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José de Segovia Barrón

Una crítica demoledora sobre la religión, o por lo menos la posibilidad de que la fe pueda cambiar el mundo.

 

Vivimos en un mundo lleno de egoísmo, pero en el que no faltan buenas intenciones, como demuestra la película argentina Elefante blanco. Aunque ha sido promocionada entre el público cristiano –se hizo un pase para la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, antes incluso que en el festival de Cannes–, es sin embargo una crítica demoledora sobre la religión, o por lo menos la posibilidad de que la fe pueda cambiar el mundo.
El bonaerense Pablo Trapero nos muestra aquí su fascinación por las causas perdidas, pero también el evidente “fracaso del altruismo” –como ha dicho Ángel Quintana–.
Esta producción hispano-argentina cuenta de nuevo con el atractivo de Ricardo Darín, que hace el papel de cura nuevamente en un papel dramático, muy diferente al registro de comedia que le ha hecho popular , junto con el actor belga Jéremie Renier que hace aquí su primera incursión en el cine de habla hispana, después de haberse dado a conocer con los hermanos Dardenne . Los dos sacerdotes representan dos generaciones con diferentes actitudes ante el problema pastoral, a los que se une una trabajadora social  –interpretada por la esposa del director, Martina Gusman–, que intenta ayudar a los vecinos con talleres, actividades de rehabilitación y apoyo escolar.
CRISIS DE FE El personaje de Darín –Julián– es un sacerdote católico, que hace una “labor más social que pastoral” como bien observa Gregorio Belinchón en un medio tan poco religioso como El País . Estamos, por lo tanto, ante una visión de la Iglesia católica cercana a la teología de la liberación , que lucha contra una jerarquía sospechosa de corrupción en un proyecto del que no queda más que una mole espectral de cemento.Las ruinas de este hospital son como un esqueleto, símbolo de la inutilidad de las buenas intenciones en uno de los barriadas marginales de Buenos Aires, la Villa 15, General Belgrano –conocida como Ciudad Oculta, por el muro que construyó la dictadura en el Mundial de de fútbol de 1978 .
El cura que encarna Renier –Nicolás– es bastante más complejo. Superviviente de un ataque del Ejército en una selva centroamericano, en el que fueron asesinados varios de sus compañeros, vive ahora corroído por la culpa de haberse escondido para huir y su evidente atracción por la trabajadora social –Luciana–, con la que acaba teniendo una relación. “Los tres personajes están pasando una gran crisis con muchos puntos en común –dice Trapero–, como su relación con la fe”. Puesto que para el director “hay muchas maneras de fe: en el otro, en tus convicciones, en tus acciones, en un ser superior”. Darín dice, de hecho, que la película le ha enseñado a dudar de su falta de fe.
¿CRÍTICA A LA IGLESIA? Elefante blanco nos muestra, según Trapero, que hay “problemas estructurales, políticos, sociales, económicos, que no puede resolver un asistente social, ni un cura, ni una persona que desinteresadamente se acerca a la villa, para intentar trabajar con la gente del barrio” . Darín no se considera la persona “más indicada para hacer un análisis sobre la estructura eclesiástica, ni de su funcionamiento”, pero ve una “cierta resignación ante las cosas que no se resuelven”. Aunque “de todos modos el esfuerzo”, le parece “válido”. La película pretender ir por eso, según él, “más allá de una crítica a la Iglesia en sí”.
La película hace referencia al Padre Mugica (1930-1974), vinculado al movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que trabajando en la Villa del Retiro de Buenos Aires, fue asesinado después de celebrar misa en Villa Luro. El crimen, que nunca ha sido aclarado, se cree que fue obra de la Triple A –la Alianza Anticomunista Argentina–, aunque mantenía una postura crítica hacia los Montoneros, por su uso de la violencia. Como dice Horacio Ríos, “fue un paradigma de su tiempo, a la vez que una contradicción en sí mismo”. Ya que era “hijo de una familia de clase alta, que ofrendó su vida por los más humildes”. Amenazado por la derecha y la izquierda, dijo: “no tengo miedo de morir”. A lo que añade: “De lo único que tengo miedo es de que el Arzobispo me eche de la Iglesia”.
SIN FUTURO Esta no es una película católica, aunque no se vea otra Iglesia en las “villas miseria”. La clave está, para mí, en el Elefante blanco, el antiguo edificio inacabado, que en su día iba a ser uno de los mayores centros hospitalarios de América Latina. Sus ruinas son aquí símbolo de “un mundo que nunca podrá construirse” –como dice Quintana–. Los seres que viven en este universo marginal, escondido tras la vida urbana, parecen “condenados a transformarse en poco más que el esbozo vivo de un proyecto que nunca llegarán a realizar”.
En esta oscura historia sin esperanza, “los protagonistas se cruzan con la violencia del narcotráfico, con las cargas y redadas de la policía, con las venganzas entre bandas que producen terribles asesinatos, con las manifestaciones de los vecinos que reclaman mejores condiciones y con una adolescencia sin oportunidades que acaba esnifando cola como acto de supervivencia”. En este mundo, la fe se ve sobrepasada por “un universo de furor, acción y caos”, donde “todo intento de crear un orden aparente se encuentra condenado al fracaso”.
Vivimos un momento de gran interés por la obra social. La continua formación y apoyo de organizaciones no gubernamentales ha producido contribuciones millonarias a fondos de solidaridad por diferentes desastres en todo el mundo. Empresas y gobiernos dedican un porcentaje cada vez mayor de su presupuesto a fondos benéficos. Y aunque detrás de mucha filantropía no haya más que un ansía de autopromoción, no hay duda que estamos ante un fenómeno sin precedentes en una sociedad tan materialista como la nuestra. ¿Podemos hacer un mundo diferente?
EL SACRIFICIO QUE SALVA En la teología de la liberación que representa el personaje de Julián, la salvación se transforma en liberación social, la cristología en amor humano, la escatología en acción política, la Iglesia en el mundo y sus ordenanzas en muestras de solidaridad . Ese es el paradigma de los años setenta al que se enfrenta la generación de Nicolás, que ya no sabe lo que cree. Renier ve a su personaje como alguien atormentado, porque “en un momento dado, ya no sabe por qué debería seguir creyendo en Dios, visto todo lo que pasa en la tierra, vista la miseria de la gente”. El amor del cura por Luciana se enfrenta además con la norma romana del celibato forzoso del clero. Lo que hace que su fe no sólo parezca inhumana, sino imposible de llevar a la práctica. Recuerda al cura que interpreta Nanni Moretti en La misa ha terminado, que acaba observando, como Quintana, que “entre la doctrina cristiana y la praxis del mundo real existe un abismo difícil de franquear”. Se olvida así que si el Evangelio  es buenas noticias, es porque hay malas noticias: sin Dios, estamos perdidos.
Tenemos un problema que no viene de nuestra condición social o económica, sino de una raíz más profunda. Tiene su base en una injusticia que no está sólo en estructuras y sistemas, sino en la realidad de cada uno de nosotros que la Biblia llama pecado . Ya que por mucho que intentemos justificarnos ante Dios y limpiar nuestra conciencia con buenas obras, no hay otra esperanza para nosotros que Cristo y su justicia. No podemos redimir nuestra vida por otro sacrificio que el que Cristo ha hecho de una vez y para siempre en la cruz del Calvario ( Hebreos 9:26-28).
EL REINO QUE VIENE La Biblia no es una simple colección de pensamientos piadosos para alimentar una religión personal. Nos habla de un mundo nuevo . Aceptar el Evangelio no es sólo recibir perdón y seguridad de vida eterna, sino una visión de futuro, al creer e identificarse con un Dios cuyo propósito final es recuperar este mundo.
Lo que pasa es que no podemos salvar este mundo, porque ni siquiera nos podemos salvar a nosotros mismos . Como está escrito, “No hay justo, ni aun uno”( Romanos 3:10) . Por lo que es Él quien nos declara justos mediante la fe cuando todavía somos injustos, por la justicia de Cristo en la cruz. El Evangelio no consiste por lo tanto en lo que nosotros podemos hacer para llegar a ser aceptables a Dios, sino en lo que Jesucristo ha hecho para que lo seamos.
No podemos creer que la evangelización del mundo, o la acción social, establecerá el Reino de Dios en la tierra . “Esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”(2 Pedro 3:13), pero no como una utopía que el hombre va a construir por su propio esfuerzo. Cristo establecerá su Reino al volver triunfante.

Autores:José de Segovia Barrón

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The Devil’s Miner is a 2005 documentary film directed by independent film directors Kief Davidson and Richard Ladkani. The film follows a fourteen year old Bolivian boy named Basilio Vargas who along with his twelve year old brother Bernardino work in the mines near the city of Potosí. The film includes many subtle realities of the miner’s lives such as the need to chew coca leaves to numb the pain of hunger and the long shifts they work regardless of age.[1] The film made its world premier at the Rotterdam film festival and its U.S. debut at the Tribeca Film Festival.

The film concentrates on the concerns of local workers who have fear of what they call “Tio” or devil. The film claims that over 8 million people over a period of time have died in the unsafe mines. The workers believe this is because “Tio” controls the mine and that Christhas no power in the mine. The workers often give offerings and perform sacrifices to a makeshift statue of «Tio». The local Catholicpriest is unable to tame these fears of “Tio” although the workers often pray at the church before entering the mine.

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El poder de Juego de Tronos

Publicado: julio 2, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

El poder de <em> Juego de Tronos</em>
Estamos más bien ante el género que se ha dado en llamar de espada y brujería,

 

 El fenómeno de una serie de culto como  Juego de tronos,  muestra hasta qué punto el diagnóstico moral de la humanidad, que hace la Biblia, es más comprensible para muchas personas que los relatos inspiradores de valores de superación moral, que tanto parecen fascinar a los cristianos.

 El mundo oscuro que describe la saga épica de George Martin –primero en la literatura y ahora en la televisión–, es objeto de rechazo de muchos creyentes. La mayor parte no soporta la crueldad de unas historias llenas de sexo y violencia, donde el pecado no es edulcorado para resultar atractivo, sino que se muestra con todo su carácter repulsivo. ¿Es esto una glorificación del mal, o todo lo contrario?

Cuando se dice que las novelas de G. R. R. Martin (Bayonne, Nueva Jersey, 1948) son de fantasía, uno piensa inmediatamente en un mundo imaginario, que no tiene nada que ver con la realidad. La primera impresión de  Juego de tronos,  sin embargo, es que estamos ante un relato de atmósfera medieval.  Recuerda al  Señor de los anillos  de J. R. R. Tolkien (1892-1973), pero aunque hay dragones y enanos, no son las criaturas fantásticas que conocemos de la Tierra Media . Aquí no hay elfos u orcos, sino que en Westeros (Poniente), todo recuerda bastante a nuestro mundo.

 Los libros de  Canción de hielo y fuego –el título original de la obra de Martin, publicada en España por Gigamesh desde 1996– son detallados, emocionantes y lleno de sorpresas, pero están lejos del ambiente de cuentos de hadas que vemos en las  Crónicas de Narnia  de C. S. Lewis.  Estamos más bien ante el género que se ha dado en llamar de  espada y brujería, aunque no hay héroes como Conan  –el personaje creado por Robert Howard en 1950, que popularizó luego el cómic–.

 Es otro poder, el que buscan los personajes. Su símbolo es el trono, como el anillo de Tolkien, pero los choques de clanes que se lo disputan, tienen más de la complejidad psicológica de Shakespeare que del claro enfrentamiento entre el bien y el mal de  El Hobbit.

 NI HÉROES, NI VILLANOS
 Como todas las grandes historias, el secreto no está en la acción, sino en los personajes –eso es lo que el cine actual parece haber olvidado y estas interminables series nos recuerdan–. Nos atrae, no tanto por su argumento, como por el carácter de los personajes, reflejos de una humanidad caída.  No hay héroes, ni villanos. Aunque los Stark intentan ser nobles, cuando se enfrentan a los Lannisters resultan arrogantes y malvados . “No hay justo, ni aún uno –como dice Pablo a los  Romanos  3:10–, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (v. 12).

Es por eso que aunque no hay un objeto mágico que encontrar o destruir –como el Anillo de Poder del Señor Oscuro Saurón–,  el Trono de espadas actúa como “un amplificador psíquico” –según la expresión del profesor Tom Shippey acerca de la obra de Tolkien–, haciendo que uno haga cualquier cosa para lograr los deseos de sucorazón, simbolizados en ese Trono . Tiene un poder esclavizador idolátrico, que hace que incluso aquellos que lo quieren utilizar para conseguir libertad, seguridad y justicia, sean corrompidos por él.

 La tentación original de la humanidad en el Edén fue querer ser “como Dios y adquirir así poder sobre nuestro destino ( Génesis  3). En vez de aceptar nuestra finitud y dependencia, buscamos desesperadamente la ilusión de tener control sobre nuestras vidas. Esta “inseguridad cósmica” de la que habla Niebuhr, crea “un deseo de poder”.

En cualquier cultura, donde está Dios ausente –observa el teólogo norteamericano de mediados del siglo XX–, el sexo, el dinero y la política llenan ese vacío. ¡Eso es lo que vemos en  Juego de Tronos !

 EL DIOS AUSENTE
 “Sin duda la fe religiosa en  Juego de Tronos  tiene una importancia fundamental en el comportamiento de los protagonistas y en muchos de los acontecimientos que suceden a lo largo de toda la saga” –dice Fabián Rodríguez en la página argentina de la serie–. A la religión predominante en Poniente, se le llama La Fe. Martin dice que se ha inspirado para ella en la Iglesia Católica de la Edad Media. Aunque en vez de a un Dios Trino, adora a Los Siete, otra múltiple representación de un dios único .

 El autor se muestra en las entrevistas como “un católico no practicante”. Cree que muchos le consideran ateo u agnóstico, pero él “encuentra la religión y la espiritualidad fascinante”. Dice que le “gustaría creer que hay algo más”. Si Tolkien imagina un mundo sin templos, sacerdotes y cultos –que él describe como “precristiano»–, los habitantes del norte de Westeros adoran a los Dioses Antiguos, mientras que en el centro y el sur sigue la Fe de los Siete . A los lugares de oración se les llama  septos  y a los monjes  septones o septas  –según su sexo–.

“El  sumo septón  una vez me dijo que como pecamos, así sufrimos. Si eso es cierto, dime ¿por qué son siempre los inocentes, quienes sufren más, cuando los altos señores juegan al juego de tronos?”. Es como si el personaje se hiciera portavoz de Martin, cuando dice en una entrevista: “respecto a los dioses, nunca he estado satisfecho con las respuestas que me dan. Si de verdad hay un Dios bueno y amoroso, ¿por qué está el mundo lleno de violación y tortura?, ¿por qué tenemos incluso dolor?”

 En ese sentido, aunque hay una dimensión espiritual en este universo –donde la piedad ocupa un lugar central en la vida de algunos personajes y sugiere los monstruos que hay al final de su mundo–, son hombres y mujeres, los que son temidos y honrados. Los dioses pueden o no estar ahí, pero son las decisiones de hombres egoístas y cobardes, las que mueven la historia. Puede haber un poder oscuro en el horizonte, pero hay una fuerza de maldad en el corazón humano, que explica todas las cosas.

 EL REY INSEGURO
 La Biblia nos presenta también un juego de tronos . No sólo en la historia de la monarquía que cuenta el libro de  Reyes,  sino también en hombres como Nabucodonosor, que quisieron dominar el mundo. No es extraño que Daniel nos diga que tenía problemas para dormir (2:1-3). Soñó con una figura que se levantaba sobre los reinos de la tierra, pero tenía “pies de barro”. La sola idea de que su imperio se pudiera venir abajo, le hizo despertarse agitado. La ansiedad y el temor acompañan el deseo de poder, aunque a los poderosos no les guste reconocer su debilidad.

Niebuhr dice que “el hombre es inseguro y busca vencer su inseguridad por el deseo de poder, pretendiendo no estar limitado”. La verdad es que tenemos muy poco control sobre nuestra vida. No decidimos el lugar donde nacemos, cuál ha de ser nuestra familia, qué educación recibimos, el cuerpo que tenemos, cuál es nuestro talento, capacidad y circunstancias. Lo que somos y tenemos, se lo debemos a Otro.

Los consejeros de Nabucodonosor no pudieron interpretarle el sueño. Lo hizo finalmente un oficial de la corte, que era exiliado judío ( Daniel  2:31-35). Por él, Dios dice al rey que sólo hay un reino que permanecerá sobre la tierra, el suyo (v. 44). Porque aunque tengamos la ilusión de tener control sobre nuestra vida, sólo hay un Dios supremo, soberano y juez, que es el “Rey de reyes”.

 LA LOCURA DEL PODER
 Pensamos que lo que tenemos lo debemos a nuestra inteligencia, experiencia y trabajo duro, pero incluso aquello de lo que nos podemos enorgullecer, no es algo que nosotros hayamos logrado. Se debe a contactos, familia y una serie de factores que en nuestra ignorancia llamamos suerte . Porque “¿quién te distingue?, ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios  4:7).

Cuando Nabucodonosor estaba en su palacio, tuvo otro sueño, aún más aterrador. Había un árbol enorme, cuya copa llegaba al cielo y se veía desde todos los puntos de la tierra, siendo todos dependientes de él ( Daniel  4:11-12), cuando de repente se oyó una voz diciendo que lo cortaran. Porque “el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres y lo da a quien Él quiere” (24-27).

 Una de las grandes ironías de la vida, es que cuando el ser humano intenta ser algo más que un hombre, se vuelve menos humano . En su locura, Nabucodonosor se comporta como un animal. Ser tu propio dios, viviendo para tu poder y tu gloria, te lleva no a ser más, sino menos humano. Como en  Juego de Tronos,  el orgullo te convierte en un depredador, no en una persona.

 EL REINO QUE PERMANECE
 Es cuando Nabucodonosor mira al cielo, que le vuelve la cordura (34-36). Tenemos que humillarnos, en vez de amargarnos –como hace Martin, cuando piensa en las injusticias y sufrimientos de la vida–, para descubrir la gracia de ese Dios bueno y amoroso, que se revela en Cristo Jesús. El renunció al poder, para venir a este mundo y servirnos hasta la muerte ( Filipenses  2:4-10).

Esa es nuestra única salvación: rendirnos ante Él y que Él reine sobre nosotros. No hay otra seguridad, que la que viene de su amor y misericordia. ¡Admitámoslo!, no tenemos control sobre nuestra vida, pero ¡suyo es el poder y la gloria! Los reinos de esta tierra fenecerán, pero Su Reino permanece para siempre.

Autores: José de Segovia Barrón

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Boardwalk Empire y el poder del mal

Publicado: abril 25, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

Entonces como hoy, los cristianos tienen una mentalidad de campaña, creyendo que pueden mejorar la sociedad imponiendo normas morales

 

 “Una manzana podrida arruina el cesto”, dice el refrán popular. Jesús lo dice algo diferente: Un poco de levadura leuda toda la masa” ( Gálatas  5:9). La nueva serie de televisión de Martin Scorsese, Boardwalk Empire  –publicada ahora en DVD en España– lo ilustra perfectamente. En ella vemos el poder de la codicia y la corrupción, que nos muestra el lado oscuro del sueño americano. El relato de Terence Winter –creador de  Los Soprano – nos traslada a la ciudad costera de Atlantic City, en plena época de la Prohibición, en los años veinte.

La acción comienza el mismo día que entra en vigor la ley seca, el 16 de enero de 1920. Justo antes, el político Enoch  Nucky  Thompson –elextraño protagonista que interpreta el siempre eficaz Steve Buscemi, entre irritante y fascinante –  se dirige a la Liga Femenina por la Temperancia, uno de los grupos que nace del movimiento eclesial protestante, que se enfrenta a los salones donde se consumían bebidas alcohólicas en 1895. La sorpresa viene a continuación, cuando ese mismo hombre, que es tesorero de la ciudad, celebra la Prohibición en una sala de fiesta, ante la perspectiva del dinero que van a ganar con esa ley. Es el comienzo del crimen organizado, que conocemos por las historias de la mafia.

 Thompson “no es un  gangster  –dice Scorsese–, sino alguien corrupto”, que está dispuesto a hacer negocio con la importación de licor en Atlantic City. Está basado en  Nucky  Johnson, la persona real que manejó los hilos de esta comunidad, donde su propio hermano era el sheriff. Como muchos políticos, es alguien capaz de cualquier cosa, para poder mantener el poder. En torno a él, encontramos a personajes reales como Arnold Rothstein, Charlie  Lucky  Luciano y Al Capone, pero no como los conocemos hoy, sino al principio de sus actividades mafiosas –tal y como cuenta el libro de Nelson Johnson–.

El gangster judío Rothstein es todavía un jugador, que comienza a traficar con drogas y alcohol. Luciano es un inmigrante siciliano a su servicio. Y el actor inglés Stephan Graham encarna al joven Capone con un asombroso parecido. Aunque nunca lo hemos visto así, antes de su época de mafioso en Chicago, cuando hacía de chófer y guardaespaldas de Johnny Torrio. Lo vemos en su casa con su mujer y su hijo, como un hombre que puede ser tanto afable como cruel, que se entretiene tocando la mandolina. Es el mejor Capone que ha mostrado la pantalla, según su biógrafo Jonathan Eig.

 LOS TURBULENTOS AÑOS VEINTE
 Boardwalk Empire  nos presenta un retrato poliédrico de los Estados Unidos en aquella época, desde el punto de vista de la política, la religión y el crimen, asistiendo a los inicios del movimiento feminista y los conflictos raciales o étnicos . Conocemos a los héroes desahuciados de la Primera Guerra Mundial, que anticipan ya a los veteranos del Vietnam de las películas de los setenta –la década que evoca, por cierto, la música de la sintonía de la serie–. Y aunque la policía se enfrenta a los fuera de la ley, los protagonistas son los que están al poder en la sombra, por encima de ellos.

Aunque se ha comparado a la serie con  Los Soprano  – ya que hay mafiosos y cuenta con el mismo guionista –,  tiene más relación con otras producciones de la HBO, como el sorprendente  western   Wormwood  o incluso la mítica  The Wire.  Thompson es en este sentido un héroe ambiguo, que puede ser tanto benevolente como cruel –igual que el protagonista de la serie del Oeste, creada por David Wilch–, mientras la corrupción lo invade todo en Baltimore –como en la obra de David Simon–.

 El agente de la Prohibición, Van Alden, es un hombre religioso. Ve como una misión divina su lucha contra la corrupción moral, que no puede soportar espiritualmente. Se flagela a sí mismo, pero su fanatismo es tan ciego como el de los cristianos que impulsan la ley seca . El Partido Nacional por la Prohibición es formado en 1869 por un grupo de protestantes blancos. Sus motivos eran admirables, pero el resultado de aquellos veinticinco años de campaña, que llevaron a la Prohibición, fue totalmente contraproducente. Se provocó aún más abuso del alcohol, que aumentó con el comercio ilegal de los  bootleggers  en los locales clandestinos, conocidos como  speakeasies . Por lo que fue abolida la medida por el presidente Roosevelt en 1933.

 MORALISMO Y EVANGELIO 
 Entonces como hoy, los cristianos siguen teniendo una mentalidad de campaña, por la que creen que pueden mejorar la sociedad imponiendo normas morales de acuerdo a la voluntad de Dios, como si el corazón humano pudiera cambiar por medio de leyes . La verdad, sin embargo, es que sólo el Espíritu de Dios puede hacernos vivir tal y cómo El quiere. No es la moral, por lo tanto, la que nos hace vivir como cristianos, sino a la inversa. Es porque nacemos de nuevo y recibimos el Espíritu Santo ( Juan  3), que podemos vivir de forma diferente.

 Muchos cristianos temen, sin embargo, el mensaje de gracia, porque creen que es contraproducente para una sociedad permisiva, que ha dado la espalda a Dios y a sus leyes. Nos dicen que en nuestro mundo hoy, el problema ya no es el fariseísmo y el moralismo, sino la ruptura con todo tipo de normas, que hace que vivamos bajo el juicio de Dios. Lo que pasa es que es el Señor mismo quien nos enseña a distinguir el Evangelio del moralismo. La respuesta apostólica a los que viven en contra de la voluntad de Dios, no es la ley, sino la gracia ( Romanos  6:1-4).

La única forma en que podemos obedecer a Dios, es por la aceptación radical e incondicional que Dios nos da, como pecadores. El poder que nos salva de la corrupción, es el Evangelio (1:16), no la fuerza de la ley (7:13-24). Puesto que es la bondad del Señor la que nos lleva al arrepentimiento ( Romanos  2:4). Tanto la Biblia, como nuestra experiencia diaria, nos demuestran que cuanto más fallamos, no es cuanto más pensamos en la gracia, sino cuando menos la tenemos en cuenta (6:1). Es por eso que necesitamos hablar, no menos, sino más de la libre gracia de Dios, que nos acepta tal y cómo somos, en Cristo Jesús.

Autores: José de Segovia Barrón

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El rito: la crisis de fe del exorcista

Publicado: abril 10, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

“Sólo puedes vencerlo, cuando crees”, le dice el padre Lucas al joven Michael. Sin embargo, lo único que hace el exorcista son rituales. Nada de esto tiene poder contra el diablo, según la Escritura.

10 DE ABRIL DE 2012

 Cuando uno lee la caratula de  El rito  –ahora publicada en DVD–,se pregunta: ¿no hay ya suficientes películas sobre exorcismos? Aunque hace ya casi cuatro décadas que se hizo el clásico de William Friedkin ,  el género está lejos de haberse extinguido. Estos últimos años se repiten las historias sobre exorcismos, que consideran casos reales, desde el dilema entre la fe y la duda. Considerado al principio como una variante del cine de terror, este sub-género se ha convertido finalmente en una especie de  thriller teológico,  con películas como  El exorcismo de Emily Rose  o la actual  El rito,  donde no debemos “esperar cabezas girando o puré de guisantes” –como dice irónicamente el cura que interpreta Anthony Hopkins–. Desde el mítico film de los años setenta, la curiosa apologética de estas obras –muchas de ellas hechas por creyentes–, es que si reconocemos la existencia del diablo, aceptaremos también la realidad de Dios.

La historia de  El rito  nace de un reportaje de un periodista norteamericano llamado Matt Baglio, que reencontró la fe al investigar la actividad de un verdadero exorcista en Roma. La novela es convertida en guión por el escritor católico Michael Petroni, autor de la última entrega de la serie de  Crónicas de Narnia: La travesia del Viajero del Alba.  El periodista Baglio se convierte aquí en la simpática Alice Braga y el seminarista de cincuenta años en el joven debutante Colin O´Donoghue.

El director sueco Michael Hafstrom viene sin embargo de la protestante Suecia –aunque su madre es una judía húngara–, pero ha presentado su película en el Vaticano con el protagonista –Anthony Hopkins–, que dice que ha dejado de ser ateo, al superar sus problemas con el alcohol. El co-protagonista O´Donoghue es un actor católico practicante irlandés, que hace aquí su debut en la gran pantalla.  Todo parece indicar que estamos ante un testimonio de fe, pero ¿es esto asi?

 ¿NADA EN QUE CREER?
 ¡No tengas miedo! ¿Crees en el pecado? ¿No hay nada en que creer?,  suena la voz sobre el fondo negro con que comienza  El rito,  después de una cita del papa Juan Pablo II, que acaba afirmando que “el diablo sigue vivo y activo en el mundo”. La escena que viene a continuación parece sacada de la serie  A dos metros bajo tierra.  Vemos a un chico trabajando en el negocio de su padre, Istvan Novak (Rutger Hauer), algo tan poco usual como una funeraria. El joven embalsamador Michael parece alguien normal. Sale con sus amigos a los bares, donde encuentra chicas, pero de repente decide dar un giro radical a su vida, entrando en un seminario católico.

 La acción salta entonces al momento antes de tomar votos para entrar en el sacerdocio. Tras escuchar las palabras del llamado de Jesús –en el  Evangelio según Juan  15:16, que recuerda a sus discípulos que es Él quien les ha elegido a ellos, no ellos quienes le eligieron a Él–, Michael aparece en la habitación escribiendo su renuncia por correo electrónico a su superior, por “ausencia de fe”. La reacción sorprendente del padre Matthew (Toby Jones), es proponerle viajar a Roma, para hacer un cursillo sobre exorcismos, que le haga encontrar a Dios .

La lógica es la misma que llevó a la fe al padre Lucas –Hopkins–, que se dedica ahora a hacer exorcismos en una casa a las afueras de Florencia. Las conversaciones entre el incrédulo Michael y el extravagante sacerdote van a llenar la película. La reputación de heterodoxia del Padre Lucas se muestra en unos discursos que recuerdan el concepto de la duda inevitable del teólogo Paul Tillich: “Reconcíliate con tus dudas, porque ellas te dirigirán”. Confiesa incluso: “A veces experimento una total pérdida de fe –días y meses, cuando no sé qué demonios creo–, en Dios o el diablo, Santa Claus o Campanilla”. El problema es que “sólo puedes vencer al mal, cuando crees”…

 EL EXORCISTA
 El maestro del  thriller  de los setenta, William Friedkin, quiso hacer ya con  El exorcista  (1973) una «parábola para el siglo XX», que “pretende ser una  obra moral que refleje la lucha entre el bien y el mal, tomando en serio el mal, en vez de racionalizarlo”. La película está basada en otra novela-reportaje, que cuenta un suceso real ocurrido en 1949 con un chico de 14 años –en vez de una niña pequeña– en Mount Rainier (Maryland, EE.UU.) . El muchacho había pasado por varios hospitales a causa de unos violentos ataques nerviosos. Como los centros sanitarios estaban gestionados por jesuitas, aconsejaron a los padres visitar a un sacerdote, pero ellos eran luteranos y no creían en la posesión diabólica.

Al morir la tía del niño, que era muy aficionada a la  ouija  (una tabla por la que se intenta mantener contacto con los espíritus), el muchacho empezó a mostrar comportamientos histéricos. Un pastor luterano pasó una noche en su casa y dio testimonio de los extraños fenómenos. Recurrieron sin embargo a un cura, que recibió la aprobación de sus superiores para celebrar un exorcismo en el hospital jesuita de Georgetown. Este no muere –como el padre Merrin (Max von Sydow) en la película–, pero fue lesionado por los golpes que le dio el niño con una madera, siendo sustituido por otros dos sacerdotes.

William Peter Blatty conoció el caso mientras estudiaba en la Universidad de Georgetown. Era hijo de una mujer profundamente católica, que había sido abandonada por el padre, cuando el escritor tenía 7 años. Tenía tanto interés en la religión, que había pensado ser sacerdote. Este escritor neoyorquino trató de averiguar detalles del caso, presentando el tema a un editor con cartas larguísimas llenas de divagaciones religiosas, sobre la convicción de que la posesión diabólica era en cierto modo una prueba de fe. El libro se publicó con mucho éxito en 1971, siendo llevado al cine por Friedkinal año siguiente. Su sombra se extiende sobre  El rito…

 LA SOMBRA DEL PADRE
A pesar de la irónica mención a las “cabezas girando y el puré de guisantes”,  las referencias a El exorcista  se repiten durante toda la película –aunque el  director prefiere  El exorcismo de Emily Rose  (2005)como modelo de  thriller teológico – .  La combinación de cine judicial con una historia real de exorcismos –basada en el caso de la alemana Anneliese Michel– de Scott Derrickson, tiene menos que ver sin embargo con la película de Hafstrom que el clásico de  El exorcista .

Su cuidada fotografía tenebrista muestra desde el principio unas secuencias que recuerdan las perturbadoras imágenes que abren el film de Friedkin. Las pesadillas del joven Michael con su padre recuerdan los sueños del padre Karras (Jason Miller) en  El Exorcista.  La figura del padre es clave para entender la crisis de fe de estos personajes. El carácter bíblico del diablo como acusador, es puesto en evidencia en estas historias, apelando a los sentimientos de culpa de unos hombres, que viven atormentados por la forma cómo han tratado a sus padres . Los demonios les recriminan así sus faltas, sumiéndoles en un terrible mar de dudas.

Satanás es presentado en la profecía de  Zacarías  3 como el adversario del sumo sacerdote Josué –que es el mismo nombre que Jesús en hebreo–. Su estrategia es acusarle a él y a su pueblo, siendo respondido por Dios mismo (v. 2). “El acusador de los hermanos” ( Apocalipsis 12:10) actúa así contra el creyente noche y día, mostrándole su culpa, frente a Dios.  El diablo hace así dudar al creyente de tres maneras. Primero, procura que esté siempre preocupado por su pecado. Hace así, en segundo lugar, que se depriman, sintiéndose miserables e inútiles. Y les hace dudar finalmente de su salvación, mostrándoles la ausencia de evidencias de su fe .

 LA FE LIBERADORA
 “Sólo puedes vencerlo, cuando crees”, le dice el padre Lucas al joven Michael. Sin embargo, lo único que hace el exorcista son rituales con crucifijos, estampas, agua bendita, velas, conjuraciones y rosarios. Nada de esto tiene poder contra el diablo, según la Escritura. Jesucristo y los apóstoles se enfrentan con demonios, pero no recurren a ninguna fórmula para dominarlos . El interés del exorcista en averiguar los nombres de los demonios –tanto en la versión católica de la película, como en la oración de guerra espiritual que encontramos en algunos círculos evangélicos– tiene más que ver con el pensamiento mágico que cree en el poder de la pronunciación de las palabras, que en la visión bíblica de la fe liberadora, que se basa en la Palabra de Dios.

 La mera sugerencia de que un creyente puede ser poseído por los demonios, como vemos en la película, está contra la enseñanza bíblica, porque un cristiano está poseído por Dios (1  Corintios  6:19-20). Podemos ser atormentados y tentados, pero no poseídos . Cuando somos unidos a Cristo por medio de la fe, recibimos al Espíritu Santo dentro de nosotros. Ningún demonio puede poseernos, porque “somos de Dios, y les hemos vencido; porque mayor es el que está en nosotros, que él que está en el mundo” (1  Juan 4:4).

Cuando somos salvos por la obra de Cristo, somos librados de la potestad de las tinieblas ( Colosenses  1:13-14). Somos atacados por el diablo, pero tenemos seguridad en Cristo ( Romanos  8:37). El maligno no puede tocar a un hijo de Dios (1  Juan  5:18), porque no puede deshacer su obra. El Señor nos protege con su fidelidad (2  Tesalonicenses  3:3).

 Si quieres ser libre de toda amenaza espiritual, confía en la obra de Jesucristo, que da la victoria frente al mal. Ya que “despojando a los principados y las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” ( Colosenses  2:15). ¡ No tengas miedo! , pero no por la fuerza de un ritual, sino por la obra de Cristo Jesús, que ha vencido en la cruz .

Autores: José de Segovia Barrón

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José de Segovia Barrón

¿El espiritismo? Elemental, querido Watson
En 1917 Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y defensor de la lógica, tiene una “interesante experiencia espiritual” en una sesión espiritista.

 

 Al crear Sherlock Holmes hace ciento veinticinco años, Arthur Conan Doyle hizo el detective más famoso del mundo. La figura del sabueso con gorro de cazador y larga pipa, se resiste al paso del tiempo, como demuestran las recientes versiones cinematográficas y la sorprendente nueva serie de la BBC. Mientras Garci rueda una aventura del investigador en Madrid, se publica en castellano la primera secuela oficial de las historias de Holmes,  La Casa de la seda  – encargada por los herederos de Doyle al reputado escritor de novelas juveniles, Anthony Horowitz – . La pregunta que uno se hace, es: ¿cómo el creador de un personaje de lógica tan inexorable pudo acabar creyendo en el espiritismo y las hadas?

Nacido en una familia católica de origen irlandés, Doyle (1859-1930) se cría en Edimburgo. Su padre era un alcohólico que trabajaba de funcionario en la oficina escocesa de obras públicas, a la vez que hacía ilustraciones de libros –entre ellos el famoso  Progreso del Peregrino  del predicador bautista John Bunyan o  La vida y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe del presbiteriano Daniel Defoe–, para mantener a sus nueve hijos. Cuando aumentan los problemas del padre con el alcohol, Doyle es mandado interno a un colegio. El último año lo hace en una escuela jesuita de Austria, donde renuncia a su fe católica.

 Doyle estudió medicina en Edimburgo con el famoso doctor Bell, autor de un manual de operaciones quirúrgicas, pero también inspirador de Holmes . Dice que “sabía más del paciente con unas cuantas miradas rápidas, que con cualquier pregunta”. Tras servir como médico en un ballenero, navega a África, donde conoce la brutalidad del tráfico de esclavos en el Congo, que luego denunciaría. Al regresar a Inglaterra, tiene su primer contacto con la teosofía, poco antes de casarse con una viuda, que era paciente suya. Tras el nacimiento de su primera hija, Doyle se traslada con su familia a Londres, para trabajar de oculista, pero enseguida se dedica profesionalmente a la literatura.

 ¿ELEMENTAL, QUERIDO WATSON?
Holmes nace en una historia publicada en 1887,  Estudio en escarlata.  Ilustrada por su padre –que había sido trasladado de un centro de recuperación de alcohólicos a una residencia psiquiátrica–, que le muestra con una barba que enseguida desaparecerá. El 221 B de Baker Street era un lugar de moda al sur de Regent´s Park. Allí comienzan y acaban la mayor parte de los relatos de Holmes, con el doctor Watson leyendo el periódico y Holmes fumando en pipa, o sacando notas discordantes de su violín, si no está mirando por la ventana. Y por supuesto, la señora Hudson traerá enseguida una bandeja de comida o té, que Watson apreciará con placer y Holmes considerará una mera necesidad.


Sus clientes suelen llegar por una carta anónima o una visita inesperada –para la consternación de la señora Hudson–, si no es Watson quien llama la atención del detective con un suceso misterioso, que aparece en el periódico. Una de las frases favoritas de Holmes es: “Este caso tiene ciertamente algunos puntos de interés”. Aunque la primera vez que se encuentran con el cliente –da igual lo ilustre que sea–, Sherlock suele rechazar el caso. Las personas que ayuda están siempre en una situación de desventaja, o acusados de un crimen falsamente. A continuación emprende una investigación con una metodología estrictamente clínica.

 Aunque Doyle nunca utilizó la expresión “elemental, querido Watson” –lo hizo su hijo Adrian, en un relato llamado  La aventura del castillo de Arnsworth –, la técnica es siempre la misma: Holmes presenta a Watson con una serie de hechos, que llevan al doctor a una conclusión apresurada, para que a continuación, Holmes le muestre su error con una lógica aplastante . Reúne toda la evidencia y propone una teoría científica, basada en sus hallazgos, para ponerla a continuación a prueba y determinar si es cierta, o no. El secreto es no ocultar información al lector: Doyle nos presenta los mismos datos con los que cuenta Sherlock. Es como si nos dijera: ¿puedes tú resolver este misterio?, ¿eres tan listo como Holmes? Y la respuesta es evidentemente que no.

 EL PROBLEMA FINAL
 En la historia de  El problema final  (1893) aparece el poder del mal con el profesor Moriarty : ”Un hombre de buena familia y excelente educación, dotado naturalmente de una capacidad fenomenal para la matemática”. Es la lógica puesto al servicio del terror. “Es el Napoleón del crimen, Watson. Es el organizador de la mitad de lo malo y casi todo lo que no se detecta en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene un cerebro de primer orden.”

 En el pequeño pueblo suizo de Meiringen –donde Holmes tiene ahora una estatua–, camino de las cataratas de Reichenbach, los agentes de Moriarty tienden a Watson una trampa, para separarlo de Sherlock. Cuando se da cuenta, corre a la cascada, donde no encuentra más que su bastón de alpinista y una carta de él. Su desaparición intriga tanto a Doyle como la muerte de dos de sus hijos, al cumplir 3 años, y su hermana Annette con 33, pero su peor sueño se hace realidad cuando su esposa Louise empieza a toser sangre, mientras está con él en Suiza de vacaciones, visitando esas mismas cataratas. No hay duda de su diagnóstico: tuberculosis pulmonar.

 La muerte de su mujer –una devota protestante– en 1906, cuando tenía 49 años, cambia toda su vida . Doyle había rechazado el catolicismo, pero con él toda la fe cristiana –“al leer y estudiar sus fundamentos, descubrí que eran tan débiles, que mi mente no se podía basar en ellos”–. El escritor se propone no aceptar nunca nada que no le sea demostrado: “Los males de la religión, vienen todos de aceptar cosas que no pueden ser probadas”.

 ¿ES LA MUERTE EL FIN?
Cuando tenía sólo 21 años, recuerda haber asistido en 1881 a una conferencia en Birmingham sobre si la muerte era el fin de todo. Le produjo un fuerte escepticismo. Seis años después asiste a una sesión espiritista, que le lleva a enviar una carta a la revista de la Alianza Espiritista de Londres,  Luz  –que él mismo acabaría financiando–. Se empieza a interesar cada vez más por ello, aunque reconoce que “es un terreno traicionero y difícil, donde acecha el fraude y es posible el autoengaño”. Sin embargo “la recompensa posterior supone una gran paz espiritual, ausencia de temor a la muerte, y una duradera consolación en la muerte de los que amamos”.

En 1917 tiene una “interesante experiencia espiritual” en una sesión. Cree ver a su madre y su sobrino, “tan claramente como les vi en vida”. Piensa entonces que hay un “cuerpo espiritual”, buscando superar la barrera, aparentemente imposible de cruzar, entre la vida y la muerte. No podía aceptar simplemente la separación final de sus seres queridos. En los años veinte dedica todas sus energías al espiritismo, viajando a Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Francia y Sudáfrica, para promoverlo. Escribe libros sobre ello –el último que publicó, es una colección de ensayos sobre el tema– y abre una librería especializada en Londres. ¿Qué queda de la lógica racionalista de Holmes?

El año 1922 asiste con su segunda esposa, Jean, a una sesión en Nueva York con el matrimonio Thompson, donde Doyle dice ver y sentir a su madre. Tres días después, el médium es arrestado por la policía, al ser acusado de fraude: el espíritu era la señora Thompson.

Lejos de desanimar al escritor, el mismo año investiga unas fotos tomadas por una adolescente cinco años antes, que le demuestran ¡que las hadas existen! En 1971 la chica, ya anciana, reconoce en un programa de la BBC que era un fraude. La niña que aparece en la imagen con 10 años, confiesa en una entrevista en 1982, que las fotos estaban manipuladas con dibujos o recortes superpuestos. El mismo año 22, el matrimonio coincide con el escapista Houdini, que se dedica a desprestigiar a médiums. Los Doyle no sólo creen que se “desmaterializa”, sino que en una sesión en el hotel, su esposa pretende recibir un mensaje de la madre de Houdini. Cuando el ilusionista intenta desilusionarle, cree que está siendo simplemente modesto…

 FE Y RAZÓN
 Dice Chesterton que “cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea ya en nada, es que cree en cualquier cosa”. Cuando uno se acerca al mundo del ocultismo, una de las cosas que más te llama la atención es esa extraña mezcla de sinceridad y engaño . Es así como lo extraño se convierte en sinónimo de sobrenatural, y lo ridículo en espiritual, pero lo opuesto a la razón no es la fe, sino el absurdo. Es por eso una tragedia que se haya cambiado el milagro por la superchería, la religión por la secta, y la realidad trascendente por el más burdo fraude.

 Parece como si la misma confianza religiosa que la modernidad puso en la ciencia y la tecnología, despreciando la religión, se deposita ahora con igual fervor en supersticiones y patrañas . ¿Qué seguridad podemos tener de estas cosas? Holmes no anda desencaminado: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de adaptar las teorías a los hechos” ( Escándalo en Bohemia,  1891).

 TESTIMONIO SEGURO
 La Biblia invita a consultar su Palabra como una dirección segura, cuyo conocimiento no se puede comparar con nuestra experiencia de ningún fenómeno , “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y el testimonio!”, dice Isaías 8:19-20. Toda otra vía no produce más que error y engaño. Doyle hizo las preguntas correctas. No hay nada más importante que saber que la muerte no es el fin, pero buscó la respuesta en el lugar equivocado. Cuando, como Holmes nos advierte, no debemos teorizar hasta tener datos seguros.

 No podemos por eso aceptar fenómenos como manifestaciones de espíritus de difuntos, porque la Biblia enseña claramente que el espíritu humano no vaga después de la muerte, sino que tiene un destino inmediato . Por la fe, tenemos seguridad de poder estar con el Señor (2  Corintios  5:8). La muerte, para el creyente es “partir y estar con Cristo” ( Filipenses  1:23). Los que rechazan a Dios, sin embargo, vivirán separados de Él, sufriendo el tormento de la ausencia de Aquel que es fuente de toda alegría, luz y vida.

 Cuando el hombre rico de la parábola de Jesús ( Lucas  16:19-31), le pide a Abraham que vuelva Lázaro de los muertos a advertir a sus hermanos, para que no vayan al lugar de tormento donde ahora se encuentra, la respuesta no puede ser más significativa. “Las Escrituras tienen, que atiendan a su testimonio” (v. 29). Si no les hacemos caso, tampoco nos convenceremos aunque alguien se levante de los muertos (v. 31). Sólo hay Uno que ha venido de la muerte, Cristo Jesús, pero a Él también le conocemos por la Escritura. Sobre ella descansa una fe segura.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2012

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Lo fugaz de la fama en The Artist

Publicado: marzo 4, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

The Artist es la historia de alguien que vive en un mundo feliz, sumergido en el exceso, sin percibir que su estrella se apaga de un día para otro.

¿Quién iba a pensar que la ganadora de los Oscar este año iba a ser una película en blanco y negro, francesa y muda? Aunque sea un homenaje al cine de Hollywood de los años veinte, The Artist es un film sorprendente y delicioso en todos los sentidos. En plena locura del 3D, Michel Hazanavicius nos lleva a la época cuando el cine americano se encontraba a las puertas del sonoro, para contarnos el relato de una caída. The Artist es la historia de alguien que vive en un mundo feliz, fastuosamente sumergido en el exceso, sin darse cuenta que su estrella se apaga de un día para otro.

George Valentín es un reconocido actor que triunfa en papeles de galán y aventurero –como Douglas Fairbanks, a quien recuerda el físico de Jean Dujardin–, acompañado siempre de un perrito –inspirado en el célebre Asta, la mascota del matrimonio de detectives que protagoniza la serie basada en las novelas de Hammet que interpretaba William Powell, el otro referente de Dujardin, aunque sea ya en el cine sonoro–. Mientras él cae en el olvido, su joven protegida Peppy –encarnada por la esposa del director, Bérénice Bejo– acaba triunfando, al ser propulsada a este firmamento de estrellas fugaces.

La soledad y la locura devoran a Valentín, antes que el fuego que arrasa su pequeño apartamento, donde pasa las noches viendo sus antiguos éxitos –como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses –. Atrás quedan sus pertenencias, vendidas en subasta, después de que su matrimonio se hunda en el hastío y la amargura –como vemos en las imágenes de sus desayunos en días sucesivos, al estilo de Ciudadano Kane –. Este melancólico melodrama va más allá del ejercicio retro de evocación nostálgica, para hablarnos de un presente que está por encima de todo anacronismo.

HAMBRE DE RECONOCIMIENTO
The Artist nos presenta un mundo donde la fama lo es todo. Como en nuestros actuales programas de televisión, el interés gira en torno a unos personajes que llamamos famosos , cuyas andanzas son seguidas con la curiosidad de esta joven aspirante a actriz. Valentín es como un George Clooney de su tiempo, enamorado de sí mismo. Hambriento de la atención de los medios de comunicación, es capaz de hacer y decir cualquier cosa, hasta bailar espontáneamente ante una multitud arrebatada.

Una admiradora como Peppy, consigue sus cinco minutos de fama –sobre los que hablaba Andy Warhol–, cuando espera a la puerta y choca con Valentín, al recoger su cartera del suelo. Su amable sonrisa hace que le bese en la mejilla, siendo recogida la escena por los fotógrafos de prensa. Cuando se vuelven a encontrar, al presentarse ella de extra en una película, surge de inmediato la atracción entre ellos. El problema es que él está casado.

Todo esto lo entendemos sin necesidad de una palabra. Una o dos frases aparecen en unos pocos letreros, pero es la música y la imagen la que domina una historia de extraordinaria fuerza emocional. Una película conmovedora, que no nos puede dejar indiferentes.

ENCANTADOS DE CONOCERNOS
Valentín es como todos los famosos, alguien orgulloso y encantado de conocerse a sí mismo. The Artist es en este sentido un estudio sobre el engreimiento . Nos muestra la presunción de un individuo que, cuando no es iluminado por los focos, vive en una mansión bajo un retrato de sí mismo, de dimensiones descomunales. Sus gestos de generosidad no buscan sino hacerle sentirse bien. Ya que en su magnanimidad no se preocupa por nadie, aparte de sí mismo y su perro terrier.

En su soberbia, Valentín se aferra al viejo mundo que se hunde, creyendo que su estrella nunca va a palidecer. No se da cuenta así de lo que está en juego . Su vanidad y arrogancia parecen representar también una industria como la norteamericana, que ha hecho del invento de los Lumière símbolo de una cultura, necesitada también de la redención que viene de la compasión. Porque ¿quién podrá salvarnos de nuestro terrible orgullo?

LA SEDUCCIÓN DEL ÉXITO
En la seducción del éxito, uno se encuentra como Madonna que “aunque he llegado a ser alguien, todavía tengo que demostrar que soy alguien”. Quien se mantiene en la fama no es porque disfruta de ello, sino porque está dominado por el miedo: el temor al fracaso . Nuestros logros no pueden dar respuesta a las grandes preguntas de la vida: ¿quién soy?, ¿qué valgo? y ¿cómo me enfrento a la muerte?

Como ningún otro ídolo, el éxito y la fama nos llevan a creer que somos dioses . Nuestra seguridad y valor descansan en nuestra inteligencia, fuerza y actuación. Uno se da cuenta que ha hecho del éxito un ídolo, cuando tiene esa falsa seguridad que se viene abajo cuando llegan las dificultades. Al divinizar nuestros logros, esperamos que ellos nos libren de los problemas de la vida como sólo Dios puede hacerlo.

Como le ocurre a Valentín, la fama distorsiona la visión de uno mismo. Al basar tu valor en lo que puedes conseguir, tienes una percepción inflada de tus capacidades. Porque has logrado algo en cierto aspecto de la vida, crees que la dominas, pensando que eres experto en todo –como esos famosos que opinan de todo–. Esa ceguera a la realidad acompaña siempre la idolatría, como muestra el Salmo 135:15-18 o Ezequiel 36:22-36.

AMOR REDENTOR
El cuidado y la compasión de Peppy nos muestran un amor redentor, que nos habla de la única fuerza que nos puede librar de nuestro tremendo egoísmo . El éxito no puede darnos la satisfacción que promete. Estamos buscando nuestro valor en el lugar equivocado. Como Naamán, tenemos que descubrir que la fama, el dinero y el poder no pueden “matar y dar la vida” (2 Reyes 5:7). Nuestras vidas están en las manos de un Dios que no podemos controlar.

El hombre intenta por su religión y moralidad que Dios contraiga una deuda con nosotros, pero Él es el Dios de gracia, con el que todos tenemos una deuda. No podemos ganar su favor, merecerlo o conseguirlo. Hasta que no conocemos a Dios como un Dios de gracia, cuya salvación no se puede ganar, sino recibir, seguiremos siendo esclavos de nosotros mismos. Creemos que podemos lograr seguridad y sentido, cuando nuestro talento, capacidad y oportunidades vienen de Dios, y no de nosotros. Aquellas cosas de las que nos sentimos orgullosos, son finalmente dones de Dios.

Dependemos de su gracia, aunque no podamos verla. Tal misericordia tiene sin embargo un gran coste. Dios nos muestra su favor, sacrificándose a sí mismo en forma de Siervo sufriente ( Isaías 53) por la persona de su Hijo. En la cruz Dios ha pagado nuestra deuda. Cuando entendemos lo que Jesús ha hecho, comprendemos que la salvación no consiste en que hagamos grandes cosas, sino en recibir lo que Él ha hecho. Para eso no hace falta poder, sino admitir nuestra debilidad y necesidad. ¡Cristo lo ha hecho todo!

Autores: José de Segovia Barrón©Protestante Digital 2012

La duda y el secreto de El topo

Publicado: enero 19, 2012 en Arte, Cine

José Segovia Barrón
¿Cómo hablar de la verdad a una generación a la que ya no le interesa la solución a los enigmas, sino en quién poder confiar?

 

 La mejor película británica del año –según algunos críticos– está hecha por un sueco, Tomas Alfredson. El director de  Déjame entrar  ha sorprendido a los ingleses con una fiel adaptación de la novela de espías de John Le Carré,  El topo.  Convertida en una serie de televisión a finales de los setenta –protagonizada por Alec Guiness–, el film recupera prodigiosamente el ambiente de aquella época. Lo que a Le Carré le interesa sin embargo de la Guerra Fría, no es el conflicto ideológico, sino la duda que produce la desconfianza, que nos muestra al ser humano como alguien solo y vulnerable.

Un topo es un agente doble, que actúa infiltrado en este caso en el servicio secreto británico –donde trabajó Le Carré–, a favor de los rusos. La novela fue publicada en inglés con el título de un juego infantil – Tinker, tailor, soldier, spy – en 1974, una década después de que se descubriera que Kim Philby y otros altos oficiales del M16 estaban dando información a los soviéticos. Es evidente que el escritor, que era ya conocido por su tercera novela – El espía que surgió del frío  (1963), adaptada al cine dos años después, bastante correctamente por Martin Ritt y Richard Burton–, pensaba en su antiguo colega, Philby, como  el topo.

La película cuenta con la colaboración del octogenario novelista, que proporcionó detalles sobre muchos aspectos del funcionamiento del M15 y M16. El estilo frío pero melancólico del cineasta sueco se adapta como un guante a este thriller cerebral, donde cada gesto está estudiado. La matizada interpretación que hace Oldman de Smiley –el antihéroe que protagoniza muchos de los libros de Le Carré–, recuerda a Guiness, no sólo en las gafas y corte de pelo, sino en su soledad, introversión y elegancia. El personaje transmite una extraña sensación de abatimiento controlado, con la mirada taciturna e inquietante, que acompaña su dicción pausada.

 LOS DISFRACES DE LA TRAICIÓN
 El envejecido John Hurt –jefe de la cúpula del M16, conocido por el nombre de Control– advierte que “no se fíe de nadie”, a un joven agente de confianza, que envía en una misión a Hungría –Checoslovaquia en la novela, que leí de adolescente–, para descubrir al  topo .  Algo falla inesperadamente y Control es expulsado de la cúpula, junto a su lugarteniente Smiley, que es llamado de nuevo para desenmascarar al agente doble.

El número de sospechosos se reduce a cinco: el ambicioso personaje interpretado por Toby Jones (“el calderero” del título original), el elegante galán Colin Firth (“el sastre”), el implacable Ciaran Hinds (“el soldado”), el solícito David Dencik (“el pobre”), y para su sorpresa, Control incluía también en su investigación al propio Smiley (“el espía”), que tiene como ayudante a Benedict Cumberbatch (el peculiar actor que interpreta ahora la sorprendente serie que ha hecho la BBC de Sherlock Holmes).

La sutil música del español Alberto Iglesias acompaña la intrigante trama de conspiración y traición, que desarrollan unos lacónicos diálogos, conformando un ambiente de sospecha y ansiedad realmente enervante. Todo en torno a Smiley resulta falso: la información que supuestamente Jones ha descubierto, la pretendida lealtad al país de uno de ellos, y la fidelidad de una esposa, que le engaña continuamente. No hay nada genuino. Esto provoca la aflicción que demuestra su lúgubre rostro.

 EL PESO DEL DESENCANTO
En el libro de conversaciones con John Le Carré de la Universidad de Mississippi, el escritor dice que “Smiley es alguien entregado a la duda, en ese sentido, una figura totalmente contemporánea”. Esa es la explicación por la que una película así, sobre el final de la Guerra Fría en 1973, fascina a tantos, todavía hoy. Su intriga complicada y turbia nos presenta un héroe realmente postmoderno. A Smiley no le interesan las ideologías. Le preocupa más la confianza que la verdad.

 Esta excelente película, densa, compleja y sutil, revela la autenticidad encubierta tras la impostura de los disfraces de la traición . Es un film básicamente atmosférico, donde más que resolver misterios y desvelar identidades ocultas, lo que importa es sentir el peso del desencanto. Ya que el cansancio de Smiley nace de un hastío vital.

 En una sociedad donde disponer de más información no equivale a conocer mejor a las personas, todo se rige por el principio de la incertidumbre. ¿Cómo hablar de la verdad a una generación a la que ya no le interesa la solución a los enigmas, sino en quién podemos confiar? El cristianismo presume de conocer la verdad absoluta, pero carece de la confianza que haga que muchos estén dispuestos a escucharla.

 ¿VERDAD O CONFIANZA?
 La verdad que debemos presentar al mundo no es quiénes somos los cristianos, sino quién es Aquel, cuya verdad nos hace libres ( Juan 8:32 ). La imagen que muchos tienen del cristianismo hoy es terriblemente narcisista, tan ocupado en lo que hace, en sus logros espirituales y morales, totalmente absorto en sí mismo . La mirada que nos libera, sin embargo, es la que nos aparta de nosotros mismos, para ver al “Autor y consumador de la fe” ( Hebreos 12:2 ). Es Él quien merece toda nuestra confianza.

La principal diferencia entre el efecto práctico que produce la traición que la Biblia llama pecado, y la buena noticia del Evangelio, es que uno nos hace mirar hacia dentro, y otro hacía fuera. Cuando pensamos en nosotros mismos, nuestros errores y logros, buenas o malas obras, fuerza o debilidad, lealtad o traición, nuestra confianza flaquea, como la de Smiley. La fe viene cuando “ponemos nuestros ojos en Cristo”.

 La introspección que nos hace centrarnos en nosotros mismos no es el autoexamen que fomenta la Biblia. La Ley nos hace ver la realidad de lo que somos, pero el Evangelio nos hace confiar en Cristo . No es en nosotros que encontramos valor, fuerzas y capacidad. Es en Jesús, que encontramos seguridad.

 LA GRACIA DE OLVIDARSE DE UNO MISMO
 Pablo se veía al final de su vida como “el menor de los santos” ( Efesios 3:8 ) y “el mayor de los pecadores” ( 1  Timoteo  1:15 ). Su crecimiento espiritual consistía en una mayor dependencia de Cristo y su misericordia . Porque el objetivo de la vida cristiana no es que podamos llegar al momento en que necesitemos menos a Cristo, porque seamos ya mejores. Es poder decir como aquel viejo pastor en su lecho de muerte: “estoy seguro que voy al cielo, porque ya no recuerdo ninguna buena obra que haya hecho”. Conocer la gracia de Dios es olvidarse de uno mismo.

El énfasis en la Biblia no es en la obra de los redimidos, sino en la obra del Redentor. Ese el mensaje que tenemos que anunciar al mundo: no lo que hacemos los cristianos, sino lo que Cristo hace. Esa es la esperanza que nuestra sociedad necesita, la verdad que merece toda confianza.

Los cristianos también necesitamos esa seguridad, para enfrentarnos a nuestras dudas secretas: la confianza que no viene de nuestra fidelidad, sino de la fe en Cristo Jesús.  El creyente es el que ya no se mira a sí mismo, piensa en lo que era antes y lo que es ahora, como resultado de sus esfuerzos, sino que ve a Jesús y su obra, descansando sólo en ella. Esa es la verdad que nos libera: Aquel en quien podemos confiar, y olvidarnos de nosotros mismos.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011

Melancolía y el fin del mundo en el cine

Publicado: enero 4, 2012 en Cine

José de Segovia Barrón

<em> Melancolía </em> y el fin del mundo en el cine
Del apocalipsis secularizado a los nuevos cielos y la nueva tierra.

 

 Una película sobre el fin del mundo  – Melancolía – es considerada la mejor del año pasado  – según la Academia del Cine Europeo–, pero   el interés por este tema no acaba más que comenzar. Ya no son producciones comerciales  palomiteras   – como  2012 – , sino prestigiosos cineastas como Soderbergh, Von Trier, o Ferrara, los que se empeñan en decirnos que estamos en los últimos días de la tierra. Un nuevo libro  – coordinado por el profesor de la Universidad de Valencia, Carlos Arenas –  nos habla de  El cine del fin del mundo: Apocalipsis ya   (Sendemà, 2011).

“Es el fin del mundo tal y como lo conocemos”, cantaba el desaparecido grupo REM –disuelto el año pasado–, pero el pegadizo estribillo añadía: “y me siento bien”. Este “contradictorio pensamiento que atañe al fin de nuestra existencia, temiendo que todo lo que nos rodea podría desaparecer, sucumbir, desintegrarse” –dice Carlos Arenas–, convive con una extraña melancolía, como en el film de Von Trier.

“La certeza de que no hay salvación –cree el excelente crítico Antonio José Navarro– es, en sí, una forma de salvación”, para los autores de estas historias. “El acerado nihilismo de  Melancolía,  curiosamente, la acerca muchísimo a las películas de catástrofes  comerciales made in Hollywood  de los años setenta” –dice en  Dirigido Por,  Navarro–. Tema sobre el que aporta uno de los mejores capítulos del libro.

Como en  El triunfo de la muerte  (1562) de Pieter Brueghel, vemos en un cuadro así algo más que los efectos de la peste.  Una tierra devastada, calcinada y envuelta en llamas, donde la muerte danza con su ejército de esqueletos sobre cuerpos moribundos. Y en medio del caos, un personaje ajeno a este desastre toca su laúd para cortejar a una dama. Porque “es el fin del mundo tal y como lo conocemos”, pero “se siente bien”…

 APOCALIPSIS SECULARIZADO
 La inseguridad y temor ante el futuro, que suele acompañar los momentos de crisis, produce un resurgir de imágenes apocalípticas . Si el Beato de Liébana en la España del siglo VIII difunde en códices ilustrados con miniaturas su interpretación del  Apocalipsis,  en una iconografía medieval que nos lleva hasta las pinturas de El Bosco en el siglo XV, “la escatología del cine de catástrofes” propone un “apocalipsis secularizado” –como dice Navarro–, que plantea “la posibilidad de un desastre final sin perspectiva de renovación futura”.

 Aunque el sentido original de la palabra griega  apocalipsis  es revelación –como titulan el último libro de la Biblia muchas versiones de la Escritura–, en el lenguaje popular no hay duda que significa catástrofe, desastre o hecatombe . Es cierto que muchos lo quieren ver como un cambio de era o transformación mística –al estilo de la supuesta profecía maya, que algunos pretenden que señala un cambio de ciclo cósmico en el 2012–, pero para la mayoría produce una angustia existencial, que viene de la certeza de que tenemos una fecha de caducidad.

“La liberación de la culpa hace mayor el terror”, dice Virginia Guarinos en su ensayo sobre  Tipologías apocalípticas cinematográficas,  que ha escrito para el libro de varios profesores de la Universidad de Sevilla –  The End: El Apocalipsis en la pantalla  (Fragua, Madrid, 2009) –. “Ya que cuando uno se siente culpable, espera el castigo, pero cuando no, la desgracia, la catástrofe, se vuelve ilógico, inesperado e inmerecido.”

 IMÁGENES DEL FIN
Desde hace medio siglo, el cine puede sintetizar en un par de horas hechos catastróficos, que no suceden de repente, sino que son consecuencia de un largo proceso. Si al principio era el hundimiento de un barco, el incendio de un edificio o la erupción de un volcán, ahora el fin viene por el impacto de un meteorito, una invasión extraterrestre, un experimento fallido, un desastre natural como un  tsunami  o un terremoto, el holocausto nuclear o una pandemia.

 Son muchos los subgéneros que han nacido y crecido al calor de esta ciencia ficción apocalíptica –como observa Jesús Palacios–. Hay catástrofes cósmicas, ecológicas y naturales que acaban con el planeta –como en  Cuando los mundos chocan  (Byron Haskin) de 1951 o  El día de mañana  (Roland Emmerich) de 2004–; apocalipsis nucleares –que van de  La hora final  (Stanley Kramer) en 1959, a  El día después  (Nicholas Meyer) de 1983–; e invasiones alienígenas –desde  La guerra de los mundos  (Haskin) en 1953, a  Independence Day  (Emmerich) en 1996, hasta  Monstruoso  (Matt Reeves) del 2008–.

Estas películas muestran epidemias o pandemias globales que producen zombis –desde el terror de  La noche de los muertos vivientes  (George Romero) en 1968, a las distintas versiones de  Soy leyenda,  hasta la saga de  Resident Evil –; la sustitución de la hegemonía humana por otras especies –como en la serie iniciada por  El planeta de los simios  (Franklin Schaffner) en 1968–; o máquinas inteligentes –la saga de  Terminator  (James Cameron) que comienza en 1984, y la trilogía de  Matrix  (Hermanos Wachowski) a partir de 1999–; y distopías (anti-utopías) represivas, que son lo opuesto a la sociedad ideal –desde  THX 1138  (George Lucas),  Zardoz  (John Boorman) y  La fuga de Logan  (Michael Anderson) en los setenta–.

 Los desastres que se ven en estas películas son a veces cumplimiento de antiguas profecías , que vienen de un entorno mágico o ancestral –desde  La  última ola  (Peter Weir) en 1977, hasta  2012  (Emmerich) en el 2009–. A veces parten de la Biblia –como la serie que parte de  La profecía  (Richard Donner) en 1976–, o el subgénero evangélico de escatología-ficción, en torno al arrebatamiento –que nace con  Como ladrón en la noche  (Russell Doughten) en 1972, a la que siguen múltiples secuelas, como ocurre luego con  Dejados atrás  (Vic Sarin), el año 2000–.

 ESPERANZA DE VIDA
 “La persistencia del apocalipsis en un ámbito cultural laico –como dice Navarro– se basa en gran medida en una de las características fundamentales de los seres humanos: la necesidad de vivir  esperando ”. Sin esperanza, no hay vida . Puesto que “la humanidad se define por sus esperanzas, por sus objetivos, y también por sus miedos, por su incertidumbre ante el futuro”.

Frank Kermode – en su ya clásica obra  El sentido de un final  (1967) – relaciona el modo de pensamiento apocalíptico con la naturaleza de la ficción y con nuestra propia construcción mental de la realidad. Según este conocido crítico literario, tratamos de dar sentido a la finitud de nuestras propias existencias creando ficciones –o imponiendo narrativas a la propia Historia–. Así la trama de cada una de nuestras historias constituye un intento de revestir el tiempo de una estructura comprendida entre un principio y un final. Y en la base de todas las ficciones sitúa Kermode el Apocalipsis, como la humanización última del Universo y la Historia.

Así  “cada uno de nosotros está destinado –dice el profesor de la Universidad de Sevilla, Jesús Jiménez Varea, en su libro  The End: El Apocalipsis en la pantalla –, no ya a observar sino a experimentar directamente la muerte como última línea de la historia vital que protagoniza, un final que no podemos evitar pero que, en la mayoría de los casos, esperamos que se demore lo más posible. Porque entre otras cosas, nuestra mortalidad individual pone de manifiesto que nuestras vidas no son sino pasajes, generalmente poco significativos de un relato mucho mayor, universal de hecho, a cuyo inicio no asistimos y cuya conclusión no llegaremos a conocer.”

 UNA NUEVA TIERRA
 Frente a tal incertidumbre, la Biblia anuncia un futuro seguro en el reino de los cielos. ¿Qué significa esto?  No sólo, como muchos piensan, en poder ir al cielo cuando uno muera, sino esperar unos “nuevos cielos y una nueva tierra”  ( Isaías 62:4 ), donde Dios reina. La esperanza cristiana no es escapar del mundo, sino una tierra renovada. La nueva Jerusalén vendrá del cielo, fundiendo cielos y tierra, para que Dios pueda vivir en medio de los hombres. Como dice Tom Wright, “la gran afirmación de  Apocalipsis 21 y 22  es que el cielo y la tierra finalmente se unirán”.

Esto es todo lo contrario al gnosticismo, que muchos pretenden ahora que es el verdadero cristianismo. El predicador galés Lloyd-Jones solía decir que, en la práctica, la mayor parte de los evangélicos son espiritistas. Ya que su esperanza se limita a desear vivir como un alma desencarnada en esa realidad temporal que llamamos cielo –la vida consciente que tenemos con Dios, justo después de la muerte, que no podemos negar, porque si no, ¿cómo sería “partir y estar con Cristo muchísimo mejor ( Filipenses 1:23 )?–. La cuestión es si el cielo ¿es toda la esperanza cristiana?

 Bíblicamente, es “la restauración de todas las cosas” . Algo que según  Romanos  8:18-28 afecta a todo el cosmos. La renovación del compromiso de Dios que llamamos pacto, implica en la enseñanza apostólica la renovación de la creación. Esa es la lógica también en  2 de  Corintios  3-5 , donde el reverso de la caída de Adán es la obra de Cristo, que realiza por su Espíritu. En el lenguaje del pacto, la promesa que Dios dio a Abraham y su descendencia –dice  Romanos 4:13 –, no es la tierra de Israel, sino el mundo, el cosmos. Puesto que “la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para alcanzar así la gloriosa libertad de los hijos de Dios” ( 8:21 ).

 EL FUTURO DEL PLANETA
 No es el cristianismo apostólico, por lo tanto, el que presenta un mensaje escapista. Es el gnosticismo, que ha influenciado la Iglesia hasta tal punto que muchos ya no distinguen la esperanza cristiana del falso evangelio del  billete al cielo.  Si pensamos en el futuro como algo vago y distante, el cristianismo nos presenta un nuevo mundo que es más real y sólido que el que ahora conocemos –como dice C. S. Lewis, al hablar de  El peso de la gloria –.

Uno puede entender el deseo de escapar de un mundo lleno de sufrimientos y calamidades. “El mundo no es mi hogar; sólo estoy aquí de paso” –dice el espiritual negro–. La fe que daba fuerza a aquellos esclavos, sin embargo, no era un mero escapismo. Descansaba en Cristo resucitado.  La esperanza cristiana no está en el mensaje, sino en el hecho de la resurrección.  Es porque Él resucitó en la carne con un cuerpo real, aunque fuera glorificado – ¡ese es el énfasis de  1  Corintios  15 ! –, que este mundo tiene futuro.

 Dios hizo la creación buena. Y se ha propuesto renovar este mundo, que es todavía suyo. Es por eso que nuestro trabajo aquí no es en vano. Como dice Wright, “el mensaje de la resurrección es que este mundo importa”. Si Cristo resucitó, todo cambia. Lo mejor está todavía por venir.

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011

¿El juicio de Un dios salvaje?

Publicado: diciembre 14, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón
 
¿El juicio de <em> Un dios salvaje</em> ?Polanski rueda el teatro mismo de la vida. La estupidez humana es puesta aquí en evidencia con una fuerza devastadora.
 

 Las apariencias engañan. Detrás de los buenos modales y la educación de unos padres dispuestos a resolver un conflicto entre sus hijos, están sin embargo los impulsos primitivos de ese dios salvaje,  que todos llevamos dentro. Polanski ha sabido siempre mostrar la realidad de esa fuerza invisible y oscura, que se desvela cuando nos quitamos las caretas de la hipocresía de nuestros gestos amables y falsas sonrisas, para llamar a las cosas por su nombre. La obra de Yasmina Reza nos lleva más allá de lo políticamente correcto, al ponernos delante de un espejo, que nos descubre lo que somos.  

Esta comedia negra nos encierra en un espacio sin salida. Sus personajes se encuentran misteriosamente atrapados, como en  A puerta cerrada  de Sartreo  El ángel exterminador  de Buñuel, incapaces de abandonar la casa donde están, aunque lleguen hasta la puerta del ascensor.  Polanski rueda a tiempo real, con una cámara y puesta en escena invisible, el teatro mismo de la vida. La estupidez humana es puesta aquí en evidencia con una fuerza devastadora. Nadie puede escapar del juicio final de este  dios salvaje,  cuya carnicería, como se titula el film en inglés –la obra de teatro se llama igual que en castellano– es de una brutalidad desoladora .

El nombre de Polanski ha estado este año en los titulares de prensa, no precisamente por razones cinematográficas, sino por su disputa con la justicia norteamericana, que le persigue desde que huyó de allí en 1978. Su atormentada vida –perdió a su madre en Auschwitz, siendo luego brutalmente asesinada su esposa por la secta de Manson–, no está exenta de culpa –está acusado de violación de una menor–. “Acepto las cosas tal como son”, dice en una entrevista de promoción de la película. “Sigo sin saber si el destino está escrito o si lo estamos escribiendo sobre la marcha”.

 MÁS ALLÁ DE LAS APARIENCIAS 
 Cuando se adapta una obra de teatro al cine, se suele “airear” con algunas inútiles escenas de exteriores, que den variedad al decorado. No así Polanski. Los únicos planos fuera del apartamento son los de los créditos iniciales y finales. En el primero vemos el parque que hay debajo del puente de Brooklyn en Nueva York –donde está el famoso banco que identificamos con el  Manhattan  de Woody Allen–.  Vemos a dos chicos de una pandilla, que de repente se enzarzan en una discusión . No oímos lo que dicen –sólo la trepidante música de Alexandre Desplat, que nos captura de inmediato–, pero vemos cómo uno empuña una rama de árbol –el hijo de Polanski, Elvis–, y le golpea a otro en la boca…

Los que tenemos hijos, nos encontramos a continuación con frases y actitudes que nos resultan muy familiares. ¿Quién no ha estado en una reunión de padres, y ha sentido vergüenza por la forma cómo algunos hablan de sus hijos? La pareja, cuyo niño arreó el golpe, son profesionales elegantes y correctos, pero como suele ocurrir, también distantes y un poco displicentes. Los interpretan el austríaco Christoph Waltz y la británica Kate Winslet. El padre del chico agredido, John C. Reilly, es algo más campechano, y la madre es la protagonista absoluta de la película, una Jodie Foster que hace aquí de escritora especializada en temas solidarios.

 Lo que iba a ser un encuentro breve y desagradable, va cambiando de tono, según se prolonga inesperadamente la reunión . El ambiente es cada vez más tenso y la cordialidad se convierte en un enfrentamiento, donde la cortesía da lugar a la hostilidad. Las buenas intenciones encubren una ira contenida, que aflora en sonrisas de desprecio e indirectas crueles, hasta que la situación explota en una irritación, en la que se pierden los estribos. Los personajes nos muestran así su verdadero carácter.

 ANIMALES ENJAULADOS 
 Para Reilly, “cada uno de ellos es un hipócrita convencido de que si todo el mundo pensara como ellos, sería perfecto“. Son gente agradable y educada, pero cuando se quitan la máscara, ofrecen un retrato devastador del ser humano . Sale entonces a la luz su verdadero yo, y se vuelven cada vez más monstruosos. “Despojados de los convencionalismos sociales, los personajes devienen verdaderas fieras, dispuestas a devorarse entre ellas”, observa Eulàlia Iglesias. “Todos llevamos un monstruo dentro”, dice Foster.

 En la entrevista de Gabriel Lerman con el director en París –donde se rodó el filme y se desarrolla la obra original, ya que la escena de Nueva York, que se ve desde la ventana, es un efecto digital–, no se resiste a preguntarle al final por otra película, la primera que hizo para Hollywood:  La semilla del diablo,  o  Rosemary´s Baby.  Es la famosa cuestión de si es una historia fantástica, o el problema de culpa de la muchacha católica. Polanski tiene una respuesta contundente: “Claro que hablaba de la culpa”.

 A la cuestión de fondo sobre cómo es la naturaleza humana – ¿nacemos malos o buenos? –, el director polaco contesta que “las dos cosas, como el Yin y el Yang”. Según él, “todos tenemos una parte altruista y una egocéntrica, llevamos el bien y el mal dentro, todo depende de las circunstancias”. La ilustración viene de su propia experiencia en el Holocausto: “¿Cómo explicas si no que hombres absolutamente horribles, que pertenecían a las SS, se pasaran todo el día dedicados a la muerte, y luego se fueran a sus casas para cenar alegremente con sus esposas y sus hijos?”.

 TODOS SOMOS MALOS 
 Jesús no divide el mundo entre buenos y malos, morales e inmorales. El nos dice que todos fallamos. Es cierto que hay personas religiosas, pero la mayor parte de las veces lo que hacen es crearse un dios, que les dé el poder y control que necesitan . El Evangelio de Jesús no tiene que ver por lo tanto con la religión y el moralismo, que muchos confunden con el cristianismo. Para Él, todos somos malos, y sin embargo amados en Cristo por un Dios de gracia, que no nos trata como merecemos.

 Jesús cuenta la historia de dos hombres que fueron al templo a hablar con Dios ( Lucas  18:9-14). Ambos creyeron que habían estado con Dios, mientras que Cristo dice que sólo uno había tratado con Él . El otro, a pesar de sus buenas intenciones, no había hablado más que consigo mismo. ¿Por qué? Aquellos que reconocen que no son particularmente buenos, están más cerca de Dios, porque para poder recibir la gracia de Dios, tenemos que saber que la necesitamos.

Cuando un periódico preguntó a sus lectores “¿cuál es el problema del mundo?”, recibieron todo tipo de respuestas. Entre ellas había una breve carta que decía: “Estimados señores, el problema soy yo; sinceramente suyo, G. K. Chesterton”.

 La culpa no es solo un sentimiento, es un hecho. Si ha dejado de ser parte de la experiencia normal del ser humano, desde el siglo pasado, no es porque sea un problema emocional, o una anormalidad mental de tipo patológico, sino porque huimos de todo sentido de responsabilidad moral. 

 “TODOS TENEMOS RAZONES” 
 “Todos tenemos razones”, dice Renoir en  La regla del juego.  La auto-justificación nunca falla, porque siempre hay alguien peor que nosotros, para sentirnos menos culpables. Jesús acabó su relato diciendo que el hombre que “ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Dios, ten compasión de mí, y perdóname por todo lo malo que he hecho!” (v. 13), es el que volvió a su casa “justificado ante Dios” (v. 14). ¿Qué quiere decir esto?

 “Justificado” no es un término psicológico, sino legal. No describe cómo aquella persona se sentía, sino cómo estaba jurídicamente, ante el tribunal de Dios. Quiere decir, literalmente, que Dios le declara inocente . Como un juez que absuelve a alguien que ha sido acusado de algo, así Dios dicta el veredicto de inocente a este hombre que se sentía acusado por su conciencia.

Aquel hombre no pide sólo compasión, dice literalmente: “sé propicio a mí” (v. 13) La propiciación es un término ritual, que tiene que ver con los sacrificios por los pecados que se hacían en el templo. Ya que el perdón es un problema para Dios. No es “su oficio, perdonar” –como decía el cínico francés–. Como gobernador moral del universo, no puede pasar por alto el mal. Alguien tiene que pagar por ello. Tenemos seguridad del perdón, cuando sabemos que Alguien ha pagado nuestra deuda: Jesús.

 ¡FUERA LAS MÁSCARAS! 
 El Evangelio no nos libra de nuestros sentimientos de culpa, sino de la culpa que tenemos objetivamente para con Dios. Esto lejos de mostrarnos  un dios salvaje,  nos revela la grandeza de la misericordia de Dios, que ha sufrido en su Hijo nuestra pena. No necesitamos nosotros pagar ahora por ella.  

Para recibir la gracia de Dios, tenemos que humillarnos delante de Él. Porque “Dios cuida de la gente humilde, pero a los orgullosos, los mantiene alejados” ( Salmo  138:6). ¿Qué justicia buscamos?, ¿la nuestra, o la de Dios? Podemos intentar sentirnos bien, por nuestros esfuerzos morales, pero la única justicia que nos salva, es la que viene de Dios, por medio de la fe.

 Es hora, por lo tanto, de quitarnos las máscaras. Y mostrarnos tal y cómo somos delante de Él. ¡Dejemos de pretender ser otra cosa que lo que realmente somos! ¡Reconozcamos que “nadie es bueno, sino sólo Dios” ( Lucas  18:19)! “Entonces ¿quién podrá salvarse? (v. 26). “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”, dice Jesús (v. 27). Esa es la confianza que nos da paz con Dios, y con nosotros mismos. ¡No necesitamos aparentar ya más!

 

Autores: José de Segovia Barrón

©Protestante Digital 2011