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El poder en crisis de `Habemus Papam´

Publicado: noviembre 29, 2011 en Cine

 Joé de Segovia Barrón
El poder en crisis de `Habemus Papam´
Lejos de oponerse a la verdadera fe, es una película que ataca la falsa fe, que está en el fondo de tanta religión, psicología y moralismo

 

La Iglesia empieza a oscuras y termina muda en Habemus Papam. Frente al dogma de la infalibilidad del pontífice, Nanni Moretti nos presenta la humanidad profunda y dubitativa de alguien que se encuentra con una tarea que le sobrepasa. La sociedad vaticana sirve al director italiano de metáfora para hablar de la crisis de la responsabilidad en nuestra sociedad contemporánea. Es evidente que nos muestra un mundo carente de líderes y opciones integradoras, como observa Ángel Quintana en su interesante crítica de Cahiers du Cinema.
Si en su anterior película, El caimán (2006), Moretti se pregunta por qué alguien tan corrupto como Berlusconi puede guiar el destino de Italia, el cineasta ahora nos responde que es por la incapacidad de las personas para asumir su responsabilidad. Sus conclusiones son tan descorazonadoras como termina abruptamente cada una de sus películas. En medio de esta general incertidumbre, pone la mirada en una institución que, para él, representa las mayores certezas en un mundo cambiante. Su descubrimiento no puede ser más sorprendente: ni el Vaticano sabe ya qué hacer.
La mirada perdida del actor Michel Piccoli –como el recién elegido Papa– lo dice todo, tras sufrir un ataque de pánico justo antes de aparecer en el balcón de San Pedro para saludar a los fieles. No por casualidad, el personaje se llama Melville –como el autor de Moby Dick –, en referencia al personaje del cuento Barterbly, el escribiente , que dice siempre: “Preferiría no hacerlo”. Como el protagonista del relato, Melville rehúye toda responsabilidad. Es la ausencia de compromiso del “hombre sin atributos” que evita toda forma de posición respecto a la realidad que le rodea.
EL TEATRO VATICANO Melville se resiste –como Barterbly– a asumir cualquier gesto responsable. Como no se ve en el papel de nuevo pontífice, cae en una depresión, que hace que el Vaticano requiera los servicios de un psicoanalista –el propio Moretti–. Para esta especie de Woody Allen europeo, el psicoanálisis pretende llevar a cabo el mismo proceso de curación del interior humano que la religión. Sólo que lo que solía designar como alma, Freud lo convierte en inconsciente.
Es significativo que la primera vez que se le pida a Melville que se presente, se describe como un actor . Ya que desempeña un rol que no le pertenece, ni lo desea. Se le ha otorgado por una elección supuestamente divina, aunque le viene por unas votaciones –muy poco secretas, por cierto–, invitándole a representar un papel que él no ha elegido. Como el anterior Papa Juan Pablo II, Melville tiene la frustración de haber querido ser actor en su juventud, pero incorpora la religión a la sociedad del espectáculo.
El teatro gobierna una Iglesia llena de actores, grandes decorados, majestuosos disfraces y cuidados gestos de puesta en escena . Melville se encuentra con una compañía teatral, cuyo actor principal recita en pleno delirio el texto de la obra de Chejov, La Gaviota. Pero si el escritor ruso es capaz de convertir la vida en ficción,la iglesia se muestra incapaz de comprender la realidad. El Papa le dice a la segunda psicoanalista –interpretada por Margherita Buy– que su trabajo consiste en “hacer el actor”. Lo que siempre le “ha gustado mucho”, pero “ahora está cansado”.
UN MUNDO APARTE Quien espere encontrarse aquí con un ataque al Vaticano, sus escándalos económicos, tolerancia de la pedofilia, o peculiar política demográfica, se verá muy decepcionado. Porque no es eso lo que le interesa a Moretti. Tampoco es una película sobre la fe o la creencia religiosa –el autor tiene una educación católica, pero se declara como no creyente–. Evita toda parodia y caricatura, para lograr una empatía y comprensión por un mundo que contempla con una mezcla de respeto e ironía.
Como algunos saben, yo he sido recientemente huésped del Vaticano en una consulta de la comisión de teología de la Alianza Evangélica Mundial con el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos. Son reuniones informativas, que ahora tenemos cada año en diferentes países del mundo, un pequeño grupo de doce personas –seis por cada lado, y uno de cada continente–, que me ha llevado a conocer bien a algunos monseñores y tratar con algún cardenal. Me ha sorprendido así descubrir un mundo que desconocía, y por el que no tengo particular simpatía, pero que sinceramente me esfuerzo en entender desde la humanidad que nos une –la fe es otra cosa–.
No creo que el Vaticano sea la amable residencia de la tercera edad que Moretti nos presenta, pero dentro de este avispero de intereses terrenales, hay también ancianos débiles y entrañables –como los que la película nos presenta–, ¡quién sabe si también repletos de dudas! Lo que contrasta con la rigidez del psicoanalista, que se declara “el mejor”, y dirige los juegos con autoridad, cuando no es capaz de resolver la situación. A pesar de ello este es un mundo alejado del presente, que resulta anacrónico porque se rige por una serie de rituales que convierten todo acto en un ejercicio teatral, cuando en este mundo “todo cambia” –como canta Mercedes Sosa en un momento clave de la película–.
INCERTIDUMBRE E IMPOTENCIA Cuando buscaba en Roma algunas películas italianas para llevarme a casa –que no estuvieran todavía en España en DVD–, encontré La misa ha terminado de Moretti. En esta obra de 1985, el director interpreta a un joven sacerdote  que se instala en una parroquia de la periferia romana. Su deseo es ayudar a solucionar los problemas de la sociedad. Al cabo de unos meses se da cuenta que es incapaz de resolver nada, porque su doctrina le impide comprender la realidad.
En esa época Moretti utiliza ya la Iglesia católica como metáfora. El sacerdote nos habla de la escisión entre la teoría y la práctica . Como en Palombella rossa (1989) –una película que sí estuvo publicada en VHS en España–, la crisis tiene que ver con el fracaso de la utopía frente a una sociedad que no puede ser domesticada. En esa ocasión era el waterpolo –el deporte favorito de Moretti–, el que le sirve para mostrar la pugna entre los diferentes sectores de la izquierda. Aquí opta por el voleibol, un juego que enfrenta a varios equipos que muestran lo poco universal de una iglesia católica, que tiene en Roma su centro –una contradicción en términos–.
¿De qué habla entonces Habemus Papam ? Está claro que del poder y la representación, la responsabilidad y la humildad. No hay duda que las grandes instituciones viven desconectadas del ciudadano de a píe . Basta pensar en las manifestaciones de indignados que piden más humanidad a sus dirigentes. Lo sorprendente sin embargo de esta historia, es el vacío en un lugar que todos deberían querer ocupar. Frente a la exigencia de superación constante, el culto al yo, la búsqueda de perfección, y el hambre de poder, Melville opta por el tiempo muerto, el triunfo del fracaso y la confesión de la impotencia.
LA VERDADERA FE Lejos de oponerse a la verdadera fe, esta es una película que ataca la falsa fe, que está en el fondo de tanta religión, psicología y moralismo: la fe en uno mismo . Si la iglesia tradicional pretende basar su fe en una tradición escrita en piedra, Moretti nos desvela que detrás no hay más que humo, aire y dudas. Es el sentido del recorrido que hace el Papa por la ciudad, cuando se escapa del Vaticano. Este personaje, que apenas habla, tiene dudas acerca de sí mismo y el mundo que le rodea.
“Hablar de nuestros propios límites –dice Moretti– es un acto de fortaleza”. En ese sentido su actitud no está lejos de la del apóstol Pablo que retrata la Segunda Carta a los Corintios.  En ella vemos a un hombre consciente de su debilidad, pero que confiesa: “cuando soy débil, entonces soy fuerte” ( 12:10 ). Porque en Cristo, mi debilidad es su fuerza. Su victoria está en la cruz.
Nuestro egocentrismo es tan profundo y brutalmente idólatra, que la cruz siempre será escándalo y locura para el mundo. Sin embargo, Cristo crucificado es poder y sabiduría de Dios ( 1 Co. 1:24 ). Las personas que aceptan este mensaje no son más sabias, dotadas, o seguras que otras. Ya que Dios ha elegido a personas insignificantes, ceros a la izquierda, para “deshacer lo que es” ( v. 28 ). ¿Por qué se complace en nuestra debilidad? “A fin de que nadie se jacte en su presencia” ( v. 29 ). Es así como rebaja y aplasta toda pretensión humana.
Es el triunfo de su Gracia. Por eso el Papa de Moretti está más cerca de Dios que muchos de sus predecesores. La cuestión es si confiamos en Cristo, en vez de en nosotros mismos.

 

Autores:José de Segovia Barrón

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Cautivos del mal con William Golding

Publicado: noviembre 22, 2011 en Arte, Cine, Literatura

José de Segovia Barrón

Cautivos del mal con William Golding

El señor de las moscas es Beelzebú, un nombre del diablo en la Biblia.

22 DE NOVIEMBRE DE 2011

 Cien años después del nacimiento del autor de  El señor de las moscas,  William Golding (1911-1993), sus obras todavía nos enfrentan a la oscuridad del corazón humano. Al Premio Nobel de Literatura de 1983, le rechazaron su libro veintiún editoriales, hasta que un valiente editor publicó su novela en 1954, que arremete contra el mito contemporáneo de la bondad innata del hombre. El escritor de Cornualles escribe esta historia al volver de la segunda guerra mundial, donde participó en el desembarco de Normandía y la persecución, que llevó a la destrucción del acorazado Bismarck. Regresó entonces a su trabajo como maestro de escuela, cuando comenzó a escribir las notas del libro que llamó  E x traños desde el interior.  En él refleja sus experiencias en la guerra, pero también en el patio del colegio, por las que descubre que “el hombre produce mal, como la abeja miel”. La historia nos coloca ante la famosa pregunta de qué haríamos si estuviéramos perdidos en una isla . Piensa para ello en un lugar idílico como las islas de coral, y unos personajes tan inocentes como un grupo de niños. El resultado no puede ser más devastador. Si nuestro mundo confía con el ilustrado Rousseau que el hombre nace naturalmente bueno, pero es la sociedad quien lo corrompe, la alegoría de Golding nos demuestra lo contrario. Es por eso que  nadie quiso publicar su libro al principio. Les pareció terrible, aunque es tan real como la vida misma.

 PEQUEÑOS SALVAJES
 Cuando leí  El señor de las moscas  en el colegio, me pareció que estaba contando mi vida entonces . Recuerdo la escuela como un lugar de enfrentamiento brutal entre chicos. Unos pugnan por dirigir la pandilla –Ralph y Jack en la novela–, pero la mayor parte hace cualquier cosa para ser aceptado por los demás. Como el personaje de Golding, Piggy (Cerdito), yo me sentía más inclinado a la actividad intelectual que al ejercicio físico, y aunque no tenía problema de sobrepeso, a los doce años también llevaba gafas. Como él, me debatía entre la protección del líder y el camino solitario de Simon –una figura casi crística–.

 Si alguien piensa que el niño es puro e inocente, es que se ha olvidado de sus días de escuela . ¡Quién no se acuerda de la brutalidad de los chicos en un patio de colegio!, ¡o la presión por conformarse al grupo! Mi padre solía decir que las peores cosas las había aprendido en un centro religioso. ¿Está el problema, entonces, en la educación?, ¿o es el sistema el que corrompe al individuo?

Golding escoge por eso un entorno paradisiaco –como es la isla del Pacifico, donde se estrella el avión de los niños–, para mostrar nuestra relación con el mal. Si en el clásico de Ballantyne – La isla de coral  (1857) –, tres jóvenes marineros salvan a una mujer de la barbarie de un nativo que estrella a su bebé, para ayudar luego a unos misioneros a que se conviertan los indígenas, Golding imagina a los chicos convertidos en salvajes, parodiando la novela colonial hasta en los nombres deJack y Ralph.

 EL SEÑOR DE LAS MOSCAS EN EL CINE
 Peter Brook lleva  El señor de las moscas  al cine –en una versión que ha publicado ahora la Fnac de 1963– como un documental . La evidencia se la proporcionan en este caso un grupo de niños sin formación dramática, a los que pide que actúen sin inhibición alguna, soltándolos en una isla, al lado de Puerto Rico. Brook creía que no tardarían un fin de semana en comportarse como los niños del colegio de Salisbury, donde enseñaba Golding cuando escribió la obra: o sea, como auténticos salvajes.

La película que más fácilmente se puede encontrar en DVD, y se ha visto con frecuencia en televisión, es de 1990 –la dirigió Harry Hook–. Al ser en color, es mucho más atractiva. Su problema es que nunca creemos que los niños hayan sido inocentes. Como es norteamericana, los niños pasan de ser escolares británicos a convertirse en cadetes de una academia militar estadounidense. Se sugiere incluso un pasado criminal en algunos de ellos, como cuando se dice que Jack ha robado un coche, siendo detenido por exceso de velocidad. Los niños piensan en los programas de televisión que se están perdiendo. Cambian así el apodo de Piggy por el nombre de la cerdita de los  Teleñecos,  y convierten a Ralph en Rambo.

La violencia en la novela nace de las profundidades del hombre. Por eso cuando son encontrados por un barco, pintados como salvajes, los adultos piensan que los niños han estado jugando, pero “Ralph llora por las tinieblas de su corazón”. El paraíso de Golding no es de naturaleza darwiniana, sino teológica. Nos lleva a Milton y su trasfondo cristiano. El señor de las moscas es Beelzebú, un nombre del diablo en la Biblia. ¿Se nos está planteando aquí la Caída del hombre, como el relato bíblico de la expulsión del Edén? ¿En qué creía Golding?

 MÁS ALLÁ DEL PESIMISMO
Hijo de un maestro socialista de extraordinaria fe en la ciencia, Golding estudió ciencias naturales en Oxford, para complacer a su padre –que era profesor de ciencias–, hasta que decidió hacer literatura inglesa. De hecho,  su siguiente novela,  Los herederos,  nos muestra la maldad de la naturaleza humana en una familia de neandertales , que se enfrenta al homo sapiens para ganar la carrera de la evolución. La historia está narrada por la voz prehistórica de Lok, que cuenta la desaparición de los neandertales ante los sofisticados cromañones. El altruismo de los primeros es aplastado por la violencia destructiva de los vencedores, desde cuya perspectiva se concluye el relato.

Estaba estudiando en el extranjero, cuando leí su tercera novela,  Martín el naúfrago (1959). Basada en los acontecimientos reales ocurridos a un oficial de Marina, cuando su barco es torpedeado, el libro es una auténtica parábola de la necesidad de limpieza del hombre . Su lectura inspiró al cantante Bono de U2, la canción  White As Snow  ( Blanco como la nieve )  – en su disco del año 2009,  No Line on the Horizon–. 

Conocí  Caída libre  en la edición argentina de Losada. Su lectura provoca tal perplejidad en la crítica española de 1968, que Domingo Pérez Minik escribe: Cuando terminamos la obra ignoramos si William Golding es un católico, como muchas veces se ha escrito. Su catolicismo no tiene nada que ver con el de Newman, Chesterton o Graham Greene. Habrá que meterlo en el Purgatorio para que nos diga la verdad, si es capaz de resistirlo. Sería muy discutible aplicar el nombre de literatura negra a esta obra. Hay un viento de esperanza que lo inunda. O se trata de un cristiano o de un marxista renegado.”

 IRRECONOCIBLES
 A pesar de su reputación de pesimista, Golding cree que “el bien vencerá finalmente al mal” –como dice en un libro de entrevistas de 1962–. La cuestión es: ¿cómo será esto posible? Uno de los primeros libros que leí de él también es  Ritos de paso.  Lo compré cuando Alianza lo publicó –como  El señor de las moscas – en 1980. Es una novela de mar, que inicia una trilogía –que ahora ha llevado a la televisión la BBC–, que muestra la vida en una nave al final de las guerras napoleónicas.

Aunque yo no sé nadar y me mareo en los barcos, siempre me han atraído estas historias de personajes en un espacio cerrado en medio del océano. Porque muestran un universo moral, como las obras de Melville ( Moby Dick,   Benito Cereno ) o Conrad ( El corazón de las tinieblas, La línea de sombra, Lord Jim ), que revela la complejidad del corazón del hombre. Una secuencia de acontecimientos, aparentemente irrelevantes, nos llevan al momento crítico en que nos vemos obligados a repasar nuestra vida, para intentar entender cómo hemos llegado hasta aquí.

Como en  Caída libre o La pirámide  (1967), es como si nos deslizáramos por una pendiente imperceptible, que nos convierte en seres irreconocibles para nosotros mismos. Al final de la primera obra que publicó tras el Premio Nobel –  Los hombres de papel  (1984) –, Golding observa que “no comprendemos muchas de las cosas que hacemos, ¿verdad?”. En  La oscuridad visible  (1979) dice: “No somos inocentes. Somos algo peor que culpables. Somos ridículos.”

 CULPABLES, ¿DE QUÉ?
 Cuando uno ve el proceso doloroso de auto-comprensión que siguen los personajes de Golding, al contemplar como en un espejo su deformidad moral, uno no puede menos que pensar en las palabras del apóstol Pablo en  Romanos  7, cuando dice: “no entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco” ( v. 15 ). Descubre así el religioso judío que en él “nada bueno habita”. Ya que “aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo” ( v. 18 ).

Es más “de hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” ( Ro. 7:19 ). Puesto que “el pecado habita en mí” ( v. 20 ). El diagnóstico bíblico no es fácil de aceptar, ya que nadie quiere asumir su culpa. Para escapar de ello, se busca como en las novelas de Golding, un chivo expiatorio para nuestra maldad. Nos consolamos con la idea de que “todo el mundo es bueno, excepto tal vez Hitler, Stalin o Gengis Kan”.

 En  El señor de las moscas,  el mal viene de ese monstruo –que se denomina con uno de los nombres bíblicos del diablo–, pero el enigmático personaje de Simon carga el peso de la culpa, como el pastor que muere de vergüenza en  Ritos de paso. En esas figuras crísticas encontramos ecos del Evangelio que nos anuncia que por la muerte de Otro, podemos reconocer nuestra miseria y dar “gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor” ( Ro. 7:24 ), que ha llevado nuestra culpa. Por lo que “no hay condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” ( 8:1 ).

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011

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Super 8 y el conflicto del Padre

Publicado: noviembre 22, 2011 en Cine

Daniel Hofkamp

Super 8 y el conflicto del Padre

La última película de J.J. Abrams (el creador de la mítica serie Perdidos) nos transporta a los años 80 y al entrañable cine de aventuras de aquella época. Steven Spielberg produce e inspira esta historia, la mejor que hasta el momento ha realizado Abrams en la gran pantalla y que le coloca como digno sucesor del que ha sido en los últimos treinta años el “gurú” del cine espectáculo de Hollywood.

Los protagonistas de la película son un pequeño grupo de niños casi adolescentes, envueltos en una divertida aventura grupal: hacer una película de zombies para presentar a un “importante” concurso internacional. En Super 8 se va dibujando con maestría a unos niños creativos, con sentido del humor y mucha pasión. Un grupo heterogéneo en el que algunos, a pesar de su corta edad, sufren profundas heridas relacionadas con una complicada situación familiar.

La película comienza mostrándonos a un chico que ha perdido recientemente a su madre en un accidente laboral. Desde entonces, la relación con su padre es distante, y la comunicación entre ellos se limita a las órdenes con las que el agobiado progenitor intenta moldear la conducta de su hijo. Poco después se nos presenta un conflicto similar en la chica protagonista, que sufre también la ausencia de una madre, en este caso con el agravante de la compañía de un padre alcohólico y violento.

A pesar de que el misterio, la aventura y la acción forman una parte importante del desarrollo de la historia, ésta se mantiene principalmente en torno a este conflicto padre-hijo. Un tema que el cine ha tratado desde diversas perspectivas, pero que sin duda es uno de esos asuntos inagotables y universales, de largo recorrido.

PADRE AUSENTE, HIJO REBELDE

El interés del director y escritor de la historia J.J. Abrams en plasmar los conflictos entre padres e hijos ya se reflejó en su mejor creación audiovisual, la serie Perdidos, donde además de jugar con el misterio y la intriga, se preocupó de poblar la isla de personajes cuyo principal problema era la difícil y tortuosa relación con sus padres, que conocíamos por los flashbacks y marcaba el presente en aquel entorno misterioso.

Lo cierto es que no es difícil para el espectador sentir empatía con aquellos personajes que lleven heridas, muchas veces sin cicatrizar, por este conflicto que no entiende de culturas ni épocas. La figura del padre nos impone respeto. Es el primer modelo al que miramos, que muchas veces admiramos de niños y luego rechazamos en la adolescencia.

Pero para aquellos que son padres, también resulta complicado saber cómo comportarse con sus hijos. A veces por problemas de comunicación, o por el difícil equilibrio entre autoridad y cariño, los padres han llevado a cuestas un sufrimiento que -según dicen- sólo quien lo ha pasado puede entenderlo. Muchos son los que desearían poder abrazar a su padre o a su hijo, pero no son capaces por culpa de heridas que quedan sin tratar y que el tiempo no cura.

Últimamente me ha llamado la atención que aún en la historia más conocida de todas, la de Jesús, hay un conflicto con el padre. El que se llamó a sí mismo “Hijo de Dios”, cuando estaba en la cruz clamó ese desgarrador “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Eran momentos de dolor no sólo por el sufrimiento físico de una tortura cruel y despiadada; sino también por la sensación de desamparo y soledad.

Uno de los escritores del Nuevo Testamento explica que Jesús pudo soportar este momento “por el gozo que le esperaba”. Sí, el gozo del reencuentro con su padre, y además la alegría de saber que su muerte tenía un sentido trascendental para la relación entre la humanidad y  Dios mismo. Como dice uno de sus discípulos más cercanos, Juan, fue “el amor del padre” lo que hace que ahora nosotros podamos llamarnos “hijos de Dios”.

Ahora Jesús, tras pasar ese momento, “puede compadecerse de nuestras debilidades” porque aunque “era Hijo, por lo que padeció, aprendió a obedecer”. Y su padre puede ser también el nuestro, uno en el que podemos “recibir la misericordia y hallar la gracia en el momento que más lo necesitemos”, dice el escritor a los Hebreos.

En el caso de Jesús, el conflicto del padre sirvió para su crecimiento y, en consecuencia, para nuestro provecho. Pero, ¿qué pasa con nuestro conflicto con Dios? Al igual que con nuestros padres podemos tener heridas abiertas, la situación se asemeja a la que tenemos con el padre que Jesús nos vino a mostrar.

Jesús vino a mostrarnos a un padre que nos ama, que quiere tener una relación fluida con cada hijo, que quiere dar sentido a la vida y a la muerte. Un padre que, como el de la conocida historia, espera el regreso del hijo que se había alejado, para que pueda disfrutar del perdón de un Dios dispuesto a abrazarlo y darle aquello que su corazón necesitaba. Dios quiere restaurar su relación con cada persona que esté dispuesta a conocerle y acercarse a él. Un conflicto que para entenderlo no es necesario verlo en la pantalla: podemos encontrarlo en lo profundo de nuestro ser.

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Lutero, la Pelicula

Publicado: noviembre 14, 2011 en Cine

George Harrison y el mundo material

Publicado: noviembre 13, 2011 en Cine, Literatura, Música

José de Segovia Barrón

George Harrison y el mundo materialHay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente. Esa meditación se basa en las Escrituras

 

 La última película de Scorsese es un documental sobre  el  Beatle silencioso  George Harrison, diez años después de su muerte. Se llama  Viviendo en el mundo material.  El más discreto y místico de los cuatro chicos de Liverpool que conmovieron el mundo, murió de cáncer a finales del año 2001 en Los Ángeles. Su figura no es tan popular como la de Lennon, pero se empieza ya a reconstruir poco a poco una enigmática personalidad, que permaneció a la sombra del grupo que ha marcado no sólo la música popular de nuestro tiempo, sino la identidad de varias generaciones de jóvenes que buscaron la luz en Oriente.

El nombre de la película,  Living in the Material World,  viene del disco que Harrison hizo en 1973. Lo hizo después de organizar una serie de conciertos para Bangladesh, que fueron el germen de todos los festivales benéficos que se han hecho a partir de entonces. El álbum nace de una espiritualidad que hunde sus raíces en el libro, cuyas ilustraciones aparecen al desplegar la carátula de este disco: El  Bhagavad Gita.

 El disco es en cierta manera una versión ampliada de su canción en forma de oración,  My Sweet Lord  ( Mi Dulce Señor ) ,  que en 1971 mezclaba los mantras a Krishna  con los  aleluyas  cristianos , llevando a Harrison al primer puesto de las listas de ventas, tras la disolución de los  Beatles.  En las notas que acompañan la actual reedición del álbum, un  iluminado  George reconoce la influencia de Bhaktivedanta Swami. Una música a la que solo le falta sándalo para transmitir su esencia religiosa con una asombrosa candidez acústica.

 REVOLUCIÓN ESPIRITUAL
 Los años sesenta trajeron una revolución espiritual de la que todavía vivimos hoy. El racionalismo y la religión tradicional son cuestionados, porque el progreso había dejado de lado lo inexplicable . La teología había acabado con el alma y el misterio de la fe. La Iglesia había aceptado la alianza industrial-político-militar, buscando sólo el poder para imponer su moralidad. Las religiones orientales, sin embargo, parecían mostrar más respeto por la naturaleza y estar menos interesadas en la guerra y la búsqueda de las riquezas.

 “Yo creo más en las religiones de la India” –dice George Harrison, al volver de Bombay en 1966–, “que en todo lo que he aprendido del cristianismo”.  Para él, “su religión no es como lo que parece ser el cristianismo, ir a la iglesia el domingo por la mañana, porque se supone que tienes que ir, en vez de por qué quieres ir”. En Oriente encuentra algo que “es cada segundo y minuto de tu vida, cómo actúas, cómo te comportas y cómo piensas”…

George dice que la única cosa que merece la pena buscar en la vida es la respuesta a las últimas preguntas: ¿quién soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿a dónde voy? “Hemos conseguido dinero y fama” –observa el antiguo Beatle–, “fue divertido un tiempo, pero desde luego no es la respuesta a lo que es la vida”.

 “LA TRAMPA CATÓLICA”
 El  Within You Without You  de Harrison nos desafía a no ignorar las realidades espirituales, frente a la realidad material, citando incluso las palabras de Jesús . Paul y George eran hijos de católicos casados con agnósticos de origen protestante. Se criaron en casas donde la religión no tenía ninguna importancia. Sus padres eran trabajadores del norte de Inglaterra, que veían la Iglesia como un instrumento de poder de los ricos.

 La crítica de George, sin embargo, de la Iglesia católica, no se basa en su vacuidad, sino en su manipulación . El creía que la gente iba a misa por miedo a la condenación, más que por amor a Dios. Pensaba que ese temor, una vez implantado en un niño, es difícil librarse de él. “Esa es la trampa católica”, dice Harrison –pensando en la máxima jesuita, por la que si la Iglesia tiene un niño hasta los siete años, será suyo para siempre–. “Te agarran cuando eres joven y te lavan el cerebro, para tenerte el resto de tu vida”.

La hermana de George, Louise, se fue a América en 1965, para ser educada en un convento, pero reaccionó contra su iglesia de un modo similar. “Es cuestión de miedo”, afirma. “Cuando éramos lo suficientemente pequeños para ser gobernados por el temor, hicimos lo que pensamos que sería mejor hacer, si no queríamos freírnos en algún sitio; pero cuando nos hicimos lo suficiente mayores para pensar por nosotros mismos, decidimos que ese no era nuestro dios”. Por eso cuenta que “los dos se alejaron de ello”.

 EX ORIENTE LUX
George era tan anticatólico, que veía su conversión a la religión oriental como una completa ruptura con el cristianismo. Aunque es curioso que repita continuamente las debilidades del catolicismo para resaltar lo atractivo del hinduismo. Sin embargo,  su principal problema con la iglesia donde había sido bautizado es que no era suficientemente espiritual. Una vez tomado el sacramento, vivían como si aquello no fuera verdad…

“Lo que pasa con la religión, es que es algo que te obligan a hacer el domingo por la mañana” – reflexiona Harrison a los 22 años–. “Significa muy poco para la gente, incluso si van a la iglesia, no sienten gran cosa por ello”. Ve la diferencia entre lo que dicen y lo que hacen. “Piensan que después del domingo pueden seguir haciendo lo que hacían, ¡no cambia la manera en que actúan!”.

 En contraste –en su primera visita a la India en 1966–, le impresionó cómo los devotos hindúes incorporaban sus creencias a cada aspecto de su vida . También le llamó la atención la ausencia de culpa por un sentido de pecado. Hay dos cosas sin embargo en el hinduismo, que no pueden sorprender a ningún católico: el poder de las imágenes y la letanía de los rezos. ¿Qué te ayuda a concentrarte en Dios?, le preguntan en 1982. Contesta: “Tener tantas cosas alrededor mío que me recuerden a él, como incienso e imágenes”.

 DEL LSD AL MAHARISHI
 George conoce al  guru  Maharishi en 1967 , dos meses después de que los Beatles  hicieran su disco  Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band.  En su canción  Dentro de Ti, Fuera de Ti, Harrisonanunciaba que habían descubierto un amor, con el que “podríamos salvar el mundo”. Entonces cantaba: “Todos somos uno y la vida fluye dentro de ti y fuera de ti”. Aunque lo que había descubierto desde hacía dos años era el LSD. Un amigo dentista le había dado una dosis con el café después de cenar. George dice que “no había probado nada parecido antes”. Cree que “abrió algo dentro” de él y “se dio cuenta de muchas cosas”.

El verano de 1967 lo pasa Harrison en el centro mismo de la cultura psicodélica, en el barrio de Haight-Ashbury en San Francisco, pero al no encontrar allí el amor que buscaba, abandonó el mundo de la droga. “El LSD no es verdaderamente la respuesta”, dice: “No te da nada” . Aunque “te permite ver muchas posibilidades, que quizás no habías visto nunca antes, no es la respuesta”, dice a la prensa musical. “Hay maneras especiales de elevarse sin drogas, como el yoga, la meditación y todas esas cosas”.

Los  Beatles  conocieron a Maharishi Mahesh Yogi cuando tenía 55 años. Había fundado un Movimiento de Regeneración Espiritual. Con su larga melena, una barba gris, túnicas blancas y una sonrisa beatifica, hablaba siempre de amor, en un discurso lleno de acertijos. Las historias que se contaban entonces de estos maestros orientales eran increíbles. Se decía que andaban sobre el agua y vivían cientos de años, con cuerpos que no eran más que materializaciones. Todo aquello fascinó al grupo, pero se desilusionaron después de una temporada en su  ashram.  Lennon, de hecho, le dedica una canción, llamándole  Sádico sexual . Sin embargo, el interés que Harrison sentía por las religiones orientales no era algo pasajero, pero  será Swami Prabhupada quien ocupe su lugar .

 ENTRE  HARE KRISHNAS  Y  ALELUYAS 
 El fundador de Hare Krishna se había mudado a San Francisco en los años sesenta. Harrison le regalaría luego una mansión en Inglaterra y les apoya económicamente. En 1969 graba el Mantra Hare Krishna  con Ravi Shankar, que llegó a ser un éxito popular, antes de  Mi dulce Señor . Cuando los Beatles hacen  Sergeant Pepper,  Georgehabía pasado ya seis semanas en Bombay con este músico indio, aprendiendo a tocar el  sitar. “Habiendo tenido éxito y conocido a toda la gente que merece la pena conocer”,  Harrison concluye que en Occidente “todos vibran en un ámbito material, que no te lleva a ningún sitio”, pero en la India siente que hay “algo que es sólo espiritual”.

“Espero salir de este lugar”, canta en  Living in the Material World,  “por la Gracia del Señor Sri Krishna, mi salvación del mundo material”. En su gira americana de 1973, George hace que el público cante el  Mantra Hare Krishna,  prometiendo que “si lo hacemos todos, volaremos el techo por los aires”. No ocurrió así, pero el cantante mantuvo su fe hasta el final. Tanto fue así, que cuando fue asaltado en su casa, algo antes de morir, con un arma blanca, dijo  Hare Krishna , según declaró su atacante en el juicio.  En los años noventa todavía canta para promover la meditación trascendental, y financia el  Partido de la Ley Natural,  la rama política de los seguidores de Maharishi. ¿Qué es lo que encontró Harrison en este misticismo oriental?

 ¿VER PARA CREER?
 “Si hay un Dios, quieres verle”, dice George en una de sus entrevistas. “No tiene sentido creer en algo sin pruebas”. Por eso practicaba la meditación oriental . El creía que “puedes realmente ver a Dios, oírle, tocarle”. Pero “toda la actitud cristiana consiste en que creas lo que ellos creen”, pensaba George. Mientras que “en la India aprendí que no puedes creer en nada hasta que no hayas tenido una experiencia directa de ello”. La meta de Harrison era por eso descubrirlo perdiendo su individualidad en el puro ser, llegando al estado de pura conciencia por el camino de la meditación trascendental.

 Pero hay otro camino que lleva a una relación con el Dios personal y trascendente, que se ha revelado en la Biblia. Esa meditación se basa en las Escrituras . Por ellas el Espíritu se manifiesta, pudiendo experimentar a Dios por medio de Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida. Para eso no hay que divinizar, ni despreciar el yo.

Porque el mundo no es la realidad última, pero tampoco un mero espejismo. No hay que evadirse, sino enfrentarnos a quiénes somos por medio de esa cruz, que rompe la barrera que nos separa del Dios vivo, por el camino del perdón. Es así como encontramos el dulce Señor, en el que la paz y la justicia se besan.

Autores: José de Segovia Barrón

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Misión en la jungla

Publicado: noviembre 3, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón

Misión en la jungla

No es la Historia de una monja que popularizó Audrey Hepburn, sino la de una misionera protestante, interpretada por Angie Dickinson.

 Hay varias películas sobre enfermeras misioneras en África, pero ninguna como Misión en la jungla  (1961) –titulada originalmente  Los pecados de Rachel Cade –, que ahora se publica en DVD. No es la  Historia de una monja  que popularizó Audrey Hepburn, sino la de una misionera protestante, interpretada por una Angie Dickinson que acababa de ser el amor de John Wayne en  Rio Bravo. Es cierto que las dos se desarrollan en el Congo belga en torno a la segunda guerra mundial, pero la crisis de ambos personajes nos muestra las profundas diferencias entre el catolicismo y el protestantismo.El personaje de Gabrielle van der Maal que hace Hepburn  – una actriz inglesa, que nació también en Bélgica, como la hermana Luke, y hablaba también flamenco, porque su madre era holandesa –  tiene conflicto con los votos que ha hecho en el monasterio. El problema de esta misionera norteamericana que encarna Dickinson  – antes de llegar a ser  La mujer policía – , tiene que ver con la dificultad de lo que significa ser cristiano. Su relación con el seductor médico que interpreta Roger Moore  – un año después  El Santo,  luego  James Bond –  y el coronel ateo  – que hace otro británico, Peter Finch – , la hacen despertar a una sexualidad cuyo resultado será, para su vergüenza, un embarazo indeseado.

 Esta fascinante historia está basada en una novela titulada  Rachel Cade,  escrita por el hijo de un pastor bautista, Charles Mercer (1917-1988), que acabó en el servicio de inteligencia del ejército americano durante la segunda guerra mundial y la crisis de Corea. Aunque el productor Henry Blanke utiliza algunas escenas africanas que habían sobrado de Historia   de una monja,  y Finch hace más o menos el mismo papel que en la película de Zinnemann, el dilema de Rachel es diferente al de la hermana Luke.  No se trata de la obediencia a unos votos de sacrificio a Dios, sino la culpa de no vivir conforme a lo que uno cree y predica. Es una cuestión entre Dios y los hombres, no un conflicto con la autoridad de una orden y su madre superiora. Ya que no entra aquí siquiera la organización misionera.

 DILEMA MORAL
 Rachel es una mujer virtuosa, pero nada mojigata, aunque venga de Kansas. Llega a esta pequeña  aldea, cargada de biblias, justo cuando el médico residente muere de un ataque al corazón. Esta rubia misionera llega a la oscura África para salvar vidas y almas de la enfermedad y la ignorancia, mientras que los nativos creen que los blancos traen la maldición del dios de las montañas . En el choque que se produce entre ambos mundos, vemos también el contraste de una civilización occidental, caracterizada por los avances de la ciencia y la medicina – que trae esta mujer sola, como resultado de la igualdad de oportunidades – , con la horrible guerra que tienen estas naciones “civilizadas”, como telón de fondo al fracaso moral de la protagonista.

Cuando el personaje de Dickinson llega al Congo, está a punto de comenzar la segunda guerra mundial. Tiene entonces un breve enfrentamiento con el coronel belga encargado de controlar la zona, prestando servicios civiles, Henri Derode. En su confesado ateísmo declara que “si a los niños no les hablara de Dios, no pensarían en Él”. Asiste luego a una danza tribal llena de erotismo, que despierta la sensualidad dormida de Rachel. Su perplejidad inicial da paso en la misma secuencia a una sensación de sofoco, que llena de sudor su frente en primeros planos, hasta huir del lugar donde se celebra el baile. Confusa en su lecho, se siente perturbada por lo que ha visto y el evidente deseo de Derode, que le muestra su amor una y otra vez.

El escepticismo del belga tiene su equivalente en el papel del sacerdote de la tribu, Kulanumu –el portorriqueño Juano Hernández – , enfrentado al brujo Muwango  – que interpreta en un breve papel Woody Strode, el actor afroamericano favorito de John Ford –.  Cuando va a morir, Kulanumu confiesa: “no hay maldición mayor que la que creemos para castigarnos a nosotros mismos”. ¿Se trata por lo tanto de dos supersticiones enfrentadas, una aceptada por la civilización y otra rechazada por ella?, como observa José Mª Latorre.

 ¿NATURAL O MILAGROSO?
 Amenazada por Muwango y Kulanumu, la misionera se enfrenta a la enfermedad de un niño dado por muerto, porque su padre había provocado al dios de la montaña. Aunque no tiene experiencia quirúrgica, logra extirpar el apéndice, ganando su confianza. Al atribuirle el milagro, su consulta se llena de pacientes. El problema es que otro niño muere, vaciando de nuevo el hospital. Cae entonces milagrosamente del cielo un avión, que se estrella a las afueras del pueblo. Sobrevive el piloto, un apuesto Roger Moore, que resulta ser un médico americano luchando en la RAF contra Hitler. 

Si uno escucha la versión original, observará que aunque los indígenas hablan perfecto inglés, el actor británico se esfuerza por cambiar el acento, para demostrar que viene de Boston. Muchas frases están mal traducidas, no sólo en el doblaje, sino también en los subtítulos. Comentarios como el de Moore, al ver las camas de la clínica vacía, sobre si los habitantes de la aldea son de la  ciencia cristiana   – ya que esta secta, que no hay que confundir con  cienciología,  no cree en la realidad de la enfermedad – , debieron ser simplemente incomprensibles para el traductor.

Rachel se entrega al piloto médico, en vez de a Henri, en una secuencia que juega con la sugerencia de elementos naturales como un fuerte viento que acompaña a Rachel hasta la cabaña, donde se encuentra el personaje de Moore. La turbulencia que agita a la enfermera misionera la lleva a abrazarle, como vemos desde un ventanal. El director Gordon Douglas tiene esa capacidad para jugar con el aire, el polvo, la lluvia y el calor  – en magníficos westerns , como Río Conchos – y  la ambigüedad moral de los personajes  – como  El detective que interpreta Sinatra, en el corrupto Nueva York de finales de los sesenta – .

 EL PROBLEMA DE LA CULPA
 Cuando se recupera de sus heridas, el médico tiene que volver a Europa, dejando a Rachel embarazada. Ella no quiere decírselo, pero el coronel, que sigue enamorado de ella, hace como que están casados, e informa luego al padre del nacimiento de su hijo. Al volver quiere llevársela a Boston, pretendiendo que ella está viuda, para ocultar el hijo ilegítimo. Ella, sin embargo, decide quedarse, y seguir ayudando a los nativos.

 La pregunta de la publicidad de la película decía no sólo “¿cómo te atreves a predicar contra el pecado, Rachel Cade?, ¡tú… y tu amante… y tu hijo…!”, sino que tiene una interrogante mucho más interesante: “¿Qué precio debe pagar una mujer por sus pecados?”. Es ahí donde reside la profundidad de esta historia.

Es evidente que ella ha actuado hipócritamente. Ha recriminado a su ayudante Kulu, por tener relaciones con una mujer, cuando no está casado. Lo que ella hace, es mostrarle lo que la Biblia llama pecado. Aunque lo desprecia como algo animal, en vez de verlo natural, como él pretende. Kulu reconoce a Dios como Padre, que ha venido en Jesucristo, y trae por su Espíritu a la misionera, pero no entiende que prácticas sexuales, que ellos consideran normales, sean ahora pecaminosas. Finalmente lo acepta, y accede a casarse civilmente en una ceremonia válida para los protestantes, que realiza el propio coronel.

 EL PRECIO DEL PECADO
 Cuando ella misma falla, no niega su pecado, sino que lo reconoce . A la pregunta del personaje de Moore: “¿No creerás de verdad que estás en pecado?”. Ella le contesta: “yo creo en la Biblia”. Él dice: “Yo también, pero estamos en 1940”. Su respuesta entonces no puede ser más clara: “no hay fecha para la moralidad”. A la vez que le recuerda: “no estamos exactamente en estado de gracia”.

Rachel cree que no puede dejar su labor en la aldea. Piensa que “no estaría bien”. El está harto de escuchar sobre lo que está bien y lo que está mal. “Estas cosas se resuelven solas”, dice. “Para mí, no”, le contesta ella.  Al confesar su pecado, es sorprendida por la gracia, ya que los nativos no la juzgan, habiendo hecho ella lo que antes les había recriminado. Su propio ayudante sigue en eso el ejemplo de Jesucristo .

Según Kulanumu, ella se atormenta a sí misma, porque ha violado sus propias reglas. Por lo tanto sólo ella puede traer la paz a sí misma. En el culto, sin embargo, que se celebra en la aldea al final de la película, Rachel habla al “Señor que está en su santo templo, ante el cual se doblega toda la tierra”. En esa tradicional invocación, busca que “las palabras de nuestra boca y las meditaciones de nuestro corazón sean siempre agradables a sus ojos”, confesando que “somos su pueblo y ovejas de su prado”, mientras llama a “buscar al Señor, mientras pueda ser hallado”.

 En vez de despedirse, hace leer a su asistente las palabras del  Salmo 51 : “¡Ten compasión de mí, oh Dios!, / conforme a tu gran amor; / conforme a tu inmensa bondad / borra mis transgresiones. / Lávame de toda mi maldad / y límpiame de mi pecado. / Yo reconozco mis transgresiones; / siempre tengo presente mi pecado. / Enseñaré a los transgresores tus caminos, / y los pecadores se volverán a Ti / Abre, Señor, mis labios, / y mi boca proclamará tu alabanza”. Con la música del himno evangélico  Abide With Me , se anuncia el triunfo de la Gracia sobre el poder del pecado. Cristo ha pagado el precio. A nosotros sólo nos queda alabar a Dios por ello.

Autores: José de Segovia Barrón

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La memoria oscura de Pa negre

Publicado: octubre 4, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón
La memoria oscura de  Pa negre Basada en la novela de Emili Teixidor, esta historia de fantasmas narra cómo un niño descubre su conciencia moral entre las mentiras de los adultos, hasta dar con el monstruo que toda criatura lleva dentro.

05 DE OCTUBRE DE 2011

 Después de arrasar en los Goya, se presenta a los Oscar la película catalana del nuevo Premio Nacional de Cinematografía, Agustí Villaronga, Pa Negre.  Publicada ya en DVD, vuelve a la pantalla grande este demoledor drama sobre la memoria oscura de la guerra civil española. La dialéctica de vencedores y vencidos queda aquí difuminada en un panorama donde la bruma del paisaje actúa como metáfora de la confusión moral. Tras los grandes ideales, está la inocencia perdida que produce “el nacimiento de un monstruo” –como dice la frase promocional de la película–.

Basada en la novela de Emili Teixidor,  esta historia de fantasmas narra cómo un niño descubre su conciencia moral entre las mentiras de los adultos, hasta dar con el monstruo que toda criatura lleva dentro , en su terrible condición caída. En este escenario de sombras, los personajes proyectan sus miedos, temores y deseos, desde una infancia que está lejos de la imagen idealizada de inocencia que predomina hoy día.

 El director mallorquín se acerca a la Cataluña rural de postguerra, para describir “la pérdida de ideales” que conforma este paisaje de devastación moral, capaz de producir un conflicto fratricida . Como en  Tras el cristal  (1987), uno se da cuenta que el joven superviviente del Holocausto no es mucho mejor que el nazi exiliado enfermo, que atiende. Las figuras de los relatos de Villaronga esconden siempre bajo su apariencia gris una vida interior llena de contradicciones y miserias.

La pérdida de la inocencia de este hijo de un militante republicano nos muestra que los más nobles ideales pueden escoger caminos tortuosos, ante un conflicto provocado por un cáncer imparable que pudre todo lo que toca. La enferma naturaleza humana pervierte cualquier sentimiento e idea. Rastrear en esta ciénaga infecta, supone un riesgo que pocos como Villaronga acometen, ya que choca con lo  políticamente correcto.

 SECRETOS INCONFESABLES
 La búsqueda de la memoria histórica requiere la valentía de un investigador como el pequeño Andreu, dispuesto a no retroceder ante el descubrimiento de esos secretos inconfesables, que desvelan los esqueletos en el armario . La amplia filmografía española sobre la guerra civil y la postguerra, se caracteriza toda ella  – desde la época de Pilar Miro – , por una visión dolorida del bando derrotado, planteada siempre de una forma acrítica  – a no ser que sea por extranjeros, como el trotskista británico Ken Loach en  Tierra y libertad – , que busca una solidaridad emocional, que suele caer en la tentación martirológica.

A diferencia de la mayor parte de las películas españolas sobre la época, no hay aquí decorados de cartón piedra, fotografía plana, o ropa y  atrezzo,  que parezca recién sacada del almacén. Las imágenes trasladan poderosamente la atmósfera malsana, que infecta la vida de los personajes, transmitiendo la sensación de zozobra, miedo y expectación que vive el pequeño protagonista (Francesc Colomer), en la incertidumbre de este oscuro y turbio ambiente.

 La expresividad y poderío visual de Villaronga hace creíble este desgarrado cuadro de brutalidad, humillación y ensañamiento con el débil y el diferente. La corrupción de la inocencia es retratada en la mirada de este niño, que se hace progresivamente turbia, provocando al mismo tiempo miedo y ternura. Esta es una película dura y compleja, realista y perturbadora. Deja poso.

 VERDADES OCULTAS
El cine tiene una capacidad especial para reflejar el lado oscuro de la humanidad. Porque la vida está llena de traiciones, engaños y verdades ocultas. La película arranca con una espectacular escena de asesinato, pero es sólo la excusa  – McGuffin  en el lenguaje cinematográfico, según una conocida expresión de Hitchcock –. Ya que el duelo de rencores y envidias es anterior a esta historia, que se desarrolla en los años cuarenta. Tiene que ver con el estallido de odio que supuso la guerra civil.

 Pa negre  habla del lodazal moral de una época llena de tenebrosos ajustes de cuentas, la lucha por la supervivencia de los vencidos, y el terror a perder lo poco que te han dejado. En este pantanal, lleno de de secretos sórdidos, la violencia florece en un ambiente podrido, dominado por relaciones de poder, mentiras disfrazadas y fantasmas dolorosos. Todo es como un volcán, a punto de entrar en erupción. 

La película de Villaronga escarba en lo más oscuro del ser humano, en sus contradicciones más profundas. No hay nada aquí del maniqueísmo del discurso político al uso.  Pa negre  no es otra historia más de la postguerra. Es un descenso abismal a lo más hondo del corazón humano de unos personajes heridos sin remedio .  Su conclusión no puede ser más desesperanzadora: sus errores les perseguirán toda la vida.

 NUESTRA IDENTIDAD
 Es difícil no darse cuenta de que hay algo que está mal en este mundo. Es lo que la Biblia llama pecado . Algo ofensivo y ridículo para muchos, pero indudable para el que considera la realidad de la Historia humana. El mal no es resultado simplemente de ciertas condiciones sociales o psicológicas. Viene de nuestro deseo de querer ser uno mismo, y encontrar una identidad, aparte de Dios.

 El filósofo danés Soren Kierkegaard –que tanto influyó en Unamuno–, define por eso el pecado – en su librito  La enfermedad que lleva a la muerte (1849) –, como “la desesperación de no querer ser uno mismo ante Dios”. Todos basamos nuestra identidad, el sentido de que somos distintos y tenemos un valor, en algo o alguien. Esto toma a veces forma de ideología –como en la religión, o la política, que vemos en la película–, pero muchas veces es simplemente nuestro interés personal. Lo que David considera una ofensa contra Dios ( Salmo 51:4 ).

“¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? –dice Santiago– ¿No es precisamente de pasiones que luchan dentro de vosotros mismos?” ( 4:1 ). El problema está en nuestro interior. La Biblia no entiende por eso el pecado como las cosas malas que hacemos, al estilo de la religión y la moralidad. La razón está, como dice Kierkegaard, en nuestro esfuerzo por intentar “justificar nuestra existencia” por nuestros logros, posición social, talentos, o relaciones sentimentales, aparte de Dios.

 EL REMEDIO DIVINO
 El mal no sólo produce las guerras, sino que nos destruye personalmente . Porque nuestra identidad sin Dios, es inestable. Mi vida puede parecer que tiene un valor en sí misma, pero eso puede desaparecer en cualquier momento. Si baso, por ejemplo, mi identidad en ser padre –como la pareja protagonista de la película–, en el momento que algo va mal conmigo, o mis hijos, ya no soy nadie.

Si algo amenaza tu identidad, ya no estás sólo ansioso, sino paralizado por el miedo. Si pierdes tu identidad por causa de otra persona, ya no tendrás sólo rencor, sino una profunda amargura –como los personajes de  Pa negre –. Si es a causa de tu propio fracaso, te odiarás y despreciarás a ti mismo toda la vida. Porque tu identidad no está basada en Dios y su amor –como dice Kierkegaard–.

 Si Jesús es el centro de tu vida, y le fallas, te perdonará. Tus logros no pueden morir por tus pecados, Cristo sí. Muchos creen que los cristianos están obsesionados por la culpa, pero todos somos perseguidos por ella , cuando basamos nuestra identidad en algo que debemos alcanzar, sea lo que sea. Todos vivimos para algo, o alguien. Eso es lo que domina nuestra vida.

 Jesús es el único Señor, para el que puedes vivir, que murió por ti. Si le recibes, tendrás una identidad que ya no depende de tus logros, posición, talento, o relaciones sentimentales. Dios es el Padre que no nos decepciona –como el de  Pa negre –. Y aunque le fallemos, nos perdona eternamente. 

Autores: José de Segovia Barrón

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Dirigió La pasión de Cristo

Mel Gibson planea rodar la historia de Judas Macabeo

La historia del liberador judío `según Gibson´ no ha gustado en sectores judíos que le acusan de antisemita.

15 DE SEPTIEMBRE DE 2011, LOS ANGELES (EE UU)

Después de William Wallace, el patriota americano, Jesucristo y un guerrero indígena, el director Mel Gibson volverá a plasmar en la pantalla a una figura heroica. Se trata de  Judas Macabeo, el líder de la revolución judía contra Antioco Epifanes en el siglo II antes de Cristo,  un acontecimiento de gran importancia para la comunidad judía que se recuerda cada año con la celebración de Janucá.

Como en  Braveheart  y  El patriota , se trata de una historia de guerrillas, rebelión e independencia contra un poder tiránico abusivo. La rebelión acaba con éxito, aunque Judas Macabeo, que murió en combate en el 160 a.C. no llegó a ver la victoria definitiva sobre los seleúcidas, que consiguió su hermano Simón en el 141 a.C. La familia de los Macabeos dio origen así a un potente Estado judío independiente, aliado de Roma frente a los griegos, gobernado por la dinastía Asmonea, hasta que el romano Pompeyo conquista Jerusalén en el año 63 a.C.

La historia de como las guerrillas de los Macabeos lograron vencer y expulsar a los ejércitos griegos seleúcidas (paganos y politeístas) es el origen de la fiesta judía de la Janucá (“La fiesta de las luces”) y durante la época de Jesús animaba a que grupos como los zelotes optaran por la acción armada y violenta.

Tanto la Primera Guerra Judío-romana (66 a 70 d.C, con la destrucción del Templo) como la Segunda (113 d.C, en Cirene, Alejandría y Chipre) como la Tercera (la rebelión de Bar Kohba, del 132 al 135 d.C, tras la que se arrasó toda Jerusalén) animaron a los judíos a alzarse contra el Imperio Romano inspirándose en la gesta de los macabeos, que con guerrillas vencieron a un imperio. Todas esas guerras fueron un desastre para los judíos.

 PRODUCTOR Y PROBABLE DIRECTOR
La noticia sobre la película la adelanta como segura la publicación especializada en cine Deadline, aunque ya hace un año o más que se sabía que Mel Gibson se planteaba esta historia. El film sería producido por Gibson, que puede que sea también el director. No se sabe si participará como actor.

La distribuidora sería la Warner Bros., que colaboró durante mucho tiempo con Mel Gibson, antes de que éste entrara en una época de excesos alcohólicos y verbales, un segundo matrimonio y divorcio desastroso, malos tratos, insultos a policías, comentarios groseros contra los judíos (estando borracho) y escándalos variados.

 El hecho de que dirija la cinta ha suscitado todo tipo de reacciones . Entre el público más afín y admirador del trabajo de Gibson se espera con ansia, ya que  el director norteamericano se ha especializado en estos retratos heroicos de lucha del hombre contra un sistema enemigo , un tema que se repite en todos sus trabajos como director.

Por otra parte,  en la comunidad judía se han levantado voces contrarias  a que sea Gibson quien lleve a la pantalla la importante figura histórica de Judas Macabeo, según cuenta Hollywood Reporter. “Judas Macabeo merece algo mejor. Es un héroe para los judíos y un héroe universal en la lucha por la libertad religiosa. Sería una farsa que su historia fuera contada por alguien que no tiene respeto ni sensibilidad por las creencias de otra gente”, dijo Abraham Foxman, director de la organización judía Anti Defamation League.

El fundador del Museo de la Tolerancia en Los Ángeles, el rabino Marvin Hier, aseguró que Gibson “solo ha mostrado falta de respeto por los judíos” y calificó su implicación en el filme como un “insulto para los judíos”.

 UN CATÓLICO FIRMA EL GUIÓN
El caso es que la realización de la película parece imparable. Para el guión, Gibson ha trabajado con  Joe Eszterhas,  escritor y guionista cuyos mayores éxitos han sido el texto de  Instinto Básico  y  Showgirls , películas que poco tienen que ver con la historia del Macabeo.

Pero Esztherhas no es el mismo que firmó thrillers eróticos en los noventa. El guionista pasó por una fuerte experiencia de conversión al catolicismo hace pocos años. La describe en su libro-testimonio  Crossbearer: A memoir of faith .

El escritor, nacido en 1944, creció en campos de refugiados en Hungría después de la Segunda Guerra Mundial hasta que llegó con su familia a Cleveland, Estados Unidos. Trabajó como reportero de temas policiales. Sostiene en su libro que su vida era muy oscura, llena de crímenes y caos, lo que afirma que marcó su posterior carrera de guionista.

En el verano del año 2001, Eszterhas fue diagnosticado con cáncer de garganta. Eszterhas, que tenía entonces 56 años, y estaba acostumbrado al lujo, la bebida y el tabaco que ahora el médico le pedía dejar, se sintió hundido.Un día paseando por la calle, ansiando alcohol y tabaco, se sentó en el suelo, empezó a llorar y, de repente, comenzó a orar: “Por favor, Dios, ayúdame”, dijo.

En ese momento, se dio cuenta de que no rezaba desde niño. “No podía creer lo que había dicho. No supe por qué lo había dicho. Nunca antes lo había dicho”, rememora. Inmediatamente, Eszterhas se sintió sobrecogido por un sentimiento de paz y se acabaron sus temblores. Afirma que vio “una luz brillante, deslumbrante, casi cegadora que me hizo cubrir mis ojos con las manos”. Ya no volvió a necesitar beber ni fumar.

La experiencia de fe de Eszterhas tiene semejanzas con la de Mel Gibson, aunque en el caso del director estadounidense, su vida ha pasado por altibajos que han servido para que Gibson sea una de las víctimas preferidas de la prensa amarillista. Algunos se aventuran a predecir una nueva “reconciliación” de Gibson con el mundo tras la producción de esta película, después de que su imagen en los últimos años haya quedado dañada tras varios escándalos personales.

Fuentes: Efe, ReL

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Woody Allen y la insatisfacción de la vida

Publicado: septiembre 7, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón
Woody Allen y la insatisfacción de la vidaSi los primeros capítulos de Eclesiastés se pudieran encarnar en alguien, sería como el personaje Gil de Midnight in Paris, insatisfecho con lo que la vida le ha ofrecido hasta ahora.

 

 Casi cuatro meses lleva ya la última película de Woody Allen en cartel  – Midnight in Paris – , considerada durante todo el verano como la preferida por la crítica. No hay duda que, a sus 75 años, el director cree todavía en la magia del cine. Sin imágenes de ordenador, o pirotecnia de efectos especiales, hace que el neurótico Gil nos traslade a la era del jazz en el París de los años veinte, con sólo el sonido de unas campanas y la aparición de un viejo coche. Nos encontramos así en medio de una fiesta con Cole Porter cantando al piano y los Fitzgerald llevándonos a un café, donde conocemos a Hemingway.

Para este guionista de Hollywood, que es Gil –insatisfecho con su trabajo, y dudando si de verdad se ve casado con la práctica Inez, en una lujosa mansión de Malibú–, París no es la fiesta que se imaginaba en sus sueños de nostalgia por un pasado desconocido.  Allen ha encontrado por fin su mejor trasunto en este frustrado novelista que interpreta un Owen Wilson, que ha dejado de intentar ser un joven Robert Redford, para encarnar al maniático cineasta de Brooklyn, en su deseo de escapar de una realidad que no le gusta, en un mundo que le aburre y entristece .

“La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad” –dice el genial Alvy Singer en la película que desvela el genio de Woody Allen,  Annie Hall  (1976) – “y además termina demasiado pronto”. En su exilio europeo, el director neoyorquino continúa conjugando su pesimismo, bien en clave realista, al estilo de un nuevo Dostoievski ,  o con piezas cómicas de descuidado divertimento. En su magistral definición de comedia, el romanticismo de  Midnight in Paris  es tragedia más tiempo.

 La historia del cine está llena de viajes en el tiempo y relatos de nostalgia por un pasado perdido. A veces la idea es corregir los “errores” de la Historia, para que “subsanando” el pasado, desemboquemos irremisiblemente en un presente, que por ende nos lleve a un futuro mejor. En otras ocasiones el viaje nos hace descubrir que el pasado no era, como pensábamos, mejor que el presente. Esta es la experiencia del protagonista de la última película de Woody Allen, Gil, cuando se fuga a un tiempo y un lugar pretendidamente más feliz.

 ¿ERA PARÍS UNA FIESTA?
 Las deliciosas memorias de Hemingway, que convirtieron París en una fiesta continua, son evocadas por Gil en su fuga al consuelo de un tiempo perdido de plenitud idílica y ferviente creatividad. Cuando se nos presenta a esta pareja de prometidos, paseando por los jardines de Luxemburgo, nos sorprende la frase con la que comienza la película, al decirle ella: “Tú estás enamorado de una fantasía”. El romanticismo de Gil (Wilson) choca continuamente con el realismo de Inez (Rachel McAdams), que se encuentra con su antiguo amor, el pedante Paul (Michael Sheen).

 Ese centro neurálgico de la bohemia, que ha pretendido ser siempre París, como centro de la vanguardia artística, atrajo a la llamada generación perdida estadounidense a los cafés y fiestas, donde encontraron a españoles como Buñuel, Belmonte o Dalí.  En ese parque temático de la Edad de Oro, aparece también el único personaje que no es histórico de esa época, la encantadora Adriana –Marion Collard–, musa ficticia de Picaso, Braque y Modigliani. Ella cree en otra Edad de Oro, la de la Belle Époque, donde les lleva una carroza, directamente al Maxim´s, para conocer a Toulouse-Lautrec, Gauguin, o Degas. La sorpresa es que ellos también encuentran su presente mediocre, y suspiran por haber vivido en el Renacimiento…

 ¿Es real ese mundo soñado, al otro lado del opaco espejo de nuestra existencia?, ¿o nos enfrentamos ante una ilusión? La nostalgia está en la raíz de muchos de los problemas contemporáneos. Si algunos sueñan con la independencia de siglos pasados, otros suspiran por la libertad de los sesenta, mientras hay quien añora todavía los valores familiares de los cincuenta. La película de Woody Allen nos muestra la futilidad de todo ello. Nunca ha habido una Edad de Oro, sólo una vida llena de insatisfacciones, como tenemos ahora. Todos suspiramos por un tiempo mejor. Da igual el tiempo y el lugar donde vivamos.

 LA FUERZA DE LA NOSTALGIA
 “El recuerdo es hambre”, dice Hemingway. Nuestros más cálidos recuerdos de tiempos que hemos vivido, o que nos hubiera gustado vivir, apuntan a un deseo profundo por una vida mejor. Ese anhelo apunta a la verdad del cristianismo, decía Lewis. Esa nostalgia por un mundo mejor, él la identificaba con el Cielo, el gran “norte” que podía ver en el inmenso cielo, encima de él, que relacionaba con el cambio de estaciones, los recuerdos de la infancia y la experiencia del hogar.

En el último de los libros de Narnia, C. S. Lewis nos da su particular visión del fin. No es una huída de la creación, o una fuga al pasado. Es una Narnia más “real”, que la antigua Narnia, de la que esta no es más que una sombra. La vida en la actual Narnia tiene un final, pero no es el fin. Nos prepara para la vida en una nueva Narnia, donde nuestros anhelos de un hogar son satisfechos, y se extienden hasta la eternidad.

Cuando llegamos a cierta edad, supongo que es inevitable verse a veces dominado por la nostalgia. Aunque sabemos que es una ilusión, intentamos huir de esa manera de una realidad que nos resulta molesta, gris o dolorosa. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué hubiera sido de su vida si se hubiera casado con otra persona, hecho otro trabajo, o estado en otro lugar?

 VANIDAD DE VANIDADES
 Si los primeros capítulos de  Eclesiastés  se pudieran encarnar en alguien, sería como este Gil, insatisfecho con lo que la vida le ha ofrecido hasta ahora. Como en la definición de comedia de Woody Allen, el predicador parece ver la vida como el resultado de tragedia más tiempo:
 Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos”  ( 9:11 ).

 La ironía de aceptar esa realidad insatisfactoria es que nos libera para vivir nuestras actuales circunstancias. Si no podemos alcanzar un mundo ideal, podemos aceptar nuestro lugar en la vida. Dejar de pensar en “lo que hubiera sido si…”, nos abre los ojos a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Y nos da una mayor razón para esperar.

 ¿FINAL FELIZ?
 Una película rara vez te cuenta toda la historia. Puede ser que la decisión de Gil de quedarse en Paris, simplemente pospone algo más su infelicidad última, y pronto buscará satisfacción en otro lugar. Eso sería tan real como la vida misma, pero no es necesariamente una buena historia.

Los finales felices de las películas suenan un poco falsos, porque hay un montón de cosas que pueden ir mal. La hermosa francesa con la que Gil se queda al final, puede ser una loca, que le haga la vida imposible. O puede perder la novela que ha estado escribiendo durante tanto tiempo. Podemos ver los finales felices como totalmente engañosos, que ocultan una inevitable tragedia en un futuro cercano, o verlos como indicadores de que el corazón humano necesita una resolución.

 Un final feliz es siempre en ese sentido escatológico. Aunque reconocemos que todavía no ha llegado esa Edad de Oro, cada vez que un héroe cabalga a la puesta del sol, o una pareja encuentra el amor, justo antes de los créditos finales, es como si la creación tartamudeando dijera: “¡Ven, Señor Jesús!”.  Es un anhelo de esperanza, que nos susurra sobre el día en que nuestras historias encuentren la conclusión satisfactoria del gozo final.

 Cuando miramos al pasado, anhelando el paraíso, olvidamos que es mirando al futuro, como todo deseo será satisfecho , para alabanza de la gloriosa gracia de Dios.

Autores: José de Segovia Barrón

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El evangelio según los Simpsons

Publicado: agosto 10, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón

Cuando el creador de Los Simpsons, Matt Groening, era boy-scout, cuenta en una entrevista que robó una Biblia de Los Gedeones de la habitación de un hotel, y subrayó todo aquello que le parecía sucio. Cuando lo descubrió su jefe de exploradores, Groening dijo que para aplacar su furia le contó que había orado a Dios, y le había dicho “sé que me perdonarás por no creer en Tí”. Esta actitud irreverente, al borde siempre de la blasfemia, está todavía presente en esta serie de animación que se ha convertido en el programa de televisión más popular del mundo. Pero ¿por qué van los Simpsons a la iglesia?, ¿qué nos dicen sus oraciones, y cómo citan la Biblia?. Este es el tema de un reciente libro en EE.UU.

La imagen rebelde y corruptora de menores de Bart Simpson ha hecho que muchos conservadores, George Bush entre ellos, vean este espectáculo como un signo claro de la decadencia moral americana desde 1989. Pero para entender el evangelio según los Simpsons hay que darse cuenta que abarca desde la sanidad por fe hasta las misiones, pasando por el unitarismo o los parques de atracciones cristianos. Esta curiosa mezcla de fascinación y sospecha está muy bien reflejada en los dos personajes que representan más claramente la religión en la serie: Ned Flanders y el Reverendo Lovejoy.

Flanders es un irritante evangélico que vive al lado de los Simpsons. Algo reprimido (“dí cualquier cosa, que no lo habré hecho”), y a menudo fanático (“yo guardo hasta la comida kosher, por si acaso”), Ned sin embargo es un verdadero cristiano, que muestra su fe por sus obras. Homer le describió una vez como alguien “más santo que Jesús”. El Reverendo Lovejoy es sin embargo un pastor que representa casi todas las denominaciones en su Primera Iglesia de Springfield, donde van los Flanders, los Simpsons, y casi todo el pueblo. Tiene el aspecto pomposo y sedante de un tele-evangelista del valium. Su fundamentalismo es a veces incendiario (“la ciencia ha fracasado de nuevo ante las aplastantes evidencias de la religión”), pero otras frío y profesional (“hago lo puedo con un material como éste”). Homer le ha descrito en una ocasión como “el tipo que da esos sermones en la iglesia, capitán cómo-se-llame”.

Cuando Flanders, por razones que no vienen aquí al caso, tiene que adoptar a los hijos de los Simpsons, descubre que todavía no han sido bautizados, por lo que llama angustiado al Reverendo. Éste irritado por haber sido molestado cuando estaba disfrutando de su afición a los trenes en miniatura, responde con desprecio: “Ned, ¿has pensado en alguna de las otras principales religiones? Son prácticamente lo mismo”. Inmediatamente su tren se estrella, soltando humo. Ned coloca un cartel entonces en la puerta que dice “nos hemos ido a bautizar”, y se dirige al río. Allí los niños son finalmente “rescatados” por Homer, que logra evitar que el agua caiga de un cáliz dorado. Aunque el intento de Ned de un bautismo forzado es poco admirable, sin embargo es interesante que su sinceridad nunca se pone en cuestión. Es una persona auténtica, que a veces se muestra fuerte, pero también tiene debilidades.

El Reverendo Lovejoy sin embargo es un claro representante de lo peor de la religión organizada. Su fe es algo nominal y vacío. Se enorgullece de haber vuelto a poner la maqueta en el vestíbulo de la iglesia, como uno de sus grandes actos de fe. Y cuando un cometa amenaza destruir Springfield, Homer se lamenta diciendo: “En momentos así me gustaría que fuera un hombre religioso”. Pero el Reverendo corre histérico por la calle, gritando: “¡Se acaba todo!, ¡ya no hay más rezos!”. Sin embargo Ned ha construido un refugio al que invita a todo el pueblo. Y cuando está tan lleno que no se puede cerrar la puerta, se ofrece como mártir. Le dice entonces a su hijo: “Si me vuelvo loco de miedo, quiero que dispares a papá si intenta volver adentro”. La gente sale entonces avergonzada, y lo único que destruye el cometa es el refugio.

Pero no debemos entusiasmarnos demasiado con San Flanders, ya que uno de los autores de Los Simpsons, Steve Tompkins, ha dicho: “Creo que la calidad del humor está en proporción indirecta con las verdaderas creencias de la persona”. Ya que “cuánto más se muestren, menos divertido resulta”. Su papel es provocar, dice. Mark Pinsky ha escrito todo un libro sobre la vida espiritual de esta familia animada. Para ello ha grabado todos los episodios de la serie y mantenido entrevistas con varios de sus autores. Uno de ellos, Al Jean, dice que se considera “alguien que cree en las enseñanzas de Jesucristo, pero no es un gran aficionado de la religión organizada”. Él comenzó a trabajar en la serie en 1989, por lo que ha escrito con Reiss más de doscientos episodios. “Desde muy temprano mostramos a los personajes yendo a la iglesia”, dice. Pero “la gente es muy sensible con estas cosas”, por lo que evitan siempre las imágenes de Cristo, sobre todo en la cruz.

Marge es tal vez el miembro más fiel de los Simpsons. Ella es la que dice a los niños que deben ir a la iglesia para “aprender moral y decencia”. Así sabrán “cómo amar a su prójimo”. Pero la escena siguiente muestra al Reverendo en el púlpito con una cita apócrifa del Antiguo Testamento, llena de violencia sangrienta. Ya que el evangelio según los Simpsons es eso: la necesidad de vivir en paz y amor con tus vecinos. Pero la realidad es otra. Y es ahí de donde parte el verdadero Evangelio. No de bonitos deseos, y buenas obras, sino de la impotencia del hecho de que no podemos vivir como debiéramos. El cristianismo no consiste por lo tanto en los sacrificios de Flanders, ni en la vida cómoda del Reverendo, sino en el sacrificio que Cristo hizo una vez y para siempre. Esa es la única buena obra que nos salva. Por lo que no se trata se ser buenos, sino nuevos. Y eso es algo que sólo el Espíritu de Dios puede hacer por medio de nuestra confianza en la justicia de otro, Cristo Jesús, que llevó nuestras contradicciones bajo el peso de esa cruz que no pueden mostrar Los Simpsons, porque su mensaje sigue siendo demasiado ofensivo.

 

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