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La Gracia de Valor de ley

Publicado: marzo 18, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón

La Gracia de Valor de ley

La gran derrotada de los Oscar –tras diez candidaturas–, Valor de ley, es una excelente película de un género casi olvidado, el western.

15 de marzo de 2011

El film de los hermanos Coen comienza con una cita de Proverbios –“Huye el impío sin que nadie lo persiga” (28:1) –, mientras de fondo suena el primero de muchos himnos evangélicos, que acompañan este oscuro viaje al corazón de las tinieblas.Nos guía la voz de una niña, que escucha el clamor de la sangre de su padre en un mundo cruel, donde “nada es realmente gratis, excepto la gracia de Dios”. 

Pocos directores tienen hoy tal pasión por el cine como estos directores judíos. Toda su obra es un homenaje al séptimo arte. Desde sus inicios en el cine negro, han recorrido diversos géneros, pero nunca se habían enfrentado al más específicamente cinematográfico: el western. Este mundo crepuscular de finales de los años sesenta, es recuperado en esta película con un respeto hasta ahora desconocido en la carrera de Joel y Ethan Coen. Su habitual ironía y continuo recurso al pastiche –como mecanismo de defensa, al estilo Tarantino–, dan lugar aquí a una obra sorprendentemente clásica, que no es extraño que algunos califiquen de operación comercial.

Los Coen no han hecho propiamente un remake de la película de 1969 protagonizada por John Wayne y el cantante Glen Campbell, sino que se han ido a la novela original de Charles Portis(publicada ahora en Debolsillo, pero escrita un año antes que el film de Hathaway). La historia sigue con el libro la evocación adulta que hace una mujer piadosa –Mattie Ross–, que recuerda su paso de la inocencia a la madurez, adentrándose en una noche oscura que la enfrenta al poder del mal. Su visión del cadáver del padre y la ejecución de unos proscritos le enfrenta a un mundo fúnebre, donde la muerte es una realidad cotidiana.

UN REINO DE SOMBRAS
Aunque Mattie lleva todavía trenzas, muestra la resolución de una adulta. La increíble historia de esta jovencita en un Oeste bruto y masculino se presenta tan poco idealizada que conocemos al supuesto héroe dentro de una letrina. La determinación de Mattie la protege en este entorno hostil, donde un aventajado pistolero se resiste a ocupar el lugar de su padre muerto. Tuerto, gordo y mal hablado, el personaje que interpreta Jeff Bridges –Rooster Cogburn–, es contratado para buscar al asesino, acompañando por esta adolescente en su incursión por territorio indio.

Esta chica huérfana emprende su viaje mirando de frente a la muerte: el ataúd de su padre; los ahorcamientos en la calle;los cadáveres junto a los que pasa la noche en la morgue; los disparos a bocajarro dentro de la cabaña; los muertos apilados a la puerta; el hombre colgado de un árbol; el disparo de la niña contra el asesino de su padre; la mordedura de la serpiente; los muertos que van dejando atrás, mientras cabalga con Rooster; el caballo rematado; y la tumba del final. Todo un Oeste sombrío y mortuorio, donde “el tiempo simplemente se nos escapa”, como dice ella al final.

La película de los Coen no es una simple historia de venganza –como suele ser habitual en elwestern–, ni un relato sobre un viejo sheriff borracho –como en su versión crepuscular–, sinoun acercamiento al misterio de la iniciación a la vida, el paso de la infancia a la adolescencia entre los fantasmas de un reino de sombras. Narra el tránsito por el lado oscuro de una frontera, que nos conduce a parajes tenebrosos, adentrándonos en el abismo del mal, donde la inocencia entra en contacto con las tinieblas.

EL EVANGELIO SEGÚN EL WESTERN
Si el anterior trabajo de los Coen, Un tipo serio (2009), era “su película más judía” –según dijo Ethan en el festival de Berlin–, ésta cree que es “la más presbiteriana”. La cinta está llena de referencias a la tradición protestante. Hace incluso algunos chistes prácticamente incomprensibles para aquel que no está habituado más que a la religión católica.Cuando los protagonistas están rodeando una cabaña, gritan: ¿quién está ahí? La respuesta no puede ser más pintoresca: “¡Un metodista y un hijo de perra!”. Ya que uno de los dos ladrones de caballos es el hermano de un predicador del circuito metodista de Austin – ¿cuántos evangélicos incluso, sabrán hoy lo que es eso? –, que es disparado a continuación.

La moral americana que refleja el western parece seguir la ley del diente por diente del Antiguo Testamento.La violencia está en el pecado original de una nación que crece mediante el exterminio del indio. La pérdida de la inocencia del mundo idílico de los padres peregrinos oscurece el mito de la América cristiana, construida sobre el sueño puritano de una nueva Jerusalén. El nido de la serpiente está escondido debajo de la tierra prometida, como el pecado contamina la tierra conquistada tras el Éxodo. La herencia de Dios no parece estar en esta tierra, tal y como ahora la conocemos.

Al final de este sombrío viaje por un Oeste espectral y mortuorio, descubrimos cómo en esta vida, que “el tiempo simplemente se nos escapa”. El yermo estéril de una existencia que nos aboca a la tumba, se ve sin embargo iluminado por el destello de la gracia. La herencia que esperamos está finalmente en otro mundo, que la protagonista descubre al verse sostenida por unos brazos eternos.

BRAZOS ETERNOS
La imagen crística de Rooster cargando con esta niña, hasta su último aliento, nos muestra el poder liberador de la gracia que nos lleva a los brazos del Salvador. Como en las palabras del himno norteamericano Apoyado en los brazos eternos Leaning on the Everlasting Arms, conocido en el mundo hispano como Dulce comunión, cantado por Iris Demont en los créditos finales–, descubrimos un “tierno amor” en este mundo cruel, siendo “libres y salvos del pecado y del temor”.

Basado en las palabras de Deuteronomio 33:27, el himno refleja la experiencia del pueblo judío después de muchos años en el desierto. Sus frágiles tiendas les muestran su vulnerabilidad en una tierra donde tienen que encontrar su refugio en unos brazos invisibles y eternos. Israel descubre así finalmente que la herencia es Dios mismo. Es en Él que “no habré de temer / ni aun desconfiar”. Ya que “en los brazos de mi Salvador / por su gran poder / Él me guardará”.

Esa herencia es “guardada para nosotros” – dice Pedro (1 P. 1:5) –, pero nosotros también “somos guardados” para ella. Mientras viajamos por el desierto como “extranjeros y peregrinos”, nos apoyamos en la promesa de esta herencia, que es finalmente conocer a Dios como nuestro Padre. Su obra de salvación nos libra del mal, tanto dentro como fuera de nosotros. Si confiamos y esperamos en Dios (v. 21), descubriremos en Él una herencia que no se pierde, contamina o marchita (v. 4), sino que nos da seguridad, libertad incluso de nosotros mismos y una belleza que siempre nos asombrará. Porque Dios es la buena noticia de ese Evangelio eterno.

Autores: José de Segovia Barrón

© Protestante Digital 2011

La vida no es biutiful

Publicado: febrero 27, 2011 en Cine

José de Segovia

Javier Bardem es un hombre agobiado por la culpa y el dolor en la película del director mexicano Alejandro González Iñárritu, que le ha valido el premio Goya al mejor actor, el del Festival de Cannes y la nominación al Oscar por Biutiful.

22 de febrero de 2011

El titulo no puede ser más irónico. Esta es una historia sórdida en una Barcelona fea y miserable, que muestra la realidad social más cruda de inmigrantes ilegales, que intentan sobrevivir en talleres clandestinos, trabajando en la construcción o vendiendo en la calle. Su protagonista es un español que vive de la explotación de extranjeros.

El personaje de Bardem tiene un nombre tan poco habitual –Uxbal–, como el carácter moral que representa. Como ha dicho el famoso crítico de cine de Chicago, Roger Ebert, en una época en que “millones se entretienen con películas de una violencia fría y amoral, a veces es bueno simplemente ver a un ser humano que le importan las consecuencias de sus actos”. Bardem es aquí “un hombre que sufre sencillamente porque no puede hacer cosas buenas”.

El tenebrismo moral del director de Amores perros y21 Gramos nos vuelve a presentar un melodrama, dominado por sus temas recurrentes –la pobreza, la violencia y la muerte–, esta vezsin su habitual guionista, Guillermo Arriaga. Tras el conflicto surgido enBabel, los dos intentan mostrar su personalidad en películas Biutiful de Iñárritu y Lejos de la tierra quemada de Arriagaque muestran la ausencia de su colaboración. Aunque Biutifulcarece de la complejidad que hacía de sus títulos anteriores un auténtico puzle, sigue mostrando la tendencia de Iñárritu a perderse en historias colaterales, como la de los explotadores chinos.

Estamos sin embargo ante una historia dominada por un solo personaje interpretado por Bardem con la fisicidad que ha hecho de él un auténtico animal escénicoen una sola ciudadlos suburbios de un barrio periférico de Barcelona, en las antípodas de la postal turística que Woody Allen filmó en Vicky Cristina Barcelonacon una narración directa en su propia idioma castellanoy el de los inmigrantes el senegalés wolof y el chino–. Biutiful traza así un mapa del dolor en torno a un individuo que muestra una capacidad ilimitada para acumular infortunios.

UN RÉQUIEM PROFUNDO
La historia es casi de culebrón. Uxbal es un huérfano que amontona desgracias. La madre de sus hijos es una alcohólica bipolar irresponsable, que le es infiel con su propio hermano drogadicto. Vive en un submundo de trapicheos ilegales, sucio y sin escrúpulos. Y para colmo, le diagnostican un cáncer en estado terminal…

Iñárritu cuenta esta tragedia en un tono grave, que hace que algunos le califiquen de grandilocuente y excesivo. El Negro sin embargo –como le llaman en México, por su visión nada alegre de la vida– no deja de recordarnos que “nuestra existencia, tan rápida como el parpadeo de una estrella, sólo nos revela su inefable brevedad al sabernos cerca de la muerte”.Dice Octavio Paz que la muerte en la cultura mexicana es corporal –se ve y se toca–, mientras que para los norteamericanos es abstracta y desencarnada –no se ve, sino que se reduce a la ausencia, la desaparición de la persona–.

Biutiful es para el director mexicano “una reflexión acerca de nuestra breve y humilde permanencia en esta vida”. Su naturalismo adquiere sin embargo un carácter sobrenatural, al atribuir al protagonista la capacidad de comunicarse con los que acaban de morir presentada también como un don indeseable, al estilo del protagonista de Más allá de la vida de Clint Eastwood. Sólo que aquí adquiere la solemnidad de tratarse de un enfermo terminal que, habiendo frecuentado la muerte de los demás, se dispone a asistir a la suya propia.

Iñárritu dice que se pregunta últimamente “¿a dónde vamos?, ¿en qué nos convertimos cuando morimos?”. Su respuesta –como la de Eastwood–, no es la de un creyente: “En la memoria de otros”. El protagonista tiene la nostalgia del padre, que murió con integridad en la dignidad del exilio mexicano, mientras que él vive en vergüenza. En la angustiosa y vertiginosa carrera contra el tiempo, que Uxbal enfrenta, su vida recibe una nueva luz, a medida que cae por el oscuro pozo de la muerte.

INVIERNO DEL ALMA
Para algunos, la vida tiene la luz del verano, el verde de la primavera o las hojas caídas del otoño. El agua corre, hay risas y calor. El invierno, al principio, no muestra la belleza de esos paisajes nevados y destellantes plantas heladas. Son escenarios yermos de árboles pelados, cielos grises y plantas marrones muertas.

En el invierno temprano de Biutiful todo está roto. La vida decae y uno no está todavía preparado para marcharse. Nuestra oscura existencia en esta ciudad nos enfrenta a un mundo cruel, que vemos desde los ojos dolorosos de Bardem. Su turbia conducta es responsable en parte de la injusticia que provoca tanto dolor, temor y ruina en torno suyo. Aunque su compasión por los niños muestra la desolación de un alma huérfana, que ansía ver el cuerpo exhumado y expatriado de un padre que nunca conoció, para acariciarlo y besarlo entre lágrimas.

Son los hijos de Uxbal los únicos que logran arrancarle una sonrisa. Y es sólo con los ojos de un niño que la muerte adquiere una luz invernal, mientras la nieve cae lentamente.Junto a la figura de la lechuza muerta que aparece al principio, vemos ahora al padre desconocido con ojos infantiles, haciendo el sonido del agua y el viento.

Iñárritu dedica a esta película a su padre, que sufre una enfermedad terminal como la de Uxbal, aunque con ochenta años. Ve sus cosas buenas y sus cosas malas y concluye que “nadie es totalmente bueno ni totalmente malo”. Ya que como “no somos ni diablos ni ángeles”, le parece que “somos un poco las dos cosas”…

CON OJOS DE NIÑO

El cine de Iñárritu nos confronta con una realidad que a nadie le resulta agradable. Películas como ésta, sin embargo, nos ayudan a entrar en el dolor del mundo y darnos cuenta lo que otros experimentan. La inocente observación de la niña que da título a esta historia nos recuerda que la vida se ve de forma diferente con ojos infantiles.Esta es además la redención del personaje, no en particular algo que haga por los demás.

Jesús también nos dice que debemos hacernos como niños para entrar en el reino de los cielos(Mateo 18:3). Esto no es posible, sin embargo, sin haber muerto antes a uno mismo. Ya que “el que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

Es cuando perdemos toda confianza en nosotros mismos y nos vemos débiles e impotentes, que buscamos la ayuda de otros. Recibimos así la gracia cuando nos vemos indignos de recibir cualquier bondad de parte de Dios. Nos damos cuenta de que estamos sin recursos e incapaces de poder salvarnos del juicio. Y clamamos por gracia y Dios tiene misericordia de nosotros en Cristo.

Esa gracia es la que nos lleva de la mano aún por “valle de sombra de muerte, no temiendo mal alguno, porque El estará con nosotros” (Salmo 23:4). Él es “el buen Pastor que da su vida por las ovejas” (Jn. 10:11). En la oscuridad de la noche, “su vara y su cayado nos infundirán aliento”, sabiendo que “ciertamente el bien y la misericordia nos seguirán todos los días de nuestra vida” (Sal. 23:6). Porque viviremos en la casa del Padre, que nos espera al final de este bosque nevado.

Autores: José de Segovia Barrón

© Protestante Digital 2011

Vida más allá de la vida

Publicado: febrero 9, 2011 en Cine

Más allá de la vida es una de las películas más sorprendentes e interesantes de Clint Eastwood. Aunque muchos insisten en lo extraño de su propuesta, no hay nada raro en que alguien con ochenta años se pregunte qué hay después de la muerte. “Todas las religiones han tratado de enfrentarse a esta pregunta”, dice Eastwood.

 

Lo que le atrajo sin embargo de esta historia, es que “tiene un sentido espiritual, sin un toque religioso en particular”. Como toda creación humana, nos habla más de la amargura del más acá, que de la esperanza del más allá.

Puesto que es la conciencia de la muerte, la que nos revela la tragedia de la vida. Es así como descubrimos “el fracaso o la futilidad del éxito, la imposibilidad del amor o la frustración de las relaciones perdidas”. Son, como dice Antonio José Navarro en Dirigido Por, “prolegómenos de la muerte, aunque, irónicamente, sean parte de la vida”. Más allá de la vida examina con poética melancolía las vivencias de unos personajes, cuyas vidas se cruzan, en su atormentada relación con un mundo, “donde la compasión y la indiferencia son difíciles de distinguir”.

Así la periodista Marie (Cécile de France) descubre la frivolidad inconsciente de su vida, cuando sobrevive al tsunami mientras pasa sus vacaciones en Indonesia. El niño londinense Marcus (el impresionante Frankie McLaren), sufre las injusticias de la vida, que producen la repentina muerte de su hermano gemelo, mientras su madre alcohólica es ingresada en un centro de rehabilitación y él es destinado a un hogar de acogida en un mundo donde se siente perdido. A la vez que George (un contenido Matt Damon) lleva una existencia solitaria en San Francisco, a causa de unos dones excepcionales que le incapacitan para asumir las responsabilidades y cargas que la vida conlleva.

FIGURAS ESPECTRALES
El cine dirigido por Eastwood ha mostrado siempre una ambivalente relación entre los vivos y los muertos. Desde el universo onírico de su debut a lo Hitchcock en Escalofrío en la noche (1971) hasta la figura espectral de Gran Torino (2006), hay todo un recorrido por vengadores angélicos que irrumpen en el horizonte con dimensión fantasmal –como los protagonistas de sus westerns, Infierno de cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), El jinete pálido (1985) o el mismo Sin perdón (1992) –.

Sus protagonistas parecen a veces cadáveres vivientes –como el Red Stovall de El aventurero de medianoche (1982) o el Charlie Parker de Bird (1985) –. Incluso en las historias más luminosas –como Los puentes de Madison (1995) –, hay un secreto del pasado que transforma la vida en este presente mundo gris. Muchos han recordado, a propósito de esta última película, el personaje de la médium Minerva en Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), que nos dice que “para entender a los vivos, hay que comunicarse con los muertos”.

La pasión de Eastwood por los claroscuros hace que en su cine abunden las secuencias lúgubres y oscuras. Las imágenes del director de Mystic River (2003) y Million Dollar Baby (2004) están llenas de sombras densas y profundas, que aquí contrastan con la luz de unas escenas de colores fuertes y saturados, como sugiriendo la diferencia entre la vida y la muerte. Más allá de la vida nos muestra el carácter misterioso e inquietante de la muerte, que revela la fragilidad humana.

UNA HISTORIA DICKENSIANA
El guionista y dramaturgo británico Peter Morgan –autor de La reina, El último rey de Escocia o El desafío: Frost contra Nixon– escribió esta historia después de leer el libro de una periodista inglesa, Justine Picardie, sobre la muerte repentina de su hermana.En él narra cómo visita médiums espiritistas y personas que dicen poder transmitir la voz de los muertos, a la vez que experimenta un proceso de luto. Morgan piensa así en ese niño que pierde a su hermano gemelo, cuando muere un íntimo amigo suyo, que le deja preguntándose en el funeral dónde está ahora y qué habrá pasado.

El agente de Morgan lo envió a una productora que pensó en alguien interesado en lo sobrenatural como Night Shyamalan. Estando un día con Spielberg, le escuchó una conversación con él por teléfono y pidió a Morgan que reescribiera el guión. Al final Spielberg prefiere el original, que propone a un ya octogenario Eastwood. El director se enfrenta así por primera vez a tres historias cruzadas, que hace confluir con dificultad en la Feria del Libro de Londres.

El personaje de Matt Damon (George) tiene una especial devoción por Dickens. Su retrato decora el recibidor del apartamento y cada noche escucha esos audio-libros ingleses en los que un conocido actor –como Derek Jacobi en la película–, lee fragmentos de obras como Cuento de Navidad o los Papeles póstumos del Club Pickwick. Por si esto fuera poco, George visita su casa-museo en Londres y escucha al protagonista de Yo, Claudio leer partes de uno de sus libros en vivo. Uno de los grandes temas de Eastwood –la infancia maltratada– logra así su dickensiano reflejo en el vulnerable y sensible Marcus, cuyo dolor te conmueve hasta las lágrimas.

PENSAR EN LA MUERTE
Decía Platón que la verdadera filosofía no es sino una meditación sobre la muerte. El tono lento y moroso de Más allá de la vida choca a un público actual, escasamente preparado para la reflexión que supone la contemplación solemne de un tema tan serio y grave. Quien piensa que tras la espectacular reconstrucción del tsunami índico del año 2004, viene una película de atropellada acción al estilo comercial que impera hoy en Hollywood, se verá totalmente decepcionado. Lo que Eastwood llama ya su película francesa, tiene poco que ver con el entretenimiento del cine de evasión, que no se quiere enfrentar a las cuestiones realmente importantes de la vida.

Durante mucho tiempo pensamos, como el poeta Paul Valery, que la muerte es eso que sólo suele suceder a los demás. Cuando uno llega sin embargo a la edad de Eastwood se encuentra que la muerte es algo personal e intransferible.Una cita a la que ninguno de nosotros podemos escapar, que constituye la mayor certeza a la que nos enfrentamos en esta vida. Algo que nos iguala, sea cual sea nuestra condición y fortuna en este mundo. Haríamos bien por lo tanto en pensar más sobre ella…

El escritor William Saroyan dijo antes de morir de cáncer en 1981: “Todos tenemos que morir, pero yo siempre he creído que se podría hacer una excepción en mi caso”. Es así cómo generalmente vivimos, como si nuestro caso fuera a ser la excepción. Woody Allen ha dicho: “Yo no tengo miedo de morir, sólo no quiero estar allí cuando eso ocurra”. Es la falsa confianza por la que pensamos que no debemos temer a la muerte, porque nunca vamos a coexistir con ella. Se ve como una amenaza, que termina con nuestra existencia. Pero ¿qué ocurriría si la muerte no es el fin?

¿VIDA DESPUÉS DE LA VIDA?
El guionista Peter Morgan, dice Eastwood que no cree que haya vida más allá de la muerte. Lo que explica el cómico peregrinaje del niño Marcus por los gabinetes de toda clase de médiums y parapsicólogos. La supuesta ciencia del que graba psicofonías mediante un absurdo cacharro es puesta al nivel de la vidente que finge hablar con espíritus. El mundo esotérico está lleno de fraude y superchería. Los religiosos que aparecen hablando también en los videos de Internet suenan igualmente falsos, aunque invoquen el nombre de Jesucristo.

Por otra parte, la historia le da una cierta credibilidad a las experiencias cercanas a la muerte, que popularizó el llamado Dr. Moody en Vida después de la vida (1975), que era en realidad un personaje esotérico fascinado por el ocultismo y las religiones orientales. La idea de que hay una evidencia científica para la vida después de la muerte, porque la gente ve figuras y luces, mientras experimenta una sensación de paz, convence al personaje de Marie, tras entrevistarse con la doctora que interpreta la recuperada actriz suiza Marthe Keller –que parece un trasunto de la tanatóloga espiritista Kubler-Ross–.

Estas experiencias de las que habla la película no son de personas que han estado realmente muertas, sino que les parecía que se morían, o estaban sólo “clínicamente muertas”. Hay para ello explicaciones físicas –una falta de oxigeno en el cerebro, que produce alucinaciones–, neurológicas o espirituales, pero lo que básicamente ocurre es que la gente ve lo que quiere ver. La sensación de paz y bienestar refleja el deseo humano de que al final nuestros actos no tengan consecuencias. Puede ser por lo tanto un engaño incluso de aquel que se presenta como ángel de luz (2 Corintios 11:14). Puesto que niega la realidad de un juicio después de la muerte.

PERDÓN Y VIDA ETERNA
El personaje de la joven con una sonrisa –interpretada por Bryce Dallas Howard– que George encuentra en el curso de cocina, esconde un drama que refleja la necesidad del perdón. Su contacto psíquico trae una voz del pasado de un padre arrepentido que busca el perdón de su hija.La reacción significativa de ella es la huída, por la que se rompe lo que parecía el principio de una bonita relación. El pasado deja así heridas que el presente no puede curar.

El perdón de Dios es el acto por el que coloca nuestra vergüenza sobre Cristo y deja caer sobre Él las consecuencias de todo nuestro mal. Es un perdón completo e incondicional. ¿Cómo puede pasar por alto nuestras ofensas? Lo hace por su gracia y la obra de Jesucristo. En la cruz ha echado sobre su espalda todos nuestros pecados (Isaías 38:17). O sea que ya no puede verlos. El Salmo 103:12 dice que los ha puesto a la distancia que está el oriente del occidente. Son extremos que nunca se encuentran. Así el pecado está fuera de la vista de Dios. No es que esté ciego y ya no pueda verlo. Es que no quiere verlo. O mejor dicho, ve al pecador que tiene fe,por la justicia de Cristo Jesús, que pagó nuestro castigo.

La vida que nos da Jesús no es sólo eterna en la duración, sino plena en su satisfacción. En esta vida, todo llega un momento que nos decepciona. Queremos algo con todo nuestro ser, pero en cuanto lo tenemos, deja de interesarnos. No es así con la experiencia eterna de tener a Dios como Padre. Esa es de un asombro constante…

No sé cuánto recordaremos de lo que ha pasado antes, pero hay algo en el tiempo y en el espacio que nunca olvidaremos. El que está sentado en el Trono es un Cordero inmolado, sacrificado por nosotros. La cruz nos dirá mucho más de lo que nos ha dicho hasta ahora. Nos mostrará en qué consiste el amor de Dios, inagotable e insondable, al que volveremos una y otra vez. Algo que despertará en nosotros una continúa alabanza. “Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apocalipsis 7:17).

© Protestante Digital 2011

La semilla del diablo

Publicado: febrero 3, 2011 en Cine, Sociedad

José de Segovia
Ediciones B acaba de publicar en Barcelona la novela de Ira Levin (1929-2007), sobre la que se basó la película de Polanski conocida en España como La semilla del diablo (originalmente titulada El bebé de Rosemary). El escritor judío neoyorquino escribió este libro en 1967, antes de llegar a ser famoso en los años setenta por obras como Las poseídas de Stepford o Los niños del Brasil, llevadas también al cine. Su relato más conocido es sin embargo esta novela,
25 de enero de 2011

 

Guy y Rosemary son una joven pareja neoyorquina –interpretada en el cine por el director independiente John Cassavetes y la vulnerable actriz Mia Farrow, entonces conocida por una serie de televisión llamada Peyton Place y su matrimonio con el cantante Frank Sinatra, que le pidió el divorcio durante el rodaje–. Guy es un actor secundario, que vive de su trabajo en la publicidad. Aunque ha participado en una obra sobre Lutero –probablemente el drama que hizo John Osborne en 1963–, no ha logrado todavía un papel importante, cuando se mudan a un apartamento en un antiguo edificio del siglo XIX.

En la novela, la casa Bramford está inspirada en el Osborne –al lado de Central Park, no muy lejos del Dakota, edificio que convierte Polanski en un protagonista más de la película–. Allí vivió una temporada efectivamente Aleister Crowley, que después de haberse criado en una Asamblea de Hermanos en Inglaterra, comenzó el satanismo moderno, llevado por su identificación enfermiza con los personajes malignos de la Biblia. En la puerta del Dakota murió también John Lennon, asesinado por Mark Chapman en 1980.

Hoy en día parece increíble que personas con pocos medios económicos pudieran vivir allí, pero hay que darse cuenta que en los años sesenta había leyes que impedían subir los alquileres antiguos más allá de un porcentaje mínimo. Los vecinos de los protagonistas de esta historia son unas personas mayores, que los acogen como si fueran sus hijos. Es cierto que la señora Minnie –magistralmente interpretada por Ruth Gordon, que se llevó un Oscar por la película– es algo entrometida, pero ella y su marido Roman, no aparentan ser más que un matrimonio excéntrico.

¿RELIGIÓN O SUPERSTICIÓN?

Cuando los invitan a cenar sus vecinos, el anciano Roman se muestra en la mesa como alguien crítico de “la hipocresía de la religión organizada”. Hablan del papa, que visita por primera vez Estados Unidos en 1965. El hombre le describe como un “brillante actor” y muestra simpatía por Lutero, que ha visto en una obra de teatro, en la que Guy tenía un papel secundario. Rosemary se muestra incómoda por su falta de respeto.

Descubrimos por un sueño que ha estado en un colegio de monjas, que la ha dejado traumatizada.

Para muchos críticos, esta es la clave para responder a la pregunta de si todo lo que viene a continuación, ocurre en realidad, o es resultado simplemente de la imaginación de Rosemary. Polanski alimenta esa ambigüedad, siguiendo fielmente la novela de Levin, que no se muestra claramente creyente en lo sobrenatural. Es significativo en ese sentido la aparición de la famosa portada de la revista Time en 1966, con la pregunta ¿Ha muerto Dios?, que ella encuentra en la sala de espera, cuando va a ver al médico. Estamos en una época en que la ciencia parece haber sustituido a la religión.

Sin embargo ahí está la superstición del amuleto que cuelga del cuello de Rosemary. El talismán despierta un desagradable hedor, que dicen proviene de la raíz de algo llamado tannis. Es un nombre griego que viene de una diosa de la fertilidad en forma de serpiente. En la historia se le atribuye un poder mágico, que ella cree al principio da buena suerte, pero luego identifica con una influencia maléfica. Nuestro mundo está lleno de tales contradicciones. La gente dice que no es religiosa y luego lleva pulseras de la suerte…

CUESTIÓN DE FE

Es evidente que La semilla del diablo despertó toda una moda de interés en el satanismo, que se mantiene hasta el día de hoy. Algo que el escritor lamentaba, porque su intención no era fomentar la creencia en el diablo, como es el caso de los autores de películas como El exorcista o La profecía. Estas historias están hechas desde una perspectiva de fe, pero no así la novela de Levin o la película de Polanski –aunque un año después sufriera la muerte de su esposa, la actriz Sharon Tate, en manos de la secta de Charles Manson, La Familia–.

Rosemary pasa de ser una devota alumna de un colegio de monjas a una liberada mujer moderna, que cae en la trampa del ocultismo. Como dice Chesterton, cuando dejamos de creer en Dios, no es que ya no creamos en nada, sino que creemos en cualquier cosa. Todos tenemos que creer en algo. Sea Dios, o sea el diablo, como diría Bob Dylan en su famosa canción del año 79: Tienes que servir a alguien. La fe por lo tanto no es cuestión de creer, o no creer, sino en quién crees y para qué vives. Ya que todos creemos y vivimos para algo o alguien.

El dilema en la Biblia no está entre la fe y la incredulidad, sino entre la creencia en un dios o un ídolo, y la confianza en el Dios vivo y verdadero. Lo que historias como La semilla del diablo nos recuerdan, es que en nuestras modernas ciudades no sólo hay una vida basada en la ciencia y la tecnología, sino el horror del miedo a lo desconocido. El bebe de Rosemary refleja nuestros temores y nos deja como a la protagonista, enajenada y sin aliento, en un mundo donde la amenaza no está lejos de nosotros.

¿QUIÉN ES NUESTRO ADVERSARIO?

El mundo espiritual no se puede entender sin darse cuenta de que no sólo hay un poder luminoso que relacionamos con Dios, sino también la presencia oscura de una realidad maligna, que identificamos con esa criatura que la Biblia llama diablo. Tanto él como los demonios son criaturas angélicas creadas por Dios, que no han mantenido su estado original (Judas 6), sino que se han rebelado contra el Todopoderoso. Satanás significa el Adversario (1 Pedro 5:8). Es la Serpiente antigua que llevó a la humanidad a creer en sí misma (Génesis 3), confiando que así podía llegar a descubrir lo mejor para ella.

Esto es lo que significa en realidad el satanismo moderno. No es el culto a un ser supremo que identifican con el diablo, como muchos cristianos creen. Lo que hoy se llama satanismo es en realidad una forma de ateísmo, que nace generalmente de un rechazo a una religión que se conoce muy bien. Puesto que es más bien una manifestación de apostasía de personas que han tenido una educación cristiana, como la mayor parte de los ateos –a diferencia de los agnósticos, que suelen ser más bien indiferentes–. Su problema no es que no conocen la religión, sino que la conocen demasiado bien…

Como Roman Castevet, muchos aborrecen la hipocresía religiosa. La misma que Anton Lavey (1930-1997) percibió, antes de formar la Iglesia de Satanás, cuando se escribió este libro. Dice su biógrafo Burton Wolfe que Lavey tocaba el órgano en campañas de evangelización en carpas, cuando observó que los mismos hombres que estaban entonces sentados en los bancos con sus esposas e hijos, veía luego llenos de lujuria ante chicas medio desnudas, para las que tocaba en el baile de los sábados. La religión se ve en historias como ésta, tal y como es, incapaz de salvar al hombre…

EL TRIUNFO DEL CORDERO

Lo que salva al hombre no es la religión de amuletos, que como en un exorcismo libren al ser humano de sus demonios, sino la confianza en lo que Dios ha hecho por nosotros por medio de Cristo Jesús. La libertad espiritual no viene por lo tanto por ningún ritual, sino en estar unidos a Aquel que nos da seguridad por su triunfo en la cruz sobre el poder del mal. Por su victoria, “el maligno no nos toca” (1 Juan 5:18).

La guerra espiritual en la Biblia no es un conflicto incierto entre dos poderes semejantes. La Escritura solo conoce un soberano, el único Dios, al que el mismo diablo tiene que pedir permiso para tocar a su siervo Job (2:1-7). La oposición puede ser feroz, pero no tiene ningún futuro. El diablo puede tentarnos, pretendiendo tener los “reinos de este mundo”, pero su dominio es una mentira, porque en su orgullo ha sido juzgado (1 Timoteo 5:6) y no hay ninguna verdad en él (Juan 8:44). Su poder es usurpado. No tiene ninguna autoridad. ¡Es un impostor!

Si el Salvador reina en nuestra vida, en su fuerza podemos “resistir al diablo, que él huirá de nosotros” (Santiago 4:7). En Cristo, el creyente está seguro de la victoria. Por la sangre del Cordero y la palabra del testimonio sabemos que ha venido la salvación, el poder y el reino de Dios. Ya que por la autoridad de Cristo, ha sido expulsado el que nos acusa (Apocalipsis 12:10-11). En Él somos libres de toda culpa y mal. La semilla del diablo no puede hacer nada contra nosotros. En Cristo somos más que vencedores (Romanos 8:37), por el triunfo de su amor. ¿Crees tú esto?

José de Segovia

ProtestanteDigital.com

La cósmica soledad de `La red social´

Publicado: enero 16, 2011 en Cine

JOSÉ DE SEGOVIA

Para muchos, la mejor película del año pasado ha sido La red social, que continúa proyectándose en muchos cines. Una producción norteamericana en la que la acción no consiste en tiros ni persecuciones, sino que los conflictos se enfrentan con palabras, sea en una sala de reuniones, una cafetería o frente a un ordenador. El sorprendente director David Fincher no ha querido hacer una mera crónica sobre la formación del imperio Facebook, sino uno de los más tremendos cuadros sobre la soledad del hombre contemporáneo en la era de internet.

Esta es una historia sobre la impersonalidad y la incomunicación de un medio, que en teoría debía potenciar todo lo contrario. Ya que como observa la primera frase del comentado artículo de la revista Newsweek, “en el oscuro corazón de La red social no está David Zuckerberg” –un héroe con el que es imposible de simpatizar–, “sino el temible vacío que nos asola”. Un vacío, eso sí, lleno de palabras…

El guión del aclamado autor de la serie El ala oeste de la Casa Blanca –Aaron Sorkin– está lleno de diálogos tan inteligentes, que al final uno tiene la impresión que no ha captado más que una parte de lo que expone la película. El film se sucede a tanta velocidad, como solemos leer en internet. O sea mal…

RAPIDEZ, ¿PARA QUÉ?
Esta rapidez provoca una evidente falta de reflexión, que parece acompañar al medio. Es la rapidez con la que el protagonista –poderosamente encarnado por el inimitable físico de Jesse Eisenberg– escribe en su blog los comentarios que producen la ruptura con su novia. Cuando inútilmente intenta reconciliarse con ella, la chica observa que “en internet no se escribe con lápiz, sino con tinta”. Cuando inútilmente intenta reconciliarse con ella, la chica observa que “en internet no se escribe con lápiz, sino con tinta”.

Pues la comunicación no es más fácil cuanto más rápida sea, sino todo lo contrario. Un problema que se da incluso en el correo electrónico, donde la tendencia es a contestar inmediatamente. La afición a la polémica de muchos de los que escriben en internet se presenta como una lúcida reacción inteligente, cuando en general no es más que una arrogante demostración de una ignorancia atrevida, que fácilmente se convierte en insulto y descalificación personal.

La velocidad del ritmo que impone Fincher a la película no viene como en tantos productos cinematográficos actuales por una cámara mareante, sino por una compleja construcción narrativa con la apariencia de una realización clásica –como hizo en su recreación del thriller de los años setenta en Zodiac (2007) o su peculiar versión del relato de Scott Fitzgerald, El curioso caso de Benjamin Button (2008) –. Usa para ello una estructura tan poco novedosa como son los flashbacks, para mostrar algo diferente–como observa Israel Paredes en Dirigido Por–: “el pasado como si fuera presente”.

CON AMIGOS COMO ESTOS…
La frase que se ha utilizado como publicidad de la película dice que “no se hacen 500 millones de amigos sin hacer unos cuantos enemigos”. Aunque la pregunta con la que uno se queda después de ver La red social, es –como dice el titular de Newsweek–: “Con amigos como estos, ¿para qué queremos enemigos?” Cuando Zuckerberg tiene que responder al careo legal por el que le acusa su compañero Eduardo Saverin de haberse apropiado del proyecto de Facebook, él dice ingenuamente: “Pero si es mi mejor amigo…”

Es habitual el comentario de los famosos que se quejan de que todo el mundo dice ser su amigo, cuando apenas conocen a tantos que se quieren acercar a ellos interesadamente. La cuestión es que ahora cualquiera que utiliza Facebook –según me dicen, ya que no es mi caso– es consciente de tener más amigos agregados a su perfil que en la vida real. A pesar de ello intentamos lograr mediante la red lo que en persona no podemos conseguir, como hace Zuckerberg.

Algunos creen haber hecho amigos por internet, la cuestión es: ¿qué significa para nosotros la amistad? La amistad se ha devaluado tanto en el mundo contemporáneo, que ya no sabemos lo que es un amigo. Es evidente que para tener amigos hace falta tiempo y energía. Es algo que requiere esfuerzo y vulnerabilidad, pero ofrece también compañía, afecto e intimidad. En la verdadera amistad hay confianza, lealtad y seguridad. Lo contrario que en esta película…

EXTRANJEROS Y EXTRAÑOS
La demoledora visión del más joven magnate del planeta nos da no sólo una nueva versión de Ciudadano Kane, sino que el Rosebud de Orson Welles –aquí convertido en la frustrada relación de Zuckerberg con su novia de la Universidad– presenta un misterio existencial que revela las paradojas de un tiempo del que Facebook es sólo un símbolo. La discapacidad emocional de quienes mueven los hilos de las nuevas formas de relación social nos revela que “tras la mayor maquinaria jamás creada para hacer amigos” no hay más que “una cósmica soledad” –como dice Jordi Costa en el resumen del año que publica el diario El País–.

Tras este largo paréntesis, que hay entre el prólogo que inicia la película y la escena final que nos devuelve al principio, no hay más que el eco de “la sed inmortal del hombre por ser conocido y perdonado del todo” (Henry Van Dyke). La incapacidad de conectar con todos los que le rodean, que tiene el protagonista de esta película, nos muestra la soledad que viene del orgullo y la ambición. Su alienación desvela el triste destino de los hijos de Adán en una cultura de Babel, donde el éxito tecnológico no puede ocultar que al este del Edén vivimos en un mundo en que somos “extranjeros y extraños” (Efesios 2:19).

EL MURO QUE NOS SEPARA
La realidad es que el muro de Facebook a veces no nos acerca, sino que nos separa de los demás. Nuestra incapacidad de conectar con aquellos que nos rodean, no se resuelve estando horas delante de la pantalla del ordenador. El aislamiento en que vivimos, no tiene que ver con la situación geográfica de nuestra residencia, sino con nuestra impotencia para comunicarnos y mostrar la realidad de nuestra vida a los que están más cerca de nosotros. El muro es por eso a menudo más una forma de protección, que de cercanía. Abrirse a los demás es algo doloroso, que nos hace tremendamente vulnerables.

La película de David Fincher nos muestra la realidad de la vida en un mundo roto, donde no podemos ser conocidos, ni perdonados del todo, como dice Van Dyke. Para eso hace falta una obra sobrenatural. La reconciliación es sólo posible al aceptar la verdad que Jesús nos anuncia: estamos lejos de Dios (Ef. 2:13). Y ese es el origen de todos nuestros problemas.

El Evangelio que Cristo nos trae es sin embargo que Él mismo es quien nos acerca y nos da la paz. El rompe la barrera que nos separa de Dios y los demás (v. 14). Eso tiene un coste y un precio. Lo extraño es que no consiste en el esfuerzo que nosotros hagamos, sino en el sacrificio de otro: Cristo Jesús. La verdadera amistad es por lo tanto un regalo que debemos recibir de Aquel que nos conoce y perdona del todo. ¿Podremos mostrar nosotros la misma amistad?

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2011).

The Doors, jinetes en la tormenta

Publicado: enero 10, 2011 en Cine, Música

JOSÉ DE SEGOVIA

Tras la aparición de una nueva grabación de un concierto suyo en Vancouver, se exhibe en los cines el primer documental sobre el mítico grupo de los años sesenta The Doors. Aunque sólo hizo música durante cinco años, el carismático y autodestructivo Jim Morrison logró forjar una leyenda a partir de su misteriosa muerte en París en 1971. No llegó a ser el poeta que hubiera querido ser, pero se convirtió en un mito que perdura hasta la actualidad.

La película que narra Johnny Depp, When You´te Strange, ha sido nominada para los Grammy de este año. Dirigida por un director independiente, Tom DiCillo, utiliza fragmentos de un film inédito de Jim Morrison (HWY: An American Pastoral, 1969) e imágenes de conciertos, pero no entrevistas. Aunque el DVD norteamericano incluye como extras documentos tan sorprendentes como unas declaraciones de su padre antes de morir, que suenan un tanto falsas. Sorprende el emocionado testimonio de su hermana Anna, que parece encantadora. Ella mantuvo contacto con él, después de que Jim rompiera con sus padres, al ir a la escuela de cine de la Universidad de California en 1964, diciendo a todos que habían muerto.

El tono del documental es bastante didáctico e informativo. Encuadra a los Doors en la época en que vivieron, haciendo referencia a los asesinatos de los Kennedy, Martin Luther King, las protestas estudiantiles ante la guerra del Vietnam y la lucha por los derechos civiles. Es cierto que no cuenta nada nuevo, pero evita los excesos mitómanos de una película como la de Oliver Stone en 1991, que distorsiona claramente su vida, imaginando situaciones que nunca ocurrieron. Sorprende en ese sentido el riguroso análisis del suceso por el que el cantante fue procesado por indecencia en Miami en 1970, que fue literalmente el principio del fin.

UNA MUERTE ANUNCIADA
El fallecimiento de Jim Morrison en 1971 fue el último de una serie de muertes en la historia del rock, que comienza con Brian Jones de los Rolling Stones en 1969, Janis Joplin y Jimi Hendrix en 1970, todos ellos con 27 años –aunque el médico que vio el cadáver de Morrison, ¡creía que tenía 57!–. Para entender su tragedia, tenemos que remontarnos a su infancia. Puesto que desde que se forma el grupo The Doors, Jim no vuelve a ver a sus padres, asegurando no tener más familia que su hermana.

Los abuelos de Jim, por parte de los Morrison, eran presbiterianos del sur, trabajadores y temerosos de Dios. Su padre siguió la tradición familiar en el Ejército, siendo destinado a Hawai justo antes del ataque japonés a Pearl Harbor. Era almirante en Vietnam, cuando su hijo se hizo famoso por su oposición a la guerra. Siempre que le preguntan por su infancia, hay un suceso que Jim cuenta una y otra vez, que anuncia misteriosamente su muerte…

Un día a primera hora de la mañana, la familia iba en coche por el desierto de Nuevo México, cuando su padre salió de la carretera a la cuneta en algún punto entre Alburquerque y Santa Fe. Había habido un choque frontal entre un coche y un camión, que llevaba unos indios. Sus cuerpos aparecían “desparramados en la sangrante autopista del amanecer”. La voz angustiada de una mujer gemía dolorosa e histéricamente. Cuando el niño intentó salir del coche con su padre y su abuelo, para ver lo que pasaba, su madre se lo impidió, pero apretó su cara a la ventanilla.

“La sensación que ahora tengo, pensando en aquello –diría años después ante un micrófono en un oscuro estudio de grabación al oeste de Hollywood– mirando hacia atrás, es posible que el alma de uno de aquellos indios, quizá de varios, simplemente se desbordó y se introdujo en mi cerebro”. Lo cierto es que a partir de aquel momento empezó a mojar la cama, teniendo miedo hasta de dormir. Se echaba como un ovillo en el suelo, donde su madre le despertaba furiosa. Esto se lo cuenta llorando a su abogado en el proceso de 1969, sugiriendo incluso posibles abusos sexuales por un familiar cercano, mientras su madre lo niega, llamándole mentiroso.

EL REY LAGARTO
Esa cercanía del desierto es la que le hace sentirse fascinado por los reptiles, adquiriendo su famoso apodo de Rey Lagarto. Vagaba así de una casa a otro, según el destino del padre, en continuo conflicto con su madre. Le fascinaba la película Rebelde sin causa (1955). Esa ausencia de hogar hace que nunca tuviera en su vida una casa en propiedad, ni un apartamento alquilado. Solía vivir con sus novias, a veces en moteles, o simplemente dormía en el sofá de la oficina de los Doors –ahora un restaurante mexicano, donde se puede ver el baño donde grabó una de sus últimas canciones–.

Su comportamiento exhibicionista le llevaba a fingir que se desmayaba desde que iba al colegio, como luego haría una y otra vez sobre el escenario. Como los poetas beat, Morrison leía a Nietzsche –Kerouac le dedica En el camino–. Solitario y deprimido, se queda hasta tarde oyendo en las radios cristianas los incendiarios sermones de los predicadores evangélicos sureños. Su primera novia recuerda que una vez le dijo que tenía un problema que no podía contar a sus padres, y le llevó al pastor de jóvenes de la iglesia presbiteriana de Westminster (Alexandria, Washington). Jim nunca le dijo de qué habían hablado…

Cuando va a vivir con sus abuelos en Florida, deja de ir a la iglesia. En 1962 frecuentaba un café de ambiente beatnik –el Contemporary–, cuando pasó algo que le alejó de aquel mundo. En el proceso le dijo a su abogado que había tenido una experiencia homosexual. Su actitud es cada vez más extraña. Irrumpe en una reunión evangélica negra, que se celebraba bajo una carpa, siendo expulsado por un grupo enojado de diáconos. En el barrio mexicano de Los Ángeles había predicadores entonces en la calle Olivera, cerca de la antigua Misión y la plaza Pershing. Cuando uno se bajó de su escalera, subió él para predicar su propio sermón incendiario, hasta que el indignado evangelista le quitó a la fuerza.

LAS PUERTAS DE LA PERCEPCION
La expresión del poeta William Blake en Las Bodas del Cielo y el Infierno (1793) –“si las puertas de la percepción se limpiaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito”– dan no sólo nombre a un libro de Aldous Huxley, sino también al grupo The Doors. Hacen referencia a la experiencia psicodélica que algunos escritores empiezan a tener con el LSD, cuando todavía era legal en Estados Unidos. Morrison estudia cine entonces en California con Ray Manzarek, formando el grupo tras un encuentro en la playa de Venice. Aunque su compañero de clase más conocido es Coppola, que utilizará su canción The End al comienzo de su particular visión de El corazón de las tinieblas en la guerra de Vietnam, en Apocalypse Now (1979).

Un estudiante mayor, licenciado en Berkeley, le da a Morrison el primer LSD, pero le convierte también en alcohólico, antes incluso de que pudiera comprar legalmente cerveza. Porque a pesar de su fama de chamán psicodélico, lo que destruyó a Jim Morrison fue sin lugar a duda el alcohol, como demuestra su biógrafo Stephen Davis. Es en 1964 que Jim empieza a tomar ginebra hasta para desayunar. Manzarek sin embargo, había cambiado el LSD por la meditación oriental. En el centro del yogui Maharishi conoce a los otros dos miembros de los Doors.

El Maharishi había fundado su Movimiento para la Regeneración Espiritual en la India en 1957, pero se había trasladado a Los Ángeles el año 60. Hasta que no se hizo famoso con los Beatles, la secta no se convirtió en una multinacional. En 1965 la Meditación Transcendental tenía todavía pocos seguidores, aunque enseguida atrajo a algunos músicos jóvenes, como varios de los Beach Boys. Tres de los cuatro miembros de los Doors habían buscado en este culto la iluminación espiritual. “Incluso Jim a su manera”, dice Manzarek después, en una entrevista radiofónica. Puesto que Morrison dice que compuso Take It As It comes para el yogui Maharishi.

THE END
Tras convertirse en el nuevo sex symbol de Sunset Strip, Morrison es la imagen de un grupo cuya música es descrita como “un sonido de iglesia combinado con el de una feria de atracciones, que haría que sus conciertos parecieran una funesta capilla de la experiencia extrema” (Davis). Exaltado por una embriaguez permanente, según recuerda el agente Ronnie Haran, Jim “estaba enloqueciendo”. Obsesionado por la muerte, Morrison le dice a Haran, mientras se muda con su novia Pam a una casa en el Cañón Laurel: “Dentro de dos años estaré muerto”.

La noche que grabó The End, alguien encontró a Jim en una gran iglesia católica, que hay al otro lado del Sunset, Blessed Sacrament. Morrison se llevó un gran libro de oraciones, que en el estudio arranca página tras página, mientras cantaba a la muerte del padre y a la violación de la madre. Ella intenta contactar con él por medio de su compañía discográfica –cuando la canción Light My Fire llega a ser número uno el verano del amor de 1967–, pero él no atiende a sus llamadas. En Washington intenta verle en uno de sus conciertos, pero él no lo permite. No hablará con ella nunca más.

Su siguiente disco, Strange Days (1967), se cierra con una canción –When the Music´s Over– que parece al principio una negación de la fe, llena de imaginería sexual, pero acaba con una intensa agitación espiritual, invocando a gritos el nombre de Jesús, en busca de salvación. Aunque al mismo tiempo define su poema épico de Celebración del Lagarto como “una invocación a las fuerzas oscuras”. La directora de una revista musical, Patricia Kennely, pretende incluso que se casó con él en una ceremonia de brujería, que recrea ella misma en la película de Oliver Stone.

La poesía Texas Radio está inspirada en los predicadores que oía de madrugada, cuando estaba en el instituto. La interpretaba casi completa en sus conciertos. En Saratoga Springs hay una grabación de un día que se le acerca un pastor metodista, mientras prueba sonido. Es un hombre de mediana edad que fuma en pipa y lleva alzacuellos. Le dice que su concierto es una experiencia religiosa. Jim le contesta que los Doors es una forma de religión secular.

UNA ORACIÓN AMERICANA
El disco que ahora se ha publicado con la grabación de un concierto en Vancouver, incluye el tema que grabaron en su cuarto álbum, The Soft Parade (1969): Petition The Lord With Prayer. Esta peculiar petición de oración a gritos comienza con la introducción: “Cuando estaba en el Seminario”. Su poema largo más conocido lleva el significativo título de Una oración americana. El problema es que, para Morrison, la religión incluye todo, desde el sexo y las drogas hasta la filosofía y la literatura.

El día de los incidentes en Miami llevaba una cruz en el cuello. Cuando le preguntaron qué significaba, dijo: “Fui educado en una cultura cristiana, y la cruz es uno de sus símbolos, eso es todo”. Su religión, como la de la sociedad americana, no puede salvarle. Como dice en 1970, ni el amor puede salvarte de tu destino. Con aspecto desaliñado, gordo y con barba, escapa a París, atormentado y desolado, para reunirse con Pam. Ella está enganchada a la heroína, pero él bebe constantemente.

Uno de los cuadernos que llevaba a todas partes en una bolsa de plástico de unos grandes almacenes, antes de morir en 1971, está lleno de poemas de angustia ante la muerte, oraciones y obscenidades. Una página entera está llena con el garabato repetido y torturado: Que Dios me ayude. Nadie sabe con certeza lo que pasó la noche antes de aparecer muerto en la bañera, pero parece que estaba miserablemente solo. La tragedia de su vida y su muerte parece un clamor desesperado a un Dios que no nos escucha.

Dios sin embargo nos ha amado hasta el punto de dar a su propio Hijo por nosotros (Juan 3:16). Se compadece de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo, a nuestra semejanza (Hebreos 3:15). Y nos invita a acercarnos a su trono de gracia, para alcanzar misericordia y oportuno socorro (v. 16). ¡Esta es nuestra única esperanza!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2011).

La esclavitud de «El escritor» de Polanski

Publicado: diciembre 17, 2010 en Cine

José de Segovia     

La última película de Polanski, El escritor –ya publicada en DVD– ha arrasado en los Premios del Cine Europeo, al conseguir seis de los siete galardones a los que aspiraba, incluidos los de mejor película, director, actor y guión de este año. El título hace referencia a lo que en inglés llaman un escritor fantasma, que en España se conoce con un término bastante racista, negro. 

Es alguien que busca la editorial o escoge un famoso para hacer un libro. Tiene que redactar sus notas, o escribirlo entero a partir de unas entrevistas, pero su nombre no aparece en ningún sitio. Aunque suena algo oscuro, es una práctica bastante habitual, incluso dentro del mundo evangélico. Son personas que rara vez se conocen, si no es por algún escándalo –como el caso del profesor de comunicación del Seminario de Fuller, Mel White, que dio a conocer su homosexualidad en 1995, casándose con otro hombre, después de haber escrito libros para predicadores norteamericanos tan importantes como Billy Graham, Pat Robertson o Jerry Falwell–.

El escritor de Polanski es el actor escocés Ewan McGregor, y su nombre no se revela en ningún momento de la película. Ese anonimato da al protagonista una falta de identidad,ya que aunque su trabajo sea algo visible, a él no se le puede identificar con la obra que ha escrito, ya que el lector no la reconoce como suya. Su contrato para escribir las memorias del reciente primer ministro británico –Adam Lang, interpretado por Pierce Brosnan–, lo ha heredado de su predecesor, que ha muerto de forma aparentemente accidental en un ferry que lleva a la isla norteamericana donde ha establecido su residencia el político retirado.

Al poco tiempo de llegar allí, el escritor descubre que Lang es acusado de crímenes de guerra, al aprobar y permitir torturas conjuntamente con la C.I.A. No tardará en descubrir que hay algo oculto en sus memorias, que incluso a él le pone en peligro. Comienza a ver la posibilidad de que –aunque él y su predecesor son los únicos que han contribuido al libro–, pueda haber otros escritores fantasmas que hayan conformado la vida de Lang.

EL HOMBRE ATRAPADO

Basada en una novela de Robert Harris –un autor al que había planeado ya adaptar otro libro Polanski, sobre Pompeya, antes de tener problemas con la   solicitud de extradición norteamericana por un presunto delito de violación de una menor en los años setenta–, la historia hace un claro paralelismo con la complicidad del ex primer ministro Tony Blair con la política estadounidense, en los casos de tortura que hubo en Irak por parte de soldados británicos destinados en Basora entre 2003 y 2006. Aunque la trama parece más bien una excusa para hacer un thriller inteligente, apasionante y divertido, que evoca las grandes películas conspiratorias de los setenta –sobre todo en su admirable plano final–.

El escritor es obra de un director que –nos guste o no– ha demostrado poseer un mundo propio y una capacidad visual muy llamativa. Su filmografía abunda en personajes que nunca son héroes de acción, sino más bien víctimas de su afán de observación (Repulsión, La semilla del diablo, El quimérico inquilino o La novena puerta). Recorren espacios que no comprenden, en los que acecha el pánico y el desconcierto. Incluso aquellos que optan por una implicación directa en la acción (Chinatown o Frenético), no lo hacen sin haber deambulado antes por zonas de incertidumbre.

Siempre hay una desesperante pasividad en los personajes de Polanski, una dilatación a la hora de actuar que viene dada por esa obcecación en mirarlo todo bien antes de tomar una decisión (El pianista u Oliver Twist). El antihéroe de El escritor pertenece a esa misma serie de seres desbordados por las circunstancias, que actúan cuando ya es demasiado tarde. Un personaje atrapado, tanto física como mentalmente –que es como el director polaco parece haberse sentido gran parte de su vida, exiliado en Francia y luego Estados Unidos, para acabar finalmente en tierra de nadie–.

¿QUIÉN ESCRIBE TU HISTORIA?

Entre los desolados páramos de esta isla, el personaje se ve abducido por el misterioso predecesor fallecido, que como por el GPS de su automóvil –una de las secuencias más perturbadoras de la película–parece regir su destino. El protagonista se mueve así por el intrincado laberinto de este relato, en un desesperado intento por entender un entorno que le hace sentirse aterrorizado. Observa impasible lo que le rodea, mientras otros le observan a él…

Lo que hace más intrigante una historia como El escritor, es la posibilidad de que, fuera del mundo editorial, pueda haber otro tipo de escritores fantasmas. En el mundo real, son personas que no vemos las que tienen más influencia y poder. Nos preguntamos por eso a veces quiénes son realmente los que mueven las cuerdas en el escenario de este mundo. Los gobernantes se comportan a menudo como títeres, que responden a oscuros intereses. Polanski hace un retrato del poder que establecen las alianzas políticas, pero también del peligro de dejar que otros escriban tu vida. Su película nos lleva a dudar si un hombre es realmente autor de su propia vida, no ya de su biografía.

Esto es obvio cuando nos unimos a actividades, causas o modos de vida, que no son particularmente honestos ni beneficiosos, para la mayoría. Tal vez más a escala global –cuando pensamos en países o gobernantes–, que a nivel personal –cuando nos unimos a ciertas asociaciones, grupos de amigos o colegas–. La buena noticia que nos recuerda El escritor, es que tan pronto como vemos que hemos hecho malas amistades, o alianzas peligrosas con personas que no compartimos sus valores, podemos cortar el lazo que nos une a ellos.

El peligro viene cuando esos lazos con que nos aliamos y ponemos bajo el poder, la influencia o autoridad de otros, están basados en donaciones de dinero, intercambio de favores y apoyos, pero también auténtico afecto y amor. La mayoría de los escritores fantasma que hay en la vida, si supieran que la historia que se cuenta por ellos, sería mejor que no se revelara o no tuvieran nada que ver con ella, no dudarían en hacer desaparecer al protagonista de sus páginas. El problema es que eso a veces no es tan evidente…

EL AUTOR SUPREMO

Seamos primeros ministros o escritores de encargo, queremos hacer todo nosotros mismos, aunque realmente vivimos en un mundo en que nadie actúa totalmente por su cuenta. Desde nuestra historia familiar o influencias infantiles, a la persona con la que nos casamos y la gente para la que trabajamos, todos hemos estado y continuamos siendo influenciados por otras personas y fuerzas que nosotros mismos. Aunque escoger amigos, familia, jefe, empleados o aliados políticos puede ser importante, mucho más lo es nuestra opción de aliarnos con el autor supremo de la vida, Dios mismo.

Dios nos ha dado la responsabilidad de escribir nuestra propia historia, por medio de las decisiones que tomamos. A diferencia de muchos co-autores, no se cansa de nosotros y busca nuestra destrucción, en el momento en que lo que queremos escribir es distinto que lo que Él quiere. El gran amor de Dios y su deseo de estar en relación con nosotros, no es cambiado por nuestra obediencia o desobediencia.

Tan lejos está Dios de ser un escritor egoísta, que aunque nos rebelamos y le decepcionamos cada día de nuestra vida, Él continúa buscando, no nuestra destrucción, sino nuestra restauración. De hecho, incluso nuestras cuando nuestras malas decisiones y acciones, han seguido llevando nuestra historia cada vez más lejos de la Historia que Él ha comenzado perfectamente, no ha entregado no nuestra vida, sino la suya, para darnos el camino para volver a encontrar la historia perfecta.

La cuestión es si estamos dispuestos a reconocer los guiones que continúan alejando nuestra historia de Dios. O más aún, si queremos entregar nuestra vida e historia a Él, para que pueda ser el relato lleno de vida en abundancia, que Él quería desde el principio. Estas son las opciones que escriben nuestra vida…

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

La tentación invade Narnia

Publicado: diciembre 11, 2010 en Cine

JOSÉ DE SEGOVIA

Llega por fin a los cines la tercera entrega de Crónicas de Narnia: La travesía del viajero del Alba. Tras abandonar Disney el proyecto, los cristianos de la productora Walden Media han logrado que la Fox ocupe su lugar, dada su experiencia en el marketing religioso. En nuestro país el pre-estreno ha sido organizado por la Conferencia Episcopal, mientras que en otras partes está promovida por la Alianza Evangélica Mundial. El hijastro cristiano del escritor C. S. Lewis –Douglas Gresham– continúa siendo el productor ejecutivo, pero el director es ahora Michael Apted, un realizador británico que se confiesa agnóstico, pero que ha hecho la película sobre el evangélico Wilberforce, Amazing Grace. Gresham entiende que el libro de Lewis es una historia sobre la tentación.

Todos tenemos que luchar contra la tentación –sea sexual, centrándose egoístamente en uno mismo, buscando orgullosamente la aprobación y la atención de otros, o queriendo simplemente tener más y más–. Todos somos tentados por algo. Varía de una persona a otra, pero en ella se basa la publicidad, la economía, la política y hasta la religión. Es algo que infecta nuestra cultura, y vemos en deseos o pensamientos que manchan nuestro corazón.

Los personajes de La Travesía del Viajero del Alba no son ninguna excepción. También ellos sufren la experiencia de la tentación –como observa Luis Palau en el sermón que acompaña la promoción de la película–. Cuando viajan de una isla a otra, y esperan resolver el misterio de los siete lores desaparecidos, cada personaje se enfrenta finalmente a un momento de tentación.

Eustace vive ocupado en su soledad con las frustraciones del viaje, cuando al deambular por la cueva, es atraído por las riquezas, siendo dominado por la codicia. Lucy tiene celos de la belleza de su hermana Susan, cuando al hojear el libro de encantamientos, le atrae la apariencia externa y la aprobación de otros, siendo poseída por la envidia. Edmund pugna constantemente por una posición de poder, frente a Caspian, cuando al explorar el lago desconocido, es atraído por las riquezas y el poder, siendo dominado por el orgullo.

TODO EMPEZÓ EN EL EDÉN
Al principio de la Biblia, vemos que la primera mujer vio que el fruto del árbol prohibido era hermoso, y le dieron ganas de comerlo, queriendo saber por sí misma si era bueno para ella o no. Así que comió de él y se lo dio también a Adán, para que comiera –dice Génesis 3:6, que por cierto no habla de ninguna manzana–.

En este pasaje vemos que la tentación es un proceso. Eva vio algo bueno y le resultó apetecible. Se sintió atraída por ello. Al usar sus sentidos, vio, deseó, y actuó. En la Biblia encontramos siempre el mismo patrón de conducta. En 2 Samuel 11, David vio algo bueno y agradable en Betsabé, se sintió atraído por ella y actuó en consecuencia. En Jueces 16, Sansón vio algo bueno y agradable en Dalila, se sintió atraído por ella y actuó conforme a esa atracción.

Mientras Edmund se queja de su primo Eustace, Lucy desvía su atención hacia una guapa joven enfermera que flirtea con un atractivo soldado. Sin darse cuenta, Lucy empieza a imitarla. Es evidente que aprecia el amor y la belleza, lo desea e imita su imagen. Es algo que hacemos todos, imitando inconscientemente el ejemplo de otros.

Al hacer zapping en la televisión, echar un vistazo a Internet, pasear por un centro comercial, observar la publicidad, o simplemente andar por los pasillos del colegio o ver un coche por la calle, vemos algo que nos parece bueno y agradable a los ojos y nos sentimos atraídos por ello. Tanto si somos un niño de 5 años que ve un peluche nuevo en una tienda de juguetes, como una chica de 18 que ve una falda en un escaparate, o un hombre de 48 que ve a una mujer atractiva que pasa al lado suyo. Vemos algo agradable y decimos: “lo quiero”.

Porque nada de lo que el mundo ofrece viene del Padre, sino del mundo –dice Juan–. “Y esto es lo que el mundo ofrece: los malos deseos de la naturaleza humana, el deseo de poseer lo que agrada a los ojos y el orgullo de las riquezas” (1 Jn. 2:16). Dicho de otra manera, nuestro deseo de tener más, antojos y caprichos, no vienen de Dios, sino del mundo.

NUESTRA INSATISFACCIÓN
¿Por qué quería Eva el fruto prohibido? Era agradable a los ojos y atractivo para alcanzar sabiduría. Ella quería algo más. No creía que tenía suficiente o bastaba con quién era ella. Había algo que necesitaba para sentirse satisfecha. La tentación de la incredulidad que nos lleva a dudar de Dios, se basa en la mentira de que nos falta algo, aparte de Él, para ser felices.

Lucy, llevada por el asco que siente de sí misma y la envidia de su hermana, desea poseer una belleza como Susan. Edmund, motivado por la visión de algo bueno y agradable –un lago que transforma cualquier cosa en oro– se siente atraído por ello, y anhela poder y riquezas. Lucy y Edmund tienen pensamientos parecidos a los de Eva. Ven algo que quieren –sea belleza, riquezas o poder– y creen la mentira de que esas cosas les llenarán completamente, sintiéndose finalmente satisfechos. Si solo fuera más guapa, piensa Lucy. Si fuera más rico y más poderos, piensa Edmund…

“No entiendo el resultado de mis acciones –se pregunta Pablo en Romanos 7:15-20–, pues no hago lo que quiero, y en cambio aquello que odio es precisamente lo que hago. Pero si lo que hago es lo que no quiero hacer, reconozco con ello que la ley es buena. Así que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien; pues aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer. Ahora bien, si hago lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí.”

Vivimos una lucha en nuestro interior. Hacemos lo malo, porque nuestro corazón desea el mal. Nuestra mente piensa cosas malas. Y “con la lengua, lo mismo bendecimos a nuestro Señor y Padre, que maldecimos a los hombres creados por Dios a su propia imagen” –dice Santiago 3:9–.

Si este mundo no es como debiera ser, es por el poder del mal y nuestra propia debilidad. El pecado es lo suficientemente poderoso para dejar sin efecto nuestro conocimiento, anhelos y deseos de no ceder ante la tentación. Pues como escribe Pablo: “aunque tengo el deseo de hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. No hago lo bueno que quiero hacer, sino lo malo que no quiero hacer.” A pesar de nuestros mejores esfuerzos e intenciones, todavía seguimos haciendo cosas que no queremos hacer a causa del pecado que está en nosotros.

Podríamos hacer grandes cosas, pero sin embargo dependiendo del día, nuestro entorno, o cualquier otra circunstancia e influencia en nuestra vida, podemos hacer también cosas terribles. En el libro de Lewis vemos esta tensión en el personaje de Eustace. “Aunque su mente fuera la de Eustace, sus gustos y su estómago era el de un dragón”. ¿Cómo podremos superar el poder de la tentación?

EL LEÓN DE JUDÁ
La Biblia nos dice que la victoria está en Cristo Jesús. Como sumo sacerdote, Jesucristo se ofrece en sacrificio por nuestros pecados de una vez y para siempre –como hace Aslan en El león, la bruja y el armario, tras ser traicionado por Edmund–. Ahora “Jesús, el Hijo de Dios, nuestro gran Sumo Sacerdote ha entrado en el cielo”, donde “puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; solo que él jamás pecó” –dice Hebreos 4:14-16–. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de nuestro Dios amoroso, para que él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad.”

Después de sucumbir a la tentación de la codicia, y apropiarse de las joyas, Eustace se convirtió en dragón. Empezó a quitarse las escamas con las uñas, pero no aparecía más que una capa detrás de otra. La figura divina del león Aslan era el único que podía quitarle definitivamente sus escamas. Es así como cambia de actitud y comportamiento. Porque Aslan mismo le vistió. La única manera de derrotar la tentación es por medio del León de Judá, Cristo Jesús.

“Y pueden confiar en Dios, que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar –como dice 1 Corintios 10:13–. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella, para que puedan soportarla.” Es lo que vemos a lo largo de la historia de La travesía del Viajero del Alba. En cada situación tentadora hay una salida, por medio de la aparición de Aslan.

Cuando Lucy pasa las páginas del libro de encantamientos, aparece una imagen de Aslan, aparentemente de la nada. De la misma manera, mientras que Edmund y Caspian discuten sobre el poder y la autoridad, dice el libro que aparece Aslan: “resplandeciente como si fuera la mismísima luz del sol, pasó sumamente despacio el león más grande que nunca haya podido ver un ser humano.” Cuando los personajes son tentados, se les ofrece una salida por medio de la presencia o la imagen de Aslan.

Cuando somos tentados, podemos acordarnos de que Dios es fiel en dos maneras: fiel porque nos conoce y nos entiende, y fiel porque nos da una salida. Aunque no nos lo parezca, Dios conoce nuestros límites. Y nos da la salida, aunque nos resulte humillante. Podemos soportar la tentación, sin ser aplastados por ella. Por la victoria del León de Judá –que en nuestro mundo, fuera de Narnia, conocemos por otro nombre que Aslan, como dice a los niños al despedirse–, podemos confiar en que las tentaciones y la tensión de la vida no nos dejarán destrozados. ¡En Él está la victoria!

– ARTÍCULO de José de Segovia: La apologética de C.S. Lewis

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid
© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010)

`El dinero es dios´ en Wall Street

Publicado: noviembre 29, 2010 en Cine, Teología

JOSÉ DE SEGOVIA

“La ambición es uno de los grandes problemas del ser humano”, dice Oliver Stone. En las dos películas que ha dirigido sobre Wall Street, él cree que la pregunta es la misma: “¿Qué es lo que alguien puede llegar a estar dispuesto a hacer por dinero?” Este es el dilema que tiene que afrontar Gordon Gekko, el poderoso ejecutivo de la bolsa de Nueva York –interpretado por Michael Douglas– que tiene en la avaricia su religión. “La crisis en la que estamos es una consecuencia en definitiva” –para Stone– de que “el dinero es Dios”.

23 años después del film original, el director ha hecho una secuela de Wall Street con el subtítulo: El dinero nunca duerme. Esta extraña continuación hace una crónica del paso del tiempo que ha hecho que esta sociedad considere legal, lo que en los años ochenta llevó a Gekko a la cárcel. Si en 1987 Stone destapaba la corrupción interna del entonces glamoroso y admirado mundo de la bolsa, que consideraba la codicia “buena”, ahora muestra cómo “la codicia es legal”. El abyecto bróker busca su redención por la recuperación del amor perdido de su hija. Un giro sorprendente, que ha hecho que muchos califiquen al film de conservador y convencional, cuando en el fondo resulta tan extraño e imprevisible como el original.

Cuando Stone hace la primera película en 1987, hubo un lunes negro en octubre, en que la bolsa perdió más de quinientos puntos, haciendo tambalear el sistema financiero con el terremoto más intenso desde el crack del 29. El director decidió entonces fechar la acción en 1985, cuando la inestabilidad imperaba en los sistemas bursátiles. Mero oportunismo, pensaron algunos, cuando el realizador le daba vueltas a una película sobre el mundo de las finanzas desde que escribió el guión de El precio del poder para Brian de Palma y Al Pacino en 1983.

HIJO DE UN BRÓKER
El padre de Stone fue bróker en Wall Street toda su vida. Este agente de bolsa judío no era un hombre rico, pero pudo enviar a Oliver a estudiar a Yale, donde fue compañero de Bush. Su carrera muestra la mala conciencia del pensamiento liberal en Estados Unidos. Si su padre era republicano y odiaba a Roosevelt, a sus 64 años, Stone sigue describiendo en una reciente entrevista su enfrentamiento a la ideología paterna como “la batalla de su vida”. Su cine no es la obra de un provocador y oportunista, sino un continuo ejercicio de exorcismo de su mala conciencia –como claramente ha demostrado Marga Durá en su brillante estudio sobre el realizador en Dirigido Por–.

Stone no sólo revisita sus vivencias, sino se pregunta por lo que no vivió y le hubiera gustado experimentar. Si en Platoon (1986) cuenta sus recuerdos de Vietnam, en The Doors (1991) se imagina cómo debería haber sido el verano del amor y las drogas. “El cine se convierte para el autor –dice Durá– en un modo de saldar las deudas pendientes con lo que fue y lo que quiso ser”. Esto hace que sus películas resulten a veces desconcertantes.

Las motivaciones de Stone tienen poco que ver con lo cinematográfico y todo con su realidad vital. Sus muchos detractores le juzgan generalmente por razones ideológicas, cuando en su obra se borra la frágil frontera entre el personaje y su autor. Una de sus excentricidades más curiosas es la forma como se identifica con el protagonista de sus películas. Aunque hay actores del método que se comportan como el personaje que van a interpretar –estilo Pacino–, no hay directores que se metan en la piel de sus personajes, como hace Stone.

Cuando hace Salvador (1986), el director sale de juerga salvaje con el protagonista. En Platoon se comporta como un comandante con los actores. Mientras hace las dos partes de Wall Street, se le puede ver en todas las fotos del rodaje luciendo trajes caros, a la vez que invierte en la bolsa. Al realizar Nacido el 4 de julio (1989) se siente aquejado de muchos males, que los médicos diagnostican como psicosomáticos. En la filmación de The Doors toma peyote y se marcha de los bares de Sunset Boulevard sin pagar. Todo esto resulta grotesco, para una industria que ya no ve el cine más que como un medio de entretenimiento.

EN BUSCA DE REDENCIÓN
Como dice Ángel Sala, la segunda parte de Wall Street es “una reflexión sobre el paso del tiempo”. La frialdad del thriller inicial se convierte ahora en un drama sentimental. Cuando todos esperan un polémico análisis de las causas de la actual crisis económica, Stone muestra al maduro Gekko en busca de redención. En el agrietado rostro de Michael Douglas se puede ver todo lo que ha pasado, hasta el cáncer que todavía no le habían diagnosticado al actor y lo ha convertido probablemente en su última película. El principio no puede ser más prometedor. Gekko sale de la cárcel con su viejo teléfono móvil, extrañado ante la limusina que espera al recluso afroamericano, que acaba de ser liberado con él.

Los nuevos valores de Wall Street son gente sana como el personaje que interpreta Shia LaBeouf. Nada de las fiestas salvajes de los ochenta. No se exhibe la cocaína o la prostitución de lujo. La película se desdibuja cuando la acción se concentra en los jóvenes protagonistas, pero gana fuerza cuando se centra en los personajes más viejos. Veteranos como Frank Langella o Eli Wallach hacen papeles impresionantes. La relación entre maestro y alumno, aprendizaje y redención, está en la clave de este díptico, que busca ahora rehabilitar a Gekko.

No es extraño que el tema de la reconciliación con el padre sea el que despierte los más profundos sentimientos del maduro Stone, buscando reconciliarse con la memoria del padre bróker con el que ha estado luchando toda su vida. Esa es la explicación del carácter melancólico y sensible de una conclusión, que se olvida de las conspiraciones financieras, para hablar de asuntos más íntimos. No son concesiones comerciales, sino ansía de redención, lo que lleva a Stone a buscar el padre que hay en Gekko.

LA AMBICIÓN QUE SIRVE AL DINERO
Fue Nietzsche ya el que observó que la ausencia de Dios en la cultura occidental había sustituido la divinidad por el dinero: “Lo que antes se hacía por amor a Dios, ahora se hace por amor al dinero”. La cultura de la codicia ha dominado este nuevo milenio, donde la avaricia ya es legal. No es sin embargo un problema nuevo. Jesús advierte más sobre el peligro de la codicia, que el del sexo. Lo sorprendente es que nadie parece sentirse culpable por ello.

El Evangelio nos habla de Zaqueo, un recaudador de impuestos (Lucas 19), despreciado por la sociedad. En aquella época Israel era además una nación conquistada. Los romanos oprimían a los judíos con impuestos, utilizando a estos agentes como colaboradores. Todo el mundo los despreciaba. Un “pecador” (v. 7) era alguien marginado. ¿Qué llevaría a un hombre como ese a tener semejante ocupación?, ¿dónde estaba la atracción de traicionar a tu familia y vivir como un paria en tu propia sociedad? La respuesta es clara: el dinero.

El recaudador de impuestos estaba autorizado a sacar beneficio de lo que cobraba. Pedía más dinero de lo que daba al gobierno. Hoy llamaríamos a eso extorsión. Era una actividad enormemente lucrativa. Zaqueo era además un recaudador “principal” (v. 2), que estaba a la cabeza misma del sistema. Era alguien rico, pero odiado.

Pablo dice que la codicia es una forma de idolatría (Colosenses 3:5; Efesios 5:5). Ya que no es sólo amor al dinero, sino algo que produce una increíble ansiedad. Jesús por eso nos advierte que “la vida de un hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). Porque la codicia hace que uno se defina por lo que tiene y consume. Basamos nuestra identidad personal en el dinero.

GRACIA LIBERADORA
Los idólatras aman, confían y obedecen a sus ídolos. Si “el dinero es un dios”, como Stone dice, lo podemos amar, confiar y obedecer. Lo amamos, porque nos pasamos el día pensando en nuevas formas de hacer dinero, fantaseando en cosas que comprar y envidiando a los que tienen más que nosotros. Confiamos en él, porque sentimos que nos da control sobre nuestra vida, nos ofrece seguridad y esperanza. Lo obedecemos, porque como Gekko, somos capaces de “vender nuestra alma” por dinero.

Si vivimos para el dinero, somos esclavos del dinero, aunque digamos que servimos a Dios (Lucas 16:13-15). Si decimos que nuestra identidad y seguridad está en Él, no podemos estar dominados por la ambición y la ansiedad. Ya que no podemos servir a dos señores. Jesús ve por eso a mucha gente religiosa tan perdida, como las prostitutas y los corruptos recaudadores de impuestos. Al llamar al avaricioso Zaqueo (Lc. 19:3-7), queriendo no sólo hablar, sino comer con él, Jesús nos muestra que la salvación es por gracia, no por reforma moral o cumplimiento de la ley.

No era Zaqueo, sino Jesús, el que quiso entrar en su vida. Es por gracia que él descubre la generosidad, yendo más allá de lo que la ley exigía, dando cuatro veces más de lo que debía (vv. 8-10). Aquel que no diezmó su vida y su sangre por nosotros, nos hace “deudores a su gracia”, queriendo entregarle nuestra vida. La salvación de Dios no viene en respuesta a una vida cambiada, sino que nuestra vida cambia en respuesta al regalo de su salvación. La pregunta de Zaqueo no es cuánto tengo que dar, sino cuánto puedo dar. ¿Qué puede cambiar nuestro codicioso corazón en verdadera generosidad? ¡Sólo la gracia transformadora de nuestro Señor Jesucristo!

No te tienes que preocupar por el dinero, en la cruz Dios nos muestra que Él cuida de nosotros y nos da seguridad. No necesitamos envidiar el dinero de otros, su amor y salvación nos da una identidad que el dinero no puede darnos. El dinero no puede redimirnos de la tragedia de nuestra vida. Hace falta un amor mayor que el que Gekko siente por su hija, para liberarnos de la tiranía que el dinero tiene sobre nosotros: El amor de Aquel que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (2 Corintios 8:9).

Su gracia es la que nos enriquece, dándonos un tesoro en los cielos (1 Pedro 2:9-10). Porque ¿dónde estará sino tu tesoro, cuando todo te falte? La herencia de Dios es tener a Dios como un Padre eterno. Su amor nunca nos fallará. La satisfacción que Él nos da, no es comparable a nada de lo que el dinero nos puede ofrecer. ¡Él nunca nos decepcionará!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com

Amazing Grace en DVD

Publicado: noviembre 14, 2010 en Cine

JOSÉ DE SEGOVIA

La casa Filmax de Barcelona acaba de publicar en DVD la película Amazing Grace sobre el político evangélico William Wilberforce y su campaña contra el tráfico de esclavos en la Inglaterra del siglo XIX. Después de estrenarse con varios años de retraso en tres ciudades españolas en versión original subtitulada, el DVD incluye por primera vez una versión doblada al castellano. Esta obra presenta la fe evangélica en un contexto histórico, que como en Carros de Fuego o Tierras de Penumbra, nos muestra a cristianos normales enfrentándose a situaciones extraordinarias, por el poder de Dios que actúa en la debilidad. Estas producciones son un curioso ejemplo de cómo Dios utiliza la obra de personas que no son conocidas por su fe cristiana, para dar testimonio de la humanidad de una espiritualidad, que brilla por su ausencia en muchas películas evangélicas.

El director británico Michael Apted no tiene particular relación con el mundo evangélico. Hizo una de las entregas de la saga de James Bond (El mundo nunca es suficiente), pero también películas como Nell con Jodie Foster o Gorilas en la niebla con Sigourney Weaver, aunque la mayor parte de su carrera ha sido en televisión (comenzó en los años setenta, pero su última serie es la durísima Roma). Apted está ahora encargado de continuar la serie de Crónicas de Narnia, basada en las libros del escritor cristiano C. S. Lewis, que ha cambiado de productora (al abandonar Disney el proyecto) y cuenta como Amazing Grace, con la colaboración de varios evangélicos.

La película sobre Wilberforce fue presentada en la clausura del festival de Toronto el año 2006, pero la distribuyó Samuel Goldwyn el año siguiente en todo el mundo anglosajón, coincidiendo con el doscientos aniversario de la abolición del tráfico de esclavos por el Parlamento británico. Lleva el título en inglés del himno que se conoce en castellano como Sublime Gracia. La composición del antiguo tratante de esclavos arrepentido, el predicador inglés John Newton, se convirtió en la música más representativa de la población afroamericana, por la motivación de fe que llevo a la libertad de los esclavos en Inglaterra y Estados Unidos.

El personaje de Newton, interpretado por el inconmensurable Albert Finney, muestra la inspiración que el pastor de Olney (Inglaterra) tuvo en este grupo de políticos evangélicos, que se conoció como la “secta de Clapham” (aunque no eran una secta, ni todos vivían en ese barrio londinense). Su historia sigue siendo uno de los mayores episodios de la influencia evangélica en la sociedad del siglo XIX.

¿CAMPEÓN DE LAS CAUSAS PERDIDAS?

Este político fue uno de los mayores reformistas filantrópicos de la Inglaterra victoriana. Conocido por su fe evangélica, fundó la Sociedad Protectora de Animales, impulsó la educación, luchó contra el alcoholismo y promovió la misión cristiana en India y África, además de lograr la abolición del tráfico de esclavos en el siglo XIX. La película le muestra en su juventud, en el físico del actor de Los 4 Fantásticos Ioan Guffrud, con los problemas de salud que arrastró a lo largo de toda su vida. Este cuadro de debilidad contrasta con el inquebrantable tesón con el que se enfrenta al negocio de la esclavitud, que mantenía la sociedad británica de su tiempo.

La lucha de Wilberforce parecía en todos los sentidos una causa perdida. Si hay algo de su vida que la película logra transmitir con particular claridad, es la perseverancia de este hombre, frente a tantos intereses que hacían de su lucha un esfuerzo inútil. La bendita terquedad de Wilberforce nos muestra la necesidad de la paciencia y persistencia para poder lograr alguna medida de justicia en este mundo.

¡Hasta John Wesley creía que la esclavitud no sería derrocada por ninguna ley! Las propuestas de Wilberforce fueron derrotadas una y otra vez en el Parlamento, hasta que por un extraño giro de la Providencia se ganó la votación en 1807, que acabó con el tráfico del que dependían las dos terceras partes del comercio del país, veinte años después de su primera iniciativa legislativa. Por supuesto que él no estaba solo. Contaba con un grupo de amigos cristianos que le apoyaron para seguir adelante en los momentos más difíciles, ¡pero sólo Dios logró lo que parecía humanamente imposible!

¿ES POSIBLE UNA TERCERA VÍA?

La visión política de Wilberforce nos muestra la necesidad de buscar una tercera vía frente a conservadores y radicales. Si el estadista fue visto como una amenaza para el establishment que mantenía la esclavitud, su reformismo fue también considerado insuficiente por algunos abolicionistas, como muestra la película.

La clase dirigente inglesa estaba tan asustada por el terror de la Revolución francesa, que se oponía a cualquier cambio social, pero Wilberforce comienza su campaña contra la esclavitud dos años antes de la Revolución. Su fe en Dios y su gobierno por medio de Jesucristo, le guardó del temor conservador.

Políticos radicales como Cobbett se oponían a casi todo en el Parlamento, movidos por la causa revolucionaria. El deísmo centrado en el hombre de la Revolución francesa, no sólo produjo la Declaración de los Derechos Humanos, sino también el terror de la anarquía y los asesinatos masivos. Wilberforce rechaza el radicalismo, porque cree que todas las soluciones utópicas olvidan la pecaminosidad de ser humano, que hace esos proyectos imposibles.

LA NECESIDAD DEL NUEVO NACIMIENTO

No podemos olvidar entonces que el cambio decisivo que transformó la vida de Wilberforce fue una revolución espiritual. Cuando estaba en 1784 de gira por el continente europeo, su compañero Isaac Milner, le habló de su fe evangélica y la necesidad de un nuevo nacimiento (Juan 3). Los dos leyeron juntos en el viaje el libro de Philip Doddridge, que llevó al político a una fe personal en Cristo.

Como todo cristiano, Wilberforce siguió teniendo contradicciones y grandes debilidades, pero su fe era auténtica. Quería vivir como un discípulo de Jesús, aunque la comida, la bebida y la pereza, fueron constantes tentaciones para él. Luchó contra la adicción al opio, que le vino después de que un médico se lo prescribiera para una de sus enfermedades, uno de cuyos efectos fue la depresión. A pesar de ello sus contemporáneos destacan el gozo en Dios, que caracterizaba su fe.

Muchos en Inglaterra entonces, se oponían al movimiento evangélico como mero “entusiasmo”. Lo veían como una emotividad sin fuerza moral o social alguna. La experiencia de Wilberforce es un poderoso testimonio de que el nuevo nacimiento lleva a amar intensamente a Dios y a los demás. La conversión cristiana produce una vida que es al mismo tiempo útil y feliz. El avivamiento espiritual y la justicia social no son enemigos, sino compañeros útiles para hacer avanzar la obra de Dios.

REFORMA, NO REVOLUCIÓN

La revolución se caracteriza históricamente por la necesidad de la violencia, la

supresión del orden establecido y un idealismo utópico. La reforma que nace del Evangelio evita la violencia, transforma la sociedad y confía en Dios, en vez de en el hombre.

Como instrumentos de paz, los cristianos son “la sal de la tierra”, dice Jesús (Mateo 5:13). Deben entrar en todos los aspectos de la vida, guardándola y sazonándola. No deben desechar nada, sino probarlo todo, reteniendo lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21).

Si rechazamos el modelo revolucionario, es porque creemos en la bondad de la creación y la cultura, tal como Dios la ha creado. No renunciamos al mundo, los negocios, el cine o la política. Por muy corrompido que estén, debemos buscar su reforma y redención.

TESTIGOS DEL REINO

No debemos olvidar sin embargo que Wilberforce perdió más batallas que ganó. La lucha no es por un cristianismo constantiniano en que el estado obligue a vivir como creyentes a aquellos que no lo son. Ya que una religión represiva traiciona al final la propia esencia de la fe.

Muchos piensan que un político cristiano es la solución a todos los problemas, pero Wilberforce se equivocó en muchas cosas. Apoyó las desastrosas leyes del maíz en 1815, así como la abrogación del habeas corpus durante la guerra con Francia. Tuvo desaciertos e incoherencias. Ya que como dice Calvino, a veces es mejor el príncipe sabio mahometano que el necio cristiano. Puesto que como creyentes confiamos en un gobierno mejor que el de los príncipes de este mundo: el Reino de Dios.

Wilberforce nos enseña por eso que hay una gran diferencia entre luchar por la justicia en el mundo, para dar testimonio del gobierno de Cristo, y tratar de establecer el Reino de Dios en la tierra. Somos llamados a ser testigos. Lo que supone persuadir y sufrir, no imponer. No debemos confundir nuestro testimonio pasajero con la gloriosa realidad de su Reino, que Cristo establecerá en la tierra, no por medio de nuestro poder y dinero, sino por su segunda venida a este mundo.

Ese testimonio sin embargo es eficaz (Hechos 1:8). Ya que “los siervos de Cristo”, dice Wilberforce, “estimulados por un principio de afecto filial que hace que su trabajo sea fruto de una libertad perfecta, son capaces de servir con tanta energía y perseverancia como los devotos de la fama, los siervos de la ambición o los esclavos de la avaricia”. ¿Cómo es esto posible? Porque aunque no esperamos nada de los hombres, esperamos todo de Dios.

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2010).