente la redención con la figura de Jesús y en Hebreos 9, 12, se enseña que la “eterna redención” fue obtenida por Jesús mediante su sacrificio expiatorio en la cruz. Como resulta fácil de ver, la redención sólo aparece relacionada con la segunda persona de la Trinidad que se encarnó y se ofreció en la cruz.

3.- El término redimir aparece también tres veces. Ya podrá imaginar el lector que todas las referencias aparecen única y exclusivamente relacionadas con Cristo. En Lucas 24, 21, son los discípulos que van camino de Emmaús los que señalan como, antes de la crucifixión, había existido una esperanza de que Jesús redimiera a Israel. En Tito 2, 14, Pablo vincula el acto de redimir con Cristo “que se dio a si mismo por nosotros”. Finalmente, en I Pedro 1, 18-9, se incide nuevamente en este hecho. Fuimos redimidos “con la sangre preciosa de Cristo como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Por supuesto – ¿sorprende a alguien? – no aparece la menor referencia a la corredención o a María.

Naturalmente, resulta obligado señalar cuando apareció la tesis de la corredención de María. Imagino que, tras leer las últimas entregas, a pocos sorprenderá saber que se trata de una creencia muy tardía. Precisamente, monseñor Arthur Burton Calkins que es miembro de la Comisión pontificia “Ecclesia Dei”, miembro concurrente de la Adademia Mariana internacional pontificia y miembro correspondiente de la Academia teológica romana pontificia lo ha señalado en un trabajo muy bien documentado que se titula El Misterio de María Corredentora en el Magisterio Papal.

Señala el padre Calkins en relación con la creencia en la corredención de María que: “esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo «en cada acto, actitud y deseo» (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)”.

Comprenderán los lectores que los protestantes no nos sintamos especialmente conmovidos por una visión teológica que formuló un monje bizantino casi mil años después del inicio del cristianismo y que, por lo visto, a nadie se le había pasado por la cabeza antes sin duda porque no hay el menor indicio en las Escrituras. También comprenderán que no veamos ninguna razón para creer en semejante visión teológica. Sin embargo, no acaba aquí la cuestión.

Ciertamente, el imaginativo Juan el Geómetra pudo concebir la idea de la corredención, pero, eso no se tradujo en su aceptación por parte del cristianismo. Más bien todo lo contrario. Como señala monseñor Calkins: “La palabra «Corredentora» hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del Papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello «se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana.» 18

2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo «Alabados sean Jesús y María,» a lo que uno responde «Ahora y por siempre»: Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María”

3. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine vendetta”.

La cita del trabajo de Calkins es larga, pero, a nuestro juicio, verdaderamente reveladora y merece la pena reflexionar sobre ella. Aunque Juan el geómetra ya especuló con una idea teológica relativamente cercana a la de corredención, los papas no incidieron en ella hasta inicios del s. XX, algo que, en términos históricos, no sucedió ayer por la tarde sino, si se nos permite el símil, hoy a la hora del desayuno.

Sinceramente, los protestantes creemos que no se nos puede censurar por que no aceptemos una creencia que no fue avanzada hasta finales del s. X, a la que no se refirieron los papas hasta principios del s. XX y que, por encima de todo, no aparece ni por aproximación en la Biblia

Como suele ser habitual en nosotros, puestos a escoger entre lo que muy tardíamente han enseñado los hombres y lo que enseña la Biblia, nos quedamos con las enseñanzas de la Biblia. A fin de cuentas, ésa es la clave para comprender nuestras diferencias con el catolicismo.

CONTINUARÁ: la asunción de María


Autores: César Vidal Manzanares

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La Inmaculada Concepción

Publicado: febrero 18, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

César Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XV) Los protestantes no creen en la Virgen (3) 

En las últimas semanas he examinado sucintamente cómo el mito de que los evangélicos no creen en María no se corresponde con la realidad. Los protestantes creen sobre María todas y cada una de las palabras que contienen las Escrituras. Llegados a este punto, debe señalarse que no se sienten obligados a creer nada más, pero en ellos – y seguramente sorprende.

Una de las creencias más populares – ciertamente, dogma – del catolicismo acerca de María es la de su inmaculada concepción. En breve, la creencia señala que María no nació con la marca del pecado original, una circunstancia única ya que no se da en ningún otro ser humano. Las Escrituras, desde luego, no contienen la menor mención a ese dogma y, a decir verdad, lo que enseñan de manera terminante es que TODOS – sin excepción alguna – pecaron y están destituidos de la gracia de Dios (Romanos 3:23-24), situación de la que sólo se puede salir mediante la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo (Romanos 3:25 ss). 

Ni que decir tiene que cualquier católico medianamente instruido – insisto: medianamente instruido – sabe que la salutación del ángel a María contenida en Lucas 1:28 no significa que María no cometiera nunca pecado sino, simplemente, que Dios la favorecía al elegirla para concebir al mesías. Al respecto, no deja de ser significativo que en un interesante tratado de mariología el sacerdote católico J. M. Carda afirme: “La Sagrada Escritura no habla de los orígenes históricos de María ni alude expresamente a privilegio alguno en su concepción” (El misterio de María, Madrid, 1986, p. 55) o que señale que la referencia angélica de Lucas 1:28“no indica por si mismo una plenitud de gracia, como la indica, en cambio, la expresión pleres kharitos que se aplica a Cristo (cf. Juan 1:14)… La palabra dirigida a ella por el ángel significa sencillamente agraciada” (Idem, Ibidem, p. 56). No hace falta decir que los evangélicos compartimos ese punto de vista porque es el correcto que se desprende de la Biblia y del conocimiento de la lengua griega. Baste decir que en Efesios 1:6 se califica a los creyentes en general con el mismo término que a María en Lucas 1:28 y hasta donde yo sé no creo que nadie piense que hemos nacido sin la marca del pecado original.

De hecho, no deja de ser curioso que la primera referencia a que María no hubiera nacido sin la marca del pecado original no tuvo lugar hasta el s. V y la sostuvo… un hereje. Se trataba de Julián de Eclana, un miembro de la secta de los pelagianos, que negaba los efectos del pecado original en la especie humana. Para el hereje, María no podía haber cometido nunca pecado. Agustín de Hipona, respondiendo al herético Julián, señaló que si María se había visto libre de pecado no se debía a haber nacido sin él, sino a que había nacido de nuevo como señalaba Juan 3. No deja de ser curioso que cerca de un milenio después la iglesia católica proclamara dogmáticamente la posición del hereje y rechazara la de Agustín de Hipona. La Historia del catolicismo – sin duda, apasionante – abunda en episodios semejantes.

En el s. VIII, comenzó a celebrarse por primera vez – y en Oriente – el nacimiento de María, pero, de manera bien reveladora, no se hizo ninguna referencia a que el mismo hubiera tenido lugar sin pecado y lo mismo sucedió cuando esa fiesta llegó a Occidente nada más y nada menos que en el s. XII.

En otras palabras, durante más de un milenio las iglesia mantuvieron una posición sobre este tema mucho más cercana al protestantismo que al catolicismo actual. Sí, fue mucho más de un milenio porque todavía en el s. XIII, el famosísimo Tomás de Aquino, autor de la Summa Theologica, negaba la Inmaculada concepción por cierto sin que sobre él recayeran sanciones eclesiásticas. Así, en su Brevis Summa de fide dedicada a su compañero Fray Reinaldo, Tomás de Aquino escribió: “Ciertamente (María) fue concebida con el pecado original, como era natural… Si no hubiera sido concebida con pecado original, no habría necesitado ser redimida por Cristo y, de ser así, Cristo no sería el Redentor universal de los hombres, lo que derogaría la dignidad de Cristo” (CCXXXII bis. Hay traducción española: Compendio de teología, Barcelona, 1985).

Desde luego, no deja de ser revelador que en este tema, Tomás de Aquino sostuviera una posición similar a la del protestantismo… y totalmente contraria con el catolicismo actual. Al respecto, es significativo que cuando la mencionada obra se editó en castellano en 1862, el traductor, Carbonero y Sol, se permitiera omitir el párrafo que tan mal casaba con la enseñanza católica. Como prueba de falta de honradez intelectual y sectarismo, estuvo bien; como señal de amor a la verdad, resultó deleznable.

A finales del s. XIII, Duns Scoto hizo todo lo posible por imponer la creencia en la inmaculada concepción, pero su éxito fue limitado. El papa Sixto IV – franciscano como Scoto – se negó a apoyarla insistiendo en que nada había sido establecido todavía al respecto (DS 1426). Que a casi milenio y medio de distancia, la iglesia católica no se hubiera definido sobre tema tan importante da, desde luego, mucho que pensar. En 1439, un concilio reunido en Basilea definió el dogma, pero… el concilio no estaba en comunión con la sede papal lo que impidió que el dogma pudiera ser aceptado como tal.

Todavía en 1546, en el concilio de Trento, se tomó la decisión de no definir el dogma(DS 1516) porque a nadie se le ocultaba la posición de Tomás de Aquino y de tantos otros que habían negado la inmaculada concepción. Tan poco claro estaba el tema que en 1617, Paulo V prohibió las discusiones públicas sobre el mismo y en 1622, Gregorio XV extendía la prohibición a las conversaciones privadas. La única excepción eran los dominicos – seguidores de Tomás de Aquino a fin de cuentas – que podían abordar el tema, pero sólo en el seno de la orden y entre ellos, sin presencia de otros.

Finalmente, el dogma fue definido el 8 de diciembre de 1854 por la bula pontificia Ineffabilis Deus haciendo tabula rasa de las Escrituras, de las opiniones de teólogos como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino y de lo que había creído el cristianismo occidental durante la mayor parte de la Historia.

Tras este breve examen, creo que mis amigos católicos comprenderán sobradamente por qué los evangélicos no creemos en la Inmaculada Concepción.

  • Sobre ella nada dice la Biblia y nada se creyó al menos hasta el s. XII salvo algún hereje como el refutado Julián de Eclana.
  • Contra ella se expresaron rotundamente Agustín de Hipona y Tomás de Aquino.
  • Sobre ella seguía existiendo controversia en el seno del catolicismo todavía en el s. XVII lo que acarreó prohibiciones papales de abordar el tema
  • El dogma no fue definido hasta la segunda mitad del s. XIX lo que, en términos históricos, equivale a ayer por la noche y
  • Si, finalmente, la iglesia católica se contradijo al definir el dogma ni nos sorprende ni nos turba. Nunca hemos creído que la iglesia católica fuera la única verdadera y episodios como éste nos confirman en esa apreciación.

Realmente, ¿puede alguien creer que sería sensato que arrojáramos por la borda lo que enseña la Biblia y lo que muestra la propia Historia del cristianismo occidental para abrazar un dogma de mediados del s. XIX? Cuesta creerlo.

Continuará

 

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César vidal

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIV) Los protestantes no creen en la Virgen (2)

La semana pasada examiné sucintamente cómo el mito de que los evangélicos no creen en María no se corresponde con la realidad y apunté igualmente a lo que sí creen sobre ella en relación a lo sucedido antes del ministerio público de Jesús.

Concluía así
que de la vida de María antes del ministerio público de Jesús, sólo tenemos algunos datos gracias a dos de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento,
que María aparece como una joven virgen judía desposada con José
que quedó encinta por obra del Espíritu Santo y no tuvo relaciones sexuales con José “hasta que dio a luz a su hijo primogénito”
que le fue anunciado por un ángel que su hijo iba a ser el mesías
que María era una judía piadosa cuya esperanza espiritual era la propia del pueblo de Israel expresada en los términos propios del judaísmo de la época, de ahí que, por ejemplo, contemplara a Dios como a su salvador y reconociera su propia “bajeza”
que, como judía piadosa, cumplió fielmente con lo prescrito en la Torah en materia de purificación y de fiestas y
que distaba, a pesar de su piedad, de ser perfecta no entendiendo lo que hacían los pastores en Belén y todavía menos la respuesta que Jesús le dio a ella y a José tras perderse en el viaje a Jerusalén. Precisamente porque no entendía esto, lo guardó en su corazón y lo meditaba continuamente.
¿Qué creemos los protestantes del resto de la vida de María? Pues, por decirlo de manera sencilla, lo que enseña el Nuevo Testamento. María aparece siempre como una mujer piadosa, fiel al Señor, aunque imperfecta, que no comprendía a cabalidad el ministerio de su hijo Jesús.

La primera referencia a María es, seguramente, la relacionada con las Bodas de Caná (Juan 2:1-11) a las que acudió junto a Jesús y algunos discípulos (2:1-2). Cuando el vino se terminó, María se lo indicó a Jesús. No tenemos razones para pensar que María actuó movida sino por buenas razones aunque, por ejemplo, Juan Crisóstomo afirmó que sólo la guiaba el deseo de preeminencia. Desde luego, resulta obvio que Jesús no aceptó una supuesta mediación de María. En Juan 2:4 se recoge que le dijo: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. A decir verdad, cuando se vuelca el texto griego al arameo original no hay duda alguna sobre la interpretación del texto. Jesús no sólo llama a María “mujer” rechazando la idea de que pueda tener algún privilegio por darle a luz sino que además indica que su petición no tiene lugar. Al respecto, no deja de ser significativo que la Biblia de Jerusalén – una traducción católica – señale en nota a pie de página que la respuesta de Jesús es un “semitismo que rechaza una intervención”. Así lo vemos también nosotros. Y lo debió de ver María porque se limitó a decir a los sirvientes que hicieran lo que Jesús les dijera.

No es la única vez recogida por los Evangelios en que Jesús rechazó la intervención de María. Por ejemplo, cuando María y los hermanos de Jesús – sobre los que hablaré en otra entrega – pretendieron interrumpir su predicación para hablar con él, la respuesta no pudo ser más clara: “extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre” (Mateo 12:48-50. Véase también: Marcos 3:31-36; Lucas 8:19-21). Desde luego, en ningún momento, Jesús consideró que la condición de su madre fuera superior a la de otros. Para él, de manera expresa, ser su discípulo era tan importante como ser su madre algo que, dicho sea de paso, ningún católico podría aceptar. No sólo eso. Jesús insistió en que había condiciones espirituales superiores a la de ser su madre. Eso es lo que encontramos, por ejemplo, en Lucas 11:27-28: “mientras él (Jesús) decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo y los senos que mamaste. Y él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”. Las palabras de Jesús no indican – como han señalado algunos historiadores – falta de afecto hacia su madre, pero sí muestran cuáles eran sus prioridades espirituales y, a sus ojos, escuchar la palabra de Dios y guardarla era mucho más importante que haber sido su madre.

Ese equilibro personal de Jesús hacia su madre explica que uno de sus últimos cometidos fuera el de procurar que su madre contara con abrigo y cobijo después de su muerte. Tal y como recoge Juan 19:25-27, mientras se hallaba en la cruz, Jesús dejó a María al cuidado del discípulo amado, algo lógico si tenemos en cuenta que los hermanos de Jesús “no creían en él” (Juan 7:5). Este pasaje de Juan ha sido utilizado frecuentemente por autores católicos como una referencia a la maternidad universal de María. Se trata de un tema que abordaremos en una entrega posterior, pero ya podemos adelantar que semejante interpretación ni siquiera es aceptada por teólogos católicos de peso. Por ejemplo, L. Ott, un teólogo católico conservador, señala en relación con la supuesta maternidad de María sobre los creyentes: “Faltan las pruebas escriturísticas expresas. Los teólogos buscan apoyo bíblico en las palabras de Cristo en Juan 19:26 ss: “Mujer, he ahí a tu hijo” “He ahí a tu madre”, pero, de acuerdo con el sentido literal, dichas palabras se refieren sólo a las personas a quienes van dirigidas: María y Juan” (Fundamentals of Catholic Dogma, Cork, 1966, p. 214). Cualquier protestante estaría totalmente de acuerdo con esa interpretación.

Las referencias a María tras la muerte de Jesús son muy escasas. No tenemos ninguna noticia de que Jesús resucitado se le apareciera, aunque quizá, sólo quizá, formara parte de los quinientos hermanos a los que se apareció a la vez (I Corintios 15:6). Sí sabemos que estuvo presente en las reuniones de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hechos 1:14) y, de nuevo quizá, que lo estuviera durante el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés, aunque no se puede asegurar. De hecho, a partir de Hechos 1, 14 perdemos su rastro en la Biblia ocupada, sin embargo, de narrar la vida de personajes como Esteban, Felipe, Timoteo y, por supuesto, Pedro y Pablo. Desde luego, si los primeros cristianos vieron a María de una manera lejanamente parecida a como la ven los católicos actuales se ocuparon rigurosamente de no dejar la menor huella. Por supuesto, es más lógico deducir que simplemente nunca la contemplaron como los católicos de hoy en día.

Resumiendo, pues, los datos que tenemos sobre María en el Nuevo Testamento relacionados con el ministerio público de Jesús y con la vida de los primeros cristianos se reducen a que:
Durante el ministerio público de Jesús, María intentó intervenir en varias ocasiones y Jesús siempre rechazó esa intervención.
Jesús subrayó una y otra vez que también era su madre aquel que escuchaba la Palabra de Dios y la obedecía, y que la condición espiritual de los discípulos era superior a la de su madre.
Jesús encomendó el cuidado de su madre al discípulo amado.
Carecemos de noticia de que Jesús se apareciera a María tras la resurrección y
En el año 30 d. de C., María, junto a los hermanos de Jesús, formaba parte de la comunidad cristiana de Jerusalén. A partir de ahí, el Nuevo Testamento no dice nada de ella.
Como señalaba en la anterior entrega, todo lo que la Biblia dice de María, los protestantes lo creemos firmemente. A contrario sensu – y tendremos ocasión de verlo en próximas semanas – no creemos aquello que no enseñan las Escrituras y que incluso colisiona con lo que éstas nos muestran.

Pero sobre eso hablaremos, Dios mediante, a partir de la semana que viene.

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (3): lo que los protestantes no creen de María.

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras
12 Obispos casados
13 Los protestantes y la Virgen María

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CESAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XIII) Los protestantes no creen en la Virgen (1)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de que los protestantes no creemos en María. La idea está tan difundida que, a decir verdad, suele ser una de las dos o tres respuestas que da cualquier católico cuando se le pregunta acerca de cómo definiría a un protestante: “los protestantes no creen en la Virgen”

No sólo eso. Esa circunstancia resulta muy ofensiva para no pocos católicos lo que, dicho sea de paso, deja de manifiesto el enorme peso que tiene la mariología en sus creencias y prácticas. A título de ejemplo, puedo decir que cuando algunas personas decidieron iniciar una campaña contra mi en la cadena COPE – ¡tras una sola temporada de trabajo como simple colaborador! – su argumento fue que no creía en la Virgen y que mis puntos de vista al respecto resultaban absolutamente intolerables en esa emisora.

Como señalaría con cierta ironía un amigo católico, también se podía haber dicho que no creía en la infalibilidad papal o en la transubstanciación. Era cierto. Sin embargo, la peor acusación que se podía lanzar contra mi era el de que no creía en la Virgen. Deseo tranquilizar a nuestros amigos católicos señalando de entrada que los protestantes sí creemos en María, aunque, eso sí, creemos en lo que señala sobre ella el Nuevo Testamento. Desarrollaré esta afirmación en diversas entregas y en esta primera me centraré en lo que creemos de María antes del inicio del ministerio público de Jesús.

De entrada, hay que señalar que María tiene un papel de relevancia escasa en los escritos del Nuevo Testamento. Sólo se hace mención de ella en cinco de sus veintisiete libros y de esos cinco sólo dos mencionan su embarazo virginal.

Por Lucas y Mateo, sabemos que era una virgen desposada con José, un hombre justo, de la casa de David y que vivía en la localidad galilea de Nazaret (Lucas 1:26-27). Es posible que perteneciera a una familia sacerdotal porque su prima Elisabet – o Isabel – estaba casada con un sacerdote de la clase de Abías y ella misma era de las hijas de Aarón (Lucas 1:5).

También sabemos que antes de que el matrimonio con José se consumara, es decir, cuando sólo se hallaba en la fase de esponsales, quedó encinta (Lucas 1:26-38). Dado que José no había mantenido relaciones sexuales con ella, llegó a la conclusión de que María era culpable de adulterio y resolvió repudiarla en secreto, posiblemente para evitar que la lapidaran (Mateo 1:18-19). Así, lo habría hecho de no ser porque un ángel aparecido en sueños le anunció que el niño que se estaba formando en el seno de María era fruto de la acción directa del Espíritu Santo (Mateo 1:20), que el nacido salvaría al pueblo de sus pecados (Mateo 1:21) y que la concepción virginal era el cumplimiento de la profecía de Isaías 7:14 (Mateo 1:22-23). Al despertar, José acogió a María en su casa (1:24) y no tuvo relaciones sexuales con ella “hasta que dio a luz a su hijo primogénito” (Mateo 1:25). En Mateo, pues, la experiencia de María aparece descrita – y no deja de ser revelador – con José como protagonista.

El enfoque es diferente – y complementario – en el Evangelio de Lucas donde todo el episodio es narrado desde la perspectiva de María. Según Lucas, un ángel le anunció que tendría un hijo a pesar de que no mantenía relaciones sexuales con ningún varón (1:34-38) y María se encaminó a una ciudad de Judea, en la montaña donde vivía su prima Isabel (1:39-40). Ésta también se hallaba encinta y, al ver a María, el niño que se gestaba en su vientre dio un salto lo que llevó a aquella a confirmar que su prima llevaba en su seno al mesías (1:41-45). Las palabras que María dio como respuesta (Lucas 1:46-55) son conocidas convencionalmente como el Magnificat y constituyen la declaración más amplia de que disponemos acerca del pensamiento teológico de María. Excede de los límites de este artículo detenernos en ese texto, pero podemos indicar que en él, María indica como Dios es su salvador (v. 46-47), como Dios no ha reparado en la “bajeza de su sierva” que será llamada bienaventurada por dar a luz al mesías (v. 48-49) y como todo esto armoniza con el carácter y las promesas de Dios formuladas a Israel (v. 50-55). María permaneció con Isabel tres meses al cabo de los cuales regresó a su casa y, presumiblemente, fue recibida por José (Lucas 1:56).

Los datos siguientes nos indican que María y José se dirigieron a Belén con ocasión de un censo (Lucas 2:1-4); que María dio a luz en un humilde lugar donde pudieron aposentarse (Lucas 2:7) y que el niño fue objeto de las alabanzas de un grupo de pastores cercano (Lucas 2:8-20).

A los ocho días, en cumplimiento de la Torah, Jesús fue circuncidado (Lucas 2:21) y, tras cumplir con su purificación, María y José lo llevaron al templo para ser presentado al Señor con la ofrenda prescrita por Moisés (Lucas 2:22-23Levítico 12:6-8). Allí, María fue testigo de la proclamación del niño como Mesías por parte de Simeón y de Ana (Lucas 2:25-38) y, tras cumplir con lo prescrito en la Torah, regresó junto a José a Nazaret (Lucas 2:39).

Mateo relata además episodios como la adoración de los magos (Mateo 2:1-12), la matanza de los inocentes por Herodes (Mateo 2:13-18) y la huída a Egipto si bien, de manera significativa y propia de este evangelista, el protagonista es José y no María. Fue también José, según Mateo, el que recibió la revelación para regresar a Israel (Mateo 2:19-21) y el que optó por asentarse en Galilea en lugar de en Judea (2:22).

Desde ese momento hasta el inicio de la vida pública de Jesús, sólo tenemos constancia del episodio de la bajada a Jerusalén de Jesús con sus padres en el curso de la cual lo perdieron y hallaron luego en el templo (Lucas 2:21-40). De manera bien significativa a la pregunta de María: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia”, Jesús respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (2:48-9).

Ni María ni José “entendieron las palabras que les habló” (Lucas 2, 50). Como había sucedido con el episodio de los pastores (Lucas 2:19), María se limitó a guardar aquellas palabras y meditarlas en su corazón (2:51).

Resumiendo todo, podemos señalar:
que de la vida de María antes del ministerio público de Jesús, sólo tenemos algunos datos gracias a dos de los veintisiete escritos del Nuevo Testamento,
que María aparece como una joven virgen judía desposada con José
que quedó encinta por obra del Espíritu Santo y no tuvo relaciones sexuales con José “hasta que dio a luz a su hijo primogénito”
que le fue anunciado por un ángel que su hijo iba a ser el mesías
que María era una judía piadosa cuya esperanza espiritual era la propia del pueblo de Israel expresada en los términos propios del judaísmo de la época, de ahí que, por ejemplo, contemplara a Dios como a su salvador y reconociera su propia “bajeza”
que, como judía piadosa, cumplió fielmente con lo prescrito en la Torah en materia de purificación y de fiestas y
que distaba, a pesar de su piedad, de ser perfecta no entendiendo lo que hacían los pastores en Belén y todavía menos la respuesta que Jesús le dio a ella y a José tras perderse en el viaje a Jerusalén. Precisamente porque no entendía esto, lo guardó en su corazón y lo meditaba continuamente.

Todo esto afirma el Nuevo Testamento acerca de la María anterioridad al ministerio público de Jesús y todo esto lo creemos los protestantes.

No se puede decir, pues, en propiedad que no creemos en María, pero sobre lo que creemos de ella seguiremos tratando en la próxima entrega, Dios mediante.

CONTINUARÁ: Los protestantes no creen en la Virgen (II)

CESAR VIDAL
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Obispos casados

Publicado: enero 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XII)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de la lujuria apenas contenida de sus iniciadores. La prueba fundamental de ese aserto sería triple.

En primer lugar, los diversos matrimonios del rey inglés Enrique VIII; en segundo, el matrimonio de Lutero con una monja y en tercero, el abandono del celibato de los clérigos.

Sobre Enrique VIII ya indicamos en una entrega anterior que nunca fue protestante. Ciertamente, fue un cismático y persiguió a aquellos que no quisieron someterse al Acta de supremacía que lo convertía en jefe de la iglesia anglicana, pero, al mismo tiempo, ejecutó a no pocos protestantes que tenían la osadía intolerable para él de pretender una Reforma de la iglesia basada en la Biblia. Ciertamente, no pocos de esos protestantes fueron ejecutados cuando Enrique VIII era declarado “Defensor fidei” por el papa y ayudado en su labor letalmente represiva por su fiel Tomás Moro, pero aún más lo fueron después de la separación formal con Roma. Por otro lado – y dice mucho del estado moral de la Cristiandad – los monarcas católicos de la época –incluidos Carlos V o Felipe II– no fueron más castos que Enrique VIII.

El segundo argumento no es menos falaz. Lutero efectivamente contrajo matrimonio con Catalina de Bora que había sido monja. Su vida matrimonial fue ejemplar a diferencia, dicho sea de paso, de lo que, por ejemplo, alguien tan poco sospechoso como Teresa de Jesús relata sobre la vida sexual en los conventos católicos de su época. Semejante conducta – deplorable, sin duda – no puede tampoco extrañar en la medida en que no pocas de las personas que poblaban los conventos y monasterios habían ido a parar en ellos (de nuevo, el testimonio de Teresa de Jesús es relevante) por razones nada espirituales.

El tercer argumento es de mucha mayor relevancia porque obliga a reflexionar sobre si la configuración del sacerdocio católico armoniza con lo que enseñaron Jesús y los apóstoles. Que Pedro estaba casado es algo que se desprende del testimonio de los evangelios donde se relata cómo Jesús curó a su suegra que padecía una fiebre muy elevada (Mateo 8:14; Marcos 1:30; Lucas 4:38-39). Podría pensarse que, al conocer a Jesús, habría dejado a su esposa – algo moralmente digno de reflexión – pero lo cierto es que el Nuevo Testamento indica que su mujer lo acompañaba en sus viajes misioneros como, por otro lado, sucedía con los otros apóstoles. Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo escribiendo a mediados del s. I indicara que él y Bernabé eran los únicos que viajaban sin esposa (I Corintios 9:5). Pablo no estaba casado – aunque es posible que fuera viudo y no soltero – pero reconocía que esa conducta era excepcional. Quizá sería deseable que todos – no sólo los dedicados a proclamar el Evangelio – fueran célibes como él, pero Pablo indica que esa condición sólo deberían guardarla los que han recibido ese don de Dios (I Corintios 7:7). Para los que no habían recibido el don, el apóstol era claro: “era mejor casarse que abrasarse” (I Corintios 7:8).

Precisamente porque ni existía algo parecido al celibato obligatorio del clero ni los apóstoles eran hombres solteros podemos entender las instrucciones de Pablo sobre los requisitos para ser obispos… que incluían que estuvieran casados: “Pues es necesario que el obispo sea irreprensible, casado con una mujer, sobrio, formal, decente, hospitalario, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, sino manso, no rencoroso, no avaro, que sepa gobernar bien su casa, que tenga a sus hijos en obediencia con toda honestidad, por el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios?” (I Timoteo 3:2-5).

El texto de Pablo difícilmente puede ser más revelador. Los obispos de la época apostólica estaban casados y tenían hijos. Es más, se consideraba que ambos requisitos resultaban enormemente importantes para poder desempeñar su función pastoral. De hecho, Pablo parece adelantarse a una de las objeciones formuladas por el protestantismo – y por no pocos católicos – en contra del celibato eclesial: ¿cómo pueden dedicarse a aconsejar a cónyuges e incluso emitir normas sobre la vida conyugal gentes que nunca han estado casadas y que no conocen personalmente lo que significa? Con el debido respeto, me atrevería a decir que buena parte de la doctrina moral de la iglesia católica relativa a la vida conyugal y sexual sería radicalmente distinta si se hubiera ido forjando sobre la base de las Escrituras enseñadas por obispos casados y con hijos y no por célibes que consideran – por citar las palabras de un conocido santo – que “el matrimonio es para la clase de tropa”.

La importancia de esa vida matrimonial resulta tan relevante en la enseñanza apostólica que Pablo expresa un durísimo juicio sobre su prohibición: “Pero el Espíritu dice claramente que en tiempos venideros apostatarán algunos de la fe, escuchando a espíritus de error y doctrinas de demonios, por la hipocresía de los que hablan mentiras y tienen cauterizada su conciencia, que prohíben casarse y el consumo de alimentos que Dios creó para ser disfrutados con acción de gracias por los que creen y han conocido la verdad, porque todo lo que Dios creó es bueno y no es de rechazar nada de lo que se recibe con acción de gracias” (I Timoteo 4:1-4).

Lo cierto es que la Biblia enseña que el matrimonio de los obispos no sólo es lícito sino muy conveniente y que la prohibición del matrimonio es una doctrina demoníaca. Esa circunstancia explica, sin duda, que los clérigos estuvieran casados a lo largo de la Historia del cristianismo durante siglos y que en el seno de la iglesia católica hubiera que esperar a la reforma de Gregorio VII, un antiguo monje, ya en pleno medievo, para que se prohibiera el matrimonio eclesial con cierta eficacia. Con cierta eficacia, pero no total porque el celibato eclesial siguió siendo caballo de batalla durante los siglos siguientes y no faltaron los sacerdotes que contrajeron matrimonio y que obtuvieron un reconocimiento legal del mismo. Incluso después del concilio de Trento en el s. XVI – donde no podía reconocerse la razón de los protestantes al exigir que los clérigos pudieran contraer matrimonio – no acabaron los casos de sacerdotes casados si bien la ceremonia solía celebrarse en secreto.

Con todo, ni siquiera la iglesia católica posterior a Trento ha sido consecuente con el celibato obligatorio. Aunque muchos católicos lo ignoran, los sacerdotes católicos de culto oriental pueden contraer matrimonio y lo mismo sucede con los que entraron en la iglesia católica hace unos meses, procedentes de la Comunión anglicana. Ahora bien, si el celibato obligatorio es tan indiscutible y constituye una fuente de tan grandes bendiciones, ¿cómo pueden admitirse esas excepciones?

¿Se imagina alguien que fuera lícito el adulterio en ciertos sectores de la iglesia católica mientras que no lo era en otros? O que fuera lógico rehusar una bendición espiritual – la derivada del celibato obligatorio – a alguien sólo porque pertenece a un rito diferente dentro de la misma iglesia?

Concluyendo pues, los protestantes no sentimos que el hecho de que los pastores contraigan matrimonio sea una traición al cristianismo. Por el contrario, constituye un seguimiento claro y obediente de lo que enseña el Nuevo Testamento y precisamente esa obediencia es bendecida por Dios con pastores que pueden entender, por propia experiencia, las cargas, las dificultades y los problemas de carácter conyugal que sus hermanos les traen y que, por añadidura, no acumulan cargas sobre los hombros de otros sin ayudar a sobrellevarlas siquiera con un dedo tal y como hacían los escribas y fariseos de la época de Jesús (Mateo 23:4).

Continuará: Los protestantes no creen en la Virgen

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España, 2011).


CÉSAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XI)

Intentaba yo en mi última entrega plantear el punto de vista contenido en la Biblia sobre la justificación que no es otro que el expresado por Pablo al afirmar: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:23-25).

Es algo que se repite en afirmaciones paulinas tan claras como la de que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) o la que sostiene: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30).

Señalaba yo entonces que los pasajes que acentúan esta enseñanza son numerosos al afirmar la Biblia que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11). Finalmente, manifestaba que aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla ya que tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia entre las dos posiciones es notable y el error de apreciación – verdadero mito – de muchos católicos resulta bastante grave.

Sin embargo, esta incomprensión por parte de los católicos de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe y de la posición evangélica al respecto no concluye en lo señalado en mi última entrega. De hecho, hay otros dos mitos estrechamente entrelazados con él. El primero afirma – supuestamente basándose en la carta de Santiago – que puesto que la fe sin obras es muerta, la justificación también es por las obras; el segundo insiste en que el protestantismo deja aparte las obras ya que se aferra a un concepto laxo – y falso – de la salvación. Ambas afirmaciones – que se siguen repitiendo – carecen de base real. De entrada, Santiago no dice en ningún lugar que la fe más las obras justifica contradiciendo a un Pablo que afirma que la justificación es por fe sin obras. Lo que Santiago afirma es que mediante las obras y no sólo mediante la fe se puede ver que alguien está justificado (Santiago 2:24) e igualmente señala que la fe entendida como una obra – precisamente lo que muchos católicos piensan erróneamente que creen los protestantes – no es aceptable ya que eso podrían incluso alegarlo los demonios. Contra lo que afirma el mito, lo cierto es que no hay un solo protestante que no comparta esa visión de Santiago.

Y aquí entramos en el tema del papel de las obras en la vida del creyente. La posición clara al respecto la expone Pablo – en armonía con Santiago – en Éfesios 2:8-10: “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Justo el proceso descrito por Pablo es el que creemos los protestantes. Primero, la salvación es por gracia y nos la apropiamos por medio de la fe sin obras. Pero precisamente cuando ya hemos sido salvados y justificados por la fe sin obras, caminamos en las obras. En otras palabras, mientras que el catolicismo insiste en que hay que hacer obras para salvarse, la Biblia – y si se me permite, los evangélicos – enseña que hacemos obras porque YA somos salvos y hemos sido justificados por la fe. Así, las obras no son precio para obtener la salvación, sino muestra de gratitud porque YA hemos sido salvados. No puedo detenerme en ello ahora, pero creo que sería interesante reflexionar sobre porqué las naciones católicas han sido parcas en grandes obras y atrasadas frente a las protestantes que no pocas veces han tenido menos recursos económicos. Sí me permito apuntar que quizá se deba a que el protestantismo ha sabido siempre que las obras son fruto de la fe en la salvación y no instrumento para obtener la salvación. Se trata de un factor que – como ya señaló en su día el catedrático de economía Jesús Prados Arrarte – bastaría para explicar el triunfo de la pequeña, pobre y protestante Inglaterra sobre la pujante e imperial, pero católica, España.

Debo hacer todavía una última observación sobre las obras. Ya he indicado que la enseñanza sobre la fe muerta que no se manifiesta en obras no es propia del catolicismo sino que la comparten sin discusión los protestantes. Sin embargo, la Biblia también habla de obras muertas (Hebreos 6:1) que es un tema eludido sistemáticamente por los católicos quizá porque no se han detenido a pensar en él. Quisiera sugerir humildemente que sería útil para muchos católicos reflexionar si las obras que consideran meritorias para su salvación aparte de no poder serlo porque la Biblia enseña que la justificación es por la fe sin las obras, por añadidura no resultan totalmente muertas ya que se realizan aparte de las enseñanzas de las Escrituras. Permítaseme la osadía de poner algunos ejemplos de prácticas piadosas al respecto.

Por ejemplo, ¿dónde enseña la Biblia que el uso de cilicio es una obra agradable a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que el culto a las reliquias es grato a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que la repetición de ciertas oraciones en ciertos lugares no sólo es meritoria sino que además reduce el tiempo que se pasa en el purgatorio? ¿Dónde enseña la Biblia que la abstención de ciertas comidas o prácticas inocentes en si pueden llevar a Dios a conceder determinadas peticiones que van desde la curación de un familiar a aprobar un examen? ¿Dónde enseña la Biblia que someterse a ciertos sufrimientos – por ejemplo, llevar una piedrecita en el zapato o dormir en el suelo – ayuda espiritualmente? Podría multiplicar los ejemplos – de hecho, algunas de estas prácticas ha sido aducida en el proceso de beatificación de Juan Pablo II y son enseñadas por sacerdotes y téologos – que todos conocemos en católicos laicos y religiosos y me permito – discúlpese de nuevo mi atrevimiento – formular una pregunta: ¿ésas son las obras enseñadas por Dios en Su Palabra o caen en la categoría de obras muertas, de sacrificios no exigidos ni aconsejados por el Señor? Dejémoslo ahí de momento porque de sacrificios impuestos en contra de la enseñanza de la Biblia seguiré hablando, Dios mediante, la semana que viene.

Continuará: Obispos casados

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com


CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (X): “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Uno de los mitos más difundidos sobre el protestantismo en medios católicos es el de lo barata –y fácil y, por ello, inverosímil– que resulta la salvación para los protestantes. Mientras que los católicos, según esa versión, deben esforzarse seriamente para ganar la salvación frecuentando los sacramentos, realizando obras piadosas e incluso sumando mortificaciones como las que recientemente hemos sabido que practicaba el difunto Juan Pablo II, los protestantes pretenden absurdamente que lo único necesario es creer.

Obviamente para la mayoría de los católicos –incluso para algunos con instrucción– ese punto de vista es inaceptable siquiera porque pretende obtener la salvación mediante un pago, si se nos permite la expresión, más que insuficiente. “Ganar el cielo” –por usar una expresión repetida por no pocos santos, sacerdotes y fieles– no puede venir del creer sino de un arduo camino de acciones.

No en vano, el católico puede decir “me salvaré” mediante una serie de medios y el cumplimiento de un conjunto de mandamientos enseñados por la iglesia católica, pero no sólo por la fe. En apariencia esta visión –que es totalmente semipelagiana como ha reconocido más de un teólogo católico– tiene su lógica y, sin embargo, es totalmente contraria a la enseñanza de Jesús y de los apóstoles ya que parte de la base de que nosotros NOS salvamos y no de que SOMOS salvados. Aunque el tema es complejo, permítaseme esbozarlo en sus líneas maestras para señalar hasta qué punto el mito católico sobre la salvación en el protestantismo arranca de una falta de conocimiento de la realidad y también de las Escrituras.

En primer lugar, la Biblia indica que no existe la menor posibilidad de que “yo ME salve”. Por el contrario, mi situación – como la de todos los seres humanos sin excepción – es la de pecadores perdidos. Al respecto, las afirmaciones de las Escrituras no pueden ser más contundentes y además expresadas de más formas. Mientras el profeta Isaías (64:6) señala con severa contundencia que nuestras obras de justicia son como “trapos de inmundicia” (un eufemismo para los paños utilizados en la menstruación) y Pablo afirma categóricamente que “tanto judíos como gentiles… todos están bajo pecado” (Romanos 3:9), que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), Jesús señala que el género humano es como una oveja perdida que sólo podrá salvarse si el pastor la trae al redil, es como una moneda perdida que sólo regresará al bolsillo de su ama si ésta la encuentra y es como un niño pijo que ha desperdiciado sus haberes de mala manera y cuya única esperanza es que el padre lo reciba inmerecidamente en su casa (Lucas 15). Estamos perdidos tanto individual como en calidad de género y no podemos salvarNOS por nosotros mismos. Desde luego, esa situación desesperada no cambia porque alguien intente cumplir la ley de Dios.

Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo indique: “Sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Las palabras de Pablo no pueden ser más claras. La ley con sus mandatos cumple una función similar a la de un termómetro. Nos puede mostrar hasta qué punto nuestra fiebre – nuestra enfermedad espiritual – es alta, pero no puede curarnos de la misma manera que comernos un termómetro no nos bajará la temperatura. No sólo eso. Como también señala Pablo, si uno pudiera ser justo ante Dios por la ley “entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21) y es lógico llegar a esa conclusión porque si yo pudiera salvarME mediante la obediencia a los mandamientos, la práctica de los sacramentos y las obras piadosas, ¿qué necesidad habría de que Cristo muriera en la cruz para salvarME?

En segundo lugar, la Biblia enseña que nuestra situación de perdición a causa de nuestros pecados es la que explica que Dios enviara a Su Hijo al mundo. No vino a entregar un catálogo de buenas obras –aunque, sin duda, dio una enseñanza ética sublime– sino, fundamentalmente, a morir en nuestro lugar. Al respecto, el mismo Jesús no pudo ser más claro al hablar de su misión: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). No tengo la menor duda de que Jesús podría haber señalado que vino a este mundo a fundar una iglesia que nos proporcionara el camino de salvación. Lo cierto, sin embargo, es que no lo hizo ni por asomo sino que señaló que su misión fundamental fue la de “dar su vida en rescate por muchos”. Al realizar semejante afirmación, Jesús se presentaba como el mesías-siervo profetizado por Isaías (52:13 a 53:12) que moriría en expiación por los pecados.

Por supuesto, es lo mismo que encontramos en los escritos apostólicos. Pablo, por ejemplo, señala: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:24-5). Desde luego, resulta obvio que si se habla de algo gratuito difícilmente puede ser algo que obtenemos gracias a nuestras obras, nuestra frecuencia en los sacramentos o nuestros actos piadosos.

En tercer lugar, la Biblia indica que la apropiación del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz –la justificación- no se produce mediante las obras sino a través de la fe. Pablo termina su desarrollo de la salvación en Romanos indicando que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) y remachando: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30). Era el mismo evangelio que había ya expuesto en su carta a los Gálatas donde expuso que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11) y que volvería a predicar a los Efesios al afirmar que “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). De hecho, aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla. Tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia es notable y el error de apreciación de muchos católicos resulta bastante grave.

Aunque la mayoría de los católicos –incluso con cierta formación– unen la doctrina de la justificación por la fe y no por las obras con Lutero, lo cierto es que, como hemos podido ver, su origen aparece claramente en las Escrituras y por eso no extraña que a ella se adhirieran Erasmo de Rotterdam o Juan de Valdés incluso antes de que el monje alemán escribiera sobre ella. Tampoco sorprende que todos los reformados – sin contacto entre ellos – llegaran a esa misma conclusión simplemente mediante el estudio de la Biblia.

De hecho y para ser ecuánimes, hoy en día, son numerosos los estudiosos católicos que reconocen que la “justificación por la fe” es ciertamente la enseñanza que se encuentra recogida en la Biblia. Al respecto, las notas a Romanos en la traducción católica conocida como Biblia del Peregrino o el libro de Hans Küng sobre La justificación son ejemplos claros. Pero habría que añadir en los últimos tiempos las declaraciones de Benedicto XVI señalando que la enseñanza de Lutero sobre la justificación por la fe era correcta, lo que, sin duda, es cierto aunque choca frontalmente con lo establecido en el decreto sobre la justificación del concilio de Trento. No obstante, no sería la primera vez que un pontífice contradice lo establecido por sus predecesores sin que cause mayor trauma dentro de la iglesia católica.

Permítaseme ahora un par de consideraciones finales. Dado que el evangélico no cree que la salvación es algo que gana o que él SE salva o que puede adquirirla y que, precisamente, por depender de su esfuerzo siquiera en parte resulta insegura hasta que exhale en gracia el último aliento, tiene la certeza gozosa de que Cristo ganó para él esa salvación al morir en la cruz y, precisamente por ello, su salvación es segura. Lo es porque no descansa en sus esfuerzos y obras sino en la dádiva gratuita de Dios que se ha apropiado a través de la fe. El apóstol Juan pudo decir a sus hermanos en la fe “tenéis vida eterna” (I Juan 5:13) y, sin duda, ése es un sentimiento que tiene cualquier evangélico. Por el contrario, el católico no tiene – y no puede tener – semejante certeza de salvación y es lógico que así sea porque desde su óptica, esa salvación depende en no escasa medida de él y no de manera exclusiva de la obra de Cristo en la cruz.

Esa circunstancia va unida a otra segunda en la que debo detenerme. Si alguien pregunta a un católico qué debe hacer para salvarse, las respuestas pueden ser ciertamente variadas yendo desde el “ser bueno” (un tanto pobre, pero muy extendida) a el “obedecer lo que dice la Santa Madre iglesia” que no resulta muy concreta, pero que es más católicamente acertada. De hecho, hace algunas décadas se convirtió en un best-seller un libro escrito por un sacerdote muy conocido por aquel entonces que se titulaba Para salvarse. Con una edición para chicos y otra para chicas –circunstancia, a mi juicio, chocante– el libro pretendía mostrar desde una perspectiva católica lo que había que hacer para salvarse y a ello se entregaba con mayor o menor claridad. Si alguien, por el contrario, preguntara a un evangélico: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, la respuesta sería exactamente la misma que el apóstol Pablo dio hace casi ventiún siglos (Hechos 16:30-31): “Cree en el Señor Jesús y serás salvo”.

Continuará: La justificación por la fe, la carta de Santiago y las obras

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1 Juan Calvino y la Inquisición
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5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).

La Verdadera Iglesia no tiene Papa

Publicado: diciembre 27, 2010 en Historia, Iglesia

Cesar Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IX): Los evangélicos apartados del Vicario de Cristo y Sumo pontífice

En la anterior entrega intenté mostrar cómo el concepto de iglesia sostenido por los evangélicos reproduce de manera exacta el contenido en el Nuevo Testamento y porque, precisamente al darse esa circunstancia, no sólo no encaja con el católico sino que además es malinterpretado y malcomprendido por los católicos que no están familiarizados con él. Ambas partes de la conversación pueden creer de buena fe que hablan de lo mismo, pero, al menos en el lado católico, existe una incomprensión absoluta de lo que dice el otro simplemente porque las palabras no tienen el mismo sentido.
Una derivación siquiera secundaria de esa circunstancia es la relacionada con títulos tan importantes para la teología católica como los de Vicario de Cristo o Sumo pontífice que se aplican al papa. Para un católico, ambos conceptos son de enorme relevancia en la medida en que fortalecen su concepto de iglesia indicando que la única verdadera – la suya – lo demuestra, entre otras cosas, porque su cabeza es Vicario de Cristo y Sumo pontífice. Es obvio para ese católico que otras “iglesias” o confesiones no tienen por cabeza al Vicario de Cristo y Sumo pontífice que es el papa. Respetuosamente, debo señalar que la realidad, sin embargo, es muy diferente.

De entrada, la Biblia es terminante al señalar que la cabeza de la iglesia no es otro que el propio Cristo. Eso es lo que afirma, por ejemplo, Pablo al decir que Dios “dio a Cristo por cabeza sobre todas las cosas” (Efesios 1, 22), o que debemos “crecer en todo en Aquel que es la cabeza” (Efesios 4, 15) o que Cristo es “la cabeza de la iglesia” (Efesios 5, 23) o que Cristo es la cabeza de un cuerpo que es la iglesia (Colosenses 1, 18). Lo cierto es que uno puede leer el Nuevo Testamento de tapa a tapa y en ningún lado encontrará la idea de que un hombre pueda ser la cabeza de la iglesia en sustitución y sucesión de Cristo y es lógico porque la simple idea de una bicefalia de la iglesia es absurda.

Algo semejante sucede con el título de Sumo pontífice o sumo sacerdote. En el Nuevo Testamento, ese título aparece referido sólo a dos personas. O bien al judío que todavía desempeñaba ese cargo en el templo de Jerusalén pero cuyo cargo iba a durar poco (Juan 11:49; 18, 19; Hechos 5, 17 etc.) o bien a Cristo. De hecho, la Epístola a los Hebreos está dedicada sustancialmente a mostrar cómo mientras que el sumo sacerdocio judío exigía – igual que el papado – una sucesión ininterrumpida de sumos pontífices para ocupar el cargo porque los mortales por definición mueren, Cristo es un sumo sacerdote perpetuo sin necesidad de sucesión. El autor de Hebreos señala que el sumo pontífice de nuestra fe no es Pedro – como cabría esperar desde una mentalidad católica – sino Cristo (Hebreos 3:1). Es ese sumo pontífice, que es Cristo, el que realizó el sacrificio expiatorio que nos salva (Hebreos 3:1) y – de manera bien reveladora – ese sumo pontífice no tendrá otros sumos pontífices que lo sucedan porque su carrera es externa y excluye esa posibilidad (Hebreos 5:1 ss). De hecho, ese sumo pontífice – Cristo – es el que nos conviene (Hechos 6, 20). Como conclusión, basta leer el capitulo 9 de esta epístola para ver que sólo existe un sumo pontífice – Cristo – y que, por definición, no puede haber ni otros al mismo tiempo ni que lo sucedan, es decir, precisamente lo que los católicos creen que es el papa.

De creer lo que dice el Nuevo Testamento – y parece obligado en alguien que desea ser cristiano – Cristo es la cabeza de la iglesia y el sumo pontífice y no necesita a nadie que ejerza esas funciones de manera vicaria. De hecho, no deja de ser significativo que pasarán siglos antes de que el obispo de Roma llegara a utilizar esos títulos. El primero en usar el título de vicario de Cristo fue Gelasio I que se hizo llamar como tal en el sínodo romano de 495. ¿Cómo pudo tardar el obispo de Roma casi medio milenio en percatarse de que era el vicario de Cristo si esa misión resultaba tan esencial? Y con todo, el título no tuvo mucho éxito porque tuvo que relanzarlo Inocencio III (1198-1216) – al que, ocasionalmente, se menciona como el primer usuario – famoso por su afirmación de que “ningún rey puede reinar de manera adecuada a menos que sirva devotamente al vicario de Cristo”.

Más peculiar resulta el título de Sumo pontífice – Pontifex Maximus o Summus Pontifex – cuyo origen se encuentra en la Roma antigua donde lo introdujo su primer rey Numa Pompilio. El paso de este título del paganismo al cristianismo fue tardío y no se aplicó en exclusiva al obispo de Roma. Por ejemplo, Hilario de Arlés (m.449) fue denominado “summus pontifex” por Euquerio de Lyon (P. L., L, 773) o Lanfranc es denominado «primus et pontifex summus» por su biógrafo Milo Crispin (P. L., CL, 10). Por añadidura, el título no se aplicó de manera exclusiva al obispo de Roma hasta el s. XI. De nuevo, la pregunta se impone: si resulta tan esencial para identificar a la iglesia verdadera que la rija el sumo sacerdote que es el papa, ¿cómo es que no se aplicó tal título al papa hasta el s. XI y en los siglos anteriores se otorgó a otras personas?

Y permítasenos una última nota histórica, esta vez sobre el título papa. Por supuesto, cualquiera sabe hoy que está restringido al obispo de Roma, pero no fue así durante siglos. Por ejemplo, Cipriano de Cartago es llamado papa (Epist 8, 23, 30, etc) mientras que al obispo de Roma no se le llamó así hasta una carta de Siricio (carta VI en PL 13, 1164) ya a finales del s. IV. De hecho, el título fue utilizado por otros obispos y hubo que esperar hasta Gregorio VII (1073-1085) para que el uso fuera exclusivo de la sede romana.

Partiendo del testimonio de las Escrituras y de las fuentes históricas seculares – poco conocidas por la mayoría de los católicos, todo hay que decirlo – los evangélicos no tienen la menor sensación de estar desprotegidos espiritualmente al hallarse apartados del Vicario de Cristo que es Sumo pontífice y cabeza de la iglesia. Por el contrario, se sienten tranquilos ajenos a una institución cuya cabeza comenzó a ser vicario de Cristo, sumo pontífice e incluso papa en exclusiva varios siglos después de la crucifixión y, por añadiduras, rebosan gratitud a Dios por pertenecer a la única iglesia verdadera, aquella que tiene como única Cabeza y como único Sumo pontífice eterno al propio Cristo.

Continuará: “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

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8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica

César Vidal es escritor, historiador y teólogo
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Las ekklesias y «la» Iglesia católica

Publicado: diciembre 19, 2010 en Historia, Iglesia

César Vidal

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (VIII): muchas “iglesias” frente a `la´ Iglesia

Suele ser un argumento muy difundido entre católicos, incluso aquellos que tienen cierta instrucción teológica, el de contraponer la existencia de la Iglesia – única y con mayúsculas, en referencia a la católica – con la de otras “iglesias” que, por supuesto, son inferiores.

Semejante contraposición es lógica en la medida en que, por definición, la iglesia católica se considera la única verdadera y niega la condición de Iglesia a las otras llegando a establecer una curiosa jerarquía entre ellas que en sus peldaños más bajos se convierten en meras “comunidades eclesiales” según sea mayor o menor el parecido con la católica.

De esa circunstancia, derivan los católicos la idea de que el protestantismo no es sino una pléyade de iglesias divididas que contrastan con la Iglesia una y única y que además esa fragmentación y su reciente aparición histórica lo deslegitima comparativamente. No voy a abordar en este artículo el tema de la sucesión apostólica de la sede romana, pero sí voy a detenerme en ese mito de la fragmentación eclesial protestante frente, supuestamente, a la única iglesia verdadera.

Lejos de constituir una suma de iglesias enfrentadas, el protestantismo cree en el concepto de iglesia tal y como aparece en el Nuevo Testamento que, dicho sea de paso, es radicalmente distinto del católico.

El término iglesia (ekklesia) originalmente tenía un significado meramente secular. Como su misma etimología indica, ekkesia era el grupo de los llamados o convocados y la traducción que suele encontrarse del término en los clásicos es la de asamblea o congregación. Nunca se utiliza, como en nuestro lenguaje habitual, para referirse a un edificio destinado al culto.

En los evangelios, el término aparece sólo tres veces lo que lleva a pensar que, como en el caso de María, Jesús le daba mucho menos importancia a la cuestión de la que le ha ido otorgando el catolicismo con el paso de los siglos. El uso es no menos revelador. En Mateo 16:18, iglesia es el conjunto universal de aquellos que creen en Jesús como mesías e Hijo de Dios – la piedra sobre la que se levantaría la iglesia – o bien la iglesia o congregación local (Mateo 18:17).

Esos dos usos del término – nunca una institución, nunca una jerarquía, nunca una organización – son los mismos que encontramos en los escritos apostólicos donde la iglesia (ekklesia) es la congregación local o la iglesia universal. Vez tras vez, Pablo habla de la iglesia en Cencreas (Romanos 16:1), de las iglesias de los gentiles (Romanos 16:4), de “todas las iglesias de Cristo” (Romanos 16:16) – curiosa pluralidad que rechina con el concepto católico de iglesia – de “todas las iglesias” (I Corintios 7:17; II Corintios 8:18), de “las iglesias de Dios” (I Corintios 11:16), de “las iglesias de los santos” (I Corintios 14:33), de “las iglesias de Galacia” (I Corintios 16:1), de “las iglesias de Asia” (I Corintios 16:19), de las “iglesias en Corinto” (II Corintios 1:1) o de “las iglesias de Macedonia” (II Corintios 8:1), por citar sólo algunos ejemplos.

Ese uso además no es exclusivamente paulino sino que lo hallamos también en escritos joánicos como el Apocalipsis donde se hace referencia a “las siete iglesias en Asia” (Apocalipsis 1:4 y 11) o a cómo el Espíritu comunica mensajes “a las iglesias” (Apoc 2:7). En todos y cada uno de los ejemplos citados, la iglesia no es otra cosa que la congregación local y, precisamente por eso, existen muchas que están en comunión las unas con las otras. Dicho sea de paso, Pedro no utiliza ni una sola vez el término en sus escritos, circunstancia esta curiosa para alguien que según la teología católica fue el primer papa.

En la mayoría de los casos citados en el Nuevo Testamento, pues, iglesia no es sino la reunión de creyentes y, por eso, existen de manera plural en distintas partes del mundo. Aún más, la pluralidad y la existencia de muchas es una característica netamente apostólica.

El segundo sentido se refiere, como en el caso de Jesús, a una realidad espiritual formada por los verdaderos creyentes y cuya cabeza es no un hombre sucedido por otros hombres a lo largo del tiempo sino el propio Cristo (Efesios 5:23). De manera bien significativa, la abundancia y pluralidad de iglesias no colisiona con la única que no se identifica con ninguna de ellas sino con un ente espiritual cuyos miembros sólo Dios conoce (II Timoteo 2:19).

Sólo cuando se tiene presente la idea que aparece en la Biblia de lo que es la iglesia se puede comprender el concepto protestante de la misma porque es exactamente el mismo. Las denominaciones protestantes creen que las distintas congregaciones son iglesias – y no rivales de la Iglesia única y verdadera – y que la verdadera Iglesia no es una organización o jerarquía sino que está formada por lo que han nacido realmente de nuevo y tiene como única cabeza a Cristo.

En ese sentido, ningún protestante tiene la sensación de estar desprovisto de la Iglesia por no formar parte de la católica ni tampoco piensa que su organización eclesial es la única iglesia en contraposición a las demás. No cae en tan grave error porque conoce lo que afirma el Nuevo Testamento.

Por el contrario, siente que pertenece a la iglesia verdadera – la realidad espiritual cuya única cabeza es Cristo y no un hombre que supuestamente es su vicario – y que es gozosamente libre al no formar parte de una entidad que pretende ser exclusivamente la única Iglesia cuando, en realidad, su realidad es diametralmente opuesta a la que aparece en las Escrituras.

Por lo tanto, lo que muchos católicos contemplan como una desgracia, los protestantes lo viven como un privilegio y lo que, a su vez, muchos católicos ven como un privilegio, los protestantes lo contemplan como una servidumbre humana, contraria a lo enseñado por Jesús y los apóstoles y, por tanto, intolerable.

Esa perspectiva debe ser entendida siquiera para evitar malentendidos como los de creer que se habla de lo mismo cuando, a decir verdad, se utilizan las mismas palabras, pero con contenidos muy diferentes.

Continuará: ¿Vicario de Cristo y Sumo pontífice?

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma

César Vidal es escritor, historiador y teólogo©
C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).


 Luis y Graciela Pérez

(Nuestro agradecimiento a Luis y Graciela Pérez, por facilitarnos este material).

Cuando oigan hablar del nacimiento de Jesús, no piensen que es algo pequeño y sin valor. Al contrario, levanten sus almas; estremézcanse y llénense de esperanza cuando oigan decir que Dios ha venido a la tierra.

Este hecho es tan sorprendente y maravilloso que hasta los mismos ángeles formaron coros e hicieron resonar un himno de gloria. Y los profetas de la antigüedad se admiraron de que Dios pudiese ser visto sobre la tierra y conversara con los hombres.

Y la verdad es que, desde todo punto de vista, no hay nada más maravilloso que un Dios inefable, que no se puede explicar con nuestras palabras humanas, ni terminar de comprender con la lógica de nuestra mente; un Dios que, siendo igual al Padre, el creador de todas las cosas, se haya dignado pasar por el vientre de una mujer, nacer como un bebé, tener una familia y una historia, teniendo como antepasados a David y Abraham. ¿Y por qué digo a David y Abraham? Porque éstas eran personas famosas y respetables. Pero lo más asombroso es que entre sus antepasados se encontraban también mujeres y hombres indignos y de mala reputación.

Por eso cuando oigan que Jesús nació: ¡Levántense! No tengan humildes pensamientos, sino maravíllense de que Él, siendo  hijo de Dios, del eterno y todopoderoso Dios, se dignó también ser llamado Hijo del Hombre, para hacernos a nosotros los hombres, Hijos de Dios.

Él, siendo hijo del Dios eterno, se dignó tener un padre humano, para darnos a nosotros, los que éramos verdaderamente esclavos de esta vida humana, al Señor como Padre.

Pensándolo humanamente, es más fácil que Dios se haga un ser humano, como nosotros, que no que el hombre sea llamado hijo de Dios.

Entonces cuando escuches que el Hijo de Dios se metió en la historia, se hizo hombre y se le llamó hijo de David y de Abraham, sus antepasados.

¡No dudes! Porque tú eres humano, también puedes ser llamado hijo de Dios. Él no se humilló sin motivos. Se humilló de esa forma y hasta tal extremo, porque sencillamente quería exaltarnos a nosotros.

Él nació según la carne para que nosotros pudiéramos nacer según el Espíritu. Él nació de una mujer, de un ser humano, para que nosotros dejemos de ser simplemente hijos de mujer. Lo que hizo Cristo es grandioso y maravilloso, enlazó la naturaleza divina con la humana; lo suyo con lo nuestro.

Jesús, en efecto, es un nombre hebreo que significa salvador. Y Jesús es salvador porque vino a salvar a la humanidad.

San Juan Crisóstomo o de Antioquia (347–407) fue patriarca de Constantinopla. Fue un excelso predicador que por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero recibió el sobrenombre de “Crisóstomo” que proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, ‘oro’, stomos, ‘boca’) (Fuente: Wikipedia)

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