Archivos de la categoría ‘Historia’

El clero: malos pastores

Publicado: junio 1, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
El clero: malos pastoresLa necesidad de la Reforma (4): la crisis espiritual (II)

En el episodio anterior, tuvimos ocasión de contemplar cómo la crisis espiritual previa a la Reforma se extendía al papado. Lamentablemente, no era el único segmento eclesiástico afectado por esa grave situación. A decir verdad, afectaba de manera muy directa al clero.

10 de diciembre de 2010

El historiador católico Lortz no ha dudado en señalar, en vísperas de la Reforma del s. XVI, “ el creciente  capricho  dominante en la curia , a veces sin escrúpulos”(1) en temas como la multiplicación de los modos de gracia en contradicción con la seriedad de lo santo y  el abuso de los castigos espirituales  como la excomunión.

No eran los únicos males. A ellos deben añadirse la práctica extraordinariamente extendida de la compra y venta de los puestos eclesiásticos  o su utilización como si se tratara de un patrimonio personal. Julio II prometió, por ejemplo, a Paris de Grassis, su maestro de ceremonias, que lo gratificaría con un obispado en premio por haber preparado adecuadamente la apertura del concilio de Letrán.

A ello había que sumar  la acumulación de cargos eclesiásticos  –el papa León X tuvo antes de llegar a ceñirse la corona papal una carrera espectacular de este tipo– y  el absentismo de los párrocos  que, por ejemplo, en el caso de Alemania se traducía en que sólo el siete por ciento residiera en sus parroquias(2). El dato –nada excepcional por otra parte– resulta más que revelador. No resulta difícil comprender que si los primeros, como mínimo, no podían atender las obligaciones de carácter pastoral; los segundos, simplemente, no deseaban hacerlo.

Pero no terminaban ahí los daños pastorales. A lo anterior hay que añadir que  los cargos episcopales eran no pocas veces ocupados por menores de edad procedentes de familias que consideraban ciertas sedes como patrimonio casi personal(3) . Ser obispo o párroco no era una función espiritual para muchos sino un cargo del que podían derivar rentas más que bienvenidas.

Afirmar que la pastoral había desaparecido no constituye, pues, una exageración sino una descripción de la realidad(4) y, por desgracia, de una realidad que “no es excepción sino regla”(5).  Sin embargo, el mal no se limitaba a la cúspide de la iglesia católica ni a los sacerdotes.

Por más que algunos autores católicos han insistido en la fecundidad de  la vida religiosa, ésta pasaba también por una época de terrible decadencia.  Lo que algunos autores denominan el proletariado eclesiástico era muy numeroso, pero de ínfima calidad(6).

En multitud de ocasiones, su formación teológica no resultaba mucho mejor que la de un pueblo ignorante y, lamentablemente, no faltaban los casos de miembros de la nobleza convertidos en abades o monjes sin ningún tipo de vocación religiosa ni eran escasos los episodios de baja moralidad de los frailes que, por ejemplo en las ciudades, tenían atribuida la cura de almas.

 Todas estas situaciones fueron criticadas y condenadas por los humanistas cristianos(7) que no podían sino verlas con profunda preocupación como un gravísimo distanciamiento del espíritu del Evangelio.  Pero a eso dedicaremos la próxima entrega.

CONTINUARÁ

Próximo capítulo:  La necesidad de la reforma: la Reforma indispensable (V): La crisis espiritual (3): los humanistas

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


César Vidal Manzanares
Papado y crisis espiritualLa necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (I))
Las vísperas de la Reforma no sólo transcurrieron sobre un deterioro considerable de las estructuras eclesiales sino sobre un panorama de profunda crisis espiritual que ha sido negada una y otra vez por autores católicos de manera totalmente infructuosa ya que aparece, de manera insistente e innegable, en las fuentes históricas.

No se trataba sólo de que la iglesia católica hubiera pasado por episodios de terrible desunión como el papado de Aviñón o el Gran cisma de Occidente.  La tremenda crisis institucional del papado constituía un síntoma innegable de una no menos profunda crisis espiritual.  A decir verdad, la necesidad de Reforma era palpable hacía ya trescientos años como había propuesto Inocencio III en el IV concilio de Letrán..

 En primer lugar, se encontraba el cuestionamiento de un poder papal  cuya imagen había quedado muy erosionada como consecuencia del Cautiverio de Aviñón o del Gran Cisma de Occidente. Quizá esa imagen hubiera podido mejorar – Martín V se esforzó, sin duda, por conseguirlo – si los papas del Renacimiento se hubieran esforzado por ser pastores ocupados por el rebaño y se hubieran entregado a los cuidados espirituales que necesitaba el pueblo de Dios. Desgraciadamente, ésa constituyó, en realidad, una de las épocas más negras del papado.

La  potestas  papal se dirigió de manera preeminente hacia las cuestiones temporales y, para remate, suele estar infectada por la corrupción y el nepotismo. Como ha reconocido apropiadamente el católico Lortz, “desde Calixto III y, sobre todo, desde Sixto IV, los Papas son en gran medida representantes de su familia. El papado se ha convertido en una continuación de las generaciones dinásticas, el Patrimonium Petri es un Estado italiano; sus rentas son sacadas en gran parte de los asuntos generales de la Iglesia y entregadas a la familia o a los favoritos del portador de la tierra… la Iglesia se ha metido en una amplia corriente de simonía y, en relación con la nueva cultura del Renacimiento, había penetrado en ella un deseo de placer que tuvo como consecuencia las múltiples faltas de espiritualidad y moralidad” (1).

 Por supuesto, no todo resultó negativo en los pontificados de los papas renacentistas.  Sin duda, respaldaron la actividad de no pocos humanistas; se convirtieron en mecenas difícilmente superables; intentaron ocasionalmente aglutinar a los príncipes cristianos en la defensa de Occidente frente a las agresiones islámicas; aprovecharon las oportunidades de ampliar los territorios pontificios e incluso estuvieron a punto, como nunca antes, de someter bajo la sede romana a las iglesias de Oriente. Sin embargo, sus historias distaron mucho de resultar ejemplares.

Con la existencia simultánea de dos papas –  Félix V  (5 de noviembre de 1439 – 7 de abril de 1449) y  Nicolás V  (6 de marzo de 1447 – 24 de marzo de 1455) – se produjo un nuevo cisma que pudo ser conjurado gracias a que el primer pontífice aceptó abandonar su trono a cambio de ser creado cardenal de Santa Sabina (un cargo notablemente lucrativo) y también vicario y legado papal de Saboya y diócesis adyacentes.

Nicolás V no actuó corruptamente – a decir verdad, quizá fue el único pontífice del Renacimiento al que se puede eximir de esa acusación – pero ni logró convencer a los príncipes occidentales de la necesidad de apoyar a Bizancio contra la amenaza turca ni pudo evitar sufrir durante años sus últimos tiempo el temor de ser asesinado en cualquier momento.

 Calixto III  (8 de abril de 1455-6 de agosto de 1458), un valenciano de la familia Borja, fue acusado repetidamente de comportamiento nepotista y corrupto ya que nombró para el cardenalato y otros cargos importantes a diversos familiares. No deja de ser significativo que el mismo día de su muerte se produjera una sublevación en Roma contra aquellos a los que la población llamaba los «odiosos catalanes», es decir, el sector más odiado de las tropas y los funcionarios españoles con que el papa había sustituido a los italianos.

Su sucesor  Pío II  (19 de agosto de 1458 – 15 de agosto de 1464) era un humanista importante, el famoso Eneas Silvio Piccolomini. Aunque en el pasado había defendido las tesis de la superioridad del concilio sobre el papa, tal y como queda reflejado en sus memorias, condenó mediante la bula  Execrabilis  de 18 de enero de 1460 la práctica de apelar al concilio general. Al igual que  Pablo II  (30 de agosto de 1464 – 26 de julio de 1471), su sucesor y que  Sixto IV  (9 de agosto de 1471 – 12 de agosto de 1484), fracasó en el intento de organizar una cruzada.

Este último papa fue un verdadero paradigma de la situación de crisis por la que atravesaba la iglesia católica. Nacido en Celle de padres pobres, fue educado por los franciscanos. En 1464, fue elegido general de esta orden gracias a los sobornos repartidos por el duque de Milán. Tras el fracaso de su proyecto de cruzada contra los turcos, se volcó en los asuntos italianos y en la promoción de su familia relegando los asuntos espirituales a una consideración muy secundaria. De hecho, de los treinta y cuatro cardenales que creó la mayoría carecía de cualidades espirituales y, por añadidura, seis eran sobrinos suyos. Su nepotismo acabó creando una grave situación financiera a la Santa Sede que intentó solucionar mediante la agravación de la fiscalidad en el seno de la iglesia católica y un aumento del tráfico de indulgencias.

Le sucedió  Inocencio VIII  (29 de agosto de 1484 – 25 de julio de 1492), un papa que respaldó la expulsión de los judíos llevada a cabo en España por los Reyes Católicos en 1492 y que tuvo que enfrentarse a la desastrosa situación financiera heredada de su antecesor. El método elegido al respecto – la venta de cargos eclesiásticos – resulta bien revelador de la crisis espiritual por la que atravesaba la iglesia católica, en general, y la Santa Sede, en particular. A pesar de todo – y, ciertamente, la situación distaba mucho de ser aceptable – ninguno de los papas anteriores incurrió en los excesos de sus sucesores  Alejandro VI – Pío III  reinó solo diez días – y Julio II.

Alejandro VI (11 de agosto de 1492 – 18 de agosto de 1503) pertenecía también a la familia española de los Borja (Borgia en italiano). Protagonista de una brillantísima carrera eclesial, en 1457 comenzó a desempeñar las funciones de vicecanciller de la Santa Sede. Aprovechando ese puesto, Rodrigo Borja reunió una fortuna extraordinaria que le convirtió en el segundo cardenal más acaudalado del orbe. Por añadidura, esa riqueza le permitió pagar los sobornos suficientes como para lograr su elección como papa. Con seguridad, hay que descartar los rumores de que mantuvo relaciones sexuales con su hija Lucrecia – cuestión distinta es el hecho de que tuviera distintas amantes tanto en su etapa como cardenal como en la que fue papa – pero sí resulta innegable que su pontificado estuvo marcado por razones políticas de carácter familiar entre las que descolló el deseo de favorecer a su hijo César. Así, el papa Borgia utilizó las cuantiosas sumas procedentes de la venta de indulgencias por el año santo (1500) para financiar las aventuras militares de César. Inmoral y nepotista, pero hábil político y generoso mecenas artístico, Alejandro VI encontró la muerte de manera bien significativa. Fue envenenado por error al suministrársele en el curso de una cena la ponzoña que estaba destinada a un cardenal que era su invitado.

Por lo que se refiere a Giuliano della Rovere – el futuro  Julio II  (1 de noviembre de 1503 – 21 de febrero de 1513) – procedía de una familia pobre que había pensado dedicarlo al comercio. Sin embargo, la ayuda de su tío le permitió adquirir una educación y tomar las órdenes sagradas. Al convertirse su tío en el papa  Sixto IV , fue creado obispo de Carpentras y poco después cardenal. Al morir Pío III, tras un pontificado de sólo veintiséis días, consiguió mediante sobornos y promesas ser elegido papa derrotando al denominado partido español.

Julio II – y constituye uno de los grandes méritos de su pontificado – fue un mecenas de considerable importancia, que protegió a artistas como Miguel Ángel, Bramante y Rafael, y que en 1506 colocó la primera piedra de la nueva basílica de san Pedro. Sin embargo, este papa destacó, por encima de todo, como un hábil diplomático y un terrible militar – lo que provocó las burlas más aceradas de algunos de sus contemporáneos como Erasmo – que convirtió en principal objetivo de su reinado el aumento del territorio de los Estados pontificios. Tras derrotar a la familia Borgia, en 1511 formó la Santa Liga, en unión de España y Venecia, con la finalidad de defender el papado y logró expulsar a los franceses de Italia. Apodado – no sin razón – «Il terribile», su muerte fue recibida con pena por los italianos que lo consideraban un verdadero libertador de la opresión extranjera.

 El panorama resulta – no se insistirá lo suficiente en ello – obvio e imposible de discutir. Los papas eran diplomáticos, mecenas, incluso guerreros, pero, en el ámbito espiritual, dejaban mucho que desear.  No se trataba sólo de que sus vidas estuvieran manchadas por el nepotismo, la corrupción, la belicosidad, la sensualidad o la inmoralidad sexual, sino de que el enfoque de sus reinados se encontraba más orientado a aumentar sus territorios y a dejar memoria propia como si fueran reyes meramente temporales que a atender las obligaciones propias de un pastor de almas. Y, sin embargo, a pesar de todo, seguramente el papado no era la parte de la iglesia católica que sufría la crisis peor. Aún más grave era la que atravesaban la Curia y los obispos.

 CONTINUARÁ  (próximo capítulo: La necesidad de la Reforma (3): la crisis espiritual (II)): los pastores)


1) J. Lortz, Reforma…, p. 91.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

El Cisma de Occidente

Publicado: mayo 18, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
La necesidad de la Reforma (2): la Reforma indispensable (II)

En mi anterior entrega, me detuve en la manera en que el papado se convirtió en punto menos que el departamento de asuntos religiosos de la monarquía francesa. Cuando tras siete décadas, concluyó la Cautividad babilónica de la iglesia en Avinón, la iglesia católica no recuperó la unidad. Por el contrario, se vio sumida en un Cisma que se prolongaría durante décadas.

A la muerte de Gregorio XI, el pueblo de Roma – que temía la elección de un papa francés y el regreso de la Santa Sede a Aviñón – exigió que el nuevo pontífice fuera «romano o al menos italiano». Aterrorizados, ante la posibilidad de que se produjera un derramamiento de sangre, los cardenales votaron casi unánimemente a Prignano que subió al trono papal con el nombre de Urbano VI.  Una vez más, cuestiones meramente políticas tuvieron consecuencias espiritualmente trágicas.

Al anunciar Urbano VI que tenía el propósito de crear nuevos cardenales para contar con una mayoría italiana en el Sagrado colegio,  los cardenales franceses proclamaron la nulidad de su elección y eligieron a Clemente VII  en su lugar. De esta manera comenzó el Gran Cisma o Cisma de Occidente. Aunque Urbano VI respondió ejecutando a cinco cardenales por conspiración y sometiendo a otros seis a tortura, murió sin conseguir que su pontificado fuera aceptado por toda la cristiandad católica.

En 1389,  a la muerte de Urbano VI, fue elegido el nuevo pontífice – Bonifacio IX  – por catorce cardenales romanos. Su propósito era alcanzar una solución de compromiso que permitiera solventar el Cisma de Occidente.

Desgraciadamente no fue así y  Bonifacio XI fue excomulgado por el papa de Aviñón Clemente VII. La muerte de este pontífice hubiera podido significar el final del Cisma. Sin embargo, los cardenales de Aviñón optaron por elegir a un nuevo pontífice, el aragonés Pedro de Luna, que accedió al trono papal con el nombre de Benedicto XIII.  Una vez más, el papa de Aviñón se negó a ceder ante la sede romana perpetuando así la división de la iglesia católica en dos bandos.

El drama que implicaba semejante situación – una unidad eclesial rota en la cúspide por dos papas que se anatematizaban recíprocamente – llevó a distintas instancias políticas a intentar una mediación que llevara a Benedicto XIII a abdicar y permitiera la continuación de la línea papal a través de un pontífice con sede en Roma. Así, en 1395, Carlos VI de Francia le instó infructuosamente para que abdicara y no mejor resultado obtuvieron una legación anglo-francesa en 1397 y otra alemana en 1398. Cuando en ese mismo año, Francia se apartó de la obediencia a Benedicto, Navarra y Castilla dieron el mismo paso situándolo en una posición muy delicada. Benedicto XIII llegó incluso a ser confinado en su palacio.

Sin embargo, en 1403 logró escapar disfrazado y esa muestra de audacia se tradujo en la recuperación de la obediencia de sus cardenales así como de la de Francia y Castilla.  En 1404, Benedicto XIII propuso llegar a un acuerdo con el pontífice romano, pero el proyecto fracasó. Finalmente, en virtud del tratado de Marsella de 21 de abril de 1407, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón acordaron entrevistarse en Savona para concluir el cisma. El encuentro no tuvo nunca lugar y, al año siguiente, la corona francesa – la primera interesada en mantener el papado de Aviñón – volvió a apartarse de la obediencia a Benedicto XIII e incluso ordenó su detención.

A esas alturas, la tesis de que un concilio tenía autoridad y legitimidad suficiente para deponer al papa se había impuesto siquiera por la vía del pragmatismo ya que no se percibía otra salida para una crisis institucional y espiritualmente escandalosa. Así, Benedicto XIII, que había huido a Perpiñán, tuvo allí noticia de que el concilio de Pisa de 1409 le había depuesto tanto a él como al papa Gregorio. A los pocos días,  Alejandro V fue elegido como nuevo – y, supuestamente, definitivo y legítimo – papa.

En teoría, la solución conciliarista, es decir la deposición de los pontífices y su sustitución resuelta por un concilio superior a ellos, debía haber acabado con el Cisma de Occidente. Desgraciadamente, a corto plazo, sólo sirvió para complicarlo aún más. Apoyándose en los reinos hispánicos y en Escocia, Benedicto XIII excomulgó a sus opositores y mantuvo sus pretensiones de ser el pontífice legítimo.  La existencia de tres papas – un hecho sin precedentes – fortaleció las tesis de los partidarios del conciliarismo que ahora contaban con el respaldo imperial para intentar acabar con el Cisma.  Así, el emperador alemán Segismundo acudió a Perpiñán para instar a abdicar a Benedicto XIII. No lo consiguió. De hecho, Benedicto XIII se mantuvo en su posición – en sus trece – hasta su fallecimiento en el castillo de Peñíscola en 1423.

Sin embargo, si el papa aragonés pasaría a la Historia como un paradigma de la testarudez, no más ejemplar resultó la conducta de Baldassare Costa. Nacido en Nápoles de familia aristocrática, Costa fue pirata en su juventud, pero en 1402, fue creado cardenal por Bonifacio IX y nombrado legado en Romaña y Bolonia. Empedernido mujeriego – de él se contaba que había seducido a más de doscientas mujeres mientras desempeñaba estas funciones – Costa rompió con Gregorio XII y se unió a los cardenales de Benedicto XIII que lo habían abandonado y en el curso del concilio de Pisa (marzo-agosto de 1409) votó a favor de la deposición de Gregorio XII y de Benedicto XIII, y de la elección de Alejandro V. Cuando éste murió, envenenado, al parecer, por órdenes del propio Baldassare Costa, éste logró ser elegido sucesor suyo.

 Costa – que tomó el nombre de Juan XXIII – consiguió disfrutar de un amplio respaldo en Francia, Inglaterra y varios estados italianos y alemanes. Decidido a acabar con la crisis por la que atravesaba el pontificado, condenó la enseñanza de los reformadores John Wycliffe y Jan Huss, y en 1414, convocó el concilio de Constanza con la intención de que se confirmara la deposición de Gregorio XII y Benedicto XIII.  La propuesta era sensata, pero, a esas alturas, la tesis de la superioridad del concilio sobre el papa estaba tan afianzada que en febrero de 1415, el concilio decidió que también Juan XXIII debía abdicar.

Ante aquella iniciativa, Juan XXIII decidió huir convencido de que con ese acto concluiría el concilio, pero no fue así. En sus sesiones IV y V (30 de marzo y 6 de abril de 1415), el concilio proclamó su superioridad sobre el papa y, tras detener a Juan XXIII, lo depuso en la sesión duodécima (29 de mayo) acusándolo de simonía, perjurio e inmoralidad. La respuesta de Juan XXIII fue declarar que el concilio era infalible y renunciar a cualquier derecho que pudiera tener al papado.

 Después de que el concilio de Constanza depusiera a Juan XXIII y a Benedicto XIII y recibiera la abdicación de Gregorio XII, en el curso de un cónclave que tan sólo duró tres días se eligió papa al cardenal Oddo Colonna que tomó el nombre de Martín V.

El cisma aún perduraría hasta el pontificado de Clemente VIII, sucesor de Benedicto XIII, pero ya con escasos católicos que no reconocieran como pontífice legítimo a Martín V. A partir de 1418, en un intento de fortalecer su autoridad y de recuperar el prestigio de la Santa Sede, Martín V comenzó a negociar concordatos con Alemania, Francia, Italia, España e Inglaterra, y en 1420, volvió a residir en Roma, pese a las presiones para establecerse en Alemania o Aviñón.

 El Cisma de Occidente había dejado de manifiesto hasta qué punto la unidad de la Cristiandad occidental resultaba frágil y cómo para recuperarla había resultado forzoso arbitrar medidas que colocaban la autoridad del concilio por encima de la de los pontífices. Sin embargo, no significó la recuperación de la unidad.  Durante los años siguientes, quedó de manifiesto esa desunión en episodios como los oídos sordos prestados por las diversas naciones a los llamados papales para socorrer a Constantinopla – que cayó ante los turcos en 1453 – y, sobre todo, en la separación de Bohemia de Roma siguiendo las tesis teológicas de Juan Huss, un teólogo quemado en la hoguera durante el concilio de Constanza.

La Reforma del s. XVI provocó – a su pesar – una ruptura, pero no en una iglesia impolutamente unida, sino en una que se había mostrado dividida durante décadas en los siglos anteriores y que además ya había perdido alguna región de Europa seguidora de una interpretación de las Escrituras diferente de la propugnada por la Santa Sede. La razón de esa ruptura fue espiritual, pero de eso hablaremos en siguientes entregas.

 Continuará. Próximo capítulo: La necesidad de la reforma (3): la Reforma indispensable (III): La crisis espiritual


Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

Los papas de Aviñón

Publicado: mayo 9, 2011 en Historia, Iglesia

César Vidal Manzanares
La necesidad de la Reforma: la Reforma indispensable (I)
En mi anterior serie, me detuve en más de una ocasión en referencias a la Reforma del s. XVI. En esta nueva, intentaré mostrar hasta qué punto la Reforma era indispensable y justa y hasta qué punto en ella puede encontrarse un punto de referencia obligado para la situación espiritual de nuestro tiempo.
 La unidad rota
Suele ser una opinión extendida entre círculos no informados –o decididamente tendenciosos– el de que la Reforma significó el final de una unidad eclesial que se había extendido desde el s. I d. de C. hasta el s. XVI.

Esa ruptura, extraordinariamente traumática, habría venido provocada sustancialmente por la herejía. Semejante visión –a pesar de que sigue siendo común en ciertos ambientes- no se corresponde ni lejanamente con la realidad histórica. De manera bien reveladora, un católico tan fiel y piadoso como Geiler von Kayserberg, de Estrasburgo, diagnosticaría que “la cristiandad está destrozada de arriba abajo, desde el papa al sacristán, desde el emperador a los pastores”. El juicio era severo, terrible si se quiere, pero dolorosamente exacto.

A decir verdad, la Reforma fue una ruptura ciertamente, pero se sumó a otras fracturas anteriores, algunas de las cuales se habían producido en el seno de la Cristiandad occidental tan sólo unas décadas antes.  Como ha señalado un personaje tan poco sospechoso como el estudioso católico J. Lortz, aparte del desgarro que había separado a las iglesias ortodoxas de Roma, la ruptura de la Cristiandad occidental fue anterior a la Reforma. A decir verdad, los episodios resultaron además de trágicos, numerosos. El primero se produjo a inicios del s. XIV y es conocido como la Cautividad babilónica de la iglesia.  Este lamentable hecho iba a marcar prácticamente la totalidad de la Historia de la Cristiandad occidental durante el s. XIV.

En 1305, Bertrand de Got, arzobispo de Burdeos (n. c. 1260), fue elegido papa gracias al apoyo de los cardenales favorables a la monarquía francesa. Tributario de esta acción,  Bertrand, que tomó el nombre pontificio de Clemente V, trasladó la residencia de la Santa Sede desde Roma a Aviñón.  Durante las siguientes siete décadas, el rey de Francia controló de manera casi total los asuntos papales o, como señala Lortz, “el papa se convierte casi en obispo de la corte francesa”(1). Clemente V condenó por hereje e inmoral a su predecesor el papa Bonifacio VIII – que se había enfrentado con Francia – y ordenó el proceso de los Templarios, cuyas riquezas codiciaba el rey galo.

A la muerte de Clemente V, la sede papal estuvo vacante por espacio de más de dos años y cuando, finalmente fue elegido papa Jacques Duèse, se trató de un candidato de compromiso, que contaba con el respaldo de Felipe de Francia y de Roberto, rey de Nápoles y que adoptó el nombre de Juan XXII, viéndose su pontificado amargamente marcado por las acusaciones de herejía.

En 1322, el Capítulo general de los franciscano declaró que Jesús y los apóstoles no habían tenido ninguna posesión material. La respuesta del papa Juan XXII consistió en renunciar a la titularidad de los bienes de los franciscanos -que, formalmente, era papal, pero, en la práctica, estaba en manos de la orden franciscana– y, a continuación, proceder a condenar como herejía la declaración del Capítulo general.

La reacción de los franciscanos ante estas medidas papales consistió en acusar, a su vez, al papa de hereje. En defensa de semejante postura, los franciscanos contaban con precedentes papales ya que en 1279, el papa Nicolás III se había decidió en favor de la tesis defendida por los franciscanos señalando que la renuncia a los bienes en comunidad podía ser un camino de salvación. Deseo de convertir la decisión papal en irrevocable, el franciscano Pedro Olivi redactó la primera defensa teológica de la infalibilidad papal en cuestiones de fe y costumbres. Juan XXII, por lo tanto, no podía revocar aquello sobre lo que se había pronunciado previamente Nicolás III. Sin embargo, cuando los franciscanos apelaron a la creencia en la infalibilidad papal para oponerse a Juan XXII, éste condenó la mencionada doctrina como «obra del diablo» (bula  Qui quorundam  de 1324). Dando un paso más allá, en 1329, el papa, en virtud de la bula Quia vir reprobus , declaró que la propiedad privada existía antes de la Caída de Adán y que los apóstoles contaban con posesiones propias.

Otro problema de carácter teológico se originó cuando en 1322, el papa declaró asimismo que los salvos que están en el cielo sólo ven la humanidad de Cristo y no podrán contemplar plenamente a Dios hasta después del Juicio final. En 1333, esta tesis fue condenada por la universidad de París como herética, circunstancia que aprovechó Luis IV el Bávaro para intrigar contra el papa y preparar un concilio general que lo depusiera.

Ya en su lecho de muerte, Juan XXII, muy afectado por las acusaciones de corrupción que se lanzaban contra él y la desesperada situación política, se retractó de su declaración sobre el estado de los bienaventurados y afirmó que los mismos ven la esencia divina «tan claramente como lo permite su condición».

 Sin duda, los frutos del traslado de la Santa Sede de Roma a Aviñón resultaban muy amargos  y uno de los menores no fue precisamente el de que se articularan defensas de profundo calado intelectual en contra del papado. Al respecto, el Breviloquium de principatu tyrannico papae (1339-40) de Guillermo de Occam(2) o el Defensor Pacis (1324) de Marsilio de Padua(3).

Sin embargo, a pesar de todo, tras el dramático pontificado de Juan XXII, la Santa Sede se mantuvo en Aviñón con Nicolas V (12 de mayo de 1328 – 25 de julio de 1330) –que suele ser incluido en la lista de los antipapas- Benedicto XII. (20 de diciembre de 1334 – 25 de abril de 1342), Clemente VI. (7 de mayo de 1342 – 6 de diciembre de 1352), Inocencio VI. (18 de diciembre de 1352 – 12 de septiembre de 1362) y Urbano V. (28 de septiembre de 1362 – 19 de diciembre de 1370).

En 1367, este último papa abandonó Aviñón con la intención de volver a establecer la sede papal en Roma. Allí se trasladó y permaneció hasta 1370. Para esa fecha la presión de los cardenales franceses y la antipatía que le profesaba el pueblo de Roma, le llevaron a considerar la necesidad de regresar a Aviñón donde volvió a establecerse en septiembre del citado año.  Hasta 1377, no regresó a Roma su sucesor Gregorio XI en un acto que significó la conclusión de la cautividad de Aviñón.

Este regreso a la sede papal de siglos fue, sin duda, feliz, pero no implicó una recuperación espiritual ni tampoco una cura para la maltrecha imagen del papado. Por el contrario, constituyó el preámbulo de una crisis aún más grave que recibiría el nombre de de Cisma de Occidente.

 CONTINUARÁ
 Próximo artículo: La necesidad de la Reforma: la Reforma indispensable (II): el Cisma de Occidente


1) J. Lortz, Historia de la Reforma, 2 vols, Madrid, 1963, p. 20.
2) Existe una buena edición con estudio preliminar de Pedro Rodríguez Santidrián, Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, Madrid, Madrid, 1992.
3) Existe una buena edición estudio preliminar de Luis Martínez Gómez, Marsilio de Papua, El defensor de la paz, Madrid, 1989.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

Unamuno y Mackay

Publicado: abril 17, 2011 en Historia, Literatura, Teología

Unamuno y Mackay (I)

Una de las razones por las que estoy especialmente conmovido en este momento es que el homenaje tan generoso y valioso que se me dedica lo estoy recibiendo, nada menos, que en el aula “Miguel de Unamuno” (*).

Él es uno de los escritores españoles por el cual desde muy joven he tenido profunda admiración y que sigo leyendo con entusiasmo y por momentos con devoción. Tengo grabada en la memoria mi visita a la casa de Unamuno en 1966, cuando estudiaba en la Universidad Complutense. Me atendió doña Felisa de Unamuno con gran paciencia y generosidad. Pude dar una mirada a la biblioteca en la cual había muchos libros protestantes que me resultaban familiares.En el Colegio Secundario, mi profesor de literatura española nos había hablado con gran entusiasmo de la Generación del 98, aunque se detuvo mucho más en Azorín que en Unamuno. Pero a mis diecisiete años tuve el placer de conocer personalmente en Buenos Aires al Dr. Juan A. Mackay, cuyos libros El sentido de la Vida y El Otro Cristo Español estaban entonces entre mis libros de cabecera de la adolescencia, y en ellos había múltiples referencias a Unamuno. En nuestra larga conversación yo escuchaba con avidez a ese maestro escocés que hablaba el castellano a la perfección, con una pronunciación muy castiza. Cuando mencionó a Unamuno se emocionó y me pareció que los ojos se le humedecían. De vuelta en Lima, empecé a releer sistemáticamente a Unamuno y también devoré el Prefacio a la Teología Cristiana de Mackay.

Varios pensadores evangélicos latinoamericanos de mi generación y de la anterior y las siguientes hemos reconocido que nuestra iniciación en la reflexión teológica nos la facilitó este libro de Mackayque acabo de mencionar. Debo aclarar que a estas alturas se puede decir que tenemos en América Latina una teología evangélica y al mismo tiempo latinoamericana. No es una simple repetición de la teología heredada de los misioneros anglosajones o europeos. Y sostengo que en esta teología se puede reconocer la huella de Miguel de Unamuno que llegó a nosotros mediada por Mackay.

Este misionero y teólogo era escocés y se había formado en la Universidad de Aberdeen, doctorándose luego en el Seminario de Princeton en los Estados Unidos. Sin embargo no era Mackay un pensador presbiteriano cualquiera. Su paso por España, recién graduado de Princeton, y su amistad con Unamuno, le dieron a su teología una dimensión existencial y una sensibilidad especial para entender el alma de los pueblos ibéricos.

Mi intención es explorar algunas notas de la teología evangélica latinoamericana en las cuales hemos de reconocer nuestra deuda con el gran pensador vasco de Salamanca. 

Pero antes de entrar en ello quiero hacer referencia a una carta que Mackay le escribió a Unamuno el 6 de octubre de 1930 y que se encuentra en el archivo de esta casa.

Mackay había llegado a Madrid en el otoño de 1915 para estudiar castellano y tratar de penetrar en la cultura ibérica antes de irse como misionero a América Latina. Se matriculó en lo que era entonces el Instituto de Estudios Históricos de la Universidad de Madrid y vivió casi un año en la Residenciade Estudiantes. Comenta Mackay que tenía entre sus maestros a Fernando de Los Ríos y que aunque el pedagogo Giner de los Ríos había muerto en febrero de ese año, todavía se podía respirar en la Residencia la atmósfera intelectual que Giner había forjado.

Cuando Unamuno visitaba Madrid acostumbraba alojarse en esa Residencia y fue durante una de esas visitas que Mackay lo conoció por primera vez e inmediatamente trabó amistad con él. Luego en la Navidad de ese año de 1915 Mackay hizo un viaje a Salamanca para pasar unos días con Unamuno. Las notas de su diario reflejan la tremenda impresión que le causó Castilla y el impacto de la personalidad cristiana de Unamuno y sus diálogos con él.

Catorce años más tarde, en el invierno de 1929, luego de una destacada actividad misionera y docente en Perú, Uruguay y México, durante su tiempo de licencia en Europa, Mackay visitó por dos días a Unamuno en su exilio de Hendaya.[1] Fue al regreso de ese viaje que escribió la carta que ahora paso a leer.

Querido Señor Unamuno:
Tras largas andanzas por Europa he regresado al fin a tierra hispanoamericana. Lo primero que hago al hallarme instalado en mi nuevo hogar en las montañas de México, es dedicar algunos días a la tarea placentera de enviar unas líneas a aquellas personas cuyo trato durante los meses pasados en Europa, ha dejado una huella en mi espíritu. Antes de todas las otras pienso en usted y en aquellos dos días inolvidables que, hacia fines del año pasado, pasé al lado suyo en el hotelcito de Hendaya.
Usted fue de los pensadores contemporáneos quien más hondamente ha influido sobre mí. Hallé en sus escritos lo que no encontraba en otra parte en la literatura moderna. Su amor a las Escrituras y sobre todo a San Pablo, a quien yo debo mi alma, su hondo sentido de lo trágico y lo paradójico de la vida, su colocación de lo ético en el pedestal de ella, su espíritu de caballero andante a lo divino conducido por las sendas de existencia por una “mano invisible e intangible que lo estruja”, todo ello despertó un eco en mi espíritu. Por acá y allá, por Hispanoamérica, en conferencias a la juventud universitaria y al pueblo, sus inquietudes y soluciones eran a menudo la médula de mis palabras de suerte que llegué aquella mañana a Hendaya como quien visita un santuario. Estuve un par de días cerca de usted mirándole, escuchándole. Al partir una tarde para París, llevé conmigo la satisfacción de poder querer más aun al hombre que a sus escritos.
Dos imágenes han pasado desde entonces muy vivas en mi espíritu: la del camino y la de la Cruz. La Cruz sobre el corazón palpitante y el Camino que es superior a todo método. La realidad de ambos son mías también. A ellos debo lo que soy. Día a día reanudo la aventura por el Camino con la Cruz.
Los nueve meses de mi estada en Europa los dividí entre visitas a mis padres y familiares en las montañas de Escocia celta, conferencias en universidades inglesas, y cuatro meses en Bonn junto a Karl Barth. Con éste llegué a intimar mucho. Conversamos mucho de usted. Creo que Barth y los de su grupo, Brunner de Zurich, Bultmann de Marburgo y Gogarten de Jena van a devolver al pensamiento teológico el concepto del Dios viviente y creador de los profetas y de Pablo y de Kierkegaard, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Creo, sin embargo, que son un tanto intelectualistas y desprecian demasiado el corazón. Pascal tenía lo que ellos y algo más. Pero que sigan en sus arremetidas contra el Dios que es pura Idea o Gran Encarcelado…[2]

No podía ser más elocuente y explícito el reconocimiento de Mackay hacia Unamuno. Y precisamente algunos de los temas que toca en esta carta y que amplía en varios otros escritos, han sido temas que la reflexión teológica evangélica ha asumido en América Latina. 

(*) Discurso completo de Samuel Escobar, escrito a modo de agradecimiento al recibir el “II Premio Jorge Borrow de Difusión Bíblica”, concedido por la Asociación Cultural Evangélica Jorge Borrow. Homenaje celebrado en el Aula Unamuno del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca. Sábado 12 de marzo de 2011.
La publicación del discurso, por su amplitud y secciones, lo iremos haciendo en varias secciones bien diferenciadas.



[1] Cuando no se indique lo contrario, los datos biográficos de Mackay están tomados de John Mackay Metzger, The Hand and the Road. The Life and Times of John A. Mackay, Louisville, KY: Westminster-John Knox Press, 2010.
[2] “Miguel de Unamuno, Juan Mackay y La Nueva Democracia – Epistolario”, Época, Revista de historia eclesiástica, Año 2, No. 2, Lima Enero-Junio 1996, pp. 25-26.

Autores: Samuel Escobar
© Protestante Digital 2011


«GLORIOSA CRUZ» UN ENCUENTRO CON   ISAAC WATTS  Y CHRIS TOMLIN

Isaac Watts nació en 1674 en Southampton, Inglaterra. » Cuando cuento sobre la Maravillosa Cruz» (Traducción literal)Muchos reconocen, como el himno más importante y profundo  escrito en todo los tiempos.

El mayor de nueve hijos, él era hijo de un diácono educado en una iglesia Congregacional disidente. En el momento del nacimiento de Isaac, su padre estaba en prisión por sus creencias no-conformista. El Jóven Watts mostró una aptitud inusual para el estudio y aprendió latín a la edad de cinco años, el griego a las nueve, a las once francés y el hebreo a los trece. Comenzó a escribir versos de buena calidad cuando era muy joven.  A Watts se refiere con frecuencia como el padre de los himnos en inglés. Una de sus primeras preocupaciones fue observar el deplorable estado en que el canto congregacional había degenerado en la mayoría de iglesias de habla inglesa. El canto de los Salmos consistió en ser lento y pesado,  en el que se lee cada línea por primera vez por un diácono nombrado y seguido por el zumbido de la congregación. Watts fue un revolucionario de la «música futurista» de su tiempo. Debido a esta salida en negrilla de los salmos tradicionales, Isaac Watts fue considerado a menudo como un clérigo radical. Watts no sólo volvió a escribir los Salmos de esta manera, sino que también escribió una serie de himnos basada únicamente en sentimientos personales. Estos cantos fueron conocidos como los himnos de serenidad humana. Estos himnos fueron muy polémicos durante su vida. «Cuando cuento sobre la Maravillosa Cruz» es un ejemplo de este tipo de himno escrito por Watts. Es el primer himno que está  escrita en primera persona, la introducción de una experiencia religiosa personal en lugar de limitarse a la doctrina.

Isaac Watts, y su himno » Maravillosa Cruz»  ha ayudado a replantear el futuro de la música de la iglesia como la conocemos hoy en día. El Sr. Watts habría estado orgulloso de saber que Chris Tomlin continúa su tradición.

Las palabras de «Gloriosa Cruz» narran una historia maravillosa. Ellos hablan de la belleza paradójica del sacrificio. Cuentan una historia de dolor y sufrimiento entrelazados con alegría y amor. ¿Quién habría pensado siempre que estos polos opuestos pueden unirse y formar una afirmación paradójica de que, a primera vista suena ridículo, pero cuando se toma en serio y meditado con mucho sentido que incluso el más simple de las mentes puede entender?

El verso perdido:

Watts, de hecho escribió cinco versos, pero uno se ha caído a través de los años (incluso en nuestro himnario). Aquí está el verso que falta (en realidad la intención de ser el cuarto verso):

«Su muerte roja, como un manto,

Regado Su cuerpo sobre el madero:

Entonces estoy muerto para todo el mundo,

Y todo el mundo está muerto para mí. »

ANTECEDENTES DE Chris Tomlin y «Gloriosa Cruz»

Nacido y criado en el este de Texas, Chris Tomlin se crió con una dieta constante de la música country, el aprendizaje de la guitarra por su estilo de juego es igual a los registros de Willie Nelson. No me hubiera imaginado alguna vez escuchar la suavidad de su voz.

«Me encanta la sencillez de la batería, bajo, guitarras eléctrica y acústica», explica Chris. «No estamos de poner en un gran espectáculo. No queremos ser estrellas de rock. Estamos a punto de conectar con la gente y tener una experiencia compartida de venir ante Dios y adorarlo.

Su Créditos está en los  estribillos venerables para los coristas de la iglesia como «Forever», «We Fall Down» y «La Maravilloso Cruz», Tomlin es considerado uno de los máximos compositores de esta época. Con millones cantando sus canciones por semana, Chris se le reconoce como una voz central de la expresión moderna de hoy en día del culto cristiano. Sin embargo, Tomlin ha planeado varios remakes de los himnos clásicos como Amazing Grace (Mis cadenas se han ido) y «Toma mi vida y Let it Be».

Aquí está el coro que Chris Tomlin agregó:

Oh, la cruz maravillosa, ¡Oh, la maravillosa cruz

Las ofertas que me calle, y morir, y encontrar

Que verdaderamente puedan vivir.

Oh, la cruz maravillosa, ¡Oh, la maravillosa cruz

Todos los que se reúnen aquí, por la gracia,

Acercaos y bendecir su nombre.

Canción ICCLI N º 3148435 © 2000 songsSix worshiptogether.com Pasos Música (Admin. por EMI Christian Music Publishing) (Admin. por EMI Christian Music Publishing) Chris Tomlin / Isaac Watts / JD Walt Reeves Jesse

La referencia bíblica a «La Maravillosa Cruz» es Gálatas 6:14.

¿Puedo gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, a través del cual el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. – NVI

Coro Tomlin basa en Gal 2,20:

He sido crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. – NVI

      “WHEN I SURVEY THE WONDROUS CROSS” (ISAAC WATTS MEETS  CHRIS TOMLIN)

Isaac Watts was born in 1674 in Southampton England.  “When I Survey the Wondrous Cross” is thought, by many, to be the greatest hymn ever written.

The eldest of nine children, he was the son of an educated deacon in a dissenting Congregational church.  At the time of Isaac’s birth, his father was in prison for his non-conformist beliefs.  Young Watts showed an unusual aptitude for study and learned Latin at the age of five, Greek at nine, French at eleven and Hebrew at thirteen.  He began to write verses of good quality when he was very young.  Watts is frequently referred to as the father of English hymnody.  One of his early concerns was the deplorable state to which congregational singing had degenerated in most English-speaking churches.  The singing consisted of slow, ponderous Psalms in which each line was first read by an appointed deacon and was followed by the droning of the congregation.  Watts was a revolutionary producing “futuristic music” for his time.  Because of this bold departure from the traditional Psalms, Isaac Watts was often considered to be a radical churchman.  Watts not only rewrote the Psalms in this way, but he also wrote a number of hymns based solely on personal feelings.  These hymns were known as hymns of human composure. Such hymns were very controversial during his lifetime.  “When I Survey the Wondrous Cross” is an example of this type of hymn written by Watts.  It’s the first known hymn to be written in the first person, introducing a personal religious experience rather than limiting itself to doctrine.

Isaac Watts, and his hymn “When I Survey the Wondrous Cross” helped to reshape the future of church music as we know it today.  Mr. Watts would have been proud to know that Chris Tomlin is continuing his tradition.

The words of “When I Survey the Wondrous Cross” tell a wonderful story. They tell of the paradoxical beauty of sacrifice.  They tell a story of pain and suffering woven together with joy and love.  Who would have ever thought that these polar opposites could come together and form a paradoxical statement that on the face of it sounds ridiculous, but when taken to heart and pondered makes so much sense that even the simplest of minds can understand it?

The lost Verse:

Watts, actually wrote 5 verses but one has been dropped through the years (including in our hymnal).  Here’s is the missing verse (it’s actually meant to be the fourth verse):

“His dying crimson, like a robe,
Spreads o’er His body on the tree:
Then am I dead to all the globe,
And all the globe is dead to me.”

BACKGROUND OF CHRIS TOMLIN AND “THE WONDERFUL CROSS”

Born and raised in East Texas, Chris Tomlin grew up on a steady diet of country music, learning his guitar style by playing along with Willie Nelson records.  Not that you would ever guess it from listening to the gentle smoothness of his vocals.

“I love the simplicity of drums, bass, electric and acoustic guitars,” Chris explains. “We’re not about putting on a big show. We don’t want to be rock stars. We’re about connecting with people and having a shared experience of coming before God and worshipping Him.

Credited with venerable church choruses such as “Forever,” “We Fall Down,” and “The Wonderful Cross,” Tomlin is considered one of this era’s top songwriters. With millions singing his songs weekly, Chris is recognized as a pivotal voice of today’s modern expression of Christian worship.  Yet, Tomlin has masterminded several remakes of classic hymns including Amazing Grace (My Chains Are Gone) and “Take My Life and Let it Be.”

Here is the chorus that Chris Tomlin added:

Oh the wonderful cross, Oh the wonderful cross

Bids me come, and die, and find

That I may truly live.

Oh the wonderful cross, Oh the wonderful cross

All who gather here, by grace,

Draw near and bless Your name.

CCLI Song No. 3148435 © 2000 worshiptogether.com songsSix Steps Music (Admin. by EMI Christian Music Publishing)(Admin. by EMI Christian Music Publishing) Chris Tomlin / Isaac Watts / J. D. Walt / Jesse Reeves

The scriptural reference to “When I Survey the Wondrous Cross” is Galatians 6:14.

May I never boast except in the cross of our Lord Jesus Christ, through which the world has been crucified to me, and I to the world. – NIV

Tomlin’s chorus draws from Gal 2:20:

 

I have been crucified with Christ and I no longer live, but Christ lives in me.  The life I live in the body, I live by faith in the Son of God, who loved me and gave himself for me. – NIV

Traducción: http://sjbrown58.wordpress.com


 

César Vidal Manzanares

Antisemitismo de Lutero y Holocausto

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XXII): Lutero y el antisemitismo (2)

En mi última entrega, puse de manifiesto cómo la posición antisemita que adoptó Lutero poco antes de morir no pasó de ser un reflejo de la habitual en la Europa católica propugnando precisamente la misma medida que habían ejecutado en España los Reyes Católicos.

Esa circunstancia explica no poco que el texto de Lutero no tuviera repercusión en la Europa reformada, a diferencia de lo que sucedía en la católica.Ciertamente, si hay que buscar un precedente histórico en algunos episodios del Holocausto los hechos históricos nos obligan a concluir que no se halla en la Europa reformada sino en la católica. De hecho, si Hitler no encontró una resistencia cerrada frente a esas medidas antisemitas se debió en no escasa medida a los precedentes católicos. Al respecto, los paralelos son elocuentes.

A continuación señalo algunas de esas normas tal y como se dieron en la ley canónica y en la nacional-socialista.

I. Prohibición del matrimonio y de las relaciones sexuales con judíos, Concilio de Elvira de 306.

Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, 15 de septiembre de 1935.

II.- Prohibición de que judíos y cristianos comieran juntos, Concilio de Elvira de 306.

Prohibición de que los judíos entraran en los vagones restaurante, 30 de diciembre de 1939.

III.- Prohibición de que los judíos tuvieran cargos públicos, Concilio de Clermont de 535.

Prohibición de que los judíos tuvieran cargos públicos, Ley para el restablecimiento del servicio público profesional, 7 de abril de 1933.

IV.-Prohibición de que los judíos empleen a cristianos o tengan esclavos cristianos, III Concilio de Orleans de 538.

Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes, 15 de septiembre de 1935

V.- Prohibición de que los judíos aparecieran por las calles durante la Semana santa, III Concilio de Orleans de 538.

Decreto autorizando a las autoridades locales a prohibir a los judíos aparecer por las calles durante ciertos días de fiesta, 3 de diciembre de 1938

VI.- Quema del Talmud y otros libros judíos, XII concilio de Toledo de 681

Quema de libros perpetrada por los nacional-socialistas alemanes

VII.- Prohibición de consultar a médicos judíos, Concilio trulánico de 692

Decreto de 25 de julio de 1938

VIII.- Prohibición de que los cristianos vivieran en hogares donde hubiera judíos, Concilio de Narbona de 1050.

Directiva de Goering ordenando la concentración de judíos en casas donde no hubiera arios de 28 de diciembre de 1938

IX.- Impuesto sobre los judíos para el mantenimiento de la iglesia católica de la misma extensión que el sufragado por los católicos, Concilio de Gerona de 1078.

Sozialausgleichsabgabe impuesto a los judíos para que apoyaran económicamente al Partido nacional-socialista igual que lo hacían sus afiliados, 24 de diciembre de 1940.

X.- Prohibición para los judíos de demandar o testificar contra los cristianos, III Concilio de Letrán de 1179.

Propuesta de la Cancillería del Reich para que los judíos no pudieran llevar a cabo acciones civiles ante los tribunales, 9 de septiembre de 1942.

XI.- Prohibición de que los judíos reciban herencias de los cristianos, III concilio de Letrán de 1179.

Decreto permitiendo al ministerio de justicia anular los testamentos que ofendan el “juicio sólido del pueblo” de 31 de julio de 1938.

XII.- Orden para que los judíos llevaran un signo identificatorio en la ropa, IV Concilio de Letrán de 1215. De esa manera, la iglesia católica aceptaba incorporar una norma promulgada por el califa Omar II (634-644) contra los cristianos y los judíos.

Decreto obligando a los judíos a llevar un signo identificatorio en la ropa de 1 de septiembre de 1941.

XIII.- Prohibición de que los cristianos asistan a ceremonias judías, Concilio de Viena de 1267.

Prohibición de relaciones amistosas con los judíos, 24 de octubre de 1941.

XIV.- Obligación de que los judíos queden confinados en ghettos, Concilio de Breslau de 1267.

Orden de Heydrich estableciendo la reclusión de los judíos en ghettos de 21 de septiembre de 1939.

XV.- Prohibición de que los judíos tuvieran títulos académicos, Concilio de Basilea de 1434.

Ley sacando a los judíos de las escuelas y universidades alemanas de 25 de abril de 1933.

Los ejemplos citados previamente son suficientemente elocuentes, pero no tengo el menor ánimo de ser exhaustivo en su enumeración. Resulta bien revelador que todas y cada una de las medidas es anterior al inicio de la Reforma y que todas y cada una de ellas fueron puestas en vigor por los nacional-socialistas.

Dar ese paso no fue difícil por varias razones. La primera es que la legislación anti-semita fue desapareciendo de Europa a partir del s. XVI gracias a la Reforma y del s. XVIII gracias a las revoluciones liberales. Sin embargo, se mantuvo en las naciones católicas y, de manera muy especial, en la misma Santa Sede. De hecho, durante las dos últimas décadas del s. XIX, la Santa Sede utilizó el antisemitismo como uno de los elementos de aglutinamiento de sus fieles y fue muy común que prelados católicos defendieran la veracidad de la acusación de crimen ritual perpetrado por los judíos, una acusación, dicho sea de paso, que nunca se dio en la Europa protestante y sólo excepcionalmente en la ortodoxa.

Durante el s. XIX –el siglo en que nació Hitler y no pocos de sus seguidores– la misma Santa Sede mantuvo ghettos, perpetuó la existencia de la Inquisición e incluso procedió al secuestro de niños judíos como Edgardo Mortara arrebatándoselos a sus padres con el argumento de que habían sido bautizados en la fe católica.

Cuando Hitler llegó al poder, eran millones los que habían vivido buena parte de su vida contemplando cómo la iglesia católica vivía en un firme y convencido antisemitismo que se articulaba en multitud de normas. No sorprende por ello que Hitler tuviera un enorme éxito en la Baviera católica – fue donde comenzó su carrera política – o que fuera aclamado en la católica Austria que no se resistió lo más mínimo a la anexión al III Reich gracias a la intervención directa de la jerarquía católica. Para ser ecuánimes, ha de señalarse que ni la jerarquía ni los fieles católicos pensaban que Hitler fuera a ordenar el exterminio de los judíos y que, cuando se produjo tal eventualidad, no pocos arriesgaron la vida para salvarlos. Sin embargo, previamente no vieron con malos ojos que el nacional-socialismo implantara un régimen de medidas antisemitas que, a fin de cuentas, era el mismo que había impulsado durante siglos la iglesia católica.

De hecho, uno de los datos más escalofriantes del Holocausto es la cantidad desproporcionada de personas procedentes del catolicismo que participaron en la denominada Solución final. Trágicamente, no parece que les costara mucho dar los pasos que separaban el antisemitismo católico de siglos de las cámaras de gas de Auchswitz.

De manera bien significativa, la resistencia a las leyes de Nüremberg de 1935 e incluso a los actos antisemitas previos vino en Alemania de círculos evangélicos como la Bikenende Kirche del pastor Martin Niehmoller o el teólogo Dietrich Bonhoeffer. Para ellos – que, de manera bien significativa, apelaban a la Reforma – el antisemitismo era condenable en todas sus manifestaciones y no sólo en las posteriores y letales.

Huelga decir que la resistencia contra Hitler fue menor de la deseable, pero, por lo que se refiere a la lucha contra el antisemitismo, sólo la nacida en círculos protestantes era coherente con su Historia previa. Esos son los datos objetivos y lo demás no pasa de ser un intento de amoldar la Historia a una visión tan tardía como la del concilio Vaticano II arrojando las propias responsabilidades sobre espaldas ajenas.

Debería todo ello ser tenido en cuenta para intentar comprender, por ejemplo, ese antisemitismo desatado de la prensa española que va con apenas excepciones desde la derecha a la izquierda. Como señaló Lincoln, podemos negar la Historia, pero no podemos escapar de ella.

Continuará

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

Lutero y el antisemitismo

Publicado: abril 7, 2011 en Historia, Iglesia, Luteranismo

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XXI): Lutero y el antisemitismo
El papel de la iglesia católica durante el Holocausto es, sin ningún género de dudas, uno de los episodios más controvertidos en la Historia del s. XX. Es lógico que así sea porque el antisemitismo fue rampante en naciones católicas como Austria o Polonia; porque Pío XII firmó un concordato con Hitler; o porque el papel de la jerarquía católica fue esencial pa.
En los últimos años, algunos autores católicos han intentado desviar la atención de posibles responsabilidades de la iglesia católica en el Holocausto hacia la supuesta culpabilidad de Lutero en ese episodio. Merece la pena detenerse en el tema porque, aparte de disipar mitos sobre el protestantismo, de él se deriva una reflexión indispensable sobre uno de los grandes dramas de la Historia.De entrada, Lutero manifestó al inicio de su carrera como reformador una compasión hacia los judíos que no era habitual en la Alemania católica de la época. No deja de ser significativo que en uno de sus escritos de esa época llegue incluso a indicar que hasta cierto punto la falta de conversión de los judíos al cristianismo arranca, fundamentalmente, del maltrato que ha recibido de la iglesia católica. Durante los años siguientes, los judíos dejaron de tener interés para Lutero envuelto en una controversia teológica en la que se jugaba personalmente la vida y Europa, su futuro.

De esa situación, salió al final de su vida al redactar un tratado titulado “Los judíos y sus mentiras” (1543). El texto, efectivamente, rezuma un deplorable anti-semitismo, pero me atrevo a señalar que constituye una de las obras más profundamente católicas de Lutero. La razón es obvia: hasta Lutero habían llegado noticias de cómo los judíos difundían la noticia de que Jesús era el hijo de una prostituta: “Así lo llaman (a Jesús) el hijo de una prostituta y a su madre, María, una prostituta, que lo tuvo en adulterio con un artesano. Con dificultad tengo que hablar de una manera tan áspera para oponerme al Diablo. Ahora bien, saben que hablan tales mentiras por puro odio y voluntariamente, únicamente para envenenar a sus pobres jóvenes y a los judíos simples contra la Persona de nuestro Señor, para evitar que acepten Su doctrina”

La acusación era cierta ya que, efectivamente, en algunos pasajes del Talmud se hace referencia a que María es una adúltera y Jesús es llamado específicamente bastardo. De hecho, esa razón fue una de las que más pesaron en el papado para ordenar quemas del Talmud durante la Baja Edad Media y también la que llevó a algunos editores judíos a suprimir los pasajes para evitar ser objeto de esa represión papal.

Sin embargo, Lutero no se limitaba en su acusación a los insultos dirigidos contra Jesús y su madre. Además, consideraba que los judíos eran un colectivo que, mediante la usura, oprimía a los más humildes. La afirmación puede ser matizada, pero es la misma que desde hacía siglos venía vertiendo la iglesia católica sobre los judíos provocando decisiones civiles y eclesiales de especial dureza contra ellos.

Ante esa situación, Lutero proponía como solución – “la de los reyes de España” cita expresamente – es decir, la expulsión llevada a cabo por los Reyes Católicos en 1492. Puede o no gustar, pero lo cierto es que si alguna vez a lo largo de su dilatada carrera apoyó Lutero una decisión católica reciente fue ésa.

Visto con perspectiva de tiempo, el texto de Lutero es innegablemente lamentable.Lejos de seguir la línea propia de la Reforma de respeto a la libertad de expresión y de culto, Lutero se dejó llevar por la cólera que le provocaban las injurias contra Jesús y María -¿algún católico de la época habría actuado con más moderación?- y optó por la solución católica medieval al problema judío que venía aplicándose desde hacía siglos: la expulsión.

Ciertamente, si Lutero fue culpable de algo especialmente en este escrito fue de no seguir las líneas marcadas por la Reforma sino de continuar una multisecular tradición católica. Es precisamente esa circunstancia la que explica la reacción que provocó el panfleto de Lutero. A pesar de ser un autor profundamente odiado en el mundo católico, no he conseguido dar con un solo texto católico de su época que le afeara sus conclusiones, seguramente porque la coincidencia con lo que pasaba en la Europa católica era muy notable. Sin embargo, en la Europa protestante, el texto de Lutero fue repudiado. El príncipe de Hesse –que, supuestamente, debía haber escuchado la enseñanza de Lutero– se negó rotundamente a expulsar a los judíos siguiendo el ejemplo de los Reyes católicos y los mantuvo en su territorio. Felipe Melanchton, la mano derecha de Lutero, también manifestó su oposición al texto señalando que no debía seguirse sus directrices.

Fue la posición generalizada de las iglesias nacidas de la Reforma y era lógico que así fuera. La Reforma había introducido en las mentes y los corazones de las personas un principio fundamental que no era otro que el de juzgar las acciones y las enseñanzas de todos los hombres a la luz de la Biblia. Partiendo de esa base, nadie se consideró obligado a seguir el criterio de Lutero si chocaba con la Biblia lo que, dicho sea de paso, era el caso. En el mundo católico, apenas unos años antes, el papa había celebrado la expulsión de los judíos de España con una serie de festejos entre los que se incluyó una corrida de toros. Ahora, a pesar de la autoridad moral de Lutero, en la Europa protestante nadie lo siguió en sus conclusiones.

Al respecto, y por analizar una situación contemporánea, no deja de ser curioso que exista una causa de beatificación de Isabel la católica que pasa por alto el episodio de la expulsión de los judíos y, a la vez, haya católicos que pretenden cargar a Lutero con la responsabilidad del Holocausto precisamente por proponer como solución al “problema judío” la llevada a la práctica por esa misma Isabel.

El mito anti-protestante no pasa de ser un mito, pero, como hemos visto en otras ocasiones, viene caracterizado por la ignorancia o por la mala fe. Ciertamente, el Holocausto tuvo algunas raíces históricas previas al nacimiento de Hitler, pero de ello me ocuparé en la siguiente entrega.

CONTINUARÁ: El antisemitismo de Lutero y el Holocausto: el origen de las primeras medidas antisemitas de Hitler

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011


Por Josephine Vivaldo|Christian Post Correspondent
Traducción de Alejandro A. Torre

Justo a tiempo para el 400 aniversario de la Biblia King James, Lionsgate está listo para lanzar un docudrama que retrata la historia de uno de los libros más venerados de la historia.

  • KJB
    «KJB: El Libro Que Cambió el Mundo» habla sobre el origen, significado y el impacto de la Biblia King James. El docudrama será lanzado el 5 de abril.

«KJB: El Libro Que Cambió el Mundo», protagonizada por el premiado actor John Rhys-Davies (El Señor de los Anillos, Indiana Jones y la última cruzada), lleva a los espectadores a través de la historia, explicando el origen, significado e impacto de la traducción King James.

«Su imagen, su lenguaje y su influencia se han dejado sentir en todo el mundo durante los últimos 400 años, y también dice ser la Palabra viva de Dios», dice Rhys-Davies.

El anfitrión cuenta cómo nació la traducción King James, comenzando con la ascensión de Jacobo I al trono Inglés en 1603, en dramatizaciones cortas de los eventos que rodearon la creación de la Biblia.

Él tuvo éxito al trono en un momento cuando el país estaba «en el centro de una revolución teológica.»

Una nueva Biblia fue propuesta y afirmada durante una conferencia con los puritanos Inglés en la Corte del Palacio de Hampton, en donde una nueva traducción de la Biblia ni siquiera estaba en la agenda. La reunión fue convocada originalmente por el rey James, en respuesta a una serie de peticiones para la reforma dentro de la iglesia por los puritanos, que diferían con los anglicanos.

Pero fue allí que John Rainolds, un puritano, propuso una nueva traducción.

El Rey James no estaba satisfecho con cualquiera de las traducciones existentes en Inglés de la Biblia. En particular, odiaba la Biblia de Ginebra – «con pasión», como Rhys-Davies narra en la película. Encargó una nueva traducción.

Mientras que el Rey James continuó con su traducción había conspiraciones contra él y su reino, incluida la Conspiración de la Pólvora de 1605 – fuente de inspiración para la popular película «V de Vendetta».

Tomó siete años terminar la traducción. Fue publicada por primera vez el 5 de mayo de 1611.

En honor del 400 aniversario muchas iglesias y organizaciones han creado varios proyectos para conmemorar la KJV.

A principios de este año, el arzobispo de Canterbury, Dr. Rowan William, envió un mensaje al público, donde hizo un llamado a los creyentes a «celebrar la contribución realizada por ese libro hace 400 años.»

Una versión actualizada de la NVI fue publicada a propósito este año para el aniversario.

Thomas Nelson Publishers lanzó un sitio web que ofrece una amplia gama de contenido, incluyendo videos, versículos diarios de las Escrituras, podcasts y mucho más para la celebración del 400 aniversario.

Y el Príncipe de Gales, el príncipe Carlos, ofreció su contribución como patrono de Confianza de la Biblia King James y leyó para el proyecto de YouTube Bible Juan 14. Curiosamente, el influyente ateo Richard Dawkins también se lee de la KJV para el proyecto de YouTube Bible.

«No se puede apreciar la literatura Inglesa a menos que estés inmerso en alguna medida en la Biblia King James», dijo Dawkins, según la Biblia King James Trust, que se creó para celebrar el 400 aniversario de la Biblia King James. «Estamos en una cultura cristiana, venimos de una cultura cristiana y no conocer la Biblia King James, es que de alguna manera, bárbaro.»

Cuando la cuenta regresiva continúa en menos de un mes, muchos más proyectos están en juego en un esfuerzo para llamar la atención sobre el texto significativo. Como Rhys-Davies, destaca, «Estos textos definen el camino de la salvación, y te llevan hasta las puertas de la vida eterna.»

«KJB: El libro que cambió el mundo» estará disponible el 5 de abril.

En la Web: http://www.kjbthefilm.com/

 


Uno de los hechos más denigrantes de violación a los derechos humanos en la historia del Perú se produjo en el tiempo de la dictadura del Ing. Fujimori.  el 18 de jULIO 1992, ingresarón amparados por la oscuridad y sus armas, a la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle(conocida como La Cantuta debido al nombre de la zona donde se encuentra) un grupo paramilitar llamado «colina», secuestrando y desapareciendo  a 9 estudiantes y un profesor.  ellos nunca más fuerón devueltos vivos.

La impunidad, el asesinato, la culpabilidad de inocentes y la mentira fueron los argumentos y accionar de la dictadura para hacer un contraoperativo en aquel entonces.  Juan Abelardo Mallea Tomaella un joven taxista evangélico inocente, fue apresado y acusado de ser  terrorista y el «cerebro» que elaboró los planos para ubicar  los restos enterrados de los estudiantes, todas estas argucias fueron desmentidos con pruebas contundentes que manifestaban la inocencia de Juan Mallea.

Juan Mallea, es la figura honesta, seria, que dice la verdad por su condición de Evangélico, humillado, abusado violentado, mantuvo su verdad de inocencia hasta lograr su libertad.

Han pasado de 19 años, los culpables han sido juzgados y sentenciados.

Samuel Nieva

video:http://www.larepublica.com.pe/

Samuel Nieva