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José de Segovia Barrón

El misterio de la Providencia en Dickens
Sus últimas creaciones muestran la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza conviven de forma paradójica.

 

 Se cumplen ahora doscientos años del nacimiento de Charles Dickens. Mientras se continúan reeditando sus libros, aparece en castellano la más completa y rigurosa biografía del escritor, hecha por Peter Ackroyd hace ya veinte años. Estamos, según ella, ante “el novelista inglés más extraordinario y ambicioso que haya existido jamás”. Nadie narró como él las miserias de la revolución industrial. Su obra está llena de compasión por la pobreza de una infancia oprimida. Aunque como “hombre del siglo XIX, fue un victoriano atormentado por sus contradicciones”, dice Ackroyd.

Dickens se crió en una familia nominalmente anglicana. Fue bautizado en la iglesia de St. Mary de Kingston, pero cuando era pequeño, su familia conoció al pastor de la capilla bautista Sión de Chatham.  Desde niño, escuchaba los sermones del pastor bautista William Giles, que tenía un hijo de 23 años que estudió en Oxford y llevaba una escuela bautista, a la que asistió Dickens . El y un grupo de chicos del colegio se identificaban como los Gatos de Giles, llevando un sombrero hecho de piel de castor.

 No es sorprendente, por lo tanto, las referencias bíblicas que aparecen en muchas de sus novelas : la imagen de Cristo “escribiendo con su dedo en el polvo, mientras le traían una mujer pecadora” ( Casa desolada ); “las torres que compiten con Babel” ( Tiempos difíciles ); “el camello por el ojo de la aguja” ( La pequeña Dorrit ); “Yo soy la resurrección y la vida” ( Historia de dos ciudades ); o la oración silenciosa de Pip por el convicto “Oh, Señor, ten misericordia de él, pecador” ( Grandes esperanzas ).

 INFANCIA ¿DESGRACIADA?
 La tragedia se cierne sobre Dickens, cuando tiene que abandonar la escuela bautista de Giles, a causa de tener que ir su padre a la prisión por deudas, cuando el escritor tenía sólo 12 años . Escribe entonces a su amigo y primer biógrafo, John Forster: “Yo sé que si no fuera por la misericordia de Dios, podría haber sido fácilmente un ladronzuelo o pequeño vagabundo, por la falta de cuidado que recibí”.

El escritor de niño tiene que trabajar en una fábrica de betún en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Son jornadas de diez horas, con una pequeña pausa para comer. “Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens –dice Ackroyd–, algo que siempre tuvo presente”.  Descubrió así prematuramente la aspereza de un mundo poco compasivo con la debilidad y la pobreza.

“Todo mi ser se sintió tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso –escribe a su amigo Forster–, cuando rememoro aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”. La indefensión que experimentó el escritor en su tierna infancia es fundamental para entender su dificultad para creer en un Dios, cuya gracia providente se muestra en un cuidado real de sus criaturas.

 DESILUSIONADO CON LA RELIGIÓN
 La actitud de Dickens de aversión a la Iglesia no es casual. Su desprecio de la religión formal, con todos sus dogmas y ceremonias, no viene de una hostilidad intelectual contra Dios o Jesucristo, sino de su desengaño con un cristianismo hipócrita , que ignoraba la compasión de Cristo por el pobre. Dickens se acerca al unitarismo de Edward Target, por su orientación a la práctica en vez de a la doctrina. Puesto que era anticlerical, poco dogmático y nada sectario. “Las formas humanas de religión tienden a ser lo que diabólicamente es la irreligión”, dice.

 Al escritor le molestaba tanto el movimiento evangélico como el catolicismo-romano. No soporta el sabatarianismo –escribió un panfleto anónimo en 1836,  Domingo bajo tres cabezas,  en contra del intento de Sir Andrew Agnew de aprobar una ley en contra del ocio y el trabajo en domingo– y ridiculiza la hipocresía de los predicadores disidentes, o sea de las iglesias libres –en el personaje de Mr. Stiggins en  Los papeles del Club Pickwick –. Aunque también dice que “detestaba el catolicismo, esa abominable vieja institución sacerdotal”. Llama a la iglesia de Roma “ese tambaleante monstruo”. En 1853 dice: “Roma y yo, estamos ampliamente separados, moralmente”.


 Según la biografía de Fred Kaplan, Dickens se hace miembro de la iglesia unitaria en el invierno de 1842-43 . Nacida de la Reforma radical, aparece en Inglaterra doscientos años antes del nacimiento del escritor.  Aunque cree todavía en la Biblia –Dickens pidió que se leyera la Escritura todos los días en el hogar que abrió para mujeres de la calle, para que fueran así “tentadas a la virtud” –, enfatiza la humanidad de Cristo –aunque todavía describe sus milagros en  La vida de nuestro Señor,  que escribió para niños en 1849–, afirmando “la supremacía de Dios y la divinidad de la misión de Jesús de Nazaret”.

 DICKENS PREDICA A LA IGLESIA
El escritor predica a la Iglesia en  Oliver Twist , cuando Mr. Bumble da gracias a Dios en oración por las gachas, pero defiende el abuso que hace de Oliver, diciendo: “¡Le hemos dado el Evangelio!”. Habla a los cristianos en  Casa desolada,  cuando presenta la falsa piedad de la Sra. Jelby, que sueña con esfuerzos misioneros en África, mientras ignora los barrios bajos de Inglaterra. O cuando la Sra. Pardiggle avasalla a los niños en este libro, degradando a los pobres. Los sermones de Chaband en esta obra no son más que excusas para no mostrar la compasión de Cristo.

 A pesar de eso, Dickens sigue yendo a la iglesia anglicana que había cerca de su casa, hasta el final de su vida. Ora por la mañana y por la noche. Tenía una sensibilidad por los principios sociales del cristianismo, como muestra en  Canción de Navidad  (1843) . Escrita cuando tenía 31 años, esta historia de fantasmas es una fábula contra la codicia. Scrooge es un avaro frío e insensible, que oprime a los pobres sin compasión alguna. Para él, la felicidad es la riqueza, aunque es el personaje más miserable que uno pueda imaginar. El problema es que su salvación no viene por un encuentro con Cristo, sino consigo mismo.

 Para Dickens, el cristianismo consiste en amar al prójimo. Lo que en el Nuevo Testamento es el resultado, no el medio de la conversión . Como observa Ackroyd, en sus primeras novelas Dickens distribuye el bien y el mal entre sus personajes sin contemplar la posibilidad de su coexistencia en un mismo carácter.  Sus últimas creaciones rompen, sin embargo, esa división, mostrando la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza conviven de forma paradójica.

 EL NIÑO QUE NUNCA DEJÓ DE SER
 Es por eso que yo también prefiero el último Dickens al moralizante patetismo de sus primeras obras . Como tantos otros, recuerdo haber leído de niño  Oliver Twist  (1837-38) en una antigua edición de Calleja con unas llamativas ilustraciones de principios del siglo pasado que tenía mi padre, cuando aún se llamaba  Oliverio.  Las versiones al cine que hizo David Lean en 1948, Carol Reed en 1968 y Polanski en 2005, todavía me emocionan. Aunque ¡reconozcámoslo, es bastante antisemita!

 Lo más cercano que hizo Dickens a una autobiografía es  David Copperfield .  La leí en una adaptación infantil. En realidad –como dice Ackroyd–, “es la que refleja con mayor severidad, sinceridad y tristeza sus peores experiencias infantiles, aunque es más contenida y recatada respecto a sus sentimientos que libros anteriores”. En lugar de representar a sus padres como los de Copperfield, los convierte en los Micawber. Harold Bloom la considera “la primera novela terapéutica, escrita en parte para la curación del propio autor o para consolar la permanente angustia adquirida en su infancia y en su juventud”.

Cuando su cuñada Mary Hogarth muere a los 17 años, Dickens está destrozado. “Charles responde a la muerte con una histeria controlada –dice su biógrafo Fred Kaplan–, un inmenso dolor destruye su normal equilibrio”. Su muerte produce “una deserción tan devastadora, que mantiene su memoria viva con recuerdos conscientes y sueños recurrentes”. Durante años Mary le visita en pesadillas, que “se repiten perpetuamente de forma extraordinaria”. Es en ese mundo donde lo real se mezcla con lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y trascendente, que encuentra Ackroyd la magia de Dickens.

 LA MANO INVISIBLE DE DIOS
 Veinte años estuvo Dickens casado con Catherine. Tuvo con ella diez hijos, pero su relación fue difícil . Mantuvo con ella constantes conflictos, tensiones y sospechas. No se sabe si viene de eso su costumbre de andar durante horas por las calles, todas las noches. Tras su separación, tuvo una relación no muy clara con una actriz llamada Nelly Ternan –según Ackroyd, no consumada sexualmente, aunque otros biógrafos creen que convivían secretamente–. Ahora se han publicado en castellano las cartas de su amor secreto por Maria Badnell –que estaban en Estados Unidos–.

Una de ellas me ha emocionado especialmente. La escribe cuando ella ya está casada, veintidós años después de que su relación se frustrara –es ahora la señora Winter–. Compara nuestra vida con un río, que va rumbo al mar. Intenta, como todos, entender el curso que le ha llevado por tantos vericuetos a su situación actual. ¿Dónde está Dios en medio de ello? El creyente entiende que Dios se interesa por nosotros, pero también nos dirige.  El problema por el que Dickens se aleja de la fe ortodoxa, para abrazar el deísmo unitario, es su incapacidad para ver la Providencia de Dios en la vida . Si el Creador tiene control de todas las cosas, ¿por qué permite que haya tantas tragedias en la vida? Suceden muchas cosas que parecen no tener sentido, ni propósito.

 Cristo enseña que los cabellos de la cabeza están todos contados y ni el más mínimo movimiento de un gorrión le pasa desapercibido. El creyente puede estar por eso seguro que su vida está dirigida por Dios ( Mateo 10:29-31 ). Lo que pasa es que hay una cara oscura de la Providencia, por la que el Señor entreteje el dolor, la pérdida y la angustia con los momentos de placer y felicidad, para cumplir su propósito en nuestra vida. Cuando Pablo dice que “todas las cosas ayudan para nuestro bien” ( Romanos 8:28 ), quiere decir que las usa para nuestro bien, no que sean buenas en sí mismas.

 SU BONDAD EN LA TRAGEDIA
 Un contemporáneo de Dickens, George Muller, tuvo la misma compasión del escritor por los niños abandonados de la calle, construyendo orfanatos, inspirado por su fe cristiana .  En 1853, su única hija, Lydia, está a punto de morir de fiebre tifoidea.  “Mientras pasaba por esa aflicción tan grande –escribe Muller–, consciente como era de mis múltiples debilidades, fracasos y defectos, estaba preparado para decir como el apóstol Pablo: “Miserable de mí”; no obstante, estaba seguro de que esta desgracia no era la vara del Padre sobre mí, sino la prueba de mi fe.”

Su conclusión sin embargo es que estará “satisfecho con la voluntad de Dios”. Creía que “si el Señor decidía llevarse a mi amada hija, sería lo mejor para sus padres, lo mejor para ella y sobre todo contribuiría más para la gloria de Dios que si ella viviera”.  La niña es librada de la muerte, pero unos años después fallece su esposa a causa de una fiebre reumática. Estuvieron casados 39 años. A pesar de su tristeza, el fundador de la Asamblea de Hermanos de Bristol predica en el funeral sobre el  Salmo 119:68 : “Tú eres bueno y haces bien”.

 Este sermón, que hace a los 64 años, tenía tres puntos: 1. El Señor fue bueno e hizo bien en dármela; 2. El Señor fue bueno e hizo bien en permitirme estar con ella tanto tiempo; y 3. El Señor fue bueno e hizo bien en quitármela. En este último punto cuenta cómo oró por ella como hizo por su hija enferma , “pero sea como fuera que trates conmigo, sólo ayúdame a estar completamente satisfecho con tu santa voluntad”.

Dios no nos da todo lo queremos en esta vida, pero si lo que necesitamos. La fe es estar satisfecho con ello. Y eso son “grandes esperanzas”, como nos recuerda Dickens.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012


José de Segovia Barrón

Sobre Dios y la aventura del espacio

El protestante John Glenn, segundo en volar al espacio y primero en orbitar la Tierra, recibió el Príncipe de Asturias a la cooperación internacional.
 

 

 ¿Dónde estabas cuando el hombre llegó a la luna? Si ya habías nacido el 20 de julio de 1969, este es un momento histórico de la televisión que recordarás, aunque no tuvieras aparato –yo lo vi en un bar rodeado de gente–, ni apenas edad para acordarte –yo tenía sólo cinco años–. Las imágenes en blanco y negro del comandante Neil Armstrong pisando el suelo del Mar de la Tranquilidad –donde se había posado el Apolo XI– inspiraron hace poco una novela de Antonio Muñoz Molina – El viento de la luna –, pero es también uno de los momentos estrella de la exposición de la  NASA  –que hay en la Casa de Campo de Madrid– sobre  La aventura del espacio , donde Dios tampoco estuvo ausente. Cuando fui con mis hijos estas navidades, me acordé de nuevo de ese día, pero a los pequeños les dio la pasión de todos los niños por los viajes al espacio. El menor me ha dejado hoy uno de los libros que sacó ayer de la biblioteca,  La conquista de la luna.  Yo he estado leyendo otro bastante más aburrido  – sin tantas fotos, por lo menos–, que acompañó una serie de televisión  – Objetivo: la luna  de Dan Perry –.  Aunque en la exposición tenían la preciosa edición que hizo  Taschen   – para el cuarenta aniversario –  de la serie de artículos que escribió Norman Mailer para la revista  Life.  

En casa  – que siempre hemos sido muy tintinófilos – , la ocasión ha servido para releer los dos visionarios álbumes que Hergé dibujó dieciséis años antes que Armstrong pisara el píe en la luna. La primera sala trata de esos soñadores, que imaginaron el espacio, ya en el siglo XIX. Allí no sólo están escritores como Julio Verne o H. G. Wells, sino también Edgar Rice Burroughs –que no sólo escribió  Tarzán,  sino también muchas fantasías espaciales– y mi admirado Alex Raymond –padre de  Flash Gordon,  además del maravilloso Rip Kirby, uno de mis detectives favoritos, junto a cineastas como Georges Méliès o Fritz Lang.
 
 SOÑAR CON LA LUNA 
 La luna protagoniza cuentos, leyendas y canciones populares . Es tanto “lunera y cascabelera”, como un gran queso de bola en el cielo. Algo tan lejano y distante, que hasta el día hoy, todavía hay algunos que se muestran escépticos de que el hombre haya llegado allí. Fue un científico que trabajaba para los nazis, Wernher von Braun (1912-1977), quien desarrolla en los Estados Unidos el modelo de cohete que permitiría el viaje interplanetario. De los pilotos de prueba que intentan romper “la barrera del sonido”, salen los primeros astronautas –como bien cuenta Tom Wolfe, en esa joya del  nuevo periodismo  que es  Elegidos para la gloria,  posteriormente llevada al cine–.

 La  guerra fría  es el contexto del que nace la NASA . Los rusos eran pioneros en el espacio, desde que mandaron el primer satélite artificial en 1957, el  Sputnik.  Una pobre perrita, Laika, sigue su estela, muriendo de calor en la nave. Otras dos sobrevivirán, antes de mandar al primer hombre, Yuri Gagarin. A él se le atribuye la frase de que no vio allí a Dios. Hoy sabemos que él nunca la dijo –era cristiano ortodoxo–. Fue una ocurrencia de Nikita Khruschev.

La primera mujer en volar al espacio fue también soviética, Valentina Tereshkova, en 1963 –no viajó ninguna americana hasta el 83–. Una sala de la exposición muestra una televisión de los años sesenta con el presidente Kennedy repitiendo una y otra vez “el reto de llevar un hombre a la luna y devolverle sano y salvo a la Tierra”. Es el discurso que dio en 1961, poco después del primer paseo espacial de los rusos.

 LA FE DE LOS ASTRONAUTAS 
 Tras el proyecto Gemini –iniciado en 1964– viene el programa Apolo, que comienza con el desastre de 1967 –muy bien documentado en esta muestra–. La primera misión en acercarse a la luna es la del Apolo 8 .  Su comandante era Frank Borman. Las palabras que transmite al contemplar nuestro planeta, son las que comienzan la Biblia: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Lo que provocó una demanda de la atea Madalyn Murray O´Hair,  diciendo que la cita bíblica violaba la separación Iglesia/Estado.  Borman lo justificó diciendo: “tuve el enorme sentimiento de que había un poder mayor que ninguno de nosotros, que había un Dios y desde luego un principio”. 

 Entre los tripulantes del Apolo 11 que llega a la luna, está Buzz Aldrin, anciano de una iglesia presbiteriana en Houston –Webster Presbyterian Church–, que ha dado muchos astronautas.  Su pastor Dean Woodruff le sugirió llevar unas pequeñas bolsas de plástico con pan y vino, para celebrar la Santa Cena en la luna, con una copa –que está hoy en la iglesia, y se usa ese día, una vez al año–. Lo hizo leyendo unas palabras del Evangelio, que tenía escritas en una tarjeta –vendida en una subasta en el 2007–: “Yo soy la vid y vosotros las ramas; el que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada.” ( Juan  15:5).  

Aldrin dice que “luego dio gracias por la inteligencia y el espíritu que había traído a dos jóvenes pilotos al Mar de la Tranquilidad”. Todo ello en los minutos de silencio, que no transmitió la radio. El suceso lo cuenta en la entrevista que publicó la revista  Life  en agosto del 69, así como en su libro de 1973 – Regreso a la Tierra –, desarrollado en su obra del año 2009 – Desolación magnífica –, que tuvo gran repercusión en los medios de comunicación. La discreción o censura se debe a la demanda que había sufrido Borman poco antes –explica en el libro–. Lo cierto es que el comandante Armstrong le miró con respeto, pero no dijo nada entonces.

 SENTIMIENTO Y TALENTO 
 El octavo hombre en pisar la luna fue el evangélico James Irwin (1930-1991) –en el Apolo 15– , que la recorrió por primera vez en un vehículo todoterreno en 1971. Al año siguiente fundó una organización cristiana con un pastor bautista, en Colorado Springs –High Flight–, para hablar de “cómo sintió el poder de Dios como nunca antes”. El texto que más usaba cuando hablaba en iglesias por todo el país, es en el que meditó al recorrer los montes de la luna: “A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda?” ( Salmo  121).

 En su magnífico libro sobre los primeros siete astronautas, Tom Wolfe habla de la fe de John Glenn –el segundo en volar al espacio y el primero en orbitar la Tierra–, que recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1999 a la cooperación internacional . En la conferencia de prensa que dio en Washington, dice: “soy presbiteriano, protestante, y tomo mi religión muy en serio, de hecho”.

Habló de las escuelas dominicales, donde había enseñado, y los comités de iglesia en los que había servido, pero dijo algo mucho más interesante: “Fui criado creyendo que somos puestos en la Tierra con una propuesta de más o menos el cincuenta por ciento, Y eso es en lo que todavía creo hoy. Somos puestos aquí con ciertos talentos y capacidades, que depende de nosotros usarlos lo mejor que podamos. Pero cuando lo hacemos, pienso que hay un poder mayor que cualquiera de nosotros, que pone las oportunidades en nuestro camino, si usamos nuestro talento adecuadamente, y vivimos el tipo de vida que debemos vivir.”

 En la fe de los astronautas, a veces predomina el sentimiento –como Irwin, que acabó buscando el Arca de Noé en el monte Ararat–, y en otros el talento –como en la frase de Glenn, que Wolfe interpreta correctamente de acuerdo a la religión americana de que “Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos” –. El Evangelio, en realidad, no es ninguna de las dos cosas. Ni la comunión individual de Aldrin, ni la incomprensión de Glen, cuando dice: “Mirar este tipo de creación, y no creer en Dios, es imposible”.  

 DIOS Y LA CREACION 
La verdad es que  se puede mirar la Creación, y no creer en Dios . ¿Por qué? Aunque “los cielos declaran la gloria de Dios” ( Salmo  19:1), los hombres “adoraron y sirvieron a las cosas creadas, antes que al Creador” ( Romanos  1:25). Es cierto que todos vivimos por algo, que capta nuestra imaginación y corazón, dando sentido a nuestra vida, pero sin la intervención del Espíritu Santo, eso nunca será Dios.

Si miramos a las cosas creadas, para que nos den el sentido, la esperanza y la felicidad, que sólo Dios puede darnos, seremos esclavos de un ídolo, en vez de Dios. Abraham fue llamado de la ignorancia de rendir culto a la luna, a servir y a adorar al Dios vivo y verdadero. La promesa que recibió, no era fácil de creer. Cuando Dios sin embargo le dio el hijo prometido, lo amó por encima de cualquier cosa.

Cuando Dios le pide sacrificar ese hijo en un monte ( Génesis  22:2), le pide que elija entre el don y el Dador, una opción que nos resulta imposible. Sabemos que Dios nos ha dado la vida, pero sin embargo nos aferramos a ella como lo único que tenemos. Cuando Abraham está dispuesto a entregarle a su hijo (vv. 9-10), Dios le muestra que su gracia está en que Él ha provisto un sustituto: un carnero es ofrecido en su lugar (v. 13).

 MÁS ALLA DE LAS MONTAÑAS DE LA LUNA 
 Muchos años después en otra montaña, que tampoco es de la luna, otro hijo es puesto a morir en un madero. Sólo que en aquel monte no hubo una voz del cielo que anunció su liberación, sino que gritó: “¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”. El Padre pagó entonces la deuda que todos tenemos con Dios, en el más profundo silencio. Ya no debemos ver por lo tanto el universo como algo vacío, o impersonal. Nos muestra que “el que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?” ( Romanos  8:32).

Es por eso que no somos salvos mirando a las estrellas, sino al Dios que se revela en Cristo Jesús. El hombre puede conquistar la luna, pero no su corazón. La más grande aventura de la vida no es viajar al espacio, sino confiar en el Dios vivo, que se revela en unas montañas aún más trascendentes que las de la luna. El Dios que habla en el Sinaí es quién nos dice en el Calvario que su amor es más alto que los cielos, y nunca nos abandonará. Porque el Sol de justicia ha vencido toda injusticia, y nunca se apagará.

 

 

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011

 

La Historia de la Biblia Reina Valera

Publicado: noviembre 18, 2011 en Cultura

En 1569, Casiodoro de Reina legó al mundo de habla castellana su insuperable traducción de los textos bíblicos, la cual llegó a ser conocida como la Biblia del Oso. Treinta años después, en 1602, Cipriano de Valera realizó la primera revisión de dicha traducción. Es interesante notar que, con el tiempo, esta revisión llegó a conocerse como la versión de Cipriano de Valera. El revisor había superado al traductor. Con el paso de los siglos la revisión de Cipriano de Valera ha sido a su vez objeto de continuas revisiones, entre las que destacan la de 1909 y la de 1960.

Casiodoro de Reina (1520-1594)
Su versión castellana de la Biblia (1569) fue conocida como La Biblia del Oso, por aparecer un dibujo con este animal en su portada. Se tiraron de esta primera edición 2.600 ejemplares, pero a pesar de los obstáculos que había para su venta, en 1596 ya se había agotado totalmente.

Surgen entonces varias preguntas: ¿Por qué se realizan dichas revisiones? ¿Cuál es la razón que lleva a realizarlas? Tales preguntas tienen una respuesta clara y contundente. La lengua es un ente vivo y en constante proceso de cambio. Lo que ayer pudo ser comunicante, hoy puede ser poco inteligible. Es un hecho innegable que la lengua castellana, que en nuestros países de América Latina ha llegado a conocerse más como idioma español, se ha ido distanciando notablemente del habla peninsular. No han sido pocos los lectores de la versión Reina-Valera que han preguntado si sería posible contar con una revisión de esta versión clásica, sin que tal revisión pierda el carácter singular que supieron imprimirle Reina y Valera. Es decir, que la nueva revisión sea un reflejo del español que más y más va siendo reconocido como «latinoamericano».

Sociedades Bíblicas Unidas, en su deseo de responder a las demandas de los diferentes lectores de la Biblia, ha tomado en serio estas solicitudes y ha hecho una nueva revisión del texto de Reina y Valera, que sin alejarse de la conocida y amada versión, pueda leerse y disfrutarse con el mismo placer y la misma devoción que la traducción y revisión de hace más de cuatro siglos. La presente revisión Biblia Reina Valera Contemporánea es el fruto del trabajo del Comité de Revisión y Traducción de Sociedades Bíblicas Unidas.

El Comité de Revisión ha tenido ante sí la traducción de 1569 y la revisión de 1602, y además ha cotejado ambas a la luz del texto griego, sin dejar de pensar un solo momento en el lector latinoamericano de nuestros días. Y aunque la erudición bíblica de nuestros tiempos reconoce la existencia de manuscritos griegos más antiguos, esta revisión reconoce también que tanto Reina como Valera basaron su traducción y revisión, respectivamente, en el texto griego conocido como Textus Receptus. De modo que se han respetado las lecturas de dicho texto, aunque señalando con notas explicativas a pie de página las diferencias más notables entre éste y los manuscritos reconocidos hoy día como de mayor antigüedad.

Al presentar la actual revisión Biblia Reina Valera Contemporánea, Sociedades Bíblicas Unidas confía en responder así a las expectaciones de los lectores de la Reina-Valera, mediante la exposición del mensaje bíblico de siempre, en el lenguaje de los hablantes hispanoamericanos de hoy.

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Sartre en “el deseo de ser Dios”

Publicado: octubre 27, 2011 en Cultura, opinión

Juan Antonio Monroy
Sartre en “el deseo de ser Dios”
Cuando ni siquiera somos a manera de las exigencias de la humanidad, soñamos cómo ser a manera de la divinidad.

 

Juan Pablo Sartre, el muy conocido filósofo francés, escribió un pequeño libro que sólo conozco en inglés, titulado EXISTENTIALISM AND HUMAN EMOTIONS (Existencialismo y emociones humanas).

El capítulo sobre existencialismo está tomado de una obra con el mismo título publicada originalmente en francés. Lo referente a las emociones humanas ha sido adaptado del célebre libro EL SER Y LA NADA, obra cumbre en la producción literaria de Sartre. Los editores americanos de este librito han titulado uno de sus capítulos: “The desire to be God” (“El deseo de ser Dios”). Quise averiguar la tesis del pensador francés, saber qué opinaba el viejo existencialista y pacifista activo sobre el eterno deseo humano de ser como Dios.

 No creo equivocarme de personaje. Sé que Sartre ha sido calificado de ateo, agnóstico, racionalista, espíritu burlón y antirreligioso. Pero ¿por quiénes? Los detractores de sus creencias han sido, en general, críticos literarios surgidos en las filas del Cristianismo legalista ; personas poco consecuentes, que no han tenido en cuenta el conjunto de la obra sartriana.

 Para mí, la voz y el voto de Sartre sobre la pretérita ambición del hombre por semejarse a Dios son de singular importancia .  Doy crédito a su autoridad. Principalmente teniendo en cuenta que Sartre fue educado por un abuelo protestante  que se comportaba como un elegido del cielo para regir los destinos de sus inferiores en la tierra.

 Este abuelo, Charles Schweitzer, también abuelo del gran médico y misionero Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz 1952, se hizo cargo del niño Jean Paul cuando sólo tenía once años, a la muerte de su padre.  Jean Paul Sartre y Albert Schweitzer fueron primos hermanos. Y, sin embargo, ¡que caminos tan distintos siguieron a lo largo de sus años!

 La codicia del hombre por alcanzar límites divinos es objeto de reflexión en EL SER Y LA NADA , libro voluminoso aparecido en 1943.  El tema vuelve a ser tratado por Sartre en EL DIABLO Y DIOS , obra de teatro publicada en París en 1951. Con todo, para entender la génesis del método hay que acudir a LAS PALABRAS, libro autobiográfico, uno de los más brillantes escritos por Sartre, publicado por primera vez en 1964.

Escribiendo sobre el abuelo que le educó, Sartre dice en LAS PALABRAS que “se parecía tanto a Dios Padre que con frecuencia se le tomaba por él…. Pero casi no pensaba en Dios más que en los momentos de punta. Seguro de volver a encontrarlo a la hora de la muerte, lo tenía alejado de su vida”.

Es lo que ocurre cuando el fanatismo o la vanidad asumen la farsa. Quienes quisieran ser como Dios en realidad ni siquiera se portan como hombres. En busca de lo imposible, no son capaces de asumir la humanidad posible. Pretenden representar al cielo y se descalifican, por sus actitudes farisaicas, para ejercer el bien en la tierra.

Estos hambrientos de gloria celestial, estos apaches de la divina sustancia, como los llama Ortega y Gasset, acumulan en su interior todas las pasiones de los dioses de Homero y en lugar de puentes mediadores construyen murallas que dificultan la búsqueda de la fe. “En el Dios al uso que me enseñaron –continúa Sartre en LAS PALABRAS, no encontré al que esperaba mi alma; necesitaba un Creador y me daban un Gran Patrón; los dos eran uno, pero yo, lo ignoraba; yo servía sin calor al ídolo farisaico (el abuelo) y la doctrina oficial hacía que se me quitasen las ganas de buscar mi propia fe”.

En el capítulo “Hacer y tener” de EL SER Y LA NADA, donde trata del psicoanálisis existencialista, Sartre afirma rotundamente que “ser hombre es tender a ser Dios; o si se prefiere, el hombre es fundamentalmente deseo de ser Dios”.

 Pero ¿por qué esa tendencia? ¿De dónde le nace al hombre ese deseo? Una razón posible es la ambición humana llevada a sus últimas consecuencias. Sabido todo de la tierra, conquistado todo en el terreno de la materia, el hombre se desborda hacia el mundo del espíritu y pretende también la conquista señorial del cielo. Veámoslo: “El hombre, en su surgimiento mismo, es conducido hacia Dios como hacia su límite”, dice Sartre. Y añade: “Ese Proyecto inicial de ser Dios que “define” al hombre está estrechamente emparentado con una “naturaleza” o una “esencia” humana… El sentido del deseo es, en última instancia, el proyecto de ser Dios”.

Platón decía que los hombres han tenido la debilidad de dar a Dios figura humana porque no habían visto nada superior al hombre. Pero el argumento es igualmente válido volviéndolo del revés, como lo emplea Sartre. La supremacía de un Ser celestial, dominante en fortaleza y poder, ha hecho que el hombre, tras escalar todos los peldaños de la humanidad, pretenda alcanzar límites divinos. ¿Qué otra cosa fue aquel misterioso sueño de Jacob, en el que parecía juntarse la tierra con el cielo? Dios ha dicho que Sus caminos y los caminos del hombre están separados por la misma distancia teórica que hay entre el cielo y la tierra. Pero el ansia de divinidad que siempre ha tenido el descendiente de Adán le ha llevado a la locura de querer andar estos caminos hasta alcanzar las fronteras del Eterno. “La realidad humana es puro esfuerzo por hacerse Dios –escribe Sartre-, sin que este esfuerzo tenga ningún substrato dado, sin que haya nada que se esfuerce así. El deseo expresa ese esfuerzo”.

 Leo Elders, en sus juicios críticos sobre EL SER Y LA NADA, compara los anteriores argumentos de Sartre con los de Tomás de Aquino y se inclina a favor del supuesto santo. Dice que también Santo Tomás sostiene “que existe un último fin de las acciones humanas: todos los hombres se esfuerzan en alcanzar la perfección”. Sí, pero ¿qué ocurre cuando creen que ya la han alcanzado? ¿Desaparece el deseo o surge un nuevo desafío? ¿No es, al llegar a este grado de pretendida perfección moral, cuando se proyecta hacia la divinidad para imitarla, expropiarla o tan siquiera representarla?

“El deseo de ser se realiza siempre como deseo de manera de ser”, escribe Sartre. ¿No es ésta la gran lección de Génesis capítulo tres? Pese a su inocencia, Adam es acuciado por el deseo. La soledad del paraíso le agobia y Dios crea para él una ayuda idónea, un ser a su imagen y semejanza. Su perfección moral se completa en plenitud sentimental. Las emociones están a tope. Sus relaciones con Dios se desenvuelven en la amistad diaria y cercana. Pero cuando tientan su naturaleza humana, la parte de su ser formada de la tierra; cuando vislumbra una simple posibilidad de ir a más, de llegar a ser a manera del Creador, aflora la ambición, sucumbe al deseo y se produce la catástrofe. ¿En qué somos nosotros diferentes de Adam?

Ser como Dios ha sido desde entonces la ambición escondida del hombre, la vanidad que ha carcomido los corazones, la pretensión elevada a categoría de estupidez.  Cuando ni siquiera somos a manera de las exigencias de la humanidad, soñamos cómo ser a manera de la divinidad.  “Y este deseo de manera de ser –concluye Sartre- se expresa como el sentido de las miradas de deseos concretos que constituyen la trama de nuestra vida consciente”.

Autores: Juan Antonio Monroy

©Protestante Digital 2011

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La versión más reciente de la traducción española está presente en la popular web de consulta de textos.

23 DE SEPTIEMBRE DE 2011, ESTADOS UNIDOS

La Reina Valera Contemporánea es la  última versión editada basándose en el conocido texto en español . Según sus editores, en ella se renuevan las versiones arcaicas y los pasajes de difícil entendimiento, sin comprometer el estilo y la precisión del texto.

Los nombres y la sintaxis también se han actualizado para que coincida con las convenciones de la lengua española contemporánea. Millones de cristianos lectores en español utilizan el texto Reina Valera, y ahora también está disponible en la  web Bible Gateway , junto a otras populares versiones como NVI, Dios Habla Hoy o La Biblia de Las Américas, algunas de ellas también en audio.

Las Sociedades Bíblicas Unidas han facilitado que el texto esté disponible en esta rápida y útil herramienta, usada tanto para la lectura como para el estudio de la Biblia desde la web.

Bible Gateway es una herramienta para leer e investigar las Escrituras en Internet. Ofrece capacidades avanzadas de búsqueda, que permiten a los lectores encontrar y comparar pasajes específicos basándose en palabras clave, frases o referencias de las Escrituras.

Esta web  se inició en 1993 por la iniciativa de Nick Hengeveld . En 1995 Nick se convirtió en el primer webmaster de Gospelcom.net, ahora  Gospel.com . La web incluía entre sus servicios Bible Gateway, que desde entonces ha crecido agregando nuevas traducciones, idiomas y nuevas funciones al sitio.

Fuentes: LaBibliaWeb

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Camino de Emaús con Baricco

Publicado: septiembre 19, 2011 en Cultura, Literatura

José de Segovia Barrón
Camino de Emaús con BariccoEl libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana.
 Mientras hablo estos días con los monseñores del Vaticano sobre la autoridad de la interpretación de las Escrituras  – en una consulta teológica de la Alianza Evangélica – , leo en la habitación de este palacio romano la novela del escritor italiano Alessandro Baricco, que ha publicado Anagrama este año en Barcelona.  Emaús  es la historia de cuatro adolescentes católicos de clase media, que viven en el norte de Italia durante los años setenta. La aparición de una chica de clase alta y costumbres liberales trae una crisis moral y espiritual a estos jóvenes, que supondrá el derrumbe de todas sus certezas.Este libro es –como dice Paolo Di Paolo– sobre “la pérdida, el sentimiento de pecado, la irracionalidad del dolor, la familia, el desengaño de la felicidad, el esfuerzo de crecer, o tal vez de comprender, la piedad”. Temas como el catolicismo, la fe, el Calvario y la resurrección, pueden descolocar a los lectores habituales del autor de novelas como  Seda  o  Novecento  –que algunos conocerán por el cine– .  Como dice Di Paolo, Baricco ha hecho probablemente aquí su novela más valiente y hermosa.

 El escritor de Turín cuenta así una historia de aprendizaje, basada sin duda en su propia experiencia –nació en 1958– de superviviente de un grupo de amigos, cuya vida queda fatalmente truncada por el suicidio, la droga y el crimen. Este relato de decadencia y caída está marcado por la “obstinada resistencia” a una educación católica, que conoce muy bien el lector latino, que creció en una época en que todavía la religión ocupaba un lugar importante en la vida social.

 EDUCACIÓN SENTIMENTAL CATÓLICA
A algunos les resultará algo extraño “el heroísmo” –como a Baricco le gusta llamarlo– de una juventud que se dedica a cantar en la iglesia y asistir ancianos olvidados en la sección de urología de un hospital. El tema de la sexualidad reprimida marca la educación sentimental de una generación que ha descubierto la vida como una “asignatura pendiente”. En este caso, la desinhibida Andre hace irrumpir con su libertad de costumbres, la despreocupada vitalidad pagana, en el asfixiante moralismo de una realidad familiar, donde “no se acepta la realidad del mal” (pág. 35).

Los setenta no sólo fueron  años de plomo  para Italia. Muchos jóvenes no se sintieron atraídos por la lucha revolucionaria, que relacionamos con el terrorismo de aquella época.  En los años posteriores al Concilio, hay una religiosidad atractiva que busca un mundo diferente por la honestidad y la solidaridad. La derrota de ese idealismo hizo que esa generación perdiera la capacidad de soñar. Lo que muchos relacionan con el fracaso de la izquierda en Italia y la aparición del  berlusconismo .

El libro es una mirada a la educación sentimental católica, un ambiente opresor y espiritual al mismo tiempo, muy habitual en una época que ahora nos parece lejana. Es una obra también sobre la adolescencia, un tiempo de pasión, energía, hambre de emociones y búsqueda del sentido de la vida. El narrador la recuerda con la voz de la desilusión, más lúcida y crítica, cuando todo ha terminado y vuelve la rutina. Se cierra así en falso una crisis, que marca toda la vida.

 ¿LA SEDUCCIÓN DE LA CARNE?
 El autor dejó ese mundo para siempre, pero observa que se ha llevado algunas cosas que le acompañan toda su vida. Por un lado, un complejo de culpa permanente, pero también la solidaridad, compasión y atención a los demás, que no te hacen perder la inclinación a lo espiritual. Eso, para él, es una herencia positiva, pero dolorosa. 

 ¿Es la seducción femenina de Andre símbolo del pecado, o de la libertad? “Es la espiral de un mundo distinto” –dice Baricco en una entrevista con el diario El País –, donde “el cuerpo no es sólo demonizado, sino usado, utilizado como fuente de placer”. Ella abre así “otro camino posible para dotar de un sentido a la vida”.

Baricco se atreve incluso a plantear en clave teológica la contradicción constante en el pensamiento cristiano entre alma y cuerpo. Utiliza para ello el relato evangélico, tanto de la resurrección de Lázaro como del encuentro de los discípulos con el Cristo resucitado, camino de Emaús. El desconocimiento de la identidad de Jesús en esta historia –“el Mesías estaba con nosotros, y nosotros no nos hemos dado cuenta” –, se ve como una analogía de la vida como un camino en el que intentamos descubrir quiénes somos, y al final uno se pregunta: “¿Cómo hemos podido no saber, durante tanto tiempo, nada?” (pág. 65).

 LA RELIGIÓN Y EL EVANGELIO
 Hay dos formas en las que podemos querer ser nuestro propio señor y salvador. Podemos decir: “voy a vivir mi vida como quiera”. O como el protagonista de la novela de Flannery O´Connor, Hazel Motes en  Sangre sabia,  descubrir que “la mejor forma de evitar a Jesús es evitar el pecado”.  Porque si uno intenta vivir moralmente, para que Dios te haga bien y te salve, Jesús puede ser tu modelo o tu maestro, pero no tu Salvador. Estás confiando en tu propia bondad, más que en Cristo Jesús. Intentas salvarte a ti mismo, siguiendo a Jesús.

 Esto es, irónicamente, un rechazo del evangelio de Jesús, una forma cristianizada de religión, intentando mantener la moralidad, pero evitando a Jesús como nuestro Salvador. Los personajes de  Emaús  descubren que “mucho antes que en Dios, creemos en el hombre –y tan sólo esto, al principio, es la fe” (pág. 89). Hasta que un día descubren quecaminan “ciegos, al lado de amigos y amores que no reconocemos, fiándonos de un Dios que ya no sabe nada sobre sí mismo” (pág. 66).

 Hay un abismo de diferencia entre un Dios que nos acepta por nuestro esfuerzo moral y espiritual, y el Dios que nos recibe por medio de lo que Jesús ha hecho. La religión opera sobre el principio: “Yo obedezco –por lo tanto soy aceptado por Dios–”. El principio central del Evangelio es que “soy aceptado por Dios a través de lo que Cristo ha hecho –por lo tanto obedezco–“.

En la religión, creemos que si no obedecemos, perdemos el favor de Dios, en este mundo y en el venidero. Mientras que en el Evangelio, la motivación es la gratitud por el bien que ya hemos recibido por medio de Cristo. En la religión de  Emaús,  un día descubriremos que nos hemos perdido por el camino, mientras que por el Evangelio de Jesús somos salvos no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que Cristo ha hecho por nosotros. La diferencia está en si nuestro camino, es Aquel que nos dice: ·Yo soy el Camino” ( Juan 14:6 ).

Autores: José de Segovia Barrón

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‘London Calling’, de The Clash

Una canción contra el sistema promueve los Juegos Olímpicos en Londres

La canción elegida por el comité organizador dibuja un Londres cercano a una situación apocalíptica.

12 DE AGOSTO DE 2011, REINO UNIDO

En un Londres convulsionado, la canción  London Calling , de  The Clash , como sintonía de varios anuncios publicitarios de los Juegos Olímpicos, suena apocalíptica. Y parece casi una ironía viendo lo que se está viendo estos días en Inglaterra,

 Tal vez los miembros del comité organizador de Londres 2012 sólo se hayan fijado en ese repetitivo y contagioso «London Calling» , cantado repetidas veces por Joe Strummer y que en español se puede traducir como «Londres al habla» o «Llamamiento desde Londres». Y no sería extraño que la intensidad vocal de Strummer, la potencia bruta de la batería de Nicky Topper Headon y la guitarra cortante y expansiva de Mick Jones nublara sus oídos hasta el punto de  no percatarse de que, en realidad, la letra dibuja un Londres al borde del apocalipsis nuclear, medioambiental y político. El clímax de la canción lo dice alto y claro: «Londres se está hundiendo y yo vivo junto al río».

Cuando Strummer escribió la canción, Inglaterra estaba sumida en una grave crisis de desempleo y xenofobia, una temática recurrente en la discografía de The Clash. The guns of Brixton, incluida en el mismo disco y compuesta por el bajista Paul Simonon, predijo los disturbios raciales que estallarían al año siguiente en el sur de Londres y criticaba la brutalidad policial. Las movilizaciones contra la energía nuclear y la preocupación por el clima también vivían un momento álgido. Por si fuera poco, Margaret Thatcher llegaba al poder.

 UN GRITO DE RABIA
 El título de la canción hace referencia a la consigna que utilizaba el servicio de información de la BBC durante la Segunda Guerra Mundial para identificarse en los territorios ocupados por los nazis. Strummer vivía a finales de los setenta su propia guerra, social y profesional: la banda no tenía manager, acumulaba deudas y estaba peleada con su sello discográfico. London Calling era su grito de rabia, la frustración motivada por un sistema que aplastaba al débil y la predicción de que algo mucho más oscuro estaba a punto de llegar. Casualidad? Resulta curioso que en estas últimas semanas, Londres sea una ciudad dominada por las revueltas sociales convocadas mediante las redes sociales.

Según el crítico musical Marcus Gray, biógrafo de The Clash, «London Calling es el clásico ejemplo de canción que ha llegado a ser tan familiar que su significado original se ha perdido».

«Se reconoce al instante y en su superficie es la invitación perfecta para la ciudad y la inauguración del evento deportivo, pero realmente habla del fin del mundo, al menos tal y como lo conocemos», declaraba Gray a la BBC.

 MALENTENDIDO
No es la primera vez que se produce un malentendido con una canción. En los ochenta, Ronald Reagan llegaba a sus mítines sonriendo y saludando alegremente mientras de fondo sonaba una atronadora Born in the U.S.A. El político incluso mencionó el nombre de Springsteen como ejemplo a seguir por los jóvenes americanos. Nadie le avisó de que la letra de la canción no era ningún fervoroso alegato patriótico, sino una abrasiva crítica a la América profunda.

Fuentes: Público

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