El bonaerense Pablo Trapero nos muestra aquí su fascinación por las causas perdidas, pero también el evidente “fracaso del altruismo” –como ha dicho Ángel Quintana–.
Esta producción hispano-argentina cuenta de nuevo con el atractivo de Ricardo Darín, que hace el papel de cura – nuevamente en un papel dramático, muy diferente al registro de comedia que le ha hecho popular – , junto con el actor belga Jéremie Renier – que hace aquí su primera incursión en el cine de habla hispana, después de haberse dado a conocer con los hermanos Dardenne – . Los dos sacerdotes representan dos generaciones con diferentes actitudes ante el problema pastoral, a los que se une una trabajadora social –interpretada por la esposa del director, Martina Gusman–, que intenta ayudar a los vecinos con talleres, actividades de rehabilitación y apoyo escolar.
CRISIS DE FE El personaje de Darín –Julián– es un sacerdote católico, que hace una “labor más social que pastoral” – como bien observa Gregorio Belinchón en un medio tan poco religioso como El País – . Estamos, por lo tanto, ante una visión de la Iglesia católica cercana a la teología de la liberación , que lucha contra una jerarquía sospechosa de corrupción en un proyecto del que no queda más que una mole espectral de cemento.Las ruinas de este hospital son como un esqueleto, símbolo de la inutilidad de las buenas intenciones en uno de los barriadas marginales de Buenos Aires, la Villa 15, General Belgrano –conocida como Ciudad Oculta, por el muro que construyó la dictadura en el Mundial de de fútbol de 1978 – .
El cura que encarna Renier –Nicolás– es bastante más complejo. Superviviente de un ataque del Ejército en una selva centroamericano, en el que fueron asesinados varios de sus compañeros, vive ahora corroído por la culpa de haberse escondido para huir y su evidente atracción por la trabajadora social –Luciana–, con la que acaba teniendo una relación. “Los tres personajes están pasando una gran crisis con muchos puntos en común –dice Trapero–, como su relación con la fe”. Puesto que para el director “hay muchas maneras de fe: en el otro, en tus convicciones, en tus acciones, en un ser superior”. Darín dice, de hecho, que la película le ha enseñado a dudar de su falta de fe.
¿CRÍTICA A LA IGLESIA? Elefante blanco nos muestra, según Trapero, que hay “problemas estructurales, políticos, sociales, económicos, que no puede resolver un asistente social, ni un cura, ni una persona que desinteresadamente se acerca a la villa, para intentar trabajar con la gente del barrio” . Darín no se considera la persona “más indicada para hacer un análisis sobre la estructura eclesiástica, ni de su funcionamiento”, pero ve una “cierta resignación ante las cosas que no se resuelven”. Aunque “de todos modos el esfuerzo”, le parece “válido”. La película pretender ir por eso, según él, “más allá de una crítica a la Iglesia en sí”.
La película hace referencia al Padre Mugica (1930-1974), vinculado al movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que trabajando en la Villa del Retiro de Buenos Aires, fue asesinado después de celebrar misa en Villa Luro. El crimen, que nunca ha sido aclarado, se cree que fue obra de la Triple A –la Alianza Anticomunista Argentina–, aunque mantenía una postura crítica hacia los Montoneros, por su uso de la violencia. Como dice Horacio Ríos, “fue un paradigma de su tiempo, a la vez que una contradicción en sí mismo”. Ya que era “hijo de una familia de clase alta, que ofrendó su vida por los más humildes”. Amenazado por la derecha y la izquierda, dijo: “no tengo miedo de morir”. A lo que añade: “De lo único que tengo miedo es de que el Arzobispo me eche de la Iglesia”.SIN FUTURO Esta no es una película católica, aunque no se vea otra Iglesia en las “villas miseria”. La clave está, para mí, en el Elefante blanco, el antiguo edificio inacabado, que en su día iba a ser uno de los mayores centros hospitalarios de América Latina. Sus ruinas son aquí símbolo de “un mundo que nunca podrá construirse” –como dice Quintana–. Los seres que viven en este universo marginal, escondido tras la vida urbana, parecen “condenados a transformarse en poco más que el esbozo vivo de un proyecto que nunca llegarán a realizar”.
En esta oscura historia sin esperanza, “los protagonistas se cruzan con la violencia del narcotráfico, con las cargas y redadas de la policía, con las venganzas entre bandas que producen terribles asesinatos, con las manifestaciones de los vecinos que reclaman mejores condiciones y con una adolescencia sin oportunidades que acaba esnifando cola como acto de supervivencia”. En este mundo, la fe se ve sobrepasada por “un universo de furor, acción y caos”, donde “todo intento de crear un orden aparente se encuentra condenado al fracaso”.
Vivimos un momento de gran interés por la obra social. La continua formación y apoyo de organizaciones no gubernamentales ha producido contribuciones millonarias a fondos de solidaridad por diferentes desastres en todo el mundo. Empresas y gobiernos dedican un porcentaje cada vez mayor de su presupuesto a fondos benéficos. Y aunque detrás de mucha filantropía no haya más que un ansía de autopromoción, no hay duda que estamos ante un fenómeno sin precedentes en una sociedad tan materialista como la nuestra. ¿Podemos hacer un mundo diferente?
EL SACRIFICIO QUE SALVA En la teología de la liberación que representa el personaje de Julián, la salvación se transforma en liberación social, la cristología en amor humano, la escatología en acción política, la Iglesia en el mundo y sus ordenanzas en muestras de solidaridad . Ese es el paradigma de los años setenta al que se enfrenta la generación de Nicolás, que ya no sabe lo que cree. Renier ve a su personaje como alguien atormentado, porque “en un momento dado, ya no sabe por qué debería seguir creyendo en Dios, visto todo lo que pasa en la tierra, vista la miseria de la gente”.
El amor del cura por Luciana se enfrenta además con la norma romana del celibato forzoso del clero. Lo que hace que su fe no sólo parezca inhumana, sino imposible de llevar a la práctica. Recuerda al cura que interpreta Nanni Moretti en La misa ha terminado, que acaba observando, como Quintana, que “entre la doctrina cristiana y la praxis del mundo real existe un abismo difícil de franquear”. Se olvida así que si el Evangelio es buenas noticias, es porque hay malas noticias: sin Dios, estamos perdidos.Tenemos un problema que no viene de nuestra condición social o económica, sino de una raíz más profunda. Tiene su base en una injusticia que no está sólo en estructuras y sistemas, sino en la realidad de cada uno de nosotros que la Biblia llama pecado . Ya que por mucho que intentemos justificarnos ante Dios y limpiar nuestra conciencia con buenas obras, no hay otra esperanza para nosotros que Cristo y su justicia. No podemos redimir nuestra vida por otro sacrificio que el que Cristo ha hecho de una vez y para siempre en la cruz del Calvario ( Hebreos 9:26-28).
EL REINO QUE VIENE La Biblia no es una simple colección de pensamientos piadosos para alimentar una religión personal. Nos habla de un mundo nuevo . Aceptar el Evangelio no es sólo recibir perdón y seguridad de vida eterna, sino una visión de futuro, al creer e identificarse con un Dios cuyo propósito final es recuperar este mundo.
Lo que pasa es que no podemos salvar este mundo, porque ni siquiera nos podemos salvar a nosotros mismos . Como está escrito, “No hay justo, ni aun uno”( Romanos 3:10) . Por lo que es Él quien nos declara justos mediante la fe cuando todavía somos injustos, por la justicia de Cristo en la cruz. El Evangelio no consiste por lo tanto en lo que nosotros podemos hacer para llegar a ser aceptables a Dios, sino en lo que Jesucristo ha hecho para que lo seamos.
No podemos creer que la evangelización del mundo, o la acción social, establecerá el Reino de Dios en la tierra . “Esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”(2 Pedro 3:13), pero no como una utopía que el hombre va a construir por su propio esfuerzo. Cristo establecerá su Reino al volver triunfante.





Los libros de Canción de hielo y fuego –el título original de la obra de Martin, publicada en España por Gigamesh desde 1996– son detallados, emocionantes y lleno de sorpresas, pero están lejos del ambiente de cuentos de hadas que vemos en las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Estamos más bien ante el género que se ha dado en llamar de espada y brujería, aunque no hay héroes como Conan –el personaje creado por Robert Howard en 1950, que popularizó luego el cómic–.
“Sin duda la fe religiosa en Juego de Tronos tiene una importancia fundamental en el comportamiento de los protagonistas y en muchos de los acontecimientos que suceden a lo largo de toda la saga” –dice Fabián Rodríguez en la página argentina de la serie–. A la religión predominante en Poniente, se le llama La Fe. Martin dice que se ha inspirado para ella en la Iglesia Católica de la Edad Media. Aunque en vez de a un Dios Trino, adora a Los Siete, otra múltiple representación de un dios único .

Thompson “no es un gangster –dice Scorsese–, sino alguien corrupto”, que está dispuesto a hacer negocio con la importación de licor en Atlantic City. Está basado en Nucky Johnson, la persona real que manejó los hilos de esta comunidad, donde su propio hermano era el sheriff. Como muchos políticos, es alguien capaz de cualquier cosa, para poder mantener el poder. En torno a él, encontramos a personajes reales como Arnold Rothstein, Charlie Lucky Luciano y Al Capone, pero no como los conocemos hoy, sino al principio de sus actividades mafiosas –tal y como cuenta el libro de Nelson Johnson–.
El agente de la Prohibición, Van Alden, es un hombre religioso. Ve como una misión divina su lucha contra la corrupción moral, que no puede soportar espiritualmente. Se flagela a sí mismo, pero su fanatismo es tan ciego como el de los cristianos que impulsan la ley seca . El Partido Nacional por la Prohibición es formado en 1869 por un grupo de protestantes blancos. Sus motivos eran admirables, pero el resultado de aquellos veinticinco años de campaña, que llevaron a la Prohibición, fue totalmente contraproducente. Se provocó aún más abuso del alcohol, que aumentó con el comercio ilegal de los bootleggers en los locales clandestinos, conocidos como speakeasies . Por lo que fue abolida la medida por el presidente Roosevelt en 1933.
¡No tengas miedo! ¿Crees en el pecado? ¿No hay nada en que creer?, suena la voz sobre el fondo negro con que comienza El rito, después de una cita del papa Juan Pablo II, que acaba afirmando que “el diablo sigue vivo y activo en el mundo”. La escena que viene a continuación parece sacada de la serie A dos metros bajo tierra. Vemos a un chico trabajando en el negocio de su padre, Istvan Novak (Rutger Hauer), algo tan poco usual como una funeraria. El joven embalsamador Michael parece alguien normal. Sale con sus amigos a los bares, donde encuentra chicas, pero de repente decide dar un giro radical a su vida, entrando en un seminario católico.
obra moral que refleje la lucha entre el bien y el mal, tomando en serio el mal, en vez de racionalizarlo”. La película está basada en otra novela-reportaje, que cuenta un suceso real ocurrido en 1949 con un chico de 14 años –en vez de una niña pequeña– en Mount Rainier (Maryland, EE.UU.) . El muchacho había pasado por varios hospitales a causa de unos violentos ataques nerviosos. Como los centros sanitarios estaban gestionados por jesuitas, aconsejaron a los padres visitar a un sacerdote, pero ellos eran luteranos y no creían en la posesión diabólica.
director prefiere El exorcismo de Emily Rose (2005)como modelo de thriller teológico – . La combinación de cine judicial con una historia real de exorcismos –basada en el caso de la alemana Anneliese Michel– de Scott Derrickson, tiene menos que ver sin embargo con la película de Hafstrom que el clásico de El exorcista .
La mera sugerencia de que un creyente puede ser poseído por los demonios, como vemos en la película, está contra la enseñanza bíblica, porque un cristiano está poseído por Dios (1 Corintios 6:19-20). Podemos ser atormentados y tentados, pero no poseídos . Cuando somos unidos a Cristo por medio de la fe, recibimos al Espíritu Santo dentro de nosotros. Ningún demonio puede poseernos, porque “somos de Dios, y les hemos vencido; porque mayor es el que está en nosotros, que él que está en el mundo” (1 Juan 4:4).


En el pequeño pueblo suizo de Meiringen –donde Holmes tiene ahora una estatua–, camino de las cataratas de Reichenbach, los agentes de Moriarty tienden a Watson una trampa, para separarlo de Sherlock. Cuando se da cuenta, corre a la cascada, donde no encuentra más que su bastón de alpinista y una carta de él. Su desaparición intriga tanto a Doyle como la muerte de dos de sus hijos, al cumplir 3 años, y su hermana Annette con 33, pero su peor sueño se hace realidad cuando su esposa Louise empieza a toser sangre, mientras está con él en Suiza de vacaciones, visitando esas mismas cataratas. No hay duda de su diagnóstico: tuberculosis pulmonar.


El envejecido John Hurt –jefe de la cúpula del M16, conocido por el nombre de Control– advierte que “no se fíe de nadie”, a un joven agente de confianza, que envía en una misión a Hungría –Checoslovaquia en la novela, que leí de adolescente–, para descubrir al topo . Algo falla inesperadamente y Control es expulsado de la cúpula, junto a su lugarteniente Smiley, que es llamado de nuevo para desenmascarar al agente doble.
La verdad que debemos presentar al mundo no es quiénes somos los cristianos, sino quién es Aquel, cuya verdad nos hace libres (
Aunque el sentido original de la palabra griega apocalipsis es revelación –como titulan el último libro de la Biblia muchas versiones de la Escritura–, en el lenguaje popular no hay duda que significa catástrofe, desastre o hecatombe . Es cierto que muchos lo quieren ver como un cambio de era o transformación mística –al estilo de la supuesta profecía maya, que algunos pretenden que señala un cambio de ciclo cósmico en el 2012–, pero para la mayoría produce una angustia existencial, que viene de la certeza de que tenemos una fecha de caducidad.
Son muchos los subgéneros que han nacido y crecido al calor de esta ciencia ficción apocalíptica –como observa Jesús Palacios–. Hay catástrofes cósmicas, ecológicas y naturales que acaban con el planeta –como en Cuando los mundos chocan (Byron Haskin) de 1951 o El día de mañana (Roland Emmerich) de 2004–; apocalipsis nucleares –que van de La hora final (Stanley Kramer) en 1959, a El día después (Nicholas Meyer) de 1983–; e invasiones alienígenas –desde La guerra de los mundos (Haskin) en 1953, a Independence Day (Emmerich) en 1996, hasta Monstruoso (Matt Reeves) del 2008–.
última ola (Peter Weir) en 1977, hasta 2012 (Emmerich) en el 2009–. A veces parten de la Biblia –como la serie que parte de La profecía (Richard Donner) en 1976–, o el subgénero evangélico de escatología-ficción, en torno al arrebatamiento –que nace con Como ladrón en la noche (Russell Doughten) en 1972, a la que siguen múltiples secuelas, como ocurre luego con Dejados atrás (Vic Sarin), el año 2000–.
No es el cristianismo apostólico, por lo tanto, el que presenta un mensaje escapista. Es el gnosticismo, que ha influenciado la Iglesia hasta tal punto que muchos ya no distinguen la esperanza cristiana del falso evangelio del billete al cielo. Si pensamos en el futuro como algo vago y distante, el cristianismo nos presenta un nuevo mundo que es más real y sólido que el que ahora conocemos –como dice C. S. Lewis, al hablar de El peso de la gloria –.
Polanski rueda el teatro mismo de la vida. La estupidez humana es puesta aquí en evidencia con una fuerza devastadora.
Cuando se adapta una obra de teatro al cine, se suele “airear” con algunas inútiles escenas de exteriores, que den variedad al decorado. No así Polanski. Los únicos planos fuera del apartamento son los de los créditos iniciales y finales. En el primero vemos el parque que hay debajo del puente de Brooklyn en Nueva York –donde está el famoso banco que identificamos con el Manhattan de Woody Allen–. Vemos a dos chicos de una pandilla, que de repente se enzarzan en una discusión . No oímos lo que dicen –sólo la trepidante música de Alexandre Desplat, que nos captura de inmediato–, pero vemos cómo uno empuña una rama de árbol –el hijo de Polanski, Elvis–, y le golpea a otro en la boca…
En la entrevista de Gabriel Lerman con el director en París –donde se rodó el filme y se desarrolla la obra original, ya que la escena de Nueva York, que se ve desde la ventana, es un efecto digital–, no se resiste a preguntarle al final por otra película, la primera que hizo para Hollywood: La semilla del diablo, o Rosemary´s Baby. Es la famosa cuestión de si es una historia fantástica, o el problema de culpa de la muchacha católica. Polanski tiene una respuesta contundente: “Claro que hablaba de la culpa”.
“Todos tenemos razones”, dice Renoir en La regla del juego. La auto-justificación nunca falla, porque siempre hay alguien peor que nosotros, para sentirnos menos culpables. Jesús acabó su relato diciendo que el hombre que “ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Dios, ten compasión de mí, y perdóname por todo lo malo que he hecho!” (v. 13), es el que volvió a su casa “justificado ante Dios” (v. 14). ¿Qué quiere decir esto?