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El Rostro de la Tragedia

Publicado: julio 12, 2011 en Fotografía

JON NAZCA (REUTERS) | 12-07-2011

Un inmigrante, cubierto con una manta, a su llegada al puerto de Motril, Granada. La patera, con 67 inmigrantes, fue rescata por Salvamento Marítimo a 30 millas de la costa de Matril. En ella viajaban dos mujeres y un bebé.


Cristo del Pacífico                      Chorrillos-Perú

Fotografía: Manuel Nieva


Rosa de Lutero
La "rosa", un distintivo de la teología luterana. Se compone de cinco elementos: la cruz negra, el
corazón rojo, los cinco pétalos blancos, el fondo azul y el anillo dorado. Cada parte tiene su significado:
1.La cruz negra, al centro del emblema recuerda que en Jesús, Dios viene a nuestro encuentro
sacrificando su vida y venciendo el poder de la muerte en nuestro favor. Para que todo aquel que cree
en él, no muera sino tenga vida eterna (Juan 3.16). La cruz negra, envuelta por el corazón rojo,
significa que Cristo es el centro de la vida de la comunidad y de la Iglesia. El es el mas importante. A
partir de El todas las otras cosas y personas reciben su debido lugar y su valor.
2.El corazón nos hace recordar que es por la fe que somos justificados. El color rojo es símbolo del
amor que se dona y reparte. Así como Cristo nos amó, también los suyos se aman unos a los otros.
Así como Cristo sirve a los suyos, ellos se sirven unos a los otros, cada cual conforme al don que
recibió (Gl. 6.2). Seguimos al crucificado, confiando que la cruz no trae muerte sino nos mantiene
vivos.
3.Los cinco pétalos blancos señalan que por la fe, que actúa en favor de la justicia y de la paz,
tenemos alegría, consuelo y paz de Dios para con nosotros mismos y para con los unos y otros. Eso
es lo que el color blanco simboliza.
4.El color azul recuerda el cielo e inspira a la fidelidad a Dios. En Cristo el vino a salvarnos y a unirnos
en comunidad. Cristo reina desde la Ascensión. A partir de Pentecostés el crea, envía y guía a su
Iglesia y, yendo delante de ella, le abre el camino. Esa es la base de nuestra esperanza.
5.El anillo dorado recuerda el oro, metal mas preciado. Simboliza todo lo que Dios nos otorga por fe,
en forma de señales: perdón, comunión, esperanza, sentido de vida, opción en el día a día. Apunta
también a lo que nos será otorgado en la eternidad: alegría sin fin, satisfacción de todas las
necesidades y deseos. Entonces veremos cara a cara, a aquel en quien hemos creído.
Ya que la rosa fue creada de manera bella y ordenada, también la iglesia está motivada a
invertir creativamente en la confección de su plan misionero. Inspirada por el símbolo de la
rosa de Lutero, la comunidad elaborará un planeamiento deductivo e participativo de la misión.
Partiendo del centro, su forma en círculos se asemeja a anillos subsecuentes, como aquellos
provocados en la superficie de un lago cuando se lanza una piedra.
La cruz de Cristo es el punto de partida de toda y cualquier misión de la Iglesia, y con la fuerza de la
propia cruz, la misión se expande hasta los confines de la tierra
Fotografía: Samuel Nieva 
Cámara: NikonD90 
Lente: Nikkor zoom 70-300mm

El fotógrafo Cristóbal Manuel, de EL PAÍS , cuenta cómo realizó la imagen galardonado con el Ortega y Gasset

Un joven trastornado pasea desnudo por una calle del Down Towm de Puerto Príncipe (Haití), días después del terremoto que asoló el país. La fotografía fue tomada el 4 de febrero de 2010.- CRISTÓBAL MANUEL

«La cosa estaba ya más tranquila. Llevaba ya 21 días en Haití, creo recordar. Esa mañana estuvimos trabajando Paco Peregil y yo en un reportaje sobre niños secuestrados por una ONG estadounidense. Como todas las tardes, ya más tranquilo, me bajé al Down Town de Puerto Príncipe, para ver qué me encontraba y fotografiar de manera más tranquila. Me gustó mucho la calle, la luz que había, y me planté a esperar a ver qué personaje podía pasar por allí. ¡Y se me apareció la Virgen, en forma de un joven desnudo! Lo tenía todo: La luz, el escenario y el persona».

Así recuerda el fotógrafo de EL PAÍS, Cristóbal Manuel (Almería 1960), el momento en el que hizo la instantánea, reconocida hoy con el Premio Ortega y Gasset. No se quedó en el mero disparo, y siguió al joven un rato. «Hable con él, pero solo sonreía. Estaba como ido», recuerda. Al llegar al hotel, le mostró las imágenes a Paco Peregil [enviado especial de EL PAÍS], y las mandó al periódico. «Dudaba si la foto era esa, si funcionaba, mejor manera horizontal o vertical», cuenta. «De todas las que había, la foto final la eligió en la mesa de Madrid Alberto Ferreras, y entonces ya me quedé más tranquilo, sabiendo que esa era la imagen».

La historia del joven no acaba allí. «Al día siguiente, en otro barrio de Puerto Príncipe, a muchos kilómetros de distancia, no lo volvimos a encontrar», continúa Cristóbal. «Seguía ido, solo sonreía. Le preguntábamos cosas, pero él solo sonreía. Paco Peregil escribió una crónica sobre él«.

«Para mi esta

fotografía es un resumen, una síntesis de lo que estaba pasando y de lo que pasa en Haití, un país ya olvidado y además destruido por un terremoto», resume Cristóbal Manuel. «Otros compañeros de otros medios se lo han vuelto a encontrar, pero no le han hecho fotos, porque la foto ya estaba hecha. Somos así: unos caballeros», dice.

Cristobal Manuel estudió Bellas Artes, en la especialidad de dibujo y pintura. Su primera aproximación a la fotografía fue de la mano de Pepe, un pintor de su Almería natal. En 1985 comenzó a colaborar con el periodista de EL PAÍS, Antonio Torres. Tras unos años como corresponsal de periódico en su ciudad, en 1990 dio el salto a Madrid, donde continúa desarrollando su labor profesional. «Dónde más cómodo me encuentro es haciendo reportajes sociales. Cuando llegué a Madrid, me dediqué mucho tiempo a visitar los poblados chabolistas. Siempre me he encontrado más cómodo trabajando el reportaje social», dice. Y sin embargo, Cristóbal Manuel rehúye dar nombres de fotógrafos de referencia para él. «Prefiero fijarme en el trabajo que hacen mis compañeros de EL PAÍS, en el que hacen otros compañeros en otros periódicos o lo que hace la gente que trabaja en agencias. Eso son mi referencia y en los que me fijo día a día» .

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Las muertes de los periodistas Chris Hondros y Tim Hetherington sacuden a una profesión que ha encontrado en las revueltas árabes la oportunidad de hacer el trabajo de siempre

RAMÓN LOBO 01/05/2011

Cada generación de periodistas de guerra tiene sus muertos. A menudo, son los mejores: Gerda Taro (España), Enrie Pyle (Pacífico), Robert Capa (Indochina), David Seymour (Egipto), Kurk Schork, Miguel Gil (Sierra Leona)… Muertes que impactan en los demás porque recuerdan que no existen los inmortales, que las guerras destruyen, hieren, mutilan. Donde caen soldados y milicianos, caen periodistas. Las muertes de Tim Hetherington y Chris Hondros, el pasado 20 de abril en Misrata, han conmocionado a una profesión sacudida por la crisis, la incertidumbre, la desorientación y la escasez publicitaria. Se acabaron los tiempos de las grandes coberturas sin límite de gasto; ahora se cuenta cada euro como si fuera el último de un manantial que se seca.

La primavera árabe es la primavera del periodismo de guerra. Tras dos conflictos terribles, Irak y Afganistán, donde no ha sido posible moverse libremente porque un bando no quería -el bando que secuestraba y degollaba-, ha regresado la guerra de siempre, la de Bosnia, la de Líbano, en la que la parte débil acoge a los reporteros extranjeros porque quieren que su historia se conozca; esa es, a veces, su única munición para ganar la guerra.

Hetherington, 40 años, no tenía nada que demostrar: venía de ganar en Sundance el premio al mejor documental estadounidense conRestrepo, realizado junto a Sebastian Junger, 49 años, que lo acaba de plasmar en un libro: Guerra(Crítica).

Libia no era un viaje como otros, era el inicio de un nuevo proyecto con Junger, un trabajo en profundidad que les iba a ocupar meses. Llegó a Bengasi y buscó a Jon Lee Anderson, un viejo amigo, para pedirle consejo. No le gustó el ambiente, el caos que reinaba en la capital rebelde y a los cuatro días decidió regresar a casa. «El asunto estaba muy loco», asegura Anderson en conversación telefónica. Pero Hetherington no duró mucho en Nueva York. A las 48 horas tomó un avión y volvió a El Cairo. «Decía que un bichito le comía por dentro, que las guerras se retroalimentan con las imágenes y que él quería trabajar con detenimiento sobre esto», cuenta Lee.

Jon Lee le conocía bien, de la guerra de Liberia, una de las más crueles de África con Sierra Leona y Congo. «Tim era poco inglés. Había estudiado en Oxford, pero no se le notaba. Creo que la culpa la tenía Nueva York, y África. Era un hombre muy amable, unpana, como dicen en América Latina. Pese al éxito de Restrepo no tenía demasiado dinero. A Libia llegó como freelance (por libre) sin ninguna garantía. Era un aventurero que se había humanizado. La última noche que nos vimos en El Cairo hablamos de cosas personales. Me contó su plan de casarse con su novia somalí».

«La amígdala puede procesar una señal auditiva en 15 milisegundos, el tiempo que tardaría una bala en recorrer unos nueve metros. La amígdala es rápida, pero muy limitada: solo puede provocar un reflejo y esperar a que el pensamiento consciente lo recoja. Es lo que se conoce como reacción de alarma e incluye movimientos de protección», escribe Junger en Guerra.

«Tenía que haber ido con él a Misrata. No lo hice por un problema personal [su mujer estaba embarazada]. Teníamos un nuevo proyecto, queríamos hacer un trabajo que nos iba a ocupar hasta otoño. Ahora me siento triste y estoy desorientado», explica Junger desde Nueva York. «Existe una progresión vital natural en la que el reportero necesita trasladar su trabajo a los libros y a los documentales. Con el paso de los años no tienes la misma energía; cuando eres joven y tienes esa energía careces de la sabiduría necesaria».

Los periodistas que van a guerras son supersticiosos, como los toreros. Miman los detalles esenciales: la misma agencia de viajes, la misma maleta, la misma ropa a la ida y a la vuelta, no cambiar nunca de conductor en mitad de la misión, no permitir que le saquen fotografías…

A Hetherington le generó inseguridad viajar a Libia sin su amigo, su compadre, Sebastian Junger. Cinco meses juntos en el valle de Korengal, el valle de la muerte, hermanan: cinco viajes entre junio de 2007 y junio de 2008 empotrados en la segunda sección de la compañía Batalla: 150 hombres que libraban la quinta parte de los enfrentamientos de la OTAN en Afganistán. Sin Junger, Tim se sintió huérfano. Le animó a regresar a Libia saber que su amigo Chris Hondros, 41 años, el experto en guerras de la agencia Getty, se encontraba de camino o a punto de viajar con destino a Misrata.

Hondros, como Hetherington, pertenecía a la generación de las guerras de Irak y Afganistán, fotógrafos que han construido sus reputaciones en los últimos 10 años. Es la generación que comienza a trabajar en Kosovo, en 1999, o tras el 11-S.

«Lo ocurrido en Misrata me recuerda a lo que pasó con Kurt Schork y Miguel Gil en 1999. También eran dos de los mejores y sus muertes tuvieron un hondo efecto en sus amigos, la generación criada en las guerras de los Balcanes, sobre todo en Bosnia. Cuando sucede una desgracia así, los periodistas se plantean si merece la pena seguir. Se trata de una decisión personal», asegura Santiago Lyon, jefe de fotografía de Associated Press y veterano de Bosnia.

«La amígdala no necesita más que una sola experiencia negativa para decidir que algo constituye una amenaza, y después de un tiroteo, todos los hombres de la sección habrán aprendido a reaccionar al chasquido de las balas y a ignorar los sonidos mucho más fuertes de los hombres que hay a su lado devolviendo fuego», asegura Junger en Guerra.

Hondros era un fotógrafo valiente. Siempre demasiado cerca, como Goran Tomasevic, 42 años, de la agencia Reuters. «La mañana del día en el que murió, Chris entró en un edificio ocupado por soldados de Gadafi pegado a una unidad rebelde que trataba de tomarlo. Si observas esas fotos», dice Lyon, «te das cuenta de lo cerca que estaba de la acción, más cerca imposible. Ese es el trabajo: meterse en situaciones peligrosas y salir de ellas, pero no funciona». El miércoles, una semana después de la muerte de Hondros, se celebró en Brooklyn su funeral. Acudieron más de mil personas. Entre ellas, su novia, con quien se iba a casar en esa misma iglesia en agosto.

Robert Capa, el fotoperiodista de guerra por excelencia, decía: «Si tu foto no es suficientemente buena, es que no estás suficientemente cerca». Capa no solo se refería a la distancia física, también a la mental y emocional.

Enrique Meneses, 81 años, autor de las célebres fotos de Fidel Castro y el Che Guevara en Sierra Maestra, ha pasado parte de su vida coqueteando con esa cercanía. Meneses sostiene que «el fotoperiodismo es contar una historia con una cámara; cómo vive el soldado, cómo se cansa, cómo se deprime». «Para contar una guerra hay que estar allí, no en la frontera viendo pasar refugiados. Libia está lleno de gente joven, de freelance que se buscan la vida, que quieren estar donde se encuentra la acción, persiguiendo la foto que puede dar la vuelta al mundo».

«La mayoría de los tiroteos se desarrolla con tanta rapidez que los actos de valentía o cobardía son prácticamente espontáneos. Un soldado puede vivir el resto de su vida lamentándose por una decisión que ni siquiera recuerda haber tomado; puede recibir una medalla por hacer algo que había acabado antes incluso de saber que lo estaba haciendo». (Junger, Guerra).

Cada generación tiene sus muertos y sus fotos-símbolo. Sucede con la más importante, la de Vietnam. Aquella fue una guerra tan bien narrada y fotografiada que EE UU la perdió tras perder el apoyo de su opinión pública. Vietnam esconde miles de tragedias: gas naranja, napalm, May Lai. Para los fotoperiodistas de aquella generación, a la que pertenece Manu Leguineche, hay una fecha maldita: 10 de febrero de 1971. Cuatro de los mejores fotógrafos, Henri Huet (43 años), de AP; Larry Burrows (44), de Life; Kent Potter, 23 de UPI, y Kaisaburo Shimamoto (34), de Newsweek, perdieron la vida cuando su helicóptero se extravió y fue abatido.

Sudáfrica fue otra escuela de excelentes fotoperiodistas: produjo el Club del Bang Bang.Cuatro fotógrafos -Greg Marinovich, João Silva, Kevin Carter y Ken Ken Oosterbroek- crecieron como reporteros y personas en la lucha contra el apartheid. Dos de ellos están muertos. A Oosterbroek lo mató una bala de francotirador en 1994 y a Carter, autor de la foto de la niña sudanesa desmayada sobre una tierra yerma con un buitre detrás, lo mató su desgana por sobrevivir. Marinovich resultó herido cuatro veces en su carrera; Silva perdió sus piernas en octubre en Afganistán.

«Yo era el tercer hombre en la línea, y de repente puse mi pie quizá un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha y bam», explicaba Silva en el programa Fresh Air,de Terry Gross, desde el centro médico Walter Reed Army, donde aprende a caminar con prótesis. «Básicamente, escuché un sonido metálico, ¡bang!, y salí despedido. Mi reacción inicial fue pedir ayuda a los que estaban cerca, también aturdidos por la explosión, pero me agarraron con fuerza y me sacaron de la zona de muerte».

La emisora estadounidense PBS (Public Broadcasting System) contó, en un programa emitido tras las muertes de Tim y Chris en Misrata, que Silva siguió tomando fotografías mientras le evacuaban y que le pidió a su compañera del The New York Times, Carlotta Gall, que le prestara el teléfono satélite. «Llamé a mi mujer. Le dije: escucha, he visto cómo mis piernas se han ido, pero creo que voy a estar bien. Creo que voy a sobrevivir».

«Por alguna razón, fue entonces cuando me di cuenta de lo fácil que es pasar de los vivos a los muertos: un día te enteras que han matado a alguien en Las Vegas, y al día siguiente tú eres ese muerto para una tercera persona». (Junger en Guerra).

Emilio Morenatti trabaja en Associated Press. Sus compañeros le destacan por su exquisita calidad. «Sabes que es una foto de Morenatti nada más verla; tienen sello propio», dice uno de ellos. Emilio tuvo más suerte que João Silva. Cuando viajaba en agosto de 2009 empotrado con las tropas estadounidenses en Kandahar, su vehículo pisó una mina anticarro. Todos los que iban dentro resultaron heridos. Él perdió la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Tras una larga rehabilitación, también en el Walter Reed (quería estar con los soldados que habían pasado por lo mismo que él), ha vuelto al trabajo: Haití, Egipto, Túnez, Libia.

«Cuando te llega una noticia como la de Tim y Chris, lo primero que piensas es que no puede ser real. Si algo así sucede a los mejores, a los más experimentados, significa que nadie está a salvo. He visto a gente herida a mi lado y después he sido yo el herido. No es la experiencia lo que te protege, te protege la buena o mala suerte. Cuando estás en la primera línea del frente, como estaban ellos, es necesaria una mayor cantidad de suerte».

A Morenatti no le preocupa el futuro de la profesión: «Al final, siempre son los mismos. La experiencia es la que te permite fotografiar mejor. No me preocupa si son de plantilla o freelance, lo que me preocupa es no hay nadie en Siria, que dependemos de los sirios que colocan en Internet vídeos tomados con sus teléfonos. No me da miedo el cambio. Empecé hace 25 años y entonces había personas que se resistían al paso del blanco y negro al color; después de la fotografía analógica a la digital. Siempre habrá alguien dispuesto a pagar por fotografías de alta calidad».

Worl Press Photo of the year 2007 (Korengal valley, Afganistan. Setiembre 16)

Tim Hetherington, UK. for vanity fair

En una entrevista, hace años, Silva definió con inteligencia y emoción la esencia del oficio: «Tengo esta fascinación, la de ser testigo de primera mano de la historia. Siempre quise mostrar la realidad de una zona de guerra a aquellos que son lo suficientemente afortunados de no vivir las realidades de las zonas de guerra. Nosotros vamos allí y nos exponemos creyendo que nuestro trabajo tiene un impacto en la sociedad».

http://www.elpais.com

Sobrevolando la Catedral

Publicado: abril 27, 2011 en Fotografía

HEINZ-PETER BADER (REUTERS) | 27-04-2011

Un paracaidista del Ejército austriaco sobrevuela la catedral de San Stephen, en Viena, durante un ejercicio militar.


El Vía Crucis se celebra hace 47 años por el grupo de teatro Servicio Cultural Amistad. (Fotos: Omar Lucas)

Diario El Correo Perú.






Domingo de Ramos en Pueblo de Dios

Con el énfasis «Salvados por Jesucristo», iniciamos nuestra Semana Santa

Este jueves tendremos la celebración de la Pascua Judía y la Institución de la Santa Cena,

el Viernes Santo Estaremos rememorando las 7 palabras de Cristo,

el sábado la vigilia Pascual donde renovaremos nuestros votos Bautismales

y el Domingo de Resurección un servicio de testimonio que Jesús Resucitó.

Fotos: Fiorella Jhonson